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¿Adultos adolescentes?

Paradojas en la Era de Peter Pan


SANTIAGO T. BELLOMO

INTRODUCCIÓN: LA ERA DE PETER PAN


En aquel momento la señora Darling se acercó a la ventana, pues ahora velaba
cuidadosamente por Wendy, y la dama contó a Peter Pan cómo había adoptado a
los otros niños y cómo le gustaría mucho adoptarlo a él también.
 ¿Y me enviaría usted a la escuela? -preguntó el chiquillo astutamente.
 Sí.
 ¿Y después a una oficina?
 Supongo que sí.
 ¿Y no tardaría en hacerme hombre?
 No tardarías.
 Pues yo no quiero ir al colegio, ni aprender cosas serias -dijo con viveza-; yo no
quiero ir a la oficina, ni quiero ser hombre. ¡Oh, señora mamá de Wendy, qué
horrible sería para mí el despertar y hallar mi rostro cubierto por una barba cerrada!
 Peter -dijo Wendy, consoladora-, yo te querría aunque tuvieras barba.
 Y la señora Darling le tendió los brazos, pero él la rechazó.
 Atrás, señora, atrás. ¡A mí no hay quien me coja para hacerme hombre!1

Cuando en diciembre de 1904 James Matthew Barrie asistió al estreno de su obra Peter Pan.
La historia del niño que no quiso crecer, seguramente estaba lejos de poder imaginar la enorme
trascendencia que sus creaciones habrían de tener en el futuro. El éxito superó todas las
expectativas, pues esta obra terminó convirtiéndose en un clásico de la literatura universal. Tras
sucesivas adaptaciones y revisiones, traspasó las fronteras de la poética, alcanzando el preciado
“honor” de convertirse -con argumentos y formatos dispares- en guión de numerosas
producciones musicales y cinematográficas, todas ellas igualmente taquilleras.
En el clásico de Barrie, Peter Pan representa a un niño que escapó de su casa para evitar
crecer. Vive con los “Niños perdidos” en el “País de Nunca Jamás”, sitio en el que los relojes se
encuentran detenidos, y en el que la vejez y la muerte no tienen cabida. Allí no existe la noción
de tiempo, ni se respetan algunas normas de convivencia, tan apreciadas por el mundo adulto.
Wendy, el protagonista femenino de la obra, vive con sus padres en una pequeña villa de
Bloomsbury. Cautivada por la aparición de Peter Pan, a quien ha ido conociendo
progresivamente en lo recóndito de su propio mundo imaginario interior, decide trasladarse con
él al País de Nunca Jamás. Allí es adoptada por Peter y los “Niños” como una especie de madre
protectora, pero no tarda en anhelar regresar a su hogar, pues ansia reencontrarse con sus
padres. Es entonces cuando cae presa del temible Capitán Garfio, con quien debe batirse Peter
Pan para procurar su rescate. Tras vivir esta intensa e inolvidable aventura, Wendy vuelve a la
casa materna con la mirada renovada y el compromiso de retomar a Nunca Jamás cada año con
ocasión de la “limpieza primaveral”.
En realidad, el impacto del clásico de Barrie ha superado lo meramente artístico. La peculiar
caracterización de los personajes de la novela infantil ha inspirado al psicólogo Dan Kiley, quien

1 Barrie, J. M., Peter Pan y Wendy, Barcelona, Juventud, 2004, p. 223.


en 1983 escribió un libro referido al “Síndrome de Peter Pan” 2 . Con este concepto, que ha
cobrado creciente popularidad en los últimos años, el autor ha querido designar al conjunto de
rasgos que tiene la persona que no sabe o no puede renunciar a ser hijo para ser padre. Según
el especialista, fuera de la ficción, algunos hombres se encuentran sometidos a este síndrome
en virtud del cual viven -al igual que Peter Pan- aferrados a este paradigma de niñez eterna, o
mejor dicho, de adolescencia ininterrumpida. Porque el Síndrome de Peter Pan encasilla a la
persona en la situación anterior a la adultez, impidiéndole o dificultándole el tránsito hacia un
estadio de maduración superior. Falta de responsabilidad, extorsión emocional, actitudes de
desamparo, y una alegre y despreocupada visión de la vida son -según los entendidos- algunos
de los síntomas de aquellos hombres que, como nuestro héroe, eligen ser eternamente
adolescentes. Según Kiley, los jóvenes o adultos que padecen esta patología experimentan
marcadas dificultades para sostener compromisos de mediana intensidad, sean estos laborales
o personales. Su marcado narcisismo, sumado a una ensoñación fantasiosa relativa al futuro, los
recluye en una vida en la que las arideces y sinsabores parecen no tener cabida. Es cierto que en
el clásico de Barrie, Peter se recluye detrás de actitudes más cercanas a la niñez que a la
adolescencia. Sin embargo, desde que Kiley popularizó el síndrome homónimo, este simpático
héroe infantil ha quedado erigido como símbolo de la adolescencia eterna, dando lugar a
identificaciones que seguramente no habrán de responder a las intenciones originales de su
creador.
No es asunto de mi competencia tomar postura respecto de la rigurosidad y pertinencia de
la descripción de este síndrome (cuyos rasgos principales, dicho sea de paso, parecen haber sido
explicados anticipadamente por varios otros psicólogos de renombre). Lo que deseo rescatar
aquí, y a muchos lectores habrá de parecerles a todas luces evidente, es que esta tendencia a
eternizar la adolescencia parece cobrar en nuestros días cada vez mayor relevancia. Los
periódicos recogen esta percepción dando lugar, en forma aislada pero igualmente elocuente, a
retratos de numerosos eternos jóvenes que se recluyen imperturbables en sus hogares, gozando
de los privilegios de una rutina escasa en responsabilidades y rebosante de derechos. Allí, por
imposibilidad o elección personal, estos “casi adultos” conviven con sus padres, en una vida que
tiende a carecer de proyectos de largo plazo y que está caracterizada por un narcisismo ingenuo
que todo lo promete y todo lo reclama.
La cultura contemporánea ha impulsado el crecimiento de este tipo de perfiles con su
exacerbación del “modelo adolescente”, curiosa mezcla de lo naif y lo transgresivo, bajo un
paradigma consumista que pretende explotar con creces un inexplorado nicho del mercado. La
adolescencia se ha convertido en sinónimo de “plenitud”, “lo adolescente”, en criterio de juicio
y parámetro de discernimiento. De este modo, la nueva tendencia promueve el inicio prematuro
de la pubertad y el retraso de su superación, instalando estereotipos televisivos que ejercen
poderoso atractivo tanto entre los teenagers como -debemos reconocerlo- entre numerosos
niños y adultos. Se trate de “galanes”, “lolitas”, ídolos futbolísticos o estrellas de rock, la
consigna suele ser siempre la misma: mostrar sin tapujos el enorme atractivo de una etapa que,
hasta hace algunas décadas, estaba destinada a quedar en un segundo plano.
En un contexto semejante, los educadores -padres y docentes-, hasta ahora promotores
principales del “ideal adulto”, se sienten perplejos y desorientados. Inevitablemente, los nuevos
parámetros parecen tirar por la borda años de denodado esfuerzo y paciente siembra: las
nuevas rutinas, horarios, vestimentas, modales y cultos revolucionan la vida personal y familiar,
y se establecen como mandamientos inamovibles para jóvenes y no tan jóvenes.
Así, el Síndrome de Peter Pan, inicialmente reservado al ámbito de la psicoterapia, se ha
popularizado, amenazando con convertirse en una verdadera “pandemia”. En efecto, lo que
hasta entonces era considerado un fenómeno excepcional y digno de tratamiento, se ha
convertido en una tendencia cultural. Vivimos en la “Era de Peter Pan”; el “País de Nunca Jamás”

