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Licenciatura en Ciencias Políticas y

Administración Pública

Espacio Público y Ciudadanía. México y


América Latina.

Gene Rodríguez Cervera

Recuperación del espacio público: elemento de


consolidación democrática.
Introducción:

El espacio público es un elemento básico de la conformación urbana y un tema


ampliamente discutido desde la Academia, tanto como una abstracción de interconexiones
como un espacio físico y geográfico fácilmente delimitado y regulado. La importancia del
espacio público es una premisa ampliamente aceptada, tanto como derecho y como
necesidad tangible de las poblaciones urbanas. Su recuperación, rehabilitación y creación
en los tejidos urbanos forma parte clave en la gran mayoría de agendas gubernamentales en
la actualidad.

La cuestión a la que se aboca este trabajo es el análisis de las razones de esta importancia.
La premisa desde la que se parte es que a pesar de esta revalorización del espacio público,
su importancia se ha relegado al campo de la progresividad de los derechos individuales, la
calidad de vida y a la estética de la ciudad. La importancia del espacio público aquí
rescatada radica en su cualidad de entorno único de creación de redes de interacción y
sociabilidad entre ciudadanos, su motor de conformación de comunidades y de creación de
capital social devenido en consciencia cívica fundamental para regímenes democráticos.

Tras una breve revisión de la literatura en torno a los conceptos de lo público y del espacio
público, se ahondará en esta descripción de la importancia para la consolidación
democrática del espacio público y se evidenciará el desconocimiento de esta valorización
de la importancia de lo público a través del ejemplo de la Autoridad del Espacio Público de
la Ciudad de México.

Objetivos:

 Revisión de la literatura en torno a lo público y a su dicotomía con lo privado.


 Revisión de la literatura en torno al espacio público y delimitación del concepto
para los fines de esta investigación
 Ejemplificar la minimización de la importancia del espacio público en un régimen
democrático, así como describir la urgente necesidad de su integración y los riesgos
de no hacerlo
A qué se refiere lo público

Al hablar de espacio público es imperativo iniciar la discusión aclarando a qué nos


referimos cuando discutimos de lo público. Como concepto, su significación varía
sustantivamente debido a un continuo proceso de evolución histórica sobre lo que se
considera que es lo público. Nora Rabotnikof (2005) expone que es posible identificar tres
sentidos básicos de la dicotomía público/privado en cuanto a categorías políticas (2005: 28-
29):

Interés o utilidad común a todos Interés privado o individual


Lo que atañe al colectivo, lo que concierne a la Lo singular y lo personal; aquello que en su
comunidad y, por ende, a la autoridad. origen pretende sustraerse del poder público.
Manifesto y ostensible Secreto, preservado y oculto
Lo que es y se desarrolla a la luz del día, lo Aquello que no puede verse ni hablarse,
visible. sustraído de la comunicación y el examen.
Accesible y abierto Cerrado y clausurado
Lo que es de uso común Sustraído de la disposición de los otros.

El origen de estos tres sentidos de lo público (interés común; manifesto y ostensible; y


accesible y abierto) proviene de categorías greco-romanas transmitidas a través del derecho
romano. No es casualidad que investigaciones como la de Heater (2007), abocadas a la
evolución de la ciudadanía, inicien situándose en Grecia (Esparta y Atenas) y Roma. La
polis griega es el momento histórico en el que los tres sentidos convergen al a vez: La
politeia contemplaba el tratamiento de los asuntos comunes por los ciudadanos de la polis;
la actividad pública se desenvolvía a la luz del día y en presencia de todos (el ágora) y la
polis hace referencia a un espacio potencialmente abierto a todo el demos (Rabotnikof,
2005: 31). Esta articulación entre lo colectivo lo manifesto y lo abierto se volvería un
paradigma del que parten la mayor parte de la acepciones de lo público hoy en día.

