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CONCEPTOS FUNDAMENTALES DE

LAS NEUROCIENCIAS Y LA PSICOFARMACOLOGÍA

Autor: Lucas Raspall

NOTAS SOBRE LOS MODOS DE PROCESAMIENTO DEL SNC


“La nueva biología mental sugiere que no sólo el cuerpo, sino la mente y las moléculas
específicas que intervienen en los procesos mentales superiores -la conciencia de sí y de
los otros, del pasado y del futuro- evolucionaron a su vez desde la época de nuestros
antepasados. Además, esta nueva biología postula que la conciencia es un proceso
biológico que, a su debido tiempo, podrá explicarse en términos de vías de señalización
moleculares utilizadas por poblaciones de células nerviosas que interactúan entre sí”
(Kandel, 2007).

El estudio anatómico o estructural del sistema nervioso central (SNC) desde hace ya
mucho tiempo nos ha provisto de conocimientos que permitieron nuestro acercamiento
a su modo de desempeño. Pero en los últimos años se ha producido, con respecto a la
investigación del SNC, un salto desde lo anatómico hacia lo funcional, ajustando el foco
en el funcionamiento en red de las distintas estructuras y áreas cerebrales. Partiendo
desde este punto, y encontrando en la neurociencia la disciplina que da la
fundamentación experimental de todas las otras ciencias cognoscitivas, muchas
incógnitas comenzaron a ser develadas. En las páginas siguientes intentaré volcar
algunas de sus conclusiones, para proyectar luego un plan que entiende en los
engranajes de la psicoterapia y las eventuales intervenciones psicofarmacológicas la vía
hacia el objetivo último de nuestro encuentro con el consultante: el cambio.
Como primer paso en el acceso a este intrincado apartado, voy a proceder a definir el
SNC como un sistema complejo, dinámico y abierto. Complejo en tanto tiene la
capacidad de ejecutar una gran cantidad de tareas en forma simultánea, activando en
serie y en paralelo las diferentes áreas que intervienen en la ejecución, en forma siempre
interrelacionada y sincronizada. Y dinámico ya que, lejos de entenderse como una
estructura en mosaico o estática, como sistema adaptativo y versátil conlleva la
posibilidad de ir modelando su citoarquitectura y funcionamiento a lo largo de toda su
vida. Por último, es también una organización abierta, ya que no puede comprenderse
encerrado en sí mismo sino en permanente relación con el medio.
Son cinco los principios que fundamentan esta ciencia mixta. El primero, de acuerdo a
los postulados del austríaco Eric Kandel, advierte: no cabe separar la mente del cerebro.
La mente es un conjunto de operaciones que lleva a cabo el cerebro, desde sus
manifestaciones más simples hasta las más complejas. El segundo recuerda que en cada
función mental intervienen circuitos neurales especializados de distintas regiones
cerebrales; no existe un emplazamiento único para cada operación. El tercer principio se
sustenta en el hecho de que todos esos circuitos están constituidos por las mismas
unidades elementales de señalización: las células nerviosas. El cuarto añade que esos
circuitos utilizan moléculas específicas para transmitir señales al interior de las células,
mientras que el último pilar agrega que esas moléculas se han conservado desde tiempos
inmemoriales, presentes a lo largo de millones de años de evolución.

Raspall, Lucas (2009). Conceptos básicos sobre las neurociencias y la psicofarmacología.


