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CURSO DE LITURGIA SACRAMENTAL


Escuela Diaconal Pablo VI
Pbro. Juan David ARIAS IBARRA

Introducción
a) ¿Por qué un curso de Liturgia Sacramental?
Desde la Edad Media, con el alto influjo de escolástica, la Teología Sacramental se había
convertido en:
o Una reflexión que partía de una definición dogmática de los sacramentos y que
quería establecer la eficacidad de los sacramentos, el número (el septenario
sacramental) y encontrar en las fuentes bíblicas la institución de los sacramentos
por el mismo Señor Jesucristo.
o Una mirada sobre el “Acto Sacramental”*, el beneficiario o receptor de la gracia
sacramental y el ministro**.
o Un área de la teología; no obstante, la “instrumentalización” de la Teología
Sacramental la llevó a una separación de la Liturgia: no se evidenciaba que los
Sacramentos fueran actos litúrgicos que comprometiesen y manifestasen la vida
de la Iglesia.
Por estas razones, la enseñanza de la Teología Sacramental fue considerada por muchos
años como una disciplina dogmática que trabajaba sobre todo los aspectos canónicos y
disciplinarios de cada uno de los sacramentos***, pero esto se hacía con un discurso de
tintes apologéticos que justificasen la postura católica frente a las posiciones heterodoxas
y a la reforma protestante.
Veamos tres ejemplos de cuestiones abordadas por la Teología Sacramental a lo largo
de la historia y que manifiestan lo que se pensaba como campo de trabajo de esta ciencia:
i) Contra Berengario de Tours (segunda mitad del siglo XII), quien parecía negar la
presencia real de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, la Teología
Sacramental insistió sobre el “realismo” de la transformación del pan y del vino en
su Cuerpo y su Sangre o, llamado también, “Transubstanciación Eucarística”. El

*
Instaurando nuevos conceptos como el de “Rito Esencial” a la hora de hablar de un Sacramento.
**
Sobre el ministro del sacramento recaía todas las exigencias de la “validez” para que dicho sacramento sea
administrado conforme a la intención de la Iglesia.
***
Valdría la pena dar una mirada a los antiguos “Tratados de los Sacramentos” y de los “Sacramentales” para
descubrir cómo se concebían los sacramentos separadamente, cada uno con sus aspectos canónicos y la manera de
administrarlos correctamente.
2

Concilio de Trento afirmó solemnemente que en la Eucaristía están “verdadera,


real y substancialmente contenidos el Cuerpo y la Sangre de Cristo”1.
ii) Contra los protestantes, la Teología Sacramental quiso probar que los
Sacramentos era siete - y solo siete - y que ellos habían sido “instituidos por
Nuestro Señor Jesucristo”. Así, se forma un argumento basado en las Sagradas
Escrituras para justificar una delimitación del “septenario” (del que ya se hablaba
desde el siglo XII por Hugues de San Víctor). Con este trabajo se corrió el riesgo
de poner a decir a las Sagradas Escrituras no que ellas no habían dicho en su
contexto.
iii) Contra los ortodoxos, la Teología Sacramental debía mostrar que la
Transubstanciación Eucarística era realizada por las Verba Christi (las mismísimas
palabras de Cristo) y no por la Epíclesis2. Respondiendo a los ortodoxos, la
Teología Sacramental de la época pensaba que lo que obraba la consagración de
las especies eucarísticas era solamente el Relato de la Institución.
Esta postura de la Teología de los Sacramentos nos acompañó por mucho tiempo. Hasta
hace poco, se pensaba que enseñar Liturgia era enseñar as rúbricas, es decir, lo que hay
que hacer ritualmente para actuar conforme a la intención de la Iglesia. La obediencia
escrupulosa a las reglas litúrgicas hacía parte de la formación de los futuros clérigos en
los seminarios a partir del Concilio de Trento. Las únicas preguntas que se hacían en
materia sacramental tocaban al orden institucional (¿Sacramento válido y lícito?) y de la
moral (la disposición del receptor del Sacramento), pero no en el campo de la Teología.
Con la llegada del Concilio Vaticano II se da una mirada nueva al interior de la vida
litúrgica de la Iglesia, llevando a tres acciones:
- No separar más Sacramentos y Liturgia
- Repensar los Sacramentos
- Favorecer la participación activa de los fieles en los Sacramentos y dejar de ser
vistos solamente como beneficiarios pasivos de la administración sacramental.

Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles
la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las
instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda
contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve
para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le
corresponde de un modo particular promover la reforma y el fomento de la
Liturgia. (S.C. #1)

1
CONCILIO DE TRENTO, 13ª sesión, 11 de octubre de 1551. Decreto sobre el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía.
2
Cfr. PÍO VII. Adorabile Eucharistiae (8 de mayo de 1822). DENZINGER núm. 2718.
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b) ¿Qué es la Liturgia?
El término Liturgia proviene del latín liturgía, que a su vez proviene del griego
« λειτουργία » (leitourguía), que se puede traducir como “servicio público” u “obra del
pueblo”. La palabra está formada por los términos: « λάος » (láos) pueblo, y « έργον »
(érgon) trabajo u obra.
La esencia de la Liturgia es la obra de salvación llevada a cabo por la gracia de Dios a
través de su Hijo Jesucristo. Cada vez que el pueblo se reúne para elevar su acción de
gracias y alabar a Dios está haciendo presente y real a Jesucristo que se entrega para
salvar al hombre. "En la Liturgia, la Iglesia celebra principalmente el Misterio Pascual* por
el que Cristo realizó la obra de nuestra salvación" (C.E.C. 1067).
¿En qué consiste la obra de nuestra salvación? En que Dios ha tomado la iniciativa de
rescatarnos del pecado y de la muerte, nos ha hecho partícipes de su condición divina y
nos llama a unirnos perfectamente a Él mediante una vida santa. La Liturgia nos hace
comprensible y actual esta obra de salvación que Dios sigue realizando a través de la
historia. Por eso, no se debe reducir la Liturgia a aspectos meramente externos o a la
manera de realizar los gestos celebrativos, sino que debe trascenderse para descubrir a
Dios que nos salva a través de ella.
c) Dios y los hombres como protagonistas de la Liturgia
Con lo dicho hasta ahora, nos damos cuenta que el protagonista principal de la Liturgia
es Dios mismo. En efecto, las tres Personas Divinas están presentes: el Padre se hace
cercano -Dios-con-nosotros- ("Emmanuel") en su Hijo Jesucristo, y el Hijo se hace
presente en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos reúne en su nombre. Y al ser
una obra de Dios, la Liturgia es también una obra del hombre: no en el sentido que
nosotros completemos o agreguemos algo a la acción de Dios, sino en que nosotros
participemos en ella y obtengamos sus frutos. «La palabra "Liturgia" significa
originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de y en favor del pueblo".
En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en "la obra de
Dios" (Jn 17,4). Por la liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en
su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención» (C.E.C. 1069). En cada acción
litúrgica Dios nos da la posibilidad de participar en su obra - Opus Dei -. Por otra parte,
ésta es una obra común de Dios y de los hombres en cuanto es la obra de la Iglesia, que
es el Cuerpo de Cristo, quien es verdadero Dios y verdadero hombre.

Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de


Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza,
*
Cada vez que nos encontremos con el término “Misterio Pascual” es porque se está haciendo referencia a la Pasión,
Muerte y Resurrección de Jesucristo. El Misterio Pascual es el centro de la fe y del culto cristiano, como claramente
lo recordamos en la aclamación después de la consagración de las especies eucarísticas: “Éste es el Misterio de la fe:
anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús”.
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según el modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el


Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto
público integral. Por ello, toda celebración litúrgica, como obra de Cristo
sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia
cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna
otra acción de la Iglesia (SC 7).

d) Misterio – Sacramento

Para comprender la relación entre ambos conceptos, es necesario conocer su desarrollo


