CORTOS
ALGUNAS PECULIARIDADES DE LOS OJOS – PHILIP K. DICK
Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida
procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me
ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la
reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de
conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la
situación esté controlada.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien
había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista.
Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando
la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles
características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres
humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron
en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo
sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase
(aún tiemblo al recordarla) decía:
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a
cabeza:
… su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él
accedió de inmediato, sonriente.
No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó
apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era
diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos,
brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología
me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una
especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más
desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda
frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
… nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para
cenar.
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la
posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las
superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo
importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
… tomó su brazo.
Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin
más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la
última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes
me habían puesto en la pista desde un principio:
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que
invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
HABÍA EMPEZADO A leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,
volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por
la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su
apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la
tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su
sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el
terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin
esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó
casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de
lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el
terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más
allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra,
absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que
se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la
cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante,
lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la
sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las
ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un
diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que
todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del
amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura
de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas,
azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para
que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en
la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no
ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños
del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras
de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En
lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del
salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un
sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
DEJAR A MATILDE
ALBERTO MORAVIA
LOS PRIMEROS NIÑOS que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por
el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no
llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó
varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y
los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces
descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena,
cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los
hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que
todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había
estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los
huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que
todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la
facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos
ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver
de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo
tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores,
desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las
madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los
muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el
mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando
se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse
cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres
averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron
cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del
cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar
pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos
y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado
por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con
altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco
la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando
acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces
se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor
armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les
cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una
mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los
hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos
del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres
decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una
camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad.
Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y
puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había
estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían
algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido
en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso
más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de
hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad
que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría
puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las
piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon
en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en
toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por
repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos
de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de
las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos
pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no
podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se
mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos
zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo
resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y
las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de
la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del
miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo
habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y
raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando
tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando
comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si
hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio
lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las
visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras
la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo
siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo,
no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas
escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así
estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber
sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que
hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué
bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un
poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para
que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan
parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el
corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras,
asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más
sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada
vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la
tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres
volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos,
ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de
mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era
quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel
día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y
botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del
cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque
mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los
peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas
corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos.
Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para
perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en
los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los
escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de
orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que
casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las
suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor
para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo
iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla,
llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba
en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá
semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de
mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al
cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran
dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de
gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero
Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin
botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían
cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta
de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado
ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar
más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de
galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los
acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como
ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene
nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los
hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar
temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los
ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la
sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse
para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los
pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se
fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo
tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió
devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores,
y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los
habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que
oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se
hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se
disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los
acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación
de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y
la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y
cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que
demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los
unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a
estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus
casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes,
para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los
travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande,
qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de
colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo
excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que
los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran
sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su
alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de
medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe
dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se
queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia
dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
¡DILES QUE NO ME MATEN!
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
JUAN RULFO
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así
diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que
lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero
volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por
saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de
este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la
puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y
de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas
haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía
allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el
intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se
le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a
bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo
las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto
tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando
tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los
de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al
que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de
Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio
cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su
compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando
se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras
para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó
tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el
agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el
ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo
que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta
que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos
son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el
monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el
embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron
con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me
perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía
y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y
tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar
olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don
Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la
viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos,
donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme
y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días
comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran
correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en
que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos.
“Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo
imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear
para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para
otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro
pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de
todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que
amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la
cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con
quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le
había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar
era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran.
No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo
para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se
dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas
flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A
morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le
llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los
ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que
tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le
ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía
acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna
esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio
Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era
oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más,
llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí,
debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida.
Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla
probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con
los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el
último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a
decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie,
muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”,
pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería
hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y
agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que
todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él
había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero
ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo
haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y
después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era
tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa
comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres
como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No
les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De
manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los
bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si
hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la
esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras
casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro
de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano,
por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba
frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro
lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba
muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para
enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de
buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo
encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de
que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es
llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con
la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el
hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para
acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito,
derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me
castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como
un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No
merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me
mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra.
Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los
tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había
venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez
venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a
caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala
impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar
a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que
no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara
tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
FIN
FRANZ KAFKA
(PRAGA, 1883 - 1924)
UN ARTISTA DEL trapecio —como todos sabemos, este arte que se practica en lo más
alto de las cúpulas de los grandes circos, es uno de los más difíciles entre los
accesibles al hombre— había organizado su vida de manera tal —primero por un afán
de perfección profesional y luego por costumbre, una costumbre que se había vuelto
tiránica— que mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en su
trapecio. Todas sus necesidades, por cierto muy moderadas, eran satisfechas por
criados que se turnaban y aguardaban abajo. En cestos especiales para ese fin,
subían y bajaban cuanto se necesitaba allí arriba.
Esta manera de vivir del trapecista no creaba demasiado problema a quienes lo
rodeaban. Su permanencia arriba sólo resultaba un poco molesta mientras se
desarrollaban los demás números del programa, porque como no se la podía
disimular, aunque estuviera sin moverse, nunca faltaba alguien en el público que
desviara la mirada hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista
extraordinario, insustituible. Por otra parte, se sabía que él no vivía así por simple
capricho y que sólo viviendo así podía mantenerse siempre entrenado y conservar la
extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba el ambiente era saludable y cuando en la época de calor se
abrían las ventanas laterales que rodeaban la cúpula y el sol y el aire inundaban el
salón en penumbras, la vista era hermosa.
Por supuesto, el trato humano de aquel trapecista estaba muy limitado. De tanto
en tanto trepaba por la escalerilla de cuerdas algún colega y se sentaba a su lado en
el trapecio. Uno se apoyaba en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y
así conversaban durante un buen rato. Otras veces eran los obreros que reparaban el
techo, los que cambiaban algunas palabras con él, por una de las claraboyas o el
electricista que revisaba las conexiones de luz en la galería más alta, que le gritaba
alguna palabra respetuosa aunque no demasiado inteligible.
Fuera de eso, siempre estaba solo. Alguna vez un empleado que vagaba por la
sala vacía en las primeras horas de la tarde, levantaba los ojos hacia aquella altura
casi aislada del mundo, en la cual el trapecista descansaba o practicaba su arte sin
saber que lo observaban.
El artista del trapecio podría haber seguido viviendo así con toda la tranquilidad, a
no ser por los inevitables viajes de pueblo en pueblo, que le resultaban en extremo
molestos. Es cierto que el empresario se encargaba de que esa mortificación no se
prolongara innecesariamente. Para ir a la estación el trapecista utilizaba un automóvil
de carrera que recorría a toda velocidad las calles desiertas. Pero aquella velocidad
era siempre demasiado lenta para su nostalgia del trapecio. En el tren se reservaba
siempre un compartimiento para él solo, en el que encontraba, arriba en la red de los
equipajes, una sustitución aunque pobre, de su habitual manera de vivir.
En el lugar de destino se había izado el trapecio mucho antes de su llegada, y se
mantenían las puertas abiertas de par en par y los corredores despejados. Pero el
instante más feliz en la vida del empresario era aquel en que el trapecista apoyaba el
pie en la escalerilla de cuerdas y trepaba a su trapecio, en un abrir y cerrar de ojos.
Por muchas ventajas económicas que le brindaran, el empresario sufría con cada
nuevo viaje, porque —a pesar de todas las precauciones tomadas— el traslado
siempre irritaba seriamente los nervios del trapecista.
En una oportunidad en que viajaban, el artista tendido en la red, sumido en sus
ensueños, y el empresario sentado junto a la ventanilla, leyendo un libro, el trapecista
comenzó a hablarle en voz apenas audible. Mordiéndose los labios, dijo que en
adelante necesitaría para vivir dos trapecios, en lugar de uno como hasta entonces.
Dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió sin vacilaciones. Pero como si quisiera demostrar que la
aceptación del empresario era tan intrascendente como su oposición, el trapecista
añadió que nunca más, bajo ninguna circunstancia, volverla a trabajar con un solo
trapecio. Parecía estremecerse ante la idea de tener que hacerlo en alguna ocasión. El
empresario vaciló, observó al artista y una vez más le aseguró que estaba dispuesto a
satisfacerlo. Sin duda, dos trapecios serían mejor que uno solo. Por otra parte la nueva
instalación ofrecía grandes ventajas, el número resultaría más variado y vistoso.
Pero, de pronto, el trapecista rompió a llorar. Profundamente conmovido, el
empresario se levantó de un salto y quiso conocer el motivo de aquel llanto. Como no
recibiera respuesta, trepó al asiento, lo acarició y apoyó el rostro contra la mejilla del
atribulado artista, cuyas lágrimas humedecieron su piel.
