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CRIOLLO: DEFINICION y

MATICES DE
UN CONCEPTO

POR

------- JOSE JUAN ARROM

(Yale University, New Haven, Connectícut)

eyendo en el último número de Hispania el valioso trabajo


L del profesor J. E. Davis sobre los americanismos de "El
inglés de los guesos", he notado que se define el término "crio-
llo" como: "American child of Spanish parents" (1). En cam-
bio, en la reseña de un notable libro sobre nuestra cultura
colonial, aparecida en el New York Times, un conocido ame-
ricanista lo emplea del modo siguiente: " ... as fast as the
Indian and Negro wards of the Spaniards were taught to read
castilian, these Creoles ... " (2) Como estas citas son sólo dos
ejemplos de los distintos y hasta opuestos sentidos en que se
viene usando dicho vocablo, creo que tal vez interesaría a los
lectores de Hispania seguir la trayectoria de esta palabra para
conocer su significado original y observar los matices que ha
ido adquiriendo en los cuatro siglos que lleva de vida en nues-
tro idioma. (3)
Siguiendo un orden cronológico, encuentro por primera vez
esta voz a fines del siglo XVI, en la Historia natural y moral
de las Indias del padre José de Acosta. En esa obra, publicada
en 1950, se emplea en sólo una ocasión para aludir, de paso,
a los "criollos" (como allá llaman a los nacidos de españoles
en Indias) (4). Ahora bien, el sentido que por esa misma época
le dan otros escritores es más amplio. El Inca Garcilaso de

(1) Jack Emory Davis, "The Americanismos in El inglés de los


guesos", Hispania (1950), XXXIII, número 4, p. 336.
(2) Herschel Brickell, "Art. and Life in New Spain", New York
Times Book Review, Jan. 1, 1950, p. 5.
(3) Por supuesto que el tema tiene ramificaciones en portugués,
rrancés, inglés y otros idiomas.
El objeto de estas pesquisas se circunscribe a la lengua española y
a los "criollos" sólo en cuanto el término se refiere a los de Hispa-
noamérica.
(4) José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, libro IV,
cap. 25. Primera edición: Sevilla, 1950. Cito por la edición de Madrid,
1742, p. 247.

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la Vega, por ejemplo, explica en la Primera Parte de los Co-
mentarios reales, publicada en 1609, que criollo "es nombre
que lo inventaron los negros y así lo muestra la obra. Quiere
decir entre. ellos negro nacido en Indias; inventáronlo para
diferenciar los que van de acá, nacidos en Guinea, de los que
nacen allá, porque se tienen por más honrados y de más ca-
lidad, por haber nacido en la patria, que no sus hijos, porque
nacieron en la ajena, y los padres se ofenden si les llaman;
criollos. Los españoles, por la semejanza, han introducido este
nombre en su lenguaje para nombrar los nacidos allá. De ma-
nera que al español y al guinea, nacidos allá les llaman crio-
llos y criollas." (5)
y Silvestre de Balboa, en un poema escrito en Cuba en 1608,
emplea el término precisamente como lo define Garcilaso,
pues describe a un joven blanco como
... mancebo galán de amor doliente,
criollo del Bayamo, que en la lista
se llamó y escribió Miguel Batista, (6)
y más adelante se refiere a otro cubano, llamado Salvador, de
la manera siguiente:
i Oh, Salvador criollo, negro honrado!

y no porque te doy este dictado


ningún mordaz entienda ni presuma
que es afición que tengo en lo que escribo
a un negro esclavo y sin razón cautivo. (7)
Queda visto en estos ejemplos que no era la pigmentación
de la piel ni la condición social lo que caracterizaba al criollo,
sino haber nacido en el Nuevo Mundo, de ascendientes no in-
dígenas, bien fuesen europeos o africanos.
y aclaremos que la condición, esencial y determinante, de
haber nacido en el Nuevo Mundo no es mera frase ni simple
accidente. La tierra, la vegetación y el clima que los colonos
encuentran en el recién descubierto continente son tan dis-
tintos a los que habían dejado allende el mar, que el proceso
de adaptación a esas nuevas condiciones físicas improvisan
soluciones de tipo cultural distintas también de las que deja-
ron en sus distantes comunidades de origen. El conjunto de
esas nuevas soluciones, ese vivir de manera diferente en una

(5) Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los Incas,


Primera parte, libro IX, cap. 31. Edición de Madrid, 1723, pp. 339-340.
(6) Silvestre de Balboa, Espejo de paciencia, La Habana, 1941.p. 91.
(7) Ibid., pp. 103-104.

