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SOCAVONES PARA EL CINABRIO Y EL ORO

En el mundo mesoamericano la minería no tuvo la importancia que tendría más


tarde, durante la época colonial, y esto se debe a que la metalurgia apareció
tardíamente.

En el idioma náhuatl a las minas se les denominaba como in tepeio, in oztoio, o


sea "lo del monte", "lo de la cueva". Estudios arqueológicos dirigidos por Adolfo
Langenscheidt permiten corroborar la existencia de socavones, pozos, galerías
y amplios espacios excavados para la obtención de cinabrio y calcita, entre
otros minerales. Se han encontrado minas precolombinas de este tipo en los
ahora estados de Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí y Guerrero.

En la excavación de pozos y galerías se empleaban martillos de piedras duras,


como la diorita, aunque también contaban con morteros, instrumentos
fabricados con hueso, cucharas de barro, cuñas de madera, navajones de
obsidiana. En el interior de las minas se alumbraban con teas de ocote y fibras
vegetales recubiertas de resina.

Por las fuentes y los trabajos arqueológicos hoy se sabe que los "ingenieros de
minas" mesoamericanos utilizaron las técnicas de rebaje abierto, corte y relleno
para extraer minerales, y que empleaban el sistema de torrefacción para
resquebrajar las piedras. El beneficio de los minerales y el trabajo de algunos
metales preciosos como el oro -desarrollado por los tarascos y zapotecas-
fueron actividades comunes en los tiempos previos a la Conquista.

LOS TLAMATINI-TLACHIHUANI: SABIOS CONSTRUCTORES DEL


MÉXICO ANTIGUO
Como sucede cuando se estudia la historia de las construcciones de la
Antigüedad, es muy difícil distinguir entre el ingeniero, el arquitecto, el
matemático y el astrónomo. Sus actividades estuvieron tan ligadas que aún hoy
día resulta complicado diferenciarlas pues, por ejemplo, resulta imposible
hablar de un ingeniero que no domine las matemáticas.

Así, el constructor de pirámides, palacios, plazas, campos de juego, caminos y


obras de irrigación, era en las culturas mesoamericanas una persona que debía
reunir un sinnúmero de cualidades: conocer las necesidades del hombre;
resolver los problemas con ingenio; contar con los conocimientos y las técnicas
requeridas; entender el mundo mágico-religioso que determinaba finalmente la
naturaleza de las construcciones, y por último contar con la sensibilidad para
que las obras reflejaran el concepto imperante de belleza. De lo anterior se
desprende que el constructor mesoamericano era un hombre sabio a la vez
que práctico; de ahí la voz náhuatl tlamatini, que significa "el que sabe algo",
unida a la de tlachihuani, que quiere decir "el que hace algo"; términos que nos
dan una idea de cómo denominar al ingeniero del México Antiguo.

La clase sacerdotal mesoamericana, aparte de sus funciones políticas y


religiosas, era a su vez la clase que concentraba el conocimiento. El sabio o
tlamatini dominaba muchos conocimientos: el momento de los solsticios y los
equinoccios; de las épocas de siembra y cosecha, de los ciclos de agua. Podía
predecir cuándo ocurrirían las avenidas de los ríos y cómo desviarlos. Eran
ellos, entonces, quienes planeaban y dirigían las obras, pues también
resultaban expertos en técnicas de construcción, en el manejo de materiales,
en el diseño urbano.

El tlamatini-tlachihuani realizaba las obras prescritas por el tlatoani, se apoyaba


en funcionarios como el hueycalpixque, o mayordomo mayor, quien a su vez
contaba con el apoyo del calpixque del barrio, y para el mantenimiento de las
obras se auxiliaba del tlayacanque. Este complejo sistema operativo recaía en
un cuerpo de hábiles técnicos, artesanos, canteros, carpinteros, encaladores,
albañiles, tlamemes y multitud de hombres provenientes de pueblos tributarios
o del lugar.