Tradicionalmente, se le ha otorgado al Estado un lugar preponderante en la dimensión de lo


público; la autoridad del Estado emana de la comunidad y vela por el interés general. La
preeminencia del Estado en lo público empieza a desdibujarse con la aparición de distintos
factores propios del periodo de transición entre el Estado feudal y moderno: la neutralidad
política de los conflictos religiosos, la creación de una administración pública, la separación
entre patrimonio público y privado, la creación del mercado y la transformación de la
comunidad en sociedad (Rabotnikof, 2005: 38). Cuando se habla de desdibujamiento no
refiere a que el Estado abandone la dimensión pública, sino que el poder público empieza a
erigirse como una entidad separada de los que quedan fuera de su ejercicio, lo común, y se
sientan las bases de la diferenciación moderna entre el Estado y la sociedad; como ejemplos
podemos señalar la aparición de la burguesía como contraparte del Estado absolutista en
Francia.

Siguiendo esta idea, durante el siglo XVII y XVIII la utilización de “público” como
adjetivo ahondará en la distinción entre Estado, ciudadano e individuo. El lugar de lo
común se asienta entre una sociedad con formas públicas de expresión (Rabotnikof, 2005:
39), en contraposición de un Estado que sustrae de su actividad a los que no integran la
esfera de poder público. La aparición de un “interés público” ajeno al campo del Estado y
del gobierno desafía esta preeminencia estatal de la esfera pública y traslada la idea de lo
común a las comunidades integradas por individuos.

De esta forma, lo público inicia una transición hacia lo individual. Lo público es propio de
un “público”, privados reunidos en calidad de público (Rabotnikof, 2005: 42); paradigma
que se instaurará definitivamente posterior a la crisis del Estado-nación que Rabotnikof
identifica con el paulatino debilitamiento y privatización del Estado a partir de 1970 y 1980
(Rabotnikof, 2008: 40). El actor principal pasará a ser la sociedad civil, con características
anti-Estado pero no desalineada del mercado, cuyos principales discursos giran en torno a
la reivindicación de la privacidad y la pluralidad encarnada como asociacionismo (Ibídem).

Aunque esta re-conceptualización de lo público es el discurso hegemónico de nuestra época


y es ampliamente apoyado e impulsado por gobiernos y organismos internacionales, autores
como Lipovetski (1993) y la misma Rabotnikof (2005; 2008) reconocen peligros en la
híper-individualización de lo público, que trastoca y altera los patrones de las comunidades,
desvitaliza o desaparece los espacios públicos y disloca y debilita a democracias.
Qué es el espacio público

Pese a que en la discusión sobre lo público se ha intercalado el tratamiento del espacio


público, es preciso determinar a qué se refiere este trabajo cuando habla del mismo, tarea
no tan sencilla considerando que al ya incluir un concepto tan polifacético y cambiante
como “público”, su misma delimitación enfrenta dificultades similares. Daniel Carrasco
(2011: 22) propone una distinción entre los dos principales enfoques que analizan el
espacio público:

1. Espacio público como ámbito social del discurso público sobre los intereses
comunes, centrando su argumentación en el carácter relacional e identitario a éste
atribuido (Arendt, 1993; Habermas, 1994; Sennett, 1978).
2. Espacio público como una espacialidad susceptible de ser delimitada material y
normativamente (Caldeira, 2000; Goodsell, 2003).

Las diferencias entre ambos enfoques son fáciles de reconocer: el primero considera al
espacio público como una abstracción de intercambios comunicativos y sociales; el
segundo lo aterriza a una materialidad del diseño urbano y jurídico. El punto de acuerdo
entre ambos es la consideración del espacio público como un valor fundamental para la
vida democrática (Carrasco, 2011: 24).

