Está en la página 1de 52

FRANNY Y ZOOEY

J. D. SALINGER

FRANNY
Y
ZOOEY
Traducción de Isabel de Juan
Salinger, Jerome David
Franny y Zooey. - 2a ed. - Buenos Aires : Edhasa, 2013.
216 p. ; 14x22,5 cm.

Traducido por: Isabel de Juan


ISBN 978-987-628-280-2

1. Narrativa Estadounidense. 2. Novela. I. Isabel de Juan, trad.


II.Título
CDD 813

Título original: Franny and Zooey

Diseño de la cubierta: Pepe Far

Primera edición en Edhasa Literaria: octubre de 2003


Segunda edición: noviembre 2013

© 1955, 1957, 1961 by J.D. Salinger (c) renewed 1983, 1985 by J. D. Salinger
© Edhasa, 2003, 2013

Avda. Diagonal, 519-521 Avda. Córdoba 744, 2º piso C


08029 Barcelona C1054AAT Capital Federal
Tel. 93 494 97 20 Tel. (11) 43 933 432
España Argentina
E-mail: info@edhasa.es E-mail: info@edhasa.com.ar

ISBN: 978-987-628-280-2

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del


Copyright bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total
de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía
y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante
alquiler o préstamo público.

Impreso por Arcangel Maggio-división libros

Impreso en Argentina
Más o menos con el mismo espíritu con el
que Matthew Salinger, de un año de edad,
le insiste a un compañero de mesa para que
acepte un haba fría, insto yo a mi editor,
mentor y (Dios le ampare) mejor amigo,
William Shawn, genius domus de The
New Yorker, amante de la probabilidad
remota, protector de los poco prolíficos, defen-
sor de los extravagantes sin remedio, el más
insensatamente modesto de los grandes edi-
tores-artistas natos, a que acepte este librito
más bien escuálido.
FRANNY
Aunque la mañana del sábado era soleada y lumino-
sa, volvía a hacer tiempo de abrigo, no simplemente
de chaqueta, como había sucedido toda la semana y
como todos habían esperado que se mantuviera para
el gran fin de semana: el fin de semana del partido
contra Yale. De los veintitantos chicos que estaban
esperando en la estación a que llegaran sus novias en
el tren de las diez y cincuenta y dos no había más de
seis o siete en el frío andén descubierto. El resto esta-
ba dentro de la caldeada sala de espera, de pie en gru-
pitos de dos, tres o cuatro, sin sombrero, fumando y
hablando con voces que, casi sin excepción, sonaban
universitariamente dogmáticas, como si cada mucha-
cho, en su turno estridente dentro de la conversación,
estuviera resolviendo, de una vez por todas, alguna
cuestión altamente polémica, una cuestión que el mun-
do exterior, no universitario, llevaba siglos discutien-
do con gran torpeza, provocativamente o no.
Lane Coutell, con una gabardina Burberry que al
parecer tenía un forro de lana, era uno de los seis o sie-
te muchachos que estaban en el andén abierto. O, mejor
dicho, era y no era uno de ellos. Durante diez minutos

11
o más se había mantenido deliberadamente apartado,
fuera del alcance de la conversación de los otros, con la
espalda contra el anaquel de folletos gratuitos de Cien-
cia Cristiana y las manos sin guantes metidas en los bol-
sillos del abrigo. Llevaba una bufanda marrón de cache-
mir que se le había descolocado y casi no le protegía
del frío. De manera brusca y bastante distraída, sacó
la mano derecha del bolsillo y empezó a arreglarse la
bufanda, pero antes de que estuviera bien puesta cam-
bió de idea y utilizó la misma mano para buscar deba-
jo de la gabardina y sacar una carta del bolsillo interior
de su chaqueta. Comenzó a leerla inmediatamente, sin
cerrar del todo la boca.
La carta estaba escrita –mecanografiada– en papel
azul claro.Tenía un aspecto manoseado, poco fresco,
como si ya hubiera sido sacada de su sobre y leída varias
veces:

Martes, creo
Queridísimo Lane:

No tengo ni idea de si podrás descifrar esto, ya que


esta noche el ruido en la residencia es absolutamente
increíble y casi no puedo oír mis pensamientos.Así
que si la ortografía es mala, ten la amabilidad de
pasarlo por alto. Por cierto, he seguido tu consejo
y he recurrido mucho al diccionario últimamente,
así que si mi estilo es más rígido, tú tienes la cul-
pa. Bueno, acabo de reabrir tu preciosa carta y te
quiero hasta hacerte pedazos, comerte a bocados,

12
etcétera, y apenas puedo esperar a que llegue el fin
de semana. Es una pena que no hayas podido meter-
me en Croft House, pero en realidad no me impor-
ta dónde me aloje mientras haya calefacción y no
haya chinches y pueda verte de vez en cuando, es
decir, cada minuto. Me estoy volviendo loca últi-
mamente. Me encanta absolutamente tu carta, en
especial la parte sobre Elliot. Creo que estoy empe-
zando a despreciar a todos los poetas excepto a Safo.
He estado leyéndola como posesa, y nada de comen-
tarios vulgares, por favor. Puede que incluso haga
mi trabajo del trimestre sobre ella, si es que decido
ir por matrícula y si logro convencer al imbécil que
me han asignado como tutor. «El delicado Adonis
se muere, Citerea, ¿qué podemos hacer? Golpead
vuestros pechos, doncellas, y rasgaos las túnicas.» ¿A
que es maravilloso? Además, escribe así siempre. ¿Me
quieres? No lo dices ni una sola vez en tu horrible
carta.Te odio cuando te pones supervaronil y retis-
cente (¿está bien escrito?). No te odio exactamente,
pero soy contraria por naturaleza a los hombres fuer-
tes y callados. No es que tú no seas fuerte, pero ya
me entiendes. Hay tanto ruido aquí que casi no pue-
do oír mis pensamientos. De todos modos, te quie-
ro y deseo echar esta carta urgente para que la reci-
bas con tiempo suficiente si encuentro un sello en
este manicomio.Te quiero te quiero te quiero. ¿Sabes
que en realidad sólo he bailado contigo dos veces
en once meses? Sin contar aquella vez en el Van-
guard cuando estabas tan borracho. Probablemente

13
me sentiré terriblemente cohibida. Por cierto, te mata-
ré si haces alusión a esto. ¡Hasta el sábado, cielete!

Con todo mi amor,


FRANNY

P. D. 1: Papá recibió los resultados de sus radiogra-


fías del hospital y todos nos sentimos aliviados. Es
un tumor pero no es maligno. Hablé con mamá por
teléfono anoche. Por cierto, te manda recuerdos, así
que puedes estar tranquilo respecto a aquel viernes
por la noche. Creo que ni siquiera nos oyeron entrar.

P. D. 2: Parezco tan poco inteligente e ingeniosa


cuando te escribo. ¿Por qué será? Te doy permiso
para analizarlo. Intentemos simplemente pasarlo de
maravilla este fin de semana. Quiero decir que inten-
temos por una vez, si es posible, no analizarlo todo
hasta machacarlo, sobre todo a mí.Te quiero.

FRANCES (su marca)

Lane iba por la mitad de esta lectura de la carta cuan-


do fue interrumpido –importunado, molestado– por
un joven corpulento llamado Ray Sorenson, el cual
deseaba preguntar si Lane sabía de qué iba ese hijo-
puta de Rilke. Lane y Sorenson estaban en el curso
de Literatura Europea Moderna 251 (abierto única-
mente a los estudiantes de último año y a los licen-
ciados) y tenían que hacer un trabajo sobre la cuarta de

14
las Elegías de Duino de Rilke para el lunes. Lane, que
sólo conocía a Sorenson superficialmente pero sentía
una vaga y categórica aversión por su cara y su actitud,
guardó la carta y contestó que no lo sabía pero pensa-
ba que había entendido la mayor parte.
–Tienes suerte –dijo Sorenson–. Eres un hombre
afortunado.
Hablaba con un mínimo de vitalidad, como si se
hubiese acercado a hablar con Lane por aburrimiento
o impaciencia, no en busca de ninguna clase de con-
versación.
–Dios, qué frío hace –dijo, y se sacó un paquete de
cigarrillos del bolsillo.
Lane observó una huella de lápiz de labios, difu-
minada pero bastante visible, en la solapa del abrigo de
pelo de camello de Sorenson.Tenía aspecto de llevar
semanas allí, quizá meses, pero no conocía a Sorenson
lo suficiente como para mencionarlo, ni tampoco le
importaba un comino, ésa es la verdad.Además, el tren
ya llegaba. Los dos chicos se volvieron a medias hacia
la izquierda para ponerse de cara a la locomotora que
se aproximaba. Casi al mismo tiempo, la puerta de la sala
de espera se abrió de golpe y los muchachos que se ha-
bían mantenido al abrigo salieron a recibir el tren, la
mayoría de ellos dando la impresión de tener por lo
menos tres cigarrillos encendidos en cada mano.
Lane también encendió un cigarrillo mientras el
tren entraba en la estación. Entonces, como tanta gen-
te a quien, quizá, sólo debería dársele un pase de prue-
ba para recibir trenes, trató de dejar su rostro vacío

