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MAZEPPA,

NOVELA,

TRADUCIDO AL CASTELLANO.

BE MMUIt GOMEZ Bl LA COSTINA

PARIS,
i
LIBRERIA AMERICANA,
CALLE DEL TEMPLE, H° 69.
PRÓLOGO.

» El que ocupaba entonces este


empleo era un hidalgo polaco , lla
mado Mazeppa, natural del Palati-
nado de Padolia; había sido page
de Juan Casimiro y habia adquirido
alguna erudicion durante su per
manencia en la corte.
» Una intriga que tuvo en su ju
ventud conlamuger de un caballero
de aquel pais fué descubierta, y el
marido le hizo atar desnudo sobre
i.
6
un caballo indómito y le dejó par
tir en esta disposicion. El caballo
que era de la Vkrania volvió allí y
llevó á Mazeppa medio muerto de
fatiga y de hambre : algunos paysa-
nos lo socorrieron; permaneció mu
cho tiempo entre ellos y se distin
guió en las primeras correrías con
tra los Tártaros. La superioridad de
sus luces le dió una grande conside
racion entre los Cosacos, y au
mentándose de dia en dia su repu
tacion , obligó al Zar á nombrarle
príncipe' de Ukrania. »

Voltaire, Hist. de Carlos XII, p. 196.


« El rey huyendo y hallándose
perseguido le mataron el caballo en
que iba montado ; el coronel Giéta,
herido y perdiendo toda su sangre
le dio el suyo. De este modo se pu
so dos veces á caballo en su huida,
á un conquistador que no habia po
dido montar durante la batalla. »

Voltaire, Hist. de Carlos XII, p. al6.

« El rey se fué por otro camino


con una partida de caballería. El
coche en que iba se rompió en la
marcha , y se le volvió á poner á ca
ballo. Para colmo de la desgracia se
extravió en un bosque durante la
8
noche : allí su valor no podiendo
ya suplir á sus fuerzas agotadas,
siendo los dolores de sus heridas
mas insoportables por la fatiga y
habiendo caido su caballo por causa
del cansancio, se hecho algunas ho
ras al pié de un árbol á riesgo de
ser sorprendido por los vencedores
que lo buscaban por todas partes. »
Voitaihe, Hist. de Carlos XII, p. 2 1 8.
I.

Fué en los llanos de Pultava en


donde el rey de Suecia, abandonado
de la fortuna, vio á su ejército en
derrota, y á sus mas valientes solda
dos degollados á su rededor. El po
der y la gloria que proporciona la
guerra , tan inconstantes como los
hombres que los ambicionan, esta
ban de parte del Zar victorioso, y
las murallas de Moscou quedaran
libres.
II.

Esta es la suerte de las batallas :


herido, cubierto de sangre, y dela
de los valientes que se han sacrifi
cado á millares para proteger la
huida de su rey, Carlos atraviesa
como un fugitivo los campos y los
rios. Ninguno de los suyos se atreve
á levantar la voz para reprender á
la ambicion su orgullo humillado,
en un momento en el que la verdad
hubiera podido hablar libremente
al poder.
El caballo de Carlos fué muerto :
Giéta le da el suyo y va á morir es
clavo de los Rusos. Durante algunas
u
leguas, este nuevo y arrogante cua
drúpedo sostiene bien la fatiga ; pero
al fin vencido por el cansancio , cae.
El rey se ve obligado á tender sus
miembros fatigados sobre la tierra ,
en medio de un bosque cuyas pro
fundas tinieblas no se hallan alum
bradas sino por los fuegos esparci
dos de las centinelas, y por los que
sirven de señales á los enemigos que
lo rodean ; ¿ son estos los laureles y
las camas por los cuales se arman y
se degüellan las naciones ?
Se pone al monarca al pié de un
árbol silvistre : advierte sus fuerzas
agotadas de resultas del combate y
de las marchas forzadas ; sus heridas
son dolorosas,y sus miembros se en
12
cnentran envarados : la noche es
obscura y Tria, y la agitacion que
causa la calentura impide al sueño
que le conceda un descanso pasa-
gero. Sin embargo Carlos sobrelleva
su desgracia con la dignidad de un
rey. En el exceso de sus infortunios
sabe ser superior á todos los dolores
que experimenta é imponerles silen
cio, siendo tan dueño de sí mismo
como lo babia sido en otros tiempos
de las naciones.

m.

Sus generales se hallan á su lado...


Ay ! algunos solamente, despues que
el desastre de un solo dia ha dismi
13
nuido mucho su número ; pero á lo
menos han muerto como valientes y
caballeros. Los que sobreviven, tris
tes y silenciosos se hallan tendidos
al rededor del monarca; y junto á
sus caballos; porque los peligros
hacen que el hombre y el bruto se
igualen y sean compañeros en la des
gracia. Entre ellos, Mazeppa, Het
man de Ukrania, guerrero lleno de
de valor y de serenidad, prepara,
bajo una antigua encina , un sitio
donde echarse a descansar : él era
casi tan robusto y tan anciano como
aquella reyna del bosque ; pero pri
meramente, sin embargo de hallarse
postrado por los trabajos de los dias
de fatiga , el príncipe de los Cosacos
3
u
limpia su caballo, le pasa la mano
por las ancas y las crines , afloja las
sinchas y le quita el freno. Se rego
cija al verle comerla frondosa yerba,
porque hasta entonces habia temido
que el animal excesivamente fati
gado reusase un pasto humedecido
con el rocío de la noche ; pero este
caballo de batalla era tan robusto
como su amo, y lo mismo que á él ,
le importaba muy poco una comida
demasiado frugal ó un abrigo poco
resguardado. Veloz como el viento ,
arrogante y dócil , obedecia á todos
sus deseos ; criado como los de los
Tártaros, reconocia su voz en me
dio de un gran gentío , y en las ti
nieblas de una noche sin estrellas,
15
hubiera seguido á su ginete como un
cervato tímido.

