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Del Aguila, Alicia (2010). La república corporativa.

Constituciones, ciudadanía corporativa y


política (Perú 1821-1896). Tesis para obtener el grado de Doctora en Ciencias Sociales. Lima:
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

- Del Aguila (2010, p.8) propone entender el Perú decimonónico como una “República
corporativa” debido a que persistían estructurales virreinales en la conformación de la república
y a que la concepción organicista –un cuerpo dividido en partes que sumado otorga sentido al
todo- continuaba determinando las políticas de esta.

Había un eje corporativo –entendido como el otorgamiento de derechos a los grupos o


comunidades diversos, opuesto a aquel que identifica a los individuos como ciudadanos que son
“sujetos del derecho político […] [o] a un solo grupo (oligárquico) que, sin más, impone una o
más condiciones” (p. 20)- que influyó en las salidas políticas de la nueva república.

- El criterio original para incluir a los ciudadanos en los censos electorales fue el económico (Del
Aguila, 2010, p. 16): la posesión de determinado nivel de propiedades económicas o materiales.

- El camino hacia la igualdad emprendido en la Revolución Francesa de 1789 permitió redefinir


las ideas de pueblo, ciudadanía y derecho al sufragio. Se consideraron trascendentes cuatro
requisitos: ser francés o naturalizado como tal, tener 25 años o más, poseer domicilio y ser activo
pagante de impuestos o estar inscrito para ello (p. 17)

- En América Latina, el vínculo entre los derechos ciudadanos y de elección con la población tiene
una raíz gaditana: “la idea de capacidad racional se traducía no en incluir un reducido número
de electores entre los funcionarios o profesionales del país (como en Francia), sino en la
incorporación de la condición de letrado para sufragar” (p. 18); ello aun cuando en la
Constitución de Cádiz, el saber leer y escribir era una condición para los que sufragarían recién
a partir de 1830, por lo que en la práctica el proceso electoral para las Cortes Ordinarias no
exigieron tal condición.

- Basta echar una mirada a los altos mandos peruanos en el bando patriota. La gran mayoría se
habían convertido a la causa independentista pocos meses antes de la proclamación en Lima.
Este fue el caso de José de La Mar (nacido en Cuenca), Agustín Gamarra, Antonio Gutiérrez de
la Fuente, entre otros. Pero no sólo la elite social y los oficiales mostraron esa actitud
inicialmente poco comprometida frente al proyecto de independencia. Otro intelectual de la
época, Manuel Lorenzo de Vidaurre, no abandonó sus posiciones fidelistas sino hasta 1823
cuando, invitado por Bolívar a colaborar con él en el Perú, abjuró de sus lealtad monárquica en
una carta dirigida a Fernando VII desde Estados Unidos. Se encontraba de camino a España,
donde le esperaba un puesto en la administración (p. 31).

- La suspicacia particular sobre ellos radicaba en la identificación entre el poder español y la clase
alta de la antigua capital del virreinato peruano. Ciertamente, los lazos de familia y, en general,
conexiones sociales, hacían difícil separar sin más a los criollos de la elite de los españoles
peninsulares afincados allí. (p. 32)
-

Fuente: citado por Del Aguila, 2010, p. 34

- La población de españoles en la capital hacia fines del s. XVIII representaban el 36% del total,
proporción que no era superada en otra ciudad, aun cuando congregaran mayor cantidad de
españoles como Arequipa o Cusco (Del Aguila, 2000, p. 34).

De igual forma, el componente indígena había disminuido y aumentado los negros. En 1790, los
primeros representaban solo el 8.2% de la población de Lima; mientras los segundos eran los
más numerosos, aproximadamente según Marcel Velásquez (2005, p. 45), constituían ellos el
46% de la población total.

- Hacia 1812, la población de la Intendencia de Lima ascendió a 154,944. En 1813, sin embargo,
la población era de aproximadamente 56, 282 (Del Águila, 2002, p. 34)

- Según los censos de 1791 y 1827, en todo el país habría habido un crecimiento moderado del
0.56% anual, pasando 1´239,197 a 1´516,693 habitantes. Sin duda, ello fue posible porque, a
diferencia de Venezuela (Nueva Granada en general) y otros países del continente, en el Perú
no se libró una “guerra a muerte”, radical y extendida (Del Aguila, 2000, p. 35).

- Entre 1816 y 1821, el trigo sufrió en Lima un alza del 1,200% (Sánchez, 2001: 249), lo que,
obviamente, tuvo efectos negativos sobre la salud y bienestar de la población.

- Las epidemias acaecidas en el virreinato peruano tuvieron terribles efectos, sobre todo por la
precaria situación sanitaria y alimenticia, y por las pésimas condiciones de muchos
asentamientos militares. En 1821, el cólera causó la muerte de al menos 1,500 soldados
realistas acantonados en Lima, a lo cual se agrega un temblor ocurrido en Arequipa el 10 de
julio de 1821 que se sintió hasta la capital; por todo ello, San Martín decidió no tomar por la
fuerza la ciudad de Lima convencido de que entraba a una ciudad desabastecida y en crisis.
(Del Aguila, 2000, p. 36)

- De los ricos comerciantes de Lima, la mayoría españoles, sólo 17 miembros del Tribunal de
Consulado firmaron el Acta de independencia, huyendo 43 a las dos semanas de hecha la
proclamación. De la Real Audiencia, sólo uno firmó, mientras seis se negaron a firmar, pero
lograron obtener el permiso de San Martín para permanecer en la ciudad. Sin embargo, otros
siete sí tuvieron que migrar (Rizo Patrón, 2001: 414).

- Hubo una situación dramática de los españoles radicados en Lima y de un sector de los
criollos. Al poco tiempo de declarada la independencia, por ejemplo, 43 de los 64 miembros
del Consulado y casi la mitad de la nobleza huyo del Perú (Del Aguila, 2000, p. 38).

- La Sociedad Patriótica, formada a semejanza de la formada en 1812 por los patriotas en


Buenos Aires, buscó ser un espacio de discusión respecto de la forma de gobierno de la nueva
república, como un intento entre San Martín y la elite limeña para consolidar la opción
monárquica; sin embargo, no consiguieron este objetivo “en parte debido a su propia
debilidad interna: no todos los aristócratas y criollos adinerados de Lima estaban convencidos
de esa opción y mucho menos habían desarrollado un consenso con otros grupos sociales” (p.
42).

- El Reglamento de Elecciones de Diputados (26/04/1821) fue el primer documento de normas


electorales del naciente Estado peruano. Aunque nunca fue aplicado, fue la base del de 1822
que serviría para convocar a las primeras elecciones constituyentes. Su punto más resaltante
fue la adopción del sufragio directo: “el Reglamento de 1822 estableció el voto directo, con el
requisito de ingreso diferenciado según la región. Ello fue pensado como un aliciente a
quienes, viviendo en la sierra y poblados rurales y bajo la amenaza latente del ataque de
tropas realistas, fueran a ejercer su derecho de sufragio […] Si consideramos que la población
estimada era de 119,700 (censo de 1797), y si descontamos a los esclavos, que llegaban por
entonces a más de 25,000 almas (censo de 1793), el total de electores equivalía
aproximadamente al 8.7% de la población total” (p. 51-52).