Está en la página 1de 2

Asonada de la clase media decadente - La Razón

SUPLEMENTOS ANIMAL CLASE MEDIA


POLÍTICO DECADENTE

Asonada de la clase media decadente


La autoridad plantea un análisis sobre el clima de protestas con el que comenzó este año.

La Razón (Edición Impresa) / Álvaro García Linera / La Paz


04:33 / 17 de enero de 2018

Las clases sociales. Una clase social es un conjunto grande de personas que estadísticamente tiene acceso a condiciones de vida más o menos parecidas, por ejemplo,
ingresos económicos, propiedades, titulaciones, prestigios o vínculos sociales. Si bien cada persona es un universo diferente a otra en su trayectoria de vida; sin embargo,
cuando las estrategias económicas que despliegan, las oportunidades laborales que se les presentan, las maneras generales de enfrentar el porvenir y la forma de apreciar y
valorar las cosas del mundo son relativamente convergentes a un espacio común, significa que pertenecen a una misma clase social. Normalmente, todos los seres
humanos forman parte de una clase social, sin necesidad de saberlo ni de interesarse por ello. Pero cuando esta similitud de condiciones económicas, culturales y
simbólicas son asumidas como una identidad con capacidad de representación, de organización o de convocatoria, estamos ante una clase social movilizada. Es el caso de
lo que denominamos la “clase obrera” o “clase campesina” en torno a sus federaciones y sindicatos. O los empresarios en torno a sus cámaras, asociaciones o partidos que
logran articular un interés clasistamente diferenciado.

La  llamada “clase media” es un producto de la modernidad y se constituye como tal a partir de su diferenciación tanto de la clase de los grandes propietarios y poseedores
de recursos, empresarios, banqueros, terratenientes; como de los trabajadores manuales, pequeños campesinos, artesanos, obreros, etc. Sin embargo, esta conformación
por distancia de los de “arriba” y de los de “abajo”, de ahí lo de “clase media”, es muy ambigua porque abarca desde personas que siendo asalariados también pueden tener
propiedades inmuebles, un automóvil, una propiedad agraria u otro tipo de bienes que lo jerarquizan socialmente, como una profesión, una profusa red social de apoyos
materiales, y en el caso de Bolivia, de apellidos y color de piel que le otorgan un plus social sobre el resto de las clases subalternas (el capital étnico). Incluso el concepto de
clase media es tan elástico que obreros con elevadas remuneraciones son catalogados como “clase media” ya no por sus propiedades sino por su capacidad de consumo,
etc. De hecho, esta es la manera más común de clasificar a la “clase media”: por sus ingresos monetarios y capacidad de consumo y su fuerza clasificatoria es inversamente
proporcional a las autoclasificaciones que las propias clases subalternas hacen de sí mismas. Por ello es que, dependiendo de estas diferencias al interior de la “clase
media”, es posible distinguir fracciones y segmentos de clase según su capacidad de consumo, la posesión de títulos académicos, propiedades inmuebles, capacidad de
ahorro, titularidad de pequeños negocios o empresas, acceso a tierra, etc. Así, propietarios de bienes inmuebles en alquiler, profesionales en carreras prestigiosas y en
carreras de reciente creación; propietarios de pequeños negocios de comercio, cooperativistas, comerciantes globalizados, técnicos especialistas, propietarios de medios de
transporte público, oficinistas, estudiantes dependientes, etc., forman distintos segmentos de clase media tradicional y de la nueva clase media ascendente.

Esta “clase media” también, históricamente, se articula mediante partidos, asociaciones de profesionales u otras instancias, aunque por su complejidad fragmentada es
común que lo haga adhiriéndose de manera pendular a uno de los grandes bloques sociales que polarizan la sociedad.

La rebelión clasemediera. En los últimos meses, un fenómeno sociológico ha comenzado a ocurrir en Bolivia y es la notable proliferación de procesos de 
autorrepresentación de segmentos y fracciones de clases medias urbanas tradicionales. A través de “colectivos ciudadanos” y, recientemente, por medio de gremios
médicos, han visibilizado un tipo de malestar social claramente antigubernamental expresado en marchas, movilizaciones, huelgas, estribillos y consignas.

