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ÍNDICE

Contenido
P E R S O N A J E S..................................................................................................................................... 3
A C T O P R I M E R O .............................................................................................................................. 4
E S C E N A P R I M E R A .................................................................................................................... 4
E S C E N A S E G U N D A................................................................................................................... 8
E S C E N A T E R C E R A ................................................................................................................. 14
E S C E N A C U A R T A .................................................................................................................... 17
E S C E N A Q U I N T A ..................................................................................................................... 20
A C T O S E G U N D O ........................................................................................................................... 24
E S C E N A P R I M E R A .................................................................................................................. 24
E S C E N A S E G U N D A................................................................................................................. 27
A C T O T E R C E R O ............................................................................................................................ 42
E S C E N A P R I M E R A .................................................................................................................. 42
E S C E N A S E G U N D A................................................................................................................. 47
E S C E N A T E R C E R A ................................................................................................................. 59
E S C E N A C U A R T A .................................................................................................................... 61
A C T O C U A R TO ................................................................................................................................ 66
E S C E N A P R I M E R A .................................................................................................................. 66
E S C E N A S E G U N DA.................................................................................................................. 67
E S C E N A T E R C E R A ................................................................................................................. 68
E S C E N A C U A R T A .................................................................................................................... 71
E S C E N A Q U I N T A ..................................................................................................................... 73
E S C E N A S E X T A ......................................................................................................................... 80
E S C E N A S É P T I M A .................................................................................................................. 81
A C T O Q U I N T O ................................................................................................................................ 85
E S C E N A P R I M E R A .................................................................................................................. 85
E S C E NA S E G U N D A.................................................................................................................. 94
3

PERSONAJES
Claudio, el nuevo rey de Dinamarca.
Hamlet, hijo del anterior y sobrino del actual rey.
Gertrudis, Reina de Dinamarca y madre de Hamlet.
Fortinbrás, príncipe de Noruega.
Polonio, lord chambelán.
Laertes, hijo de Polonio
Ofelia, hija de Polonio
Horacio, el amigo de Hamlet.
Voltimand, cortesano.
Cornelio, cortesano.
Rosencrantz, cortesano.
Guildenstern, cortesano
Osric, cortesano.
Marcelo, oficial danés.
Francisco, soldado.
Bernardo, soldado
Reinaldo, criado de Polonio.
Un capitán noruego.
Actores en gira.
Dos sepultureros.
Dos embajadores ingleses.
Un prelado.
Un caballero.
Soldados.
Marineros.
Mensajeros y servidores.
El fantasma del padre de Hamlet.
Lugar de la acción: El castillo real de Elsinore, Dinamarca y alrededores.
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ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
En Elsinore. Una explanada delante del castillo.

Entran Bernardo y Francisco, dos centinelas.

Bernardo. —Quién vive?


Francisco. —Alto, responde tú e identificate!
Bernardo. —¡Viva el Rey!
Francisco. —¿Bernardo?
Bernardo. —El mismo.
Francisco. —Llegas muy puntual a la hora.
Bernardo. —Las doce dieron ya; ve a la cama, Francisco.
Francisco. —Gracias por el relevo; hiela el aire y siento mal el pecho.
Bernardo. —Fue tranquila tu guardia?
Francisco. —Ni un ratón se movió.
Bernardo. —B¡en, buenas noches. Si te encuentras con Horacio y Marcelo,
mis compañeros de hoy en esta guardia, ruégales que se apuren.

Entran Horacio y Marcelo.

Francisco. —Creo oírlos. ¡Alto! ¿Quién vive?


Horacio. —Amigos de esta tierra
Marcelo. —Y vasallos del Rey de Dinamarca.
Francisco. —Que os sea grata la noche.
Marcelo. —Adiós, leal soldado. ¿Quién vino a relevarte?
Francisco. —Bernardo. Buenas noches. (Sale.)
Marcelo. —Hola, Bernardo.
Bernardo. —¡Vaya! ¿Está allí Horacio?
Horacio. —Partes de él.
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Bernardo. —Salve, Horacio; bienvenido, Marcelo.


Horacio.—¿Y qué, volvió a salir esa cosa esta noche?
Bernardo. —No he visto nada aún.
Marcelo. —Dice Horacio que es fantasía la nuestra y no quiere dejar que de
él se adueñe la creencia de ese espectro pavoroso que ya vimos dos veces. Por
eso le insistí en que velemos juntos esta noche y si el fantasma vuelve, crédito
nos conceda y lo interrogue.
Horacio. —¡Bah, bah, no ha de venir!
Bernardo. —Sentémonos un rato y deja que asediemos otra vez tus oídos,
blindados contra nuestro relato de lo que ya dos noches hemos visto.
Horacio. —Pues bien, nos sentaremos a escuchar a Bernardo.
Bernardo. —Anoche cuando ese astro al occidente de la estrella polar
iluminaba esta región del cielo donde ahora fulgura, Marcelo y yo, al dar la
una...

Entra el Fantasma.

Marcelo. —¡Callate! Míralo, que allí viene.


Bernardo. —Con la misma figura de nuestro Rey difunto.
Marcelo. —Tú que eres ilustrado, háblale, Horacio.
Bernardo. —¿No se parece al Rey? Horacio, obsérvalo.
Horacio. —Es igual. Me estremecen el terror y el asombro.
Bernardo. —Querrá que le hablen.
Marcelo. —Interrógalo, Horacio.
Horacio. —¿Quién sois que así usurpáis las horas de la noche, junto con la
figura guerrera y majestuosa con que el difunto Rey solía marchar? ¡Por los
cielos os conjuro, hablad!
Marcelo. —Se ofendió.
Bernardo. —Míralo, se aleja digno.
Horacio. —¡Deteneos y hablad! ¡Os conmino a que habléis!
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Sale el Fantasma.

Marcelo. —Se fue sin contestar.


Bernardo. —¿Y bien, Horacio? Tiemblas y estás pálido. ¿No es esto más
que una ilusión? ¿Qué crees?
Horacio. —Por Dios, que yo jamás lo habría creído si no me dan mis ojos la
evidencia!
Marcelo. —¿No se parece al Rey?
Horacio. —Como tú a ti mismo. Así era su armadura cuando fue a combatir
al Noruego ambicioso, y también así frunció el ceño cuando en agrio altercado
con el polaco quebró el hielo delante de su trineo. ¡Es extraño!
Marcelo. —Pues va en dos ocasiones, justo a estas horas muertas, con su
paso marcial cruzó ante nuestra guardia.
Horacio. —No sé ni qué pensar, mas dejando vagar el pensamiento yo diría
que esto augura trastornos en el Reino.
Marcelo. —¡Hasta eso! Pues sentémonos aquí y, quien lo sepa dígame ¿por
qué han de fatigar a los vasallos, noche a noche, con estrictas guardias
vigilantes, tanto fundir cañones y tanta importación de bélicos pertrechos? ¿Y
el trabajo forzado en astilleros, que en amargas jornadas no distingue los días
de la semana del domingo? ¿Qué se oculta detrás de esta premura sudorosa
que hermana las noches con los días? ¿Quién me lo ha de informar?
Horacio.—Yo lo haré; por lo menos lo que se rumorea: nuestro último Rey –
cuya imagen acaba de asombrarnos– como sabéis fue desafiado a duelo por
Fortinbrás, el Rey de los Noruegos, a quien henchía el envidioso orgullo, y en
esa lid nuestro valiente Hamlet (que tanta estimación logró con ello de este
lado del mundo) dio muerte a Fortinbrás; y en virtud de un acuerdo ratificado
por la ley y el sello heráldico, éste perdió la vida con las tierras que había
conquistado, que a manos del Rey Hamlet recayeron. También se había
comprometido éste a entregar, si perdía, una extensión igual de tierra a
Fortinbrás. Pero ahora el joven Fortinbrás, de metal sin templar y violencia sin
freno, reclutó en los suburbios y fronteras noruegas a valentones fuera de la
ley, dispuestos por el hambre a cualquier aventura con algún condimento, que
no es otro –como bien lo ha entendido nuestro estado– que arrebatarnos por la
fuerza bruta o apremiante coacción, las mencionadas tierras perdidas por su
padre. Y es ésta, creo, la causa de estos preparativos, razón de nuestras
guardias y el motivo de tan activa prisa que agita a la nación.
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Bernardo. —Otra razón no veo y coincide con esa sombra augusta que,
armada, cruza frente a nuestra guardia, tan parecida al Rey que fue, y es el
motivo de estas guerras.
Horacio. —Paja que el ojo de la mente enturbia. En los gloriosos días
florecientes de Roma, poco antes de que el ínclito Julio César muriera, se
vaciaron las tumbas y vagaron cadáveres con sus mortajas, rechinando dientes
y lanzando incoherentes alaridos por las calles de Roma; por los cielos
cruzaron astros de colas ígneas, llovió ardiente rocío, se llenó el sol de signos
y el húmedo planeta que influye en el imperio de Neptuno agonizó eclipsado.
Similares presagios, prólogos agoreros de inminentes desastres, los cielos y la
tierra ya mostraron en toda esta región a nuestros ciudadanos.

(Regresa el Fantasma.)

Pero, ¡callad, miradlo, que allí vuelve! lo he de enfrentar aunque me


despedace. ¡Alto, visión! Si emitís algún ruido o usáis la voz, ¡habladme!
(Extiende los brazos.) Si hay una buena acción que pudiera aliviaros y a mí
fuérame honrosa, ¡habladme! Si estáis en el secreto de algún mal que amenace
a nuestro Reino y quizás, previniéndolo, evitarse pudiera, ¡habladme! O si
ocultasteis, en tu vida, en el vientre de la tierra, tesoros mal habidos que hacen
–según afirman– que a menudo deambulen las almas de los muertos, (Canta
un gallo.) decídnoslo. ¡Deteneos y decídnoslo! Atájalo, Marcelo.
Marcelo. —¿Le doy con mi alabarda?
Horacio. —Hazlo si no se para.
Bernardo. —¡Aquí está!
Horacio. — ¡Aquí está!
(Sale el Fantasma.)

Marcelo. —Ya se fue. Muy mal hicimos, siendo tan majestuoso, en


mostrarnos violentos, pues es invulnerable como el aire y nuestros vanos
golpes, burla ociosa.
Bernardo. —Iba a hablar ya cuando el gallo cantó.
Horacio. —Y entonces escapó como el culpable que teme una terrible
admonición. He escuchado que el gallo, el clarín de la aurora, con la estridente
voz de su garganta despierta al dios del día, y al oír este aviso los fantasmas
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errantes, por el agua o el fuego, por la tierra o el aire, huyen a sus confines; y
acabamos de ver la prueba de ello.
Marcelo. —Con el canto del gallo se esfumó. Y dicen que las vísperas del
día en que celebramos de nuestro Salvador el nacimiento, el ave matinal canta
toda la noche, y entonces –eso dicen– no hay espíritu que se atreva a salir, las
noches son benévolas, los planetas no ejercen sus influjos malignos ni las
brujas consiguen hechizarnos. ¡Sacros y venturosos esos días!
Horacio. —Lo mismo oí y en parte así lo creo. Pero mirad: la aurora con su
rosáceo manto ya está hollando el rocío en las altas colinas del oriente.
Terminemos la guardia. Yo aconsejo enterar de todo cuanto vimos esta noche
al joven Hamlet, pues por mi vida creo que este espíritu, mudo ante nosotros,
a él sí le hablará. ¿Estáis de acuerdo en que nuestro deber y amor por él nos
reclaman contárselo?
Marcelo. —Hagámoslo; yo sé dónde podremos hallarlo esta mañana.
(Salen.)

ESCENA SEGUNDA
La Cámara del Consejo del Rey.

Floreo de trompetas. Entran Claudio, Rey de


Dinamarca, Gertrudis, la Reina, miembros del
Consejo como Polonio,su hijo Laertes,
Voltimand, Cornelio, Hamlet
y otros caballeros.

Rey. —Aunque aún reverdece en la memoria la muerte de nuestro amado


hermano Hamlet, y todavía cúmplenos llevar de luto el corazón y a todo
nuestro reino sumirse en el dolor; esta ardua lucha entre la razón y la
naturaleza nos lleva a la conclusión que es más sabio recordarlo pero sin
olvidamos de nosotros mismos. Por tanto, a nuestra hermana de ayer, hoy
nuestra reina, codueña de este estado belicoso, hemos, como quien dice, con
afligido júbilo, con los ojos alegres y llorosos, con gozo en el sepelio y
endechas en la boda, equilibrando así el dolor y el deleite, convertido en
esposa. Y con ello seguimos vuestros consejos sabios y libérrimos. Por todo,
nuestras gracias. Ahora os corresponde que os entere que el joven Fortinbrás,
con mezquina opinión de nuestro poderío, o creyendo, quizás que al morir
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nuestro hermano caería el reino en tumultos y discordias, todo esto sumado a


ilusorias ventajas, continúa importunándonos con cartas demandando las
tierras perdidas por su padre y que ganó, con todas las de ley, nuestro valiente
hermano. Pero basta con él. En cuanto a esta reunión, el asunto está así: le
hemos escrito al Rey de los noruegos, el viejo tío del joven Fortinbrás, quien
postrado en su lecho desconoce las miras del sobrino, a fin de que le impida
las levas y preparativos bélicos que entre sus propios súbditos realiza. Desde
aquí partirán Voltimand y Cornelio con saludos al viejo Rey noruego, y sin
otro poder para los tratos mayor de lo aquí expresamente detallado. Adiós, que
vuestro celo compruebe vuestra lealtad.
Cornelio y Voltimand. —En esto, como en todo, os mostraremos nuestro
deber.
Rey. —Eso no lo dudamos. Adiós muy cordialmente.
(Salen Voltimand y Cornelio.)

Y tú, Laertes, dinos, ¿qué hay contigo? Algo querías de mí, ¿qué podrá,ser,
Laertes? No gastarás la voz con vuestro Rey sí la razón te asiste. ¿Qué me
puedes pedir que en vez de petición no sea mi oferta? No se halla más ligada
la cabeza al corazón, ni más servicial es la mano con la boca, que este trono y
tu padre. ¿Qué deseas, Laertes?
Laertes. —Venerable Señor, vuestra benigna gracia para volver a Francia, de
donde, complacido, regresé a Dinamarca, como era mi deber, a la coronación,
mas debo confesaros que ahora mis pensamientos y deseos vuelan de nuevo a
Francia y para ellos pido vuestro amable permiso.
Rey. —Tu padre dio el permiso? ¿Qué nos dices, Polonio?
Polonio. —Que consiguió vencer mí reticente oposición con obstinadas
súplicas y al fin obtuvo mi consentimiento. Os ruego, pues, que lo dejéis
partir.
Rey. —Elige un buen momento, Laertes, y aprovecha tu tiempo y tus virtudes
en lo que más te plazca. Ahora Hamlet, sobrino e hijo mío.
Hamlet. —(Aparte.) Algo más que sobrino y menos que sobrante.
Rey. —¿Por qué aún se ciernen sobre ti esas nubes?
Hamlet. —No tanto, mi Señor, me asoleo mucho.
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Reina. —Mi buen Hamlet, desecha tus trajes nocturnales y haz que luzcan
amables tus miradas con el Rey. Y no sigas buscando eternamente, con los
párpados bajos, a tu padre en el polvo, Tú sabes que es común que todo cuanto
vive, muera, cruzando así por la naturaleza hacia la eternidad.
Hamlet. —Señora, sí, es común.
Reina. —Pues si lo es ¿por qué a ti singular te parece?
Hamlet. —¿Parece? No, lo es. Yo no sé qué es ―parece‖. No son mi negra
capa, ni estas ropas luctuosas, ni el aliento alterado por suspiros, ni el copioso
riachuelo de los ojos, ni el semblante sombrío, junto con todos los modales y
gestos y formas de dolor, los que podrían mostrarme verazmente. Podrían
parecerlo, pues son actos que cualquier hombre puede aparentar, mas lo que
llevo adentro es más que una apariencia; esos son los adornos y atavíos del
dolor.
Rey. —Es muy tierno y laudable en tu carácter que a tu padre así rindas esos
tributos fúnebres, pero debes saber que tu padre perdió a su padre y que éste
perdió a su vez al suyo y que el sobreviviente está obligado a cumplir con los
ritos funerarios dentro de cierto término; pero perseverar en obstinado duelo
indica terquedad muy poco digna, muestra una voluntad rebelde al cielo, un
corazón endeble, una mente azorada y una simplona comprensión indocta;
pues sabemos que ha de suceder y es tan común, que alcanza a ser trivial,
¿para qué, en obstinada rebeldía, tomarlo tan a pecho? Es ofender al cielo, al
difunto y a la naturaleza y absurdo a la razón. Es una cuestión común que los
padres se mueran, y eso vienen gritándonos, desde el primer cadáver hasta el
último, que ¡―así ha de ser‖! Despréndete de esa aflicción inútil, considéranos
como a tu nuevo padre y que conozca el mundo que eres el más cercano a
nuestro trono y que siento por ti amor más noble que el que siente por su hijo
el padre más amante. En cuanto a tu intención de volverte a estudiar a
Wittenberg, contraría mis deseos; quédate para alegría y solaz de nuestros
ojos, principal cortesano, sobrino e hijo nuestro.
Reina. —Que tu madre no pierda sus oraciones Hamlet. Quédate con
nosotros; a Wittenberg no vayas.
Hamlet. —Me esmeraré, Señora, en seros obediente.
Rey. —¡Bella y amante réplica! Siéntete en Dinamarca como me siento yo.
Vamos, Gertrudis, la gentil y espontánea aceptación de Hamlet me ha hecho
sonreír el corazón, en gracia de lo cual hoy no habrá un solo brindis que el
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potente cañón no anuncie a las nubes, y las aclamaciones al Rey sabrán los
cielos devolverlas tronantes, con el eco.

Floreo de trompetas. Salen todos menos Hamlet.

Hamlet. —¡Oh, si esta sucia y mancillada carne pudiera disolverse y diluida


caer como rocío! ¡Oh que no condenara el Eterno la propia inmolación! ¡Oh,
Dios mío, cuán tediosas, insipidas e inútiles las mundanas costumbres! ¡Cómo
apesta este huerto infecundo que sólo da malezas, cubierto por entero de
ruindad y fetidez! Que a esto se haya llegado a dos meses escasos de su
muerte; no, ni tanto, ni dos. Un Rey tan excelente que era a éste lo que
Hiperión a un sátiro; tan tierno con mi madre que ni a un soplo celeste le
hubiera permitido que rozara su rostro. ¡Cielos y Tierra! ¿Debo recordar? Si
ella de él se colgaba como si los deseos le aumentaran con su satisfacción; y
que dentro del mes... ¡Ayúdenme a olvidar! Fragilidad, tu nombre es Mujer.
Que a un mes apenas, antes de que gastara los zapatos con que siguió al
cadáver llorando como Niobe. ¿Por qué ella... (¡Oh Dios, si hasta una bestia
sufriría más tiempo!)... casarse con mi tío, hermano de mi padre, pero tan
diferente de él como yo de Hércules, dentro del mes, aún antes que la sal de
sus lágrimas espúreas cesara de inflamar sus ojos irritados? ¡Oh premura tan
pérfida, lanzarse con ese desenfreno entre las sábanas incestuosas! No es
bueno ni puede acabar bien. ¡Rómpete, corazón, que ahora debo refrenar mi
lengua!

Entran Horacio y Marcelo.

Horacio. —¡Salud a Vuestra Alteza!


Hamlet. —Me alegra verte bien. ¡Horacio! ¿O a mí mismo yo ya no me
conozco?
Horacio. —El mismo, mi Señor, vuestro eterno sirviente.
Hamlet. —Oh, no, mí gran amigo al que yo sirvo. ¿Y qué te trae de
Wittenberg, Horacio? ¡Marcelo!
Marcelo. —¡Buen Señor!
Hamlet. —Me alegra verte.(A Bernardo.) Buenas noches.
Bernardo. —Buenas noches, Milord.
Hamlet. —Pero díme ¿qué vientos te trajeron de Wittenberg?
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Horacio. —Soy dado a la vagancia.


Hamlet. —No quisiera oír eso de tu peor enemigo, ni a mi oído le harás tanta
violencia que lo vuelvas testigo en contra tuya. Yo sé bien que tú no eres
vagabundo. Mas ¿qué asuntos te traen a Elsinore? Aquí te enseñaremos a
beber, como Dios manda, antes de tu regreso.
Horacio.—Vine a los funerales de vuestro padre.
Hamlet. —No te burles condiscípulo, de mi; yo creo que fue a las bodas de
mi madre.
Horacio. —Cierto, Señor, tan pronto que ocurrieron.
Hamlet. —¡Ahorro, Horacio, ahorro! Los pasteles calientes del funeral
sirvieron de fiambres en las mesas de la boda. Yo habría preferido, noble
Horacio, encontrarme en el cielo con mi peor enemigo que haber visto ese día.
Mi padre... me parece estarlo viendo.
Horacio. —¿Cómo, Milord?
Hamlet. —Con los ojos del alma.
Horacio. —Lo vi una vez. ¡Fue un gran Rey!
Hamlet. —¡Fue un gran hombre! Jamás espero hallar a otro hombre
parecido.
Horacio. —Creo que anoche lo vi, Señor.
Hamlet. —¿A quién?
Horacio. —A vuestro padre el Rey.
Hamlet. —¿Al Rey mi padre?
Horacio. —M0derad un instante vuestro asombro y con oído atento
escuchad el relato, que estos dos caballeros atestiguan, de ese hecho
portentoso.
Hamlet. —¡Por el amor de Dios, cuéntalo!
Horacio. —Ya por dos noches, estos caballeros, Marcelo con Bernardo, se
encontraban de guardia en la nocturna vastedad, cuando de pronto ante ellos
se aparece, de punta en blanco armado, una figura igual a vuestro padre. De
manera solemne desfiló marcialmente frente a sus ojos espantados por la
sorpresa, a no mayor distancia que su bantón de mando, mientras ellos –
temblorosa jalea con el terror– permanecieron mudos sin hablarte. Todo con
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temeroso secreto me confiaron y la tercera noche hice guardia con. ellos, y a la


hora precisa, siendo idénticos de su relato todos los detalles, surgió la
aparición. Yo conocí al Rey Hamlet: no se parecen más estas dos manos.
Hamlet. —Pero ¿dónde ocurrió?
Marcelo. —En la explanada de las guardias.
Hamlet. — ¿Le hablasteis?
Horacio. —Yo lo hice, mas no me contestó. Aunque por un instante el rostro
levantó como si fuera a hablar, pero entonces el gallo matutino cantó y
presuroso se alejó al oírlo y se desvaneció ante nuestra vista.
Hamlet. —Es muy extrañ0 todo.
Horacio. —Como que vivo es cierto. Y juzgamos deber nuestro contároslo.
Hamlet. —Oh, sin duda, sin duda; pero esto me conturba. ¿Haréis guardia
esta noche?
Bernardo y Marcelo. —Sí, Mitord.
Hamlet. —¿Decís que armado?
Bernardo y Marcelo. — Sí, Milord, armado.
Hamlet. —¿De punta en blanco?
Todos. —Sí, de pie a cabeza.
Hamlet. —Entonces no pudisteis verle el rostro.
Horacio. —¡Oh, si!, llevaba alzada la visera.
Hamlet. —¿Su gesto era ceñudo?
Horacio. —Era más doloroso que iracundo.
Hamlet. —¿Pálido o encendido?
Horacio. —No, muy pálido.
Hamlet. —¿Y clavó en ti la vista?
Horacio. —Todo el tiempo.
Hamlet. —Habría querido haber estado allí.
Horacio. —Os habría dejado estupefacto.
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Hamlet. —Es probable, es probable. ¿Se quedó mucho tiempo?


Horacio. —EI que se gasta sin apuro en contar hasta cien.
Bernardo y Marcelo. —¡Oh. no, más, más!
Horacio. —No cuando yo lo vi.
Hamlet. —¿Entrecana la barba?
Horacio. —Como la tuvo en su vida: negra y plata.
Hamlet. —Haré guardia esta noche; quizás vuelva.
Horacio. —Me atrevo a asegurarlo.
Hamlet. —Si asume el noble aspecto de mi padre le hablaré aunque el
infierno, con, su boca rugiente, me ordenara callar. A todos os suplico que así
como guardasteis hasta ahora el secreto, mantenedlo en silencio y ocurra lo
que ocurra esta noche, confiádselo a la razón, pero a la lengua no. Yo
corresponderé a vuestro afecto. Y, ahora, adiós. Os veré en la explanada entre
once y doce.
Todos. —Hónranos serviros.
Hamlet. —Contad con mi amistad. Hasta la vista.
(Salen todos menos HamIet.)

¿El espíritu en armas de mi padre? Algo anda mal; sospecho una celada.
¡Noche, apúrate! Y tú, serénate hasta entonces, alma mía. Siempre una villanía
se descubre más tarde o más temprano aunque se sepultare en el océano.

Sale.

ESCENA TERCERA
En el apartamento de Polonio en el Castillo.

Entran Laertes y Ofelia.

