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La memoria de Pamuk

Orhan Pamuk

11/10/2008

El premio Nobel turco rememora sus lecturas desde que a los 18 años aún soñaba con ser pintor y
arquitecto y compraba compulsivamente libros y más libros en las librerías de viejo de Estambul.
Turquía es el país invitado en la Feria del Libro de Francfort.

El núcleo de mi biblioteca lo forma la de mi padre. A los diecisiete o dieciocho años, cuando


empecé a pasar la mayor parte de mi tiempo leyendo a solas, atacaba los libros del salón de mi
padre tanto como las librerías de Estambul. Fue entonces cuando comencé a, si leía algo que me
gustaba, llevármelo de la biblioteca de mi padre a la de mi cuarto y a colocarlo entre mis propios
libros. Mi padre, feliz de que su hijo leyera, se alegraba de que añadiese a mi biblioteca algunos de
sus libros y cuando veía en mis estantes alguno de sus antiguos volúmenes bromeaba conmigo
diciendo: "Vaya, también este libro ha sido elevado a una alta categoría".

En 1970, empecé a escribir poesía. En esa época me leí todos los lbiros de poesía turca de la
biblioteca de mi padre

En los últimos 35 años la novela se ha convertido en algo más importante mientras que la poesía
ha perdido su importancia.

Tanto los lectores como la industria del libro han crecido y se han enriquecido a una velocidad
sorprendente

Por desgracia he perdido muy poco del punto de vista según el cual los libros son algo que nos
prepara para la vida

En 1970, a los dieciocho años y como todo turco aficionado a los libros, empecé a escribir poesía.
Por un lado estudiaba arquitectura y notaba que iba perdiendo el placer que me proporcionaba la
pintura, y por otro, a escondidas y fumando hasta altas horas de la noche, escribía poemas. Fue en
esa época cuando me leí todos los libros de poesía turca de la biblioteca de mi padre, que en su
juventud también quiso ser poeta.

Me gustaban los libros delgaditos y de tapas pálidas de los poetas que pasarían a la historia de la
poesía turca con el nombre de Primeros Nuevos (de los años cuarenta y cincuenta) y Segundos
Nuevos (de los sesenta y setenta) y al leerlos me gustaba estar escribiendo poesía como ellos.
Parte de los Primeros Nuevos, que trajeron a la poesía turca la lengua del ciudadano de a pie y su
sentido del humor e ignoraron el discurso formal de la lengua oficial de un mundo represivo y
autoritario, por ejemplo, Orhan Veli, Melih Cevdet u Oktay Rifat, eran también conocidos, así
como los primeros libros que publicaron, como el grupo de los "Raros". Mi padre a veces sacaba
de su biblioteca las primeras ediciones de aquellos poetas y nos leía en voz alta y con un estilo que
nos hacía sentir que la literatura era uno de los aspectos más maravillosos de la vida un par de
poemas divertidos y bromistas que nos gustaban y nos divertían.

En cuanto a la poesía de los Segundos Nuevos, una continuación de aquella corriente renovadora,
me emocionaba el hecho de que de ella surgiera una voz descriptiva y narrativa que alcanzaba una
confusión a veces dadaísta o surrealista y a veces ornamental. Al leer a esos poetas, extrañamente
en ocasiones tan incomprensibles y difíciles como emocionantes y ahora todos fallecidos (Cemal
Süreya, Turgut Uyar, Ilhan Berk), me sentía como esos inocentes que al mirar un cuadro
"abstracto" creen que también ellos podrían hacerlo. Como el pintor que al contemplar un buen
cuadro, o un cuadro que cree haber entendido cómo se ha hecho, corre a su estudio con el deseo
de pintar, me entraban ganas de escribir poesía y me sentaba a la mesa a hacerlo.

