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BERNHARD HÁRING

CENTRARSE EN DIOS
La oración, aliento de nuestra fe

BARCELONA
EDITORIAL HERDER
1982
Ver sión cast ellana de J. M. LÓ PEZ DE CAS TRO ,
de la obr a de BERNHARD HÁ RING, Gebet: Gewinn der Mitte,
publicada por Verlag Styr ia, de Gr ao

Tercera edición 1981

IMPRÍMAS E: Bar cel ona, 21 de j uli o de 1975


JosÉ CAPMANY. obispo auxiliar y vicario gener al

© Editorial 1-lerdee S.A., Provenza 388, Barcelona (España) 1976

ISBN 84-254-1.054-1

Es PROPIEDAD D E P Ó S ITO L E G A L : B . 3 6 .2 5 5 - 1 9 8 1 P R IN TED IN SP AIN

GR A F ES A - N á po l e s, 2 49 - B a r c e l on a
INDICE

Introducción .......................................................................................................... 7

1. ORAR EN EL NOMBRE DE JESÚS . . . . . . . . . . 9


Jesús 12 — Cristo, el ungido 14 — Jesús, el siervo de Dios
17 — Israel, su siervo 20 — El camino, la verdad y la vida 23 —
Cristo, la alianza 26 — Jesús, el diálogo 31 — Cristo, el pro-
feta 36 — Cristo, nuestra esperanza 41 — Cristo, el médico
divino 43 — Jesús, el buen pastor 46 — Cristo, liberador y
salvador 52 — Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación
56 —Hijo de Dios e Hijo del hombre 59 — Emmanuel, Dios
con nosotros 61 — Alabanza al nombre de Dios 65.

II. ORACIÓN Y PRESENCIA DE DIOS . . e . . . . . . . 69


Presencia de Dios en su creación 71 — La presencia del Verbo
hecho hombre 74 — La presencia de Jesús entre sus discípulos 77
— La presencia del resucitado 79 — Señor, quédate con nosotros,
que es tarde 82 — Pedro y Juan en el camino hacia la fe 84 —
La permanencia de Jesús con su Igles ia 87 — La presencia
de Cristo en la Eucaristía 89 — La presencia de Jesús en el
sacramento del altar 94 — La venida de Jesús en el bautismo 95 —
Presencia del Señor en los signos eficaces de la reconciliación
99 — El ministerio sacerdotal, signo de la proximidad de Cristo
102 — La presencia de Jesús en la vida matrimonial 103 — La
presencia de Jesús con los enfermos 107 — Presencia de Cristo
en la comunidad fraterna 108 — La venida de Jesús en el pobre
110 — La presencia de Dios trinitario en sus amigos 112.

III. ORACIÓN Y TEOLOGÍA . . . . . . . . . . . 115


Teología es oración, oración es teología 115 — Conocimiento de
Dios y de los hombres 121 — Cómo se convierte la teología en
oración 124.

5
índice

IV. ORACIÓN Y VIGILANCIA . . . . . . . . . . . 129


La historia de la salvación como venida del Señor 130 — Tú,
que duermes, ¡despierta! 133 — Fidelidad creadora 137.

V. LA ORACIÓN DE LA FE . . . . . . . . . . . 145
La alegría de la fe 146 — Fe en unidad y solidaridad 150 — Fe
en la dignidad de cada hombre 153 — Fe en la libertad de
todos los hombres 156.

VI. EL DIÁLOGO DE LA FE Y LA ORACIÓN . . . . . . . 161


Experiencia religiosa y oración comunitaria 161 — El diálogo
de la fe como meditación comunitaria 163 — Las diversas oca-
siones para el diálogo de la fe 165 — La respuesta comunitaria
a la palabra de Dios 166 — La confesión comunitaria de fe
167 — La oración de los fieles 167 — La acción de gracias des-
pués de la comunión 168 — La oración de las horas 168.

VII. ESCUELAS DE ORACIÓN . . . . . . . . . . . 171


Diversos tipos de casas de oración 174 — Experiencias y reflexio-
nes 176 — ¿Una esperanza o un sueño? 178.

6
INTRODUCCIÓN

En la actual crisis de fe no basta exhortarnos o exhortar a otros:


«¡Ora, ora!» Ante todo nos preguntamos qué es orar, cómo podemos
poner ante Dios nuestra vida diaria, encontrarle en nuestras rela -
ciones humanas.
La oración es conocimiento amoroso de Dios, un profundo an-
helo de conocerle mejor, de amarle más, expresión de aquel amor
que se otorga al conocimiento y que crece constantemente con él.
Por ello, al meditar sobre el nombre de Jesús, lo hacemos de modo
que podamos llegar a conocerle mejor y, a la luz de este modelo,
trazar el de nuestra vida. Así es como la teología se convierte en
oración y la oración se revela como la mejor teología.
En la oración encontramos a Dios, que era, viene y está siempre
llegando. La oración es una vida en la realidad presente de Dios,
un estar dispuesto a decir «sí», cuando él nos llama. «¡Señor, aquí
estoy, llámame! ¡Señor, aquí estoy, envíame!» Nada puede unir
más a los hombres que la conciencia agradecida del hecho de que
oramos al mismo Padre y honramos su nombre cada vez que nos
respetamos, estimamos y amamos los unos a los otros.
La oración es el aliento de nuestra fe. Cuando es auténtica,
garantiza su fecundidad: por la fe en el único Dios y Padre, en
el único Señor Jesucristo, unidos en la fe en el único Espíritu
Santo, llegamos también a la fe en la dignidad y libertad de tod os
los hombres, experimentamos la alegría de la fe y comenzamos a
vivir realmente la libertad propia de los hijos e hijas de Dios.
Si me atrevo aquí a hacer partícipes de mis propias meditaciones

7
Introducción

y plegarias a mis hermanos y hermanas en Cristo, me esforzaré sin


duda por actuar con gran circunspección. Pero aun en aquellos
casos en que me ciño a lo esencial de la fe, estoy expresando, sin
embargo, una parte de mí propia vida. Mas ello es también expre-
sión de los muchos otros que me han enseñado a orar. En mi
oración se hallan presentes mis padres, que me enseñaron a consi-
derarla como una maravillosa prerrogativa de los hijos de Dios.
En mi oración están siempre presentes mis muchos amigos, que me
han acompañado con la suya en el camino de mi vida. En esta
última han dejado profundas huellas sencillos hombres de Rusia
que rezaron conmigo y que me aceptaron como hermano en Cristo
y sacerdote. En años pasados me han servido también de gran estímu-
lo las «casas de oración». Las plegarias aquí apuntadas son, en
definitiva, su oración, la de todos ellos, y son también la expresión
de mi agradecimiento por lo que me han enseñado.
No sin razón se ha hablado de un descentrarse como de la
gran desgracia de nuestro tiempo. En las páginas que siguen, mis
esfuerzos se orientarán de modo especial a mostrar cómo en la
oración podemos centrarnos y encontrar el espíritu de la totalidad.

8
Capítulo primero

ORAR EN EL NOMBRE DE JESÚS

En la oración sacerdotal de Jesús, oración que en cierto modo


es su testamento solemne, se nombran el conocimiento de Dios y
la revelación del nombre de Dios en un solo hálito. « É sta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que
enviaste, Jesucristo... He manifestado tu nombre a los que del
mundo me diste» (Jn 17, 3-6).
Nuestra oración es cristiana en la medida en que oramos en
el nombre de Jesús, en que lo conocemos amorosamente y, por
medio de él, llegamos a un conocimiento más profundo y alegre del
Padre. En la oración expresamos nuestro propio yo, nuestro nombre
único e irrepetible que sólo Dios conoce y que nosotros vamos
descubriendo poco a poco a medida que progresamos en el conoci-
miento del Dios verdadero.
En la oración no solamente invocamos el nombre de Dios con
el fin de obtener ayuda. Alabamos a Dios para que nos revele su
nombre y también para que nos llame a nosotros con nombres.
Al orar nos percibimos a nosotros mismos como don del Padre,
nos entregamos a él y le hallamos en ese amor suyo universal
que nos convoca a todos los hombres
Cuando Dios nos habla y nos invita a responderle y a encontrar
en él nuestra alegría, es siempre su palabra y obra una revelación
de su propio ser, de su nombre. Cristo da un significado del todo
especial a la revelación del nombre de Dios como Padre y nos
enseña a orar al Padre en su propio nombre. Por ello es tan im-
portante llegar a comprender el nombre de Dios y el nombre de

9
Orar en el nombre de Jesús

su Hijo muy amado. Para esto hemos de trasladarnos al mundo


cultural israelita. Al nacer un niño se reunían todos sus familiares
con amigos y vecinos; todos en común reflexionaban sobre qué
nombre habrían de darle como programa de vida. El nombre era
para ellos la revelación de un secreto y, al mismo tiempo, un
don y una llamada a la rectitud. Cuando Isabel y Zacarías fueron
bendecidos por Dios en su avanzada edad, se reunieron todos sus
amigos para dar juntos las gracias a Dios por aquel don, y busca -
ron un nombre que fuera expresión de esta gratitud. Finalmente
decidieron darle el nombre de su padre, Zacarías. Pero este último
respondió: «No, su nombre es Juan», que significa: Dios ha tenido
misericordia. La vida entera y el mensaje de Juan el Bautista
fueron fieles a este programa. Juan es enviado para comunicar a
todos con su testimonio y su palabra que Dios se revela a los
hombres como aquel que tiene compasión de ellos, como amor
misericordioso.

El acto de conferir nombre tiene en la mayoría de las culturas


africanas tanta importancia como en Israel. Para estos pueblos
carece de sentido dar al niño en el bautismo un nombre que no
contenga un mensaje inteligible y valedero para su vida. Una vez
pregunté yo a un simpático catequista en el Chad qué significaba
su nombre africano. Me respondió inmediatamente: «Abandonado
y arrojado al desierto.» Me explicó que su padre, para poder reci -
bir el bautismo, había abandonado a su madre, sin saber, natural-
mente, que ésta se hallaba encinta. «Cuando ella dio a luz en su
abandono, se reunieron todos los miembros de su familia y me
dieron este nombre para que nunca me olvidase del trance por el
que había pasado mi madre. Mi nombre me obliga a todo respeto
y amor hacia ella.»

Otro de mis amigos africanos, un obispo, tiene un nombre que


significa: «Y no obstante esperamos». Su madre lo concibió en
séptimo lugar, después que hubieron muertos sus otros seis her-
manos. Por ello su nombre es esperanza, y él, que es el primer
sacerdote y primer obispo de su estirpe, se dedica a predicar, de
palabra y obra, la esperanza en la vida permanente.
Los mahometanos tienen una especie de rosario; invocan a
Dios bajo diversos nombres y alaban sus atributos. Su rosario es,
10
Orar en el nombre de Jesús

pues, alabanza de Dios en sus atributos revelados por él mism o


en la historia de la salvación. Es expresión de la confianz a en
Dios y significa progreso en el conocimiento de Dios y de su plan
de salvación. La oración que sigue nos da una idea de la belleza de
este rosario y puede también ayudarnos a nosotros a alabar el
nombre de Dios:

«Alabado sea el altísimo; él dice a su servidor: Búscame y me


encontrarás.
»Yo soy el todopoderoso, el que dio ser a cuanto existe; bús-
came y me encontrarás.
»Yo soy el juez: búscame con corazón humilde y me encontrarás.
»Yo soy la generosidad, el dador de todo cuanto es bueno: bús-
came y me encontrarás.
»Yo soy el Señor, el que a todo da ser y forma: admira mis
obras, adórame a mí solo y me encontrarás.
»Yo soy el proveedor: búscame y me encontrarás.
»Yo soy el amparo de todo hombre que en mí confía; yo soy
su refugio: búscame y me encontrarás.
»Yo soy el Dios sapientísimo: busca sabiduría en mí y me
encontrarás.
»Yo soy el protector; guardo a mis servidores contra todo
enemigo: búscame y me encontrarás.
»Abogado soy de viudas y huérfanos, de pobres y oprimidos.
Ellos me buscan y tú me encuentras en ellos: búscame y me en-
contrarás.
»Yo soy aquel que oye y atiende las súplicas. Presto oídos a
quienes me sirven: búscame y me encontrarás.
»Cuando te postras ante mí, tu Señor, para suplicarme, yo
estoy cerca de ti: búscame y me encontrarás.
»Yo soy el misericordioso: No reparo en tu culpa cuando en
mí buscas tu refugio y honras mi voluntad. Búscame y me encon-
trarás.
»¿Acaso no sabes que estoy más cerca de ti que el latido de
tu corazón? Búscame y me encontrarás.»

11
Orar en el nombre de Jesús
Nosotros los cristianos, que por otro lado tenemos muchas
otras cosas en común con los musulmanes, poseemos oraciones pa-
r e c id a s , po r e jem p lo la s l e ta n ía s d e l n om b r e d e J e sús .
En las reflexiones que siguen no es mí intención repetir una
por una todas las bellas invocaciones de dicha letanía. Únicamente
he escogido entre los nombres bíblicos del Señor aquellos que aún
tienen algo especial que transmitirnos a nosotros, hombres de hoy, y
que pueden ayudamos en el nombre o en los nombres de Jesús
a reconocer nuestro propio programa de vida.
Todas las seguridades están de nuestra parte si oramos en el
nombre de Jesús. Por ello es tan importante que lo conozcamos
y que nuestra oración sea un firme compromiso con este nombre.
Si conocemos el nombre de Jesús, por el mismo hecho conocemos
en amor y adoración al Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en
él se ha manifestado.
Dios y Padre nuestro, tú has revelado y glorificado tu nombre
en tu Hijo Jesucristo. Haz que nuestra vida entera no sea otra
cosa que alabanza de tu nombre, oración que constantemente repita:
«Santificado sea tu nombre.» Haz que todos tus hijos unidos en tu
Hijo amado y unidos entre sí por el Espíritu Santo conozcan y
amen tu nombre, y lo honren en la rectitud, el amor fraterno y la
paz. Te lo rogamos en el nombre de Jesús.

JESÚS

El nombre de Jesús (Yeshúa) significa: «Dios es nuestra salva-


ción.» Jesús es la revelación total del nombre de Yahveh: Yo soy
el que soy. En Jesús Dios se revela a sí mismo como el que es, es
decir como el amante, el liberador, el salvador.
Dios es el amor todopoderoso; está siempre dispuesto a salvar
y a liberar quienes invocan su nombre. Conocer el nombre de
Jesús y orar en su nombre es ante todo expresión de nuestra con-
fianza en él. Es reconocer humildemente que por nosotros mismos
nada podemos hacer en orden a nuestra salvación, que dependemos
enteramente de él y que, por ello, sólo nos encontramos verda-
deramente a nosotros mismos cuando nos confiamos del todo a él.

12
Jesús

En la religiosidad rusa la oración a Jesús desempeña un im-


portante papel. Está inspirada en la plegaria de Bartimeo, el men-
digo ciego de Jericó. Cuando éste oyó que Jesús pasaba por allí
cerca, tuvo de repente una certidumbre: sólo él puede ayudarme.
Por eso se pone a llamarle y a gritar: « ¡Hijo de David, Jesús, ten
piedad de mí!» (Mc 10, 47). Algunos de la comitiva de Jesús le
amonestaron severamente para que se callase. Pero él siguió gri-
tando con voz aún más fuerte: ¡Hijo de David, Jesús, ten piedad
de mí!» Y Jesús se le manifiesta como aquel que le ha respondido
al oír su nombre, como su remediador y salvador. En el Evangelio
según san Mateo 20, 29-34 encontramos dos mendigos ciegos de
Jericó que claman al mismo tiempo: «¡Señor!, ¡Hijo de David!,
¡ten piedad de nosotros!» El piadoso hombre ruso, que constante-
mente tiene el nombre de Jesús en su corazón y en sus labios, se
considera en el lugar de este ciego de Jericó que juntamente con
Bartimeo suplica: «¡ Jesús, Hijo de David!; ¡Jesús, Hijo del Dios
viviente!, ¡ten piedad de nosotros!» Cuanto mayor es nuestro co-
nocimiento de Jesús y de su nombre, tanto más experimentamos la
necesidad de la salvación y tanto más confiamos en que Cristo es
nuestra luz, nuestra vida y nuestra ayuda. Al orar en el nombre
de Jesús experimentamos pues existencialmente la acción de la
gracia en nuestro ser. Nuestro ser se torna salvación cada vez
más, a medida que nos percibimos a nosotros mismos y a todo
cuanto está en nosotros y cuanto nos rodea como don del único Dios
y Padre, y a medida también que lo reconocemos agradecidos en
nuestra oración y en nuestra vida. Siempre que de verdad oramos
en el nombre de Jesús, permitimos que Dios nos libere de nuestra
necia confianza en nosotros mismos. Un mundo que pone toda su
confianza en lo factible y organizable, en el progreso de la
técnica y las ciencias empíricas, se hace a sí mismo cada vez más
incapaz de conocer y aceptar el nombre de Jesús. Un mundo que ha
perdido la dimensión de la gracia se convierte en un horrible coro de
gallos que, desde el estercolero de su miseria y de su presunción,
cantan día tras día: «Señor, yo soy tu servidor; ¡pero no te olvides
de que hago salir el sol!»

Solamente por la oración confiada y perseverante, una oración de


acción de gracias, alabanza y súplica, llegamos a un conocimiento

13
Orar en el nombre de Jesús

más pleno del nombre de Jesús y nos abrimos a la experiencia de


aquel amor del que san Pablo dice: «Todo lo excusó, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta» (1Cor 13, 7). Cada vez que nos
unimos sinceramente en oración y alabamos e invocamos a Jesús
como a nuestro salvador, aprendemos a confiar los unos en los
otros, a respetarnos mutuamente y a amarnos, convirtiéndose así
Jesús en aliento de nuestra vida.
Oh Jesús, tu nombre me da valor. A ti dirijo mi corazón y mi
vista. Tú eres la Vida de mi vida, la luz que ilumina mi camino.
Líbrame de toda superficialidad y estúpida confianza en mí mismo.
Haz que todos los hombres conozcan que necesitan algo más que
el pan de cada día y una producción siempre creciente de bienes
materiales. Haz que todos te busquemos; pues sólo en tu nombre
está la salvación, la alegría, la felicidad. Danos el valor de reconocer
y aceptar los límites de nuestras propias posibilidades, para que
podamos más y más persuadirnos de que sólo tú eres nuestra salva-
ción y nuestra fuerza. Haz, Señor, que conozcamos y apreciemos
cada vez más la acción de la gracia en nuestra vida. Danos aquella
sana confianza en nuestras propias posibilidades, que se funda en
la estima y agradecimiento por lo que hay de bueno en nuestros
semejantes. Todo en mi vida, mis flaquezas como lo bueno que en
mí existe, todo ello me trae a tu nombre; porque todo bien procede
de ti y tú solo puedes sanar mis defectos y mi ceguera.

C R IS T O, EL U NG ID O

La Iglesia concluye de ordinario sus oraciones con estos dos


nombres: «Por Jesucristo nuestro Señor». En nuestras plegarias
reconocemos a Jesús como el Cristo, el mesías, el ungido. Ha reci-
bido en su naturaleza humana la plenitud del Espíritu. Ha sido
ungido con el óleo de la alegría para anunciarnos su buena nueva.
Ha sido ungido, consagrado, para entregarse por nosotros y para
que así también nosotros seamos «consagrados en la verdad».
En Jesús hombre se halla presente la plenitud de la divinidad,
la Palabra eterna del Padre de una manera única y especial. La
existencia humana de Jesús forma parte del acontecimiento eterno

14
Cristo, el ungido

en que el Padre se da a sí mismo en su Palabra y en que la Palabra


retorna a él en d amor y el gozo del Espíritu. Ya en su existencia
terrena, pero más aún por su resurrección, se halla Jesús totalmente
integrado en la Palabra gozosa en que el Padre se expresa en su
bienaventuranza y que es completa y dichosa respuesta en un eterno
júbilo.
La naturaleza humana de Jesús, unida a la Palabra eterna, ha sido
ungida con el óleo de la alegría. Su existencia entera es misión en el
Espíritu Santo. Él mismo explica en la sinagoga de su ciudad natal el
concepto que de sí tiene: «El Espíritu del Señor está sobre mí; porque
me ungió para anunciar el evangelio a los pobres» (Le 4, 18). En la
Palabra eterna, unido al Padre por la fuerza del Espíritu Santo, Jesús
irradia gozo y bienaventuranza para todos aquellos que conocen y viven
su nombre de mesías, de Cristo. Para todos cuantos en él buscan su
alegría y felicidad y su salvación, Jesús es el Cristo, el Señor glorioso que
envía el Espíritu y que con el Espíritu abre las fuentes del más puro
gozo.
Honramos y alabamos el nombre de Cristo siempre que oímos la
buena nueva con el corazón abierto y que aceptamos las bien-
aventuranzas como don y consigna para nuestra vida. En la medida en
que conocemos el nombre de Jesús nos hallamos dispuestos a andar
con él el camino que conduce a la fuente y centro del gozo eterno.

Reconocemos el espíritu de los hombres en los ideales y tareas a


que se entregan. El Espíritu que descansa en Cristo y que le envía se
hace patente en su vida eterna, pero sobre todo en su muerte, en su
disposición a consagrarse por completo a la salvación de los hombres.
La actuación pública de Jesús hasta su muerte y resurrección se
caracteriza por la venida del Espíritu Santo. Cuando tras su bautismo en
el Jordán se hallaba sumido en oración, abrióse el cielo y el Espíritu
Santo descendió sobre él en forma visible. En el bautismo, que recibe
juntamente con sus hermanos y hermanas necesitados de salvación,
manifiesta Jesús su total disposición a llevar la carga que a ellos
corresponde. Y podrá ser fiel a esta tarea hasta su último aliento, hasta
aquella su última plegaria: «Todo está consumado», porque le ha sido
dada la plenitud del. Espíritu. «Y el Espíritu del Señor reposará sobre él,
el Espíritu

15
Orar en el nombre de Jesús

de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fuerza, el


Espíritu de conocimiento de Dios y de temor del Señor. Como las
aguas cubren el mar, así está la tierra llena del conocimiento de
Dios» (Is 11, 2 y 9). El Espíritu de Dios lleva a Jesús al desierto
y le da fuerzas en los momentos en que sufre como hombre el
más extremo abandono. El Espíritu Santo le impulsa a caminar de
un sitio para otro anunciando la buena nueva. Por el poder del
Espíritu Santo arroja Jesús los espíritus malignos y sana a los en-
fermos. Por la fuerza del Espíritu Santo se convierte en el pobre
dichoso que, siendo como es eternamente rico, se hace pobre para
que todos tengan parte en el reino de Dios. Por hallarse él mismo
lleno del gozo del Espíritu Santo, puede consagrarse por entero a
los pobres, a los despreciados, a los desposeídos y explotados, y
enseñarles el camino hacia la libertad.
En su oración sacerdotal alaba Jesús al Padre por su misión
como ungido: «Por ellos yo me consagro a mí mismo, para que
ellos también sean consagrados en la verdad» (Jn 17,19). Mediante
su entrega en la cruz por sus hermanos y mediante esta última
prueba de la confianza con que abandona su espíritu en las manos
del Padre, se convierte Jesús para todos cuantos creen en él en
fuente de agua viva. «Quien tenga sed venga a mí y beba. Quien
cree en mí, como ha dicho la Escritura: ríos de agua viva correrán
de su seno. Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que había de
recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37 -39). Todo aquél que se
abre en la fe a los dones del Espíritu Santo se convierte en men -
sajero de la paz, bondad y libertad de los hijos de Dios. Quienes
permiten que Cristo, el ungido, se apodere por completo de ellos
reciben los dones de Dios con tal gratitud que les hace especialmente
sensibles a la voz de Dios, los signos del tiempo y las necesidades
del prójimo. Oramos en el nombre de Cristo, el ungido, por la
rectitud y pureza de nuestras intenciones y obras, por la discre -
ción de espíritus, por aquella franqueza interior y pureza de cora-
zón que nos permite acatar leyes y normas con toda libertad de
espíritu y ordenarlo todo en función del gran mandamiento de amor
a Dios y al prójimo.

Con nuestra confianza puesta en tu ungido, tu siervo Jesús, te


invocamos: Abba, Padre, envíanos el Espíritu Santo para que seamos

16
Jesús, el siervo de Dios

consagrados como verdaderos discípulos de Cristo, y para que


gozosos y alegres nos pongamos al servicio de su Evangelio. Oh
Dios, bien sé que este tiempo terreno no es asiento para la dicha
celestial. Pero, te lo ruego en el nombre de tu siervo ungido, dame
esa alegría interna que me permita llevar día a día mi cruz y,
aun en medio de las pruebas, irradiar paz, bondad, piedad sincera.
Ayúdame a permanecer siempre fiel en oración y contemplación
y a no poner jamás límite alguno a la acción del Espíritu Santo
en mí.

JESÚS, EL SIERVO DE DIOS

Cristo es anunciado en los cánticos del Deutero-Isaías como


el siervo de Dios. «He aquí a mi siervo amado, en quien me com-
plazco. A él he comunicado mi Espíritu: él traerá justicia a las
naciones. No gritará ni reprenderá, ni alzará su voz en la calle. No
romperá la caña quebrada, y no apagará el pábilo que resplandece»
(Is 42, 1-3).
Nosotros somos auténticos discípulos de Cristo cuando toda
nuestra vida y nuestra oración honra y reconoce su nombre de
mesías, de siervo de Dios. Esto lleva consigo una actitud de servi-
cio, una disposición a llevar la carga de los demás y, en espíritu
de caridad, a ganar a los hombres para el reino de Dios.
En su firme determinación de mantenerse fiel al nombre de
siervo de Dios hasta el fin, se convierte Jesús en «objeto de con-
tradicción, para que queden patentes los pensamientos de muchos
corazones» (Lc 2, 34-35). Toda la vida pública de Jesús hasta su
muerte es una historia única en su género de la tensión entre dos
esperanzas mesiánicas totalmente distintas. Es esperado por mu-
chos que se hallan dispuestos a seguirle si les promete poder y
gloria terrena. La tentación del poder terrenal le acecha en múl-
tiples formas de falsa piedad. Incluso se ve obligado a recriminar
a su querido discípulo Pedro con duras palabras: «Quítate de mi
presencia, satanás; eres un tropiezo para mí, porque no piensas a
lo divino, sino a lo humano» (Mt 16, 23).
Mientras sus discípulos sigan sin entender que él es el Mesías

17
Orar en el nombre de Jesús

del Deutero-Isaías, el siervo de Dios, se niega a que anuncien


este nombre de «mesías». Todos sus esfuerzos tienden a dar a sus
discípulos una imagen clara e inequívoca de su vocación como
siervo de Dios y de los hombres.
María, su madre, y los anavim o «humildes de la tierra»
saludan y dan la bienvenida a aquel que, montado sobre un asno,
entra como sumiso y apacible servidor de Dios y de los
hombres. Es muy lógico pensar que Jesús a menudo oyó los cánticos
del Deutero-Isaías de labios de María y José. Prueba de ello es el
Magnificat, único y sublime canto al siervo de Dios, expresión
de toda una vida de alabanza y servicio.
El Padre ha ensalzado a Jesús y le ha dado un nombre sobre
todo nombre, porque él es su siervo humilde y obediente. Y, sin
embargo, la tensión y división entre los diversos tipos de esperanza
mesiánica sigue presente a lo largo de toda la historia de la Iglesia.
Aun cuando creen en la cruz de Cristo, intentan los judeocristianos
imponer a los cristianos de procedencia gentil su estilo propio y
costumbres judías, para así obtener también del siervo de Dios
algo más que redunde en gloria de su propia nación. Los descen-
dientes de Pedro y de los demás apóstoles se dejan seducir por
el esplendor de la era constantiniana. Pretenden el poder directo
o bien buscan indirectamente ejercer poder sobre aquellos que lo
detentan en la tierra. Se olvidan en su vida de la humildad y
sencillez. Son santos quienes, por el contrario, hacen del nombre
de Jesús «servidor de Dios» su programa de vida. Y la fuerza del
Espíritu Santo, que ungió y envió al siervo humilde, se manifiesta
también en el hecho de que un papa poderoso, como Inocencio III,
llega a reconocer que humildes servidores como Francisco de Asís
son el verdadero sostén de la Iglesia.

Oramos en el nombre de Jesús, el siervo de Dios, y nos com-


prometemos con este nombre cuando por todos los dones que hemos
recibido de Dios y por las necesidades de nuestros hermanos los
hombres nos sentimos impulsados a dedicarnos a su servicio y al
bien universal. Cristo, el siervo de Dios, es Señor y Salvador.
Pertenecemos al número de los escogidos de su Padre y experi-
mentamos las bienaventuranzas de su reino en la medida en que
nos comprometemos en este nombre a una constante actitud de

18
Jesús, el siervo de Dios

servicio. Para ello nos es necesaria la fuerza del Espíritu Santo,


en la que Jesús mismo se ha hecho el servidor de todos. «Nuestra
debilidad, él la ha llevado él, cargó sobre sí nuestros dolores, mien-
tras nosotros le teníamos por destruido y aniquilado en las manos
de Dios. Pero fue herido por nuestros agravios, abatido por nues-
tros pecados. Soportó los golpes, que nos traen la salvación. Por
sus heridas hemos sido sanados» (Is 53, 4-6).
En el nombre de Cristo, tu siervo, te alabamos Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque a él, tu humilde servidor, has
revelado la plenitud de tu sabiduría. Esa ha sido tu voluntad; nadie
puede llegar a ti ni al conocimiento del misterio de la salvación si
no es por Jesús, que se revela a los pequeños y humildes.
Te has glorificado como Padre en tu Verbo omnipotente, que se
hizo hombre para levantar su tienda entre nosotros y llevar nuestra
carga. Caemos de rodillas y damos gloria a su nombre, le reconoce-
mos para salvación nuestra como a Señor, siempre que estamos en
disposición de servir. Cristo, tu siervo, es nuestra bienaventuranza
cuando por el Espíritu Santo nos volvemos humildes y agradecidos,
venimos a tu presencia como mendigos y ponemos tus dones al
servicio de nuestros hermanos. Tu siervo ungido es nuestra paz y
reconciliación, nuestra salvación, si en él nos hacemos mansos y mi-
sericordiosos, y nos convertimos en mensajeros de paz.
En el nombre de tu humilde siervo Jesús te rogamos, Padre,
que nos envíes el Espíritu de fortaleza para que en nuestro servicio
nos infunda fuerza y alegría. Concédenos no pretender tanto ser en-
tendidos como entender a los demás, no buscar tanto ser admirados
como aceptar de buen grado a nuestros semejantes. Danos libertad
interior en el servir para que nunca manipulemos ni abusemos de
nuestro prójimo.
Padre, sabemos que siempre nos escuchas si te pedimos estos
dones en el nombre de tu siervo Jesús. Haz que nuestra oración sea
sincera hoy, que te pidamos de veras estos dones y que por ellos
nos hallemos también dispuestos a aceptar humillaciones y toda
suerte de inesperadas e ingratas experiencias que nos permitan ,
parecernos a tu Hijo y servidor Jesús. Pues sabemos que sólo as í
podemos de verdad tener parte en su reino y ser juzgados dignos
hijos tuyos.

19
Orar en el nombre de Jesús

ISRAEL, SU SIERVO

La vida entera de María, Hija de Sión, canta las alabanzas del


nuevo Israel, siervo: «[Dios] tomó bajo su amparo a su siervo
Israel» (Lc 1, 54). ¿Quién es este siervo Israel? Es el pueblo
escogido, los hijos de Abraham, Isaac y Jacob. Su hija más preclara
es María, la humilde doncella. Pero última y definitivamente es el
hijo de María, en quien todas las esperanzas de Israel se realizan.
Él es el nuevo Israel, el siervo. Todos aquellos que le siguen con
María, la sierva del Señor, y que en él reconocen al Cristo, al
siervo de Dios, le honran también como a Israel, el siervo, y edi -
fican el nuevo Israel.

Literalmente Israel significa «uno que ha luchado con Dios»


(Gén 32 21-31). Este nombre fue dado a Jacob, padre de las doce
tribus, como signo y promesa al final de una atribulada y profunda
experiencia mística de la santidad de Dios. Quedó para siempre
marcado con el signo de esta aflicción, pero al mismo tiempo expe-
rimentó la poderosa atracción del amor de Dios como fuente de
toda bendición: «No te dejaré partir hasta que me hayas bendecido»
(Gén 32, 27).
Jesús, el nuevo Israel, ha luchado con Dios, su Padre, en la
experiencia mucho más dolorosa de una humanidad pecadora a
quien él sustituía delante de Dios: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por
qué me has desamparado?» (Mc 15, 34). En esa lucha se convierte
Jesús en manifestación de confianza triunfante como respuesta
definitiva al amor fascinante del Padre: «Padre, en tus manos enco-
miendo mi espíritu» (Le 23, 46). Él, que primero fue alzado en
la cruz y luego ensalzado por el Padre con un nombre sobre todo
nombre, atraerá ahora todo hacia él. Lo que el nombre de Israel
significaba para Jacob se realiza total y verdaderamente en Jesús
mediante el misterio de pascua. Él es el verdadero Israel, el siervo.
Es éste un nombre que denota elección, y con el siervo escogido
Jesús incluye a todos aquellos que honran dicho nombre.

En las grandes profecías mesiánicas del Deutero-Isaías, el len-


guaje de Dios se vuelve singularmente tierno y afectuoso cuando
habla de s u sier vo Israel: «Pero tú, Israel, siervo mío, semilla de

20
Israel, su siervo

Abraham, mi amigo: Yo te elegí llamándote de los confines de la


tierra y de remotas regiones; tú eres aquel a quien llamo mi
siervo; tú eres mi elegido y no te abandonaré: No temas, yo estoy
contigo» (Is 41, 8 10). «Recuerda esto, Jacob; tú, Israel eres mi
-

siervo; yo te he formado para que seas siervo mío. Oh, Israel,


jamás te abandonaré» (Is 44, 21).
Todos los nombres de Jesús revelan diversos aspectos del mismo
misterio de salvación, de dolor, de amor victorioso y confianza, de
humildad y glorificación, de santo temor de Dios y gozo en el
Señor. Los nombres de Israel y siervo iluminan con luz clara toda
la historia de la salvación, desde Jacob hasta el cierre de la nueva
alianza en la sangre del nuevo Israel, el siervo Jesús, e ilustran
también toda la historia de la Iglesia, a la que está destinada la
bendición de Jacob, pero que asimismo constantemente ha de vivir
la turbulenta experiencia de Jacob; de hecho, la tremenda lucha
de Cristo con el Padre. Una y otra vez la Iglesia es llamada a
afrontarse con el Dios santísimo, que escucha a los humildes y
derriba de su trono a los soberbios.

Jacob (Israel) y sus descendientes son escogidos por Dios como


pueblo aliado a pesar de su insignificancia. Se realizaría en ellos la
promesa de bendición divina siempre y cuando se vieran a sí mis-
mos como siervos del Dios único. Su misión no era mezclarse en
la política de los poderosos, sino honrar el nombre del único Dios
y Creador y anunciar a todos los pueblos su amor gratuito. Con
demasiada frecuencia, empero, ha olvidado Israel en el curso de la
historia la lucha de su padre Jacob con Dios, ha procurado el poder
terreno y aun ha usado la religión de Yahveh como trampolí n de
su propio enaltecimiento. Consideró riqueza y bienestar como signos
de sus prerrogativas y olvidó harto fácilmente que todo bien pro -
cede de Dios y que los frutos de una bendición permanecen mientras
son recibidos con gratitud y empleados en bien de todos los hom-
bres y de todos los pueblos. Las clases poderosas y privilegiadas
de Israel fueron traidoras a su misión cuando se negaron a aceptar
a Cristo, el siervo de Dios, el nuevo Israel. Pero tampoco hemos de
olvidar al resto escogido, a aquellos que formaban parte de los
«humildes de la tierra» y que hallaron la fe en el siervo de Dios.

A las iglesias cristianas no les asiste razón alguna para menos -

21
Orar en el nombre de Jesús

preciar al antiguo Israel, pues a menudo en el curso de la historia


vastos sectores de la cristiandad han seguido el mal ejemplo de los
judíos. Abusaron del nombre de Jesús en las llamadas «guerras
santas», mutuas luchas por el poder entre naciones cristianas; arro-
gancia y violencia en nombre de la religión fueron con frecuencia
causa y motivo de profundo abandono, y un escarnio que los cris -
tianos añadieron al nombre de Jesús, el siervo de Israel.
Nosotros, hijos e hijas de la Iglesia, cantamos el magnificat
con María, la humilde sierva, y experimentamos en su totalidad la
bendición que Israel, el siervo Jesús, impetró de Dios, su Padre,
cuando declaramos una guerra sin cuartel al egoísmo y cuando en
todos los campos de nuestra vida económica, social y política nos
constituimos en paladines de aquella justicia y paz que honran el
nombre de Jesús, siervo de Dios, nuevo Israel. Cada vez que bata-
llamos con Dios en el espíritu de mansedumbre, compasión, piedad,
amor suave y humildad de Jesús, tenemos parte en sus bienaventu-
ranzas, anunciadas en la bendición que arrancó Jacob. Bendición
que alcanza a todos los hombres y a todos los pueblos.

Jesús, Hijo de David, siervo Israel, ten piedad de nosotros,


haznos humildes y mansos, de modo que conquistemos la tierra
para tu nombre. ¡Condúcenos a ti! Danos a los cristianos el espí-
ritu de humildad, para que contribuyamos a que todos los cristianos,
judíos y mahometanos que se miran en Abraham y en su antepasado
Israel te reconozcan a ti como a único Señor y Padre. Él e s tu
Padre y, por tanto, nuestro Padre, el Padre de todos.
Haz que nosotros, que celebramos la conmemoración de tu lu-
cha con el Padre, experimentemos nuestra fe como un don inmere-
cido de tu amor y caigamos cada vez más en la cuenta de esta
verdad: que sólo podemos regocijarnos en la fe si nos consagramos
a lograr la unidad de todos los hombres. Ayúdanos en las pruebas
de nuestra vida, ayúdanos también a luchar con el Padre celestial
en oración humilde y confiada, y, con nuestra vida entera, a glori-
ficarte a ti, el nuevo Israel, el siervo de Dios y de todos los hombres.
María, hija de Sión, por amor a tu Hijo y también por amor
a ti, sin olvidar a tu humilde esposo José, amamos a tu pueblo.
De él nos ha venido la salud en Jesús, él nos ha dado tantos santos
y mártires, tantos siervos de Dios, israelitas como Natanael. Ruega

22
El camino, la verdad y la vida

po r nosotros, para que toda nuestra vida permanezcamos fieles a


nuestra vocación de pertenecer al nuevo Israel, al humilde siervo;
porque, en verdad, plugo a Dios revelar sus secretos a los humildes
y p equeños. Cuando marchamos contigo, Israel, el siervo, tenemos
ya en nosotros vida eterna y crecemos en el conocimiento del Padre
y de su enviado Jesucristo.

E L C A MI NO, LA VER DA D Y LA V I DA

A la consoladora palabra de Jesús: «donde yo voy, ya sabéis el


camino.» Dícele Tomás: «Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo
vamos a conocer el camino?» Respóndele Jesús: «Yo soy el camino,
y la verdad, y la vida. Nadie llega al Padre, sino por mí. Si me
hubierais conocido, habríais conocido también a mi Padre. Ya
desde ahora lo conocéis y lo estáis viendo.» (Jn 14, 4-7).
Jesús viene del Padre para darnos a conocer la profundidad y
altura, lo ancho y largo de su amor, y regresa al Padre en el más
sublime acto de amor hacia todos los hombres, para así mostrarnos
el camino que conduce al Padre. Nadie llega al Padre, nadie puede
conocerle, a menos que el Hijo lo revele. Jesús ha venido como
sacramento, fuente de todo sacramento, como último y eficaz signo
del amor del Padre hacia nosotros: «El que me ha visto a mí,
ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Cada paso que da Jesús hacia nos -
otros es un venir del Padre. Por medio de su amor él nos lleva
de la mano para conducirnos al Padre.
Jesús no ha venido para buscarse a sí mismo y hacer su propia
voluntad, sino para liberarnos de la alienación y esclavitud del
pecado y llevarnos de nuevo al Padre. Él es el camino, porque es
la verdad salvadora y la vida, la Palabra viva del Padre. Lo que él
nos comunica no es una ideología o un conjunto de ideas y ver -
dades abstractas, sino la más concreta de las realidades: que Dios
es amor para nosotros y que a todos nos llama para que tengamos
parte en su amor y en su vida.
La Palabra del Padre, que por nosotros se hizo carne, no es
una palabra cualquiera, sino la Palabra en que el Padre nos asigna
amor, el Verbo que durante toda la eternidad alienta este amor

23
Orar en el nombre de Jesús

en el seno del Padre y cuyo Espíritu nos envía. Él conoce al Padre


y ello le impulsa a comunicarnos a nosotros esta verdad de vida y
vitalmente importante. La comunicación misma es un acto de vida,
una verdad que da vida. La palabra de Jesús nos capacita y su
gracia nos hace aptos para nombrar a Dios Padre y participar en la
realización completa del amor del Padre hacia él y hacia todos
los hombres.
Comenzamos a orar en el nombre de Jesús y a honrar este
nombre, cuando con todas nuestras fuerzas buscamos es a verdad
que es fuente de vida y que nos habilita para hacer visible a todos
los hombres el amor de Dios, Padre y salvador. En la medida en
que hayamos aprendido a orar en el nombre de Jesús podemos dejar
de discutir sobre cosas religiosas como sí de matem áticas se tra-
tara, o de ideas y especulaciones abstractas; nunca más ya, en -
tonces, nos serviremos de verdades religiosas para luchar contra
otros y darnos brillo a nosotros mismos.

Cristo es aquella verdad vital que nunca jamá s puede ser parte
en debates y discusiones. Sólo hace objeto de la revelación de sí
mismo y del Padre a quienes se hallan dispuestos a oír su Palabra,
conservarla en su corazón y llevarla a la práctica a fin de que fruc-
tifique en amor y justicia para la vida del mundo. Cristo es la
suprema verdad que se manifiesta como don gratuito y que por
ello sólo pueden recibir los hombres humildes. Los soberbios y
engreídos se cierran a esta verdad por completo.
Jesús es a la vez verdad y vida, puesto que revela la v erdad
de Dios mediante su vida entera y su muerte, fuente de vida.
Da a conocer el nombre de Dios mediante su ilimitado amor a
todos los hombres. En su sangre, derramada por todos, se halla la
última verdad de vida. Él nos hace a nosotros sus hermanos y her-
manas de sangre. Por ello nos habla de esa verdad: que Dios es
el Padre de todos los hombres. Con su palabra y su vida nos enseña
Cristo que nadie puede conocer al Dios invisible y a él, réplica
absoluta del Padre, si no es hallándose dispuesto a amar al pró-
jimo. Nuestro conocimiento de Jesús progresa en la medida en
que nosotros mismos progresamos en el amor a nuestros hermanos
junto con Jesús. Por la gracia y los sacramentos él nos hace par -
tícipes de su vida y de su gloria, para que así tambié n nosotros

24
El camino, la verdad y la vida

lleguemos a ser verdadera imagen del Padre y podamos, en amor


servicial, transmitir a otros la verdad de nuestra fe.
Jesús se revela a sí mismo y revela al Padre como verdad a
aquellos que en él buscan la vida, una vida vívida en autenticidad.
No puede revelarse a quienes se pelean por simples palabras, que
sirven de ropaje a una ortodoxia estéril, y a quienes hacen que la
r evelación degenere en una lucha verbal, mientras no se
conviertan y acepten a la verdad que no entiende de
subterfugios. Cristo es la ortodoxia hecha hombre, porque en él la
verdad es total y enteramente vida. Él proclama la nueva justicia, la
piedad, la paz, la solidaridad, mediante su vida y para nuestra vida:
para que nosotros tengamos la vida.
Cristo se da por entero, y su precepto es para nosotros una
exigencia absoluta: «Amaos los unos a los otros como yo os he
amado» (Jn 15, 12). Pero nos dirige con pacien cia. Él, que es
fuente de toda vida y nuestra última meta, se digna acompañarnos
en el camino y conducirnos por él paso a paso. Esta paciencia amo-
rosa sirve a sus amigos de poderoso estímulo para estar siempre
con él en el camino y esperar llenos de confianza su venida gloriosa,
a fin de participar eternamente en la vida del Dios trinitario.

Jesús, Hijo del Dios vivo, Hijo de David, apiádate de mí y


cúrame de mi ceguera. Ilumíname y purifícame en la fuerza del
Espíritu Santo para que, con corazón sincero, te reconozca a ti
como a mi vida, como a la verdad y el camino para mí y mis
hermanos.
Ten compasión de mí, pobre necio que día tras día me afano
por recoger inútiles noticias y pierdo horas enteras ante las super-
ficiales imágenes de la televisión o de revistas ilustradas. Ayúdame
a volver mis ojos y mi corazón hacia ti y a ver todas las cosas y
acontecimientos a la luz de tu presencia, porque tú eres la verdad.
Jesús, tú eres el camino. En dolores y gozos compartidos, por
la esperanza y la angustia, tú nos enseñas el camino seguro hacia
el Padre. Haznos uno, pues, la verdad y la vida, que tú nos pro -
metes y ya nos das, está en la unidad del amor.
Oh Señor, tú eres el sacramento vivo, la manifestación visible
del Padre invisible. Haz que mi deseo más ferviente sea siempre
conocerte mejor, para así conocer al Padre y comprender mejor lo que

25
Orar en el nombre de Jesús

significa amar con el Padre y contigo a mis hermanos. Dame fuerza


para buscarte y escuchar tu palabra allí donde ésta me interroga y
exige mi entrega radical. Dame un espíritu humilde y la fuerza de
reconocer y confesar mis pecados, siempre que no haya procedido
según la verdad que revelaste a mi conciencia.

