Está en la página 1de 9

Vivir con extranjeros

por Zygmunt Bauman

En marzo de 2004, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman participó en el congreso «Fiducia e
paura nella città», celebrado en Milán, con un trabajo titulado Vivir con extranjeros, una apuesta por
una sociedad humana que «nació junto con la compasión y con el cuidado de los demás, cualidades sólo
humanas».
Zygmunt Bauman.

Vivir en una ciudad significa vivir en compañía de extranjeros. Nunca dejaremos de ser
extranjeros: nos mantendremos como tales, sin interés en interactuar, pero, por ser vecinos
los unos de los otros, destinados a enriquecernos recíprocamente.

Hay una paradoja que hoy es absolutamente relevante; no se trata de una paradoja
psicológica, sino lógica. Cuanto más reducidos son el espacio y la distancia, mayor
importancia les atribuye la gente; cuanto más se desvaloriza el espacio, menos protectora es
la distancia y más obsesivamente la gente traza y altera fronteras. Y es en especial en las
ciudades donde se produce esta furiosa actividad de trazar y alterar las fronteras entre las
personas.

Frederik Barth, el gran antropólogo noruego contemporáneo, ha puesto de relieve que, en


contra de la errónea opinión común, las fronteras no se trazan para separar diferencias, sino
que, por el contrario, cuando de trazan fronteras es precisamente cuando surgen de
improviso las diferencias, cuando nos damos cuenta y tomamos conciencia de su existencia.
Dicho de un modo más claro: emprendemos la búsqueda de diferencias justamente para
legitimar las fronteras.
Si miramos a nuestro alrededor veremos a otros individuos iguales que nosotros. Por
mucho que busquemos no encontraremos a nadie que sea exactamente igual a uno mismo.
Todos y cada uno de nosotros estamos hechos tan sólo de diferencias; en el planeta hay
6.000 millones de hombres y mujeres, pero cada uno de ellos es diferente de los demás; no
hay individuos absolutamente idénticos, es imposible. Existimos porque somos diferentes,
porque tenemos diferencias, y sin embargo, algunas de estas diferencias nos molestan y nos
impiden interactuar, ser amistosos, demostrar interés por los demás, preocuparnos el uno
por el otro, ayudarnos; y, sean cuales sean, lo que las determina es la naturaleza de las
fronteras que hemos trazado. Cada frontera crea sus propias diferencias, que son
consistentes y relevantes.

Por consiguiente, al intentar comprender nuestras diferencias y las dificultades que éstas
generan, tenemos que formularnos nuevas preguntas; sobre todo una: ¿a qué obedece esta
obsesión por trazar fronteras? La respuesta es que hoy en día esta obsesión se deriva del
deseo, consciente o inconsciente, de procurarnos un rincón suficientemente confortable,
acogedor y seguro, en un mundo que se nos muestra salvaje, imprevisible, amenazador;
resistir a la corriente, protegernos de fuerzas externas que parecen invencibles, y que no
podemos controlar ni detener, ni siquiera impidiendo su presencia en los alrededores de
nuestra casa, en nuestras calles, Sea cual sea la naturaleza de tales fuerzas, las conocemos
por un nombre que ilumina a la par que confunde: globalización o, como prefería decir
Alberto Melucci, «planetarización».

Hoy, en nuestro planeta, todos sin excepción dependemos de los demás, y sin embargo no
hay nadie que ostente la responsabilidad, nadie que ejerza el control sobre aquello que
denominamos «espacio global». Cuando pensamos en ese espacio, nos viene a la mente la
imagen de un western hollywoodiense, de aquel salvaje Oeste en que la gente se comporta
de un modo inesperado, y en el que los vencedores no son en realidad los que permanecen
en el campo de batalla, sino los que lo abandonan antes que los demás. Se trata de un
espacio salvaje, y ciertamente los ciudadanos —con los medios de los que disponen— no
pueden oponerse al espacio global, que escapa a su control.