2. Kiley, Dan, The Peter Pan Syndrome, Nueva York, Dodd, Mead & Company, 1983.
se ha globalizado, y ha desbordado sus fronteras, invadiendo el pensar y el sentir del hombre
contemporáneo; La adolescencia se ha convertido en la “estrella” de turno en el escenario
posmoderno.
Algún lector desprevenido puede interpretar que esta inicial descripción se nutre de un
criticismo nostálgico que pretende poner en tela de juicio las novedades de nuestra era. De
hecho, es frecuente que, cuando se realiza una semblanza de tiempos actuales, la misma asuma
un tono de denuncia melancólica, embanderándose bajo el principio de que “todo tiempo
pasado fue mejor”. Además de rechazar esta natural tendencia, por demás común y
comprensible, me interesa señalar un hecho que de alguna manera anticipa una tesis que habrá
de recogerse en las conclusiones de este escrito. Es conveniente realizar esta anticipación,
porque permitirá dimensionar más adecuadamente el discurso que pretendo desarrollar en las
siguientes páginas.
En términos generales, podría decirse que el ideal “tradicional” de madurez ha sido crítico
respecto de la adolescencia. En efecto, quienes hemos recibido una formación tradicional,
concebimos que la adolescencia constituye un período de transición destinado a ser superado.
Cuando un jefe se dirige a un empleado haciéndole saber que una actitud determinada (como
puede ser llegar tarde al trabajo) es “adolescente”, sin duda alguna supone que esta
caracterización está lejos de poder ser tenida como una felicitación: evidentemente, no se
corresponde con los criterios de madurez esperables. Alguno puede interpretar que una
observación semejante tiene incluso carácter despectivo. Tal es la valoración de “lo
adolescente” en la ética cotidiana heredada de nuestros padres.
Sin embargo, algunos fenómenos culturales que han ido cobrando fuerza en los últimos años
pueden hacernos sospechar que este ideal de madurez tradicional está siendo reemplazado, al
menos en una tracción de la sociedad, por otro ideal: el que proviene -parafraseando a Charles
Taylor- de la “afirmación de la vida adolescente”. Los criterios de madurez asociados a la ética
moderna parecen sucumbir ante este nuevo paradigma, que pretende recoger y revalorizar
algunas actitudes propias de la adolescencia, para despojarlas de dichas connotaciones
negativas y situarlas en el podio de lo “deseable”. Así, en la “Era de Peter Pan”, se evaporan las
fronteras que separan la adolescencia de la adultez y se instala un nuevo paradigma de “vida
feliz”, más asociado a los rasgos tradicionales de la pubertad, aunque despojados de sus
valoraciones negativas.
Matt Groening ha sabido explotar hasta el límite de lo grotesco este nuevo perfil humano: es
Homero Simpson, un perezoso, despreocupado y egocéntrico ciudadano de Springfield, quien
encarna una versión por demás caricaturesca y cínica del patrón de “madurez” imperante en la
“Era de Peter Pan”. Homero es criticado por todos, pero admirado por muchos: ¿será acaso
porque nos presenta un retrato más cercano y “humano” que el que tradicionalmente nos
ofrecía el universo televisivo? ¿Será porque sus maneras desenfadadas y espontáneas
despiertan enorme atractivo, precisamente porque resultan auténticas y desprovistas de
hipocresía? ¿Será porque en nosotros o en nuestro entorno encontramos sutiles rasgos que nos
emparentan -en más o en menos- con nuestro amado o denostado héroe de caricatura?
Sin duda alguna, nos enfrentamos a “tiempos alterados”. Algo está cambiando en nuestro
modo de concebir las cosas. Tal vez nos sintamos perplejos ante estos cambios. Tal vez nos
preguntemos si las nuevas tendencias representan un avance o un retroceso en materia de
desarrollo cultural. Más allá de ello, hay algo en lo que todos y cada uno de nosotros
seguramente habremos de coincidir: los ideales de nuestra infancia ya no son los que priman en
el “imaginario colectivo”. En los párrafos que siguen intentaré dar cuenta de esta
transformación, enunciando aquellos elementos que -a mi juicio- caracterizan este proceso de
“afirmación de la vida adolescente” y constituyen los postulados de la “Era de Peter Pan”. No
pretenderé referirme al clásico de James Barrie y su trascendencia histórica, ya suficientemente
explorada y comentada. Si bien haré trascripciones parciales del mismo, ellas tendrán por
cometido ilustrar el contenido de mis reflexiones, pero en absoluto procurarán exponer su
auténtico sentido, lo cual no haría más que forzar el texto.
Al describir el surgimiento de estos nuevos parámetros morales, tan cercanos a la
adolescencia, intentaré desenmascarar el legítimo reclamo que los alimenta, y no solamente
presentar su eventual debilidad o inconsistencia, como muchos habrían de esperar. En efecto,
la ética posmoderna, principal impulsora de este cambio de paradigma, ha sabido denunciar con
agudeza muchos aspectos de la ética tradicional que le resultan cuestionables. Así como el
adolescente tiende a ser crítico de sus mayores, y sabe perspicazmente denunciar sus
debilidades más ocultas y viscerales, también la posmodemidad ha sabido poner al descubierto
grandes falencias del discurso moderno tradicional. Pero del mismo modo que el adolescente se
vuelve en ocasiones incapaz de salir de su discurso crítico, para proponer una alternativa
superadora, también la posmodernidad parece haber encontrado dificultades para acercar una
propuesta antropológica y ética que realmente satisfaga las reales aspiraciones a la plenitud del
ser humano.
La situación actual es paradójica en muchos sentidos. Las “paradojas de la Era de Peter Pan”
revelan cuánto se ha esforzado nuestro tiempo por saldar algunas “deudas pendientes” del
legado cultural de las generaciones que le antecedieron. Por otra parte, ponen en evidencia la
insuficiencia de algunas de las propuestas y de los esfuerzos que pretendieron saldarlas. Estas
páginas, por lo tanto, representan un esfuerzo por pensar más allá que nuestros
contemporáneos posmodernos. Semejante pretensión podrá parecer desmedida e, incluso,
lindar con la arrogancia. Pero he intentado asumirla con plena conciencia de mis limitaciones, y
con la tranquilidad de quien no pretende “cerrar el debate”, sino tan solo iniciar la discusión en
torno a caminos -como diría Heidegger- no suficientemente “hollados”. Ello explica el que -por
momentos- el texto adolezca de cierta descompensación, en tanto que los aspectos críticos o
descriptivos tienden a ser más elocuentes que los propósitos o aspectos constructivos.
Confío en que -alertado por estas salvedades- el lector sabrá rescatar por sí solo las
alternativas que se abren a la luz de estas reflexiones para así, oído el clamor de las legítimas
demandas de la posmodernidad, construir un ideal de madurez que represente un auténtico
camino hacia la plenitud personal.
La “adolescentización universal” -considerada bajo esta óptica- no debe ser vista como una
regresión cultural que nos devuelve a la barbarie y la incultura, sino como una auténtica
oportunidad para preguntarnos, como personas individuales, y como sociedad, qué es lo que
entendemos por ser “maduro” y qué es lo que deseamos hacer para que nuestros hijos se
conviertan en adultos de verdad.

UN CAMBIO DE PARADIGMA
El capitán Garfio paseaba sobre cubierta muy pensativo. Era un hombre
insondable. Aquella era su hora triunfal; había logrado quitar a Peter Pan de en
medio para siempre y los otros niños estaban todos en el bergantín, prontos a ser
lanzados desde la palanca. Era aquella su más siniestra acción desde los días en que
venció a Barba Azul y, sabiendo como sabemos lo vanidosos que son los hombres,
¿podría sorprendemos verle ahora pasear sobre cubierta, vacilante, henchido de la
gloria del éxito?
Mas no; en su aspecto no mostraba júbilo ninguno y permanecía silencioso
mientras trabajaba su mente sombría. El capitán Garfio estaba profundamente
abatido... Sobre todas las cosas, poseía aún la pasión por las buenas maneras. ¡Las
buenas maneras! Por muy a menos que hubiese venido Garfio, todavía le era dado
comprender que esto es lo más importante de la vida. Muy dentro de sí, sentía un
chirrido como de puertas mohosas y, por encima de este ruido, el de un insistente
martilleo, como el que nos molesta, manteniéndonos desvelados, cuando no
podemos dormir.
“¿Me he portado hoy de acuerdo con las reglas de las buenas maneras?”, se
preguntaba incesantemente3.

Por siempre adolescentes

La preocupación de Garfio respecto de las buenas maneras pareciera constituir una


preocupación universal. En general, a todos nos inquieta en más o en menos comportarnos de
acuerdo con las normas propias de la buena educación. En ello consiste, de algún modo, la
conquista de la madurez. Pero ¿es ello realmente así? ¿Es ésta una preocupación generalizada
en nuestro tiempo? O, en todo caso, ¿estamos todos de acuerdo respecto de lo que ha de
entenderse por “buenas maneras”? A decir verdad, la cultura posmoderna pareciera haber
acallado o, al menos, “problematizado” el acuciante dilema de nuestro capitán. Las buenas
maneras propias del mundo adulto no parecen ser -a los ojos de muchos de nuestros
contemporáneos- tan “buenas” ni tan dignas de imitación. Por el contrario, son los cánones y
criterios juveniles los que tienden a generar mayor atractivo. Es parte del fenómeno que he dado
en llamar “adolescentización universal”, y que pareciera constituir un hecho irremediablemente
aceptado por, al menos, una fracción importante de la sociedad. Se la reconoce primeramente
en la fuerte tendencia cultural que promueve el inicio prematuro de la pubertad y su
prolongación extensiva. En efecto, desde hace ya algunos años el mundo infantil ha venido
contagiándose de ciertos rasgos que antaño se erguían como privativos del universo de los
adolescentes.
Las canciones infantiles, por poner un ejemplo, han ido perdiendo su cadencia suave y
melodiosa, asimilándose progresivamente a ritmos más cercanos al pop-dance de Madonna que
a las sinfonías de Tchaikowsky. Las conductoras de programas infantiles cautivan a chicos y
grandes con sus figuras escultóricas y caderas oscilantes, que se transforman por inercia en
referencias obligadas de muchas preadolescentes y niñas precoces. Ellas aprenden a bailar las
danzas de ocasión, mientras los pequeños varones hacen gala de su conocimiento del fútbol o
bucean en la web en busca de algunas atractivas fotos de modelos de producción nacional e
internacional. El estruendoso éxito de High School Musical es, al mismo tiempo, testigo y
evidencia incuestionable de este curioso corrimiento de los intereses de los más pequeños.
En el extremo opuesto, no pocos y trasnochados jóvenes pretenden estirar el pulso de su
extensa adolescencia, mientras aguardan el arribo de las condiciones adecuadas para dar el
ansiado -o no tan ansiado- “salto a la adultez”. Paralelamente, los años sabáticos se reproducen
tanto como los finales de carrera interminables. La capacidad de ahorro se esteriliza, en
ocasiones ante una genuina imposibilidad financiera, pero en otras por una dispendiosa rutina
que en nada envidiaría a la de los más acaudalados hombres de negocios. Mientras tanto,
muchos adolescentes continúan abroquelados en sus hogares gozando buenamente de la vida
que sus generosos padres han sabido ofrecerles. Estos últimos observan, por lo general,
indignados, preguntándose repetidamente si no habrá llegado la hora de tomar cartas en el
asunto. Lo cierto es que la hora no parece llegar nunca y, con su retraso, se diluye también la
ocasión para dar fin a esta etapa evolutiva que parece haber aumentado ostensiblemente su ya
extenso dominio territorial.
Lo primero, pues, que llama la atención a la generación adulta tiene que ver con este
fenómeno de “extensión territorial” de la adolescencia. Recientemente, el filósofo español Juan
Arana expresaba esta preocupación con originalidad:

Si antaño se veía la mocedad como una breve pendiente que conducía a la


dilatada meseta de la madurez, actualmente se ve como un largo plano inclinado
que debe ser recorrido sin prisa alguna, porque cuando se llega arriba está muy
cerca el borde del despeñadero. Antes apenas había tiempo para ser joven; ahora

3 Barrie, J. M., Peter Pan y Wendty, Barcelona, Juventud, 2004, p. 183.


lo angosto es el espacio reservado a la madurez. Lo único que ha cambiado es la
ubicación de nuestras impaciencias. (...) Nuestros mayores pensaban que en los
hombres de provecho las penalidades de la juventud pagaban los desahogos de la
madurez. Los eternos adolescentes de más reciente factura se horrorizan ante la
perspectiva de sentar la cabeza, porque no ven ningún aliciente en el estado adulto4.

