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REVISTA LEXIKALIA

ISSN: 2346-3481
Número 2
Mayo-2014
Publicación de la Escuela de Estudios Literarios
Facultad de Humanidades
Universidad del Valle
Cali, Colombia

Rector de la Universidad del Valle


Iván Enrique Ramos Calderón
Decana Facultad de Humanidades
Gladys Stella López Jiménez
Director Escuela de Estudios Literarios
Juan Julián Jiménez Pimentel
ILUSTRADORES COLABORADORES
DIRECTOR
Daniel Botero Arango
danielo8526@hotmail.com
Jeison Steven Rivera Isaza
Ludy Nayeth Echeverry Sánchez
nayeth-sanchez92@hotmail.com
COMITÉ EDITORIAL
Juan Carlos García
Giovanny Bedoya Ágredo juanchip1@hotmail.com
María Del Mar Burgos Echeverry Carlos Augusto Castillo Lara-
Stephanía Franco Sánchez Portada/Contraportada
zarathustra103@hotmail.com
Vania Lorena Lasso Cruz
Alejandro José Maldonado Martínez Ana María Jiménez Ríos
Do_ipanema@hotmail.com
Diego Alejandro Rincón Garcés
Daniel Ríos Rengifo Andrea Tamayo Ordoñez
andrea-tamayo96@hotmail.com
COMITÉ GRÁFICO Daniel Antonio Sierra Orrego
daso_7251@hotmail.com.com
Angélica Ramírez Mendoza Gabriel Rodríguez
luisgabrielr7@gmail.com
marialabrea3@gmail.com

Angie Ayala Jiménez


angimpire@hotmail.com

María Antonia Ágredo Anaya


antonia-6@hotmail.es

Diagramación
Jeison Steven Rivera Isaza
CONTENIDO
Ficción
5
Suicidio
Andrés Arango Velasco
46
El arte de domesticar
Jhon Steven Enciso Argüelles
53
El día de la soledad
Gonzalo Muñoz Sandoval
El caballero de la capucha de acero 19
John Zambrano Montoya
11
Las gatas del río Cali
Nathalia Muñoz Arias
El caballero de la triste figura 40
Daniel Ríos Rengifo

Artículo de opinión
9
El ícono de la vanidad
Jenny Valencia Alzate
El trasero mítico 50
Jeison Steven Rivera Isaza

Ensayo-memoria
16
Una prueba a mis fuerzas
Leonardo Henao Henao

Reseña
14
Un ratón con agallas
Daniel Bohórquez Rodríguez

Crónica
Promesas de guerra 33
María del Mar Collazos Cabrera

Ensayo
Toponimias, Topos Y Tópicos Urbanos: 42
Los Nombres De Las Entrañas De La Ciudad
Gonzalo Muñoz Sandoval

Escritor invitado
Tres crónicas breves sobre héroes y antihéroes 24
Alberto Salcedo Ramos
Editorial
Es difícil imaginarse aquella residencia de estudiantes Madrileña entre 1919 y 1926;
pensar que en ese corto período pasarían tantas mentes brillantes -y retorcidas- de ma-
nera unísona: Buñuel, Dalí, Lorca y Alberti, entre otros. Vaya caldo primordial: muy
posiblemente las tertulias que ahí se dieron fueron los primeros pasos para imágenes y
letras que harían eco en toda la humanidad. Es más, tal vez sin aquellas conversaciones
no tendríamos las obras que nos han deleitado una y otra vez. Pero esto es pensamiento
inútil, lo que se quiere reivindicar aquí es el valor del diálogo para el conocimiento.

Son innumerables los ejemplos: la correspondencia entre C.S. Lewis y Tolkien, los
debates entre Einstein y Bohr, las charlas entre Wittgenstein y Russell, el círculo de
Viena. ¿Por qué permanece la idea del intelectual en su castillo? ¿Es más poética, aca-
so, la idea del hombre que tras devorar todos los libros lleva a cabo una producción
intelectual por sí solo? Incluso entonces se está dialogando, así sea con los muertos
de su biblioteca. Bajtín, uno de los defensores modernos del dialogismo, propone: La
naturaleza dialógica de la conciencia, la naturaleza dialógica de la misma vida huma-
na. La única forma adecuada de expresión verbal de una auténtica vida humana es el
diálogo inconcluso.

Una academia que no dialoga consigo misma es una academia que no se da la oportu-
nidad de crecer, depurarse, decantarse. Es esta la intención de la revista Lexikalia, ser
un punto de convergencia para todo aquel que tenga algo por decir -o mejor dicho, es-
cribir-, para que pueda ser escuchado, puesto a prueba, refutado, y por supuesto, apre-
ciado. Es por esto, que en este segundo número pretendemos invitar a nuestros lectores
que no se dejen seducir por la comodidad del silencio, o amedrentar por el miedo al
error. Aquí somos amigos de la crítica constructiva, de la complicidad que nos produce
el compartir la pasión (también en el sentido etimológico, de sufrir) de las letras y de la
apuesta por una construcción de todos, que genere comunidad.

Es hora de derribar el infructífero solipsismo, de conocer nuevas caras, nuevos textos,


historias, poesías. De escribirnos para leernos y visceversa. No sabemos si de este
caldo llegue a ser primordial para el próximo Lorca, pero con toda seguridad queremos
que lo sea para todos aquellos que amen el oficio de la escritura y deseen compartir
para mejorar y no caer presos del genio malvado de Descartes.
Ilustrado por: Gabriel Rodríguez

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FICCIÓN

SUICIDIO
Por: Andrés Arango Velasco
Estudiante de Lic. en Literatura
de la Universidad del Valle

S : ¡No es posible! Nunca sentí nada, aparte de los


dolores de cabeza que se presentaban con la pérdida de
visión; y apenas, hace una semana se volvieron cons-
tantes.

M: En realidad lamento estar comunicándole esto…

S: ¿Cuánto me queda?

M: Debido a que su tamaño es considerable…

S: ¡Cuánto!

M: No sé… días… quizás semanas. En estos casos,


sólo se ofrecen tratamientos paliativos.

El agente Quintero baja de la patrulla. Joaquín Rodrí-


guez, su colega, queda al volante, esperando instruc-
ciones. Quintero se acerca al portero; éste le dice que
los estaban esperando:

-Vea, señor agente, dígale a su compañero que puede parquiar la patrulla ahí no más. Sí,
donde dice visitantes; yo, mientras, voy por la administradora.

Una vez dentro de la unidad residencial, El Refugio, los policías esperan el regreso del por-
tero y la aparición de la mujer que llamó a la estación para informar sobre una irregularidad
en uno de los apartamentos.

-Tememos por el bienestar de uno de nuestros propietarios –había informado-. Hoy ha


venido un compañero de su trabajo y nos dijo que ha faltado tres días, no se ha reportado

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enfermo y no ha contestado el teléfono. Por otra parte, S: Es extraño. No sé qué ha pasado ahí dentro, creí
según las cámaras de seguridad, entró la noche del lu- que todo se había derrumbado. Sin embargo, salgo
nes y no ha salido desde entonces; tampoco atiende el del consultorio y me doy cuenta que sigue igual: las
citófono ni abre la puerta. mesas, la secretaria, el teléfono, el día es todavía día;
tal vez lo único que ha cambiado es la posición de
Querido Santiago, las manecillas del reloj, porque el tiempo no se está
quieto.
Nunca he creído en la felicidad. Sé que puede sonar a
que soy una malagradecida, una egoísta, pero resulta ¿Saben qué es peor que escuchar la palabra tumor,
que, para mí, aquello que llamamos felicidad no es seguida de la palabra cerebral? Yo sí: tumor cerebral
más que una invención humana para dar esperanza. maligno no operable. Desde los veinte sufro de mi-
Es un estado abstracto, una meta mutable que nunca graña. Así que, cuando hace, aproximadamente, un
se alcanza. mes presenté fuertes dolores de cabeza, pensé que
se trataba de mi fiel compañera, con quien llevo tres
Desde pequeños se nos educa para encontrar algo años de relación. Pero, desde la semana pasada, la
que nadie puede ejemplificar; o, peor aún, para espe- dichosa migraña era tan incapacitante que manchas
rar algo que no ha de llegar. No obstante, si aceptara negras comenzaban a tragarse todo lo que veía. La
lo que convencionalmente todos piensan… diría que primera vez que me pasó, pensé que me había que-
contigo fui feliz. dado ciego.

-Es muy callado. Hace años que vive aquí y nadie sabe, Decidí consultar a un médico. Éste, conociendo mi
en realidad, quién es. No hace bulla, casi nunca está en historia clínica, me recomendó realizarme una esca-
casa y, si te lo encuentras de frente, no pasa del saludo nografía. Y como una cosa lleva a la otra, ahora sé
–dice Marcela Carvajal, administradora de El Refugio; que voy a morir.
mientras Sergio, el portero, busca la llave del aparta-
mento 302 de la torre B-. Nunca asiste a las reuniones “Creemos que intervenir quirúrgicamente no serviría
de copropietarios ni manda representante. Es puntual de nada. Ya casi todo está comprometido y sería un
con el pago de la mensualidad acordada… gran riesgo… Lo siento mucho”, dijo el médico, un
hombre bajo y de voz chillona que, de no ser por sus
-¡Aquí está! –Sergio interrumpe con su voz de escara- canas, luciría mucho menos viejo. “Sé que es muy
bajo a Marcela. Se dispone, entonces, a abrir la puerta. joven, pero no está de más decirle que considere arre-
Pero se detiene justo antes de girar la llave. Siente los glar sus asuntos”.
dedos tumefactos y un vacío le muerde la boca del es-
tómago. Sabes que sí. Hemos sido afortunados, es innega-
ble. No pude encontrar mejor compañero que tú
-¿Qué pasa? ¿Por qué no abre? –pregunta el agente para este ciclo, esta empresa, esta unidad. Estos
Quintero. años junto a ti son irremplazables. Nunca encon-
traré a personas, en lo que me queda de vida, que se
-¿Y si está muerto? No… no puedo –con manos tré- parezcan a nosotros juntos.
mulas se aleja de la puerta. Sus facciones, además de
estar marcadas por el efecto de más de cuarenta vera- ¡Ay, Santiago! Juntos somos un gran equipo. Nos
nos, ahora se tornan desconfiguradas en una mueca de conocemos tanto que es difícil no adivinar lo que
horror. el otro piensa. Por eso creo que, apenas encuentres
esta carta, ya vas a saber de qué se trata y espero
-No puede ser –dice Rodríguez con tono burlón y se entiendas.
dispone a abrir la puerta. Aprovecha para dar buena
impresión ante los ojos verdes de Marcela. “Necesita un poco de aceite”, piensa Marcela Carva-
jal, mientras la puerta emite un chillido al abrirse. El

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apartamento está oscuro, al parecer, todas las persianas hace mucho que no lo hago. Creo que es tiempo de
están abajo. Los policías entran. Caminan a lo largo de perdonar. Que haya preferido a papá y no a mí, en
un pasillo. Quintero se dirige a la cocina y Rodríguez realidad, ahora que lo pienso, no fue una ofensa. Fue
hacia la habitación. su forma de demostrar su amor por los dos: a papá,
al quedarse con él; y a mí, al dejarme elegir mi ca-
-¿Hola? –dice Quintero. mino, dejarme ir lejos de ella. En ese entonces pensé
que ella lo hacía, porque, al igual que él, pensaba que
-Sabemos que estás en casa – añade Rodríguez, jus- yo estaba enfermo. ¡Qué tonto fui! Para empezar, no
to en el instante cuando encuentra un dado azul en el debí alejarme de ellos, sino luchar por los tres. ¡Qué
suelo. Pasa por encima de éste, lo ignora. Sigue por el paradójico! Me fui de casa cuando se pensaba que yo
corredor. Tres pasos más y encuentra otro, esta vez de estaba enfermo, cuando ser homosexual no es ningu-
color rojo. Busca un interruptor para encender la luz. na enfermedad; y ahora vuelvo, cuando voy a morir
Ve uno a mitad del corredor, antes de una puerta que, por un tumor cerebral.
supuso, era la de la habitación. Va hacia él. Un paso
más para llegar al interruptor y lo siente bajo su pie Dejaré mi empleo. ¡Adiós sistemas operativos, hasta
derecho. La luz ilumina el corredor con el movimiento nunca! ¿Y qué, si casi me mato por tenerlo? Ahora
de su dedo. Sus ojos se clavan al suelo, mientras él alza voy a morir. Nunca había pensado en la muerte, ni
el pie. Ahí está un tercer dado, es negro. siquiera cuando papá nos dejó. En fin, no pensé en la
de él, no lo haré con la mía. Tengo poco tiempo y no
-Nada en la cocina –informa Quintero. lo desperdiciaré de ese modo.

Rodríguez levanta la mirada. Avanza. La luz del corre- Dejaré mi apartamento, lo pondré en venta y me iré
dor ha entrado a la habitación y logra iluminar suficien- a viajar. Haré cosas que no hice, por dinero, miedo o
te para que el policía vea el cadáver. pereza. Todo será diferente. Todo es, ahora mismo,
diferente. Caminar a casa ya no es un trayecto de can-
¿Recuerdas que te dije que no te lo podía asegurar? sancio, con el único propósito de ir a descansar, sino
No se puede asegurar acostarse una noche, siendo un como rito de paso para encontrarme conmigo mismo.
ser, y despertarse convertido en otro. Todos cambia-
mos, somos mutables. Razón tenía quien dijo que “no Hoy es lunes y la calle parece estar más viva que nun-
se puede entrar dos veces en el mismo río”. Al igual ca. La gente camina, conversa, ríe, pasea con el pe-
que el río, los humanos también fluimos. Es difícil rro… un señor se acerca, me ofrece la lotería. “Juega
ser los mismos y más cuando se está casado, porque en dos horas”, me dice. “El sorteo se ve por el canal
un matrimonio es un acuerdo. Sin embargo, creo que cuatro. Comprálo, hoy parece ser un día de suerte”.
tú y yo hemos fluido al mismo ritmo. Nos hemos so-
brevivido y es eso lo que más me preocupa, pues nos El cadáver está colgado del ventilador de techo, a
hemos acostumbrado. Y ¿sabes cuán compleja puede punto de descolgarse por el peso del joven. Rodrí-
llegar a ser la costumbre? Uno se puede acostumbrar guez entra a la habitación, el cuerpo comienza ya a
a muchas cosas: al fracaso, al olvido, a la violencia, a despedir un olor desagradable.
la negación, al maltrato, al amor.
-¡Lo encontré!
El amor que te profeso no es amor, es costumbre. ¡No
puedo con esto, tampoco lo quiero! No lo merecemos. Marcela Carvajal, fue la primera en llegar, a pesar de
La verdad es que no merecemos a una persona que sus tacones de once centímetros y su falda ajustada
sepa lo que piensas, sino a un alguien que se estran- que le dejaba al descubierto sus pantorrillas blancas.
gule los sesos, que se muera por conocer qué maqui- No pudo gritar; sintió que su pecho se ensanchaba y
nas en tu cabeza. le dolía respirar.

S: Estoy dispuesto a dejarlo todo. Iré a visitar a mamá, Quintero llegó junto con Sergio.

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-¡Se los dije, yo lo sabía! –dijo este último.

Quintero analizó la escena. El techo, el ventilador, la correa, el joven, una silla patas arriba sobre la cama, en el
piso un boleto de lotería arrugado.

-Suicidio por ahorcamiento –concluyó-. Vamos a llamar para que hagan el levantamiento de cuerpo. “¿Qué será
sentir que te estás muriendo? ¿Morir así valdrá la pena?”, se interroga Quintero, mientras sale del edificio. “¿Y
qué si te arrepientes en el último instante y no puedas hacer nada?”.