CRISTO, LA ALIANZA

La idea medular del Antiguo Testamento es la alianza. La


alianza es un don inmerecido e inconcebiblemente alto que Dios
otorga a su pueblo y que da a la ley y a todo acontecimiento su
último sentido. Los israelitas pueden sentirse dichosos con la ley
divina, ya que es la expresión de su alianza con Dios y una ayuda
para permanecer en ella.
Es indudable que la gran visión profética de la alianza no se
difumina en cierto modo en el Nuevo Testamento. Al contrario,
no solamente se trata de una idea central, sino de su misma reali-
zación, la verdad fuente de vida en Jesucristo. Todo lo que dice
el Antiguo Testamento a propósito de la alianza de Dios con los
hombres es promesa y preparación de aquello que en Jesucristo
se convierte en plena realidad: Él es la alianza. Ya en el Deutero-
Isaías se hace evidente que el prometido siervo de Dios es la alianza
en persona: «Yo, el Señor, te llamé en justicia y te llevé de la
mano; te he formado y constituido en alianza del pueblo, en luz
de las naciones» (Is 42, 6).
Cristo es para nosotros la ley redentora y viva precisamente
en la medida en que él es la alianza, la solidaridad salvadora hecha
hombre. Muchos padres de la Iglesia aplicaron a Cristo las si-
guientes palabras del profeta Isaías: «Él nos enseñará sus caminos,
y andaremos por su sendas; pues de Sión vendrá la ley, y de
Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2, 3).
En su famoso libro Diálogo con Tritón, Justino, uno de los
más insignes pensadores cristianos de principios del siglo II, honra
a Cristo con el nombre de «Alianza y Ley». Cristo es la solidaridad
encarnada, la alianza y, por ende, para nosotros, la ley dadora de
vida, el Camino. El camino de salvación, que nos ha sido indicado

26
El camino, la verdad y la vida

por la sangre de la nueva y eterna alianza, es la solidaridad salví -


fica vivida por Cristo. Cuando uno ha vivido y muerto por todos,
a nadie más le está permitido vivir egoísticamente para sí mismo,
s ino que por Cristo y con Cristo ha de vivir para todos
aquellos a quienes él convoca en la alianza. Nuestra vida adquiere su
último sentido y su valor más alto en la opción categórica que se
nos impone de decidirnos radicalmente por Cristo, la alianza.
Éste es el único camino para superar la solidaridad en la desgra cia
y una muerte sin sentido.
Es sorprendente que el nombre de Cristo, la alianza, haya
caído casi totalmente en el olvido. Y, no obstante, tal vez ningún
otro nombre sea más importante para nuestra oración y nuestro
programa de vida.
San Juan expresa a su manera la idea de alianza. Cristo es la
alianza porque es absolutamente uno con el Padre y a la vez
enteramente uno con nosotros, «Padre santo, guárdalos en tu nom-
bre, en ese nombre que me has dado, para que, lo mismo que nos-
otros, sean uno. 12 Mientras yo estaba con ellos, yo los guardaba
en tu nombre, en ese nombre que me has dado... Que todos sean
uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos estén
en nosotros, y así el mundo crea que tú me enviaste. Y la gloria
que me has dado, yo se la he dado a ellos, para que sean uno,
como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen
a ser consumados en uno y así el mundo conozca que tú me
enviaste y que los has amado como me has amado a mí»(Jn
17, 11-23).
Podríamos traducir el término escolástico «unión hipostática»
por: Cristo, el Verbo encarnado, es absolutamente uno con el
Padre; y este ser uno se manifiesta en su total solidaridad con la
humanidad entera. Su definición de sí mismo: «Yo estoy en el Pa-
dre y el Padre está en mí» equivale a la expresión no menos signi-
ficativa : «Yo en vosotros y vosotros en mí.» Cerca de doscientas
veces encontramos en el evangelio de san Juan y en las cartas
del apóstol de los gentiles, Pablo, la afirmación fundamental de
que nosotros tenemos nueva vida en Cristo y que, por lo tanto,
hemos de vivir en Cristo. Desde luego, esto no es invitación o
Permiso para alguna especie de espiritualismo que huya del mundo;

27
Orar en el nombre de Jesús
significa, por el contrario, participación en el amor de Cristo hacia
el Padre, participación también en su solidaridad con todos los
hombres. Dietrich Bonhoeffer anuncia a Jesús, alianza para todas
las naciones, con el nombre de «el hombre para todos los demás»
Jesús no vive para sí mismo; y todos aquellos que en él tienen
nueva vida se constituyen en incondicionales promotores de la
justicia, la paz, el respeto mutuo, la afabilidad, el amor, la solida-
ridad entre todos los hombres.
Jesús es el monoteísta consumado, no sólo en el sentido de
que todo su amor y todas sus obras pertenecen a su Padre
celestial, sino también en el sentido de que su amor universal a
todos los hombres pone existencialmente de manifiesto que él da
gloria al nombre del único Padre de todos. Su muerte por la
salvación de toda la humanidad confirma y corrobora de modo
definitivo su reivindicación al título de Hijo unigénito del Padre,
ya que en su propia sangre, en la sangre de la alianza, ha puesto
los fundamentos de una hermandad de sangre entre los hombres.
El Padre le confirma como alianza para todas las naciones
mediante su resurrección por la fuerza del Espíritu Santo. El
Padre le glorifica y declara Señor de todos, porque se constituyó a
sí mismo en servidor y hermano de todos.
En la antigua alianza la circuncisión era la señal de pertenencia
al pueblo aliado; en la nueva alianza son el bautismo y la eucaristía
los signos eficaces de nuestra participación en Cristo, la alianza, y
de nuestra pertenencia al pueblo aliado de sus seguidores. Junto
con los demás sacramentos y con todos los signos en que Díos se
revela como Padre de todos, son también don y llamamiento a
una ilimitada solidaridad salvadora.
Cristo mismo se manifiesta al mundo como la quintaesencia
de la alianza en el acto de su bautismo. Así pues, recibe el
bautismo litúrgico de expectación de manos de Juan el Bautista al
tiempo que «se bautizaba todo el pueblo» (Le 3, 21). No es un
bautismo para sí, sino para todos aquellos que buscan la salvación.
De este modo. Jesús se manifiesta como el Cordero de Dios que
carga con el peso de los pecados de todos los hombres. Su
bautismo en aguas del Jordán es un compromiso solemne de
aquel que está sin pecado a entregarse a sí mismo para liberar a
todos los hombres de la
28
El camino, la verdad y la vida

esclavitud del pecado, de la opresión y de la ceguera. Al tomar sobre


sí la carga de cuantos sufren bajo el peso del pecado y la opresión, se
convierte en camino que conduce a todos los hombres a la libertad.
Este camino queda así inequívocamente caracterizado como camino
de la solidaridad salvífica, pues cuando uno muere por todos, a nadie
le es ya permitido vivir egoísticamente para sí.
En esta ocasión el Padre celestial confirma solemnemente a Jesús
como «Hijo amado». Es la respuesta del Padre a la disposición de
Jesús a ser el servidor de todos y alianza para todas las naciones,
trayendo así al mundo un concepto nuevo y una nueva realidad de la
justicia. El privilegio singular de ser el Hijo amado es para Jesús
motivo apremiante de hacerse hermano y servidor de todos los
hombres. Habla a Juan el Bautista de esta nueva justicia cuando aquél
da muestras de indignación ante tan inaudita humildad: «Permítelo
por ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda
disposición divina» (Mt 3, 15).
El bautismo en el Jordán es sólo un prólogo al verdadero bau-
tismo de Jesús en su propia sangre. Este último es el acto supremo de
alabanza y acción de gracias por el singular honor de la filiación, que
se traduce radicalmente en comunidad salvífica con todo el universo.
Durante el bautismo en el Jordán, el Espíritu Santo desciende
visiblemente sobre Jesús, pues sólo por la fuerza del Espíritu Santo
puede la naturaleza humana de Jesús unida al Verbo eterno llevar a
efecto la suprema entrega de sí mismo por la salvación de todos los
hombres. Ésta es la última victoria sobre un mundo despótico y
egoísta. En ella participamos nosotros por esa fe que nos obliga a la
solidaridad salvadora en Cristo. «¿Quién es el que vence al mundo,
sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que viene por
agua y sangre, Jesucristo; no en el agua solamente, sino en el agua y
en la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu
es la verdad. Pues tres son los que testifican: el Espíritu y el agua y la
sangre, y los tres van a lo mismo» (Un 5, 5-8).
Por el bautismo somos incorporados a Cristo; vivimos según la
gracia bautismal cuando obedecemos al Espíritu Santo y así le
permitimos liberarnos de nuestro egoísmo y hacernos coportadores
de la solidaridad salvadora. Cuando en el Credo declaramos: «Cree-
29
Orar en el nombre de Jesús

mos en un solo bautismo», nos referimos sobre todo al bautismo de


Jesús, «la alianza», y cada vez nos comprometemos de nuevo a
compartir la carga de los demás y a ayudarnos mutuamente en el
camino de la salvación.
«Cristo es la alianza y, por tanto, la nueva ley.» Esto significa
que no podemos tener parte en la nueva y eterna alianza, a menos
que estemos dispuestos a servir a la salvación y felicidad de nuestro
prójimo. Vivimos nuestra realidad bautismal y cumplimos la ley de
Cristo, cuando nos prestamos ayuda mutua en el camino de la
salvación, trabajamos por un mundo más sano y nos preocupamos
por la paz y justicia entre los hombres (cf. Gál 6, 2).
Jesucristo, Hijo de Dios vivo, tú que eres la alianza en persona,
líbrame del egoísmo que me arrastra a la ruina colectiva de una
humanidad pecadora. Por el bautismo que recibiste en el agua y en
tu sangre, bautízame a mí, te lo suplico, en el Espíritu Santo, para
que pueda ser capaz de vivir según la nueva y eterna alianza,
contribuir a la salvación de mis semejantes y glorificar así al único
Padre celestial.
Jesús, tú eres el sacramento de la unidad con el Padre y de la
unidad de los hombres entre sí. Tú has cimentado la alianza en tu
propia sangre y te has entregado a ti mismo por la salvación y
unidad de todos. Bautízanos en el Espíritu Santo, para que con toda
nuestra vida y nuestras fuerzas vitales estemos dispuestos a trabajar
por un mundo mejor. Ayúdanos a renunciar a todo cuanto sea
obstáculo a la salvación de nuestros hermanos o hermanas.
Renueva en nosotros la gracia del bautismo para que podamos
celebrar dignamente la eucaristía, el gran signo de unidad, de amor,
de paz; y para que así toda nuestra vida sea un canto de acción de
gracias al Padre, que en ti nos ha dado la alianza liberadora y el
camino de salvación.
Unidos a Jesús te suplicamos, Señor y Padre de nuestro Señor
Jesucristo: Haznos santos, llévanos a la unidad, a fin de que el
mundo crea que nos enviaste a tu Hijo unigénito para nuestra
salvación. Él se revistió de la carne de este mundo y se hizo her-
mano de todos los hombres. Ayúdanos a traducir en nuestra vida la
realidad del bautismo y la confirmación en el Espíritu Santo.

30
JESÚS, EL DIÁLOGO

Jesús se revela a sí mismo como Hijo unigénito del Padre y


Verbo eterno hecho carne. Durante toda la eternidad el Padre
expresa su sabiduría, amor y poder en una omnipotente Palabra:
«Al principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a
Dios, y la Palabra era Dios. El, la Palabra, estaba al principio
junto a Dios» ( Jn 1, 1 2). El Verbo eterno procede del Padre y
-

vuelve a él por la fuerza del Espíritu Santo. Este Verbo se hizo


hombre por nosotros.
Jesús es revelación total de este diálogo eterno que tiene lugar
en el seno del Dios trino. La naturaleza humana de Jesús vive
de la palabra que procede de la boca de Dios. La unión hipostática
entre la Palabra eterna del Padre y la naturaleza humana de Jesús
es un don absolutamente gratuito, hecho a la naturaleza del hom-
bre. Por eso la vida de Jesús es una humilde recepción de la
palabra, un humilde escuchar al Padre. Jesús escucha la palabra,
que es para él misión de ponerse al servicio de sus hermanos.
Así, toda su vida es una sumisa actitud de escucha y una respuesta
total al Padre en nombre de toda la humanidad.
Jesús es el prototipo de la plegaria y de la mediación, es el
diálogo. Diálogo significa ante todo disposición y capacidad de
escuchar. «El Señor Yahveh me ha dado una lengua de discípulo,
para poder consolar a los oprimidos; porque cada mañana me abre
el oído, para que yo escuche» (Is 50, 4).
La original espontaneidad, la iniciativa creadora de Jesús en
su naturaleza humana, proceden de su total apertura a la Palabra
que viene del Padre. Y dicha apertura la manifiesta en su capaci-
dad y disposición para oír a sus hermanos. Al hallarse en actitud
continua de acoger la Palabra e iniciativa del Padre y de vivir
enteramente según el Espíritu Santo, está también siempre presto
para aquella hora que el Padre le ha deparado y de la que él hará
instrumento de salvación para todos los hombres.
El Servidor de Yahveh escucha al Padre cuando con amorosa
atención se vuelve hacia los dolientes y oprimidos y presta oídos
a su grito de socorro. Su profundo conocimiento del Padre le

31
Orar en el nombre de Jesús

permite hallarse más cerca de los hombres, y en su amor miseri-


cordioso comprende a éstos mejor que ellos mismos. Los escucha
dispuesto enteramente a responderles, no con palabras vacías, sino
con su amor total, con su vida y muerte. Su respuesta llega a los
hombres, sanándolos en su ser más íntimo.
Nuestra capacidad para orar, es decir para escuchar a Dios y
responderle con todo nuestro ser, aumenta cuando con los oídos
abiertos y el corazón rebosante de amor nos hacemos eco de las
angustias de nuestro prójimo, le permitimos disturbamos e irrumpir
en el círculo de nuestras vidas para pedirnos auxilio. Esta atención
nuestra nos prepara para orar, no sólo cuando prestamos oídos a
cada una de sus palabras, sino cuando con el amor de un padre,
una madre, un hermano, un amigo, un médico, tratamos de com-
prender sus sentimientos y deseos. Nos preparamos a orar cuando
escuchamos de tal modo que con nuestros actos somos capaces de
responder plenamente a los más íntimos anhelos de nuestro pró-
jimo. Pero tampoco hemos de olvidar la otra cara de la medalla..
Nuestra capacidad de comprender las necesidades y deseos de nues-
tros hermanos, de respetarlos y salvaguardar su dignidad, aumentará
si nosotros mismos escuchamos directamente la palabra que procede
de la boca de Dios y respondemos a ella con nuestra vida entera.
Vivimos con Cristo y él vive en nosotros cuando prestamos
oídos a los demás, no para juzgarles o incluso condenarles, sino
solamente para ayudarles. El gran resignado Job dice en sus ora-
ciones muchas cosas bellas, pero también palabras desatinadas. Dios,
sin embargo, le responde con bondad. En el clamor de este hombre
que sufre, ve su rectitud, su búsqueda sincera, su disposición a
hacer la voluntad de Dios. Comprende también los deseos ocultos
de su corazón. En la cruz Jesús hace suyas las necesidades y an-
gustias de los hombres: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has
abandonado?» Pero tampoco se olvida de atender las súplicas de los
que le rodean. Así, acoge amorosamente el ruego del buen ladrón, que
ha sido crucificado con él. Y finalmente da al Padre su respuesta:
«En tus manos encomiendo mi espíritu.» En esta disposición de-
biéramos tratar con nuestro prójimo; una palabra hiriente, una
crítica dura, una torpe observación, podrían ayudarnos a amar y
comprender un corazón herido, un sufrimiento destructor. Ello

32
Jesús, el diálogo

nos ayudaría también a dar con la respuesta precisa, amable y pa-


ciente, reflejo real de una estima interna.
Alabamos verdaderamente el nombre de Jesús, el diálogo, el
amigo que nos escucha y atiende, cuando tratamos de abrirnos a
nosotros mismo de un modo semejante, sin olvidar nunca que
tal apertura es, en definitiva, un don del Espíritu Santo. En la
fuerza del Espíritu Santo vive Jesús de cada palabra que sale de
la boca del Padre, y se hace a sí mismo, hace de su vida entera
y su muerte, respuesta total a esa palabra. Humildemente aguarda la
hora que el Padre le ha dispuesto, honrando así la iniciativa del
Padre. «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
La falta de disposición para escuchar al Espíritu Santo y depo-
sitar en él nuestra confianza es una de las causas de la alienación
que se observa en muchas manifestaciones religiosas. No pocos hom-
bres creen que oran porque dirigen a Dios muchas palabras, en
vez de recibir primero en su corazón la palabra de Dios y pre-
guntarse: ¿Cómo puedo yo responder a los dones divinos? Adorar
de verdad a Dios consiste en abrirse a la propia iniciativa
divina, a sus dones, a su mensaje, y también a las horas de gozo
y de dolor que él nos haya dispuesto.
En el Talmud de Babilonia tenemos una maravillosa ilustra -
ción de lo que acabamos de exponer. Un rabino iba por todas partes
buscando respuesta a su gran pregunta. Al no encontrar a nadie
capaz de resolver satisfactoriamente su problema, decidióse a em-
prender un largo y peligroso viaje para plantear su cuestión al más
grande de todos los maestros. Éste le interroga: «¿Qué te ha mo-
vido a efectuar un viaje tan largo y peligroso?» El rabino res -
ponde : «Nadie ha podido contestar a la pregunta más importante
de mi vida.» «Y ¿cuál es ella?» «¿Qué puede mover a Dios a
satisfacer mi voluntad?» El sabio maestro le responde: «Sólo
el Espíritu de Dios puede darnos la respuesta. Él nos dice: Entré-
gate por completo en las manos de Dios, y cualquier cosa que
él haga o nos pida, ésa es nuestra voluntad; porque con él estamos
en nuestra propia casa.»
He ahí la quintaesencia de la doctrina sobre la oración. Santo
Tomás formula la siguiente pregunta: ¿Cuánto tiempo hemos
de dedicar a la oración? Y su respuesta es: Día tras día hemos de

33
Orar en el nombre de Jesús

dedicar a la oración el tiempo preciso para conseguir que nuestra


voluntad se acople por completo a la voluntad de Dios. Éste e ,
también el juicio definitivo de san Alfonso, el gran maestro de
oración. El propio desprendimiento tiene su sentido en el hech o
de estar abiertos al Espíritu Santo, que nos ha de llevar a u na
total armonía con la voluntad de Dios.
Cuando oramos en el nombre de Jesús, el diálogo hecho car-
ne, dejamos de lado nuestros propios planes, deseos e intereses.
Dirigimos nuestra atención enteramente al amor d e Dios, a sus
dones, y por ende a las necesidades de nuestros hermanos. Nues-
tras decisiones y nuestros actos son entonces expresión de alegre
confianza en el hecho de que Dios nos envía y de que lo que nos
pide no es otra cosa que un don, un regalo que nos hace a nosotros
y a todos. Escuchamos la palabra de Dios e investigamos verdade-
ramente los signos de los tiempos cuando nos hallamos dispuestos,
con todo cuanto somos y tenemos, a acudir a Dios y a darle nuestra
respuesta. En esto reside el sentido de una moral de responsabi -
lidad ante Dios. Jesús sintetiza el sermón de la montaña advir -
tiendo a sus oyentes que no basta con oír su palabra; en cuanto a
nosotros, seremos portadores de las bienaventuranzas que él nos
promete y comunicaremos al mundo su mensaje jubiloso, si escu-
chamos la palabra de Dios y la conservamos en nuestro corazón
para ponerla en práctica.

En este sentido, el acto de escuchar es el don supremo del


Espíritu Santo.
Una curiosa teología divide a la Iglesia en dos categorías: «La
Iglesia docente» y «la Iglesia discente». La tarea de la primera
consistiría sencillamente en mandar, el deber de la segunda sería
obedecer. La auténtica mente de la Iglesia es, empero, bien dis -
tinta: Los discípulos de Cristo se hallan reunidos todos ellos en
torno a Jesús, y de él aprenden primeramente a escuchar. Las que
en grado eminente demuestran poseer el don de oír, de escuchar,
de estar alerta para percibir los signos de los tiempos, son los más
aptos para convertirse en maestros de sus hermanos. La función
magistral de la Iglesia depende enteramente de la capacidad de
escuchar a Dios y al prójimo; los representantes del llamado ma-
gisterio tienen el especial deber de acumular y sintetizar las expe-

34
Jesús, el diálogo

riendas y reflexiones de todos los hombres, de prestar atención


a sus alegrías y dificultades, a sus esperanzas y temores, de fo -
m entar el diálogo y, con él, el discernimiento de espíritus. A quienes
destacan por su extraordinaria capacidad de escucha les es
otorgada una palabra profética eficaz.
Francisco de Asís, el hombre humilde y sencillo que tan cerca
estuvo de los hombres de su tiempo, fue un maestro de vida es-
piritual y una autoridad más grande e influyente en la Iglesia
que el poderoso papa Inocencio iri. Pero también este último
mostró ser una autoridad en la doctrina de la Iglesia y un maestre,
de Evangelio, al atreverse a confesar que hombres como Fran-
cisco de Asís eran quienes impedían que la Iglesia, que amenazaba
ruina, se viniera abajo.
Cristo dice a sus discípulos la palabra ef f a ta («ábrete») refi-
riéndose primero a los oídos, y sólo después a los labios. Nuestras
palabras solamente serán sabias y útiles a los demás cuando nos-
otros mismos estemos dispuestos a escuchar. Cuando todos los
cristianos redescubran el carisma del ef f a ta, es decir, cuando se
hallen siempre dispuestos a oírse mutuamente y a meditar juntos
la palabra de Dios, nunca entonces faltará ya en la Iglesia un
magisterio eficaz y carismático: papas, obispos, teólogos, pasto -
res, maestros, padres, crecerán entonces juntos en sabiduría, en
capacidad juiciosa de enseñarse unos a otros cómo escuchar al
Espíritu de Dios.

La comunidad de fe se hace visible y da verdadero testimonio


allí donde hombres en oración encuentran el espíritu de la tota-
lidad, escuchan a Dios, interpretan juntos los signos de los tiem -
pos, se ayudan unos a otros a discernir la voluntad de Dios en los
acontecimientos diarios, examinan sus experiencias y reflexiones
comunes a la luz de la fe, para en espíritu de mutua responsabili -
dad hallar juntos la respuesta correcta que han de dar a Dios.
Si entendemos así la oración como un escuchar a Dios, no
pensaremos que la hora diaria de oración, o aun dos horas, son
por sí mismas tiempo suficiente para llegar a conocer a Dios y a
los hombres o para encontrar nuestro camino. Hemos de utili zar
todos los medios modernos que nos ayuden a comprendernos mejor
a nosotros mismos, a comprender a nuestros semejantes y

35
Orar en el nombre de Jesús

todo cuanto nos rodea. No podemos anunciar eficazmente el Evan-


gelio al mundo de hoy si no conocemos ese mundo. Podemos apli.
carnos las palabras de Chesterton: «Para enseñar latín a Juan, no
basta conocer el latín, has de conocer también a Juan.» Una y otra
vez debemos recordar que tanto la oración como toda nuestra
vida encuentran fuerza y luz en el conocimiento de Dios y en el
conocimiento de los hombres. Este doble conocimiento sólo se
convierte en un todo cuando nos abrimos al mismo tiempo a la
palabra de Dios y a las necesidades de los hombres. Siempre que
seguimos con todo nuestro corazón a Cristo, el diálogo, el que es-
cucha, pertenecemos a una Iglesia capaz de anunciar la buena
nueva mientras contemple como algo propio las alegrías y espe-
ranzas, los sufrimientos y angustias de los hombres de nuestro
tiempo, y en especial de los pobres y despreciados.
¡Oh, Señor! Me agrada escuchar música tranquilizadora y
alegre. A gusto presto oídos a quienes me dirigen palabras
amables y bondadosas. Pero mi corazón y mis oídos han de abrirse
también a aquellos que me dicen desagradables verdades. Quiero
escuchar a quienes reclaman una parte de mi tiempo y de mis
fuerzas y que tienen derecho a ella, aun cuando esto no entrara en
mis primeros planes. Señor, dame paciencia, dame amor para escuchar
la palabra oportuna en el momento oportuno y para que nunca
rechace a aquel a quien asiste el derecho de ser comprendido y
amado por mí. Señor, danos valor y disponibilidad para escuchar
a los profetas incómodos, que exigen de nosotros una conversión
radical, un sano pero doloroso cambio. Señor, abre mis oídos, abre
mi corazón para que escuche a mi prójimo, que me pide una
mayor disponibilidad.

CRISTO, EL PROFETA

Uno de los nombres con que la Sagrada Escritura se complace


muy especialmente en honrar a Jesús es el de «profeta».
Cristo no es uno de tantos entre los muchos profetas; es el
profeta. En él la historia del profetísmo ético llega a su punto
culminante y surgen nuevas perspectivas. Los Evangelios nunca

36
Cristo, el profeta

llaman a Jesús sacerdote o gran sacerdote; no es un hijo de Aarón;


n o pertenece a la tribu de Leví; nada tiene que ver con una clase
sacerdotal. Cristo es llamado por primera vez gran sacerdote en
la tardía carta a los Hebreos, pero aun así el término se emplea
de lleno en el sentido de los Evangelios, al referirse al aspecto
nuevo de este sacerdocio de Cristo: Él es el gran sacerdote profé-
tico. Por ello en la nueva alianza el ministerio sacerdotal, el mi -
nisterio evangélico y el culto se juzgan enteramente a la luz de la
vocación profética de Cristo. Cristo no sólo ofrece al Padre pro -
mesas simbólicas y sacrificios rituales, sino que se ofrece a sí mis-
mo por la salvación del mundo.
Los grandes profetas del Antiguo y Nuevo Testamento se dis -
tinguen por su aptitud para unir el sentido de lo santo con la pasión
por los hombres. Experimentan la santidad y la misericordia de
Dios con tal intensidad que se convierten en apasionados testigos
de esta misma misericordia para con los pobres, los despreciados
y los que sufren.
La vida de los profetas es una apasionada protesta contra todo
abismo que pueda mediar entre religión y vida. Saben de un modo
existencial que no es posible amar a Dios sin amar al prójimo, y
que la mejor prueba de buena fe es amar a aquel prójimo que no
puede recompensarnos. Para ellos la religión es experiencia del amor
gratuito de Dios, del don de la paz, de la reconciliación, de la
nueva justicia; y precisamente esta experiencia les impulsa a en -
tregarse por entero al servicio de la justicia, de la paz, de la
mediación entre los hombres.

Los profetas hermanan en una síntesis vital la experiencia del


Dios santísimo y su proximidad. Dios es a la vez infinitamente san -
to e ilimitadamente misericordioso. En la vida y oración de los
profetas la alegría jubilosa por la proximidad de Dios va unida a la
experiencia de su fragilidad humana; pero más que esta expe -
riencia sea perturbadora, jamás llega a ser destructiva, pues no
es otra cosa que una vivencia del fuego purificador que irradia
la misericordia de Dios.
La historia de Israel y gran parte de la historia de la Iglesia
se caracterizan por la violenta tensión existente entre una clase
sacerdotal que ha traicionado su vocación cayendo en un forma -

37
Orar en el nombre de Jesús

lismo, ritualismo y legalismo sin vida, y el llamamiento profético


de unos hombres que hablan a sus semejantes a partir de una pro-
funda experiencia de Dios y de un amor apasionado. No debemos
olvidar, sin embargo, que algunos de los profetas de la antigu a
alianza eran al mismo tiempo sacerdotes y encarnaban su adora -
ción a Dios en los actos de su vida diaria. A lo largo de la histo -
ria de la Iglesia muchos sacerdotes han dado muestras de poseer
un auténtico espíritu profético.
El papa Juan es probablemente uno de los ejemplos más signi-
ficativos de la aptitud para unir en una síntesis las mejores cua-
lidades de la tradición sacerdotal y profética. El papa Pablo vi
sigue las huellas de su predecesor en su apasionada solicitud por
la paz, el desarrollo y la justicia, al propio tiempo que le preocupa
también una vida de oración y servicio a la palabra de Dios.
Todo esto no es más que una sombra, una vaga imagen de
Cristo. £1 es quien realiza en toda su plenitud la unión entre la
«adoración del Padre en el espíritu y en la verdad» y la revela -
ción de la infinita misericordia de Dios para con todos los hom-
bres. En él se cumplen las más audaces promesas de los profetas,
al extender en la cruz sus brazos y su corazón por todos los hom -
bres y para gloria del único Dios y Padre de todos.
En una palabra, él es el adorador de Dios en el espíritu y en
la verdad. Como todos los profetas, también Cristo está del lado
de los pequeños, de los pobres, de los desheredados, de las viudas
y huérfanos. Con su vida, su muerte y su palabra explícita nos
enseña que nuestro amor al Padre y a nuestro prójimo sólo puede
ser auténtico si honramos a los pobres y nos ocupamos de ellos.
Los impíos ofrecen sus servicios a los ricos y poderosos, y saludan
a quienes les dan muestras de benevolencia. Cristo, el profeta, vie -
ne a nosotros, pobres y desvalidos, y muere por aquellos que con
sus pecados se habían convertido en enemigos suyos.

La vida de los profetas se caracteriza por su sinceridad y por


estar dispuestos a sufrir cuando esta misma sinceridad lo requiere.
A los profetas no les alegra hacer crítica, pero cuando Dios les
envía se hallan dispuestos a sacudir las conciencias de los reyes,
de los sacerdotes y también de las grandes masas del pueblo. Su
crítica no es jamás superficial y negativa. La amenaza del castigo

38
Cristo,el proffeta
o la palabra fustigante forman también parte de su mensaje de
paz y reconciliación, son promesa de retorno al Padre para aque-
llos que se convierten sinceramente.
Cristo ha venido a anunciar la buena nueva. Pero la obstina-
ción de los sacerdotes y fariseos le obliga a desenmascarar su hi-
pocresía y alienación. Y sin embargo, también a ellos va dirigida
cada una de sus palabras de amor.
Los profetas no buscan sólo la salvación del individuo. Su
tarea va marcada por el espíritu de la totalidad. Predican la con-
versión del pueblo entero. Aquellos que no dejan pasar en vano
la hora de gracia y se vuelven por entero a Dios, se pondrán al ser-
vicio del pueblo y ayudarán a construir un mundo más fraternal
y justo. Por ello no es posible seguir a Cristo, el profeta, y orar
en su nombre sin buscar una síntesis existencial entre la propia
conversión personal y el compromiso en pro de una renovación
social, cultural, política y eclesiástica.
Los profetas ayudan a los demás hombres a descubrir el ho-
rizonte de lo eterno, del futuro absoluto, pero de tal modo que la
gracia del momento presente sea tomada en serio. Aun aquí es
Cristo el Maestro supremo. Él, que procede del Padre y ha de
volver al Padre, aguarda la hora que el Padre le ha dispuesto. Sus
promesas relativas al reino eterno de Dios son una perentoria lla-
mada a agotar las posibilidades del momento presente en el servicio
de Dios y del prójimo.
Nadie ha profundizado jamás en las posibilidades salvíficas de
la hora presente como Cristo. Por eso precisamente es Jesús, su
vida y misterio pascual, promesa de vida eterna. Su vida terrena
y su muerte nos garantiza que ningún acto de verdadero amor y
justicia puede perderse en el reino del Padre. La manera en que
Cristo predice la comunión de los santos y la bienaventuranza eterna
no permite inhibición alguna; al contrario, el sentimiento de
gratitud por los hechos salutíferos pasados y la esperanza en la
vida prometido nos capacitan para un compromiso libre, paciente
y perseverante en el momento presente. La perspectiva de mi fu-
turo absoluto nos ayuda mejor que ninguna otra cosa a asumir
la responsabilidad del futuro inmediato.
Esta perspectiva que Cristo, el profeta, pone ante nuestros

39
Orar en el nombre de Jesús

ojos es muy especialmente significativa en el momento histórico


actual, en que a tantos hombres desorienta la fugacidad del ins -
tante o la preocupación temerosa por el futuro inmediato. Mientras
unos en su total extravío se abandonan al flujo de las cosas, otros
intentan cambiar el mundo de repente. Pero al faltarles la dimen-
sión trascendental y la esperanza en la vida eterna, no tardan en
volverse violentos cuando el mundo no se ordena según sus ideas.
Te alabamos, Padre, Dios santísimo y misericordioso, porque
nos has enviado a Cristo, el gran profeta. Creemos en el Espíritu
Santo, que habló por los profetas y que por la vida y muerte de
Cristo, el profeta, nos hizo don de la definitiva palabra de tu amor
y de tu santidad. Creemos que el Espíritu Santo r enueva la faz
del mundo, que por los profetas continúa sacudiendo la conciencia
de los hombres, animado a los débiles y desafiando a los fuertes.
Si escuchamos su mensaje, será verdadera nuestra fe en el Es -
píritu Santo. Envíanos tu Espíritu, Padre, para que podamos dis-
tinguir los verdaderos de los falsos profetas. Danos valor para
aceptar a aquellos profetas incómodos que con su vida han de-
mostrado ser auténticos, y para responder a su reto radical.
Señor, envíanos profetas: hombres y mujeres insignes en el
conocimiento de tu nombre, de tu ungido, y en un profundo cono-
cimiento de los hombres. Envíanos profetas que por la santidad
de su vida y su apasionado compromiso en favor de los
pobres y oprimidos nos conduzcan a Cristo, el profeta.
Da a la juventud de hoy, que tan hambrienta se halla de una
auténtica experiencia religiosa, padres, educadores, sacerdotes, que
no se contenten con alimentarles de palabras vacías, sino que con
su vida entera les comuniquen la alegría y fuerza de la fe.
En el nombre de Cristo, el profeta, te pedimos que nos ayu -
des a superar el abismo existente entre las formas de expresión re-
ligiosa y nuestra vida diaria. Danos la visión del todo. Asiste a
tu pueblo, para que aquellos a quienes sólo preocupa la contem-
plación trascendental vuelvan sus ojos a las necesidades
sociales, y para que los que pretenden cambiar el mundo por sus
propios medios y según sus propias ideas te busquen primero a
ti y se guíen por tu luz.
Líbranos, Señor, de la disipación y superficialidad que nos im-

40
Cristo, nuestra esperanza

piden ir en pos de Cristo, el profeta, y tanto nos exponen al peli -


gro de ser manipulados.
¡Ojalá toda nuestra vida sea expresión de nuestra fe en el
Espíritu Santo, que habla por los profetas, y de nuestra fe en
Cristo, el profeta! Condúcenos por medio de tu Espíritu a aquella
totalidad de la fe que nos hace auténticos adoradores tuyos y ami -
gos desinteresados de nuestros hermanos y hermanas.

CRISTO, NUESTRA ESPERANZA

El nombre de Jesús y todos los demás nombres de Cristo nos


infunden esperanza y confianza en Dios. La esperanza es el aliento
vital de la fe en el Dios del amor.
Para los patriarcas y profetas, y a través de ellos para muchos
hombres, Cristo es la esperanza hecha promesa. Para nosotros,
dicha promesa se ha realizado mucho allá de toda expectación hu-
mana. «Dichosos los ojos que ven lo que estáis viendo. Porque
yo os digo: muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros
estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo
y no lo oyeron» (Le 10, 23 -24).
Pero también para nosotros Cristo es promesa aun ahora, ya
que todavía seguimos caminando con él y hacia él, y esperamos
la revelación definitiva de su nombre y nuestra liberación y plena
realización como amigos suyos. Cristo camina ya con nosotros,
él es nuestro camino. Sigue siendo el que era, vendrá y siempre
está llegando. Cada instante de nuestra vida se ve afectado por
una fecunda tensión entre el «ya» y el «aún no», cuando creemos
en Cristo y le aguardamos con impaciencia. Cuanto más llegamos
a experimentar su venida y su presencia, mayor es la ansiedad con
que le esperamos para estar siempre con él.

Esperar a Cristo es incompatible con un inactivo cruzarse de


brazos. Aquellos que aguardan su venida definitiva no buscan una
Iglesia que corra en pos de un complejo de seguridad. Cristo vive
en una Iglesia dispuesta a serle fiel y a seguirle, como Señor que
es de la historia. Cristo es la esperanza de la Iglesia en peregrina -
ción y de todos cuantos escuchan su llamada a una conversión y

41
Orar en el nombre de Jesús

renovación permanente. La fe en su presencia y la espera de su venida,


la gratitud por todas sus bondades para con nosotros y la confianza en
su promesa nos impiden sucumbir a la tentación de una falsa fugacidad
mundana y de una no menos peligrosa pasión por las cosas del mundo.
Cristo, nuestra esperanza, nos da fuerza y ánimo en nuestro camino
hacia la Jerusalén celeste.
Caminamos de veras con Cristo, nuestra esperanza y promesa,
cuando la gratitud por todo cuanto ha hecho por nosotros nos apremia
a esperar su llegada en el tiempo presente y a darle la bienvenida
precisamente cuando nos sorprende y conduce en modo diverso del
que ansiábamos. Para aquellos que oran en el nombre de Cristo,
esperanza nuestra, todos los acontecimientos, aun los más
insignificantes y los menos satisfactorios, se convierten fácilmente en
signo de gracia y esperanza, en escuela de vigilancia por la venida del
Señor.
Cristo es fuente de esperanza para todos los hombres, porque no
vino a buscarse a sí mismo, sino a ponerse por entero al servicio de la
voluntad salvadora del Padre. Él es la esperanza de todos los hombres,
ya que por todos ha venido, y con todos y para todos es la solidaridad
salvífica encarnada. Nosotros no llamamos a Jesús «mi esperanza», sino
que el invocamos con el nombre de «nuestra esperanza», ya que por la
unión con Cristo y la fe en el Espíritu Santo nos ha sido otorgada una
vocación única, una esperanza común (cf. Ef 4, 4). Quien pone su
esperanza en Cristo no piensa solamente en salvar su propia oveja
perdida. Honramos su nombre de «esperanza nuestra» cuando nos
ofrecemos mutuo apoyo, cuando nos alentamos unos a otros en
situaciones difíciles, cuando recíprocamente nos damos ánimo y nos
hallamos dispuestos a compartir la carga de los demás.

Cristo es nuestra esperanza, porque él es nuestro fiel compañero. A


pesar de todos nuestros pecados y debilidades permanece leal a sus
promesas y no se vuelve atrás en su voluntad de salvarnos.
Hace años me encontré con una familia que, de modo curioso,
constituye un signo de Cristo, esperanza nuestra. La mujer, buena por
lo demás, había atravesado una crisis sentimental y llegado a tener
relaciones sexuales en una sola ocasión con un amigo. De

42
Cristo, el médico divino

resultas de dicho acto quedó encinta. Se hallaba empero tan con-


vencida de la generosidad y nobleza de ánimo de su esposo, que
se decidió a descargar en él el peso de su corazón. El marido no
dijo palabra; por toda respuesta la abrazó y, dirigiéndose a Díos,
oró así: «Señor, Dios nuestro, ¡cuántas veces te has dignado recibirnos
después de nuestros pecados! ¡Cómo podría yo atreverme a no
acoger ahora a mi mujer con un amor sin reservas! Su hijo será
mi hijo, puesto que sé que ha de ser hijo tuyo. Por pura gracia
somos todos nosotros hijos tuyos.» De tal modo aceptó el hijo que
nació de su esposa, que nunca hubiera podido pasarle por el pen-
samiento que no se trataba de su propio hijo, y en nada fue éste
pospuesto a sus demás hermanos.
Señor Jesucristo, tú eres nuestra esperanza. Sin ti nada pode-
mos hacer por nuestra salvación y por la salvación del mundo.
Toda esperanza y toda gracia tienen su origen en tu muerte y
resurrección.
Enséñanos, Señor, a orar verdaderamente en tu nombre, a
alabarte como esperanza nuestra. Líbranos de la estúpida confian-
za en nosotros mismos, en nuestras obras, en nuestra inteligencia.
Ayúdanos a orar con la absoluta confianza de que tú nos envías
es para nuestro bien. Ayúdanos a aceptar confiados esos sucesos
y cosas que no habíamos pedido ni queríamos pedir. Infúndenos
una confianza viva en que todo, aun el sufrimiento y la muerte,
es para nosotros oportunidad de salvación y una ocasión de glori-
ficar tu nombre de «esperanza nuestra» y el nombre del Padre
celestial.
A ti, que eres la esperanza y salvación de todos, te pedimos,
Señor, que nos libres de toda mezquindad, de todo individualismo
en asuntos terrenos como en los religiosos. Ayúdanos a buscar
juntos la paz y la verdadera justicia, a respetarnos y considerarnos
mutuamente y a buscar juntos el camino de la salvación.

CRISTO, EL MÉDICO DIVINO

La Iglesia de los primeros siglos a menudo invocó a Cristo


con el nombre de «médico divino». Tenía, en efecto, plena con-

43
Orar en el nombre de Jesús

ciencia de su misión y fuerza para sanar en el nombre de Jesús.


A dondequiera que Cristo fuese, las gentes le traían sus enfermos
para que les devolviera la salud. Tan urgentes eran para él estas
curaciones que el legalismo de los fariseos, que prohibían sanar
enfermos en sábado, provocaron su santa cólera. Todos los
enfermos y achacosos deseaban tocarle, acercarse a él, pues una
fuerza curativa irradiaba de su persona. Dicha fuerza curativa no es
otra cosa que su amor divino y humano. En el acto de curar pone
Jesús de manifiesto su absoluta confianza en el poder y amor del
Padre.
En la medida en que la Iglesia pone su confianza en Dios será
capaz de ejercer su misión de sanar, misión que expresamente le ha
sido encomendada por el Señor. Por su fe y el amor mutuo entre sus
miembros es la Iglesia un medio divino que irradia confianza y paz.
Como comunidad eucarística nos enseña a dar siempre y en todo
lugar gracias a Dios, y éste es precisamente el camino que lleva a la
curación y a la salud.
Cristo no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo y a sanar a
los hombres. Nos prohíbe condenar a los enfermos y psíquicamente
extraviados, como si éstos fueran ante Dios más culpables que
nosotros. Por otro lado, nos revela en diversas ocasiones la
conexión que existe entre enfermedad y pecado. Su acción de curar
va ligada al perdón y a una palabra de paz: «¡Sana y no peques más!»
Aun cuando corno profeta se ve a veces obligado a desenmascarar
en otros el engaño de sí mismos y la falsedad, su inquietante
diagnóstico no tiene otra meta que curar y devolver la salud.
No podemos conocer existencialmente el nombre de Jesús, mé-
dico divino, ni orar en este nombre, mientras no renunciemos ra-
dicalmente a nuestros juicios despiadados. Todos estamos enfermos
y necesitados de curación. Todos nos hallamos, por decirlo así, en el
hospital del médico divino. Sanamos de nuestra enfermedad cuando,
en lugar de mirarnos unos a otros con suspicacia y juzgarnos
cruelmente, fomentamos sin descanso el mutuo entendimiento y
nos ayudamos a dar el paso siguiente.
Si nos respetamos y amamos los unos a los otros, si nos damos
mutuamente ánimo y confianza, crece entonces en nosotros la con-
fianza en Dios ligada a una sana confianza en nosotros mismos y

44
Cristo, el médico divino
en la comunidad; y así permanecemos con Cristo, el médico divino,
y Cristo permanece con nosotros. Sólo entonces podemos orar en
su nombre. Debemos invocar con frecuencia su nombre para que
él, el médico divino, nos libere de la tendencia, profundamente
enraizada en nosotros, de juzgar a los demás con dureza y, más
aún, para que seamos capaces de amarnos los unos a los otros con
su amor salutífero.
Oramos y actuamos en el nombre de Cristo, el divino salvador,
cuando visitamos a los encarcelados. Más todavía, cuando aunamos
todas nuestras energías y nuestro ingenio para humanizar la jus-
ticia vengativa de los hombres. La gran multitud de enfermos y
encarcelados es para los discípulos de Cristo una llamada impe-
riosa a renovar la sociedad humana, a mejorar la calidad de la
opinión pública, a pensar más en una rehabilitación y educación
que en el simple castigo. No sólo los individuos, sino también
nuestra sociedad como tal está enferma y necesita de curación.
El médico es fuerza por su especial vocación y actitud de per-
manente disponibilidad para responder a la llamada de los enfer-
mos. Conocer a Cristo, el médico divino, implica operar en nos-
otros mismos una gran transformación y quedar a disposición de
los demás, volvernos clarividentes e imaginativos para sanar las
heridas de nuestros semejantes. Cuán grande sería la fuerza cura-
tiva de nuestros médicos y enfermos si todos nosotros, y en es-
pecial quienes tienen por oficio sanar y cuidar, conociéramos a
Cristo, el médico divino, y nos pusiéramos enteramente a su servi-
cio. Nuestra propia fe y nuestra confianza despertarían entonces en
otros esa fortaleza y alegría que son camino de curación interna y
a menudo también de salud corporal.
La visita a nuestros parientes y amigos enfermos tendría mu-
chísimo más significado si nos atreviéramos a volvernos todos jun-
tos en oración espontánea al médico divino. Él solo es fuente de
salud.
La corrección fraterna, que se ofrece en espíritu de humanidad
y cordial amistad y que nos une en la conciencia de que todos te-
nemos necesidad del médico divino, podría en gran manera con-
tribuir a la edificación del medio divino en el que llegamos a un
conocimiento más perfecto de ese médico.

45
Orar en el nombre de Jesús

Te alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque nos


has enviado a tu único Hijo como médico y salvador nuestro. De-
vuélvenos la salud, sálvanos, porque hemos pecado.
Oh médico divino, socorro de los enfermos y refugio de los
pecadores. A ti acudimos con aguda conciencia de nuestra miseria.
Sólo tú puedes curarnos de nuestra ceguera, nuestra debilidad,
nuestro egoísmo y nuestra desgraciada tendencia a condenar a los
demás cuando más necesitados se hallan de nuestro amor suavi-
zante y comprensivo.
Amado salvador nuestro, vivimos en un mundo semejante a un
gran hospital lleno de administradores y jueces, pero casi carente
de médicos, enfermos y amigos capaces de curarnos, comprender-
nos, animarnos.
Oh médico divino, da a tu Iglesia sacerdotes y confesores que
en ningún modo se erijan en jueces de sus hermanos y hermanas,
y cuya única meta sea conducirles a todos a ti, el médico divino.
Libra a nuestros confesores del escrúpulo ritualista y exploración
angustiosa del número y clase de los pecados, actitud ésta que
nada tiene que ver con la salud y salvación que han de anunciar.
Oh médico divino, tú viniste por la fuerza del Espíritu Santo
a servir y a sanar. Envía el Espíritu Santo a tu Iglesia para
que ésta se convierta en un medio sano y capaz de sanar, para que
pueda unir a todos contigo en alabanza común al Padre. Sólo por
la virtud de tu Espíritu Santo seremos capaces de amarnos los
unos a los otros de tal modo que experimentemos la proximidad
de la salvación que tú nos traes y seamos curados.
A todos aquellos que se encuentran sin fuerzas o extraviados
envíales, Señor, hermanos y hermanas, amigos, capaces de mostrar-
les el buen camino con amor y de animarles con bondad, haciéndose
así imagen de tu propia benevolencia y bondad para con los hom-
bres y conduciéndoles a todos a ti, médico divino.