Contra lo que muchos habrían de suponer, no se trata de un hecho novedoso. La expresión


“adolescencia prolongada” fue acuñada por Siegfried Bernfeld en 1923, tras la observación del
comportamiento de diversos movimientos juveniles estudiantiles después de la Primera Guerra
Mundial. Años más tarde, en 1954, Péter Blos expondría sus descubrimientos relativos a la
“Prolongación de la adolescencia en el varón” en el American Journal of Orthopsychiatry5. Al
poco tiempo, Erik Erikson introduciría el concepto de “moratoria social”6 para designar al
período previo al inicio de la “adultez joven”, destinado a la exploración de una gama de
oportunidades, al ensayo y el error en torno a diversos roles, que facilitaría la paulatina
integración de los componentes de identidad infantiles a la identidad final de la estructura del
joven. La aceptación y la difusión de este concepto de moratoria, frecuentemente
malinterpretado, parece haber contribuido no poco a la instalación de una tolerancia
complaciente que acompañó la extensión de la adolescencia, fundamentalmente en el varón.
La concepción propuesta por Erikson se encuentra en revisión en diversos ámbitos desde
hace algunos años7. Incluso hay quienes señalan la existencia de un fenómeno inverso, de
“premura psicosocial”8, fundamentalmente en contextos lindantes con la marginalidad o la
pobreza. Se trata de púberes que se ven obligados a acortar o anular este período de desarrollo
en virtud de las exigencias coyunturales que los obligan a introducirse prematuramente en el
mundo de los adultos. En este contexto, es claro que la “eternización” de la adolescencia
aparece vinculada a un cierto estrato social. Más allá de ello, estas discusiones académicas
pretenden ser solo una acotada muestra de la larga tradición que existe en la investigación de
la psicología del desarrollo en torno a estas cuestiones, tradición en la que abreva Kiley para
caracterizar el mencionado “Síndrome de Peter Pan”.
Pero la adolescentización no se reduce únicamente a este fenómeno de ampliación extensiva
del mundo de los teenagers. También comprende una suerte de “contagio” por parte del adulto
de algunas actitudes propias de la adolescencia. Alain Finkielkraut, en este caso, un intelectual
francés de raíces polacas, dedica uno de sus últimos capítulos de un ensayo publicado en 1987
para describir “a una sociedad finalmente convertida en adolescente”:

En nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de todas las


generaciones. Como una neurosis expulsa la otra, los cuarentones son unos “
teenagers” prolongados; en lo que se refiere a los Ancianos, no son honrados por su
sabiduría (como en las sociedades tradicionales), su seriedad (como en las
sociedades burguesas) o su fragilidad (como en las sociedades civilizadas), sino
única y exclusivamente si han sabido permanecer juveniles de espíritu y de cuerpo.
En una palabra, ya no son los adolescentes los que, para escapar del mundo, se
refugian en su identidad colectiva; el mundo es el que corre alocadamente tras la
adolescencia9.

Evidentemente, el fenómeno nos es muy cercano. Convivimos diariamente con numerosos


“adultescentes” que hacen gala de su espíritu desestereotipado y juvenil. En una entrevista

4 Arana, Juan, Filosofía de lo cotidiano. Hojas de calendario, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005, p. 27.
5 Trabajo recogido posteriormente en: Blos, Peter, La transición adolescente, Buenos Aires, Amorrortu, 1991.
6 Ver Erikson, Erik, Identidad, juventud y crisis, Buenos Aires, Paidós, 1974.
7 Ver Krauskopf, Dina, Adolescencia y educación, San José de Costa Rica, Euned, 1994 (2a. ed.)
8 Ver Del Garza, Fidel, Adolescencia marginal e inhalantes, México, Trillas, 1977.
9 Finkielkraut, Alain, La derrota del pensamiento, Barcelona, Anagrama, 1988 (4a. ed.), p. 135.
publicada en una reconocida revista porteña para la mujer,
Eugenia, una víctima de esta comente adolescentizadora, reconocía: “Tengo 45 años, pero
aún me siento de 20. Muchas estamos en esta situación. La verdad es que no crecimos todavía.
Si somos eternas adolescentes, se hace muy difícil que nuestros chicos nos respeten. ¿Cómo me
van a hacer caso cuando les digo que ordenen el cuarto si el mío es un desastre?”. Las palabras
de Eugenia no representan un hecho aislado: “No creo en la adultez ni en eso de crecer. Yo me
identifico mucho más con alguien de quince años que con una persona de mi edad”. Palabras de
un verdadero grande del rock argentino, Charly García, auténtico Peter Pan moderno en versión
remixada10.
La explicación de la creciente difusión de este tipo de comportamientos, que ya no
sorprenden a casi nadie, compete también a la psicología. Pueden ensayarse, indudablemente,
diversas hipótesis explicativas. Algunos lo atribuyen, por ejemplo, al deseo inconsciente del
adulto de reducir la angustia que le provoca el enfrentarse a su hijo o hija que aparece como
desconocido o inmanejable. En este contexto, el método para mitigar la ansiedad

consiste en volverse tan parecido como sea posible al objeto de temor. (...) De
esta manera, los adultos, mando se sienten intimidados por el bárbaro
comportamiento de los adolescentes, pueden llegar a ponerse bastante revoltosos
también. Además, parece ser que estos envidiables muchachos a veces se divierten
en grande11.

Como se dijera anteriormente, no son solo los adultos los que, en la “Era de Peter Pan”, se
sienten cautivados por los modos y los modales de la adolescencia. También los niños
experimentan una suerte de aceleración en sus procesos evolutivos. Mariano Narodowski
gráfica este hecho con su descripción de lo que ha dado en llamar “infancia hiperrealizada”:

Se trata de niños que se han realizado como tales, atravesando el período infantil
con una velocidad vertiginosa. Especialmente desde el punto de vista del saber,
encuentran una facilidad envidiable para dar cuenta de nuevos desafíos
tecnológicos. (...) Esta infancia hiperrealizada es la avanzada de nuestra actual
cultura posfigurativa: cultura de cambios tan inverosímilmente violentos y
continuos que solamente aquellos formados en sus vertiginosas entrañas son
capaces de dar respuestas adecuadas a sus desafíos. Al contrario de la vieja cultura
prefigurativa, en la que los cambios lentos imponían necesariamente alguna forma
de “consejos de ancianos" como gobierno, y al contrario también de la cultura
cofigurativa, en la que “lo joven" constituye un valor relevante, pero siempre
rebelde, siempre contracultural, en esta actual posfiguración la cultura legítima es
aquella en la que la infancia y la adolescencia constituyen valores prominentes: ya
no se trata de mostrar arrugas que denoten experiencia; ya no se trata de llegar a
viejo para ser respetado y venerado12.

No pretendo aquí reproducir lo que otros han expresado tan atinadamente respecto de estas
complejas transformaciones psicológicas o sociológicas. En un esfuerzo (sin duda intrépido) por
mirar el proceso en su dimensión filosófica, tiendo a percibir que este fenómeno de
“adolescentización contemporánea” implica una transformación en el mundo de la cultura, y no
exclusivamente un fenómeno psicológico de anticipación/ extensión de la adolescencia, sin más.

10 Entrevista del diario La Nación, 16/11/2003.


11 Kaplan, Louise, Adolescencia: el adiós a la infancia, Buenos Aires, Paidós, 1991 (1a. reimpr.), p. 33.
12 Narodowski, Mariano, Después de clase. Desencantos y desafios de la escuela actual, Buenos Aires, Novedades Educativas, 1999,
pp. 47/8. Al igual que la psicología social opone el concepto de “premura psicosocial” al de “moratoria social”, Narodowski
contrapone a esta “hiperrealización” de la infancia un fenómeno de “desrealización", en situaciones lindantes con la marginalidad (pp.
51/3).
En otras palabras, no se trata únicamente de que la adolescencia tienda a comenzar antes o a
perpetuarse más allá de sus límites habituales. Se trata también de que el mundo infantil y el
adulto comienzan a asumir patrones de comportamiento usualmente reservados a los
adolescentes, tomándolos como referencias y postulados morales, dando lugar a un verdadero
cambio de paradigma.
En efecto, si observamos con detenimiento las transformaciones en diversas áreas de la
cultura, notaremos que el modelo de “adultez” tradicional parece estar siendo reemplazado por
un nuevo modelo, que recoge elementos usualmente reservados a la adolescencia, y los
incorpora como fundamentos relativos al “buen vivir”. Se trata, por lo tanto, de una
reformulación de los criterios de madurez, que obran no tanto en la esfera particular del
adolescente cuanto en la del mundo adulto. Las “buenas maneras” a las que alude el Capitán
Garfio parecen haber cambiado radicalmente de fisonomía. Se trata, como dijera en la
introducción, de una verdadera “globalización del País de Nunca Jamás”.

¿Un paradigma unitario?

