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Infancia, psicoanálisis e historia

por Miguel Jorge Lares

France Culture proviene de una radio creada en 1946 bajo el nombre de « Chaîne
nationale » a partir de una red de emisores de am de mediana potencia, reconstruidas
luego de la Liberación.
Devenida « France III » en 1958 y luego « RTF Promotion » (entre octubre et
noviembre de 1963) toma el nombre France Culture el 8 de diciembre de 1963.
En el año1973 tuvo lugar en France Culture el diálogo entre la psicoanalista Françoise
Dolto y el historiador Philippe Ariès.
Ariès acababa de publicar el libro “L'enfant et la vie familiale sous l'Ancien régime” y
dos años atrás Dolto venía de publicar Les cas Dominique, obra en la que se registraban
los incidentes del análisis de una adolescente de 14 años.

En la entrevista Philippe Ariès declara su desconfianza hacia el psicoanálisis así como


la escasa instrucción que ha tenido en esa materia. El recelo respecto del psicoanálisis,
dice el historiador, es consecuencia de haber estado expuesto, tanto él como los
contemporáneos profanos, a una vertiginosa y pésima transmisión del vocabulario
psicoanalítico.
Asimismo el historiador refiere otra razón para la desconfianza, basada en que, de
acuerdo a su criterio, tanto Freud como los post-freudianos habían aplicado en sus
investigaciones categorías que extrapolaban desde una época precisa (fines del siglo
XIX, principios del XX) a otras en la que las condiciones sociales eran muy diferentes.

Para ilustrar ese punto de vista Ariés toma como paradigma a las sociedades
preindustriales vigentes hasta mediados del siglo XVIII, sociedades “duras” que en
general desconocían cierto tipo de sentimientos como la ternura entre las personas.
Comunidades en las que el clima social era desapacible, la gente sufría y moría muy
pronto, sobre todo los niños, quienes morían más fácil y rápidamente que los adultos,
siendo el infanticidio, en esa época, tolerado conscientemente en alguna medida.

Ariés, en la introducción de su charla con Françoise Dolto, esboza una crítica sobre los
enfoques psicoanalíticos de la infancia que parecen considerar a la niñez como la
travesía de distintas fases, cuya superación prometería una edad adulta en buen estado
psicológico. También se pregunta por qué las cuestiones infantiles estudiadas por los
psicólogos, los pediatras y los médicos del siglo XX, no se planteaban en las sociedades
preindustriales.

Françoise Dolto, responde de manera interesante a estas reflexiones del historiador,


tomando la mortalidad infantil como dato indispensable sin el cual no sería posible
esclarecer las problemáticas de los niños contemporáneos.
Los niños de nuestra época, dice Dolto, tienen una mayor sobrevida que aquellos del
preindustrialismo, período de la historia en el cual sólo los más fuertes sobrevivían.
Actualmente, prosigue la psicoanalista, se plantean problemas considerables debido a
que los niños justamente sobreviven. Y los sobrevivientes son principalmente niños
muy sensibles, que en otra época con seguridad hubieran muerto.

Por otra parte, agrega Dolto, es la existencia de estos niños muy sensibles lo que ha
permitido tanto reconocer como apreciar en su desarrollo la presencia y el recuerdo de
tiempos pasados y de los estadios que el psicoanálisis descubre en ellos, los cuales se
expresan a través de los dibujos, de lo que verbalizan o de lo que surge en sus
comportamientos.
En estos primeros comentarios, Françoise Dolto señala algo realmente curioso: el
psicoanálisis dedicado a la niñez tiene como condición la supervivencia de una infancia
que en períodos no tan alejados en la historia estaba destinada a la muerte.
Lo notable de esa supervivencia es que viene marcada por lo que la psicoanalista llama
una cierta sensibilidad y una prolongada “incubación” por parte de los padres,
personajes cuyas proyecciones sobre los niños traban, entorpecen, demoran la
integración simbólica de la sensibilidad infantil a la sociedad.
Si bien Dolto suscribe la tesis de Ariés sobre la diferente configuración familiar en el
siglo XVIII en su opinión eso no impedía que los niños se estructuraran del mismo
modo que los de hoy en día1

