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Terapia

familiar

feminista

rrr

Thelma Jean Goodrich Cheryl Rampage Barbara Ellman Kris Halstead

Terapia Familiar

PAIDOS

Terapia familiar feminista

Grupos e instituciones / Terapia familiar

1. A. Dellarossa - Grupos de reflexión

2. J. Chazaud - Introducción a la terapéutica institucional

3. M. Grotjhan - El arte y la técnica de la terapia grupal analítica

4. W.R. Bion - Experiencias en grupos

5. R. de Board - El psicoanálisis de las organizaciones

6. F. Moccio - El taller de terapias expresivas

7. D. Anzieu - El psicodrama analítico en el niño y en el adolescente

8 .1.L. Luchina y col. - El grupo Balint. Hacia un modelo “clínico-situado- nal”

9. S. Minuchin y H. Ch. Fishman - Técnicas de terapia familiar

10. M. Andolfi - Terapia familiar

11. B. Shert'er y otros - Manual para el asesoramiento psicológico

12. M. Andolfi e I. Zwerling - Dimensiones de la terapia familiar

13. S. Minuchin - Calidoscopio familiar

14. M. Selvini Palazzoli y otros - Al frente de la organización

15. A. Schlemenson - Análisis organizacional y empresa unipersonal

16. J.S. Bergman - Pescando barracudas. Pragmática de la terapia sistémi- ca breve

17. B.P. Keeney - Estética del cambio

18. S. de Shazer - Pautas de terapia familiar breve. Un enfoque ecosistémi-

co 19.1. Butelman - Psicopedagogía institucional. Una formulación analítica

20. P. Papp - El proceso de cambio

21. M. Selvini Palazzoli y otros - Paradoja y contraparadoja. Un nuevo

modelo en la terapia familiar

con transacción esquizofrénica

22. B.P. Keeney y O. Silverstein - La voz terapéutica de Olga Silverstein

23. M. Andolfi y C. Angelo - Tiempo y mito en la psicoterapia familiar

24. J.L. Etkin y L. Schvarstein - Identidad de las organizaciones

25. W.H. O’Hanlon - Raíces profundas. Principios básicos de la terapia y de la hipnosis de Milton Erickson

26. R. Kaes y otros: La institución y las instituciones. Estudios psicoanalíti-

cos

27. H. Ch. Fishman: Tratamiento de adolescentes con problemas

28. M. Selvini Palazzoli y otros: Los juegos psicóticos en la familia

Thelma Jean Goodrich Cheryl Rampage . Barbara Ellman Kris Halstead

Terapia familiar feminista

PAIDOS

Buenos Aires - Barcelona - México

Título original: Feminist Family Therapy. A casebook W. W. Norton & Co., New York, London © Copyright 1988 by Thelma Jean Goodrich, Cheryl Rampage, Barbara Ellman, and Kris Halstead ISBN 0-393-70050-X

Traducción de Beatriz López

Cubierta de Gustavo Macri

la. edición, 1989

Impreso en la Argentina — Printed in Argentina Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

I^a reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita a máquina, por el sistema “multigraph”, mimeógrafo, impreso, por fotocopia, fotoduplicación, etc., no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

© Copyright de todas las ediciones en castellano by Editorial Paidós SAICF Defensa 599, Buenos Aires Ediciones Paidós Ibérica S.A. Mariano Cubí 92, Barcelona Editorial Paidós Mexicana S.A. Guanajuato 202, México DF

Y a menudo me he preguntado Cómo los años y yo sobrevivimos Tuve una madre que me cantaba Una canción de cuna que no mentía

Joan Baez, “Honest Lullaby"

Dedicamos este libro a nuestras madres,

Thclma Quillian Goodrich

Lois Mae Rampage

Mary Grzymkowski,

Francés Ellman

cuyo amor nos dio el valor necesario para cuestionar lo establecido.

LAS AUTORAS

Las autoras son fundadoras y docentes del Instituto de las Mujeres para Estudios sobre la Vida de Houston, Texas. Chcryl Rampage y Barbara Ellman son autoras asociadas que com­ parten igual responsabilidad por este trabajo. Thelma Jean Goodrich, Doctora en Filosofía, es profesora auxiliar en el Departamento de Medicina Familiar del Baylor College of Medicine, de Houston. Cheryl Rampage, Doctora en Filosofía, es profesora asociada de Ciencias del Comportamiento en la Universidad de Houston-Clear Láke. Barbara Ellman, Licenciada en Estudios Sociales, es profesora adjun­ ta en el Departamento de Graduados de Estudios Sociales de la Univer­ sidad de Houston. Kris Halstead, Licenciada en Ciencias de la Educación, es superviso- ra asociada en el Centro de Prácticas de Terapia Familiar, de Washing­ ton, D. C.

INDICE

Prólogo, de Rachel T. Hare-Muslin

 

9

Prefacio

13

Agradecimientos

15

1. El feminismo y la familia

19

Los estereotipos de los roles de los géneros y la familia

23

La ideología de la familia “normal”

26

El planteo feminista

27

2. Terapia familiar feminista: haciauna reforma

 

31

La teoría

34

La capacitación

48

3. Trabajo feminista, proceso feminista

55

4. El matrimonio empresarial

63

Linda y Ricardo

65

La consulta

68

El

análisis

;

71

El tratamiento

76

Ricardo y Linda

78

Fernanda y Javier

79

Los riesgos

84

5. La familia de un solo progenitor

87

Paulina y sus hijos

89

La consulta

93

El análisis

96

El tratamiento

103

Paulina y sus hijos

105

INDICE

La pareja

corriente

113

Gabriel y

Julia

,114

La consulta

120

El

análisis

.122

El

tratamiento

 

129

Julia y Gabriel

.131

Los riesgos

139

El acuerdo sobre la prestación de cuidados

141

Esteban y Sandra

144

La

consulta

145

La segunda

consulta

149

El

análisis

151

El

tratamiento

 

155

Sandra y Esteban

156

Los riesgos

 

161

La pareja lesbiana

 

163

Cora y Cata / Ruth y R ita

164

La

consulta

165

La

segunda consulta

 

168

El

análisis

170

El

tratamiento

 

180

Cata, Cora, Rita, Ruth

181

Los riesgos

 

188

La relación abusiva

 

191

Angélica

.

193

La

consulta

195

La

segunda consulta

 

197

El

análisis

200

El

tratamiento

204

Angélica

 

206

Los riesgos

209

Su participación en la reforma

211

Referencias bibliográficas

,217

Indice analítico

.223

PROLOGO

Terapia Familiar Feminista es un libro de historias de casos en el que se presenta una nueva manera de conceptualizar y practicar la terapia familiar. Constituye un paradigma en el que se reconoce el carácter de la familia basado en el género y la intersección de éste con los recursos materiales y psíquicos de la familia. Me ha causado honda impresión la manera en que las autoras, Thelma Jean Goodrich, Cheryl Rampage, Barbara Ellman y Kris Halstead, se han dedicado a desarrollar un método que prescinde de los modelos estáticos de la teoría de los roles sexuales, el funcionalismo y las etapas del desarrollo psicosexual. Al reconocer valientemente que la familia existe en el contexto de una sociedad patriarcal, van más allá de los gestos rituales que suelen hacerse en este campo ante la importancia del contexto social más amplio. ¿Por qué “valientemente”? Porque en una sociedad en la que tratamos de ocultar las desigualdades entre los hombres y las mujeres, nos resulta incómodo incluso el uso del término “patriarcado”. A veces nos olvidamos de que la terapia familiar nació en un movimiento revolucionario, el de la teoría de las comunicaciones y los planteos sistémicos frente a los modelos lineales. En lugar del método psicoanalítico centrado en el individuo, la terapia familiar ofrecía un punto de vista sistémico de las relaciones e interés por el contexto. Pero toda revolución con el tiempo está destinada a volverse conservadora a ser “algo más de lo mismo”. La genialidad que distinguía a los pioneros de este campo, como Gregory Bateson, Paul Watzlawick y Virginia Satir, se ha desvanecido y hoy es un método oficial en el que nos interesa perfeccionar y dar forma a su circularidad misma. Algunos consideran que en la actualidad la terapia familiar no hace más que dar vueltas y vueltas en un circuito recurrente. Además, nuestra muy admirada y alabada metaposición ha ignorado sistemáticamente el género, demostrándose una vez más qué difícil es

10

PROLOGO

comprender un sistema del cual formamos parte. Como señaló Judy Libow, hemos tratado al género como un secreto de familia. En conse­ cuencia, la terapia familiar tradicional no ha podido hacer ver a las familias la conexión que tienen sus problemas con los estereotipos culturales relativos al género y con las relaciones de poder. Creo que la terapia familiar está dando un paso gigantesco al'comenzar a develar ese secreto, como lo ponen en evidencia el presente libro, el de Marianne Ault-Riche y otros que se publicarán. ¿Cómo se puede lograr un cambio paradigmático? Las terapeutas feministas presentan un desafío al campo de la terapia familiar, declaran­ do que la revolución no ha terminado. Pero, como sucede con todas las revoluciones, hay resistencias, opuestas incluso por los viejos revolucio­ narios. Algunos teóricos y profesionales no estarán dispuestos a aceptar estas nuevas maneras de pensar sobre las familias y de trabajar con ellas, y dirán que el motivo del cambio es político. Ahora bien, toda organiza­ ción social es política, lo mismo que todo significado es semántico; toda posición implica “adoptar un punto de vista”. No se trata de preguntar si el punto de vista es correcto o equivocado, pregunta imposible de contestar en una sociedad posmodemista, sino cuáles son las consecuen­ cias de un punto de vista determinado. La perspectiva de las terapeutas feministas se traduce en un modelo en el que las quejas de las mujeres no son consideradas insignificantes, no se culpa a las mujeres por los problemas de la familia y no se las alienta a soportar matrimonios malsanos y peligrosos. Como nos recuerdan las autoras, la terapia familiar es una empresa moral basada en una visión de la vida humana, y las cuestiones de índole moral no deben ser ocultadas. La terapia familiar persigue la transforma­ ción tanto como la adaptación a las normas sociales. Las autoras señalan cómo el problema de la subordinación de las mujeres en la sociedad ha sido marginado, malentendido e ignorado en la terapia familiar. Ponen a la vista la dicotomía masculino-femenino. Van de la evaluación y la crítica a la práctica. Admiro su buena voluntad para exponer sus propios objetivos y dudas en las historias de casos que presentan. Asimismo, tienen una exquisita sensibilidad ante sus propias actitudes, valores y respuestas frente a las normas y expectativas culturales. Al exponer con honestidad los riesgos y las ventajas de su método terapéutico, han fijado un nuevo patrón para evaluar la práctica de la terapia familiar que otros terapeutas bien podrían emular.

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

11

La metaposición adoptada en este libro es una posición que da cuenta de una diferencia. ¿Qué diferencia es más universal que la del género? Empero, diferencia no tiene porqué significar déficit, como en las teorías psicoanalíticas sobre la mujer, ni dominación, como en las teorías estructurales y estratégicas en las que los límites protegen las jerarquías. La terapia dcscripta en este libro se opone a otros enfoques y verdadera­ mente coloca ala familia y al individuo dentro del contexto social de una manera que rara vez han logrado los métodos anteriores.

Las autoras han trabajado en equipo, formándose, apoyándose y criticándose mutuamente para lograr este nuevo método. Han basado su trabajo en las ideas y los artículos sobre terapia familiar feminista que comenzaron a aparecer en los últimos años de la década de 1970. Sus historias de casos ilustran cómo pueden rcencuadrarse los problemas para incorporar el género. En el caso de un matrimonio empresarial, las autoras demuestran cómo las estructuras de trabajo despersonalizadas afectan a la familia. En otro caso examinan los estereotipos relativos a las familias a cargo de un solo progenitor. El perimido lema de la comple­ mentariedad es analizado en otro ejemplo donde las autoras señalan que no es lo mismo adoptar una posición de inferioridad, que ser inferior. Otros casos tienen que ver con la familia de origen y las exigencias de atención y cuidado, con una pareja lesbiana y con una relación abusiva. A través de las historias clínicas las autoras revelan muy elocuentemente de qué manera los estereotipos de los roles de los géneros sofocan los deseos, la conducta y el desarrollo de todos los miembros de la familia. Toman términos agotados como fusión, límite y triángulo, que han sido vaciados de contenido, y les dan un nuevo significado. Asimismo, revalorizan la dependencia y la resistencia equiparándolas al heroísmo y el honor. Y al llamar la atención sobre la posición de las mujeres, nos recuerdan que nuestras teorías sistémicas no pueden explicar todos los fenómenos: “ya sea que el cuchillo caiga sobre el melón o el melón caiga sobre el cuchillo, es el melón el que se corta”. ¿Puede continuarla revolución en la terapia familiar? Sospecho que únicamente si asimila una concepción verdaderamente nueva, como la que brinda la terapia familiar feminista. Las autoras mencionan que son las primogénitas en sus familias de origen. ¿Quién no desearía que una hermana mayor así le señalara el camino? Este libro será de utilidad para muchos profesionales de la terapia familiar dispuestos a adoptar un

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PROLOGO

nuevo paradigma. Terapia familiar feminista nos ofrece una visión ampliada y transformada de la terapia familiar del futuro.

Rachel T. Hare-Mustin Noviembre de 1987

PREFACIO

Sólo mujeres que se escuchen mutua­ mente podrán crear un mundo que con­ trarreste el sentido predominante de la realidad.

Maiy Daly,

Beyond God the Father

Somos cuatro terapeutas de familias que hemos luchado, cada cual a su modo, para comprender nuestro trabajo y a nuestros pacientes, in­ sertas como estamos en esta sociedad patriarcal. Somos cuatro mujeres que hemos reconocido en nuestras propias vidas los efectos insidiosos del sexismo y la opresión originada por teorías que nos degradan. Nos identificamos como amigas y colegas porque nos hemos fijado el mismo objetivo: comprender qué hacemos y cómo sobrevivimos. Nos identifi­ camos a través de nuestra común adhesión al feminismo. Nos identifica­ mos al reconocer el fracaso de nuestros respectivos programas de formación en lo que se refiere a preparamos para responder a las complejidades de la familia norteamericana y de cada uno de sus miembros, en particular las mujeres. Con gran alivio nos unimos, compartiendo la oficina y las ideas, escribiendo monografías, haciendo presentaciones, analizando nuestro trabajo desde nuestro punto de vista feminista. Con el tiempo, llegamos a establecer un foro para que las mujeres investigaran los intereses y los lemas feministas que nos pertenecen a todas. Llamamos a este foro Instituto de las Mujeres para Estudios de la Vida. Mediante talleres, seminarios, retiros, grupos de consulta, tertulias y conmemoraciones, creamos un espacio para que las mujeres se hicieran conscientes, para elevar su nivel de conciencia. Sólo cuando aceptamos el desafío que nos planteó Susan Barrows, de W. W. Norton, comprendimos las ramificaciones de todo lo que confor­ ma el trabajo de las mujeres. Nuestra decisión de escribir un libro se pareció mucho ala decisión de tener un bebé entre todas. Este libro forma parte de todas nosotras y el hecho de haber pasado juntas por la experiencia de su alumbramiento estimuló nuestros instintos de prote­

14

PREFACIO

ger, dar un nombre, alimentar, poseer, perfeccionar y crear a nuestra imagen y semejanza. Cuando decidimos escribir este libro juntas, nos comprometimos a desarrollar un proceso colegiado, respetuoso y consensúala No quisimos dividir el libro de modo que cada una escribiera una parte, sino más bien esforzamos en producir una teoría originada en nuestro análisis colecti­ vo. Nos reuníamos semanalmente para examinar nuestras opiniones sobre los pacientes con los que estábamos trabajando en ese momento. Nuestro objetivo era respetar el aporte y la manera de comprender los dilemas terapéuticos de cada una, sin abdicar, no obstante, del propio punto de vista: esto no siempre resultó fácil. Somos mujeres, madres, hermanas, hijas, amantes y educadoras. Procedemos de la costa atlántica, el centro y el sudoeste de los Estados Unidos y del catolicismo y el protestantismo. Todas nos hemos casado, algunas se han divorciado, algunas han vivido en comunidad. Todas tenemos hijas; dos de nosotras tienen hijos varones. Las cuatro somos las primogénitas en nuestra familia de origen. Las cuatro sentimos un gran amor y devoción por las mujeres. Todo esto afecta el trabajo que hemos realizado juntas. Ninguna de nosotras es una mujer de color y esto también afecta al trabajo que realizamos juntas. Ninguna de nosotras se llama a sí misma lesbiana, lo cual influye en nuestro trabajo en común. Mientras escribíamos este libro, una de nosotras perdió a su padre, otra a su madre, una tercera dio a luz un bebé, otra adoptó un bebé, y hubo otra que se alejó. Estos sucesos afectaron a nuestra tarea en común. El entrelazamiento de nuestras vidas profesionales y nuestras realidades personales —así como el conocimiento de este hecho y su utilización— hacen que este proyecto, nuestro libro, sea inherentemente feminista. Junto con otras mujeres de todo el país, estamos apenas comenzando a aprender lo que significa para las mujeres trabajarjuntas, crearjuntas, cooperar y competir, confrontar y nutrir. Durante demasiado tiempo todas nosotras hemos sido privadas de esa experiencia.

AGRADECIMIENTOS

Muchas personas han alentado y apoyado nuestros esfuerzos para escribir este libro. A todas ellas queremos expresarles nuestro reconoci­ miento. Los trabajos de Jean Baker Millcr, Dorothy Dinnerstein y Rachel Hare-Mustin estimularon nuestras primeras ideas sobre los puntos de contacto existentes entre el feminismo y la terapia familiar. Las integran­ tes del Proyecto de Terapia Familiar de las Mujeres —Betty Cárter, Peggy Papp, Olga Silverstein y Marianne Walters— fueron pioneras en lo que respecta a relacionar las cuestiones del género con la terapia familiar. Y han sido generosas en sus elogios a nuestro trabajo. Agradecemos asimismo a Susan Barrows, nuestra redactora en Nor­ ton. Su convicción de que estábamos preparadas para escribir este libro nos brindó la inspiración inicial, y su constante entusiasmo nos animaba cuando nuestra energía empezaba a flaquear. Nuestras colegas Lisa Balick y Linda Walsh demostraron tener una paciencia y un buen humor infinitos durante meses de distracción mientras trabajamos para terminar el proyecto. La reflexiva lectura que hicieron del manuscrito redundó en muchísimas sugerencias valiosas. Carol Snydcr leyó varios de los capítulos más dificultosos; su capa­ cidad para dominar la palabra escrita agregó claridad cuando el texto corría el riesgo de ser oscuro. Margaret Nobles, nuestra mecanógrafa, fue capaz de transformar pilas de páginas ajadas, garabateadas con cuatro tipos de letra diferentes e ilegibles, en páginas bien presentadas de prosa comprensible. Su buen ánimo y su sorprendente eficiencia fueron una inmensa bendición mientras nos esforzábamos por cumplir los plazos de entrega. Por último, queremos manifestar nuestro reconocimiento a los pa-

16

AGRADECIMIENTOS

cientes, tanto a aquellos cuyas historias aparecen en este libro como a muchos otros que durante años nos han enfrentado al desafío de tener que reformar nuestras ideas sobre el proceso de la terapia.

T. J. G., C. R., B. E., K. H.

El reconocimiento de los demás ha constituido mi fortaleza y sostén:

el de Marianne Walters, que ratificó mi trabajo en una de las primeras

presentaciones y siguió alentándome en presentaciones posteriores con su manera tan especial y personal; el de Betty Cárter, que tanto en publicaciones como en foros públicos me hizo saber que estaba bien encaminada; el de Lisa Balick y Loyce Baker, quienes me aseguraban diariamente que había un punto final para todo mi sufrimiento, y el de mis hijos, mis maravillosos hijos —Dolly, Davey, Kelly y Mila— que de muy buena gana se hicieron a un lado mientras duró todo el trabajo extra de los dos últimos años.

T. J. G.

'

Agradezco a mi esposo, Larry LaBoda, por considerar desde el comienzo que este trabajo era importante. Su absoluta confianza en que saldría bien y su buena voluntad para aceptar el aflojamiento del ritmo hogareño me brindaron un enorme apoyo. Mis hijos, Scott y Elizabeth, fueron pacientes durante mi ausencia y comprensivos a mi regreso. La distracción que me causaron ocasionalmente es insignificante compara­ da con la alegría que siempre me han brindado.

C. R.

Quiero darle las gracias a mi esposo, Mitchcll Aboulafia, que me apoyó con sus planteos intelectuales, su amistad, su amor y la intensifi­ cación de sus obligaciones paternas mientras estuve casada con el libro.

A Lauren, que de la noche a la mañana se convirtió en la más estupenda

criatura de cinco años y fue mi maravilloso regalo cuando salí de la cueva. A Sara, que compitió con el libro en cuanto al embarazo y el parto pero tiene la diferencia bien nítida de haber emergido como la inmensa alegría que es. A mi hermana Susan y mi padre Abe, que no se cansaban nunca de preguntar por “el libro”. A mis amigos, especialmente Hilary

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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Karp y SusanThal, que supieron excusar las citas incumplidas, las fechas canceladas y las llamadas telefónicas sin respuesta. Y porúltimo, a mis vecinas, Nancy George y Sue Kellogg, que hicieron de familia ampliada ayudando a mi familia cuando yo no estaba.

B.E.

Dos personas aportaron sus ideas y su tiempo para criticar algunas partes del manuscrito. Caroline Whitbcck y Laurie Leitch contribuyeron de manera importante a mi comprensión de la integración de la teoría y la práctica feministas. Expreso mi gratitud a Lauro Halstead por haber compartido conmigo su sabiduría sobre el arte de vivir y de crear.

K. H.

C apitu lo i

EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

Esta revolución es la más universal y la más humana de todas las revolucio­ nes. Nadiepuede oponerse a una revolu­ ción quepregunta: “¿Cómo vivimos con los demás? ¿Cómo educamos a nuestros niños? ¿Cómo se comparte la vida y el trabajo de la familia? ¿Cómo podemos ser humanos todos nosotros?”

Jcssie Bemard, Women and the Public Interest

En su misión de transformar la índole del orden social, el feminismo empieza en el hogar. La familia ocupa un lugar central en el pensamiento feminista por varias razones. En primer lugar, es la fuente fundamental de la transmisión de las normas y valores de la cultura; una cultura cuestionada por las feministas en su base misma. En segundo lugar, la familia es considerada tradicionalmente como el dominio de las mujeres

y, por consiguiente, merece ser analizada en detalle por parte de quienes

se interesan por la condición de la mujer. Por último, es en la familia donde los individuos aprenden por primera vez lo que significa ser masculino o femenino, definiciones de sí mismo que para las feministas son muy problemáticas en nuestra sociedad.

Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la filosofía que

reconoce que las mujeres y los hombres tienen diferentes experiencias de

sí mismos, del otro, de la vida, y que la experiencia de los hombres ha sido

ampliamente enunciada mientras que la de las mujeres ha sido omitida

o mal explicada. Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la

filosofía que reconoce que esta sociedad no permite la igualdad a las mujeres; por el contrario, está estructurada de tal manera que oprime a

las mujeres y glorifica a los hombres. Esta estructura se denomina patriarcado. Cuando hablamos de feminismo nos referimos a una filoso­ fía que reconoce que todos los aspectos de la vida pública y privada

20

EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

llevan la marca de la teoría y la práctica patriarcales y, por consiguiente, es necesario someterlos a una revisión. Los análisis feministas de la familia empiezan por situarla en el tiempo, porque las definiciones sobre la validez de los miembros de la familia y de su participación en ella han variado en las distintas épocas, de acuerdo con las necesidades políticas, económicas, sociales e indivi­ duales (Mintz y Kellogg, 1987; Morgan, 1966; Rabb y Rotberg, 1973). Esta perspectiva cuestiona la creencia corriente de que la familia existe fiiera de la historia, que trasciende la historia. Se supone erróneamente, por ejemplo, que la “infancia” como período de desarrollo socialmente reconocido ha existido siempre. En realidad, el origen del concepto de infancia tal como lo conocemos está relacionado con el desarrollo de la “familia moderna” durante la era de la Revolución Industrial y, por consiguiente, está ligado a los cambios producidos también en esa época en la estructura familiar, las clases sociales, la economía y la demografía (Artes, 1960/1962). Este hecho de que una condición, al parecer tan fundamental como la niñez, sea en realidad un concepto detenninado por el contexto y sujeto a cambios, no ha sido incoiporado en la conciencia del lego ni en la del profesional. El origen de otras características de la vida familiar es igualmente dejado de lado, haciendo así que parezcan características naturales y constantes. Examínese la clara división existente entre el hogar (dominio de las mujeres) y el lugar de trabajo (el mundo de los hombres). Fue la era industrial con su economía capitalista la que bifurcó a la sociedad occidental en dos esferas separadas y sustentadas por una ideología, haciendo que una de ellas fuese privada y correspondiese a las mujeres,

y que la otra fuese pública y correspondiese a los hombres. En el período

previo ala era industrial las mujeres y los hombres trabajabanjuntos, aun cuando existía cierta división del trabajo. Durante la era industrial se le enseñó sistemáticamente a la mujer que debía llegar a ser una excelente ama de casa y madre antes que alcanzar cualquier otra identidad posible (por ejemplo, trabajadora, amante, amiga). La propaganda sobre la familia entraba en el hogar desde todos los sectores, porque se creó un cuadro de expertos para educar, aconsejar

e inducir a las mujeres para que asumieran sus nuevos roles. Médicos,

pastores y economistas domésticos, recién inventados, se encargaron de prescribir a las esposas modalidades adecuadas de comportamiento. Estos expertos autonombrados crearon un montón de manuales y otras

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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series de instrucciones sobre el cuidado de los niños y del hogar, para consumo de las mujeres. El amor mismo se invocaba como una manera de galvanizar las actitudes y conductas de la mujer a favor de su rol exclusivo como ama de casa y madre. De hecho, el término “ama de casa” no fue creado hasta

el periodo industrial. Del mismo modo, aunque las madres siempre han

existido, la Maternidad como institución no se conocía anteriormente (Rich, 1976). Se les enseñaba a las mujeres, desde la página impresa y desde el pulpito, que harían un gran daño a sus maridos (que estaban en

el mundo procurando el sustento) y a sus hijos (quienes, por primera vez

en la historia, eran vistos como seres que necesitaban un cuidado especial) si no seguían los consejos y las advertencias de los expertos.

A causa de la división de la vida en compartimientos que trajo consigo

la industrialización, el rol de la mujer como guardiana del fuego del hogar

empezó a ser considerado esencial para la cultura. Las esposas tenían que hacer tolerables los nuevos empleos industriales y burocráticos que desempeñaban los hombres creando y manteniendo un clima hogareño cálido y revitalizante. Se promocionaba a la familia como un “refugio” privado para compensar el clima “inhumano” de las fábricas. El hogar de un hombre tenía que parecer su castillo y él tenía que sentir su nuevo privilegio de jugar al rey para compensar la alienación que experimen­ taba ahora en su lugar de trabajo. ¿Qué sucedía con las mujeres? ¿La familia se había convertido para ellas en un refugio, en un lugar seguro y acogedor? Las feministas han escrito sobre la posición vulnerable e insatisfactoria del ama de casa ya a partir de la década de 1890, cuando Charlotte Perkins Gilman escribió The Yellow Wallpaper (1973 b). La historia de Gilman cuenta la

declinación emocional de una esposa a medida que ve imágenes aluci­

nadas sobre el papel que cubre las paredes de la habitación en la que está confinada dentro de su protegida casa. Casa de muñecas de Ibscn es otro ejemplo de la infantilización impuesta a la esposa por su marido (1985).

A estas dos mujeres sus maridos paternalistas les dicen que lo que les está

sucediendo es “por su propio bien”, a pesar de que ellas se sienten mal.

Y lo que resulta aun más significativo, les dicen que su bondad y su

identidad de mujer se verán cuestionadas si no aceptan con buen ánimo

y calladamente el lugar que se les ha asignado. Algunas feministas contemporáneas también han tratado de aclarar las extrañas sensaciones de descontento, aislamiento y degradación

22

EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

experimentadas por las amas de casa, siendo la primera Betty Friedan con The Feminine Mystique, publicado en 1963, donde expuso “el pro­ blema que no tiene nombre” para que todos lo vieran (Ehrenreich y English, 1978; Oakley, 1974; Swerdow, 1978). Sin embargo, todavía es

una creencia comente que las amas de casa gozan de unabuena situación, que son bien cuidadas y que no podrían tener quejas legítimas. Cuando

en las películas y en las novelas aparece “la feliz ama de casa” agobiada

por la depresión, el alcohol o las drogas, la situación se muestra como si fuese algo idiosincrásico y personal, nunca político. El hogar no ha sido enriquecedor para las mujeres, y lo que es peor,

ni siquiera ha sido seguro para ellas, ni para sus hijos. Una de cada cuatro

mujeres es golpeada por su marido, y se estima que hay 400.000 casos de incesto anuales, el 97 por ciento de los cuales son perpetrados por hombres (Kosof, 1985; Straus, Gelles y Steinmetz, 1980). Se considera que estas aterradoras cifras se encuentran bien por debajo de la incidencia real, y otros hechos de violencia en el hogar como, por ejemplo, la violación por parte del marido y el castigo físico de los hijos son igualmente difíciles de registrar. Lo que es declarado hace imposible sostener el pensamiento consolador de que los hombres violentos y abusivos son un elemento periférico. Nuestra cultura no sólo ha permi­ tido que los hombres creyesen que tienen poder sobre sus esposas e hijos; ha creado y reforzado intensamente la posición dominante del hombre. Las feministas han develado la relación entre la violencia —sexual, física y emocional— y la intimidad del hogar como ámbito propicio para el ejercicio de la prerrogativa masculina (Dobash y Dobash, 1979; Hermán, 1982; Russell, 1982; Schecter, 1982). Esta ideología de la intimidad sigue silenciando a miles de víctimas de la violencia domés­

tica. Los partidarios de esta ideología reclaman una política de prescin- dencia por parte del Estado y afirman que la intromisión del gobierno en

la vida familiar se opone a la esencia de lo norteamericano. Las feminis­

tas señalan, sin embargo, que el gobierno norteamericano ha intervenido (y debe intervenir) en la vida familiar de muchas maneras: la educación

obligatoria, la inmunización contra ciertas enfermedades, las reglamen­

taciones relativas a la vivienda, las normas sobré salud y seguridad, la fiscalización de la información sobre el control de la natalidad y el aborto

y sobre el acceso a ambos, y las leyes sobre el trabajo de menores

(Norgren, 1982). Más recientemente, la posición que considera a la familia como una isla ha sido socavada por leyes que requieren la

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intervención en familias en las que existen “motivos para creer” que se descuida a los niños o se abusa de ellos. Una disposición adicional aunque retrasada permite a una mujer defenderse de su marido. El supuesto de que lo que sucede “detrás de las puertas cerradas” no es asunto de la sociedad debe ser rechazado mediante el compromiso de hacer respetar más los derechos individuales o humanos fundamentales. Ningún marido tiene derecho a golpear a su mujer. Ningún progenitor tiene derecho a golpear a sus hijos. Preguntar cómo les va a las mujeres y a los niños en el hogar sólo es posible si se produce un cambio de perspectiva, pues por lo general se ha dado por supuesto que lo que es bueno para la familia (léase: el marido) es bueno para todos (léase: la esposa y los hijos). Véase el contraste que presenta de Beauvoir (1974): “Afirmamos que el único bien público es el que asegura el bien privado de los ciudadanos; juzgaremos a las instituciones de acuerdo con su eficacia para dar oportunidades concre­ tas a los individuos” (pág. xxxiii). Es esta posición la que adoptamos aquí al juzgar la institución llamada familia. Evaluamos todas las actividades, actitudes, políticas y conductas en cuanto afectan a los individuos en la familia, proceso que implica reconocer no sólo al marido-padre-hombre sino también a la esposa-madre-mujer y a cada hijo. Al verlos como individuos en lugar de verlos como una familia reificada, nos vemos forzadas a reconocer que los individuos de la familia no son iguales, no lo son en status, ni en recursos, ni en poder. El marido-padre-hombre es el que más tiene de todo. Mientras las mujeres y los niños ocupen una posición inferior en una cultura y una familia donde dominan los hombres, las mujeres y los niños estarán en peligro. Acudir a la sociedad para pedir la protección de sus miembros más débiles es pedirle al zorro que cuide a los pollos porque, a pesar de las últimas reformas, la sociedad fomenta la debilidad y el peligro.

LOS ESTEREOTIPOS DE LOS ROLES DE LOS GENEROS Y LA FAMILIA

El sexo es una categoría biológica referida a lo masculino o lo femenino. El género es un concepto social y entraña la asignación de ciertas tareas sociales a uno de los sexos y de otras, al otro sexo. Estas asignaciones definen lo que se rotula como masculino o femenino y constituyen las creencias sociales sobre lo que significa servarón y mujer en una sociedad dada y en un período determinado. Los estereotipos de

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los géneros son el resultado de considerar que determinadas actitudes, conductas y sentimientos son apropiados sólo para uno de los sexos. Todos n®sotros actuamos como si estas diferencias fueran reales, es decir, naturales, y no establecidas por la sociedad; nos olvidamos de que el sexo se refiere sólo a una diferencia anatómica.1 Los roles de los géneros han sido otganizados de manera que se coloca a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una posición subordinada (Miller, 1976). Esta organización subraya todas las diferencias superficiales entre hombres y mujeres y da origen a la asignación de casi todas las tareas. Las tareas que los que dominan eligen para ellos son las que tienen más reconocimiento y más status; a las que les confieren a sus subordinadas se las considera de menor valor y menor status. Las subordinadas tradicionalmente no pueden elegir, a menos que los que dominan se lo permitan, lo cual no constituye una elección real. Esta organización excluye la posibilidad de igualdad y reciprocidad entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles de los dos sexos y termina por producir rigidez y polarización. Y, lo que es más significa­ tivo, afirma y mantiene el poder de los hombres y la impotencia de las mujeres. La familia es una unidad social que expresa los valores de la sociedad, y sus expectativas, roles y estereotipos. Enseña los roles de los géneros aprobados por la cultura, tratando y respondiendo a las niñas y los varones de una manera diferente, manteniendo distintas expectativas para ellos y ejerciendo diferentes presiones sociales para unos y otras. Produciendo así al varón-hombre y a la niña-mujer, la familia realiza una función decisiva para la sociedad. Otra manera en que la familia funciona como el lugar de formación de los roles de los géneros es representando estos roles. El padre como “jefe” de la familia refuerza la noción de padre como “jefe” del país, conductor del pueblo, y autoridad reconocida en el mundo. La madre

1En su libro Feminism Unmodified, Catharine A. MacKinnon (1987) afirma que los hombres, el genero dominante, asumieron el poder para definir tanto la diferencia como la diferencia que determina el género. Como nuestros conocimientos de las diferencias sexuales son conceptos masculinos, aunque se presentan normalmente como teorías vy descubrimientos objetivos, esta autora llega a la conclusión de que lo biológico y lo social son inseparables en este ámbito. No obstante, para nuestros objetivos, seguiremos empleando el término sexo para referimos a la categoría biológica, y género para referimos a la categoría social.

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como “guardiana” de la familia refuerza el estereotipo de la mujer como educadora, armonizadora, guardiana de la paz del mundo. Los métodos de la cultura para formar a los niños en sus roles según el género nos enseñan desde una edad temprana a no ver el género como un concepto social sino, por el contrario, a verlo como profundamente arraigado en la naturaleza humana. “Los varones no juegan con muñe­ cas” tiene el objetivo de avergonzar a un niño haciéndole creer que no está comportándose correctamente como varón si exhibe una conducta supuestamente adecuada sólo para las niñas. En este mandato es evidente la idea de “ir contra la naturaleza” y queda oculto el hecho de que la cultura y no la naturaleza determina la conducta adecuada para cada sexo. Crecemos sin percibir el aprendizaje social y creemos que somos lo que debemos ser según lo predestinado por nuestra estructura anató­ mica. En el fundamento de las tarcas basadas en el género existen tres supuestos centrales sobre los roles masculinos y femeninos: 1) los hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el derecho de controlarla vida de las mujeres; 2) las mujeres creen que son responsa­ bles de todo lo que va mal en una relación humana, y 3) las mujeres creen que los hombres son esenciales para su bienestar (en lugar de simplemen­ te deseables o gratificantes). Estos tres supuestos se combinan para crear casi todas las interacciones y también los problemas de los hombres con las mujeres. Los dos primeros son, evidentemente, manifestaciones del individuo (varón) poderoso sobre el individuo (mujer) impotente, y los dos individuos adquieren su status únicamente en virtud de su género. Percibirse como varón en esta sociedad es percibir el privilegio, mientras que percibirse como perteneciente al género femenino es sentir una responsabilidad personal por el funcionamiento de las relaciones. El tercer supuesto explica parcialmente por qué las mujeres se mantienen conectadas a los poderosos. Los subordinados tienen que gozar del favor de los que dominan para poder existir. Si bien es cierto que el amo necesita al esclavo para poder ser amo de la misma manera que el esclavo necesita al amo para ser esclavo, la existencia material real y la experien­ cia de cada uno dista mucho de ser idéntica. La perspectiva feminista pone en claro no sólo las diferencias entre los géneros sino también el poder que ejerce uno sobre el otro. Los estereotipos de los roles basados en los géneros son perjudiciales para las familia. Oprimen y limitan los deseos, las expectativas, la

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conducta y el desarrollo de los individuos de la familia. En las parejas casadas, los estereotipos de los roles basados en los géneros suelen traducirse en un resentimiento mutuo entre los cónyuges precisamente porque cumplen los roles basados en los géneros. Por ejemplo, la esposa se enoja porque su esposo no le cuenta sus problemas. Lo que visto a la distancia parecía ser el hombre fuerte y silencioso, en la interacción diaria se convierte en el marido aislado, reservadó. O bien, el marido se enoja porque su mujer está siempre criticándolo. Lo que a la distancia parecía ser la mujer que dispensa tenazmente sus cuidados, en primer plano se ve como la esposa obstinada y rezongona.

LA IDEOLOGIA DE LA FAMILIA “NORMAL”

Los conceptos predominantes de la familia “normal” constituyen una ideología basada en los estereotipos de los roles de los géneros: el padre como sostén económico yjefe de la familia; la madre como ama de casa de dedicación exclusiva, buena compañera de su esposo, encargada del cuidado de todos. Al igual que puede decirse de todas las ideologías, ésta crea una concepción hacia la cual se orientan los esfuerzos, un programa sociopolítico de afirmaciones, teorías y objetivos. En ese sentido ejerce una enorme influencia en las expectativas y evaluaciones de los obser­ vadores de la familia, ya sean legos o profesionales. El hecho de que el número de las familias “normales” se haya reducido normalmente tiene poco efecto en el campo de la ideología, campo que las feministas consideran perjudicial en varios sentidos. En primer lugar, el rol estipulado para la mujer en la familia “normal” es opresivo. Sin duda, el rol establecido para el marido también le produce peijuicios, pero no son iguales. Si bien tanto el marido como la mujer se ven privados de experimentar aspectos de ellos mismos no permitidos por el sistema, la mujer tiene otras cargas. La división común del trabajo excluye a la mujer del acceso directo a recursos valiosos como, por ejemplo, tener un ingreso, ejercer autoridad y realizar tareas refrendadas por el status. Su trabajo no remunerado (el cuidado de la casa, la crianza de los hijos, el trabajo voluntario en la comunidad) no es valorado. Aun en los casos en que la mujer trabaja fuera del hogar, sigue soportando la carga de la inmensa mayoría de las responsabilidades de la casa y el cuidado de los niños, lo cual hace que su apego a la fuerza laboral sea leve y que tenga poca movilidad ascendente. En general, la

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mujer ha abandonado más cosas al casarse que el hombre (ocupación, amigos, lugar de residencia, familia, nombre). Tiene que adaptarse a la vida del marido. Los estudios realizados al respecto señalan que mientras que el matrimonio acrecienta el bienestar físico de los hombres, dismi­ nuye el de las mujeres. (Véanse los estudios presentados en Bemard,

1982.)

