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Empresarios y política en la Argentina, 1880-1916

Roy Hora

Trabajo presentado en el simposio 46, Business organizations and the political economy of XXth century Latin America, del XIII Congress of the International Economic History Association, Buenos Aires, julio de 2002. Organizadores: James Brennan (USA) y Carlos Dávila (Colombia)

(Universidad Nacional de Quilmes, CONICET). Domicilio: Centro de Estudios e Investigaciones, Roque Sáenz Peña 180 (1876) Bernal. Te: 4365-7100, interno 209. E- mail: rhora@unq.edu.ar. Versión preliminar. Esta investigación contó con el apoyo de la Fundación Antorchas.

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I. Introducción

Este trabajo analiza la relación entre empresarios rurales y orden político en Argentina en el período de crecimiento agroexportador del cambio de siglo. Esta problemática ha concitado la atención de numerosos investigadores, y se cuenta entre los temas más clásicos de los estudios sobre el pasado de la república. Vista en perspectiva, esta literatura ha dado lugar a dos grandes corrientes de interpretación. Un conjunto de trabajos ha insistido en que el orden político de la Argentina del cambio de siglo se encontraba férreamente dominado por el gran empresariado rural, al que se describe habitualmente como una oligarquía terrateniente. Esta interpretación se convirtió en la visión dominante en los medios académicos en los años cincuenta y sesenta, pero nunca alcanzó a desplazar totalmente a otras visiones alternativas sobre la relación entre empresarios y política. 1 De particular relevancia es aquella que argumenta que la clase dominante no estaba conformada por terratenientes sino por empresarios diversificados, cuyos intereses económicos se desplegaban en diversos sectores de actividad. Esta línea de indagación fue bosquejada en los años cincuenta, y alcanzó gran predicamento en los últimos dos decenios. 2

Aunque opuesta, esta interpretación viene a coincidir con aquella que critica en aspectos sustanciales de la descripción del orden político del cambio de siglo, así como del lugar de los grandes empresarios en ese orden. Las dos ofrecen variaciones de una misma concepción instrumental de la política que, entre otras cosas, concibe al estado capturado por la elite económica. Para estas visiones, el gran empresariado, terrateniente o diversificado, colocó al estado y a los partidos políticos de la Argentina agroexportadora a su servicio. Este trabajo toma distancia de estas perspectivas instrumentalistas del poder, y se interesa por el conjunto más amplio de relaciones sociales a partir de los cuales los empresarios se relacionan con el estado y construyen sus estrategias políticas. En este sentido, se inscribe en un movimiento de revisión de algunos aspectos de la interpretación

1 Representativos de esta línea de indagación son los trabajos de Aldo Ferrer, La economía argentina. Las etapas de su desarrollo y problemas actuales (Buenos Aires, 1963); Guido Di Tella y Manuel Zymelman, Las etapas del desarrollo económico argentino (Buenos Aires, 1967); Oscar Cornblit, “Inmigrantes y empresarios en la política argentina”, Desarrollo Económico, 6:24 (1967); Roberto Cortés Conde, “Problemas del crecimiento industrial argentino. 1880-1914” en Torcuato Di Tella y Gino Germani, Argentina sociedad de masas (Buenos Aires, 1967); Roberto Cortés Conde, “El boom argentino: ¿una oportunidad desperdiciada?”, Rivista Storica Italiana (1965), reproducido en Torcuato S. Di Tella y Tulio Halperin Donghi (editores), Los fragmentos del poder (Buenos Aires, 1969); Carl E. Solberg, “Tariffs and Politics in Argentina, 1916-1930”, Hispanic American Historical Review, 53:2 (1973).

2 Milcíades Peña, Industria, burguesía industrial y liberación nacional (Buenos Aires, 1974); Jorge Federico Sábato, La clase dominante en la Argentina moderna. Formación y características (Buenos Aires, 1988); Hilda Sabato, Capitalismo y ganadería en Buenos Aires: la fiebre del lanar (Buenos Aires, 1989). Jorge Schvarzer ha ofrecido la visión más completa de esta perspectiva. Véanse sus Bunge y Born. Crecimiento y diversificación de un grupo económico (Buenos Aires, 1989); “Política industrial y entorno macroéconómico. Apreciaciones sobre la política arancelaria argentina a comienzos del siglo XX”, Boletín Techint, 275 (1993); Industriales del pasado. La Unión Industrial Argentina (Buenos Aires, 1991); La industria que supimos conseguir (Buenos Aires, 1996).

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tradicional sobre la política argentina del período. En años recientes, diversos estudios han ofrecido elementos para reconsiderar estas interpretaciones, poniendo en entredicho la visión de una vida pública controlada y limitada al mundo de las elites. Estos trabajos, sin embargo, se han preocupado más por estudiar las peculiaridades de la vida pública que por entender la relación entre actores sociales y poder político. Es por ello que una mejor comprensión de las ideas y los actores específicos del campo político -dirigentes, partidos, prensa política- no ha sido siempre acompañada de un avance igualmente profundo del conocimiento sobre la relación entre sociedad civil y esfera del poder. 3

Este ensayo intenta avanzar en esta línea de indagación. Más específicamente, se propone analizar la relación entre empresarios rurales y poder político, y discute algunos elementos de las interpretaciones establecidas sobre el problema. No se ocupa mayormente del análisis de las organizaciones gremiales del sector rural, de las cuales la más relevante es la Sociedad Rural Argentina, sino que sugiere una serie de hipótesis sobre el contexto más general en el que se desenvolvió la acción de estas instituciones. El trabajo argumenta que la visión tradicional que afirma que los grandes terratenientes conformaban el corazón de la elite socioeconómica del país es básicamente correctas, y que las críticas de que ha sido objeto esta interpretación son en gran parte irrelevantes. Pero toma distancia de esta interpretación, así como también de aquella que postula la existencia de una elite económica diversificada, en lo que se refiere a cómo entender la relación entre la elite económica y el orden político, pues afirma que la hegemonía terrateniente no se fundaba en ninguna relación especial con el estado, sino en la fortaleza de su posición en la esfera económica y social.