1
Françoise Dolto dice textualmente: “Pero en fin, el factor principal es que los padres están tan ansiosos, hay tantos manuales que
se interponen entre ellos y sus hijos, que no pueden darle a los niños la oportunidad de ser independientes a la edad en que otrora
lo eran. Antes el niño era libre, iba y venía a su gusto, visitaba a sus vecinos, etc. Eso puede leerse en los libros de historia. En
otras épocas, las parejas tenían hijos casi todos los años. Y luego, la madre frecuentemente moría, por lo que entonces era una
suegra u otra mujer las que tomaban a cargo el cuidado del chico, que se asociaba entonces con otros niños de estos padres de
crianza.” Dolto Françoise: Une conversation avec Philippe Ariès (Macroscopie, France-Culture, septembre-octobre 1977)
Para reafirmar esa idea, la psicoanalista cita el ejemplo del rey Louis XIII.
Jean Héroard, médico del delfín de Francia llevó un diario desde el nacimiento del
Delfín (1601) hasta que su propia muerte acaecida en 1628, le impidió continuar con ese
registro.
Se trata del primer historial sistemático del que se tenga noticias con relación a la
observación de un niño, tanto en sus aspectos médicos como en los relativos a lo social
y a lo psicológico.
Dolto afirma que gracias a ese diario sabemos detalles cotidianos de la crianza del
Delfín. En esos pormenores se refleja una sobreestimación del pequeño que es
comparable al modo en que la clase media contemporánea considera a los niños:
pequeños príncipes, una especie de sol para los adultos que los rodean.
Según Dolto en el caso del Delfín ese estilo de cuidado fue el camino seguro que
condujo al futuro rey de Francia a la neurosis2.
En otro momento de la entrevista en France-Culture, Ariés alude a las transformaciones
que en la historia reciente han afectado a la vida familiar.
Sobre estos cambios el historiador señala que en el siglo XVI la familia tenía una
configuración en la cual los roles parentales estaban repartidos entre otros personajes,
familiares o vecinos los que eventualmente tomaban la posta de los progenitores.
La dimensión de referentes para la infancia tenía un sesgo comunitario, distinto a la
forma restringida, privada, ceñida, que tomó la vida familiar a partir del post-
industrialismo.
En el siglo XVI, agrega Ariés, no importaba si el padre o la madre no hubieran
cumplido sus funciones, siempre existía un sustituto, alguien para reemplazarlos. El
niño y la familia estaban sumergidos en un medio mucho más suave y cálido en el que
la familia no se recortaba de un modo tan estricto como en la actualidad. El
fallecimiento de un padre o una madre no tenían la dimensión trágica a la que se asiste
hoy en día si ocurren tales eventos.
Esta observación resulta muy interesante porque da cuenta de un aislamiento de las
familias modernas, cuya reclusión en el ámbito privado va de la mano de una
declinación del contacto cotidiano con otras familias. Probablemente el estilo de casa de
familia de puertas abiertas perduró en nuestro siglo en esas pequeñas ciudadelas que
constituyeron los conventillos y hasta hoy en día en los barrios populares de las zonas
carenciadas.
Ariés, suscribiendo la opinión de Dolto, comenta que los niños de la actualidad son más
frágiles que aquellos de las sociedades pre-industriales, sociedades que por otra parte
eran era mucho más difíciles para la infancia. (2)
El niño, entre los siglos XVI y XVII (y en las clases populares del siglo XX) estaba
provisto de una cantidad de sustitutos de padre y madre y por otra parte, los niños eran
rápidamente arrojados a la vida, sin multiplicar las cuarentenas.

Así que hoy, prosigue el historiador, siguiendo una tendencia que puede observarse a lo
largo del siglo XIX (que en la actualidad se ha ampliado a todas las clases sociales) no
hay más que trabajo y reposo. La familia, en su versión más ceñida, constituye la única
estructura social nuclear y primigenia en la que se monopoliza la afectividad. Con la
industrialización y el desarrollo de la tecnología, declina ese mundo de familiares,
vecinos, agentes, clientes, que solían vivir juntos en una especie de promiscuidad y de
hecho en un estado de asistencia mutua. A esta comunidad se le sumaban los animales
domésticos, animales que para los niños eran como ángeles de la guarda, un compañero,
un otro al que. A lo largo del siglo esta vida comunitaria, la de estar juntos y apretados,
va relajándose, viéndose gradualmente constreñida a dos polos en la vida: la familia, por
un lado, y la actividad comercial o profesional, por el otro. Este estilo de vida familiar
contemporáneo promueve una dirección de los asuntos domésticos que habitualmente
recae sobre la mujer y asimismo la ausencia prolongada de ambos progenitores que
deben responder a las exigencias de la vida laboral. Ariés señala que en este contexto,
propio del siglo XX, se suscita un particular fenómeno: la verdadera pareja ya no es el
marido y la mujer, sino la madre y el niño.

