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El sufrimiento y el concepto del yo.

Es importante reflexionar en la redacción de la Primera Verdad Noble. Está redactada de un modo


muy claro: ‘Hay sufrimiento’, en lugar de ‘yo sufro’. Psicológicamente esa reflexión es un modo
mucho más hábil de decirlo. Tendemos a interpretar nuestro sufrimiento como ‘yo estoy
realmente sufriendo. Sufro mucho –y no quiero sufrir’. Este es el modo en que está condicionada
nuestra mente pensante.

‘Estoy sufriendo’ siempre transmite el sentido de ‘soy alguien que está sufriendo mucho. Este
sufrimiento es mío; he tenido mucho sufrimiento en mi vida’. Entonces todo el proceso, la
asociación con el yo de uno y la memoria de uno, despega. Recuerdas lo que sucedió cuando eras
un bebé…y así en adelante.

Pero observa, no estamos diciendo que hay alguien que tiene sufrimiento. Ya no es sufrimiento
personal cuando lo vemos como ‘Hay sufrimiento’. No es: ‘Oh, pobre de mí, ¿por qué tengo que
sufrir tanto? ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué tengo que envejecer? ¿Por qué tengo que
tener tristeza, dolor, pena y desesperación? ¡No es justo! No lo quiero. Sólo quiero felicidad y
seguridad’. Esta clase de pensamiento proviene de la ignorancia que lo complica todo y da lugar a
problemas de personalidad.

Foto y modelo: Cristina Otero.

Para abandonar el sufrimiento debemos aceptarlo en la consciencia. Pero la aceptación en la


meditación buddhista no es desde una posición de: ‘Yo estoy sufriendo’ sino más bien, ‘Existe la
presencia de sufrimiento’, porque no estamos intentando identificarnos con el problema sino
simplemente reconocer que hay uno. Es torpe pensar en términos de: ‘soy una persona
malhumorada; me enfado tan fácilmente; ¿cómo me deshago de esto?’ –que dispara todas las
suposiciones subyacentes de un yo siendo muy difícil tener alguna perspectiva sobre ello. Se
vuelve muy confuso porque la percepción de mis problemas o mis pensamientos nos lleva muy
fácilmente a la supresión o a hacer juicios sobre ello y a criticarnos a nosotros mismos. Tendemos
a aferrarnos e identificarnos antes que a observar, atestiguar y comprender las cosas tal y como
son. Cuando estás simplemente aceptando que existe este sentimiento de confusión, que existe la
avidez o la ira, entonces existe una reflexión honesta sobre la forma en la que es y te has deshecho
de todas las suposiciones subyacentes –o al menos las has debilitado.

Así que no te aferres a estas cosas como defectos personales sino sigue contemplando estos
estados como impermanentes, insatisfactorios y sin entidad fija. Sigue reflexionando, viéndolos
como son. La tendencia es ver la vida desde el punto de vista de que esos son mis problemas, y de
que uno está siendo muy honesto y franco al admitirlo. Entonces nuestra vida tiende a reafirmar
eso porque seguimos operando desde esa suposición errónea. Pero ese mismo punto de vista es
impermanente, insatisfactorio y sin entidad fija.

‘Hay sufrimiento’ es un reconocimiento muy claro, preciso, de que en este momento hay una
sensación de infelicidad. Puede oscilar desde la angustia y la desesperación hasta la irritación
suave; dukkha no significa necesariamente sufrimiento severo. No tienes que ser tratado
brutalmente por la vida; no tienes que venir de Auschwitz o Belsen para decir que hay sufrimiento.
Incluso la Reina Isabel podría decir ‘hay sufrimiento’. Estoy seguro de que tiene momentos de gran
angustia y desesperación, o al menos momentos de irritación.