IV.

Mazeppa trata en seguida de cui


dar su persona. Tiende su capa so
bre la tierra , arrima la lanza al
tronco de la encina , examina si sus
armas se hallan en buen estado , si
la cazoleta de su carabina conserva
la pólvora, asegura la piedra ; y des
pues de haber registrado última
mente la guarnicion y la bayna de
su sable, saca de su mochila un ali
mento frugal, que ofrece al rey y á
sus compañeros por si quieren com
partirlo, y lo ejecuta con mas de
i6
sembarazo que lo harían los corte
sanos en un banquete sumtuoso.
Carlos acepta sonriéndose á fin de
afectar todavía alguna alegría, y ser
superior á sus heridas y á su des
gracia.
» Mazeppa, le dijo, si todos mis
guerreros valientes y audaces como
tú, pueden lisongearse de haberte
igualado en las escaramuzas , en las
marchas forzadas, y á la cabeza de
los forrageadores, yo debo decirte,
que despues de Alejandro, la tierra
no ha visto nunca una pareja mas
adecuada que tú y tu Bucéfalo. Toda
la gloria de los caballeros de la Es
citase eclipsa delante la tuya, cuando
se te ha visto galopar al traves de
los campos y de los rios. »
47
» iMaldita sea la escuela en donde
he aprendido á montar á caballo !
respondió Mazeppa. — ¿Y porqué
replicó Carlos, supuesto que has
adquirido tanta habilidad ? »
Ah ! dijo el Hetman, esto seria
una historia muy larga de contar, y
todavía tenemos mas de una legua
que andar, y mas de un golpe de
sable que repartir antes que nues
tros caballos puedan pacer tranqui
lamente en las orillas del Boristena,
á pesar de los enemigos que son diez
contra uno. Señor, vos teneis nece
sidad de descanso, y yo quiero ser
vir de centinela á vuestro acompa
ñamiento. »
« No , dijo el rey, \ yo quiero que
t 18
me cuentes tu historia ! ¿ quien sa
be ? Puede ser que me reconciliará
el sueño que mis ojos desean inutil
mente. »

V.

¡ Está bien ! señor, bajo esta es


peranza, prosiguió Mazeppa, quiero
probar el despertar mi memoria de
sesenta años. Yo tenia veinte, si
veinte años; Casimiro era quien go
bernaba la Polonia, y ya habia seis
años que habia sido recibido en el
número de sus pages. Juan Casimiro
era un monarca sabio y enteramente
diferente de vuestra majestad, nunca
hacia la guerra , ni conquistaba rey
19
nos para perderlos en seguida, y
( exceptuandolos debates de la dieta
de Varsovia ) reynaba con el mas
tranquilo reposo. No por esto dejó
de experimentar algunas inquietu
des : amaba á las musas y á las her
mosas ; unas y otras son tan ásperas
que algunas veces sentia no hallarse
en los campos; pero luego que su
mal humor se habia pasado, tomaba
otra querida ó un libro nuevo. Su
gusto era el dar fiestas esplendidas ;
todo Varsovia acudia para admirar
la magnificencia de su corte, los ri
cos aderezos de sus damas y los ves
tidos bordados de los cortesanos.
Casimiro era el Salomon de Polonia :
así lo celebraban todos los poetas
20
exceptuando uno solo que no te
niendo pension, hizo una sátira, y
se lisongeaba de no saber adular.
Finalmente era una corte en donde
no se veian sino fiestas, corridas de
caballos, parejas, y en la que los
cortesanos se ocupaban en hacer
versos , yo mismo un dia me atreví
á versificar y á firmar mis elegías,
en el desgraciado Tir.
•; • vi. - -'

Habia un cierto conde Pal tino


de un nacimiento ilustre y antiguo ,
rico como una mina de sal ó de
plata (i), y arrogante, vos lo cree-
(i) Esta comparación puede perdonarse
á un habitante de Polonia en cuyo pais la
principal riqueza consiste en las minas de sal.
21
reis sin trabajo, como si hubiera sa
lido del cerebro del rey de los dioses.
Su nobleza era tan relevante y tenia
tan grandes riquezas que muy pocos
señores podían compararsele ; pero
se complacia de tal modo en contem
plar sus tesoros y en hojear sus an
tiguos pergaminos que perdíala ca
beza, hasta el punto de imaginarse
que todo su mérito venia de él
mismo.
Su muger no era de igual dicta
men : treinta años mas joven que
su marido estaba cada dia mas can
sada de su autoridad , y ademas de
los deseos ocultos algun tiempo ha
bía, de las esperanzas, de los temo
res, de algunas lágrimas derramadas
24
za, mi valor y mi audacia hubieran
perdido sus primeros fuegos, segu
ramente que á estas horas no refiFi-
ria cuentos bajo una encina sin otro
abrigo que un cielo sin estrellas.
Pero continuó : La hermosura de
Teresa.... me parece que la veo pa
sar delante de mí junto á aquel cas
taño ; ¡ tanto es lo que su memoria
está todavía presente en mi cora
zon !
Sin embargo, mees imposib le en
contrar palabras para pintaros su
talle gracioso : tenia los ojos negros,
propios de las hermosuras asiáticas,
que la vecindad de la Turquía con
cede á las polonesas, pero salia de
ellos respirando amor, una luz suave
25
semejante á los primeros rayos de
la luna nueva ; lánguidos y vivos
á un mismo tiempo, sus miradas re
cordaban las de los santos mártires
que, espirando en los tormentos,
levantan al cielo sus ojos arrobados,
como si fuese para ellos un deleyte
el entregarse á la muerte. Comparo
frecuentemente su frente serena á la
superficie de un lago cristalino, do
rado por los rayos del sol, cuyas
olas no se atreven á hacer oir el mor
mullo y que el cielo se complace en
mirarse en su cristal. El color de
sus mejillas, sus labios de carmin...
¿ pero que añadiré ? la amaba enton
ces, la amo todavía, y en los cora
zones semejantes al mió el amor no
' 3
26
conoce sino los estreñios. Estos co
razones aman eternamente y la som
bra de lo pasado sigue á Mazeppa
hasta su vejez.