En segundo lugar, la ideología de la familia “normal” es perniciosa en cuanto a los efectos que ejerce sobre otras formas familiares. Las parejas homosexuales, las familias de un solo progenitor, las parejas sin hijos, las organizaciones de vida comunal, todas estas formas son denominadas “alternativas”, aun cuando superan en número a las organizaciones “normales” (Masnick y Bañe, 1980). Estas “alternativas” conllevan implícitamente el rótulo de subcultura divergente. La pobreza y el aislamiento que suelen caracterizar a estas familias —falsamente atri­ buidos a una estructura deficiente— en realidad tienen su origen en el prejuicio creado por la estricta definición de lo “normal”, y aplicado en el lugar de trabajo tanto económica como socialmente. Las feministas, por consiguiente, están consagradas a contrarrestar la ideología de la familia “normal” debido a su inexacta representación de las familias reales, a la perniciosa limitación que impone a la mujer, a su estigmatización de otras organizaciones familiares, en síntesis, porque se basa en una sola idea de clase (media), raza (blanca), religión (protes­ tante), preferencia afectiva (heterosexual) y privilegio basado en el género (masculino). En su planteo y explicación, el análisis feminista de la familia nos enseña a ver a las familias tal como son y no como algo sacrosanto. El análisis feminista también nos enseña a examinar todas las organizaciones en cuanto se refiere a la competencia y el perjuicio, la grandeza y la perversidad. El objetivo de las feministas no es salvar ninguna forma determinada de familia sino asegurar que las necesidades de cada individuo estén bien satisfechas.

EL PLANTEO FEMINISTA

Las feministas exigen la rcclaboración del lenguaje y la creación de modelos que puedan iluminar mejorías contradicciones y consecuencias del punto de interacción entre el género, el poder, la familia y la sociedad. El lenguaje y los modelos contemporáneos se basan en conceptos dualistas como, por ejemplo, instrumental/expresivo, racional/emotivo,

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objetivo/subjetivo, mente/cuerpo. Las feministas reconocen que estas interpretaciones son esencialmente evaluativas y que funcionan real­ mente como una jerarquía en la cual una parte es considerada superior a la otra. Los calificativos “masculino/femenino”, fijados como categorías opuestas y ligadas a las categorías biológicas macho/hembra, constitu­ yen un ejemplo más de la jerarquía dualista que impregna la vida, el pensamiento y el lenguaje cotidianos. En los capítulos 4, 6 y 7 se demuestra que la polarización, la ignorancia, el resentimiento, la deni­ gración y los desequilibrios de poder están directamente relacionados con esta dualidad del género. Las feministas señalan el prejuicio presente en la sociedad occidental que dicta qué serie de características es superior a la otra. Las categorías instrumental, racional, objetivo y mente se tienen en mayor estima que expresivo, emotivo, subjetivo y cuerpo. No es accidental que la serie superior se relacione con lo masculino y la inferior, con lo femenino. Esta valoración aparece con mayor claridad en el lenguaje burocrático de nuestra época, dominado como está por la tecnología. Es un lenguaje en el que se reflejan los valores masculinos; los partidarios del instrumen- talismo resuelven el problema del dualismo eliminando la esfera expre­ siva por completo. A la vez abrupto y retorcido, vaciado de emoción, con pretensiones de objetividad, abrumadoramente mecánico y sin sujeto, este lenguaje se basa en una construcción impersonal y pasiva, creando el efecto de que no hay actores, que nadie está influyendo en nada ni en nadie, que las cosas suceden absolutamente al margen de la voluntad humana (French, 1985). La eliminación de lo personal tiene lugar, por ejemplo, en la siguiente expresión de la jerga hospitalaria: “accidente terapéutico con desenlace terminal”, en lugar de muerte provocada por negligencia de los médicos (Satchell, 1987). Las feministas cuestionan la afirmación de que este lenguaje es objetivo y avalorativo y, además, cuestionan la afirmación de que es deseable no tener valores, es decir, no tener una moralidad explícita. Se produce una confusión que nos lleva a violentar nuestro propio conoci­ miento para poder ser coherentes con lo que hemos llegado a creer que es un pensamiento “imparcial”. La batalla por la tenencia del Bebé M es un ejemplo de esto. A la madre genética, la que lo dio a luz, se la denominó “madre sustituta” porque se estimó que el proceso —alquiler mediante un contrato— era una realidad más esencial que la realidad biológica misma (Safire, 1987). La mistificadora objetividad del lengua­

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je oficial tiene por objeto ocultar las desigualdades, la violencia, las personas, las pasiones, el “Yo y Tú”, y ha llegado a invadir incluso los campos referidos alas relaciones humanas, los encuentros humanos y los sentimientos humanos. Por ejemplo, los terapeutas de la familia que emplean la expresión “abuso conyugal” participan en el ocultamiento de la realidad predominante: el marido violento es el ejecutor, la mujer es la víctima. Deseosos de mantenerse actualizados con el lenguaje de la tecnología, la ciencia y los negocios, muchos terapeutas de la familia han incluso dejado de emplear la palabra “familia” y utilizan “cibernética”, y han reemplazado a “individuos” por “consumidores”. (Véase Watzla- wick, Weakland y Fisch, 1974.) En el feminismo existen varias ideas sobre la manera de resolver el dualismo y su representación en el lenguaje. Algunas feministas sugieren que se considere superior a la categoría opuesta, inviniendo así la jerarquía establecida por el modo de pensar dualista. Consideran que la expresividad es superior al instrumentalismo, y todo lo que está relacio­ nado con ser mujer, superior a lo que está relacionado con ser varón. En este plan, lo subjetivo es predominante y se subraya especialmente el imaginario femenino, las referencias corporales y los sentimientos. En la experimentación con la sintaxis, las palabras y la puntuación se ve este reordenamiento fundamental (por ejemplo, Mary Daly, 1978; Susan Griffin, 1978). Otras feministas desean revalorizar y alabarlas cualidades femeninas a través del lenguaje, pero sin afirmar que son superiores. Sostienen que beneficiaría a todos (a los hombres tanto como a las mujeres, a los niños, al planeta) si el término menos valorizado de la relación jerárquica fuese elevado a un nivel de estima equivalente al de su opuesto (Miller, 1976; Dinnerstein, 1977). La revalorización es nuestra finalidad en el capítulo 7 en el cual la dependencia, que ha sido considerada por la cultura como femenina y mala, es calificada como humana y buena, y en el capítulo 9, en el que la tolerancia es entendida como el equivalente femenino del heroísmo y el honor. De este modo, tomamos cualidades consideradas inferiores, que no por casualidad son relacionadas con lo femenino, y las hacemos ver como buenas. La revalorización de los rasgos típicamente femeninos nunca pasará de ser parcial mientras el potencial humano esté dividido en tarcas, unas para las mujeres, otras para los hombres. Con toda seguridad, evidente­ mente, será así si las mujeres siguen subordinadas a los hombres.

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EL IlíMINISMO Y LA FAMILIA

Algunas feministas sugieren una solución diferente: el sintctismo, “una fusión dialéctica de la razón y la emoción” (Glennon, 1983, pág. 263). El pensamiento dualista nos enseña a elegir entre categorías opuestas, mientras que un enfoque dialéctico nos permite un camino de síntesis, de unión. En el capítulo 5 se ilustra el sintetismo, concentrándose en las madres solteras, en general, y la madre negra, en particular, como modelos de la conjunción expresivo/instrumental. Por último, las feministas reclaman la elaboración de nuevos signifi­ cados, con el fin de permitirle a cada persona ser más inteligible para sí misma (Elshtain, 1982). El capítulo 8 es nuestro intento al respecto. Fusión, límite, triángulo —términos que han ocupado el centro de la terapia familiar— son reclaborados por nuestro estrecho contacto con la experiencia subjetiva de nuestras pacientes.

Comenzamos este capítulo observando que las feministas toman la familia como punto fundamental de análisis y cuestionamiento. En realidad, las acciones más provocadoras de las feministas han sido las que se relacionan con la vida familiar: trabajar para redistribuir las responsabilidades de la casa y la maternidad, legitimar sistemas de convivencia y relaciones sexuales no tradicionales, insistir en la impor­ tancia de terminar con la dependencia económica que tienen las mujeres con respecto a los hombres, luchar por los derechos de la reproducción, rechazar la autoridad y los privilegios de los hombres. El interés por el tema de la familia obliga a las feministas a enfrentarse estrecha y muy críticamente con otros proyectos organizados centrados en la familia, por ejemplo, con la terapia familiar. En el capítulo 2 abordamos este tema.

C apitu lo 2

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA:

HACIA UNA REFORMA

no tenemos en cuenta la condición

de la mujer, es probable que no valga la pena hacer nuestra terapia familiar. Y, sugiero, una terapia que no vale la pena hacer, tampoco vale la pena hacerla bien.

si

Rachcl Harc-Mustin, Family Therapy of the Future:

A Feminist Critique

La terapia familiar feminista es la aplicación de la leoría feminista y sus valores a la terapia familiar. Más concretamente, la terapia familiar feminista examina de qué manera los roles de los géneros y los estereo­ tipos afectan a: 1) cada miembro de la familia, 2) las relaciones entre los miembros de la familia, 3) las relaciones entre la familia y la sociedad, y 4) las relaciones entre la familia y el terapeuta. Hacer explícitos estos efectos permite a la familia considerar una gama más amplia de perspec­ tivas, conductas y soluciones, una gama menos limitada por definiciones rígidas de los roles y de la identidad, por modos rígidos de definir, poseer y ejercer el poder. La terapia familiar tradicional no ha hecho nada para instruir a las familias sobre la conexión existente entre sus propios problemas y los estereotipos culturales de los géneros y las relaciones de poder y, además, no tiene una teoría que vincule las interacciones de los miembros de la familia con el sistema social que la contiene. La teoría feminista presenta ese vínculo. El objetivo es el cambio, no la adaptación: cambio social, cambio familiar, cambio individual, con la intención de transformar las relacio­ nes sociales que definen la existencia de los hombres y las mujeres. Mientras tanto, es inevitable reformarla terapia familiar. Es preciso decir dos cosas sobre esto. Primero, que la reforma se caracteriza por el conflicto adentro y afuera, y también por la pasión, la esperanza y la devoción. Y segundo, que el resultado producido por la reforma de un

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

corpus establecido de doctrina y práctica a menudo guarda menos parecido con el original de lo que se imaginaba en el comienzo. Así sea.

Nuestra tesis es que la terapia familiar ha aceptado los roles de los géneros vigentes y un modelofamiliar tradicional, haciendo caso omiso de la opresión que impone a las mujeres. Esta falta de percepción se ha traducido en una teoría, unapráctica y umformación que son opresivas paralas mujeres. En el resto de este capítulo y, en realidad, de este libro, se analizan los términos fundamentales de nuestra tesis.1

Los roles de los géneros. La terapia familiar ha trabajado con el supuesto de los roles de los géneros según han sido constituidos tradicionalmen­ te, sin cuestionar, sin criticar y sin evaluar su efecto. Esta desatención sistemática del contenido, proceso y resultados reales de los roles de los géneros proscriptos es curiosa en un campo que tiene por centro a la familia; curiosa además porque los roles de los géneros son determinan­ tes clave de la estructura y funcionamiento de la vida familiar, y curiosa también puesto que la familia es el lugar donde los roles de los géneros son enseñados y presentados compulsivamente. Además, los roles de los géneros dan forma a las relaciones de la familia, creando los dilemas que se encuentran en la base de la mayor parte de lo que se oye en la terapia. La relación padre-hija, madre-hijo, madre-hija, padre-hijo llega a ser el enredo que en realidad es, precisamente porque la madre y el padre están representando los roles tradicionales de los géneros y enseñándoles al hijo y a la hija a que hagan lo mismo. Estos roles de los géneros no han sido cuestionados por la terapia familiar. Resulta irónico que, en un campo en el que se preconiza el cambio de segundo orden, nunca se haya abordado este nivel de análisis. Aun con respecto a la familia clínica prototipo caracterizada por una madre excesivamente apegada, un padre periférico e hijos genéricos, en donde el mismo sexo sigue desempeñando la misma parte, familia tras familia, la terapia familiar no ha planteado preguntas fundamentales:

1 Parte de nuestro análisis concuerda con los análisis hechos por otras terapeutas

feministas de la familia, los cuales a veces son coincidentes entre sí. Para no hacer citas

reiterativas, enumeramos todas las referencias pertinentes más adelante en este mismo capítulo bajo la denominación de recursos para la capacitación.

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¿Qué significa que esta configuración sea tan omnipotente? ¿Qué supuestos incorporados siguen produciéndola? ¿Estos supuestos deben ser dejados en paz o no? La formulación de estas preguntas podría poner de manifiesto el prejuicio presente en la formulación “madre excesiva­ mente apegada/padre periférico”. Como señala Walters, la descripción es “implícitamente crítica con respecto a la madre y ventajosa para el padre” (Walters, 1984, pág. 25). Según las expectativas culturales, la madre será la principal dispensadora de los cuidados y el padre, el principal sostén económico; por consiguiente, será periférico en la vida familiar diaria, excepto cuando se trata de tomar decisiones o de ejercer el poder, que será central. La concreción sincera de estas expectativas suele desembocar en graves problemas. La respuesta de la terapia familiar ha sido culpar a los actores (casi siempre a la madre) y no al guión, sin abordar las prescripciones dictadas por los roles de los géneros que forman definiciones del sí-mismo que producen el problema. Las terapeutas feministas de la familia están acometiendo esta tarea.

Modelofamiliar. La aceptación de los roles tradicionales de los géneros por parte de la terapia familiar va unida a la aceptación del modelo tradicional de la familia con su división del trabajo basada en los géneros. En la actualidad, menos del quince por ciento de las familias norteame­ ricanas están constituidas según la fórmula sostén económico del hogar/ ama de casa (Masnicky Bañe, 1980), pero esta versión de la familia y su distribución de los roles, derechos y responsabilidades sigue predomi­ nando ideológicamente. Aun cuando la madre trabaje fuera de la casa, en terapia familiar se considera que le corresponde la responsabilidad fundamental por los hijos, y su carrera y necesidades personales ocupan el segundo lugar en importancia con respecto a las de su marido. (Los estudios que fundamentan esta afirmación son citados en Avis, en prensa.) El escándalo que supone mantener esta versión de la familia trasciende su marginalidad estadística. El escándalo estriba en que la terapia familiar ha sostenido esta versión a pesar de lo injusta que resulta para la mujer y a pesar de las dos décadas, por lo menos, de estudios y teorías que explican en detalle los efectos destructivos y distorsionantes del sistema que describe. (Gran parte de estos estudios y teorías son examinados enThome, 1982.) Independientemente de que las esposas trabajen fuera de la casa o no, sigue siendo una realidad corriente que el marido funcione como jefe del

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

hogar y tenga la parte del león en lo que se refiere al ejercicio del poder. La distribución del poder no es un suceso casual ni un asunto interper­ sonal. Es un asunto de clases y está predeterminado estructuralmente: la clase de los hombres domina a la clase subordinada de las mujeres. Los terapeutas de la familia generalmente han hecho caso omiso de este diferencial de poder, incluso algunos han recomendado trabajar dando por sentado que los hombres y las mujeres tienen igual poder hasta que se compruebe lo contrario (Pittman, 1985). Sin embargo, la prueba de que la distribución del poder es desigual no parece haber apuntado nunca a una modificación de la teoría. Cada incidente es tratado como un hecho único, o tal vez un hecho natural, que no acrecienta nunca la opresión de las mujeres. Piénsese en el poder económico, donde el diferencial entre las mujeres y los hombres es tan tremendo. La mayoría de los terapeutas de la familia no han incluido esta realidad en sus formulaciones, y han guardado silencio sobre los efectos que tiene en la interacción familiar. Como observa Goldner: “Las mujeres han estado siempre enterradas ”

(1985a, pág. 45). Las mujeres también han estado

en la familia

enterradas en la terapia familiar. Los obstáculos psicológicos, legales y sociales que se han opuesto al logro de la igualdad de las mujeres —in­ cluso en la familia misma— han estado ausentes en la teoría, la práctica y la capacitación correspondientes a este campo.

LA TEORÍA

Si no es intencional, resulta al menos conveniente que la terapia familiar haya adoptado la teoría de los sistemas como forma fundamental de ver y pensar, una teoría demasiado abstracta y demasiado concreta al mismo tiempo para generar algún tipo de cuestionamiento a la perspec­ tiva patriarcal. Cuando decimos “conveniente” nos referimos a que la teoría de los sistemas permite a los profesionales trabajar sin perturbar su aparente compromiso de no enterarse de la condición de la mujer en la familia o en el mundo. La teoría de los sistemas es tan abstracta que proporciona un informe aparentemente coherente mientras que, en realidad, omite variables decisivas. Las variables decisivas que tenemos en mente son el género y el poder. Puesto que la teoría de los sistemas se centra totalmente en los movimientos y no en los jugadores, nunca hace falta darse cuenta de quién tiene poder sobre quién. La teoría de los sistemas es también demasiado concreta porque

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mantiene un estrecho enfoque sobre cada familia en particular, conside­ rada individualmente. Por consiguiente, a las configuraciones que sur­ gen del examen general de las familias y en las que se refleja la opresión en gran escala que padecen las mujeres en la sociedad se les impide que ingresen en el campo de visión y en el discurso o que los perturben. Asimismo, se excluye el trabajo académico de otras disciplinas sobre la condición de la mujer y su conexión con el modelo convencional de la familia (por ejemplo, Bcmard, 1973; Rich, 1976; Thome, 1982; Tilly y Scott, 1978). Los teóricos y terapeutas de la familia que cierran los ojos ante estos datos tienen una perspectiva distorsionada y distorsionante. Al margen de las críticas a la teoría de los sistemas, la condición de la mujer en la familia —aun cuando se considere una familia por vez— debería haber sido evidente. La razón por la cual no lo fue —o si lo fue, no se lo mencionó— es objeto de mucha reflexión por parte de las feministas. Y debería ser objeto de un honesto examen de sus propias motivaciones por parte de los terapeutas de la familia, porque lo que estamos señalando aquí no es sólo un fracaso académico sino también un fracaso moral. Y lo es porque los teóricos y los profesionales han producido y siguen defendiendo una teoría y una práctica que permiten que la opresión esté borrada de la conciencia de todos: de los terapeutas, de los opresores y, lo que es más grave, de las víctimas. Las consecuencias son amplias. Como ha señalado Hare-Mustin:

“Cuando alteramos el funcionamiento interno de las familias sin preocu­ pamos del contexto social, económico y político, somos cómplices de la sociedad en lo que se refiere a mantener a la familia en el mismo estado” (1987, pág. 20). Además, cuando nos interesamos por el funcionamien­ to interno de las familias sin modificar las diferencias de poder, somos cómplices de la sociedad para que las mujeres sigan siendo oprimidas. Examinemos algunos conceptos específicos que fundamentan esta in­ validación de la teoría de los sistemas. La complementariedad, un con­ cepto sistémico aplicado a una desigualdad observada entre las partes de una interacción, es el primer ejemplo. Cuando se aplica a la interacción conyugal, encubre con facilidad el hecho de que son las esposas las que por lo regular y en última instancia se encuentran en desventaja, al vivir en un sistema que ha sido estructurado por la ley, la costumbre social, y la doctrina religiosa para asegurar esa situación. Esta realidad no encuen­ tra ningún punto de entrada en el concepto de complementariedad. En este concepto se da por supuesto que una desigualdad observada

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en una interacción es sólo temporaria y representada. En un nivel más profundo de la realidad (así se dice), las partes son realmente iguales; comenzaron siendo iguales, volverán a ser iguales y, en realidad, probablemente cambiarán de lugar en el próximo intercambio desigual. Una situación constante de cualquiera de las partes, si es que se llega a notar, es descartada con el argumento de que no tiene consecuencias perjudiciales porque hay un poder encubierto en el desamparo y una fortaleza paradójica en la debilidad. Este es el tipo de reencuadre útil para hacer que la parte menos poderosa se sienta muy bien de serlo. Según la complementariedad, la realidad de la opresión estructurada queda ex­ cluida de la existencia.2 La circularidad es otro concepto sistémico que funciona en contra de la mujer. La idea de que la gente incurre en pautas de conducta re­ currentes, instigadas por reacciones y reforzadas mutuamente, termina por hacer que todos sean igualmente responsables de todo, o bien, que nadie sea responsable de nada. Este concepto discrimina a las mujeres porque una esposa no tiene el poder ni los recursos para ser igual a su marido en cuanto a la influencia que puede ejercer en lo que sucede en la vida familiar y, sin embargo, se la considera igualmente responsable o no hay ningún responsable. Con este razonamiento se culpa a la mujer falsamente y el hombre queda liberado del hogar. ¿Ella rezonga porque él bebe o él bebe porque ella rezonga? Esta pregunta familiar pasa por ser un profundo enigma filosófico, pero para que funcione cómo adivinanza requiere una enorme desconsideración por la situación difícil de la mujer. Una lectura trivializa su queja poniéndola en el mismo nivel de “recoge tus zoquetes”. La otra lectura sugiere que las consecuencias de las protestas son tán malas como las de la bebida. De cualquiera de las dos formas, ella no es más o menos partícipe, responsable u obstaculizada que él. Podríamos explicar las diferencias en la distribución desequilibrada de las opciones favorables de un esposo y una esposa en esa situación, pero se destacan más lo absurdo y perjudicial puestos de manifiesto en las explicaciones circu­ lares una vez examinados el género y el poder.

2 En otros capítulos de este libro se sigue analizando la complementariedad. En el

capítulo 6 damos un ejemplo más del potencial de prejuicio contra las mujeres que se oculta en este concepto aparentemente neutral. En el capítulo 7 demostramos cómo el empleo de la complementariedad puede encubrir un problema complejo para los dos sexos, relacionado con el estereotipo de los roles de los géneros.

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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“Esta mujer ha sido golpeada por su marido” es un buen comienzo para dar una explicación lineal (es decir, “equivocada”) de un caso de castigo corporal de la mujer, más conocido en este campo, lamentable­ mente, como abuso conyugal o violencia en la pareja. “¿Qué había hecho

ella?” es la respuesta corriente. El ultraje del acto y la violencia del actor

se pierden en discusiones teóricas que tratan de puntualizar una regresión infinita de hechos. Esta táctica también descarta el sufrimiento. Como

enseña el viejo proverbio: ya sea que el cuchillo caiga sobre el melón o

el melón sobre el cuchillo, es el melón el que se corta. De cualquier forma

que se combinen las dos primeras cláusulas del proverbio y que se describa el hecho, el resultado sigue siendo la ingrata realidad. La neutralidad, o parcialidad multilateral, es una posición que los teóricos de los sistemas recomiendan que adopte el terapeuta para que cada miembro de la familia se sienta aliado con y ninguno se sienta aliado contra. Esta posición evidentemente concuerda con los otros conceptos

sistémicos analizados aquí, que tienen por objeto sostener que todos o ninguno son responsables. Cada vez que los temas en la terapia son claramente sexistas, el terapeuta perpetúa la desigualdad con su impar­ cialidad. Por ejemplo, el terapeuta puede tratar de hacer que los cambios sugeridos resulten equitativos o que las consecuencias del cambio lo sean. Dos personas que se encuentran en una relación de poder desigual, cada una de las cuales cede de alguna manera el diez por ciento de su poder, siguen estando en la misma relación de poder que antes. Además, las consecuencias de los cambios necesarios para lograr la igualdad no son igualmente atractivas. Cuando el objetivo es la igualdad, el marido necesariamente dejará la terapia con la sensación de que es menos privilegiado que cuando la empezó, y la mujer se sentirá más privilegia­ da.

En situaciones de castigo corporal de la esposa y otros abusos, el prejuicio contra las mujeres implícito en la actitud de permanecer neutral

o ser imparcial ha sido explicado. Es importante observar que aun en

situaciones menos terribles, el terapeuta que adopta una posición neutral

suma peso al aspecto sexista. Incluso el silencio proveniente de una persona de autoridad, como es el caso del terapeuta, puede interpretarse fácilmente como un asentimiento ante la desigualdad presentada, admita

o no la familia que se trata de una relación problemática. La inocencia implícita en los conceptos de complementariedad y

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

neutralidad, que ocultan un prejuicio contra las mujeres cuando se aplica

a la violencia física contra la esposa, sucumbe por completo cuando la

Madre puede ser objeto de crítica. El ejemplo más ultrajante es culparla por el abuso sexual cometido por su marido en perjuicio de sus hijos. El incesto es un testimonio patente del viejo adagio según el cual el poder corrompe. Concentrándose en la conducta de la Madre —por no satisfa­ cer a su marido, por no desempeñar un rol ejecutivo adecuado, por no estar en guardia, por no saber— un terapeuta oculta el reproche verda­ dero de que el dominio del Padre puede terminar por causar el abuso. El poder absoluto del Padre como jefe de familia puede corromper total­ mente.

No sólo el incesto, sino muchas y variadas enfermedades de la vida

familiar y de la conducta individual son cargadas a la responsabilidad de

la Madre. Se trata de un resultado predecible cuando la teoría psicológica

sitúa la formación del carácter en la niñez y la terapia familiar sostiene

la opinión de que la niñez es una etapa que corresponde a la madre. Las

encuestas de las revistas especializadas en terapia familiar muestran que nuestro campo está invadido por culpas atribuidas a la madres (Caplan

y Hall-McCorquodale, 1985). Al buscar la culpa en la Madre se ignora

al Padre, el principio del poder y la moralidad del poder. (Véase un análisis más extenso en el capítulo 6.)

Además de la teoría de los sistemas, existe también un problema en

la terapia familiar con respecto a las descripciones y prescripciones de lo

que constituye la adultez y las relaciones maduras. Nos referimos a los conceptos de fusión, apego excesivo, individuación, diferenciación y límites, todos los cuales subrayan cuán importante es para el individuo mantener una saludable distancia de las demás personas y de los aspectos

emocionales propios. Estas formulaciones están impregnadas de valores masculinos y describen un ethos independiente que sostiene que la autonomía es el bien supremo, que la emoción y la intimidad la ponen en

peligro y que el poder sobre los demás es una señal inequívoca de haberla logrado. Esta perspectiva masculina toma forma en el proceso que desarrolla

el hombre hacia el logro de su identidad (Chodorow, 1978; Dinnerstein,

1976). El hombre sólo llega a ser él mismo y toma conciencia de su identidad como ser masculino al separarse de su madre. Aprende a conocerse a sí mismo a través de la renunciación: “Soy la suma de las características de lo no-femenino”. La importancia que cobra entonces

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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la autonomía no sólo es aceptada sin críticas por la terapia familiar como

unideal para los hombres, sino que también se preconiza para las mujeres

y, por consiguiente, se presenta como el ideal de todos los seres humanos.

Puesto que el proceso que siguen las mujeres hacia el logro de su identidad es tan diferente del de los hombres, si se usan los valores y el desarrollo de éstos como paradigmas las mujeres parecen fracasadas. A las mujeres también las edúcala Madre; empero, crecen junto a alguien que se parece a ellas, alguien cuyas cualidades son alentadas a imitar e incorporar. En consecuencia, las mujeres experimentan la relación como dadora de vida. Una mujer se conoce a sí misma a través de un otro con quien está relacionada a través de una sensibilidad recíproca. La autono­ mía y la diferenciación se incluyen como aspectos de la conexión, no como fuer/as opuestas. Ella llega a conocerse a sí misma mediante un estrecho compromiso (Chodorow, 1978; Dinncrstcin, 1976). Las mujeres tienen razón en este aspecto. No existe un sí-mismo sin un otro, y el desafío es integrar la autonomía y la conexión. Uno de los motivos por los cuales un hombre puede parecer tan envidiablemente fuerte e independiente es que las mujeres están desempeñando la otra parte por él. La madre, la hermana, la hija, la esposa, la secretaria y la amante están absorbidas en su realidad, haciendo el trabajo de apoyar, sostener y conectar mientras él se mete valientemente en el mundo, aparentemente solo. Las mujeres serán capaces de presentarse como personas fuertes e independientes como los hombres, tan sólo si son apoyadas como ellos. Ahora bien, las mujeres hemos de proporcionamos ese sostén mutuamente o tendremos que esperar hasta que los hombres sean educados de otra manera para que sepan cómo brindamos esc apoyo

a nosotras, y quieran hacerlo. Gran parte de lo escrito sobre terapia familiar se refiere a lograr la independencia y mantenerla, y muy poco a lograr la conexión y mante­ nerla. Esta insistencia en la primera sugiere que la gente, habiendo aprendido cómo separarse, puede realizar la tarea relativamente más simple de conectarse, habilidad menos valorizada y, evidentemente, relacionada con las mujeres. La terapia familiar no ha cuestionado la dicotomía de las categorías (autonomía frente a conexión), no ha cues­ tionado la jerarquía (autonomía por encima de la conexión) y no ha cuestionado el resultado: el hombre aparentemente independiente con­ siderado superior a la mujer a quien puede confiársele la conexión. Dado el notable potencial de perjuicio que hemos esbozado, es una

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

tarea urgente la que han emprendido las terapeutas feministas de la familia de analizar, reformar y reescribir la teoría. Hasta la fecha, la crítica feminista de la terapia familiar ha sido elaborada más plenamente que la propuesta feminista, pero el trabajo ya ha comenzado. Nosotras hacemos nuestro aporte con los capítulos de este libro. Tratamos de evitar el error de no mencionar lo importante. Por lo tanto, decimos con claridad en cada caso clínico cuáles son los valores en los que se fundamenta el análisis teórico que orienta nuestra terapia. Decimos que:

— Tanto los hombres como las mujeres son responsables de la calidad

de la vida conyugal y familiar. —rLas buenas relaciones no se caracterizan por una definición rígida

de los roles y por la diferencia sino por la mutualidad, la reciprocidad y la interdependencia.

— Las pacientes que son informadas sobre el origen y la significación de sus creencias adquieren claves para su liberación.

— Todas las personas responsables de fomentar el crecimiento de

nuestros hijos están encargadas tanto de educarlos como de ayudarlos a ser competentes en el mundo que se extiende fuera del hogar.

— La estructura familiar no tiene por qué ser jerárquica para llevar a

cabo las funciones familiares; en cambio ha de ser democrática, sensible,

consensual.

— El respeto, el amor y la seguridad necesarios para el óptimo

desarrollo y goce humanos son igualmente posibles en diferentes cons­ telaciones: relaciones lesbianas, familias de un solo progenitor, parejas de profesionales y otras.

— Tienen que buscarse por igual la conexión y la autonomía, cada una de ellas es una condición necesaria para la otra.

— El poder, como el hasta ahora ejercido por los hombres, padres y

maridos, ya no va a ser igualmente compartido sino prohibido por completo y reemplazado por otra actitud: la de brindar la capacidad e influencia propias para lograr el bienestar de los demás, del mismo modo que se hace para lograr el bienestar propio.

LA PRÁCTICA

Un concepto equivocado que sigue encontrándose con frecuencia

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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sobre la terapia familiar feminista da por supuesto que se trata de un conjunto de técnicas usadas para rescatar a las mujeres “buenas” que son víctimas de los hombres “malos”. Este supuesto contiene dos errores esenciales. En primer lugar, la terapia familiar feminista no es un conjunto de técnicas, sino un punto de vista político y filosófico que produce una metodología terapéutica al inspirar las preguntas que formula el terapeuta y el conocimiento que éste desarrolla. En segundo lugar, este enfoque no tiene nada que ver con culpas y rescates, pues estas técnicas son simplemente indicativas de malas terapias, y no pueden ser nunca justificadas sobre la base de su supuesta corrección política. La práctica de la terapia familiar feminista comienza a desarrollarse cuando los terapeutas toman conciencia de sus propios valores con respecto al género y examinan en qué grado sus ideas sobre las diferen­ cias entre elhombre y lamujerestán basadas en estereotipos sexistas. Así pueden evaluarse nuevamente las ideas sobre la familia y sobre otras maneras de relacionarse. Este proceso termina por hacer que los terapeu­ tas reformen tanto sus teorías como su práctica de la terapia, rechazando algunos conceptos directamente, modificando otros y creando conceptos nuevos. Es responsabilidad del terapeuta abordar las cuestiones relativas al género y hacérselas explícitas a la familia precisamente porque ésta no puede ver que sus problemas están relacionados con el género. Hemos sido formados para no ver el género como algo fabricado y, por lo tanto, hemos internalizado estereotipos en un grado tal que parecen verdades. Además, en el sistema dominante/subordinado en el que interactúan los hombres y las mujeres, no se espera que ninguna de las dos partes opine sobre la organización familiar. En consecuencia, los miembros de la familia creen que sus problemas son idiosincrásicos y que su organiza­ ción de los géneros no tiene nada de notable. Porque confunden el sexo biológico con los roles de los géneros establecidos socialmente, suponen que la conducta relacionada con los géneros es natural, inevitable e inmutable. Este supuesto excluye una enorme gama de conductas humanas como objeto de análisis y cambio. Por ejemplo, el dicho corriente “el hombre es hombre” hace que se entienda una conducta como algo dado, no sujeta a ninguna discusión y mucho menos a ninguna modificación. El terapeuta feminista de la familia, al convertir el género en un tema, amplía y transforma el contexto de los problemas presentados por la familia. El terapeuta formula preguntas que hacen explícitas cuestiones,

42 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

decisiones y conductas que demuestran en qué grado existen la igualdad

y la reciprocidad en la familia. Por ejemplo, discutir con una pareja las

razones por las cuales el marido está cómodo con sus manifestaciones de

enojo directas y volubles y la manifestación indirecta de la misma emoción por parte de su mujer, puede plantear muchísimas cuestiones

sobre el resto de su relación basada en el género. Puesto que el terapeuta también tiene género y éste nunca es neutral,

la conducta del terapeuta siempre reforzará o cuestionará los supuestos

que tiene la familia sobre esta cuestión. Es característico que la familia comience interactuando con el terapeuta sobre la base de los estereotipos tradicionales, por lo cual los terapeutas se encontrarán con problemas diferentes de los que se les presentarán a las terapeutas. Por ejemplo, una terapeuta mujer puede encontrarse con que la familia recurre a ella para que la rescate y, debido a su formación con respecto a los roles de los géneros, es posible que se sienta impulsada a responder. A un terapeuta

del sexo masculino se le puede presentar la situación de que el marido se haga compinche con él y la mujer le pida consejo. Debido a su formación con respecto a los roles de los géneros, tal vez se sienta impulsado a cooperar. Para los terapeutas negar el efecto del género en sus relaciones con las familias significa perder no sólo una dinámica poderosa, sino también la oportunidad de usar los roles de los géneros de una manera terapéutica. El terapeuta feminista de la familia trabaja conscientemente con la

idea de que el uso de su sí-mismo en la terapia significa el empleo de un sí-mismo que tiene un género. Un objetivo fundamental es incorporar alternativas a la limitada definición de mujer y hombre que probable­ mente han llevado los pacientes a la terapia. En teoría, la familia verá en el terapeuta feminista una mujer o un hombre en quien se combinan aptitudes que por lo general se consideran mutuamente excluyentes y pertenecientes sólo a uno de los sexos. Es decir, la familia tendrá un terapeuta que ejerce la autoridad, manifiesta competencia y fija límites

y que, a la vez, demuestra empatia, sensibilidad, respeto, protección y

escucha con mucha atención. Esta combinación de aptitudes resulta inusual c inesperada y, por consiguiente, contrastará en la mente de los pacientes con su experiencia habitual de la conducta humana que está definida por los estereotipos. El tipo de relación que el terapeuta feminista de la familia desea crear

con los pacientes es una relación en la que éstos lo perciban como una persona honesta, expresiva, cuestionadora, segura, amable, digna de

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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confianza, benevolente, serena, colaboradora, imperturbable y sin pre­ juicios. Además, los pacientes perciben al terapeuta como alguien dedi­ cado a cada uno de los integrantes de la familia, aunque no necesariamen­

te de acuerdo con cada uno de ellos. Este tipo de relación es una condición

necesaria, pero no suficiente, para producir los cambios que busca el

paciente. Es el medio y el contexto de la terapia. Esta relación terapéutica se pone de manifiesto en la terapia a medida que los pacientes exponen lo que piensan sobre sí mismos en el mundo,

y el terapeuta cuestiona ese pensamiento sobre la base de su exactitud,

integridad o utilidad. Sin la experiencia de una relación confiable y respetuosa! los pacientes no tolerarían estos cuestionamientos por más amablemente que fuesen presentados. Sin esa relación, el terapeuta no contaría con la credibilidad de los pacientes para ofrecerles alternativas, terminar con pautas familiares y sugerir soluciones novedosas. En el nivel del análisis de los problemas, el feminismo inspirará las respuestas que el terapeuta considera respecto de la familia. Las pregun­ tas no son necesariamente formuladas a la familia sino que orientan las observaciones del terapeuta:

1) ¿Cómo afectan los estereotipos de los géneros la distribución del trabajo, el poder y las recompensas en esta familia? 2) ¿Cómo interactúan los estereotipos y la consiguiente distribución del trabajo, el poder y las recompensas con el problema que se presenta? 3) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre el trabajo del hombre y de la mujer que hace que el trabajo esté distribuido de determinada manera e impida que se distribuya de cualquier otra forma? (Esta pregunta se refiere a las funciones parentales y de educación, así como también a los quehaceres domésticos, el control de las finanzas y el sostén económico.) 4) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre el poder propio del hombre y de la mujer que hace que el poder esté distribuido de de­ terminada manera e impida que se distribuya de cualquier otra forma? 5) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre los deseos, méritos, valores y derechos propios del hombre y de la mujer que hace que las recompensas estén distribuidas de determinada manera e impida que se distribuyan de cualquier otra forma?

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

6) ¿Qué soluciones han estado vedadas a la familia debido a su aceptación acrítica de los valores sexistas? 7) Dadas las respuestas a las seis primeras preguntas, ¿qué esperará probablemente de mí la familia, dado mi género? ¿En qué punto preveo que habrá problemas entre nosotros? ¿En qué punto puedo mellar con más facilidad sus expectativas habituales? ¿En qué me sentiré más vulnerable a sus expectativas? 8) ¿Qué otras presiones, deseos y relaciones tienen que ver con la conformación de su problema y sus intentos de solución, además de los estereotipos de los roles basados en los géneros (entendien­ do que todos estos otros factores estarán mediatizados por sus estereotipos de los roles de los géneros)?