II. Formación y características del empresariado rural

La formación del gran empresariado rural fue un producto muy tardío de la apertura de la pampa al mercado mundial, y en verdad no se completó hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Cuando el Río de la Plata se independizó del dominio español en 1810, la producción rural ocupaba un lugar marginal en la economía del virreinato, y concitaba escasa atención de parte de las autoridades. Los principales intereses de los mayores empresarios y de los burócratas coloniales giraban en torno a la extracción de metal precioso de las minas del Potosí y el control del tráfico mercantil con el Alto Perú, pues estos eran los verdaderos motores de la economía del virreinato y la fuente de ingreso de sus grupos dominantes. La campaña litoral se encontraba mayormente poblada por pequeños productores, cuyos intereses no ocupaban una posición relevante entre las preocupaciones de la administración colonial, a punto tal que el estado colonial siempre se

3 Véanse, por ejemplo, los trabajos de Natalio Botana, El orden conservador (Buenos Aires, 1977); Hilda Sabato, “Citizenship, Political Participation and the Formation of the Public Sphere in Buenos Aires, 1850s- 1880s,” Past and Present, 136 (1992); La política en las calles. Entre el voto y la movilización ciudadana (Buenos Aires, 1997); Eduardo A. Zimmermann, Los liberales reformistas (Buenos Aires, 1994); Paula Alonso, “Politics and Elections in Buenos Aires, 1890-1898: The Performance of the Radical Party”, Journal of Latin American Studies, 25 (1993). Evaluaciones de esta producción en Ezequiel Gallo, “Historiografía política: 1880-1900”, en AAVV, Historiografía Argentina (1958-1988). Una evaluación crítica de la producción histórica argentina (Buenos Aires, 1990), pp. 327-338; y en Paula Alonso, “La reciente historia política de la Argentina del ochenta al centenario” Anuario IEHS, 13 (Tandil 1998), pp. 393-418. La excepción más relevante a esa corriente es Tulio Halperin Donghi, cuyo interés en la historia política de las clases propietarias se advierte en trabajos como Una nación para el desierto argentino (Buenos Aires, 1980); José Hernández y sus mundos (Buenos Aires, 1986) y “The Buenos Aires Landed Class and the Shape of Argentine Politics, 1820-1930”, en Evelyne Huber y Frank Safford (editores), Agrarian Structure and Political Power: Landlord and Peasant in the Making of Latin America (Londres, 1995), pp. 39-66.

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mostró más interesado en garantizar la regularidad del abasto urbano que en establecer sobre bases firmes el régimen de la propiedad del suelo.

Tras la Revolución de Mayo, las relaciones del estado y los grupos económicamente dominantes con la campaña comenzaron a cambiar. Las elites mercantiles de Buenos Aires, que dominaban los circuitos comerciales que giraban en torno al tráfico con el Alto Perú, pronto perdieron todo control sobre este espacio, que quedó en manos realistas. Su dominio de los circuitos mercantiles internos y de importación y exportación también fue cuestionado por la llegada de nuevos comerciantes europeos. Al mismo tiempo, el comercio libre impulsó a la economía del Río de la Plata a orientarse hacia el Atlántico, y en particular hacia la exportación de productos pecuarios. Desde mediados de la década de 1810, y con mayor fuerza desde la década de 1820, la ganadería comenzó a atraer capitales que ya no encontraban colocación redituable en las actividades mercantiles habituales de la etapa colonial tardía. 4

Sería erróneo, sin embargo, fijar en esas décadas la formación de la clase terrateniente. En su mayoría, los empresarios que se volcaron a la producción rural siguieron conservando fuertes intereses en diversas actividades, en particular mercantiles. Ello se explica por la fuerte inestabilidad que caracterizó a la primera mitad del siglo XIX. Las recurrentes crisis políticas, las guerras civiles y externas, los bloqueos que por largos años sufrió el comercio de exportación, aconsejaban no depender de una única fuente de ingresos, por más atractiva que ésta fuera. Es por ello que la transformación en los patrones de inversión que sucedió a la independencia puede describirse como la incorporación de una nueva actividad productiva que, aunque de importancia capital, no eliminaba sino que se sumaba a otros diversos emprendimientos: comercio de importación y exportación, actividades financieras y mercantiles, renta urbana. Un trabajo reciente de Juan Carlos Garavaglia nos ofrece un buen panorama sobre este aspecto decisivo de la historia de la elite económica decimonónica. Basándose en un estudio de inventarios de grandes empresarios rurales para el período 1820-1850, este autor concluye que, en promedio, la inversión en estancias alcanzaba al 42 % y aquella en propiedad urbana a un 30,3 % del patrimonio. Le seguían en importancia el dinero en efectivo con un 10 %, los créditos activos con un 5 % y las chacras y quintas con un 3,5 % del total del patrimonio. 5

Los grandes terratenientes que ocupaban la cima de la sociedad argentina a comienzos del siglo XX ingresaron a la actividad rural de modo más paulatino de lo que habitualmente se supone, y pasada la mitad del siglo algunas figuras típicamente consideradas como exponentes de este grupo apenas lo había hecho. Para no referirnos más que a un ejemplo (revelador por tratarse del que era considerado el mayor terrateniente de la pampa), recordemos que cuando Nicolás Anchorena falleció en 1856 el 81 % de su patrimonio inmobiliario estaba colocado en propiedades urbanas, mientras que apenas el

4 El estudio clásico sobre este proceso es Tulio Halperin Donghi, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires”, en Torcuato Di Tella y Tulio Halperin Donghi, Los fragmentos del poder (Buenos Aires, 1969). Para una discusión de algunas contribuciones más recientes, Raúl Fradkin, “Tulio Halperin Donghi y la formación de la clase terrateniente porteña”, en Anuario IEHS 10, reproducido en Roy Hora y Javier Trímboli (editores), Discutir Halperin. Siete ensayos sobre la contribución de Tulio Halperin Donghi a la historia argentina (Buenos Aires, 1997), pp. 71-111.

5 Juan Carlos Garavaglia, “Patrones de inversión y ‘elite económica dominante’: los empresarios rurales en la pampa bonaerense a mediados del siglo XIX”, en Jorge Gelman, Juan Carlos Garavaglia y Blanca Zeberio (editores), Expansión capitalista y transformaciones regionales. Relaciones sociales y empresas agrarias en la Argentina del siglo XIX (Buenos Aires/Tandil, 1999).