Como, exceptuando a estos autores, la poesía turca está muy alejada de la lengua cotidiana y es
muy artificial, me interesaba más que como poesía, aparte de algunos poemas y versos
excepcionales y sumamente hermosos, como cuestión intelectual. ¿Qué protegería el poeta local
de esa tradición que iba desapareciendo bajo el aplastante peso de la occidentalización, la
modernidad y Europa, y cómo lo haría? ¿Cómo se podían adaptar a los juegos literarios y a una
poesía moderna las bellezas de la poesía del Diván, que las elites otomanas habían creado bajo la
influencia persa y que las nuevas generaciones sólo podían entender gracias a diccionarios y guías?
Estas preguntas, expresadas de una forma muy general con la locución "aprovecharse de la
tradición", durante mucho tiempo ocuparon la mente tanto de los autores de mi generación como
la de los de la previa. Los problemas literarios y filosóficos podían discutirse con más facilidad a
través de la poesía gracias a la fuerza de la poesía otomana, fuera de la influencia occidental, y a
su tradición centenaria. El hecho de que no existiera una tradición prosística y novelística daba
lugar a que nosotros, los narradores, preocupados por el localismo literario y formal, volviéramos
los ojos a la poesía. A principios de los setenta, cuando decidí ser novelista después de que mi
entusiasmo por la poesía se inflamara y se extinguiera sin que pasara mucho, en Turquía se
consideraba a la poesía como la verdadera literatura y a la novela como algo más bajo y popular.
No sería incorrecto afirmar que en los últimos treinta y cinco años la novela se ha convertido en
algo más importante mientras que la poesía ha perdido su importancia. Durante este tiempo tanto
los lectores de literatura como la industria del libro han crecido y se han enriquecido a una
velocidad sorprendente.

Cuando yo decidí ser escritor el punto de vista dominante, tanto en la poesía como en la novela,
no era sólo el que un individuo solitario expresara con palabras su propio ser, su alma y sus
singularidades, sino que también se valoraba que el escritor, actuando en equipo con un grupo,
una colectividad o con sus compañeros, contribuyera en algo a una utopía, a un sueño
(modernismo, socialismo, islamismo, nacionalismo o republicanismo laico). Por esa razón, para los
autores nunca fue una cuestión literaria el impulso de aprovecharse de la Historia y la tradición
para encontrar la forma literaria que más les sirviera para expresar su voz, sino que, en su lugar, se
transformó en parte del sueño de construir la sociedad, la nación, feliz y armoniosa del futuro
codo a codo con el Estado. A veces pienso que en el último siglo la literatura modernista y
optimista, sea tanto republicanista, ilustrada y laica como socialista igualitaria, ha perdido de vista
el espíritu de lo que ocurría en las calles de Estambul y en sus propias casas por tener la mirada
demasiado puesta en el futuro. Me da la impresión de que los autores que lamentan la pérdida de
la cultura del pasado, como Tanpinar o Abdülhak Sinasi Hisar, y los que aman sin prejuicios la
poesía y la vitalidad de las calles de Estambul, como Ahmet Rasim, Sait Faik o Aziz Nesin, explican
mejor la vida que vivimos que aquellos que se preocupan apasionadamente por cómo Turquía
puede alcanzar un futuro brillante.

Después de que comenzaran los movimientos de occidentalización y modernización, el problema


fundamental de todas las literaturas no occidentales, no sólo la turca, ha sido la dificultad de
abarcar al mismo tiempo los sueños de futuro con los colores del presente, el sueño de un país y
un ser humano modernos con el placer de vivir en el mundo tradicional existente. El que los
escritores que imaginan un futuro radical muchas veces hayan intervenido en disputas políticas y
luchas por el poder y hayan dado con sus huesos en la cárcel ha endurecido y hecho más amargas
sus voces y sus observaciones.

En la biblioteca de mi padre también estaban los primeros libros de Nazim Hikmet, publicados en
los años treinta, antes de que ingresara en la cárcel. Me impresionaban tanto como el tono airado
y positivo de quien cree en un futuro esperanzador y feliz y las innovaciones formales tomadas de
los futuristas rusos, los padecimientos sufridos por el poeta, sus días en la cárcel, la vida en
presidio tal y como la describían en sus cartas y memorias narradores realistas como Orhan Kemal
y Kemal Tahir, que compartieron cárcel con él. De memorias de intelectuales y periodistas turcos
que sufrieron prisión y de novelas y cuentos que transcurren en la cárcel podría formarse una
biblioteca entera. En cierta época leí tanta literatura carcelaria que aprendí tanto como un preso
cualquiera de la vida cotidiana en los pabellones, de esa jerga presidiaria que tanto me gustaba y
de las leyes de matones y chulos. Por aquellos años la literatura me parecía una vida en la que la
policía te esperaba continuamente a la puerta, la secreta te seguía por las calles, te pinchaban los
teléfonos, no podías conseguir un pasaporte y desde prisión escribías emotivas cartas y poemas a
tu amada. Nunca aspiré a esa vida de la que supe por los libros, pero la encontraba romántica.
Treinta años más tarde, cuando viví hasta cierto punto preocupaciones parecidas, me consolaba
pensando que mi situación era mucho más llevadera que la descrita en los libros de aquellos
autores que había leído en mi juventud con un horror comprensible y un extraño romanticismo.