VIII.

Vi á Teresa, suspiré. Teresa no


habló y sin embargo me respondió :
hay mil gestos, mil miradas que ve
mos y que entendemos , pero que no
podemos definir. Estas son las chis
pas involuntarias del pensamiento
que se escapan de upa alma abrasada
de amor , y las que establecen entre
dos amantes un comercio siDgular y
misterioso : son los eslabones de la
cadena ardiente que reune, á pesar
S7
suyo, á dos corazones jóvenes, y
que como el metal eléctrico les sirve
de conductor para comunicarse sus
fuegos recíprocos.
La vi, y suspiré.... Yo lloraba mí
amor lejos de ella, y mi timidez me
impedia el acercarme. En fin, le fui
presentado y pudimos hablar de
cuando en cuando sin despertar las
sospechas. ¡ cuantas veces esperi-
menté cerca de ella el deseo de ha
cerle una dulce confesion de mi
amor ! ¡ cuantas veces formé este
proyecto ! las palabras espiraban en
mis labios trémulos. Un dia final
mente hay un juego sencillo que
sirve para pasar el tiempo he
olvidado su nombre; pero Teresa y
28
yo lo jugamos un dia, no sé porque
casualidad : yo me inquietaba muy
poco de perder ó de ganar; para mí
era lo suficiente el estar á su lado ?
el oir y el ver á la que amaba con
tanta ternura. Yo la observaba como
una centinela inquieta ( ¡ ojala que
la nuestra esté tan vigilante esta no
che ! ). Teresa está pensativa; olvida
que juega, cesa de alegrarse ó de
afligirse de los diferentes cambios de
la suerte, y sin embargo continua
jugando, como si una voluntad se
creta la hiciese permanecer allí mas
que el deseo de vencer á su partidario.
Un pensamiento vino á ilustrar mi
razon como un rayo de luz; creí
leer en sus miradas alguna cosa que
29
me decia que Teresa no me conde
naría á morir desesperado , y de re
pente me declaré tartamudeando
todavía ; mi poca elocuencia no me
impidió el ser oido, y esto basta :
la muger que escucha una vez, es
cuchará una segunda; su corazon
no es de bronce, y aun se puede
tener la esperanza de apelar de su
primera negacion.

IX.

Yo amaba y me hallaba corres


pondido. Dicen, señor, que vuestra
magestad no ha conocido nunca es
tas dulces flaquezas ; si esto es cierto
abreviare' la historia de mis penas y
3.
30
de mi dicha, porque os parecería
tan absurda como inútil ; pero no
todos los hombres han nacido para
reynar sobre sus pasiones, como vos
reynais sobre ellas y sobre las de
los pueblos. Por lo que á mí toca,
yo soy, ó mas bien yo era un prín
cipe, gefe de muchos miles de sol
dados que podia conducirlos á los
terribles peligros; pero jamas he po
dido lisongearme de tener sobre mí
mismo el imperio que tenia sobre
los demas.
¡Apreciable destino el de un aman
te dichoso ! ay ! ¡ su felicidad se con
vierte tarde ó temprano en infortu
nio ! Yo veia á Teresa en secreto y
la hora de las citas siempre se acer

i
31
caba con lentitud segun el deseo de
mi viva impaciencia. Los dias y las
noches no eran nada para mí, no
contaba sino la hora encantadora ;
ay ! no he conocido ninguna seme
jante, y daria toda la Ukransapor
una hora como aquella : daria toda
mi gloria para ser todavía page;
aquel page dichoso que no reynaba
sino sobre un corazon, que no poseía
sino su espada , y que todos sus te
soros eran los dones de la naturale
za, la juventud y la salud.
¡Que hora tan misteriosa la de
nuestras citas! se dice que el secreto
aumenta el encanto ; por mí lo igno
ro , pues hubiera sacrificado mi vida
para poder dar una sola vez á Teresa
32
el nombre de esposa á la faz de la
tierra y del cielo, y frecuentemente
me lamentaba de no poderla ver sino
á escondidas. ,