15
de toda expresión que pudiera simplemente, tal vez
incluso maravillosamente, revelar lo que sentía por la
persona que llegaba.
Franny fue una de las primeras chicas que bajaron
del tren, de un vagón en el extremo norte del andén.
Lane la vio inmediatamente y, a pesar de la cara que
estaba intentando poner, su brazo, que se alzó rápida-
mente en el aire, expresó toda la verdad. Franny vio el
brazo, le vio a él y le devolvió el saludo de un modo
exagerado. Llevaba un abrigo de mapache, y Lane,
mientras caminaba hacia ella apresuradamente aunque
con la cara parada, se dijo, con emoción contenida, que
él era el único en el andén que realmente conocía el
abrigo de Franny. Recordó que una vez, en un coche
prestado, después de besar a Franny durante una media
hora, había besado la solapa de su abrigo, como si fue-
ra una extensión orgánica y perfectamente deseable de
su persona.
–¡Lane! –le saludó Franny gozosamente; ella no era
dada a borrar la expresión de su rostro.
Le abrazó y le besó. Fue un beso de andén: bastante
espontáneo al principio, pero más bien inhibido en la
continuación, y con cierto aire de golpe en la frente.
–¿Recibiste mi carta? –preguntó ella, y añadió, casi
con el mismo aliento–:Tienes cara de estar congelado,
pobrecito. ¿Por qué no has esperado dentro? ¿Recibis-
te mi carta?
–¿Qué carta? –dijo Lane, cogiéndole la maleta. Era
azul marino con ribetes de cuero blanco, igual a otra
media docena de maletas que acababan de bajar del tren.

16
–¿No la has recibido? La eché el miércoles. ¡Oh, Dios!
Incluso la llevé al correo yo…
–Ah, ésa. Sí. ¿No has traído más que esta maleta?
¿Qué libro es ése?
Franny miró su mano izquierda, en la cual tenía un
libro pequeño encuadernado en tela verde.
–¿Éste? Oh, nada especial –contestó.
Abrió su bolso, metió el libro dentro y siguió a Lane
por el largo andén hacia la parada de taxis. Le cogió del
brazo y llevó casi toda la conversación, si no toda. Pri-
mero dijo algo acerca de un vestido que llevaba en la
maleta y que era necesario planchar. Contó que se había
comprado una planchita monísima que parecía de casa
de muñecas, pero luego se le había olvidado traerla.
Dijo que le parecía que sólo conocía a tres de las chi-
cas que iban en el tren: Martha Farrar,Tippie Tibbet
y Eleanor Nosecuántos, a quien había conocido hacía
años en sus tiempos de internado, en Exeter o en algu-
na parte.Todas las demás que iban en el tren tenían
un aire muy Smith, salvo dos chicas de tipo absoluta-
mente Vassar y una absolutamente Bennington o Sarah
Lawrence,1 dijo Franny. La chica estilo Bennington-
Sarah Lawrence tenía aspecto de haberse pasado todo
el trayecto metida en el lavabo, esculpiendo o pintan-
do o algo así, o de llevar mallas debajo del vestido. Lane,
andando bastante deprisa, dijo que sentía no haber con-
seguido meterla en Croft House –eso era prácticamente

1. Smith,Vassar, Bennington y Sarah Lawrence son famosos colegios universitarios feme-


ninos. (N. de la T.)

17
imposible, claro–, pero que le había conseguido habi-
tación en un sitio muy agradable y acogedor. Peque-
ño, pero limpio y todo eso. Le gustaría, dijo, y Franny
inmediatamente se imaginó una casa de huéspedes
de madera blanca.Tres chicas que no se conocían en
la misma habitación. La que llegara primero se queda-
ría con la cama plegable llena de bultos y las otras dos
tendrían que compartir una cama doble con un colchón
absolutamente fantástico.
–Estupendo –dijo con entusiasmo.
A veces le resultaba terriblemente difícil ocultar su
impaciencia respecto a la ineptitud del macho de la
especie en general, y la de Lane en particular. Recor-
dó una noche lluviosa en Nueva York, al salir del tea-
tro, en la que Lane, con un sospechoso exceso de gene-
rosidad callejera, había dejado que aquel horrible
hombre de esmoquin le quitara el taxi. Eso no le había
importado mucho –es decir, Dios, sería espantoso tener
que ser hombre y tener que conseguir taxis bajo la llu-
via–, pero recordaba la mirada verdaderamente horri-
ble y hostil que Lane le echó a ella cuando volvió a la
acera para decírselo. Ahora, sintiéndose extrañamente
culpable al pensar en esto y en otras cosas, dio un bre-
ve apretón de simulado afecto al brazo de Lane. Cogie-
ron un taxi. Pusieron la maleta azul marino con ribe-
tes de cuero blanco delante junto al taxista.
–Dejaremos tu maleta y tus cosas en tu alojamien-
to. Nada más dejarlas dentro, y nos vamos a comer –dijo
Lane–. Me muero de hambre.
Se inclinó y le dio una dirección al taxista.

18
–¡Me alegro tanto de verte! –dijo Franny cuando el
coche se puso en marcha–.Te he echado mucho de
menos.
No bien hubo pronunciado esas palabras compren-
dió que no las sentía en absoluto. De nuevo con un sen-
timiento de culpa, cogió la mano de Lane y entrelazó
sus dedos con los de él cariñosa y estrechamente.

***

Aproximadamente una hora después estaban sentados


en una mesa relativamente apartada en un restaurante
del centro llamado Sickler’s, un sitio muy de moda,
sobre todo entre el sector intelectual de los estudiantes
de la universidad; los mismos estudiantes, más o menos,
que, si hubieran pertenecido aYale o Harvard, habrían
rehuido llevar a sus parejas a Mory’s o Cronin’s con aire
demasiado informal. Sickler’s, podría decirse, era el úni-
co restaurante de la ciudad donde los filetes no eran
«así de gordos», separando el pulgar y el índice tres cen-
tímetros. La especialidad de Sickler’s eran los caracoles.
Sickler’s era un lugar donde o bien tanto el estudiante
como su pareja pedían ensalada o, generalmente, no la
pedía ninguno de los dos, debido al condimento de ajo.
Franny y Lane estaban tomando martinis. Cuando les
habían servido las bebidas, diez o quince minutos antes,
Lane había probado la suya y luego se había echado
hacia atrás mirando brevemente a su alrededor con una
sensación casi palpable de bienestar por encontrarse
(estaba seguro de que nadie podría discutírselo) en el

19
lugar adecuado con una chica de aspecto impecablemente
adecuado; una chica que no sólo era extraordinariamente
guapa sino que, mejor aún, no era demasiado definida-
mente del tipo de jersey de cachemir y falda de franela.
Franny había notado esta momentánea debilidad, y la
había tomado por lo que era, ni más ni menos. Pero por
algún acuerdo antiguo y permanente con su psique, optó
por sentirse culpable de haberla visto y comprendido, y
se condenó a escuchar la conversación de Lane con una
especial apariencia de interés.
Lane hablaba ahora como el que lleva un cuarto
de hora más o menos monopolizando la conversación
y cree haber encontrado una vía por la que no puede
extraviarse.
–Quiero decir, para expresarlo crudamente –estaba
diciendo–, que se podría afirmar que lo que falta es tes-
ticularidad. ¿Sabes a qué me refiero?
Estaba inclinado retóricamente hacia delante, hacia
Franny, su atento público, con los antebrazos sosteniendo
a ambos lados su martini.
–¿Que le falta qué? –dijo Franny.
Había tenido que aclararse la garganta antes de hablar,
de tanto rato que llevaba sin decir nada.
Lane titubeó.
–Masculinidad –dijo.
–Te había oído la primera vez.
–Bueno, ése era el tema, por así decirlo, lo que yo
estaba intentando poner de manifiesto de un modo bas-
tante sutil –dijo Lane, siguiendo muy de cerca el hilo
de su propia conversación–. Quiero decir, Dios, pensé