Las diferencias que acaban siendo significativas e importantes a causa de la naturaleza de la


frontera, y de las intenciones que hay detrás de esta frontera, son las diferencias atribuidas a
las personas que tienen la indecente tendencia a cruzar las fronteras y aparecer por sorpresa
en sitios a los que no han sido invitados; un tipo de gente de la que nos defenderíamos con
circuitos cerrados de televisión, que instalaríamos aunque sólo fuera para ver quién pasa
por la calle.

En Inglaterra, mi país, existen organizaciones de vigilancia. Los vigilantes de barrio


permanecen de servicio varias horas al día controlando las calles por donde pasan
extranjeros. Por tanto, los extranjeros que no pertenecen a ese lugar se convierten en los
más importantes representantes de ese género de diferencia que debemos evitar. ¿Pero de
qué tipo de extranjeros se trata?

Para explicar su ambiente y su origen, recordemos en primer lugar que las ciudades, en las
que vive ya más de la mitad del género humano, son en cierto modo vertederos para los
problemas creados y no resueltos en el espacio global. Y lo son en muchos aspectos; existe
por ejemplo un fenómeno global de contaminación del aire y del agua, y la administración
municipal de cada ciudad debe acarrear con sus consecuencias: tiene que luchar sin otros
recursos que los locales para purificar el agua y el aire o para contener la marea. El hospital
de su barrio puede estar en crisis, está en crisis, refleja esta crisis, estas dificultades, estas
preocupaciones financieras; refleja el desconocido y remoto conflicto en curso entre los
gigantes farmacéuticos, que están peleándose por los llamados «derechos de propiedad
intelectual» y elevan los precios e introducen en el mercado determinados fármacos, de
forma que dicho hospital ya no puede atender a sus pacientes.

También el terrorismo global proviene de ese salvaje Oeste a que aludíamos, del
descontrolado espacio global, pero en última instancia son los bomberos locales quienes
hicieron frente en Nueva Cork a los efectos del acto terrorista del 11 de septiembre, o la
policía y los bomberos de Madrid quienes intentaron salvar a las víctimas del atentado de la
estación de Atocha. Todo recae sobre la población local, sobre la ciudad, sobre el barrio. En
definitiva, imponiendo la rápida modernización de lugares muy lejanos, el gran mundo del
libre cambio, de la libre circulación financiera, ha creado una enorme cantidad de gente
superflua que ha perdido todo medio de sustento y no puede seguir viviendo como sus
antepasados. Individuos forzados a desplazarse, a abandonar aquellos lugares en los que ya
no son más que prófugos, y a convertirse en inmigrantes económicos. Poco después llegan
a una ciudad, y una vez más los recursos locales deben ocuparse de ellos.

Vienen a la ciudad y se convierten en el símbolo de esas misteriosas, y por consiguiente


aterradoras, fuerzas de la globalización. Vienen de quién sabe dónde, y son, como dice
Bertolt Brecht, «ein Bote des Unglücks», mensajeros de desgracias. Llevan consigo el
horror de guerras lejanas, de hambre, de carencias, y representan nuestra peor pesadilla: que
nosotros mismos, a causa de la presión de este nuevo y misteriosos equilibrio económico,
podemos acabar siendo superfluos, podemos perder nuestros medios de supervivencia y
nuestra posición social. Representan la fragilidad y precariedad de la condición humana, y
nadie quiere que día tras día le recuerden esas cosas horribles que preferiría olvidar. Así,
por innumerables motivos, los inmigrantes se han convertido en los principales portadores
de las diferencias que nos producen más miedo, y contra las cuales trazamos fronteras.