Laertes. —Ya embarcaron mis bártulos; adiós. Hermana, cuando el viento


sea propicio y un barco esté ya pronto a partir, no te duermas y escríbeme.
Ofelia. —¿Lo dudas?
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Laertes. —En cuanto a Hamlet y esos frívolos galanteos, debes considerarlos


capricho o pasatiempo de la sangre, primaveral violeta prematura, precoz, no
permanente, dulce, no duradera, aroma y diversión de un minuto y no más.
Ofelia. —¿No más que eso?
Laertes. —¡No más! Al crecer, nuestra naturaleza no sólo desarrolla los
nervios y los músculos, sino también el alma y la razón, que en el templo del
cuerpo se modelan. Quizás él te ame ahora sin doblez, ni manchas en sus
puras intenciones, pero debes temer, si consideras su alto rango, que él no es
el dueño de sí mismo: a su cuna se debe. El no puede elegir a su albedrío,
como cualquier mortal, puesto que de él dependen la salud y firmeza del
estado y por tanto lo determinará lo que le ordene ese cuerpo, del cual es la
cabeza. Por eso si te dice que te ama sería prudente creerle en la medida en
que pueda cumplir lo que promete, pues siempre habrá de oír la imperativa
voz de Dinamarca. Y medita en la pérdida que sufriría tu honor sí sus cánticos
oyes con un oído crédulo y el corazón le entregas o le abres tu más casto
tesoro a sus ingobernables insistencias. Témelo, Ofelia, témelo, hermana tan
querida, mantente a retaguardia de tus inclinaciones, fuera de los riesgosos
disparos del deseo. La más casta doncella es demasiado pródiga si descubre a
la luna sus encantos; ni la virtud escapa a la calumnia; a menudo el gusano roe
los brotes primaverales antes de que se abra el capullo, y en la alborada llena
de rocío de nuestra juventud son más anenazantes las contagiosas pestes.
Cuídate, la mayor seguridad estriba en el temor. La juventud contra sí se
releva aun cuando no haya alguien que la impulse.
Ofelia. —Retendré tus consejos como custodios de mi corazón, pero no
hagas, hermano, la del predicador, que severo nos muestra el escarpado y
espinoso camino hacia los cielos, mientras que, libertino e imprudente, recorre
jadeante la florida senda de los placeres, desoyendo sus propias advertencias.
Laertes. —Por mí no temas. Ya se me ha hecho tarde. Pero mi padre v¡ene.
(Entra Polonio.)

Es una doble gracia que otra vez me bendiga; sonríe la ocasión para un
segundo adiós.
Polonio. —Laertes, ¿aun aquí? ¡Vergüenza! ¡A bordo, a bordo! El viento
hinchó las velas y sólo a ti te aguardan. De nuevo te bendigo, y procura
grabarte en la memoria estos pocos preceptos. Sé sencillo en el trato, pero
nunca vulgar. Los amigos que escojas ponlos primero a prueba y préndelos
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después con acero en tu alma, pero no te prodigues complaciendo al implume


pichón que su valor estrena. Cuídate de las riñas, pero una vez en ellas haz que
de ti se cuide tu adversario. Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz,
escucha toda crítica, mas reserva tu juicio. Tu traje, tan costoso cuanto pueda
tu bolsa, sin ser extravagante, rico mas no ostentoso, que el traje muestra al
hombre y los nobles en Francia son refinados árbitros en esto. Procura no
pedir ni dar prestado, pues quien presta, a menudo pierde a un tiempo el
dinero y el amigo, y quien toma prestado le mella el filo a su frugalidad. Y
sobre todo sé veraz contigo mismo, que de ello seguirá, como la noche al día,
que no podrás ser falso con ninguno. Adiós; mi bendición hará fructificar en ti
estos consejos.
Laertes. —Recíbolos humilde y me despido.
Polonio. —El tiempo apremia y tus criados te esperan.
Laertes. —Ofelia, adiós, y no eches al olvido lo que hemos conversado.
Ofelia. —Lo encerré en mi memoria y tú mismo serás el guardián de la llave.
Laertes. — ¡Adiós! (Sale.)
Polonio. —¿Qué fue lo que te dijo, Ofelia?
Ofelia. —Si os complace saberlo, algo tocante a Lord Hamlet.
Polonio. —¡Por Dios, qué bien pensado! Me han dicho que ahora último te
visita en privado y a menudo y que tú lo recibes de manera muy libre y
dadivosa. Si así fuera –y así me lo aseguran previniéndome– debo advertirte
que tú aún no comprendes la forma de portarte, como cumple a mi hija y tu
honra. ¿Qué hay entre vosotros? Quiero oír la verdad.
Ofelia. —Estos últimos tiempos, Señor, me ha prodigado amorosas ofertas.
Polonio. —¿Amorosas? Hablas como una chica muy bisoña e inerme frente a
esos peligros. ¿Crees en esas ―ofertas‖, como las calificas?
Ofelia. — Yo no sé, mi Señor, qué debo creer.
Polonio. —Yo te lo explicaré. Piensa que tú eres una niña que aprecia esas
ofertas como de oro de ley, cuando en verdad son de plomo. Ofértate más
caro, pues en caso contrario –para seguir con esta pobre frase– llegarás a
ofertarme un inocente.
Ofelia. —Señor, él siempre me habla de manera honorable de su amor.
Polonio. —¡Maneras tú las llamas! ¡Vaya, vaya!
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Ofelia. —Y con los más sagrados juramentos respalda sus palabras.


Polonio. —Trampas para perdices. Cuando la sangre arde, es muy pródiga el
alma en prestarle a la lengua juramentos. Hija mía, esas chispas dan más luz
que calor y ambas pronto se extinguen; no creas que en sus promesas hay
fuego verdadero. Y desde ahora debes ser más avara con tu virginal presencia;
ponle un precio mayor a esos encuentros que no una simple insinuación. Y
piensa de Lord Hamlet que es simplemente un mozo que corre a riendas
sueltas, cuando tú debes llevarlas cortas. En resumen, Ofelia, no creas en sus
promesas, que no son de igual clase que la de sus vestidos; sino de un abogado
de causas muy impías, que las disfraza de santas para engañar mejor. En
breve: que no quiero, hablando claro, que a partir de este instante malgastes ni
un minuto de tus ocios en chácharas con el Príncipe Hamlet. Cuídate, es una
orden, y vete a tus quehaceres.
Ofelia. —Así lo haré, Señor.
Salen.

ESCENA CUARTA
En la explanada de las guardias.

Entran Hamlet, Horacio y Marcelo.

Hamlet. —El aire corta y hace mucho frío.


Horacio. —Corta filoso y muerde.
Hamlet. —¿Qué hora es?
Horacio. —Poco antes de las doce.
Marcelo. —Ya las dieron.
Horacio. —¿Cierto? No las oí: entonces se aproxima la hora en que la
Sombra se pasea.(Floreo de trompetas y dos cañonazos dentro.) ¿Y eso qué
significa?
Hamlet. —Que el Rey se despabila en una francachela, se jacta de que
puede, cuando ya trastabilla, bailar la zarabanda, y cada vez que bebe hasta el
fondo su copa con buen vino del Rin, timbales y clarines rebuznan sus
proezas.
Horacio. —¿Es costumbre?
18

Hamlet. —¡Ay, sí!


Pero aunque aquí nací, a estas costumbres hecho, estimo que sería más
decoroso quebrantarlas que seguir observándolas. Son groseras orgías que nos
censuran otras naciones, desde Oriente hasta Occidente, llamándonos
borrachos y manchando con puercas frases nuestro honor, y así, por grandes
que hayan sido nuestras hazañas, prívanlas de su médula y gloria. Así ocurre a
menudo con ciertos individuos: un defecto congénito del cual no tienen culpa
(nadie puede escoger su natural origen) o un desborde de su temperamento,
que arrasa con las vallas y fortines de su propia razón, o un hábito que viola
las costumbres usuales, esos hombres, repito, marcados por el sello de un
defecto innato o culpa de su mala estrella, aunque fueran sus otras virtudes tan
preclaras como la gracia y tantas cuantas pueden caber en un solo hombre,
ante el sentir común serán seres corruptos por la única culpa de esa tacha. El
gramo de impureza hace poner en duda la más noble sustancia y la adultera
por completo.

Entra el Fantasma.

Horacio. —¡Mirad, Milord, ahí viene!


Hamlet. —¡Angeles mensajeros de la Gracia, amparadnos! Ya seas genio del
bien o endriago condenado, ya sea que te circunden auras celestes o infernales
ráfagas, sea tu intención benéfica o perversa, tan equívoca forma asumes que
he de hablarte. Hamlet te llamaré. Padre, Rey, Soberano danés, respóndeme.
Si recibiste sacra sepultura, dime ¿por qué rasgó tu osamenta bendita la
mortaja y por qué el sepulcro, en cuya urna sereno te dejamos, se abrió para
arrojarte sus marmóreas pesadas fauces? ¿Y qué significa que tu difunto
cuerpo, revestido de acero, regrese a contemplar la claridad de la luna,
convirtiendo la noche en espantosa y a nosotros, de natural ingenuos, en seres
confundidos con hórridas ideas que exceden el alcance de la razón? Y dinos
¿y esto por qué? ¿y para qué? ¿y qué haremos?

El Fantasma le hace señas a Hamlet.

Horacio. —Os hace señas de que le sigáis cual si deseara revelaros algo a
vos solo.
Marcelo. —Mirad con qué ademán gentil os invita a un lugar retirado: pero
no le sigáis.
Horacio. —De ningún modo.
19

Hamlet. —No hablará aquí, por tanto he de seguirle.


Horacio. —No hagáis eso, Milord.
Hamlet. —¿Qué podría temer? Mi vida vale menos que un alfiler, y a mi
alma, siendo inmortal como la de él, ¿qué podría hacerle? Le seguiré; de
nuevo me hace señas.
Horacio. —Milord ¿y si os atrae hacia el torrente o a la espantable cumbre
del arrecife que hacia el mar se vuelca desde su base y toma allí al llegar otra
apariencia más horripilante, que os prive del imperio de la razón y os lance a
la locura? Pensadlo bien, que el solo sitio infunde frenéticos impulsos y llena
de extravíos a quien contempla el mar rugiendo en el abismo.
Hamlet. —Aún me hace señas. ¡Anda, ya te sigo!
Marcelo. —¡No iréis, Milord!
Hamlet. —¡Quita las manos!
Horacio. —Dominaos; no vayáis.
Hamlet. —Mi destino me grita y tensa cada arteria de mí cuerpo como los
acerados nervios del león nemeo. Me llama una vez más. ¡Soltadme ya,
Señores! ¡O de quien me detenga haré otro espectro! ¡Atrás, os dije ya! –
Adelante, te sigo.

Salen el Fantasma y Hamlet.

Horacio. —Lo desespera su imaginación.


Marcelo. —Sigámosle, que en esto no es justo obedecerle.
Horacio. — Vamos tras él. ¿Qué saldrá de todo esto?
Marcelo. —Algo hay podrido en Dinamarca.
Horacio. —El cielo deberá remediarlo.
Marcelo. —No, sigámoslo.
Salen.
20

ESCENA QUINTA
Una parte más retirada de la explanada.

Entran el Fantasma y Hamlet.

Hamlet. —¿Dónde me llevas? Habla. Más no sigo.


Fantasma. —Escúchame.
Hamlet. —Te escucho.
Fantasma. —Está cerca la hora de entregarme al tormento de las sulfúreas
llamas.
Hamlet. —¡Pobre Sombra!
Fantasma. —No te apiades de mí, en cambio, escucha atento lo que debo
revelarte.
Hamlet. —Habla, que estoy resuelto a oírlo todo.
Fantasma. —Así has de estarlo para que me vengues cuando me escuches.
Hamlet. —¿Qué?
Fantasma. —Yo soy el alma en pena de tu padre, condenada a vagar de
noche y padecer de día entre las llamas, hasta que los delitos odiosos que en
vida cometí queden purgados. Y si no me prohibieran revelar los secretos de
mi prisión, podría, con mínimas palabras, horrorizar tu alma, helar tu sangre
joven, hacer que te saltasen ardientes como astros los ojos de las órbitas y
erizar cada uno de los cabellos de tus revueltas guedejas, como púas de
medroso puerco espín. Pero estas revelaciones de la Eternidad no se hicieron
para oídos humanos. ¡Escucha, escucha, escucha! Si a tu padre lo amaste
alguna vez...
Hamlet. —¡Oh, por Dios!
Fantasma. —Vengale del más cruel e inhumano asesinato.
Hamlet. —¿Asesinato?
Fantasma. —Infame como todos, pero éste el más cruel, inaudito e
inhumano.
Hamlet. —Date prisa en contármelo, para precipitarme, con alas más ligeras
que la imaginación, a vengarte.
21

Fantasma. —Ya veo que estás dispuesto. Serías más insensible que los
blandos yerbajos que impávidos se pudren a orillas del Leteo, si no te
conmovieras. Y ahora escúchame, Hamlet: corrió la voz de que, mientras
dormía en mi jardín, me mordió una serpiente. Engañaron así, del modo más
grosero, forjando esa versión, los oídos de toda Dinamarca; pero debes saber,
noble mancebo, que el áspid que mordió la vida de tu padre hoy ciñe su
corona.
Hamlet. —¡Oh, mi alma profética! ¿Mi tío?
Fantasma. —Ese incestuoso, ¡ay!, esa adúltera bestia que con las brujerías
de su ingenio y las traidoras dádivas –malditas brujerías y regalos que tienen
tal poder de seducción– rindió ante su lascivia vergonzosa, la voluntad de la
que parecía la más virtuosa de las Reinas todas. ¡Oh Hamlet, qué profunda su
caída! Desde el amor tan digno que enlazó nuestras manos, con los votos que
le hice al casarnos, rebajarse hasta ese miserable, cuyas prendas naturales son
míseras con las mías comparadas. Pero si la virtud resistiera, aunque la tiente
la lujuria con angelical disfraz, la lascivia se hastía del tálamo celeste, aunque
enlazada esté a un ángel refulgente, e irá a cebarse en la basura. ¡Basta! Ya
creo sentir el aire matinal; breve seré. En mí jardín dormía mi acostumbrada
siesta vespertina, cuando tu tío, robándome la quietud de la hora, se acercó
con un pomo de zumo de beleño y vertió en mis oídos el tósigo mortal –tan
contrario a la sangre de los hombres–, y que corre por las venas como rápido
azogue, cortando como gotas de ácido a la leche, la sangre fluida y sana. Tal
hizo con la mía. En un instante quedé como un leproso, con una infecta costra
recubriendo mi cuerpo terso. Y así, durmiendo, a manos de mi hermano, perdí
de un solo golpe, vida, corona y Reina. Segado, fui verdeando mis pecados,
inconfeso, sin óleos, sin ajustar mis cuentas y con toda la carga de mis
imperfecciones sobre mi cabeza.
Hamlet. —¡Qué horror, qué horror!
Fantasma. —Si tienes corazón no lo toleres: no consientas que el tálamo
real de Dinamarca sea lecho de lascivia y criminal incesto. Mas, sea cual sea
tu decisión, no manches ni tu mente ni tu alma tramando nada en contra de tu
madre. Abandónala al cielo y las espinas que en su pecho alberga, que la
hieran punzantes. Debo irme, ya anuncia la luciérnaga con su débil fulgor que
la aurora está próxima. Adiós, adiós, acuérdate de mí. (Sale)
Hamlet.—¡Legiones celestiales! ¡Oh Tierra! ¿Y qué más añadiré al infierno?
¡Ten calma, corazón! ¡No envejezcáis de pronto, nervios míos, y sostenedme
firme! ¿Que me acuerde de ti, desventurada Sombra?: Así será mientras tenga
22

memoria esta cabeza trastornada. ¿Recordarme de ti? Para eso borraré de mi


memoria todos los frívolos recuerdos alocados, las sentencias leídas en los
libros, todas las huellas del pasado y todo lo que imprimió la juventud en ella
y vivirá tan solo tu mandato, grabado en los folios del libro del cerebro, sin
mezcla con materias deleznables. ¡Sí, por los cielos! ¡Oh mujer funesta! ¡Y oh
villano, villano, oh sonriente y maldito villano depravado! Eso lo he de
apuntar entre mis notas: "Se puede sonreír y sonreír aun siendo un miserable.
Por lo menos así seguro estoy que ocurre en Dinamarca". ¡Conque tío, allí
estás! Mi consigna es ahora, lo he jurado: ―¡Adiós, adiós, recuérdate de mí!‖
Horacio y Marcelo. —(Dentro) ¡Milord! ¡Mitord!
Entran Horacio y Marcelo.

Marcelo. —¡Lord Hamlet!


Horacio. —¡Que los cielos lo amparen!
Hamlet. —Así sea.
Marcelo. —¡Iio, ju, ju!' ¡Milord!
Hamlet. —¡Iio, ju, ju! Ven, pajarillo, ven.
Marcelo. —¡Ah, mi noble Señor!
Horacio. —Mas ¿qué ocurrió, Milord?
Hamlet. —¡Maravillas!
Horacio. —Contádnoslas.
Hamlet. —No, las revelaríais.
Horacio. —Yo no, por Dios, Señor.
Marcelo. —Ni yo, Mitord.
Hamlet.— ¿Y que diríais entonces? ¿Cabe en el corazón de un ser humano?
¿Guardaríais el secreto?
Ambos. —Por los cielos que sí.
Hamlet. —Nunca ha habido un bribón en toda Dinamarca que no fuera un
bellaco redomado.
Horacio. —No hacía falta, Milord, que del sepulcro un fantasma saliera para
decimos eso.
23

Hamlet. —Cierto es, tienes razón; por eso, sin más preámbulos creo que
debemos darnos las manos y partir. Vosotros, donde os llamen vuestros deseos
y asuntos –que deseos y asuntos todos tienen, tal como suena– y por mi
humilde parte yo iré a rezar.
Horacio. —Torbellino alocado de palabras son esas, mi Señor.
Hamlet. —Siento que te ofendieran, en el alma lo siento, sí, de veras.
Horacio. —No hubo ofensa, Milord.
Hamlet. —Por San Patricio, Horacio, sí la hubo, y fue una ofensa grave.
Respecto a la visión, permitidme deciros que es un fantasma honesto; y en
cuanto a los deseos que tenéis de saber qué hubo entre nosotros, tendréis que
refrenarlos a como haya lugar. Y ahora, mis amigos, pues que amigos míos
sois, compañeros de armas y de estudios, concededme un minúsculo favor.
Horacio. —¿Cuál es, Milord? Lo haremos.
Hamlet. —No revelar jamás lo que esta noche visteis.
Ambos. —Milord, nada diremos.
Hamlet. —Está bien, mas juradlo.
Horacio. —No hablaré, por mi honor.
Marcelo. —Ni yo, Milord.
Hamlet. —¡Jurad sobre mi espada!
Marcelo. —Alteza, ya juramos.
Hamlet. —Sobre mí espada. ¡Hacedlo!
Fantasma. —(Grita bajo tierra.) ¡Jurad!
Hamlet. —¡Ja, ja, muchachol! ¿Fuiste tú? ¿Allí estás buena pieza? Vamos,
ya oísteis al fulano del sótano, consentid en jurar.
Horacio. —Milord, proponed vos el juramento.
Hamlet. —No hablar jamás de todo cuanto visteis, ¡Juradlo por mi espada!
Fantasma. —¡Jurad!
Hamlet. —¿Hic et ubique? Nos corremos entonces. Venid acá,señores, y
colocad de nuevo las manos en mi espada. ¿Juráis sobre esta espada que no
hablaréis jamás de lo que habéis oído?
24

Fantasma. —¡Juradlo por su espada!


Hamelt. —¡Bien dicho, viejo topo! ¿Puedes cavar tan rápido tus túneles?
Eres un excelente zapador. Trasladémonos de nuevo, amigos míos.
Horacio. —¡Luz y tinieblas, qué portento extraño!
Hamlet. —Pues como a un extraño dadle la bienvenida. Hay más cosas,
Horacio, en el cielo y la tierra de las que sueña tu filosofía. Pero venid, jurad
aquí como antes, que por estrafalaria y peculiar que fuera mi conducta –pues
tal vez me convenga fingir en adelante extravagantes modos– no empezaréis
al verme a dar señales, cruzando, así, los brazos o moviendo la cabeza o
diciendo breves frases equívocas, como “Bien, bien, sabemos...” “Podríamos
si quisiéramos...”, “Si nos gustara hablar...” u otras ambigüedades, dando a
entender que algo sabéis de mí. Jurad que no lo haréis, y que el cielo os ayude
cuando de él estéis más necesitados.
Fantasma. —¡Jurad! (Ambos juran).
Hamlet. —¡Descansad, descansad, oh perturbado espíritu! Con todo mi
cariño me confío en vosotros, y que un hombre tan pobre como Hamlet su
amor y su amistad pueda ofreceros, sin llegar a faltaros, Dios mediante.
Entremos juntos; pero continuad con un dedo en los labios, os lo ruego. Estos
tiempos desquiciados están. ¡Oh suerte artera, que para enderezarlos yo
naciera! Venid, iremos juntos.

Salen.

ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
En el departamento de Polonio en el castillo.

Entran el viejo Polonio con Reinaldo, su servidor

Polonio. —Reinaldo, le darás este dinero con estas cartas.


Reinaldo. —Así lo haré, Milord.
Polonio. —Y obráis maravillosamente si antes de visitarlo te informaras de
su comportamiento.
Reinaldo. —Ya lo pensé, Milord.
25

Polonio. —¡Vaya, qué bien! Pues mira: averigua primero qué daneses hay en
París, quiénes son, dónde.viven, con qué medios, quiénes son sus amigos, y
sonsacando así, con circunloquios y veladas preguntas, si conocen a mi hijo,
llegarás a saber más que si lo haces con interrogatorios más directos. Hazte
como si tú lo hubieras conocido a distancia, diciendo: ―Yo conozco a su padre
y sus amigos, y un poco a él‖. ¿Entendiste, Reinaldo?
Reinaldo. —Milord, perfectamente.
Polonio.— ―Y un poco a él, no mucho. Si es quien creo, es algo calavera,
aficionado a tal y cual‖, y adjudícale entonces los infundios que quieras, pero
no exagerados, que puedan deshonrarle, ten cuidado con eso; sólo los
habituales deslices alocados, que son los compañeros notorios y sabidos de la
juventud y la libertad.
Reinaldo. —¿Como el juego, Milord?
Polonio. —Sí, o la bebída, los duelos, las blasfemias, las pendencias... Hasta
las mujerzuelas, hasta allí.
Reinaldo. —Eso, Milord, podría deshonrarle.
Polonio. —¡Oh, no!, si logras sazonar los cargos sin añadirle nada
escandaloso, como que esté entregado a desenfrenos. No es esa mí intención,
sino que airees sus faltas sutilmente. de tal modo que puedan parecer lunares
de un espíritu libérrimo, destellos y desbordes de un ánimo fogoso, furores de
una sangre indómita que todo lo desborda, como es común a tantos.
Reinaldo. —Pero, Milord...
Polonio. ¿Que para qué lo harás?
Reinaldo. —Querría saberlo, sí.
Polonio. —Este es mi plan, y lo estimo una argucia muy legítima. Al
cargarle a mi hijo esos deslices, como si sólo fueran las manchas que a las
ropas les da el uso, –anda escuchando bien– ganarás la confianza de tu
interlocutor, quien habiendo observado alguna vez al joven cometiendo esas
faltas que le achacas, terciará en la plática diciendo: ―Mi buen Señor‖ o
―amigo‖ o ―caballero‖, según sea la costumbre en su país de tratar a la gente.
Reinaldo. —Bien, Milord...
Polonio. —Y entonces él hará... o no hará... Pero ¿qué era lo que yo iba a
decirte? ¡Por la misa, si yo iba a decirte algo! ¿Dónde quedé?
26

Reinaldo. —Que él convendrá conmigo.


Polonio. —Ah, claro, sí, que él; convendrá, contigo. Y te dirá: ―Pues sí, yo
conozco a ese hidalgo; ayer lo vi‖, o bien ―el otro día, con éste o aquél otro,
jugando, como dices, o bebiendo o riñendo en el tenis‖, y puede ser que añada
"También lo miré entrando en una de esas casas" –entiéndase, burdeles– "más
esto y esto otro". ¿Ya me vas comprendiendo? Con el cebo de una mentira
pescas las verdaderas truchas. De ese modo los viejos, con discreción y
astucia, usando recovecos e indirectas lo averiguamos todo. Así tú has de
lograrlo con mi hijo sí sigues mis consejos. ¿Me comprendiste o no?
Reinaldo. —Ampliamente, Milord.
Polonio. —Pues que Dios te acompañe.
Reinaldo. —¡Señor mío!
Polonio. —Deduce por ti mismo su inclinación.
Reinaldo. —Así lo haré, Milord.
Polonio. —Y déjalo que toque su tonada.
Reinaldo. —Está bien, mí Señor.
Polonio. —Adiós y un feliz viaje.
Sale Reinaldo.

Entra Ofelia.

Polonio. —¿Qué pasa ahora, Ofelia? ¿Qué ha ocurrido?


Ofelia. —¡Oh, Señor, mi Señor, qué susto terrible!
Polonio. —Dime, por Dios, ¿con qué?
Ofelia. —Yo cosía en mi aposento cuando el Príncipe Hamlet, desceñido el
jubón y sin sombrero, con las medias sin ligas y caídas como ajorcas en sus
tobillos, pálido cual su blanca camisa, las rodillas chocando una con otra y
demudado, como si del infierno lo hubieran arrojado para contar horrores, se
presentó ante mí.
Polonio. —¿Loco de amor por ti?
Ofelia. —No. Señor, pero en verdad lo temo.
27

Polonio. —Y qué te dijo?


Ofelia. —Me tomó la muñeca y la apretó con fuerza, se apartó a la distancia
de su brazo y puesta, así, en la frente la otra mano, me escudriñaba el rostro
como si fuera a dibujarme. Largo tiempo así estuvo, al fin, sacudiéndome el
brazo, balanceó la cabeza tres veces y exhaló un suspiro tan hondo y lastimero
que parecía que lo iba a destrozar terminando con él. Hecho esto me soltó y
mirándome siempre por encima del hombro halló el camino, al parecer a
ciegas, pues salió sin ayuda de sus ojos que hasta el último instante me
enfocaron.
Polonio. —Ven comnigo; yo iré a buscar al Rey. Este es el paroxismo del
amor, tan violento, que puede desbordarse y llevarlo a cometer actos
desesperados; más que ninguna otra pasión bajo los cielos, de las que
despedazan nuestro ser. ¡Oh, lo siento! ¿Le has dicho últimamente alguna
frase dura?
Ofelia. —Oh, no, mi buen Señor, mas, como me ordenastéis, no le acepté sus
cartas y rehusé recibirlo.
Polonio. —Eso lo enloqueció. Me pesa mucho el no haberlo observado con
mayor atención y sensatez. Temí que fuera sólo una artimaña dirigida a
perderte. ¡Maldita suspicacia! Tan propio es de los viejos pasamos de sutiles
en nuestras conjeturas, como es común entre la juventud no tener previsión.
Vamos a ver al Rey; debe enterarse de esto. Más pesares podría provocar
ocultándolo, que enojosos momentos revelándolo.

Salen.