—¡Cómo es posible vivir con una sola barra en las manos! —sollozó el trapecista,
después de escuchar las preguntas y las palabras afectuosas del empresario.
Al empresario le resultó ahora más fácil consolarlo. Le prometió que en la primera
estación de parada telegrafiaría al lugar de destino para que instalaran
inmediatamente el segundo trapecio y se reprochó duramente su desconsideración por
haberlo dejado trabajar durante tanto tiempo, en un solo trapecio. Luego le agradeció
el haberle hecho advertir aquella imperdonable omisión. Así pudo el empresario
tranquilizar al artista e instalarse nuevamente en su rincón.
Pero él no había conseguido tranquilizarse. Muy preocupado estaba, a hurtadillas y
por encima del libro, miraba al trapecista. Si por causas tan pequeñas se deprimía
tanto, ¿desaparecerían sus tormentos? ¿No existía la posibilidad de que fueran
aumentando día a día? ¿No acabarían por poner en peligro su vida? Y el empresario
creyó distinguir —en aquel sueño aparentemente tranquilo en el que había
desembocado el llanto— las primeras arrugas que comenzaban a insinuarse en la
frente infantil y tersa del artista del trapecio.
EL BANQUETE
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
JULIO RAMÓN RIBEYRO
Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los
pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir
una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario
echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y
pintar de nuevo todas las paredes.
Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se compran un
par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y luego con
una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así sucesivamente hasta llegar al
calzoncillo nuevo) don Fernando se vio obligado a renovar todo el mobiliario, desde las
consolas del salón hasta el último banco de la repostería. Luego vinieron las
alfombras, las lámparas, las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que
desde que estaban limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del
programa estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín.
En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificaron, en lo que antes era
una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había cipreses
tallados, caminitos sin salida, una laguna de peces rojos, una gruta para las
divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un torrente imaginario.
Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don Fernando y su mujer,
como la mayoría de la gente proveniente del interior, sólo habían asistido en su vida a
comilonas provinciales en las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina
devorando los cuyes con la mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía
servirse en un banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un
consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don Fernando decidió
hacer una encuesta en los principales hoteles y restaurantes de la ciudad y así pudo
enterarse de que existían manjares presidenciales y vinos preciosos que fue necesario
encargar por avión a las viñas del mediodía.
Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta
angustia que en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta
mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, había
invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño
para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción.
-Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la montaña rehacemos
nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (decía a su mujer). Yo no pido más.
Soy un hombre modesto.
-Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).
En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.
Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos parentescos
serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo general, nunca se esclarecen
por el temor de encontrar adulterino) para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin
embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir
al presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.
-Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnifica idea.Pero por el
momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación.
Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia,
ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su mansión un aspecto de
un palacio afectado para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la
ejecución de un retrato del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él
hizo colocar en la parte más visible de su salón.
Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a
inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida.
Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón par contemplar su jardín
iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada. El paisaje, sin
embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensibles, pues donde quiera que
pusiera los ojos, don Fernando se veía a sí mismo, se veía en chaqué, en tarro,
fumando puros, con una decoración de fondo donde (como en ciertos afiches
turísticos) se confundían lo monumentos de las cuatro ciudades más importantes de
Europa. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la
floresta con su vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente
como una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las piernas
de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un tahitiana y absolutamente
nada de su mujer.
El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde las cinco de la
tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por guardar un incógnito que
traicionaban sus sombreros, sus modales exageradamente distraídos y sobre todo ese
terrible aire de delincuencia que adquieren a menudo los investigadores, los agentes
secretos y en general todos los que desempeñan oficios clandestinos.
Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros,
parlamentarios, diplomáticos, hombre de negocios, hombre inteligentes. Un portero les
abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas, y don Fernando, en
medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y
conmovidas.
Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado delante de la
mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de fasto tan inesperado,
llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando,
olvidándose de las reglas de la etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le
echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.
Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados se bebieron
discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se
acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (la más grande, decorada con
orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombre ejemplares) y se comenzó a
comer y a charlar ruidosamente mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba
de imponer inútilmente un aire vienés.
A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rin habían sido honrados y los
tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se inició la ronda de discursos.
La llegada del faisán los interrumpió y sólo al final, servido el champán, regresó la
elocuencia y los panegíricos se prolongaron hasta el café, para ahogarse
definitivamente en las copas del coñac.
Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya,
seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente
sus confidencias. A pesar de haberse sentado, contra las reglas del protocolo, a la
izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para
colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos
amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a correr de
grupos en grupo para reanimarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y
paradojas.
Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto
forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró conducir al presidente a la salida
de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles
servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al
oído su modesta.
-Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante en estos días
la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento,
es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al ferrocarril sé que hay en diputados una
comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho
a todos sus miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que
más convenga.
Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus promesas.
Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc., en el orden preestablecido por los usos y
costumbres. A las dos de la mañana quedaban todavía merodeando por el bar algunos
cortesanos que no ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento
de alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata. Solamente
a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando
impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los
despojos de su inmenso festín. Por último se fueron a dormir con el convencimiento de
que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni
arriesgado su fortuna con tanta sagacidad.
A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los
ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos.
Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre
la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado
un golpe de estado y el presidente había sido obligado a dimitir.
FIN
EDGAR ALLAN POE
(BOSTON, 1809 - BALTIMORE, 1849)
EL BARRIL DE AMONTILLADO
(“THE CASK OF AMONTILLADO”, 1846)
ORIGINALMENTE PUBLICADO IN GODEY’S LADY’S BOOK (NOVIEMBRE 1846)
HABÍA YO SOPORTADO hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me
hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin
embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna.
Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que
era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con
impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco
es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a
Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí
sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea
de su inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de
respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos.
Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el
entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los
millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor,
como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con
sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas,
compraba con largueza todos los vinos que podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más
extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues
había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a
rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al
verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen
semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por
amontillado, pero tengo mis dudas.
—¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a
mitad de carnaval…!
—Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su
precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un
buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido
crítico, es él. Me dirá que…
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos!
—¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás
ocupado, y Lucresi…
—No tengo nada que hacer; vamos.
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte
catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar.
En cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda
negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a
mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar
alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana
siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de
que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a
través de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas.
Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo
que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo
suelo de las catacumbas de los Montresors.
Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su
gorro.
—El barril —dijo.
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan
en las paredes de estas cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el
flujo de su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico,
respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición
sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te
enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir
de un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un
trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma
clase colocada en el suelo.
—Bebe —agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un
gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo brindo por que tengas una larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
—Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente
rampante, cuyas garras se hunden en el talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit.
—¡Muy bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había
estimulado también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos
apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta llegar a la parte
más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar
del brazo a Fortunato por encima del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las
criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los
huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro
trago de Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y
sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba,
gesticulando en una forma que no entendí.
Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No eres un masón.
—¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú, un masón? ¡Imposible!
—Un masón —insistí.
—Haz un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de
albañil.
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero
vamos a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi
brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino en
busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos,
seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el
aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas
alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus
paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede
verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían
ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y
yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante
grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o
nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de
tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito
especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del
techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que
las limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo
hondo del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y
yo le seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que
la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde
quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas
horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la
otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas
unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse.
Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que
hay mucha humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues
entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su
estupefacción.
—Es cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he
hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de
piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé
vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la
embriaguez de Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación
nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un
borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la
cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos,
durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y
me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de
nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared
me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre
la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la
garganta de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé
un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior
del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano
sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al
nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo
sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.
Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava,
la novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba
por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en
posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis
cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble
Fortunato.
—¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…!
¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!
—¡El amontillado! —dije.
—¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos
estarán esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí —dije—. Vámonos.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—. Por el amor de Dios.
Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo
me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su
causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la
última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a
alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado.
¡Requiescat in pace!
EL CUENTISTA
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
SAKI
Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente
parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón
eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una
tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la
esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño
ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban,
enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera
limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser
rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos
los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.
-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento,
provocando una nube de polvo con cada golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.
El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.
-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? -preguntó.
-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba -respondió la tía
débilmente.
-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó el niño-; no hay otra cosa que
no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.
-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la tía neciamente.
-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida pregunta.
-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía.
Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero
ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.
-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? -persistió Cyril.
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió,
mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar
una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino
hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado
conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y
muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella
a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin
detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la
perdería.
-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la tía cuando el soltero la había mirado
dos veces a ella y una al timbre de alarma.
Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba
la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta
posición, según la estimación de los niños.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas
malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con
una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga
de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por
numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral.
-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? -preguntó la mayor de las niñas.
Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero.
-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no creo que la hubieran socorrido muy
deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.
-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo la mayor de las niñas con una
inmensa convicción.
-Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta -dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a
comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.
-No parece que tenga éxito como contadora de historias -dijo de repente el soltero
desde su esquina.
La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado.
-Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar -dijo
fríamente.
-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.
-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia -contestó la tía.
-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.
-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña pequeña llamada Berta que era
extremadamente buena.
El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida;
todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara.
-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia,
comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones
perfectamente y tenía buenos modales.
-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.
-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el soltero-, pero era terriblemente
buena.
Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a
bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que
faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía.
-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó varias medallas por su bondad, que
siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por
puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal
y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en
la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña
extraordinariamente buena.
-Terriblemente buena -citó Cyril.
-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo
que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana,
por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y
nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta
tener permiso para poder entrar.
-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.
-No -dijo el soltero-, no había ovejas.
-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta
anterior.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca.
-En el parque no había ovejas -dijo el soltero- porque, una vez, la madre del príncipe
tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de
pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni
relojes de pared en su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? -preguntó Cyril.
-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad -dijo el
soltero despreocupadamente-. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque,
sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.
-¿De qué color eran?
-Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises
con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una
idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:
-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías,
con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía
intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que
no había flores para coger.
-¿Por qué no había flores?
-Porque los cerdos se las habían comido todas -contestó el soltero rápidamente-. Los
jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que
decidió tener cerdos y no tener flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente
habría decidido lo contrario.
-En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces
dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes
sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta
caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan
extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y
disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra
las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo
en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar
algún cerdito gordo para su cena.
-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés.
-Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris
pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a
Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto
desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a
desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y
el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos
matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se
acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos
gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no
hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin
embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba
escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola
entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y
cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan
cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y
puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas
y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se
lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta
de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus
zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
-¿Mató a alguno de los cerditos?
-No, todos escaparon.
-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas-, pero ha tenido un final
bonito.
-Es la historia más bonita que he escuchado nunca -dijo la mayor de las niñas, muy
decidida.
-Es la única historia bonita que he oído nunca -dijo Cyril.
La tía expresó su desacuerdo.
-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el
efecto de años de cuidadosa enseñanza.
-De todos modos -dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el
tren-, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted
pudo.
«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe-. ¡Durante
los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia
impropia!»
FIN
EL GOLPE DE GRACIA
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
AMBROSE BIERCE
La lucha había sido dura e incesante. Todos los sentidos lo atestiguaban: hasta el
gusto de la batalla flotaba en el aire. Pero ya había terminado; sólo quedaba auxiliar a
los heridos y enterrar a los muertos…; “limpiar un poco”, como decía el humorista del
pelotón de sepultureros. Era bastante lo que había que limpiar. Hasta donde abarcaba
la vista dentro del bosque, entre los árboles descuajados, veíanse restos de hombres y
caballos, entre los que se movían los camilleros recogiendo y transportando a los
pocos que daban señales de vida. La mayor parte de los heridos habían muerto
desangrados, cuando hasta el derecho de atenderlos se hallaba en disputa. Los
heridos tenían que esperar, reglamentaban las ordenanzas del ejército. La mejor
manera de cuidarlos es ganar la batalla. Debe admitirse que la victoria es una
indudable ventaja para un hombre que necesita atención médica, pero muchos no
viven para sacarle partido.
Los muertos eran puestos en hilera, en grupos de quince o veinte, mientras se
cavaban las fosas que habían de recibirlos. A algunos, que estaban demasiado lejos,
se les enterraba donde habían caído. Nadie se esforzaba demasiado por identificarlos,
aunque en la mayoría de los casos los pelotones de enterradores que espigaban en el
mismo terreno que contribuyeran a segar anotaban los nombres de los muertos
victoriosos. A las bajas enemigas, ya era bastante que las contaran. Aunque esto tenía
su compensación, porque a muchos los contaban varias veces; de ahí que el total que
aparecía en el comunicado del comandante vencedor denotaba más bien una
esperanza que un resultado.
A corta distancia del sitio donde uno de los pelotones de enterradores había
establecido su “vivac de la muerte”, un oficial de los federales se apoyaba contra un
árbol. Desde los pies hasta el cuello, su actitud era de fatiga en reposo. Pero la cabeza
movíase inquieta de un lado a otro. Su mente, al parecer, no descansaba. Quizá no
sabía en qué dirección marcharse. Lo más probable era que no permaneciese allí
mucho tiempo, porque ya los rayos oblicuos del sol poniente manchaban de rojo los
claros del bosque, y los soldados exhaustos abandonaban su tarea. Era difícil que
pernoctara entre los muertos. Después de la batalla, nueve hombres de cada diez le
preguntaban a uno el paradero de alguna sección del ejército… como si alguien lo
supiera. Indudablemente este oficial estaba extraviado. Tras descansar un instante,
marcharía en pos de los pelotones de sepultureros.
Cuando todos se fueron, empezó a caminar a través del bosque, en dirección al rojo
poniente, cuya luz le manchaba la cara con reflejos sanguíneos. El aire de confianza
con que ahora avanzaba sugería que estaba en terreno familiar; había logrado
orientarse. Marchaba sin mirar los muertos que yacían a derecha e izquierda.
Tampoco le detenía la sorda queja de algún infeliz, olvidado por los grupos de rescate,
que pasaría mala noche bajo las estrellas, sin más compañía que la sed. El oficial
nada podía hacer: no era médico, no tenía agua.
Al extremo de una angosta quebrada -una simple depresión del terreno- yacía un
pequeño grupo de cadáveres. Los vio. Apartose de pronto del camino que seguía y
caminó rápido hacia ellos. Escrutándolos al pasar, se detuvo al fin ante uno que estaba
a corta distancia de los demás, cerca de un matorral de arbustos. Lo miró
atentamente: parecía moverse. Se agachó y le puso la mano en la cara. El cuerpo
gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de
Massachusetts, soldado inteligente y audaz, amén de hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow. Caffal y Creede Halcrow.
Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell. Y esos dos hombres,
el sargento y el capitán, eran íntimos amigos. Dentro de lo que permitía la diferencia
de graduación, la disparidad de obligaciones y los requisitos de la disciplina militar,
estaban siempre juntos. En realidad, se habían criado juntos. Y una costumbre del
corazón no se desarraiga fácilmente. Caffal Halcrow nada tenía de marcial en su
carácter ni en sus gustos, pero la idea. de separarse de su amigo le resultaba
desagradable; y por eso se alistó en la compañía de la que Madwell era entonces
teniente. Ambos habían ascendido dos grados, pero entre el suboficial más alto y el
oficial más subalterno, el abismo social es ancho y profundo; y aquella vieja relación,
mantenida con dificultad, ya no podía ser idéntica.
Creede Halcrow, hermano de Caffal, era mayor del regimiento. Un hombre cínico,
saturnino. Entre él y el capitán Madwell reinaba una antipatía natural, que las
circunstancias habían alimentado y fortalecido hasta convertirla en activa animosidad.
De no mediar la influencia moderadora de Caffal, es indudable que cada uno de estos
patriotas habría tratado de privar a su país de los servicios del otro…
*
Al iniciarse la batalla esa mañana, el regimiento cumplía una misión de avanzada, a
una milla del cuerpo principal del ejército. Fue atacado y casi rodeado en el bosque,
pero mantuvo a pie firme el terreno. Al disminuir momentáneamente la lucha, el mayor
Halcrow se dirigió hacia el capitán Madwell. Cambiaron un saludo formal, y dijo el
mayor:
-Capitán, el coronel le ordena avanzar con su compañía hasta el nacimiento de esa
quebrada, y mantener la posición hasta nueva orden. No necesito subrayarle el
carácter peligroso de la maniobra, pero si usted lo desea, imagino que puede entregar
el mando a su primer teniente. No se me ordenó, sin embargo, autorizar esta
substitución. Es simplemente una sugerencia personal y extraoficial.
A ese atroz insulto, replicó fríamente el capitán Madwell:
-Señor, le invito a participar en la maniobra. Un oficial montado sería un blanco
perfecto, y siempre he sostenido la opinión de que usted valdría más si estuviera
muerto.
Ya en 1862 se cultivaba en los círculos militares el arte de la réplica.
Media hora más tarde la compañía del capitán Madwell fue desalojada de su posición,
con pérdidas equivalentes a un tercio de sus efectivos. Entre los muertos estaba el
sargento Halcrow. Poco después el regimiento debió replegarse a las líneas
principales, y al terminar la lucha se encontraba a varias millas de distancia.
El capitán estaba ahora de pie junto al amigo y subordinado.