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tierra diferente, crea, por extensión, un clima social parecido,
pero no idéntico, al de la vieja patria lejana. La convivencia
con una población indígena de muy diversos patrones cultu-
rales acelera e intensifica el proceso, de manera que cuando
surge la primera generación de hombres nacidos en Indias,
tanto el ambiente geográfico primario como el social deriva-
do ejercen un influjo decisivo en el modo de ser, de pensar
y hasta de hablar de estos "hombres nuevos" del Nuevo Mun-
do. Lo que le acontece al hijo del colono europeo le sucede, tal
vez con más razón, al hijo del esclavo africano. Y como tanto
el uno como el otro son productos del medio en que viven,
por igual adquieren matices culturales comunes que los dis-
tinguen de los inmigrante s que posteriormente siguen lle-
gando del Viejo Mundo.
Prueba de que esos matices diferenciantes eran fácilmente
observables desde antes de terminar el siglo XVI la dan al-
gunos documentos literarios de la época. Así, en 1951, el doc-
tor Juan de Cárdenas, médico sevillano con larga residencia
en México, dedica un capítulo de su libro Problemas y secre-
tos maravillosos de las Indias, a explicar las diferencias en
modales, expresiones verbales y actitud mental que distin-
guían al nacido en Indias del "cachupín o rezín venido de
España". (8) Precisamente las mismas cualidades que señala
Cárdenas las enumera en 1604 Bernardo de Valbuena al des-
cribir a la juventud mexicana. (9) Y no sólo las diferencias,
sino también el resultante antagonismo -que dividía ya a
los de acá y a los de allá queda consignado--, también en
1604, en la Sumaria relación de las cosas de Nueva España
del criollo Baltasar Dorantes de Carranza. (lO)

(8) Juan de Cárdenas, Problemas y secretos maravillosos de las


Indias, libro III, cap. 2. Primera edición: México, 1950. Cito por la
edición facsimilar, Madrid, 1945, pp. 176-178.
(9) Bernardo de Valbuena, Grandeza Mexicana, cap. III. Primera
edición: México, 1604. En la edición de México, 1941, véase especial-
mente las páginas 39-40.
(Iü) Baltasar Dorantes de Carranza, Sumaría relación de las cosas
de la Nueva España, México, 1902, pp. 112-114 Y 150-154. Del primer
trozo proceden las frases: "Oh, Indias, madre de los extraños ...
madrasta de vuestros hijos ... " En el segundo se halla el soneto que
cito a continuación como síntesis del resentimiento criollo:
Viene de España por el mar salobre
a nuestro mexicano dimicilio
un hombre tosco, sin algún auxilio,
de salud falto y de dinero pobre.
y luego que caudal y ánimo cobre,
le aplican en su bárbaro concilio,