JESÚS, EL BUEN PASTOR

Ya en la antigua alianza se revela Dios con el nombre de «pas-


tor de Israel». Pero no debemos olvidar que el punto de referen -

46
Jesús, el buen Pastor

cia de este término no es el mudo y ciego seguimiento de una masa


borreguil, sino el amor y solicitud del pastor israelita, que a me -
nudo sólo poseía unas pocas ovejillas y cuidaba de cada una de
ellas con cariñosa atención.
Los monarcas de pueblos con frecuencia explot an y oprimen
a éstos últimos. Por eso la Sagrada Escritura usa muy poco la pala -
bra «rey» para designar el especial carácter de la autoridad y do -
minio de Dios. En la mentalidad israelita la imagen del pastor
resultaba sumamente apta para expresar bondad y solicitud amorosa.
Cuando David traicionó su misión de ser pastor de Israel a
imagen de Dios, el profeta Natán le conmovió con la parábola del
buen pastor y el malvado propietario de rebaños: «Un hombre
pobre no poseía otra cosa que un cordero que había adquirido y
criado en su casa con sus propios hijos. Compartía su misma co-
mida, bebía de su mismo cuenco y dormía con él» (2Sam 12, 3).
Por otra parte está el propietario de rebaños, a quien nada le parece
bastante y que arrebata al pobre su única oveja.
El profeta Ezequiel intima a las clases dominantes de Israel
a que se hagan dignas del título «pastores de Israel»: «¡Ay de los
pastores de Israel, que se apacientan y engordan a sí mismos!
Así habla el Señor: Yo mismo cuidaré de mis rebaños y los apa-
centaré. Como un pastor se ocupa de sus ovejas, que se hallan dis-
persas, así pastorearé yo mis ovejas. Las buscaré y libraré de los
lugares en que se perdieron cuando el día se tornaba oscuro y las
nubes amenazaban tormenta. Las llevaré a casa y las conduciré a los
buenos pastos de las montañas de Israel. Yo mismo pastorearé
mis ovejas. Yo mismo las haré descansar. Buscaré las descarriadas,
vendaré las que se han herido, curaré las enfermas» (Ez 34, 2 -16).

El Mesías es anunciado como el buen pastor: «Yo les daré


un pastor, mi siervo, que los conducirá a buenos pastos. Cuidará
de ellos y será su pastor. Así sabrán que yo soy el Señor, su Dios,
y que ellos son mi pueblo, la casa de Israel» (Ez 34, 23 -30).
El relato de los pastores de Belén tiene especial significad()
simbólico. Es un indicio de que ha llegado el pastor de Israel. Pas -
tores y ángeles aparecen juntos, pues entre los mensajeros de la
paz para todos los hombres de buena voluntad y los buenos pasto-
res existe una íntima relación.

47
Orar en el nombre de Jesús

Jesús se llama a sí mismo buen pastor en repetidas ocasiones :


«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas...
Yo conozco las mías y las mías me conocen a mí, como el Padre
me conoce a mí, y yo conozco al Padre; y doy mi vida por las
ovejas» Un 10, 11-15). Estas conmovedoras palabras nos ayudan
también a comprender lo que la Sagrada Escritura quiere decir
cuando habla de «conocer». El conocimiento amoroso del Padre
es la fuente del amor con el que Jesús nos reconoce como suyos.
Él conoce a sus amigos muchísimo mejor que el buen pastor is-
raelita conocía cada una de sus pocas ovejas. Le conoceremos y
conoceremos su amor y su bienaventuranza cada vez mejor, cuan-
do escuchemos su voz y estemos dispuestos a seguirle y a identi-
ficarnos con su amor por todos los hombres.

Cristo es el buen pastor que sigue a cada uno de los suyos


con amor infinito. Busca a los descarriados, no para castigarlos,
sino para tomarlos sobre sus hombros, para llevar su carga y con-
ducirlos al redil. Ha venido del cielo para reunir sus ovejas extra-
viadas, para unir a todos los hombres y a todos los pueblos en la
fe y el amor al Padre celestial. Para cumplir esta misión se halla di-
puesto a entregar su vida. Una solicitud bondadosa y atenta hacia
nuestros semejantes y un celo por el quehacer ecuménico consti-
tuyen honra y alabanza del nombre de Jesús, buen pastor.
Quien conoce la vida pastoril sabe que una oveja perdida
puede a veces volverse arisca en su desesperación. Esto no es mo-
tivo para que el pastor la abandone. Así ha de ser nuestra solicitud
para con nuestros hermanos. Cuando en 1947 me encargaba yo en
la diáspora de las primeras misiones entre evadidos, tuve dos
experiencias parecidas en el plazo de dos semanas consecutivas.
En el primero de ambos lugares a que me refiero me ayudaban dos
generosas señoritas, ya entradas en años, a buscar a los prófugos
católicos. No pocas veces se interrumpían para decirme: «Padre,
¿cómo va usted a buscar a esas gentes? Es una vergüenza que sean
prófugos, y más todavía cuando la gente se entere de que son
católicos.» Al acabar la misión, las mismas dos buenas mujeres
me dijeron: «Gracias a Dios que no ha excluido usted a nadie.
Todos aquellos que considerábamos como casos desesperados han
venido llenos de gratitud.»

48
Jesús, el buen Pastor
La semana siguiente tuve una experiencia semejante. Un viejo
maestro de Silesia, muy buen hombre, me acompañaba en mis
pesquisas para tratar de encontrar a todos los prófugos católicos. Era
un hombre de estrictos principios morales. Finalmente me señaló
una casa: «Bien, dice usted que quiere conocer y visitar a todos. Ahí
vive una católica, madre de cinco hijos; sólo es buena para servir de
prostituta a los soldados americanos. Espero que, como hombre
decente, no hablará usted con ella.» A pesar de todo, logré por fin
convencer al buen hombre para que hiciera conmigo una visita a la
mujer. Llegamos empero en un momento poco oportuno.
Precisamente la había venido a ver una joven que se dedicaba a la
misma dudosa profesión, y fuimos recibidos con abierta hostilidad.
Mi amigo observó: «¿No se lo había dicho yo?» Al día siguiente volví
a visitar a la mujer, que se hallaba con sus cinco hijos. Olvidando las
palabras insultantes que me había dirigido, la saludé amablemente y la
invité con insistencia a que acudiera a oír la buena nueva. Finalmente
tomó una decisión: «Ya que ha sido usted tan atento, no veo manera
de rechazar su invitación. Iré una sola vez, pero ni una más.» Vino a
la tarde siguiente y siguió viniendo todas las tardes. Y, lo que es más,
la semana siguiente vino con sus hijos mayores a otra localidad,
teniendo para ello que recorrer todas las tardes cerca de diez
kilómetros. La pobre mujer, a quien la vista del hambre cruel que
acuciaba a sus hijos había movido a prostituir su cuerpo, recobró su
paz y confianza en Dios. Cuando al año siguiente regresé al mismo
lugar, me dijo mi viejo amigo: «La mujer de quien tan mal hablé y que
nos pagó con la misma moneda se ha vuelto otra persona. Aun sus
hijos están como cambiados.»
La tradición cristiana honra a sacerdotes, obispos y papas con el
nombre de pastores. Esto exige de ellos un conocimiento amoroso de
sus hermanos, una generosa solicitud por su bienestar espiritual y, sobre
todo, el esfuerzo por lograr todos juntos un mayor amor y un mejor
conocimiento de Dios; porque el buen pastor no nos llama esclavos,
sino amigos; nos ha revelado todo cuanto él recibió del Padre para que
sirvamos a Dios como hijos mayores de edad, sus hijos e hijas. El
compromiso con el nombre de Jesús como pastor de todos los
hombres exige ante todo una atención....
49
Orar en el nombre de Jesús

solícita por la salvación de nuestro prójimo. Quienes conocen al


buen pastor no excluirán a nadie de sus cuidados. Esto puede lle-
vemos, por ejemplo, a reflexionar de nuevo sobre la situación de
cónyuges separados o divorciados, que no llegan a comprender el
sentido de un celibato por el reino de los cielos.
Sacerdotes y obispos no son los únicos ligados al compromiso
con el nombre del buen pastor. Todos los miembros de la Iglesia,
pero de manera especial los esposos, padres, maestros, educadores,
tienen parte activa en la labor salvadora de la Iglesia. Todos he-
mos de ayudarnos mutuamente a conocer a Jesús, el buen pastor,
con el mismo amor con que él nos conoce a nosotros, y a seguirle
fielmente.
La solicitud por la salvación de los demás en nombre del divino
pastor es humilde, y de este modo se convierte en un servicio que
prestamos a la libertad de nuestros semejantes. En Cristo todos
somos hermanos. Esta atención recíproca nos permite contemplar
al buen pastor en medio de sus rescatados. «El cordero que est á
en medio del trono los apacentará y los guiará a fuentes de aguas
de vida» (Ap 7, 17).
Oramos y actuamos en el nombre de Jesús, buen pastor, cuando
respetamos a todos nuestros hermanos, les comprendemos con
amor y estamos siempre dispuestos a anticiparles nuestra confianza. Muy
especialmente rendimos homenaje al buen pastor cuando nos ha -
cemos cargo de las ovejas descarriadas, de aquellos a quienes nadie
ama y que ni siquiera ya son capaces de amar, porque ellos m is-
mos necesitan primero ser objeto de amor, respeto y aliento.
Jesús, buen pastor, perdóname por haberme sustraído tan a
menudo al cuidado y responsabilidad por mis hermanos. No he
sabido dar pruebas de amor solícito y mostrar así que soy tu amigo,
porque te conocía muy poco a ti, el buen pastor. He dedicado
demasiado poco tiempo e interés a meditar tu palabra y a vivir
consciente de tu presencia. Por ello no he podido contribuir sufi-
cientemente a que aquellos que caminan conmigo hacia ti te co -
nozcan mejor.
Las muchas horas que empleé en leer, oír y meditar tu palabra
no han sido ni podían ser del todo fructíferas en orden a que
otros conocieran mejor tu nombre, mientras yo mismo no me es-
50
Jesús, el buen Pastor

forzara verdaderamente en comprender a mis hermanos y en hacer


mías sus angustias, preocupaciones y alegrías.
Muchos pueblos carecen de guía. Quienes les rigen les llevan
por caminos extraviados. Cuán a menudo se insulta tu nombre
cuando aquellos que tienen autoridad sobre los pueblos traicio-
nan el derecho de los inocentes, permiten a madres y médicos dis-
poner a su antojo de vidas inocentes con tal de que esto sirva a su
comodidad y bienestar material. Muchas de esas madres que extin-
guen la vida que comienza en su propio vientre y lo hacen con
buena conciencia, porque han sido ayudadas por «médicos», son
como ovejas descarriadas. Se han extraviado por culpa de una em-
ponzoñada opinión pública. Son manipuladas por una sociedad
en que reina el egoísmo y en que el consumo de bienes materiales
convierte a todos en esclavos. El diccionario de la barbarie da a
su cruel acto el nombre de «derechos humanos», «derecho a la
intimidad». El poder de estos ocultos seductores puede asustarnos,
pero también muchos de quienes defienden el derecho a la vida
y luego en la práctica no hacen otra cosa que clamar porque se
establezcan sanciones, son en parte culpables.

Envíanos, Señor el Espíritu Santo, para que seamos clarividen-


tes y estemos dispuestas a crear unas condiciones de vida que nos
ayuden a superar las tentaciones. Haz que comprendamos que de
nada sirven a los demás nuestros lamentos y condenas. Danos
sabiduría y espíritu de disponibilidad para que cambiemos las
condiciones de vida mediante un compromiso personal y paciente.
Ayúdanos a influir de tal modo en la opinión pública, que
todos, y en especial médicos y madres, lleguen a distinguir con
claridad el peligro y la tentación.
Manifiéstate, Señor, como el buen pastor de tu pueblo. Danos
la gracia de una total conversión a ti y a tu solicitud salvadora por
todos. Envía a tu Iglesia pastores que sean imagen fidedigna de tus
cuidados como pastor, libres de toda codicia y ambición de ho-
nores. Envía a tu Iglesia hombres y mujeres cuya única preocupación
sea llevar a todos a un mejor conocimiento de tu amor de pastor
y de las necesidades de sus semejantes. Reúnenos a todos en tu
amor, pues en él se hallan los buenos pastes que prometiste a
tu pueblo.

51
Orar en el nombre de Jesús

Despierta en todos aquellos que detentan cargos importante, el


espíritu de responsabilidad y de servicio a los demás, el respeto a la
dignidad de todos los hombres y la disposición a trabajar juntos
para ofrecer a cada uno la posibilidad de llegar a la madurez y
prestar así su propia contribución al bien común.
Haz, Señor, que seamos un signo de tu presencia en el mundo,
tú que eres el camino, la verdad, la vida y el buen pastor de todos.

CRISTO, LIBERADOR Y SALVADOR


En el mundo en que vivimos hay muchos enemigos de la li-
bertad. El pecado es siempre alienación y pérdida gradual de liber-
tad. La falta de esta última, la dependencia abyecta, la esclavitud, no
sólo arraigan en nuestro corazón, sino que han anidado también en
todas partes a lo largo de la historia. Se han instalado en el egoísmo
de grupos, comunidades e instituciones.
Lo que la Biblia llama «pecado del mundo» es este omnipre-
sente poder de la mentira, el afán de dominio, la codicia y la con-
formidad con una dependencia indigna. En el mundo de hoy los
hombres son manipulados de mil maneras y, sin saberlo ellos mis-
mos, se manipulan unos a otros. Los modernos medios de comu-
nicación de masas, que de por sí son un don maravilloso de Dios
para el diálogo y edificación de una comunidad espiritual, se con-
vierten a menudo en medios de explotación en manos de poderes
económicos o grupos de presión.
Las ciencias humanísticas, que nos habrían de ayudar a huma-
nizarnos más y a construir un mundo más humano, se han usado y
usan masivamente en el mundo actual para excitar las pasiones y
convertir a los hombres en adoradores de los oídos del poder y del
mercado.
Por otro lado existe en nuestro mundo un profundo anhelo de
libertad y una conciencia de que tal libertad sólo puede conseguirse
al precio de un esfuerzo común y solidario que nos haga romper
nuestras amarras. De manera nueva hemos experimentado que
somos capaces de transformar el mundo y de liberarnos de.
muchas
52
Cristo, libcrador y salvador

cosas que nuestros antepasados aceptaban como destino inevitable.


Pero los hombres no se han puesto de acuerdo sobre lo que signi-
fica la verdadera libertad y en qué condiciones podemos crecer más
libres y edificar un mundo nuevo.
En la Sagrada Escritura se llama a Cristo con frecuencia sal-
vador y liberador. Ambos términos tienen casi exactamente el mis-
mo significado. Yahveh se manifiesta como salvador y liberador de
su pueblo cuando libra a éste de la esclavitud de Egipto y llama de
nuevo a su regazo a los hijos dispersos de Israel. Todas las
experiencias de salvación y liberación de una servidumbre, que han
tenido lugar a lo largo de la historia, no son sino un preludio de lo
que Dios nos da en Jesucristo. El Hijo de Dios ha venido para
librarnos de la esclavitud del pecado y de todos los pecados que
nos hacen esclavos de otros. Con su vida y su muerte nos ha seña-
lado el camino. Pero la libertad que nos ofrece no es compatible
con una apática pasividad por nuestra parte. El nombre de Jesús
liberador es un programa que nos invita y obliga a aunar todas
nuestras fuerzas y comprometernos por la libertad de todos. Ora-
mos en el nombre de Jesús liberador por un espíritu de libre
solidaridad. Honramos su nombre cuando en la libertad de hijos de
Dios experimentamos el ansia de todos los hombres que desean
tener parte en este precioso don de su Salvador. Podemos y de-
bemos pedir por esa libertad interna que nace de la alegría del bien.
Pero en definitiva sólo podemos rendir homenaje al nombre de
Jesús salvador y liberador del mundo y participar de su libertad,
cuando luchamos apasionadamente por la libertad y liberación de
todos los hombres.
Cristo no es solamente el salvador de almas e individuos. Es el
salvador de la persona humana en todas sus relaciones y del mundo
entero. Su objetivo es siempre la libertad de su pueblo, lo que
quiere decir la libertad de todos los pueblos y de todos los
hombres. «Así habla Yahveh: En el tiempo de gracia te escuché, y
en el día de la liberación estuve a tu lado, para levantar de nuevo el
país y recuperar la heredad asolada. A los prisioneros dije: ¡Salid a
la libertad! Y a quienes se hallaban sumergidos en tinieblas: ¡Venid
a la luz!» (Is 49, 8-9).
Te alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque nos
53
Orar en el nombre de Jesús

has enviado a Jesucristo, tu Siervo, para salvarnos y liberarno s .


Te damos gracias por todo lo que tus hijos e hijas, verdaderos dis-
cípulos de tu Hijo, han hecho para dar a conocer esa libertad per
la que tu Hijo vino al mundo y murió. Te damos gracias, Padre
de nuestro Señor Jesucristo, por el precioso don de la libertad como
hijos tuyos. Pero a la vista de este don, que nos has reservado
para que contribuyamos a la salvación de todos los hombres, nos
damos cuenta de nuestra miseria. Una y otra vez nos dejamos ma-
nipular por situaciones inadmisibles y por otros hombres, porque
en parte seguimos siendo adoradores de todos los ídolos que se afa-
nan por devorar nuestra libertad.
Ábrenos los ojos para que veamos claramente hasta qué punto
nosotros mismos somos todavía prisioneros de nuestros
prejuicios y deseamos dominar y manipular a otros. Perdónanos
por absolutizar tan a menudo nuestras propias opiniones y logros
culturales, negando así a otros hombres y grupos la libertad de
desarrollarse plena y auténticamente.
Haz que por la fuerza de tu Espíritu Santo lleguemos a reco-
nocer y distinguir lo que es la verdadera libertad. Líbranos de
todo sueño de libertad absoluta y danos valor para aceptar las
limitadas pero auténticas posibilidades que nos acercan, a
nosotros y a los demás, a la verdadera libertad.
Señor Jesucristo, ya sé que no puedo orar en tu nombre mien-
tras no esté sinceramente dispuesto a poner todos los medios a mi
alcance para liberarme internamente. Si mantengo la mirada fija
en ti sin otro anhelo que el de conocerte mejor, entonces me veré
libre de todo egoísmo y no me dejaré seducir por las muchas voces
que hablan de libertad, pero que en realidad están traicionando
esa auténtica libertad por la que tú entregaste la vida.
Jesús es plenamente consciente de haber sido enviado por el
Padre como liberador. «El espíritu del Señor está sobre mí, porque
me ungió para anunciar el evangelio a los pobres; me envió a pro-
clamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los
ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar un año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).
Sólo Jesús es fuente de libertad y el camino que a la libertad
de todos conduce. Por eso el volvernos hacia él, el conocer su
54
Cristo, liberador y salvador

nombre, la confianza en él, son condición fundamental de nuestra


propia libertad y del cumplimiento de nuestra vocación de trabajar
por la libertad de todos los hombres. Los tiempos de reflexión y
contemplación, que nos garantizan la libertad interior, nada tienen
que ver con la disipación mundana o el egoísmo individualista.
Quien de veras se identifica con Cristo, salvador y libertador,
moviliza todas las fuerzas creadoras de la imaginación, de la
iniciativa, del diálogo paciente y del libre esfuerzo solidario por la
libertad de todos los hombres.
Oramos en el nombre de Cristo, salvador y libertador, por la
perseverancia y generosidad en nuestro común compromiso en
pro de la paz, justicia y auténtica libertad de todos. Si
progresamos en el conocimiento del nombre de Jesús salvador y
libertador, seremos capaces de unirnos, dentro de la diversidad de
nuestros caracteres y aptitudes, para en común responsabilidad
dar testimonio del nombre de Jesús. Nuestra oración será
vigilante, lo que nos hará tener ánimo y estar dispuestos a
aprovechar las ocasiones que se nos presentan para llevar el
espíritu de libertad a la opinión pública, a la actividad cultural, al
orden de las relaciones e intercambios económicos, a la
promulgación de leyes y a la comprensión y aplicación de los
principios morales.
Quienes en su oración llegan a conocer el nombre de Jesús
liberador quedan unidos precisamente en ese nombre para
edificar un medio divino de bondad, de humanismo y relaciones
humanas, de libre espontaneidad, de rectictud y sinceridad, en un
respeto total a la libertad de todos. Es inconcebible hacer
progresos en el conocimiento del nombre de Jesús y en la oración
sin escuchar y aceptar su llamada a una libertad creadora. Aquellos
que de veras oran en el nombre de Jesús le anunciarán al mundo
como salvador y libertador.
Envíanos el Espíritu Santo, que procede del Padre, para que
nos haga sensibles al común anhelo de todas las criaturas de par-
ticipar en esa libertad de que tú haces don a tus amigos. Danos el
Valor de renunciar, cuando sea precise, a esa otra libertad de
segundo orden, a fin de que con todos los hombres sigamos
adelante en el camino hacia tu libertad. Señor, haznos libres y
envíanos como mensajeros y testigos de tu libertad.
55
Orar en el nombre de Jesús

C RI S TO , N U ES TR A P A Z Y N U ES TRA R EC ON C I L I A C I ÓN

Toda religión primitiva ha creído siempre que era necesario y


posible conciliarse la benevolencia de Dios mediante ritos externos
y acciones humanas. Nuestra fe nos comunica la experiencia libe-
radora de que Dios se ha reconciliado con nosotros y el mundo
en Jesucristo. Nuestra salvación y la salvación del mundo dependen
de que conozcamos a Cristo, nuestra reconciliación.
Jesús es el profeta que desenmascara sin piedad todo engaño
y autodecepción. Odia las mentiras piadosas de quienes hablan de
paz y libertad, cuando en realidad sólo piensan en sus propios
intereses y ambición de poder. Cristo no tolera la paz corrompida
de los explotadores, de los manipuladores de la opinión pública.
Carece de indulgencia para con los líderes religiosos que tratan al
pueblo como un mero objeto.
Cristo, sin embargo, ha puesto al descubierto la falsa paz y
desenmascarado a los falsos mensajeros de esa paz sólo para traernos
la verdadera paz, la verdadera reconciliación. Él, que pone de ma-
nifiesto los ocultos pensamientos de los hombres, sobre todo
de - los malvados, es anunciado por los profetas como consejero
maravilloso y príncipe de la paz (Is 9, 5). Los ángeles proclaman
el sentido de su venida: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra
paz entre los hombres objeto de su amor» (Le 2, 14). Jesús glori-
fica el nombre de su Padre, del Padre de todos los hombres, en
calidad de reconciliador, de pacificador. En todo cuanto hace sus
pensamientos son de paz, incluso cuando limpia la casa de su
Padre y arroja de ella a quienes la habían convertido en frívolo
mercado. Su protesta profética nace siempre de una profunda
paz interior y es camino hacia la verdadera paz y la auténtica
reconciliación. Su oración en la cruz es promesa de paz aun para
aquéllos que le crucifican y para el buen ladrón que pone su
confianza en él.
Jesús es el conflicto salvado. Hace suya la lucha contra el mal
y toma sobre sí la carga del mundo pecador para llevar a
todos a la verdad y a la reconciliación en la verdad. En el
momento mismo en que parecen triunfar el odio y la injusticia,
él irradia paz, promete reconciliación.
56

56
Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación

paz y reconciliación son un don gratuito del Padre en Jesucristo, su


Hijo. Sólo en la medida en que reconozcamos humildes y agradecidos
el carácter gratuito de la reconciliación seremos capaces de experimentar
su poder salvador. Celebramos nuestra reconciliación en espíritu de acción
de gracias y alabanza. Y la reconciliación tiene lugar en la eucaristía, en la
orientación de toda nuestra vida a cantar las alabanzas de Dios. La
reconciliación no es obra nuestra, es don de Dios. Y precisamente la
naturaleza gratuita de la paz y reconciliación mesiánicas es la fuerza que nos
transforma y nos asigna la misión de convertirnos en mensajeros de
esa paz y colaboradores en la reconciliación de todos.
La paz y la reconciliación son dones gratuitos de Dios. Pero Cristo
lo ha pagado todo por ellos, entregando hasta la última gota de su
preciosa sangre. Así pues, expresaremos también nuestro
agradecimiento por este den de la paz estando dispuestos a hacerlo
todo, cueste lo que cueste, por la reconciliación del mundo.
Cristo trae la paz y la reconciliación a todos los hombres. La
revolucionario, lo específicamente nuevo en ello es que Jesús nos hace
libres de tal manera que podamos convertirnos en voluntarios colaboradores
suyos. Nos aporta su paz y reconciliación de tal modo que no nos es
posible recibir y conservar ambos dones sin hacernos cómplices, activos
colaboradores en la edificación de su reino de paz y de reconciliación.
Aquel que agradecido conozca el nombre de Jesús, reconciliador y
pacificador, podrá orar con Francisco de Asís: «Señor, hazme
mensajero de tu paz».
El conocimiento del nombre de Jesús y la oración a él, como
reconciliador, no dejan lugar a sueños ilusorios. Vivimos en una sociedad
desgarrada, y la Iglesia misma se resiente inevitablemente de esta
desunión. Pero mientras seamos aún capaces de unirnos para celebrar
juntos la eucaristía y la reconciliación, retornaremos una y otra vez a ese
centro, a esa paz interior, que son para nosotros misión y envío a
colaborar en la reconciliación dentro de la Iglesia y del mundo. La
causa principal de las tensiones y conflictos es el egoísmo de individuos y
grupos. El conocimiento del nombre de Jesús señala claramente el camino
que hemos de seguir: «El amor de Cristo nos apremia al pensar esto:
Uno murió por todos. Por consiguiente, todos murieron. Y por todos
murió, para
57
Orar en el nombre de Jesús

que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para aquel que
por ellos murió y fue resucitado. Así que nosotros desde ahora,
a nadie conocemos por su condición puramente humana; y aunque de
esa manera hubiéramos conocido a Cristo, ahora ya no lo conocemos
así. De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Lo
viejo pasó. Ha empezado lo nuevo. Y todo proviene de Dios, que
nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos
confirió el servicio de la reconciliación, como que Dilos es quien
en Cristo reconcilió consigo el mundo, sin tomar en cuenta a los
hombres sus faltas, y quien puso en nosotros el mensaje de la
reconciliación. Hacemos, pues, de embajadores en nombre de
Cristo, siendo Dios el que por medio de nosotros os exhorta.
En nombre de Cristo os lo pedimos: Reconciliaos con Dios» (2Cor
5, 14-20). El hecho de que Cristo haya confiado un especial mi-
nisterio de la reconciliación a los apóstoles y a sus sucesores el
papa, los obispos y sacerdotes, no ha de hacernos olvidar que
todos cuantos experimentan en sí mismos el don de su paz y recon-
ciliación son también llamados a colaborar en dicha tarea. Nuestra
fe en el común sacerdocio de los fieles se transforma en oración per-
petua en el nombre de Cristo para que la paz irrradie de nosotros
desbordándose, y para que todo nuestro pensar y actuar esté
orientado a traer al mundo la verdadera paz. En este espíritu acep-
tamos el sufrimiento por los conflictos y dificultades, que no dejan
de surgir en el camino de los mensajeros de la paz, para así dar
gloria al nombre de Jesús, nuestro reconciliador.

Cristo nos ha mostrado clara e inequívocamente que la paz y


reconciliación son un bien indivisible. La paz con Dios, la paz en
nuestros corazones y la reconciliación de los hombres son una sola
e idéntica cosa. Quien conoce a Jesús trabajará por la reconciliación
en todos los campos, en la familia, en la vida económica y política, en
la Iglesia y en la sociedad.
Cristo, reconciliador de todos los hombres, líbrame y
líbranos a todos de la mezquindad, el egoísmo, el orgullo y la
ambición de poder. Envíanos el Espíritu Santo para que sepamos
reconocer claramente las obras del egoísmo empedernido: «Lujuria,
impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas,
celos, animosidades, rivalidades, partidos, sectas, borracheras y
envidias»
58
Hijo de Dios e Hijo di hombre

(Gál 5, 19-21). Si por la fuerza del Espíritu Santo conocemos tu


nombre y oramos en él, todo nuestro actuar será glorificación tuy a.
Nuestra vida florecerá con los frutos del Espíritu: «Amor, gozo, pa
comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre-y
templanza» (Gál 5, 23). Ya «no seremos vanidosos, no nos
provocaremos recíprocamente y no nos envidiaremos los unos a los
otros» (Gál 5, 26).
Señor, danos valor para soportarnos mutuamente, para animar-
nos y corregirnos fraternalmente unes a otros, para dar, como
colaboradores tuyos, cumplimiento a tu ley, la ley del amor (Gál 6, 2).
Señor, la batalla que libramos es de vida o muerte. Danos
parte en tu vida para que tengamos el valor de declarar una guerra
radical a nuestro egoísmo y para que, junto con todos tus amigos,
nos mentengamos firmes en nuestro voluntario compromiso de lu-
char contra todo cuanto sea obstáculo a tu paz y a la reconciliación
de les hombres entre sí.
Señor Jesucristo, tú has pagado el alto precio que exigía la
reconciliación del mundo. Danos, como a mensajeros de tu recon-
ciliación, valor para perseverar en nuestro cometido, y ayúdanos
a irradiar tu paz, aun en medio de dificultades e incomprensiones.

HIJO DE DIOS E HIJO DEL HOMBRE

En nuestro credo alabamos el nombre de Jesús, a quien ado-


ramos como a Hijo de Dios Padre: «Dios de Dios, luz de luz,
Dios verdadero de Dios verdadero.» Pero al mismo tiempo le
alabamos también como a hijo de los hombres: «Y nació de María,
la Virgen.» Es gran motivo de gozo en nuestra fe que el Hijo
unigénito del Padre sea verdaderamente hermano nuestro, hermano
de todos los hombres.
Jesús, Hijo del hombre, es el único monoteísta perfecto,
el adorador del único Dios en el espíritu y en la verdad. Es confir-
mado como el Hijo unigénito a quien va dirigido todo el amor del
Padre, al propio tiempo que él se ofrece a llevar la carga de sus
hermanos, la carga de todos los hombres de todos les tiempos,
honrando de esta manera al Padre. Esta fraternidad universal e ili-

59
Orar en el nombre de Jesús

mitada es la suprema expresión de la gratitud del Hijo del homb re


hacia el Padre por el altísimo don de su unión con el Verbo eterno.
La piedra angular de nuestra fe, nuestra oración y toda nuestra
vida es conocer a Cristo y confesarle como verdadero Dios y ver-
dadero hombre, como Hijo unigénito del Padre y como Hijo del
hombre. Nuestra fe, nuestra oración y nuestra vida se desintegran
cuando de tal modo insistimos en la divinidad de Cristo que prác-
ticamente nos olvidamos de su humanidad, o bien cuando destacand o
en primer plano su verdadera humanidad dejamos realmente de
adorarle en su dignidad divina. Sólo si amamos a Cristo como a
Dios y a hombre al mismo tiempo, como a nuestro Señor y
hermano, podemos establecer con él esa relación que nos permite
realizar una síntesis total entre el amor a Dios y el amor al prójimo.
Cristo nos revela el nombre de Dios «Padre» confirmando en
la cruz su infinita confianza en ese Padre, Señor del cielo y de la
tierra, y entregándose por completo a Él: «Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu.» Pero a la vez nos manifiesta que su Padre
es también nuestro Padre al entregarse a Él por la salvación de
todos los hijos de Dios, de todos los hombres. En la sangre de Jesús,
sangre de la alianza nueva y eterna, quedan abolidas todas las
fronteras que dividen razas y grupos humanos.
Cristo es uno con el Padre, y por ello precisamente es uno
con sus amigos, con todos aquellos que le han sido confiados por
el Padre. Por esta razón no hay otra manera de honrar dignamente el
nombre de Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que la de
ajustar toda nuestra vida al tenor de su testamento, de su última
oración: «No sólo por éstos te ruego, sino también por todos los
que mediante su palabra, van a creer en mí. Que todos sean uno.
Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos estén en
nosotros, y así el mundo crea que tú me enviaste» Un 17, 20 -21).
Te alabamos, Señor Jesucristo, porque eres el Hijo eterno del
Padre. Te damos gracias por habernos revelado al Padre en tu
amor sin límites, al hacerte en todo igual a nosotros, excepto en
el pecado. Tu amor hacia los hombres, en el que todo lo atraes a
ti y a nadie rechazas, tus brazos extendidos en la cruz, tu corazón
abierto a todos, nos señalan al Padre y nos unen a todos en ti
para alabanza del Padre en la unidad del Espíritu Santo.

60
Emmanuel, Dios con nosotros

Hijo unigénito del Padre, Hijo del hombre, enséñanos a adorar


y honrar al Padre como a Padre tuyo y nuestro, como al Padre de
todos los hombres. Envíanos tu Espíritu Santo para que no sólo
nuestra oración, sino toda nuestra vida pueda clamar: «¡Abba,
Padre!» «¡Padre nuestro!» Que todo el mundo pueda reconocer
en nuestro amor fraterno que tú, el Hijo de Dios Padre, viniste
a la tierra para hacernos semejantes a Dios, para hacernos más
humanos.

EMMANUEL, DIOS CON NOSOTROS

Ningún otro nombre nos invita tanto a la oración y al gozo


por la presencia de Dios como el nombre de Emmanuel, Dios con
nosotros. Este nombre fue ya anunciado por los profetas: «El Señor
mismo os dará una señal. La virgen concebirá un hijo, y su nombre
será Emmanuel» (Is 7, 14). Este nombre significa lo mismo que
acabamos de contemplar en la sección precedente: «Verdadero Dios
y verdadero hombre». En Jesucristo hombre se halla Dios perso-
nificado con nosotros. Así nuestra oración se convierte en expresión
de confianza, de «conciudadanía» mutua, de alegría y amistad. Orar
significa en este caso hallar nuestro centro en Jesús, en quien el
Padre de todos los hombres sale a nuestro encuentro en persona
y nos invita a reunirnos con él.

Sólo podemos experimentar el gozo en este nombre, la alegría


de la fe, si ponemos nuestras miras en él, si escuchamos su men-
saje, si buscamos su proximidad y de todo ello hacemos nuestro
goce supremo.
Toda la Sagrada Escritura, pero en especial el Nuevo Testa -
mento, y también la vida de la Iglesia, la liturgia y los santos
nos remiten a ese nombre, Emmanuel. María y José, que tuvieron
el privilegio único de vivir con Jesús en el seno de la sagrada
familia, conocieron con júbilo infinito lo que dicho nombre signi-
ficaba. De modo parecido pudieron después también experimentarlo
los discípulos. La invitación: «Sígueme» no era la palabra de un
cualquiera, sino la palabra de vida que forma un todo único con
la seductora y fascinante persona de Jesús. Es Emmanuel, Dios

61
Orar en el nombre de Jesús

con nosotros, quien llama y convoca a los discípulos. El sermó n


de la montaña, que en cierto modo es la síntesis de todo el Evangelio
y del camino de la salvación, nos muestra a Jesús con la mirad a
puesta en la muchedumbre (Mt 5, 1). El núcleo de esta escena es
Jesús mismo con sus discípulos que se agrupan estrechamente en
torno a él, pero de tal manera que la mirada amorosa del Maestro
sobre la muchedumbre, sobre todos, nunca se aparte de su objetivo;
porque a todos llama el Señor a la bienaventuranza de ser uno
con él.
Jesús no solamente habla de bienaventuranzas. Su propia pre-
sencia las irradia. Él es la viva personificación del pobre que,
siendo infinitamente rico, se hace servidor de todos; él es el amor
hecho hombre, la compasión, la misericordia y la paz. Todo lo
que Jesús nos dice en el sermón de la montaña tiene su centro en
este nombre suyo Emmanuel, «Dios con nosotros».
Cuando Moisés recibió en el monte Sinaí la ley de la alianza,
se hallaba a solas con Dios, Por su dureza de corazón, Aarón y el
pueblo, la muchedumbre, no pudieron acercarse al monte de la re-
velación. Pero con la venida del Verbo eterno plenamente encarnado
en la humanidad, con la completa revelación del nombre de Emma-
nuel, el cambio decisivo se ha hecho posible. Todos podemos ya
experimentar la proximidad, el amor, la bondad de Dios. Todos
estamos invitados a retornar al corazón de Dios. Quien se vuelve
a Jesús en la fe y en una sincera conversión, por el hecho mismo se
abre a una verdadera conciencia solidaria con los hombres, y en
ese humanismo mediador vive la proximidad de Emmanuel, que de
un modo especial y único se hace presente allí donde unos hombres
se reúnen en su nombre.
Éste es también el mensaje del discurso de despedida a Jesús.
Esas maravillosas palabras que nos transmite el evangelio de Juan
son sólo un pequeño rayo de luz de la singular experiencia que
los discípulos tuvieron el privilegio de vivir. Ante ellos se yergue
Jesús, el sacramente perfecto, la imagen patente del amor del
Padre eterno. Y él, que es la Palabra en que todas las cosas han
sido hechas, se convierte en humilde servidor de sus discípulos.
Es Señor y amigo al mismo tiempo. «Me llamáis el Maestro y el
Señor; y decís bien, porque lo soy» (Jn 13, 13).

62
Emmanuel, Dios con nosotros

La proximidad, la bondad y el amor amistoso de Jesús hacen


que los discípulos no lleguen a olvidar que él es verdaderamente
el Señor, el Hijo de Dios y el salvador de todo el mundo. Podemos
regocijarnos y alegrarnos en su nombre «Emmanuel», si honramos
con nuestra vida el nombre de «Señor». «No todo el que me dice:
¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple
la voluntad de mi Padre que está en los cielos... Quien oye estas
palabras mías y las pone en práctica se parecerá a un hombre
sensato que construyó su casa sobre la roca» (Mt 7, 21-24).
Gradualmente va introduciendo Jesús a sus discípulos en el
misterio de su nombre. Primero les hace experimentar su amistad
humana, el poder de su palabra y de su amor. Luego les ayuda
a penetrar más y más profundamente en ese misterio insondable
de su identidad con nosotros: «Permaneced en mí, y yo en vos-
otros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no
permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y
yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 4-5). El núcleo del mensaje
sacramental, de la vida en la Iglesia, es precisamente el hecho de
que el Señor está con nosotros y quiere vivir en nosotros. La «vida
en Cristo» es la fuente de nuestra alegría en la fe y de nuestra
misión. Nuestra oración será expresión de la nueva creación y
podrá cambiar el mundo, siempre que nos ayude a ahondar en el
conocimiento del nombre Emmanuel. Oramos en el nombre de
Jesús cuando ante todo buscamos la unión íntima con él, esa
unidad que es fuente de toda unidad. «Si permanecéis en mí y mis
palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será
concedido» (Jn 15, 7).

El nombre de Emmanuel significa proximidad de Aquél que es


amor y que a todos desea unir en su amor. Quien se abre a ese amor
y a su llamada experimenta el gozo a que a lude Jesús: «Os he
dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra
alegría sea colmada» (Jn 15, 11). El nombre de Emmanuel no
implica primariamente un mandato, sino una oferta. La vivencia
misma de la proximidad de Dios es un don. Sólo porque el amor
de Dios se ha derramado en nuestros corazones por medio del
Espíritu Santo, podemos llegar a un conocimiento más profundo

63
Orar en el nombre de Jesús

y gozoso del nombre Emmanuel. Pero progresar precisamente en el


conocimiento de este nombre significa progresar asimismo en el co-
nocimiento del amor, en el amor conjunto de todas las criaturas
con Dios mismo. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo
rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito que estará con vosotros
para siempre: el Espíritu de la verdad. Vosotros lo conocéis, po rque
con vosotros permanece y en vosotros estará» (Jn 14, 15 - 17).
El nombre de Emmanuel nos sitúa también en un nuevo ángulo
respecto de los mandamientos de Dios. Ahora sabemos que no
vienen de lejos ni nos han sido, por decirlo así, impuestos. La
proximidad de aquel que es amor nos muestra el camino del gozo,
de la unidad fraterna. «Porque la gracia salvadora de Dios se h a
manifestado a todos los hombres, y por ella aprendemos a renunciar
a la impiedad y a les deseos mundanos, y a vivir en este mundo
con moderación, con justicia, con religiosidad, mientras aguardamos
la bienaventurada esperanza, o sea la aparición gloriosa de nuestro
gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2, 11 -13).
Orar es esencialmente gozarse en la proximidad de Dios, expe-
rimentar el amor amistoso de nuestro Dios y Señor. Esto nos
hace vigilantes y aviva nuestra gratitud hacia aquel que es nuestro
camino, que nos acompaña en el camino y que es a la vez nuestra
esperanza. Orar en el nombre de Jesús, Emmanuel, significa aguar -
dar jubilosos la llegada de nuestro gran Dios. «Oí una gran voz
que procedía del trono, la cual decía: "Aquí está la morada de
Dios con los hombres: y morará con ellos: y ellos serán sus pueblos,
y Dios mismo con ellos estará"» (Ap 21, 3).
La revelación del nombre Emmanuel y nuestra oración en este
nombre son sin duda de gran importancia para nuestra vida moral,
para dar una nueva faz al mundo. Pero lo fundamental son ante
todo los frutos de alegría, confianza, gratitud y alabanza. «En
verdad, Dios es mi salvador. En él confío y nada me hará temer.
El Señor es mi fuerza y mi valor, porque él es mi salvador. Sacaré
jubiloso el agua de la fuente de salvación, y aquel día diré: Dad
gracias al Señor e invocad su nombre. Anunciad sus obras entre
los pueblos y dadles a conocer cuán glorioso es su nombre. Rego -
cíjate, Sión, porque en tu seno mora el Santo de Israel» (Is 12, 2-6).

¡Ven! ¡Ven, oh Emmanuel! Visita a tu pueblo. Abre nuestros

64
Alabanza al nombre de Dios

ojos, purifica nuestro corazón por la fuerza del Espíritu Santo y


conviértenos a ti, para que conozcamos cada vez más tu nombre
Emmanuel y hallemos en él la alegría de nuestra vida.
A qué mayor honra y gozo pudiéramos aspirar que a la de
ser tus amigos y discípulos, enviados a anunciar tu paz y a ser
colaboradores de tu reconciliación. Haz que nunca olvidemos que
sólo podemos mantener esta alegría y llevar a los hombres este
mensaje si nuestro primer afán es honrar tu nombre Emmanuel.
¡Quédate con nosotros! Ayúdanos para que nuestro corazón esté
siempre contigo y nos hallemos dispuestos a renunciar a todo cuanto
sea obstáculo al gozo de tu nombre.
Ven, Emmanuel, y permanece con tu pueblo.

ALABANZ A AL NOMBRE DE DIOS

Conocer el nombre de nuestro salvador Jesucristo significa en


definitiva conocer el nombre del Padre, que nos es revelado por
su medio. Toda contemplación del nombre y los nombres de Jesús
y toda oración en su nombre nos llevan a aquel que nos permite
llamarle Padre, Padre nuestro y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Nos atrevemos, con Moisés, a preguntar: «¿Cuál es tu nombre?
¿Cómo podremos llamarte a ti, que has dado nombre a todas las
cosas y a todos los hombres?» Y, por tu Hijo amado Jesucristo,
nos respondes:
Yo soy vuestro Padre. Yo soy tu Padre. Tú eres mi hijo. ¡Honra
a todos mis hijos e hijas! Vive con mi pueblo y para mi pueblo,
y me conocerás.
Yo soy el Creador todopoderoso. Todo cuanto eres y tienes,
tu vida y tus mejores cualidades son mi regalo a ti. Hónrame por
ello y adórame siempre, en todas partes y con todas tus acciones,
y me conocerás.
Yo soy el amor omnipotente. ¡Pídeme una parte en esta fuerza
que todo lo puede! Ama a mis hijos, ama a mi pueblo con este
amor, y me conocerás.
Yo soy el amigo fiel. Confía en mis promesas y cumple las
tuyas, y me conocerás.

