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MODELO SIN DOLOR

La biblioteca ocupa el semisótano de la escuela. El mejor sitio para el lector es

siempre el extremo izquierdo de los pupitres, encarado hacia la puerta principal. Sólo entra

luz por unas ventanas altas que comunican con el patio interior, porque la pared de la dere-

cha, la que da a la calle, está protegida del ruido por un muro de granito y forrada de vitri-

nas con volúmenes de arte. Todas las mesas tienen una minúscula bombilla que ilumina el

libro sobre un vade de cuero desgastado, inclinado y abatible, como en los pupitres del co-

legio, que tenían arriba un tintero. Pero durante la mañana se puede leer con un sol tibio de

segunda mano, húmedo de tapias, de rosales trepadores y arizónicas como cipreses, y del

riego hipnotizante de los aspersores. Tan sólo, de cuando en cuando, se ve pasar a Rosita,

que cuida el jardín.

Debajo de las ventanas y en las otras dos paredes, la del fondo, de unos diez metros, y

la transversal cerrada a la calle, de casi el doble, no hay más que libros. Sólo se salva, al

fondo a la derecha, la puerta que da acceso al despacho del director. En el techo hay pinta-
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do un mosaico romano con fondos de verde oscuro, que con el ocre frondoso del patio y la

madera vieja de las vitrinas dan al conjunto un aire septentrional, como si afuera estuviese

siempre a punto de llover.

La pared principal es la que tiene en el centro una gran puerta de doble hoja. A la de-

recha, haciendo esquina con los libros, está la mesa del bedel y el archivo con las fichas de

lectura. A la izquierda hay un par de sillones chéster de cuero marrón, y una mesita baja

con revistas. En uno de esos sillones solía sentarse Alfredo, vestido con un traje blanco de

verano y zapatos de rejilla, las piernas muy cruzadas. Alfredo leía el ABC iluminado por la

mejor luz de la mejor ventana. Tenía el pelo cárdeno repeinado, y su postura era la clásica

del lector de periódicos de un ateneo, el anciano que hace corro en su butaca, su cuerpo

arrugado, su postura de contorsionista viejo, de abuelo aplastado por el tiempo y por la den-

sidad intelectual del ABC.

En la mesa de la derecha, sentado en una silla con brazos, de madera batiente, estoy

yo, un hombre corpulento, como un lanzador de martillo, como un picador de toros, que

rellena fichas con sus manos delicadas. El flexo bajo ilumina mis manos y el joven de la

perilla silvestre que hay sentado en el fondo ve mi cuerpo con una sahariana de color vino y

el cráneo perfecto, rasurado, brillar en el rincón oscuro.

Ese chico tan delgado lleva viniendo a la biblioteca toda esta semana. Es Jan, un

amigo de mi hija que ha decidido ser artista, y antes incluso de que empiecen las clases ya

pasa las mañanas estudiando a los pintores primitivos. Salvo el martes pasado, que también

había un anciano leyendo a Blasco Ibáñez, si no fuese por este chico no habría nada que

atender. De hecho es su presencia la que me hace persistir en la postura del bedel de biblio-

teca, aunque las fichas de lectura ni las mire y en su lugar me dedique a olfatear en los ar-

chivos. El nuevo director ha venido con esas ideas absurdas de quienes se consideran a sí
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mismos muy emprendedores. Quiere renovarlo todo, empezarlo todo, a las personas nos

trata como moldes vacíos que hay que rellenar con sus inconsistentes escayolas organizati-

vas. Ahora viene con que hay que reorganizar el fichero de la biblioteca, hacer un duplica-

do y anotar por la parte de atrás un extracto de la solapa y un sistema de catalogación que

incluye las medidas de los volúmenes, tampoco dijo para qué.

Ese chico amigo de mi hija me obliga a permanecer en un estado de concentración

proporcional a la imagen que él tiene de mí. Ayer se acercó a pedirme un libro sobre

Brueghel y cruzó conmigo unas palabras. Me preguntó si me gustaba Brueghel. En princi-

pio es como si vas a la biblioteca municipal y le preguntas al conserje si le gusta Theodor

Adorno, pero en el fondo me halaga. Sí, claro, ya lo creo, le dije, Brueghel me gusta mu-

cho. El muchacho me miró con sus ojos de hambre, firmó la hoja de préstamo, cogió el

libro, me dio las gracias, se dio la vuelta y se marchó a su sitio. Desde entonces no dejó de

mirarme.

Yo tengo cierta experiencia en sentirme mirado, pero me incomoda cuando no es

parte del trabajo, porque la mirada de cualquiera tiende a inmovilizarnos, a disponernos en

alguna postura profesional. Yo ahora mismo he adoptado una clásica postura de escritor. Él

está con El Bosco, me mira de vez en cuando, pero hoy es más como para pensar en lo que

ha visto, depositar en mí la mirada mientras devora nuevas combinaciones de color. Yo lo

miro a veces de reojo porque me gusta el espectáculo del entusiasmo. Y me quedo con

ganas de decirle lo que pienso sobre Brueghel. Le he dicho que me gustaba mucho con el

aire amable de quien se siente seguro al afirmar algo en lo que sin duda es experto, pero la

verdad es que no he añadido nada. Quizá debiera haberle soltado alguna frase, alguna bro-

ma, una pincelada erudita y casual. Quizá debiera haber dicho: Oh, sí, ya lo creo, Brueghel

el Viejo es uno de mis artistas favoritos, yo diría que es el gran pionero de los dibujos ani-
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mados. Le habría dicho eso y no le habría mentido. Sin embargo, aparte de que le habría

dicho algo demasiado personal, él lo habría entendido como una pedantería. Y no es así.

Uno no sabe nunca cómo comportarse con alguien tan joven que podría ser tu yerno.

Una de las ocupaciones que más tiempo me consumió el curso pasado fue buscar un

libro para ilustrarlo y buscar un modelo para el tipo de ilustración que quería ensayar. Al

principio era sólo una bonita idea. Mi hija Violeta cumplió dieciocho años en agosto, el día

22, no ha pasado un mes aún, y desde hace un año por lo menos he venido pensando en el

libro y en los dibujos. La idea era regalarle uno que significase mucho para mí e ilustrarlo

con mis propios dibujos. Me parecía un regalo muy emotivo. Pero mi forma de dibujar tie-

ne más bien que ver con el monigote siniestro, me salen siempre monstruos alicaídos,

miembros que se derriten, todo muy barroco porque cuantas más líneas empleas más disi-

mulas los fallos. Y yo quería que fuese algo más limpio, más ameno y optimista, un perfec-

to regalo de buena voluntad ante cuyo encanto sincero el sentimentalismo de Violeta se me

rendiría, más incluso que con el regalo de postín que le pensaba hacer su madre. Quería

darle una imagen afable, de buena persona pero sin llegar al victimismo, de no vivir em-

ponzoñado ni demostrar ninguna forma de tormento interior. Quería regalarle uno de esos

objetos que se recuerdan toda la vida y cuyo recuerdo nos obliga por instinto a sobrevalorar

a quien nos lo hizo.

De modo que empecé la búsqueda por Brueghel el Viejo. Este muchacho se llama

Jan, Jan Waclabek, y tiene la misma edad que Violeta. Es natural de Pszczonów, en Woje-

wództwo Skierniewickie, Polonia, según dice su carné de lector, y nació hace diecinueve

años. Cada media hora viene a pedirme un libro, se lo lleva al último pupitre y allí se que-

ma las pestañas con la bombilla, pasa las páginas deslumbrado, con los ojos muy azules y

ojeras de genio precoz, la boca abierta, babeante de lujuria por aprender, húmeda de fiebre.
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Cuando vine a abrir la biblioteca ya estaba en la puerta. Eso fue a las ocho y media. Ahora

son las diez y veinticinco y ya me lleva pedidos, aparte del libro de Brueghel y el del Bos-

co, otros dos libros, los dos sobre pintura primitiva.

Lo demás es el silencio interrumpido por el agua y las pisadas de Rosita, la mujer

que cuida el jardín. Estos son los mejores momentos del año. En estas horas muertas, con

esta luz enmohecida y las últimas lluvias del verano, aunque sean lluvias falsas, automáti-

cas, encuentro el final y el principio de lo que quiero hacer en el mundo, rellenar fichas con

nombres, lugares y fechas de nacimiento, mirar a los que leen, su elocuencia de seres que se

bastan solos, el tráfico paulatino que me permita detener el movimiento en cada una de sus

posturas. Me siento protegido por el aroma de los libros, soy el guarda de una ermita que

hay en el fondo del valle. El trabajo duro aguarda con una inminencia todavía relativa, fal-

tan tres semanas para el impacto de la muchedumbre y los horarios rigurosos, y sin embar-

go estos primeros días, aquí archivado, me convierten a la disciplina de la sanidad mental,

me preparan para la batalla en un minucioso equilibrio entre la confianza en mis fuerzas y

el temor a mis debilidades.

Leo la letra nerviosa de Jan, letra de anotar descubrimientos, deslumbramientos, que

deben apuntarse sin perder de vista el prodigio. Letra frágil, desnutrida de cultura, pero

férrea, práctica, constante. Lee un idioma recién aprendido. Hay muchos estudiantes así,

con esta letra, sobre todo los primeros años. No me gustan los que ingresan en la escuela

con uniforme de artistas, ni los que siempre van en grupo, sonriendo mucho y tratando de

ligar con las muchachas, sino los que vienen a pedir explicaciones, a aprender. Al contrario

de lo que ha mitificado la tradición, estos jóvenes suelen dejarse los codos en el estudio, y

si no encuentran nada nuevo se desesperan, pero no lo dan por perdido. No se plantean su

situación de artistas ni se intentan adaptar al sueño. Este muchacho sabe que debajo de las
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pinturas rupestres hay una enseñanza fundamental que él tiene la obligación de aprender, y

su disciplina es buscar, olfatear las formas, estudiarlas, digerirlas.

Me pregunto por qué Jan, tan tímido a pesar de que pudiera convertirse en mi hijo

político, se dirigió a mí por primera vez para preguntarme por Brueghel y no por otra clase

de pintor. Él no ha ingresado aún en la escuela pero no sabe quién soy yo, a pesar de todo.

Dentro de unos días, cuando empiecen las clases, se sentará en un pupitre del aula de dibujo

y un señor enormemente desnudo lo mirará con la mirada con que un bedel lo miró estos

días en la biblioteca, y quizá entonces descubra por qué pensó en Brueghel cuando se deci-

dió a decirme algo. Quizá se me vea en la cara, con guardapolvo gris y todo, un fondo re-

moto de mala uva y candidez, que es lo que yo he visto siempre en Brueghel. Me gustan los

virtuosos en desnudar defectos ajenos que son aún más virtuosos para darles una pátina de

humanidad amable. Entonces, además, Jan sabrá quién soy yo, porque Violeta le dijo que

soy un modelo, no que soy un bedel.

Yo estos días, no obstante, estoy mirando a Jan con mirada de modelo, lo cual no

debe de encajar mucho con el guardapolvo gris, y eso que es de un algodón muy fino que

no da nada de calor. El secreto de las miradas penetrantes es muy simple. Pero tiene conse-

cuencias graves. No se trata de fruncir el ceño, de mirar por encima de las cejas o de poner

ojos de loco. Esas son miradas de espanto, a lo sumo de atención. La mirada que atraviesa

no es esa pose ridícula de los actores de cine, ni tampoco el estrambótico mirar del asesino.

La mirada penetrante debe ser serena, y la perturbación que provoca no radica en que quien

mira haya perdido la compostura, sino en que quien es mirado se sienta desnudo.

Sé muy bien cómo es esa mirada. Todos los modelos profesionales deberíamos sa-

berlo, pero es algo que no se enseña, y si se enseña suele estar mal enseñado. He tenido,

sobre todo al principio de mi carrera, profesores que mientras describían a estudiantes de


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dibujo las minuciosidades de mi anatomía trataban de inculcarme una manera de mirar.

Pero a un modelo no puedes decirle que mire fijamente, o que mire con altivez, o con sere-

nidad, o con dolor, o con hastío. Un modelo es algo más que un actor. Los actores interpre-

tan. Los modelos desnudan, primero su propio cuerpo, y luego las telarañas que los estu-

diantes de dibujo y los artesanos de la escultura llevan en sus miradas. La mirada del mode-

lo no inspira sentimiento alguno, porque un sentimiento es un ropaje, una limitación, una

certeza vulgar. Eso es lo que quisieran todos, saber la verdad, conocer el secreto mínimo y

exacto de quien nos mira, conquistar su intimidad y sentir así tranquila su conciencia de

usurpador. El modelo sufre demasiado como para que mirarlo sea tan sencillo.

El procedimiento, ya digo, es muy simple, pero también muy doloroso al principio,

y a la larga dañino para la salud. Consiste tan sólo en dirigir la mirada a quien nos mira

pero enfocarla detrás de quien nos mira. Cualquiera puede hacerlo. Se trata de mirar a un

objeto que tenemos a una cierta distancia, y que quien haya enfrente de nosotros, quien se

siente mirado por nosotros, esté a medio camino entre nuestros ojos y el objeto al que diri-

gimos la mirada. Otra cosa es que uno aprenda a hacerlo siempre, con todo el mundo, sin

más esfuerzo ni entrenamiento que el que se necesita para separar a nuestro antojo los de-

dos de una mano. Quien consigue hacerlo descubre muy pronto los primeros resultados,

cómo la gente se inquieta, cómo se siente descubierta, cómo se sabe desnuda.

Así miro yo a Jan cada vez que cambio de postura y paso a la posición del escritor

en el momento de reflexionar sobre lo que lleva escrito, y él se queda detenido por lo raro

de la inmovilidad absoluta. Las personas pueden estar quietas pero no inmóviles, aunque

estén sentadas, pensando, mirándonos como si mirasen a lo lejos. Yo cuando me quedo

quieto me quedo inmóvil, y cuando me muevo lo hago con tal acompasamiento que a pesar

de estar moviéndome no desaparece la sensación de que sigo estando parado. Esto resulta
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desequilibrante para quien lo mira porque tiende a eliminar la sensación de tiempo, y así

lleva Jan un rato embobado, con El Bosco abierto encima de la mesa, mirándome y yo

viéndolo en los cambios de postura y haciendo un esfuerzo para enfocar lo que veo por el

rabillo.

Güino es un nombre de perro, pero quien me lo puso lo hizo con su mejor intención.

Fui víctima de una confusión de papeleos, un desacuerdo de principios entre mis padrinos y

una desavenencia secreta y precoz entre mis padres, que me acabaron poniendo un nombre

en el juzgado y otro en la partida bautismal. Para la patria soy una cosa y para la iglesia

otra, muy feas las dos, de modo que siempre me ha parecido muy bien haberme quedado

con el mote. En mi trabajo, por lo demás, todos tenemos mote, algunos incluso varios, pero

el mío, los míos, son motes de un mote. Nadie sabe de verdad como me llamo. Y aquí tam-

poco lo voy a decir.

Güino es la expresión que mi madre empleaba para nombrar a un individuo listo y

callado, capaz de sacar provecho sin hacer ruido, de salirse por un lado cuando vienen mal

dadas. Yo de niño no daba nada de guerra y lo miraba todo con ojos de susto. Después he

sabido que en la tierra de mis antepasados una güina es una comadreja, y un güino alguien

que huronea por la vida. De todos modos, cuando mi madre comenzó a llamarme Güino no

se fijó tanto en mi comportamiento como en mi cara. Tienes cara de güino, hijo mío, me

dijo un día, y al resto de la familia la idea le pareció muy bien.

En cierto sentido güino es lo contrario de noble. En la tierra de mis antepasados se

valora mucho la nobleza, el cuerpo limpio, la verdad por delante y las bofetadas por no qui-
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tarse a tiempo. Para ser noble hay que ser sincero, y también un poco ingenuo, expuesto

siempre a que los demás no sean igual de nobles ni de sinceros ni de ingenuos y se aprove-

chen de uno. Allí la nobleza no es tanto sanidad de sentimientos como perpetua desnudez.

Me pregunto qué habría dicho mi madre si hubiese visto cuál es mi trabajo. Tampoco mis

compañeros saben lo que mi nombre significa.

Trabajo en esta escuela de ocho a tres, poso un máximo de cinco sesiones de cua-

renta y cinco minutos cada una, con un breve descanso cada cuarto de hora. Mi categoría

laboral es de funcionario subalterno del ministerio de educación y cultura, grupo E, siete

trienios cumplidos. Eso significa que mi verdadera profesión no es la de modelo sino la de

bedel, de manera que cuando terminan las clases o vienen las vacaciones de los profesores

yo regreso a mi guardapolvo gris y asumo las tareas del conserje. Mi sueldo también es

bastante canino, pero siempre llego a fin de mes, no debo dinero a nadie y mis vicios son

austeros, y cuando quiero irme de viaje no tengo más que hacer alguna chapa, posar para un

pintor, para un fotógrafo, dejar que un escultor me haga un vaciado, actuar de figurante en

un spot, hacer de florero en algún evento social. En tiempos hice bastante dinero con las

chapas. Antes de que mi cuerpo adquiriese su aspecto definitivo, que no tiene nada que ver

con eso que se llama un cuerpo escultural, hice incluso alguna película porno. Pero siem-

pre me he pulido todo el dinero que ganaba, así que terminé por pulirme sólo lo que ganaba

en la escuela y conseguí que mis vicios fuesen llevaderos. Quizá desperdicié la posibilidad

de ser un gran actor, pero casi estoy seguro de que si hubiese sido rico ya me habría muerto.

En el fondo me tranquiliza que el estado no me considere un artista sino un funcio-

nario del cuerpo. Entre nosotros abundan los artistas fracasados, una escuela de arte es un

gran monumento al fracaso: profesores que no llegaron, estudiantes que no llegarán, aparte

del personal administrativo, los conserjes genuinos y nosotros. Entre los modelos resulta de
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un romanticismo tópico lanzarse a la vida del artista y ganar unas perras desnudo. Es el

caso de Javier Bidón, que llegó hace diez años, y le habló a todo el mundo de su obra, y nos

llevó a su casa para que la viésemos, y dijo muchas veces, cuando empezaron los primeros

dolores de espalda, que aquello de posar sería un trabajillo temporal, sólo hasta que vendie-

se algunos cuadros y se pudiera marchar. Javier es más joven que yo, cuando lo conocí ya

sabía que entre los modelos está prohibido hablar de aficiones secretas. Yo, por ejemplo,

jamás he dicho a nadie que los domingos por la mañana me salgo a la terraza y me pongo a

pintar. Javier, ahora, hasta hace poco, porque ahora ya no está, tampoco hablaba de ello,

pero siempre quedaba un compañero que se lo recordase.

Supe que Güino es un nombre de perro el día que ingresé en la escuela, quiero decir

el día que empecé a estar fijo en la escuela. Alfredo, el modelo más antiguo, que tampoco

está ya, que hasta entonces me había tratado como se trata a un modelo interino, sin diri-

girme la palabra, coincidió conmigo en la biblioteca las primeras Navidades que tuvimos

que hacer de bedeles. Todos lo conocíamos de sobra, su amistad con el viejo Barrachina, el

antiguo director de la escuela, su sometimiento perruno a las barbaridades que se le ocurrí-

an al jefe, desde posar seis horas seguidas sin descanso hasta negarle la paga cuando Alfre-

do se ponía malo. Alfredo se protegía creyéndose un portento de modelo, no hablándose

con nadie y despreciando a los que entraban nuevos. Pero llegó el día en que supe que si

teníamos que compartir destino más nos valía no llevarnos demasiado mal. Me llamo Güi-

no, le dije, y le tendí la mano. ¡Ja!, dijo él, su mandíbula borbona, su diente de plata, una

tos más que una risa, y como todo saludo añadió: tengo un perro que se llama Güino. Luego

se sentó en una butaca junto a la ventana y se puso a leer el ABC.

Esas salidas eran frecuentes en Alfredo, pero es difícil llegar a la conclusión de que

tan sólo quería protegerse de los demás, probar a ver quién era capaz de soportarlo, quién
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era fiel por encima de sus malos modos. Yo en el fondo casi prefería que no me hablase, así

que no le contesté ni le di mayor importancia, ni tampoco me quejé de que no hiciese nada

cada vez que le tocaba trabajar en la biblioteca, ni siquiera de los densos gargajos que de

cuando en cuando tiraba por la ventana del patio interior, donde Rosita, otra compañera, se

dedicaba a cuidar el jardín. Ella sí que entraba al trapo con frecuencia, y sus insultos llega-

ban a formar una música estridente de la que abstraerme tampoco me costaba demasiado

esfuerzo. Rosita, en momentos de acaloro, lo ha llegado a llamar facha y mala persona, que

tratándose de Rosa no es insulto pequeño. Lo de facha se lo llamaba todo el mundo pero

sólo Rosa se lo dijo siempre a la cara.

La verdad es que todos nos insultábamos con ganas, unos por delante y otros por de-

trás. El que mejor insultaba era Alfredo. Siempre utilizaba insultos que comienzan por la

letra b. A Rosita la llamaba buharra y bordiona. A Javier, bardaje, beocio y boquerón. A mí

una vez me llamó baldragas, pero en general también Alfredo me llamaba siempre por mi

nombre de guerra. La gente llegó a pensar que Alfredo era un pedante insoportable cuando

los insultaba con su erudición de letra b, pero la gente es demasiado vaga para ir a un dic-

cionario y consultar el significado de lo que le acaban de llamar. Rosita se pensó, la primera

vez que la llamó buharra, que la había llamado guarra, aunque también pensó que quizá no

se decía guarro sino buarro, igual que algunos dicen buevo porque les parece que güevo

está mal dicho, y en cualquier caso lo dejó estar.

Por unas cosas o por otras, por insultos consolidados o por confusiones de lexicolo-

gía, Javier se ha quedado con Bidón, que fue lo que le llamó Alfredo una vez que Javier nos

vino a pedir opinión para un seudónimo. A Javier no le gustó la propuesta pero al resto de

modelos sí, aunque ninguno se hizo responsable de que le gustase. En menos de tres meses

había cambiado de nombre. Rosa será siempre la Morena, y eso viene de antes de que yo la
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conociese, de nada más llegar ella a la escuela. El apodo se lo puso el viejo Barrachina,

pero esto lo he sabido después. Alfredo la llama Morena con el acento facha de quien llama

a una criada o a una puta. Alfredo es Martínez, de Martínez el Facha, el cómic de Romeu,

ése se lo sacó Bidón cuando supo que todo el mundo lo llamaba ya Bidón.

Y yo soy Güino. Mi aparatosa presencia, mis ojos grandes y azules y mi cabeza pe-

lada al cero hacen que la gente pronuncie mi nombre como pronunciaría el de Güido o el de

Duino. Otros, otras, porque casi siempre son ellas, y sobre todo Rosa, lo pronuncian con el

acento exacto con que yo lo escuché por primera vez. Alfredo hace de todo una sola sílaba,

cuando me llama para algo casi le veo la intención de chascar los dedos o acompañarse con

un silbido.

Alfredo solía sentir estos días como la peor de las humillaciones, gastaba muy mal

humor y se lo tomaba todo a la tremenda. Hace cinco años que los modelos disfrutamos

cierta consideración laboral, algo que jamás habíamos tenido. Ahora, a cambio de guardar

las bibliotecas cuando no posamos, tenemos vacaciones pagadas y seguro médico y pensio-

nes de jubilación. Somos funcionarios del cuerpo. Tenemos la plaza fija, nadie nos la puede

quitar, por lo menos hasta que cumplidos los sesenta y cinco abandonemos la posición.

Fue una gran conquista laboral, sobre todo para quienes éramos entonces jóvenes.

La gente como Alfredo, que lleva toda la vida ganándose el pan a cambio de ofrecer siem-

pre la mejor figura posible, sintió que todos sus sacrificios no habían servido para nada, que

cualquiera que aprobase aquella oposición absurda podría abandonarse al tejido adiposo.
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Ser modelo ya no se consideraba un talento especial sino algo que puede hacer cualquiera

que se sepa estar quieto.

Pero yo sé lo que pasó Alfredo para ser el decano de los modelos. Sé los meses que

tuvo que trabajar de albañil porque la artrosis no le dejaba posar sin unos dolores espanto-

sos, sé las veces que hizo chapas de acompañante, de mono de feria, de soldado fascista. Sé

lo que Alfredo ha tragado, y por eso comprendía sus humos, aunque a veces me sacase de

quicio su absoluta pasividad cuando no se trataba sólo de posar. Él estaba en la biblioteca

porque es el sitio donde mejor se está, ni siquiera monopolizaba ninguno de los chollos que

los modelos con más años en el cuerpo disfrutamos, como el cuidado del jardín o estar aquí

tranquilo con las fichas de lectura. Alfredo no movía un dedo, no rellenaba una ficha ni

plantaba un geranio, ni mucho menos los otros trabajos forzados que les obligan a hacer a

los modelos jóvenes. Eso hubiese sido para Alfredo peor que la rendición. Ya capituló bas-

tante el día en que le obligaron a firmar una nómina por primera vez en su vida.

Ahora sin él la biblioteca está vacía. Se ha jubilado pero es como si se hubiese

muerto. Él aceptó en los últimos años pasarse las mañanas junto a la ventana pero nunca

dejó de escocerle la manera como se estaba terminando su carrera. Al final le dio un rama-

lazo adolescente, algo muy propio de la edad, y quiso reivindicarse como modelo, pero

también le salió mal. En los últimos tiempos hablábamos de vez en cuando.

Hasta el año pasado por estas fechas Alfredo ya casi se había resignado a las como-

didades funcionariales. Por supuesto que jamás llegó a ponerse el guardapolvo ni a mover

un dedo. Eso era causa de muchas tensiones con los compañeros. En esta escuela hay sólo

cuatro puestos de bedel, pero los cuatro necesitan dedicación: la entrada, el jardín, la biblio-

teca y el museo. Los cuatro más viejos, Rosita, Bidón, Alfredo y yo elegíamos quedarnos

en la escuela, y los otros tres más jóvenes pero igual de fijos que nosotros tenían que mar-
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charse fuera, al museo de pintura del siglo XIX, al museo Sorolla, al museo de Arte Con-

temporáneo, o a una garita del Ministerio de Educación, o quedarse siempre y cuando

hubiese que hacer reformas, transportar caballetes o pintar las paredes de las aulas. Pero,

como Alfredo no hacía nada y no podíamos ser cinco para cuatro puestos, Rosita tenía que

atender el jardín y también la portería, y Bidón salía de nuestro pequeño museo (que está en

el ático, en el antiguo estudio de Barrachina, con unas luminarias enormes y un calor espan-

toso) y relevaba a Rosita un rato. Otras veces me acercaba yo, sobre todo cuando la hija de

Rosita le traía a la nieta y las dos se salían a regar el jardín.

El trabajo era tan escaso que ninguno de los cuatro hacíamos nada, pero todos me-

nos Alfredo estábamos en nuestro puesto. Y eso era un abuso. Rosita y Bidón le retiraron el

saludo, y me recriminaban que yo hablase con él aunque fuera de vez en cuando. Un día,

esto sucedió en julio del año pasado, noté que Alfredo cruzaba demasiadas veces las pier-

nas. No se entretuvo en hacer el jeroglífico del ABC, lo cerró como mínimo una hora antes

de lo previsto, lo hizo un tubo y empezó a golpear el sillón del chéster. Recuerdo que había

un par de lectores que se sobresaltaron, porque Alfredo no abandonó su sillón ni yo mi silla

ni puso el tono de hablar en la biblioteca los bedeles, que es como susurrar a gritos, y con

voz tonante me dijo: Mañana ya puedes ponerte guapo Güino porque van a venir unos pe-

riodistas a hacerme unas fotos. Y a ver si vas a presentarte con ese mandil, que pareces un

dependiente. Luego se calló y yo me temí lo peor, así que fui a sentarme al otro chéster para

que me contase. Resulta que quería denunciar al gran pintor Julio Palomares, entonces no

me dijo por qué.

Yo me temí que fuese otro episodio bochornoso como cuando un modelo de la Fa-

cultad de Bellas Artes denunció en un periódico al pintor Antonio López por haberle hecho

un vaciado. Aquello era una tontería y traté de hacérselo ver. En aquella ocasión la prensa,
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más que provocar, picó, y la foto de un modelo trajeado salió en los diarios amarillos, en las

secciones de curiosidades, y Antonio López no quiso hablar mucho del asunto, se limitó a

preguntarse quién habría engañado a ese pobre hombre.

Aquello se comentó en su día. Alfredo era tan consciente como yo de qué pasó y en

qué lugar había quedado el modelo. Intenté hacerle ver que se estaba exponiendo a lo mis-

mo. Ya entonces él defendió a su colega. Se conocían desde jóvenes, en algunos momentos

incluso habían competido por ciertos trabajos. Alfredo decía que un vaciado atenta contra la

esencia del arte, y sin embargo ahora se quejaba, supuse yo, de que él se había dejado hacer

uno. Yo dije entonces que si aquel modelo no creía en esos métodos, lo mejor que podía

haber hecho era no prestarse a ellos, pero nunca denunciarlos luego, entre otras cosas por-

que me parecía irrelevante.

Le recordé lo que habíamos hablado entonces. Pero esto no es lo mismo, dijo, yo no

voy a denunciar que me haya hecho un vaciado sino que me lo haya robado, en la comisaría

ya lo he denunciado. Entonces no dijo más, ni yo tampoco le pregunté. Tú sabrás lo que

haces, pensé yo entre mí, pero dime si de veras estás dispuesto porque entonces yo no ven-

go a trabajar. Tú si quieres haces la risa, pero a mí no me comprometas.

Y, en efecto, al día siguiente, por si las moscas, yo me quedé en la cama. Rosita sí

que lo vio todo, al día siguiente estaba hecha una fiera. Alfredo leía su ABC con una media

sonrisa ufana y cuando abría la boca para mojarse un dedo con el que pasar las páginas me

provocaba. ¡Qué pasa, cobarde!, ¿ya estás mejor de las caguetas?, decía. Yo pasé de pre-

guntarle nada ni de responder a sus provocaciones. Cuando subía el tono de voz yo me

marchaba con Rosita. En una de esas salidas ella me contó lo que había pasado. Lo sabía,

dijo, yo es que lo sabía. Yo decía quién habrá engañado a este pobre gilipollas. A ti no te lo
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contaría, no. Pues tenías que haber venido ayer. ¿A que no sabes quién está detrás de todo

esto?

Había sido cosa de Barrachina. Un fotógrafo le había hecho fotos a Alfredo en el

museo del ático, pero quien contestaba las preguntas era el viejo. Hacía siete años que no

entraba en la escuela de la que fue director durante más de treinta. Rosita intentó poner una

antena para ver de qué follón concreto se trataba, pero hasta que no salió la información en

el periódico, un par de semanas después, ninguno nos enteramos. En efecto, la denuncia no

había sido por un vaciado sino un robo, pero tanto en el robo como en la denuncia y en el

reportaje Alfredo no era más que un objeto al servicio de Barrachina, lo que siempre ha

sido, sentenció Rosita, como si lo sintiese por él.

Entonces lamenté haberme quedado en casa. Me habría gustado ver al viejo, que

debe de andar ya cerca de los noventa. Según Rosita estaba como siempre, más viejo pero

como siempre. ¿A ti te dijo algo?, le pregunté a Rosita. Sí, que no molestase, me dijo ella.

El artista Julio Palomares, que esos momentos presentaba una colección de pinturas

y esculturas en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, recibió un buen día, entre

todo el aluvión de críticas entusiasmadas, una notificación del juez. Un modelo de la Escue-

la de Artes y Oficios de San Isidro, Alfredo Bayo, había elevado una denuncia ante el juz-

gado número 13 de Madrid en la que acusaba de robo a Palomares. Por favor, no caigan tan

bajo, dijo el pintor cuando los periodistas le preguntaron por el presunto robo. Es otra vez la

vieja historia de siempre. Algunos modelos piensan que su imagen es suya, incluso se atre-

ven a dictar los métodos a los artistas.

Pero el asunto no estaba tan claro, al menos para el modelo. Según Alfredo, un

hombre a punto de jubilarse que camina con evidentes dificultades debido a una pertinaz

artrosis, el único vaciado que se había hecho con su cuerpo lo hizo hace treinta y cinco años
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un profesor de la escuela, Vicente Barrachina. Lo hizo, dijo entonces Alfredo, porque yo

enfermé, estuve muy grave, y él quiso seguir con sus clases de anatomía artística, pero

cuando pude volver a mi puesto ese vaciado se guardó, y ni yo ni quien lo hizo hemos dado

nunca ninguna autorización para que nadie lo usase. Ese vaciado se guardó, primero, en el

desván de la escuela, y la llave siempre la tenía Barrachina, y luego, cuando se jubiló Ba-

rrachina, en su casa, de modo que de algún sitio lo han tenido que robar.

Julio Palomares se desesperaba en el periódico por lo que le parecía una tontería

que no tiene nada que ver con el arte. Todo según él vino de lejos, de viejas rencillas entre

el antiguo director de la escuela y él. Yo asistí a las clases de Barrachina hace treinta y tan-

tos años, decía Palomares en unas declaraciones, y por supuesto copié el cuerpo de ese mo-

delo y el célebre vaciado. No tiene ningún sentido que Barrachina piense que era de su ex-

clusiva propiedad. Los estudiantes nos lo pasábamos y se hicieron varias copias. Si ahora él

no tiene la suya, será porque la ha perdido. Yo me llevé una entonces, de recuerdo. Durante

años la he tenido de adorno. Si algo se hizo mal entonces, después de tantos años imagino

que habrá ya prescrito, decía, con cansancio mal disimulado, el famoso escultor de Xátiva.

De momento, la juez Elisa Falces tenía sobre su mesa una denuncia por robo que,

como decía el articulista, no se sabe si fue cometido hace unos meses o hace treinta años, y

tampoco se sabe si se trató de un robo. Palomares iba más allá: todo este asunto es cosa de

Barrachina, declaró. A sus años todavía sufre manía persecutoria. Está muy mal decir estas

cosas de una persona tan mayor, dijo Palomares, pero todos los que allí hemos estudiado

sabemos cuáles eran sus métodos, lo a gusto que se encontraba protegido por las autorida-

des de la época, y el odio que siempre ha tenido a cualquier forma de arte que no fuera la

que él enseñaba, que por cierto ya entonces estaba pasadísima de moda. Nosotros, conti-

nuaba Palomares, podíamos dibujar a ese modelo como podíamos dibujar un vaciado suyo
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en escayola o incluso la figura que imitaba. En realidad lo usábamos a él por no usar un

vaciado de esa escultura o cualquier otra que Barrachina obligaba a imitar a ese modelo, y

esas escultura se venden hasta en las tiendas de souvenirs. El problema, concluía Paloma-

res, más bien era ése, que nunca lo hacía posar en una postura natural.

La estatua de la discordia formaba parte de una instalación de Palomares que se titu-

laba Adolescencia. En ella podía verse una enorme alacena de madera en cuyas estanterías

estaban expuestos fragmentos en escayola del cuerpo de Alfredo. A lo mejor, dijo Paloma-

res, lo que le molesta a ese modelo es que lo haya despedazado, pero en mi obra no hay una

gota de sangre. Es más, me parece que en esa obra he conseguido los momentos más tiernos

de toda la exposición. Palomares se mostraba muy molesto porque la conversación no gira-

ra en torno al resto de su obra y zanjaba con desdén. Algunos harían cualquier cosa por salir

en el periódico, dijo.

Y este no fue el único recorte. Días después, un columnista de El País y otro de El

Mundo se volvían a referir al asunto. Lo que este hombre no comprende, dice uno, en refe-

rencia a Palomares, es que por su cuenta decidió despedazar el cuerpo joven de un hombre

que todavía no ha muerto, y ordenó los trozos a capricho en las baldas de un armario cerra-

do. Yo me hago cargo del sufrimiento del modelo, la confusión que debe llevar encima. El

otro hablaba del ángel despedazado, la piedra clamante, y lanzaba un alegato a favor de las

vanguardias. El franquismo, decía, está en el desván y a veces salen sus escayolas, tiznadas

de polvo y olvido, a susurrarnos sus quejas de fantasma. Pero los fantasmas siempre hablan

de otro paraíso perdido, el tiempo aquel en el que Juan de Ávalos nos llenó de momias las

provincias.

Las sobras de la noticia sirvieron después para un reportaje dominical sobre el arte

de ser modelo en el que sólo salían aficionados. Aparte de eso, el eco se diluyó en la nada y
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Julio Palomares siguió recibiendo premios. Alfredo encajó muy mal ese silencio. Una vez,

pocos días después de aquello, Alfredo y yo estuvimos hablando de toros. El domingo ante-

rior se había lidiado en Las Ventas una corrida de Monteviejo, antiguo hierro de Barcial,

los hermosos patas blancas, berrendos, alunaraos, botineros, calceteros, bragaos, meanos y

con el rabo de colores, y más peligrosos que la madre que los parió. Yo estaba leyendo la

crónica de Joaquín Vidal y me llamó la atención la ficha de la corrida, los colores y el com-

portamiento de los toros, de juego desigual: bronco, dificultoso, encastado, poderoso, ma-

nejable y pregonao, aunque yo lo único que vi fue media docena de fieras del averno que

me hicieron temblar de miedo desde la andanada, y me dio por pensar si a las personas no

se nos podría calzar un juego de denominaciones parecido. Yo para mí casi que lo tenía

claro: soy un manso descastado, marcho a tablas y rehuyo la pelea, salgo abanto, tengo tar-

da la embestida, pero, como todos los mansos, si me tocan los costados me defiendo, cala-

mocheo, tiro gañafones, y mi trapío aparatoso causa miedo a quien me quiere torear. Eso al

menos es lo que me gustaría que los otros pensasen de mí. Cuando tenía ya pensado todo el

relicario de adjetivos le hice la pregunta a mi compañero, que estaba embebido en el percal

del ABC, leyendo las esquelas de los aristócratas que tiene al lado cuando va a los toros.

Así que le dije oye, Alfredo, si tú fueses un toro, ¿qué toro serías?, y él levantó la vista por

encima de las gafas, una de esas gafas de leer que venden en las farmacias, las piernas cru-

zadas, los pantalones de mil rayas, los zapatos de rejilla. ¿Yo?, dijo él, y plegó las páginas

del ABC y cambió las piernas de postura. Alfredo tenía muy buena presencia cuando estaba

sentado, cuando estaba torcido. Al levantarse tenía un semblante más dramático, pero tam-

bién hermoso, sobre todo si se estaba quieto. Lo malo es cuando andaba, porque tenía las

caderas y las articulaciones y la espalda hechas harina, lo veías andando por la calle y era la

imagen de un enfermo degenerativo. Si no hubiese sido tan orgulloso, muy pronto habría
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usado unas muletas para caminar. Yo soy un toro indultado, dijo entonces Alfredo, muy

solemne. Yo no soy manso, dijo, yo no soy como tú.

Jan es el único que rellena un poco este vacío de la biblioteca, porque Javier Bidón

tampoco está y con Rosita estos días estoy un poco distanciado. Ella riega los geranios pero

está jugueteando con su nieta y apenas entra para decirme nada, y cuando entra pregunta

una cuestión de intendencia y se va. ¿Has visto el mango de la paleta que dejé ayer encima

de esta mesa? No. ¿Sabes si ha dicho Pilar si se pasaría hoy por aquí? No. ¿Te importa estar

pendiente un momento de la puerta mientras voy a la farmacia que yo creo que esta niña

tiene fiebre? Sí, claro, ahora mismo...

Nos llevamos bien pero hay alguna ramita rota. Desde que hemos vuelto de las va-

caciones parece que ya no es lo mismo. Hasta que se incorpore el modelo nuevo, que tam-

bién es amigo de mi hija, Rosita vigila la puerta y el jardín y yo tengo la llave del museo

del ático. Tampoco se han incorporado aún los eventuales, los contratarán el mismo día que

empiecen las clases, les harán contrato de tres meses y cuando nos den las vacaciones de

Navidad los echarán a la calle. Eso Rosita lo lleva muy mal. La de veces que Alfredo y ella

discutieron por lo que Rosa llamaba volver a la época de las cavernas y Alfredo, en otro

sentido, también. Ahora Rosa lo que lleva mal es que la única plaza libre que queda, y por

la que tanto le costó luchar para que la sacasen a concurso público, no la haya conseguido

su hija Lurdes sino un amigo de mi hija. Pero el asunto es lo suficiente desagradable como

para que aplacemos Rosa y yo la hora de tratarlo. Mientras tanto, y hasta que lo hagamos,

ella está un poco tirante conmigo.


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Rosa es la mujer morena que va al frente de una manifestación de obreros con un

niño colgando de la teta. Desde que yo la recuerdo está metida en sindicatos, asociaciones,

colectivos y hermandades. Hasta que se jubiló Barrachina, no dejó un solo día de proclamar

que nuestra situación laboral era muy injusta y que había de acabar con la tiranía. Estoy

hablando de los primeros ochenta. Franco era ya una cosa con tapones de algodón en la

nariz y en el gobierno se estrenaban los socialistas. Javier Solana, luego secretario general

de la OTAN, era ministro de cultura. Los sindicatos habían vuelto a florecer en las empre-

sas y la regulación laboral era uno de los más urgentes objetivos. Yo ingresé en la escuela

en el año 83, pero no ingresé en el cuerpo por oposición hasta el año 92, y durante aquellos

nueve años Rosita se ocupó de mantener alerta nuestra conciencia de trabajadores.

Los modelos, como siempre, nos habíamos quedado dentro del desván cuando todos

lo abandonaron. A principios de los noventa todavía cobrábamos por horas y teníamos que

darnos de alta como autónomos si queríamos seguridad social, pero no podíamos porque

entonces no había para comer, ni mucho menos para alimentar a una familia. Coincidió sin

embargo con una época de muchas chapas. Artistas famosos, figuraciones de cine, congre-

sos en las islas Baleares, hasta el punto de que volvíamos a la escuela como si nos retiráse-

mos a nuestros cuarteles de invierno. Yo era joven y aquello no me parecía mal, pero Rosita

pensaba en el futuro. Era madre soltera de una hija que con los años sería otra madre solte-

ra, se desesperaba de pensar que el país entero había entrado en democracia menos ella, que

aún tenía que soportar las arbitrariedades de Barrachina. Lo cierto, no obstante, es que por

mal que se llevasen nunca la dejó de contratar.

Para Rosita, la época de las cavernas era seguir buscando cuerpos en la feria del

ganado, pagarles tarde, mal y nunca, obligarles a trabajar en posturas antinaturales, de un

clasicismo pálido, no considerarlos como un oficio, ni siquiera como un oficio en el que


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sólo interesan los aprendices. Hasta el año 92 no pudo reunir una mayoría suficiente de

modelos más o menos estables para ponerlos en huelga contra Barrachina, pero el caso es

que Barrachina ocupó su despacho hasta el día de la jubilación. También Franco se murió

en la cama.

Alfredo era el brazo derecho del viejo. Con la incorporación de profesores menos

carcas se consiguió que Barrachina por lo menos no pudiera tener siempre a todos a su dis-

posición. Era el caso de Pilar Guijarro, una mujer cuyos criterios estéticos varían según

evoluciona el cuerpo de Rosita. La explica en clase de dibujo al natural (una de las especia-

lidades de Barrachina, aparte de la anatomía artística), y su amor por las culturas indígenas

se ha ido incrementando conforme a Rosita le crecían las caderas y se le descolgaban los

pechos. Ahora Rosita posa casi siempre sentada en una silla, de frente, como una virgen

afrocubana.

Pero Barrachina seguía machacando a los modelos y a los estudiantes. No soportaba

que cualquiera de nosotros descuidase la forma física. A Rosita no dejó de solicitarla por-

que la pidiese Pilar Guijarro, que se ocupaba de los estudiantes que huían como fuese del

tirano, sino porque se quedó embarazada. Para Pilar, muy joven todavía, resultó una expe-

riencia inolvidable tener todos los días que explicar, por primera vez en su vida, un cuerpo

en embarazo creciente. Tampoco eran tiempos de baja por maternidad, por más que Rosita

se lamentase.

Alfredo se crió en otra escuela. Es el único modelo que conozco criado para ser mo-

delo. Casi no hace otra cosa desde que lo sacaron de la inclusa. No es el caso de Rosita ni el

de Javier Bidón ni el mío. Todos terminamos los estudios y nos agarramos a esto porque

nos parecía un trabajo fácil. Bidón acababa de pasarse cinco años al otro lado de la tarima,

copiando modelos. A Rosa se le murió el marido y en un sindicato conoció a un pintor,


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Vítor Irigorri, que la metió a trabajar aquí. Yo terminé mis estudios de latín y decidí que-

darme haciendo el trabajo con el que me había ido pagando la carrera. Todos éramos adve-

nedizos, y según Alfredo esa era la razón por la que queríamos vivir del cuento. Este traba-

jo era más duro de lo que nos creíamos, tenía que ser más duro de lo que nos creíamos,

porque un modelo no podía ser de ningún modo una persona normal. En el fondo somos

seres tan deformes como los deportistas de élite, solo que nuestro deporte consiste en el

cultivo de la perfección, en ser la idea de belleza física que trasciende las pasarelas y las

revistas guarras para ser la marca eterna de una época. Si la Venus de Milo se hace funcio-

naria, solía decir, volvemos a los michelines de Willendorf, a las diosas gordas de las cultu-

ras primitivas, que es en lo que se estaba convirtiendo Rosita.

En el año 93, jubilado por fin Barrachina, hubo unas oposiciones restringidas para

meternos en el cuerpo. Hicimos asambleas en esta biblioteca que Alfredo trataba de reven-

tar siempre que podía. ¡Sois unos inútiles!, ¡la que no sirva para esto que se vaya a fregar!,

¡para eso que contraten a los pobres de la calle!, decía en mitad de las asambleas, cuando

entraba para montar el pollo y volverse a marchar. Si Alfredo le caía bien a alguien, a partir

de entonces se nombró enemigo de todos. Tan sólo, de vez en cuando, siguió hablando

conmigo.

El convenio con la nueva dirección lo dictó Rosita casi entero. Pilar estuvo unos

meses de directora provisional, en tanto nombraban del ministerio uno nuevo, pero aprove-

chó para cambiar todo lo posible. Cuando llegase un director definitivo, la condición de los

modelos ya sería un hecho consumado, porque Pilar no quería seguir en ese cargo ni un

minuto más de lo imprescindible pero ante todo tenía que ayudar a su amiga. Entre las dos

muñeron un reglamento de régimen interno y las normas del concurso oposición. Era un

reglamento muy avanzado. El modelo podría posar con gafas. El modelo podría posar con
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un tampón, aunque tuviese un hilo colgando. El modelo podría exigir que un estudiante se

marchase cuando su actitud no fuese artística sino salaz. El modelo no debería posar más de

quince minutos seguidos, tendría derecho a descansos y a un número limitado de horas cada

día. En el apartado del régimen laboral, se primaba la maternidad.

Pero lo que más encendió al huérfano Alfredo, por primera vez sin su padre espiri-

tual, fueron las normas del concurso. Para empezar, la condición física del modelo sería

irrelevante. En ningún momento del examen el aspirante a modelo tendría que posar desnu-

do. El examen era teórico, sobre cuestiones prácticas que se resolvían en una especie de

test. La pregunta que más tenía que ver con el oficio era sobre qué debía hacer un modelo si

en mitad de una sesión se apagaba la estufa. Había tres posibles contestaciones: el modelo

abandona su posición y se acerca para encender de nuevo la estufa; el modelo hace una

señal al profesor y le dice que se ha apagado la estufa; el modelo se pone su batín y aban-

dona la clase hasta que alguien vuelva a encender la estufa. El resto de preguntas se referían

en su mayoría a las tareas propias del bedel. En realidad, lo único que nos inquietaba era

que algunas eran sobre artículos de la Constitución. Las otras estaban amañadas.

Digo que con Rosita ya no es lo mismo. Tengo la sensación de que todo me lo dice

con segundas, de que está seria para que yo la vea seria, para que le pregunte qué le pasa.

La conozco y sé que no provocará una conversación hasta que yo no la saque. Sé que tiene

ganas de hablar pero yo trato de escabullirme porque ni me interesa el asunto de por qué no

ha entrado su hija y sí un amigo de mi hija ni quiero que perturbe mi recién iniciada con-

centración de pretemporada. Pero si ella dice sin rodeos que quiere hablar, yo tengo que
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decir que no me había dado cuenta y escucharla con mucho apoyo y atención, porque ade-

más me sale más rentable. Con otros soy indiferente, pero ella me resulta familiar. Sus pe-

nas, de vez en cuando, me entretienen, y también es muy graciosa cuando habla. Pero ahora

no estoy para escucharla. Ella tiene genio gaseoso y ha empezado a respirar por la nariz

cuando viene a preguntarme si he visto una paleta encima de la mesa, de modo que tarde o

temprano hablará, y se nos irá la mañana entera hablando, porque para Rosita una cosa es

hablar y otra muy distinta es hablar, o sea sentarse a hablar, poner los codos encima de la

mesa y un café y hablar, tratar un asunto, resolver una cuestión, aclarar un malentendido,

confesar unas preocupaciones, opinar sobre el estado actual del sindicalismo en el cuerpo

de los modelos, contar los tropezones que da su hija por la vida y su nieta, que está hecha

una bala, por el suelo del comedor. Hablar como hablaban las familias pobres, que se podí-

an pasar la vida hablando pero cuando alguien se moría o había que partir unas tierras o

pleitear por un lindero entonces se juntaban y hablaban, y consideraban que hablar fuese un

elemento más de la familia, una costumbre de comunicación abstracta o referida a otra cosa

que al nombre de las montañas y de los aperos. Entre la gente sin sofisticación se dicen

cosas, hechos, fenómenos meteorológicos, encuentros, chismes, objetos, o se piensa en voz

alta, sin hilo ni concierto, sacando a su caída las observaciones, los recuerdos y las cancio-

nes, porque cuando Rosita no habla se pone a cantar, y esta mañana Rosita tampoco canta.

Sé que no hemos hablado de las vacaciones, ¡con las cosas que me tienes que con-

tar!, me habría dicho en otro momento, muy alegre y fraternal, pero esta vez nos hemos

saludado, hemos resuelto en cinco minutos el trámite del repaso, casi fui yo el único que

preguntó, porque ella dijo un bien que parecía un mal y casi no habló del asunto. Se supone

que sabe, a estas alturas, que tengo mucho que contar, incluso que tengo más de una expli-

cación que darle, y por eso está distante y como triste. Pero necesito tiempo. Mi concentra-
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ción de pretemporada es lo primero. Rosita significaría un brusco volver al tacto de las co-

sas, a la rugosidad de los muslos, dicho sea en un sentido metafórico. Llevábamos una tem-

porada un poco atacada, esa es la verdad. De todas formas, cuando vea que ya no puedo

estar haciéndome el sueco iniciaré una leve posición de víctima, como si los problemas los

tuviese yo. Será un acercamiento más paulatino.

Rosita se quedó a pasar en Madrid las vacaciones del mes de agosto. Yo creo que se

buscó las tareas del jardín para que le diese pena marcharse unos días por ahí, y de paso

ahorra porque todavía no las tiene todas consigo. Está su hija, Lurdes, sin oficio ni benefi-

cio. Está Carmelilla, que tiene dos años y todavía no se ha definido entre independiente o

descarriada. Y está el nuevo director, un tecnócrata neoliberal que, según ella, quiere des-

hacerse de nosotros. El trivium de dibujo, pintura y escultura puede pasar a mejor vida.

Ahora se habla de Artes del Cuerpo, Comunicación Integral, Medios Interactivos, Estudios

del Entorno o Arquitectura del Paisaje. Por lo que a nosotros afecta, se oyen rumores de que

esta escuela se va a especializar en bisutería.

Con este panorama Rosa prefiere no gastar en vacaciones. Rosa prefiere regar los

geranios. Ella es que es muy madrileña, qué quieres que te diga. Ella si se va se va a lo

grande. Ella no se va a un apartamento a fregar para tres y a que le sepa la boca a arena. Y a

una casa rural tampoco, que huele a vacas. Si acaso le gustaría viajar a Cuba, o en una ruta

turística por los países del este, o con un campamento de ayuda en la selva de Guatemala.

Pero lo que ella dice: cómo se va a ir a un campamento a Guatemala con las dos refugiadas

que tiene todos los días para comer en casa, a ver... Pero Rosita nunca se queja de nada per-

sonal. Reniega todos los días contra el jefe pero su vida privada la lleva con mucha discre-

ción, y eso que con su hija tiene un verdadero problema. Casi sólo me la cuenta a mí, siem-

pre he tenido un carácter muy receptivo para los problemas. Las dos han llevado la misma
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vida, pero la una es fuerte y la otra no. Eso debe de ser el dominante del padre, que era un

flojo, según me ha dicho Rosita en alguna ocasión. Las dos son madres solas en el mundo

(más sola Rosa, que no tuvo madre), las dos se liaron con hombres equivocados, las dos

sintieron un precoz instinto de reproducción. A Rosita se le murió el primer marido y a los

otros hombres que vinieron después no los dejó pasar del descansillo. Su hija cada vez los

escoge más tontos, y se enamora de ellos con locura, pero se le pasa en seguida. No encaja

nunca en ningún trabajo. Es la señorita de los cursillos que quiere ser actriz y sólo actriz.

Está en una edad del pavo que a los que quieren ser artistas les dura más de lo normal, so-

bre todo, como dice Rosita, si tienen una madre que lo consienta.

Necesito prepararme a conciencia para el inicio de la temporada. Tengo algo de de-

portista que va templando los músculos antes de ponerlos en las brasas de la fragua. Esta

biblioteca me ayuda a tensar los del cerebro, los que me ayudan a controlar la disipación, a

vagar con la mente pero no por aquellos lugares que puedan causarme cansancio. La biblio-

teca es orden, para mí siempre lo ha sido, pero un orden que implica sacrificio.

Esta biblioteca de la escuela no me gusta porque está deforme, y eso que no hemos

empezado a reformarla del todo. Faltan muchos libros y sobran otros muchos, no hay un

trasiego constante de nuevas adquisiciones y de libros viejos que abandonan un puesto en el

que han dormido durante décadas sin que nadie los consultase. El enorme espacio de estas

cuatro paredes y sus estanterías encristaladas también es limitado, y en un cuarto que hay

en el museo del ático se acumulan novedades que antes de desempaquetarlas ya las pueden

devolver. Un sistema de organización distinto (que no soy yo el que lo tiene que decidir, ni

siquiera el que lo tiene que pensar) distribuiría todos los libros en secciones. Yo soy un
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enamorado de las secciones. Cuando me casé mi suegra me regaló una estantería modernis-

ta (tenía dos, la otra se la llevó al pueblo estos tiempos atrás y desde luego no la cuidó tan

bien como yo) en la que caben quinientos volúmenes. Esos fueron, al menos, los que cupie-

ron cuando un día compré un libro y no tenía sitio. Es una estantería de madera de plátano,

herencia del abuelo de mi mujer, que estuvo en la guerra de Marruecos y en vez de pegar

tiros se dedicó a perfeccionar el oficio de carpintero. Hizo un comedor entero con su mesa,

sus sillas, sus sillones, su mesita baja, su aparador y su alacena. Hizo también el dormitorio,

con una cómoda enorme, una cama con patas de león y un armario vestidor. Hizo dos estan-

terías para libros y una es la que tengo yo. Lo que quedó del resto, después de muchos via-

jes y vicisitudes, reposa en el pueblo junto a mi suegra. Ésta mía no tiene el aire severo que

tienen los muebles para libros. La dulzura de las formas y la madera clara le dan aspecto de

instrumento musical, lo que hubiese sido una juke-box de principios de siglo. El cabezal

tiene la curvatura que tendría, vista de frente, la peluca dieciochesca de un erudito enfras-

cado en sus libros, y los laterales se desparraman al llegar al suelo como los pliegues de una

toga o de un hábito talar. Sólo faltan dos brazos que salgan de cada lado y se junten en el

medio sosteniendo un atril, pero eso le habría dado una vuelta de rosca innecesaria a la in-

sinuación que lo rodea todo. Yo le veo proporciones de caricatura porque estoy muy acos-

tumbrado a narrar las formas. Me sé de memoria los nudos de la madera que hay en la tari-

ma de la escuela, en cada río de vetas sucias de tiempo, en cada nudo menor, en cada plie-

gue veo representaciones de rostros, de figuras, de actitudes, y no es difícil que si miro mu-

cho rato un mueble (me pasa mucho con los caballetes) acabe dotándolo hasta de memoria.

En el caso de la estantería, una vez le comenté estas formas que yo veo a mi mujer y me

dijo que tenía mucha imaginación.


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El caso es que allí sólo caben quinientos libros, y yo quiero que sea una magnífica

biblioteca de quinientos libros. Que sea una verdadera huella, que en ella estén escritas las

cosas que me han formado como ser humano. Esa estantería es un objeto de conocimiento

suficiente para comprenderme, no tiene nada que no quiera que tenga.

Cuando me puse a decidir qué libro ilustraba para Violeta no pensé en ninguno que

pudiera encontrar aquí en la escuela sino en mi casa. No existe aquí ninguno que me guste

que yo no haya comprado (o al menos dado el cambiazo por otro mío de parecido volumen

y valor), pero esa no era la cuestión: el libro ilustrado tenía que ser mío desde el principio.

El proceso de selección me llevó alrededor de un mes. Violeta cumplía años en

agosto y yo estaba dispuesto a dibujar alrededor de cien ilustraciones. Cuando decidí aque-

llo fue en Navidad, harto de pensarme un regalo en el último momento, de no saber qué

regalarle a mi hija, seguro que otro libro para yo suplirlo por alguno que a mí me apeteciese

más, o preguntarle a su madre qué necesitaba, si el oboe sigue en buenas condiciones o ha

aparecido alguno más moderno, Violeta toca muy bien el oboe desde chiquitina. La moda

juvenil es la especialidad de su madre, y el oboe ya le había dicho que cuando empiece la

universidad lo tiene que dejar, aparte de que nunca estuvo demasiado de acuerdo conmigo

en que fuera el oboe lo que la niña tenía que tocar, y no la guitarra o el piano, como todo el

mundo. Esas navidades, las navidades del año pasado, acabé como esos padres que se lan-

zan a la calle inundados por las luces y se acercan a un mostrador de perfumería de unos

grandes almacenes y preguntan a la dependienta, que suele ir muy maquillada, qué colonia

le puede gustar a una chica de diecisiete años. Y como me da vergüenza ser tan vulgar aca-

bé dándole el dinero para que se comprase ella lo que le diese la gana. Pero me prometí a

mí mismo que para su cumpleaños sería distinto.


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De modo que me pasé el mes de enero pensando en el libro y diseñando su encua-

dernación, para empezar el mismísimo uno de febrero y dibujar a razón de una viñeta cada

dos días. Al final tuve que empezar antes de que el libro estuviera encuadernado, pensando

que en los últimos meses podría pasarlos todos a tinta y caligrafiar los fragmentos que

acompañarían al dibujo. Fue una obra de chinos, pero ya digo que llegué a tiempo. Otra

cosa es la ilusión que le hizo.


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II

La primera vez que vine a este museo me llevé una buena decepción. Me sentaron

en un pasillo del piso de arriba, el que tiene los cuadros de menor tamaño, y durante toda la

mañana estuve mirando un retrato minúsculo del pintor Vicente Palmaroli que me mandó a

ver Barrachina. Era un retrato de veras muy pequeño, algo así como de quince por diez,

casi una miniatura, pero se parece mucho al famoso retrato que hizo el pintor Jiménez

Aranda del pintor Joaquín Sorolla. Vicente Palmaroli está pintando con su blusón color

hueso en un patio de tapias blancas y rosales trepadores. Pero la luz, tan intensa sobre la

cal, adquiere unos tonos de terracota dulce, de arcilla clara en la pared que divide la tela

junto al pintor. El suelo es de tierra y el pintor lleva puestas unas alpargatas y todo el aspec-

to de estar pintando bajo el parral de la casa de campo. Yo, que no le pido peras al arte,

tiendo a confundir la admiración con el deseo. Si viajo a un lugar, lo visito como si estuvie-

ra sopesando la posibilidad de marcharme a vivir allí, y si veo un cuadro no puedo dejar de

imaginarme la situación en la que posó el modelo, la temperatura del ambiente y la como-


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didad de la silla, los olores que hubo en otras épocas, la piorrea de las marquesas. Por eso el

huerto valenciano, el siglo pasado y el pintor ocioso, sentado en una banqueta del museo en

un martes de otoño en Madrid, hace que sobrevalore por instinto al protagonista del cuadro,

ese pintor calvo y regordete, todavía joven, con una perilla lacia, cuatro pelos todavía sobre

un rostro sonrosado, de ojos grandes, claros, ojos salidos de las cuencas, entre el cansancio,

la paz y el lloro, que es como suelen mirar los poetas.

Pintar a un pintor tiene que ser muy divertido porque el pintor pintando es el modelo

perfecto, alguien que sin abandonar la posición no deja nunca de moverse. Esa modalidad

sólo la practiqué con Barrachina. Los otros, incluso los más jóvenes y modernos, prefieren

que me esté siempre parado, o que haga unos gestos convulsos y antinaturales para que los

alumnos tomen apuntes. Bidón era experto en montar números con cirios y su cuerpo unta-

do de grasa reptando como un sapo por la tarima. Yo paso. Barrachina, durante un curso

entero, me hizo posar pintando, que es como yo aprendí de verdad a pintar. Lo malo es que

el objeto de mi pintura estaba determinado por mis posturas, y mis posturas debían ser las

que de vez en cuando me decía Barrachina, con lo que cada cuarto de hora tenía que aban-

donar la zona del cuadro que estaba pintando para dirigirme a otra, o tenía que pasarme una

semana dando la misma pincelada. En todo el año sólo pinté un cuadro, pero aprendí mu-

chísimo. El objeto del cuadro tampoco era la clase ni Barrachina ni yo mismo a través de un

espejo, sino una postal que Barrachina me dio para que copiase, El origen del mundo, de

Francois Courbet.

El caso es que yo me hice una idea ficticia de Vicente Palmaroli, lo confundí con

una mezcla de dos pintores de una clase muy superior. Barrachina me dio una lista concreta

de cuadros de pintores pintados cuyas posturas tenía que estudiar porque es lo que íbamos a

hacer durante todo el curso. Tenía que fijarme en la estructura de su posición, pero sobre
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todo en aquellas que juntasen la elegancia con lo involuntario cotidiano. Cuando vi ese

cuadrito me pareció ver en Palmaroli un hombre con mucha sensibilidad y pocos centíme-

tros cuadrados, como esas buenas personas que no valen para este mundo, alguien con un

gran talento muy limitado por su propia hiperestesia, por el origen físico de sus virtudes

mentales. Tenía el aire ido de los que murieron jóvenes, como si la vida le fuese a durar lo

mismo que la primavera que supo pintar con la luz en un jardín tan reducido. Yo pensé, sin

ningún motivo, que aquel cuadro pequeño era un autorretrato.

Pero cuando acabé de visitarme todos los cuadros que me había mandado Barrachi-

na fui buscando más obra de Palmaroli, incluso encontré un retrato que le hizo Luis de Ma-

drazo en 1866, cuando Vicente Palmaroli tenía treinta y seis años. Parece un clérigo del

siglo XVII, muy de negro, muy abotonado, con la media melenita lacia, y la frente blanca y

despejada, esos blancos mortaja que utilizaban en el siglo pasado, antes de que llegase la

luz, y tiene mofletes colorados, pero con una coloración de eczema, de dermatitis seborrei-

ca, no de buena salud, y un bigote flaubert, un poco más desparramado, con la perilla larga

pero no tan aparatosa como el bigote. El bigote hace el mismo efecto que el pelo negro y

lacio sobre su cara de angelito enfermo. Pero el traje es negro, el fondo es negro, el pelo es

negro y las pupilas están muy dilatadas. Tiene incluso la boca entreabierta, más bien los

labios separados, como si estuviese a punto de pronunciar la letra t, y se adivina que la len-

gua también es negra. En el catálogo de la exposición, que ya me lo he leído cien veces (en

este museo no dejan leer a los bedeles, no podemos traernos un libro de casa, hay que estar

controlando) dice que ese retrato se hizo en un momento de plenitud para el artista, admira-

do y agasajado, y que Palmaroli fue en su tiempo un pintor respetadísimo, pintor de cono-

cidos éxitos académicos y profesionales, autor de una variadísima y espléndida obra, figura

que destaca por su categoría entre las grandes figuras del academicismo europeo, académi-
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co de San Fernando, director de la Academia Española en Roma, director del Museo del

Prado, poseedor de las encomiendas de Carlos III y de Isabel la Católica, y de la Cruz de la

Legión de Honor. Y a mí me decepcionó haber tenido tan poco olfato para interpretar un

cuadro. Yo no vi nada de eso en el retratillo donde un joven ilusionado y frágil se pintaba

en un huerto florido, sus alpargatas y su mandil, ni tampoco nada de lo que luego he visto

en otras pinturas suyas, que me parecen igual de morbosas que su cara, todas igual de oscu-

ras. No importa que sea una colorista escena con batas de flores o unos niños en la playa.

Todo está oscuro, de una oscuridad interior, del oscuro carcomido de las vísceras, algo que

si se hace con plena conciencia, como hacía Muñoz Degraín (en el piso de abajo hay un

cuadro suyo monstruoso) puede resultar gracioso, pero si se hace con esa severidad moral,

con esa conciencia de estar haciendo lo que se debe hacer, los cuadros se abotonan igual

que su autor, se dejan crecer el mismo bigotazo desproporcionado, los niños son muñecas

viejas en un domingo nublado de invierno, los faralaes son manchurrones, las posturas las

de siempre.