Pero, lo primero que llama la atención de estas expresiones es la ideología conservadora y, en casos, racista de estos colectivos. Expresiones como “vamos a botar a los
collas”, “indios abusivos” o “pueblo ignorante” con el que muchos de sus portavoces se han referido hacia los movimientos sociales, indígenas, campesinos y obreros, e
incluso, hacia el presidente del país, muestran un renacimiento del viejo rencor colonial y clasista hacia las clases populares que estalló durante la Asamblea Constituyente.
Si bien la simbología ha cambiado respecto a las movilizaciones cívico-separatistas de los años 2005-2009, ahora usan la tricolor en vez de las banderas regionales, lucen
pañoletas rojas en la garganta en vez de los pañuelitos blancos y han sustituido el bate de béisbol con el que rompían cráneos de campesinos por ruidosos petardos; la
composición clasista es similar a la de hace 11 años atrás, pero, además, el discurso, los cánticos, los adjetivos y las mentiras movilizadoras son idénticas a las empleadas
durante el golpe cívico liderados por Branko Marinkovic, Manfred Reyes Villa y otros políticos fascistas.

Hay, en todos ellos, una racialización del discurso que asocia lo popular a lo “colla” (aymara, quechua), la culpa de la reducción de oportunidades políticas de las clases
medias a la presencia de “indios alzados”; que, a la vez, se entrecruza con el añejo discurso clasista y anticomunista de los años 60 que vincula sindicalismo con el
autoritarismo y el fantasma del riesgo a la propiedad con el socialismo.

Así, la novedad del “colectivo ciudadano” como modo de asociación “independiente” se ahoga en el reciclamiento de desgastados discursos racistas y clasistas enarbolados
por los antiguos grupos de choque de la Unión Juvenil Cruceñista o por las bandas paramilitares de la época de la dictadura banzerista.

Una segunda característica de estos colectivos y movimientos es la distancia pública respecto a los partidos políticos conservadores. Claramente es una táctica de camuflaje
para captar adherentes con el discurso de la “civilidad” y la “ciudadanía” para posteriormente llevar a los captados hacia una militancia política. No en vano, los principales
promotores de estos colectivos son exsocialistas que trabajaron para Gonzalo Sánchez de Lozada, exfuncionarios de Usaid desempleados, exfuncionarios del presidente
Hugo Banzer y que la mayor parte de los gastos los propicien fundaciones de los viejos partidos neoliberales. Sin embargo, existe en esta maniobra una confesión
vergonzosa. El desgaste de los viejos partidos políticos y de sus líderes que ya no pueden convocar adherentes por sí mismos y que, ante la devaluación social que sufren,
están obligados al uso de este tipo de satélites “apolíticos”.

En el caso médico, lo relevante es la capacidad de agregación corporativa que ha alcanzado. Ciertamente se trata de un estamento oligarquizado en el cual los jerarcas
cohesionan a las nuevas generaciones mediante la transmisión generacional del conocimiento médico, el ejercicio de la cátedra, la selección de los médicos internistas y la
contratación en sus hospitales privados. Pero, que se hayan movilizado tanto tiempo por el artículo 205 del Código del Sistema Penal, que lejos de criminalizarlos, los
protegía con tres blindajes técnicos frente a la desprotección del “homicidio culposo” del viejo código, muestra a un sector social que actúa más por emociones
jerárquicamente inducidas que por razones; y que, por tanto, está predispuesto a apegarse a mentiras que precautelen el beneficio corporativo por encima de cualquier
interés general. De hecho, esto define el límite de la rebelión de esta clase media: la defensa egoísta del interés particular aun a riesgo de pisotear y agredir brutalmente los
intereses universales de la sociedad.

Clases medias ascendentes y descendentes. Pero más allá de estos discursos viejos en envolturas nuevas, lo relevante del momento es esta asonada de específicos
segmentos de clase media urbana que son observados con indiferencia por los sectores populares tradicionalmente movilizados, como es el movimiento indígena-
campesino, la clase obrera o los vecinos.

Y es que en realidad se trata de una movilización reactiva a un movimiento tectónico de la sociedad que ha comenzado a desplazar a la clase media tradicional del espacio
de sus antiguos privilegios y oportunidades por una nueva clase media de origen popular. Veamos.