65
Orar en el nombre de Jesús

Yo soy la misericordia infinita. Apiádate de los pobres, de los


débiles, de los pecadores, de quienes te resultan molestos, y me
conocerás.
Yo soy la bondad. Fíate en mí bondad y manifiéstala a tus her-
manos, y me conocerás.
Yo soy el santísimo, el amor puro. Ama a tu prójimo con cora-
zón puro, sin segundas intenciones, y me conocerás.
Yo soy la benevolencia. ¡Respeta toda mi creación! ¡Respeta y
honra a todos tus hermanos! Preocúpate por ellos como por ti
mismo, y me conocerás.
Yo soy la providencia. Agota las posibilidades del momento
presente y hazte responsable del futuro de tus hermanos confiando
en mí, y me conocerás.
Yo soy la belleza. Abre tus ojos al esplendor de mis obras.
Contémplalas como palabra y don mío para todos, y me conocerás.
Yo soy la alegría y bienaventuranza. Busca tu alegría en mí y
alegra cuanto puedas a quienes encuentres en tu camino, y me
conocerás.
Yo soy la justicia. Aprende de mi Hijo la nueva justicia, sé
el defensor del derecho de todos, ejecútalo sin violencia. Ayuda
a todos cuantos sufren de la injusticia del mundo pecador, y me
conocerás.
Yo soy la paz. Busca tu descanso y tu paz en mí, y agradece el
don de la paz que yo te doy. Desempeña tu misión de pacificador,
y me conocerás.
Yo soy el reconciliador. Cualesquiera que sean tus amargas expe-
riencias en un mundo dividido, cree en mi amor reconciliador y
salvador. ¡Sé un mensajero de reconciliación! Busca en todas las
cosas la unidad, la paz en la justicia, y me conocerás.
Yo soy la gracia. Muéstrate agradecido por mis dones y amante
de todos los hombres. Contempla lo bueno en ellos como deste-
llo de mi bondad y de mi gracia, y me conocerás.
Yo soy la vida. ¡Agradece cada instante de tu vida y aprovéchala
bien! Da a tu vida un último sentido en el servicio de tus herma-
nos, y me conocerás.
Yo soy la verdad. Sé sincero y leal contigo mismo y con tu
prójimo. Vive tu vida de tal manera que puedas afrontar tu propia

66
Alabanza al nombre de Dios

muerte. Obra siempre según tu recta conciencia y busca también


siempre más luz, y me conocerás.
Yo soy el juez. ¡Confiesa tus pecados ante mí y, sobre todo,
ante aquellos contra quienes has pecado! Perdona a quienes te han
agraviado. Honra mi justicia salvadora no olvidando jamás que
sólo yo soy el juez, y me conocerás.
Yo soy el Dios santísimo, que a todos llama a la santidad. ¡Pon
tu confianza en mí! Cree en mí y en tu llamada, y me conocerás.
Yo soy el principio y el fin. Comiénzalo todo en mi nombre, y
me conocerás.

67
Capítulo segundo

ORACIÓN Y PRESENCIA DE DIOS

Orar es tomar conciencia de la presencia de Dios en actitud de


respuesta. Podemos orar, y por el hecho mismo dar forma en
nosotros a la expresión más vital de nuestra existencia, porque Díos
se nos hace presente. El nos da el ser, viene constantemente a
nuestra vida, está con nosotros.
El crecimiento en la fe se manifiesta sobre todo en el hallazgo
continuo de nuevas dimensiones de la presencia de Díos y del gozo
que ésta nos produce. Dios se nos hace presente como fuente de
nuestra vida. En su hacerse presente nos llama a una toma de con-
ciencia de nuestro propio yo. Nos capacita para escucharle y para
responderle con nuestra palabra y todo nuestro ser. Para él y con él.
¿Qué quiere decir «presencia»? Literalmente significa atenderse
mutuamente, existir los unos para los otros. Las cosas inanimadas
son sólo disponibles, no poseen la cualidad de la presencia.
Únicamente las personas pueden estar presentes unas a otras. La
presencia se convierte en algo real si las personas se vuelven las unas
hacia las otras en mutua deferencia y amor. Cuando yo espero el
tren en medio de una masa de hombres absolutamente despreo-
cupados los unos de los otros, no experimento presencia alguna,
sino sólo una masa solitaria. Si alguien se acerca a mí en busca de
comprensión y amor, y yo le rechazo, le habré negado y me habré
negado a mí mismo la presencia. Una culpable alienación habrá
ocupado el puesto de esta última.
La presencia puede tener diversos grados de intensidad. Dos
personas, que se reúnen para un negocio o un trabajo común
69
Oración y presencia de Dios

sin lazo alguno de humanismo o interés personal mutuo, están muy


lejos de experimentar esa presencia que caracteriza a esposos o
amigos que se aman. Para sentir el misterio de la presencia con
otros debe el hombre primero hacerse presente a sí mismo, es
decir agotar su propia presencia. El bisabuelo, que uno y otra vez
relata las mismas historias de sus buenos tiempos pasados, no está
realmente con nosotros, puesto que no vive en el presente. Sólo
aquellos que viven el hoy y aquí a la luz del pasado y mirando
hacia el futuro descubren la gracia del momento presente y son
capaces de abrirse a otros.
El prototipo de presencia es la unión conyugal, la existencia
amante y definitiva del uno para el otro. El niño experimenta la
presencia como seguridad en la madre, que incluso durante el sueño
se preocupa por él.
No existe método de meditación trascendental que pueda con-
ducir hacia Dios a quienes se desentienden del momento presente.
No hay modo posible de llegar a experimentar la presencia del
Dios vivo para aquellos que a nadie se hacen presentes con su
amor y que permanecen impermeables a las penas y alegrías de sus
amigos y de su prójimo.
El hombre ha sido creado a imagen de Dios; la presencia amante
de las personas en su relación mutua es una especie de sacramento,
un símbolo real de la presencia amante de Dios. Si conseguimos
empero ahondar más en nuestra experiencia de Dios y aceptar
por completo su presencia creadora y redentora, percibiremos los
frutos de una nueva riqueza y de un nuevo gozo derivado de la pre -
sencia mutua entre los hombres y de la conciencia del moment o
presente.

Te doy gracias, Padre de infinita bondad, por todos los hombres


que alguna vez se han cruzado en mi vida y se han acercado a mí
con bondad y cariño. Te doy gracias también por quienes acep -
taron con benevolencia mi propia disposición a estimarles, respe-
tarles y ayudarles. Todo cuanto soy lo debo en su mayor parte
a aquellos que en alguna ocasión se hicieron presentes a mí con
su amor y me ayudaron a descubrir la riqueza del momento actual.
Concédenos, Padre misericordioso, la sabiduría necesaria para
que en todo tiempo seamos capaces de agotar el momento presente

70
Presencia de Dios en su creación

y prestando asistencia mutua a lo largo del camino que conduce a tu


presencia permanente para nosotros.

P RES EN CI A DE DI OS EN SU C REA CI ÓN

En toda cuestión relativa a la vida espiritual haremos bien


en fijarnos ante todo en el primer artículo de la fe: «Creo en un
solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.»
La Sagrada Escritura describe el hecho de la creación de un modo
que lo convierte en invitación a la fe y a la plegaria. Es un men -
saje por el que se nos hace saber que Dios se revela a sí mismo
en su obra y permanece cercano a su creación.
Las pruebas de la existencia de Dios en las categorías de Aris -
tóteles, que hablan de causa primera y segunda, pueden ser un
buen ejercicio intelectual, pero son arreligiosas, puesto que no
llevan a la oración. Otro es el caso en el lenguaje de la Biblia.
Dios expresa en la creación su propio amor, y con amor se acerca
a sus criaturas.
La creación es un acontecimiento elocuente, en el que Dios
Padre se expresa con el mismo amor que en eterna plenitud dedica
a su Hijo.
El Espíritu de Dios, que renueva la faz de la tierra, se sim-
boliza en el viento huracanado que sacudía las aguas cuando Dios
dijo: «Hágase la luz; y la luz se hizo» (Gén 1, 2 -3). Toda la
creación es una maravillosa palabra de Dios, que se revela a sí
mismo como luz y verdad.
Dios ha hecho la creación para su propia gloria, pero esto no
significa que en ella sólo se busque a sí mismo o busque su pro pia
complacencia. La historia de la creación y evolución culmina en
el instante supremo en que Dios dirige la palabra a alguien
distinto de él mismo, a seres capaces de responderle, darle gracias
y alabarle. «Y Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza» (Gén 1, 26).
Al crear Dios al hombre, llama a este último a ser colaborador
suyo y concreador en su mundo. Por ello invita primero al hombre a
encontrar en su alegría, su paz y su descanso. Esto queda
71
Oración y presencia de Dios

expresado en el precepto del sábado. La dignidad del hombre se


plasma en su condición de colaborador activo en la historia de la
creación, que aún perdura. Pero sólo cuando el hombre halla su
alegría en la adoración a Dios, en la presencia de Aquel que le
llama, cuando se postra ante Él para adorarle y darle gracias, es
verdaderamente capaz de sojuzgar la tierra y de modelarla de ta l
manera que le ayude a descubrir y desarrollar su propia humanidad.
En la Sagrada Escritura se indica expresamente que toda la
creación tiene el carácter de una Palabra amorosa que invita al
hombre a experimentar la presencia de Dios y a darle gracias por
ello: «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba
junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo llegó a ser por medio
de él; y sin él nada se hizo de cuanto fue hecho. En él estaba
la vida, y esta vida era la luz de los hombres» ( Jn 1, 1 -4).
El hombre es incapaz de entenderse a sí mismo o de entender
al mundo mientras se contente con apoderarse de las cosas simple -
mente para utilizarlas. Sólo llegaremos a tener conciencia de nuestra
dignidad cuando seamos capaces de maravillarnos, cuando logremos
percibir el viento huracanado, el canto de toda la creación, el
mensaje de nuestros semejantes: Todos nos anuncian a aquel que
expresa su amor en la creación. Todo es un don gratuito de Dios,
que no nos creó por otro motivo que para ser coamantes en su
obra. Todo es invitación a la confianza, a la gratitud, a la
respuesta, a la responsabilidad solidaria.
Al manifestarse Dios en toda la realidad creada, al revelar en
ella su propia vida, su amor, su íntimo diálogo divino, t odo se
torna invitación a poner nuestra propia existencia en manos del
Creador y a responderle con todo nuestro ser. La creación es para
nosotros una tarea que el Padre nos asigna para que la dispon -
gamos y ordenemos de tal modo que, por su medio, demos
gloria a nuestro Señor y nos ayudemos los unos a los otros a ser lo
que somos en la mente de Dios: imagen y semejanza suya.
El hombre no es un robot, ni una ruedecilla que forme parte
de un mecanismo. Dará con su verdadero nombre si encuentra
tiempo para celebrar el sábado, para reflexionar, para, en actitud
agradecida, caer en la cuenta de la presencia de Dios. Sólo así
sus obras podrán llegar a ser oración y respuesta a Dios, que le ha

72
Presencia de Dios en su creación

encomendado la tierra. El hombre que no ora no encuentra la sín -


tesis de su vida. Sufre de la «pérdida del centro» y se convierte
en esclavo de sus propias herramientas. «Desde la creación del
mundo, las perfecciones invisibles de Dios, tanto su eterno poder
como su deidad, se hacen claramente visibles, entendidas a través
de sus obras; de suerte que ellos no tienen excusa. Pues habiendo
conocido a Dios, no le dieron gloria como a tal Dios ni le mos -
traron gratitud; antes se extraviaron en sus varios razona mientos
y su insensato corazón quedó en tinieblas» (Rom 1, 20-21). El hom-
bre que no ora se expulsa a sí mismo del paraíso, se priva del
gozo supremo y de la verdadera paz que proporciona el ser cons -
ciente de la presencia de Dios; y así, se convierte en un ser inquieto
e inestable.

Padre todopoderoso, haz que toda mi vida sea expresión de


la fe en ti, creador del cielo y de la tierra. Tú te haces presente
a mí y me hablas en la belleza del firmamento, en el mundo ma -
ravilloso de los animales, en el canto de los pájaros y en el es-
plendor de las flores, pero sobre todo en el semblante de los
hombres, que creaste a tu imagen y semejanza y que son espejo
de tu bondad.
Te adoro como a Padre omnipotente. Todo cuanto creaste es
una palabra poderosa que me habla d e tu amor de Padre. Todo
ha sido hecho en esa Palabra que expresa la plenitud de tu amor
y sabiduría. Todo ello es un don que otorgas a tus hijos, un
mensaje gozoso de tu amor, del mismo amor que desde toda la
eternidad viertes en el Verbo, tu Hijo unigénito.
Tú creaste todas las cosas, visibles e invisibles. Ellas no sólo
manifiestan tu poder y tu divinidad, sino también tu amante soli -
citud de Padre por tus hijos.
Haz que todos tus dones sean para mí una invitación a caer
en la cuenta de tu proximidad, de suerte que en mis manos
lleguen a ser expresión de ese amor que nos une a todos en tu
presencia. Tú eres el Padre todopoderoso. Envíanos tu Espíritu,
que renueva la faz de la tierra, a fin que todos tus dones nos unan
para gloria tuya, para gloria del Verbo omnipotente, en que tú te
expresas, y para gloria del Espíritu que nos da la vida.
Concédenos, Padre todopoderoso, por la fuerza del Espíritu

73
Oración y presencia de Dios

Santo, que de tal modo lleguemos a comprender el carácter gra-


tuito de tu presencia y de todos tus dones que nuestras mutuas
relaciones humanas sean para nosotros un nuevo signo de tu
benévola presencia y te glorifiquemos todos a ti, Padre nuestro.

LA P RE SE NCI A DEL VE RB O HE CH O H OM BRE

El mundo es como un gran templo o un taller, en el que el


creador y artista, Dios y Padre, se halla presente. Esto habría de
despertar en nosotros una admiración sin límites. Cuanto más
alabamos a Dios y ensalzamos su presencia en el mundo, tanto
más crece nuestro asombro.
¡Oh maravilla sobre todas las maravillas! El Verbo, que está
con el Padre y en quien todas las cosas han sido hechas, quiere
hallarse presente en nuestro mundo como hermano nuestro. a
que es la luz y la vida de toda vida, el Verbo, cuya gloria es can-
tada por todo cuanto existe, se hace presente como uno de nosotros.
«Y él — la Palabra — se hizo carne y puso su morada entre nos-
otros. Pero nosotros vimos su gloria — gloria como de Hijo único
que viene del Padre —, lleno de gracia y de verdad» ( Jn 1, 14).
Dios todopoderoso, cuyo poder y divinidad se irradia en toda la
creación, hace ahora enteramente visible para nosotros su infinito
amor en su enviado, Cristo, Emmanuel, «Dios-con-nosotros». «A Dios
nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, Dios, el que está en el seno
del Padre, él es quien le dio a conocer» (Jn 1, 18).
El Padre omnipotente nos creó para que podamos celebrar con
él su amor y su alegría. Nos hizo a su imagen y semejanza para
que nos comuniquemos los unos a los otros tal amor, tal justicia,
bondad y amistosa solicitud, que por este medio lleguemos a cono-
cerle. Pero la cúspide de su amor es la venida misma de su Hijo
unigénito, que desea tomar partes en nuestras alegrías humanas,
en nuestros sufrimientos, en nuestras esperanzas y angustias. El
Verbo, que mora junto al Padre aun desde antes que el mundo
fuera hecho, se ha convertido en nuestro hermano, en nuestro
compañero de viaje por este camino terrestre, para llevarnos más
cerca de Dios. Sólo él es imagen perfecta del Padre. Ha venido

74
La presencia del Verbo hecho carne

para hacernos ver y experimentar lo que significa vivir con el


Padre y comunicarse mutuamente su amor.
El prototipo de la presencia de Jesús, el Hijo de Dios, es la
sagrada familia en su casa de Nazaret. La venida del salvador
encuentra una respuesta libre y total en María: «He aquí la es -
clava del Señor.» Ella recibe en su seno maternal a aquel que es
su Señor y que viene a hacerse voluntariamente siervo de su Padre
celestial y de los hombres.
Con su fe sin límites y su piadosa solicitud por la presencia
del Verbo hecho hombre, María convierte su vida entera en un
cántico de alabanza y acción de gracias. En medio de una alegría
desbordante comunica el mensaje a su prima Isabel; como diligente
servidora del Señor, anuncia la venida del Todopoderoso, que se
ha constituido en siervo de los hombres. Siempre y a dondequiera
que vaya, es María servidora y mensajera de alegría. La presencia
de Emmanuel y la respuesta agradecida de María por esta pre-
sencia son fuente de alegría para todos cuantos salen a su encuentro.
La vida en casa de la sagrada familia se convierte en una
celebración constante de la presencia de Emmanuel; dicha presen-
cia es allí reciprocidad perfecta. La alegría por la presencia de
Jesús abre ante María y José una nueva perspectiva existencial.
Con la gratitud y amor a Jesús, que impregna todo su ser, contri-
buyen ambos a que Jesús experimente en su humanidad la proxi-
midad de Dios, a que crezca en edad y sabiduría.
La fe en la verdadera humanidad de Jesús nos permite entrever
que su privilegiada experiencia del amor del Padre celestial le
viene, al menos en parte, de la experiencia del amor de María y
José. Pero él aún les enriquece infinitamente más. De su plenitud
reciben ellos gracias tras gracia. Por él les es otorgado un enten-
dimiento enteramente nuevo del amor infinito de Dios santísimo.
En la casa de Nazaret oye Jesús de labios de María y José las
grandes profecías del Deutero-Isaías sobre el mesías, el siervo de
Dios. La experiencia viva de su misión de ser el servidor de todos
los hombres irá ya en adelante para siempre ligada a su trato
diario con la humilde sierva María y el discreto José, el carpintero.
Al propio tiempo María y José, por su experiencia de la huma -
nidad, amor, obediencia y servicialidad de Jesús, llegan a una

75
Oración y presencia de Dios

inteligencia enteramente nueva de las profecías mesiánicas. En pre-


sencia del Verbo hecho hombre, cada palabra de la Sagrada Escri-
tura adquiere para ellos un nuevo sentido.
María está presente a Jesús no sólo como madre amante, sino
también como reflejo de su propia misión de siervo de Dios y de
los hombres. María es algo totalmente distinto de aquellos pa-
rientes que hubieran reconocido de buen grado a Jesús como profeta,
sí éste se hubiera plegado a sus ambiciosos deseos. María se halla
especialmente cercana a Jesús en los momentos más difíciles de
su vida como siervo de Dios y profeta.
La palabra llena de confianza de María: «Se les ha acabado
el vino», proclama su ilimitada fe en el poder del Padre. La con-
tinua disposición de María a ayudar y servir a cuantos la rodean
llega a ser una parte del amor inventivo y creador de Jesús, el
amigo de todos los hombres.
La presencia de María al pie de la cruz es el testimonio más
elocuente de su fe. Es la expresión de su gratitud por la presen-
cia amante del Verbo encarnado a lo largo de su vida. Jesús le
responde con un último signo de filial delicadeza. Los sufrimientos
no endurecen el corazón del siervo de Dios. Al contrario, Jesús
confía su madre a los cuidados del discípulo a quien ama. La
presencia de María es para los discípulos una especie de sacramento,
un signo maravilloso de la presencia del propio Jesús. El discípulo
amado, que se encarga de ella, encuentra un inmenso consuelo en
el recuerdo común de la presencia de Jesús durante los últimos
instantes de su existencia terrena.
Con el mensajero de gozo te saludo, María: ¡Salve, llena de
gracia! ¡El Señor está contigo! Te alabamos por tu fe,
uniéndonos a Isabel. Te alabamos por la acogida amorosa que
dispensaste a Jesús, nuestro hermano. Tú le amaste como al hijo tuyo
y le adoraste como a Señor. Durante muchos años tuviste el
privilegio único de vivir junto a él, de estar a su' lado como madre,
discípulo y sierva. Ruega por nosotros para que sepamos también
hallar nuestra alegría en la presencia de Jesús, para que podamos
glorificarle y glorificar su nombre Emmanuel.
Padre celestial, te alabamos y te damos gracias por haber
hecho tu amor tan maravillosamente presente en tu Hijo unigé-
76
1.45 presencia de Jesús entre sus discípulos

nito, nuestro Señor Jesucristo. Envíanos tu Espíritu Santo y puri-


fícanos para que, limpios de corazón, le reconozcamos y nos
entreguemos por completo a él, Hijo y siervo tuyo. Haznos vivir
su proximidad, a fin de que nos convirtamos en testigos fidedignos
de su presencia para todos los hombres.

LA PRESENCIA DE JESÚS ENTRE SUS DISCÍPULOS

La invitación «sígueme» es un don único de Jesús a sus dis-


cípulos. No es sólo una palabra, sino la fuerza de atracción que
emana de la persona de Cristo. Su amor les invita a estar con él.
Juan Bautista se llena de alegría al ver a Jesús. Con la mirada
y el corazón vueltos hacia él, exclama: «Éste es el Cordero de
Dios.» Al oírlo hablar así los dos discípulos, siguieron a Jesús.
Volviéndose entonces Jesús y mirando a los que lo seguían, les
pregunta: «¿Qué deseáis?» Ellos le contestaron: «Rabbí — que
quiere decir "Maestro" —, ¿dónde vives?» Él les responde: «Venid
y lo veréis.» Fueron, pues, y vieron dónde vivía; y se quedaron
con él aquel día.» (Jn 1, 36-39). Jesús dirige repetidas veces a sus
discípulos, a Juan, Santiago, Pedro, Andrés, la palabra «sígueme»
para atraerlos del todo hacia sí, al ver que aún siguen siendo en
parte prisioneros de sus propios planes.

En el camino hacia Jerusalén se revela Jesús clara e inequívo-


camente a sus discípulos como el siervo de Dios, que viene a
sufrir y morir por sus amigos. Pero ellos no prestaron verdadera
atención a sus palabras. Tenían más fuerza en sus mentes las
ilusiones y sueños relativos al Mesías nacional. En vez de pedir
a Jesús que les ayudara a entender mejor lo que oían, se quedaron a
cierta distancia para discutir entre ellos. A la noche, reunidos ya
todos en casa, Jesús les pregunta: «¿De qué veníais discutiendo en
el camine? Pero ellos guardaban silencio; porque en el camino
habían discutido entre sí sobre quién era el mayor» (Mc 9, 33-34).
Se habían quedado rezagados porque sabían muy bien que delante del
Maestro no podían discutir de honores y poderío, y no deseaban
que les amonestara y reprendiera.
El Evangelio nos relata otro caso semejante de ausencia de

77
Oración y presencia de Dios

los discípulos respecto al Maestro. «Tomando de nuevo consigo a los


doce, se puso a indicarles lo que luego le había de suceder: "Mirad que
subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los
pontífices y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a
los gentiles, y se burlarán de él y le escupirán, lo azotarán y lo matarán;
pero a los tres días resucitará."» (Mc 10, 32-34). Lo que sigue parece
increíble, pero una buena parte de la historia de la Iglesia nos ilustra
esta terrible realidad. «Entonces se le acercaron Santiago y Juan, los
dos hijos de Zebedeo, para decirle: "Maestro, quisiéramos que nos
hicieras lo que te vamos a pedir." Él les preguntó: "Qué queréis que os
haga?" Ellos le contestaron: "Concédenos que nos sentemos, en tu
gloria, el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda."» (Mc 10, 35-37).
Ambos discípulos no cayeron en la cuenta de lo mucho que su
petición contradecía las palabras que Jesús acababa de dirigirles y lo
que él mismo era para ellos.
Desde mucho tiempo atrás Pedro había ya experimentado en sí
mismo la proximidad del divino Maestro y declarado con fe: «Tú eres
el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Y, sin embargo, aún no
ha aprendido a escuchar a Jesús cuando se trata de corregir el falso
concepto de sus propias esperanzas mesiánicas. Al explicar Jesús con
toda claridad que él no es un poderoso Mesías terrenal, sino el
humilde siervo de Dios, «Pedro, llevándoselo aparte, se puso a
reprenderlo, diciéndole: " ¡Dios te libre, Señor! No te sucederá! tal
cosa."» (Mt 16, 22). Jesús no pudo aceptar esta importuna presencia de
Pedro y «volviéndose, le dijo a Pedro: "Quítate de mi presencia,
satanás; eres un tropiezo para mí, porque no piensas a lo divino, sino a
lo humano."» (Mt 16, 23).
En la última cena el modo de presencia de Jesús es singular. Lava
los pies a sus discípulos, se halla en medio de ellos como servidor y, al
mismo tiempo, como padre de familia. Con todo, una vez más vuelve
a resurgir el propio yo de los discípulos: «Luego surgió entre ellos una
discusión sobre cuál de ellos debía ser tenido por mayor» (Le 22, 24).
Al ser Jesús apresado, intentó Pedro, con un primer golpe de
espada, obligar a Jesús a que diera en aquel instante muestras de su
poder guerrero. Jesús se niega a ello, y Pedro le sigue, pero

78
La presencia del resucitado

con desánimo. Y cuando luego ve a su Maestro completamente


hundido y humillado, declara él mismo la causa de su propia
ausencia, de su «desconocimiento»: «No conozco a ese hombre»;
porque nunca quiso oír a Jesús cuando éste trataba de transmitirle
el mensaje del humilde siervo de Dios. Y, sin embargo, Jesús es
para Pedro presencia salvadora. Aguarda su conversión definitiva.
«Volviéndose el Señor, dirigió una mirada a Pedro. Pedro se
acordó entonces de la palabra que el Señor le había dicho: "Antes
que el gallo cante hoy, tres veces me habrás negado tú." Y saliendo
afuera, lloró amargamente» (Le 22, 61-62).
Oh Señor y Maestro, me reconozco de nuevo a mí mismo en
la imagen de tus discípulos ausentes de espíritu. ¡Cuántas veces
me has invitado a participar de tu amistad íntima y a pasar toda
mi vida cerca de ti! Porque tú estabas siempre conmigo. Pero a me-
nudo yo no estaba contigo para escucharte. Al no estar dispuesto
a servir a otros, no deseaba yo conocerte como humilde Siervo de
Dios entre los hombres. Permanecía preso de mis propios planes.
Ésta es la causa por la que no he podido encontrar toda mi alegría
en el hecho de estar cerca de ti. Perdóname, Señor, vuélvete a
mirarme con bondad, como a Pedro. Hazme dócil a tu palabra
y humilde, para que llegue a ser contigo un solícito servidor del
Padre y de todos tus hermanos. Entonces estaré contigo para
siempre, porque tú estás con aquellos que te siguen por el camino
de la cruz y del servicio.

LA PRES ENCIA D EL RESUCI TADO

La verdad de la resurrección de Cristo forma parte del núcleo


de nuestra fe. El resucitado viene realmente al encuentro de sus
discípulos y se les manifiesta en su gloria. Cristo en persona es
el punto clave de ese encuentro. Por la fuerza del Espíritu Santo
despierta los sentimientos más íntimos de sus amigos haciéndoles
descubrir su presencia. El Señor está presente, aun antes de que
los discípulos le vean y reconozcan. Su presencia es siempre real,
eficaz y activa. Es el mismo Señor y Maestro en cuya compañía
les fue dado vivir tanto tiempo a los discípulos y que, sin embargo,

79
Oración y presencia de Dios

representa ahora una nueva fuerza de revelación. Significa el brote


de una fe espiritualizada.
A mi modo de entender, el crecimiento en la fe, el descubri-
miento progresivo de la presencia del resucitado, constituye en
los cuatro Evangelios, y especialmente en el de san Juan, un
requerimiento primordial. El artículo central de nuestra fe, a saber,
que Cristo verdaderamente ha resucitado, no excluye, más bien
incluye, que la fe en él es un don, y que podemos y debemos
crecer en dicha fe. Sólo de manera gradual nos es concedido llegar
a entrever y experimentar lo que significa vivir con Cristo resu -
citado.
En la mañana de pascua, cuando aún no había amanecido, llega
María Magdalena al sepulcro, movida por un gran amor a Jesús,
que hizo de ella una nueva persona. Busca de verdad a Cristo,
aunque de momento sólo espera volver a contemplar su cuerpo
muerto y embalsamarlo. Al ver que la piedra sepulcral ha sido
removida y que la tumba se encuentra vacía, corre agitada al
encuentro de Pedro y del discípulo amado, Juan. Llorando les
dice: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde
lo han puesto» (Jn 20, 2). Su amor a Jesús la arrastra de nuevo
al lugar de la sepultura. Su dolor y desamparo son tales que ni
siquiera le sirve de consuelo su encuentro con dos ángeles, mensa-
jeros de alegría. Entonces se vuelve, y he aquí que Jesús aparece
de pie ante ella. Mas sus ojos llenos de lágrimas no aciertan a verle.
Cree que se trata del jardinero, y de nuevo se lamenta: «Señor,
si tú te lo llevaste, dime dónde l o pusiste, y yo lo recogeré»
(Jn 20, 15). Más tarde entenderá las palabras de Jesús: «Yo soy
la vid verdadera, y mi Padre es el viñador» (Jn 15, 1). Ya no
dependerá del pasado, sino que reconocerá a Jesús como a la vida
y el jardinero que cuida de la vida. Ahora, sin embargo, una
sola palabra le basta: Jesús la llama por su nombre. En un solo
instante toda la experiencia acumulada en su trato con Jesús
durante la vida terrena de éste alcanza su última plenitud. Y se
entrega por completo a él. Es una fiel discípula del Maestro. No
sólo en este singular momento de júbilo, sino en su vida entera,
exclamará: «Rabbuni», es decir, «Maestro mío». De todo corazón
cree en la resurrección de Jesús y en su presencia. Pero habrá

80
La presencia del resucitado

de esperar a que la plenitud del Espíritu Santo se derrame sobre


ella para llegar a comprender que a la fe le es dado percibir cons-
tantemente nuevas dimensiones, lo alto y ancho, lo largo y pro-
fundo, de la presencia amante de Jesús. Éste es precisamente el
significado de las palabras de Jesús: «Suéltame, pues todavía no
he subido al Padre. Vete a mis hermanos y diles: "Voy a subir a
mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios"» (Jn 20, 17).
Por la fuerza y alegría de su fe en el Señor resucitado se con-
vierte María en apóstol de los apóstoles. Ella anuncia a los dis-
cípulos: «He visto al Señor» (Jn 20, 18). No con meras palabras,
sino con todo su ser, anuncia María la buena nueva por doquiera
que va.
Te alabo, Señor Jesucristo, por el poder de tu amorosa presen-
cia, que en María Magdalena y en muchos otros, pecadores como
ella, ha realizado una nueva creación. El modo maravilloso en
que saliste a su encuentro durante tu vida terrena es sólo el
principio de una presencia que nos hace llegar a vislumbrar un
nuevo cielo y una nueva tierra.
Hazme, Señor, por la fuerza del Espíritu Santo, cada vez más
consciente de tu proximidad, de suerte que, como María Magda-
lena, logre convertirme en mensajero de tu amor y de tu vida
para mis hermanos. Asístenos, para que seamos unos de otros
compañeros de camino y guías en el crecer de la fe en ti.
Señor amado, cuán a menudo me comporto como María Magda-
lena en los comienzos de su vida de fe. Te busco de verdad, pero
parece que a veces sólo busco tu cuerpo muerto. Dependo de lo
viejo, de fórmulas estereotipadas, y me alarmo profundamente
cuando algo cambia el curso de la vida. Ayúdanos, Señor, para que
todos lleguemos a recorrer el camino como María Magdalena. Cuando
de veras logremos experimentar que tú eres la vida, entonces se
dejará sentir con eficacia el poder expansivo y seductor de nuestra fe.
Ayúdanos, especialmente en este momento de la historia, a des-
cubrir tu presencia viva y a aceptar el reto de una era difícil.

81
Oración y presencia de Dios

SE ÑO R , QU É D ATE C O N NOSO TRO S , Q U E E S T A RDE

El relato de la aparición de Jesús a los discípulos que iban a Emaús


es una especie de fenomenología de la crisis de fe que a tantos afecta en
nuestros tiempos (Lc 24, 13-33). Son numerosos los que adoptaban
frente a la Iglesia una actitud triunfalista; ella siempre tenía razón.
«Puesto que la Iglesia posee el monopolio de la verdad, nada tenemos
que aprender de quienes están fuera, en puras tinieblas». Esto pensaban
muchos. Para otros la fe era sobre todo una especie de seguro de que
todo marcharía bien. «En definitiva creemos en Dios, que nos
preservará de sufrimientos y desilusiones». Este tipo de fe ha sido bien
vapuleado por los nuevos acontecimientos de los últimos años. Y
puede que ello sea una bendición para muchos.

Los dos discípulos, a cuyo encuentro sale Jesús en el camino hacia


Emaús, habían seguido con entusiasmo al taumaturgo de Nazaret. Le
veneraban como a un profeta que había hecho y dicho grandes cosas
delante de Dios y de todo el pueblo. Como tantos otros, ellos también
habían esperado un mesías poderoso que llevaría a Israel de victoria en
victoria: «Nosotros esperábamos que él iba a ser quien libertara a Israel»
(Lc 24, 21).
Con su muerte en la cruz se vinieron abajo esta fe y estas
esperanzas. No obstante, algo real quedaba todavía en su fe: Amaban a
Jesús. Reconocían en él a un hombre de Dios y recordaban sus palabras
de que había de resucitar al tercer día. No habían perdido el contacto
con aquellos cuya fe era mayor que la suya y que habían ya visto en
Jesús al siervo de Dios glorificado por el Padre. Aun antes de llegar a
creer en la resurrección, debieron ya asimilar al menos las líneas
generales del plan de Dios, a saber, que Él había enviado a su Hijo para
que éste tomara sobre sí la carga de todos: «¿No era necesario que el
Cristo padeciera estas cosas para entrar en su gloria?» (Lc 24, 26).
Por difícil que les resultara aceptar este mensaje, no se negaban a
seguir meditando las palabras de la Sagrada Escritura. Por eso ahora
escuchan lo que con tanta insistencia Jesús les había ya dicho durante su
vida terrena con su palabra y con su ejemplo.

82
Señor, quédate con nosotros, que es tarde

Lo importante es que buscan a Jesús con corazón sincero. Por ello


suplican: «Señor, quédate con nosotros, que pronto será ya de noche.»
Tener fe significa andar el camino con Jesús, compañero de viaje oculto
de momento, pero que poco a poco se nos va descubriendo. Si le
buscamos con ahínco y oramos con tenacidad estaremos de veras en el
camino de la salvación y viviremos de nuevo la misma experiencia que
vivieron aquellos discípulos en su ruta hacia Emaús. «¿Verdad que
dentro de nosotros ardía nuestro corazón cuando nos venía hablando
por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Le 24, 32).
Un punto culminante de esta experiencia de los discípulos en la fe
lo constituye el momento en que Jesús se sienta con ellos a la mesa,
toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo distribuye. El modo y manera
en que Jesús repartió el pan a sus discípulos hizo que éstos
experimentaran una vez más que él era verdaderamente su amigo, su
cabeza de familia. Así es como Jesús preparó para ellos la vivencia
eucarística de la fe.
La comunidad eucarística representa para muchos cristianos la
culminación de su experiencia de fe. Cuando hombres dispuestos a
compartir con otros su pan de cada día se dan a sí mismos y dejan que
otros dispongan de ellos, se agrupan en torno al altar y escuchan la
palabra de Dios, responden a ella con alegría, se encuentran unidos en
la paz de Cristo y en la comunión de su cuerpo, entonces se produce la
plenitud de la fe.
Como para María Magdalena, también para los dos discípulos de
Emaús la alegría y gratitud por la fe, la conciencia íntima de la
proximidad de Cristo, se convierten en poderoso estímulo para
comunicar a otros el mensaje de la palabra de vida. Esto es y será
siempre el núcleo fundamental de la preparación de la fe. Es incon-
cebible creer en la presencia del resucitado, sentir el gozo de su
proximidad y de su palabra, sin dar al propio tiempo testimonio de esta
presencia salvadora.
Señor Jesús, dirige tu mirada bondadosa a aquellos cuya fe se halla
quebrantada, a quienes por culpa de una educación insuficiente y de un
medio ambiente sólo en apariencia cristiano buscaron una Iglesia segura
en sí misma y se atrincheraron en formulismos y tradiciones intangibles.
Señor, ten piedad de todos cuantos se ven

83
Oración y presencia de Dios

agitados en su fe, porque ésta era superficial. Ayuda a los jóvenes


que protestan contra una fe formulista, pero que tampoco acaban
de encontrar el camino. Sé para todos nosotros compañero de viaje
en el difícil camino de la fe. Ayúdanos a todos a poner nuestra
fe y nuestra entera confianza en ti, que por nosotros has sufrido y
muerto en la cruz. Haz, Señor, que experimentemos la fuerza y gozo
de tu resurrección. Señor, creemos, socorre nuestra incredulidad.

PEDRO Y JUAN EN EL CAMINO HACIA LA FE

Pedro era un seguidor entusiasta de su Maestro. Amaba a


Jesús, creía en su poder divino. Pero el misterio del Siervo de
Dios superaba su capacidad de comprensión. Su fe se enmarañaba en
esperanzas terrenas. Jesús había hecho todo lo posible para poner
en claro que él venía a servir, a padecer, a llevar la carga de los
demás, y todo ello frente a la enérgica protesta de Pedro. Mas
Jesús no desesperaba de él. «Yo he rogado por ti, a fin de que tu
fe no desfallezca. Y tú cuando luego te hayas vuelto, confirma
a tus hermanos» (Lc 22, 32).
Antes de su conversión definitiva era Pedro un clásico repre-
sentante de ese mesianismo demasiado terreno, que tantas veces
ofuscó la esperanza de Israel e impidió que una gran parte de su
pueblo aceptara a Jesús. A pesar de todas las advertencias del
Evangelio, dicha tentación ha seguido siendo también un gran
peligro dentro de la Iglesia católica. Mucho antes de que
Bonifacio VIII defendiera el poder directo del papa sobre todas las
realidades terrenas, se aferraba Pedro a sus «dos espadas». Pretendía
obligar a Jesús a ser el tipo de mesías que él se había empeñado en
imaginar. Esperaba un héroe nacional venido del cielo. No sólo
hombres de Iglesia conservadores, sino aun los liberales más extre-
mistas, han sido una y otra vez víctimas de tal ofuscación.
Este error no está superado, no ha hecho sino adoptar nuevas
formas. La fe cristiana para unos es sólo un evangelio social,
para otros un cristianismo civilizado. La fe se mide en función de
logros culturales, lo que hace inevitable que la norma misma esté
ya falseada por un arrogante complejo de superioridad. Para otros

84
Pedro y Juan en el camino hacia la fe

aún, cuyo supremo ideal consiste en derribar y cambiar Jesús


representa el punto culminante de un movimiento revolucionario.
Todas estas actitudes corren parejas con la suficiencia de Pedro
y el modo arrogante en que pretendió imponer sus ideas mesiánicas
al propio Jesús.
Al ver Pedro a Jesús insultado y escupido, quedaron deshechas
sus ilusiones. Y al jurar que no conocía a aquel hombre, no que-
daba ya rastro de su antigua presunción. Su fe se tambalea. Pero
su inmenso dolor era también, al mismo tiempo, garantía de un
nuevo comienzo; porque el Señor no le abandonó.
Pedro, que una vez en el pasado hubo de fortalecer la fe de sus
hermanos, encuentra ahora un apoyo decisivo en el discípulo amado,
Juan. ¿Podía Pedro siquiera atreverse a mirar a los ojos a Juan
tras su incalificable conducta? Juan había sido testigo de la arro -
gante confianza de Pedro en la última cena. También oyó ahora su
juramento de que no conocía a Jesús; a pesar de ello, no puede
dejarle abandonado después de haber visto cómo el maestro se
volvía y, lleno de amor misericordioso, cruzaba su mirada con la
de Pedro. No sabemos si fue el propio Juan quien tomó la inicia-
tiva y buscó a Pedro para que no desesperara; o si, por el contrario,
tan seguro se hallaba Pedro de la amistad de Juan que osó
acudir a él en medio de su angustia. En todo caso, María
Magdalena encontró a Pedro y a Juan juntos en la mañana de
Pascua.

El amor de Juan es delicado. Sus pies son más rápidos que los
de Pedro, lo cual indica que su fe es también más fuerte. Pero
esto no es para él motivo de mirar a Pedro con desdén. Le espera
y le permite entrar primero en el sepulcro vacío. Por la amistad de
Juan vuelve Pedro a Jesús, a una fe total.
Cuando se aparece Jesús en el lago de Tiberíades, vemos a
Juan desempeñar el mismo papel. De nuevo deja que Pedro le
preceda, y él mismo le pone en camino: «El discípulo aquel a quien
amaba Jesús dícile entonces a Pedro: "Es el Señor"» (Jn 21, 7).
Es Jesús mismo quien manifiesta a Pedro el poder de su resu-
rrección. Pero no es menos verdad que, gracias a la ayuda del dis-
cípulo amado, llega Pedro finalmente a tener fe en el siervo de
Dios y a convertirse en un auténtico creyente, un discípulo humilde
que podrá fortalecer la fe de sus hermanos.
85
Oración y presencia de Dios

Todo cuanto en la Escritura se dice del camino hacia la fe en


el resucitado ha sido escrito para nuestra edificación. En ella
podemos aprender a encontrar ayuda y a ayudarnos los unos a los
otros. «Por esto mismo poned todo vuestro empeño en propor-
cionar a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al cono-
cimiento la templanza, a la templanza la constancia, a la constancia
la piedad, a la piedad el afecto fraterno y al afecto fraterno el amor.
Porque, si se encuentran y abundan entre vosotros estas cosas, no
os dejarán sin obra ni sin fruto en cuanto al conocimiento de
nuestro Señor Jesucristo» (2Pe 1, 5-8).
Especialmente nos necesitamos unos a otros en la actual crisis
de fe. A este respecto hemos de remitirnos a la comunidad de los
creyentes. Como Pedro y Juan, tenemos el deber de fortalecer a
nuestros hermanos en la fe. En la medida en que crezca nuestra
propia fe seremos mensajeros de la paz y de la fe en el Señor
resucitado.
No creo yo que todo ha de juzgarse negativamente en la crisis
de fe que atraviesa el mundo actual. Es también un tiempo de
gracia y de decisión. El Señor nos llama a distinguir mejor entre
lo que es fe y lo que constituye añadidura humana, entre la verdad
permanente y la obra de los hombres. Si recorremos el camino unos
con otros, si juntos oramos y buscamos, si meditamos en común la
Palabra de Dios y reflexionamos sobre los signos de los tiempos,
entonces se hallará Cristo una vez más en el camino con nosotros.
La cuestión es si verdaderamente le buscamos de todo corazón.
Hemos de aceptar agradecidos la reprimenda del Señor: «¡Oh, tor-
pes y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los
profetas!» (Lc 24, 25). El Señor, sin embargo, no nos reprende
para condenarnos, sino sólo para ayudarnos. Se quedará con
nosotros y se nos descubrirá más y más, si con todo nuestro
corazón le rogamos: «Señor, quédate con nosotros, que pronto se
hará de noche.»
Señor Jesucristo, creo que has resucitado y que eres el Señor
y salvador de todo el mundo. Creo que sigues buscándome, que
estás siempre junto a mí y que me esperas, si yo mismo busco tu
presencia. Envía tu Espíritu Santo para que purifique mi corazón.
Dame una visión clara para apreciar tu venida.

86
La permanencia de Jesús con su Iglesia

Dame amigos en la comunidad de los que creen. Hazme expe-


rimentar mejor ese medio divino de hombres que oran, para que
así sea yo también capaz de prestar ayuda a los demás. Tu pre-
sencia crea una comunidad. Guíanos para que surja en nosotros esa
corriente de amor mutuo cuyo origen y meta eres tú. Danos
alegría por tu presencia. Señor, haz que aguardemos vigilantes
tu llegada.

LA PERMANENCIA DE JESÚS CON SU IGLESIA

El resucitado no se marcha dejando a sus discípulos definiti-


vamente solos. Antes de irse al Padre les promete otro Consolador.
Serán bautizados en el Espíritu Santo (Act 1, 5). La venida del
Espíritu les hará mensajeros de la buena nueva y testigos de la fe
en el resucitado. «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo , que
sobre vosotros vendrá; y seréis testigos míos en Jerusalén y en
toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra» (Act 1, 8).
La misión de comunicar la buena nueva a todos los hombres va
ligada a la promesa de su presencia permanente. «Id, pues, y haced
discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo
cuanto yo os he mandado. Y mirad: yo estoy con vosotros todos los
días hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

La presencia de Cristo es para la Iglesia garantía de que


puede permanecer por siempre en la verdad y ser fiel a ella. Pero
la Iglesia no ha de olvidar nunca que la promesa de la presencia
del resucitado va unida a la misión de anunciar a todos los pue-
blos la buena nueva de su muerte y resurrección y de dar con su
propia vida testimonio auténtico de esta fe. La permanencia en la
v erdad no es una cua lidad que la Iglesia por sí m isma . No
es el atributo de una institución autosuficiente. Es un don gratuito
del Señor a su Iglesia, con la que se muestra propicio mientras
ella deposite toda su confianza en él, viva en su presencia, lleve
su Evangelio a la práctica y, de este modo, dé en amor y fe
testimonio de la verdad, testimonio de la venida y permanencia
del Señor.

87
Oración y presencia de Dios

La Iglesia es santa, católica y apostólica por la presencia de


su divino Señor y por la confianza en su amor y misericordia. En
la fe se confía por completo a él. Pero fe significa vida. La co-
munidad de los fieles es en verdad infalible cuando de palabra y
obra enseña que no es posible creer en el único Dios y Señor, en
el único Padre de todos los hombres, sin al mismo tiempo amar
a todos sus hijos. No se puede ser verdaderamente cristiano ni
creer en el único Señor y salvador del mundo sin amar a la vez a
ese mundo con el amor redentor y salvador de Cristo. Sólo podremos
llamarnos auténticos adoradores del único Espíritu si recibimos sus
dones como un encargo santo en pro del bien universal.
Cristo ha hecho promesa de su presencia permanente y salva-
dora no a una Iglesia estacionaria ni a una institución pagada de sí
misma, sino a la Iglesia peregrinante, dispuesta a caminar con él
por los tiempos y a mantenerse vigilante ante su venida; una
Iglesia presta a llevar a todos los pueblos la buena nueva, y no
sólo de palabra, sino también con el testimonio de su vida.
La presencia de Cristo en la Iglesia se hace para los creyentes
experiencia de vida y mensaje de irradiación universal por la vigi-
lancia, el espíritu de oración, la confianza en el Señor. Esto presu-
pone que hemos de renunciar a toda forma de arrogancia
personal y de ambición de poder. Todo ha de medirse de acuerdo con
nuestra misión de ser mensajeros fidedignos del resucitado. La
permanencia de Jesús con su Iglesia no puede separarse de su
oración humilde: «Señor, quédate con nosotros», y de su
disponibilidad: «Aquí estoy, Señor, envíame.»
Señor Jesucristo, envía a tu Iglesia y a todos nosotros, discí-
pulos tuyos, el Espíritu Santo. Gracia tuya es sí creemos y ponemos
toda nuestra confianza en ti, si nos abrimos por completo al Evan-
gelio y nos esforzamos día tras día por llevarlo a la práctica. Y es
la fuerza del Espíritu Santo la que nos convierte en mensajeros y
testigos de tu resurrección. Líbranos de nuestras propias ilusiones
y ajetreos mundanos, que den a entender que aún confiamos exce-
sivamente en nosotros mismos y por ello acudimos a medios de-
masiado humanos.
¿Me atreveré a decirte que no conozco mayor anhelo que el
de vivir junto a ti y comunicar a todos los hombres el mensaje de tu

88
La presencia de Cristo en la eucaristía

presencia amante? Haz, Señor, que esto sea por siempre verdad.
Señor, te doy gracias porque una y otra vez en mi vida he
conocido comunidades eclesiales que me han ayudado, a mí y a otros
muchos, a experimentar el gozo de tu presencia, el consuelo de la
esperanza cristiana y la fuerza de la fe. Servir al Evangelio ha de ser mi
contento.
Señor, haz que todos los hombres se aclimaten e integren no sólo
en tradiciones humanas, sino en la comunidad de la fe, que es signo de
tu presencia vivificadora.
Da a tu Iglesia esa vigilancia que le permita distinguir los signos de
los tiempos y hacer de ellos parte de tu buena nueva.
Señor y Maestro, tú nos has llamado. Nuestra respuesta no puede
ser otra que «Señor, aquí estamos, envíanos».

LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA

La cumbre de nuestra experiencia de la presencia del resucitado y


del poder del Espíritu Santo es la celebración de la eucaristía. Es éste el
gran misterio de la fe, en el que Cristo nos dirige su palabra vivificadora
al darse a sí mismo como pan de vida. Nuestra fe no es solamente
recuerdo de sucesos pasados. En la eucaristía viene el Señor mismo, es
presencia viva y nos asegura: «Yo estoy en medio de vosotros. Soy el
mismo que por vosotros murió y que ahora vive por siempre para
vosotros. Quiero que tengáis vida en mí y seáis testigos de mi amor por
todos los hombres.»
Cristo se halla presente en su Palabra, que es una con el amor que
se desborda en su propio ser. l mismo es la buena nueva para nosotros.
Cada vez que en la comunidad de los creyentes nos abrimos a la gracia
del Espíritu Santo y nos reunimos en la presencia de Cristo, que es
nuestra esperanza, dispuestos a recibir su palabra y a ponerla por obra,
experimentamos de nuevo que la palabra de Cristo es pata nosotros
«espíritu y vida» (Jn 6, 63).
El acto eucarístico en su totalidad es palabra y don de vida, y, por
ende, llamamiento a una total conversión, gracia de una transformación
en Cristo.
La eucaristía es acto conmemorativo, mantiene vivas nuestra

89
Oración y presencia de Dios

memoria y nuestra gratitud. Pero lo principal es que el propio Verbo


hecho hombre se encuentra con nosotros hoy y aquí. Su venida nos
hace contemporáneos de su muerte y resurrección. El momento
presente posee toda la fuerza de la historia de la salvación en la
experiencia de la venida del Espíritu y por la gracia de la vigilancia y
disponibilidad para la llegada de Cristo en su gloria. Jesús viene de tal
modo a nosotros que los hechos de la historia de la salvación nos
transforman y nos hacen coamantes con Cristo y colaboradores
suyos en la revelación de su amor.
La presencia de Cristo en la eucaristía por su palabra vivificante y
en el pan y vino transmutados por el Espíritu no son dos realidades
distintas. Nosotros, naturalmente, distinguimos dos aspectos en esta
única realidad. Es, por tanto, el Cristo único quien nos hace don de
su palabra salvadora y se convierte en pan de vida para nosotros. En
la palabra y en el sacramento se da a sí mismo y nos revela el sentido
último de todos los sucesos de la historia de la salvación para
aplicarlo a todas las cosas de nuestra vida. Él, que nos asegura su
presencia bajo las especies de pan y vino, es por sí mismo «el pan
para la vida del mundo». De tal manera quiere vivir en nosotros que
podamos celebrar con él su amor al Padre y tener parte en el amor
salvífico que derrama sobre el mundo.
La presencia de Dios es, en todo respecto, un misterio insonda-
ble. La presencia eucarística de Cristo es el hecho central, el signo
más maravilloso y eficaz de su venida y permanencia entre nosotros.
Cristo es presencia por la fuerza del Espíritu Santo, que le ungió y
envió para darse a sí mismo por el bien de su pueblo. Cristo está
presente para nosotros en el Espíritu Santo, por el que resucitó de
entre los muertos. Cuando Cristo se da a sí mismo en la eucaristía,
nos da también la fuerza del Espíritu Santo para que podamos
recibirle a él, don del Padre, con alabanza y gratitud, y para que a
nuestra vez seamos capaces de darnos totalmente a él y consagrarnos
por entero al servicio de su buena nueva.
Sólo por la fuerza del Espíritu Santo llegamos a tener una fe viva
y a poder festejar con amor agradecido el misterio de la fe. Quienes
crean en el Espíritu Santo y confíen en su gracia experimentarán en sí
mismos la verdad de las proféticas palabras
90
La presencia de Cristo en la eucaristía

de Jesús: «Quien tenga sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí como


ha dicho la Escritura: ríos de agua viva correrán de su seno. Esto lo dijo
refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn
7, 38-39).
Solamente por la gracia del Espíritu Santo se convierte el acto
eucarístico en punto culminante de una presencia mutua, en conciencia
plena de dicha presencia. El Espíritu es el amor en que el Padre se da al
Hijo y en que el Hijo a su vez se entrega al Padre. Con este mismo
amor se ha dado Jesús en su naturaleza humana al Padre y a nosotros.
Tenemos parte en este misterio cuando de tal modo recibimos el don
del amor divino que nos sentimos impulsados a darnos enteramente a
cambio en el servicio de nuestros hermanos.
Al anunciar Jesús la eucaristía con las palabras: «El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último
día» (Jn 6, 55), le abandonaron desazonados muchos de sus seguidores,
a quienes parecieron absurdas estas palabras. De hecho, sin el don del
Espíritu Santo no podemos entender su mensaje ni abrirnos a la gracia
que tal don representa. Por eso Jesús recuerda a sus discípulos el don
del Espíritu: ¿Qué diríais «si vierais al Hijo del hombre subiendo a
donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve.
Las palabras que yo os he dicho son Espíritu y son vida» (Jn 6, 63).

Jesús es el pan de vida; ahí está para todos, siempre dispuesto a


consumirse en servicio de los demás, porque ha sido enviado y ungido
por el Espíritu Santo. Sólo cuando nosotros recibamos el mismo
Espíritu Santo y por su gracia le expresemos nuestra gratitud por este
gran don, podremos superar nuestro egoísmo y entregarnos al servicio
de Jesús y de nuestros hermanos.
Al final de una semana de reflexión entre pastores y teólogos de
procedencia calvinista, vinieron estos amigos míos a pedirme que
celebrará para ellos la eucaristía. Yo les expresé con toda franqueza mis
dudas sobre si esto podía hacerse verdaderamente y tenía sentido, ya
que ellos solamente creían en una «presencia espiritual» de Jesús,
mientras que nosotros, los católicos, hacemos hincapié en la realidad de
esta presencia. Al cabo de un día de oración y meditación, uno de los
prestigiosos teólogos habló en

91
Oración y presencia de Dios

nombre de sus hermanos: «Creo poder decir con verdad que Jesucristo
está espiritualmente presente en la eucaristía; pero debemos borrar por
completo la palabra "solamente", porque el verdadero sentido sólo
puede ser: Jesús se halla presente en la fuerza del Espíritu Santo, y ésta
es la forma suprema y más acabada de la presencia en que el resucitado
se da y a la vez se reclama a sí mismo.» En esto consiste de hecho la fe
que puede llegar a unirnos.
Puesto que Cristo nos da en el poder del Espíritu Santo nada menos
que su propia vida, la sangre de la alianza, para convertirnos en su fiel
pueblo aliado, podemos confiar en que también nos dará eI Espíritu
Santo y, por su medio, el valor y fuerza para hacerle nosotros a él don
nada menos que de nosotros mismos.
Jesús nos hace experimentar su proximidad en el banquete
eucarístico. Ha escogido el ágape familiar como punto de partida y
símbolo de su presencia aliada. Ahí está él presente con ese amor que
nos transforma y nos hace miembros activos de su familia. Par ello,
sólo podemos sentirnos invitados a su mesa y recibir con eficacia la
sangre de la alianza, si estamos dispuestos a hacernos uno en él. La
presencia de Cristo en la eucaristía se convertirá entonces en
reciprocidad plena, en un cuidarse mutuamente, en un esperar a Cristo
y acoger gozosos su llegada, si los convidados a la mesa de Jesús están
allí también presentes los unos para los otros. Porque a fin de cuentas
Jesús derramó su sangre para establecer la alianza con el Padre en la
unidad de todos los hombres. La presencia de Cristo en la eucaristía es
dinámica, es presencia actuante; es el acontecer de la energía divina, el
poder del amor que resulta de la unión entre los discípulos de Cristo.
Recibir con fruto la sagrada comunión significa hallarse dispuesto a ser
miembro activo del cuerpo místico y a trabajar sin descanso por la
unidad de todos los hombres.

Cristo nos convoca al acto eucarístico de su presencia para integrar


en sí todas las fases de nuestra vida. Él es amor comunitario. Y al darse
él en forma de pan de vida para el mundo, recibimos nosotros,
juntamente con su cuerpo, la misión de hacernos de tal modo una
misma cosa con él que lleguemos a trabajar juntos por la reconciliación
y unidad de todos los hombres. Entonces podrá el mundo creer que el
Padre ha enviado a su Hijo para

92
La presencia de Cristo en la eucaristía

hacer a los hombres hermanos unos de otros, hijos suyos. Si recibimos


con fe el cuerpo de Cristo, nos convertimos nosotros mismos en su
cuerpo. Por la fe en él, por el reconocimiento de su presencia
unificadora, podemos llegar a convertirnos en un medio divino que
haga renacer la esperanza en el nuevo cielo y la nueva tierra en que
todos serán uno.
La presencia eucarística excluye toda huida a la soledad de una isla
del «tú y yo». En la venida de Cristo es decisiva la dimensión de una
comunidad de fe, esperanza y caridad. La presencia de Cristo se
materializa allí donde unos hombres se hacen solidarios por su causa, se
estiman mutuamente y buscan juntos el camino. La eucaristía se
convierte en realidad total de nuestra vida, cuando con fe oímos y
aprendemos unos de otros lo que significa que Cristo está en medio de
nosotros «siempre que dos o tres se reúnen en su nombre».
Señor Jesucristo, es maravilloso recordar los grandes acon-
tecimientos de tu encarnación, de tu pasión y muerte, de tu resurrección
y ascensión. Pero la gracia y alegría mayor es que tú mismo vienes a
celebrar la conmemoración de estos hechos y eres nuestra promesa. Te
damos gracias por recordarnos de modo tan admirable que por
nosotros naciste, por nosotros padeciste, por nosotros vives. Quieres
vivir en nosotros para por nuestro medio prolongar tu amor redentor y
salvador por todos los hombres de todos los tiempos. Tú mismo estás
con nosotros en el camino hacia la vida eterna. Tu venida es cada vez
una promesa mayor de que vendrás finalmente a darnos el nuevo cielo
y la nueva tierra.

Señor, creo que tú eres la vida de mi vida, la fuerza en mi debilidad,


el camino de salvación. Te doy gracias, Señor, porque no estoy solo
cuando alabo al Padre. Tú estás entre nosotros para unir nuestra
alabanza y acción de gracias a tu propia alabanza y llevarla ante el Padre.
Envíanos el Espíritu Santo para que con tal fe, alegría y gratitud
celebremos la memoria de tu encarnación, de tu pasión y muerte, de tu
resurrección y ascensión, del envío del Espíritu, y festejemos la espera
de tu venida definitiva, que, en unión contigo, nuestra vida entera se
convierta en canto de alabanza y acción de gracias. Ayúdanos a
glorificar al Padre, al hacernos enteramente una misma cosa con tu
amor redentor.

93
Oración y presencia de Dios

LA PRESENCIA DE JESÚS EN EL SACRAMENTO DEL ALTAR

Cuando el sacerdote al celebrar la eucaristía acaba de pronunciar


sobre el pan y el vino las palabras: «Éste es mi cuerpo, que será
entregado por vosotros; éste es el cáliz de la sangre de la alianza, que
por vosotros ha sido derramada», ya nunca más será entonces nuestra
ofrenda mero pan y vino, sino que se transforma en signo cada vez más
eficaz de la presencia duradera, de la fidelidad permanente del Señor de
la alianza.
La presencia de Jesús en el sagrario es la lengua que habla el amor
eterno. El Señor nos asegura que siempre estará esperando a aquellos
que le necesitan. Siempre está él ahí, para servir a los enfermos y
moribundos de garantía de vida eterna, último consuelo, fiel compañero
de camino. Para todos los agobiados y atormentados por el peso de sus
culpas, para quienes buscan la luz en las tinieblas, para todos cuantos
desean alabar y glorificar al Padre, Jesús es presencia, consuelo, paz y
alegría permanentes. No somos nosotros, los hombres, quienes damos
al pan, sobre el que se pronuncian las palabras de la consagración, el
significado de la presencia de Cristo. Es Cristo mismo el que nos afirma
su presencia, su permanencia con nosotros. Ahí está siempre para
nosotros, pero la cuestión primordial es si nosotros mismos nos
abrimos a su presencia, nos tomamos el tiempo de pensar en él y de
darle gracias, para así experimentar la dicha de su presencia. El
Sacramento del Altar es una constante invitación de Jesús a sus amigos
a que busquen en él la alegría y la paz.

No es mi propósito sostener que el ejercicio piadoso de la visita al


santísimo sacramento sea indispensable para la salvación; pero no
dudaré en recomendarlo de todo corazón. La permanencia de Jesús en
el sagrario mantiene fresco nuestro recuerdo. Ahí tenemos un lugar
ideal para la contemplación, para escuchar el elocuente silencio de
nuestro Señor. Ante el tabernáculo se hacen más profundos nuestros
sentimientos de gratitud, y de esta manera nos preparamos a celebrar la
siguiente eucaristía con un amor y gozo aún mayores.
Como la acción de gracias después de la misa, así también la

94
La venida de Jesús en el bautismo

visita al sacramento del altar es ocasión para que una vez más
consideremos y lleguemos a percibir lo que la eucaristía significa
para nosotros, a saber, que encontraremos nuestra dicha, nuestra
salvación, nuestro centro, en una constante actitud de alabanza
y acción de gracias. En la presencia de Jesús sometemos a juicio
nuestra vida, para ver si nuestros anhelos y aspiraciones, nuestras
palabras y decisiones, nuestras obras, pueden ser ofrecidas con
Jesús al Padre como acción de gracias por el don de la eucaristía.
Quien acude al sagrario huyendo de los hombres, porque su
sociedad le produce hastío, no encontrará allí a Jesús. El que
huye de los hombres huye también de Jesús. Si a veces empero nos
resulta difícil compartir la carga de los demás y caemos en la
cuenta de que no somos verdaderamente capaces de amar, haremos
bien en acudir a refugiarnos en Jesús, en persuadirnos de su amor,
en buscar en él la fuerza necesaria para poder estar con nuestros
hermanos y hermanas en su nombre.
En la experiencia eucarística del «tú y yo» nos abre el Señor
siempre de nuevo la dimensión «nosotros-tú-yo», pues Jesús está
en la eucaristía constantemente presente para reunirnos a su lla -
mada. Sólo en él hay comunión de los santos.
Te doy gracias, Señor y maestro mío, amigo y hermano, mi
salvador y médico, por tu silenciosa y a la vez elocuente presencia
en el santísimo sacramento. Tú siempre me esperas en ese signo
permanente de la nueva y eterna alianza. Señor, despierta en mí
el espíritu de gratitud, para que en este sentimiento responda a tu
invitación, encuentre paz y alegría en tu presencia, de modo que
mi corazón irradie amor allí donde yo esté. Señor, enséñame en
tu presencia a darte gracias también por las muchas señales de
amor que percibo de mis semejantes.

L A V ENI D A D E J ES Ú S EN EL BA U TI S M O

El bautismo de Jesús en el Jordán significa ante todo una


venida, el acto por el que Jesús se acerca a la humanidad peca -
dora. Durante una celebración común del bautismo de penitencia,
Jesús se unió a aquellos que acudían allí en busca de alivio, libera-

95
Oración y presencia de Dios

ción del pecado y la opresión y una nueva fraternidad. En esta


ocasión en que Jesús proclama litúrgicamente su solidaridad salva-
dora con todos los hombres, proclamación que no es sino el
preludio de una revelación más completa, el Padre da testimonio
de él: «Y mientras estaba en oración se abrió el cielo y el Espíritu
Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma, y
vino una voz del cielo: "Tú eres mi hijo amado, en ti me he com-
placido"» (Lc 3, 21-22).
Para todos los que reconocen su miseria y, llenos de esperanza,
se hallan dispuestos a convertirse a Dios, la venida de Jesús en su
bautismo es manifestación del amor del Padre y de la virtud del
Espíritu Santo en el Hijo, dispuesto a hacerse hermano de
todos y a llevar la carga de la humanidad. Siempre que Jesús
viene a nuestra vida, allí se hace visible el amor del Padre por él
y p or todos los hombres. El bautismo de Jesús en el Jordán no es
más que un primer paso. Él habla a sus discípulos de otro bautismo
que habrá de recibir, ante el cual siente miedo, pero que a la vez
es objeto de sus anhelos. Sus discípulos tendrán parte no sólo en el
bautismo de agua, sino también en el bautismo en su sangre. Serán
colaboradores en su obra de salvación. Cuando Juan y Santiago
le pidieron tener parte en su gloria, les preguntó Jesús: «¿Sois
capaces de beber el cáliz que yo voy a beber o de ser bautizados
con el bautismo en que yo voy a recibir?» (Mc 10, 38).
Durante el bautismo en su propio sangre, Jesús no sólo está
presente con amor infinito a su madre y al discípulo fiel, sino que
abre también sus brazos y su corazón para todos nosotros, peca-
dores. Todos estamos incluidos en su oración por quienes le habían
crucificado, y tenemos la garantía de su amor salutífero en la pa-
labra amistosa que dirigió al buen ladrón.
Nuestro bautismo nos hace participar del bautismo de Jesús
en el agua, en la sangre y en el Espíritu Santo. Cristo mismo es
quien nos bautiza en el Espíritu Santo, llamándonos así a la alianza
que ha sido sellada con su sangre. Cristo no se limita a saludarnos
en el bautismo con su palabra de amor y fuerza, sino que viene
verdaderamente al bautizado, concluye con él un pacto. Se con-
vierte en hermano carnal suyo y le garantiza su presencia perma-
nente para transformarle de tal manera que la vida del bautizado

96
La venida de Jesús en el bautismo

sea imagen perfecta de su propia solidaridad salvadora. Pero queda en


pie la cuestión decisiva de si el bautizado se pone él mismo
verdaderamente del lado de Jesús y quiere de veras convertirse en signo
de salvación en el mundo.
El sacramento de la confirmación reclama la realización completa
del bautismo. Porque Cristo no sólo fue bautizado en el agua y en la
sangre, sino en el Espíritu Santo. La confirmación es la venida de Jesús
en la fuerza del Espíritu y la garantía de que el Espíritu lo consumará
todo si creemos y, en la fe, hacemos de la dicha y salvación de todos los
hombres nuestro anhelo más ferviente.
La presencia de Jesús por el Espíritu en la vida del bautizado se
manifiesta en el crecimiento, en esa madurez de vida cristiana que todo
lo mide en función de la gratitud por los dones del Espíritu. Cuando la
oración «¿Cómo podré pagar al Señor por todo cuanto por mí ha
hecho?» sea motivo dominante de toda decisión y deseo, entonces la
acción del Espíritu Santo en la vida del bautizado se resolverá en una
plena conciencia de la presencia de Cristo.
Bautismo y confirmación son acontecimientos decisivos en nuestra
vida, en el encuentro con Cristo. Son una palabra poderosa, una venida
de Cristo en sus dones y un llamamiento a que seamos miembros adultos
del pueblo santo de Dios y signo de la nueva creación. Pero se trata en
ellos de algo más que de un mero instante. El sacramento de la
confirmación es principio y promesa de una vida cuya razón primordial
de ser estriba en la presencia de Jesús, la conciencia de la misma y el
estado de alerta que corresponde a su venida.

Es inconcebible que el bautismo en el Espíritu Santo fructifique, si


los bautizados no se ayudan unos a otros a ser cada vez más conscientes
de que el Señor está con ellos y que, por tanto, todos pertenecen a una
misma familia. En este sentido puede muy bien ser elocuente la
renovación carismática del «bautismo en el Espíritu Santo», cuando los
cristianos se integran por completo en la comunidad salvífica y se
comprometen con ella. No piensan en un nuevo sacramento, sino en la
experiencia de fe que los sacramentos del bautismo v la confirmación
quieren brindar. Es un orar

97
Oración y presencia de Dios

y esforzarse en común para que la gracia del sacramento se manifieste


cada vez con más fuerza en los fieles.
Cuando nos unimos para orar con una plegaria que es creativa y
espontánea, y que por ello expresa nuestra confianza en el Espíritu
Santo, se convierte este hecho en conciencia de nuestro bautismo de
Espíritu. Oramos juntos, y unos por otros, por la venida del Espíritu
Santo en poder, venida que nos revelará dónde se está edificando un
medio divino de alegría cristiana, de esperanza, de estima y aliento
mutuos. Ella nos hace vivir la experiencia de esa mutua solidaridad
humana que se sumerge por completo en los dones del Espíritu,
buscando en ellos su alimento, y nos conduce finalmente a Él. Unidos
en el único Espíritu y agradecidos por la amplitud de sus dones, nos
asociamos con Jesús para alabar al Padre y a fin de fructificar en amor
y justicia para la vida del mundo.
Te alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por el bautismo
en el Espíritu Santo. Te glorificamos porque quisiste que tu Hijo y
siervo Jesucristo se hiciera bautizar junto con hombres pecadores. Te
damos gracias porque, por su bautismo y el bautismo de muchos,
deseas convertirnos en une pueblo santo.
Te rogamos, Padre, que concedas a tu Iglesia un conocimiento
cada vez mayor del significado del bautismo. Haz que nunca olvi-
demos que no es bastante bautizar a los niños con el bautismo de
agua. Sólo podemos darte dignamente gracias por nuestro bautismo, si
de veras formamos una comunidad de alegría, amor y caridad.
Ayúdanos a modelar nuestra comunidad de tal manera que tanto la
juventud como todos los cristianos lleguen a comprender mejor lo que
significa estar bautizado en el Espíritu Santo. Envíanos tu Espíritu
Santo, para que fructifiquemos en amor, alegría, bondad, amistad
cordial, libertad creadora.
Asiste con tu ayuda a todos aquellos que han aunado sus es-
fuerzos para renovar la vida de oración. Haz que su oración y su vida
sean para toda la Iglesia un mensaje que haga a todos comprender que
es el Espíritu quien nos guía y nos da la vida.
Ven, Espíritu Santo, purifícanos de nuestros pecados. Danos
parte en el gozo y fuerza del resucitado, para que en nuestros afanes
por un mundo más fraternal, por la justicia y la unidad,
experimentemos todos su cercanía.

98
PRESENCIA DEL SEÑOR
EN LOS SIGNOS EFICACES DE LA RECONCILIACIÓN

El celo de Dios, que no quiere que nadie se pierda, se hace visible


en la venida de Cristo como buen pastor (cf. Mt 18, 14). Todos
aquellos que han recibido la paz de Cristo y viven en unión con el
divino buen pastor son conscientes de la parte de responsabilidad que
les corresponde en lo que toca a la salvación de sus hermanos, según
el don especial de gracia que les haya sido otorgado. Todos estamos
llamados a ser unos para otros signo de reconciliación y salvación.
«No quiere vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno solo
de estos pequeños. Si tu hermano comete un pecado ve y repréndelo a
solas tú con él. Si te escucha, ya ganaste a tu hermano» (Mt 18, 14-15).
En el recto uso de la exhortación y corrección fraterna tenemos la
garantía de la presencia eficaz de Cristo. Si todo lo hacemos por salvar
a su hermano en Cristo, que se halla en peligro, y poniendo nuestra
confianza en la gracia, lo que nos dará el necesario espíritu de
mansedumbre, podemos entonces estar seguros de la proximidad de
Cristo, ya se trate de desempeño de esta tarea por un fiel cristiano, un
grupo o una comunidad, ya por aquellos a quienes la Iglesia ha
encomendado el ministerio de la reconciliación. El acontecimiento de
la salvación nos remite siempre a la venida de Cristo: «Os lo aseguro:
todo lo que atéis en la tierra, atado será en el cielo, y todo lo que
desatéis en la tierra, desatado será en el cielo. Os aseguro además: si
dos de vosotros unen sus voces en la tierra para pedir cualquier cosa,
la conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están
dos o tres congregados por razón de mi nombre, allí estoy entre ellos»
(Mt 18, 18-20). De acuerdo con el contexto, se trata primordialmente
de una reunión para orar por la salvación, por la conversión y
reconciliación.

Por la gracia y en la fe llegamos a caer en la cuenta del carácter


gratuito de la salvación. Ponemos toda nuestra confianza en el poder.
del Espíritu Santo. De este modo, nuestra gratitud nos sirve de acicate
para tratar con todas nuestras fuerzas de ayudarnos mutuamente en el
camino de dicha salvación. «Si vivimos por el Espíritu, caminemos
también por el Espíritu. No nos hagamos

99
Oración y presencia de Dios

vanidosos, provocándonos recíprocamente y envidiándonos unos a


otros. Hermanos, en el caso de que alguno fuera sorprendido en alguna
falta, vosotros, los espirituales, con espíritu de mansedumbre, procurad
que se levante, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas
tentado. Ayudad a llevar unos las cargas de los otros y así cumpliréis la
ley de Cristo» (Gál 5, 25 26; 6, 1 2). El texto no deja duda alguna de que
- -

se trata aquí de un presupuesto fundamental en la vida cristiana.


En la misma línea nos exhorta Santiago: «Fortaleced vuestro
corazón, porque está cerca la parusía del Señor. No os quejéis,
hermanos, unos de otros para no ser juzgados. Mirad que el juez está ya
ante la puerta... Confesaos, pues, los pecados unos a otros; orad unos
por otros para ser curados. Mucho puede la oración eficaz del justo»
(Sant 5, 8-16).
Hasta los tiempos de Alberto Magno y Tomás de Aquino la
corrección fraterna fue considerada por la teología como una forma del
sacramento de la reconciliación y el perdón divinos, con tal que dicha
corrección se administrara en espíritu de mansedumbre y humildad, que
el corregido reconociera humildemente su culpa y que por la oración se
pusiera en evidencia que la salvación sólo viene de Dios. Tal punto de
vista en modo alguno menoscaba la especial misión que le ha sido
encomendada al sacerdote como dispensador del sacramento de la
penitencia. Fundamentalmente son llamados al ministerio sacerdotal y a
desempeñar la función de dispensadores del sacramento de la
reconciliación aquellos que se distinguen por su docilidad al Espíritu
Santo, por su mansedumbre y bondad. Aun en nuestros días, la
confesión de los pecados ante un hombre santo, seglar, se considera y
recibe en muchos sectores de la Iglesia ortodoxa como verdadero
sacramento. Y precisamente en la Iglesia ortodoxa goza de alta estima el
sacerdote que demuestra ser un hombre espiritual. Cuando en nuestra
vida diaria nos ayudamos unos a otros a conocer mejor a Cristo
reconciliador, confesamos humildemente nuestras faltas y nos pedimos
perdón, entonces llegamos a comprender mejor el sacramento que la
Iglesia solemniza en el ministerio del sacerdote. Quien sirve al Señor de
instrumento para reconciliarnos con Dios y entre nosotros se convierte
él mismo en fuente de salvación.

100
Presencia del Señor en los signos eficaces de la reconciliación

En los casos en que un pecado de gran escándalo representa una


profunda herida en la vida de la Iglesia, esta última desde sus
principios ha desempeñado su misión reconciliadora por medio del
obispo o el sacerdote. El sacerdote está llamado a ser, por gracia y por
ministerio, un signo de la presencia bondadosa y reconciliadora del
buen pastor, del médico divino. Lo definitivo en el sacramento es
siempre que sepamos que no son nuestros esfuerzos, sino la gracia de
Cristo la que nos atrae el amor misericordioso del Padre. La confesión
de nuestros pecados no es tanto acusación propia como alabanza de
aquel que en su gratuita benevolencia nos reconcilia y nos envía a
colaborar en su obra de reconciliación.
Oramos en el espíritu de la antigua liturgia romana. La re-
conciliación pública del Jueves Santo culminaba en una plegaria de
alabanza, que reproduzco aquí con algunas modificaciones:
«Es digno y justo, signo de tu benévola presencia y camino de
salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Dios misericordioso.
Cuando nuestros primeros padres se apartaron de ti por el pecado, tú
no los abandonaste. Les anunciaste el Salvador y, como signo de tu
promesa, les diste hijos como Abel, Set y Enoch, que llenos de
confianza invocaron tu nombre y ensalzaron tu bondad.
»Cuando Caín asesinó a su hermano, lo marcaste
misericordiosamente con una señal para que cesara todo crimen.
»Y al hallarse la tierra sumergida en el pecado, salvaste de la
catástrofe a Noé, su familia y todas las especies de animales. Con el
diluvio purificaste la tierra.
»Tú hiciste de José, vendido por sus hermanos como esclavo, un
signo del perdón, la reconciliación y la salvación. Cuando tu pueblo
huía para liberarse de la esclavitud de los egipcios, lo guiaste a través
del mar Rojo, lo probaste en el desierto, para conducirlo después más
allá del Jordán, a la tierra prometida.
»Tú diste a la prostituta Rahab un corazón piadoso para que
salvara a los enviados de tu pueblo, y enseñaste a tu pueblo a tener a
su vez misericordia con ella.
»Cuando David, a quien habías escogido y ungido como rey,
cubrió tu nombre de ignominia seduciendo a la mujer de otro y
haciendo alevosamente matar a éste, le enviaste un profeta para
101
Oración y presencia de Dios

que despertara su conciencia y le moviese a reconocer su culpa. Y al


suplicarte él arrepentido, le anunciaste por el profeta tu misericordia
y reconciliación.
»En todo tiempo y lugar has glorificado tu nombre con tu
misericordia hacia los hombres. En la consumación de los tiempos
enviaste a Jesucristo, tu Hijo unigénito, como gran sacramento de la
reconciliación, buen pastor que busca la oveja perdida, médico divino
que sana a los enfermos, fuente de agua viva. Por la fuerza del
Espíritu Santo resucitó a muertos y curó a leprosos. En él hemos
todos conocido la reconciliación.
»Por ello te alabamos con todos los mensajeros de la paz, con
todos los santos que, agradecidos por la reconciliación, se convir-
tieron en mensajeros de paz y signos de tu misericordia, y prome-
temos, con el corazón rebosante de gratitud, seguir a Jesús, que hizo
tu misericordia visible para todos en la tierra. Y así, glorificamos tu
nombre.»

EL MINISTERIO SACERDOTAL, SIGNO DE LA PROXIMIDAD DE


CRISTO

El sacerdote está llamado sobre todo a ser un hombre de oración.


En virtud de su especial misión es, antes que otra cosa, un oyente de
la palabra de Dios. Esta última es el precioso tesoro por el que el
sacerdote lo entrega todo. Y con este tesoro ha de crecer él mismo.
Su vida culmina en ser adorador de Dios en el espíritu y en la verdad
y en ayudar a todos los miembros del pueblo sacerdotal de Dios a
estimar la palabra divina, a orar y a realizar una síntesis creciente
entre fe y vida, para así dar gloria al único Dios y Padre.
Al desempeñar su misión el sacerdote ha de ser consciente de que
no viene en su propio nombre, sino como enviado del Señor para
anunciar su nombre y su amorosa presencia. Es por tanto un
presupuesto fundamental para él tener plena conciencia de su unión
con aquel que le envía. Sólo así podrá ser fiel a su especial carisma y
ayudar a sus hermanos a conocer que el Señor está cerca.
Para llegar a ser signo eficaz y atrayente de la proximidad de

102
La presencia de Jesús en la vida matrimonial

Dios a los hombres, el sacerdote debe distinguirse por su cordia -


lidad, espíritu fraternal y bondadosa comprensión. Con la gracia
de Dios hará lo posible para crecer él mismo en el conocimiento de
Dios y de los hombres. Sólo de esta manera podrá comunicar a los
hombres el mensaje de Dios y establecer un diálogo dinámico.
La relación del sacerdote con sus hermanos en la fe no ha de
concebirse como una calle con dirección única. Para que la fe
crezca en el sacerdote y para que éste pueda desempeñar su misión
es de importancia decisiva el espíritu de fe de sus padres y amigos,
así como el de toda la comunidad cristiana. No ha de olvidar
que sigue siendo un discípulo de oración y que sólo así puede
a su vez ser maestro de oración y de alegría en la fe. Para poder
anunciar a los demás de palabra y obra la buena nueva y el ca -
mino de las bienaventuranzas necesita él mismo del amor, la bondad,
la paciencia y la comprensión de sus hermanos en Cristo.

Oramos a Jesucristo, el gran sacerdote anunciado por los pro-


fetas: Te damos gracias, Señor, porque te has dignado elegir
apóstoles, les has dado a conocer tu proximidad y les has puesto
por entero al servicio de tu buena nueva. Te damos gracias por
todos los hombres y mujeres que en el curso de la historia encon-
traron el sentido de su vida en el Evangelio y su propagación. Tú
les consagraste en el Espíritu Santo y les enviaste para que nos
hicieran sentir tu cercanía. Te damos gracias por todos los hom -
bres y mujeres que viven de tal manera identificados con tu amor,
que son para nosotros signo de tu presencia permanente.
Señor, envía a tu Iglesia sacerdotes con temple de profetas,
que hayan experimentado en sí mismos tu santidad y misericordia.
Envíanos sacerdotes de quienes podamos aprender a orar, a creer
y a esperar, es decir, a adorar contigo al Padre en el espíritu y en
la verdad.

LA PRE SE NCIA DE JESÚS E N LA VIDA MATRIMONIAL

Dios es el amor, la fuente de toda bondad y amistad. Donde-


quiera que encontremos verdadero amor o incluso amor imper-
fecto, pero amor al fin y al cabo, que aspira a una mayor plenitud
103
Oración y presencia de Dios

y autenticidad, allí está Dios presente. Crecer y perseverar en el


vínculo del amor es un signo de la presencia eficaz de Dios y un
camino hacia él.
El sacramento del matrimonio no es sólo un símbolo sagrado de la
alianza que Dios brindó a la humanidad en Jesucristo. Es también un
signo visible y eficaz de la presencia amante de Cristo de su amor
salvador y purificador. El es el garante de la fiel alianza de los esposos.
Los bendice y permanece con ellos mientras honren su nombre y
confíen en él. Los acompaña en su difícil camino. Los ayuda para que
puedan amarse entrañablemente y perdonarse el uno al otro. Cuando
ponen su confianza en él, que es el camino, la verdad y la vida, tanto
su vida conyugal como el desarrollo de la familia se convierten en un
«sí» una y otra vez reiterado a Dios, que es el amor y la vida, a Dios,
que es fiel y en su fidelidad asiste a quienes momentáneamente se
sienten flaquear.
El centro nuclear de la sacramentalidad es siempre y en todo el
amor, que viene de Dios y a Dios conduce. Siempre y en todas partes
fue el matrimonio un gran signo, que dio a la humanidad la esperanza
de que el amor y la fidelidad pueden finalmente triunfar sobre la
soledad y el egoísmo. En la larga historia de la humanidad nada hay
seguramente que haya contribuido tanto como el matrimonio a
mantener los hombres unidos y a hacerles cada vez más capaces de
distinguir entre lo que merece o no merece el noble nombre de amor.
Sin la total experiencia del amor, que en la historia de la humanidad ha
tenido lugar merced al matrimonio y la familia, nos sería ahora con
toda probabilidad psicológicamente imposible llegar a comprender
cualquier sacramento.

El sacramento del matrimonio es manantial de gracia no sólo para


los esposos, sino también para su hijos y para otras muchas personas.
La familia es la insustituible célula primigenia de la Iglesia. De ella
depende la consumación de la alianza de Dios con la humanidad, en la
medida en que nosotros mismos, mediante un amor fiel en las
familias, llegamos a comprender mejor la fidelidad de Dios, nuestro
aliado, y a responder a ella. Allí donde hombres movidos por la fe y
con la gracia del vínculo matrimonial viven unidos en un amor fiel,
fecundo y generoso, sus personas irradian alegría y confianza.

104
La presencia de Jesús en la vida matrimonial

La familia cristiana es portadora de un gran mensaje para


nosotros. Nos enseña lo que significa que Cristo se haya introducido
en la vida de los hombres y permanezca con ellos.
El amor humano celebra en el matrimonio la presencia, soli-
citud y gratitud recíprocas. Para los creyentes, el matrimonio se
caracteriza especialmente por un acrecentar la conciencia, en los
esposos, de que Dios es la fuente de su amor, de que por él y en él
son uno, y de que su amor mutuo y el amor que vierten en sus
hijos es para ellos camino salvador hacia Dios. Este nuevo horizonte
en la dimensión de su conciencia les proporciona al mismo tiempo
fuerza y gracia. La corriente se da también en sentido contrario:
Cuanto más crece en los esposas el amor mutuo, tanto más sienten
la alegría del amor de Dios y perciben su proximidad.
La presencia de Cristo es salvadora y liberadora. Permite a
los esposos trabajar incansablemente por un amor más puro y
generoso. Conscientes del perdón misericordioso, de la bondad de
Dios, pueden asimismo integrar en su plan de vida sus pequeños
fracasos y sus limitaciones. A los esposos que viven en presencia
de Cristo no puede resultarles difícil reconocer sus faltas y pedirse
mutuo perdón por ellas.
En la vida conyugal suele producirse, las más de las veces
muy pronto, cierto desengaño. Los esposos han de aprender a
aceptarse tal como son, en vez de llorar nostálgicamente por la
ilusión que un amor superficial pudo forjar en ellos. Aun el dolor
por las propias faltas y por las del cónyuge puede llegar a ser
fecundo, si logran comprender que no se trata de convertirse en
ídolos el uno para el otro. No son ellos la fuente y última meta
de su amor, sino sólo canales por los que afluye hacia ellos mismos
el amor de Dios.

Si los esposos se aceptan de esta manera, sentirán entonces


agradecidos lo mucho que significa que Cristo nos acepte con
amor a nosotros, hombres limitados y pecadores. Nos busca allí
donde nos hallamos, para transformarnos y modelamos a su propia
imagen y semejanza. Los esposos están llamados a ser mutuamente
Y para sus hijos signo visible del amor de Dios. Ante tan alta
vocación y a la vista también de sus propias debilidades, se vol-
verán aún más íntimamente al Señor y orarán porque venga el

105
Oración y presencia de Dios

Espíritu Santo, el único que puede cambiar los corazones y llenarlos


con la fuerza de su amor.
Los cónyuges conscientes de su excelsa vocación a ser colabo -
radores del amor fecundo de Dios llegan más fácilmente a expe-
rimentar en lo íntimo de su ser la proximidad de Dios, creador
y salvador. Si orientan la educación de sus hijos con vistas a la
edad adulta, comprenderán cada vez mejor que el propio Dios
es el artista capaz de dar el toque final a tan exquisita obra maestra.
Sólo si confiamos en Él podemos confiar los unos en los ot ros en
momentos críticos; porque lo que para nosotros, los hombres, es
imposible, es posible para el Señor.
La conciencia de que Dios mismo se halla presente en la vida
conyugal y familiar es ya oración. Pero esta conciencia y persuasión
de la proximidad de Dios ha de expresarse también en una plegaria
formal. Por la oración de cada día en común los miembros de la
familia dan testimonio de su fe en que Dios está presente a sus
alegrías, penas y esperanzas.
La oración en común no ha de ser únicamente repetición de
fórmulas, sino cada vez expresión espontánea de fe y gratitud,
respuesta a las diversas maneras en que Dios se introduce en la
vida familiar.
Una familia cristiana, que conscientemente viva en la presencia
de Dios, no dejará que el amor quede encerrado entre los muros de
su propio hogar, puesto que Dios es, en verdad, el Padre de to -
dos los hombres. Ante Él todos formamos una sola familia. Esto
se refleja en la cariñosa amistad de que algunas familias cristianas
hacen objeto a hombres ancianos, desvalidos y solitarios. Aun
aquellos que por mayor fidelidad al Evangelio escogieron el celi -
bato, u otros, que contra su propia voluntad han tenido que resig -
narse a él, se ven de mil maneras enriquecidos y favorecidos por
el amor que reina en las familias cristianas. Todos nos seguimos
alimentando del amor de nuestros padres, que fueron los primeros
en anunciarnos la buena nueva del amor de Dios y en presentarnos
una imagen de la amorosa solicitud divina.

Te damos gracias, Señor, por todo el amor, bondad y pa ciencia


que por tu presencia salvadora derramas en las familias y, Por
medio de éstas, en el mundo y en todas las religiones. Te alabamos

106
La presencia de Jesús con los enfermos

por tu ayuda a las familias y esposos cristianos en sus dificultades


Ayúdales a aceptarse el uno al otro y a prestarse mutua confianza.
Haz que los padres comprendan cada vez mejor que tú fuiste
el primero en amar a sus hijos. Haz que todos ellos lleguen a saber
lo que significa que tú te hallas presente y santificas su amor.
Te alabamos también por esos esposos y padres que, sin cono-
certe expresamente, reflejan asimismo la imagen de tu propio amor.
Haz que te lleguen a conocer, para que puedan glorificarte por
todos estos preciosos dones.
Te rogamos, Señor, que consueles a todos aquellos a quienes
no es posible unirse en matrimonio y formar una familia, y también
a los que, habiendo fracasado en el matrimonio, llevan una vida
solitaria. Envíales amigos, hombres buenos y generosos, para
que a ellos les sea igualmente dado un signo de tu amorosa
presencia en la tierra.
Señor, a quienes por tu reino renunciaron a tener una familia
propia, concédeles la fuerza para amarte de tal manera que, por
la experiencia de tu proximidad, lleguen a convertirse en signo
de esperanza para todos cuantos necesitan de su ayuda.

LA PRES ENCIA DE J ESÚS C ON LOS EN FERMOS

Los Evangelios nos presentan un cuadro maravilloso de cómo


los enfermos confiaban en la presencia de Jesús y encontraban en
ella la fe. Sabían que estaba allí por ellos. Su presencia irradiaba
bondad salvadora y amor. Cristo está para todos nosotros siempre
presente como médico divino, que viene a sanarnos de nuestras
debilidades humanas y pecados. Pero de modo especial da a conocer
su presencia a los que sufren y están enfermos.
En la línea de Jesús existen médicos, enfermeros y enfermeras
bondadosos, parientes y amigos caritativos, que asisten a los
enfermos con su compasión y su presencia consoladora. Para mu-
chos enfermos no significa gran cosa que venga un sacerdote a
ejecutar apresurado el rito de la unción. Pero cuando los enfermos
han llegado a sentir la presencia cariñosa de amigos creyentes, que
rezaron con ellos y les descubrieron el sentido cristiano de la
107
Oración y presencia de Dios

enfermedad, y cuando a su vez el sacerdote viene con ese mismo


amor y cordialidad a anunciarles la bondad del médico divino
entonces el sacramento de la unción de los enfermos puede llega;
a ser para éstos un gran acontecimiento, una profunda experienci a
de la venida de Jesús.
De nuevo hemos de recordar que presencia significa conciencia
recíproca. La venida y presencia de Cristo invita a los enfermo s
a volverse por completo a él y a unirse con su sufrimiento a la
fuerza del misterio pascual. Cristo viene al enfermo en la fe y
por mediación de sus amigos de tal manera que éste llega verda-
deramente a sentir su proximidad. En el sufrimiento del enfermo
continúa el médico divino su obra salvadora y nos prepara a todos
para la resurrección.
Te rogamos, médico divino, ilumínanos y danos fuerza, fortalece
sobre todo a nuestros médicos, enfermeros y enfermeras, amigos
y parientes de nuestros hermanos enfermos, a fin de que todos
lleguemos a ser para ellos mediadores de tu presencia salvadora.
Oh médico divino, asístenos en las horas difíciles de nuestra
vida. Haz que experimentemos el consuelo de tu presencia de tal
modo que seamos capaces de entregarnos por entero a ti. Robustece
nuestra fe en el misterio pascual, en tu pasión y resurrección. Así
los momentos más difíciles, que sin la fe en ti son estériles, se
convertirán en puntos culminantes de nuestra vida, encuentros con-
tigo. Concédenos que en la hora de nuestra muerte nos hallemos
dispuestos a responder: «Señor, aquí estoy, llámame.»