A partir de las respuestas a estas preguntas, el terapeuta analiza el significado que tiene el género para sus pacientes. El terapeuta usa este análisis para guiar las interacciones con los miembros de la familia en una forma que cuestione sus limitadas definiciones de lo masculino y lo femenino y los libere de ellas, al poner en tela de juicio los supuestos de la familia sobre quién es el responsable del cuidado de los niños, la adopción de las decisiones, los quehaceres domésticos, la frecuencia de las relaciones sexuales, el sostén económico y el control de la natalidad. Al interactuar con los pacientes brindándoles capacidad para actuar, legitimidad y desmistificación, el terapeuta los ayuda a generar conduc­ tas, valores y sentimientos alternativos. Estos cambios a veces pueden producirse en gran escala —una pareja decide que la mujer saldrá a trabajar y el marido se quedará en casa con los niños— pero es más común que el cambio comprenda una serie de pequeñas modificaciones:

ella trata de expresar directamente su enojo, él practica para poder reconocer sus propios sentimientos y ponerles nombre. Estas modifica­ ciones se producen no sólo a causa de lo que los pacientes observan sobre el terapeuta, sino también debido a la manera en que se perciben a sí mismos cuando sus típicas actitudes y conductas prescriptas por los roles son bloqueadas, reintegradas, reinterpretadas, directamente cuestiona­ das o reorientadas por el terapeuta. Por ejemplo, cuando un terapeuta instruye a un padre emocionalmen­ te retraído para que exprese sin palabras lo que siente por su hijo, el padre se ve obligado a ampliar su capacidad de demostrar afecto o a enfrentar lo que sea que le impide hacerlo. Esos pasos requieren que los miembros

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FAMILIAR FEMINISTA

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de la familia revaloricen las actitudes y las conductas rutinarias, que inventen intencionalmente nuevas conductas o descubran que de pronto y espontáneamente emitieron una conducta desacostumbrada. Por con­ siguiente, el cambio no se produce simplemente porque el terapeuta lo ordene, sino por la interacción con el terapeuta que hace que los pacientes se perciban a sí mismos de una manera diferente. Primero se dan cuenta de que hay una incoherencia entre la expectativa habitual y lo que ahora experimentan, luego el terapeuta los ayuda a integrar esas conductas. El terapeuta feminista de la familia utiliza una diversidad de técnicas tomadas de distintas escuelas de terapia familiar, pero tendrá la sensibi­ lidad necesaria para no aprender ninguna que sea sexista u opresiva. Por ejemplo, el reencuentro es una técnica terapéutica poderosa que sería usada con la misma probabilidad por el terapeuta feminista de la familia como por el no feminista. Empero, un terapeuta feminista nunca usará el recncuadrc de la manera demostrada por Bergman (1987), para sugerir que el problema real de un paciente del sexo masculino que abusa del alcohol y las drogas es la presencia de demasiadas mujeres en su familia. Aun cuando ese reencuadre pudiese modificar el sistema, un terapeuta feminista criticará su empleo ya que reivindica al abusivo y deja a las mujeres con la sensación de ser responsables y culpadas. El hecho de que esas intervenciones hayan sido empleadas señala que los terapeutas se relacionan con las mujeres con la misma ambivalencia que el resto de la sociedad, viéndolas como las guardianas y educadoras de la familia y guardándoles rencor por ese poder. La sensibilidad del terapeuta ante el género afectará la forma, la graduación temporal y otras características de las intervenciones. Por ejemplo, tanto el terapeuta feminista como el tradicional pueden consi­ derar deseable, en una situación dada, ayudar a la esposa a elaborar su ambivalencia con respecto ala idea de tener un trabajo remunerado fuera de la casa. Es probable que los terapeutas estimen correctamente la dificultad que este cambio representará para el marido. Ahora bien, es más probable que el terapeuta feminista y no el terapeuta tradicional estime correctamente la dificultad que este cambio representará para la esposa: su temor de violar el contrato conyugal, su arrepentimiento por la deslealtad unido al temor de una represalia por amenazar lo que ha sido la prerrogativa de su esposo y, tal vez, el temor de perder su derecho incuestionable a ser una mujer femenina. Al tener en cuenta las preocu­ paciones de la mujer, el terapeuta feminista de la familia adoptará

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

medidas que tienen un marco y un respaldo diferentes de los que aplica el terapeuta tradicional de la familia. Por ejemplo, el terapeuta feminista hará explícito el análisis expuesto a la pareja, examinando con ellos el riesgo que el cambio de la mujer puede representar para el marido, las represalias de que ella puede ser objeto y la culpa que puede llegar a sentir. El análisis compartido le da validez a la experiencia de la mujer, la desmistifica sobre su renuencia al cambio y la autoriza a tomar una decisión con conocimiento para sí misma al ayudarla a obtener la información y los recursos. En el caso del marido, las predicciones del terapeuta de que puede llegar a sentirse amenazado tal vez le permitan, paradójicamente, estar más dispuesto y accesible a este cambio. Cuando una familia llega a la terapia es por lo general a instancias de la madre o la esposa, porque en la familia todo el mundo considera que el mantenimiento del buen funcionamiento familiar es tarea de ella. La mujer ingresa en la terapia con la sensación de que lo que ha salido mal, sea lo que fuere, es excesivamente culpa suya. En la terapia tradicional se encuentra con un terapeuta que se pasa gran parte de la sesión hablándole a ella y no a los otros miembros de la familia. Este enfoque no obedece necesariamente a que el terapeuta comparte el punto de vista de que la madre es la responsable del bienestar de la familia (si bien puede hacerlo), sino porque al terapeuta le resulta mucho más fácil hablar con la mujer, quien está formada en el lenguaje de los sentimientos y es la que percibe los matices sutiles de la conducta. Estas aptitudes y su sentido de la responsabilidad hacen que la madre esté muy motivada, y el terapeuta usa su motivación como palanca para el cambio. El márido o padre puede estar implícitamente dispensado de una participación significativa en la terapia. Su sola presencia es aceptada como suficiente. Esta actitud del terapeuta, diferente ante cada uno, refuerza los estereotipos de los roles de los géneros que tienen los pacientes, el terapeuta y la cultura en general. En cambio, el terapeuta feminista no aceptará la ineptitud como excusa para no participar en la terapia y, en consecuencia, seguirá haciendo preguntas y encomendando tareas a los dos cónyuges, lo cual indica que la responsabilidad de la vida familiar debe ser compartida equitativamente. Otra de las maneras en que los terapeutas tradicionales de la familia pueden explotar a las mujeres es aprovechando el hecho de que ellas son normalmente más adaptadas al cambio que los hombres. Los terapeutas

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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suelen prestar una atención desproporcionada a cualquier esfuerzo que haga un hombre para cambiar, mientras que dejan que la mujer se arregle sola. Así, el esfuerzo del hombre para ser más expresivo es visto por el terapeuta como el equivalente psicológico de trepar el Everest, mientras que el esfuerzo de la mujer para entrar en el mercado laboral después de haber sido ama de casa durante veinte años es considerado un privilegio. En el mejor de los casos, el terapeuta tradicional puede considerar que estos ejemplos constituyen un esfuerzo equivalente, como si aprender a llorar y aprender a ser económicamente independiente fuesen tareas comparables en una sociedad cuyo valor máximo es el dinero, por encima de todo lo demás. En cambio, el terapeuta feminista de la familia legitima la dificultad del marido, señalando que él no está preparado para demostrar la expresividad emocional que su familia quiere y que además irá en contra del ethos de su lugar de trabajo al desarrollar esa expresividad. A la vez, el terapeuta le sugiere al marido las recompensas potenciales que podrían redundar en su beneficio al realizar semejante esfuerzo en su familia. La mujeres legitimada con respecto al temor de perder su rol bien definido de ama de casajunto con el limitado poder que éste conlleva, por la magra posibilidad de desarrollar una identidad positiva como trabajadora en una sociedad donde las mujeres todavía son confinadas a los empleos del sector de servicios con un bajo nivel de status y una remuneración que apenas sobrepasa la mitad de la que perciben los hombres: El terapeuta presta una atención fundamental al tratamiento de los cambios de relación personales y logísticos producidos por la nueva posición de la mujer. Una peculiaridad irónica de la falta de participación del marido o padre en la vida cotidiana de la familia es que, precisamente porque rio ha intervenido en ella, el terapeuta tradicional a menudo lo ve como la persona que ahora puede salvar la situación. El hecho de alentar al padre para que se haga cargo de un conflicto perturbador de la familia, como si fuese un ejecutivo que arreglará el lío que armó su mujer, señala un punto de vista funcional y simplista de los roles de la familia. En cambio, un terapeuta feminista interpretará que una intervención de ese tipo transmitirá a la familia lo siguiente: a) que la madre no ha sabido desempeñar su rol, b) que el padre lo puede hacer mejor de todos modos y c) que hace falta un experto para convencer al padre de que haga lo que corresponde para remediar la situación. En consecuencia, el terapeuta

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

feminista preferirá concebir una intervención que subraye la importancia del trabajo de los dos progenitores para resolver el conflicto familiar. Esta intervención respetará el puesto de la madre como la experta de la familia en cuanto se refiere a la educación de los niños. Asimismo, se referirá a los beneficios que recibirá el padre al incrementar su participa­ ción en la vida familiar, a la vez que se observará que probablemente este cambio no será recompensado o ni siquiera visto con buenos ojos por el mundo exterior (por ejemplo, en el lugar de trabajo). Si hay un compro­ miso de parte de los dos progenitores —la madre, estando dispuesta a compartir su responsabilidad y a disponer de otros medios para manifes­ tar su idoneidad, y el padre, mostrándose dispuesto a pagar el precio en su lugar de trabajo por participar más en su familia— la intervención tendrá por objeto hacer que la crianza de los hijos sea una responsabilidad compartida. Un modelo de este tipo da mayores garantías de que los hijos estén bien educados que el que hace a la madre totalmente responsable de su crianza. En síntesis, la metodología de la práctica de la terapia familiar feminista comprende: 1) usar el sí-mismo en la terapia como modelo de conducta humana no tan limitado por los estereotipos de los géneros; 2) crear un proceso por el cual el empleo de técnicas como, por ejemplo, la legitimación, la autorización y la desmistificación acreciente en los miembros de la familia la sensación de que tienen opciones y desarrollen una mayor reciprocidad entre ellos; 3) realizar un análisis de los roles de los géneros en la familia; 4) utilizar este análisis para orientar las interacciones con la familia de una manera que cuestione las pautas de conducta restringidas y estereotipadas y a la vez, los libere de ellas, y 5) diseñar técnicas a partir de una serie de métodos de terapia familiar existentes con plena conciencia de las consecuencias que estas técnicas tienen con respecto a los géneros.

LA CAPACITACIÓN

Si la terapia ha de ser feminista, la capacitación profesional también debe serlo. En la actualidad no lo es. Desde luégo, un cambio así no puede producirse si se considera el feminismo como una asignatura optativa que se pincha con alfileres a lo que ya existe. Por el contrario, deben hacerse modificaciones en el contexto, el contenido y el proceso de nuestros programas de capacitación.

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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El contexto

El sistema dentro del cual se imparte la capacitación debe estar organizado de una manera que no reproduzca el mismo modelo opresivo y sexista que la terapia familiar feminista trata de corregir. Para empezar, el programa debe contar con igual número de mujeres que de hombres en los puestos de autoridad y en los cargos docentes. Debe brindar los beneficios buscados en el mundo de los negocios: un horario flexible, licencia por maternidad y por paternidad, ayudas especiales para los progenitores únicos y para las mujeres que ingresan en el mercado de trabajo a una edad mayor. Tiene que tener como primer lenguaje, y no como segundo, el análisis feminista. Su característica ha de ser la existencia de una interacción respetuosa y Para poder comprenderla importancia de lo que decimos, pasemos del nivel del contexto al nivel de la conducta personal. En su artículo sobre la capacitación profesional, Caust, Libow y Raskin se refieren a las “tendencias de las mujeres, en general, y de las estudiantes de los cursos de terapia feminista, en particular, a evitarla confrontación, minimizar su autoridad y relacionarse con los supervisores de un modo estereotipa­ do y sumiso, así como también a emplear estrategias de poder encubier­ ”

tas

queremos hacer ver un aspecto diferente del que señalan estos autores. Las conductas que ellos describen son estrategias de supervivencia de los subordinados. Se trata de tendencias de las mujeres en general porque ellas son subordinadas. Cuando no lo son (por ejemplo, con sus propios niños o cuando desempeñan el rol de maestras) abandonan esas conduc­ tas y adoptan exactamente las opuestas. En otras palabras, la capacidad de ser exigentes y cuestionadoras depende de las necesidades propias del

ambiente. A diferencia de lo que ocurre con las mujeres, prácticamente todos los ambientes se caracterizan por la expectativa de que los hombres actúen mandando y confrontando. Si esas conductas son deseables para las mujeres que son terapeutas, lo que debe programarse de otra manera es el medio donde se desarrolla la capacitación y no las mujeres. La expectativa que tiene una mujer de sí misma es parte del cambio que debe producirse, pero no es el punto por donde debe empezarse. Primero el contexto debe hacerse seguro para que las mujeres manifiesten una gama más amplia de conductas y sólo entonces éstas emergerán. Existen varios factores que complican el intento de modificar el con-

(1981, pág. 441). Si bien coincidimos con esa observación,

50. TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

texto de los cursos de capacitación. Los docentes actuales deben recibir una formación especial antes de poder dar una formación diferente. Hace falta mucho más que buenas intenciones para alcanzar el cambio radical en la conciencia y en el método que se Otra de las complicaciones es que, tal como están las cosas en la actualidad, la mayor jerarquía del hombre con respecto a la mujer pre­

de modo tal que si a una

mujer determinada se le asigna más autoridad que a un hombre determi­ nado o bien, igual autoridad que a él, por lo común se la considera subordinada. Las supervisoras, por ejemplo, suelen ser consideradas inferiores a sus alumnos varones, y las mujeres que integran una junta, como inferiores a los miembros masculinos de esa misma junta. Se trata de una jerarquía cultural tan predominante que no desaparecerá de nuestros programas académicos por decreto, y tampoco en el caso de que se pongan en práctica los otros cambios que hemos mencionado. Empe­ ro, no puede hacerse caso omiso de esta situación. La jerarquía en el programa de capacitación y en la institución donde se desarrolla el programa, tiene que ser tomada como un tema constante y formal de estudio y discusión para especificar el efecto que ejerce en las relaciones, la terapia y la formación que tienen lugar bajo su dominio.

valece por encima de cualquier jerarquía dada,

El contenido En el programa debe figurar la enseñanza de la teoría feminista. Se debe informar a los alumnos sobre el sistema patriarcal bajo el cual todos nosotros crecimos y en el cual están insertas todas las familias de manera explícita y formal; no basta con esperar que cada uno lo capte como una iluminación súbita. El programa de capacitación tiene que dar a los discípulos los conceptos necesarios para realizar el análisis de los roles basados en géneros que hemos explicado en el apartado anterior. Los estudios feministas brindan una gran riqueza de recursos (de Beauvoir, 1964; Chesler, 1972; Chodorow, 1978; Dinnerstein, 1976; Ehrenreich y English, 1978; French, 1985; Gilligan, 1982; Lemer, 1986; Miller, 1976; Oakley, 1974; Rich, 1976; Thome, 1982); como también lo hacen muchas obras literarias escritas por mujeres (Atwood, 1986; Bemikow, 1980; Brownmiller, 1984; Gilman, 1973 b; Gould, 1976; Griffin, 1978; Griffith, 1984; Morgan, 1968; Pogrebin, 1983; Rich, 1986; Walker, 1982; Woolf, 1929). Además, deben producirse otros cambios en el contenido. Los docen­

JERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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tes deben comprometerse con los estudiantes en un esfuerzo intenso y conjunto para poner de manifiesto el aspecto sexista de diversas teorías de la terapia familiar. Muchas cintas, artículos y libros usados durante mucho tiempo como material didáctico y que parecían contener una verdad inamovible ahora deben utilizarse en forma selectiva; junto con

lo bueno que quede, tenemos que demostrar con estos materiales én qué

medida las modalidades del pensamiento sexista han sido penetrantes, arraigadas y aceptadas sin cucstionamientos. Aunque esta crítica todavía no está completa, se encuentra un excelente material en Avis, en prensa; Avis, 1985; Bograd, 1984; Cárter, 1986; Goldner, 1985 a y b; James y Mclntyre, 1983; Taggart, 1985. Sobre reformas y creaciones nuevas que desarrollan la aplicación del pensamiento y la acción feminista a la teoría de la terapia familiar, su práctica y su capacitación pueden verse en Cárter, Papp, Silverstein y Walters, 1984 a y b; Hare-Mustin, 1978; Libow, Raskin y Caust, 1982; Margolin, Fernández, Talovic y Onorato, 1983; Simón, 1985; Whecler, Avis, Miller y Chaney, 1985. Asimismo, proponemos ampliar el contenido de la capacitación que tiene lugar durante la supervisión de la terapia, es decir, aumentar lo que es presentado para su observación y atención. Algunas de nuestras sugerencias coinciden con las dadas por Wheeler y sus colegas (1985). Los componentes que consideramos más importantes son:

1) examinar la relacióri entre la familia y el terapeuta para ver cómo es constituida por las expectativas relativas a los roles de los géneros que tienen tanto la familia como el terapeuta; 2) analizar la división del trabajo, el poder y las recomendaciones en la familia en cuanto es afectada por los prejuicios y estereotipos relativos a los géneros; 3) prestar una atención específica a la elaboración, tanto para los hombres como para las mujeres, de aptitudes tradicionalmente femeninas (como, por ejemplo, la empatia, la capacidad de escuchar, el apoyo) y de aptitudes tradicionalmente masculinas (como, por ejemplo, la capacidad de dar directivas claras, de tomar actitudes de mando, de manifestar idoneidad), y 4) enseñar a los alumnos a usar sus sentimientos instrumen- talmente, es decir, como indicadores del tipo de intervención necesaria

o como diagnóstico de elementos clave del proceso de interacción dentro de la familia o entre la familia y el terapeuta.

Por último, el contenido del trabajo personal es diferente cuando se

52 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

trata de formar terapeutas feministas de la familia. Los alumnos deben examinar la conducta estereotipada en ellos mismos y las consecuencias consiguientes para sí mismos y para sus pacientes. Este análisis se realiza mejorhaciendo quelos alumnos descubran y formulen con claridad estas lecciones como fueron aprendidas en sus familias de origen. Ahora bien, es de fundamental importancia ayudarlos a sostener la perspectiva de que sus familias forman parte de un sistema social más amplio, a fin de bloquear cualquier tendencia a pensar que los estereotipos han sido inventados por sus madres y padres y, por lo tanto, son idiosincrásicos de sus propias familias.

El proceso El respeto es el rasgo definitorio básico del proceso entre docentes y alumnos que exigimos para los programas de capacitación en terapia familiar feminista. Puesto que esta palabra tiene un significado general, la especificaremos con respecto a determinadas aplicaciones:

— Es respetuoso enseñar la teoría y el método con claridad, en lugar de hacerlos confusos e inaccesibles como indicadores jerárquicos.

— Es respetuoso determinar las competencias, afirmar las mejoras, apoyar la individualidad y prestar colaboración.

— No es respetuoso emplear un estilo de interacción que resulte

autoritario, seductor, paternalista, astuto, hostil o mistificador.

— No es respetuoso realizar análisis entrelazados con bromas sexis­

tas, supuestos sexistas sobre el problema de la familia y lenguaje sexista.

— No es irrespetuoso en sí que los alumnos exhiban su trabajo y los

supervisores no lo hagan. No es irrespetuoso en sí considerar que los supervisores saben más que los alumnos. La falta de respeto se produce

cuando los supervisores se toman la libertad, como suele suceder, de regañar, molestar ^sultar o confundir a los alumnos con respecto a su apariencia, su estile singular, su desacuerdo o su objeción a causa de que se encuentran en una posición más alta o tienen más conocimiento, en especial cuando a esa situación se agrega el hecho de que el supervisor es homUe, y la alumna, mujer.

— No es irrespetuoso en sí que sea necesaria la aprobación del

supervisor para progresar. Lo que puede ser irrespetuoso es lo que se necesite para conseguir esa aprobación. ¿El temario real es la devoción del esclavo, la copia o la obediencia ciega? ¿Se recompensarán los aportes originales y el pensamiento crítico? ¿Cómo verán los superviso­

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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res el caso de una joven creativa, que hace aportes y también cuestiona? ¿Es una buena idea que las mujeres superen lo que Caust, Libow yRaskin (1981) explican como su motivación “especialmente fuerte” para obte­ ner aprobación, antes de que conozcan la respuesta de la pregunta anterior?

— No es irrespetuoso en sí utilizar el teléfono para hacer llegar un

mensaje a la sala de terapia o interrumpir una sesión para guiar a un alumno. Algunas maneras respetuosas que puede adoptar el supervisor son las siguientes: abstenerse de intervenir durante el tiempo necesario para permitir que la familia y el terapeuta establezcan una relación; pedir permiso antes de entrar en la habitación donde se desarrolla la terapia; ya sea en su momento o después, fundamentar la elección de la sugerencia ofrecida y del momento para ofrecerla; demostrar que está dispuesto aoír algo diferente y a experimeniar con alternativas. Dado que los significados y aplicaciones del respeto son complicados, difíciles de predecir y peligrosos de abordar explícitamente desde una posición inferior, recomendamos que cada equipo de supervisor y supervisado tenga asesores de su proceso para examinar la política sexual de la diada. Los asesores pueden ser un equipo de trabajo, otro par de supervisor y supervisado o un grupo completo de capacitación. Asimismo recomendamos que los supervisados puedan trabajar con un hombre y con una mujer en el rol de supervisor en algún momento del curso. A continuación deseamos hacer algunas advertencias directamente a las mujeres que en la actualidad están siguiendo un curso de capacitación o que podrían llegar a hacerlo:

Cuidado con el simbolismo. No a todas las mujeres que ocupan una alta posición en los programas de capacitación se les dará la autoridad y aceptación necesarias para llevar a cabo lo que parece ser responsabili­ dad suya. En la medida en que falten esa autoridad y esa aceptación, los esfuerzos que haga usted para alinearse junto a ella o para verla como un modelo le producirán confusión. Una confusión semejante puede creár­ sele si no se da cuenta de que no toda docente o autora es feminista.

Cuidado con la capacitaciónpara la autoafirmación. Los esfuerzos para enseñarle a cambiar la manera que tiene usted de comunicarse con la mirada, contenerse, demostrar enojo o manifestar poder pueden basarse

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

en un modelo que tiene que ver con el modo en que los hombres lo hacen. Averigüe exactamente qué es lo objetable en su manera de poner en práctica esas cosas. Lea lo que escribe Jean Baker Miller (1976) sobre el poder y el enojo para recordarse a usted misma que ni los hombres ni las mujeres se caracterizan por manifestar el poder y el enojo de maneras eficaces y seguras para la humanidad.

Cuidado con el pensamiento excluyeme. Las mujeres no necesitan dejar

de ser sociables para poder ser instrumentales o dejar de brindar cuidados para poder dar ói;denes. La oportunidad que da la capacitación consiste en agregar aptitudes, no en abandonar las que se poseen. Desafíe a todos

a pensar en modos de ser que permitan mostrarse acogedora y a la vez

imponer autoridad. La terapia familiar es, entre otras cosas, una realización moral. Es decir, la terapia familiar está basada en una visión de la vida humana y

del ambiente más adecuada para producir y nutrir la vida humana. Las

mujeres han tenido una parte muy pequeña en la creación de esa visión

y escasas oportunidades para desarrollar una que pudiesen reconocer

como propia. Las feministas trabajan para conseguir esa oportunidad y para dar el paso siguiente: lograr que esa visión se haga realidad.

Capitulo 3

TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

que no podemos confiar en una fórmula. Ha hecho una vasija tras otra durante muchos años y dice que ella todavía incursiona en lo desconocido. Debemos dejarnos guiar por nuestras manos.,, ceder al conocimiento de la arcilla. Dice que todas las reglas que hemos memori- zado, el desbaste y la humectación de los

todas las leyes

deben ceder ante la experiencia. Dice que debemos aprender de cada acto, y ningún acto es siempre el mismo.

Esta maestra

nos dice

bordes, por ejem plo

Susan Griffin, Wornan and Nature

Este es un libro de historias clínicas; los capítulos siguientes contie­ nen descripciones del trabajo que hemos realizado en terapia con familias escogidas. Desde luego, abrigamos la esperanza de que lo sucedido entre nosotras y esas familias resulte instructivo para otros terapeutas cuando trabajen con familias similares. ¿Cómo podemos suponer la existencia de alguna similitud? La impresionante singulari­ dad de cada persona y cada familia es la primera lección digna de aprender. Las teorías que ocultan esta diferencia detrás de un lenguaje técnico y abstracto constituyen un objetivo básico de la reforma. Empe­ ro, es igualmente importante examinar el hecho fundamental del orden social y su imposición en los aspectos más personales de los individuos y las fámilias: sus finanzas, su conciencia de sí, sus manifestaciones de la sexualidad, su manera de ejercer la paternidad o la maternidad, etcétera. Este orden social, este patriarcado, no sólo se mete en todas partes sino que además disemina sus desventajas de manera desigual, siendo una carga más pesada para el débil y el impotente, que para el que ocupa una alta posición y está bien protegido. Escribimos sobre la

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TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

similitud resultante del patriarcado y nos esforzamos por mantener incluso en la escritura nuestro sentido de la singularidad de cada una de las vidas que llegamos a conocer en la terapia. Los casos que hemos elegido para incluir en este libro no representan la gama de casos con que los terapeutas de la familia trabajan en su práctica profesional. Están tomados de nuestra propia gama, la cual resulta más limitada en el aspecto económico, social y racial debido a la región del país que abarcamos, la ubicación en la ciudad, la organización de nuestra práctica profesional y diversas características nuestras y de nuestra formación. De esta gama, hemos seleccionado familias en las cuales la mujer tiene una posición estereotipada. Normalmente los terapeutas ignoran la posición de la mujer por ser tan corriente (de ahí el estereotipo) y, en cambio, están intrigados por la complejidad del problema que se les presenta. Nosotras consideramos que la posición de la mujer tiene mucho que ver con el problema y fijamos la atención allí. La mayoría de los casos corresponden a parejas y no a familias con hijos. Esta selección también es intencional. La presencia de los hijos en la terapia inevitablemente concentra la atención en las cuestiones gene­ racionales y no en las relativas a los géneros. Puesto que el objetivo de este libro es destacar estas últimas en la terapia, hemos elegido casos que se prestan con mayor claridad a ese tipo de análisis. Estos casos tienen por finalidad ser instructivos con respecto a las posiciones estereotipadas de las mujeres, en particular, y a las cuestiones del género, en general. No los presentamos como si fuesen representa­ tivos de todas las parejas lesbianas, todas la familias de un solo progeni­ tor, todos los matrimonios empresariales, etcétera. Constituyen com­ puestos de las familias con las que hemos trabajado, y en ese sentido hablan en nombre de otras. Todo informe que quiera hacerse sobre un caso trabajado en terapia requiere que el autor seleccione qué hechos, pensamientos e ideas va a incluir. Nuestro criterio de inclusión en la presentación introductoria de cada caso fue el grado de dificultad que habíamos tenido en la terapia. Tratamos de compartir lo que como terapeutas teníamos en mente mientras trabajábamos con nuestros pacientes, así como también lo que ocurría en las sesiones. Nuestro propósito es mostrar la línea de razona­ miento que nos llevaba hasta un punto muerto y luego cómo planteába­ mos nuestro problema al grupo de consulta. En los casos incluidos en este libro, trabajamos juntas de acuerdo con

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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nuestra rutina habitual. En cada caso, una —o dos de nosotras— trabaja como terapeuta principal, mientras que el resto integra el equipo de consulta. Nos reunimos una vez por semana para consultamos. En una sola reunión podíamos servir de terapeutas en un caso y consultoras en otros dos. Por lo general adoptamos el estilo de un coloquio de casos en el cual el terapeuta presenta el material clínico y su dilema, y el grupo hace preguntas, sugiere orientaciones y dialoga con la terapeuta acerca de cómo podría proceder. A veces utilizamos videos o una de nosotras se une a la terapeuta para realizar una consulta en vivo. La necesidad de hacer una consulta se manifiesta sola de diversos modos: como un vacío total sobre cómo proceder, irritación con el paciente o los pacientes por su ritmo o el deseo de que cancelen la entrevista siguiente. A veces nos encontramos estancadas con respecto a un tema específico: ¿Le interesa a este paciente el trabajo con la familia de origen y está preparado para hacerlo? ¿He establecido una alianza de trabajo con cada uno de los cónyuges? ¿Por qué nunca completan ninguna de las tareas que aceptan en la sesión? El proceso de consulta coincide con el proceso de la terapia. Si la consulta supone unajerarquía rígida entre el consultor y el terapeuta, está estrictamente orientada hacia lo técnico y desconectada de otros contex­ tos de la vida del terapeuta, cabe esperar que la terapia también será jerárquica, orientada hacia lo técnico y ciega al contexto. Como feminis­ tas, aspiramos a un proceso diferente para nuestra consulta. En primer lugar, tratamos de colaborar. Cuando actuamos como, consultoras, no asumimos poderes extraordinarios ni un status especial. Nuestra finali­ dad no es que la terapeuta trabaje de acuerdo con nuestra propia imagen, sino facilitarle el desarrollo de su mejor estilo propio de trabajo. En segundo lugar, nuestras consultas son sumamente personales. Tratamos de crear un ambiente en el cual la terapeuta pueda descubrir y examinar sus propios puntos oscuros y prejuicios. En consecuencia, las preguntas sobre su conexión con las cuestiones que le presentan sus pacientes constituyen una característica fundamental de nuestras consultas. Las respuestas son personales, pero señalan dilemas comunes para el tera­ peuta feminista de la familia y, por lo tanto, los riesgos son dcscriptos al final de cada capítulo. Por último, las preguntas que hacemos como consultoras, en realidad nuestra visión completa del caso, están claramente formuladas por nuestro compromiso de hacer del feminismo una parte explícita del

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TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

contexto de la terapia. Independientemente de los detalles propios del caso, hay ciertas preguntas que consideramos decisivas en una consulta feminista y siempre las tenemos presentes: ¿Cómo comprenden el género nuestros pacientes y de qué modo su comprensión del género limita su capacidad para resolver su problema? ¿Cómo estamos nosotras entendiendo el género y cómo esa noción está afectando a nuestra concepción de los problemas de los pacientes? ¿Qué prejuicio sobre el género contiene la teoría que estamos aplicando y como está obstaculi­ zando el proceso terapéutico? Para facilitar la presentación, nos referimos a la consulta en uno o dos apartados de cada capítulo. En realidad, en algunos de estos casos hemos realizado más de una decena de consultas. Asimismo, reunimos en el apartado correspondiente al análisis de cada capítulo un detalle de los diversos puntos que surgieron en el proceso de las consultas, entre ellos nuestra crítica de la terapia familiar. El análisis de cada caso presentado se desarrolla a partir de los detalles del caso, pero rápidamente se hace general en el sentido de que exami­ namos pautas sociales pertinentes, la opinión popular y las teorías profesionales. Empero, el análisis sigue siendo personal porque las pautas sociales, la opinión popular y las teorías profesionales modelan la manera de vivir de la gente y de interpretar su vida, y también se reflejan en ella. Esas cuestiones personales de la vida y la significación constitu­ yen nuestro permanente interés. Existen diversos lugares donde poder situarse cuando se analizan los acontecimientos humanos: el laboratorio del biólogo, el pulpito del fundamentalista, la plataforma del demócrata, los libros del economista, detrás del diván del psicoanalista, con el equipo del terapeuta de la familia, etcétera. La elección del lugar es fundamental porque determina los conceptos y valores que se aplicarán en el análisis. El lugar en el que estuvimos mucho tiempo fue el de la terapia familiar, pero el suelo no dejaba de ceder debajo de nuestros pies. Todas estas posiciones se sustentan en una base que es feminista o sexista (y puede ser también racista, clasista, etcétera). Hemos elegido situamos en el feminismo y lo que hemos visto desde esa perspectiva nos ha demostrado que todo lo que habíamos tomado como verdadero — tanto de lá terapia familiar como de otras disciplinas— tiene que ser reexaminado, repensado y reinventado. Por consiguiente, nuestros aná­ lisis son largos, y están reunidos básicamente en un apartado de cada

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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capítulo, pero aparecen en todas partes porque el análisis es algo continuo. El feminismo debe ser completo precisamente porque todo lo que no es examinado sigue siendo sexista.

Después de nuestros análisis presentamos los objetivos que guiaron nuestro trabajo en cada caso y una breve descripción de las maneras de alcanzar cada objetivo. A veces el plan que hemos redactado contiene métodos que finalmente no usamos. Los incluimos porque deseamos subrayar que hay muchas maneras de llegar desde aquí hasta allí; si se trabaja como si existiera un solo camino correcto el terapeuta se alejaría del contacto intenso con los pacientes. Los objetivos, desde luego, surgieron a partir de nuestras compren­ sión de un problema dado y de nuestros valores acerca de qué cosas contribuyen al logro de la mejor calidad de vida posible. Nuestra comprensión del problema y nuestros valores son explicados en los apartados sobre la consulta y el análisis; los objetivos son rcafirmacio- nes breves. Evidentemente, eran nuestros objetivos para la familia que estábamos tratando. Empero, estamos comprometidas con un proceso de colaboración y presentamos los objetivos a nuestros pacientes a través de debates, lecturas recomendadas, razonamientos para elaborar en casa, metáforas, etcétera. En la medida en que nuestros objetivos para la familia coincidían suficientemente con los suyos o brindaban una alternativa atractiva, nuestro trabajo podía proseguir.

A veces nuestros pacientes no aceptaban nuestros objetivos porque

nos habíamos alejado demasiado de su experiencia y nuestros deseos resultaban utópicos. Nosotras exigimos un cambio general y fundamen­ tal. Sin duda que frente a objetivos como “menos discusiones por semana”, los nuestros son utópicos. Lo que nosotras rescatamos es no

disminuir el esfuerzo sino preparamos para nuevas decepciones que se producirán si reducimos el alcance de nuestra visión. La reducción del alcance sería eminentemente sensato tan sólo si la visión no fuera tan importante y los sistemas no fuesen tan perniciosos.

A continuación describimos la terapia. Esta descripción es, en el

mejor de los casos, una aproximación, algo muy parecido a escribir una historia de cualquier experiencia personal, de modo que leerla como un informe literal produce el efecto contrario al buscado. Tenemos que admitir que la terapia suele ser misteriosa. Se trata de un encuentro donde suceden más cosas de las que podemos saber o contar, y más aun de lo que puede conservar fielmente una cinta grabada porque no podemos

60 TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

saber nunca exactamente qué estábamos pensando y con toda seguridad, no sabemos qué estaban pensando nuestros pacientes. Todo lo que podemos contar es lo que pensamos que ocurrió. La conversación se desarrolla sobre muchos supuestos acerca del significado entre los participantes, muchos de los cuales no se hacen explícitos ni se verifican. Nuestro informe significó hacer elecciones y elegir los temas que creimos importantes. Nuestra finalidad es destacar las cuestiones relati­ vas a los géneros: ¿Cómo puede la terapeuta ayudar a los miembros de esta familia a verse a sí mismos y a ver a cada uno de los demás sin que su visión esté limitada por el género? ¿Cómo puede interactuar con ellos a fin de capacitarlos para manifestar una conducta que no sea estereoti­ pada? Los temas que no son nítidamente feministas —por ejemplo, el manejo de la tensión, el compromiso de la familia, las ausencias "de los pacientes— no son abordados. Creemos saber qué cosas ayudaron y sobre esto hablamos. Creemos saber qué cosas no ayudaron y sobre esto también hablamos. No transmitimos aquí lo que trajo lágrimas a nuestros ojos o lo que nos hizo estallar en carcajadas. Hemos dicho en alguna otra parte de este libro que el encuentro mismo —la relación entre la terapeuta y la familia, la teraperuta y el paciente— es difícil, y nuestro trabajo escrito no ha captado este aspecto. Para hacerlo, tendríamos que cantar una canción, escribir un poema o pintar un cuadro. Concluimos cada informe clínico mencionando los riesgos que aguardan a un terapeuta feminista de la familia al aproximarse a los temas planteados en cada caso. Estos riesgos fueron detectados en el curso de las consultas realizadas entre nosotras. Algunos los hemos descubierto una vez producidos; otros pudimos preverlos antes. En general, los riesgos son de dos clases. Una clase se refiere a los estilos probables que el sexismo puede introducir en nuestra interpreta­ ción o intervención. Existe un remanente sin reelaborar en todos nosotros con respuestas reflejas que demuestran que hemos nacido y crecido bajo el patriarcado. Estas respuestas impiden que nuestros pacientes avancen hacia la liberación. Por muy profundo que sea nuestro compromiso con el feminismo y por muy grandes que sean nuestros esfuerzos para limpiamos de sexismo, algunos efectos del condicionamiento social persistirán. Nos necesitamos unas a las otras como consultoras a fin de mantenemos alertas para detectar esta influencia. La otra clase de riesgos se refiere a la probabilidad de ser superadas

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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por un fervor misionero. Algunas cuestiones o interacciones de la terapia golpean tan directamente en el centro del daño y la desigualdad perpe­ trados por el patriarcado que encienden nuestras pasiones y nuestra justa indignación. La rabia, los sermones, los debates, las conferencias, los salvatajes son todas respuestas que tienen un lugar, pero no es el de la terapia. También en esto nos necesitamos mutuamente como consulto­ ras para permanecer alertas.

Usamos diferentes voces narrativas para los cuatro apartados de los capítulos clínicos. La terapeuta relata las sesiones de terapia empleando el “yo” o el “nosotras” en las pocas ocasiones en que éramos dos. En los apartados sobre las consultas, el equipo usa “nosotras” para relatar las reuniones con la terapeuta. Como quedó dicho, la persona que actúa como terapeuta en un capítulo es parte del equipo de consulta en el siguiente. En el apartado relativo al análisis, hacemos una presentación más formal como autoras y no empleamos un referente personal a pesar de nuestra participación y compromiso personal.

C ap itu lo 4

EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

En Estados Unidos los hombres no tienen mucho tiempo para el amor. Una rígida división del trabajo mantiene separados a los sexos, y las normas que rigen en el mundo de los negocios desa­ lientan la intimidad.

Alexis de Tocquevillc, Democracy in America

Un matrimonio empresarial es un acuerdo socioeconómico en el cual el marido goza de un status elevado en el mundo empresario y es el único que aporta ingresos a la familia, mientras que la mujer se ocupa de la casa, los hijos y de sí misma, de una manera que le facilita al marido el logro de su éxito y lo hace de acuerdo a la moda predominante. En esos matrimonios, la cultura de la empresa ejerce una influencia tan enorme que les da una constitución característica. Incluimos uno de estos casos en el presente libro porque pensamos que el contexto empresarial impone limitaciones al matrimonio que tienen mucho que ver con el género y que la incidencia de estos matrimonios tiene la frecuencia suficiente para justificar que los terapeutas de la familia les presten una atención especial. Los maridos son ejecutivos brillantes y triunfadores que están muy identificados con la ética del trabajo. Las mujeres son amas de casa brillantes y educadas, por lo general sin una experiencia laboral signifi­ cativa, muy identificadas con sus roles de esposa y madre. Las normas de actuación que usan como guía les son prescriptas por el círculo empresarial (Kanter, 1977). Tanto el marido como la mujer son consu­ midores típicos (por ejemplo, poseen los mejores automóviles, son miembros del country adecuado y viven en una casa que constituye una vitrina de todos los adelantos de la tecnología) (Clark, Nye y Gecas,

1978).

En el caso de los que acuden a la terapia, su relación conyugal (con

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

frecuencia han estado casados durante veinte años o más) carece de vitalidad (Skolnick, 1983). Es como si toda la vida existente dentro de estos individuos y entre ellos hubiera sido agotada, y sólo quedasen los esqueletos de sus roles y sus funciones. Predomina una diferenciación de roles extrema, no sólo con respecto a la división sostén económico del hogar/ama de casa, sino también en los rasgos que supuestamente la acompañan. Ella tiene que ser acogedora, dependiente y pasiva; él tiene que ser fuerte, independiente y racional. Esta diferenciación es muy valorada por la pareja y contiene unjuicio moral: ella no debe seguir una carrera; él no debe ser molestado con problemas domésticos. En estos matrimonios, la distribución del poder se inclina notable­ mente a favor del marido y es característico que las mujeres cuestionen esta estructura de dominante-subordinada. Los dominantes no permiten que se planteen cucstionamientos sobre sus derechos y acciones; las subordinadas no se atreven a plantearlos. Por ende, los conflictos rara vez se hacen explícitos. La descripción adecuada de un matrimonio empresarial requiere detener la atención en otro socio importante. Puesto que la empresa misma requiere y recibe una cantidad tan enorme de devoción, lealtad, tiempo y energía conviene considerarla como el principio organizador del matrimonio. En muchos aspectos, la empresa determina la vida de la pareja y refuerza la estructura dominante-subordinada de marido y mujer.

Sueños y promesas. El matrimonio empresarial ofrece la promesa de una vida elegante, al estilo de la revista House Beautiful. Entre los beneficios deseados y esperados figuran la seguridad económica, la posición social, una casa hermosa, los viajes y la felicidad. Se supone que todos ganan. La empresa tiene un empleado trabajador dispuesto a cumplir sus órdenes y libre para hacerlo porque tiene una mujer bien recompensada. Ella tiene que sentirse realizada siendo una buena esposa, madre y ama de casa; él, teniendo éxito en el trabajo y satisfaciendo las necesidades de su familia. Este sueño es más atractivo porque lleva el sello de la aprobación social general. Es inevitable que este sueño no cumpla todo lo que promete. El marido, bien socializado para esperar su realización por ser el sostén económico de la familia, trabaja mucho y duramente pero espera en vano la significación que sólo puede provenir del amor y el compartir. La

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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mujer, bien socializada para esperar su realización por posibilitar la acción de los demás, trabaja mucho y duramente pero espera en vano la significación que sólo puede proceder del reconocimiento público y la retribución por el propio trabajo. Ni el marido ni la mujer comprenden las consecuencias del acuerdo que tienen entre sí y con la empresa:

renunciar a la autonomía y autodirección como pareja, y permitir que la vida elegante reemplace la vida íntima como recompensa fundamental del matrimonio.

Acuden a la terapia. Los diversos síntomas de presentación que traen a otros tipos de familias a la terapia, también traen a las familias empre­ sariales (por ejemplo, la depresión de la mujer o el alcoholismo del marido, o viceversa). A veces, un adolescente es el elemento catalizador para recurrir a la terapia. En este caso, vemos un sistema de conducta que se opone exactamente a los temas principales del progenitor del mismo sexo. Por ejemplo, la hija puede adoptar una postura de independencia exagerada, lo cual queda manifestado de manera más patente con una temprana actividad sexual. El hijo puede adoptar una postura de irres- ponsablilidad exagerada, aferrándose al límite entre el éxito y el fracaso al cumplir las exigencias de la escuela, la casa y la ley. Ya sea que el marido y la mujer vengan juntos para hacer tratar al paciente identificado o venga sólo uno de los cónyuges para hacer terapia individual, la pareja no percibe que el problema reside en el sistema del matrimonio empresarial y, por consiguiente, no lo presentan así. Los sueños y promesas originales no son puestos en tela de juicio, el contrato original no es acusado y la definición original de los roles no se cuestiona. En cambio, la insatisfacción, que existe normalmente sin un conflicto manifiesto, se centra en la circunstancia de que uno o los dos cónyuges no están cumpliendo su parte del contrato.

