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Tema 36. EL GÉNERO LITERARIO. TEORÍA DE LOS GÉNEROS.

INTRODUCCIÓN.
La cuestión inicial que presenta el establecimiento de
los géneros literarios es la propia concepción de lo
literario: ¿Qué es literario? En una visión maximalista de
la pregunta podríamos decir que todo lo escrito es
susceptible de ser literario. Por otro lado, como apunta
Benedetto Croce (1926), puede interpretarse desde la visión
opuesta donde la división de las obras en géneros es
irrelevante e imposible ya que cada obra es única. Croce
convierte la unicidad del texto literario en el concepto
absoluto sin valorar la finitud de posibilidades y, por
consiguiente, la coherente clasificación por similitud de
rasgos.
Los planteamientos a la hora de abordar la literariedad
de un texto son diversos, por ejemplo, en función de la
complejidad estilística y estructural de la obra. Otros
recurren a la intención del autor, hecho difícil de discernir
dado que éste no tiene por qué haber dejado constancia de la
intencionalidad de su texto. Además, no está claro que la
intención de algunos textos literarios sea esa misma, como
ocurre con La deshumanización del arte de Ortega y Gasset o
De los nombres de Cristo de Fray Luis de León. Como último
ejemplo que se trató de llevar a cabo sin mucho éxito, fue
la clasificación en base al carácter ficcional. La invalidez
de este pensamiento queda plasmada cuando reparamos en el
género didáctico ensayístico, carente de ficción y
completamente literario.
La clasificación de los géneros literarios tiene un
largo recorrido desde la antigüedad grecolatina. Hasta el
Romanticismo, las teorías literarias tenían una intención
prescriptiva, recogía directrices que los autores debían
seguir. La crítica fue abriéndose a la posibilidad de cambio
poco a poco. Se fue valorando la evolución de los géneros y
la aparición de otros nuevos. La innovación no era ajena a
los géneros, sino que fue negada por una intención de
sometimiento a los cánones. El desarrollo de un género
conduce, en muchos casos, a la superación de este que puede
desembocar en un género nuevo. Por lo tanto, esa novedad se
encuentra en el límite de lo preexistente, sus rasgos se van
reconociendo y el uso de éstos aumenta en distintas obras.
Finalmente, los críticos reconocen esta variedad como un
género independiente.
Las clasificaciones genéricas son diversas y con
intenciones distintas, desde la prescriptiva a la
descriptiva, desde los que tratan de interpretar los textos
de su contemporaneidad hasta los que pretenden dotar al
género un carácter universal. Es oportuno hacer un recorrido
desde el origen de las teorizaciones literarias para entender
su evolución y tener una perspectiva más amplia del tema que
nos ocupa.
ANTIGÜEDAD
Debemos remontarnos al siglo IV a.C. cuando Platón
escribe su República, un texto que pretendía expresar las
bases esenciales de su estado ideal, entre ellas la
literatura. El libro III nos muestra la visión platónica de
los géneros literarios basados en la mímesis. La imitación
era la esencia de la literatura por lo que la lírica quedaba
ajena a la valoración del filósofo griego. Platón contemplaba
tres tipos de diégesis: la forma diegética simple, en la que
el contenido es referido por el poeta refiere los contenidos;
la forma diegética pura, donde los elementos verbales y no
verbales se expresan por sí solos, como ocurre en el drama;
y la forma mixta, con la epopeya como ejemplo.
El mismo siglo ve nacer la Poética de Aristóteles, base
de la filosofía occidental, también en materia literaria.
Este autor, al igual que Platón, obvia todo aquello que no
es mímesis, solo se centra en la épica y la dramática, y
entre sus múltiples formas aquellas que más respeto merecían
para él: la epopeya y la tragedia. Los modos principales de
imitación eran la narración o la presentación por parte de
los actantes. Para hacer una diferenciación algo más
específica añadió el objeto de la imitación. De esta manera
diferenció las obras de tono bajo, medio o elevado, según la
condición de los personajes en relación con la de los
espectadores.
