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UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA EQUINOCCIAL

Nombre: Christian Mauricio Quintana Calvache


Título del ensayo: DEMOCRACIA PARTICIPATIVA
Curso: PARTICIPACIÓN CIUDADANA E INCLUSIÓN SOCIAL
Profesor: Dr. Washington Casamen Taco

ENSAYO ACTIVIDAD TRES

“Crisis económica, exclusión social y nuevas respuestas para la inclusión desde el sector de
acción social”

Nadie puede negar que la crisis económica de las dos últimas décadas a nivel mundial ha
tenido y tiene grandes repercusiones en el bienestar de la población, de manera especial,
aunque no exclusiva, en los países en desarrollo. Y la explicación es sencilla y obvia: si las
economías nacionales se deterioran por disminución de bienes y servicios e intercambios
económicos en un mundo globalizado afectan directamente a la economía local y familiar,
ahondando la situación de pobreza y consecuente exclusión social.

La pobreza entendida como la imposibilidad de acceder a bienes e ingresos económicos, a la


vez de disponibilidad de servicios básicos y satisfacción de necesidades básicas (alimento,
salud, educación, vivienda, entre otros), se profundiza si la macro economía nacional se ve
afectada por falta de liquidez, aumento de importaciones frente a las exportaciones, la
inflación y el endeudamiento público. Es de esperarse que en este ambiente las fuentes de
empleo disminuyan y el desempleo o subempleo golpeen a las familias menos favorecidas.
Conjuntamente a este escenario, la inversión pública para la dotación de servicios se restringe
generando crisis social y un crecimiento de las desigualdades sociales.

Este es el escenario para que la exclusión social se manifieste clara y evidente. La exclusión
social se relaciona a menudo con la pobreza o con la existencia de determinadas condiciones
materiales de existencia. Sin embargo, la exclusión social se puede vincular con procesos más
amplios, articulada a múltiples desigualdades en el transcurso de la vida de las personas.

La exclusión social es, en este sentido, aquello que impide el pleno desarrollo de las personas
según sus verdaderos deseos y capacidades. Desigualdades de todo tipo entran en juego en la
definición de la exclusión social, y cada persona puede experimentar dicha exclusión de formas
diferentes, aun compartiendo unos condicionantes similares.

La exclusión social puede verse intensamente marcada por una condición de escasez de
recursos económicos, aunque no siempre ocurra por estos, o junto a estos motivos. Sin
embargo, hoy vemos con la crisis económica que los procesos de empobrecimiento de ciertos
sectores de la población, también pueden y deben leerse en términos de sus efectos
excluyentes respecto a los espacios sociales y culturales que no tienen ninguna base
económica. En estas dinámicas es evidente que la pobreza es un factor determinante que
puede arrastrar hacia la exclusión. En otros casos, sin embargo, la relación puede ser inversa,
pareja o, incluso, no existir. Así, hallaremos personas en una situación de pobreza objetiva que
participan plenamente de la vida social en su entorno inmediato, independientemente de que
sean empleados de bajo salario, personas en situación de desempleo o pensionistas. En el otro
extremo también hallamos personas con una situación económica y financiera relativamente
estable que padecen una grave exclusión o rechazo social. En estos casos, factores como la
salud, educación, raza o religión pueden ser los motores principales de su exclusión.

En este marco de contexto, es necesario que desde el sector de la acción social, que no
necesariamente corresponde a las instancias públicas relacionadas con el bienestar social
deban cambiar sus enfoques de trabajo de manera que no solo reconozcamos las
desigualdades sino que se logre la implementación de políticas y acciones concertadas para
alcanzar la verdadera inclusión social que supere los enfoques conceptuales de los estados de
bienestar establecidos desde mediados del siglo pasado como mecanismos de protección ante
la pobreza y la exclusión generadas por un sistema económico profundamente desigual.

Hoy, ante los grandes cambios y brechas sociales que introducen las nuevas formas
productivas, las estructuras del bienestar resultan cada vez más incapaces, por su propia
organización y funcionamiento, de dar respuestas adecuadas a fenómenos emergentes de
desigualdad, y apenas llegan a cubrir los aspectos más básicos de la protección social para los
que fueron concebidos. Estas situaciones requieren hoy de una intervención particularizada e
integral, capaz de comprender los efectos de exclusión que puede producir una cierta
interrelación de elementos o factores sobre una persona concreta, buscando a partir de esta
misma, de sus deseos, necesidades y capacidades, las respuestas que mejor se adapten a su
situación.

En este escenario, algunos órganos e instituciones tienen claro que no pueden trabajar solos
en la lucha contra la exclusión social, y el Tercer Sector debe ser su principal aliado. Sin
embargo, esta posición no está suficientemente extendida en todos los niveles y ámbitos de la
administración. El Tercer Sector se ha convertido en un actor de extrema importancia que ha
experimentado un crecimiento y una diversificación sin precedentes. La trayectoria seguida
hasta aquí por las entidades de acción social ha sido muy irregular. Mientras en la mayor parte
de casos se han ido introduciendo progresivamente criterios de calidad y de contenido
estratégico de gran trascendencia que han cambiado completamente el rostro de algunas
organizaciones, en otros casos persiste una actuación de carácter asistencial y paternalista,
que genera impactos muy bajos o prácticamente nulos en términos de cambio o
transformación social para la erradicación de la pobreza y la mejora de la inclusión social.