Y sin embargo yo en este museo, sobre todo si no viene nadie y puedo pasear, por-

que de lo contrario hay que quedarse clavado en el sitio toda la mañana, tiendo a falsear

pintores y pinturas, a dotarlos de un afecto que no se merecen. Se merecen medallas, con-

decoraciones y libros de historia, pero no se merecen afecto. Yo se lo doy a cambio de que

me digan lo que quiero escuchar, no lo que de veras fueron. Palmaroli me da mi propia

imagen en verano. Sólo quiero saber de Palmaroli lo que respecta a mi mes de agosto. Sólo

quiero saber de todas estas pinturas negras esa glorificación de la meticulosidad y la pa-

ciencia que siempre ha sido el clasicismo. Esas obras son tiempo, costaron mucho tiempo y

están anegadas por el tiempo, embalsamadas en una historia tan remota que nos hace sentir-

la como todavía más lejana de lo que fue. Para quienes nos gusta copiar, estas obras suelen
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ser bastante fáciles. Lo meticuloso es fácil de reproducir. Lo que no tiene imitación es lo

rápido, lo suelto, lo insinuado. En el siglo XIX, por lo menos hasta las últimas dos décadas,

debió de haber un regodeo en la parálisis que no sólo afectó a los resultados sino también a

los métodos. Los pintores pintan paralizados, como yo pintaba el cuadro de Courbet. Mi

querido Palmaroli es de los más fáciles. El cuadrito aquel, sin embargo, me cuesta mucho

reproducirlo, entre otras cosas, supongo, porque no es un autorretrato.

Este verano quise ser un palmaroli, todos los años lo intento, pero la vida se inter-

pone. Y el arte también. Se me juntó el regalo de la niña, los favores de los amigos, aparte

de los sucesivos números que montó Alfredo, mi siglo pasado particular.

Cuando se supo que ni su denuncia sería tramitada ni Julio Palomares se molestaría

en dar explicaciones, Alfredo pasó algunos días sin hablar con nadie. Ni siquiera bramaba

contra los socialistas, no insultaba a Javier Bidón ni llamaba buharra a Rosita. La situación

era envidiable, pero sabíamos que procedía de una profunda humillación. A mí eso me daba

lo mismo con tal de que Alfredo estuviera callado, pero Rosita, y eso que no se hablaba con

él, se lo tomó más en serio. ¿Has hablado con Alfredo? ¿Te ha dicho algo Alfredo? Mira

Güino que Alfredo está loco y es capaz de hacer una barbaridad. Este un día viene con la

escopeta de cazar y se lía a tiros con todos. Mira que yo prefiero que por lo menos tire la

espuma por la boca, que yo de Alfredo no me fío, Güino, que Alfredo está loco... Una ma-

ñana, cuando nos estábamos cambiando ya para salir, Alfredo se acercó y me dijo poco

menos que al oído (una forma muy escandalosa de hablar al oído, para que todo el mundo -

Javier Bidón- se pudiera enterar) que tenía que hablar conmigo. Yo le dije que bueno y
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quedamos para esa misma tarde en el parque del Oeste, junto al monumento al doctor Fede-

rico Rubio.

Alfredo paseaba mucho por Rosales. Solía coger el metro en Tetuán, allí vivía en un

pisillo que se compró en los años sesenta, y hacía trasbordos para formar parte del río per-

fumado que bajaba desde Argüelles. El único adelanto de la humanidad que Alfredo agra-

deció en toda su vida fueron las escaleras mecánicas, porque a partir de los cincuenta la

artrosis ya no le dejaba subir las escaleras normales sin unos dolores espantosos en el coxis.

Pero en llano, a paso lento, Alfredo caminaba con esa desenvoltura de quienes no tienen

una elegancia fingida, sino avalada por el corazón de Argüelles, por lo que Alfredo había

visto en las hambres dignas de la posguerra paseando los domingos por Rosales. Hay per-

sonas tan escrupulosas en lo que quieren aparentar que acaban suplantando a los que no

tienen que aparentar nada, y Alfredo sabía ser una de ellas.

Esto debió de suceder por estas mismas fechas el año pasado. Después del ridículo

de Palomares, Alfredo se disponía a pasar un último invierno como modelo en medio del

silencio y la rechifla general. Cuando volvimos de las vacaciones, el año pasado, costaba

trabajo hablar con él. La gente aprovechó para hurgar todos a la vez en una de sus obsesio-

nes, la dignidad del modelo, la larga saga de modelos insobornables que se había terminado

con aquellas estúpidas oposiciones, y en mi caso particular, según el, con el hiperrealismo

adiposo. Ahora el indigno era Alfredo, el que había puesto colorada a toda la profesión era

Alfredo, y ya nadie tuvo ningún reparo en llamarlo Martínez, pero ya no con el recelo que

se tiene a un tipo desagradable sino con el desprecio que se siente hacia quien ha ingresado

por fin en la esencia pública de su caricatura, quien ha hecho la risa

Yo traté de mantenerme al margen. La gente había juzgado la denuncia como una

sandez, y el motivo como una bobada. Nadie perdió tiempo en saber qué era en realidad lo
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que el funcionario desnudo estaba reclamando al famoso pintor Palomares. Pero Alfredo

tampoco daba demasiadas pistas. Julio Palomares se había quedado con una figura de mol-

de, no con el molde, y el hecho de que no hubiese más figuras ni apareciese el molde no era

culpa de Julio Palomares. Y, por otra parte, si en vez de ser una humilde escayola hubiese

sido una pieza maestra, sin copias y sin molde, Palomares habría hecho una copia, otro va-

ciado, y despedazado la estatua para ponerla igual que estaba en la misma alacena de made-

ra rústica. Yo no le veía tampoco mucho traslado al asunto, pero tampoco se me ocurrió

preguntarle dónde estaba el molde. El molde del cuerpo de Alfredo a los veinticinco años,

en cierto modo el cuerpo del delito.

El monumento al doctor Federico Rubio y Galli del parque del Oeste tiene para los

modelos que hemos trabajado a las órdenes de Barrachina un significado muy especial. Lo

esculpió Miguen Blay en 1906, y tiene a una mujer joven que presenta a sus hijos al doctor,

todos fundidos en bronce, y esculpido en piedra caliza de Murcia, muy por encima de la

mujer y sus hijos, está el milagroso médico sentado en su sillón y empotrado en un muro.

La parte caliza del monumento, la efigie del doctor incluida, las partes esculpidas por nece-

sidad, porque no se puede vaciar la piedra sino por fuera y nada puede ser rellenado de pie-

dra, tienen partes sin desbastar, romas o inacabadas, como aludiendo a la memoria más allá

de la vida y sus milagros terapeúticos. La mujer y sus hijos, sin embargo, son de un natura-

lismo conmovedor y un tamaño que denuncia sin reservas que son un vaciado, que la madre

pobre y sus hijos enfermos tienen molde y no importa que una copia se destroce. Así se lo

explicaba Barrachina siempre a los alumnos, y nosotros año tras año lo escuchábamos, in-

móviles en alguna postura de movimiento interior, en nada parecidas a las que vaciaba o

esculpía Miguel Blay.


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Barrachina ponía esas figuras como ejemplo próximo de lo que no debe ser un es-

cultor, de la postura que no debe buscar en un modelo. Barrachina, gran aficionado a la

caza, igual que Alfredo, ponía como ejemplo a los podencos cuando enseñaba unas diaposi-

tivas con imágenes de jeroglíficos egipcios mientras yo posaba. Cuando un podenco, de-

clamaba Barrachina en sus lecciones magistrales, se detiene en un matojo donde acaba de

localizar alguna lagartija, el torso tenso y las orejas pitas, es un escorzo inmóvil, una postu-

ra tensa y natural, como es natural en los caballos el difícil escorzo de Las Lanzas, donde se

ve al caballo en una postura reconocible de inmediato como habitual en los caballos, pero

que en la torsión involuntaria describe toda la grandeza de su cuerpo en movimiento. Por-

que el perro, así parado, está en movimiento, se ha detenido dentro del movimiento. De

hecho esas figuras estáticas no duran más que algunos segundos, pero son el podenco en su

plenitud, todos sus músculos y todas sus costillas y todas sus grandes orejas pitas y toda su

mirada curiosa pero concentrada sobre la línea de su hocico tan afilado. Lo magnífico de

sus posturas es que no consisten en gestos, en robar al movimiento un instante congelado.

Un hombre en actitud de andar no puede formar una postura porque ha sido captado en mo-

vimiento, si acaso un gesto, el gesto de andar, que también en el perro es muy bello. De

modo que tomen nota: postura es aquella que implica una leve detención en el transcurso

del movimiento. Por eso El Pensador es una postura, como lo es un niño sacándose una es-

pina del pie, pero no las que no exigen ni suponen ni hacen posible detenerse en ellas, con-

gelarse en ellas. Lo bueno de un perro es que sus detenciones son siempre puro movimien-

to, puro acto nervioso, con el nerviosismo que transmite la repentina rigidez. No es sólo una

muestra. No piensen ustedes en el perro que traza una línea recta entre su manos, sus orejas

y su rabo, sino en quien se ha detenido para observar los movimientos de la posible presa

esperando una posibilidad que puede llegar en cualquier momento, que es siempre inminen-
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te, como el pistoletazo de salida para los atletas dispuestos para salir en la carrera de velo-

cidad, que eso sí es una postura. El discóbolo es una postura porque en esa posición los

atletas se quedan parados antes de comenzar el violento giro del lanzamiento, y es postura

también la que adoptan mientras miran dónde va a caer, hasta dónde va a llegar el disco...

Recuerdo la voz metálica de Barrachina, su obsesión por meter los dedos en aquello

que estaba diciendo y arquear mucho sus escuálidas mandíbulas cuando explicaba concep-

tos fundamentales. En cierta ocasión yo defendí esa idea del movimiento interior delante de

Javier Bidón, que le gustaba mucho moverse y reptar como una culebra, que le encantaban

los apuntes automáticos, los movimientos bruscos y las detenciones antinaturales. Era

cuando Bidón aún transigía con la pintura figurativa, luego decidió que todo lo que no fuese

abstracción era un atraso y a partir de entonces empezó a sentirse inútil. Pero entonces aún

me citaba a Ingres, a Delacroix, su afición porque los modelos se paseasen desnudos por el

jardín mientras él en su estudio los veía caminar y así comprendía su cuerpo para luego

poder pintarlos de memoria. Rosita, en fin, pensaba que las posturas, cuanto más normales,

mucho mejor para su columna.

Pero yo sí estoy de acuerdo con Barrachina, en esas y en algunas otras cuestiones, y

estaba de acuerdo en que Alfredo tenía razones para sentirse ofendido por el episodio del

molde, pero temía que si me solidarizaba con él Alfredo se refugiaría en mí, y yo no tengo

tiempo para ser el paño de lágrimas de nadie. Me mantuve, pues, al margen, hasta que fue

Alfredo el que se saltó los márgenes y quedó conmigo en el monumento al doctor Rubio.

Esto no se puede quedar así, fue lo primero que me dijo, dando golpes con el ABC

enrollado sobre uno de los niños que presenta la mujer al doctor. Yo necesito saber quién es

quién, si estás de mi parte o si no estás, si me crees o no me crees, si te interesa mi caso o

no te interesa mi caso, si puedo confiar en ti o no puedo confiar en ti. Alfredo no perdía un


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punto de su altanería ni aun en condiciones de franca debilidad. Me acuerdo que llevaba un

traje fino de paseo de color verde manzana, el traje que llevaba para ir a los toros, para pa-

searse por Rosales, para salir en el periódico y para hablar de hombre a hombre. Vosotros

diréis lo que os dé la gana pero esa escayola es mía, os estáis descojonando de vuestra pro-

pia dignidad, si fueseis modelos de verdad no soportaríais esta injusticia que le hacen a un

compañero, decía.

Yo lo dejé hablar. En el fondo me imaginaba que quería lo mismo que todo el mun-

do, pedirme un favor. Lo que no me imaginaba era la catadura del favor. Quería poco me-

nos que fuese yo a Palomares a pedirle perdón y a rogarle que me dejase hacer un molde

con su escayola destrozada. ¿Y se puede saber por qué yo?, le dije. Es que yo si lo veo me

cago en su puta madre, pero tú Güino eres más manso, puedes posar para él o tomar una

copa, me han dicho que es medio maricón, tú de invertido das el pego, Güino. Yo no. Él ya

sabe quién soy. ¿Cómo piensas que va a tratarme después de la que le monté?

Con lo bien que hubiera estado Alfredo en este museo, sin tanta dignidad ni tanta

leche. La dignidad es mala para la artrosis. Alfredo habría podido pedir la inutilidad perma-

nente cuando Rosita se lo propuso, y le habrían dado un destino tranquilo en la sala de arri-

ba, que está menos desangelada, porque además Alfredo disfruta cuando viene aquí, este

tipo de pintura tétrica le gusta mucho, los auténticos bedeles lo conocen. Aunque yo supon-

go que ese era el verdadero problema. Alfredo estaba acostumbrado a venir aquí hecho un

señor, con su traje verde manzana, el de los toros, su bastón y su corbata estrecha, como un

perfecto conoisseur. Durante muchos años pasó por aquí haciendo como que entendía mu-

cho, que se solazaba en el recuerdo bello y en las puntillosidades técnicas, elegante y asea-

do como un pincel. Un día estaba yo aquí pasando la mañana y vino él y cuando pasó junto

a mí me saludó con la mirada, para que nadie supiese que nos conocíamos (o para que yo
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no dijese a mis nuevos compañeros quién era quién) y se puso a mirar un cuadro de Rosales

como Barrachina miraba sus dedos cuando intentaba meterlos en el meollo de alguna de sus

apasionadas explicaciones, con los ojos muy abiertos y la boca muy estirada. Ninguno de

mis compañeros pensaba nada de él, pero eso a Alfredo le daba lo mismo, la cuestión era

ser fiel a lo que había sido siempre, ese hombre tan elegante que viene cada quince días y

disfruta tanto con los cuadros de Rosales.

Yo no pensé que Alfredo fuera capaz de planear nada, y de hecho no era capaz. El

problema es que lo intentó. Tienes que hablar con él, me insistía, y le daba al pobre niño de

bronce con el periódico enrollado mientras me contaba una por una las ofensas que según

una lógica hilada con criterios paranoicos Alfredo había detectado en la exposición donde

su cuerpo joven reposaba destrozado. Como vio que yo me estaba haciendo el tonto y le

pedía un poco de calma, volvió a darle un sonoro golpe al niño y echó su órdago solemne:

si no lo hace por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas, dijo.

La verdad es que desde la denuncia de Alfredo la actitud de Palomares sí que sona-

ba un poco a ganas de dar por culo. Mi compañero me enseñó un periódico, El norte de

Castilla, donde se recogía una entrevista con Palomares sobre la exposición que iba viajan-

do por los museos y casas de cultura de medio país. Estoy muy satisfecho de esa obra, de-

cía, en referencia a los pedazos de Alfredo. De hecho estoy pensando en seguir esa línea de

trabajo, que en cierto modo yo intuyo ya iniciada en esta serie... Se trataba de despedazar

estatuas y adaptarlas a la esencia matérica de los objetos cotidianos, algo así como un catá-

logo del Cuerpo Español Contemporáneo en pedazos colgados para secar. Algunos elemen-

tos de su más reciente trabajo ya estaban impregnados con esos criterios: una mesa vieja de

despacho sobre la que había vaciado varios carretillos de estiércol, una colección de foto-

grafías de galgos ahorcados, un tiovivo fantasmal cuyos caballitos habían sido sustituidos
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por empalamientos de vaciados humanos. Y Alfredo veía en todo una alusión muy perso-

nal, pero también había tenido tiempo de sacar sus conclusiones. Tú Güino seguro que le

gustas. Seguro que se le ocurre hacerte un vaciado y poner tus trozos en el mostrador de

una carnicería. Tienes que ir y decirle que estás entusiasmado con su exposición, que eres

modelo profesional, que has oído hablar de su proyecto del Cuerpo Español Contemporá-

neo, y que te ofreces para lo que guste, y así, cuando cojas un poco más de confianza, le

expones mi caso.

Lo de mi caso no se lo quitaba de la boca. Cualquier injusticia, cualquier noticia

penosa, cualquier catástrofe del género humano era comparable a su caso. Rosita entraba

diciendo que a una familia de Vallecas la habían puesto en la calle por la factura de un tele-

visor que no pagó hace veinte años y eso no era nada comparado con su caso, porque a él le

estaban intentando robar la dignidad, desahuciarlo, a su edad, después de ser el único mo-

delo con derecho a ser llamado profesional que había en aquella puta escuela. Aquellos

pobres ignorantes de la televisión no lo serían mucho cuando se olvidaron de pagar una

factura, pero él, ¿qué factura había dejado de pagar él, con la de cicatrices que llevaba? Los

cotilleos inevitables de la escuela siempre derivaban hacia la falta de honradez, la falta de

palabra, la falta de huevos, la falta de un general con dos cojones que les pegase un tiro a

todos esos indeseables que intentaban pisar el cuello de las personas decentes, como era, sin

ir más lejos, su caso. Todo en este mundo era una gran mentira y las verdades como puños

daban risa. La corrupción de la otrora sincera y leal España había permitido que nadasen en

la abundancia cantamañanas como Julio Palomares, que cuando estuvo en la escuela los

alumnos se quejaban de que no sabía dibujar, que eso lo había oído él a más de uno. Y si

este país fuese por su camino no estaría cobrando un sueldo por el morro el terrorista ese

que había usurpado un puesto de profesor de escultura, el Irigorri ese, que seguro que era de
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la eta, porque había que matar a todos los de la eta, y a Irigorri había que matarlo dos veces,

cabeza gorda tenía para que le cupiesen dos tiros antes de morirse, una vez por ser de la eta

y la otra porque no era un escultor sino un peón de albañil, un puto peón de albañil, tanto

volumen y tanta hostia, tanto cemento armado y tanto amorfo mazacote con títulos en vasco

incomprensible, otro como Julio Palomares, otro como todos los que vinieron después de

Barrachina, mangantes que no saben ni pintar la o con un canuto, y mucho menos esculpir-

la...

Y Alfredo, después de intoxicar durante años el vestuario con esas flores, ahora ve-

nía con toda su dignidad indignada y me pedía que fuese yo a llorarle a Palomares. En el

fondo yo no perjudicaba su dignidad. Yo ya era lo suuficiente indigno como para hacer el

recado. Yo tenía que hacer lo que cualquier compañero habría hecho, pero como nadie se

prestaba, porque todo el mundo lo odiaba, entonces tenía que decírmelo así de claro para

que me enterase.

Por supuesto que no le hice caso, pero me cargó con la responsabilidad de ser el

único que sabía que Alfredo estaba así de trastornado. Nadie hablaba con él y nadie tenía

por qué notar nada. Las enfermedades mentales de los modelos tardan en notarse, sobre

todo cuando no hablan. Los seres humanos somos espacio y tiempo, y ninguno de los dos

dejan de transcurrir, nuestro cuerpo no puede dejar de moverse como el reloj no puede pa-

rarse. Aunque estemos dormidos, aunque estemos sentados mucho rato leyendo el periódi-

co, aunque guardemos un minuto de silencio, aunque nos quedemos colgados mirando un

cuadro, nuestro cuerpo se sigue moviendo, hacemos multitud de gestos imperceptibles y los

músculos siguen en una posición de descanso que no es la posición inmóvil, salvo que el

modelo pose como si estuviera descansando, postura poco recomendable porque los múscu-

los en descanso, si no se mueven, se sobrecargan con bastante rapidez. Y de entre los mo-
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delos son muy pocos los capaces de llegar al grado de inmovilidad en el que durante tantos

años trabajó Alfredo. Yo ya pertenezco a una generación más hiperrealista, más cómoda

para posar, pero Alfredo detenía el movimiento como quien detiene el tiempo y la concien-

cia, como quien entra en coma durante varias horas al día, de ocho a tres, eso sin contar las

largas y oscuras temporadas en las que Barrachina utilizó el cuerpo de Alfredo a la medida

de su inagotable capacidad de trabajo. Lo malo es que Barrachina, mientras trabajaba, se

estaba moviendo, pero Alfredo tenía el cerebro desprotegido contra los virus teóricos de

Barrachina, su extremo rencor hacia el mundo entero, sus complicados argumentos reac-

cionarios mientras explicaba a una audiencia muy callada los parámetros de Alfredo.

Yo pensé que la paranoia delirante tenía que venirle por ahí. Desde que Barrachina

se retiró, Alfredo tuvo la necesidad de pensar por sí mismo, pero no supo pensar lo que

pensaba. Se le habían quedado flotando en la memoria las ideas de Barrachina, la hipnosis

comatosa provocada durante tanto tiempo por las mismas palabras. Después trabajó con

otros profesores, pero el viejo se había quedado dentro y a Alfredo le costaba mucho proce-

sarlo todo él solo, recordarlo y anestesiarse con el recuerdo. Las palabras de los otros, sobre

todo las de Pilar, la que sustituyó a Barrachina en el departamento de anatomía artística, le

rebotaban como si hubiesen sido pronunciadas por un demonio estúpido, alguien que nos

quiere tentar con sus memeces. Esa tía no tiene ni puta idea, solía decir, muy enfadado por-

que la falta de puta idea de Pilar le perturbaba tanto que sólo se le ocurrían pensamientos

llenos de violencia. Durante años se mantuvo inmóvil mientras por dentro se imaginaba

estrangulando a Pilar, o a los alumnos torpes, o a los compañeros camastrones, o al mundo

entero, un ejercicio cerebral excesivo para quien ha pasado tantos años en la más absoluta

horizontalidad mental. Y Pilar, y Aitor antes de dedicarse al estudio del volumen y del ce-

mento armado, y Manolo Mazo en las clases de dibujo al natural, y Avelina Gómez en las
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de escultura y modelación, hablaban siempre muy bien de Julio Palomares y alababan el

buen gusto de sus vaciados.

Lo que Alfredo no entendió jamás es que para un buen vaciado hace falta una buena

postura. El artista es el encargado de estudiar el cuerpo, disponerlo del modo más estético

posible, según lo que se quiera decir, y utilizar después la superficie del hueco como un

lienzo cuya textura debe ser otra obra de arte. Ni siquiera fue capaz de sentirse halagado

porque Julio Palomares, uno de los mejores captadores de posturas, eso tengo que recono-

cerlo, hubiese guardado durante tantos años la perfecta postura de Alfredo.

Alfredo parecía tan enfermo como esas personas que van pidiendo ayuda por los

métodos más diversos, y uno se deshace de ellas, falta a las citas, no les contesta el teléfo-

no, hasta que se entera de que su cuerpo ha sido encontrado en un motel, en posición fetal y

con un tubo de pastillas tirado en el suelo. Y yo no quería ser responsable de eso, porque si

a Alfredo le pasaba algo, si hacía alguna barbaridad, era posible que alguien aparte de mí lo

supiese, o que supiese que yo lo sabía. Y yo no quería líos, así que al día siguiente nada

más llegar al trabajo me fui a desayunar con Rosita y le conté lo sucedido.

¡Pues tampoco pasaría nada porque fueses!, fue lo primero que me soltó. Rosita es

muy hábil para distribuir las buenas obras entre los demás, como una prolongación obliga-

toria de las buenas obras que ella hace. Pero Rosa no estaba pensando en Alfredo: si pagan

bien, dijo, voy yo contigo. Ella también había oído hablar del proyecto del Cuerpo Español

Contemporáneo que Palomares había empezado a pregonar a raíz de la denuncia que le hizo

Alfredo. Lurdes, su hija, se acababa de quedar sin trabajo, o iba a quedarse, o no le gustaba,

a Rosa o a ella, el trabajo que tenía, ahora no recuerdo cuál era la situación porque Lurdes

cambia de trabajo con mucha frecuencia. ¿En qué quedamos, Rosita?, le dije, ¿quieres que

vaya para ayudar a Alfredo o para ver si te ganas una pasta? ¡Tómatelo como quieras!, dijo
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ella, con su voz de tabaco negro, ¡pero si tienes el teléfono del castin ese me lo pasas, por-

que yo voy a ir y mi hija también, así que ya lo sabes!

Recuerdo que me quedé callado. Rosita tiene los labios grandes y oscuros, sus dien-

tes son regulares pero la encía es bastante pequeña, se la comió en el embarazo de Lurdes

por falta de hierro y ya no volvió a estar como antes, de modo que la dentadura parece más

grande de lo que es, y las junturas de la carne con el diente tienen una mínima separación

que hace que unos dientes no se toquen con los otros, pero esa separación, a pesar de que

Rosa lleva siempre la boca muy limpia, esa ranura tiene una sombra, que por ser la parte

del diente que debía ir cubierta de carne se hace más sensible a la luz (Rosita sonríe mucho)

y al humo del tabaco negro. Le pregunté si necesitaba el dinero. Yo siempre necesito el

dinero, querido, ¿tú no? Rosa, sus ojos oscuros, la piel un poco lacia de la cara, mucho más

tersa no obstante que la del cuello, sabe modular la voz cuando dice esas cosas para que te

sientas en plena confianza, con ganas incluso de conferenciar con ella, de hilvanar conver-

saciones prácticas sobre la economía doméstica y así. El trabajo de Lurdes iría mal, no le

quedaría tiempo de atender a la niña, y la tendría que tener Rosa durante todo el tiempo.

Estaría trabajando en algún bar. Es que, Güino, que me venga a las cuatro de la mañana y

se levante a las ocho como un zombi para llevar a la niña a la guardería, y vuelva y cuando

yo me marcho se acueste, y se levante para recoger a la niña de la guardería, otra vez sopa

perdida, y vuelva a casa y me la encasquete hasta las cuatro de la mañana y se vaya a traba-

jar al bar, eso, Güino, eso no es plan. Si quiere ser artista que se busque un papel que haya

que interpretarlo por las mañanas, como todo el mundo. Alfredo no le daba lo mismo, pero

ella y su hija le daban todavía menos lo mismo, y si se podían matar dos pájaros de un tiro

pues miel sobre hojuelas y mejor que mejor. Además, Alfredo se había metido en ese be-

renjenal porque quería. Tú sabes lo mismo que yo Güino que Alfredo ahí no tiene razón, y
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que si la tiene se la tiene que meter donde le quepa, que todos sabemos lo que ha pasado

siempre con los modelos. Y en la época en la que le hicieron ese vaciado el modelo no tenía

derechos de propiedad intelectual ni nada de eso. Yo ya te dije que todo era cosa de Barra-

china. Barrachina no quiere morirse sin montar el último pollo y está cogiendo de cebo al

inútil de Alfredo, eso lo dijo Palomares y tienes que reconocer Güino que tenía razón, por-

que eso es así y tú lo sabes igual que yo. Porque si Alfredo se calla y se le olvida, de aquí a

unos meses, cuando se jubile, que haga lo que le dé la gana, pero tampoco se puede arries-

gar a que ahora, por ponerse tonto, lo echen, o se vaya él y pierda la jubilación. O sea que si

vas tú a hablar con Palomares puede que tampoco te haga caso, pero ganas tiempo, le dices

a Alfredo que sí, que te ha prometido una entrevista, y luego le dices que has ido a la entre-

vista, y después le dices que le has vuelto a llamar y que lo está pensando, que espere a que

se termine la gira que están haciendo con su exposición por toda España, y sin que se dé

cuenta llegamos al verano y yo le llevo los papeles al sindicato para que le arreglen la jubi-

lación y conseguimos todos que Alfredo se vaya de una vez a tomar por culo. Tampoco es

tan raro lo que tienes que hacer. Si yo no lo puedo hacer es porque yo no me hablo con él.

Yo no puedo darle largas porque a mí no me ha pedido nada ni me lo pedirá nunca ni yo le

consentiré que me lo pida. Lo de la jubilación lo hago porque me sale de allá.

Hacía muchos años que no pasaba por una situación tan humillante. Llamé al telé-

fono que me había dado Alfredo y me preguntaron la edad y el sexo y con arreglo a eso me

dieron una cita. A Rosa y a Lurdes les dieron otras horas distintas. A Rosa le tocó el día de

mujeres de cuarenta y cinco a cincuenta y a su hija el de veinticinco a treinta. A mí, el de


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hombres entre cuarenta y cuarenta y cinco. Tuve que ir a unas oficinas del polígono indus-

trial de Alcobendas, grandes manzanas con naves llenas de negocios boyantes, allí al lado

estaba Antena 3 y Tele 5 y Espasa-Calpe y da la sensación de que las fábricas y las oficinas

tienen los mismos conceptos de barrio que las personas: en el sur hay fábricas de cemento y

de piensos compuestos y en el norte de películas para la televisión. Además está muy mal

comunicado, como si fuera inconcebible trabajar en ese barrio sin necesidad de conducir un

coche, como si una línea regular de autobuses urbanos le diese al paisaje un toque proleta-

rio y soez. Tienes que coger el metro a Plaza Castilla y de allí un autobús a Alcobendas y

luego otro que para en la autovía que atraviesa las empresas boyantes y después preguntar

en una gasolinera y terminar caminando un par de kilómetros por un solar donde están

haciendo las primeras mediciones para levantar otra empresa boyante, un suelo carísimo en

el que de momento no hay más que latas vacías de cocacola y lagartijas muertas.

Te pasas la noche dando vueltas en la cama, pensando en el pintor Julio Palomares,

en esa mansión a las afueras en la que se desayuna en un invernadero con pájaros de inter-

ior, decides la ropa que te vas a poner, la de las grandes ocasiones, el traje de los domingos,

para charlar con él mientras das vueltas al café de importación con una cucharilla de plata,

y de pronto sientes tu cuerpo cruzar una autopista, atravesar un descampado, llenarte de

polvo los zapatos, no encontrar la dirección y estar haciéndosete tarde para la entrevista

porque no había modo de encontrar el cartel de Megamovie en un edificio de cristal ahu-

mado, entre tanta boyantía y tanto cadáver de gato. Y luego llegas y resulta que no es Julio

Palomares, ni mucho menos su casa, sino las oficinas de una agencia de modelos con la que

Julio Palomares se ha puesto en contacto, y preguntas y te mandan a la tercera planta, y

conforme va llegando el ascensor escuchas el rumor de la muchedumbre que abarrota los

pasillos y a quienes han dado la misma hora que a ti, y tú vas con tu traje de los domingos y
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una colonia muy discreta que sólo se aprecia bien al aire libre, al menos al aire de un tran-

quilo invernadero. Pero lo más irritante de todo es que sales del ascensor y te das cuenta de

cómo la gente se calla, recobra la postura normal, apagan los cigarrillos y dan por supuesto

que eres tú el que los va a examinar. El hombre que ha de mirar su cuerpo.

Era un pasillo ancho con alguna que otra butaca, una decoración neutra de cuadros

abstractos y al fondo una puerta de doble hoja, como de una sala de juntas, y entre el ascen-

sor y el principio del pasillo había un hall grande con más puertas y pasillos por alguno de

los cuales pensé largarme, pero di dos pasos y me detuve justo al lado de rodillo dispensa-

dor de numeros, que miré de reojo e iba por el 87. Pero entonces no era consciente con tan-

ta nitidez del ridículo que estaba a punto de hacer cuando todo el mundo supiese que yo iba

a lo mismo que ellos, cuando casi por instinto, como si hubiese llegado tarde a la pescade-

ría, cogí un numerito del rodillo y la gente, todos también al mismo tiempo, o por lo menos

eso me pareció, recobró sus posturas informales y volvió a comentar la jugada y encendió

de nuevo sus cigarrillos, y yo me sentí mal, pero mantuve el tipo, incluso cuando escuché

que un gilipollas pechotabla se carcajeaba de mis dimensiones, mientras que, eso por lo

menos tengo que reconocerlo, a la mayoría les causé el mismo respeto que mi apariencia

suele causar entre quienes me ven en un sitio cerrado por primera vez.

Todos éramos hombres, cuerpos de obreros en paro, de individuos ya no demasiado

jóvenes pero todavía no demasiado viejos, en todo caso de una edad en la que uno ya no

debería estar pendiente de pasar por esas situaciones, por mucho que se disfrace de buena

idea. Había tipos callados que fumaban un cigarro apoyados en una esquina, vestidos con el

traje de alguna boda y esperando a conseguir unos duros en algo para lo que con toda pro-

babilidad tampoco sirven, pero por lo menos la prueba no consiste en cargar un camión de

escombros. La prueba es quedarse desnudo, enseñar sus cuerpos mal educados, abandona-
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dos a las huellas de la vida que han tenido que vivir, un poco encogidos de vergüenza, de

no saber dónde colocar las manos, al aire sus piernas cortas y peludas, su barriga floja y su

culo pequeño y muy apretado, de un blanco palido con pelos negros, como con un sarpulli-

do en la piel, un eczema propio de sitios oscuros, y la marca de la camiseta y del cuello

marcando la frontera del rigor social y el blanco íntimo que se conserva desde siempre.

Pero entre los que se prestaban a ser un representante anónimo y descuartizado del cuerpo

español contemporáneo también los había optimistas que sabían disimular sus verdaderas

razones, parecerle una idea genial o una contribución progresista al proyecto común de la

memoria física, como me dijo un tipo con barba que al cabo del rato hizo hilo conmigo y no

me dejaba en paz.

Cuando me llamaron ya no estaba para bromas. Y todo fue muy normal. Era en

efecto una sala de juntas con una mesa grande donde sólo había cuatro personas sentadas y

los cuerpos eran exhibidos en el rincón de los butacones y la mesita baja, junto a un lavabo

que hacía de vestuario. Los aspirantes entrábamos por la puerta del lavabo que daba al pe-

queño vestíbulo de la sala de juntas, antes de la segunda puerta doble que daba ya sí a la

sala de juntas. En el lavabo, cuando yo entré, había por lo menos cinco aspirantes desnudos

o en calcetines y calzoncillos, vistiéndose o desnudándose, cinco cuerpos vulgares. Por allí

ya se habían aireado setenta y tantos culos y un porcentaje más bien alto de calcetines su-

dados y calzoncillos con palomino, camisetas amarilleantes y zapatillas de deporte sin la-

var. En el vestuario de la escuela todos somos tan limpios y exquisitos que incluso el olor

de los productos de limpieza nos parece de baja calidad. A mí me daban arcadas. Y por

supuesto no me desnudé.

Lo que no puede ser es que vayas a una entrevista de trabajo y te reciban en el váter.

Yo que nunca he tenido en demasiado buen concepto mi profesión, no por supuesto hasta el
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punto de dar la vida por ella, como era el caso de Alfredo, ni siquiera hasta el más oficial y

doméstico de Rosa, dueña de un pequeño trozo de tierra en el mundo que había que defen-

der no con la vida pero sí con los dientes. En esa ocasión, sin embargo, metido en el váter

con un calzoncillo sucio colgado de una percha delante de mis narices, sí sentí como un

brote de dignidad profesional, una indignación no premeditada que de pronto descubría un

límite, igual que ciertos animales descubren por instinto en qué parte del cuerpo no quieren

ser acariciados. Yo esos valores del orgullo y por ahí los tenía desactivados porque hacía

mucho tiempo que no me sometían, aun con naturalidad y buena educación, a una bajeza de

aquellas características. Ni siquiera una salita privada, una secretaria que trae un zumo y

unas pastas por si queremos amenizar la espera con algo más aparte de las revistas del cora-

zón, y por supuesto tres o cuatro candidatos, una mujer hermosa vestida con gabardina, un

hombre que nos suena de haber visto su cuerpo en algún lado, quizá en un anuncio de mo-

da. Pero no una tropa de hombres guarros y nerviosos, enfermos y desesperados. Yo me

había metido allí. Había sido Alfredo pero también Rosita. Pero al final no había sido el

dinero sino las ganas de conocer a Julio Palomares, estar en su casa, mirarlo mientras traba-

jara sobre mi cuerpo. No quería tanto pasear por el atrezzo de una gloria más o menos justi-

ficada como ver de cerca el espectáculo de la plenitud, de un hombre que cree en lo que

hace porque hasta el momento esa fe le ha dado pingües resultados. Tampoco me creía ca-

paz de plantearle a Palomares el asunto de Alfredo. Si acaso, pensaba yo, se lo plantearía

después de unas cuantas sesiones, cuando estuviese obsesionado con mi retrato y necesitase

acabarlo por encima de todo, el momento de identificación absoluta con el objeto (tan típi-

co de los artistas con fe en sí mismos, muy dados a esos arrebatos tan pintorescos) en el que

cualquier sugerencia es un chantaje muy discreto. Yo soñaba con hacerme imprescindible


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mientras subía el ascensor y al abrirse la puerta me encontré un turba de gañanes, el grado

cero del poder.

Por eso, entre otras razones, a los modelos de escuela no nos gusta que nos hagan

fotografías, porque no hay apenas margen para ocupar nuestro propio terreno. Un actor

tiene tiempo mientras actúa, y un artista mientras trabaja, pero no alguien que posa en tan-

tas posturas sin asentarse en ninguna, y que tiene el tiempo de un fogonazo para rectificar,

porque entonces las únicas posturas posibles tienen que ver con lo más superficial o con la

imagen que sabes impresionante porque ya la has practicado más veces. El mejor modelo

del mundo no tiene por qué ser fotogénico.

Lo digo porque nada más entrar a la sala de juntas, todavía vestido, puse mis condi-

ciones. Cuando yo salí del váter, con mi traje negro y mi abrigo (con un bombín habría pa-

recido el hombre de los caramelos, así me parecía más bien al fantasma de la lotería de

Navidad) vi que la fotógrafa ya se había dispuesto con una rodilla en tierra delante del

espacio reducido que alumbraban los focos, más bien no se había movido desde la foto

anterior, y apoyaba la cámara sobre el muslo de la rodilla que no tenía en tierra y con la

mano libre daba una calada a un cigarro. Los miembros del jurado, un tipo repeinado de

unos cincuenta años y una mujer con gafas de galerista, más otro, mucho más joven, que

debía ser el secretario, tardaron en levantar la vista, y cuando lo hicieron sólo la mujer me

preguntó que qué quería. Fue un primer golpe bajo lo que me puso firme (con una firmeza

insólita en mí, que tiendo a huir de las situaciones si me pueden exigir una tensión de la que

mi sistema nervioso quizá no sea capaz): el no saber nada más verme que yo soy un

modelo, aunque llevara un abrigo hasta los pies. De modo que cuando la galerista me

preguntó que qué quería yo le dije, muy serio: he venido a una selección de modelos de

Julio Palomares. Ella, muy abiertos los ojos y la sonrisa falsa, me dijo que sí, que eso era lo

que había. Y yo le dije: ¿y puedo preguntar dónde está Julio Palomares? Ella bajó la vista
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dije: ¿y puedo preguntar dónde está Julio Palomares? Ella bajó la vista como si otro más le

hubiese preguntado lo mismo, y el cincuentón, que había escuchado la pregunta y la res-

puesta con una mano en la trabilla del tirante y la otra dando golpes en la mesa con un bolí-

grafo, se adelantó a explicármelo, como si pusiera su chaqueta en un charco para que la otra

pasara por encima de mí. Dijo: es que esto es una agencia de modelos; trabajamos, entre

otros clientes, para Julio Palomares. ¿Ah, sí?, dije yo, ¡pues, desde luego, he tenido muchas

entrevistas con pintores y ninguno me ha recibido en el váter y me ha citado a la misma

hora que a toda esa gente, que huelen fatal!. ¡Joder, y que lo digas!, terció la fotógrafa, rodi-

lla en tierra, pero el cincuenton recondujo su postura y se me puso un poco chulo. Oiga,

dice, esto es lo que hay, aquí no obligamos a nadie. Que pase el siguiente, dice, y baja la

cabeza y se pone a escribir con el bolígrafo. Pero entonces la fotógrafa se incorporó y yo

noté que entre ella y la galerista se cruzó el mismo pensamiento. La verdad es que esta or-

ganización es una mierda, Pascual, le dijo al cincuentón que ahora miraba con los ojos muy

abiertos, como estupefacto porque discutiesen su autoridad, que tampoco debía de tener

ninguna. Tú estás ahí pero yo me lo estoy chupando todo, joder, dijo, refiriéndose a los se-

tenta culos, a los ciento cuarenta huevos, al hedor general de quien no se ducha para traba-

jar, y luego, dirigiéndose a mí, trató de congraciarse. Es verdad, dijo, perdona, pero es que

Julio nos lo ha pedido como aquel que dice de un día para otro, y encima tampoco nos ha

dejado muy claro qué es lo que quiere, la verdad. La fotógrafa era bastante joven, con cara

de virgen. Tampoco vamos a ponernos a discutir ahora sobre lo que quiere o no quiere el

cliente, digo yo, dijo él, Pascual, pero las mujeres no parecían hacerle demasiado caso. La

galerista, que había escuchado la escena con una sonrisa cada vez menos forzada, suspiró y

dijo: es verdad..., y luego, dirigiéndose a mí, ella que al entrar me preguntó que qué quería,

me dijo ahora: usted es modelo, ¿verdad? Se lo acabo de decir, le dije yo. Es que creo que
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todos estamos un poco confundidos, dijo ella. Una cosa es lo que quiere Palomares y otra lo

que estamos buscando ahora. Ahora buscamos gente normal y corriente, no buscamos be-

llezones, ni gente demasiado alta ni demasiado grande, ni gente demasiado guapa ni dema-

siado interesante. Se trata de cuerpos vulgares. Por eso hay tantos, por eso estamos hacién-

dolo así. Pero vamos a hacer una cosa, si le parece bien. Usted nos deja su número y cuan-

do nos pongamos a hacer una campaña en que se necesiten cuerpos como el suyo lo llama-

mos, ¿de acuerdo? Era una mujer muy amable, pese a que fuera tan claro que me estaba

mandando a la mierda. ¡Pues déjelo estar porque yo no tengo tanto tiempo que perder!, dije

yo. ¡Buenas tardes!, dije, y me volví para marcharme por la puerta de doble hoja. Cuando la

abrí, oí una voz que me llamaba. ¡Oye, perdona!, dijo la fotógrafa, ya incorporada, pero

cuando me volví para ver qué quería me soltó un flash que me irritó. Perdona, maja, le dije,

pero a mí sólo se me hacen fotos previo contrato. Cuando estaba diciendo fo- me disparó

otra fotografía, y cuando cerré la puerta y caminé hacia ella y estaba diciendo que te he

dicho que no quie..., me tiró otra, y cuando llegué hasta ella sin otra opción que pisotearle

la cámara me miró muy seria, cubrió la cámara con los dos brazos y me dijo vale, vale, ya

está, con cara de no temer tampoco mucho por su cámara ni por ella misma, no así el cin-

cuentón, que otra vez sin saber qué estaba pasando se levantó de la silla y empezó a echar-

me de allí de malos modos. ¡Venga, ya está bien, váyase de aquí de una vez!. Yo aún tuve

tiempo de girarme hacia él y de mirarle con mi más infinito desprecio, momento que apro-

vechó la fotógrafa para tirarme una última foto. Perdona, perdona, dijo, tapándose la boca,

como si se le hubiera escapado. Yo me di la vuelta y me fui, y al salir creo que di un porta-

zo.
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Rosita sin embargo estaba la mar de contenta. Pues nada, fuimos las dos, nos hicie-

ron unas fotos y nos dijeron que nos llamarían, pero resulta que yo conocía a Paula, que

estaba en el tribunal de selección, una que yo conozco de cuando me hicieron esa escultura

en terracota que está en el museo de ciencias naturales. Y ella me dijo haceros las fotos si

queréis y si no no, porque pasaros os voy a pasar, pero chico, ya que estábamos allí tampo-

co era cuestión de ser más que nadie, por lo menos había que aparentar. Así que nos hici-

mos las fotos y oye, todos muy amables, así que no acabo de entender muy bien lo que me

cuentas, a mí nadie se me puso borde, y a mí aún puedes decir: claro, como tenía enchufe...,

pero a Lurdes sí que no la conocía de nada, yo le dije que era mi hija pero eso fue después,

y también daba lo mismo porque ya sabes que Lurdes tiene un cuerpazo, y Paula me dijo

¿ésa es tu hija?, ¿de verdad?, pues chica, que ni pintada, ya sabes, bueno no lo sabes porque

no se lo has visto, claro, pero Lurdes tiene un cuerpo que ahora gusta mucho, muy delgada,

siempre ha sido muy delgada, cuando dio a luz a Carmela se vio tan gorda que se quedó en

los huesos, ¡anda que no me dio disgustos ni nada porque yo decía esta chica se me ha vuel-

to anoréxica, recién parida...! Pero ahora esa delgadez es muy moderna, qué te voy a contar.

Así es que ayer ya nos llamaron que vayamos la semana que viene que nos harán el vacia-

do. Todo simplísimo, Güino, que yo no me explico cómo encuentras siempre en todo tantos

inconvenientes. Una foto, un pegote de escayola y dos mil duros para cada una, la ropa de

invierno que tenía que comprarle a la niña porque lleva la del año pasado y ya se le ha que-

dado pequeña, y sin tanta dignidad ni tanta leche, Güino, joder, que me ponéis enferma, tú

y el tontilán de Alfredo. ¿A ti qué más te da que te hagan una foto más o menos, a ver?

¡Cómo se nota que no necesitas el dinero!


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Entonces era invierno y yo había empezado ya con el proyecto, aunque sólo fuera en

la fase de pensar. Violeta cumpliría años en agosto, de modo que no podía ser un proyecto

invernal, no podía dejarme llevar por la estética de los crismas ni por el hogar con mantas

de lana sobre las piernas ni por los paisajes crudos llenos de soledad. Tenían que ser unos

dibujos veraniegos, sonrientes, luminosos, tenía que haber mucha diversión pasada luego a

tinta china. Ya lo había hecho una vez, cuando Violeta era pequeña, no tendría más de nue-

ve años, con el libro de inglés que llevaba en la escuela. En aquella ocasión dibujé unas

ilustraciones muy sencillas en la lección que se titulaba In the country. Le dibujé un caserío

vizcaíno con un prado en pendiente, y un gallinero con todas las aves domésticas, el cone-

jar, las cortes, el establo, la cuadra, el granero y el palomar, todo con mucho esmero antro-

pológico. Dibujé también al granjero y a la granjera, muy rectos, muy serios, muy ingleses,

y a los hijos y a la abuela, distribuidos en el piso de arriba del caserío como los animales en

el piso de abajo. Pero en principio la idea fue ilustrar el libro entero, y la idea secundaria

ver si podía presentar mis dibujos para alguna editorial de libros de texto, que siempre se

venden muchos. Entre unas cosas y otras vi que no me apetecía seguir con In the city, In the

family, In the school, In the wardobe, In the bathroom etc., así que me esforcé por terminar

con In the country y se lo regalé a Violeta.

Hasta que me decidí por el libro que ahora quería ilustrar para, diez años después,

hacerle a mi hija un regalo un poco más completo, casi todo el pensamiento de las horas de

trabajo estuvo dedicado a imaginar el tipo de dibujo, y fuera del trabajo a encontrar el libro

adecuado de donde lo pudiese copiar. Lo había convertido en genuina preocupación y los

problemas de Alfredo se me olvidaron enseguida, como aquel trabajo no hecho por el que

nadie te pide cuentas y se puede dejar sin hacer. Fueron días de recogimiento. Yo estaba

muy inclinado hacia la historia natural. Los bichos se me han dado bien desde pequeño,
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tengo los cuadernos del colegio infestados de todo tipo de insectos que copiaba de la enci-

clopedia, pero tampoco podía ponerme a dibujar un tomo de la fauna ibérica, no tendría

tiempo, nunca lo tendría, porque para las personas sin demasiado empuje pronto se hace

tarde, sus plazos de ilusionarse y de olvidarse son más cortos que entre los individuos vo-

luntariosos que reclama la sociedad. No podía embarcarme en nada exhaustivo porque me

quedaría exhausto y no lo terminaría. Ya cien dibujos, distribuidos con minuciosidad a lo

largo de unos cuantos meses, me parecían una barbaridad aun en la fase previa, cuando me

dedicaba a pensar en ello y a buscar modelos. Pero el tiempo se agotaba. Tengo escrito en

mi diario que cuando sucedió el desagradable incidente del polígono industrial ya no me

quedaba más que una semana para decidirme y empezar, y luego seguir todos los días sin

más descansos que los previstos de antemano.

Estos ejercicios de disciplina irracional, de someterse a un único pensamiento des-

plegado en muchas actividades pequeñas, el concepto de laboriosidad que se tiene cuando

al hacer una parte del trabajo se pierde la noción del conjunto y se limita uno a poner ladri-

llos sin pensar en el edificio entero, son ejercicios muy recomendables para un modelo,

tanto cuando está, como yo ahora, preparándose para iniciar la temporada, los primeros días

de posar, siempre tan peligrosos, como cuando ya está en pleno invierno y tiene los fascícu-

los claviculares del trapecio hechos unos zorros. En el acto de posar, como siempre es un

tiempo extenso con el mismo pensamiento, se puede profundizar bastante. En una mañana

puedes visualizar un dibujo entero, hasta en sus más imprevistos detalles, hasta casi los

retoques de cuando lo das ya por acabado, de modo que luego, por la tarde, si todo funciona

bien, si hay suficiente conexión entre la memoria y la mano, y con el ejemplo delante por si

no la hay, resulta ser un dibujo de un solo trazo, nada cogido y dejado y borrado y retocado,

sino ese primer y único impulso que te lleva desde el principio hasta el final.
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Pero, por otra parte, quería no ser serio. En el diario hay tachados muchos títulos de

libros que habrían subrayado mi vena macabra, mi vocación entomológica, pero este era un

trabajo para el verano, era lo que se dice un regalo entrañable, no visceral, no de dentro

afuera sino de fuera adentro, del sentido del humor al encanto, de la minuciosidad al sacri-

ficio, de la pulcritud a la delicadeza. Aunque tampoco podía ponerme cursi. Tampoco podía

volver a dibujar The farm y dárselo como se da el paquete de tabaco que uno salió a com-

prar hace muchos años. Tampoco era el caso, sólo llevábamos dos años separados y yo en

ningún momento dejé de ingresarle la pensión ni de pasar con mi hija los fines de semana

que me marcó la juez. En el diario están también marcados los sitios adonde se me ocurrían

las cosas. Uno de los libros que más cerca estuvieron de convertirse en definitivos es el de

Charles Lamb Jr., Fabricación Británica, uno de los pocos libros que podrían agregarse a

una hipotética Biblioteca del modelo que aún está por hacer, libros escritos por nosotros,

que traten sobre nosotros. Puestos a hacer un regalo tan solemne, me parecía legítimo mos-

trarle a mi hija un recuerdo de alguno de mis auténticos antepasados. Alfredo siempre me

decía que él era miembro de una larga dinastía de modelos en los que la paternidad había

sido sustituida por la maestría, y que yo había empezado muy bien para formar parte del

árbol genealógico desnudo pero ya me había echado a perder, tan joven.

Fabricación británica es un tomito encuadernado en octava, publicado en la edito-

rial de Henry Frowde, Oxford, en 1858, veinte años después de que sucediesen los aconte-

cimientos que narra en él Charles J. Lamb. El título, en inglés Made in England, se refiere a

un cañón de artillería que en 1837, en plena guerra carlista, Charles J. Lamb tuvo que
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transportar, acompañado de un burro, a través del altiplano crudo del interior, al otro lado

de las últimas estribaciones de Maestrazgo. El librito se centra sólo en ese viaje, aunque

con frecuencia se separa del hilo conductor, de la epopeya del cañón, para contar todo tipo

de reflexiones estéticas disparatadas sobre los dibujos que en mitad del viaje pudo hacer de

los paisajes, de los muertos que quedaban después de las batallas y de los dos compañeros

de viaje, una monja y un joven carlista vasco.

La historia no tendría mayor trascendencia de no ser porque muchas de las anota-

ciones se refieren a estudios no del todo descabellados sobre las diferentes disposiciones de

los músculos en un modelo vivo, en un modelo muerto y en un modelo vivo que parece que

está muerto, y él mismo acabaría siendo retratado, a los ochenta y tantos años, con un as-

pecto que no deja claro si está vivo o está muerto, por su compatriota el pintor inglés José

Stratfod Gibson. Es un retrato de 70x130, bastante grande, que a veces, cuando van rotando

las existencias del sótano de este museo, cuelga en un rincón de la planta de abajo, y que

estuvo bastante tiempo expuesto en la colección Viajeros ingleses del XIX que organizó el

Museo Romántico.

El retrato de Charles Lamb es el único, que yo sepa, que nos queda de él. Es un

hombre de unos ochenta años, vestido con un uniforme carlista de la guerra del 37, destro-

zado de llevarlo puesto medio siglo. Tiene ese patetismo de los que guardan la compostura

sobreponiéndose a su aspecto andrajoso, exhibiendo lo que tiene de sincero valor. Está sen-

tado en una silla de un amplio pasillo blanco, un blanco verdoso, desabrido, blanco de ma-

nicomio, con puertas a los lados y tres o cuatro diminutas monjas negras que se deslizan

cabizbajas por el fondo.

Pero en su libro hay unas cuantas estampas muy románticas que a mí me hubiese

apetecido ilustrar en el libro que le regalé a Violeta. Charles no sabía que aquel cañón podía
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ser su perdición. Estaba entusiasmado con lo pintoresco de aquel ejército de grandes boinas

rojas, de grandes bigotes y grandes ideales. Había recorrido medio continente, en el peor de

los casos, para morir por una causa perdida, o dibujando con aljezones carbonizados el pai-

saje después de la batalla. Por otra parte su castellano se reducía a unos cuantos versos clá-

sicos que aprendió en el viaje de memoria, en la idea, muy romántica, de que no sólo servi-

rían para entenderse sino que le concederían un prestigio suplementario al de ser un ciuda-

dano inglés. Se vio perdido, poco después de partir, en un paraje tétrico con hedor a humo

de hierro, a sudor de bestias y cadáver en el barro, donde sólo se distinguen a lo lejos silue-

tas que han huido de la muerte, o que ya son parte de ella. A los dos días de marcha, carga-

do el burro con el cañón, Charles Lamb había tomado apuntes al agua de casi todos los pai-

sajes y tomado notas sobre las formas y los colores, muy interesantes desde el punto de

vista técnico, pero al tercer día encontró los cuerpos de cinco soldados carlistas. Cuenta que

después de retratar a dos o tres soldados muertos se puso a dibujar a uno que tenía los mús-

culos tetanizados, y pese a que permanecía inmóvil y con los ojos abiertos y las mandíbulas

muy envaradas, había en él un rasgo que según Charles Lamb no concordaba con la teoría

muscular de los cadáveres: el músculo triangular había descendido la comisura de los labios

y estaba traccionando el extremo inferior del surco naso-labial, y el resultado era una ex-

presión de tristeza inconcebible en quien ha sido sorprendido por la muerte y tiene tan rígi-

do el resto del cuerpo. Lamb lo descubrió cuando estaba ya terminando el retrato. Ese hom-

bre estaba vivo. O medio vivo, porque, cuando Charles logró reanimarlo y pudo calmar sus

ataques de horror con un poco de laúdano, el soldado siguió creyendo que estaba muerto, y

dedicó el resto del viaje a charlar con sus compañeros desaparecidos cada vez que Charles

no sabía qué camino seguir.


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El tono de Fabricación Británica es el de un libro de viajes con aire gótico, el testi-

monio de quien busca una razón estética para empezar de nuevo, y sustituye los pinceles

por fragmentos de metralla, y los colores vivos por el negro del carbón y el óxido del hie-

rro. Acabada la guerra, Charles Lamb ya nunca regresó a Inglaterra. En el libro cuenta que

se instaló en el Maestrazgo y se dedicó a pintar, pero nada que justifique su postura en el

retrato de Statford Gibson que aquí se conserva, ni el uniforme carlista, ni el mirar enloque-

cido, ni el blanco verdoso del hospital. Tampoco tenemos ningún cuadro suyo que nos ayu-

de a saber cómo pintaba. Tan sólo ha quedado un curioso estudio sobre los músculos facia-

les de los muertos y una romántica descripción de los paisajes. Yo le tengo mucho afecto a

Charles Lamb, pero decidí que no era el suyo un libro edificante para una muchacha que

estaba empezando a vivir.

Cuando volví a la escuela, después de aquel recado tan embarazoso, Alfredo apro-

vechó un momento en que nos quedamos los dos solos en el vestuario y me preguntó en

voz baja qué tal me había ido con Palomares. Yo le dije lo que había pasado. Yo siempre

digo la verdad, aunque para decirla imagine muchas mentiras. Pero tengo la desgracia de

que la gente no se cree mis verdades, o se las toman a mal. Vale, vale, muchas gracias por

las molestias, me dijo Alfredo, pero en contra de lo que yo me temía ya no volvió a pregun-

tar. Anduvo unos días mohíno, parado por las esquinas, deprimido. Yo inicié conversación

un par de veces con él, un día que Javier Bidón pasó a su lado y lo llamó molde perdido, y

Alfredo se giró pero no lo llamó beocio ni baldragas sino que se limitó a sonreír y continuó

con los suyo. Entonces intenté saber qué le pasaba pero Alfredo no me dijo nada.
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Ahora es muy fácil poner explicación a las imágenes, pero entonces tan sólo vimos

que Alfredo estaba todavía más raro que de costumbre. Yo me había imaginado varios me-

ses dando la paliza con Palomares, y me sorprendió que no volviese a mencionarlo, pero

era tan gratificante no escuchar sus miserias que fui esquivando los encuentros a solas y los

días en que al salir de la escuela podíamos caminar un rato juntos hasta la Plaza de la Paja.

Se lo tiene merecido, decía Rosita, pero lo decía sin maldad, como la constatación de algo

que ella y yo y Bidón y los demás evitábamos, apartarnos por completo de la gente, optar

por un aislamiento que era su obligación mantener también en los peores momentos. Si

cuando estaba contento no perdía ocasión de maltratar a la gente, cuando estaba triste no

podía esperar nada de nadie. Además, según opinión generalizada, Alfredo era un facha de

mierda.

Un martes de finales de febrero Alfredo no vino a trabajar. En él era muy raro, tenía

un sentido castrense de las obligaciones laborales. En las huelgas previas a nuestra conquis-

ta del subalternado era él el único que acudía al tajo, y posaba sus horas reglamentarias aun

en aquellas clases en las que el profesor y los alumnos se habían solidarizado con nosotros

y habían venido a manifestarse a la plaza del Ayuntamiento. Todos notamos su ausencia

pero en principio ninguno le dimos importancia, quiero decir que no le dimos importancia a

las consecuencias, por graves que fuesen, de que Alfredo no viniese a trabajar. Alfredo no

tenía teléfono y jamás había invitado a nadie a ir a su casa. En la secretaría de la escuela

estaba su dirección, pero a mí no me apetecía viajar hasta el barrio de Tetuán para ver si

necesitaba algo. Rosita ni siquiera se lo planteaba. Bidón se limitó a decir que ya llamarían

los vecinos cuando hubiese olor en la escalera. Los demás, todos modelos jóvenes y sub-

contratados, están al margen de lo que nos ocurre a los modelos fijos.


63

Un sábado por la tarde me fui de paseo por la ciudad y casi sin proponérmelo mis

pasos me llevaron por Bravo Murillo hasta el barrio de Tetuán, unas cuantas manzanas en

la vertiente izquierda de la calle que tienen todas nombres de flores. Son casas bajas, como

de barrio obrero andaluz, que descienden en cuestas ligeras hasta la Dehesa de la Villa. Al

lado de la Huerta del Obispo, en la calle del Aligustre, está el piso donde Alfredo vivió la

mitad de su vida sin que ningún compañero de trabajo, y quién sabe si ningún amigo, pisase

por allí jamás. El piso estaba cerrado, un primero derecha de techos bajos y puerta gris con

muchas manos de pintura, pero en la escalera no olía a muerto. La estaba fregando una se-

ñora con aspecto de portera. Le pregunté y me dijo que no, que era la vecina del bajo, que

en esa casa no tenían portera, y que si quería tener limpio por lo menos el rellano lo tenía

que fregar ella. Le pregunté por Alfredo. Hace lo menos ocho días que no le veo, dijo. Pero

se la veía desconfiada y entonces traté de explicarle que Alfredo y yo éramos compañeros,

que estaba preocupado por él. Luego me arrepentí de haber dicho tanto, aunque no creo que

sin ese exceso de confidencia, que a la señora le encantaba, hubiera podido entrar en su

casa. ¿Ha llamado usted al primero izquierda? Allí la señora Engracia tiene una llave por-

que entra todas las semanas para limpiar, dijo la señora, en un nivel de confidencia casi más

imprudente que el mío. Llamamos al primero izquierda pero tampoco había nadie. Igual se

ha ido a comprar, me informó la vecina, o no lo escucha a usted porque está un poco sorda.

Aporreé la puerta con excesiva contundencia para el material con que estaba hecha, casi

meto una falange entre el contrachapado. Allí no contestaba nadie.

Al rato volví y la vecina del bajo me abrió la puerta nada más aparecer mi sombra

por el portal. ¡Entre, entre, que ya ha venido la señora Engracia!, me dijo, con tono costum-

brista y popular. Volvimos a llamar al primero izquierda y abrió una mujer muy enlutada y

diminuta, con el moño muy recogido. Era una de esas ancianas tan frecuentes en Madrid
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que a los ochenta y tantos años se siguen pintando los labios a diario para dar un paseo y

tomar chocolate con las amigas, y no resulta patético sino muy digno y muy discreto. La

mujer, además, conservaba la cabeza en su sitio, tenía un modo muy pulcro de hablar que a

la vecina del bajo, que no dejó de fisgar en ningún momento y de ofrecernos su colabora-

ción, le imponía respeto hasta el punto de repetir con los labios un resumen mudo de lo que

decía la señora Engracia. Pues yo también he notado que no andaba por casa, dijo la mujer

pintada, pero, si le digo la verdad, tampoco me he atrevido a entrar. Alfredo es una persona

muy reservada, yo por mí misma no me habría atrevido a entrar. Ahora bien, si usted dice

que es su compañero de trabajo... Él estar desde luego no está, porque si no lo habríamos

notado, y morirse tampoco se ha muerto, porque cuando se murió la vecina del segundo,

¿verdad Paqui?, lo notamos enseguida, y cuando me muera yo también lo notarán, dijo,

subrayando la broma con resignación. De todos modos, dijo la señora, ¿no sería más co-

rrecto que llamásemos a la policía? A la mujer le bastó con mi anuencia y algunas buenas

palabras para decidir que yo era un hombre fiable. Suele ocurrir con las mujeres mayores.

Tienden a fiarse de mí.

Alfredo debió de comprar ese piso hace más de treinta años, unos sesenta metros

cuadrados, el salón comedor, dos habitaciones, cocina y baño, todo muy agrupado con un

pequeño pasillo, más ancho de lo normal, que hacía las veces de recibidor. Los muebles

eran viejos, de mala calidad, pero se conservaban en buen estado. El armario colonial en el

comedor, con un televisor y un mueble-bar abatible y estantes con puertas de cristal bisela-

do donde se guardan los juegos de café. El tresillo de eskay marrón cubierto por una manta

de estrellas, las sillas torneadas, la mesa camilla junto al balcón, la mesa grande de comer

entre el sofá y la tele. La habitación con cama de matrimonio y un armario de tres cuerpos,

y un comodín con un espejo picado donde reposan algunos retratos. Alfredo en la mili, en
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posición de descanso, sosteniendo el mosquetón y con la gorra un poco ladeada. Alfredo

detrás de Antonio Bienvenida en el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Las Ventas,

en una foto de Antonio Bienvenida con otra persona que no es Alfredo. Alfredo, con sonri-

sa descompuesta, recibiendo un premio de caza. Alfredo vestido de cazador. Alfredo en

otra foto de Las Ventas, al lado de una mujer con aspecto extranjero, con sombrero blanco

y unas gafas como las de Matías Prats. En el baño, salvo los productos que usamos todos

los modelos, estaba el infame botellón de Varón Dandy for men con que Alfredo ha perfu-

mado el vestuario durante los últimos cuarenta años. La cocina la había dejado recogida,

con una sartén y un plato dejados a escurrir junto a la pila del fregadero. La otra habitación

tenía una cama de cuerpo y medio, vestida y cubierta con una colcha de cuadros, una mesa

pequeña junto a la ventana con un par de libros, uno de caza y pesca y otro el Diccionario

de insultos de Pancracio Cerdán. Esta habitación también tenía un armario de luna que no

abrí, y me hubiese gustado porque yo esperaba encontrar dentro (la verdad es que esperaba

encontrarlas por toda la casa) las reliquias del modelo, las fotos de sus estatuas, las de su

cuerpo cada año, igual que tengo yo en un álbum y también Rosita y en general todos los

compañeros. A fin de cuentas, yo también las tengo guardadas en un armario. Miré sobre

las mesitas de noche, por si había dejado alguna nota, pero sólo había, arriba, una foto de

un niño en blanco y negro metida debajo del cristal, un niño que mira como asustado enci-

ma de un triciclo, yo diría que allá por los años cincuenta, junto a la lamparita y un desper-

tador de cuerda y un cenicero de zinzano. Junto al armario de luna había un armero de re-

glamento pero estaba cerrado. Volví al escritorio diminuto, debajo de la ventana, y cuando

pasé las hojas de los dos libros de caza y pesca con el dedo gordo, sólo por si había papeles

dentro, levanté la vista y vi la estatua de un obispo fundido en hierro presidir los jardinci-

llos de la calle de atrás, una estatua bendicente sobre una peana de piedra que hay dentro de
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un jardín minúsculo rodeado de setos que, salvo por el lado donde se entra, sobrepasan a la

escultura, de modo que sólo desde la perspectiva que se ve desde la ventana de Alfredo

puede verse de frente y completo al obispo Guridi, 1881-1936, caído por Dios y por Espa-

ña.