Evidentemente, hablar de un cambio de paradigma supone la aceptación de la preexistencia


de un paradigma de adultez13 en teoría "tradicional”, cuya legitimidad seguramente habrá de
ser puesta en tela de juicio por más de un lector. Cabe preguntarse entonces si en realidad existe
un ideal de madurez que sea representativo de esta condición adulta tradicional.
Es claro que el concepto de madurez no constituye una noción rígida y unívoca. Por el
contrario, representa un parámetro eminentemente personal, que ha de irse configurando a lo
largo de la propia historia, y en el marco de un proceso de formación única e irrepetible. Además,
su significación varía en función de los diversos contextos socioculturales, pues no es lo mismo
ser adulto en Zaire que en Siberia o Nueva York. En la misma Buenos Aires, un hijo de un
tintorero orientar no habrá de ser educado bajo pautas madurativas semejantes a las de un hijo
de un ejecutivo de una multinacional. Son muchas las variables que han de conjugarse en la
elaboración del propio patrón de madurez, tantas que parece irrisorio concebir la existencia de
un modelo uniforme.
Aun a pesar de las dificultades señaladas, puede decirse que en todas las épocas y culturas
ha existido efectivamente un cierto ideal unitario relativo a la condición adulta que, encarnado
en el sentir general de una multitud de hombres y mujeres, ha guiado sus valoraciones y
conductas en una dirección determinada, incluso respetando las singularidades personales y
locales. Los rasgos salientes de estos patrones han quedado inmortalizados -principalmente,
aunque no exclusivamente- en las obras literarias o artísticas, ámbitos privilegiados para la
reproducción de los modelos de conducta. No tengo ocasión para describir aquellos que han
resultado más representativos a lo largo de la historia universal. Basta con señalar, a modo de
ejemplo, el caso del héroe homérico, tan gravitante en la paideia griega clásica, o el ideal del
“caballero” medieval, notablemente ilustrado por los Tratados de caballería, típicos de la Alta
Edad Media, o el paradigma del “cortesano”, descripto por Castiglione. Idéntica fuerza ha tenido
el modelo del Emilio de Rousseau, la semblanza proveniente del acervo “folclórico” alemán, que
recogieran los hermanos Grimm en el romanticismo, o el ideal del gentleman inglés,
inmortalizado en la obra de tantos escritores salientes, como Shaw (Pigmalión) o Chesterton (La
esfera y la cruz). Cada uno de estos paradigmas ha contribuido (tal vez sin pretenderlo siquiera)
a la educación de las nuevas generaciones, sintonizando con un determinado modo de concebir
la plenitud humana y, junto con ella, los criterios de madurez de la época.
Es cierto que, en la modernidad, este ideal ha asumido contornos tal vez menos nítidos y
uniformes, fragmentándose en diversas expresiones al ritmo de los cambios culturales, cada vez

13 En los párrafos que siguen, utilizaré el concepto de “adultez” para designar no tanto un estadio de maduración biológica sino más
bien de maduración integral de la personalidad. Por esta razón, habré de referirme indistintamente al término “madurez” o “adultez”
para designar la misma condición de pretendida plenitud.
más vertiginosos 14 . En los países de habla hispana, que mayormente han abrevado en sus
orígenes culturales de una cosmovisión europea y europeizante, el conjunto de parámetros
defínitorios de la madurez parece tener una mayor homogeneidad, incluso en contextos étnicos
y geográficos muy diversos entre sí. De ahí que pueda presuponerse, como haré en las siguientes
páginas, que ha existido en estas culturas un cierto cuerpo común de ideas, pareceres y
aspiraciones que, fuertemente nutridas por una religiosidad de raíz católica, han configurado lo
que yo he de llamar “concepción tradicional”.
Apelaré, pues, a este concepto asignándole un contenido algo genérico y, tal vez, impreciso
en un comienzo. Estoy convencido, sin embargo, de que su utilización podría quedar
perfectamente legitimada, y su naturaleza caracterizada, si se hiciera el requerido análisis socio-
histórico, cosa que resulta imposible de hacer en este momento. Soy consciente de que la
ausencia de esta delimitación y caracterización conceptual puede sumir a todo el desarrollo
posterior en una suerte de renguera teorética. De todos modos, este libro no pretende acreditar
el nihil obstat de tribunal académico alguno, pues está dirigido al lector culto contemporáneo,
quien suele ser -afortunadamente- más contemplativo y más permeable a aceptar las
ambigüedades y futilidades del discurso que los especialistas. Alentado por esta esperanza,
utilizaré con liberalidad los términos “concepción tradicional” o “paradigma tradicional” de
madurez, no solo para designar a un determinado cuerpo de doctrina (cuyos rasgos habrán de
ser explicitados sucesivamente en los diversos capítulos), sino también, y principalmente, para
ilustrar esta pretendida “mentalidad” que, arraigada fuertemente en el seno de nuestra
civilización, hoy parece estar recibiendo serios cuestionamientos.
En la producción cinematográfica o televisiva este cambio de mentalidad se pone claramente
en evidencia. Tito Roldán ha pasado a ser parte del patrimonio histórico argentino, aunque
difícilmente pueda competir en candidez con Charles Ingalls, padre ejemplar, ciudadano
abnegado y trabajador laborioso como pocos. Los Argento -iconos también del legado televisivo
nacional- fueron representativos, sin duda, de un modelo familiar muy simpático; su simpatía,
sin embargo, no nos remonta a la de otra curiosa familia, la de los Locos Adams, ciertamente
más extravagante, pero de un perfil de conducta mucho más tradicional que el de los Argento.
La cómica Niñera que supiera conquistar al Sr. Scheffield distaba mucho de poder semejarse, en
sus convicciones, actitudes y sentimientos, a la Novicia Rebelde, aun cuando ambas se
mostraran claramente inclinadas a favorecer a sus benefactores. Los modales refinados y
gentiles que primaban en La ciudadela de los Robinson se encuentran ciertamente ausentes en
la convivencia de los protagonistas de Lost, a pesar de compartir ambos grupos la desgracia de
haber afrontado una catástrofe.
No pretendo con estas comparaciones poner en evidencia un fenómeno de “degradación”
moral, como muchos creerán interpretar, sino tan solo ilustrar de un modo gráfico y patente lo
que a todas luces constituye hoy un dato incontrastable: la sociedad ha efectuado un giro
pronunciado en materia de referentes. Nos enfrentamos a un verdadero cambio de paradigma

14 Quien ha hecho una delimitación de lo que podrían considerarse “parámetros de madurez” de la modernidad es el mencionado
Charles Taylor, en su obra Sources of íhe Self. En ella, el autor hace un recorrido por las diversas fuentes que, en su opinión, incidieron
en la conformación de la identidad del hombre moderno. Platón, San Agustín, Descartes, Locke, Kant, Rousseau, Goethe, entre otros,
son interpretados bajo un nuevo prisma, que pretende detectar no tanto sus elementos divergentes, cuanto los concurrentes. Como
fruto de esta pesquisa, Taylor concluye con la descripción de lo que él denomina la “afirmación de la vida corriente” (Fuentes del Yo,
Buenos Aires, Paidós, 1996, p. 38). Según Taylor, los patrones tradicionales anteriores a la era moderna se habían articulado en tomo
a ideales ciertamente nobles, pero algo alejados del devenir de la vida corriente: el ideal del guerrero, de la contemplación religiosa o
el ascetismo heroico. En virtud de la preeminencia de estos patrones, se tendía a considerar la vida corriente, la vida del “hombre
común” como inferior en su contextura moral, una especie de “vida de segunda categoría”. A partir de la modernidad, la existencia
del “hombre medio” y, con ella, el trabajo productivo y la cotidianidad familiar, comienza a ser rejerarquizada y redimensionada. Pero
no se trata de una revalorización que se desentiende de los parámetros cualitativos: la ética de la vida corriente comprende
fundamentalmente un determinado “modo de vivir” la cotidianidad, que reconfigura y da nuevo ímpetu a la moralidad colectiva. Así,
esta cosmovisión moderna viene a concentrar su interés en tres ideas centrales, que habrán de revestir a toda la ética posterior de una
determinada “tonalidad” común: el ideal de la igualdad, el de la autonomía responsable y el de la benevolencia universal. Esta
“afirmación de la vida corriente” constituye una suerte de plataforma común en tomo a la que se han forjado los diversos criterios de
madurez hasta bien entrada la modernidad. Como bien lo hace notar Taylor, la religiosidad cristiana ha sido a la vez fuente y
depositaría de este legado moderno, y ha logrado consolidar y difundir con cierta homogeneidad este paradigma común de madurez
en las distintas culturas, principalmente las latinoamericanas.
cultural que propicia -tal vez sin proponérselo expresamente- la instauración de nuevos criterios
de madurez, distintos de los “tradicionales” y más afines a la mencionada tendencia de
afirmación de la vida adolescente. Este nuevo paradigma pretende alinearse más claramente
con las nuevas formas de convivencia y comunicación posmodernas, alejándose de las
formalidades y los criterios rígidos de antaño. El lector encontrará que esta denuncia, quizás
algo aventurada en sus inicios, cobra fundamento en la medida en que se advierte el enorme
impacto que las nuevas tendencias imprimen en la contextura moral del hombre medio.
Confío en que los párrafos sucesivos lograrán perfilar más claramente esta transformación.
Para ello, iré pasando revista a algunos de los rasgos más notorios de la cultura contemporánea,
ya sea en sus manifestaciones teoréticas, ya sea en las de carácter fáctico, para confrontarlas
con lo que ordinariamente sucede en el adolescente y extraer, a partir de allí, algunas
conclusiones. Me orientará la dialéctica propuesta en la introducción, consistente en recoger,
por un lado, las denuncias válidas hechas al paradigma tradicional y mostrar, por otro, las
insuficiencias de las nuevas propuestas.

CRÍTICOS Y COSMOPOLITAS
¡Wendy no estaba triste por abandonarlos! ¡Pues si a ella no le importaba la
separación, él quería demostrarle que tampoco se sentía triste! Más claro está que
le importaba mucho y se sentía lleno de ira contra las personas mayores, quienes,
como de costumbre, lo echan todo a perder. Por eso Peter Pan, al meterse dentro
de su árbol, empezó a lanzar breves suspiros a razón de cinco por segundo. Lo hacía
así porque en el País de Nunca-Jamás dicen que cada vez que se suspira se muere
una persona mayor, y Peter, vengativo, las mataba lo más deprisa que podía...15

El criticismo adolescente

Esta simpática fobia respecto de la adultez no es privativa de nuestro héroe de la infancia.


