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Una cuestión de gusto.

De acuerdo con Steve Jobs, el factor determinante a la hora de encaminar correctamente


la innovación tecnológica de fines del siglo XX era, esencialmente, una cuestión de gusto.
Señalaba que la gran ventaja respecto al desarrollo de esas tecnologías residía en que
las personas involucradas en los distintos proyectos eran poetas, filósofos, naturalistas,
artistas plásticos, aficionados a la arquitectura, etcétera y que, coincidentemente, eran los
mejores programadores informáticos de su tiempo. Y cada una de estas personas había
aportado desde su área de interés al marco conceptual y práctico de la creación
informática, en hardware o software.

Es cierto que me enfurezco muy seguido ante la gran mayoría de los productos culturales
de esta aparente primavera geek. Creo fervientemente en la Ley de Sturgeon (“El noventa
por ciento de todo cuanto se produce es mierda”) y, a juzgar por trabajos como Doomsday
Clock, Original Sin o Thor: Ragnarok, la ley tiende a cumplirse con cierta cabalidad. No
obstante, me preocupa una cierta tendencia recurrente que se manifiesta en las
discusiones cerca de la calidad de películas, series, títulos o arcos argumentales. Cierta
tendencia a simplificar la problemática crítica inherente a toda producción cultural, a
reducir la crítica

La premisa argumental detrás de esta postura es disfrutar de la totalidad de la producción,


como un fenómeno positivo en sí mismo. En la diversidad, está el gusto, dicen. Ya es
bueno que, al menos, haya más y más películas basadas en las historias y personajes
que nos gustan, dicen. He leído a Fantástiko argüir que incluso es posible aceptar los
trabajos mediocres como “realidades alternativas” de conceptos, historias y personajes y
que, en esa multiplicidad de alternativas, el fondo y la calidad persisten.

A mi juicio, la mediocridad de determinados productos culturales perjudica la solidez del


medio, porque restringe las posibilidades expresivas del mismo. Es decir, cada película
mediocre de superhéroes que tiene éxito es un fracaso para el cine de superhéroes,
porque legitima la producción de más películas mediocres. Genera un estándar y
consolida el conformismo, no sólo de los consumidores, sino de los creadores.

Es, como dice Jobs, una cuestión de gusto. Lo entretenido no está limitado a lo simple. La
diversión no está restringida a la accesibilidad del material, a un sentido del humor banal o
a meras emociones reactivas. Voy a ser aún más políticamente incorrecto, diciendo que
tanto los comics como el cine, los videojuegos, la literatura de masas, los juegos de rol y
un amplio etcétera son formas artísticas, perfectamente legítimas, y, como tales, debieran
aspirar a altos estándares de gusto y calidad. Toda la producción debiera responder a una
máxima exigencia respecto de sí misma y de la producción precedente. Sinceramente, el
hecho de que tengamos un Episodio VIII de Star Wars y otras tantas trilogías de la misma
franquicia en producción habla muy mal de nosotr@s en tanto consumidores. Después de
todo, Star Wars nació debido a que George Lucas no obtuvo los derechos para adaptar
Flash Gordon a la pantalla grande. ¿Dónde están, entonces, las nuevas historias que
llevarán a nuestra imaginación a fronteras aún más lejanas del espacio o del tiempo?
¿Hasta cuándo tendremos infinitas reproducciones de las mismas distopías
descontinuadas o nuevas reinterpretaciones del apocalipsis zombie?

Un ejemplo que me parece interesante acerca de este tópico es el reiterado saqueo a las
ideas de Alan Moore para mantener en movimiento conceptualmente al mainstream. DC
lleva años viviendo de esbozos conceptuales o argumentales del autor británico: el
regreso de John Constantine y de la Cosa del Pantano al Universo DC; la Noche Más
Oscura; Pax Americana; la Piedad Negra; Before Watchmen; Doomsday Clock; la entrada
de Promethea y Tom Strong a la continuidad. ¿No sería mejor dar paso a ideas nuevas?
¿No sería, acaso, natural arriesgarse a perder ventas a favor de una mayor legitimidad
artística del cómic como medio expresivo? Imaginemos si, en el campo de las artes
plásticas, los pintores más vendidos –no digo los más reputados- fueran aquellos que se
dedicaran a hacer continuas reproducciones o reinterpretaciones de Picasso.

Aún si entendiéramos a Moore como un artista de vanguardia dentro del cómic


mainstream, es importante asumir que las distintas vanguardias artísticas se convierten,
consistentemente, en una fuente de aporte al arte posterior a través de la transgresión de
la tradición precedente y de la progresión de los recursos expresivos del medio artístico.
Ojo, no es un problema de temas, conceptos, personajes o tópicos, sino de recursos
expresivos. El cómic mainstream no ha rescatado en propiedad la diversidad de recursos
que Moore explotó en Watchmen, por ejemplo. Se queda en los personajes, en el mundo
o en la anécdota. Y la culpa, señoras y señores, es nuestra, por consumir lo mismo una y
otra vez. Por aceptar la mediocridad como una característica inherente a nuestro arte
predilecto.