PRESENCIA DE CRISTO EN LA COMU NIDAD F RATE RNA

Nos hallamos reunidos en el nombre de Jesús siempre y cuando


nos encontramos y aproximamos unos a otros con un amor que
tiene su origen en Dios y nos acerca más a é!. Cada uno de tales
encuentros nos proporciona una creciente persuasión de la presencia
dinámica de Dios, que nos ayuda a conocerle siempre mejor. «Que -
ridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios.
Y quien ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama,
es que no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» ( Un 4, 7 -8)-

108
Presencia de Cristo en la comunidad fraterna

Cristo es el perfecto y absoluto signo fidedigno de la presencia


amante de Dios entre los hombres. Su cariño por éstos y su
entrañable bondad fue lazo de unión para los discípulos, que por
naturaleza y carácter jamás hubieran de otro modo llegado a cons-
tituir una comunidad. En unión con Cristo y por su gracia, toda
persona y comunidad humana que fructifique en las obras del
Espíritu — amor, gozo, paz, longanimidad, caridad, bondad, fideli-
dad, mansedumbre y templanza — puede ayudar a sus semejantes a
llegar a un amoroso conocimiento de Dios y a una experiencia
consciente de su presencia. A Dios nadie lo ha visto jamás. Si nos
amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se
ha cumplido en nosotros. En esto conocemos que permanecemos
en él y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu» (Un 4,
12-13).
No sólo llegamos a un hondo conocimiento de la presencia
de Dios por el hecho de tener valor para amar a otros, cuales-
quiera que sean sus deficiencias, sino también porque honramos
el carácter gratuito del verdadero amor y lo aceptamos
agradecidos. Si recibimos con gratitud a nuestros hermanos y
hermanas sin rechazar nunca su amor, y si al propio tiempo les
devolvemos ese amor con el nuestro, podemos entonces estar
seguros de que Dios habita verdaderamente en nosotros.
Cuando el amor a Dios nos une entre nosotros mismos, entonces
sabemos que Dios está con nosotros y en nosotros. «Si alguno
dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es mentiroso; pues
quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios,
a quien no ve» ( Un 4, 20).
Una profunda y auténtica amistad, que sólo en Dios puede tener
su fundamento, ha de remitirnos forzosamente a él. Cuando cada
uno permite a su amigo o a cualquier miembro de la comunidad
ser enteramente él mismo o ella misma, se convierte en continuador
de la presencia amante de Cristo; todos son entonces los unos
para los otros instrumentos de la gracia de Dios, y viven también
con más fuerza la experiencia de la acción de Dios en ellos mismos.
Esto supone una común vigilancia por la venida de Cristo en los
acontecimientos diarios de su vida.
Te alabamos, Padre omnipotente. A todos nos hiciste hermanos
109
Oración y presencia de Dios

y hermanas, y a tu imagen y semejanza. La fuerza de tu presencia


es paternal, tú eres todopoderoso para hacernos uno, para unirn os
en tu amor. Te damos gracias por aquellos de entre nosotros que
son un fiel reflejo de tu amor y que, con su bondad y calor hu-
mano, nos remiten continuamente a ti.
Te damos gracias por la comunidad de los fieles, por todos
aquellos que son uno con nosotros en la esperanza de que un
día lleguemos todos a estar definitivamente unidos contigo y en ti.
Únenos y vivifícanos por tu Espíritu, a fin de que seamos los
unos para los otros reflejo cada vez más auténtico de tu amor y
bondad. Señor y Padre, haznos santos, haznos uno, de suerte que
lleguemos a ser para todos los hombres un signo de tu presencia.

LA VENIDA DE JESÚS EN EL POBRE

Cada libro de la Sagrada Escritura, desde los profetas hasta


las cartas de san Juan y de Santiago, nos recuerda que el pobre
y el despreciado son la piedra de toque de nuestro amor. «Si uno
tiene bienes en el mundo y ve a su hermano en necesidad y le
cierra sus entrañas, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?
Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino de obra y de
verdad» ( 1 Jn 3, 17 18).
-

Pobre no es sólo quien carece de bienes materiales. Son tam-


bién pobres los desgraciados y desheredados del mundo, sobre todo
los incapaces de amar, los desagradables y molestos para los demás,
porque en su vida nunca recibieron verdadero amor en grado su-
ficiente.
Aquellos en quienes Dios ha derramado su amor a raudales ,
que conocen su presencia y han podido también experimentar el
amor de sus semejantes, y que a pesar de todo vuelven la espalda
al que necesita de su ayuda y le niegan su amor, son los más
desagradecidos de los hombres. Desperdician el talento divino que
les fue confiado. Quien desprecia al pobre, al necesitado de amor'
se cierra a la venida de Jesús. No es posible recibir a Jesús en l a
eucaristía y gozarse en su presencia permanente sin estar siempre
dispuesto a honrarle en el pobre.

110
La venida de Jesús en el pobre

Cuando celebramos la eucaristía y anunciamos la muerte del


Señor, aguardando prestos su venida y aprendiendo así a acudir en
ayuda de nuestro prójimo, entonces nos hallamos preparados para
recibir a Jesús en la hora de nuestra muerte.
En Rusia me explicaron la oración a Jesús de la siguiente ma-
nera: Al comenzar el adviento, Pavlov dice a sus hijos que Jesús
vendrá a visitarles y se hospedará con ellos la noche de Navidad.
Todos están llenos de expectación, y le preguntan: «Padre ¿cómo
le reconoceremos?, ¿qué aspecto tiene Jesús?» Pavlov les explica:
«Rezad, hijos; rezad todos los días " Jesús, Hijo de David, Jesús,
Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí. Cúrame de mi ceguera, para
que pueda reconocerte".» La víspera de Navidad, cuando la expec-
tación llega al máximo, llama alguien a la puerta. Pavlov abre
inmediatamente. Una desagradable olor penetra en el recinto, y un
mendigo desharrapado, sucio y cubierto de llagas aparece fuera.
Pavlov le recibe como recibiría a un gran rey. Lo lava, venda sus
heridas, le da la mejor ropa que tiene. Le hace después
sentarse a la mesa en el puesto de honor, y se pone a servirle.
Sus hijos vienen entonces y le preguntan: «Padre ¿cuándo vendrá
por fin Jesús a hospedarse con nosotros?» Pavlov solloza. «Hijos
¿cuántas veces os he dicho que recéis, y, no obstante, seguís estando
ciegos?»
¡Oh, Emmanuel! Tú, que eres infinitamente rico, te hiciste pobre
para estar cerca de nosotros y hacernos ricos con tu amor. Hasta
tu venida gloriosa, has de salir siempre a nuestro encuentro vestido
de pobre.
¡Ven, Señor Jesús, hospédate con nosotros! Ilumínanos y puri-
fícanos por medio de tu Espíritu, para que sepamos reconocerte y
dar siempre la bienvenida a nuestros hermanos y hermanas necesi-
tados de nuestro amor, de nuestra atención y ayuda.
¡Jesús, Hijo de David, compadécete de mí! Cúrame de mi
ceguera.

111
Oración y presencia de Dios

L A P R E S EN C I A D E D I O S T R I N IT AR I O E N S U S A MI G O S

Cuando, de acuerdo con la fe, vivimos entregados a Dios y


nuestra oración es genuina, nos otorga Dios una creciente
conciencia de su proximidad.
Dios no está solamente como creador en torno a nosotros, sino
que está en nosotros y con nosotros como creador y salvador como
gran artista que viene a perfeccionar su obra maestra, su imagen y
semejanza. Está más cerca de nosotros que nuestro pulso, que
nuestra propia conciencia. Si vivimos en la gracia y crecemos en el
amor de Cristo, viviremos también la presencia de Dios, que será
para nosotros fuente de íntima alegría y paz.
Dios trino y uno mora en sus amigos, sus servidores leales.
Cristo alude a este pasmoso misterio en su discurso de despedida:
«Si uno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y ven-
dremos a él para fijar morada en él» (Jn 14, 23). Si amamos a todos
los hombres, en comunión con el amor del Padre celestial y de
Jesús, tendremos en ello un signo infalible de la proximidad de
Dios. Es el Espíritu Santo quien nos permite experimentar el gozo y
la presencia de Dios, y quien nos hace capaces de confiarnos por
entero a él y de sentir como un don suyo el mandamiento del amor
al prójimo. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré
al Padre, y él os dará otro Paráclito, que estará con vosotros para
siempre: el Espíritu de la verdad» ( Jn 14, 15-16).
Es decir, si agradecidos por los dones de Dios ponemos en sus
manos toda nuestra vida, entonces el Espíritu de la verdad nos hará
auténticos hijos de Dios. La palabra de vida que Jesús nos dio con
su encarnación, su muerte, su resurrección y la venida del Espíritu
Santo, permanecerá en nosotros. Y el Padre oirá nuestra plegaria.
«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid lo que queráis, y os será concedido. Con esto será glorificado
mi Padre: con que deis mucho fruto y así manifestéis ser mis
discípulos. Como el Padre me amó, os amé también Yo.
Permaneced en mi amor.» (Jn 15, 7-9).

La permanencia del Espíritu Santo en sus amigos mediante la fe


y la gracia va siempre ligada a un crecimiento en el amor fra-

112
La presencia de Dios trinitario en sus amigos

terno. Es éste el signo más seguro de que Dios mora en nosotros


y de que nosotros permanecemos en él.
El asentamiento del Espíritu Santo en el ser más íntimo de
los hijos de Dios es fuente de alegría y fuerza. Es comprensible
que lo sintamos a veces también como un fuego abrasador y puri-
ficador, por el que Dios nos dispone a una experiencia más honda
y dichosa de su proximidad. La perturbadora conciencia de nuestra
flaqueza y fragilidad, y consiguientemente de la necesidad de una
constante conversión, es obra de la gracia, lo que explica que
no se nos imponga tiránicamente. Es más bien un llamamiento
de Dios a volvernos por entero a él, a depositar en él toda nuestra
confianza y ponernos por completo en sus manos.
Cuanto más íntimamente unidos estemos con Dios, con más
claridad nos hará sentir lo que es iniciativa suya y podremos dis-
tinguirla de nuestras propias ilusiones. La presencia del Espíritu
Santo en lo más entrañable de nuestro ser nos da a conocer exis-
tencialmente que todo cuanto somos y tenemos es don gratuito de
Dios. Pero esta experiencia de la gratitud de todo nuestro existir
es también un llamamiento perentorio, llamamiento que actúa
en nosotros de forma liberadora. «Os exhortamos a que no reci-
báis en vano la gracia de Dios. Pues dice: "En tiempo favorable te
escuché, y en día de salvación te presté ayuda". Ahora es el tiempo
favorable; ahora es el día de salvación» (2Cor 6, 1-2).
No hay palabra que pueda expresar lo inmenso del gozo y la
dicha que nos posee ya aquí en la tierra, cuando agradecidos nos
abrimos a la venida de Dios en su gracia y permanecemos dóciles
al Espíritu Santo, que habita en nosotros.
Padre amante y lleno de misericordia, tengo la osada confianza
de creer que moras en lo más íntimo de mi ser como Padre y
artífice, y que siempre estás conmigo como amigo y consolador.
Me duele ahora recordar la ligereza con que tantas veces he
desperdiciado el tiempo en pensamientos inútiles y vanos. Aun
ahora todavía me siento con frecuencia tentado a dirigir mis pen-
samientos y cuidados a cosas sin valor, a exponerme al tumulto ,
mundano y a contribuir yo mismo a él sin necesidad, ocultando así
tu presencia.
Ayúdame, Señor, a no creerme a mí mismo tan importante y

113
Oración y presencia de Dios

danzar en torno a un yo vacío. Sólo adorándote con toda mi


alm a y llevando a mis semejantes a ti responderé correctamente a
tu presencia permanente en mi corazón.
Concédenos, Señor, que de tal modo celebremos la memoria de
tumuerte, resurrección, ascensión y misión del Espíritu, que,
unidos todos fraternalmente, lleguemos a percibir cada vez
con más claridad que tú estás con nosotros y en nosotros.
Señor, haznos santos. Llévanos, Señor, a la unidad.
Guárdanos en tu amor y purifícanos, para que conozcamos
cada vez mejor que tú, el Padre, el principio y fin de nuestro
ser, habitas con nosotros y estás en nosotros junto con tu Hijo
Jesucristo y en la alegría del Espíritu Santo. Amén.

114
Capítulo tercero

ORACIÓN Y TEOLOGIA

TEOLOGÍA ES ORACIÓN, ORACIÓN ES TEOLOGÍA

Quien desee contribuir en modo apreciable al desarrollo de la


teología ha de trabajar duramente. La teología requiere investiga-
ción en todos los campos que lleven a un mejor conocimiento de
Dios y de los hombres. Exige un método científico. El teólogo debe
conocer las lenguas y el medio cultural en que se expresa la Biblia
y ha ido desarrollándose la tradición. Un teólogo fecundo posee el
don de la intuición y una pronunciada capacidad de síntesis. Además,
necesita conocer bien la historia para, con plena inteligencia del
Sitz im Leben poder enjuiciar el significado de la doctrina de la
Iglesia y de la vida cristiana en las diversas épocas.
Queda, por tanto, bien claro que la piedad por sí sola no
basta para que uno sea un buen especialista en teología. Esto
dicho, no podemos menos de afirmar con toda insistencia que la
oración es el corazón de la teología.. Sin una sólida vida de oración
el teólogo no está sintonizado en la longitud de onda necesaria para
llevar a cabo su tarea. Sólo por la oración puede llegar a encon-
trarse con el Dios viviente. Sólo la oración es capaz de conferir
a su estudio la cualidad de un acto de fe.
La fe es aceptación gozosa, humilde, agradecida y ferviente de
Dios, que se revela así mismo. El acto fundamental de la fe, como
el de la teología, consiste en escuchar a Dios, que nos habla y
115
Oración y teología

manifiesta su amor por nosotros y por todos los hombres. En la fe


nos hacemos conscientes de nuestra propia unidad ante el único Dios
y Padre.
Fe, teología y oración requieren un amoroso interés por todo
cuanto Dios ha revelado a los hombres; pero lo más importante es en
definitiva, fijar nuestra atención y nuestro espíritu en el propio Dios,
que se manifiesta a los creyentes. Quien analiza la palabra de Dios y
estudia la historia de la salvación sin volverse personalmente a Dios
pierde el sentido de la totalidad. Separado de la fuente de vida, todo
queda muerto, inanimado. Sólo el que adora a Dios con todo su
corazón, le alaba y le da gracias, experimentará en sí mismo la palabra
divina como Espíritu y vida. Al hombre que ora, se le transforman
espontáneamente las verdades teológicas en gozo y alabanza de Dios.
En el acto fundamental de escuchar va necesariamente incluida la
disposición a responder a Dios con todo nuestro ser. La fe da su
verdadero sentido a toda nuestra existencia y convierte cuanto
hacemos y deseamos en respuesta total a Dios. Sólo quien se halle
dispuesto a orientar toda su vida hacia Dios puede llegar a ser
auténtico oyente de la palabra divina y teólogo.
No es imposible que muchos cristianos carentes por completo de
instrucción teológica, pero cuyos actos se traducen en un constante
progreso en el conocimiento de Dios, superen al teólogo en el punto
más decisivo. En tal caso no ha de avergonzarse éste de acudir a ellos
en busca de una visión de la totalidad y para aprender a adorar a Dios
en espíritu y en verdad.
La revelación divina es mensaje de salvación para todos los
hombres. Dios mismo viene a nosotros como salvación. Por eso la
teología es, al mismo tiempo, un volverse a Dios y a los hombres. Sólo
es posible dedicarse a la teología en una actitud de amor apasionado a
los hombres, de comunión con el amor redentor y salvador de Dios.
La historia de la salvación se centra y alcanza su plenitud en la
venida de Jesús, su muerte y resurrección. De ningún modo esto
significa que teología, fe y oración estén exclusivamente orientadas al
pasado. La palabra de Dios es siempre activa y fecunda, es luz y
fuerza. Dios está presente en todas sus obras. En todo
116
Teología es oración, oración es teología

cuanto hace nos revela su palabra. Por ello la teología sigue escu-
chando a Dios en la continuidad de la creación y en la historia
de la humanidad.
La obra maestra de Dios creador y revelador es el hombre. Ello
hace que la teología mire con el máximo respeto la persona humana,
creada a imagen y semejanza de Dios. La alegría, la bondad, el
amor y la paz que se reflejan en el rostro de los hombres buenos
son para el teólogo piadoso palabra de Dios, un don, un motivo
de alabanza.
El teólogo que ora no pierde jamás de vista que, en la misma
medida en que está llamado a ser maestro de sus semejantes, puede
aprender de ellos. Sólo podrá convertirse en colaborador y co-
revelador del amor de Dios por los hombres, si él mismo es capaz
de encarnar para éstos el mensaje divino de paz y bondad.
Sin oración, y aun sin fe profunda, es posible, desde luego,
suscribir y declamar fórmulas de fe. Pero sólo al hombre que ora
es otorgado el conocimiento del Dios viviente y el estar alerta a
la llamada divina en la hora presente. Allí donde falta el espíritu
de oración es impensable todo contacto íntimo con Dios, contacto
sin el cual no es posible llegar a un conocimiento vital de la
presencia divina en la historia de la salvación.
Santo Tomás de Aquino insiste en la armonía íntima con lo
bueno y verdadero como presupuesto fundamental para la contem-
plación, la teología y la enseñanza de la doctrina evangélica. Si
amamos a Dios de todo corazón, y con Dios a nuestro prójimo, somos
aceptados en calidad de colaboradores de la revelación continua del
amor divino en la historia de la salvación. Dios nos toma en serio,
y nos hace de esta suerte participar en su plan salvífico. La fami-
liaridad íntima con el Padre de todos los hombres y la partici-
pación apasionada en el acontecer salvador dan a la teología y al
teólogo hondura y veracidad. La actitud vigilante del teólogo res-
pecto a la presencia de Dios en la vida humana le hace cada vez más
conscientes de que el Señor de la historia recorre con nosotros el
camino.
A la vocación del teólogo pertenece contribuir con su postura
interna, su espíritu de adoración y su amor apasionado por los
hombres, a la realización plena del amor de Dios y a la investiga-
117
Oración y teología

ción de los signos de su presencia en el mundo. Para ello ha de


fomentar el diálogo con Dios y con sus semejantes, diálogo cuyo
primer modelo es siempre Jesús. Jesús vive enteramente con el
Padre. Pero en ese mismo amor del Padre se orienta por com -
pleto hacia los hombres. Su perfecta humanidad revela la presen -
cia del Padre. Se abre el teólogo este misterio de la presencia de
Dios en Jesucristo, sólo si él mismo toma parte activa en la his -
toria presente de la salvación. Al vivir él también el amor de Dios
que se manifiesta hoy y aquí a los hombres, adquiere una honda
inteligencia de la historia de la salvación en el pasado, y una es-
peranza y visión más vivas de la experiencia total de la presencia
de Dios.
La presencia de Dios es un llamamiento unitario, una convo-
catoria. Cuando Dios llama a los hombres, los reúne en su am or,
en una verdadera fraternidad. El nombre de Dios Padre es hon-
rado cuando entre nosotros reinan el respeto, la justicia y el amor
mutuos. Esta comunión entre los hombres es gloria de Dios en la
tierra.
Esto último se expresa también en la amistad de los teólogos
entre sí y con sus estudiantes. El teólogo que se aísla es una con-
tradicción en sí mismo. Quien por vocación íntima se consagra a
la teología halla su alegría en la palabra de Dios, y asimismo en
comunicar esta alegría a los demás. No se mueve en una vía de
dirección única. Recibe tanto como da. Una comunidad teológica
sana es del todo inconcebible si no es al mismo tiempo comuni-
dad de oración. Su unidad se expresa en la fe y en el amor de
unos por otros. Dicha unidad se traduce en alabanza de D ios,
y ésta a su vez fortalece la unidad y hace más profunda la amis tad
mutua.
Cuando los teólogos creen poder decir por sí mismos algo
sensato sobre Dios y cultivar la teología sin una conciencia viva
de la presencia del Espíritu Santo, la teología degenera entonces
por fuerza en una «heterodoxa ortodoxia». Si alguno especialmente,
ha de ser el teólogo quien sobre todo se esfuerce por percibir la
presencia benigna de Dios. Y ello no es posible sin dedicar tiempo
a la oración, sin expresar regularmente su humilde confianza en
la gracia del Espíritu Santo.

118
Teología es oración, oración es teología

Quien se abre con fervor al misterio del Dios todopoderoso ex-


perimenta lo mismo que el profeta Isaías: «Hombre soy de labios
impuros, y vivo en medio de un pueblo de labios impuros» (Is
6, 5) Una y otra vez el teólogo clamará en su oración: «Envíanos
tu Espíritu Santo, para que nos purifique.» Esta plegaria forma
parte del Padrenuestro en los manuscritos más antiguos (Lc 11, 2).
La teología es trabajo tanto más imperfecto, y aun antipático, cuan-
to menos oramos para que nos sea otorgada la gracia purificadora
del Espíritu Santo. Sólo los limpios de corazón ven a Dios (cf. Mt
5, 8).
Cristo ha venido para bautizarnos con el Espíritu Santo y el
fuego. El Espíritu Santo confiere al trabajo del teólogo fuerza,
entusiasmo y pureza. Una visión y mediación teológica no son
posibles sin la experiencia mosaica de la zarza ardiente. Al sentir
a Dios en el fuego vivo y purificador, cubríóse Moisés el rostro
y no tuvo valor para mirar a Dios cara a cara (£x 3, 5 -6).
El profeta Isaías no sólo experimentó la miseria de su propia
naturaleza pecadora y la de su pueblo, sino también la fuerza puri-
ficadora del temor de Dios: «Entonces voló hacia mí uno de los
serafines. Con unas tenazas tomó fuego del altar de Dios, y me
tocó con él los labios. Y dijo: "Ahora que esto ha tocado tus
labios, he aquí que desaparece tu maldad y quedas limpio de peca-
do"» (Is 6, 6-7).
El camino a la tierra prometida del conocimiento divino pasa
por el desierto del fuego purificador de Dios. Esta experiencia es
el sello que autentifica el carácter de embajador y pregonero de
la verdad salvadora. «Y oí la voz de Dios: "¿A quién enviaré?"
Y yo respondí: "Aquí estoy, envíame"» (Is 6, 8).
Más de un teólogo, con toda su ciencia, no pasa de ser un igno-
rante en el conocimiento de Dios al lado de un cristiano que haya
sido bautizado con el Espíritu Santo y el fuego, aunque este últi -
mo no haya podido adquirir toda esa ciencia. El teólogo que no
ora constantemente diciendo: «Señor, purifica mi corazón», irá
Poco a poco perdiendo no sólo el sentido del pecado, sino aun el
sentido de Dios. La vocación del teólogo es total y enteramente
una con la vocación a la santidad de vida, en común con todos los
demás hombres.

119
Oración y teología

La fe cristiana no es un sistema de conceptos abstractos, ni


una filosofía, ni mucho menos una ideología. El estudio y la en -
señanza de la teología son acontecimiento salvador, una experiencia
de la presencia fecunda, salvadora y santificadora de Dios. Es en -
cuentro con Dios, que nos llama a su servicio.
Cuando el instrumento de la teología, es decir, la ciencia y
erudición del especialista, cae en manos de hombres que no oran,
la teología degenera en ideología y se convierte en una disciplina
alienante. Allí donde, por el contrario, maestros y estudiantes de
teología oran juntos, y donde la teología misma es percibida por
ellos como un abrirse a la presencia purificadora de Dios y aco -
gida como misión salvadora para el mundo, toda ceguera y aliena -
ción irán progresivamente desapareciendo.
Desde que fue planteada por san Anselmo, aún sigue en pie la
cuestión de si la teología es una búsqueda en la fe para tratar de
comprender ésta, o bien una búsqueda de la inteligencia para llegar
a la fe. En realidad es siempre ambas cosas al mismo tiem po.
Para el hombre que ora la teología es un magnífico acto de fe,
que a su vez atrae el don de un entendimiento cada vez más
íntimo y real de Dios y de su plan salvador. Esto no excluye la
dirección opuesta, sino que la incluye. La teología es un continuo
esfuerzo por traer todas las experiencias humanas, razonamientos
y reflexiones en común, a la visión unitaria de la fe. Los dones
del Espíritu Santo, de sabiduría y entendimiento, juntamente con
el temor del Señor, dan al teólogo una creciente familiaridad con la
verdad de fe. Hacen que vea todas las experiencias y razonamien -
tos humanos a una nueva luz. Pero al tratarse de un don gratuito
del Espíritu Santo, ha de recordar constantemente el teólogo que
sólo les es concedido a aquellos que con corazón puro oran, piden
y dan gracias.

Como toda la vida cristiana, así también la teología tiene su


centro en la eucaristía. En alabanza de Dios experimentamos en
este sacramento el carácter gratuito de nuestra existencia y nuestra
salvación. El Cristo eucarístico ve finalmente toda experiencia hu-
mana y competencia adquirida como dones divinos; son una parte
del carisma, de los dones particulares del Espíritu Santo.
Te alabamos, Palabra viva del Padre, por todos los hombres y
120
Conocimiento de Dios y de los hombres

m ujeres a quienes has confiado el don y la tarea de la teología.


Te damos gracias por habernos favorecido con teólogos como
Pablo, el apóstol de los gentiles, y Juan, el discípulo amado. Su
mensaje es aún hoy, después de dos mil años, testimonio de una
vida contigo, canto de alabanza a tu sabiduría y amor. Cuán a me-
nudo ha sufrido la Iglesia allí donde sus pastores no eran ni santos
ni teólogos. Y no sufre menos cuando los teólogos no demuestran
poseer ni celo pastoral ni fe en su vocación a la santidad.
Da a tu Iglesia pastores, teólogos y fieles de toda condición
social, que celebren juntos los dones de la fe, que aprendan unos
de otros a crecer en el conocimiento de tu nombre. Haz que todos
estemos dispuestos a aprender de los hombres pequeños y humil-
des a quienes tú te manifiestas.

CONOCIMIENTO DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

La fe es vida, conocimiento existencial y amoroso de Dios.


Dios se revela a sí mismo, manifiesta su amor y su nombre,
siempre al mismo tiempo que su amor a los hombres. Por ello,
para el creyente, el conocimiento de Dios corre parejas con el
conocimiento de los hombres.
Una fe viva es respuesta real a la revelación que Dios hace
de sí mismo. «Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo» (Jn 17, 3). Jesu -
cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el camino y la ver-
dad; él nos lleva al conocimiento del Padre y, a la luz de éste, al
conocimiento de los hombres. Él es quien nos revela al Padre omni-
potente y nos manifiesta nuestra vocación como hijos e hijas del
único Dios y Padre.
En la fe otorga Dios a sus hijos altísimos e inauditos dones,
un nuevo entendimiento y una nueva fuerza; dones que el hombre
pretencioso no está en condiciones de recibir. «En aquel momen-
to, Jesús se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y exclamó:
Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has
ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre; así lo has querido tú. Todo me lo ha

121
Oración y teología

confiado mi Padre. Y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre;


ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiere
revelárselo.» (Lc 10, 21-22).
Dios desea revelarse a todos los hombres por su Hijo y en la
fuerza del Espíritu Santo. No es culpa de Dios cuando el hombre
sabihondo y arrogante no le conoce. Es su propia arrogancia la que
hace al hombre incapaz de descubrir a Dios en su revelación per-
sonal. En atención a su humilde siervo e Híjo nos concede Dios la
gracia de confesar humildemente nuestra inclinación al pecado, de
rogarle llenos de confianza y de darle gracias por cada paso que da-
mos en el conocimiento de su amor y de su plan salvador.
A los hombres a quienes Cristo aún no ha sido vitalmente
anunciado, y que por tanto ignoran su nombre, Dios les presenta
una y otra vez su imagen en otros hombres que conocen, aman y
realizan lo bueno y verdadero. Estos hombres son camino de sal-
vación. Quienes conocen a Cristo en una fe viva y por la expe-
riencia de su amor son instrumentos elegidos por Dios para
dar a conocer a todos su nombre. En la medida en que permitimos
a Dios que nos modele a su imagen y semejanza somos parte viva
de su revelación personal y un estímulo de fe para muchos. Si
vivimos de la fe, amorosamente conscientes de la inmerecida gra -
cia que Dios nos otorga, nos convertimos unos para otros en guías
de un conocimiento más vivo de Dios y de su enviado Jesucristo.

De este conocimiento deriva el teólogo la necesidad de afanarse


constantemente por sintetizar en una amplia y única visión la re-
velación de Dios en Cristo y ese conocimiento de los hombres
que es fruto de una experiencia y modo de sentir comunes. En este
esfuerzo, aceptará agradecido la ayuda de las ciencias humanas, que
tanto pueden decirle sobre las penas y alegrías, esperanzas y te -
mores del hombre de hoy. Empero el teólogo crece muy especial-
mente en la discreción de espíritus y llega a un más profundo en-
tendimiento y conocimiento de sus semejantes en un sincero y
humilde diálogo de la fe, en la común alabanza del único Padre
y del único Señor Jesucristo.
La preocupación primordial de la teología sigue siendo el ha-
llazgo de una síntesis vital y fecunda entre el amor a Dios y el
amor al prójimo, y ello en la hora presente, con lo que ésta nos

122
Conocimiento de Dios y de los hombres

ofrece en orden a la salvación. Dicha síntesis es imposible sin el


espíritu de oración. Una síntesis meramente intelectual, carente
de toda experiencia de vida y de adoración a Dios, sólo puede desem-
bocar en ilusiones, abstracciones, ideología y alienación. La ora -
ción como modo de adorar a Dios en el espíritu y en la verdad,
según lo que Cristo nos enseñó, es el núcleo central de una síntesis
entre el conocimiento de Dios y el de los hombres, entre el
amor a Dios y el amor el prójimo. La meta de toda teología aparece
clara cuando oramos porque se nos conceda la luz y fuerza del
Espíritu Santo, ese amor a Dios que de tal manera nos une con el
Padre de toda la humanidad y con Jesucristo, el único salvador,
que con el Padre y el Hijo, y por el Espíritu Santo, nos hace
capaces de amar también a todos los hombres.
Una teología convertida en mero patio de maniobras intelec-
tuales, o aun en campo de batalla entre diversas escuelas y ten-
dencias, ha perdido su centro; su corazón y espíritu no sintoni -
zan ya con la onda de la verdad revelada. Semejante teología no
puede menos de desembocar en una peligrosa crisis de fe. Y el
teólogo que se permite cultivar esta «teología» puede muy bien
haber perdido la fe, mientras continúa luchando fanáticamente por
verdades marginales o por un catálogo, lo más amplio posible, de
fórmulas.
Una teología ignorante de la presencia salvadora de Dios es el
colmo de la alienación, e inevitablemente conduce a una especie de
ortodoxia heterodoxa. Quienes no se confían a Dios en espíritu
de gratitud y humildad serán siempre arbitrarios en la elección de
sus argumentos y objetivos, y lucharán por aquellas cosas que no
sometan a censura su propio estilo de vida. Tal teología quizás
pueda descubrirnos una buena serie de ideas y verdades parciales;
pero en el fondo constituye un rotundo fracaso, al no llevarnos a
un amoroso conocimiento de Dios y de los hombres.
¡Oh Dios, verdad eterna, plenitud de toda belleza! Es tan gran -
de tu amor, que has querido que podamos celebrar contigo tu bien-
aventuranza. Tú te manifiestas en todas tus obras. Te alabamos por
habernos revelado lo largo y lo ancho, lo alto y profundo de tu
amor en Jesucristo, Hijo y siervo tuyo, y por revelarte a ti mismo
continuamente en la gracia del Espíritu Santo.

123
Oración y teología

Únenos, Padre, en nuestro esfuerzo por llegar a un mayor conocimiento


de tu amor y de tus designios de salvación.
Únenos en tu verdad y en tu amor, para que crezcamos juntos en el
conocimiento y experiencia de tu nombre, y para que, cada vez con más
fervor, te demos gracias y alabemos por tu bondad.
Señor, haznos santos, haznos uno, danos el espíritu de tu siervo
Jesucristo, para que nuestro corazón y nuestro espíritu se abran a tu
revelación y podamos comunicar a nuestros semejantes ese conocimiento
de tu nombre que respira amor.

CÓMO SE CONVIERTE LA TEOLOGÍA EN ORACIÓN

Sin negar a los teólogos profesionales el derecho a existir, podríamos


decir que, en cierta manera, todo hombre que ora de verdad es un
teólogo, así como todo auténtico teólogo es un hombre de oración. La
oración aspira constantemente a un conocimiento más pleno de Dios y
de su enviado Jesucristo. Y quien progresa en este conocimiento de Dios
encontrará a su vez un mayor gozo en la oración.
En los últimos años ha podido oírse cada vez con más frecuencia
la excusa: «Yo no necesito dedicar tiempo especial a la oración; toda mi
vida es oración.» Y parece también que algunos teólogos piensan: «Toda
mi teología es oración ¿Por qué he de tener un tiempo determinado
para orar?» Es verdad que, en la intención de Dios, toda la teología y
vida cristiana son oración. Pero mentimos cuando afirmamos sin más
que tal es ya el caso de por sí. Como pecadores que somos, estamos aún
muy lejos de haber realizado plenamente el ideal. Sólo podemos encontrar
la luz con Jesús, que es el camino y que nos enseña a mantenernos
siempre en el camino. El teólogo ha de tener sumo cuidado de no caer
en la autosuficiencia, algo así como los fariseos y escribas. No debe
ahorrar esfuerzos para progresar en el espíritu de oración.

Todos deberíamos pensar como pensaba el apóstol de los gentiles:


«No digo que ya tenga conseguido mi objetivo o que ya haya llegado al
término, sino que sigo corriendo por si logro apoderarme de él, por
cuanto Cristo Jesús también se apoderó de mí. Yo, her-

124
Cómo se convierte la teología en oración

manos, todavía no me hago a mí mismo la cuenta de haberlo


conseguido ya; sino que sólo busco una cosa: olvidándome de lo que
queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la
meta, para ganar el premio al que Dios nos llama arriba en Cristo
Jesús» (Flp 3, 12-14). Hemos de ayudarnos a profundizar en esta
conciencia de nuestra condición de caminantes. Cada uno de
nosotros necesita de una constante conversión, del mismo modo
que, como comunidad, requerimos una constante renovación.
Oración y vida, fe y amor, crecen en la comunidad de los fieles que se
ayudan unos a otros a progresar en el espíritu de oración.
La comunidad de los teólogos, maestros y estudiantes, y todo
aquél que trabaja por alcanzar uno conocimiento más hondo de Dios
y de su ungido, constituyen todos un cuerpo de discípulos de Cristo,
y por ello debieran formar una comunidad ejemplar de fe. Estudiar
teología juntos significa agruparse en torno al divino Maestro y
convenirse en amigos y hermanos unos de otros.
No deja de ser un gran logro que en la mayor parte de las escuelas
y seminarios de teología profesores y teólogos celebren hoy juntos la
eucaristía. En muchos sitios celebran todos en común el
acontecimiento de la reconciliación, examinan juntos su conciencia y
se unen para orar por el perdón de Dios y alabar su bondad. Esto
sucede también en cursos de teología para seglares. Es asimismo un
signo esperanzador que en muchos lugares profesores y estudiantes
se reúnan fuera de las horas de clase para meditar en común. Juntos
escuchan la palabra de Dios en un ambiente distinto del de una clase
de teología. En su diálogo de fe y espontáneo acto de alabanza llegan
a conocer y sentir que el Espíritu Santo está en todos ellos, que actúa
por todos y para todos. Dicha comunidad aprende la oración de la
vigilancia: ¿Cómo responderemos a la palabra de Dios en nuestra
vida diaria?

Pero no es bastante formar una comunidad de oración como


complemento al estudio teológico. La teología ha de modelarse Y
tomar figura de acto de adoración a Dios en el amor fraterno. El
sentido más íntimo del estudio teológico no es otro que el de
ayudarnos a adorar y conocer a Dios y a amar a nuestros semejantes
con un amor visto a esta luz.
A este propósito, toda lección de teología debería comenzar

125
Oración y teología

con una oración, y no precisamente con el recitado de una plegaria


ya formulada. Dicha oración ha de brotar como fruto espontáneo
de una meditación preparatoria de la materia de estudio. Una ora -
ción espontánea nos pone mucho más hondamente en la presencia
de Dios que la repetición, aun igualmente fervorosa, de una fórmu-
la. La clase ha de concluir también con una oración que transfor -
me la verdad de fe, que acabamos de contemplar científicamente, en
motivo expreso de alabanza, acción de gracias y petición a Dios.
Para ello no es necesario que sea siempre el profesor quien la diga.
Todos han de tener parte en el esfuerzo creador de esta oración.
Muchos de nosotros no podemos olvidar una clase que nos
dio en cierta ocasión Karl Adam sobre Cristo. En un momento
de emoción interna tuvo que interrumpir su explicación; se le vio
incapaz de pronunciar una palabra. Este súbito silencio forzado
fue para nosotros más elocuente que muchas lecciones de profeso-
res que jamás dieron testimonio personal de su fe y de su entu-
siasmo por Cristo. Cuando hablamos de fe y teología no hemos
de olvidar nunca tampoco el aspecto pastoral, pues teología es
servicio en orden a la salvación. Es sencillamente imposible hacer
progresos en el conocimiento de Dios y de los hombres sin crecer
al mismo tiempo en celo por la salvación de todos los hombres.
La teología es vital como síntesis entre oración y celo por la honra
y salvación del hombre.

El grado en que los teólogos, ya sean profesores o estudian-


tes, pueden contribuir a esta síntesis depende del grado de inte-
gración entre fe y vida, que hayan podido conseguir en sí mis -
mos. La teología les hará cada vez más libres y disponibles respecto
a Dios, si la abordan con este propósito. Les hará también más
sensibles al anhelo de toda la creación de tener parte en la libertad
y gozo de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21-23).
Te rogamos, Padre de toda bondad, concedas a tu Iglesia teó-
logos que sean humildes discípulos de tu siervo Jesucristo. Que
su primera aspiración sea pedirte: «Señor, enséñanos a orar.»
Te damos gracias por todos los santos, que fueren auténticos
teólogos, y por todos los teólogos que son al mismo tiempo san-
tos. Te damos gracias también por los pastores de almas cuyo máxi -
mo anhelo es crecer en el conocimiento de tu amor y en la unión

126
Cómo se convierte la teología en oración

contigo, para así mejor comprender la naturaleza y vocación de sus


semejantes. Danos pastores capaces de orar con el pueblo y de
aprender a orar unos con otros.
Ayúdanos a contemplar el misterio de tu encarnación de tal
manera que nuestra propia vida y nuestras palabras sean testimonio
de los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, bondad.
Padre bondadosísimo, te lo pedimos todo en el nombre de Jesús:
que crezcamos en el conocimiento de tu nombre y del nombre
de tu Hijo amado; que orezcamos también en tu amor y en el
amor a nuestros semejantes. Danos esa alegría en la fe, que es
el corazón de la teología y del anuncio de la buena nueva.

127
Capítulo cuarto

ORACIÓN Y VIGILANCIA

El nuevo interés que parece haberse despertado por la oración,


contemplación y meditación es uno de los signos más alentadores
de nuestro tiempo. Empero no todo es oro puro. Muchos se en-
tregan a la meditación trascendental y buscan consuelo en la con-
templación, porque se hallan disgustados de la vida. Buscan a Dios
mientras desprecian a sus hermanos y hermanas. No encontrarán
a Dios de esta manera, puesto que Dios está presente en la his-
toria. El concepto cristiano de la oración no deja lugar a evasión
alguna. Orar no significa replegarse para escapar de la vida coti-
diana. Cierto que Dios es infinitamente más grande que el mundo
que nos rodea, pero si le encontramos y hacemos de él el centro
de nuestra vida y nuestro amor, se abren entonces nuestros ojos
y nuestro corazón y vemos en la vida de todos los días algo más
que hombres disipados o que simplemente tratan de huir del tor-
bellino que les envuelve.
La oración del cristiano es ante todo expresión de su vigilan-
cia por la venida del Señor a nuestra vida diaria y a la historia.
El Señor mismo nos enseña a orar y vigilar a la vez. «Velad, pues,
orando en tiempo, para que logréis escapar de todas estas cosas
que han de sobrevenir, y para comparecer seguros ante el Hijo
del hombre» (Lc 21, 36). No sólo hemos de orar en horas de prue-
ba, sino siempre que el Señor nos llame de modo especial a serle
fieles y a estar disponibles. Hay en ello una reciprocidad. Sólo
aquel que ora se halla preparado para la venida del Señor, y só -
lo quien verdaderamente aspira a estar preparado y vigilante puede

129
Oración y vigilancia

orar bien. Nuestra oración misma ha de ser expresión de vigilancia


ante la venida del Señor.

LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN COMO VENIDA DEL SEÑOR

El último capítulo del Evangelio de Juan nos habla del misterio


de la espera y del hallarnos preparados para la venida del Señor. Ya
reconciliado y confirmado en su cargo, Pedro se vuelve hacia Juan, el
discípulo amado. Pedro es ahora humilde, sabe lo mucho más fiel
que fue Juan en la hora de prueba. Por eso pregunta: «Señor ¿qué
pasará con él?» La respuesta de Jesús refleja bien el singular carisma
de Juan: «Si quiero que éste permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti,
qué?» (Jn 21, 21ss).
Muchos de los discípulos interpretaron erróneamente estas pa-
labras y creyeron que Jesús había prometido a Juan que no moriría
antes de su venida definitiva. Las frases finales del Evangelio sub-
rayan lo equivocado de esta interpretación. De hecho Jesús aludía a
un carisma que para Juan, para Pedro y para la vida de la Iglesia
significa mucho más que un simple escapar a la muerte física.
No solamente Pedro, sino toda la Iglesia, tanto sus dignatarios
como el pueblo, han de preguntarse sin cesar por el profundo
significado del carisma de san Juan. Éste representa ejemplarmente al
fiel cristiano que, con un gran amor al Señor y una honda com-
prensión de la historia de la salvación, se halla siempre pronto a
recibir al Señor cuando quiera y como quiera que venga.
La oración del cristiano es participación vital en la historia de la
salvación. Tener fe significa vivir en presencia de aquel que era, viene
y ha de venir. La presencia del Señor no es un acontecimiento
concluso, sino una constante venida suya, un continuo
descubrimiento de nuevas dimensiones en su ser y en su llegada. Hay
por desgracia en la Iglesia y en el mundo secular muchos que no
pueden caminar hacia el futuro, porque no han logrado integrarse y
permanecer vigilantes en el hoy y aquí. Demasiados de ellos viven
condicionados por el «si...» y el «pero...». Quienes creen en el Señor
de la historia con todo su corazón llegan a descubrir su venida, la
hora de salvación en el aquí y hoy.

130
La historia de la salvación como venida del Señor

Un día tuve que escuchar lo que me decía la señora Müller.


Sentía envidia de una vecina suya: «¡Si yo tuviera un marido como
el de la señora Schmidt! El señor Schmidt la ayuda diariam ente
en las faenas de la casa y en la cocina. Mi marido nunca me echa
una mano.» Sucedió que el mismo día habló también conmigo la
señora Schmidt. A su vez se lamentaba: «¡Quién tuviera un ma-
rido como el de la señora Müller, que nunca se mete en las cosas
de la casa y la cocina!» Ninguna de ambas vivía, por así decirlo,
en la presencia de su marido. No percibían lo que en ella había de
positivo. Vivían en ascuas con sus «si...» y «pero...»
El discípulo amado, Juan, es siempre el primero en reconocer
al Señor cuando viene, ya sea de noche, ya en ropaje o aspecto
distinto al habitual. La fuerza de su amor y pureza de corazón le
da ojos de águila. El es quien ayuda a Pedro a reconocer la venida
del Señor y a apresurarse a salir a su encuentro. Su fe viva y
agradecida, así como su amor al Maestro, liberan al discípulo de
toda ilusión y fantasía. Adora a Dios en su plan de salvación. Dice
siempre «sí» a cualquier modo en que Dios se complazca en venir
a su vida.
Uno de los grandes temas de la primera carta de Juan es la
venida del Señor en nuestros semejantes. Jesús viene a nosotros
en aquellos que necesitan de nuestro amor y bondadosa compren-
sión, y prueba así nuestra vigilancia. No podemos vivir en la pre-
sencia del Dios invisible y experimentar agradecidos su proximi-
dad y su venida, si no estamos dispuestos a acoger al pobre, o al
prójimo que sufre por sí mismo, con comprensión, bondad y cari-
dad. Quienes poseen el carisma del discípulo amado y están siem-
pre prontos para recibir al Señor cuando quiera que venga son los
únicos capaces de abarcar la historia de la humanidad en una autén-
tica y gran perspectiva. Ven todos los acontecimientos a la luz
de la primera venida de Jesús como hermano y amigo nuestro, como
servidor de Dios y de los hombres; y, al mismo tiempo, todos los
hechos relacionados con el Señor son referidos a la venida defini-
tiva de Jesús en el día supremo. La hora presente de salvación
queda iluminada por la primera como por la última venida de
Cristo, adquiriendo así el carácter de don y, a la vez, misión.
Quien verdaderamente se muestre agradecido por la venida de
131
Oración y vigilancia

Dios en figura de Servidor será capaz de reconocer la hora presente


de gracia y aprovecharla en servicio de Dios y de sus semejantes El
que se halla dispuesto a mostrarse misericordioso con los necesitados,
respetuoso y solícito con los despreciados, y amante con aquellos
a quienes nadie quiere amar, no ha de sentir temor ante la última
y definitiva venida de Cristo. Y quien de veras espere vigilante la
venida de Jesús en la muerte y en el juicio final sabrá recibir al
Señor, cuando éste le requiera en sus hermanos. El Evangelio nos
recuerda insistentemente que el Señor vendrá en una hora y
manera muy' lejanas de lo que nos hacen suponer nuestra humana
expectación y nuestros cálculos. La vigilancia, la disponibilidad
permanente, es la virtud que adora a Dios en cuanto Dios y que
le da plena libertad para determinar como Señor el modo en
que ha de llamarnos. Cuando Dios viene de veras a nuestra vida,
nos sorprende de mil maneras y nos invita a reconsiderar nuestra
actitud, a estar dispuestos a someter a revisión nuestros planes y
deseos. Para los que duermen, los superficiales y sobre todo los
presuntuosos, la venida de Cristo es un violento despertar, con
tal que quieran aprovechar la hora de gracia. Para los discípulos de
Cristo la oración de la vigilancia es un modo de adorar a Dios que
se traduce en disponibilidad para dar la bienvenida al Señor, y
precisamente cuando más nos sorprenda. Al orar, los amigos de
Jesús aprenden que el Señor es siempre infinitamente más grande
que nosotros y que nos manifiesta su inmenso amor cuando nos
envía lo que nunca nos atrevimos a pedirle, o nos llama de un
modo que jamás tuvimos la osadía de desear.

Aquí estoy, Señor. Tú entraste en mi ser, aun antes de que


me conociera a mí mismo. Tú me has dado la vida, el cuerpo y el
cuerpo y el aliento vital. Tú me ofreces inteligencia y saber, has
hecho de mí ese hombre, que soy, y me llamas constantemente a
ser lo que denote el nombre único que me has dado y que tú solo
conoces.
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Señor, heme aquí llámame y envíame adonde quieras. ¡Hazme
estar presto! ¡Manténme despierto! Purifícame, limpia mi corazón
y mi espíritu, aunque sea con el fuego, con la cruz y el sufrimiento
por dificultades o contrariedades. Señor, quita de mí todo cuanto

132
Tú, que duermes, ¡despierta!

me impide reconocer tu venida, Señor, concédeme todo cuanto me


acerque a ti y me mantenga vigilante en espera de tu llegada.
Señor, aquí estoy, llámame, envíame.