Más de un adolescente querría eliminar de la faz de la tierra, y con idéntica facilidad, a sus
referentes adultos más cercanos. Los padres conviven con la experiencia cotidianamente: los
suspiros iracundos se encuentran a la orden del día en miles de familias. Es frecuente que, en el
contexto de un intercambio de ideas, y al sentirse incomprendido por ellos, el hijo adolescente
acompañe su clásico bufido de fastidio con una frase que, en más o en menos, puede resumirse
en los siguientes términos: “Callate, ¡si vos no tenes ni idea de la vida!”. Dicho por un anciano,
tal vez veterano de guerra o un curtido hombre de mundo, esta frase puede invitar a la
respetuosa sumisión y asentimiento. Proveniente de un púber que apenas si ha aflorado a la
vida adulta y carece de experiencia en cuestiones básicas que hacen a la subsistencia, puede
sonar impertinente, o al menos risueña. Lo cierto es que frases semejantes se escuchan a diario
en multitud de hogares. Es que, por naturaleza, el adolescente experimenta una fuerte
tendencia a la crítica respecto del mundo adulto, de sus consignas y sus prerrogativas. Se trata
de un cierto distanciamiento crítico que resulta casi imprescindible para el adecuado tránsito
hacia la madurez.
Mediante este distanciamiento crítico, el adolescente pretende ponerse en situación de
observador, para realizar su propia selección de lo que interpreta como significativo, valioso,
deseable y verdadero. Esta selección, no necesariamente consciente y sistemática, tiene que ver
con el proceso de constitución de la propia identidad, en el que el adolescente va ensayando -
en confrontación con los adultos, y muy influido por su grupo de pares- distintas alternativas o
versiones de sí mismo, intentando asimilar aquellos rasgos que considera apropiados para la
conquista de su identidad.

15 Barrie, J. M., Peter Pan y Wendy, Barcelona, Juventud, 2004, p. 153.


Cabe aclarar que el distanciamiento crítico del adolescente no necesariamente supone la lisa
y llana transgresión. Admite, más bien, diversas modalidades, en función de los rasgos de
personalidad y de los contextos en que se desenvuelve cada uno de los jóvenes. Sin duda, los
hay hipercríticos y desafiantes; también están quienes cuestionan fuertemente en el diálogo
pero se someten sumisamente en la acción; los agresivos e impertinentes; o los que se refugian
en la parca indiferencia. Pero igualmente existen -debemos decirlo- los que optan por transitar
este período de distanciamiento con una dócil actitud de obediencia y afectuosidad. Estas
diferencias se suman a las que imponen los distintos contextos culturales, pues no en todos
lados rigen los mismos criterios respecto de cómo ha de transitarse esta particular etapa
evolutiva.
Más allá de cuál sea la manera, lo cierto es que todo adolescente recorre, a su modo, este
camino de distanciamiento crítico. En este tránsito, es usual que se instale en una posición
escéptica, descreída y reactiva ante el mundo adulto. Una madre refería una vez, en un
encuentro de padres de adolescentes, que su hija de 16 años, con quien había mantenido una
profunda discusión, le había dicho en un tono algo displicente y terminante: “Mamá, vos no te
das cuenta. Afuera, en el mundo real, todo es exactamente distinto de como vos me enseñaste.
¡Ya no sé en quién creer!”. Una actitud semejante puede preocupar a muchos padres, como de
hecho preocupó a la madre en cuestión, pero no necesariamente implica el fracaso de la tarea
educativa. Más bien representa un indicio de la fuerza con que se presenta en ocasiones este
escepticismo.
En rigor, esta actitud está llamada a germinar en una especie de síntesis superadora en la
que se depure el ideal adulto y se lo integre a una cosmovisión personal, nutrida por la propia
visión de sí mismo, del mundo y de la propia experiencia. Este proceso representa uno de los
aspectos (pues hay otros) que caracterizan la auténtica maduración de la personalidad, y se
asocia a una “crisis”. Es sabido que el término “crisis” tiene su origen en el verbo griego krinein,
que significa discernimiento, decisión. En tal sentido, la crisis del adolescente se relaciona con
un proceso de discernimiento (tal vez no tan reflexivo y consciente) relativo a la propia identidad
y al proyecto existencial. Solo cuando se ha transitado suficientemente este proceso estamos en
condiciones de decir que la persona ha madurado, que es un adulto.
La maduración personal viene asociada -no exclusivamente, puesto que también comporta
elementos afectivos y sociales- al acceso a un grado superior de “certeza”, y fundamentalmente,
de la certeza de no creerse uno en posesión de la verdad total.
Una persona puede decir, por ejemplo: “He madurado, ya no me refugio en excusas que
trasladan la responsabilidad a los demás”. Con esta afirmación manifiesta que ha adquirido una
convicción que antes no tenía: se ha dado cuenta de que era él el responsable de ciertas
consecuencias cuya autoría depositaba en otros. Además, se ha dado cuenta de que su plenitud
como persona implica la capacidad de hacerse cargo de lo que él mismo provoca. Acceder a
mayores certezas respecto de uno mismo y respecto de la existencia es condición inherente a la
maduración, y permite a cada persona instalarse en su propio “lugar en el mundo”. Al reconocer
las propias virtudes y flaquezas, el hombre maduro va definiendo con mayor facilidad no solo su
rol en la sociedad, sino también el sentido inherente a su existencia particular.
Todas estas consideraciones no deben hacemos perder de vista el auténtico objetivo de esta
reflexión. Se han señalado dos instancias en el proceso de maduración de la personalidad que
han de articularse en el tránsito de la adolescencia a la adultez: la instancia del distanciamiento
crítico y la de la síntesis supera- dora. La primera, caracterizada por cierto escepticismo,
descreimiento y espíritu reactivo; la segunda, por el acceso a un nivel de claridad y certeza
superior que permite consolidar la propia identidad y asentarla en sus propios límites
constitutivos.

El criticismo en la historia de la filosofía


Lo verdaderamente importante para nuestro propósito es constatar que este proceso de
crisis se registra no solo en la historia de las personas individuales, sino también de las
organizaciones y las culturas. En el devenir de los procesos institucionales o culturales
encontramos numerosos ejemplos en los que puede reconocerse el tránsito por estas dos
instancias. Me detendré a considerar particularmente lo que ha ocurrido en la historia del
pensamiento filosófico, exponiéndome al riesgo de la simplificación arbitraria, en atención a la
necesidad de ser sintético en mi exposición.
Cuando uno se interioriza en la vida y obra de los grandes pensadores de la historia universal,
descubre en gran parte de ellos, con mayor o menor nitidez, la existencia de este doble recurso.
Cuando Sócrates, por ejemplo, se rebela contra la sofística, asume una posición de
distanciamiento crítico radical. Los diálogos platónicos dan cuenta acabadamente de la fuerza
con que arremetió contra estos particulares adversarios. Sócrates pretendió, incluso, dar forma
metodológica a esta inicial fuerza crítica: con el recurso de la “ironía” consolidó una estrategia
discursiva mediante la cual buscaba justamente poner en evidencia el error del interlocutor, con
el fin de que este tomara conciencia clara de su situación de ignorancia. Asimismo, el
distanciamiento estaba destinado a ser superado por una actitud constructiva, que rescatara a
este del error mediante el acceso a un nivel de certeza y claridad superior. Como es sabido,
Sócrates designó esta segunda etapa metodológica con el nombre de “mayéutica”, aludiendo a
la particular similitud entre este proceso y el del alumbramiento de un niño. Tras reconocer su
propia ignorancia, y mediante la acción de la mayéutica, se aproximaba el interlocutor al
conocimiento de la verdad, y accedía a un nivel superior de maduración filosófica.
En contextos absolutamente diversos y tiempos lejanos a los de Sócrates, Rene Descartes
replicó también este recurso de crítica y superación. Disconforme con el escepticismo reinante
en su tiempo, propuso una estrategia metodológica destinada a superarlo. Con su “duda
metódica”, pretendió establecer las bases para un distanciamiento crítico respecto de toda
verdad preconcebida, poniéndose inicialmente en una postura de -podríamos decir-
“escepticismo procedimental”. Así, demolió todos los supuestos que pretendieran ostentar el
carácter de sagrados, colocándose de alguna manera en el terreno de su adversario: todo debía
ser puesto en duda. Pero, por tratarse de una duda metódica y no escéptica, la propuesta
cartesiana estaba destinada de suyo a ser superada. En su Discurso del Método establece las
bases para el desarrollo de esta superación filosófica. Valiéndose de criterios afines al saber
matemático, formuló las normas para el acceso a crecientes niveles de “claridad y distinción”.
De esta manera pretendía eliminar cualquier resabio y posibilidad de escepticismo futuro.
Un poco más cercano en el tiempo, Immanuel Kant propuso asimismo una estrategia dual de
maduración filosófica. Sus textos son particularmente elocuentes, puesto que en ellos hace
referencia explícita a lo que él entiende como una particular forma de “inmadurez” digna de ser
superada:

La Ilustración consiste en el hecho por el mal el hombre sale de la minoría de


edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de
servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable
de esta minoría de edad, mando la causa de ella ya no yace en un defecto del
entendimiento sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia
de él, sin la conducción de otro. Sapere ande! Atrévete a saber. He aquí la divisa de
la Ilustración.16

Con su ya célebre consigna (Sapere aude!), la filosofía kantiana se hizo eco de la invitación a
la “madurez” típicamente ilustrada. Podrá discutirse la validez de su propuesta, tal como puede
discutirse la validez de la propuesta cartesiana o de la socrática. Resulta, sin embargo, evidente

