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mSlORlÁ U UNA ÍSC0BÁ

Escenas de la vida de San Martín de Porres


PERSONAJES

Narrador
Escoba
Escoba 2
Escoba 3
Escoba 4
Francisco, tendero
Fray Martín
Recogedor
Cesto
Cubo
Enfermo, fraile
Ratón
P.Prior
Bandido 1
Bandido 2
Guardia 1
Guardia 2
Fraile 1
Fraile 2 (Fray Roque)
Fraile 3
Ratones
Cautivo (voz)
Don Juan
P. Francisco (prior)
Noble - £í>jfb2$ (mWÑft)
Arzobispo
•B criado*
ACTO I

ESCENA I

(Tienda) Escoba, Escoba 2, Escoba 3, Francisco, Fray Martín, Escoba 4

Narrador: Quizá se extrañen de nuestro intento: contar la historia de una


escoba. ¡Qué cosa tan vulgar! Pero es que nuestra escoba no es como las que
v¿ conoce,-. Se trata de una escoba especial, de una escoba que, quizá algún
día, llegue a ser la patrona de las escobas, de los cepillos y hasta de las
aspiradoras. Se trata nada menos que de la que fue'compañera inseparable de
un humilde santo limeño, el instrumento que Dios puso en unas manos
morenas para pintar de blanco un alma angelical. Se trata de la escoba de Fray
Martín de Porres.
Y aquí tenemos a nuestra escoba, recostada en compañía de sus
hermanas en un rincón de la tienda de Francisco. No sabría decir cuánto
tiempo estuvo dormida, pero, de pronto, se despertó sintiendo sobre sí un peso
que la oprimía: eran sus compañeras -las escobas y-tes-esoebonos-- que se
habían caído sobre ella.
Escoba: ¡Ooohhh!, ¡qué barbaridad! ¿No podéis echaros a un lado? Me estáis
agobiando...
Escoba 2: ¡Anda la niña bonita! ¡Ni que fueras un pincel!...
Escoba 3: Eres una vulgar escoba, hijita, como nosotras. Te arrastrarás igual
que nosotras y acabarás igual que nosotras.
Francisco: Buenos días, Fray Martín. ¿En qué puedo serviros hoy?
Fray Martín: Pueees...Quería unas cuantas cosillas. Va a ponerme usted 200
gramos del queso que llevé ayer. ¡Hombre! Veo que tiene usted aquí unas
escobas preciosas...Voy a llevarme una porque la necesitamos en el convento.
A veeer...¡Sí, ésta me gusta! Parece fuerte y tiene un buen palo. Me la llevo.
Francisco: Muy bien, Fray Martín. Aquí tiene su queso. ¿Desea algo más?
Narrador: Cuando nuestra amiga salió de la tienda en brazos de Fray Martín,
entre las escobas se oyó un pequeño rumoreo...
Escoba 2: ¡Menos mal! ¡De buena nos hemos librado!
Escoba 3: Mira esa tonta, por presumir tanto...
Escoba 4: Le está bien empleado, ahora sabrá lo que es ser escoba. Y
además -¿os habéis fijado?- ¡era mulato!
Escoba 2: Sí, yo le conozco. Ha venido muchas veces a comprar cosas y a
pedir para los pobres. Es dominico y se llama Martín de Porres.
Narrador: Pero, contra lo que las otras escobas pensaban, nuestra amiga iba
feliz en brazos del fraiiecito. Éste andaba en medio de un mundo desconocido
para ella: era Lima a las doce de la mañana.
Bueno, ahora que ya conocéis a nuestra amiga, debemos presentaros a
su dueño, el mulato de las manos suaves. Su nombre era Martín de Porres y
tenía entonces 17 años. Vivió y murió en el Perú hace algo más de 300 años.
San Martín hoy es conocido en el mundo entero. Algunos, familiarmente, le
llaman Fray Escoba.

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ESCENA II

(Esta escena delante del telón y, mientras, se prepara la siguiente). Recogedor, Escoba

Narrador: Cuando comienza nuestra historia...Pero lo mejor será que


escuchemos la conversación que al día siguiente de su llegada al convento
tuvo la escoba con el viejo recogedor:
Recogedor: Cuando yo llegué hace unos dos años, hacía poco tiempo que los
frailes le habían admitido como religioso en el grado más humilde...
Escoba: O sea, que ¿Fray Martín está aquí sólo para barrer? ¡Y yo que creía
que era un personaje importante...!
Recogedor: Fray Martín dice que la grandeza de las personas no se mide por
los puestos que ocupan...
Escoba: Muy raro es eso...
Recogedor: Pues verás: Fray Martín, por lo visto, es hijo de un gran señor de
Castilla, el Gobernador de Panamá, y de una antigua esclava, hoy ya libre.
Escoba: Oye, y ¿cómo siendo hijo de un gobernador se metió a fraile de los
que barren?
Recogedor: Mmmm...Pues no te creas que no le costó trabajo convencer a su
padre; éste se enfadó mucho y quiso llevárselo. ¡El hijo de un gobernador,
donado de un convento...!
Escoba: Oye, pero eso de "donado", ¿qué es?
Recogedor: Eeehh...Pues no sé, no sé exactamente. Creo que..., creo que
algo así como entregado sólo para trabajar, casi como, como un criado. Bueno,
pues si vieras cómo convenció a su padre...Entonces es cuando le oí hablar de
Jesús de Nazareth, de cómo siendo Dios se hizo Hombre y trabajó como
carpintero, y que el mayor título de nobleza es trabajar por amor a Dios, pues
eso hacía buenos a los hombres.
Escoba: Y, ¿en qué terminó todo?
Recogedor: Pues como tenía que acabar necesariamente: el padre abrazó
llorando a su hijo y le dijo: "Hijo mío, si Dios te quiere para santo, yo no trataré
de impedirlo".