S: Veo la televisión, acostado en mi cama. Espero el sorteo. Tengo en mis manos tres dados. Uno azul, uno rojo y
uno negro. “Al igual que ese boletico que me comprás, son de buena suerte”, dijo el señor que vendía la lotería.
“Vas a ver que por lo menos le pegás al mínimo para que me comprés otro boletico. Dale, te los dejo baratos”. Los
compré por dos mil pesos, toda una ganga.

Empezó el sorteo. Números: 30, 69, 18, 24, 15, 72. Apago el televisor. Gané. Gané. ¡Gané! ¡Gané! Y ¡¿De qué
putas me sirve?! Me voy a morir igual. ¡Así es como son las cosas! No quiero llorar. El llanto me embiste. Me
quiero sacar los ojos, no me permito llorar. Grito. Desgarro mi garganta. Soy un imbécil. Un estúpido al preten-
der no pensar en la muerte. Obvio que debo pensar en ella, la tengo en la espada; mejor dicho, en la cabeza. Me
odio. Odio esta enfermedad. ¡Odio a Dios, porque me está dejando morir! Lo odio, porque se llevó a mi papá y
no arreglé las cosas con él. Lo odio, porque me voy a morir y la muerte, la puta muerte, me obliga a cambiar la
vida de mierda que tengo.

No quiero llorar más. Arrugo el billete de lotería, lo tiro al suelo. Voy hasta la sala y tomo una silla. Camino por el
corredor, me tropiezo. Caigo, suelto la silla, se me van los dados de las manos. Me levanto, recojo la silla. Entro en
la habitación y la pongo sobre la cama justo, bajo el ventilador de techo. Me quito la correa del pantalón. ¿Por qué
sigo llorando? Ato la correa al ventilador, la ajusto. Me subo a la silla, el cuero sintético besa mi cuello. Levanto
un pie y con el que me queda quito la silla.
¡Dios! Dios, perdóna…

La costumbre es un suicidio que nos corta las alas. También es escla-


vitud, porque no nos deja vivir libres, nos ata las cadenas de la con-
vención, de lo mecánico, del absurdo. No quiero que seamos suicidas.
No quiero estar privándome de algo y después arrepentirme cuando
no hay vuelta atrás. Tampoco cuento con que seamos esclavos, uno
prisionero del otro.

Te amo y siempre lo haré. El amor verdadero es el que siempre vive en


el recuerdo, no en el sin sentido. Te dejo y me libero para que nuestro
amor sea.

Tuya eternamente,

Virginia.

Santiago Quintero, agente de policía, entra a su casa esa noche; luego de


presentar el reporte del caso El Refugio. Las luces están apagadas, su-
pone que Virginia, su esposa, no está en casa. Deja las llaves en la mesa
del comedor, detiene su mirada en un sobre que yace en ésta. Reconoce
la letra de su esposa. Ya sabe de qué se trata.
Ilustrado por: Daniel Botero Arango

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ARTÍCULO DE OPINIÓN

EL ÍCONO
DE LA
VANIDAD
Por: Jenny Valencia Alzate*
Egresada de Lic. en Literatura
de la Universidad del Valle

S é de un tiempo muy remoto en que la gente se llama-


ba por señales de humo. Con ellas, las tribus avisaban
el teléfono ha servido para enviar aquellos mensajes
que necesitan darse inmediatamente y en los que no
sobre posibles enemigos o invocaban la presencia de cabe ni emoción ni espera, como la muerte de un fa-
sus miembros. Este método, rupestre visto desde esta miliar o la transmisión de algún dato importante. Com-
época, da cuenta de lo recursivo del ingenio humano prendo también la significancia del teléfono móvil
para comunicarse y a mi juicio, de la claridad que te- para los ejecutivos, puesto que sus múltiples asuntos
nían los antiguos sobre la importancia de los llamados los llevan a trasladarse de un lado a otro y por lo tanto
y la incidencia de éstos en la vida de la gente, pues- cargarlo para comunicarse con sus secretarias, o lo que
to que solo se buscaban en casos de urgencia. Mucho significa en la vida de los que viven lejos de sus fami-
tiempo después, con las cartas, llegó la posibilidad no lias y esperan un saludo a cualquier momento del día.
solo de comunicarse a distancias mucho más largas, Incluso puedo entender que el celular tenga cierta im-
también de enviar mensajes que trascendían el carácter portancia en la vida de las parejas sensatas a las que el
de lo urgente; así empezaron a escribirse los amantes, amor no les ha arrebatado sus vidas individuales, y que
las mujeres a sus esposos que se habían ido a la gue- por lo tanto no se asedian todos los días y se escriben
rra y en general quienes quisieran dar cuenta de algo a de vez en cuando un mensaje o se hacen una llamada
personas que no estuvieran cerca. Me parece que has- para saludarse. En estas circunstancias el teléfono me
ta el mecanismo de la correspondencia escrita para la parece un gran invento y no se me ocurriría desdeñarlo
humanidad fue emocionante comunicarse por el toque ni por las cartas ni por las señales de humo. Sin embar-
agridulce que daba la espera, la cual terminaba con el go, cuando pienso en lo que significa el celular para los
sonido de los cascos de un caballo, las ruedas de un jóvenes de hoy, me dan ganas de ser parte de una tribu
carruaje o el pito del tren. Mas esta interesante espera para que me llamen solo en casos de extrema necesi-
vino a ser fulminada por uno de los inventos más signi- dad con el humo que desprende una hoguera, o ya bien
ficativos en el mundo: el teléfono. recibir, leer y depurar los llamados a través de cartas,
respondiendo solo a las realmente importantes.
No sé si cuando Alexander Graham Bell patentó el te-
léfono eléctrico desde el que se podía escuchar clara- Al caminar los muchachos tantean, miran y manosean
mente la voz de otra persona, imaginó que años des- su celular cada tres pasos. Con toda la angustia que
pués, bajo el nombre de celular, este evolucionaría produce llevar una vanidad a cuestas, revisan que la
hasta convertirse en un icono de vanidad. Entiendo que diminuta calcomanía de Hello Kitty esté en su lugar,

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Ilustrado por: Ludy Nayeth Echeverry

que la cuerda que le ponen a modo de llavero no se Ni qué decir cuando se los roban. Es una tragedia de
haya caído, que su estuche sí es un estuche y que no proporciones iguales al Tsunami o al terremoto en Hai-
es un sueño que le compraron un estuche, que la hora tí. Algunos llegan a sus casas después del terrible hurto
esté sobre la pantalla, que tienen un celular que da la y se abalanzan, con palidez de muerto, a crear todo un
hora sobre la pantalla, que lo tienen en el bolsillo y en plan de ahorro, ajustes y cohibiciones monetarias para
fin, saber si sigue en perfil alto para que timbre con restituir el aparato sin el que su vida no sería igual.
todo ímpetu al aviso de la llamada entrante; que puede Aunque, claro está, hay quienes sonríen y ven en el
ser la alarma programada con el mismo tono del tim- robo la oportunidad de comprarse uno nuevo, de mejor
bre para aquellos que padecen la angustia de no ser marca, porque si el anterior corría, el nuevo tiene que
llamados por nadie, aunque al momento de contestar volar. Y es que hay celulares que en sí mismos no son
y hablar con el emisor inexistente, coincidencialmente solo un celular que les permite a los vanidosos sentir la
les suene de verdad. Su ethos depende en gran parte de alegría de saberse llamados. Los hay con cámara para
la marca del móvil, el tamaño, el número de funciones que se retraten, con radio para formar la bullaranga en
y las veces que les suene. Llaman a Pili, Juampis, Ca- cualquier lugar e incluso con Chat para trascender has-
milo, Mariana o Alberto simplemente por el placer de ta el acto privado de ir al baño y producir excremento
llamarlos, y lo que tienen que decirles casi nunca es por el trasero y la pantalla. De esta manera, no puedo
de carácter urgente, tampoco de carácter no urgente, más que concluir que el celular, excepto por su uso en
porque realmente no tienen nada que decir; solo llaman los casos realmente importantes, es un artefacto que a
para que los vean llamando o a preguntar por qué no manos de los jóvenes atenta contra la privacidad de la
los han llamado. A mí misma me ha pasado tener que gente y que por tal, he sentido alegrías indescriptibles
apagarlo, cuando por obra de algún conocido que no cuando los doy por perdidos, robados o estrellados es-
sabe qué hacer con su tiempo, el celular se me convier- trepitosamente sobre el pavimento.
te en un enemigo de doce centímetros con el que me
siento más controlada y asediada que si tuviera bajo la
piel el chip que dicen que vamos a tener todos cuando
el diablo llegue a gobernar el mundo, justo antes del
regreso de Cristo.
*Ha sido ganadora de varios concursos literarios a nivel nacional: Segundo Premio Nuevos Mitos y Leyendas de Santiago de Cali, 2007. Alcaldía de Cali- SIL. Primer premio Concurso Nacional
de Cuento- Categoría Universidad. RCN-MEN, 2008. Primer premio internacional Concurso Bonaventuriano de cuento y poesía, 2012, Universidad San Buenaventura- Categoría cuento. Primer
premio concurso ficcionario, 2013, Revista i.letrada-IDARTES- Categoría crónica.

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FICCIÓN

LAS D E L
GATAS CALI
RÍO
Por: Nathalia Muñoz Arias
Estudiante de Lic. en Literatura de la
Universidad del Valle

E n las tardes frescas y soleadas visitaba al gato. El grande y pesado


felino mantiene sus ojos puestos en un punto fijo. Me interesaba saber
qué observaba, dado que permanecía atento a un mismo espacio. Con
sus negras pupilas, durante todas mis visitas, me sugería caminar hasta
el lugar custodiado por sus ojos. Al acercarme a él, además de sentir
que le agradaba mi compañía, sentía su deseo de guiarme
con la mirada hacia el lugar secreto.

Me encanta. Su figura sonriente de bronce era fa-


bulosa: tenía nariz triangular y sus dos bigotes,
justo en los extremos, forman dos espirales que
rozan sus pulidos cachetes; las orejas son puntia-
gudas; su cola, dispuesta de manera vertical, se
enrosca firmemente para sostener las aves que se
posan en ella. Está sentado sobre un volumino-
so trozo de cemento, semejante a un cuboide, a
la orilla del río Cali. Yo solía sentarme allí, a su
lado, e imaginaba qué era lo que el felino observaba con sus grandes y redondos
ojos. Una noche lo descubrí; supe porqué tenía la mirada fija en un lugar y porqué su rostro expresaba
alegría.

Él está acompañado por varias esculturas de mininas; son sus novias. Con una postura firme y deli-
cada, las gatas exhiben en sus cuerpos maravillosas pinturas, figuras y detalles. En las tardes, sentada
junto al gato y rodeada por ellas, veía pasar los carros que llenaban las carreteras de los alrededores.
Mientras yo observaba las máquinas de cuatro ruedas, Oswaldo asistía a las gatas con un maletín
de cuero pálido y desgastado por el agua del río. A veces un hombre que lucía un gran sombrero lo
acompañaba y lo ojeaba mientras sacaba de su maletín trapos, cepillos, líquidos y otras herramientas
que empleaba para limpiar el polvo que depositaba el viento encima de las gatas. Las limpiaba muy
bien. Los bichos que caían de los árboles y el polvo eran completamente despojados de las estatuas
que, a pesar de lucir limpias y acicaladas, permanecían con la mirada triste.

Cerca de allí había un puente blanco. Desde la caja de cemento podía ver el tráfico vehicular y varias
personas circulando sobre él. Oswaldo, después de limpiar a las felinas, se situaba sobre el puente

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durante varias horas con la vista puesta en ellas. Parecía
ser el guardián de las gatas. De vez en cuando una per-
sona las acariciaba con brusquedad y Oswaldo, a toda
prisa, dejaba el puente para reprender al infractor; se
mostraba muy molesto cada vez que alguien se acercaba
para acariciarlas.

Cuando el sol se ocultaba y la brisa del rio se torna-


ba más helada, Oswaldo abandonaba el puente y, antes
de marcharse, iluminado por las lámparas de la calle,
miraba tan fijamente al gato que el viento de en medio
parecía romperse como un cristal. Sentada, junto a la
gran pata del animal, percibía cierta complicidad entre
el hombre y el minino. Llegué a creer que escuchaba su
ronroneo.

Me marchaba unos minutos Al día siguiente estaba decidida a


después de que Oswaldo partie- seguir al hombre por aquel sendero.
ra. Él andaba por la margen del río Oswaldo, aquel día, como todas las tar-
hasta perderse en la oscuridad de los ár- des, engalanó a las gatas y se posó sobre
boles y lo observaba hasta que desaparecía en un sen- el puente. Al desaparecer el sol, antes de irse, miró
dero cubierto por la noche. En ausencia del hombre, la figura de bronce; asintió. El cuidador de las gatas
la expresión del felino de bronce se tornaba alegre, sonrió con el fervor de un artista que finaliza su obra
como si disfrutara de la estancia a solas con sus no- de arte.
vias. Yo permanecía acariciando su gran pata y el vai-
vén de los arboles confundía los sonidos que parecían Estaba lista para caminar tras él y me dispuse para
provenir del pecho del animal. Creía que su corazón abandonar el pequeño espacio que siempre ocupaba,
latía de tanto amor hacia las hermosas gatas. sentada, sobre la gran caja de cemento que también
servía de silla al felino. Al apoyar mis sandalias sobre
Intrigada, una noche, cuando ya Oswaldo se había ido, el suelo, Oswaldo se acercó a mí. Del viejo maletín
intenté averiguar qué veían las redondas pupilas del de cuero tomó un trozo de tela y en pocos segundos
custodio del río. Me equipé con binoculares, escale- había cubierto mi boca. Oswaldo sujetó mi brazo con
ras y otros utensilios que esperaba fueran útiles para violencia y caminó conmigo por el costado del río.
mi búsqueda. Con ayuda de las escaleras intenté
posicionarme a la altura de los ojos del minino y Durante el trayecto observaba los carros con
luego, con los binoculares, quise contemplar el pasajeros que, entre tanta oscuridad,
horizonte que en todo momento era visto por él. ignoraban mi azoro. Intenté des-
Cuando usé los binóculos me percaté de que su mirada prenderme de la fuerza de
se dirigía al sendero en donde Oswaldo desaparecía todas las Oswaldo y pedir auxilio.
noches. En un violento force-
jeo Oswaldo tro-

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pezó con algunos arbustos y aproveché para huir.
Me deshice del sofocante pedazo de tela que cubría
mi boca y comencé a gritar. Unos metros más ade-
lante un carro se detuvo. Corrí a su encuentro sin
cesar de pedir ayuda – me escucharon. Me ayuda-
rán, pensé.

Seguí corriendo y vi que un hombre bajó del vehí-


culo. Llevaba un sombrero tan grande que su som-
bra me envolvió. Cerca de él, advertí que cargaba
un viejo y desgastado maletín en el que introducía
un frasco lleno de líquido brillante ¡Menudo pro-
blema! Era el maletín de Oswaldo.

Antes de tomar un nuevo camino, que me alejara


de aquel auto, una mano pesada me sujetó por la
muñeca. Oswaldo me condujo con fuerza hasta el
carro y tomó su maletín. De nuevo cubrió mi boca
con la empalagosa tela; alejándonos del carro y su
conductor retornamos al camino emprendido desde
el principio.