El sargento Halcrow se hallaba mortalmente herido. El desgarrado uniforme dejaba ver
el abdomen. Algunos de los botones de la casaca habían sido arrancados y estaban
dispersos por el suelo, con otros fragmentos de su ropa. El cinturón de cuero estaba
partido, y parecía que se lo hubieran arrancado de bajo del cuerpo. No había mucha
sangre derramada. La única herida visible era un ancho e irregular desgarrón en el
abdomen, sucio de tierra y hojas muertas, por donde asomaba un extremo lacerado de
intestino. En toda su experiencia, el capitán Madwell no habla visto una herida
semejante. No podía imaginar cómo fue producida, ni explicar las circunstancias que la
acompañaban: el uniforme extrañamente rasgado, el cinturón partido, las manchas de
la piel. Se arrodilló para efectuar un examen más atento. Cuando se puso de pie,
volvió los ojos en varias direcciones, como buscando un enemigo. A cincuenta yardas
de distancia, en la cresta de una loma baja, cubierta de arbustos, vio varios objetos
oscuros que se movían entre los hombres caídos…: una manada de cerdos. Uno le
daba la espalda, con los cuartos delanteros levantados. Apoyaba las patas en un
cuerpo humano; la cabeza baja era invisible. La erizada eminencia del lomo se
recortaba en negro contra el rojo poniente. El capitán Madwell apartó los ojos y volvió
a clavarlos en eso que había sido su amigo.
El hombre que había padecido esas monstruosas mutilaciones estaba vivo. De a ratos
movía las piernas. Con cada inspiración lanzaba un gemido. Miraba azorado la cara
del amigo; y si éste lo tocaba, soltaba un grito. En su feroz agonía, había arañado el
suelo en que se encontraba tendido; sus manos crispadas estaban llenas de tierra,
hojas y palitos. No conseguía articular una palabra. Era imposible saber si sentía algo
que no fuera dolor. La expresión de su rostro era un ruego; en sus ojos parecía
reflejarse una plegaria. ¿Qué pedía?
Imposible equivocar el significado de esa mirada. El capitán la había visto con
demasiada frecuencia en los ojos de aquellos cuyos labios aún podían suplicar la
muerte. Conscientemente o no, este retorcido fragmento de humanidad, esta imagen
del sufrimiento, esta mezcla de hombre y bestia, este humilde Prometeo sin heroísmo,
suplicaba a todos, a todas las cosas, a todo lo que no era él, la bendición de no existir.
A la tierra y al cielo, a los árboles, al hombre, a todo cuanto adquiría forma en los
sentidos o en la conciencia, este padecer hecho carne dirigía su callada plegaria.
¿Qué significaba? Lo que concedemos a la más ruin criatura desprovista de razón
para pedirlo, lo que sólo negamos a los infortunados de nuestra propia especie: la
anhelada liberación, el rito de compasión máxima, el golpe de gracia.
El capitán Madwell pronunció el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez, sin
resultado, hasta que lo ahogó la emoción. Sus lágrimas, encegueciéndolo, cayeron
sobre aquel pálido rostro. Ahora no veía más que un objeto borroso y móvil, pero los
gemidos eran más claros que nunca, cortados a breves intervalos por agudos gritos.
Dio media vuelta, llevándose la mano a la frente, y se alejó. Los cerdos, al verlo,
alzaron los hocicos encarnados, lo miraron suspicaces un momento, y después,
gruñendo ásperamente al unísono, se alejaron a la carrera. Un caballo, con la pata
horriblemente astillada por un cañonazo, alzó la cabeza del suelo y lanzó un doloroso
relincho. Madwell avanzó un paso, desenfundó el revólver, y le pegó un tiro entre los
ojos, observando atento la agonía de la pobre bestia, que contrariamente a lo qué él
esperaba, fue larga y violenta. Pero al fin quedó inmóvil. Los tensos músculos de los
belfos, que habían desnudado los dientes en una mueca atroz, parecieron aflojarse. El
perfil nítido y fino de la cabeza adquirió un aspecto de profunda paz y reposo.
En el oeste, a lo largo de la distante loma arbolada, se extinguían los últimos
esplendores del atardecer. La luz que acariciaba los troncos de los árboles se había
degradado a un gris tierno; en lo alto de las copas anidaban las sombras como
grandes pájaros oscuros. Llegaba la noche, y entre el capitán Madwell y el
campamento, se extendía a lo largo de muchos kilómetros el bosque espectral. Sin
embargo, ahí estaba, junto al animal muerto, desvinculado al parecer de cuanto le
rodeaba. Los ojos clavados en el suelo, la mano izquierda floja al costado, la derecha
esgrimiendo la pistola. De pronto alzó la cara, miró a su amigo moribundo y volvió
rápidamente a su lado. Se arrodilló a medias, montó el arma, apoyó el cañón en la
frente del sargento, desvió los ojos y apretó el gatillo.
No hubo detonación. Su última bala la había gastado en el caballo. El moribundo gimió
y sus labios se movieron convulsivamente. La espuma que brotaba de ellos tenía un
tinte sanguinolento. El capitán Madwell se puso de pie y desenvainó la espada. Pasó
los dedos de la mano izquierda a lo largo del filo desde la empuñadura a la punta. La
tendió recta ante sí como para probar sus nervios. La hoja no temblaba. El mortecino
fulgor que reflejaba la luz del cielo, permanecía inmóvil y firme. Se inclinó, desgarró
con la mano izquierda la camisa del moribundo. Irguiéndose, le puso la punta de la
espada sobre el corazón. Esta vez no apartó los ojos. Aferrando la empuñadura con
ambas manos, empujó con todas sus fuerzas. La hoja se hundió en el cuerpo del
hombre. Atravesó el cuerpo y se clavó en la tierra. El capitán Madwell estuvo a punto
de caer sobre su obra. El moribundo encogió las piernas, y al mismo tiempo se llevó el
brazo al pecho, sujetando el acero con tanta fuerza que los nudillos de la mano se le
pusieron blancos. Con este violento pero inútil esfuerzo por quitarse la espada,
agrandó la herida, por la que escapó un hilo de sangre, que se filtró sinuosamente por
el roto uniforme.
En ese momento tres hombres salían silenciosamente del montecito de arbustos que
había ocultado su avance. Dos eran enfermeros y traían angarillas.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.
EL GUARDAGUJAS
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
JUAN JOSÉ ARREOLA
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso
cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la
mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo
consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el
forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano
una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero,
que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es
buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento
que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda
conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor…
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido
posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se
refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías
ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden
boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los
convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente
por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las
irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de
desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los
rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente
indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren
tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he
visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron
abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de
ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por
satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un
rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a
ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar
con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de
boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los
puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de
una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta
para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni
siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden
utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un
servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser
conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas
desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes
expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros
sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales
casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla
ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el
cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que
prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que
falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente
con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es
otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de
segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan
ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente
destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar
en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los
ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales
surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto
en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que
juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No
crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus
capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron
una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un
viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores
de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el
maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el
esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue
desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que
todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado
de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la
construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las
tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un
hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que
pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar
un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en
tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con
su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se
dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje,
y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros,
agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo
insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible
llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los
miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a
proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa
ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo
especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un
entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy,
aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una
especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría
darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular
la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar
mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido
construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta
poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del
teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos
revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta
imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse
la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de
los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas.
Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran
un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor
anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y
se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas
maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno
de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo
a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos
espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu
constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar.
Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase,
por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable.
Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría
el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa
estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad
posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna
cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas
tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la
trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos
que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil
para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por
el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren
permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores
paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los
viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un
día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que
ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo
aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado
nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los
trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he
referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas.
Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto
de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de
cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal
o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta
distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por
congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en
lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes.
Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres
abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar
desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y
de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y
se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta
distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la
linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.
FIN
EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR
[CUENTO INFANTIL - TEXTO COMPLETO.]
HANS CHRISTIAN ANDERSEN
Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que
gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el
campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para
cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”,
de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.
La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días
llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se
hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas.
No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con
ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que
no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.
-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría
averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría
distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la
tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que
pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la
máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor
calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que
trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una
cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o
inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí
mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a
otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad
estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes
por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un
hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene
talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos
embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos
ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-.
¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba
magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía
con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo!
-pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es
posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la
tela».
-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-.
¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado
extraordinariamente.
-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de
los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las
explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para
seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el
telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el
estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que
al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y
explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy
fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela
que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio
dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el
Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido
de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos
funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales
continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese
Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío,
creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto?
¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba
el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada
en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le
aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la
procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima,
estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que
se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores
estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese
que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano.
Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin
hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes,
levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son
ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas
precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos
bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del
vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador
por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo
era dar vueltas ante el espejo.
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y
vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle
– anunció el maestro de Ceremonias.
-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – y
volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo
como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada
del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el
Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas,
decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué
hermoso es todo!
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido
por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto
éxito como aquél.