ESCENA III

(Escalera. Fray Martín toca arriba de rodillas). Escoba, Recogedor, Cesto

Narrador: A la mañana siguiente, cuando nuestra escoba se despertó, ya iba


en brazos de Fray Martín por los largos claustros apenas iluminados por las
luces del día. Nuestra escoba estaba impaciente: ¿adonde irían?
La ciudad todavía no se había despertado y Fray Martín tocaba el
Ángelus para que el primer pensamiento de los limeños fuera para la Santísima
Virgen (Campanas). De rodillas, Fray Martín tocaba las campanas con sus ojos
clavados en el cielo mientras murmuraba algo que la escoba no entendió bien:
"El ángel del Señor anunció a María..."
Nuestra escoba estaba en lo alto de la torre como en el cielo, pero en el
momento que Fray Martín acabó de tocar las campanas, de dos en dos, bajó
las escaleras de la torre para empezar su tarea cotidiana. (Baja sin escoba). A

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los pocos minutos, nuestros dos amigos ya estaban en el claustro grande de
piedra:
¡Qué bien se barría en manos de Fray Martín! ¡Aquello no era tan duro
como decían sus hermanas! Sus manos la cogían con cuidado y el polvo,
obediente, se apartaba a su paso.

(Se apagan las luces y en un rincón(A)...)


Pocos meses después de la llegada de la escoba al convento, se
celebró en la habitación de la limpieza una extraña reunión: el recogedor, el
cesto de Fray Martín y nuestra amiga inseparable:
Escoba: ¿Ya sabéis que Fray Martín ha profesado? Me lo ha dicho su rosario.
Recogedor: Oye, y eso de "profesar", ¿qué es?
Escoba: Pues sencillamente, que ahora Fray Martín es ya un religioso
dominico con toda la dignidad y privilegios de tal.
Recogedor: Si, pero de todas formas, él seguirá barriendo, ¿no? Los
verdaderos religiosos son los que estudian y predican...
Escoba: ¡Qué torpe eres, recogedor! Religioso es el hombre dedicado a Dios y
Fray Martín es todo de Dios y le ama como nadie.
Recogedor: Oye, escoba, ¿pidió él el ascenso?
Escoba: ¡Ni hablar! Él decía que no era digno, pero el P. Prior le ha obligado.
Recogedor: Entonces él...¿no quería?
Escoba: En absoluto: lloró, suplicó..., pero no le sirvió de nada. Yo me he
alegrado del ascenso.
Cesto: ¡Claro! Ahora trabajarás menos y podrás presumir más.
Escoba: No seas impertinente, cesto. Si yo me alegro es por Fray Martín,
porque yo seguiré trabajando igual, ya te lo he dicho.
Recogedor: Pero bueno, dinos de una vez: ¿él qué gana con esto?
Escoba: ¡Ay, pero qué pedazo de zoquete sois! Ya os he dicho que...

ESCENA IV

(En la otra esquina o rincón (B^).Escoba, Cesto

Narrador: Lo que sentía la escoba era no poder acompañar a Fray Martín a


todas partes. Aunque la mayor parte del día la pasaba con ella, cada vez salía
más a la calle, Cuando, al regresar, la escoba se quedaba a solas con el gran
cesto de Fray Martín...
Escoba: Oye, hermano cesto, cuéntame lo que habéis hecho hoy.
Cesto: ¡Uuuuufff!...Estoy hecho polvo. Este Fray Martín no va a dejarme llegar
a viejo. Cada día me carga más. Hoy hemos llevado...¡buuff, qué sé yo!..., pero
mira, lo peor son las patatas: cuando llevamos muchas, me da la impresión de
que se me van a separar las asas.
Escoba: Bueeeeno... déjate de lamentaciones y cuéntame lo que habéis
hecho.
Cesto: Pues verás: primero, fuimos al barrio de El Salvador, a casa de Teresa,
la del chico paralítico...
(Siguen hablando mientras se va cerrando el telón)
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ESCENA V

(En el otro rincón (A)). Escoba, Cubo, no hablan Cesto y Recogedor

Narrador: A los pocos días, la escoba estaba muy contenta y, en cuanto se


reunió con sus compañeros del cuarto de la limpieza...
Escoba: ¡Hemos vuelto a ascender, hermano cubo! ¡Hemos ascendido!
Cubo: Bueno, bueno, mujer, bueno, no será para tanto. ¿Te han nombrado,
acaso, bastón de mando del gobernador?
Escoba: Sí, tú ríete, pero a Fray Martín le han hecho enfermero del convento y
ya no tendré que dejar mis pajas en los claustros. Ahora me pondrán una cofia
blanca y barreré las celdas de los enfermos.
Cubo: ¡Jesús, qué presunción! Je, al fin y al cabo, seguirás arrastrándote por
los suelos como siempre.
Escoba: Sí, lo que tú tienes es envidia.
Cubo: Je, ¿envidia yo? Je, pero ¿qué se habrá creído esta niña?