Pero no son los únicos. Desde el principio, la modernidad ha producido «gente superflua»,
entendiéndose esta expresión en el sentido de inútil, de que las capacidades laborales de esa
gente no pueden ser explotadas provechosamente. Por decirlo de una vez por todas, sin
medias tintas, para las personas de bien sería mejor que esa gente desapareciera del mapa.
Se trata de una gente que no tiene expectativas, a la que ningún esfuerzo de imaginación
lograría hacer reingresar en una sociedad organizada de una manera muy determinada. La
industria moderna (tanto la constructora de un orden como la representante del denominado
«progreso económico») ha producido gente superflua.

La construcción de un orden comporta siempre la eliminación de los superfluos, puesto que


si se pretende que las cosas mantengan un orden, si se pretende sustituir la situación actual
por un orden nuevo, mejor y más racional, acabará por descubrirse que cierta gente no
puede formar parte de dicho orden, y será preciso excluirla del mismo, expulsarla. En eso
consiste el progreso económico. ¿Pero qué es, en esencia, el progreso económico? Su mito
se reduce a lo siguiente: poder realizar cualquier cosa con menor esfuerzo y dedicación y
con el mínimo gasto. Conseguir ese objetivo equivale a que ciertos métodos se vuelvan
superfluos y dejen de ser económicamente plausibles, y a su vez convierte en superflua a la
gente que había conseguido vivir adaptándose a dichos métodos.

En fin, no es una novedad: siempre y en todas partes, desde el inicio de la modernidad, ha


habido gente superflua a nuestro alrededor, pero ahora es diferente. La modernización, ese
nuevo estilo de vida que genera gente superflua, estaba limitada al principio a alguna zona
de Europa: era un privilegio, y el resto del mundo podía servir como vertedero para la
superfluidad que se producía primero en Europa y más adelante en sus ramificaciones. Pero
la población superflua de la Europa que, a lo largo del siglo XIX, se estaba modernizando
era arrojada a tierras como América, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, que disponían de
territorios deshabitados, ya que la gente que vivía en ellos no contaba para nada: eran
débiles, eran salvajes, no eran más que un obstáculo añadido.

Pues bien, la modernidad ha vencido, y celebramos el triunfo mundial del estilo de vida
moderno —libre cambio, libre economía, libre consumo, y McDonald’s en todas partes—-,
pero ello significa que actualmente la gente superflua ya no sólo es un producto de Europa,
posteriormente arrojado al resto del mundo: es producto de cualquier parte, dado que el
modelo productivo moderno se está instalando en todos los países. Los extranjeros vienen,
pues, como lo hicieron antes que ellos nuestros progenitores, nuestros abuelos y bisabuelos,
que cargaron sus maletas y emigraron, desde ciudades superpobladas de Alemania, Suecia,
Polonia o Rusia, a Norteamérica, Canadá o Suramérica. Ahora ellos hacen lo mismo, pero
moviéndose en dirección inversa, y desembarcan en Milán, en Copenhague y en tantas
otras ciudades buscando las mismas cosas que buscaron nuestros progenitores, es decir, pan
y agua, puesto que también ellos quieren vivir. Pero son estas ciudades ya densamente
pobladas —como Milán, Copenhague, Estocolmo o París— las que deben hallar un puesto
donde darles acogida, entre otras muchas cosas. Éste es el tipo de extranjero que provoca
más miedo en las ciudades contemporáneas por los motivos que ya he intentado exponer.