16 Kant, Immanuel, Filosofía de la historia, Madrid, FCE, 2000 (7a. reimp., trad. E. Imaz,), p. 58.
que en el transcurso de la historia de la filosofía se han registrado numerosos y muy variados
esfuerzos destinados a criticar y superar una teoría anterior que se supone insuficiente, para
instalar al hombre en un grado de certeza y claridad mayor.
Esfuerzos semejantes se registran en la obra de Hegel, por mencionar otro ejemplo. En él
encontramos, incluso, cierto intento de sistematización de este binomio distanciamiento-
superación. Con la descripción del proceso dialéctico de tesis- antítesis-síntesis, advierte
respecto de la recurrencia histórica con que suele presentarse esta tensión en los procesos de
desarrollo del pensamiento v de la cultura en general. Marx también se alinea con esta óptica,
proponiendo la instauración de un sistema superador resultante en el comunismo. Comte hace
igualmente lo suyo con su descripción de la ley de los tres estadios, y la definición del positivismo
como situación de madurez plena del pensamiento.
Más allá de las diferencias abismales que puedan señalarse respecto de cada uno de los
pensadores señalados, u otros que podrían sumarse a esta apretada y excesivamente simple
reseña, lo cierto es que en todos ellos percibimos esta demanda de superación progresiva, que
descansa sobre un primer estadio crítico. Pero este criticismo representa solo el primer paso
necesario, aunque no suficiente, para acceder a la madurez. La propuesta superadora sabrá
recoger los aciertos del pensamiento antecedente, integrándolos en una visión más
comprensiva y coherente.
En todos estos autores encontramos también una aspiración a la universalidad: aquello que
es presentado como posición de “madurez” filosófica pretende constituirse en un legado para
el género humano en su conjunto. No se trata de una propuesta ya truncada en su alcance y
expectativa. Ello contradiría la esencia misma de esfuerzo iniciado. En efecto, si Marx hubiera
concebido que su propuesta de instauración del estado comunista carecía de “validez universal”,
la misma propuesta hubiese perdido fuerza de convicción, tanto para él como para sus
contemporáneos. Las propuestas superadoras pretenden instalarse con fuerza de certezas para
todo el género humano, pues por ello mismo se entienden como superadoras. Pretensión de
claridad y universalidad son dos de los criterios que debe reunir una posición intelectual para
poder ser considerada madura y, por lo tanto, digna de consideración. Pero ¿cómo asume estos
principios la posmodernidad?

El criticismo posmoderno

La sola mención del término “posmodemidad” expone el presente texto a numerosos


equívocos. Se trata, evidentemente, de un concepto en exceso manoseado, asumido no siempre
con suficiente precisión y pertinencia, lo cual ha generado una abundante literatura no siempre
fácil de asimilar ni articular con mediana coherencia y claridad17. En este libro no pretenderé
despejar el auténtico sentido de este concepto ni delimitar su estricto alcance (si es que dicha
empresa resulta, acaso, posible). Ya otros se han empeñado en avanzar en esta tarea, y lo han
hecho con suficiente rigor y precisión 18 . En las páginas que siguen, por lo tanto, habré de
utilizarlo para caracterizar “nuestro tiempo”, pues este uso se ha extendido ya suficientemente,
aun cuando haya perdido vigencia en la literatura académica.
El término “posmodernidad” aparece en la historiografía para calificar nuestra época, por vez
primera, en la monumental obra de Toynbee A Study of History, comenzada en 1922, y publicada
entre 1934 y 1954 19 . Desde entonces, se ha utilizado indistintamente para agrupar a un

17 Debe reconocerse, por ejemplo, que los autores disienten incluso en la denominación del período. Se la denomina distintamente, y
a partir de valoraciones no siempre coincidentes, "modernidad tardía (Vattimo), "segunda modernidad” (Ulrich), modernidad líquida
(Bauman) o hipermodemi- dad” (Lipovetsky), "tardomodernidad (Ballesteros, Llano).
18 Ver Lyotard, Jean-Francois, La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa, 1987; Ballesteros, Jesús,
Postmodernidad: decadencia o resistencia, Madrid, Tecnos, 1997; Llano, Alejandro, La nueva sensibilidad, Madrid, Espasa-Calpe,
1988; Picó, Joseph, Modernidad y postmodernidad, Madrid, Alianza, 1999; Beuchot, Mauricio, Posmodernidad, hermenéutica y
analogía, México, Porrúa, 1996, entre otros textos.
19 Ballesteros, Jesús, op. cit., p. 101.
sinnúmero de intelectuales contemporáneos cuyas propuestas no son siempre identificables
entre sí20. Más allá de estas diferencias, un elemento común en el que vienen a coincidir la
mayoría de los pensadores, y que se transforma en una característica definitoria de este período,
tiene que ver con la consolidación de un mayor o menor nivel de “escepticismo” y
“descreimiento” respecto de las concepciones tradicionales vigentes. Esta actitud crítica,
descreída ante cualquier género de certeza, ha superado el ámbito de la especulación filosófica,
impregnando el modo de sentir y vivir de muchos hombres de nuestro tiempo. Ella constituye
la herencia más palpable y definitoria de un particular discurso filosófico que viera la luz allá
lejos, en el siglo XIX, de la mano de Friedrich Nietzsche: el nihilismo.
Existe en la actualidad abundante literatura que demuestra la filiación existente entre esta
posición filosófica y el pensamiento contemporáneo, fundamentalmente, el posmoderno.
En efecto, en la Era de Peter Pan, el nihilismo ha conquistado gran parte del universo de los
intelectuales y, con él, ha irrumpido no solo una nueva visión del mundo, sino también una
nueva manera de concebir la actividad intelectual. La razón ha quedado desheredada. Como
resultado de este desfalco, la verdad ya no es su patria, ni la claridad su recompensa. Su crítica
no pretende ser liberadora, ni esperanzador su ejercicio de comprensión. Condenada a priori a
la inanición intelectual, ha hecho del juego argumentativo su oficio principal, y de la conquista
de la belleza, la originalidad o el ingenio, su meta más preciada. La construcción narrativa ha
reemplazado la tarea de descubrimiento de la alteridad. Lo más notorio de la Era de Peter Pan
tiene que ver con que, a diferencia de lo ocurrido en tiempos de Nietzsche, esta proclama ha
trascendido el estrecho reducto de los intelectuales, y se ha hecho carne en numerosos ámbitos
de nuestra cultura.

Nihilismo “a la carta”

La profesión del nihilismo ya no representa un hecho aislado y cargado de connotaciones


pesimistas. Antes bien, se lo asume en forma más o menos generalizada, y con un dejo de
optimismo y liviandad que sorprendería al mismo Nietzsche. Han contribuido a ello los aportes
de una multitud de teóricos del posmodernismo que, adhiriendo firmemente a los postulados
principales de la filosofía nietzscheana, nos han acercado una versión depurada de esta.
La posición de GianniVattimo resulta bastante ilustrativa de este fenómeno. Con su
propuesta del “pensamiento débil” (pensiero debole) intenta justamente desacreditar cualquier
intento filosófico que reivindique su pretensión de validez universal. El pensamiento es y debe
ser “débil”, en el sentido de incapaz de confrontarnos con verdad inmutable alguna, pues no
existe la pretendida “realidad sustantiva” sobre la cual esta verdad pueda fundamentarse.
Vattimo se declara, pues, enemigo de cualquier objetividad y absoluto:

La intensificación de las posibilidades de información sobre la realidad en sus


más diversos aspectos vuelve cada vez menos concebible la idea misma de “una”
realidad. Quizá se cumple en el mundo de los mass media una "profecía" de

20 Joseph Picó (op. cit., p. 13 y ss.) nos advierte, haciendo ya un supremo esfuerzo de síntesis, acerca de la existencia de tres corrientes
muy diversas dentro de la cultura contemporánea: la de los “conservadores”, entre los que ubica a Daniel Bell, que denuncian el
proceso de secularización de los valores y auspician un retomo a posiciones anteriores a la modernidad; la de los des-constructores,
propiamente llamados “posmodemos” (Lyotard, Derrida, Vattimo), que rehúyen de cualquier forma de metanarrativa, de metafísica
superadora, y la sustituyen por una multiplicidad de discursos y juegos del lenguaje, todos igualmente válidos; y la de los “re-
constructores reformistas", que -como Habermas- rechazan los discursos de unos y otros, y tratan de volver a edificar un cierto edificio
de la razón que nos guíe a un proyecto de modernidad compartido por todos. Más allá de la diversidad, podemos afirmar que solo uno
de los grupos parece haberse constituido como el "predominante": el de los posmodemos, auténticos des-constructores de los ideales
de la modernidad. Solo ellos parecen haber “ganado la calle”. A ellos parece remitirse más fuertemente la cultura para abrevar en
criterios y delinear nuevos modos de organización y realización. Ciertamente, Daniel Bell, con sus pretensiones de retomo algo
pragmático a una cosmovisión unificadora de las distintas esferas de la vida, no parece haber tenido eco. Las propuestas de la
racionalidad comunicativa de Jürgen Habermas, si bien han tenido mucho eco en algunos círculos académicos luego del giro
lingüístico, no parecen haber tenido eco suficiente más allá de estos círculos. Son, pues, los posmodemos los que aparentemente han
vencido en esta suerte de “pulseada cultural, al menos en lo que respecta a los medios masivos de comunicación.
Nietzsche: el mundo verdadero, al final, se convierte en fábula. Si nos hacemos hoy
una idea de la realidad, ésta, en nuestra condición de existencia tardo- modema, no
puede ser entendida como el dato objetivo que está por debajo, o ?más allá, de las
imágenes que los media nos proporcionan. ¿Cómo y dónde podríamos acceder a
una tal realidad "en-sí”? Realidad, para nosotros, es más bien el resultado del
entrecruzarse, del "contaminarse" (en el sentido latino) de las múltiples imágenes,
interpretaciones y reconstrucciones que compiten entre sí, o que, de cualquier
manera, sin coordinación "central" alguna, distribuyen los media21.

