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FAMILIA, IGLESIA Y ESTADO. EL TRASPASO DE


JURISDICCIONES. NOTAS PARA EL EJEMPLO DE
ARGENTINA A FINES DEL...

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Mónica Ghirardi Antonio Irigoyen


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El nexo entre Ciencias sociales y políticas: migración-familia y envejecimiento (2008)
Celton, D. editora
Isbn 978-987-9357-83-5

FAMILIA, IGLESIA Y ESTADO.


EL TRASPASO DE JURISDICCIONES.
NOTAS PARA EL EJEMPLO DE ARGENTINA A FINES
DEL ORDEN COLONIAL Y COMIENZOS DE LA
REPÚBLICA
Mónica Ghirardi1
Antonio Irigoyen López2
Introducción
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el matrimonio y la familia,
hasta cierto punto, dejan de ser un asunto privado y se convierten en un
tema de máximo interés público3: el Estado comienza a intervenir de forma
decidida y a reclamar un papel preponderante, lo que implica la anulación
de cualquier otro competidor. Este proceso no era nuevo. Las monarquías
habian comenzado a legislar sobre las cuestiones sucesorias desde la Edad
Media, en tanto que la intervención en el matrimonio puede datarse desde
los primeros años de la Edad Moderna, aunque de forma muy tímida. En el
siglo XVIII se producen una serie de cambios que llevan a una creciente
intromisión estatal. Es en estos momentos cuando la Monarquía Hispánica
cuestionó el monopolio que sobre el matrimonio y la familia había
mantenido la Iglesia Católica desde varios siglos atrás y que había
alcanzado su cénit normativo en el Concilio de Trento.
Sin embargo, el Estado no será capaz de eliminar por completo la
fuerza de sus adversarios y se tendrá que contentar con compartir su
actuación sobre las familias con la Iglesia y con las presiones que creaba el
parentesco, lo cual no le impedirá, por lo menos en el caso de Argentina, ya
en el período republicano, hacer de la familia uno de los pilares para la
construcción de la nueva identidad nacional.
En definitiva, lo que se pretende analizar es hasta qué punto el
intervencionismo estatal, que comenzaría con la monarquía borbónica,
preparó el camino para la política republicana, puesto que había permitido el

1
Centro de Estudios Avanzados (CEA). Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
2
Universidad de Murcia, España.
3
I. Morant y M. Boiufer (1998), Amor, matrimonio y familia, Madrid, p. 98.
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

triunfo -si bien incompleto- del Estado en la institución familiar.


Para situar la cuestión en su contexto histórico, resulta pertinente
recordar cómo era el modelo de matrimonio que la Iglesia había impuesto en
los países católicos desde el Concilio de Trento.

1. El modelo matrimonial del Concilio de Trento


Dado que ha sido un tema muy tratado por la historiografía, basta
recordar aquí cuáles fueron los fundamentos del matrimonio tridentino4. En
el Concilio de Trento lo primero que salió reforzado de forma absoluta fue
el carácter sacramental del matrimonio, algo que había sido atacado por las
iglesias reformadas. El matrimonio es sacramento de la nueva alianza, que
representa la unión de Cristo con la Iglesia y que confiere la gracia. La
sacra- mentalidad sirvió para imponer la hegemonía de la jurisdicción
eclesiástica en materia matrimonial. La mayoría de los cánones tridentinos
insistía en la competencia de la Iglesia para dirimir todas las cuestiones; el
último canon resume a la perfección el estado de cosas al que se había
llegado: “Si alguno dijere, que las causas matrimoniales no pertenecen a los
jueces eclesiásticos, sea excomulgado”. Por otra parte, el carácter
sacramental del matrimonio genera, en última instancia, su indisolubilidad.
Otro punto fundamental del modelo tridentino es que sólo se puede
hablar de matrimonio cuando surge a partir de la unión libre y voluntaria de
un hombre y una mujer. Trento enlazaba así con la tradición consensualista
vigente en la Iglesia desde la Edad Media, al tiempo que se distanciaba de
las doctrinas y las prácticas que habrían de seguir las iglesias reformadas.
Sin embargo, los matrimonios clandestinos se habían llegado a
convertir durante la Baja Edad Media en toda una lacra social. Una forma de
evitarlos era reforzar la autoridad paterna. Pero el Concilio no pudo, o no
supo, compatibilizar la libertad de los contrayentes con el consentimiento
paterno. Se llegó al equilibrio ambiguo del Decreto Tametsi: se declaraba la
validez de los matrimonios clandestinos (realizados sin permiso paterno),

4
Un buen estado de la cuestión se puede consultar en: J. R. Watt (2002), “El impacto de la Reforma y la
Contrarreforma”. En D. I. Ketrzer y M. Barbagli (comps.), Historia de la familia europea, I: La vida
familiar a principios de la era moderna (1500-1789), Barcelona, pp. 206-230.

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Familia, Iglesia y Estado

aunque manifestaba la repulsa y prohibición que para con ellos siempre


había tenido la Iglesia5.
Pero la inconcreción e indefinición del Decreto Tametsi sobre los
matrimonios clandestinos y el consentimiento paterno se salvaban con el
establecimiento de la mayor publicidad posible a los enlaces. Así, de
acuerdo con lo dispuesto en el Concilio de Letrán (1215), impulsó la
publicación de las amonestaciones en la propia parroquia durante tres
domingos consecutivos6. Además, estableció la forma sustancial del
matrimonio, al declarar nulos los matrimonios celebrados sin la presencia
del párroco (o de un sacerdote delegado) y de dos o tres testigos7.
Durante la Edad Moderna, la Monarquía hispánica aceptó la su-
premacía de la Iglesia en tomo al matrimonio, por lo que no se desarrolló un
derecho civil paralelo, a diferencia de lo que sucedió, por ejemplo, en
Francia8. De este modo, los tribunales diocesanos fueron los encargados de
entender numerosos procesos matrimoniales en los que quedaba de
manifiesto la incapacidad eclesiástica para imponer el modelo tridentino, ya
en la Península Ibérica9, ya en América10. Por consiguiente, la situación no
era de las más deseables. El Estado, en el siglo XVIII, había alcanzado ya
importantes cuotas de desarrollo y pudo descubrir en las dificultades
mencionadas una justificación para intervenir en cuestiones que hasta

5
J. Casey (1990), Historia de la familia, Madrid, pp. 142-143; J. Gaudemet (1993), El matrimonio en
Occidente, Madrid, pp. 328329.
6
Gaudemet, El matrimonio, p. 329.
7
E. Montero Gutiérrez (1945), El matrimonio y las causas matrimoniales, Madrid, pp. 298-299;
H. Jedin (1981), Historia del Concilio de Trento, IV-2: Tercer periodo de sesiones y conclusión.
Superación de la crisis gradas a Morone. Conclusión y ratificación. Pamplona, pp. 238-242.
8
Morant y Bolufer, Amor, p. 79.
9
M. J. Campo Guinea (1998), Comportamientos matrimoniales en Navarra (siglos XVI- XVII),
Pamplona; ibídem (2005), “Evolución del matrimonio en Navarra en los siglos XVI y XVII. El
matrimonio clandestino”, en L Arellano y J. M. Usunáriz (eds.), El matrimonio en Europa y el mundo
hispánico. Siglos XVI y XVII, Madrid, pp. 197-210; M. L Candau Chacón (2006), “El matrimonio
clandestino en el siglo XVIII: entre el amor, las conveniencias y el discurso tridentino”. Estudios de
Historia de España, 8, pp. 175-202; M. J. de la Pascua Sánchez (2000), “Una aproximación a la Historia
de la familia como espacio de afectos y desafectos: el mundo hispánico del setecientos”, Chronica Nova,
27, pp. 131-166.
10
M. M. Ghirardi (2004), Matrimonio y familias en Córdoba, 1700-1850. Prácticas y representaciones,
Córdoba; P. Seed (1991), Amar, honrar y obedecer en el México colonial. Conflictos en tomo a la
elección matrimonial, 1574-1821, México; P. Rodríguez (1991), Seducción, amancebamiento y
abandono en la Colonia, Bogotá; C. Castañeda (1989), Violación, estupro y sexualidad. Nueva Galicia,
1790-1821, Guadalajara.

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Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

entonces había dirimido la Iglesia. El Estado, desde su fortaleza, acudía al


rescate, al tiempo que reclamaba un protagonismo que quería absoluto.

2. La Pragmática de 1776
La Pragmática de 1776 es uno de esos temas fundamental sobre el
que los especialistas -de historia de la familia, pero también de derecho-
vuelven una y otra vez. De hecho, este trabajo también lo hace. Se han
formulado numerosas hipótesis sobre sus orígenes pero, sobre todo, se han
estudiado sus consecuencias, más en América Latina que en la propia
España11. No obstante, no está todo dicho. La hipótesis que se defiende en
este trabajo es que la Pragmática es consecuencia del progresivo desarrollo
estatal, en el que la familia no es sino una parcela más en la que el Estado
debía intervenir. Y si no logra evitar que este espacio sea compartido con
otras instancias sociales, al menos sí consiguió ocupar una posición
preeminente. Queda por dilucidar si este intervencionismo estatal
contribuyó al establecimiento de una nueva realidad familiar, en la que el
núcleo conyugal fuera ganando terreno en detrimento de los grupos de
parentesco, en un proceso similar al descrito por Lawrence Stone para el
caso inglés. En otras palabras, ¿el intervencionismo estatal facilitó la
implantación de la familia burguesa en el ámbito hispanoamericano?
¿Por qué la Pragmática, por qué en 1776? Éstas son las preguntas
claves; pero su respuesta está lejos de ser única: por el contrario, esta
legislación muestra realidades distintas según el punto de vista que se
adopte para su análisis. En la suma, en la síntesis de las diferentes respuestas
que se han dado, quizás sea posible encontrar su trascendencia histórica.
Son muchas, por lo tanto, las posibilidades de análisis con las que se puede
afrontar la Pragmática de 1776. A continuación, se van a ofrecer algunas de
ellas, advirtiendo que, en realidad, son todas caras de una misma moneda; y
sabiendo, en todo caso, que no son únicas, ni definitivas.