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19 % estaban en tierra y empresas rurales. 6 Ello no impidió que desde muy temprano se hiciera sentir en la campaña la presencia de la gran propiedad. El bajo precio del suelo (que se mantuvo gracias a la incorporación de tierras nuevas), la simplicidad técnica de actividad ganadera y el elevado costo de la fuerza de trabajo favorecieron la conformación de grandes unidades de producción, que de todas maneras coexistieron con una miríada de establecimientos menores, muchos de ellos basados en fuerza de trabajo familiar. Durante décadas, las particulares condiciones en las que se dio la expansión ganadera post- independiente, propias de una sociedad de frontera, hicieron que el ingreso en la actividad rural resultase relativamente sencillo. Por este motivo, el medio siglo que sucedió a la independencia ayudó a la reconstitución sobre bases parcialmente rurales de una parte significativa de las antiguas fortunas mercantiles coloniales, pero también dio lugar a la formación de nueva riqueza. En verdad, el gran empresariado rural que comenzó a tomar forma en este período reconoce orígenes mucho más diversos que la elite colonial que la precedió (que era por otra parte ella misma también bastante heterogénea). 7

La expansión ganadera forzó una redefinición las relaciones entre el estado y la actividad rural. Tras la pérdida del Alto Perú, la producción rural comenzó a perfilarse como la única alternativa para reorganizar la economía de la nueva república. No puede extrañar entonces que todos los gobernantes republicanos intentaran impulsar este proceso, en la medida en que sus magros recursos se lo permitían. A ello los instaba el deseo no sólo de reorientar la economía hacia la producción y devolver a los hombres a la disciplina del trabajo, del que la revolución y la guerra los había en parte sustraído; también los guiaba el proyecto de dotar al estado de una nueva y más sólida base financiera, que finalmente encontraron en el cobro de gravámenes a los movimientos del comercio exterior, cuya dependencia de la suerte de las exportaciones rurales era directa.

El estado independiente fundó su legitimidad en la soberanía popular, y debió reclamar la obediencia de una sociedad que había sido profundamente movilizada por las guerras de independencia y más tarde por las civiles. A pesar de ello, y aun cuando la gran propiedad resultaba inconsistente con los postulados ideológicos de los gobiernos republicanos, todos ellos, con independencia de su tonalidad ideológica específica, se contaron entre sus promotores, en gran medida porque ésta era la forma “natural” en que tendía a organizarse la producción rural. Ello explica la algo paradójica situación por la cual un estado cuyas bases políticas eran más amplias de lo que habitualmente se supone contribuyó a consolidar un sistema de propiedad de la tierra, y en definitiva un orden social rural, que estaba lejos de ser democrático. 8

La defensa de la frontera, el disciplinamiento de la fuerza de trabajo, la instauración del orden y la sanción de los derechos de propiedad, y, pasada la mitad de siglo, la creación de un sistema de transportes, fueron campos donde se evidenció la acción del estado independiente en apoyo de la expansión del capitalismo y la gran propiedad. La afirmación del orden político en las décadas que sucedieron a la caída de Rosas en 1852, lenta y difícil pero cierta, permitió que el estado destinara mayores recursos a favorecer el crecimiento económico, y en definitiva creó mejores condiciones para el desarrollo de la producción.

6 Sucesión Nicolás Anchorena, AGN.

7 Sobre la elite colonial, véanse los trabajos de Susan Socolow, The Merchants of Buenos Aires, 1778-1810 (Cambridge, 1978); y The Bureaucrats of Buenos Aires, 1769-1810 (Durham, 1987).

8 Jorge Myers, Orden y Virtud. El discurso republicano en el régimen rosista (Bernal, 1995); Ricardo Salvatore, “Fiestas federales: representaciones de la república en el Buenos Aires rosista”, Entrepasados, VI:11 (1996).

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De todas manera, el gran cambio se verificó a fines de la década de 1870 y comienzos de la de 1880, cuando un estado que había desarrollado fuertes bases políticas en el interior del país, y mucho más poderoso y solvente que en cualquier momento del pasado, se convirtió en una formidable herramienta de transformación económica. De esos años datan la Campaña del Desierto de 1879-80, que libró a la pampa de la presencia indígena y abrió el camino para sumar cientos de miles de hectáreas a la producción, la construcción de una vasta red de transportes y comunicaciones y la instauración definitiva del orden estatal.

En estos años, algunos rasgos del cuadro productivo que hemos bosquejado más arriba comenzaron a modificarse como resultado del nuevo dinamismo adquirido por la economía rural gracias a la expansión de la producción lanar. Desde la década de 1870, una inversión más sostenida de capital, así como una mayor atención a los problemas técnicos de la producción, que creció en complejidad, se volvieron necesarios para asegurar la rentabilidad de una empresa rural. La eliminación de los indígenas tras la Campaña del Desierto de 1879-80 coincidió con la liberación de nuevas energías productivas, y en las décadas de 1880 y 1890, la empresa rural pampeana entró en una acelerada fase de mejoramiento, que requirió de la asistencia de nuevas inyecciones de capital. La apertura de mercados europeos para el ganado refinado impulsó una profunda renovación de la ganadería, que obligó a los productores a invertir fuertemente en la mejora de praderas y ganados. En estas últimas dos décadas del siglo, el veloz desarrollo de la red ferroviaria también hizo posible una fuerte expansión de la producción granífera. 9

Estas transformaciones, que pronto aseguraron un contexto muy estable, dieron lugar a la consolidación de instituciones como la Sociedad Rural Argentina. Fundada en 1866 pero sólo afirmada en los años ochenta, la Sociedad finalmente logró concitar la atención de un empresariado rural que comenzaba a advertir la importancia de la mejora de las prácticas agronómica. Ello constituía un cambio sustancial respecto del pasado, que sugiere que este nuevo marco para el desarrollo de la actividad empresarial en el sector rural estaba dando lugar a la aparición de nuevos tipos de empresarios. Lo más visible de este cambio es la creciente especialización en la actividad rural. Para los hombres de negocios del medio siglo que sucedió a la independencia, acostumbrados a desenvolverse en un clima económico plagado de incertidumbres, afectado por guerras civiles, bloqueos comerciales, crisis políticas recurrentes y gobiernos escasamente confiables, la diversificación de activos y la dispersión de riesgos parecen haber tomado primacía por sobre la apuesta a largo plazo al crecimiento de un rubro particular de actividad. En cambio, la conducta de los estancieros del último cuarto del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX, a quienes les tocó actuar en una era de mayor estabilidad y excelentes perspectivas de crecimiento en el mediano y largo plazo, se caracteriza por la concentración en la actividad rural.

