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Hemos visto, en la exposición del pensamiento de Descartes, como en la modernidad

surgió la división entre mente y cuerpo. Con Descartes observamos que la postura moderna
tiende hacia una matematización del mundo, la materia como el alma se intentarían explicar
desde una visión cuantificable. Lo primero que saltaría a la vista con lo anterior sería el
reduccionismo a lo cuantificable, tanto lo mental como lo corporal perderían su valor de
cualidad o el matiz como señalaría Bergson: el alma sería un absoluto inmóvil y sin vida,
mientras que el cuerpo y el mundo material en general serían una suma de líneas y puntos
que expresarían la universalidad de la matemática. Por su parte si bien mente y cuerpo se
conciben como naturalezas distintas no habría respuesta clara a su interacción.

Bergson percatándose de lo precedente inclinará su pensamiento en un esfuerzo por


recobrar aquel matiz: estamos hablando de la cualidad. Su filosofía, como ya lo hemos
expuesto, se vuelve una defensa y exaltación de aspectos como la vida, el tiempo subjetivo
y la conciencia, que son las mayores expresiones de la parte de lo real que no es susceptible
de medirse de manera semejante a como la Física lo hace con la materia. A su vez el
bergsonismo hace un esfuerzo por unir lo que se da “de hecho” como una sola realidad: la
mente y el cuerpo. Bergson dirá al respecto que se ha olvidado que la separación que se
hace entre esas dos naturalezas es sólo “de derecho”. Nos recordará por ello que si bien
pueden explicarse como cualitativamente distintas no es posible separarlas como si de un
trozo de materia se refiriera: la mente como vida se expresa en todo el cuerpo. A nivel
general incluso la materia participaría de aquello que llama “duración”, expresión de vida.
Con lo anterior Bergson daría cuenta que la realidad vista como totalidad es movimiento,
este último sería el concepto clave para entender su postura, con la que intenta conciliar
mente y materia, y a su vez recobrar el matiz perdido debido a la estructura del discurso
enajenado con la lógica, por lo que este autor apela a la intuición como un conocimiento
válido.

En consecuencia, nos vemos ante dos posturas antagónicas tanto epistemológica como
ontológicamente: una que se encierra en un método lógico-matemático, y otra, que, por
medio de la intuición, que en el bergsonismo es esa fusión de instinto e inteligencia, intenta
aprehender el matiz de lo real. En este punto hemos de recordar que tanto Bergson como
Descartes tocan el tema de la libertad, los dos autores en mayor o menor medida lo
abordan, ya que hablar del problema mente-cuerpo, y su relación, inevitablemente nos
encausa él, pues: ¿Si la mente se explica y depende totalmente de la materia, o como hemos
recalcado, desde el aspecto cuantitativo, la libertad sería sólo una ilusión que en si
dependería de leyes físicas como la causalidad? ¿Seriamos por tanto una especie de
autómatas por más que nuestra representación creara esa ilusión de cualidad que pinta
aspectos como el tiempo y el “Yo”? La libertad, por tanto, es pues el aspecto cualitativo por
antonomasia. En Bergson, tal y como lo hemos expuesto, es criticado lo precedente, al abrir
la posibilidad de ver lo múltiple: sin olvidar la realidad de lo orgánico, y su relación con los
procesos causales, hace que aspectos como la libertad dejen de ser un problema para pasar a
ser un hecho. En la actualidad el debate, en ciertos sectores de la filosofía, se ha enfrascado
en este punto. Veremos por ello, cómo autores contemporáneos han abordado el tema, entre
los que destacan algunos como Michael S. Gazzaniga, y de esa forma mostrar la vigencia
de la crítica bergsoniana al reduccionismo cuantitativo moderno.