ESCENA SEGUNDA
Una antecámara en el Castillo.

Floreo de trompetas. Entran el Rey y la Reina,


Rosencrantz, Guildenstern y acompañantes.

Rey. —Rosencrantz, Guildenstern, sed bienvenidos. Aparte de lo mucho que


deseábamos veros, cierto apuro en contar con vuestra ayuda nos movió a
convocaros. Algo ya habréis oído de la transformación, llamadla así, de
Hamlet, del que nada, por dentro ni por fuera, recuerda lo que fue. ¿Cuál será
la causa –aparte de la muerte de su querido padre– de esta enajenación? No
puedo imaginármela. Por ello a ambos os ruego, ya que con él os criasteis
28

desde niños, vecinos en edad y en aficiones, que os quedéis otros días en


nuestra corte. Podría inducirlo vuestra compañía a buscar los placeres, con lo
que surgiría una ocasión de vislumbrar cuál es el mal desconocido que lo
aflige, y, sabiéndolo, hallar la forma de aliviarlo.
Reina. —Él os recuerda mucho, caballeros, y cierta estoy de que no existen
otros dos en el mundo a quienes más aprecie. Si quisierais, gentiles y
benévolos, prolongar vuestra estadía con nosotros, dando pábulo y fe a nuestra
esperanza,recibiría esa ayuda el agradecimiento que corresponde a un Rey.
Rosencrantz. — El poder soberano que vuestras Majestades tienen sobre
nosotros, basta para convertir en mandato vuestra súplica.
Guildenstern. — Obedientes pondremos, con el más noble afecto, a
vuestros pies el celo de serviros.
Rey. —Mil gracias Rosencrantz y Guildenstern.
Reina. —Gracias mil, Guildenstern y Rosencrantz; y os ruego que vayáis lo
antes posible a ver a mi hijo, asaz transfigurado. Que alguno de vosotros
conduzca a estos Señores donde Hamlet.
Guildenstern. — Quieran los cielos que nuestra presencia y trato le resulten
placenteros y útiles.
Reina. —Amén.
Salen Rosencrantz y Guildenstern, acompañados.

Entra Polonio.

Polonio. —Mi buen Señor, de Noruega volvieron jubilosos vuestros


embajadores.
Rey. — Tú sigues siendo el padre de las buenas noticias.
Polonio. —¿En verdad, mi Señor? Pues puedo aseguraros que cumplo mi
deber –como lo cumple mi alma con Dios–, con mi buen Rey. Y tengo la
certeza, a menos que mi olfato ya no pueda seguir bien una pista como antes,
que por fin descubrí la verdadera causa del trastomo de Hamlet.
Rey. —Impaciente te escucho.
Polonio. — Dadles primero audiencia a los embajadores; mis noticias serán
postre de ese festín.
29

Rey. —Hazles tú los honores e introdúcelos.


Sale Polonio.

Mi querida Gertrudis, dice que descubrió el origen de todos los males de tu


hijo.
Reina. —Dudo que éste sea otro que la sentida muerte de su padre y nuestro
apresurado matrimonio.
Rey. —Bien, bien, ya lo sabremos.
Entra Polonio con Voltimand y Cornelio.

Rey. —Bien venidos, amigos. Cuéntanos, Voltimand, qué nuevas traes de


nuestro hermano, el Rey de los noruegos.
Voltimand. —Os toma agradecido los saludos y votos. Apenas le
informamos, ordenó suspender las levas del sobrino, que él creía dirigidas en
contra de Polonia, pero que al cerciorarse de que iban contra Vuestra
Majestad, indignado de que así se abusara de su edad,y dolencias para
engañarlo, ordenó detener a Fortinbrás. Este llegó sumiso, recibió de su tío
una filípica y prometió que jamás volvería a intentar una acción armada contra
vos. Jubiloso, el anciano Rey le otorgó entonces tres mil coronas como renta
anual, permitiéndole emplear a sus soldados contra Polonia. Al mismo tiempo,
el Rey os pide que le deis, paso franco a sus tropas, –como aquí os lo aclara–
(Le entrega un documento), por vuestros territorios, bajo las garantías y
salvaguardias que allí se especifican.
Rey. —Nos complace; y en hora más propicia leeremos su propuesta y
pensaremos nuestra contestación. Entre tanto, mil gracias por la tarea
cumplida tan bien. Id. descansaos, que esta noche nos juntaremos para
celebrarlo. Bien venidos a casa.

Salen los Embajadores.

Polonio. —Buen fin tuvo este asunto. Mi Soberano, y Vos Señora, el debatir
qué cosa es la realeza, qué es el deber y por qué el día es día, la noche es
noche y el tiempo es tiempo, no sería otra cosa que perder la noche, el día y el
tiempo. Y si la brevedad es alma del ingenio y la prolijidad su vano adorno y
sus extremidades, seré breve. Vuestro noble hijo Hamlet está loco. Loco lo
llamo porque al definir la locura, ¿qué es, sino estar loco?. Pero dejemos eso.
30

Reina. —Al grano y sin adornos.


Polonio. —Juro, Milady, que yo no uso artificios. Que está loco, es muy
cierto, que sea cierto es penoso, y apena que sea cierto lo que es cierto. ¡Qué
figura pueril! No usaré más retóricas. Admitamos que es loco; lo que ahora
debemos es encontrar la causa de ese efecto, o digamos mejor de ese defecto,
puesto que tal efecto defectuoso nace de alguna causa. Y diré sin arrestos lo
que resta. Tengo una hija –mientras sea mía la tengo– que muy leal y
obediente me dio esto: deducid e inferid: (Lee una carta) ―A la celestial, ídolo
de mi alma y embellecida Ofelia‖… Fea la frase, vulgar, "embellecida" es una
palabra indigna, pero vais a oír más: (―...En la blancura de tu excelso seno,
estos... ") etcétera.
Reina. —¿Hamlet le envió eso a ella?
Polonio. —Bondadosa Señora, esperaos; seré fiel:
“Duda que hayfuego en los astros,
duda que se mueve el sol,
duda que es falso lo cierto,
mas no dudes de mi amor
Oh, querida Ofelia, soy mal versificador, no poseo el arte de rimar mis
lamentos, pero que te amo muchísimo, y más que muchísimo, debes creerlo.
Adiós. Tuyo para siempre, mi amadísima Señora, mientras sea mío este
mecanismo”.
Hamlet.
Esto, obediente, me entregó mi hija, más el relato de sus galanteos con todos
sus detalles de cómo, cuándo y dónde. Todo me lo contó.
Rey. —Y ella ¿en qué forma correspondió a su amor?
Polonio. —¿Qué creéis de mí?
Rey. —Que sois leal y honorable.
Polonio. —Aspiro a demostrarlo. Pero ¿qué pensaríais si cuando vi las alas
de este amor tan ardiente –y yo lo adiviné (eso que conste), mucho antes de
que mi hija me hablara de ello– ¿qué podríais pensar Vos, Majestad, o aquí,
mi dulce Reina, si hubiese sido simple escribanía o libreta de apuntes, o
hubiese permitido adormilarse sordo y mudo mi corazón contemplando este
amor con negligencia? ¿Qué habríais pensado? ¡Oh, no! yo entré en acción y a
mi joven damita así le dije: ―Lord Hamlet es un príncipe, se sale de tu esfera y
31

esto no puede ser‖. Y le ordené que se encerrara lejos de su alcance y que no


recibiera recados ni presentes. Mis advertencias ella recogió, y al verse él
rechazado –para abreviar mi historia– se tornó melancólico, inapetente luego,
ora insomne, ora lánguido o frenético y por esta pendiente acabó en la
demencia en que ahora delira y que tanto sentimos.
Rey. —¿Crees que es eso?
Reina. —Puede ser, es probable.
Polonio. —¿Ocurrió alguna vez –me gustaría saberlo– que habiendo yo
afirmado: ―Esto es así‖ resultara otra cosa?
Rey. —Nunca que yo recuerde.
Polonio. —Y si no fuera así, separad ésta de éstos. (Señalándose la cabeza y
los hombros) Dadme un rastro y descubriré la verdad, aunque estuviera oculta
en el centro del mundo.
Rey. —¿Cómo podríamos conseguir más pruebas?
Polonio. —Como sabéis, él suele pasearse largas horas por esta galería.
Reina. —Así es.
Polonio. —Pues la próxima vez le soltaré a mi hija, mientras nosotros dos
nos escondemos detrás de esas cortinas, a escucharlos. Si acaso él no la quiere
y no es por esta causa que perdió la razón, que yo deje de ser consejero del
reino y enviadme a guiar carretas a una granja.
Rey. —Está bien, probaremos.
Entra Hamlet leyendo un libro.

Reina. —Mirad por dónde viene cabizbajo, leyendo.


Polonio. —Retiraos, os lo ruego, que yo lo abordaré.
(Salen el Rey y la Reina)

Con vuestra venia ¿cómo os halláis mi buen Príncipe?


Hamlet. — Bien, a Dios gracias.
Polonio. —¿Me conocéis, Milord?
Hamlet. —Perfectamente, eres un pescadero.
32

Polonio. —¡Yo no, Milord!


Hamlet. —Pues ojalá fueras tan honesto como ellos.
Polonio. —¿Tan honesto, Milord?
Hamlet. —Sí, Señor. Ser honrado, a como anda hoy el mundo, es ser uno
escogido entre diez mil.
Polonio. —Eso es muy cierto, Milord.
Hamlet. —Porque si el Sol engendra gusanos en un perro muerto y siendo un
Dios, besa la carroña... ¿Tienes una hija?
Polonio. —La tengo, Milord.
Hamlet. —Pues no la dejes pasearse al sol. Concebir es una bedición, pero
del modo como tu hija podría concebir, amigo, ten cuidado.
Polonio. —(Aparte.) ¿Qué me dirá con eso? Sigue con el sonsonete de mi
hija. Sin embargo, al principio me confundió con un pescadero. Anda muy
ido. Es verdad que en mi juventud sufrí penas de amor parecidas a estas. Le
hablaré de nuevo. ¿Qué leeis, Milord?
Hamlet. —Palabras, palabras, palabras.
Polonio.—¿Y de qué tratan?
Hamlet. —¿De qué tratan quiénes?
Polonio. —Quiero decir ¿de qué trata lo que leeis?
Hamlet. —Calumnias, Señor: este bribón mordaz dice aquí que los viejos
tienen la barba gris, arrugado el rostro, los ojos les destilan ámbar espeso y
goma de ciruelo, y que poseen, una abundante falta de seso y nalgas muy
fláccidas. Todo lo cual, señor, aunque lo creo plena y firmemente, no
considero decente haberlo escrito así, ya que tú mismo, señor, serás tan viejo
como yo, si pudieras andar hacia atrás como un cangrejo.
Polonio. —(Aparte.) ―Aunque esto fuera locura, tiene sin embargo un cierto
método‖. ¿Querríais pasearos, Milord, por donde no os dé el aire?
Hamlet. —¿Por mi tumba?
Polonio. —Cierto que allí no sopla. (Aparte.) ―Qué preñadas de sentido son
a veces sus réplicas. Felices ocurrencias de la locura, con las cuales ni la
razón ni el sentido común atinarían. Lo dejaré y procuraré que se encuentre
cuanto antes con mi hija‖.
33

Milord, os pido licencia para dejaros.


Hamlet. —No podrías pedirme nada que con más agrado te concediera;
salvo mi vida, salvo mi vida.
Polonio. —Hasta la vista, Milord. (Va saliendo.)
Hamlet. —¡Fastidioso viejo papanatas!
Entran Guildenstern y Rosencrantz.

Polonio. —¿Buscáis a Lord Hamlet? Allí está.


Rosencrantz. —(A Polonio.) Dios os guarde, Señor.
Sale Polonio.

Guildenstern. —¡Mi honorable Milord!


Rosencrantz. —¡Mi señor muy querido!
Hamlet. —¡Mis excelentes amigos! ¿Cómo estás, Guildenstern? ¡Ah,
Rosencrantz! Buenos muchachos ¿cómo lo pasáis?
Rosencrantz. —Como hijos corrientes de la tierra.
Guildenstern. —Felices de no ser super felices; no somos el pompón en el
gorro de la Fortuna.
Hamlet. —¿Ni la suela de sus zapatos?
Rosencrantz. —Tampoco, Señor.
Hamlet. —¿Entonces vivís cerca de su cintura, o en el centro de sus favores?
Guildenstern. —Sí, somos sus íntimos.
Hamlet. —¿De las partes secretas de la Fortuna? Qué cierto es; ésa es una
ramera. ¿Y qué hay de nuevo?
Rosencrantz. —Sólo, Milord, que el mundo se está volviendo honesto.
Hamlet. —Entonces se acerca el Día del Juicio; pero eso no es cierto. Os
preguntaré en forma más concreta: ¿qué hicisteís, mis buenos amigos, para
merecer que la Fortuna os enviara a esta prisión?
Guildenstern. —¡Prisión, Señor!
34

Hamlet. —Dinamarca es una prisión.


Rosencrantz. —También el mundo entonces.
Hamlet. —Y excelente; en él hay muchas celdas, mazmorras y calabozos, y
Dinamarca es uno de los peores.
Rosencrantz. —No pensamos así, Milord.
Hamlet. —Pues entonces no lo es para vosotros, pues no hay nada bueno o
malo sin que el pensanllento así lo haga. Para mí es una prisión.
Rosencrantz. —En eso la convertirá vuestra ambición; debe ser demasiado
estrecha para vuestra inteligencia.
Hamlet. —¡Oh, Dios! Me podrían encerrar en una cáscara de nuez y me
sentiría Rey del espacio infinito, sí no fuera que tengo malos sueños.
Guildenstern. —Sueños ambiciosos, sin duda, pues la sustancia misma del
ambicioso es tan sólo la sombra de un sueño.
Hamlet. —Y un sueño no es sino una sombra.
Rosencrantz. —Cierto, y yo sostengo que la ambición es tan aérea y sutil,
que no es más que la sombra de una sombra.
Hamlet. —Según eso nuestros mendigos serían corpóreos y nuestros
monarcas y pomposos héroes, las sombras de mendigos. ¿Vamos a la Corte?,
pues, a fe mía, que hoy no estoy para razonar.
Guildenstern. —Os seguirernos.
Hamlet. —De ningún modo. No os confundiré con mis demás sirvientes que,
para hablaros francamente, me atienden de manera detestable. Pero, en
nombre de nuestra probada amistad, ¿qué os trajo a Elsinore?
Rosencrantz. —Visitaros, Milord; razón no hay otra.
Hamlet. — Pordiosero que soy, lo soy también en dar las gracias, pero os lo
agradezco: y tened por seguro, queridos amigos, que mis agradecimientos no
valen ni medio penique.
¿No fue que os mandaron a llamar? ¿Vinisteis por vuestro propi0 gusto? ¿Es
voluntaria esta visita? Vamos , vamos sed francos conmigo, vamos, decidlo.
Guildenstern. —¿Qué podríamos decir, Milord?
35

Hamlet. —Lo que sea, Pero al grano. Fuisteis llamados, y hay en vuestras
miradas una especie de confesión, que vuestra ingenuidad carece de astucia
suficiente para disimular. Sé que los buenos del Rey y la Reina os mandaron
llamar.
Rosencrantz. —¿Con qué fin, Milord?
Hamlet. —Eso me lo debéis decir. Pero Permitdme que os conmine, con los
derechos que dan la camaradería, nuestras edades afines y los lazos de una
amistad ininterrumpida, y por todo lo más querido que un expositor más hábil
podría invocar, a que seáis llanos y sinceros conmigo y me digáis si fuisteis
llamados 0 no.
Rosencrantz. —(Aparte, Guildenstern.) ¿Tú qué dices?
Hamlet. —(AParte.) ¡Ah!, entonces os pondré un ojo encima. Si me estimáis
no os esquivéis.
Guildenstern. —Pues sí, Milord, fuimos llamados.
Hamlet. —Yo os diré por qué, Y así, anticipándome, evito que me lo
reveléis, con lo cual no perderá ni una sola pluma vuestro secreto con el Rey y
la Reina. Ahora último, e ignoro la razón, he perdido por completo la alegría,
abandoné mis ejercicios habituales y, en verdad, siento tal pesadumbre que
este marco generoso, la tierra, me parece un estéril calvero, este dosel
magnifico, el aire, miradlo este espléndido firmamento que nos cubre, esta
techumbre majestuosa tachonada de áureo fuego, a mí me parecen tan sólo
una condensación viciada y pestilente de vapores. ¡Qué obra de arte es el
hombre! Cuán noble su razón, cuán infinitas sus potestades, su forma y
movimientos cuán exactos y admirables, qué semejante por sus actos a un
ángel y por su comprensión a un Dios; la hermosura del mundo, el modelo de
todas las criaturas, y, sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del
polvo? El hombre no me encanta, no, ni la mujer tampoco, aunque con tu
sonrisa des a entender que sí.

Rosencrantz. —Milord, nada de eso había en mis pensamientos.

Hamlet. —¿Por qué te sonreíste entonces cuando dije que el hombre no me


encanta?
Rosencrantz. —Al pensar, Milord, que si el hombre no os agrada, qué
magro recibimiento daréis a los actores. Los encontramos de camino y vienen
hacia acá a ofreceros sus servicios.
36

Hamlet. —Pues quien haga de Rey será bienvenido, le rendiré mi tributo a


su Majestad; el intrépido caballero hará uso de su espada y su broquel, el
amante no suspirará gratis, el gracioso terminará su papel en paz, el payaso
hará reír a todos los que tengan pulmones cosquillosos y la dama se expresará
libremente, aunque los versos blancos cojeen. ¿Qué actores son?
Rosencrantz. —Los que os agradaban tanto, los trágicos de la ciudad.
Hamlet. —¿Y qué los hizo viajar? Para su reputación y provecho les
convenía más permanecer en la ciudad.
Rosencrantz. —Creo que les incomodaba la reciente innovación. Hamlet.
—¿Todavía los estiman tanto como cuando estuve en la ciudad? ¿Son aún tan
solicitados?
Rosencrantz. —No, sin duda ya no.
Hamlet. —¿Qué ocurrió? ¿Se enmohecieron?
Rosencrantz. —No, se esfuerzan por conservar su nivel, pero hay, Milord,
una nidada de chicuelos, pichones de cuervo, que trafican mordazmente con
los últimos chismes y se ganan con ello aplausos clamorosos. Están de moda
ahora y despotrican tanto contra las viejas compañías, vulgares como las
llaman, que muchas personas distinguidas viven temerosas de las críticas de
los plumíferos que escriben sus obras y rara vez se asoman por allí.
Hamlet. —Pero qué, ¿son niños éstos? ¿Quién los mantiene? ¿Cómo se
financian? ¿Continuarán en el oficio cuando les mude la voz? ¿Y no dirán más
tarde, si llegan a convertirse en actores profesionales –que es lo más probable
a falta de otros medios– que sus autores los perjudicaron obligándolos a
vociferar contra su propio porvenir?
Rosencrantz. —Ha habido mucho jaleo por ambas partes y no se considera
un pecado azuzar las discordias. Hubo un tiempo en que nadie daba un
centavo por un argumento, a menos que el poeta y el actor se dieran de
puñetazos.
Hamlet. —¿Es posible?
Guildenstern. —¡Oh, muchos sesos quedaron desperdigados!
Hamlet. —¿Y los chicos se llevaron las palmas?
Rosencrantz. —Oh, sí, y a Hércules con su mundo a cuestas también.
37

Hamlet. —No es de extrañar, porque mi tío es Rey de Dinamarca y quienes


le hacían muecas cuando mi padre vivía, pagan ahora veinte, cuarenta,
cincuenta y hasta cien ducados por un retrato suyo en miniatura. ¡Por la sangre
de Dios!, hay algo en esto que se sale de lo natural; si la filosofia pudiera
averiguarlo.

Floreo de trompetas.

Guildenstern. —Allí vienen los actores.


Hamlet. —(A Guildenstern y Rosencrantz.) Bien venidos a Elsinore,
caballeros. Vengan esas manos. Forman parte de una bienvenida los buenos
modales y las ceremonias. Permitidme cumplir con vosotros de esta forma y
que mi cortesía con los actores –que, como digo, debe estar muy revestida
exteriormente– no parezca más calurosa que la que tengo con vosotros. Sed,
pues, bien venidos, pero mi tío–padre y mi tía–madre se defraudaron.
Guildenstern. —¿En qué, mi querido Señor?
Hamlet. —En que sólo estoy loco al nor–noroeste. Cuando sopla el viento
sur distingo a un pez–espada de un florete.

Entra Polonio.

Polonio. —Que la paséis bien, caballeros.


Hamlet. —Escucha, Guildenstern, y tú también, a cada oído su oidor. Ese
bebé grandullón que veis allí, todavía no se quita los pañales.
Rosencrantz. —Tal vez es la segunda vez que se los pone, pues dicen que
un viejo es dos veces niño.
Hamlet. —Vaticino que viene a hablarme de los actores. Observadlo. Señor,
el lunes por la mañana; sin duda fue entonces...
Polonio. —Milord, os tengo novedades.
Hamlet.—Milord, os tengo novedades. (Recita.) "Cuando Roscius actuó en
Roma..."
Polonio.—Han llegado los actores, Milord.
Hamlet —¡Buuu,buuu!
Polonio. —Por mi honor…
38

Hamlet. —"Como dijo el Rey Perico, cada actor en su borrico".


Polonio. —....son los mejores actores del mundo, para la tragedia, la
comedia, lo histórico, lo pastoral, lo cómico–actoral, lo histórico–pastoral, lo
tragi–histórico, lo tragicómico–histórico pastoral, las escenas que respetan las
tres unidades y los poemas que las irrespetan. Séneca no les resulta demasiado
grave ni Plauto demasiado liviano. Tanto para ceñirse al texto como para
improvisar, son únicos.
Hamlet.—―Oh Jefté, Juez de Israel, ¿qué tesoro poseías?‖
Polonio. — ¿Cuál tesoro, Milord?
Hamlet. —Una hija y nada más que era toda su alegría.
Polonio. —(Aparte.) ¡Y dale con mi hija!
Hamlet. —¿No tengo razón viejo Jefté?
Polonio. —Si me llamáis Jefté, Milord, yo tengo una hija "que es toda mi
alegría".
Hamlet. —No. así no sigue.
Polonio. —¿Qué sigue entonces, Milord?
Hamlet. — Tan sólo Dios conocía
la suerte que correría...
y entones, como sabéis:
llegó su hora de morir
como así suele ocurrir.
La primera estrofa de esta piadosa balada tiene mayores enseñanzas, pero,
mitad, ya llegan quienes acortarán m discurso. (Entran cuatro o cinco
actores.) Bien venidos, maestros, bien venidos todos. Me alegra veros tan bien
¡Oh, mi viejo amigo, ocultas el rostro con una orla de pelos desde la última
vez que te vi, ¿vienes a Dinamarca a presumir con tus barbas? ¡Hola, damisela
y dueña mia. Por la Virgen, estás más cerca del cielo, desde nuestro último
encuentro, encaramada en esos chapines. Quiera Dios que la voz no se te
quiebre como una moneda rajada. Maestros, bien venidos a todos. Pondremos
manos a la obra, como los halconeros franceses le tiraremos a lo primero que
veamos. Oigamos en seguida un parlamento. Vamos, dadnos una prueba de
vuestras habilidades; ¡venga, un trozo apasionado!
39

Actor 1—¿Cuál trozo, Milord?


Hamlet. —Te escuché alguna vez uno que nunca llegó a actuarse, o no más
de una vez, porque la obra, bien lo recuerdo, no gustó a la multitud: era caviar
para el vulgo; aunque en mi opinión –y la de otros más versados que yo– era
una obra excelente: bien armadas las escenas y puesta con tanta moderación
como ingenio. Recuerdo que alguien dijo que los versos carecían de pimienta
que los sazonara, pero no tenía cosa alguna que pudiera acusar a al autor de
afectación, y declaró su método honesto y su belleza no elaborada sino
producto de una buena estructura. Me agradó en especial un parlamento, el
relato Eneas a Dido y, en particular, cuando le cuenta la muerte de Príamo. Si
vive en vuestra memoria, comenzaba con estos versos: vamos a ver… vamos a
ver...
“Pirro feroz, con armas pavonadas negras como su intento, semejaba en el
vientre del caballo ominoso la imagen de la noche. Ahora muestra su
horrenda y pavorosa estampa manchada de un blasón aún más lúgubre: de la
cabeza hasta los pies lo cubren los rojos sanguíneos de la sangre fresca –de
padres, madres, hijos– tostada en las hogueras de las calles de la ciudad en
llamas, prestando una tiránica lumbre maldita al asesino vil de su Señor.
Soasado en ira y fuego, recubierto de coágulos, los ojos cual carbunclos, el
diabólico Pirro busca a Príamo, el bondadoso anciano.”

Ahora sigue tú.