El mundo grecolatino sigue haciéndose paso en la cultura
occidental, esta vez a través de Horacio. En el siglo I a.C.
encontramos la Epístola ad Pisones, un texto dirigido a los
hijos de un político romano a quienes trataba de enseñar
literatura. El autor concibe los géneros literarios (épica,
lírica y drama) como tres moldes independientes que deben
ser respetados. Esta postura llevó a autores de siglos
posteriores a interpretarlo como un férrea preceptiva que no
ha de ser tomada a la ligera, la realidad no era tan firme.
A pesar de la propuesta de la tríada genérica, el interés de
Horacio residía más en la repercusión y efectos que una obra
tenía en el público, es decir, el discurso, concretamente en
el drama.
La cultura romana es muy rica en estudios literarios,
de oratoria y retórica donde personalidades como Dionisio de
Halicarnaso o Cicerón realizan aportaciones que elevan la
importancia de los tratados teóricos. Ya en el siglo I de
nuestra era, Quintiliano presenta en Institutio Oratoria el
cuarto elemento que se le añade a la tríada de los géneros
literarios: la didáctica.
EDAD MEDIA
Tras una brillante etapa en lo que a la cultura se
refiere, Europa sufre las consecuencias de la caída del
Imperio romano, los conocimientos se difuminan llegando a
hacer interpretaciones no del todo exactas de postulados
anteriores. La inestabilidad del género es palpable debido,
en gran parte, a la inconsistencia del proceso de
transmisión. El mundo medieval toma como referencia de los
géneros literarios a Horacio y la Epístola a Herenio, un
texto de autor desconocido por mucho tiempo atribuido a
Cicerón. Esta etapa estuvo fuertemente marcada por la
estricta preceptiva.
La baja latinidad tomó como referencia las obras de
Virgilio para tipificar los estilos clásicos. Para completar
esta clasificación, cabe mencionara García Berrio (1999)
quien considera que la Rueda virgiliana, así es llamada esta
clasificación, añade una visión social de la vida. El estilo
sencillo viene marcado por las Bucólicas, representado por
el pastor ocioso cuyo elemento representativo es el cayado
junto a la oveja. El estilo medio propuesto en las Geórgicas
se basa en la figura del labrador, quien trabaja el campo de
cultivo junto a su buey. Por último, el estilo más elevado
es el más honroso de la antigüedad, aquél en el que el
soldado se erige como el héroe de su pueblo. Es en la Eneida
donde vemos al caballo, al soldado y su espada.
La evolución de los géneros sufre un cambio en el
Renacimiento cuando se vuelve la vista a los textos de la
antigüedad con más fuerza, sobre todo los de Aristóteles y
Horacio, la preceptiva aún persiste. Minturno aparece en
Italia para mostrar L’arte poética que reafirma la división
tripartita de los géneros. La poesía épica dividida en verso,
prosa y mixta, la poesía dramática trágica, cómica y
satírica, y la poesía lírica. Las formas literarias van
cambiando a pesar de la intención conservadora y los autores
y críticos entienden la desvinculación de las formas clásicas
de su contemporaneidad. El arte nuevo de hacer comedias en
este tiempo de Lope de Vega es una muestra clara de esto.
El siglo XVIII veía cómo la literatura se alejaba cada
vez más de los géneros, ante lo que surgieron opositores. El
neoclasicismo retomó las ideas anteriores en un intento de
encorsetar las posibilidades creativas dentro de los cánones
literarios. Figuras como Luzán intentan restaurar esa
poética como forma de mantener el decoro en las obras. Otro
de esos autores fue Boileau quien, a pesar de sus valores
preceptistas, deja un hueco a los autores para que puedan
transgredir esas normas.