Cátedra de Psicopatología y Clínica I – UCALP - Rosario
“El cerebro es una estructura permanentemente cambiante que adecua su estructura y
función a las exigencias operativas del cuerpo y del entorno” (Jufe, 2006). Con estas
pocas palabras queda reforzada la anterior definición del SNC, encontrando en la
capacidad de aprendizaje el corazón de su funcionamiento. El estudio sobre el Aplysia
Californica llevado a cabo por Kandel, una especie de caracol marino que parecía tener
mecanismos cerebrales de similar operación a los de los humanos, demostró en formas
simples de aprendizaje, como la habituación (cuando se aplica al animal un estímulo
inocuo) y la sensibilización (cuando el estímulo es dañino o potencialmente peligroso),
su localización en partes específicas de las redes neurales, distinto de una distribución
difusa en el cerebro. El aprendizaje es entonces provocado por cambios en las
conexiones sinápticas, sin necesariamente implicar nuevas conexiones, generando
solamente variantes en la fuerza relativa de los contactos ya existentes en el sistema.
Durante la habituación se da una debilitación del potencial sináptico entre las neuronas,
lo que implica una conexión menos eficaz, mientras que durante la sensibilización, en
cambio, se potencia y fortalece la ligadura. En este punto juegan un papel decisivo los
químicos liberados en las terminales de las neuronas, que luego revisaré con mayor
profundidad. “La capacidad potencial de un organismo para muchos comportamientos
forma parte intrínseca del andamiaje básico de su cerebro, y en este sentido está bajo
control genético y evolutivo. Los factores ambientales y el aprendizaje sacan a relucir
estas capacidades latentes al alterar la eficacia de los canales de acciones preexistentes,
promoviendo así la expresión de nuevas pautas de conducta” (Kandel, 1982). La
supresión de respuestas que no cumplen ninguna finalidad útil (tras la habituación), así
como la disposición comportamental frente a estímulos verdaderamente novedosos o
peligrosos ya conocidos (como posible efecto de una sensibilización) evita derroches y
yerros en la conducta, a la par que se constituye en un mecanismo importante para
dirigir convenientemente la atención y organizar la percepción. Sin lugar a dudas, la
obra del científico austríaco ganador del Premio Nobel en el 2000, replantea la
necesidad de mirar al ser humano en forma integral: la descripción de la habituación
como fenómeno psíquico incorpora aquí elementos innegables del campo de la biología,
afiliando el concepto de cognición a las neurociencias.

Repasando algunas cuestiones básicas del tema, es inevitable destacar que en el


neurodesarrollo, como paso primero hacia la constitución de lo complejo del
procesamiento cerebral, contamos con una base genética de acuerdo a la especificidad
de la especie que programa ciertas leyes de las que ningún ser humano puede escapar.
“Desde la gestación, la información genética codificada en el ADN y alojada en los
cromosomas es necesaria para producir o guiar el crecimiento” (Fadel, 2001). No
obstante su natural limitación, este patrón universal permite el particular modelado que
hace al patrón individual, ese que destaca los contornos de la subjetividad de cada
persona. Es entonces lo específico de la especie (con todas las variantes que esto
admite) aquello dado por lo genético, mientras que es específico del individuo lo sujeto
a las experiencias vividas, generándose influencias de obligado sentido bidireccional.
Así, todo estímulo gratificante (placentero) o traumático (displacentero) en etapas
críticas de neurodesarrollo, como lo es especialmente la infancia, deja una huella en la
conectividad sináptica y el diseño de los mapas neurales, con su correlato en la
organización desde la que se desprenden los modos de pensar, sentir y actuar.
“El desarrollo no es un proceso lineal, sino que tiene etapas más sensitivas: estas etapas
son más vulnerables al daño si ocurre una agresión o, por el contrario, proclives a un
desarrollo más acelerado si se crean las condiciones óptimas” (Álvarez González &
Trápaga Ortega, 2005). Como he señalado ya en varias oportunidades, la máxima

