Está en la página 1de 48

Rocanroles alcantarillescos

Prólogo: Rock en vivo ............................................................. 9

Si volviera el amor ................................................................... 13

Metro Balderas ......................................................................... 25

Tanque lleno y rol .................................................................... 33

Los campesinos siderales ........................................................ 45

Otros créditos ........................................................................... 47


No sé si cantarles una historia urbana
o una historia humana,
¿ustedes qué preferirían escuchar?

Rockdrigo, introducción a “Perro en periférico”,


En vivo en el café de los artesanos
6
Prólogo: Rock en vivo

Nora de la Cruz

¿No conoces a Rockdrigo?, de- ban hasta el día siguiente, en


cían mis interlocutores cuando algún punto de la madrugada,
notaban que yo no reconocía desde las bocinas de un estéreo
la frase que citaban en nuestra mal ecualizado con doble case-
conversación. Ocurría a me- tera salían armónica, guitarra,
nudo porque, aparentemente, voz y una frase conocida: ca-
toda la experiencia chilanga balgo sobre sueños innecesarios
estaba condensada en sus cua- y rotos, prisionero iluso de esta
tro discos (me asaltaron, ¿estás selva cotidiana. ¿Quién canta
bien?, sí pero me quitaron casi eso?, pregunté. Me dijeron que
todo lo que dice el Rockdrigo). Rockdrigo. Para mí, “No tengo
Yo respondía que no: el nom- tiempo” era la canción de los
bre de Rodrigo González no micros: casi siempre que algún
me sonaba de nada. joven subía con su guitarra para
O eso creía yo, porque ganar una moneda que no afec-
cuando las fiestas se prolonga- te su economía, cantaba ésa. Me

7
gustaba y la sabía de memoria so, dice el tamaulipeco en una
gracias a mi uso cotidiano del entrevista cuando le preguntan
transporte público. Cuando lo sobre su llegada a la Ciudad de
pienso ahora, parece casi ritual: México. Rockdrigo pudo ver al
miles de habitantes del Estado DF desde la distancia, y a Tam-
de México se desplazan de sus pico desde la capital. Y aun-
municipios de origen para ir a que sus canciones urbanas no
estudiar o trabajar a la ciudad; niegan la realidad —violenta
conforme se acercan aparece y complicada desde entonces,
un músico callejero: un Virgi- desde siempre— comparten
lio que los guía en su descenso el espíritu de las dedicadas a la
por el Periférico hacia la tram- Huasteca: abrazan la belleza de
pa (¿qué trampa?, los saludan lo sórdido y la supervivencia se
al llegar). Pero nadie atiende al vuelve una aventura. Al cabo y
aviso y la máquina los vuelve qué: si algún día tu historia tie-
una sombra borrosa. ne algún remanso dejarías de
Nadie puede cantarle a ser ciudad.
una ciudad como quien la en- Es probable que el atracti-
frenta, venido de lejos. Claro vo de la obra de Rodrigo Gon-
que quienes nacieron en ella zález sean todas las aparentes
la aman y la odian con inten- contradicciones que logra
sidad. Pero el espanto es una conciliar. El rock, el blues, la
forma peculiar del asombro y canción de protesta, la música
quien necesita entender tam- popular mexicana, las ideas de
bién explica. Yo estaba bien Freud, de Marx, Chava Flores,
sacado de onda y bien confu- La Familia Burrón, el sonido

8
duro de la música norteame- y espiritual. Le preocupaba el
ricana adaptado a la dicción tiempo (“No tengo tiempo”,
mexicana y a su tempera- “Tiempo de híbridos”, “Dis-
mento. En esa fusión está su tante instante”) y —como a
fuerza y por eso encontramos Nezahualcóyotl— la fugaci-
en sus letras la dualidad de la dad de la vida, su transcurso
que tanto se ha escrito al inten- irreversible: no hay manera de
tar explicar nuestra identidad: regresar la cinta, tu amor fue
la risa sombría, la melancolía un rock en vivo. Algo intuía
festiva. Rockdrigo es cábula, también sobre la muerte. Y sus
profundo, irreverente, solem- observaciones fueron tan agu-
ne, oscuro, colorido, prosaico das que aún no se diluyen; sus

9
imágenes se mantienen vigen- lescente en la ciudad derruida
tes y los mexicanos seguimos por el temblor del 85; Sylvia
siendo —en el fondo— los Aguilar Zéleny cuenta cómo
mismos: divas francesas, asala- para una niña el viaje se con-
riados, amas de casa un poco vierte en una forma de vida;
tristes, en la campechana men- finalmente, Jesús Vicente Gar-
tal, en la vil penetración cultural, cía narra un rito de iniciación
en el agandalle transnacional, en oficiado en una azotea del DF.
lo oportuno-norteño imperial, Tres historias situadas en los
en la desfachatez empresarial, años ochenta que observan la
en el despiporre intelectual, en la semilla de nuestra historia re-
vulgar falta de identidad. ciente, escritas con la misma
A propósito de las cancio- perspicacia y el candor con los
nes de Rockdrigo, alrededor que Rockdrigo describía a la
de ellas o desde su centro, tres Ciudad de México y veneraba
autores construyen sus ficcio- su ferocidad.
nes. Alejandro Arteaga relata
una insólita expedición ado-