En la última década se ha producido una conmoción social que ha modificado la estructura económica, estatal y social de Bolivia. La economía ha crecido cuatro veces,
pasando de 9.000 a 36.000 millones de dólares. La diferencia entre los más ricos y pobres se ha acortado de 128 veces a 37. Y, lo más importante que resume todo eso es
que el 20% de los bolivianos han pasado a formar parte de la clase media. [ PNUD. Progreso multidimensional: bienestar más allá del ingreso, 2016]. Esto significa que el

http://www.la-razon.com/suplementos/animal_politico/Asonada-clase-media-decadente_0_2858114190.html[17/1/2018 11:43:51 a. m.]


Asonada de la clase media decadente - La Razón

espacio social de recursos, reconocimientos y oportunidades que anteriormente lo disfrutaban 1,1 millones de personas de clase media tradicional, ahora lo tienen que
compartir con otros nuevos 2,2 millones de personas que acaban de ascender desde los sectores populares. Donde antes había uno ahora hay tres y entonces la lucha por el
reconocimiento y el control de los recursos de esta clase media se ha vuelto más difícil.

La clase media tradicional, de profesiones reconocidas, que habitaba barrios claramente separados de los sectores populares, de apellidos específicos, se ha visto
“invadida” por una nueva clase media de origen popular que es más joven, que también ha accedido a profesiones, oficios y emprendimientos, pero que además tienen
vínculos más fluidos con el Estado dirigido por los sectores populares lo que le permite acaparar recursos, medios de decisión hasta hace poco monopolizados por las
clases medias tradicionales.

Personas que anteriormente hacían prevalecer su título, su larga trayectoria laboral o el linaje para acceder a algún puesto de mando y a la ejecución de alguna obra de
envergadura; o los hijos de ellos que esperaban que el apellido notable y las influencias familiares les entreguen una beca, un puesto laboral o un contrato, ahora ven
devaluarse su posición que la tienen que compartir con otros “advenedizos” de apellidos y colores populares. Y lo peor, estos “recién llegados” que entran a los antiguos
colegios de élite, que alquilan casas en la zonas residenciales y que hacen negocios globalizados, tienen muchísimas mayores influencias en el Estado, que administra el
40% de la riqueza de Bolivia, que las clases media tradicionales; lo que no solo está obligando a estas últimas a compartir el espacio de clase media, sino, incluso, a perder
el mando y la predominancia dentro de esa clase media.

Se trata de una auténtica tragedia de clase: verse invadido por nuevas clases medias y encima perder la hegemonía interna convirtiéndose en clase media decadente frente
al ascenso de otras fracciones de la nueva clase media. Toda ampliación del número de personas que ejercen una posición de relativa jerarquía social lleva inevitablemente
a una devaluación de esa jerarquía. Para los que ascienden, en este caso los integrantes de la nueva clase media de origen popular, es un proceso de reenclazamiento hacia
arriba; en tanto que las que ven desvalorizarse su posición por su masificación, están en un claro proceso de desclasamiento hacia abajo.

Las estrategias que tienden a usar las clases en proceso de desclasamiento son varias. Si son portadoras de un ímpetu histórico, buscarán reenclasarse hacia arriba,
volviendo a valuar sus pertenencias y distinguiéndose de los segmentos arribistas. Esto significaría aumentar sus capitales económicos, reconvertir sus titulaciones e
insuflar sus prestigios. Pero las clases medias tradicionales bolivianas han preferido optar por una actitud reaccionaria que los arroja aún más a la decadencia. Oponerse a
la nueva configuración social del país, es una actitud retrógrada; e intentar devaluar el ascenso social de las clases populares reeditando los viejos prejuicios racistas de los
hacendados, les quita cualquier rasgo de virtuosismo colectivo. Al final, los únicos aliados que tienen son algunos exizquierdistas igualmente desplazados de la historia que
en un exceso de la degradación moral que nos recuerda a los piristas del siglo pasado, marchan bajo el lúgubre comando de los que privatizaron las empresas públicas y
querían pedir pasaportes a los indios para dejarlos pasar a sus plazas.

Álvaro García Linera es vicepresidente del Estado

http://www.la-razon.com/suplementos/animal_politico/Asonada-clase-media-decadente_0_2858114190.html[17/1/2018 11:43:51 a. m.]