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plasticidad se encuentra en las primeras etapas de la vida. Es en su transcurso que el
sistema nervioso puede solucionar mejor los problemas estructurales y funcionales
producidos por agresiones. A pesar de lo mencionado, del mismo modo que la marca
generada en esa época puede parecer y suele ser indeleble, aquellas mellas debidas a
experiencias en posteriores etapas de la vida también tienen sus consecuencias, malas o
buenas, y también pueden ser luego modificadas.
Continúo con algunas notas de la época crítica de neurodesarrollo, posteriores al origen
neuronal, a la migración celular y al establecimiento de los pasos constitutivos del
desarrollo de los neurocircuitos. “La sinaptogénesis podría devenir una vez lograda la
constitución del «tramado o tendido de la instalación del cableado cerebral en
sobreoferta». Justamente deben producirse las conexiones de cualquier cableado para
que se genere un circuito por donde se espera constituir un flujo o movimiento de
señales. El modo de cómo se conectan las células, cómo funcionan y se organizan para
generar funciones innatas sin experiencia previa ni influencia del medio, dependerán de
fenómenos morfogenéticos fundamentalmente” (Fadel, 2001). Luego, a través del
fenómeno de plasticidad neuronal, el SNC puede cambiar (adaptarse) como resultado de
las experiencias vividas, remodelando las conexiones sinápticas por procesos de
aprendizaje y enriqueciéndose con nuevas memorias y su traducción en nuevos
aprestamientos cognitivos, dominio de pensamientos, emociones y conductas. De este
modo, la razón psíquica de la subjetividad tira el ancla en la propia historia, impactando
sus experiencias en el particular armado de las conexiones sinápticas y en los patrones
de funcionamiento: aquí reside el vínculo entre la vivencia y la huella mnémica que se
inscribe en la matriz biológica.
La modificación sináptica que se va produciendo tras el tendido del cableado depende
entonces de la actividad, por lo que es el impacto de las experiencias particulares el
artífice de la diferenciación en la arquitectura cerebral. Por medio de un mecanismo
llamado «competencia neuronal» sucede que, mientras unas sinapsis se afianzan, otras
se pierden. Una sinapsis, para conseguir afirmarse, debe establecer y mantener un nivel
adecuado de excitación y un apropiado modo de respuesta, de lo contrario será
reemplazada por otra que sí pueda dar contestación a la demanda. Este mecanismo de
constante remodelación o modificación sinaptogénica explica en la biología aquello que
intento proponer en los niveles de la psicoterapia: éste es el núcleo donde se conjuga la
final intención del libro. El recorrido de rutas alternativas, en una dimensión imaginaria
o real, es el posibilitador del diseño de nuevas vías neurales que encuentren finales
distintos a los siempre obtenidos. Estos nuevos circuitos (las nuevas opciones
diagramadas) deberán competir con los ya existentes (obtenidos del resultado de sus
primeras experiencias) que, aunque muy arraigados al sistema vigente, no son
absolutamente rígidos e inmodificables. El flujo de actividad dentro de una red,
delimitado por su puesta a andar, será entonces la instancia decisiva en la competencia.
Así, aquellas sinapsis que mantengan su trofismo por su adecuado flujo de activación
serán memorizadas y preservadas, mientras que aquellas sinapsis que no logren
mantener niveles apropiados de excitación serán condenadas a no perdurar. Es el
carácter plástico de las conexiones la llave para encontrar alternativas a lo habitual,
permitiendo finalmente un nuevo aprendizaje que estabilice de mejor modo la estructura
que el individuo posee para relacionarse internamente con sus experiencias y
externamente con las situaciones dadas en el entorno. Y es el entrenamiento en la
actividad de esta nueva vía la mejor forma de consumar el objetivo, generando el
trabajo psicoterapéutico una clara tendencia en el proceso de selección.

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PSICOPATOGÉNESIS
Sin discutir la certeza (me animo a afirmarlo) que dicta que todo trastorno
psicopatológico tiene su origen bajo condiciones biológicas, psicológicas y sociales
determinadas, comienzo a delinear mi propuesta relativizando la importancia de la
demostración de cada una de ellas en forma separada. Me explico. Es mi creencia,
quizás sostenida solamente desde la intuición, como el resto del libro, que estos tres
vértices, salvo casos particulares, se funden y confunden entre sí durante la primera
infancia, siendo descriptos como entidades separadas cada uno de ellos solamente en la
teoría y con fines de investigación y/o estadística o para amortiguar lo que sería un
brutal hachazo al narcisismo del médico que desde la posición de saber necesita poder
explicarse el preciso origen de los distintos trastornos psicopatológicos, en la cómoda
oferta de la supuesta objetividad del causa-efecto.
Partiendo desde la base de que cuando estos elementos fueran adecuados en calidad y
cantidad, entonces se posibilitaría la constitución de una persona sana
(psiconormogénesis), cuando éstos fallaran tendría lugar el origen de la psicopatología.
Pero en su innegable interacción comienzan a desdibujarse ya sus responsabilidades,
generando cambios entre sí que terminan por hacer estéril el intento de discriminación
de uno de estos factores como el principal culpable de cierto trastorno psicopatológico.
No es posible distinguir donde está el inicio de la secuencia que dispara la
psicopatogénesis y, quizás, hasta en aquellos casos en los que el avance de la ciencia y
sus modernas herramientas intentan mostrar y demostrar la falla orgánica que pretende
explicar la totalidad del proceso o, en la contracara, la interpretación por parte de un
terapeuta de una situación, emoción o forma de discurso como la clave que resuelve el
enigma, la discriminación de estos vértices y el señalamiento de uno de ellos como
responsable sea un error. Puede que ese innegable factor orgánico en algún momento
detectado sea consecuencia de un irreconocible maltrato psicológico, ya que, en última
instancia, es el lector de la situación, la persona, quien escribe de puño y letra en su
organismo su interpretación de la experiencia vivida, o que esas extrañas y rígidas
formas de entender y explicarse las experiencias, con sus sobresaltos en la conducta,
sean el resultado de una arquitectura biológica determinada que no se deja ver. Y para
complicar más aun las cosas, es seguro que el vértice social opone una valla más en esta
carrera, cuando no se levanta como el obstáculo principal.
Quiero decir, encuentro al sujeto como aquel que genera, actúa y padece las situaciones
y sus consecuencias. Las genera en tanto que es su propia lectura la que les da un
significado, las actúa porque las vive y las padece porque las siente, porque golpean o
acarician su experiencia hasta hacerle brotar nuevamente esos símbolos que dejarán su
huella en algún lugar de eso que llamamos mente. Y es desde este inmenso depósito de
experiencias traducidas en explicaciones que se formará el patrón de comportamiento
del sujeto, única pieza de la secuencia pasible de ser detectada por el testigo, olvidando
detrás de sí los pasos previos, la inobjetivable forma de percibir el estímulo por la
propia persona y su particular modo de hallarle un significado, siempre guiados por
anteriores experiencias y encarrilados por el aprendizaje previo y, finalmente, todos los
circuitos neurales mediantes, con sus silenciosas conexiones eléctricas y químicas,
posibilitando una conducta determinada. Y aquí comienza a tomar forma el planteo de
que la estructura de una persona está más sujeta a sus posibilidades que a sus
voluntades.
Entiendo entonces que solamente puede reconocerse como el ingeniero de este armazón
a la interacción de estos tres vértices, al resultado de su ineludible e interminable juego,
reconociendo en su dominio tanto las formas de sentir, emocionarse y pensar como los