Mil miradas espian á los amantes:


todos los ojos curiosos se fijan sobre
nosotros. El diablo deberia ser me
nos severo para los amantes caute
losos. ¡ El diablo ! Yo siento el
echarle la culpa ; mas bien deberia
acusar á algun santo enojado que
tubo un placer en descargar su có
lera sobre nosotros. Una hermosa
noche, algunos hombres pagados
para espiarnos nos sorprenden y se
apoderan de mi persona,
33
El conde ardia en cólera : yo es
taba sin armas ¿mas aunque hubie
ra estado armado de pies á cabeza,
que hubiera podido hacer contra un
número superior ? Estábamos cerca
de su castillo , lejos de la ciudad y
de todo socorro, el dia apenas em
pezaba. « Ved me decia á mí mismo,
el último sol que veré ; ved mi últi
ma hora. » Mientras me conducian
al castillo , me recomendé á la santa
Virgen; hice memoria de dos ó tres
santos, y me resigné con mi suerte.
Jamas he sabido que le sucedió á mi
Teresa , porque despues de esto he
mos vivido muy separados el uno
del otro.
El conde palatino, como lo ima
ü
finareis fácilmente, no era tierno en
su cólera, y en este caso, no hacia
mal en estar furioso , pero lo que
mas le atormentaba era el temer
que el accidente que acababa de
suceder no derogase su posteridad.
No podia persuadirse que hubiese
podido hacerse un ultrage semejan
te á sus nobles cuarteles ; como él se
creia el mas noble de su familia y el
primero de los hombres, se figura
ba que debia serlo á los ojos de to
dos, y particularmente á los mios.
<( ¡ Por la muerte ! ¡ un pagecillo ! »
Un rey quizas le hubiera reconcilia
do con su mala ventura ¡ ¡ pero un
page ! No puedo pintaros su fu
ror : yo experimenté demasiado bien
sus efectos.
35

XI.

Que me traygan un caballo, ex


clamó, y al punto fué conducido.
Era verdaderamente un noble cua
drúpedo nacido en los paises de
Ukrania, y cuyos miembros pare
cian dotados de toda la vivaci
dad del pensamiento; pero todavía
bravio y tan indómito como el ga
mo de los bosques : no habia mas
que un dia que habia sido cogido,
y jamas babia conocido la espuela ni
el freno. Este hijo del desierto fué
couducido á donde yo me hallaba ,
resistiéndose fieramente , con las cri
nes herizadas, y cubierto de espu
36
ma , de cólera y de terror. La gente
que tenia pagada , me pusieron en
cueros, y me aseguraron sobre sus
lomos por medio de diferentes ata
duras , y dando al momento un lati
gazo al animal , le dejaron partir en
plena libertad... Volábamos, los tor
rentes son menos rápidos y menos
impetuosos.

XII.

Volábamos, yo apenas podia res


pirar. Amanecia , y no vi hácia que
parte se dirigia el cuadrúpedo. Los
últimos sonidos de la voz humana
que hirieron mis oidos fueron los
de mis enemigos, de quienes me
37
alejaba rápidamente. El viento ha
cia llegar á mis oidos los gritos de su
alegría y de su risa feroz. En un ex
ceso de rabia; me esforzó á volver
la cabeza; rompí la cuerda que su-
getaba mi cuello á las crines del
animal, y medio incorporado les
envié mi maldicion ; pero en medio
del resonante galope de mi caballo,
quizas no me oirian ó no se digna
rian escucharme. Lo siento, porque
hubiera querido haberles devuelto
sus infames ultrages. Es cierto que
se los hice pagar bien caros algunos
años despues , cuando no quedó del
castillo , de su puente levadizo, y de
sus fortificaciones ni una piedra, ni
una puerta, ni un foso, ni una bar
4
38
rera. En los campos del conde no
quedó ni señal de la mas pequeña
yerba, excepto la que crece en el
borde de un muro en donde estaba
la piedra del hogar. Se pasará por
allí mil veces, sin poderse pensar que
baya habido una fortaleza. Yo he
visto arder sus torres, y desplomar
se sus almenas humeantes; he visto
caer en forma de lluvia el plomo
derretido , desde los remates de los
techos del edificio, consumidos y
ennegrecidos, y cuyo grueso no pu
do libertarlos de mi venganza. To
dos aquellos miserables se hallaban
muy le'jos de imaginarse en la oca
sion de mi suplicio, que un dia me
volverian á ver á la cabeza de diez
39
mil caballos, á fin de dar gracias al
conde por el viage que me obligó á
hacer, cuando lanzándome como si
fuera sobre la luz de un relámpago ,
me quiso enviar á encontrarlos hor
rores de la muerte.
Se divertieron cruelmente conmi
go atándome á los lomos de un ca
ballo fogoso que me daban por
guía. Yo á mi vez disfruté del pla
cer de la venganza , porque el tiem
po todo lo allana , y solo se nece
sita espiar la hora favorable : no hay
ningun poder humano que sea ca
paz de substraerse de los largos des
velos, y de la paciencia del enemigo
inflexible que conserva como un te
soro la memotia de sus ultrages.
40

XIII.