ESCENA VI

(En el otro rincón (BJj.Escoba, Cesto

Narrador: Dejemos al cubo y a la escoba con su discusión porque ya nos


hemos enterado de lo importante. El P. Prior ha visto en Fray Martín las
cualidades del enfermero ideal para aquella casa. Hábil cirujano, entendía
igualmente de medicina y de farmacia.
Escoba: ¿No te dije yo que todo cambiaría con el nuevo cargo?
Cesto: Mucho ha debido cambiar cuando ya no te hablas con nadie para
presumir de tu amor.
Escoba: Es que ahora no tenemos ni un minuto libre.
Cesto: Oye, a propósito, ¿dónde vivís ahora?
Escoba: Nos hemos trasladado a la ropería, al rincón del fondo.
Cesto: Y eso ¿por qué?
Escoba: Cosas de Fray Martín: dice que ahí está más cerca de sus enfermos.
Pero yo creo que lo que quiere es estar más aislado para dedicarse
tranquilamente a hacer oración y penitencia por la noche.
Cesto: ¿Sigue como antes?
Escoba: Uuuuuhh...Ahora mucho más. Ese hombre va a terminar por
destrozarse. Te advierto que yo me paso las noches sufriendo porque lo veo
débil...¡Esas disciplinas...!
Cesto: Verdaderamente, no sé a santo de qué viene todo eso.
Escoba: Él dice que se lo merece. Llora mucho. Y todo eso, después del
trabajo de todo el día...
Cesto: Oye, a propósito, ¿qué es lo que hacéis ahora?
Escoba: Pues verás: a la madrugada se va al coro para la meditación común.
Luego, baja a oir Misa, se va a desayunar su tacita de leche y hace la primera
visita a los enfermos para ver si necesitan algo. Después...¡ala, ala! ¡A barrer
todas las habitaciones! ¿Tú sabes? Ahora barremos más rápido todavía. Acabo
muerta porque, además de deprisa, hay que hacerlo bien. Luego, mientras yo
descanso en un rincón -porque, eso sí, para mí sigue tan cariñoso como antes-
pues mientras yo estoy resoplando, él limpia la mesa, los estantes...ordena
todo: cambia las sábanas, hace las camas...¡Qué sé yo!
Cesto: Oye, todo eso ¿en todas las celdas? ¡Es imposible!
Escoba: ¿Qué quieres, hermano cesto? Son cosas de Fray Martín.

ESCENA Vil

(Telón completo) Escoba, Enfermo, Fray Martín

Escoba: (Desde el rincón) ¡Vaya! Otra noche en blanco. Esto es ser ya tonto
de remate. Seguro que va atender a algún enfermo.
Narrador: Efectivamente, la escoba no se equivocaba. Fray Martín se dirigía a
la celda de un enfermo: a éste le agobiaba una extraña enfermedad
produciéndole un sudor como de muerte. El enfermo se encontraba muy triste,
se creía próximo a expirar, quisiera llamar a alguien en su auxilio, pero no
podía hacerlo: ¿quién le oiría a aquellas horas? Pero en el convento había un
enfermero con una rara cualidad.
Enfermo 2: ¡Ay, Dios mío! No podré resistir hasta la mañana. Esto es ya lo
último. Si he de morir, llévame ya de una vez, Señor.
Fray Martín: No se desespere, hermano, que el Señor gusta de nuestros
sufrimientos cuando los llevamos con gusto.
Enfermo 2: ¡Fray Martín! ¿Por dónde entrasteis? ¡Las puertas del noviciado
están cerradas...!
Fray Martín: No se preocupe de esa pequenez, hermano. ¿Qué es lo que
desea? Venga, levántese un poco, que le arreglaré la sábana...Así, eso
es...Ahahá...Bueno, hermano, ahora tomaos esta taza de caldo; ya veréis como
os sienta bien y podréis dormir tranquilamente.
Enfermo 2: Muchas gracias, Fray Martín. Sois muy bueno.
Fray Martín: No digáis eso, hermano, que no es cierto. Ala, tapaos bien y
descansad. Ya veréis como pronto os quedáis dormido.
Escoba: Bueno, ¡menos mal que ya ha vuelto! Espero que se meta en la cama.
Deben ser más de las dos de la mañana. Pero, ¡¿qué veo?! ¡Ahora se pone de
rodillas! Pero este hombre está...Ahora a rezar...Si yo pudiese hablar con lo
hombres, ya me iba a escuchar éste.