En el piso no había nada. El vacío lo había penetrado como si llevase muchos años

sin habitar, a pesar de que aún quedaban unos restos de queso florecido en el frigorífico. Lo

único reciente es que no había en toda la casa una mota de polvo. La señora Engracia le

pasaba un trapo desde hacía años, pero siempre lo pasaba cuando no estaba él, de modo que

tampoco por eso lo había echado en falta. Al marcharme le dejé a la señora Engracia una

tarjeta con mi número de teléfono, por si Alfredo aparecía. Salí de allí como con frío, como

se sale de una iglesia vacía, de un panteón familiar. Me acerqué a ver la fecha en la que se

erigió al mártir de hierro del parquecito pero no me terminó de sacar de dudas. No sabía si

Alfredo se compró el piso antes o después de 1965. Pudo ser antes o después, porque el

vaciado llevaba un sospechoso V.B. grabado en la peana.

Recuerdo que era sábado porque no pude esperar al lunes, preocupado como estaba,

para compartir el problema con Rosita. La llamé para que fuésemos a tomar unas gambas a

La Paloma y le conté lo sucedido. Rosita dijo que si ella hubiese sido yo no habría entrado,

porque con lo que Alfredo era, si se enteraba, que se iba a enterar, porque le había metido

en casa a todas las vecinas y se tenía que enterar, era capaz de denunciarme por allanamien-

to de morada. Rosita no se daba cuenta de la situación. Se habrá ido, dijo. Estará en la pla-

ya. Alfredo es así de burro, igual le dolían los riñones y se ha ido a un balneario sin pedir la

baja.

Pero yo no me quedé tranquilo. Y era raro porque Alfredo me importaba poco. Era

más bien la sensación de ser el único que sabe algo, de acostarse casi seguro de que alguien
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está a punto de cometer una barbaridad. Pero yo no tengo dotes de detective, ni tampoco

hubiese sabido por dónde empezar, al menos de una manera discreta. Sólo se me ocurría

poner un anuncio en la radio, Alfredo escuchaba mucho Radio Nacional, la cadena de Todo

Noticias, un aviso de socorro, se ruega a don Alfredo Bayo, que viaja en estos momentos

por las carreteras de Burgos, se ponga en contacto con el número tal por asunto familiar

grave. O bien, más propio, un aviso de búsqueda, ha desaparecido de su domicilio don Al-

fredo Bayo, de unos 65 años, alto, con dificultades para caminar, viste un traje color verde

manzana y un abrigo gris. Y tiene perturbadas sus facultades mentales, añadió Rosita, que

se tomaba el asunto a cachondeo. ¿Cómo buscas a alguien que se ha pasado la vida dicien-

do que un día iba a hacer una barbaridad?, decía yo. Cuando alguien sale de su casa con una

escopeta de cazar conejos y no está en sus cabales no llamas a un detective sino a la policía,

decía ella.

Nos divertimos mucho bebiendo cañas e imaginando quién pudo ocupar alguna vez,

aparte de él, su cama de matrimonio. Y también la otra, la de cuerpo y medio. Rosita lo

conocía de antes que yo, de cuando ella entró en la escuela, en el año 68, con diecisiete

años recién cumplidos, pero entonces Alfredo vivía ya en Tetuán, y nunca nadie de la es-

cuela llegó, que ella supiese, a ir a su casa, salvo quizá, teniendo en cuenta que se llevaban

como un amo y su perro, el viejo Barrachina. Si había tenido mujer, si había tenido un hijo,

si había vivido con su madre, si no había vivido con nadie o todos se habían muerto, no era

más que la impresión que a mí me habían dado los muebles, pero nada de lo que Rosita

hubiese podido nunca sospechar. Créeme, Güino, Alfredo ha sido toda su vida un insocia-

ble.

A la mañana siguiente nos olvidamos del asunto, lo dejamos envuelto en los vapores

de una conversación que había ido demasiado lejos, que había estado bien pero sobre la que
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no merecía la pena insistir. Y así estuvimos varios días, recuperándonos de la borrachera,

los serratos destrozados por el humo de los bares y frío que me había dado en los riñones de

dormir desnudo. Pero tampoco hicimos nada por averiguar dónde coño se había metido

Alfredo. Fue él quien un par de semanas después me llamó por teléfono a mi casa para pre-

guntarme, en un tono muy dócil, si por favor podía ir a buscarlo al cuartel de la guardia

civil de Astorga, provincia de León, y que por favor fuese a su casa, le pidiese la llave a la

vecina de enfrente, la señora Engracia, y que cogiese del cajón de abajo de la mesita de la

derecha del dormitorio de la cama de matrimonio la cartilla de la caja de ahorros, y que se

la llevase cuanto antes para pagar la fianza y volver a Madrid. Le pregunté qué le había

pasado, pero él me dijo que no podía decirme nada más, que por favor que fuese. A Rosita

esta vez la idea de ir a su casa le pareció muy bien.


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III

El tiempo primero se puso bien y luego mal, es lo que se llama los araboques de

marzo. Un día estás tomando el sol en la terraza en camiseta de manga corta y al día si-

guiente te tienes que volver a poner el abrigo. Cuando fui a casa de Alfredo hacía una tem-

peratura estupenda, daba gusto ir paseando por Rosales aquel sábado con todas las señoras

que estrenaban sus conjuntos de entretiempo, y al día siguiente también en las terrazas de

La Latina, brindando al sol Rosita y yo con nuestras cañas. Pero el lunes de repente se giró

frío y la ciudad amaneció más gris que de costumbre y mucho más desapacible. Cuando salí

de casa para ir a la escuela eché de menos los guantes. De la sierra venía un airazo que te

cortaba la cara, las flores recién salidas se deshojaban, parecía un otoño infantil. Y en la

radio avisaban de temporales de nieve en la mitad norte de la península, por encima de los

ochocientos metros. Mal momento para ir a rescatar a nadie, pensé yo entre mí, cuando

fuimos Rosa y yo de nuevo al piso de Alfredo a recoger la cartilla de ahorro. Rosamari, le

dije, de vez en cuando le digo Rosamari, nadie se lo dice pero a mí ella me lo admite, es
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como si nos diese más cofianza, como si al decirlo quedase patente que somos más amigos,

Rosamari, le dije, tú te tienes que venir conmigo. Pero ella empezó que si la nieta que no la

podía dejar con nadie que si Alfredo es un facha que si en León tiene que hacer un frío de la

muerte. Rosa esto lo hace porque reclama su derecho a que le den jabón, y más tratándose

de Alfredo.

El fin de semana no había tenido importancia, borrachos nos habíamos dicho mu-

chas cosas pero ninguna tenía trascendencia, como suele suceder, aunque Rosa no está tan

de acuerdo con eso. Puede parecer que todo lo hace por deporte y porque ella es así de mo-

derna pero luego se lo calla todo y se lo guarda, y si te descuidas, mucho tiempo después,

en una discusión sin importancia, te saca a relucir lo que aquella noche dijiste cuando está-

bamos los dos en la barra del Mono, a las seis de la mañana, una noche que había podido

librarse Rosa de la nieta y necesitaba salir a estirar las piernas y me llamaba para tomarse

unas copas conmigo, que soy muy buen conversador porque escucho a la gente y para ella

estoy siempre disponible. Me dijo que conste, Güino, que yo no voy a León por el mama-

rracho ese, eso que te quede claro. ¿Y entonces por qué vienes?, dije yo, haciéndome el

idiota. Pareces idiota, Güino, me dijo ella, y los dos estábamos de broma, pero era una de

esas bromas en las que ninguno sabe muy bien en qué consiste la broma, al menos no sabe

qué fragmento de broma le corresponde al otro tomar, sobre todo si después añade Rosa:

necesito descansar, Güino, estoy muy delicada de la espalda, mi nieta me tiene baldada, y

mi hija me va a sacar un día de estos de mis casillas, así por lo menos hacemos turismo y

nos pagamos un hotel, y descansamos.

Pero aquello había que hacerlo rápido. Alfredo estaba en una celda del cuartel de la

guardia civil de Astorga, no podíamos dilatar los preparativos. ¿Pero no dice siempre que

como con la benemérita no se está en ninguna parte?, decía Rosa.


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Decidimos salir al día siguiente, yo me ocupé de ir a la estación de trenes a sacar

dos billetes de ida y vuelta, y Rosa de explicar por qué la escuela se iba a quedar una sema-

na sin modelos. Tan sólo quedaba Bidón, aparte de los interinos, pero los modelos no pue-

den ser sustituidos así como así. Rosa lo tenía fácil porque convenció a Pilar Guijarro, que

le come en la mano, de que durante una semana posase su hija Lurdes en vez de ella, así se

iba entrenando para cuando le diesen la plaza fija. Yo procedí por el conducto reglamenta-

rio: llamé a Remedios a la clínica y le pedí que me firmase una baja. Tampoco era tan raro

que varios modelos enfermasen al mismo tiempo y todos juntos padeciesen el mismo ata-

que de astenia, como en el fondo era, y más con este clima tan incierto.

En el fondo es más fácil prescindir de nosotros que sustituirnos. A mí me tocaba es-

tar toda la semana con las explicaciones de Pilar sobre los oblicuos mayores, en mi caso

anegados por la grasa. Ella nunca me pidió que adelgazara, en su lugar hizo algo que a mí

me parecía un poco humillante pero bastante justo. Colocaba a mi lado una estatua de ala-

bastro de tamaño natural con el doríforo musculoso y explicaba las diferencias a los alum-

nos, el borde prominente del relieve que se interrumpe cuando las fibras musculares conti-

núan con las aponeuróticas del mozo griego era comparado con mis lorzas fofas, y eso a

Pilar le resultaba muy interesante y a mí muy incómodo, pero ella, por lo menos, podía se-

guir sola con la estatua si mi cuerpo no estaba.

Ese martes estuve muy ocupado. Ya que viajábamos al norte, pensé, después de sa-

car a Alfredo de la cárcel y facturarlo a Madrid Rosita y yo podíamos hacer alguna excur-

sión turística por la comarca de la Maragatería, que tiene una gran tradición esotérica. Así

que se me fue la tarde buscando mapas de la zona, prospectos de casas rurales, guías de

hoteles y restaurantes y libros de autores leoneses. Miré a ver lo lejos que estaba Astorga

del Bierzo, por si pudiésemos hacer distintos itinerarios. A mí llévame a un sitio donde se
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esté caliente y déjame de andadas, dijo Rosita. Si quieres un poco de turismo bien, pero ni

tú ni yo estamos para caminatas, y tú menos que yo, Güino, y tú menos que yo. Además,

sin coche no podemos viajar. Y no vas a ir con el tren de pueblo en pueblo, a estas alturas, a

todas horas con las bolsas... Yo ni me atreví a decirle que había imaginado un viaje con el

tren hullero, que lo quitaron porque ya no era rentable pero luego han aprovechado la vía

estrecha para hacer un circuito turístico que tiene que ser muy atractivo. Yo por si acaso

compré de todo, aun sabiendo que no nos moveríamos de Astorga. Con el temporal que

anuncian por la tele, Güino, cómo te vas a ir al monte, si está nevando por encima de los

ochocientos metros, si en Astorga tiene que hacer un frío espantoso...

De momento ella se trajo una maleta como si se fuese a la emigración. ¡Pero dónde

vas con eso, mujer!, le dije nada más verla bajar del taxi en la estación de Méndez Álvaro.

¿Es que tú no escuchas las noticias?, dijo ella. En León se están muriendo de frío. Esta ma-

ñana han dicho por la radio que había cuatro dedos de nieve y varios mendigos se han que-

dado tiesos. ¡Ya veremos a ver qué sitio me has buscado, de momento yo me traigo el es-

quijama de termodactil! Y recuerdo que dijo lo del esquijama y yo me vi metido en una

frecuencia de conversación distinta, en un tono doméstico que no tenía nada de fascinante.

Era un principio del asco que da la confianza, si no asco sí empalago, empleo de vulgarida-

des íntimas, léxico corporal, como esas personas para quienes la amistad y la confianza

significan hablar sin tapujos de un forúnculo que les ha salido. El esquijama era el forúncu-

lo gramatical, la mota en la nariz, el barnizado defectuoso, el registro vulgar de nuestra vida

en aquellas circunstancias. Rosita es una gran profesional y domina su cuerpo como le da la

gana, y su voz y sus modales. Ella también quiso ser actriz, y habría podido conseguirlo de

no ser porque tuvo a Lurdes demasiado pronto y decidió, con esa responsabilidad precoz

que la caracteriza, buscarse un futuro más sedentario. Pero siempre ha tenido una inclina-
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ción a la línea recta que le impide meterse en gastos imaginativos. Qué más le daba a ella

que alquilásemos un apartamento de turismo rural en un pueblecillo del Valle del Silencio,

y que saliésemos por las mañanas a pasear por el monte, y comprásemos una hogaza de pan

y un chorizo de ciervo en el refugio de cazadores que hay en el pueblo y lo echásemos al

morral para comérnoslo junto al río, en otro refugio para caminantes. Ella no. Ella tenía que

ir a un hotel con calefacción central y por eso había cogido también, por si salíamos a dar

un paseo por la ciudad o a visitar los monumentos, unas bragas de felpa y unos calcetines

gordos, y unas mallas de lana para llevar debajo de los pantalones. Y estábamos en el andén

enorme y blanco de Méndez Álvaro vestidos para viajar a lugares distintos, ella para recluir

su paz en un hotel con tostadas en el desayuno, yo para ser, como dice mi hija, peregrino en

la ermita de un santo que nadie conoce. Ella con las deportivas de plataforma y un plumífe-

ro gris que le llegaba hasta los pies. Yo con las botas de monte, los pantalones de pana y la

guerrera, y un gorro con orejas forradas de borreguillo, como el que llevaban los guerrille-

ros en Luna de lobos, una novela que le mandaron leer a mi hija en la escuela. Pero todo lo

salvaba esa excesiva confianza (y sus dotes de mando), y entre uno y otro nos estaba pa-

sando desapercibido que teníamos una desagradable misión que cumplir, un engorroso trá-

mite con la justicia, y que tendríamos que ver a Alfredo con cara de darle el pésame, y que

tendríamos que escucharle y animarle mordiéndonos los labios para no mandarlo a casa sin

contemplaciones, escuchar su triste historia y vivir nosotros la nuestra.

Rosa y yo no habíamos hablado nunca en un autobús. Es distinto tomar copas, em-

borracharse incluso, o sobre todo comentar en el trabajo nuestras incidencias cotidianas, un

resumen de nuestros problemas, que ir los dos en un autobús que atraviesa Castilla la Vieja

durante seis horas de traqueteo en un asiento estrecho donde no te caben las piernas. A Ro-

sa le gusta mucho hablar y es como si en vez de pensar hablase, un poco descoordinada, de


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todo lo que pasa por su cabeza. En eso se parece mucho a Remedios, mi ex mujer. Yo diría

que demasiado incluso. A lo mejor todas las mujeres que conozco se parecen demasiado, o

siempre me arrimo a las mismas, o mi presencia les hace ser así, mi silencio las incita a

combatir el suyo con pensamientos en voz alta. De adolescente tuve complejo de confesor,

de amigo íntimo que nunca se come una rosca. Pero en el caso de Rosita, al contrario que

Remedios, porque Rosita es más llana, más clara, no tan histérica, en el caso de Rosita el

estar juntos determina la conversación y el estar juntos mucho tiempo, aislados del mundo

en un coche de línea que se metía por los túneles como si viajásemos hacia un país muy

escabroso, determina que la conversación de Rosa recurra mucho a problemas menores,

porque los mayores se resumen enseguida o están ya muy hablados. Quiero decir que no

hablábamos de Alfredo porque ya habíamos hablado bastante todos esos días, y ahora los

comentarios eran suaves como los hilos de la luz, combados y monótonos, según los veía

meterse en la gran boca de Rosita cuando la miraba de perfil junto a la ventanilla. De vez

en cuando, por el vicio de volver a la realidad, Rosita decía algo así como: pues a Lurdes lo

más seguro que la van a renovar el contrato en El Corte Inglés, pero ahora resulta que tiene

que operarse de un quistecito que le quedó en un ovario después del parto de la niña, y a mí

aquello me sonaba un poco como lo del esquijama, como si Rosa se me acercase demasia-

do, como si la niña o el bultito en los ovarios o las bragas de felpa, con ser un acto de con-

fianza, me llegasen a irritar, me pareciesen demasiado chabacanas. Uno viaja para salir de

donde estaba, y Rosita la primera. Yo a Rosita la quiero mucho pero no soporto esta manía

suya de reducir el mundo a la constante reivindicación de clase. Sé que tiene razón, sé que

suya es la realidad, y suyo es el mundo, pero a mí me desconcierta, me desilusiona. Rosa es

estupenda pero a mí me cabrea, y porque cuando me descuido caigo yo también en ese to-

no, me gusta ese tono pero no me gusta que me guste, en cuanto me descuido Rosa y yo
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parecemos dos viejas de tertulia, y eso me da placer y me disgusta, escucho a Rosa y sólo

veo sus arrugas en el cuello. Hablábamos del bultito de Marilurdes y cruzábamos los túne-

les que nos llevaban al invierno.

Hubo un momento en que si no hubiese tenido la gran capacidad de contención que

tengo me habría puesto colorado. Cuando el autobús del Alsa paró a tomar un café y a esti-

rar las piernas en la localidad de Villardefrades, entramos en la cafetería y yo me pedí un

vaso de vino y unos torreznos y Rosita una ración de bacalao al pin pin. Era un abadejo

grasiento y reseco con una especie de ungüento blanquinoso, y a eso Rosa lo llamaba baca-

lao al pin pin. Al principio lo de pin pin me hizo gracia, al fin y al cabo una catetada más de

Rosa, que no ha salido nunca de Lavapiés, pero cuando se lo repitió al camarero, y el cama-

rero la miró con sus ojos de no dormir, su insistencia exagerada me hizo sentir un poco vio-

lento. Una cosa es una broma y otra es hacer la risa. Y había que cuidar los detalles. Si no

íbamos a comer chorizo de pueblo en las aldeas tampoco podíamos meternos en un restau-

rante caro y pedir bacalao al pin pin. Yo no le dije nada, era una tontería, corregirla hubiese

sido maleducado por mi parte, y demostrar lo que me fastidian esos fallos lingüísticos tan

delatores quizás hubiera ofendido a Rosa, como a cualquier persona, por muy amiga que

sea, que la llames cateta o te avergüences de ella. Rosa lo repetía muchas más veces de las

necesarias, y a todo volumen, una vez llamó al camarero con cara de no haber dormido, que

estaba casi al otro lado de la barra, bueno no tanto pero sí lo suficiente para que la oyesen

los pocos viajeros que habían bajado del autobús, y le dijo: perdona, perdona, ¿no tendréis

por aquí la receta del bacalao al pin pin?, y yo me sentí morir, pero pude contenerme. Yo

como si nada, muy entero en todo momento.

Cuando subimos al autobús cambió de tono, como si se hubiera terminado el recreo.

Volvíamos a los hilos combados de la luz y a los bultitos que la tenían un poco preocupada.
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Pese a que el tiempo hubiese cambiado tan de repente y en León hubiera caído una nevada

extraordinaria, por esas fechas, finales de marzo, principios de abril, los campos de Castilla

están en su mejor época del año. Las cebadas y los trigos crecen frescos, jugosos, tempra-

nos. Uno entiende el impresionismo cuando contempla esas lomas despeinadas por el vien-

to, ese desorden a ráfagas del trigo, pinceladas gruesas en tonos distintos de verde. El mito

del pintor en su retiro, que sale siempre a pintar el mismo cuadro, el mismo declinar parsi-

monioso de la tarde, los caminos con roderas, las piedras verdinosas, las colinas y las sie-

rras calvas, los verdes pradillos, los cerros cenicientos, las hierbas olorosas y las diminutas

margaritas blancas, la sotana de un cura que se sujeta el sombrero contra el viento, su hori-

zonte rectilíneo. Irse a un pueblo de Castilla la Vieja y caminar por el campo. Llevar en un

morral a Machado, no un tomo lujoso de sus obras completas sino las viejas ediciones esco-

lares, repletas de anotaciones en las que se nota cómo va cambiando la caligrafía. Pararse

de vez en cuando a echar un cigarro, a leer un poema. Sentarse en una piedra y abrir el libro

para que refleje el sol sobre las páginas. Como si fuera un mapa o un catálogo de geología,

ir buscando los pedregales desnudos, los pelados serrijones, las malezas, los jarales, las

águilas caudales.

Nunca me hablas de tu hija, me dijo Rosita, de buenas a primeras, yo ya pensando

qué tal una edición ilustrada de Machado para Violeta, o de algún poeta leonés, de Gamo-

neda por ejemplo, que acababa de sacar una antología, y era un poeta muy leonés. Yo esta-

ba lejos en las leguas del paisaje y Rosita me preguntó por mi hija, en cierto modo por

aquello en lo que estaba pensando. Quiero decir que si yo hubiese sabido si me importaba

más mi hija que ilustrar el libro, si la causa era más importante que el efecto, habría sabido

qué contestar, cómo decir que pensaba en Violeta. Pero así no se me ocurría decirle más

que mi hija Violeta no tiene ningún bultito en los ovarios. ¿La ves? ¿Te llevas bien con
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ella? ¿Ha superado bien la separación? ¿Ha empeorado en los estudios? ¿La notas más dis-

tante? ¿Te echa de menos en casa? Rosita, para interesarse por algo, para ofrecer su amistad

y su confianza, no se deja nunca nada sin preguntar. Es como aquellas personas que te en-

cuentas -por regla general en un tren o en un coche de línea- y a los cinco minutos de con-

versación, con esos ojos tan abiertos, como los enfermos de tiroides, te preguntan si tu tam-

bién te has divorciado, y tratan de disimular con una sonrisa cómplice y escarmentada, lejos

ya del intenso dolor del principio, lista para dar consejos. Hay gente que comercia con la

intimidad no porque le interesen sus problemas sino porque quiere ser justo y pagar por

adelantado el precio de la confianza, y merecerse una confianza similar. Y todo esto lo

hacen con muy buena intención.

No fui muy explícito con respecto a Violeta, nunca lo he sido. Me llevo bien con

ella. Pasamos juntos un fin de semana de cada dos y la mitad de las vacaciones. Va muy

bien en los estudios. Tiene la vida resuelta porque su madre gana una pasta, mi pensión

entera se la guarda en una cartilla, mi pensión es mi fianza que pago a plazos, pero gracias a

Dios Violeta no la necesita. Tampoco echa de menos el barrio. Le gusta vivir en Mirasierra.

Hay mucho espacio libre, allí tienen de todo. Ha salido una chica muy responsable y se

interesa mucho por la cultura. Desde pequeña toca el oboe, lo toca muy bien, si le dedicase

más tiempo podría pensar una orquesta de cámara para cuando termine los estudios, prime-

ro tiene que terminar una carrera y después que ella decida. Su madre, no obstante, ni si-

quiera contempla el hecho de que alguien pueda seguir estudiando música y ser el día de

mañana una concertista de oboe, o como poco funcionaria de alguna banda municipal, qué

trabajo tan hermoso. Lo más probable es que estudie medicina y luego se especialice en

psiquiatría, de momento dice que le gusta, o lo dijo una vez y su madre le ha tomado la

palabra, no sé. Pero nos vemos, nos vemos y hablamos. Vamos al cine, a Violeta le gusta
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venir conmigo a las películas en sesión original del Alphaville y de los Renoir, le gusta

hacer cola conmigo para sacar entradas en el cine Doré, hacemos una pareja rara, ella es

también muy grande, como yo, pelirroja como su madre, lleva la melena muy larga, yo creo

que cuando viene conmigo se viste más moderna, porque a diario va más discreta, Violeta

siempre ha tenido un pelín de complejo de grandullona, en los corros con las amigas era

siempre la que se ponía detrás, pero ahora está muy guapa, tiene los ojos azules como yo y

el pelo rojo como el de su madre, y ya se le va quitando esa postura un poco caballuna que

tenía siempre al andar, porque encogía los hombros de tanto agacharse a escuchar a las

amigas, igual ahora en Mirasierra tiene amigas más altas, no sé. Yo hubiese querido que

siguiera estudiando el oboe, quería tener una hija música porque los músicos siempre han

tenido padres muy interesantes.

Más o menos le dije esto, en medio de las preguntas muy concretas de Rosita, y

Rosita se empeñó en que ella me veía un poco triste. Cruzamos los primeros túneles que

separan la meseta de las escarpaduras, el cambio drástico del paisaje donde los suaves ote-

ros se convierten en peñascos geométricos, al entrar en la provincia de León.

Astorga estaba helada. La nevada se había petrificado durante la noche con los vien-

tos duros del invierno. La gente caminaba sobre el hielo, las ruedas de los coches y los tu-

bos de escape derretían las calzadas y se deslizaban sobre barro gris, sus humos eran más

densos y también la bruma oscura y congelada que velaba las calles, el cielo apagado. Caía

una lluvia muy fina de gotas escarchadas como púas y todo estaba manchado. Cuando ba-

jamos del autobús nos refugiamos en un taxi que nos llevó unos cincuenta metros hasta la

puerta del hotel.

A los modelos el frío nos sienta como un tiro. No era ninguna tontada la pregunta

aquella de la estufa que nos hicieron para ingresar en el cuerpo. Una mañana de frío posan-
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do desnudo puede ser una tortura. En tiempos de Barrachina, cuando se iba la luz o faltaba

el carbón, Barrachina nos repartía unos botes de grasa de hígado de bacalao al pin pin para

que nos lo refregásemos bien refregado por todo el cuerpo. Abrillantaba mucho el cuero y

evitaba la piel de gallina, pero tenía un olor espantoso. Después de Barrachina, si algún día

el termostato de la calefacción ha bajado más de un grado, nos hemos negado a trabajar

hasta que alguien arreglase la estufa, lo cual condujo a veces a situaciones cómicas porque

en época de muchas bajas uno tenía que dejar de ser modelo para ser bedel, arreglar la estu-

fa, llenar la caldera de carbón, mandar recado al deshollinador, y luego volver a desnudarse

y seguir siendo un modelo. Alfredo aguantó siempre el frío con una entereza formidable.

Desde que era pequeño, el frío insensibilizó sus terminales nerviosas pero fue cuarteando

sus huesos, helando las telillas de sus músculos, contrayéndolos en reposo y rompiéndolos

cada vez que recuperaba su postura perfecta. El hielo no es maleable y quizá por eso mismo

Alfredo nunca se quejó. De pequeño lo había pasado mucho peor. De pequeño, cuando la

guerra, lo evacuaron del orfanato y en el camino algunos niños se perdieron en la nieve, esa

historia Alfredo la contaba mucho.

Rosita estaba como asustada. Le presté el gorro con orejeras forradas de borreguillo.

En el leve trayecto del autobús al taxi casi se me hiela el cráneo, luego me miré al espejo y

se me habían hinchado las venas moradas de los occipitales como cañerías a punto de re-

ventar. El hotel era más bien pensión, muy limpia y muy antigua, a dos pasos de la plaza

mayor. En Astorga Virtual había encontrado información sobre un hostal-residencia de una

estrella que se llamaba La Casa Sacerdotal, y todas las habitaciones tenían un baño comple-

to.

Rosa, desde su habitación, tenía una pequeña perspectiva del reloj de la Casa Con-

sistorial, dos figuras polícromas maragatas que giran como en los relojes de cuco centroeu-
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ropeos para tocar una campana que marca las horas a la población. Yo veía un patio de lu-

ces con sotanas colgadas de los tendederos, y por lo demás el cuarto era muy sobrio. Una

cama de tamaño regular con las sábanas muy limpias, un poco tiesas. Una mesita de noche

con un quinqué. Una silla de anea, un armario empotrado, una balda de obra. La de Rosita

tenía más luz. Cuando reservé las habitaciones, eran esas dos las que quedaban, una simple

y otra de matrimonio, así que reservé las dos y cedí a Rosa la más grande. Quise tener un

detalle con ella.

Lo primero que hicimos fue comer algo y después acercarnos a la comisaría donde

Alfredo estaba encerrado. Pero ya era tarde, todo empezó a complicarse. En la comisaría

dijimos que queríamos ver a un detenido, don Alfredo Bayo, y el funcionario se fue a bus-

car al inspector de guardia, y el inspector de guardia nos preguntó si alguno de nosotros

éramos el abogado de oficio, yo estuve por decirle que sí. El horario de visitas era por la

mañana, y en cualquier caso, dada su situación de prisión preventiva, sólo se admitía una

visita diaria, que en ese caso, según ponía en el libro de registros, había hecho ya su aboga-

do de oficio. Dijimos que veníamos a traerle la cartilla para que Alfredo pudiera pagar la

fianza. Pero el inspector, un tipo también con cara de no haber dormido, dijo que allí no

constaba que el juez le hubiera puesto ninguna fianza. Hubo que insistirle mucho para que

por lo menos nos dijera el nombre del abogado de oficio, José María Sutil, y su número de

teléfono.

Podíamos haber esperado a mañana, dijo Rosa, un tanto decepcionada. Yo estaba de

acuerdo, pero había que hacer todo lo que estuviera en nuestra mano, que no estaba nada, y

marcharnos cuanto antes a comer unos calamares a la romana de los que me habían hablado

muy bien. El tal José María Sutil no estaba en su casa. ¿Es algún cliente?, me dijo la voz de

su anciana madre. Yo le dije que sí, y ella me dijo que a esas horas estaría en el casino.
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Astorga es famosa por su cárcel, su palacio arzobispal, su catedral, la casa abando-

nada de un poeta y el casino recreativo, entre otros rincones de interés turístico. Entré en las

páginas de El faro astorgano, El pensamiento astorgano y otros periódicos locales donde

los eruditos aficionados publican todo tipo de artículos sobre curiosidades históricas, re-

cuerdos de los felices años cuarenta y disquisiciones arqueológicas sobre la ergástula, que

no está nada claro que fuese una ergástula. En la página de Astorga Virtual hay un fantásti-

co almacén de escritos decimonónicos que sólo son asequibles gracias a la alta tecnología.

Me aficioné incluso a buscar los de un tal Martín Martínez, que debe de ser algo así como

el cronista local, cuyos artículos sobre las distintas calles y plazas de la ciudad, de una sin-

taxis un poco reseca, son intercambiables con los de hace cien años. Las ciudades de pro-

vincias tienen este atractivo virtual para el turista, y yo cierto magnetismo hacia los eruditos

de aldea.

José María Sutil estaba sentado al calor de una mesa de mármol, charlando con sus

contertulios. Era uno de estos salones de madera rechinante con recios balcones a la facha-

da de piedra y grupos de hombres que fuman puros y chafardean. El botones, un señor ma-

yor con aires de mayordomo, se acercó a la mesa donde se sentaba Sutil. Era un tipo toda-

vía joven, de menos de treinta años, bien vestido, a la moda pija de provincias, con burbe-

rrys y zapatos castellanos, y lo más probable un loden verde en el perchero que había junto

al billar. Iba muy repeinado y llevaba gafas montadas al aire, el aspecto neutro y bien afei-

tado de los profesionales libres, aunque sean de oficio. El abogado escuchó al botones con-

gelando una sonrisa, sin mirarlo a la cara. Luego nos miró a nosotros, que estábamos en la

puerta con nuestros abrigos, y comentó algo con sus compañeros de reunión. Joder qué am-

biente, susurró Rosita, que no está acostumbrada a este tipo de rancios salones.
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José María Sutil tenía todo el aspecto de hijo de buena familia que ha sacado a

trompicones la carrera de derecho y después de muchos años todavía ocupa el negociado de

enchufes y recomendaciones. ¿Ustedes son los familiares de Alfredo?, dijo, con eso que se

llama un vivo interés. Rosita tenía hambre y a mí me molestaba el aire a cerrado, el aroma

ergástulo de todos los sitios adonde iba. Alfredo nos avisó de que tenía que pagar una fian-

za para quedar en libertad, dije yo. Sí, eso pensábamos, dijo él, pero no es tan fácil. El juez,

ese que hay allí en la mesa del fondo, el de la barba, se ha echado atrás. Luego bajó la voz y

dijo, como en un aparte cómico: parece ser que de Madrid le han dicho que no decrete la

libertad condicional. Rosita se puso enseguida nerviosa con las maneras del señor Sutil.

¿Pero se puede saber qué ha hecho?, intervino Rosa. ¿Es usted su hija?, dijo el abogado.

Como si soy su madre, rompió Rosita. José María Sutil no me pareció mala persona. Era

torpe, desconocía su oficio y le interesaban más los chismes que los clientes. Rosita lo aco-

jonó en seguida, pero no me pareció mala persona. Ahora no podemos hacer nada, dijo.

Habrá que esperar a que el asunto se aclare. El joven astorgano debió de sentirse un tanto

incómodo porque nos invitó a que hablásemos en algún sitio más normal. Mientras salía-

mos del claustro municipal nos informó: lo detuvieron cuando salía del Museo de los Ca-

minos con un saco donde había metido algunas obras de arte, dijo. Parece que nada impor-

tante. Al conserje del museo le dio tiempo de avisar a la policía, y él mismo hubiese podido

recuperar el botín, desde luego, porque su amigo apenas podía con el saco.

Nos metimos en el bar de los célebres calamares a la romana, el bar Correos, creo

recordar que se llamaba. A Sutil se le notaba con dominio y confianza. Todo el mundo lo

saludaba y él repartía sonrisas congeladas, satisfecho de llevar entre manos un asunto tan

serio y de ir al bar Correos con forasteros. El Museo de los Caminos es en realidad el pala-

cio arzobispal, obra de Antoni Gaudí, cuya beatificación se había puesto en marcha por
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aquellas fechas. Parece un juguete plantado en mitad del frío, la reproducción de la copia

infantil de un edificio en mortuorio granito blanco. Antes de ir a por los calamares dobla-

mos un par de esquinas y José María Sutil nos lo enseñó, la silueta del castillo con sus al-

menas catenarias como bocas de dibujos animados. En la planta de arriba, dijo, suele haber

una antología de artistas modernos astorganos, que ahora estaba ocupada por la exposición

itinerante de Julio Palomares.

Alfredo, según había declarado el heroico conserje que contribuyó a su detención,

llevaba unos días en Astorga. Visitaba a diario las salas del museo, las lápidas romanas, los

lacrimarios, las monedas, las fíbulas y las lucernas, los documentos, las fotografías y las

calabazas de peregrinos de distintos siglos, más una muestra muy importante de vírgenes

sedentes. El conserje declaró que el presunto ladrón había demostrado tener un conocimien-

to bastante profundo de los fondos del museo, y en más de una ocasión había pegado la

hebra con él sobre cuestiones eruditas. ¿Cómo voy a pensar que se trataba de un ladrón?,

declaró el conserje a El faro astorgano, un tanto abrumado, porque casi se habían hecho

amigos y habían hablado de sus aficiones predilectas, la caza y la pesca, aparte de la cría de

podencos. Según dijo Sutil, al conserje no le llegaba la camisa al cuerpo por si alguien lo

acusaba de cooperación con el robo, que a fin de cuentas tampoco había sido tanto: unos

cuantos trozos de escayola que estaban metidos en una alacena vieja. La alacena que tengo

en casa de mi madre vale más dinero, y los trozos de escayola se pueden comprar en cual-

quier tienda de trabajos manuales, declaró el conserje, muy nervioso, en presencia del juez.

La exposición itinerante Cuerpo Español Contemporáneo, del artista Julio Paloma-

res, había recalado en el Museo de los Caminos. A Palomares le había dado por ir añadien-

do una obra en cada lugar donde parase su exposición y por que esa obra estuviese conce-

bida en especial para el museo que la fuera a colgar. En el caso del castillo de Gaudí, se
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había inspirado en el estudio donde trabajaba el arquitecto cuando se recluyó en la cripta de

la Sagrada Familia. Gaudí solía encargar muchos vaciados del natural para estudiar el cuer-

po humano. El techo entero del estudio estaba lleno de niños muertos vaciados en escayola

poco después de morir, de modelos adultos vivos y crucificados y rodeados de espejos, de

esqueletos sedentes colgados del techo con hilos de titiritero, de flores petrificadas y frutos

hinchados, de cadáveres de jóvenes con sus miembros en la tensión desesperada de quien

murió atrapado por el fuego, o enterrado vivo. Incluso había vaciados de gallinas y patos y

conejos y terneros que Gaudí anestesiaba y mientras estaban dormidos, sin hacerles daño,

les sacaba un molde.

Según decía el programa del museo (en mí ya es instintivo leer los programas, a ve-

ces me interesan más que las exposiciones), el estudio de Gaudí tenía un doble significado

para Palomares: por un lado, era como un purgatorio para desheredados, era el Hades, la

cripta, la purga mística de atender heridos en el infierno; pero, por otro lado, con esa mate-

ria humilde, con esos escombros de podredumbre, se había dedicado a construir una belleza

optimista y soleada, reivindicadora de la vida, para siempre juvenil. La interpretación que

Palomares hacía de todo esto se resumía en la obra Adolescencia, Alfredo cuando era joven

cortado en rodajas, metido en un armario transparente, desordenado.

No me explico por qué el juez ha revocado la orden de libertad condicional, dijo Su-

til. De momento, todos los plumillas del casino están enzarzados con que si en el palacio se

deben meter o no esas obras de arte. ¡Hasta hay una mesa vieja llena de estiércol!. Rosita se

acabó los calamares y dijo que tenía mucho frío y que se marchaba a la pensión. Yo traté de

disuadirla. El joven abogado, muy obsequioso en todo momento, se me ofreció para darme

un paseo por la ciudad. Yo, por decir algo, cuando ya me había cansado de hablar de Alfre-

do, le pregunté por Leopoldo Panero, el poeta oficial astorgano de los años cuarenta, y no
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hubo ya modo de quitármelo de encima, al menos hasta que visitásemos la casa. Rosita dijo

que no estaba para poesías, que ella se marchaba a la pensión, y que si no me importaba que

se llevaba el gorro.

El obsequioso abogado de oficio me llevó a que viésemos por fuera la estancia va-

cía, el caserón abandonado donde Leopoldo Panero compuso sus elegías a las horas muer-

tas, antes de pasarse por el casino, alto, de ancha cabeza y ancha y pausada voz, que descu-

bría, en sus crónicas de Humo, lo que luego había de ser la más arraigada y trascendente

poesía de nuestro idioma, leo en un largo artículo de Luis Alonso Luengo, cronista oficial

de Astorga. Yo tenía cierta curiosidad por ver esa mansión destartalada, el jardín tupido de

hierbajos donde se paseó una de las familias más sinceras de la posguerra. El padre arriba,

en el ático impenetrable, diseñando en silencio sus asépticas plegarias, mientras abajo,

muerta de asco, una mujer lo detestaba y tres hijos se dedicaban a la épica de la autodes-

trucción y el espectáculo. El padre afinaba las cuerdas frías de un soneto, el vaho de la nie-

ve se enfría lo mismo que un recuerdo y Dios azota su corazón mientras abajo los hijos

gritan y los meten en la cárcel o en el manicomio. Aquí de los hijos y de la viuda casi no se

habla, me dijo el abogado. Estaban borrados de la memoria provincial como borraba el pa-

dre distante los aullidos precoces de sus criaturas, el odio sin sonrisas de su esposa. Aquí no

se les quiere, dijo Sutil. Y ese odio había dado sus efectos, a juzgar por el silencio que cu-

bría los escándalos familiares en las páginas de Astorga Virtual. Me llevé al viaje, entre

otros autores leoneses, un libro del padre y dos de sus hijos, los libros de poemas no hacen

mucho bulto para viajar.

Sutil, ya digo, no me pareció un mal tipo. Se le veían ganas de agradar al visitante,

en la tradición acogedora castellana de los prospectos turísticos, y con respecto a Alfredo


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tampoco se le veían malas inclinaciones. Sutil, en su modestia, también era un poco artista.

Aquí todo cristo es un poco artista.

La casa de Panero estaba en un terreno usurpado a la muralla venerable, un pinto-

resco mirador por donde entraba un frío mitológico. El frío viene de ahí, del Teleno, dijo

Sutil, lleno de orgullo ante la imagen del infinito azul oscuro. El Teleno es un monte muy

famoso. Estábamos debajo de una farola mirando las ruinas de la casa vacía y al abogado se

le empezaron a ver las facciones, la gente cuando coge confianza muestra sus líneas con

más claridad. El loden, el casino, la gomina, el uniforme de joven abogado conservador de

provincias, todo era falso. Sutil tenía los pómulos rellenos y colorados, el cuello demasiado

ancho, los dientes demasiado pequeños, y desde que habíamos empezado a hablar de poesía

maldita no se le había ido la sonrisa de los labios. Pero yo tampoco le había dado facilida-

des. Confiaba en mí por instinto poético. A fin de cuentas, yo podía muy bien ser el com-

pinche de un ladrón de obras de arte, un enviado de la mafia rusa que sacaría en cualquier

momento un fajo de billetes del bolsillo, un revólver, una foto comprometedora, para meter

al pobre Sutil en un lío sin precedentes en la ciudad. Y sin embargo Sutil confiaba en mí. Se

le notaba ese exceso de vueltas de quienes están eufóricos y poco a poco van perdiendo los

papeles en sus ganas de agradar. Por alguna razón, más poética que criminal, me consideró

alguien importante. No me sorprendió porque eso le pasa a casi todo el mundo.

Aunque parezca mentira, si quieres ganarte la vida como picapleitos tienes que

guardar las formas, dijo Sutil con tono sombrío, como actuando unos instantes entre sonrisa

y sonrisa. Su verdadera pasión, la única razón por la que no se había quedado en Madrid

cuando acabó los estudios, era la ciudad. Astorga era un círculo recreativo donde se podía

medrar. Nos metimos en un bar a refugiarnos de la helada y no pude evitar que me contase

su vida. Tenía una novia muy bien situada, de la familia de los Tagarro, una chica que había
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pasado varios años estudiando en Inglaterra y luego en Albacete, donde se ganaba la vida.

Él había estado esperándola, y durante las épocas de crisis volcó su soledad en la historia de

Astorga. Había publicado un artículo en El pensamiento astorgano sobre la polémica de la

ergástula, un recinto romano que no tiene puertas y por eso se creyó que fue cárcel desde

sus orígenes. Pero no era cárcel sino silo, almacén de grano, ya que Astorga era un enclave

de aprovisionamiento de arrieros y la voz maragato, en realidad, significaba eso, arriero,

que desde algún sitio tiene que arrear, y eso él se había tomado la molestia de investigarlo y

demostrarlo. La novia debía estar follando con extranjeros de distintas etnias pero él hacía

versos en el reverso del papel de oficio sobre la vaciedad de la casa de los Panero, y el que

alguien hubiese intentado robar una obra de arte, y a él le hubiese tocado defenderlo, era un

acontecimiento tan inusual que merecía estar en las crónicas de Astorga. Al cabo de unas

cañas, ya perdida la compostura, subiéndose las gafas todo el rato y con los labios húmedos

y oscuros, confesó con media sonrisa lo que le apetecía salir en las páginas de El faro as-

torgano, comentando las fantásticas explicaciones que, según le había llegado, había esgri-

mido el juez, porque el juez, en un auto incomprensible, había decretado el secreto del su-

mario y Alfredo se negaba a decirle una sola palabra.

Mañana volveré a hablar con el juez, dijo. Algo tendrá que decir. No se puede dictar

una libertad bajo fianza y a lo cinco minutos anularla, lo digan de Madrid o de donde les dé

la gana, dijo, con la euforia del vino. No, déjalo, Sutil, mañana tenemos que estar bien des-

piertos, sobre todo tú, le dije, ya un poco molesto, a ver si se largaba. Pero cuando me vio

en actitud de retirada no tuvo más remedio que ir al grano. Me miró muy serio y me dijo:

no sé nada de Alfredo más allá de lo que le haya podido decir él al juez, que según me ha

llegado tampoco puedo saber si es verdad o mentira, y en cualquier caso no lo puedo utili-

zar. Dígame, ¿por qué ha hecho eso?


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Yo lo vi venir. Me caía bien, pero no tanto como para confiar en él. De pronto me

dio la impresión de que la casa de los Panero y su vida entera y su novia folladora eran una

solución de jabón para saber a qué atenerse con Alfredo. Pero yo no le dije más de lo que le

pudiese decir él. Nadie me creyó. Ni siquiera Alfredo, pero yo no dije nada.

Me fui directo a la pensión. Al día siguiente casi no podía moverme, como si se me

hubiesen congelado las articulaciones. La calefacción había estado encendida sólo hasta

poco más de las doce, conforme iban pasando la noche y los sueños lúgubres me despertaba

para ponerme alguna otra prenda de abrigo.

No vi a Rosa hasta la hora del desayuno, yo estaba tratando de entrar en calor en el

refectorio sacerdotal, entre curas viejos y seminaristas jóvenes, y Rosa entró por la puerta

de la calle con mi gorro y el plumífero hasta el suelo. No había dormido en la pensión. Si

llego a quedarme aquí me quedo tiesa. Se había ido al hotel Gaudí, un dineral, pero por lo

menos había termostato en las habitaciones y no apagaban la calefacción. Yo me levanté

algo triste, se conoce que por el frío, pero Rosa estaba encantada. Mira Güino qué sol nos

ha salido esta mañana. Las costras de hielo se habían empezado a derretir y de los tejados

goteaban los chuzos de punta. ¿No querías que nos fuésemos al Bierzo? Sí, le dije, pero

habrá que ver si sacamos antes a ese inútil de la cárcel. Hacemos lo que tú quieras, dijo, y

me devolvió el gorro. ¿Se puede saber por qué no me avisaste de que te cambiabas de

hotel?, le dije yo. Ay, Güino, me dijo ella, en un suspiro sonreído, y cambió de conversa-

ción.

A mí no me importa que cada cual haga lo que le dé la gana, pero cuando se va con

alguien a un sitio por lo menos hay que guardar un mínimo de consideración. Si estamos,

estamos. Yo también me había sentido a punto de quedarme como un témpano, y si había

seguido en aquella nevera sacerdotal había sido por esperarla a ella. Yo también me habría
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cambiado de hotel. A ella por supuesto no le dije nada. Hice como que comprendía su son-

risa suspirada y que no me interesaba nada en qué hotel había dormido. Empecé a comen-

tarle un poco por encima de qué había tratado mi conversación con el abogado, sólo lo rela-

tivo a Alfredo, y ella no se reprimió. Quién lo iba a decir, chico, me dijo interrumpiendo mi

exposición de los hechos. Te vas un martes de invierno a una ciudad perdida, dijo, con un

frío que te mueres, y zas, ligas con un tío de lo más interesante. Como me lo quería contar,

y no hubiese habido manera de impedirlo, le pedí que, si quería, me lo contase.

Resulta que esa noche, cuando nos dejó al abogado y a mí en proceso de congela-

ción junto a la casa de los Panero, entró en la pensión y no llegó a quitarse el abrigo ni a

quitarse más que un guante, el único que necesitó quitarse para saber que ella no iba a dor-

mir allí. Parecía la cama de un velatorio, con el cristo arriba, y el frío era insoportable. ¿Ves

tú, Güino, las cosas que tienen que suceder para que una eche un polvo en condiciones? En

Madrid, ahora, con la hija, con la nieta y con toda la pesca, ni siquiera se lo planteaba. En

realidad había dejado de planteárselo a medida que no planteárselo era la mejor manera de

soportarlo. ¿Pero tú sabes, Güino, cuánto hacía que no estaba unos días sola, que no viaja-

ba, que no me dedicaba un poco de tiempo para mí? Las edades conflictivas no son aquellas

en las que dejas de hacer algo, sino aquellas en la que de pronto te das cuenta de cuantísimo

tiempo hace que dejaste de hacerlo. En concreto (y eso era así, eso era la verdad, aunque

me lo decía como un descargo previo de conciencia) Rosa no conocía varón desde que na-

ció la nieta, pero el nacimiento de la nieta había sido demasiado importante como para

mantener activados los sensores sexuales. Quizá fue entonces cuando ella cambió, pero sólo

ahora, sólo con este viaje, sólo con este invierno tan crudo, sólo en la habitación de obispo

en cuerpo presente que yo le había buscado, dijo sólo entonces me di cuenta de adónde
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había llegado. Muchas veces un sitio nuevo no es nuevo sino el final de todos los demás, el

lugar adonde te conducen todos los anteriores. Rosa tenía estos puntos místicos.

Así que entró a la pensión y le entraron ganas de follar. En medio estuvo el frío, la

soledad y la mística de las casualidades. Según ella no fue del todo así (no te me rías, Güi-

no, no te me rías). Ella se limitó a buscar un sitio caliente, aunque le costase mil duros. Y

fue a la calle principal y se metió en el primer hotel que vio, prefería pagar mil duros a que

le saliesen sabañones, y reservó una habitación y se pidió un vaso de leche con ron para

entrar en calor y se sentó un poco a ver la televisión en la sala de huéspedes. Y a partir de

entonces ya todo era muy significativo y en la tele estaban echando Los puentes de Madi-

son, que ella ya sabe que es una cursilada pero a ella, que quieres que te diga, siempre la

conmueve mucho, y no tanto porque se identifique con la protagonista, la mujer que no

coge el tren, o porque la compadezca (las cosas bellas, cuanto más fugaces mejor), sino

porque le tiene, o entonces le tuvo, en ese momento, un poco de envidia. Envidia de sentir,

celos de arrebatarse. A Rosa siempre le había ido mal, el amor le había durado poquísimo, a

ella o a él, hasta que decidió, un poco resguardada en la teoría, que ella tenía vocación de

madre pero no de esposa, lo que no quería decir que renunciase a disfrutar el cuerpo de los

hombres. Y durante un tiempo cumplió a rajatabla lo que ella consideraba una mujer sin

prejuicios e independiente, pero algo fallaba. No podía salir mucho pero tampoco le apete-

cía, o no le apetecía porque no salía. Y luego la nieta. Acaba de cumplir ya cinco años,

Güino, cinco años. De pronto habían pasado cinco años sin echar un polvo, y ella no se

había dado cuenta, lo que le dolía era eso, que se le hubiera hecho tan corto, que cinco años

no hubiesen sido nada para ella, o por lo menos para su cuerpo.

Rosa es una mujer muy atractiva. No es muy alta y sus labios son tan grandes que a

sus cincuenta años debería representar incluso más, pero su belleza es muy estable, típica
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de quienes tienen rasgos fuertes y hermosura indígena. El asunto no era, por tanto, que no

hubiese tenido posibilidades. Te vas al Verdi o al otro o al otro y ligas porque ligas, porque

no es difícil y todos nos dedicamos a lo mismo, pero es que a ella ese ambiente no le pare-

cía muy sano. Y eso si quería relacionarse por su cuenta, porque si no en alguno de los sin-

dicatos y organizaciones y hermandades donde Rosa tenía muchos amigos siempre había un

roto para un descosido. Pero ahora, a sus cincuenta años, lo que se le acercaba no tenía tér-

mino medio. O eran muchachos demasiado jóvenes que se quedaban deslumbrados por la

sensualidad aborigen de Rosita, por el sexo materno, o era el clásico naúfrago de un matri-

monio triste que busca alguien que le planche las camisas, o era el maldito profesional que

tiene retortijones en el hígado y en la cama no funciona. No había alguien normal, alguien

tan solo como ella, de vuelta ya de todo pero con ganas de disfrutar. No había ya nadie que

no tuviese a las espaldas una situación indeseable. No había, por supuesto, ningún Clint

Eastwood que pasara por la puerta de tu casa fotografiando puentes lejanos. Eso es lo que

más le emocionaba de la película, que Clint Eastwood no fuese repertorio conocido. Por eso

ella pensaba que estaba bien como estaba, y que la escena final, la tortura de ella por mar-

charse con él, más bien sobraba, porque en realidad el tren había pasado y ella lo había sa-

bido saborear. A ella le emocionaba lo otro, un hombre todavía guapo y sin minusvalías.

Y esto mismo, de esto mismo acabó hablando con su compañero de sala de televi-

sión, un hombre más joven que ella pero tampoco tanto, una cosa es que no quieras niños y

otra que te líes con un abuelo. Él había intentado desmitificar el papel de Clint Eastwood. A

juicio de este hombre, que era muy culto y hablaba con voz grave pero sin afectaciones,

Clint Eastwood mentía. Era consciente, sabía desde el principio que la mujer no sería capaz

de dejar a su marido y a sus hijos por largarse con un fotógrafo ambulante. Lo sabía y sabía

que ella estaba obligada, aunque sólo fuese por necesidades dramáticas, a oponer un poco
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de resistencia. ¡Pero es que no le daba tiempo! Si, en un caso hipotético, Eastwood demues-

tra una capacidad de amor equivalente, lo que hace es instalarse en el pueblo, al menos

unos días. Al menos más días, hasta que ella le diga: mira, Clint, yo creo que ya te puedes

marchar porque yo no quiero seguir viéndote. Y eso sí habría sido una prueba de amor, y no

largarse en el peor de los momentos, con ella más rota y confundida, y con la lluvia que

estaba cayendo...

Con que hablando hablando se les hicieron las tantas. No parábamos de hablar, Güi-

no, no parábamos de hablar. Yo suelo esperar un poco, quiero decir que me gusta ir poco a

poco, punto por punto, aunque no siempre he sido así, y eso me preocupa porque quizás

ahora tenga más dudas que antes, y no sé si en el fondo son dudas sobre mí o sobre el otro.

Pero eso da igual. Cuando alguien te gusta, te gusta. Puedes hacer planes, acostumbrarte a

la idea de que te vas a ir a la cama con lo único que haya disponible, pero si te gusta, te

gusta. Y ese hombre me gustaba. Y le dije que siguiésemos hablando en la habitación. Y

resulta que él llevaba también mucho tiempo sin acostarse con nadie. Y estuvo muy bien,

Güino, la verdad es que estuvo muy bien. Él vive también en el hotel, aunque él tiene otra

vida, claro. Mejor así. Yo aquí soy Clint, y él el que tiene que levantarse a las ocho de la

mañana para ir a su trabajo. Tiene un trabajo además muy importante. Me pidió que fuera

discreta. En esta ciudad se sabe todo. A mí me da igual. Yo le guardo todos los secretos que

le dé la gana.

Yo dije: ¿Y lo vas a seguir viendo?

Y Rosita dijo: Pues no sé, quién sabe. Yo tampoco quisiera meterlo en líos. Es bue-

na gente, Güino, es muy buena gente. Pero, en fin, no sé. De momento hace un día precio-

so, así que acábate el desayuno y vámonos a pasear.


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Alfredo estaba muy estropeado. Con los tres días de cárcel le habían caído todos sus

años encima, todas las horas inmóvil, y todas las cremas y ungüentos que no se había podi-

do dar. Su cara de patricio romano se había escamado, las ojeras se le habían recrudecido,

el músculo elevador común había dejado un surco que casi empalmaba con el masetero.

Tenía los hombros encogidos por el miedo y el cansancio, el temblor de labios de quien por

primera vez en su vida pisa un calabozo. Lo vi viejo, más viejo que nunca, como una vieja

actriz de teatro japonés que ha sido detenida en una orgía y está sin maquillar y es un hom-

bre con toda la barba. La perfección de nuestra piel y la transparencia de nuestros músculos

exigen un mantenimiento constante. Tres días alejado del lavabo pueden desfigurarte para

siempre.

Yo pensé que estaría satisfecho de su hazaña. Le llevé El faro astorgano de los úl-

timos tres días por si se quería entretener con las interpretaciones que su acción había susci-

tado entre los plumillas de la ciudad. Le pregunté poco. Ir a ver a alguien a la cárcel es,

como me figuraba, bastante parecido, por lo menos al principio, por lo menos el primer día,

a ir a darle el pésame. No te atreves a hablar del asunto, qué sucedió, cómo murió, por qué

lo hiciste, y te quedas en cuestiones mínimas de salud, de si necesitas algo. Fue un cuarto

de hora de conversación con largos minutos de silencio, mientras él leía las crónicas de El

faro astorgano, yo no sé bien si asustado por la trascendencia que pudiera tener su triste

hazaña o preocupado por lo que le pudiera caer encima. Me contestaba con monosílabos

muy secos, al margen por completo de cualquier esfuerzo por ser cordial. En algunas per-

sonas ese talante desabrido significa un gesto de confianza, porque es el estado en el que

mejor descansan, en el que no tienen que hacer ningún esfuerzo por comportarse de ningu-
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na otra manera. Después de titubeos y silencios yo le informé de lo que ya sabía, que de

momento el juez había retrasado su libertad condicional. Sé leer, me dijo sin levantar la

cabeza del periódico.

Para empezar, en la primera página de El faro astorgano aparecía una foto del mate-

rial incautado, Alfredo en escayola cortado a trozos y extendido sobre una mesa junto a la

que posa un teniente de la guardia civil. La Guardia Civil detiene a un ladrón en el Museo

de los Caminos, decía el titular del sábado, y una breve nota en la que se informaba de lo

sucedido. Un ladrón fue detenido en la tarde de ayer por efectivos de la guardia civil cuan-

do abandonaba el Museo de los Caminos, situado en el Palacio Arzobispal, con un botín de

varias obras de arte. Hacia las diez de la mañana del viernes, según informaron fuentes del

cuerpo, un individuo de unos setenta años, cuyos datos no han sido aún facilitados por la

comandancia, se introdujo en el museo como un visitante más, y fue al salir cuando el con-

serje, al sospechar del voluminoso bulto que portaba el individuo, avisó al puesto de man-

do. Acto seguido se presentó la dotación, y el presunto delincuente no opuso resistencia,

entre otras razones porque cojeaba bastante. Fue trasladado a dependencias de la policía y

prestó declaración ante el juez de guardia, don Eduardo Rodrigálvarez, que decretó su pri-

sión preventiva. En un principio se pensó que el presunto ladrón podría haber sustraído

varias piezas de valor de la época romana que se conservan en el sótano del Palacio Gaudí,

si bien una comisión de expertos del museo, encabezada por don Martín Martínez, evaluaba

las pérdidas en muy poca cosa.

En páginas interiores aparecía Alfredo, esposado junto a dos guardias civiles, enva-

rado, muy digno, como si estuviese satisfecho de su acción. Luego los tres días de calabozo

le debieron aplacar el ánimo. En descargo de Alfredo tengo que decir que esa primera in-

tención no era mala. Él lo decía muchas veces: aquí para ser famoso hay que robar o matar,
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de modo que se limiró a buscar un método para salir en los periódicos, para que su caso se

airease por segunda vez. Yo supongo que no era tan estúpido como para pensar que podría

haberse ido a su casa tan campante con el saco a las costillas. Pero sólo lo supongo. La

prueba de que se trataba nada más que de una acción, un acto reivindicativo, era que no

había ido derecho a ninguna de las grandes joyas del museo, sino a la planta de arriba, la de

menos valor del museo, donde ni siquiera están las obras de artistas astorganos contempo-

ráneos sino una exposición itinerante de Julio Palomares, y que no sólo no había destrozado

nada sino que había buscado una obra muy concreta y sacado con limpieza su interior, y

que de paso había dejado en evidencia la seguridad del Museo de los Caminos. El dispositi-

vo de seguridad había fallado porque el guardia estaba almorzando en el bar de al lado.

En días sucesivos los plumillas se posaron sobre la estatua de Alfredo. El asunto se

estiró hasta un dictamen de Martín Martínez (un vulgar vaciado en escayola, de no más de

medio siglo), un par de cartas al director sobre la seguridad del museo, una entrevista con el

conserje que lo vio salir, una semblanza histórica del Palacio Episcopal, un artículo de fon-

do, a propósito del robo, sobre la beatificación del arquitecto Gaudí, y una entrevista con

Julio Palomares que sin duda fue la que congeló el decreto de libertad condicional. Pero eso

ya no salió en El faro astorgano, sino en el diario El Mundo.

El lunes apareció una breve nota en la sección de Cultura donde se informaba de

que un anciano había intentado robar una obra de Julio Palomares en un museo de Astorga,

provincia de León. Pero la guardia civil seguía sin facilitar la identidad del detenido ni si-

quiera las iniciales. Al día siguiente venía la entrevista con el pintor. El pintor Julio Palo-

mares amenaza con retirar su exposición Cuerpo Español Contemporáneo si no mejoran las

medidas de seguridad, rezaban los titulares. Además de hacerse la víctima de todos los mo-

dos posibles, de quejarse contra la inseguridad, la intolerancia, la falta de espíritu democrá-


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tico y las manchas oscuras de la libertad contra las que él, como hiciera toda su vida, estaba

dispuesto a seguir luchando, Julio Palomares decía saber de dónde procedía esta vez el ata-

que. Me siento perseguido. Ahora han atacado una de mis obras, más que robarla el propó-

sito era destruirla, de eso estoy seguro. Espero que muy pronto se aclare todo el asunto, y

que la persona o persona que están atentando por sistema contra mi obra y coartando mi

libertad artística sean juzgadas y encarceladas. Así hablo el insigne artista de Xátiva.

Por consejo de su abogado no había dado nombres, o quizá por vanidad, por esa

técnica de no nombrar algunos nombres tan ruines que puedan manchar nuestro prestigio.

Pero el diario El Mundo, en artículo aparte, recordaba el incidende a que la misma pieza

que fue robada en el Museo de los Caminos dio lugar algunos años atrás con el modelo

Alfredo Bayo. Todo estaba recargado de eufemismos desactivadores de cualquier delito

contra la presunción de inocencia. Su nombre, por fin, había aparecido, pero a él no pareció

producirle demasiada satisfacción. Yo lo veía durante media hora en un cuarto pequeño de

los juzgados, custodiado por un número de la Guardia Civil. Conforme se fue haciendo a la

situación y pasó el susto del primer momento, aun sin perder su carácter monosilábico vi a

Alfredo mucho más relajado. Me ha dicho tu abogado que te niegas a hablar con él, le dije.

Y tú harás el favor de no decirle nada, me contestó. Traté de hablar con él pero también me

fue imposible. Si se negaba a hablar, si se negaba a ser defendido, el asunto no podría aca-

bar como la última vez, en un ridículo espantoso, sino quizás en algo peor, en la cárcel, en

una indemnización, en que lo expulsasen del cuerpo, en complicarse la vida una vez más.

Tengo todos los abogados que necesito, se limitó a decir. Dijo tú limítate a traerme los pe-

riódicos y el tabaco, si es que me quieres ayudar en algo, porque si no ya te puedes largar.


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Las gestiones aún duraron varios días. Conseguir que alguien pague de su bolsillo

su libertad condicional no es tan sencillo. No podíamos movernos porque cada mañana era

necesario hacer un papeleo distinto, y el juez titular tampoco parecía tener prisa. Rosa no

quiso venir ningún día al visavís de los juzgados, pero tampoco decía de marcharnos, estaba

muy ocupada con su conquista provinciana. Se instaló en el hotel Gaudí, a mil duros la no-

che, y yo permanecí en la Casa Sacerdotal. Al día siguiente de pasar tantísimo frío me pres-

taron una catalítica y a partir de entonces ya pude dormir mejor. Además, cuando llego a un

sitio tardo poco en hacerlo mío. No me importaba la luz de segunda mano que entraba por

el patio, ni lo estrecho y desangelado de la habitación. De hecho, los curas me ofrecieron

ocupar la habitación que había reservado para Rosita y de la que sólo pagó una noche, pero

ya no me apetecía moverme. Me apetecía volver a Madrid cuanto antes, no andar trasteando

por el edificio ni mucho menos por la ciudad.

Así que Rosita y yo comíamos juntos, dábamos juntos un paseo por la tarde, cená-

bamos juntos, y al caer la noche se marchaba a su hotel. Un par de tardes las pasamos en un

velador del casino. Mientras Rosita esperaba que apareciera su conquista provincial, yo

hacía dibujos de figuras diminutas en la nieve. Era finales de marzo y ya debía haber empe-

zado mi plan aritmético de producción para llegar a tiempo al cumpleaños de Violeta. Pero

cambiaba de propósito con demasiada frecuencia. De Fabricación británica, las memorias

de Charles Lamb, sólo quedaban dos ilustraciones que me cansaron enseguida porque el

romanticismo es muy laborioso. Pronto supe que me pasaría lo mismo con cualquier libro

que decidiera ilustrar. Por supuesto, había desechado ya la idea de encuadernarlo, y mucho

antes la de caligrafiar yo también los textos que lo ilustrasen.


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Allí en la habitación de la Casa Sacerdotal se me ocurrieron los paisajes mínimal

nevados. En los cuatro días que estuvimos en Astorga dibujé lo menos veinticinco, hasta

que comprendí que estaba ilustrando un regalo que debería ser entregado el 22 de agosto,

en vacaciones de verano y para celebrar la floración primaveral de mi hija. No podía pre-

sentarme con tanto frío en las manos. Había que ser un poco más optimista, y por otra parte

aquellos hielos no podían durar más que, quizá, hasta que nosotros nos fuéramos.