Polonio. —¡Por Dios, Milord, qué bien declamado, con tan buena entonación
y sentimiento!
Actor 1. —“Lo encuentra pronto, en lucha cuerpo a cuerpo con los griegos,
pero su vieja espada contra su brazo se subleva y pende rebelde a su
mandato. En lid muy desigual, Pirro arremete y enceguecido por la ira falla
el golpe, mas el soplo que su mandoble aventa, lanza por tierra al enervado
anciano. Entonces, la insensata Ilíone sentir parece el golpe y con estrépito
espantoso se derrumba llameante; el fragor del oído de Pirro se apodera.
Pronta a caer su espada en la nevada testa del venerable Príamo, queda en lo
alto suspensa. Y así como el retrato pintado de un tirano, quedóse Pirro
inmóvil, escindido entre su voluntad y su tarea. Mas como suele verse poco
antes de que estalle una tormenta: el cielo silencioso, inmóviles las nubes y
mudos los turbiones tempestuosos y el Orbe abajo quieto cual la muerte,
hasta que el trueno horrendo rasga el aire, así a Pirro, después de aquella
pausa, la venganza despierta lo aguijona. Y nunca de los cíclopes las mazas,
40

forjadas para resistir los siglos, se descargaron más inicuamente sobre la


refulgente armadura de Marte, como de Pirro la sangrienta espada sobre
Príamo indefenso. ¡Fuera de aquí, Fortuna, prostituta! Que un sínodo de
Dioses tu poderío arrebate; rompa todos los rayos de tu rueda y desde la alta
cima del Olimpo su eje hasta el Averno precipiten."
Polonio. —Es demasiado largo.
Hamlet. —Ya irá, junto con tus barbas, donde el barbero. Por favor,
continúa. A éste, si no le dan payasadas o chistes de burdel, se duerme.
Continúa, la parte de Hécuba.
Actor.1. —―Pero quién ¡oh dolor! hubiese visto a la Reina infeliz
arrebujada...‖
Hamlet. —¿La Reina arrebujada?
Polonio. —Está bien eso de la ―Reina arrebujada‖; está bien.
Actor 1. —Correr, descalzo el pie, de un lado al otro, amenazando con
copioso llanto sofocar las rugientes llamaradas, con un trapo en la frente que
ciñieron diademas y sus exhaustos flancos cubiertos con la manta, arrebatada
en el tumulto del terror. Quien esto hubiese contemplado, con la lengua
empapada de veneno, habría proclamado traidora a la Fortuna. Mas si los
Dioses mismos la hubiesen visto cuando a Pirro contempló, gozándose
cruelmente en destrozar los miembros de su esposo, y hubiesen escuchado su
explosión de alaridos –a menos que el dolor de los humanos no conmueva a
los Dioses– habrían hecho llorar a los llameantes ojos del firmamento y
sentido una lástima profunda.
Polonio. —¡Por favor, miradlo, mudó de color y tiene lágrimas en los ojos!
¡No más, por favor, basta!
Hamlet. —Está bien. Pronto te haré declamar el resto. (A Polonio.) ¿Quieres
preocuparte, buen Señor, de que queden bien alojados los actores? ¿Me
escuchas? Que se les atienda bien, ya que ellos son el compendio y la breve
crónica de los tiempos. Más te valdría, Polonio, un mal epitafio después de
muerto que no gozar de mala fama entre ellos. Polonio. —Milord, los trataré
de acuerdo a sus méritos.
Hamlet. —¡No, hombre, por Dios, mucho mejor! Trata a los hombres según
sus méritos y ¿quién escaparía de una azotaina? Trátalos según tu propio
honor y dignidad, que cuanto menos se lo merezcan mayor mérito habrá en tu
generosidad. Acompáñalos.
41

Polonio. —Venid, señores.


Hamlet. —Seguidlo amigos: mañana actuaréis.

Sale Polonio con todos los actores menos el actor1.

Hamlet. —(Aparte, al Actor 1) ¿Me escuchas, viejo amigo? ¿Puedes


representar ―El Asesinato de Gonzago‖?
Actor 1. —Sí, Milord.
Hamlet. — Pues lo veremos mañana por la noche. ¿Y podrías, si fuese
menester, aprenderte unos doce o dieciséis versos que yo escribiría e
intercalaría, o no?
Actor 1. —Sí, Milord.
Hamlet. — Muy bien. Sigue a ese señor y cuidado con burlarte de él. (A
Rosencrantz y Guildenstern.) Mis buenos amigos, os abandono hasta la noche.
Bien venidos a Elsinore.
Rosencrantz. —¡Bondadoso Señor!
Salen Rosencrantz y Guildenstern.

Hamlet. —A ambos, adiós. Ahora ya estoy solo. ¡Qué miserable y bajo


siervo soy! ¿No es acaso monstruoso que este actor, simulando una emoción
imaginaria, pueda obligar a su alma, para su propio engaño, a demudar su
rostro, hacer correr sus lágrimas, espantar con su aspecto y quebrantar su voz,
volviendo así expresivo su cuerpo y adecuándolo a una ficción? ¡Y todo eso
por nada! ¡Por Hécuba! ¿Y qué es Hécuba para él y él para Hécuba para que
así la llore? ¿Qué no haría si tuviera los motivos y sospechas que agitan mi
pasión? Ahogaría la escena con su llanto, desgarrando con hórrido lenguaje el
oído de todos; al culpable lo enloquecería, haría que el inocente se demudara,
desconcertaría al ignorante y dejaría pasmadas las facultades mismas de los
ojos y oídos. Y sin embargo yo, insulso y taciturno bribón, entontecido como
un soñador carente de propósitos, no puedo decir nada; ¡oh no, ni por un Rey a
quien le arrebataron su vida tan querida y todos sus tesoros! ¿Soy un cobarde?
¿Quién me llama vil? ¿me abofetea o me arranca las barbas arrojándolas
contra el rostro?, ¿me tuerce la nariz y me empuja un mentís por la garganta
hasta el fondo de los pulmones? ¿Quién me hace esto? ¡Por la sangre! deberé
soportarlo, pues ha de ser que tengo hígado de paloma o me falta la hiel que
42

hace sentir amarga la opresión, pues si no ya habría cebado a cuanto cuervo


vuela por estas tierras con las tripas de ese esclavo. ¡Villano sanguinario y
lujurioso, despiadado traidor y pérfido villano! ¡Oh!, ¡venganza! ¡Pero qué
asno soy! Es el colmo que el hijo de un padre asesinado, a quien cielo e
infierno a la venganza impulsan, desahogue su pecho con palabras, como una
prostituta, y maldiga como una cocinera fregona. ¡Qué asco! ¡Puah! ¡A
trabajar, cerebro! He escuchado decir que delincuentes, presenciando una
obra, por la sola agudeza de una escena sintieron tal impacto en el alma que al
punto revelaron sus delitos; que aunque el crimen carezca de lengua puede
hablar con misteriosos órganos. Haré que estos actores representen un crimen,
igual al de mi padre, delante de mi tío. Observaré su rostro y así lo probaré. Si
se inmutara, sé lo que debo hacer. El espectro que vi puede ser el demonio y
éste tiene el poder de asumir una forma placentera, y quizás de ese modo,
aprovechándose de mi debilidad y mi melancolía –con la influencia que tiene
sobre seres así– podría engañarme y hacer que me condene. Debo encontrar
pruebas más relevantes. La obra será la trampa; allí, en su ley, va a quedar
atrapada la conciencia del Rey.

Sale.

ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
Una sala en el castillo.

Entran el Rey, la Reina, Polonio, Ofelia,


Rosencrantz, Guildenstern y Lores

Rey. —¿Pudisteis con rodeos, arrancarle la causa del trastorno que


implacable, corroe sus apacibles días con turbulenta y peligrosa insania?
Rosencrantz. —Confiesa que se siente perturbado, pero se niega a hablar de
la razón.
Guildenstern. —Ni lo hallamos dispuesto a dejarse sondear, pues con hábil
astucia se evadía cuando a punto ya estábamos de que nos confesara su
verdadero estado.
Reina. —¿Y os recibió cordial?
Rosencrantz. —Como un gran caballero.
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Guildenstern. —Aunque forzando su ánimo: parco en interrogar, pródigo


en responder.
Reina. —¿Lo tentasteis con algún pasatiempo?
Rosencrantz. —Ocurrió, Majestad, que, por azar, de camino encontramos a
algunos comediantes y pareció alegrarse al enterarse de ello. Aquí están en la
corte y, según creo, ya recibieron órdenes de actuar para él esta noche.
Polonio. —Así es, y me encargó que a Vuestras Majestades invitase a oír y
ver la obra.
Rey. —De todo corazón; y me complace oír que esto le atrae. Mis buenos
caballeros, continuad incitándole a que disfrute de estas diversiones.
Rosencrantz. —Milord, así lo haremos.
Salen Rosencrantz y Guildenstern.

Rey. —Dulce Gertrudis, déjanos ahora, pues en secreto hemos llamado a


Hamlet para que, como por casualidad, se enfrente con Ofelia. Su padre y yo –
legítimos espías– nos vamos a ocultar, y, viendo sin ser vistos, podremos
libremente deducir de su comportamiento si es o no mal de amores lo que
sufre.
Reina. —Te obedezco, Y Ofelia, en cuanto a ti, deseo que tu belleza fuese el
feliz motivo del extravío de Hamlet; así podré esperar que tus virtudes lo
encaminen de nuevo por su senda normal, para honra de ambos.
Ofelia. —Eso anhelo, Milady.
Sale la reina.

Polonio. —Ven, Ofelia, paséate por aquí.


(Al Rey)
Si os place, Majestad, ocultémonos ya.
(A Ofelia)
Lee este libro, para que esta devota ocupación tu soledad disfrace. De esto
somos culpables a menudo y ya está comprobado, que con devoto rostro y pías
acciones hasta al mismo demonio azucaramos.
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Rey. —(Aparte) ¡Cuán cierto es!. ¡Y qué cruel latigazo le dan a mi conciencia
estas palabras! La pintarrajeada mejilla de la meretriz no es más repugnante
con esos cosméticos, que mi acción recubierta con pintadas palabras. ¡Oh
carga abrumadora!
Polonio. —Lo oigo venir; retirémonos ya.
Salen. Entra Hamlet.

Hamlet. —Ser o no ser: ese es el dilema: si es más noble a la luz de la razón


padecer las pedradas y flechazos de la afrentosa suerte, o empuñar las armas
contra un mar de aflicciones y terminar con ellas combatiéndolas. Morir:
dormir. No más. Y pensar que al dormir le damos fin a las congojas y a las mil
desdichas naturales, herencia de la carne. Final es ese digno de anhelarse con
devoción. Morir: dormir. ¿Dormir? Quizás soñar. Mas ¡ay! he allí el
obstáculo; porque en el sueño de la muerte ¿cuáles visiones pueden asaltarnos,
luego de habernos despojado de este mortal ropaje? Es algo que nos hace
vacilar. Y esta es la reflexión que a la desgracia da tan larga vida; pues si no
¿quién querría tolerar los latigazos y burlas del tiempo, la opresión del tirano,
la afrenta del soberbio, las congojas de un amor desairado, las rémoras legales,
la insolencia del alto funcionario y los vejámenes que el virtuoso recibe
paciente del indigno, cuando él mismo podría darse el descanso con un simple
puñal? ¿Quién querría soportar esas cargas y gruñir y sudar bajo el peso de
una vida tediosa, si no fuera que el miedo a lo que existe más allá de la muerte
–esa ignota región cuyos confines no vuelve a traspasar ningún viajero–
frustra la decisión y nos obliga a preferir los males que tenemos que no volar
hacia otros que ignoramos? Y la conciencia así nos acobarda a todos y el
ímpetu inicial de la resolución se atenúa bajo el pálido velo del pensamiento, y
las empresas de mayor aliento e importancia, con estas meditaciones extravían
su curso y el nombre de acción pierden. Pero, ¡callad ahora! ¡La hermosa
Ofelia! Ninfa, en tus plegarias recuérdate de todos mis pecados.
Ofelia. —Bondadoso Milord ¿cómo se encuentra vuestra Alteza después de
tantos días?
Hamlet. —Mis más humildes gracias: bien, bien, bien.
Ofelia. —Milord, guardo regalos vuestros que hace ya tiempo deseaba
devolverlos. Os ruego recibirlos.
Hamlet. —¡Oh no, yo no, yo nunca te di nada!
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Ofelia. —Mi honorable Señor, sabéis que sí, y con palabras de tan dulce
aliento que los volvían más preciosos aún. Perdido su perfume, recibidlos, que
para el alma noble desmerece el más rico presente si quien lo dio se muestra
indiferente. Tomad, Milord.
Hamlet.—Ja, Ja. ¿Eres honrada?
Ofelia. —¡Milord!
Hamlet. —¿Eres hermosa?
Ofelia. —¿Qué me queréis decir?
Hamlet. —Que si eres honrada y hermosa, tu honradez no debería admitir
maridaje con tu hermosura.
Ofelia. —¿Podría la hermosura, Milord, tener mejor relación que con la
honradez?
Hamlet. —Sí, por cierto, porque el poder de la belleza hará de la honradez
una alcahueta, antes que la fuerza de la honradez convierta a la hermosura en
su semejante. Esto fue otrora absurdo, pero estos tiempos lo comprueban.
Alguna vez te amé.
Ofelia. —En verdad, Milord, me lo hicisteis creer.
Hamlet. —Pues no debiste creerme, porque aunque la virtud se injerte en
nuestro viejo tronco, no hará desaparecer el sabor de sus frutos. Yo no te amé.
Ofelia. —Mayor fue mi engaño.
Hamlet. —Vete a un convento. ¿Por qué habrías de procrear pecadores? Yo
mismo soy tolerablemente virtuoso y, sin embargo, podría acusarme de cosas
tales que más le valdría a mi madre no haberme concebido: soy muy
orgulloso, vengativo, ambicioso, con más tentaciones a mi alcance que
pensamientos para concebirlas, imaginación para darles forma o tiempo para
ejecutarlas. ¿Por qué gentes como yo deben arrastrarse entre la tierra y el
cielo? Todos somos unos insignes granujas; no confíes en ninguno de
nosotros. Vete derecho a un convento. ¿Dónde está tu padre?
Ofelia. —En casa, Milord.
Hamlet. —Pues ciérrale las puertas, para que sólo pueda hacer de babieca en
su propia casa. Adiós.
Ofelia. —¡Oh dulces cielos, amparadlo!
46

Hamlet. —Si te casas, te daré por dote esta puntilla: aunque seas casta como
el hielo y pura como la nieve no escaparás de la calumnia. Vete, adiós. Y si
estas resuelta a casarte, cásate con un mentecato, que los discretos saben muy
bien en qué clase de monstruos los convertís. A un convento, vete y pronto.
Adiós.
Ofelia. —Mejoradlo, poderes celestiales.
Hamlet.—He oído también que os pintáis. Dios os da un rostro y vosotras os
hacéis otro. Os contoneáis, habláis sibilantes y trotáis a saltitos. Hacéis de las
criaturas de Dios una parodia, simulando que vuestra malicia es candidez.
¡Vete! Ya no aguanto todo esto; ya me desquició. Y te digo que no habrá más
casamientos. Los que ya se casaron –todos menos uno– vivirán; los demás
seguirán como hasta ahora. ¡A un convento, vete!

Sale.

Ofelia. —¡Oh noble inteligencia así perdida! Del cortesano la agudeza,


lengua del estudioso y espada del soldado; la esperanza y orgullo de este
reino, espejo de elegancia y el modelo del buen comportamiento. Al que
observaban todas las miradas, ¡postrado, así perdido! Y yo, entre las damas, la
desdichada y mísera que de su melodiosas promesas libé miel y ahora debo
mirar la más noble y suprema de las inteligencias, que fue dulce campana y
ahora da tañidos discordantes y broncos, y los incomparables semblante y
apostura de su florida juventud, marchitos por el delirio. ¡Oh, triste de mí, ver
lo que veo después que vi lo que yo vi!

Vuelven el Rey y Polonio.

Rey. —¿Amor? Sus sentimientos no andan por ese lado, tampoco lo que
habló, que aunque fuera inconexo no parecía locura. Algo anida en su alma
que incuba su melancolía, y me temo que una vez que se quiebre el cascarón
aparezca un peligro. A fin de prevenirlo, ahora mismo resuelvo que se vaya
cuanto antes a Inglaterra a exigir los tributos que nos deben. Tal vez los mares
y países nuevos, con su gran diversidad de intereses, consigan expulsar ese
algo que en su pecho se arraigó y contra el cual se azota su cerebro sacándole
de quicio. ¿Tú qué piensas?
Polonio. —Que le haría bien; y sin embargo insisto que la causa de todo lo
genera un amor desairado. ¿Te sientes bien, Ofelia? No hace falta que cuentes
lo que te dijo el Príncipe; lo hemos oído todo. Y vos, Milord, obrad como
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gustéis, mas, si creéis oportuno, permitid que después de la comedia hable con
él su madre, a solas, y lo inste a descubrir sus penas. Que sea ruda con él, que
yo, con vuestra venia, estaré oculto con el oído dentro de la conversación. Si
ella nada descubre, enviadlo a Inglaterra o recluidle en donde vuestra
sabiduría lo estime conveniente.
Rey. —Lo haré así, no conviene que en la altura ande sin vigilancia la locura.
Salen.

ESCENA SEGUNDA
Una sala en el castillo.

Entran Hamlet y tres de los actores.

Hamlet. — Te lo ruego, declama el parlamento tal como yo lo pronuncié,


con soltura de lengua, pues si lo vociferas, como hacen muchos de nuestros
actores, preferiría que mis versos los voceara el pregonero de la ciudad. Sin
aserrar el aire con tu mano, así, sino que hazlo todo con gentileza, porque en el
torrente mismo, la tempestad o, si aún pudiera decirse, el torbellino de tu
pasión, debes lograr y transmitir la moderación que le pueda dar tersura. Me
irrita hasta el alma escuchar a un presuntuoso empelucado desgarrar una
pasión hasta hacerla añicos o verdaderos harapos, para romperle los oídos a
los del patio, que en su mayoría son capaces de disfrutar tan sólo con las
pantomimas y el alboroto. Haría azotar a esos tipos que sobreactúan a
Termagant, con lo que super herodizan al propio Herodes; por favor, evítalo.
Actor 1. —Os lo prometo, Milord.
Hamlet. —Tampoco seas demasiado tímido, deja que tu discreción sea tu
guía. Ajusta la acción a las palabras y las palabras a la acción, cuidando en
especial de no exceder la sencillez de la naturaleza, que toda sobreactuación es
ajena a la razón misma de ser del teatro, cuya finalidad, tanto en sus inicios
como ahora, ha sido y es sostener, por así decirlo, un espejo ante la naturaleza
que muestre a la virtud su propio rostro, al vicio su verdadera imagen y a la
misma encarnación del tiempo su carácter y su sello.
Ahora que todo esto sobreactuado o sin nervio, aunque haga reír al burdo no
puede dejar de afligir al juicioso, cuya crítica debe pesar más en tu opinión
que todo un teatro lleno de los otros. ¡Oh!, cómicos hoy que he visto actuar y
escuchado elogiar, y esto con entusiasmo, que, sin ánimo de profanar, no
teniendo ni acento ni figura de cristianos, de paganos, ni de hombres siquiera,
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se pavoneaban y vociferaban tanto, que he llegado a pensar que algún


jornalero de la naturaleza los hizo hombres y no los hizo bien, tan
detestablemente remedaban a la hurnanidad.
Actor 1. —Espero que hayamos corregido esto tolerablemente, Milord.
Hamlet. —¡Oh, corregidIo del todo! Y no permitáis a los graciosos añadir
nada a lo que se escribió para ellos, que los hay que añaden chistes por su
cuenta, para provocar así la risa de unos cuantos espectadores sandios, aunque
en ese momento algún incidente esencial de la obra exigía la atención. Eso es
indigno y revela la lastimosa pretensión del necio que lo hace. Id y preparaos.

Salen los actores.

Entran Polonio, Guildenstern y Rosencrantz.

Hamlet. —¿Qué tal, Señor? ¿Desea el Rey escuchar esta obra maestra?
Polonio. —Y la Reina también, y cuanto antes.
Hamlet. —Pídele a los actores que se apuren.
Sale Polonio.

Hamlet. —(A Guildenstern y Rosencrantz) ¿Queréis ayudar a que se


apuren?
Rosencrantz. —Sí, Milord.
Salen ambos. Entra Horacio.

Hamlet. — ¡Hola Horacio!.


Horacio. —Aquí, dulce Señor, a vuestras órdenes.
Hamlet. —Eres el hombre, Horacio, más correcto entre todos los hombres
que he tratado.
Horacio. —Oh, querido Milord...
Hamlet. —No pienses que te adulo. ¿Qué provecho podría esperar de ti si no
tienes más rentas que tu excelente espíritu que te alimente y vista? ¿A qué
adular a un pobre? Deja que las melosas lenguas laman la absurda pompa, y
que los goznes de la servil rodilla suplicantes se doblen si la lisonja obtiene
algún provecho. ¿Me escuchas? Desde que mi alma fue dueña para elegir y
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supo hacerlo escogiendo al mejor entre los hombres, te marcó para ella con su
sello, ya que tú has sido de esos que sufriéndolo todo nada sufren y recibe los
premios o reveses de la suerte con el mismo semblante. Benditos sean
aquellos cuya pasión y juicio se amalgaman tan bien, que no son flauta en los
dedos de la Fortuna, para que ésta toque con ellos el son que más le place.
Hállame a un hombre que no sea el esclavo de sus pasiones y lo guardaré en la
semilla de mi corazón, en el corazón de mi corazón, como lo hago contigo.
Pero basta ya de esto. Esta noche ante el Rey se representa un drama y una
escena del mismo se asemeja a ciertas circunstancias, que ya te he relatado, de
la muerte de mi padre. Te ruego, que al ver el desarrollo de esa escena, con
aguda atención observes a mi tío. Si acaso su delito oculto no se muestra
cuando oiga un parlamento, es que el espectro que miramos fue infernal y mis
cavilaciones más sucias que la fragua de Vulcano. Fíjate en él atento, que mis
ojos se los tendré clavados en el rostro; y después juntaremos impresiones
para dilucidar lo que mostró su aspecto.
Horacio. — Bien, Milord. Si durante la comedia alguien le roba un gesto a
mi atención, pagaré lo robado.

Floreo de trompetas. Entran, con una marcha danesa, el


Rey, la Reina, Polonio, Ofelia, Rosencrantz,
Guildenstern y otros caballeros, seguidos de guardias
con antorchas.

Hamlet. —Ya vienen. Debo volver a mis extravagancias. Consíguete un


asiento.
Rey. —¿Cómo está mi sobrino?
Hamlet. —Excelente, en verdad; con la dieta del camaleón: como aire y me
inflo con promesas. Así no podréis cebar a vuestros capones.
Rey. —No.puedo entender esa respuesta, Hamlet; esas palabras no son mías.
Hamlet. —No, ni tampoco mías ya. (A Polonio) Señor ¿actuaste alguna vez
en la Universidad, nos decías?
Polonio. —Lo hice, Milord, y me consideraban un buen actor.
Hamlet. —¿Qué papel hacías?
Polonio. —El de Julio César. Bruto me mataba en el Capitolio.
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Hamlet. —
¿En el Capitolio? Bien bruto había de ser para matar allí a un becerro ya
decapitado. ¿Están listos los actores?
Rosencrantz. —Si, Milord. Atentos a vuestra impaciencia.
Reina. —Ven, Hamlet querido, siéntate a mi lado.
Hamlet. — No, mi buena madre, por aquí veo un metal con mayor
magnetismo.
Polonio. — (Al rey) ¡Oh! ¿notasteis eso?
Hamlet. —(A Ofelia) Señora ¿puedo tenderme en tu regazo?
Ofelia. —No, Milord.
Hamlet. —(Se tiende a los pies de Ofelia) Quiero decir, mi cabeza en tu
falda.
Ofelia. —Si, Milord.
Hamlet. —¿Pensaste que mi pregunta era impúdica?
Ofelia. —Yo no pienso nada, Milord.
Hamlet. —Pues es una linda idea yacer entre las piernas de una doncella.
Ofelia. —¿Qué cosa, Milord?
Hamlet. —Nada.
Ofelia Andáis jovial, Milord.
Hamlet —¿Quién, yo?
Ofelia. —Sí. Milord.
Hamlet. —Por Dios, si soy el mejor inventor de bufonadas. ¿Y qué nos
queda sino andar alegres? Mira qué feliz se ve mi madre y mi padre hace dos
horas que murió.
Ofelia. —¡No, dos veces dos meses, Milord!
Hamlet. —¿Tanto? Entonces que lleve luto el diablo, que yo usaré un manto
de armiño. ¡Oh cielos! ¿Muerto hace dos meses y aún no lo olvidan? Queda
esperanza entonces de que a un gran hombre lo sobreviva su recuerdo medio
año. Pero, por la Santísima, tendrá que edificar iglesias. De lo contrario lo
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olvidarán, como al caballito de feria cuyo epitafio dice "El caballito murió y
nadie lo record‖.

Toque de pífanos. Comienza la pantomima.


―Entran muy amartelados un Rey y una Reina;
la Reina lo abraza y luego se arrodilla
y le hace protestas de amor.
Él la levanta y reclina la cabeza en su pecho.
Él se acuesta en un lecho de flores.
Ella, al verle dormido, se retira.
Pronto entra otro hombre:
le quita al Rey su corona, la besa,
vierte veneno en los oídos del durmiente y sale.
Vuelve la Reina, encuentra muerto al Rey,
gesticula con desesperación.
El Envenenador, con tres o cuatro más, regresa
y finge condolerse con ella.
Se llevan el cadáver.
El Envenenador corteja a la Reina con regalos;
ella parece reticente al comiento,
pero a fin acepta su amor".

Salen.

Ofelia. —¿Qué significa todo esto, Milord?


Hamlet. —¡Caramba! es una fechoría solapada y significa una felonía.
Ofelia. —Me parece que encierra el argumento del drama.
Entra el Prólogo.

Hamlet. —Pronto lo sabremos por ese fulano. Los actores no pueden guardar
un secreto; todo lo cuentan.
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Ofelia. —¿Nos dirá qué significa lo que nos mostraron?


Hamlet. —Sí, y cualquier cosa que le muestres. Si no te averguenza
mostrársela, a él no le avergonzará decirte lo que significa.
Ofelia. —Qué pícaro sois, qué pícaro. Yo quiero oír la obra.
Prologo. —Para el conjunto de actores
pedimos vuestra clemencia
y que escuchéis la tragedia
con benévola paciencia.

Sale el Prólogo.

Hamlet. —¿Esto es prólogo o divisa de anillo?


Ofelia. —Tan breve, Milord.
Hamlet. —Como amor de mujer.
Entran los actores Rey y Reina.