Esta evolución del empresariado fue impulsada también por otros motivos, vinculadas a la emergencia y consolidación de instituciones y empresas que, al complejizar la economía, también favorecieron su especialización. En esos años Argentina asistió a la consolidación de un sistema bancario y financiero muy institucionalizado y eficiente, que fue por lejos el más avanzado de América Latina. La expansión de este sistema prácticamente eliminó el negocio del crédito pre-bancario, en el que tantos empresarios habían incursionado en décadas pasadas. 10 Al mismo tiempo, la creciente sofisticación de

9 Sobre este tema, remito a mi The Landowners of the Argentine Pampas. A Social and Political History, 1860-1945 (Oxford, 2001), pp. 45-83. 10 Carlos Marichal, “Modelos y sistemas bancarios en América Latina en el siglo XIX (1850-1880)”, y

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los mercados locales e internacionales, así como el formidable aumento del comercio de

exportación, dieron lugar a la aparición de poderosas empresas, algunas de capital nacional

y otras extranjeras, con una presencia dominante en rubros tales como la consignación y

acopio de ganados y frutos del país, la importación de productos manufacturados extranjeros, la exportación de lanas y cueros, y algo más tarde, de carnes y granos. Casas consignatarias como Pedro y Antonio Lanusse o Devoto y Cía, o exportadoras de lana como Bracht y Van Peborgh, para no hablar de Bunge y Born y las otras dos o tres empresas más que para el cambio de siglo controlaban el comercio de granos, o el puñado de empresas frigoríficas que dominaban las exportaciones de ganado, tejieron cada una en su terreno una densa red que les permitió controlar el grueso de la actividad de comercialización y/o financiación de la producción agraria. 11 Sólo unos pocos grandes terratenientes, como los Santamarina o los Martínez de Hoz, con sus casas consignatarias, lograron mantener alguna presencia, muy menor, en el ámbito de la circulación, en general limitada al mercado interno. De todos modos, es probable que la mayoría de los estancieros que debieron ceder posiciones en los circuitos de comercialización y financiación viese este cambio sin mayor dramatismo: para muchos de ellos, la alta rentabilidad garantizada por la actividad rural seguramente operó como un incentivo para concentrarse en la producción.

En síntesis, las transformaciones finiseculares impulsaron a los empresarios rurales no a diversificarse sino a especializarse. Esta conclusión se apoya en un estudio de la composición del patrimonio de veintiséis grandes estancieros fallecidos entre comienzos de la década de 1880 y la Primera Guerra Mundial, que poseían, al menos, 10.000 hectáreas de tierra en la pampa, que hemos analizado en otra parte. 12 Lo que se advierte inmediatamente es que, en claro contraste con lo acontecido en el medio siglo que sucedió

a la independencia, para las décadas del cambio de siglo la inversión en la actividad rural

conforma la base sobre la cual se erigen estas fortunas. Para todo el grupo en consideración, la inversión en estancias y propiedad rural alcanza al 78 %, y aquella en propiedad urbana y suburbana al 14 %. La inversión en activos líquidos (efectivo, acciones) y emprendimientos comerciales y financieros es ciertamente marginal, y apenas alcanza al 6 % de estos patrimonios. Este estudio nos permite concluir que las fortunas de los grandes estancieros del cambio de siglo, que coronaban la cúspide de la burguesía argentina, tuvieron como base principal (y en algunos casos excluyente) la producción rural y la valorización del suelo. También nos indica que estos empresarios, cuyos patrimonios que eran más grandes que las de los principales industriales y financistas del período, no parecen haber mostrado mayor interés en invertir en otros sectores de la economía.

Estas constataciones desmienten la visión que ve a la cúpula empresarial de la república como una burguesía económicamente diversificada. 13 Que el gran empresariado argentino fuese antes que nada una burguesía especializada en la actividad rural también

Andres M. Regalsky, “La evolución de la banca privada nacional en Argentina (1880-1914). Una introducción a su estudio”, en Pedro Tedde y C. Marichal, La formaciòn de los bancos centrales en España yAmérica Latina (siglos XIX y XX), vol. I.

11 Carlos Marichal, “La gran burguesía comercial y financiera de Buenos Aires, 1860-1914: anatomía de cinco grupos”, trabajo presentado en las XVI Jornadas de Historia Económica, Quilmes, Argentina, 1998.

12 Véase mi “¿Landowning bourgeoisie or business bourgeoisie? On the peculiarities of the Argentine economic elite, 1880-1945”, próximo a publicarse en Journal of Latin American Studies, 33:3, octubre de

2002.

13 Una discusión más extensa de este punto en mi “¿Landowning bourgeoisie or business bourgeoisie?”, y en “Clase dominante: respuesta a una crítica”, Desarrollo Económico, 41:161, abril-junio de 2001.

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debe entenderse en un segundo sentido. Tradicionalmente, se ha considerado que el control del estado por parte de la oligarquía terrateniente constituyó un rasgo típico del orden político del cambio de siglo. Para esta interpretación, la Argentina ofrece un ejemplo característico de un estado prisionero de la elite socioeconómica. Esta interpretación no parece ajustarse bien a la evidencia histórica. En rigor, la mayoría de los grandes empresarios rurales del período no manifestó mayor interés en la vida pública. Sin duda, existió una porción minoritaria de este grupo social que se mostró propensa a ocupar un lugar en la vida política. Pero entre ellos, significativamente, no fueron pocos los que se declararon críticos de ese orden político (entre ellos Leonardo Pereyra, el más rico de todos los empresarios rurales finiseculares). Para entender esta situación, conviene hacer algunas precisiones sobre la relación entre el gran empresariado rural, el estado y la política durante este período.

III. Terratenientes y política

La década de 1880 asistió a la emergencia del PAN, la fuerza que iba a dominar la política argentina hasta el fin de la república oligárquica. La formación del PAN aceleró la tendencia a la unificación de la vida pública argentina que había sido uno de los rasgos distintivos del período que sucedió a la caída de Rosas. Este partido, cuyas principales bases políticas se encontraban en el interior del país, desplazó del centro del escenario a las agrupaciones partidarias de Buenos Aires, y condenó a la marginalidad a su elite gobernante. Desde el inicio, las relaciones entre la elite política porteña y los sectores económicamente de la primera provincia argentina habían sido complejas. Pero la derrota de la clase dirigente de Buenos Aires en 1880 y la aparición de una agrupación con sólidas bases en el estado mismo y en el interior del país acentuó la independencia de la elite gobernante respecto no sólo de la dirigencia porteña sino también de los sectores social y económicamente predominantes de la república.