Pero no son ésos los únicos, dado que también nosotros tenemos a nuestra gente superflua,
gente a la que no podemos mandar a ninguna otra parte porque no hay forma de hacerlo: el
planeta está lleno, no quedan espacios vacíos; nuestra gente superflua se halla todavía entre
nosotros. Hubo un tiempo en que los individuos superfluos lo eran sólo provisionalmente,
durante el tiempo en que se les consideraba parados, desempleados. «Desempleado» es una
palabra engañosa, pues sugiere más de lo que dice. Estar desempleado quiere decir que,
para los seres humanos, la norma es tener empleo, que estar desocupado es un accidente,
algo extraño, anómalo, contra lo que hay que luchar. Pero actualmente, cada vez más,
oímos a cierta gente decir de otra gente que es superflua: no es que está desempleada, sino
que sobra. Observen que el concepto de superfluidad no implica promesa alguna de mejora,
ni de remedio, ni de subsidio. No, nada de eso. Si eres superfluo, lo eres para siempre
jamás. Existe una palabra cruel, inhumana, que se inventó en los Estados Unidos pero que
se propagó como un violento incendio por toda Europa: se trata de la palabra «desclasado»
[underclass]. Ser desclasado significa simplemente estar fuera del sistema de clases. No se
trata, por lo tanto, de una clase inferior: no hablamos de alguien que está hundido, pero que
puede albergar la esperanza de subir hacia arriba por una escalera que tiene justo ahí, si
alguien le ayuda. No. Ser desclasado significa estar fuera, excluido, no servir para nada: la
única función positiva que el desclasado puede realizar es la de inducir a las personas
decentes, a las personas corrientes, a aferrarse al tipo de vida que llevan, puesto que la
alternativa es demasiado horrible para poder ser tomada en consideración: la alternativa es
caer en la marginación.

En los períodos de depresión económica, se oye a los políticos decir que se espera una
recuperación del consumo; lo cual significa que un ciudadano normal y corriente, con
cuenta bancaria y tarjeta de crédito, deberá ir a las tiendas y comprar a crédito, tras lo que
vendrá la recuperación, y todos tan contentos. Pero los desclasados no disponen ni de
cuenta bancaria ni de tarjeta de crédito, no compran mercancías que pueden producir
beneficios; más bien precisan mercancías que requieren subsidios y no ofrecen ganancias, y
por consiguiente no serán éstos los consumidores que hallarán el modo de sacarnos de la
crisis, que nos conducirán a la recuperación económica, sino al contrario.

Ésa es la razón por la que la sociedad funcionaría mucho mejor si los desclasados
desaparecieran del mapa.

Así pues, existe en las ciudades esa doble presión, y esa tendencia a construir muros. Ya he
hablado de fronteras, de trazar fronteras, de crear dentro de la ciudad áreas seguras que
estén alejadas de aquellas a las que «no se va», para referirse a la cuales Steven Flusty ha
acuñado un término muy feliz: «espacios vetados» [interdictory spaces]; vetados porque
desaniman a la gente a pararse ante ellos o le impiden la entrada; según él, son la expresión
más rentable de la actual arquitectura urbana norteamericana, su más importante producto.
Las tecnologías que sirven para impedir el acceso y para mantener a distancia a la gente
representan en este momento el sector más vanguardista de la arquitectura estadounidense.

Sabemos perfectamente que todo es posible en América, pero exactamente lo mismo está
sucediendo en la vieja Europa, y probablemente también en nuestras propias ciudades. Esas
áreas residenciales, los barrios cercados [gated communities] en los que no se puede entrar
salvo que se haya sido invitado, que disponen de vigilantes armados las veinticuatro horas
del día y circuitos cerrados de televisión, son el reflejo de los ghettos involuntarios a los
que se ha arrojado a los desclasados, los prófugos y los inmigrantes recientes. Estos ghettos
voluntarios son el resultado de la aspiración de defender la propia seguridad procurándose
sólo la compañía de los semejantes, y manteniendo alejados a los extranjeros.

