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A:"Lista Virtual" <Virtual@yahoogrupos.com.mx>, "Lista Dinamicas"


<dinamicas@yahoogrupos.com.mx>
De:"ACM" <acm_mex@hotmail.com>
Fecha:Mon, 5 Aug 2002 21:22:09 -0500
Asunto:[dinamicas] adolescentes Echa una mirada a tu vida

Educación en la preadolescencia
Echa una mirada a tu vida

>> El ejemplo noble


hace fáciles
los hechos m ás difíciles.
Goethe

La importancia del ejemplo

Si es doloroso ver c ómo se pierde un chico por una mala compañía, quiz á lo sea aún más ver
cómo se deteriora –de forma lenta y sutil, pero igualmente destructora – cuando sus padres no
pueden servirle de guía por carecer de virtudes, puesto que nadie da lo que no tiene.

Nada es más triste que un padre o una madre que, cuando pretende enseñar, tiene que decir
que no se fijen en la vida de quien habla.

El niño tiende enormemente a la imitación, también en esta edad. Imita la forma de hablar de
su padre, la forma de escribir del profesor en la pizarra, el modo de vestirse de un compañero,
las reacciones de su hermano mayor ante algo que le ha contrariado, los gestos y expresiones
de un cantante famoso en la televisión..., todo.

Atribuirá a las cosas el valor y la importancia que les den las personas a quienes más aprecia,
que son el modelo en que se mira: normalmente, su familia. Es cierto que sobre el chico
recaen también otras muy poderosas influencias, pero los padres cuentan desde el principio
con un gran prestigio y un mayor ascendiente, porque son el modelo natural más cercano y
querido que tienen.

Algunos padres deberían fiar m ás en el ejemplo, y menos en sus palabras, en esos manidos
discursos sobre cómo se hacían las cosas "cuando yo ten ía tu edad". Son las dichosas
experiencias de los padres sabelotodos que tanto cansan a los chicos. Padres que hablan
demasiado, que agotan a sus hijos con reflexiones trasnochadas, pero que difícilmente pueden
mostrar un ejemplo de su vida actual que arrastre a nadie. La educación no entra a voces en
las personas, sino –como la semilla– sin hacer ruido al caer en tierra.

Todas estas páginas tienen como telón de fondo la decisiva importancia de la influencia del
ejemplo, que es uno de los medios más poderosos con que cuentan los padres. Si supieran
mucha ciencia de la educación, o mucha pedagogía, pero no participaran personalmente de
aquello que quieren transmitir, será realmente difícil que tengan éxito.

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Cuando se trata de formar, lo que vale es lo que somos, y lo que nos esforzamos en ser, más
que lo que decimos.

Importa mucho
dar ejemplo también de
esforzarse por mejorar.

Pero... ¿basta con el ejemplo? El caso de Oscar

—Con lo que dices, parece que el ejemplo lo es todo, y ya no hace falta hacer m ás.

El ejemplo no lo es todo. Es de gran importancia, pero no basta con el ejemplo sólo. Recuerdo
una anécdota que viene muy al caso.

Oscar era un chico de doce años, inteligente y buen muchacho, a quien tuve oportunidad de
tratar más de cerca en un campamento, durante las vacaciones escolares. En este régimen de
vida queda muy de manifiesto la forma de ser de cada uno, y Oscar enseguida se reveló como
personaje caprichoso, que se enfadaba continuamente en el deporte y en los juegos, no quería
ayudar a recoger las mesas, resultaba bastante antipático a sus compañeros, se las arreglaba
para hacer siempre lo menos posible...; en fin, un desastre.

En contra de lo que pudiera pensarse, sus padres eran excelentes personas. Un auténtico
contraejemplo de la premisa básica que acabamos de enunciar sobre el valor ejemplar de la
figura de los padres.

Hablé con ellos. Me decían: "Mira, Oscar es un chico excelente, con muy buenos sentimientos,
está lleno de valores positivos por dentro. Por el corazón te lo ganas siempre que quieras...".

La glosa sobre su carácter era quizá algo optimista para lo que yo había podido ver, pero no
quise interrumpirles. Sus palabras discurrían en un tono sorprendentemente alabador.

Al hablarles, con enorme delicadeza, de lo que en el campamento se había visto, se mostraron


contrariados y apenas admitían que tuviera ninguno de esos defectos que tan patentes
resultaban. La defensa que hacían de sus supuestas virtudes era demasiado vehemente. Ver lo
positivo de un hijo es algo natural, y bueno, pero se trataba de encontrar el modo de ayudarle,
y estaban poco abiertos a admitir nada distinto de lo que ellos pensaban.