La nueva etapa inaugurada en 1880 no puede describirse simplemente como la de la imposición del interior o del estado sobre Buenos Aires. 14 Roca y sus sucesores siempre fueron conscientes de la necesidad de ganarse aliados y concitar apoyos, tanto políticos como sociales. A esa tarea se abocaron desde el inicio, y ello no podía sino obligarlos a tener en consideración a los intereses de los principales empresarios del sector rural. Estos gobernantes sabían bien que la importancia del sector agrario pampeano excedía consideraciones meramente sectoriales, e incluso regionales, pues su comportamiento influenciaba decisivamente toda la actividad económica de la república. Un editorial de La Prensa de 1899 daba cuenta de algunas de los múltiples dimensiones en que se advertía la relevancia de la producción pecuaria (entonces el corazón del sector rural) cuando recordaba que “la ganadería, nadie lo ignora ni lo desconoce nadie, es la más grande, abundante y sólida fuente de riqueza: ella ha curado en primer término, las heridas abiertas por las diversas crisis económicas y financieras que lleva sufridas la República; ella es la base de las grandes fortunas; ella provee la mayor suma de la exportación; ella da valor a la mayor superficie de la tierra poblada de la Nación.” 15

Hay que señalar, por otra parte, que el gran empresariado rural conformaba la cúpula de un sector rural extremadamente diverso, pero carente de divergencias internas de importancia. Aun cuando los principales estancieros nunca lograron concitar la adhesión

14 Tulio Halperin Donghi, Una nación para el desierto argentino (Buenos Aires, 1980). 15 La Prensa, 23 julio 1899, p. 4.

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activa de los empresarios menos poderosos, o de los sectores medios (en especial los agricultores) de la pampa, de todas maneras esta necesidad era muy relativa, pues todos los productores rurales estaban de hecho unidos por su interés colectivo en la defensa de un conjunto de reglas e instituciones que regulaban la producción rural: bajos impuestos, buenos servicios de transporte, una policía eficiente, etc. Por su parte, los recursos estatales destinados a asegurar la conquista definitiva de la paz, la eliminación de los indígenas, o la construcción de una red de transportes que sirviera los intereses del sector rural no sólo le aseguraban al nuevo orden político la adhesión, o al menos la neutralidad, de los actores económicos del sector; también creaban mejores condiciones para la acumulación de capital en la economía en su conjunto, y al mismo tiempo ensanchaban la base financiera del estado. La certeza de que la producción rural de las pampas conformaba el motor de la economía argentina, y que posibilitaba todos los experimentos de ingeniería económica y social que el estado apadrinaba formaba parte central (al igual que la adhesión al orden institucional liberal y republicano) de las creencias compartidas por los grupos gobernantes de la Argentina

Considerando estos aspectos, se entiende por que ningún gobernante pudo permanecer indiferente por mucho tiempo frente a las peticiones de un sector tan importante de la vida nacional. 16 La relevancia de la economía pampeana para la economía de toda la república y las finanzas estatales, así como la diversidad e importancia de los sectores sociales a los que les daba sustento, nos ofrece una buen punto de partida para entender las razones por las cuales los gobernantes tuvieron en especial consideración las demandas del sector. Esta línea de argumentación parece más satisfactoria que aquella que hace énfasis en que ello habría resultado de la instrumentación del estado por parte de una oligarquía que influía decisivamente sobre todos los aspectos de la vida política y económica de la república y que sólo atendía sus intereses particulares. Sin duda, consideraciones de índole particular no parecen haber sido totalmente ajenas al modo en que se empleaban los recursos estatales, o a la forma en que se tomaban ciertas decisiones. El súbito enriquecimiento de algunos de los gobernantes de la década de 1880 sugiere que la corrupción de la elite política no era sólo producto de la imaginación de los críticos de ese orden, en particular de los que habían sido desplazados por los nuevos gobernantes surgidos en 1880. La historia de Julio A. Roca, que de la nada alcanzó a acumular una fortuna territorial de $ 15 millones, sugiere la relación entre favor estatal y fortuna personal. Que su hermano Ataliva, que apenas sabía escribir, alcanzase una fortuna igualmente notable, refuerza estas sospechas. El otorgamiento de concesiones para la construcción de puentes o líneas férreas dio lugar a repetidos reclamos y presiones sobre el estado, pues estas obras valorizaban súbitamente las tierras circundantes. Cuando Lucio V.

Mansilla, entonces diputado, le insistía a Roca sobre la necesidad de aprobar el pliego de lo

que llamaba “mi ferrocarril”, un “proyecto

en el que fundo algunas esperanzas de

enderezar mi situación material”, nos presenta un buen ejemplo de cómo podía sacarse ventaja de una concesión oficial. 17

Estas prácticas no eran nuevas. Formaban parte de una antigua tradición de acercamiento personal al favor del estado, de la que los contratos de provisión de bienes y

16 La atención que concitaba el sector agrario se advierte, por ejemplo, en el sistema fiscal del estado federal, fundado sobre impuestos al consumo, y por tanto orientado a favorecer la concentración del ingreso en los grupos propietarios, e indirectamente, la acumulación de capital. Aun cuando las presiones que el tesoro nacional atravesó en distintos momentos dieron por resultado la sanción de gravámenes sobre las exportaciones, estas mediadas siempre fueron consideradas de tipo excepcional, y finalmente fueron eliminadas a comienzos de siglo, cuando la bonanza de las finanzas estatales lo hizo posible.