Para fines de este trabajo, el segundo enfoque será el que tomaremos como referencia de
espacio público y el que será desarrollado en este apartado. Como material susceptible a
delimitación, el espacio público es definido como
 El espacio público es lugar donde todo ciudadano tiene derecho a circular, a estar
y hacer, en contraste con el espacio privado donde el paso, la estancia y la
creación están restringidas. El poder transitar remite a la libertad de movimiento,
el poder estar remite a la apropiación del espacio y el poder hacer remite a la
participación en el espacio público (Alguacil, 2008: 205).
 Son espacios abiertos y respirables en medio del cemento y el esmog, y allí los
seres humanos podemos recuperar, por un instante, el contacto con la tierra. Estos
espacios son también lugares de encuentro fortuito, de la charla informal, de la
conversación (Laub, 2007: 56).
 Los espacios públicos surgieron como lugares de encuentro y asamblea, donde los
ciudadanos se presentaban a sí mismos y se reconocían a sí mismos como
miembros de una ciudad, frente a aquellos alienados de ella (Vicherat, 2007: 60).

Estas tres definiciones aquí recogidas poseen las similitudes de reconocer en el espacio
público una cualidad natural, no en el sentido de predisposición biológica sino como una
inferencia causal de su desarrollo como entorno social y político; el ciudadano pertenece y
se desenvuelve en el espacio público, se le identifica como el espacio donde la esfera de lo
público se antepone a la privada y finalmente, se le identifica espacialmente en una
dimensión urbana.

La ciudad es el lugar dónde los sujetos han podido encontrarse y asociarse para mejorar sus
condiciones de vida de forma común (Alguacil, 2008: 200). El espacio público material
está inevitablemente unido al entorno rural. Las plazas, las calles, los parques, incluso los
lugares de consumos son elementos profundamente arraigados para la población urbana no
sólo como lugares de esparcimiento sino como espacios para la manifestación y ejercicio
del interés público. Para Alguacil, es la ciudad no sólo el nexo entre el espacio público y
privado, sino el lugar donde estos
Se solapan, se confunden, se fusionan […] La ciudad es entonces una síntesis
construida por la fusión entre la forma física y la cultura, entre el entorno y el
medio social, retroalimentándose y, en consecuencia, modificándose mutuamente de
manera permanente: lo conductual determina el espacio físico, el espacio público;
y la forma del espacio público determina las conductas y las relaciones sociales
(Ibídem).

A pesar de su establecida importancia, los espacios públicos urbanos se ven comprometidos


por distintas razones. Existe malestar en las ciudades por la falta de espacios públicos, por
su abandono y el riesgo e inseguridad que conlleva utilizarlos, fenómeno intensificado en
América Latina. La desigualdad y la marginalidad también son factores que trastocan
profundamente la interconexión entre estos espacios y la ciudadanía, las ciudades empiezan
a articularse de manera fragmentada con respecto a las clases sociales, se compromete la
accesibilidad en sectores de la ciudad, surgen los barrios de clase alta alejados de la ciudad,
aislados de ésta y con espacios públicos desiertos aunque cuidados, mientras que en los
barrios de clase media y baja subsisten estos espacios aunque marginalizados, descuidados
y vistos con desconfianza por sus habitantes.
La recuperación del espacio público es tema de agendas públicas, políticas y
gubernamentales. En el caso de la Ciudad de México, existe la figura de la Autoridad del
Espacio Público, órgano desconcentrado de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda
de la ciudad abocado a la conservación y rehabilitación de espacios públicos. Sin embargo,
¿por qué es importante recuperar el espacio público? ¿Se limita únicamente a una cuestión
estética de la ciudad o a la garantía de demandas individuales?