Al final bajamos al detalle de cómo actuaba en casa. Fueron saliendo cuestiones concretas
muy reveladoras. Por ejemplo:

l Habitualmente era papá quien ponía la mesa mientras Oscar veía la televisión.
l Era mamá quien dejaba la plancha para acercarse a abrir la puerta porque el chico
estaba muy atareado con sus juegos en el ordenador.
l Suspendía habitualmente varias asignaturas, pero achacaban esos resultados a
injusticias de los profesores y a la mala suerte.
l Comía a su capricho, y con pocas excepciones.
l Cuando llegaba a casa dejaba todo tirado. Para recogerlo estaba la atenta solicitud
materna.
l Ellos casi siempre cedían sin apenas resistencia.
l Tanto papá como mam á le hacían frecuentes consideraciones sobre su reprobable

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actitud, pero –insistían– "no podemos forzar al chico, tiene que salir de él".

Hablando sobre la posibilidad de ser algo más firmes, a la vista del fracaso del sistema,
su padre me decía: "Mira, yo soy jefe del departamento de atención al cliente de mi
empresa; tengo mucha experiencia sobre como hay que tratar a la gente. Si el chico
hiciera las cosas forzado, crecería con un espíritu retorcido, lleno de resentimientos, y así
no se consigue nada. Nuestro sistema va dando sus frutos; de vez en cuando tiene unos
detalles que compensan con creces lo otro."

Sus palabras contenían toda una filosofía muy razonable pero mal llevada a la práctica.
Ciertamente eran unos padres sacrificados, daban un buen ejemplo continuo a su hijo y
estaban preocupados por hacer nacer en él ideas positivas y motivarle. Pero su excesiva
permisividad era un error grave, casi tan grande como su ingenuidad. Por los frutos podía
evaluarse la eficacia del método. Una idea de fondo buena, pero aplicada
incorrectamente.

Es preciso dar ejemplo a los chicos, motivarles y hacer nacer en ellos ideas positivas, sí.
Pero eso no equivale a consentirles todo mientras se espera la llegada de esas iniciativas.
No se trata de introducir en la casa una disciplina militar, pero no es formativo que de
modo habitual no ayude en nada, que nunca pueda hacer pequeños recados, o darle
siempre la razón, o permitir que haga siempre lo que le d é la gana. Tan equivocado es ser
excesivamente severos como excesivamente tolerantes.

Es mejor plantear esa batalla en términos positivos: que sea él mismo –que bien puede ya
a esta edad– quien se haga la cama, se cepille los zapatos, ayude a poner o quitar la
mesa, pase el aspirador por su habitación, ordene su armario, o trabajos por el estilo. Son
cosas que influyen mucho en la consolidación de un buen carácter y que repercuten
siempre de modo favorable en el ambiente familiar.

Es verdad que quien no vive lo que enseña, no enseña nada. Y que hay que esforzarse
en la mejora personal para así servirles de modelo, pero también hay que aprender cómo
actuar para educarlos bien.

Es cierto que
educamos por lo que somos,
pero también
por lo que hacemos.

¿Recuerdas cómo eras a los 12 a ños?

Para educar, es decisivo conocer muy bien. Y conocer de verdad a una persona es
entender de verdad a esa persona.

Debemos pensar en cada hijo, poniéndonos en su lugar e intentando comprender cada


vez mejor la complejidad y riqueza de su carácter.

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A veces tenemos una capacidad sorprendente para olvidarnos de la propia infancia y


borrar de un plumazo de nuestra memoria toda la rebeldía ante nuestros padres, lo poco
que nos gustaba estudiar o lo que nos molestaba tal o cual actitud en los mayores.

Resulta muy útil


rememorar cómo éramos
nosotros a su edad.

y repasar un poco todos esos recuerdos infantiles para dar perspectiva histórica a
nuestras ideas. Recordar cuáles eran nuestras reacciones, qué pensábamos en
situaciones análogas o qu é sentíamos cuando nos decían algo parecido.

Llegar a tiempo

Aníbal, aquel gran caudillo cartaginés, allá por el siglo III antes de Cristo, se decidió a
atacar a los romanos en su misma tierra. Preparó la expedición a Italia con cuidado.
Atravesó los Pirineos y la cordillera de los Alpes, a costa de grandes esfuerzos. Esta
última travesía le llevó alrededor de un mes, y supuso la pérdida de numerosos medios,
sobre todo caballos y elefantes.

