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El mecanismo del mundo autista

Por Miguel Fernández

Creo que es justo suponer que todos vivimos una especie de omisión básica. El
absurdo ejemplo que se me ocurrió fue el de que, cuando somos niños, los adultos nos
omiten de una amplia cantidad de conversaciones, actividades y labores por el natural
motivo de que somos niños. Los niños deben hacer cosas de niños, y no meterse en el
mundo de los adultos. Es, por supuesto, algo que no deriva (al menos no
necesariamente) en ningún tipo de discriminación, pero es un trato diferencial que
establece un pequeño fenómeno de segregación entre grupos de edades y
distanciamiento entre las generaciones. Ahora bien, pese al malestar que esto pueda
causar en un menor de edad, no es como si realmente los niños deberían actuar en contra
de que esto ocurra. Al fin y al cabo, nadie es niño por siempre, y nos llegará
eventualmente la oportunidad de participar en el mundo adulto.

No es igual de fácil hablar acerca de lo que separa a los oyentes de los Sordos. La
condición fisiológica no es suficiente para explicarlo, desde mi punto de vista, teniendo
en cuenta que las segregaciones humanas principales han sido a causa del sexo, la raza
y la religión, que han dado lugar a diferentes tipos de discriminación en la historia, pero
entre oyentes y Sordos las clasificaciones sexuales, raciales y religiosas son
completamente paralelas. Como si no hubiese ninguna diferencia, para empezar,
además del hecho de que unos viven en un mundo oral y el otro en un visual. Pero, ¿no
es similar el principio al del niño que espera pertenecer al mundo adulto? El Sordo que se
pregunta a sí mismo “¿cuándo podré ser parte del mundo oyente?” es aquel que de tener
un hijo Sordo, opta por oralizarlo (como en el caso de Ben Bahan). Y esto es tan audista
como el oyente que infravalora al Sordo solo porque se comunica de una manera distinta
a la suya.

Me dio curiosidad, desde esa perspectiva, por qué hay tanto audismo tanto entre
oyentes como Sordos, dado que estos últimos son las principales víctimas de este
fenómeno. Fue tentador inicialmente culpar a la oralización, pues los movimientos
oralistas se ha visto la discriminación a la comunicación señante que le brinda a un Sordo
su identidad cultural, pero opiné que ello tan solo era ser superficial, y que tal vez tenga
más culpa la práctica colonialista en general. Pero, lo cierto es que algo ha hecho de
nosotros un mundo audista, en menor o mayor medida, ya sea desde el momento en el
que, así sea por una necesidad de proteger al otro, pensamos en lo que el Sordo no
debería hacer, así como en el que un Sordo se desvalorice a sí mismo por los números
tropiezos con las barreras que ha encontrado en este mundo.
Es ciertamente difícil sacar una conclusión de un tema como este, especialmente
cuando afuera en el mundo aún existen discusiones sobre por qué las mujeres fomentan
el sexismo, o por qué las mismas minorías raciales demuestran racismo hacia sus propios
grupos. Pero, sin lugar a dudas, creo que el camino está en el descubrir y apreciar el valor
de las personas y la diversidad. Cada grupo necesita establecer orgullo en lo suyo, y
compartirlo con todos los demás, como lo es ahora la Sorditud. No pienso que esa
Sorditud debería limitarse a crear un impacto dentro de la circunferencia de la cultura
Sorda, sino al mundo en general. No el mundo oyente, ni el mundo Sordo, sino el mundo
que compartimos. Tal vez así veremos menos audismo en Sordos y oyentes. Tal vez por
eso se abren más puertas en las sociedades modernas para las personas con diversidad.
Tal vez por eso muchos oyentes, como yo, hemos querido derribar las barreras y tener
un contacto humano con la cultura Sorda.

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