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Fácil resultaría abundar en esto de los rasgos diferencian-
tes, y sobre todo en los opuestos puntos de vista de criollos
y peninsulares, especialmente a medida que avanza el colo-
niaje y se hace más agria y violenta la pugna. (11) Como no
es ése nuestro propósito, sino seguir sucintamente la trayec-
toria histórica del vocablo, pasemos a examinar otro ejemplo,
y sea éste de la segunda mitad del siglo XVII. El doctor Juan
de Espinosa Medrano, en su célebre Apologético en favor de
don Luis de Góngora, publicado en 1662, explica: "Tarde pa-
rece que salgo a esta empresa; pero vivimos muy lejos los
criollos, y si no traen las alas del interés, perezosamente nos
visitan las cosas de España", (12) Sabido es que Espinosa Me-
drano fue, como Garcilaso, un peruano en cuyas venas corría
buena proporción de sangre indígena. Si un docto mestizo se
llama así mismo criollo, es evidente que el término carecía de
connotación racial y tenía esencialmente el significado cultu-
ral que hemos venido notando. (13)
En el siglo XVIII no varía el contenido ideológico de esta
palabra. Jorge Juan y Antonio de Ulloa la emplean en 1748
sin darle la menor connotación racial, pues consignan, prime-
ro, que "el vecindario blanco que habita en Cartagena se pue-
de subdividir en dos especies: una de los europeos y otra de los
otros como él, de César y Virgilio
las dos coronas de laurel y robre.
y el otro que aguj etas y alfileres
vendía por las calles, ya es un conde
en calidad, y en cantidad un Fúcar:
y abomina después el lugar donde
adquirió estimación, gusto y haberes,
y tiraba la jábega en Sanlúcar.
(11) Esa pugna fue, como se sabe, de carácter esencialmente polí-
tico. En lo cultural, si bien es cierto que existen los matices dife-
rencíatívos que acabo de puntualizar, españoles e hispanoamericanos
constitutivos un solo cuerpo de cultura dentro de la occidental. Se
trata, pues, de diferencias dentro de un mismo patrón general que
resultan insignificantes si se comparan, digamos, con las que nos
distinguen de los franceses.
(12) Juan de Espinosa Medrano, Apologético en favor de don Luis
de Góngora, Lima, 1662, sección "Al letor" en las páginas prelimina-
res sin numerar.
(13) Cabe citar aquí, a manera de aclaración, el siguiente párrafo
de don Pedro Henríquez Ureña: "Resulta artificial trazar una tajante
línea divisoria entre el criollo como descendiente puro de europeos
y el mestizo como hombre de sangre mezclada. Por regla general, de-
cíase criollo al miembro de los grupos sociales más altos, aun cuando
tuviese sangre india, acaso no muy perceptible después del siglo XVI,
pues los grupos a que pertenecía continuamente se mezclaba, por
matrimonios, con los recién llegados de Europa ... " (Las corrientes
literarias en la América Hispánica, México, 1949, p. 215. Nota 15).

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· criollos, o hijos de aquel país", (14) y poco después apuntan
que los negros "se dividen en dos estados, que son libres y
esclavos, y uno y otro en otros dos, que son criollos y boza-
les". (15) Igualmente, en 1788, fray Iñigo Abbad declara que
en Puerto Rico, donde se había extinguido ya la población
indígena, "dan el nombre de criollos indistintamente a todos
los nacidos en la isla, de cualquiera casta o mezcla que
sean". (16)
Pasemos ahora a los siglos XIX Y XX. En el primer tercio
del siglo XIX comienzan dos procesos históricos que matizan
el sentido del referido término aunque sin cambiar, por su-
puesto, su condición esencial. Estos dos procesos son la prohi-
bición de la trata de esclavos y la formación de las naciona-
lidades.
Con la prohibición de la trata dejan de llegar los carga-
mentos de africanos. Como consecuencia, en aquellas regiones
donde una parte considerable de la población era negra, a me-
dida que desaparecen los "guineas", "bozales" o "de nación",
van quedando sólo los "criollos". Y al llegar a ser criollos. se
nace inútil el uso de un adjetivo que subraye una .diferencia
ya inexistente. En otras regiones, donde los negros formaban
una parte exigua de la población, esos pequeños grupos fueron
disminuyendo progresivamente absorbidos por los grupos pre-
dominantes. (17) Ambas razones contribuyeron a que "criollo"
se usara, cada vez más, únicamente para diferenciar a los
blancos nacidos en la América de los que continuaban lle-
gando de España,. y también de Alemania, Italia, Irlanda,
Francia y otros países. Así se explica que en 1883 el peruano
Juan de Arana añrmara que criollo "designa lo americano,
pero de puro origen europeo"; (18) Aunque lo de "puro origen
europeo" no deje de parecernos, tanto histórica como etnográ-
ficamente, un puro dislate, ese significado exclusivo ha corri-
do con fortuna y de él se han hecho eco casi todos los diccio-
narios. El lector habrá de tener en cuenta esa connotación,

(14) Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del viaje a


la América meridional, Madrid, 1748, tomo 1, libro 1, cap. 4, p. 40.
(15) Ibid., p. 43.
(16) Iñigo Abbad, Historia geográfica, civil y política de la isla de
San Juan Bautista de Puerto Rico, Madrid, 1788, p. 267.
(17) En Chile, a principios del siglo XIX, se estimaba una población
negra de unos 120.000;hoyes difícil hallar uno. En la Argentina, en
tiempos de Rosas, había en Buenos Aires numerosos negros; hoy han
desaparecido casi por completo.
(18) Juan de Arana (seudónimo de Pedro Paz Soldán y Unanue);
Diccionario de peruanismos, Lima, 1883, p. 264.