Actor Rey. —Treinta vueltas completas ya ha dado la carroza de Febo,


alrededor de las salobres ondas de Neptuno y del orbe gobernado por Tellus y
treinta veces doce lunas iluminaron, con prestado fulgor, nuestro planeta,
desde que Amor flechó nuestros dos corazones e Himeneo nuestras manos ha
enlazado con vínculo recíproco y sagrado.
Actriz Reina. —Que otras tantas jornadas del sol y de la luna contar
podamos antes que nuestro amor se extinga. Pero el dolor me abruma, os
miro tan enfermo, triste y distinto del que antes fuisteis, que me torturan las
premoniciones. Aunque a pesar de mis recelos nada debería perturbaros,
Señor mío. En las mujeres siempre se equiparan su ansiedad y su amor, o
nada son o a los extremos llegan. De cuán grande es mi amor ya tenéis
pruebas, y si el amor es grande así es el miedo, y cuando el miedo crece el
amor más magnífico florece.
Actor Rey. —Cierto es, debo dejarte y muy pronto, amor mío; mis
potencias vitales ya sus funciones pierden, y en este hermoso mundo me
sobrevivirás respetada y querida; y no ha de faltar quien venga tierno a
pediros...
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Actriz Reina. —¡Por Dios, callad el resto! Un nuevo amor sería traición
indigna. Que todos me maldigan si otro marido quiero. Sólo acepta un
segundo quien ya mató al primero.
Hamlet. —(Aparte) Eso es ajenjo, amargo ajenjo.
Actriz Reina. —Los móviles que inducen a un nuevo matrimonio son
cálculos espurios de lucro, no de amor. Una segunda vez a mi esposo matara,
si a un segundo marido en su lecho besara.
Actor Rey. —Sé bien que creéis. lo que tan bien decís, pero muy a menudo
quebrantamos nuestras resoluciones. Un propósito no es sino un esclavo más
de la memoria: robusto nace y se desgaja débil, como fruta que verde a la
rama se adhiere y que, sin sacudirla, al madurar se cae. Es fatal que
olvidemos de pagarnos lo que a nosotros mismos nos debemos. Muriendo la
pasión muere el propósito. La violencia, ya sea del dolor o el placer, se
destruye a sí misma con sus propias acciones: cuando el placer se exalta el
dolor lamenta; la alegría se aflige y la aflicción se alegra al menor
contratiempo.
Si el mundo no es inmóvil, no es de extrañar entonces que incluso nuestro
amor cambie con la Fortuna. Y este problema sigue aún sin resolver: si es el
Amor quien guía a la Fortuna o ésta al Amor. Cae un potentado y veréis cómo
le huyen hasta sus favoritos; prospera un pobre y hace amigos de enemigos;
que hasta aquí el Amor le sirvió a la Fortuna. A quien no los precisa no le
faltan amigos y a quien los necesita éstos le dan la espalda y pronto en
enemigos se convierten.
Mas para terminar por donde comencé, van nuestras voluntades y destinos
por sendas tan opuestas que siempre se derrumban nuestros planes. De
nuestros pesamientos somos amos, mas dónde irán es ¡ay! lo que ignoramos.
Pensad que no os desposaréis de nuevo, pero este pensamiento ya habrá
huido en cuanto muera tu primer marido.
Actriz Reina. —Que me niegue la tierra el alimento y los cielos su luz, y
que no tenga ni placer ni reposo, de noche ni de día; que mi esperanza
tórnese en desesperación, y que tan sólo anhele la cueva en donde mora el
ermitaño; que cuanto torna lívido el semblante del júbilo destruya todas mis
ilusiones y que en el más allá la adversidad me persiga inclemente y
rencorosa si una vez viuda vuelvo a ser esposa.
Hamlet. —(Aparte) ¡También si ya quebrantó su promesa!
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Actor Rey. —Solemne juramento. Dulce mía, dejadme solo un rato;


languidecen mis fuerzas y quisiera burlar durmiendo el tedio de la espera.

(Se duerme)

Actriz Reina. —Que os arrullen los sueños y que nunca el destino haga que
la desgracia cruce nuestro camino.

El Actor Rey se duerme y ella sale.

Hamlet. —(A la Reina) Señora, ¿os gusta la obra?


Reina. —Me parece que esa dama promete demasiado.
Hamlet. —No, no, todo es en broma, el veneno es una broma; no hay
injurias en este mundo del teatro.
Rey. —¿Cómo se llama la obra?
Hamlet. —―La Ratonera‖. ¿Qué por qué? Metafóricamente. Se inspira en un
asesinato cometido en Viena; Gonzago se llamaba el Duque y su esposa,
Baptista. Pronto lo veréis: es un enredo endiablado, pero ¿qué importa? A
vuestra Majestad y a nosotros, que tenemos el alma limpia, no nos toca. Dejad
que respingue el jamelgo con mataduras, que nuestras posaderas están sanas.
(Entra el actor Luciano). Este es un tal Luciano, sobrino del Rey.
Ofelia. —Sois tan bueno como un coro, Milord.
Hamlet. —Podría servir de intérprete entre tú y tu amante, con sólo que
pudiera ver las marionetas retozando.
Ofelia. —Sois agudo, Milord, sois agudo.
Hamlet. —Te costaría más de un gemido embotarme la punta.
Ofelia. —Todavía mejor, y peor.
Hamlet. —Así confundís a vuestros maridos. Comienza, asesino. Deja tus
condenadas muecas y comienza. Vamos ―El cuervo graznador clama
venganza‖.
Actor Luciano. —Lóbrego el pensamiento, las manos prontas y el veneno
listo, el instante propicio y nadie que nos mire. Mezcla infernal de nocturnos
yerbajos, tres veces ponzoñosos y mortíferos al maldecirlos Hécate. Que tus
horrendas propiedades mágicas de manera instantánea le arrebaten la vida.
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(Vierte el veneno en el oído del Rey)

Hamlet. —Lo envenena en el jardín para apoderarse de sus propiedades. Su


nombre es Gonzago; la historia verídica, escrita en italiano muy selecto.
Pronto veréis cómo el asesino logra el amor de la esposa de Gonzago.
Ofelia. —Se levantó el Rey.
Hamlet. —¿Qué, se asustó con un cartucho vacío?
Reina. —¿Qué os ocurre, Milord?
Polonio. —¡Detened la obra!
Rey. —¡Alumbradme! ¡Fuera!
Polonio. —¡Luces, luces, luces!
Salen todos menos Hamlet y Horacio.

Hamlet. —Dejad que el ciervo herido huya y solloce y el gamo ileso sin
cesar retoce: alguien debe velar si otro debe dormir, y el mundo así girando va
a seguir. ¿No crees, Horacio, que esto, más una selva de plumas en la cabeza –
si mi Fortuna me vuelve la espalda– y dos rosas de Provenza en las hebillas de
mis zapatos, podrían conseguirme una plaza en una cofradía de actores?
Horacio. —Media plaza.
Hamlet. —Plaza entera. Porque debes saber, Daimón querido, que este reino
infeliz así destruído fue de Júpiter y hoy, sin disimulo, un pavorreal lo
manda... con la cola.
Horacio. —Podíais haber rimado.
Hamlet. —Mi buen Horacio, ahora apuesto mil libras a la palabra del
Fantasma. ¿Te diste cuenta?
Horacio. —De todo, Milord.
Hamlet. —¿Cuándo se habló del veneno?
Horacio. —Lo observé muy bien.
Hamlet. —¡Ajá! ¡Vamos, algo de música! ¡Vengan las flautas! Que si al Rey
la comedia no le gusta y le asusta, será que le disgusta.

Entran Rosencrantz y Guildenstern.


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Guildenstern. —Bondadoso Señor, ¿me concederíais unas palabras?


Hamlet. —Señor, una historia completa.
Guildenstern. —El Rey, Milord...
Hamlet. —Ah, sí, ¿qué hay con él?
Guildenstern. —Está en su gabinete terriblemente descompuesto.
Hamlet. —¿Por la bebida, Señor?
Guildenstern. —No, Milord, de cólera.
Hamlet. —Mayor sensatez habrías demostrado contándole esto a su médico,
que si yo lo purgo tal vez la cólera se le agrave.
Guildenstern. —Milord, dadle sentido a vuestras réplicas y no esquivéis tan
bruscamente el tema.
Hamlet. —Sumiso soy, Señor, habla.
Guildenstern. —La Reina, vuestra madre, sumida en grave aflicción, me
envió a buscaros.
Hamlet. —Bien venido.
Guildenstern. —No, Milord, esa cortesía no es de buena cepa. Si os
pluguiera darme una respuesta sincera, cumpliré con el encargo de vuestra
madre; si no, vuestro perdón y mi regreso pondrían fin a mi misión.
Hamlet. —Señor, no puedo.
Guildenstern. —¿Qué, Milord?
Hamlet. —Darte una respuesta sincera; tengo enfermo el juicio. Pero, Señor,
la respuesta que podría darte la transmitirás, o más bien, como dices, mi
madre... Por tanto basta y yendo al grano: mi madre, dices...
Rosencrantz. —Dice que vuestro comportamiento la ha sobrecogido,
dejándola admirada y estupefacta.
Hamlet. —¡Oh hijo maravilloso, que así puede asombrar a una
madre! ¿Pero no hay una secuela colgando de los talones de este asombro
materno? Dila.
Guildenstern. —Ella desea hablaros en su gabinete antes de que os vayáis a
la cama.
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Hamlet. —Obedeceremos, aunque fuera diez veces nuestra madre. ¿Tienes


algo más que tratar con nostros?
Rosencrantz. —Milord, hubo un tiempo en que nos estimabais.
Hamlet. —Aún lo hago, lo juro con estos pícaros dedos.
Rosencrantz. —Mi buen Señor, ¿cuál es la causa de vuestra perturbación?
Terminaréis por cerrarle las puertas a vuestra libertad si le ocultáis las penas a
un amigo.
Hamlet. —Señor, yo no se promoverme.
Rosencrantz. —¿Cómo puede ser eso, cuanto contáis con el voto del Rey
mismo para sucederlo en el trono de Dinamarca?

Entran los actores conflautas.

Hamlet. —Si, Señor, pero ―mientras crece la hierba‖…El proverbio es algo


mustio. ¡Oh, las flautas! Dejáme ver una. (A Guildenstern) Hablando en
confianza contigo, ¿por qué me sigues, olfateándome siempre como si
quisieras tenderme una celada?
Guildenstern. —¡Oh! Milord, si mis preguntas pueden parecer abruptas es
porque mi cariño hacia vos me hace ser descortés.
Hamlet. —No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?
Guildenstern. —Milord, no puedo.
Hamlet. —Te lo ruego.
Guildenstern. —Creedine que no puedo.
Hamlet. —Te lo suplico.
Guildenstern. —Creedine que no puedo.
Hamlet. —Te lo imploro.
Guildenstern. —No sé tocar ni una nota, Milord.
Hamlet. —Es tan fácil como mentir. Regula estas aberturas con los dedos,
ésta con el pulgar, sóplala, y emitirá la música más animovedora. Mira, estas
son las llaves.
Guildenstern. —Pero no puedo arrancarles ninguna armonía; no tengo esa
habilidad.
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Hamlet. —¡Pués mira en qué pobre cosa me conviertes! Quieres tañerme,


aparentar que conoces mis llaves, arrancarme el corazón de mi secreto y
hacerme dar desde la nota más baja a la más alta de mi registro, y habiendo
tanta música y timbre tan excelente en este pequeño instrumento, no puedes
sin embargo hacerlo cantar. ¡Por la Sangre! ¿Crees que es más fácil tocarme a
mí que a una flauta? Considérame el instrumento que quieras, pero por más
que me manosees no me harás cantar. (Entra Polonio) Dios te bendiga, Señor.
Polonio. —Milord, la Reina desea hablaros al instante.
Hamlet. —¿Ves esa nube que tiene casi la forma de un camello?
Polonio. —¡Por la misa! en verdad que es igual a un camello.
Hamlet. —Pues yo creo que se parece más a una comadreja.
Polonio. —El lomo lo tiene de comadreja.
Hamlet. —O a una ballena.
Polonio. —Es casi igual a una ballena.
Hamlet. —Entonces iré pronto a ver a mi madre.
(Aparte) "Estiran el arco hasta el límite de mi tolerancia". Iré enseguida.
Polonio. —Así se lo diré.
Hamlet. —"Enseguida" se dice fácilmente. Dejadine solo, amigos.
(Salen todos menos Horacio)

Ya es la hora nocturna de las brujerías, bostezan las tumbas y exhala el


infierno su soplo pestífero. Yo ahora podría beber sangre tibia y tales horrores
hacer que espantaran el día que se anuncia. ¡Ten calma! Vayamos a ver a mi
madre. Corazón, no pierdas tu naturaleza, y jamás permitas que albergue en
mi pecho de Nerón el alma sanguinaria. Déjame llegar a ser cruel, pero no
inhumano; que sean mis palabras puñales con ella, sin usar el mío. Que mi
alma y mi lengua se porten hipócritas: que increpen sus vicios, pero que no
sellen con actos sus juicios.

Sale.
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ESCENA TERCERA
Un salón en el castillo.

Entran el Rey, Rosencrantz y Guildenstern.

Rey. —Le deconfio y no sería prudente permitir que ande suelta su locura.
Por tanto preparaos. Viajaréis con él a Inglaterra. La salud de este estado no
consiente un peligro tan próximo y que crece a cada hora con sus arrebatos.
Guildenstern. —Aprestaremos todo. Es un temor muy sacro Y religioso
velar por ese número incontable de seres, cuyas vidas y sustento dependen de
Vuestra Majestad. Si hasta una vida individual se ve obligada a usar todos los
recursos de su mente contra cualquier ataque, mucho más ha de estarlo aquel
en quien descansan tantas vidas. La muerte de un monarca no es sólo su
muerte sino el vórtice que arrastra todo cuanto lo rodea; o la pesada rueda
colocada en la más alta cima, en cuyos gigantescos radios están sujetas y
ensambladas diez mil pequeñas cosas, las que, al precipitarse, consigo, arrastra
–hasta la más pequeña– participando todas del terrrible desastre. Nunca un
Rey exhaló un solo suspiro sin que hubiera un lamento general.
Rey. —Alistaos, por favor, que pronto partiréis; debemos engrillar este temor
que ahora deambula con las piernas sueltas.
Rosencrantz. —Nos apresuraremos.
Salen ambos caballeros.

Entra Polonio.

Polonio. —Milord, ya se dirige al cuarto de su madre. Me esconderé detrás


de los tapices a oírlo todo. Os aseguro que ella lo pondrá en su lugar; y, como
vos dijisteis, y muy sensatamente, merece esta entrevista otros oídos, fuera de
los matemos, que son parciales por naturaleza. Adiós mi Soberano, yo iré a
veros antes que os acostéis para enteraros de cuanto averigüe.
Rey. —Querido Milord, gracias.
(Sale Polonio)

¡Fétido es mi delito, hasta los cielos hiede! Sobre los fratricidas recae la
primera y más antigua de las maldiciones. Rezar no puedo. Aunque fuera el
deseo tan imperioso cual voluntad, es más fuerte mi culpa y frustra mi
60

intención. Y como hombre ligado a dos propósitos y sin saber por dónde
comenzar, inmóvil permanezco y a los dos desatiendo. Por muy gruesas que
sean las costras de la sangre fraterna que me cubren esta mano maldita, ¿no
hay en los dulces cielos lluvia bastante que me la dejara blanca como la nieve?
¿De qué nos sirve la misericordia sino para afrontar el rostro del delito? Y qué
hay en la oración sino la doble virtud de prevenirnos antes de que caigamos
perdonarnos cuando ya caimos? Miraré hacia lo alto. Ya mi falta ocurrió. Pero
¿cuál oración puede servirme ahora? ¿―Perdonadme mi horrendo asesinato‖?
Esa no podría ser, puesto que aún retengo todo aquello que me hizo asesinarlo:
mi corona, mi propia ambición y mi Reina. ¿Podrían perdonarme si conservo
el botín? En los corruptos usos de este mundo la mano delictuosa recubierta
con oro puede esquivar la ley, y a menudo se ve que el mismo lucro de la
acción infame soborna a la justicia. Pero no así en lo alto. Allí no hay
artimañas, allí el delito muestra su verdadero rostro y al vernos obligados a
enfrentar cara a cara nuestras culpas nos rendiremos ante la evidencia. Y
entonces ¿qué nos queda? ¿El arrepentimiento? Este todo lo puede, mas ¿qué
podría lograr si uno no se arrepiente? ¡Oh miserable condición! ¡Oh entradas
negras como la muerte! ¡Oh alma mía, apresada en estas redes, que cuanto
más te esfuerzas por liberarte más enredada te ves!
¡Ángeles, socorredine! ¡Haced la prueba! Doblegaos, rodillas obstinadas; y
ablandad, corazón, tus aceradas fibras como los nervios de una recién nacido.
Tal vez salga esto bien. (Se arrodilla)

Entra Hamlet.

Hamlet. —Yo podría hacerlo ya; ahora que reza. Y ahora lo haré. Pero así se
va al cielo ¿y quedo así vengado? Esto habría que pensarlo. Un villano asesina
a mi padre, y por eso, yo, su único hijo, a ese mismo villano al cielo envío.
Sería recompensa y no venganza. El a mi padre arrebató la vida cuando de
ésta gozaba, con todos sus pecados floreciendo lozanos como en mayo; y
¿cómo fue el balance de sus cuentas?: sólo el cielo lo sabe, y todos los indicios
nos permiten suponer que muy caro se las cobran. ¿Puedo entonces vengarme
eliminándolo mientras él purga su alma y está listo para el tránsito? ¡No! Alto,
espada, permíteme usarte en un momento más funesto, cuando duerma
borracho, esté frenético, o en el goce incestuoso de su lecho, jugando o
blasfemando, o a punto de caer en una acción que redención no tenga. Hazle
zarpar entonces para que dé patadas en el cielo y se condene su alma, negra
como el infierno a donde irá. Mi madre está esperándome. Tus rezos sólo
prolongarán tus moribundos días.
61

Sale.

Rey. —(Levantándose) Mi mente quedó en tierra, mis palabras volaron,


verbos sin pensamiento nunca el cielo alcanzaron.

Sale.

ESCENA CUARTA
El gabinete de la Reina.

Entran la Reina y Polonio.

Polonio. —Viene hacia acá. Tratadlo con rudeza; decidle que sus travesuras
son demasiado imprudentes para que se toleren y que le habéis servido de
escudo ante la cólera. Yo guardaré silencio aquí detrás. Os lo ruego, sed firme.
Hamlet. —(Dentro) ¡Madre, madre, madre!
Reina. — Os lo prometo, No temáis. Retiraos, que ya lo escucho.
Polonio se esconde detrás de un tapiz. Entra Hamlet.

Hamlet. —Y bien, madre, ¿qué ocurre?


Reina.—Que a tu padre ofendiste gravemente.
Hamlet. —Tú a mi padre ofendiste gravemente.
Reina. — Vaya, no me respondas con una lengua necia.
Hamlet. — Anda, no me interrogues con una lengua inicua.
Reina. —¿Cómo? ¿Qué es eso, Hamlet?
Hamlet. —¿Qué sucede?
Reina. —¿Te olvidas de quién soy?
Hamlet. —No, ¡por la Cruz! Eres la Reina, esposa del hermano de tu esposo
y –ojalá no lo fueras– eres mi madre.
Reina. —Entonces llamaré a quienes puedan tratar contigo.
Hamlet. —Vamos, siéntate y no te muevas, que no saldrás de aquí antes que
te coloque frente a un espejo donde podrás ver hasta el fondo de tu alma.
62

Reina. —¿Qué vas a hacer? ¿No vas a asesinarme? ¡Auxilio! ¡Auxilio!


Polonio. —¿Qué pasa? ¡Auxilio! ¡Auxilio!
Hamlet. —¿Y eso qué es? ¿Una rata? Un ducado a que muere ¡Muere!
(Mata a Pólonio a través del tapiz)
Polonio. —¡Oh, me han matado!
Reina. —¡Pero ay de mi!, ¿qué has hecho?
Hamlet. —Nada, no sé. ¿Era el Rey eso?
Reina. —¡Oh, qué acción tan sangrienta y temeraria!
Hamlet. —¡Hecho sangriento! sí, casi tan inhumano como matar a un Rey y
casarse con su hermano.
Reina. —¿Como matar a un Rey?
Hamlet. —Sí, Señora, eso dije. (Levanta el tapiz y ve a Polonio) Infeliz
insensato, entrometido y tonto: ¡adiós! Yo te tomé por alguien de más rango.
Acepta tu destino: descubriste cuán peligroso es andar siempre de intruso. (A
la reina) Deja de retorcerte las manos. ¡Quieta! Siéntate, que ahora yo voy a
retorcerte el corazón. Y eso haré si está hecho de material sensible y el hábito
del mal aún no lo vuelve impenetrable a todo sentimiento.
Reina. —¿Qué te he hecho yo para que así te atrevas a desatar tu lengua
contra mí, tan ruidosa y duramente?
Hamlet. —Una acción tal que empaña la gracia y el rubor de la inocencia,
que hace de la virtud hipocresía y arrebata las rosas del semblante de un amor
inocente cubriéndolo de estigmas, que convierte los votos de la boda en falsías
peores que el juramento de un tahur. Una acción que le arranca al cuerpo del
contrato matrimonial su espíritu y que hace de la dulce religión vana
palabrería. La faz del cielo se enrojece al mirar nuestra sólida esfera, con el
rostro iracundo que tendrá el día del Juicio, al contemplar tu acción.
Reina. —¡Ay de mi!, ¿cuál acción que así retumba y ruge?
Hamlet. —Observa este retrato y este otro. Representan a dos hermanos.
Mira cuánta gracia hay cautiva en este rostro: los rizos de Hiperión, de Júpiter
la frente, la mirada temible e imperiosa de Marte, del heraldo Mercurio la
apostura cuando desciende sobre el alto monte que al mismo cielo besa: un
conjunto de formas que los dioses marcaron con su sello para darle así al
mundo seguridad en un hombre: ¡el fue tu esposo! Y mira lo que sigue: ¡éste
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es tu esposo!, que agosta cual espiga con tizón, el vigor saludable de su


hermano, ¿Tienes ojos?
¿Pudiste abandonar este soberbio monte para ir a atiborrarte en esta ciénaga?
¿Es que no tienes ojos? No lo llames amor, porque a tu edad el ardor de la
sangre se doblegó y sumisa atiende a la razón; ¿y qué comparación hay entre
éste y éste? No dudo que aún te queda control de tus sentidos –si no, estarías
inerte–pero éstos se te han paralizado, pues ni la peor locura cometería ese
error, ni siquiera el delirio llega a ese desvarío y siempre se reserva algún
discernimiento para apreciar tamañas diferencias. ¿Cuál diablo te engañó en
este juego de la gallina ciega? Con la vista sin tacto, el tacto ciego, los oídos
sin manos y sin ojos y el olfato perdido, la más mínima parte tan sólo de un
sentido habría impedido actuar tan locamente.
¡Oh, vergüenza! ¿dónde está tu pudor? Si tú, rebelde infierno, puedes
amotinarte en los huesos de una matrona, deja que la virtud sea cera blanda
que se derrite en las ardientes llamas juveniles; y no hables de vergüenza si la
pasión se lanza agresiva a la carga, si vemos cómo el mismo hielo arde y la
razón alcahuetea al deseo.
Reina. —¡Oh, Hamlet, no hables más! Ya me hiciste mirar hasta el fondo de
mi alma y le veo tantas manchas que jamás conseguiré borrarlas.
Hamlet. —Y todo por vivir en el sudor corrupto de su grasoso lecho, cocida
en corrupción y haciéndole el amor llena de mimos en su pocilga sórdida.
Reina. —¡No más! ¡Que ya no más! Tus palabras son dagas en mi oído. ¡No
más, mi dulce Hamlet!
Hamlet. —Un villano asesino, un vil esclavo que no vale un milésimo de tu
anterior Señor. Un bufón de la corte, un ratero de¡ reino y del poder que hurtó
de un anaquel la preciosa diadema y se la echó al bolsillo.
Reina. —¡Ya no más!
Entra el Fantasma.

Hamlet. —Un rey hecho de andrajos y guiñapos... ¡Arcángeles celestes,


custodiadme y cubridine con las alas! ¿Qué deseáis, Sombra augusta?
Reina. —¡Ay, está loco!
Hamlet. —¿Vienes a reprender al hijo demoroso a quien ni la pasión ni el
tiempo logran que cumpla tu orden espantable? ¡Habla!
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Fantasma. —No lo olvides. Yo vengo a aguijonear tu determinación casi


embotada. Pero, mira, el espanto se adueña de tu madre. Interponte en su
lucha con su alma, que en los cuerpos más débiles actúa la imaginación con
más poder. Háblale, Hamlet.
Hamlet. —Madre, ¿qué te ocurre?
Reina. —¿Y qué te ocurre a ti que así horadan tus ojos el vacío y al
incorpóreo aire le conversas? El alma se te asoma trastornada a los ojos; y
como los dormidos soldados cuando escuchan la alarma, tus cabellos se erizan
espantados. Hijo gentil, rocía con el frescor de la paciencia fría esas brasas y
llamas de tu perturbación. ¿A dónde miras?
Hamlet. —¡A él, a él! Obsérvalo cuán pálido fulgura. Su condición y su
dolor podrían, predicando a las piedras, hacerlas sensitivas. No me mires así,
tu compasivo gesto podría torcer mi firme decisión y entonces lo que debo
realizar su ímpetu perdería y habría llanto, quizás, en vez de sangre.
Reina. —¿A quién le dices eso?
Hamlet. —¿No ves nada?
Reina. —En absoluto, nada; aunque todo lo veo.
Hamlet. —¿Tampoco oíste nada?
Reina. —Nada, salvo a nosotros.
Hamlet. —¡Pero míralo allí!, ¡mira cómo se esfuma! Mi padre, con las ropas
que usó cuando vivía. Míralo donde va cruzando el pórtico.

Sale el Fantasma.