10
Si volviera el amor

Alejandro Arteaga

No fue una buena idea, es distintos tonos de gris se alza-


cierto —si pienso, sobre todo, ba en grandes columnas por
en lo que hallamos allí—. Pero doquier. Y si Carlos y Andrés
eso lo sé hoy. Nos introduji- me acompañaban, era más
mos a las ruinas del edificio por una curiosidad malsana
Berlín cuando terminaba la que por solidaridad auténtica.
tarde. Y esa fue la peor deci- Cada uno de nosotros se
sión, la hora. La ciudad era arrogaba un relato único de so-
un espanto. El último movi- brevivencia, aunque cada quién
miento había ocurrido la no- hubiese estado en el centro de
che anterior y las cuadrillas de una calle, bajo el quicio de al-
rescate abandonaron el traba- gún edificio sólido, o acaso de
jo por miedo a que los edifi- la mano de su madre, como
cios aún en pie terminaran de me sucedió a mí, en el momen-
caer. Sin luz eléctrica y con in- to del temblor. En resumen, la
cendios inacabables, humo de

11
casualidad nos había querido a mamá, la angustia en los ojos
salvo. de todos, el apuro en los pasos,
el polvo que se hizo habitual en
Aquella mañana me había sor- los meses siguientes. Y la muer-
prendido el color del cielo —un te efectiva, por supuesto.
azul tan intenso como invero- Mamá pensó en su hijo
símil—, y mientras atravesaba Julio y en mi padre —eso
uno de los senderos del parque dijo—, en el resto de la familia
al lado de mi madre, sentí el que vivía en donde mayores
movimiento de la tierra. Pron- destrozos hubo y a la que no
to comprobé el balanceo de pudimos encontrar sino has-
todo, el sonido del concreto y ta días más tarde, mermada
el metal, los cristales que caían y en descomposición. Yo no
semejantes a una lluvia infame, podía dejar de pensar, aún en
los muros que, cual montón de los primeros minutos del lío, en
fichas, se removían de su base lo diferente que sería mi vida a
hasta deslizarse al vacío. partir de ese instante, en el ho-
Recuerdo que nos arro- rizonte que se abría para el jue-
jamos al suelo cuando cayó go y la aventura en ese desastre
cerca de nosotros un pesado general. Si soy sincero —inten-
fragmento de lámina. No sa- ción que no le otorga ninguna
bría describir a cabalidad lo que validez a mi relato—, diré que
ocurrió después: la repetición pensaba en Hilda y en el vatici-
de un derrumbe sin control, nio de mis sueños.
los gritos, el azoro unánime, la Desde hacía meses soñaba
preocupación imperecedera de con las ruinas de mi ciudad y

12
me veía con otros muchachos, de abstraerme del entorno y
colándome en las entrañas desdoblar una visión en terce-
de los viejos palacios venidos ra persona ante cualquier si-
abajo, como un juego infantil tuación adversa. Una habilidad
prodigioso, para recuperar las que no me abandona. Supongo
cabezas, las manos, los frag- fue el miedo y la incredulidad
mentos de todos. Hilda era en de que todo aquello sucediese
aquel tiempo mi incondicional frente a nuestros ojos: la ciu-
y mi consejera, una muchacha dad haciéndose humo, los lu-
de mi edad que figuraba, me- gares nuestros desapareciendo
diante su discurso y su gracia, bajo un montón de piedras.
la guía de mi rencor y de mi De camino a nuestra calle,
espíritu. vi el peor panorama que jamás
imaginé.
Permanecimos en una orilla del Aunque parecía eterna la
parque; mi madre con lágrimas trompicada caminata, no tarda-
en los ojos, balbuceando, tal mos mucho en alcanzar nues-
vez preguntándose qué hacer tro edificio y comprobar que
primero, mirar desde ese lugar se hallaba erguido y sin proble-
privilegiado la desbandada y el mas —sin grandes problemas,
caos o correr a la escuela de Ju- al menos.
lio o a nuestra propia casa. Yo Allí mi madre halló un
me hallaba alerta, pendiente poco de paz.
del horror que venía; sin em- Quizá sobra relatar lo que
bargo, comencé a desarrollar siguió, la manera en que locali-
una habilidad desconocida, la cé a mi hermano más tarde de

13
14
vuelta de la escuela, los grupos Traté de averiguar si acaso
de muchachos que se organiza- Hilda y su familia se halla-
ban para rascar en los montones ban allí en mal momento, si
de piedras en busca de sobrevi- habían salido, si se encontra-
vientes, el alboroto de señoras ban fuera a la hora del tem-
y agregados en la entrada de blor. Nada resultó. Comenzó,
nuestro edificio, mi madre de pues, a abrumarme el discur-
un lado a otro auxiliando a sus so que Hilda me legó, el de la
vecinos en apuros, nuestra ayu- destrucción y el rencor como
da en el acarreo, y el recorrido un alto sueño, pues ella sabía
por la zona devastada que era desmenuzar mejor que nadie
inmensa. lo que nos orillaba, otorgan-
Lo que deseo contar —y do las culpas precisas, asig-
en cierto sentido figura el mo- nando sin chistar la autoría
tivo central de mi relato— fue de los crímenes y los abusos,
que en ese recorrido me en- la infinita rabia que quizá sin
contré con lo que ya presentía justificación real animaba
un hecho ineludible: las rui- nuestros días.
nas del edificio Berlín, el edi-
ficio de Hilda. Arropados por la última luz de
Oí la charla de los hom- la tarde, Andrés propuso que
bres en el lugar. Los distintos entráramos a las ruinas a través
huecos entre los escombros de un hueco de la calle trasera,
vaticinaban nuevos derrum- así podríamos colarnos sin ser
bes, y la probabilidad de so- vistos por las cuadrillas que
brevivientes parecía escasa. descansaban del otro lado, a la