El siglo XIX es el de la libertad completa del autor,
la originalidad y el genio personal reinan en el
Romanticismo. Grandes autores como Schlegel o Herder valoran
el establecimiento de los géneros como forma esencial de
clasificación literaria, pero son conscientes del cambio que
están sufriendo. Las Lecciones de estética de Hegel son las
ideas esenciales del siglo. El filósofo alemán considera los
géneros literarios como unos medios de la creación artística
hacia la expresión del ideal de belleza y la verdad. Según
él, se produce un proceso dialéctico con tres estados
principales. La tesis está relacionada con lo objetivo,
representado por la épica. El epos remite al sentimiento
colectivo que se recoge desde los inicios de la cultura
desplegado por recitadores, rapsodas y juglares. El héroe
épico refleja los valores esenciales de un pueblo. Esa escala
de valores es variable, por lo que esta concepción genérica
está sometida a una condición espaciotemporal. El poema épico
dejó de tener el valor original, siendo en su época la novela
el más representativo del alma popular. El segundo estado es
la antítesis, lo subjetivo, es decir, la lírica. Es una forma
más avanzada ya que se da cuenta de sí mismo y expresa los
sentimientos en un desdoblamiento que divide al autor en
dos, se expresa a sí mismo. El tercer y último estado es la
síntesis, una forma mixta que se concreta en el drama. Para
Hegel es la forma más completa de la literatura al conseguir
una unión armónica y efectiva de dos posturas, a priori,
enfrentadas.
SIGLO XX
Llegado el siglo XX las clasificaciones de los géneros
literarios se multiplican de manera significativa. Ya hemos
mencionado a Benedetto Croce (1926) y su concepción de la
obra literaria como algo único e infalsificable. Su teoría
Idealista cree que los géneros dificultan el análisis y el
estudio la obra literaria. A pesar de ello, contempla la
separación genérica como herramienta didáctica
El formalismo ruso aborda la cuestión en base a los
procedimientos constructivos de la obra literaria, sus
rasgos. Lázaro Carreter (1976) se esforzó en condesar las
ideas de Tomachevski para dar explicación, entre otras cosas,
a su diferenciación genérica. Los mencionados rasgos que
constituyen la obra literaria se pueden diferenciar entre
los de género que componen el esqueleto del texto y los
propios de la creación concreta. Éstos últimos siempre son
dependientes de los primeros, pero puede dar paso a un
distanciamiento del género. Según el formalismo ruso, esta
evolución del nuevo género que se distancia del original es
desarrollado por alguna figura, un genio que se sobrepone a
los establecimientos canónicos. Por este motivo consideran
que la clasificación genérica está sustentada en un hecho
histórico y descriptivo. Roman Jakobson aplicó sus
postulados de las funciones del lenguaje para definir la
tríada clásica. La función predominante determina el género
al que pertenece siendo la función referencial propia de la
épica, la emotiva de la lírica y la conativa de la dramática.
En Norteamérica, el New Criticism contó con la aportación
de Northorp Frye para estudiar la cuestión de los géneros.
Considera cuatro géneros: epos, drama, lírica y ficción.
Bajo la misma corriente se presentan Wellek y Warren, quienes
interpretan los géneros como instituciones a las que
adherirse para la creación literaria. A esto añaden que no
son inmutables, se puede adentrar un autor en cualquiera de
ellas y cambiarlas.
Las perspectivas siguen multiplicándose a lo largo del
siglo con el estructuralismo. Como apunta García Berrio
(1999), esta corriente sobrepone el concepto discurso sobre
el de género. El primer autor relevante es Culler, define
los géneros como un elemento necesario de conexión entre la
obra y el lector con el objeto de limitar las posibles
interpretaciones, a esto lo llama proceso de naturalización.
Una vez encuadrado el texto dentro de un campo discursivo
conocido, la observación y el análisis del texto es más
sencillo basado en la intertextualidad. Culler ofrece modos
de conectar dos textos para facilitar la comprensión. Se
puede recurrir a la realidad para comprender la obra,
comparar con otro texto, usar los conocimientos culturales
de la comunidad para entender el texto literario o, como
indica desde un inicio, recurrir a las convenciones de
género.