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ESCENA VIII

Escoba, Ratón

Narrador: Pero si Fray Martín podía parecer a los ojos de alguien como
demasiado bueno o casi tonto, a los ojos de Dios era santo, amigo suyo y
amado entrañablemente por Él.
La fama de Fray Martín como enfermero no sólo llenó el convento, sino
que pronto toda la ciudad lo sabía y eran muchos los que acudían a la portería
para que les ayudara. Nuestra amiga, la escoba, estaba enfadadísima: no
podía soportar que para Fray Martín no hubiese descanso. Aquella noche no
pudo aguantar su impaciencia.
Escoba: (a media voz desde el rincón) Psst, psst...Oye, hermano ratón, ven un
momento.
Ratón: Tú dirás qué es lo que quieres, escoba.
Escoba: Mira, ratoncito, vas a hacerme un gran favor. Ve al coro de los frailes
y mira lo que está haciendo Fray Martín.

ESCENA IX

(Telón entero para el Coro) Fray Martín

Narrador: Nuestro ratoncito se fue al coro corriendo, entró por su pasadizo


preferido y asomó la cabeza por entre dos tablas de la vieja sillería. Lo que vio
en aquel momento le dejó sobrecogido...En medio de la oscuridad y del silencio
absoluto de la gran iglesia, una sombra se encuentra materialmente
derrumbada delante del gran crucifijo que preside el altar.
Fray Martín: (llorando) Dios...Dios...
Narrador: Fray Martín llora y sus sollozos repercuten en la calma de la iglesia.
Dios ha muerto en una cruz para redimirle. El, un mulato indigno que no sabía
aprovechar la divina sangre que goteaba sobre su corazón de esclavo...
Fray Martín (llora)

ESCENA X

(Fuera de escena, delante del telón) Escoba, Cesto, no hablan el Cubo, Recogedor, Ratón

Escoba: Os digo que Fray Martín es un santo, lo he visto con mis propios ojos.
Cesto: Bueno, hija, serénate y dinos lo que ha pasado.
Escoba: Fue algo estupendo, hermano cesto. Escucha: estábamos barriendo
el claustro de la enfermería cuando, de repente y sin que me lo esperara, noto
que sus manos me sueltan y me caigo al suelo todo lo larga que soy. Pero cuál
no sería mi sorpresa cuando, al mirar para ver lo que había pasado, ¡pasmaos!,
¡me veo a Fray Martín por los aires!
Cesto: Vaaamos, escoba, no digas cosas raras.
Escoba: Es cierto y muy cierto, lo he visto con mis propios ojos. Estaba, lo
menos, a un metro del suelo.

¿
Fray Martín: No, no, nada, nada, no se preocupe. Y sigan
buscándoles...Bueno, hermanos, ya podéis salir, ya se han ido.
Bandido 1: Muchas gracias, Fray Martín.
Bandido 2: Le debemos la libertad, hermano Martín. No lo olvidaremos.
Fray Martín: De este pobre mulato podéis olvidaros y será mejor, pero lo que
no debéis olvidar es que fue Dios el que os libró. No debéis volver a las
andadas. Vais a ir de mi parte a la finca de los García y allí os tomarán de
peones. Trabajando podréis ganaros el amor de Dios.
Narrador: De esta manera Fray Martín se ganaba a todo el mundo, pero los
ganaba para Dios.

ESCENA XII

{Fuera de escena. El Prior con Breviario. Van llegando Fraile 1, Fraile 2 (= Fray Roque),
Fraile 3, P. Prior. Fray Martín que está barriendo y se entera, no hablan los Ratones)

Fraile 1: P. Prior, esto es intolerable. De seguir así, los ratones terminarán


dejándonos sin ornamentos. Están comiéndoselos todos.
Fraile 2: P. Prior, en la despensa hay una cantidad de ratones que, si no los
matamos, nos dejarán sin un solo saco.
Fraile 3: P. Prior, la ropa está totalmente comida por los ratones. Hay una
verdadera plaga de ellos, hay que exterminarlos como sea.
P. Prior: No se preocupen, acabaremos con ellos. Fray Roque, acerqúese a
casa de Pablo y dígale que le deje las ratoneras de la otra vez. Ya verán cómo
en unos días queda limpio el convento de importunos.
Narrador: Pero para algo estaba Fray Martín en el convento. Puso en práctica
su poder. Llamó a todos los ratoncitos:
Fray Martín: Escuchadme: os habéis portado mal invadiendo el convento. El P.
Prior ha mandado exterminaros, pero si sois obedientes podéis libraros.
Escuchad atentamente y decídselo a todos: esta tarde os vais a reunir en el
cobertizo de la huerta. Yo os daré un sitio para que viváis tranquilamente sin
que molestéis en el convento.
Narrador: De esta manera, Fray Martín libró al convento de aquella plaga de
ratones que todo lo destrozaban.