Sin poder gritar, y a rastras, llegué hasta el oscuro


sendero. Las lámparas de la calle ya no alcan-
zaban a iluminar el camino. Nos detuvimos
en un lugar lúgubre, tan cercano al río que me
vi salpicada por el agua. Él colocó su maletín
en la orilla y el agua que golpeaba en la tierra
lo mojaba. Abrió el morral de cuero y de él
extrajo una jeringa. El pequeño instrumento,
al ritmo del movimiento del pistón, se llenaba
del líquido brillante y espeso depositado en el
frasco de vidrio. -Soy Oswaldo; hago escul-
turas; soy un artista – anunció e introdujo la
aguja en mi brazo.
Ilustrado por: Carlos Augusto Castillo Lara

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RESEÑA

UN RATÓN CON AGALLAS


Por: Daniel Mauricio Bohórquez*

E l año 1992 puso sobre la mesa la evasiva discusión que pretendía colocar
el cómic a la altura de la literatura. MAUS, la obra cumbre de Art Spiegel-
man, gana el premio Pulitzer y con esto logra, para la gloria de muchos,
darle la importancia que el cómic venía reclamando desde hace un buen
tiempo.

MAUS se constituye como la piedra angular que define y da forma a un


género en nacimiento denominado Novela Gráfica. Si bien el término fue

*Licenciado en Educación Básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

16
acuñado años atrás por Will Eis- guerra. Como segundo elemento, punto es fundamental para com-
ner (Contrato con Dios, The spi- la decisión de canalizar el absurdo prender la seriedad de su trabajo,
rit), es con Spiegelman que se le da de la persecución de los judíos con además de los contratiempos en
sentido total. Mientras que el en- un componente metafórico que que se ve enfrentado al concebir
foque del primero consiste en un resulta de un sentido universal: una obra de tales proporciones.
pensamiento eminentemente edi- dibujar a los alemanes como gatos
torial, Spiegelman, al igual que sus y a los judíos como ratones. Finalmente, observamos un Art
sucesores, conciben la obra en su autor, con una crisis de identidad,
extensión desde un principio, ade- La historia de MAUS se narra, usando una máscara de ratón en
más de sacar al cómic del letargo esencialmente, en tres tiempos. vez de ser uno, sufriendo por la
ocasionado por el comics code1 en El primero de ellos, la historia de inesperada fama del primer tomo
los años cincuenta. Vladek y Anja en la Europa inva- de MAUS; sintiéndose culpable
dida por la ideología nazi, desde de obtener reconocimiento por
Art Spiegelman con su obra logra cómo fueron perdiendo sus pose- retratar los horrores del holocaus-
recoger una tradición que marca siones los judíos, hasta cómo sus to en un cómic; resistiendo la pre-
sus inicios en los periódicos ame- padres lograron, con mucha astu- sión de la industria por explotar
ricanos del principio del siglo XX, cia, sobrevivir. Durante este tiem- la marca de su obra, negando la
y que a la hora de determinar una po, vemos cómo la construcción posibilidad de llevar su historia al
historia del cómic, resultan casi del personaje de Vladek intenta cine, como ha sucedido con gran-
olvidados. Pero sin duda quienes ser lo más fiel posible, incluyendo des obras como Watchmen o V
más marcaron su estilo y concep- las cosas de las que seguramente for Vendetta.
ción del noveno arte fueron los Art no se sentía muy orgulloso,
cómics de la revista MAD y los como por ejemplo, haber escogido Si después de haber leído uno de
no menos famosos crime stories, a su mamá por el dinero, asegu- los pesos pesados del género del
principales perseguidos por la ley rándose, además, de que no fuera cómic, como lo es MAUS, aún
norteamericana. enferma. De otro caso ¿para qué quedan dudas de su importancia
la querría? y el lugar bien merecido como gé-
MAUS narra la historia de Vladek nero literario, habrá que pensar
y Anja, los padres de Art, quienes Un segundo instante, es la vida entonces nuevamente aquello que
vivieron en primera persona los de Artie al momento de construir se merece o no estar dentro de di-
horrores de los campos de concen- MAUS, incluyendo las numerosas cha categoría. Poco de MAUS es
tración. Lo que separa realmente entrevistas que le hizo a su padre lo que contiene este escrito, no
la obra de Spiegelman de toda la li- para recoger los hechos de su paso porque sea poco lo que se pueda
teratura sobre el holocausto, es en por Auschwitz. Durante estos mo- decir sobre la obra, sino porque
primer lugar el formato seleccio- mentos el autor logra retratar la tal y como me sucedió, deseo que
nado para narrar: a excepción de tensión de su relación con Vladek, usted, querido lector, disfrute del
una historieta de escasas dos o tres haciéndolo sentir culpable en oca- goce estético de su lectura y que
páginas que menciona sutilmente siones, y perdiendo siempre con el sea por cuenta propia que juzgue
el holocausto nazi, nadie se había argumento de que él nunca pasó al cómic, la novela gráfica, como
atrevido a utilizar el cómic para por los horrores que sufrieron sus literatura.
representar los horrores de la gran padres y su hermano Richieu. Este

El comics code fue una medida tomada por el gobierno de los Estados Unidos donde se acusaba al cómic de ser una mala influencia para los jóvenes, incitándolos a
1

malas conductas. A partir de entonces, los cómics pasan por un comité de censura de su contenido y sus temáticas se vuelven light.

17
ENSAYO-MEMORIA

UNA PRUEBA FUERZAS


A MIS
Por: Leonardo Henao Henao
Estudiante de Lic. en Literatura de la
Universidad del Valle

M i primer trabajo en el taller de escritura de la


universidad fue descuartizado con una crítica justa.
Mucho antes de esas experiencias mi problema fue
darme cuenta de en qué es lo que creo, que era el
No hubo un comentario entusiasta o una pequeña luz tema que tenía que desarrollar. Descarté una cosa
de consolación. Lo agradecí con el alma. Vi en toda tras otra. Estaba desconcertado. Lo que me salvó fue
su grandeza la mediocridad que hice un día antes lo mucho que me divertí redactando un trabajo sobre
sin mover un dedo para informarme sobre un tema una autora nacional para la clase de literatura colom-
que apenas conocía. Me confié. Creí que un poco biana. Traté de darle a las palabras un sitio preciso
de pirotecnia podía darle vida a un texto que desde y de hacerlas claras en su significado. Tras el punto
su mismo inicio estaba herido de muerte. Fallé en final quedé satisfecho, aunque estaba seguro de que
cada línea. La profunda vergüenza que sentí no fue se podía mejorar. Pese a eso sonreí y fui consciente
un castigo, sino una más de las valiosas lecciones de cuánto amo escribir y de que, sin querer alardear,
que he aprendido como escritor. creo en mí como escritor.

Recibí con alegría la segunda oportunidad que se nos Llevaba muy adelantada una carrera para la que no
concedió para corregir el trabajo. Fue algo así como tenía ninguna vocación, cuando me di cuenta de que
reparar un crimen cometido durante la embriaguez. lo mío era la literatura. No me retiré de inmediato
Ahora, en sano juicio, me esforcé por hacer un plan porque no creía en mí y no era capaz de imaginarme
minucioso. La primera letra la puse varios días atrás. enfrentado a mi familia y a los miles de obstáculos
Los temas de los párrafos los separé con pinzas y me que me esperaban por no contar con una situación
comprometí a elaborarlos con una dedicación mater- económica resuelta. En busca de respuestas me ma-
nal. Anotaba frases que me salían al paso y a veces triculé en un curso de literatura norteamericana dic-
me emocionaba con sólo imaginarme enfrentado al tado por la profesora Amparo Urdinola. Admiré su


papel en blanco.

Me confié. Creí que un poco de pirotecnia podía


darle vida a un texto que desde su mismo inicio
estaba herido de muerte. Fallé en cada línea.La
profunda vergüenza que sentí no fue un castigo,


sino una más de las valiosas lecciones que he
aprendido como escritor

18
sabiduría, sus discursos lúcidos y que leyera a
Faulkner en su denso inglés. Sus clases las escu-
chaba asombrado. Al final del curso se presentó
la oportunidad que esperaba. Debí hacer una ex-
posición sobre Absalón, Absalón!, un libro ma-
gistral de Faulkner. Me esmeré en escribir cinco
páginas que me aprendí de memoria.

Empecé hablando con algo de temor, pero lue-


go me sentí a mis anchas y cada tanto le echaba
una ojeada a mi texto, de manera que la profesora
se enterara de que mi oratoria era solo un medio
para transmitirle lo que escribí. Cuando terminé
ella se refirió a la forma poética como cerré la ex-
posición y me preguntó qué semestre de literatu-
ra cursaba. Se sorprendió cuando le dije que esta-
ba perdiendo mi tiempo estudiando otra carrera.
Cuando salí del salón la decisión estaba tomada:
sería escritor. Había comenzado a creer en mí.

Luego de ese semestre me retiré de la universi-


dad con la alegría de que por fin, a mis veinte
años, había logrado dar un primer paso firme en
mi destino. La buena nueva de que descubrí lo
que me haría feliz no fue bien recibida por mi
familia, en especial por mi padre. Me agredió con
palabras que jamás se le deberían decir a un hijo
y pronosticó que mi vida sería un fracaso. Me de-
fendí sin esconder la cabeza, sin que me tembla-
Ilustrado por: Andrea Tamayo Ordoñez

ran las manos y mirándolo a los ojos, convencido


de que se equivocaba.

Nadie me respaldó. Mis amigos se burlaron y me


dijeron que lo mío era una pataleta, que el se-
mestre siguiente estaría de regreso en la universi-
dad. No los volví a ver por mucho tiempo. Tanta
oposición no fue capaz de hacerme vacilar. Mis
fuerzas se multiplicaron. Leía hasta once horas
diarias. Tres veces a la semana tomaba apuntes
para cuentos o escribía sobre mi vida o sobre lo
primero que se me ocurriera, pero tenía la mala
costumbre de soltarlo todo de un tirón, sin un se-
gundo para tomar aliento, arrastrado por un ritmo
frenético que me llevaba al desastre.

Poco a poco fui notando mis errores y eso hizo


que creciera mi confianza: mi dedicación total

19
daba sus frutos. Habían pasado dos años desde mi retiro Seis meses después lo reescribí. Dije casi lo mismo,
de la universidad y mi padre todavía me lo reprochaba. con la diferencia de que me ahorré seis páginas. La gra-
Sus ataques eran peores cada vez. A mi disciplina in- ta experiencia me permitió tener una conciencia mayor
flexible, a mi pasión literaria en permanente ebullición, acerca de lo mucho que me falta por aprender sobre un
él le llamaba un simple pasatiempo. Quise demostrarle oficio del que jamás se para de aprender. Por eso estoy
que se equivocaba, así que participé en el concurso de de nuevo en la universidad, aunque esta vez estudian-
cuento que organizó la Universidad del Valle conme- do literatura. Me ha costado abandonar los libros para
morando sus sesenta años de fundación. No era un es- venir a clase, pero sé que ese es un sacrificio necesario
tudiante activo, pero mi hermano sí, y con su permiso para pulir mi estilo.
inscribí uno de mis cuentos a nombre suyo. Todavía
tengo muy presente la mañana que llegó con la noticia Desde que soy estudiante es mayor mi compromi-
de que había ganado. Más tarde renuncié al premio sin so conmigo mismo. En la escritura de este texto, por
revelar la farsa. Mi padre se enteró de mi triunfo por ejemplo, debí contenerme en innumerables oportuni-
mis hermanos. Tocó en mi habitación antes de entrar dades. Por momentos las palabras brotaban fáciles y
y estuve tentado a decirle que se fuera, que se largara, trataban de quitarme las riendas. Entonces me detenía
pero alcancé a contenerme y le dije que siguiera. Me hasta que volvía a sentirme el director y el responsable
ofreció disculpas por su trato cruel y me prometió que de cada línea. Fui implacable con cada párrafo, y me
en adelante me apoyaría en lo que fuera. Eso no ha su- negaba a seguir adelante si primero no lo tenía resuelto.
cedido, por supuesto, ni sucederá en estos tiempos en Muchas veces di mil vueltas alrededor de una coma o
los que ya ni lo determino, pero por lo menos me libré de un punto que querían imponerme su ritmo. Perseguí
de sus burlas y de sus constantes reclamos. puñados de adjetivos inútiles hasta darles muerte sin
padecer ningún remordimiento. Taché sin misericordia
Aquel premio inolvidable no solo hizo que creyera más frases cuya sonoridad me seducía, pero que en verdad
en mí como escritor, sino que me dio el estímulo que no eran funcionales. Cientos de trampas me salieron en
tanto necesita un artista en sus comienzos. El año y me- el camino tentándome con formas vacías, y traté de no
dio que siguió mandé mis cuentos a concursos abiertos recogerlas, aunque es posible que algunas se me hayan
para todo el mundo. Fue una seguidilla de derrotas que pegado sin que me enterara. Ignoro hasta qué punto
hicieron que reconsiderara la dirección que llevaba, se evidencia mi severidad y si logré que las palabras
pero no su propósito. Escribía sin una formación téc- quedaran ajustadas como las piezas de un reloj o si en
nica, sin un plan estructural y gobernado por una intui- cambio están sueltas y atrofiadas como si la maquina-
ción desorientada. Fue entonces cuando decidí que no ria se hubiera caído. Más allá del éxito o del fracaso
podía dar un paso más sin la asesoría de un experto. de mi trabajo considero importante resaltar que hacerlo
me entretuvo tanto como si escribiera un cuento y que
Volví a la universidad a buscar a la profesora Amparo descubrí que creer en uno mismo no es un pecado de
Urdinola, pero se había jubilado. Le comenté lo que orgullo, sino una condición imprescindible para alcan-
me pasaba a una secretaria de la escuela de literatura zar nuestros sueños.
y me presentó al profesor Alejandro López, quien tuvo
la gentileza de regalarme veinte minutos. Antes de em-
pezar me dio un valioso consejo sobre la economía y
la precisión del lenguaje en el cuento. “Debe ser como
lanzar una flecha: directo al blanco, sin vueltas”, dijo.
Me eché a temblar. En ese momento me di cuenta de
la forma tan deficiente como escribía. Dedicaba tres
párrafos a algo que podía despachar en dos líneas. El
diagnóstico de mi cuento, por supuesto, fue el peor: era
un cadáver descompuesto.

20
EL
FICCIÓN

CABALLERO
DE LA
CAPUCHA
DE
ACERO Por: John Zambrano Montoya
Estudiante de Lic. en Literatura
de la Universidad del Valle

21
A sí como duerme y luego despierta
la aún no nacida criatura, igual hizo don
Quijote, y se puso presto a la aventura.
«Calla la boca, melindroso, ¿es que aún eres
tú como cabestro? Date cuenta que el que nos
narra no parece malo sino diestro.»