El caballo y yo volábamos sobre


las alas del viento, dejando atras to
das las habitaciones de los hombres,
y corlábamos el aire como los me
téoros que brillan y desaparecen ;
cuando los tinieblas de la noche se
hallan atravesadas por los relámpa
gos del norte. Sobre nuestro cami
no , no se veia ninguna poblacion ,
por todas partes se extendia una lla
nura inmensa circundada por un es
peso bosque, y presindiendo de
las almenas de algunas fortalezas,
elevadas en otro tiempo para res
guardarse de los Tártaros, no se re-
41
conocía ninguna señal de la presen
cia del hombre. El año anterior, un
ejercito otomano liabia pasado por
aquellos países, y en todos los para-
ges pisados por los caballos de los
Espays, la yerba luna el terreno en
sangrentado ; el cielo se manifestaba
sombrío y pardo, el viento hacia
oir sus tristes gemidos, y yo hubiera
querido responderle por un suspiro;
pero comamos tan rápidamente que
no podia suspirar ni articular una
suplica ; las gotas frias de mi sudor
inundaban las brillantes crines de mi
caballo que redoblaba su velocidad
y cuyas narices temblaban de cólera
y de espanto. Algunas veces me ima
ginaba que iba á apresurar menos su
4-
A2
carrera; pero no, mi cuerpo era solo
un ligero peso para sus robustos lo
mos, y mas bien le excitaba como
si fuera una espuela. Todos los mo
vimientos que yo hacia para libertar
mis miembros hinchados y dolori- '
dos aumentaban su furor y su mie
do. Yo trataba de aquietarlo por me
dio de la voz ; era muy débil, pero
sin embargo, le hacia temblar como
un latigazo : á cada uno de mis
acentos , saltaba como si oyese el
sonido guerrero del clarin. Mientras
tanto mis ataduras estaban empapa
das en la sangre que corria de mi
cuerpo mogullado, y mi garganta
se hallaba devorada de una sed ar
diente.
43

XIV.

Llegamos á la entrada del bosque ;


era tan extenso que por ninguna
parte pude descubrir sus límites. A
un lado y á otro se elevaban los ár
boles tan viejos como los siglos, y
sus troncos inmóbiles no hubieran
cedido al impulso de los vientos fu
riosos que braman en los desiertos
de la Siberia y que desoían todo lo
que encuentran á su paso ; estaban
poco inmediatos unos de otros , y los
tiernos vastagos, espesos y frondo
sos, llenaban los espacios entre los
troncos antiguos. Estos árbolitos es
taban adornados con todo el lujo de
44.
la primavera ; aun no era el tiempo
de las noches de otoño, que cubren
la tierra de hojas coloreadas de un
rojo apagado, semejantes al color
de la sangre de los cadáveres de los
guerreros que quedan muertos en el
campo de batalla , y que una noche
de invierno, extendiendola escarcha
sobre sus cabezas insepultas, las ha
helado y endurécido de tal modo
que los buytres intentarían en vano
el destrozarlas. Este era un extenso
soto en medio del cual, de trecho
en trecho se elevaba, el sombrío
castaño, la robusta encina y el pino
piramidal. Fué para mí una dicha el
que estuviesen separados los unos
de los otros; sus ramas pcrmilian un
45
paso fácil y no desgarraban mis.
miembros. Todavía conservaba la
fuerza de soportar el dolor de mis
heridas, ya cicatrizadas por el frio,
y mis ligaduras estaban tan apreta
das que no podia temer una caida.
Atravesamos como el viento, dejando
á nuestra espalda el soto, los árboles
y los lobos que oia correr detras de
nosotros. Nos perseguian á manadas
con aquel paso infatigable que cansa,
muchas veces la fiereza de los perros
y el ardor de los cazadores. No nos.
dejaron ni aun á la salida del sol :
los vi á muy poca distancia cuando
el dia empezaba á aclarar el bosque,
y durante toda la noche Labia oido
sus ligeros pies muy inmediatos á.
46
alcanzarnos. Ah ! ¡ supuesto que era
forzoso el morir, yo hubiera querido
verme armado con una espada y una
lanza, y perecer á lo menos en me
dio de estos feroces enemigos, des
truyendo algunos ántes de espirar !
Cuando el caballo partió se me ha
cia tarde el llegar al te'rmino de su
carrera, y en aquel momento des
confiaba de su fuerza y de su celeri
dad, j Desconfianza vana ! era de un
raza silvestre, tan ágil como el gamo
de las montañas , y huia mas ligera
mente que la nieve relumbrante que
cae delante de la puerta de un labra
dor á quien aprisiona en su cabaña.
Siempre mas fogoso y mas asombra
do, estaba mas furioso que un niño
47
que experimenta la negación de lo
que desea , y mas irritado que una
muger caprichosa á quien el despe
cho ha sacado fuera de sí.

XV.

Habiamos atravesado el bosque :
el sol estaba á la mitad de su carre
ra, pero el ayre era frio aunque es
tábamos en el mes de junio. Tam
bien puede ser que mi sangre se
hubiese helado en mis venas. Los
dolores prolongados abaten al hom
bre mas valeroso : entonces no era
lo que parezco en el dia; tan violento
como un torrente de invierno, no
habia todavía decidido mis senti-
48
mienlos tjue ya se manifestaban en
el esterior. La rabia, el terror, los
tormentos de mis miembros magu
llados, el frio, el hambre, la ver
güenza y la desesperacion de verme
agarrotado y en cueros sobre un ca
ballo indomito ¿no eran causas su
ficientes para oprimir mi cuerpo
aniquilado ? ¿hubiera sido estraor-
dinario que se hubiera rendido un
momento bajo el peso de tantos ma
les reunidos? Ademas yo era de una
familia cuya sangre se alternaba muy
fácilmente y cuyo furor se asemeja
al de una serpiente que se siente
pisada por un pié temerario.
Parecia que la tierra huia y que
el cielo daba vueltas á mi rededor.
29
'Cada momento creia que iba á caer;
ay ! mis ataduras estaban demasiado
bien apretadas. Mi corazon se ha
llaba oprimido, mi cabeza desvane
cida , y en mi frente el movimiento
de mis venas redoblaba con celeri
dad ó cesaba de repente. Los cielos
me parecían una rueda que se movia
continuamente, y los árboles los veia
vacilantes lo mismo que los hombres
embriagados.Un desvanecimiento re
pentino privó á mis ojos de la clari
dad del dia. La muerte no causa
una agonía mas cruel que la mia :
en mis terribles angustias obser
vaba que las tinieblas se aumentaban
y que se disipaban para volver to
davía sobre mi vista; era en vano
5
50
que yo intentase el ver otra vez la
luz y el despertar mis sentidos en
torpecidos; me encontraba como
un desgraciado naufrago sobre una
débil tabla , á quien las olas levan
tan y cubren á un mismo tiempo
empujándole bácia una costa aban
donada. Mi vida se parecia á aque
llos relámpagos imaginarios que lu
cen repentinamente en nuestros ojos
cerrados, en medio de la obscuri
dad ó en los primeros accesos de una
calentura ; parecía que mis dolores
se babian calmado, pero yo sufria
una turbacion confusa mas insopor
table que el dolor. Temia, lo confie
so, el volverla á experimentar, cuan
do la muerte se apoderase de mí
51
Supongo sin embargo que aun ha
brá que pasar por pruebas mas crue
les, ántes de vernos reducidos a
polvo, pero que importa, he espe
rado siempre la muerte con sereni
dad , y jamas me hará temblar.

