Josué Sánchez

EN EL PABELLÓN
DE LAS DIECISÉIS CUERDAS

FONDO EDITORIAL TIERRA ADENTRO 527
Este libro obtuvo mención honorífica del Premio Nacional de Cuento • Índice
Joven Comala 2014

13 Frío
15 Pueden llamarme Jake
21 David Bowie nos dice adiós desde el espacio
27 Cabeza de ángel
33 Clavos
39 Restos de una película de Kazan
45 Pelea
Programa Cultural Tierra Adentro
49 Llámenlo Pantagruel
Fondo Editorial
55 Patio
59 Engranes
Primera edición, 2015
© Josué Sánchez
65 Por un mezcal
©Manuel Bueno por ilustración de portada 73 Balrog
77 Takeshi
D. R.© 2015, de la presente edición: 83 Huesos
87 No se trata del hambre II
Consejo Naciana! para la Cultura y las Artes
Dirección General de Publicaciones
Av.Paseo de la Reforma 175,Col. Cuauhtémoc,
CP 06500, México D. F.

ISBN 978-607-8423-84-2

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de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía
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Impreso y hecho en México
EN EL PABELLÓN DE LAS DIECISÉIS CUERDAS
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Ahora tenía aquel diente delante pero, más que contemplar No se trata del hambre II
un pequeño trofeo de hueso, lo entendía como el recordato-
rio de que su amigo fue una promesa del box y que el tiem-
po, una tenaza de polvo, lo había sacudido sobre la lona has-
ta iniciar una cadena de despojos que exhibía como primer
eslabón la muerte de Roberto, su entrenador. Miró a su ami-
go por un momento y de pronto ya no parecía tan alto y sus
hombros no se veían tan macizos como siete años atrás. Re- HANPASADO DOSHORAS desde la infección. El grupo de res-
cordó las tardes en que entrenaban juntos, los trucos que le cate que lideraba me recluyó en la azotea del Teatro Carba-
enseñó para desplazarse en el ring, las mañanas en que tro- llido, el último refugio de Xalapa. No tuvieron la sangre
taban por la avenida Ávila Camacho, las veces en que lo ha- fría para dejarme morir en la calle y ahora deciden qué ha-
bía visto derrotar por nocaut a más de un contrincante en la cer conmigo.
Arena Rebolledo, en el puerto de Veracruz, las cervezas y las Los sobrevivientes tienen miedo. Hay rumores de que
botellas de mezcal que compartieron. Pensando en esto, el ejército, como sucedió en la península de Yucatán, lama-
deslizó el estuche en el bolsillo de su pantalón. yoría de los pueblos de Chiapas y el puerto de Veracruz,
-Vámonos -se acercó y lo tomó por los hombros para incendiará la ciudad para olvidarse del asunto. En la fron-
ponerlo en pie. tera no fue así. Hace diez días un amigo me llamó desde
Pagó la cuenta y de alguna manera le pareció que las Ciudad Juárez y me contó de los búnkeres en Samalayuca,
cicatrices del recepcionista se veían más profundas. Santa Teresa y Palomas. En cada pausa que hacía para ex-
Comieron en el Café Parroquia con dos cervezas Victo- plicarme cómo largarme del país sorbía algo. Imaginé que
ria. Al final del día lo llevó a casa. era whisky cuando dijo la palabra "zombis".
Escucho pasos en la escalera. Es Diana, mi esposa, jun-
to con Mauricio, mi primo. Supongo que el grupo de resca-
De vuelta en Coatepec arrojó al bote de la basura el estu- te les pidió que se encargaran de mí.
che junto con el diente, no le interesaba averiguar a quién Llevan poco más de seis meses acostándose y cuando
pertenecía. Se desnudó para dormir. me enteré no supe cómo enfrentarlos. Ahora ni siquiera
"Alguien que me odiara", escuchó a su amigo y sintió siento cólera o indignación, el virus te presenta el mundo
como si algo más grande que él hurgara en su pecho con como dentro de una de esas esferas de cristal que agitas
unas pinzas. Se pasó una mano por la ceja, donde Luis ha- para contemplar una diminuta nevada.
bía descrito la cicatriz del hombre que lo había abordado Diana me contempla con una mezcla de incredulidad y
en La Chiva. Pensó en el hotel El Haya, en Rebeca. Tuvo tristeza, igual que cuando vio a nuestro hijo muerto en mis
la sensación de que a partir de ese día sería más difícil des- brazos.
pertar después de un sueño y sentir algo. Lo que fuera. Algunos optaron por el suicidio. Han pasado menos de
72 horas desde que la pandemia llegó a Xalapa y por los
videos de YouTube nos enteramos de que Ciudad Juárez

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fue la primera zona infectada: paredones de fuego devo- zombis y la velocidad con que la sangre se enfría y se cuaja
rando edificios y casas; gente con la mirada rabiosa en las y las comisuras de los labios y el sol naciendo más allá de
calles. Yo sé de eso: a medida que el virus avanza tus re- un granero donde un montón de siluetas desgarbadas es-
cuerdos se revelan como un cúmulo de ruido, imágenes y peran y en los cartuchos parabellum y en los sonidos que te
palabras del mismo modo que escenas editadas de una pe- recortan el interior de la cabeza y en las llamas cubriendo
lícula larga y aburrida. Por eso los zombis atacan, no hay los ojos y cuervos y perros y ratas sobre el pavimento con
hambre sino coágulos de memoria que te persiguen y suce- las vísceras expuestas y en una mujer que me acompañó a
den al mismo tiempo. través de pasillos blancos donde la gente aullaba de dolor y
Mi primo susurra algo al oído de mi esposa. Toma dis- en mandíbulas desencajadas y León repartiendo balas con-
tancia, me apunta con la Beretta y el virus se aferra a mis tra aquellos intentos de armas biológicas.
neuronas. Hay dos Mauricios más frente a mí. Uno lleva en Deja de apuntarme y me ofrece su cuello ...
la mano un auto a control remoto que le regalaron por su
cumpleaños, el otro es un adolescente con espinillas que
sostiene una Victoria.
Diana aguarda el disparo.
Cierro los ojos, escucho la detonación, la película sigue:
Diana de blanco, mi hijo en su triciclo Apache, Mauricio
jugando videojuegos, mis padres con dientes filosos, mi es-
posa llorando al caer del triciclo ... Me pregunto si así es la
muerte de un zombi, pero vuelvo a mirar. Mi primo está
tendido sobre el suelo. Diana se acerca y lo remata desee-
rrajándole un tiro más entre los ojos.
Entonces se acerca y aprieta el cañón de la pistola con-
tra mi sien. El frío del metal es circular, perfecto, como en
JI Grande Silenzio, donde la sangre de un solo cowboy man-
cha un inmenso campo nevado. Respira hondo, su mano
tiembla.
Por un momento pienso en todas las veces que he visto
zombis. Pienso en George Romero, en Bárbara cuando re-
corre senderos flanqueados por lápidas, en el estallido y el
fulgor de las granadas y en la ayuda del ejército y los heli-
cópteros repletos de mercenarios dispuestos a cercenar ca-
bezas y Metal Slug y las gigantescas columnas de sangre
que vomitan los personajes una vez que están infectados y
George Romero otra vez y la casa en el campo rodeada de

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