15
espera de la maquinaria pesa- y una estancia llena de mue-
da. Por ser animador de esa ex- bles cuyo tamaño excedía el
pedición, me tocaba la punta. espacio; las habitaciones re-
Carlos cubría la retaguardia. sultaban insuficientes para el
La manera en que se desplo- número de inquilinos.
mó el edificio Berlín resul- A pesar de los escombros
taba peculiar. La planta baja y los pedazos de muebles de
y el primer piso soportaban la planta baja no fue difícil
heroicamente las cuatro plan- llegar al primer piso. Andrés
tas superiores, contrahechas sostenía una lámpara de ju-
como un emparedado, salvo guete que apenas alumbraba.
en su centro, donde aparecían No obstante, nos ayudó a en-
vencidas en implosión. Los contrar el rellano y el pasillo
huecos para subir eran pocos central. Ese corredor mostra-
y estrechos. El inmueble, a pe- ba ya el primer inconveniente
sar de su baja altura, abarcaba pues desde allí se apreciaba el
media manzana. Por tanto, lo centro vencido del edificio,
atravesaban extensos corre- el techo del segundo piso in-
dores y al menos tres cubos de clinado y con la instalación
escalera se acomodaban en su eléctrica expuesta.
línea central. Vale decir que los ruidos
Hilda y su familia habi- del lugar nos alteraban un tanto.
taban el tercer piso. Yo había Tronaban aquí y allá maderas,
conocido su departamento, piezas de duela, vigas endebles;
humilde como el nuestro, caían montones de polvo y pie-
con dos pequeñas recámaras drecillas en nuestros hombros y

16
cabeza; se escuchaba fielmente, Con nuestra charla se acen-
a cada paso, cómo el edificio tuaron los pequeños derrum-
no había terminado de asen- bes en esa zona y luego de que
tarse. cruzamos el hueco hacia el pa-
Justo cuando Carlos ha- sillo del segundo piso (o lo que
bía hallado un primer hueco quedaba de él) se nos figuró
entre los escombros del pasi- que sería complicado regresar
llo, y se había introducido por por donde habíamos venido
él arañándose los brazos con pues una buena cantidad de
los alambres de un cimiento, piedras se deslizaron cuando
un alud de conciencia se le Andrés cruzó el último.
vino encima. Nos arrastramos con di-
—Y a todo esto, ¿qué ve- ficultad en ese túnel angos-
nimos a buscar? to formado por dos pesadas
Francamente no supe qué losas. Yo llevaba conmigo la
responder pues no me lo ha- duda de qué había ido a bus-
bía preguntado yo mismo, y car a ese lugar. Lo más seguro
me resultó curioso compro- es que Hilda no se hallara en
bar que los muchachos habían el edificio a la hora del tem-
venido conmigo sin saber, por blor o que hubiese salido an-
el mero afán de aventura, aún tes, pues ayudaba a sus padres
a riesgo de su salud. en el negocio familiar y para
—Juan vino a buscar a su ello debía salir de madrugada
novia —respondió Andrés. todos los días. Hoy creo que
—Qué imbécil —remató lo que me llevó allí fue una
Carlos. especie de culpa infantil y el

17
18
impulso de héroe de historie- piedras, una voz pequeña y
ta que como buen adolescente apagada que por momentos
me cargaba por aquella épo- parecía la de una niña y, en
ca. Carlos y Andrés no eran otros, la de una anciana en
distintos, y aunque conocían vía de muerte.
mi cercanía con Hilda, no No mentiré si digo que a
los arropaba una solidaridad los tres nos invadió el miedo.
generacional como he dicho. Convencido de que esa era la
Era una simple manera de lle- voz de Hilda y, por tanto, era
nar el tiempo y arrogarse un urgente ir en su ayuda, grité
motivo para ir tirando. su nombre varias veces y oí-
Comprobamos que ha- mos de nuevo la voz aunque
bíamos llevado lejos ese jue- no reconocimos cabalmente
go y decidimos huir de allí sus palabras. Carlos y Andrés
cuanto antes. Era lógico, la se introdujeron por un agujero
vía de acceso se hallaba ce- que había en un muro inclina-
rrada luego de nuestro paso do y los seguí. Encontramos,
por el estrecho hueco. An- no sin dificultad, un hueco,
drés propuso que alcanzára- quizá la estancia de uno de
mos el centro del pasillo para los departamentos. Allí pudi-
salir por el desnivel natural mos ponernos medianamente
del derrumbe y hasta allá nos en pie. Avanzamos inclinados
desplazamos. Fue entonces hasta un baño a desnivel en
que oímos el primer clamor, cuya ventana se colaba un rayo
el vago sonido de una voz hu- de luz de procedencia impre-
mana que venía de entre las cisa. Asomamos la cabeza por