semántico. La palabra “Misterio” proviene del griego μυστήριον «mysterion», que, en el
Antiguo Testamento es utilizada pocas veces y que va teniendo el siguiente desarrollo:
en el libro de Judit, “mysterion” hace referencia a los planes militares del rey o al secreto
del consejo (Jdt 2, 2); en el libro de la Sabiduría (2, 22) y en la profecía de Daniel (2, 27),
éste significa los planes creadores de Dios y su voluntad de revelarlos a quienes sean
fieles a Él. Con este mismo sentido, «mysterion» sólo aparece una vez en los Evangelios:
«a vosotros os ha sido dado conocer el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).
En las Cartas de San Pablo este término se encuentra siete veces: «culminando en la
revelación del misterio tenido secreto en los tiempos eternos, pero manifestado ahora…»
(Rom 16, 25-26). En las Cartas posteriores atribuidas a San Pablo se da una identificación
del «mysterion» con el Evangelio (Ef 6, 19) e incluso con el mismo Jesucristo (Col 2, 2;
4. 3; Ef 3, 4), lo que constituye un cambio en la comprensión del término: «mysterion» no
es ya sólo el plan eterno de Dios, sino la realización en la tierra de ese plan manifestado
en Jesucristo.
Por esto, en el período patrístico comienzan a llamarse «mysterion» incluso a los
acontecimientos históricos en los que se manifiesta la voluntad divina de salvar al
hombre. Ya en el siglo II, en los escritos de San Ignacio de Antioquía, de San Justino y
Melitón, los misterios de la vida de Jesús, las profecías y las figuras simbólicas del
Antiguo Testamento se definen también con el término «mysterion».

En el siglo III comienzan a aparecer las versiones más antiguas en latín de la Sagrada
Escritura, donde el término griego se traduce con el término latino «sacramentum» (Sab
2, 22; Ef 5, 32), quizá para apartarse de las religiones y ritos mistéricos paganos y de las
corrientes gnósticas típicas en la época.

Veamos en el siguiente ejemplo de Sabiduría 2, 22 el paso del término musth,ria


(misterios) al término sacramenta (sacramentos).
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«kai. ouvk e;gnwsan musth,ria qeou/ ouvde. misqo.n h;lpisan o`sio,thtoj ouvde.
e;krinan ge,raj yucw/n avmw,mwn»
«et nescierunt sacramenta Dei neque mercedem speraverunt iustitiae nec
iudicaverunt honorem animarum sanctarum»
«no conocen los secretos de Dios, no esperan recompensa por la santidad ni creen en el
premio de las almas intachables».

Por otro lado, en la cultura romana, la palabra «sacramentum» era empleada para el
juramento militar prestado por los legionarios romanos. Esta palabra en el ambiente
militar tenía una connotación de «iniciación a una nueva forma de vida», «el compromiso
sin reservas», «el servicio fiel hasta el peligro de muerte». Valiéndose de este sentido,
Tertuliano (siglo II) empleó este término para indicar estas mismas dimensiones en el
sacramento de la Iniciación Cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía). Así pues,
para el siglo III, ya se aplica este término tanto al misterio del plan salvífico de Dios en
Cristo (Ef 5, 32), como a su realización concreta por el medio de las siete fuentes de
gracia, llamadas hoy «sacramentos de la Iglesia».

San Agustín (siglo IV), sirviéndose de varios significados de ese término, llamó
sacramentos a los ritos religiosos tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza, a los
símbolos y figuras bíblicas, así como también a la religión cristiana revelada. Todos estos
sacramentos, según San Agustín, pertenecen al gran sacramento: al misterio de Cristo y
de la Iglesia. San Agustín influyó sobre la puntualización ulterior del término
«sacramento», subrayando que los sacramentos son signos sagrados; que tienen en sí
semejanza con lo que significan y que confieren lo que significan. Contribuyó, pues, con
sus análisis a elaborar una concisa definición escolástica del sacramento: «signum efficax
gratiae» [signo eficaz de la gracia].

San Isidoro de Sevilla (siglo VII) subrayó después otro aspecto: la naturaleza misteriosa
del sacramento que, bajo los velos de las especies materiales, oculta la noción del
Espíritu Santo en el alma del hombre.
Las Summas Teológicas de los siglos XII y XIII formularon ya las definiciones sistemáticas
de los sacramentos, pero tiene un significado particular la definición de Santo Tomás:
«Non omne signum rei sacrae est sacramentum, sed solum ea quae significant
perfectionem sanctitatis humanae» (3.ª qu. 60, a. 2). “no todo lo que es signo de una cosa
sagrada es sacramento, sino sólo aquellas cosas que significan la perfección de la
santidad en el hombre”. Y concluye: “propiamente se llama sacramento lo que es signo
de una realidad sagrada que santifica a los hombres”. Desde entonces se entendió como
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«sacramento» exclusivamente cada una de las siete fuentes de la gracia y los estudios
de los teólogos apuntaron sobre la profundización de la esencia y de la acción de los
siete sacramentos.

