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Estelas Discoidales Vascas

Necrópolis de Argiñeta (B)

01 - El Origen

La mayoría de los expertos consideran a la estela discoidal como un monumento funerario,


asociado a ritos ancestrales desde antes de nuestra Era, pero no consiguen ponerse de acuerdo a
la hora de interpretar su forma, para la que existen diversas teorías. Unos consideran que este tipo
de estela fue creado como representación del disco solar o lunar, símbolo de una de las creencias
más antiguas de la humanidad, como es la influencia del sol, la luna y otras manifestaciones astrales
en la vida de la naturaleza y del hombre sobre la tierra, con el fin de que le siga alumbrando y
protegiendo en la otra vida. Otros ven la estela, especialmente aquellas dotadas de cuello y
hombros, como una identificación estilizada de la figura humana, que pudiera representar la imagen
del cuerpo enterrado a sus pies, buscando que su espíritu no se pierda en las tinieblas del más allá y
que sea honrado y recordado. Finalmente, otros piensan que la estela discoidal fue creada como un
diseño o forma geométrica perfecta y estética, fácilmente reproducible y duradera, que sirviese como
localización del lugar de enterramiento y recuerdo del difunto.
Con toda probabilidad, la mayoría de las estelas en su origen participan de alguna o incluso de las
tres interpretaciones, especialmente si tenemos en cuenta no sólo su forma sino su contenido. Así
podemos encontrar estelas de silueta antropomorfa, con dibujos de clara inspiración solar y un
diseño pleno de armonía y belleza.
La aparición de las estelas discoidales vascas más antiguas coincide con la época más confusa y
desconocida de la zona que hoy ocupa Euskal Herria. Una población autóctona, en el cruce de las
civilizaciones más importantes de aquellos tiempos: celtas por el norte y el oeste, iberos por el sur y
el este y finalmente romanos por todas partes, hacen que los siglos anteriores a nuestra Era
conviertan a nuestras estelas en jeroglíficos de difícil solución. Parece del todo imposible asegurar
cuáles de los símbolos astrales de aquellos primeros monumentos eran de creación indígena o
cuáles de influencia celta, ibérica o romana. De todas formas, parece ser que el intercambio con el
mundo celta fue más notable, si tenemos en cuenta la importancia y similitud de las estelas del norte
y oeste de la Península.
De esa época es el conocido Ídolo Mikeldi procedente del centro de Bizkaia, un claro exponente de
la influencia celta, emparentado con los toros y verracos de la meseta peninsular. Es sorprendente la
aportación indígena de un gran disco solar entre sus patas, que no se da en ninguna otra de las
esculturas similares. En la descripción que se hace del descubrimiento en 1864, según folleto del
Museo Vasco de Bilbao, se habla de unas inscripciones indescifrables en el disco y de una espiga
debajo de él para sujetar la pieza al suelo. ¿Estamos ante el primer intento de creación de una estela
discoidal, o era ya el disco de piedra un monumento funerario propio de aquellas poblaciones y su
aportación al gran ídolo venido de fuera?.
Para apoyar la teoría antropomorfa, es interesante constatar que las representaciones humanas de
esa época, grabadas sobre piedra, lucían una cabeza totalmente circular, con siluetas similares a las
de una estela discoidal, como podemos ver en las estelas tabulares de influencia romana de Iruña-
Veleia y Kanpezu.
En cambio, leyendas de Zuberoa atribuyen el origen de las estelas a sus antepasados, que
construyeron estas piedras redondas como pequeñas lunas de piedra, para conseguir que las almas
de los difuntos no volasen hacia el astro nocturno. Las llamaron hilargiak-lunas y con el
tiempo hilarriak-piedras de difuntos.
Sea cual sea el origen de las estelas discoidales y el porqué de una forma determinada, lo primero
que llama la atención de los estudiosos que se acercan a estos monumentos funerarios, es la
enorme cantidad que se ha encontrado en el territorio histórico de Euskal Herria, con gran diferencia
respecto al resto de países de Europa, hasta el punto de constituirse en uno de los conjuntos más
importantes del patrimonio cultural del país y referente obligatorio de identidad del arte vasco. Y algo
tuvo que aportar el elemento autóctono en su creación para que tal manifestación funeraria-artística
haya calado tan profundamente en los usos y costumbres de un pueblo y durante tanto tiempo. Que
hoy estemos hablando de más de 5000 estelas localizadas, más otras tantas que permanecen
enterradas, rotas o perdidas; que estemos hablando de estelas de más de 2000 años de antigüedad
y de su difusión a lo largo de la historia hasta hoy mismo, a pesar de las prohibiciones,
destrucciones, abandono y saqueos que han sufrido; que a través de sus dibujos estemos viendo
hoy la evolución de las creencias religiosas, de las costumbres, de la escritura, del arte de un pueblo
a lo largo de los siglos, nos obliga a plantearnos una actitud de curiosidad e interés, cuando no de
admiración y respeto, cosa que no han tenido en los últimos siglos.
Estelas de Irulegi (NB)
02 - La estela vasca en el tiempo
De las primeras estelas discoidales de comienzos de nuestra Era, apenas quedan muestras, debido
al tiempo transcurrido, al tamaño reducido de estos monumentos que facilita su extravío y expolio y al
escaso valor que se les ha atribuido. Muchas de ellas, de existir, permanecen enterradas Las que se
han ido descubriendo corresponden a la zona más occidental del país, que en aquella época vivió
una confusa convivencia de celtas, iberos, invasores romanos y poblaciones autóctonas. Su
influencia en el devenir posterior de las estelas es indudable, pues no sólo implantaron una forma
exterior imperecedera, sino que incorporaron a los ritos funerarios una simbología astral de
trascendencia universal, transmitiendo las creencias de nuestros antepasados en documentos
imborrables.
Desde el final de la dominación romana hasta la implantación definitiva del Cristianismo en Euskal
Herria, a comienzos de la Edad Media, el mundo de las estelas discoidales no ha dejado más huella
que unos cuantos restos dispersos, seguramente de estelas primitivas reutilizadas bajo influencia
visigoda, y las estelas de la necrópolis de Argiñeta en Bizkaia, depositadas junto a varios sarcófagos
visigóticos del siglo IX. Dado que sus hermosos y enigmáticos dibujos son de carácter astrológico, sin
ningún signo cristiano, no se puede asegurar que sean de esta época visigótica, sino muy
posiblemente de tiempos previos a la llegada del cristianismo a estas tierras. Es de destacar el
parecido de una de ellas con la estela del oppidum romano de Iruña-Veleia depositada en el Museo
de Alava.
Parece evidente que en su paso de varios siglos en intermitente lucha-convivencia con las
poblaciones autóctonas, los visigodos no facilitaron el uso de las estelas, sino que más bien
acabaron con ellas (recordemos las normas en su contra de los Concilios de Toledo en los siglos VI y
VII que cita A. Aguirre en su libro Estelas discoidales de Gipuzkoa). En todo caso, las muestras más
evidentes de su estancia en nuestras tierras fueron las inscripciones toscas que dejaron en las
iglesias rupestres y cuevas artificiales y en los epígrafes de las estelas funerarias tabulares, que
analizan A. Azkarate e I. García Camino en sus documentados estudios.
Siendo la estela funeraria una expresión del sentido religioso del hombre, de origen pagano y
“convertida” posteriormente al cristianismo, no es de extrañar la influencia que en su proliferación
tuvieron las grandes convulsiones de la Cristiandad durante el segundo milenio de nuestra Era, y
que afectaron directamente a Euskal Herria, de nuevo en la encrucijada de la grandes crisis
europeas. Las dos oleadas de fervor (o fanatismo) religioso que convulsionaron la Europa
occidental, una a comienzos del milenio, con la implantación de cientos de monasterios de las
órdenes monacales, la intensificación de la ruta jacobea y la lucha contra el avance musulmán, y la
otra, a partir del siglo XVI, con el renacimiento del catolicismo, el poder papal y la Contrarreforma,
coinciden con los dos grandes ciclos de expansión de las estelas en estas tierras, el primero en
Nafarroa y el segundo en Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa.
El resurgir de la estela discoidal en Nafarroa fue espectacular a lo largo de la Edad Media. Cientos
de monumentos han ido apareciendo en la mayoría de los pueblos de la mitad norte y la zona
pirenaica, dejando ver la recuperación de aquellos símbolos astrales de sus predecesoras e
incorporando la exquisitez geométrica del primer románico y la explícita iconografía cristiana,
principalmente cruces, potenciada por los monasterios de las Ordenes religiosas de Cluny y del
Cister. Es la época de esplendor de la estela discoidal a este lado de los Pirineos, que coincide con
el de los reinos de Pamplona y de Navarra. Se extenderá hasta los siglos XV y XVI, cuando se
establece la costumbre de enterrar a los muertos en el interior de las iglesias y los señalamientos de
las sepulturas se realizan en las losas que las cubren. Su fin coincide también con la desaparición del
reino de Navarra bajo la corona de Castilla en 1512.
Sin embargo esto no ocurre así al norte de los Pirineos. El reino de Baja-Navarra se mantiene
independiente y toda la Vasconia transpirenaica conoce tiempos de prosperidad y riqueza, bajo la
dinastía de Albret, y la conexión dinástica con Francia. El resurgimiento católico provocado por el
Concilio de Trento (1545) y las nuevas normas doctrinales de la Contrarreforma, con la Compañía de
Jesús (1534) al frente, se extiende fácilmente por tierras anteriormente propicias a herejes y
brujerías.
Comienza una de las etapas de más riqueza en el desarrollo de la estela discoidal. Los signos
astrales se adaptan a las creencias cristianas y el arte renacentista y barroco dejan su impronta,
generando un sin fin de variaciones de los símbolos renovados, sorprendentes por su iconografía
original y artística, algunas tan singulares e influyentes como el lauburu. Se mantienen los
enterramientos en terrenos próximos a la iglesia, dando lugar a un tipo de cementerio campestre
(campo santo), sin tapias, con flores y árboles rodeando las estelas, como una continuación del
entorno rural, que se hará clásico en el paisaje del norte de Euskal Herria.
Esta etapa concluye durante el siglo XVIII, con las estelas de la zona del Adur, al norte de Lapurdi, en
una especie de canto del cisne del ancestral rito funerario, bajo un estilo enriquecido, recargado de
símbolos, digno de los palacios barrocos y neoclásicos. A partir de ese siglo los cementerios se
llenan de cruces y losas, quedando las viejas estelas abandonadas.
La mayor concentración de estelas discoidales a lo largo del planeta se da en Euskal Herria. Esto es
así, si bien la distribución en cada territorio histórico es muy diferente. De una cantidad total que
hemos estimado en 5000 estelas localizadas, con carácter orientativo, más del 65% se encuentran
en Iparralde (Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa), el 25 % en Nafarroa y el resto repartidas entre
Araba, Bizkaia y Gipuzkoa. Se podría decir, a modo de simplificación histórica, que el fenómeno de la
estela discoidal como monumento funerario tuvo su máximo desarrollo en los territorios que ocupó en
su tiempo el Reino de Navarra, a un lado y a otro de los Pirineos, lo cual no es muy sorprendente si
tenemos en cuenta que la mayoría de las estelas que conocemos son de tiempos medievales y
posteriores, en la época del máximo esplendor del viejo reino.
Debemos mencionar que en el Sur de Francia y en el resto de la península Ibérica, especialmente en
la mitad Norte y Cataluña, existen también puntos de concentración de estelas discoidales, aunque
en menor proporción. Caso aparte, que se merece destacar, es el de Portugal, que con más de
1000 estelas ocupa un importante lugar en la localización de estos monumentos funerarios.
La situación actual de las estelas en Euskal Herria varía considerablemente de una zona a otra del
país.
En Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, las estelas discoidales antiguas han desaparecido de los cementerios.
Salvo algunos escasos ejemplares que forman parte del altar o la pared de alguna ermita o iglesia, la
mayor parte de su patrimonio se encuentra en los museos, Museo Arqueológico de Alava, Museo
Arquológico de Bilbao y especialmente en el Museo San Telmo de San Sebastián, que alberga una
importante colección de estelas, aunque hay que destacar que la mayoría de ellas proceden de
Nafarroa.
En los territorios de Iparralde la situación es bien distinta. El Museo Vasco de Baiona, el Museo de
Baja Navarra de Donapaleu y el Centro-Museo de Larzabale, disponen de colecciones interesantes
aunque discretas, en relación con el extenso patrimonio de Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa, de
donde proceden. La gran mayoría de las estelas permanecen en los cementerios o en zonas anejas
a la iglesia, lo que mantiene vivo el ambiente de su entorno natural, el espíritu doméstico y recogido
de los antiguos cementerios rurales vascos. En algunos pueblos estos cementerios están
ajardinados y las viejas estelas ocupan un lugar preferente. Sin embargo, en otros lugares, más
alejados de las rutas turísticas, hay que lamentar un cierto abandono.
La situación en Nafarroa es partícipe de ambos enfoques en la administración de su patrimonio. Por
un lado, el Museo de Navarra conserva una excelente colección de estelas discoidales medievales,
hoy en día almacenada, a la que podemos añadir los ejemplares celosamente guardados por
instituciones como el monasterio de Irantzu, el convento de San Francisco de Sangoza o la Casa de
Cultura de Tafalla. Por otro lado, es destacable el esfuerzo de algunos pueblos como Abaurregaina,
Etxalar, Aurizberri, Bera, Xabier y otros, en mantener en zonas ajardinadas próximas a la iglesia, las
estelas retiradas de los viejos cementerios. Añadiremos a esto las múltiples estelas que han
aparecido y siguen apareciendo en pequeños pueblos, dispersos por todo el territorio navarro, y que
se encuentran en colecciones particulares.
No existe hasta el momento ningún inventario unificado que recoja las numerosas estelas discoidales
que componen el patrimonio de Euskal Herria. Desde las primeras aproximaciones al tema de autores
foráneos como Henry O´Shea (1889) y Eugeniusz Frankowski (1920), pasando por los trabajos
fundamentales de Louis Colàs (1924) y de José Miguel de Barandiarán (1952-1970), que se
ocuparon de las estelas de Iparralde, hasta los más recientes estudios, también de ámbito parcial
publicados en libros y revistas especializadas, que conforman una abundante bibliografía, se han
contabilizado y descrito en los siete territorios de Euskal Herria, cerca de 2500 estelas, muchas de
ellas hoy desaparecidas. Otras tantas están a la espera de su estudio, interpretación y publicación.
La escasa información que se puede extraer de Internet sobre el tema, así como la más que discreta
dedicación de las instituciones culturales del País a través de Universidades, Museos y trabajos de
investigación, hacen problemática la recuperación de este gran patrimonio y difícil la incorporación
de nuevas personas interesadas en esta faceta fundamental del arte y la cultura vascas.
En el año 1979 se celebró en Lodéve (Francia) la 1ª Jornada de Estudios sobre la Estela Funeraria,
reuniendo a los mejores especialistas del mundo, lo que supuso la puesta en marcha de los
Congresos Internacionales dedicados al tema. Se han celebrado, desde entonces, seis congresos:
Baiona (1982), Carcassonne (1987), Donostia (1991), Soria (1993), Pamplona (1995) y Santander
(2002).