LA NUEVA ESPAÑA. EL INICIO DE OTRA ETAPA (época colonial 1521-


1821)

En 1519 ocurrió un cambio drástico en nuestra historia. La llegada de la


expedición dirigida por Hernán Cortés trajo a la memoria de los mexicas la
antigua promesa del retorno de Quetzalcóatl. Fue por esto que las autoridades
del imperio tenochteca, creyendo que Cortés encarnaba a la deidad, trataron
de persuadirlo con peticiones y regalos para que no se adentrara en el
territorio. Sin embargo, lejos de alcanzar el propósito deseado, se despertó la
codicia de los extranjeros, quienes finalmente llegaron a México-Tenochtitlán.

Tenochtitlán se había convertido en un lugar inhóspito. El mismo Cortés


informó al rey en su Cuarta Carta de Relación que por ese motivo, tomó la
decisión de establecerse en Coyoacán, donde se empezó a organizar el nuevo
gobierno y se iniciaron los estudios para la planificación de la ciudad, que se
convertiría en el centro político de la Nueva España.

LAS NUEVAS CIUDADES

Entre las ideas que se manifestaron en aquellos días estuvo la de acabar con
los vestigios de la antigua capital mexica. Abandonarla y buscar un nuevo
asiento. Se advertía ya el gran inconveniente de que la población estuviera en
esa zona lacustre, donde el peligro de las inundaciones era permanente porque
todas las corrientes se dirigían a ella. Pero en 1522 Cortés cambió de opinión,
y a pesar de dicho peligro decidió reedificar la Ciudad de México y establecer
ahí la capital de la Nueva España.

Con la planificación de la capital del virreinato tuvo lugar el inicio del desarrollo
de la ingeniería novohispana. Si bien quienes participaron en las obras no
recibían en ese entonces el nombre de ingenieros, está claro que las tareas
que realizaron - como lo fueron la urbanización, el trazo de caminos, el
proyecto y edificación de puentes, los cálculos y construcción de edificaciones
y obras hidráulicas, así como de estructuras militares- requerían los
conocimientos propios del ingeniero civil.
Es preciso señalar que los constructores de la Nueva España partieron de lo
que habían aprendido en el continente europeo, pero que también tomaron en
cuenta los trabajos y experiencias de las culturas prehispánicas.

Por lo que se refiere a la urbanización de la capital de la Nueva España, se


sabe que la zona central de la antigua Tenochtitlán se reservó para los
españoles, mientras que la población indígena se asentó en torno a esa traza.
Muy novedosa resultó la planificación del área destinada a los conquistadores,
obra en la que se mostró gran ingenio y en la que intervino el alarife Alonso
García Bravo, quien aprovechó la distribución urbana mexica para introducir la
moda renacentista y el trazo de las calles a cordel. Ésta fue la primera ciudad
del mundo hispánico que se adaptó a un patrón reticular integrado por
manzanas rectangulares, ordenadas alrededor de una plaza central, donde se
asentaron los poderes políticos, económicos y religiosos. Hay que hacer notar
que se conservaron muchas de las acequias de la antigua Tenochtitlán, de
manera que México se caracterizó entonces por ser una original ciudad
lacustre, en donde se hizo patente el encuentro de las ingenierías española e
indígena.

Los límites de la traza inicial pronto desaparecieron, pues la capital empezó a


crecer hacia el noroeste. La expansión urbana fue posible porque a raíz de la
Conquista comenzó la rápida disminución del volumen de los lagos; la
deforestación y el pastoreo excesivo contribuyeron a aflojar terrenos de
naturaleza compacta, lo que originó que el limo y la tierra suelta fueran
arrastrados por las lluvias hacia el fondo de los lagos.

Tal situación dio origen a la formación de un subsuelo de muy poca resistencia


para la cimentación; grave problema al que han tenido que hacer frente las
subsecuentes generaciones de constructores.