LINDA Y RICARDO

Linda y Ricardo, una atractiva parej a de alrededor de cuarenta y cinco años, llevaban veinte años de casados cuando acudieron a la terapia. En la presentación inicial, Ricardo se veía molesto y tímido mientras que Linda parecía confiada y actuaba casi con demasiada familiaridad conmigo. La terapia fue iniciada por Ricardo, a quien le preocupaba el hecho de no saber qué sentía Linda por él. Se quejaba de que ya no podía

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

ver en su conducta alguna señal de que él le importaba a su mujer. Linda se sorprendió de que él no se diera cuenta de su cariño pero sostuvo que estaría muy contenta de darle las señales que su marido necesitaba si él simplemente las enumeraba. El fastidio de Ricardo por tener que decirle

a Linda lo que ya debería saber comenzó a surgir aquí como el primero

de varios ejemplos de la paradoja “ser espontáneos” que presentaba la pareja.

La primera sesión fue un retrato vivo del matrimonio empresarial. Ricardo, un veterano de quince años en una empresa multinacional, en

los tres últimos años había estado realizando actividades fuera de la sede aproximadamente dos semanas por mes. El se sentía bien con su empleo

y estaba agradecido de tenerlo. Linda, una ama de casa con dos hijos, uno

en la escuela secundaria y otro en la universidad, estaba contenta con su

bonita casa, sus hijos y sus amigos. Contó con orgullo que estaba bien adaptada al plan de trabajo de Ricardo, así como se había adaptado a exigencias anteriores del empleo de su marido, entre ellas varias mudan­ zas intercontinentales: “Es lo que uno tiene que hacer. Pregúnteme cualquier cosa sobre cómo mudar toda una casa en menos de dos semanas”. Parecía evidente que la manera de adaptarse de Linda era exactamen­ te lo que Ricardo interpretaba ahora como falta de cariño. En las mudanzas, Linda se mantenía ocupada armando una nueva casa para su familia y buscando actividades para ella en pasatiempos y trabajos voluntarios. Cuando les pregunté a Ricardo y Linda cómo trataban de volverse a conectar entre sí después de cada mudanza, ninguno de los dos pudo recordar qué habían tratado de hacer, si es que habían tratado. En las sesiones siguientes, Linda parecía ser una buena paciente, pero no se veía realmente interesada en la terapia. Daba la impresión de estar allí fundamentalmente para demostrar buena fe y probar que era una esposa leal. Como Ricardo decía poco más que en la sesión inicial, intervine por primera vez ayudándolo con las palabras que le faltaban para expresar sus sentimientos a Linda. En sus interacciones anteriores, el empleo que hacía Linda de la jerga psicológica había intimidado a Ricardo, dejándolo casi mudo. Mi primera intervención con Linda fue para ayudarla a reencontrarse con sus propios sentimientos: “Algunas mujeres en su situación podrían haberse sentido enojadas, tristes o desesperadas”. Admitir estos sentimientos era algo especialmente difícil para Linda porque la presentación que hacía de sí misma estaba muy unida a su capacidad de adaptación.

TRRAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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Le di una connotación positiva a las conductas de Ricardo y Linda en el sentido de que indicaban un real interés por el otro durante los años de su matrimonio, pero demostrado desde una distancia demasiado grande. Ricardo y Linda estuvieron de acuerdo con mi interpretación y parecie­ ron receptivos al objetivo de elevar su nivel de intimidad y la efectividad de su comunicación. Sin embargo, ninguno de los dos hizo nada importante para lograr este objetivo. Las intervenciones en la sesión y las tareas asignadas para el hogar terminaban prácticamente antes de empe­ zar, por lo general debido a la falta de ganas de seguir por parte de Ricardo. La renuencia confusa de Ricardo parecía timidez, la participa­ ción superficial de Linda, distanciamiento. Me sentía excluida por los dos. A continuación construí un nuevo encuadre, tratando de convencer­ los de que la compañía era la culpable y su enemigo común, por decirlo así, y de que, en realidad, sus vidas habían sido di rígidas por los caprichos de la empresa. Esta postura, empero, no dejaba espacio para la lealtad y gratitud.de Ricardo (para no mencionar su identificación con la com­ pañía) y por consiguiente no le resultaba empática. Linda no estaba dis­ puesta a dejar la culpa en la puerta de la multinacional. En la sesión siguiente se produjo un cambio interesante cuando pregunté a la pareja cómo les había ido con la tarea que les había asignado. Ricardo comenzó a afirmar (con calma pero con fimieza) que él se gustaba tal cual era y que era evidente que a Linda le faltaba confianza en sí misma y que era infeliz. Por su parte, todo lo que Linda pudo decir fue que dudaba de su inteligencia y su capacidad para administrar los pequeños negocios que había intentado, pero que no era infeliz. Traté de evitar una situación en la que Linda apareciese como la paciente y Ricardo como el hombre que la ha traído, de modo que en las siguientes sesiones seguí tratando de encontrar intereses para que ambos continuaran siendo el “paciente” y participasen. A pesar de estos inten­ tos, Ricardo inició la terminación de la terapia, diciendo que no tenía interés en cambiar su conducta y que lo quedaba por hacer era que Linda cobrara confianza en sí misma para que él no tuviera que hacer de padre. Ricardo dijo que esperaba que Linda lo elaborara en una terapia propia. Desde mi perspectiva, Ricardo no estaba dispuesto a hacer más que iniciar la terapia y armar el escenario. Apenas luchó con su propia conducta. Supuse que no pediría una cita para él y que Linda iniciaría una terapia individual únicamente para que le ayudase a manejar la falta de

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

respuesta de Ricardo en el matrimonio. Además de admitir que este caso no estaba terminado, también estaba consciente de mi dilema. Conside­ rar este problema estrictamente como una manifestación de las idiosin­ crasias dentro de la relación conyugal habría sido ignorar el control y la intromisión de la multinacional. No obstante, cualquier intento mío por ampliar el contexto del problema e incluir a la empresa era rechazado por la pareja.

LA CONSULTA

La terapeuta realizó una consulta para analizar el caso y desarrollar un plan para el trabajo futuro, si alguno de los miembros de la pareja volvía a la terapia. Nosotras (como consultoras) abordamos primero la ubicación del problema dentro del sistema. Si bien el contenido de la terapia conyugal se había centrado en la interacción de Ricardo y Linda, la terapeuta siguió considerando a la multinacional como un tercer elemento perturbador. El inconveniente de esta definición del problema es que no ofrecía ninguna ventaja terapéutica, por mucho sentido que tuviera. La multinacional no había venido a la terapia. Si bien reconoci­ mos que la cultura empresarial era una parte esencial del contexto en el cual el matrimonio había funcionado mal, coincidimos con la terapeuta en que la definición del problema dentro del sistema conyugal ofrecería una mayor ventaja terapéutica. La terapeuta todavía necesitaba resolver las diferencias existentes entre las definiciones que cada parte daba al problema. Ella se había opuesto correctamente a la interpretación de Ricardo, según la cual Linda era “el problema”. Toda la cultura sostiene la idea de que el matrimonio es responsabilidad de las mujeres. Si la terapeuta hubiera aceptado esta idea, se habría encontrado en la situación de tener que respaldar un mito cultural opresivo. Esta conceptualización habría limitado sus opciones tan gravemente como la aceptación de la multina­ cional como problema. Evidentemente, Ricardo también había partici­ pado en la pérdida de vitalidad del matrimonio. Otro obstáculo para definirun problema solucionable para esta pareja fue que la terapeuta tenía supuestos sobre el contrato matrimonial que diferían de los de sus pacientes. La terapeuta creía que la relación conyugal debe construirse sobre una base de solicitud y amor, y que su objetivo debe ser mantener la intimidad. Ricardo y Linda parecían

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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aprobar este valor abiertamente; sin embargo se comportaban como si la intimidad pudiera establecerse y mantenerse simplemente por el acuerdo de que ella brindaría un hogar, hijos y un servicio sexual y que él aportaría dinero. La terapeuta estaba persiguiendo un objetivo para sus pacientes que ellos no podían adoptar por sí mismos. Este enfoque explicaba la falta de éxito de los ejercicios propuestos a la pareja para mejorar la comunicación y la intimidad. La terapeuta los impulsaba a encontrar el fondo de la cuestión mientras que ellos se aferraban desesperadamente

a la forma. La forma del matrimonio surgía del acuerdo económico original. Ricardo creía que Linda le debía amor porque él le daba seguridad eco­ nómica. Su tarea, como él la veía, era hacerlo sentir a él deseable y querible. En cuanto a Linda, era fundamental que ella creyera que amaba

a Ricardo, a fin de evitar la sensación de que estaba vendiendo su afecto.

En consecuencia, era muy difícil para ella reconocer cualquier falta de sentimientos hacia su marido, ya fiiese ante sí misma o ante la terapeuta. La satisfacción de sus necesidades dependía de que ella satisficiera las necesidades de su marido. En realidad, en la consulta especulamos sobre la posibilidad de que no conocer sus propias necesidades (de intimidad, reconocimiento, competencia) era necesario para que el acuerdo se mantuviera. La terapeuta sospechaba que Linda había aprendido pronto a no expresar sus necesidades o decepciones ante Ricardo y así se convenció de que no tenía ninguna, colaborando de este modo con su esposo en su propia mistificación. Los dos veían las dudas y temores de Linda como evidencia de la inseguridad de ella, nunca de la insuficiencia de él o de los defectos inherentes al acuerdo. La terapia con Linda y Ricardo puso de manifiesto varias cuestiones interpersonales que surgen corrientemente en el tratamiento de un matrimonio empresarial. La relación entre Linda y la terapeuta estaba marcada con un alto grado de ambivalencia por parte de Linda. Para ella, una esposa empresarial, la terapeuta representaba a la vez un modelo de la mujer independiente que deseaba ser y una acusación implícita del desperdicio y la insignificancia de la vida que había elegido. La estrate­ gia que Linda usó para controlar su ansiedad con respecto a la terapeuta coincidía con un aspecto de su relación con Ricardo. En lugar de adoptar una confrontación directa, Linda trataba sutilmente de demostrar su superioridad a la terapeuta, haciéndole comentarios sobre su apariencia

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

personal (“Lindo color, pero realmente no debe usar las faldas tan largas,

la hacen parecer más baja”); sobre su vida personal (“¿Va a ir a París en

julio? Pero, ¡va a estar atestado de gente!”), e incluso insinuaciones de

que la terapeuta no estaba muy al corriente con sus lecturas (“¿Todavía no ha leído este libro? ¡Oh, pero tiene que leerlo!”). Linda también trató de comprometer a la terapeuta en una coalición contra Ricardo, aludiendo con frecuencia a que ellas pertenecían al mismo género o compartían el interés por la psicología. Guiñadas de ojo, sonrisas conocedoras de un lenguaje técnico eran usadas para subrayar estas similitudes y la consiguiente distancia de Ricardo. Cualquier plan para un tratamiento futuro tendría que incluir formas de evitar estas maniobras. Desde la perspectiva de la terapeuta, Linda era la esposa empresarial por antonomasia. Cuando era joven, fue cortejada con la promesa de éxito que creía que podía obtener Ricardo y que sabía que no podría asegurarse sola. Ella hizo su parte para administrar la casa mientras él mataba dragones empresariales. A medida que pasaban los años y los hijos se hacían demasiado grandes e independientes para seguir propor­ cionándoles un terreno común a ellos dos, Linda tuvo cada vez menos cosas en común con Ricardo. En un principio ella estuvo de acuerdo en separar sus ámbitos a fin de crear una familia segura y lograda desde el

punto de vista económico; ahora se encontraba con la realidad de que ella

y su marido eran dos galaxias muy distantes entre sí. Ricardo coincidía con el estereotipo del hombre empresarial que tenía la terapeuta; él aceptaba los valores de la empresa acríticamente, creía que su mujer le debía devoción porque él la mantenía, y no demostraba interés alguno en compartir su vida emocionalmente, ni tenía mucha

capacidad para hacerlo. Esta situación planteaba un desafío a la terapeuta

y aunque sabíamos que sería difícil, subrayamos la necesidad de que ella

se conectara con Ricardo encontrando algún aspecto positivo, no este­ reotipado, en su vida. Además sugerimos que la terapeuta evitase tratar con Ricardo de la manera en que lo hacía Linda. La terapeuta, como Linda, había intentado ayudar a Ricardo a superar su incapacidad para

expresar sus puntos de vista. Y, al igual que Linda, llegó a frustrarse en ese intento. Durante la sesión de consulta, se pasó bastante tiempo discutiendo si

la terapeuta podía y debía aceptarlas condiciones del contrato conyugal

de sus pacientes. Ricardo y Linda seguían juntos básicamente para

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mantener su estilo de vida. La solicitud, el afecto y el respeto eran cosas secundarias. Como este contrato representaba la antítesis del concepto que tenía la terapeuta del matrimonio, tuvo que buscar algún aspecto del matrimonio que ella pudiera sostener, a fin de respetarla elección de sus pacientes de seguirjuntos. Sugerimos que las sesiones individuales con Ricardo yLinda podían serútiles para ayudar a la terapeuta a comprender su contrato conyugal y empatizar con él. Si la terapeuta podía conseguir una aceptación mayor de los aspectos positivos que Ricardo y Linda veían en su acuerdo, sería más capaz de ayudar a la pareja a disminuir la culpa que se atribuían uno al otro y a sentirse más responsables y poderosos.

EL ANÁLISIS

Dos fuertes variables interactuantes crean el matrimonio empresarial:

la empresa misma y la rígida división del trabajo, las expectativas y los valores que comprenden los roles masculinos y femeninos basados en los géneros. La ideología de la empresa y de los roles basados en los géneros tiene un profundo efecto en el matrimonio.

Identificación con la empresa. La mayoría de los hombres en esta sociedad obtienen su sentido de identidad básicamente a través de su trabajo. Lo que es propio del hombre empresarial es que se identifica con una institución que es una encamación del poder. En consecuencia, él también se siente poderoso y todas las gratificaciones que le brinda la empresa sirven para reforzar esa idea. En retribución, se espera que él dé deferencia, lealtad y conformidad al ethos de la empresa. De lo expuesto surgen dos consecuencias fundamentales. Primero, estos hombres pasan casi todas sus horas de vigilia representando el estilo empresarial: negando los sentimientos, manteniendo el control y siguiendo esquemas en su conducta. Cuando llegan a su casa, no pueden convertirse de pronto en las personas expresivas, vulnerables y confiadas que exigen las relaciones íntimas. En segundo lugar, los hombres empresariales, en nombre de su trabajo y de acuerdo con el sentido que tienen de su importancia, asumen la mayor parte del poder de decisión conyugal. Cuanto más se elevan su prestigio y sus ingresos, tanto mayor es su poder en el matrimonio (Conklin, 1981). Como ha señalado Jessie Bemard (1972), hay dos matrimonios en

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

una pareja empresarial: el de él y el de ella, separados pero no iguales. El de él es una historia más simple, aunque de ningún modo carece de víctimas y pérdidas. El de ella es mucho más complejo, tal vez porque ella tiene recorrido un camino mucho más largo en estos temas. “El matrimonio”, observaba Charlotte Perkins Gilman al final del siglo pasado, “es la única manera de hacer fortuna que tienen las mujeres” (1973 a, pág. 582). El matrimonio puede ser muchas cosas para los hombres, pero sin duda no es la única forma de hacer fortuna. Si bien es anticuada, la observación de Gilman todavía contiene una importante cuota de verdad: en general son los hombres los que hacen fortunas, no las mujeres, y si una mujer tiene interés en conseguir fortuna, por lo general necesitará casarse con un hombre “de éxito”. Mientras Ricardo, cuando era joven, planeaba qué llevaría a cabo y qué lograría, Linda, cuando era joven, imaginaba a quién podría llegar a conseguir.

El matrimonio de él. En la familia empresarial, el marido es el provee­ dor cuyo ingreso y status establecen un nivel y un estilo de vida para las personas que dependen de él. Tal vez ayude con los niños o dé una mano en la cocina, pero es clarísimo que está haciendo un “trabajo extra”, más de lo que le corresponde. Dadas las exigencias de la compañía multina­ cional en cuanto a largas jomadas de labor, viajes fuera de la ciudad y transferencias, se puede caracterizar al marido con mayor propiedad diciendo que está casado con la empresa y no con su mujer. No obstante, muchos estudios han demostrado que el matrimonio es bueno para los hombres. Comparados con los hombres solteros, los casados gozan de una salud mucho mejor, presentan menos síntomas graves de agotamien­ to psicológico, viven más, son más felices, y pueden suponer, con confianza estadística, que su matrimonio será un activo tanto para su carrera como para su capacidad de ganancia.

El matrimonio de ella. Son más las mujeres que cuentan frustraciones y problemas conyugales que los maridos, y son más las mujeres que inician las consultas con un consejero por y el divorcio. Comparadas con los hombres casados y las mujeres solteras, las mujeres casadas presen­ tan muchas más evidencias de tener una salud emocional (por ejemplo, reacciones fóbicas, depresión, pasividad y ansiedad). Jessie Bemard ha sugerido que el matrimonio introduce discontinuidades tan absolutas en las vidas de las mujeres “que llega a representar auténticos riesgos para su salud emocional” (1972, pág. 37).

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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La metamorfosis de una mujer en una esposa implica la redefinición de su identidad y una intensa reconstitución de su personalidad para conformarse a los deseos, necesidades y exigencias de su marido. Ella no tiene un poder real, hace más concesiones y adaptaciones que su marido

y suele sentirse resignada pero no feliz. Si se encuentra a sí misma

quejándose, tiene a toda su formación y a toda la sociedad actual (amigos,

familia, revistas) recordándole que su vida es buena: algo debe andar mal con ella si se siente tan infeliz. Llega a estar tan confundida y desesperada que termina por no saber lo que quiere. Y no saber lo que quiere es algo que se percibe como una nueva prueba de que es ella la que falla. No hay nada en el sistema conyugal o legal que respete el trabajo de

la esposa en el hogar como si fuese un empleo. Como observó Gilman,

“El trabajo que realiza la esposa en el hogar es considerado como parte de su obligación funcional, no como un empleo” (1973 a, pág. 573). La

esposa no tiene ningún derecho legal a participar en los activos de la familia que ella ha ayudado indirectamente a ganar. Puesto que se le

niega la posibilidad de iniciar una acción legal directa contra su marido

a menos que inicie los trámites de divorcio, el “derecho al sostén

económico” que generalmente se le atribuye es una frase vacía de contenido (Krauskopf, 1977). Muchas mujeres soportan los matrimonios empresariales no satisfac­ torios por los mismos motivos que las mujeres soportan otros tipos de matrimonio. Comprenden que sus opciones son limitadas. Creen que deben apreciar lo que reciben (que suele ser bastante generoso en términos económicos). Han aprendido a aceptar las necesidades y las exigencias del matrimonio y a adaptarse a ellas. Por último, ellas también han sido transformadas por la empresa y todo lo que ésta brinda: status,

prestigio y comodidades físicas.

Los costos del marido. Los hombres pagan un precio elevado por el poder, el status y el dinero que obtienen de su puesto en la estructura em­ presarial. Hay luchas, incertidumbres, decepciones y competitividad a diario que no sólo resultan difíciles de enfrentar sino que también son precursoras o incluso productoras de diversas “enfermedades de ejecu­ tivos”, sobre todo dolencias cardiovasculares (Friedman y Roscnman, 1981). Otros riesgos para la salud relacionados con los altos puestos directivos son la adicción al tabaco y al alcohol, y un índice más elevado de suicidios con respecto al de las mujeres de la misma edad.

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

La ausencia del hogar, la poca participación en la vida de los miembros de la familia y el desarrollo de intereses muy diferentes de los de su esposa, son circunstancias corrientes de los hombres empresariales que, por lo general, trastornan el matrimonio y la vida familiar (Seiden- berg, 1973). Lo que es más importante, el rol del ejecutivo fomenta el desarrollo de rasgos de personalidad que son incompatibles con una vida familiar feliz. Para armonizar con el equipo empresarial, el ejecutivo aprende a reducir su sensibilidad y a suprimir la espontaneidad personal y la creatividad (Bartolomé, 1972; Maccoby, 1976). Esta atrofia emocio­ nal vuelve prácticamente imposible el mantenimiento de una relación conyugal íntima.

Los costos de la mujer. Si bien los costos del hombre son pesados, la mujer por lo general paga todavía más. “Las empresas no han sido amables con las mujeres. Su crueldad ha provenido tanto del machismo como de la malicia” (Seidenberg, 1973, pág. vii). Las esposas son tratadas como si fuesenjuguetes y sirvientas tanto por la compañía como por el hombre que trabaja en ella. En un estudio en el que se ofreció a los ejecutivos la oportunidad de describir el rol de la esposa empresarial, los investigadores descubrieron que los términos usados eran los que ordi­ nariamente se emplean al referirse a las recepcionistas u otras empleadas subordinadas. Ninguno de los ejecutivos participantes mencionó rasgos como, por ejemplo, la inteligencia, la independencia o la riqueza de recursos. En realidad, todos coincidieron en que la esposa empresarial ideal específicamente no debería tener nada que ver con ningún aspecto del mundo empresarial que requiriese el empleo de su mente (presentado en Seidenberg, 1973, págs. 72-74). Como el marido está ausente gran parte del tiempo, la esposa em­ presarial tiene la responsabilidad prácticamente exclusiva del cuidado de los hijos. El aislamiento que puede resultar de esta situación se ve disminuido a menudo por su participación en actividades comunitarias; empero, las frecuentes mudanzas requeridas por la empresa se traducen en la pérdida de credenciales, contactos y status, es decir, los beneficios precisamente ganados en las actividades comunitarias y que constituyen su recompensa. Muchas esposas empresariales se refugian en el trabajo de la casa para llenar el vacío que les produce su aislamiento de los recursos de la cultura, la comunidad y la oportunidad de crecimiento. Puesto que el trabajo de la casa no puede cumplir esa función, las esposas

TERAPIA

FAMILIAR FEMINISTA

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empresariales conocen como características básicas de su vida la sole­ dad, la identidad prestada y el logro indirecto. Gran parte del costo de las esposas deriva de la desigualdad propia de

la organización del matrimonio. Es imposible tener una relación iguali­

taria en la casa cuando los dos cónyuges son tan desiguales en el mundo externo. Ninguno de los dos olvida los valores que rigen en el ámbito público cuando se relacionan entre sí en el ámbito personal.

Los costos de la sociedad. Si bien son muchos los costos que debe

pagar la sociedad, nos limitaremos a mencionar sólo dos. El primero se refiere a la cultura empresarial. La definición empresarial del éxito:

trepar alto en la escalajerárquica, hacer muchísimo dinero, ejercer poder económico y poder de decisión sobre los demás, y gozar de una vida de despilfarro consumista. Mientras esta definición tenga vigencia y las empresas que la encaiíian sigan ejerciendo la misma influencia actual, seguiremos viviendo en un medio caracterizado por la manipulación política en lugar de la colaboración consensual, por la insistencia en la instrumentalidad no corregida por los valores expresivos y espirituales,

y por la asociación del éxito con el dinero. El segundo costo relacionado con el primero se refiere a la rígida diferenciación de roles que está expresada, demostrada y bendecida tan

claramente en el matrimonio empresarial. Este rasgo contribuye al hecho de que ni los hombres ni sus mujeres desarrollan una personalidad rica

y floreciente. Para subrayar este punto, citamos a Margarct Mead:

A través de la historia, las actividades más complejas han sido definidas y redefinidas, ya como masculinas, ya como femeninas, ya como ni lo uno ni lo otro, a veces tomando equitativamente dones de los dos sexos, a veces tomán­ dolos desigualmente de los sexos. Cuando una actividad a la cual podrían haber contribuido ambos —y probablemente todas las actividades complejas pertene­

cen a esta clase— se limitaa uno solo de los sexos, la actividad misma pierde una

rica y diferenciada cualidad

Una vez que se define una actividad compleja

como perteneciente a un solo sexo, la entrada del otro en ella se vuelve difícil y

riesgosa (1949, pág. 372).

El costo de la sociedad, por ende, no se calcula solamente sumando las vidas individuales de los maridos y las esposas empresariales, sino también imaginando los aportes que no se hacen en el hogar, la oficina

o la comunidad porque son desaprobados.

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

EL TRATAMIENTO

Los objetivos En el momento de nuestra reunión, la terapeuta no espera volver a ver a Ricardo y Linda en la terapia. No obstante, elaboramos objetivos para el tratamiento y un plan para lograrlos en el caso de que Ricardo y Linda regresaran, y una guía para nuestro trabajo futuro con parejas empresa­ riales. Nuestros objetivos básicos eran los siguientes:

1) hacer explícita la fuerza modeladora de la cultura empresarial sobre Ricardo, sobre Linda y sobre su matrimonio; 2) facilitar la búsqueda de ópciones para ellos como pareja y para Ricardo y Linda como individuos; 3) examinar las consecuencias de cada opción; 4) asegurar que tanto Ricardo como Linda se sintieran con el poder de decidir cuál era la mejor, y 5) fomentar la mutualidad.

El plan El contexto. En la bibliografía relativa a la terapia familiar se ha ignorado en gran medida el efecto que ejerce el contexto empresarial en la vida familiar de los ejecutivos. Hay tan sólo un artículo en el que se abordan directamente las circunstancias especiales de la familia empre­ sarial (Gulotta, 1981). A diferencia del enfoque que recomendamos aquí, Gulotta desalienta específicamente en los terapeutas de la familia la discusión de las limitaciones que la empresa impone a la vida de la familia y también advierte a los terapeutas que no traten de modificar el nivel de participación del marido en la familia. En cambio, la responsa­ bilidad del cambio recae en la mujer, que ni siquiera tiene el privilegio de comprender las limitaciones de su poder. Desde una perspectiva feminista, esta postura es inevitablemente mistificadora e injustamente pesada para las esposas de estas familias. Al planear cómo ayudar a Ricardo y Linda a comprender el contexto de su matrimonio, sabíamos que teníamos que evitar que la empresa apareciera como culpable, con lo cual se impulsaría una defensa de la empresa. Para seguir un camino diferente, la terapeuta podría persona­ lizar el análisis enseñando y conectando de a poco, a medida que los distintos puntos resultasen personalmente importantes para Ricardo y

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Linda. Por ejemplo, la terapeuta podría preguntarse si las quejas indivi­ duales y conjuntas no serían consecuencia de las exigencias de la em­ presa o el precio pagado por los beneficios obtenidos.

Las opciones. Las expectativas sobre la vida propia están basadas en los estereotipos de los géneros a los que los roles dan mayor especifici­ dad. Por consiguiente, las opciones que Ricardo podría llegar a enumerar para sí mismo están limitadas por lo que cree que debe hacer un hombre, así como también por lo que un ejecutivo empresarial puede hacer. Linda está limitada de manera semejante en su visión y además tiene incorpo­ rada la lección enseñada a muchas mujeres, es decir, que prestar atención a lo que ella desea, mucho menos decirlo en voz alta, no es una tarea legítima de las mujeres. Para ayudar aRicardo y a Linda a considerarmás opciones en su búsqueda de soluciones, la terapeuta tiene que cuestionar el modo de pensar acostumbrado de los miembros de la pareja sobre sí mismos. Aquí podrían ser útiles los métodos de la terapia estratégica, en especial técnicas de exageración y de contención.

Las consecuencias. Las consecuencias de cada opción son muy diferentes para el marido y la mujer empresariales. El divorcio, por ejemplo, elevaría el nivel del estilo de vida económico de Ricardo y no alteraría su status social de manera significativa. En cambio, el estilo de vida de Linda se deterioraría y desaparecería su status social. Las consecuencias de seguir casados también son diferentes. La terapeuta tiene que ayudar a Ricardo y a Linda a evaluar las consecuencias separadamente, pero en presencia del otro.

La capacidad para actuar. Linda, como muchas mujeres, está acos­ tumbrada a dejar que el destino lo decida su marido en lugar de decidir sola. Ricardo, como muchos hombres, está acostumbrado a verse como una persona responsable y se tiene confianza en ese rol. Empero, su modelo para la adopción de decisiones se limita a la competitividad y la ausencia de negociación. Tanto para Ricardo como para Linda, un método básico de asistencia sería la conducta de la terapeuta, quien puede brindarles empatia, escucharlos respetuosamente, legitimar sus preocupaciones y explorar nuevos caminos abiertos con paciencia y preguntas. El otro método básico sería un compromiso con la mutuali­ dad.

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

La mutualidad. Si Ricardo y Linda deciden seguirjuntos, nos gustaría verlos comprometidos con la mutualidad. Los dos deben escucharse respetuosamente y estar atentos a las deslealtades. Los dos deben

emplear técnicas para negociar las diferencias y sentir que su relación es suficientemente fuerte para soportar el conflicto necesario para crecer y lograr una situación conyugal mejor. Los dos deben cuestionarla idea de que la persona que hace más dinero en el mundo empresarial merece tener la voz más potente en el mundo personal de las decisiones conyugales. Dadas las características del matrimonio empresarial, es posible que este ideal no sea adoptado por Ricardo y Linda y, menos aun, logrado. Ahora bien, pensamos que sería un perjuicio para ellos si no se

lo presentamos.

RICARDO Y LINDA

Algunos meses después de finalizada la terapia conyugal, Linda pidió una entrevista para seguir el tratamiento diciendo que estaba triste, desesperada y aletargada. Ricardo siguió oponiéndose a todo nuevo tratamiento para él. Después de un período de varios meses, alenté a Linda para que considerara sus opciones y ella vaciló entre soluciones extremas (convertirse en la “mujer total” o pedirle a Ricardo que se fuera). Le sugerí que se tomara su tiempo y pensara en soluciones más moderadas como, por ejemplo, que evaluase si Ricardo podía o quería satisfacer sus expectativas y que buscase otras vías para satisfacer sus necesidades emocionales de apoyo e intimidad. A medida que su rela­ ción conmigo fue desarrollándose más, empezó a verse como alguien que tenía derecho a algo más que una existencia resignada. Admitió que

lo que deseaba de Ricardo era tener intimidad y comunicación, y decidió

arriesgarse a ser la iniciadora. Yo le advertí que una vez que le pidiera a Ricardo lo que deseaba podría ser que él, de hecho, se fuera. Linda decidió intentarlo de todos modos. Con algunas instrucciones mías, Linda le hizo la siguiente pregunta

a Ricardo: ¿Hay algo que pueda hacer yo para que te muestres más

solícito conmigo? Para su sorpresa, le contestó que no. Cuando ella le preguntó por qué podía seguir casado con ella, él no tuvo respuesta. Después de varias semanas más, Linda le informó que ella no veía razón alguna para seguir viviendo con alguien que no le demostraba estima alguna. Ricardo se llevó sus pertenencias ese mismo día. Algunos meses

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más tarde, Linda supo que él había tenido una relación con su secretaria durante algún tiempo y, probablemente, había estado saliendo con ella, mientras se desarrollaba la terapia conyugal. Al año siguiente trabajé con Linda mientras daba los primeros pasos tentativos para crearse un futuro. En la actualidad está divorciada, trabaja para un grupo de diseñadores de interiores y se ha unido a un grupo de apoyo para personas separadas y divorciadas que funciona en su iglesia. Su definición de sí misma se ha extendido mucho más allá de lo que ella sabía como esposa empresarial y cuenta que le gusta mucho cómo es ahora. Ricardo se ha casado con su secretaria, con quien había estado sa­ liendo mientras estaba casado con Linda. En el mundo empresarial, donde los hombres pasan más tiempo con sus secretarias que con sus esposas, donde los viajes requeridos por la empresa brindan un ambiente propicio, donde a menudo se utilizan “animadoras femeninas” para ayudar a conquistar clientes y recompensar los esfuerzos extra, y donde la empresa piensa muy poco en las esposas, salvo cuando se trata de promover las carreras de sus maridos, no debe sorprendemos que Ricar­ do fuese infiel. Es así pero no debe ser. Si bien la solución de Ricardo y Linda fue poner término a su relación, otras parejas podrían optar por preservarla atenuando el malestar. Esta opción está ejemplificada por otra pareja empresarial, Javier y Fernanda.

FERNANDA Y JAVIER

Al igual que Ricardo y Linda, Javier y Fernanda llevaban casi dos décadas de matrimonio cuando acudieron a la terapia por primera vez. Javier era un ingeniero que tenía un puesto gerencial en una importante compañía petroquímica. Fernanda era ama de casa y una activa volunta­ ria en la comunidad. La pareja vino a la terapia trayendo a su hijo de dieciséis años que estaba rindiendo poco en la escuela y había sido suspendido por tenencia de drogas. La conducta del hijo mejoró rápida­ mente cuando sus padres empezaron a analizar los muchos pequeños conflictos irresueltos de su relación. Al finalizar la sexta sesión, el hijo anunció que no necesitaba seguir viniendo a las sesiones y sus padres y yo estuvimos de acuerdo. La terapia conyugal se centró en los temas básicos del matrimonio: su

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

frialdad, la falta de vitalidad y la incapacidad para satisfacer las necesi­ dades de la pareja. Cada uno de los cónyuges tenía un punto de vista claramente diferente del problema. Javier pensaba que él estaba tan comprometido como siempre en su matrimonio y que las quejas de Fernanda habían comenzado recién cuando el hijo menor había empeza­ do la escuela secundaria. La solución que él proponía era que Fernanda participara en más actividades fuera del hogar como, por ejemplo, su trabajo de voluntaria. Además sugirió que su casa necesitaba una importante remodelación y que era un proyecto en el que Fernanda se luciría. Fernanda admitió que parte de su problema era el aburrimiento, pero afirmó que siempre había sido uno de los sueños de ellos desacelerar

el ritmo de sus vidas una vez que los niños hubieran crecido. Javier no

estaba cumpliendo con este acuerdo y, en realidad, había emprendido nuevos desafíos y mayores responsabilidades en su trabajo en los dos últimos años. Empero, los dos eran claros con respecto al grado de compromiso que tenían con su matrimonio. Cada uno de ellos reconocía

un convencimiento muy profundo de que todo estaría bien en el matri­ monio si tan sólo el otro cambiase. Basándome en las recomendaciones de mis consultoras, quise colo­ car al matrimonio en su contexto empresarial. Para destacar la empatia entre los esposos, traté de subrayar las diferencias de sus situaciones: la diferencia entre trabajar en una empresa importante y estar casada con alguien que trabaja allí, la diferencia entre tener una “mujer mantenida”

y ser una mujer mantenida. De un modo general, hice que la pareja se

pusiera a discutir sobre cómo el matrimonio de ella era diferente del de él, y qué fácil había sido ver estas diferencias como señales de fracaso, rechazo y acusación. Su reacción inicial ante este análisis fue una mezcla

del alivio que les producía sentirse comprendidos y la sospecha de que

el conocimiento de estas diferencias de algún modo iba a crear una mayor

separación y animosidad entre ellos. Sin embargo, como yo seguí legi- timizando las posiciones de ambos, empezaron a tratarse de una manera menos acusadora y menos patológica. Cada uno fue capaz de escuchar la aflicción del otro sin sentirse en falta. Este cambio fue probablemente mas difícil para Javier, quien se sintió terriblemente desleal al reconocer que su compañía había contribuido de alguna manera negativa a la calidad de su vida. Al analizar este tema con él, tuve cuidado de subrayar mi posición de que mientras que la empresa no era un chivo expiatorio útil en este matrimonio, era y seguiría siendo

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un factor limitante en las soluciones que Javier y Fernanda podrían aplicar a sus problemas conyugales. Para que esta terapia tuviera éxito, me di cuenta de que tendría que encontrar la manera de respetar el sistema de valores de la pareja, aun cuando fuera muy diferente del mío. Necesitaba ir más allá de las imágenes públicas perfectas que Fernanda y Javier presentaban ante el mundo, para desarrollar un sentido de sus identidades diferente de sus roles familiares. Para lograr estos dos objetivos fijé para cada cónyuge varias sesiones individuales cuyo contenido iba desde las historias de familia de cada uno hasta la vida cotidiana corriente. Establecer una relación con cada cónyuge como individuo resultó ser invalorable para dar consistencia real a los siguientes objetivos terapéuticos. Una vez que la terapia hubo neutralizado las diferencias que Javier y Fernanda veían en el otro, me concentré en ayudar a la pareja a evaluar los costos y beneficios que implicaban las opciones de mantener el matrimonio o disolverlo. Después de veinte años de casada la identidad de Fernanda estaba tan incorporada a sus roles de esposa y madre que le resultaba difícil imaginar una vida satisfactoria fuera del matrimonio. Fernanda, que había visto a amigas suyas pasarpor el trance del divorcio, tenía pleno conocimiento de la importante pérdida de seguridad econó­ mica y status social que significaría un divorcio, y reaccionó ante esta idea con una ansiedad paralizante. Por su parte, Javier podía imaginar una vida tolerable consagrado a su carrera empresarial, pero no podía imaginarse una vida personal separado de Fernanda. Pensaba que nunca volvería a invertir el mismo tipo de energía emocional en una relación, como la que él sentía que había invertido en su matrimonio. La inercia, según sus palabras, estaba trabajando en su contra. Con el paso de los años de matrimonio, cada cónyuge se había tomado invisible para el otro, y ya no era considerado único, interesante o atractivo. Apliqué la técnica de hablarle a un cónyuge de las cualidades positivas del otro con el fin de sacudir estas ideas fijadas, permanentes. Por ejemplo, le pregunté como por casualidad a Javier qué se sentía al tener una esposa tan atractiva y encantadora, y le comenté aFernanda que su marido se vestía muy bien y que se lo veía muy bien físicamente. Además se instruyó a los dos para que preguntaran a los amigos y a los miembros de la familia cómo veían al otro cónyuge y que imaginaran cosas para hacer o decir al otro cónyuge que resultaran sorprendentes o inusitadas. El efecto acumulativo de esas intervenciones fue hacer que

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

Fernanda y Javier estuvieran un poco menos seguros de que el otro era un “libro abierto”. Una vez que Fernanda y Javier tomaron la decisión de seguir juntos

y tratar de hacer que el matrimonio funcionase, les presenté las opciones que tenían: 1) dejar todo exactamente como estaba; 2) hacer un cambio radical como, por ejemplo, dejar la empresa, vender la casa y mudarse a una ciudad más pequeña, con un ritmo más tranquilo donde Javier podría obtener un empleo menos exigente, aunque no tan bien remunerado, o 3) tratar de negociar un cambio del diez por ciento. Yo desarrollé esta

estrategia de acuerdo a mi grupo de consulta. El equipo predijo que Javier

y Fernanda primero rechazarían las tres opciones y eligirían una solución

utópica para su problema, y que tan sólo después de explorar las posibilidades de esa solución admitirían su incapacidad para llevarla a cabo. Fiel a la predicción del equipo, la primera reacción de Fernanda y Javier fue que sólo un cambio rtalmcnlefundamental en la relación sería satisfactorio, pero este cambio fundamental no tendría que significar una amenaza para la carrera de Javier, el status social de ellos o su estilo de vida. Después de dos sesiones tratando de imaginar cambios fundamen­ tales de acuerdo con sus directrices, los frustrados Javier y Fernanda se vieron forzados a admitir que se habían impuesto una tarea imposible. Con el tiempo aceptaron que el cambio del diez por ciento parecía lo más viable, aunque no les resultaba bastante. Pasaron muchas sesiones para definir cuál sería el cambio del diez por ciento en diversos aspectos específicos del matrimonio. Cada uno de los cónyuges quería sugerir lo que el otro debía hacer. Hice entonces que el objetivo y la teoría fuesen mutuos, señalando cómo, por ejemplo, la

eficiencia de Fernanda para hacer planes sociales para la pareja contri­ buía a que Javier siguiera siendo incompetente en ese rol. Se asignaba entonces a cada cónyuge una tarea que significara hacer algo diferente con respecto al tema en el que estaban trabajando. Con frecuencia, después de aceptar hacer algo distinto, Javier y Fernanda informaban que habían fracasado. Estos “experimentos fracasados” constituyeron el capital de muchas sesiones de terapia, pues los dos aprendieron a enfrentarse con el hecho de que ellos mismos participaban en mantener el sistema como estaba. El efecto final de esas conversaciones fue reducir la animosidad y la atribución de culpas en la relación de la pareja. El tema con mayor potencial para producir un vendaval era la

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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distribución del poder en el matrimonio, pero puesto que el clima emocional entre ellos había mejorado, decidí que el momento era bueno. Sugerí que la falta de vitalidad de la relación que ellos habían mencio­ nado al principio de la terapia en parte había sido causada por el papel de espectadora que le había tocado a Fernanda en todas las decisiones de capital importancia. Aunque yo estaba presentando un tema que ellos no habían planteado, supe que estaba en el camino correcto cuando Fernan­ da comenzó a actuar más animadamente y a hablar con más expresión. Javier palideció. Cuando Javier y Fernanda hicieron el recuento de su manera habitual de pensar sobre la adopción de decisiones, les di mi impresión de que su versión era igual a la de un accionista: al que tiene la mayor cantidad de acciones le corresponde el mayor número de votos, y el número de votos en este caso (como en casi todos) se estaba midiendo por el salario. Tanto Javier como Fernanda habían estado pensando de esta manera. Los desafié a presentar un argumento convincente de que Javier tenía más acciones en el matrimonio que Fernanda; es decir, más recompensa, y más bienestar a causa de su éxito. Ellos se alegraron de no poder decir que uno tenía más recompensa que el otro y comenzó a tener sentido para ellos que la recompensa equitativa debía significar que la adopción de decisiones fuese por mutuo acuerdo. No obstante, estaban confundidos con respecto a qué podía significar ese modelo para ellos. Coincidí con ellos sobre la dificultad que se les planteaba y no les ofrecí esperanza alguna de encontrar una solución fácil. En cambio, sugerí que este dilema les podría servir como barómetro: cuanto más en primer plano estuviera este dilema, tanto más podrían saber que su compromiso para mejorar la relación estaba siendo cumplido por los dos. Después de varios meses más, Javier y Fernanda terminaron la terapia. Pasaron las últimas sesiones resumiendo lo que había sucedido en mi consultorio. No se había producido ningún cambio radical en sus vidas, pero los dos coincidían en que sentían mucho más respeto por su propia contribución y la contribución del otro al matrimonio. Tenían menos necesidad de culpar al otro por haber “causado” la infelicidad y la insatisfacción experimentadas en la vida matrimonial. Liberados de la carga de esa culpa, el matrimonio había llegado a ser un acuerdo más tolerable y cómodo para Fernanda y Javier.