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue
repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó:
«Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de
cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
FIN
EL REGALO DE LOS REYES MAGOS
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
O. HENRY
Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en
céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el
verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza
ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia
los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era
Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y
Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de
sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa,
echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la
semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la
policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre
eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al
departamento una tarjeta con el nombre de “Señor James Dillingham Young”.
La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior
período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero
ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se
veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta
y humilde “D”. Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y
subía a su departamento, le decían “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora
Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual
está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie
junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre
una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un
dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado
ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la
semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había
calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar
un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito
para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de
condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la
habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes
un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy
delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas
longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De
repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban
intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con
urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo.
Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra
era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente
al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada
más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el
rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim
hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para
verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de
pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura.
Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió
desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra
roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de
faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las
escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia
subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado
blanca, fría, no parecía la “Sofronie” indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la
metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para
Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había
otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj,
de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material
mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto… tal como ocurre siempre
con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de
que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin
aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y
regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj,
Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el
reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la
gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y
sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los
estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda,
amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y
apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su
imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
“Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco
una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué
podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?.”
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para
recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta
de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces
escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso
pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas
cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita”.
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho,
sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba
evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha
descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer
no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de
desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera
estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía
pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No
podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos
felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse
cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto?
Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es
todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría
haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero
nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia.
Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto
sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la
diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta
equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no
estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un
peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese
paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se
escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio
hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato
despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra-
que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway.
Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con
joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran
peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas
y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran
suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos
habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos
húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la
abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del
brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora
podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo
se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y
sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado
hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y
ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios
-maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los
que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también
sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en
caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia
de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente
sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para
terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos,
ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios
son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
FIN
EXILIO – EDMOND HAMILTON
¡Lo que daría por no haber hablado de Ciencia Ficción aquella noche! Si no lo
hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e
imposible historia que nunca podría ser comprobada ni refutada.
Pero tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que
el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena
y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su
partida de caza, y luego Brazell inicio una discusión sobre los pronósticos de los
Dodgers. Mas tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía.
No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escoces de mas, y eso
siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro
eramos personas comunes y corrientes.
-Camuflaje protector, eso es -anuncie-. ¡Cuanto nos esforzamos por actuar como
chicos buenos, normales y ordinarios!
Brazell me miro, un poco molesto por la abrupta interrupción.
-¿De que estas hablando?
-De nosotros cuatro -Respondí-. ¡Que esplendida imitación de ciudadanos hechos y
derechos! Pero no estamos contentos con eso… Ninguno de nosotros. Por el
contrario, estamos violentamente insatisfechos con la tierra y con todas sus obras; por
eso nos pasamos la vida creando uno tras otro, mundos imaginarios.
-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió
Brazell escéptico.
-Claro que si-admití-. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles
muchísimo antes de escribir una sola linea, ¿verdad? incluso desde nuestra infancia,
¿no? por eso no estamos a gusto aquí.
-Nos sentiríamos mucho peor en alguno de los mundos que describimos -replico
Madison.
En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba
sentado en silencio como de costumbre, copa en la mano, meditabundo, sin
prestarnos atención.
Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de el, pero lo apreciábamos y
admirábamos sus historias. Había escrito relatos fascinantes, minuciosamente
elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.
“Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una colección de
relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente
todas las características físicas de ese mundo y del universo que lo contenía. Pase
todo el día concentrado en ello. Y cuando termine ¡Algo en mi mente hizo clic!
“Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quede allí,
inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la
repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día
acababa de cristalizar en una existencia concreta en alguna parte.
“Por supuesto, ignore esa extraña idea, salí de casa y me olvide del asunto. Pero al
día siguiente sucedió de nuevo. Dedique la mayor parte del tiempo a la creación de los
habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque
decidí que no fueran demasiado civilizados pues eso imposibilitaría los conflictos y la
violencia indispensable para mi trama.
“Así pues había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio
civilizar. Imagine todas sus crueldades y supersticiones. Erguí sus barbaras y
pintorescas ciudades. Y, justo cuando termine aquel clic resonó de nuevo en mi mente.
“Entonces si me asuste de verdad pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa
extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una
realidad solida. Sabia que era una locura; sin embargo, en mi mente tenia la increíble
certeza. No podía abandonar esa idea.
“¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabia. Hay una diferencia entre el
conocimiento y la creencia; como alguien dijo: ‘Todos los hombres saben que algún día
morirán y ninguno cree que llegara ese día’. pues conmigo ocurrió lo mismo. Me daba
cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia
física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenia la
extraña convicción de que así era.
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente
entre sus dedos.
Madison le incito a continuar:
-Y seguro despertaste allí y una hermosa muchacha se acerco a ti y preguntaste
“¿Donde estoy?”
-No sucedió así -respondió Carrick sombrío-. No fue así en absoluto, desperté en ese
otro mundo, si. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de
repente.
“Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mi para ese otro mundo. Se trataba
de otro yo que siempre había vivido allí…., del mismo modo que sus antepasados.
Verán, yo lo había creado todo.
“Y mi otro yo era tan real ene mundo imaginario creado por mi como lo había sido en
el mio propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar
dentro de su realidad…”
Hizo una pausa.
“Al principio, me resulto extraño. Camine por las calles de aquellas barbaras ciudades
y mire los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: ‘¡Yo
los imagine a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que lo los soñé!’.
“Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era mas que un
miembro insignificante de su raza. ¿Como podían creer que ellos, sus tradiciones y su
historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi
imaginación?
“¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve la vaga sensación de que podría
imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro.
Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en
la dirección contraria.
-¿Que hiciste allí? Quiero decir: ¿Que función cumpliste? -pregunto Brazell
Carrick encogió de hombros.
-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Solo poseía
mi propio oficio… el de contar historias.
Empecé a reír.
-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
El asintió, sombrío.
-No me quedo mas remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi
propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación
desbordante… y les gustaron.
-¿Y como te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que
habías creado?
-¡Nunca regrese a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.
ESA MUJER - RODOLFO WALSH
Kurt Vonnegut
Era el año 2081, y todos eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley.
Iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro. Nadie era más
hermoso que ningún otro. Nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda
esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la
incesante vigilancia de los agentes de la Dirección General de Discapacitación de los
Estados Unidos.
Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por
ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto volvía loca a la gente. Y en este
mes, húmedo y frío, los de la DGD se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años,
hijo de George y Hazel Bergeron.
Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en
eso. Hazel tenía una inteligencia totalmente promedio, lo que significa que no era
capaz de pensar en nada salvo por breves periodos. Y George, aunque tenía una
inteligencia por encima de lo normal, llevaba en la oreja una pequeña radio
discapacitadora. La ley lo obligaba a llevarla a todas horas. Estaba sintonizada a un
transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba un
ruido agudo para evitar que las personas como George se aprovecharan injustamente
de sus cerebros.
George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero
de momento ella no recordaba por qué.
En la pantalla había unas bailarinas.
Una chicharra sonó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron
aterrados, como ladrones que oyen una campana de alarma.
–Era bonita esa danza, la que acaba de terminar —dijo Hazel.
–¿Eh? –dijo George.
–Esa danza, era bonita –dijo Hazel.
–Ajá —dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente
muy buenas: cualquiera hubiese podido hacerlo igual de bien. Todas estaban cargadas
con contrapesos y sacos de perdigones, y llevaban máscaras, para que nadie se
sintiese deprimido por ver un gesto libre o grácil o una cara bonita. George empezaba
a formar la idea vaga de que quizá las bailarinas no debieran tener ninguna
discapacidad. Pero no llegó muy lejos antes de otro ruido en la radio de su oreja
dispersara sus pensamientos.
George torció la cara. También lo hicieron dos de las ocho bailarinas.
Hazel vio la mueca de George. Como ella no tenía discapacitador mental, tuvo que
preguntar cuál ruido había sido aquél.
—Sonó como si golpearan una botella de leche con un martillo de metal —dijo
George.
—Creo que sería interesante oír todos esos ruidos —dijo Hazel, con un poco de
envidia–. La de cosas que inventan.
—Um —dijo George.
—Pero si yo fuera Directora General de Discapacitación, ¿sabes qué haría? —dijo
Hazel. Hazel, de hecho, tenía un gran parecido con la Directora de Discapacitación,
una mujer llamada Diana Moon Glampers—. Si yo fuese Diana Moon Glampers —dijo
Hazel— pondría campanas los domingos. Sólo campanas. Como en honor de la
religión.
—Yo podría pensar si fuesen sólo campanas —dijo George.
—Bueno, podrían sonar bien fuerte —dijo Hazel— . Creo que yo sería buena
Directora de Discapacitación.
—Tan buena como cualquiera —dijo George.