La planificación de las nuevas ciudades de la Nueva España se hizo


atendiendo a las características del terreno y a la función de las mismas. En
aquéllas que sirvieron como sede de gobierno intervinieron alarifes e
ingenieros, fueron trazadas en sitios planos y siguieron el modelo reticular; tal
fue el caso de Guadalajara, Querétaro, Puebla, Mérida y Morelia, entre otras.

Las ciudades que se fundaron a partir de la explotación minera, tuvieron que


adaptarse a las características propias de las cañadas y montañas donde se
ubicaban las minas, dando como resultado un crecimiento irregular, con calles
tortuosas, angostas e inclinadas. Esto sucedió en Guanajuato, Taxco y
Zacatecas.

Las edificaciones se hicieron empleando los materiales locales; así, por


ejemplo, vemos que en Zacatecas se usó la cantera de tono rosado, mientras
que en la Ciudad de México el tezontle y la chiluca se difundieron ampliamente,
y en Puebla fueron frecuentes los revestimientos de azulejo y el uso del ladrillo.

Los constructores también atendían a factores específicos de cada sitio; en el


caso de las zonas sísmicas los edificios se hicieron de poca altura y de muros
anchos, como se puede ver en las construcciones coloniales de Oaxaca.
INGENIERÍA PARA EL AGUA

La variedad de situaciones y necesidades de la sociedad novohispana dio lugar


a la realización de diversos tipos de obras para satisfacer sus demandas. Entre
los trabajos realizados sobresalen aquellos que pertenecen a la rama de la
ingeniería hidráulica. En la Mesa Central, por ejemplo, se hicieron muchas
obras de irrigación, mediante canales y acequias, a fin de suplir la falta de
lluvias y llevar agua a los cultivos en tiempo de secas. Entre las construcciones
más notables de aquella época están sin duda los magníficos acueductos que
se levantaron para dotar de agua a las ciudades, pero que también sirvieron
para mover molinos e ingenios ubicados en algunas haciendas.

En la construcción de acueductos, los ingenieros adoptaron el sistema de


origen romano, con base en las arcadas de piedra. Uno de los primeros
acueductos del Nuevo Mundo fue el que dirigió fray Francisco de Tembleque,
quien decidió llevar agua al pueblo de Zempoala. La obra fue iniciada en 1555
y se terminó en 1571. Tuvo una longitud original de casi 58 km, y destaca por
su belleza y porque en su recorrido libra tres barrancas.

UNA CIUDAD QUE SE INUNDA

La ubicación de la Ciudad de México y las características del subsue!o


significaron para la ingeniería colonial un reto peculiar. Los constructores se
vieron obligados a buscar soluciones a la serie de inundaciones que sufrían los
habitantes de la Ciudad de México.

La primera gran inundación de la Ciudad de México tuvo lugar en al año de


1555, bajo el gobierno de don Luis de Velasco. Fue entonces cuando se
recurrió a los indígenas más ancianos para que informaran acerca del proceder
de los gobernantes prehispánicos ante sucesos similares. Con base en los
datos recabados, el Cabildo de la ciudad elaboró una lista de las obras a
realizar; entre otras: conducir remanentes de agua fuera de la ciudad, cerrar
puentes y puertas viejas o nuevas, componer las principales calzadas, reparar
bordos y particularmente reconstruir la albarrada que había sido levantada en
tiempos de Ahuizotl. Con todo ello se pensó que la capital estaría
suficientemente protegida.

Las inundaciones que azotaron a la Ciudad de México en la primera mitad del


siglo XVII llegaron a ser tan graves, que nuevamente se pensó en la posibilidad
de cambiar de sitio a la capital. Con motivo de las inundaciones de 1604 y 1607
se dio orden de que se repararan las calzadas y diques
.
PARA RECORRER LA NUEVA ESPAÑA

"Los caminos de México, o corren por la misma llanura o Mesa Central desde
Oaxaca a Santa Fe, o van desde la llanura hacia las costas. Los primeros
mantienen la comunicación entre las ciudades colocadas sobre el lomo de las
montañas, en la región más fría y poblada del reino; los segundos están
destinados al comercio extranjero, a las relaciones que subsisten entre el
interior y los puertos de Veracruz y Acapulco; además facilitan el cambio de los
productos entre la Meseta Central y los llanos ardientes de la costa."