20
sinceramente que iba a caer como un globo de plomo,
y cuando me lo devolvieron con ese condenado «10»
como de dos metros, te juro que por poco me des-
mayo.
Franny volvió a aclararse la garganta. Al parecer, ya
había cumplido su autoimpuesta condena de perfecta
oyente.
–¿Por qué? –preguntó.
Lane parecía levemente interrumpido.
–¿Por qué, qué?
–¿Por qué pensabas que caería como un globo de
plomo?
–Ya te lo he dicho.Acabo de explicártelo. Este tipo,
Brughman, es un gran experto en Flaubert. O por lo
menos eso creía yo.
–Ah –dijo Franny. Sonrió. Bebió un sorbo de su
martini–. Esto está estupendo –dijo, mirando su copa–.
Me alegro de que la mezcla no sea veinte por uno. Me
horroriza cuando son absolutamente todo ginebra.
Lane asintió.
–De todas formas, creo que tengo ese maldito tra-
bajo en mi cuarto. Si tenemos una oportunidad duran-
te el fin de semana, te lo leeré.
–Estupendo. Me encantará oírlo.
Lane asintió de nuevo.
–No es que dijera nada demasiado sensacional ni
nada de eso –cambió de postura en su silla–. Pero, no
sé, creo que el énfasis que puse en el porqué de su neu-
rótica atracción por el mot juste no estaba demasiado
mal. Quiero decir, a la luz de lo que sabemos hoy día.

21
No sólo del psicoanálisis y toda esa mierda, pero hasta
cierto punto también de eso, desde luego.Ya me entien-
des.Yo no soy partidario de Freud ni nada, pero hay
ciertas cosas que no puedes limitarte a calificarlas de
Freudianas con mayúscula y dejarlas a un lado. Quie-
ro decir que hasta cierto punto creo que estaba per-
fectamente justificado al señalar que ninguno de los
tipos verdaderamente buenos,Tolstoi, Dostoyevski, el
propio Shakespeare, eran tan condenados estrujadores
de palabras. Escribían, simplemente. ¿Sabes a qué me
refiero?
Lane miró a Franny con cierta expectación. Le pare-
cía que ella le había escuchado con una atención super-
especial.
–¿Te vas a comer tu aceituna o no?
Lane lanzó una mirada fugaz a su copa de martini,
luego miró de nuevo a Franny.
–No –contestó fríamente–. ¿La quieres?
–Si tú no te la vas a tomar –dijo Franny.
Comprendió por la expresión de Lane que había
hecho una pregunta inoportuna. Peor aún, de repente
la aceituna no le apetecía en absoluto y se preguntó por
qué la había pedido. Cuando Lane le ofreció su copa
de martini no pudo hacer otra cosa, sin embargo, que
aceptar la aceituna y consumirla con aparente gusto.
Luego cogió un cigarrillo del paquete de Lane, que
estaba sobre la mesa, y él lo encendió y luego cogió
otro para él mismo.
Después de la interrupción de la aceituna se pro-
dujo un breve silencio. Cuando Lane lo rompió, fue

22
porque no servía para guardarse por mucho tiempo una
declaración sensacional.
–Este tipo, Brughman, cree que yo debería publicar
el dichoso trabajo en alguna parte –dijo repentina-
mente–. Pero no sé qué hacer.
Luego, como si se hubiera quedado exhausto de
pronto –o, más bien, agotado por las demandas de un
mundo ávido de los frutos de su intelecto–, empezó a
frotarse un lado de la cara con la palma de la mano, qui-
tándose, con inconsciente brusquedad, una legaña de
un ojo.
–Quiero decir que ensayos críticos sobre Flaubert y
todos ésos los hay a diez céntimos la docena –reflexio-
nó, con aire levemente malhumorado–. De hecho, creo
que no se ha hecho ningún trabajo realmente incisivo
sobre él en los últimos…
–Estás hablando como un suplente. Exactamente
igual.
–¿Perdón? –dijo Lane con calculada tranquilidad.
–Que estás hablando exactamente como un suplen-
te. Disculpa, pero es así. De verdad que sí.
–¿Sí? ¿Y puedo preguntar cómo habla un suplente?
Franny notó que él estaba irritado, y hasta qué pun-
to, pero, por el momento, con una mezcla a partes igua-
les de autodesaprobación y malicia, deseaba expresar su
opinión.
–Bueno, no sé qué es lo que son aquí, pero donde
yo estudio, un suplente es una persona que se encarga
de una clase cuando falta el catedrático, o está con una
crisis nerviosa o ha ido al dentista o algo así. General-

23
mente es un estudiante posgraduado o algo así. El caso
es que si se trata de un curso sobre Literatura Rusa, por
ejemplo, entra, con su camisita de cuello abotonado y
su corbata de rayas, y se pone a machacar a Turguenev
durante media hora. Luego, cuando termina, cuando ya
te ha destrozado a Turguenev, empieza a hablar acerca
de Stendhal o alguien sobre el cual hizo su tesis de licen-
ciatura. En mi facultad, el Departamento de Lengua
Inglesa tiene como diez suplentes que van por ahí des-
trozándolo todo, y son tan brillantes que apenas pue-
den abrir la boca… y perdona la contradicción. Quie-
ro decir que si te pones a discutir con ellos, lo único
que hacen es adoptar una expresión terriblemente mag-
nánima…
–¡Vaya humor que tienes hoy! ¿Qué demonios te
pasa?
Franny sacudió la ceniza de su cigarrillo y luego atra-
jo el cenicero unos centímetros a su lado de la mesa.
–Lo siento. Estoy insoportable –dijo–. Me he senti-
do muy destructiva toda la semana. Es terrible. Estoy
inaguantable.
–Tu carta no parecía tan condenadamente destruc-
tiva.
Franny asintió con gravedad. Estaba contemplando
una pequeña mancha de luz del sol, como del tamaño
de una ficha de póquer, sobre el mantel.
–Tuve que hacer un esfuerzo para escribirla –dijo.
Lane empezó a decir algo, pero de pronto el cama-
rero se acercó para retirar las copas vacías.
–¿Quieres otro? –le preguntó Lane a Franny.

24
No obtuvo respuesta. Franny miraba la manchita de
sol con una intensidad especial, como si estuviera pen-
sando tumbarse en ella.
–Franny –dijo Lane pacientemente, en honor del
camarero–. ¿Te apetece otro martini?
Ella levantó la vista.
–Perdón –miró las copas vacías que el camarero tenía
en la mano–. No. Sí. No lo sé.
Lane se rió, mirando al camarero.
–¿Sí o no? –preguntó.
–Sí, por favor.
Parecía más atenta.
El camarero se fue. Lane le siguió con la vista mien-
tras salía del comedor; luego volvió a mirar a Franny.
Ella, con los labios entreabiertos, estaba dando forma a
la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero limpio
que había traído el camarero. Lane la observó durante
un momento con creciente irritación. Probablemente,
le molestaba y asustaba cualquier señal de distancia-
miento en una chica con la cual salía en serio. En cual-
quier caso, ciertamente le preocupaba que ese bicho que
había picado a Franny les reventase todo el fin de sema-
na. De pronto se echó hacia delante, poniendo los bra-
zos sobre la mesa, como para dejar bien sentado este
asunto, qué demonio, pero Franny habló antes que él.
–Estoy fatal hoy –dijo–. Estoy disparada.
Se sorprendió mirando a Lane como si fuera un
extraño, o un cartel que anunciara una marca de linó-
leo, al otro lado de la vía del metro. Una vez más sin-
tió la punzada de deslealtad y remordimiento, que pare-

