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El 38 del tercero A

A los que cursamos estudios de secundaria con él y vivimos para ver el cambio.

Heriberto Soberanes Lugo

Este trabajo sobre Francisco Rivera Carbajal, el Chicano, no es una biografía, que bien
merece se escriba y publique; no, su intención es conectar las actividades políticas y el
fatal desenlace que ellas tuvieron en su persona, con nuestro presente; evaluar la
influencia de sus acciones en nuestro hoy.

1967

En el número 38 de la lista del tercero A de la Escuela Secundaria Federal Insurgentes,


domiciliada en Guasave, Sinaloa, ciclo 1967-68 correspondiente al tercero y último año,
aparece el alumno Rivera Carbajal José Francisco. Francisco Rivera era un chamaco
de 15 años, delgado, claro de piel, acaso con algunas pecas, al que algunos de sus
compañeros le decíamos Chico, y otros, Chicano.

En el 67, año de la lista citada, la mayor parte de nuestra generación de educación


secundaria se interesaba por los compañeros de su escuela (enamoramientos
juveniles, amistades, diferencias). Se entusiasmaba también esta generación por los
éxitos musicales del momento: Doors, con Jim Morrison a la cabeza, la canción Penny
Lane de los Beatles; o aquellas que los músicos nacionales refriteaban de los conjuntos
ingleses o norteamericanos en boga, refiriéndonos a Los Freddy´s o a Los Hermanos
Carreón; o aquello que los cantantes, románticos como Javier Solís (que había muerto
recién el año anterior), o acelerados como Manolo Muñoz, el de Speedy González, nos
ofrecían en los discos o en la radio, donde la voz del locutor José Chitole Torres nos lo
presentaba. En lo de leer, el interés estaba en las revistas de amor, como Cita, donde
Andrés García y Claudia Islas vivían un cálido romance, o en la legendaria “Lágrimas,
Risas y Amor”, donde Yolanda Vargas Dulché nos narraba las increíbles vicisitudes de
aquella “Geisha” oriental enamorada de un marinero norteamericano; y tal vez en el
“Memín Pinguín”, aquel negrito creación de Guillermo de la Parra, y tan amado por su
“Má Linda”. En la televisión las series americanas dobladas al español (“Los
Picapiedra”, “Los Intocables”…) se llevaban la palma, y Jacobo Zabludovsky, conductor
de “24 Horas”, el noticiero principal de la hoy Televisa, nos informaba de aquello que le
autorizaban los altos mandos del poder económico y político (una información
incompleta y sesgada, como lo entenderíamos poco después). Algunos estudiantes
que se perfilaban más serios habían descubierto las revistas formales, como aquella
“Selecciones del Reader´s Digest”, con su infaltable artículo anticomunista, o como la
nacional “Contenido”, o bien le echaban un ojo al periódico “Excélsior”, que llegaba
cada tarde-noche a Guasave y nos informaba, entre otras cosas, que los juegos
olímpicos del 68 serían en nuestro país.
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La Preparatoria Guasave

Un mes después de nuestro egreso de la ESFI, en octubre de 1968 nuestro escenario,


tan rosa, tan fantástico, tan artificial, tan controlado, se resintió: había ocurrido la
tragedia de Tlatelolco, estudiantes muertos en la capital del país. ¿La causa?:
¿Gustavo Díaz Ordaz, entonces presidente de México, resolvió salvar las amenazadas
olimpiadas, a días de su inauguración? ¿Luis Echeverría, su secretario de
Gobernación, dio la orden, sin consultar con su jefe? ¿El ejército mexicano se brincó
las trancas? ¿Los líderes del movimiento estudiantil, convocado entonces en la Plaza
de las Tres Culturas, provocaron al ejército, agrediéndolo a balazos? No se ha
establecido la verdad absoluta. Tal evento nos asaltó mientras iniciábamos la
preparatoria, y nos abrió los ojos a una realidad no sospechada: el mundo no era como
lo creíamos.

En la preparatoria Guasave, entonces dirigida por Agustín Martínez Gasca e


incorporada a la UAS, algunos empezamos a descubrir un nuevo mundo. Una parte de
aquel profesorado universitario tenía conocimiento de los sistemas de gobierno, de los
medios de producción, del marxismo, del socialismo y empezamos a abrevar en esa
nueva y desconocida cultura. Mientras a muchos de nosotros nos pareció extraño e
interesante este nuevo escenario, en José Francisco Rivera Carbajal fue más allá; se
identificó con lo recién descubierto, y tuvo los dos años que duraba la educación
preparatoriana para enriquecerlo e irlo madurando.