Reina. —Todo esto es invención de tu cerebro. El delirio es astuto y puede


crear visiones incorpóreas.
Hamlet. —¡El delirio! Mi pulso, como el tuyo, acompasado late con
saludable ritmo. No hay locura en todo cuanto dije. Ponme a prueba y te repito
todo palabra por palabra y en cambio la locura saltaría de una a otra. ¡Por
Dios, madre, no le untes a tu alma ese engañoso ungüento de que fue mi
locura y no tu culpa quien te habló! No harías más que encubrir con vendajes
la úlcera, mientras la corrupción, minando por debajo, invisible, todo lo
infectaría. Con el cielo confiésate; arrepiéntete de todo lo pasado; evita lo que
viene; y no le eches estiércol a la maleza haciéndola más fértil. Perdona a mi
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virtud, que en estos tiempos crasos y groseros es la misma virtud quien debe
implorarle al vicio su perdón y pedirle permiso para hacerle algún bien.
Reina. —¡Oh, Hamlet, me has partido en dos el corazón!
Hamlet. —Arroja la peor parte y con la otra mitad vive más pura. Buenas
noches. Y no vuelvas ahora al lecho de mi tío; si acaso no lo eres, presume de
virtuosa. La costumbre, ese monstruo que devora todos los sentimientos
disfrazada de diablo, también suele ser ángel que le presta su túnica a las
buenas acciones. Si esta noche te abstienes, te será más llevadera la
abstinencia próxima, y la siguiente aún más; que la costumbre casi logra
cambiar las normas de la naturaleza y le da albergue al diablo o lo arroja con
portentosa fuerza. De nuevo, buenas noches. Cuando anheles que el cielo te
bendiga yo te vendré a rogar tu bendición. En cuanto a este Señor, me
arrepiento. Fue el cielo quien deseó castigarnos –a mí con él y al infeliz
conmigo– volviéndome su azote y su emisario. Veré donde lo arrumbo. Yo
respondo por su muerte. De nuevo, buenas noches. Debo ser cruel tan sólo
para ser bondadoso, asi comienza el mal, después será horroroso. Y una
palabra mas, buena Señora.
Reina. —¿Qué debo hacer?
Hamlet. —De ninguna manera dejar que el crapuloso Rey arrastre otra vez
hasta su lecho, te pellizque lascivo las mejillas, te llame su ratita, y con un par
de besos asquerosos o sobándote el cuello con sus malditos dedos te haga
contar la historia de que no es verdadera mi locura sino astuta ficción. Aunque
tal vez deberías contárselo, pues una Reina sabia, hermosa y prudente tan
precioso secreto guardaría de un sapo, de un murciélago o chacal ¿Quién otra
lo haría así? Tú que no eres capaz de guardar el secreto, trépate en el tejado,
ábreles la canasta, deja volar los pájaros y después, como aquel mono famoso
que gustaba de hacer experimentos, métete en la canasta, cáete y desnúcate.
Reina. —Ten por seguro que si las palabras están hechas de aliento y el
aliento es vida, yo ya no tengo vida con que darle aliento a todo lo que tú me
has dicho.
Hamlet. —Parto a Inglaterra; ¿lo sabías?
Reina. —¡Ay! Lo había olvidado. Está resuelto ya.
Hamlet. —Y los pliegos sellados; y mis dos condiscípulos –de quienes me
fio menos que de víboras con agudos colmillos– llevan las instrucciones de
allanarme el camino y de escoltarme hasta mi perdición. Que trabajen, será
divertido hacer que el zapador salte con su petardo. Grave sería si no logro
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cavar una yarda debajo de sus minas para hacerlos volar hasta la luna. Es algo
delicioso ver cómo se tropiezan en una línea recta dos ardides (Arrastra a
Polonio). Con este hombre comenzaré a empacar. Arrastraré hasta un cuarto
vecino sus entrañas Muy buenas noches, madre. El Chambelán está ahora muy
quieto, muy callado y muy grave, él que en su vida fue un badulaque y necio
charlatán. Vamos, Señor, a terminar contigo.
Muy buenas noches, madre.

Sale arrastrando a Polonio.

A C T O C U A R TO
ESCENA PRIMERA
En el Castillo.

Entran el Rey, la Reina, Rosencrantz


y Guildenstern.
Rey. —Algo hay detrás de tan hondos suspiros y de tanta congoja; deberías
confiárnoslo; justo es que lo entendamos. ¿En dónde está tu hijo?
Reina. —Dejadnos un momento a los dos solos.
Salen Rosencrantz y Guildenstern.

Reina. —¡Oh, mi Señor, lo que esta noche he visto!


Rey. —Gertrudis, ¿qué? Y Hamlet, ¿cómo está?
Reina. —Loco como el océano y como el viento cuando disputan cuál es más
potente. Preso de su locura y al oír un rumor tras el tapiz desenvainó y
gritando: ― ¡Una rata, una rata!‖ sin verlo le dio muerte al buen anciano.
Rey. —¡Gravosa acción! Eso me habría ocurrido de haber estado allí. Su
libertad a todos amenaza, a ti y a mí y a cada uno. ¡Ay! ¿Y qué cuenta
daremos de este hecho sangriento? Nos lo van a imputar, pues deberíamos
haberlo prevenido teniendo a buen recaudo a ese joven demente, alejado de
toda compañía. El gran amor por él fue el que hizo que no viéramos lo que
más convenía, e igual a aquél que sufre un vergonzoso mal, para evitar que
éste se divulgue, dejamos que le harte la vida hasta la médula. ¿,Y hacia dónde
partió?
67

Reina. —A esconder el cadáver, pues dentro de su insania, como el oro


escondido entre la escoria, se muestra puro y llora lo ocurrido.
Rey. —Gertrudis, vámonos. Tan pronto como el sol dore esos montes lo haré
embarcar. Y este acto tan inicuo exigirá de todo nuestro tacto y nuestra
majestad para disimularlo y excusarlo. ¡Eh, Guildenstern!

(Entran Rosencrantz y Guildenstern.)

Amigos míos, buscad quien os ayude: en su locura Hamlet a Polonio mató y a


rastras lo sacó del gabinete de su madre. Buscadlo. Que os diga dónde está, y
el cadáver llevadlo a la capilla. Y daos prisa, os lo ruego.

(Salen Rosencrantz y Guildenstern.)

Gertrudis, ven; nos urge convocar a los más sabios de nuestros amigos para
enterarlos de nuestros propósitos y lo que en mala hora sucedió. Que la
calumnia, cuyos envenenados tiros, como el cañón certeros, siempre dan en el
blanco, no acierte nuestros nombres y hiera el aire invulnerable. ¡Vamos! De
espanto y confusión llenos estamos.

Salen.

E S C E N A S E G U N DA
Otra sala en el Castillo.

Entra Hamlet

Hamlet.—Embodegado a salvo.
Rosencrantz y Guildenstern. — (De adentro.) ¡Hamlet! ¡Lord Hamlet!
Hamlet. —¿Y ese ruido? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Ah!, aquí llegan.
Entran ambos.

Rosencrantz. –¿Qué habéis hecho con el cadáver, Milord?


Hamlet. —Lo mezclé con el polvo, su pariente.
Rosencrantz. —Decidríos dónde está, para poder llevarlo a la capilla.
Hamlet. —No creáis eso.
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Rosencrantz. —¿Creer qué?


Hamlet. —Que yo pueda guardar vuestro secreto y no el mío. Además, si
una esponja lo interroga, ¿qué respuesta puede darle el hijo de un Rey?
Rosencrantz. —¿Me tomáis por una esponja, Milord?
Hamlet. —Sí, Señor, que chupa los favores del Rey, sus recompensas, su
autoridad. Pero cortesanos de esos le prestan al Rey su mejor servicio al final.
Él los guarda, como un mono las nueces, en un rincón de la mejilla; son los
primeros que se mete a la boca y los últimos que se traga. Cuando necesita lo
que han rebuscado para él los exprime, y tú, esponja, ¡quedarás de nuevo seca!
Rosencrantz. —No os entiendo, Milord.
Hamlet. —Eso me alegra: las palabras pícaras se adormecen en los oídos
tontos.
Rosencrantz. —Milord, debéis decirnos dónde está el cuerpo y venir con
nosotros ante el Rey,
Hamlet. —El Rey ya tiene su cuerpo, Pero el Rey no está con el cuerpo. El
Rey es una cosa...
Guildenstern. —¡Una cosa!
Hamlet. —Hecha de nada. Llevadine donde él. Escóndete, zorro, y todos
detrás.

Sale corriendo seguido por ambos.

ESCENA TERCERA
Otra sala en el Castillo.

Entra el Rey con varios acompañantes.

Rey. —Envié a buscarlo y a encontrar el cuerpo: que siga suelto entraña gran
peligro, mas no conviene descargar sobre él el rigor de la ley: el populacho,
que insensato lo adora al guiarse por los ojos y no por la razón mira más el
castigo del culpable que no su culpa. Para proceder con tacto y ecuanimidad
su marcha repentina deberá parecer una madura determinación. Los grandes
males se curan con grandes remedios, o no hay como curarlos.

(Entra Rosencrantz.)
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¿Qué ocurrió?
ROSENCRANTZ. —Milord, no conseguimos que nos dijera dónde
escondió el cuerpo.
Rey. —Pero ¿dónde está él?
Rosencrantz. —Afuera, custodiado y en espera, Milord, de vuestras
órdenes.
Traedle ante nosotros.
Rosencrantz. —Eh, Guildenstern, haced entrar al Príncipe!
Entran Hamlet y Guildenstern.

Rey ,Vamos, Hamlet!; ¿en dónde está Polonio?


Hamlet. —Cenando.
Rey. —¿Cenando? ¿En dónde?
Hamlet. —No donde come sino donde se lo comen. Está en una sesuda
asamblea de gusanos. El gusano es el supremo emperador de las asambleas:
nosotros cebamos a todas las criaturas para que ellas nos engorden, y nos
engordamos para cebar a los gusanos. Rey gordo y mendigo flaco son sólo un
variado menú: dos platos, pero en una sola mesa.
Rey. —¡Ay, pobre de él!
Hamlet. —Un hombre puede pescar con el gusano que comió de un rey, y
comerse después el pescado que se alimentó con ese gusano. Y ese es el fin.
Rey. —¿Qué quieres decir con eso?
Hamlet. —Nada, sólo mostrarnos cómo un rey puede hacer un viaje
principesco por las tripas de un mendigo.
Rey. — ¿Dónde está Polonio?
Hamlet. — En el cielo. Enviad allí a que vean; si vuestro mensajero no lo
encuentra buscadlo vos mismo en el otro lugar. Pero, a fe mía, que si no lo
encontráis dentro del mes lo olfatearéis al subir por la escalera del vestíbulo.
Rey. —(A sus servidores.) Id a buscarlo allí.
Hamlet. — El los esperará hasta que lleguen.
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Rey. —Hamlet, por tu propia seguridad que nos preocupa tanto así como
sentimos hondamente lo que has hecho, deberás ausentarte con premura febril.
Prepárate, la nave está lista, los vientos son propicios y tus acompañantes te
esperan. Todo apunta a Inglaterra.
Hamlet. —¿A Inglaterra?
Rey. —Sí, Hamlet.
Hamlet. —Está bien.
Rey. —Sería así si supieras mis propósitos.
Hamlet. —Yo veo un querubín que está mirándolos. Pero, bien ¡a Inglaterra!
Adiós, madre querida.
Rey. —Tu amante padre, Hamlet.
Hamlet. —Mi madre, dije bien, que padre y madre son marido y mujer, y
marido y mujer son una misma carne, de modo que: ¡mi madre! ¡A Inglaterra!

Sale.

Rey. — Pisadle los talones; convencedlo de que se embarque


inmediatamente; no os demoréis, que quiero que esta noche se vaya. Id tras él.
Ya las cartas sellé; todo cuanto concierne al asunto está listo. Daos prisa, por
favor.

(Salen Rosencrantz y Guildenstern.)

Y tú, Inglaterra, si mi afecto estimas en algo –y si mi poderío te estimula a


portarte sensata, ya que aún tienes roja la cicatriz de la danesa espada y aún
nos rinde homenaje tu temor– no acojas con frialdad nuestro regio mandato,
que en cartas muy explícitas te ordenan que des a Hamlet inmediata muerte.
Hazlo, Inglaterra, que él, como una fiebre mi sangre abrasa y tú debes
curarme. Hasta que yo no sepa que todo ha sido hecho –sea cual sea mi
destino– no hallaré nada alegre en mi camino.

Sale.
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ESCENA CUARTA
Campo abierto, cerca del Castillo.

Entra Fortinbrás con sus tropas.

Fortinbrás.—Ve, Capitán, y saluda en mi nombre al Rey danés; y dile que


Fortinbrás, con su licencia, pide la escolta que ha de acompañarnos para poder
cruzar, según lo convenido, por su reino. El lugar de la cita ya lo sabes. Si el
Rey quisiera conversar conmigo, hazle saber que al punto acudiremos ante sus
ojos. Anda.
Capitán. —Así lo haré, Milord.
Fortinbrás. —Marchad despacio.
Sale con sus tropas.

Entran Hamlet, Rosencrantz y otros.

Hamlet. —Caballero, ¡de quién son estas fuerzas?


Capitán. —De Noruega, Señor.
Hamlet. —¿Qué propósito tienen?
Capitán. —Vamos sobre Polonia.
Hamlet. —Señor, ¿y quién va al mando?
Capitan. —Fortinbrás, el sobrino del viejo Rey noruego.
Hamlet. —¿Contra toda Polonia? ¿o por algún problema fronterizo?
Capitán. —A deciros verdad y sin rodeos, vamos a conquistar un trozo de
terreno sin más provecho que su solo nombre; yo no lo arrendaría ni por cinco
ducados y si sale a remate, ni Noruega ni Polonia obtendrían ningún precio
por él.
Hamlet. —Entonce los polacos no irán a defenderlo.
Capitán. —Pues ya lo guarnecieron. Dos mil almas y veinte mil ducados no
deberían luchar por esa fruslería.
Hamlet. —Esos son los abscesos de la paz y de las excesivas riquezas, que
revientan por dentro sin mostrar la causa de la muerte del enfermo. Caballero,
mis más humildes gracias.,
72

Capitán. —Que Dios os acompañe.


Sale.

Rosencrantz. —¿Continuamos, Milord, si así os complace?


Hamlet. —Pronto os alcanzo, adelantaos un poco.
(Salen todos menos Hamlet.)

¡Cómo a cada momento surge algo que fustiga mi embotada venganza! ¿Qué
es un hombre si cifra la razón de su vida y su provecho en dormir y comer?
Una bestia, no más. Sin duda quien nos creó, con comprensión tan vasta que
abarca lo pasado y venidero, no nos donó tan rica facultad, ni la razón divina,
para que se enmohecieran sin usarlas. No obstante, sea por bestial olvido o
escrúpulos cobardes de ponderar hasta el menor detalle –meditación que tiene
de cobardía tres partes y una parte tan sólo de prudencia– ignoro como aún
vivo para seguir diciendo: ―Esto está por hacer‖ teniendo los motivos y
voluntad y fuerza y medios para hacerlo. Ni me faltan ejemplos, duros como
una roca, que me exhortan. Contemplad este ejército, tan cuantioso y costoso,
que manda un delicado y joven príncipe, cuyo espíritu, henchido de divina
ainhición, del invisible porvenir se burla, exponiendo lo que.es mortal y frágil
a todos los caprichos del destino; el peligro y la muerte hasta por una cáscara
de huevo. En verdad que ser grande no consiste en alterarse con un gran
motivo, sino en luchar por una simple paja si el honor está en juego. ¿Puedo
seguir inmóvil, yo que tengo a mi padre asesinado, mancillada a mi madre –
acicates de mi alma y de mi sangre– y permito que todo duerma en paz,
mientras ¡vergüenza mía! veo la muerte inminente de estos veinte mil
hombres que por una ilusión y una gloria engañosa hacia sus tumbas van
como sí fueran lechos, y luchan por un trozo de terreno en donde ni siquiera
cabrán los combatientes, ni sitio habrá para enterrar los muertos? De ahora en
adelante mis pensamientos han de ser sangrientos o serán hojas secas en el
viento.

Sale.
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ESCENA QUINTA
Una sala en el Castillo.

Entran la Reina, Horacio y un Caballero.

Reina. —No quiero hablar con ella.


Caballero. —Pero ella insiste; está muy perturbada, su estado exige que la
compadezcan.
Reina. —¿Y qué pretende?
Caballero. —Habla sin cesar de su padre; dice que escucha que en e mundo
hay trampas, y gime y se golpea el corazón pateando rencorosa cualquier
hierba, y habla cosas ambiguas de sentido borroso. Lo que dice no es nada,
mas provoca, su falta de hilación, asociaciones en quienes la escuchan, que
tratan de ajustar lo que oyen con sus propias ideas. Y sus guiños y gestos y
ademanes les permiten pensar en la existencia de algo incierto, pero muy
lamentable.
Horacio. —
Sería oportuno hablarle, porque puede sembrar malignas conjeturas en mentes.
intrigantes.
Reina. —Hacedla entrar.
(Sale el Caballero)

Para mi alma enferma -y esa es la verdadera condición del pecado- la menor


fruslería le parece el presagio de una calamidad. Tan llena está la culpa de
alocada ansiedad que sola se descubre por temor de que alguien la descubra.

Entra Ofelia trastornada.

Ofelia.—¿En dónde está la hermosa Reina de Dinamarca?


Reina. — Ofelia, ¿cómo estás?
Ofelia. —(Canta)
¿Cómo distingo su amor
de otro amor falso y fingido?
¿Por su sombrero de conchas,
74

y bordón de peregrino?
Reina. —¡Ay, mi dulce niña! ¿a qué viene esa canción?
Ofelia. —¿Me decíais? No, os ruego que escuchéis: (Canta)
Murió y se fue, Señora,
murió y se ha ido;
lo cubre el verde césped
y se ha dormido:
a sus pies una losa
de mármol frío.
Reina. —No, pero Ofelia...
Ofelia. —Por favor, escuchad: (Canta)
Es más blanca su mortaja

Entra el Rey.

Reina. —¡Pobrecita! Mirad, Señor.


Ofelia. —que la nieve de la sierra
y ya cubrieron de flores
a su alrededor la tierra
y fueron todos ¡no todos!
a cantarle sus endechas.
Rey. —¿Cómo estás mi linda damita?
Ofelia. — Bien, Dios os lo pague. Dicen que la lechuza era hija de un
panadero, ¡Señor!: sabemos lo que somos pero no lo que podemos ser. Que
Dios acuda a vuestra mesa.
Rey. — Fantasías sobre su padre.
Ofelia. —Os lo ruego, ni una palabra sobre esto; pero cuando os pregunten
qué significa, decidles: (Canta.)
Mañana es San Valentín;
mañana muy de mañana
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yo seré su Valentina
e iré a verle a su ventana.
El se vistió y bajó
a recibir a la bella,
y entró doncella quien nunca
volvería a salir doncella.
Rey. –¡Linda Ofelia!
Ofelia. —Por cierto que, sin jurar, os diré cómo termina:
¡Ay Jesús! ten compasión,
¡ay, que vergüenza y qué pena!
Los mozos ven la ocasión
y ellos no son los que pecan.
Y dijo ella: Antes que tú me tumbaras
juraste ser mí marido.
Y él contestó:
Yo también pensé en casarme
si al lecho no hubieras ido.
Rey. —¿Desde cuándo está así?
Ofelia. —Espero que todo salga bien. Debemos ser pacientes, pero no puedo
menos de llorar cuando pienso que lo pondrán sobre la tierra fría. Mi hermano
se enterará; os agradezco stros buenos consejos. ¡A ver, mi carruaje! Buenas
noches, señoras; buenas noches, dulces señoras; buenas noches, buenas
noches. (Sale.)
Rey. —Seguidla de cerca; vigiladla bien, por favor.
(Sale Horacio)

Es el veneno de la honda pena que brota de la muerte de su Padre. ¡Oh


Gertrudis, Gertrudis! cuando llega el dolor, éste no llega como un aislado
espía sino por batallones: primero.fue la muerte de su padre, luego tu hijo
partió, autor violento él mismo de su justo destierro; el pueblo que, revuelto,
se ha entregado malsano a las murmuraciones, por la muerte del buen Polonio
76

-a quien, a troche y moche y de modo imprudente en secreto enterramos-,


ahora Ofelia enajenada de su sano juicio, sin el cual sólo somos fríos retratos o
simples bestias; de último, algo más que se suma a todo lo anterior: su
hermano, que de Francia en secreto regresa, con sus dudas se nutre, en
tinieblas se envuelve, sin que falten chismosos que infecten sus oídos con
pestíferos cuentos acerca de la muerte de su padre, y el que no encuentra tema
de qué hablar, repite esas intrigas en contra de nosotros en uno y otro oído.
¡Oh Gertrudis, Gertrudis, todo esto, como mortal metralla, en muchas partes
hiéreme y mil muertes me causa! (Se escuchan ruidos adentro).
Reina. —Pero ¿qué es ése escándalo!
Rey. —¿En dónde están mis guardias? (Entra un mensajero) Que resguarden
la puerta. ¿Qué sucede?
Mensajero. —¡Milord, poneos a salvo! El océano, saltándose de sus
márgenes, no devora llanuras con más ímpetu que Laertes al frente de una
turba frenética, arrollando a tus guardias. Y las turbas lo llaman su Señor, y
como si recién naciera el mundo, olvidan tradiciones y costumbres que
confirman y apoyan todo título y gritan: ―Te escogimos: ¡Laertes será el Rey!‖
Gorros, manos y lenguas vitorean hasta el cielo: “¡Laertes será el Rey!‖
¡Laertes Rey! (Ruidos adentro.)
Reina. —¡Cuán vocinglera ladra la jauría, falsos perros daneses, tras una
pista errónea!
Rey. —Ya rompieron las puertas.
Entran Laertes y otros.

Laertes. —¿Y el tal Rey, dónde está? Señores, quedaos fuera.


Todos ¡No, entraremos!
Laertes. —Os lo ruego, dejadme.
Todos. —¡Está bien, esperémoslo!
La turba se retira.

Laertes. —Gracias. Guardad la puerta. ¡Oh tú, Rey víl, devuélveme a mi


padre!
Reina. —Buen Laertes, ten calma.
77

Laertes. —La gota de mí sangre que se encontrara en calma me diría


bastardo; a mi padre le gritaría cornudo y grabaría en la casta e inmaculada
frente de mi madre el sello de las meretrices.
Rey. —¿Cuál es la razón, Laertes, de que así se agigante tu rebelión? Déjalo
ya, Gertrudis, por mí no temas. La divinidad protege a los reyes con un cerco
que a la traición tan sólo le permite atisbar empinándose, imposibilitada de
ejecutar sus planes. Pero dime, Laertes, ¿por qué estás tan colérico? ¡Que lo
sueltes, Gertrudís! Habla, hombre.
Laertes. —Mi padre, ¿dónde está?
Rey. —Muerto.
Reina. —Mas no por él.
Rey. —Déjalo que pregunte lo que quiera.
Laertes. —Pero ¿cómo murió? No admito engaflos. ¡Al infierno los votos de
lealtad, que el más negro demonio se los lleve y se trague el abismo mi
conciencia! La perdición eterna desafio; hasta tal punto llego que desprecio
este mundo y el otro, ocurra lo que ocurra. Venganza es lo que busco por el
asesinato de mi padre.
Rey. —¿Y quién puede impedírtela?
Laertes. —Mi voluntad, no el mundo. Tengo medios y sabré utilizarlos para
que, con muy poco, lleguen lejos.
Rey. —Mi buen Laertes, si deseas saber la verdad de la muerte de tu padre,
¿dispuso tu venganza que a amigo o enemigo, culpable o inocente, arrastrará
sin discriminación?
Laertes. —Sólo a sus enemigos.
Rey. —¿Y querrías conocerlos?
Laertes. —A sus amigos abriré los brazos y como el buen pelícano sabré
darles mi sangre en alimento.
Rey. —¡Vaya, que ya comienzas a hablar como buen hijo y caballero leal!
Que yo soy inocente de la muerte de tu padre, y que por ella siento aguda
pena, entrará en tu juicio como la luz del día entra en los ojos.

Ruido adentro y voces: “Déjenla entrar”.


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Laertes —¿Qué ocurre? ¿Y ese ruido?


(Entra Ofelia.)

¡Que el peor calor el cerebro me seque y la sal de las lágrimas me calcine los
ojos! Por tu locura pagarán tal precio que ha de saltar el fiel de la balanza.
¡Rosa de mayo, adorable niña, hermana bondadosa, dulce Ofelia! ¡Oh cielos!
¿es posible que el sano juicio de una doncella pueda ser tan perecedero como
una vida anciana? Delicada es la naturaleza del amor, tanto que exhala en pos
de aquellos que ama la parte más preciosa de sí misma.
Ofelia. —(Canta.)
Con el rostro descubierto
lleváronlo al camposanto,
y la tierra ¡ay, no, no, no!
quedó empapada de llanto.
Adiós, palomito mío.
Laertes. —Si en tu juicio estuvieras no podrías, incitándome a vengarlo,
conmoverme mejor.
Ofelia. —¡Todos a cantar!: Debéis cantarle bajito y llamarlo: abajo está.
¡Qué bien le viene a la ronda! Fue el falso mayordomo quien se robó a la hija
de su amo.
Laertes. —Su desvarío dice más de lo que parece.
Ofelia. —Toma, romero para la memoria; no me olvides y pensamientos,
para los recuerdos.
Laertes. —Una lección en su locura: enlaza pensamientos y recuerdos.
Ofelia. —Este hinojo para vos, con estos ranúnculos; y esta ruda para vos, y
tengo más para mí: podemos llamarla la hierba de la Gracia de los domingos,
y cada uno la usa a su manera. Aquí una margarita. Os daría violetas, pero
todas se marchitaron cuando mi padre murió. Dicen que tuvo un buen fin.
(Canta.)
El dulce petirrojo
ya es toda mi alegría...
79

Laertes. —Al pensamiento, al dolor, la pasión y el mismo infierno los


convierte en encanto y belleza.
Ofelia. —(Canta)
¿Ya nunca volverá?
¿Ya nunca volverá?
No, no, ya se murió
y en su sepulcro está:
¡ya nunca volverá!
Su barba se nevó,
su pelo encaneció,
ya se ha ido, se ha ido
y es vano mi gemido
si Dios lo perdonó.
Y ruego a Dios por todas las almas cristianas.
Que Dios os acompañe. (Sale.)
Laertes. —¿Visteis esto, Dios mío?
Rey. —Quiero, Laertes, compartir tu pena: déjame ese derecho. Ven aparte.
Elige a tus amigos más prudentes y que a los dos nos oigan y nos juzguen. Si
de modo directo o indirecto me encuentran ímplicado, como reparación yo te
daré mi reino, mi corona, mí vida y cuanto tengo; pero en caso contrario,
concédeme un poco de paciencia y esforcémonos juntos para darle a tu alma la
debida satisfacción.
Laertes. —¡Que sea! El modo en que murió, su oscuro funeral, sin sus
trofeos, sus armas y su escudo sobre sus pobres huesos, y sin ningún
ceremonial, todo esto clama y exige al cielo una debida aclaración.
Rey. —La tendrás. Y dondequiera que la ofensa esté que se descargue el
hacha. Ven conmigo.