(Los monjes se van por la izquierda, los ratones salen y se van por la derecha y
Fray Martín sale con los monjes y se va por el centro y

TELÓN

FIN DEL ACTO PRIMERO

e
Cesto: Bueno...¿y qué hacía así?¿Había subido a por algo?
Escoba: Tú siempre igual. Eres demasiado grosero para entender esas cosas.
Yo no sé lo que será, pero debe ser algo muy bueno. Fray Martín estaba
completamente transfigurado: le brillaban los ojos como luceros y la cara
resplandecía como si fuera...¡qué sé yo!, un trozo de plata recién bruñida.
Narrador: Nuestra pobre escoba no llegaba a comprender estos fenómenos. El
primer día se asustó cuando Fray Martín se elevó por los aires, pero como este
fenómeno volvió a repetirse muchas veces, llegó a acostumbrarse y hasta
deseaba que algún día Fray Martín no la soltase al ascender por los aires y así,
ella le acompañaría a las alturas. La escena de la elevación se había repetido
muchas veces.

ESCENA XI

(En escena, telón enfero)Fray Martín, Bandido 1, Bandido 2, Escoba, Guardia 1, Guardia 2

Narrador: Cuando la escoba se encontraba descansando en un rincón de la


celda de Fray Martín y éste estaba de rodillas haciendo su oración...
(Ruido de corridas)
Fray Martín: Pero, hermanos, ¿dónde vais con esas prisas?¿Qué es lo que os
sucede?
Bandido 1: Usted nos ocultará, hermano. Vienen siguiéndonos a mí y a mi
compañero.
Bandido 2: Haced esa caridad y Dios os lo recompensará.
Fray Martín: Pero ¿quién os persigue?
Bandido 1: Apresuraos a escondernos y luego os lo contaremos. Vamos, daos
prisa. Nos meteremos aquí mismo.
(Voces de fondo de los guardias)
Escoba: Dios mío, pero mira que meterse detrás de esos colchones...¡Oh!
Como entren aquí los pillan a la primera.
Guardia 1: ¿Dónde se han escondido esos bandidos? Vamos, decídnoslo
rápido, Fray Martín, porque los hemos visto venir hacia esta parte del claustro.
Fray Martín: Buscad vosotros mismos, si es que creéis que están escondidos
en esta celda. Bien pequeña es y pocas cosas tiene, así es que pronto la
registraréis toda.
Guardia 2: (j¡TRUCO!!) Saldrán enseguida. A ver, tú, mira por esa parte y yo
por aquí. Mira bien debajo de la cama y entre esas ropas amontonadas. Venga,
vamos a ver.

Escoba: (a media voz, nerviosa y dando emoción a la escena) ¡Ay, Dios mío!
¡Van a encontrarlos enseguida! ¡En cuanto quiten los colchones esos...!
¡Ahhhh! ¡Ay, Fray Martín, que los encuentran! ¡Ay, ay! Que se están
acercando...Sí, ese del espadón grande...Ay, ay, ay, ay, ay, ay...¡Ya está! ¡Ya
han visto los colchones! ¡Ya los levantan!...Pero ¡¿cómo?!, ¡si no están ahí
metidos!...¡Han desaparecido! Y se habían metido allí, yo los vi. ¡Ay, qué gente
ésta...!
Guardia 1: Bueno, Fray Martín, usted nos perdonará, no habíamos
equivocado. Perdone la molestia, y si ve por aquí a dos hombres, tenga
cuidado porque son peligrosos.
Guardia 2: Adiós, Fray Martín, dispénsenos.

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ACTO I!

ESCENA I

Cautivo en off, Don Juan, Fray Martín, P. Francisco

(Fuera de escena)
Narrador: Aunque nuestra buena escoba seguía tan de cerca la vida de Fray
Martín, hubo una cosa que ignoró durante bastante tiempo. Y es que Fray
Martín era una viajero incansable: sus largos viajes no podía contarlos ni el
cesto ni el pequeño ratoncillo.
Fray Martín: (voz en off) Muchos de los pobres que venían al comedor que
teníamos en la portería eran soldados ya retirados. Les gustaba recordar
hazañas y peligros pasados sirviendo a la Corona de Castilla, y contaban cómo
en cierta ocasión...
Cautivo: (voz en off) Aahh, eso no es nada comparado con los moros. Querría
yo veros en las mazmorras de Argel o de Túnez. ¡Malditos! He visto con mis
propios ojos dejar hecho un guiñapo al más fuerte soldado castellano. Aah,
todo el día trabajando desnudos bajo el sol que derrite las piedras y, a la
noche, un mal pedazo de maíz para matar el hambre. Y si vierais las
mazmorras rezumando humedad a chorro...Y los grilletes...¡Malhaya!
Narrador: Fray Martín escuchaba estos relatos y su corazón quedaba oprimido
por el sufrimiento de sus hermanos cautivos. Deseaba estar a su lado para
llevarles consuelo y ayuda y Dios, tan condescendiente con el mulatito, quiso
hacer realidad sus sueño de caridad. Dicen sus biógrafos que Fray Martín
realizó maravillosos viajes de los que nadie en el convento tenía noticia, hasta
que Dios quiso que se manifestaran.