19
el marco y en segundos creí nuestra incursión no tendría
escuchar una radio encendida un buen fin ni un cómodo re-
en el fondo de ese agujero, una greso. Recuperé la vanguardia
transmisión que se interrum- de la escueta expedición y me
pía. Pronto mis compañeros deslicé con mucho trabajo por
también la percibieron. Volví el boquete. Cuando los tres
a llamar a Hilda con el temor estuvimos dentro y quisimos
de que el sonido derribara los avanzar en diagonal por los
escombros. restos aplastados de ese otro
En el momento en que sa- departamento pisamos don-
limos por esa ventana y decidi- de no debíamos y resbalamos
mos trepar por unas escaleras aparatosamente varios metros
inclinadas que llevaban al cla- hacia el fondo de la sima. An-
ro de una ventila, sospeché que drés se hizo daño en un brazo

20
y yo me torcí un tobillo. Car- Era como si el tiempo se
los trató de alcanzar sin éxito hubiese detenido, como si el
la lámpara de juguete perdida mundo entrara en una pausa
en la caída. Probó con una para acompañar nuestra vana
varilla larga y no consiguió empresa, pues confundida
sino extraviarla aún más en- entre la estática lejana de la
tre otros objetos rotos. En el radio volvió la voz, y con ella,
fondo lejano de una maraña con todo el esplendor de un
de cables y fierros retorcidos acto así en un contexto seme-
vimos esa luz mínima, la que jante, lo que menos esperába-
nos habría ayudado a salir sin mos y que sin duda se alinea
tanto esfuerzo. Cerré los ojos con el orden de mis sueños,
desconsolado. con Hilda y con los días de
Estábamos perdidos. entonces. Revelarlo aquí, más
Guardamos silencio pues que obvio, es de mal gusto.
en breve oímos con nitidez el Sólo diré que Andrés guardó
aparato de radio, sintoniza- silencio como yo, y Carlos
do quizá en una estación de trató de decir algo pero no
música antigua pues reconocí pudo.
el siseo de una grabación de ¿Cómo volvimos a la su-
acetato. perficie? Aún no me lo explico.

21
Metro Balderas

Sylvia Aguilar Zéleny

En la estación del Metro Balderas,


ahí fue donde yo perdí a mi amor

Rockdrigo

Lo recuerdo así. que es hora de irnos, Papá nos


Mamá nos despertó y espera.
afuera aún estaba oscuro. Ya Papá se había ido al DF en
es hora, dijo. Horacio y Ra- el 84. Era la época en que to-
miro refunfuñaban por cinco dos creían que lo mejor estaba
minutos más de sueño. Ya es- allá, trabajos, departamentos,
taba lista. Me había dormido oportunidades. Dinero. Papá
con todo y ropa porque en quería dinero. Él decía que
la madrugada nos iríamos al en el DF mis hermanos irían
DF. Ay niña, qué ocurrente, a la universidad y serían mé-
dijo mamá. Niños arriba pues dicos o abogados o ingenieros

23
o arquitectos. Yo, yo sería una A mediodía entramos al
muchacha de bien. DF, mis hermanos se desper-
Los abuelos nos dejaron taron, los tres observábamos
en la central de autobuses; esa ciudad que sólo conocía-
abrazos y lágrimas. No se ol- mos por la tele y por las plá-
viden de nosotros, dijeron. ticas de los mayores. Ciudad
A las seis de la mañana ya de México, dijo el chofer antes
estábamos en el camión. Mis de apagar el motor y abrir la
hermanos y Mamá se durmie- puerta.
ron apenas salimos del pueblo. Habíamos llegado.
Yo en cambio, no tenía sueño. No se suelten de la mano
Quería ver el paisaje, quería repetía mamá. No caminá-
ser la primera en ver la ciudad bamos, éramos arrastrados
asomarse en la distancia. por una ola de brazos, pier-
El chofer tenía música, nas, prisa y malos modos.
canciones de Lupita D’alessio, Caminamos por un largo pa-
de José José, una de Amanda sillo, bajamos escaleras y de
Miguel, canciones que me pronto estábamos frente a él.
sabía de memoria y que iba Papá. Pero no era el mismo,
cantando en mi cabeza. Voy era un dibujo de sí mismo,
a ser cantante, les había pro- como uno de esos monitos
metido a los abuelos. Les ase- que haces de palitos y círcu-
guré que iba a salir en la tele, los. Pálido, flaco, pelo largo
que les iba a mandar saludos, y bigote. Nos echamos a sus
que nunca-nunca me olvida- brazos. Sus besos y sus cari-
ría de ellos. ños eran como si apenas nos

24
hubiéramos visto ayer, besos nos quedábamos en el apar-
pálidos y flacos como él. Por tamento, miércoles, jueves,
aquí, nos dijo, y nos guió a la viernes. La única diversión
calle. era oír la radio y ver la ciu-
Un taxi, un camión y dad desde la azotea. Por ahí
muchas cuadras después es- un edificio, por allá a lo lejos
tábamos en su apartamento, otro, miren, miren, ahí va un
un lugar triste y pequeño en avión.
la azotea de un barrio gris. Los niños están aburri-
Papá tenía dos empleos, dos, le dijo Mamá a Papá el
pasaba el día fuera. Noso- sábado por la noche. Lléva-
tros, Mamá y mis hermanos, nos de paseo, que conozcan la