Etxalar (N)
03 - Tipología y motivos decorativos
Disco, pie, cuello, canto, anverso, reverso, diámetro, altura, espesor, material etc., son los
parámetros que definen la tipología de las estelas discoidales y que sirven a los expertos para
establecer su descripción y catalogación bajo unos patrones comunes, fácilmente comparativos.
La estela discoidal “prototipo” es una piedra plana de caras paralelas en forma de disco, con un pie o
vástago que sirve para ser hincada en la tierra. La zona del disco está tallada por ambos lados, a
veces también el pie y el canto, con grabados incisos o en relieve.
Por lo general, el diámetro medio de las estelas vascas se sitúa en torno a los 40 o 50 cm. y sus
variantes oscilan entre 20 y 90 cm. La forma y dimensiones del pie varían considerablemente, según
la tipología de la estela. Las estelas antiguas utilizaban el pie, normalmente recto y terminado en
punta, como parte para hincar en el suelo, dejando sobresalir únicamente el disco o en algunos
casos, como en las estelas llamadas antropomórficas, también la parte del cuello y los hombros.
Algunas estelas presentan la parte escondida bajo tierra de tamaño considerable. Al ir ampliándose
el campo de decoración de la estela, especialmente con la incorporación de fechas, monogramas y
otras inscripciones en el pie, éste fue abriéndose en forma trapezoidal y adquiriendo más altura
sobre el nivel del suelo. Esta evolución dotó a la estela discoidal de la forma clásica con que se
describe en las enciclopedias, como un disco con el pie trapezoidal de su misma altura aproximada.
El espesor puede variar de 8 a 25 cm. El material utilizado es siempre del tipo de piedra que se
localiza en las cercanías de su emplazamiento, por lo que se encuentran toda clase de formaciones
rocosas, aunque las más abundantes son la arenisca, por la facilidad de su tallado y la piedra caliza,
por su abundancia y dureza.
Siglos de intemperie y condiciones adversas, entre las que se encuentran las continuas agresiones
que han sufrido a lo largo de los años, han llevado a que la mayoría de las estelas hoy localizadas
sufran importantes desgastes y roturas, siendo sorprendente la cantidad de estelas de las que sólo
se conserva el disco, lo que muestra una clara intención de destrucción, al buscarse la rotura de la
estela por la zona del cuello, su parte más débil, golpeando en la parte superior, estando el resto
firmemente empotrado en el suelo.
La orientación clásica de los monumentos funerarios, mirando hacia el Este, como al parecer
correspondía a los ritos de origen astral, es prácticamente imposible de comprobar en las estelas
vascas, tal como se encuentran localizadas hoy en día, debido al continuo movimiento al que han
sido sometidas. Lo más probable es que lo hayan estado así en el pasado, como se puede
comprobar en algún remoto cementerio de la zona norte del país. El traslado de los antiguos
cementerios a nuevos emplazamientos (lo que supuso, por otro lado, la desaparición de la mayoría
de las “viejas” estelas), la reestructuración de los cementerios actuales, agrupando las estelas
antiguas en distribuciones ornamentales y la disposición con carácter expositivo de las estelas en los
museos, monasterios e iglesias, han convertido aquella disposición ritual y mágica de un pasado
quizá no muy remoto en una hipótesis de estudios etnológicos.
Aunque no tan numerosas, existe un número importante de estelas que se han localizado fuera de
los cementerios. En los caminos, en encrucijadas o en pleno monte, las estelas han servido, también,
para rememorar una muerte violenta o señalar puntos importantes del terreno, como lindes o
mojones de separación, en este caso posiblemente reutilizadas. Muchas han quedado desplazadas y
aparecen en lugares dispares como las paredes de la iglesia, escalones y suelos de los alrededores
o muros y firmes de los caminos.
Los grabados que decoran las estelas discoidales constituyen un amplio universo de dibujos, signos
e inscripciones dignas de estudios en profundidad y multidisciplinares, dado que se producen a lo
largo de dos milenios y bajo la influencia de muy diversas civilizaciones y culturas. Las principales
líneas de inspiración que han guiado la labor de los artesanos de estos monumentos son tres: los
motivos astrales, los símbolos cristianos y las inscripciones de nombres y fechas, todos ellos
combinados con motivos decorativos que pueden ser originales o derivados de los anteriores.
El resultado es una muestra amplia y compleja, una crónica de múltiples facetas de la evolución de
un pueblo a lo largo de un extenso período, que trasciende la mera consideración de sus ritos
funerarios y nos aporta una serie inagotable de datos de tipo etnológico, sociológico y artístico de
sumo interés para su estudio y comprensión.
04 - Símbolos astrales
De las múltiples formas a las que la tradición y los estudios etnográficos atribuyen una simbología
astral desde tiempos del Neolítico, una extensa muestra de ellas está representada en las estelas
vascas: cruces, círculos, ruedas de radios rectos y curvos, orlas de dientes de sierra y cenefas de
triángulos, espirales y triskeles, trazos repetidos y lazos, lunas en creciente y estrellas, flores de
múltiples pétalos y polígonos estrellados. Entre ellas, hay algunas especialmente preferidas por los
creadores de las estelas discoidales del país, o que se identifican más plenamente con la
idiosincrasia de los vascos, dada la innumerable cantidad de ejemplares con estos motivos que se
repiten a lo largo de más de veinte siglos, como son los círculos de dientes y de triángulos, las flores
hexapétalas y los polígonos estrellados. Estos últimos los presentamos en un capítulo aparte “Estelas
y estrellas”, dada su especial importancia y teniendo en cuenta que, aunque en su origen tuvieron un
simbolismo astrológico, posteriormente evolucionaron hacia composiciones principalmente
decorativas y artísticas.
Los primitivos artesanos de las estelas discoidales adaptaron muchos de estos signos universales
primitivos, incorporándolos a un soporte considerado como la figura perfecta por antonomasia: el
círculo, enigmática fijación durante siglos, asociada desde el principio a los ritos funerarios de origen
astrológico. Al mismo tiempo incorporaron determinados signos, símbolos y figuras derivados de los
ritos y creencias autóctonas.
La propia forma de la estela discoidal es, según la opinión más generalizada, un símbolo solar o
lunar y la orientación de su emplazamiento, que suele mirar hacia el este, así lo confirma, aunque
muchos expertos no dudan en relacionarla con la figura humana, sobre todo cuando se trata de
ejemplares con cuello y hombros. Pero, con independencia del origen y significado de su forma, lo
que verdaderamente interesa, y en eso están todos los estudiosos de acuerdo, es el hecho de que
constituyen un soporte ideal para grabar de forma perdurable una serie de signos y dibujos, bien
sean de carácter protector mágico o religioso, bien sean identificadores, o bien simplemente
decorativos, creados para acompañar al espíritu de los muertos en el más allá y ofrecer a los vivos
un motivo para su recuerdo y oración. De todos esos signos y dibujos los que más se han utilizado y
repetido a lo largo de los siglos han sido los símbolos astrales, en un principio de forma muy
esquemática, mediante incisiones de líneas geométricas simples para después ir evolucionando
hacia formas más figurativas en bajorrelieves elaborados.
Desde la aparición de las primeras estelas discoidales en los siglos previos a nuestra Era, el principal
motivo decorativo de las mismas ha sido el dibujo geométrico de simbología astral, que los
arqueólogos y etnólogos han asociado con las creencias primitivas relacionadas con los ritos
funerarios y el culto al sol. En un proceso mental muy esquemático y representativo, con una
capacidad de abstracción sorprendente, nuestros antepasados identificaban la forma y el movimiento
del sol, la luna y los astros con círculos, arcos, ruedas, lazos y espirales sin principio ni fin; la luz
solar, con flores de seis o más pétalos y estrellas de múltiples puntas; los ciclos y ritmos del día y la
noche, de las estaciones y los períodos lunares, con líneas onduladas o en zigzag, con trazos
repetidos y con cenefas de pequeños triángulos alternados.
Todo un mundo de alegorías nunca escritas, transmitidas de generación en generación a través de
los siglos y que la estela funeraria vasca ha contribuido de forma notable a conservar a lo largo de la
historia, como una crónica grabada en piedra de la tradición popular.
El Sol
El culto al sol está en el principio de todas las religiones. Su poder para la mente del hombre primitivo
es absoluto. Con el fin de conseguir la intervención benefactora de esas fuerzas sobrenaturales y
dar expresión a su culto, creó una serie de monumentos de piedra y de signos inscritos en ellos, que
han llegado hasta nuestros días envueltos en enigmas. La representación gráfica del sol está tan
arraigada en el subconsciente de la Humanidad desde los tiempos más primitivos, que se ha
convertido en el símbolo más utilizado por todas las religiones y culturas a través de la historia,
desde la más estilizada cruz de dos trazos a la más sofisticada filigrana de un polígono estrellado.
A partir de la Edad Media la simbología solar no sólo se mantiene como elemento característico de la
decoración de las estelas discoidales vascas, como la ha hecho a lo largo de los siglos, sino que
incluso se multiplica y se hace más ostensible, como exaltación de los signos cristianos. Soles,
estrellas y rayos solares rodean a la cruz y se identifican con la gracia, la luz y la gloria divinas. La
custodia, depositaria del cuerpo de Cristo, se convierte en la sublimación del símbolo solar. El diseño
de la ornamentación se hace más complejo y se prolonga a lo largo del pie; el trabajo de la piedra se
enriquece y perfecciona.
La flor de seis pétalos o hexapétala es uno de los signos gráficos más universalmente conocidos,
más incluso que la cruz y la media luna con su carácter de símbolos religiosos. Desde tiempos tan
antiguos como la Edad del Bronce hasta nuestros días, ha venido siendo utilizado por todas las
civilizaciones, primeramente como símbolo protector asociado a las creencias astrológicas y ritos
funerarios y posteriormente como elemento decorativo del arte arquitectónico o de la artesanía
popular. Como motivo funerario, es de destacar su utilización en Euskal Herria en las lápidas
tabulares de influencia romana y en las estelas discoidales, donde se repite incansablemente en
cientos de ejemplares.
En muchas de las estelas los dibujos de hexapétalas ocupan por completo uno de sus dos caras, lo
que da una idea de la importancia que se les concedía frente a los símbolos puramente cristianos,
dotándolas de un gran nivel artístico, tanto por la calidad de su diseño como por su ejecución. Se
puede llegar a pensar que el arte y la belleza logrados en estas estelas tenían una intención más
estética y decorativa que religiosa o funeraria. Para reafirmar su significado de sepultura cristiana, y
seguramente por imposición eclesial, el otro lado de estas estelas está siempre grabado con una
cruz sencilla.
De acuerdo con los tiempos, los artífices de las estelas discoidales del país supieron encajar el
antiguo símbolo de la hexapétala en las filigranas de los estilos arquitectónicos del momento. Para
ello buscaron inspiración en los rosetones y las claves de las bóvedas de las iglesias de su entorno,
rivalizando con ellas en bellas y originales composiciones, difícil labor, sobre todo teniendo en cuenta
que los canteros eran con toda probabilidad artesanos locales.
Es de admirar el partido que los artesanos vascos de la piedra supieron sacar del motivo de la flor de
seis pétalos y por extensión de la de cuatro, ocho y más pétalos, con su infinidad de variaciones y
combinaciones con otros signos. Es especialmente significativa, por la abundancia de estelas así
decoradas, la asociación de la hexapétala con el hexágono estrellado o sello de Salomón, con el
resultado de un dibujo complejo pleno de simbolismos y belleza. Es muy probable que una
divulgación tan extendida del uso de la flor de seis pétalos por todas las latitudes, se deba a las tres
cualidades que la adornan: la facilidad de su trazado con un compás o una simple cuerda, lo
agradecido de su dibujo como decoración estética y su representación simbólica como la imagen del
sol por excelencia. La gran habilidad de los artesanos para encajar y armonizar los dos signos más
universales –la cruz y la hexapétala- en una misma composición, facilitó la permisividad del uso de
este símbolo de origen pagano.
La Luna
La luna forma parte desde tiempos remotos de la mitología del pueblo vasco, donde hasta su propio
nombre -hilargia, luz de los muertos- tiene una significación asociada a los ritos funerarios. Su
imagen ha estado incorporada en la decoración de las estelas desde siglos antes del cristianismo y
su representación es abundante en la nueva época del florecimiento de las estelas discoidales. La
intención de dar sentido cristiano a los antiguos motivos paganos, como se hizo con la figura del sol
que pasó a representar la idea de Dios, la luz del Espíritu Santo y el triunfo sobre las tinieblas,
incluyó, también, la presencia de la luna y las estrellas, completando los símbolos del Universo bajo
el reinado de Jesucristo.
Por otro lado, la evolución de los dibujos abstractos de las estelas medievales hacia decoraciones
más figurativas como la flor de lis, la figura humana, los animales, los oficios, etc., tuvo como
consecuencia que la decoración con motivos astrales adoptara formas más realistas como el sol
radiante, la luna en fase creciente, las estrellas o la bola del mundo, aunque ocuparan un segundo
plano respecto al signo de la cruz. De todas formas, en algunas estelas no parece quedar muy claro
ese sentido cristiano, ya que la imagen de la diosa de la noche parece recordar más bien antiguas
creencias de los antepasados o tal vez otro tipo de códigos misteriosos relacionados con las ciencias
ocultas.