—¿Quién mejor que yo sabe lo que es normal? —dijo Hazel.
—Sí —dijo George. Empezó a pensar oscuramente en su hijo anormal que ahora
estaba en la cárcel, en Harrison, pero una salva de veintiún cañonazos en su cabeza
lo detuvo.
—¡Uy! —dijo Hazel— . Ese sí estuvo duro, ¿no?
Había estado tan duro que George se había puesto blanco, y temblaba, y le
asomaban lágrimas en los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al
piso del estudio y se apretaban las sienes.
—De pronto te ves muy cansado —dijo Hazel—. ¿Por qué no te acuestas en el
sofá y apoyas tu discapacitador de plomo en los cojines, mi cielo? —Hazel se refería a
los veinte kilos de perdigones en un saco de tela que George llevaba colgados del
cuello, fijos con candado—. Apoya el peso un ratito —dijo—. No me importa que no
seas igual a mí durante un rato.
George sopesó el saco con las manos.
—No me molesta —dijo—. Ya no lo noto. Es una parte de mí.
—Has estado muy cansado últimamente, como agotado —dijo Hazel—. Si hubiese
modo podríamos hacer un hoyito en el fondo del saco, y sacar algunas bolas de
plomo… Sólo unas pocas.
—Dos años de prisión y una multa de dos mil dólares por cada perdigón que
sacara —dijo George—. No es lo que se dice un buen negocio.
—Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo —dijo Hazel—. O sea,
aquí no compites con nadie. Nada más estás sentado.
—Si tratara de hacerlo —dijo George— otra gente lo haría también, y muy pronto
estaríamos de nuevo en las edades oscuras, cuando todos competían contra todos.
No te gustaría, ¿o sí?
—Lo odiaría —dijo Hazel.
—Ahí está —dijo George—. En el momento en que la gente hace trampa con las
leyes, ¿qué crees que le pasa a la sociedad?
Si Hazel no hubiera podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido
dar una. Una sirena aullaba en su cabeza.
—Se haría pedazos, supongo.
—¿Qué cosa? —dijo George desconcertado.
—La sociedad —dijo Hazel, insegura—. ¿No fue eso lo que dijiste?
—Quién sabe —dijo George.
Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. En un
principio no estuvo claro sobre qué noticia era el boletín, pues el anunciador, como
todos los anunciadores, tenía una seria discapacidad en el habla. Durante medio
minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:
—Damas y caballeros…
Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
—Está bien —dijo Hazel del anunciador—. Lo intentó. Esa es la cosa. Hizo lo
mejor que pudo con lo que Dios le dio. Deberían darle un buen aumento por tanto
esfuerzo.
—Damas y caballeros —dijo la bailarina leyendo el boletín. Debía ser
extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible. Y era fácil ver
también que era la más fuerte y más grácil de todas las bailarinas, porque sus sacos
de discapacitación eran tan grandes como los de un hombre de cien kilos.
Y tuvo que pedir perdón de inmediato por su voz, que era una voz verdaderamente
injusta para una mujer. Era una melodía cálida luminosa, atemporal.
—Discúlpenme —dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez, haciendo una voz
absolutamente no competitiva—. Harrison Bergeron, de catorce años —dijo con un
graznido—, acaba de escapar de la cárcel, donde se le retenía acusado de conspirar
para derrocar al gobierno. Es un genio y un atleta, no tiene suficiente discapacitación,
y se le debe considerar extremadamente peligroso.
Una foto policial de Harrison Bergeron tomada apareció en la pantalla cabeza
abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y finalmente al derecho. La fotografía
mostraba a Harrison de pie ante un fondo calibrado en metros y centímetros. Medía
exactamente dos metros diez.
Por lo demás, Harrison parecía un fantasma o una ferretería. Nadie había llevado
nunca discapacitadores más pesados. Había superado cada impedimento más rápido
de lo que los hombres de la DGD podían imaginar uno nuevo. En vez de una pequeña
radio en la oreja como discapacitador mental, llevaba un par tremendo de audífonos, y
además anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Los anteojos tenían el fin no sólo de
dejarlo medio ciego, sino también de provocarle horribles dolores de cabeza.
Trozos de metal le colgaban de todo el cuerpo. Habitualmente había cierta
simetría, una eficiencia militar en los discapacitadores suministrados a las personas
fuertes, pero Harrison parecía un deshuesadero ambulante. En la carrera de la vida,
Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
Y para afearlo, los hombres de la DGD lo obligaban a usar todo el tiempo nariz roja
de payaso, a rasurarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con falsos
huecos y caries colocados al azar.
—Si ven a este muchacho —dijo la bailarina— no intenten, repito, no intenten
discutir con él.
Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. La foto de
Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla, como bilando al son de un
terremoto.
George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le costó, pues
muchas veces su propia casa había danzado del mismo modo.
—¡Dios mío! —dijo George— ¡Ese debe ser Harrison!
El ruido de un choque de automóviles le barrió esa comprensión de la cabeza.
Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había
desaparecido. Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
Harrison: un payaso enorme, repicante, estaba de pie en el centro del estudio.
Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Bailarinas,
técnicos, músicos y anunciadores estaban de rodillas ante él, esperando morir.
—¡Soy el emperador! —gritó Harrison— ¿Me oyen? ¡Soy el emperador! ¡Todos
deben hace lo que yo diga inmediatamente!
Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.
—Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí —rugió—, ¡soy más
grande gobernante que cualquier otro que haya vivido! ¡Y ahora miren cómo me
convierto en lo que puedo convertirme!
Harrison se arrancó las correas que sostenían su discapacitador como si fueran de
papel higiénico: correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.
Los pedazos de chatarra retumbaron al dar contra el suelo.
Harrison pasó los pulgares bajo la barra que aseguraba su arnés para la cabeza.
La barra se rompió como un tallo de apio. Harrison aplastó los lentes y los audífonos
contra la pared.
También se arrancó la nariz de goma descubriendo a un hombre que hubiera
estremecido a Thor, el dios de trueno.
—¡Ahora elegiré a mi emperatriz! —dijo, mirando al grupo arrodillado a sus pies—.
Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.
Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un
sauce.
Harrison sacó el discapacitador mental de la oreja de la bailarina y luego los
discapacitadores físicos con asombrosa delicadeza. Finalmente le quitó la máscara.
La bailarina era de una belleza cegadora.
—Ahora —dijo Harrison tomándole la mano—, ¿le mostramos a la gente lo que
significa la palabra “danza”? ¡Música! —ordenó.
Los músicos treparon de vuelta a sus sillas, y Harrison les quitó también sus
discapacitadores.
—Toquen tan bien como puedan —les dijo— y les haré barones y duques y
condes.
La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison
alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba
la música como deseaba que la tocaran. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.
La música comenzó de nuevo y estuvo mucho mejor.
Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como
esperando a que los latidos de sus corazones concordaran con la música.
Luego se alzaron en puntas de pie. Harrison tomó entre sus manazas el talle
delgado de la bailarina, haciéndole sentir la ingravidez que pronto sería suya.
Y entonces, en una explosión de gracia y alegría, saltaron al aire.
No sólo abandonaron las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y
las del movimiento.
Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.
Saltaron como ciervos en la Luna.
El cielorraso estaba a diez metros de altura, pero con cada salto los bailarines se
acercaban más a él.
Pronto fue evidente que intentaban tocarlo.
Lo tocaron.
Y luego, neutralizando la gravedad con puro amor y voluntad, se quedaron
suspendidos en el aire a unos pocos centímetros bajo el cielorraso, y allí se besaron
durante largo tiempo.
Fue entonces que Diana Moon Glampers, la Directora General de Discapacitación,
entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces y el
emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.
Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo
que tenían diez segundos para ponerse otra vez los discapacitadores.
En ese momento el tubo de la televisión de los Bergeron se quemó.
Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto. Pero George había
ido a la cocina por una lata de cerveza.
George regresó con la cerveza y se detuvo mientras una señal discapacitadora lo
sacudía de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
—Has estado llorando —le dijo a Hazel.
—Sí —dijo ella.
—¿Por qué? —dijo él.
—No me acuerdo. Algo bien triste en la televisión.
—¿Qué era? —dijo él.
—Lo tengo confundido en la cabeza —dijo Hazel.
—Olvida las cosas tristes —dijo George.
—Eso hago siempre —dijo Hazel.
—Esa es mi chica —dijo George. Torció la cara. Había el ruido de una
remachadora en su cabeza.
—Uy. Ese sí estuvo duro, ¿no? —dijo Hazel.
—Y que lo digas.
—Uy —dijo Hazel—. Ese sí estuvo duro.
LOS NUEVE BILLONES DE NOMBRES DE DIOS
-Esta es una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que
esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que
alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio
tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su...
ejem... establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría
explicarme que intentan hacer con ella?
-Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando
cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la
equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier
operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para
nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido
modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas
de cifras.
-No acabo de comprender...