Y en esta nueva ubicación de la infancia, Dolto agrega: los adultos, los padres están tan
frustrados en su vida, por tantas cosas, que parece que correspondiera que fueran los
hijos los encargados de proporcionar una compensación a las satisfacciones de las que
carecen en sus vidas.

(1) Es de hacer notar que conviven en Ariés dos afirmaciones aparentemente opuestas en las
caracterizaciones que hace sobre el niño y la familia del pre-industrialismo. Por un lado califica a
esas sociedades como “duras”, de clima social desapacible, con gente sufriendo y muriendo
prontamente. Por otra parte se refiere a que el niño y la familia estaban sumergidos en un medio
mucho más suave y cálido en el que el grupo familiar no se recortaba de un modo tan estricto como
ocurre con la vida familiar contemporánea.
Psicoanalista e historiador coinciden en que esta configuración familiar se ha construido
enteramente en función del niño y los pequeños suelen soportar la carga de expectativas
no satisfechas de los padres.
Esto constituye un círculo vicioso, generador de malestar: se prolonga el infantilismo en
el niño y las madres mantienen un comportamiento infantil hacia los hijos. Así es como
los padres quedan recluidos, atrapados en su maternidad o paternidad.
En la continuidad de la entrevista entre el historiador y la psicoanalista se hace
referencia a los avatares de la sexualidad en este núcleo familiar ceñido.
Por un lado se atribuye a la anticoncepción un papel clave en esta configuración de
familia reducida. La sexualidad de los adultos, en el contexto familiar, queda
notablemente limitada y cobra relevancia la sexualidad infantil.
De esta manera, el niño se convierte en el objeto de las revelaciones de las cosas que los
adultos, por su parte, parecen haber olvidado. Los mayores se rebaten sobre la frescura
de las impresiones sexuales del niño. Suele empujarse a los niños a que desempaqueten
todos sus cuentos para provecho y beneficio de sus padres. Y esto sin siquiera pensar un
segundo que esa operación puede ser chocante, traumática para el niño.
En nuestro tiempo, coinciden psicoanalista e historiador, hay una represión generalizada
y luego se utiliza a los niños, que todavía no han reprimido, como una fuente viva para
alimentar el desierto de los adultos.
Está claro que en la vida contemporánea son muchos los padres que no viven su vida
sexual en un registro satisfactorio ya que se encuentran ellos mismos fuertemente
alienados.
No es raro entonces, refiere Dolto, que los padres usen a sus hijos para seguir gozando
en torno al secreto de cómo los niños hablan de la sexualidad. En ese sentido es como si
los adultos se hubieran convertido en voyeurs de los niños y parte de la responsabilidad
de esta actitud hacia los niños probablemente haya que atribuírsela al psicoanálisis.
Los adultos tratan de vivir a través de la sexualidad de sus hijos y las historias que ellos
cuentan.
Se escucha a las madres contar maravilladas las historias de sus hijos, pero ¿Qué es lo
que tienen ellas mismas para contar acerca de sus propios relatos?
Es a propósito del psicoanálisis y su surgimiento en un particular momento de la
historia que Ariés argumenta sobre la imposibilidad de que el descubrimiento freudiano
hubiera podido surgir en otra época que no fuera la del desarrollo industrial.
Sobre esto nos dice que en las sociedades occidentales durante mucho tiempo
coexistieron dos modalidades: una atinente a la tradición de las culturas occidentales
salvajes de transmisión oral, la que gradualmente ha ido desapareciendo, siendo
completamente absorbida por otro tipo de sociedad, de cultura académica y producción
técnica, que ha instaurado simultáneamente el progreso científico y un orden moral y
moralizante que ha destruido por completo el estilo de transmisión de esas culturas
salvajes.
El predominio de la cultura académica (una cultura más bien ajena a los sentimientos)
termina de imponerse de manera absoluta en la estructura escolar. La escuela deviene un
lugar que no promueve tanto el desarrollo de los sentimientos como el enderezamiento,
la domesticación, la masificación de los chicos.
De entrada se endereza a los varones, más tarde a las nenas, se los moraliza, se los
encierra en los colegios como se encerraba a las prostitutas y a los locos. Es así que
desde el principio las escuelas han sido concebidas por la sociedad como empresas
correccionales.
Transcribimos a continuación una parte de los intercambios entre la psicoanalista y el
historiador que versan justamente sobre la cuestión de la educación de los niños:

FD: Antes los niños que llegaban a la escuela tenían un manejo completo del lenguaje,
habían estado largamente en contacto con los adultos, conocían muchas historias del
folklore, habían participado en fiestas o tenían una educación en la iglesia, a través de
las canciones religiosas y todo el folklore cristiano que es de una gran riqueza,
portador de impulsiones inconscientes enormes. Todo esto se empobreció, desapareció
poco a poco.