Estelas de Urzainki (N)


05 - Arte en las estelas
El arte de las estelas es un arte popular. Estos modestos monumentos funerarios, modestos en
comparación con las grandiosas tumbas y mausoleos de la antigüedad, e incluso en relación con los
sepulcros de reyes y nobles de su tiempo, nacen como encargo, no de los poderosos de la tierra,
sino de personajes y familias de pequeños núcleos humanos, mayoritariamente rurales, como
memoria y señalización del enterramiento de sus muertos. Son obras de arte modestas, dentro del
patrimonio cultural del mundo, pero llenas de contenidos estéticos, simbólicos y etnográficos, como
expresiones de la vida colectiva, las creencias, la religión, el saber, las costumbres, la organización
social y política del pueblo vasco.
Las estelas discoidales poseen una serie de características comunes que las convierten en
exponentes importantes de la cultura y el arte popular:
El mantenimiento de su tradición a lo largo de los siglos, lo que ha permitido acumular una inmensa
cantidad de obras.
La repetición sistemática del material de piedra y de su forma externa discoidal.
La continua incorporación de nuevos motivos de decoración sin abandonar formas y símbolos
ancestrales.
La sencillez y belleza de sus abstracciones esquemáticas.
La combinación armoniosa de dibujos autóctonos y foráneos.
Las originales e inagotables variaciones de un mismo motivo decorativo.
El sentido estético de las proporciones, la simetría, el ritmo y el equilibrio.
El atractivo misterioso de muchos de sus símbolos enigmáticos.
En las estelas discoidales de Euskal Herria, al igual que sucede en las obras artísticas de todos los
pueblos, hay influencias e intercambios con las culturas de los pueblos de su alrededor, así como
con otras expresiones artísticas de su propio entorno. Esto se da desde la aparición de las primeras
estelas, con dibujos de clara inspiración y simbología astral, compartida con los pueblos celtas, más
tarde con las influencias más o menos acusadas de las dominaciones romana, visigótica y
musulmana y finalmente, tras la implantación definitiva de¡ Cristianismo, con los grandes movimientos
europeos del arte románico, gótico, renacentista, barroco y neoclásico.
“El arte popular de un lugar determinado, en sus formas generales, corresponde a las necesidades
naturales del ambiente. Nada en él es casual. Aun cuando en muchas ocasiones su verdadero
sentido pueda sernos incomprensible, en sus formas primitivas está ligado, indudablemente, a la
fuente de la misma vida de una agrupación humana. Lo que es la esencia misma de una obra de
arte, la belleza, no se puede encerrar en regla ni prescripción alguna. La belleza no conoce ninguna
evolución ni en el tiempo ni en el espacio. Las obras de belleza acabada existían ya en el paleolítico,
sea como utensilios de piedra, sea como pinturas en las cuevas, etc.; y el valor de belleza de
aquellas obras de estos desconocidos artistas del paleolítico no es inferior a las obras maestras del
Renacimiento o de los artistas contemporáneos. La diferencia consiste tan sólo en el grado de saber,
en el empleo de distintos materiales y en el uso de una técnica más acabada e instrumentos de
mayor precisión.
Cada buena forma es la expresión del uso a que ha sido destinada. Expresa el sentido del objeto
dado en relación con el hombre. En su sencillez y en la finalidad de su construcción está su belleza.
Es un rasgo inconfundible de cada obra de arte el armonioso conjunto de todos sus componentes,
de los cuales cada uno corresponde a un fin determinado.
Se puede deducir, que el arte popular no se diferencia en sus formas esenciales del arte superior.
Se le puede llamar el espejo de la vida del pueblo en toda su riqueza de manifestaciones espirituales
y materiales. Su particularidad consiste en la diferencia de las condiciones, posibilidades y medios
técnicos, y lo que es más importante, en el ambiente en que se desenvuelve. El valor del arte popular
consiste principalmente en el hecho de que el pueblo, alejado de los grandes centros de la vida, ha
sabido conservar en sus creaciones un estilo propio, elaborado por muchas generaciones”.
(Eugeniusz Frankowski. “Cuestiones generales acerca del arte popular vasco”. V Congreso de
Estudios Vascos. Bergara 1930)
Arte primitivo
Lejos de las manifestaciones mágico-artísticas de las pinturas rupestres y de los abundantes restos
del arte megalítico, las muestras del arte popular en estas tierras se limitan a los escasos utensilios y
adornos de la Edad de los Metales que hoy podemos contemplar en los museos. La presencia de
nuevo de una intención artística autóctona se da con la aparición de las primeras estelas funerarias
en los siglos próximos al comienzo de nuestra Era.
Las primeras estelas funerarias de Euskal Herria aparecen entre los siglos II a. C. y II d. C.- y son una
clara muestra de representación geométrica del culto solar en los ritos funerarios indígenas. Esta
inspiración de la simbología astral perdurará a lo largo de la evolución de la estela durante siglos. La
influencia celta, junto con las aportaciones autóctonas, y la avanzada técnica del trabajo de la piedra
aprendida de la cultura funeraria romana, dieron lugar a una serie de piezas de gran belleza,
localizadas principalmente en Araba y Bizkaia y que desgraciadamente no tuvieron continuidad en los
siglos posteriores.
La geometría aplicada al diseño tiene en sí misma una belleza asociada inagotable. No parece difícil,
para una mente artística, alcanzar resultados atractivos y estéticos a partir de dibujos geométricos
más o menos complicados. Esta propiedad ha sido utilizada por el hombre desde tiempos
prehistóricos. A lo largo de todas las civilizaciones, en diferentes partes del mundo, se han ido
produciendo infinidad de figuras geométricas, muchas veces similares, persiguiendo finalidades
funcionales, decorativas, mágicas o religiosas. Líneas paralelas o en zigzag, círculos, triángulos,
esvásticas, ruedas, cruces, estrellas, lazos, etc. constituyen parte importante del acervo etnográfico y
artístico de la humanidad, desde que el hombre fue consciente de su valor como símbolo y talismán o
como elemento embellecedor de sus herramientas y utensilios.
Navarra medieval
En Euskal Herria el empleo de decoraciones geométricas en las estelas funerarias discoidales se ha
venido repitiendo, con diversas evoluciones, variantes e interrupciones, durante más de dos mil
años. Floreció especialmente en Navarra durante la Edad Media, en los siglos de máxima utilización
de las estelas como cabecera de sepulturas o señales en los caminos. Espléndidos artesanos de la
piedra recurrieron con frecuencia al dibujo geométrico, siempre que el uso obligatorio de los signos
de inspiración cristiana o las referencias al difunto se lo permitían. Utilizaron para ello los antiguos
motivos autóctonos de simbología astral, como flores, estrellas, rayos y ruedas solares, incorporando
al mismo tiempo todas las influencias de los estilos mozárabe, románico y gótico, que seguramente
conocían al participar en la construcción de las ermitas e iglesias de su tiempo. Para esta época los
artesanos encargados de esculpir estelas estaban ya imbuidos por el arte que se expandía por toda
Europa y que incorporaron a los antiguos cánones de decoración y belleza.
La Iglesia tuvo una gran influencia en el mundo medieval, no sólo por su gran poder espiritual sino
debido sobre todo a sus poderes políticos y económicos, que le permitieron competir con ventaja con
nobles y reyes en las grandes decisiones de su tiempo. También fue el principal motor para la
extensión del conocimiento de las ciencias, la historia, la filosofía, el arte y todo el saber acumulado
de la Humanidad. La implantación de miles de monasterios por toda Europa, ejerciendo de correa de
transmisión de todas las manifestaciones culturales de oriente a occidente, contribuyó a dar forma a
las expresiones artísticas que tomaron cuerpo durante la Edad Media, especialmente el arte
románico y el gótico.
Los monasterios de Leyre, Iratxe, Irantzu, Fitero, Tulebras y la Oliva, fueron sin duda impulsores del
gran florecimiento de las estelas discoidales en Navarra durante la época medieval. Su gran
ascendiente religioso, social y económico, les permitiría señala las directrices para el desarrollo de
los ritos funerarios y la construcción y los motivos decorativos de las estelas en los enterramientos.
Las influencias románicas y góticas son claramente visibles en las estelas navarras de esta época y
los artesanos navarros supieron desarrollar un sin fin de variaciones geométricas y filigranas
artísticas a partir de ellas.
Pequeños retazos del arte universal, plasmados en rosetones, claves de bóvedas, arquivoltas,