TÚ, QUE DUERMES, ¡DESPIERTA!

El llamamiento a la conversión de aquellos que se han alejado


por completo de Dios viene expresado en el Nuevo Testamento por
las imágenes de «regreso de un país extraño», «vuelta a casa». A
quienes fundamentalmente permanecen fieles a Dios, pero se
han vuelto superficiales y negligentes, se les exhorta enérgicamen-
te: «Despiértate, tú que duermes, ... y brillará sobre ti Cristo»
(Ef 5, 16). El propio Cristo distingue entre las vírgenes que duer-
men y las que vigilan. Sólo estas últimas son admitidas al banquete
nupcial. El estado de alerta o vigilancia es un don d e Espíritu
Santo, que se manifiesta en la apertura de alma, en la disposición
a escuchar, en una mirada atenta a las necesidades de los
demás y en una actitud de servicio al prójimo. Vigilancia es
disposición a escuchar, porque sólo puede escuchar bien quien se
halla dispuesto a responder.
El cristiano vigilante no dejará, por supuesto, de reservarse
tiempo suficiente para dormir, para descansar. Se expone a la risa
del necio, pero no le desagrada el humor. Sabe cuándo reír y cuán-
do llorar. No sólo a lo largo de toda la noche, sino también en
cada una de sus ocupaciones se mantendrá alerta, como una ma-
dre lo está siempre por si su hijo la necesita. Estar dispuesto sig-
nifica vivir de un modo tal que en los momentos decisivos sea
una realidad la oración: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como
en el cielo.»
Al vivir el cristiano vigilante siempre cercano al Señor y guiar-
se por su luz, captará la gracia de cada instante como un llama-
miento del propio Señor. Su corazón desborda del consuelo y pre-
ceptos evangélicos. La luz de Cristo le ayuda a aprovechar las
modestas posibilidades del momento presente y a tener valor cuan-
do se trate de soportar cargas mayores, si él Señor lo exige. Es a la
venida del Señor mismo a la que el cristiano responde.

133
Oración y vigilancia

La disponibilidad y el don de discernimiento van juntos. Ambos son


dones del Espíritu Santo, que se conceden a quien los pide al Señor y le
da gracias siempre y en todo lugar. Después que el Apóstol ha sacudido
a los cristianos con las palabras: «Tú, que duermes, ¡despierta!», les
exhorta a que distingan entre lo que conviene a un cristiano y lo que se
halla en contradicción con la vida cristiana. "Mirad, pues, con cuidado
cómo andáis, que no sea como necios, sino como sabios, aprovechando
bien el momento presente, porque los días son malos. Por eso, no seáis
insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del Señor. Y no os
embriaguéis con vino, en lo cual hay desenfreno, sino dejaos llenar de
Espíritu» (Ef 5, 15-18).
La oración de la vigilancia es tanto meditación reposada en la
intimidad personal como contemplación en común, discurso de fe
aplicado a la situación concreta, un esfuerzo a la vez personal y
comunitario por descubrir el verdadero semblante del amor y llegar a
una decisión sobre el modo de adorar dignamente a Dios en alabanza y
acción de gracias por todos sus dones. El Apóstol ve la vigilancia y el
don de discernimiento a la luz de la alabanza de Dios: Haced que
resuenen en medio de vosotros «salmos, himnos y cánticos espirituales,
cantando y salmodiando de todo vuestro corazón al Señor; dando
constantemente gracias por todo a Dios Padre en el nombre de nuestro
Señor Jesucristo» (Ef 5, 19-20).
La vida cristiana se caracteriza también, ciertamente, por una
firmeza de principios, pero no menos por una disposición a aprovechar
la oferta del momento presente. No sólo la determinan dogmas y
principios generales, sino también la providencia divina, que nos ofrece
posibilidades limitadas, pero concretas. Cristo mismo nos habla
repetidamente de la hora que el Padre le tiene dispuesta. Él es la
disponibilidad hecha hombre ante el llamamiento concreto de la
historia de la salvación.
Para designar el correr del tiempo la Biblia utiliza la palabra khronos,
mientras que a la hora de decisión o de gracia aplica el vocablo kairos.
Algunas veces aparece la expresión «kairos de la prueba o tentación».
Para aquellos que en toda circunstancia se vuelven a Dios en oración,
que creen en su vocación a una vida de santidad, incluso una situación
humanamente desgraciada se

134
Tú, que duermes, ¡despierta!

transforma en llamamiento a verlo absolutamente todo a la luz de


Cristo. Puede éste ser el momento de una fidelidad fecunda y de una
conversión radical.
Quien se torna hacia Dios orando con todo su corazón, espíritu
y voluntad, queda reconciliado consigo mismo y con su prójimo, ya
que se acepta a sí mismo y acepta a su prójimo en las situaciones
presentes. Podemos aceptarnos tal como somos, porque Dios nos
busca allí donde nos hallamos para llevarnos al lugar donde ad-
quiere su sentido nuestro propio y único nombre, que él solo
conoce. Vigilancia y disponibilidad presuponen que nos hemos
aceptado en la fe, con nuestras buenas cualidades, pero también
con nuestros puntos de sombra, conscientes, a veces con dolor, de
nuestra limitación. La oración de la disponibilidad y vigilancia
nos libera del «si...» y el «pero...», del estéril soñar en
cualidades y aptitudes que, de una vez para todas, nos han sido
negadas. Orando podemos aceptarnos a nosotros mismos y
liberarnos de toda angustia por nuestros parciales fracasos, porque
sabemos que Dios puede escribir derecho con trazos torcidos.
Alabamos al Señor por su misericordia y su amor salvador; y así, a la
vista de nuestros propios fracasos, nos hacemos más comprensivos
para nuestro prójimo, permitiéndole vivir su vida y servir a Dios
y a sus semejantes con sus cualidades propias, sin extenderles en el
lecho de Procusto.

Una oración vigilante abre nuestros ojos a los pecados de omi-


sión. Quienes no viven en la presencia de Dios ni esperan orando
su venida se ven siempre tentados a regular su conducta únicamen-
te por un catálogo de preceptos negativos, causándose a sí
mismos e infligiendo a la comunidad graves daños al quedarse
«dormidos» y dejar escapar tantas oportunidades de hacer el bien.
La oración de la vigilancia alcanza su máxima profundidad si
somos hombres eucarísticos, es decir, si damos gracias a Dios siem-
pre y en todo lugar. Esto es lo que nos hace percibir el último
sentido de todo acontecer, aun del sufrimiento. Quien toma por
medida de todos sus deseos y decisiones el grado en que puede
ofrecerlos con Jesús al Padre como acción de gracias, no sólo se
mantendrá alerta para atender a sus semejantes, sino que agrade-
cido tampoco perderá de vista todo cuanto de bueno hay en él.

135
Oración y vigilancia

El que está vigilante examina su conciencia no solamente con


arreglo al decálogo, sino según las bienaventuranzas y los dones
concretos que haya recibido de Dios. Su gratitud le incitará a apro-
vechar el momento presente empleándolo en servicio del Evangelio y
del prójimo. Tal examen de conciencia es una llamada constante: «Tú,
que duermes, ¡despierta! Deja que Cristo sea tu luz.» Si de esta suerte,
conscientes de nuestra naturaleza pecadora, salimos al encuentro de
Cristo, que viene a nosotros para salvarnos y ayudarnos, nuestro acto de
contrición no será tenso y angustiado. El llamamiento de Cristo no deja
lugar para angustias ni escrúpulos. El dolor y el propósito quedan
transformados en disponibilidad para recibir al Señor cuando viene y
nos llama por sus dones y en la necesidad de nuestro prójimo. Entonces
se vuelven también nuestras las alegrías y penas, las esperanzas y
congojas de nuestros hermanos, y nos convertimos para ello en signo
de esperanza, signo de la presencia misericordiosa del Señor.
Las palabras de la Escritura, la liturgia y nuestras propias reflexiones
convergen constantemente a una relación entre gratitud y esperanza.
Nos invitan a hallarnos dispuestos, a aprovechar el momento presente
en actitud agradecida. Cuanto más conscientes y agradecidos volvamos
la vista para contemplar lo que Dios ha hecho ya por nosotros, y
miremos también hacia adelante esperando la venida del Señor según su
promesa, tanto mayor será nuestro aprecio de la hora presente. Estar
prestos a aprovechar lo que nos ofrece esta hora presente es el acto más
intenso de gratitud y esperanza. Vivimos en la presencia del Señor, que
era, viene y ha de venir, cuando gustosos y solícitos decimos «sí» a las
posibilidades concretas que se nos presentan hoy y aquí y nos
entregamos a aquel que ha de venir y que nos garantiza el futuro. La
disponibilidad es también un modo de dar gracias a todos los hombres
que han hecho posible para nosotros el presente y la esperanza. El
hombre agradecido no sólo se preocupa de su propio futuro, sino que
siente también su responsabilidad por el futuro de sus semejantes. Si
nos unimos en la vigilancia y el discernimiento de espíritus y
aprovechamos el momento presente agradecidos por el pasado y
mirando hacia el porvenir, confesamos nuestra fe en el Señor de la
historia, que era, que viene y que ha de venir.

136
Fidelidad creadora

Te damos gracias, Señor, porque nos llamas a ti y nos prometes tu


presencia y ayuda cuando día tras día nos haces posible el vivir y nos
abres nuevas puertas. Tu venida, Señor, da nuevos horizontes a nuestra
vida cotidiana y a la historia de la humanidad. Allí donde tú vienes,
derramas tus dones y nos llamas, hasta el momento más insignificante
tiene su grandeza. Todo cuanto me es dado en la vida lo recibo como
don y llamamiento de tu amor, como un camino para conocerte y
honrarte mejor y para descubrir mi propio nombre, que tú solo
conoces.
Señor, hazme estar dispuesto para tu venida. Dame parte en tu
amor fecundo y salvador, para que en las modestas posibilidades de la
hora presente sepa agotar la rica veta de tu presencia.

FIDELIDAD CREADORA

La oración de la vigilancia es la respuesta sin cesar renovada: «Sí,


Padre. Aquí estoy, para hacer tu voluntad.» Es una experiencia siempre
dichosa, pero a la vez exigente, de que el Señor viene a nosotros y nos
acompaña en el camino. Esto da a nuestra existencia firmeza y
fidelidad, así como una voluntad de participar en la transformación de
las cosas y de cambiarnos a nosotros mismos. La rectitud de quienes
caminan por la vida en la presencia de Dios y se hallan preparados para
su venida súbita es algo más que una mera lealtad de principios o la
búsqueda de una falsa seguridad. Es respuesta a la gracia y, por ende,
una constante conversión, un sondeo de nuevos caminos y un agotar
nuevas fuentes de fuerza para caminar por siempre con el Señor hasta la
consumación.
Dios es el fiel, y sus designios permanecen inmutables. Es amor y
fidelidad sin límites por toda la eternidad. Pero Dios no es inmovilismo.
Se ha revelado a nosotros y sigue revelándose como Señor de la
historia, que nos sorprende una y otra vez del modo maravilloso en que
viene siempre de nuevo a nosotros. Los hombres podemos pecar tanto
de inmovilismo como de falta de fidelidad a nuestras intenciones y
promesas. Nuestra dependencia respecto a formas de vida pasadas
parece habernos dado una buena dosis de seguridad y estabilidad
espiritual, pero en realidad aparece cada vez

137
Oración y vigilancia

más claro que no se trata de otra cosa que de un peligroso complejo


de seguridad. Nuestro propio egoísmo y no pocas veces la cerrazón
mental del mundo que nos rodea limitan nuestro campo visual y
llenan de obstáculos nuestro camino. Cuando perseverantes en ora-
ción nos abrimos al Dios de toda verdad, se nos descubren nuevos
horizontes. Poco a poco vamos liberándonos de nuestra angustia,
superficialidad y estrechez, y aprendemos a confiar en el Señor,
pues en verdad estamos con él en el camino.
La oración de la vigilancia es estar dispuesto a acompañar per-
sonalmente en su éxodo al pueblo de Dios y a Cristo. Al escoger
Dios a Abraham, le exigió que abandonase su patria. Era preciso
salir de los estrechos límites de un viejo mundo. Cuando a Moisés
le fue otorgada su singularísima experiencia de la presencia de Dios,
del Dios de la historia de la salvación, su vida comenzó a conver-
tirse en un largo éxodo. En la hora histórica que vivimos nos es
dado asistir a una gran mudanza. La cultura de la joven genera -
ción es distinta de la nuestra. Tiene una escala de valores diferente
de la que nos fue inculcada en nuestra juventud. Y los grandes
centros de influencia se desplazan al tercer mundo. Sólo podemos
llevar a cabo nuestra misión de cristianos si estamos dispuestos a
tomar parte en este nuevo éxodo.

En semejante momento histórico nuestra vida de oración ha


de caracterizarse muy en especial por la vigilancia, una voluntad de
seguir al Señor de la historia. El éxodo del pueblo de Dios es,
sin embargo, algo muy distinto del desasosiego y agitación de los
que quisieron construir la torre de Babel. Si verdaderamente reco-
rremos el camino con el Dios de la historia, tendremos nuestro
sábado y nuestra paz, y descubriremos la auténtica continuidad de
la vida. Nuestro Dios es siempre el mismo, aun cuando no se repita
en sus obras. Su plan de salvación es amor permanente, paz. Su
venida e invitación a recorrer el camino es un llamamiento a la
amistad íntima. Acompañarle en su marcha significa para nosotros
fidelidad y libertad creadoras. Se nos permite participar en la reve-
lación de su amor en estos tiempos de éxodo.
En una época de cambios profundos es especialmente impor-
tante que la oración del cristiano no sea una mera repetición de
fórmulas de otros tiempos. Ha de ser fruto de una libertad creadora

138
Fidelidad creadora

en sí misma, experiencia vital de esa libertad que viene del Espí-


ritu Santo. No es que tengamos en poco la belleza de las plega-
rias de la Sagrada Escritura o de los santos de otras épocas. Ambos
son para nosotros una escuela en que aprendemos a estar vigilantes
y a dirigir nuestra oración a Dios en toda circunstancia. Muchas
de estas plegarias son expresión de un anhelo permanente. Pero si
las hemos entendido bien, serán para nosotros una invitación pe-
rentoria a estar preparados y dispuestos en la hora histórica que
nos ha tocado vivir. En la oración de los profetas y de los santos
aprendemos una y otra vez que nuestra oración es disponibilidad
en el hoy y aquí: Señor, aquí estoy. Llámame. Envíame.
La contemplación del cristiano es un volverse con todo su ser
al Verbo hecho hombre, a Cristo, que es nuestro camino a través
de la historia. Por ello es fundamentalmente distinta de esa contem-
plación de estilo pagano o budista, que nunca fue otra cosa que
una evasión de la realidad visible. Oración y contemplación son
para nosotros un encuentro con el Señor de la historia, presente
en la misma, con miras a su venida definitiva. Podemos aprender
mucho, claro está, de las grandes tradiciones intelectuales y reli-
giosas de Oriente. En ellas encuentra el superactivo occidental
métodos para liberarse de toda disipación y de las tensiones anti-
naturales a que se ve sometido en su vida ordinaria. Es provechoso
investigar con su ayuda lo más íntimo del ser y penetrar en las
profundidades de nuestra alma. Pero la mirada decisiva ha de ser
para Cristo. Podemos y debemos encontrar nuestra paz interior
delante de Dios, pero siempre con los ojos puestos en nuestra mi-
sión de ser para el mundo mensajeros de su paz y reconciliación.
En la oración de la vigilancia hay un elemento de santa inquie-
tud. Pero esto no lo es todo. La venida del Señor es algo así
como una sacudida. El antiguo Adán y la antigua Eva latentes en
la persona humana sufren una conmoción, experimentan una especie
de muerte. La oración de la vigilancia nos cura de nuestro com-
plejo de seguridad, pero no sin un profundo quebranto del tradi-
cionalista que se esconde en nosotros. Quien en medio de un mundo
pecador y con la concupiscencia en su propia corazón comienza a
creer sinceramente en el reino de Dios se encuentra en un hondo
conflicto, entre un «muera» y un «hágase». Decir «sí» al Señor

139
Oración y vigilancia

de la historia, que nos invita a ponernos en marcha, significa de-


jarnos arrancar de nuestros propios círculos y planes. El que de veras
camina con el Señor de la historia, fiel a él y sobre todo con plena
confianza en la fidelidad de Dios a sus promesas, alcanzará una
paz mucho más profunda que la de aquellos que pretenden alegrarse
en Dios apoltronados al calor de su chimenea. El éxodo de un yo
egoísta a una vida de servicio a Dios en nuestros hermanos es ya un
goce anticipado de la tierra prometida.
La oración de los profetas es un modelo para la oración de la
vigilancia. La venida del Espíritu divino dispone al hombre para
desenmascarar la injusticia y oponer a la falsa paz la auténtica
paz de Dios. La oración nos prepara para creer en el Espíritu
Santo, que habló por los profetas y que continúa hablándonos. Nos
capacita y dispone para escuchar a los profetas incómodos, que
nos hacen caer en la cuenta de que hemos perdido el centro, pero
que al mismo tiempo nos señalan el camino hacia el verdadero
centro de nuestra vida.
En la oración vigilante de sus discípulos continúa Jesús su
misión. Su vida terrena se caracteriza del principio al fin por la
oración de la vigilancia. «Por eso al venir al mundo, Cristo dice:
Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo...
Entonces dije: "Aquí estoy"; en el rollo del libro así está escrito
de mí, para cumplir, oh Dios, tu voluntad» (Heb 10, 5-7). Jesús
está constantemente preparado para la hora que el Padre le ha
dispuesto, hora que se consuma con la última plegaria que sale
de sus labios: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»
(Le 23, 46). Nuestra oración y nuestra vida reciben su fuerza de
esta disponibilidad de Jesús, lleno de confianza en el Padre.
Señor, tú estás siempre conmigo. Día tras día vienes a mi
vida, me llamas, me esperas y te llegas a mí. Una y otra vez me
das vida, me llamas por mi nombre, que tú solo conoces del todo.
Derramas en mí tu amor, y me haces capaz de amarte. Tú me has
dado hermanos y hermanas, y tantos otros que me otorgan su
amor y aceptan el mío.
Todo es don tuyo, mensaje de tu amor, signo de tu venida.
Señor, tú estás siempre conmigo, me esperas, vienes a mí.
Señor, haz que esté dispuesto para tu venida.

140
Fidelidad creadora

Todo cuanto en la tierra nos alegra, la luz del sol, el firma-


mento infinito, la sonrisa de un niño, la bondad amorosa de una
madre, la equidad de un padre, todo ello son formas de tu venida
Tú nos lo das todo, y nos llamas a ti.
Señor, tú estás siempre conmigo, me llamas, me esperas y vienes
a mí. Señor, hazme agradecido y disponible.
Señor, nos has dado tu palabra y has empeñado tu fidelidad
prometiendo que estarás siempre con nosotros. Todo cuanto por
nosotros has hecho y todo lo que confiaste a nuestros cuidados nos
recuerda tu promesa y es para nosotros un signo de tu fidelidad.
Nos prometes la bienaventuranza de una vida contigo, junto con
nuestros hermanos y hermanas y con todos nuestros hijos, y en esta
firme esperanza eres tú nuestro camino. Tú mismo eres nuestro
guía y el camino que nos conduce a la verdadera meta de tus
promesas: el gozo eterno de estar junto a ti.
Señor, tú estás siempre cerca de nosotros. Nos llamas, nos
esperas y vienes a nosotros. Haznos agradecidos y dispuestos.
Cada día es una nueva revelación de tu amor. Cada vez nos
das más signos de tu amistad y bondad. Tú mismo abres nuestros
oídos para que te escuchemos, tocas nuestro corazón para que
sintamos tu presencia y estemos dispuestos a responderte con toda
el alma. Nos haces sensibles a tu llamada por la palabra de los
profetas y la Escritura, y por la necesidad de nuestros hermanos.
Cada día abres nuestros ojos para que podamos verte y alabarte
en tus obras. Cada día nos ayudas a descubrir los signos de tu
proximidad y de tu venida, allí donde los hombres que se han
apartado de ti sólo perciben estruendo y absurdo.
Señor, tú estás siempre cerca de nosotros. Todos los días nos
llamas de nuevo. Vienes a nosotros y nos llamas a ti. Haznos agra-
decidos, haznos dispuestos.
Señor, en todas partes te encontramos, como gran artista pre-
sente a tu obra. Día tras día trabajas por nosotros, para hacer de
nosotros una pieza maestra de tu amor, un reflejo de tu voluntad
Y amorosa amistad a tu imagen y semejanza. A este fin nos envías
el sol y la lluvia, tantas alegrías y tanto dolor cuanto es preciso
para purificarnos. Llamas a cada uno de nosotros por su nombre
único, que tú solo conoces. Tu amor y tu venida a mí es siempre

141
Oración y vigilancia

amor hacia mi prójimo. Señor, haz que me convierta en signo de


tu proximidad y de tu venida para cada hombre que se cruce en
mi camino, a fin dé que todos lleguemos a saber que tú eres el gran
artista que nos modelaste para ser mensajeros de tu bondad, signos
de tu presencia.
Señor, tú siempre estás cerca, y me llamas por mi nombre.
Siempre me esperas y vienes a mí. Señor, hazme agradecido,
mantenme vigilante.
Señor, tú me diste padres que con todo su ser y toda su bondad
me enseñaron tu amor, y día tras día me envías amigos que con
su cordialidad y afecto orientan mi atención a ti. Tú nos envías
hombres tan generosos y buenos, que sólo tú puedes ser la
fuente y meta de toda esa bondad. Danos hombres que nos
animen cuando estamos desalentados. Tú mismo, el Cristo, vienes
en ellos a nosotros y nos infundes nueva esperanza. Tú haces que
encontremos hombres que nos escuchan y comprenden. Una y otra
vez nos damos así cuenta de que tú siempre nos escuchas y
comprendes mejor que ningún hombre.
Señor, tú estás siempre con nosotros, nos llamas, nos esperas
y vienes a nosotros. Señor, haznos agradecidos, haznos dispuestos.
Señor, tú vienes a nosotros en la persona de los sojuzgados y
oprimidos, nos despiertas con el grito de socorro de los pobres.
Tú nos pones a prueba y nos permites anunciar tu venida a aquellos
que necesitan de nuestro consuelo y ayuda. Así nos haces saber
que siempre estás con nosotros, siempre nos llamas, siempre nos
esperas, siempre vienes a nosotros.
Señor, haz que estemos preparados, danos un corazón noble y
generoso.
Toda nuestra vida es espera de tu venida, tú, que eras, vienes
y vendrás.
Con ciega confianza miro hacia el fruto, hacia esa hora en que
me harás llamar por mi hermana la muerte. Tú mismo vendrás a
llamarme por mi nombre, que tú me has dado y me has ayudado
a encontrar. Entonces me conoceré como soy, como tú me
formaste y transformaste. Entonces sabré que tu juicio es gloria y
salvación, si ahora espero anhelante tu venida y atiendo al clamor
de mi hermano, el pobre.
142
Fidelidad creadora

Señor, llámame cuando y donde quieras. Sólo una cosa te pido,


haz que esté vigilante y dispuesto, para que sepa que tú eres quien
viene a mí y me llamas.
Señor, quédate con nosotros. Maran atha, ¡Ven, Señor Jesús!,
prepáranos para tu venida.

143
Capítulo quinto
LA ORACIÓN DE LA FE
La fe es una aceptación agradecida y gozosa de la verdad sal-
vadora y una respuesta vital al Dios vivo. Fe es oración, y la
oración es expresión de fe. El símbolo de los apóstoles, transmi-
tido a nosotros y confiado a la custodia de la Iglesia, es anuncio,
diálogo y a la vez oración de fe. Como anuncio, habla generalmente
de Dios en tercera persona: Él, que es, que viene y que ha de venir.
Pero también el «tú a tú», el discurso de Dios en la comunidad,
es pregón, comunicación de la fe y acción común de gracias por
ella. El símbolo de la fe puede también considerarse como
respuesta a la Iglesia, aceptación de su mensaje, participación en su fe.
Como confesión y discurso de fe, el credo expresa nuestra hambre
y sed de conocer más profundamente a Dios. Expresar nuestra fe
y alegrarnos juntos en ella no es concebible sin una creciente con-
ciencia de la proximidad de aquel en quien creemos y a quien
nos confiamos en la fe.
Al ser el principal propósito de estas meditaciones llegar a
integrar en un todo fe y oración, ofrezco aquí algunas reflexiones
que podrán servir tanto dentro de la liturgia como en grupos de
oración o en la meditación individual. La fe ilumina con luz clara
los valores y anhelos más apremiantes de nuestro tiempo.
La fe se expresa sobre todo en forma de gozo, acción de gra-
cias y alabanza. La confesión comunitaria de fe, pero también la
fe que encierra el corazón de cada cristiano, habla del único D ios
y, al mismo tiempo, de la única familia de Dios, de la solidaridad
salvífica. La fe tiene mucho y decisivo que decir sobre los valores

145
La oración de la fe

que el hombre moderno considera más importantes: la dignidad


de todo hombre y la libertad. La fe proyecta su luz sobre todas las
realidades, todos los intereses vitales del hombre, de suerte que
nuestra oración y meditación de fe puede aplicarse a todo cuanto
amamos y deseamos, a todo cuanto pueda también constituir para
nosotros un reto.

LA ALEGRÍA DE LA FE

Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso:

Nuestra fe en que tú eres el Creador del cielo y de la tierra,


el Padre omnipotente, es nuestra mayor alegría. Tú tienes poder
infinito para hacernos dignos hijos tuyos, hermanos y hermanas
que se respeten y amen. Si en verdad creemos en el poder de tu
amor de Padre, nuestras debilidades y fracasos no podrán privarnos
tu amor paternal.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Creemos en el Creador de todas las cosas, visibles e invisibles:

Todo cuanto somos y tenemos es expresión de tu amor de Padre


por todos los hombres. Quienes usan de las cosas con egoísmo son
incapaces de alegrarse en tus obras. Pero si de veras creemos que tú,
el Padre de todos, nos las has otorgado, se convertirán en nuestras
manos en don de amor fraternal, expresión de justicia y paz, y
podremos alegrarnos ante ti.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Creemos en Jesucristo, nuestro Señor, Dios de Dios, luz de luz,


engendrado, no creado:

Padre todopoderoso, tú derramaste en tu Verbo todo tu amor,


tu dicha y tu sabiduría, y en esta misma Palabra creaste todas las
cosas. Y por eso todo nos habla de tu bienaventuranza y de tu
amor. Todo nos invita a alegrarnos en ti.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!
146
La alegría de la fe

Por nuestra salvación bajó del ciclo, y por obra del Espíritu
Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre:

Te alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque en


Jesucristo, nuestro hermano, nos diste la imagen perfecta de tu
amor y bondad de Padre. Tu Hijo unigénito es nuestra alegría,
porque es a la vez hermano, amigo y salvador nuestro, que nos
conduce a ti y nos enseña a alegrarnos en ti.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Y por nuestra causa fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato.


Padeció, murió y fue sepultado. Y resucitó al tercer día, según las
Escrituras:

El pecado amenaza con privarnos de toda alegría. Y es triste


que el pecado sea tal, que unos hombres hayan llegado a
maltratar a tu Hijo unigénito, el mejor de todos los hombres. Con
todo, la muerte de tu Hijo es motivo de alegría, pues nos perdonó y
padeció para ayudarnos, para salvarnos. Con su muerte nos enseñó
el camino hacia la verdadera alegría y el amor desprendido. Si de
verdad creemos en él, quedaremos libres de la esclavitud del
pecado y del temor a la muerte. La pasión y muerte de tu Hijo
dan a nuestro sufrimiento un nuevo sentido. Ayúdanos, Padre, a
encontrar este sentido en la fe y a compartir llenos de gratitud la
carga de nuestros hermanos. Tal es el camino para alcanzar tu
bienaventuranza.

Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y su reino


no tendrá fin:

Señor y Dios, creemos en la victoria de tu amor. Nos regoci-


jamos en tu inmensa gloria. Tu Hijo ha glorificado tu nombre,
Y tú le has dado un nombre sobre todo nombre, para que todos
en el cielo, en la tierra y bajo la tierra caigan de rodillas y con -
fiesen: Jesucristo es Señor en la gloria del Padre. En tanto sigamos
reconociéndole como Señor nuestro, nuestro camino y nuestra ver-

147
La oración de la fe

dad, no habremos abandonado la senda que conduce a ti, Padre , y nada


podrá quitarnos nuestra alegría. Si te servimos, tenemos parte en tu reino.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Y de nuevo vendrá para juzgar a vivos y muertos:

Señor, haz que nuestra fe sea viva, fecunda en frutos de justicia, paz y
amor. Entonces la venida de tu Hijo será nuestra mayor alegría, y
podremos regocijarnos y ser por siempre dichosos en tu reino.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Creemos en el Espíritu Santo, dador de vida:

Ven, Espíritu Santo, haz que encontremos nuestra alegría en la


palabra de Cristo. Danos valor para entregarlo todo por esa perla
preciosa que es el Evangelio. Abre nuestros ojos, para que en todo
suceso veamos la venida del Padre y la salvación que nos trae Cristo. Haz
que conozcamos cada vez mejor la palabra de Cristo y que nuestra alegría
sea obrar y actuar de acuerdo con ella. Si somos dóciles a tu gracia,
nuestra vida dará frutos de alegría, paz, bondad, caridad. Entonces
exultaremos todos de gozo y seremos uno por tus dones.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Y habló por los profetas:

Te alabamos, Padre, porque por la fuerza del Espíritu Santo


purificaste el corazón de los profetas y les preparaste para su misión. Te
damos gracias por la palabra de los profetas, que nos muestra la unidad
que existe entre el amor a ti y el amor a todos los hombres, señalándonos
así el camino hacia la bienaventuranza. Te damos gracias, oh Díos,
porque los profetas vienen a perturbar nuestra paz corrompida y a
invitarnos a la verdadera paz, la verdadera alegría.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

148
La alegría de la fe

Creemos en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica:

Te damos graoias, Padre omnipotente, por la comunidad de


los fieles, por la Iglesia. Ella nos anuncia el evangelio de la recon-
ciliación. Reconoce sus propios errores, y nos enseña a confesar
humildemente nuestros pecados y a encontrar la paz y reconcilia -
ción. Nos enseña a llevar una vida de acuerdo con la buena nueva.
Nos conduce a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida. En
unión con la Iglesia cantamos tu alabanza y te encontramos a ti,
fuente de toda alegría.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Creemos en un solo bautismo para el perdón de los pecados:

Qué sería de nuestra vida, Padre todopoderoso, si tu Hijo uni-


génito no hubiese venido a salvarnos. Agradecidos creemos en él,
que se sometió humildemente al bautismo en el agua para mostrar-
nos que es nuestro hermano y lleva nuestra carga. Alabamos a tu
Hijo, y en el Hijo tu amor, porque fue ungido con el Espíritu y,
bautizado con el Espíritu, bebió hasta apurarlo el cáliz de salva -
ción. Fue bautizado en su propia sangre, y la sangre de la alianza
nos trae salvación, paz y reconciliación. Haz, Padre, que seamos
bautizados no sólo con el agua, sino en el Espíritu Santo, y que
estemos dispuestos a cumplir la ley suprema del bautizado, dis -
puestos a llevar la carga de los demás. Jamás podrá entonces
vencemos el pecado.

Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

Creemos en la comunión de los santos:

En la solidaridad salvadora de los creyentes experimentamos tu


cercanía. Cuando nos amamos los unos a los otros sabemos que
tú nos amas, que tú con tu Hijo vienes a nosotros en el Espíritu
Santo, moras con nosotros y nos preparas para la fiesta de todos
los santos que tendrá lugar en el reino eterno de tu amor.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

149
La oración de la fe

Creemos en la resurrección de los muertos y la vida del mundo


futuro:

Señor y Padre, esta fe nos da valor para luchar contra el pecado.


Abre nuestros ojos, para que reconozcamos los signos de la nueva
creación y seamos nosotros mismos signos de esperanza para nues-
tros hermanos y hermanas. Porque tú jamás abandonas a quienes
ponen su esperanza en ti y, en comunión con los que esperan,
caminan hacia ti, gozo eterno en una vida eterna.
Señor, creemos, ¡danos una fe alegre!

FE EN UNIDAD Y SOLIDARIDAD

Creemos en un solo Dios y Creador, Padre todopoderoso:

¿Me atreveré a confesar solemnemente en tu presencia que


creo en ti, Padre omnipotente? Mi fe es verdadera y puedo celebrarla
con alegría cuando te glorifico y honro tu nombre en cada uno de
tus hijos, en cada hombre. Nos reunimos todos en tu nombre
cuando entre nosotros hay unidad, cuando resolvemos nuestras di-
ferencias con sensatez y estamos siempre dispuestos a reconciliarnos.
Nuestra fe es mensaje de gozo. Tú eres todopoderoso como Padre,
por eso creemos que la unidad no es una vana ilusión.

Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Creemos en un solo Dios y Padre, Creador de todas las cosas


visibles e invisibles:

¡Qué paraíso sería nuestra tierra, si nuestra fe fuese


auténtica a lo largo de toda la vida! Todo cuanto somos y
poseemos es don de nuestro único Padre y, por ello, para bien de
todos. Padre todopoderoso, transforma nuestro corazón, abre
nuestros ojos, para que lo recibamos y conservemos todo como don
tuyo. Lo reconocemos así cuando se convierte en expresión de
unidad, de comunión, de solidaridad.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.
150
Fe en unidad y solidaridad

Creemos en Jesucristo, nuestro Señor, Hijo único del Padre:


luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Por él fueron hechas
todas las cosas:

Te adoramos, Señor Jesucristo, como a nuestro Dios verdadero,


uno con el Padre. Te alabamos y glorificamos en toda la creación,
pues toda ella es una palabra de amor. En todo nos ha blas, tú
que eres la Palabra del Padre. Todas tus obras nos convocan en
tu nombre, para gloria tuya y del Padre. Todos hemos sido hechos
a tu imagen y semejanza, como palabra de amor del único Padre los
unos para los otros.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo,
y se hizo hombre:

Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Hijo de David, Hijo de María,


creemos en ti como en nuestro Dios, y te amamos como a hermano
nuestro. Y, sin embargo, al confesar esta fe hemos de bajar la
cabeza, porque tantas veces te hemos negado a medias como her-
mano, siempre que hemos actuado con celos, envidias y sin verda-
dero espíritu fraternal. Tú has venido para reconciliarnos con el
Padre y entre nosotros mismos.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato.


Padeció, murió y fue sepultado. Y resucitó al tercer día según las
Escrituras:

Como siervo de Dios y servidor de todos los hombres te hiciste,


Señor Jesucristo, signo eficaz de santidad y unidad. En tu sangre
cimentaste la alianza y lazo de unión de una nueva hermandad.
Tu muerte nos da fuerza 'para superar odios, enemistades, celos y
querellas. Fortifícanos en la fe de tal manera que tengamos el
valor de arrojar de nosotros mismos al hombre viejo, arraigado
en su egoísmo. Haz de nosotros una nueva creación en que todos
seamos uno contigo y en que cada uno lleve la carga del otro.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

151
La oración de la fe

Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y su reino


no tendrá fin:

Aun cuando tanto sufrimos todavía de nuestras mutuas disensio-


nes, sabemos que la unidad en la tierra sólidamente fundada en
tu solidaridad salvadora. Y cuando te servimos y servimos contigo
a nuestros semejantes tenemos parte en la gran obra común de
paz y unidad. Señor, danos esa fe animosa y esa recia esperanza que se
transformen para nosotros en misión de contribuir a la edificación
de la paz.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Y de nuevo vendrá para juzgar a vivos y muertos:

Señor, sabemos que es como si estuviéramos muertos cuando


nos distraemos de ti y perseguimos nuestros fines egoístas. Te
damos gracias, Señor, porque nos has manifestado con claridad
cuál será tu criterio en el día del juicio: justicia, paz, nuestro amor
a los pobres y necesitados. Ayúdanos a reconocer tu venida en el
servicio a los demás, para que podamos acoger con júbilo el día
de tu venida definitiva.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Creemos en el Espíritu Santo, dispensador de todo cuanto es


bueno, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el
Hijo recibe adoración:

Ven, Espíritu Santo, llénanos de esa gratitud sin la cual nada


somos capaces de emprender con tus dones. Abre nuestra mirada y
nuestro corazón a la diversidad de tus dones. Ayúdanos a acep-
tarnos mutuamente en nuestras diferencias, para que de nuestras
muchas voces salga un solo coro de alabanza a ti. Ayúdanos con
tu luz y tu fuerza a asociarnos a todos nuestros semejantes en
una sincera búsqueda de unidad, paz y reconciliación universal.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

152
Fe en unidad y solidaridad

Creemos en la Iglesia una, santa y católica:

Señor, te damos gracias por tu Iglesia, a la que has llamado


y colmado de toda suerte de favores para que sea signo visible de
nuestra unidad contigo y de la unidad de todos los hombres entre sí.
Perdónanos, porque no hemos hecho de nuestra comunidad cele-
sial lo que tú habías planeado y hubiera podido ser con la gracia
recibida de ti: un llamamiento a la unidad de todos los hombres.
Fortifica nuestra fe, para que seamos capaces de construir puentes
entre clases sociales, pueblos, Iglesias, religiones. Tú nos has lla-
mado a todos a la santidad. Abre nuestros ojos para que veamos
claramente que el camino hacia la santidad se identifica con el
amor universal, la esforzada solidaridad en pro de la salvación,
la unidad.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

Creemos en la comunión de los santos, en la resurrección de


los muertos y en la vida del mundo futuro:

En el nuevo cielo y la nueva tierra no habrá ya más divisiones.


Señor, creemos en el triunfo de tu amor. Creemos que al fin todos
serán uno en tu amor, todos cuantos creen en ti y te siguen. Haznos
signo visible de esta esperanza y esta fe, para que todos los hom-
bres puedan creer en tu venida con amor infinito hacia todos.
Señor, creemos. Señor, haznos santos, únenos.

FE EN LA DI GNI DAD DE C ADA HOMBRE

Creemos en ti, creador y Padre todopoderoso. Te alabamos por


tu obra maestra, pues hiciste al hombre a tu imagen y semejanza.
Llamas a cada uno de nosotros con un nombre único, y estás
siempre con nosotros para perfeccionar tu obra maestra. Señor, haz
que veamos con claridad que nuestra fe sólo es verdadera si res-
petamos la dignidad de cada hombre y creemos que hasta del
rostro más envilecido puedes tú hacer de nuevo una imagen de tu
amor. Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.
153
La oración de la fe

Tu Hijo es réplica perfecta de ti. Te alabamos, luz de luz,


porque en tu Palabra eterna creaste el mundo entero y a los hom -
bres. Te alabamos porque en Jesucristo nos diste a tu propio Hijo
como hermano nuestro. cumplió tu voluntad con gozosa obedien -
cia y nos reveló lo largo y ancho, lo alto y profundo de tu amor.
Señor, haz que reconozcamos que nuestra fe sólo es verdadera y
camino de salvación si amamos con tu Hijo y contigo a todos
nuestros hermanos, los respetamos y honramos. Ayúdanos a conse -
guir que brille también la luz de tu sol para los desposeídos y
despreciados.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

Señor Jesucristo, tú tomaste sobre ti el escarnio y la pesada


carga de tus hermanos y hermanas desposeídos y privados de su
dignidad. Tú te hiciste siervo de todos para liberarnos de toda
ambición de dominio y poder, de toda codicia y desconsideración
hacia los demás. Creer en ti significa respetar la dignidad de todos
nuestros semejantes cueste lo que cueste.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

En la cruz abriste tus brazos y tu corazón de par en par aun


a aquellos que te crucificaban, y aceptaste como amigo al buen
ladrón, crucificado contigo para escarnio tuyo. Señor, haz que
conozcamos que sólo podemos hallar en ti nuestra propia
dignidad y nuestra salvación, si nos preocupamos activamente por
la salvación y dignidad de nuestros semejantes.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

Señor Jesucristo, creemos en tu resurrección y alabamos con -


tigo al Padre, que te ha dado un nombre sobre todo nombre. Haz
que sepamos que sólo podemos confesarte de veras como el resu -
citado, como Señor nuestro, si creemos que cada hombre puede
recuperar su dignidad, que los derechos de todos los hombres pueden
ser garantizados. Señor, creemos que a nadie tenemos derecho de
rechazar como un caso desesperado.
Señor, creemos. Socorre nuestra incedulidad.

154
Fe en unidad y solidaridad

Creemos en ti, Señor, que estás sentado a la derecha del Padre Tu


.

reino no tendrá fin. Cuando tú vengas de nuevo para juzgar vivos y


muertos, será grande la gloria de aquellos que respetaron y honraron a
sus semejantes despreciados, escarnecidos y desheredados, y que
trabajaron con denuedo por su dignidad. Creer en tu reino significa
creer en la dignidad de cada hombre y trabajar por los derechos
humanos de todos.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.
Creemos en ti, Espíritu Santo, dispensador de vida. Tú renuevas la
faz de la tierra y el corazón de los hombres. Si creemos en ti,
trabajaremos incansablemente por ayudar a nuestros semejantes a creer
en su vocación de ser un reflejo del amor del Padre. Ven, Espíritu
Santo, haz que experimentemos profundamente que sólo podemos
glorificarte a ti, dispensador de todos los dones y de cuanto de bueno
hay en nosotros, si valientemente nos ponemos del lado de los más
débiles y desamparados. Haz que aquellos a quienes colmaste de tus
dones sepan que sólo pueden alegrarse en ellos si los ponen al servicio
de quienes no los recibieron en tanta abundancia.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Señor, haz


que todos los cristianos reconozcan que su fe sólo es auténtica y
fidedigna si se ocupan tanto de la salvación eterna como de la
salvación personal y dignidad de cada uno de sus semejantes. Haz que
caigamos realmente en la cuenta de que somos Iglesia siempre que
vivimos de la fe en ti y que trabajamos por la paz y justicia en el
mundo.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.
Creemos en un solo bautismo para el perdón de los pecados. Te
alabamos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque tu Hijo y siervo
Jesucristo manifestó en su bautismo simbólico del Jordán su voluntad
de llevar la carga de todos los hombres y de restablecer su dignidad.
Por el bautismo en su sangre y con la fuerza del Espíritu Santo todos
podemos ahora gozar de nuestra dignidad. Haz, Señor, que
reconozcamos que nuestra propia dignidad es incon-

155
La oración de la fe

cebible mientras no nos preocupemos del mismo modo por la dig-


nidad y salvación de nuestros semejantes. Por tu gracia nos has
reconciliado y dado el nombre de hijos. Haznos agradecidos, para
que, conscientes del perdón que nos ha sido otorgado, sepamos
también perdonar a nuestros semejantes y salir a su encuentro
con saludable amor.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

Creemos en la resurrección de los muertos y la vida del mundo


futuro. Señor, haz que sepamos que nuestra esperanza se halla
sólidamente anclada sólo si las esperanzas y anhelos de los des-
poseídos y humillados coinciden con nuestras propias
esperanzas y aspiraciones. Danos una fe que nos haga esperarlo y
hacerlo todo por nuestros hermanos y hermanas.
Señor, creemos. Socorre nuestra incredulidad.

FE EN LA LIBERTAD DE TODOS LOS HOMBRES

Creemos en un solo Dios, Creador y Padre todopoderoso:

Él nos creó a su imagen y semejanza. Nuestra intrínseca libertad


nos hace co-creadores con Dios, capaces de fraguar la historia y
nuestro propio destino. Pero sólo con fe en él, en acción de gracias
y adoración, podemos permanecer libres internamente. El pecado
nos hace esclavos y nos pone siempre en peligro de destruir el
precioso don de nuestra propia libertad. Creemos de veras en
Dios, el Padre omnipotente, si creemos en la libertad para el bien,
en la posibilidad de crecer en esta libertad y en la liberación de
todos los hombres, y nos esforzamos por conseguir todo esto.
Señor, creemos en tu amor todopoderoso. Señor, haznos libres.

Creemos en el Padre todopoderoso, Creador de todas las cosas:

Todo cuanto el Padre omnipotente ha puesto en nuestras ma-


nos, nuestro talento, nuestra educación, todos los bienes terrenos,
nos ayudan a lograr una mayor libertad si los utilizamos con autén-

156
Fe en la libertad de todos los hombres

tica libertad interna y con esa misma libertad, los ponemos al servicio
de nuestros hermanos y hermanas.
Creemos en la libertad perfecta en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo
del hombre:
Con plena libertad interna hízose Jesús siervo de Dios y de todos
los hombres, a fin de liberarlos para el amor a Dios y al prójimo.
Púsose enteramente al servicio del plan del Padre de liberar a todos los
hombres de la esclavitud del pecado y sacarlos del círculo infernal de la
ambición de poder.
Padre omnipotente, creemos en la libertad perfecta de tu Hijo, de
tu siervo Jesús. Creemos que, sí seguimos sus huellas, estaremos en el
camino hacia la verdadera libertad.
Señor, creemos en tu amor todopoderoso. Señor, haznos libres.
Creemos que en su infinita libertad el Hijo amadísimo del Padre
escogió la pobreza para hacernos ricos:
Su obediencia no tiene otro fin que hacer visible para nosotros el
amor liberador del Padre. Es el siervo más libre del Padre y hermano de
todos los hombres aun en el madero de la infamia. Su resurrección nos
garantiza el triunfo definitivo de una total liberación, con tal que
estemos dispuestos a recorrer el camino con él.
Señor, si de verdad creemos en ti, te seguiremos por el camino de
la cruz hacia la libertad.
Señor, creemos en tu amor todopoderoso. Señor, haznos libres.
Está sentado a la derecha del Padre, y su reino no tendrá fin:
El reino de la libertad, hacia el que Cristo abrió nuevas vías en la
historia, se halla sólidamente fundado. Pertenecemos a dicho reino si
recibimos agradecidos la libertad como una gracia y hacemos fructificar
en nosotros su germen. En el reino de Cristo la libertad de todos es la
libertad de cada uno, y la libertad de cada uno la de todos. Sólo
podemos ser internamente libres si sentimos como cosa nuestra la
libertad de todos para el bien.
Señor, creemos en el reino de tu amor. Creemos en la libertad;
Señor, haznos libres.
157
La oración de la fe

Y de nuevo vendrá para juzgar a vivos y muertos:

Tendremos parte en el triunfo de la libertad y entraremos en el reino


de la libertad eterna si tenemos ahora valor para ponernos del lado de los
pobres y oprimidos, de los encarcelados y despreciados. Si utilizamos los
dones de Dios para subvenir las más graves necesidades de nuestros
semejantes, seremos por siempre libres y oiremos el llamamiento del
Señor: «Venid, benditos, al reino de mi Padre.»
Señor, creemos en nuestra misión de trabajar por la libertad de
todos. Señor, haznos libres.