17 Lucio V. Mansilla a Roca, 9 septiembre 1894, Archivo Roca, Archivo General de la Nación, legajo 68.

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equipamiento para el ejército y la política de tierras en la primera parte del siglo ofrecen repetidos ejemplos. Pero estas prácticas deben ponerse en perspectiva, ya que su importancia es muy relativa para el período que estamos considerando. Y ello no sólo porque la venalidad de los gobernantes argentinos parece un fenómeno que está lejos de circunscribirse sólo a estos años. En todo caso, la capacidad de obtener favores del estado resulta importante para explicar el veloz enriquecimiento de algunas figuras, pero no para entender la relación entre empresarios y estado, o el funcionamiento de la economía agraria. Pues lo que resulta característico de las décadas del cambio de siglo es la muy relativa dependencia del sector rural pampeano respecto de los bienes provistos por el sector público. Sin duda, la acción del estado resultó decisiva en la generación del impulso inicial que lanzó al agro pampeano a su etapa más dorada. Pero desde entonces, y contra lo que se ha sugerido muchas veces, su dependencia del estado se redujo sustancialmente.

Gracias en parte a las ventajas naturales que les otorgaba la superioridad de las pampas sobre las praderas de otras regiones de agricultura templada, las empresas agrarias argentinas producían a costos que les aseguraban elevados márgenes de ganancia sin necesidad de apoyo público. La renta diferencial que derivaba de la fertilidad del suelo pampeano, y no un orden político favorable a los estancieros, eran la clave del éxito del agro pampeano. El conjunto de servicios de transporte y elaboración que demandaban estas empresas le eran suministrados, en lo esencial, mediante mecanismos de mercado: para la década de 1880 las empresas ferroviarias, que en sus inicios habían reclamado asistencia estatal, ya no mostraban mayor interés en ella, y se lanzaban a una fuerte política de expansión atraídos por las altas expectativas de rentabilidad que ofrecía la provisión de servicios de transporte orientados a satisfacer la demanda generada por la economía de exportación. Otro tanto sucedió, algunos años más tarde, con las empresas frigoríficas que procesaban productos pecuarios, que para la década de 1890 ya se encontraban sólidamente establecidas y trabajaban con beneficios seguros y crecientes.

Las características de la economía rural argentina inhibían la participación del estado en la colocación de la producción exportable en los mercados extranjeros. Argentina exportaba bienes que competían con los de otras regiones de agricultura templada, así como también con la producción doméstica de sus principales compradores. En consecuencia, y a diferencia de lo sucedido con la economía cafetalera de Brasil, la agricultura pampeana no gozaba de posiciones monopólicas en el mercado mundial, y por tanto carecía de capacidad para manipularlo en su favor. El secreto de su éxito residía en su capacidad para producir a costos más bajos que los de sus rivales, y la intervención estatal en la comercialización de la producción, de haberse intentado, no podría haber modificado la situación. Por este motivo, los productores no la solicitaron, ni mostraron resistencia frente al crecimiento de las grandes firmas comercializadoras extranjeras que desde la década de 1880 desplazaron a las antiguas casas comerciales que sirvieron al comercio exterior durante la mayor parte del siglo XIX. El avance de estas firmas fue facilitado porque a lo largo de estas décadas de fuerte expansión económica y de elevados precios, sus esfuerzos para estimular la demanda de sus servicios las obligó a establecer relaciones con los productores que fueron más de colaboración que de conflicto. Sólo desde las postrimerías de la Gran Guerra, cuando bajaron los precios de los productos exportables y los mercados externos se cerraban para la producción argentina, los productores empezaron a advertir los inconvenientes implícitos en esta desigual relación, pues se encontraban prisioneros de unas pocas empresas que podían descargar sobre sus ellos los ajustes del mercado. Sólo desde entonces los estancieros comenzaron a peticionar, aunque sin mayor resultado, el apoyo del estado.

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En lo fundamental, las necesidades de fuerza de trabajo de la economía agraria

encontraron respuesta a través de mecanismos de mercado. Tras una etapa inicial en la que

el estado tomó un activa participación en la atracción de trabajadores europeos, para la

década de 1880 el flujo de migrantes tomaba un carácter espontáneo, que no se interrumpió hasta el fin del período de grandes migraciones transatlánticas, bien entrado el siglo XX. Aunque los empresarios solían quejarse del alto costo de la fuerza de trabajo (típica de una economía de frontera), los costos salariales nunca se constituyeron en una verdadera presión sobre la renta el suelo o la ganancia empresaria, por lo que los empresarios

aceptaron la existencia de una fuerza de trabajo bien remunerada. Desde la perspectiva de los empresarios, la gestión de las relaciones laborales tampoco reclamaba mayor

participación estatal. Hasta la década de 1910 no hubo conflictos sociales de envergadura

en el campo que convocaran peticiones de intervención en la regulación del mercado de trabajo o de arrendamientos.

La provisión de crédito, liderada por los bancos estatales, se erige quizá como la única excepción parcial a esta norma de una economía fuertemente orientada por el mercado. Los bancos Nacional e Hipotecario se convirtieron en fuertes auxiliares de los empresarios del sector agrario. 18 Su importancia, sin embargo, no debe exagerarse. Como

es

sabido, el crédito barato estaba lejos de constituir la clave del éxito del agro pampeano,

y

por otra parte las tasas de interés ofrecidas por los bancos oficiales no eran

sustancialmente distintas a las de otras casas de la plaza, que se expandieron velozmente en

la década de 1880, y otra vez desde el cambio de siglo. De hecho, los empresarios rurales

del período (entre los que se cuentan muchos de los que conforman nuestra muestra) recurrieron repetidamente a los servicios de la banca privada para darle mayor amplitud al giro de sus negocios o para hipotecar sus propiedades. 19

En conclusión, y a diferencia de lo que sucedía en otros sectores de la economía, el sector agrario pampeano en su etapa de apogeo no solicitaba del estado más que sus funciones más básicas de garante del orden público y de instancia superior de sanción de los contratos. Era esta situación la que autorizaba al principal vocero de los intereses terratenientes a afirmar en 1897 (con mejores argumentos para ese presente que para el pasado más remoto) que “nuestras industria ganadera, antes de ahora poco necesitó y nunca mereció leyes que la protegieran, dedicándose nuestros poderes públicos a la protección de los ensayos de nuestras, hoy todavía, nacientes industrias generales.” 20

Esta visión, que refleja la creencia de que la economía pampeana no requería de la asistencia de políticas estatales específicas, se encontraba muy extendida entre los estancieros del cambio de siglo. Por otra parte, los grandes propietarios no debieron enfrentar amenaza alguna a su hegemonía, lo que reforzó su indiferencia frente al problema del control del estado. El éxito del capitalismo agrario pampeano permitía una amplia

18 Joseph Toulchin, “El crédito agrario en la Argentina, 1910-1926’, Desarrollo Económico 18:71 (1978); Jeremy Adelman, “Agricultural credit in the Province of Buenos Aires, Argentina, 1890-1914”, Journal of Latin American Studies, 22 (1988).