La importancia de la recuperación del espacio público


Para ejemplificar cómo algunas aproximaciones de la importancia de recuperar espacios
públicos se encuentran limitadas, tomaremos el ejemplo de la Ciudad de México. La
Autoridad del Espacio Público de la Ciudad de México coordina, diseña y ejecuta proyectos
e iniciativas específicas, con el objetivo de crear entornos urbanos más atractivos,
vibrantes, diversos e incluyentes, a través de procesos innovadores que aprovechen el
conocimiento, inspiración y potencial de sus comunidades. Su misión es crear entornos
urbanos más atractivos, diversos e incluyentes (AEP, 2016: 6). Este órgano desconcentrado
considera al espacio público como el espacio unido donde la ciudadanía se desempeña,
pero a la vez está conformado por una serie de espacios públicos que, en tanto estén
fragmentados (Ibídem). Sus tareas abarcan desde la restauración de plazas, parques y
monumentos hasta el diseño de los llamados parques de bolsillo (pequeños parques de
formato que se construyen es espacios subutilizados en la mancha urbana), instalación de
luminarias, diseño de banquetas, administración de estacionamientos, instalación de
mobiliario urbano entre muchas otras actividades.
La labor del AEP de ninguna forma pretende disminuirse, sus labores han permitido la
recuperación de más de 60m2 de espacio público marginado o abandonado, (AEP, 2016:
10). Sin embargo, la labor se presenta como respuesta a necesidades individuales, pese a su
carácter público. Si recuperamos la previa discusión en cuanto a lo público del primer
apartado, vemos que un interés público se está viendo observado únicamente como el
conjunto de intereses individuales. La accesibilidad y el mejoramiento de espacios públicos
se trabajan desde la perspectiva del derecho a la ciudad, instrumento cuya finalidad es
garantizar la igualdad de oportunidades y que todas las personas tengan acceso "a un patrón
de vida adecuado" (HIC, 2005). La idea es que los ciudadanos como individuos tengan el
acceso garantizado al uso de espacios públicos para elevar su calidad de vida. Bajo esta
esfera, la recuperación de espacios públicos se observa como una demanda de tipo
garantista, cuyo beneficiado, nuevamente, es el público conformado específicamente como
ciudadanos.
Esta óptica es importante, pero resulta insuficiente para reconocer la importancia que tiene
la recuperación de espacios públicos en la consolidación de una democracia. Para entrar a
este punto, es preciso hablar de capital social. De manera introductoria, Segovia expone al
capital social como una «invitación» a reconstruir formas de cooperación basadas en el
espíritu cívico, como una forma de disminuir tendencias a la disgregación social y
aumentar la eficiencia de la acción colectiva (Segovia, 2007: 19). Putnam (1993) lo define
como rasgos de la organización social como confianza, normas y redes que pueden mejorar
la eficiencia de la sociedad facilitando acciones coordinadas. Citando a Gabriel Salazar,
Segovia (2007: 21) señala que el capital social no se puede enseñar desde arriba ni construir
por decreto, que es capital comunitario, autoproducido por un grupo o una comunidad
local; un potencial acumulado por sus propias acciones y experiencias, proveniente de la
historia interna de los grupos y comunidades, más que de ninguna transmisión externa; por
último, la construcción de estas redes comunitarias es impensable fuera del espacio público,
su existencia y funcionamiento es vital para el desarrollo de capital social que lleva, por
consiguiente, a una consciencia cívica.
La tesis del trabajo de Putnam (1993) es que la alta industrialización del norte de Italia se
debe a la existencia de alto grado de capital social traducido en estas redes comunitarias de
confianza, civismo y cooperación. Aunque no lo menciona explícitamente, siguiendo la
linea de pensamiento que se ha desarrollado a lo largo del texto, se puede aventurar que la
región posee espacios públicos protegidos y utilizados por sus ciudadanos. ¿Qué pasa
cuando el espacio público no posee las características de permitir esta creación de capital
social? El espacio público muerto es una categoría de Sennett (1978: 72) es aquel que
carece de sentido de sentido para la ciudadanía debido a su abandono. Los espacios
públicos muertos no son sólo aquellos que se vuelven descuidados o marginalizados, sino
que también pueden ser creados específicamente para no producir capital social, tales como
las plazas o accesos a complejos comerciales o distritos financieros cuya finalidad parece
ser únicamente estética y de fondo, una ruta de paso al verdadero fin del espacio; el espacio
público se convierte sólo un contingente para el movimiento. Sennett (1978: 30) identifica a
la creación y existencia de estos espacios públicos muertos la razón más concreta para el
aislamiento de las personas en el terreno íntimo. La interacción en la calle se vuelve forzada
y la vida pública se vuelve una obligación incómoda, un molesto inconveniente para llegar
a un entorno privado donde el individuo sienta que puede alcanzar sus satisfactores.
Lipovetski (1993), desde una óptica posmoderna, observa la fragmentación individualista
de la sociedad a través de sus patrones de consumo. El espacio público entonces se ve
sustituido por bienes que ofrecen un repliegue a la esfera privada de actividades que solían
ser comunitarias. Al igual que otros autores, aunque desde distinto enfoque, critica la
planeación urbanística de la ciudad que inhibe la interacción social y contribuye al
individualismo, la ciudad moderna es más fría, más funcional, más anónima […] Una
aglomeración de viviendas privadas donde se vive aparte, donde se toma el automóvil para
ir a trabajar, para salir de vacaciones o de fin de semana y donde las pocas formas de
sociabilidad que subsisten están comprimidas es espacios urbanos marginados.
Incluso discute la utilización del espacio público sin fines sociales (sin producción de
capital social, retomando la discusión anterior). Una persona que sale a ejercitarse al parque
o a la banqueta de su barrio no lo hace con fines de sociabilidad, sino que persigue una
necesidad individual (hedonista le llama Lipovetski) de cuidado físico. Si bien nadie
discute con la idea de procuración del bienestar, lo que al autor le parece síntoma claro de
la atomización social y urbana es esta utilización del espacio público para un fin individual,
no un medio para la interacción social.
Recapitulando, los espacios públicos muertos no son espacios que permitan la creación de
capital social. Si el capital social lleva a la conformación de una consciencia ciudadana
necesaria para el funcionamiento de un régimen democrático, ¿cómo podemos crear
democracias funcionales sin dotar a los ciudadanos de espacios de interacción, creación de
redes de confianza, normas y acción comunitaria? Si el capital social no puede ser creado
“desde arriba” y es producto autoproducido por una comunidad, el abandono o la creación
de espacios públicos atrofiados relega a la ciudadanía a una esfera privada y convierte a la
interacción pública a un intercambio forzado, propio de una simple convención en lugar de
un proceso de creación de redes.