«Pero señor, si de la mano como entiendo es éste


tan diestro, ¿por qué no nos escribe en prosa,
«¡Tú que me escribes!» -dijo él muy como hizo aquel, el gran maestro?»
imperante-, «vestid al punto mi desnudez
que no parezco caballero andante. «Rufián, sin duda cabestro, y aun eres tú
bandido. ¿Harás que tan pronto me arrepienta
Y porque ningún detalle mío vayas de haber caído en la cuenta del olvido?
torpemente a olvidar, acuérdote escudo,
espada, y mi buen Rocinante para andar. Agora calla y escucha, y observa y aprende
antes de seguir adelante: mucho me engaño o
Armado con esto y más, como reza la estamos en tierra donde vive más de un gigante.»
andante y gran caballería, solicito una difícil
escena que ponga a prueba mi gallardía.» «Mi señor, mucho temo que se trata de sólo un
engaño, que todo por estas tierras nos es nuevo,
Llegó pues, así como iba sin perder menos de las personas el tamaño.»
ningún detalle, al sur de Cali, Colombia,
a Meléndez y a Univalle. «¿Qué no has aprendido nada, pues sólo ves por
tus antojos? Observa y aprende, he dicho; voy a
«Con ese caballo no lo puedo dejar», -dijo quitarte esa venda de los ojos.
el portero muy extrañado.- Preguntó aun por
su carnet, y al no tener éste lo dejó a un lado. Mira aquel descomunal yelmo; lo tiene esa mora
que habla duro.» «Me parece» –dijo Sancho- «que
«Dejadme entrar, bellaco», -dijo a ésta sazón por lo que grita, es para vender chontaduro.»
don Quijote-. «¿No reconoces mi andar,
porte, yelmo, gloria o bigote?» «No he de enseñarte lo que parece sino lo que
sucede realmente aquí. Acompáñame, escudero,
El portero cedió, diciendo que sin la bestia y luego me dirás si te mentí.
podía entrar, si tan sólo venido hubiese
con quien afuera la pudiera cuidar. Y tú que las llaves tienes, apresúrate a la puerta
y abrid.» «¡Qué pena!» -exclamó el portero- «vienen
«¡Válame Dios!» -exclamó avergonzado es a actuar y usted mínimo hará de Mio Cid.»
el famoso caballero- «nunca leí que Amadís
fuera sin Gandalín, su gran escudero.» Así entró don Quijote, sin hablar palabra de la
piedra que tenía, y mientras amarraban a Rocín
Entonces una gran pitaría se oyó tras él, y Rucio en la entrada, Sancho Panza mucho reía.
en la Pasoancho, y vio don Quijote cómo
cruzábala en el asno, su fiel amigo Sancho. «Agradece que tu cabeza no este buen palo
recibe, por tener yo en la mía grandes asuntos
«Paréceme» -dijo éste al llegar al pie de su amo puestos por aquel que agora me escribe.
y señor- «que vuesa merced ha desconocido
el mérito mío en el renombre de su honor.» Es menester que hallemos una curiosa venta
llamada Los Tres Tres. Nos guiaremos por un
«No hagas las cosas más grandes de lo que árbol tan alto como fuera el ciprés.»
realmente son» -replicó el caballero-, «importa
que agora juntos, sabremos entrar en gran misión. Y así anduvieron ante el asombro de todos y la
indiferencia de ninguno. Del sitio más valió
«¿Y en por qué hablamos ansí tan estrecho y no el nombre pues altos árboles hay más de uno.
en la línea completo? Mira mi señor: como en
prendas chicas, así me siento hablando en terceto.» Ya en el segundo nivel, dieron con el Veinte
Diecisiete. Al entrar fue prudente el caballero
andante y se quitó de la cabeza el almete.

22
Ilustrado por: Carlos Augusto Catillo Lara

23
ejército de robots gigantes como antes no viera otros.
«¡Así no vale!» -gritaron estudiantes resueltos-,
«la representación debíamos hacerla nosotros, Sancho, que a todo esto había seguido a su amo
y no con actores profesionales revueltos.» cuidando que no le viera, poco aguantó y salió
dando voces diciendo: «¡señor, no quiero que mue-
Y el caballero: «Hemos venido de un lugar más ra!»
que muy lejano; está a cuatrocientos cielos de aquí.
¡Quiera Dios que el viaje no haya sido vano!» «¿Qué te habías fecho, Sancho? Necesito escudero
en esta gran y peligrosísima aventura. Tráeme mi
«¡Querrás decir cuatrocientos siete!,» -corrigió al punto Rocín y lanzón, y no te preocupes que mi alma va
su escudero-, «que según vi una fecha en las paredes, segura.»
como anuncio, ansí sería la cuenta, eso espero.»
«Segura de muerte» -susurró Sancho y siguió- «con
las armas y el caballo podéis contar, pero estad se-
«¿A qué tan grande impertinencia, Sancho? Calla guro que mi barriga por allá no la pienso ni asomar.
y no trates de opacarme en este futuro. Fuiste y serás
lo que eres: labrador y escudero y a las letras duro.» Piénselo bien, mi señor, ¿Quién empezó con la
tronamenta sino éstos que llevan capucha, que ansí
«A las letras que no a los números, que bien sé le llaman? Fíjese que andan mal-buscando lucha.»
cuánto he tenido. No más charla mi señor y haga
eso tan importante, aquello a lo que hemos venido.» «No puedo fiarme de ti, Sancho. Mira que ahí están
los gigantes, y no son humanos sino máquinas.
Por prudencia se abstuvo don Quijote de ¿Qué caballero luchó contra algo así antes?»
reprender nuevamente a su amigo, y sin creer
que dijera cierto, empezó así y postergó el castigo: «Sin duda ninguno, mi señor, y sí son grandes
pero no exagerando. Si máquina son, como aquel
«Declamaré para ustedes lo que escrito caballo Clavileño, alguien los debe estar operando.»
aquí llevo. No os preocupéis Bautista,
que si no os agrada empezaré de nuevo: «Detrás de tus explicaciones se oculta la
cobardía. ¡Apártate entonces!, aquí viene
“Así como duerme y luego despierta un objeto que aquel por los aires me envía.»
la aún no nacida criatura, igual hizo don
Quijote, y se puso presto a la aventura.” » El proyectil lacrimógeno fue detenido por la
adarga del caballero y despedida por los aires
Y acabando este primer terceto, tronó con de nuevo, a patada del caballo aventurero.
tal furia un gran estruendo, que preocupóse
don Quijote y Sancho Panza salió corriendo. Y entonces todo fue desconcierto y caos:
lanzamiento de crueles aparatos, bombazos,
Fue tras él su señor y vio la nueva aventura heridos y gentes corriendo hacia todos lados.
que le esperaba: una procesión de gentes
cubiertas de cabo a rabo que por allí pasaba. Aún dentro de Univalle, don Quijote, lanza
en ristre y a lomo de Rocín, bajó de su yelmo
«¡Detenéos y decidme quién sois y qué lleváis la visera, picó espuelas y casi se sale del sillín.
bajo el ropaje ancho. ¿O es acaso la complexión
de todos como la de Sancho?» «¡Deteneos mi señor!» –gritaba su escudero
aunque en vano- «¡Acometerás a la Santa
«Ábrase viejo loco» -respondiéronle así-, «que Hermandad del hombre americano!»
nosotros no estamos jugando, y si no va a pelear
contra o con nosotros, nos está es estorbando.» Pero ya Rocinante ni aun queriendo podía
frenar su vertiginoso paso. Y adentróse don
«¿Cómo dices?, ¿acaso no vais solos? ¿Qué Quijote como hiciera un rayo en el ocaso.
enemigo osa de hacer frente en mi presencia
a los desvalidos y menesterosos?» No sabiendo los otros cómo proceder, pues
no había instrucción en tan inesperado caso, dieron
«Mire mi viejo, allá afuera está el enemigo en ponerse, escudo tras escudo, y esperar el estarta-
esperando por nosotros.» Y vio don Quijote un zo.

24
Y a punta de lanza chocó el caballero con la negra
tropa, y estando uno y otro por el suelo, vinieron
aquellos encapuchados y fue todo a quemarropa.

Luego acudió Sancho Panza, ya estando casi


todos en ambos bandos molidos, y de entre otros
despojos, sacó el de su señor muy mal herido.

«No se muera de nuevo, amo mío. Yo no sé


cómo fechaba aquel anuncio pero he contado cada día
desque a su lado monté aquel asno Rucio.

Y no me pesa sino que han sido menos los días


junto a vuestra merced que las noches solitarias.
Allí en la orilla del tiempo, he visto las trampas varias.

Puede parecer mucho lo que vive en mil páginas,


junto a su amo, un buen escudero; pero eso es poco
comparado con un día déste sin su caballero.»
Y dijo su amo: «¡Oh señora de mi alma, Dulcinea,
flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero
que ha triunfado y padecido en no vista aventura!»

Así dijo y terminó don Quijote para sorpresa y


contento de Sancho, quien lo llevó maltrecho
mientras daba alegres voces por aquel camino ancho:

«Agora vamos a casa a pastorear, dejando atrás todo este


reguero. Pero antes contemos a todos la gran aventura
del Caballero de la Capucha de Acero. Y su escudero.»

25
ESCRITOR INVITADO

TRES CRÓNICAS
BREVES SOBRE
HÉROES Y ANTIHÉROES
Alberto Salcedo Ramos: (Barranquilla, 1963). Considerado uno
*

de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos, forma par-


te del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Sus crónicas han apare-
cido en diversas revistas, tales como SoHo, El Malpensante y Ar-
cadia (Colombia), Gatopardo y Hoja por hoja (México), Etiqueta
Negra (Perú), Ecos (Alemania), Courrier International (Francia),
Internazionale (Italia), Marcapasos y Plátano Verde (Venezuela),
y Diners (Ecuador), entre otras. Algunas de sus crónicas han sido
traducidas al inglés, al francés, al griego, al italiano y al alemán.
Es autor de los libros “La eterna parranda. Crónicas 1997-2011”
(Aguilar, 2011), “El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trá-
gica de Kid Pambelé” (2005, Debate y 2012, Aguilar), “De un
hombre obligado a levantarse con el pie derecho” (Ediciones Au-
rora, 1999 y 2005) y “Diez juglares en su patio” (Ecoe Ediciones,
1994). También es coautor de Manual de Géneros Periodísticos
(Ecoe Ediciones, 2005) y “Un vallenato y 9 senderos” (2009).
Sus textos san sido incluidos en diversas antologías: “Lo mejor
del periodismo de América Latina” (FNPI y Fondo de Cultura
Económica, 2006), “Mejor que ficción. Crónicas ejemplares”
(Anagrama, España, 2012), “Antología de crónica latinoameri-
cana actual” (Alfaguara, España, 2012), “Domadores de histo-
rias. Conversaciones con grandes cronistas de América Latina”
(Universidad Finis Terrae, Chile, diciembre de 2010), “Crónicas
latinoamericanas: periodismo al límite” (Fundación Educativa
San Judas, Costa Rica. 2008), “Historia de una mujer bomba y
Fotografía por: Julieta Solincee otras crónicas de América Latina” (Uqbar Editores y Universi-
dad Adolfo Ibáñez. Chile, 2009), “Crónicas SoHo” (Aguilar y Re-
vista SoHo. 2008), “Años de fuego: grandes reportajes de la última década” (Planeta, 2001), “Citizens of fear”
(Universidad de Rütgers, 2001), “Antología de grandes reportajes colombianos” (Aguilar 2001) y “Antología
de grandes crónicas colombianas” (Aguilar, 2004). La productora Paraíso Picture llevará al cine su libro “El
Oro y la Oscuridad”. Salcedo Ramos ha ganado, entre otras distinciones, el Premio Internacional de Periodismo
Rey de España, el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), el Premio Nacional
de Periodismo Simón Bolívar (cinco veces), el Premio de la Cámara Colombiana del Libro al Mejor Libro de
Periodismo del Año y el Premio al Mejor Documental en la II Jornada Iberoamericana de Televisión, celebrada
en Cuba. En 2004, gracias a su perfil ‘El testamento del viejo Mile’, publicado en El Malpensante, fue uno de
los cinco finalistas del Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI. En abril de 2013 obtuvo el importante Premio
Ortega y Gasset de Periodismo, concedido por el diario El País de España, con su crónica “La travesía de Wikdi”.

*
Artículo tomado de internet: http://goo.gl/BkDfL

26
CRÓNICA

LOS COMPADRES
Por: Alberto Salcedo Ramos

E n Cartagena Bernardo Caraballo no solo fue en su momento el


boxeador más renombrado: también fue el más narcisista, el más ególa-
tra, el de las vestimentas más estrafalarias. Subía al ring enfundado en
una bata de piel de tigre, y además usaba una boa enrollada en el cuello.
Su atuendo estaba coronado por una boina vasca, encima de la cual
había un sapo vivo.
En el ring le ofrecía la mandíbula al contendor, y cuando éste
lanzaba el puñetazo se agachaba. Caraballo era un bocón ante el cual
no cabían los términos medios: se le amaba o se le odiaba. Quienes lo
amaban elogiaban sus saltos de bailarín, sus desplantes. Quienes lo de-
testaban decían que era un payaso.
Esa polarización resultaba muy taquillera: los cartageneros iban
en masa a sus combates, unos para presenciar sus trucos de mago y los
otros con la esperanza de verlo boqueando en la lona.
El otro protagonista de esta historia, Antonio “Mochila” Herre-
ra, era un boxeador corajudo, ortodoxo. Apenas sonaba el campanazo
se abalanzaba contra su rival, sin tomarse el clásico minuto de estudio.
También recibía mucho castigo porque se exponía demasiado. Su mane-
ra de arriesgar la vida en cada golpe también resultaba muy taquillera.
Cuando Caraballo empezó a boxear abandonó su oficio inicial
de lustrabotas. “Mochila”, en cambio, jamás se apartó de la albañilería.
He allí otra razón para que al primero se le considerara soberbio y al
segundo, humilde.
Por lo que encarnaban como boxeadores y como personas, Ber-
nardo Caraballo y “Mochila” Herrera eran antagonistas naturales. Tarde
o temprano tendrían que enfrentarse. Además, los aficionados cartage-
neros habían ido creando entre ambos una atmósfera hostil cuyo destino
inevitable era el ring.
La pelea fue pactada para el 11 de febrero de 1968. Contra todos
los pronósticos, Caraballo, que no era precisamente un noqueador, ganó
en el cuarto round.

27
Ilustrado por: Carlos Augusto Castillo Lara

Unos días antes Caraballo había decidido invertir los cincuenta


mil pesos que le pagarían por el combate en la ampliación de su casa.
A la mañana siguiente, cuando le entregaron el dinero, fue a buscar al
albañil de la obra: el mismísimo “Mochila” Herrera. Lo encontró con la
cara llena de moretones.
Un tiempo después los dos protagonistas de la historia decidie-
ron que les faltaba un rito para sellar su amistad. Entonces Caraballo se
convirtió en padrino de uno de los hijos de “Mochila”.
Aquel fue un momento sublime en el boxeo: dos rivales com-
prendieron que aunque el uno se comportara como acróbata y el otro
como domador de fieras, eran miembros del mismo circo: no se habían
peleado por enemigos, sino por hermanos. A fin de cuentas tenían mu-
cho en común. Por ejemplo, su analfabetismo.
Caraballo – siempre tan fanfarrón – fingía ante los empresarios que re-
visaba sus contratos, y después se los llevaba a Zunilda, su mujer, para
que ella los firmara. “Mochila” admitía que no sabía leer.
Otro factor común: ninguno de los dos pudo ser campeón mun-
dial.
Por eso, vista ahora en perspectiva, la amistad de los dos fue más grande
que todos los trofeos del mundo.

28
CRÓNICA

EL SECRETO
DE EMILE GRIFFITH
Por: Alberto Salcedo Ramos
Ilustrado por: Daniel Antonio Sierra Orrego

D esde cuando se calzó los guantes por primera vez, a finales de los
años 50s, Emile Griffith empezó a dejar tras de sí una estela de rumores.
En los círculos boxísticos de Nueva York se insistía en que era homo-
sexual.
Griffith no era amanerado, pero sí un hombre apacible fuera del
ring. En todo caso, cuando sonaba la campana transpiraba rudeza. Se aba-
lanzaba sobre el rival como un perro de presa, lanzando las manos sin
tregua. Además era corajudo: aunque lo golpearan iba siempre hacia ade-
lante, arriesgando el pellejo en cada embestida.
A ningún experto le sorprendió que ganara muy pronto el campeo-
nato mundial del peso welter: era el rey indiscutible de su categoría.
El 24 marzo de 1962 Griffith se aprestaba a pelear contra el cu-
bano Benny Kid Paret. Por la tarde, durante el pesaje, Paret le espetó una
palabra castellana que Griffith no se esperaba.