Así que decidí buscar un método algo más coherente con mis cambios de opinión,

ese capricho constante que me impedía centrarme en nada concreto. Sólo dibujaría cien

dibujos, con distintas técnicas y en distintos lugares, y después los pasaría todos a tinta chi-

na en el mismo tipo de papel y lo llevaría a encuadernar. Si quería llegar a tiempo al cum-

pleaños, debía someterme a lo que Barrachina llamaba economía fundamental, sólo lápiz y

papel. Mi técnica, no obstante su carácter minimal, consistía en profusos dibujos a lapicero,

cientos de rayas que luego, al pasarlas a tinta, se quedaban en las cuatro más imprescindi-

bles. Esa profusión me venía de los dos dibujos que logré terminar sobre el viaje de Charles

Lamb. Pero ahora, un poco más acuciado por el tiempo, y eso que faltaban todavía cuatro

meses, le cogí pronto el tranquillo al tema de la nieve y empecé a resolver los dibujos en los

mismos trazos que luego pasaría a tinta. El fondo blanco era la nieve, y las pocas líneas una

huella, una vía del ferrocarril, un lobo estepario, un par de peregrinos, un perro pequeño.

También hice un estudio con las líneas blancas y negras que veía por la ventana de la pen-

sión, el tubo de plomo de la canal y los chorretones de humedad que lo sombreaban, las

jambas y los alféizares del cuarto de enfrente, el crucifijo que se adivinaba en el fondo y las

barras metálicas del cabecero de la cama, la línea de la luz, el cable del teléfono, las cuerdas

de los tendederos y la sotana vacía. Todo eran líneas rectas pero todas estaban dibujadas a
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pulso con deliberada lentitud, para darle un poco de calor. También hice un dibujo del cura

que debía de dormir enfrente.

Yo le propuse a Rosita que, puesto que no hacíamos nada y el rato que pasábamos

en el casino se nos hacía eterno, a cada cual por distinto motivo, hiciésemos algo así como

una representación tipo Gilbert & George, aquellos tipos que en 1969 se presentaron en el

Lyceum de Londres con la obra Escultura que canta, ellos mismos muy trajeados y mo-

viéndose como autómatas durante varios días. Había gente que dudaba de si eran personas

o artefactos mecánicos. Gilbert & George han nutrido la estética de mucho artista callejero,

esos que se cubren de harina, se tapan con un sábana, se ponen un gato en el cuello y tienen

el brazo levantado durante algunos minutos, y que saben estarse quietos pero no saben po-

sar, no saben cuál es la esencia de las acciones, los términos del movimiento. Ese movi-

miento mínimo de G & G consiste en moverse a saltos, de postura en postura, eliminando

los gestos intermedios que no son definitorios de ninguna expresión artística. La cuestión

está en elegir cuáles son los gestos finales y los gestos intermedios, y eso no todos lo saben

hacer. En principio es como el pajarito inglés, ese juego de niños en el que pierde aquél que

es sorprendido moviéndose por otro niño que durante un par de segundos, lo que tarda en

recitar la letanía incomprensible del pajarito, deja a los otros que se muevan y avancen te-

rreno hacia quien se tapa los ojos para contar.

Rosita y yo lo habíamos hecho algunas veces, por diversión y por deformación pro-

fesional. Sí es verdad que después de haber posado durante un par de meses seguidos, des-

de las vacaciones de Navidad, dejar el trabajo de repente durante toda una semana puede

resultar dañino. Los músculos se hacen vagos y si luego vuelves a posar sin ejercicios pre-

vios pueden producirse distensiones, roturas fibrilares y agujetas de todas las clases. Por
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eso era un modo de no perder el tiempo ni la forma (y de que Rosita se callase un rato) y

llamar la atención de los aldeanos.

Aunque sólo hubiese sido por nuestra presencia física y nuestra condición de foras-

teros (vinculados además con un crimen que había nutrido las conversaciones de los vela-

dores durante un par de días o tres), ya habríamos llamado bastante la atención, sin contar

con que alguna mirada sonriente hacia Rosita me hacía pensar que todo el mundo entre

aquel humo estaba al tanto de quién tenía tratos con aquella dama. Pero la inmovilidad

siempre resulta llamativa. Yo adopté una postura evasiva, como alguien que se queda col-

gado mirando algún punto lejano, como esa súbita quietud de quien es consciente de lo que

oye pero no puede apartar la vista de un objeto al que no parece mirar del todo. Es lo que

yo llamo la mirada del ausente, que tiene un punto de dramatismo interior, de sosiego for-

zado, de alguna debilidad que impide gritar con la debida firmeza. El tronco adelantado,

como en esos puntos muertos de quien iba a tomar la palabra pero el otro ha seguido

hablando, y él, por educación, lo deja terminar. Rosa estaba más natural, con la media son-

risa de quien disfruta del entusiasmo del otro, o de la gracia de lo que le está contando, o

del punto lejano al que ninguno de los dos parece mirar del todo. Rosa es experta en esas

miradas tiernas de los fantasmas para decirnos en mitad de un sueño que no nos preocupe-

mos por haberlos traicionado. Arrellanada en la silla con brazos, silla de jugar al dominó,

había cruzado las piernas y tenía una mano encima de la otra, como esperando también que

terminara el otro. Los dos oíamos sin demasiado entusiasmo a alguien que no existía.

Pueden parecer posturas relajadas, pero el relajamiento absoluto no es ninguna pos-

tura, no es ninguna toma de posición. Lo difícil es el movimiento leve, el mínimo abandono

del relax, esa ligerísima modificación que basta para que alguien no tenga el aspecto de

estar tirado sino en equilibrada tensión interior. Cuando conseguimos captar la atención de
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casi todos los hombres del casino, pregunté a Rosita, sin mover los labios, si su hombre

estaba allí. Sí, dijo, y continuó con la misma sonrisa. ¿Quién es?, dije yo. No te lo puedo

decir, dijo ella, en tono gangoso, con bastantes dificultades para pronunciar las consonantes

dentales. Rosita se habría tirado a un corredor de seguros, a un tratante de ganado, a un

maestro de escuela, a un poeta clandestino, a un veterinario especialista en vacas, al botica-

rio, al alcalde o a Martín Martínez, y todos en sus caras tenían de pronto un atractivo espe-

cial, una tenue luminosidad que los hacía interesantes como candidatos. La sonrisa de Rosi-

ta, bien mirada, era la de un fantasma ilusionado.

Al día siguiente, nada más levantarme, bajé a desayunar al comedor de los curas y

leí El faro astorgano. Venía otra vez un artículo sobre Alfredo y su ridículo robo, firmado

por un tal Benigno Rubio, en el que se aireaban datos demasiado íntimos sobre la carrera

profesional de mi compañero. Benigno Rubio podía ser cualquiera que le tuviese inquina,

empezando por el propio Julio Palomares. Hablaba de su infancia sórdida, su mala reputa-

ción como compañero, su obediencia servil a formas artísticas caducas, su afición a ir cada

noviembre a la plaza de Oriente junto con los nostálgicos del franquismo. Se decía que era

un tipo solitario al que los excesos profesionales habían trastornado. Pero lo más humillante

venía luego. Como el viejo modelo está solo en el mundo, decía el articulista, dos compañe-

ros de trabajo, más por corporativismo que por estima personal, se han trasladado estos días

a nuestra ciudad para llevarlo de regreso a Madrid cuando el juez decida su libertad bajo

fianza. Estos dos modelos, un hombre y una mujer, se alojan en hoteles distintos y por la

tarde se les puede ver inmóviles en el casino, como si estuviesen tomando café.

Lo primero que pensé fue que el polvo de Rosita había ido demasiado lejos. Rosa

sufre incontinencias de muchas clases. A sus años ya podría haber aprendido a ser un poco

más discreta, pero habla tanto, piensa tan en voz alta, que la intimidad del cuerpo le llega
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también a la lengua. Es como esas personas que cuando están desnudas (fuera del trabajo)

se sienten en la obligación de ser sinceras y contar los secretos de su vida, y si su vida no

tiene secretos acuden a los secretos de los demás. Esto lo hacen sin querer. Sufren un tras-

torno emocional transitorio, una hipnosis que luego les afecta a la memoria. Sueltan lo que

se les pregunta y después no se acuerdan de nada. Rosa, en concreto, cuanta más pasión le

pone a un asunto más pronto se le olvida.

¿Qué tal Benigno?, le dije nada más verla en el café La Ergástula, donde habíamos

quedado para pasar un rato. ¿Quiés es Benigno?, dijo, como quien no supiese nada de Be-

nigno. Me refiero a tu conquista, dije. Bien, chico, bien. Los dos llevamos unos cuantos

cocidos atrasados, dijo Rosa con un escepticismo que no podía ocultar esa alegría de vivir

que dan los polvos bien echados. Dijo ¿y tú por qué lo llamas Benigno? Yo entonces creí

haberme equivocado. Me pasa siempre. Me pasa a los pocos instantes de haber visto algo

muy claro. Y pensé que si le hacía la escena de abrir el periódico, doblarlo por la página

donde estaba el artículo y ponérselo delante de las narices con gesto interesante y serio, si

empezaba por decirle que Benigno es el que le cambia cocidos por información, Rosita, que

nunca se acuerda de nada, podía retirarme ya el saludo para siempre, o llamarme celoso.

Así que me resultó más cómodo que no leyera el artículo de Benigno, ni ella ni Alfredo,

con quien tenía visavís un par de horas más tarde. ¿Dice hoy algo ese periódico de Alfre-

do?, me comentó. No, dije yo. Ya se han debido de olvidar del asunto.

Rosa ya no le prestó más atención al periódico, y a mí me quemaba debajo del bra-

zo, pero lo quería conservar. Propuse a Rosa que fuésemos a comprar un libro, yo luego lo

llevaría a la Casa Sacerdotal y allí dejaría bien guardado el periódico. Tampoco sabía muy

bien cómo actuar. Lo lógico era llamar al periódico, preguntar por Benigno Rubio y cagar-
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me en su puta madre, o exigirle al director la verdadera identidad de ese sujeto, y si no me

la daba denunciarlo a la guardia civil. Eso es lo que debía hacer.

El día estaba igual de frío que los anteriores pero ya nos habíamos acostumbrado.

Evitábamos los espacios abiertos, nos pasábamos el tiempo acurrucados, gordos de prendas

de abrigo, inmóviles en el casino, pero ya nos habíamos acostumbrado. Entré a una librería

y me compré la Memoria de la nieve, del mismo autor que me había inspirado el chaquetón

de cuero. Es un librito de treinta poemas que yo le dije a Rosa que tenía que llevar a la pen-

sión porque no quería ir cargado. Este es un paisaje de miradas de nata y tejados helados.

Es un paisaje helado e indestructible, dice un verso del poema tercero. Tras un forcejeo de

cumplidos tuve que decirle a Rosa que es que necesitaba ir al váter, con lo que además ga-

naba tiempo para telefonear al periódico desde la Casa Sacerdotal. Dejé libro y periódico en

el cuarto y bajé a la centralita. Un anciano muy amable me dio línea en el locutorio, que

tenía medidas de féretro para hombres grandes como yo. Llamé y pregunté por Benigno

Rubio, y allí nadie conocía a Benigno Rubio. Me pasaban en vertical de unos a otros hasta

que un tipo que dijo ser el jefe de redacción me dijo que Benigno Rubio era un colaborador

del periódico, que qué pasaba. Yo tuve reflejos en ese momento y le dije que su artículo

sobre el modelo me había gustado muchísimo, que ardía en deseos de felicitarlo. Aquello

no coló. Mis quejas a la falta de profesionalidad toparon con la profesionalidad que las en-

cubre. Pero ya no merecía la pena desdecirme y montarles el pollo. Más bien confiaba en

que la memoria de la nieve lo tapase todo cuanto antes.

Con Alfredo fue peor. Salió a recibirme con el ejemplar de El faro astorgano debajo

del brazo. Un guardia cuyo padre sirvió en la División Azul se lo había traído. ¿Y esto qué

es?, me dijo, demasiado serio para adornarse con algún insulto. Yo lo tenía fácil, no sabía

nada de aquel artículo y así se lo dije. A poco que Alfredo me conociese, sabría que mi vo-
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luntad no da tanto como para una traición, ni mi vanidad para querer protagonismos, ni mi

estupidez para contárselo a cualquiera. Podía justificarme, tampoco tenía por qué, o culpar

a Rosita. La verdad es que no podía haber más culpable que ella, pero también traté de jus-

tificarla. Lo que no puedo justificar ahora es por qué lo hice. Los actos de valentía, aun en

un tono tan menor como ése, nunca tienen demasiada justificación. Ir a la fría provincia

para sacar a un compañero de la cárcel no es un acto de valentía. Ni defender a Rosa en

aquel asunto del artículo tampoco, por mucho que, si no culpaba a Rosa, reconocería que yo

mismo era responsable. No, no creo que tuviese que ver con el arrojo. Me daba igual lo que

Alfredo pensase de mí, y eso era todo.

Ante la futilidad de las motivaciones, la caballerosidad es una salida como otra

cualquiera, quizá la que más posteriores cobros de favor nos pueda granjear. Alfredo tam-

poco tenía nadie más a quien acudir que yo mismo, de modo que le convenía no tratarme

demasiado mal. Lo instintivo para Alfredo, no obstante, era no considerarme culpable di-

recto de nada. Así que cargó contra Rosa. ¿Tenías que traerte a la furcia esa?, me dijo. Ro-

sita no tiene nada que ver. Ah, ¿sí? ¿Tú eres tonto, Güino? ¿A qué cojones has venido, si se

puede saber. ¡Podías haberte traído también a Palomares y contarle tú mismo toda esta ba-

sura! Rosita no tiene nada que ver, insistí. Ten amigos para esto, dijo Alfredo, y fue la pri-

mera vez, que yo recuerde, que nombró la palabra amigo.

Estábamos en el cuartucho de las visitas. Un guardia distraído, con aspecto de no

estar entendiendo nuestro idioma, nos vigilaba en la puerta. Te digo que Rosa no tiene nada

que ver. Todo el mundo en Madrid sabe lo que te ha pasado, todos los compañeros que te
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odian, todos los profesores, todos tus enemigos. El Benigno ese de los cojones no ha tenido

más que ponerse en contacto con la escuela. Sabes lo que la gente piensa de ti, Alfredo, y si

no lo sabes ya te acabo de hacer yo el resumen, le dije. Aquello se conoce que le afectó. Se

quedó mirando el periódico con cara de asco, los labios apretados con las comisuras des-

cendentes, entre la estupefacción y el dolor de estómago. Yo intenté cambiar de tercio.

¿Qué sabes del abogado?, le pregunté. ¿Qué abogado? Sutil. Otro que tal, dijo Alfredo. Lo

he mandado a la mierda. No necesito abogados. No necesito a nadie. Tengo todo lo que me

hace falta. Aquí dan bien de comer. Alfredo, la curvatura de sus labios, pareció relajarse un

poco. Más vale que no me saquen, dijo, porque a la próxima le pegaré un tiro al Palomares

con la escopeta, y entonces sí tendrán motivos para meterme en la trena. El guardia pareció

entenderlo todo de repente. Al oír la palabra escopeta cogió su fusil con más fuerza, se le

tensaron las falanges pero no cambió de posición, tan sólo giró la cara para cerciorarse de

que había algún compañero para echarle una mano. Mis dimensiones impresionan mucho, y

la lengua de Alfredo también. Alfredo, por favor, le dije yo, pero él había entrado ya en esa

sonrisa de los desesperados que por fin ven todo claro. Largaos de aquí los dos, dijo, y si

me muero en la cárcel no vengáis a mi entierro. Alfredo se levantó y el guardia, muy serio,

lo condujo de nuevo a su celda. Alfredo apenas podía caminar. La humedad de Astorga y

de la trena le había despertado el cáncer benigno de la artrosis.

Tuve la pegajosa sensación de que no podía estarme quieto ni hacer nada. Pensé en

recoger a Rosa y volvernos a Madrid, y por supuesto no comentarle nada sobre aquel artí-

culo. Un par de polvos más, pensé yo, y salen en la televisión local las películas porno que

hicimos todos en nuestra juventud. Pero la verdad es que no podía decir a ciencia cierta que

fuera Rosa la que se hubiese ido de la lengua con su amante. Tengo una serie de datos, al-

gunas observaciones entre las que no se encuentra que ella me dijera que lo hizo. Tampoco
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sé si leyó o no leyó el artículo. Eso podría habérselo preguntado, pero los acontecimientos

se precipitaron y no quedó espacio suficiente en las conversaciones para tratar a fondo ese

tema.

Rosa estaba encantada. Sus vacaciones sexuales le habían sentado estupendamente.

Ella está demasiado bragada para ponerse romántica, pero en su ser directo esa melancolía

ñoña de las que se enamoriscan está borrada por la alegría. Lo mejor de todo, Güino, es que

no hay futuro ni pasado. Nada de lo que hayamos hecho o vayamos a hacer modifica lo que

estamos haciendo, dijo, en un alarde de precisión filosófica.

Seguíamos dando paseos por las tardes, haciéndonos los encontradizos con la huella

de alguien que Rosa sabía que a esas horas no estaría allí, pero pudo haber estado. Me sentí

dos veces interino, porque no hacía otra cosa que escuchar la verborrea de Rosa y porque se

me agarraba del brazo como si estuviera paseando con su amante prohibido. ¿Tú sabes,

Güino, lo que es terminar de cenar, meterte en tu habitación, sentarte en el tocador, ponerte

guapa, como la dama de las camelias, vestirte para desnudarte, vestirte para no estar del

todo vestida, con el pelo recogido y un salto de cama y una bata muy mona que me traje

porque nunca sabes lo que te puede pasar? Eres un pendón, le dije, bromeando. Es inofen-

sivo, dijo ella. Es muy importante (para lo que puede ser la mucha importancia en un sitio

como este, claro) pero es inofensivo. Me trata con modales pueblerinos, no por lo bruto

sino por lo pasados de moda, por haberlos visto en la televisión. Me trae flores, me trae una

botella de champán y dos copas así cogidas por abajo, si no viniera tan cargado le diría que

lo acompañásemos con una docenita de ostras, y viene y se sienta y me cuenta lo que ha

hecho en todo el día. ¿Lo oyes, Güino? Viene y se sienta y como un colegial me cuenta lo

que ha hecho y lo que ha visto y lo que le han dicho, y cuando yo le pregunto por qué me

cuenta todo ese rollo él va y me dice que porque quiere merecerme. ¿Tú oyes eso? Todo un
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juez que te dice que te quiere merecer. Tiene gracia. Me da el mango de la sartén y luego

yo, en la cama, lo frío vivo.

Fue la primera vez que se lo escuché. La primera vez que se le escapó. Güino, se me

ha escapado, dijo un par de frases después. Pero bueno, tarde o temprano sé que te lo tenía

que contar, ¿verdad?, dijo, para convencerse de que quería seguir. Tú eres discreto, Güino.

Serás discreto, ¿verdad?

Eso sucedió el mismo día del encuentro tan desagradable con Alfredo. Yo reconoz-

co que había pensado incluso en el soplagaitas de Sutil como amante clandestino de Rosita,

pero nunca en el juez. Rosita, miamol, ¿quieres decir que te estás follando al tipo que tiene

que juzgar a Alfredo? Sí, me dijo, y mañana le van a dar por fin la condicional. Él quería

dársela antes, pero se lió todo enseguida. Lo llamaron de Madrid. La prensa, Palomares, las

influencias, y él también que no lleva mucho tiempo en el puesto... En fin, que lo tenían un

poco acojonado. Yo lo he ablandado. Lo he puesto un poco en remojo. Es un juez muy libe-

ral, lo que pasa es que tiene que guardar las formas. El año pasado tuvo una experiencia

muy desagradable por ser tan liberal. Cogieron a un pobre diablo que había robado una ga-

llina, porque aquí esas cosas siguen pasando, y éste (Rosa lo llamaba siempre éste) se apia-

dó del hombre y lo dejó salir, y al día siguiente el pobre diablo le pegó una cuchillada al

dueño de la gallina. Menos mal que no lo mató, pero éste casi se juega el puesto. Así que

debemos ser comprensivos. Porque luego, Güino, luego de verdad te digo que lo tratas y es

un encanto, un verdadero encanto. A ver si coge un poco más de confianza y te lo puedo

presentar.

Y, en efecto, al día siguiente Alfredo tenía firmada la condicional, pero cuando lle-

gué a los juzgados ya se había ido. Han venido a recogerlo esta mañana, me dijo el guardia
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temeroso, con un cierto rictus de alivio. Pero tampoco podía decirme quién lo había venido

a buscar.

Ya le puedes preguntar a tu amante esta noche quién coño se ha llevado a Alfredo,

le dije a Rosa. ¿Y eso qué más da, Güino?, el caso es que se ha ido, que ya no está en la

cárcel. Tampoco podemos hacer más. Tampoco vamos a ir detrás de él para que no haga

ninguna barbaridad. ¿Tú crees que Alfredo se merece ni siquiera lo que yo he hecho por su

libertad?, dijo, y le volvió a salir esa sonrisa reventona, ese buen color, en parte por el clima

frío y seco y por lo bien follada que se levantaba Rosa por las mañanas.

Aquel juez ya no era ningún niño. En realidad, un destino en Astorga no era lo que

todo el mundo había esperado de él (quizá por eso justificaba los merecimientos de los pol-

vos) sino algo más brillante, eso que se entiende por una carrera meteórica, juez de la

Audiencia Nacional antes de los cuarenta. Su padre era miembro del Tribunal Supremo y el

juez Baltasar Garzón había sido compañero suyo en la facultad, pero Garzón encarcelaba

terroristas, traficantes y dictadores, y éste llegaba tarde a los robagallinas. Éste se llamaba

Eduardo Rodrigálvarez Basterra, hijo del juez Alonso Rodrigálvarez Valdeavellano, miem-

bro del Tribunal Supremo. Era muy inteligente y había empedrado de matrículas de honor

la carrera de derecho, pero el caso es que ahí estaba, en Astorga, pasando frío, haciendo

sustituciones hasta que se sacase de una vez una plaza en propiedad.

Debí haberle preguntado muchas cosas a Rosita. Para empezar, qué coño había visto

en el juez. Era gordo, pequeño y calvo, no tenía cuello, los brazos cortos, las manos amorci-

lladas. Yo lo había visto levantarse de su mesa de jugar al mus en el casino y caminar hasta

el lavabo con ese perneo apresurado de los gordos pequeños, que llevan la espalda un poco

hacia detrás, como sosteniendo la barriga. Tenía barba feraz desde los pómulos hasta, ima-

gino, el resto del cuerpo entero, y llevaba las gafas redondas. Era más pequeño que Rosa,
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eso por supuesto, y mucho más desproporcionado. Hablaba con los antebrazos pegados al

cuerpo y las morcillonas manos abiertas sin poderlas cerrar, como solidificadas en su abo-

targamiento. Daba la impresión de un tipo con el colesterol por las nubes y las transamina-

sas en el espacio estelar. Los ojos inyectados, los labios húmedos y oscuros, el poco pelo

rizado muy negro y un poco grasiento. ¿Cómo podía gustarle ese tipo a Rosa? ¿Cómo podía

Rosa haber olido el sudor y el semen de semejante cuerpo?

A ella, por supuesto, no le dije nada. Ah, pues nada, muy bien, enhorabuena, me li-

mité a decir, ensayando media sonrisa de interés y solidaridad en el éxito. Pero sabía que si

le preguntaba sin más componendas cómo era posible que se revolcase con ese jabalí Rosa

se sentiría ofendida, o por lo menos un poco recelosa. Y si le insinuaba si lo estaba inten-

tando cazar me llamaría malpensado y cínico. Así que me comporté con exquisita toleran-

cia, que es la forma más hipócrita de la buena educación. Estar de acuerdo en todo, verlo

todo bien, comprenderlo todo, sirve igual para un roto que para un descosido, para ser bue-

na persona y para esconder los sentimientos a los demás. ¿A ti qué te parece?, me decía,

como esas novias que te enseñan una foto de su chico vestido de militar con cara de bollo y

matizan que es que en esa foto no ha salido del todo bien, pero que es muy majo. A mí me

parece lo que a ti te guste, le decía yo, esa frase la sé decir muy bien y en los momentos

oportunos.

Escuché la vida de Eduardo Rodrigálvarez Basterra, alias Éste, en los jardines de

Astorga, el parque de la Sinagoga, que los astorganos llaman El Jardín. Otra de las obsesio-

nes del abogado Sutil era el jardín, el primer proyecto de jardín romántico en España, que

databa nada menos que de 1835. Pero ahora todo estaba hecho un desastre y Rosita y yo

paseamos junto a la fuente de rocalla desaparecida, por setos y arriates y pasos y pasadizos

que la desidia echó a perder. Un concejal de los años setenta exterminó los cedros de la
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zona más romántica y boscosa, la zona de darse besos, y una plaga de grafiosis terminó con

los negrillos centenarios. Quitaron la fuente mora, y en la rosaleda sólo yacen arcos mutila-

dos, sin ánimo de flor.

Esa noche Rosa y yo no cenamos juntos, ni nos volvimos a ver hasta el lunes si-

guiente en la escuela, en Madrid. Después de cenar me había puesto a dibujar un rato en el

cuarto y Rosa me telefoneó para decirme que éste le había propuesto llevarla él a Madrid, y

de camino hacer noche en la ruta del románico palentino. Pero que, si yo no quería, ella se

quedaba en Astorga conmigo hasta que cogiésemos el coche de línea, que tampoco era

cuestión de dejar a nadie tirado. Era viernes por la noche y en Astorga el invierno se había

recrudecido. Yo me puse a dibujar capiteles románicos palentinos. No era, tampoco, un

tema muy adecuado para el regalo de Violeta. Casi nada de lo que se me ocurría era compa-

tible con lo que se supone que debía ser. Vírgenes penetradas por dragones, trasgos ventru-

dos enroscados en el sexo de una vieja, enanos con pollas enormes, diabólicos cipotes re-

ventando como arietes medievales los velos de un alma frágil. Siempre me han gustado los

bestiarios, pero aquella noche dibujé con un regodeo malsano, como extirpando el aburri-

miento a fuerza de imágenes morbosas.

Serían las once u once y media cuando tocaron a la puerta de mi habitación. Estaba

tan enfrascado en los dibujos que no se me ocurrió esconderlos o disimularlos o sacar un

libro y ponerlo abierto encima de la mesa. Sin embargo, al abrir me sentí como esos estu-

diantes internos en un colegio de curas que recogen todo el material clandestino con veloci-

dad de preso político, cuando a la media noche pasa revista el prefecto y da las buenas no-

ches y ora en el pasillo. Yo, en todo caso, sería el despistado al que no se le pueden confiar

secretos porque lo pillan siempre.


111

Buenas noches, ¿está usted ocupado? Era un cura bastante viejo, vestido de regla-

mento, que sonreía muy aparatosamente con sus dientes de burro y sus puentes de plata,

una sonrisa muy eclesiástica, y llevaba dos tazas humeantes una en cada mano. Soy su ve-

cino de al lado, dijo, la voz grave, tersa, metálica, gregoriana. Era el cura cuya ventana yo

había dibujado varias veces (y a él también en actitudes equívocas). No habíamos coincidi-

do en el pasillo pero sí en el comedor a la hora del desayuno. Yo sólo me había fijado en

que vestía sotana y no el clergy-man de la mayoría de los huéspedes, me había parecido el

párroco o uno de esos curas retirados que viven en la comunidad sin más obligaciones que

ser bueno hasta que les llegue la muerte. He visto la luz encendida y he dicho: a lo mejor

este señor quiere unos minutos de conversación, pero si está usted ocupado, yo... Las tazas

le humeaban en la cara. Me gustó, no obstante, lo de los minutos de conversación, como si

manejase bien el código que previene de los pesados. No tenía muchas alternativas, así que

lo dejé pasar.

Era viernes por la noche. Con todas las ventanas cerradas, y a pesar de que mi cuar-

to sólo daba a un patio interior, podía escuchar a veces el ruido de la gente que tomaba co-

pas en la calle. Se suponía que yo debía estar con Rosa de tapeo por el casco viejo de la

ciudad, o bien, aun en el caso de haberme quedado solo, paseando por el frío, metido en un

bar, en un cine, en un garito de top-less, matando el aburrimiento con las diversiones que

ofrecía la ciudad, con ese salir un poco desesperado de los fines de semana. Yo desarrollé

mucho este carácter venatorio cuando era joven y disfrutaba con desesperación, pero llega

uno de esos días en la vida en que se cambia un detalle para siempre, y con él la vida ente-

ra, el primer día de llevar los pantalones largos, o la boina o la corbata, el primer sábado de

quedarse leyendo en casa, el primer domingo por la mañana desde que se acabó la infancia.

Yo hace tiempo tuve la sensación de que debía reconquistar el resto de mi vida con criterios
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matutinos. Era la sabiduría melancólica de quien termina de aprenderse un mapa y la tierra

le parece más pequeña. El resto de mi vida tendría ya unos itinerarios previstos, los elegi-

dos o los necesarios o la versión contraria de los vividos por la inercia de la ilusión.

Y no hay más que llevar una vida ordenada con escrúpulo para que aparezcan tipos

y situaciones muy poco habituales. Media noche de un viernes en una hospedería de Astor-

ga charlando con un cura preconciliar. Rosita estaría gritando como una loca encima de la

justicia. Pero a mí no me parecía deprimente, no hay nada deprimente en lo inhabitual. Y,

por otra parte, nunca me he llevado del todo mal con los curas. Los desprecié hasta que me

sentí ateo, pero a partir de entonces volví a verlos como lo que eran, aristócratas de la vida

interior, gente no perturbada por el trabajo ni por el dinero ni por el deseo, que viste de ne-

gro para dar a entender que sus votos son un sacrificio, cuando son el ideal de cualquier

persona sensata: no tener más preocupación que Dios, y no tener dudas respecto a su única

preocupación.

Eso, a algunos, los ha lastrado con la leyenda del cura vicioso, pero también había

curas como éste, que se llamaba padre Miguel, había atendido durante medio siglo la parro-

quia de un racimo de aldeas, y en las horas libres se había dedicado a estudiar. En aquellas

circunstancias yo me sentía muy próximo a él. Era alto, enteco, la cara sin apenas arrugas y

la nariz aquilina, y el color de piel un poco céreo de quien ha pasado la vida en estancias

interiores. No sé si me lo quería preguntar o no, pero yo se lo dije. Después de hablar en

términos míticos del airazo que venía del Teleno, y de lo que suelen durar los estertores del

invierno, le pregunté si sabía quién era yo. Lo sabe todo el mundo, dijo, pero yo no he ve-

nido aquí por eso. ¿Y entonces a qué ha venido?, le dije yo con esa naturalidad que se usa

cuando no te importa ser descortés. A tomar café, me contestó, con la misma falta de afec-

tación.
113

La estrategia de los curas es admirable. Saben cuándo pueden prestar sus servicios,

y en ese caso deben limitarse a esperar. Perdone, le dije, no es hoy mi mejor día. ¡Frómis-

ta!, dijo él de pronto, con una media sonrisa difícil de interpretar. Señaló la mesa donde yo

tenía mis dibujos y me pidió permiso para coger uno. Este canecillo está en Frómista, dijo

como si hubiese acertado la pregunta de un concurso para especialistas, la sonrisa tenía algo

que ver con esa satisfacción infantil de quien se sabe dueño de algún conocimiento raro.

Era una mujer despatarrada que asomaba la cara de degüello por entre los tobillos y exhibía

una vulva como una hogaza de pan cortada por la mitad. El padre Miguel dio unas cuantas

explicaciones sobre la temática exhibicionista en el románico palentino, su frecuencia y

dispersión geográfica y datación aproximada, sus fundamentos escultóricos y arquitectóni-

cos y su importancia en el contexto del arte cristiano occidental, pero en ningún momento

hizo ningún juicio ni soslayó ningún detalle. Incluso pasó el dedo por los labios inflamados

de aquella mujer para comentar sus proporciones y las de la boca, las mismas sobre poco

más o menos, por una vinculación simbólica de los orificios.

Era un apasionado del románico. Me contó, a propósito de los canecillos guarros, la

historia del Vizconde de Melún, un traficante de reliquias que a principios del siglo XIII se

instaló en el convento de Huélamo con algunos otros monjes que habían desertado de las

cruzadas, y allí se dedicó a las artes decorativas y muy en especial a la escultura de caneci-

llos obscenos. Había leído en un reciente libro documentos de Huélamo que atestiguan có-

mo aquel pirata reclutaba mujeres jóvenes y las dejaba embarazadas para que un escultor

las inmortalizara en piedra mientras parían, y luego se ocupaba de educar a sus hijos y de

garantizar una existencia tranquila para las mujeres. En vez de tratar al Vizconde de Melún

como un degenerado, el padre Miguel se limitó a decir que aquellos canecillos, varios de

los cuales se conservan en ermitas dispersas del valle de Oza, son una gran metáfora del
114

tiempo. ¡Espere un momento!, dijo el anciano erudito, y se recogió un poco la sotana para

caminar con más agilidad. ¡Voy un momento a la biblioteca y ahora mismo subo!, dijo, y su

tono al decirlo no desdecía nada del amigo recién hecho que te ofrece una botella de bon

vino que tiene guardada en la bodega. Bajó y subió las escaleras en un santiamén, tenía algo

de Menéndez Pidal nonagenario, y me puso encima de la mesa un volumen más bien breve

de la colección Alianza Forma titulado El rapto de los modelos (visiones del objeto artísti-

co humano en la historia del arte).

Se lo regalo, dijo el anciano. Yo mismo lo compré para la biblioteca y lo volveré a

comprar, pero sé que no es un libro muy conocido. A veces, dijo el anciano, está en nuestra

mano enseñar a los demás aquello que su propia vida no tenía previsto.

El padre Miguel se marchó, en efecto, unos minutos después de haber llamado, sin

decirme una palabra de Alfredo, de la cárcel ni del pintor Palomares. Me había dejado una

idea más para Violeta. No le interesaban de mí las cuestiones mundanas. Lo más probable

es que se sintiese atraído por mi presencia física, y en ese légamo de curas incultos se

hubiera entregado por una noche al placer prohibido del arte, a mostrar mucha más afición

por las piedras del siglo XIII que por las buenas costumbres de la ciudad.
115

IV

Ahora, Jan, no eres más que un sueño. Eres un artista adolescente, como Javier Bi-

dón, que será un artista adolescente hasta que se muera, y es eso lo debes evitar. Claro que

a un artista, sea o no adolescente, no se le pueden decir estas cosas. Es incapaz de escuchar-

las. Aunque las escuchase, aunque me escuchases cuando te sientas en el banco de atrás de

la biblioteca, Jan, tú tampoco lo entenderías. Aunque mi hija te contase todo lo que yo te

pueda contar (imagínate que hay un gen hablador) tú quizás escucharías, pero no harías

caso. Los artistas no hacen caso, y mucho menos cuando creen serlo y no lo son. Y yo, la

verdad, un poco por egoísmo, preferiría que más allá de tu talento, y yo creo que tú tienes

talento, supieses si tienes algún camino que recorrer o si no vas a ningún sitio. Tu madre

también tiene esa duda concreta, esa pena muy delgada y penetrativa. Tú no sabes (eso es-

pero) que yo sé lo que piensa tu madre. Incluso sé cómo dibujas, esa firmeza estropajosa,

como de rotuladores descobillados que hay en tus retratos. También sé cómo Violeta toca el

oboe, pero a ella no la he visto nunca devorar partituras o escuchar con urgencia todas las
116

músicas del mundo. Mientras estuvo en el conservatorio se limitaba a practicar las leccio-

nes por la tarde, cuando yo llegaba del paseo la casa estaba llena de los andantes amábiles y

los allegros animattos que le mandaba estudiar la profesora. Pero tú estás entrando a saco

en el arte, reproduces sin querer el mito falso del artista pálido sin tiempo para dormir. Vio-

leta no es así. Violeta duerme como mínimo diez horas diarias, y lee más que escucha mú-

sica, porque no es capaz de las dos cosas a la vez. Sólo es capaz quien no presta atención a

una de las dos. Sólo es capaz quien se concentra en una sola cosa. Violeta iba a las clases

de oboe con su oboe y por las tardes, a las siete, después de merendar, hace los ejercicios

hasta la hora de la cena. Y los hace muy bien, tiene talento, pero no saca el instrumento de

la caja más que cuando lo manda la disciplina o cuando toca para mí. Tú en un día, Jan, te

pasas más tiempo estudiando que Violeta en dos días, no puedes pensar en otra cosa, el

viento del vacío te seduce para que te lances a volar, pero cuando cojas una pequeña pájara

estarás algunos días inactivo, anestesiado por las dudas, perdido en visiones que circulan

por tu cerebro como las ondas del microondas cuando metes dentro un espejo. Estarás unos

días fundido, pero Violeta, si decide no abandonar el oboe, seguirá merendando a las siete y

repasándose los ejercicios del conservatorio hasta la hora de cenar. Te veo tan metido en

Brueghel que no sabría distinguir si tienes madera de artista o estás ardiendo en ella. Te

contaría la historia de Javier Bidón, para que supieses a qué me refiero.

Javier Bidón no era un artista. Lo tenía todo para serlo, o nada, como tienen todo o

nada los millones de individuos que han querido ser artistas, los cientos de miles que han

creído que eran artistas pero hubo algo ajeno al arte y a sus requerimientos y a sus habilida-

des que se lo impidió, algo tan consustancial a sus vidas como el talento, una especie de

talento negativo, de tara original que se ceba con ellos desde el principio, que a veces es la

causante de su obsesiva vocación, y que al mismo tiempo los imposibilita y al final de tan-
117

tos desengaños les hace creer, porque nunca renuncian a su sueño, que se han equivocado

de disciplina y en otra rama del arte habrían demostrado su auténtico valor. Javier, en el

mejor de los casos, creía que era un pintor pero se había equivocado de disciplina.

Javier era demasiado artista. Nada en su vida tenía otra razón de ser que el hecho de

ser artista. Todo lo hacía para ser más artista, para mejorar las condiciones de su dedica-

ción. La existencia y todos sus detalles eran traducibles al diccionario del artista perfecto.

De momento (un momento demasiado largo que para mí que fue lo que acabó de macha-

charlo) era un modelo, no un artista. Era el objeto, no el sujeto, y cobraba por ello. Así co-

mo Alfredo sentía la humillación de ser considerado un subalterno y no un modelo, Javier

sentía la de ser un modelo y no un pintor, porque para Javier el estar posando ya era una

subalternidad sólo tolerable en los primeros años de una carrera, o bien en los años de in-

comprensión, esas heroicas etapas de la vida del artista en que su maravillosa producción

no encontraba hueco en ninguna galería ni siquiera en el trastero de ningún coleccionista.

También Van Gogh, que es el ejemplo que se tiene siempre más a mano, enriqueció su

anecdotario con los años de penuria en los que no pudo colocar ninguno de esos cuadros

que ahora revientan las salas de subastas. Y ese ejemplo sirve siempre y cuando haya obra

que ignorar. Bidón se fijaba mucho en esos pintores que a su edad seguían sin asomo de

triunfo. Los otros compañeros de la escuela lo tomaban como una parte más de su carácter

caprichoso, pero si uno le prestaba atención se daba cuenta de que siempre hablaba de

grandes artistas que a su edad aún no habían triunfado, y cambiaba de artista conforme

cumplía años y sus ídolos por fin llegaban a la gloria. Para Van Gogh aún le quedaban seis

o siete años, aunque a mí siempre me tranquilizó que uno de sus defectos para ser lo que

quería ser consistía en no ser del todo consecuente en el momento de la verdad. Aun así,

veremos cómo le va cuando le llegue el día de cortarse la oreja.


118

Bidón empezó bien. Su nombre con unas líneas debe de seguir figurando en el

diccionario de pintores de Calvo Serraller. Allí se le nombra por una serie de miradas

famosas que pintó a espátula sobre plantillas de fotos desenfocadas. Lo de Bidón no eran

cuadros concretos, eran series, fragmentos de una obra en marcha, bocetos de un camino,

pero no había un cuadro concreto, ninguna obra rotunda y absoluta que no fuese parte de

nada ni evolución de ningún tratamiento muchas veces repetido. Sin embargo, para la época

en que pintó aquella serie de las miradas, antes todavía de cumplir los veinte años, el

procedimiento y el resultado fueron muy modernos, y las cuatro líneas del diccionario un

premio que jamás Bidón hubiese imaginado que no se alargaría nunca más, al menos en su

calidad de pintor.

Una vez, al poco de entrar en la escuela, cuando se presentaba como el joven valor

del diccionario y si mostrabas por su trabajo el entusiasmo suficiente te invitaba a una pe-

queña fiesta en su estudio, me llevó a un apartamento descascarillado de Malasaña y me

enseñó todo el proceso. Primero hacía fotos en blanco y negro a cuadros que robaba de la

biblioteca de la escuela. Les aplicaba tratamientos de potasio y mucho grano hasta que le

quedaban sombras pop con rostros célebres. Luego, en vez de pintar sobre la foto (ya no

digamos copiar, arte que Bidón, a la velocidad que iba, no tuvo tiempo de aprender) revela-

ba el negativo y lo proyectaba sobre un lienzo blanco del revés, y embadurnaba la tela con

pelladas de óleo pastoso que unas veces echaba con la espátula y otras muchas con el dedo,

y el resultado era un mar encrespado sobre la sombra tópica de Goya, algo como esas mari-

nas tempestuosas que pintaban los impresionistas, pero con el toque posmoderno de la ima-

ginería popular.

A mí todo eso me parecían mandangas. Todo estaba siempre lleno de nombres, de

referencias, de homenajes, de bocetos, de tratamientos y de series, sobre todo de series (a


119

los ojos de Goya les dedicó 33 versiones), pintado siempre todo en una noche, a veces a

oscuras, con una botella en la mano y una novia dormida en el sofá, en el más puro mito del

artista moderno que yo he considerado siempre falso. A mí me han gustado siempre más los

artistas que pintan por la mañana y que no consumen anfetaminas como si fuesen aceitunas

negras. Yo creo, pero esto es una opinión muy personal, de dibujante de monigotes y acua-

relista dominguero, que el arte es tiempo y disciplina, y que todos los bocetos y versiones

intermedias deben quitarse de en medio cuando se llega, si es que se llega, a lo que uno

quería pintar. Yo veo un cuadro y me pasa lo mismo que cuando veo un modelo. Antes de

saber si es o no es bello me fijo en si está o no está bien hecho, y después me dejo que me

impresione. Bidón me ha dicho muchas veces que esa es una opinión de ama de casa, ni

siquiera me concede un prestigio ultraconservador como el de Alfredo. Tienes opiniones de

portera, me dice a veces, para variar. Su última serie, antes de renunciar para siempre (ya

veremos) al ejercicio de la pintura, era una descomposición de las Meninas en fragmentos

diminutos que él ampliaba por ordenador hasta conseguir cuadros de gran formato con al-

gún rasgo irreconocible del cuadro. Era su manera de expresar que si Velázquez hubiera

pintado ahora se habría dedicado al arte abstracto.

Pero yo lo soportaba bien. Bidón callejeaba mucho y en sus fiestas, además de bote-

llas de vino y novias dormidas, a veces aparecía un pintor viejo en busca de jóvenes artistas

a los que apoyar y si era posible tirárselos, y más de una vez, para hacer bulto, para darle un

aire más moderno a la reunión, me pedía que fuese vestido de coleccionista norteamerica-

no, y allí alguno de aquellos tratantes se fijaba en mí y si había suerte podía posar para él y

sacarme algún dinero. Le contemplé a Bidón sus malos modos mientras me interesó esa

clase de trabajos furtivos, pero luego ya me había encariñado con él y se los seguía toleran-

do.
120

A los pocos días de que volviésemos de Astorga me invitó a la inauguración de una

íntima amiga suya, Antonia, que había triunfado en Alemania y a su vuelta le habían hecho

un pequeño reportaje para la sección cultural del telediario. Antonia se había hecho famosa

en otro tiempo con la producción de todo tipo de objetos artísticos con materiales de dese-

cho, en los círculos artísticos se la conocía con el nombre de Mislata. Replegaba todo tipo

de desperdicios no biodegradables del basurero y hacía con ellos lámparas y anillos y escul-

turas androides. Pero aquellos artefactos hechos con botes vacíos de coca cola trataban las

inmundicias sólidas como materia y sólo como materia, sin dejarse llevar por ese encanto

insignificante de los objetos que nos hacen gracia en tanto sólo que ocurrencias. El progra-

ma decía cosas así.

Pero Antonia presentaba ahora una especie de reflexión a su regreso a España.

Había dejado por un momento las latas de sardinas y los bloques de cemento para inspirarse

en su tierra natal. La exposición se titulaba To be or not to be, y tenía varias piezas de lo

que Antonia llamaba charcutería de terciopelo: ristras de longanizas colgadas del techo y

un surtido de morcillas envasadas al vacío. También, sin salirse del reino animal, había

huesos de pollo pintados de purpurina, todos eran el hueso en forma de curvo arado que hay

en la pechuga. La serie rural la completaban unas fotografías con motivos geórgicos: Anto-

nia en paisajes de pueblo, vestida de pastorcilla, rodeada de cabras o con un burro o junto a

las sábanas tendidas, el campo verde con flores, en la estética de la foto dominguera pero

ampliada casi hasta los seis metros cuadrados. Había un objeto que se llamaba La olla que

suspira, una olla express vieja de la que sale la mano de un maniquí y un mechón de peluca

barata; dentro, unos altavoces emitían suspiros. Había un vídeo titulado Musical Dancing

Spanish Doll con muñecas vestidas de faralaes que caminan a paso de joyero musical por

delante de la cámara. Antonia vestida con los mismos faralaes aparecía y desaparecía del
121

encuadre, desde diferentes distancias y haciendo los mismos movimientos que las muñecas.

En otro vídeo, La cabra, que según el programa estaba en la línea de su anterior Prohibido

el cante, un éxito arrollador en la pasada edición de Arco, Antonia, vestida también de fara-

laes, bailaba delante de la cámara con un odre de vino, uno de esos que conservan los piez-

gos, las patas y el cuello del animal. En un escenario rodeado de espejos, el vino se salía del

boto con muñones e iba empapando a la artista que cada vez baila de un modo más sensual

y primitivo, pero nada sofisticado, hasta que se reboza entera con el vino, se despatarra y

enseña a la cámara su entrepierna por entre las faldas de faralaes. Los muslos manchados de

vino, los labios de la vagina y los pelos del coño mojados en líquido rojo como se queda la

piel de las reses bravas alrededor de la herida abierta. En otra pared había también colgados

unos mantones de folklórica con bordados a imitación de los dibujos chinos que hacían las

niñas en la escuela, en la clase de hogar, para bordar un cojín.

La muestra tuvo lugar en la sala Juana de Aizpuru, en la calle del Barquillo, uno de

esos espacios de techos y paredes y suelo blancos que están llenos de reproducciones mí-

nimal y la encargada, muy delgada y con gafas de gato, está junto a una mesa muy simple,

nada más que un cristal sobre blancas y finas patas. A mí me gustan estos actos por lo que

tienen de circense. Las obras que allí se exponen lucen mucho menos si los visitantes o los

invitados al homenaje son ciudadanos normales. Todo el mundo interpreta, pero hay, y eso

es lo que a mí me gusta, cierta conciencia de interpretación, de no negar la postura que se

ha adoptado, cierta exigencia en las conversaciones que las hace, al menos por algunos mi-

nutos, deliciosamente bobas. Todo el mundo está por debajo de sí mismo, todo el mundo

habla del hecho de estar allí y de las personas que entran y salen, y el ambiente huele a des-

lumbramiento y a envidia.
122

Nadie supo en calidad de qué yo estaba allí. La mayor parte del tiempo la pasé en el

centro de la habitación, sacando la cabeza a todo el mundo y mirando en ángulo recto, pero

no como aquel que mira a ver si encuentra a un conocido sino como si yo mismo estuviese

ausente, con una impertinencia en la mirada que en otro lugar habría resultado extravagante

o maleducada, pero aquí era una pieza más de la colección. Con Bidón hablé poco. Bastante

tenía el pobre con ofrecer canapés a los invitados importantes.

Como suele suceder también en estos casos, la persona más normal, más ajena a

toda la miserable pose de la concurrencia, era la propia homenajeada, una chica de piel muy

clara, con aires de vagabundo punk, que me saludó y me dijo si quería comprar algo. Era

mayor que Bidón, andaría ya pasados los cuarenta, a lo mejor incluso era mayor que yo,

pero eso no se le notaba en el cuerpo delgado y nervioso, inclinado a sustituir los movi-

mientos por flexiones, sino en la piel del cuello, que en ciertas mujeres tienen muescas co-

mo los anillos concéntricos de los árboles que sirven para medir su edad. Bidón, el joven

hermoso, tratable, apasionado y enamoradizo, era el cuerpo que Antonia se estaba tirando

en su breve estancia en Madrid. Esa dependencia, ese tener un chico de los recados 24

horas al día, ese descansar de los agobios promocionales sobre unos abdominales de futbo-

lista, me parece, por regla general, tan hermoso como equilibrado: a cambio de ser un

acompañante barato se ofrece la compañía del éxito, ese mundo de celofán que en la mayo-

ría de los casos es lo que único que anida en la vocación de los artistas. Casi nadie ama más

su obra que las consecuencias sociales de su obra. Pero Antonia sí, y por eso se la veía dire-

cta y desenvuelta, con ganas de que aquellos actos publicitarios se acabasen de una vez y

volverse a su estudio en un callejón del Berlín oriental y salir sola todas las noches a buscar

entre los cubos de la basura. Y Bidón empezó a pensar en una serie de cuadros en los que

reprodujera con fidelidad al óleo los colores del orín y de la mierda, la textura parda de las
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aguas fecales, los morados de un cuerpo en descomposición, y en eso supe que otra vez se

había vuelto a enamorar.

Cuando encuentro a alguien que sufre mucho de amor tiendo a tranquilizarle dicién-

dole que se le pasará enseguida. Los espasmos melodramáticos son inversamente propor-

cionales a la duración del sentimiento. Bidón se sentía tan afectado por todo que siempre

estaba malo, pero sus males se le iban con otros males, y sus resacas con otras borracheras.

Me hablaba mucho de Antonia y un día, nervioso, entusiasmado, adoptando los mismos

movimientos alámbricos de su amada, me dijo que ella le había propuesto marcharse a Ber-

lín y ayudarla en su trabajo a cambio de darle casa y comida y un dinero extra para chuche-

rías. Fue poco antes del día que yo la conocí.

Bidón ya se había entusiasmado bastantes veces con artistas mayores que él. Casi

todas lo reducían a la condición de efebo que sólo es posible si uno conserva el orgullo de

ser hermoso, de sentirse deseado, pero Antonia significó bastante más para él que ninguna

otra. Su ofrecimiento, pese a que a mí me pareciese una forma de tenerlo contento para que

funcionara mejor, volvió a repetirse varios días después, pero aquello pasó de ser un asunto

de poco momento a exacerbarse con todo tipo de demostraciones de amor fatal. Entre lo

que Bidón contaba y las apariciones intempestivas de Antonia por la escuela, unas veces

muerta de risa, otras hecha un mar de lágrimas, otras muy amorosa y otras gritándole como

una loca, llegué a pensar que la única diferencia entre Antonia y Javier era que la una había

triunfado y el otro no. Bidón lo repetía una y otra vez, con esa voz monótona y gangosa de

los cantantes de pop británico que se escuchan a sí mismos y antes de la entrevista se meten

un caballón de cocaína. Antonia le había dado un ultimátum. Ella se iba a volver a Berlín

Este. No podía permitir engancharse a las modas veniales de Madrid ni detenerse en esos

viajes a la infancia y a la vena racial. El cielo de Berlín, las barriadas de cemento, las vícti-
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mas de la reunificación y las latas de arenques habían impregnado su trabajo de una since-

ridad que en Madrid se amaneraría de inmediato. El descanso de To be or not to be se había

terminado. Parecía que no, pero ese ofrecimiento que al principio Antonia le hacía a todo el

mundo, irse a Berlín con ella, se había convertido en un enamoramiento de verdad, y lo que

hasta entonces era en Javier producto de la admiración, de lo encantado que estaba con la

situación tan artística que estaba viviendo, esa conciencia de vivir lo memorable que tienen

quienes se adoran a sí mismos, se convirtió en una angustia insólita por poco exagerada.

Javier estaba preocupado de verdad. Daba rodeos y hablaba en términos artísticos.

Él no estaba ya para ponerse a buscar en la basura. Hablaba de la vida de Antonia como si

fuese su obra. Esto del reciclaje no puede acabar bien, Güino. Esta tía yo creo que va por un

camino sin salida. Ella es muy brillante, estamos de acuerdo, pero siempre será Mislata,

toda su carrera se reducirá a la anécdota de su apodo. Cuando se nombre alguna de sus

obras, la gente dirá mira, una Mislata, y luego se echará a reír, igual que cuando dices mira,

un botero, la gente sonríe porque hasta el nombre está gordo. En el fondo me parece con-

servadora. Su método es tan original y su habilidad es tan deslumbrante que ya no queda

espacio para el verdadero contacto con la obra. Yo creo que en el fondo, aunque viva bus-

cando mierda, todavía cree que el arte es bello. Y ese es el error, Güino, y ese es el error.

Hace tiempo que la belleza dejó de ser una categoría estética, decía, Bidón.

A ti lo que te pasa es que ya no puedes vivir sin un sueldo fijo, estuve por decirle

más de una vez, siempre que veía venir ojerosa a la pobre Antonia y ponerse a llorar cuan-

do Bidón se hacía el sueco. Pero la gente no quiere consejos ni verdades. Quieren oírse y

les da miedo hablarse al espejo. Quieren demostrar que su vida sigue siendo un caos la mar

de atractivo. Yo me limitaba a escucharle, y a veces ni eso. Bidón seguía viniendo a la es-

cuela con resaca, cada día más delgado, más exprimido por la trituradora de Antonia, que
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no podía parar de amarlo. Tengo ganas de que se largue de una puta vez a sus vertederos,

me dijo un día, con muy mal aspecto. Parecía seguro de sí mismo, el animal hermoso que

ha sido utilizado por la mujer independiente y madura, incluso en sus gestos más gruesos y

dramáticos, pero que al final persiste en su imagen inconmovible, en su hieratismo transpa-

rente, en ese tono de voz y esos modales que a los modelos nos salen sin querer y a la gente

la desconciertan mucho.

Recuerdo que era Semana Santa porque habíamos dejado de posar y estábamos

haciendo sustituciones a los bedeles de los museos. Yo me quedé en la biblioteca y Rosita

en el jardín, que con las primeras lluvias se había llenado de hierbajos. Alfredo no hacía

nada. A Bidón lo mandaron, por decir algo, porque era su destino preferido, al Museo de

Arte Contemporáneo. Un día entró Rosita con sus cascabeles en la paz sagrada de la biblio-

teca y dijo que Bidón se había puesto malo, que fuésemos a sustituirlo.

Era una exposición de Joseph Beuys, el artista favorito de Javier Bidón, el artista

que hubiera querido ser, aunque para ello tuviera que llevar medio cráneo de metal, como

Millán Astray. Bidón ya se había puesto malo en la primera exposición de Joseph Beuys

que vino a Madrid en el 94. Él estaba entonces con sus miradas cerúleas y sus óleos empas-

trados y de pronto entró en una sala forrada de fieltro gris muy gordo del que emplean en

las fábricas, y vio unas tinas de aceite industrial derramándose por las paredes verdes muy

oscuras todas pringadas con reflejos de colorines, y unos trozos herrumbrosos de cruce de

vía del tren arrancados de alguna estación abandonada, y una estatua de humo y una mon-
126

taña de pizarras de escuela llenas de ideas escritas con la tiza ya del mismo color que el

polvo, y una silla en medio, un pegote de grasa para engrasar las tuberías de los oleoductos

en el asiento, la raja del culo de Joseph Beuys vaciada en la grasa industrial, junto a una

foto del muerto de tamaño natural sentado en esa silla, vaciando la raja del culo, con una

liebre degollada en las haldas y la mirada de Joseph Beuys, que tenía los dientes muy gran-

des y los ojos muy saltones, y llevaba el pellejo pegado a los huesos. Sobre la grasa vacía

expuesta que vio Javier Bidón nada más entrar en la sala quedaban aún unas gotas de san-

gre seca de la liebre.

Bidón entró y vio aquello y tuvimos que ir a sustituirlo. Le había dado tal ataque de

entusiasmo que necesitaba tiempo, incluso el tiempo de la mañana en que vio la exposición

por primera vez. No podía estar mirándola ocho horas seguidas porque el bombardeo de

ideas y de verdades y de hallazgos artísticos maravillosos, si no dejaba salir la potencia que

concentraban en su cerebro y se iba rápido a pintar a su casa, podía fundirlo allí mismo. Es

como si San Pablo se cae del caballo pero lo obligan a estar ocho horas cegado por la luz

divina, ocho horas cayéndose de un caballo.

Esta última vez el tipo de deslumbramiento fue distinto: el caballo lo pisoteó. Cuan-

do llegué tenía el aspecto de los que acaban en esos mismos momentos de vomitar. No

puedo estar aquí un minuto más, dijo Bidón. Ya no puedo más. Me tengo que marchar.

Aquel me tengo que marchar Bidón lo dijo con la solemnidad de quien está diciendo algo

definitivo, de quien no sólo se quiere marchar del museo sino también de la escuela y de

Madrid y de su propia existencia equivocada. El rostro céreo y el encogimiento propio de

quien ya no puede soportar los tirones del hígado aportaban a sus palabras un aire de capi-

tulación. Estábamos en un paisaje de osamentas de animales disecados, bulbos cerebrales

encrespados con rayotes, como dibujados con el papel encima de un pedrusco, largas pier-
127

nas fofas pintadas con tinta sepia como sangre seca, manchas de carne vieja en cloruro de

hierro, oncocéfalos con largas patas de saltamonte, espumarajos como cráneos escupidos

por un sol infantil.

He sido un estúpido, dijo Bidón. Mira esto, Güino, mira el arte de verdad, y noso-

tros aquí mezclando, jugando, ocultando. Nosotros aquí sentados en nuestra silla de funcio-

nario, que si la versión tal, que si la perspectiva cual, que si el tratamiento este, que si la

evolución aquella. Pero mira tú el arte, cómo crece de la tierra, cómo es la misma tierra y el

mundo que nos acompaña. Se refería Bidón a unos cuadros con contornos como musgo gris

de tiempo y ácaros trazados con espasmos de tachón que se daban un aire a esos cuerpos

con apéndices pulposos como tuberías del futuro imaginado en los tebeos.

Eso es lo que me atrae de Antonia, que se deja de tonterías, que acude a las cuatro

reglas y con ellas es capaz de reventarnos en la cara la potencia estética de la tierra. Mira

esto, Güino, que regreso al principio, mira esa chapa, es de un cadáver descompuesto de

paracaidista, quizá es una ñapa para el cráneo que rompió un hachazo, ¿entiendes? Y eso

me gusta de Antonia, y a Antonia esto le gusta también. El vídeo de la cabra está inspirado

en pinturas como estas, que casi parecen rupestres, mira esas largas damas viejas de vaginas

inflamadas, esos croquis de fiambres en la sala de disección. Mira cómo está representado

el hermafroditismo de la carne ajada, esos coños como huevos, qué potentes.

He llegado a la conclusión, dijo Javier, pálido como el papel, de que me lié con An-

tonia por amor a Joseph Beuys. Por amor al arte, Güino, por amor al arte. Es como estar

metido en el cerebro convulso y chapado con planchas de plata de Joseph Beuys, y la cara

rebozada en estas vulvas bulbosas y en el vino de los odres en donde se reboza ella. Mira

qué técnicas, qué sinceridad, todo parece una colección de apuntes y garabatos, mira este.
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¿Qué significa lightewight waste paper?, ¿Tú lo sabes, Güino? No tengo ni puta idea, dije

yo. Mira estos ácidos verdosos, continuó Bidón.

Yo también me estaba poniendo malo. Aquellas aguatintas tumefactas y el discurso

de Javier, en efecto todo un poco bulboso, me estaban empezando a revolver el desayuno.

Javier se detuvo a enseñarme una bolsa de plástico con restos de aceite de soja que había

pegada con un esparadrapo marrón a un lienzo pintado con la regla de hacer dibujos con-

céntricos que venden a los niños en las papelerías, orlado todo con la purpurina con que se

orlan los recordatorios y las extremas unciones. Para hacer esto, me dijo Bidón, no hace

falta pasarse los domingos copiando una postal, Güino. Hace falta talento. Y el mío lo estoy

desperdiciando por exceso de estimulación. Llevo aquí ya casi una semana y por las noches

sueño con listas de nombres tachados, inventos borrosos, artilugios de pesadilla, una pierna

gris con un apósito negro, Antonia revolcada en la grasa industrial de Joseph Beuys. La

vida de Antonia es tan frenética como estas guaches. Y todo esto es tan exigente como An-

tonia. Yo que siempre he sido tan rápido, que me ha gustado pegarle fuego a las etapas an-

tes de comenzarlas, volver antes de haber ido, vivo ahora bombardeado por el arte que

transpira Antonia, y vengo aquí a mi cutre puesto de bedel, porque esto Güino ya ni siquie-

ra es ser modelo, esto es ser bedel, y me vuelven a bombardear con recordatorios de que la

exigencia del arte es la misma que la de Jesucristo: déjalo todo y sígueme. Necesito eva-

cuar, Güino.

Javier se marchó al retrete o a su casa, al estudio de Antonia o a las vías del tren. El

caso es que no volvió. No eran más de las once de la mañana y yo me quedé rodeado por

aquellos desnudos femeninos con cuchillas de patinadora, aquellos perros enroscados en la

postura de la ropa sucia, aquellos cuerpos gasificados, tumbas, momias, cicatrices, acuare-
129

las zarrapastrosas, aquel conejo con un rabo impresionante. Salí del museo a las tres de la

tarde, pero antes de pasar por casa me fui a nadar.

Ahora, también, estoy en la piscina. La natación viene muy bien para ablandar las

líneas. Todavía faltan veinte días para que tengamos que posar en serio, todos los días, to-

das las horas, y ahora me toca nadar. Mi cuerpo de cachalote lento se desliza impulsado

más por mis pies que por mis brazos, que entran y salen como las aspas de un molino en

días sin apenas viento. No obstante, mi nadar no es escandaloso. La técnica de mis movi-

mientos es perfecta, hechos para que no salpiquen, para introducirse en el agua como un

cuchillo sin afilar. Parezco un buque con las calderas apagadas, pero me muevo por el agua

con más velocidad que muchos de los jóvenes escandalosos que aporrean el agua, mueven

todos su músculos muy deprisa pero avanzan muy despacio, y desde luego con mucha más

velocidad que quienes llevan un ritmo de brazada parecido al mío. Lo que ellos no hacen,

aun en el caso de que sepan deslizar su cuerpo, es mover los pies sin separarlos, violentas

sacudidas del tobillo que apenas afectan a la rectitud de las piernas. Yo no lo hago para ir

más deprisa sino para ejercitar los músculos del culo. Es la única forma de que no se des-

cuelgue y de que tampoco parezca repretado por artificio del gimnasio. El gimnasio defor-

ma mucho los cuerpos.

Esto me relaja, me somete al ritmo constante de mis brazos y a un pensar musicado

por los turnos de respiración. Muchas veces enhebro una canción con el ejercicio, y la repi-

to cincuenta veces sin pensar en ninguna otra cosa. A veces utilizo ritmos jamaicanos, mo-

nótonos y sostenidos, pero si quiero forzar un poco más los músculos tarareo en silencio
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una marcha militar. Sin embargo, no pensar cansa más que pensar, desde el momento en

que no se puede mantener el cerebro como un frigorífico desenchufado. Siempre hay que

pensar en algo, incluso, sobre todo, cuando estás trabajando. Bidón era muy amigo de poner

la mente en blanco mientras posaba, pero eso a la larga resulta muy peligroso.

La natación me sirve también lo mismo que a un cirujano le sirve hacer calceta o

tocar el piano. El cirujano se adiestra en que las dos manos ejecuten con la misma simultá-

nea precisión distintas órdenes del pensamiento. Yo nadando y sin perder el ritmo pienso y

hablo y recuerdo para que mi cuerpo se acostumbre otra vez a funcionar solo, sin que tenga

que estar tan pendiente de él. Lo demás es un silencio amniótico que me traslada a la misma

pérdida del sentido de la gravedad que tengo cuando estoy posando.

La piscina descubierta de San Pol, junto al río Manzanares, sigue abierta hasta fina-

les de septiembre. Pero en días como hoy, con el cielo ya cubierto de nubes y el agua más

azul, apenas vienen niños a joder con sus pelotas ni señoras a ponerse morenas. Quedamos

los que venimos a nadar, saurios afeitados con gafas de rana que nos cruzamos a mitad de

piscina y en lo que tarda la boca en respirar nos vemos esa expresión desencajada de los

fetos y la carne blanca y las piernas en un movimiento que cuanto más joven es quien nada

mejor revela su carácter. Unos cuantos largos más. Necesito entrenamiento de fuerza, soli-

dificar los glúteos, subir un poco el tórax, que con el sedentarismo del verano y las comidas

grasas se me han hecho tetillas.

Este verano nadé poco, tan sólo un par de días en el pantano. Un día porque acom-

pañé a mi hija a una prueba de resistencia en la que participaba su amigo Sebastián, el nue-

vo modelo, y otro que me fui con un patín hasta la cola del embalse, con un tipo que me

enseñó a pescar carpas tirándoles habas tiernas. Pero debería haber nadado más. Ahora las

sesiones tienen que ser más largas, igual que algunos deportistas de élite someten a sus
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miembros a fuertes cargas de trabajo y descansan luego una semana antes de las competi-

ciones. Tan importante es recuperar la tersura como evitar los dolores. La tersura y el buen

estado físico se recupera con el ejercicio, pero la mente necesita concentración.