Conclusiones:
La importancia recuperación, rehabilitación y creación de espacios públicos no radica
únicamente en la garantía individual de su accesibilidad a los ciudadanos, mucho menos en
una cuestión de estética de la ciudad; la existencia de espacios públicos funcionales es un
factor crucial para el desarrollo y funcionamiento de un régimen democrático.
Los espacios públicos confrontan a los ciudadanos con su realidad, conforman una esfera
de lo pública que permite el desarrollo de redes comunitarias y sociales entre ellos. El
espacio público no es el parque o la plaza por sí mismo, es esa red de intercomunicaciones
que permite la creación de capital social, la efervescencia de la sociabilidad. Un espacio
público diseñado como un contingente de movimiento, para estos fines, es un espacio
obsoleto.
Debe ser prioridad para las agendas gubernamentales incluir esta dimensión de la
importancia del espacio público, no sólo en planes de rehabilitación y recuperación del
mismo, sino en los planes de desarrollo urbano y social. La ciudad fragmentada y
atomizada, dotada de muros reales e intangibles, no permite la apropiación ni el sentimiento
de identidad para el ciudadano, la híper-individualización dificulta los procesos
democráticos ya de por sí complicados en América Latina.
Más importante aún, los insumos para el establecimiento de una consciencia cívica no
pueden ser producidos por decreto. Producto de una interacción autoproducida, el capital
social es un elemento crucial en la conformación y robustez de las democracias, asegurar su
continuo removimiento es prioridad (o debe de serlo) para cualquier régimen democrático.
La tarea no es sencilla pero los costos sociales y políticos de obviarla son más altos; la
premisa es sencilla: un régimen democrático donde sus ciudades se encuentran
desmembradas y sus espacios públicos son únicamente referente de movimiento enfrentará
problemas en la legitimación y funcionamiento de su régimen democrático.
Bibliografía:

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