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pero sin olvidar que si todos los nacidos en la América, de
origen europeo, son criollos, no todos los criollos son necesa-
riamente, de puro origen europeo.
Los sentimientos nacionalistas que surgen al desmembrarse
el vasto imperio colonial afectan, en otro sentido, el significado
de "criollo". A principios del siglo XIX todavía se sentían los
fuertes vínculos unitarios que permitieron las proezas mili-
tares de un argentino en Chile y de un venezolano en Colom-
bia y el Ecuador hasta converger ambos sobre el Perú; es de-
cir, se tenía plena conciencia de que constituíamos una sola
comunidad política al igual que lingüística y cultural. Pero
con el triunfo de las armas americanas, y por razones que no
cabe aquí explicar, (19) fuimos fragmentándonos y levantan-
do artificiales barreras políticas que no por artificiales fueron
menos eficaces para separarnos y aislarnos. Como resultado,
los crlollos dejamos de ser los "hombres nuevos" del Nuevo
Mundo, americanos todos, para transformarnos en argentinos
y uruguayos, bolivianos y peruanos, colombianos y paname-
ños, mexicanos y guatemaltecos, dominicanos y cubanos. Y
"criollo", ajustándose al nuevo concepto, vino a significar no
lo americano esencial, sino lo nacional y particular.
Basten algunos ejemplos. Del Perú, precisamente, es la fra-
se "venían dos chilenos y un criollo" (20) donde "criollo" equi-
vate a "peruano". De Chile es la copla
Color 'e la tierra mesma
tiene su cara:
a esa linda crioyita
quien la besara, (21)
donde "criollita" significa, por supuesto, "chilena". Y en el
propio "El inglés de los guesos", cuando doña Casiana dice:
"Tomá inglés sonso, pa que no te metás con las criollas", (22)
dudo que quiera decir con las "American children of Spanish
parents", sino con las "argentinas". Y es más, como lo autóc-
tono argentino se ha venido identificando con lo rural y lo
gauchesco, "criollas" tiene allí el valor de "campesinas argen-
tinas".
(19) Puede consultarse el ameno y penetrante estudio de Germán
Arciniegas, Este pueblo de América, México 1945, especialmente las
páginas 151-163.
(20) Citada por Augusto Malaret, Diccionario de americanismos, 3!J.
ed., Buenos Aires, 1946, p. 267.
(21) Augusto Malaret, Los americanismos en la copla popular, New
York, 1947,p. 51.
(22) Benito Lynch, El inglés de los guesos, 6!J.ed., Buenos Aires, 1940,
p.265.
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Ahora en cuanto a animales y objetos inanimados. En la
provincia de Buenos Aires, por ejemplo, he visto a un tipo
caballar, completamente diferenciado de otros tipos equinos,
al que se designa por "caballo criollo". "Criollo" significa allí
"argentino", y cuando más "rioplatense", pues no se encuen-
tra esa clase de caballos en otras regiones de Hispanoamérica.
Del mismo modo, en Cuba se cosecha una papa llamada "crio-
lla" para distinguirla de las importadas de los Estados Uni-
dos. Corno todas las papas son de origen americano (inclusive
las "Irish potatoes!"), es evidente que el adjetivo significa
"cubana". Y los que hayan aprendido por experiencia que
para conocer cabalmente a Hispanoamérica no basta verla y
sentirla, sino que además hay que oírla, olerla y gustarla,
quizás recuerden haber saboreado esas suculentas papas crio-
llas en un guiso muy típico de Cuba, que se llama, por la
misma razón, "ajiaco criollo"., ¿A qué insistir más? Criollo,
1