PA: Usted quiere decir, si la he comprendido bien, que el niño o el pequeño estaba en
contacto con estos adultos, compartía tiempo con ellos. En la actualidad, en la familia
o en la escuela, el niño está más bien aislado, lo cual le quita medios de comunicación
y contribuye al empobrecimiento de sus medios de expresión. Se trata de un aislamiento
precoz y bastante largo; va a quedarse en dependencia económica respecto de su
familia hasta la veintena o más, mientras duren sus estudios superiores. Mientras que
en los siglos pasados, a los veinte años ya podía ser parlamentario.
FD: ¡A los dieciséis años, Le Perouse comandaba una fragata! A los nueve o diez años
era posible enrolarse en el ejército. Hasta hace no tanto tiempo, a los doce años,
después del diploma de estudios primarios, alguien se ganaba la vida.
La escuela se ha vuelto cada vez más prolongada, complicándose con los problemas del
éxito, de la admisión, etc. Y además el tema de los deberes. Usted sabe lo que significa
participar en un congreso: estamos durante todo el día escuchando a alguien; imagine
que después de eso usted vuelve a su casa y es obligado a hacer todavía tres o cuatro
horas más de trabajos en su casa. Podemos decir que con los deberes, los niños están
en un congreso cada día y todos los días de la semana. Y los padres también son
obligados, por la tarde, a retomar y revisar los deberes de sus niños, en lugar de
contarles cosas nuevas e interesantes, de hablar, de reírse, de jugar, de bailar. En la
Edad media no se vivía así. No había luz eléctrica sino penumbra, lo que obligaba a la
gente a hablar para comunicarse. Actualmente, los niños están en contacto con adultos
ignorantes que no pueden ofrecerle al niño la riqueza de vocabulario que era ofrecida
por los adultos en otro tiempo. Un niño necesita que se le dé nombre a todo lo que le
rodea, el nombre de su ropa, de las partes de su cuerpo, del lugar donde pasa el día en
la escuela. La inteligencia viene por el nombre dado a todo lo que puede ser percibido,
lo que hace diferencia con otro objeto vecino. Es por el estudio de las diferencias y del
significado del vocabulario, por el aprendizaje de los verbos que también definen el
funcionamiento de los objetos unos con otros, es con relación a eso que la inteligencia
natural del chico puede ser cultivada. El drama de la escuela actual, salvo en aquellos
casos en los cuales es la familia la que da vocabulario (y estas familias se vuelven cada
vez más raras), es que estos niños estarán privados, pauperizados desde el punto de
vista simbólico y relacional, lo que bloquea el desarrollo y la transferencia de su libido,
de sus deseos. En nuestros días, hace falta esperar hasta una edad bastante avanzada
para enseñarle al niño sobre cual o tal vocabulario técnico y muy especializado, de un
oficio preciso, que será el suyo.

En otro tramo de las reflexiones se hace alusión al estado de mayor bienestar de las
sociedades modernas, al menos en las desarrolladas, en la que niños y adultos pasan a
estar más cuidados. Se muere menos, la gente está mejor cuidada, se dispone de ciertos
sistemas de seguros sociales capitalistas que permiten vivir mejor, con más seguridad.
Pero paradójicamente en este estado de mayor bienestar surgen serios y graves
disturbios, probablemente a causa de la represión que se desprende de esta empresa de
adiestramiento social, adiestramiento que comprende tanto a los niños como a los
adultos. Esas modalidades de control social promueven, como efecto, un cortejo de
enfermedades de las familias, de los que cuidan la casa, de los niños, etc.
Dolto adjunta a esta visión histórico-social la influencia de un estado psíquico
engendrado por el aislamiento de la célula familiar.
Se crea una suerte de chauvinismo de la pequeña célula: la familia, nos dice.
Chauvinismo que se manifiesta por el temor de que los otros vengan a ver que ocurre en
la casa de uno. En cuanto al niño, él es quien aporta a la familia el error o la vergüenza
de su fracaso, o el estandarte glorioso si trae los honores, las buenas notas, los éxitos,
las hazañas.
Los padres están capturados por la necesidad de modelar todo y por el miedo a que su
hijo se les escape; al mismo tiempo no saben cómo encontrar los verdaderos medios
para comprenderlo y contenerlo. Y sobre todo, no quieren que sus hijos crezcan. En
cuanto lo ven crecer, intentan bloquearlo, lo encierran, quieren conocer a sus
compañeros, así como a los padres de aquellos, sus direcciones, la ocupación de su
padre, esto y aquello, cosas que no tienen la menor importancia.
Verdaderamente es el mundo al revés, concluye Dolto. Puesto que debería ser el padre
quien aporte los honores y no el niño. Asimismo se esperaría que sea el padre quien
controle, satisfaga y ubique como mujer a la madre.
En otras épocas, en todos los tiempos (lo vemos en los libros de historia de la vida
social) era el niño quien estaba orgulloso y se jactaba de las hazañas de sus padres.
En nuestros días, por el contrario, resulta que es el niño quien carga con el peso de las
insatisfacciones y las impotencias de sus padres.
Por supuesto no hay que achacar esto sólo a los progenitores puesto que sus impotencias
no son debidas únicamente s su propia neurosis sino también a la coerción cada vez más
grande que recae sobre los adultos en la vida moderna.
El Delfín