Ahora sólo estamos tres en la piscina. Un muchacho gordo que no sabe nadar y se

cansa muchísimo, parece estar siempre tratando de alcanzar la orilla para salvarse, y una

joven ondina de muy buen estilo que nada más deprisa que yo. Me gusta su apretado baña-

dor, el gorro de plástico blanco, las gafas negras, largas y estrechas, como de aviador japo-

nés, sus pechos de brevedad andrógina, sus espaldas anchas y esa fortaleza con que mueve

los muslos en espasmos isócronos. Cuando me adelanta la veo pasar como una lancha, se

me pone delante y contemplo sus caderas hidrodinámicas hasta que la visión se llena de

burbujas y el cuerpo desaparece. Luego la veo venir de frente, a la misma velocidad, con

los mismos espasmos diminutos, y una línea muy recta desde el cuello hasta el dedo gordo

del pie que le da la gracia danzarina y frágil de su nadar femenino. Se mueve con el despar-

pajo de quien está muy bien adiestrada en sobreponerse a sus limitaciones físicas, que es la

impresión que me dan casi todos los deportistas. Sólo aquellos que lo hacen como algo na-

tural, como la postura más estable y llevadera de su cuerpo, me parecen de veras nacidos

para el deporte. Los demás son aficionados, y esta chica lo es, pero en esa decisión y ese

mando de brazos se ve mucho carácter, se ve lo humano del atleta, se adivina el estado na-

tural de su cuerpo, antes de que se cargase un poco de espaldas, y el genio con que se me-

nea.

Rosita también se menea con mucho genio, pero no en el agua, claro. A Rosa no le

gusta nadar, ni tampoco lo considera necesario. Bastante deporte hace levantando a la nieta

del suelo cada vez que se da una morrada.


132

Ahora ya es tarde, pero no habría estado mal una serie de dibujos subacuáticos para

el verano. En un mundo en que el arte se ha convertido en sorprender, en encuadrar las

formas artísticas que sin intenciones estéticas ha creado el ser humano, hasta el punto de

que hayamos redescubierto la belleza de una fábrica de maquinaria con parecido entusias-

mo al que profesamos hacia una iglesia del siglo XVI, estas imágenes que veo en la piscina

tienen el suplemento de modernidad de los rostros abotargados y las gafas negras y el pa-

ñuelo blanco y la piel cianótica pasando como un homínido anfibio de tebeo, pero bastarían

las cuadrículas móviles de los azulejos, las líneas negras de las calles, la superficie del agua

entrando y saliendo de los sumideros para ensayar un ejercicio de coloración, otro de deli-

neación y otro más de abstracción. Para qué iba yo a darle a mi hija todo eso.

Casi todos los dibujos que hacía estaban mediatizados por las circunstancias que me

tocaba vivir. Tengo fechados unos cuantos de los días en que Bidón abandonó a Antonia y

le dio la segunda crisis de pronóstico con Joseph Beuys, pero eso tampoco era lo que yo

buscaba.

Yo aquí tenía un problema. El regalo de Violeta debía ser una muestra sincera de

afecto, no una muestra de afecto sincero, porque para eso le habría regalado, de haber podi-

do, lo que le regaló su madre. Pude haberlo hecho (y la verdad es que, salvo dárselo a Vio-

leta, hacerlo lo hice, pero no era lo mismo). Demostrar la sinceridad del afecto es más fácil

que expresar afecto con una demostración sincera. Yo sé lo que me digo. En mi regalo Vio-

leta no debía ver sólo lo mucho que yo la quería sino quién era el que la quería tanto. Los

regalos, por regla general, me afligen. De haber sido sólo sincero el afecto, le habría com-

prado a Violeta una colección completa de mis dibujantes favoritos, cuanto más cara y lujo-

sa mejor, en competencia incluso con su madre, aunque hubiera tenido que pedir un prés-

tamo al banco, porque entonces no le regalaría la colección sino mi sacrificio, quizá el re-
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corte de algunos lujos básicos que ya son necesidad, como ir todos los días a la masajista o

dejarme un dineral en cremas hidratantes. Y entonces se lo daría y diría toma, hija, tu padre

está dispuesto a que le duela la espalda con tal de que sepas que te quiere mucho, porque

estos cuadros valen un riñón. A mí eso me parecía la negación de cualquier principio moral

y el fin de cualquier bienestar físico.

Me refugié en los clásicos. Fue entonces cuando empecé a dibujar escenas de la

Historia de los animales de Claudio Eliano. Cangrejos pescados con música, cómo se cura

la cabra las cataratas, incesto involuntario de un camello (a este le cambiaría el título), o la

historia de las bugonias, la leyenda que explica cómo las abejas nacen por generación es-

pontánea de los cadáveres en descomposición. Me gusta Claudio Eliano para después de las

emociones fuertes. Me gusta él y me gustan Plinio el Viejo, Paladio, Varrón, Columella,

Claudio Eliano y muchos otros que forman algo así como la segunda división de los autores

griegos y latinos, la de gente que no escribió grandes tragedias ni poemas más duraderos

que el bronce, sino libros llenos de noticias curiosas, de biología, de agricultura, de leyen-

das antiguas, una sazonada mezcla de pasión por la sabiduría y de ingenuidad para creerse

cualquier cosa. Lo que no saben, lo toman prestado de otros autores, o lo conjeturan, o se lo

inventan, pero sus invenciones y sus recursos sospechosos (en el caso de Claudio Eliano

parece más bien un cuentista de historietas infantiles) puede que no tengan mucha fiabili-

dad científica, pero sí una gran humanidad poética. Las plantas y los animales eran para

ellos una representación de lo más puro de sí mismos, y explicaban los fenómenos de la

vida y de la muerte queriendo saber algo de su propia vida y de su propia muerte, y esto los

hace muy tiernos, muy sencillos, muy auténticos.Para mí estos autores son como una cami-

seta de manga larga.


134

Pero el caso es que a mí me gustaban esas mujeres de vulvas monstruosas, aunque

sólo fuese para dibujarlas, me gustaban tanto como los sencillos monigotes de Claudio

Eliano, como las líneas nevadas de Astorga. Formaban parte de mí, eran lo más sincero que

de mí yo podía decir a Violeta. Pero estoy mezclando cosas. La crisis de sinceridad no me

llegó hasta meses después, inducido por una muy gorda que tuvo mi hija. Soy ahora mucho

más sincero si digo que entonces, en aquellos días de Semana Santa, yo no hacía más que

dibujar como un poseso sin orden ni concierto, sin saber qué hacía ni adónde iba, no bus-

cando los modelos que más pudiesen pegar con mi carácter sino haciendo lo único que sa-

bía hacer y cansándome de todo enseguida. Pero al mismo tiempo debo reconocer que

aquel proyecto fue una forma de protegerme durante aquellos duros meses de trabajo antes

del final de curso. El ideal del hombre de acción no significa para mí hacer largos viajes ni

estar en siete asociaciones a la vez, sino en tener muchas cosas que hacer. Yo no pasaba el

tiempo pensando cómo revolucionar el mundo sino cómo hacer una tortilla de patatas. To-

dos los que me rodeaban entonces tenían alguna misión en este mundo, algo por lo que lu-

char. Rosita era la conciencia sindical, mi ex mujer el feminismo caro, Alfredo se había

tirado al monte, Bidón se consumía en Joseph Beuys, Violeta estudiaba como una loca para

sacar una buena nota media que le permitiera entrar en la facultad de medicina. Y yo iba de

un lado para otro tratando de centrarme con mis monigotes, de no sufrir mientras posaba,

de administrar el dinero para doblar las sesiones de masaje y de cocinar en casa. Pero nunca

había tiempo para nada. Las ideas fijas de los demás desvirtuaban mi concentración.

Unos días antes de Semana Santa, además, había sufrido una lesión en el trabajo,

pero tampoco podía volver a pedir otra baja porque acababa de llegar de Astorga, ni Reme-

dios hubiese consentido en firmármela, porque tampoco la lesión podía diagnosticarse co-

mo tal ni yo quería explicarle los síntomas. De pronto, a la hora u hora y media de estar
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posando, me empezaba a poner muy triste. No me dolía nada, eso hubiera faltado, pero yo

me ponía muy triste.

Una de las facetas de nuestra profesión que más experiencia exigen es el acertar con

el pensamiento adecuado mientras estás posando. Todos los modelos sabemos que los cir-

cuitos que conectan nuestro pensamiento y nuestros músculos son muy delicados. Si uno

tiene una preocupación, debe dejarla colgada con el albornoz. Lo perjudicial de las preocu-

paciones es su insistencia y el desorden con que se articulan en el cerebro. Pero, por la

misma razón, las alegrías o las ilusiones, si no se saben dominar, acaban ocupando la ma-

ñana entera, y provocan los mismos dolores de mandíbula. Pensar en los dibujos era bueno

porque apenas corregía nada. En una sesión podía dibujar varias docenas con el pensamien-

to, y en la siguiente quedarme con uno solo, añadir detalles, y en la tercera quedarme con la

imagen fija del dibujo, recorriendo el acabado. Y en la última, ya muy hecho polvo, volvía

a reconocer a los amigos del suelo, esas caras que con un poco de imaginación se pueden

ver en las vetas del parquet, o miraba el movimiento entretenido de los estudiantes o me

quedaba colgado de la rama de parra que asoma por el quicio de la ventana del fondo de la

sala de dibujo al natural.

Siempre fue así. La mañana comienza fluvial, vertiginosa. La velocidad mental sir-

ve para desengrasar los músculos, que se detienen en su perfecto estado de forma cuando se

centra uno en un solo pensamiento sin repeticiones. Cuando empecé a posar, todavía estu-

diante, repasaba durante la primera hora lo que había estudiado en la noche anterior, en la

segunda memorizaba los pasajes más interesantes, y dedicaba la tercera a escribir con la

mente un examen sobre Santo Tomás de Aquino, por poner un ejemplo. En la cuarta busca-

ba en el suelo la imagen del filósofo. Y mucho después, cuando Remedios se empeñaba en

decir que todo iba mal, que el mundo iba mal para las mujeres que querían abortar, que
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Violeta iba mal en su escasa sociabilidad, que mi suegra iba mal de las articulaciones, de

tanto subir escaleras y batir huevos, que nuestro matrimonio iba mal y que la vida entera

era un desastre, yo no cometía el error de hacerle caso porque si no ahora estaría en una

silla de ruedas, seguro.

Tampoco sabría definir con rasgos concretos cómo era el pensamiento aquel tan

obsesivo que me entró muy poco antes de la Semana Santa. Quizá era un cúmulo de no

pensamientos, de pensamientos para no pensar el pensamiento que amenaza con resultar

preocupación. Primero vinieron unos días de tedio en los que me aburría seguir pensando

en los dibujos. Luego empecé a rumiar irritaciones y a ordenar la agenda mental. Remedios

no paraba de llamarme para decirme que estaba preocupada con su madre, que quería jubi-

larse y largarse al pueblo. Pero también estaba preocupada por Violeta. ¡Está saliendo a ti!,

me dijo un día, no sé si entre lágrimas porque estábamos hablando por teléfono, pero sí

muy afectada. Y luego estaba Alfredo, que no sabíamos dónde estaba, y no podíamos dar

parte a la guardia civil porque no se había presentado a la primera citación del juez y la

guardia civil ya estaría buscándolo por su cuenta. Pero yo no sabía dónde buscar, y esa im-

posibilidad me tranquilizaba porque me liberaba de culpa y, por lo demás, me traía sin cui-

dado dónde estuviese Alfredo con tal de que no me necesitase para ir a ningún otro sórdido

villorrio vallisoletano a pasar frío, con lo bien que se está nadando en la piscina.

Mantener a raya todos esos asuntos, lo que me importaban y lo que amenazaban con

importarme, me provocaban pensamientos planos y repetitivos que a la segunda o tercera

hora ya me habían sumido en la tristeza. Cavaba un jardín en el pueblo, subía el Tourmalet

en bicicleta, imaginaba un entierro lleno de flores, o me dejaba llevar por una escena en la

que veía cómo el pintor Julio Palomares forzaba en un callejón a una pobre criatura y yo,

para defenderla, le abría el cráneo a patadas. Nunca he sido tan violento como en esas horas
137

últimas de la mañana, los últimos tiempos casi siempre en clase de Pilar Guijarro, que me

ponía nervioso quizá como prolongación de lo que su amada Rosita me sacaba de mis casi-

llas, aunque yo jamás lo demostré ni moví un solo músculo mientras por dentro cometía

salvajes asesinatos contra ese tipo de enemigos que todo el mundo tiene para justificar su

instinto. Y, ahora que lo pienso, cuando más tenso me puse fue con las inacabables dudas

sentimentales de Rosita mientras tomábamos el desayuno, en las horas libres que pasába-

mos los dos en la cafetería o en el vestuario. Pero no me ponía nervioso porque su actitud

de algún modo me afligiese, sino porque la consideraba impropia de ella, porque descendía

hasta un tono relamido que no le pegaba nada.

Rosa se tomó su aventura con el juez como unas vacaciones del corazón. Una sema-

na de fiesta para Rosa no era sólo cambiar de aires sino de convicciones. Lo malo es que,

cuando volvimos de Astorga y nos reincorporamos al trabajo, ella se trajo las convicciones

cambiadas y el espíritu de vacaciones. El juez insistía. Venía todos los fines de semana,

hacía por verla, la invitaba a cenar, se la llevaba al chalet que los padres del juez tienen en

Mirasierra (no muy lejos de donde ahora vive mi mujer, por cierto) y estaba empeñado en

casarse con ella, en ser un padre para Lurdes y un abuelo para Carmelilla, en hacer lo que

fuese menester para conseguir un traslado a Madrid y en que Rosa dejara para siempre de

ganarse la vida en pelotas.

Yo Güino es que no sé, me decía. ¡Es tan majo, es tan amable, es tan buena persona!

Porque yo quererle no le quiero, o sí, no sé, quién sabe nada de amor, yo follo con él y me

siento muy a gusto, las cosas como son. En la cama, con todo lo gordo que está, es como un

pajarico, y cuando nos hemos corrido me cuenta unos chistes graciosísimos. ¿Te sabes

aquel...?, y Rosa me contaba un chiste malo que le hacía una gracia que se moría de risa.
138

¡Pero Rosita, si es un juez!, le dije, bromeando, un día que me vino con que Eduardo la

había invitado a ella y a todos sus amigos a una fiesta en Mirasierra.

Lo más desconcertante de todo fue que, por encima de las rentabilidades obvias que

Rosa veía en liarse con un tipo tan solvente, más allá de la renuncia y el desclasamiento y

toda la integridad ético izquierdosa (un poco pedestre, la verdad) que suponía echarse se-

mejante novio, más allá del futuro y de su hija y de su nieta y de sus cervicales que la lle-

vaban a mal traer, más allá de eso yo creo que Rosita estaba ilusionada de verdad, se había

enamorado de verdad, y eso sí que me parecía incomprensible. Uno nunca entiende a los

novios de las amigas. Uno se hace cruces de cómo una mujer tan lista es capaz de caer en

los brazos de un pollo como ése. Yo tiendo, como todo el mundo, a sobrevalorar a los ami-

gos, y cuando Rosa me ha contado a qué se dedicaban sus conquistas, qué tipo de bigardo

era el padre de Lurdes, yo siempre he terminado por decirle calla, calla, mujer, no me cuen-

tes más, que me vas a poner nervioso. Porque uno es dulce y educado, elegante y culto,

respetuoso y comprensivo, buen conversador y amigo de hacer favores, pero ellas se lanzan

como lobas a los brazos de una bestia parda, y luego van y te explican que el amor es ciego

y que en el fondo es un encanto o que cuenta unos chistes que dan mucha risa. Uno es así

de perfecto incluso con las amigas con quienes no quiere tener nada, pero aun en la amistad

sin cama es necesaria cierta reciprocidad, que cuando se echen un novio no incurran en

vicios vulgares indignos de sus amigos. Todo esto es demasiado complicado para explicár-

selo a Rosita. Yo me limité a decir que no podía ir a la fiesta, pero ella se sacó de la manga

otra de sus armas favoritas: Güino, por favor, no me hagas esto. Si no vienes tú, ¿a quién

voy a llevar? Esto es importante para mí, Güino. ¡No me hagas creer que te importo un co-

mino!
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Mirasierra tiene aspecto de sanatorio para enfermos multimillonarios. Las casas son

castillos con muros de cemento y verjas puntiagudas y lucecitas de seguridad que parpa-

dean en la noche por encima de los parterres. En las entradas de las urbanizaciones hay

guardias armados hasta los dientes con perros amaestrados que tienen la misma mirada in-

quisitiva e insolente de sus amos. Luego hay una zona más modesta de adosados unifami-

liares, que también valen un huevo y están igual de vigilados, pero ya no tienen el aire de

búnker prohibido ni sus habitantes piensan que cualquier ciudadano que pasea por la calle

puede ser un violador. Mi ex mujer y mi hija viven en esta otra parte un poco más normal,

pero, por lo que me cuenta mi hija, la manía persecutoria, los perros amaestrados y el aire

insolente y altivo es la tónica de todo el barrio. Yo antes de la fiesta ésa sólo había ido por

allí una vez, cuando mis mujeres hicieron el traslado y mi hija se empeñó en que fuese.

Llegué, me tomé un café, soporté un rato el inevitable llanto de Remedios (no estaba segura

de haber tomado la decisión correcta, la pobre), y me volví a marchar. Desde entonces he

dado todo tipo de excusas para no aparecer por allí salvo en las reuniones familiares con mi

suegra. Violeta toma un autobús todos los viernes cada quince días y yo la recojo en la pa-

rada de la Gran Vía.

Pero ninguna de las excusas que durante casi tres años le he dado a Remedios para

no ir a la casa donde vive mi propia hija sirvió para convencer a Rosa de que yo no pintaba

nada en Mirasierra. Eduardo, el juez chistoso, había invitado a todos sus amigos, pero Rosa

se dio cuenta de que sólo me tenía a mí. Ella tiene más amigos, claro, pero en el embota-

miento propio del amor sintió vergüenza de sí misma y de todas sus amistades. Esto ella ni

lo dijo ni lo reconocería nunca, y si yo se lo hubiese dicho le habría dado un disgusto. ¿Y a


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quién más llamo, Güino, y a quién más llamo?, se limitó a decir. No podía llevar a sus ami-

gos del sindicato porque empezarían a meterse con la familia de Eduardo. No podía llevar a

sus amigas de toda la vida porque les parecería una presunción intolerable. En realidad no

podía decir a nadie que tenía un novio rico, a los unos porque le retirarían el saludo y a los

otros porque eran unos ordinarios que no se sabrían comportar. Me lo podía decir a mí,

porque conmigo se puede ir a todas partes, pero a nadie más. Se lo podemos decir a Bidón,

le sugerí, Bidón es muy aparente y tiene buena mano con los canapés. A ella no le pareció

mal (lo de los canapés le hizo reír), porque Bidón entiende mucho de arte y seguro que en

el chalet de los padres de Eduardo tenían obras de mucho valor. Aunque ése es capaz de

decir que hay un cuadro que le pone muy triste o vaciar el mueble bar y coger una borra-

chera escandalosa, dijo Rosita. No te preocupes, le dije yo, que nos sabremos comportar.

Esa semana me tuvo mártir con qué se tenía que poner, porque ella no había ido a

una fiesta de esas en su vida, y se había pasado la vida bramando contra los que iban a esas

fiestas. ¿Y tú Güino cómo vas a ir? Pues no sé, le decía yo para ponerla más nerviosa, si

quieres me pongo el traje de la boda. El jueves, un par de días antes del sarao, vino toda

seria y circunspecta y dijo que no íbamos a la fiesta. Me estoy metiendo en un jardín, me he

pasado la noche entera sin dormir, no tengo nada claro pero nada, Güino, pero nada. Chica,

calla, le dije yo, esta tarde nos vamos los dos de compras a ponerte guapa. A mí no me jo-

das que no estoy para derroches, me contestó. Yo le dije tómatelo como una inversión, mu-

jer, que cuando te cases con el juez vas a pasarte las tardes comprando trapos. ¡Güino no

me digas esas cosas, que bastante tengo con lo que tengo!

Su problema era que tenía un vestido muy mono que se compró para el bautizo de

la nieta pero no tenía abrigo, ¡y no voy a presentarme con un vestido tan elegante y el plu-
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mífero que me llevé a Astorga! El problema era el entretiempo. ¡Si hiciese frío-frío o calor-

calor, pero es que así para entretiempo yo no tengo nada! De modo que la calmé como pude

y le dije que dejara el asunto en mis manos. Llamé a Remedios, que es más o menos de su

misma talla, y le expuse la situación. Mi ex mujer alucinaba. ¡Hijo, Güino, me llamas para

unas cosas más raras!, ¡en vez de llamarme para lo que me tenías que llamar!

Remedios y Rosa no se conocían, nunca me ha gustado mezclar la vida privada con

el trabajo. Lo único que te estoy pidiendo es un abrigo de entretiempo, querida, le dije, por-

que es para una amiga, una amiga que tiene que sacar adelante a su familia y se ha visto en

un compromiso y en estos momentos no puede ir a gastarse un dineral en un abrigo para

una noche. He pensado en ti porque me imaginé que lo comprenderías, pero nada, déjalo,

mujer, déjalo, y perdona por las molestias, dije. Pero nunca debí haber dicho eso. Nunca

debí haber pedido a nadie un favor. A mí los favores me cuestan demasiado caros. De mo-

mento, aquel favor me está costando el distanciamiento que ahora, meses después, muestra

Rosita conmigo, y que de momento no sé qué alcance podrá tener.

Remedios no sólo le dejó un abrigo. Le dejó un vestido negro con rosas grandes es-

tampadas en rojo que Remedios se compró para la boda de Margarita, una amiga de la in-

fancia. El vestido es de tela flexible, porque Remedios tiene mucha cadera pero poco pe-

cho, y Rosita tiene las mismas caderas pero gasta por lo menos un noventa y cinco de suje-

tador. Pero Remedios tiene muchos vestidos y muchos abrigos de entretiempo, y sin em-

bargo tuvo que dejarle ese. La boda de Margarita fue hace tres años. Cuando volvíamos en

el taxi, después de aquella boda, Remedios me dijo que había decidido marcharse de casa, y

que si yo no tenía inconveniente se llevaría a Violeta a vivir con ella.

Estás muy guapa, le dije a Rosita nada más meternos en el taxi que nos llevó a Mi-

rasierra. Bidón dijo que iría por su cuenta. Rosa se repasó los labios y me preguntó si no le
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marcaba mucho el pecho. Remedios se había empeñado en que ese vestido le sentaba bien,

y ella no le dijo nada, claro. ¿Qué le iba a decir, si se lo estaba prestando? Pero Remedios

tenía muy buen gusto. Era muy maja. Remedios era majísima. Y era raro no conocerla,

porque Remedios le había dicho que a mí me conoció en la escuela, que fue a posar allí

unos días cuando yo era estudiante.

Yo por mi parte me puse mis mejores galas. Un traje negro sin camisa, con un jer-

sey fino de cuello abierto también negro, el tres cuartos de cuero que me regaló mi suegra,

recuerdo de las Brigadas Internacionales, y unos zapatos doctor Maertens con el brillo re-

cién sacado. Por mucho que nuestra ideología nos confirme que somos todos iguales y que

podemos presentarnos en cualquier casa vestidos como nos dé la gana, y por mucho que yo

a Rosa le hiciese ver que aquella cena no era más que una oportunidad de ver ambientes

graciosos, la verdad es que uno se lo piensa cuando tiene que comer con un juez. Y si el

juez es aristócrata se lo piensa varias veces. El instinto nos hace temer que sus maneras

vayan tendiendo alguna red que nos humille. Aparentar es divertido, pero en esas

circunstancias resulta imprescindible. Hay que dar un aire despreocupado, como si vinieses

de una reunión mucho más importante y ahí por fin te pudieses relajar, ir con traje pero sin

camisa, incluso con el matiz bohemio republicano del tres cuartos, un poco para tocar los

huevos a tanta nobleza. Y, al contrario de lo que se supone que son las normas nobles en la

mesa, hay que hacer también un poco el guarro, coger los langostinos con los dedos,

chupetear la raja de limón, sorber el plato y untar mojo. Hay que ser un poco guarro porque

los aristócratas son gente tan pasada que no renuncia a los placeres primitivos, y él sería un

aristócrata de los jueces Rodrigálvarez y ella de las señoras de Basterra, pero yo era un

aristócrata de la belleza. Él podría ser el más alto funcionario posible, pero yo miraría la

decoración de su casa con un pequeño rictus de dolor de estómago, como si todo aquello

me pareciera de un gusto advenedizo y espantoso. Luego no sé si se notaron bien esos ma-


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de un gusto advenedizo y espantoso. Luego no sé si se notaron bien esos matices porque la

verdad es que estuve toda la cena bastante callado.

De primero la criada, una chica con acento panameño, nos puso un surtido de ma-

riscos frescos y estuvimos dándole vueltas al asunto de Alfredo, no tanto porque nos impor-

tase mucho cuanto porque en el fondo era lo único que teníamos en común, lo único de lo

que se podía echar mano para hablar, porque Rosita, mucho más afectada que yo por las

circunstancias, o menos consciente de su reacción natural, estuvo hecha un manojo de ner-

vios toda la cena y cada vez que abría la boca temía estar diciendo alguna paletada y le salía

una extraño acento medio catalán. Lo que sí que estuvo muy bueno fueron los espárragos,

de eso me acuerdo como si los acabase de comer. Eran suaves, sin apenas hilos, cocidos

con una bechamel muy fina y gratinados tan sólo hasta que tomasen el color. Dentro lleva-

ban un paté nada pastoso, debía de ser de ave, y el plato estaba decorado con unas gotas

Jackson Pollock de crema de verduras y una estela de huevas de salmón. El juez se justificó

diciendo que después de imponerle a Alfredo una fianza le había dicho que se presentase

una vez cada quince días, pero que ya habían pasado los primeros quince días y Alfredo no

había vuelto. Ahora podía dictar una orden de búsqueda y captura, y cuando lo cogiesen

meterle un puro de prisión incondicional hasta que le empezasen a salir los juicios. Pero no

te preocupes, dijo, mirando a Rosita, tranquilizándola con una sonrisa muy comedida. Dijo

vamos a darle una segunda oportunidad.

A mí eso me hizo gracia porque Alfredo se había convertido para ese juez en un

asunto de amor, y Rosita no lo desmentía. Incluso Bidón, que al llegar el postre todavía

estaba sereno, muy respetuoso con la basura que había colgada de las paredes, muy pruden-

te y muy neutro en sus breves intervenciones, todas llenas de sonrisas, dijo un extraño cla-

ro, claro cuando el juez anunció a los presentes que había decidido saltarse la ley para tener
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un detalle con sus compañeros. Luego supe por qué Bidón se había mostrado tan manso,

pero entonces pensé que a él también le estaba impresionando Mirasierra. Pero lo de Bidón

era más profundo.

En la cena, aparte de la criada, estábamos cinco personas. Todos los amigos de Rosa

éramos Bidón y yo, aparte del fantasma de Alfredo, y todos los amigos del juez era su her-

mana la pequeña. Entonces era una chica muy guapa y apenas hablaba nada. Tenía la cara

cansada. Las ojeras se le notaban más porque tenía el aire pálido de los eslavos, que además

suelen tener la mirada clara y los labios mas oscuros de lo normal. Son los ojos asustados y

la boca muy seria de las saltadoras de altura checas. Su cuerpo, por lo demás, no era el de

una atleta, pero sí el de una escultura. Se le marcaban mucho los huesos, tenía los brazos

delgados pero los pechos grandes, el pubis apaisado, como demasiado abiertas las caderas

para unas piernas que entonces no vi pero me imaginaba muy finas. Me gustan esos cuerpos

porque el peso del pecho les produce una levísima encorvadura, una discreta cargazón en

los trapecios que equilibra su perfil, igual que las espinas ilíacas marcadas en la parte supe-

rior de las caderas se equilibran con el ancho culo. Me gusta esa mezcla de dama frágil y

mujer bragada, de modelo que no podría pasear vestidos porque es demasiado mujer. Pero

en el estudio de un artista tiene cien veces más interés.

Sólo le oí un par de frases en toda la noche, ocupada por la inmensidad legal de su

hermano, sus dedos gordezuelos y su barba hasta los ojos y la voz nasal de quienes tienen

demasiada papada y les dan fatigas al hablar. Una vez, cuando su hermano nos estaba con-

tando que Alfredo debería estar en busca y captura, ella dijo: ¿Qué edad tiene?. Está a pun-

to de cumplir 65, dije yo, que estaba mirando los cuadros de la pared como si no prestase la

menor atención a lo que decía el cochinillo de su hermano. Y ella en la repuesta ya no se

dirigió a su hermano sino a mí, y yo giré la cabeza con deliberada lentitud hasta toparme
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con sus ojos y ensayar una mirada penetrante, no lo pude evitar. Un buen abogado puede

amargarle los años de vida que le quedan, dijo, y luego, dirigiéndose a su hermano, añadió:

a él y a ti, Edu. Joder, terció Rosita, que no se pudo contener, ¿y tú que entiendes por un

buen abogado? Ella la miró con la serenidad de quien está acostumbrado a dar malas noti-

cias sin ofender. No hablo de bondad, hablo de dinero, y el Palomares ese tiene mucho di-

nero, y por lo visto muy mala leche. Luego se calló un buen rato.

Eva lo defendería sin ningún problema, dijo su hermano, pero ahora no puede, y

además es mi hermana. La conversación derivó enseguida hacia los espárragos y siguió por

comentarios banales que no la sacaban de su cansancio, por más que Bidón empezase muy

pronto a intentar ser amable con ella y hablar interminablemente sobre pintura moderna.

Fue pesado, pero no grosero. Sólo al final, cuando Rosita dijo a todos que mi exmujer le

había prestado el vestido y que se le iban a salir las tetas de un momento a otro, vi a Eva

sonreír y comentarle con algo de temblor de labios: qué va, mujer, estás guapísima. Yo es-

tuve por decirle no le hagas caso, Eva, que os está provocando, pero también me callé.

Me marché de la casa del juez lo antes que pude porque al día siguiente era domin-

go y yo tenía que madrugar. Madrugar en domingo es, en momentos de zozobra, lo único

que me hace mantener el tipo, y en los que no son de zozobra también porque no he fallado

un solo domingo desde nació mi hija. Ese día, hace dieciocho años y tres meses, trajeron a

mi hija y a su madre del Corazón de Jesús y yo pasé muy mala noche, cada vez que me

dormía me asaltaban angustiosas asfixias infantiles, de modo que me levanté muy temprano

y me puse a pintar un óleo. Desde entonces, todos los domingos por la mañana he hecho lo
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mismo, esté donde esté. Si viajo pinto miniaturas. Los dibujos los puedo hacer a cualquier

hora, cualquier día, no importa si varios días seguidos o ninguno durante varios meses. Los

dibujos son una forma de entretenimiento que no me cuesta ningún esfuerzo, pero cuando

pinto al óleo me lo tomo en serio. Los dibujos son esa curiosidad despreocupada de los bo-

cetos que se hacen silbando, el óleo es un proyecto de mucho tiempo. En dieciocho años y

tres meses he pintado siete cuadros grandes y dos miniaturas de viajes. Las miniaturas me

desagradan porque tengo que basarme siempre en la memoria, pero en el caso de los cua-

dros grandes siempre veo lo que estoy pintando. Mis siete cuadros se titulan Ventana del

dormitorio, Puerta de la terraza, Ventana de la cocina, y la serie Puerta abierta de la te-

rraza, que tiene un cuadro para cada estación del año. Estos últimos cuatro cuadros aún los

tengo inacabados. Teniendo en cuenta que sólo pinto tres horas a la semana, si lo hiciese

todos los días del año, aunque sólo fuesen tres horas, pintaría en un año lo que me cuesta

siete, y no tendría sólo siete cuadros, cuatro inacabados, sino siete veces siete, que ya es

una pequeña obra. Pero yo no quiero tener una pequeña obra sino pasar las mañanas de los

domingos.

Ese domingo me puse a la tarea pero no me dejaron dar ni cuatro pinceladas. Estaba

pintando una hoja de las hortensias que se ven a mano izquierda, las flores aún estaban en

su manojo de capullos pero las hojas habían empezado a sacar la rugosidad carnosa y bri-

llante de cuando se hacen grandes de verdad. Estaba justo en los brillos de esas pequeñas

musculaturas cuando llamaron a la puerta. Era Bidón, que se había traído a Eva para el des-

ayuno. Habían salido los cuatro a tomar una copa cuando yo me marché a casa. Acababan

de dejar a Rosita y al juez en un taxi de vuelta a la casa lejanamente inglesa de los Rodri-

gálvarez Basterra, a las siete de la mañana, y ellos dos habían estado dando un paseo por el

barrio de los Austrias hasta que se les ocurrió desayunar conmigo.


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Bidón sabe que yo a esas horas estoy despierto, encadenado a un entretenimiento

que él detesta. Copista, me ha llamado en más de una ocasión. Y no sabe que la tarea de

copiar es tan agradable para un aficionado al dibujo como la de traducir para un amante de

la literatura. Copiar un cuadro amado es entrar en el esplendor de sus entretelas, en esas

simples verdades cuya milagrosa colocación sólo puede corresponder a un genio. Ni él ni

mi mujer habrían entendido nunca el placer de pintar todas las líneas de todos los tejados,

todas las antenas de todas las azoteas, todas las cruces de todas las iglesias. Bidón tenía en

el fondo tan poca sensibilidad que ni siquiera sabía que no era un cuadro sino cuatro. Otras

veces, al final de otras borracheras, había venido a largarme un discurso monótono y pasto-

so, de haber bebido mucho y tomado mucha cocaína, y también era domingo y yo estaba

pintando diferentes estaciones de la puerta de la terraza. Él se limitaba a quejarse de que el

mundo no reconocía su talento, a hablar mal del trabajo, a contar sus dramas amorosos de

quince días, a pedir dinero, a relatar proyectos inverosímiles, ideas fugaces que a veces

incluso se apuntaba en un papel y se metía en un bolsillo. Al día siguiente, otra vez en la

escuela, no tenía suficiente entusiasmo para recordarlas y seguirle pareciendo buenas. Un

cuadro nunca le duraba más de una mañana. Se ponía muy melodramático diciendo teorías

sobre la necesidad del abandono y la pureza de lo instantáneo, pero a mí me parecían cha-

puzas, lo que pasa cuando alguien dice que un boceto es una obra de arte y los demás se lo

creen. Bidón hablaba siempre sobre sí mismo y si acaso, en el descanso rápido de encen-

derse un cigarro, me preguntaba cuándo iba a cambiar de cuadro de una puta vez, y me re-

petía la típica tontería goethiana: pero si ya lo tienes colgado en esa ventana, ¿en qué otra lo

vas a colgar?

Sin embargo ese domingo quería impresionar a Eva. Se lo noté desde el principio.

Nada más llegar usó ese tono que usa para sentirse artista, y se vino al cuadro y empezó a
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dar opiniones de conmilitón, a decir que le gustaba mucho la profundidad y que había

hecho bien en dejar esbozada la barandilla. Eva no dijo nada. La cara tampoco le había

cambiado, y si lo había hecho se le había vuelto a cansar. Se limitó a saludar sin ningún

alarde. Se cruzaba mucho la chaqueta, como si estuviera destemplada, escondía la cara en

la melena y lo primero que hizo fue pedir un café y sentarse en el sillón que tengo en el

estudio para fumarme un cigarro mientras miro el cuadro que estoy pintando. Mientras Bi-

dón comentaba pormenores de la luz de los que no tiene ni idea, ella miraba el cuadro muy

atenta con sus ojos eslavos.

Me molestaba que Bidón me tratara de artista. Es humillante que alguien crea que

para sobrevalorarse a sí mismo también lo debe hacer con sus amigos. Me molestaban, en

rigor, los dos. No tenía el más mínimo interés por la amistad que hubiera podido surgir en-

tre ellos, y a Eva ya la había mirado bastante durante la cena. Lo de la belleza eslava lo

tengo siempre a mano en mi colección de atletas del telón de acero, una especie de álbum

de cromos que me hice con los rostros de Heike Dressler o Gabriela Szavo. No me intere-

saban los comentarios pomposos de Bidón ni el espectáculo del apareamiento. Bidón había

venido muchas veces a casa con una chica a la que invitaba a desayunar en casa de un ami-

go un poco antes de tirársela. Desde mi casa hay unas vistas estupendas y su colega Güino

puede ser todo lo que necesite que sea la catadura social de la hembra. Si otras veces tengo

que fingir por conveniencia de los otros, con Bidón por lo menos no tengo que hacer nada

porque él se lo inventa todo. Me ha presentado como compañero de curro, como amigo de

la infancia, como bedel en la escuela y como espléndido modelo profesional. Un día que se

estaba ligando a una galerista me pidió por favor que guardase los cuadros y que pusiera

algunos suyos. Quería, dijo, que la galerista viese sus pinturas sin saber que eran suyas,

para ver su reacción. Fue tremendo hacer pasar por mía semejante basura.
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Cuando volví de la cocina con el café y las pastas integrales Eva se había quedado

dormida. En esos momentos Bidón espera que yo le ofrezca quedarse en mi casa con su

acompañante, pero yo nunca se lo ofrezco. Es un código de silencio que funciona muy bien.

Esto no es ningún motel. Pero lo que nunca nos había sucedido es que la acompañante se

quedase dormida. Me dieron ganas de hacerle alguna foto tumbada en el sofá, sus largas

piernas acurrucadas en una posición fetal pero elegante, el rostro apoyado en la oreja del

sillón, la boca entreabierta de los que están dormidos.

Entonces Bidón me dijo que saliésemos a la terraza y allí mirando la Casa de Cam-

po me dijo: ¿te acuerdas de Antonia? Entonces le apareció en el rostro una mezcla insana

de clarividencia y dolor, como esas revelaciones redentoras que tienen los desahuciados,

que sólo anuncian la muerte o la locura. Bidón dijo que lo había pasado muy mal, que An-

tonia lo había herido mucho más de lo que se hubiese podido nunca imaginar. Lo de Anto-

nia había sido el encuentro con la droga dura, quince minutos en el paraíso. Ella seguía en

Berlín, le escribía y le daba esperanzas, pero también le contaba sus andanzas con pelos y

señales, y los tres meses que llevaba ya viviendo con un bigardo alemán de nombre Hans

que se dedicaba a la música concreta. Estaba teniendo mucho éxito y a ella le echaba unos

polvos espectaculares, que ella, como acto de sinceridad, como prueba de que por encima

del sexo está el entendimiento mutuo, le contaba en sesiones de correo electrónico en las

que Bidón siempre quiso no creer. Una vez, cuando vino a Madrid, Bidón se sentía tan ul-

trajado que la primera noche no quiso follar con ella. Le dijo he sufrido demasiado, Anto-

nia, y Antonia lo convenció de que era víctima de un pensamiento reciclable, y abrió el

periódico y llamó a un muchacho para que se la follase delante de él, para que Bidón se

diese cuenta de que las imaginaciones enferman si no se miran a la luz de la sencilla reali-

dad. Y al día siguiente se volvió a Berlín. El idiota de Bidón lo comprendía, había sido una
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escena liberadora, y al final él también se tiró al muchacho, y había sido, como suelen ser

los triángulos, una experiencia muy gratificante, salvo que exista el amor por medio. Sabía

que si abandonaba las apuestas de Antonia ya nunca la vería más, porque Antonia exigía

unos límites de modernidad para los que había que tener un corazón de hierro. Igual que se

le ocurría eso podía estar un mes seguido con Bidón haciendo vida de carmelita y Bidón

también tenía que tragar. Se lo había dicho, ella, desde el principio: nunca intentes cambiar

mi modo de vida. Si te gusta, adelante. Si no, búscate otra, y esa declaración de derechos

elementales había cobrado una consistencia en Antonia que le permitía caminar segura por

su camino mientras los acompañantes deben bordear el precipicio. Y ya no podía más.

Pero todo eso ha terminado, dijo Bidón. Tiene que terminar. Si sigo así voy a termi-

nar con ella y conmigo y con el mundo entero. Basta. Ya nunca más volveré a ser artista.

Haré lo que haces tú, seré un perfecto funcionario, me levantaré temprano los domingos,

tendré hijos, visitaré a los padres de mi mujer, tendré una casita en el campo. Bueno, a ti

todo eso no te iba pero yo es que no puedo estar solo, no debo estar solo. Un cambio como

este, un cambio tan radical de la juventud a la madurez sólo puedo hacerlo acompañado de

alguien, esposado por alguien. Necesito un poco de claridad. Estoy enfermo, Güino, peso

cincuenta y siete kilos, si no fuese al gimnasio parecería un yonqui terminal. Me meto de

todo, no paro en casa, muchas mañanas ni siquiera recuerdo si utilicé condón o no, ni quién

coño era la que estaba conmigo. El otro día me levanté por la mañana y vi que la tía con la

que estaba llevaba el tobillo perforado por las jeringuillas. Y esto no puede seguir así. Ya

no más. Llevo una semana hecho polvo porque debería ir a hacerme unos análisis pero me

da miedo, Güino, me da miedo. El tren se va. Como no me suba ya me quedo aplastado en

la vía.
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La nueva vida, por lo visto, empezaba en Eva. La había conocido en el momento

oportuno. Era difícil pensar que tuviese una oportunidad como esa de regenerarse. No se

trataba de ningún braguetazo. Bidón no quería el dinero de nadie. Se trataba de una identi-

ficación profunda, de un haberse encontrado en el mismo naufragio. Eva no era lo que yo

me podía imaginar. Era rica por sus padres, sí, claro, a ella nunca la dejarían tirada, nunca

se tendría que ganar la vida de mala manera. Pero ella estaba tan hundida como él. La vida

le había pegado una hostia igual de grande pero en sentido contrario. Ella había desperdi-

ciado día por día toda su juventud. Llevaba seis años preparando unas oposiciones a juez.

Sólo se había presentado dos veces, la primera para probar porque sólo llevaba tres años

estudiando, pero la segunda iba en serio, iba a por el número uno, el único número que se

conoce en la saga de los Rodrigálvarez, pero no sólo no sacó el número uno sino que sus-

pendió el examen. Ahora, en cuestión de emociones, Eva estaba catatónica. Lo lógico era

emplear otros tres años y arriesgarse otra vez a que la apuntillasen, pero si alguna fuerza le

había quedado después del soponcio era para no ponerse a estudiar nunca más. ¿Quieres

saber una cosa?, me dijo Bidón. Cuando hemos salido de tomar la última copa veníamos

paseando por la plaza de Oriente y ha empezado a amanecer. Ella se ha quedado mirando

hacia el patio del Palacio Real y de pronto va y me dice: ¿Sabes que yo nunca había visto

amanecer? ¡Qué te parece! ¡No había visto nunca amanecer, Güino, es virgen por los cuatro

costados! Se ha pasado la vida encerrada y a lo mejor ni siquiera ha tenido un novio. Ella

me dijo que no pero tanta castidad sería un poco mosqueante. Lo importante es que ella

necesita dejarlo todo y yo también, y ella no ha sido educada para llevar la vida crápula que

llevo yo, le quedará un resto de orden, de buenas costumbres, de vida sencilla, porque si lo

miras bien su problema es que es sencilla. Ella no ha podido ser juez y yo no he podido ser

artista. A lo mejor juntos encontramos una vida sin complicaciones.


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Cuando volvimos a entrar Eva ya se había despertado, pero seguía sentada en el si-

llón, mirando el cuadro. Fui a calentarle el café con leche en el microondas y cuando volví

me preguntó cuánto tiempo llevaba haciendo ese cuadro. Siete años, le dije. En realidad es

un poco menos de seis, pero yo dije siete para solidarizarme con ella.
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Añoro las expertas manos de Susanita. Hasta que le salió trabajo en la compañía de

ballet de Nacho Duato, todas las tardes, después de comer, iba a hacer la digestión a su casa

con un masaje de hora y media. Con ella podía ir todos los días porque me hacía precios

especiales, a mil quinientas la hora, lo mismo que nos cobraba la asistenta cuando vivía con

mis mujeres. Ahora Susanita cobra como diez veces más y se pasa la vida en los aviones, y

por supuesto ha dejado los trabajos particulares. Me sigue enviando postales desde las ópe-

ras de medio mundo, me cuenta sus andanzas, la gente curiosa que conoce. Pero desde hace

seis meses no me da ningún masaje. Ahora me tengo que contentar con ir a una masajista

dos o tres veces por semana, según lo cargado que me encuentre, y aun así me gasto medio

sueldo en relajar los músculos. Desde que Susana se marchó, el único momento de verdade-

ra distensión lo sentí en los baños árabes de Granada. Si tuviese dinero, estas navidades

próximas las pasaba en Turquía.


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Susana era pequeña, muy delgada, muy nerviosa, con cara de rata. Los dedos de las

manos (y de los pies) los tenía como sarmientos prematuros, eran muy largos y retorcidos,

abiertos como los de un virtuoso del piano. Pese a que Susana tenía mucho nervio y mucha

fuerza, no la empleaba, como hace la mayoría de los masajistas, en presionar superficies

más o menos pequeñas de la espalda, sino en hurgar con las yemas duras de sus dedos de-

bajo de casi todos los músculos. Era única merodeando en los esplenios, muy cerca del bul-

bo raquídeo. Cuando un masajista que no conozco se acerca por ahí me echo a temblar, no

me abandono como hacía con Susana, decúbito prono por fuera y por dentro despatarrado.

Los pizzicattos que me tocaba Susana por todas las junturas de las vértebras del espinazo

con los dedos de los pies eran un placer que ya no espero volver a sentir. Por lo menos no

ahora, no con la lanzadora de peso soviética que me ha tocado ahora, una amiga de Rosita

que sabe hacerlo bien y es muy profesional, pero no es Susana. Yo la llamo Konchakova.

Su contrato con el ballet me cogió desprevenido, se me juntaron demasiadas cir-

cunstancias anómalas, no era momento ni mucho menos de que tuviese que renunciar a un

masaje diario. En mayo, vísperas de los exámenes, la actividad en la escuela es la misma

pero el ambiente se carga mucho. Los profesores necesitan llegar al final del temario y te

hacen cambiar mucho de postura. No puedes concentrarte en ninguna, estudiarla durante

varios días hasta que termines de sacar los cálculos sobre cuál es la mejor posición dentro

de los mismos márgenes exteriores. Los alumnos, salvo los que no tienen la menor urgen-

cia, dibujan a una velocidad imposible, necesitan creer que lo están haciendo bien y se

acostumbran a vivir de los bocetos, a no corregir. Y todo eso, y el polen y el calor que

empiezan a entrar por el jardín, carga el ambiente mucho.

Entre nosotros tampoco había descanso. La edad reglamentaria de jubilación se le

había pasado a Alfredo sin dar señales de vida. En términos laborales ya estaba muerto, y
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Rosita se dedicó a pelear por la sucesión. Quería una oposición justa para que entrase su

hija. Las ideas del ministerio no iban más allá de dejar la plaza sin cubrir, pero entonces

(esta era la baza sindical de Rosa) habría que contratar al bedel correspondiente durante el

verano y al modelo aficionado durante el invierno, y era un escándalo que pudiendo hacer

un solo contrato indefinido hiciesen dos temporales, aparte de algunas consideraciones un

poco confusas sobre la defensa del arte. Esas consideraciones confusas las redacté yo. Rosi-

ta, en el más puro estilo setenta, se empeñó en repartir entre los estudiantes unas octavillas

explicando nuestra situación y nuestras reivindicaciones. Una amiga suya que es abogada

laboralista escribió lo de los dos contratos temporales, pero luego Rosita vino y me dijo

Güino, ponle algo más sobre el arte, anda. Yo me devané los sesos tratando de no decir una

tontería. Los masajes se me iban en idear cuatro líneas que justificasen un contrato para

Lourdes, y que hablasen de arte. ¿Qué tenía que decir? ¿Que los modelos no somos perso-

nas normales, que somos especialistas en reflejar la modalidad de la persona normal pero

no somos ninguna de ellas, que trabajamos fuera del trabajo para que nuestro cuerpo sea

sincero y para que refleje las verdades que luego en la vida casi no se ven, y si se ven no se

saben sentir? ¿Algo que terminase diciendo ¡porque los modelos no somos un atavismo, los

modelos somos profesionales de la realidad, y por eso exigimos que cubran esta plaza con

un funcionario!? Mira, Rosita, le dije, no hace falta que hagamos manifestaciones, a los

estudiantes se la suda que tengamos o no trabajo, por sudarle se la suda el dibujo y el natu-

ral y la pintura realista. Lo único que puedes hacer es el ridículo como lo hizo Alfredo lla-

mando a los periodistas para contar a todo el mundo que queremos a un bedel. Imagínate

que luego vienen los periodistas y descubren que la nueva promesa de los cuerpos normales

es tu hija Lurdes. ¿Qué pensaría tu novio?


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Al final escribí una chorrada que prefiero no reproducir y Rosa repartió las octavi-

llas, ella sola porque a los demás nos daba vergüenza. Pero Rosa es dura como las piedras.

No sólo repartió las octavillas sino que también me obligó a redactar una carta para El País

que por suerte no publicaron y un día apareció con unas asesoras del sindicato para estudiar

la estrategia de movilizaciones. Me hartó tanto que le dije que si estiraba demasiado de la

cuerda empezarían a pensar en lo absurdo que es que uno sea modelo para toda la vida, qué

pensaría el Instituto de la Juventud, o esos que se ganan la vida en las esquinas. Ella captó

que me estaba cansando de aquello y me dijo que ella en el fondo que lo hacía por Alfredo,

y yo, con buenas palabas, escurrí el bulto como pude.

Pero, pese a mantenerme al margen, aquel estado de cosas me desconcertaba. Está-

bamos ya en mayo y había que ajustar muy mucho el regalo de mi hija. Quedaban tres me-

ses escasos, apenas tenía nada. No había coherencia entre los dibujos que había ido amon-

tonando. Conforme se cargaba el curso de nervios y discusiones laborales, un día que me

pusieron de Doríforo sufrí una distensión del recto interno, y como no pude descansar lo

suficiente las molestias se me subieron hasta la zona lumbar.

A veces pienso que mi único objetivo en esta vida es que no me duela nada. Un ti-

rón muscular acaba provocando una depresión, porque en mi trabajo hay que tener el cuer-

po en el mismo estado de forma que la conciencia. No busco agilidad, no me mueve ningún

espíritu deportivo sino un invencible miedo al dolor que es también una forma de horror al

vacío. Lleno las paredes de mi tiempo con todo tipo de ocupaciones intrascendentes porque

las horas muertas, incluso los momentos perdidos me dejan siempre a merced del abismo.

Cuando uno camina por un puente tiene menos ganas de tirarse que cuando está parado. El

masaje era una solución perfecta, una ocupación regular en la que no podía pensar en nada,

una transformación de la parte más pastosa del día en un motivo de ilusión cada vez que me
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terminaba el postre. Yo trataba de vivir así, protegido de cualquier urgencia, y un cambio

de horario era un dolor de músculo y un problema de conciencia, y una preocupación se

reflejaba en lumbagos y desnortamientos. Las preocupaciones positivas, el proyecto del

regalo por ejemplo, me estimulaban tanto como el masaje, pero las inesperadas o tristes o

trágicas eran como un golpe en la nuca que me desarmaba por completo. Las temía y trata-

ba de burlarlas como fuera. Yo necesitaba esa salud mental, pero los demás la tomaban por

indiferencia, de modo que debía fingir que algo me dolía todo lo que había tratado de evitar

que me doliese y lo había conseguido. Eso al fin y al cabo era una postura y yo no dejaba

sentirme cómodo en ella.

Mi mujer sólo me llamaba para poner a prueba esta capacidad de contención. Desde

que nos separamos sólo hablamos de cosas importantes, de la intendencia familiar, de las

conversaciones que deben tener las parejas separadas, de los estudios de Violeta, de la

adaptación a la vida en soledad, de nuestro alivio luto. Ella siempre ha dicho que Violeta

era más feliz si su madre y su padre cenaban juntos de vez en cuando y se llevaban bien, si

todo era un poco como en esas comedias en donde los separados son muy amigos y la tra-

ma consiste en las nuevas relaciones que les van surgiendo a cada uno. Así planteado, se

trata de mantener las normas afables del matrimonio civilizado y hacerlo compatible con

nuevas escenas de amor. Pero la realidad es muy distinta. Ni los separados se llevan tan

bien ni los nuevos amores son tan frecuentes. En mi caso, incurríamos en conversaciones

llenas de tópicos, rehacer nuestra vida, abrirse a nuevas amistades, conservar un gran afecto

mutuo, ser responsables y conscientes de que por encima de todo somos padres de una hija

que nos necesita en una edad muy delicada y no podemos permitirnos desavenencias estú-

pidas ni rencores personales. Llevábamos una temporada de hablar mucho sobre esto. Vio-

leta estaba terminando el bachiller, siempre había sido muy cumplidora en los estudios y
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nos había sacado unas notas extraordinarias, pero su madre no dejaba de considerarla una

mujer demasiado frágil, o demasiado rara, porque jamás demostraba nada de alegría cuando

sacaba un sobresaliente en química, y cuando le dieron la noticia de que podría presentarse

al premio extraordinario hizo una mueca de fastidio. ¿Otro examen?, se limitó a decir.

Porque lo hacía todo como a remolque. Las veces que su madre había intentado

hablar con ella de la universidad, o le había regalado un manual de anatomía (que al final

sólo uso yo, para conocerme a mí mismo), Violeta se había comportado como abrumada

por tener que mostrar entusiasmo hacia algo que le importaba un pito. A mi mujer se le

acababan enseguida las explicaciones profesionales, decía que ella trataba con problemas

más crudos, más bastos y más simples, con muchachas embarazadas y mujeres apaleadas,

que todo esto era cosa de la edad, pero con estar descrito en los manuales no dejaba de ser

un comportamiento raro. Esta niña no tiene ilusión por nada, decía. Ni siquiera podías decir

es que lo tiene todo y la estamos malcriando, porque su madre seguía muy cerca su educa-

ción, sus horarios, sus amigas, sus conversaciones, sus actividades extraescolares, y todas

ellas eran normales en un mundo que quiere educar a sus hijos en el progreso, la tolerancia,

el respeto y la solidaridad. Violeta no era una niña pija, decía su madre, que hablaba mucho

en cursiva. Una vez, debió haber tenido un mal día en el trabajo, la invité a comer al Trío,

un restaurante marroquí de la calle del Bastero, y casi al final del cous-cous me dijo que

ella era psicóloga, no experta en malformaciones genéticas.

Ese día la encontré cargada de problemas, ninguno real, ninguno definitivo, todos en

una inminencia que no era más que miedo, la sensación de que todo está tranquilo porque

algo va mal. Estaba preocupada por su madre, su madre la estaba volviendo loca. Ahora

que ya se había jubilado y había traspasado el bar de una puta vez, cuando podía irse a Mi-

rasierra con ella y con Violeta y vivir las tres como reinas y de paso pagar esas deudas de
159

gratitud que tienen algunos hijos, ahora le había dado por comprarse con el dinero del bar

una casa en un pueblo, y cuando iba a verla por las tardes, dos o tres veces por semana, la

encontraba nadando en mapas y guías turísticas porque estaba buscando pueblo como aque-

lla que busca piso. Entre las dos me van a volver loca, decía, y yo tampoco hacía demasia-

dos esfuerzos por convencerla de lo contrario. Con respecto a Violeta, me había vuelto a

perder en dibujos sin consistencia, llevaba eso en el pensamiento y cualquier preocupación

de su madre se traducía de inmediato en mi cerebro en la búsqueda de alguna buena idea

con que sacar adelante mi proyecto. En agosto ya será mayor de edad, le dije. ¿Y crees que

eso termina con los problemas?, ¿piensas dar por acabada tu condición de padre cuando

Violeta cumpla los dieciocho años?, me dijo, pero yo ya lo sabía, la conozco lo bastante

para tenerle preparada una contestación a cada momento. No estaba pensando en abando-

narla sino en qué le puedo regalar, le dije. ¿Le puedo?, contestó, y empezó a venirse abajo.

Escogí el restaurante Trío porque sé que en sitios así Remedios se encuentra incó-

moda. Para ella son lugares contradictorios. El restaurante Trío es un bar de barrio marroquí

que sirve menús baratos. La pintura parda de las paredes se cae a pedazos, las botellas de

plástico rellenas de agua tienen varias pátinas de grasa, todo huele al compuesto de especias

para cous-cous que venden en la carnicería marroquí de la calle Calatrava, pegado a las

paredes y a los cubiertos y a las aneas de las sillas y al ambiente amarillo que se respira.

Sus clientes suelen ser parejas que vienen al Rastro los domingos y vecinos del barrio, mu-

chos de ellos marroquíes, que en el mes de Ramadán van a la misma hora pero en vez de

comer hacen tertulia. Aparte de las novias y las chicas progres y las turistas, nunca se ve a

ninguna mujer. El local tiene el encanto de ser humilde y barato, auténtico como si estuvie-

ras en Tetuán, lleno de trabajadores que han venido en busca de un futuro mejor y soportan

abusos e inconvenientes por parte del estado español. Para una profesional de la solidaridad
160

como Remedios, comer en ese restaurante y ni siquiera quejarse de la mierda que había por

todas partes puede ser incluso un modelo de ciudadanía integradora, de convivencia con

otras culturas. Pero el caso es que allí no se ve a ninguna mujer, aparte de una que sale en

un televisor lleno de rayas, una especie de María del Monte cantando melopeas mauritanas.

Hay al fondo un pasillo largo que da a la cocina y se oyen rumores de brasas para los pin-

chos morunos, pero de allí sólo salen hombres. El camarero, un viejo de simpatía exagera-

da, que habla un español para sordos aprendido por obligación cuando ya era viejo, echa

piropos a las chicas bonitas mientras les pone una sopa harira y las llama reinas y les echa

un vistazo al escote, pero su mujer y sus hijas y sus nietas, de estar en casa, lo más seguro

es que estén embutidas en un vestido incómodo, renegadas de sí mismas y condenadas a no

mirar a nadie. Remedios se ponía negra de pensarlo y empezaba a pronunciar la palabra

moro, y yo entonces le decía: no seas xenófoba, muxer, haciendo un pequeño chiste que leí

de pequeño en un tebeo. No me vengas con hostias, solía contestar ella.

Pero también era bueno llevarla a ese tipo de sitios para que fuese consciente de que

ella gana tres veces más que yo, lo que va de un bedel de ministerio a un psicólogo privado,

de un restaurante de barrio a un asador donostiarra. Por eso, para hablar del regalo, yo pre-

fería estar lejos de todo lujo, que la conversación no se centrase en objetos que valen mu-

cho dinero. ¿Y qué es lo que tú le vas a regalar, si puede saberse?, me dijo, cuando el tema

de la integración racial se había agotado. Yo quería decírselo, pero en el último momento

tuve miedo. Quería decírselo porque así me vería obligado a cumplirlo aunque sólo fuese

por una cuestión de orgullo, y también porque un buen ejercicio de disciplina es mentir

comprometiéndose a que la mentira de ahora sea luego verdad, a que el 23 de agosto yo

entregase un paquete y Violeta lo abriese y dentro hubiese un libro de ilustraciones firma-

das por su padre. ¿Y crees que vas a ahorrar lo suficiente de aquí a agosto?, dijo Remedios.
161

Ya lo tengo comprado, le contesté, y reduje así la mentira a una formulación restringida

fácil de cumplir. Pero añadí algo más: me ha costado mil quinientas pesetas, dije. Eso la

dejó tan desconcertada como el problema del feminismo en el oriente próximo. Y también

era mentira porque los materiales ya los tenía en casa, pero calculaba que en el proceso de

encuadernación me gastaría eso más o menos. ¿Y tú?, le dije cuando aún estaba pensando si

hablaba en serio o en broma, si me guardaba algo y qué podría ser. Pues yo creo que un

poco más de mil quinientas pesetas sí que me gastaré, la verdad, dijo ella. Los ricos lo que

queréis, bromeé yo, esta vez sí. Remedios me miró, se encendió un cigarro, se dejó el cous-

cous a medias, ella solo fuma cuando está nerviosa. No tengo ni idea de qué le voy a rega-

lar, dijo al final, un poco abatida, como queriendo descender a temas más profundos, como

apartando la vista para no conmoverse y dejando la boca entreabierta cuando estaba a punto

de abrir su corazón. No lo sé, Güino, y no saberlo me pone enferma. No sé qué quiere, no

tengo ni puta idea de qué le puede apetecer. No os entiendo. No os entiendo a ninguno de

los dos. ¡Es que sois de piedra, hostia! No hay manera de saber qué tenéis metido aquí de-

ntro..., y se le arrasaron los ojos. Yo estoy seguro de que ella ya sabía que de cien mil pese-

tas el regalo no iba a bajar. Luego fueron trescientas mil.

Aquella conversación no hizo sino acelerar mis planes. No había dicho lo que era

con exactitud, pero al verlo lo entendería, el enigma de las mil quinientas pesetas y muchas

cosas más. Pero la verdad es que no tenía nada. Y lo que tenía no me interesaba porque

había decidido empezar de nuevo, había llegado a las fronteras de la urgencia, tenía cien

días y ni uno más, de modo que me di diez días de plazo para empezar justo cuando queda-

sen noventa, y hacer, pasase lo que pasase, un dibujo cada tres días. La encuadernación no

era problema. Al mismo tiempo que los dibujos iría preparando todo lo necesario, y cuando

ya tuviese que tener las hojas enjaretadas seguiría dibujando en el libro hasta el final. Esta-
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ba dispuesto a amarrarme a cualquier idea peregrina y seguirla sumiso sin discutirla ni du-

dar de ella.

De vuelta a casa tenía una llamada en el contestador. Era mi suegra, su hablar aún

no del todo hecho a decirle cosas a una máquina. Que soy Juana..., la madre de Remedios...,

que sólo llamaba para ver si tenías un libro que estoy buscando. Repito: que solo llamaba

para ver si tenías un libro que estoy buscando... Bueno... Nada más era que eso..., y luego

se oían unas cuantas maldiciones a lo lejos mientras colgaba su precioso teléfono negro de

baquelita, que sonaba como una lápida.

Me extrañó que me llamase ella en persona y no por medio de Remedios. Desde que

nos emancipamos de su casa, de recién casados, la he venido viendo algo así como una vez

al mes, en los cuatro cumpleaños de todos, en el aniversario de boda, en el aniversario de la

muerte de su marido, fallecido el quince de agosto de 1968, en Nochebuena, en Nochevieja,

en Viernes Santo, para San Isidro, la Virgen de la Paloma y por supuesto el día del Pilar.

Antes, cuando vivíamos juntos, las comidas de invierno se hacían en su casa, en la calle

Torrecilla del Leal, en la parte alta de Lavapiés, y las del buen tiempo aquí porque justo

debajo de casa, en los jardines de las Vistillas, el ayuntamiento trae actuaciones folklóricas

y concursos de chotis y deja instalar unos cuantos chiringuitos que venden entresijos y ga-

llinejas. La calle se llena de viejos durante el día y de jóvenes anticuados durante la noche,

las laderas de césped que dan a la calle Segovia las dejan perdidas de vasos de plástico y

condones usados. A mi suegra ese ambiente le gusta mucho. En verano tiene más acento

madrileño.

Pero la comida de Viernes Santo, que siempre es en su casa, yo este año me la salté.

Fue cuando estuve en Astorga con Rosita. Desde entonces no nos habíamos vuelto a ver y

en las conversaciones con Remedios, cada vez más llenas de su madre, nunca me mencionó
163

que nadie me pudiese reprochar aquella ausencia. Yo le expliqué en su momento a Reme-

dios que tenía que ir en busca de un compañero de trabajo que se había fugado para robar

una obra de arte. Pero tampoco sé si Remedios se lo dijo a su madre con esas mismas pala-

bras. Supongo que no. A mí se me olvidó enseguida. San Isidro estaba al caer y nos volve-

ríamos a ver, y se suponía que era asunto mío organizar esa comida, porque el hecho de que

Remedios y yo nos hubiésemos separado no implicaba que la librásemos del vermú en la

terraza frente a la catedral de la Almudena y del concurso de chotis. El resto de comidas

veraniegas ya se hacen siempre en Mirasierra, antes de que Remedios y Violeta (y a veces

Juana con ellas) se vayan a la playa a pasar unos días.

Por otra parte, desde que Remedios y yo nos separamos Juana ha estado siempre

muy agradable conmigo. Yo creo que para ella esta de ahora es la situación en la que te-

níamos que haber vivido desde el principio. Los primeros años, cuando convivíamos los

tres en el piso de arriba del bar, y ella se dedicaba a hacer tortillas de patata para los al-

muerzos de los albañiles y yo a posar desnudo mientras Remedios terminaba la carrera de

psicología, Juana no incurrió en resentimientos tópicos de suegra ni puso jamás a Remedios

entre dos fuegos, y mucho menos a Violeta, cuyos cuidados nos repartíamos entre ella y yo

para que Remedios atendiese a sus estudios. Tan sólo, a veces, se quejaba de mi natural

tranquilo, pero como mucho me llamaba cojonazos o sangre de nabo o con algún otro piro-

po castizo con que calificar mi talante inconmovible. Pero yo sabía del carácter gaseoso de

la madre y de la hija, capaces de proferir insultos proporcionales a los actos de arrepenti-

miento. Cada vez que me decía tienes los mismos huevazos que mi marido, que en paz des-

canse, porque yo me había tomado con sosiego alguna de esas circunstancias que suelen

despertar entre la gente sencilla un brote melodramático, la varicela de la niña, un suspenso

de la madre, una huelga de compañeros o la muerte de alguien cercano, yo en el fondo me


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frotaba las manos porque sabía que al día siguiente, para desagraviarme, cocinaría tremen-

do cocido a la madrileña y subiría de la bodega del bar alguna botella de vino.