Richard Sennett, un notable sociólogo angloamericano, nos ofrece las conclusiones a las
que ha llegado en su detallada investigación sobre la experiencia norteamericana: el
fenómeno de buscar cada vez más la compañía de los semejantes se deriva de la resistencia
a mirarse profunda, de forma humana. Y Sennett ha descubierto que cuanto más se separan
las personas, en estos barrios cercados de hombres y mujeres que se les asemejan, menos
capaces son de tratar con extranjeros; y a su vez, cuanto menos capaces son de tratar con
extranjeros, mayor miedo les tienen; por consiguiente, buscan cada vez con mayor avidez la
compañía de sus semejantes. En fin, que se forma un círculo vicioso que no puede
romperse.
He querido subrayar que las ciudades son vertederos, y que en ellas se buscan
desesperadamente soluciones locales a problemas producidos por la globalización, pero
querría añadir un par de consideraciones más. Es cierto, las ciudades son vertederos, pero
también son campos de batalla y laboratorios. ¿Campos de batalla para qué? Para la batalla
entre la mixofilia y la mixofobia, términos poco usados pero que se explican por sí mismos.
La mixofilia es un fuerte interés, una propensión, un deseo de mezclarse con las
diferencias, o sea, con los que son distintos a nosotros, porque es muy humano y natural, y
fácil de comprender, que mezclarse con extranjeros abre la vía a aventuras de todo tipo, a la
aparición de cosas interesantes, fascinantes. Se pueden vivir experiencias fantásticas,
experiencias desconocidas hasta entonces. Y pueden entablarse nuevas amistades, buenas
amistades, de esas que nos acompañarán toda la vida. Eso es algo impensable en un
pueblecito pequeño, estático, en el que todo el mundo sabe qué están haciendo en su cocina
todos los demás, en el que nadie sorprende a nadie y en realidad no se espera de nadie nada
interesante.

Esto era lo que hacía atractiva a la ciudad, lo que empujaba a que la gente se trasladase en
masa a la ciudad. Un dicho alemán, referido a las ciudades medievales, dice así: «Stadtluft
macht frei», el aire de la ciudad te hará libre; y en efecto, en las ciudades pueden suceder
muchas cosas sorprendentes, excitantes, que no ocurren en ningún otro lugar. Por otra
parte, existe la mixofobia, pues se vive constantemente con extranjeros —sobre todo si
tienes prejuicios hacia ellos, puesto que la basura global es arrojada en tus calles y ya has
oído hablar de los peligros que se derivan de los desclasados, y has oído decir que los
inmigrantes son ante todo parásitos de tu bienestar e incluso terroristas potenciales, que
antes o después seguro que te matarán—, de forma que vivir entre extranjeros es una
experiencia que ciertamente crea ansiedad. Consiguientemente, se intenta evitar, hasta el
punto de que muchas personas han decidido transmitir este «instinto de evitar» a las
generaciones futuras, y han llevado a sus hijos a escuelas segregadas, en las que puedan ser
inmunes a este mundo horrible, al terrible choque con otros niños que provienen de familias
de tipo erróneo.

Estas dos tendencias coexisten en la ciudad, y personalmente no creo que tal coexistencia
sea en sí misma una solución. Así pues, lo que podríamos, podemos y deberíamos hacer es
contribuir a alterar sus proporciones: hacer algo para incrementar la mixofilia y reducir la
mixofobia. No podemos ciertamente esperar eliminarla completamente, y creo que
instituciones como la Academia Della Carità se proponen precisamente esto: favorecer en
las ciudades las posibilidades de la mixofilia. Las raíces ya están plantadas: están en la
naturaleza humana, y es preciso desarrollarlas a expensas de la alternativa.

Finalmente, estas ciudades son laboratorios en los que se descubren, se experimentan y se


