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Caminantes

Ed. Ramírez Suaza, P.Th

El día de hoy me resulta nostálgico, siento que ya se evaporó la magia de navidad. Un


aire de paz ya no corre por las calles, ya callaron los villancicos, la ciudad se desviste de
sus luces, ya no hay noches de paz, noches de amor. Desmontan los pesebres mientras
el consumismo sigue hambriento. Nuestros bolsillos en saldo rojo ya nos empiezan a
preocupar. Pero no hablemos de esas preocupaciones ahora, mencionemos otras más
bien. Por ejemplo: ¿se tomará el castrochavismo el poder en Colombia? ¿Alcanzará el
mínimo para suplir las necesidades básicas de mi familia? ¿Por fin me casaré? o ¿por
fin me divorciaré? ¿Qué haré con mi fe? ¿Este año sí leeré la Biblia? ¿Este año por fin
pondré al servicio del Señor mis talentos? ¿Saldré al fin de la tibieza espiritual?
Estas son preguntas muy importantes para resolver.
En términos de comunidad, ¿hacia dónde vamos en la iglesia? Esta es una pregunta
muy seria: ¿hacia dónde vamos en esta iglesia?

Como Iglesia local tenemos una meta específica que alcanzar. La idea de compartirla
con Uds. hoy es precisamente para animarlos a poner “manos a la obra”.
Atienda bien la meta que Dios espera que en comunidad alcancemos:
Una Iglesia en crecimiento integral, abundando en amor y fortalecida en unidad,
madurando en su identidad con Cristo y en su responsabilidad con el mundo.

Caminantes
juntos en la dirección correcta

En esta oportunidad no compartiré con Uds. una exposición bíblica, será más bien un
trazo, para otros un re-teñir, con las palabras el camino que Dios ha puesto delante de
nosotros, la Iglesia Cristiana Dios Para Todos. En este ejercicio les tengo, en primer
lugar, buenas noticias: ¡Somos Iglesia! ​Esa “cosa” que Dios se inventó para reunir
personas de todas las razas, culturas, pueblos, continentes y hacer de ellos su familia.
Él se nos ha presentado como nuestro Padre y todos nosotros, aún siendo muchos,
somos en Cristo un cuerpo de amor. Una Iglesia. Una comunidad escogida por Dios
para traer sanidad a todas las naciones de la tierra. N.T. Wright dice que la Iglesia es
“la compañía de todos los que creen en el Dios a quien vemos en Jesús y a quien, con
luchas, seguimos.” Kevin Vanhoozer dice que “la Iglesia es creación y templo del
Espíritu Santo.” Henri De Lubac dice: “La Iglesia es sin duda una sociedad, pero no
una simple asociación de personas. Es una “comunidad misterio” que abarca al
creyente y a todo ser humano llamado a la salvación...” Y sigue diciendo este autor
francés: “Para comprender a la Iglesia es menester referirla por completo a Cristo; él es
su verdadero arquitecto, su verdadero constructor.”

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Actualmente muchas son las gentes que menosprecian la Iglesia del Señor. Hablan mal
de ella. La vituperan, la blasfeman, la maldicen. Estas personas necesitan saber que la
Iglesia “es la familia, única y multiétnica, que el Dios creador prometió a Abraham.
Nació por medio de Jesús, el Mesías de Israel; recibió su energía del Espíritu de Dios; y
ha sido llamada a llevar las transformadoras noticias de la justicia rescatadora de Dios
a toda la creación” (N.T. Wright). Jesús, el Hijo de Dios, tiene un objetivo principal con
ella, y es “la edificación de un pueblo espiritual que sea la casa de Dios en la tierra” (K.
Vanhoozer). La Iglesia es la comunidad a través de la cual Dios se hace realidad en el
mundo. Aun así, es vulnerable al ingreso de personas inescrupulosas que pervierten el
evangelio, hacen de la fe una plaza de mercado y de la ética cristiana un chiste de mal
gusto; son “lobos disfrazados de ovejas”. Desde muy temprana la historia del
cristianismo, la comunidad creyente ha tenido que deslindarse de quienes son falsos
hermanos, falsos pastores, profetas, apóstoles, maestros; hasta de falsos cristos (2
Timoteo 3).
La Iglesia es de Cristo. Cristo la dignifica. Cristo la purifica. Cristo la sostiene a pesar
de nosotros mismos.

Comprendamos que no somos “La Iglesia”, no. Somos apenas una parte muy pequeña
de la Iglesia de Dios en el mundo entero. Es una sola Iglesia conformada por todas sus
comunidades en el mundo entero. La Iglesia del Señor no son edificios; son los
creyentes. Con gusto me place recordarles que somos parte, una comunidad entre
muchas otras, de la Iglesia de Cristo.
Una es la Iglesia Universal, la que se integra con todos los creyentes del mundo entero.
En esta oportunidad nos miramos como iglesia local. Esta sede. Esta comunidad.

Como Iglesia local nuestra meta es crecer.


Envejecemos, lo cual es inevitable. Pero estancarnos, eso sí que es imperativo
superarlo. Como individuos, algunos y a veces, nos estancamos. Optamos por dejar de
crecer precisamente cuando conseguimos un trabajo de esos que llaman “estable”.
Dejamos de crecer cuando obtenemos el título que aspiramos: bachiller, técnico,
ingeniero… qué sé yo. Abandonamos la idea de seguir creciendo cuando nos
pensionamos, dedicándonos a cambiar relojitos en el parque todas las mañanas.
Hay iglesias que experimentan el mismo fenómeno: como ya somos 150 miembros,
pues ¡deje así! Como ya adquirimos una propiedad, crucemos los brazos. Como ya me
leí la biblia, pues no presto atención a los sermones. Como mi cónyuge ya se reúne,
dejemos de evangelizar y orar intensamente. Como la pereza ya anidó en nuestros

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corazones, entonces volvámonos domingueros; eso de reunirse en semana también es


pa’ desocupados. Voy el domingo, ahí como pa’ no dejar de cumplir.
Nos estancamos en la oración. Estancados en la Palabra. Estancados en el mismo
pecado. Patinando en la misma tentación. Algunos dejaron de crecer en Jesús.
S. Pablo exhortó a la iglesia en Éfeso diciendo:
11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12 a fin de perfeccionar a los santos
para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13 hasta que
todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios;
hasta que lleguemos a ser un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo;14 para que ya no seamos niños fluctuantes, arrastrados para
todos lados por todo viento de doctrina, por los engaños de aquellos que
emplean con astucia artimañas engañosas, 15 sino para que profesemos la
verdad en amor y crezcamos en todo en Cristo, que es la cabeza, 16 de quien todo
el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se
ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su
crecimiento para ir edificándose en amor.

Subraye estas frases: “hasta que lleguemos a la medida de la estatura de la plenitud de


Cristo”, “no seamos niños fluctuantes”, “crezcamos en todo en Cristo”, “crecimiento
para ir edificándose en amor.”
Nuestro crecimiento integral tiene unas metas fijas muy bellas, innegociables además.
Sí, la meta es crecer hasta tener la estatura de Cristo. ¿No le parece esto muy lindo?
Nuestro interés colectivo es llegar a ser como Cristo.
Téngalo presente: en esta iglesia crecemos en dirección a Cristo.

No sólo nos interesa crecer, igualmente ​nos ejercitamos en el amor.


Dios derramó todo su amor en una vasija llamada Iglesia, para que cuando el mundo
tenga sed venga a ella y encuentre con qué saciar su sed.
Una de las cualidades más hermosas del amor es la aceptación. Dios nos ama y nos
aceptó tal cual llegamos a él. No nos rechazó por ser pecadores, nos aceptó a pesar de.
Ahora, por ese mismo amor nos transforma formando en cada uno de nosotros a
Jesús. Nosotros imitamos el amor de Dios: aceptamos las personas tal cual son.
Ejemplo, empecemos por aceptarnos a Dios tal cual es él. Así como es él: santo, santo
santo. Grande en misericordia. Justo. Verdadero. Fiel. Lento para la ira. Celoso.
Innegociable. Indomable. Perfecto. En fin. Luego, aceptémonos tal cual somos. No sólo
nos cuesta aceptar a Dios tal cual es él, lidiamos también con aceptarnos a nosotros
mismos tal cual somos. Quiérase un poquito. Perdónese un poquito. Llévesela bien
consigo mismo. Amemos a los hermanos tal cual son. La Iglesia es el gym perfecto para
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ejercitar el amor. Aquí ofendemos, vos y yo, perdonamos. Aquí a veces no saludamos,
saludemos vos y yo. Aquí a veces somos descortés, vos y yo seamos bien cordiales. Aquí
a veces no saludan, saludemos vos y yo. Aquí a veces hacemos acepción de personas,
vos y yo no discriminemos. Aquí a veces son poco serviciales, vos y yo seamos personas
dispuestas a trabajar por el bien y comodidad de los hermanos. Aquí a veces son
indiferentes, vos y yo cambiemos eso.
En lugar de criticar o desanimarnos seamos siervos del amor que “​es paciente y
bondadoso; no es envidioso ni jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada impropio;
no es egoísta ni se irrita; no es rencoroso; 6 no se alegra de la injusticia, sino que se
une a la alegría de la verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta​” (1 Cor. 13.4-7).

Crecemos, amamos. También ​nos fortalecemos en unidad.


Nuestra unidad es cristiana, es decir, nos unimos en Cristo. En Cristo tenemos un
bautismo, un Señor, una fe, un Dios y padre de todos, un espíritu, una Iglesia. El
abrazo del Padre nos acoge en unidad y en él somos uno aún cuando somos muchos.
Sin el abrazo de Dios yo no tengo nada de interés ni de razones para unirme a ti; pero
como Dios nos amó, nos salvó, nos perdonó, nos adoptó, nos familiarizó; nuestra
unidad resulta ser un efecto apenas lógico, consecuente e inevitable por todo lo que el
Señor hizo en nosotros.

Mi unidad a ti no es una deuda contigo, es una responsabilidad con Dios. No me uno a


ti porque tú seas chévere, no, me uno a ti porque Dios nos unió en un cuerpo. Nos ha
confiado en la unidad un misterio asombroso y hermoso: ser el cuerpo de Cristo en la
tierra. En palabras paisas: somos los responsables de hacer presente a Jesucristo aquí
en la tierra sanando, liberando, predicando el evangelio, consolando, proveyendo,
perdonando… y demás. Esa tarea de hacer presente a Cristo en el mundo no la
podemos hacer solitos. Tú no eres capaz; yo menos. Pero unidos en Cristo podemos
hacer más de lo que imaginamos o comprendemos.
Satán lo sabe, quizá por eso lo que más ataca el demonio en la Iglesia es la unidad. El
demonio sabe cómo alimentar nuestros resentimientos, nuestra falta de perdón,
nuestras perezas e indiferencias. Satán sabe cómo rascarnos la panza para que
empeñemos nuestros talentos y dones en el baúl de lo inusado. Cuando así
procedemos, nos convertimos en siervos de Satán.

Esta comparación ya es un cliché pero muy básica y muy diciente: una bracita sola se
apaga, únase a la fogata. Juntos hacemos fuego más contundente, de mayor alcance.

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De mejores logros. Venga mijo, únase. Deje de ser resentido. Deje de ser acomplejado.
Deje ser autosuficiente. Deje el orgullo. Deje el pecado y únase. En Cristo somos un
pueblo. En Cristo somos un cuerpo. En Cristo somos una familia. En Cristo somos un
ejército de salvación. En Cristo somos “la liga de la justicia”.

Crecemos. Amamos. Nos unimos. Igualmente ​maduramos.


Dice S. Pablo a los efesios, “no seamos como niños”.
En el año 1904 James Mathew Barrie escribió una novela en la que el personaje
principal es Peter Pan. Estudios Universal, Columbia Pictures y otras industrias del
cine llevaron a este personaje a la pantalla gigante. El el año 1983, el Dr. Dan Kiley,
psicologo clínico, escribió un texto que llegó a ser Best Seller, titulado “El complejo de
Peter Pan”, y el subtítulo es: ​los hombres que nunca crecieron. ​El autor con el término
“crecer” se refiere a madurar. A partir de ese texto, mucho es lo que se ha dicho.
El complejo de Peter Pan básicamente consiste en que las personas envejecen con
mentalidad adolescente. Inmaduros. Egoístas. Narcisistas. Irresponsables.
Dependiendo todo el tiempo de otros, regularmente de la mamá. Incapaces de
compromiso, especialmente marital. Claro que el artículo que leí habla es del
desarrollo sexual comprometido con una mujer. Yo prefiero articular la idea en
términos de matrimonio, por nuestros principios cristianos. El “Peter Pan” es el hijo
que tiene 40 años pero “es el bebé de mami”. Complejo de Peter Pan.

¿Por qué menciono esto? Porque habemos cristianos “Peter Pan”. Inmaduros.
Egoístas. Irresponsables. Dependiendo siempre de otros para vivir la fe. Son como
niños. Pasan los años y se resisten a crecer, a madurar. Recuerda por favor las palabras
de S. Pablo: cuando era niño, pensaba y actuaba como niño; pero ya no soy niño. Ya no
puedo seguir actuando así, tengo que aprender a ser, vivir, actuar como una persona
madura en la fe. Dios quiere hijos maduros.
Nuestra madurez en Cristo es posible cuando proyectamos nuestra mente a pensar
como Jesús, cuando ponemos en órbita nuestras acciones como las de Jesús y cuando
hablamos como Jesús. Por esta razón es que nos presentamos al mundo como
cristianos: reflejamos en todas nuestras áreas a Cristo; no a Peter Pan. S. Pablo en 1
Corintios 14.20 dijo: “Hermanos, no sean como niños”. En otras palabras: ¡madure!
Una persona madura es aquella que tiene cuatro éxitos: 1. Disfruta de una relación
positiva consigo mismo, 2. Conserva y cultiva una relación positiva con los demás, 3.
Trabaja y promueve una relación positiva con la creación de Dios y 4. Se identifica con
Cristo y en esa identidad se proyecta en la vida.
¡Maduremos!

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Crecemos. Amamos. Nos unimos. Maduramos y finalmente ​nos


responsabilizamos.
Como Iglesia tenemos una responsabilidad muy grande para con el mundo:
¡evangelizar! En lo que respecta a la salvación del mundo, como Iglesia somos
irresponsables. ¡No estamos evangelizando!
Dios nos ha trazado también la meta de evangelizar. No podemos descansar hasta que
Caldas sea lleno del conocimiento e la gloria de Dios así como las aguas cubren el mar.
Jamás olvide esto: el evangelio es poder de Dios para salvación, no se avergüence del
evangelio.

Evangelizar es, entre otras, contar la historia de Dios. Este ha de ser nuestro lema:
todo el evangelio a toda criatura.
Ejercicio de las sillas.