XVI.

Do repente recobro el conoci


miento : ¿ en dónde me encuentro ?
Siento la impresion del frio, pero
estoy siempre aturdido y entorpeci
do; á cada pulsacion la vida reanima
poco á poco mis miembros, hasta
que una zozobra repentina me haga
experimentar una nueva convulsion
y rechace hasta mi corazón mi sangre
espesa y helada. Sonidos espan
tosos resuenan en mis oidos, mi
vista se obscurece y parece que
no entreve los objetos sino al traves
de un cristal espeso : creo oir el.
choque de las olas y reconozco tam
bien el cielo sembrado de estrellas.
Esto no era un sueño : el caballo
atraviesa un rio rápido cuyas olas se
extienden sobre un vasto lecho , nos
hallábamos en medio y el caballo se.
dirigió hacia una orilla desconocida
y solitaria. El contacto del agua po
ne un término á mis dolores amorte
cidos , y mis miembros embotados
adquieren en este rio benéfico una
fuerza pasagera. Mi cuadrúpedo lu
cha valerosamente contra las olas
53
qne se estrellan sobre sus anchos
pechos. Llegamos á la resbaladiza
orilla, cuyo puerto de salvacion,
aprecié muy poco, porque á mis es
paldas todo era sombrio y espanto
so, y delante no veia sino tinieblas
y terror. ¿Cuántas horas pasé del dia
y. de la noche en esta suspension de
mis zozobras? esto no podré decir
lo. ; apenas conocia si aun tenia vida..

xyn.

El caballo intenta salir á, la orilla


que parece rechazarle : sus pelos y
sus crines estan lucientes y moja
dos, sus miembros tiemblan, sus lu
jares arrojan un humo, espeso ; y sin
54
embargo aun se encuentra con fuer
zas para ponerse sobre la orilla.
Una llanura inmensa se extiende á
lo lejos en las sombras de la noche,
la vista no puede medir' su exten
sion, semejante á los precipicios que
algunas veces nos presentan los sue
ños cuando dormimos. La luna que
salía á mi derecha me permitia ver
á una parte y á otra algunos espa
cios como blanquecinos y algunos
ce'spedes separados en montones
confusos en un desierto sombrío.
Pero nada podia descubrirse distin
tamente que indicase la mas peque
ña choza , ni el menor resplandor
vacilante y lejano de una luz que
pudiese hacer nacer la esperanza
55
de hallar hospitalidad, ni tampoco
un fuego fatuo que se hurlase de mi
dolor. Ah! su claridad engañosa to
davía me hubiera recordado las ha
bitaciones del hombre.

XVIII.

Sin embargo las fuerzas del ca


ballo empezaban á agotarse, ya no
se arrastraba sino lentamente y ape
nas se sostenia sobre sus piernas in
seguras ; un niño hubiera tenido su
ficientes fuerzas para guiarle. Ay ?
¿qué me importaba entonces que
mi caballo ya no fuese indómito? yo
me encontraba siempre sngeto por
mis ataduras, y ademas si mis miem
56
Jiros hubieran quedado libres, to
davía me hubiera hallado mas dé
bil que él. Sin, embargo quise
ensayar por medio de algunos es
fuerzos el modo de romper las cuer
das que me agarrotaban , y solo
conseguí apretarlas. mas y hacer mas
insoportables mis dolores, pero á lo
menos esta carrera penosa estaba
bien inmediata á finalizarse.
Algunos rayos de luz que atrave
saban las nubes anunciaban la sa
lida del sol. ¡Qué lenta me pareció
su venida ! Se me figuraba que el
dia no se seguiria nunca ala prime
ra claridad que iba disipando poco
á poco las sombras de la noche.
¡ Cuanto acusaba la pereza de este

i
57
astro radiante mientras que el hori
zonte se coloreaba con una tintura
purpúrea por la parte del Oriente,
y que las estrellas iban desapare
ciendo al acercarse el carro de luz,
deseoso de recorrer el solo el cami
no de los cielos !

XIX.

Al fin pareció en .el horizonte y


los vapores que se elevaban sobre
aquel vasto desierto se disiparon á
su aspecto. Ay'. ¿qué me importaba
entonces el atravesar una llanura
inmensa mas bien que un rio ó un
bosque? Ninguna huella de hombre
ni de animales se veia impresa sobre
58
aquella tierra desierta ; hasta el ay-
re será solitario y mudo. No oia
ningun zumbido de los insectos ,
ningun pájaro matutino que bajo el
abrigo de las hojas saludase la vuelta
del dia. El cuadrúpedo , jadeando
como si fuera á espirar, aun recorrió
algunos iverstes y en todas partes
reynaba la soledad y el silencio.
Finalmente me pareció oir un re
lincho que salia de un bosquecillo
de pinos. Dudé un momento si seria
ó no el viento que bramaba chocan
do en las ramas de los árboles ; pero
no : veo acudir una caballada, se
avanza y forma un numeroso escua
dron. Quise dar un grito, pero mis
labios estaban mudos. Los caballos
*
59
galopan hacia nosotros con arrogan
cia j ¿pero que manos guian sus
riendas ? Ved mil caballos sin un
solo ginete : su cola flota á voluntad
de los vientos, ninguna mano ha to
cado nunca sus soberbias crines; sus
bocas jamas han conocido el freno,
el bocado nunca las ha ensangren
tado, sus pies no conocen las herra
duras, y jamas han herido sus hija-
res la espuela ni el látigo. Son mil
caballos libres como las olas que
ruedan en el Océano, y la tierra
retumba bajo sus rápidos pie's, como
el eco de los truenos. Vienen á
nuestro encuentro , y su cercania da
alguna agilidad á las piernas fatiga
das del que me conduce; parece que
60
se halla próximo á saltar de gozo, les
responde por un débil relincho y
cae. Todavia palpita algunos instan
tes, pero la pupila de sus ojos está
empañada y fria : queda inmobil, y
su primera carrera es tambien la
última. Espira.

XX. '

Sin embargo sus hermanos, hijos


del desierto , se acercaron y oyeron
su ultimo suspiro. Parecía que to
dos aquellos animales veian con ad
miracion á un hombre atado sobre
su compañero con nudos ensangren
tados. Se detienen..... tiemblan
respiran con inquietud , galopan á
.6M
uno y otro lado durante algunos
momentos, se arriman todavía, se
hacen hacia atrás y dan vueltas por
todas partes. De repente , guiados
por aquel que parecía el patriarca
de la caballada, y cuya piel de color
de ébano no estaba manchada con
ninguna pinta blanca, saltaron, se
separaron arrojando espuma por las
narices, y se alejarqn huyendo ha
cia el bosque , espantados por ins
tinto al aspecto delhombre.
Me abandonan á mi> desespera
ción , siempre atado al cadaver del
desgraciado cuadrúpedo : Ah Ijá lo
menos ya no sentia i el pesp que ha
bía causado su muerte , y del, que
inútilmente quise desembarazar) e,
6
62
Uno y otro estábamos inmóviles so
bre la tierra, el moribundo sobre el
que habia cesado de vivir. Yo no
creia que sin abrigo y sin otro apo
yo que un cádaver , fuese posible
que' mi cuerpo viese otro día.
í:->'> • ■ • , •, .

XXI.

Desdé la mañana hasta el cre


púsculo continué en. este triste es
tado , contando dolorosamente las
horas que se pasaban. Tenia justa
mente la vida que se necesitaba
para ver eclipsar el último sol que
debió alumbrarme. Existia en aque
lla; certitud desesperante que nos
da una especie de resignación con-
63
tra el último y mas cruel de todos
los temores, cuando los años nos
advierten que es inevitable y que
en algun modo hacen de ella una
especie de beneficio que no nos es
menos agradable aunque venga un
poco mas tarde; sin embargo noso
tros lo tememos y lo evitamos con
tanto cuidado como si fuera un sen
cillo lazo del que la prudencia po
dria libertarnos. Lo deseamos y lo
imploramos frecuentemente., y al
gunas veces aun lo buscamos con la
punta de nuestra espada ; pero la
muerte no deja por esto de ser un
fin triste y horroroso á causa de los
males intolerables que la acompa-
64
ñan , y nunca es bien recibida bajo
cualquiera Corma que se presente.

XXIL

Es muy estraordinario que los que


pueden llamarse hijos de los pla
ceres, esto es, aquellos que han go
zado con exceso de los deleytes de
la mesa, de los vinos; deliciosos, y
de todas las ventajas que da la ri
queza, es bien estraordinario, repito,
que todos estos se despidan de la
vida con tranquilidad y sin disgus
to, y ordinariamente con mas so
siego que los que tienen solo la mi
seria por patrimonio. El mortal
65
favorecido de la fortuna, que ha
disfrutado de todo lo que la tierra
ofrece de mas hernioso y de mas de
licioso , no tiene nada que esperar
ni nada que echar de menos. Solo
la incertidumbre del porvenir po-
dria afligirle, pero el hombre con
sidera raras veces el porvenir con
arreglo á su conciencia y mas bien
lo mira según el modo de pensar
que le permite la composición de
sus órganos. El desgraciado todavía
espera que sus males pueden tener
fin; y la muerte que debería recibir
como: una amiga no es á sus ojos si
no un enemigo celoso que viene á
impedirle que coga los frutos del
nuevo paraiso que esperaba aquí
6.
66
abajo. Quizas el dia de mañana es
taba fijado para aliviar sus dolores
y para sacarle de su abatimiento ;
quizas hubiera sido el último dia
que no hubiera maldecido , y hu
biera sido el principio de otros
nuevos años cuyo brillante esplen
dor hubiera disipado las tristes nu
bes que le rodeaban : recompensan
do de tantas horas consumidas en
lamentarse, el dia de mañana le hu
biera dado el poder de gobernar ,
de alucinar , de castigar ó de per
donar á sus enemigos : ¡Es posible
que este dia. no sirva sino para de
jar ver sus exequias! i
67

XXIIL ■■• ■

El sol iba á ocultarse y no tenia


ninguna esperanza de verme libre.
Me creia condenado á mezclar mis
cenizas con las del frió cadaver al
que me veia unido : mis ojos obs
curecidos tenian necesidad de cer
rarse para siempre. Dirigia mis úl
timas miradas hacia el cielo, y entre
el sol y yo vi á un cuervo ancioso
que esperaba con impaciencia que
estubiese muerto cerno el caballo
para empezar liéa comida. Daba
vueltas' sobre nosotros., se reposaba
á poca distancia y revoloteaba toda*-
vía : veia a la luz del crepúsculo
68
sus alas extendidas sobre mi cabeza
y que se me acercaba tanto que hu
biera podido darle un golpe si hu
biera tenido fuerzas para hacerlo ,
pero el corto movimiento de mi
mano , la arena, débilmente levanta*
da , y finalmente los acentos mori
bundos, que salian con esfuerzo de
mi garganta, muy poco semejantes
auna voz, todo reunido, fué sufi
ciente para espaatarlé y para, obli
garle á mantenerse separado.
Ignoro lo que pasó después : mi
último sueño es para mí la memoria
confusa de una brillante, estrella
que observaron mis ojos' á lo lejos
y que venia hacia mi como una
luz trémula y suave. Todavi» me
(59
acuerdo de la sensacion fria, penosa
y confusa que experimenté al recu
perar mis sentidos, del reposo de la
muerte que se siguió, y del ligero
soplo que despues me reanimó de
nuevo, de un corto momento de
alivio, de un peso frió que oprimió'
mi corazon, y de algunas chispas de
claridad que lucieron en mis ojos :
una respiracion dolorosa, una pal
pitacion precipitada , un temblor
repentSSo, un suspiro y nada mas.

XXIV.' '>

Me despierto.... ¿en dónde estoy?


; es ciertamente un rostro humano
el que me mira?.... ¿Es un techo el
70
que me protege y abriga?.... ¿es
erfuna cama en donde reposan mis
miembros? es en un cuarto en don
de me encuentro ?.... ¿los ojos que
me observan con una benevolencia
tan dulce , son los ojos de un mor
tal? Cierro mis párpados dudando
en donde me encontraba y si mi
última angustia se hallaba entera
mente terminada.
Una joven , con los cabellos suel
tos y con una figura afectuosa, me
miraba apoyada contra la pared de
la cabana. Desde el momento que
recobré mis sentidos , quedé admi
rado de la hermosura de sus ojos
negros y un poco esquivos, que no
Labia cesado de fijar sobre los mios.
71
A mi vez yo los fijé tambien par?»
convencerme de que aquello no era
un sueño, para asegurarme de que
vivia todavia, y de que no Labia
servido de pasto á los buytres.
Cuando la joven Cosaca vio abrir
mis párpados fatigados , se sonrió :
intenté hablarla , pero mi boca lo
reusó. Ella se acercó y con los la
bios y un dedo puesto encima me
hizo una señal que queria decir que
aun naiydebia intentar romper el si
lencio, y si esperay á que mis fuer
zas restablecidas permitiesen un li
bre paso á mis acentos, despues
puso sus manos sobre las mias, le
vantó la almoada que sostenia mi
cabeza , se alejó andando de punti
72
Has , abrió suavemente la puerta y
pronunció á media voz algunas pa
labras. Nunca he oido una música
que me pareciese mas dulce, ,el
ruido de su marcha ligera tenia Q
también alguna cosa de harmoniOr c
so. Aquellos á quienes llamó no 1
respondieron. Entonces salió ente- (
ramente del cuarto , pero antes me ,
dirigió otra mirada y me hizo otrá
señal como para darme á entender
que no tenia nada que temjp , que
alli todo estaba á mis órdenes, que
no iba lejos y que volveria luego.
Cuando no la vi mas tube una pena
en considerarme solo. i
: . . . ?' . . .(- .: i ' ' ' ,
I

73

XXV.

Volvió con su padre y con su


madre.... ¿Pero que añadiré á lo di
cho? No os fatigaré con la larga re
lacion de mis aventuras entre los
Cosacos. Ellos me encontraron sin
movimiento en el llano, me trans
portaron á la choza mas inmediata
y dieron la vida á aquel que un dia
debia ser su rey. ' ;
De este modo él insensato , que
quizo hacer mas terrible mi supli
cio para saciarse mejor en su ven
ganza , me envió al desierto agorra-
tado , desnudo y ensangrentado, no
pudiendo imaginarse que me pre
7
74
paraba allí un trono..... ¿Cuáles el
mortal que puede adivinar sus des
tinos futuros?... ¡Cerremos nues
tros corazones á una inutil desespe
racion ! Mañana el Boristena puede
todavía ver pacer tranquilamente
nuestros caballos sobre la orilla
otomana.... Nunca daré gracias al
cielo con mas gusto qne cuando nos
servirán de barrera las aguas del
Boristena contra los enemigos. « ¡Ca-
maradas buenas noches ! »
El hetman se acostó bajo la en
cina sobre una cama de hojas que
se habia preparado. Esta cama ni
era dura ni nueva para él : poco le
importaba el parage ni la hora en
que el sueño le sorprendia. Duer
75
me.... Si os admira que Carlos haya
olvidado el darle gracias por su re
lación, Mazeppa no debió estra-
ñarlo, dicen que el rey dormía ya
habia una hora.

ni DE MAZEPPA.
Biblioteca de Catalunya

Re9- 7ol mo
i Sig.
«8H
«■ESI
Mmm