11
D. Marre (1997); “La aplicación de la Pragmática Sanción de Carlos III en América latina: una
revisión”, Quaderns de l'Institut Catalá d Antropología, 10, pp. 217- 249.

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Familia, Iglesia y Estado

a) La Pragmática es una muestra más del creciente interven-


cionismo estatal que fue potenciado por la política reformista de los
Borbones
Desde la exquisita obra de Jean Sarrailh, ha sido un tópico
historiográfico señalar que el reinado de Carlos III fue el de las grandes
reformas, aquél en el que, por fin, los vientos de la Ilustración llegaron a
España12; todo gracias a la labor y clarividencia de un monarca que destacó
por encima del resto de su dinastía en el siglo XVIII13. Sin negar todo lo
anterior, lo cierto es que si se pudieron realizar no pocas innovaciones fue
gracias a todo un proceso de fortalecimiento estatal que había arrancado
años atrás con la instauración de la nueva casa de los Borbones. De tal
manera que, como bien señaló Domínguez Ortiz, con Carlos III el Estado
absoluto había llegado a un grado de madurez indiscutible: la soberanía, la
unidad de poder y el monopolio de la violencia eran atributos exclusivos de
la Corona; es más, el Estado era ya una maquinaria capaz de marchar por sí
sola, de tal forma que se estaba preparando el tránsito del Rey absoluto al
Estado absoluto14. El reinado de Carlos III, por tanto, ha de verse como el
gran intento -fallido o incompleto- para transformar España; de ahí, la gran
actividad legisladora. Pero se trataba de reformar, no de acabar con el
Antiguo Régimen. Sin embargo, en todas estas medidas estaba ya el germen
de la disolución del orden de la sociedad estamental.
De este modo, la política que la Monarquía llevó a cabo durante el
siglo XVIII en materia de familia se guió por un principio fundamental: los
sucesos de la vida familiar repercutían de forma directa e inmediata en el
desarrollo del Estado. Estas consecuencias directas justificaban el
intervencionismo estatal en el interior de las familias. Ya se ha visto que la
Monarquía nunca dudó de intervenir en numerosos asuntos familiares; sin
embargo, ahora lo distinto era la justificación a la que recurría: el beneficio
de la República. Lo que era bueno (o malo) para la familia, también lo era
para el Estado. Más que nunca la familia se había convertido en la principal
célula de la organización social, pero también de la organización política. Se
comenzaba a implicar a los individuos y sus familias en la política a causa
de la concatenación de diversos factores: la debilitación del sentimiento del
linaje y el paralelo de la creciente primacía de la familia conyugal; el

12
J. Sarrailh (1985), La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México
13
J. Lynch (2005), La España del siglo XVIII, Barcelona, p. 317.
14
A. Domínguez Ortiz (1996), Carlos III y la España de la Ilustración, Barcelona, pp. 95-96.

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Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

individualismo; la separación de la vida pública de la privada; la


reivindicación del amor y del sentimiento; el racionalismo; la
secularización; los cambios económicos, etc. Discernir el motor principal, la
causa primigenia es la dificultad, lo que ha generado amplios debates
historiográficos, en los cuales no vamos a entrar.
Así las cosas, lo que hay que destacar es que el concepto fun-
damental del siglo XVIII es el de autoridad. Más allá de la jurisdicción, más
allá de la potestad, está la autoridad del Rey. Los buenos súbditos son
aquéllos que cumplen y obedecen los designios del monarca, lo que sólo lo
pueden hacer si tienen interiorizado y asumido el principio de autoridad. Y
la forma de lograr esto es a través de la familia. De ahí que lo primero sea
reafirmar el rol del padre como fuente de autoridad. La dominación política
desde la dominación familiar.
El lenguaje nunca es gratuito. Por eso, conviene recordar que el
Diccionario de Autoridades de 1732 establece que familia es “la gente que
vive en una casa debaxo del mando del señor de ella. Por esta palabra se
entiende el señor de ella, e su muger, e todos los que viven só el, sobre
quien ha mandamiento, así como los fijos e los sirvientes e los otros
criados”15. Nuestra hipótesis es que la Monarquía intervendrá siempre que
se conculque el principio de autoridad exclusivo del padre/esposo. Mal
podrá obedecer al Rey quien no obedece al señor de la familia.
Las medidas legislativas del siglo XVIII parecen reforzar la au-
toridad del padre, pero lo cierto es que aumentan la autoridad del Estado,
superior a la del padre. Lo primero que hace la Monarquía es pedir cuentas
al cabeza de familia e intervenir cuando se comprueba que no existe
autoridad en el seno familiar. Si el padre/es poso no ejerce de tal, entonces
lo hará el Estado, en una intervención que es habitual en la actualidad, pero
que no lo era en el Antiguo Régimen.
Este proceso era ya patente antes de la Pragmática de 1776. Es el
caso, por ejemplo, de la ley dada por Felipe V en diciembre de 171316 por la
cual se prohibían las emancipaciones voluntarias que no hubieran recibido la
autorización del Consejo Real. Se adivina aquí el control de la autoridad
paterna, toda vez que se cuestiona un acto voluntario de organización
familiar interna. No dejan de ser significativas las razones invocadas para

15
Diccionario de Autoridades, Madrid, Gredos, 1984 (facsímil de la edición de 1732), vol. II, p. 717.
16
Novísima Recopilación, Ley IV, Título V, Libro X, diciembre de 1713.

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Familia, Iglesia y Estado

esta intervención estatal: “se sigue notorio perjuicio” debido a “los daños y
malas consecuencias que de tales actos se siguen a la utilidad y bien público
del Estado”. Pero, ¿por qué perjudican al Estado? Porque amenazan con
quebrar el buen funcionamiento de las familias, dado que entorpecen las
relaciones entre sus componentesy crean conflictos entre ellos, con el
peligro de saltar los límites familiares. Al fin y al cabo, el orden social
dependía del orden familiar. Según el texto legal, lo que solía suceder es que
los hijos emancipados recibían la mayor parte del patrimonio familiar y
luego se despreocupaban de su familia (¿síntoma de individualismo?):
“resulta que, por mala educación, muchos de ellos no suelen después cuidar
del socorro de los padres, y totalmente se niegan a los hermanos, habiendo
sido éstos defraudados así en la emancipación como en la donación”17.
La mala educación, que es lo mismo que decir el abandono de
funciones del padre, y su falta de autoridad: he aquí la causa por la que el
Estado se arroga el derecho a intervenir, juzgando la actuación del padre.
Aunque, según avance la Edad Moderna, se vayan separando las esferas
públicas y privadas, lo curioso es que lo que acontezca en cada una de ellas
repercutirá, cada vez más, en la otra, debido al creciente intervencionismo
estatal.
El desarrollo del Estado implicaba, por un lado, la eliminación o,
cuando menos la sumisión, de cualquier otra instancia de poder, y, por otro,
la ocupación e invasión de un creciente número de espacios y ámbitos
vitales. Así lo declara Carlos III: “que siendo propio de mi real autoridad
contener con saludables providencias los desórdenes que se introducen con
el transcurso del tiempo”18.
La familia era uno de esos espacios. El Estado se constituye en el
árbitro de la situación, se posiciona en medio del grupo familiar y, lo que es
más importante, por encima de él. De esta manera, es el Estado el que da
vigor al permiso paterno: “bien entendido que prestando los expresados
parientes, tutores o curadores su consentimiento, deberán executarlo con
aprobación del Juez Real”19.
Y, al mismo tiempo, se erige en defensor de los hijos ante las

17
Ibidem.
18
Novísima Recopilación, Ley IX de Carlos III, 23 de marzo de 1776 (en adelante se citará como
Pragmática), Principio.
19
Pragmática, I

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Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

posibles arbitrariedades:
Y así, contra el irracional disenso de los padres, abuelos, pa-
rientes, tutores o curadores, en los casos y forma que queda ex-
plicada respecto a los menores de edad y a los maiores de veinte y
cinco años, debe haber y admitirse libremente recurso sumario a la
Justicia Real ordinaria, el cual se haya de terminar y resolver en el
preciso término de ocho días; y por recurso en el Consejo,
Chancillería o Audiencia del respectivo territorio20.
En consecuencia, la Pragmática debe contemplarse, por encima de
cualquier consideración, como una manifestación más del inevitable
crecimiento del Estado.

b) La Pragmática puede incluirse como un episodio más dentro de la


política regalista de los Borbones
Como ya se ha señalado, el Estado debía someter a las otras esferas
de poder, entre las que se encontraba la Iglesia católica, una de las más
poderosas en la España del Antiguo Régimen. De ahí que su control fuera
una de las prioridades de la monarquía hispánica, ya desde los Reyes
Católicos. Por tanto, al margen de la influencia que Felipe V pudiera haber
recibido de su abuelo Luis XIV y del galicanismo, la política regalista de los
Borbones continuó toda una tradición de gobierno21. Durante toda la Edad
Moderna, se sostenía que el rey también tenia un poder eclesiástico, lo que
le facultaba para intervenir en las cuestiones de esta Indole pero siempre, y
eso es muy importante, sin entrar en cuestiones dogmáticas y de fe.
Lo que sucedió es que en el siglo XVIII, gracias al ya comentado
fortalecimiento del Estado, se acentuó de manera importante el in-
tervencionismo en los asuntos eclesiásticos. La firma del Concordato de
1753, aunque marcó un punto de inflexión, no resolvió todos los problemas,
lo que explicaría la activa política religiosa del reinado de Carlos III, basada
en dos supuestos principales: primero, el Estado tenía que recuperar aquellas

20
Pragmática, IX.
21
T. Egido (1979), “El regalismo y las relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVIII”, en A. Mestre
Sanchis (dir.), La Iglesia en la España de los siglos XVII y XVIII, tomo IV de R. García Villoslada (dir.),
Historia de la Iglesia en España, Madrid, pp. 122-249; Domínguez Ortiz, Carlos III, pp. 141-160.