Por desgracia he perdido muy poco del punto de vista ilustrado y utilitario según el cual los libros
son algo que nos prepara para la vida. Puede que sea porque la vida del escritor en Turquía
siempre lo confirma. Sobre todo porque en Turquía nunca, pero especialmente en aquellos
tiempos, han existido grandes bibliotecas donde uno pudiera encontrar con facilidad el libro que
quería. Tras la fantasía de la biblioteca borgiana en la que cada libro gana una misteriosa cualidad
y, como consecuencia, la propia biblioteca se reviste de una poesía ajustada a la confusión del
mundo y de una aureola metafísica de infinitud, están esas grandes bibliotecas que contienen
innumerables libros, tantos como para que sea imposible leerlos todos. Borges era director de una
biblioteca así en Buenos Aires. Pero en mi juventud no había ni en Estambul ni en toda Turquía ni
una sola de esas bibliotecas abierta para el aficionado a los libros. En cuanto a libros en lenguas
extranjeras, no los había en ninguna. Si quería aprender de todo, convertirme en alguien ilustrado
y profundo y librarme de los límites asfixiantes que guardaban las prohibiciones, el título de
literato y las amistades y grupos de la literatura nacional, debía formarme mi propia gran
biblioteca.

Entre 1970 y 1990, después de escribir, mi principal ocupación consistió en comprar libros para
formarme una biblioteca que contuviera todos los libros importantes y útiles dignos de interés. Mi
padre me daba una buena cantidad de dinero para gastos. A partir de los dieciocho años convertí
en costumbre el ir una vez por semana al mercado de libros de Beyazit. Me pasaba horas, días, en
aquellas tiendas calentadas a duras penas por pequeñas estufas eléctricas, rebosantes de pilas de
libros sin clasificar y en las que todo el mundo, desde el dependiente y el dueño hasta el visitante
ocasional o el aficionado buscador de libros, tenía aspecto de ser muy pobre. Entraba en una
tienda que vendía libros de segunda mano; inspeccionaba uno por uno todos los estantes y todos
los libros; escogía uno de historia sobre las relaciones otomano-suecas en el siglo XVIII, o las
memorias del director médico del Hospital Psiquiátrico de Bakirköy, o las notas de un periodista
testigo de un golpe de Estado frustrado, o una monografía sobre los edificios otomanos en
Macedonia, o una antología en turco de las memorias del viaje de un alemán que había venido a
Estambul en el siglo XVII, o las reflexiones de un catedrático de la facultad de medicina de Çapa
sobre la neurosis maniaco-depresiva y la predisposición a la esquizofrenia, o el diván de un
olvidado poeta otomano comentado y traducido al turco de nuestros días, o un libro de
propaganda ilustrado con fotografías en blanco y negro sobre las carreteras, edificios y parques
construidos por la diputación de Estambul en los años cuarenta; regateaba con el dependiente y
me lo compraba. Al principio reunía todos los clásicos de las literaturas universal y turca -aunque
para la literatura turca sería más apropiado decir "libros importantes"-. Los otros, pensaba que ya
los leería algún día, como los clásicos. Pero incluso mi madre, preocupada por lo mucho que leía,
se daba cuenta de que compraba más libros de los que podía leer. "Por lo menos no compres más
sin haberte acabado los que has comprado ahora", decía bastante harta.