29
-- Maricón.
Griffith la entendió perfectamente, pues tenía varios amigos lati-
noamericanos en el gimnasio de Gil Clancy, su manager. Así que cuando
subió al ring se encontraba poseído por la ira.
En el sexto round estuvo a punto de ser liquidado. Súbitamente
empezó a recibir una andanada de golpes, y no fue capaz de oponer resis-
tencia. Si el árbitro, Ruby Goldstein, hubiese sido sensato, tendría que ha-
ber parado el combate y declarado ganador a Benny Kid Paret por nocaut
técnico.
Pero ya en aquel momento la Señora Fatalidad se había adueñado
del ring.
En el round doce Griffith acorraló a Paret en una esquina y le ases-
tó una lluvia de golpes, todos en la cabeza. Goldstein, el referee, volvió a
ser displicente.
Ya desde el momento en que recibió el segundo golpe era claro que
Paret estaba noqueado aunque permaneciera en pie. Si Goldstein hubiera
detenido el combate en ese punto le habría evitado, por lo menos, una
docena de porrazos terroríficos.
En su relato sobre el combate Norman Mailer dedicó un extenso
pasaje a este momento. Los golpes se Griffith se oían en todo el coliseo y,
años después, seguirían resonando en la conciencia colectiva de los faná-
ticos del boxeo. Algo irremediable, según Mailer, ocurrió en la psiquis de
los espectadores que se encontraban en el Madison Square Garden viendo
cómo Paret se desplomaba.
El cubano murió diez días después y Griffith perdió desde entonces
su instinto asesino. Se volvió mediocre. Tenía apenas veinticuatro años
pero quería retirarse. El alivio que le quedaba era la solidaridad de sus
amigos boxeadores.
Cuarenta años después Griffith admitió, por fin, que es homosexual.
No lo reconoció mientras estaba activo – dijo – porque eso habría equiva-
lido a un suicidio laboral. ¿Qué apostador habría arriesgado un peso por
él si hubiera sabido que era gay?
Al salir del clóset los amigos se le alejaron. Entonces pronunció
aquella frase triste: “cuando maté a un hombre me acompañaron; cuando
dije que amo a un hombre me dejaron solo”.
La historia dirá, eso sí, que Griffith fue un valiente cuando calló, y que
también lo fue cuando decidió contar su secreto.

30
CRÓNICA

DEFENSA
DE
RENÉ HIGUITA
Por: Alberto Salcedo Ramos

P or puro milagro te salvaste de ser asaltante, René, o pistolero a


sueldo, o fabricante de bombas hechizas. ¿Acaso no eran esos los oficios
más apropiados para ganarse el pan y el respeto en la Comuna Norocci-
dental de Medellín?
Allí, en el nido de atrocidades donde naciste, Pablo Escobar re-
clutó a los matones de su ejército privado. Tú pudiste haber sido uno de
ellos, René, como les ocurrió a varios de los muchachos descalzos que
crecieron contigo en el barrio Castilla. Tu primer alfabeto fue el horror,
que, de entrada, te trastocó el lenguaje. “Estar enamorado” de una per-
sona no significaba amarla sino pretender acribillarla. “Gonorrea” no era
el nombre de una enfermedad venérea sino el calificativo con el que se
designaba a un fulano indeseable. Al sicario se le llamaba “dedicaliente”
y al estafador, “calidoso”. Como la vida no valía un comino, a los jóvenes
les daba lo mismo tenerla que perderla. “Total” -- decían, con su deses-
peranza brutal --, “no nacimos pa’ semilla”. ¡Cuánta rudeza, René, la que
había en la jerga de aquella gente! Allí quien mataba al prójimo no era
un asesino sino apenas “un borrador”. Y quien caía abatido por las balas
enemigas no moría sino que empezaba a “cargar tierra con el pecho”.
Tú pudiste haber sido uno de esos muchachos escuálidos que be-
saban el escapulario de la Virgen María para implorarle que les afinara la
puntería durante la próxima “vuelta”. Pudiste haber sido, cuando menos,
el que conducía la motocicleta donde iba el francotirador. O quizá uno de
esos adolescentes que se robaban un par de zapatos finos para que la chica
bonita del barrio se fijara en ellos. ¿Por dónde andarías ahora si hubieras
aceptado aquella vida que te tenían señalada desde antes de nacer? Esta-
rías “pagando cana” – es decir, preso -- en Bellavista. O cubierto con una
“pijama de madera” en el Cementerio San Pedro. En el mejor de los casos
tendrías el cuerpo lleno de cicatrices, como Tobito, tu vecino, a quien le
llaman “Polígono” porque ha sobrevivido a siete atentados.
Fue un milagro, repito, que aquel entorno no te convirtiera en un
atracador de camiones, ni en un ensamblador de carros-bomba, ni en un
traficante de cocaína. Sin embargo, nadie que se críe en Castilla logra bur-

31
lar del todo a su destino. En algún momento
le toca usar la fuerza para granjearse el respe-
to. O aprender la letra menuda de la vida ma-
leva. Son las reglas, René: para no ofrecerse
en cada esquina como víctimas, los hombres
están obligados a construirse una reputación
de verdugos. Algunas madres les inculcan a
sus hijos, cuando éstos salen a la calle por las
mañanas, que siempre hay que regresar a casa
“con la platica bien habida o, si no, con la pla-
tica”. En principio la trampa se justifica por-
que sirve para salvar el pellejo. Pero después,
como permite ascender socialmente, se vuel-
ve motivo de admiración. Así se va gestan-
do una mentalidad marrullera, una necesidad
permanente de sacar ventaja a cualquier pre-
cio. Era lo que sucedía, por ejemplo, cuando
tú te adelantabas un metro de la portería para
atajar un penalti. O cuando fingías una lesión
para enfriar al equipo que estaba presionando
tu arco. En el fondo, lo que hacías era aplicar
el primer mandamiento de las matronas de tu
barrio: buscar el triunfo, es decir, “la platica”,
como fuera.

Nunca has conseguido reba-


sar los linderos de la comuna en la cual
creciste. Pese a haber recorrido medio
mundo, tu excursión ha sido una simple
ilusión óptica. En realidad, no has viaja-
do, René: tan solo has dado vueltas en
redondo como un carrusel. Y el arrabal se
ha ido adherido a tu piel como una cos-
tra. En cada retorno al punto de partida,
descubres que los “dedicalientes” te han
Iliustrado por: Daniel Antonio Sierra Orrego

quitado un amigo. Los otros, los que si-


guen vivos, te acompañan a fumar y a be-
ber con la misma fidelidad con la que un
día te acompañaron a vender periódicos.
Siempre, en lo malo y en lo bueno, has
tenido un sentido siciliano del clan. Esa
fue la razón que te llevó a saludar a Pa-
blo Escobar en la cárcel, un incidente por
el cual tus detractores quisieron comerte

32
vivo, como si no fuera absurdo medirte a ti, precisamente a ti,
con la cinta métrica de una ética forjada lejos del infierno. Ellos
tuvieron la oportunidad de elegir. Tú, no. Desde el escritorio en
el cual escribo este artículo, es muy fácil referirse a Escobar con
el calificativo de criminal. Pero si yo hubiera estado en tus za-
patos, René, hambriento y sin estudios; si hubiera recibido de
Escobar una provisión de víveres, si lo hubiera conocido en mi
suburbio miserable regalando una cancha de fútbol y una planta
de energía, también habría tenido razones para llamarle “patrón”
y visitarlo en su celda. Se te podrá acusar de calavera mas no
de desagradecido. La gente genuinamente amoral, como tú, es
preferible a aquella que asume una posición moral de acuerdo
con cada ocasión. O yo estoy loco o no entiendo cómo es que
resulta más indecente entrevistarse con Escobar en la prisión que
construirle una cárcel especial, con las comodidades de un hotel
cinco estrellas. ¿Y los políticos que legislaban para favorecerlo?
¿Y los altos prelados que le bendecían las propiedades? Tomarte
a ti como chivo expiatorio es una cobardía.
Espero que comprendas, René, que no estoy aquí para
absolverte por todos tus deslices. Es cierto que el Estado colom-
biano, a la larga, no le garantiza la protección a nadie. Pero eso
no justifica que hayas mediado, de manera irresponsable, en la
liberación de una muchacha secuestrada, y menos que hayas re-
cibido los 50 mil dólares que, según la enciclopedia Wikipedia,
te habrían pagado por la gestión.
Hay que admitir, en justicia, que así como la comuna te
oprimió con su virulencia, te obsequió muchas de tus mejores
cualidades. Ya lo decía Ana Felisa, la abuela que te crió: “lo que
no mata, engorda”. Sobrevivir a la comuna te dejó esa intrepidez
que derrochabas ante los grandes retos, esos cojones que te per-
mitían taparle un penalti al delantero más temible o meterle un
gol de tiro libre al River Plate. Una tarde de 1995, tu osadía se
transformó en leyenda. En el mítico Estadio de Wembley, donde
se enfrentaban las selecciones de Colombia e Inglaterra, tuviste
el descaro de atajar con los dos talones -- cabeza hacia abajo y
manos en el piso -- un disparo que fue directo a la parte superior
del arco. La jugada, bautizada desde entonces con el nombre de
“escorpión”, le dio la vuelta al mundo. Lo mejor, como escribió
en su momento Eduardo Galeano, no fue el salto acrobático que
pegaste, sino tu sonrisa de bandido. Nadie se divirtió tanto como
tú en una cancha, René, nadie. Gozaste y regalaste gozo. A ra-
tos exageraste, a ratos confundiste el fútbol con el circo, quizá
como una rebelión inconsciente contra el culto de tu barrio por lo
fúnebre. Cualquiera habría apostado su cuello a que serías mer-
cenario. Pero fuiste un portero digno, pese a que la estatura no te
favorecía. Nunca atajaste como Fillol ni inspiraste la seguridad
de Buffon. No jugaste como los dioses, pero los desafiaste. Esa
es tu grandeza.

33
Ilustrado por: Gabriel Rodríguez
Gabriel García Márquez (1927-2014)

Nuestro escritor por antonomasia. Fue mucho más que mariposas ama-
rillas y aunque lo vimos partir compungidos, lo sabemos inmortal
¡Gracias por tu obra!

34
CRÓNICA

PROMESAS DE GUERRA
Por: María del Mar Collazos Cabrera
Estudiante de Lic. en Literatura de la Universidad del Valle

E n 1950, finalizada la segunda Guerra mun-


dial, estalla la guerra entre Corea del Sur y Corea del
Norte. La ONU hace un llamado para ayudar a Corea
la relación preguntó ‘¿quién se quiere ir a Corea?’, y
yo simplemente alcé la mano”.

del Sur; Colombia es el único país latinoamericano Otoniel Moreno vivía en la calle 6 de Palmira, en
que lo toma, ofreciendo una fragata y un batallón de aquel entonces un pueblo pequeño. Vivía en la casa
infantería que no existía. 63 años después, Otoniel re- materna con sus 6 hermanos. Trabajaba en el Ingenio
cuerda cómo llegó a ser parte de este batallón: “Yo Manuelita arreando el ganado. Anais, su esposa, re-
era muy vago, desde muy pequeño lo fui. Por eso, una posa en el comedor, sus ojos se quieren encontrar con
noche me encontró el camión y me montó. Desde ese los de él, una sonrisa se plasma en su rostro. “Él era
día emprendí mi estadía en el batallón de Cali, y fue un joven apuesto, y contaba con el privilegio de ser
así como a mis 16 años, empecé a prestar el servicio un vago enamorado que pasaba sus días sin poseer
militar. Un día el coronel preguntó: ‘¿quién quiere ir preocupación alguna”. La mirada de Otoniel se centra
a Corea?’, y yo como no sabía qué era eso, alcé la en la gata que mueve su cola sobre la mesa, sus labios
mano. En diciembre de 1951, perteneciendo al segun- denotan un pequeño altibajo: “Al decir que me que-
do batallón, pisaba tierra coreana”. ría ir para Corea, pensaba que ésta era Bogotá, pero
al estar en la capital, y darme cuenta que tenían que
Chosen, antiguo nombre de Corea, significaba “La medir el pecho, tomar la estatura, el peso y revisar
tierra de la calma matinal”, pero en 1950 dejaría de la vista, para los que se querían ir, empezaba a pre-
serlo, era invadida por una guerra de posiciones, don- guntarme dónde quedaría esa tal Corea y cuándo nos
de todo fue movido por ofensivas y contra-ofensivas, tendríamos que ir, o si era que ya se habían olvidado
la guerra de una nación dividida que se sintió hasta el de nosotros”.
otro lado del mundo. Luis Alirio Triviño también hizo
parte del batallón Colombia, su viaje lo realizó en el En diciembre de 1951 se embarcaría en el AikenVic-
tercer batallón, noveno relevo, a finales de 1952. Sus tory y navegaría 31 días con sus noches por el Mal,
manos se entrelazan mientras sus dedos índices so- como Otoniel se refiere al mar, donde la compañía
bresalen, señalando siempre algo que ya fue: “Yo ha- más constante era el mareo y la fatiga, pero nunca lle-
cía parte del batallón Caldas, de Bogotá, estuve en los gó a faltar el aliento colombiano presente en todos los
Llanos, tenía que combatir a la chusma, nunca antes compartimientos del barco, desde el amanecer acom-
había visto tanta gente arrastrándose en la mitad de la pañados con guitarras y cantos que hacían del vaivén
nada, buscando un escondite para no morir en manos del mar algo menos denso y las horas menos lentas, o
de esos. No quise volver, así que un día el Coronel en el baile de un afro al son de un acordeón costeño, era

35
“ Me bajé de ese animalote, mis piernas
todavía me temblaban un poco y mi estóma-
go no me dejaba olvidar la larga travesía, veía
tantos chinitos, todos iguales, en todos los


lugares que hasta el presidente de Corea es-
taba por ahí
el motivo para ignorar por un momento aquellas náu- transeúntes y curiosidad en los ojos de los niños que
seas. Al atravesar el Mar Amarillo, sólo les hicieron eran testigos aquella mañana. Este buque tenía cuatro
una recomendación que era más una orden: “nadie compartimientos, en los que se organizaban los cuar-
podía hablar, no podían hacer ninguna clase de ruido, tos llenos de camarotes. En uno dormíamos los co-
es el mar más traicionero y hasta le podía ayudar a los lombianos, seguido dormían los gringos, en otro los
enemigos”. de Puerto Rico y en el último estaba el restaurante”.
El barco se alejaba del puerto y el himno nacional era
Al llegar al puerto de Sassebo, el gobierno de Corea aquella cortina sonora que les daba su último adiós.
había organizado una bienvenida especial para el Ba- Muchos en el AikenVictory, hicieron su último viaje,
tallón Colombia, Otoniel apenas podía imaginar lo le- otros hubiesen deseado no haberlo emprendido nun-
jos que se encontraba de su casa, de su comida, de sus ca, pero ahí estaban, miles de colombianos partiendo
costumbres, de su raza. Corea no era su patria, pero al otro lado del mundo, para luchar una guerra como
tenía que luchar por ella, como si lo fuera. Sostiene si fuese propia.
un vaso en sus manos, lo recorre con sus dedos, bebe
un sorbo, toma impulso para hablar: “Me bajé de ese La violencia los encontró antes de pisar tierra corea-
animalote, mis piernas todavía me temblaban un poco na. Estando en alta mar, compartían con los gringos
y mi estómago no me dejaba olvidar la larga travesía, y puertorriqueños sus días observando el cielo que se
veía tantos chinitos, todos iguales, en todos los luga- fundía en el horizonte con el mar. “Querían humillar-
res que hasta el presidente de Corea estaba por ahí”. nos”. Cuenta Luis. “‘¿en Colombia hay carros?’, ‘¿en
Colombia hay agua?’ ‘¿y allá sí hay mujeres?’. El pai-
Luis vivía con su padre en el Tolima, trabajaba de lu- sa no quiso aguantar más y respondió, ‘en Colombia
nes a domingo en la finca paterna, y era él quien tenía hay de esto’. El puertorriqueño fue el primer caído
que organizar los animales y cultivos para cuando su en el barco, si no murió por las heridas que le dejó
papá llegara del billar, en el que se reunía diariamente la navaja, los tiburones que seguían el barco, disfru-
con sus compadres. Sin necesidad de meditarlo, Luis tarían más comida que de costumbre. Se lo merecía.
decide enlistarse en el Ejército Nacional y no mucho Ya nadie se metía más con nosotros. No los puertorri-
tiempo después estaría en la guerra de Corea. “Fue queños.”
ahí donde vi cómo uno de mis compañeros herido en
combate, con una mano sostenía su estómago, estaba El 31 de diciembre de 1952, al llegar al puerto de In-
tirado, trataba de arrastrarse con la otra mano. Dejaba cheon, sonaba el eco del himno de Colombia como si
una huella de sangre, cuando logró llegar al camión, aún estuvieran en su país. Eran esperados por el Ejér-
sus intestinos estaban afuera”. cito Coreano y el presidente. Fueron recibidos por un
cielo opaco, por calles empolvadas y deshabitadas,
En la sala, observa sus libros de guerra. Las fotos y un casas en ruinas que asomaban siluetas de mujeres de-
diploma, lo único que quedó de la guerra. “Nosotros soladas, esquinas con húmedas caras pequeñas, que
salimos de Cartagena. El AikenVictory nos espera- ya nunca más podrían ser infantiles. Esto sólo sería el
ba rodeado de gente que se despedía, se veían lágri- inicio del año que vivirían en Corea.
mas en las caras de mujeres, incertidumbre entre los