El mundo de los sentidos es una experiencia sensitiva. Significa que siempre estás expuesto al
placer y al dolor y al dualismo del samsara. Es como estar en algo muy vulnerable y recoger todo lo
que entra en contacto con estos cuerpos y sus sentidos. Así es como es. Ese es el resultado del
nacimiento.
La sabiduría de la inseguridad-Alan Watts

La inseguridad es el resultado del intento de seguridad. La salvación y la cordura consisten en el


reconocimiento más radical de que no tenemos modo de salvarnos.

Cuanto más capaces somos de experimentar placer, tanto más vulnerables somos al dolor y, el
dolor siempre nos acompaña.

Nuestro tiempo es una era de frustración, ansiedad, agitación y adicción. Anhelamos la


distracción, un panorama de visiones, sonidos, emociones y excitaciones en el que debe
amontonarse la mayor cantidad de cosas posible en el más breve tiempo.

Para mantener este “nivel”, la mayoría de nosotros estamos dispuestos a soportar maneras de
vivir que consisten principalmente en el desempeño de trabajos aburridos, pero que nos procuran
los medios para buscar alivio del tedio en intervalos de placer frenético y caro. Se supone que esos
intervalos son la vida real, el verdadero objetivo que tiene el mal necesario del trabajo.

No es posible comprender la vida mientras uno trate de aferrarla.

Para gozar de placeres intensos, también hemos de soportar intensos dolores. Para ser
plenamente humanos, rebosantes de vida y conciencia de las cosas, parece ser que hemos de
estar dispuestos a sufrir por nuestra sensibilidad.

La mayor parte de la actividad humana tiene el propósito de hacer permanentes las experiencias
agradables y las alegrías. Sin embargo, la vida es un proceso que fluye y el cambio y la muerte son
partes necesarias e inevitables. Esforzarse por excluirlas es esforzarse contra la vida, o dicho de
otra forma, pretender lo imposible.

El futuro carece de sentido e importancia a menos que, más tarde o más temprano se convierta en
presente. Algunas personas no logran vivir porque siempre se están preparando para vivir.
Parecemos moscas que han caído en un recipiente con miel. Como la vida es dulce, no queremos
abandonarla, pero cuanto más participamos en ella, tanto más atrapados, limitados y frustrados
nos sentimos.

La vida, el cambio, el movimiento y la inseguridad son otros tantos nombres de la misma cosa.
Resistirse al cambio, tratar de aferrarse a la vida, es como pretender retener el aliento; simple –y
afortunadamente- no se puede.

La fijación nunca dará sentido al cambio. Creemos que dar sentido a al vida es imposible a menos
que el flujo de los acontecimientos pueda encajar de algún modo en una estructura. Y no se puede
“fijar” algo que fluye. La característica más importante de la vida es su movimiento y fluidez. Por
eso, la única manera de hacer que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse
con él, participar en el baile.