Decidí llamarla yo y no utilizar el conducto habitual. Temía preocupar a Remedios

más de lo que ya estaba, y el que su madre me hubiese llamado para pedirme un libro po-

dría desatar sus peores sospechas. Los manuales dicen que las personas que han trabajado

como burros durante toda su vida se enfrentan a un síndrome de hiperactividad al principio

de la jubilación. Algunos se deprimen porque ya no tienen que ir a trabajar y otros se abru-

man de ilusiones aplazadas, entran en un estado de excitación que luego agrava todavía más

el sentimiento de vacío. A mi suegra podía haberle dado por leer igual que por buscar un

pueblo, no para entretenerse sino para saldar alguna deuda con sus sueños. Y eso era lo

grave. Juana había sido siempre consciente de todo, una mujer muy bragada, de poderosa

presencia, acostumbrada a lidiar con vagos y con borrachos, siempre con un nuevo motivo

para maquillar las quejas y ponerle al mal tiempo buena cara. Yo la veo un poco en el corte

heroico de Rosita pero con principios opuestos. Juana seguía yendo a besar al cristo de Me-

dinaceli, aunque sólo fuese por chafardear con las amigas del barrio, y soportó durante

veinticinco años a un marido inútil. Abría el bar a las ocho de la mañana y lo tenía abierto

hasta las once de la noche, con la ayuda de un camarero, Miguelín, que al final se ha que-

dado con el traspaso del bar por cuatro perras. Mi suegra no había conocido más varón que

a su difunto esposo, que fue también un difunto desde el principio.

Cuando la llamé para preguntarle la encontré un poco cambiada, y en eso Remedios

sí llevaba razón. Pero el cambio era magnífico. Hablaba con una insólita delicadeza, como

a menos revoluciones, con esa blandura de quienes ya han entregado las armas. No tenía

que haberte dejado ningún mensaje, dijo, seguro que te has asustado, y no era nada, la ver-

dad es que no era nada, que se me ocurrió pensar si tú tendrías un libro, pero chico, a mi
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con los contestadores siempre me parece que se me está quedando algo por decir... ¿Qué

me ha dicho Remedios, le dije, que andas buscando pueblo? ¡Calla, chico, que estoy hecha

un lío!, dijo, y fue lo que más me desconcertó. Algo tan íntimo y sincero como estar hecha

un lío no había pertenecido nunca al lenguaje de Juana. Igual que leer tantas horas era pro-

pio de avestruces, estar hecha un lío era síntoma de poca higiene mental. Ella no tenía

tiempo para estar hecha un lío, y ese lenguaje que reflexiona sobre los sentimientos era algo

que aparece en las películas de los sábados por la tarde, pero no en la vida real. Cuando

alguien no acostumbrado a la abstracción se encuentra con un problema abstracto, sus reac-

ciones tienen mucho de drama folklórico, y lo cuentan todo como si se lo estuviesen expli-

cando al inspector de hacienda.

Por que es que yo no sé fijo Güino cuál fue el lugar donde murió mi padre, porque

mi marido siempre me dijo que murió en la batalla del Ebro, y en mi casa están unos pape-

les que son los que llevaba mi marido cuando vino a decirnos a mi madre y a mí que mi

padre había muerto, pero él no lo recogió, él no lo enterró, y yo digo que en algún sitio tie-

nen que estar los nombres de los que murieron, y que en algún sitio tiene que estar su tum-

ba, y eso es lo que quiero saber, porque mi marido nunca quiso mover nada, él decía que no

iba a volver ya nunca más al campo de batalla, y en vida de él no fuimos, y después de que

faltase yo con el bar tampoco he tenido tiempo, y ahora es algo que me gustaría saber, dón-

de están esos papeles... Así que pensé pues a lo mejor Güino, como lee tanto, tiene algún

libro sobre la batalla del Ebro, y me lo deja y lo leo y me entero de algo, a lo mejor sale el

nombre de mi padre, del sitio donde lo mataron, mi padre se llamaba Jacinto, Jacinto Agua-

do Fortanete, y lo mataron en un sitio que se llama Patagallina, ¿tú no sabrás Güino por

dónde podría yo mirar?, es que si se lo digo a Reme, pues ya conoces a Reme, se va a pre-
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ocupar, seguro, porque está que no deja en paz a nadie y está yo la veo nerviosísima, ¿a ti

no te parece, Güino, que está un poco nerviosa últimamente Remedios...?

Juana me contó que se había metido con algunas amigas del barrio en un programa

de iniciación a la lectura de la Comunidad de Madrid a medias con el Inserso, ahora estaba

leyendo Ivanhoe, y la monitora, una chica muy salada, les daba un cuadernillo con su guía

de lectura y sus preguntas muy sencillas para ver si lo habían entendido todo.

Remedios desconfiaba. Podía tratarse de una regresión. En cualquier otra mujer no,

en cualquiera de sus amigas del barrio ir a un cursillo sobre el arte de las iglesias de Madrid

era una cosa normal y muy aconsejable. Pero con su madre era distinto. No era que se

hubiese puesto a leer, sino cómo le había cambiado el carácter. Yo, por supuesto, se lo dije

desde el principio. Nada más colgarle a Juana llamé a Remedios que estaba de guardia en la

clínica y le dije Remedios, tu madre está leyendo Ivanhoe, y va buscando en los mapas la

tumba de su padre. Uno nunca sabe lo que para Remedios es bueno o es malo. Para las de-

más vecinas Ivanhoe pelea todas las mañanas contra los culebrones de la televisión y esa

batalla, ganada a los sesenta y tantos años, era digna de mucho más apoyo aún por parte de

las autoridades, pero con su madre era distinto, era como si se hubiese ido de vacaciones a

una infancia sin guerras. Y eso era peligroso. Y yo por si acaso se lo dije, igual que ella me

llama la atención sobre detalles de Violeta que responden al desenvolvimiento de cualquier

adolescente tímido en la gran ciudad, pero ella me lo pone en comunicación por si las mos-

cas, luego no digas que no te lo había dicho yo. Es justo como lo que ahora pasaba con Vio-

leta, que de pronto, a menos de un mes de que terminara el curso, había cambiado de ami-

gos. Muchas tardes venía a estudiar un muchacho con el que Violeta le había dicho que no

tenía nada, un chico que sin embargo a Remedios no le gustaba en absoluto, y Remedios
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me decía varias veces a lo largo de la comida o por teléfono ese chico no me gusta en abso-

luto, luego no digas que no te lo había dicho. Ese chico eras tú, Jan.

En las dos semanas anteriores al día de San Isidro, quizá para recordarme por indi-

rectas que tenía que invitarlas a las tres a comer, las conversaciones con Remedios fueron

mucho más frecuentes. Yo me ofrecí para buscar en algún registro los papeles que aclara-

sen dónde metieron a su abuelo, y prometí hablarle mal de la vida en provincias cuando lo

sacásemos a la conversación, y prometí también hablar con Violeta y trasladarle la ansiedad

de su madre, y mi vida estaba llena de promesas que no podía cumplir a menos que sacrifi-

case alguna, casi siempre la más importante, la que sólo me afectaba a mí. Estas abnegacio-

nes sólo son rentables a largo plazo, cuando se convierten en acciones de gratitud, pero en

el momento de pasar por ellas necesitan un ejercicio de calma que me agota por fuera y

debilita mi equilibrio interno.

La molestia del lumbago se había instalado como un objeto diminuto que hubiese

quedado dentro del cuerpo después de alguna operación. Se me iba con masajes pero al

enfriarse los músculos reaparecía. Pilar Guijarro, comprensiva, me permitió sentarme en

actitud de reflexión para estudiar la luz sobre mi espalda o el comportamiento de mis mi-

chelines, pero después de una semana dijo que necesitaba cambiar y volvió a tenerme ocho

días de pie, si bien en una postura no muy difícil, con un brazo apoyado en la pared. Pero el

malestar había entrado en mí por varios flancos al mismo tiempo. El dolor de riñones era

somático, un depósito donde canalizar el agua de las tormentas. Tantas obligaciones juntas

me dejaban expuesto a contagiarme del mismo terror injustificado que padecía Remedios.

Violeta podía de veras estar metiéndose en problemas y mi suegra volviéndose loca, y no

podía evitar la pesadumbre de medir cuál era mi responsabilidad en todo ello, qué podía

hacer yo para que Remedios no tuviera nada que reprocharme nunca.


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De modo que tuve que volver a la librería. Allí no estaría su padre, pero sí algún

mapa del ejército donde apareciese el lugar aquel llamado Patagallina. Juana utilizaba un

mapa demasiado pequeño. Yo tuve más suerte, aunque el sitio que yo encontré no tuvo na-

da que ver con la batalla del Ebro sino con la de Pomona. ¡No se lo digas!, me dijo Reme-

dios. ¡No se lo digas que esta es capaz de buscarse allí una casa y en ese clima tan frío no

aguanta ni el primer invierno!

Así que yo le dije a Juana: mira, Juana, tu hija no quiere que te diga dónde está Pa-

tagallina porque piensa que eres capaz de irte a vivir allí, pero Patagallina está en tal sitio, y

no es un lugar habitado y está en un páramo donde pega un viento que corta la cara. Si

quieres este verano hacemos un viaje y lo ves, que es lo que se suele hacer en estos casos,

pero mira a ver si tratas de calmar un poco a tu hija porque tienes razón, está muy nerviosa.

Es que ella no ha podido superar lo tuyo, me dijo Juana, con mucha solemnidad, como di-

cen esas frases las actrices dramáticas, como la diría Rebeca en Ivanhoe, pero con un lo

tuyo un poco ordinario, un poco todavía de teleserie. Yo me hice el tonto. Cuando vivíamos

juntos ya estaba así, le dije. Sí, dijo ella, pero mi hija no sabe estar sola. No está sola, dije

yo. Pero tú no estás, dijo ella, en un tono ya casi de canción española.

Con Violeta fui también expeditivo. A tu madre no le gusta un pelo el chico con el

que estudias por las tardes, le dije cuando salíamos de ver una película. No tiene muy buen

aspecto, dijo ella, pero se le dan muy bien las ciencias. Él me explica matemáticas y yo le

explico latín. Pero no hay nada de particular. Lo que pasa es que mamá se comporta como

una histérica con estas cosas. Dice que he abandonado a Almudena, ya ves, que llevamos

juntas las dos solas desde que éramos niñas, yo creo que va siendo hora de que ampliemos

un poco el círculo de amistades, ¿no? Todo esto es muy sensato por tu parte, le dije yo,

pero no estamos hablando de lo que te pasa a ti sino de lo que le pasa a ella. No es que me
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haya enviado tu madre a ver si sé lo que te pasa a ti, sino que quiero que averigüemos jun-

tos lo que le pasa a ella. Violeta contestó en el tono serio de cuando tiene la cabeza baja y

se mira los zapatos, no por vergüenza sino por ensimismamiento. Tiene cargo de concien-

cia, dijo, y, aunque suene un poco tonto, lo que le pasa es que no puede vivir sin ti. ¡Si

hombre!, dije yo, para quitarle hierro, ¡lo único que me faltaba es volver a cambiar el estu-

dio de sitio! Esto va a ser la primavera, Violeta, cuando lleguen las vacaciones ya se le pa-

sará.

Aproveché aquel encuentro con Violeta para llevarla a ver una exposición y tantear-

la un poco. Lo más parecido a mi proyecto de regalo era una colección de litografías mini-

malistas hechas a partir de los cuadernos de campo de poetas y antropólogos famosos. Es-

taba en el Museo de Reproducciones Populares, en la calle de Válgame Dios. El título, un

poco pomposo, era Formas de verdad, y mezclaba los apuntes a plumilla de un poeta en

vacaciones, Cosas del campo, con los dibujos de camellos que hace el antropólogo Caro

Baroja en sus Estudios saharianos. Lo ingenioso de la exposición es que los dibujos de las

casas y de los animales, las líneas que marcan el campo y los caminos y los árboles de los

ríos eran casi las mismas en todos los libros. No había nunca demasiada profusión de lí-

neas, ni demasiados gestos ni deformaciones. Era la lírica de los contornos desnudos, tam-

bién su exactitud antropológica, lo que de veras algo es sencillamente contemplado. Aque-

lla limpieza de formas me atraía por sus valores poéticos y por sus ventajas prácticas. Yo sí

podía hacer mis noventa dibujillos si me limitaba a los apuntes desnudos, como en cierto

modo hice en Astorga con aquellas imágenes sobre la nieve, pero la unidad del conjunto

excluía el invierno, y además quería comenzar desde el principio.

Mientras estuvimos viendo los dibujos no le dije nada. Ni siquiera le pregunté si le

gustaban. Ella iba pasando relajada por los dibujos, sin llegar a la sonrisa pero con una se-
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riedad mucho más blanda, mucho más entretenida. Cuando llegamos a la sección que a mí

más me interesaba (un habitante del Sahel arando con un camello, un burro abrevando en el

pilón de un cortijo andaluz), Violeta, sin apartar la vista de los cuadros, dijo en voz alta lo

primero que le vino a la cabeza desde que entramos en el museo. Dijo ¿sabes qué regalo me

quiere hacer mamá para mi cumpleaños? Yo dije pues no, no me lo ha dicho. Violeta me

miró un poco sorprendida. ¿No te lo ha dicho? Volvió a mirar al camello, se lo estaba pen-

sando, pero después, con una mirada mucho más firme, como utilizando mi táctica de con-

tarlo todo siempre al interesado (y que da buenos resultados aunque a veces te utilicen de

recadero), me dijo: pues mamá me propuso que hiciésemos un viaje a Nueva York. Eso está

muy bien, le dije yo. Dijo que hiciésemos un viaje a Nueva York, yo pensé que hiciésemos

se refería también a ti, papá. Violeta, hija, los hiciésemos de tu madre hace tres años que ya

no me incluyen a mí. ¿Ni siquiera cuando cumplo dieciocho años?, dijo ella, en un tono que

al principio no capté bien del todo.

Violeta dijo que irse sola con su madre a Nueva York era un rollo. Yo le aconsejé

que no se lo dijese con tanta violencia porque a su madre le podía dar algo. Ya lo sé, me

dijo ella, y eso es lo que más me jode, que encima voy a tener que aceptar para que no se

sienta dolida. Te aseguro papá que eso es lo que más me jode. No te preocupes, le dije, ya

encontraremos un modo para que no tengáis que ir a Nueva York. Dirás tengamos, dijo ella.

Eso, tengamos, dije yo. Salimos al paseo de Rosales, nos metimos paseando por el parque

del Oeste. Violeta iba con su aire alto y desgarbado, el andar un poco caballuno que siem-

pre le han criticado su madre y su abuela y su amiga y que conmigo practica en la intimi-

dad. Llevaba unos vaqueros anchos y una camiseta grande, siempre, entonces, escondién-

dose un poco de sus dimensiones, algunas responsabilidad mía porque su madre es alta pero
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no grande, y otras suya porque Violeta, al igual que su madre, tiene poco pecho comparado

con el culo. Las tres, la abuela también, tienen mucho culo.

Sin darnos cuenta llegamos al monumento a Federico y Galli. Le conté a Violeta la

historia de aquellos muchachos, ella la escuchaba como si le hubiese estado contando un

cuento. Le dije quién era Barrachina, le conté el viaje a Astorga, la historia de Rosita con el

juez, el cura que conocí en la casa sacerdotal. Le conté pelos y señales de todo menos de

que en ese tiempo mi única verdadera preocupación había sido dibujar para ella. ¿Y tú qué

hacías allí metido en la pensión?, me preguntaba, más interesada por las horas muertas de

su padre que por la peripecia de Alfredo. Leía, le contestaba yo, o charlaba con el cura, o

visitaba la casa de los Panero, todo muy triste y con mucho frío... Cuando ya dejé de hablar

para no excederme Violeta se me agarró del brazo, empezó a caminar apoyándose en mí.

Le dije: ¿qué te ha parecido la exposición? Ella, sin levantar la cabeza, dijo: está muy bien.

Y luego añadió: pero a mí me gusta más como dibujas tú. Y, ya metidos en confianzas, me

preguntó que yo que qué le iba a regalar para su cumpleaños. Mamá me ha dicho que ya me

lo has comprado, dijo. Sí, le dije yo, pero es una sorpresa.

Violeta me lo había puesto muy difícil. Otra vez estaba desorientado. Aquello de los

dibujetes no era nada comparado con un viaje a Nueva York. ¿Qué esperaba, que viese

aquellos cuadros y se pusiese a llorar de emoción? Por otra parte, la situación era muy deli-

cada porque yo debía guardar mucho cuidado en no introducir el concepto Nueva York en

mis próximas conversaciones con Remedios. No quería yo que me liasen, porque si me

liaban, ahora, no sería porque Remedios quisiese que yo fuera con ellas de viaje, porque si

no ya me lo habría dicho, sino porque se sintiese obligada por pedírselo Violeta. No nos

confundamos: la primera que no me incluyó en su hiciésemos había sido Remedios. Y yo

no quiero estropearle las vacaciones a nadie.


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Los diez días de plazo para empezar en serio con los dibujos de una puta vez esta-

ban a punto de pasarse cuando una mañana, cuando quité por fin la mano de la pared, Pilar

Guijarro me preguntó si podíamos charlar un ratito. Fuimos a tomar un vermú a la cafetería

que hay enfrente del Instituto San Isidro, no me acuerdo ahora de cómo se llama, un sitio

donde van a tomar café los profesores de la escuela y a mí me hace sentirme incómodo.

Pilar quería pedirme un favor. Me dijo: yo se lo iba a decir a Rosita antes, pero con el lío

ese que lleva con el juez no me he atrevido. Ni se había atrevido ni estaba en situación de

hacerlo, esa era la verdad, y ese era el otro asunto del que me quería hablar. Ahora resulta,

dijo Pilar Guijarro, que quiere que le meta a la hija en la escuela por el morro, por el puto

morro, aprovechando que Alfredo ya está jubilado (o como esté, eso me da igual, yo no

quiero saber nada de él) y se ha inventado unas oposiciones absurdas para que se presente

Lourdes. Unas oposiciones como aquellas de hace años, cuando todos os hicisteis funciona-

rios, pero más absurdas todavía, y yo ahora Güino ya no tengo el margen de maniobra que

tenía antes. Rosita piensa que sigo siendo directora en funciones, y el director es Veláz-

quez, y Velázquez hace lo que le manda el ministerio, y sin rechistar porque si no lo quitan.

Quién me iba a decir a mí, dijo Pilar Guijarro, en uno de esos apartes compungidos que

tiene cuando habla de Rosita, quién me iba a decir a mí que todo iba a ser todavía menos

democrático cuando se marchara el facha de Barrachina...

Pilar Guijarro es sobrina-nieta del célebre pintor y cartelista exiliado Jacinto La-

puerta. La personalidad de este autor fue tan grande que casi todos sus descendientes siguen

viviendo del arte, son profesores de arte o conservadores de arte o restauradores de arte o

críticos de arte o historiadores del arte o regentan galerías de arte. Que yo sepa, ninguno es

artista. O, mejor dicho, ninguno vive de sus aptitudes creativas ni siquiera las enseña. Para

Pilar Guijarro el arte es una forma de vivir. Ir los veranos a la casa familiar de la playa de
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las Negras con sus otros parientes artísticos, hacer rutas de fin de semana por itinerarios de

arquitectura románica, viajar ex profeso a Londres para ver una exposición temporal intere-

santísima que hacen en la Tate Gallery, cartearse con amigos de Florencia y tener un aman-

te en Praga, no perderse un cóctel ni un sarao y llamar a Antonio López Antoñito, como

hacen sus íntimos, y hablar de Juan, de Paco, de Ignacio y referirse a los más famosos pin-

tores contemporáneos, que son amigos de mi prima que me los ha presentado mi tío. Y pa-

sarse las tardes en la calle Almirante para no desentonar con los cuadros de la exposición

que Pepe está a punto de colgar en la Marlboroug. Y acudir a Santander a un curso de la

Menéndez Pelayo porque su tita Marinela, que es la directora del curso, le ha pedido que

lea una comunicación sobre tendencias del arte naïf actual. Y pasar un fin de semana en un

estudio maravilloso diseñado por Galiano que se ha comprado Titín en la sierra porque

quiere radicalizar su informalismo abstracto y para eso necesita un poco de aislamiento.

Pilar es como un miembro de la Gran Cruz de Caballeros del Arte, una poderosa

secta cuyos simpatizantes aparecen en agendas de personas muy selectas. Un mundo, sin

embargo, ajeno a la banalización de la popularidad. Pilar ha estado en bodas que en vez de

salir en la prensa del corazón ocuparán su sitio, algún día, en un buen tratado de arte. Pero

Pilar es, al mismo tiempo, la profesora de dibujo de una escuela de artes y oficios, circuns-

tancia que en círculos de artistas soslaya tanto como Bidón su condición de modelo, del

mismo modo que entre sus amigos proletarios de la escuela nunca habla del mundo del arte,

yo lo sé porque Rosa me lo cuenta, y porque a lo largo de los años acabas conociendo a las

personas, es inevitable.

El punto débil de Pilar está en Rosita. Yo nunca he sabido si Rosa es para Pilar un

cargo de conciencia, un deber ideológico, el trasunto de su madre o la mujer de su vida.

Ahora Pilar estaba muy sentida con ella no sólo porque le hubiese pedido meter a Lourdes
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de matute, y encima con disfraces democráticos y de amor al arte, sino porque ya no era la

misma. Desde que se lió con el juez no era ya ni muchísimo menos la misma. No la llamaba

nunca y siempre tenía compromisos y cosas y, para decirlo todo, se había puesto un poco

soberbia. Porque lo de Lourdes se lo había dicho poco menos que como quien le hace un

encargo a una amiga, como quien dice oye mira a ver si tienes por ahí este libro que me

hace falta, algo parecido, oye mira a ver si puedes meter a mi hija. Ella, Pilar, le dijo a Ro-

sita: yo no soy la directora de este centro, Rosita, yo no puedo ir y decirle a Velázquez que

me cuele a la hija de una amiga. Hay que hacer, en todo caso, unas oposiciones libres, y tú

sabes Rosita que las últimas oposiciones que se hicieron en la escuela fueron restringidas, y

que lo que importaba entonces era tirar a Barrachina y todos os sabíais las preguntas, Güi-

no, que acuérdate que todos os sabíais las preguntas porque os las dije yo. Y ella, claro,

como también se acuerda, me ha dicho que haga yo el examen, y que luego se lo dé para

que un amigo suyo lo revise. ¿Has oído eso, Güino? ¿Pero qué es eso de un amigo suyo?

¿Es que le va a decir al juez que ponga un examen para modelos tan difícil que sólo lo

apruebe la que se sepa las preguntas? ¡Pero si ni siquiera he conseguido que se cubra esa

plaza! ¡Si yo no tengo ninguna obligación de conseguirlo ni siquiera de intentarlo! ¡Si yo

todo lo he hecho por ella, Güino, todo desde el principio, desde tirar a Barrachina, que pasé

una vergüenza tremenda los primeros días porque a mí no me gusta nada hablar en público,

hasta preocuparme ahora por ella, después de haberme dado ese desaire!

Pilar Guijarro cumplirá ya pronto los cincuenta. Es de la misma edad de Rosita.

Entraron las dos juntas en la escuela, una de modelo y otra de profesora. Entre los alumnos

es frecuente el comentario de que están liadas, pero la heterosexualidad de Rosita es un

castigo que la ha de perseguir hasta la muerte y en cuanto a Pilar uno nunca sabe debajo de

tanta sofisticación cómo funcionarán las entrañas. Pilar Guijarro es culta, moderna y euro-
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pea. Sus modales son finos y su cabello va cambiando de color. Entonces era negro zaíno,

con reflejos violáceos, en una media melenita a lo garsón, con los labios granate oscuro y

las gafas alargadas. Vestía camisa Gaultier de pata de gallo y falda de tubo Virginia Woolf.

Yo la veo en las brumas y en los contornos brillantes de los ladrillos que hay en Londres

mucho más que en esta soleada vida de soltera que lleva en Madrid, y que cuando está triste

le pega muy poco. Ese día las ojeras le llegaban hasta por debajo de las gafas.

Escuché sus penas con paciencia durante un par de cafés con leche, y cuando llega-

ba ya la hora de darme las gracias por haberse podido desahogar con un amigo Pilar Guija-

rro me pidió el favor que me quería pedir. Ella lo llamó un favor, su buena educación a ve-

ces me desconcierta. Resulta que la había llamado Julio Palomares, el famoso pintor, y le

había estado contando lo de Alfredo. Lo primero que pensé fue que Palomares ya sabía que

Alfredo se había fugado de la justicia con el consentimiento del juez, que a la vez es amante

de una compañera del fugitivo. Y si no lo sabía, Pilar Guijarro se lo habría dicho. Pero no.

Le dije Pilar, tú no le habrás dicho nada de... ¡Por supuesto que no!, me dijo ella. Con lo

cabrón que es Palomares y las ganas que le tiene a Alfredo, ¡cómo podía hacerle ella eso a

Rosita! ¡A eso había llegado ella, a velar por la carrera de un juez que no conocía y que

encima le había quitado a su amiga!

El asunto no era ese. El asunto era que Palomares, como si nada hubiese sucedido,

como si jamás hubiese tenido ningún conflicto con ningún modelo, la había llamado para

contratar algún modelo de la escuela, porque había hecho un casting con una empresa espe-

cializada y no le servía ninguno de los modelos que le habían traído para su gran proyecto

del Cuerpo Español Contemporáneo. No era que Palomares, para evitar la situación un po-

co violenta de ir él en persona y presentarse, hubiese utilizado a Pilar Guijarro como inter-

mediaria, sino que también, igual que había hecho Rosita con el tema de su hija, se lo había
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encargado para que Pilar lo gestionase todo. Palomares no ha vuelto a pisar la escuela desde

que triunfó y se pudo independizar. Palomares pagaba bien, pero sobre todo era, por razo-

nes que ahora no me podía explicar Pilar Guijarro, un favor personal. Un favor muy perso-

nal.

Lo único que yo ganaba con aquello era dinero. Lo demás lo perdía todo: la digni-

dad personal, la lealtad al compañero, la consecuencia con las propias ideas, el riñón casi

seguro y toda posibilidad de hacer algo para Violeta. Pero, con dinero, me ganaba el dere-

cho a decirle a Violeta venga, Violeta: si tu madre está de acuerdo, yo también me voy con

vosotras a Nueva York. Ese viaje va a ser regalo de los dos. Y pasarme quince días dando

vueltas por una película de cine americano independiente y celebrar el cumpleaños de Vio-

leta en un restaurante del Soho como si fuésemos viajeros ociosos y adinerados. Y estaba

también esa otra punta de curiosidad de ver trabajar a Palomares, saber de primera mano en

qué consistían las pautas de su impostura. La imagen pastosa que daba en las entrevistas de

televisión debía tener algún correlato verosímil. Allí aparecía solemne, con el pelo cardado,

hablando con esa lentitud que sólo se puede llevar cuando sabes que nadie te puede inte-

rrumpir. Tú no lo conoces, me decía Pilar Guijarro. Es una persona interesantísima. Es el

único verdadero talento que ha dado esta escuela desde que la fundaron. La verdad es que

yo no me acababa de creer que Palomares hubiese avanzado mucho más allá del pop o del

hiperrealismo norteaméricano, de la pintura matérica grasienta o del minimalismo zen de

los espacios en blanco. Le daba a todos los palos y en todos me parecía un artista anticuado.

Pero diseñaba murales para palacios de congresos y aeropuertos y por menos de una fortuna

no se molestaba en coger el lapicero, y eso, pensaba yo, algún mérito tendría.

Pero aceptar eso era renunciar a todo. Lo de la lealtad al compañero y la dignidad

personal son valores muy elásticos. Incluso una idea querida puede esperar porque tu hija
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seguirá cumpliendo años. Pero el riñón me dolía, y Susanita me había avisado de que a fi-

nales de mes se marchaba con Nacho Duato. Y yo, en el fondo, no necesitaba más dinero ni

añadir experiencias a mi currículo. Yo ya tenía hecha la faena. Había llegado a ese punto de

la vida en que uno conoce el terreno que pisa y cualquier novedad, incluso la de un viejo

sueño cumplido, es en el fondo un estorbo, una lata, una variación en el horario que al final

se acaba pagando. El cuerpo de un modelo se resiente hasta de las tentaciones. ¿Cuánto

tiempo me tendría Palomares? Quizá no más de una semana, no más de dos o tres días, lo

suficiente para hacerme algunas fotos y sacarme un vaciado en escayola. Sólo sería, a lo

sumo, una interrupción, y luego estaba todo junio y casi todo agosto para dedicarme a lo

mío. Pero es que, además, había que pensar en ello, y compatibilizarlo con el resto de pro-

pósitos mundanos, necesidades de la memoria y el placer, costumbres conquistadas, decidi-

das, caprichos imprescindibles. Por poner un ejemplo, estaba a punto de empezar la feria de

San Isidro, y yo quería ir todas las tardes a los toros.

Así que decidí que no. Pilar Guijarro no había dicho que Palomares me pidiese a mí

(de hecho, si me lo dijo a mí fue por no decírselo a Rosita, que igual habría aceptado encan-

tada) sino a uno o varios modelos profesionales. El realismo de los cuerpos feos en el fondo

cansa mucho. Es atractivo para los obsesos de la ética, goza de una extraña fama de extre-

mismo entre las corrientes modernas que le da cierto prestigio, pero en el fondo cansa mu-

cho. La idea del Cuerpo Español Contemporáneo era mucho más frondosa de lo que le pu-

diera caber en la cabeza a un genio con fama de ceporro como Julio Palomares. A mí mis-

mo me seducía dibujar una serie de cuerpos desnudos alejados de todo erotismo, con ese

lirismo que había visto en los camellos y que a Violeta le pasó casi desapercibido. Me inte-

resaba el lenguaje que no puede pasar de la constatación, de la fidelidad no artística, no

retórica ni amanerada, los poemas que a veces encierran las listas de la compra o los co-
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rreos electrónicos. Pero no era suficiente como para hurgar en qué se le había ocurrido a

Palomares, copiarle la idea y adelantarme.

Sin embargo, pensé que alguien sí me la podría decir, la idea, sin necesidad de vin-

cularme yo. Bidón. Ya me había rogado en cierta ocasión algo parecido. Él me haría un

favor yendo y todo el mundo diría que el favor se lo había hecho yo, y de paso me espolsa-

ba cualquier cascarria moral con respecto a Alfredo. Cuando le comenté el asunto, Bidón

estaba plegando los pantalones para meterlos en la taquilla. Imaginé que iba a ponerse a dar

brincos y zapatetas por todo el vestuario en calzoncillos. Pero me miró muy tranquilo y me

dijo no puedo, y me siguió mirando y esbozó una sonrisilla un poco rara y añadió: me voy a

casar.

Yo lo único que sabía era que habían salido alguna que otra vez a cenar juntas las

dos parejitas, Javier Bidón con Eva y Rosita con el juez. Rosa me había comentado que

para Eva era una buena compañía porque Javier hablaba mucho pero no sabía nada de le-

yes. Ella lo que no podía soportar era que le nombrasen las oposiciones. En casa los padres

la trataban como si se les hubiese muerto, distantes y doloridos, que es una forma desespe-

rante de aceptar el fracaso de los hijos que tienen algunos padres. Eduardo, el juez, quería

mucho a su hermana la pequeña y le insistía en que saliese con Rosa y con él a conocer

gente y olvidar las penas. También me había dado cuenta de que Rosa y Javier quedaban

para cenar y a mí no me decían nada. Un día fue ya tan evidente que Rosa luego me dijo,

sin que yo le pidiera explicaciones, que es que yo la otra vez me había ido antes de acabar

el postre casi, que pareció que me estuviesen echando. Yo le dije que es que a mí las cenas

largas no me van, y luego, un poco más caústico, que yo en ese grupo no tenía nadie con

quien revolcarme. Ya no me volvió a insistir.


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El caso es que hablé un día con Rosita y le comenté lo de la boda de Bidón. Más

bien le reproché, en broma y como hacen los amigos cuando cotillean, que no me hubiese

dicho nada de la boda. ¿Qué boda?, dijo ella. ¡Pues tendrá que ser secreta, porque ni a su

hermano ni a mí nos ha dicho nadie nada! Pues no sé, mujer, igual la pidió ayer en matri-

monio y no le ha dado tiempo de decírtelo. Esto no me huele nada bien, dijo ella, pero se le

pasó enseguida la pesadumbre cuando le conté mi encuentro con Pilar Guijarro y el encargo

de Palomares, y le dije: había pensado que igual a tu hija le interesaba, como ya pronto será

profesional...

Yo sí había notado a Bidón un poco más repuesto, un poco más tranquilo. Aunque

con él nunca se sabe porque producto de su histeria ya ha tenido más de un brote místico de

ponerse a comer sólo verdura y caminar como los funambulistas. Pero esta vez había cam-

biado a mejor. Era correcto y afable, comentaba las noticias del periódico y no se quejaba

de nada. De pronto había dejado de contar historias sórdidas con putas, relatos de sus viajes

al abismo, y hablaba del problema vasco y del cero coma siete para los países pobres. Se lo

veía más centrado, más despejado. No pasaba el día ingiriendo reconstituyentes ni drogas

que matizasen el efecto de otras drogas, ni tenía los ojos vidriosos ni le olía la boca como el

día aquel de Joseph Beuys. Por lo menos tres veces a la semana iba al cine, a Eva le gustaba

mucho el cine, sobre todo las películas de llorar.

Un fin de semana se fueron al campo, los cuatro, y al lunes siguiente me contaron

las aventuras de la excursión. Resulta que habían ido a un hayedo cercano que ya estaba

precioso todas las hojas de un verde brillante y en un momento dado tuvieron que pasar un

río. ¡Y qué risas pasaron! Porque Eduardo, como estaba tan gordo, todo el mundo decía

vamos a buscar un sitio más estrecho que si no Eduardo se nos escogorcia. Y Eduardo, muy

en su papel, dijo que no que no, que ni hablar, que les iba a enseñar a todos él cómo se pa-
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saba un río. Javier Bidón lo pasó antes con su habitual ligereza de miembros, de puntillas

entre piedra y piedra, poco menos que a paso de ballet. Y luego iba Eduardo. ¡Ahora voy

yo!, decía. Y Javier volvió a pasar por si quería que lo acompañase. ¡De eso nada!, y mira,

todo el mundo muerto de risa porque Eduardo estaba tan gracioso. Así que empezó a pasar,

y en la tercera piedra se quedó parado. Allí se quedó clavado, con las piernas para adentro,

haciendo de vez en cuando como que iniciaba un paso aparatoso que antes de llegar a la

otra piedra se replegaba de nuevo con la agilidad ridícula y forzada de los gordos cuando se

ponen a bailar. Javier le animaba a que pusiese otro pie que la siguiente piedra estaba segu-

ra, no se caía. A Eduardo le dio una risa nerviosa, todo el cuerpo se le meneaba mucho.

Hasta que Rosa, que es de ciudad pero sabe cruzar los ríos, fue detrás de él y al llegar a su

altura los dos se quedaron subidos a la misma piedra, las tetas ya grandes de Rosa y la ba-

rriga de Eduardo que se le meneaba de la risa. Y Rosa dijo: estate quieto y no te muevas,

que me voy a dar la vuelta. Entonces Rosa se giró sobre sí misma como solo lo sabe hacer

un modelo, sin ocupar más espacio del necesario, y abrió una pierna lo justo para no tener

que dar un salto, con el suficiente impulso para llegar a la otra piedra y no pasarse ni que-

darse corta, porque, aunque era mayo, el agua estaba muy fría. Y así estuvieron los dos uno

en cada piedra cogidos de la mano un momento muy gracioso. Pero a Eduardo se le pasó la

risa y dio el paso que tenía que dar, y se quedó de nuevo junto a Rosita, y obedeció todas

las órdenes que le daba y llegaron a la otra orilla sin mayores contratiempos, y nada más

poner pie a tierra se dieron un beso.

Eva estuvo sentada en el prado todo el rato, mirando la escena, con una sonrisa que

yo tardaría bastante tiempo a ver. Rosa me contó que mientras todos habían ido de campo,

con sus chirucas y sus barbour y sus pantalones coronel tapioca, ella, Eva, llevaba puestas

unas plataformas de cuatro dedos de altas y un top ajustado azul celeste y unas mallas
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acampanadas de lycra del mismo color. Se había puesto como para una boda. En esto Rosa

y Javier no estaban de acuerdo. Javier decía que se había puesto muy moderna y que estaba

guapísima, y que lo de las plataformas, si ella va bien, no es ningún inconveniente para ir al

campo, de hecho estuvieron andando un rato y el único que se quejó fue el barrilete de su

hermano, que ese sí que se había vestido para un cuadro de caza. Rosa decía que iba muy

moderna pero que así no se va al campo, no me jodas. Para Rosa que el asunto de las oposi-

ciones la tenía un poco trastornada, tú ten cuidado Javier que esa chica está un poco trastor-

nada, le decía.

Porque, después de que hubieran pasando los tres, cuando ya sólo quedaba Eva que

los seguía mirando sentada en el prado, apoyada en los antebrazos y con una espiga verde

entre los labios, de buenas a primeras Eva se levantó, se espolsó las briznas de hierba del

culo y cruzó como lo haría un animal de monte, corriendo por el lecho del río, salpicándose

hasta las cachas, igual que los niños se meten a zancadas en el agua del mar hasta que se

dejan ir con una ola, y riéndose como una loca. Acabó mojada entera, amerada por comple-

to. Aquello también debía de tener su gracia pero la gente dejó de reírse. Ella recuperó el

aliento, le caía el agua por el pelo, tenía los pómulos y la nariz enrojecidos, las mallas

húmedas y el top pegados a la piel, la sombra de los pezones fríos, y cuando se le pasó la

risa y el sofoco, como si tal cosa, dijo que siguiesen andando, y Rosa le dijo que se secase

un poco que iba a coger un enfriamiento, y Eduardo se quitó el barbour y el jersey de cuello

alto, y Javier se ofreció para ir corriendo al coche a por una manta y volver. Pero Eva se

negó a todo. Quería seguir como si tal cosa. Hacía buena temperatura, estábamos en mayo,

estaban en el fondo de un barranco lleno de flores, las laderas tapizadas con los verdes dis-

tintos de las hayas y de los castaños y de los abedules, y la tierra que pisaban era un prado.
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O sea que se lo pasaban muy bien. Luego ella era muy maja, te ponías a hablar con

ella y tenía una conversación interesantísima. Lo que pasa es que era muy tímida. Estaba

desacostumbrada. Llevaba toda la juventud (esto de la juventud Rosa lo repetía mucho)

amarrada al duro pupitre, memorizando leyes, y tenía los resortes de la comunicación un

poco desengrasados. No medía bien las situaciones. Unas veces se pasaba y otras se queda-

ba corta. Unos días era pudorosa y amable sin llegar a empalagosa, y otros días, como el día

del río, se portaba como una niña. Si iban a cenar, mientras pidiese un bitter sin alcohol

todo iba bien, pero como alguien le pusiese un dedo de vino para brindar empezaba a decir

tonterías hasta que se echaba a llorar o se quedaba dormida. Un día le pregunté a Javier si

habían fornicado. Él me contestó que todavía no. Por fin había ido a hacerse un análisis

completo y con los resultados en la mano darían ese paso. Eva le había dicho que eso no era

problema, que tomarían las precauciones necesarias, pero Javier estaba cambiando de esta-

do como quien cambia de nacionalidad, como quien necesita todas las pruebas, los análisis

clínicos y los certificados de penales y las partidas de nacimiento para irse a vivir a un

mundo nuevo.

En estas circunstancias, a Javier Bidón le importaba un pimiento posar para Paloma-

res. A mí tampoco me importaba mucho decirle a Pilar Guijarro que se buscase otro mode-

lo, que yo no iba a ponerle el culo a un tipo que había humillado en público a la profesión

etc. Pero no pude evitarlo. Una tarde marqué su número de teléfono y le dije que para mí

era una situación muy comprometida pero que qué le íbamos a hacer, tampoco sería mucho

tiempo, y nadie tenía por qué enterarse. Pero yo tenía que decírselo a Rosita. Se iba a ente-
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rar de todos modos, y cuando se enterase tampoco pasaría por alto la oportunidad de repro-

chármelo y llamarme mal amigo y todo eso. Y, por otra parte, no sé cómo habría decepcio-

nado más a Pilar Guijarro, no haciéndole el favor o no guardándole el secreto. Mira, Rosita,

le dije, Pilar me ha dicho que Palomares se ha cansado de buscar cuerpos vulgares y la ha

llamado para que vayamos.

La secretaria de Palomares nos dio cita para el día catorce, me acuerdo porque el día

después fue cuando comimos en casa todos con mi suegra. Rosa no llegó a plantearse el

asunto como un conflicto moral. ¿Que Palomares quiere que posemos para él? Que diga

dónde y cuándo, y que pague, a ser posible por adelantado. Ese era todo su conflicto. Ade-

más, cuando fuimos la primera vez fue para hacerle un favor a Alfredo, el día del casting, y

esa vez, por cierto, tampoco llamaron a Rosa ni a su hija.

Nos había citado por la tarde, un martes. Después de salir de la escuela fuimos a

comer algo a mi casa para coger desde allí juntos el metro hasta la casa de Palomares.

Hacía tiempo que no estábamos juntos, que no hablábamos. Hablar, hablar, como a Rosita

le gusta hablar, sin motivos pero con contenido, después de comer en la mesa camilla con

un café los dos dale que te pego, no lo habíamos hecho por lo menos desde Astorga. ¡Cuán-

to hace que no hablabamos!, ¿verdad Güino? No hay nada como echarse novio para perder

las amistades, dije yo. Calla, calla, dijo ella, y luego me explicó su situación. Todo iba bien.

Todo iba más o menos bien. Eduardo había pedido el traslado a Madrid, la cosa iba por

buen camino. A finales de año, si no surgía nada raro, si no se paralizaba la justicia o había

un repentino cambio de gobierno, Eduardo estaría ya en Madrid. El pobre se daba unas pa-

lizas de coche tremendas. Venía todos los fines de semana y muchas veces el sábado volví-

an a irse al campo con su hermana y con Javier, y el domingo los traía a todos otra vez a

casa y volvía a conducir otra vez hasta Astorga. Menos mal que llevaba un volvo tapizado
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de cuero precioso. Ella, Rosita, no tenía que ir nunca. Y era mejor que no fuese porque la

sociedad astorgana no vería nada bien que el juez se hubiese liado con una modelo de la

capital. Y ella estaba bien con Eduardo. Eso no se podía negar. Es buena gente, Güino, el

que sea juez y el que sea rico no significa que sea mala persona. Yo, al principio, me decía

Rosa, pensé que aquello no funcionaría, no sé, que tendría algo, alguna tara que le hubiese

quedado de pequeño. Sería un vicioso, un putero, un malcriado, alguno de esos defectos

que se tienen por exceso de posibles. Y me venía bien que estuviese tan lejos, porque yo lo

que no puedo es cambiar mi vida, yo no puedo estar preocupándome por Lurdes y por la

niña y encima lavarle los calzoncillos a un marido, a ver si me entiendes. Cuando llegas a

cierta edad y no has necesitado a los hombres, hipotecarte para el resto de tu vida es una

blasfemia casi. Claro que no era el caso, quiero decir que no tendría que lavar los calzonci-

llos. En su casa nunca se ha unido el comer con el hacer la comida o fregar, ni el de ensu-

ciar con lavar, y eso, quieras que no, se acaba pegando. Pero eso tampoco es problema por-

que él lo primero que ha dicho es que cuando vivamos juntos tendremos una chica que nos

hará la casa. Y esa es otra, Güino. Imagíname a mí a estas alturas con criada, con lo que yo

he sido. Con marido y con criada, porque Eduardo es de los que se quieren casar, de eso no

te quepa Güino la menor duda. Yo no puedo, no puedo. Yo tantas renuncias no puedo. Yo

soy una trabajadora, Güino. Y además soy libre. Si quiero me acuesto con quien me da la

gana y si me tengo que comprar un vestido me lo compro, o se lo pido a una amiga, que

para eso están. Yo creo que si un día me viese con él en un chalé de Mirasierra y con una

criada filipina me miraría al espejo y diría: ¿y todo para esto? ¿Tantos líos, tantas noches en

vela, tantas huelgas, tanto mirar el bolsillo, tanto temer al invierno para esto? Ahora que ya

tengo un lugar en el mundo, que sé quién soy y cuál es mi sitio, que mi casa brilla como el

jaspe y todo lo que tengo me lo debo a mí, porque a mí nadie me ha regalado nada, ahora
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que lo tengo todo, lo cambio por los putos delirios de grandeza que hacen que sea tan injus-

ta la sociedad...

Pero luego viene él, y charlamos, y me cuenta cosas, y me hace reír, y me lleva a un

restaurante, y me manda flores, y con ese goteo de detalles cursis me va haciendo un aguje-

ro en el corazón, que es lo que más me jode. Que soy blanda. Que estoy con él y es como

cuando los domingos te quedas un rato más en la cama. Es que siempre lo encuentras con-

tento, siempre tiene una palabra, una conversación, una caricia, y me enfado y me escucha

y luego me da un beso y me acaricia, y yo me he enfadado muchas veces y me han escu-

chado muchas veces y me han acariciado muchas veces, pero todo siempre por separado,

nada siempre todo junto con un hombre que no es un desastre y que te quiere. Y luego llega

el lunes y se va, y yo respiro, digo bueno, cada cual a su rollo y basta de pájaros en la cabe-

za, incluso me digo voy a organizarme algo por mi cuenta para el próximo fin de semana,

que me llame y le diga no, mira, este fin de semana prefiero estar sola. Que se dé cuenta de

que las cosas no han cambiado ni yo pienso renunciar a mi independencia. Y a veces lo

hago. Un día lo hice. ¿Y qué pasó? Pues que tenía frío en la cama, que los cubiertos hacían

eco en la pared, que fui al mercado cuatro veces, que me tragué tres películas y unas cuan-

tas bolsas de pipas, allí sola, tapada con una manta. Ya sé que te podía haber llamado, Güi-

no, y mira que lo pensé. Pensé que venga Güino, que también está solo, y nos comemos las

pipas juntos, y luego, si surge, pues oye, tampoco pasa nada, ¿no?, pero no lo hice porque

yo sabía que surgiría, follo demasiado esta temporada para que no me apetezca si estás a mi

lado, Güino, porque, además, tampoco es necesario que te lo diga, pero tu cuerpo es más

apetecible que el de Eduardo, ya lo creo. A Eduardo hay que quererlo, que te guste antes de

nada ya es un poco más difícil. Pero no lo hice porque no, porque yo tenía que arreglarme

sola, y además porque después de conocer a tu mujer ya no podría. Ya sé que no tiene mu-
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cho sentido, pero tu mujer es una gran mujer, Güino, parece mentira que no la conozcas. A

raíz de la cena en casa de Eduardo hemos hablado un par de veces por teléfono, y también

cuando nos vimos para que le devolviera el vestido, que por cierto me lo quería regalar pero

yo le dije que ni hablar, que de ninguna manera. ¿Por qué has estado todos estos años sin

presentarme a tu mujer, Güino? Es una chica encantadora, y lo está pasando fatal, yo creo

que no ha sabido superar el trauma de la separación, y tú, perdona que te diga, tampoco

haces nada por que lo supere...

Julio Palomares vive en El Viso. Es un barrio de casitas emboscadas, calles ondu-

lantes y verjas forradas de hiedra. A veces pienso que la finalidad del arte no es pasar a la

historia sino vivir en un barrio como este, y tener un gran estudio diáfano en el ático con

luminarias de cristal aislante. En el apartamento de Atocha donde vivía Bidón no se puede

pintar más que expresionismo rebutido. Allí en El Viso da la impresión de que los cuadros

deben ser más grandes, más serenos, más exquisitos. Abundan los jardines que parecen

cementerios, con estatuas griegas mancas junto a los setos recortados, o con arbolillos frá-

giles que ir pintando según pasan las estaciones y los trenes que se oyen a lo lejos cuando

salen de Chamartín. El jardín de Julio Palomares está lleno de objetos primitivos, de trozos

de cuadros matéricos puestos a secar, esparcidos por un suelo lleno de hierbajos, arbustos,

bojes y demás plantas abstractas.

Ese día el pintor no estaba en casa, o si estaba no nos quiso recibir. Era un chalet de

los años treinta, muy en la línea del expresionismo severo que reaccionó contra las curvas y

luego desembocaría en el racionalismo. Todo blanco y cuadrado, con una azotea en forma
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de cubierta de barco con largos tubos paralelos en la barandilla. Luego supe que por la parte

de atrás ni la fachada era tan dura ni los objetos ni las hierbas tan matéricas. Por la parte de

atrás todo era más mediterráneo. En esa parte es donde hacía la vida Palomares, y en la

parte rígida tenía su oficina y un espacio de techos muy altos que por los ruidos que oíamos

desde fuera parecía un taller de metalurgia. Nos abrió la puerta de laterales traslúcidos una

criada. Pasen, pasen. Pero nada más entrar en el vestíbulo, desde la puerta de la izquierda

(la que daba a la oficina, porque la otra era el taller) apareció un mujer que sólo reconocí

cuando después de saludarnos se sentó en el sillón de su mesa y se puso unas gafas. Ella,

cuando se puso las gafas, también me reconoció. Había estado en el tribunal de cuerpos

vulgares con el que tuve que enfrentar mi dignidad profesional. Pero reaccionó bien, con

una sonrisa muy dulce. ¡Vaya!, dijo, ¡arrieros somos! Rosita estaba en otro tribunal y no la

conocía, y la verdad es que recuerdo que no se portó entonces mal conmigo. Me fastidió el

ejecutivo aquel de los tirantes (que debía de ser el representante de la agencia) y sobre todo

la fotógrafa. A mí no me costaba nada dejar el asunto zanjado en atención a su sonrisa, pero

encontré que sacar a relucir aquellas fotos me situaría en una posición ventajosa. Tampoco

sabía muy bien para qué. Por cierto, le dije, que en algún lugar deben andar unas fotografías

sacadas sin mi permiso... Uy sí sí sí, dijo ella, no te preocupes por las fotos que las fotos

están guardadas, lo que pasa es que tenemos tal jaleo de fotos..., ¿os queréis creer que hici-

mos pruebas a casi mil quinientas personas? Yo sí que me lo creo, terció Rosa, porque a mí

también me las hicisteis. ¿Ah, sí? Sí, dijo Rosa, pero fue en otro tribunal para gente más

vieja.

La secretaria se llamaba Marisa y era muy amiga de Pilar Guijarro. Nos preguntó

mucho por ella. Marisa era de estas mujeres que se saben amables y educadas y tienen re-

cursos para seguir hablando y sonriendo con dulzura todo el tiempo que sea menester, y
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explotan el punto en común hasta que tienen dominado al adversario. Y el punto en común

era Pilar Guijarro. Se conocían desde niñas, las dos habían ido juntas al liceo francés, las

dos habían estudiado arte, hacía ya de eso una barbaridad de tiempo, y habían luego estado

muchos años sin verse hasta que hace nada más que un par de años coincidieron, mira tú

por dónde, en una galería de Londres, y como a las dos les gusta ir mucho a Londres porque

les parece una ciudad maravillosa llena siempre de propuestas muy interesantes (mucho

más que París, cien veces, dónde vas a parar), pues desde entonces aprovechaban para es-

caparse algún fin de semana las dos, y habían vuelto a hacerse muy amigas.

Rosa no decía nada. Rosa quería que fuésemos al grano. Pues sí, dijo al final, Pilar

es una chica muy maja, pero no nos dijo en concreto para qué quería Palomares que vinié-

ramos. Por fin se fue apagando la sonrisa dulce y Marisa nos miró (me miró) con ojos de

preguntar por qué había venido también Rosita.

Veréis, dijo, en un tono más profesional. Julio trabaja a destajo, lleva siempre mu-

chos temas a la vez, y claro, siempre hay tiempos muertos en unos asuntos y en otros no.

Cuando fuisteis al odioso casting aquel (por dios, qué vergüenza pasé, qué situación tan

humillante) buscábamos nada más que cuerpos vulgares. Palomares me dijo, quiero decir,

nos dijo, porque en cada sala estábamos uno de sus ayudantes, aparte de los que ponía la

agencia y los fotógrafos, claro, nos dijo vosotros buscad los cuerpos menos artísticos que

haya. Así, en general, ¿sabes? Los cuerpos vulgares, ya ves. Aquello, en fin, no sé cómo

acabará, porque el resultado no le satisfizo demasiado a Julio, el caso es que de momento

esa parte del proyecto Cuerpo Español Contemporáneo la tiene un poco apartada. Esta es

otra parte. Para esta parte sí quiere cuerpos artísticos. Marisa nos volvió a mirar un poco

encogida de hombros como si ella tampoco lo acabase de entender del todo.


189

Querrás decir, dijo Rosita, en un tono que me pareció algo reservón, un poco a la

defensiva, que antes quería modelos aficionados y ahora los quiere profesionales, ¿no? Eso

es justo lo que yo le dije a Julio, dijo Marisa. Y Rosa dijo: porque a mí me hicieron pasar

por aquello y a mí me da igual porque yo ya sé a lo que voy, y allí la única que sabía cómo

estar desnuda era yo, y mi hija, que para eso la estoy enseñando, y ni a ella ni a mí nos co-

gieron entonces, y yo, maja, de artístico, pues mujer, depende de lo que se entienda por

artístico, a lo mejor la celulitis es muy artística, yo en eso no me meto, pero el mío es un

trabajo cualificado, y yo sé posar de marquesa pero también de puta. Yo poso como quieran

que pose, y si me dicen que pose vulgar yo poso vulgar. ¡A ver si entonces no me quisieron

por demasiado artística y ahora me echan por demasiado vulgar! Ahora que, claro, mientras

no nos organicemos como es debido, estas cosas van a seguir pasando.

Marisa lo tomó con sentido del humor. Le explicó que Julio aún no había tomado

ninguna decisión sobre el casting de cuerpos vulgares. Habían pasado varios meses, sí, de

acuerdo, pero ya nos había dicho que el proyecto Cuerpo era muy ambicioso y muy a largo

plazo. Este hombre es así, resumió. Pero mientras ella resumía yo la vi mirar a Rosa como

la mira Pilar Guijarro, que, tratándose de Rosa, tampoco sabe distinguir entre lo artístico y

lo vulgar, y eso la fascina. Y la vi mirarla con curiosidad, como si acabara de comprobar a

la primera todo lo que Pilar le hubiese contado en sus paseos por las tiendas caras de Hams-

tead Heath. Era la simpatía creciente de quien entiende las razones de un afecto, les pone

voz y carne y hueso, y tiende a la comprensión porque comparte los criterios del amigo, en

este caso amiga. A dos mozas viejas como Marisa y Pilar Guijarro, tan acostumbradas a

una cierta dosis de opulencia, tratar con el frescor salvaje de Rosita estaba entre la ideología

y el vicio, y por otra parte les daba la envidia de aquellas mujeres que nunca pierden la hoja
190

y se mantienen guapas y sanas y primitivas. A esa edad las mujeres se pasan la vida redes-

cubriendo. Las mujeres solteras, claro.

Marisa dijo que antes de formalizar nada deberíamos entrevistarnos por separado

con Julio, y comprometernos a estar disponibles durante los dos próximos meses, junio y

julio. Nosotros le dijimos que trabajábamos. Nosotros no tenemos las mismas vacaciones

que Pilar, dijo Rosita. Marisa ya lo sabía, pero bastaba con que trabajásemos cuatro o cinco

horas diarias con él, por la mañana o por la tarde o como mejor nos viniesen los turnos, eso

lo podríamos arreglar. ¿Y el dinero?, dijo Rosa. Marisa, después de fingir que se azoraba un

poco (Marisa tenía los modales de esas dependientas que tiene la librería Blanquerna, que

fingen no saber cómo funciona la caja registradora), nos explicó con detalles vulgares los

términos del contrato, aunque, como es natural, el contrato dependía de si Julio Palomares

nos quería contratar o no. Ya empezamos, dijo Rosa. Se nos haría lo acostumbrado, un con-

trato por obra que luego tendríamos que declarar a Hacienda. Total, unas trescientas mil

para cada uno. Rosa y yo nos miramos como frotándonos las manos. ¿Y cuándo será la en-

trevista? Dijo Rosa. No os preocupés, dijo Marisa, yo os llamaré.

Rosa y yo salimos de aquella casa y de algún modo nos fuimos a celebrarlo. Con

aquello, el sueldo y el empujón de la extraordinaria Rosa iba a comprarle a su nieta toda la

ropa de invierno y encima no tendría que aguantar que Eduardo la invitase siempre a todas

partes. Yo, tal y como se presentaba el verano, me lo puliría todo en masajes, o acabaría

comprándole a Violeta un oboe de profesional.


191

El día de San Isidro, en efecto, mi suegra, mi exmujer y mi hija vinieron a comer.

Yo había tirado el sueldo en la pescadería. Compré una lubina y unas cocochas de bacalao

y marisco para picar. Le dije a Remedios que viniesen prontito y así aprovecharíamos las

mejores horas de sol de la terraza, que luego a las cinco y media o las seis ya se giraba un

poco de frío y en la sombra no se estaba tan a gusto. Ese día toreaban en Las Ventas Joseli-

to, José Tomás y Miguel Abellán, con toros de Adolfo Martín. Cualquier aficionado en-

tiende que yo a las siete tenía el propósito razonable de estar sentado en mi abono. Ellas,

conociéndome, también lo iban a entender. Se iban a poner ciegas de cocochas y de cana-

pés variados pero a mí me iban a dejar irme a los toros.

Llegaron las tres juntas, Juana sonriente y habladora, Remedios tan seria, y Violeta

huida. Yo les había preparado la mesa en la terraza. En Mirasierra tienen un jardín con un

columpio pero no esta espléndida azotea, yo sé (siempre lo he sabido) que a Remedios lo

que más le costó de toda la separación fue no tomar el sol en la terraza, no fumarse un ciga-

rro con la vista perdida en los Jardines del Moro y la Casa de Campo, no regar las horten-

sias de debajo del cañizo, no entretenerse mirando los barandados de las azoteas ni los to-

nos de las tejas ni las cúpulas ni las antenas del barrio de los Austrias. Cada vez que viene,

en primavera y en verano (el resto del año voy yo a Mirasierra) y se pasa la tarde tumbada

tomando el sol Remedios acaba reblandeciéndose, y si tengo suerte y viene con mi suegra

se controla un poco, pero si viene sola o viene con Violeta en seguida saca el tema de que

todo se le está cayendo encima. Si hubiese venido sola ya me podía haber despedido de ir a

Las Ventas yo esa tarde.

De modo que siempre viene un poco mustia y se marcha un poco emocionada, aun-

que yo creo que lo hace por criterios morales, de aquellos que juzgan una situación con

independencia de sus sentimientos, y adaptan sus ademanes al sentimiento que creen que
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deben tener. Es como esas personas a quienes se les ha muerto alguien y cuando se encuen-

tran con amigos íntimos fingen un dolor disimulado, una tortura interior que no sale a la

superficie gracias al esfuerzo titánico que hacen para disimularla. Entre nosotros, el muerto

era el matrimonio, y nos hablábamos a veces con la dulzura de quien debe necesitar con-

suelo, y si siente otra cosa es porque no tiene entrañas o nunca las ha tenido. Nunca sintió

nada por el vivo y tampoco ahora por el muerto. Ella pensaba cosas así.

Ya la cosa se empezó a torcer cuando Juana, después de pasar revista a las plantas y

recriminarme que no hubiese podado los jazmines, se metió en la boca un canapé de higo

con anchoa y dijo muy sonriente que me tenía que dar una noticia. Ya empezamos, dijo

Remedios. ¿Cómo que ya empezamos?, dijo Juana. Esta niña es tonta, se piensa que me

voy a ir al extranjero. ¡Pues más o menos!, dijo Remedios. Calla, calla, dijo Juana, ¡que

estoy muy contenta! Y dijo dice ya he encontrado pueblo, Güino, gracias a las indicaciones

que tú me distes ya sé dónde está Patagallina. Muy bien, dijo Remedios, ya sabes dónde

está Patagallina, ya podemos ir un fin de semana, lo vemos, comemos en el pueblo, nos

damos un paseo, nos volvemos a Madrid y santas pascuas. ¿Y cuál es el problema?, dije yo.

¡Joder, que se quiere ir a vivir allí! Mamá, por favor, dijo Violeta, no seas histérica. ¡No me

llames histérica! ¿Pero tú te crees que es normal que ahora diga mira, me voy al pueblo,

hala, y si no tengo pueblo me busco uno? ¿Pero no te da algo por el cuerpo? ¿Y tus amigas,

y tus meriendas, y no sé, y tu ciudad, y tu familia? Juana bebió un sorbo de la copa de vino

que yo estaba sirviendo mientras se calmaban y dijo: mira, merendar voy a seguir meren-

dando, Madrid ya lo veré cuando venga a veros, y vosotros, supongo, también me vendréis

a ver a mí, y lo que toca a mis amigas les pueden dar a todas por el culo. En fin, dijo Reme-

dios, bajando un poco la voz, ya veremos. Y tú Güino, dijo Juana, ya puedes ir desocupán-

dote un fin de semana que me tienes que llevar los muebles. ¡Pero por el amor de dios!,
193

volvió a subir Remedios el tono, ¡si ni siquiera sabes dónde es!, ¡si no has visto siquiera si

hay casas, si hay gente, si venden pisos! Por eso no te preocupes, hija mía, ya tengo previs-

to hacer un viaje para ir mirando casas. Y añadio: ponme otro vino, Güino, que esto hay

que celebrarlo.

El tema se fue apartando y volviendo a coger a lo largo de toda la comida. Se en-

frascaron tanto que no dijeron nada de las cocochas. Bueno, miento. Mi suegra preguntó si

eran de bacalao. No, le contesté, son de merluza. Violeta, cada vez que volvía a salir el

pueblo, giraba la vista hacia la ventana y dejaba caer el tenedor en el plato sin hacer ruido,

hasta que en un momento de la conversación por fin intervino. Su madre estaba diciéndole

a la abuela que por lo menos esperase hasta el verano, que ahora tenían muchas cosas que

hacer, que Violeta tenía que examinarse de selectividad y ella tenía muchísimo trabajo y

que luego, en vacaciones, ya verían, harían alguna excursión cuando ella y Violeta volvie-

sen de Nueva York. Fue entonces cuando la voz serena de Violeta, serena y siniestra como

si escondiese la lucidez de los que ven demasiado, dijo: yo no tengo que estudiar selectivi-

dad. Y añadió: me ha quedado el latín para septiembre.

Eran ya las cinco de la tarde. Se hizo un silencio, las bocas dejaron de masticar.

Remedios miró a su madre y luego a mí y dijo: ¿cómo?, y empezaron a inflársele las aletas

de la nariz. Pero Violeta, ¿pero qué estás diciendo?, ¿pero se puede saber de qué estás

hablando? He suspendido latín, repitió Violeta. Pero bueno, ¿y los dos sobresalientes que

tuviste en latín en las dos primeras evaluaciones? ¿Cómo es posible que te suspendan con

dos sobresalientes en las dos primeras evaluaciones, Violeta? Eso no puede ser. ¿Pero qué

te pasó? Tuviste el examen el jueves, anteayer, y era el último según tengo entendido, o sea

que no han podido darte aún las notas. No me seas ceniza, Violeta. ¿Te han dado ya las

notas? No. ¿Pues entonces por qué dices eso? ¿Tan mal te salió? Es imposible que te saliese
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mal, Violeta. Pero si además estás tú dando clases al compañero ese tuyo de latín, si tú

misma me has dicho muchas veces que sabes más latín que nadie de la clase. ¿Tan mal te

salió? ¿Tan cabrón va a ser el profesor que te va a suspender porque te haya salido mal un

examen? Seguro que a Jan sí que lo aprueban, y seguro que lo aprueban con lo que tú le

has enseñado. Venga, Violeta, no me des esos sustos, por favor. Violeta dijo: a Jan le han

quedado las matemáticas. ¡Pues estamos buenos!, dijo Remedios (Juana en los temas de la

educación de la niña siempre mantuvo un escrupuloso silencio), ¡menudas clases particula-

res que os habéis dado, maja!

Yo me creí en la obligación de intervenir, de decir algo. Y dije: ¿por qué no esperáis

a que salgan las notas y os vais comiendo el strudel, que si se enfría ya no está tan rico?