La hipótesis de Dolto respecto a la posible neurosis del rey Louis XIII resulta por
lo menos interesante de cotejar con algunos eventos de la infancia y la vida adulta del
Delfín. En 1610, cuando muere Enrique IV, Luis XIII accede al trono con tan solo
nueve años. El poder recae sobre su madre María de Médici, quien asume la regencia en
el reino. A los 14 años el Delfín es obligado a casarse con la infanta de España Ana de
Austria, matrimonio que no llega a consumarse.

Gracias a un golpe de fuerza el 24 de abril de 1617, con 16 años, Luis XIII accede al
poder, ordenando el exilio de su madre a Blois con el fin de poder tomar el trono. El
rey, sabiendo sobre los propósitos conspirativos de su madre, la envía al castillo de
Compiègne. Desde allí, en 1631, Maria Médici trata de huye hacia Bruselas. Refugiada
con los enemigos de Francia, María fue privada de su condición de reina de Francia y,
por consiguiente, de sus pensiones.

Marie de Médicis avec son fils Louis XIII

Charles Martin (Musée des Beaux-arts, Blois)


Hasta el fin de sus días María de Médici vivió al amparo de las cortes europeas en
Alemania, después en Inglaterra, intentando crear enemigos contra la monarquía de su
hijo y sin poder regresar nunca a Francia.

El diario de Jean Héroard

Transcribimos dos registros del inédito diario del médico del Delfín de Francia, en
los que se hacen constar las respuestas del niño frente a dos episodios que involucraron
a la persona de su padre, el rey Enrique IV: en el primero, de tinte dramático, el niño
contaba con 4 años. El segundo, de sesgo trágico, acaece cuando el pequeño aún no
había cumplido los 10 años, siendo este episodio el que precipita acontecimientos
cruciales en la vida de Louis XIII.

20 de diciembre de 1605

“Se levanta y luego se vuelve a acostar, embargado de melancolía y raro en él: sin
tema. Parece tener un presentimiento respecto a los peligros de la vida en coincidencia
con que el día anterior sobre el Pont-Neuf, alrededor de las 4, alguien se abalanzó
sobre el Rey con intenciones de apuñalarlo. Entre las 10 y las 11 horas se le avisa (al
delfín) que una bestia había querido herir a su papá cuando volvía de cazar. Le vienen
lágrimas a los ojos y una gran tristeza. Por la noche, ya desvestido y en su cama se le
habla de aquél que el día precedente había querido matar al Rey, se le dice que era un
loco y él responde: “Se lo hará girar sobre una rueda y luego por caballos blancos que
tiraran de un carruaje”

13 de mayo de 1610.

“Se ha despertado a las 6:45, se vistió, hizo sus plegarias a Dios. A las 7:45 desayunó
con pan seco. Fue llevado a la capilla para escuchar misa y luego a las Tullerías. A las
11:00 cenó, jugó y estudió. A las 4 de la tarde cuando el Rey iba hacia el Arsenal fue
asesinado de una puñalada por François Ravaillac, oriundo de Angouleme. El señor
Sanin-Michel, unos de los gentilhombres que acompañaban a su Majestad, capturó al
asesino y le quitó el cuchillo. El señor Delfín estaba en la Cruz del Tiroir yéndose a
pasear en carroza cuando al escuchar ruido en el Louvre se lo conduce allí
nuevamente. El Delfín se entera del asesinato de su padre y entre llantos dice: ¡Ah si
hubiera estado ahí hubiera matado a ese hombre con mi espada!