No compraba los libros como un coleccionista, sino como alguien inquieto que quisiera
comprender lo antes posible, leyéndolo todo, el sentido del mundo y por qué Turquía era tan
pobre y problemática. Con poco más de veinte años era incapaz de dar una respuesta satisfactoria
a los amigos que venían a la casa en que vivía con mis padres y me preguntaban para qué
compraba aquellos libros que iban llenando a toda velocidad cada uno de los cuartos. El motivo de
la casa en los cuentos populares de Gümüshane; la trastienda de la rebelión de Ethem el circasiano
contra Atatürk; un listado de asesinatos políticos en la época constitucional; la historia de la
cacatúa de Abdülhamit, comprada por el embajador en Londres por encargo del sultán y enviada
desde Inglaterra a Turquía; ejemplos de cartas de amor para tímidos; la historia de la introducción
de las tejas de Marsella en Turquía; las memorias políticas del médico que fundó el primer hospital
para tuberculosos; una Historia del Arte Occidental de ciento cincuenta páginas escrita en los años
treinta; los apuntes de clase del comisario que enseñaba a los estudiantes de la escuela de policía
las maneras de combatir a los pequeños delincuentes callejeros como carteristas, timadores y
descuideros; los seis tomos de memorias de un antiguo presidente de la república, llenos de
documentos; la influencia en la pequeña empresa moderna de la ética de los gremios otomanos;
la historia, los secretos y la genealogía de los jeques de la cofradía de los cerrahi; las memorias del
París de los años treinta de un pintor olvidado por todos; las intrigas de los comerciantes para
elevar el precio de las avellanas; las quinientas páginas de duras críticas de un movimiento
marxista turco prosoviético a otro movimiento prochino y proalbanés; el cambio de la ciudad de
Eregli tras la apertura de las fábricas de hierro y acero; el libro para niños titulado Cien turcos
famosos, la historia del incendio de Aksaray; una selección de columnas de entreguerras de un
periodista totalmente olvidado hacía treinta años; la historia bimilenaria comprimida en
doscientas páginas de una pequeña ciudad de la Anatolia Central que no era capaz de localizar en
el mapa de un primer vistazo; la afirmación de un maestro jubilado que pretendía, a pesar de no
saber inglés, haber resuelto el misterio de quién era el asesino de Kennedy sólo leyendo la prensa
turca; ¿de verdad me interesaba tanto todo aquello como para leérmelo de principio a fin? En
años posteriores volvería a encontrarme con esa pregunta: siempre me tomaba en serio
interpelaciones del tipo: "Orhan Bey, ¿se ha leído todos los libros de su biblioteca?". "Sí",
contestaba. "Y, si no me los he leído todos, puede que algún día me sirvan de algo".

Como puede comprenderse por esa respuesta que daba con tanta seriedad, en mi juventud mi
relación con los libros se limitaba al optimista punto de vista del positivista irredento que cree que
podrá dominar el mundo gracias a sus conocimientos. Puede que algún día usara aquella
información en una novela. En mí había algo de la resolución del personaje autodidacta de La
náusea de Jean-Paul Sartre, que se lee todos los libros de la biblioteca de una ciudad de la A a la Z,
y de Peter Klein, el personaje de Auto de fe de Elias Canetti que se enorgullece de sus libros como
un militar de sus ejércitos y que recibe su fuerza de ellos. La idea de la biblioteca de Borges para
mí no era una fantasía metafísica que aludía a la infinitud del mundo, sino la mismísima biblioteca
que me estaba formando en mi casa de Estambul libro a libro.

Encargué al instante un libro sobre fundamentos legales de la economía agraria del Imperio
Otomano en los siglos XV y XVI. Gracias a él supe, leyendo los impuestos que se aplicaban a las
pieles de tigre, que por aquel entonces había tigres en Anatolia. Gracias a los pesados volúmenes
de su correspondencia desde el exilio supe que el poeta decimonónico Namik Kemal, combativo,
patriota, romántico y educador (¡el Victor Hugo turco!), protagonista imprescindible de los
manuales escolares y de los chistes verdes de estudiantes, era un malhablado con la boca podrida.
Compraba en cuanto lo veía las divertidas memorias políticas de un ex diputado que había sufrido
prisión, el recuento de los casos más curiosos de incendios y accidentes de tráfico que se había
encontrado a lo largo de su vida laboral un asegurador, los recuerdos de una diplomática bastante
pija que había sido compañera mía de clase. Me daba cuenta de que al ocuparme sólo de los libros
me perdía la otra parte de la vida y en venganza de la vida que se me escapaba compraba más
libros. Ahora, muchos años después, comprendo que pasé horas muy felices en las frías librerías
haciendo amistad con el dependiente que me ofrecía un té y hurgando en el fondo de pilas de
libros viejos.

