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“No hay temor en el amor” (1Jn.4, 18).

Una nueva página se empieza a escribir, de una historia de alegrías, de dos milagros entre muchos,
de sufrimientos e incluso decepciones, las cuales no han de verse como el contrapeso a las maravillas que
nadie puede arrebatarles, sino como la ayuda adecuada para alcanzar la autenticidad. Hoy no son los
mismos de hace 15 años; el amor no es el mismo. El tiempo y la cotidianidad destruyen nuestras máscaras,
tras las cuales nos ocultamos por miedo a mostrar quienes somos realmente. La rutina es el mejor maestro
para sacar a la luz lo que hay dentro, en lo más profundo del alma y es entonces cuando podemos empezar
amar ciertamente como Dios ama.

Muy a mi pesar, no he podido ser testigo de estos 5,479 milagrosos días, de los cuales no podemos
dar ningún crédito a la casualidad o al azar, pues los mismos silencian a todas las estadísticas de este mundo,
para los cuales el matrimonio no es más que un papel.

Confieso que sufrí mucho durante años, pues deje mi carrera, sueños y mi vida tal y como me la
había diseñado para entregarme por los demás y en ayudar a salvar familias, siendo la mía disfuncional,
donde apenas conozco a mis hermanos, a ti nunca te he visto querido Francisco y a mi sobrinas no sé si me
llamaran tío. Sin embargo, al enterarme de este acontecimiento, he saltado de alegría, ya que he
contemplado lo bueno que es Dios conmigo. Que ha atendido mis oraciones. A veces, he despertado de
madrugada para pedir por ustedes y todos mis hermanos, como para velarles el sueño y Facebook me decía
que estaban bien. Hoy agradezco a Dios que no se ha hecho sordo a mis suplicas y la renovación de sus
votos es para mí un milagro patente de ello. Lo cual me hace exultar en un canto hebreo que se llama
Dayenu, que quiere decir (esto habría bastado), solo estos 15 años de su matrimonio me bastan para
admirar la historia perfecta que ha realizado Dios con mi familia.

No sé cómo han vivido estos 15 años, pero este 22 de Julio, la pluma de Dios está lista para escribir
una página más de la historia de salvación que realiza con la familia Cruz Rodríguez, donde si hasta ahora
hubo la unión de dos personas, en lo adelante es importante sea de tres. Porque el matrimonio y el amor
son realidades divinas, pues Dios es el primero que se ha hecho esposo de la humanidad, entregándose y
donándose sin reservas a ella. El amor humano, si Dios no está en medio, por si solo tiene fecha de
caducidad, pero junto a él, se gusta la eternidad y la novedad en lo cotidiano.

Él te enseñará querido cuñado amar a tu mujer cuando te resulte incomprensible, pues él te ha


comprendido primero y te ha amado cuando fuiste un misterio para ti mismo. A ti hermanita te enseñará a
servirle a tu esposo aun cuando el cansancio por los afanes del día te aconseje lo contrario. La mujer sirve al
marido no porque sea su esclava, sino porque se siente tan amada que no le cuesta el darse. Dios te
comprenderá cuando tu marido no pueda.

Juan Pablo II ha dicho: “El que quiera ser santo que se case”. El matrimonio muestra día a día la
forma en que Dios ama. Espero que después de una dulce ancianidad, puedan haber descubierto en su
matrimonio el amor de Dios por ustedes. Felicidades. Dios les bendiga.