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EL MUNDO OCCIDENTAL entre 1789 - 1848

A fines del siglo XV la mayor parte de los países de Europa occidental se lanzaron a conocer, a
conquistar y a colonizar territorios de ultramar. Si bien en América la ocupación efectiva del
territorio se produjo inmediatamente después de su llegada, ésta no fue la norma en Asia y África, donde
establecieron puestos y fuertes en lugares estratégicos a lo largo de las costas y a través de ellos se
dedicaron a controlar las redes comerciales marítimas existentes o a crear nuevos circuitos de
intercambio. Portugal, fue el pionero, seguido por España, Inglaterra, Francia y Holanda.
Durante tres siglos la casi totalidad del continente americano estuvo bajo el dominio de los imperios
coloniales de las potencias europeas. Hacia fines del siglo XVIII el dominio colonial se vio sacudido
por una serie de movimientos que lo cuestionaron y el vínculo que unía a la sociedad colonial con la
metrópolis se resquebrajó. Entre 1770 y 1820 casi todas las colonias se independizaron y lentamente
fueron construyendo nuevas naciones.
La monarquía española -cuyos dominios eran los más extensos y más ricos en metales preciosos- debió
encarar una serie de reformas para intentar mantener posesiones en América. Pero los conflictos entre
españoles y criollos comenzaron a gestar movimientos que años más tarde desembocarían en la
independencia.
La monarquía portuguesa hizo del Brasil el centro de su imperio colonial, debido a que la corona fijó
su residencia en Río de Janeiro, y produjo una gran expansión hacia el interior. En Brasil los cambios
tuvieron características diferentes y fueron más lentos.
Las trece colonias inglesas experimentaron un gran avance económico y comenzaron su expansión
hacia el oeste. Fueron las primeras que se independizaron y sancionaron una Constitución.

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La crisis del siglo XVII, la última crisis de la sociedad feudal, fue seguida por importantes reformas
políticas -la monarquía parlamentaria inglesa- y por la difusión de nuevas ideas -la ilustración y el
liberalismo-, que rompieron definitivamente con la mentalidad feudal.
En 1648 el pueblo inglés se alzó contra el absolutismo y después de una guerra civil decapitó al rey, se
abolieron los privilegios y se estableció una República, que fue abolida y dejó su lugar a una
restauración absolutista. Sin embargo, en 1688 otra revolución estableció una monarquía limitada por un
parlamento, un gobierno representativo que apoyaba a los que se dedicaban a los negocios. No obstante,
la revolución inglesa no tuvo la trascendencia del proceso francés, en parte porque fue visualizada como
un conflicto religioso debido a que los sectores revolucionarios planteaban sus demandas escudados en
un lenguaje bíblico y en parte porque la revolución se circunscribió a Inglaterra y no se expandió más
allá de sus fronteras.
En el siglo XVIII finalizó el proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa occidental.
Se produjeron cambios sociales, económicos, políticos e ideológicos que transformaron profundamente
la organización social europea e iniciaron los tiempos del capitalismo. Esta organización, basada en el
trabajo del obrero asalariado, y las ideas que la sustentaron, el liberalismo, se difundieron rápidamente
por todos los continentes y permitieron superar muchos de los límites que imponía el orden feudal y, a la
vez, dieron origen a nuevos problemas, crisis y conflictos.
En el lapso comprendido entre 1789 y 1848 una sociedad de nobles y reyes por derecho de sangre fue
suplantada por otra de banqueros, industriales y comerciantes en la que la riqueza y el éxito personal
eran lo único que contaba, la burguesía. Sus deseos de desarrollo económico y de participación la
hicieron protagonista de una doble revolución.
Una revolución económica -la revolución industrial- que se inició en Inglaterra y fue tal vez el proceso
transformador más importante que vivió la humanidad desde los lejanos tiempos del neolítico.
Una revolución política -la revolución francesa- que señaló la primera gran derrota de la nobleza y del
absolutismo monárquico.
Cambios tan profundos en un período relativamente breve pudieron tener lugar porque desde casi todos
los rincones de Europa los pueblos hicieron oír su voz como nunca antes lo había hecho.

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En el siglo XVIII la revalorización del pensamiento clásico y la revolución científica fueron los
antecedentes de un nuevo pensamiento: la ilustración, que cuestiona el sistema cultural basado en las
creencias religiosas y permitió organizar todo el conocimiento humano de los siglos anteriores a partir
de la “razón”. La “razón” era el juez ante el cual debían someterse todos los argumentos y todas las
afirmaciones, y además sería el faro que iluminaría al mundo, por eso a este movimiento cultural
también se lo conoce como “iluminismo” y al siglo XVIII como el Siglo de las Luces.
Sin embargo, después de la Revolución Francesa este cambio en el modo de pensar y de sentir generó
cuestionamientos y a este verdadero endiosamiento de la razón le siguió “la reacción romántica”. La
reivindicación del sentimiento frente a la razón, de lo local frente a lo universal, de lo popular frente a lo
ilustrado fueron las banderas que utilizó el romanticismo para ocupar un lugar preponderante en el siglo
XIX. Desencadenó muchas corrientes artísticas que se concretarían posteriormente, como el naturalismo
en las letras y el impresionismo en la pintura.
Durante la primera mitad del siglo XIX, al mismo tiempo que se desarrollaba el movimiento romántico,
un filósofo llamado Augusto Comte formuló una nueva teoría del conocimiento: el positivismo que
jerarquiza los hechos sobre las ideas, las ciencias experimentales sobre las teóricas, y las leyes de la
física y la biología sobre las construcciones filosóficas.---