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Hora Santa Adoración Nocturna Mexicana

Jesús Nuestra Sanación

Oración Introductoria

Jesús, gracias porque te has hecho hombre y has querido venir al mundo para
curar nuestras dolencias y sanar nuestras almas. Señor, alivia nuestras
enfermedades, las de nuestros padres, familias y amigos. Te ofrezco esta
meditación por todos aquellos que sufren, especialmente por los que no te
conocen o no creen en tu poder sanador. Dios mío, aumenta mi fe para que Tú
puedas entrar en mi corazón y curarme de todas mis enfermedades.

Reflexión Bíblica Lectura, o guión para el que dirige

Del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43

Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha


gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga,
llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo:
«Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se
salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que
había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin
provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de
Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si
logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le
secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al
instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió
entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le
contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: "¿Quién me ha
tocado?"». Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho.
Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y
temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. El le dijo: «Hija, tu fe te
ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos
diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús que oyó lo
que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y
no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el
hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el
alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice:
«¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se
burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre
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de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la


mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo,
levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía
doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que
nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.- Palabra del Señor.

Reflexión

La virtud de la fe es la llave que abre el corazón de Cristo que arde por derramar
todas sus gracias sobre nosotros. Esforcémonos particularmente por acrecentar
en nuestra vida esta virtud, pues Dios ha querido que le pidamos todo lo que
necesitamos con fe y confianza. Transmitamos en nuestra familia esta actitud de
fe, sobre todo cuando nos enfrentemos ante el sufrimiento físico o moral de un
ser querido.

Una oración valiente, que lucha por conseguir tal milagro; no esas oraciones
gentiles: ´Ah, voy a orar por ti´, y digo un Padre Nuestro, un Ave María y me
olvido. No, sino una: la oración valerosa, como la de Abraham, que luchaba con
el Señor para salvar la ciudad, como la de Moisés, que tenía las manos en alto y
se cansaba, orando al Señor; como la de muchas personas, de tantas personas
que tienen fe y con la fe oran y oran. La oración hace milagros, ¡pero tenemos
que creer! Podemos hacer una hermosa oración... y decirla hoy, todo el día:
«Señor, creo, ayúdame en mi incredulidad»...y cuando nos piden que oremos
por tanta gente que sufre en las guerras, por todos los refugiados, por todos
aquellos dramas que hay en este momento, rezar, pero con el corazón al Señor:
«¡Hazlo!», y dile: «Señor, yo creo. Ayúdame en mi incredulidad» Hagamos esto
hoy. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de mayo de 2013, en Santa Marta).

Muchas veces el Señor Jesús despidió a los que buscaban la sanación con
estas palabras: “tu fe te ha salvado”. Este es el remedio, como cuando nos duele
la cabeza y tomamos un analgésico y esto es el alivio, aunque en este caso es
temporal, quizás vuelva el dolor de cabeza, porque el mal puede tener muchas
causas. Pero pensemos en la mujer adultera, ella en ningún momento expreso
palabra alguna hasta que el Señor le pregunta: ¿Dónde están los que te
acusaban? ¿Ninguno te condeno? Ella contesta: Nadie Señor. El Señor le dice:
Yo tampoco te condeno, vete pues y no peques más. Jn 7, 53-8. Y nos podemos
preguntar: ¿y la fe? ¿Qué salvo a la mujer? Para la enfermedad del pecado, el
remedio es la misericordia de Dios y su pronta respuesta a perdonar al pecador
aunque este no suplique por si mismo. Ahora a la mujer, aunque no lo aclara la
lectura del evangelio, seguramente el contacto, la experiencia del perdón de

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Dios, debió de ser tan impactante que la marca para siempre, porque como el
Señor Jesús dijera: “Mucho ama al que mucho se le perdona”

Para alcanzar la sanación debemos hallar la gracia de Dios, para que el nos
escuche, para que nuestra oración llegue a sus oídos y proceda según su Santa
Voluntad. Cuando esta gracia esta lejos de nosotros, por causa del pecado,
difícilmente la sanación llegara a nosotros. Pero cuando el Señor Jesús no
encuentre en su gracia, derramara abundantemente en nosotros su poder
sanador, porque “Vino a El un leproso rogándole, y arrodillándose le dijo: Si
quieres, puedes limpiarme. Movido a la misericordia, extendiendo Jesús la
mano, lo tocó, y le dijo: Quiero; sé limpio.…” Mc 1,40-41

Propósito

Al iniciar las actividades del día haré un acto sincero de fe en Dios diciendo:
"Creo en ti, Dios mío!"

Diálogo con Cristo

Jesús, me acerco a ti porque quiero tocarte con lo más profundo de mi alma


para ser sanado. Sé que puedes curarme de todas mis enfermedades, sobre
todo las del alma, pues tú has venido a traernos la salvación y el perdón de los
pecados. Ayúdame a incrementar mi fe, con la oración, para poder acercarme
más a ti con un corazón sencillo y abierto a tus dones.

Contemplación afectiva
Jesús, que no has venido por los sanos si no por los enfermos:
- Si tú quieres puedes sanarme.
Jesús, que has compartido nuestro mismo dolor y sufrimiento.
- Si tú quieres puedes sanarme.
Jesús, que te has compadecido de nosotros en nuestra enfermedad.
- Si tú quieres puedes sanarme.
Jesús, luz de los ciegos, pero especialmente de los ciegos a la fe.
- Si tú quieres puedes sanarme.
Jesús, que te compadeciste del pobre leproso, compadécete de nuestra lepra
espiritual.
- Si tú quieres puedes sanarme.
Jesús, salud plena de todos los hombres.
- Si tú quieres puedes sanarme.

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Todos
Señor Jesús, que estuviste al lado del Padre cuando creaba al hombre y
vieron que era bueno, y le diste la salud perfecta, compadécete de nosotros,
perdidos en el fango del pecado y devuélvenos la salud de cuerpo y alma.

Madre María, que cuidabas amorosamente al Señor Jesús niño, cuídanos a


nosotros, tu que compartiste el dolor del cuerpo y del alma sobre todo cuando
una espada atravesaba tu pecho al ver a tu Hijo colgado de la cruz, aboga por
nuestra salud.

Preces:
Señor Jesús, sabes que somos enfermos, que hay pobreza en la naturaleza
humana, hoy te queremos pedir por nosotros y por nuestros hermanos
enfermos, y te decimos:
Si tú quieres puedes sanarme
- Por nuestros hombres y mujeres, niños y ancianos enfermos, las perlas de
tu Iglesia. Oremos.
- Para que busquemos antes que la salud del cuerpo, la salud espiritual,
Oremos.
- Por los hombre sanos, porque algún día estarán enfermos. Oremos.
- Para que en medio de la enfermedad encontremos tu mirada
misericordiosa que nos devuelva la paz. Oremos.
- Para que en medio del dolor, el sufrimiento, el agobio que provoca la
enfermedad, podamos encontrar el gozo de podernos llamar hijos de Dios,
y un día alcanzar la gloria prometida. Oremos

Intenciones Libres.

Llenos de confianza, sabiendo que Dios siempre nos escucha nos atrevemos a
decir: Padre Nuestro que estás en el Cielo….

Nos preparamos unos momentos en silenciosa reflexión, esperando la bendición


de Dios, por medio de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que está en medio de
nosotros, frente a nosotros en el altar, desde donde nos contempla lleno de
Amor.

Inclinamos nuestra cabezas, llenos de dicha de estar compartiendo este


momento de oración, de meditación reflexiva, de mutua contemplación sanadora
que emana del Amor inefable de Cristo Eucarística.

Canto Final. Despedida.


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