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Reflexión

El tejido religioso, entramado por todas las costumbres, actos de piedad, servicios prestados
dentro de la vida parroquial y diocesana, han sido diseñados por la Iglesia para procurar un
encuentro con Jesús, sin embargo, para los que hemos crecido en estos ambientes,
podemos vivir una experiencia continua de todos estos ejercicios vaciándonos totalmente
de la presencia de Jesús, matando de nuevo a ese Jesús que humanamente aparece como
un fracaso para los hombres.

Sólo en la contemplación y en la escucha se reconoce a Jesús. Es un camino personal y


comunitario, allí entendemos que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un
nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (SS Benedicto XVI, Deus
Caritas Est). Muchos podrían afirmar que no se han encontrado con Cristo, pero habría que
decir, que Él ha salido a nuestro encuentro, que nos ha buscado, nos ha llamado y nos ha
elegido como sus compañeros inseparables de camino, en Él nuestra vida cobra sentido y
nos devuelve la esperanza ante los peligros que amenazan nuestra fe y nuestra comunidad.
Qué bello es descubrir a Jesús mendigando nuestro amor: “Si mendigas mi Jesús, el amor
de tu criatura, si buscas un pecho amante donde poder descansar; te presento yo, Señor el
mío pobre y miserable; pero ardiente, enamorado y sin dejarte de amar. ¡Oh mi Jesús todo
amor! Hecho pan por tu criatura, las penas ya no son duras al mirar tu corazón”; podríamos
decir con María Emilia Riquelme, fundadora de las misioneras del Santísimo Sacramento y
María Inmaculada.

Cuando todos los servicios que hemos prestado dentro de la Iglesia se aparecen ante
nuestro recuerdo como una pérdida de tiempo o un desgaste infructuoso, de la misma
manera que Jesús les explica las escrituras a los discípulos de Emaús, comienza a
explicarnos nuestro lugar en la historia de salvación para que contemplemos en ella y
descubramos a Jesús que camina con nosotros, que camina para llevarnos a compartir el
pan eucarístico, sacramento en el cual se nos abre los ojos para comprender que todo lo
vivido tiene su sentido único y profundo en Cristo.

Jesús comprende a plenitud las carencias del hombre y las conoce porque las ha
experimentado. Dentro de todo este cúmulo de necesidades, Jesús siempre se aprovecha
de una, el comer, para formar comunidad, para explicar el Reino y para convertirse Él
mismo, en ese alimento que nos sustenta. El viene a saciar nuestras necesidades
aliméntanos con su propio ser y nos invita a permanecer unidos.

Cuando los discípulos de Emaús lo reconocieron, se llenaron de un gozo tan absoluto que
no les importó la oscuridad de la noche, las penumbras del camino, sino que se vieron
impulsados a llevar a Jesús a anunciar esa alegría a los demás discípulos, es la invitación
que nos hace hoy Jesús a todos.

En el jadeo de la vida, la decepción de experiencias eclesiales que humanamente fracasan


en la pastoral, en los pastores y en las ovejas, sentimos a un Jesús que muere en nuestro
corazón, un cansancio que unido a la misma torpeza y lentitud de los discípulos sigue
matado la fe en el resucitado.

Las lágrimas de un enlutado nunca ahogan el recuerdo del que se ha ido, de la misma
manera el dolor, el fracaso y la torpeza no pueden matar realmente al que resucita para no
morir más, al que resucita para seguirnos en nuestro camino, el que resucita para partir el
pan.

Aunque parezca que se multiplican las pruebas de su muerte, surgen de todos los rincones
Pedros, Magdalenas y Cleofases que se convierten en testigos de corazón ardiente de que
Cristo sigue vivo, vive para caminar con nosotros, vive para partir el pan.

Cuando los testigos se encuentran y comparten su experiencia, comparten el pan, un pan


que sabe a Cristo, un pan que sabe a comunidad, una comunidad que sabe a Cristo y lo
sabe saborear.