La Ciudad de México fue la meseta del Altiplano Central la región privilegiada


por las mejores comunicaciones. Ya desde la época prehispánica ahí se
concentró la mayor cantidad de caminos, y a la llegada de los españoles
también se puso especial énfasis en esa zona, donde a lo largo del siglo XVI se
asentaron las primeras ciudades.

Una vez establecido el gobierno virreinal, las necesidades de la población


llevaron a las autoridades a trazar caminos carreteros y de herradura, que
permitieran la comunicación a través del territorio; muchos de éstos siguieron
las antiguas rutas de la época prehispánica. Así, durante el siglo XVI se ordenó
trazar diferentes caminos. Hacia el sur el de México-Acapulco, que cobró gran
importancia porque, como se sabe, a este puerto llegaban las mercancías
provenientes de Asia en la llamada Nao de China, que venía de Filipinas; otros
caminos con dirección al sur fueron el de Tehuantepec y el de Oaxaca. Hacia el
oeste se construyeron vías con destino a Michoacán, Colima y Jalisco. La
construcción de esta última carretera se ordenó en 1586, debido a la intensa
actividad económica, comercial y minera que había alcanzado el Bajío. Por lo
que se refiere a los caminos que iban con dirección hacia el norte, se hicieron
los de Querétaro, Guanajuato, Zacatecas y Pánuco. El de Zacatecas se abrió
motivado por el descubrimiento de sus minas de plata, lo que derivó en que ya
para 1554 se encontraran establecidos ahí 300 vecinos españoles. El camino
que iba a Zacatecas se prolongó más tarde hasta Durango, y de ahí a Santa
Fe, en Nuevo México.

La explotación de la plata fue, de algún modo, la justificación de la Conquista.


También motivó el desplazamiento de la población, la fundación de ciudades y
la construcción de caminos. En el siglo XVI se descubrieron los yacimientos de
Pachuca (1552), Fresnillo y Sombrerete (1554), Zacatecas y Guanajuato
(1564). Hacia el este del territorio se procedió a reparar el camino que iba a
Veracruz, ya que ese puerto era el único al que arribaban las flotas españolas,
sus pasajeros y mercancías.

Durante el siglo XVII se consolidó el sistema económico de la Nueva España y


al mismo tiempo se definió su fisonomía social. Ambas situaciones propiciaron
la construcción de caminos locales en las diferentes regiones, y el aumento de
la circulación en los ya existentes.

Sin duda alguna, la ruta más transitada fue la que atravesaba el territorio de
poniente a oriente. Para el siglo XVII, en el camino Acapulco-México- Veracruz
se habían construido una serie de ventas donde los comerciantes y las recuas
hacían alto para reposar. El trayecto del puerto de Acapulco a la Ciudad de
México se hacía regularmente en 14 días, por camino de herradura; las ventas
que existían eran las de Chilpancingo y Cuernavaca; mientras que en el camino
hacia Veracruz estaban las de Chalco, Río Frío, Tlaxcala, Puebla, San Agustín,
Río Blanco, Orizaba y Córdoba. Por lo que se refiere al eje norte-sur, desde el
siglo anterior ya existía la ruta Santa Fe - Guatemala, pero las comunicaciones
se dificultaban porque estos caminos eran peligrosos, tanto por su deficiente
estado, como por los continuos asaltos de bandidos y bárbaros chichimecas
que en ellos ocurrían. Las rutas que se encontraban en mejor situación eran
aquellas que llevaban a los reales de minas, pues en ellas los mineros
circulaban escoltados por soldados. Hasta Zacatecas se avanzaba con cierta
facilidad, pero el tránsito por zonas más hacia el norte era inseguro.