(Se abre el telón)


Don Juan: Pero, Fray Martín, ¿cuándo ha venido aquí su reverencia?
Fray Martín: Callad, don Juan. Me alegro mucho de veros, pero ahora
dejadme.
Don Juan: Pero...decidme cómo os encontráis en Lima si hace solamente...
Fray Martín: Vaamos, don Juan, no os preocupéis; lo importante es que
estemos los dos aquí. Continuad viendo el convento y perdonadme, ya que mis
ocupaciones me reclaman.
Don Juan: Pero...¡Fray Martín!
Fray Martín: Adiós, don Juan, perdonadme.
P. Francisco: ¿Conocíais a Fray Martín?
Don Juan: Naturalmente, Padre, tuve la suerte de conocerle en Argel.
P. Francisco: ¿En Argel?
Don Juan: Sí, Padre. Allí estuve cautivo de los moros durante cinco años.
P. Francisco: ¿Y dice usted que allí vio a Fray Martín?
Don Juan: Era el ángel de nuestro calabozo. Entraba sin que se supiese cómo
ni por dónde y se dedicaba a hacer bien a todos: a los que tenían el cuerpo
hecho una llaga de los azotes los curaba admirablemente, a los otros les traía
ropa en abundancia y a todos nos daba alimentos.
P. Francisco: ¿Y tenéis certeza absoluta de que se trata de este mismo Fray
Martín?
Don Juan: El mismísimo, Padre. Podría jurarlo. Le vi durante cinco años.
Todavía me parece verle sentado sobre una piedra rodeado de todos nosotros:
nos hablaba de la libertad, de la gloria, del sufrir por amor...¡Ay, Padre! Oyendo
a Fray Martín nos olvidábamos de los cepos de nuestros pies y manos.
P. Francisco: Pues bien, caballero, habéis de saber que Fray Martín pertenece
a este convento desde hace más de treinta años y que, desde entonces, ¡no se
ha ausentado un solo día!
Don Juan: ¿Cómo? ¿No creéis que estuviera conmigo en Argel?
P. Francisco: No, no, no niego eso, caballero, y aunque nada supimos hasta
ahora de esos viajes, Fray Martín es muy capaz de hacerlos.

ESCENA II

(Fuera de escena) Cesto, Escoba

Cesto: Oye, escoba, supongo que, después de esto, a Fray Martín le harán
procurador o prior del convento. Al menos, le quitarán de la enfermería y de
barrer.
Escoba: ¡Qué torpe eres, cesto! ¿Todavía no te has dado cuenta de que la
santidad de Fray Martín se funda precisamente en eso?
Cesto: ¡¿Se funda en barrer?!
Escoba: Se funda en la humildad. Fíjate que, por lo visto, lleva haciendo esos
milagros tan gordos -viajando a China y al Japón y al...no sé cómo se llama- y
aquí sigue barriendo conmigo las celdas de los enfermos y aguantando las
impertinencias de algunos.
Cesto: La verdad es que no lo entiendo.
Escoba: Ni lo entenderás nunca. Fíjate, dice Fray Martín que ni siquiera los
hombres que entienden eso del Señor que bajó del Cielo para hacerse
carpintero y para morir en un palo.
Cesto: Desde luego, ¡qué cosas cuenta Fray Martín!

ESCENA III

(Apagar luz. En un rincón) Escoba, Ratón

Narrador: A nuestra pobre escoba no le cabía el palo entre las pajas: estaba
muy inquieta. Se había encariñado con su dueño y no quería perderle.
Escoba: Ratón, ven, acércate un momento.
Ratón: Tú dirás, escoba, ¿qué quieres?
Escoba: ¡Ay, ratón!, que nuestro amo va a morirse.
Ratón: Bueno, escoba, no exageres.
Escoba: Sí, sí, va a morirse. ¿Has visto la ropa del jergón? ¿Y la camisa que
se quitó ayer?
Ratón: No, no la he visto, ¿y eso qué tiene que ver?
Escoba: Estaba llena de sangre, (casi llorando) totalmente llena de sangre.
Ratón: Se habrá hecho alguna herida. Él es practicante, ya sabrá curarse.

lo
Escoba: No, no es eso. Ya me figuro yo lo que es. Lo he visto ya otras veces,
pero esto ya es demasiado.
Ratón: Pero, ¿cómo vamos a saber...?
Escoba: Tú vas a hacer lo que yo te diga. Esta noche, cuando Fray Martín
salga, te vas tras él y le sigues sin que se dé cuenta...(Siguen cuchicheando y
habla el)
Narrador: Aquella noche, después de maitines, una sombra cruzaba
silenciosamente los claustros del convento. A pocos pasos de ella, un pequeño
ratón la seguía sigilosamente. Tuvieron que andar bastante. En el claustro
inferior se metieron por una puerta pequeña, bajaron los tramos de la
escalera...Nuestro ratón se quedó sobrecogido por aquel lugar al que nunca se
había atrevido a bajar. Era una sala húmeda de piso de piedra y bóveda baja y
recubierta de pizarra. Allí se encontraban las tumbas de los religiosos. El
silencio y la sensación de vacío eran absolutos. Fray Martín, de rodillas delante
del Cristo de piedra, se arranca el hábito materialmente pegado al cuerpo por la
sangre derramada en la disciplina. Desnudo de cintura para arriba, empuña un
látigo de nervio de buey rematado en un nudo y comienza a golpearse
arrancando chorros de sangre caliente a sus espaldas.