36
Otoniel sentado en su sillón, recuesta su cabeza en el


espaldar, esboza una sonrisa: “Estábamos en el cam-
pamento, en Yokoana, habíamos caminado por tres
días. Arango, mi compañero desde Cali, y yo, no es-
Luis cuenta cómo todas las tábamos cansados. Había llantas en el suelo, alambres
promesas hechas, se acabaron de púas, paredes para escalar, pistolas, metralletas,
con la guerra: “Mi pensamien- cañones, bazucas. Un gringo gritaba, nosotros corría-
to más recurrente. No volveré mos. Arango y yo competíamos. Las llantas se perdían
a Colombia, toda mi vida que- al trotar, la tierra mojada era la mejor aliada para pasar
debajo del alambre de púas, las paredes eran fáciles de
daría en Corea. Nos llamaron subir y aún más de bajar. Armar y desarmar las armas
cobardes por no querer alzar que se encontraban el campamento en el menor tiem-
la mano, nos prometieron cielo po posible, fue lo más entretenido. Al final Arango y
y tierra por arriesgar nuestras yo, éramos los primeros en llegar, teníamos que repe-
vidas. Allá nada de eso valía. En tir esto por una semana, hasta que se considerara que
estábamos listos y así poder escuchar: ‘Terminado el


cambio, cuando regresamos,
entrenamiento, el soldado debe encontrar un descanso
tampoco en la guerra misma’”.

Los soldados eran condecorados por hazañas heroicas,


por su valentía, por sobresalir. Otoniel Jr. cuenta: “A
mi papá lo condecoraron, le dieron una medalla de bronce, él fue el que
atrapó a un niño enemigo que los espiaba en medio de las montañas, y con
un espejo quebrado daba la señal de dónde estaban los colombianos. Una
medalla y las fotos fue lo único que quedó de esa guerra. E imaginar, todo
lo que prometieron”. Otoniel mientras observa a su hijo, dice: “Todo pasó
muy rápido, llegué en diciembre de 1951, y ya era diciembre de 1952, ya
íbamos a terminar, pero llegó esa noche, poco después de la condecora-
ción. Aquella noche nos acompañaban los silbidos de las balas en nuestros
cascos, rostros humedecidos, silencios interrumpidos por alguna canción
de acordes lentos y voz grave. Nuestra comida fue la misma lata de todos
los días y los abrazos y besos que deberíamos estar recibiendo, eran cam-
biados por la explosión de una mina en la nieve, y la certeza de que alguien
más no volvería a celebrar otra navidad.”

Otoniel fija la mirada en su muchacha, como llama a Anais. La observa


mientras sonríe: “Ella se acuerda más que yo, yo le conté todo, ahora ella
es mi memoria”. Ella sonríe; sus labios toman fuerza: “Nadie podía creer
que alguien volvería de la guerra, alguien los ayudó, alguien me lo ayudó
para que hoy estuviera aquí. En las noches él pensaba que no iba a volver.
Por eso, antes de dormir sus ojos deseaban penetrarse en el cielo, su mano
derecha recorría su frente, su pecho, su hombro derecho, el izquierdo, ter-
minando en sus labios. Decidió dejar todo en manos de Él, así sabría que
volvería. Así volvió”

37
Era diciembre de 1952. El segundo batallón, los so- ban presentes las canciones colombianas; el silencio
brevivientes del segundo batallón, se despiden de Co- primaba entre los soldados. Las pertenencias solo es-
rea, entre ellos Otoniel. Muchos compañeros no vol- peraban para ser entregadas. No se creía que alguno
verían, y aquellos que se iban no lo creían. “Mi año en de ellos volvería a presenciar un viernes santo. Los
Corea había terminado, el mismo barco me esperaba. soldados que no partían, se despedían con pañuelos
Era hora de volver. Tenía dinero porque vendía mi y el grito de ¡Viva Colombia! “Uno de mis combates
carne congela diaria al mejor postor y porque nos pa- duró 24 horas” Recuerda Luis. “La campaña C tenía
garon algo al salir de allá. Visitamos Nueva York, 10 que relevar la campaña B. Era de día, el camino des-
días que hicieron olvidar mi dinero, pero ya volvía, y tapado, el coronel dio la orden, nosotros seguimos.
como volvía, sabía que tendría un subsidio, el presi- Los chinos nos vieron, los silbidos no se hicieron es-
dente lo había prometido.” perar. Posición de ataque. Yo disparaba. El municio-
nador volteó su cabeza, un ruido a nuestras espaldas.
Anais y Otoniel se toman de las manos, sus ojos se Más chinos, él caminó un poco, lo llamé, la artillería
encuentran: “Una vez me preguntaron que si había explotó. Mi metralleta ya no tenía más balas, yo ya
matado a alguien, yo digo que no. Yo sólo cogía la no tenía municionador. Uno de los primeros del día.
metralleta que me habían dado y disparaba para todo Las balas caían a nuestros pies, el sonido nos aturdía.
lado, si caían por allá, yo no tenía nada que ver. Los Corríamos, ahora éramos tres. Maldonado adelante,
mataba la guerra, no yo”. la vio, Tamayo atrás, la escuchó, yo en el medio. Me
tiré. Las esquirlas de la artillería no dejaron ver más
Las trincheras de los dos bandos eran separadas por a Maldonado, ni escuchar a Tamayo. De nuevo, solo.
la tierra de nadie, la línea más notoria en todo el te- Tenía que acercarme a otros colombianos. Estábamos
rritorio coreano, una línea invisible, en la cual se per- débiles, nuestros pies chocaban con los cuerpos de
cibía un interminable desplome de sombras, acompa- nuestros compañeros sin vida, solo podíamos verlos,
ñado de un armónico sonido en seco. Se escuchaban no por mucho. Los heridos tenían que resguardarse
aturdidores chillidos que ahora provenían del suelo, por su cuenta y nosotros solo teníamos que luchar,
interminables velos de arena blanca que cada tanto combatir contra los chinos. El sol se quería asomar,
se apreciaba manchados de rojo. Lugar de guerra, de las municiones se extinguían. Los chinos se acerca-
permanentes caídos. Sitio en el cual prestaban su ma- ban, éramos todos uno. Veíamos a los ojos a nuestros
yor servicio, las patrullas. enemigos, ellos reconocían nuestros rostros. Las pie-
dras que acompañan los caminos fueron nuestro úni-
La diestra de Luis se mueve en el aire; su zurda se co recurso. El sol ya se dejaba ver. De los chinos, no
mantiene en la mesa; sus ojos se fijan en la pared. “La se sabía cuántos había. El ejército americano llegó,
suerte, la suerte está en ésta”. Señala con su índice de- no había nada que hacer. Nos tomamos el Cerro 180.
recho su sien: “En las trincheras nos dividíamos para Tuvimos una razón para celebrar ese 10 de marzo”.
observar. Una noche le tocó a Víctor Obregón, ¿quién
más que él para alegrar una noche?, cantaba y bailaba Luis cuenta cómo todas las promesas hechas, se aca-
como sólo alguien de Tumaco lo sabe hacer; observa- baron con la guerra: “Mi pensamiento más recurren-
ba a los enemigos, un sonido sordo se expande, ahora te. No volveré a Colombia, toda mi vida quedaría en
se ve una polvareda blanca, un último gemido, ya no Corea. Nos llamaron cobardes por no querer alzar la
está la polvareda, una laguna de sangre, a lo lejos el mano, nos prometieron cielo y tierra por arriesgar
casco, diminutas partes entre blancas y rojizas se ex- nuestras vidas. Allá nada de eso valía. En cambio,
panden por lo que era el lugar de observación. No cuando regresamos, tampoco”. La guerra había aca-
volvimos a escuchar al Negro”. bado, para ellos llegó el final. El menos posible, el
más esperado. “Una guerra ahora, no sería guerra, no
Con heroísmo suicida se batieron los colombianos, como antes, duraría un día, se hunde un botón y en
esto se podía leer en la prensa de nuestro país al fina- pocas horas lo que se conocía y se tenía pensado de
lizar semana santa. Ya en los campamentos no esta- mundo, deja de existir.”

38
Ilustrado por: Angélica Ramírez

39
Luis habla con mayor seguridad: “De nuevo en Inchoen, me podía despedir, otra
vez mis ojos encontraron el AikenVictory, mis deseos de estar de nuevo en él eran
irreconocibles. La ilusión de volver a casa, de saber que volvería. Risas, esperanza
y emoción acompañaban nuestros rostros, la fatiga que producía el barco ya no se
sentía. Éramos acompañados por el sentimiento de tranquilidad que hace más de un
año nos había abandonado. Una sonrisa más grande que nuestros cuerpos fue nuestra
única arma al pisar de nuevo tierra colombiana. Volvimos a nuestra patria. Al estar
en Bogotá un coronel nos recibió, íbamos en traje de paño, nos veía a todos de pies
a cabeza, su mirada se detuvo un instante y su boca se abrió: ‘Muchas gracias, han
dejado en alto el nombre de Colombia’. Se fue. Otro llegó, nos dio 100 pesos. Ce-
rraron la puerta”.

Olivia, su esposa, recuerda: “Recién nos casamos yo tenía que estar muy cerca de él
para poder agarrarlo. A la madrugada se tiraba de la cama, decía que escuchaba un
silbido, era la artillería, tenía que esquivarla. Tenía que volver a su casa. Varios años
después él seguía en la guerra”. El presidente de la Republica de Colombia en 1950,
Laureano Gómez, envió a los soldados colombianos a la guerra de Corea, fue él
quien creó el batallón de infantería, del mismo modo como creó las falsas promesas.
Luis y Otoniel, 63 años después recuerdan estas promesas:“¿Quién se quiere ir?, les
conviene, cuando lleguen van a quedar bien acomodados, con pensiones, subsidios,
casas. No lo piensen más, no sean cobardes, les va a servir”. Eso decían los coro-
neles, si se repite ahora suena como una de esas tantas propagandas que terminan
siendo una nota más en el noticiero. Finalmente, lo fue. Según ellos, todavía lo es.

“Después de mucho tiempo, con Anais, fuimos a la Casa del Soldado en Bogotá,
costeamos todo, nos dijeron que allá daban los subsidios, que era una casa hermo-
sa. Llegamos y la casa asomaba paredes agrietadas, ventanas y puertas oxidadas.
La única respuesta fue: ‘¿Subsidios?, ¿no nos ve?, los subsidios deberían ser para
nosotros’. Insistimos de nuevo en Cali, las reuniones fueron constantes, una vez no
dieron $40.000 por una remesa. Nunca más volvimos”.

En 1998 el presidente Andrés Pastrana retoma el caso, reorganiza el documento y


ahora sólo tiene que firmar y los subsidios serán entregados. Ya todo estaba listo,
sólo faltaba firmar. Pasaron 4 años y nadie firmó. Ahora el presidente era Álvaro
Uribe, él también podía firmar, él dijo que lo haría. El documento tenía que ser
modificado. Lo dejo en manos del Ministro de defensa, Juan Manuel Santos, él
modificó el documento: “Dos salarios mínimos mensuales serán entregados a los
excombatientes de la guerra de Corea, siempre y cuando sean habitantes de la calle”.

“¿Y ahora qué tenemos?, nuestra única esperanza puesta en quien nos clavó el mico”.



‘Muchas gracias, han dejado en alto el nombre de Colombia’.
Se fue. Otro llegó, nos dio 100 pesos. Cerraron la puerta

40
“Animales”.
Por: Angie Ayala

41
FICCIÓN

EL CABALLERO
DE LA
TRISTE FIGURA Por: Daniel Ríos Rengifo
Estudiante de Lic. en Literatura de la
Universidad del Valle

C ursádome he en esto de la escritura y la


lectura, no más inmerso en aventuras que
desventuras, oblígome a escribirle una despedida para
agregar una pequeña cosa a nuesas historias recogi-
fermosa ¿Quién púdoselo negar? Heme enterado de don-
cellas que son partidos para mi persona, y fuesen ele-
vedas como reinas sin tierra, por hombres más necios
que mi señor. La locura con que señalan nos, siempre es
das por el viejo moro berenjena. Muchos años llenan emitida desde la locura de quien juzga. Loco es mi señor
el espacio entre mi complicado gobierno, vuesa y loco soy por seguirlo, pero loco tam-
muerte y las aventuras que, sin duda alguna, bién el que lee y loco, más que otro, el
fueron más vida que la vivida antes y la que vive y nombra lo que usa.
que devino después. Muchos años que
no tuvieron debidas gracias cuando Por cuanto sé, mi señor Quijote era
aún, entre desvaríos de muerte, po- caballero porque así nombróse y así
día escuchar y atender, loco o no, llegó a mi saber. Tan valeroso como
aquello que quise decir. Debo de- Amadís y su jamelgo, aún más inclu-
cir que esto de la labor escrita no so de lo que aflojaba la fuerza de su
resulta fácil, pero como abundo brazo. El Hidalgo que falteaba en los
de tiempo de senectud y mi caba- caminos, que ahora fueron siendo de los
llero lo ganó en firme lid, continúo. bandidos, tan hambrientos como rápidos
con la bolsa, para que los campesinos
El gran hidalgo don Quijote, de la tierra subieran la cabeza, caída en joroba y
de la Mancha, no era ningún loco. Fueron dejáranse de ver como amasijos. Yo
gigantes los molinos que agrediéronos y per- escribo porque en su actual condi-
dimos por justa razón; princesas las campe- ción no puede y, muy a pesar mío,
sinas que cruzáramos y yelmos los que la tierra no dice palabra. Hablo por
necios presumieron de bacías. La él o escribo o cosecho destas letras
dama Dulcinea es la mujer más que serán palabras, porque la ale-
Ilustrado por: Ana María Jimenéz Ríos

42
gría que le brinda nuestra historia a todos sus conocedores
no puede quedarse en vana burla. Mi caballero y su escu-
dero fuimos los últimos personajes que se disfrazaron de
historia para el goce de todas las provincias de España. Las
aventuras del señor hidalgo son una historia de moros para
todos.

Debo decir que nunca se necesitó más despedida que su his-


toria, pero cuan más dejo el tiempo partir, más siento el va-
cío de haber vuelto a ser un labrador común. Don Quijote,
un hombre salido de los libros y el polvo, que sufrió cada
uno de los golpes que recibióse, no estaba hecho de papel
como sus enseñadores: sangre y no tinta derramó. Caballero
convencido – y convencedor – de su verdad que cada noche,
en las páginas que no se pusieron en ningún libro de nuesa
historia, se sentó a mirar la tierra, adolorido silenciosamen-
te, dejando el dolor pastar junto a las horas. Un hombre de
rostro arrugado y muchos bultos ajenos en la espalda que
cargó sólo mientras agitaba la espada por los demás. Fue,
al fin y al cabo, caballero a la luz de la historia y hombre
bajo la oscura noche que todo lo esconde. Don Quijote de
la Mancha legó a sus lectores su historia y la hilaridad que
le produce. A mí dejóme el dolor de perderle. Quiero partir
esta tristeza y esperar que todos sus lectores guarden un tro-
zo para antes de dormirse.