En definitiva, y apelando a términos kantianos, podría decirse que no existe posibilidad de


conocer la realidad “en sí misma” (el noúmeno o “cosa en sí”); más aún, no existe la pretendida
“cosa en sí”, por lo que cualquier pretensión de verdad resulta de por sí absurda e insostenible
en materia de conocimiento humano. Este supuesto ha sido asumido por muchos en la filosofía
contemporánea como un “límite” que ya no es posible superar. En efecto, para el posmodemo
solo existen narraciones, símbolos carentes absolutamente de fundamento último.
Con ello se ha cumplido acabadamente aquello que propusiera el mencionado Nietzsche en
su obra Más allá del bien y del mal, al menos en lo que respecta al saber filosófico: “Hablando
seriamente, hay buenas razones para esperar que todo el dogmatismo en la filosofía, cualquiera
que sea su actitud solemne y así definitiva, solo puede haber sido un noble juego de niños y un
balbuceo”22. Asentado sobre esta posición, Lyotard amplifica su alcance a todo el universo del
saber científico al afirmar: “Hoy la ciencia es un texto más (no es un saber objetivo fundado), un
discurso, un proyecto o una narrativa. Defino lo post-moderno como la incredulidad hacia las
meta-narrativas”23.
El nihilismo ha destruido, así, cualquier fundamento de verdad y, con ello, cualquier
pretensión de universalidad y certeza indubitable. Ha irrumpido en la cultura el “desierto” de
sentido:

Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el


ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc., ya han dejado de funcionar como
principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en
ellos ya nadie invierte nada.24

Todos hemos reparado, en más o en menos, en la amenazante cercanía del desierto. El


escepticismo contamina con su fuerza las más diversas esferas del acontecer humano: en
materia de política, por ejemplo, las encuestas suelen aportar esporádicos datos relativos a la
falta de credibilidad de algún gobernante de turno. Ya nadie parece afiliarse a un determinado
partido político por compartir sus plataformas. Ellas existen, por supuesto, pero no cabe siquiera
apostar a su credibilidad. Pero este no es el único campo en que ello sucede. El descreimiento
abarca casi todas las áreas, contaminándolo todo en su proceso de desmitificación: se descree
también de las instituciones religiosas, de las civiles, policíacas y hasta escolares. El resultado de
esta desconfianza globalizada no es el sentimiento de “angustia metafísica”, tan propio de
ciertos existencialistas de principios de siglo. Se trata, más bien, de un nihilismo liberador y
potenciador de las singularidades. En ello, el “neonietzscheanismo” posmodewrno entiende
rescatar un elemento positivo:

Todo él indiferencia, el desierto posmoderno está tan alejado del nihilismo


“pasivo” y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo

21 Vattimo, Gianni, La sociedad transparente, Barcelona, Paidós, 1996 (2a. impr.), p. 81.
22 Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, Buenos Aires, Aguilar, 1947, p. 21.
23 Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna, Madrid, Cátedra, 1980, p.10.
24 Lipovetsky, Gilíes, La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 1990, p. 34.
“activo” y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan,
pero a nadie le importa un bledo, esta es la alegre novedad, ese es el límite del
diagnóstico de Nietzsche respecto del oscurecimiento europeo. El vacío de sentido,
el hundimiento de los ideales no han llevado, como cabía esperar, a más angustia,
más absurdo, más pesimismo25.

Alertados por este diagnóstico, es natural que quienes no comparten los supuestos nihilistas
hagan “oídos sordos” al mensaje posmoderno, para recluirse en una mentalidad más ortodoxa.
Atender a las denuncias de la posmodernidad los expondría a dar por convalidados todos los
principios que las sostienen. Por ello, quienes critican la posmodernidad parecen actuar, en
ocasiones, motivados por un afán de denuncia y reivindicación de posiciones
“neoconservadoras”. Ellas se presentan -ante sus ojos- como la opción más adecuada para hacer
frente a los desafíos de nuestro tiempo. Evidentemente, el retorno a la concepción tradicional
parece ser más una suerte de “garantía de autopreservación” cultural, de salud social y personal,
que un escapismo retrógrado y temeroso del progreso intelectual. Se trata de seguir
sosteniendo una cosmovisión que pueda dar coherencia y orientación a nuestra vida cotidiana,
que le otorgue horizontes de sentido y razones válidas para la autorrealización.

Cosmopolitismo mediático

Creo, sin embargo, que es preciso abrirse al diálogo con una mentalidad permeable y
honesta, evitando la polarización excesiva, que desacredita fácilmente las versiones “rivales” sin
hacerse eco de sus justas aspiraciones. En definitiva, ¿qué es lo que la posmodernidad ha
querido denunciar con su defensa férrea del nihilismo? ¿Cuáles son sus legítimos reclamos e
imputaciones, si es que acaso existen algunos?
Para comprender estos reclamos, puede ayudarnos el echar una mirada a un fenómeno que
tuvo lugar mucho tiempo antes del siglo XXI, y que se relaciona con lo que Paul Hazard ha
llamado la “crisis de la conciencia europea”, que ubica entre 1680 y 1715. Cuando comparamos
el escenario posmoderno con el que tuviera lugar en ese entonces, descubrimos similitudes que,
por momentos, parecen extraordinarias.
En una obra que lleva por título precisamente La crisis de la conciencia europea, Hazard
dedica un primer y fundamental apartado al análisis del impacto que los viajes generaron en la
mentalidad del hombre europeo de ese tiempo. La pasión por la movilidad permanente, la
ansiedad por el descubrimiento de lo arcano, el gozo del encuentro con lo extravagante,
impulsaron a franceses, alemanes, italianos y, fundamentalmente, ingleses a sumergirse en
largas y apasionantes travesías exploratorias a través de las cuales buscaban estos ampliar su
estrecho círculo de conocimientos y vivencias. Arabia, China, Perú, Tartaria, en fin, los (por
entonces) más inhóspitos parajes constituían focos privilegiados de atención y devoción
turística. ¿Cuál fue el impacto de estos viajes en el imaginario cultural de esta Europa
premoderna? Dejemos que Hazard nos lo explique:

De todas las lecciones que da el espacio, la más nueva acaso fue la de la


relatividad. La perspectiva cambió. Conceptos que parecían trascendentes no
hicieron más que depender de la diversidad de los lugares; prácticas fundadas en
razón no fueron ya más que consuetudinarias; y a la inversa, costumbres que se
tenían por extravagantes parecieron lógicas, una vez explicadas por su origen y por
su ambiente. Nosotros dejamos crecer nuestros cabellos y nos afeitamos la barba
toda seguida;los turcos se afeitan el pelo y dejan crecer la barba. La mano derecha
es entre nosotros el lado honorable; entre los turcos es la mano izquierda:

25 ídem, p. 37.
contrariedades que no hay que juzgar, sino aceptar tales como son. Los siameses
vuelven la espalda a las mujeres cuando pasan; piensan mostrarle respeto no
poniendo la mirada en ellas. Nosotros pensamos de otro modo; pero ¿quién tiene
razón? ¿Quién se equivoca?26

Si esa fue la repercusión que el hábito explorador tuvo en la cultura europea del siglo XVII,
¡imagínese el lector cuál habrá de ser el impacto si a este hábito se le provee de las explosivas
innovaciones tecnológicas propias del siglo XX y XXI! En la Era de Peter Pan, el viajero ni siquiera
debe moverse de su hogar para entrar en contacto con otras culturas, que -en su PC- se
encuentran a la mano, al alcance de un botón. Fotos, imágenes, comentarios, intercambios
escritos, orales y visuales: todo ello ocurre en una fracción de segundos, y sin necesidad de
invertir demasiado dinero.
Hoy día, hasta los niños más pequeños pueden interactuar fácilmente con sus pares
extranjeros, tal vez con ocasión de algún juego “en red” que propicie el más enriquecedor
intercambio cultural. Al mismo tiempo, la televisión se vuelve polisémica, recargándose de
propuestas del más diverso origen y perfil. Los afortunados usuarios de la TV por “cable” pueden
escuchar transmisiones en italiano, alemán, francés, portugués y, obviamente, inglés, a
cualquier hora del día. En otro orden, los viajes se multiplican, con el auge de lo “multinacional”
y con el crecimiento del mercado turístico. En Europa y Norteamérica, los extranjeros se reúnen
en torno a las grandes ciudades del primer mundo en busca de un mejor pasar, lo que da lugar
a conformaciones étnicas muy llamativas en cuanto a su diversidad y complejidad.
En los países más exóticos se multiplican los intercambios estudiantiles, que proveen a las
altas casas de estudio de centenares de jóvenes exploradores, ávidos de experiencias
enriquecedoras y sensaciones tonificantes. Todo ello confluye a la propagación de esta “aldea
global”, mutuamente interconectada e interdependiente, de la que ya hace tiempo viene
hablándose desde los más diversos ámbitos. En este contexto, el hombre se vuelve cosmopolita
aun sin salir de su casa o de su barrio. Es cierto que se trata de un “cosmopolitismo mediático”,
que dista mucho de equipararse al que resulta del intercambio con lo concreto de una cultura
distinta, pero su repercusión en la conformación del “imaginario cultural” es tanto o más fuerte
que la que tuviera lugar en el siglo XVII. Estas novedosas experiencias contribuyen al desarrollo
de una mentalidad abierta y permeable a las diferencias y las singularidades, por extravagantes
que puedan ser.
En una primera aproximación, pues, podemos afirmar que el escepticismo actual es -en
parte- el resultado natural de la reivindicación de las diferencias y las singularidades locales que
florecen en un mundo globalizado. Esta reivindicación tiende a descartar de plano cualquier
género de lectura monolítica y estática de la realidad que no se haga eco de semejante
diversidad, lo cual es visto como señal de intolerancia. Se trata de respetar la individualidad
personal y local, de estar abierto a concebir los matices que hacen a la riqueza del mundo. El
ideal del antiguo “cinismo” griego comienza a ser revalorizado, al menos a los ojos de Michel
Onfray:

Hoy es perentorio que aparezcan nuevos cínicos: a ellos les correspondería la


tarea de arrancar las máscaras, de denunciar las supercherías, de destruir las
mitologías y de hacer estallar en mil pedazos los bovarismos generados y luego
amparados por la sociedad. Por último, podrían señalar el carácter resueltamente
antinómico del saber y los poderes institucionalizados. Figura de la resistencia, el
nuevo cínico impediría que las cristalizaciones sociales y virtudes colectivas,
transformadas en ideologías y en conformismo, se impusieran a las
singularidades.27

26 Hazard, Paul, La crisis de la conciencia europea (1680-1715), Madrid, Alianza, 1982, p. 23.
27 Onfray, Michel, Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, Buenos Aires, Paidós, 2002, p. 32.
Así, mientras que la modernidad parece haberse esforzado por encontrar lo común en lo
diverso 28 , la posmodemidad nos alienta a aceptar lo diverso de lo común. La insistencia en
paradigmas monolíticos, sistemas utópicos, concepciones omnicomprensivas (de bastante auge
hasta bien entrado el siglo XX) no ha contribuido a desarrollar el bienestar que inicialmente
pretendía promover. Las verdades integrales, cerradas sobre sí mismas, impermeables a la
crítica y reacias a reconocer la inconmensurabilidad del horizonte humano y mundano, son
consideradas amenazantes para el autodespliegue del individuo.
En definitiva, el nihilismo es enemigo de la homogeneidad, de lo uno en lo múltiple. Debe
admitirse, más bien, la multiplicación progresiva de los referentes. En esto, el discurso
posmoderno suele mostrarse sumamente optimista, pues,

si por el multiplicarse de las imágenes del mundo perdemos, como se suele decir,
el “sentido de la realidad", quizá no sea ésta, después de todo, una gran pérdida (...)
En cuanto cae la idea de una racionalidad central de la historia, el mundo de la
comunicación generalizada estalla en una multiplicidad de racionalidades “locales”
-minorías étnicas, sexuales, religiosas, culturales o estéticas- que toman la palabra,
al no ser, por fin, silenciadas y reprimidas por la idea de que hay una sola forma
verdadera de realizar la humanidad.29

No existe, por lo tanto, un único camino hacia la certeza: nos encontramos frente a la
“liberación de las diferencias”, a la revalidación absoluta de la relatividad y la
inconmensurabilidad subjetiva. Este culto a la diferencia, como afirma Vattimo, no
necesariamente supone el abandono de toda regla, puesto que cada parte tendrá sus normas,
cada mapa sus códigos, cada dialecto su gramática. Lo cierto es que las reglas individuales o
locales no son “exportables” y, en tal sentido, no pueden servir de parámetros para una
organización social compleja y, mucho menos, globalizada.
En este contexto, la reacción natural y obligada es la de la renuncia absoluta y metódica,
podríamos decir “postulativa”, a cualquier género de certeza que trascienda la propia
subjetividad, situación que se percibe claramente en muchos de los autores antes citados. El
subjetivismo, en definitiva, se presenta a sí mismo como una suerte de garantía de preservación
de la singularidad personal o local.

La adolescencia intelectual posmodema

Asumiendo con mayor o menor clarividencia estos postulados ontológicos, que proclaman la
imposibilidad absoluta de acceso a claridades o certezas, la Era de Peter Pan ha desacreditado a
priori cualquier intento de acceso a síntesis superadoras, condenando al ser humano a
permanecer en el estadio del distanciamiento crítico. Las pretendidas verdades solo representan
relatos subjetivos, tan válidos como las novelas literarias.
Alentado por esta nueva mentalidad, el hombre contemporáneo es de algún modo inducido
a caer en un escepticismo30 indiferente y descreído. No está autorizado a profesar verdades ni a
sostener convicciones férreas. Sus criterios valorativos también deben ser endebles por
definición, pues representan tan solo juicios o interpretaciones subjetivas sobre la realidad.
Dicho de otro modo, la situación cultural contemporánea representa algo así como la

28 Alejandro Llano (La nueva sensibilidad, Madrid, Espasa-Calpe, 1988, p. 80) nos advierte respecto de la fuerza con que fue asumido
en la Edad Moderna el ideal de “homogeneización". Este esfuerzo puede percibirse en los más diversos campos: el científico, mediante
la búsqueda de fórmulas explicativas del universo; el filosófico, con la recurrencia a aferrarse a métodos que probaran ser apodícticos
en sus conclusiones; el político, mediante la búsqueda de sistemas de organización uniformes; el religioso, mediante el intento de
unificación europea, etc.
29 Vattimo, Gianni, La sociedad transparente, Barcelona, Paidós, 1996 (2a.impres.), p. 84.
30 Vattimo, Gianni, La sociedad transparente, Barcelona, Paidós, 1996 (2a. impres.), p. 84.
instauración de una “adolescencia intelectual” destinada a perpetuarse. Debe el hombre
instalarse en un criticismo normativo, que irradie su fuerza des-constructora y desmitificadora
sobre toda verdad preconcebida y todo consenso arbitrario.
En efecto, si no pueden admitirse “sistemas intelectuales superadores” puesto que no
existen criterios para establecer que algo pueda ser superior, se impone el pensamiento
meramente “crítico”. De hecho, la plenitud de la madurez intelectual se alcanza en el mismo
momento en que se admite la absoluta imposibilidad de acceder a la madurez, entendida como
el encuentro con un conocimiento más verdadero. Las palabras conclusivas de Vattimo en su
obra El fin de la modernidad resumen claramente esta postulación de un criticismo normativo:

Se debe imaginar cómo el mundo de una realidad “aligerada”, hecha más ligera
por estar menos netamente dividida entre lo verdadero y la ficción, la información,
la imagen: el mundo de la mediatización total de nuestra experiencia, en el cual ya
nos encontramos en gran medida. Es de este modo que la antología se hace
efectivamente hermenéutica y cómo los conceptos metafísicas: de sujeto y objeto y
también de realidad y de verdad-fundamento pierden peso. Creo que en esta
situación se debe hablar de una “ontología débil” como única posibilidad de salir de
la metafísica por el camino de una aceptación-convalecencia-distorsión que ya nada
tiene de la superación crítica característica de la modernidad. Podría ser que en esto
consista, para el pensamiento posmoderno, la chance de un nuevo, débilmente
nuevo, comienzo31.

En la Era de Peter Pan, no corresponde otra cosa que poner en duda, objetar, descreer. El
vacío, el desierto de valores y de verdades desautorizan cualquier intento de superación.
Paradójicamente, la señal más clara de madurez intelectual viene dada por el reconocimiento
de la incapacidad de acceder a cualquier forma de madurez. Es preciso ser un adolescente del
pensamiento y tomar distancia respecto de cualquier tipo de referencias absolutas, abdicar a
toda forma o pretensión de verdad, evidencia o certeza que ostente carácter de universal o
absoluto. La “adolescencia intelectual” posmoderna se concibe a sí misma -y esto es ciertamente
curioso- como un estadio terminal de madurez filosófica, consolidándose de esta manera el
primer rasgo de lo que he denominado afirmación de la vida adolescente, y que constituye un
proceso definitorio de la Era de Peter Pan.
Esta afirmación de lo adolescente olvida, sin embargo, que el criticismo de la pubertad se
alimenta efectivamente de una necesidad de “tomar distancia”, pero no con el objetivo de
“permanecer” en la distancia. Se trata de un distanciamiento crítico necesario pero transitorio.
Busca germinar en algo más que un mero criticismo, alentando una autonomía que florecerá
con el redescubrimiento genuino y personal del mundo. La Era de Peter Pan, en cambio,
desestima este ordenamiento, esta tensión superadora que alienta al adolescente. Olvida, para
decirlo sin rodeos, que la tarea crítica de la razón está orientada a dar de sí algo más que un
distanciamiento: está orientada a alcanzar un fecundo alumbramiento: el del encuentro con la
verdad, que es primeramente singular y subjetiva, pero tiene vocación plural por estar llamada
a compartirse y enriquecerse en el encuentro con el otro.
Es preciso, entonces, perder el temor a hablar acerca de la “verdad”. Ello no implica
necesariamente una afiliación directa a ideologías de ultraderecha o a facciones tradicionalistas.
En definitiva, el ser humano posee una vocación inexcusable por la verdad, pasión que moviliza
incluso a aquellos que la desmienten, puesto que consideran -paradójicamente- la ausencia de
verdad como un verdadero hallazgo, o como el hallazgo de una verdad transparente y nítida.
Vivimos entre certezas y de certezas, algunas tan burdas y evidentes que ni se nos ocurre
cuestionarlas, como la existencia del sol o de nuestros amigos. Visto desde esta perspectiva, el

31 Vattimo, Gianni, El fin de la modernidad, Gedisa, México, 2000 (8a. reimpr.), p. 159.
nihilismo tiende a ser un ejercicio intelectual sumamente válido, pero bastante alejado de
nuestras vivencias cotidianas. El mismo Nietzsche se ha visto forzado a admitirlo, afirmando la
necesidad que tiene el hombre de aferrarse a “mentiras” para vivir (vale decir, de dar por
verdaderas ciertas afirmaciones, aun cuando no pudieran serlo jamás, al menos a la luz de sus
fundamentos metafísicos):

Nosotros tenemos necesidad de la mentira para alcanzar la victoria sobre esta


realidad, sobre esta verdad, o sea para vivir. El hecho de que la mentira es necesaria
forma parte de este terrible y enigmático carácter de la existencia32.

Puede verse, pues, que nuestro tiempo, a pesar de su adolescencia intelectual, primer rasgo
característico de la Era de Peter Pan, tal vez tenga mucho que enseñarnos, si estamos dispuestos
a recoger su legítima demanda (el reconocimiento de la individualidad y la riqueza de la alteridad
subjetiva), sin dejarnos cautivar por su criticismo normativo, que nos impide reconocer que esta
necesaria atención por lo diverso y subjetivo nos abre al diálogo con los demás, a una
comunicación “sinfónica”, que no es reductible al discurso monocorde del solista.

32 Nietzsche, Friedrich, Fragmentos postumos.