Debido a la producción cada vez más creciente y a la consolidación de un mercado


cautivo, es perfectamente posible para un/a adolescente quedarse estancado o estancada
en distopías del tipo Los Juegos del Hambre-Divergente-Maze Runner, sin avanzar hacia
estratos más complejos de la cultura. La razón, una vez más, es que este tipo de
productos vende como pan caliente. Y que, como señalan algunos docentes
bienintencionados, lo importante es que lean. Al menos. Por su parte, productos como
The Sandman, diseñados de un modo que se adecua perfectamente a esta lógica de la
multiplicidad de fuentes y registros que mencionara Steve Jobs, son cada vez más
escasos. Y requieren de un alto grado de mediación, no sólo para llevar a los eventuales
lectores desde esos puntos de partida a lecturas más complejas, sino para acceder al
material mismo.

Asimismo, generan un mercado exclusivista. El material de menor calidad se produce a


escala masiva y tiene una salida casi garantizada, mientras que el material de auténtico
valor cultural, debido a su escasa repercusión de mercado, se ve restringido a ediciones
de lujo, de altísimo costo. Aún más dramática es la situación a nivel de quioscos. Los
comics, que nacieron como un medio de comunicación dirigido a lectores de escasos
recursos, se han convertido en objetos suntuarios, de lujo, producidos para una masa
irresponsable de consumidores que pagarían por leer la próxima novedad de Spiderman o
de Batman o por el merchandising absurdo y desmedido de La Guerra de las Galaxias,
bombardeada sobre sus cabezas por un mercado ávido de dinero acrítico.

Lo que debiera primar aquí es una cierta ética de la producción y recepción de cultura.
Los creadores debieran aportar a la construcción de un material sólido, complejo,
inteligente, aún en sus trabajos de carácter masivo. Las empresas que tienen el privilegio
o la oportunidad de publicar comics a bajo costo debieran publicar cómic de calidad. Y
estoy siendo radical aquí: más allá del mercado. Publicar cómic de calidad aún si no
vende. Y el público lector debiera dejar de leer porquerías y girar su atención hacia
material que involucre un mayor trabajo cultural, una mayor amplitud. Y los sitios que
abordan estos temas, ya sean concretos o virtuales, debieran dejar de lado, de una vez
por todas, la discusión acerca de minucias cuyo único valor es la nostalgia anecdótica y
construir un sólido aparato crítico que guíe a la audiencia hacia una nueva apreciación del
material.

Si lo que acabo de afirmar suena ingenuo, absurdo, o contraintuitivo, es exactamente lo


que se pretende. Mi razonamiento opera en una lógica que está al margen del mercado,
ignorándolo deliberadamente. El mercado funciona a partir de una lógica que espera lo
peor de nosotr@s mism@s y, al igual que la Ley de Sturgeon, si acierta con frecuencia,
es a través de la profecía autocumplida que ha llevado a cada película Marvel a vender
más y más taquilla que la anterior. Piensen que, de acuerdo a Box Office Mojo, Iron Man 3
obtuvo casi 500 millones de dólares más en taquilla que la primera parte, y
estremézcanse.

Piensen en una filosofía de guerrilla: cómics de alto consumo creados bajo una verdadera
lógica de alta calidad, saturando el mercado con historias de gran calidad y mejor gusto,
diversas, inteligentes. Año Uno o Born Again de Frank Miller como el piso mínimo, como
la regla en lugar de la excepción. Una edición Unlimited de Blankets, de Habibi o de La
Casta de los Metabarones, al alcance de todos, en los quioscos de nuestro país, en lugar
de cientos de reediciones de la infumable Caída del Murciélago. Ríos de tinta digital
discutiendo acerca de la profundidad arquetípica del trabajo de Neil Gaiman o de Juan
Vásquez en lugar de agotar el espacio virtual discutiendo quién está bajo la máscara del
nuevo Rorschach, o si la próxima película de Spiderman debiera o no contar con Miles
Morales. El público agotando las librerías en busca de la edición popular de Juan
Buscamares o la edición chilena de Locke and Key.

No es snobismo. En serio. Es la necesidad real de subir el estándar y de masificar el


material de calidad. Democratizar radicalmente la cultura pop. Tomarnos en serio de una
vez por todas.

¿Y si, en lugar de rumiar constantemente contra la muerte de Luke en The Last Jedi,
hiciéramos lo posible por crear una nueva saga de ópera espacial que supere, de una vez
por todas, a esa gigantesca bestia muerta que es ya Star Wars? ¿Si, después de todo, le
enseñáramos al mercado de una vez por todas a esperar lo mejor de nosotros mismos?

Jano Moore.
La Granja, Santiago, 23 de enero, 2017.