en su sentido traslaticio, significa lo nacional, 10 autóctono,


lo propio y distintivo de cada uno de nuestros países.
Desde el siglo XIX, y muy especialmente en estas últimas
décadas del siglo XX, el vocablo adquiere notable vigencia
literaria en expresiones tales como "la novela criolla", "el dra-
ma criollo" y "escritores criollistas". Desglosar en todos sus
pormenores en qué consiste el criollismo literario habrá de
quedar para otra ocasión (23). Por ahora basta señalar una
de sus más importantes características. Lo criollo, en el sen-
tido traslaticio que acabamos de definir, se halla con mayor
facilidad en los campos y las pequeñas poblaciones, donde se
ha conservado con su viejo aroma familiar el espíritu de nues-
tra tradicional cultura, que en las grandes ciudades, que son
cosmopolitas. De ahí que la literatura criolla sea, en gran
parte, una literatura de carácter rural en la que predomina
el paisajismo y la descripción de ambiente y tipos locales.
Ahora bien, sin sorpresa de nadie que conozca a Hispano-
américa, cavando en la cantera de lo local se ha vuelto a des-

(23) El lector que quiera ir adentrándose en este asunto puede co-


menzar con los siguientes trabajos: Juan Carlos Alvarez, "El espíritu
criollo", Nosotros, Buenos Aires, 2'!- época, v, 1939, 67-77; Carlos Al-
berto Erro, Medida del criollismo, Buenos Aires, 1929; Mariano Lato-
rre, "Bret Harte y el críollísmo sudamericano", Atenea, Chile, XXXI,
1935, 437-462 Y XXXII, 1935, 105-109; Félíx Lízaso, "El criollismo lite-
rario", conferencia en la Universidad del Aire, recogida en los Cua-
dernos de dicha institución, La Habana, 1933; Víctor Pérez Petit,
"Defensa del drama criollo", Nosotros, Buenos Aires, 2'!- ép., IV, 1937,
239-255; Arturo Uslar Pietri, "Lo criollo en la literatura", Cuadernos
americanos, México, XLIX, N9 1, enero-febrero 1950, 266-278.

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cubrir nuestra unidad continental: el argentinismo de don
Segundo Sombra, el colombianismo de La Vorágine y el ve-
nezolanísmo de Doña Bárbara resultan, vistos en conjunto,
facetas de la unidad constituí da por la novela americana. Y
a través de la comprensión del fenómeno literario se ha ido
más lejos todavía. Los escritores, acostumbrados al intercam-
bio de libros, de revistas y de cartas, y no pocos de ellos dados
a viajar, ya como diplomáticos =-pues los diplomáticos crio-
llos han sido tradicionalmente hombres de letras- o ya como
periodistas, profesores y últimamente expatriados políticos,
han hallado que los argentinos, peruanos, venezolanos o domi-
nicanos no pueden sentirse extranjeros entre mexicanos o cu-
banos, que nos unen no sólo un idioma común sino una co-
munidad de experiencias históricas, de problemas y de aspi-
raciones, de íntimos sentimientos, en fin, la misma Weltans-
chauung que dirían los alemanes. Entre los hombres de letras,
por eso, "criollo" adquiere en nuestros días su prístino sen-
tido de "lo americano esencial" (24).
Y así volvemos donde comenzamos: criollo, en lengua espa-
ñola, es un término que indica distinciones de carácter cultu-
ral, y los criollos somos los que, sin ser indígenas, hemos na-
cido de este lado del charco y hablamos y pensamos en espa-
ñol con sutiles matices americanos. O dicho en otra palabra,
somos, individual y colectivamente, la resultante humana del
"Spanish American way of life".

(24) Este concepto está pasando rápidamente al pueblo. En La Ha-


bana, hace poco, oí un diálogo entre un limpiabotas y un vendedor
de periódicos (uno negro, blanco el otro), en que el primero asegu-
raba que tal cosa no podía suceder "entre nosotros los criollos, porque
en la América criolla ... " y se refería, claro está, a la misma América
que otro habanero, José Martí, llamó hace más de medio siglo "Nues-
tra América".

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