Todorov continua el camino estructuralista aportando una
distinción en el concepto de género. Por un lado, presenta
el género histórico al que se llega a partir de la
observación de las características propias de un conjunto de
textos en un periodo determinado. Por otro, los géneros
teóricos deducen la teoría a partir de las modalidades
discursivas. Llega a la conclusión de que una obra no puede
pertenecer a un solo género al poseer más de una modalidad
discursiva, son textos dinámicos y los relaciona con los
actos de habla. El género puede codificar las posibilidades
discursivas, coincidir con un acto de habla o derivar de él.
Esta premisa abriría la gama de posibilidades de los géneros
históricos.
Muchos autores continúan la visión estructuralista hasta
llegar a Garrido Gallardo (1976). A partir de Todorov,
presenta las características propias de todo discurso:
literalidad, referencial, es un enunciado y forma parte del
proceso de enunciación. En este sentido clasifica los tipos
de discurso en referencial, abstracto, literal y de
enunciación. Garrido Gallardo concluye afirmando que la
poética aborda la teoría de los géneros para amplificar los
encorsetamientos clásicos dando como resultado una
aproximación a la clasificación de cada obra.
La última corriente que entraremos a describir es el
posformalismo ruso encabezado por Bajtín. El género, para
él, es una parte de la construcción de la tradición
literaria. Ahora bien, para comprender los textos hay que
diferenciar dos tradiciones. La tradición lineal, donde
reina una homogeneidad estilística, está compuesta por los
géneros de naturaleza idealista. La tradición pictórica o,
como él la llama, carnavalesca se fija en esas obras que
realizan un cuestionamiento de los cánones establecidos, los
superan. Es el caso de obras de Cervantes o Dostoievski que
superan el género para asentar valores propios. Para Bajtín,
los géneros limitan el modelo del mundo por lo que es
necesario interrumpir el continuum literario por motivos
espacio temporales, cuyas diferentes partes forman lo que él
llama Cronotopo.
Como hemos observado, las conclusiones sobre el
establecimiento de unos géneros literarios son muy diversas,
desde una firme clasificación basada en unos moldes firmes
hasta la negación absoluta de cualquier clasificación,
pasando por una visión descriptiva del asunto.
Actualmente, se ha llegado a cierto consenso básico en la
definición de los géneros literarios, pero, antes de
adentrarnos en la propia clasificación, es conveniente
seguir las indicaciones de Guillén (2005) y aclarar ciertos
términos.
Entendemos por cauce de presentación como la forma más
general en la que encontramos el hecho literario: narración,
actuación o enunciación, equivalentes a épica, dramática y
lírica. Los géneros propiamente dichos están formados tanto
por el aspecto formal como el contenido. Éstos pueden ser
especificados por las modalidades, adjetivos parciales sobre
la obra que no pretenden abarcar la totalidad del texto
(sátira, alegoría, parodia…). La forma hacer referencia a
las convenciones de interrelación de los elementos de la
escritura como pueden ser particularidades estróficas,
separación en capítulos o diálogos.
Las variaciones de los géneros dan lugar a la aparición
de los subgéneros. En ellos, se mezclan distintos cauces de
presentación o modalidades que se alejan de las
características prototípicas del género. Las obras presentan
rasgos propios que están supeditados a los rasgos dominantes
del género en el que se enmarcan. La distancia del modelo
puede llegar a ser tal que las variables formales dominen el
texto dando lugar a lo que se considera un contragénero. Por
otro lado, si la variabilidad se da en el terreno de lo
ideológico encontramos el contrafactum, si es en tono serio,
o la parodia, en un tono satírico. La clasificación de una
obra en particular no es tan sencilla ya que hay que atender
a todos sus rasgos y discernir cuales son los dominantes, en
algunos casos no queda más remedio que admitir la esencia
plurigenérica del texto.