Después de pasarme unos diez años escarbando en las librerías de viejo y en el mercado de libros,
a finales de los setenta concluí que por mis manos debían de haber pasado todos los libros escritos
en alfabeto latino desde principios de la República. A veces calculaba que desde 1928, año en que
toda la nación pasó del alifato árabe al alfabeto latino por deseo de Atatürk, debían de haberse
publicado, como mucho, cincuenta mil libros. En 2008 aquella cifra apenas había superado los cien
mil. El plan secreto que se escondía tras mi ansia por comprar libros quizá fuera el de reunirlos
todos en mi casa... Pero la mayoría los compraba por el impulso del momento. En mi manera de
comprar los libros uno a uno había algo que se parecía a construir una casa piedra a piedra.

A principios de los ochenta podía ver a otros como yo no sólo en los libreros de viejo sino también
en las principales librerías de la ciudad. Hablo de los que se pasaban cada tarde por la librería a las
cinco o las seis de la tarde, le preguntaban al dependiente: "¿Qué hay de nuevo hoy?" y
examinaban una a una las novedades que habían llegado ese día. Hoy, en el año 2008, la cifra se
ha multiplicado por tres, pero en los ochenta se publicaban en Turquía unos tres mil libros anuales
de media. Cerca de la mitad de estos libros, de los que vi una gran mayoría, eran traducciones.
Como no se importaban demasiados libros de fuera intentaba enterarme de lo que ocurría en la
literatura mundial a través de esas traducciones, en general descuidadas y hechas a toda prisa.

En los setenta las estrellas de las librerías eran los grandes volúmenes históricos que investigaban
las raíces del "atraso" de Turquía, de su pobreza y de sus crisis políticas y sociales. Aquellas
pretenciosas historias modernas, escritas con un lenguaje airado, al contrario que las antiguas
historias otomanas, de las cuales cada día se editaba alguna nueva en alfabeto moderno -me las
compraba todas-, no nos acusaban demasiado por los desastres que se nos habían caído encima,
sino que atribuían nuestra pobreza, nuestra falta de formación y nuestro "atraso" o a fuerzas
extranjeras o, ya entre nosotros, a un puñado de retorcidos villanos y, quizá por eso, se leían y
gustaban mucho. También compraba sin dejar que se me escaparan los libros de historia, las
memorias o las novelas que demostraban que "detrás" de tantos golpes militares de la historia
reciente, de los movimientos políticos, de las derrotas militares de los años del desplome del
Imperio Otomano y de los interminables crímenes políticos, había un "misterio", una conspiración
maligna, un juego de las potencias internacionales. Historias de la ciudad escritas por maestros
jubilados y publicadas por los propios autores o por los ayuntamientos; memorias de idealistas
médicos, ingenieros, funcionarios de Hacienda, diplomáticos o políticos; biografías de estrellas
cinematográficas; libros sobre las cofradías religiosas y sus jeques; volúmenes que revelaban la
cara oculta de los masones y sus nombres; compraba todos aquellos libros que contenían algo de
humor, algo de la vida, algo de la realidad o, al menos, algo de Turquía.

De niño leí con mucho agrado libros sobre Atatürk escritos por sus compañeros o por miembros de
su círculo más íntimo. Al contrario que aquellos libros escritos por gente que conoció a Atatürk y lo
apreciaban de veras, la imagen de Atatürk fue convertida por las generaciones posteriores en la de
un superhombre autoritario a causa de las prohibiciones que nos impedían ver sus facetas más
humanas y escribir sobre ellas, y la mayor parte de las veces su respetable nombre ha sido mal
usado para legitimar la opresión política y las prohibiciones. A causa de las prohibiciones
existentes hoy en día en Turquía, es imposible hablar de Atatürk en una novela como de una
persona normal o escribir una biografía convincente sin acabar en los tribunales. No obstante,
cada año se escriben cientos de libros sobre él. Quizá porque, como ocurre con los libros sobre el
islam, las prohibiciones han simplificado una materia difícil y compleja que ahora les resulta muy
cómoda a los autores.