Uno de los temas favoritos de aquellos adoctrinadores era el socialismo aplicado,


particularmente los casos de la Unión Soviética y de Cuba donde el gobierno ya era
socialista. La vida en esos países era presentaba punto menos que ideal. La cara
oscura del socialismo aplicado: las libertades de pensamiento y de expresión anuladas,
o la cárcel, el exilio y la muerte, según el caso, para los opositores, el aspecto siniestro
del socialismo real no se nos presentaba (es posible que entonces no fuera conocido
por nuestros expositores, dado la autocensura que aquellos gobiernos aplicaban a su
propaganda). Otro episodio presentado discretamente era la lucha, con su cuota de
vidas necesaria para acceder al socialismo. El nuevo sistema, presentado tan lleno de
bondades, permeó fácilmente en las mentes idealistas de aquellos jóvenes
preparatorianos (no en todos: algunos tuvimos la fortuna de recibir de adultos con
pensamiento lógico sospechas de un ocultamiento: fue mi caso). Aquellos quijotes,
como el de la creación de Cervantes, se dispusieron a cambiar la realidad de su país al
costo que fuera necesario, incluso entregando su vida. A esa edad es fácil
“comprometerse” superficialmente, y doblarse a las primeras de cambio. Rivera sí lo
pensó en serio. Lo interiorizó. Demostraría la seriedad de su compromiso en los años
por venir.
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Posición del Gobierno de México

El gobierno mexicano cerró las puertas de la participación política a los simpatizantes


del socialismo. A estos no les quedó más que elegir entre resignarse al estado de
cosas o emprender la lucha de forma clandestina. Los que optaron por la segunda
opción se vieron en la necesidad de allegarse de recursos, estos, en mayor o menor
medida, de actividades delictivas (asaltos bancarios, secuestros). El gobierno
respondió con dureza eliminando a sus líderes: así fueron abatidos Rubén Jaramillo (en
1962), Genaro Vázquez Rojas (en 1972) y Lucio Cabañas (en 1974), entre otros.

En Profesional

En septiembre de 1970 Chicano emigró a Culiacán a estudiar la licenciatura de


Economía en la UAS, carrera en la que entonces tenía un lugar preponderante el
estudio del Marxismo. Nuestro condiscípulo resolvió poner en práctica sus nuevos
conocimientos afiliándose políticamente a la Federación de Estudiantes Universitarios
de Sinaloa (FEUS), en cuyo interior se formaron "Los Enfermos", un grupo que era
financiado subrepticiamente por la propia universidad, entonces muy permeada por el
pensamiento socialista. La FEUS promovía activamente movimientos sociales de
emancipación, tales como la invasión de tierras de propiedad privada, y acciones
violentas como el incendio de camiones del servicio urbano, y tomas e incendios de
oficinas de instituciones que ellos relacionaban con el poder político. Esas actividades
los llevaron a enfrentarse no pocas veces con la policía y el ejército. A medida que la
efervescencia política crecía y se tornaba peligrosa e ilegal, muchos seguidores del
movimiento nos replegamos, nos atemorizamos, nos retiramos en definitiva. Francisco
no, y en su ambiente se pagó, habidas las diferencias internas y externas, y dado que
el sentimiento dominaba al pensamiento, las primeras cuotas de vidas.

Ante la Liga

Su labor destacada, su intelecto sobresaliente, su congruencia y la valentía que mostró


ante los peligros inherentes a esta actividad llevaron Francisco Rivera Carbajal a ser
nombrado representante de “Los Enfermos” en la fundación de la Liga Comunista 23 de
Septiembre, una agrupación de radicalismo extremo, que hermanaba gran cantidad de
organizaciones subversivas, y donde se jugaba con fuego. La reunión fue en marzo de
1973 en Guadalajara, Jalisco. La liga, por las razones explicadas en el párrafo anterior,
operó siempre en la clandestinidad dado que las actividades necesarias para
financiarse (asaltos bancarios, secuestros, promoción de huelgas y enfrentamientos
directos con la policía…) estaban fuera de la ley. Su objetivo, como el de las otras
agrupaciones políticas de extrema izquierda de América Latina −incluidas las
comandadas por el legendario Che Guevara− era la implantación del modelo socialista,
ya en la versión soviética, ya en la de Mao, o en la que Fidel Castro había establecido
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en la Perla del Caribe, o en la que diseñara el cabeza del grupo. En cualquiera de los
casos el cambio se había hecho, y se haría, por medio de las armas. Se trataba de la
lucha revolucionaria −violencia incluida−, y no de un proceso democrático, aquel que
resolviera en las urnas la voluntad popular: Esa alternativa estaba entonces cerrada
como opción.