Desde luego que vamos a esperar, dijo Remedios. No hace falta, dijo Violeta, entregué el

examen en blanco. ¿Pero cómo que en blanco? Hija mía, te lo juro, me va a dar algo, entre

todos me va a dar algo, yo ya no sé lo que hacer, yo no sé si os estáis volviendo todos locos

o me estoy volviendo yo. ¿Será posible?, ¿en blanco? Violeta dijo sí con la cabeza, muy

serena, y dijo: la tragedia te la estás montando tú sola, mamá, suspender el latín tampoco es

tan grave. ¿Ah, sí?, ¿y la selectividad?, ¿y el ingreso en medicina?, ¿y el viaje a Nueva

York? Mira, hija, vamos a tener la fiesta en paz, ya he hablado bastante, no quiero hablar

más hoy, estoy muy nerviosa, a lo mejor soy yo la que está nerviosa y todo lo demás es

muy normal, no poder entrar en medicina, porque en septiembre vete tú a saber si habrá ya

plazas, no tener unas vacaciones tranquilas, no poder descansar de una puta vez sin ningún

tipo de preocupaciones. De acuerdo, todo eso es muy normal, pero yo mañana tengo mucho

trabajo en la clínica y tú Güino, si no te importa, yo creo que deberías ir y hablar con el

profesor antes de que pongan las notas definitivas. Violeta, al oír eso, dejó el estrudel casi

sin tocar y salió de estampida a la terraza. Remedios se fue detrás de ella, pero antes de salir
195

me miró y me dijo un ya ves tú con cierto retintín. Cuando nos quedamos solos Juana y yo,

ella me miró de nuevo sonriente y me dijo: muy rica la lubina, Güino, y el pastel este tam-

bién, y los canapés, y el vino. Muy rico todo, Güino, muy rico todo. Luego se encendió un

cigarro, cosa rara, y tiró el humo sin tragárselo hacia el techo y me volvió a mirar y me di-

jo: a ver si te aviso y quedamos en lo de la furgoneta.

Violeta se marchó en seguida porque había quedado con su amigo. Remedios estuvo

un rato tomando el sol y Juana se durmió la siesta. Yo aguardé sin inmutarme hasta las seis

y media. Si cojo el metro en la Cebada me lleva en veinticinco minutos a la Plaza de las

Ventas, era el momento oportuno para largarse. Pero no lo hice. No fui. Me pasé la tarde

imaginando que los tres matadores habrían competido por naturales: los pulcros, ortodoxos

muletazos de Joselito; los francos, de pecho descubierto y como de novillero antiguo de

Miguel Abellán; los hondos, muy cruzados, autoritarios y peligrosos, frágiles y retadores de

José Tomás. Luego resulta que todo fue un desastre y José Tomás se dejó un toro vivo.

Pero eso es lo de menos, también son históricos los fracasos. No fui porque basta

con que te vayas en una situación así para que te llamen de todo. Yo no estaba preocupado

por mi suegra y sólo en cierto modo por el latín de Violeta. Quizá más en el caso de Viole-

ta. El ya ves tú con cierto retintín que me mandó Remedios estuvo a punto de alcanzarme.

La única vez que yo le he enseñado algo a mi hija fue hace cuatro años, cuando iba a empe-

zar el bachillerato. Le impartí unas clases de latín que hasta el examen final por lo menos le

dieron bastante buenos resultados, pero esa reacción tan rara de entregar el papel en blanco,

de haberse quedado en blanco en el último momento, como si mis enseñanzas hubiesen

caducado demasiado pronto, le dio pie a Remedios y a su retintín a recordar la bronca aque-

lla que tuvimos cuando yo empecé a enseñarle latín a la niña y su madre se empeñó en que

fuese a clases de informática, y la niña decidió quedarse en casa y aprender latín, pero tuvo
196

que compensar a su madre asistiendo a un curso avanzado de inglés. O como, cuando esta-

ba claro de que además de aprender inglés debía practicar un deporte y un instrumento,

Remedios intentaba meterle a la niña el piano en la cabeza pero yo la orienté hacia el oboe.

Y ella, otra vez, me hizo caso. Pero tuvimos otra bronca porque una vez Remedios estaba

viendo la televisión y salió un cantamañanas diciendo que el oboe es el instrumento de los

locos, no sólo por los fakires sino porque muchos virtuosos, de tanto ensayar, de tanto apre-

tar con los labios la fina lengüeta del instrumento, de tanto hacer fuerza con las sienes para

introducir todo el aire de los pulmones por ese finísimo resquicio, muchos virtuosos se vol-

vían locos, tenían trastornos mentales, pérdidas del equilibrio, brotes de esquizofrenia, de-

presiones de caballo. Yo le dije que los músicos, como cualquier artista, deben saber el te-

rreno que pisan. Los riesgos del arte siempre son los mismos. Ya veremos, dijo ella. Y

cuando hubo que elegir un deporte yo quise que fuera a natación, pero su madre se empeñó

en que la natación era un deporte de insociables, que Violeta tenía que correr o saltar o

montar en bicicleta, hacer ejercicio al aire libre, salir de excursión con sus amigos, practicar

el senderismo. Pero aquí Violeta no nos hizo caso a ninguno de los dos. De vez en cuando

salía a pasear, y eso era todo.


197

VI

Julio Palomares nació en Xátiva, Valencia. Empezó siendo un paisajista magnífico,

adiestrado con mano dura por Vicente Barrachina en los años cincuenta, primero en la Es-

cuela de Bellas Artes de Valencia, y después, ya como profesor ayudante, en la Escuela de

Artes y Oficios de Madrid. Su primera exposición data de 1959, Estudios de nubes, una

serie de paisajes mínimos, a veces una sombra en una esquina, en donde Palomares vació

las lentas horas de imitación de Constable y Turner a que lo sometió Vicente Barrachina.

Del mismo tono son sus Estudios de humo, de 1960 y sus ilustraciones de la novela El

obispo leproso, de 1962. Es probable que en esas primeras obras, en cierto modo todavía

escolares, resida todo el secreto de la obra del artista. El cielo descontextualiza la realidad,

libera las formas para las pinceladas largas, del mismo modo que los bosques en otoño libe-

ran las formas para las pinceladas breves y el humo para las transparencias y los trazos de

un solo pelo. El sino de Julio Palomares sería siempre no desprenderse (a veces para su

desgracia) del virtuosismo y al mismo tiempo huir de un realismo inmediato, de objetos o


198

figuras que se reconocen a la primera.

En esas primeras exposiciónes, además, tuvo su primer encuentro decisivo. El pintor

Benjamín Palencia, que entonces ya se había especializado en el paisajismo seco y pintaba

muchas veces con el pincel del revés, se fijó en él y le aconsejó dar por terminada su edu-

cación académica. Cuando Julio Palomares regaló un ejemplar de su obispo leproso a Ben-

jamín Palencia, este lo miró y le dijo: esto me recuerda a Romero de Torres, pero lo otro sí

que me ha gustado, y le habló de la Europa de los años veinte y se lo llevó de viaje por los

secarrales de Almería. De allí nació la primera exposición importante de Julio Palomares,

Estudios de tierra pobre. Allí Palomares dio el paso que Benjamín Palencia había dado en

los años veinte: volver a las formas pero despreciar cualquier prurito de naturalismo deci-

mononizante a favor de una pincelada más gruesa y desgarrada, de unas formas más primi-

tivas, de una España más negra. A Palomares le dio vergüenza enseñarle a Benjamín Palen-

cia sus ilustraciones del obispo leproso. Después de Estudios de tierra pobre las relaciones

entre Barrachina y Palomares empezaron a enfriarse. Palomares tenía entonces veinte años,

Alfredo veinticinco, y Barrachina cuarenta y tantos.

Palomares continuó por aquel realismo duro y engordó la materia pictórica por la

vía del fauve hasta que se dio cuenta de que estaba imitando a Benjamín Palencia. En este

momento de su carrera tuvo que tomar una decisión: abandonar para siempre el virtuosismo

clásico que le había enseñado Barrachina o imitar a los artistas modernos, ser uno de ellos.

La perfección era un asunto artesanal, de fundamento, pero pintores muy buenos los ha

habido siempre al margen de la historia del arte. Siempre habrá retratistas muy cotizados

entre las clases pudientes y acuarelistas que decoran mansiones de verano. Incluso pueden

ganar mucho dinero, pero no son la historia del arte. Era la época de amasar pintura con las

manos, juntar colores y vanguardias, el surrealismo y el expresionismo y el dadá, las imá-


199

genes violentas y la filosofía fenomenológica, la expresividad de la materia y la muerte del

dibujo, el arte sígnico y los sacos de yute, las maderas viejas y los empastres de color ma-

rrón. Eran las manchas y los pegotes, el arte de acción y la pintura que chorrea, los actos

automáticos y el compromiso político y social. Sus compañeros en la escuela de Valencia,

Rafael Solbes y Manuel Valdés, que nunca fueron a las clases de Barrachina, habían funda-

do el Equipo Crónica tras experimentar por su cuenta en el expresionismo y el informalis-

mo, y él estaba todavía con el cascarón de Romero de Torres pegado en el culo. Ellos avan-

zaban hacia el pop narrativo y él se encontraba dando tumbos con maestros demasiado vie-

jos. Durante la época final de los años sesenta Palomares sustituyó el pintar por el ver. Hur-

gaba en las formas distintas de la realidad para encontrar cuadros modernos. Estudiaba las

puertas viejas de las casas, las paredes desconchadas, las playas en invierno, buscaba en-

cuadres abstractos dentro de objetos reales y luego los pintaba con los dedos. De esa época

data la serie Estudios de vertedero, muy elogiada por algunos miembros del equipo Cróni-

ca.

A principios de los 70 Palomares encontró la horma de su zapato. Hasta entonces,

su realismo virtuoso se había tenido que recluir en irreconocibles fragmentos de pocos cen-

tímetros cuadrados que él ampliaba hasta la medida del cuadro, una técnica muy imitada

por Javier Bidón, como creo que ya he contado. En el año 72 hace su primer viaje a Nueva

York. Allí conoció a los hiperrealistas fotográficos, en especial la obra de Artschwager y de

Goings, y los vaciados de personas vivas que practicaba Hanson. Él estaba acostumbrado a

hacer lo mismo sin necesidad de fotografías, pero el hecho de que viniese de los Estados

Unidos supuso una buena coartada. Los temas sociales y una marcada tendencia al realismo

lírico compensaban de algún modo aquella ruptura con la tradición informalista de la déca-

da anterior, que para Palomares había sido en el fondo una concesión a las normas de la
200

modernidad. De esta época datan sus Estudios de niños huérfanos y sus primeros proble-

mas serios con el régimen de Franco, que estaba a punto de morir.

A sus treinta y cinco años, Palomares ya tenía un nombre y una trayectoria. Sus Es-

tudios de emigrantes tuvieron muy buena acogida en la bienal de arte de Zurich, ciudad en

la que el pintor estuvo exiliado durante los meses de la tromboflebitis. Soy un artista de mi

tiempo y es mi tiempo el que condiciona lo que en cada momento debo hacer, dijo en repe-

tidas ocasiones para justificar aquel realismo fotográfico tan desgarrador. Las miradas vací-

as de sus emigrantes, las maletas viejas atadas con una cuerda, los andenes fríos de las esta-

ciones, las lágrimas de las ancianas madres, las mantas debajo del olivo, los niños que dicen

adiós, temas muy comprometidos que sin embargo, y eso se veía en el blanco de las mira-

das, apuntaban ya sin discusión al realismo lírico de coetáneos suyos como Cristóbal Toral

o algunos pintores de la escuela de Madrid. Se le podía llamar realista fotográfico, pero lo

bueno es que tenía muy buen ojo para elegir la fotografía. Su labor era descubrir espacios

escondidos en la realidad, no forzarla, y su fórmula, andando el tiempo, había pasado de la

interpretación por medio de la pintura (sus borracheras fauve) a la interpretación por medio

de la mirada. Palomares mantenía la ortodoxia hiperrealista norteamericana pero de algún

modo trataba de ocultar que él no necesitaba proyectar la foto sobre el lienzo y pintar enci-

ma, que él podía hacerlo al natural con el mismo lujo de detalles, incluso con texturas de

retrato antiguo.

Durante la transición, ya de vuelta en España, sus temas fueron las multitudes, pero

el hiperrealismo lo abandonó por completo. El concepto de masa volvió a entrar en su obra.

Paralelos a esta línea, como un entretenimiento, podemos contemplar sus Estudios de man-

zanas reinetas, de conmovedor dibujo y hermosos tonos tostados, o sus Estudios de chope-

ras en octubre, acuarelas muy aguadas que nunca pasan de la primera capa, desnudas de
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cualquier detalle, combinaciones abstractas de color y ramas entrevistas, esbozadas, arras-

trada un poco el agua con la espátula. Pero su tarea fundamental fueron las multitudes y la

recuperación, al menos en su vertiente pública, de la tradición informalista y aparatosa de

los cuadros matéricos.

Del año 83 datan sus primeros trabajos murales: Estudio de Almería, mural en ce-

rámica voluminosa de quince metros de largo y cuatro de alto, encargo de la Diputación

Provincial de Almería para la entrada del recinto ferial. Las obras públicas ocuparon la ma-

yor parte de su trabajo durante la década de los ochenta, hasta su culminación en el friso del

paraninfo de la Universidad Pompeu Fabra, Estudios de ciencias botánicas, y en el frontal

del Estadio de la Cartuja, Estudios hispanos, ambos de 1992. Estas obras mastodónticas, de

proporciones arquitectónicas, muy integradas en el conjunto, suponen sin embargo un re-

greso de Palomares al tiempo en que imitaba tanto a Benjamín Palencia. La observación se

debió al sagaz criterio de Antoni Tàpies, pero Palomares ya se había instalado en la opulen-

cia y no estaba para hacer demasiado caso de los artistas puros. Algo, sin embargo, cambió

en su interior, una búsqueda de lo mejor de sí mismo, una antología de detalles importantes

que cristalizó en su gran proyecto final.

La idea del Cuerpo Español Contemporáneo parte de esa base. Así, en Estudios de

hombres cansados podemos encontrar la carnosidad de Spencer y luego de Freud, pero

también el realismo sin terminar de Wyath y un estudio del espacio que remite a su época

de informalista. Su búsqueda de fragmentos absurdos de la realidad, algunos monstruosos,

devora la desnudez limpísima de su retrato. Esta gran obra, que sigue en marcha, tiene mu-

chas vertientes y mi cuerpo ya forma parte de ella, ha alternado con su gran afición a las

acuarelas minuciosas, lo primero que aprendió. Pero ahora el realismo lírico era una forma

de volver al hogar, de pasar las tardes en el pueblo. A los sesenta años, Palomares lo tenía
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todo, y se quejaba de que los jóvenes no renovasen el ciclo, no volviese a surgir una gene-

ración que por lo menos quemase las etapas que él quemó.

Barrachina y Palomares discutieron gravemente unos meses antes de que yo posase

por primera vez. Eso fue a principios del 83. Palomares había ganado mucho dinero con su

Estudio de Almería, el suficiente para dejar su puesto en la escuela y vengarse de las burlas

y los menosprecios que le dedicaba Barrachina desde que imitase a Benjamín Palencia por

primera vez. Habían sido casi veinte años de tratarlo como tiempo después, y casi con las

mismas palabras, Alfredo trató a Javier Bidón. Tengo varias versiones de aquel encontrona-

zo definitivo. Según Alfredo, Palomares era un cantamañanas y le jodía que se lo dijesen.

Según Barrachina, lo acusaba de haberse bajado los pantalones, de haber traicionado la

confianza que puso en él cuando era un niño, cuando sus padres lo trajeron en una tartana

desde Xátiva (sus padres vendían frutas y hortalizas en el mercado central de Valencia) y

Barrachina fue a comprar medio kilo de ferraúra y vio que el niño, en una esquina, estaba

dibujando un manojo de nabos. De hecho, uno de los cuadros más líricos de Palomares,

dedicado a la memoria de la infancia, es el titulado Estudios de nabos, que no está en nin-

gún museo porque el pintor lo conserva en su casa. Entonces Barrachina, con esa familiari-

dad que tienen los valencianos, dijo aquet xiquet pinta molt bé, y convenció a los padres

para que lo dejasen estudiar en el internado de los hermanos de La Salle. La música y la

pintura es algo muy normal entre los campesinos valencianos, a los padres de un niño que

apunta maneras no les importa sacar a sus hijos de la huerta para que toquen el saxofón. No

obstante, los estudios de Palomares a sus padres no le costaron un duro, los sufragó Barra-
203

china con la estatua Santa Margarita María de Aracoque tomando la comunión en viernes,

que todavía se puede contemplar en el patio del convento de los hermanos de La Salle.

Pero pronto el niño Palomares abandonaría sus estudios de seminario para irse a

vivir a la escuela. Tenía doce años, y desde entonces hasta que tuvo cuarenta y tres vivió

bajo la sombra de Barrachina. Palomares se pasó la adolescencia copiando escenas medite-

rráneas. Cuando era un niño sabía ya pintar el mar con tanta luz como Sorolla y hacer retra-

tos de su madre que parecen pintados por Romero de Torres. La escuela española de antes

de las vanguardias se la terminó sabiendo al dedillo, y sólo salió a estudiar a Ingres o a

Turner o a Constable cuando ya no había verdura que se le resistiese. Lo último que hizo

Palomares del gusto de su maestro fueron las ilustraciones del obispo leproso. A partir de

ahí, la evolución de su discípulo no le gustó nada al maestro.

Pero los motivos de Barrachina, al contrario de lo que todo el mundo pensó porque

Palomares (mal hijo) se encargó de propalarlo, no eran políticos. Si no había conocido más

España negra que la de Romero de Torres, no era porque ningún adicto al régimen se la

hubiera estado tapando. Barrachina nunca tuvo ideas políticas. Para Barrachina, Palomares

se había decantado por la línea Solana, algo ya superado, al igual que la línea Sorolla, que

por lo menos era más valenciana. Sus ideas estéticas a mí me siguen pareciendo coherentes,

y eso que Barrachina no conoció la Europa de los años veinte pero sí la de los años treinta,

que fue más jodida, cuando los juegos florales vanguardistas estaban a punto de acabarse

con una traca de varios millones de muertos. Barrachina nunca quiso saber nada de la gue-

rra ni de las vanguardias. Él siguió parado en Julio Romero de Torres y en los paisajistas

valencianos.

Mientras tanto, Franco sacó a la mujer morena en unos billetes marrones y su retrato

acabó ilustrando los calendarios de las pollerías, hasta que la relajación moral llenó las pa-
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redes de tías en pelotas con una gorra en la cabeza. La mujer morena, la modelo, terminó

sus días mendigando por las calles de Madrid o en las habitaciones íntimas de Palomares.

Pudo darse el caso de que algún peatón espléndido (quizás el propio Barrachina) le pusiera

en la mano un billete de cien pesetas: la mujer miraría un retrato de su juventud, ya viejo y

arrugado, sobre su mano de pedir. A Barrachina le entusiasmaban aquellas mujeres tan tie-

sas, de cuello largo y cara redondeada, cara de fallera bigotuda, como la madre de Paloma-

res, con esos peinados de moño y los párpados caedizos, insinuantes, misteriosos, como una

Gioconda cantadora de saetas. A Rosita la contrató por eso, muy joven también, pero a Ro-

sita luego se le desarrolló mucho el cuerpo por el lado étnico. Para Barrachina, en el fondo,

la mujer morena era la dama popular y decente que tenía en sus oscuridades algo de erotis-

mo peleón, de tragedia aldeana, de sangre consagrada y desvirgada. Franco impuso un po-

pulacherismo que de veras no existía como tal, porque Romero de Torres, republicano y

populista, murió antes incluso de que se proclamase la República. Si Barrachina se había

quedado parado en algún sitio, fue antes de Franco, pero no después.

Lo malo es que a divergencias estéticas se unieron lazos de obligatoria gratitud, y

también, quizá, de celos incipientes. Los dos llegaron a Madrid a finales de los 50. Barra-

china fue contratado para dirigir la escuela por sus presuntas ideas políticas y porque mu-

chos posibles directores estaban en el exilio. Eso, y las ideas por omisión, fueron suficiente

para colgarle a Barrachina el sambenito de fascista.

Yo no lo tendría tan claro. Bien es verdad que aceptó un cargo oficial que exigía

cierta adicción al régimen, y que pintó muchos paisajes y esculpió muchos obispos y mu-

chos soldados desconocidos, casi todos con el cuerpo de Alfredo, y que negaba las van-

guardias y tenía la mirada puesta siempre en un casticismo un poco rancio, pero yo no sé si

eso es suficiente para decir que Barrachina tenía ideas políticas. Pasó por el franquismo
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igual que por la república, metido en su estudio, esculpiendo cuerpos de mármol, pintando

paisajes sin personas. El tiempo no pasó por él, ni el de las vanguardias ni el del franquis-

mo. Tenía costumbres austeras y usaba poca pintura para pintar, y esa obligada limitación

no era en él una mordaza sino las sílabas contadas de un poema.

Su obra es tan amplia o más que la de Palomares, pero siempre estuvo expuesta en

lugares inaccesibles, oscuros comedores de orfanato, asilos de ancianos desamparados, pa-

tios de conventos de clausura, placitas de barrios bajos, y sobre todo cementerios. Su obra

funeraria es sin duda de las más estimables del siglo XX, y está toda concentrada en el ce-

menterio de Tabernes Blanques, su pueblo natal. Destaca, por su impresionante humanidad,

el cuadro escultórico Soldados muertos, en la línea clásica de Querol más que de Benlliure,

que en el fondo es la estirpe de Rodin. Al lado de un montón de cuerpos masacrado hay un

soldado de rodillas que se tapa la cara con las manos. Es Alfredo, que no se sabe si reza a

los muertos o es que él también se va a morir o va a ser ejecutado. Esta calculada ambigüe-

dad, junto a la indefinición de los uniformes, hace posible imaginar la escena en cualquier

bando.

Y con el resto de su obra sucede lo mismo. Para Barrachina, la realidad estaba por

encima de las contingencias, las dos facciones de la guerra no eran más que un buen tema

para el estudio de los cuerpos en situaciones de tensión dramatica. Incluso en sus estatuas

de curas hay una serenidad atormentada, un desengaño resignado, la sensación de que quien

posa está viendo la muerte. Pero un paseo por antiguas instituciones benéficas y hospitales

de caridad revela una obra pictórica de la que Palomares copió hasta que se cansó en sus

Estudios de niños huérfanos, sin llegar, desde luego, a los resultados de Barrachina. En

estas composiciones, sobre todo en el cuadro que cuelga en la parroquia de Santa Cristina,

donde dan la sopa boba, Barrachina hizo un alarde de sus profundos conocimientos en ma-
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teria clásica. Pintó una cocina, con una monja cocinera friendo un huevo y otra pelando las

patatas. Sus hábitos está pintados con ascetismo digno del San Serapio de Zurbarán, y sus

manos son las manos de la bondad. Todo el fondo del cuadro es una alacena llena de cuen-

cos, búcaros, tabaques y alcancías, y cada uno de ellos está reproducido en imitación idén-

tica de los que salen en los cuadros de Velázquez. Yo me di cuenta al ver el vaso blanco de

Los borrachos, que según Barrachina era lo único que merecía la pena del cuadro, lo único

de Velázquez que había en ese cuadro de Velázquez. Y luego también descubrí la gota que

corre por el cántaro del aguador, y la llave de la rendición y el canasto de las hilanderas, y

de cada objeto salía un punto de luz que iluminaba la figura de Alfredo, que hacía de pobre,

parado en la puerta, con una gorra entre las manos, mirando a las dos monjas como quien se

entretiene viendo cómo trabajan los otros.

Barrachina nunca cobró un duro por sus obras, quizás también eso ha influido en

que no lo conozca nadie.

Nada más llegar a Madrid, Barrachina fue tajante con Palomares, todavía discípulo

suyo, y le prohibió que exhibiese o regalase sus composiciones. Siempre dijo que no pasa-

ban de mediocres ejercicios escolares, cosa que el gran público no sabe porque toda esa

parte de su obra, tan interesante para el historiador del arte, sigue sin ser exhibida. Yo sí

tuve acceso a ella, y aunque sólo fuera por eso creo que cualquier traición habría merecido

la pena.

Mi primer encuentro con él fue a principios de junio. Marisa la secretaria nos había

citado a Rosita y a mí para días distintos. ¿Qué sabes de Pilar?, me dijo nada más abrirme la
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puerta de su despacho, tomándose unas confianzas que yo no le había dado pero con una

sonrisa y un tono de voz de lo más amigable. Recuerdo que se había cambiado el color del

pelo y ahora lo llevaba tan negro zaíno como el de Pilar. Me hizo pasar al despacho y me

invitó a sentarme mientras iba a avisar a Julio. A partir de entonces fue la única forma de

llamar a Palomares que oí, de labios de Marisa y de Rosita y de Pilar Guijarro y de los ope-

rarios de su taller. Yo usé mi habilidad para no llamarlo nunca ni de tú ni de usted.

Era junio pero aún no había empezado el calor. Había hecho amagos, días de reti-

rarme de la terraza cuando el sol estaba en lo alto porque ya picaba demasiado, pero habían

sido calores bascosos, el anuncio del verano pero también de las últimas lluvias de prima-

vera. Lo recuerdo muy bien porque tuve mis dudas sobre qué ponerme para presentarme

ante Julio por primera vez. Decidí sacar el uniforme de verano, pero con unos tonos no aún

del todo veraniegos, el pantalón de lino verdeoliva y la sahariana color burdeos, y por su-

puesto las sandalias de franciscano. Me volví a depilar entero. Yo me depilo una vez al

mes, y no hacía ni quince días desde la última vez que me había pasado la maquinilla.

Aquella vez decidí someterme a un tratamiento completo de cera. Fue la última vez que

Susana me puso la mano encima, para arrancarme la piel a tiras.

Ya sabía que la mayor parte de los pintores, sobre todo el la línea de Julio, prefieren

a los modelos masculinos con la pelambrera silvestre de no haberse depilado jamás. Pero

pasa con nuestro cuerpo lo mismo que con nuestra mente: si empiezas a depilarte ya no

puedes dejarlo, a no ser que no te importe que el vello del pecho parezca un penacho y la

pelambre se haya extendido por zonas en principio no peludas como los hombros o la es-

palda o el culo. Si quieres seguir siendo un cuerpo sin impurezas pilosas debes serlo hasta

el final, porque si no terminas pareciendo un mono.

Lo de la cera, no obstante, fue especial. Lo hice un viernes para que se me quitase la


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rojez antes de volver a la escuela, y por supuesto antes de que me viese Julio. A Susana le

parecía una barbaridad. Cada vez que me arrancaba una tira junto a la tetilla gritaba como si

le doliese a ella. ¿Pero se puede saber por qué haces esto?, me preguntó. Lo hago, le dije,

porque quiero que ese tipo sepa en todo momento delante de quién está. Por supuesto tam-

bién me afeité la cabeza en la barbería la misma mañana de nuestra cita. Lo normal es que

vaya los sábados, llamo antes por teléfono y pregunto cuándo me puede coger Ambrosio,

que se sabe mi cuero cabelludo de memoria, nunca me ha hecho el más mínimo rasguño.

O sea que me puse como un pincel. Ese mismo día, para relajarme, me di un baño

de sales, gasté un bote de crema hidratante, me unté pasta de boro en los pies, me perfumé

con una colonia que huele a polvos de talco, le di betún a las sandalias y las abrillanté tira

por tira, me planché la sahariana y los pantalones de lino con un pañuelo mojado. Usé un

ritual taurino para vestirme, y pedí desde casa un taxi con aire acondicionado para no sudar.

No sólo el calor era bascoso sino también los nervios del primer día.

Cuando volvió Marisa para decirme que la acompañase yo estaba sentado en un

chéster junto a la ventana. Las piedras informales y las columnas totémicas languidecían en

un jardín deliberadamente descuidado, de muy medido salvajismo. Al salir del despacho,

alguien de la habitación de enfrente, la nave diáfana de los talleres, salió y tan sólo acerté a

ver una polea de hierro y un tipo con mono y un soplete que llevaba la cara cubierta por una

máscara autógena. El que salió cerró la puerta enseguida y yo tampoco hice por detenerme

a mirar. Cruzamos un pasillo que comunicaba las dos alas de la casa a través de un túnel de

cristal. En realidad eran dos casas empalmadas. La una parecía la sede de un centro de in-

vestigación del gobierno, y la otra una casa de campo, mucho más antigua y menos preten-

ciosa, levantada cuando el lugar, quizás a principios de siglo, no dejaba de ser un retiro para

familias pequeñoburguesas de Madrid, y ampliada con la naturalidad de un crecimiento


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orgánico, de un núcleo edificado cuyas líneas sencillas determinaron la estética de sus am-

pliaciones. Palomares le había dado a todo un cierto aire valenciano: el pasillo ancho con

aspidistras y azulejos de Manises y a cada lado una puerta de doble hoja, el patio interior

cuadrado, recoleto, con una fuente árabe en el centro y tres puertas una en cada pared. Ma-

risa llamó a la puerta de enfrente, abrió, metió un momento la cabeza y al sacarla se retiró a

un lado invitándome a pasar.

Ni Julio Palomares es el santón de pelo cardado que aparece por los actos públicos

ilustres ni su estudio, al menos su estudio personal, donde él trabaja con sus manos, la gran

fábrica de arte llena de botes gastados y cuadros enormes que nos imaginamos al ver su

obra. En la intimidad de su estudio, Julio Palomares se repeina mucho y gasta, a pesar del

calor, una chaqueta de punto vieja y unas zapatillas de jubilado. Viste como un pobre, como

si en el ala valenciana de su casa no hubiera entrado una mota de grandilocuencia, pero

viste con la pulcritud dominical de quienes viven en el campo, y usan fulares de punto para

el cuello y fuman en pipa con sus manos alargadas. También su estudio es un despacho más

que un estudio, el escritorio antiguo junto a la ventana y un caballete frágil con una silla de

enea. Cuando me dio la mano vi que tenía manchas blancas en el dorso, como un defecto de

pigmentación, de haberle caído alguna vez un bote de aguarrás. Su aspecto es el del hombre

que se conserva delgado pero el tiempo ha llenado su rostro de arrugas verticales. Conmigo

fue muy educado, muy tratándome siempre de usted y pidiéndomelo todo por favor, con

una frialdad de movimientos en la que yo no me encuentro a disgusto. Me invitó a sentarme

frente al escritorio y me preguntó si ya Marisa me había puesto al tanto de todo. Lo encon-

tré un poco nervioso.

No entablamos ningún tipo de conversación. Yo ejercí mi papel de profesional que

acude con puntualidad a cumplir su contrato, en seguida crucé las piernas y dejé caer una
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mano por el brazo del sillón, sin llegar al límite de la excesiva confianza, pero también co-

mo si no mostrarme intimidado formase parte de mi trabajo. Él se limitó a explicarme un

poco por encima lo que quería. De momento sólo quiero estudiar su cuerpo, dijo. No sé

cuánto tiempo me llevará. Muy bien, dije yo, pero no añadí nada que pudiera da pie a la

conversación. Palomares se detuvo varias veces antes de seguir, se giró hacia la ventana, se

atacó la pipa, se la volvió a encender. Pero no vamos a empesar hoy, dijo entre los humos

de la primera bocanada gorda, con una ese que era tan valenciana como los azulejos del

pasillo. Hoy tengo que terminar unas cosas. Sólo quería que tuviéramos una primera reu-

nión. De acuerdo, dije yo, ¿cuándo tengo que venir? Pues..., en fín, no sé, la semana que

viene estaría bien. En ese caso..., dije yo, y me levanté y traté de comportarme con sufi-

ciencia mientras le daba la mano.

En la boda de Javier Bidón todas las mujeres se equivocaron con el vestido. Nadie

piensa que el veinticuatro de junio salga un día gris y sople el viento de la sierra. A las da-

mas se les veía la carne de gallina en los hombros desnudos. Los hombres no iban de frac.

La hija pequeña de un distinguido miembro del Tribunal Supremo se casó de tapadillo en el

despacho de un juzgado, en una reunión solemne de muy pocas personas y unos silencios

estremecedores. No había podido ser de otra manera. Eva les dijo a sus padres que estaba

embarazada. Sus padre hizo averiguaciones sobre el novio y comprendió que aquello había

que hacerlo cuanto antes y de la manera más discreta posible. Tampoco Eva hubiese acep-

tado ninguna otra forma de celebración matrimonial. Nada de cohorte de damas entrando en

Los Jerónimos entre viejos amigos de la judicatura y algunas altas instituciones del Estado.
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Nada de un festín por todo lo alto custodiado por varias docenas de policías. A la ceremo-

nia sólo asistieron los padres de ella, de riguroso luto en su comportamiento, además de su

hermano, el juez, que hacía de padrino, y Rosita, que hacía de madrina. De la familia de

Javier Bidón no fue nadie. Javier no avisó a nadie, ni familiares ni amigos, en una actitud

que no hizo sino levantar más sospechas entre sus suegros. Yo fui uno de los testigos, y la

otra fue Lourdes, la hija de Rosita, que tuvo que pagar a una canguro que cuidase a Carme-

lilla, porque Eva tampoco había querido avisar a nadie.

Era como si estuviesen pegando fuego a sus respectivas agendas de amigos para

empezar juntos una nueva vida, y en ese sentido podría haber tenido incluso un punto de

verdadero sentimiento, pero el entorno era muy frío, la madre lloraba de pena y el padre

tenía un rictus muy serio. Eva quería que todo terminase cuanto antes y el juez que los casó,

un amigo íntimo de la familia Rodrigálvarez, alguien que se había prestado a colaborar con

la familia y ser discreto, apenas dijo más palabras que un confuso ritual jurídico y un todos

deseamos que os vaya muy bien pronunciado sin el más mínimo entusiasmo. La gente iba

bien vestida pero no de fiesta, Rosita y Lourdes iban muy escotadas y tenían frío. Ellas aún

parecía que iban a una boda, pero la madre de Eva llevaba un vestido de Prada que no lla-

mara la atención, incluso el padre y el hijo se habían puesto nada más que un traje nuevo

azul cruzado de verano. Eva y Javier se casaron de espor, como vestidos para un trámite,

como uniformados para no creer en lo que hacían. Yo iba con la ropa de ir a trabajar. Era lo

mejor que tenía.

Rosita me contó que habían tenido muchos disgustos. En principio, la raíz de todos

los males estaba en el fracaso de Eva. El padre no había sabido digerirlo. El padre cuando

Eva salió del último examen sabiéndose suspensa estaba esperando en el pasillo con otros

dos colegas del Tribunal Supremo para dar un abrazo a su hija con una sonrisa de oreja a
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oreja. Incluso en el tribunal de jueces que la examinó había varios amigos de su padre, al-

gún discípulo e incluso algún enemigo al que refregar por los bigotes la valía de su estirpe.

El padre mismo la había entrenado por las tardes durante los dos últimos años, con un cro-

nómetro para las leyes que tenía que saberse de memoria y un enjambre de preguntas punti-

llosas que Eva contestaba moviendo los labios pero nada más, con ese hablar un poco ido

que tiene ella. La primera vez que la suspendieron sólo tenía veinticinco años. Era normal.

A la primera las había sacado su padre, pero podía considerarse normal esperar a una se-

gunda oportunidad. Y ahí sí. Ahí ya era asunto suyo que Eva estuviese preparada para cual-

quier pregunta. Eva se mataba de estudiar. Conforme le iban entrando leyes en el cerebro

iba desalojando cualquier sombra de interés con respecto a ninguna otra cosa. Días antes

del examen caminaba como un autómata. No era capaz de concentrarse en nada fuera de

sus temarios, poco a poco fue perdiendo incluso la capacidad de entender nada que no estu-

viese vinculado a la judicatura. Comprendía con una rapidez de reflejos deslumbrante las

preguntas de su padre, pero cuando su madre entraba en el estudio a media mañana y le

preguntaba si quería un refrigerio y le dejaba una pastillita de sumial retard para los ner-

vios, Eva no lograba descifrar lo que le estaban tratando de decir, y a la segunda o la tercera

vez de preguntárselo se volvía a sus libros y seguía estudiando. El padre estaba contentísi-

mo. Lo malo fue que Eva no sólo no entendía nada que no tuviese que ver con el código

penal, sino que ni siquiera entendía nada que no fuese preguntado por su padre. Delante del

tribunal, cuando tenía que disertar sobre el litisconsorcio pasivo necesario, todas las res-

puestas a las preguntas que no había entendido en su momento se agolparon en su garganta,

y cuando conseguía pronunciar alguna palabra, cuando conseguía sujetar de mala manera

los espasmos y los hipos que estallaban en su cuerpo, sólo le venían a la boca frases como

sí, un zumo de limón, por favor o sí, hace un día estupendo, y le desesperaba no poder arti-
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cular otras palabras y varios miembros del tribunal le acercaron un vaso de agua y le pre-

guntaron si necesitaba un médico, y ella no sabía lo que le estaban diciendo y pensase lo

que pensase le salía un mañana podíamos comer con Eduardo, o bien los almendros están

en flor, hasta que poco a poco se fue calmando y cuando ya cesaron los espasmos y los ner-

vios y las palabras involuntarias Eva se quedó tan vacía que no le quedaron fuerzas para

nada, y mucho menos para hablar del litisconsorcio pasivo necesario. Agradeció al tribunal

su caballerosidad, se levantó de la silla y salió. Su padre la esperaba con los brazos abiertos.

Es para matarlo, dijo Rosa, pero esas familias son así. Uno es un tirano y los demás

aguantan. Y Eduardo aguantó también, aunque en este caso había que decir que siempre

estuvo donde tenía que estar, al lado de su hermana, y la sacaba por ahí y se puede decir

que le había buscado hasta el novio. Eva tenía que independizarse pero no podía quedarse

sola, y además, y esto Javier no lo sabía porque habían hecho un pacto para no contarse sus

pasados, Eva, a raíz del sofocón aquél, necesitó asistencia médica. Pero eso Javier no lo

sabe y tú tampoco se lo tienes que decir, me dijo Rosa. Desde entonces se le había quedado

ese aire niñoide que igual tenía ya desde el principio, o es el único que tuvo hasta que se

convirtió en una joven estudiante que sería juez el día de mañana. Igual había perdido el

carácter en todo ese tiempo y ahora empezaba otra vez a tenerlo justo por donde lo dejó.

Pero a Eva se la veía tocada, eso lo veía todo el mundo, salvo acaso sus ancianos

padres. Lo suyo era exagerado y habitual en las dinastías de jueces. Su hermano Eduardo le

había dado el visto bueno a Javier por eso mismo. Era de otro mundo, tan del poco gusto de

los padres de Eva que quizá renegasen de ella y la dejasen en paz. De hecho, la idea de de-

cir a los padres que estaba embarazada le fue sugerida por Rosa pero a instancias de su

hermano, y la verdad es que surtió un efecto inmediato. El padre dio por perdido aquel ra-

mal de su genealogía y la madre lloraba mucho pero tampoco tomaba cartas en el asunto.
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Luego entre semana dejaba de llorar y se le pasaban las penas en las tiendas de ropa. Los

pijos son así, Güino, me decía Rosa. Tiran a los cachorros más débiles. La tonta de su ma-

dre no sabe hacer la o con un canuto pero es la esposa del juez. Los tiempos han cambiado

y Eva no es tan tonta como su madre. Eva no podía ser sólo esposa de juez. Era preferible

que se fuese lejos con un zángano que quiere ser artista pero ya se le ha pasado el arroz y

vive de posar desnudo. A Eva la entregaron como se da a una criatura para que se la lleven

los gitanos. Tú verás lo que haces, le dijo su padre, que todavía no era consciente de las

preocupantes regresiones de su hija, tú verás lo que haces pero sólo te pido una cosa: no nos

causes problemas. ¿Y por qué no se limitó a marcharse?, le pregunté a Rosa. Porque a estos

pijos de nacimiento siempre les queda algo, Güino, porque en algún sitio siempre les queda

algo, alguna tara, algo.

El día de la boda la madre se quiso reconciliar. La madre era una señora muy seño-

reada, una chica bien que se hizo novia de un Rodrigálvarez y desde entonces en las cenas

que ofrecía en Mirasierra se habló durante casi medio siglo de asuntos que llegaban al tué-

tano del Estado, se comentaban decisiones judiciales que podían dar la vuelta a la situación

política del país, y Mercedes, la esposa del juez Rodrigálvarez, era experta en organizar

encantadoras veladas llenas de hombres gordos que menean el whisky de malta o encienden

un veguero mientras alguno de los comensales reflexiona en voz alta sobre algún asunto

vital y las señoras, casi siempre acompañantes, casi siempre ninguna miembro del mismo

tribunal supremo, toman pastas junto a la ventana y hablan con desenfado protocolario so-

bre lo bien que les va a todas en sus vidas. Eva pasó varias veces sobre aquellas conversa-

ciones, pues ya le faltará poco para examinarse a la niña, pues mi sobrino Luis ha dicho que

ya no necesita preparador, que de aquí al examen ya sólo es relajarse y repasar cuatro ton-

tadas, pues la hija de Ataúlfo acaba de sacar el número tres de fiscales, seguro que la desti-
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nan a Madrid, así no tendrá que separarse de sus padres. Y Eva era una más de aquellas

pastas dulces que las mujeres mordisqueaban sin hambre, mostrando que no tenían hambre,

que estaban riquísimas pero no se las podían terminar, y sólo de vez en cuando se hablaba

de algún garbanzo negro, algún señorito perdis, alguien que en un círculo tan serio como

ese había que alejar cuanto antes. Ellos eran la verdadera aristocracia, porque la otra estaba

llena de holgazanes incapaces de llegar a nada por sí mismos, ni siquiera a hacerse ricos por

medios especulativos, y en la verdadera aristocracia no se permiten extravagancias morales

y el fracaso de un hijo es ante todo la desgracia de sus padres.

Mercedes de Basterra (ella se seguía llamando como su madre, la mujer de un au-

téntico Basterra de los Basterra de toda la vida), se limitaba a llevarle un refrigerio a Eva, el

periódico al principio, la pastillita de sumial, y a darle conversación mientras por la tarde

Eva dejaba media hora la mirada colgada del televisor, a contarle lo que se acababa de

comprar o los éxitos y las tragedias de otras niñas que fueron al colegio con Eva y se cono-

cen desde chiquitinas. Y Mercedes había pensado que con eso tenía bastante. Durante todo

el noviazgo provocó en Eva lo que mi exmujer llama en su jerga un metasentimiento anor-

mal. Se mostraba compungida y Eva le reprochaba su indiferencia, pero cuando se hacía la

indiferente Eva le reprochaba que fingiese, y cuando volvía a llorar la hija le reprochaba su

inclinación al melodrama. Me odias, le decía Eva, porque voy a ser como tú.

Esa madre tenía que darse cuenta de que su hija se estaba volviendo loca, pero sólo

pareció comprenderlo al final, el día de la boda. En el lenguaje técnico de Rosita, ese día le

dio un ataque de higo. Discutió con su padre, desde el vestíbulo se oían los berridos: ¡no

eres un juez, eres un sargento, esa pobre muchacha ha estado a punto de perder el juicio y

tú la tratas como si estuviese apestada!, ¿por qué no te avergüenzas también de que yo no

sea nada?, ¿por qué no te avergüenzas también de que tu mujer no sepa hacer la o con un
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canuto? ¡Eres un sádico!, le decía. ¡Ella me lo pidió!, contestaba el marido. ¡Ella dijo sí,

ella dijo quiero hacerlo, yo la previne pero ella quiso hacerlo! ¡Podía haber entrado a traba-

jar en el despacho de Ataúlfo! ¡Nadie la obligó a que fuera juez! Yo estoy tan dolido como

ella. ¡Estoy tan fracasado como ella! ¿Ah, sí?, replicaba la señora de Basterra, ¿y por eso le

permites que se case con un cantamañanas? ¡Terminemos cuanto antes!, decía el padre.

¡Dónde está mi corbata marrón! Y la madre, apoyada en el barandal de la escalera, despei-

nada y todavía con la bata, salía a llamar a gritos a su hija. ¡Eva, por lo que más quieras,

perdónanos! ¡Has vuelto a empinar el codo!, se oía la voz del padre. ¡Llevas cincuenta años

tratándome como a una subnormal!, gritaba la madre. ¿Dónde está la corbata?, contestaba

el padre. Y Eva, en su cuarto, ordenaba los bultos que quería llevarse y escuchaba a lo lejos

unos cuantos gritos sin descifrar su significado. El que sí lo estaba escuchando todo era

Eduardo, que trató de poner paz y decirles a los dos que por un momento dejasen al lado las

rencillas personales. Eduardo se lo contó a Rosita, y Rosita me lo contó a mí.

El caso es que a la boda la madre acudió, más que compungida, un poco traspuesta.

Se había tomado un cóctel de ansiolíticos y necesitaba ir agarrada del brazo del juez. A sus

casi setenta años, las piernas sólo la sostenían si estaba lúcida. En un último intento de

hacer algo constructivo, Mercedes llamó por teléfono a su amigo Lucio, el del famoso res-

taurante Lucio, y le pidió por favor que preparase mesa para siete con todo lo mejor que

tuviera, porque su hija se acababa de casar. Y cuando acabó la ceremonia civil y todos nos

miramos sin saber qué hacer, su voz quebrada por los disgustos, firme y falsa y llena de

dignidad, un poco en el estilo de Bette Davis, dijo que nos esperaba a todos una mesa en el

restaurante. Y el padre, más por las leyes de la educación que por las debilidades del senti-

miento, dijo un escueto ¡vamos allá! que restalló como una orden militar.

La comida fue un poco tensa. No obstante, Eduardo y Javier se encargaron de sua-


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vizarlo todo. Javier estuvo muy atento con sus suegros y Eduardo no dejó de hablar de la

comida y de comérsela, a veces todo al mismo tiempo. Rosita lo secundaba con comenta-

rios de acento catalán y Lourdes se encargó de darle conversación a Eva. A fin de cuentas

Lourdes era la única persona de su edad. A mí me tocó sentarme al lado de Mercedes Davis

de Basterra. El padre estaba al otro lado, junto a su hijo. No se guardaron las alternancias

hombre y mujer porque no estaba el horno para bollos. Nos dieron de comer, para mi gusto,

con muy poco repertorio, aunque la merluza era de pincho y el revuelto de boletus exquisi-

to, pero la verdad es que no había mucho donde elegir. En ese tipo de restaurantes lo impor-

tante es estar. Junto a nosotros había caras conocidas del mundo de los negocios. En la

puerta estaban los escoltas del juez Rodrigálvarez que charlaban con los escoltas de algún

otro personaje amenazado por la banda terrorista. Dentro pude ver en una mesa a Jorge

Valdano que comía con César Luis Menotti, aunque los otros escoltas debían pertenecer a

alguien más importante y desconocido.

La comida transcurrió entre ruidos de tenedores y cordialidades precarias, hasta que,

cuando habían retirado ya los segundos platos y nos iban a traer el postre, la vieja me diri-

gió la palabra por primera vez. Dijo cualquiera diría que estamos de boda, ¿verdad? La co-

mida es estupenda, dije yo sin demasiado ardor. La comida es un desastre, como todo, dijo

ella. Luego dejó el tenedor sobre el plato, hizo como que se limpiaba con el pico de la ser-

villeta y me preguntó: ustedes son artistas, ¿verdad? Su mundo es tan distinto... Nosotros

vivimos encarcelados. Mi marido no puede tomarse un café sin guardaespaldas, y yo cuan-

do salgo a comprar estoy siempre vigilada. Ya ve: no soy libre ni para ir de tiendas. Lleva-

mos ya muchos años así. Ahora estamos aquí comiendo tan ricamente y en cualquier mo-

mento... ¡pum!, y se acabó. Ustedes son libres, son artistas pero son libres, y nosotros, en

cambio... Llevamos tantos años así que yo creo que ya hemos perdido la noción de lo que
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valen las pequeñas cosas. Yo siempre he pensado que los artistas eran todos unos viva la

Virgen, pero ahora, en fin, casi me dan un poco de envidia. Son ustedes tan libres... Y Eva

ahora lo será también. Yo me alegro. Usted tiene aspecto de ser una persona muy sensata.

Ya sé que usted no es el novio, claro, pero es amigo del novio, y se le ve muy responsable.

¿Usted cree que hacen buena pareja? Ahora las cosas se han precipitado un poco, y en el

fondo, verdad, con los tiempos que corren, ¿qué más da casarse embarazada?, ¿qué más da

casarse o no casarse? Pero, ¿ve usted?, Eva decidió no tomar ninguna precaución y mire

cómo le ha cambiado la vida. A lo mejor fue la pastillita, que se le olvidó la pastillita. Una

pastillita cambia mucho en la vida. Ella no se tomó la pastillita y ¡pum!, aquí nos tiene, de

boda. A veces no te tomas una pastillita y a lo mejor al principio te llevas un disgusto, pero

luego a la larga es mejor. Yo creo que a la larga será mejor.

En ese momento cambió el tono de voz. Eva..., dijo. Eva estaba escuchando a Lour-

des y giró la cara para escuchar a su madre. Le digo a don Güino que en el fondo no tomar-

se la pastilla puede que sea mejor. Eva la escuchó al principio como si estuviera diciendo

una tontería, alguna sandez de las que se le ocurrían cuando quería desesperar a la concu-

rrencia con sus melodramas, pero se quedó parada, la miró muy seria y se quedó parada. Su

hermano volvió a desviar la conversación hacia la sangre del entrecotte y Javier hizo un

comentario estúpido. Seguro que es para mejor, dijo, y tomó la mano de Eva en un gesto de

recién casado. Pero Eva no había meneado un músculo desde que oyó hablar a su madre.

Lourdes volvió a darle conversación pero Eva siguió clavada en el asombro. ¿Cómo?, dijo

al final. ¿Que no me diste la pastilla? Su voz había subido de tono. Jorge Valdano se giró

un momento para ver qué eran esas voces, también algunos otros comensales. ¿Qué pasti-

lla?, dijo Javier. Querida, estabas intoxicada, no podías estar así de... el día más importante

de tu vida. Tenías que ser tú misma... ¿Pero de qué pastilla estáis hablando?, dijo el padre.
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¿Mis pastillas?, dijo Eduardo. ¿Estáis hablando de mis pastillas? Mamá, ¿le diste a Eva mis

pastillas? Se las dí, sí, dijo ella, otra vez en Bette Davis, hasta el último día, con todo el

dolor de mi corazón, pero el último día... ¿Qué pasó el último día?, dijo Eva, ¿te las comiste

tú?, ¿no te quedaba más que una y te la comiste tú? No, hija, no, dijo la madre, y sacó del

bolso un pastillero chiquitín, lo abrió y le dijo: toma, hija, esta es la pastilla que no te di.

Javier se adelantó a cogerla (era el marido) y le dio un lengüetazo. Luego emitió un dicta-

men pericial: es un tónico cardiaco, dijo. Lourdes dijo: no me entero de nada, mamá. Creí

que iba a ser para mejor, dijo la madre. Eva estaba en una de esas sonrisas estupefactas que

no se sabe si anticipan un llanto, una carcajada o un ataque de rabia. Seguro que es para

mejor, hija mía. Mira lo que ha pasado con la dichosa pastillita, mira donde estamos. Te vas

a casar con un hombre al que quieres y vas a ser madre, y lo demás no importa, mi vida. Yo

no quiero que seas juez, yo quiero que seas feliz... ¡Vámonos de aquí, Mercedes, ya vale de

espectáculo!, dijo el juez Rodrigálvarez, su mujer se había puesto a sollozar. ¡Vámonos

ahora mismo de aquí! Eduardo se levantó para acompañarlos. La madre moqueaba y lanza-

ba miradas de compasión a todo el mundo. Eva no levantó la mirada del mantel, ni modifi-

có el rictus asombrado de los labios. ¿Estás bien?, le dijo Javier. Espero que sí, dijo ella.

Yo escuchaba todas estas desgracias y pensaba en Violeta. A Remedios le dije: si

conocieses a Eva te tomarías las cosas con más calma. Violeta por lo menos no tomaba

pastillas. La juventud entera y verdadera y una plaza de juez no era lo mismo que un verano

y un aprobado en latín. Antes de ir a ver al profesor de Violeta intenté razonar un poco con

Remedios. A mí me molestan esas visitas de los padres a los profesores: ¿todo va bien?, uy,
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sí, sí, tienen ustedes una hija que es un cielo, y ustedes también son maravillosos, ya les

avisaré si hay algo que no va del todo bien, adiós, adiós.

Cuando Violeta entró en el instituto le encargaron hacer una ficha con sus datos per-

sonales, fecha de nacimiento, nombre y trabajo de los padres, etc. Con Remedios era fácil.

La única duda de Violeta era si sicóloga se escribe con pe o sin pe. Sin pe, dije yo. ¿Cómo

que sin pe?, dijo Remedios, ¿alguna vez has ido a un siquiatra sin pe? Yo le conté a Violeta

la anécdota aquella de don Miguel de Unamuno, cuando el corrector de pruebas le devolvió

unas galeradas con una nota en un margen que decía ¡ojo, psicología!, y Unamuno se las

devolvió sin corregir, con otra nota debajo que decía ¡oído, sicología! Pero Remedios insis-

tió: ¿si tuvieses que escribir siquiatra también lo escribirías sin pe? Desde luego, dije yo, y

mentí, porque la pe o no pe hace más verosímil cada palabra. El sicólogo es más de casa, de

cabecera, de primera instancia. El psiquiatra es para los casos que requieren barbitúricos.

Sicólogo es palabra redonda, maternal, pero psiquiatra es una palabra desquiciada. Quizás

era eso lo que le molestaba a Remedios. El caso es que cuando Violeta escribió psicóloga

con una pe muy ortopédica, escrita después que la palabra, llegó al oficio del padre y me

preguntó: ¿y tú qué eres, papá? Remedios interrumpió la lectura y me miró por encima de

las gafas. Psubalterno, dije yo. A Violeta le entró la risa, su madre volvió enseguida a lo

serio. No eres un subalterno. Yo tampoco soy la empleada de una clínica, o por lo menos no

lo soy ahí. Y añadió: el tutor debe saber qué tipo de educación han recibido sus alumnos.

De acuerdo, dije yo, pon que soy modelo, y todo el mundo te acabará llamando Violeta la

del padre modelo, tus compañeros te preguntarán si me has visto alguna vez en pelotas, así

que tú verás lo que haces, hija mía. La madre dijo: Güino, ¿te estás avergonzando de tú

profesión? Yo estuve por decir: la que no quiero que se avergüence es ella, pero consideré a

tiempo que quizá fuesen palabras demasiado fuertes para una niña de su edad. Pon lo que
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quieras, cariño, le dije. Ella puso que su padre era pintor.

Pero nunca antes había tenido que ir al colegio de mi hija para defender mi profe-

sión y solicitar un aprobado en junio por el morro. Se lo expliqué a Remedios, de buenas

maneras. Pero mujer, ¿qué puedo decirle? Aquí la que está acostumbrada a las buenas pala-

bras eres tú, Remedios, no yo. Yo no sé embolicar a nadie. Yo no sé dar jabón con técnicas

tan profesionales como las tuyas. Ella no me quería escuchar. Mira, Güino, siempre he ido

yo, así que no me vengas con hostias. Yo no puedo ir y las notas salen mañana, así que no

hay más remedio, no merece la pena ni que nos pongamos a discutirlo.

El colegio Líber fue una elección personal de Remedios. Incluso para escoger la

nueva casa midió las distancias entre los distintos centros donde Violeta podría estudiar.

Cuando todos vivíamos aquí Violeta iba al instituto San Isidro, que era el del barrio, con

mucho prestigio histórico y sentimental pero cada vez más lleno de inmigrantes y jóvenes

desatendidos. Como además era contiguo a mi escuela, en la calle de los Estudios, Violeta y

yo hacíamos juntos el camino a clase muchos días. Yo conocía a muchos de sus profesores

de verlos en la cafetería con su cara de profesores, pero ellos no me conocían a mí. Aunque

la Escuela de Artes y Oficios y el Instituto San Isidro son el mismo edificio, sólo desde

hace un par de años pertenecen al mismo centro educativo, y aun así la gente entra y sale

por puertas distintas y no tiene ningún tipo de relación. Tampoco los profesores de mi es-

cuela conocían a los conserjes del instituto. Violeta, alguna vez, mientras volvíamos para

casa, me señalaba en la acera de enfrente a una profesora que corría a coger el autobús con

una cartera de plástico transparente, algún profesor con aspecto de senderista que caminaba

con su macuto por la calle Toledo, otro calvo con bigote y barriguilla que les daba Historia,

uno de larga melena blanca y aires de intelectual francés que era el que les daba francés. Se

puede decir que yo los tenía controlados sin necesidad de hablar con ellos, aparte de que
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Violeta nunca daba problemas con los estudios.

Pero aquí, en Mirasierra, todo me parecía sospechoso. Era un colegio privado, una

cooperativa de progres que enseñaban a sus niños mimados los valores de la solidaridad y

los preparaban para estar por encima de la enseñanza pública. En las negociaciones econó-

micas de la separación, Remedios se apiadó de mi legítimo derecho a considerar la ense-

ñanza pública como una obligación para las personas de izquierdas, y no me hizo pagar la

mitad de lo que todos los meses paga ella, casi mi sueldo entero, una barbaridad. Allí estu-

diaba el hijo del coordinador general de Nueva Izquierda y los de varios ex altos cargos de

la administración socialista, Violeta no se cansaba de repetirme que aquello estaba lleno de

pijos. El funcionamiento era muy parecido al de un colegio de curas: profesores mal paga-

dos que trabajaban como burros y a los que se les exigían resultados para renovarles el con-

trato temporal, lo cual les daba a todos un aire de asalariados que recibían de vez en cuando

en mitad de sus clases la visita de algún miembro de la asociación de padres. Violeta me lo

contaba: estás en mitad de una clase, el profe está explicando, a su aire, y de pronto llaman

a la puerta y viene alguien del consejo escolar, a veces incluso el padre de algún compañe-

ro, y se sienta en la parte de atrás y se pone a escuchar, y entonces ves que el profe cambia

de voz, lo ves que se pone nervioso, a veces hasta tartamudea, y claro, cuando se va el pa-

dre de una vez, entonces empieza el pitorreo. Es humillante, papá.

Violeta me había contado eso y yo me imaginaba que luego los profesores harían de

alfombra en sus reuniones privadas con los padres, o bien, desquiciados por su situación

laboral y su vida domesticada, se ensañarían con aquellos muchachos cuyos padres no tu-

viesen peso político ni prestigio en los ambientes selectos de la izquierda. Exageras dema-

siado, me decía Remedios. Eso de que los padres están siempre allí metidos no es verdad, y

aunque fuesen tampoco creo que pasase nada. Si el profesor está cumpliendo con su obliga-
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ción, nada le tiene que preocupar. Yo también recibo inspecciones cuando menos me lo

espero del ministerio de sanidad y no me pongo nerviosa. Sí, le dije yo una vez, a mí tam-

bién me gustaría que viniesen las madres a verme trabajar.

Yo, no obstante, me vestí de izquierda selecta, de profesional liberal familiarizado

con el mundo del arte. Y él, en efecto, al principio, se mostró muy obsequioso. Era un tipo

más bien bajito, vestido con camisa de manga corta y pantalones de poliéster, bigote nietzs-

cheano y un tono de voz oscuro, monótono, envuelto en humo. Me pasó a la sala de visitas,

un despacho compartido, sin objetos personales, con las sillas verdemoco que utilizan los

alumnos en las aulas. Nada más sentarme le pregunté si se podía fumar, él me dijo que sí

mientras se sacaba del bolsillo de la camisa su paquete de ducados, y yo entonces saqué de

mi americana de lino tostado un habano que nos regalaron en la boda de Javier Bidón. Le

ofrecí otro a él (el de Rosita, que me lo guardó), y en un momento lo llenamos todo de

humo. No me hablaba con ese segundo tono que se usa para hablar fuera de micrófono, o

fuera de aula, o fuera de parlamento, el tono distinto y familiar de quien finge no estar en

tiempo laborable. Al contrario, me hablaba con atildamiento, como el señor muy culto que

hace las preguntas en los coloquios, acodado sobre la mesa y con el humo denso de los pu-

ros cargando de profundidad la situación. No creo que debamos preocuparnos por Violeta,

me dijo. Tuvo un mal día, nada más que un mal día. A veces ocurre, hay alumnos que acu-

san el cansancio en el último momento y no rinden en un examen como han estado rindien-

do durante todo el año. Violeta es sin lugar a dudas una de las alumnas más brillantes en

latín de su curso, como lo demuestran las notas de la primera y la segunda evaluaciones,

que fueron sendos sobresalientes. Pero sería injusto desde un punto de vista educativo cas-

tigar todo el esfuerzo de Violeta y condenarla no sólo a que no disfrute del verano sino

también y sobre todo a que no pueda presentarse con garantías al examen de ingreso en la
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universidad. Por lo tanto, yo creo que vamos a olvidarnos de este examen. Vamos a tener

en cuenta los otros, aunque también es verdad, y eso no puede sernos ajeno, que Violeta de

pronto cambió de carácter, su comportamiento se hizo, ¿cómo decirlo?, más hosco, más

irascible, más promptuoso, pero quizá fuesen los nervios, ya le digo.

Tardó un buen rato en decirlo. Hablaba con desesperante lentitud y el bigote no se le

movía. Yo le di mientras tanto unas cuantas chupadas al puro. No había más que dejarlo

terminar y marcharme, pero su horizontalidad tonal me puso a mí también nervioso y esta-

llé de la manera más discreta posible. Ya, ya, dije, como si ya valiese de rollo, pero a sus

padres nos dice que había dejado el examen en blanco. Es verdad, dijo él, tragando saliva,

pero sucede con los alumnos brillantes que consideran un examen regular, un examen que

no está a la altura de lo que ellos son capaces de hacer, como menos lesivo para su orgullo

que el puro examen en blanco, prefieren decir que no lo quieren hacer a terminarlo con re-

sultados medianos y... Ya, ya, dije yo. O sea que no hay ningún problema, dije, dando por

zanjada la visita. No, claro que no, claro que no, dijo Sepelio, el mote que tenía entre los

alumnos. Los dos nos levantamos y nos dimos la mano. Un puro extraordinario, dijo él, y

me enseñó por primera vez sus dientes pequeños llenos de sarro por debajo del mostacho.

Salí del colegio y me fui caminando hasta la parada del autobús. En esa zona el

transporte público es sólo para las criadas y los escolares, y las paradas están muy lejos

unas de otras. A los diez minutos de ir andando por la calle pasó Sepelio montado en un

Skoda de antes de la reunificación y al verme puso el intermitente y paró a mi lado. ¿Puedo

llevarlo a algún sitio?, dijo, como si supusiese que yo vivía por allí cerca. Depende de don-

de vaya, dije yo. Yo vivo en el centro, dije, cerca de Tirso de Molina. ¿Tirso de Molina?,

¿de veras?, ¡yo vivo allí mismo, en la calle Calatrava!, dijo él, y a partir de ese momento le

cambió la voz, y me temo que el carácter.


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Subí al Skoda, que olía como a plástico recalentado, a polvo y a tabaco. A veces

basta una palabra, una indicación no demasiado precisa para que los otros entren en noso-

tros, la clave que les hace descubrirnos y en cierto modo apoderarse de nuestro territorio.

Leyendo la ficha de Violeta, dijo, pensé que vivían ustedes en Mirasierra. Eso implicaba

demasiadas noticias: que yo no vivía con Violeta, que yo era uno de los suyos, de los que

viven en los barrios, no en aquella opulencia progresista y estirada. También sabía que yo

era pintor, pero entonces no me dijo nada. Sí volvió, enseguida, sobre el tema de Violeta,

pero como si al entrar en el Skoda y salir del colegio se hubiese alejado de todo formalis-

mo, en ese segundo tono de fuera de micrófono y de mirar mucho al copiloto y no a la ca-

rretera, una cosa que me descompone. Yo a esta zona en realidad sólo vengo para ir al co-

legio, dijo, a mí me gusta más el centro, el barrio, siempre he vivido allí. A mí también me

costaría adaptarme al cambio, quizá Violeta no se haya adaptado del todo al cambio. Lleva

tres años viviendo allí, dije yo, era imposible hablar sin regalar intimidades. Ya, dijo él, yo

también llevo tres años aquí pero no se crea que me adapto mucho.

Aquello era una confidencia. Se supone que a un alto cargo de Nueva Izquierda, a

un padre liberal profesional con mucha pasta y aspiraciones elitistas no se le dice que en

Mirasierra hay un ambiente un poco raro. Sepelio confiaba en mí por la misma razón por la

que confían siempre los demás: yo para ellos no soy una persona en sentido estrito, sino

algo más o algo menos, alguien a quien impresionar, alguien por quien vender barata su

intimidad, exhibir incluso su miseria, o bien, en el polo opuesto, alguien que nunca se va a

atrever a hacerles daño, un buenazo con aspecto de mafioso, con esa buena voluntad de

quien se siente impresionado por un cuerpo y por una manera de estar. Se lo digo, dijo Se-

pelio, porque entre los chicos los hay que no soportan ese ambiente. Los hay problemáticos

nada más que porque están mimados, pero también porque no es ese su lugar, están metidos
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en ese colegio como con calzador. Es el caso de un muchacho muy amigo de Violeta, se

llama Jan, ¿lo conoce usted?