19 Sobre el sistema bancario y financiero, véase Carlos Marichal, “Modelos y sistemas bancarios en América Latina en el siglo XIX (1850-1880)”; Andres M. Regalsky, “La evolución de la banca privada nacional en Argentina (1880-1914). Una introducción a su estudio”, en Pedro Tedde y C. Marichal, La formación de los bancos centrales en España yAmérica Latina (siglos XIX y XX), (Madrid, 1995), vol. I. También A. Regalsky, “Banca y capitalismo en la Argentina”, Ciclos, 19:1999.

20 “La Sociedad Rural Argentina ante el Honorable Congreso”, Anales de la Sociedad Rural Argentina, XXXII:7, julio 1897, p. 169.

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distribución de riqueza, y contribuyó decisivamente a forjar amplios acuerdos sociales, en su mayoría implícitos, que aseguraron su reproducción. A lo largo de este período, un sólo tema conflictivo enfrentó a los terratenientes con otro grupo social, e indirectamente con el estado. La protección que recibió la naciente industrial doméstica que sustituía importaciones concitó amenazas de represalias contra las exportaciones rurales por parte de algunos socios comerciales de la Argentina, y durante la década de 1890 voceros terratenientes como la Sociedad Rural y la Liga Agraria manifestaron abiertamente sus temores ante esta situación. Pero la fuerte expansión de las exportaciones en el cambio se siglo demostró fehacientemente que el crecimiento (y la protección) a la industria era compatible con la prosperidad del sector agrario, y desde entonces los terratenientes aprendieron a convivir con un sector industrial que no presentó amenazas a su supremacía socio-económica. 21

La convicción de que no enfrentaban desafío de ningún tipo tiñó toda la experiencia política de los grande propietarios de la pampa durante este período dorado, y sus efectos se hicieron sentir incluso décadas más tarde. En primer lugar, los colocó en una posición de gran independencia frente a la elite gobernante, para la cual, por otra parte, la centralidad de la economía agraria de la pampa era un dato inmodificable. Ello fijó límites claros a todas las organizaciones de empresarios rurales, en primer lugar a la Sociedad Rural, que prosperó gracias no tanto a su capacidad de presionar a favor de los intereses terratenientes, sino por su contribución a la difusión de conocimientos agronómicos modernos, en especial en lo referido a la actividad ganadera. Es que en un contexto económico tan favorable, para muchos terratenientes la participación en la vida pública o asociativa no se vinculaba a ningún proyecto que hallase su razón de ser en la representación, de cara al estado o a otros grupos sociales, de intereses gremiales o de clase. Por este motivo, la acción gremial o política sólo resultó atractiva para una porción muy minoritaria de los terratenientes, que se sintieron convocados a participar en la escena pública sólo por razones que se vinculan con su interés particular en el ejercicio del poder. La excepción parcial a esta regla la conformaban algunos pocos estancieros, como los que se nucleaban en la Liga Agraria, una asociación ruralista cuyos miembros tenían un perfil similar a los de la Sociedad Rural (de hecho, la mayoría de los miembros de la Liga Agraria lo eran también de la Sociedad Rural). Pero significativamente, lo que incitaba a la acción a los liguistas era la creencia de que la elite gobernante del orden oligárquico representaba una amenaza potencial a la salud de la economía pampeana, y ello los llevó a lanzar a una campaña de agitación entre sus pares que tenía por objeto revertir la escisión, profundizada en 1880, entre terratenientes y estado. Antes que una mayor intervención del estado en apoyo de la economía rural, lo que los liguistas solicitaban era un estado más austero y menos generoso en sus concesiones a la clase política. 22

El estado de malestar que animaba a los estancieros de la Liga Agraria venía a coincidir en puntos fundamentales con un reclamo más extenso, y no exclusivo de los grupos terratenientes, que hallaba en la corrupción de la vida política el problema fundamental de la república del cambio de siglo. Que este tema menor por momentos llegase a dominar la discusión terrateniente sobre el estado y la política revela cuan poco problemática era entonces la situación de este grupo social. Por ello no resulta casual encontrar que, aun cuando era habitual que los grandes propietarios insistieran sobre el

21 Sobre este punto, me permito remitir a “Terratenientes, empresarios industriales y crecimiento industrial en la Argentina: los estancieros y el debate sobre el proteccionismo (1890-1914)”, Desarrollo Económico, vol. 40:159 (2000).

22 Véase mi The Landowners of the Argentine Pampas, pp. 108-109.

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carácter escasamente representativo de la elite gobernante, y denunciaran su ilegitimidad, organizaciones representativas como la Sociedad Rural mostraron más interés en organizar exposiciones de ganado y otras actividades de extensión técnica que servían a las demandas de una economía en transformación que en movilizar a sus bases para modificar ese estado de cosas. Unicamente en dos oportunidades a lo largo del período 1880-1916 los principales empresarios de la república se vieron tentados a descender sobre la arena política de modo organizado, y en los dos casos lo hicieron no para conjurar amenazas a la movilización de grupos subalternos que amenazaban cuestionar lugar como principales beneficiarios de la economía de exportación sino para enfrentar a las elites gobernantes de la república oligárquica. En efecto, la larga crisis económica de la primera mitad de la década de 1890, sumada a la crisis de autoridad del gobierno central que sucedió a la Revolución del Noventa, lanzó a la acción a un grupo significativo de grandes propietarios, que en 1893 fundaron un partido de clase. En 1911, los directivos de la Sociedad Rural impulsaron la formación de otra agrupación terrateniente. Este partido, que concitó amplios apoyo entre los principales estancieros, tenía por objetivo enfrentar al gobierno conservador de la provincia de Buenos Aires, responsable de un fuerte alza de impuestos territoriales. 23