Sólo en el último siglo se ha prestado atención a los aspectos del sacramento,


desatendidos en el curso de los siglos, por ejemplo a su dimensión eclesial y al encuentro
personal con Cristo, que han encontrado expresión en la Constitución sobre la Liturgia
(SC 59). Sin embargo, el Vaticano II torna, sobre todo, al significado originario del
«sacramentum-misterium», denominando a la Iglesia «sacramento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo género humano» (LG 1).

El misterio permanece «oculto» —escondido en Dios mismo—, de manera que, incluso


después de su proclamación (revelación), no cesa de llamarse «misterio», y se predica
también como misterio. El sacramento presupone la revelación del misterio (la acción de
Dios) y presupone también su aceptación mediante la fe (la acción del hombre). Sin
embargo, el Sacramento es algo más que la proclamación del misterio y la aceptación de
él mediante la fe; consiste en «manifestar» ese misterio en un signo que sirve no sólo
para proclamar el misterio, sino también para realizarlo en el hombre. “El sacramento es
signo visible y eficaz de la gracia”. Mediante él se realiza en el hombre el misterio
escondido desde la eternidad en Dios, del que habla la Carta a los Efesios (Ef. 1, 9);
misterio de la llamada a la santidad, y misterio de su predestinación a convertirse en hijo
adoptivo. Se realiza de modo misterioso, bajo el velo de un signo; no obstante, el signo
es siempre un «hacer sensible» ese misterio sobrenatural que actúa en el hombre bajo
su velo.
e) La recuperación de la categoría «misterio» en el pensamiento de Odo CASEL

El tema de la presencia de Cristo en los misterios reviste un interés excepcional cuando


es interpretado a la luz de la teología de los misterios del benedictino alemán Odo
CASEL. Él utiliza con riqueza la palabra misterio; en esa expresión se concentra buena
parte de su pensamiento, hasta llamar al mismo cristianismo como misterio.

En todo caso es conveniente aclarar los diversos sentidos que CASEL da a la palabra
misterio:
i. El misterio de Dios en su intimidad: Este es el primer sentido de la palabra. Hace
referencia al misterio insondable de Dios, del Santo, del Trascendente, «a quien
ningún hombre puede acercarse sin morir». Este Dios insondable ha proyectado
desde la eternidad un plan salvador para el hombre; pero este proyecto «sigue siendo
un misterio no abierto al mundo profano, sino que está oculto a su mirada y sólo se
desvela para los fieles, los elegidos».
ii. Cristo, epifanía de Dios y misterio personal: El plan salvador de Dios sobre el hombre
se revela y se realiza en Cristo. En él y a través de él la acción salvadora de Dios,
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proyectada desde los siglos, irrumpe en la historia, se encarna en el tiempo y en el


espacio; se hace visible y accesible para todos los hombres. En este sentido decimos,
siguiendo el pensamiento de Pablo, que Cristo se constituye en el misterio personal;
en la revelación (epifanía) y presencia del proyecto salvador de Dios.
iii. Los misterios de Cristo: En realidad hay que hablar del misterio de Cristo, uno e
indivisible, en el que se condensa la totalidad de su vida. Es el misterio pascual por
el que Cristo entrega la totalidad de su vida en la cruz y la recupera glorioso en la
resurrección. Pero ese misterio único se fracciona en el conjunto de sucesivos actos
salvadores que, comenzando en su nacimiento, pasan por la aventura de su vida
pública, pasión, muerte y sepultura, para culminar finalmente en la gloria de la
resurrección, ascensión a los cielos y coronación a la derecha del Padre. En este
caso hablamos de los misterios de Cristo.
iv. El misterio del culto: Es la cuarta acepción de la palabra misterio. Cuando hablamos
del misterio del culto nos referimos a la presencia continuada y permanente del
misterio salvador, primero desvelado y realizado en Cristo, y después en la Iglesia y
en las celebraciones cultuales de ella. El misterio del culto no es otra cosa que el
mismo Cristo, encarnado e histórico, que prosigue su acción liberadora en el tiempo
y en el espacio; y así, en virtud del ritual, aquello que tuvo lugar en la historia se hace
realidad en el presente para la humanidad entera de todos los tiempos. En este
sentido, el misterio del culto es el mismo misterio de Cristo continuado en el tiempo,
pero bajo otra modalidad. La esencia es la misma; lo que difiere es el modo de estar
presente.

Bibliografía:
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