Salen.
80

ESCENA SEXTA
Otra sala en el Castillo.

Entran Horacio y un servidor.

Horacio. —¿Quiénes quieren hablarme?


Servidor. —Gentes de mar, Señor. Dicen que os traen unas cartas.
Horacio. —Déjalos pasar. (Sale el Servidor) No sé de qué parte del mundo
me pueden escribir; como no sea Lord Hamlet.

Entra un Marinero.

Marinero. —Dios os guarde, Señor.


Horacio. —Y que a tí te bendiga
Marinero. —Así sea, Señor si así le place. Hay una carta para vos, si
vuestro nombre es Horacio. La envía el embajador que se dirigía a Inglaterra.
(Se la entrega.)
Horacio. —(Leyendo.) ―Horacio, cuando leas ésta facilítale a estas gentes los
medios de que vean al Rey: tienen cartas mías para él.
Llevábamos apenas dos días en el mar cuando un bajel pirata bien armado nos
dio caza. Siendo inferior nuestro velamen, nos revestimos de un valor
obligado Y al entreverarse ambos navíos salté al abordaje. En ese mismo
instante se separaron de modo que sólo yo quedé prisionero. Estos ladrones
me han tratado con compasión, pero sabiendo bien lo que hacían, pues ahora
debo devolverles los favores. Haz que el Rey reciba las cartas que le envío y
ven a verme tan aprisa como si escaparas de la muerte. Tengo cosas que al
decírtelas al oído te dejarán mudo, y eso que son demasiado livianas para el
calibre del asunto. Estas buenas gentes te conducirán a donde estoy.
Rosencrantz y Guildenstern siguen rumbo a Inglaterra: de ellos tengo mucho
que contarte. Adiós. El que sabes siempre tuyo:
Hamlet."
Horacio. —Ven, te introduciré para que entregues las cartas; y date prisa
para que me conduzcas donde quien te las dio.

Salen.
81

ESCENA SÉPTIMA
Otra sala en el Castillo.

Entran el Rey y Laertes.

Rey. —Ahora tu conciencia deberá absolverme y admitirme en tu pecho


como amigo, pues ya escuchaste con discreto oído que quien mató a tu padre,
mi vida perseguía.
Laertes. —Así parece, pero ¿por qué no castigasteis hechos tan criminales,
que merecían la pena capital, cuando vuestra prudencia, sabiduría y grandeza
–a más de otros motivos– tan poderosamente os impulsaban?
Rey. —Por dos razones, ambas de gran peso, aunque tú puedas encontrarlas
débiles. Su madre apenas vive por sus ojos, y yo tengo, por suerte o por
desgracia, mi vida muy unida con la suya, y así como una estrella que gira
sólo dentro de su órbita, yo lejos de ella no podría vivir. Y la otra razón,
porque no puedo ventilar esto en público debido al gran amor que el pueblo le
profesa; pues si éste sumergiese sus faltas en su afecto –así como la fuente que
convierte en piedra la madera– haría de sus grilletes, privilegios, de modo que
mis flechas, demasiado livianas para tan fuerte viento, volverían a mi arco en
vez de dar en donde yo apuntara.
Laertes. —Y así a mi noble padre yo perdí y mi hermana se encuentra en
condición tan trágica, ella, cuyas sublimes perfecciones –si pudiera elogiarse
lo que fue– a la más alta cumbre la elevaban. Pero me vengaré.
Rey. —No perturbes tus sueños con tal cosa. Y no pienses que estoy hecho de
matería tan blanda y torpe que tolerare que un peligro me agarre de las barbas
y lo crea un pasatiempo. Sabrás más cosas pronto. Quise mucho a tu padrey
me amo a mi mismo, y a buen entendedor pocas palabras.

(Entra un Mensajero.)

¿Qué ocurre? ¿Hay novedades?


Mensajero. —Cartas, Milord, de Hamlet, para Vuestra Realeza; y esta para
la Reina.
Rey. —¿De Harrilet? ¿Quién las trajo?
Mensajero. —Marineros, Milord, según dijeron; Yo no los vi, fue Claus
quien me las entregó.
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Rey. —Tú las oirás, Laerte. Y tú déjanos. (Sale el Mensajero. Lee).―Alteza


poderosa: habéis de saber que me han dejado plantado desnudo en vuestro
reino. Mañana solicitaré permiso para comparecer ante vuestros reales ojos, y,
después de pediros perdón, os contaré el motivo de mi repentino y aún más
extraño regreso"
Rey. —¿Y esto qué significa? Los demás ¿habrán vuelto? ¿0 es todo una
impostura y no hay tal cosa?
Laertes. —¿Reconocéis la letra?
Rey. —Es de Hamlet. ¿"Desnudo"? Y abajo, en la postdata, añade: , ―Solo,‖.
¿Qué me aconsejas?
Laertes. —Muy confuso estoy, ¡mas dejadlo que venga! Me alivia el
corazón pensar que viviré para decirle ante su propia cara "¡Tú lo hiciste!"
Rey. —Si así fuera, Laertes... Mas ¿cómo podría ser? ¿Y cómo de otro modo?
¿Quieres que yo te guíe?
Laertes. —Sí, Milord, siempre que no me impongas ser pacífico.
Rey. —Es por tu propia paz. Si se halla de regreso, interrumpiendo el viaje y
si pretende no reanudarlo, le tengo una acechanza, madura ya en mi mente,
que no le dejará otra escapatoria sino caer en ella. Y por su muerte no se
levantará ni un soplo de sospecha, y hasta su misma madre lo creerá un
accidente.
Laertes. —Milord, servíos mandarme. Más aún si pudierais disponer ese
ardid de modo que yo fuera su instrumento.
Rey. —Sería el mejor. Desde que tú partiste de ti se ha hablado mucho frente
a Hamlet, por una habilidad en la que, según dicen, resplandeces. Tus otras
dotes todas unidas no provocan las envidias de Hamlet como ésta, siendo que,
en mi opinión, de todas ellas es la menos digna.
Laertes. —¿Cuál es ella, Milord?
Rey. —Tan sólo un lazo en el sombrero de la juventud, muy útil, sin
embargo, pues no le sienta menos a la juventud el garbo frívolo y liviano, que
a la edad madura las pieles y ropajes oscuros, que son las que convienen a su
gravedad. Hace dos meses vino de Normandía un caballero. Conozco y he
luchado con los franceses, son muy hábiles jinetes, pero este galán era un
brujo a caballo; creció con su montura y lo hacía ejecutar tales cabriolas que
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parecía centauro, y todo cuanto uno pudiera imaginarse en pruebas y artificios


se quedaba muy corto.
Laertes. —¿Y era normando?
Rey. —Sí.
Laertes. —Por mi vida: ¡Lamound!
Rey. —El mismo.
Laertes. —Lo conozco. Es el broche, la joya de toda su nación.
Rey. —Pues él te recordaba y de ti habló ponderando tu arte defensivo con el
florete; dijo –y es maestro en esgrima– que sería un espectáculo notable si
contigo pudiera alguien medirse. Juró que los mejores esgrimistas de su
nación, perdían la guardia, el movimiento y hasta la vista cuando contigo se
batían. Y con todo esto envenenó de envidia al joven Hamlet, tanto que desde
entonces no deseó otra cosa que tu pronto regreso, únicamente por cruzar
aceros contigo. Dejando esto...
Laertes. —¿Dejando qué, Milord?
Rey. —Laertes ¿tú querías mucho a tu padre; o eres, como un retrato del
dolor, un semblante sin alma?
Laertes. —¿Por qué preguntáis eso?
Rey. —Que lo amabas no dudo, pero sé que el amor es obediente al tiempo y
he visto que en las pruebas de la vida, éste va amortiguando sus chispas y su
fuego. Vive en la misma llama del amor un pabilo que va debilitándolo; y
nada hay que mantenga su pasión invariable pues ésta, cuando alcanza su
plenitud, perece a manos de su exceso. Si deseamos hacer algo, debemos
hacerlo en el momento de desearlo, porque cambia el "deseamos‖ se achica y
sufre atrasos, tantos cuantos hay lenguas y manos y accidentes, y entonces el
―deseamos‖ se convierte en un mero suspiro malgastado que daña al exhalarlo.
Pero toquemos la úlcera: Hamlet vuelve. ¿Qué estás dispuesto a hacer para
mostrarte un digno hijo de tu leal padre no sólo con palabras?
Laertes. —Degollarlo en la iglesia.
Rey. —Ningún lugar, es cierto, debería ser santuario del crimen. La venganza
no debe encontrar vallas. Pero, mi buen Laertes, ¿querrías, si te lo pido,
encerrarte en tu cuarto? Él al llegar sabrá de tu regreso; yo haré que ante él
elogien tu destreza, le den un doble lustre a la gran fama que te dio el francés,
y os pondremos al uno frente al otro y apostaremos a ambos. Como él es
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descuidado, generoso y ajeno a la malicia, no mirará las hojas y con facilidad


y hábil escamoteo elegirás un arma sin botón y bastará un asalto para hacerle
pagar la muerte de tu padre.
Laertes. —Lo haré, y con el mismo objetivo, envenenaré mi espada. Le
compré a un curandero cierto ungüento tan mortífero, que un cuchillo untado
en él, apenas saca sangre. No hay emplasto eficaz –aunque esté preparado con
todas las benéficas hierbas que hay bajo el cielo– que salve de la muerte a
quien sufra con él el menor arañazo. A mi florete le untaré en la punta esa
ponzoña; así tan sólo con rozarlo morirá.
Rey. —Reflexionemos más en todo esto; elijamos los medios y el momento
que más convengan, pues si acaso falla, y algún error en su ejecución descubre
nuestro intento, más valdría desecharlo. Por lo tanto debemos tener algo en
reserva que garantice el golpe, sí este intento fracasa. Espera un poco, déjame
pensar. Haremos una apuesta solemne sobre vuestras respectivas destrezas...
ya lo tengo: en cuanto estéis acalorados y sedientos –y trata de atacarlo con
violencia con ese fin– y él pida de beber, le tendré preparada una copa que
sólo con un sorbo, si por azar escapa a tu estocada... ¡Silencio! ¿Y ese ruido?

(Entra la Reina.)

¿Qué ocurre, dulce Reina?


Reina. —Un dolor va pisando los talones del anterior: tan rápidos se siguen.
Se ahogó Ofelia, Laertes.
Laertes. —¿Se ahogó? ¡Oh Dios! ¿Y dónde?
Reina. —A orillas de un riachuelo en donde crece un sauce, que sus
plateadas hojas en su espejo refleja. Allí se dirigió, con guirnaldas fantásticas
de ortigas y ranúnculos, margaritas y orquídeas, de esas que los pastores
sueltos de lengua nombran de manera grosera y que las doncellas púdicas las
llaman dedos de muerto. Y al subirse a colgar su corona silvestre, una rama
envidiosa se desgajó, y cayo con sus trofeos agrestes en el gimiente arroyo. Se
extendieron sus ropas y por un breve rato, cual si fuera una ninfa, la llevaron
flotando, mientras ella iba cantando antiguas baladas, inconsciente de su
propia desgracia, o como una criatura hecha para vivir en aquel elemento. Mas
no podía durar así y al fin sus ropas, pesadas con el agua, la arrastraron de sus
cantos melódicos, a la pobre infeliz hacia una muerte cenagosa.
Laertes. —Entonces, ¿murió ahogada?
Reina. —¡Ahogada, sí, ahogada!
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Laertes. —Tanta agua hay sobre ti, mi pobre Ofelia, que refreno mis
lágrimas, y sin embargo la Naturaleza mantiene su costumbre; que diga la
vergüenza lo que quiera. Cuando mis lágrimas se hayan ido, la mujer que hay
en mí se irá tambíén. ¡Adiós, mi buen Señor! Tengo verbos de fuego que
arderían fácilmente si no los sofocara esta flaqueza.

(Sale.)

Rey. —Sigámoslo, Gertrudis. Tanto que me costó calmar su ira y ahora temo
que de nuevo estalle.

Salen.

ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Un cementerio cerca de Elsinore.

Entran dos rústicos sepultureros.

Sepulturero Primero. —¿Le harán un entierro cristiano cuando trató de


irse al cielo por su cuenta?
Sepulturero Segundo. —Te digo que sí. Cava pronto su fosa. El médico
forense ya la examinó y así lo dispuso.
Sepulturero Primero. —¿Cómo puede ser eso? A menos que se ahogara
en defensa propia.
Sepulturero Segundo. —Pues eso descubrieron.
Sepulturero Primero. —Debió haber sido ―se offendendo‖ y no de otro
modo. Porque ese es el punto: si yo me ahogo voluntariamente, eso implica un
acto, y un acto tiene tres partes: actuar, hacer y ejecutar. ―Erguncio‖, yo me
ahogo adrede.
Sepulturero Segundo. —No, escúchame, Don Azadón...
Sepulturero Primero. —Permíteme. Aquí está el agua, bien. Aquí está el
hombre, bien. Si el hombre va al agua y se ahoga, es porque, quiéralo o no, él
fue; escucha bien eso, pero si el agua viene y lo ahoga, no es él quien quiso
ahogarse. "Erguncio", el que no es culpable de su propia muerte no acorta su
propia vida.
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Sepulturero Segundo. — ¿Eso dice la ley?


Sepulturero Primero. —¡Por la Virgen!: esa es la ley que usa el forense
en sus pesquisas.
Sepulturero Segundo. —¿Quieres oír la verdad? Si no hubiera sido una
Señorona, la enterrarían sin sepultura cristiana.
Sepulturero Primero. —Bien lo dijiste. Y es una lástima que los
poderosos tengan en este mundo el privilegio de ahogarse o de ahorcarse, y no
lo tengan los cristianos del montón. A ver, dame el azadón. No hay caballeros
de tan antiguo linaje como los jardineros, los cavadores y los sepultureros. Son
ellos los que conservan las herramientas de Adán.
Sepulturero Segundo. —¿Adán era un caballero? Entonces no usaba
herramientas.
Sepulturero Primero. —¿Tú eres hereje? ¿Cómo entiendes las Escrituras?
Las Escrituras dicen que Adán cavaba, ¿y cómo podía cavar sin herramientas?
Te haré otra pregunta, y si no das en el clavo confesarás que eres un...
Sepulturero segundo. —Venga.
Sepulturero Primero. —¿Quién construye con mayor solidez que el
albañil, que el constructor de barcos o que el carpintero?
Sepulturero Segundo. —El que hace una horca, porque ésta sobrevivirá a
mil inquilinos.
Sepulturero Primero. — Me gusta tu ingenio. Está bien eso de la horca,
pero ¿cómo está bien? Está bien para los que hacen el mal, pero está mal si
dices que una horca es más sólida que una iglesia. "Erguncio", la horca te
viene bien a ti. Prueba de nuevo; repite la pregunta.
Sepulturero Segundo. —¿Quién construye con mayor solidez que el
albañil o el carpintero?
Sepulturero Primero. —Dímelo y te desenyugo
Sepulturero Segundo. —Ya verás que te lo digo.
Sepulturero Primero. —Dilo, pues.
Sepulturero Segundo. —¡Por la misa!... no caigo.
Entran, muy atrás, Hamlet y Horacio.
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Sepulturero Primero. — No te rasques más los sesos, que el asno lerdo


no mejora ni a palos su andadura. Y la próxima vez que te hagan esa pregunta
contesta: el sepulturero, pues las casas que él hace duran hasta el día del
Juicio. Y ahora ve donde Yaughan y tráeme un jarro de aguardiente.

Sale el Sepulturero Segundo.

Sepulturero Primero. — (Cava y canta)


De joven yo amaba y amaba,
recuerdo lo dulce que me parecía,
y en cuanto a casaríne pensaba
que no era un asunto que me alegraría.
Hamlet. —¿No tiene este tipo sentimientos por su oficio, que puede cavar
una fosa cantando?
Horacio. —La costumbre se lo volvió familiar.
Hamlet. —Así es, la mano que no trabaja tiene más sensible el tacto.
Sepulturero Primero. —(Canta.)
Llegó la vejez sigilosa
y su garra al cuello la soga me echó,
de un golpe lanzóme a la fosa,
pensando que tierra no había sido yo.

Lanza fuera una calavera.

Hamlet. —Esa calavera tuvo lengua y algún día pudo cantar. ¡Cómo la arroja
ese pillo, cual si fuese la quijada con que cometio Caín el primer asesinato! Y
esa otra podría ser la de un político, que intentó embaucar al mismo Dios y de
quien este asno ahora se aprovecha, ¿no es cierto?
Horacio. —Podría ser, Milord.
Hamlet. —O la de un cortesano que sabía decir: ―Buenos días, amable
Milord, ¿cómo está mi buen Señor‖ O la del noble don Fulano, que elogiaba el
caballo del noble don Zutano cuando quería pedírselo prestado, ¿no es cierto?
Horacio. —Sí, Milord.
88

Hamlet. —Y ahora le pertenece a la noble Doña Gusana y está desquijarada,


y resquebrajada por la pala de un sepulturero. He aquí una espléndida
revolución, si sólo tuviéramos perspicacia para observarla. ¿Costó tan poco
formar estos huesos que ahora sólo sirven para jugar a los bolos? Los míos me
duelen de sólo pensarlo.
Sepulturero Primero. —(Canta.)
El pico y la pala clementes,
coronas y buena mortaja tejida
y un hueco en la tierra, a los clientes
alegres, le ofrecen muy buena acogida.

Lanzafuera otra calavera.

Hamlet. —Ahí va otra. ¿No podría ser ésta la de un abogado? ¿Dónde


estarán ahora sus sutilezas y sofismas, sus protocolos y artimañas? ¿Cómo
permite a este rudo rufián aporrear su mollera con su sucia azada sin acusarlo
de agresión? ¡Hum! 0 tal vez fue en su tiempo un gran acaparador de tierras,
con sus escrituras, sus garantías, su doble contabilidad y sus gananciales. ¿Es
ésta para él la multa por sus multas, la expropiación por sus expropiaciones,
tener su lindo cráneo lleno de linda tierra? ¿No bastaría una pareja de sus
contratos para cubrir, a lo largo y a lo ancho, el hueco que ahora ocupa? Todos
sus títulos de propiedad apenas cabrían en esa fosa; y su heredero tampoco ha
de tener más. ¿No?
Horacio. —Ni una pizca más.
Hamlet. —¿No hacen el pergamino con piel de carnero?
Horacio. —Sí, Milord, y de ternero también
Hamlet. —Pues son carneros y terneros quienes buscan su seguridad con
ellos. Le hablaré a ese tipo. ¿De quién es esa tumba, don Fulano?
Sepulturero Primero. —Mía, Señor. (Canta.)
"Alegres le ofrecen muy buena acogida".
Hamlet. —Tuya porque en ella vives.
Sepulturero Primero. —Y no tuya porque tú vives fuera. Por mi parte yo
no vivo en ella y sin embargo es mía.
89

Hamlet. —Esa es una mentira, porque es de los muertos y no de los


vivarachos.
Sepulturero Primero. —Y como tú eres un vivo, pronto dejará de ser mía
y pasará a ser tuya.
Hamlet. —¿Para qué hombre la cavas?
Sepulturero Primero. —Para ninguno, Señor.
Hamlet. —¿Para qué mujer entonces?
Sepulturero Primero. —Para ninguna, tampoco.
Hamlet. —¿A quién van a enterrar allí?
Sepulturero Primero. —A una que fue mujer, Señor, pero que, en paz
descanse, ya murió.
Hamlet. —¡Qué preciso este bribón! Hay que hablarle con la cartilla, porque
cualquier ambigüedad nos pierde. Por Dios, Horacio, hace tres años que lo
vengo observando: nuestro siglo se ha vuelto tan refinado que el pie del
aldeano anda ya tan cerca de los talones del cortesano, que le magulla los
sabañones. ¿Cuánto hace que eres sepulturero?
Sepulturero Primero. —De todos los días del año, desde el día en que
nuestro finado Rey Hamlet derrotó a Fortinbrás.
Hamlet. —¿Cuánto hace de eso?
Sepulturero Primero. —No lo sabes? Cualquier tonto lo sabe. Fue el
mismo día que nació el joven Hamlet, ése, el que ahora está loco y lo
mandaron a Inglaterra.
Hamlet. —¡Ah, sí! ¿Y por qué lo mandaron allá?
Sepulturero Primero. —¿Que por qué? Porque está loco. Allá recrobará
el juicio y si no lo recobra allá, no importa gran cosa.
Hamlet. — ¿Por qué?
Sepulturero Primero. —Porque allá nadie se dará cuenta. Allí están todos
tan locos como él.
Hamlet. —¿Y cómo enloqueció?
Sepulturero Primero. —De un modo extraño, dicen.
90

Hamlet. —¿Por qué extraño?


Sepulturero Primero. —Le revolvieron los sesos.
Hamlet. —Pero ¿dónde?
Sepulturero Primero. —¡Vaya, aquí, en Dinarnarcal. Yo ya llevo, entre
muchacho y hombre, treinta años corno sepulturero.
Hamlet. —¿Y cuánto dura un hombre bajo tierra sin pudrirse?
Sepulturero Primero. —Si ya no está podrido en vida –que ahora último
nos llegan tantos gan tantos sifilíticos, que casi se nos desarman al bajarlos–
puede durar de ocho a nueve años. Un curtidor puede durarte nueve.
Hamlet. —¿Por qué más que los otros?
Sepulturero Primero. —Porque tiene el pellejo tan curtido por el oficio,
Señor, que por mucho tiempo no le entra el agua, y el agua es terrible
destructora del hijo de puta cadáver. Aquí tienes una calavera que lleva en
tierra veintitrés años.
Hamlet. —¿Y de quién era?
Sepulturero Primero. —De un hijo de puta muy loco. ¿Quién crees que
era?
Hamlet. —No lo sé.
Sepulturero Primero. —¡Que lo pudra la peste a ese loco tunante! Una
vez me vació en la cabeza un jarro de vino del Rin. Pues esta calavera, sí,
Señor, fue de Yorick, el bufón del Rey.
Hamlet. —¿Esta?
Sepulturero Primero. —Esta misma.
Hamlet. —Déjame verla (La toma.)
¡Ay, pobre Yorick: Yo lo conocí, Horacio; era un ser de una gracia infinita,
con una admirable fantasía. Mil veces me cargó en sus hombros; ¡y qué odioso
me resulta ahora imaginármelo! Aquí estuvieron los labios que besé ni sé
cuántas veces. ¿Dónde están ahora tus cabriolas, tus canciones, tus chispazos
de buen humor que hacían rugir con carcajadas a toda la mesa? ¿No te queda
ninguno, ni para burlarte de tu propia mueca desdentada? Anda a la recámara
de mi Señora y dile que aunque se unte con una pulgada de gruesa pintura,
algún día tendrá esta misma apariencia. Hazla reír con eso.
91

Por favor, Horacio, díme una cosa.


Horacio. —¿Qué será, Milord?
Hamlet. —¿Tú crees que el gran Alejandro tuvo este aspecto bajo tierra?
Horacio. —El mismo.
Hamlet —¿Y olía así? ¡Puah! (Coloca el cráneo en el suelo)
Horacio. —Así mismo, Milord.
Hamlet. —¡A qué vil uso podemos regresar, Horacio! ¿No podría la
imaginación seguirle la pista al noble polvo de Alejandro, hasta encontrárselo
taponando la boca de un tonel?
Horacio. Sería curioso hacerlo paso a paso.
Hamlet. —No, ni tanto, bastaría con seguirle la pista así: Alejandro murió, a
Alejandro lo enterraron, Alejandro volvió a ser polvo, el polvo es tierra, con la
tierra hacemos barro ¿y por qué ese barro en que se convirtió no puede taponar
un barril de cerveza?
Oh César Imperial que barro te volviste,
tapa ese hoyo en el muro, mantén el viento fuera.
¡Oh puñado de tierra que al Orbe estremeciste,
detén el viento frío hasta la primavera!

Entran el Rey, la Reina, Laertes, el féretro de Ofelia,


un Prelado y el séquito.

Hamlet. —¡Mas calla, calla un rato! Ahí viene el Rey, la Reina y cortesanos.
¿A quién traen? ¿Con un ceremonial tan incompleto? Todo indica que es
alguien que su vida segó con su propia mano desesperada, y era alguien de
alta alcurnia. Quedémonos ocultos y escuchemos.

Retrocede con Horacio.

Laertes. —¿Qué ceremonia falta?