A partir de ese momento, fue ya de victoria en victoria. En la batalla de Cannas (216 antes
de Cristo), produjo unas setenta mil bajas a los romanos, entre los que se encontraban
ochenta senadores y numerosos equites. Pero entonces, en vez de ir directamente contra
Roma, se retiró a Capua, donde se le atribuye, a él y a su ejército, una vida de ocio y
placeres (las famosas "delicias de Capua").

Esto dio tiempo a los romanos para reorganizarse y acabar venciendo a An íbal. Cuentan
que el famoso general, ante su inminente derrota, se lamentaba así de su retraso en
atacar la capital de Imperio: "¡Cuando podía, no quise. Y ahora que querría, no puedo!".

—¿Y qué quieres decir con esto de An íbal?

Pues que con la educación del chico puede repetirse la historia de Aníbal. Cuando más se
podría hacer, se le consiente todo, enternecidos por su encantadora sencillez y su infantil
simpatía, y no se actúa. Y cuando por fin se quiere actuar, resulta que ya es tarde.

Muchos padres son poco conscientes de la envergadura y magnitud de las fuerzas que
dificultan la correcta educación de los chicos durante su adolescencia.

Hace poco leí que si un avión de cada cuatro en vuelo se estrellara, nadie tomaría un
avión. Y que si un automóvil de cada cuatro vendidos tuviera la dirección estropeada, las
fábricas de automóviles tendrían que cerrar. Y que, sin embargo, en el sistema educativo,
que se dedica a algo mucho más importante que fabricar automóviles o aviones, fracasan
uno de cada cuatro chicos...

—Oye, me estás poniendo negro el horizonte...

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Bueno, no se trata aquí de presentar panoramas desoladores. Simplemente, es que casi


todos los actuales jóvenes problematizados de 17, 20 ó 25 años, fueron antes uno de
esos niños activos y despreocupados que jugaban felices en el patio del colegio. Pero la
raíz del problema ya estaba presente entonces.

Lo que se hace o deja de hacerse en la infancia influye directamente en la mayor o menor


resistencia de los chicos al ataque de todos los agentes negativos que en el futuro va a
tener que soportar.

Ya hemos hablado de cómo muchos padres sólo empiezan a preocuparse ante los signos
de alarma de los catorce o diecis éis años, e infravaloran la educación del niño de menos
edad. Les parece, quiz á, que su hijo no dar á muchos problemas porque le ven con diez o
doce años, a ún manejable y en apariencia desproblematizado. Pero las crisis tienen su
historia y su prehistoria.

Siempre es mejor
formar en la infancia
que resolver problemas
en la adolescencia.

Quizá ven a su hijo, pero no le observan en profundidad. No caen en la cuenta de la


trascendencia de un detalle y otro, y se les pasan así los mejores años, casi sin darse
cuenta. A lo mejor piensan que es aún una criatura sin problemas y que la etapa
educativa importante vendrá después, con las "edades difíciles". No es así.

Para educar
con una mínima garantía de acierto
hay que aprovechar muy bien
los diez primeros años.

Y si las cosas no han ido muy bien, la edad de los diez o doce a ños es casi la última
oportunidad de recuperar el terreno perdido con todavía bastantes posibilidades de éxito.
Más adelante, el chico disminuye drásticamente su receptividad ante los padres y es
bastante más difícil reconducir entonces una educación deficiente.

Lograr unos resultados


fuera de su periodo natural
más propicio
exige un mayor esfuerzo
y una fuerza de voluntad
muy superior.

No quiere decir esto que más tarde no tenga remedio. Simplemente sucede que, como
con tantas otras capacidades –nadar, montar en bicicleta, jugar al fútbol, mantener el
equilibrio sobre un monopatín, aprender idiomas, música, o tantas otras cosas–, o se
adquieren muy al principio, durante su correspondiente periodo sensitivo, o luego no es
fácil llegar a desarrollarlas bien.

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El chico debe ahora salir de una etapa fuertemente influenciada por el egocentrismo. Si
no se le forma bien, puede acabar dominado por un egoísmo invasor que busca la
satisfacción de sus caprichos e imponer su deseo a quienes le rodean. No pensemos que
el simple transcurso del tiempo resolverá este problema, porque si no se actúa, su falta de
defensas le llevará a un progresivo deterioro personal.

Fuente: sitio interrogantes.net


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"La Paz de Cristo, en el Reino de Cristo"

Acción Católica Mexicana Querétaro.


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Jose Luis Aboytes.


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