25
cía estar a la orden del día, y reaccionó alargando la
mano para ponerla sobre la de Lane. La retiró casi ense-
guida y la utilizó para coger su cigarrillo del cenicero.
–Se me pasará dentro de un momento –añadió–.Te
lo prometo.
Le sonrió –en cierto modo, sinceramente–, y si en
ese momento él le hubiese devuelto la sonrisa, eso podía
haber mitigado, por lo menos en alguna medida, deter-
minados sucesos que vendrían a continuación, pero
Lane estaba dedicado a fingir su propia forma de dis-
tanciamiento y decidió no devolverle la sonrisa.
–Si no fuese demasiado tarde y todo eso –dijo ella–,
y si no hubiera decidido como una imbécil presentar-
me a matrícula, creo que dejaría Literatura Inglesa. No
sé –sacudió la ceniza–. Estoy tan harta de pedantes y de
engreídos demoledores que podría ponerme a chillar
–miró a Lane–. Lo siento. Me callaré.Te doy mi pala-
bra… es que si tuviera agallas no habría vuelto este año
a la universidad. No sé. Quiero decir que todo es una
farsa increíble.
–Genial. Eso es realmente genial.
Franny comprendió que se merecía el sarcasmo.
–Lo siento –dijo.
–Deja ya de decir lo siento, ¿quieres? Supongo que
no se te ha ocurrido que estás haciendo una conde-
nada generalización. Si toda la gente del Departamento
de Inglés fuera tan terriblemente demoledora, sería total-
mente diferente…
Franny le interrumpió, pero con voz casi inaudible.
Estaba mirando por encima del hombro de franela

26
marengo de Lane a alguna abstracción al otro lado del
comedor.
–¿Qué? –preguntó él.
–He dicho que lo sé. Que tienes razón. Estoy de mal
humor, eso es todo. No me hagas caso.
Pero Lane no podía abandonar una discusión hasta
que se resolvía a su favor.
–Quiero decir, ¡demonios!, que hay gente incom-
petente en todas las profesiones. Eso ya se sabe. Deje-
mos por un momento a los malditos suplentes –miró a
Franny–. ¿Me escuchas o no?
–Sí.
–Tienes a dos de los mejores profesores del país en
tu maldito Departamento de Inglés. Manlius y Espósi-
to. Diablos, ya quisiera yo tenerlos aquí. Por lo menos,
son poetas, por Dios santo.
–No lo son –dijo Franny–. En parte eso es lo espan-
toso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No
son más que personas que escriben poemas que se
publican y aparecen en antologías por todas partes, pero
no son poetas.
Se calló, incómoda, y apagó el pitillo. Desde hacía
varios minutos había ido palideciendo. De repente,
hasta su lápiz de labios parecía un tono o dos más cla-
ro, como si se lo hubiese quitado con un pañuelo de
papel.
–No hablemos más de ello –dijo, casi con indife-
rencia, aplastando la colilla en el cenicero–. Estoy dis-
parada.Voy a estropearte el fin de semana. Ojalá hubie-
ra una trampilla bajo mi asiento y desapareciera.

27
El camarero se acercó un momento y dejó un segun-
do martini delante de cada uno. Lane rodeó con sus
dedos –que eran finos y largos y casi nunca estaban fue-
ra de la vista– el pie de la copa.
–No estás estropeando nada –dijo en voz baja–. Sim-
plemente me interesa averiguar de qué rayos se trata.
Quiero decir, ¿hay que ser un maldito bohemio, o estar
muerto, por Dios santo, para ser un verdadero poeta? ¿Qué
es lo que quieres, un imbécil con el pelo ondulado?
–No. ¿Por qué no lo dejamos correr? Por favor. Me
siento absolutamente fatal, y me está entrando un terri-
ble…
–Estaría encantado de dejar el tema…, me encanta-
ría. Pero dime primero qué es un verdadero poeta, si no
te importa.Te lo agradecería. De veras.
Había un ligero brillo de transpiración en la parte
alta de la frente de Franny. Posiblemente era sólo que
hacía demasiado calor en el comedor, o que tenía el
estómago revuelto, o que los martinis estaban dema-
siado fuertes; en cualquier caso, Lane no pareció darse
cuenta.
–No sé qué es un verdadero poeta. Me gustaría que
lo dejaras, Lane. En serio. Me siento muy mal y muy
rara, y no puedo…
–Vale, vale… De acuerdo. Cálmate –dijo Lane–. Sólo
trataba de…
–Lo que yo sé es esto, nada más –dijo Franny–. Que
si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que
dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo
que sea. Ésos de los que tú hablas no dejan ni una sola

28
cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que
son ligeramente mejores, es meterse en tu cabeza y
dejar algo allí, pero el que lo hagan, el que sepan dejar
algo, no significa que sea un poema, ¡no, por Dios!
Puede ser simplemente una especie de excrementos
terriblemente fascinantes y sintácticos, y perdona la
expresión. Como pasa con Manlius y Espósito y todos
esos pobres hombres.
Lane se tomó tiempo para encender un cigarrillo
antes de decir nada.
–Creí que te caía bien Manlius. De hecho, si no
recuerdo mal, hace aproximadamente un mes, dijiste
que era un encanto y que tú…
–Y me cae bien. Estoy harta de que la gente me cai-
ga bien solamente. Quisiera conocer a alguien a quien
pudiese respetar… ¿Me disculpas un momento?
Franny se puso de pie, con el bolso en la mano. Esta-
ba muy pálida. Lane se levantó, empujando su silla, con
la boca abierta.
–¿Qué te ocurre? –preguntó–. ¿Te encuentras bien?
¿Te pasa algo, o qué?
–Vuelvo dentro de un segundo.
Salió del comedor sin pedir indicaciones, como si
supiera dónde ir por otros almuerzos anteriores en Sic-
kler’s.
Lane, solo en la mesa, se quedó fumando y dan-
do sorbitos moderados a su martini para que le durase
hasta que volviera Franny. Estaba clarísimo que la sen-
sación de bienestar que había sentido media hora antes
por hallarse en el lugar adecuado con la chica ade-

29
cuada, o de aspecto adecuado, había desaparecido
completamente. Miró el abrigo de mapache, que esta-
ba un poco ladeado sobre el respaldo de la silla vacía
de Franny –el mismo abrigo que le había emociona-
do en la estación, en virtud de su exclusiva familia-
ridad con él–, y ahora lo examinó casi con total des-
agrado. Las arrugas del forro de seda le irritaban por
algún motivo. Apartó la vista del abrigo y la fijó en
el pie de su copa, con aire de preocupación y como
sintiéndose objeto de una vaga e injusta conspiración.
Una cosa era segura. El fin de semana estaba tenien-
do un comienzo condenadamente extraño. En ese
momento, sin embargo, levantó los ojos casualmente
y vio a alguien que conocía al otro lado del come-
dor, un compañero de clase con su pareja. Lane se
irguió un poco en su silla y cambió su expresión de
recelo y descontento generalizado por la de un hom-
bre cuya novia se ha ido simplemente al lavabo, deján-
dole, como suele ocurrir, sin nada que hacer entre
tanto excepto fumar y parecer aburrido, a ser posible
atractivamente aburrido.

***

El lavabo de señoras de Sickler’s era casi tan grande


como el propio comedor y, en cierto sentido, apenas
menos cómodo. Nadie lo atendía y, al parecer, estaba
vacío cuando Franny entró. Se quedó parada un
momento –casi como si fuese el punto de alguna cita–
en mitad del suelo de baldosas.Tenía gotas de sudor en

30
la frente y la boca abierta, y estaba todavía más pálida
que en el comedor.
Luego, de pronto y muy deprisa, entró en la cabi-
na más alejada y de aspecto más anónimo de las siete
u ocho –que, por suerte, se abrían sin necesidad de
meter una moneda–, cerró la puerta tras de sí y, con
cierta dificultad, echó el cerrojo. Sin prestar atención
al entorno, se sentó. Juntó las rodillas con firmeza,
como para convertirse en una unidad más pequeña
y compacta. Luego colocó las manos verticalmente
sobre sus ojos y apretó con fuerza, como si quisiera
paralizar el nervio óptico y ahogar todas las imágenes
en una negrura abismal. Sus dedos extendidos, aun-
que temblorosos –o porque estaban temblorosos–,
parecían extrañamente bonitos y elegantes. Mantuvo
esta posición tensa y casi fetal durante un momento
de suspensión; después se echó a llorar. Lloró duran-
te cinco minutos seguidos. Lloró sin intentar conte-
ner ninguna de las manifestaciones más ruidosas de la
pena y la confusión, con todos los convulsos sonidos
guturales que hace un niño histérico cuando el aire
trata de salir a través de una epiglotis parcialmente
cerrada. Sin embargo, cuando al fin paró, sencillamente
paró, sin las dolorosas, punzantes inspiraciones que
suelen seguir a un estallido violento. Cuando dejó de
llorar, fue como si se hubiese producido un decisivo
cambio que tuvo en su cuerpo un efecto inmediato y
pacificador. Con el rostro bañado en lágrimas pero
inexpresivo, casi bobo, cogió su bolso del suelo, lo abrió
y sacó el librito encuadernado en tela verde. Lo puso

31
en su regazo –más bien, sobre sus rodillas– y lo miró,
lo contempló fijamente, como si ése fuera el lugar más
indicado para un librito encuadernado en tela verde.
Al cabo de un momento, cogió el libro, lo levantó has-
ta la altura del pecho y lo estrechó contra sí firme-
mente durante breves instantes. Luego lo metió de
nuevo en el bolso, se puso de pie y salió de la cabi-
na. Se lavó la cara con agua fría, se la secó con una
toalla que colgaba de un toallero alto, se volvió a pin-
tar los labios, se peinó y salió de los lavabos.
Tenía un aspecto sensacional mientras atravesaba el
comedor en dirección a la mesa, en nada diferente al
de una chica que está dispuesta a pasar un gran fin de
semana universitario. Cuando ella se aproximó a su silla,
apresurada y sonriente, Lane se levantó despacio, con
una servilleta en la mano.
–Lo siento –dijo Franny–. ¿Pensabas que me había
muerto?
–No pensaba que te habías muerto –contestó Lane.
Le acercó la silla–. No sabía qué demonios te había ocu-
rrido –volvió a su sitio–. No tenemos mucho tiempo,
¿sabes? –se sentó–. ¿Estás bien? Tienes los ojos un poco
irritados –la miró con más atención–. ¿Te encuentras
bien o no?
Franny encendió un cigarrillo.
–Ahora me encuentro estupendamente. Nunca me
había sentido tan fantásticamente inestable en toda mi
vida. ¿Has pedido?
–No, te estaba esperando –contestó Lane, mirándo-
la aún con atención–. ¿Qué te pasaba? ¿El estómago?

32
–No. Sí y no. No lo sé –dijo Franny. Miró el menú
que tenía sobre el plato y lo examinó sin cogerlo–.
No quiero más que un sándwich de pollo.Y quizás un
vaso de leche… Pero tú pide lo que te apetezca. Quie-
ro decir que tomes caracoles y pulpos y esas cosas. Pul-
po.Yo es que no tengo hambre.
Lane la miró, luego exhaló una fina columna de
humo, muy expresiva, sobre su plato.
–Va a ser un fin de semana realmente fabuloso
–dijo–. ¡Un sándwich de pollo, por amor de Dios!
Franny se enfadó.
–No tengo hambre, Lane. Lo siento. Ahora haz el
favor de pedir lo que quieras, ¿por qué no?, y yo come-
ré al mismo tiempo que tú. Pero no voy a tener apeti-
to simplemente porque tú quieras.
–De acuerdo, de acuerdo.
Lane estiró el cuello y llamó la atención del cama-
rero. Un momento después pidió un sándwich de pollo
y un vaso de leche para Franny, y caracoles, ancas de
rana y una ensalada para él. Cuando el camarero se fue,
miró su reloj y dijo:
–A propósito, tenemos que estar en Tenbridge a la
una y cuarto, o una y media. No más tarde. Le dije a
Wally que probablemente pasaríamos a tomar una copa
y luego quizá podríamos ir todos juntos al estadio en
su coche. ¿Te importa? A ti te cae bien Wally.
–Ni siquiera sé quién es.
–Por Dios santo, le has visto como veinte veces.
Wally Campbell. Caramba, si no le has visto veinte
veces, no le has visto…

33
–Ah, ya recuerdo… Escucha, no te enfurezcas por-
que no recuerdo a alguien inmediatamente. Sobre todo
cuando es alguien que se parece a todo el mundo, y
habla y viste y actúa como todo el mundo –Franny
obligó a su voz a callar. Le sonaba criticona y mali-
ciosa, y experimentó una oleada de odio hacia sí mis-
ma que, literalmente, hizo que volvieran a aparecer
gotas de sudor en su frente. Pero su voz se alzó de nue-
vo a pesar de ella–. No quiero decir que haya nada
horrible en él, ni nada por el estilo. Es sólo que duran-
te cuatro años seguidos he conocido a Wallys Camp-
bell en todas partes donde he ido. Sé cuándo van a
mostrarse encantadores, sé cuándo van a empezar a con-
tarme algún cotilleo verdaderamente desagradable
sobre alguna chica que vive en mi residencia, sé cuán-
do van a darle la vuelta a una silla para sentarse a hor-
cajadas en ella y comenzar a fanfarronear en voz terri-
blemente baja… o a mencionar nombres conocidos
en tono terriblemente bajo y casual. Hay una ley no
escrita según la cual las personas de un cierto nivel
social o económico pueden dejar caer tantos nombres
conocidos como quieran, siempre y cuando digan algo
terriblemente denigrante sobre la persona impor-
tante no bien han mencionado su nombre, que es un
bastardo, o una ninfómana, o que se droga, o cual-
quier cosa horrible –se interrumpió otra vez. Perma-
neció en silencio un momento, dándole vueltas al ceni-
cero y cuidando de no levantar los ojos para no ver la
expresión de Lane–. Lo siento –dijo–. No es sólo Wally
Campbell. Me estoy metiendo con él porque lo has

34
mencionado.Y porque se parece a alguien que pasa-
ra el verano en Italia o algo así.
–Él estuvo en Francia el verano pasado, para tu infor-
mación –afirmó Lane–. Sé lo que quieres decir –aña-
dió rápidamente–, pero estás siendo condenadamente
in…
–Está bien –dijo Franny con tono fatigado–. Fran-
cia –sacó un cigarrillo del paquete–. No es sólo Wally.
Podría ser una chica, claro está. Quiero decir que si fue-
ra una chica, alguien de mi dormitorio, por ejemplo,
habría estado pintando decorados en una compañía de
repertorio todo el verano. O habría recorrido Gales en
bici. O habría cogido un apartamento en Nueva York
y habría trabajado para una revista o una agencia de
publicidad. Es todo el mundo, quiero decir.Todo lo que
hace la gente es tan…, no sé…, no es malo, ni siquiera
mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simple-
mente tan minúsculo e insignificante, y… deprimen-
te.Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de
loco, sigues siendo tan conformista como los demás,
sólo que de un modo diferente. –Se calló. Sacudió la
cabeza brevemente, con la cara muy blanca, y por un
segundo se tocó la frente; al parecer, más que para com-
probar si estaba sudando, para ver, como si fuera su pro-
pia madre, si tenía fiebre–. Me siento tan extraña. Creo
que me estoy volviendo loca. Puede que ya lo esté.
Lane la miraba con auténtica preocupación, más pre-
ocupación que curiosidad.
–Estás condenadamente pálida. Pálida de verdad. ¿Lo
sabías? –preguntó.

35
Franny sacudió la cabeza.
–Estoy bien. Estaré bien dentro de un momento
–levantó la vista cuando el camarero se acercó trayendo
el pedido–. Oh, tus caracoles tienen una pinta estupen-
da –acababa de llevarse el cigarrillo a los labios pero esta-
ba apagado–. ¿Qué has hecho con las cerillas? –preguntó.
Lane le dio fuego cuando el camarero se marchó.
–Fumas demasiado –dijo. Cogió el tenedor pequeño
que estaba al lado de su plato de caracoles, pero miró a
Franny de nuevo antes de usarlo–. Me preocupas. En
serio. ¿Qué demonios te ha sucedido en las dos últimas
semanas?
Franny le miró, luego se encogió de hombros y sacu-
dió la cabeza simultáneamente.
–Nada.Absolutamente nada –dijo–. Come. Cóme-
te los caracoles. Fríos están horribles.
–Come tú también.
Franny asintió y miró su sándwich de pollo. Expe-
rimentó una ligera náusea, y apartó la mirada inme-
diatamente y dio una chupada al pitillo.
–¿Cómo va la obra? –preguntó Lane, atendiendo a
sus caracoles.
–No lo sé.Ya no intervengo en ella. Lo dejé.
–¿Que lo dejaste? –Lane alzó los ojos–. Creí que
estabas entusiasmada con el papel. ¿Qué pasó? ¿Se lo
dieron a otra?
–No. Era todo mío. Es desagradable, muy desagra-
dable.
–Pero ¿qué pasó? No habrás dejado toda la asigna-
tura, ¿verdad?

36
Franny asintió y bebió un sorbo de leche. Lane ter-
minó de masticar y tragar y luego preguntó:
–¿Por qué, por Dios santo?Yo pensaba que el teatro
era tu pasión. Es prácticamente la única cosa de la que
te he oído…
–Lo dejé, simplemente –dijo Franny–. Empezó a
molestarme y a hacerme sentir una pequeña y desagra-
dable egomaníaca –reflexionó–. No sé. Parecía como de
mal gusto querer actuar, de entrada. Me refiero a todo
el ego que hay en el asunto.Y me odiaba tanto cuando
estaba interpretando una obra y, al terminar, volvía entre
bastidores.Todos aquellos egos corriendo de un lado
para otro y sintiéndose terriblemente caritativos y afec-
tuosos. Besando a todo el mundo y yendo maquillados
por todas partes, y luego tratando de ser tremendamente
naturales y amables con sus amigos cuando venían a ver-
los entre bastidores. Me odiaba a mí misma…Y lo peor
era que generalmente estaba como avergonzada de hacer
las obras que hacía. Especialmente en las compañías de
verano –miró a Lane–. El caso es que tenía buenos pape-
les, así que no me mires de ese modo. No era eso. Era
que me hubiese dado vergüenza que alguien a quien yo
respetara, por ejemplo, mis hermanos, me oyeran decir
algunas de las frases que tenía que decir. Escribía a algu-
nas personas y les pedía que no vinieran –reflexionó de
nuevo–. Excepto cuando hice el papel de Pegeen, en
Playboy, el verano pasado. Quiero decir que eso podía
haber estado realmente bien, lo que pasa es que el idio-
ta que interpretaba al playboy estropeó toda la diversión.
Era tan lírico… ¡Dios mío, qué lírico!

37
Lane había terminado sus caracoles. Se quedó deli-
beradamente inexpresivo.
–Tuvo críticas excelentes –dijo–.Tú me enviaste las
críticas, como recordarás.
Franny suspiró.
–De acuerdo. Está bien, Lane.
–No, me refiero a que llevas media hora hablando
como si fueras la única persona en el mundo que tuvie-
ra algo de sentido, alguna capacidad crítica. Quiero decir
que varios de los mejores críticos consideraron que ese
actor estuvo magnifico en la obra, puede que así fuera,
puede que tú estés equivocada. ¿Se te ha ocurrido pen-
sarlo? Debes saber que no has alcanzado la madura y
venerable…
–Estuvo magnífico para alguien que sólo tiene talen-
to. Para interpretar bien al playboy, has de ser un genio…
No puedo remediarlo –dijo Franny.Arqueó un poco la
espalda y, con los labios entreabiertos, se puso la mano
en la coronilla–. Estoy tan aturdida y tan rara. No sé
qué me pasa.
–¿Acaso crees que tú eres un genio?
Franny retiró la mano de su cabeza.
–Oh, Lane. Por favor. No me hagas eso.
–Yo no te hago nada…
–Lo único que sé es que estoy perdiendo el juicio
–dijo Franny–. Estoy harta de ego, ego, ego. El mío y
el de los demás. Estoy harta de que todo el mundo
quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien
interesante. Es repugnante…, lo es, lo es. Me da igual lo
que digan los demás.

38
Lane alzó las cejas al oír esto, y se apoyó en el res-
paldo para ser más convincente.
–¿Estás segura de que no tienes miedo de compe-
tir? –preguntó con estudiada calma–.Yo no entiendo
mucho de esto, pero apostaría a que un buen psicoa-
nalista, quiero decir uno que fuera realmente compe-
tente, tomaría esa afirmación…
–No tengo miedo de competir. Es justamente lo
contrario. ¿No lo comprendes? Me da miedo ver que
acabaré compitiendo, eso es lo que me asusta. Por eso
dejé el curso de teatro. Precisamente porque estoy tan
horriblemente condicionada a aceptar los criterios
de los demás, y precisamente porque me gusta el
aplauso y que la gente me admire, pero eso no lo jus-
tifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me
asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto.
Me da asco de mí misma y de todos los que quieren
causar sensación –hizo una pausa y de pronto cogió
el vaso de leche y se lo llevó a los labios–. Lo sabía
–dijo, dejando el vaso en la mesa–. Esto es una nove-
dad. Me pasan cosas raras con los dientes. Me casta-
ñetean. Anteayer estuve a punto de romper un vaso
con los dientes. Es posible que esté total y absoluta-
mente loca sin saberlo.
El camarero se había acercado para servirle a Lane
las ancas de rana y la ensalada, y Franny le miró. Él, a
su vez, miró el sándwich de pollo intacto. Preguntó si
la señorita desearía tomar otra cosa. Franny le dio las
gracias y le dijo que no.
–Es que como muy despacio –dijo.

39
El camarero, que no era un hombre joven, pareció
examinar por un instante su palidez y su frente húme-
da, luego hizo una inclinación de cabeza y se retiró.
–¿Quieres usar esto un momento? –preguntó Lane
de pronto. Le tendió un pañuelo blanco doblado. Su
voz sonaba comprensiva y amable, a pesar de un per-
verso intento de que sonara impersonal.
–¿Por qué? ¿Me hace falta?
–Estás sudando. Bueno, no sudando, pero tienes la
frente un poco sudorosa.
–¿De verdad? ¡Qué horror! Lo siento… –Franny
levantó su bolso a la altura de la mesa, lo abrió y empe-
zó a revolver en él–.Tengo kleenex por algún sitio.
–Utiliza mi pañuelo, por amor de Dios. ¿Qué más da?
–No. Me encanta ese pañuelo y no voy a dejártelo
manchado de sudor –dijo Franny.
Llevaba el bolso abarrotado. Para ver mejor, comen-
zó a sacar unas cuantas cosas y a ponerlas sobre el man-
tel, a la izquierda del sándwich que no había probado.
–Aquí están –dijo. Usó el espejo de la polvera y con
toques rápidos y ligeros se secó la frente con un klee-
nex–. Dios mío. Parezco un fantasma. ¿Cómo puedes
soportarme?
–¿Qué es ese libro? –preguntó Lane.

***

Franny saltó literalmente en su silla. Miró el desorde-


nado montoncito de objetos extraídos de su bolso, que
estaban sobre el mantel.

40
–¿Qué libro? –preguntó–. ¿Te refieres a éste? –cogió
el librito encuadernado en tela y volvió a meterlo en el
bolso–. Es sólo algo que traje para hojear en el tren.
–Déjame ver. ¿Qué es?
Franny no pareció oírle. Abrió de nuevo su polve-
ra y se echó otra rápida ojeada en el espejo.
–Dios –dijo.
Luego lo guardó todo (polvera, monedero, la cuen-
ta de la lavandería, el cepillo de dientes, una cajita de
aspirinas y una varilla de oro para remover bebidas) nue-
vamente en el bolso.
–No sé por qué llevo esta absurda varilla de oro a
todas partes –dijo–. Me la regaló un chico muy horte-
ra por mi cumpleaños, cuando yo estaba en segundo. Él
consideraba que era un regalo muy bonito e inspirado
y no dejaba de observarme mientras yo abría el paque-
te. Siempre estoy intentando tirarla a la basura, pero
no consigo hacerlo. Me iré a la tumba con ella –refle-
xionó–. El chico no paraba de sonreír y de decirme que
me traería suerte si la llevaba siempre conmigo.
Lane había empezado a comer sus ancas de rana.
–Bueno, ¿qué libro es ése? ¿O acaso se trata de un
maldito secreto o algo así? –preguntó.
–¿El librito que tengo en el bolso? –dijo Franny.
Le observó mientras él partía un par de ancas de
rana. Luego cogió un cigarrillo del paquete que estaba
sobre la mesa y lo encendió.
–Oh, no sé –dijo–.Algo que se titula El camino de un
peregrino –durante un momento miró a Lane mientras
éste comía–. Lo saqué de la biblioteca. El hombre que

41
nos da Religión, la asignatura que estoy haciendo este
trimestre, lo mencionó –dio una chupada a su pitillo–.
Hace semanas que lo tengo. Se me olvida devolverlo.
–¿Quién es el autor?
–No sé –respondió Franny despreocupadamente–.
Un campesino ruso, al parecer –continuó observando
cómo Lane se comía las ancas de rana–. Nunca da su
nombre. No sabemos cómo se llama a lo largo de toda
la historia. Sólo dice que es un campesino y que tiene
treinta y tres años y un brazo inútil.Y que su mujer
murió. Pasa todo en el siglo XIX.
Lane había desplazado su atención de las ancas de
rana a la ensalada.
–¿Es bueno? –preguntó–. ¿De qué trata?
–Pues no sé. Es curioso. Quiero decir que es pri-
mordialmente un libro religioso. En cierto modo,
supongo que se podría decir que es terriblemente fa-
nático, pero en cierto modo no lo es. Me refiero a que
empieza con este campesino, el peregrino, que quiere
averiguar qué significa la frase de la Biblia en que dice
que debemos rezar incesantemente.Ya sabes, sin parar.
Es de la Epístola a los Tesalonicenses o algo similar.Así
que empieza a recorrer toda Rusia a pie, buscando a
alguien que le diga cómo rezar incesantemente.Y qué
hay que decir si lo consigues –Franny parecía muy inte-
resada por la forma en que Lane desmembraba las ancas
de rana. Su mirada permanecía clavada en el plato de él
mientras hablaba–. Lo único que lleva consigo es una
mochila llena de pan y sal. Entonces se encuentra a esta
persona que es un staretz, una especie de religioso terri-