Dejo la pluma, la tinta y el papel para los escribanos y los


que su labor necesitase alas o manchas. Despídome de mi
señor caballero y espero, con no poca esperanza, que mi ca-
ballero, el de la triste figura, ahora cabalgue por las páginas
derramando tinta sin preocuparse por bajar la cabeza.

43
ENSAYO

Toponimias, topos y tópicos


urbanos: Los Nombres de las
Entrañas de la Ciudad

Por: Gonzalo Muñoz Sandoval


Estudiante de Lic. en Literatura
de la Universidad del Valle

“La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano,
escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los
pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas
de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, mues-
cas, incisiones, cañonazos”.

Ítalo Calvino

A contecer la ciudad como un hecho que


trasciende lo urbano y se acerca a lo poético nos pue-
de conducir, si estamos atentos, al intrincado sendero
miles orígenes denominan cada intersticio de la
congregación de inmuebles, vías, plazas, espacios,
recintos y rincones que, en suma, conforman la
de vocablos que denominan sus entrañas. Cada res- estructura física de la urbe. En esa complicada ur-
quicio de sus incontables esquinas convoca dimbre de incontables recorridos entre mi-
un sentimiento diferente, una identidad les de posibilidades estáticas, la ciudad
propia que se construye en el ima- está tan minuciosamente nombrada
ginario popular y cambia según la ―en un alarde de creatividad po-
hora y el día de la semana o del pular que maravilla al foráneo de
mes. Reconocer los lugares para observación aguda―, que nin-
poder volver a ellos, es un ejer- gún punto, de los millones que
cicio inconsciente que el habi- la constituyen, puede repetirse.
tante consuetudinario hace sin Esas voces que denominan cada
mirar, del mismo modo que repi- uno de los recodos de la ciudad,
te sus nombres sin emoción. Por no sólo hacen parte de la riqueza
el contrario, para el recién llegado, cultural y tradicional de cada lugar,
el nombre de cada sitio cobra una son además indispensables para el
dimensión épica: solo con ellos podrá acontecer urbano, desde la acción ofi-
regresar. Y repetir la ciudad es la mejor ―y Ilustrado por: Angélica Ramírez cial como de la socio-humana.
quizás la única― forma de vivirla.
En Colombia se llama Barrio a la menor juris-
Las ciudades están poética e inevitablemente atra- dicción en la que se subdivide una localidad. A lo
vesadas de palabras que dan nombre a cada uno de mismo se le conoce como Colonia en México y
sus rincones. Toponimias obtenidas de los más disí- Reparto en Cuba, por no ir más lejos en el vario-

44
“ Somos parte de
nuestro barrio, sin
duda, nuestro micro
pinto español de Latinoamérica. Tal sub-
división, aparte de tener reconocimiento
oficial con un topónimo único, goza de
un valor intangible para sus habitantes;
una unión ligada al afecto, a lo abstrac-
espacio personal en to de las emociones. El barrio es el único


ámbito urbano que deja de ser, como dice
el ancho y anónimo Marc Augé, un “no lugar, un espacio del
entorno de la urbe anonimato” (Augé, 1993). Del inmenso
tejido de vías e inmuebles que componen
la ciudad física ―en donde no somos más
que individuos anónimos―, el barrio nos
da identidad. Comprendemos entonces
que la manera de llamarlo cobra una fuer-
za inusitada por el vínculo que establece con el hombre, más
que por su nombre mismo.

Somos parte de nuestro barrio, sin duda, nuestro micro


espacio personal en el ancho y anónimo entorno de la urbe.
Somos habitantes de la metrópoli pero mucho más de nuestro
barrio: nuestro vecindario es nuestra vida familiar. Allí donde
está nuestra casa y nuestros hijos están también nuestros ve-
cinos, conformando esa parte de mundo que sentimos “más”
propia que el resto de la ciudad. El parque cercano es más
nuestro que los demás tanto como las grandes avenidas lo
son menos que la pequeña calle de nuestra casa. Sin embar-
go, habituados a él, solemos ignorar la fuerza toponímica de
nuestro barrio del mismo modo que el lugareño del litoral
desconoce la imponencia del océano.

Sin nosotros las ciudades no serían más que un cúmu-


lo de piedras apiñadas entre el cemento. La vida urbana, y
su elaborado tejido social, no es el resultado de la estructura
urbanística ni de las decisiones gubernamentales. Las perso-
nas habitamos la urbe al recorrerla, al actuarla y acontecerla,
construyendo todo un escenario antropológico que nos define
como sociedad posmoderna. El urbanita común suele llegar a
su destino a través de la misma red de vías diseñadas para el
gran flujo de tráfico automotor o los corredores del transporte
colectivo. Excepto cuando algún evento extraordinario inte-
rrumpe el paso por la vía, poco nos interesamos en conocer
esa ciudad que no sentimos nos pertenece, ignorando, ―¿de-
bido a nuestra precaria visión?― el sugerente mundo urbano
que bulle más allá de las vías principales.

De acuerdo con cada viandante, como diría el antropólogo


urbano Manuel Delgado, la ciudad exhibe un rostro distinto
para cada observador (Delgado, 1999). Así, ella no será leída

45
de la misma manera por todos pues, la gran variedad orígenes diversos. De Cali se dice ―sin demasiada
de observaciones pueden ir desde la de ese individuo certeza― que era el nombre del grupo indígena que
que apenas sabe dirigirse a su lugar de trabajo en un habitaba esas verdes y fértiles tierras a la llegada de
autobús de servicio público y cuya ruta apenas distin- los españoles. De manera más amplia, recorriendo la
gue gracias a los anuncios, hasta la de aquel experi- geografía nacional, encontramos voces de llamativa
mentado que no sólo le conoce cada secreto y recodo sonoridad que no pueden separarnos, como en el sur
sino que además identifica los símbolos urbanos, la de América, de nuestra ascendencia ultrajada y sa-
nomenclatura y otra formas toponímicas ―oficiales queada. Ingrumá, nombre del río que pasa por el mu-
y populares―, que le permiten sumergirse en su pal- nicipio de Riosucio, en Caldas, significa “roca dura”.
pitante acontecer. Así las cosas, mientras sólo unos Guatapurí, el río emblemático de la ciudad de Valle-
cuantos poseen ese saber urbano un amplio segmento dupar, en lengua chimila quiere decir “aguas frías”.
de la población lo ignora casi en su totalidad, a pe- Estas son dos mínimas demostraciones en las que la
sar de vivir inmerso en ella a lo largo de su vida. Es tradición heredada de nuestro pasado indígena ejerce
esta una actitud que debería considerarse desde el marcada influencia en la toponimia de cada accidente
aspecto socio-educativo, pues del conocimiento que natural de nuestras comarcas.
los ciudadanos tengan del lugar donde viven puede
depender su capacidad de comprensión, de reflexión, Recorriendo las esquinas de la tupida Santiago
del compromiso político que debe tener una sociedad de Cali, nos encontramos también con un panorama
responsable consigo misma. toponímico de particularidades sorprendentes. Las fe-
chas de las fiestas patrias, nombres de hombres y mu-
A pesar de la variada toponimia que nos permite a jeres que hicieron historia así como de santos y santas,
todos acontecer el desplazamiento urbano que cons- y un sinnúmero más de voces de toda laya salpican
truye la identidad entre el ciudadano y su ciudad, esta de folclórica identidad los nombres de sus barrios. El
puede, en muchos casos, no tener un origen específi- mundo vegetal, curiosamente, tiene una presencia de
co ni llevar en ella misma una tradición o un signifi- gran importancia, con una fuerza poética que no he-
cado. En sentido contrario, hay casos en los que un mos encontrado en ninguna otra ciudad. Desde árbo-
profundo contenido subyace cada topónimo. El tema les hasta flores, pasando por frutos y semillas, todo
varía de país a país y de región a región. Ipanema, lo que nos evoque la idea de vegetación tupida, de
por ejemplo, esa voz que nombra el reconocido ba- pétalos, de Adanes y Evas paciendo en el sopor de
rrio carioca y su playa, es un vocablo de la lengua la inocencia, discurren en el escenario toponímico de
tupi-guaraní que traduce al castellano “aguas peligro- la capital del Valle del Cauca. ¿Alguien que sea o se
sas, río sin peces”. Muchos topónimos de los parti- sienta de Cali conoce el origen de estos frondosos y
dos de la gran Buenos Aires, provienen también de sugerentes nombres? Ninguna fuente oficial ni priva-
palabras indígenas mapuche: Trenque Lauquén, Itu- da da cuenta de la génesis de este desfile de nombres
zaingó, Chascomús, por usar un brevísimo ejemplo, tan propios de la Sultana del Valle.
significan “laguna redonda”, “salto de agua” y “agua
muy salada” respectivamente. Quilicura y Pudahuel, La Primavera, El Aguacatal, Floralia y La Flora.
dos nombradas comunas de Santiago de Chile, re- El Bosque, La Selva, La campiña, Prados del Norte
miten a “tres piedras” y “lugar donde se juntan las y Los Álamos; El Jardín, Los Guaduales, Los Chi-
aguas”, también en lengua mapudungun. Nombres de minangos, Los Pinos, Los Naranjos, Arboledas, Los
próceres, de lejanos militares, de políticos, de perso- Mangos, Cienpalos, Las Acacias. ¿De dónde llegó,
najes reconocidos por diversas causas y obras tanto para matizar la toponimia urbana de Santiago de Cali,
como fechas y santos, entre otros, son utilizados para esta seguidilla de voces que evocan hoja, raíz, tallo,
nombrar los detalles de la ciudad. La variedad es tan savia, fotosíntesis, sombra y vida? Alameda, El Ce-
abundante como sorprendente. dro, Las Ceibas, La Floresta (la nueva y la vieja). Sin
tradición indígena y sin razones conocidas, los topó-
En Colombia, los topónimos de pueblos y ciudades, nimos “reino-vegetales” atraviesan la poesía de la
montañas y ríos están, del mismo modo, cruzados por ciudad, inocentes quizás de ese misterio que subyace

46
“ En Colombia, los topónimos de pueblos y ciudades,
montañas y ríos están, del mismo modo, cruzados por


orígenes diversos. De Cali se dice -sin demasiada certe-
za- que era el nombre del grupo indígena que habitaba
esas verdes y fértiles tierras a la llegada de los españoles

su sonido. Las Orquídeas y El Vergel, independiente de su ubicación y los


problemas socioeconómicos que los convierten en “sectores vulnerables”, se
unen a la lista. El Morichal, Miraflores, Ciudad Jardín, Pampalinda, El Samán,
Los Sauces y El Prado. Los Cámbulos, Los bosques del limonar, todos siguen
allí, observando el peregrinaje del tiempo en el transcurso de las sombras de
los de los habitantes y transeúntes de la capital vallecaucana.

Barrio a barrio, aquel observador cuidadoso puede descubrir en la deno-


minación de los barrios de Santiago de Cali una atractiva creación, sin autor
ni razón, de absoluta necesidad en el transcurrir social, económico y político
de la ciudad. Pero si fuéramos todavía más lejos, hacia la profundidad de los
rincones urbanos, allá donde no alcanza a llegar el aparato oficial, nos encon-
traríamos con una toponimia todavía más curiosa y producto del ingenio popu-
lar. “La calle del muerto”, “Tres puertas”, “Siete esquinas”, “Rincónbellaco”,
“La veinte”, son nombres que no aparecen en los mapas ni están escritos en
ninguna parte más que en la palabra viviente de las personas, y se hacen públi-
cos, tarde a tarde, en las páginas judiciales de los periódicos. Así mismo, otra
categoría toponímica nos acompaña; aquella que sin ser oficial es reconocida
de manera precisa por el pueblo: “Plaza de Toros”, “Canchas Panamericanas”,
“Piscinas Olímpicas”, “La tercera norte”, “Parque de las palomas”, y muchas
más.

Sin sus nombres, la ciudad no podría ser acontecida por habitantes, tran-
seúntes ni viandantes. La sola idea nos produce una sensación de absurdo
vacío; como si las personas no tuviéramos más identificación que un número.
Pero no todos los nativos o los radicados en una urbe conocen el entramado
de topónimos que tejen las identidades particulares de ella. Solo quienes en
razón de su oficio o por una búsqueda personal propia lo hacen, pueden aspirar
a abracar la totalidad de una metrópoli. Recorrerla no es lo mismo que despla-
zarse por sus calles, pues es en el mismo fondo de cada topónimo en donde
empezamos a descubrirla, a desentrañarla, a vivirla.

Las ciudades, ya sea la nuestra o cualquier otra, se extienden a nuestros ojos


y a nuestros pies en un intricado tejido de calles y nombres donde podemos
encontrar la belleza, la tradición, la creatividad y muchas otras expresiones
del sentir humano. Reconocerlo no sólo es un divertido desafío sino una obli-
gación para el ciudadano partícipe de la vida urbana y política. Abrir los ojos
ante la magnitud de esta realidad que se levanta ante nosotros, nos hace due-
ños de nuestros pasos en el asombrosamente cambiante mundo de la ciudad.

47
FICCIÓN

E N T R E V I S TA
El arte de domesticar:
CON UN ZORRO

Por: Jhon Steven Enciso Argüelles


Estudiante de Lic. en Literatura de la
Universidad del Valle

H rit-
ay un manzano que bate sus ramas al
mo que impone el viento, el suelo está
lleno de hierba sin cortar y al fondo puede verse cam-
Este árbol es especial, hace parte de un importante
proceso de domesticación. Un niño y yo, un niño pa-
recido a ti, pero diferente.
pos de trigo dorado y brillante. Sin embargo, no estoy
aquí para deleitar los sentidos. Quiero que -Conozco esa historia, pero no mucho sobre el pro-
me cuente más sobre aquello que desde la ceso de domesticación ¿En qué consiste?
niñez sembró como una duda en mi
cabeza, quiero que me enseñe. Mmmm..., voy a contarte. Domesticar
es el arte de generar lazos. Puede ser
Estoy casi seguro que no se con un humano o con un animal,
trata sólo de mí, es proba- pede ser incluso con una rosa. Se
ble que haya otros con trata de establecer dependencia,
la misma duda. Ese es- dependencia sana, dependen-
curridizo ser está acos- cia mútua: el que domestica es
tumbrado a ir por allí, de domesticado así como el que es
letra en letra, sembrando domesticado domestica.
una y otra vacilación.
Hoy es jueves, su día libre, -¿A qué se refiere?
¿habrá comido una buena
gallina? !Lo encontré! Tiene Te estas volviendo adulto mucha-
las orejas apenas en punta y el chito –el zorro hizo un ademán con
pelaje desgastado –se nota que su cola y casi pareció como si se bur-
los alambres de los corrales le han lara-.
arrancado algunos mechones-, las canas
se asoman y sus ojos oscuros cargan con ese se- -Bueno, es que pareció como si hablara de amis-
creto, el mismo que yo quiero conservar. tad. ¿Acaso es lo mismo hacer amigos que domes-
ticar?
-Parece que bajo ese árbol se está cómodo ¿Puedo
sentarme? Lo es. El proceso al que ustedes llaman “hacer ami-
gos” es en realidad el mismo para domesticar. Tienes
No puedes, sólo quédate allí lejos y observa el ritual que actuar con cautela si quieres que esa persona es-
que por tanto tiempo me ha cobijado. pecial sea tu amigo, ganarse su confianza, deben visi-
-¿Por qué escoger siempre el mismo árbol? tarlos constantemente para que vean que te importa,

48
aprender a escucharlo y luego enseñarle a escucharte. melena rubia y bien cuidada, brillante como los ra-
¿Lo notas? Es como iniciar una domesticación. Tal yos del sol, ¡cabellos de oro! Aunque mi rutina es la
vez haya algo en lo que puedan diferenciarse, se han misma ya tengo a alguien en quien pensar, eso mejora
inventado las “falsas amistades” y eso no existe para mucho mi estado de ánimo y me ayuda a detenerme,
este proceso. mirar esos detalles y sonreír. Todos mis amigos, cer-
canos o lejanos, ahora hacen parte de mi vida y eso me
-¿Qué se necesita para que haya domesticasión? hace feliz muchacho.