-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de
hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así
que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.
-Naturalmente.
-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos
los posibles nombres de Dios.
-¿Qué quiere decir?
-Tenemos motivos para creer- continuó el lama, imperturbable- que todos esos
nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos
ideado.
-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.?2
-Oh- exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo
por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas. ¿Pero cuál es exactamente la
finalidad de este proyecto?
El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había
ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.
-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias.
Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera,
sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de
cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las
posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar
verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras,
hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.
-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA... y han continuado hasta ZZZZZZZ...
-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio.
Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy
fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para
eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar mas de tres
veces consecutivas.
-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.
-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun
cuando usted entendiera nuestro lenguaje.
-Estoy seguro de ello- dijo Wagner, apresuradanente- Siga.
-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese
trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada
letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se
podrá hacer en cien días.
El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan,
situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas
naturales, no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país,
aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación,
llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún limite a las locuras de
la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El
cliente siempre tenia razón...?3
-No hay duda- replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima
listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me
preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.
-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para
poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su
máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el
transporte desde allí.
-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.-
El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa- hay otras
dos cuestiones... -Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña
hoja de papel.
-Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.
-Gracias. Parece ser... hum... adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo
en mencionarla... pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto.
¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?
-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios.
Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el
monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para
proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias. Desde luego - admitió el
doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.
La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a
todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies
de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes
a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el
viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se
había preocupado de averiguar.
Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamas. El
"Proyecto Shangri-La", como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios.
Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel
cubiertas de galimatías.?4 Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido
disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes
de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las maquinas de escribir
electromaticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros
enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no
sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban
preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales
quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama
(a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de
pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era
Cristiana. Eran capaces de una cosa así.
George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al
tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre,
Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre
los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los
menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su
favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que
realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo...
-Escucha, George -dijo Chuck, con urgencia-. He sabido algo que puede significar un
disgusto.
-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? -ésta era la peor contingencia que
George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más
horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le
parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vinculo con su tierra.
-No, no es nada de eso. -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él,
porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo
de todo esto.
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.
-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por
qué. Es la cosa más loca...
-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.
-...pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver
cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo
menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el
ultimo ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que?5 tiene, si yo había
pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo... y
entonces me lo explicó.
-Sigue; voy captando.
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y
admiten que hay unos nueve billones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza
humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno
continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.
-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en
acción, acaba con todas las cosas y... ¡Listos!
-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo.
Chuck dejo escapar una risita nerviosa.
-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes que ocurrió? Me miró de un
modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:
"No se trata de nada tan trivial como eso".
George estuvo pensando durante unos momentos.
-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué
supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima
diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.
-Sí... pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la
traca final no estalle -o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea-, nos pueden
culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta
situación no me gusta ni pizca.
-Comprendo - dijo George, lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de
cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana,
teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el
domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus
casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera
podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en
sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
-Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no
somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio;?6 y
sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me
gustaría estar en otro sitio.
-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta
que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos.
Claro que - dijo Chuck, pensativamente - siempre podríamos probar con un ligero
sabotaje.
-Y un cuerno podríamos. Eso empeoraría las cosas.
Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día,
tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a
partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que
necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos
una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos,
desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar
en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces
ya no nos podrán coger.
-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un
trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedare y aceptare lo que venga.
-Sigue sin gustarme -dijo, siete días mas tarde, mientras los pequeños pero resistentes
burritos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no
pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos
infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han
sido. Me pregunto como se lo va a tomar Sam.
-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía
que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la
máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de
eso... claro que, para él, ya no hay ningún después... George se volvió en la silla y
miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar
con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se
recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían
como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego,
compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían
compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora,
llevados por el furor y la desesperación?
¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel
mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con?sus
túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes
principiantes las sacaban de las maquinas de escribir y las pegaban a los grandes
volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las
letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso
mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, penso
George, eran ya como para subirse por las paredes.
-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?
Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la
pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia
la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó
que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente
pendiente abajo.
La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima.
Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y
ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta
incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e
iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no
habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del
tiempo. Esta había sido su ultima preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo
de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como
fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto,
George consultó su reloj.
-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando
en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo.
Estaba calculado para esta hora.
Chuck no contesto, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara
de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.
-Mira - susurro Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.
Siempre hay una ultima vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se
estaban apagando.
Margarita o el poder de la farmacopea
[Cuento - Texto completo.]
Adolfo Bioy Casares
Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia.
Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana —una ventana
abierta a la altura del hombro— que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches
salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la
puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te
atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la
vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, le ordenó él.
Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de
apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la
cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con
fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de
la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con
fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, repitió.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño al niño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la oscuridad él trató de abrir los
aferrados dedos ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no
paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la
muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas.
Así, la cuestión quedó zanjada.
JUAN RULFO
(MÉXICO, 1918-1986)
—TÚ QUE VAS allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si
ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo,
trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla
del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas
de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que
Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el
monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí,
sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería
sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que
allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había
traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía
tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las
sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como
espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le
zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no
morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te
alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como
cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos.
Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y
oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin
sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba
para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya.
Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga
que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba,
Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen
que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace
horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo,
mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que
no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre.
Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera
dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo
curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted.
Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras
mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el
sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas
heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien,
volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos,
donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya
no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me
tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que
yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos,
viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre
Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le
tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede
ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá
arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche
y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran
los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la
hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo
solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te
daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y
eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia
a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras
fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a
ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella
estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar
las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le
pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad?
Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar
de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han
herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a
nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra
lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la
impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le
doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el
pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose
de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta
esperanza.
PARÁBOLA DEL TRUEQUE
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
JUAN JOSÉ ARREOLA
Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del
pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos.
Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie
pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas
rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del
traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a
la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras.
Pero no era tan rubia como ellas.
Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso.
Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró
deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí,
estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la
ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre.
Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco
podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó
por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me
quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva.
Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.
Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.
No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos
temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un
papel de convidados de piedra.
Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad
tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y
voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al
atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos.
Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos
pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad.
Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas
trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una
especie de eunuco en aquel edén placentero.
Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la
calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía
de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos
sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no
tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que
su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la
tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada
hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras
pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.
-¡No me tengas lástima!
Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su
respuesta entre lágrimas:
-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía
un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.
Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos
recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de
salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no
pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se
les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de
sabe Dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones
indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la
prueba de las primeras lluvias.
El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo
también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su
mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un
examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito
en el cielo.
Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres
brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas
de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su
procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había
recibido una mujer falsificada.
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los
cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo
de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover
con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó
hecha una lástima, una verdadera momia.
Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud
general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo
disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala
entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba
naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron
las ganas de cambiarla.
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del
mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al
cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas,
como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por
cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel
hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de
estropear a base de ácido sulfúrico.
Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si
prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla
verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon
que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al
decirlo una cara de condenados.
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va
llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de
orgullo.
FIN
PASEO NOCTURNO
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
RUBEM FONSECA
Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en
Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.
A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era
nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado.
Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que
comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica
100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi
boca quedó seca como un desierto.
Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o
grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas
que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias,
por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa
de junto porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo
preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la
de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que
no era una gran belleza. Extraño.
-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el
tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.
Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.
Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle
acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo que realmente me gustaría
hacer- explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con
el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que
seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz
reinaba en el mundo.
-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?
No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría una línea
como esa?
Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para
mi.
Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y
percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en
su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha
escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la
noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.
Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que
haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me
ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.
Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia
triste, ¿no crees?”
-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas
esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.
-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he
imaginado en cada detalle. Es como un sueño.
El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta
Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el
chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos
a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro
justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y
breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:
Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la
claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro,
desapareciendo en la multitud. Para siempre.
“Neighbors”
Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que
solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera,
dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con
sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación
con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los
Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a
cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo
relacionado con el trabajo de Jim.
Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una
compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para
combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de
vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus
parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían
de comer a Kitty, y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos
y se besaron ligeramente en los labios.
—¡Divertíos! — dijo Bill a Harriet.
—Desde luego — respondió Harriet — Divertíos también.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le guiñó un ojo.
—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!
—Así lo haré — respondió Arlene.
—¡Divertíos! dijo Bill.
—Por supuesto — dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo — Y gracias de
nuevo.
Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron
adiós con la mano también.
—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros — dijo Bill.
—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones — dijo Arlene. Le cogió del
brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su
apartamento.
Después de cenar Arlene dijo:
—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche — Estaba de
pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había
comprado el año pasado en Santa Fe.
Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba
denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las
ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había
venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y
hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.
Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó
rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de
las latas colocadas. Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se
miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de
las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al
día según las instrucciones — y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó
una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y
abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal.
Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en
el aparador.
Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y
asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado
algo.