La clasificación genérica propuesta por Hegel en el siglo
XIX resulta clarificadora para la concepción actual de la
cuestión, pero, siguiendo a otros autores posteriores como
Spang (1996), debemos añadir un cuarto gran género: el
didáctico-ensayístico. De esta manera llegamos al
establecimiento actual de los cuatro géneros principales de
la literatura: géneros poético-líricos, épico-narrativos,
teatrales y los ya mencionados didáctico-ensayísticos. Tanto
Garcia Berrio como Spang contemplan el hibridismo genérico
como un hecho real por lo que los géneros no son
independientes ni exclusivos.
Kurt Spang realizó un valioso estudio en el que aclaró
características básicas de cada género. Comenzando por la
lírica, destacó su interiorización. La intensidad con la que
se transmiten las palabras provocan gran brevedad basada en
el uso de la instantánea. Una imagen sugerente preñada de
significados es la principal herramienta del poeta lírico.
El dominio de la función poética es capital. Estas
condiciones impiden que la lírica presente una trama que
seguir ya que está basado en sentimientos, el poema
profundiza en un tema en una progresión más vertical que
horizontal. El verso y la rima son esenciales para destacar
característica musicalidad de los poemas, aunque es cierto
que los poemas en prosa también son considerados en este
grupo, ejemplo de la hibridación genérica. Su esencia rítmica
sugiere la existencia de la transmisión oral como forma de
mejor apreciación del hecho literario, sin embargo, no
siempre es así, la comunicación puede ser directa o diferida.
Los géneros épico-narrativos presentan otros elementos
básicos para ser considerados como tal. Es indispensable la
existencia de una trama dentro de un mundo posible. Ese mundo
puede estar inmerso en la ficción, pero ha de respetar el
pacto con el lector de verosimilitud o, al menos, de
coherencia. La figura del narrador es capital en estos
textos, hasta el punto de que son capaces de narrar la
subjetividad de, por ejemplo, los personajes. Es el caso del
narrador omnisciente. El único medio con el que cuenta el
autor para transmitir su mensaje es el código verbal que
será recibido de manera diferida.
Los géneros dramáticos presentan una multitud de códigos
que les permite enriquecer la transmisión de mensajes. En
base a un texto y a una representación, se produce una
emisión colectiva y una recepción también colectiva hacia un
público presente. La representación se rige a sí misma,
parece desvincularse de su autor y no tener en cuenta al
público. El drama tiene como herramienta verbal central el
diálogo. Las posibilidades de transmisión son tales que se
establece un doble sistema de comunicación: el intraescénico
encierra a los actantes, mientras que el extraescénico
involucra al público con los actores, a pesar del fingimiento
de estos último de la ausencia de observadores.
El género didáctico-ensayístico destaca por carecer de
elemento ficcional. El propósito estético queda relegado por
el ideológico, esto no conlleva un descuido de las formas.
El ensayo es el más representativo de sus formas. Por su
condición reflexiva sobre algún tema, se pueden diferenciar
según el grado de subjetividad desde los objetivos a los
subjetivos pasando por los mixtos.
- Croce, B., (1926) Estética como ciencia de la expresión
y lingüística general. Madrid, Lengua española y
extranjera.
- García Berrio, A., (1999) Los géneros literarios,
sistema e historia. Madrid, Cátedra
- Warren, A. y Wellek, R., (1969) Teoría literaria.
Madrid, Gredos
- Lázaro Carreter, F., (1996) Estudios de poética: la
obra en sí. Madrid, Taurus
- Jakobson, R., (1963) Ensayos de lingüística general,
París, Minuit.
- Culler, J., (1975) La poética estructuralista,
Barcelona, Anagrama
- Todorov, T. (1991) Los géneros del discurso, Caracas,
Monte Ávila editores.
- Garrido Gallardo, M.A., (1976) Introducción a la teoría
de la literatura. Madrid, SGEL.
- Guillén, C., (2005) Entre lo uno y lo diverso.
Introducción a la literatura comparada (Ayer y hoy).
Barcelona, Tusquets.
- Spang, K., (1996) Géneros literarios, Madrid, Síntesis.