Raspall, Lucas (2009). Conceptos básicos sobre las neurociencias y la psicofarmacología.


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enmarañados circuitos neurales, invisibles al ojo humano y sólo parcialmente
entendidos e identificados por ciertas herramientas de las neurociencias. Y recién a
partir de esta interacción como base aparece la persona como nosotros la vemos, como
la punta de un iceberg, el cuarto vértice de una pirámide triangular, como corona de los
anteriores, que encuentra por debajo de su propio conocimiento, sumergida en el agua, a
la estructura que le da sustento, la base.
Y para dar cierre a este punto introductorio del primer capítulo anexo, es mi punto de
vista que la parte fundamental de la confección de este marco desde el que se
desprenden las formas de percibir, de entender y de actuar, tiene lugar en la primera
infancia, en esos tiempos en que cada uno de los vértices mencionados son un todo
indistinguible, un espacio físico y metafísico que dará lugar a posteriori al
reconocimiento de un terreno biológico, psicológico y social que recién luego podrán
discriminarse. Por esto no es legítimo a mi entender volcar responsabilidades en el
vértice que suponga tener mayor relevancia a la hora de explicar el fenómeno
psicopatológico que hace su aparición en escena, ya que en estos momentos la
estructuración tiene sus raíces bien afirmadas en un terreno que pudo ya haber sido
influido y modificado por situaciones más cercanas a alguno de los otros polos de la
pirámide, complicando la discriminación y confundiendo la respuesta.
Escapando así a la trampa de buscar una etiología certera a un trastorno psicopatológico,
y evitando cualquier tipo de reduccionismo, es ahora útil reconocer estos lugares para
obrar, evaluar, trabajar y eventualmente modificar su contenido, considerando que la
acción específica en cada uno de esos terrenos indefectiblemente tendrá su repercusión
en los otros y, finalmente, en el cuarto vértice, aquel que corona los otros tres de los que
nace el iceberg, ese que a nosotros más nos interesa, el de la persona.

EL ABORDAJE PSICOFARMACOLÓGICO
“De la misma manera que la medicina «se desentendió» de la psiquiatría y de la
psicología durante siglos, hoy se corre el peligro inverso: que ambas disciplinas hagan
caso omiso de conceptos médicos de investigación y tratamiento, y recurran de forma
unilateral a la curación por la palabra, sin evaluar que muchas veces con ella no basta”
(Moizeszowicz, 1998).

