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En la actualidad, el gobierno se empeña de una manera asidua en fomentar la educación con

calidad en los diferentes colegios de nuestro país, promoviendo estrategias que motiven a los
adolescentes y jóvenes para que se esfuercen en sacar las mejores calificaciones. Ante esta
iniciativa del gobierno, muchos padres de familia se pueden ver en la necesidad de forzar a sus
hijos para que

En la actualidad, el matoneo en los colegios es asumido con suficiente delicadeza y atención por
parte de las autoridades estatales. Para nadie es un secreto que este problema altera, no solo la
convivencia escolar, sino también el rendimiento de los involucrados, tanto victimas como
victimarios. Los docentes, en su tarea de formar a sus alumnos en valores y en principios morales,
humanos y éticos, deben empeñarse por erradicar de la mejor manera esta situación de sus aulas.
Pero, ¡quién lo diría! Desafortunadamente, ellos mismos son los encargados de fomentar el
bullying entre los mismos estudiantes, a veces como agentes del mismo.

Quienes hayan pasado alguna vez por las aulas desde muy temprana edad, saben de primera
mano qué se sintió recibir un reglazo, un jalón de orejas o de brazos por parte de una profesora de
jardín y/o preescolar. Nadie quisiera recordar esos momentos tan atroces, los cuales propiciaban
un llanto tan insoportable y ciertas pataletas, como muestra exasperante del deseo de nunca
volver a ver a tan aterradora verdugo de la infancia.

Sin embargo, el panorama no da para retroceder a tantos años. Duele ver que, a estas alturas,
todavía se presente un cierto grado de matoneo por parte de los docentes, siendo ellos la causa
de deserción, bajo rendimiento académico y autoagresión en los estudiantes.

Al respecto, es cuestionante la labor de algunos maestros, sobre todo cuando se lee y analiza un
estudio realizado en un colegio ubicado en Ciudad Bolívar, en la capital de Bogotá. Es alarmante
encontrar que, en el momento, muchos docentes se jactan con las burlas, bromas y apodos que
les hacen a esos pobres niños y adolescentes, quienes deberían aprender, del ejemplo de sus
tutores, cosas positivas para la vida.

¿Qué estudiante no se siente abrumado por el abuso de autoridad de su maestro? ¿Acaso se


levantará deseoso de asistir a su jornada académica habitual? ¿No osará más bien en quedarse en
su habitación, deseando alargar el día entre llantos y razones para no volver a estudiar?

Considero que los profesores tienen una gran responsabilidad en el rendimiento y en el nivel de
autoestima que tengan sus estudiantes. No sería lógico exigirles buenas calificaciones, cuando las
condiciones del entorno en los colegios no están pactadas. A la angustia y el temor que pueden
tener los niños y adolescentes por razones familiares y psicológicas, se le suma el trato
irrespetuoso e imparcial de los maestros.