25
ciudad, son sus últimos días luz. Sentíamos la misma emo-
antes de entrar a la escuela. ción que un niño que va por
Ese fue mi último día de primera vez al circo o se sube
ver la ciudad desde una azotea. al trenecito de una feria.
El domingo ya estábamos ves- Nos subimos. Velocidad,
tidos y peinados antes de las oscuridad, de pronto luz. Una
nueve de la mañana, listos para estación, otra. Gente en to-
descubrir el mundo más allá dos lados. Candelaria, Mer-
de la calle. Queremos conocer ced. Gente arriba, gente abajo.
el metro, le dije yo. ¿El metro? Pino Suárez. Gente, más y más
preguntó Papá. Sí, sí, el metro, gente. Niños, jóvenes, adultos,
gritaron mis hermanos. mujeres, hombres. Metro Bal-
El metro. Lo habíamos deras.
visto en la tele, lo habíamos Metro Balderas.
visto en películas, habíamos Fue ahí donde fui azotada
oído hablar de él, de su velo- por una ola de brazos, pier-
cidad, de lo largolargo que era nas, como la del primer día
y de cómo recorría la Ciudad en la ciudad. Una ola de em-
de México de principio a fin. pujones, prisa y malos modos
Finalmente llegamos. Mis que me arrastró, me llevó, me
hermanos y yo lo veíamos fas- sacó. Las puertas del metro se
cinados. Brinquitos de gusto, cerraron de golpe ante mí.
risitas de nervios. Ese largo En un segundo el metro
gusano naranja abriría sus se fue y yo me quedé. Una
puertas para nosotros y nos niña en el andén. Ni rastro de
llevaría a la velocidad de la Mamá, de Papá, ni rastro de

26
mis hermanos. Todos en el mocos con el brazo. Y volví a
metro. Minutos después llegó mi quietud.
otro metro, luego otro y otro Me quedé hasta que se
y otro y de ninguno salió mi hizo de noche, luego de día
familia. y otra vez de noche. Alguien
Nada de llorar, me dije me regaló una moneda, al-
como Mamá tantas veces me guien me compartió un taco,
dijo cuando perdía un jugue- alguien más me dijo, Si ven-
te o me raspaba una rodilla. des esta caja de chicles te doy
Me quedé ahí calladita, mi- la mitad del dinero, si vendes
rando a todos lados. Me que- dos te doy techo y comida.
dé ahí, conteniendo el miedo, Y así lo hice.
el llanto, el terror, El terror de Vendí una, dos, tres cajas
estar sola, el terror de no sa- de chicles.
ber ni dónde ni qué. El terror Ahí, en el metro.
del túnel donde la gente va y Me dieron techo.
viene sin que nadie te mire, Me dieron comida.
sin que nadie te busque, sin Me devolvieron al metro
que nadie te encuentre. al otro día.
Me quedé recargada en Pasaron días y semanas
una pared hasta que no pude y meses y aprendí a ir y venir
más y rompí en llanto. Estoy por la línea rosa, de Obser-
perdida, estoy perdida repe- vatorio a Pantitlán, de ida y
tía, pero nadie me hacía caso. de regreso, vendiendo chi-
Lloré hasta que no pude más, cles primero, paletas después.
me limpié las lágrimas y los

28
Cortaúñas, encendedores, yo- Villa, el Tri, Mecano, Tim-
yos de colores. biriche, Rockdrigo y Jaime
Pasaron días y semanas y López por una moneda. Can-
meses y de pronto ya vivía en to dentro y fuera del metro,
un cuartito oscuro con otros canto en todas las estaciones,
que también se habían perdi- pero Metro Balderas, ése es
do y que nadie había buscado. mi lugar. No voy para que me
Compartíamos monedas, al- encuentren, voy porque ése
mohadas, tortillas. Compar- es mi hogar.
tíamos eso, días y semanas y ¿Cuántos años han pasado?
meses y soledad, tanta sole- Siempre me la piden. Ésa,
dad. Éramos los niños que na- la del Metro Balderas. Ésa que
die buscaba. dice En la estación del Metro
Cuando menos me di Balderas, una bola de gente se
cuenta ya tenía catorce años la llevó. La canto con ganas,
y vivía de cantar de convoy la canto como nadie, la canto
en convoy. Me convertí en la porque es mi canción, la canto
cantante que había prometi- porque en la estación del Me-
do a mis abuelos. Mi reper- tro Balderas, ahí quedó emba-
torio pasaba de la ranchera rrado mi corazón.
al bolero al rocanrol. Lucha

29
Tanque lleno y rol

Jesús Vicente García

Era un gran rancho electrónico con nopales automáticos,


con sus charros cibernéticos y sarapes de neón.
Era un gran pueblo magnético con marías ciclotrónicas,
tragafuegos supersónicos y su campesino sideral.
Era un gran tiempo de híbridos.

Rodrigo González, “Tiempo de híbridos”

I sabe de dónde surgía, y el


Ger, ¡shhhh, cállense, cabro-
Subir a la azotea del edificio nes, porque si no mi jefe se va
fue fácil. El problema fue ba- a dar tinta! , pero ni está, es
jar. Gerardo nos decía pisa que los vecinos son bien chis-
por acá, agárrate de este lado mosos, ¡juar juar juar!
del barandal, y Alejandro y Teníamos la mezclilla in-
yo tapándonos la boca para jertada en nuestro look, los pe-
no soltar la carcajada, apenas los ochenteros. Mi greña larga,
nos veíamos y la risa quién medio lacia y expandida hacia

31
los lados, una playera negra, dad de Comunicación; quería-
chamarra gris, Converse ídem, mos salir en la tele y decir las
pantalón de tubo que mostra- noticias, hacer guiones, escri-
ba mis delgados atributos; Ale- bir en periódicos, jalar cables
jandro más conservador, aún en esas producciones que Te-
era un niño bien, camisa azul, levisa nos presumía. No había
pantalón de mezclilla normal, competencia. Ahí sí que se
un galán a sus dieciocho; Ge- monopolizaba el gusto de la
rardo, con su altura de jirafa y gente. El rey de los domingos
su voz de bocina, playera blan- era Raúl Velasco con Siempre
ca, greña larga, pantalón de en Domingo, y el de las no-
mezclilla, era el más fuerte y ches todos los días, Jacobo
alto, el que se imponía con esas Zabludovski. Nos sentíamos
ganas de cantar y no detenerse, casi radicales al escuchar a
extrovertido hasta el tuétano Tomás Mojarro en radio Uni-
en sus covers de José José y José versidad; algún día íbamos
Feliciano. a demostrarle al común que
ese monopolio y el PRI tenían
II que culminar sus reinados,
porque los jóvenes concien-
Aquel sábado en la mañana tizaríamos a todo ese pueblo
recibí la llamada de Gerardo. que comía futbol, bebía Co-
Quería fumar mota. Eran fina- ca-cola y le creía al Jacobo y al
les de los ochenta. Estudiantes Raulito.
de nivel medio superior, en Iztapalapa. Cerro de la
donde nos daban la especiali- Estrella. Me esperaron en un

32
puente del metro Taxqueña. cuado para elaborar cigarros
Peserazo. Había casas de lá- de la preciada yerba. Una vez
mina, partes sin pavimentar, hecho el primero, con papel
el PRI todavía no lograba po- extraído de una caja de marl-
nerle estética a sus políticas boro, nos desplazamos hacia
urbanas. Contrastaba con el la azotea. Era octubre, el vien-
edificio donde vivía Gerardo. to era frío, con apenas unos
Su papá tenía auto. Nos ins- rayos flacos de sol. Había llo-
talamos en el depa, tirados en vido levemente la noche an-
la alfombra, con el teléfono de terior. Nos sentamos cerca de
disco, cubierto por una tapa los tambos del agua.
como las que se usan para el No hay bronca, decía el
pan, caguamas servidas en co- Ger, prende, prende. Lo en-
pas para vino, ambiente ade- cendí. Aspiré una y otra vez,

33
aguanté el humo, lo saqué si estuvieras en el agua; no
con cierta premura para vol- me pone, qué sientes, qué se
ver a fumar ahora sí profun- siente, pues que te aliviana el
damente. Se lo pasé a Ger, cuerpo, que eres una pluma
fumó y fumó y fumó, luego de paloma que se mece en
Alejandro con algo de miedo, el aire, ¡ja ja ja, jo jo jo, juar
y así estuvimos, y platicamos juar!, una pluma ¡no mames
que si el material era bueno, amigo rito! El estómago co-
que si no pasaba nada, que mienza a doler de la risa.
me lo vendió un barrio de la Ándale, fúmale, y el sol se
Obrera, y Ger declaraba que metía en los ojos, la chama-
era la primera vez que fuma- rra ya estorbaba, los Conver-
ba y que no sentía nada; pues se querían bailar, la juventud
aguanta, no es mágico, y a mí se convertía en buen humor,
ya me estaba haciendo efec- entrábamos al maravilloso
to, y Alejandro comenzó a mundo de los casi veinte, con
decirnos que si la escuela es- la risa dándonos una revolca-
taba chida, que si las chavas da en el piso de la azotea; ya,
igual y no sé si contó algún pinche Ger, de qué te ríes, y
chiste, pero nos reímos cual tú, Alejandro, quién te dijo...
hienas; pasa el toque, tanque y más risas, y no se puede ha-
lleno y rol, qué es eso, pues blar y fumar y reír al mismo
que fumas, aguantas y le das tiempo… teníamos un mes
al otro el cigarro mientras tú de haber entrado a la escuela,
sacas el humo hasta que casi apenas nos habíamos puesto
no puedas respirar, como una borrachera el 15 de sep-

34
tiembre, en esa famosa noche sin orden sin ton ni son con
mexicana de 1988, en la Por- mucho humor verde... a fu-
tales, en la casa de Mónica, mar y a fumar que el mundo
todos acabamos amándonos se va acabar... ¿ya despertó
y ya el lunes el saludo de beso tu pierna o quiere Las Ma-
en la mejilla o el de la mano ñanitas?... ¿ya viste la calle?,
en que se abarcaba la otra y oye, esa vieja está re sabrosa,
se terminaba tronando los vuélvelo a prender, vamos a
dedos... en esta azotea no era quemarnos los dedulces, saca
posible no reírnos, era como un pasador para matar la ba-
entrar en otra dimensión que cha, tus llaves, ponlo entre el
sólo el humo lo permitía... llavero, nel, no te quemas el
¡¡ja ja ja ja ja!!... fúmale, oye, hocico, estiras los labios como
hazte otro, porque no siento si fueras a dar beso, igualito al
nada, ¿nada? Nada, por dios, Johnny Laboriel, eso es, aspira
cabrón, nada. Comencé a aspira fuma fuma, no tosas,
hacer otro como pude, entre aguanta o te va a lastimar el
risas y nervios porque había gañote, cof cof cof... me re-
subido una señora a tender gañó, qué es eso, pues que te
ropa y ni nos peló, saludó a raspó el cogote, güey, pareces
Ger, y se fue, y yo, aguanta, nuevo, soy nuevo, eres pen-
mejor abajo, nel, porque aba- dejo... ¿leíste La Jornada?, la
jo no se puede fumar, vamos trae el Alejandro, sí, ya mero
a bajarnos, espérate que se asume el poder el pelón, el
me durmió la pierna, des- Salinas de Gortari, dicen que
piértala; se hablaba de todo es chingón, quién dice eso, los

35
periódicos, ah dio, ¿a poco en esa alfombra y con esa cer-
lees todos los periódicos?... yo veza que sabía a paraíso y sus
leí que hizo fraude, y eso qué, ganas y su mezclilla y su voz:
pues que nomás por eso ganó Abran ya las cajas fuertes,/ va-
el PRI... y el Ger: apenas me lores y bienes también,/ billetes
está poniendo, y sus ojos rojos al contado, cheques al portador
me daban risa... y a bajarnos, y tarjetas de Banamex./ de to-
tira la bacha en el lavadero, dos los bancos, juar, juar, juar.
échale agua, que se vaya pa’que Y un vecino rocanrole-
no huela, hay que lavarnos las ro, aunque no rockdrigue-
manos y el hocico... ro y más trisolero, puso en
todo lo alto esa de: Siempre
III voy a amarte, siempre y siem-
pre más,/ pero por cualquier
Ya en el depa escuchamos una cosa que llegara a pasar, te
cinta del Rodrigo: Este es un debes de asegurar./ Saca un
asalto chido,/ saquen las car- seguro de vida a mi nombre,/
teras ya/ y bájense los pantalo- ¡saca un seguro de vida a mi
nes que los vamos a basculear./ nombre!,/ pues si de pronto
Presten medallas y aretes,/ ani- me dices adiós,/ vas a partir
llos y pulseras también/ somos mi corazón en dos. / No me
batos gandalletes y nadie nos saques un seguro de enferme-
va a detener./ Y el Ger alto al- dad/ porque estoy sano como
tísimo, bailando con esos pies un león... Con las dos rolas
rocanroleros, y el efecto de la puedo y eso que no me puso,
mariguana haciendo lo suyo ¡juar juar juar!, nomás me río,

36
pero no me puso, nel y nel, y ventas,/ escondan a sus her-
Ger insistía que era puro ro- manas,/ que ahí viene el Ete/,
llo eso de que fumar te ponía y otros discos cuyas rolas via-
chido, como el asalto chido jaron a 33 revoluciones, puro
de Rodrigo, vientos, vientos. elepé. Miguel Mateos (fresa
El primer toque le dio la me- pero pegador) deambuló en
jor elevada de ese principio la sala en que el humo pare-
de juventud; Alejandro con cía que se escapaba de nues-
los ojos chiquitos (bueno, tros pulmones, con el disfraz
pequeños, para evitar el al- de risa y la boca seca, que se
bur), se puso a contar chistes refrescaba cada que la cerve-
y creo que hasta inventó, no za resbalaba por la boca y se
importaba que fueran malos iba por el cuerpo cual tobo-
o buenos, uno se reía, porque gán de balneario.
fumar mota inyecta deseos El teléfono sonó. Gerardo
de vivir y la vida nos estaba contestó y sus sí, claro que sí,
diciendo aquí estoy, vívan- sí, nos bajó a la realidad. Lle-
me, están en el momento de gó su jefe. A Alejandro y a mí
disfrutar lo que no saben que se nos atoró la cerveza y hasta
podría ser historia. se nos bajó el efecto. Senti-
Seguimos con unos case- mos que era un asalto chido
tes (unas cintas que la tecno- a nuestra tranquilidad. Entró
logía arrasó) del Rockdrigo: un señor con poco cabello,
Es el Ete, a donde quiera se alto, blanco, delgado. Buenos
mete,/ es el Ete, a las muje- días, dijo en tono solemne.
res somete,/ cierren puertas y Nos vio. Estuvo buena la fies-

38
ta, ¿verdad? Sí, dijimos con quieres no querer pero quie-
intento de risa, con la torpeza res… Préstame tu máquina
que los casi veinte nos per- del tiempo,/ quiero conocer la
mitía; aunque nos sentíamos eternidad,/ saludar de manos
muy verdad de dios, frente a a lo nuevo y perderme en una
la autoridad máxima de nues- extraña edad./ Ah, Rodrigo
tro amigo Ger, éramos menos nos veía entre tanto humo que
que una bacha, que ni prende sirvió de disolvencia entre los
bien y cuando prende se acaba ochenta, los noventa, los dos
rápido. mil, todas las décadas... Nos
Voy a lavar el carro, nos comimos unos tacos que sa-
dijo Ger, se va a ir mi jefe rá- bían a gloria y viajamos en el
pido. Qué güeva lavar. Y ahí metro línea azul y las cosas
iba el Ger con cubeta, jabón sucedieron en un tiempo en
y trapo. Entonces fue cuando que parecía no tener tiempo,
los recuerdos se fueron yen- y apareció la voz del inmortal:
do poco a poco, exactamente Cabalgo sobre sueños innece-
como un bajón de mota, en sarios y rotos,/ prisionero iluso
que sientes que flotas, que ca- de esta selva cotidiana,/ y como
minas acá, medio a la sonsa, hoja seca que vaga en el vien-
medio en el aire y medio en lo to/ vuelo imaginario sobre his-
profundo, y vas cayendo en el torias de concreto… de pronto
sueño inconsciente de la con- Alejandro ya es un ingeniero
ciencia, quieres dormir y no (con dos hijas), Gerardo can-
duermes, quieres estar des- tante (casado y con un hijo),
pierto y estás medio dormido, y yo de obrero pasé a limpia-

40
pisos, a mensajero, a redactor, en telefonazos (que son los
a obrero de las palabras y a menos) y el viaje sigue; una
quien se le dio la consigna de buenas rolas y un buen toque
escribir esto como si mi desti- jamás se olvidan y siempre
no fuese dejar huella de aquel permiten la continuidad, se-
rito de iniciación a manera guir cabalgando y recordando
de pacto de amistad. Con los esa mota que da paz interior,
años, seguimos viéndonos, que hace pensar mejor, que
pero ya ni nos pachequeamos abre otra puerta de la sensibi-
y en ocasiones sólo cheleamos lidad, que nos hace reír y de-
(las enfermedades a veces nos cir tanque lleno y rol, tanque
noquean)... y uno se convierte lleno y alma llena, córrelo por
en palabras, en imágenes, en la derecha, que siga el humo,
feisbuc, en mensaje de celular, que siga, saca, corre, va...

41
Los campesinos siderales

Alejandro Arteaga (Ciudad de México, 1977). Estudió Lengua


y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma
de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexi-
canas en el área de narrativa (2006-2008). Es editor de Casa
del tiempo, revista de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Relatos y ensayos suyos han aparecido, entre otros, en los su-
plementos La Jornada Semanal, Confabulario, y en las revistas
Casa del tiempo, Yagular, Lee+ y La Otra.

Sylvia Aguilar Zéleny (Sonora, México, 1973). Maestra en


Estudios Humanísticos por el ITESM y en Escritura Creativa
por la Universidad de Texas en El Paso. Autora de los libros de
cuento: Gente Menuda (Voces del Desierto, 1999), No son gen-
te como uno (ISC, 2004) Nenitas (Nitro-Press, 2013), Señorita
Ansiedad y Otras Manías (Kodama Cartonera, 2014), así como
de la novela Una no habla de esto (Tierra Adentro, 2008) Fue

43
becaria del FONCA en 2009 en la categoría de novela. Obtuvo
el Premio Nacional de Novela Tamaulipas 2014. Actualmente
imparte clases de Ficción y de Traducción Literaria en la Uni-
versidad de Texas.

Jesús Vicente García (Ciudad de México, 1969). Estudió el di-


plomado en creación literaria en la Escuela de Escritores de la
Sogem, es licenciado en Letras Hispánicas por la UAM Iztapa-
lapa. Corrector de estilo. Ha publicado tres libros de cuento,
Transbordo, La ciudad de los deseos cumplidos y Después de bai-
lar, ¿qué?, y las novelas El gran vals y ¡Muere, gusano, muere! En
2009, su cuento “La quiero a morir” obtuvo el 2º lugar en el IX
Premio de Narrativa Breve Tiran lo Blanc, Orfeo Catalán Méxi-
co. Ha sido antologado en diversos libros, y sobresalen, entre
otros, Juntos andan, Gäelle Le Calvez y Bernardo Ruiz, y Di algo
para romper este silencio, celebración por Raymond Carver, por
Guillermo Samperio.

44
Otros créditos

El texto “Rockdrigo, el profeta telúrico” pertenece al libro Dia-


rio íntimo de un Guacarróquer. Aparece por cortesía de Edicio-
nes B.
La transcripción de “Tiempo de híbridos” fue realizada por
César Miyaki.

Fotografías

El sacerdote rupestre
Portada y páginas 6, 10, 16, 18, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 29 y 30:
Archivo de la familia González Guzmán.
Páginas 12 y 15: Fabrizio León Diez
Página 31: Isaac Niño Escobar

Tiempo de Híbridos
Portada: “La limusina naranja”, Juan René Hernández; “Sin tí-
tulo”, Alejandro Arteaga; “El amor”, Leticia Europa.
Páginas 9, 14, 18, 20, 27, 37 y 39: Alejandro Arteaga.
Página 25: “La limusina naranja”, Juan René Hernández.
Página 33: Diana C. González.

45
Rockdrigo González:
El sacerdote rupestre / Tiempo de híbridos

Este libro se terminó de imprimir


el 15 de junio de 2015,
se empleó la fuente Cambria, stamPete,
Rock it y Minion Pro MT .
Su tiraje fue de 1000 ejemplares.

También podría gustarte