La justificación es sencilla: si tres vértices (bio-psico-social) están involucrados en la


génesis de la estructura, desarrollo y funcionamiento psíquico, tres vértices deberán ser
considerados a la hora de proponer un cambio. Por supuesto que no todos los
padecimientos exigen una indicación psicofarmacológica, pero sí su prescripción puede
ser necesaria en algunos casos. “La invasión cuantitativa (psicológica y neuroquímica)
desorganiza el aparato psíquico, siendo necesaria la administración de psicofármacos
para reestablecer el orden de la cualidad y las representaciones” (Moizeszowicz, 1998).
En cambio, y como opinión también estrictamente personal, considero que la impronta
de la psicoterapia es absolutamente justificada en todos los casos.
La búsqueda de nuevos recursos terapéuticos para el tratamiento de los padecimientos
de nuestra área se asocia con los espectaculares avances de las disciplinas
neurobiológicas, campo en constante desarrollo que permite una mejor comprensión de
los mecanismos por los cuales el SNC controla los efectores afectivos, cognoscitivos y
comportamentales del aparato psiquico. Las neurociencias involucran de este modo la
necesaria integración de los distintos niveles de abordaje en un enfoque

Raspall, Lucas (2009). Conceptos básicos sobre las neurociencias y la psicofarmacología.


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transdisciplinario, basándose en investigaciones experimentales y clínicas que plasman
la insuficiencia del acercamiento unilateral al sufrimiento.
Como este capítulo pone bajo la lupa el lugar de la psicofarmacología, vamos a repasar
entonces el viaje (teórico) que hace un psicofármaco que, ingresado dentro de una
cápsula al tracto gastrointestinal, posteriormente absorvido y puesto en el torrente
sanguíneo, sabe adónde dirigirse y con qué objetivo. Se postulan cuatro niveles de
acción en los psicofármacos que, aunque se dan de manera prácticamente simultánea,
ocurren secuencialmente: tomando como ejemplo a las benzodiazepinas (ansiolíticos),
voy a ilustrar con las enseñanzas del Prof. Dr. Luis María Zieher (1999) esta serie. 1-
Bioquímico: el químico tiene un blanco, sabe adónde debe llegar y con qué estructura
debe contactarse. Aquí, la molécula actúa a nivel del complejo receptor GABA,
modulando la transferencia del cloro al interior de la célula a través del canal iónico que
forma parte de ese receptor. 2- Fisiológico: después de haber llegado la molécula a su
target, se desencadenan cambios fisiológicos que persiguen la meta propuesta. En este
caso, la interacción altera el flujo de impulsos nerviosos fundamentalmente en circuitos
del hipocampo y subiculum. 3- Cognoscitivo: es el turno de la actuación en el terreno
del conocimiento. La información es procesada en los circuitos neuronales del
hipocampo y subiculum, estableciéndose comparaciones entre los eventos actuales y los
eventos esperados, y suprimiendo luego la activación del sistema inhibitorio de
conducta. 4- Psicológico: las esferas del pensamiento, emoción y comportamiento se
ven finalmente moduladas por toda esta secuencia. Los efectos de la benzodiazepina, al
no activarse ese sistema que incrementa la actividad motora, el alerta y la atención al
medio ambiente, se traducen en una acción tranquilizante y ansiolítica que conlleva a
cambios significativos en la forma de percibirse a sí mismo y en el modo de enfrentar la
realidad construida y sus contingencias. En un quinto nivel, añado, podría ubicarse la
dimensión sociológica, ya que los cambios comportamentales de la persona (como
evidente propiedad emergente de lo psicológico) se expresarán en su relación con el
entorno y en el acoplamiento con las ofertas y exigencias de la sociedad.
Puede pensarse que el sentido del abordaje farmacológico es inverso al de la
psicoterapia, ya que el fármaco opera desde lo molecular obteniendo respuestas a nivel
del pensamiento, las emociones y la conducta, mientras que la psicoterapia obra desde
estos sitios propios de la experiencia subjetiva hacia el cambio molecular. Esta
reflexión, aunque en su excesiva simplificación pueda resultar imprecisa, sostiene y
refuerza la opción de búsqueda del cambio de la persona hacia un equilibrio más
saludable y estable por medio de las diferentes armas de las que disponemos.
A esta altura, son innegables las pruebas de investigación que afirman la posibilidad de
cambio estructural y funcional en el SNC tras la intervención psicoterapéutica, del
mismo modo que nadie refutaría el efecto beneficioso de la implementación
farmacológica en determinadas situaciones. “Es dable pensar, entonces, que los
diferentes procedimientos conductuales o psicoterápicos que previenen la percepción o
elaboración (procesamiento) de nuevos factores, endógenos o exógenos, generadores de
desórdenes psicopatológicos, o que modifican los ya existentes deben, necesaria e
ineludiblemente, traducirse en cambios o alteraciones biológicas. Con lo cual se
concede sustrato biológico a los resultados de la psicoterapia, en contra de la
suposición, no por difundida menos equivocada, de que sólo los tratamientos
farmacológicos son «biológicos»” (Zieher, 2007).