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EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

LOS RIESGOS

El trabajo con parejas que tienen un matrimonio empresarial entraña varios riesgos determinados para la terapeuta feminista de la familia. Estos riesgos se explican brevemente a continuación.

1) Zarandear la pandereta. Si la terapeuta manifiesta demasiado fervor y enojo ante las desigualdades del orden social, puede adueñarse de las propias expresiones del paciente con respecto a ese sentimiento, o impulsarlos a culparse a sí mismos por haber sido tan tontos de aceptar el orden de la vida empresarial todos esos años. La elección del momento oportuno, la orientación, la capacidad de modular la intensidad y la buena voluntad para fomentar la nueva manera de ver las cosas que va apareciendo en los pacientes, constituyen aptitudes fundamentales que la terapeu­ ta tiene que emplear para controlar su fervor.

2) Pensar que el cuento de la Cenicienta es sólo para otra gente. La condición de profesional de la terapeuta puede no protegerla com­ pletamente de los mitos culturales. Una terapeuta incauta puede verse inducida a cometer un error por la envidia inesperada de la situación económica de su paciente mujer. Esta envidia puede hacer que la terapeuta rechace los problemas de la mujer o sobrevalore las ventajas de su situación.

3) Buscar el villano de la película. Si la terapeuta elige a la empresa como villano de la película, ¿qué puede hacer para modificarlo? Si elige a la sociedad, ¿cómo puede motivar a sus pacientes para que hagan algo por ellos mismos? Si elige al marido, ¿cómo hará para que no abandone la terapia? Si elige a la esposa, llega demasiado tarde. La mujer ya lo hizo.

4) Suponer que somos todos amigos. Las mujeres mantenidas no acostumbradas aexpresar la hostilidad directamente o a admitir su presencia, pueden manifestársela a la terapeuta de una manera encubierta como, por ejemplo, comprometiéndose sólo superfi­ cialmente en la terapia o disfrazando la crítica de la terapeuta bajo

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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la apariencia de un consejo amistoso o comentarios inocentes. El origen de esta hostilidad es que la terapeuta representa una amenaza para la paciente, un camino que ella no tomó, la prueba de que había una elección para hacer sobre cómo vivir su propia vida. La terapeuta puede no prever esta hostilidad porque está acostumbrada a ser aceptada con gratitud por mujeres comprensi­ vas, que dan validez a su trabajo. Si la toma de sorpresa, la terapeuta puede interpretar la hostilidad de la paciente literalmen­ te en lugar de verla como una proyección, o bien puede ignorarla por completo, con lo cual permite que continúe.

Capitulo 5

LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

En el principio fue la Madre; la Palabra apareció en una era posterior,

a la que denominamospatriarcado

único principio universal que compren­

a todos los mamíferos y a mucha

otra vida animal también, es que el núcleo de la sociedad, el centro de cual­ quier tipo de grupo social existente, son

la madre y el niño.

Marilyn French,

Beyond Power

El

de

Paulina me detuvo un día en el vestíbulo y me preguntó si podíamos hablar un momento. Esta mujer es una programadora de computadoras de la universidad, pero como su departamento se encuentra avarios pisos del mío, no la veo a menudo. La expresión de su cara me dio la pauta de que no estaba pensando en hacerme una visita social, así que la invité a bajar a mi oficina. Paulina me contó que tenía problemas con su hijo de trece años, Beto, quien estaba cursando el quinto grado por tercera vez. María, de diez años, repetía cuarto grado, pero sus notas eran buenas. Tomás, de ocho años, y Susana, de seis, estaban rindiendo bastante bien en la escuela. Paulina me dijo que Beto era mejor alumno que María, y que era un niño generoso y solícito. “Dependo de Beto para que me ayude con los otros tres y también para que me haga compañía”, me dijo. Aunque en los tests de inteligencia Beto había obtenido un resultado superior al promedio, estaba en camino de volver a fracasar. “Esta vez tiene un maestro maravilloso, un hombre negro que cree que hay que brindar más apoyo a los niños de color, pero igual Beto no va a pasar de grado. Tal vez se deba a que su padre ha interrumpido todo contacto con él, pero ya hace dos años de eso”. No pude obtener ningún indicio de Paulina para saber por qué la perturbaba tanto el desempeño escolar de Beto en este momento si se trataba, evidentemente, de un problema crónico, o por qué no la preocupaba también María. Lo que se veía con

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

mucha claridad era que Paulina estaba muy ansiosa por hablar con alguien. Dijo que pensaba que era el momento de recurrir a la ayuda de un profesional.

La descripción que Paulina me había hecho del maestro de Beto me hizo pensar que para ella la raza era un aspecto importante cuando se trataba de establecer una relación que brindara ayuda. En consecuencia, le dije que conocía una terapeuta negra que tenía bastante experiencia con adolescentes y sus familias, y me ofrecí para recomendarla. Sin vacilar no aceptó, diciendo que prefería trabajar conmigo y que Beto aceptaría esa decisión. Concertamos una cita para un día de esa semana

y la invité a traer a toda la familia.

Tenemos aquí el típico hogar quebrado: madre asediada, niños sin control y ningún hombre para mantener las cosas en orden. No, tenemos aquí la típica familia matriarcal negra: madre que ejerce un control excesivo, niños sometidos a una gran tensión y ningún hombre capaz de ser tan bueno como es ella. No, tenemos aquí a la típica mujer moderna:

Supermamá, niños de quienes se espera que demuestren la excelencia de mamá y no hace falta ningún hombre, gracias. Estos estereotipos negativos están presentes en el terapeuta y en la familia e influyen en las impresiones que tienen de sí mismos y de los demás. Peggy Papp ha descripto el “ciclo generador de problemas” contenido potencialmente en ese tipo de interacciones (1984, pág. xvi). Las madres solas, convencidas por la opinión general de que son inadecuadas, empiezan a ver en sus niños casos problemáticos y buscan expertos para que las ayuden. Los terapeutas aceptan a esas familias como pacientes acríticamente, confirmando así los temores originales de las madres.

Nosotras pensamos que las opiniones y los supuestos negativos sobre

la familia de un solo progenitor, en realidad se aplican a la familia a cargo

de la madre. Más del noventa por ciento de los hijos de familias de un solo progenitor viven con su madre (Masnick y Bañe, 1980). Los que viven con el padre se encuentran en una situación muy diferente. En primer lugar, está el tema del dinero: es casi seguro que el padre tiene más. En segundo lugar está la cuestión de la opinión social: su hogar no parece tan carente para el espectador externo y él puede contratar a alguien para que

realice las tareas que se consideran propias de la madre, o su propia madre

o hermana pueden intervenir. Es improbable que la madre sola obtenga

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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de la misma manera un padre sustituto. La opinión social elabora su argumento negativo sobre esta carencia. Por último, el padre que está a cargo de sus hijos es considerado un héroe, una figura simpática que es admirada y felicitada por su buena voluntad y su capacidad para hacerlo todo. La madre sola es considerada una fracasada, una figura sospechosa que a veces inspira compasión pero que con mayor frecuencia es critica­

da por haberse metido en esa situación.

Los estereotipos y las imágenes negativas, que el terapeuta y la familia deben abordar juntos, se relacionan con las mujeres. La familia con madre sola es el tema central de este capítulo.

PAULINA Y SUS HUOS

Pasé una buena parte de la primera sesión tratando de conocer a cada uno de los niños. Eran muy corteses y razonablemente atentos pero,

como era de prever, no sabían por qué habían sido traídos a la terapia. Tuve la sensación de que era una familia unida, y noté que Paulina y sus hijos se dirigían unos a los otros con respeto y con evidente afecto. Hice algunas preguntas sobre la vida familiar cotidiana, pero en cada oportu­ nidad Paulina volvía a centrar la conversación en Beto. Pasamos el resto del tiempo de la primera sesión hablando específi­ camente sobre el problema escolar de Beto. La preocupación de Paulina era que pudiera quedar otra vez retenido en quinto grado. Lo peor de todo, dijo, consistía en que Beto era un niño brillante y sin duda podía hacer su trabajo si se concentrara en él. Ella no podía entender por qué no trataba de hacerlo. Beto tampoco tenía una explicación. A veces él simplemente “se olvidaba” la tarca, o no “terminaba” los ejercicios en clase. Como yo deseaba mostrarme receptiva ante el síntoma que ellos manifestaban, me ofrecí para llamar a la escuela y hablar con el maestro de Beto. Paulina se mostró evidentemente encantada con esta sugeren­ cia. Le pedí su opinión a Beto, quien dijo: “Está bien; mi maestro no mentirá”. El maestro de Beto dijo que él estaba tan confundido con lo que le pasaba a Beto como todos los demás. “Es un chico brillante”, dijo el maestro, “pienso que tiene cierta capacidad de liderazgo. El trabajo no es muy difícil para él. No tiene problemas sociales. No tengo idea, realmente”.El maestro contó que Beto dio todas las respuestas correctas

a los consejeros, el director y el psicólogo de la escuela cuando le

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

preguntaron qué es necesario para tener éxito. Pero, en realidad, hacía exactamente lo opuesto. El maestro había realizado un esfuerzo conside­ rablemente mayor con Beto, consultando con Paulina sobre la tarea que le asignaba para el hogar y ofreciéndose a llamarla cada vez que Beto no entregaba sus deberes. Como resultado de esto, la tarea para el hogar ya no era un problema tan grave como antes (aunque ocasionalmente Beto no entregara un ejercicio que su madre había visto que lo había hecho), pero Beto con frecuencia entregaba las hojas en blanco cuando se trataba de una tarea realizáda en clase. Cuando pregunté cuándo había comenzado el problema, Paulina habló sobre el padre de Beto. Francisco fue la primera relación adulta de Paulina. Tuvieron una relación muy íntima durante un par de años pero

nunca se casaron. Francisco nunca mantuvo económicamente a Beto, aunque a veces le enviaba regalos. En el verano de 1984 Beto fue a visitar

a su padre durante una semana y llegó justo en medio de una pelea entre

Francisco y su esposa. La mujer abandonó la ciudad hecha una furia y Francisco la siguió después de dejar a Beto con su abuela, diciéndole al niño que estaría de regreso en uno o dos días. Una semana después Paulina fue a buscar a Beto; Francisco nunca llegó. Más adelante supieron que Francisco se había mudado y que tenía un número de teléfono no registrado en guía. Beto no había tenido noticias de su padre desdé entonces. Según Paulina, fue más o menos en esa época cuando comenzaron los problemas escolares del niño. En ese mismo verano Paulina dejó a su marido Héctor, padre de los tres niños menores. Paulina se había casado con él en 1975. Su relación había sido muy turbulenta, interrumpida por un par de largas separacio­ nes. Tres meses después de su última reconciliación, Paulina descubrió

que Héctor había tenido un niño con una mujer, con la que se había estado viendo durante varios años. Esto, sumado al hecho de que no ofrecía a la familia un sostén económico y que “bebía un montón” impulsó a Paulina

a abandonarlo. Los tres niños menores estaban tristes por la separación,

pero Paulina contó que a Beto nunca le había gustado Héctor y se sentía aliviado de que su madre lo hubiera dejado. Sin embargo, Paulina no había presentado la demanda de divorcio. “Mi madre, mi iglesia y yo misma estamos en contra del divorcio”, dijo. <, En la sesión siguiente hice preguntas sobre la vida en común de la familia. Paulina asistía a una escuela nocturna tres veces por semana, además de trabajar en un empleo de horario completo. Cuando ella estaba

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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afuera, Beto quedaba a cargo de los otros tres niños, pero todos ellos estuvieron de acuerdo en que básicamente cada uno cuidaba de sí mismo. Sobre todo, Paulina no tenía quejas sobre el comportamiento de los niños

en casa. Dijo que también estaba orgullosa de su conducta en la iglesia donde ellos, junto con Paulina, asumían el rol de líder. Mi impresión era que ella adoraba a sus hijos y que ellos le pagaban con la misma moneda. El rol especial de Beto en la familia parecía el de ser el compañero de su madre. Las tres noches por semana que ella asistía a la escuela, él la esperaba levantado y cuando llegaba a casa se quedaban conversando, y

a veces jugaban a las damas. Cuando se retrasaba, Beto se preocupaba

pensando que podrían haberla asaltado, y los días de lluvia temía que tuviese problemas al conducir por las calles resbaladizas. Toda la información que estaba obteniendo en la terapia me llegaba como hilos que me costaba trabajo entretejer. Parecía haber muchas posibilidades para determinar la causa del síntoma de Beto, pero me

resultaba difícil verificar cualquiera de ellas. Decidí intentar una inter­ vención conductista que pensé que podría dar resultado independiente­ mente del objetivo o la etiología del síntoma de Beto. Quería abordar el problema presentado por Beto directamente, mientras que a la vez, des­ viaba el centro de atención de él. Me reuní con los niños en grupo y establecí un plan de recompensas para quien hiciese bien su tarea escolar. Cada uno de los niños acumulaba puntos para obtener una recompensa (una moneda o una gaseosa) por hacer su tarea de manera satisfactoria. El plan funcionó durante un tiempo, pero enseguida empezó a complicarse debido a tareas que no sé ajustaban a los parámetros dados, o a maestros que se olvidaban de firmar los trabajos. Entonces renegociábamos, proceso que los chicos disfruta­ ban, pero cada versión sólo nos servía durante una o dos semanas y volvía

a complicarse otra vez. El otro problema de esta determinación era que

no parecía producir mucha diferencia con respecto al trabajo de Beto en el aula ni en el ánimo de nadie sobre el problema. Pedí entonces ver a Paulina y a Beto individualmente. Durante las sesiones familiares, me había parecido que a Paulina le gustaba hablar­

me, y había dicho varias cosas que me hicieron pensar que se identificaba mucho conmigo en su carácter de madre sola y mujer profesional. Empero, cada vez que parecía qué íbamos a trabajar sobre cualquier otro tipo de problema que no fuese Beto como, por ejemplo, su matrimonio

o los planes para su propia vida, la conversación se apagaba y terminaba

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

muriendo. Las sesiones individuales no fueron diferentes. Yo no estaba acostumbrada a tener tanta dificultad para enderezarun problema que era solucionable en la terapia. Me pregunté si Paulina pertenecería a la categoría de los “preocupados pero sanos”, personas que van a ver al médico con un poquito dé algo, enteradas de que pasan cosas horribles y deseando mantenerse sanos. Sin embargo, Beto estaba malogrando su quinto grado por tercera vez. En la sesión que tuve con Beto, le pedí que él hiciese de consejero y me asesorara sobre cómo tratar a un niño que tenía problemas con su tarea escolar. Quería verificarla posibilidad de que el bajo rendimiento escolar de Beto tuviese relación con el deseo de que su padre volviese al hogar.

Beto: Probablemente es un problema familiar, un problema de disci­ plina o un problema mental. T.: ¿Qué tipo de problema familiar podría ser? B.: El dinero, un divorcio, miedo por la mamá, la muerte. T.: ¿Qué aconsejarías si fuese un problema familiar? B.: Que el niño y la familia fuesen a ver a un consejero. T.: Muy bien. Tú eres el consejero. Mi problema familiar es que mi papá abandonó a mi mamá y a mí me está yendo mal en la escuela. Si me va bastante mal, tal vez vuelva mi papá. B.: Eso no sucederá. T.: Bueno, ¿qué puedo hacer para que vuelva? B.: Sería mejor que no te ocupes de ese asunto. Es algo entre tu padre

y tu madre. Es asunto de ellos.

T.: Pero también me ha abandonado a mí. Nunca me llama ni viene

a verme. ¿Podría haber hecho algo yo?

B.: No. Parecería que tu padre tiene un problema. Habla con él. T.: El no quiere hablarme. B.: Entonces lo único que puedes hacer es ponerte triste. T.: ¿Voy a seguir fallando en la escuela porque estoy tan triste? B.: No (riendo como si se tratase de una idea ridicula), tienes que trabajar bien aunque te sientas triste.

Al terminar la dramatización Beto me dijo: “Mira, ellos no hacen repetir a los niños el quinto grado más de dos veces. Me pasarán a sexto grado el año próximo de todas maneras”. “Así que”, dije yo, “no vas a tratar de pasar, ¿verdad?” “No”, dijo, y volvió a reír.

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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Eso bastó. Cada vía que había seguido hasta ahora me había condu­ cido a un callejón sin salida. La razón de Beto para volver a repetir el quinto grado ahora era clara y razonable. Me dejó sin un objetivo claro para la terapia. No se me ocurría qué hacer. Llevé mi dilema al grupo de consulta.

LA CONSULTA

La terapeuta dijo que tratar de encontrar un problema solucionable con Paulina era como tratar de pescar un renacuajo en una laguna atestada de peces. El grupo de consulta reconoció su frustración al tratar de realizar una terapia centrada en un problema que parecía escapársele no bien ella se acercara. Todas nosotras nos preguntábamos con ella qué era lo que estaba haciendo tan escurridizo el curso de la terapia. Empezamos a examinar el contexto de la vida familiar, analizando las dificultades que tienen las madres solas. Su tiempo y su energía están más exigidos que los de cualquier otro progenitor que trabaja. Ellas son más proclives a culparse con respecto a sus hijos que otras madres que trabajan, porque la responsabilidad parental no compartida descansa tan evidente y públicamente sobre sus hombros. Si se las compara con las personas casadas, por lo general necesitan y esperan más de sus hijos, y cuentan con menos apoyo para sus propias necesidades personales. En este caso particular, nos dimos cuenta de que por ser cuatro terapeutas blancas que examinábamos la vida de una madre negra sola y que trabaja, había un cúmulo de experiencias en la vida de Paulina diferentes de las nuestras. Decidimos estar alertas ante la posibilidad de que esta situación influyese en la terapia, en el problema o en la relación con la terapeuta, pero decidimos también no prejuzgar ese efecto. Seguidamente centramos nuestra atención en el problema presenta­ do: el rendimiento escolar de Beto. ¿Qué creíamos que andaba mal con él que le hacía repetirdos veces el quinto grado con una buena posibilidad de que volviera a hacerlo? Formulamos varias hipótesis que podría sugerir el terapeuta tradicional de la familia:

Primero, cabría considerar que Beto es un niño “parentificado”. ¿Estaba sobrecargado de tareas domésticas para la edad que tenía? ¿Lo estaban usando inadecuadamente como confidente, dándole informa­ ción que sólo podía confundirlo? La terapeuta nos informó sobre los quehaceres domésticos y el contenido de las conversaciones entre

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

Paulina y Beto, nada de lo cual nos pareció problemático. Decidimos que en este caso esas condiciones no eran peijudiciales y que el bajo rendimiento escolar de Beto no era el pedido de ayuda de un niño que se veía sobrecargado de obligaciones. Asimismo, observamos que si usá­ bamos como patrón la imagen idealizada de las familias con dos proge­ nitores, entonces sí Beto parecía trabajar más y tener más responsabili­

dades. En segundo lugar, podría sugerirse que Beto se sentía abandonado por su padre biológico y más recientemente por su padrastro, y se sentía demasiado triste, demasiado enojado o demasiado desesperado para preocuparse por la escuela. Esta hipótesis es frecuente en circunstancias como la de Beto, y se basa en la supuesta importancia de la presencia del padre en la vida del niño. Al sostener que este supuesto es cierto en general, la terapia familiar confunde una idealización de la familia con la realidad de la familia. Los padres participan menos de lo que muchas descripciones teóricas sugieren. Si bien puede ser una excelente meta de la terapia familiar hacer que los padres participen más, la ausencia del padre debida a una separación o un divorcio no tiene en sí necesariamen-

para los hijos. De cualquier modo, Beto no

mostraba evidencia alguna de tristeza, enojo o desesperación. Una tercera hipótesis corriente sería que Beto se preocupaba por su madre y creía que tenía que estar más tiempo con ella, y no pasar al grado siguiente, para poder cuidarla. En esta hipótesis no se toma en cuenta el hecho de que la mayoría de los niños negros —con la excepción de las familias negras de altos ingresos que imitan la conducta basada en los roles de los géneros de las familias blancas— tienen una imagen diferente de la mujer, de la que elabora la sociedad blanca. En general, la experiencia que tiene el niño negro de la mujer es que ella es fuerte:

, te consecuencias negativas

suave, acogedora y fuerte. Aunque Beto tuviera miedo de que su madre se accidentase una noche de lluvia, ese temor difiere de preocuparse porque ella no fuese suficientemente competente para resolver lo que él es demasiadojoven para poder solucionar. En cambio, los niños blancos, en especial los varones, tenderían más a creer, a la edad de Beto, que las mujeres son débiles y necesitan la protección de un hombre, cualquiera

que sea su edad. Esta no ha sido la experiencia de Beto. En cuarto lugar, podría sugerirse que Beto asumió la tarea de sacar a su madre de la depresión causada por su separación matrimonial atrayen­ do su atención hacia él. Este supuesto se basa en la idea, muy difundida

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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entre los terapeutas sistémicos/estratégicos, de que los niños perciben la tristeza de sus padres e imaginan maneras de distraerlos, una especie de “travesura conspirativa” (Hoffmann, 1981, pág. 84). Si bien este concep­ to puede aplicarse en muchos casos en que los padres se han separado, no había muestras de que Paulina estuviese deprimida. Además, Paulina había estado administrando muy bien la casa durante dos años sin ninguna asistencia económica ni emocional de los padres de los niños. Después de rechazar estas cuatro hipótesis, llegamos a nuestra pers­ pectiva de trabajo final: los problemas de Beto en la escuela empezaron más o menos en el momento en que el padre y el padrastro se alejaron. Tal vez Beto estaba triste y desanimado y como su trabajo en la escuda empezó a desmejorar, su madre intervino para ayudarlo. Como los orígenes estaban perdidos para nosotras, no podíamos saberlo con certeza. Lo que sabíamos con seguridad era que en el momento de la terapia, Beto no estaba angustiado y era realmente capaz de rendir en la escuela. Al margen de la circunstancia que estableció inicialmcnte la participación de Paulina en el trabajo de Beto, esa participación ahora se mantenía por el deseo de Beto de recibir una atención especial de su madre y el deseo de Paulina de que Beto pasase de grado. No estamos sugiriendo que Beto estaba fallando para mantener a su madre cerca. En cambio, observamos que tanto Beto como Paulina disfrutaban de esas interacciones y deseábamos que los dos reconocieran que podría ser útil y agradable que Paulina sintiese que Beto era inteligente y que Beto le demostrara a ella su inteligencia. Ahora bien, lo que se destacaba para nosotras era que, como dijo Beto, lo harían pasar de grado de todos modos. Coincidimos en que Beto tenía un buen argumento. No tenía necesi­ dad de mejorar su trabajo puesto que su aprobación a esta altura estaba asegurada. Su orgullo lo disuadía de intentarlo. El hecho de no tratar de hacerlo ponía distancia entre él y esa agradable circunstancia. Paulina y Beto podían trabajar juntos porque era una actividad agradable, no porque temieran su fracaso. Supusimos que Paulina había acudido a una terapeuta de la familia con la esperanza de descubrir qué estaba pasando con Beto, y al hacerlo subestimó el efecto que tenía para Beto la decisión de la escuela de promoverlo, subestimó a Beto (en el sentido de que él comprendía la situación y había decidido no esforzarse) y se subestimó a sí misma (en el sentido de que ella estaba haciendo un buen trabajo). Según algunos informes, las familias negras normalmente recurren a

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

la psicoterapia preocupadas por el efecto que podría llegar a tener una

mala adaptación escolar de sus hijos en las posibilidades de empleo futuro y son más receptivas a la terapia familiar centrada en el niño

(Hiñes y Boyd-Franklin, 1982). Paulina parecía responder a esta descrip­ ción hasta ahora. Acordamos con la terapeuta que ella debía seguir tratando a Paulina sobre su preocupación por Beto, estimando que sacar

a Beto del centro de atención acarrearía la pérdida de Paulina como

paciente. Además, pensamos que era importante detectar si el contenido

relativo a Beto ocultaba una perspectiva sobre lo que Paulina necesitaba.

A Paulina se le había ofrecido la oportunidad de ser recomendada a una

terapeuta negra, pero no había aceptado, manifestando preferir a nuestra

colega. A nuestro juicio, esta decisión ponía en evidencia el deseo de Paulina de obtener la aprobación de una mujer que no sólo era conocida por ella sino que además era una madre sola que trabaja, y podía afirmar que sus hijos eran buenos y cariñosos, y que ella era una mujer y una madre competente. Sugerimos que la terapeuta fuese una colega aproba- dora para Paulina, quien estaba investigando qué pensaba de sus roles como mujer, trabajadora y esposa.

EL ANALISIS

Según las estadísticas correspondientes a 1985, hay casi cuatro millones de familias con madre sola blanca y casi dos millones de familias con madre sola negra (Libro Nacional de Datos y Guía de Fuentes del Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1987). Para que esta comparación resulte más clara hay que decir que el porcentaje de familias negras con madre sola es cuatro veces más alto que en el caso de las familias de raza blanca (Libro Nacional de Datos y Guía de Fuentes del Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1987). En 1990 el cincuenta por ciento de todos los norteamericanos menores de dieciocho años pasarán entre tres y cinco años de su vida en una familia con madre sola (Glick, 1979). A pesar de que este modelo familiar está muy difundido, sigue siendo un estigma pertenecer a él; estigma que funciona como un factor etiológico en muchos de sus problemas. Este estigma implica el supuesto de efectos perjudiciales para los miembros de la familia, las “víctimas” del divorcio: los niños no estarán bien educados, tendrán problemas de identidad sexual y estarán confun­ didos con respecto a los roles de los géneros; tendrán dificultades y se

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meterán en dificultades. La madre será solitaria e inepta y se sentirá ávida de relaciones sexuales; se aprovechará de los maridos de sus amigas y vecinas. Por negligencia y distracción, hará que caigan desgracias sobre sus hijos. ¿Cuál es la explicación de una perspectiva tan cargada de prejuicios que no toma en cuenta la posibilidad de encontrar capacidades y supone sólo deficiencias? En gran parte esto obedece a que la cultura tiene un enfoque miope con respecto a la ausencia de un hombre significativo que brinde un status legítimo y refugio seguro. El término usado frecuente­ mente para referirse a las familias de madres solas, “deshechas”, pone en evidencia ese enfoque y señala una organización inferior y equivocada. Obsérvese que el término es rara vez usado para referirse a la familia a cargo de una viuda, situación más aceptable y simpática socialmente, pues el marido está ausente sin que medie culpa de la mujer. El estigma de la madre sola no se origina únicamente en la ausencia del hombre. Como señala un estudio: “La falencia es doble: no sólo hay un adulto en lugar de dos en la constelación familiar, sino que el jefe de la constelación familiar es del género femenino y no masculino. No se trata sólo de que esa familia sea atípica sino de que la madre misma está asumiendo un rol atípico que se aparta del que le corresponde por su género” (Brandwein, Brown y Fox, 1974, pág. 498). La sociedad es reacia a reconocer y aceptar a una mujer en el puesto responsable e independiente, “normalmente” reservado para un hombre. Si nuestra cultura fuese matriarcal en lugar de patriarcal, el modelo “madre como jefe de familia/padre ausente” seríamenos atrofiado, menos peijudicado

y menos perturbador. Este prejuicio crea dificultades. En gran escala se observa en la falta

de servicios de asistencia social subsidiados como, por ejemplo, guarde­ rías y atención de los quehaceres domésticos. En una escala personal, la madre sola asume la expectativa general de tener un rendimiento inferior

a pesar de que, de todos modos, la mayor responsabilidad por el cuidado

de la casa y de los niños suele recaer sobre ella. Paulina manifestaba una sensación de inferioridad y vergüenza a causa de esto. El prejuicio influye también en la interacción personal. Una mujer sola a menudo se ve frente a actitudes y acciones explotadoras por parte de diversos hom­ bres, desde los vecinos que invaden su propiedad hasta los banqueros que la tratan sin respeto, y todo eso porque ella “no pertenece a nadie”. Está también la cuestión del dinero. La discriminación económica de

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

la cual son objeto las mujeres en el mercado de trabajo se combina con el abandono financiero de los padres para hacer padecer a las madres solas y a sus hijos graves dificultades. Sólo una tercera parte de las madres solas recibe una cuota alimentaria por sus hijos y dos tercios de los pagos son inferiores a la cantidad fijada por los tribunales (Hacker, 1982). Como consecuencia de esta situación, el 42,7 por ciento de los niños blancos y el 65,5 por ciento de los niños negros que pertenecen a familias con madres solas viven en la pobreza (Censo de EE.UU., 1978). Habida cuenta del estigma y las dificultades, no sería sorprendente descubrir resultados lamentables en esas madres y niños, individuos y familias. Empero, hay muchas pruebas que señalan lo contrario. Los estudios realizados indican que la mayoría de las familiascon madre sola son tan eficientes en diversa medida como las familias de dos progeni­ tores, cuando se comparan niveles similares de ingreso. Con respecto a las mediciones de adaptación emocional, coeficiente de inteligencia, rendimiento escolar y la conducta “masculina” fijada por las pautas culturales en los varones, los niños están igualmente bien en los dos tipos de familia. Salvo la mayor probabilidad de vivir en la pobreza en el caso de los niños con madres solas, se observan sólo dos diferencias entre los grupos. Una de ellas es que las niñas que pertenecen a familias con madres solas son más independientes y más competentes que las niñas de los hogares donde está presente el padre. La otra es que algunos niños de familias con madres solas manifiestan menos autoestima, pero los investigadores dicen que esto obedece a la opinión social prejuiciada y no a la estructura familiar. (Estas conclusiones están sintetizadas y documentadas en la reseña que hace Cashion de los principales estudios

[1982].)

En esos trabajos se describen otros aspectos de la vida de este modelo familiar. La calidez y la intimidad son rasgos característicos, promovi­ dos por la participación de todos los miembros de la familia en las tareas de la casa, la adopción de decisiones y las recompensas, y puestos de manifiesto en esa misma participación (Weiss, 1979). A diferencia de lo que sucede en la familia de dos progenitores, en la que el padre yla madre establecen una jerarquía en la cual ellos figuran en la cúspide (el padre un poquito más arriba que la madre) y los hijos en la base, la familia con madre sola normalmente funciona como una organización consensual. Por lo general hay menos conflictos, y la madre sola se siente más capaz para administrar los recursos y las actividades de rutina, aun cuando sean

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escasos. Esto es así porque el proceso de consultas con sus hijos le da una mayor sensación de poder y competencia de la que tendría si fuese la esposa de alguien que no sólo dominase a sus hijos sino también a ella (Brandwein y otros, 1979; Cashion, 1982). En cuanto a los niños, la mayor responsabilidad que tienen en estos hogares es recompensada por un mayor poder: por ejemplo, intervienen más para decidir dónde va la familia a divertirse, cómo pueden dividirse las tareas y qué horarios se adaptan a sus necesidades. Estas conclusiones sugieren algunos supuestos alternativos que deben hacerse elementos importantes de la estructura y la función de la familia:

Una familia no necesita dos progenitores para ser una familia. La madre y los niños pueden realizarlas funciones económicas, domésticas, sociales y psicológicas que definen a la familia. A este respecto, disentimos con Morawetz y Walker (1984), quienes sugieren que “hogar” de un solo progenitor es una expresión más exacta que familia de un solo progenitor. En nuestra opinión, ese uso sigue negando status familiar al grupo constituido por la madre y los hijos. En la medida en que el padre que no tiene la tenencia de sus hijos asume una parte activa en la vida de ellos cuando están con él, preferimos decir que la unidad madre/hijos constituye una familia de un solo progenitor y que los niños son miembros de otra familia de un solo progenitor cuando están con su padre.

Unafamilia no necesita una estructura jerárquica que la hagafun­ cionar. Nuestra crítica a la teoría de la terapia familiar se refiere a que no se aplica lo que ha sido constatado en el caso de la familia de un solo progenitor a la familia en general. En cambio se ha seguido fomentando la jerarquía como principio organizador básico de la familia. Sostener que la jerarquía es la mejor manera de cumplir las funciones de la familia legitima la idea de que el poder es el bien supremo; la jerarquía, la mejor manera de encamarlo y la dominación, el mejor modo de ejercerlo. Si la madre y los hijos pueden funcionar bien democráticamente ¿por qué no puede suceder lo mismo cuando se trata de la madre, los hijos y el padre? ¿Por qué el precepto constante e incuestionable de que hay que “proteger” la diada parental con unlímite firme para marcar unajerarquía bien clara, como si esa organización fuese la mejor para todos sus

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

miembros? No obstante, cuando el Padre deja de formar parte del hogar, así dice el precepto, ya no hace falta la jerarquía (Fulmer, 1983; Minu- chin, 1974). ¿Cómo es que la correlación entre el Padre y la jerarquía no se menciona? Puesto que no se examina el compromiso de la terapia familiar con el patriarcado, esta teoría sigue comprometida con la jerarquía. La ideolo­

gía del “rey de su castillo” y no la salud de la familia, da a la jerarquía su poder sobre la teoría. Lo que fortalece este poder es un punto clave de la

psicología de los hombres que describe Jean Baker Miller: “

ambiente familiar, los hombres adquieren desde pequeños la sensación de ser miembros de un grupo superior. Se supone que las cosas las tiene que hacer para ellos la gente inferior que trabaja para tratar de hacerlo. A partir de ahí, puede parecerles que adoptar una actitud de colaboración de algún modo los disminuye” (1976, pág. 42). En cambio, las mujeres no experimentan la colaboración como una pérdida sino más bien como una ganancia, como un crecimiento. ¿Qué significaría una democracia participativa en la vida familiar? Significaría que el objetivo fuese satisfacerlas necesidades de cada uno de los miembros de la familia, pero que las ganancias de uno de ellos no se obtuviesen a expensas de otro. Significaría que los padres diesen a sus hijos pautas de salud, seguridad y moralidad, y los artículos de primera necesidad que ellos no pudiesen conseguir por su cuenta. Pero que en las innumerables oportunidades diarias en las que estuviese en juego la preferencia y no el bienestar, se abriese un espacio para la diferencia, la acción individual y las soluciones experimentales. Significaría que los que tienen más recursos y conocimientos usaran ese poder para fortalecer a los demás miembros de la familia, no para controlarlos y acumular más

en el

poder para sí. Significaría que los padres demostrasen a los hijos cómo transigir y negociar, y cómo evitar las luchas por el poder en lugar de instaurarlas (Pogrebin, 1983).

La madre sola negra Ahora que una cantidad considerable de mujeres blancas están trabajando fuera del hogar y cuidando solas a sus hijos, el país está empezando a prestar atención a la experiencia de la madre que trabaja. Sin embargo, todavía es insuficiente el compromiso social para estable­ cer una diferencia significativa con respecto a las horas de trabajo, el cuidado de los niños y las escalas salariales. Cuando esta circunstancia

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era fundamentalmente la experiencia de la mujer negra, se prestaba poca atención a la carga que representa para ella o a su capacidad para salir adelante; cualquier tipo de interés se centraba casi exclusivamente en sus hijos. La sociedad se interesaba en los niños, porque eran los hijos de las madres negras solas que trabajan los que muchos sociólogos creían destinados a la pobreza y la delincuencia. Las madres merecían la aten­ ción nacional tan sólo con respecto a sus hijos: ¿Por qué hay tantas madres negras solas? ¿Cómo puede la sociedad disuadir a más mujeres negras para que no lleguen a ser madres solas? ¿Qué sucede con estos hombres y estas mujeres que no son capaces de mantener un sistema familiar sano con dos progenitores? ¿La madre negra sola es responsable de la disfunción de sus hijos? ¿El fracaso de la familia negra es la causa de la debilidad económica y social de los norteamericanos negros? Esta última pregunta fue contestada afirmativamente en el controver­ tido Informe Moynihan, que comenzaba manifestando que “en el núcleo del deterioro de la tela de la sociedad negra se encuentra el deterioro de la familia negra” (Moynihan, 1965/1971, pág. 126). Moynihan culpa al “fracaso” de la familia negra por la pobreza, la ilegitimidad, el bajo rendimiento escolar, la delincuencia y la criminalidad de los negros. Sostiene que la raíz del problema fue la esclavitud que corrompió la vida familiar, creando una estructura familiar sin padre y centrada en la madre. El consiguiente poder de la madre y la impotencia (léase: ausen­ cia) del padre creó los problemas contemporáneos de los negros, según Moynihan. Su mensaje es bien claro: cuidado con los hogares dirigidos por mujeres, pueden arruinar toda una raza. Desde un punto de vista feminista, este argumento es absurdo y equi­ vocado. Incluso es incorrecto desde el punto de vista histórico. Especial­ mente digna de mencionar aquí es la descripción que da Genovese de la familia negra bajo el régimen de esclavitud: “Lo que habitualmente ha sido considerado una debilitante supremacía femenina era, en realidad, una mayor aproximación a una saludable igualdad sexual que la posible para los blancos y, tal vez, incluso para los negros de la posguerra” (1974, pág. 500). El Informe Moynihan ha sido desacreditado por muchísimos estudio­ sos. No obstante, lo abordamos aquí porque su tesis ha llegado a ser parte de la cultura corriente. Los terapeutas que trabajan con madres negras tienen que estar conscientes de la influencia que ejerce sobre ellos y sus pacientes.

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LA FAMDJA DE UN SOLO PROGENITOR

Además del divorcio, la ilegitimidad y el abandono, Moynihan ve en el hecho de que la mujer sea la jefa de la familia otro indicador de una patología familiar. Además, piensa que en las familias negras de dos

progenitores en las que la madre trabaja, la dependencia de la familia del ingreso de la madre “socava la posición del padre y priva a los hijos del tipo de atención, en particular en lo que se refiere a la escuela, que actualmente constituye un rasgo comente en la educación de la clase media” (1965/1971, pág. 138). Paulina, que participa de estos valores de la clase media insertos en la cultura, sin duda debe haber absorbido esta condena de sus esfuerzos. Casi todas las afirmaciones de Moynihan se basan en su supuesto de

que la estructura familiar de la clase media blanca (el padre como jefe

de

familia, una madre que se queda en casa) es la responsable del éxito de los niños blancos, y que la estructura inversa es responsable del fracaso de los niños negros. Moynihan escribe:

La nuestra es una sociedad que presupone el liderazgo masculino en los asuntos públicos y privados. Las organizaciones de la sociedad facilitan ese liderazgo y lo recompensan. Una subcultura, como la de los negros norteameri­ canos, en la cual no es éste el modelo, queda situada en una desventaja evidente (1965/1971, pág. 140).