—¿Qué te ha retenido? — dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas,
mirando televisión.
—Nada. Jugando con Kitty — dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le tocó los
senos.
—Vámonos a la cama, cariño — dijo él.
Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en
su descanso de por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el
estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta
que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender
del ascensor.
—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano — dijo ella.
Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejo que
usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de
seguirla dentro.
—Vámonos a la cama — dijo él.
—¿Ahora? — rió ella — ¿Qué te pasa?
—Nada. Quítate el vestido — La agarró toscamente, y ella le dijo:
—¡Dios mío! Bill
Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron
con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.
—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty — dijo ella.
—Estaba en este momento pensando en eso — dijo él — Iré ahora mismo.
Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando
regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver
a su caja—dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los
cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los
platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos
mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama
parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el
cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se
los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo
cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la
puerta.
—¿Qué te ha retenido tanto? — dijo Arlene — Llevas más de una hora aquí.
—¿De verdad? — respondió él.
—Sí, de verdad — dijo ella.
—Tuve que ir al baño — dijo él.
—Tienes tu propio baño — dijo ella.
—No me pude aguantar — dijo él.
Aquella noche volvieron a hacer el amor.
Por la mañana hizo que Arlene llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó
un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió
mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al
apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata
moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.
En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se
preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la
ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones
considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez.
Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo.
Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la
llevó al baño, y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y
después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era.
Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún
día. No podía acordarse de sus caras o la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y
con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en
el espejo.
Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos
pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones
de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró
en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de
vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y
azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.
En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió
observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a
quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior
hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el
sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda
blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color
vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero
comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón
detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.
No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron.
Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a
continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la
cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.
—Ponte cómodo mientras voy a su casa — dijo ella — Lee el periódico o haz algo —
Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.
Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión.
Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.
—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? — llamó él.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
—¿Estuve mucho tiempo aquí? — dijo ella.
—Bueno, sí estuviste — dijo él.
—¿De verdad? — dijo ella — Supongo que he debido estar jugando con Kitty.
La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.
—Es divertido — dijo ella — Sabes, ir a la casa de alguien más así. — Asintió con la
cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su
propio apartamento.
—Es divertido — dijo él.
Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus
mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó
también.
—¡Jolines! — dijo ella — Jooliines — cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo
con las manos — Me acabo de acordar que me olvidé real y verdaderamente de lo que
había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró —¿No es
eso tonto? — No lo creo — dijo él — Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e
iré contigo.
Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se cogió de su
brazo en su músculo y dijo:
—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.
Él se paró en medio del vestíbulo.
—¿Qué clase de fotografías?
—Ya las verás tú mismo — dijo ella y le miró con atención.
—No estarás bromeando — sonrió él — ¿Dónde?
—En un cajón — dijo ella.
—No bromeas — dijo él.
Y entonces ella dijo:
—Tal vez no regresarán — e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.
—Pudiera suceder — dijo él — Todo pudiera suceder.
—O tal vez regresarán y … — pero no terminó.
Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló
casi no se podía oír su voz.
—La llave — dijo él — Dámela.
—¿Qué? — dijo ella — Miró fijamente a la puerta.
—La llave — dijo él — Tú tienes la llave.
—¡Dios mío! — dijo ella — Dejé la llave dentro.
—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo.
No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era dificultosa. Él abrió
sus brazos y ella se le echó en ellos.
—No te preocupes — le dijo al oído — Por Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera contra el
viento, y se prepararon.
UN MARIDO SIN VOCACIÓN (SIN LA LETRA “E”)
[CUENTO - TEXTO COMPLETO.]
ENRIQUE JARDIEL PONCELA
Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las
acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia
matrimonial.
-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo
Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un matrimonio?
-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con una muchacha?
-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo ignoro.
-¿Cómo?
-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa,
algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la
Casa(publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!… Una boda como todas
las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas,
sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las
rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal…
Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos
gritos brotaron:
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.
Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí…
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni
notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más
mínima por construir un hogar dichoso.
-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy
ciudadano casado…
Y corroboró rabioso:
-¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía
dos mil grados la rabia masculina.
-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como
unas natillas!… No hay ya salvación para mí…, ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con
infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no
logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada…
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.
Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la
burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.
-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.
-¿Cuál?
-La sustitución más original vista hasta ahora… Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la
foto… ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta…
¡Cuidado! ¡Así!… ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y
salió con Silvia orondo y dichoso.
-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.
Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora… ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a
Irún había adquirido un magnífico color antracita.
***
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a
la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a
su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia
un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial,
multiplicando la dosis.
***
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un
dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un
paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.
***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía
imposibilitado para otra boda con otra Silvia…
FIN
VENDRÁN LLUVIAS SUAVES
La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de
levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta.
El reloj continuó su tictac, repitiendo y repitiendo sus llamados en el vacío. Las siete y
nueve, hora del desayuno, las siete y nueve.
—Hoy es 4 de agosto de 2026 —dijo otra voz desde el cielo raso de la cocina— en la
ciudad de Allendale, California. —Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la
olvidara. —Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la
boda de Tilita. Hoy es el día de pago de la póliza del seguro y de las cuentas del agua,
el gas y la electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas
magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, las ocho
y uno. Pero las puertas no se golpearon, las alfombras no recibieron las suaves
pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de calle, el aparato del
tiempo cantó suavemente: Lluvia, lluvia, vete… zapatones, impermeables... Y la lluvia
golpeteó la casa vacía, como un eco.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un
brazo de aluminio los arrojó al vertedero, y un remolino de agua caliente los metió en
una garganta de metal que los digirió y los llevó al océano distante. Los platos sucios
cayeron en una máquina de lavar y emergieron relucientes y secos.
De las guaridas de los muros, salieron velozmente los ratones mecánicos. Las
habitaciones se poblaron de animalitos de goma y metal que tropezaron con las sillas
moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando
suavemente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, se escondieron en
sus cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó detrás de la lluvia. La casa se alzaba solitaria en una ciudad de
escombros y de cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en
ruinas emitía un resplandor radiactivo visible desde varios kilómetros.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas y unas ráfagas
luminosas de rocío llenaron el aire suave de la mañana. El agua golpeó los vidrios y
descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde la casa había perdido toda
su pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta
pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía,
una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos —las imágenes grabadas
en la madera en un instante titánico—, un niño con las manos levantadas; más arriba,
la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto,
preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer.
Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El
resto era una fina capa de carbón.
La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en gotas.
Hasta este día, qué bien había conservado la casa su propia paz. Qué
cuidadosamente había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y
como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le habían respondido, había
cerrado herméticamente los vidrios y persianas, con unas precauciones de solterona
lindantes con la paranoia mecánica.
Se estremecía con todos los sonidos. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana se
sacudía y el pájaro escapaba, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro debía tocar la
casa.
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en
coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e
inútiles.
El mediodía.
Pues ni el fragmento de una hoja entraba por debajo de la puerta sin que se abrieran
los paneles de los muros y salieran rápidamente los ratones de cobre. El polvo, el pelo
o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero,
desaparecían en las guaridas. De allí bajaban al sótano por unos tubos y eran
arrojados al horno siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro
como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y ladró histéricamente, ante todas las puertas, hasta
que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que
silencio.
El perro, tendido ante la puerta, respiraba anhelante con los ojos encendidos y el
hocico espumoso. De pronto, giró locamente sobre sí mismo, mordiéndose la cola, y
cayó, muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
De las paredes del patio salieron unas mesas de bridge. Las barajas revolotearon
sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y
sándwiches de lechuga, tomate y huevo. Sonó una música.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como
manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal,
frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con
media pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las
noches eran frescas ahora.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el cielo raso de la biblioteca.
—Ya que no indica lo que prefiere —dijo la voz al fin—, elegiré un poema cualquiera.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los cielos rasos. Pero el
solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo,
devorando, mientras las voces repetían a coro:
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había
roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto
en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas
ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y
los surtidores de las paredes lanzaban sus duchas de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió
lentamente y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que
durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba
totalmente agotada.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color
de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas viejas caras de robot y de las bocas de
grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que retrocede ante una serpiente muerta. Y
fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una
venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego, más inteligente, mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván
llegó hasta las bombas. Una explosión. El cerebro del desván, el director de las
bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas
escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y
diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río
humeante…
Murieron otras diez voces. Y en el último momento, bajo el alud de fuego, otros coros
indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora
automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la
puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en
una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de
maniática confusión, aunque con cierta unidad. Cantando y chillando los últimos
ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa arrastrando las
horribles cenizas. Y en la encendida biblioteca una voz leyó una poesía tras otra con
una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película,
hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de
humo.
La aurora asomó débilmente por el Este. Entre las ruinas se levantaba solo una pared.
Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se
elevaba sobre el montón de escombros humeantes: