CASI SEPTIEMBRE

ERNESTO GALLEGOS & GABRIEL GOWEZNIANSKY

Dancing in September never was a cloudy day
Earth, Wind & Fire (1978)

ONCE DE LA NOCHE
Esta es la que buscaba, digo y se la alcanzo. La foto: Lucía, Padrino y Leonardo, abrazados, de espaldas a un lago enorme. Una suma de verdes y amarillos. Un bote que flota, dos o tres personas pescando. El agua plana, helada. No es la que buscamos, dice ella y sigue revolviendo. Me veo mucho más flaca pero mi pelo es un desastre y tenemos barro hasta las rodillas. Además sale tu dedo tapando. No sé qué quiere decir con mucho más flaca. Vamos a dejarlo para después, digo mientras llevo los platos sucios a la cocina. Esta foto se merece un lugar en la puerta de la heladera. Con mi dedo y todo.

Me recuesto contra el vidrio y dejo de pensar. No quiero saber nada de Padrino. Hace más de una semana que estoy todo el tiempo en su casa y ya me harté de volcanismos explosivos, química de rocas y minería a cielo abierto. En un momento le dije: No tengo idea de cómo se arma una valija para dos años. Al final abrió los ojos sin entender (Padrino viaja, hubiera dicho Ale). Casi no babeaba. No pude abrazarlo

ni ver qué pieza había movido Topalov. Me di vuelta: Despertate, ¿no ves la partida que te estás perdiendo? Abrí una cerveza caliente y bostecé. Era la resaca de mi cumpleaños, nueve y media de la mañana. Hacía tres meses que pensaba lo mismo y no podía decirlo en voz alta. ¿Qué va a ser de nosotros sin Padrino? El 160. El aire frío que se filtra por la puerta cerrada. No sé qué pasa cuando adentro de un colectivo repleto uno se apoya contra un vidrio en invierno. Me desacomodo; la palma abierta, el ruido seco. Me volteó y me doy cuenta: sé exactamente lo que pasa. Estás bien, Leo, dice. Nos sentamos al fondo. Muy bien, Padrino, respondo devolviéndole la

palmada. Lo que pasa: nostalgia, soledad. Está fresco, digo mirando las luces amarillas de la calle. Sé lo que pensás, dice. Mira por encima de las cejas, como si estuviera buscando apoyo entre la multitud de sobretodos. Padrino es una persona tranquila para las grandes cosas, impaciente en las minucias. Nunca lo vi tan calmo como el día que se recibió. Una semana después me tiraba un vaso de tinto en la cara por un partido de truco. Estoy seguro de lo que pensás, sigue. Otro golpe, otra palmada, ésta un poco más húmeda. Pensás que las barcelonesas deben ser una cosa imposible, que parecen el

nombre de un tipo de ballena antes que el de las mujeres más hermosas del mundo, y que voy a terminar buscando el amor de mi vida en Internet, dice tocando el timbre. Pero te equivocás. Y sin duda me equivoco. Voy a extrañar las palmadas húmedas de Padrino. Caminamos por Medrano. Pongo las manos en los bolsillos y las cierro. Los ojos me lagrimean cuando hay mucho viento. El viejo Pasaje Rauch, Leo. ¿Compramos tabaco? El semáforo cambia a rojo. Es lo primero que me pasa. Cuando sé que una noche va a ser larga lo primero que siento es cansancio. Gestos de Padrino que reconozco a kilómetros: enarca las cejas, me mira entre dos mechones desparejos que a veces se le van a los ojos, la pelusa de la barba se le curva en una sonrisa. ¿Tabaco? No estoy para respuestas rápidas. Cruzo Medrano y espero en la esquina, estoy a setenta metros. Padrino de espaldas paga en cuotas un enfisema para todos. Me pregunto qué pasaría si lo pisara el 160. El semáforo cambia a rojo. Y ahora está ansioso y sonriente como si ya estuviera borracho. Miro el reloj: once y diez. Cambia a verde. Me pregunto si habrá mujeres como Lucía en Barcelona, si habrá noches como las nuestras. Padrino viene hacia acá, cruza: la mano izquierda bailando como si fuera un

elástico, la derecha sosteniendo una bolsa donde se dibuja el culo de una botella de cerveza. ¿Sabe lo que estoy pensando? Me froto los ojos. Apurate, dice. Es la tercera vez de la noche que me da una palmada húmeda. Y cuántas quedan.

Me seco las manos en el pantalón y abro la puerta. Sírvase, joven, dice Padrino y después me saluda con un Agus, talento al oído. Una bolsa que reconozco del supermercado que está sobre Medrano. Con Leonardo nos saludamos como dos raperos: un medio abrazo chocando los hombros; siempre en silencio. Tiran sus abrigos en un sillón, en la calle debe hacer frío. Sabía que no me ibas a fallar, Padrino, digo y guardo una botella, igual necesitamos más. Se arremanga la camisa antes de despeinarse con las dos manos. Destapo la otra y mientras le alcanzo los vasos limpios se la lleva al living tomando del pico. Seguro, contesta. ¿Lucía?, pregunta Leo y toma un trago. En mi cuarto, recién terminamos de cenar. Padrino suspira y mira alrededor. ¿Cuándo vas a sacar ese papel horrible y pintar?, dice. Mi cara le responde: ojos a la bragueta y sonrisa al tono.

¿Llevás ibuprofeno?, ¿ginseng coreano? Leo pregunta y Padrino se mira los cordones de los zapatos. El botiquín completo: una foto de tu novia y un blister de viagra, contesta. Le voy a contar, se va a poner contenta, dice camino a mi cuarto y le pega una piña en el hombro. Padrino se atraganta con cerveza, dice: Tengo todo casi listo, mañana me levanto no muy tarde y me ocupo de una o dos cosas que faltan resolver. Me acerco a la computadora para poner un disco de Joplin. Pearl. Sabés cómo rascarme la espalda, dice. Padrino, susurro. Me siento en el piso al lado del sillón de los abrigos, el de la abuela de Ernesto. Tomamos la segunda botella como si fuera menos que agua y el rato pasa mientras hablamos de viajes en taxi a Ezeiza. Vení, le digo camino al lavadero, agarrá los envases que puedas, dejemos a estos dos solos. Padrino se ríe con botellas como dedos. Se ríe de la foto en la heladera.

Corro las fotos y me recuesto hacia atrás. ¿Querés elegirlas ahora? Después, contesto. Cierro la caja y la pongo debajo de la cama. Hace tiempo que no estamos solos y sé lo que pasa, aunque no conteste. El aire del caloventor me da en la cara y cierro los ojos. Escucho que ella lo apaga y sé cada uno de sus movimientos: sé cómo apaga el caloventor, sé

cómo se sienta en el piso, sé cómo me mira. Siempre me fascinó este mutuo conocimiento. La primera vez que lo hicimos fue en uno de los lagos de Palermo. Habíamos llevado pan negro y jamón crudo. No quiero que pienses más en la facultad, dijo. Me acomodé en el pasto y la describí: Estás apoyada en el codo derecho y tenés las mejillas rojas. Fue la primera vez que pude verla tan claramente a través de la oscuridad del párpado. Además, no pensaba en la facultad. Mentís, respondió enojada. Miento, pero no te pongas seria. Seguí con los ojos cerrados: Te morís de ganas de abrazarme. Después escuché el susurro de su vestido al moverse entre el pasto y el susurro de su perfume en el aire y el susurro de sus labios y de su cuerpo rodeándome; el susurro del lago. Entonces sí que no pensé en la facultad. No es momento, Leo, se queja. En tres semanas se presentó a doce castings y quedó en el único que no le gusta. ¿Querés elegirlas vos?, pregunto. Tiene la nuca apoyada en la pared. De pronto se abraza las rodillas. Está muy cansada, es eso. Trabaja de ocho a cinco en una consultora y hoy ensayó hasta las nueve. Me gustas tanto, Lu. Guarda la cabeza entre las piernas. ¿Sueño,

aburrimiento, nostalgia? ¿Qué pensás? Y ganas de decir tantas cosas. Decir eso y hablar de los bosques de Palermo, de los cerros del sur cuando

anochece, del psicoanálisis, de las mujeres de Barcelona. Tantas cosas. Pero sé lo que viene después, sé qué me responde, lo que digo yo y cómo termina todo. Pasó antes y pasó cuando volvimos. Además la noche todavía está en su momento seco. (Si algo aprendí en la vida, si en veintisiete años aprendí algo es que a las doce menos diez todavía es temprano para hacer casi cualquier cosa, se puede tomar una cerveza, comprar una pizza, dormir. Nunca hablar en serio. Es un momento muerto del día, como el de la siesta. Un momento seco.) Pero no digo más y se sienta a mi lado. Sé que está por hablar. Se toma el estómago con las manos. Levanto con suavidad la manga del pulóver y le acaricio el brazo. Me llevo su mano a la cara y siento su fragilidad. Ella es suave y tierna. Nos queremos. Me acuerdo una vez que estuve resfriado. Fueron casi tres semanas de recuperarme y volver a caer y recuperarme de nuevo. Todavía estudiaba Filosofía. Padrino vino a casa y tomamos unas cervezas (por eso recaía). Eran como las ocho y todavía se podía tener una buena charla. Escuchábamos a Trepiana moviéndose por el piano. Volví de la cocina con el vaso de agua y me tomé dos pastillas juntas y un trago de cerveza. Y se sacó. Es algo que me preocupa, dijo preparando un gin tonic. Con un esguince uno se pone una venda, con un chichón uno se pone hielo, algunos usan

manteca. Pero no entiendo, Leo. Me pregunto cómo hace cualquier pastilla para ir al lugar justo del cuerpo. Ya tenía veinte años y muchas noches encima. Yo, por lo pronto, una almohada. Cada cosa en su lugar, ése es el lema. Era cuestión de apuntar. Cómo hacen, siguió, cómo llegan. Pero por más que quise no pude hacer nada. Manzanita todavía era algo más que una sombra para él. La noche se me secaba entre los dedos. Y pensé: Está viajando. No sé hacía cuánto que no nos pegábamos así. Cada cosa en su lugar, gritaba y le apuntaba a la cabeza. En esa época sí que teníamos lemas.

Encuentro el disco que estaba buscando. ¿Sabés qué es esto?, pregunto. Padrino toma un sorbo de la vítrea extensión de su brazo, una de esas botellas chicas de cerveza mexicana: sólo va a tomar lo mejor en su despedida. Me suena, contesta y eructa a un volumen casi imperceptible. La música de Ghost Dog, digo. Padrino la vio conmigo y dos chicas. Una rubia y una morocha. La noche que vimos la película de gángsters raperos él estaba con Manzanita. La rubia era amiga de ella,

yo la quise llevar despacio y me dejó después de que nos vimos tres veces. En todas terminé vestido. Está bien, pero me aburre un poco. ¿Sigo con rap o con películas?, pregunto sin quitar la mirada del monitor. Otro eructo casi imperceptible. Aprovechá que estamos solos por un rato, contesta y se tapa la boca un segundo. Dame algo de ese rock sureño, quiero folk, quiero un banjo. Una armónica. Me sorprende pero reacciono rápido. Preparo en random una lista con Dylan, Lynyrd Skynyrd y Grateful Dead. Y el primero de León Gieco. Volvimos al principio, antes era Janis, digo como si no pudiera recordarlo. San Francisco, recita Padrino. Los años mozos. Su influencia.

Siento el dulce y conocido olor a lavanda. Es su pelo castaño oscuro, la textura de su mejilla. Le suelto la mano y la apoyo en el muslo, seguimos abrazados. Los ojos quedan escondidos detrás del papel rosa que cubre las paredes. Hace una semana que no estábamos solos. Digo: Hermosa. Digo: Lu. Suspiro. Susurro y suspiro Lu y huelo a lavanda. La mejilla es suave. La beso de nuevo.

La acaricio. Ya no sé hace cuánto que la quiero. Desde que volvimos a estar juntos trato de necesitarla menos, de no buscarla. Desconecto el teléfono y me emborracho hasta que me caigo dormido. Juego al ajedrez, salgo a correr. Incluso hago natación. Pero no hay nada que pueda distraerme. Aunque después la vea y sea lo mismo y ella sea la misma y se ponga caprichosa o le duela el estómago o se sienta gorda. Pase lo que pase cuando le digo chau y la beso y sé que es el último que le voy a dar en el día, que tal vez sea el último para siempre, me siento muy solo. Para variar. ¿Vamos al comedor, Leo?, pregunta. Si algo no puedo ahora es verle la cara a Padrino. Como quieras, respondo. Me paro y voy hasta la ventana. Tengo las manos en los bolsillos y los ojos me lagrimean como si hubiera viento. Prendo el caloventor. Más allá otra ventana sin cortinas descubre una fiesta de mujeres y una cumbia agridulce llega como un susurro. Cómo quieras, repito. Pero en lo único que puedo pensar es en cómo se inició todo. En los momentos húmedos de 2002. Fue en el refugio de uno de los primeros cerros que visitamos. Agustín, Padrino, Alejandra y Manzanita escalaban, buscando nieve. Lucía estaba descompuesta y yo le hacía compañía. Pedimos un licuado y un té de menta mientras ella me contaba sobre su grupo de teatro y yo le hablaba de lo

grande del cine iraní. No íbamos para ningún lado. Pasó un tiempo y nos sentamos afuera, sobre un banco hecho de troncos. Ella se quejaba bajito y sonreía sin convicción, con los brazos cruzados. El paisaje es hermoso, dije sin escuchar respuesta (necesité mucho tiempo para aprender que esa ausencia de respuesta era una señal positiva). El banco estaba mojado y había unos perros oliéndonos. Les hice unos gestos estúpidos y les tiré ramitas para que las buscasen. Lucía puso sus manos entre las piernas y apoyó la cabeza en el respaldo. Le acaricié el pelo. Eran las siete y media de la tarde y no sabíamos todo lo que nos faltaba para encontrarnos con el resto, todo lo que, a partir de ese primer momento, se nos estaba viniendo encima. Nos conocíamos hacía solo una semana. Traté de ver lo que ella veía: el pueblo, por debajo, quedaba tragado por el esplendor de las nubes envolviendo los cerros. Había huecos limpios en el cielo con un celeste tan fuerte que me hacía entrecerrar los ojos. Nunca voy a ver de nuevo un paisaje tan hermoso como ése. Olía a lavanda, a jabón, había un millón de olores en el aire. Por encima nuestro, cubriéndonos de un ligero tinte azulado, anochecía febrero. Al comedor, dice. Un comentario guarango de Agustín, un cóctel de cerveza con cerveza. Un silencio relleno con parlantes. Padrino extrañándonos por anticipado y

aburriéndose de nuevo. La misma música de siempre.

Los mismos lemas. La ventana de enfrente se cierra y el gusto agridulce de la cumbia desaparece. Corren la cortina. Están empezando su fiesta de mujeres. Entonces sí que estoy enojado. Y mucho, y aunque trate de controlarme, no puedo. No sé qué nos pasa. Me siento solo desde que volvimos. Estoy harto. Te quiero. Hace mucho que no te quería tanto, pero no puedo terminar como antes. No podemos. Terminar mal como antes. No sé qué nos pasó. Y necesito que estemos bien. Bien y juntos. Y repito todo. Repito juntos hasta que me caigo. Parpadeo. De repente el mundo se vuelve opaco. Estoy acostado en la cama y no sé qué dije. Nos agarramos de las manos sin mirarnos. Siento que me besa. Después siento que ella me abraza o yo la abrazo, que nos abrazamos. Y abro los ojos. Ahora todo empieza otra vez y la veo de nuevo: abrazándose las rodillas, escondiendo la cabeza. Huecos limpios que no dejen ver. Es lo único que necesito.

Las dos están vestidas con pantalones blancos y zapatillas. Ya no vamos a tomar del pico. Somos Señores. Alejandra le da un beso a Padrino y se abrazan. Ella es Natasha, dice, amiga de Barcelona que está parando en casa. Y en un momento abre la boca. Puedo escuchar un

hola, un qué tal, un lindo departamento, un Natasha mucho gusto, al que respondo Agustín, el placer es todo mío. Traigo vasos para todos, abro una cerveza. No se niegan, el lenguaje universal. Cerveza fría. Cambio la música cerrando la reunión de dos chapados a la antigua. Muestro indulgencia, casi demagogia. Natasha, tu turno. En el respaldo de la silla cuelga la campera blanca de Ernesto. Acá hay demasiados discos, vos tenés que elegir unas canciones y nos vamos rotando. Ella me mira con sus ojos verdes, grandes. Jugamos a que no llegue el silencio, le explico. Alejandra le toma la mano a esta especie de Penélope Cruz petisa y sonriente que deja de mirarme para prestarle atención. Penélope Glamour, pienso. Antes jugábamos a que el que dejaba que llegue el silencio se tenía que tomar un whisky. Pero ya no. Vuelve a mirarme mientras se saca un mechón de pelo de la cara, no se sonroja. Glamour. ¿Vas a dejarme ahí?, puedo empezar ya mismo a bucear entre tu música, dice y le cedo la silla con rueditas. Me gustan los pantalones blancos, pienso y me acomodo en el sillón que deja tibio.

Las cosquillas son en el cuello y el tiempo empieza a moverse demasiado rápido. La empujo, le junto las manos, la abrazo. Estamos corriendo para atrás: Lucía es la mujer con la que voy a querer estar siempre. Alejandra cumple veintidós en la quinta de unos tíos. Estamos lejos de la pileta, pasando unos alerces, viendo infinidad de estrellas sobre el enchapado negro del cielo. Padrino y Manzanita corren hacia la ruta, demasiado borrachos. Lu se ríe y la lleno de besos. Después Padrino vuelve semidesnudo y Manzanita vuelve demasiado vestida y siento las cosquillas en el cuello. La empujo, la abrazo, la beso. Es mayo de 2002 y nos reímos como locos después de escuchar el chapuzón detrás nuestro. No quiero volver a empezar, Leo, entendé. No me resulta fácil olvidarme de por qué nos peleamos. De alguna forma llegué al piso y de alguna forma estoy con las piernas cruzadas. No sé cómo va a seguir esto. Vas a tener que ser más paciente, dice ahogando las manos en los muslos. Está sentada en la cama mirándome con unos ojos enchapados de estrellas. No quiero pasar de nuevo por lo mismo, murmura con las manos saliendo a flote. Ayer me vinieron un montón de imágenes de las vacaciones en Uruguay, de los cumpleaños, dice. Se acerca a la ventana y se abraza a sí misma. No soy la misma que hace tres años.

Y empiezan a desperdigarse miles de momentos, fotos de Lucía mirándome y sonriéndome. Lucía llorando una y otra vez. Y esta vez estoy parado, la mente cubierta de negro, alejándome de mayo y de febrero y de 2002 y de 2003. Sobre todo de 2004. Estoy parado, estrechando a Lu y riendo. Ya no sé quién explica qué cosa. Tampoco importa. Son las mismas cosquillas en el cuello, las mismas de aquella vez en la quinta y las mismas que sentí tantas veces. La empujo, la beso y cierro los ojos. Estamos en agosto, no en mayo. Y hoy sí que hace frío.

Alejandra sigue los pasos de su amiga europea y programa dos canciones de los Bee Gees, una de Donna Summer y dos más de Abba. Tiene una camisa entallada blanca con lunares negros grandes, escotada. Cuando vuelve a sentarse mira su vaso en silencio. Siempre melancólica en los ojos y amable con el que le preste atención al resto de su cuerpo. Natasha nos había elegido cinco canciones de Earth Wind and Fire. Padrino me mira desconcertado, no abre la boca porque en lugar de comentarios se le caen risas de todos los colores.

Natasha dice: Qué linda colección, Agustín, en Europa ya no se escucha este tipo de música. Seguro que no: demasiada música africana, pakistaní. Argentina. Me acuerdo de una vez que estábamos él y yo solos. En un rato tomamos algunas cervezas y cuatro o cinco gin tónic. Cada uno. Me acuerdo la noche como parches. Terminamos en un lugar, un galpón donde yo buscaba a una compañera de la facultad. Era horrible y la gente también. Pero la música; era como el cielo. No estuvimos ni una hora y no paramos de bailar. Era música disco, como en las películas. Nunca encontré a la chica que fuimos a ver y varias semanas después, cuando nos vimos, preferí perderme solo. Desde esa época pienso que me gustaría programar la música en una fiesta. En una buena fiesta. September no puede faltar y ella lo sabe. Alejandra mira por la ventana, como si fuera la sinopsis de una película de fragmentos le cuenta a Padrino de su propia experiencia en España. Ella también estuvo en Barcelona, pero sólo un par de meses: Girona: dos valijas menos; Icaria: Ale sin corpiño y un negro grandote hablándole al oído; el Cuatro Naciones sobre La Rambla: hachís rebajado, cerveza, un cigarro y ron. Cerveza fría.

Es por esa hipotética fiesta que acumulo esa música que ahora Padrino preferiría no escuchar. Natasha dice que la Universitat Autònoma es hermosa. Que Padrino es afortunado de tener una beca para hacer allí su doctorado. Él me mira como diciendo es tu turno, como diciendo sé bueno. Y tomo mi vaso de cerveza de un único y eterno trago, y pienso: Por dónde puedo empezar el giro musical. Sutil, hay algo de tiempo todavía. Una canción o dos. Alejandra juega con su camisa, estruja la manga entre sus dedos y la vuelve a estirar. En algún momento se puso la campera negra sobre los hombros. Hace frío. Mira con atención cómo la tela se dobla y se acomoda. Asiente con la cabeza antes de levantar la mirada. Busca los ojos de Padrino. Te lo voy a repetir mil veces. Como dice ella, tenés suerte. Alejandra le revuelve el pelo con la mano. Vas a tener que disfrutarlo, Padrinito. Dígame Licenciado. Por un momento me imagino que ella se levanta, se sienta sobre sus piernas y le da un beso en la boca. Que Natasha se sienta al lado de ellos y la imita. Que luego se besan entre ellas, que lo acarician, le sueltan la camisa. Licenciado puede ser una palabra excitante. Tal vez estoy un poco borracho.

Natasha me pregunta si puede fumar y le pido un cigarrillo. Me ayuda a prenderlo. En su momento creí que podía encantarme Alejandra, ahora pienso que podría amar a Natasha. Pero es justo, él se merece una realidad como mi imaginación. Se merece que cambie la música. Natasha le pregunta si tiene todo listo para viajar. Él responde que siente que se está mudando, que es muy difícil. El hombre está lleno de estribillos. Natasha dice que lo entiende y Ale acota que va a disfrutar mucho viviendo allá, que es todo muy hermoso, que la gente es una maravilla. Repite que lo va a extrañar. Es tu noche, Licenciado. Todavía me falta terminar de organizar algunas cosas. Hacer unas compras. Por eso en un rato me voy a tener que ir, dice y se pasa una mano por la cabeza. Mañana ya es mi último día acá. Busca los ojos de Natasha. Corren las cervezas, nuestro idioma. Elijo la música que Padrino está esperando.

Saco las fotos de abajo de la cama y empiezo a revisar. Hay de todas las épocas, para todos los gustos: Padrino con rastas, Agus con el pelo de tres colores, una de Ale borracha, otra donde sonríe con esa trinchera de dientes

de infantería, al decir de Padrino. Levanto la cabeza y veo la espalda de Lucía. Sin duda merece una foto: la camperita ajustada, el pelo lacio formando un arco negro, el pantalón gris. Encuentro las del viaje al sur, donde empezó todo. En las primeras estamos Agus, Padrino y yo. Me río fuerte. Es la carta más buscada, la figurita difícil: Padrino frotándose con una foto mía donde aparezco disfrazado de Susana Giménez. Pensar que con ese pibe hice castillos de arena. Y hay más. La primera foto de Padrino abrazando a Manzanita. Otra de Ale con Manzanita chocando sus gloriosos atributos. O la de Agus enterrado hasta la cintura en algún lago, temblando de frío. La foto que tengo en mi mesita de luz: una de Lucía desde la cima de no sé qué cerro. Tenía un rompevientos mío y el pelo alborotado hacia la izquierda. Estaba por empezar a llover. Cierro la caja. Ya no puede haber ninguna razón que me impida nada. Me agarro el pelo con fuerza y lo dejo caer hacia delante. No puede haber excusas después de tanto tiempo. Apago el caloventor y sé pocas cosas, pero me alcanzan. La abrazo. No se sorprende, ni siquiera se gira; me estaba esperando. Te quiero, susurro. Huelo el pelo negro: lavanda.

Voy a tener más paciencia. Voy a hacer lo que haga falta. Le busco el cuello. Me rodea la nuca desde atrás. Y espera más. Te necesito. Necesito estar bien. Espera mucho más. Te extrañaba. Se da vuelta y me oprime con sus ojos crema (huecos limpios). Y sigue esperando. Pero no puedo. La abrazo y escondo la boca, los ojos en su pelo negro. Quedamos así. Por encima de las fiestas y de las noches y de los momentos, por encima de las despedidas y de las fotos, por encima de nuestros cuerpos; todo queda estático. Todo como debe ser, en silencio, y no puedo decirlo. El aroma fresco de los cerros del sur.

Sentado frente a la heladera busco cambiar de aire. Hay una docena de fotos de distintos tamaños sostenidas con imanes. Desde el living me llega algo de los Jackson Five. Tomo otro sorbo y pongo la botella entre mis piernas. Siento gotas frías en el pantalón y hago fuerza. Son irrompibles. La acerco a mi frente y me doy un golpe suave en la sien, no

duele. Vuelco un poco de líquido sobre la mesada y me incorporo. Lucía tenía un bikini sobre su piel blanca y pecosa; no se necesita mucho para hipnotizarme en este momento. Sólo yo le pude poner el dedo así a la cámara. Padrino estaba flaco y fuerte. Boxeaba y no era ni medio Licenciado. El bosque atrás escondía dos o tres casitas. El agua parecía pintada, una línea recta cortada por un bote. Con Leo todavía éramos compañeros de filosofía en la facultad. El barro hasta las rodillas. La cerveza cae por la mesa y empieza a mojarme el pie. El lunes tengo que conseguir alguien que limpie este quilombo. Apuesto mi casa contra una aceituna a que no encuentran una foto mejor. Vení, Agus, Padrino me señala con un dedo. Le estaba diciendo a la gallega que las conocimos a las chicas en un lugar muy lindo. Demasiado cursi, Licenciado. Le estaba contando a Natasha que las conocimos hace mucho tiempo. No tanto, Licenciado. Le estaba contando, acá, a Natasha, cómo las conocimos a las chicas. No me señales.

Nos conocimos en el sur, de campamento, digo y me siento entre ellos dos. Alejandra acerca su sillón. Se nota que se quieren mucho, dice Natasha que después de varias cervezas me parece una de esas mujeres nórdicas, de las películas, que se sorprende con nuestras demostraciones de cariño. Hay algo de envidia en su voz. El alcohol nos desnuda de a poco; me ayuda a admitir a ese enano fascista que tengo adentro. Viajábamos a dedo, explico mientras alcanzo de un estante la pipa que me regalaron para mi cumpleaños. Llegamos a un camping mapuche en Neuquén, cerca de Villa La Angostura, cuando vimos que en la carpa de al lado estaba esta divina enterrando estacas, furiosa. Ale se sonroja y susurra: la Pipa Huinca. Tres amigos, tres amigas. La más grande del mundo, sonríe. Estábamos condenados al éxito, le guiño un ojo a Natasha y lo encaro a Padrino: ¿Tenés el tabaco que les encargué? Vamos a poner un poco acá, digo cargando la enorme pipa. Es la primera vez que la vamos a usar, le digo a los ojos de Natasha. Era una sorpresa, dice Ale mientras saca una bolsita con unos cuantos cogollos. Del campo de sus tíos en Pihué, aclara. Hoy vas a fumar buen porro, Licenciado. Natasha respira bajito. Le brillan los ojos grandes. Eso huele muy bien, dice alguien.

Escuchamos unos pasos y me levanto como puedo. Él es Ernesto, los presento. Natasha, Alejandra, Padrino. Perdón, Licenciado. Hola, dice mientras se pone la campera blanca. Voy a comprar cigarrillos y vuelvo en un rato. Cierra la puerta con un golpe. Culpa del viento, explico y le alcanzo la pipa a Padrino. El último ritual.

¿Se enojarán si nos quedamos acá? ¿Olés?, repregunto. Significa que disfrutan. No nos esperaron para despedirse. Me acaricia la espalda por debajo del pulóver y me besa. Esperar más. Estamos otra vez solos. En un rato vayamos, presiona. Quizá no me guste oler solamente. (Gestos, encandilan.) Después se queja: Quiero pipa, dice, y afloja el labio inferior hacia delante. ¿De quién es esa expresión? Los cerros son sólo una excusa. Me acaricia la oreja muy suave. Otra vez por debajo del pulóver. Y se aleja hacia la ventana. Y vuelve. Cada movimiento, cada uno de sus deseos. Lo entiendo todo. (Quiero pipa.) Entiendo su ambición. (Necesito una semana.) formas de decir las cosas que me

Entiendo su enojo, su angustia. Los dos nos conocemos y sabemos por qué todo terminó como terminó. (Quiero, necesito.) Por qué no podemos estar juntos. Pasamos dos años sin vernos. En ese momento no sabíamos cómo se manejaban las cosas. ¿Dónde empieza todo? Es difícil de precisar, pero si todo termina con Padrino, si hoy se está cerrando algo, tiempo atrás, pongamos julio de 2003, tiene que haber empezado todo. A la heladera, dice, todo lo que sea alcohol-no-fernet a la heladera. La subimos en la Traffic de Padrino. Es la primera vez que organizamos un viaje los seis. Y no puedo parar de reírme: Ayudame, Leo, estas carpas militares de Padrino pueden con cualquiera. Entra atrás. Van los bolsos, la hornallita, las mochilas, los abrigos, los víveres. Nosotros. Y arrancamos. Padrino silbando, diciendo: Más que esto no puedo hacer, y subiendo el volumen de Bycicle. Adelante, las chicas en el auto de Ale: ruta 136, Falcon azul. El viaje donde algunos empezamos a vernos las caras. Ale, Las estacas en diagonal, dice Agus. Carpas militares. Hay que cuidarlas. Más cerca de la parrilla, Padrino se ocupa de unas hamburguesas. Manzanita, desde el piso, corta los panes. Somos un equipo.

Se hace de noche. Ya comimos, hicimos un fuego, el fuego se apagó, gritamos en ronda. Todos estamos cansados y borrachos. Y dispersos. De pronto Lu me dice que tiene frío, me estrecha fuerte y empezamos a caminar. Alcanzamos un camino de tierra. Pasamos el almacén donde conseguimos la carne y el pan, el lugar que alquila bicicletas, una verdulería cerrada. Abrazame, dice. Hago fuerza y nuestras camperas quedan escondidas una dentro de la otra. Adelante el mar se ve sucio y plateado. Llegamos hasta la arena. El pelo más el aire seco y arenoso y su piel blanca, todo se me va a la cara. Y algo pasa en ese momento. Me dice: Te quiero. Nuestras mejillas separadas por el viento de la costa uruguaya. Me da besos; uno, dos. Y dejo de contar. Sus manos entran en mis bolsillos y estamos más juntos. Las camperas ahora son el caparazón que nos une. (¿Vamos a volver a lo mismo?) Soy conciente de algo que nunca quise admitirme: no la conozco. La mujer que me abraza es un misterio y no sé qué está pasando, y aunque pueda sentir un montón de cosas, no entiendo lo que le pasa. Qué es ella. (¿Cómo voy a olvidar?) Y todo eso nos une de un modo tan imposible que empezamos a transformarnos. A ser más el otro. (¿Querés empezar de cero, como si no nos

conociéramos? ¿Volver todo atrás?) Entre la suciedad del mar, la blancura de la arena, lo opaco del viento, lo único que

reconozco son mis gestos, mis voluntades en cada una de sus palabras. (¿Empezamos?) Y fue sólo el primer día. Y digo: Te quiero. Y pregunta: ¿Me querés? Entrelazados en el centro de la pieza. Más allá del empapelado rosa de Agustín, más allá de todo el pasado. Es lo único que tengo. La duda. La duda más la conciencia de no dejar nunca de ser pasado. De volver constantemente. Y nunca tuve tanto miedo de perder algo.

Ernesto es hijo de un amigo de mi familia. De Pilar. Tiene dieciocho, aclaro. Padrino me mira con los ojos entornados, casi orientales. Sostiene la pipa con toda la mano y Ale está atenta a que no se apague. Mis ojos no deben estar mucho más redondos. Le pregunto a Natasha qué significan las iniciales tatuadas en su cuello. Es mi hija, tiene tres años. Intento abrir los ojos pero vuelven a ceder como si estuvieran pegados por los bordes. Se llama Samanta, dice mientras se frota el cuello blanco y largo con las dos manos. Ale pone canciones de Ella Fitzgerald, el primer jazz de la noche.

Siento las piernas aplomadas como si hubiera salido a correr aunque no lo hago hace más de cinco años. Y me pregunto cómo pude estar de acuerdo con que Ernesto viva acá. Tenés una hija de tres años que se llama Samanta, Padrino dice esto casi con violencia. Que está en Barcelona. Se queda pensando unos segundos. ¿Sola? Me pasan mil cervezas por delante. Natasha se afirma sobre el sillón, frunce el ceño y levanta un dedo para decir que no, que no la dejó sola, que tiene una ex suegra (que sigue siendo la abuela de su hija, aclara) que se está ocupando de ella, que la cuida la mayor parte del tiempo. Estoy pensando seriamente en entrar a mi cuarto con una tijera enorme y desalojar a esa pareja de malos amigos. Ponerles una patada en el culo a cada uno y decirles a todos los demás que los sigan. Que se vayan a la mierda: la mala madre, la cantante frustrada, el gordito bueno y estudioso. Que no vuelvan nunca. Padrino me alcanza la pipa mientras va para el baño. Me da un beso en la frente. Y estoy a punto de sacarlos a todos a patadas, de pedirles que se vayan y cambiar la cerradura. Y me parece que nunca voy a ser padre. Y me atraganto con el pico de otra botella.

Al octavo día se desarmaron las carpas. Agus consolaba a Padrino mientras Ale decía que tenía que haber una explicación, que no podía haber sido tan estúpida. Lu enojada: Vos no la conocés. Y yo preguntándome si entre todos ellos alguien tenía idea de cómo eran las cosas en realidad. Yo no podía criticar a nadie ni justificarlo. El problema fue que lo dije en voz alta. Ale se fue llorando. Ni la nombres, gritó. No pude entender por qué sufría ni qué culpa tenía el tacho de basura antes de patearlo. Necesitaba salvar a Padrino, ahorrarle sufrimiento y decirle algo, pero qué podía saber lo que él necesitaba. Silencio; tiempo; un hombro. Gritar: Manzanita la puta. No reconocía a nadie, y pateé de nuevo el tacho. En la tierra quedaron esparcidos los huesos del asado del mediodía. Y Lucía me miraba sin entender. Y Agus quién sabe en dónde diciéndole a Padrino: Estábamos todos borrachos, la noche se alargó mucho, olvidate, vos sos Padrino. Y después empecé a patear un árbol hasta que me dolió el pie. Vacaciones de quince días que murieron al octavo. Julio. El último asado, el último viaje de los seis. Fue el frío de Julio el que terminó de matarnos. ¿Me querés, Leo? No puedo ir al comedor, Lu, digo con los ojos cerrados.

Acá, señalo y siento sus dedos en mi cuello. Prefiero quedarme. Me doy vuelta sobre la almohada y me besa. Tengo tanto sueño. La semana, las corridas, las cervezas diurnas. Las charlas interminables, las especulaciones sobre la vida europea, sus mujeres. Fue mucho y susurro: Basta de Padrino. Quedémonos. Quiero estar con vos. Escucho la puerta. Tenemos tanto para hablar. La puerta que se abre. No te vayas, Lu, poné el caloventor y decime que no me entendés. Que no querés que estemos juntos. Quedate. Y la puerta que deja entrar el viento. Y aparecen voces a mi alrededor. Entran Padrino y atrás Manzanita. Sonríen. Les sigue Agus diciéndome que siga acostado, que es lo mejor. Que tienen una sorpresa para mí. Que toda la noche fue una gran sorpresa. La sorpresa es tuya, Leonardo, dice. Y Lu saludando a Manzanita con un beso en la boca. Abrazando a Padrino. Susurrándoles cosas inaudibles. Y quiero pararme. Quiero decirle a Manzanita que se vaya, a Padrino que ya es tarde. Patearlos a todos. Y ahora Manzanita se agacha y se sienta en la cama. Andate, digo y la empiezo a empujar, pero no puedo moverme. Me acaricia la cabeza. Se acerca un poco más y me revuelve el pelo. El cuello. Acá, digo y sus dedos son suaves y saben lo que tienen que hacer. Todo es perfecto: no abrir los ojos, no escuchar voces. Cierren la puerta, susurro en voz baja.

Hace frío y no sé en qué día estamos. La cabeza está demasiado pesada.

Estamos de acuerdo. Yo estoy de acuerdo conmigo en que Padrino es medio pelotudo de tan inocente. No puede preguntar si dejó a la hija sola. Aunque yo tampoco la entiendo, viene a pasear por nuestro subdesarrollo su belleza del norte, a drogarse con un montón de inútiles como nosotros. Viene a desperdiciar el tiempo como podemos hacerlo acá cada fin de semana, pero dejando a su hija de tres años sola. Quiero a Ernesto y a Natasha fuera de mi casa. También a Leonardo si no sale de mi cuarto. Montón de inútiles. Y yo: el más. O por lo menos un boludo importante. El humo llena los pulmones y aclara las ideas. (Por un momento no tengo más pensamientos que mis ojos perdidos en los de Ale.) Segundos, años: imposible saber. Se callan mil cabezas en mi cabeza (me acuerdo de esa vez que te miré a los ojos así, tus ojos me querían, ¿te acordás?), se despiertan muchas más. El humo sale por la nariz y percibo otra forma del sabor que me llena de placer una y otra vez. Lo hago despacio (te miro despacio, te miré despacio). Penélope Irresponsabilidad lo busca a Padrino y sé que hablan de Barcelona e intercambian sus datos para encontrarse. Ella se

ríe de la palabra Licenciado. Pero sólo lo sé, no puedo escuchar nada (no puedo mirar más, recordar nada más). Padrino le toca la pierna y ella le pega una cachetada. Se abre la puerta de mi cuarto y salen rodando los cuerpos de Leo y Lucía. Pelean desnudos. Se escupen. Es gracioso. Y la puerta que se abre ahora es la de Ernesto y vamos todos para ver qué es lo que tiene en esa computadora. Por qué nunca quiere salir. Hay pornografía, recetas para hacer drogas caseras con cáscaras de banana o de maní, videos de ejercicios para tener brazos como cañones, un fondo de pantalla que dice en rojo sobre amarillo: Winners don`t do drugs. (En uno de esos refugios. Cerca de Bariloche. Sobre la costa de algún lago. Tomamos y fumamos como inútiles y ellos ya estaban en lo suyo. Padrino y Manzanita, Leo y Lucía. Nosotros nos quedamos sentados en un tronco, afuera, al lado de un fuego. Charlábamos de cualquier cosa a esa altura, atrapados entre nuestros amigos calenturientos. Hablamos de filosofía, de cine, de literatura, de fútbol. Esa noche en ese tronco me miraste a los ojos y yo hice lo mismo. Y me fui. Y me perdí. Y me colgué, como ahora. Seguramente podríamos haber arruinado todo lo que iba a venir después en un polvo incómodo y frío. Menos de cinco minutos.)

Padrino me grita para que le pase la pipa a Lucía, atrás mío. Ale explica con paciencia de maestra. No le digas Padrino, ahora es Licenciado. Me paro y se la alcanzo mientras pide disculpas y se corrige. Padrino, Natasha y Ale siguen hablando de Barcelona o de algo muy parecido. Son lindos, todos. Lucía fuma parada, con los ojos cerrados. Me parece que es la única que entendió todo. Leo duerme, dice. Envuelto en humo me acomodo en el sillón y todo es un poco más claro. Cierro los ojos.

CINCO Y MEDIA DE LA
MAÑANA
En el parque nacional, Ale simulando que fumaba la Pipa Huinca (la más grande del mundo, rezaba el cartel), y Agus tapándole los ojos. Ni siquiera el sol árido del sur podía sacarnos la borrachera. Trato de despabilarme. Qué hora es. Otra, una del último día. Ale, Lu y yo mojados hasta la cintura y temblando de frío. Una broma estúpida. Ella con remera blanca y esos gloriosos atributos. Y la histórica de Padrino viajando. Y otra de todos viajando, que nos sacó un japonés con una carpa de dos ambientes, Manzanita con cara de pícara y Ale dándole un beso. Una con Lucía que se ve muy oscura. Nos pescaron in fraganti. Lu de espaldas, yo abrazándola con los ojos entrecerrados. Más tarde iba a ser nuestra primera vez. Y más: el basural de botellas; un calzoncillo lleno de nieve; cajas vacías;

arroz y arroz y arroz; ojeras; una mancha de remolacha; otra sin origen; y la Justiciera. Ya en el último día, cuando se castigó a los culpables. Agus, Manzanita y Padrino llenos de harina y huevos. (¿Quién hizo el chiste del viaje de egresados?) La excusa era la foto, los pusimos contra un precipicio. Sonrían. Miren a la cámara. Suficiente. Bostezo y guardo la caja. La noche fue suficiente. Despertarme y mirar el barrio dormido, que Lucía no esté, la horrible sensación en la garganta. Se acabaron las fiestas de mujeres, las cumbias. Oler. (¿Olés?) Y darme cuenta de que no quiero. Nuestra época fue ésa, esos recuerdos, esas fotos. Hace más de cinco años que pasó nuestro momento. (¿Olés?) Y ahora que no alcanzan los masajes, no alcanza nada. Y encima no puedo acordarme qué soñé. No, no quiero oler más. Es necesario pensar muy claro, darnos cuenta qué falló. O enterrar el pasado y dejar las cosas como están y seguir como si todo siempre hubiera sido así. Pero no puedo irme de acá. No puedo salir y verle la cara a Padrino y decirle chau y preguntarle qué va a ser de nosotros sin él y con quién

va a viajar de ahora en más. No puedo preguntarle con quién va a estar media hora buscando un tatuaje para después arrepentirse, para terminar en Scalabrini y Córdoba borracho, hablando solo. Con quién va a contar a las tres de la mañana, cuando todos duermen y se levantan como zombis los amigos, y todos se emborrachan por amistad o por amor o por costumbre. Sobre todo por costumbre. Vas a estar solo. La puerta se abre y la veo entrar. Me arrebato: ¿Cuándo va a volver a ser como antes? ¿Cuántos tiempo más? No entiendo si me querés o si no, si querés estar sola. Pelotudo, susurra casi con cariño. Siempre el mismo pelotudo, dice y se ríe sin voz. ¿Estar sola; como antes?, repite. ¿Volver? Dice: ¿Ese es todo el tema, querés volver? ¿O querés saber por qué nada es como antes? Sigue: Qué me importa el tiempo, vos sos lo que no funciona, ¿entendés?, se ríe. Un chiste que no entiendo. Dice: Por qué te pensás que terminamos, ¿para darnos aire?, ¿porque yo quería estar sola y vos querías cogerte todas las putas que podías? Grita: Por qué. ¿Podés explicarme?, se burla.

Dice: Yo te voy a decir por qué las cosas no van a ser como antes. Por qué tenemos veintipico de años de boludos. Dice: Vos querías coger. Vos querías tener todo para vos. Tus putas y tu Lu esto y Lu aquello, y tu novia y tu suegra y toda esa tropa de boludos haciéndote creer que eras un hombre. ¿Veinticuántos años de boludo? Y sigue: Que la cama es grande y que sería lindo y que obviamente, si yo quiero, porque si no, no. Y que tantas estupideces. Ese es tu problema, nunca te alcanza. Dice: Si éste se va. Dice: Si me duele tal cosa. Dice: La pelirroja de mierda esa traeme. Esa hija de puta con la que soñé seis meses. La muy puta con su lengüita. ¿Eso querías?, pregunta, ¿querías mostrarme cómo se hace? ¿Querías que deje de dormir por una semana? Vos no sabías qué carajo decir y yo no podía más. Y me acariciaste el pelo. Así solucionás todos tus problemas, sigue. Igual que esa noche, igual que todas. Y ahora qué querés, buscar a la puta de la pelirroja. Cuánta cerveza necesitás para sentirte hombre. Qué querés. Explicame, dice. Ahora te toca a vos. Porque ya me cansé. Me cansé de callarme y soñar con tus

gemidos de idiota. ¿Voy a buscar otra cerveza? ¿Otra más? Tóquense, bésense. Resoplabas tan lindo, amor. Y se desploma en la cama y algunas fotos caen al piso. Se cubre la cara con las manos y después se arrepiente y deja los ojos cerrados. Me pregunto cuán fumada está. Después los abre y me mira. Pero no puedo decir nada. No se me ocurre nada para decir.

Hay botellas por todos lados. Arte moderno: una docena de vasos sucios apilados en la pileta. Padrino intenta empezar de nuevo, que a nadie se le escape esta vez. Se para y habla fuerte: Desde que empecé geología me gustó la misma chica. La misma compañera; y siempre dice compañera como si fueran montoneros. Está a punto de decir me enamoré o algo parecido. Nuestros ojos rojos y chiquitos siguen sus ademanes. Cuenta una historia que conozco. Padrino se enamoró de una chica, Patricia, el día que empezó el CBC hace seis años. Ni con Manzanita, ni con las demás que conoció, ni con alguna mujer que lo pudo dar vuelta de verdad, ni con una que otra adolescente, nunca se la pudo sacar de la cabeza. Nos hicimos amigos con el tiempo y nos dimos un beso una noche, en una fiesta. Hace seis meses. Se revuelve

el pelo con las dos manos y después se refriega los ojos, busca claridad donde no la hay. El paquete de tabaco es verde, siempre el mismo. Mynheer Sweet Vriginia. Hace unos meses me enteré de que se acostó con un profesor de la facultad, de que cogió con su director de tesis mientras estaba conmigo. ¿El día que decidiste aceptar la beca para ir a Barcelona, Licenciado? Es gracioso el gordito poniéndose tan serio cuando falta tan poco para el amanecer. Empezamos a fumarlo cuando salíamos de

vacaciones; para ahorrar en vicios. Te cagó. ¿Como Manzanita? ¿Como todas? Armábamos un cigarrillo atrás de otro con los dedos helados, torpes. Leo también. Te interrumpo antes: Ves todo de una manera muy lineal, y eso que pasó quizá no tuvo nada que ver con el amor. Hace como que no me escucha y se queda en silencio. Es muy sensible. Y yo te conozco mucho y no alcanza toda esta cerveza ni todo este porro, nunca lo vas a entender. En un rato va a empezar a salir el sol, lo extraño. Por mucho tiempo no lo vas a querer entender. Natasha tose mientras dice que la infidelidad puede quedar muy lejos del amor. Ale está casi dormida, echada en el sillón, pero se hincha de fuerza para

sentarse derecha y señalarla con un dedo, muy cerca de la cara. A lo mejor en Barcelona son muy modernos, acá las cosas son distintas, dice y vuelve a desplomarse. Y veo todo como en una película de dedo: miles de papeles rígidos apretados y figuras pasando delante de mis ojos con movimientos exagerados y un poco torpes. Necesito poner pausa, necesito usar mis dedos para armar un cigarrillo tras otro, prenderlos, darles un par de pitadas y tirarlos adentro de la pipa llena de cenizas. Mis dedos torpes. Padrino dice que no le importa, que le sirvió para darse cuenta de que Patricia no valía nada y de que fue lo mejor así. Que ahora tiene mucho para mirar adelante y ninguna intención de quedarse en el pasado. ¿Para qué, Licenciado? Me duele todo. Menos mal que se va mañana. En un rato. Sentate, le digo. Está saliendo el sol.

Estamos agotados. Las piernas me empiezan a temblar y me siento en la alfombra. Hace rato que ella dejó los ojos en el techo. ¿Cuánto tiempo pasó? Acaso no fue ella la que me dijo que sí. Quién conocía a esa pelirroja. De quién carajo fue la idea de esta despedida.

Y ahora Lucía cierra los ojos. Es su momento de dormir y de pensar en lo hermoso que es no tener nada de culpa. Lo hermoso de que yo sea el más hijo de puta del mundo después de casi un año que volvimos. Quiero salir de este cuarto, dice. Me cansé de estar encerrada. Vayamos para allá y fumemos. Terminemos la noche. Andá. Yo ya no puedo más. No quiero ver las tetas de Alejandra ni la sonrisa de Agustín cuando se toma cinco cervezas y piensa que está por poner una bomba atómica. Fumemos y tomemos algo. Salgamos a la calle y veamos el sol. No puedo más. Agustín diciendo: Odio a los chinos, a los negros, a los indios, a los putos, a los judíos. Después abrazándome. Lucía se para y pasa tambaleándose a mi lado. Deja la puerta abierta y me llega un saxo a lo Coltrane. A qué huele. Bajo el telón. Camas grandes, camionetas, cuernos, carpas. La pipa Huinca. Un cerro de mierda en el sur.

Salió el sol y se abre la puerta de mi cuarto. Lucía pasa cerca mío y se sienta al lado de Ale. La abraza en silencio.

Aparece debajo de la silla de la computadora la bolsa con el último cogollo: como en una película que podría llamarse Busco mi destino, la bolsa me mira, nos miramos. Somos los restos de algo más. De algo que debió ser más. Me elevo entre nuestros restos y pregunto. ¿Mate, Té, Café? Como en un film que podría llamarse, digamos, A primera vista, me acerco y la tomo con cuidado entre mis dedos, la abro con dulzura. Ale y Natasha son las primeras en reaccionar. Vos poné el agua, dicen. Después vemos. Como en cualquier porno decente, dejo caer el cogollo desnudo sobre una revista y empiezo a manosearlo y a picarlo con cuidado, con amor, con esa dosis de sadismo. Le gusta. Momento; tengo algo que hacer. Empiezo a armar uno de mis famosos marmolados. Treinta por ciento tabaco. Más o menos. Me inundo del rapto de lucidez que amerita el momento. Ale le dice algo a Lucía en el oído. Pienso que la noche no fue más que una suma de susurros. Gritos como susurros y todo lo contrario. Lo prendo y se lo paso a Padrino, él es nuestro Norte, nuestra estrella de Belén y nosotros sus reyes magos. Sabe retribuirlo, sonríe al punto de conmoverme.

Mientras voy a la cocina escucho a Lucía. A ver, Padrino, dice, pasame un poco de ese tabaco mejicano. Licenciado, corrige Ale. Cierto: Licenciado.

Salgo del cuarto. Ya no hay música. Padrino casi no puede abrir los ojos. Hay una mina que no para de darle besos a Ale y de preguntarle cuándo va a volver a no sé dónde. Se nota que es gallega. Pateo una botella de cerveza sin querer. Está vacía. También las que están sobre la mesa y las que están al lado de la computadora y las que esquivo, las que ya fueron pateadas. Y todas las demás. Nadie me mira. Apago la luz. El sol hace parecer todo un poco más desastroso de lo que es. Leo, escucho. Vení, dice Agus estirando la cabeza desde la cocina. Ayudame a preparar unos mates. Esquivo un almohadón, tengo los pies pesados. – ¿Ésta mina? – Natasha, amiga de Ale. Barcelonita. – Linda. – Hace tres horas estaba mucho mejor, pero no me des bola. Tomá algo fresco, despabilate.

– ¿Quedó algo de cerveza? – En cinco arrancamos con el mate. – Espero. – ¿La petisa? – No sé. Me está por estallar la cabeza. No sé. – Tranquilo. Primero alcanzame la yerba. – Las cosas no se están dando. – Pasó el tiempo, no es como esperabas. Es lógico. – Cinco años, Agus. – Por eso. Ella es una mina de verdad. Disfrutá lo que tenés y dejate de joder. – Si te digo... – Así son las cosas de verdad: desayunar, llevarle las fotos a Padrino. Ya está. Darle un beso a tu novia, tocarle el culo y listo. – Se te va a hervir el agua. – Y listo, lavarte la cara y cepillarte los dientes. Ayudame con algo. – ¿Puedo robarme esta foto? – Dásela a Padrino. Mejor escondésela en la campera. – Llevo el mate y el repasador. Se la pongo en el bolsillo. Lleno el termo con cuidado, no son horas de salir al hospital por una quemadura. Lo tapo en silencio y trato de respirar hondo, algo fresco. La puerta del lavadero tiene un

vidrio amarillo, roto cerca de un rincón. Una piedra, quizá granizo. O un balazo. Necesito un cigarrillo y un chicle de menta, o una pastilla. Necesito limpiar. Un poco. En el comedor la luz me hace achinar los ojos todavía más, como si fuera posible. Todo se tiñe de un brillo anaranjado que no tiene nada que ver con el frío, con agosto, ni siquiera con un domingo. No creo que le hayan dado un tiro a la ventana. Esta tarde te paso a buscar tipo cuatro. Leo se sienta entre Ale y Lucía y las abraza. Y sigue: Tipo cuatro salimos todos para Ezeiza. Lu lo abraza, Ale pone esa cara de tesoro escondido de Parque Chás. Me siento y le alcanzo el termo a Padrino. Rodeamos la mesa ratona tapada de botellas, papeles y cenizas. Él asiente con la mirada pero no habla, es tan leal que va a cebar aunque no pueda más. Penélope Glamour parece estar volviendo de un largo trance, mira una y otra vez la bombilla y la cara pálida de Padrino. Licenciado, dice y lo acaricia, y esta vez es cierto. Él sonríe, le alcanza el primer mate. Qué hora es, susurro y escucho un suspiro.

Miro por la ventana. El sol me hace parpadear y busco el mate en un último acto reflejo. Y me doy cuenta. Sé lo que significa ese suspiro.

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