aprenden ciertas condiciones que son indispensables para dar solución a los problemas
globales. Es justo lo contrario de lo que decía antes, cuando hablaba de la supremacía del
espacio global, que carga sus problemas a nuestras espaldas: aquí, a espaldas de la gente del
lugar. Ahora estoy hablando de algo que va en la dirección contraria. Aquí, en la ciudad,
podemos ser útiles aprendiendo una habilidad que será indispensable para obtener una
coexistencia segura, pacífica y amistosa en el mundo entero.
He hablado de los inmigrantes. Pues bien, gracias a los inmigrantes que proceden de
lugares remotos, el «choque de civilizaciones» del que habla Samuel Huntington se ha
transformado de repente en un encuentro de vecinos: gente real, hombres y mujeres —
seguramente ataviados de forma un tanto extraña— que quizás hablan nuestra lengua con
un acento horrible, con un acento impropio; que quizás puedan descansar en horas distintas
a las nuestras y ser distintos en muchos aspectos, pero que sin embargo son seres humanos,
vecinos a quienes más tarde o más temprano encontraremos en los restaurantes, en las
calles, en las tiendas, en los despachos, por todas partes. Sobre ellos se proyectan las
hermosas palabras de Madeleine Bunting, una sagaz periodista británica, que afirma que el
espíritu de la ciudad se forma mediante la acumulación de minúsculas interacciones
cotidianas con el conductor del autobús, con los demás pasajeros, con el quiosquero, con
las camareras de los bares, y de palabras sueltas, de saludos fugaces, de esos pequeños
gestos apresurados que allanan las ásperas aristas de la vida urbana.

Pues bien, si hay seres humanos que aceptan y aprecian a otros seres humanos y se
esfuerzan en dialogar con ellos, de pronto las diferencias culturales dejan de ser un casus
belli. Podemos ser diferentes y vivir juntos, y podemos aprender el arte de vivir con la
diferencia, respetándola, salvaguardando la diferencia de uno y aceptando la diferencia del
otro. Este aprendizaje puede hacerse de día en día, imperceptiblemente, en la ciudad. He
podido observar que muchas áreas —por ejemplo, en las ciudades inglesas desgarradas por
la guerrilla urbana— han ido transformándose lentamente en barrios normales y corrientes.
Muchas personas andan por la calle y les separa su color de piel, pero esto no les impide
departir amistosamente y estar juntas por un rato.

Podemos, pues, aprender este arte en la ciudad, y desarrollar realmente unas capacidades
que habrán de servir no sólo en el plano local, en el espacio físico, sino también —al fin y
al cabo— en el espacio global. Y quizás, por tanto, estaremos más preparados para afrontar
la enorme tarea que, nos guste o no, tenemos por delante, y que ha de marcar por completo
nuestra vida: el deber de dotar de humanidad a la comunidad de los hombres.

Me gustaría terminar evocando un recuerdo. Puesto que los viejos tienen cierta tendencia a
recordar, voy a permitírmelo, ya que soy viejo. Cuando era estudiante, tuve un profesor de
antropología que me decía (me acuerdo perfectamente) que los antropólogos llegaron a
fechar los albores de la sociedad humana gracias al descubrimiento de un esqueleto fósil, el
esqueleto de una criatura humanoide inválida, con una pierna rota; pero se había roto la
pierna siendo niño, y había muerto a la edad de treinta años. La conclusión del antropólogo
era simple: allí había existido forzosamente una sociedad humana, porque esto no habría
podido darse en un rebaño, donde una pierna rota termina con la vida del inválido, ya que
no puede sustentarse por sí mismo.

La sociedad humana es distinta de un rebaño de animales porque alguien puede sostenerte;


es distinta porque es capaz de convivir con inválidos, hasta el punto de que históricamente
podría decirse que la sociedad humana nació junto con la compasión y con el cuidado de
los demás, cualidades sólo humanas. La preocupación de hoy en día se centra en este punto:
trasladar esta compasión y esta atención a escala planetaria. Soy consciente de que las
generaciones que nos han precedido se han enfrentado a esta tarea, pero ustedes deberán
seguir por este camino, les guste o no, empezando por su casa, por su ciudad, ahora mismo.
No alcanzo a pensar en nada que sea más importante que esto. Tenemos que empezar por
aquí.

Nota: transcripción de la intervención de Zygmunt Bauman en el congreso «Fiducia e


paura nella città», celebrado en Milán en marzo de 2004, y reproducida en Confianza y
temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Barcelona, Arcadia, 2006 (p. 61—75).

Disponible en: http://revistay.com/vivir-con-extranjeros/