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Familia, Iglesia y Estado

parcelas que le habían sido usurpadas; es decir, se trataba de reivindicar su


jurisdicción; segundo, bajo ninguna circunstancia, se podía coartar o
entorpecer el poder del Estado.
Sin considerar muchas cuestiones eclesiásticas, interesa centrarse en
las materias relacionadas con el matrimonio. Así, en un primer momento,
habría que referirse a la cuestión de las dispensas matrimoniales. A lo largo
de todo el siglo XVIII, el gobierno reclamó que su concesión debía
reservarse a los obispos españoles, puesto que Roma les había usurpado su
jurisdicción. Con Carlos III, la cuestión volvió a ser tratada, sobre todo al
hilo del litigio del Exequatur: En un memorial escrito en 1766 por el fiscal
Pedro Rodríguez de Campomanes se redoblaban los esfuerzos por rescatar
de Roma estas concesiones; se volvían a esgrimir justificaciones antiguas;
se insistía en evitar la salida de dinero hacia la Santa Sede y, en última
instancia, se velaba por los vasallos perjudicados, no sólo en lo económico
sino también lo moral y religioso22. La cuestión de las dispensas no sólo no
se solucionó, sino que incluso empeoraría en los años siguientes23.
Mayor trascendencia tuvo, como signo inequívoco de la recu-
peración jurisdiccional del Estado, la Real Cédula de 5 de febrero de 1770,
por la cual los procesos de bigamia (junto con los de blasfemia y sodomía)
que hasta ese momento eran sustanciados por la Inquisición, pasarían a ser
competencia exclusiva de los tribunales civiles.
La Pragmática de 1776 también puede contemplarse dentro de este
proceso de recuperación jurisdiccional del Estado frente a la Iglesia. Por
más que el monarca intentara tranquilizar su conciencia proclamando que la
disposición, ni por asomo, pretendía entrar en cuestiones de fe y que se
hacía con sumo respeto por las leyes canónicas; la realidad es que supuso
una grave grieta en el monopolio que la iglesia venía ejerciendo sobre el
matrimonio, por más que insistiera en que no sólo se adecuaba a la
normativa tridentina sino que al completarla, la enriquecía: “se observe por
los ordinarios eclesiásticos, sus provisores y vicarios, lo dispuesto en el

22
R. Olaechea (2000), Las relaciones hispano-romanas en la segunda mitad del siglo XVIII,
Zaragoza (facsímil de la edición de 1965), pp. 291-292.
23
L. Sierra Nava (1963), El episcopado español ante los decretos de matrimonios del ministro Urquijo
de 1799. Seiscientos tálamos inquietos, Madrid; Sierra Nava, L. (1964), La reacción del episcopado
español ante los decretos de matrimonios del ministro Urquijo de 1799a 1813, Bilbao; Olaechea, Las
relaciones, pp. 401-402,463- 464 y 581-594.

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Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

Concilio de Trento en punto a las proclamas, excusando su dispensación


voluntaria”24.
La verdadera trascendencia de la Pragmática de 1776 es que logró
romper con el monopolio eclesiástico sobre el matrimonio. Suponía un
cuestionamiento de tal envergadura que se ha sostenido que sirvió para abrir
el camino del matrimonio civil en los territorios americanos emancipados de
la monarquía hispánica. Desde luego, inauguraba un nuevo marco legal al
abrir las puertas de la familia a los gobiernos. Los Estados del siglo XIX
supieron muy bien recibir el testigo.

c) La Pragmática se inscribe dentro de nn movimiento general


europeo
En efecto, en la segunda mitad del siglo XVIII, en una gran parte de
los países europeos, se dan disposiciones legales similares. Se puede decir
que la tendencia la inaugura Inglaterra, en 1753, con el Decreto matrimonial
de Lord Hardwicke, que, según Lawrence Stone, finalmente dio coherencia
y lógica a las leyes que gobernaban el matrimonio25. Entre sus muchas
disposiciones prohibió y declaró nulos los matrimonios clandestinos; e
impuso la obligatoriedad del consentimiento paterno para los contrayentes
menores de 21 años26. En zonas del sur de Alemania, la edad fijada fue de
25 años27. Esta misma edad será la que también se fijará en Portugal por la
ley de 1775 debida al marqués de Pombal; y en la Pragmática española de
1776, si bien 1a Real Orden de 1803 rebajó la edad de los contrayentes.
Todas estas disposiciones legales solían incluir un doble com-
ponente: secularizante y vigilante. Por el primero de ellos, se trataba de que
el Estado recuperara su autoridad sobre el matrimonio28. En realidad, el
intervencionismo estatal en el matrimonio, la vía seglar, como la llamó Jean
Gaudemet, había sido inaugurada ya en el siglo XVI por Francia con las

24
Pragmática, XVII.
25
L Stone (1989), Familia, sexo y matrimonio en Inglaterra, 1500-1800, México, p. 26. Véase también:
R. Probert (2005), “The impact of the Marriage Act oí 1753: Was it really 'A most cruel law íor the fair
sex'?”, Eighteen-Century Stud ies, vol 38, n° 2, pp. 247-262.
26
Stone, Familia, pp. 26-27; Bonfield, “Avances”, pp. 177-178.
27
D. Sabean (1990), Property, production an family in Neckarhaasen, 1700-1870, Cambridge, p. 329.
28
L Bonfield. “Avances en la legislación familiar europea”, en Ketrzer y Ba rbagli (comps.), Historia,
p. 176.

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Familia, Iglesia y Estado

Ordenanzas de Blois, de 1579 y continuó fortaleciéndose durante el siglo


XVII29. En el siglo XVIII se profundizaría aún más, al tiempo que se
extendía por otras zonas del continente europeo. A este hecho contribuirían
no poco los propios teólogos, al aceptar y analizar la noción del matrimonio-
contrato30. Si bien el matrimonio como sacramento es competencia de la
Iglesia; en cuanto contrato, cae en la órbita seglar31. De este espíritu bebe
directamente la Pragmática, pues ya es su primera frase se indica que se va a
ocupar de “los contractos de esponsales y matrimonio”32. El Estado incidió
en aquellas cuestiones relacionadas con el matrimonio, sobre las que ya
había legislado, al tiempo que le permitía entrar en los espacios claroscuros
que había dejado Trento: la celebración, la publicidad o la autoridad paterna.
De este modo, la Pragmática viene a cubrir un vacío legal: “por no hallarse
específicamente declaradas las penas civiles”33, tal como lo expresan las
palabras siguientes: “dejando ilesa la autoridad eclesiástica y disposiciones
canónicas en cuanto al sacramento del matrimonio para su valor,
subsistencia y efectos espirituales, me propusiese el remedio más
conveniente, justo y conforme a mi autoridad real en orden al contrato civil
y efectos temporales”34.
Por el segundo componente, las disposiciones legales perseguían el
mantenimiento del orden social establecido3535. En primer lugar, se trataba
de proporcionar cierta seguridad a las familias propietarias; es decir, se
establecía un medio para garantizar el control de la familia en la transmisión
del patrimonio. La Pragmática es tajante en este extremo cuando dispone
que los hijos que casen sin permiso paterno: “queden inhábiles y privados
de todos los efectos civiles, como son el derecho a pedir dote o legítimas y
de subceder como herederos forzosos y necesarios en los bienes libres que
pudieran corresponderles por herencia de sus padres o abuelos”36.
Las ventajas sociales de este tipo de legislación han sido puestas de
manifiesto por Lawrence Stone, quien señala que la ampliación del mercado

29
Gaudemet, El matrimonio, pp. 353-369.
30
J . F. Muñoz García (1982), El matrimonio, misterio y signo. Siglos XVII y XVIII, Pamplona, pp. 480-
483
31
Gaudemet, El matrimonio, pp. 370-371.
32
Pragmática, Preámbulo.
33
Pragmática, Principio.
34
Pragmática, Principio.
35
L. A. Pollock, “Las relaciones paterno-filiales”, en Ketrzer y Barbagli (comps.), Historia, pp. 303-304.
36
Pragmática, III

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Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

matrimonial inglés gracias a la multiplicación de los espacios de sociabilidad


(bailes, fiestas, asambleas, etc.) permitía a los jóvenes una mayor libertad de
movimientos dentro de unos estratos sociales similares; esto conducía a
realizar una mejor elección de cónyuge que cumpliría con las expectativas
financieras y sociales mínimas que esperaba la familia. En todo este proceso,
el Decreto Matrimonial de 1753 proporcionaba a los padres una seguridad
adicional en el caso de elección de un elemento extraño o inadecuado37.
Como han establecido Isabel Morant y Mónica Bolufer, la Pragmática
de 1776 y las otras disposiciones europeas respondían a un cambio
ideológico y de actitudes que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII;
se trataba de conciliar la autoridad del padre con la libertad de los hijos; de
conciliar en el matrimonio amor e interés, inclinación y conveniencia. A fin
de cuentas, lo que estaba en juego era el orden social y los ilustrados
quisieron hacer de la familia y el matrimonio (frente al desprestigio que se
decía padecía la institución38) el principal factor de estabilidad39, para lo cual
había que remarcar de forma clara el principio de autoridad, encarnado
primero en el padre y luego en el rey. De esta forma, la Pragmática imponía
penas legales con importantes repercusiones económicas; pero, sobre todo,
sanciones de tipo moral -individual y social- que surgen de la ingratitud de
los hijos hacia los padres y que tienen su repercusión no sólo en la familia
sino en toda la sociedad:

Que esta obligación comprehenda desde las más altas clases


del estado, sin excepción alguna, hasta las más comunes del Pueblo,
porque en todas ellas, sin diferencia. tiene lugar la indispensable y
natural obligación del respeto a los padres y mayores que estén en
su lugar por derecho natural y divino, y por la gravedad de la
elección de estado con persona conveniente; cuyo discernimiento no
puede fiarse a los hijos de familias y menores, sin que intervenga la
deliberación y consentimiento paterno, para reflexionar las
conseqüencias, y atajar con tiempo las resultas turbativas y
perjudiciales al público y a las familias40.

37
Stone, Familia, p. 174.
38
C. Martín Gaite (1988), Usos amorosos del dieciocho en España, Madrid, pp. 139- 168
39
Morant y Bolufer, Amor, pp. 77-129.
40
Pragmática, II.

550
Familia, Iglesia y Estado

En resumen, la autoridad es el principio clave, ya que implica


obediencia; la obediencia, dominio; y el dominio, estabilidad. Y éste, como
ya se ha vislumbrado, es el fin último de la Pragmática: el mantenimiento
del orden social. En tanto que el sistema social del Antiguo Régimen se
basaba en la desigualdad, su continuidad dependía de que se mantuviera,
puesto que lo contrario acarrearía no sólo “gravísimos daños y ofensas a
Dios”, sino también, “la turbación del buen orden del Estado y continuadas
discordias y perjuicios a las familias”41. La mejor manera de mantener este
orden de cosas era que los matrimonios se celebraran entre personas de si-
milar nivel social. Importaba la identidad individual, pero más la identidad
social. De ahí las referencias en la Pragmática a los miembros de la familia
real, a los Grandes o a los títulos de la nobleza; y de ahí también la especial
aplicación en la América colonial42.

3. El intervencionismo estatal en el control de la familia en las


postrimerías de la dominación colonial y comienzos de la etapa
republicana. El ejemplo de Córdoba
En el marco descripto de creciente intervencionismo estatal en todas
las esferas del poder, y en el contexto específico de la política regalista de
los Borbones, la Monarquía hispánica extendió la aplicación de la normativa
sobre matrimonios también a los territorios americanos bajo su dominio; su
aplicación tendría electos particulares, asociados a la multietnicidad,
pluriculturalidad y mul¬tiplicidad de niveles sociales que caracterizaban a
América43. ¿Cuál era el concepto de orden social que el Estado español
dese¬aba imponer en estas sociedades y en qué medida el recorte del
monopolio de la jurisdicción eclesiástica en materia matrimonial había de
contribuir a promoverlo?
En su concepción inicial, la organización social de los territo¬rios
americanos conquistados por la Monarquía hispánica se había imaginado

41
Pragmática, Principio.
42
A. Twinam (2001), “Las reformas sociales de los Borbones: una interpretación revisionista”,
Montalbán, 34, pp. 219-244; S. A. Saether, “Bourbon Absolutism and Marriage Reform in Late
Colonial Spanish America”, The Americas, 59-4, (2003), pp. 475-509.
43
Lorandi AJI. (2000), “Constitución de un nuevo perfil social de Tucumán en el siglo XVIII”, en
Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana. Dr. Emilio Ravignani, n° 21, pp. 99-114.

551
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

con características duales, prevista como una República de españoles,


diferenciada de una República de los Indios, Muy diferente fue la realidad
resultante. Múltiples circunstancias hicieron que la población se
entremezclase dando lugar a las más variadas cruzas étnicas, producto del
proceso de mestizaje ini¬ciado en el momento mismo del desembarco
español en América. Estas mezclas fueron muchas veces resultado de
uniones que no habían pasado por el altar En su lucha por evitar los
concubinatos, la Iglesia alentó los matrimonios de las parejas, y pasó
muchas ve¬ces por alto la desigualdad socio-étnica existente entre los
pre¬tendientes44. Según el Derecho canónico y por ende para el seglar, por
hermanamiento de ambos, eran tan válidos los casamientos entre individuos
de sangre española como los correspondientes a indios, negros; y las
uniones que dieron lugar a variados subtipos étnicos; tampoco estuvieron
prohibidas por las leyes los casa¬mientos celebrados entre españoles e
individuos de sangre mez¬clada, sí bien de hecho eran considerados
socialmente repugnan¬tes e indeseables, e interpretados como un atentado a
las jerar¬quías sociales en la estratificada sociedad, y por ende un peligro
para la preservación del orden estamental. Según los dictados del Derecho
canónico del matrimonio, los esclavos también podían casarse libremente,
en teoría, aun contra la voluntad de sus due¬ños, y podían hacerlo incluso
con individuos de condición líbre, si bien ello no implicaba modificar su
situación jurídica. Estos casamientos solían no ser recibidos con beneplácito
por su amos,ya que numerosos eran los inconvenientes que aparejaban para
sus propietarios, fruto del descontrol potencial que fomentaba en la mano de
obra, especialmente considerando la prescripción de uni¬dad de domicilio
conyugal que sostenían las normas de la Iglesia. Como puede verse, en
materia matrimon ial, la Iglesia “igualaba” a los distintos sectores sociales.
Entendemos que sí bien la administración borbónica no pre¬tendió
contradecir los principios básicos de las disposiciones eclesiales sí buscó
poner freno a la generalización del mestízale, a través del matrimonio
legítimo internándose por ende en terreno de potestad eclesiástica, a fin de
poner límites a las uniones legales ínterraciales -las uniones de hecho
continuarían escabulléndose de sus intentos de normalización social-
Aquéllas a las que los ministros de la Iglesia bendecían haciendo la vista

44
Eduardo Saguier afirma que los fallos de los tribunales de la Iglesia contribuyeron tanto a los ca
samientos entre distintos subtipos étnicos como al mestizaje,. Cfr. “Church and State in Buenos Aires
in the seventeenth century”, en Journal of Church and State, 1984, pp. 588 y siguientes.

552
Familia, Iglesia y Estado

gorda a la pres¬cripción medieval de necesaria igualdad entre los cónyuges,


y que el poder civil interpretaba como riesgosas para el mantenimiento del
dominio político del continente, por la multiplcación del ele¬mento mestizo
que promovían. Así las cosas, la intervención de los padres en la selección
de la pareja de los hijos menores pasó a un primer plano45 la presumirse que
la directa intervención de aquéllos en la decisión de la pareja contribuiría a
garantizar la efectivización de uniones entre individuos de semejante status
socio-étnico, consideradas “convenientes” al orden social vigente. Un
afianzamiento del poder patriarcal y una mengua en la autoridad eclesiástica
sobre el matrimonio fueron algunos de los efectos de una legislación la cual,
a través de sucesivas aproximaciones, ter¬minó prohibiendo el casamiento
entre blancos e individuos de otras razas, en 1805, al establecer por expresa
Real Cédula que: “...no se podrán efectuar los matrimonios de personas de
conocida nobleza o notoria limpieza de sangre con la de negros, mulatos y
demas castas, aun quando uno y otros sean de mayor edad”46.
Era el comienzo de un proceso en el cual la Iglesia terminaría viendo
resquebrajado el monopolio exclusivo del control del matrimonio,
institución clave en el modelo de organización social propuesto. No
obstante, y a pesar de la normativa regia, ya sea por desconocimiento, o celo
por sostener una jurisdicción monopólica que se resquebrajaba, no pocos
párrocos siguieron casando parejas, independientemente de las distancias
socio-étnicas, morales o económicas que separaban a los contrayentes. Esta
práctica, al tomar estado público, provocaba la airada reacción de las
autoridades civiles. Un ejemplo de tal circunstancia se advierte en 1794 en
Río II, en la campaña cordobesa, cuando el cura don Pedro Isidoro Vieyra
casó a Juan Pablo Ludueña con Juana Ríos en contra de la voluntad materna
de la novia que se oponía a la unión, en razón de que lo consideraba un
salteador. Puesto el hecho en conocimiento del gobierno, Nicolás Pérez del
Viso responsabilizó al obispo don Angel Mariano Moscoso por lo acaecido,
elevando un informe al rey, por interpretar que la autoridad eclesiástica
“manifiestamente pretende extender, y dar valor a su jurisdicción, con

45
Ricardo Cicerchia interpreta el fortalecimiento de la autoridad paterna evidenciado a fínes del siglo
XVIII como un resultado de la secularización de las relaciones familiares, fruto de una alianza entre el
Estado y jefe de familia en procura de garantizar el orden social: Historia de la vida privada en la
Argentina, 1998, Vol I, p. 65.
46
Pragmática, Archivo del Arzobispado de Córdoba (en adelante AAC) Legajo 15, Años 1701-1820.

553
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

menoscabo y resistencia de la Real”47.


Un caso semejante se produjo en Río de los Sauces, curato de Río
IV, Córdoba, en 1795 cuando el cura Vicente Peñaloza casó a don Pedro
Domingo Devia con María de la Paz Estrada, a pesar de que el hermano del
novio negaba su consentimiento, por considerar que la mujer era mulata y su
hermano español. Como consecuencia de ello el gobernador intendente don
Rafael de Sobre- monte dictaminó que el contrayente fuera desheredado,
según la solicitud del hermano y exigió al obispo la aplicación al cura del
castigo que correspondiera48. Es que según la doctrina clásica de la Iglesia
reafirmada en el concilio de Trento, el mutuo consentimiento era el único
requisito para validar un casamiento, independientemente de la autorización
paterna, aunque ésta fuera por cierto deseable.
Aunque coercitiva de la voluntad de los hijos, la normativa regia
sobre matrimonios brindó a las familias un espacio de negociación en los
tribunales civiles, ante situaciones de eventual disenso irracional de los
padres, abuelos, parientes, tutores y curadores; ya que tanto los menores de
edad, y aun los mayores de veinticinco años tenían derecho a que se les
admitiese recurso sumario en la Justicia real ordinaria a fin de que los
matrimonios considerados “racionales y justos”, entre personas de situación
socialmente semejantes, no fueran entorpecidos por la arbitrariedad de los
mayores.
Los conflictos familiares por cuestiones de disenso paterno en
Córdoba49 parecen haber sido bastante excepcionales: sólo se conservan 147
pleitos de este tipo para el período en que estuvo en vigor la Pragmática. En
efecto, los matrimonios inter-étnicos nunca se generalizaron en Córdoba50

47
Cfr. Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba, (en adelante, AHPC) Crimen, Año 1795, Leg. 67,
exp. 31.
48
AHPC, Escribanía 2, Año 1795, Leg. 86, exp. 19 y AAC Leg. 34, Tomo II, Años 1795- 1804.
49
En el análisis y tratamiento de los pleitos de disenso en Córdoba expuesto en el texto se sigue a M.
Ghirardi, Matrimonios, pp. 76-109, de la misma autora “Aunque pardo y pobre soy honrado. Valores
sociales desde los discursos y las prácticas en Córdoba, 1781-1850” en Junta Provincial de Historia de
Córdoba V Jomadas de Historia de Córdoba, siglos XVI al XX, I (2005) pp. 203-223.
50
Según María del Carmen Ferreyra, de 1450 matrimonios de españoles celebrados en el ámbito de la
ciudad de Córdoba entre 1700 y 1779, sólo 24, es decir, 1,65% correspondió a uniones mixtas, cfr. “El
matrimonio de las castas en Córdoba, 1700-1779” en Junta Provincial de Historia de Córdoba, III
Jornadas de Historia de Córdoba (1997) pp. 285-321. Por su parte, Dora Celton observa que entre 1780
y 1840 sólo el 1% de los matrimonios de españoles se efectuó con cónyuge perteneciente al sector de
castas, cfr. “Selección matrimonial y mestizaje en Córdoba”, en Junta Provincial de Historia de Córdoba,

554
Familia, Iglesia y Estado

como sí parecía estar ocurriendo a fines del siglo XVIII en otros lugares de
la América colonial, como el caso de México51. En el análisis de las
sentencias de las querellas intrafamiliares que provocó la mencionada
legislación, puede apreciarse que la prohibición de la efectivización de los
matrimonios propuestos por los jóvenes a los cuales sus familiares se opo-
nían alcanzó sólo al 15 % de los fallos entre 1781 -año de la primera causa
conservada en los repositorios cordobeses- y 1850. Las causas inconclusas
fueron las más abundantes -43.5 %- seguidas de las que finalizaron en
autorización para contraer casamiento -41.4 %-. Con el tiempo, ya en el
período independiente, aumentaron más de un 100%. Este gran incremento
de juicios truncos puede asociarse con la crisis político militar ocasionada
por las guerras de emancipación, que impactaría fuertemente en el normal
funcionamiento de la institución judicial. Aunque en casos aislados, la
firmeza manifestada por algunos jueces al prohibir la concreción de uniones
matrimoniales por razones fundadas en la desigualdad de los contrayentes
se constata en Córdoba todavía en fecha tan tardía como el año 1842. Entre
los juicios que finalizaron con prohibición para contraer hasta 1810, en un
74 % de las causas el motivo del disenso se relacionaba con la sangre, el
linaje y la diferencia social de la persona tomadas en su conjunto; a partir de
esa fecha las prohibiciones para el casamiento fundadas en esas razones
descendieron al 55%; en el resto la denegación del permiso no se explícito o
se fundó simplemente, en la menor edad de los contrayentes. Aunque en
contados casos, como se dijo, la justicia del Estado, en contradicción con las
prácticas tradicionales de la Iglesia, negó el permiso para contraer enlace en
casos en los que se ventilaban cuestiones relativas a diferencias de sangre
entre los contrayentes; en los que existió ocultamiento de la verdadera
calidad social del individuo; ilegitimidad de nacimiento de uno de los
novios; o en los que se comprobó una notoria desigualdad social. En
algunos pleitos, luego de recibida la causa en la justicia civil, las actuaciones
fueron derivadas al tribunal eclesiástico cuando existía también demanda
por incumplimiento de palabra de matrimonio52. En ese sentido, puede
observarse que a partir de la sanción de la legislación sobre matrimonios
puesta en vigor a fines del siglo XVIII, el desenvolvimiento de los juicios
por esponsales -de tradicional jurisdicción de la Iglesia- se vio entorpecido
por las cuestiones de disenso paterno, ya que según la nueva legislación,

III Jomadas de Historia de Córdoba (1997) pp. 327- 344.


51
P. Seed, P. Amar, honrar.
52
Confrontar por ejemplo AHPC, Escribanía 2, Año 1793, Leg. 81, exp. 13

555
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

aunque se demostrase que había existido promesa matrimonial en la pareja,


si uno de los novios menor de edad no contaba con la autorización de sus
mayores, el real mandato establecía que el casamiento no debía efectuarse.
La normativa regia disponía así que las autoridades eclesiásticas se
abstuvieran de admitir causas por incumplimiento de esponsales, o de
autorizar la celebración de casamientos, cuando los novios no contaban con
el aval paterno.
Respecto a las apelaciones de los dictámenes cordobeses, la
documentación permite suponer que se trataría de un recurso bastante
extraordinario53. Si bien se advierte una voluntad de la Real Audiencia para
confirmar las sentencias emitidas por las autoridades del interior a favor de
los hijos, hubo padres que obtuvieron la revocatoria del auto a su favor.
Derivada de esta situación de transición a partir del resque-
brajamiento del monopolio eclesiástico en materia matrimonial, después de
de los sucesos revolucionarios de mayo de 1810 se advierte en algunos
casos cierta confusión acerca de la jurisdicción del ejercicio judicial en esta
materia, y del respeto que debía darse a la normativa hispánica sobre
matrimonios; del mismo modo, se evidencian en las fuentes consultadas
dudas sobre quién debía entender en los recursos de apelación una vez
desaparecida la Audiencia54. Si bien en casos posteriores al año 1810 se
termina reconociendo la vigencia del Derecho hispánico en materia matri-
monial, se advierte lo que puede identificarse al menos como cierta
resistencia al acatamiento de las referidas normas en alguna de las partes
involucradas en esos pleitos. En ese sentido, más allá del accionar un tanto
dubitativo de algunos funcionarios, terminaría reconociéndose y
disponiéndose el acatamiento a dicha legislación, al inclinarse a favor del
disenso cuando se lo consideró pertinente.
En el contexto del proceso de reafirmación de la autoridad regia que
se viene tratando, algunos autores como Ricardo Cicerchia ven en la figura
de los alcaldes de barrio, funcionarios auxiliares del Cabildo, encargados de
mantener el orden y la moral pública, una política de deliberada intención de
disminuir el poder social de la Iglesia. Según Cicerchia, el comisariato de

53
Según ya señalara Susan Socolow, a diferencia de la facilidad con que apelaban los porteños desde la
instalación de la Audiencia en esa ciudad, los cordobeses utilizaron poco ese recurso, cfr. “Parejas bien
constituidas: la elección matrimonial en la Argentina colonial, 1778-1810” en Anuario del Instituto de
Estudios Históricos y Sociales de Tandil, V (1990) p.133.
54
AHPC, Escribanía 4, Año 1813, Leg. 46, exp. 42.

556
Familia, Iglesia y Estado

barrio establecido por el gobernador Vértiz, en 1772, estaba destinado a


garantizar el mantenimiento de la paz de las familias, evitando riñas y en-
frentamientos que pudieran desencadenar en golpes y heridas55.

4. La familia en los discursos de los Registros oficiales,


Leyes y Decretos a comienzos de la República
Desde el punto de vista material, el estallido revolucionario habría
de significar un tremendo impacto para las familias que habitaban el
territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, tanto por el sacrificio
de vidas humanas que representó; por la destrucción de las economías
familiares como resultado de la interrupción de las actividades productivas;
como por los estragos en campos y haciendas, derivados de la guerra. Otros
efectos adversos se vinculan a las alteraciones en la feria nupcial por el
desequilibrio intersexos que aparejó ante el reclutamiento masivo de
hombres para el ejército con sus derivaciones de extrañamiento del lugar de
residencia y saldo de muertes. En ese sentido, el ausentismo por largos
períodos de los varones del hogar de pertenencia, aunque bien conocido
como fenómeno en la etapa colonial, sin dudas se agudizaría en esta época y
repecutiría en la distribución del poder doméstico por ausencia del jefe,
provocando una necesaria reorganización del origen de los medios de
subsistencia.
Como ha resaltado Tulio Halperín Donghi hace ya varias décadas, el
nuevo Estado, necesitado de su fuerza, apuntaló a la familia como
institución, si bien la nueva situación política no pocas veces afectó el
equilibrio interno de los linajes, aparejando conflictos ante el respaldo
otorgado por el poder republicano a las ramas patriotas de parientes. A partir
de la disolución del gobierno central en 1820, especialmente las familias
(“máquinas de guerra”, en la denominación del mencionado autor) que
llegaron a esa fecha indemnes en bienes materiales y redes clientelares,
recuperaron su enorme influencia, asegurando a sus miembros la cohesión
necesaria para enfrentar con éxito a otras familias rivales, aunque debiendo
confrontar con dirigentes locales con creciente poder, sin llegar a ser
capaces sólo por si mismas, de asegurar el orden regional o nacional56.

55
R. Cicerchia, Historia de la Vida, pág. 73.
56
Tulio Halperín Donghi (2005) Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina

557
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

La documentación consultada permite observar, en las décadas


posteriores al inicio de la Revolución de Mayo y hasta el dictado de la
Constitución Nacional, en medio de las urgencias derivadas de la atención
de la guerra contra España y de los posteriores conflictos civiles, qué
espacio de atención mereció la institución familiar en las resoluciones
gubernamentales que allí se compendian, y cuál fue el perfil de tal
preocupación57.
Por una parte, resulta muy interesante la utilización observable en
Leyes y decretos, de expresiones innovadoras para señalar el vínculo entre
el nuevo Estado y el pueblo en el paso de súbditos a ciudadanos. En ese
sentido, la tradicional invocación a la “madre patria”, será desplazada por
expresiones tales como “celo paternal de la República”, o “hijos de la Patria
republicana”. En estas expresiones pueden observarse también elementos
tradicionales como la persistencia de la identificación de dicho vinculo con
las relaciones de parentesco, específicamente con la de filiación.
Salvo excepciones y en líneas generales, puede decirse que las
normas legales heredadas de los tiempos coloniales en materia de familia no
se vieron alteradas después del estallido revolucionario de mayo de 181058.
Una excepción constituye la prohibición de los casamientos de españoles
con jóvenes americanas decretada en 1817 durante el directorio de Juan
Martín de Pueyrredón, dictado al año siguiente de la declaración de la
independencia, y en pleno proceso de la guerra por la emancipación de
España59. Este decreto sólo puede comprenderse en el contexto de mayor

criolla, Buenos Aires, pp. 394-404. Por otra parte, diversos trabajos han resaltado la incidencia de los
lazos familiares en la conformación de la élite dirigente posrevoluclonaria, fenómeno muy conocido
también en la época colonial. En Córdoba, por ejemplo, según Ana Inés Ferreyra, en el período que
estudia, comprendido entre 1835 y 1852, gran parte de los miembros del grupo dirigente estaban
emparentados entre sí. Según la autora un 57% de ellos tuvo al menos un pariente en el sector político;
ejerciendo un 42% de ellos las funciones simultáneamente con otro pariente. Estas redes produjeron
solidaridades, asegurando la permanencia de ciertos grupos de parientes en el poder. Ello no descartó el
enfrentamiento puntual entre miembros de una misma familia y entre grupos (amillares diferentes. Entre
las solidaridades políticas remarcables de la primera mitad del siglo XIX pueden mencionarse por
ejemplo las establecidas entre los Funes, los Acosta, los Arredondo, cfr. Ana Inés Ferreyra (1994) Elite
dirigente y vida cotidiana en Córdoba, 1835-1852, Córdoba, spp.58-60.
57
Registro Oficial de la Nación. Tomo I:1810-1821; Tomo II:1822-1852. Compilación de Leyes,
Decretos, Acuerdos de la Excma. Cámara de Justicia y demás disposiciones de carácter público dictados
en la Provincia de Córdoba desde 1810 a 1870, Tomos I y II.
58
Así lo afirma por ejemplo Ricardo Cicerchia, cfr. Historia de la vida privada, p. 74.
59
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 1059, pág. 414. Un análisis del tema puede consultarse

558
Familia, Iglesia y Estado

virulencia de la guerra revolucionaria, y, aunque excepcional, según se


señaló, constituye un ejemplo de normativa emanada del Estado que
impactó en la familia. De alcance general, constatamos la aplicación de la
mencionada normativa en Córdoba, rigiendo hasta 1821 y provocando una
merma del 32% de uniones legítimas entre jóvenes criollas y españoles
peninsulares, en relación al volumen de casamientos contabilizados para el
quinquenio anterior a su vigencia en Córdoba. La normativa hallaba su
fundamento en el temor derivado de una potencial influencia negativa de los
padres naturales de la Península casados con criollas, en la formación ide-
ológica de los jóvenes patriotas, en un período crucial de la guerra por la
independencia. Su dictado constituye un reflejo de la fuerte autoridad que se
le asignaba a la figura patriarcal y su revocación cinco años después, se
vincula al interés por el aumento de la población, como política del nuevo
Estado.
En plena guerra son varias las disposiciones que dan cuenta de una
preocupación por la situación de desprotección que sufrían las familias; en
ese sentido, se dictan órdenes concretas a fin de procurar su internación
dentro del territorio en caso de invasión. La motivación era doble: lograr su
resguardo pero también asegurar un óptimo rendimiento bélico de los
soldados para el triunfo de la República, liberándolos al alejar a sus
parientes de preocupaciones familiares y domésticas60.
Pero los decretos de honores postumos que se reiteran, serán los que
reflejen una actitud del Estado verdaderamente innovadora, al dirigir su
atención no ya a la institución familiar en su conjunto, sino al cuidado de
personas individuales, integrantes de familias concretas. Los beneficios
alcanzarán a familiares de militares de alta graduación pero también en

en C. García Belsunce “Prohibición de matrimonios entre españoles y americanas” en Una ventana al


pasado. Instituto de Historia política argentina, (1994) pp. 257- 268. La aplicación del mencionado
decreto en Córdoba ha sido estudiada por M. Ghirardi, cuyo análisis se sigue en el texto, cfr. “Impacto
del proceso revolucionario en los comportamientos matrimoniales de españoles europeos en Córdoba”
en Junta Provincial de Historia de Córdoba, II Jornadas de Historia de Córdoba (1997) pp. 345-373.
Una versión corregida de este trabajo se encuentra en M. Ghirardl “Impacto do proceso independentista
nos comportamentos matrimoniáis de españois en Córdoba” en Estudios Migratorios 6 (1998) pp. 125-
149.
60
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 775, p. 325 y decreto 1363, pág. 53. Se crean
comisiones para proveer al ejército y familias en caso de invasión. El argumento del Director Supremo
concluye que “desembarazados de antemano los bravos defensores de la patria de cuidados domésticos
será más vigorosa su aptitud militar, su resolución y fortaleza para oponerse a los Uranos”.

559
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

algún caso a hijos de esclavos muertos en actos de heroísmo61. En esas


medidas el Estado reconocía los actos de los combatientes caídos en servicio
a la patria, y se obligaba a desplegar una acción protectora sobre las esposas
e hijos de los soldados muertos por la causa americana, asignándoles
pensiones a viudas y huérfanos.
Coherentes con la inquietud por propender al aumento demográfico
de la naciente República, en medio de ingentes pérdidas humanas por
efectos de la contienda por la independencia, resultan las medidas tendientes
a prevenir la mortalidad infantil. Así en 1816, durante el Directorio de Juan
Martín de Pueyrredón, se estableció que los bautismos de los niños se
postergasen hasta los nueve días de producido el nacimiento y se realizasen
con agua templada en todas las estaciones62. Pero el interés por la situación
de la infancia se extenderá también al resguardo de la juventud,
prohibiéndose la aplicación de azotes con fines correctivos a los alumnos en
las escuelas públicas, denunciándose entre las afectas a esta costumbre
especialmente a las de los conventos63. El uso de agua fría en los bautizos
era atribuida a lo que se rotulaba como “ignorancia de los curas”, y la
aplicación de reprimendas corporales en los jóvenes, que en el discurso
gubernamental aparece interpretada como “degradante e ignominiosa”, era
achacada especialmente a la enseñanza eclesiástica. Estas denuncias parecen
evidenciar una voluntad por promover cambios sociales que el inmovilismo
del funcionamiento eclesiástico dificultaba.

61
Registro Oficial de la Nación, Tomo I. Se decretan honores postumos al sargento de dragones don
Nicasio Varela y pensión a su familia, 996, p. 383; 1813 pensión a doña Martina Warnes, decreto 562,
pág. 235; 1813 se retira la pensión a doña Francisca Quintana y sus hijas: es un decreto de la Asamblea
General ante la asignación de pensiones a los que participaron en la Reconquista y defensa de la ciudad
de Buenos Aires, se le priva de la que disfrutaba por no hallarse en el caso, 577, p. 238; 1816 Auxilios a
la familia del Coronel don Manuel Dorrego en atención a los servidos que brindó a la Revolución y a
pesar de la indocilidad de su genio que lo ha llevado a estar expatriado de las Provincias Unidas, se
declara a la esposa doña Angela Baudrixe hijo dignos de compasión y amparo, se establece que
disfruten del sueldo que por su clase tenia cuando residía en el territorio de las Prov. Unidas y de morir
uno de ellos goce el superviviente de la tercera parte del total en distinción y beneficio que la Patria le
reconoce a los servidos de sus hijos aun siendo eclipsados por los mismos con los crímenes que la
consternan Firma Martín de Pueyrredón, 1010, p. 387; 1818 asignación de pensión a la viuda del Tte.
don Pedro Pablo Torres 1189, pig. 465; 1818 pensión a los hijos del Gral. Balcarce 1206, pág. 470.
62
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 1001, pág. 385. Decreto del Departamento de
Gobierno firmado por Pueyrredón en 1816. Se ordena a los curas párrocos y a sus tenientes de todo el
territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata no bautizar criatura alguna hasta los nueve días de
nacida dados los casos de muerte por pasmo ocasionada por el agua fría.
63
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 1306, p. 511, año 1819.

560
Familia, Iglesia y Estado

Las críticas manifiestas hacia determinadas prácticas de repre-


sentantes de la Iglesia pueden comprenderse además en el contexto de la
particular situación que caracterizó a las relaciones entre los poderes civil y
eclesiástico después de 1810. En efecto, en virtud del ejercicio del Derecho
de patronato cedido por la Santa Sede a la Monarquía española sobre la
Iglesia de Indias, toda vinculación con Roma debía hacerse bajo expresa
intermediación del Rey de España, bajo cuya potestad se encontraba. Al
producirse la Revolución y asumir el nuevo Estado el ejercicio de la
soberanía, la Iglesia argentina quedaba bajo la autoridad de aquél y aislada
de Roma. Un programa de medidas basadas en el principio de supremacía
del poder civil sobre el religioso, combinando ideas de corte jansenista con
el ideario liberal de la nueva República proponía, como dice Abelardo
Levaggi, una política de neutralización de la Iglesia como factor de poder.
La Ley de reforma del clero de diciembre de 1822 constituye expresión
señera de dicha iniciativa64.
La preocupación por lo que se interpreta como una “relajación de las
costumbres” y la búsqueda de “preservación de la moral pública” aparece
como tema recurrente en las disposiciones generales emitidas en la recién
inaugurada República, tanto a nivel del gobierno central como local, en el
caso de Córdoba. Y ocuparse de la moral llevaba a preocuparse
necesariamente del matrimonio y la familia, en tanto representaban
significativos instrumentos de control de las prácticas sociales. En ese
sentido, y asociado al avance creciente de la injerencia del poder civil en el
matrimonio que venimos tratando, una preocupación que acaparará la
atención gubernamental, se vincula a la celebración secreta de los casamien-
tos, cuando éstos no cumplían con la obligación de publicidad a través de
bandos y proclamas previos a su celebración. Esta práctica de elusión de la
publicidad exigida, en realidad no era nueva, ya que por distintos motivos,
desde antiguo, los contrayentes pretendían mantener en reserva la nueva
situación conyugal, ya sea procurando evadir acreencias; como resultado de
una promesa matrimonial anterior; por causa de oposición de los padres a la
unión pretendida; por existencia de impedimentos canónicos entre los
novios; también por un motivo propio de los nuevos tiempos, el de

64
Entre otras medidas, dicha ley confiscó bienes de órdenes regulares, reguló el funcionamiento de
conventos y monasterios, declaró abolidos el fuero eclesiástico y los diezmos, suprimió las casas de
regulares betlemitas, desconoció la autoridad de los provinciales, fijó requisitos para profesar. Sobre el
tema se ha consultado. A. Levaggi, “La Iglesia y sus relaciones con el Estado” en Nueva Historia de la
Nación Argentina, V (2000) pp. 313-344.

561
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

continuar gozando de pensiones y asignaciones de fondos públicos en casos


de huérfanos o viudas de combatientes, que el matrimonio debía hacer cesar.
Durante la administración de Rivadavia, en una época de singular tensión
con la Iglesia, como consecuencia de las reformas del clero ya señaladas,
encendidos reclamos serán dirigidos ante las autoridades del obispado, res-
ponsabilizándolas de los casamientos ocultos, considerados atentatorios a la
moral. El gobierno denunciaba lo que presentaba como una “generalización
de casos” de evasión de la publicidad del casamiento que se consideraba
esencial, tanto desde el aspecto sacramental como contractual del
matrimonio65.
Sorprende que al interrogarse el funcionario sobre los posibles
motivos de las ceremonias ocultas descartase como causal el posible disenso
paterno afirmando que para ese entonces: “dicha autoridad está reducida en
ese sentido y muy especialmente protegida la libertad de los menores de
edad y pupilos para contraer matrimonios”66.
A través de esta afirmación parecía desconocerse que la normativa
borbónica que exigía la autorización de los padres como requisito para la
celebración de los matrimonios continuaba en vigencia y que persistía la
presentación de demandas por esa causa ante la justicia del Estado con
posterioridad a 1810 y hasta mediados de siglo. En efecto, si bien
excepcional, un pleito por causa de disenso paterno fue entablado en
Córdoba aún en año tan tardío como 1880, y es demostrativo de las
dificultades que seguían experimentando los hijos para contraer matrimonio
según sus propias inclinaciones ante una autoridad paterna reforzada desde
el último período de la administración borbónica. Es notable el contraste
entre los cambios preconizados desde el discurso de tinte liberalizante y
progresista del gobernante, y la rémora de una moral doméstica de tinte
fuertemente patriarcal y tradicional que regía la vida familiar, como parecen
demostrar algunos casos que llegaron a la justicia67.
El 26 de marzo de 1833, la Sala de Representantes de la Provincia de
Buenos Aires autorizó al gobierno dispensar los impedimentos que
establecían las leyes para la celebración de matrimonios entre católicos y
protestantes68. La disparidad de cultos era considerada para la Iglesia un

65
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 1527, pág. 590.
66
Registro Oficial de la Nación, Tomo I, decreto 1527, pág. 590.
67
M. Ghirardi, Matrimonios, p. 117.
68
Registro Oficial de la Nación, Tomo II, decreto 2518, pág. 307. Casamiento en el mencionado

562
Familia, Iglesia y Estado

impedimento dirimente desde el siglo XII69. ¿A qué intereses respondía esta


nueva iniciativa atentatoria de la normativa matrimonial tradicional? Para la
época de la mencionada autorización ya había sido dictada una norma por el
Congreso de 1824 que aprobaba la primera ley de tolerancia de cultos no
católicos en el Rio de la Plata. Roberto Di Stéfano asocia la aprobación de
esta normativa a la influencia de las relaciones económicas que
especialmente Buenos Aires, -donde residían casi la totalidad de los
extranjeros en forma estable- había trabado con Inglaterra. El interior
rechazaría estas medidas reformistas70.
Una disposición del poder civil que decreta en Córdoba, en 1832, la
dispensa a los pobres del pago de derechos curiales de matrimonio y
sepultura, constituye un nuevo síntoma del proceso de secularización al que
asistía la sociedad, a través de un Estado que se proponía desplazar a la
Iglesia en su tradicional misión de protección de pobres e indigentes71. Esta
medida entendemos, satisface intentos anteriores de reducción o derogación
de aranceles curiales, y es de suma importancia para el apuntalamiento de la
institución matrimonial en la región, propendiendo a la normalización
social, al desalentar las uniones de hecho, práctica enquistada
profundamente en los comportamientos de la sociedad colonial a la que
Córdoba, sede de obispado, no escapaba.
En efecto, la cuestión del alto costo de los derechos parroquiales -
entre ellos el matrimonial- habría contribuido a desalentar a no pocas
parejas a contraer nupcias, y había sido motivo de preocupación y
tratamiento en sínodos durante los tiempos coloniales72. El aumento de las

caso de Don Manuel Lafone con Doña María Quevedo.


69
D. Rípodas Ardanaz (1977), El matrimonio en Indias, realidad social y regulación jurídica
(1977) p. 195.
70
Roberto Di Stéfano, Historia de la Iglesia, 2000, pág. 213.
71
Compilación de Leyes, decretos, acuerdos T. I, Ley dispensando a los pobres los derechos curiales de
matrimonio y de sepultura, pág. 72/3.
72
J. M. Arancibia; N. Dellaferrera (1980:10,11) Ob. Cit. (1980:4) “El Sínodo del Obispo Mercadillo.
Córdoba, 1700” en Revista Teología, tomo XVI, N° 34. Los autores afirman que dicha necesidad habría
sido planteada ya en el sínodo celebrado en Córdoba en 1700. Los aranceles habrían sido reformados en
épocas del Obispo Moscoso, sin embargo las nuevas resoluciones no solucionaron el problema de lo
gravoso de estas cargas para los feligreses en aquélla época, los mismos habían aumentado en lugar de
reducirse. Valentina Ayrolo afirma que en 1821 nuevos aranceles no habrían establecido costas para la
celebración de matrimonios, cfr. “Congrua sustentación de los párrocos cordobeses. Aranceles
eclesiásticos en la Córdoba del ochocientos” en Cuadernos de Historia, Serle Economía y Sociedad,
Centro de Investigaciones Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, N°

563
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

tasas de nupcialidad posteriores a 1811 evidenciado en la ciudad de


Córdoba, con el consiguiente descenso de los nacimientos ilegítimos que
constata Dora Celton para la primera mitad del siglo XIX, podrían muy bien
asociarse, al menos en parte, a la supresión de las costas que gravaban la
celebración de los casamientos, amén de una mayor liberalización de los
prejuicios socio-étnicos tras el estallido revolucionario, que habría llevado a
las parejas a seleccionar consorte más a su gusto y por ende, a casarse más73.
En las fuentes consultadas, la mujer y la familia aparecen para el
nuevo Estado como garantes del orden social, puntales para la preservación
de la ansiada moral, buenas costumbres y progreso de la República. Los
caminos para lograrlo: el aliento al trabajo y a la educación. El modelo de
mujer que se propicia desde el discurso propone una exaltación de la
maternidad complementado con un rol social activo en tanto sostén material
del hogar, supliendo al hombre en esa función por efecto de su participación
en las actividades bélicas. El otorgamiento de premios estímulo a la moral,
la industria, la aplicación, y el amor filial destinados a las mujeres madres
de familia constituyen evidencia de ello74.
La representación tradicional que asociaba la feminidad a la re-
clusión en el ámbito doméstico exclusivamente, cedía ante el imperio de las
circunstancias. Más allá de los mandatos de la moral, la religión, las leyes y
los imaginarios, en la práctica las mujeres - especialmente las pertenecientes
a estratos menos favorecidos- siempre habían contribuido al sostén del
hogar, al desarrollar un sinúmero de actividades que en la documentación
colonial aparecen sintetizadas como “tareas mujeriles”, entre ellas el hilado,
tejido, lavado de ropa, cuidado de animales y atención de la huerta,
confección de dulces; ventas al menudeo en los mercados locales y
regionales sin olvidar su significativa colaboración, junto a los niños de la
casa, en tareas agrícolas. Lo innovador en esta etapa tiene que ver con que
es el Estado quien les asigna la responsabilidad de proveer de sustento a la
prole, ante la ausencia del hombre, incentivándolas en sus esfuerzos a través
de la adjudicación de fondos estímulo por intermedio de la Sociedad de

4, (2001) pp. 39-66.


73
Según Celton, la Revolución de Mayo y las guerras de la independencia “acercaron a los
grupos sociales a través del reconocimiento legal de las clases marginadas y el progresivo
rechazo a las limitaciones que impedían los matrimonios de blancos con el resto” de la
sociedad, cir. “Estudio demográfico de la ciudad de Córdoba durante la Gobernación intendencia” en
Cuadernos de Historia (CIFFyH) Universidad Nacional de Córdoba, 1994, pp. 23:56.
74
Registro oficial de la Nación, Años 1822-1852, tomo II, decreto 2148.

564
Familia, Iglesia y Estado

Beneficencia, -fundada en Buenos Aires en 1823-. En ese sentido, es notable


cómo, en la organización de los actos formales de otorgamiento de esos
premios a las beneficiadas, disposiciones gubernamentales insistían
expresamente en que al momento de la entrega de los dineros, la presidenta
de la Sociedad, de pie, resaltara que era el Estado el que las recompensaba75.
Otras normativas dictadas en Córdoba durante las décadas post-
revolucionarias también encuentran en la familia un instrumento propiciador
de concreciones políticas. Entre ellas se cuenta el otorgamiento de
privilegios a las familias que accedieran a establecerse en la línea de
frontera con el indio como pobladoras, graciándolas con exenciones a
contribuciones impositivas ordinarias y extraordinarias; eximisión de
diezmos en productos de agricultura y pastoreo y de todo otro servicio
militar fuera del específico de la frontera en el que todos los pobladores
debían enrolarse76.
Durante el gobierno de Manuel López (1835-1852) se advierte
preocupación por propender a la moderación de los gastos familiares por
motivo de luto, originados en lo que se interpreta como “usos y costumbres
envejecidas” ante el fallecimiento de un pariente. En estas disposiciones hay
énfasis especial en ahorrar costos a las familias pertenecientes a lo que se
identifica ya en esta época como “la clase indigente”, instándolas a la
expresión del luto sólo en lo que “su capacidad les permite”77.
Años después, estas medidas eran complementadas con normativa
tendiente a evitar la dilapidación de medios de subsistencia y fortunas
familiares en juegos y reuniones prohibidas penalizando a los dueños de
casa e hijos de familia o sus dependientes, como a los demás jugadores, con
multas o destino a obras públicas, insistiéndose en que a la tercera vez que
incurrieran en dicha medida serían acomodados por el juez con patrones de
responsabilidad78. En efecto, el control de los comportamientos familiares a
partir de la intervención directa en su interior constituirá uno de los

75
Registro oficial de la Nación, Años 1822-1852, tomo II, decreto 2148.
76
El decreto del 29 de abril de 1830 considera como pobladores a quienes tengan casas,
residencia y haciendas en torno al fuerte, hasta diez leguas en todas direcciones.
Compilación de Leyes, decretos, acuerdos, Tomo I, año 1830, pp. 56/7.
77
Compilación de Leyes, decretos, acuerdos, la reglamentación sobre el uso del luto
corresponde al 27 de septiembre de 1849 y lleva la firma de Manuel López, p. 146.
78
“Reglamento de administración de justicia para la Campaña de Córdoba” en Compilación
de Leyes, decretos, acuerdos, cap. VI, arts. 3 y 5.

565
Mónica Ghirardi / Antonio Irigoyen López

epicentros a los que apuntarán los dardos de sucesivas reglamentaciones.


La exigencia de conchabarse se repite en diversas oportunidades a lo
largo de la primera mitad del siglo XIX. Se mandaba que los jueces
pedáneos tomasen: “razón exacta de todas las familias e individuos”,
estableciendo que hombres o mujeres, que según el juez no tuviesen medios
suficientes ni pudiesen demostrar ser propietarios para asegurar su
subsistencia y mantenerse a sí mismo y a su familia, quedase obligado a
conchabarse. Se trataba de la imple- mentación de un sistema de
reclutamiento compulsivo de mano de obra que afectaría a familias enteras,
no pocas sufrirían su desmembramiento como resultado de la aplicación de
estas normativas79.
Como en la España borbónica, la preocupación por el ordenamiento
social a través de la implementación de medidas tendientes a la erradicación
de la vagancia no constituía una novedad republicana en Córdoba, ya que
bandos y proclamas en el siglo XVIII especialmente en su último tercio,
durante el gobierno de don Rafael de Sobremonte, máximo representante del
espíritu reformista ilustrado que tuvo la región, constituían antecedentes al
respecto80. En ese sentido, entre las amplias atribuciones otorgadas a los jue-
ces pedáneos para propender al ordenamiento social de la campaña destaca
su poder de intervención en las familias, disponiendo de los hijos cuando
por razones morales o de pobreza, considerasen que sus padres no estaban
en condiciones de criarlos: “los padres o madres que teniendo muchos hijos
é hijas no pudieren educarlos ni sostenerlos por falta de recursos, tienen
obligación, tan luego que los hijos lleguen a la edad de seis años, de
colocarlos con un patrón o maestro, quien los educará en el trabajo o
enseñará algún oficio: o si son mujeres, acomodarlas en alguna familia
respetable; si el padre o la madre no lo verificara a los ocho días de serle
intimada por el Juez, éste lo hará con conocimiento de la Municipalidad”81.
Algunas de estas acciones de intervención estatal que se reiteraban,
especialmente en la campaña, desde los tiempos coloniales, solían dar lugar
a abusos de autoridad por efecto de la acción de funcionarios desaprensivos,

79
“Reglamento de administración de justicia para la Campaña de Córdoba” sancionado el
15 de septiembre de 1856 en Compilación de Leyes, decretos, acuerdos, tomo II, p. 21, cap. 3,
arts. 1 y 2. El remarcado es nuestro.
80
Disposiciones del Marqués de Sobremonte durante su gobernación intendencia,
consultado en Instituto de Estudios Americanistas, Año 1785, documento 4.032.
81
“Reglamento de administración... en Compilación de Leyes, decretos, acuerdos, tomo D, pág.
23, cap. 4 referido a vagos en su artículo 6.

566
Familia, Iglesia y Estado

provocando situaciones desestabilizadoras en el seno de las familias, al


arrancar a los niños de su núcleo originario, lo que desembocaba en
verdaderas situaciones de servidumbre de infantes y jóvenes y alentaba
conflictos judiciales originados en reclamos de los padres ante arrebatos de
los hijos que consideraban injustificados82.

Conclusiones
Se ha visto cómo hacia fines del siglo XVIII se evidenció en España
una creciente intromisión de la Monarquía borbónica sobre temas atinentes a
la jurisdicción eclesiástica como era el matrimonio, y cómo esas tendencias
fueron trasladadas a Hispanoamérica en procura de la preservación del
orden social que fundamentaba la dominación colonial.
Frente a lo que podría suponerse, teniendo en cuenta los profundos
cambios políticos introducidos a partir de 1810, en el Río de la Plata no
hubo inmediatas transformaciones legales de fondo, vinculadas a la cuestión
familiar. El Derecho castellano continuó en vigor, aunque en coexistencia
con el patrio, de reciente sanción, hasta bien avanzado el siglo XIX.
En el proceso de organización del nuevo Estado, la familia cons-
tituyó sin embargo significativo motivo de interés público. En la
documentación consultada pudo apreciarse una preocupación hacia la
institución familiar en las medidas adoptadas por los sucesivos gobiernos.
Como se ha visto, en su accionar, la política gubernamental de la flamante
República implementó medidas sociales de tinte progresista, democratizante
e innovador, acordes con los aires revolucionarios, aunque también se
observaron persistencias de actitudes más tradicionales, propias de los
tiempos coloniales.
Pudo observarse una tendencia creciente de desclerización social
como política de un Estado que se proponía avanzar sobre jurisdicciones
tradicionalmente en manos de la Iglesia, al disponer sobre cuestiones
vinculadas al terreno de los impedimentos matrimoniales, los aranceles

82
Véase un análisis sobre pleitos de restitución de menores para el caso de Buenos Aires en Ricardo
Cicerchia Historia de la vida privada en la Argentina, 1998, pp. 75-86, y anteriormente del mismo
autor: “Familia: La Historia de una idea. L.s desórdenes domésticos de la plebe urbana porteña. Buenos
Aires, 1776 - 1850” en Vivir en Familia, 1996, Catalina Wainerman (comp.), pp. 49-72. Para el mismo
fenómeno en Córdoba puede consultarse M. Ghirardi Matrimonios, 2004, p. 530-537.

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curiales, la instrucción pública, la preservación de la moral social, que


pasarían a constituir parte de sus intereses.
Se vio cómo era el nuevo Estado quien comenzaba a reemplazar a la
Iglesia en su función benefactora y protectora de pobres e indigentes, al
tiempo que la familia aparecía como puntal de la causa republicana: sus
miembros varones, a través de su entrega personal al servicio de las armas
de la Revolución y sus mujeres representadas en la figura de la madre
abnegada, que combinaba el cuidado de los niños con el papel de sostén del
hogar, ante la ausencia de los hombres de la familia que la nueva situación
proponía.
El Estado aparecía exigiendo y recompensando con dineros y
honores a los miembros de las familias por sus servicios a la Patria
republicana.
Se trataba de una época de transición, caracterizada por innovaciones
y persistencias de valores tradicionales. El Estado avanzaba en numerosos
aspectos, ante un lento aunque irreversible retroceso de la Iglesia83.

83
El dictado de las leyes laicas tendrán que esperar en Argentina hasta fines del siglo XIX, la ley de
matrimonio civil corresponde en nuestro país a 1888 y el divorcio vincular fue autorizado en Argentina
recién un siglo después.

568
Familia, Iglesia y Estado

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