Hubo un tiempo en que estaba muy solo, únicamente -¿Aceptaría que alguien más quisiera domesticarlo?
pensaba en lo aburrido que eran los días y lo tristes
que se hacían las noches; necesitaba hacerme de al- Sí, no se trata de tener a un solo amigo. Siempre pue-
guien. Entonces apareció él con sus cabellos de oro des encontrar a alguien más con quien funcionen tus
y su firme propósito de conseguir amigos. Para que técnicas de domesticación y las suyas en ti. Mientras
haya domesticación solo se necesita interés; si no lo más amigos tengas, más feliz serás.
hay es mejor no intentarlo.
-A propósito, ¿cúales son sus técnicas para la domes-
-¿Por qué permitió que se fuera? ¿Cómo se sintió de- ticación?
bido a su partida?
Hay que ser muy paciente. Te sientas lo más lejos que
Cuando hablé de dependencia sana hablé implícita- puedas mientras me permites observarte. Yo miraré
mente de felicidad. En la domesticación se busca la cada uno de tus movimientos por el rabillo de mi ojo y
felicidad del otro y la felicidad de él no estaba en cuando sea el momento permitiré que te sientes cada
este mundo. Lloré y también lloró y me vez más cerca. La clave está en visitarme a
culpó de todo. Luego reí: supe que la misma hora; no tiene sentido que
me había hecho un zorro único me dejes esperando o que yo no
en el mundo. Me recuerda y esté preparado para tu llegada.
yo lo recuerdo; el sonido Si vienes a las tres me pon-
del viento corriendo por dré feliz desde las dos y así
los campos de trigo lo mi corazón estará dispues-
trae a mi memoria. to. !Ah! No suelo emplear
el lenguaje porque genera
-¿Cómo cambió su vida malentendidos y una rela-
luego de la domestica- ción jamás debe empezar
ción? ¿Qué hacía antes de esa forma.
y qué hace ahora?
-¿Las mismas técnicas
Mi vida era bastante funcionan para todos?
aburrida y monótona:
los hombres me caza- No, cada uno debe
ban a mí y yo cazaba buscar su propia
sus gallinas; todas las técnica. Una vez
Ilustración por: María Antonia Ágredo

gallinas se parecen y conocí a una zorra


todos los hombres son que intentó domes-
iguales. Luego fui do- ticarme. Aquella co-
mesticado y el trigo, menzó lanzándome
que jamás significó tierra con sus patas
algo para mí, ahora traseras y yo no lo
sólo me recuerda su entendía, pero cada

49
vez, mientras más tierra lanzaba, más me provocaba siempre de lo que domésticas y de quién te ha domes-
acercarme. No lo logró tal vez porque terminó por en- ticado. Así que ese suena bien, la responsabilidad, no
fermarme. muchos son capaces de llevarlo ¿No es así?
-¿Por qué cree que casi todo el mundo desconoce este
-¿Qué vio en ese chico que lo impulsó a solicitar que rito de la domesticación?
lo domesticara?
Te voy a contar un secreto, espero que no llegue a
Simplemente él apareció, lucía tan distinto a los de- afligirte tanto como a muchos otros: todos están tan
más hombres que había visto y sentí la necesidad de ocupados y al pendiente de su cotidianidad, quieren
hablarle. ¿Sabes por qué era distinto? Su interés ra- todo fácil, impacientes, cegados, y no se dan cuenta
dicaba en conseguir amigos ¿Qué clase de humano que lo esencial es invisible a los ojos, no se ve bien
te dice esas cosas? El principito estaba tan limpio de sino con el corazón.
esos pensamientos que la sociedad se ha encargado de
meter en la cabeza humana; cuando eres sólo un zorro El zorro continuó a la espera de otra de mis preguntas,
puedes sentarte aquí y ver cómo poco a poco ustedes parecía tan acostumbrado a ellas como si todos estos
se destruyen entre sí, ese muchacho estaba dispuesto años se los hubiera pasado ensayado las respuestas.
a disfrutar de las cosas más sencillas de la vida, que es Yo, que no tenía nada más que preguntarle, me hice
lo que nos hace más felices, como domesticar. un enredo al querer hablarle de mis experiencias do-
mesticando y siendo domesticado, pero se aburrió de
-¿Luego de domesticar y ser domesticado viene siem- mi silencio y en un salto ágil se abrió paso entre la
pre un final feliz? maleza y desapareció. Partí del manzano satisfecho,
quise explicar que un zorro me enseñó el valor de la
¡Oh sí! Siempre, no importa cuánto hayas tenido que amistad oculto en el arte de domesticar.
sacrificar y si en algún momento tendrás que llorar,
pero siempre habrá en el tiempo una razón para son-
reír si fuiste domesticado. Suele pasar que algunas
personas salen heridas, pero eso muchacho es men-
tira, en ese tipo de casos nunca hubo una domestica-
ción.

-¿Cuál valor vinculas con este proceso?

¿Valor? Yo diría que la domesticación, además de


un proceso y una virtud, es también un valor. Pero
si tuviera que responder estrictamente a esa pregun-
ta diría que una vez que has domesticado adquieres
una responsabilidad con ese ser, eres responsable para

50
ARTÍCULO DE OPINIÓN

EL TRASERO MÍTICO
Por: Jeison Steven Rivera Isaza
Estudiante de Lic. en Literatura de
la Universidad del Valle

E n varias ocasiones me he sorprendido con la mi-


rada en el culo de una mujer auscultando las líneas
que se dibujan suaves, firmes, fluidas y que le dan
ese toque voluminosamente delicado. Disfruto de un
goce estético solo comparable al que padezco al ob-
servar el cuello que se oculta infinito en la espalda
de ellas, de un modo, que no logro despertar sin sen-
Ilustrado por: Carlos Augusto Castillo Lara

tirme un poco voyerista. Reacciono a tiempo un par


de segundos después de haber recorrido esa forma
que se presenta inasible ante mí. Y no es que quiera
tocarlo, no: solo en la contemplación encuentro tal
fruición.

Es absurdo desconocer que provoca una cierta ale-


gría en quien lo mira; no en vano fue tan bien repre-
sentado en las esculturas griegas. Hay una en espe-
cial que me viene a la memoria: Iris, que se exhibe
en el British Museum. Es perfecta y sus nalgas tan precisamente talladas y detalladas que llega a exasperar la
firmeza con la que fueron esculpidas. Y eso, claro, sin hablar de su torso o sus pechos. Vale aclarar que no me
refiero, por si lo piensan, a una firmeza petrificada y sólida, sino más bien a una consistencia tierna, sujeta al cariz
propio del músculo del cuerpo humano.

No obstante, la animosidad moralista de un país como el nuestro, hace que un comentario como este sea lapidado,
demonizado, y declarado impertinente cuando menos, y de soez, cuando más. A esas personas solo puedo decirles
que disfrutar de la vista de unos glúteos puestos en su lugar, es un privilegio del que me siento afortunado y al que
no puedo renunciar al vivir en un país de mujeres tan singularmente bellas; en eso sí estarán de acuerdo conmigo.
Entonces, vayamos a lo que realmente sucede cuando caemos presos de mirarlo.

Los mitos, según Barthes, se actualizan: en un determinado momento su significado pierde toda validez y es
remplazado por otro mito; esto, claro, está en manos de la sociedad que alguna vez lo erigió como tal y ahora le
sustituye por otra cosa. Sin embargo, el trasero colombiano es un mito que trasciende épocas y fronteras geográ-
ficas con una solidez digna de ser homenajeada. Se ha llegado, incluso, a realizar reinados de la mejor cola (Sin
comentarios).

51
El francés, en su ya clásico libro Mitologías, define el mito de la for-
ma más simple: es un habla. Acojo esta definición y dejo de lado las
que me instan a ver al mito como algo de carácter divino. Entonces
pregunto ¿qué parte del cuerpo femenino nos habla con más fuerza y
claridad que su derrière? ¿No es acaso el culo, en su forma objetual,
un mito en la cultura Colombiana? Sin herir susceptibilidades y sobre
todo sin querer cosificar a la mujer - la que espero en algún momento
haga un elogio al culo masculino- diré que un trasero, y más si lo
es de las características estéticas que he definido, es insoslayable.
Mas, me quedo ahí, en el sólo mirar: contemplar sus curvas finitas,
delineadas al compás de su radical y pronunciado elevamiento que
se difumina en la línea de su cintura o en sentido contrario, nunca
contradictorio, decae con simétrica sencillez hacia sus piernas: es la
concreción erótica en potencia y en presencia, junto con el cuello,
más contundente de las féminas.

Convengamos, pues, que el culo mítico seguirá dando de qué hablar


mientras existan mujeres que porten un argumento que se eleva con
decoro y glamour por encima de esta sociedad moralista. Nalgas, que
con cadencia regular y sobrado tono de indulgencia con el mundo, se
pasean con garbo por las calles de nuestra ciudad, irónicamente cus-
todiada por los farallones, interpelando al caminante desprevenido a
que contemple y admire esa obra de capital belleza que es inspiración
de estos versos, con los que no podría estar más de acuerdo, que le
dedica el grupo Buena Fe:

“Son tus nalgas


dos joyas del baile
lírica del tacto
poemas escritos por natura en braille
desbordan espacios,
paralizan tiempos
todo un evento”*

Sí, todo un evento.

* Nalgas, Grandes Éxitos. Buena Fe. Buena Fe 2012 Fotografía por: Jeison Steven Rivera Isaza

52
“Identidad mutante”.
Por: Juan Carlos García
53
FICCIÓN

EL DÍA
DE LA SOLEDAD
Por: Gonzalo Muñoz Sandoval
Estudiante de Lic. en Literatura de la
Universidad del Valle

-N o me gusta que suenen así, papá. La última vez fue porque se


iban a entrar, dijo Lucrecia cendales deteniendo el llanto.

-Tranquilízate, mi amor ―le respondió abrazándola―, mejor trate-


mos de dormir. Y no la volvió a escuchar hasta entrada la madrugada,
pero sentía su cuerpecito temblando junto al suyo, atragantándose de lá-
grimas para no llorar. Las campanas sonaron hasta más allá de la media
noche.

Poco antes del anochecer los despertaron los primeros tiros. Los ca-
miones bajaban por la carretera trayendo pertrechos y hombres. Los de
a pie se desplegaban por las cuatro entradas; los de a caballo se tomaban
las calles.
Ilustración por: María Antonia Ágredo

54
-Llegaron- dijo la niña llorando mientras se aferraba al cuello del
padre.

-Puede que no sean muchos, o tal vez no más vengan por los policías-
dijo disimulando el miedo mientras sentía el humo entrando por debajo
de la puerta.

Los disparos se hicieron más nutridos; los gritos también. Los poli-
cías empezaron a defenderse atrincherados en el cuartel. Una explosión
sacudió la casa arrancando un pedazo de techo por donde se entró el
frío de la madrugada. Las bombas iluminaban el cielo del cuarto. La
cama se llenó de cenizas y polvo.

-Hagámonos debajo, ahí no nos pasará nada. Yo te protejo― dijo


el papá. Pero cuando se levantó para cargarla sintió el picotazo en la
espalda. Se acomodaron en el suelo mientras las piernas se le iban mo-
jando. «Mañana será otro día ―le dijo con todo el cariño que le salía
desde adentro―, estas cosas nunca duran para siempre». Recordó sus
juegos entre las plantaciones en donde trabajaba su padre y el olor de la
sopa que hacía su mamá. La niña lo escuchó sollozar.

Coparon el pueblo y no ahorraron munición hasta hacerlos rendirse.


Los arrodillaron en la plaza y los ejecutaron uno por uno, desnudos, con
las narices de los unos entre los culos de los otros, mientras lanzaban
consignas e invitaban al pueblo a unirse a la causa.

Al cabo Rosales lo dejaron de último. «A este lo tiene que ma-


tar Eliseo ―dijo Aldair―, le tiene una deuda pendiente». Lo llevaron
amarrado hasta la plaza de mercado para ensartarlo del gaznate en un
garabato.

La niña lo oía murmurar entre las lágrimas. «Naciste con la llena de


un domingo, todita llena de tierra ―le dijo con lo que le quedaba de
voz―, como un pajarito en la lluvia». Le juró un amor que ya no podría
darle. Le habló de un campo reluciente de amapolas en donde volaban
mariposas azules. Le contó de un caballo sin ojos que atravesaba las
horas del desayuno envuelto en olor a leña y chocolate. Y ya casi sin
voz: «abrázame».
Las manitos se le resbalaron en el fango de su sangre.

En los helicópteros los soldados embarcaban los cadáveres. La gen-


te abrió temerosa las puertas buscando a los que faltaban. Se miraban
asombrados: «buenos días», los unos a los otros. Las casas 3 estaban
averiadas: «mire cómo me volvieron la puerta; entraron siete tiros hasta
el baño». Y sin mucho ánimo: «mucho plomo, mucho».
Lucrecia retiró las manos del papá de encima suyo: «yo dije que vol-
vían». Él no le pudo responder. Ella lo sabía: «así fue con mamá ―se
dijo a sí misma―; las balas le partieron la espalda». Recordó la toma
de los hombres de negro, el pueblo en la plaza, la gente de rodillas:

55
«estamos hartos de ustedes, hijueputas». Luego los disparos.
Entre los escombros y los soldados nadie la vio pasar.

-Los tenemos identificados ―dijo el coronel―, no vamos a dejar


ninguno vivo.

-Eso mismo dijeron la otra vez, y mire― le contestaron.

Los helicópteros descargaban una lluvia de fuego sobre las montañas.


Los soldados preguntaban a la gente:
-¿Hay algún otro muerto aquí?
-No, pero mire cómo me dejaron la cocina.
-Eso dígaselo a los periodistas; nosotros estamos recogiendo los
muertos para la investigación. Es una orden de mi mayor.
Lucrecia pasó frente a las ruinas humeantes del cuartel, descalza y
con el vestidito ennegrecido de su propia sangre. Las astillas le herían
los pies. Se contuvo de llorar aunque el dolor la mordiera desde aden-
tro. Atravesó un grupo de soldados que no la vieron, agarrándose del
cañón de un fusil para no lastimarse con los vidrios. Le pareció escu-
charlos hablar:
-Esta hijueputa guerra no se va a acabar nunca.

-Mejor, si se acabara nos quedaríamos sin trabajo― escuchó comen-


tar. Y siguió sin entender hasta que se le acabaron las calles y se le
terminó el pueblo.
«Cinco pollitos tiene mi tía, uno le canta, otro le pía― tratando de can-
tar― cinco pollitos y una ternera», hasta que las casas estuvieron lejos.

Un helicóptero rasante agitó las plantas y levantó tierra a la orilla


del precipicio. Lucrecia se protegió los ojos con las manos secas de
sangre. Miró el abismo inmenso, al fondo el río rumoroso: «todo es
igual a como lo dijo papá». Volvió a taparse los ojos para no ver la pro-
fundidad, respiró profundo y saltó. A lo lejos se volvieron a escuchar
disparos.

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Ilustración por: Gabriel Rodríguez

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