La psicofarmacología es ampliamente fundamentada desde el punto de vista de la


psicopatología biológica: “Presta atención a los datos, cada vez más numerosos y
objetivos, sobre la influencia de las modificaciones morfológicas y funcionales del

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sistema nervioso sobre la génesis de los trastornos mentales. Neurobiología,
neuroendocrinología, neurogenética y neuroinmunidad son ramas de la investigación
que están creando un cuerpo de conocimientos innegable y enriquecedor. Sobre esta
base se afirman cada vez más la moderna psicofarmacología y las terapias que actúan
sobre el metabolismo o modifican las predisposiciones heredadas” (Humberto Mesones
Arroyo, en Marchant & Monchablon, 2005). Pero, a pesar de los valiosos frutos de sus
numerosos trabajos de investigación, el gesto de algunos profesionales del área de la
salud mental sigue siendo esquivo y, en ocasiones, claramente desaprobador. Del
mismo modo, mas en la dirección contraria, la creciente corriente de la psiquiatría
biológica suele caer en el error de deshumanizar la consulta: la falta es recurrente,
amenazando desde una y otra postura con el empobrecedor reduccionismo. Y
continuando con la misma línea de pensamiento, dejo asentada en este punto una réplica
más que invita al debate. Los distintos modelos, esos conjuntos de hipótesis teóricas
vinculadas entre sí por reglas de correspondencia con las cuales se intenta describir,
explicar y predecir el desempeño de un sistema dado, se posicionan necesariamente
desde un paradigma particular, eligiendo, y en ocasiones hasta deformando, la
información a considerar. De esta manera, los testimonios percibidos son un caudal que
cuadra con la teoría utilizada, aunque este patrimonio no hable mucho de su utilidad en
el entendimiento del proceso, mientras la información (presente también en la
enormidad del material a disposición) que no encaja en este sistema es marginada. “Es
la teoría lo que hace que los hombres sean completamente incautos”, advierte Bertrand
Russell. Respetando su sentencia, y al contrario de lo anteriormente apuntado, estimo
que la información que no puede ser integrada al modelo podría y debería servir como
un incentivo para modificar la comprensión del proceso. Así, las percepciones que
resultan contradictorias con el propio paradigma pueden ser la llave que abre el camino
del cambio en el conocimiento, conduciendo finalmente hacia un nuevo orden. La
invitación queda ahora planteada, a participar de la militancia antidogmática, a no
identificarse a fuentes institucionalizantes que sean capaces de anular hasta la misma
práctica, a asumir la responsabilidad de que de nosotros depende el grado de finura de
nuestra red de conocimientos, a no darle más importancia al autor que al texto. En fin, a
querer conocer más, escapando de los límites que todo dogma impone, venciendo
nuestras propias fronteras, para así perseguir una comprensión más acabada de la
persona y sus padecimientos.

ARTICULACIÓN PSICOTERAPIA-PSICOFARMACOLOGÍA
“En la medida en que la psicoterapia o el counselling son efectivos y producen cambios
a largo plazo en la conducta, presumiblemente lo hacen a través del aprendizaje, por
medio de cambios en la expresión génica que alteran la fuerza de las conexiones
sinápticas y mediante cambios estructurales que alteran el patrón anatómico de las
interconexiones entre células nerviosas del cerebro” (Kandel, 1999).