Aun con todo lo realizado, y pese a los esfuerzos y recursos destinados a la


construcción, reparación y mantenimiento de los caminos, hacia el final de la
Colonia éstos no eran suficientes para el tránsito de recuas que llevaban
mercancías de un sitio a otro, además de que muchas de esas vías seguían en
mal estado.

Durante los tres siglos de la dominación española se construyeron numerosos


puentes para facilitar las comunicaciones, pero son muy pocos los que quedan
en pie. Algunos de ellos fueron de madera, lo que ocasionó su deterioro con el
paso del tiempo. La Ciudad de México, cruzada por canales y puentes,
conserva algunas calles que los recuerdan: Puente de Alvarado, Puente
Monzón, Puente de la Leña y Puente del Espíritu Santo.

PUERTOS Y FORTIFICACIONES

Desde que se inició la dominación en América, el gobierno español se


preocupó por establecer una red de fortificaciones destinada a disuadir a los
posibles enemigos marítimos. La estructura defensiva iba acorde con la
concepción imperial que buscaba, por una parte, hacer frente a los desafíos de
Francia, Inglaterra y los Países Bajos y, por otra, mantener un rígido control del
comercio en sus colonias. En el caso de la Nueva España fueron dos los
puertos habilitados para el comercio exterior: Veracruz, en el Golfo de México,
a donde llegaban las flotas procedentes de Cádiz, y Acapulco, en el Pacífico, el
cual desde 1581 fue autorizado para el tráfico de Oriente, y donde la Nao de
China arribaba tres veces al año.

Los ingenieros militares que trabajaban en América se enfrentaron a diversos


problemas desde el punto de vista constructivo. Debían atender una enorme
extensión territorial donde no había caminos adecuados, por lo que echaron
mano de los materiales existentes en cada región para implementarlos, y tal
fue, particularmente, el caso de la madera.

Por lo que se refiere al arte de labrar la piedra, éste cobró gran importancia y
fue objeto de diversos tratados. Otro aspecto que tuvieron que atender los
ingenieros novohispanos fue el de las técnicas de cimentación bajo el agua. En
la construcción de las fortificaciones se siguieron, por lo general, las técnicas
europeas.

Las murallas de Campeche se iniciaron en 1686 y se concluyeron 18 años


después. Para fines del siglo XVIII el sistema defensivo comprendía un recinto
fortificado, constituido por la muralla, de trazo hexagonal irregular, que rodeaba
al caserío. La muralla alcanzaba seis metros de altura y tenía un desarrollo
aproximado de 2 mil 500 metros de extensión, con ocho baluartes artillados. A
fines del siglo XVIII, para ampliar el radio de acción de la plaza, se
construyeron en la costa varias baterías autónomas. Campeche se convirtió en
una de las plazas fuertes de América, fue orgullo de sus constructores y
comenzó a denominársele, con toda justicia, "la ciudad de los baluartes".

El trabajo de los ingenieros militares fue más allá de la construcción de


fortalezas, ya que intervinieron en otras muchas obras públicas que lograron la
renovación del ambiente de la construcción en la Nueva España.
FUENTE DE RIQUEZA MINERAL

Uno de los principales intereses de los conquistadores en el territorio de la


Nueva España fue la minería. Apenas ocupada la Ciudad de México, se
iniciaron los viajes de exploración para encontrar yacimientos de metales
preciosos.

En la explotación minera, los españoles introdujeron el uso de instrumentos de


hierro y la pólvora, con lo que lograron mucho mayor profundidad que la antes
alcanzada por los indígenas.

En un principio se emplearon los métodos extractivos conocidos por los


indígenas, basados en la solubilidad de la plata en plomo fundido.
Posteriormente, con el auge de la minería, se hicieron necesarios nuevos
procedimientos: el más importante de ellos fue el método de amalgamación,
llamado también "de patio" porque se hacía al aire libre y con el azogue como
catalítico para la fijación de la plata.