En ambas oportunidades, los terratenientes más poderosos del país fueron incapaces de poner en entredicho el control que las maquinarias políticas ejercían sobre sus feudos electorales. Estos episodios puntuales resultan reveladores tanto de la debilidad electoral de los grandes propietarios como de sus tensiones con las elites gobernantes. Por su misma excepcionalidad, sugieren que a lo largo de este período la apatía respecto de los asuntos públicos fue la respuesta más habitual por parte de los integrantes de un grupo social que sentían que su posición privilegiada no sólo no se encontraba amenazada, sino que era inexpugnable. En verdad, la agenda de discusión de los problemas de relevancia pública del período, centrados en torno a la calidad de la vida política y que sólo muy tímidamente hacia el final del período comenzó a penetrar en terrenos vinculados a la reforma social en el mundo urbano, dejaba fuera de consideración la posición de los grandes propietarios como los principales beneficiarios de la dinámica economía agraria pampeana. 24

Este cuadro de situación, así como las certezas que le daban sustento, nunca fueron puestos en cuestión durante el período que examinamos en esas páginas. En 1911 Rodolfo Rivarola señalaba que la encuesta con la que intentaba auscultar el clima de opinión de la sociedad argentina frente a los grandes problemas políticos del momento no había concitado mayor interés entre la elite argentina. “No he comprobado que haya sido útil el envío de algunos centenares [de formularios] á los clubs aristocráticos de la capital”, señalaba con pesar el orientador de la Revista Argentina de Ciencias Políticas. 25 Ni siquiera en la etapa final de la república oligárquica, cuando la Argentina se encaminaba hacia un régimen político menos marcado por la imposición oficial, y se abría a un porvenir más incierto, la elite socioeconómica parece haber sentido que su confortable posición se encontraba sujeta a impugnaciones, y que por tanto resultaba necesario trocar su larga experiencia histórica de distanciamiento respecto de las cambiantes alternativas de la vida política en otra de organización y militancia. Sólo algún tiempo después, cuando los

23 Sobre este tema, remito a mi “La Defensa Rural: los terratenientes y el gobierno conservador de Buenos Aires en el ocaso del régimen oligárquico”, Estudios Sociales, nro. 20, 2000.

24 Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en Argentina (1890-1916) (Buenos Aires, 1994).

25 Rodolfo Rivarola, “Clasificación de ideas políticas”, Revista Argentina de Ciencias Políticas, Vol. III, (1911), p. 235.

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presupuestos sobre los que se basaba esa experiencia comenzaron a ser cuestionados por el ingreso de la Argentina en una era signada simultáneamente por la democratización y el conflicto social, y por los primeros síntomas de debilidad de la economía de exportación, los grandes propietarios comenzaron a orientarse, con notorio desconcierto, por este nuevo camino.

IV. Empresarios y política: algunas conclusiones

La clase terrateniente conformaba el centro de la elite económico-social del cambio

de siglo. Ese grupo presidió los destinos de una economía agraria particularmente dinámica, que constituyó el motor del capitalismo argentino. Los grandes terratenientes mostraron escaso interés en invertir en otros sectores durante este período, y concentraron sus activos en la producción rural. La gran burguesía agraria no era sin embargo el único protagonista del desarrollo del capitalismo en las pampas. Desde sus más tempranos orígenes en el período colonial, la sociedad rural pampeana se singularizó por poseer una estructura social particularmente compleja, en la que la presencia de sectores medios fue siempre muy visible. Durante la larga etapa de expansión de la frontera que se continuó prácticamente hasta el fin del período que estamos analizando, las relaciones entre la elite terrateniente y el resto de los grupos propietarios rurales fueron, en líneas generales, muy poco conflictivas. Todos los productores rurales, independientemente de su importancia relativa, estaban unidos en su común adhesión a un orden socio-económico que creaba vastas oportunidades para la acumulación de capital en el agro. Los grandes estancieros y las instituciones que los representaban coincidieron así con los demás productores en un amplio bloque social que aseguraba la reproducción de este ordenamiento. Este bloque, por otra parte, no encontró rivales, puesto que tanto el estado como otras fracciones del empresariado siempre aceptaron la preeminencia de las actividades que hacían a la Argentina la economía más exitosa de América Latina.

A los ojos de la mayoría de los propios empresarios rurales, el sistema

socioeconómico que los colocaba en una posición tan prominente nunca se vio seriamente amenazado, o al menos no lo estuvo lo suficiente como para impulsarlos decididamente a la acción gremial o política. Es preciso recordar que las particulares condiciones en las que se daba la producción rural en las pampas hacían a los estancieros poco dependientes de la

acción del estado. Por tanto, los motivos que podrían haberlos incitado a organizarse para presionarlo, individual o colectivamente, no eran muchos. A lo largo de este período, el único problema que generó verdaderas tensiones con el empresariado industrial, y por tanto con el estado que favorecía la expansión de éste, se vinculaba a las amenazas de represalias contra las exportaciones rurales por parte de algunos socios comerciales de la Argentina. Estos temores se disiparon cuando a la vuelta del siglo el notable crecimiento de las exportaciones evidenció que la expansión de la industria no afectaba al sector agroexportador. A partir de ese momento, los terratenientes aprendieron a convivir con un sector industrial que a lo largo de este período no presentó amenazas a su supremacía socio-económica. Desde entonces, no tuvieron mayores motivos para organizarse colectivamente con el fin de salvaguardar sus intereses.

Otros motivos disuadieron a los grandes terratenientes de la necesidad de una acción política más abierta. El carácter nuevo y poco jerárquico de la sociedad pampeana hacia difícil que los grandes propietarios pudieran traducir su poder económico y social en influencia política sobre los grupos subalternos. Y en las pocas ocasiones en las que lo

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intentaron, las poderosas organizaciones políticas que dominaron la vida de la república oligárquica se encargaron de recordarles las dificultades que esa tarea conllevaba. Sin la presión que les hubiera impuesto una sostenida actividad popular, y sin mayores incentivos ni posibilidades para modificar un orden con el que en líneas generales se encontraban a gusto, y del que criticaban aspectos formales antes que sustanciales, la conducta de los grandes empresarios rurales como colectivo estuvo marcada por una clara indiferencia respecto de las alternativas principales de la vida política argentina del cambio de siglo. Y al mismo tiempo, la falta de cuestiones políticas que concitaran su atención hizo que las instituciones que los representaban como productores adoptaran un perfil escasamente político, y que se concentraran de modo privilegiado en actividades de fomento y extensión técnica, que eran especialmente bienvenidas en un período de transformaciones económicas tan pronunciadas como el que va de 1880 a 1916.