A mediados de los setenta, cuando dejé de lado mi sueño de ser pintor y arquitecto, en Turquía se
publicaban unas cuarenta o cincuenta novelas al año. Las examinaba todas, me compraba la
mayoría por si me servían de algo algún día y las hojeaba, más que por sus valores literarios, por
los detalles de la vida en el campo, los paisajes de la vida en provincias y los fragmentos de vida en
Estambul y en Turquía entera que contenían. El famoso crítico de los cincuenta Nurullah Ataç, que
por un lado defendía en voz alta que debíamos imitar la civilización occidental en todo -
especialmente la cultura francesa- y que por otro no podía evitar burlarse de las tonterías que
hacían los escritores no demasiado ilustrados que imitaban a los franceses, escribió que en un país
como el nuestro a veces era necesario comprar los libros que se publicaban aunque sólo fuera
como apoyo al autor y al editor. Y yo seguía su consejo.

Hojeando y leyendo aquellos libros, por un lado sentía el placer de pertenecer a una cultura, a una
historia, y por otro me ponía tan contento pensando en los que yo escribiría en el futuro. Pero a
veces me dejaba arrastrar lentamente por una cierta tristeza, por un pesimismo peligroso. En un
libro me distraían los frecuentes errores de imprenta y el descuido del autor y el editor; en otro
lamentaba que un tema que podría haber sido tratado de una forma mucho más inteligente y rica,
el autor lo había matado con su prisa, su ira y su ansiedad. En realidad también el tema lo
encontraba un tanto tonto y patético... Asimismo me daba pena que tal libro estúpido y sin valor
fuera tan apreciado y que nadie apreciara ese otro tan interesante y fascinante...

Todos aquellos sentimientos disparaban una preocupación mucho mayor y más profunda y en mi
mente comenzaba a crecer y espesarse lentamente la nube de la destructora duda con la que han
luchado a lo largo de sus vidas los intelectuales de los países no occidentales: ¿Qué importancia
podía tener que supiera que en los siglos XV y XVI los tigres habían campado por sus respetos en
Anatolia? ¿Qué sentido tenía saber la influencia de la literatura india en la poesía de Asaf Halet
Çelebi, un poeta que ni siquiera el lector turco conocía bien? Tampoco me parecía tan importante
saber que detrás de los saqueos de las casas y las tiendas de las minorías ortodoxa y judía y los
asesinatos de sacerdotes de los días 6 y 7 de septiembre de 1955 en Estambul estaban tanto los
servicios secretos turcos como los ingleses, que no querían que Chipre fuera completamente
griego, ni leer lo que hablaron Atatürk y el Sha de Persia durante un paseo por el Bósforo. Notaba
la inutilidad del esfuerzo de todos los que habían escrito monografías, novelas y libros de historia
sobre aquellos temas. Como el historiador Faruk, uno de los protagonistas de mi segunda novela,
La casa del silencio, que leía documentos centenarios en los archivos otomanos y que recordaba
todos los hechos sin olvidar ni uno, pero que era incapaz de relacionarlos, yo también, en mis
momentos más pesimistas, empezaba a preocuparme por la "importancia" de los detalles de toda
una historia, una cultura y una lengua que había conseguido proteger en mi biblioteca. ¿Qué
importancia tenía quién había provocado el gran incendio de Esmirna? Me daba la impresión de
que las razones que se ocultaban tras el golpe del 27 de mayo o la fundación del Partido
Democrático después de la Segunda Guerra Mundial sólo le interesaban a tres o cuatro tipos como
yo. ¿Quizá porque la cultura turca estaba demasiado politizada? ¿O porque generalmente se
expresaba a través de la política la vida del país? ¿O bien porque el estar lejos del centro y el
sentimiento de provincianismo provocaban que para ti perdiera su valor tu propia biblioteca
nacional?

La idea de que los hechos de los libros con los que tan a gusto llenaba los cuartos de mi casa no
fueran tan importantes para otras naciones, para el resto del mundo, como me habría gustado,
me ponía de mal humor con una cierta sensación de inutilidad. Pero a los veinte años, aunque de
vez en cuando me molestara que mi universo se encontrara tan lejos del centro del mundo, esa
sensación no me impedía amar mi biblioteca. A los treinta, cuando fui a los EE UU y me encontré
con la riqueza de otras bibliotecas y otras culturas, me dio pena ver lo poco que se sabía en el
mundo de la cultura turca y de su biblioteca. Al mismo tiempo, ese dolor era para mí una
advertencia como novelista que me aconsejaba que diferenciara mejor entre los aspectos
transitorios y los fundamentales de mi cultura y mi biblioteca y que observara más
"profundamente" la vida y mis libros.