Aunque Moynihan admite que los problemas que tienen los negros en Estados Unidos son complejos, afirma empero que “la debilidad de la estructura familiar” se encuentra en el “centro de la maraña de la patología” (1965/1971, pág. 142). Moynihan ilustra esta debilidad seña­ lando la frecuente inversión de los roles entre la mujer y el marido, la educación superior de las mujeres negras comparada con la de los hombres negros, la ausencia del padre como jefe de la familia y la configuración matriarcal que predomina en las familias negras. La solución que él propone para los problemas de los negros norteamerica­ nos es fortalecerla familia: estableceruna estructura familiarque siga las pautas de la familia norteamericana blanca de clase media de la década de., 1950, en la cual predominaba una jerarquía regida por el padre. Ya hace más de veinte años que se ha publicado el Informe Moynihan. Muchas de sus conclusiones han sido refutadas y se han cuestionado sus supuestos básicos. La familia norteamericana blanca de clase media que usaba como punto de referencia ha sufrido cambios. En la actualidad, es la cambiante familia blanca la que tiene mucho que aprender de la familia

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negra por su variabilidad, diversidad y riqueza de recursos, y del ejemplo que da la madre negra sola que trabaja por su fuerza y su coraje. Esto nos recuerda lo que Angela Davis escribió sobre las mujeres negras de la época de la esclavitud:

Fueron esas mujeres las que transmitieron a sus descendientes femeninas nominalmente libres un legado de trabajo arduo, perseverancia y confianza en sí mismas, un legado de tenacidad, resistencia e insistencia en la igualdad sexual; en síntesis, un legado que fija las normas para lograr una nueva condición de la mujer (1981, pág. 29).

Los objetivos

EL TRATAMIENTO

Nuestros objetivos para Paulina y su familia eran los siguientes:

1) Subrayar la competencia de Paulina como madre. 2) Desviar la atención de Paulina del rendimiento escolar de Beto y ayudarla a tener una opinión más positiva del niño como estudian­ te, manteniendo a la vez la opinión positiva que tenía sobre sus otros hijos como estudiantes. 3) Ayudar a Paulina y a sus niños a ratificar el buen funcionamiento de su familia en particular, y a liberarse de las connotaciones negativas con el hecho de ser una familia con madre sola. 4) Escuchar atentamente a Paulina para detectar señales de que ella no estaba oyendo su propia voz: que estaba actuando, pensando o sintiendo como los demás deseaban o esperaban que lo hiciese, y no por su propia cuenta.

El plan

Competencia. Paulina hacía muchas cosas bien que no eran recono­ cidas por ella misma: sus hijos eran felices y estaban educados; tenía independencia económica; era uno de los pilares de su iglesia, y se preocupaba activamente por mejorar su vida perfeccionando su educa­ ción. No obstante, le resultaba fácil dudar de sí misma y ver sus carencias en lugar de ver sus aptitudes. La terapeuta podría demostrar su confianza en la competencia de Paulina no apresurándose a darle consejos, alentán­ dola a buscar sus propias soluciones y asegurándose de que Paulina

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

reconociera sus logros. Se podría ayudar a Paulina a creer en la compe­ tencia de Beto, una vez que hubiera abandonado su interpretación nega­ tiva del rendimiento escolar del niño.

Desvío de la atención. Paulina estaba preocupada porque sus esfuer­ zos para ayudar a Beto con sus deberes escolares no tenían un efecto detectable en la conducta del niño en la escuela. La terapeuta podría trabajar en dos frentes para modificarla perspectiva de Paulina. Primero, puede señalar que el rendimiento escolar de Beto no tiene importancia ya que no incide en su promoción, a la vez que le recuerda que Beto lo sabe perfectamente. En segundo lugar, podría aprovechar todas las oportuni­ dades que se presenten para subrayar que Beto estaba comportándose muy bien en otros aspectos de su vida, como hermano, hijo y amigo.

Afirmación. Paulina tenía expectativas con respecto a las consecuen­ cias de ser una madre sola que la hacían cuestionar su propia capacidad y el bienestar de los niños. Significativamente, eligió una terapeuta que también era una madre sola y a quien Paulina le atribuía competencia en esa tarea. La terapeuta podía usar esto para respaldar a Paulina compa­ rando sus experiencias. Podía recurrir a la autorrcvelación para señalar dilemas similares que se le presentan a ella como progenitora sola y confirmarle a Paulina, que es normal que surjan problemas ocasional­ mente en la vida de todos los progenitores cuando se trata de educar a los niños. La terapeuta también podría ayudar a Paulina a identificar los prejuicios de los amigos, la iglesia, los miembros de la familia extensa y la sociedad en general, que definen a la familia con madre sola como anómala e inferior.

Saber escuchar. Paulina había escuchado atentamente las enseñanzas de su familia, su iglesia y su cultura. Ella deseaba hacer lo que estaba bien, quería que la gente pensara bien de ella. Pero tenía menos éxito cuando se trataba de escuchar su propia voz, para tomar decisiones sobre la base de lo que ella deseaba y lo que sería mejor para ella. Este tema surgió con toda claridad cuando Paulina mencionó el divorcio. Sus razones para seguir casada con Héctor tenían que ver con la satisfacción de las expectativas de los demás, en lugar de obedecer a sus propias ne­ cesidades o deseos. La terapeuta debe escuchar para descubrir qué desea Paulina que sería lo mejor para ella. Como Paulina no está acostumbrada

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a escuchar su propia voz, la terapeuta debe actuar como un amplificador, recogiendo y ampliando cada expresión que contenga información sobre el punto de vista de Paulina.

PAULINA Y SUS HDOS

Cuando el ciclo escolar llegó a su fin, no se había registrado una mejora sostenida del rendimiento de Beto aunque seguía trabajando bien en las tareas escolares con su madre. Una vez que Paulina se dio cuenta de que Beto realmente pasaría de grado, la ayudé a abandonar la esperanza de que obtuviera mejores notas y, en cambio, a que se enorgulleciera del conocimiento y la capacidad que demostraba el niño con ella. De acuerdo con la predicción de Beto, fue inscripto en sexto grado para el año siguiente. Después de finalizado el curso escolar, cedió el nivel de tensión de la familia. Los cuatro niños empezaron a participar en actividades organizadas por la vecindad y la iglesia, y aproveché muchas oportunidades para hacerle comentarios a Paulina sobre la capacidad que tenían sus niños para desenvolverse solos, comprometer­ se con otros, actuar como líderes y asumir responsabilidades. Paulina trajo pocas quejas de los niños. Una vez contó que Beto había roto la bicicleta de un niño vecino, después de que ella le había dicho que no la usara porque era demasiado pequeña para él. ‘Tuve que reprender­ lo”, me dijo con los ojos llenos de lágrimas: “No puedo entender por qué hace cosas malas como ésa”. Si bien la tranquilicé, pensé que estaba más alterada de lo que justificaba la situación. No podía descubrir qué otra cosa estaba sucediendo que pudiera explicar su reacción. Pensé que debía estar muy insegura sobre su competencia, para tener una reacción tan fuerte ante un comportamiento infantil tan normal. Dado que la cultura es muy crítica con respecto a las madres solas —especialmente si son madres negras— esta idea tenía sentido para mí. No hice nada con respecto a este incidente excepto apoyarla, coincidiendo en lo que ella consideraba una disciplina correcta y las dificultades que entraña com­ prender a los hijos. El tema no volvió a aparecer nunca, pero ocasional­ mente Paulina me comentaba otros ejemplos de las travesuras de sus hijos y sus reacciones. En cada caso parecía que ella necesitaba simple­ mente contarme para que yo oyera cómo manejaba la disciplina. Una vez que yo afirmaba que parecía que lo había hecho bien, ella se veía visiblemente aliviada.

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LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

A medida que las preocupaciones por los chicos disminuyeron y

Paulina pareció encontrarse más a gusto conmigo, hice algunos intentos para incentivar su interés en hablar de sí misma. Si bien es cierto que me

dio más información que antes, tenía una alarma interna que sonaba siempre que sentía que había usado mucho tiempo de la sesión hablando de ella. Después de sólo unos minutos de búsqueda personal, automáti­ camente pasaba a hablar de Beto. A veces yo decía: “Espera, no terminé contigo todavía”, y ella sonreía, contenta de que se la considerase importante por derecho propio, y comenzaba nuevamente a hablar de sus cosas. Empero, yo recordaba el análisis realizado con el equipo de consulta y no quería empujarla demasiado para que se concentrara en sí misma. Poco a poco me contó su propia historia. Paulina era la mayor de tres hijas criadas por una madre que tuvo que trabajar en dos empleos para mantener a su familia después que su esposo la abandonara para irse a vivir con otra mujer, cuando Paulina tenía ocho años. Después que ella y sus hermanas crecieron, su madre volvió a casarse con un hombre que le llevaba veinte años. “Lo que más la atrajo fue que ese hombre le dijo que no necesitaría volver a trabajar nunca más.” Según Paulina, es un matrimonio horrible y su madre “vive como una prisionera.” “Ella bebe muchísimo ahora.” Paulina está decidida a no terminar como su madre, pero ve similitudes que la atemorizan. “Las dos somos trabajadoras muy afanosas y a las dos nuestros maridos han estado persiguiéndonos. Ninguna de las dos cree en el divorcio.”

El hecho de hablar de su madre pareció facilitarle el camino a Paulina

para empezar a abordar su relación con Héctor. Puesto que se había mostrado tan reacia a hablaren absoluto de este tema, me di cuenta de que era esencial que no me viera en el papel de recomendarle una actitud. Mi tarea era mantener la conversación, dejar que ella expresara su intensa ambivalencia con respecto al divorcio. Cualquier afirmación sobre la conducta autodestructiva de Héctor iba seguida de un juicio de valor como, por ejemplo, “el divorcio es igual al fracaso para mí.” “Significa que he fracasado en lo que quería hacer, en mi compromiso de mantener el matrimonio en cualquier circunstancia. Está mal divorciarse. Mi iglesia no cree en el divorcio y yo tampoco.” Me pareció que Paulina se estaba aproximando al divorcio buscando razones legítimas, diciéndolas en voz alta y viendo cómo le sonaban a ella y a mí. Yo facilité este proceso pidiéndole evaluaciones de diversos

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aspectos de la situación: ¿Qué piensan los niños últimamente sobre esta situación? ¿Qué clase de persona parece ser Héctor en la actualidad? ¿En qué sería diferente tu vidasi volviera Héctor? Nada de lo que dijo Paulina sugería que Héctor había cambiado lo suficiente para que el matrimonio llegara a ser tolerable para ella. Paulina estaba llena de contradicciones. Su evaluación de las madres solas que conocía era que “parecen más felices, con más control que las madres casadas.” “Ellas no tienen que pedir permiso. Llegan a casa y les dicen a los niños: ‘Vamos’, y ellos van sin tener que pedir permiso a Papá.” Sin embargo, también sentía que les estaba negando a sus niños algún beneficio irreemplazable al divorciarse de este hombre, aunque él no había contribuido a su bienestar económico ni emocional durante más de dos años. Además, Paulina temía las acti­ tudes racistas que harían que sus niños fuesen juzgados ásperamente como los hijos de una madre negra sola. Habiendo tenido la oportunidad de hablar con mi equipo de consulta sobre mi propia opinión, me resultó mucho más fácil mantenerme en una relación neutral con respecto a la decisión de Paulina sobre el divorcio. Las discusiones sobre la conveniencia del divorcio siguieron durante cuatro o cinco sesiones realizadas en el verano. Observé que cada vez que Paulina cambiaba de opinión dentro de su ambivalencia, los niños también cambiaban. Cuando ella estaba dispuesta a recibir a Héctor nuevamente, ellos también, y cuando ella se inclinaba porla presentación de una demanda de divorcio, ellos decían que probablemente era la mejor solución. Entendí esta actitud de los niños como la demostración de lo que Héctor significaba realmente en sus vidas: “Si Mamá lo quiere, bien; si no, podemos prescindir de él.” Un día Paulina me llamó muy ansiosa por teléfono para decirme que Héctor quería venir a una sesión. Parecía pensar que esto era un gran adelanto. Cuando le pregunté qué había motivado su pedido, dijo que Beto le había contando a Héctor lo que había dicho en una sesión con respecto a que él no era un buen padre; ahora Héctor quería hablar algunas cosas directamente conmigo. Le dije a Paulina que me alegraría reunirme con Héctor, pero que necesitaba tener alguna idea de cuál sería el temario. ¿Héctor quería analizar su relación con Beto? ¿Tenía interés en examinar el futuro de su relación con Paulina? Le pedí a Paulina que lo averiguara. En la sesión siguiente Paulina contó que Héctor había dicho que no estaba interesado en trabajar sobre ninguna relación, pero que quería decirme que no creyera todo lo que decía Beto. Paulina estaba

IOS

LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

triste e indignada a la vez por esta oportunidad perdida. La actitud que había parecido indicar el interés de Héctor por la familia, le había hecho abrigarla esperanza de llegar a una reconciliación. El hecho de descubrir que estaba equivocada fue el estímulo para empezar a abandonar la espe­ ranza de que ese matrimonio tuviese algún futuro. Comenzó a decir que había “terminado” con Héctor, posición que sus hijos aprobaron inme­ diatamente. Beto, que había sido el más expresivo de los niños para desaprobar a Héctor, estaba evidentemente aliviado. Paulina me confió que Beto le había advertido que Héctor la “tiraría abajo” si ella volvía con él.

Después de la sesión en la que anunció que había “terminado” con Héctor, Paulina comenzó a pensarse por primera vez como una madre sola. Dijo lo siguiente:

Te respeto tanto. Has logrado salir adelante en un mundo que pertenece a los hombres y tienes hijos que estás educando sola, y siempre eres tan cordial y, realmente, te admiro. Yo también deseo lograr lo que busco, pero cuando era una niña siempre me decían que todo lo que podía llegar a ser era una sirvienta. Estoy esforzándome mucho para ser algo más, y me estoy esforzando mucho también con mi familia. No sé lo que está pasando con nuestras familias negras. Es como una plaga que las ha atacado: los hombres se van y no tienen nada que ver con sus hijos y no nos mantienen económicamente. Me imagino que no tengo nece­ sidad de sentir miedo; he logrado salir adelante sola durante dos años.

Le dije a Paulina que si bien yo no podía, evidentemente, hablar por experiencia propia, mis estudios me permitían saber qué difícil había sido siempre para la familia negra permanecer unida. Pero sí podía hablar por experiencia propia como madre sola, y lo hice. Le dije que yo también tenía miedo: ¿Habré suficiente dinero? ¿Estoy descuidando a alguno de los chicos? ¿Cuándo hay tiempo para mí? Hablamos de no dejar que el miedo nos paralizase y observamos que, hasta ahora, las experiencias de las dos desmentían los prejuicios que socavaban nuestra confianza. Justo antes de que comenzara el nuevo ciclo escolar, tuvimos otra sesión familiar. La familia discutió la organización de los horarios correspondientes a ese año escolar. Paulina había decidido reorganizar su propio horario de estudio cambiando la asistencia nocturna durante la semana a los sábados. Dos tardes por semana iba a vender una línea de alimentos naturales. Dijo que se sentía animada y esperanzada con respecto al año que comenzaba. Les pedí a los niños que me dijeran qué

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opinaban de lo que estaba haciendo su madre. Beto tomó la palabra y dijo con una sonrisa orgullosa que se estaba poniendo fírme con Héctor. Cuando miré a Paulina para que me aclarase las palabras de Beto, me dijo que había demandado a Héctor por no pasarle la cuota de alimentos para los niños y le había hecho embargar el sueldo. Yo sabía que se trataba de un paso fundamental para Paulina y se lo comenté, señalando que estaba haciendo un trabajo eficiente en resguardo del interés de sus hijos. Para Paulina tomar la decisión de divorciarse de Héctor significaba considerar que sus opiniones eran diferentes de las de su madre (quien todavía estaba viviendo en una relación abusiva), ir en contra de su iglesia (que le aconsejaba el celibato) y abandonar su ambición de seguir casada para no ir a parar a otra estadística sobre el fracaso de las familias negras. Señalé repetidamente qué difícil debe ser resistir toda esa repre­ sión para satisfacer las expectativas de otra gente e insistí en que su independencia constituía su fortaleza. Su decisión de divorciarse de Héctor pareció descubrir muchos aspectos de Paulina que habían permanecido inaccesibles o invisibles para ella mientras estuvo ocupada desentrañando el dilema que él le ocasionaba. En el otoño nos reunimos en sesiones individuales, analizan­ do sus relaciones familiares, sus inclinaciones profesionales y su historia personal, todo esto desde el punto de vista de dónde había estado y adónde quería ir, qué había tenido y qué deseaba tener. En otras palabras, no hablaba como si hubiera problemas que resolver sino más bien reflexionaba sobre las posibilidades que tenía dentro de sí. De vez en cuando durante estas sesiones Paulina me daba noticias de los niños. Beto estaba rindiendo muy bien en sexto grado. Ella dijo que también estaba contenta porque se había abierto más en la vecindad. Los otros tres niños estaban bien en la escuela y participaban, igual que Beto, en actividades musicales y deportes. Paulina comenzó a salir con varios hombres diferentes, terminando la relación con uno de ellos porque “cree que las mujeres son inferiores a los hombres.” “ ‘¿Te gusta cocinar’, dice. A mí me gusta mucho cocinar, pero no quiero estar parada todo el tiempojunto a la cocina sólo para que él engorde.” En nuestra última sesión Paulina me dijo: “Estoy orgullosa de mí misma. Soy más inteligente ahora. Veo que yo ignoraba cosas de Héctor que indicaban que era una persona dominante y desconsiderada. Prefiero estar sola antes que recibir órdenes todo el día.” Paulina dejó la terapia

110 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

creyendo en su propia competencia como persona y como madre, sintiéndose capacitada para proseguir con su vida, procurando lograr sus propios objetivos y los de su familia.

LOS RIESGOS

Los siguientes son los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista de la familia que trabaje con familias de un solo progenitor:

1) Escuchar tiñéndolo todo de color de rosa. La terapeuta feminista de la familia desea tanto que la madre sola emeija triunfante que, en realidad, puede minimizar los problemas de su paciente. Este peligro está aun más presente en el caso de las pacientes negras, porque el cuadro del fuerte matriarcado negro es muy compulsivo

y está muy arraigado.

2) Perseguir todas las pelotas. El mismo impulso que llevaría a una terapeuta feminista a minimizar los problemas de su paciente también puede llevarla a agrandarlos al máximo. Ansiosa por ser útil a una madre en una situación abrumante, puede tratar cada uno de los problemas mencionados como si tuviese la misma necesi­ dad de ser resuelto. Una respuesta semejante implica no sólo que

la madre es incompetente (y necesita la ayuda del profesional para

resolver todos los problemas), sino también que todo tiene priori­

dad para adoptar una acción inmediata. Con esto se reproducen las propias reacciones de la madre. La sensación de verse abrumada se acrecentará en la madre y la terapeuta pronto se sentirá igual.

3) Pasar la antorcha. Debido a que la familia con madre sola está estigmatizada y puesto que el estigma tiene sus raíces en la perspectiva patriarcal, la terapeuta feminista de la familia proba­ blemente querrá que sus pacientes se vean a sí mismas como una cause célébre, capaces de dejar huellas notables en las actitudes prejuiciadas. La terapeuta tendrá que resistir el impulso de dar cátedra a sus pacientes sobre los errores implícitos en el prejuicio buscando, en cambio, oportunidades para demostrar a los miem­ bros de la familia cómo su propia experiencia refuta el estereotipo.

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4) Adelantarse a la paciente. El feminismo de la terapeuta la sensi­ biliza ante el problema de las mujeres que soportan matrimonios que han dejado de existir para ellas de toda manera significativa. En su ansiedad por ayudar a la paciente a seguir con su vida, la terapeuta puede hacer caso omiso de la necesidad de la paciente de descubrir por sí misma que su matrimonio es insalvable, y de elaborar el duelo por su pérdida. La terapeuta que no permite que se desarrolle este proceso, está repitiendo la experiencia que padece la paciente en su familia, donde su posición no es respeta­ da.

C apitu lo 6

LA PAREJA CORRIENTE

Jack Sprat no podía comer carne con grasa, $u mujer no podía comer carne magra, Y así entre los dos, mire usted. Se lo comían todo hasta dejar la fuente limpia. Mamá Gansa

El es imperturbable, metódico, y se encuentra completamente a gusto con los hechos prácticos y evidentemente incómodo con los emotivos. Ella es excitable, impredecible, y se encuentra totalmente a gusto con los sentimientos y evidentemente incómoda con las reglas rígidas. Muchas parejas que están haciendo terapia y también muchas que no están en tratamiento responden a esta descripción. El concepto de complementariedad suele ser empleado por los tera­ peutas de la familia para describir a este tipo de parejas y explicar cómo su interacción llega a producir una polarización. No se trata sólo de que ella sea emocional y él racional; parecen empujarse mutuamente a esos extremos. La emotividad se convierte en histeria; la racionalidad en obsesión. La capacidad de intimidad de ella pasa a ser una dependencia hostil; la fría reserva de él, una distancia agresiva. Ahora bien, la complementariedad centra la atención en las interac­ ciones, no en las personas y, por consiguiente, nos desvía de un hecho patente: son siempre los hombres los que manifiestan una serie de características, y las mujeres las que presentan las otras. Estas caracte­ rísticas no están distribuidas al azar; están determinadas por el género. En realidad, estos hombres y mujeres componen unos estereotipos de los géneros delineados con tanta claridad que parecen caricaturas de la pareja masculino/femenino. Las descripciones simplemente cibernéticas, que predominan en casi toda la literatura existente sobre terapia familiar, abordan las interaccio­ nes conyugales sin la riqueza de contenido necesaria para comprender a la pareja que estamos analizando. La expresión descriptiva que viene a la memoria es “relación histérico-obsesiva”, tomada de la teoría psico-

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LA PAREJA CORRIENTE

analítica. En realidad, la teoría psicoanalítica puede servir para profun­ dizar la descripción, pero al igual que las teorías de la terapia familiar, omite un punto clave. Para eso, nosotras recurrimos al feminismo. La lente feminista nos permite ver que en lo que se refiere a este tipo de parejas no estamos ante las dos caras de una misma moneda. Mientras que la sociedad aplaude al obsesivo por su integridad, su atención a los detalles, su obediencia a la letra de la ley y su calma objetividad, considera patológica a la histérica por su ligereza, sus generalizaciones, su emotividad y su subjetividad. El, el buen trabajador, compone nuestra fuerza laboral. Ella, la buena paciente, compone nuestro cúmulo de historias clínicas.

GABRIEL Y JULIA

Gabriel y Julia, una atractiva pareja de alrededor de cuarenta y cinco años de edad, llevaban dos años de casados cuando vinieron a verme para iniciar una terapia conyugal. Gabriel era supervisor en una compañía de seguros; Julia, profesora en una escuela secundaria privada. Julia se presentó ante mí enojada e implacable en su determinación de que su esposo, Gabriel, rebajara de peso o se sintiera culpable por no hacerlo. Ella dejó bien sentado que lo que la preocupaba no era la salud de Gabriel, sino que él le había hecho una promesa que no estaba cumpliendo, lo cual le indicaba que ya no podía confiar en él: Julia se preguntaba en voz alta qué otras promesas rompería Gabriel. Este tema de la confianza la había llevado a iniciarla terapia. Gabriel sostenía que estaba haciendo todo lo posible para adelgazar, aunque admitía que no era constante (practicaba jogging irregularmente y comía en exceso de vez en cuando). Gabriel opinaba que él había aceptado tratar de rebaj ar de peso como un favor que le hacía a Julia y estaba absolutamente confundido por la importancia que Julia le daba a su fracaso. Cuando le sugerí a Gabriel que en la esperanza de aplacar a Julia, tal vez, había aceptado hacer algo que no podía cumplir, o que no tenía interés en hacer, Gabriel permaneció inexpresivo, casi vacío. Lo que yo dije parecía no tener sentido alguno para él. Tomé nota mentalmente de la gran carga interpretativa que tenía Julia y de la carencia total de interpretación que había en Gabriel. Para Julia se trataba de algo intencional, de un engaño, una traición y un fracaso. Para Gabriel, de una pérdida de peso infructuosa. Me pregunté si su diferencia de criterios sobre este problema en particular indicaba una configuración.

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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Con la esperanza de tener un contexto más amplio del problema presentado, alenté ala pareja a hablar sobre la confianza, las expectativas que tenían para sí mismos y con respecto al otro, y sus relaciones pasadas. En las sesiones siguientes supe que se trataba del segundo matrimonio de Julia y que había tenido varias relaciones importantes entre los dos matrimonios. El primero había terminado después del nacimiento de su segundo hijo. Los dos muchachos, de quince y trece años, viven con Julia y Gabriel. Julia no tenía contacto con el padre de los chicos, ni financiero ni de ningún otro tipo, y ya no trataba de relacionarse con él, puesto que los intentos anteriores habían sido unilaterales. Julia dijo que todas sus relaciones importantes con un hombre habían terminado por resultar decepcionantes, pues en todos los casos habían carecido de alguna cualidad esencial que fue haciéndose cada vez más angustiosa a medida que continuaba la convivencia. Ella temía que sucediera lo mismo con Gabriel, que su promesa incumplida constituyese una primera señal de lo que seguiría inevitablemente: que ella llegase a disgustarse con el tiempo y terminara por rechazarlo. Parecía estar sugiriendo que preferi­ ría terminar el matrimonio ahora, por esta infracción, antes de que se produjera una decepción mayor. Para Gabriel éste era su segundo matrimonio también. Julia es la única mujer con la que ha tenido una relación desde que se divorció de su primera esposa. Tiene un hijo de trece años y una hija de diez, que viven con su madre. Gabriel mantiene una relación cordial con ella, periódicamente le suministra aportes económicos y visita a sus hijos con frecuencia. Cuando le pedí que me hablase de su matrimonio anterior se mostró turbado y no dio información sobre el comienzo y el final de esa relación. Después de un tiempo, supe que la mujer de Gabriel lo había dejado por otro hombre, pero Gabriel fue incapaz de decir qué fue lo que terminó por crear esa situación. Dijo que él había creído que el matrimo­ nio era bueno. Agregó que le gustaba estar casado y que estaba contento de haber conocido a Julia y de haberse casado con ella. Cuando le pregunté si temía perder a Julia de una manera tan misteriosa como en el caso de su mujer anterior, Gabriel volvió a turbarse, pero dijo solamente:

“Espero que no”. Durante estas conversaciones sobre sus relaciones pasadas, Julia volvía a introducir intermitentemente el fracaso de Gabriel con respecto a la pérdida de peso y amenazaba con divorciarse si no veía alguna señal tangible de que Gabriel estaba cumpliendo su promesa. En esos momen­

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LA PAREJA CORRIENTE

tos Gabriel se veía perdido y confundido, y se defendía declarando solamente que había hecho todo lo posible. En una de esas sesiones, Julia anunció que ya no podía seguir fastidiando con la cuestión del peso de Gabriel, que su frustración había llegado al punto máximo y que tenía que dejar ese tema por el momento. “Pienso que es más importante que discutamos algo que es aun peor para mí: la ausencia total de cualquier otro tipo de afecto por parte de Gabriel.” Este pareció alegrarse de que se lo sacara del apuro y no reconocer la importancia de lo que Julia acababa de decir. Julia se fue enojando a medida que describía el contraste entre la chata relación actual con Gabriel y sus anteriores relaciones con hombres. Pasó de las lágrimas a las acusaciones y nuevamente a las lágrimas, mientras describía su decepción con el aspecto afectivo y sexual de su conviven­ cia. Estaba furiosa porque se sentía “estafada” con respecto a la pasión, la espontaneidad y la intimidad que había experimentado con los demás. Estaba triste porque se encontraba con que “una vez más” no había logrado lo que realmente necesitaba. Seguidamente se afligió aun más diciéndose en voz alta que tal vez su relación con Gabriel era todo lo que ella merecía. Yo traté de interrumpir este proceso preguntándole a Julia ante qué o ante quién estaba reaccionando, porque daba la impresión de que, fuera lo que fuese, no estaba en la habitación. Ella respondió, pero sin mucha convicción, que su madre la había criticado continuamente; que, según su madre, ella era demasiado melodramática, demasiado dependiente, demasiado sensible y sumamente idealista con respecto a lo que esperaba de la vida. Como era típico en Gabriel durante los estallidos emocionales de Julia, la observó en silencio. Cuando le pregunté qué pensaba o sentía en ese momento, Gabriel dijo que le resultaba difícil referirse a lo que Julia estaba diciendo puesto que no tenía experiencia alguna con lo que ella estaba explicando. En ese punto, más enojada que antes, Julia se excitó con Gabriel ante su calma y su aparente falta de conexión con ella. “¡Cómo puedo quedarme con un hombre ■como éste!”, exclamó. Traté de ayudar a Gabriel a explorar cuáles podrían ser sus sentimien­ tos en ese momento, proceso que se asemejaba más a enseñarle un idioma extranjero que a crear un espacio seguro para que él dijese en voz alta lo que experimentaba internamente. Ante mis insinuaciones, respondía:

“sí, bueno, es posible, puedo verlo. Pude haber sentido eso. No, no creo que tenga ningún sentimiento en este momento”. Estos momentos le

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resultaban initativamente largos a Julia, viendo a Gabriel dar tantas vueltas para expresar lo que a ella le resultaba tan fácil. Desde luego, también eran momentos difíciles para Gabriel, ya que ninguna de sus reglas eran aplicables en este caso y no lo podían ayudar a encontrar la respuesta “correcta.” Investigué con Julia las razones por las cuales ella seguía casada con Gabriel. Su respuesta fue “por la seguridad”; dijo que la aterrorizaba encontrarse sola otra vez. Además del buen sueldo de Gabriel, apreciaba las cosas que él hacía por ella para hacerle la vida más fácil. Empero, este mismo beneficio también era una frustración para Julia. En realidad, uno de los mayores conflictos entre Julia y Gabriel se refería a “hacer” para el otro. Julia tenía sistemáticamente una lista de cosas para que hiciera Gabriel enla casa. Gabriel la complacía, con lo cual Julia se deprimía más porque eso no parecía hacerla sentir mejor o más cerca de Gabriel, y a menudo la hacía sentirse como una “bruja exigente” por pedir tanto. Gabriel dijo que hacer cosas para Julia lo hacía sentir bien y que él deseaba que Julia pudiera aceptar lo que le daba. Traté de crear cierta reciprocidad entre ellos preguntándole a Gabriel qué le gustaría que Julia hiciese por él, así ella también podría sentirse útil. Lamentáblemente no se le ocurrió nada que necesitara, respuesta que enfureció más a Julia ante lo que parecía la superioridad de Gabriel: el que da pero no necesita. Yo también me preguntaba cómo Gabriel podía hacer cosas por Julia continuamente y no necesitar nada en retribución excepto su agradeci­ miento, que rara vez recibía. A estas alturas, Gabriel estaba completamente confundido. Traté de explicarle que ayudaría mucho que él le pidiera a Julia algo que necesitara, pero mis explicaciones no daban resultado. El repitió muy lenta y cuidadosamente que deseaba hacer cosas por Julia, que esta actividad era lo que lo hacía feliz y que él no necesitaba nada de ella. Julia, ahora tremendamente frustrada, anunció que prefería un marido demos­ trativo antes que un sirviente y que se sentía terriblemente desgraciada. Le pregunté a Gabriel dónde había aprendido que hacer cosas para los demás era la manera de demostrar amor. El describió a su familia como poco demostrativa pero bondadosa, que manifestaba el cariño “hacien­ do.” Los años que vivió Gabriel en su casa paterna hasta que se casó, los pasó cuidando a su madre parapléjica: llevándola a pasear en auto por la ciudad, haciendo mandados, limpiando la casa y estando a disposición de ella al instante cuando su padre estaba trabajando. Estaba completa­

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mente claro que Gabriel había estado a disposición de su madre todo el tiempo, dedicándose a sus propias cosas sólo cuando ella no tenía una necesidad inmediata de él. Me di cuenta de que me sentía enojada con la madre de Julia y también con la madre de Gabriel: con la de Julia, por las críticas constantes que hacía a su hija, y con la de Gabriel, por permitir que su desventaja física dominara la vida de su hijo. En mi intimidad, observé que me sentía incómoda en mi carácter de terapeuta feminista con el hecho de tener que dejar la culpa en la puerta de la Madre. Julia no tuvo dificultad en ver cómo ella estaba repitiendo el matrimo­ nio de sus padres en cuanto que su padre era una decepción constantepara su madre, al igual que Gabriel para ella. Pero se mostró reacia a ahondar en esa comparación por temor de que Gabriel saliera “ileso”. Por su parte, Gabriel siguió siendo muy literal, repitiendo todo lo que Julia le pidiese, y seguidamente confundiéndose mucho sobre el significado de todas sus quejas. Descubrí que hablar con esta pareja era especialmente arduo. Cada vez que aclaraba algo con uno de ellos, parecía que perdía al otro. Daba la impresión de tener que hablar dos idiomas a la vez, uno para cada uno de ellos. Un ejemplo de mi autodesignación como la intérprete entre los dos tuvo que ver con un intento de ellos aparentemente inocente de cultivar un huerto. En su enfurecido relato, Julia acusó a Gabriel de no dejarla hacer nada, haciéndola sentir insignificante e incompetente. Sin demos­ trar estar dolido o enojado, Gabriel le dijo a Julia que él no la consideraba ni lo uno ni lo otro; simplemente sabía que podía terminar la tarea solo mientras ella descansaba. Le dije a Julia que Gabriel observó que ella estaba cansada y quiso complacerla terminando el huerto, como un regalo que le hacía. Le dije a Gabriel que Julia quería hacer un proyecto conjunto, algo en lo que participaran o compartieran los dos, que desde la perspectiva de Julia, la alegría consistía en el proceso de trabajar juntos. Si bien ninguno de los dos objetó mi explicación, Julia manifestó su aflicción ante el hecho de que siempre funcionaban en direcciones totalmente opuestas y agregó que se sentía muy sola. Gabriel no mani­ festó tristeza ni desaliento, sino que reiteró su “buena intención” y dijo que no podía entender por qué Julia se sentía así. Todas las quejas sobre el matrimonio las traía Julia: insuficiente intimidad, falta de comunicación, vida aburrida. Todas las amenazas y todo ultimátum surgían de Julia: hablar sobre los hombres de su pasado, exigir que Gabriel cambiase ya, idealizar un hombre para el futuro.

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Gabriel le pedía a Julia que explicase cada queja y luego le recordaba que él era tímido o que era diferente de ella o que estaba tratando. Nunca se enojaba, disgustaba o desesperaba. Cuando sugerí que podría estar sintiendo cualquiera de esas emociones, me contestó: “No, no lo creo”. Estas conversaciones caracterizaron la interacción en todo el curso de la terapia. Julia se comportaba como la mujer “histérica” estereotípica, mientras que Gabriel se comportaba como el estereotipo del hombre “obsesivo”. Ella gritaba, lloraba, amenazaba y reaccionaba espontánea­ mente, mientras que Gabriel permanecía contenido y controlado, reac­ cionando sólo ante interpretaciones literales después de largos silencios o, con mucha frecuencia, semanas más tarde. Cualquiera que fuese el contenido de las sesiones, el proceso se centraba en tratar de “ayudar a Gabriel a sentir”, o bien en aplacar los arranques emocionales de Julia durante el tiempo suficiente para investigar qué pensaba. Le sugerí a Gabriel que él había elegido a Julia por su energía, emocionalidad e impredecibilidad, para experimentar una vida más plena de la que su propio estilo le permitía. Y le sugerí a Julia que ella había elegido a Gabriel por su estilo reservado, su calma y su predicibi- lidad, para equilibrar su propia emotividad y sentirse más segura. Los dos se brindaban mutuamente una vida más rica. Aunque usé esta interpre­ tación como una síntesis de su relación y como un reencuadre para cada situación que traían a la terapia, nunca englobó suficientemente lo que yo había observado ni sirvió para mitigar la gran aflicción manifestada por Julia. A pesar de algunos períodos en los que la tensión y la hostilidad disminuían, lo cual parecía ser una consecuencia positiva de nuestras sesiones, Julia siguió sintiéndose sola mientras que Gabriel manifestó satisfacción por la calma que reinaba en su casa. Cada uno de ellos parecía ser el extremo opuesto de todas las características del otro. ¿Se habían casado para completar alguna defi­ ciencia que encontraban en sí mismos y habían llegado a despreciar las mismas cosas que los habían llevado a casarse? Si todas las quejas procedían de parte de ella, ¿quería decir que él era feliz? ¿condescendien­ te? ¿ajeno? Esta pareja estaba demostrando complementariedad y, de ser así, ¿qué presagiaba eso para cada uno de ellos? Yo había tratado de emplear el concepto de complementariedad para explicar sus interaccio­ nes, pero parecía insuficiente. ¿Qué se me había escapado? Julia y Gabriel, como casi todos nosotros, habían aprendido algo sobre las relaciones a través de la relación que habían tenido con sus madres.

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¿Cómo podía aprovechar más este hecho en la terapia? Me encontraba confundida sin saber qué hacer con la información inicial que tenía sobre sus madres. Acudí al grupo de consulta con mis preocupaciones.

LA CONSULTA

Para comprender la dinámica que estaba funcionando en la relación de Julia y Gabriel, nosotras como consultoras comenzamos a conceptua- lizar cómo experimentaba cada cónyuge al otro. Julia percibía la calma, la racionalidad y la reserva de Gabriel como un rechazo intencional y doloroso, y su incapacidad para comprender los pensamientos y senti­ mientos de ella la recibía como había recibido las críticas de su madre. Gabriel se veía a sí mismo incapaz de enfrentarse con la emocionalidad de Julia, y se encontraba replegándose de lo que parecía ser una serie infinita de exigencias. Se sentía sumamente incapaz de satisfacer las exigencias de Julia, de la misma manera que era totalmente incapaz de compensar la discapacidad de su madre o el aislamiento de su padre. Observamos que esta modalidad de análisis, corriente entre los terapeutas formados en el método psicodinámico de la terapia familiar, sostiene que cada uno de los integrantes del matrimonio trata de obtener del otro el tipo de experiencia que no recibió en su familia de origen y que, por lo tanto, no ha internalizado como parte del sí-mismo. Así Julia, que se sentía rechazada por su madre, en un principio interpretó la pasividad de Gabriel erróneamente, tomándola por la aceptación que anhelaba. A la inversa, Gabriel, paralizado emocionalmente por una niñez pasada con una madre incapacitada y dependiente, vio inicialmente la expresividad de Julia como protección e independencia. Cada uno esperaba encontrar en el otro lo que sentía que más le faltaba a sí mismo. Supusimos con la terapeuta que su observación de esta dinámica la llevó a pensar en la complementariedad. Cada una de nosotras compartió con la terapeuta historias de parejas con las que habíamos trabajado que tenían interacciones semejantes a las de Julia y Gabriel. Nosotras habíamos seguido el camino que había recorrido ella y llegamos a una impasse igualmente frustrante. Habíamos tratado de ayudarlo a él a animarse un poco y a ella a calmarse a fin de acercarlos más uno al otro. Habíamos tratado de interpretar la intención de cada cónyuge con respecto al otro para que los dos pudieran ser comprendidos. A todas nos parecía que el error había estado en el enfoque, no en el

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objetivo. Seguíamos deseando que Gabriel pudiera experimentar e identificar sus sentimientos y que Julia fuese capaz de reflexionar sobre sus sentimientos antes de expresarlos, pero todas también coincidimos en que la terapia bajo la égida de la complementariedad no había dado resultado. El concepto de complementariedad no debe aplicarse en este caso, ni en casos similares en los cuales la parte que cada cónyuge desempeña es a la vez limitada en cuanto a la expresión y burdamente estereotipada en cuanto al género. Hay demasiadas cosas que la comple­ mentariedad deja de lado. Pensamos que era necesario hacer un cambio radical. Teníamos que dejar de dirigir nuestra atención al sistema interaccional como si fuese una entidad que se mantuviera sola y dirigirla, en cambio, hacia cada uno de los participantes. Sabíamos que sería algo difícil, pues ni Gabriel ni Julia daban indicio alguno de que colaborarían fácilmente en la explora­ ción individual. Prácticamente todas las sesiones habían sido un escena­ rio para la expresión de sus quejas mutuas y sus deseos de que el otro cambiase. Incluso Gabriel, aunque no tan virulento como Julia, sólo deseaba que Julia dejara de enojarse con él; él no veía ninguna vía de exploración para sí mismo. Si bien el deseo de que sea el otro cónyuge el que realice todo el cambio no se limita a estas parejas, lo que caracterizaba a este matrimo­ nio era el limitado conocimiento que cada uno tenía de sí mismo y, relacionado con esto, su elevado nivel de proyección. Mientras Julia y Gabriel seguían concentrando su atención en el otro, no se daban cuenta de la sensación de carencia que los dos habían llevado al matrimonio originada en su niñez, ni tampoco de lo que cada uno de ellos podía hacer en beneficio de sí mismos. Nuestra idea fue dejar de ver la interacción de Gabriel y Julia como si fuese un producto de la complementariedad y, en cambio, verla como el producto de una proyección mutua originada en las necesidades individuales y la historia de cada uno. Alentamos a la terapeuta para que viera a Gabriel y Julia conjunta­ mente para trabajar sobre sus historias individuales, prestando especial atención a las imágenes limitadas que ellos tenían de sí mismos. Sugerimos que la terapeuta ayudase a Julia y Gabriel a cuestionar lo que los limitaba y a centrar su atención en sus propias vidas. Aunque la armonía conyugal les daría una vida más fácil, deseábamos que ellos hiciesen el trabajo por ellos mismos y no sólo por el matrimonio. Además, mientras siguieran concentrándose uno en el otro, no cambiaría nada.

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Como sucede en la mayoría de los casos, este trabajo removerá sentimientos y recuerdos de sus madres respectivas. La madre hipercrí­ tica de Julia y la madre discapacitada de Gabriel constituían, pensába­ mos, fuerzas muy dominantes en la constitución de los supuestos y ex­ pectativas que Julia y Gabriel proyectaban ahora en el otro. Pensamos que la concepción de Alice Miller, según la cual los adultos

lastimados, enojados o silenciosos serían niños heridos, constituiría el método más útil (1981). Aunque Miller no es feminista y por lo tanto no

le interesa como a nosotras evitar echarle la culpa a la madre, su método

permite que la voz del niño aflore libremente sin temor de que la terapeuta castigue al paciente que está recordando. Cuando Gabriel y Julia experimentasen la constancia de la atención respetuosa y sin recriminaciones de la terapeuta, con el tiempo se abrirían para compren­ derlas historias de sus madres así como también las propias. Primero, sin embargo, tenían que contar sus propias historias para que sus heridas pudiesen ser curadas.

EL ANÁLISIS

Una clave para comprender la relación entre Gabriel y Julia es darse cuenta del sistema de proyecciones mutuas que desempeña un papel central en la dinámica de su relación. Como sucede normalmente en los matrimonios basados en expectativas proyectadas, cada cónyuge no satisfizo las necesidades del otro (Bamett, 1971; Kramer, 1985; Napier con Whitaker, 1974; Skynner, 1976). A continuación se provocó un conflicto al tratar con mayor ahínco que el otro satisficiera estas necesi­ dades muy básicas. Julia exigía de Gabriel expresividad y apoyo emocio­

nal (que debía ser demostrado, por ejemplo, rebajando de peso) como prueba de su cariño por ella. Gabriel quería que a Julia le bastara cualquier cosa que él le ofreciese para poder sentirse capaz. Los dos necesitaban la protección propia del hogar paterno que pensaban les había faltado en sus familias de origen. A ella la enfurecía que él se negara

a satisfacer esa necesidad. El estaba profundamente decepcionado y

sorprendido de que ella no estuviese satisfecha con lo que él le ofrecía. Esta manera de comprender cómo la conducta, las actitudes y las expectativas de los dos cónyuges se corresponden y les causan pena, le brinda más ayuda a la terapeuta de la familia que la idea de que se trata de una relación complementaria. El concepto de complementariedad da

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por supuesto que los cónyuges en una interacción están desempeñando roles que se complementan como si se tratase del par yin-yang. “Sé tú fuerte, yo seré débil.” La complementariedad es útilísima para compren­ der e intervenir cuando los roles son mutuamente beneficiosos, intercam- biablés y temporarios. Cuando se dan estas condiciones, la persona débil se encuentra protegida, es feliz ayudando a la persona fuerte a sentirse fuerte y se ve liberada de una serie de tareas necesarias de la vida; la

persona fuerte se siente benefactora, disfruta de la movilidad e iniciativa

y adquiere un creciente sentido de competencia realizando las tareas

necesarias de la vida. En teoría, si el fuerte se enferma o incluso finge ser incompetente, el débil hallará recursos ocultos y se hará fuerte. Con parejas como la de Gabriel y Julia, la aplicación del concepto de complementariedad sirve para describir el estilo interaccional de la pareja pero oculta el origen de la desigualdad. La desigualdad que define las interacciones complementarias tiene que ver con el ejercicio de la dominación en la interacción. Uno sugiere, el otro acepta. Uno actúa como fuerte, el otro como débil. Cuando se entiende que es una situación temporaria y cuando es beneficiosa para las dos partes, ese tipo de desigualdad es inofensiva. Empero, en el caso de Julia y Gabriel, las conductas histéricas y obsesivas son valoradas de modo desigual en nuestra sociedad, y recompensadas también de modo desigual. El sufrimiento no era igual ni inofensivo. El terror de Julia a quedarse sola y el enojo que le provocaba su sensación de carencia emocional no eran iguales a la incapacidad que tenía Gabriel para experimentar algún sentimiento. En el caso de Gabriel y Julia, la desigualdad tampoco era algo transitorio. Ellos no sólo desempeñan roles que se corresponden: repre­

sentan definiciones básicas de la identidad del hombre yla mujer, t itipo fuerte y silencioso de Gabriel y la actitud de doncella acongojada de Ju1ia son características específicas de los géneros provistas y ratificadas por

la cultura. Estas definiciones no van a cambiar porque se endurezca el

sistema. Gabriel nuncava a llegar a ser el histérico; Julia nunca va a llegar

a ser la obsesiva. Hay un tercer factor que dificulta la aplicación déla complementarie­ dad para describir aGabriel y Julia. Adoptar una posición de inferioridad como estrategia para imponerse y dominar constituye una poderosa maniobra. Pero adoptar una posición de inferioridad no es lo mismo que ser inferior. Julia es inferior en varios aspectos: como mujer, como

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peticionante permanente en una relación que califica de esencial en su vida y como portadora de rasgos de conducta poco estimables. Cuando la posición de inferioridad no es voluntaria ni estratégica ni elegida, no es poderosa y no puede constituir un medio de ganar una posición ventajosa. Una configuración repetida matrimonio tras matrimonio, en la cual la persona menos valorada presenta los rasgos menos valorados que comprenden el rol menos valorado en un acuerdo no temporario, necesita un concepto más sólido que le dé la complementariedad para su descripción y un método más enérgico que la inversión de roles para su tratamiento. La teoría psicodinámica ayuda al terapeuta a comprender que la emocionalidad manifiesta de un cónyuge y la racionalidad manifiesta del otro constituyen diferentes soluciones del mismo problema: una sensa­ ción omnipresente de incapacidad personal, de no ser querible. Bamett (1971) brinda un amplio análisis de los motivos básicos de las parejas como la de Gabriel y Julia. En consonancia con la teoría psicoanalítica, afirma que los traumas de la primera infancia conforman el concepto que tiene el adulto de sí mismo y de su lugar en el mundo. Así Julia, a quien Bamett calificaría de histérica, sobrevivió a una infancia en la cual se sintió invadida por las necesidades afectivas de su madre, dejando así sus propias necesidades de amor incondicional y protección insatisfechas. Creció buscando un compañero que pareciera no tener esas necesidades emocionales tan enormes y, por consiguiente, pudiese aceptar su nece­ sidad y satisfacerla. Su propia apariencia externa de vivacidad y calidez disfrazaba una profunda necesidad de ser cuidada y amada. Gabriel, a quien Bamett le habría puesto el rótulo de obsesivo, creció en un hogar donde también era incapaz de recibir la aceptación amorosa que necesitaba como niño. La discapacidad de su madre y la prescinden- cia de su padre lo presionaron desde muy niño para que se comportase como un adulto y para hacer por su madre lo que ella no podía hacer sola. Este temprano impulso hacia la madurez le dio a Gabriel la apariencia de un adulto consumado que en la actualidad constituye una máscara tras la cual se oculta un niño que no conoce sus propios sentimientos porque se le enseñó a negarlos. Es precisamente la apariencia externa de cada cónyuge lo que atrae al otro y es precisamente la estructura subyacente de la personalidad de cada uno lo que impide satisfacerlas necesidades del otro. El muchachito que hay en Gabriel no puede tolerar la necesidad de Julia. La niña

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pequeña que hay en Julia no puede soportar la falta fundamental de conexión que tiene Gabriel con respecto a ella. Como señala Bamett:

“casi sin errar, cada uno hiere al otro en la zona de mayor vulnerabilidad” (1971, pág. 77). Si bien la terapeuta de la familia y la feminista que hay en nosotras puede rechazar los rótulos psicodinámicos de obsesivo e histérica, no deja de ser intrigante y enriquecedor seguir la línea de investigación señalada por Bamett. ¿Cómo puede ser que las mismas cosas que atrajeron a Gabriel y Julia sean ahora las cualidades del otro que más desprecian? ¿Cómo se relacionan estas cualidades con cuestiones no resueltas de las familias de origen? Si se emprende este tipo de análisis, se hace patente que la tarea del terapeuta que trabaja con una pareja como ésta es muy delicada e implica la traducción de los mensajes de un cónyuge al otro en una gran medida. Asimismo, el terapeuta tendrá que proporcionar a cada uno de los cónyuges la aceptación y empatia que el otro todavía no puede darle. Lo que los terapeutas psicodinámicos no explican es por qué un hombre y una mujer, privados los dos de la empatia materna necesaria, reaccionan de un modo diferente: el hombre invierte poco en las relaciones y rehúye la intimidad, la mujer invierte demasiado en las relaciones y exige intimidad. Philipson (1985) propone una respuesta pa­ ra esta pregunta en su análisis feminista del género y el narcisismo. Dice que, para este tipo de hombre, el recurso de rehuir la intimidad resuelve el problema de la separación de la madre. La separación es esencial para llegar a ser un hombre. Si la madre tiene dificultades para aceptar esta separación porque su hijo se ha convertido en el vehículo de su poder, su reconocimiento y sus logros, ella será incapaz de respaldar el esfuerzo del hijo y de ser el reflejo de su autoafirmación. La madre no puede entonces confirmarla autoestima emergente del hijo. El doble vínculo de un hombre semejante consiste en que la valoración que tiene de sí mismo procede totalmente de la aprobación de los demás y, sin embargo, evita todo apego real con los demás por temor a perder su identidad. Las hijas mujeres en familias en las cuales falta la empatia materna o en las que la Madre no puede tolerar la separación de su niña adquirirán características diferentes de las de los hijos varones. Esta diferencia obedece al hecho de que la hija sigue identificada con su madre y sigue definiendo su sí-mismo como una extensión de la Madre, en lugar de definirlo en oposición a ella. Por consiguiente, la hija, como Julia, se

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convertirá en una mujer que se define a sí misma en gran medida en relación con los demás y necesita la aprobación de los otros para rease­ gurarse a sí misma que es aceptable. El hijo, como Gabriel, se convertirá en un hombre que se define a sí mismo como separado de los demás, y para quien la intimidad conlleva el peligro de la pérdida de la identidad. En la medida en que Julia y Gabriel se ven uno al otro representando aspectos de sus propias madres, Julia deseará desesperadamente tener intimidad pero prevé crítica y rechazo de parte de Gabriel; Gabriel se esforzará en mantener la distancia pero espera sentirse acogido y aprobado. El deseo manifiesto de cada uno —de intimidad, por parte de Julia, y de distancia, por parte de Gabriel— es tan coincidente con la conducta esperada culturalmente en las relaciones de los hombres y las mujeres que rara vez se sospecha la existencia de expectativas encubier­ tas.

La acusación a la madre

Durante años, la teoría psicológica ha puesto el origen de una enorme serie de malestares neuróticos y psicóticos directamente sobre los hombros de la madre. Un análisis reciente de artículos aparecidos en revistas informa que se han atribuido veintidós perturbaciones psicoló­ gicas diferentes a fallas de la Madre (Caplan y Hall-McCorquodale, 1985). La acusación a la Madre repercute también en la práctica clínica. Es corriente entre los terapeutas que recurran al Padre para mitigar los problemas; al hacerlo, dan por sentado que la Madre tiene la mayor parte de culpa. Esta agresiva crítica contra la Madre, que la presenta como alguien sumamente destructivo, se origina en el hecho de que las madres son mujeres. En todas las esferas importantes de la actividad humana a la mujer en cuanto mujer, se la ha hecho impotente, inconsecuente y su­ bordinada; empero, en el rol de Madre, es un dios. Y tiene el consiguiente poder de vida y muerte sobre el espíritu y la vitalidad de su hijo. No es de sorprender que en esta cultura las madres proyecten tantas de sus necesidades en el hijo: ¿en qué otro lugar experimentan su poder sin obstrucciones? Los hijos brindan a las madres “alguien a su disposición que puede ser usado como un eco, que puede ser controlado, que está completamente centrado en ellas, que nynca las abandonará y les ofrece una atención y una admiración plenas” (Miller, 1981, pág. 35). Este poder en medio de una impotencia generalizada crea una

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posición extraña y aterradora para la mujer, y una situación conflictiva:

para los hijos que están en constante interacción con una mujer con innumerables frustraciones para trasladar, y para la mujer, a quien se le ha enseñado que debe encontrar su realización en la maternidad y sin embargo se la culpa cuando trata de hacerlo. Resulta irónico que la teoría del doble vínculo no se haya desarrollado para describir la posición de la mujer como Madre en esta cultura. La contradicción implícita en su posición produce una gran ambivalencia. Por una parte, se la dota de virtudes y se dice que es abnegada y omnisciente. Por la otra, se la ve como peligrosamente dependiente, voraz y mezquina. La Madre buena es la primera; la Madre mala es la segunda. Resultaría sorprendente que una sociedad que estima tan poco a las mujeres les delegue la educación de los niños si no fuese por el hecho de que esta sociedad también es ambivalente con respecto a ellos. La acusación a la Madre no es contrarrestada por una posición a favor del niño. A nivel social, se invierte sólo un pequeño porcentaje del presu­ puesto nacional en educación, los niños aprenden muy pronto que los adultos no están realmente interesados en lo que ellos sienten o piensan sino en ver un reflejo de los que ellos quieren ver. Puesto que todos nacemos de una mujer, los sentimientos que tenemos sobre nosotros mismos están irremediablemente conectados a nuestra relación con una mujer, nuestra madre (Rich, 1976). Los senti­ mientos que tenemos con respecto a ella y con respecto a nosotros mismos en relación a ella constituyen la base de nuestras relaciones futuras. Por ejemplo, la madre de Julia era hipercrítica con respecto a ella y así Julia es hipercrítica con respecto a sí misma y a los demás. Julia no podía complacer suficientemente a su madre, Julia no puede complacer­ se a sí misma y Julia no puede ser complacida. La madre de Gabriel era discapacitada y dependiente. Las mujeres son dependientes. Julia en su dependencia debe ser discapacitada también. Tanto Julia como Gabriel tienen la carga de la intensidad de la relación que mantuvieron con sus respectivas madres y padecen la falta de una relación con sus padres. Ellos disculpan la ausencia de sus padres al igual que lo hace la cultura. Mientras que sus madres son individuos reales que ellos han amado y odiado durante la cotidianeidad de sus vidas, sus padres siguen siendo figuras de una remota fantasía que se prestan para ser idealizadas. La posición central de la mujer, esta madre, tiene más consecuencias.

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Si el niño está viendo la cara de una mujer desdichada que niega furiosamente su propia infelicidad, indicándole todo el tiempo al niño “tú eres mi vida”, este niño aprenderá que su vida no le pertenece a él sino

a la Madre, como sucedió con la vida de ella en relación con la de su

propia madre. Las expectativas ydeseos de la madre son los que importan

y el niño aprende a ser inconsecuente con su propia identidad. Otra consecuencia de la posición central de la Madre obedece al hecho de que ésta actúa como agente de la sociedad y en este carácter

prepara a sus niños y niñas para ocupar lugares muy diferentes. Preparará

a sus hijos varones para que asuman el liderazgo y gocen de alta estima;

domesticará a sus hijas mujeres. Si la cultura requiere que se les ate los pies, la Madre realizará esta tarea. Si la cultura tiene modalidades menos originales la Madre las llevará a cabo. En cualquiera de los dos casos, traslada a su hija el rencor que ella padece (Miller, 1981). Estos fenómenos que se repiten generacionalmente no se producen porque las madres sean intencionalmente malvadas, sino porque las mujeres están colocadas en el centro mismo de la estructura familiar sin gozar de ningún poder real, recursos ni libertad en el mundo. La familia es el único lugar donde la mayoría de las mujeres pueden ejercer sus prerrogativas e influencia, y lo hacen directamente sobre sus hijos. En realidad, el punto clave por el cual se evalúa a una mujer es por su producto: sus hijos. Por consiguiente, obtendrá las mejores notas si ella entrega a sus hijos de acuerdo con las especificaciones de la sociedad. Es evidente que la posición central de la Madre y la posición periférica del Padre asegura que la culpada sea la madre. Al mismo tiempo, la ubicación de la Madre la hace vulnerable a ser juzgada duramente por magnificar su idiosincrasia y conductas personales. Por ende, sonla madre de Julia y la madre de Gabriel y no sus padres, quienes constituyen los sujetos ocultos tras sus proyecciones y los objetos de su exploración terapéutica. Inevitablemente, si el terapeuta crea un ambiente seguro para que sus pacientes exploren su niñez, como hizo la terapeuta en el caso de Julia y Gabriel, la Madre cobrará mucha importancia. En el caso de Julia, era alguien importante y rechazante: la madre incansablemente crítica. En el caso de Gabriel, era importante y carenciada: la madre frágil, dependien­ te. En los dos casos, los chicos estaban cautivos. Es esencial recordar que el niño es cautivo de una mujer que en realidad es impotente en un mundo dominado por el poder. Es igualmente importante recordar que los

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padres son hombres, y el poder que tienen los hombres en el mundo es mucho mayor que el de las mujeres; sin embargo, renuncian a este poder cuando se trata de educar a sus hijos. En el caso de Julia esta renuncia reforzaba su creencia de que los problemas que tenía eran causados por sumadre, puesto que era la Madre la que parecía tener poder en la familia. En el caso de Gabriel, la ausencia de su padre le daba una idea pobre de la conducta que manifiestan los hombres en una relación. Para ayudar a nuestros pacientes a realizar el trabajo que tienen que hacer, en nuestra relación con ellos debemos prestar una atención constante al niño que hay en su interior. Debemos resistimos a catego- rizar la conducta de sus madres porque, si lo hacemos, traicionaremos al niño. Debemos brindar a nuestros pacientes una relación que les permita hacer el duelo de lo que sucedió, así como también de lo que nunca sucederá con sus madres. Por último, debemos sostener que el trabajo no está completo hasta que nuestros pacientes terminen de hacer el duelo y entonces vean a sus madres como seres autónomos, y reconozcan que ellas actuaron como madres frente a una serie de circunstancias acumu­ ladas en su contra. En esta parte de la terapia debe darse información sobre las reformulaciones feministas de las relaciones de las madres con sus hijos (Bemikow, 1980; Brown, 1976; Cárter, Papp, Silverstein y Walters, 1984; Chemin, 1983; Chodorow, 1978; Dinnerstcin, 1977; McCrindle y Rowbotham, 1983; Walker, 1983). Esta situación no se encuentra evidentemente a punto de modificarse. Seguiremos oyendo hablar sólo de las madres cuando invitemos a nuestros pacientes a hablar de su niñez hasta que los padres participen intensamente en el cuidado de los hijos y hasta que las madres sean tan poderosas en el mundo como los padres.

EL TRATAMIENTO

Los objetivos Nuestros objetivos para Julia y Gabriel eran los siguientes:

1) Reducirla tendencia de Gabriel y de Julia a relacionarse con el otro a través de un velo de proyecciones mutuas, tanto positivas como negativas, para que ninguno de los dos fuese visto por el otro como el origen de toda su infelicidad y padecimientos. 2) Ayudar a Gabriel y a Julia a estimar al niño que llevan en su interior,

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y a hacer el duelo por la pérdida de la madre que creen haber necesitado pero no tuvieron cuando eran niños. 3) Que Gabriel y Julia fuesen capaces de aceptar a sus madres tal como son y de comprender por qué siguieron ese camino. 4) Que Gabriel y Julia ampliaran su repertorio de conductas más allá de los estereotipos habituales en los roles de los géneros.

El plan

Proyecciones mutuas. Gabriel tenía que dejar de ver a Julia como si fuera su madre, es decir, dejar de responderle sólo en un sentido práctico, prodigándole cuidados. La terapeuta podría hacerle buscar evidencias de la competencia de su mujer y de su madre y luego ayudarlo a referirse a este aspecto de ellas. Julia necesitaba diferenciar los silencios y las acciones de Gabriel de las miradas desaprobadoras y los comentarios críticos de su madre. La terapeuta podría conducir a la pareja hacia la consecución de estos cambios invocando los nombres de las madres en la terapia, introduciendo el análisis sobre el origen de determinada reacción y entretejiendo en la sesión fragmentos de sus historias indivi­ duales examinados anteriormente.

El duelopor lapérdida. La terapeuta debe legitimar inequívocamente las experiencias individuales de Julia y de Gabriel con respecto a su niñez difícil o penosa. Las sesiones individuales los ayudarían a despertar los recuerdos y a reconectarse emocionalmente con ellos. Tanto Julia como Gabriel tendían anegar su experiencia, ya sea minimizando la infelicidad que padecieron o considerándola culpa de ellos. A la terapeuta tal vez le resultaría útil pedirles que llevasen a las sesiones algunas fotografías de su niñez para que sirviesen de estímulo a fin de examinar cómo aparecía el niño y cuál podría haber sido su percepción del mundo en ese momento. La terapeuta debe estar preparada para aceptar y respetar el enojo y la tristeza de sus pacientes por no haber logrado lo que desearían haber tenido.

Comprender a la Madre. Fortalecidos por la experiencia del duelo por la pérdida de la madre idealizada que nunca tuvieron, Gabriel y Julia podrán comenzar a conectarse con las madres imperfectas que en realidad tuvieron. Este proceso puede comprender llamadas telefónicas,

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cartas y visitas a la madre con el objetivo de descubrir quién es ella como persona. Podría asignárseles como tarea hacer que sus madres les contasen la historia de su niñez o que hablasen de su propia experiencia como madres, de lo que resultaba más satisfactorio y lo que les resultaba más decepcionante. Con el tiempo podría ser conveniente ampliar el contexto de Gabriel y de Julia de modo que comprendieran cuál es la posición que ocupa la Madre en la sociedad.

Los estereotipos de los roles de los géneros. Gabriel y Julia no sólo están limitados por las ideas rígidas que tienen sobre la conducta adecuada para sí mismos, sino que además tienen estereotipada en gran medida la conducta del otro. La terapeuta puede pedir a sus pacientes que expresen los supuestos en que se basa su conducta y cuestionarlos recurriendo al humor, la educación y sus propias acciones.

JULIA Y GABRIEL

Julia y Gabriel comunicaron que les había sucedido lo que conside­ raban un distanciamiento normal. Julia dijo que Gabriel había decidido reaccionar ante su tristeza del fin de semana limpiando el garaje en lugar de consolarla. Cuando le pedí que me contase qué le había dicho ella a Gabriel, me contestó que no le había dicho nada pero que había estado visiblemente desdichada todo el fin de semana. Como ella me había comentado a menudo su deseo de que Gabriel la masajeara, acariciara, cortejara y que le hablara, le pregunté qué era lo que le impedía pedirle esas cosas a Gabriel. Julia constestó que si le pedía lo que necesitaba, Gabriel simplemente respondería de una manera mecánica, por obliga­ ción, lo cual a ella le resultaría insatisfactorio. Pensé que no había posibilidad alguna de que ella prestara atención a lo que le dijera hasta no haber sido legitimada, de modo que admití su frustración y soledad y decidí retomar en una sesión futura esos supuestos que, a mi juicio, la tenían bloqueada y contribuían a su desdicha. Tras observar que Julia parecía satisfecha, y después de explicarle mi plan, dirigí mi atención a Gabriel. Gabriel me dijo que él había observado la tristeza de Julia durante el fin de semana pero no sabía si ella deseaba estar con él, así que se puso a limpiar el garaje. Cuando le pregunté qué le había impedido preguntar­ le a Julia qué le estaba pasando, dijo que nunca se le hubiera ocurrido ha-

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LA PAREJA CORRIENTE

cerle esa pregunta. Esperaba que Julia se lo pidiera si necesitaba algo. Julia se enojó bastante con Gabriel por lo que ella describió como su total falta de interés por todo lo emocional. Ella dijo que estaba resentida porque él hacía tareas en lugar de responder a las emociones. “Pero”, replicó Gabriel, “uno hace cosas por la gente que ama”. Le pregunté a Gabriel sobre su primer amor, ése en el que él había aprendido la relación entre amar y hacer. Gabriel reiteró las diversas tareas que había hecho para ayudar a su madre y seguidamente comenzó a llorar, demostrando emoción por primera vez mientras explicaba cuán importante, especial y cerca de su madre se sentía cuando hacía cosas para ella. Describió con más amplitud el silencio y el distanciamiento que había en su familia: su padre se abstraía detrás de un diario cuando estaba en casa y su hermano se quedaba sólo el tiempo necesario para comer y dormir antes de salir corriendo con sus salvajes amigos, metiéndose en dificultades que preocupaban seriamente a su madre. A medida que daba más detalles de su historia, se fue haciendo evidente para Gabriel que la satisfacción de las necesidades de su madre le había brindado un medio para experimentar amor en una familia cuyos miembros vivían aislados unos de otros en cuanto a todo lo demás. Julia pareció conmoverse pero estaba ansiosa por subrayar que ella no era incapaz de hacer cosas para sí misma. Le pregunté si pensaba que Gabriel la consideraba incapaz. Ella dijo que ésa era su impresión. En las sesiones siguientes ayudé a Gabriel a diferenciar: 1) su deseo de hacer cosas para Julia de su idea de que ella era incapaz; 2) algunas incapacidades de Julia y de su madre de una incompetencia total; 3) los pedidos manifestados por Julia y su madre de su propio deseo de responder. Me resultaba claro que Gabriel era incapaz de decir que no a cualquier pedido hecho por su madre o su esposa. Yo quería que él se diese cuenta de que el hecho de no decir nunca que no hacía que sus acciones resultasen sospechosas para Julia y, además, le impedía cono­ cer sus propias necesidades. En lugar de encarar la posibilidad de un conflicto, una desaprobación o un rechazo, Gabriel accedía a todos los pedidos de su esposa o su madre, siempre que pudiera satisfacerlos realizando una tarea. Al actuar así razonaba que su madre y su esposa eran incapacitadas y, por consiguiente, él no podía negarse de ningún modo. En el caso de su madre, la incapacidad era evidente. Me daba la impresión de que Gabriel había rotulado como “incapacidad” a la emotividad de Julia, interpretando su conducta como una falta de control

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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emocional análoga a la falta de control físico de su madre. Tenía sentido entonces que Gabriel hubiese llegado a la conclusión de que no podía decir que no a ninguno de los requerimientos de su mujer. Para ayudarlo a hacer la necesaria diferenciación y para que le resultase evidente la conexión que él establecía entre Julia y su madre, le pedí a Gabriel que describiera las tareas que una y otra eran capaces de hacer. Luego le pedí que diese más detalles sobre la clase de pedidos hechos por su madre y la manera en que él había respondido. Gabriel pudo reconocer que la dependencia que tenía su madre de él era considerablemente mayor de lo que tenía que ser. Cuando le pregunté a Gabriel por qué creía que nunca había negado a su madre ninguno de sus pedidos —en especial porque él había observado su competencia direc­ tamente y había sabido que su solicitud tenía por finalidad hacerla sentir más a gusto y no respondía a una necesidad absoluta— se quedó confun­ dido. Y respondió con emoción que siempre había creído que su presencia era esencial, de otro modo su madre no la habría requerido puesto que exigía un sacrificio de parte de él. Le pregunté qué habría decidido hacer si su presencia hubiese sido sólo deseable y no esencial. Gabriel admitió que entonces se habría enfrentado con el dilema de tratar de imaginar alguna forma de satisfacción para sí mismo. Le sugerí que había evitado este dilema manteniendo el supuesto de que su presencia era esencial. Esto dejó todas las demás consideraciones, incluso la relativa a qué podría haber querido hacer con su tiempo, fuera de la cuestión. Le pedí a Gabriel que pensase sobre las veces que su madre le había pedido hacer cosas que ella podría haber hecho por su cuenta. Des­ pués de varias sesiones, Gabriel contó incidentes que probaban que su presencia era deseable pero no esencial. Mi finalidad era ayudar a Gabriel a darse cuenta de que cuando se le pide algo puede significar que su ayuda es simplemente deseable y, por lo tanto, podría negarse. Este trabajo con Gabriel continuó durante todo el curso de la terapia, yendo y viniendo de los recuerdos de su madre a los incidentes con Julia. Al comienzo, Julia estaba incomprensiblemente nerviosa con este método, pues temía perderlo único de la relación con Gabriel en lo que podía confiar, y también que las negativas de Gabriel le parecieran a ella un enjuiciamiento de lo pertinente de su pedido. Tan sólo después de haber recorrido un buen trecho de su propio trabajo sobre la relación con su madre, pudo Julia comprender que este método tendía al logro de la honestidad en su relación conyugal.

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LA PAREJA CORRIENTE

Al oír la historia de Gabriel y ser testigo de su sufrimiento, Julia comenzó a creer que el deseo de Gabriel de hacer cosas para ella no estaba motivado poruña actitud de superioridad sino por amor, la clase de amor que él había aprendido a expresar a su madre. Al dar Gabriel información sobre su familia y comunicar los sentimientos que ésta había suscitado en él, Julia pudo darse cuenta de que Gabriel no era el tipo de individuo crítico que ella había proyectado. Julia comprendió que Gabriel no sólo no había criticado sus necesidades sino que en realidad había dependido de que ella las tuviera, para poder expresarle su amor tratando de satisfacerlas. Le sugerí a Gabriel que sus acciones serían mejor compren­ didas si él periódicamente le dijera explícitamente a Julia que él hacia cosas por ella porque la amaba. Por la expresión de la cara de Julia se vio que ella apreciaba esta sugerencia. Gabriel admitió que podría resultarle difícil porque hacer sin hablar era una tradición familiar. Si bien Julia comenzó a confiar en las intenciones de Gabriel, después de varias semanas “descubrió” que estaba distanciándose de él, y explicó que simplemente se sentía “apagada”: sin emoción, sin sentimientos, sin nada. Sugerí que ella y Gabriel estaban iniciando un cambio fundamental en la manera de comprenderse y relacionarse mutuamente y que tal vez ella se sentía atemorizada, confundida o desorientada. Julia exclamó que su paralización era la prueba de que ella era una descontenta que nunca se sentiría satisfecha. Le dije que lo que yo había observado en ella no corroboraba lo que me estaba diciendo. Agregué además que yo creía que hacía mucho tiempo que ella había aprendido a ejercerla autocrítica. Y entonces le pregunté dónde había aprendido a ser tan crítica de sí misma. Julia describió a su madre como una mujer muy desdichada que era muy crítica con respecto a todos y a todo, en particular con respecto a Julia y sus necesidades. Su madre había afirmado que Julia era demasiado sensible, demasiado dependiente y exigente. Las únicas oportunidades que Julia pudo recordar en que su madre le prodigaba algo parecido a la protección y el cariño era cuando estaba enferma, como si la enfermedad física fuese la única necesidad legítima. Julia admitió que se enfermaba a menudo. Sospechaba que tal vez se enfermaba a propósito para legitimar su derecho a tener una madre solícita. Coincidí con ella en que era muy difícil diferenciar la tristeza auténtica del sufrimiento exagerado que ella tenía que expresar para ser atendida. Sugerí que tratara de hacer esta diferenciación y que tomara nota de ella. Le dije a Julia que, tal vez, cuando respondía a su enfermedad, su tristeza o su agotamiento haciendo quehaceres domésticos, ella se sentía

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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tremendamente avergonzada, pues tenía internalizados los mensajes negativos de su madre por el hecho de tener necesidades. En lugar de mostrarse agradecida a Gabriel por haberle aliviado su cúmulo de tareas, se enojaba con él por “causarle” sentimientos de vergüenza que en realidad tenían origen en su pasado. Le dije que hablara de estos sentimientos y que tratase de verlos como los sentimientos que tenía su madre sobre sus propias necesidades. Le sugerí que su madre no podía tolerar ser dependiente ella misma y así trataba de censurar a Julia por su dependencia con una actitud hipercrítica y no prestándole atención a nada excepto cuando se trataba de una enfermedad física evidente. Le indiqué a Julia que dijera en voz alta, meditara o escribiera en casa afirmaciones que pusieran de manifiesto esos supuestos que eran perju­ diciales para ella y que no tenían cabida en su relación con Gabriel. Le sugerí también que dirigiera mentalmente a su madre afirmaciones directas como las siguientes: “A ti no te gusta sentir; a mí, sí”. “Tú no permites la dulzura; yo, sí”. Sugerí que empleara afiimaciones como las siguientes “Yo merezco receptividad”, “Yo deseo sólo lo necesario”. Julia tuvo un período muy arduo con esta tarea e interpretó su falla de habilidad para cumplirla como falta de voluntad para hacerse responsa­

ble de ella misma. Le recordé que la voz de su madre era muy poderosa

y que había vuelto a entrar en la habitación en ese mismo momento. El hecho de juzgarse a sí misma le producía un padecimiento conocido a Julia. Lo que le resultaba desconocido era el dolor de reconocer que sus necesidades, que habían sido criticadas y desautoriza­ das por su madre, fueran, en realidad, dignas de ser satisfechas. En determinado momento, Julia sacudió la cabeza y gritó: “Si mis senti­ mientos fuesen malos y si yo deseara sólo lo necesario, ¿entonces por qué

mi madre me hacía sentir tan mal por eso?” Con los ojos llenos de

lágrimas, Julia recordó escenas en las cuales su madre la humillaba, haciendo ver que sus deseos eran inadecuados o excesivos. Explicó qi'C esas escenas nunca tenían lugar con sus hermanas mayores porque ellas sabían guardar sus sentimientos para sí, como lo requería la familia. Julia siguió luchando entre la actitud de aceptar que su madre tenía razón al considerarla una niña imposible y la de vislumbrarse como una

niña normal, con necesidades y sentimientos. En las sesiones en las que

era capaz de percibirse como una niña inocente, expresaba una penosa

tristeza por sí misma por haber sido una niña cuya madre era incapaz de reaccionar bondadosa, amorosa e incondicionalmente. Durante una gran

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LA PAREJA CORRIENTE

parte de la terapia, Julia siguió oscilando entre la afirmación de que ella había deseado lo imposible y el reconocimiento de que lo que ella había deseado era lo necesario. A veces analizábamos los supuestos y conse­ cuencias de cada posición a medida que en Julia comenzaban a aflorar más recuerdos de su niñez. Cada vez que Julia empezaba a sentirse culpable con respecto a la conducta que tenía con sus hijos, yo la interrumpía para recordarle que ella estaba haciendo todo lo que podía de acuerdo con lo que sabía, y que ya habría tiempo para abordar el tema de su propio rol de madre cuando este trabajo estuviese más adelantado. En verdad, al sentirse legitimada en el trabajo que realizábamos juntas, Julia era más capaz de ser receptiva con sus hijos de la manera que siempre había deseado ser. Alentada por mí, Julia comenzó a escribir y llamar por teléfono a su madre para llenar algunos vacíos de su memoria así como también para empezar el trabajo de oír la historia de su madre. Al principio ella pedía aclaraciones sobre fechas y sucesos, luego se preparó para pedir informa­ ción sobre la niñez y la adolescencia de su madre. En una conversación telefónica, su madre le contó que siempre había pensado que Julia era exactamente igual a ella y, por eso, temiendo que “el mundo la devorara” como ella misma había “sido devorada”, asumió la responsabilidad de endurecer a Julia frente a las expectativas y los padecimientos. Le reconoció a Julia que este método no había dado resultado, pero que era lo mejor que ella había imaginado que podía hacer. Esta parte del trabajo de Julia, aunque productiva, tuvo que ser esporádica porque le resultaba demasiado fácil pasar a compadecerse tanto de su madre que terminaba perdiéndose a sí misma al juzgarse: “¿Cómo pude haber sido tan egoísta?” Trabajamos con una lentitud deliberada, tanto por mí como por Julia. Yo necesitaba avanzar lentamente para poder estar cerca de su experien­ cia y sentimientos exactos. Cualquier indicio de que yo tenía alguna expectativa con respecto a Julia (hacer una tarea, por ejemplo) nos conducía aun oscuro y peligroso callejón de malentendidos. Un comen­ tario mío sobre una diferencia que observaba en ella, aunque fuese positivo, hacía desconfiar a Julia. Cuando le pregunté por qué, me dijo que un comentario positivo, aunque resultaba agradable, seguía siendo un juicio de valor que significaba que ella podía llegar a fallar. Un comentario positivo de mi parte también le hacía temer que yo esperara que ella procediera de una manera positiva sistemáticamente. Julia contó

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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cómo su madre la había hecho sentir mal cuando ella tenía algún logro

o mejoraba después de una enfermedad, diciéndole a Julia: “Mira, era

completamente posible. No fue tan difícil”. Nos iba mejor cuando la ayudaba a recordar su pasado a fin de que comprendiera sus interpreta­

ciones y reacciones en el presente. Gabriel afirmó que nunca se había sentido culpable ni avergonzado

y estas ideas le resultaban muy ajenas. Le dije a Gabriel que la batalla que

le tocaba librar a él era contra el hecho de sentirse inadecuado, sentimien­

to que hacía casi cualquier cosa por evitar. Le dije a Gabriel que su “paralización”, su mutismo o la inexpresividad de su rostro se producían cada vez que él determinaba que no podía responder suficientemente ante una tarea. Gabriel estuvo de acuerdo con esta apreciación, citando numerosos ejemplos de su casa o el trabajo en los que toda su motivación tenía que ver con sentirse inadecuado. Julia comenzó a hablar sobre su temor de que Gabriel la abandonara como manifestación de su “no” definitivo. Sospechaba que ningún ser humano podía seguir obteniendo tan poco de una relación y soportarla. Cuando ella amplió su explicación sobre este temor, yo percibí huellas de la relación de Julia con su madre. Le sugerí que hablara sobre la experiencia que había tenido del abandono de su madre. Al principio, Julia tuvo cierta dificultad con mi sugerencia puesto que su madre nunca

la había abandonado físicamente. Después que hube legitimado sus “sentimientos de abandono durante la niñez”, Julia fue capaz de expresar su tristeza y dolor con respecto a la relación existente con su madre. Su mayor batalla, sin embargo, era rechazar la voz de su madre que seguía diciéndole que ella se autocompadecía, que no tenía derecho a quejarse

y que su niñez había sido maravillosa y su vida, estupenda. En estas

sesiones, Gabriel la ayudaba con alegría a detectar y acallar esa voz. Al mismo tiempo que estaban haciendo este trabajo, Julia descubrió el libro Women who love too much (Norwood, 1985). Como les sucedió

a muchas mujeres en 1987, este libro le hizo sentir que había sido escrito

para ella. El libro pareció hacerle muy evidente que ella había errado el camino al tratar de hacer que Gabriel llenara su vacío; que tratar de cambiar a Gabriel para sentirse ella más plena no daba resultado. Alentada por mí, Julia se unió a un grupo de apoyo basado en este modelo, que centraba su atención en la sobreinversión que las mujeres hacen en sus relaciones con los hombres. Esto sirvió como un excelente aditamento al trabajo que desarrollábamos juntas.

I.A PAREJA CORRIENTE

En el curso de nuestro trabajo, las proyecciones de Gabriel y Julia cedieron considerablemente. Gabriel empezó a estar menos presionado por su temor de parecer inadecuado y Julia llegó a tener menos miedo a ser criticada. Gabriel comenzó a sermás demostrativo afectivamente con Julia; ella, a disminuir su excesiva emocionalidad. Cuando se daba cuenta de. que se distanciaba de Gabriel, analizábamos la falta de costumbre de Julia con respecto a la nueva posición que ocupaba. Ella estaba habituada a sus roles de cónyuge perseguidora, aislada y rechaza­ da,. pero obtener respuesta sin acusaciones, exigencias o enfermedades de su parte era algo muy nuevo. Gabriel periódicamente tenía recaídas en su sordera emocional, con respecto a sí mismo y con respecto a Julia, y entonces analizábamos la dificultad relativa a su falta de costumbre de ser aceptado. Gabriel dejó de repetir el estribillo de que Julia tenía que aceptarlo como era y fue capaz de darle a ella el espacio necesario para explicar sus necesidades y sentimientos sin tener que defenderse a sí mismo o actuar diligentemente. Esto ayudó a Julia, quien había oído la imploración de Gabriel de ser aceptado como había oído la imposición de su madre de aceptar las cosas como eran. El trabajo con Gabriel para hacerle descubrir sus sentimientos, necesidades y deseos fue lento y en gran medida infructuoso. Se lograba más en las sesiones individuales, fuera del alcance del oído de Julia, ya que el hecho de observarlo generalmente la frustraba y acentuaba su temor de que Gabriel y ella nunca llegarían a tener una relación sana. Gabriel comenzó a llevar un di ario de deseos, sentimientos y necesidades que primero fueron suposiciones y luego, con el método de ensayo y error, llegaron a ser descripciones más auténticas de sí mismo. Al tomar conciencia de sus historias y de lo que habían perdido cuando niños, Gabriel y Julia pudieron empezar a realizar el duelo por la pérdida de las madres que les hubiera gustado tener. Después de un tiempo dejaron de disculpar la ausencia de sus padres y reconocieron cuán vulnerables los había hecho esa ausencia a la influencia de sus madres y cuán dependientes de ellos había vuelto a sus madres. A medida que nuestro trabajo prosiga, abrigo la esperanza de que Gabriel y Julia adquirirán una comprensión más plena de la experiencia de sus respectivas madres a fin de lograr una mayor integración. Creo que Gabriel se dará cuenta de que su madre era una mujer muy orgullosa y competente que no hablaba de los sentimientos pero deseaba experimen­ tar la menor humillación posible en el mundo y así lograba la ayuda de

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TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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su hijo. Espero que Gabriel aprenda que el amor de su madre por él no dependía de que él “hiciera” cosas para ella. Confío en que Julia llegue a saber que su madre también fue criticada y humillada por la madre de ella y que había continuado con el legado de rencor de la cultura. Espero que Julia con el tiempo llegue a darse cuenta de que su madre es una mujer tan dependiente como ella misma. Tengo confianza en que después de ahondar más en la vida de sus respectivas madres, Gabriel y Julia llegarán a comprenderlas y aceptarlas todavía más. Abrigo la esperanza de que llegarán suficientemente lejos para darse cuenta de la imposibilidad fundamental de las posiciones de sus respectivas madres —y de las posiciones de todas las madres— sin perderla simpatía que puedan sentir por el niño que llevan en su interior.