42
blemente avanzado, y el staretz le habla de un libro lla-
mado Philokalia, que al parecer estaba escrito por un
grupo de monjes terriblemente avanzados que aboga-
ban por este método de oración realmente increíble.
–Quietas –dijo Lane a un par de ancas de rana.
–El caso es que el peregrino aprende a orar de la
forma que esos místicos le indican; quiero decir que se
dedica a ello hasta que llega a perfeccionarlo y todo eso.
Después continúa recorriendo Rusia, tropezando con
toda clase de gente absolutamente maravillosa y con-
tándoles cómo orar por este increíble método. Quie-
ro decir que eso es todo el libro.
–Me molesta mencionarlo, pero voy a oler a ajo –dijo
Lane.
–En uno de sus viajes conoce a este matrimonio que
me gusta más que ningún personaje sobre el que haya
leído en toda mi vida –dijo Franny–. Él va caminan-
do por una carretera en el campo, con su mochila a la
espalda, cuando dos niños muy chiquititos salen co-
rriendo tras él, gritando: «¡Querido mendigo! ¡Que-
rido mendigo!Venga usted a casa a ver a nuestra madre.
A ella le gustan los mendigos».Así que va a la casa con
los niños, y esta mujer realmente encantadora, la madre
de los niños, sale a toda prisa de la casa e insiste en ayu-
darle a quitarse las botas viejas y sucias y en darle una
taza de té. Luego llega el padre y parece ser que a él
también le encantan los mendigos y peregrinos, y todos
se sientan a cenar.Y mientras están cenando, el pere-
grino pregunta quiénes son todas las señoras que están
sentadas a la mesa, y el marido le dice que todas son sir-

43
vientas pero que siempre se sientan a comer con él y
con su esposa porque son sus hermanas en Cristo –de
repente Franny se sentó un poco más erguida en su silla,
con timidez–. Quiero decir que me encantó que el pere-
grino quisiera saber quiénes eran todas las señoras –miró
a Lane untar mantequilla en un pedazo de pan–. Bue-
no, después de eso, el peregrino se queda a pasar la noche
allí, y él y el marido están levantados hasta muy tarde
hablando sobre ese método de rezar sin cesar. El pere-
grino le explica cómo hacerlo. A la mañana siguiente
se marcha y emprende nuevas aventuras. Conoce a toda
clase de personas, quiero decir que eso es todo el libro,
en realidad, y les explica a todos cómo rezar de esta
manera especial.
Lane asintió.Atacó la ensalada con su tenedor.
–Ojalá tengamos tiempo durante el fin de semana
para que puedas echar una ojeada a ese condenado tra-
bajo del que te he hablado –dijo–. No sé. Puede que no
haga nada con él, quiero decir, intentar publicarlo o algo
así, pero me gustaría que lo hojearas mientras estás aquí.
–Me encantaría –dijo Franny. Le miró mientras él
untaba de mantequilla otro pedazo de pan–.Tal vez te
gustaría este libro –añadió de repente–. Es tan sencillo,
quiero decir.
–Parece interesante. No vas a querer tu mantequi-
lla, ¿verdad?
–No, tómatela tú. No puedo prestártelo, porque tenía
que haberlo devuelto hace tiempo, pero probablemen-
te podrías conseguirlo en la biblioteca. Estoy segura de
que lo tendrán.

44
–Ni siquiera has tocado ese maldito sándwich –dijo
Lane de pronto–. ¿Lo sabías?
Franny miró su plato como si acabaran de ponérse-
lo delante.
–Me lo tomaré enseguida –dijo. Se quedó inmóvil
un momento, sosteniendo el cigarrillo en la mano izquier-
da, pero sin fumarlo, y apretando la base del vaso de leche
con la mano derecha–. ¿Quieres saber cuál era el méto-
do especial de oración que le enseñaron los staretz? –pre-
guntó–. Es realmente interesante, en cierto sentido.
Lane cortó su último par de ancas de rana.Asintió.
–Sí, claro –respondió–. Claro.
–Pues, como ya te he dicho, el peregrino, que era
un campesino sencillo, comenzó su peregrinaje para
averiguar qué significa la frase de la Biblia que dice
que debemos rezar incesantemente.Y entonces cono-
ce a este staretz, este religioso avanzadísimo al que me
referí, el que había estudiado la Philokalia durante años
y años –Franny se detuvo de repente para reflexionar,
para organizar su discurso–. Bueno, el staretz le habla
antes de nada de la Oración de Jesús. «Jesucristo Nues-
tro Señor, ten piedad de mí.» Quiero decir que se redu-
ce a eso.Y le explica que ésas son las mejores palabras
que se pueden emplear para rezar. Sobre todo, la pala-
bra «piedad», porque es una palabra tan inmensa y que
puede significar tantas cosas. Quiero decir que no tie-
ne por qué significar solamente «piedad». –Franny hizo
una nueva pausa para reflexionar.Ya no estaba miran-
do el plato de Lane sino por encima de su hombro–.
El caso es –continuó– que el staretz le cuenta al pere-

45
grino que si repites esa oración una y otra vez (al prin-
cipio basta con que la digas sólo con los labios) lo que
pasa es que finalmente la oración se vuelve activa.Algo
ocurre al cabo de un tiempo. No sé qué es, pero ocu-
rre algo, y las palabras se sincronizan con los latidos
del corazón de esa persona, y entonces está realmen-
te rezando sin cesar. Lo cual tiene un efecto místico
tremendo en toda su actitud. Quiero decir que ése
es precisamente el propósito, más o menos. Quiero
decir que lo haces para purificar toda tu actitud y con-
seguir un concepto absolutamente nuevo del senti-
do de las cosas.
Lane había terminado de comer. Ahora, mientras
Franny hacía nuevamente una pausa, él se reclinó en el
respaldo, encendió un pitillo y contempló su cara. Ella
seguía mirando abstraídamente hacia delante, más allá
del hombro de Lane, y apenas parecía consciente de su
presencia.
–Pero la cuestión es, y eso es lo maravilloso, que
cuando empiezas a hacerlo ni siquiera hace falta que
tengas fe en ello. Quiero decir que aunque te sientas
terriblemente azarado por todo el asunto, no impor-
ta nada. Me refiero a que no por eso estás insultando a
nadie ni a nada. En otras palabras, nadie te pide que te
creas nada al principio. Ni siquiera tienes que pensar
en lo que dices, según afirmaba el staretz. Al principio,
lo único que necesitas es cantidad. Luego, más adelan-
te, se convierte en calidad por sí misma. Por su propio
impulso o algo así. Asegura que cualquier nombre de
Dios, absolutamente cualquier nombre, posee este pecu-

46
liar poder de actividad propia, y comienza a funcionar
una vez que tú lo pones en marcha.
Lane estaba medio recostado en su silla, fumando,
mirando atentamente el rostro de Franny. Aún estaba
pálida, pero lo había estado más en otros momentos
desde que ambos se habían sentado en Sickler’s.
–En realidad, eso tiene perfecto sentido –dijo Fra-
nny–, porque en las sectas nembutsu del budismo la
gente repite «Namu Amida Butsu» una vez y otra, lo
cual significa «Alabado sea Buda» o algo así, y ocurre
lo mismo. Exactamente lo mismo…
–Calma.Tómatelo con calma –la interrumpió Lane–.
En primer lugar, te vas a quemar los dedos de un mo-
mento a otro.
Franny lanzó una ojeada fugaz a su mano izquier-
da y dejó caer la colilla encendida en el cenicero.
–Lo mismo sucede también en La nube de los Inci-
pientes. Sólo con la palabra «Dios». Quiero decir que bas-
ta con repetir la palabra «Dios» –miró a Lane más direc-
tamente de lo que le había mirado desde hacía varios
minutos–. Me refiero a que la cuestión es, ¿has oído algo
tan fascinante en tu vida, en cierto modo? Quiero decir
que es difícil limitarse a afirmar que es una pura coin-
cidencia y olvidarse del tema, eso es lo que me fascina.
Al menos, eso es lo que resulta tan terriblemente…
Se interrumpió. Lane se removía inquieto en su
asiento y había una expresión en su rostro (cuestión de
cejas arqueadas, principalmente) que ella conocía muy
bien.
–¿Qué pasa? –preguntó Franny.