Hamlet. —Ese es Laertes, joven nobilísimo.
Laertes. —¿,Qué ceremonia falta?
92

Prelado. —Sus exequias se han hecho con toda la amplitud que nos es
premitida. Su muerte es sospechosa y si no fuera por el alto mandato que se
impuso a nuestra orden, quedaría yaciendo en tierra sin santificar, hasta el
toque de la última trompeta. Y en lugar de piadosas oraciones, le hubiera
arrojado cascotes y guijarros en su tumba. Y sin embargo lleva su virginal
guirnalda con flores de doncella y la acompaña el tañir de campanas.
Laertes. —¿,Y nada más harán?
Prelado.—No, nada más. Sería profanar los ritos fúnebres cantarle un
réquiem, como suele hacerse con las almas que en paz nos abandonan.
Laertes. —Depositadla en tierra; que de su hermosa carne inmaculada
florezcan las violetas. Y a ti te digo, cura intolerante, que ella un ángel será,
cuando tú estés bramando en los infiernos.
Hamlet. —¿La hermosa Ofelia? ¿Cómo?
Reina. —¡Lo más dulce para la dulce! Ofelia, adiós. (Le arroja flores.) Yo
soñé que de Hamlet tú la esposa serías y pensé que con flores adornaría tu
lecho nupcial, mi dulce niña, no tu tumba.
Laertes. —¡Que triple maldición caiga cien veces sobre ese ser maldito,
cuya pérfida acción te enajenó de tu fina razón!
No le echéis tierra aún, hasta que pueda tenerla entre mis brazos otra vez.
(Salta dentro de la fosa.) Ahora, sí, amontonad la tierra sobre el vivo y la
muerta hasta hacer de este llano una montaña más alta que el Pelión o la
celeste cumbre del azuloso Olimpo.
Hamlet. —(Se adelanta.) ¿Quién es el que declama su pena con tanto
énfasis, cuyas dolientes frases conjuran a detener su curso a los astros
errabundos, para que escuchen heridos de estupor? Aquí estoy yo, soy Hamlet,
el danés.
Laertes. —¡Al demonio con tu alma! (Sale de la fosa yforcejea con él.)
Hamlet. —No es buena tu oración. Y, por favor, suéltame la garganta,
porque aún no siendo fiero ni colérico, dentro de mí hay algo peligroso que tu
prudencia debería temer. ¡Aparta ya esas manos!
Rey. —Separadlos.
Reina. —¡Hamlet, Hamlet!
Todos. —¡Por favor, caballeros!
93

Horacio. —Ten calma, mi Señor. (Varios los apartan)


Hamlet. —Podría luchar con él por esta causa, hasta que terminaran de
agitarse mis párpados.
Reina. —¡Hijo mío! ¿por qué?
Hamlet. —Yo amaba a Ofelia. Cuarenta mil hermanos, juntando sus amores,
no sumarían el mío. ¿Y tú qué harías por ella?
Rey. —Está loco, Laertes.
Reina. —Por el amor de Dios, no lo permitan.
Hamlet. —Muéstrame, ¡por la sangre!, lo que harías. ¿Quieres llorar?
¿Luchar? ¿Ayunar? ¿Desgarrarte a ti mismo? ¿Quieres beber vinagre?
¿Comerte un cocodrilo? Yo lo haría. ¿Viniste a lloriquear? ¿0 a provocarme
metiéndote en su fosa? Entiérrate con ella vivo, que yo lo haré. ¡Y si hablas de
montañas, que encima nos arrojen millones de acres hasta que este suelo se
eleve hasta alcanzar la órbita solar, haciendo del monte Ossa una verruga! Y si
quieres gritar, yo rugiré.
Reina. —Esto es mera locura; y así, durante un rato lo afectará. Después,
como paciente tórtola, luego que nacen sus pichones áureos, se hundirá en el
silencio.
Hamlet. —Escúcharne, Señor. ¿Por qué razón así me insultas? Yo te quise
siempre. Pero eso no importa. Dejad que el mismo Hércules haga cuanto desee
y el gato maullará y ladrarán los perros.
Rey. —Te ruego, buen Horacio, que lo sigas de cerca.
(Salen Horacio y Hamlet.)

(A Laertes.) Sustenta tu paciencia en lo que anoche hablamos. Lo pondremos a


prueba de inmediato. Gertrudis, que vigilen a tu hijo. Tendrá esta tumba un
imperecedero monumento; y muy pronto vendrán días más clementes; hasta
entonces mostrémonos pacientes.

Salen.
94

E S C E NA S E G U N D A
En el Castillo.

Entran Hamlet y Horacio

Hamlet. —Pero basta con esto. Escucha lo que viene. ¿Tú recuerdas todos
los incidentes?
Horacio. —Los recuerdo, Milord.
Hamlet. —Algo luchaba en mi corazón y me robaba el sueño; me sentía peor
que un amotínado con grilletes. Audazmente –bendita sea la audacia– es muy
bueno saber que la improvisación a veces sirve cuando fracasan nuestros
planes. Eso debe enseñarnos que hay dioses que dan forma a nuestros fines,
aunque los preparemos toscamente.
Horacio. —Muy cierto es.
Hamlet. —Salgo del camarote envuelto en mi capote, busco a tientas el
legajo para ubicarlo en la oscuridad y logro mi deseo: robo el legajo y vuelvo
al camarote; crece mas mi osadía, mis temores olvidan todo escrúpulo y
rompo el sello del real despacho. Y allí me encuentro, Horacio, –¡Oh regia
felonía!– la orden terminante, adornada con múltiples razones, en que se
invoca el bien de Dinamarca y también el de Inglaterra y se inventan terribles
espantajos si acaso sigo vivo, que los conmina, a la primer lectura y sin
dermora alguna, ni siquiera para afilar el hacha, a decapitarme.
Horacio. —¡Oh! ¡No es posible!
Hamlet.—Aquí tienes la orden; léela con detención. ¿Pero quieres oírme lo
que hice?
Horacio. —Os lo ruego.
Hamlet. —Sintiéndome acechado por tantas villanías, debí inventar el
prólogo de una obra ya empezada. Senteme y escribí, con toda pulcritud, una
nueva misiva. Otrora yo sostuve, como los estadistas, que era ruin intentar
escribir pulcramente y traté de olvidarme de ese arte, que ahora,.amigo mío,
me prestó un gran servicio. ¿Y quieres conocer la sustancia de lo que yo
escribí?
Horacio. —Desde luego, Milord.
95

Hamlet. —Una vehemente exhortación del Rey, dirigida a Inglaterra, su leal


tributaría, considerando el mutuo afecto que debería florecer como palmas y
enlazar como dulce guirnalda la amistad que mutuamente se profesan, y otras
razones similares de gran peso, para que, en concluyendo la lectura de este
mandato y sin la menor dilación, le diesen muerte a sus dos portadores, sin
darles tiempo a que se confesaran.
Horacio. —¿Y cómo lo sellasteis?
Hamlet. —Pues hasta en eso el cielo me ayudó. Siempre llevo en mi bolsa el
sello de mi padre, que sirvió de modelo para el de Dinamarca. Doblé el pliego
de la misma manera que el otro, lo firmé y lo sellé y lo voIví a su sitio, sin que
nadie advirtiera la permuta. El combate naval ocurrió al día siguiente y ya
conoces la continuación.
Horacio. —Y Rosencrantz y Guíldenstern así van a lo suyo.
Hamlet. —Amigo, si ellos mismos ambicionaron esta comisión. No turban
mi conciencia; su perdición nació de su oficiosidad. Para seres rastreros
representa un peligro muy grave meterse entre las crueles y furiosas espadas
de adversarios potentes.
Horacio. —¡Por Dios, qué Rey es éste!
Hamlet. —¿No te parece, Horacio, que a quien mató a mi padre, prostituyó a
mi madre, se interpuso entre el voto del pueblo y mi esperanza y le arrojó el
anzuelo con perfidia a mi vida, ahora me corresponde, con la conciencia
limpia, darle su merecido con mi brazo? ¿No sería condenable permitir que
este cáncer de la naturaleza cometa nuevos crímenes?
Horacio. —Pronto lo enterarán, desde Inglaterra, de cuál fue el resultado del
asunto.
Hamlet. —Muy pronto, pero es mío el entretanto, y la vida de un hombre
dura menos que contar hasta ―uno‖. Lo que siento en el alma, Horacio amigo,
es haberme olvidado de Laertes, pues en la imagen de mi causa veo retratarse
la suya. Buscaré su amistad. Fueron sus dolientes bravuconadas las que me
enfurecieron.

Entra el joven Osric, un cortesano.

Osric. —Vuestra Señoría es bien venido en su regreso a Dinamarca.


96

Hamlet. —Te lo agradezo humildemente, Señor. (Aparte a Horacio)


¿Conoces a esta libélula?
Horacio. —No, Milord.
Hamlet. —Pues conserva tu estado de gracia, porque es pecado conocerle.
Posee muchas y muy fértiles tierras. Y permítele a una bestia ser dueño de
bestias y verás su pesebre en la mesa del rey. Es un charlatán, pero, como te
digo, millonario en estiércol.
Osric. —Afable Milord, si vuestra Alteza dispusiese de un momento de ocio,
yo le trasmitiría un recado de su Majestad.
Hamlet. —Lo recibiré, Señor, con el más solícito espíritu. Pero dale a tu
sombrero el uso correcto; ¡en la cabeza!
Osric. —Milord, os ldagradezco, pero hace mucho calor.
Hamlet. —No, créeme, hace mucho frío, sopla el viento del norte.
Osrlc. —Sí, es perceptiblemente frío, Milord, qué duda cabe.
Hamlet. —Y sin embargo yo lo noto bochornoso y cálido para mi
temperamento.
Osric. —En exceso, Milord, tan bochornoso como si fuera... no sé deciros
cuánto. Pero, Milord, su Majestad me ordenó manifestaros que ha concertado
una gran apuesta a vuestra mano. Señor, veréis de qué se trata.
Hamlet. —Recuérdalo, por favor. (Lo insta a ponerse el sombrero.)
Osric. —No, mi amable Señor, es más cómodo así, en verdad. Milord, aquí
tenemos, de regreso en la corte, a Laertes: creedme que es un cumplido
caballero, pletórico de las más eximias características, de suavísimo trato y
gran apostura. A fe mía, para hablar con justicia, él es brújula o calendario de
la aristocracia, pues en él encontraréis una síntesis de lo que un caballero
admiraría.
Hamlet. —Señor, su descripción no se pierde cosa alguna contigo, aunque
dividirlo para hacer su inventario marearía a la aritmética de la memoria, y
ésta se tambalearía tratando de dar caza a todas sus virtudes. Para ser justo con
él al valorarlo, lo considero alma de grandes aditamentos, cuya amalgamal es
de tal singularidad y rareza que, para describirlo con precisión, su único doble
está en su propio espejo y quien quisiera atraparlo encontraría una sombra y
nada más.
97

Osric. —Vuestra Señoría habla de él de una manera infalible.


Hamlet. —Pero veamos. ¿Con qué fin envolvemos al caballero en nuestro
rudo aliento?
Osric. —¿Señor?
Horacio. —¿No es posible que os entendáis en otro idioma? Vos podríais
lograrlo, Milord.
Hamlet. —¿Qué sentido tiene la mención de este caballero?
Osric. —¿De Laertes?
Horacio. —(Aparte a Hamlet.) Ya se le vació la bolsa. Ya gastó todas sus
palabras doradas.
Hamlet. —Sí, pues, de él, Señor.
Osric. —Sé que no sois ignorante...
Hamlet. —Deseaba que lo supieras, Señor, y, sin embargo, que lo sepas de
poco me aprovecha. ¿Bien, Señor?
Osric. —... que no ignoráis en cuáles excelencias Laertes es...
Hamlet.—No me atrevería a confesar eso, a menos que debiera compararme
con él, pues para conocer a un hombre bien, primero hay que conocerse a sí
mismo.
Osric. —Quise decir, Milord, su arte en el manejo de las armas, pues, según
la fama que le atribuyen, en esos merecimientos no tiene parangón.
Hamlet. —¿Y cuál es su arma?
Osric. —El florete y la daga.
Hamlet. —Esas son dos armas, pero bien...
Osric. —El Rey, Milord, apostó con él seis caballos berberiscos, contra los
cuales la postura de Laertes fue, según lo entendido, de seis floretes y puñales
franceses, con sus aditamentos tales como tahalíes, guarniciones y demás
cosas. Tres de esos soportes son por cierto de la más refinada fantasía, en
consonancia con las empuñaduras, las delicadísimas vainas y los elaborados
diseños.
Hamlet. —¿A qué llamas tú los soportes?
98

Horacio. —(Aparte a Hamlet.) Sabía que os harían falta notas al margen,


antes de terminar.
Osric. —Los soportes, Milord, son los arreos.
Hamlet. —La frase sería más apropiada al asunto si pudiéramos cargar un
cañón al cinto. Prefiero que hasta entonces sigan siendo guarniciones. Pero,
¡adelante! Seis caballosberberiscos contra seis espadas francesas con sus
guarniciones y tres, libremente llamados, arreos: esa es la apuesta francesa
contra la danesa. ¿Y para qué todas estas "posturas‖ como tú las llamas?
Osric. —El Rey, Milord, estipuló que en doce asaltos entre vos y él no os
aventajará por más de tres; y él apuesta a doce contra nueve; y se haría de
inmediato el encuentro, si vuestra Señoría se digna otorgarme su respuesta.
Hamlet. —¿Y si contesto que no?
Osric. —Quiero decir, Milord, si vuestra persona no se opone a la prueba.
Hamlet. —Señor, me pasearé por esta galería. Con la venia de su Majestad
ésta es la hora de mis ejercicios. Que traigan los floretes, si el cabállero está de
acuerdo, y si el Rey mantiene su apuesta, lo haré ganar, si puedo, y, si no, yo
ganaré tan sólo la vergüenza y los botonazos.
Osric. —¿Debo transmitirlo así?
Hamlet. —Con ese tenor, mas todos los floreos que desees añadirle.
Osric. —Encomiendo mis respetos a Vuestra Señoría. (Sale Osric.)
Hamlet. —Siempre tuyo, siempre tuyo. Hace bien en encomendarse: no
habría otra lengua que lo hiciera por él.
Horacio. —Este pichón aún vuela con el cascarón en su cabeza
Hamlet. —Y antes de mamar le hace reverencias a la teta. Y él –así y
muchos más de la misma ralea a quienes conozco, y por quienes este siglo
huero chochea– sólo pescaron el tono de la época, además de ciertas maneras,
una especie de conjunto espumoso que los lleva a mariposear de una en otra
de las más triviales y huecas opiniones, las que, con sólo soplarlas, se
deshacen como burbujas.

Entra un Caballero.
99

Caballero. —Milord, su Majestad os envió un recado con el joven Osric,


quien regresó diciendo que lo esperabais en esta galería. El me envía para
saber si aún deseáis batiros con Laertes, o si preferís tomaros más tiempo.
Hamlet. —Soy constante en mis propósitos; obedecen a los gustos del Rey.
Si él está pronto, yo también, ahora o cuando sea, siempre que me encuentre
tan dispuesto como hoy.
Caballero. —El Rey, la Reina y los demás ya vienen.
Hamlet. —Enhorabuena.
Caballero. —La Reina desea que seáis cortés con Laertes, antes de iniciar el
lance.
Hamlet. —Es un buen consejo.
Sale el Caballero.

Horacio. —Perderéis esta apuesta, Milord.


Hamlet. —No lo creo. Desde que él partió a Francia he practicado
continuamente. Con la ventaja que me dan, ganaré; pero no te puedes imaginar
la angustia que me oprime el corazón. Aunque no importa.
Horacio. No, mi buen Milord...
Hamlet. —Son tonterías; es una especie de presentimiento como el que tal
vez podría inquietar a una mujer.
Horacio. —Si vuestro espíritu presiente algo, obedecedIo. Yo los detendré y
les diré que estáis indispuesto.
Hamlet. —De ningún modo, desafiaremos los presagios; hasta en la caída de
un gorrión interviene la Providencia. Si tiene que ser ahora es que no está por
venir; si no está por venir es que será ahora y si no tiene que ser ahora de
todos modos vendrá. Estar dispuesto es todo. Si ningún hombre es dueño de lo
que deberá abandonar ¿qué importa abandonarlo? Que sea lo que sea.

Entra, con floreo de trompetas, el Rey, la Reina, Laertes,


Osric y toda la corte. Además, servidores con cojines,
floretes y dagas. Y una mesa con jarras de vino.
100

Rey. —Hamlet, acércate y su mano acepta. (El Rey pone la mano de Laertes
en la de Hamlet).
Hamlet. —Perdonadme, Señor. Os he agraviado; perdonadme como buen
caballero. Esta Corte bien sabe, y vos habréis oído, cómo me han castigado
con una cruel perturbación. Lo que yo haya hecho que pudiera inflamar
vuestra naturaleza y vuestro honor y causar vuestra desaprobación, aquí
declaro que locura fue. ¿Hamlet fue quien agravió a Laertes? Nunca Hamlet.
Pues si Hamlet se encuentra fuera de sí, ya no es el mismo Hamlet cuando
ofende a Laertes, y no es entonces Hamlet quien lo hace. Hamlet lo niega.
Mas ¿quién lo hace entonces? Su locura. Hamlet está en el campo de los
ofendidos. Y la locura del pobre Hamlet es su peor enemiga. Permitidme,
Señor, que ante la Corte, yo me desligue de esa maldad deliberada, y que tu
comprensión generosa me absuelva. Fue como si, al disparar mi flecha por
encima del muro, hiriera así a mi hermano.
Laertes. — Danse por satisfechos mis sentimientos: eran los que más me
impelían a la venganza; pero, en cuanto a mi honor toca, yo mantengo la
distancia y no habrá ninguna reconciliación a menos que obtengamos de
ancianos venerables, de honor reconocido, la opinión –con precedentes que la
justifiquen– de cómo hacer las paces manteniendo mi nombre inmaculado.
Pero hasta ese momento recojo con afecto el afecto que me ofreces, lo
retribuyo y a él no faltaré.
Hamlet. —Lo acepto de buen grado y muy lealmente disputaré esta apuesta
fraternal. Dadnos ya los floretes.
Laerte. —Uno a mí.
Hamlet. —Os serviré de lucimiento; vuestra destreza brillará sobre mi
ineptitud corno fulgura un astro en la lóbrega noche.
Laertes. —Os burláis.
Hamlet. —No, os lo juro.
Rey. —Dadles ya los floretes, joven Osric. Hamlet, sobrino mío, ¿conoces
bien la apuesta?
Hamlet. —Muy bien, Milord. Vuestra Alteza apostó a la parte más débil.
Rey. —No lo temo. A ambos he visto y si él es el mejor, tenemos la ventaja.
Laertes. —Es muy pesado éste; pásame otro.
Hamlet. —Me gusta éste. ¿Estas hojas tienen el mismo largo?
101

Osric. —Sí, Milord. (Hamlet y Laertes se preparan para el lance.)


Rey. —Traed el vino a la mesa. Si Hamlet le da el primero de dos golpes, o si
se recupera en el tercer asalto, que todos los cañones hagan fuego. Brindará el
Rey con Hamlet para alentarlo y echará en su copa la perla más preciosa de
cuantas han usado en su corona los cuatro últimos reyes de Dinamarca.
Dadme ya las copas; y que le comunique el timbal al clarín y el clarín al cañón
y el cañón a los cielos que el Rey está brindando por Hamlet. ¡Comenzad!
(Toque de trompetas).
Y vosotros los jueces, listo el ojo.
Hamlet. —Vamos, Señor.
Laertes. —Adelante, Milord. (Inician el lance)
Hamlet. —Tocado.
Laertes. —No.
Hamlet. —¿Los jueces?
Osric. —Estocada evidente. (Timbal, trompeta y un cañonazo)
Laertes. —Bien, de nuevo.
Rey. —¡Alto! Quiero beber. La perla es tuya, Hamlet. A tu salud. Dadle su
copa.
Hamlet. —Antes permitidrne otro asalto; colocadla allí cerca.
Adelante. Otro golpe. ¿Qué decís?
Laertes. —Fui tocado, tocado. Lo confieso.
Rey. —Va a ganar nuestro hijo.
Reina. —Está pesado, ya le falta el aire. Ten mi pañuelo, Hamlet, sécate el
rostro. Brindará la Reina, Hamlet, por tu fortuna.

Toma la copa de Hamlet.

Hamlet. —Muy amable, Señora.


Rey. —¡No, no bebas, Gertrudis!
Reina. —Lo haré, Milord; perdóname.
Rey. —(Aparte) ¡La copa del veneno! Ya es muy tarde.
102

Hamlet. —Aún no quiero beber, Señora. Lo haré luego.


Reina.—Ven y permíteme que te seque el rostro.
Laertes. —Este es mi turno, Majestad.
Rey. —¡No creo!
Laertes. —(Aparte.) Y no obstante violenta mi conciencia.
Hamlet. —Adelante, Laertes, al tercero. Hasta aquí estás bromeando. Ataca
con violencia; sospecho que me tomas por un niño mimado.
Laertes. —¿Eso piensas? Pues vamos. (Se baten).
Osric. —No hubo nada, de un lado ni del otro.
Laertes. —¡Toma ésta! (Lo hiere, intercambian florestes y Hamlet hiere a
Laertes).
Rey. —Separadlos. Están exasperados.
Hamlet. — ¡No, de nuevo!
La Reina cae.

Osric. —Atended a la Reina.


Horacio. —Ambos sangran. Milord ¿cómo os halláis?
Osric. —¿Te sientes bien, Laertes?
Laertes. —Como un pájaro bobo que cayera en su propia celada. Con
justicia perezco víctima de mi propia traición.
Hamlet. —La Reina, ¿cómo está?
Rey. —Se desmayó cuando os miró sangrar.
Reina. —¡Oh, no, el vino, el vino! ¡Oh mi querido Hamlet! ¡El vino, el vino!
Me han envenenado.
Hamlet. —¡Villanía! ¡Vamos, cerrad la puerta! ¡Traición! ¡A des cubrirla!
Laertes se desploma.
Laertes. —¡Ella está aquí! ¡Te asesinaron, Hamlet! Ninguna medicina
conseguiría salvarte; no te queda ni media hora de vida. El traidor instrumento
está en tu mano: la hoja sin botón y envenenada. El vil engaño se volvió en mi
103

contra. Miradme aquí caído para jamás volver a levantarme. Tu madre


envenenada. No puedo más. Fue el Rey. El Rey es el culpable.
Hamlet. —¿También envenenaron la punta? Pues entonces, veneno, haz tu
trabajo. (Hiere al Rey).
Todos. —¡Traición! ¡Traición!
Rey. —¡Amigos, defendedirte! Tan sólo estoy herido.
Hamlet. —(Lo obliga a beber) ¡Bebe, entonces, criminal incestuoso! Danés
maldito, bébete tu pócima. ¿Está tu perla aquí? Vete con mi madre.

El Rey muere.

Laertes. —Castigo justiciero; él mismo hizo la mezcla del veneno.


Intercambia perdones conmigo, noble Hamlet: que ni mi muerte ni la de mi
padre sobre ti caigan; ni sobre mí la tuya.
Hamlet. —¡Que los cielos te absuelvan! Ya.te sigo. Horacio, muerto estoy.
¡Reina infeliz, adiós! Y a los que contempláis pálidos y temblando nuestra
suerte, cual personajes mudos o auditorio de este acto, si yo tuviera tiempo –
que este alguacil, la muerte, es muy estricto con sus detenciones– os podría
relatar… Pero ¡que sea! Horacio, muerto estoy, y tú vives. Justifícame y
cuenta la verdad de mi causa ante quienes la ignoren.
Horacio.—Ni lo penséis. Yo soy más un romano antiguo que un danés.
Todavía queda un poco de licor.
Hamlet. —Si tú eres hombre dame acá esa copa. ¡Suéltala, por los cielos!
Fiel Horacio, qué nombre tan manchado dejaría tras de mí si quedaran ocultas
tantas cosas. Si alguna vez me guardaste en tu pecho, mantente por un tiempo
lejos de esta ventura que anhelas y conserva tu aliento dolorido, en este mundo
cruel, para contar mi historia. (Se escucha una marcha lejana.) ¿Qué es ese
ruido bélico?

Entra Osric.

Osric. —El joven Fortinbrás, que de Polonia vuelve victorioso y recibe a los
Embajadores de Inglaterra, con descargas marciales.
Hamlet. —Muero, Horacio. El potente veneno triunfa sobre mi espíritu. No
alcanzaré a vivir para escuchar las nuevas de Inglaterra; pero te vaticino que
será Fortinbrás el nuevo Rey; que cuente con mí voto moribundo. Se lo dirás,
104

con todos los sucesos, grandes o chicos, que esto ocasionaron. Lo demás es
silencio.

Muere HamIet

Horacio. —¡Ahora estalla un noble corazón. Buenas noches, dulce Príncipe.


Que tu descanso arrullen coros de ángeles. ¿Por qué el tambor se acerca?
Entran Fortinbrás y el Embajador, con estandartes,
tambores y su séquito.
Fortinbras. —¿Dónde está ese espectáculo?
Horacio. —¿Qué desearías mirar? ¿El dolor o el espanto? ¡Terminad vuestra
búsqueda!
Fortinbrás. —Todos estos cadáveres proclaman que hubo una carnicería.
Muerte soberbia, ¿qué festín preparas en tu morada eterna que tan
sangrientamente derribaste a tantos Príncipes con un solo golpe?
Embajador. —¡Qué visión espantosa! Tarde llegan nuestros mensajes de
Inglaterra. Están sordos ya los oídos que tendrían que escuchar cómo
cumplimos con vuestro mandato. Rosencrantz y Guildenstern están muertos.
¿Quién nos dará las gracias?
Horacio. —(Señalando al Rey.) No su boca, aunque tuviera vida para darlas.
Él no ordenó esas muertes. Mas si habéis arribado justo en este momento tan
sangriento, vos de Polonia y vos desde Inglaterra, ordenad que estos cuerpos
se expongan en una alta plataforma; y dejadme que le hable al mundo, que aún
lo ignora, de cómo sucedieron estas cosas. Y escucharéis así de sanguinarios
hechos, carnales y monstruosos, de sentencias casuales, de fortuitas matanzas,
de muertes provocadas por la astucia, por incentivos sobrenaturales, y en fin,
como secuela, de celadas fallidas que golpearon a quienes las urdieron. De
todo esto yo puedo daros un fiel relato.
Fortinbras. —De inmediato lo oiremos; que vengan los más nobles a la
audiencia. Y en cuanto a mí, con pena recibo mi fortuna. Viejos derechos
tengo en este Reino que me hacen reclamar mi primacía.
Horacio.—También sobre esto tengo de qué hablaros: ya su boca votó,
muchos lo seguirán. Procedamos cuanto antes, no obstante que los ánimos se
encuentran perturbados, no sea que por error o por intrigas ocurran más
desgracias.
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Fortinbrás. —Que cuatro capitanes, con los honores de un soldado, lleven a


Hamlet hasta el túmulo: si hubiera sido él el elegido habría sido un gran Rey.
Y que los ritos bélicos y la música propia de guerreros pregonen estruendosos,
su deceso. Retirad esos cuerpos. Esta visión se haya fuera de su lugar, es más
propia de un campo de batalla.
Pedid a los soldados que disparen.

Salen marchando; después se escucha


un estrépito de salvas.

Telón.