capiteles y canecillos de iglesias y monasterios, pasaron al modesto soporte de las estelas en
tumbas y caminos. Con el paso del tiempo estas joyas del arte popular fueron quedando solas en los
cementerios, al extenderse durante el siglo XV la costumbre de enterrar a lo muertos dentro de las
iglesias y desgraciadamente quedaron expuestas a la intemperie, el abandono y el olvido.
Renacimiento
A partir del siglo XVI se vivió en el norte del país un gran resurgir del uso de las estelas discoidales,
especialmente en el entorno rural, donde su empleo fue generalizado. Durante un período de cerca
de dos siglos este renacimiento dio lugar a una producción de estelas discoidales sin igual en
ninguna otra parte, más de 3.000, en una época en que su uso estaba casi desaparecido en el resto
de Euskal Herria. Sin abandonar los últimos rasgos de la influencia gótica, los nuevos aires del
Renacimiento, la Contrareforma y los jesuitas, influyeron notablemente en la iconografía de las
estelas, dando paso a una mayor libertad de improvisación de los artesanos de la piedra, dentro, eso
sí, de unas pautas cristianas más rígidas, que obligaban a incluir una cruz sin adornos en el reverso
de todas las estelas.
Las instrucciones que seguramente emanaron del Concilio de Trento y el Santo Oficio, reafirmaron el
uso casi exclusivo de la simbología cristiana, aceptando los signos astrales del pasado como signos
celestiales decorativos. Cruces de todos los tipos, calvarios, monogramas de Jesús y María,
corazones y custodias, formaron el nuevo temario de la decoración de las piedras circulares, con un
lenguaje artístico evolucionado, cercano ya al estilo barroco ornamental.
La nueva imaginería cristiana impuso la creación de un lenguaje más complicado con los nuevos
símbolos y motivos decorativos y sobre todo con el hecho importante durante este período de la
incorporación de nombres y fechas en las estelas, inscritos en latín, francés o euskera. Para ello se
utilizó tanto la orla exterior del disco como el pie de la estela, lo que contribuyó a complicar su
composición artística. Motivos continuamente repetidos fueron el hexágono estrellado, la flor de lis,
que ya se utilizada en las monedas del reino de Navarra desde la Edad Media y que en esa época
era símbolo de la realeza francesa –reyes de Francia y de Navarra-, y el monograma IHS, divulgado
por los jesuitas, no en vano las dos principales cabezas visibles de la Compañía en sus inicios eran
vascos. Asombra contemplar la originalidad y variación de cruces flordelisadas y monogramas IHS,
junto a la flor de seis pétalos tradicional. A finales del siglo XVII apareció también el lauburu como
elemento simbólico y decorativo propio.
El estilo del Adur
Los pueblos de la frontera norte de Euskal Herria, en la ribera izquierda del Aturri, aportaron un estilo
propio a la decoración de las estelas discoidales vascas, que alcanzó todo su esplendor durante el
siglo XVIII, aplicando a la piedra el virtuosismo de las tallas en madera de los arcones y otros muebles
de la época. Este estilo destaca por lo recargado de sus motivos decorativos, que se extienden
ampliamente por el pie, dotando a la estela de una altura considerable con la intención de conseguir
espacio para más ornamentos y altura para destacar sobre otros monumentos funerarios. Se acusa
ya la decadencia del uso simbólico tradicional de la estela en los enterramientos, a medida que va
siendo aceptada su sustitución definitiva por cruces y losas de piedra. Se extendió durante más de
un siglo por los pueblos del norte de Lapurdi, como Mugerre, Hiriburu, Basusarri, Milafranga,
Lehuntze, Urketa, Ahurti, Gixune, llegando su influencia hasta Arrangoitze, Jatsu y Ahierra.
Las estelas de los pueblos del Adur se caracterizan por el empleo de elementos tradicionales como
dientes de sierra, pequeños triángulos, flores, ruedas solares y lauburus, de forma generosa pero,
cabe pensar, sin ninguna intención simbólica asociada a ritos funerarios arcaicos, sino más bien a
efectos estéticos y decorativos. En algunos casos se dan hasta cuatro cenefas dentadas en el borde
del disco, lo que supone un trabajo extraordinario de filigrana sobre piedra, a la par que un cierto
sentido de ostentación ajeno al espíritu religioso del monumento. También puede interpretarse este
alarde ornamental como una expresión acentuada de los signos de la cultura vasca, que han ido
tomando forma a lo largo de los siglos, y que han sido asumidos definitivamente como propios por los
artesanos de la época.
Estela de Zibitze (NB)
06 - Estelas y Estrellas
Los dibujos geométricos son la base de la decoración de las estelas discoidales, desde su mismo
origen. La elaboración de figuras geométricas por medio de la regla y el compás ha constituido
el modus operandi de los fabricantes de estelas de todas las épocas, desde la señalización del punto
central y el trazado del disco para cortar la piedra, hasta el más complicado dibujo de un dodecágono
estrellado, según parámetros de la geometría clásica ya establecidos por Euclides 300 años antes de
Cristo en su obra Los elementos.
Formas tan sencillas como líneas paralelas, en cruz o en zigzag, arcos y círculos concéntricos,
empleadas en las estelas primitivas, dieron paso a dibujos más complicados como ruedas,
esvásticas, hexapétalas, espirales y entrelazados, hasta llegar a los pentagramas, hexagramas y
demás polígonos estrellados, sirviendo de vehículo de expresión de las diferentes creencias y dando
forma a los símbolos de los ritos funerarios.
La mayoría de estas estrellas geométricas se forman a partir de una circunferencia en la que se
encuentran inscritas. Esta es, sin duda, una de las características que facilita su perfecta adaptación
a las estelas discoidales.
Las principales formas geométricas que han ocupado las estelas vascas, han sido la flor de seis
pétalos o hexapétala, desde tiempos prehistóricos, la cruz de brazos divergentes curvos, también de
probable origen precristiano y las estrellas o polígonos estrellados de cinco, seis y más lados,
asociadas en Euskal Herria a épocas medievales y posteriores. La hexapétala, signo solar por
excelencia, se ha incluido en el capítulo de Símbolos astrales y las cruces de Malta y similares forman
parte del capítulo La cruz en las estelas. En el presente capítulo exponemos una selección de
estrellas poligonales, entre las que destacan especialmente el pentagrama o pentalfa y, sobre todo,
el hexagrama o sello de Salomón.
Pentalfa
El polígono estrellado de cinco lados, pentalfa o pentagrama, viene envuelto desde la civilización
griega en un halo de misterio, relacionado con las corrientes religiosas y filosóficas de carácter
esotérico y ocultista y con la alquimia, la magia y la astrología. Está considerado como el símbolo de
la perfección, ya que encierra en sus medidas la sección áurea o proporción divina, el valor j = 1,618
de la relación entre segmentos de determinadas figuras geométricas, como el pentágono, que ha
sido considerado en la antigüedad como el patrón de belleza y armonía en las obras de arte.
Ignoramos hasta qué punto han podido influir tales características en su inclusión en las estelas
vascas -¿misticismo, protección, signo gremial?- pero no hay duda de que les aportan un toque de
misterio y belleza.
Sello de salomón
El hexagrama o estrella de seis puntas, formado por dos triángulos equiláteros contrapuestos, es
otro de los símbolos destacados dentro de la iconografía de las estelas discoidales. Llamada
indistintamente estrella de David o sello de Salomón, participa, también, de todas las leyendas y
simbolismos de las ciencias ocultas, cabalísticas y esotéricas. Aparte de la facilidad y atractivo
estético de su trazado dentro de la circunferencia de la estela, y de la posibilidad de integración de
otros signos tradicionales como cruces y hexapétalas en su zona central, ese carácter de talismán o
símbolo protector que se le ha atribuido, ha podido contribuir a su difusión extraordinaria en el
mundo de las estelas.
Otras estrellas
Del conjunto de 1150 estelas estudiadas por el autor, cerca de un 10 % corresponden a ejemplares
con algún tipo de estrella en su decoración. Se reparten casi por igual el número de estelas con
pentalfas, el de estelas con el sello de Salomón y el resto. Entre estas últimas figuran principalmente
estrellas de ocho y doce puntas. Se ha considerado que las coronas estrelladas de más de doce
puntas forman parte con más propiedad del conjunto de símbolos solares que del de las estrellas
geométricas, así como algunas filigranas con forma de estrellas de lados curvos.
Estelas de Lakarri (Z)
07 – La Cruz en las estelas