En La lentitud de Milan Kundera hay un personaje checo que en una reunión internacional
empieza a hablar cada vez que puede diciendo "en mi país..." y que precisamente por eso resulta
gracioso. Con toda la razón, los demás desprecian a dicho personaje porque es incapaz de pensar
en nada que no sea su propio país y porque no sabe ver la relación que existe entre su propia
humanidad y la Humanidad entera. Pero leyendo la novela yo no me identificaba con los que
despreciaban al que decía "en mi país..." sino con ese personaje ridículo. No para ser como él, sino
para no serlo. En los años ochenta comprendí que sólo podría -por decirlo en palabras de los
personajes de El libro negro- "ser yo mismo" no despreciando la miseria de aquel a quien Naipaul
llamaba "el hombre imitación" a causa de todo lo que hace por librarse del provincianismo y la
opresión, sino identificándome con él y comprendiéndolo.

Como los turcos nunca hemos sido a lo largo de nuestra historia una colonia occidental, imitar a
Occidente, como quería Atatürk, nunca ha sido algo humillante y agobiante, como sugieren
Kundera, Naipaul o Edward Said, sino una parte importante de la identidad turca moderna. Lo que
le demuestra al lector turco la simpática ridiculez de Efruz Bey, el más querido -o más odiado- de
los personajes literarios turcos creados para criticar la pijería y el esnobismo del ansia por
occidentalizarse, no es la riqueza imprescindible de la biblioteca turca, sino sólo que el cuentista
nacionalista y polemista Ömer Seyfettin (1884-1920), que a veces llegaba a creer en el racismo de
la sangre, veía el occidentalismo como un movimiento de una clase alta despegada del pueblo.

En estos asuntos me siento próximo a Dostoievski, que se enfurecía con los intelectuales rusos
porque conocían mejor Europa que Rusia. Pero tampoco puedo darle toda la razón en esa furia
que le llevó a odiar a Turguenev. Porque sé por mí mismo que detrás de que Dostoievski se
dedicara con tanto entusiasmo a la defensa de la cultura rusa y del misticismo ortodoxo -¿lo
llamamos la biblioteca rusa?- subyace una reacción sentimental a que los intelectuales rusos
desconocieran toda aquella cultura, y no sólo los occidentales.

A lo largo de los treinta y cinco años que llevo escribiendo novelas he aprendido a no tirar en un
rincón por ridículos ninguno de los libros de mi biblioteca turca, ni siquiera los más tontos,
provincianos, fuera de lugar y de época, pasados de moda, absurdos, erróneos o raros. Pero el
secreto de que me gusten no consiste en que los lea como a sus autores les habría gustado, sino
en leer esos libros extraños, inconexos y en ocasiones extraordinariamente bellos, poniéndome en
el lugar de sus autores. La vía para huir del provincianismo no está en huir del campo, sino en
identificarse hasta el final con ese sentimiento. Así fue como aprendí a sumergirme en
profundidad en mi biblioteca, cada vez más grande, y, al mismo tiempo, a mantener las distancias
con ella. Fue así como comprendí a partir de los cuarenta años que la razón más poderosa para
que me gustara mi biblioteca radicaba en que ni los occidentales ni los turcos la conocían.

Ahora me dicen: "Ha ganado usted el Nobel, este año es el año de Turquía en la Feria del Libro de
Francfort, ¿podría presentarnos su biblioteca de libros turcos?". Estoy dispuesto a hacerlo, a
conseguir que guste la biblioteca turca, pero me da miedo perderle el cariño que le tengo al
hacerlo.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952), premio Nobel de Literatura 2006, acaba de publicar en Turquía la
novela Masumiyet Müzesi (Iletisim), que Mondadori publicará en España en 2009 (El museo de la
inocencia) El próximo 14 de noviembre, la misma editorial publicará su recopilación de escritos
Otros colores. www.orhanpamuk.net/ La Feria del Libro de Francfort se celebra del 15 al 19 de
octubre. Turquía es el país invitado. www.book-fair.com/en/ Traducción de Rafael Carpintero
Ortega.