ESCENA IV

Escoba, Ratón

Narrador: Diariamente Fray Martín recibe tres disciplinas siguiendo el ejemplo


de Santo Domingo. A veces, cuando rendido no tiene fuerzas para golpearse,
llama a un criado para que lo haga. Encerrados en el sótano, éste le golpea
con varas de membrillo.
(Vuelve el ratón)
Escoba: Pero bueno, ¿y para qué?
Ratón: ¡Y yo qué sé!. Él decía que por los pecadores, pero yo creo que valiera
más que los azotes se los dieran a los pecadores. ¿Estará loco Fray Martín?
Escoba: Pues ¿quién sabe? Puede que se haya vuelto loco...de amor.
Narrador: Pues, señor, resulta que nuestra escoba tenía su poquito de razón.
(PAUSA)
Día tras día, el tiempo iba marcando su huella en Fray Martín. Había algo que
envejecía y sus amigos lo han notado ya.
Ratón: Pero bueno, escoba, ¿qué es lo que te pasa ahora?
Escoba: Ay, chico, que no gana una para sustos...
Ratón: Bueno, escoba, cuenta...
Escoba: Pues verás: esta mañana, cuando barríamos el coro, sentí que sus
manos se aferraban fuertemente a mí y dejó de moverme. Después, sin
terminar, nos fuimos lentamente hacia su celda, me apoyó en la puerta y se
tumbó un momento en la cama.
Ratón: ¡Uy! Pero ¿qué le ocurría?
Escoba: ¡Qué sé yo, chico! Desde mi rincón le veía agitarse, en medio de unos
escalofríos que me ponían las pajas de punta.
Ratón: ¿Estará resfriado?
Escoba: Yo creo que es algo más grave, por un simple constipado...
ESCENA V

(Celda del Prior) P. Francisco, Fray Martín, Cesto, Ratón, Escoba, no habla el Recogedor

Narrador: Esta escena se repitió más de una vez. Los años encanecían al
mulato y las fiebres palúdicas le hicieron guardar cama. Pero no se cuidaba lo
suficiente y su pobre cuerpo, agotado por los trabajos y las penitencias, no
lograba reponerse nunca del todo. Así, una vez y otra.
P. Francisco: No está bien que siga así, Fray Martín; tiene que reponerse.
Decididamente, se irá una temporada a Limatambo. Es fácil que el aire de allí y
la tranquilidad de la casa le ayuden a reponerse.
Cesto: (En el rincón) Bueno, no os preocupéis demasiado. Yo cuidaré de él y
os contaré todo lo que haga y cómo está.
Ratón: ¡Ah! No, amigo cesto. Tú no te vas solo. Luego vienes y no cuentas casi
nada.
(La escoba llora mientras hablan)
Ratón: Además, tú no puedes acompañarlo a todos los sitios y yo sí. Pero,
escoba, ¿qué te pasa? ¡No lloreees!
Cesto: Pero, escobita, ¡no llores! Si es por poco tiempo...
Escoba: (llorando) Es que... tanto tiempo con él...y que ahora se marche...
Cesto: Vamos, mujer, hay que ser valiente. Además, eres una egoísta. ¿No
ves que a Fray Martín le conviene descansar? Si te tiene a su lado, no dejará
de trabajar.
Escoba: No, si en el fondo reconozco, hermano cesto, que soy egoísta, pero
es que una se acostumbra a él y ...Tienes que prometerme una cosa...No,
mejor tú, ratón: que Fray Martín no coja otra escoba allí, no podría soportarlo.
Ratón: Mujer, ¡es que pides unas cosas...! Bueno, en fin, haré lo posible por
mordisquear todas las escobas que encuentre. Oye, cesto, abre un poco las
asas para meterme dentro.
Escoba: Sssst, callaos, que ahí viene.
Fray Martín: Adiós, escoba guapa. Te echaré de menos, pero quieren que
descanse de ti. Hasta pronto, sí, hasta pronto.
Narrador: Y en la pequenez de su celda casi podían oírse las lágrimas de
femeninas de la escoba.

ESCENA VI

(Fuera de escena) Fray Martín

Narrador: Allí, a corta distancia de Lima, está Limatambo. Se trata de una finca
que los frailes tienen para el descanso de sus enfermos. Esa tarde, Fray Martín
con nuestros dos amigos, entraba en aquellos campos. La silueta de Fray
Martín avanzaba resueltamente por entre los campos de Limatambo. A un lado,
las mieses, y al fondo, el olivar, el tranquilo olivar de aquellos parajes. Y entre
esos viejos troncos, las rodillas de Fray Martín se hincan con fuerza.

u
Fray Martín (voz en off)'. Señor, que mis manos continúen en la misión que te
dignaste entregarme: servir como un esclavo a todos los hombres, sin dejar
jamás de hacerlo.
Narrador: Los morenos dedos del mulato van curando las heridas de sus
hermanos de raza tan faltos de cariño y comprensión. Poco a poco, las
palabras cariñosas pero serias van tonificando sus almas, descubriendo sus
pecados y ayudándoles a arrepentirse de todo, a tener un alma pura mientras
sus ojos se agrandan al ver que alguien suyo les cuida y les quiere aunque se
encuentren lejos de sus tierras salvajes. Y esas bocas negras volvían a sonreír
como de niños. Fray Martín estaba envejeciendo, pero no por ello dejaba ni una
sola de sus obligaciones y, entre ellas, estaba el atender a sus hermanos
necesitados.