Dejando aparte los signos cruciformes y esvásticas que desde tiempos remotos han adornado las
estelas más primitivas de nuestro entorno, podemos aceptar que las estelas discoidales han llegado
hasta nuestros días gracias a su condición de soporte funerario del signo de la cruz cristiana,
desafiando el dictado de las diferentes modas y costumbres. Su incorporación a las estelas de la
Edad Media, tras el asentamiento definitivo del cristianismo en Euskal Herria, las rescató del olvido o
la prohibición del período visigótico, promoviendo su renacimiento y extensa proliferación,
primeramente, en el reino de Navarra y con posterioridad en los territorios de Iparralde.
Una vez aceptada como obligatoria la presencia del signo de la cruz en los enterramientos como
símbolo de protección y de identidad de la población cristiana, la posibilidad de utilizar las dos caras
de la estela facilitó a los artesanos medievales la introducción del nuevo símbolo, sin renunciar al
mantenimiento de los símbolos tradicionales de inspiración pagana, dando origen a una organización
decorativa de la estela discoidal que se ha mantenido a lo largo de su historia. Esto es, por un lado,
un motivo principal, elaborado, artístico y cargado de simbología e información, tanto de inspiración
astrológica como cristiana, y que se considera por parte de los expertos como el anverso, y por el
otro, una cruz sencilla o el monograma IHS, constantemente repetidos, al estilo de las monedas que
los reyes de Navarra empezaron a acuñar en esa época. La cruz más simple de brazos iguales o cruz
griega se adaptó perfectamente al formato circular de la estela, permitiendo el complemento
equilibrado de todo tipo de símbolos en cada uno de los sectores.
Dentro de la infinita variación de formas que ha adoptado la cruz en la simbología universal, la estela
discoidal presenta un muestrario prácticamente inigualable, que ha hecho las delicias de los expertos
interesados en las clasificaciones, inventarios y terminologías, que muchas veces confunden al
profano, asignando nombres, épocas y procedencias diversas a las mismas o parecidas formas de
cruces, de la mano de definiciones históricas procedentes de la arqueología, la heráldica o la
numismática. En una época en que las Ordenes religiosas, las Ordenes militares y las Cruzadas se
extendieron por Europa bajo diferentes formas de la cruz, no es de extrañar su aparición en las
estelas discoidales de Euskal Herria. Cruces de los Templarios, de los caballeros del Santo Sepulcro,
de San Juan de Jerusalén, de los cátaros, de Calatrava, de Malta, de Santiago, etc., se mezclan en
las decoraciones, en versiones muchas veces borrosas e imprecisas, que dificultan su interpretación.
Es de destacar que no aparecen nunca en la decoración de las estelas vascas las cruces laureadas
visigóticas ni las universalmente conocidas cruces celtas.
Con el fin de que se aprecien mejor las diferencias y variaciones de los distintos modelos, y sin más
rigor que el divulgativo, hemos distribuido las estelas en varios apartados, atendiendo a la frecuencia
e importancia del uso de cada tipo de cruz en las distintas zonas de Euskal Herria. Hemos utilizado el
apelativo más común con que se les conoce, aunque no correspondan exactamente con las
denominaciones catalogadas de uso habitual en el mundo de las estelas discoidales y que proceden
principalmente de las propuestas de los investigadores franceses Leo Barbé y Pierre Ucla, conocidas
a través de los Congresos Internacionales de Estelas Funerarias. Consideramos los siguientes tipos
de cruces:
¨ Griegas ¨ Latinas ¨ Recruzadas ¨ Flordelisadas ¨ De Malta ¨ Especiales
En cada apartado se han incluido las cruces asociadas o derivadas del prototipo principal y cuando
ocupan la posición protagonista en la decoración del anverso de la estela. Así, por ejemplo, dentro
del grupo de “Cruces de Malta”, están incluidas las formadas con brazos divergentes o abocinados,
ya sean rectos o curvos y con diferentes bases, y que en el argot de las estelas discoidales han
recibido diversos nombres (recordemos las cruces de Jerusalén de Luis Colas, que J. M. de
Barandiarán llama cruces de Malta) y que representan uno de los símbolos más repetidos en las
estelas de Euskal Herria, muy a menudo en el reverso.
Las cruces que forman parte de monogramas o están acompañadas de inscripciones y otros motivos
más destacados, están incluidas en los capítulos correspondientes a esas decoraciones. También
ocupan un capítulo especial las estelas que presentan las tres cruces del Calvario, por su
singularidad y su utilización repetida en zonas muy concretas del país.
Sarrikota-pia (NB)

Por todo el verde paisaje de Zuberoa abundan las iglesias de diferentes épocas y estilos,
desde el románico al neoclásico, la mayoría de porte modesto, pero perfectamente integradas en los
pequeños núcleos urbanos, donde dibujan, junto al frontón abierto, la plaza y las casonas de tejados
de pizarra, las viejas estampas del corazón de Euskal Herria. Por lo general, permanecen abiertas
todo el día, lo mismo que el viejo cementerio junto a sus muros, donde se mantienen entre flores las
antiguas estelas de los antepasados.
Pero hay una característica en muchas de estas pequeñas iglesias que las hace inconfundibles. Sus
tres pináculos de la fachada principal, rematados con cruces diminutas, y que en algunos casos
acogen a las campanas y al reloj de la iglesia, nos confirman que nos hallamos en el país suletino.
Son las iglesias trinitarias. Ignoramos el origen del nombre y también la razón de tales remates,
aunque se les atribuyen dos posibles explicaciones. Una, como consagración a la Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, de donde vendría el apelativo, y la otra, como representación del
calvario de la Crucifixión. Más lógica parece la segunda propuesta si tenemos en cuenta que en
muchos de los casos la pieza central es algo superior a las dos laterales. En Francia se las conoce
con ambos nombres: iglesias trinitarias o iglesias con calvario. Es curioso comprobar que el alto muro
que soporta los tres pináculos está construido con esa principal función, como torre para que se
vean los pequeños triángulos de lejos, más que como espadañas, sin ninguna otra decoración y sin
sitio de acceso para las campanas, que muchas veces necesitan de casetas adosadas al muro para
su manejo y en algún caso ni siquiera funcionan como campanarios.
La mayoría de estas iglesias se encuentran localizadas en Zuberoa y algunas en las zona limítrofes
de Nafarroa Beherea.
Estelas de calvario
Esta singularidad de la representación del calvario en las iglesias se repite en el mundo de las
estelas discoidales, donde las tres cruces que aparecen en la decoración de un buen número de
ellas, especialmente en Zuberoa, nos hace suponer que existe una relación con las iglesias
trinitarias, como podría ser el resultado de una norma especial de la Iglesia o de una Misión de
penitencia y oración, como las que se celebraban periódicamente por diversas zonas del país. Avala
esta suposición la proximidad en el tiempo, ambas son creaciones de los siglos XVI y XVII; en el
espacio, ubicadas prácticamente unas al lado de las otras en la misma zona geográfica; y en el
concepto, participando de la misma imagen de la crucifixión de Cristo en el Gólgota.
Zuberoa
Las estelas de calvario de Zuberoa representan una imagen figurada de la escena de la muerte de
Jesucristo con las tres cruces de la crucifixión. La cruz principal es griega y ocupa todo el disco,
apoyada en una base escalonada. En la mayor parte de los casos son cruces recruzadas o
trilobuladas; dos de ellas tienen cruces flordelisadas, al estilo de Nafarroa Beherea, y en un solo
ejemplar aparece una “cruz de Malta”. Las dos cruces pequeñas son siempre latinas y están
dispuestas a ambos lados de la cruz central, bajo sus brazos y apoyadas en la misma base.
Pequeños círculos, estrellas y flores de lis completan la decoración.
Entre las estelas de calvario suletinas destacan tres de ellas por su singularidad: la de Iruri, con tres
cruces latinas y una rama de olivo, en una versión “romántica” del calvario; la de Etxebarre, con la
cruz principal de brazos abocinados curvos, en una aceptación expresa como tal de este símbolo,
que normalmente ocupa el reverso de numerosas estelas; y la de Altzai, con tres cruces latinas sobre
el mismo plano y única con inscripciones, junto con otra muy parecida en Aribe, Nafarroa.
Nafarroa beherea
En Nafarroa Beherea las estelas de calvario de las zonas limítrofes con Zuberoa el estilo es similar al
de las estelas suletinas, pero en el valle de Behorlegi a Garazi se da una variante más ilustrada, con
la cruz principal flordelisada y las cruces pequeñas apoyadas en el brazo horizontal. La decoración
aporta también un dato importante, la fecha, aprovechando para ello el pie de la estela. Destaca
entre ellas la estela de Hozta, actualmente en el museo de Baiona.
Nafarroa
La estelas de calvario navarras se encuentran concentradas en el valle de Aezkoa, en plenos
Pirineos, a pocos kilómetros de las estelas de Iparralde, con las que presentan un claro parentesco,
especialmente la de Aribe con un evidente parecido con la de Altzai en Zuberoa. Algunas
características que las distinguen son las cruces pequeñas separadas de la base y con sus propias
peanas y los brazos de la cruz principal terminando en bisel.
Estelas de Etxalar (N) 2008. Pedro Zarrabeitia
08 – Monogramas IHS y MA
Durante los primeros tiempos del Cristianismo, las continuas persecuciones por parte de los
emperadores romanos obligaron a los cristianos a utilizar símbolos y códigos secretos para
protegerse e identificarse entre ellos. Utilizado ya en los epitafios de las primeras catacumbas de
Roma, el que más ha perdurado es el Crismón, abreviatura del nombre de Cristo en griego, formada
por las dos primeras letras X y P superpuestas. Su gran divulgación y aceptación como símbolo
cristiano se produjo en el siglo IV a raíz de su adopción como estandarte por el emperador
Constantino I, primer emperador romano convertido al Cristianismo, que lo impuso en todo el Imperio.
Su versión medieval, encerrado en un círculo y con la incorporación de las letras A (Alfa), W
(Omega) y S (Sigma), igualmente asociadas a Jesucristo, tuvo innumerables representaciones en las
iglesias y monasterios de la época.
No obstante, su presencia en las estelas discoidales de Euskal Herria fue muy escasa, si nos
atenemos a la reducida cantidad de ejemplares encontrados. Este hecho no deja de ser extraño,
considerando su extensión por toda la cristiandad, especialmente en las iglesias medievales, y
teniendo en cuenta la forma propia del crismón, tan fácilmente adaptable a la tipología de las estelas.
Podría interpretarse que este jeroglífico de letras griegas, se hacía más difícil de entender para los
primeros cristianos de estas tierras que la simple cruz de la crucifixión o el monograma de Jesús IHS,
también obtenido a partir de las letras griegas de su nombre, pero fácilmente latinizadas y traducidas
por el “Jesús Hombre Salvador”.
De hecho el signo cristiano que prevaleció durante la Edad Media en las estelas vascas, período casi
exclusivamente circunscrito al reino de Navarra, fue la cruz con sus múltiples variaciones, como
hemos visto en los capítulos anteriores. Más tarde, en el siglo XVI, llegaría la difusión extraordinaria
del uso de la estela en los cementerios de Iparralde y el monograma de Jesús pasaría a ser uno de
los signos más empleados en las decoraciones funerarias, impulsado por dos grandes santos
amantes del nombre de Jesús como San Bernardino de Siena, predicador franciscano del siglo XV,
que lo mostraba en su báculo en los sermones y, especialmente, San Ignacio de Loyola que lo utilizó
como sello personal y emblema de la Compañía de Jesús.
Las primeras versiones del monograma IHS aparecen en las estelas vascas durante el siglo XVI, al
principio en su forma más simple, las tres letras en minúscula en un cuadrante de la estela, para
después pasar a ocupar el centro del disco y adquirir el protagonismo definitivo de su decoración a lo
largo del siglo XVII, en lo que se podría considerar como una de las más curiosas e interesantes
muestras de la evolución de un símbolo gráfico en la historia del arte.
Con sus mil variaciones, adornos y deformaciones, los canteros vascos demostraron su gran
habilidad para no repetirse y su cualidad, bien demostrada en el mundo de las estelas, para obtener
expresiones artísticas de los motivos más comunes. En estas estelas del monograma podemos ver
influencias de todos los estilos que se manifiestan a través de múltiples combinaciones, oscilando
entre las ornamentaciones más recargadas hasta el esquematismo casi abstracto de muchos de los
dibujos.
A esta riqueza de las expresiones gráficas del monograma IHS contribuyó, también, la inclusión de
complementos iconográficos como los tres clavos de la Crucifixión, el corazón de Jesús, la corona
radiante, las letras alfa y omega y sobre todo el monograma MA del nombre de María, con los que se
consiguieron combinaciones de una gran originalidad y belleza.
El nombre de Jesús
Los primeros monogramas de Jesús y María en las estelas vascas fueron en letras minúsculas y
subordinadas a la cruz central. Posteriormente la tilde de abreviatura se incorporó a la h del IHS,
formando la cruz y pasó a constituir la decoración principal del disco. A partir de ahí, las variaciones
en todos los estilos fueron incontables, enriqueciendo el diseño original con todo tipo de elementos
astrales, vegetales y filigranas, e incluyendo motivos inusuales, como el crucificado de la estela de
Arrangoitze o abstracciones como las de Izize y Maule.
Conviene señalar que los canteros del lado sur de los Pirineos, en los valles del norte de Navarra,
que quizá trabajaban a ambos lados de la “muga”, formaron parte de este despliegue ornamental del
monograma IHS, incorporándolo en las losas de las tumbas y en las portadas de las casas, cuando
ya las estelas habían desaparecido de los cementerios.
Con la implantación del monograma de Jesús como motivo innovador en la decoración de las estelas
de Iparralde del siglo XVI, se produjo un gran avance en el nivel artístico y técnico de los artesanos
de la época, que, sujetos a un tema común, tuvieron que esmerarse para lograr efectos originales y
no repetitivos, haciendo hincapié en la variación y calidad de los adornos acompañantes.
Especialmente importantes fueron las variaciones labortanas de este monograma (se dieron casi
exclusivamente en Lapurdi), que combinando una rica ornamentación de la cenefa de la estela con el
estilizado, la deformación e incluso la eliminación de alguna de las letras, consiguieron unos
resultados artísticos notables. Las coronas de dientes y arcos glorifican el nombre de Jesús, así
como la combinación con pequeños símbolos florales y solares. Quedan en el misterio los posibles
mensajes, hoy desconocidos, de la manipulación de las letras del monograma, como la creación del
símbolo geométrico parecido a un dólar, donde la letra S cobra un gran protagonismo,
representando a veces a una serpiente y consiguiendo resultados plenos de equilibrio y modernidad.
La incorporación del monograma del nombre de María MA y de las letras alfa y omega añadió más
complejidad a las combinaciones.
Alfa y omega
La inclusión de las letras alfa y omega del Apocalipsis en la iconografía cristiana se dio desde los
primeros tiempos del Cristianismo, tanto solas como añadidas al monograma de Cristo en el crismón,
o colgadas de los brazos de la cruz al estilo visigótico, como vemos en uno de los sarcófagos de
Argiñeta, en este caso en orden invertido por su carácter de epitafio funerario. En las estelas vascas
de Iparralde su presencia fue muy escasa pero de singular originalidad y belleza, como puede
apreciarse en el ejemplar de Arhantsusi, con las dos letras superpuestas, ejemplar único entre
nuestras estelas, así como en las cuatro estelas incluidas en el libro, donde las letras alfa y
omega envuelven al monograma IHS estilizado que hemos visto en las páginas anteriores, en un
ejercicio de síntesis y equilibrio que viene a ser la quintaesencia de la estela discoidal vasca de ese
período.
09 – Nombres y fechas