Creemos en el Espíritu Santo, dador de vida, que con el Padre y el


Hijo recibe una misma adoración:

Donde está el Espíritu de Dios, allí está la libertad. Sabemos que nos
guía el Espíritu, cuando de todo corazón adoramos a Dios y nuestra
gratitud por sus dones determina todas nuestras decisiones. Adoramos
al Espíritu Santo cuando aceptamos por válidas las diferencias humanas
y tenemos la suficiente libertad interna para colaborar con todos los
hombres de buena voluntad.
Señor, creemos que en espíritu de adoración humilde podemos
distinguir la verdadera libertad de las mentiras que nos hablan de
libertad. Señor, creemos; haznos libres.

Creemos en el Espíritu Santo, que habló por los profetas:

Los profetas son hombres libres. Han hallado su centro en Dios.


Vienen del desierto de la sencillez, y por eso tienen valentía para trabajar
por sus hermanos. No buscan ventajas ni honores terrenos, y así pueden
estar de parte de los oprimidos. Creemos de veras en el Espíritu Santo
cuando en pobreza evangélica nos esforzamos por conseguir esa
libertad interna.
Señor, creemos en el don y tarea de la libertad. Señor, haznos libres.

158
Fe en la libertad de todos los hombres

Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica:

Somos Iglesia cuando permanecemos unidos para servir la causa


de la libertad dentro de la misma Iglesia y en el mundo. Somos
Iglesia siempre que ayudamos a los hombres a distinguir la ver -
dadera libertad de los falsos tópicos. Damos gracias a la Iglesia
por el mensaje de la libertad evangélica y la ayudamos a cumplir
con su misión, cuando no aspiramos a recompensa alguna.
Señor, creemos en la Iglesia como baluarte de la libertad cuan -
do seguimos el ejemplo de los santos. Señor, haznos libres.

Creemos en un solo bautismo para el perdón de los pecados:

Te alabamos, Padre, por la libertad interna con que tu siervo


Jesús recibió el bautismo de esperanza y sufrió el bautismo de
sangre en la cruz por los pecadores. Señor, te damos gracias por -
que nos enviaste a tu Hijo para que nos bautizara en el Espíritu
Santo y nos hiciera libres para la solidaridad de la salvación. El
mundo conocerá que Jesús os ha bautizado en el Espíritu Santo
cuando la libertad de todos los hombres sea de interés primordial
para nosotros y cuando una y otra vez te la pidamos humildemente
a ti, Padre todopoderoso, como una gracia.

Señor, creemos en la fuerza liberadora del bautismo y de la


conversión interior. Señor, haznos libres.

Creemos en la comunión de los santos:

Nuestra fe en la libertad y nuestra disposición a trabajar por


la liberación de todos se refuerza poderosamente con el ejemplo
de los santos. Ellos fueron verdaderamente libres para el Señor y,
por ende, para sus hermanos y hermanas. Nosotros pertenecemos
Ya ahora a su número, y por ello podemos cada día dar un paso
más hacia una mayor libertad.
Señor, creemos, a pesar de nuestra debilidad, que nos quisiste
libres y que para darnos la libertad nos salvaste. Señor, haznos libres.

159
La oración de la fe

Creemos en la resurrección de los muertos y la vida del mundo


futuro:

En la medida en que vivimos de la fe y nos alegramos en la fe,


nos sentimos libres del poder colectivo del pecado y del temor
a la muerte. Porque creemos en la victoria definitiva del Señor
podemos trabajar por el derecho y la libertad de todos con pacien-
cia y total espontaneidad.
Señor, danos una fe fuerte y alegre que nos ayude a trabajar
unidos por la libertad, interna y externa. Señor, creemos, haznos
libres.

160
Capítulo sexto

EL DIÁLOGO DE LA FE Y LA ORACIÓN

EXPERIENCIA RELIGIOSA Y ORACIÓN COMUNITARIA

A consecuencia del antimodernismo cayó en descrédito la expre-


sión «experiencia religiosa», que desapareció casi por completo
del vocabulario de los católicos. Se hizo hincapié en la «oración
objetiva» y el árido acto de voluntad. Toda plegaria destinada a ser
pronunciada en un acto público de devoción o en una celebración
litúrgica había de someterse primero a la censura de las autoridades
eclesiásticas. Lo que a éstas interesaba no era tanto la expresión
de una experiencia vital o de un diálogo vivo como, sobre todo,
la corrección dogmática de la fórmula.
La corriente principal de la tradición católica reservó siempre,
sin embargo, un puesto de honor a la experiencia religiosa y a su
comunicación en el diálogo de la fe. El concepto de la «gloria de
Dios» en el Antiguo Testamento implica una viva experiencia
personal de su santidad, del fuego purificador de su venida y del
gozo por su presencia. Asimismo en la vida de santa Teresa de
Jesús, de san Juan de la Cruz y de sus respectivas comunidades
desempeñó un papel esencial la experiencia religiosa como vivencia
comunicable de fe.
El movimiento iniciado por los jóvenes después de la primera
guerra mundial hizo que renaciera el interés por la experiencia
religiosa y ayudó a que se superaran los temores antimodernistas.
La autenticidad y hondura de la experiencia religiosa es hoy tema
primordial, sobre todo entre los jóvenes que se interesan por la fe.

161
El diálogo de la fe y la oración

La apertura artificial del propio espíritu a dicha experiencia por medio del
LSD y otras drogas no es sino una forma extraviada en que algunos
expresan su hambre de una experiencia más profunda de la realidad
religiosa. Millones de jóvenes en diversos países siguen al joven
Maharaj-Ji, que les promete el conocimiento, es decir, una experiencia
vital de la luz divina. En todas partes encontramos grupos de oración,
muchos de ellos desligados de toda institución eclesiástica, formados
por jóvenes que se han unido para orar de un modo espontáneo y
expresar sin trabajos sus opiniones y sentimientos sobre la realidad de
fe.
El modo insistente en que el concilio Vaticano II subrayó la
presencia y acción del Espíritu Santo dio un poderoso impulso a una
mayor espontaneidad y libertad creativa en la oración tanto comunitaria
como individual. «Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios,
éstos son hijos de Dios. Y vosotros no recibisteis un Espíritu que os
haga esclavos..., sino que recibisteis un Espíritu que os hace hijos
adoptivos, en virtud del cual clamamos: Abba! , ¡Padre! El Espíritu
mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios»
(Rom 8, 14-16).
El diálogo de la fe, que se traduce en expresión espontánea de
alabanza, acción de gracias, humildad y petición, es como un coro en el
que muchas voces se juntan para confesar una sola fe en un único
Padre, para fortificar su única esperanza en Cristo y para invitar a la
confianza en el Espíritu Santo. Muchas veces fui yo mismo testigo del
cántico de nutridos grupos pertenecientes al movimiento pentecostalista
o, como ahora se llaman, a movimientos de renovación carismática,
donde todos cantaban en diversas lenguas de tal modo que de sus voces
diferentes llegaba a brotar un solo coro armónico. Esto pudiera ser un
símbolo de lo que significan teológicamente el diálogo de la fe y la
espontánea oración comunitaria.

En el profundo cambio cultural por el que atravesamos actual-


mente, la expresión espontánea de fe es un testimonio de que creemos
en el Dios viviente, en el Señor de la historia. Movidos por el Espíritu
expresamos nuestra fe como hombres de nuestra época y de una cultura
concreta. El diálogo de la fe puede contribuir en gran manera a superar
la crisis actual de fe y a dar un

162
El diálogo de la fe como meditación comunitaria

nuevo impulso al anuncio de la buena nueva en el mundo de hoy.


Esta nueva apertura a una libertad creativa en la oración puede
también hacernos más capaces de vivir la liturgia.
Un grupo de misioneros católicos, juntamente con hermanos de
Taizé, se dedica a visitar regularmente gran número de aldeas y
localidades mahometanas. Cada vez les invitan más comunidades. No
van a predicarles, sino a meditar en común con la gente del pueblo las
parábolas del Señor y fragmentos escogidos del Corán. Todos toman
parte activa en este diálogo de la fe y en la oración común de alabanza
y acción de gracias. Orando aprenden más sobre Cristo, los profetas y
los adoradores perfectos del Padre, que mediante cualquier tipo de
mera instrucción teórica. Personalmente opino que esta experiencia
religiosa es una de las formas mejores de evangelización.

EL DIÁLOGO DE LA FE COMO MEDITACIÓN COMUNITARIA

Una comunidad de fe no se concibe sin alabanza en común al


único Dios y Padre. Lo que, sin embargo, caracteriza el diálogo de la
fe y la meditación comunitaria es la expresión espontánea de fe,
esperanza y caridad. No nos reunimos simplemente para recitar
plegarias en común, sino también y sobre todo para sostenemos y
fortificamos mutuamente en la fe y alegría del Señor.
No es normal una situación en que hombres adultos reunidos
para orar no expresen de alguna manera su libertad creadora y
espontaneidad. Esto se percibe con toda viveza hoy día en muchas
partes del mundo, sobre todo en ambientes juveniles. El diálogo de la
fe en la meditación comunitaria tiene profundas raíces en todos los
sectores de la cristiandad, y no menos que en otras partes en la
tradición católica. La apertura a la acción del Espíritu Santo se
traduce en una comunicación mutua de ideas y experiencias. Es un
escuchar comunitario de la palabra de Dios y un común esfuerzo por
investigar los signos de los tiempos. Una oración que jamás se
desborde de los cauces de la repetición de meras flámulas establecidas
difícilmente podrá convertirse en oración de la vigilancia. Esto no
excluye que también la oración preformulada tenga un

163
El diálogo de la fe y la oración

puesto en estos grupos. Pero de la misma manera que los niños


no se dirigen a sus padres recitando solamente versos aprendido s,
sino que los escuchan, les contestan y les exponen espontáneamente
sus sentimientos, así también en la meditación comunitaria.
La meditación comunitaria y el diálogo de la fe tienen tantas
formas diversas de expresión como culturas y situaciones vitales
existen. Uno de los modelos más sencillos es el del cuáquero.
También en la Iglesia católica tiene una larga tradición. San Alfonso
María de Ligorio, gran moralista y maestro de oración, utilizó
esta modalidad no sólo con sus hermanos en religión, sino también
en los numerosos grupos de oración que organizó en la región
de Nápoles.
Especial importancia reviste la plegaria introductoria. Puede
ser una oración preestablecida, por ejemplo el padrenuestro o «Ven,
Espíritu Santo». Pero es mejor comenzar por una oración espon-
tánea que responda enteramente a la situación de los
participantes y que les haga especialmente conscientes de la
presencia del Señor. Tal tipo de oración puede ayudar en gran
manera a que todos profundicen en esta conciencia de que se hallan
reunidos en el nombre de Jesús. A continuación se lee un
fragmento de la Sagrada Escritura o de otro libro. Es bueno que los
presentes conozcan ya de antemano el texto. Una pequeña
intervención personal del responsable de turno para ese día sería
muy de desear. Luego siguen de cinco a diez minutos de
meditación en silencio. Cada uno se pregunta personalmente lo que
significa para él el mensaje y don de Dios. Después viene el
discurso de fe, el intercambio de ideas y experiencias internas.
Este diálogo desemboca con frecuencia en oración de petición,
alabanza y acción de gracias, dirigida directamente a Dios. Con este
sincero intercambio de oración espontáneas se abren nuevos
horizontes. El grupo se vuelve más vigilante para la venida del Señor
y el aprovechamiento de las oportunidades que ofrece la hora
presente. En la espontánea expresión de fe se hace más honda la
alegría de esta fe y nuestra disposición a buscar cuál sea la
voluntad de Dios.

Una de las condiciones fundamentales para este modo de ora-


ción es la confianza mutua. En la reflexión comunitaria y el discurso
de fe en oración común no hay lugar para antagonismos, querellas
164
Las diversas ocasiones para el diálogo de la fe

o críticas. Nadie trata de hacer literatura en su plegaria espontánea.


Cada uno ha de aceptar la imperfección de sus propias reflexiones
Y de las de los demás. La participación de personas de diversos
caracteres y dones de gracia puede hacer que incluso una expresión
imperfecta contribuya poderosamente al resultado total del con-
junto. La confianza en Dios y la confianza de unos en otros producen
un medio divino y fomentan el espíritu comunitario.

LAS DIVERSAS OCASIONES PARA EL DIÁLOGO DE LA FE

La espontaneidad y libertad creativa que caracteriza los grupos


de oración repercute en la vida de cada uno de los participantes, de
su familia y amistades. Todos aprenden a expresar espontánea -
mente su gratitud a Dios en las diversas situaciones de la vida,
a buscar en todo la voluntad de Dios y a consolidarse en un modo
de ver las cosas como creyente. No sólo en los momentos señalados
para orar, sino ante todos los acontecimientos ordinarios, hemos de
tratar de descifrar juntos los signos de la presencia de Dios.
En las familias, la oración de la mañana y de la noche, el
examen de conciencia vespertino, la reunión de todos los miembros
en torno a la mesa, ofrecen múltiples ocasiones para expresar di-
rectamente la fe y orar espontáneamente. Es sin duda un fracaso
parcial cuando el diálogo de la fe queda reducido a una simple
ronda de oración preorganizada.
Las nuevas normas litúrgicas y el espíritu de las prescripciones
conciliares no sólo permiten, sino que aun favorecen la expre-
sión espontánea en las diversas partes de la liturgia. Claro está
que nuestro culto divino comunitario no puede vivir de mera es-
pontaneidad e iniciativa creadora. Necesita de un armazón sólido.
A nosotros corresponde hallar el justo medio entre anarquía y
simple repetición mecánica.
Exhortación penitencial al principio de la misa y cultos peni-
tenciales:
El rito penitencial que sirve de introducción a la misa sólo
será verdaderamente fructífero si las fórmulas oficiales ceden
cada vez más el puesto a una expresión espontánea de acuerdo con

165
El diálogo de la fe y la oración

la situación presente en cada caso. El sacerdote ha de invitar cor-


dialmente a la comunidad a abrirse a la gracia de la eucaristía, que
precisamente se celebra también para el perdón de los pecados.
Las preguntas que hacemos a nuestra conciencia han de ir ligadas
a los acontecimientos de nuestra propia vida y a los textos litúr-
gicos. Cuando una auténtica espontaneidad y vigilancia llega a carac-
terizar estos ritos penitenciales, se convierten entonces en una
excelente oportunidad para ir formando constantemente nuestra
conciencia. Es deseable que no sea sólo el sacerdote quien se limite
a pronunciar con sus propias palabras la oración absolutoria, sino
que a su vez los fieles expresen en oración humilde su confianza
en el amor salvador de Dios.
La liturgia penitencial ha ido adquiriendo una importancia cada
vez mayor en toda la Iglesia junto a la confesión individual pro-
piamente dicha. Puede ser especialmente útil cuando une en común
celebración a quienes también trabajan juntos en la vida ordinaria.
Esto no excluye en modo alguno que se celebren actos penitenciales
en los que participan grandes multitudes de fieles. Pero en tales
casos es de desear que se formen grupos más pequeños y perso-
nalizados para examinar su conciencia en común y alabar
juntos a Dios por su misericordia, comprometiéndose cada vez sus
miembros a ser mensajeros de paz y servidores de la reconciliación,
y a hacer de este modo visible la misericordia divina. El oficio peni-
tencial acabará ordinariamente con un acto de alabanza a Dios por
sus gratuitos favores, y se darán también indicaciones concretas
sobre la manera en que hemos de responder en toda nuestra vida
a la misericordia de Dios y vivir juntos las bienaventuranzas:
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán mi-
sericordia.»

LA RESPUESTA COMUNITARIA A LA PALABRA DE DIOS

El modelo de contemplación de los cuáqueros y de san Alfonso,


que hemos descrito anteriormente, puede también aplicarse a la
liturgia, especialmente cuando se trata de una comunidad pequeña
de fieles. En estos casos es bueno que, además de anunciar el sacer-

166
La oración de los fieles
dote la palabra de Dios, los fieles participantes puedan también
comunicarse unos a otros el fruto de sus meditaciones. A lo largo de
mi vida he tenido ocasión de oír excelentes sermones y predicaciones.
Pero ninguno de ellos me ha hecho vibrar personalmente tanto como
el discurso de fe en este tipo de comunidades litúrgicas.

LA CONFESIÓN COMUNITARIA DE FE
En el capítulo anterior he presentado algunas formas en que
podemos, fuera y dentro de la celebración de la misa, expresar en
común nuestra fe y hacerla fructuosa para nuestra vida. Las fórmulas
de fe tradicionales son bellas y profundas, pero, a fuerza de repetirlas
siempre literalmente, acabamos por distraernos y no llegamos a
descubrir su hondura. Es bueno que aprovechemos las diversas
ocasiones que se nos ofrecen para aplicar la dinámica de la fe a las
tareas y posibilidades concretas de nuestra vida concreta. La confesión
de fe tiene mucho y maravilloso que decir sobre alegría, unidad,
dignidad de cada hombre, reconciliación, paz, misericordia,
compasión, humildad, generosidad, pureza de corazón, honradez y
lealtad, confianza mutua, etcétera. La invocación comunitaria después
de cada artículo de fe es una excelente ayuda para transformar la
confesión de fe en auténtica oración.

LA OR AC IÓN DE LOS FIELES

El diálogo de la fe y la meditación comunitaria del Evangelio llevan


de ordinario a una oración espontánea de petición y alabanza. Pero
también allí donde no tiene lugar el diálogo de la fe después de las
lecturas es de desear que los fieles tomen parte activa en la oración
impetratoria. Se han ensayado dos posibilidades. Una es la
participación espontánea de los diversos fieles en particular. La otra
consiste en formar grupos de meditación que se preguntan por los
fines y peticiones fundamentales de su oración y de su vida, y que
reflexionan en común sobre el modo de darles expresión en la
liturgia. En muchas parroquias se acostumbra también a que
167
El diálogo de la fe y la oración

los fieles formulen por escrito sus peticiones y las entreguen al


sacerdote o al lector. En las comunidades pequeñas la oración de
los fieles puede ir ligada al ofertorio. Al depositar la hostia en la
patena, cada uno formula en voz alta su intención o su ruego.

L A AC C IÓN DE GR AC IA S DE SP U É S DE L A C OM U N IÓN

Eucaristía significa literalmente acción de gracias. La Iglesia


desea que cada fiel disponga después de la comunión de un tiempo
de silencio que le dé oportunidad de alegrarse en el Señor y de
preguntarse de qué manera esta fiesta eucarística se traducirá ahora
en su vida, de suerte que todo se convierta en pequeñas comuni-
dades, es costumbre que todos, según se lo inspire el Espíritu,
acaben uniendo sus voces en un acto común de alabanza a Dios.
Así es como surgieron muchos salmos. Llenos los participantes del
espíritu de acción de gracias, cada uno de ellos puede expresar en
alto su motivo personal, de modo que todos se llenen aún más de
dicho espíritu y vean con mayor claridad cómo podrán vivir diaria-
mente la eucaristía.

LA ORACIÓN DE LAS HORAS

El diálogo de la fe y la alabanza espontánea a Dios en un grupo


de oración puede sustituir a veces al oficio divino. Esto ayudará
a que todos los participantes comprendan mejor el significado de
las horas canónicas. No obstante, aun en el contexto de estas
últimas, establecidas por la Iglesia institucional, queda lugar para
una expresión espontánea. Esto será de especial aplicación cuando
un pequeño grupo reza en común el breviario. Pero también en
grupos mayores son posible la oración espontánea y la reflexión
comunitaria después de las lecturas. De esta manera el oficio divino
expresará aún con más viveza la vigilancia de la Iglesia y fortifi-
cará el espíritu de fe de los que oran.
Señor, Dios nuestro, haz que tu Iglesia vuelva a vivir una y
otra vez el acontecimiento de pentecostés. Envíanos tu Espíritu
168
La oración de las horas
para que de la diversidad de nuestros caracteres, temperamentos,
talentos, alegrías y penas brote un único acto de alabanza
por tu bondad.
Danos una comunidad de hermanos y hermanas que, por su fe
honda y su espíritu de oración, nos fortifiquen y animen siempre
que nuestra fe amenace debilitarse.
Únenos, Señor, en la alegría de la fe, para que podamos
servir de apoyo y ayuda a los angustiados y oprimidos.
Ven, Espíritu Santo, líbranos de toda mezquindad, de la
soledad, del miedo y la desconfianza. Haz que experimentemos
cada vez con más fuerza que tú actúas en todos, por todos y para
todos. Haznos dóciles a tus inspiraciones, que nos llaman a la
solidaridad y a la unidad. Haz que toda nuestra vida no sea sino
un gozoso clamor: «Abba, Padre, Padre nuestro.»

169
Capítulo séptimo

ESCUELAS DE ORACIÓN

Toda comunidad en la que unos hombres se encuentran reunidos


en la fe, la esperanza y el amor de Dios, se convierte en una es -
cuela de oración. Todos sus miembros se ayudan unos a otros a unir
sus experiencias y su búsqueda de lo bueno y verdadero en común
adoración a Dios, a buscar su centro en Dios y a rogar una y otra
vez al divino Maestro con su oración y su vida: «¡Señor, enséñanos
a orar!» No sólo tenemos necesidad del apoyo de nuestra propia
familia y comunidad natural, sino también de comunidades de fe
que nos sirvan de ejemplo y nos ayuden a hallar la síntesis de
nuestra vida en la fe, la vigilancia y la alabanza a Dios. El divino
fundador quiso que su Iglesia fuese una escuela y «casa de ora -
ción» para todos los pueblos y todos los tiempos. «Y los condu-
ciré a mi santa montaña, y los alegraré en mi casa de oración; pues
mi casa ha de ser casa de oración para todos los pueblos» (Is 56, 7).
Por eso, una de las preguntas más serias que ha de plantearse
en conciencia la Iglesia en su conjunto y cada una de sus comu-
nidades en particular es si son realmente casa y escuela de oración.
Si todos llegamos a alegrarnos juntos en el Señor, aprenderemos
más fácilmente a adorar a Dios «en espíritu y en verdad». Je sús
da rienda suelta a su enojo cuando ve que el templo de Jerusalén
se ha convertido en mercado público, en un antro de codicia y
disipación. «Escrito está: Mi casa ha de llamarse casa de oración,
pero vosotros la estáis convirtiendo en guarida de ladrones» (Mt
21, 13).
Nuevas necesidades exigen nuevos esfuerzos.
171
Escuelas de oración

Cada hombre, en las diversas situaciones y ante los varios inte-


rrogantes que le plantea su vida, tiene que aprender siempre de
nuevo lo que significa hallarse en la presencia del Dios vivo y
manifestarle su propia vida en la fe. La Iglesia, que protagoniz a
un grandioso éxodo, entra ahora en una nueva era. Su fe es
siempre la misma, pero sólo puede ser sal de la tierra y levadura
en la masa si consigue también expresar en la correspondiente forma
de oración el gozo y la libertad de la buena nueva.
Un movimiento, que ha logrado extenderse casi por todo el
mundo católico, se denomina a sí mismo «Casa de oración». Su ob-
jetivo principal es superar la crisis de fe mediante una integración
de fe y vida en la oración. Su razón de ser fundamental estriba
en la persuasión de que toda renovación y reconciliación verdaderas
tienen en la oración su centro. Por supuesto, no es suficiente exhortar
a nuestros semejantes y decirles: ¡Orad! Nuestro afán principal ha
de ser ayudarles a que aprendan a orar, y no de otra manera que
como hombres pertenecientes a su propia época y cultura. Necesi-
tamos escuelas de oración con una espiritualidad realista. Todos
nosotros, sacerdotes, religiosos, seglares, no somos sino aprendices
en el terreno de la fe y de la oración.
El nuevo espíritu, que emana del concilio Vaticano as, y la vi-
gilancia ante los signos de los tiempos se han ido expresando en
diversos grupos, movimientos y esfuerzos, cuyo denominador común
es renovar la vida de oración. El movimiento pentecostalista católico,
también llamado de renovación carismática, ha tenido eco universal.
Sus grupos de oración han formado comunidades por todas partes y
promovido el espíritu de alegría y alabanza de Dios. Junto a éstos
existen también muchos otros grupos que, a su manera, tratan igualmente,
en la oración, de buscar su centro en Dios. Son muchos los individuos y
grupos que buscan y encuentran a su modo el espíritu del todo en la
oración.

Cada comunidad religiosa debiera ser, por su propia naturaleza, un


modelo de comunidad de fe, una casa ejemplar de oración. Muchas de estas
comunidades se ven, empero, obligadas a reconocer con humildad que se
requieren esfuerzos heroicos para poder llegar a ser lo que se debiera ser.
Por ello, más de un centenar de congregaciones religiosas han abierto
nuevas casas de oración en

172
Escuelas de oración

los últimos tiempos. Buscan sobre todo una integración entre con-
templación y apostolado, tratan de dar testimonio radical sobre la
prioridad de la oración. Intentan encontrar una forma de
comunidad que exprese y fomente esa tendencia. En cierta ocasión
pregunté a una estudiante universitaria, una judía convertida que
acababa de pasar dos meses en una de estas casas de oración, qué es
lo que había aprendido allí. Su respuesta no deja de ser típica: «He
experimentado lo que es una auténticas comunidad de fe.» Los cris-
tianos, tanto religiosos como seglares, que se reúnen en las casas de
oración, no buscan sólo formar de alguna manera una comunidad,
sino una comunidad que viva en la presencia de Dios. El objetivo
principal de todos es renovarse en la oración.
Las casas de oración han hecho suyo el anhelo fundamental de
Mahatma Gandhi. Cuando inició, primero en Sudáfrica y luego en la
India, su espontánea cruzada por la liberación de todos los pueblos
y personas, comenzó por fundar sus famosas asrams, es decir, casas
de oración. Reconocía que sólo quienes han alcanzado una plena
conciencia de su propia unión con Dios pueden vivir la unidad de
todos los hombres y de la creación entera de un modo tal, que
lleguen a ser capaces de amar aun a aquellos a quienes han de
oponerse. Gandhi sabía también que no nos es posible llegar a esa
plena unión con Dios si no hacemos de la unidad, justicia y paz
entre todos los hombres el motivo fundamental de nuestras vidas.

Como la renovación de la vida de oración en su conjunto, así


también las casas de oración han recibido un poderoso estímulo del
concilio Vaticano II, que tanto hincapié ha hecho en el espíritu de
iniciativa, libertad creadora y vigilancia ante los signos de los
tiempos, frutos todos éstos de una vida en el Espíritu. El éxito del
Concilio dependerá sobre todo de que la Iglesia llegue a renovarse
en la oración y a convertirse de este modo en un sacramento eficaz
de la reconciliación con Dios y de la reconciliación de los hombres
entre sí.
Las comunidades contemplativas de hombres y mujeres no
representan en sus mejores momentos una huida ante las dificul-
tades de la vida, sino un intento radical de llevar a cabo la síntesis
entre el amor a Dios y el amor al prójimo, entre oración y vida

173
Escuelas de oración

comunitaria. La «Asociación de Órdenes Contemplativas Femeni-


nas», fundada en Norteamérica en 1969, tiene por objeto renovar esta
tradición. Es un hecho inapreciable que sacerdotes, seminaristas y
numerosos grupos de seglares acudan a estas hermanas en busca de
orientaciones para su vida de oración. Para las mismas hermanas es
esto un constante estímulo que las incita a crecer continuamente en el
espíritu de oración y a acercarse internamente a los afanes, alegrías y
penas de sus semejantes.
Hace aproximadamente diez años tuve ocasión de formular a
cierto número de comunidades contemplativas de estricta observancia,
femeninas o masculinas, las siguientes preguntas:
1. ¿Creen ustedes que su comunidad podría servir de escuela de
oración a sacerdotes o a miembros de comunidades que trabajan en un
apostolado activo?
2. ¿Qué piensan ustedes del plan de animar a miembros de
congregaciones religiosas, sacerdotes seculares y cristianos laicos a que
vivan juntos formando una comunidad, con el fin principal de integrar
en la oración su fe y su vida y de comunicar a otros su alegría de orar?
La mayoría de mis amigos contemplativos respondieron a la
primera pregunta reconociendo sinceramente que, dado su estilo de
vida y de oración, no se encontraban a la altura de esa tarea. Pero
todos me animaron insistentemente a promover el nuevo modelo de
casas de oración. No pocos entre mis amigos formularon la esperanza
de que tanto ellos mismos como sus comunidades podrían recibir
importantes sugerencias y estímulos de dichas casas.

DIVERSOS TIPOS DE CASAS DE ORACIÓN

La nueva casa de oración es distinta no sólo del convento de


clausura, sino también de una casa de ejercicios tradicional. Su fin no
es reunir un grupo de trabajadores o empleados apostólicos que
prediquen a los demás. Su objetivo primordial consiste en reunir a
unos hombres cuya meta primera es transformar su vida entera en la
oración para «adorar a Dios en espíritu y en verdad».

174
Diversos tipos de casas de oración

Se insiste en el concepto de comunidad, en un común aprendizaje


de cómo puede todo transformarse a la luz de la fe en la presencia
amorosa del Creador y Redentor.
Las casas de oración surgen ahora con nombres diversos, tales
como «escuelas de oración», «esperanza», «casa de renovación es-
piritual», etc. La primera iniciativa vino de una serie de congre-
gaciones religiosas femeninas, que abrieron una casa de oración
como parte integrante y central de sus respectivas congregaciones.
La casa de oración está primariamente al servicio de sus propios
miembros, pero siempre con vistas a la renovación ascética de toda
la Iglesia. En la actualidad hay casas de oración para religiosas y
religiosos no sacerdotes, y para clérigos tanto regulares como
seculares. Toda una serie de casas de oración son ecuménicas, para
sacerdotes, hermanos, pastores de todas clases y seglares en común.
Especialmente en Iberoamérica y en Sudáfrica, las casas de
oración suelen estar íntimamente ligadas a una teología de la li-
beración, según la espiritualidad de Mahatma Gandhi. La meditación
de las palabras de Dios hecho hombre desemboca en un espontáneo
compromiso de trabajar por la liberación de todos los hombres.
Todas las casas de oración en diversos continentes muestran una
especial predilección por los pobres y desposeídos. Esto no puede
ser de otra manera, si la renovación de la vida de oración se hace
según la tradición de los profetas. Pero dicha solicitud no se limita
únicamente al pobre en bienes materiales: Pueden considerarse
pobres y desgraciados todos los hombres que aún no han
encontrado la dimensión espiritual de su vida.
Unas cuantas casas de oración ofrecen la posibilidad de hacer en
ellas ejercicios espirituales, generalmente bajo la dirección individual
de un miembro de las mismas, es decir, en un tipo de relación
enteramente personal. Pero el factor decisivo es el ambiente de la
comunidad como tal, en que cada uno trabaja sobre todo por
aprender cómo adorar a Dios en el espíritu y en la verdad.
Existen también casas de oración temporales, situadas junto a
conventos o casas religiosas. La mayoría de estas casas de oración
son fundaciones de órdenes dedicadas al apostolado activo.
175
Escuelas de oración

Un núcleo de tres a doce miembros asegura su continuidad. Sue-


len permanecer abiertas durante uno o más años, sin que se excluya
una permanencia indefinida si tal es la voluntad de la comunidad y
su propio carisma lo sugiere. Estas casas no han sido pensadas
para personas hartas de la vida apostólica. Al contrario, quien se
inscribe para pasar una temporada en ellas ha de estar dispuesto
a volver a sus actividades apostólicas aún con mayor celo. Pero,
ya se quede o vuelva a su apostolado, su programa de vida ha de
ser siempre contribuir a que toda comunidad y la Iglesia entera
respondan a la promesa del Señor de ser, cada vez con mayor
autenticidad, «casa de oración para todos los pueblos».
Todas las casas de oración buscan unir la contemplación a la
vigilancia ante los signos de los tiempos. Las que yo conozco ejercen
un influjo considerable en la vida de muchos sacerdotes, tanto
religiosos como seculares. Para muchos de ellos se han convertido
en escuelas de oración. Pero la intención principal no es dar con-
ferencias sobre renovación espiritual, sino, juntamente con todos
los que vienen, aprender a situar la oración en el primer puesto
de todo y a realizar en ella la síntesis entre fe y vida.
Asimismo son muy numerosas las casas de oración temporales
a corto plazo. Miles de sacerdotes, religiosos y seglares vienen
reuniéndose en ellas en los últimos años durante períodos de cuatro
a seis, ocho o diez semanas para, en comunidad, crear un medio
espiritual favorable, que les permita encontrar cierto sosiego lejos
de sus inquietudes y actividades ordinarias y llevar a cabo una
auténtica integración de su vida. Esta iniciativa ha trascendido
ya, saliéndose del marco de las casas de oración permanentes.

E XP E RIE NC IAS Y RE F LE XIONE S

Para mí y para muchos otros, que han tenido contacto con


las casas de oración, la primera impresión es su ambiente de ale-
gría, de paz, de confianza mutua y lealtad; un medio divino, que
ejerce una influencia benéfica. Por otra parte, en las casas de
oración se encuentran reunidas personas que han venido por mo-
tivaciones y en busca de cosas diferentes. Tal diversidad, sin em-

176
Experiencias y reflexiones

bargo, se convierte en muchos casos en un auténtico enrique-


cimiento, al abrirse la comunidad a la acción del Espíritu; el Es -
píritu de Dios es factor de unidad en la diversidad. Mientras sea
preocupación primordial de cada uno transformar su vida para
convertirla en acto de alabanza a Dios, todos se aceptarán unos
a otros en sus diferencias y considerarán esto como un don, un enri-
quecimiento.
Las casas de oración pretenden realizar una síntesis entre li-
bertad y lealtad creadora. Mientras todos permanezcan unidos por
una meta e ideal comunes, no tendrán necesidad de demasiadas
reglas, que fácilmente podrían ahogar la iniciativa creadora. Una
constante disposición a hacer juntos la propia revisión de vida y
una gran confianza mutua garantizan la necesaria estabilidad. Jun-
to a la liturgia y el diálogo de la fe, la meditación y alabanza a
Dios en común, ocupa también un puesto de honor el silencio.

En las casas de oración pueden todos apreciar directamente


los frutos del Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, comprensión,
benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza» (Gál
5, 22).
Tales escuelas de oración son también, de paso, escuelas de fe.
En ellas se estudia teología orando. Se prefieren los libros que
más inciten a alabar a Dios, a la alegría, a la paz interior y al
celo por la salvación del mundo. La preocupación esencial de todos
es crecer en el conocimiento de Dios y de los hombres, para así
llevar a cabo la síntesis entre el amor a Dios y el amor al prójimo.
Una religiosa, que posee el título de doctor en teología y que
durante muchos años ha venido enseñando esta ciencia con gran
aceptación, decía que en seis semanas de retiro en una casa de
oración había aprendido más que durante todos sus años de es-
tudio y enseñanza. Por lo que a nosotros toca, abrigamos la espe-
ranza de que de estas casas de oración salgan también valiosos
estímulos para una renovación de la teología en su sentido más
existencial.

El espíritu de libertad y lealtad creadora, que caracteriza las


casas de oración, se traduce también, sin duda, en frutos de apos-
tolado. Una persona o una comunidad, que hayan logrado inte-
grarse plenamente en la oración, son más importantes para la

177
Escuelas de oración

evangelización del mundo que cientos de miles de activistas infati-


gables o de atareados funcionarios. Por ello, la renovación del apos-
tolado corre parejas con el espíritu de oración.
Algunas religiosas, después de haber pasado cierto tiempo en
una casa de oración, se ofrecieron como asistentes para ayudar y
socorrer a los encarcelados. Éstas y otras han conseguido en algu-
nas prisiones formar grupos de oración con los presos. Innume-
rables son también las iniciativas en pro de los enfermos o para
visitar personas que se encuentran solas y aisladas, no sólo para
prestarles servicios y hablar con ellas, sino también para prolon -
gar este diálogo de la fe en la oración y meditación.
Uno de nuestros afanes más importantes debe ser la oración
en familia. No pocas familias cristianas se han visto estimuladas en
este sentido, tanto por grupos aislados como por casas de oración.
De modo especial parecen interesarse numerosos jóvenes que van
tras una experiencia religiosa más auténtica.

¿UNA ESPERANZA O UN SUEÑO?

El futuro de la Iglesia y su servicio por la salvación del mun -


do dependen sobre todo de si somos capaces de leer correctamente
los signos de los tiempos y estamos dispuestos a asumir las res-
ponsabilidades correspondientes. La sociedad de consumo y opu-
lencia, con su confianza casi religiosa en el progreso científico y
técnico, no ha conseguido hacer al hombre más feliz. El crimen,
la violencia y el terrorismo pululan por doquier. Millones de hom-
bres buscan consuelo en las drogas y destrozan su salud. La con-
taminación del agua y del aire es símbolo real de un ambiente hu-
mano emponzoñado, un falseamiento de los valores, una opinión
pública manipulada y muchas otras formas refinadas de explotar
las pasiones o necesidades reales del hombre.

La despreocupación con que una pequeña minoría riquísima


explota los tesoros que encierra el suelo de nuestro reducido pla-
neta, el rápido crecimiento de la población mundial y el grito
de las masas por una justicia social e internacional exigen de
nuestra sociedad valor para llevar a cabo cambios radicales.

178
¿Una esperanza o un sueño?

Los futurólogos hablan de una «tercera revolución». ¿Aca -


bará todo en una lucha irracional por las últimas migajas del pastel?
Si la humanidad logra conservar la esperanza en la paz y los va -
lores auténticamente humanos y desea evitar una catástrofe eco-
nómica, entonces esa tercera revolución ha de ser una vuelta a los
valores espirituales, especialmente al altruismo y a la sencil lez.
Las ciencias humanas por sí solas, por valiosas que sean sus con-
clusiones, no bastan para señalar el camino del futuro, pues ellas
mismas son en parte objeto de crisis. Basta pensar en el psicoaná-
lisis y el behaviorismo. El hombre de nuestra era tecnológica y
científica necesita de nuevas dimensiones y nuevas energías.
Un signo de esperanza son los numerosos jóvenes de todos los
países, que se apartan del ídolo de una sociedad materialista de
consumo y del mito de su indefinido crecimiento. Muchos de esos
jóvenes no sabrían decirnos dónde se halla la solución. Pero
tienen hambre y sed de una verdadera experiencia religiosa. Bus-
can algo más que el éxito externo o la posesión de bienes mate-
riales.
La gran tradición de las religiones contemplativas de Asia y
la renovación espiritual que ha tenido lugar en una buena parte
del mundo islámico constituyen un reto para la cristiandad occiden-
tal. A la vista de tales ejemplos, podemos preguntarnos si, con
toda nuestra capacidad para transformar el mundo que nos rodea,
no somos en definitiva otra cosa que hombres subdesarrollados,
mientras nuestro primer afán no sea de una mayor sabiduría y de
un progreso en los auténticos valores humanos. Naturalmente, los
cristianos creemos que Dios nos ha confiado también la tarea de
dominar la tierra y transformarla para nuestro servicio. Pero no
por ello debemos dejar de formularnos la pregunta fundamental:
¿Qué podemos y debemos ser como hombres? ¿En qué consiste
nuestra riqueza interna? ¿Cómo podemos conseguir la paz y li-
bertad interior? Sólo podemos llegar a ser imagen y semejanza
de Dios en el proceso de transformación creadora del mundo en
que vivimos, si somos ante todo un reflejo de la bondad, amor y
benevolencia divinas. Sólo el hombre que ora puede crear un
medio divino que recuerde a todos que su primer deber consiste en
revelarse unos a otros el amor fecundo y creador de Dios.

179
Escuelas de oración

Tailandia cuenta, en una población de 35 millon es de habitan-


tes, con 350 000 monjes budistas y numerosas monjas, según las
estadísticas oficiales. Una parte relativamente pequeña son monjes
de por vida, directores y maestros de las grandes escuelas en que
muchos jóvenes reciben una introducción al arte del dominio del
carácter, la contemplación y la compasión. Gran número de jóve -
nes de ambos sexos suelen pasar meses y aun años en dichos cen-
tros de contemplación, a fin de prepararse para llevar una vida de
paz interior.
Millares de americanos y europeos acuden en peregrinación
a los gurúes indios y maestros asiáticos de zen para aprender la
meditación trascendental. El gurú Maharaj-Ji, de diecisiete años de
edad, tiene más de 6 millones de seguidores. Por otro lado, más
de 60 000 jóvenes americanos viven en pequeñas comunidades de
doce miembros cada una. Se comprometen a practicar la simplicidad
evangélica y emplean al menos dos horas diarias en meditar. No
deja de ser triste que muchos, en vez de poner sus miras única -
mente en Cristo, vean en el joven gurú la encarnación de la palabra
divina. Pero no es menos cierto que esos hombres van en pos de
valores espirituales y están dispuestos a renunciar a todo para
llegar a alcanzar «el conocimiento del nombre de Dios».
Por fortuna los jóvenes no sólo acuden a gurúes y maestros de
zen. Decenas de millares se dirigen anualmente a Taizé y otros
centros de renovación cristiana de vida.
La Iglesia sólo podrá comunicar de modo real y vivo la buena
nueva de la encarnación del Verbo de Dios a las culturas de Áfri-
ca y Asia y a la juventud europea y asiática hambrienta de valores
espirituales, cuando todos nosotros hayamos hecho la síntesis entre
contemplación y transformación del mundo, cuando hayamos vuelto
nuestro corazón por completo a Cristo, el maestro de oración.
Como en América, Europa y África, también en Asia van sur-
giendo casas de oración cristianas. Algunas siguen el modelo de los
monasterios contemplativos apartados del mundo. Otras son tí -
picas versiones asiáticas de escuelas de oración, centros espiritua -
les que buscan la integración de fe y vida, y fomentan esa con -
templación que nos enseñó el Verbo encarnado de Dios. El futuro
de la evangelización de Asia depende de ellos en parte. Los pue -

180
¿Una esperanza o un sueño?

blos asiáticos, marcados por una tradición contemplativa, reco-


nocen la labor de las iglesias cristianas en la educación, en insti-
tuciones caritativas y en ayuda al desarrollo. Pero en último tér-
mino nos compadecen si no tenemos otra cosa que ofrecer.
No solamente el futuro de la religión cristiana, sino nuestro
propio futuro y la credibilidad de los cristianos dependen de nues-
tra vuelta radical al Evangelio. Lo primero para nosotros ha de ser
la síntesis de nuestra vida en la oración, en el conocimiento de
Dios y de los hombres, en el amor a Dios y al prójimo. Éstas son
las fuerzas capaces de dar lugar a una «tercera revolución».
Victor Frankl habla de la enfermedad del futuro, que ya ha
hecha su aparición. Se trata de la neurosis noógena, expresión de
un vacío interior y, al mismo tiempo, grito de ansiedad por una vida
más allá. No sólo las ingentes masas de neuróticos, psicópatas y
maníacos necesitan de la fuerza terapéutica de la oración, sino toda
nuestra cultura actual.
El mundo de hoy tiene sobre todo necesidad de familias y co-
munidades capaces de persuadir al mundo de que es posible su-
perar el vacío interior, permanecer fieles al espíritu de la totali-
dad, a fin de alegrarse en la presencia del Señor y estar al acecho
de las posibilidades de salvación que ofrece el momento presente.
Señor, con tus discípulos acudimos a ti y te rogamos instan-
temente: ¡Enséñanos a orar! Ayúdanos a transformar nuestra vida
de modo que sea una adoración al Padre en espíritu y en verdad.
Enséñanos a reconocer como hombres esta nuestra época y los
signos de los tiempos, y a darte la debida respuesta con toda nues-
tra vida. Te damos gracias, Señor, por esta gran época con sus
posibilidades y sus trances diversos, una época en la que no hay
lugar para medias tintas o devociones superficiales que nos sirvan
de refugio.
Señor, envíanos tu Espíritu Santo para que nuestra oración sea
sincera y para que nos dé fuerza en nuestra vida diaria, de tal
modo que podamos transformar el mundo que nos rodea. Límpianos
de nuestros pecados, de nuestro egoísmo y desorden. Ayúdanos a
progresar en lo que es verdadera vida eterna: conocerte a ti, el
único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.
Creemos que sólo por la fuerza del Espíritu Santo podemos

181
Escuelas de oración
conocer y adorar dignamente tu nombre. Ayúdanos a reconocer en
oración humilde el don que constituye nuestra existencia y el mayor de
todos los dones, la venida del Espíritu Santo, y a alabarte y darte gracias
por ellos. Si tu Espíritu nos ilumina y fortalece, podemos entonces con
alegría y con toda verdad llamarte nuestro Padre. Con cuánta facilidad
olvidamos lo que nos enseña tu Evangelio, a saber, que tus
abundantísimos dones no son compatibles con nuestra desidia. Tú exiges
de nosotros que colaboremos en tu acción creadora, tus dones nos
obligan a manifestar activamente nuestra gratitud.
Señor, haznos agradecidos. Señor, haz que permanezcamos vigilantes,
que cada uno de nosotros, nuestras familias y comunidades se asocien en
común esfuerzo para crear unas condiciones de vida que nos ayuden a
superar la pérdida del centro y a retornar a él por la síntesis de fe y vida,
de oración y servicio a nuestros hermanos y hermanas.

182