El 16 de noviembre de 1973 murió Alan Watts y eso quiere decir que hace 36 años terminó su
exultante vida. Un orientalista muy popular entre los años cincuenta, sesenta y setenta. En
Venezuela se hizo muy conocido en los ochenta por estar girando entre libreros y compradores de
libros. Un autor sumamente importante para entender el movimiento contracultural y el
movimiento orientalista, aunque con muchos detractores: a los ojos de los izquierdistas era un
tipo muy “azul”, a los ojos de los derechistas un desvergonzado, a los ojos de los académicos
resultaba ligero, a los ojos de los espirituales resultaba inmoral, a los ojos de los filósofos parecía
un pensador de autoayuda, a los ojos de los orientalistas parecía un charlatán, en fin, sus
detractores lo consideraban poco recomendable. Sin embargo, y para contradecir a sus
detractores, a mí me parece una de las mentes más claras del siglo XX. Gracias a Watts, no sólo
comprendí muchos aspectos de la civilización actual en Occidente,sino que además me permitió
acceder a las culturas orientales. Igualmente me resultó muy favorable en la comprensión de las
limitaciones del pensamiento en relación a la realidad. Ciertamente él realizó un gran aporte que
muchos estudiosos ignoran o no pudieron comprender, y que consiste en establecer un equilibrio
entre razón e intuición. Quizá influyó negativamente en su imagen la confusión proveniente de la
idea de que la contracultura era una destrucción de lo establecido, pero por el contrario lo que
proponía ese movimiento era poner en práctica la cultura del sentido común. El motivo era
exponer la idea de que el racionalismo había originado una gran confusión y que era necesario
esclarecer dicha confusión para acceder a una vida plena. Cuando hablaba de la vida plena se
refería a la vida sencilla y no al desarrollo de la autoestima a la manera del pensador de
autoayuda, no; era el equilibrio de la interioridad. Después de la segunda guerra mundial era
necesario, pues, recuperar el equilibrio interior para aprehender la realidad con todos sus matices.
Así que no se trataba de destruir el sistema sino de permitir una armonización y una conciliación,
por ejemplo el equilibrio entre el Oriente y el Occidente, entre el trabajo y el ocio, entre el deber y
el placer, en fin, encontrar el balance entre los opuestos. Por ello el movimiento hippie se apoyó
en este intérprete del momento que vivía el mundo, que había nacido en Inglaterra y que
posteriormente se mudó a California, según la iconografía de la contracultura y del hippismo.
Ahora, no se le puede confundir con un hippie, más bien con un presocrático o con un pensador
chino o con un bibliotecario de la época helenística. Esta característica lo hacía asequible e
inasequible al mismo tiempo. Ser un facilitador alimentó el prejuicio, es decir, el prejuiciado jamás
podría imaginar que un autor facilitador sería portador de una verdad esencial: no todo se puede
explicar.

Sin embargo, como buen occidental se dedicó a explicar esa realidad de lo inexplicable. En cierto
modo Watts es un continuador del fundador de la escuela tradicionalista, René Guenón, aunque
con la diferencia de que Watts le otorgó una gran importancia, al igual que el budismo, a la
realidad contingente, esto utilizando las disciplinas profanas según el maestro francés. En realidad
entendemos que para Guenón la tradición contiene a la contingencia y la supera por su condición
de totalidad. Es importante aclarar que la escuela tradicionalista no es conservadora. La escuela
tradicionalista y el conservadurismo no son sinónimos. Lo que manifiesta esta escuela es que en la
tradición está todo, y que en consecuencia no se necesita inventar nada. Esta postura nos remite
al concepto de “reinvención”, que, por cierto, no es éste el lugar para desarrollarlo. Así, Watts se
apoya en el camino abierto por el maestro francés y al mismo tiempo se aleja de ese camino
porque intenta explicarnos la confusión que tenía con sus propias medicinas, es decir, en el fondo
las disciplinas profanas son una herramienta para experimentar lo sagrado. Ese es el salto que da
Watts, el mismo que Foucault, Russell, Derrida, Horkheimer, entre otros pensadores de nuestro
tiempo, no quisieron dar, quizá porque tendrían que haber abandonado sus discursos. Siempre
recordaré lo que una amiga filósofa me decía: que el pensamiento oriental sirve para la vida pero
no es sistematizado como discurso; yo le decía que era cierto, pero que una filosofía de la vida es
igualmente discurso, sólo que no depende enteramente de él. Ciertamente la filosofía es discurso,
pero igualmente sistema. El área del filósofo en buena medida es ordenar las ideas, los conceptos
y los discursos, al ordenar se sistematiza, pero aunque a simple vista no lo parezca, esa cualidad
está contemplada por el pensamiento oriental, lo que ocurre es que no está remitida
exclusivamente a lo abstracto sino a la experiencia física con aquello que no es pensamiento. Para
buena parte del pensamiento filosófico contemporáneo eso no es posible, porque todo es
“prejuicio”. Watts, con las mismas herramientas que estos pensadores, nos dio una clave: sin
equilibrio entre lo abstracto y lo real, entre la razón y la intuición, no es posible la vida plena, y sin
una vida plena no hay concepto que valga.

Ricardo Chitty