A partir del siglo XVI la decoración de las estelas discoidales en Euskal Herria experimentó un
profundo cambio, con la incorporación de los nombres y las fechas, a medida que el pueblo llano se
fue alfabetizando. Hasta entonces la inscripción de textos, tan común en las estelas de influencia
romana de los primeros siglos de nuestra Era, no se había continuado en las estelas autóctonas en
los siglos posteriores, salvo en algunos ejemplares aislados de la época visigótica con inscripciones
también en latín.
Esta evolución se produjo en los territorios de Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa, contribuyendo
al gran desarrollo de las estelas discoidales en esa zona, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En los
demás territorios, especialmente en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, las sepulturas con estelas habían
desaparecido siglos antes y en Nafarroa coincidió en el tiempo con el cambio de costumbres
funerarias y los enterramientos en el interior de las iglesias, lo que supuso perder el notable impulso
que significó para las estelas la introducción de textos, que por otro lado se utilizó en las losas
sepulcrales y en los dinteles de las casas y que más tarde se recuperó, aunque con poca fuerza, en
algunas estelas tardías del siglo XIX.
La incorporación de letras y fechas en las estelas facilitó en gran medida la intencionalidad y el
mensaje a trasmitir en la cabecera de las tumbas. Por un lado, la protección contra el demonio o los
malos espíritus, que hasta entonces se había buscado con la presencia de la cruz y los ancestrales
signos astrológicos, quedó reforzada con la incorporación de los nombres y monogramas de Jesús y
María.
Por otro lado, la identificación de la estela con el nombre del difunto o de su casa, permitió organizar
mejor los cementerios y dio más valor y perdurabilidad a los monumentos, en su cometido de
recuerdo y lugar de oración. Finalmente, la dificultad de incluir nombres y fechas en el espacio
limitado del disco obligó a los artesanos a distribuir los motivos en nuevas combinaciones. Así, los
pies fueron agrandándose en forma trapezoidal y las orlas se llenaron de inscripciones al estilo de
las monedas de la época.
Las representaciones de instrumentos de los oficios no eran ya necesarias para la identificación del
difunto y pasaron a significar un complemento de su personalidad o referencia del gremio, a la
manera de un sello decorativo. Todo ello condujo a elevar el nivel artístico de los diseñadores y la
calidad técnica de los canteros. Las estelas ganaron en complejidad, información, armonía y belleza.
El proceso se inició probablemente con los monogramas de Jesús y María acompañando a la cruz,
de acuerdo con las directrices del Concilio de Trento y la poderosa influencia de la Compañía de
Jesús. Posteriormente se fueron incorporando las fechas, solas o junto a los monogramas, y
finalmente llegó la aceptación definitiva de los textos, con la inclusión de los nombres de los difuntos
o de sus casas. La múltiples combinaciones de los tres elementos a inscribir, monogramas, fechas y
nombres, solos o acompañados, hacen difícil su selección y presentación. Por eso en este libro se
dedica un capítulo exclusivamente a los monogramas, dada su abundancia y fuerza creativa, y el
presente a las estelas con nombres y fechas, dispuestas en orden cronológico desde 1507 hasta
1874.
Mirando desde hoy, y aún cuando la cantidad de ejemplares con inscripciones no supera el 20% del
total, podemos afirmar que la introducción del lenguaje escrito en las estelas, ha facilitado la labor de
los etnólogos al situar en el tiempo estos monumentos funerarios, tan difíciles de datar para los
investigadores. Ha permitido, también, constatar el uso y evolución de muchos nombres y apellidos y
la convivencia de los tres idiomas utilizados en aquellos tiempos: el francés y en algún caso el
castellano, como idiomas oficiales; el latín, como lenguaje culto y de la Iglesia y el euskara como
idioma popular.
Finalmente, es importante destacar que la disposición y tipología de las palabras y los números, de
acuerdo a unos patrones probablemente derivados de las antiguas inscripciones romanas, dio lugar
a un estilo de letra de características propias, que también se utilizó a partir de entonces en las losas
funerarias de la Navarra peninsular y en los dinteles de las casas. Pasó luego a las cubiertas de los
libros y ha perdurado hasta nuestros días, popularizándose con el nombre de letra vasca, como una
seña más de identidad del país.
10 – Los oficios
Añadir leyenda
Durante la Edad Media en Navarra y en siglos posteriores en Iparralde, especialmente en medios
rurales, se ha dado la decoración de las estelas funerarias con útiles y herramientas de trabajo,
como arados, tijeras, martillos, hachas, incluso armas, que desde siempre los etnólogos han
asociado con los oficios de las personas allí enterradas. Como todo lo relacionado con las estelas
discoidales, también esa identificación de los difuntos con los instrumentos que aparecen en las
ellas, plantea múltiples preguntas. El instrumento dibujado, ¿representa a la persona, al gremio al
que pertenece o es un símbolo más genérico cuyo significado se nos escapa? ¿Con qué fin se
distingue a un difunto por una herramienta tan popular, por ejemplo, como una azada, si ese útil es
empleado por el 90% del pueblo, incluso por las mujeres? Podía ser explicable tal identificación en el
caso de un personaje destacado en el oficio, como un cantero famoso o un soldado distinguido, o
bien por tratarse de oficios únicos como el herrero o el molinero del pueblo. Algunos estudiosos del
tema han sugerido que la representación en las estelas funerarias de las herramientas que ha usado
el difunto a lo largo de su vida, viene a ser una especie de recuerdo atávico de las ofrendas y
utensilios que se incluían en los enterramientos en la antigüedad, para acompañar al difunto en su
viaje al otro mundo.
La mayoría de las herramientas representadas corresponden a trabajos del campo, algo natural
tratándose de pequeñas poblaciones dedicadas a la agricultura y la ganadería. Sin embargo de las
decenas de oficios que se pueden dar en ese entorno sólo unos pocos tienen su representación en
la iconografía funeraria.
Ospitale-pia (Z) 2007. P. Zarrabeitia
Arados, podaderas, martillos, hachas y azadas, parecen acaparar el trabajo de los canteros
a la hora de decorar las sepulturas. Todos los demás, o bien se consideraban incluidos en éstos,
como si fuesen distintivos de unos códigos determinados, o bien los primeros, debido a su mayor
abundancia, son los que estadísticamente han ido apareciendo al paso de los siglos. ¿Dónde están
representados los músicos, que tan a menudo aparecen en al imaginería de las iglesias, y los
caldereros, mercaderes, escribanos, plateros, pastores, arrieros, alfareros, alguaciles, panaderos,
etc. etc.? Algo similar ocurre con los oficios de mujeres, pues sólo encontramos en las estelas llaves
y útiles de coser o hilar. ¿No había más oficios que los de hilandera o cuidadora de la iglesia, o
estamos ante una representación simbólica del personaje femenino, del ama de casa? ¿Por qué en
Navarra no se representa ningún útil específico de mujer? ¿Por qué no se generalizó esta costumbre
a la mayoría de las estelas de la época, limitándose a un pequeño tanto por ciento? ¿Cómo es que
no se extendió por el resto de Euskal Herria, estando, en cambio, presente en Portugal, donde
abundan las estelas con decoraciones muy similares?
Dejando estas preguntas para los investigadores, lo que es interesante destacar es que la
incorporación de esta iconografía de diversos oficios en la decoración de las estelas, enriqueció sus
dibujos y junto a las simplificaciones y variaciones de los monogramas de Jesús y María y al estilizado
de algunas figuras humanas y de animales, contribuyó al desarrollo de un lenguaje esquemático de
transmisión gráfica de conceptos, que con el paso de los años, y salvando las distancias, puede
verse reflejado en los logotipos y mensajes publicitarios de hoy en día.
11 - La figura humana
La reproducción de la figura humana en la estela discoidal vasca es escasa (menos del 2% del
total) y casi siempre enigmática o cuando menos de difícil interpretación. Las representaciones
humanas, frecuentes en las lápidas de influencia romana de principios de nuestra Era, no se
trasladaron a la iconografía de las estelas autóctonas con la llegada del cristianismo, como así lo
hicieron otras decoraciones astrales, debido probablemente al aniconismo del Antiguo Testamento,
adoptado por los primeros cristianos, que rechazaba cualquier representación de Dios u otros
personajes por su posible aproximación a la adoración de falsos ídolos.
Este rechazo de las imágenes, sustituidas por los signos, se prolongó durante los primeros siglos del
cristianismo y se ratificó con el ”Deus adsconditus, invisibilis” del Concilio de Elvira de principios del
siglo IV: “No debe haber imágenes en la iglesia y menos que sean adoradas e idolatradas en las
paredes”. Posteriormente, en el II Concilio de Nicea del siglo VIII, la Iglesia reconsideró dicha postura,
al condenar a los iconoclastas bizantinos y definió que ”a semejanza de la representación de la cruz
preciosa y vivificante, del mismo modo las venerables y santas imágenes, tanto pintadas como
realizadas en mosaico o en cualquier otro material apto, sean expuestas y honradas”.
No tuvo mucho efecto este canon conciliar en los simbolismos o motivos decorativos de las estelas
vascas, que hasta entrada la Edad Media se limitaron a reproducir cruces y otros temas geométricos
astrales o florales esquemáticos, tomados del románico imperante o de las estelas primitivas, sin
adoptar la revolución que supuso la incorporación de la imaginería cristiana plena de personajes
divinos y humanos.
Llama la atención el hecho de que no aparezcan escenas clásicas del cristianismo como la Virgen
con el Niño u otros santos, a los que se consideraba intercesores ante Dios para la salvación de los
difuntos, algo adecuado para un monumento funerario. Al parecer la estela no era un soporte
pensado para transmitir a los fieles el mensaje evangélico, como así lo fueron los relieves de
portadas y capiteles de las iglesias medievales. Por lo general era suficiente la presencia de la cruz
junto a otros signos protectores para pedir una oración y ahuyentar al demonio, que era lo más
importante.
Las pocas figuras que aparecen son muy simples y esquemáticas, como anuncios de un cartel. Más
que descripciones de personas son representaciones de prototipos: el cazador, el ama de llaves, el
caballero, el pelotari. Es decir, lo mismo que se quería transmitir en otras estelas con los
instrumentos de los diferentes oficios. La finalidad de la estela no era, en la mayoría de estos casos,
descriptiva, sino informativa y conmemorativa. De todas formas, dada la dificultad de esculpir figuras
especialmente difíciles, como las humanas, su inclusión en el grabado de la piedra se hacía costosa
y complicada y no fue por ello muy abundante, desapareciendo casi definitivamente cuando en el
siglo XVI se incorporó la escritura a la decoración de las estelas y las personas fallecidas se
identificaron para la posteridad con su nombre y apellido o el de la casa a la que pertenecían.
La cantidad de estelas discoidales vascas con figuras humanas es reducida (del orden de
cincuenta), pero su interés y atractivo son indudables. Todas ellas son singulares y algunas de difícil
interpretación. Así el personaje de Arriano con las manos en la cabeza, las mujeres danzantes de las
estelas de Lexantzu y Ligi‑Atherei, que recuerdan a la misteriosa dama con el sol en la mano de la
cruz de Aiñarbe; el “hombre universal” de Lakarri; el "extraterrestre" de Natxitua; el caballero de la
cruz al pecho de Leintz-Gatzaga; las figuras de la Virgen y San Juan de la estela de Orotz‑Betelu; los
“retratos” de personajes singulares de Sangotza, Abaurregaina, Irantzu, Goñi, Orotz-Betelu, Itzaltzu y
Aurizberri; los increíbles, casi grotescos, Cristos de las cruces de Aintzille y de la estela de Erango...