47
–¿De verdad te crees todas esas cosas?
Franny alargó la mano hacia la cajetilla y sacó un ci-
garrillo.
–Yo no he dicho si lo creo o no –contestó, y bus-
có con los ojos la carterita de cerillas–. He dicho que
es fascinante –aceptó fuego de Lane–. Creo que es una
coincidencia sumamente peculiar –dijo, exhalando el
humo– el hecho de que te encuentres una y otra vez
con esa clase de consejo… Me refiero a que todas esas
personas religiosas verdaderamente avanzadas y abso-
lutamente auténticas aseguren que si repites el nombre
de Dios incesantemente sucede algo. Incluso en la India.
En la India te recomiendan que medites sobre el «Om»,
que significa la misma cosa en realidad, y se supone que
se obtiene exactamente el mismo resultado.Así que no
puedes limitarte a negarlo dándole una explicación
racional sin tan siquiera…
–¿Cuál es el resultado? –preguntó Lane escuetamente.
–¿Qué?
–Digo que ¿cuál es el resultado que se consigue?
Con esa historia de la sincronización y todo ese absur-
do ritual. ¿Que te dé un ataque al corazón? No sé si te
das cuenta, pero podrías hacerte, alguien podría hacer-
se muchísimo…
–Llegas a ver a Dios. Sucede algo en alguna par-
te del corazón, que no es en absoluto físico, donde se-
gún los hindúes reside el atman, por si has estudiado
las religiones alguna vez, y ves a Dios, nada más –sa-
cudió la ceniza del cigarrillo, sintiéndose cohibida,
y cayó fuera del cenicero. La recogió con los dedos y

48
la echó dentro–.Y no me preguntes quién o qué es
Dios. Ni siquiera sé si existe. Cuando era pequeña,
pensaba que…
Se interrumpió. El camarero había venido a retirar
los platos y a darles de nuevo la carta.
–¿Quieres algún postre o café? –preguntó Lane.
–Creo que sólo terminaré la leche. Pero tú pide algo
–contestó Franny.
El camarero había retirado su plato con el sándwich
de pollo intacto. Ella no se atrevió a mirarle. Lane echó
una ojeada a su reloj.
–Dios mío. No tenemos tiempo.Tendremos suerte
si llegamos a tiempo al partido –miró al camarero–. Sólo
café para mí, por favor –siguió al camarero con la vis-
ta, luego se inclinó hacia delante, con los brazos sobre
la mesa, completamente relajado, el estómago lleno, y
el café a punto de llegar, y dijo–: Bueno, de todas for-
mas, es interesante.Toda esa historia… Creo que no
dejas el menor margen para la más elemental psicolo-
gía. Quiero decir que me parece que todas esas expe-
riencias religiosas tienen un trasfondo psicológico muy
evidente, ya sabes a lo que me refiero… Es interesan-
te, sin embargo. Eso no se puede negar –miró a Franny
y le sonrió–. Por si acaso se me ha olvidado mencio-
narlo, te quiero. ¿Lo había mencionado ya?
–Lane, ¿me disculpas otra vez un momento? –dijo
Franny. Estaba de pie antes de terminar la pregunta.
Lane se levantó también, despacio, mirándola.
–¿Estás bien? –preguntó–. ¿Estás mareada otra vez?
–Sólo rara.Vuelvo enseguida.

49
Atravesó rápidamente el comedor, tomando la mis-
ma ruta que antes. Pero se detuvo de repente en el
pequeño bar que había al fondo de la sala. El barman,
que estaba secando una copa de jerez, la miró. Ella apo-
yó la mano derecha en la barra, luego agachó la cabe-
za –la inclinó– y se llevó la mano izquierda a la fren-
te, tocándola sólo con la yema de los dedos. Se tambaleó
un poco, y luego cayó al suelo, desmayada.

***

Franny tardó cinco minutos en volver en sí por com-


pleto. Estaba en un sofá en el despacho del gerente y
Lane estaba sentado junto a ella. El rostro de él, incli-
nado ansiosamente sobre el de ella, tenía también una
notable palidez.
–¿Cómo estás? –preguntó, en tono de habitación de
hospital–. ¿Te encuentras mejor?
Franny asintió. Cerró los ojos un segundo porque
le molestaba la luz del techo, luego volvió a abrirlos.
–Supongo que debo preguntar «¿Dónde estoy?»
–dijo–. ¿Dónde estoy?
Lane rió.
–Estás en el despacho del gerente. Están todos
corriendo de aquí para allá buscando aspirinas, amoní-
aco, médicos, o lo que sea, para traértelos. Parece ser
que se les había acabado el amoníaco. ¿Cómo te encuen-
tras? En serio.
–Bien. Estúpida, pero bien. ¿De verdad me he des-
mayado?

50
–Y de qué manera.Te has caído redonda –dijo Lane,
cogiéndole la mano–. ¿Qué crees que te ocurre? Quie-
ro decir que parecías tan…, ya sabes, tan perfecta cuan-
do hablamos por teléfono la semana pasada. ¿No has
desayunado o qué?
Franny se encogió de hombros. Sus ojos recorrie-
ron la habitación.
–¡Que vergüenza! –dijo–. ¿Me ha traído alguien en
brazos hasta aquí?
–Entre el barman y yo. Prácticamente te trajimos en
volandas. Me has dado un susto de muerte, palabra.
Franny miraba el techo pensativamente, sin parpa-
dear, mientras Lane tenía su mano cogida. Luego se vol-
vió y con la mano libre hizo un gesto como para apar-
tar el puño de la manga de Lane.
–¿Qué hora es? –preguntó.
–No te preocupes –dijo Lane–. No hay prisa.
–Tú querías ir a esa fiesta.
–Al diablo con ella.
–¿También es demasiado tarde para llegar al parti-
do? –preguntó Franny.
–Escucha, ya te he dicho que al diablo con todo eso.
Tú vas a volver a tu habitación en el sitio ese, Postigos
Azules, para descansar, eso es lo único que importa –dijo
Lane. Se acercó un poco más a ella y se inclinó para
besarla brevemente. Se volvió a mirar hacia la puerta
y luego miró de nuevo a Franny–.Vas a descansar toda
la tarde. No vas a hacer nada más que eso –le acarició
el brazo durante un momento–. Después, al cabo de un
rato, si consigues descansar bien, intentaré subir a ver-

51
te. Creo que hay una maldita escalera por la parte de
atrás.Ya lo averiguaré.
Franny no contestó nada. Siguió mirando al techo.
–¿Sabes cuánto tiempo hace? –dijo Lane–. ¿Cuándo
fue aquel viernes por la noche? A principios del mes pasa-
do, ¿no? –sacudió la cabeza–. No está bien. Es demasia-
do tiempo entre dos tragos, por expresarlo crudamente
–la miró con más atención–. ¿De veras te encuentras
mejor?
Ella asintió.Volvió la cabeza hacia él.
–Tengo una sed terrible, nada más. ¿Crees que po-
drían traerme un poco de agua? ¿No será demasiada
molestia?
–¡Claro que no! ¿No te pasará nada si te dejo sola
un segundo? ¿Sabes lo que voy a hacer?
Franny negó con la cabeza en respuesta a la segun-
da pregunta.
–Le pediré a alguien que te traiga agua. Luego habla-
ré con el maître y le diré que ya no hace falta el amo-
níaco… y además pagaré la cuenta. Después traeré un
taxi a la puerta, para que no tengamos que buscarlo jun-
tos. Puede que tarde unos minutos porque la mayoría
estarán ocupados por la gente que va al partido –soltó
la mano de Franny–. ¿De acuerdo?
–Sí.
–Muy bien.Vuelvo enseguida. No te muevas.
Salió de la habitación. Una vez sola, Franny se que-
dó inmóvil, con la mirada fija en el techo. Sus labios
empezaron a moverse, formando palabras en silencio, y
continuaron moviéndose.

52

También podría gustarte