La segunda reunión nacional de la Liga Comunista 23 de Septiembre se celebró en


noviembre de 1973 (la primera fue para su fundación) de nuevo en Guadalajara, donde
Chicano había nuevamente asistido. Después de la reunión, cuando Rivera Carbajal
regresaba a la capital de Sinaloa por la carretera Mazatlán-Culiacán, fue interceptado
por fuerzas policiacas, que ya lo tenían fichado. Chico entonces sufre tortura en los
separos de la Dirección Federal de Seguridad, en el Distrito Federal, y, por los cargos
que le imputan purga pena por un año de prisión en la penitenciaría de Lecumberri, en
la capital del país. (La 23 de Septiembre le sobrevivirá diez años más. El gobierno
federal endurece su represión y elimina, violentamente en muchos de los casos, a sus
dirigentes, hasta llevarla, gradualmente, a su desaparición).

Su final

Sobre el final de Chicano, ocurrido en 1974, corren varias versiones: La más verosímil
dado las numerosas desapariciones de activistas políticos clandestinos, habla que
después de su arresto ya no se volvió a saber más de él, que fue desaparecido por el
régimen, sepultado acaso en alguna fosa clandestina, como había ocurrido con tantos
luchadores sociales. Al morir, Francisco Rivera Carbajal contaba con 20 o 21 años de
edad. Otra versión sostiene que al salir de prisión regresó a Sinaloa, acaso para
contactar de nuevo a sus compañeros luchadores y fue asesinado en plena calle. Se
dijo que la policía corrió el rumor de que ahora él era un infiltrado del gobierno, y
alguien, en represalia, lo eliminó. ¿Quién? tal vez algún grupo resentido por haber
delatado información comprometedora, o quizá fue eliminado por la policía, que, se dijo
también, lo ejecutó para simular un ajuste de cuentas. Hay una versión más, una que
colinda con la fantasía, y que he escuchado de algunos de aquellos que fueron sus
amigos: que el 38 del tercero A de la ESFI, Chicano, vive aún hoy, que opera en la
clandestinidad, y que se le ha visto muy ocasionalmente en lugares apartados, lejanos
y solitarios.
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Cambios

La situación que llevó al gobierno mexicano a implementar la llamada guerra sucia se


mantuvo hasta que, agotadas las posibilidades de la violencia como solución (por
ambas partes: gobierno e izquierda), recibido el repruebo internacional de países
avanzados en apertura política, sentido el dolor de padres que habían perdido hijos en
el conflicto, José López Portillo, entonces presidente de México, de la iniciativa de su
ideólogo y secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, promueve la Reforma
Política de 1977 (que le ganó muchos enemigos al ideólogo) que, entre otros, legaliza
la existencia de los partidos de corte socialista, creando al fin un lugar donde la
persistente y valiente izquierda pueda salir de la clandestinidad y luchar
democráticamente, en el marco de la ley. Un año después, vino una amnistía que
exoneraba a todos los militantes de grupos subversivos urbanos y rurales de
responsabilidad. Y así termina, al menos oficialmente, en México la clandestinidad
política.

¿Valió la pena?

Hoy, y a partir de aquella reforma, hemos visto nacer partidos de corte izquierdista, y
competir en la arena política. Hemos sido testigos también de la llegada al poder de
tales partidos, y de los beneficios que a la población les han brindado; los hemos visto
luchar por sus ideales, y sumar voluntades a sus modelos; hemos sido testigos de su
esfuerzo para convencer al electorado de su oferta política. Hoy tenemos opciones
para que democráticamente elijamos lo que mejor nos convenga. La lucha clandestina,
que costó tantas vidas, no es opción ya. No ha sido poca la ganancia. México hoy no
es aquel país del 67, donde los jóvenes, recién salidos de la adolescencia, vivíamos
una realidad tan rosa, tan fantástica, tan artificial, tan controlada. Hoy tenemos opción
política, y libertad para elegir en un abanico de ofertas.

Así, habrá que preguntarse si valió la pena el sacrificio de aquellas vidas que, como
Chicano, eligieron el duro camino de la oposición política, por una lucha −como ellos:
quijotes, luchadores, mártires− la entendieron y, forzosamente la tuvieron que asumir
dada la cerrazón del gobierno en el poder. Mi opinión es que aquel muchacho delgado
y de piel clara, al que correspondía al número 38 de la lista del tercero A de la Escuela
Secundaria Federal Insurgentes, ciclo 1967-68, domiciliada en Guasave, Sinaloa,
llamado Rivera Carbajal José Francisco, asumió su papel sacrificando su vida por la
construcción de un mejor futuro para nosotros. Creo que le debemos un amplio
reconocimiento por ello, por su aporte a lo que de beneficioso, en materia política y
social, tiene hoy nuestro México. Chicano no murió en vano. Me enorgullece haber sido
su amigo.

Culiacán, Sinaloa, Mayo-junio de 2017