12 - Los animales

Hace más de 10.000 años, el simbolismo mágico o protector que atribuían nuestros antepasados a
las representaciones de determinados animales de su entorno, quedó admirablemente plasmado en
las pinturas rupestres de las cuevas de Santimamiñe, Ekain, Isturits, etc.
Estos dibujos sobre piedra en los lugares más profundos de las cavernas donde habitaban,
formaban, al parecer, parte de sus ritos funerarios y de las plegarias a sus dioses, pidiendo ayuda
para asegurarse los medios de subsistencia y protección para el espíritu de sus muertos, en su viaje
por la otra vida.
Pasaron los siglos, mejoraron las condiciones climáticas y el hombre abandonó las cuevas como
lugares de vivienda y de enterramiento. Quizá siguieron pintando sus animales de rito y cacería
sobre el suelo o en los árboles, en las piedras o en los huesos, pero no han quedado restos de tales
manifestaciones.
En algún momento de la II Edad de Hierro –siglos V al I a. C.– aparece por estas tierras una nueva
representación animal con las mismas apariencias de símbolo protector, mágico o funerario. Es el
ídolo de Mikeldi, encontrado en Iurreta, a no más de 20 Km. de uno de aquellos primitivos
santuarios.
Única en su estilo en Euskal Herria, esta escultura está emparentada con las más de 300 con forma
de toros o verracos repartidas por la Península Ibérica, especialmente en Ávila y Salamanca. Se
distingue de todas ellas por una especial singularidad: tiene un disco de piedra entre las patas.
¿Podría ser un precedente de la estela discoidal, como símbolo representativo de las creencias
astrales de nuestros antepasados?. Lo cierto es que a partir de esa época empiezan a aparecer por
estas tierras las primeras estelas funerarias con forma de disco.
Las estelas discoidales de comienzos de nuestra Era presentan decoraciones muy esquemáticas de
simbología astral, normalmente con formas geométricas sencillas, que perdurarán durante toda la
vida de las estelas. La representación de animales, aparecerá con frecuencia en las estelas
tabulares de inspiración romana de la misma época, pero no se dará en las discoidales hasta
muchos siglos después, cuando la religión cristiana se extienda por Euskal Herria, incorporando la
iconografía propia de las nuevas creencias a los ritos funerarios.
La representación de animales es muy rica en la simbología cristiana. El cordero, el león, el toro, el
pez, la serpiente y un buen número de aves, están presentes en su imaginería desde los primeros
tiempos del cristianismo, cuando la transmisión del mensaje por medio de imágenes simbólicas era
más eficaz, universal e incluso menos peligrosa que el uso de la palabra escrita. Los animales de
todo tipo, utilizados en la decoración de las iglesias medievales, pudieron ser muchas veces
inspiración para la ornamentación de las estelas, aunque también se podría decir que en algunas de
ellas no está muy clara su relación con la simbología cristiana, atribuyéndose quizá su empleo a
antiguas costumbres o supersticiones populares. Vamos a ver en las páginas siguientes tres
apartados con una muestra de las representaciones que más se repiten: las aves, el cordero místico
y otros animales.
Agnus Dei
El cordero es uno de los símbolos más antiguos de representación de Jesucristo en los primeros
tiempos del cristianismo, como animal puro e inocente sacrificado por la salvación de los hombres.
Anunciado desde la antigüedad por los profetas de Israel, se manifiesta expresamente como tal
imagen en los textos evangélicos y en el Apocalipsis.
“Al día siguiente, vio venir a Jesús y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”
(Juan 1,29).
”La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen, porque la gloria de Dios la
iluminaba y su lumbrera era el Cordero” (Apocalipsis 21,2-23).
Llama la atención la inclusión del cordero en la decoración de estas estelas discoidales en épocas -
siglo XVI o XVII- en que la representación de Cristo sobre la cruz estaba plenamente extendida en la
iconografía cristiana y la utilización de sus imágenes simbólicas ya no era necesaria. Sorprende
también el hecho de que la aparición de estas estelas se dé en una zona tan puntual de Zuberoa (v.
Mapa del Cap. 10), exceptuando la estela de Itzaltzu en Nafarroa, a la que por su parecido incluimos
entre los corderos místicos, pero que figura sin cruz. Son imágenes algo diferentes del agnus dei que
podemos ver en los abundantes testimonios de la iconografía medieval, como los medallones de las
bóvedas del monasterio de Irantzu, en los que el cordero sostiene con una de sus patas un banderín
con el signo de la cruz.
Las aves
Las aves son los animales que más se representan en el mundo de las estelas vascas. Su capacidad
para volar, velocidad y ligereza, sus diferentes colores, su canto, las hacen fácilmente asociables a
actitudes y cualidades humanas como la libertad, rapidez, astucia, vista, belleza, etc., y por ello son
utilizadas como símbolos en la mitología de todas las religiones. También se hallan muy presentes en
la mente popular a través de viejas costumbres y creencias, así como en las historias de fábulas,
leyendas y cuentos infantiles: el cuervo, la lechuza, el búho, el cuco, la urraca, el ruiseñor, el cisne, la
golondrina, etc.
En las casas antiguas de Iparralde se pueden ver diversos animales en los dinteles decorados de las
entradas, donde abundan los pájaros picoteando las uvas de las parras, como imagen de
prosperidad.
En la simbología cristiana, y directamente relacionadas con los ritos funerarios, varias aves son
especialmente significativas:
La paloma, como símbolo de paz y de inocencia, que trajo al Arca de Noé la rama de olivo al terminar
el diluvio. Representa al Espíritu Santo.
El águila, representa a Cristo como fuente de salvación. Es símbolo del Bautismo y también el
emblema de San Juan Evangelista.
El pavo real es en el arte cristiano símbolo de la resurrección de Cristo.
El gallo, símbolo de la vigilia, anunciador del nuevo día, de la nueva vida.
Otros animales
La decoración de estelas con otro tipo de animales se aleja del canon tradicional de las estelas
de Euskal Herria. No hay signos cristianos, ni dibujos astrales, ni geometría, ni simetría, con una
aparente distribución errática de los elementos decorativos dentro del círculo y con un significado
más descriptivo que simbólico. Es el caso de las estelas de Irulegi y de Suhuskune donde se
describen actividades de labranza o de caza.