LOS RIESGOS

Los siguientes son algunos de los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista de la familia al abordar casos como el que se acaba de exponer:

1) Decir demasiadas cosas demasiado pronto. Como feminista, la terapeuta no querrá que la terapia termine con la Madre vista todavía como el villano de la película. Empero, los pacientes tienen que tener su momento para expresar su airada acusación contra la Madre, porque es una parte necesaria del proceso para llegar a comprender a la Madre como Sujeto. Si la terapeuta eludiese esa parte de su propio trabajo, defendería a la Madre, explicaría a la Madre, solicitaría simpatía para la Madre y termi­ naría por salir en defensa de la Madre (y unirse a la Madre). Los sentimientos de los pacientes quedarían descartados y tal vez aprenderían a decir el guión correcto pero sin sentirlo. 2) Medir la equidadpor el reloj. En general, resulta útil ser equitati­ vamente receptiva a las dos partes en la terapia conyugal. Esta actitud no requiere que se brinde la misma cantidad de tiempo a cada cónyuge, y esto debe ser recordado. En el caso de la pareja histérica/obsesivo, tratar de brindar el mismo tiempo a los dos puede hacer que el sufrimiento desigual siga siendo desigual al finalizar la terapia. 3) Tratar de hacerle sentir sus emociones a él. Frente a un paciente que no sabe expresar sus sentimientos, la terapeuta puede ser

LA PAREJA CORRIENTE

arrastrada irresistiblemente a la tarea de ayudarlo a descubrir sus emociones. Este trabajo se verá frustrado inevitablemente si el hombre no es un paciente dispuesto a hacerlo. Es probable que su misma incapacidad de sentir lo proteja de sufrir por su carencia emocional. Hasta que él perciba su falta de emocionalidad como problema, la terapeuta tiene que abstenerse de tratar de intervenir en ese aspecto.

C a p it u l o

7

EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

De cada una de acuerdo con su capacidad, de cada uno de acuerdo con su necesidad.

Margarct Atvvood,

The Ilandmaid’s Tale

Esteban llamó para pedir una entrevista con el fin de iniciar un tratamiento de psicoterapia individual y estaba completamente seguro de que su problema no tenía nada que ver con su esposa ni con su hijito de un año. “Simplemente sucedía” que ellos eran los objetivos de las fantasías cada vez más hostiles y homicidas que lo habían estado obsesionando durante los dos últimos meses. Esas fantasías y los períodos de abrumadora ansiedad que a veces se relacionaban con ellas eran las quejas que planteaba. Esteban creía que sus síntomas tenían que ver con su trabajo. Esteban, un arquitecto de treinta y dos años, había dejado el buen puesto que ocupaba en una firma importante para abrir su propia oficina dieciocho meses antes de acudir a la terapia. Si bien el. éxito de su actividad había superado sus expectativas, se encontraba en un estado de permanente ansiedad y pensaba que toda la empresa podría derrumbarse en cualquier momento. Cuando le pregunté si le preocupaba que las fantasías que tenía con respecto a su esposa y su hijo pudiesen llevarlo a manifestar algún tipo de conducta violenta, al principio Esteban respondió que no. Dijo que no temía a la violencia física sino, en cambio, a una pérdida del control sobre sus propios pensamientos. Después de otros sondeos, admitió que durante las últimas semanas le había pedido insistentemente a su mujer que no lo dejase solo con el bebé, para que él no lo fuese a lastimar involuntariamente. A estas alturas yo estaba interesada en evaluar con exactitud el potencial que tenían los impulsos de Esteban para llegar a producir una conducta violenta. Le pregunté si había tenido momentos de violencia antes; respondió que nunca había lastimado a su esposa ni a su hijo, nunca

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

había sido peleador y deploraba el uso de la violencia física. No obstante, se había preocupado lo suficiente para tomar medidas de precaución como, por ejemplo, regalar su rifle de caza y negarse a ver ningún programa de televisión que incluyera violencia. Registré mentalmente que indagaría directamente a Sandra sobre este tema, pero por el momento estaba satisfecha porque Esteban no corría el riesgo de volver­

se psicótico o violento. Sus fantasías evidentemente no eran compatibles

con la imagen que tenía de sí mismo y no trataba de explicarlas racionalmente justificándolas por algún tipo de conducta de su mujer o

de su hijo. Esteban estaba seguro inclusive de que su familia no tenía nada que ver con el problema. Sandra, con quien se había casado hacía doce años,

se

mostraba muy comprensiva y le brindaba su apoyo, colaborando con

el

pedido de Esteban de que nunca lo dejase solo con el bebé para que su

ansiedad no alcanzase un nivel insoportable. Además, ella dejó un puesto administrativo conveniente que le ocupaba algunas horas de la tarde y de

los fines de semana para poder estar en casa todas las noches con Esteban

y el bebé. Esteban contó también que Sandra dormía toda la noche

rodeándolo con sus brazos para poder despertarse y detenerlo en el caso de que tratase de levantarse de noche para “hacer algo” durante el sueño. Esteban presentó todo esto como prueba de que Sandra no era parte del problema y por consiguiente no era necesario incluirla en la terapia. Como al llegar a este punto yo veía claramente que Sandra tenía mucho que ver con el problema de Esteban (incluso mientras dormían),

le expliqué a Esteban que la terapia no podía proseguir sin ella. Acorda­

mos una entrevista para el día siguiente. Cuando entraron en mi consul­ torio esa tarde, inmediatamente llamó mi atención el contraste que presentaba el aspecto de ambos. Si bien los dos eran atractivos y estaban bien vestidos, Esteban tenía una apariencia sombría, casi taciturna, mientras que Sandra se veía en cierto modo alegre, como para dar la

impresión de que no sucedía nada tan grave que no pudiera ser solucio­ nado. Sandra afirmó directamente que ella creía que los síntomas de

Esteban eran causados por el estrés, y que la mayor fuente de estrés de

la vida de su marido era el trabajo. Esteban asentía con la cabeza mientras

ella hablaba. Cuando les pregunté qué soluciones habían aplicado al problema, Esteban dijo que él había pensado mucho sobre lo que le sucedía tratando de comprender, y evitaba las situaciones en que podía quedar solo con su

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

143

hijo. Sandra dijo que había tratado de aliviar la presión de Esteban no pidiéndole que hiciera nada en la casa ni que cuidara al bebé y haciendo otras cosas para demostrarle que lo quería. Los dos coincidieron en que ninguno de estos intentos de solución había tenido el mínimo efecto sobre el problema. En realidad, cuanto más fuera de control se sentía y actuaba Esteban, tanto más solícita, calma y servicial se volvía Sandra. A mi juicio esto demostraba que para Sandra (y ella más adelante lo confirmó) la conducta de Esteban era patológica y no maligna. Esteban reconoció que él contaba con la servicialidad de Sandra e incluso dijo que era su terapeuta doméstica. Admitió además que se sentía resentido por esa servicialidad. Por su parte, Sandra admitió tener una tendencia a subes­ timar su propio estrés hasta que de pronto llegó al límite. A esto siguió una pelea vociferante y amarga en la cual cada uno acusó al otro de ser egoísta e indiferente, y de hacerle la vida desdichada a toda la familia.

Algunos terapeutas podrían pensar en el concepto de complcmcnta- riedad e imaginar que, en una etapa anterior de la relación, el acuerdo entre Sandra y Esteban sobre la prestación de cuidados constituía una buena combinación: le permitiría a ella verse como una mujer pródiga y amante, y a él como un hombre amado y cuidado. Las dificultades recientes habían forzado sus recursos y exagerado sus estilos. La terapia podría aportar algunos ajustes que él tendría que hacer en su manera de solicitar cosas y en la manera de ella de satisfacerlas. El acuerdo de quién pedía y quién daba quedaría en gran medida intacto. Nosotras creemos que si se aplica este concepto se oculta un problema clave, que necesita un análisis feminista. El acuerdo y la exageración eran producidos por la lucha que tanto Esteban como Sandra tenían con el mismo dilema: la necesidad de ser cuidados y a la vez la necesidad de no reconocer esta dependencia. Este dilema es conocido como el conflic­ to sobre la necesidad de depender. Los hombres niegan su necesidad de ser cuidados para no parecer débiles, es decir, poco viriles; las mujeres niegan esta necesidad para no parecer egoístas, es decir, poco femeninas (Stiver, 1984). Se espera que una mujer se supedite a los demás y los ponga en primer lugar, asumiendo las necesidades de ellos como propias. Si ella ha sido socializada normalmente, desarrollará una gran habilidad para descifrar y prever lo que los demás necesitan (Miller, 1976). Puesto que el matrimonio es la

144 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

relación básica para la mayoría de las mujeres, los maridos son los principales beneficiarios de esta habilidad. La mujer como dispensadora de los cuidados y perpetua anfitriona de las necesidades del marido es el acuerdo que examinaremos aquí.

ESTEBAN Y SANDRA

Al finalizar la primera sesión, sugerí que las fantasías de Esteban, aunque fuesen molestas, parecían cumplir la finalidad muy útil de alertarlo sobre el estrés que estaba padeciendo y obligarlo a reducir su ritmo, aunque fuese tan sólo incapacitándolo con la ansiedad y, por lo tanto, no debían ser abandonadas sin prestarles cierta atención. Además, sugerí que Esteban preparase un registro de sus fantasías para la sesión siguiente y Sandra, un registro de sus evaluaciones del estrés de su marido. Cuando volvimos a reunimos dos semanas más tarde, Esteban dijo que su ansiedad se había reducido un poco, pero que se estaba haciendo más consciente de los sentimientos negativos que tenía hacia Sandra. Consideré que esto era una evidencia de que las fantasías de Esteban habían sido una manera indirecta de criticar a Sandra. Aunque Esteban todavía la veía mayormente como la inocente y muy sufriente víctima de sus ansiedades, de vez en cuando la veía también reticente y crítica. Sus episodios de ansiedad y apego eran seguidos por afirmaciones de que deseaba que ella y el bebé se fueran de la casa, y se mudaran inmediata­ mente. Sandra reaccionaba ante estos episodios enfureciéndose con Esteban por sus exigencias imposibles y aparentemente interminables. Al llegar a este punto, se producía una intensa discusión. A pesar de su aparente falta de preocupación, vi que existía la posibilidad de que estallara una situación de violencia física peligrosa durante esas peleas y se los dije. Analizamos cómo podría preverse la intensificación de una pelea, qué podrían hacer ellos cuando se diesen cuenta de que habían llegado al límite y qué tipo de planes de evasión serían factibles. En el curso de las siguientes sesiones traté de ampliarla definición del problema e incluir cuestiones referidas a la relación. Por ejemplo, la rigidez de los roles de la pareja con respecto uno del otro, sus diferencias en cuanto a la participación en la educación de su hijo y las expectativas que había llevado el matrimonio desde sus respectivas familias de origen. Por ejemplo, la expectativa de Esteban de que los matrimonios

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA

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no duran, o la de Sandra de que la esposa es la responsable de que todos salgan adelante. La prosecución de estos temas se veía frustrada por la evidente renuencia no expresada de Esteban a discutir nada que no estuviera directamente relacionado con sus síntomas y a no dejar que se dedicara tiempo alguno de la terapia a las necesidades o problemas de su esposa. Cuanto más trataba yo de ampliar la definición del problema, tanto más insistía Esteban en que no tenía nada que ver con otra persona que no fuera él. Me di cuenta de que cada vez me sentía más irritada con él y menos capaz de simpatizar verdaderamente con su situación. En cambio, sentía gran simpatía por el problema de Sandra. Una y otra vez dediqué parte de las sesiones a centrar la atención en el estrés que ella estaba padeciendo, instándola a darse cuenta de sus propias necesidades, aunque le resultaba difícil reconocer ninguna necesidad como no fuese la de ser una buena esposa para Esteban. Después de dos meses de terapia, los síntomas de Esteban empeora­ ron repentinamente. Estaba siempre invadido con fantasías violentas y homicidas hasta el punto de llegar a sentirse muy deprimido y práctica­ mente incapaz de funcionar bien en el trabajo. Empecé a cuestionarme la evaluación que yo había hecho de la situación y a pensar que Esteban estaba realmente enfermo. Consideré la idea de hacerlo examinar, enviarlo a un especialista para que lo medicase e incluso sugerir que se hospitalizara. Confundida, pero consciente de que yo misma había llegado a ser parte del sistema manteniendo el problema, fui a hacer una consulta.

LA CONSULTA

La terapeuta ya había detectado varias cuestiones que estaban obsta­ culizando la terapia cuando fue a hablar con el grupo de consulta. En primer lugar, ella sabía que sentía más simpatía por Sandra que por Esteban y que él se daba cuenta de esta parcialidad. En segundo lugar, ella percibía que cada vez que intentaba abordar un problema que era llevado a la sesión de terapia, Esteban pasaba a un problema diferente. Por último, podía ver que la inquebrantable determinación de Sandra de ser útil a su esposo formaba parte de alguna forma de la conducta que mantenía vigente el problema y que tenía que ser corregida. A nosotras nos parecía que las reacciones de la terapeuta con respecto a Esteban coincidían con las de su esposa. Al igual que Sandra, la

1-16

EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

terapeuta hacía todo lo que podía para ayudar a Esteban, pero cuando él persistía en rechazar esa ayuda, o cuestionaba su utilidad, ella se irritaba con él. Sin atacarla relaciónpositiva que la terapeuta había entablado con Sandra, decidimos defender la posición de Esteban, abrigando la espe­ ranza de sacar a la terapeuta de su alienación desequilibrada. Nos imaginamos con la terapeuta la tremenda frustración que debía sentir Esteban por no ser comprendido por su esposa (o su terapeuta). Reencua- dramos esta resistencia, definiéndola no como una lucha con su terapeu­ ta, sino como la manifestación de su inútil esfuerzo para comprender su aterradora situación. Esto logró que la terapeuta pudiese sentir más empatia con la situación de Esteban. Con respecto a la actitud “escurridiza” de Esteban cuando se trataba de definir el problema, supusimos que Esteban sentía una gran ansiedad cada vez que la terapeuta proseguía con el análisis de temas más allá del punto en que podían ser desviados con sus respuestas defensivas. En esos momentos, Esteban mitigaba su ansiedad cambiando abruptamente de tema. Para terminar con este modelo de intercambio, alentamos a la terapeuta a mantener su propio centro de atención en la terapia conyugal

y buscar la forma de llevar a Esteban hacia ese centro siempre que

pudiera. Al analizar el objetivo que podrían cumplir los síntomas de Esteban en ese matrimonio, tuvimos en cuenta dos posibilidades principales. Primero, nos preguntamos si Esteban estaba tratando de liberarse del matrimonio pero, por alguna razón, necesitaba que Sandra fuese la que “tomase la decisión”. Segundo, nos preguntamos si los problemas básicos de-este matrimonio tenían que ver con la dependencia. Cuando examinamos los detalles del caso, decidimos que Esteban estaba muy interesado en su matrimonio y, a pesar de su hostilidad, no tenía la intención seria de dejarlo. A nuestro juicio, su hostilidad tenía que ver con la dependencia. Esteban se veía a sí mismo como alguien que

contaba con Sandra para tener estabilidad emocional e, incluso, seguri­ dad física. Al mismo tiempo, sus fantasías indicaban que esa dependen­ cia lo enojaba. Sandra era la dispensadora de cuidados en la relación. A pesar de todas sus frustraciones, hasta ahora no se le había ocurrido la idea de ser menos servicial con Esteban, ni siquiera para aliviarse de la tensión que estaba sumando problemas a la relación. Decidimos con la terapeuta que el primer objetivo debía sermodificar

el acuerdo que Esteban y Sandra tenían en su matrimonio. Recomenda­

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mos que Sandra fuese “promovida” de su rol de terapeuta al de esposa. Al trastrocar este acuerdo entre Esteban y Sandra, pensamos que podría facilitarse alguna acción positiva, pero predijimos que la primera conse­ cuencia de ese cambio probablemente implicaría la intensificación de los síntomas de Esteban para hacer que Sandra “volviese a cambiar”.

Sandra y Esteban

De acuerdo con el consejo de mi grupo de consulta, pasé las dos sesiones siguientes rcencuadrando la relación de Esteban y Sandra. Sugerí que lo que Esteban había aprendido de su madre y abuela, muy protectoras, era cómo relacionarse con las mujeres en su carácter de

dispensadoras de cuidados. Los años en que había sido atendido por diversas enfermedades infantiles le habían enseñado que era débil y necesitaba ser cuidado por una mujer fuerte. Sandra, por su parte, había sido educada por una mujer que era el modelo perfecto de la guardiana del hogar. La madre de Sandra nunca había tenido una necesidad que no pudiera satisfacerla ella misma, y su sensibilidad ante las necesidades de su esposo y sus hijos era legendaria en la familia. Cocinera maravillosa

y ama de casa excelente, podía cuidar a sus tres niños enfermos de

paperas mientras envasaba cerezas y planificaba una venta a beneficio de

la iglesia.

Le dije a la pareja que a consecuencia de estas particulares familias de origen que tenían, habían crecido con una especie de incapacidad de aprendizaje: Esteban se imaginaba incapaz de funcionar cuando padecía estrés sin el apoyo incondicional de una mujer fuerte, mientras que Sandra era incapaz de reclamar para sí otro rol en el matrimonio que no fuese el de prodigar cuidados a su marido y, por consiguiente, era increíblemente insensible a sus propias necesidades. Con esta interpre­ tación de sus familias de origen como antecedente dije que Esteban había

llegado a creer que era la obligación de Sandra como esposa estar siempre dispuesta a escuchar y aconsejar, mientras que se guardaba sus propios problemas para sí misma. Sandra, en cambio, era incapaz de darse cuenta de sus propias necesidades, tan atenta estaba a lo que necesitase su marido. Le dije a la pareja que deseaba que los dos promovieran a Sandra de terapeuta a esposa. Como era déesperar, Esteban y Sandra manifestaron ciertas aprensio­ nes con respecto a esta intervención. Esteban argumentó que sus proble­

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

mas eran tan graves que tenían que seguir siendo el centro de atención de la terapia así como también del matrimonio. Afirmó que Sandra no estaba haciendo una tarea tan sobresaliente para satisfacer sus necesida­ des y con demasiada frecuencia veía cosas sólo desde la perspectiva de cómo la afectaban a ella. La obligación que presentó Sandra a la inter­ vención fue más dramática, porque a ella le preocupaba el hecho de que sin su constante vigilancia y ayuda Esteban terminaría suicidándose: en realidad, dijo que ésta era la única razón por la cual no lo había dejado en los momentos en que actuaba como un loco y un abusivo con ella. Esteban se sorprendió mucho ante esta declaración de Sandra y ensegui­ da afirmó que no era suicida y que nadie tenía que preocuparse por él en ese aspecto. En el transcurso de las siguientes semanas, comenzaron a producir­ se algunos cambios interesantes en el matrimonio. Sandra vino a las sesiones diciendo que estaba siguiendo fielmente mis instrucciones y que había dejado de tratar de resolver los problemas de Esteban. Además, cuando Esteban le planteaba un problema que ella no tenía energía suficiente para escuchar, le aconsejaba que lo dejara para la sesión de terapia. También comenzó a percibir que Esteban no estaba dispuesto en absoluto a escuchar sus problcm as y que por lo general los desechaba por considerarlos triviales, situación que luego llegó a molestarle. Esteban estaba notablemente consciente de que Sandra estaba cambiando, y para él se trataba de un cambio perjudicial. Dijo que ella reiteradamente lo evitaba cuando trataba de contarle sus problemas y percibía esta actitud como egoísta y punitiva de parte de ella. Empezaron a producirse peleas peores que de costumbre con una frecuencia alarmante. Al dejar Sandra de actuar como la parte que absorbía las conmociones emocionales de la pareja, los cónyuges se encontraron en igualdad de condiciones uno frente al otro con todas las frustraciones y resentimientos acumulados durante años de matrimonio. Las acusaciones de egoísmo y falta de cariño se cruzaban en ambas direcciones. Como las fantasías violentas de Esteban también cesaron en este momento, consideré las peleas como una señal de que el conflicto, que había estado encubierto y sin posibilidad de solucionarse mientras los dos se encontraban bloqueados en sus roles de paciente/terapeuta, ahora había salido a la luz, y abrigué la esperanza de que saliese algo bueno de todo esto. El resultado fue que Esteban parecía y se sentía menos enloquecido y liberó a Sandra de tener la atención fija en los

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problemas de él. En las sesiones yo trataba que cada uno de ellos hiciese afirmaciones en primera persona sobre sus frustraciones. Era inevitable que estos intentos terminaran en algo parecido a “pienso que eres egoísta”. Los dos daban la impresión de estar estancados en la visión del otro como si fuese el centro malévolo de sus propias vidas. Por último se desató una crisis. Estalló una pelea de extraordinaria violencia en la cual se arrojaron objetos y acusaciones mutuamente. Con su hijito muy asustado como testigo, Esteban y Sandra se empujaron uno

al otro y rompieron las posesiones más preciadas de cada uno. La pelea

se detuvo cuando se dieron cuenta del terror que estaban provocando en su hijito. Esteban se fue de la casa y pasó esa noche en lo de un amigo. Cuando regresó a la mañana siguiente, él y Sandra fueron capaces de mantener una larga y dolorosa discusión, pero que resultó finalmente útil, sobre los problemas de su matrimonio y su compromiso de solucio­ narlos. En la sesión siguiente, Esteban y Sandra me comunicaron que se sentían reconciliados después de su pelea más reciente y que hacía muchas semanas que no se habían sentido tan bien uno respecto del otro. Se sorprendieron de que yo insistiera en que hablásemos más del asunto. Les pedí una descripción detallada de la pelea. Los dos se mostraron incómodos cuando dije que había sido una pelea violenta y peligrosa. Les

dije que estaba molesta por la falta de voluntad que tenían para reconocer

la violencia o el peligro implícito en ella. Parecía que la enorme violencia

de las fantasías de Esteban los había vuelto a los dos menos capaces para reconocer la violenci a real en su vida. Les recordé que la violencia tendía

a intensificarse con el tiempo y les advertí que si no cesaba no estaría

dispuesta a seguir trabajando con ellos, ya que yo no deseaba participar en ella.

Esta conversación tuvo efecto calmante en Esteban y Sandra. A ellos no les gustaba pensar que su relación era violenta y estaban tan impre­ sionados por mi evaluación de la gravedad de la situación que convinie­ ron en no tener ningún tipo de contacto físico durante discusiones. No obstante, me preocupaba la intensidad de las peleas y decidí hacer otra consulta.

LA SEGUNDA CONSULTA

Coincidimos con la terapeuta en que el hecho de haberse vuelto más explícitos los conflictos y las frustraciones del matrimonio era un

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

acontecimiento positivo de la terapia. Con respecto a la intervención de la “promoción” llegamos a la conclusión de que nosotras y la terapeuta habíamos cometido el error al no considerar qué significaba para Sandra ser una esposa una vez que se le había sacado su rol de terapeuta. Sandra se quedó sin idea alguna de una función alternativa. Su retraimiento enfureció a Esteban, pero él no sabía qué pedirle que hiciera como esposa que no fuera el cuidado terapéutico del que los dos habían dependido y por el cual se sentían resentidos. Nuestra primera sugerencia a la terapeuta fue que trabajase con Esteban y Sandra para desarrollar algunas ideas nuevas sobre lo que un marido y una esposa podrían ser el uno para el otro, centrando la atención en la mutualidad, la reciprocidad, el cuidado de sí y el cuidado del otro. Estuvimos todas de acuerdo en que el progreso en este campo probable­ mente iba a ser lento porque los dos cónyuges tenían ideas muy limitadas sobre el contenido de los roles de marido y mujer, y modelos no muy buenos para seguir. Además, Esteban y Sandra habían llegado a atribuir al otro un enorme control sobre su propia vida. Mientras que Esteban so­ breestimaba la capacidad de Sandra para hacerlo sentir seguro y a gusto, subestimaba su propia capacidad para sentirse así. Sandra subestimaba sus necesidades propias y no percibía las inevitables consecuencias ne­ gativas que esto acarrea. Nuestra idea era que la terapeuta trabajase con la pareja para que lograsen distinguir las situaciones en las que podían confiar en sí mismos de aquellas en las que sería beneficioso apoyarse mutuamente. Al terminar, examinamos con la terapeuta su plan para tratar con la pareja el problema de la violencia recíproca. La cuestión de admitir y tratar la violencia dentro del matrimonio, en especial en su forma más común de esposas golpeadas, ha sido un importante aporte de las terapeutas feministas (Walker, 1979; Bograd, 1984). Estas escrituras y otras han elaborado elocuentemente la configuración, las causas y el tratamiento de este tipo de casos, por lo cual no es necesario repetirlo aquí. Hay otro tema planteado por este caso sobre el que no se ha escrito mucho, y es el aspecto de la dispensación de los cuidados dentro del matrimonio. El conflicto sobre lo que le correspondía hacer a cada uno por el otro en la relación constituía un problema central en el matrimonio de Esteban y Sandra, y fue en él donde centramos la atención en nuestro análisis.

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EL ANÁLISIS

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Como ya quedó dicho, Sandra y Esteban estaban luchando con el dilema de ser dependientes pero a la vez de no querer serlo. Este conflicto interior de cada uno de ellos, y también manifestado entre ellos, sobre la dependencia había configurado su matrimonio. Lo que les creaba este problema es que los dos consideraban que la dependencia era una sefial de debilidad o que era negativa. Su reacción no es rara, ya que dependen­ cia es una palabra denigrante. ¿Cómo puede ser que una necesidad tan humana haya adquirido una connotación tan peyorativa? En primer lugar, la dependencia ha sido situada en el extremo opuesto de la autonomía, característica que en la cul tura occidental ha recibido la prioridad máxima. No sólo se piensa que estas dos características se excluyen mutuamente sino que, además, se considera que pertenecen más natural o adecuadamente a sexos opues­ tos. Todo el mundo sabe cuál le corresponde a cada sexo. Esta división produce la segunda razón por la cual la dependencia tiene mala fama: hacer de la dependencia un rasgo femenino arruinó su reputación. Las mujeres no son muy valoradas en esta sociedad y tampoco lo es parecerse a una mujer. En realidad, decir “estás actuando igual que una mujer” es considerado un insulto, incluso cuando la destinataria de la frase es una mujer, sin mencionar siquiera lo que sucede cuando se trata de un hombre. En realidad, las mujeres no son más dependientes que los hombres, aunque la precaria situación económica que tienen en el patriarcado oscurece esta realidad. Ellas mismas suelen presentarse como depen­ dientes, un poco a la manera de un niño que se finge enfermo. Mostrarse débiles, desvalidas, temerosas y confundidas ante la presencia de las computadoras puede ser una buena manera de recibir ayuda y consuelo, pero esta conducta no tiene nada que ver con la necesidad real de otra persona de ser útil. Se trata sencillamente de la manera corriente de relacionarse con los hombres, la manera corriente de manifestar la feminidad y la manera corriente de obtener algo de atención. Un tercer motivo de la mala reputación de la dependencia es que la descripción de sus manifestaciones se limita a una conducta posesiva e insaciable, exigente, pegajosa y asfixiante. Para evitar este estereotipo, Esteban manifestaba sus auténticas necesidades de dependencia bajo la máscara de la enfermedad, pero cuando los servicios de Sandra fueron

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

insuficientes, entonces sí retrocedió a una conducta asfixiante, pegajosa,

etcétera. Este tipo de comportamiento, entonces, tiene su origen en la ira

y el temor y no en la dependencia: enojo porque no se satisfacen las

necesidades propias y temor de que esta situación se prolongue (Stiver, 1984). El enojo y el temor terminaron por producir una presentación

exagerada y desagradable de las necesidades propias que además obsta­

culiza su satisfacción. Tanto los hombres como las mujeres están sometidos a este tipo de reacciones porque les resulta difícil aceptar el hecho de qué necesitan, determinar con claridad lo que necesitan y luego pedir directamente ayuda para obtenerlo. Satisfacerlas necesidades de sus maridos es una experiencia gratifi­ cante y enriquecedora para muchas mujeres. Obtienen una sensación de poder al intuir y proporcionar lo que es bueno para sus maridos. El problema es que el dar no es equilibrado, las expectativas no son similares y el intercambio no es recíproco. En esta cultura se da por supuesto que una mujer deje de lado sus propias necesidades. Gracias a

su educación, ella aprende a considerarlas feas y vergonzosas, y que es

importante reprimirlas para que no la ahoguen a ella y a todos los que la

rodean. Debido a la práctica que desarrolla en no prestarse atención, con

el tiempo llega incluso a desconocer sus necesidades. Lo que sí conoce

es la envidia y el resentimiento causados por esta entrega unilateral. Estos sentimientos tampoco deben expresarse directamente; en conse­ cuencia, se siente impotente. Qué final irónico para lo que comenzó siendo una fuente de poder. Sandra conocía bien esta ironía. Para complicar más las cosas, hay una singular contradicción en el centro del pensamiento de las mujeres. Por una parte, comprenden su rol fundamental como prodigadoras de cuidados para los maridos. Por la otra, no ven a los hombres como seres dependientes sino como personas fuertes y autosuficientes en un grado que ellas parecen no poder alcanzar. Cuando las mujeres ven muestras de lo contrario, como sucede en las

raras ocasiones en que los hombres manifiestan sus necesidades directa­ mente, se sienten decepcionadas y a veces hasta sienten repulsión. Muchas mujeres resuelven esta contradicción y eluden los sentimientos de repulsión diciendo que sus maridos están enfermos (como hacía Sandra) y, por consiguiente, con una legítima necesidad de ser cuidados. Otras mujeres explican la contradicción sugiriendo que los maridos fueron malcriados por sus madres o que están demasiado ocupados atendiendo los asuntos del mundo y no tienen tiempo para ocuparse de

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sí mismos. Los hombres, desde luego, también prefieren estas explica­ ciones antes que tener que reconocer su necesidad básica. A pesar de la aceptación por parte de la esposa de la unilateralidad en la prodigación de los cuidados y del esfuerzo que hace para desconocer sus propias necesidades, hay momentos en los que la mujer sí expresa su necesidad emocional. Normalmente, su marido trata de ayudarla haciendo algo, porque el simple hecho de escuchar con simpatía no le da

a un hombre la sensación de que está brindando algo de valor y, además,

no se trata de una capacidad muy desarrollada en la mayoría de los hombres. La iniciativa del hombre hacia la acción suele ser frustrante tanto para la mujer como para el marido. Cuando Sandra, por ejemplo, se quejó a Esteban porque tenía que trabajar todo el día y luego cuidarlos

a él y al bebé toda la noche, Esteban le respondió sugiriéndole que dejase

de trabajar. Puesto que ella sabía que necesitaban un sueldo, oyó esta sugerencia como indicación de que él no la estaba escuchando realmente. Una vez más Sandra llegó a la conclusión de que sus necesidades no eran legítimas. Una vez más, Esteban llegó a la conclusión de que ella no deseaba realmente su ayuda. En cuanto a su propia necesidad, un marido no suele encararla consigo mismo porque su esposa lo observa muy de cerca y le está dando constantemente. Ella está preparada para saber lo que él necesita y se lo proporciona como una cosa natural. El da los cuidados de ella por descontados como parte de su naturaleza, obligaciones y felicidad. Como a él se lo exime de pedir, no sabe qué necesita. Si este acuerdo

cambiase, como sucede cuando la esposa sale a trabajar o tiene un bebé, el marido se vuelve celoso, malhumorado y exigente. Este estallido no significa lo mismo que identificar una necesidad y pedir ayuda. En cambio, de acuerdo con la forma en que el hombre lo interpreta, se trai.a

simplemente de que él no está obteniendo lo que se le debe, y lo atribuye

a la negligencia de su esposa y no a su propia dependencia.

Lamentablemente para todos los involucrados, las mujeres necesaria­ mente decepcionan en lo que se refiere a la prodigación de los cuidados. Además de tener bebés y empleos, también tienen dolores de cabeza. Se cansan. Se distraen. No siempre leen con precisión las necesidades inexpiesadas de sus maridos. Esas ocasiones les parecen una gran estafa

a los maridos; sus expectativas son muy elevadas y no contemplan

vacaciones o lapsos o ni siquiera límites. La imagen de las mujeres como prodigadoras incesantes de cuidados

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

se aplica no sólo a las esposas sino también a las mujeres que cumplen roles profesionales de servicio. Esteban manifestaba esta expectativa con la terapeuta cancelando citas, llegando tarde a las sesiones y tratando luego de prolongar el tiempo que le correspondía llamándola de noche, suponiendo en cada ocasión que sus circunstancias y deseos eran los importantes y legítimos, y que la terapeuta perdonaba, limaba asperezas y complacía. Cuando ella se mantenía en sus límites, él siempre se sentía conmocionado y traicionado. Después de las sesiones de la terapia solía quejarse de que la terapeuta le había prestado mucha más atención a Sandra que a él. Esto también lo sentía como una traición. Si él no conseguía todo, no conseguía nada. Es común entre los hombres dividir a las mujeres entre la Madre Tierra absolutamente pródiga y la arpía mezquina y reticente. Esta imagen de la mujer como la que todo lo da o la que todo lo quita también la tienen las mujeres. Y complica la relación entre ellas, incluso la relación entre la terapeuta y la paciente. Lo que Esteban y Sandra trajeron a la terapia eran los síntomas de Esteban que describieron como aterradores y fuera de control, circuns­ tancias que indicaban falta de culpa y enfermedad. A juicio de los dos, estas razones resultaban aceptables para exigir más cuidados. Ni la condición del hombre y de la mujer, ni el acuerdo sobre la prodigación délos cuidados tenían que ser cuestionados. Vimos que Sandra y Esteban eran incapaces de considerar legítimas las necesidades de dependencia de sí mismos y del otro. Por consiguiente, estas necesidades no podían expresarse abierta y directamente. En consecuencia, se producía la frustración y la hostilidad. En nuestro trabajo con Esteban y Sandra seguíamos pasando el marco de referencia de la enfermedad a la dependencia. Si su conducta anterior resulta un buen indicio, podríamos prever que a medida que se expresen más abiertamente, sus síntomas disminuirán. Empero, el conflicto entre los dos se intensificará, porque tendrán que encararlas condiciones del acuerdo sobre la prodigación de los cuidados. Nuestra perspectiva como feministas es que tanto los hombres como las mujeres valoren la prodigación de los cuidados en la pareja como una actividad digna y que consideren las necesidades propias y las de los otros como fundamentos válidos para buscar una respuesta adecuada. Queremos rescatarla dependencia como un aspecto previsible, deseable y recíproco de las relaciones. Con ese fin, nos inspiramos en la definición

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de dependencia que da Stiver como “un proceso por el cual contamos con la ayuda de otras personas para poder hacer frente física y emocional­ mente a las experiencias y tareas con que nos encontramos en el mundo, cuando no tenemos la suficiente capacidad, confianza, energía o tiempo” (1984, pág. 10). Una característica importante de su definición es la palabra “proceso”, la cual señala que la dependencia “no es estática sino que cambia de acuerdo con las oportunidades, circunstancias y luchas interiores” (1984, pág. 10). Cuando la dependencia es recíproca y cam­ biante, entonces puede fortalecer, enriquecer y crear un clima sano en el cual pueden prosperar la alegría, la práctica de compartir, el compañe­ rismo y la intimidad.

Los objetivos

EL TRATAMIENTO

Nuestros objetivos para la terapia de Sandra y Esteban eran los siguientes:

1) Legitimar la dependencia mutua de Esteban y Sandra, alentándo­ los simultáneamente a cada uno a desarrollar aptitudes de autopro- tección. 2) Acrecentar la flexibilidad de cada cónyuge con respecto a dar y recibir cuidados en la relación. 3) Crear alternativas confiables para la manifestación del enojo con el fin de que la violencia física deje de ser una opción.

El plan

La dependencia. Gracias a la terapia Esteban y Sandra tomaron conciencia de su dependencia recíproca, lo cual les resultó difícil de aceptar. La terapeuta debía ayudarlos a redefinir la dependencia de una manera más positiva, asegurándoles que era recíproca y que cada uno de ellos había consentido explícitamente que el otro dependiera de él. Una de las razones de que la dependencia asumiera proporciones tan vastas y desagradables en esta pareja era que Esteban y Sandra tendían a subestimar lo que ellos podían hacer para sí mismos; en consecuencia, cada uno de los cónyuges veía al otro como el que tenía el control absoluto sobre el que era cuidado en la relación. La terapeuta podría

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EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

señalar oportunidades para que Esteban y Sandra confiasen en ellos mismos así como también en el otro para obtener protección y cuidados.

Laflexibilidad. La rigidez de sus roles con respecto a la prodigación de los cuidados hacía que Esteban se sintiera enfermo y necesitado, mientras que Sandra se sentía resentida y agotada. Los dos necesitaban ampliar su capacidad de dar y recibir cuidados. La dificultad estribaba en que Sandra y Esteban consideraban que sus posiciones estaban fuerte­ mente arraigadas en la naturaleza humana. La terapeuta podría ayudarlos a liberarse de esta creencia investigando cómo se desarrollaron esos roles en sus respectivas familias de origen, centrando la atención especialmen­ te en los resultados que han tenido para los miembros importantes de la familia. Podrían asignarse tareas que los obligaran a ensayar el rol predominante del otro o, a la inversa, que exagerasen estos roles hasta llegar al extremo de lo absurdo.

El enojo. Aunque Esteban y Sandra no pensaban que la de ellos era una pareja que se trataba a los golpes, sus peleas ocasionalmente los llevaban a una situación de violencia física. La terapeuta, sensible a esta negación y también al esquema de intensificación gradual que es típico en la violencia conyugal, podría mantener este tema sobre el tapete insistiendo en que la tuviesen informada sobre sus planes de evasión y las señales de intensificación de la violencia y en que le relatasen detallada­ mente el tipo y el alcance exactos de la violencia física de sus peleas. En este matrimonio uno de los antecedentes de la violencia había sido la acumulación de enojos no analizados ni resueltos. La terapeuta podría prescribir peleas más frecuentes y menos intensas, enseñarles técnicas de pelea limpia, ayudar a la pareja a identificar el mal humor cuando se suscitaba en las sesiones y abordarlo allí.

SANDRA Y ESTEBAN

La calma siguió a la crisis de esta pareja. Durante varias semanas Sandra y Esteban se trataron cautelosamente y no se exigieron ni esperaron mucho del otro. Usé este tiempo para hablar de ampliar la visión que ellos tenían de lo que podía ser un marido y una esposa. Los insté a mantener el aspecto de la relación relativo a los cuidados estrictamente en el nivel de la conversación. Por el momento, debido a

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su reciente pelea y a la cautela con que se trataban ahora. Pensé que se trataba de un buen momento para que trabajasen sobre el tema del autocuidado y sugerí que cada uno comenzase a dar pequeños pasos para cuidar de sí mismo. Una noche Sandra le preguntó a Esteban si le gustaría ir a ver una película juntos. Ella eligió el filme, verificó el horario de la proyección y fue al banco a cobrar un cheque para que no se quedasen sin dinero en efectivo. Esteban dijo que había sido una noche divertida, además de ser diferente de sus salidas habituales por el hecho de que S