La psicoterapia puede funcionar como una nueva experiencia de aprendizaje,


enriqueciendo las observaciones que llegan desde una tercera persona hacia la vivencia
en primera persona los modos de analizar la realidad construida y favoreciendo la
posibilidad de generar un cambio: “(...) se puede llegar a la idea de la psicoterapia
psicoanalítica como un ambiente enriquecido que induce cambios en áreas corticales y
subcorticales relacionadas con el procesamiento de afectos y memoria, y que puede
conducir a un mayor grado de integración del sí mismo, de la relación con los objetos

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significativos en la vida del paciente y de la experiencia afectiva” (Cohen, 2004). A
través de esta nueva experiencia, que busca plasmar en la pantalla mental todas las
escenas de la secuencia, con los componentes relativos al pensamiento, la emoción, la
intencionalidad y la conducta acompañantes, pueden darse fenómenos de
remodelamiento neuronal, crecimiento sináptico y competencias entre circuitos que
configuran novedosos esquemas y eliminan antiguas conexiones que ya no cumplen
funciones. Es entonces por medio de las facilitaciones, cambios en la fuerza de
conexiones neuronales específicas que implican una asociación pre y post sináptica que
se circunscribe a la vía estimulada, que el aprendizaje tiene lugar, activando nuevas
redes neuronales que incluyen conocimientos genéricos (de hechos), episódicos (de
situaciones puntuales), procedurales (de habilidades) y de sentimientos (o afectos). Así,
todos los nuevos conocimientos analizados y redimensionados se redistribuyen en las
conexiones neuronales promoviendo cambios e impulsando una nueva regulación
homeostática que permite modificaciones en las esferas de lo cognoscitivo, afectivo y
conductual. Puede notarse que lo precedente, con distinta terminología y menor
precisión, era planteado hace más de cien años, en 1895, por Sigmund Freud en el
“Proyecto de Psicología para Neurólogos”, donde sostenía que las neuronas no
pasaderas, aquellas que tienen la capacidad de generar y conservar un registro de
memoria, tenían la posibilidad de perder esta cualidad frente a situaciones traumáticas,
transformándose en neuronas pasaderas, de funcionamiento similar al de un arco reflejo.
Una herramienta que sabe ilustrar esta intención es la “desensibilización sistemática”
auñada por el sudafricano Joseph Wolpe en la década del ´50 (Wolpe, 1981), que pone
al individuo de cara al estímulo condicionado por el aprendizaje; ahora, la activación
emocional debe ser tolerada sin generar la habitual réplica. El objetivo es demostrar que
la emoción no llega a ser tan insoportable como se presumía, ni capaz tampoco de
desorganizar por completo la experiencia, del mismo modo que el final resultado no se
condice con los catastróficos pensamientos que desfilaron a priori. Así, generando
aproximaciones sucesivas a la situación «temida» y conteniendo la exacerbación
disfuncional, su progresiva merma instruye una nueva lección. En términos de la teoría
del aprendizaje, el cambio perseguido habla de la (necesaria) final extinción de la
asociación que impone la trampa adictiva, proceso que se produce cuando el estímulo
condicionado se repite constantemente en ausencia del estímulo no condicionado,
haciendo que la respuesta provocada por condicionamiento vaya gradualmente
perdiendo intensidad hasta eventualmente desaparecer. La extinción, retomando el
enfoque neurobiológico, supone algunos cambios en la estructura que facilitan nuevas
valencias con respecto al objeto o situación, donde los roles de la corteza prefrontal, el
hipocampo y la amígdala se destacan como las estructuras de fundamental importancia
en su modulación. Incluso algunas nuevas líneas de investigación indican que la
extinción podría involucrar el borrado de la memoria condicionada. A través del registro
del redimensionamiento elaborado en los procesos de aprendizaje y memoria que
explican los mecanismos de plasticidad neuronal y neurogénesis, las intervenciones
llevadas a cabo en el marco terapéutico conducen hacia una reorganización de la
estructura y funcionamiento cerebral favorable para el individuo. Y, finalmente, por
medio de nuevas expresiones génicas, estos cambios pueden ser ahora sostenidos en el
tiempo. “De hecho, si los cambios producidos por la psicoterapia se mantienen, es
razonable concluir que distintas formas de psicoterapia producen distintos cambios
estructurales en el cerebro, como ocurre con otras formas de aprendizaje” (Kandel,
2007).
Material extraído de: Raspall, Lucas (2007). La construcción delirante. Rosario: UNR Editora.
Raspall, Lucas (2009). La Tercera Cosa. Rosario: UNR Editora.

Raspall, Lucas (2009). Conceptos básicos sobre las neurociencias y la psicofarmacología.


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