13 - Estelas con enigma


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La estela discoidal es uno de esos enigmas que no acaban de ser desentrañados por los etnólogos y
arqueólogos. Al misterio mismo de su forma, origen y procedencia, hay que añadir su inexplicable
aparición y desaparición a lo largo de la historia, su errática distribución en la Europa Occidental y su
extraña fijación final en torno a los Pirineos.
Se ha hablado y escrito mucho de la interpretación que los distintos investigadores han dado a la
forma de la estela. Símbolo solar, representación antropomórfica o arte conmemorativo, han
quedado como hipótesis no demostradas, pero válidas, para acercarnos a su conocimiento y
comprensión. A los círculos, ruedas, hexapétalas y estrellas de sus grabados se les ha llamado
signos solares y a las cruces de todo tipo signos religiosos. No nos vamos a detener aquí en la
confusión que generan las diferentes denominaciones e interpretaciones atribuidas a estos símbolos
por distintos autores. Existe una idea bastante clara de la utilización y simbología de los motivos
cristianos, pero siempre nos quedará la duda de la verdadera explicación de la utilización repetitiva
de determinadas formas geométricas, atribuidas a la simbología astrológica, como esvásticas, cruces
precristianas, ruedas, pentalfas, estrellas de David o nudos de Salomón, tan apreciadas por las
versiones esotéricas de lo misterioso.
La mayoría de las inscripciones, sean letras o números, son casi siempre más fáciles de descifrar
para los expertos y no plantean más incógnitas que las de una posible falta de lectura correcta, por
las dificultades debidas al desgaste o a los errores de trascripción de los canteros, que en algunos
casos las convierten en verdaderos jeroglíficos.
Por otro lado, la atribución a los difuntos de diferentes oficios según las herramientas que aparecen
en las estelas, es un terreno bastante indefinido, donde surge a veces más de una incógnita. Se da
por hecho que los instrumentos de hilar representan a una mujer hilandera y las llaves a una ama de
casa o guardiana de una iglesia. Son los únicos instrumentos de oficios de mujer que aparecen en
las estelas. Pero, ¿no existían más oficios de mujer durante la Edad Media?
En cambio, los oficios de varón son más numerosos y definidos: el podador de viñas, el labrador, el
herrero, el zapatero, el cazador, el cantero, etc. son ocupaciones clásicas de esa época en un medio
rural y así están abundantemente representadas, pero ¿cuántos otros trabajos han quedado sin
dedicatoria a lo largo de cientos de años? ¿Cómo es que nadie dedicó una estela a los músicos,
artesanos, comerciantes, escribanos, joyeros y cien oficios más? ¿No existirían, en la inclusión de
algunos de tales símbolos, códigos desconocidos hoy para nosotros, relacionados con el rito
funerario y el sentido religioso y místico de aquellos tiempos?.
Y qué decir de los extraños pájaros sin patas de las estelas de Lekuine, Makea y otros lugares; y de
las mujeres danzantes de Ligi-Atherei y Lexantzü; y de la dificultad que siempre plantea la
interpretación de la casi todas las estelas con presencia humana que hemos visto en capítulos
anteriores.
Por fin, existen otra serie de dibujos y signos en las estelas discoidales que las convierten en
documentos realmente enigmáticos o de difícil interpretación. Son grabados de objetos o signos no
fácilmente reconocibles, bien por ser imaginados bajo parámetros que se nos escapan, bien por ser
deformaciones provocadas por imitaciones poco cuidadosas de canteros ignorantes o bien debido a
variaciones buscadas por la fantasía de los propios artesanos.
Curiosas deformaciones de los monogramas de Jesús y María. Extraños signos que se entrelazan y
que parecen complicados jeroglíficos alejados aparentemente de toda simbología funeraria cristiana.
¿Hay letras o números entre ellos? Dibujos geométricos incompletos o dislocados. ¿Podemos pensar
que puede haber otra interpretación aparte de la simple torpeza de los canteros?
La llamada cruz de San Andrés o aspa, no muy frecuente en las estelas de Euskal Herria, es un
signo empleado en grabados de todo tipo desde tiempos prehistóricos y, por lo tanto, sin ninguna
relación probable con simbolismos cristianos, incluso en el caso de las estelas medievales. Su
significado primitivo es desconocido. No obstante, hay que creer que detrás de la X meramente
decorativa existe algo más que una simple incógnita en estas estelas vascas así como en las estelas
gigantes de Cantabria con sus arcos en forma de aspa.
Hay estelas singulares que además de pertenecer a la misteriosa familia de las estelas discoidales, y
de ser enigmáticas en sí mismas, son únicas y de difícil adscripción dentro de los diferentes estilos
en que podemos clasificar las estelas de Euskal Herria. Pueden ser residuos lejanos de originales
estelas autóctonas, improvisaciones de artesanos visionarios o códigos ocultos de predicadores
esotéricos. Son enigmas a resolver.
14 - Estelas de hoy
Con algunas excepciones, como en los cementerios de Etxalar y Urruña, la estela discoidal
desapareció del mapa de Euskal Herria durante el siglo XIX, debido seguramente a los aires de
ilustración y gustos refinados de esa época, que consideraron a la estela como un elemento tosco y
primitivo y trajeron a los cementerios la moda del mármol y las esculturas piadosas que todavía
perduran. A lo largo del siglo XX se inició un lento proceso de recuperación que ha ido salpicando de
nuevas estelas los cementerios, especialmente en las grandes capitales y pueblos importantes.
En este proceso podríamos destacar tres factores que lo explican y que de alguna manera
determinan el estilo y la decoración de las nuevas estelas: el nacimiento de los partidos nacionalistas
a primeros de siglo, con la visión nostálgica del pasado y la necesidad de señas propias de
identidad; el fin del franquismo y los años de dictadura, con el resurgir del sentimiento vasco de los
años sesenta; y los tiempos actuales, con nuevos planteamientos de urbanismo y arte moderno. A
todo ello contribuye, sin duda, el progresivo conocimiento de la existencia e importancia del arte
funerario vasco, como patrimonio cultural del país, dado a la luz por investigadores como Frankowski,
Colás y Barandiaran.
Estos factores han generado unos estilos de decoración diferentes, que aunque surgidos en épocas
distintas, han acabado coexistiendo y que han dado lugar a tres tipos de estelas bien diferenciadas.
En primer lugar, aparecen las estelas nostálgicas o fruto de una etapa de imitación, en la que se
busca reproducir los modelos tradicionales de las estelas antiguas. Las encontramos normalmente
en los cementerios de Iparralde, coexistiendo con estelas antiguas, cruces y tumbas modernas.
Realizadas con dimensiones y material parecidos, a veces es difícil distinguirlas de las originales.
En segundo lugar, están las estelas modernas o de lauburu, en las que este símbolo, aceptado
socialmente como la cruz vasca, acapara la mayoría de las nuevas tumbas, en compañía de palomas
en vuelo y otras alegorías, que poco tienen que ver con el espíritu y la estética de las viejas estelas.
De grandes dimensiones, asociadas por lo general a panteones familiares, destacan en las avenidas
de los grandes cementerios y en las ampliaciones ajardinadas de los antiguos.
Es interesante constatar lo que ha ocurrido con el lauburu a lo largo de los años. Este símbolo, que
se incorporó a la decoración de las estelas funerarias en el siglo XVII, generado a través de una
síntesis de figuras astrales de la antigüedad, como la esvástica curvilínea y las comas, se convirtió
posteriormente en el motivo por excelencia utilizado por la artesanía vasca en todo tipo de mobiliario
o utensilio tradicional. Pequeñas estelas de piedra o de madera con su lauburu grabado son hoy en
día objeto de regalo o souvenir. Después de ser entronizado como uno de los signos de identidad
preferidos por el nacionalismo vasco, ha terminado volviendo a los cementerios y llegando a ser la
nueva cruz, específicamente vasca, de los modernos enterramientos.
Aún reconociendo el sentir religioso y la impronta vasca de estas estelas modernas, muchas de ellas
no dejan de ser una especie de caricatura de los antiguos monumentos. Lo que nació hace más de
2000 años como una imagen del sol o de la luna, que quedaba atrapada en el juego de luces y
sombras de su bajorrelieve, pleno de simbolismos misteriosos, ha pasado a ser un disco delgado de
mármol o de granito pulido donde la luz rebota y las imágenes, la mayoría de las veces de un gusto
amanerado, transmiten el mensaje de una cierta ostentación, dentro de un rito funerario de
consumo.
En tercer lugar, tenemos las estelas de la etapa escultórica, en la que la estela discoidal pasa a ser
fuente de inspiración para el mundo del arte y posibilita la creación de obras importantes, de la mano
de escultores como Oteiza, Chillida, Basterretxea, Larrea, etc., que ahondan desde un punto de vista
conceptual en el significado trascendente de las estelas. Las encontramos en lugares públicos y
museos y cumplen una importante función como reconocimiento y memoria cultural de una de las
actividades artísticas más señaladas de nuestros antepasados.
Jardín de estelas
Los nuevos cementerios-jardín, propuestos por algunos ayuntamientos en las ampliaciones y
reformas de sus antiguos camposantos, facilitan y promueven la implantación de las nuevas estelas -
no olvidemos la labor llevada a cabo en Iparralde por la asociación Lauburu de Baiona- y constituyen
una idea acertada para las pequeñas localidades, donde las antiguas estelas pueden también
situarse en un lugar adecuado en zonas ajardinadas y ser objeto de una adecuada vigilancia y
mantenimiento. Buen ejemplo de ello son los cementerios de Aurizberri, Apozaga, Bidarrai,
Arrangoitze, Jatsu, etc. Ahora bien, esta idea no parece que se pueda llegar a aplicar en las grandes
poblaciones, donde, debido a los problemas de espacio y funcionalidad, se camina progresivamente
en el sentido contrario, esto es, hacia cementerios-estanterías con interminables hileras de nichos
numerados, entre calles de cemento.
Pero lo que tiene más interés no es la ubicación de las nuevas estelas discoidales o el futuro de los
cementerios, sino el de las más de 5000 estelas antiguas, que constituyen un patrimonio único y que
de alguna manera habría que preservar y dar a conocer, primero en el País Vasco y luego
internacionalmente. Al parecer, el sistema de museos actual no es el idóneo para tal empeño. Debido
a las dificultades de su exposición por problemas de espacio, iluminación y peso, espléndidas
colecciones de estelas de todo Euskal Herria permanecen guardadas en sus almacenes y, salvo
unas pequeñas muestras, la gran mayoría no son accesibles al público.
Centros de interpretación
Puede ser más interesante para su futuro la propuesta ya presentada en algunas localidades bajo la
forma de Jardines de Estelas o Centros de Interpretación. Tanto el Jardín de Estelas de
Abaurregaina, con su arriesgada desproporción y des-integración con el entorno, como el Centro de
Interpretación de Estelas de Larzabale, con las estelas bajo techo y alineadas entre barrotes, ofrecen
soluciones novedosas en instalaciones posibles de este tipo, pero no muy convincentes desde el
punto de vista de una aproximación viva y natural al mundo de las estelas, aunque su intención sea
apreciable y el esfuerzo realizado importante. Sin pecar de nostálgicos, recordamos la antigua
localización de esta última colección de Larzabale en el bosque de la Abadía de Belloc y la pequeña
joya del cementerio antiguo de Irulegi. Lo ideal sería conseguir que las estelas pudieran estar
dispuestas en un entorno natural, sobre tierra, visibles por ambos lados con la debida orientación, en
zonas extensas pero acotadas, adecuadamente conservadas, un poco al estilo del precioso
cementerio-museo de Arrangoitze, pero sin cementerio.
Quizá este nuevo planteamiento, desarrollado a un nivel más amplio, un Centro por Territorio, y con
los suficientes recursos, podría crear la infraestructura necesaria y la base organizativa suficiente
para acometer posteriores tareas de catalogación, recuperación de piezas, localización de nuevos
ejemplares, convocatoria de congresos, reconocimientos internacionales, etc. El enorme patrimonio
arqueológico, etnológico y artístico que suponen las miles de estelas discoidales, elaboradas a lo
largo de dos milenios por uno de los pueblos más antiguos de Europa, así lo está exigiendo.

Jardín de las estelas. Abaurregaina 2010 (N)