ESCENA Vil

(Fuera de escena) Escoba, Ratón

Escoba: Me parece que vamos a quedarnos pronto sin amo, ratoncito. Yo le


veo ya viejo y, sin embargo, sigue como antes. Todavía peor. Si le vieras,
ratón, ya ni siquiera duerme, se queda de rodillas mucho rato. Yo le veo desde
mi rincón de detrás de la puerta. A veces ya no puedo aguantar el sueño y me
duermo, aunque no quiera. Y cuando me despierto, todavía está en el suelo.
Pero se pone muy guapo Fray Martín por la noche. Cuando está en oración ya
no se nota que es negro: su cara brilla como si fuera de plata y pone una cara
muy bonita, como de felicidad. Pero no se acuesta nada y a veces el sueño y el
cansancio del día le rinden y cae dormido sobre la cama. ¡Pobre Fray Martín!
¡Con lo viejecito que está...! Me parece, hermano ratón, que Fray Martín va a
quedarse poco tiempo ya entre nosotros. Dice que quiere irse al Cielo, que es
su patria. Yo, la verdad, es que no sé dónde está esa patria, pero...le diré que,
aunque estoy un poco vieja, que me lleve con él. Yo no quiero quedarme sin
Fray Martín, no podría resistirlo.
(Se oyen campanas)
Escoba: Oye, ratoncito, ¿sabes por qué toca triste la campana?
Ratón: Es que la ciudad está de luto.
Escoba: Pues ¿quién se ha muerto, ratqn?^
Ratón: Todavía no ha muerto, pero ef
Escoba: Pero ¿quién? (campanilla)
Ratón: El Señor Obispo. ¿No oyes? Es el Señor que pasa a buscar su alma.
(Se abre el telón)
i&nSa^Fi^JMrtl/LB e^ceg^<se^^:e^^/a?dD^^c
te' curará milagrosamente alArzot
personas. El Arzobispo mandó llamarlo ^^u^nó^rTíegoTTepldió qúé^püsrefa si
mano sobre su costado. El humilde fraile se resistió en un principio, pero al fin
obedeció y avanzó su mano temblorosa. En sus ojos asomaban unas lágrimas
indiscretas. Estaba emocionado. La mano morena se posó sobre el cuerpo del
Obispo. Ocurrió lo esperado y todo fue alegría y paz por aquella mano morena
de Fray Martín.

13
ESCENA VIII

(El mismo escenario) Escoba, Cesto, Recogedor, Ratón, no habla Fray Martín (en el lecho
de muerte)

Narrador: Y Dios, que hace todas las cosas con perfección, se asomó al
balcón de su Casa y vio que Fray Martín tenía el pelo blanco. Y Dios sonrió
porque su obra era buena. Y Dios la concluyó y llamó a Fray Martín
Escoba: Alégrate, hermano cesto, porque ya viene el Señor. Viene entre los
frailes, cantando por los claustros a llevarse a Fray Martín.
Cesto: Ya se acerca el Amigo de Fray Martín.
Recogedor: Viene sonriente, vestido de blanco.
Ratón: Fray Martín se ha vestido su mejor sonrisa para recibirle.
Narrador: Y hasta la fuente parecía que rezaba cuando los frailes cruzaban los
claustros buscando a Fray Martín. En un rincón escondido, cuatro figuras
contemplaban esta marcha triunfal. Eran sus compañeros inseparables. Ahora
se sentían orgullosos de que aquellas manos que tantas veces les acariciaran,
fueran a estrechar aquella otra mano grande de su Amigo del Cielo.

(Se cierra el telón y sale el ratón delante del telón y dice:)


Ratón: ¡Se han ido los dos: la escoba y Fray Martín! Porque la escoba se fue
con Fray Martín porque ella le compró su cielo.

ESCENA IX

Fray Martín, no habla la Escoba

Narrador: Y aquí terminó la historia de la escoba. El cronista oficial del


convento ni siquiera la mencionó cuando relataba escuetamente la muerte de
aquel religioso que se llamó Martín de Porres. Sin embargo, nosotros sabemos
que, si la hubiera escrito el propio Fray Martín, no la habría dejado de nombrar
entre sus compañeros inseparables.
¿Qué, quieres saber cómo fueron los últimos momentos de la vida de la
escoba? Pues verás: dicen que cuando Fray Martín se fue al Cielo, la escoba
sintió un fuego extraño 0H^HH|^Val tiempo que, como si tuviera alas,
comenzó a ascender pasandonubeirasnube hasta el Cielo. Y allí, en el Cielo,
se encontró con Fray Martín. La escoba, temblorosa, se acercó a él, éste la
tomó con cariño y le dijo algo así:
Fray Martín: Ven aquí, tú me has dado el Cielo.

(Se apagan luces y

TELÓN