Sí, claro, dije yo, estudian juntos. Es más, tengo entendido que Violeta le enseña la-

tín a Jan y Jan matemáticas a Violeta. A mí me parece un buen chico, dije, sin conocerlo

siquiera. Eso yo noté que sorprendió a Sepelio, que lo conociera o que me cayera bien, no

sé, el caso es que dijo: Violeta entregó el examen en blanco. Para mí es un riesgo aprobarla

en esas condiciones. Si se enteran los otros padres perderé el empleo, se lo aseguro. Pero

me parece un crimen suspenderla. Usted piense lo que quiera, pero es de los pocos alumnos

sanos que tengo. Los demás, la mayoría, me dejarían en el paro si supiesen cómo hacerlo, y

lo harían por simple diversión, créame. Por eso me ha sorprendido tanto que haya sido Vio-

leta y no otra la que me pusiera en esa situación. Sus compañeros la vieron entregar el exa-

men cinco minutos después de empezar. Saben que no pudo hacerlo bien. Todos se sor-

prendieron. Se preguntaban qué le había podido pasar. Quiero decir que todo el mundo da

por descontado que la voy a suspender, sobre todo los que compiten con ella por las notas.

En ese colegio hay una competencia tremenda.

Estábamos parados en un semáforo de la calle Toledo. Sepelio calló un instante y

luego me miró a la cara y me dijo: pero no se preocupe. Violeta saldrá mañana aprobada.

No le garantizo que sea un sobresaliente, eso sería excesivo. Pero aprobada saldrá, seguro.

Y luego añadió: si me echan por eso será por una buena causa, y en el fondo me harían un

favor. Sepelio me ofreció una caña y unas gambas en La Paloma. Yo me excusé diciendo

que había pedido un par de horas libres en el trabajo para ir a hablar con él, pero tenía que

volver.
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Vamos a ver. Siéntese aquí. Aquí, aquí, en este taburete. Eso es. No, el pie derecho

un poco más adelantado. Haga por favor un ángulo recto con la pierna derecha. Y el otro

pie más atrás. Apóyese tan sólo en los metatarsianos. Estupendo. Ahora el tronco un poco

más erguido, tire un poco para atrás los hombros. Me gustaría que la clavícula estuviese un

poquito más inclinada a la derecha, y también más retrasado el hombro derecho. Muy bien.

A lo mejor un poco más abierta la pierna derecha, sí. Esa mano la vamos a apoyar en el

muslo, pero un poco más al interior. La derecha en la rodilla, en la rodilla. Siéntese un poco

más en el borde del taburete, por favor. Sí, sí, los testículos que caigan sin tocar los muslos.

Eso es. Grasias.

Alfonso, un librero de la cuesta de Moyano especializado en ciencia ficción, me

contó que el escritor Juan Carlos Onetti, cuando vivía varado en la cama, se alimentaba de

las noveluchas que su mujer compraba poco menos que al peso en la librería de mi amigo.

El autor de novelas densas como el humo de Sepelio había decidido no levantarse jamás de

la cama y dedicarse a la lectura compulsiva de Marcial Lafuente Estefanía. Una sensación

parecida tuve al ver a Palomares en su estudio valenciano de El Viso. Tenía las paredes

llenas de acuarelas, paisajes aldeanos y marinas desvaídas, algo así como el grado cero de

la pintura, el mundo que cualquier aficionado puede alcanzar. Por un lado demostraba estar

muy enterado de quiénes son los mejores acuarelistas (o los que más se preocupan por fo-

mentar su obra), y había algún cuadro otoñal de Martín Madero, otro del gran González

Lobo, un paisaje de Huelva de Manuel Blanchón. También localicé una tarjeta postal de

Van der Putten y un cuadro sin firmar pero que tenía toda la pinta de ser de John McCormic

o de algún imitador, esas brumas con tonos tierra y veladuras amarillentas.

Pero para un profano todos eran los finalistas de algún concurso dominguero al aire
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libre. Yo pensé que el estudio de Palomares estaría lleno de colmillos de elefante labrados

en la dinastía de los Ming y regalos personales de los más influyentes artistas contemporá-

neos, y me encontré una colección de puestas de sol, de escenas en el huerto. La plaza ma-

yor de Almagro, las callejuelas de Albarracín, las casas blancas de Las Alpujarras, el mar

horizontal en Almería. Tenía muchas acuarelas suyas, todas siempre llenas de luz, muy

aprovechado el blanco puro del papel. Todo muy valenciano. No era la casa del hombre que

pintó los Estudios de zapatos vacíos en pleno hiperrealismo, ni el que esculpió con pintura

los Estudios informales, sino el joven que, ya en Madrid, exhibió los Estudios de humo, que

eran formas de captar la luz del cielo.

Toda la obra anterior a su llegada a esta escuela (de la mano de Vicente Barrachina)

está en el estudio de Palomares, y toda está compuesta de acuarelas con paisajes mediterrá-

neos. A mí me llamó la atención desde el principio, aunque desde mi postura, los primeros

días, sólo podía ver bien enfocado un cuadro muy pequeño, por lo demás bastante tópico,

pero muy parecido al retrato de Vicente Palmaroli. La misma casa con huerto, las mismas

tapias encaladas, las mismas rosas y las mismas buganvillas, y el pintor joven pintando con

alpargatas y un blusón.

Nuestra primera conversación surgió por ahí. Yo me mantuve callado, distante y

cordial para decir buenas tardes y hasta mañana y muy poco más. Palomares tampoco

hablaba mucho, a veces se quedaba en comentarios incontestables, asentibles nada más.

Pero yo no hablo cuando estoy trabajando. Pienso que hablo, pero no hablo. Un día, cuando

ya me había cerciorado de cómo se parecían ese cuadro y el del museo, al salir de la habita-

ción contigua donde me desnudaba y me vestía ya para marcharme me acordé de que ese

cuadro lo conozco porque Barrachina me mandó a mirarlo para posar de Palmaroli, hace

muchos años, y quizás a Palomares también se lo mandó copiar, o pintar de memoria, o


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autorretratarse con la misma cara de pardillo que allí tiene Palmaroli. A veces, por desidia,

dejamos colgados de las paredes regalos de nuestros enemigos, objetos que nos duelen. Un

día, digo, al marcharme me puse frente al cuadro, a una distancia mucho menor de la que

tenía durante tres horas seguidas todas las tardes, aunque sólo de vez en cuando fijaba la

vista en él. Lo normal era tenerlo desenfocado. Me puse frente al cuadro y le dije: este cua-

drito me encanta. Me recuerda mucho al de Vicente Palmaroli que hay en el Casón. Palo-

mares estaba limpiando con agua los pinceles, se detuvo y me habló con buen talante. ¿Ah,

sí? ¿Y qué es lo que le gusta? Es bastante juvenil, todo esto es bastante juvenil, dijo Palo-

mares, acercándose a mí. Este de aquí es de nada más venir a Madrid. Yo dije, con cierta

gravedad: me gusta la ingenuidad que tiene, que no la impericia, ciertamente. Palomares

volvió a girarse para seguir limpiando los pinceles. Sí, es muy ingenuo, dijo. Luego cogió

un trapo para secarse las manos y volvió a mirarme de frente. Se le notaba esa sonrisa de

quien no va a andarse con rodeos. ¿A ti también te lo mandó copiar Barrachina?, dijo. No,

dije yo, a mí me lo mandó posar. Eso le hizo mucha gracia. ¿Que te lo mandó posar? Ja, ja.

Ese hombre no tiene límites. Yo no dije nada. Nunca se es más discreto que cuando no se

tiene nada que decir. En realidad estaba un poco incómodo. Hay personas que por necesi-

dades ideológicas te tienen que caer gordas. Uno se siente un poco pecador cuando le cae

simpático alguien odioso por obligación.

Aquello se quedó así. Pero fue suficiente para que en días sucesivos Palomares

hablase más de lo que había hablado hasta entonces. Hablaba deteniéndose en cada pince-

lada. Oraciones simples de pocas palabras le llevaban un minuto entero. Tanta lentitud y

despacio puede sacar de sus casillas a cualquiera porque es doloroso esperar a la siguiente

palabra sin suficiente tiempo para iniciar un pensamiento propio. Palomares hablaba como

pintaba, era ese el ritmo de su cerebro para todas las actividades de su cuerpo. Yo estoy
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acostumbrado a ritmos muy vivos, a veces algo monótonos pero por lo general muy rápi-

dos. Si un profesor hablase así a sus alumnos sería imposible mantenerlos despiertos, y yo

me paso la vida escuchando a profesores, cómo explican mi cuerpo. Ese ritmo estoy acos-

tumbrado a escucharlo igual que los harekrisna rezan un rosario interminable mientras

hablan, porque no pueden parar porque si no no les da tiempo a terminar la oración entera.

En mi caso, las palabras dichas por otros podían no sólo perder su interés sino también su

significado. Pero ese es un juego peligroso, o si no que se lo pregunten a Eva.

Por otra parte, a mí a veces me interesaba lo que decía Palomares. Siguió hablando

de ese cuadro y de Barrachina durante días, aunque lo que dijo en realidad fue muy poco,

por lo despacio que hablaba y porque él también despojaba de significado a las palabras, las

pronunciaba como quien canturrea el mismo estribillo de la misma canción cincuenta veces

seguidas, en un placer sólo soportable para el que canturrea. Pero otras veces hacía un des-

canso para encenderse un cigarrillo y entonces hablaba más deprisa y contaba cosas más

interesantes. ¿Sabes Güino (Palomares, al cabo de cuatro o cinco días, empezó a llamarme

Güino), sabes Güino por qué conservo todas estas acuarelas? No, dije yo, sin mover un

músculo, como hacía en Astorga con Rosita. Pues porque Barrachina no me las dejó expo-

ner... Primero no me dejó exponerlas él... Y luego no quise exponerlas yo... Primero no

quise exponerlas por vergüensa... Ahora me alegro de haberlas guardado... Quién sabe,

igual es lo mejor que he hecho... Por lo menos lo más ingenuo...

Una vez no se encendió un cigarro sino la pipa. Dejó los pinceles no como se dejan

cuando los estás usando, sino como cuando vas a tardar un rato en volverlos a coger, y re-

cobró el ritmo normal de la producción hablada. Fue tan brusco el cambio que yo me vi

obligado a hablar sin juegos de ventriloquia. Dejó de llamarme Güino y volvió a llamarme

de usted. Es usted compañero de Alfredo, ¿verdad? Sí, dije yo. Él titubeó un momento y
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luego dijo: quiero que sepa que todo el episodio de Astorga fue patético, empesando por él

y terminando por mí mismo. Quiero que sepa que todo se nos fue a todos de las manos,

intervino gente que no tenía nada que ver con esto. Sé que es usted un buen profesional.

Tan sólo me gustaría que no hubiese incomodidad en nuestro trato. Dijo, y se puso a pintar.

¡Pues es un hombre encantador, qué quieres que te diga!, me decía Rosa por las ma-

ñanas en la escuela cuando bajábamos a tomarnos un café con leche y un pinchito de torti-

lla. Palomares no hablaba mucho, sólo en los descansos, y siempre la trataba con respeto y

profesionalidad. Además, dijo, se nota que sabe mirar, que sabe iluminar, que sabe sostener

el pincel, coño. Ella estaba harta ya de que la pintasen aficionados. ¡Estoy tan harta de

aprendices, Güino! Y eso era en el trabajo pero también era en la vida. Nadie a su alrededor

sabía el oficio de lo que estaba haciendo. Lourdes no sabía ser madre ni aguantar un trabajo

ni centrarse un poco, que ya iba siendo hora. Eduardo no sabía amar, amaba como un ado-

lescente, sin sosiego, sin sentido del descanso, sin quedarse nunca juntos viendo la tele o

leyendo un libro sin necesidad de hablar, de viajar, de follar, de cenar en restaurantes caros

ni visitar ciudades inmortales. Un fin de semana se había venido el viernes en coche desde

Astorga con dos billetes para irse los dos a París esa misma noche y volver el lunes al ama-

necer. Y todo eso era muy romántico pero tenía algo de inicial, de ser patoso y estar siem-

pre preocupado por si lo quería o no lo quería. Rosita, ¿de verdad me quieres?, le solía decir

cuando Rosa se callaba un rato. Y aquello era un agobio, sobre todo si te habías pasado la

semana inmóvil y desnuda de ocho a dos, delante de estudiantes que tampoco saben dibu-

jar, que le ponen mucho entusiasmo pero se tuercen y emborronan el papel a cada instante,
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producto muchas veces de sus buenos deseos de principiantes. De modo que por la tarde,

aunque tuviera que volver a posar de seis a nueve, esta vez ya era un descanso. Julio (Rosi-

ta también lo llamaba Julio) a veces canturreaba distraído alguna cancioncilla de la parte de

la Mancha y ella se relajaba. Llevaba, además, toda la semana sin cambiar de posición, y en

una postura que para las cervicales era una malva. Sentada en una silla estrecha, con el res-

paldo muy recto y muy alto, y apoyada en él hasta con el cogote, las piernas juntas y las

manos enlazadas en el regazo. Incluso, como Julio fumaba bastante, cada vez que paraba

ella podía relajarse y caminar un poco por la sala y fumarse también un cigarro si quería, de

modo que nunca llegaban a darle las primeras punzadas, por suaves que fuesen, que siem-

pre le afectaban a las cervicales. Ir al chalet de Julio era descansar de problemas laborales,

familiares y sentimentales, y era también, y esto Güino tú me lo tienes que reconocer, una

sensación de prestigio, de haber llegado alto en tu profesión, de quedar para la historia en

un cuadro de Palomares, o en un vaciado. Porque ella, en el fondo, para la única pintora

semiprofesional que había posado era para Pilar Guijarro, y Pilar Guijarro, en su campo, no

había llegado tan lejos como Rosa en el suyo, pero cobraba mucho más dinero. Aquí por lo

menos nos pagan lo que nos merecemos, dijo.

Yo, en broma, le dije: se te está poniendo el morro fino, Rosamari. No es eso, Güi-

no, no es eso: yo es que creo que después de todo prefiero trabajar a estar con Eduardo en

París. Yo no quiero un marido, Güino, ni un novio. Yo, si acaso, de vez en cuando, lo que

quiero es un amante, alguien que sepa ya cómo se ama y cómo no se ama, cómo nada más

que se acompaña, o se deja estar. A mí me sienta bien que me den de vez en cuando algún

meneo pero yo conmigo misma estoy de puta madre, Güino, yo no necesito que los hom-

bres me echen el aliento. ¡A ver si te vas a liar con Palomares!, le dije yo, siempre de bro-

ma, siempre en el tono de la ocurrencia que de cumplirse tampoco me parecería ni bien ni


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mal, algo así como con el código melodramático que utilizan los amigos para meter baza y

enseguida dejar al otro que siga. Qué va, dijo ella, y aplastó el ducados en el cenicero. Pero

a continuación dijo: el otro día me contó por qué coño se pelean todos por esa estatua.

Resulta que, cuando llegaron a Madrid, Julio empezó a exponer, y al principio Ba-

rrachina lo apoyaba y le dejaba dar las clases de anatomía para que fuese perfeccionando el

dominio del cuerpo. Entonces (estamos hablando del año catapún, cuando Julio acababa de

venir de Valencia que se lo trajo Barrachina) entonces Alfredo ya estaba en la escuela. Al-

fredo tendría entonces veintitantos años, y Julio apenas dieciocho. Barrachina se encargaba

de las clases de anatomía y escultura por las mañanas y Julio de las de anatomía y dibujo

por las tardes, y los dos usaban el cuerpo de Alfredo. Alfredo estaba entonces en su pleni-

tud, en la edad de los toreros, que es lo que en el fondo le hubiera gustado ser. Era alto y de

hombros anchos, tenía muy grandes las manos y los pies y los muslos largos y apretados,

fuertes sin llegar a musculosos. Ya no era un efebo, ya era un hombre, pero no había perdi-

do la tersura, la imagen misma de la juventud. Se hartó entonces de posar para las tumbas

de soldados muertos, era el cuerpo esbelto y cuadrado que se llevaba entonces en la imagi-

nería de una raza superior, aunque también las víctimas usaban líneas rectas y mandíbulas

desarrolladas para inmortalizar al proletariado. Pero su cuerpo desnudo, tal y como lo hacía

posar Barrachina, su plenitud fascinadora de hombre bello, sólo se conserva en un vaciado

que le practicó Barrachina cuando una vez Alfredo se puso tan malo que lo tuvieron que

ingresar, y cuando Alfredo pudo levantarse de la cama Barrachina volvió a guardar la esta-

tua en el desván.

Tiempo después, Julio Palomares entregó sus ilustraciones del obispo leproso a

Benjamín Palencia y su carrera artística tomó un rumbo distinto, y la primera venganza de

Barrachina fue prohibirle utilizar en sus clases el cuerpo de Alfredo. Lo puso en contra de
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tal modo que Palomares ya no volvió a ver su cuerpo desnudo jamás. Pero Barrachina no

recuerda que no se hizo un vaciado sino dos, y que el otro se lo llevó Palomares a su casa

para seguir estudiando. Desde entonces la estatua había sido un fetiche para él, un símbolo

del que guardaba como oro en paño la versión original y reproducía y cambiaba y destroza-

ba en tantos vaciados como fuesen necesarios.

Es decir, él no tenía la única copia. Engañó al ignorante de Alfredo sólo para fo-

mentar un escándalo que nació condenado al ridículo. Le ocultó la existencia de otra copia

de su cuerpo sano, joven y hermoso, y de ese modo hizo crecer en él disparatados senti-

mientos de orgullo, de motivos personales por los que luchar hasta la cárcel si fuera menes-

ter. El imbécil de Alfredo estaba pagando una refriega de rencores entre dos tipos que lo

despreciaban pero lo querían conservar. Sobre todo Barrachina. La culpa de todo la tenía

Barrachina, por supuesto. Para Rosita, la actitud de Palomares había sido la correcta, por-

que tampoco pensó nunca que la cosa fuese a llegar tan lejos. Si no aparecía la otra copia,

Julio estaba dispuesto a regalarle una, pobre hombre, pero no si él se empeñaba en malde-

cirlo, hablar mal de él en los periódicos y hurgar en asuntos privados. Tan sólo hubiera ne-

cesitado una llamada telefónica de Alfredo, nada más que una llamada. Habría bastado con

que le dijese oye Julio, cuando termines con la exposición devuélveme la estatua. Le habría

regalado la obra entera. En el fondo lo hizo pensando en él.


235

VII

Yo lo llevaba bastante peor que Rosita. Eran los últimos días del curso y los prime-

ros de Palomares. No tenía tiempo para nada. Me levantaba y me iba a la escuela. Allí, en-

tre que a última hora Pilar Guijarro quería explicarlo todo y que llegaban los exámenes ofi-

ciales y los libres, los de ingreso y los de diplomatura, los de repesca y los extraordinarios,

yo ni dejaba de posar ni podía estarme quieto. Para mí estarse quieto significa permanecer

al menos tres sesiones de cuarenta y cinco minutos en la misma postura. Todo lo demás es

un estar cambiando todo el rato la posición. Tenía que hacer más horas de las habituales,

días de hasta seis sesiones por la mañana, con alumnos muy heterogéneos que me miraban

sin verdadera concentración, pendientes tan solo de que mi cuerpo se pareciese a su exa-

men. Pero no copiaban desde dentro, desde el argumento abstracto de mi figura, del signifi-

cado de un pliegue o la muy modulada tensión de los tendones. Eso hace también, al cabo

de los años y de una forma casi imperceptible, fastidiosa la mirada de quien no te sabe di-

bujar, y en eso Rosita tenía su parte de razón.


236

No obstante, en casa conservo algunos de los exámenes más torpes que se han

hecho de mí. Cuadros pintados por gente incapaz de penetrarme, pero que en su impericia

llevan una cuota de lirismo. Demasiado pequeño, demasiado grande, demasiado gordo,

demasiado cabezón. El catálogo de desproporciones a veces acierta por casualidad. A veces

alguien, dibujando mal, sin haber dominado la figura con perfección y luego deformado

según criterios meticulosos, da en el clavo y pinta un exacto retrato de sí mismo: sus tem-

blores, sus imperfecciones, sus líneas difíciles resueltas con naturalidad, sus líneas fáciles

muy remarcadas, su aire de limpieza, su miedo al vacío, su tendencia a emborronarlo todo.

Cada defecto es juzgable con arreglo al conocimiento que yo tengo de mis líneas. Yo sé en

qué consiste la dificultad de representarme.

Para empezar, soy uno de esos tipos que las mujeres nunca llaman gordos sino

grandes. Llámase gordo al que tiene más del doble de cintura que de envergadura, y yo es-

toy en esa proporción, pero con medidas mucho mayores que las del resto. Estoy en esa

línea imaginaria que si se te va un poco la mano haces gordo a quien no lo es, y si se te va

otro poco hacia dentro lo haces, más que delgado, inhumano. Todo eso no significa que no

tenga tejido adiposo, pero yo lo estilizo, y estilizarlo es la única garantía de que no me afec-

te, de que no me duela. Estoy en el inmóvil punto medio de la holgura de formas que no

llega al abandono. Mi cuerpo avanza con naturalidad, pero nunca está estropeado. Un cuer-

po estropeado tiene interés para los hiperrealistas, todos los cuerpos estropeados claman de

igual manera y sus carnes lacias exhiben inocencia y patetismo con la misma crueldad. Pero

los estudiantes confunden los términos. No saben todavía cuál es el camino del tiempo, qué

significan las huellas. No saben distinguir entre crestas iliacas y apófisis espinosas, pero lo

peor es que tampoco saben darme dignidad. Su impericia degenera también en caricatura, o

más bien en proyecto de caricatura, en apuntes que con oficio pueden extraer un monigote,
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pero nada más.

Estaba tan desesperado porque no tenía tiempo para nada que pensé en utilizar mi

colección de exámenes suspensos para una serie de monigotes con mi cuerpo como tema

principal. Menos mal que no lo hice. Pero durante esos días de programa doble me conven-

cí de que mi única posibilidad para llegar al regalo de Violeta con algo presentable era pro-

ceder a una limpieza de corrales. Así se llama, en lenguaje taurino, a esas corridas que se

celebran ya por otoño en las plazas importantes, con toreros desconocidos que no han teni-

do todavía su oportunidad y todos los toros que fueron desechados por feos, por fuera de

tipo, por viejos, por mansos, por demasiado grandes o por demasiado gordos, que han esta-

do desde junio muchas veces maleándose de chiquero en chiquero, recibiendo puyas indis-

criminadas y oliendo el aroma de sangre caliente que sale del desolladero. Dibujos obsce-

nos y sinceros, patéticos y malformados, inicios de proyectos, esbozos de ideas, retratos sin

terminar. Eso empezaba a ser, más que lo único presentable, lo único aparente, lo poco que

podía reunir.

Pero yo esperé en la confianza de que tanto trabajo sólo duraría un par de semanas,

hasta que terminase de una vez el curso. Entonces tendría las mañanas libres de casi dos

meses y podría concentrarme de nuevo en lo mío. De momento, lo importante era pasar el

trago en la mejor condición física posible. Al salir de la escuela comía cualquier cosa y me

iba a casa de Konchakova. Allí estaba en sesión doble (había que mantener en todo las pro-

porciones) hasta las cinco de la tarde. Cogía el metro entonces y me iba a posar para Palo-

mares, y de allí, a las nueve, a la piscina de Jumbo, que me cae más cerca, hasta que la cie-

rran a las diez de la noche. Volvía en metro a casa, cenaba con precaución y me salía a to-

mar el fresco hasta que el sueño me venciera. De coger un lápiz y un papel ni soñarlo. Bas-

tante tenía con que no me atacara el síndrome de los modelos.


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Los modelos tenemos la obligación moral de evadirnos. Lo contrario es atentar co-

ntra nuestra salud. No puedes estar dándole vueltas a una preocupación y al mismo tiempo

mantener todo tu cuerpo en reposo. A veces, cuando he tenido algún problema objetivo,

cuando he tenido que convencer a todo el mundo, incluso a mí mismo, de que aquello me-

recía cierto desasosiego, me las he arreglado para suspender el pensamiento al menos hasta

que dejase de posar. Sólo estaba preocupado cuando me vestía. De lo contrario es imposi-

ble, no se puede trabajar.

Sin embargo, esa misma evasión nos puede evadir demasiado. Nos podemos pasar

de rosca. Aprendemos el verdadero, el profundo placer de estar callados, la naturalidad con

que se puede hacer como que se escucha. Estamos tan entrenados en obviar las palabras de

los otros que nos cuesta un gran esfuerzo prestarles atención fuera del trabajo. Eso, según

Remedios, hizo mucho daño a nuestro matrimonio. Fue una época en la que yo me dejé

llevar. Descubrí eso que se llama una vida interior, y me metí dentro y no salía para nada.

Es como darse a la bebida, ser un ludópata, un putero, tener un vicio que te marca para

siempre, aunque no vuelvas a probar una gota de alcohol. Uno no se cura nunca del todo.

Puede adiestrarse como yo estoy adiestrado en ocultarlo, en escuchar a una persona y estar

al mismo tiempo recluido en mi pensamiento, pero alternar las dos cosas implica que una

debe ser fingida, y los vicios siempre son de verdad. Quiero decir que, por mucha voluntad

que emplee y por muy convincente que resulte, los demás se mantienen siempre a una dis-

tancia que por otra parte también es terapéutica y aconsejable. El síndrome se retroalimenta

cuando, en un esfuerzo por salir de ti mismo, por ser abstemio y hablar con los demás, los

demás, acostumbrados a vivir de una preocupación a otra, te atormentan con alguna minu-

cia capaz de revolverte las tripas y hacerte cuestionar toda tu existencia. No sólo no tengo

capacidad para interesarme en los problemas de los demás, sino que tengo que protegerme
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de ellos.

La última vez que me preocupé por algo fue cuando Violeta era muy niña y un día

que le fuimos a poner una inyección, pataleando, rompió la aguja hipodérmica, que salió

como una flecha por entre la carne del culito de la niña, y empezó a ir para arriba y el prac-

ticante dijo: esto hay que sacarlo como sea, pero tenemos que llamar a un cirujano. En las

horas de espera en el pasillo estuve al borde de la muerte. Remedios supo estar más entera,

supo sufrir y aliviarse con la confianza civilizada que tenía en los profesionales de la medi-

cina. Pero yo me hundí tanto que durante meses se me reprodujeron como culebras las pa-

ranoias y las obsesiones y en todas partes veía veloces agujas directas a pinchar un órgano

vital. Me retorcía de dolor tratando de moderar los instintos de hiperprotección, mientras

Remedios lo contaba todavía con el susto pero al día siguiente seguía concentrándose para

estudiar. Yo al día siguiente comprobaba cómo un pensamiento desatado puede ir mordien-

do en los tendones de tu cuerpo. Todo es miedo al dolor, inseguridad de perro apaleado.

Tras un esfuerzo titánico logras sobreponerte a la preocupación y entonces te dejas caer por

un embudo negro de garrafón y desapareces. Y eso te obliga a subir de nuevo la piedra de

las formas, del comportarse con apariencia de normalidad, hablar con los demás y enarcar

las cejas cuando tratan algún asunto grave. Es el síndrome de los modelos, el molino que

acarreas como un burro para fingir que no te mueves de tu sitio.

Un día Remedios vino a verme a la escuela. ¿Se puede saber qué hablaste con el

profesor de Violeta? Nada, dije yo. Pues seguro que fue eso, nada, seguro que ni siquiera

fuiste a verlo, porque tú dijiste que no había ningún problema pero Violeta ha salido sus-
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pensa. ¿Que Violeta ha salido suspensa?, dije yo escandalizado. No estoy para bromas,

Güino. A Violeta la acaban de suspender y tú dijiste que todo estaba solucionado. Tú dijiste

que el profesor te había dado garantías. ¿Se puede saber qué garantías? Mira Güino, de

haber sabido esto lo hubiésemos peleado, habría llamado al consejo escolar y a la asocia-

ción de padres y a su puta madre si hubiese sido preciso, pero tú dijiste que no nos preocu-

páramos más. Que no me preocupara yo más, supongo, porque a ti y a tu hija os importa

todo un rábano. Tú ya no tienes arreglo, pero tu hija se está jugando su futuro.

Te aseguro Remedios por lo que más quieras que yo estuve hablando con ese indi-

viduo y que ese individuo me dijo que no me preocupara, que no nos preocupáramos, que

había sido un mal día, que lo entregó en blanco por un poco por orgullo, pero que es una de

las mejores de la clase y el latín no se le podía olvidar de la noche a la mañana... Remedios

no se molestó en contenerse: el latín que tú le has enseñado, dijo. Eso estuvo a punto de

dolerme.

Era pleno verano, estaba muy guapa. Llevaba un top de rayas horizontales blancas y

amarillas y una falda italiana, la falda que lleva en verano Sofía Loren en las películas de

los 50. Remedios tiene culo pero lo sabe llevar. Se había recogido la melena con dos lápices

clavados en cruz, igual que cuando estudiaba. He llamado a Violeta por teléfono y me lo ha

dicho, y he venido, dijo, pero no quiso decir que venía a darme la bronca sino a compartir

el problema. Quiero decir que estaba más triste que enfadada, más harta que mordaz, a pe-

sar de aquél puyazo del latín. Me preguntaba por lo que hablé con el profesor y me miraba

con los ojos muy fijos y los labios entreabiertos, como si todavía hubiese alguna solución y

yo pudiese pronunciarla en cualquier momento. La encontré débil, tuve la sensación de que

no había venido a reprocharme nada sino a buscar ayuda. Yo, no obstante, me mostré muy

afectado por lo sucedido. No te puedes fiar de nadie, dije. Seguro que se ha enterado alguna
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compañera de Violeta con influencias, la hija del jefe de Nueva Izquierda, quién sabe, y se

ha chivado, y el imbécil ese ha tenido que rectificar. Ella me dejó seguir. No metía baza y

yo encadenaba improperios contra el profesor, contra la enseñanza privada y contra la iz-

quierda exquisita, y ella me dejaba continuar. Al final fui bajando la voz y me callé. Ella

dijo: Güino, tenemos que hablar.

Cada vez que Remedios dice tenemos que hablar a mí me fallan las piernas. Así

como para Rosita eso de hablar tiene un tono muy serio que a mí me resulta entretenido, y

me habla de sus problemas o de los míos pero ni ella ni yo (salvo quizás ahora estos días)

somos un problema recíproco, con Remedios el tenemos que hablar es la fanfarria que

anuncia la batalla. Largas y monótonas discusiones en las que intentaba emplear sus cono-

cimientos profesionales en arreglar su casa, y eso la apartaba un poco de sí misma, la hacía

ser una mujer distinta, por lo menos durante una hora, hasta que el nivel técnico bajaba y

empezaba la sangre a fluirle por la lengua. Pero lo más lamentable de sus tenemos que

hablar es que no solucionan nada. Cuando ella se marchó de casa me lo dijo en cinco se-

gundos, lo que cuesta decir me marcho de casa, adiós, mientras veníamos en el taxi de la

boda de Margarita. Es como si las decisiones vitales estuviesen en un sitio superior a lo

solucionable, y las escaramuzas cuerpo a cuerpo de los días fuesen una forma más de com-

portarse, pero no algo que pueda estallarnos en la cara y ponernos la vida patas arriba.

No íbamos a solucionar nada. Ni siquiera tenía la seguridad de saber, después de

haber hablado, de qué teníamos que hablar. Remedios observa ciertas obligaciones ciuda-

danas para las que yo me temo que me quedaba un poco corto. Debíamos ser una pareja

muy compenetrada a quienes siempre se les viese juntos, que saliesen a cenar o con amigos

con mucha frecuencia, que de vez en cuando, recordando viejos tiempos, se fuesen a embo-

rrachar juntos y de vuelta hiciesen el amor. Las recomendaciones que Remedios hacía en la
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clínica para problemas de inhibición trataba de ponerlas en práctica como si fuesen una

dieta de salud sexual. Estaba tan comprometida con lo que concebía como mujer moderna

que se angustiaba cada vez que nuestra pareja presentaba alguna patología, algún brote de

aburrimiento continuado, alguna disfunción en el cariño, alguna dejación de las normas de

convivencia civilizada que la ponía primero enfadada y luego muy triste y al final teníamos

que hablar.

Yo siempre he dicho que Remedios hizo conmigo lo que tenía que hacer. Si a mí

una amiga (Rosita, sin ir más lejos) me pide opinión sobre qué hacer con un marido que se

comporta como un mueble yo le digo que lo despabile o lo abandone, que es lo que hizo

Remedios. Pero yo creí que ese asunto, después de tres años, ya estaba solucionado. Y sin

embargo la tristeza y el tenemos que hablar ya no estaban sólo referidas al latín y a Violeta,

en el fondo eso era lo de menos, ella no era tan estúpida como para creer que por un exa-

men suspenso se había terminado el mundo ni pensaba que Violeta fuese a fracasar por eso

porque eso no importaba, el latín no importaba, importaba lo demás, importaba lo nuestro.

Pero yo no sabía si se estaba refiriendo a nuestra situación de padres o a nuestra situación

de separados, ni siquiera si lo nuestro era mejorable dentro o fuera de una misma casa.

Ese día comimos juntos pero yo no dejé de lado el tema del latín, le di un protago-

nismo que no sentía para protegerme de otros temas de conversación. No pasé del segundo

plato. Remedios apenas comía nada. Me oía jurar en hebreo y miraba por la ventana, hasta

que, en un descuido, me asaltó de mala manera, dijo una cosa rarísima: Güino, dijo, me

tienes que ayudar, necesito dejar de verte por completo, dijo, necesito que te ocupes de lo

que te corresponde sin necesidad de tener que estar viniendo a recordártelo. Cada vez que

voy a verte estoy nerviosa y no lo puedo evitar, y dejo de verte y paso dos días hecha una

piltrafa, y al tercer día te olvidas de hacer algo o lo haces tarde mal y nunca y yo te llamo
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por teléfono y si te dejas quedo contigo y ese día estoy muy nerviosa. Me pones muy ner-

viosa, Güino.

Estábamos comiendo en El Bierzo, un restaurante barato de aquí del barrio, y yo es-

taba también pendiente de la televisión porque a las tres, cuando empezase el telediario, me

tenía que ir al masaje. Faltaban pocos minutos y traté de excusarme. Creo que voy a tener

que abandonarte, dije. ¿Adónde vas?, dijo ella, en un tono conciliador que no me gustaba

nada. Estoy haciendo pluriempleo, le dije. Me ha contratado Julio Palomares y voy a posar

para él todas las tardes. ¿Julio Palomares, el pintor ese famoso? Sí, dije yo, muy serio. Va-

ya, enhorabuena: te ganarás una pasta. Eso espero, porque yo ocho horas diarias no había

posado nunca. Estoy hecho polvo. ¿Y qué vas a hacer con el dinero? Pues, mujer, no sé,

quizá lo invierta en un regalo que valga un poco más de mil quinientas pesetas. Buena idea,

dijo ella: a lo mejor incluso podíamos ir los tres a Estados Unidos. A Violeta le encantaría.

Fue un mes de violentas rupturas, ahondamientos de la fosa entre quienes hubiesen

roto ya, o en otros casos esa primera, deliciosa lluvia fina que no hace presagiar las tormen-

tas que se avecinan. Eva y Javier Bidón se fueron de viaje de novios a Pontevedra, a cono-

cer a la familia de él y celebrar por separado con ellos también la boda semisecreta. Javier

Bidón se llama en realidad Xavier García Besada, es natural de Porto Meloxo, en las Ría de

Arousa. Procede de una familia de pescadores de toda la vida. Los que no se van en el bar-

co son tratantes de pescado, gente que recoge la mercancía de las barcas y luego la distri-

buye, unas veces por la mañana y otras por la noche. Por esa zona muchos pobres pescado-
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res tienen un pazo recién estrenado. Muchas casas de campo tienen esa estética del derro-

che necesario que se gastan los blanqueadores de dinero. El que menos trafica con tabaco.

Javier, no obstante lo arraigado que está el contrabando entre las gentes del lugar, le pidió a

Eva que no hablase de su familia de ella cuando estuviesen todos reunidos. La familia de

Bidón, sus padres, dos hermanos mayores y una hermana más pequeña, no tardó sin embar-

go en averiguar que Eva tenía estudios de leyes, y se pasaron la comida planteándole casos

concretos. ¿Y si no fuiste colaborador necesario sino testigo que calló, cuánto te puede

caer? ¿Y si no tuviste nada que ver con un alijo de droga pero en el mismo envío iba un

cargamento de tabaco tuyo, te juzgan por el tabaco o por la coca? Y en ese plan. Los her-

manos debieron preguntar con la naturalidad con que se examina a un posible miembro

nuevo de la familia, y Eva, que no es tonta, tuvo que asustarse un poco. Le preguntarían

con un palillo en la boca y el brazo en el respaldo de la silla mientras daban sorbos a una

taza de albariño y picoteaban sin ganas en la ensalada de bogavante.

Pero Bidón con su familia se sentía más incómodo aún que Eva. Era el único que no

se dedicaba a los negocios del pescado, el que se había ido a Madrid a triunfar y había per-

dido el acento gallego. Bidón no había llegado a ninguna parte y sin embargo no aceptó

jamás ofertas de sus hermanos para entrar en la empresa, ni siquiera para pulir los exceden-

tes de dinero negro. Bidón había sido siempre muy digno, nunca les había pedido nada, y

eso resultaba incluso gracioso a sus hermanos, que bromeaban haciendo apuestas sobre

cuánto tardaría el hijo pródigo en volver. El hijo pródigo volvió con una mujer despampa-

nante, muy fina y educada, y la noticia de que ya no vivía en la Costanilla de los Desampa-

rados sino en un piso del barrio de Salamanca. Lo que no dijo es que era el piso de soltero

que a su cuñado le regaló su padre (y suegro de Javier) cuando aprobó las oposiciones a

juez, el piso en el que viviría cuando lo nombrasen magistrado de la Audiencia Nacional y


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se dedicase, como su excompañero de estudios Baltasar Garzón, a la caza y captura de te-

rroristas vascos y traficantes gallegos. Así me lo contó Eva. Puede que no fuera para tanto.

Eduardo utilizaba ese piso sólo para acostarse con Rosita. Era el terreno de nadie,

los campos de pluma para sus batallas de amor. En el chalet de Mirasierra solían estar los

padres de él, y en el piso de Lavapiés la hija y la nieta de ella. Pero ahora también estarían

la hermana de él y el compañero de trabajo de ella en el mismo piso neutral. Y eso a Rosa

no le gustaba nada. Cuando voy allí y los veo y Eduardo me dice que nos vayamos al dor-

mitorio me siento como una puta. Sé que hay confianza y no sé cómo se sienten las putas,

pero es una sensación muy rara, una cosa que a mí ya no me va, eso de estar todos revueltos

y escucharse mis carcajadas desde el otro lado del pasillo. Yo ya le he dicho a Eduardo que

no quiero volver, que prefiero que vayamos a un hotel, aunque tampoco te creas Güino que

a mí me gustan mucho los hoteles, pero en fin...

En principio la emancipación de Eva fue tan brusca que decidieron irse a vivir jun-

tos al apartamento que Bidón tenía en Atocha, pero aquello era minúsculo y las paredes

estaban salpicadas de pintura. Javier quería ya una vida de paredes blancas con todos los

muebles en su sitio. El matrimonio le sentó muy bien, durante las primeras semanas de tra-

bajo no se quejó nunca de nada, no habló de la mierda del comercio en el arte, ni de lo harto

que estaba de ser un puto subalterno, ni de los pegotes de grasa de Joseph Beuys, ni de la

borrachera última ni del último polvo sin ilusión, ni de lavados de estómago ni de Antonia.

Se había convertido en un trabajador formal que siempre lleva desplegada la media sonrisa

del buen compañero que quiere hacer del curro un ámbito de buenas vibraciones. No habla-

ba de arte en absoluto. Lo había dejado de verdad. Se había quitado del arte como quien se

quita del tabaco. Eva le estaba ayudando mucho a ello. Eva era dulce y las tardes de los

sábados en casa estaban llenas de cariño. Ambos se lamían las heridas de sus respectivos
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naufragios, pero estaban empezando juntos una nueva vida. Bidón cambió incluso de pei-

nado. Antes llevaba el pelo no demasiado corto y teñidas las puntas de rubio platino. Ahora

se hacía la raya al lado. Era el hombre guapo de siempre pero sin connotaciones autodes-

tructivas, hablaba sobre temas generales, la situación del País Vasco, las elecciones nor-

teamericanas, el especialista aquel de cine que se mató en el viaducto, al lado de mi casa,

por medir mal la cuerda. Pero eran comentarios que nunca lo implicaban a él o a sus obse-

siones, era el hablar de objetos ajenos que sirve para crear un buen ambiente, para no estar

callado. Salvo en cuestiones sentimentales, esa monotonía tan poco dramática de la felici-

dad, Bidón no hablaba de nada con lo que estuviese en contra o de acuerdo, y sólo se abría

un poco (él, que dejaba todo siempre lleno de vísceras y chorretones de pintura) al hablar

de sus proyectos con Eva. Ya estaban sopesando la posibilidad de tener un hijo.

Algo va mal, dijo Rosita. Esa criatura (refiriéndose a Eva) no sabe dónde se ha me-

tido. Y Bidón tampoco. Bidón no puede cambiar tanto de la noche a la mañana, decía Rosa,

la gente no cambia de personalidad un martes a las siete y veinticinco, así porque sí. Mi

tesis era más sencilla. Bidón había estado apurando todo lo apurable hasta que vio salir un

tren que acaso fuera el último. Y eso, Rosita, le pasa a mucha gente, y los trenes pueden

salir a las siete y veinticinco sin ningún problema. ¿Pero cuál era el tren, una muchacha

desquiciada que no ha visto nada en su vida y a veces, si no hubiera estado estudiando para

juez, dirías que tiene un poco de retraso mental? Hablar con Eva era desesperante, siempre

decía cosas sobre las que ya se había terminado de hablar. Cambiabas de conversación en

una comida en su casa con Eduardo y con Javier y de pronto intervenía ella con preguntas

absurdas: ¿y por qué los matan?, decía ella, cuando estábamos hablando de hacer un viaje a

Cádiz los cuatro, y después volvíamos a cambiar de tercio y salía la dichosa conversación

sobre los vascos, y ella decía: ¿pero no será demasiado seca esa parte del sur?, y cada vez
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que ella metía baza, Javier y Eduardo, que la llevan en palmitas, que para mi gusto la con-

templaban demasiado, volvían otra vez a la conversación que ya habíamos dejado de tener,

y aquello era un lío. Ni Rosa ni yo sabíamos entonces si Eva tenía los reflejos muy desen-

grasados o es que era una niña caprichosa que se regodea en interrumpir las conversaciones

por hacer una gracia. Una de dos, Güino, una de dos.

Rosa dejó al juez un viernes por la tarde. Le había dicho por teléfono ese día que no

viniese a Madrid, o que si venía no contase con ella, porque ella ese fin de semana quería

estar sola. Pero el juez vino con un ramo de flores, un símbolo, y Rosa le dio con puerta en

las narices. ¡Cuando yo digo que quiero estar sola es que quiero estar sola, joder!, le gritó al

magistrado con las flores. Y luego, más suave, intentó razonar. Mira, Eduardo, esto ha ca-

ducado, esto me ha dejado de gustar, esto no puede salir bien lo mande quien lo mande. ¡No

me preguntes nada! No me preguntes nada porque a lo mejor digo cosas que no quiero decir

o escuchas cosas que no quieres escuchar. Tengo experiencia en estas situaciones, Eduardo,

he dejado y me han dejado, he tenido tiempo para todo. Yo sé que estas cosas duelen pero

menos. Te habías hecho ilusión. De acuerdo, yo también, pero es una ilusión equivocada.

Es... eso, una ilusión, la misma palabra lo dice, algo que parecía ser pero no era. A mí por

ejemplo me hacen ilusión tus flores, pero ya no me haces ilusión tú. Las cosas como son.

En un momento como este no vamos a andarnos con paños calientes.

El juez trató de discutir pero fue inútil porque la decisión ya estaba tomada. Preci-

samente, dijo, no quería yo que vinieras este fin de semana para darme un poco más de

tiempo, para ver si se me pasaba, pero ahora al verte todo está más claro: no tengo ganas de
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verte, eso es lo que pasa.

Rosa me lo contó ese mismo viernes por la noche. Nada más llegar de la piscina,

después de hacerme mil quinientos metros, me comí una ensalada y una manzana y cuando

estaba ya en la cama sonó el teléfono y Rosa me lo contó todo. Se alargaba tanto que tuve

que invitarla a comer al día siguiente para que me dejase dormir. De la mañana que hubo en

medio, la mañana del 30 de junio, tengo fechados dos dibujos que hice para ver si se me

desatascaban las ideas y aprovechaba el poco tiempo que tenía.

Todos los temas que se me iban ocurriendo tenían siempre algo que ver con el latín.

El problema de Violeta, lo que monopolizaba mis pensamientos, no era su sensación de

fracaso, ni siquiera la falta de dignidad de Sepelio, ni mucho menos lo nerviosa y contradic-

toria que la situación había puesto a Remedios. Yo pensaba en el latín. Pero tomar el latín

como tema de un regalo que se da a una hija que lo acaba de suspender no me pareció des-

de el principio una buena idea. Era muy sincera, eso sí: era la prueba de lo mucho que me

había hecho pensar su problema, pero también quizás un poco inoportuna.

En la Historia de los modelos de Karl Schrader se recoge la historia de las Propóti-

des, las Bebedoras, las patronas de las putas pero también de los modelos. Estas mujeres,

un día de juerga, se atrevieron a negar la divinidad de Venus. Esto a Venus no le sentó nada

bien, y les envió la ira de los dioses, de modo que las Propótides perdieron toda vergüenza

y fueron las primeras mujeres en prostituirse en la plaza pública. Pero al perder la vergüen-

za la sangre desapareció de sus mejillas, y sus cuerpos se quedaron duros como el pedernal.

Cuando Pigmalión vio semejantes cuerpos normales, tan llenos de vida real, se recluyó du-

rante mucho tiempo en una severa existencia de soltero, espantado por los desagradables

atributos que la naturaleza había otorgado al género femenino. Luego fue cuando creó a su

fair lady, pero esa parte de la historia ya no me interesa. Es más, la gente piensa que es la
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estatua que creó Pigmalión para enamorarse de ella lo que nos identifica como modelos,

cuando son estas mujeres liberadas las primeras que de haber sido pintadas nos darían una

imagen completa de cómo eran los seres humanos. Me parecía un buen asunto para saber

qué significa ser modelo pero no ya tanto para dibujarlo. En todo caso, era un asunto perso-

nal, la primera puerta equivocada donde me había hecho entrar el aroma del latín. El primer

dibujo que hice yo esa mañana fue una fiesta de mujeres que bailan descalzas sus alegrías,

como dice Violeta. Más bien lo esbocé.

El otro dibujo también tenía que ver con el latín y con mis pequeñas obsesiones. Es-

tuve leyendo lo que dice Vitrubio sobre las cimbras para construir los puentes. Son hermo-

sas edificaciones de madera que sólo existen mientras el puente se termina de hacer. Luego

son desmontadas y guardadas, o tiradas río abajo, o quemadas durante el invierno. Estuve

un rato copiando un dibujo que tengo del puente de Alcántara con su cimbra más probable.

Había que ser muy meticuloso y eso me calmaba, pero enseguida se hizo la hora de ir a

comer con Rosita y el proyecto de ilustraciones sobre la antigüedad romana se terminó para

siempre.

Fuimos a comer un arros negre a la tasca de Jesús, en la Cava Alta, muy cerca de mi

casa (cuando me obligan a invitar me las arreglo para que sean los otros quienes se tomen

la molestia de desplazarse), y Rosita me lo volvió a contar todo. Para Rosita, contarlo todo

es una forma de estar. Volvió a hablarme en el mismo tono que usó cuando viajábamos a

Astorga en autobús, sólo que entonces ella tenía problemas generales y no conflictos parti-

culares, entonces el problema en general era la vida y ahora el conflicto particular era el

juez. Yo no me siento cómoda, Güino, qué quieres que te diga, no me siento nada cómoda.

Pero nada nada. Y que conste que es una buena persona, de eso no te quepa la menor duda.

Pruebas me ha dado. Nos ha dado a los dos, a ti también, Güino, porque acuérdate que Al-
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fredo está evadido de la justicia. Y Eduardo no ha mandado a la policía a buscarlo. Y eso se

lo tenemos los dos que agradecer. Quiero decir que no es malo, que el juez no es malo. Y

conmigo ya te he contado muchas veces que me hace sopas en el culo, yo como amante la

verdad sea dicha no tengo ninguna queja. Está muy rico el arroz negro este, ¿verdad?, a mí

me gusta mucho, lo que pasa es que el arroz a mi me estriñe un poco, y luego encima con la

tinta del calamar vas al baño y todo sale muy negro.

Pero claro, con una persona tú no puedes estar porque sea muy maja, si me apuras ni

siquiera porque estés enamorada, sino porque te hace compañía. Y no es un pensamiento de

vieja, Güino, a no ser que yo siempre haya sido vieja porque siempre he pensado lo mismo.

Llegan, me agradan, me cansan y me los pulo. Pero es que Güino a mí me quedan por lo

menos dieciocho años de trabajo. Que yo llevo treinta años en pelotas, querido, y no está

nada claro que vayamos a tener una jubiliación en condiciones, ni siquiera que no nos va-

yan a extinguir el cuerpo y nos dejen en la puta calle. Sí, sí, tú dirás lo que quieras pero

estos fachas odian a los funcionarios, quisieran verlos morirse de hambre, y a nosotros ya ni

te cuento. Ya sé que siempre hemos sido putas y mendigos, las Pepétides esas que dices tú,

y que no tenemos que ceder al pánico, tú sobre todo, pero tú ya lo tienes todo solucionado.

Tú hija no va a pasar calamidades, si tú te mueres no pasa nada. ¡Hijo, es un decir! Quiero

decir que tú has desaparecido de la vida de Remedios y Violeta está muy bien atendida y

vosotros lleváis vuestra vida cada uno. Quiero decir que el otro, en principio, no se necesi-

ta. Y al revés igual. Quiero decir que si Remedios por ejemplo decide tomarse un descanso

en la clínica y dedicarse un poco vivir, que la pobre no ha vivido nada (yo eso lo sé porque

también tuve a Lurditas con dieciocho años, una niña), ella no lo haría porque tú Güino

tuvieses la culpa, aunque un poco a lo mejor también, que luego los hombres os apelmazáis

enseguida; si entonces Remedios decide dice oye, voy a descansar, voy a vivir, en ese caso
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Güino lo podría hacer porque Violeta seguiría estando atendida. Es un decir, Güino, es un

ejemplo. Es un ejemplo que se me ha ocurrido. Lo que te quiero decir es que yo sí que no

tengo alternativa. Estos meses con Eduardo han significado un descanso, pero también de

otro modo un agobio. Yo por un lado los fines de semana le decía a Lurdes que se encarga-

ra de Carmela, aunque sólo fuese por solidaridad femenina, que yo también estoy con la

muchacha cuando Lurdes libra y se va y se echa un par de polvos por ahí y se desahoga. En

eso ha salido a su madre. Pero un día se lo conté a Eduardo y Eduardo dijo de eso nada,

mujer, no me cuesta nada pagar una canguro si Lourdes quiere también salir. Yo le dije que

no, que de eso nada, que a mí no me mantienen a mi nieta. Yo ahora, por ejemplo, con estas

trescientas mil pesetas que nos va a pagar Julio, yo si quiero puedo decirles a las dos, o a

los tres si quisiera: vámonos quince días a un apartamento en la playa. Pero él contestaría:

de eso nada, mujer, vámonos todos los cuatro a la casa de mis padres en la sierra, pero a mí

no me da la gana de ir a la casa de sus padres en la sierra porque su madre es una estúpida,

y las pocas veces que nos hemos encontrado me ha tratado como por encima del hombro.

¡A ver tú quién te crees que eres, a ver tú guapa con tus años qué cuerpo tienes, y en qué

trabajas!, estoy yo por decirla más de una vez.

O sea, Güino, que podemos ser los dos muy majos pero somos de distinta clase so-

cial, por mal que suene. Pero tampoco tiene que ser del todo una cuestión de clase social

porque por ejemplo eso con Julio no me pasa, y con esto no quiero decir nada. Es sólo que,

cuando estoy con él, y eso que estoy trabajando, me encuentro como más relajada. Y de lo

que yo tengo mis dudas es de si eso que me pasa con Eduardo es un perjuicio mío o es que

se me hinchan los ovarios, no sé si me entiendes. Porque al final lo de Lourdes lo arregla-

mos bien, y un fin de semana me voy yo con Eduardo a yo qué sé qué hotel de pitiminí, y

otro fin de semana nos quedamos los dos en casa con Carmela y él, que es un cocinas, se
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me pone a cocinar. Al final tengo yo que ir echándole de todo sin que se entere porque si no

aquello no sabe a nada. Y estamos juntos toda la tarde viendo la tele o Eduardo repasa sus

sentencias y yo mientras tanto arreglo algo por la casa y atiendo a mi nieta o me tumbo en

el sofá y me pongo a leer. Y entonces, en esa situación tan cotidiana mía, en un sitio que no

es la cama ni es París, los dos tan mayores con una niña pequeña, yo encuentro que Eduar-

do no me pega mucho. No estoy a gusto con él. Me siento cohibida. Estoy incómoda. Esta-

ba incómoda. Así que cuando me llamó para venir este fin de semana ya le dije mira no, y

luego vino con las flores. Y yo di el paso. Lo necesitaba, tenía un nudo aquí que como fuera

me lo tenía que soltar. Llevaba una empanada en la cabeza como esas cosas que dices que

ponían los romanos debajo de los puentes. Eso, una cimbra. Como una cimbra tenía la ca-

beza yo.

Un día me enteré de que Palomares no nos estaba retratando a Rosita ni a mí para su

proyecto de Cuerpo Español Contemporáneo sino porque se lo había recetado el médico.

Un psiquiatra de mucho prestigio amigo suyo le había aconsejado que volviese al principio,

que desanduviese todo el camino y se encontrase consigo mismo. Y como para los ricos

todo es cuestión de dinero, Palomares se mandó construir en el jardín de atrás una réplica

exacta de la casa donde vivió cuando era niño, con ladrillos de entonces, sacados de las

ruinas, y tejas viejas y muebles antiguos, unida a su búnker racionalista por un túnel de cris-

tal más allá del que su obra y su prestigio seguían en marcha mientras él se hallaba recluido

en el sencillo arte de las acuarelas domingueras. Había sacado de cajones y armarios su

obra juvenil, de antes de venirse a Madrid, y decorado con ella un paisaje para volver a las
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sábanas limpias. Por supuesto que tenía casa en Valencia, un palacete indiano pintado de

añil, pero le gustaba eso tan tópico del cielo de Madrid, y las reuniones, y las presentacio-

nes, y los actos, su vida pública, que en realidad se amasaba más allá del túnel, en la única

casa que se ve desde la calle. Allí se pasaba Palomares de vez en cuando, a veces un cuarto

de hora que yo aprovechaba para estirar las piernas y fumarme un cigarro.

Un día me invitó a ver el taller. Palomares tenía la temperatura de su hogar recons-

truido a temperatura casi otoñal. No se pasaba frío, pero yo tenía que exponerme cada día a

varias temperaturas distintas, al calor ya pegajoso de finales de junio cuando iba por la ca-

lle, al calor húmedo y cerrado de la escuela, a la temperatura ideal del estudio de Paloma-

res, no más ideal, pese a los climatizadores digitales, que el sistema de leves corrientes que

a poco que se mueva el aire puedo poner en marcha cuando estoy en casa con sólo entre-

abrir ciertas ventanas. En el taller no había más que un gran aparato de refrigeración que

más bien era extractor de humos y partículas de polvo, pero el espacio era tan amplio que el

calor, por lo menos si sólo estabas un rato, no te hacía sudar. Inmóvil y a la sombra se suda

menos. Desnudo también se suda menos, pero al taller fui vestido con la bata que uso yo

para el verano, un guardapolvo gris de bedel, de sarga muy fina, sin nada debajo.

Las labores del Palomares con respecto a su propia obra eran las de un arquitecto

con respecto a un edificio. Ni tan siquiera. Palomares no era en absoluto ejecutor de su pro-

pia obra. Era su propio ideólogo, aunque a veces diese instrucciones más propias de capataz

de obras. El taller era una nave de diez metros de altura que recibía la luz cenital desde una

inmensa claraboya transparente que era la mínima expresión de una cúpula, lo imprescindi-

ble para sostenerse sin vigas ni enrejados. La sensación óptica era más bien de no haber

nada, de ser como una torre sin techumbre. La nave era un cuadrado de unos quinientos

metros sin ventanas a la calle. Una de las paredes, la más estrecha, nada más entrar por la
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puerta de enfrente del despacho de Marisa a la derecha, tenía un segundo piso como esas

partes de arriba que tienen los talleres de automoción, donde se suele subir el mecánico

después de arreglar el coche a escribir la factura. Las otras tres paredes estaban cruzadas

por gruesos listones cada dos metros, y en ellos ganchos para colgar los cuadros. Pero había

pocos cuadros en las paredes. Estaban apilados bajo el voladizo de las oficinas, lejos del

polvo y las chispas de fundición que salían de la pared del fondo, protegidos de la luz.

Aquello tenía todo el aspecto de una fábrica porque era una fábrica. Palomares po-

día dibujar cuatro rayotes en un papel de fumar y mandarlo a la sección informática. Allí

había un tipo con un ordenador muy potente que sometía el dibujo a un tratamiento comple-

to. Escalas, tridimensiones, movimientos, todo siempre según los parámetros que el propio

ordenador iba recopilando a partir de la información que le llegaba no sólo de sus propias

obras estudiadas al detalle sino de las de los fondos de todos los museos importantes e in-

cluso las páginas web de muchos artistas desconocidos. Cualquier ordenador personal tiene

comandos para dar a una imagen un tratamiento impresionista, que por cierto queda bastan-

te mal, pero éste los tenía para poner en relación un dibujo con los demás dibujos, unos

tamaños con los demás tamaños, un estilo con los demás estilos. El tipo del ordenador (un

infoartista muy joven, como todos los que trabajaban allí) se lo tenía que pasar bomba hur-

gando por las bodegas del arte para buscar el vino que quería beberse Palomares. Pero, otra

vez, Palomares, que era el arquitecto, le indicaba la ruta de acceso. Sácame unos volúmenes

de esto, busca en las proporciones Giacometti, más tirando a Moore, a ver qué encuentras.

Lo que el chico encontraba no era cómo sería su dibujo de ser una escultura entre Moore y

Giacometti, sino quién trabaja en estos momentos con medidas asimismo compatibles. Un

informe de todo ello le permitía a Palomares saber si su idea ya la había tenido alguien. En

el fondo se trataba de proceder como los publicitarios, esclavos de la propiedad intelectual,


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especializados en no repetirse a ojos de la ley. Este chico, David, que era de Pamplona y

tenía el aspecto despeinado y obsesivo de los hackers, se metía como un fantasma en salas

de acceso restringido y fotografiaba informes de otros artistas sin temor a ser a su vez co-

piado. Era el lenguaje universal. El mejor de todos lo tiene que ser siempre en las mismas

condiciones de todos.

Una vez conforme con el informe, el dibujo pasaba a la sala de máquinas igual que

el prototipo de un vehículo pasa al taller de los fresadores. Un gancho de barco colgado del

techo, un andamio de hierro para sostener la cuba de la fundición, una colección de moldes

de todos los materiales, de cemento y de alabastro, de acero y de metacrilato. En la pared

del fondo tres muchachos recién salidos de Bellas Artes preparaban los vaciados, atizaban

el fuego de un horno empotrado en la pared con una boca de dos metros de diámetro, fundí-

an las junturas de las barras o daban martillazos en los pies de un pájaro de hierro. Con ese

plano tridimensional tenían una máquina que calculaba el molde del vaciado, una máquina

escultora que sin embargo sólo recibe órdenes, igual que las manos. Pero también podían

cocer en barro las losas de un bajorrelieve, o trasladar fotografías a cuadros con un plano

cuadriculado cada uno de cuyos cuadrados de un centímetro tenía ya completa información

de sombras y colores, de efectos y de parecidos, y una sofisticada máquina de hacer colores

la reproducía en escala mural. Palomares no se privaba de nada. Yo había visto a Bidón

utilizar un método similar, mucho más primitivo que el de Palomares, aunque, con mayor o

menor sofisticación, el mismo sistema que funciona desde los pintores flamencos del siglo

XV. Lo de Palomares era lo ultimísimo desde la invención de la cámara oscura.

Lo que ahora estaba haciendo, el dibujo que sus operarios estaban ejecutando, era

uno copiado de unos cuadros de Poproth, que es un joven artista alemán, nieto de la señora

Poproth, muy conocida entre los antropólogos por sus hallazgos de dibujos prehistóricos,
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los poproth, que son muy estilizados, tanto que se abstraen en signos, en símbolos de un

alfabeto oculto, y sin embargo comprensible, reconocible, el arquero tirando una flecha, el

venado muerto. Este artista los presenta sobre fondos luminosos como la piedra de una

cueva iluminada por los focos del futuro, pero Palomares había introducido variantes

Beuys, todo igual de estilizado pero más dramático, más monstruoso.

Pensé en Bidón. Con los mismos aparatos, quizá hubiera llegado al mismo resulta-

do. A Bidón le hubiera encantado ser uno de esos cinco o seis muchachos que manejan el

soplete con gafas autógenas y un mono manchado de pintura. Todos los operarios de Palo-

mares podían trabajar en lo que les diese la gana pero estar siempre disponibles. Si estaban

usando el horno para sus cerámicas particulares, debían interrumpirlo todo y fundir en

bronce un encargo del maestro, y luego podían seguir. Palomares tenía una subvención del

ministerio de cultura para pagarles un sueldo digno. Los jóvenes estaban allí hasta que

hacían su primera exposición. Entonces Palomares daba la beca por concluida. A mí, tal y

como están las cosas, por más leonino que suene me sigue pareciendo un trato justo. Tenía

un taller en su sentido clásico, unos cuantos aprendices recién salidos de la escuela supe-

rior, recomendados por sus profesores como Pilar Guijarro me recomendó a mí para ser

modelo, pero no a Bidón para ser pintor. Bidón no sabía informática, no tenía cursos de

metalurgia, no era hábil en el torno. En ese taller se respiraba el espíritu de las artes aplica-

das. Todo servía para algo, nada lo era todo y nada procedía de la nada. Toda obra de arte

debe buscarse un empleo, dijo Palomares en un ensayo sobre arte y libertad que publicó la

revista Claves. Según su criterio, la existencia de los museos está garantizada por su aporta-

ción al producto interior bruto, pero el arte ha conquistado ya la calle, los objetos, las má-

quinas, los envoltorios. Ya no valen esos cuadros que son formas que no se ven en ningún

sitio porque ya no puede verse nada en ningún sitio. Todo está expuesto y a la vista de to-
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dos, y cuanto más mejor, y por eso un pintor que se preciase debería dejar su huella en los

logotipos de los bancos o en los arcos de los viaductos, en las carrocerías de los coches y en

los carburadores de las motos. El arte ya no podía aspirar a ser único. En el mundo del di-

seño, las ideas avanzan a la velocidad de la luz. Mire, Güino, me dijo mientras veíamos

abrirse la boca del horno: estos tiempos atrás entré en la Tate, ¿y sabe qué es lo que más me

impresionó, aparte del edifisio?, pues una máquina, una máquina que conservan de cuando

el museo era una fábrica. Ya ve. Una máquina como este horno, que también lo he diseñado

yo.

Pero de todo esto Palomares sólo habló mientras estábamos en el taller. Cuando

volvíamos a cruzar el túnel sobre el jardín seco y entrábamos en la arcadia rehabilitada,

Palomares cogía los pinceles y pintaba un motivo campestre o un desnudo, y se obligaba a

pintar con espíritu de asceta jubilado cuadros que nunca se atrevería a enseñar porque le

daba vergüenza, aunque para esto sí tenía una buena razón: sus cuados eran como esos re-

tratos egipcios que les hacían a los muertos para enterrarlos con ellos y que nadie los viese

jamás. Ellos, a fin de cuentas, habían inventado el realismo.

Un viernes por la mañana Bidón se me acercó en el vestuario y me preguntó por

Rosa. Habría que llamarlo más bien Javier, porque Bidón había desaparecido. Bidón era un

artista, y Javier un marido ejemplar, muy preocupado ahora con lo de Rosa. Eduardo estaba

muy afectado, y Eva sobre todo, porque Eva tenía mucho que agradecerle a su hermano, y

él, Javier, en cierto modo, también, porque gracias a Eduardo conoció a su mujer. Recuerdo

que Bidón empleó esa palabra, mujer, mi mujer, algo inconcebible en el vocabulario artísti-
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co de Bidón. Él como mucho hablaba de amantes, en ese tono de ida y vuelta que significa

reírse a la vez de la palabra amante y de la palabra mujer. Ahora estaba preocupadísimo y

me preguntaba si yo sabía si la espantada de Rosita tenía solución. Eduardo estaba hecho

polvo, en Astorga se moría de asco, ni siquiera iba al café, y los fines de semana que no

estaba de guardia se quedaba metido en el hotel, repasando sentencias de robagallinas,

constructores morosos, pleitos de vecinos, y se había dedicado a comer y a comer y como

siguiese así terminaría hecho un fenómeno, con esa dejadez y esa tristeza el colesterol po-

día terminar supurándole disuelto en lágrimas.

Javier estuvo un rato dándole vueltas al asunto hasta que se puso un albornoz que se

acababa de comprar en Marks & Spencer, un albornoz de ir a la piscina que le trajo un día

Eva porque estaba de rebajas (Eva llevaba con mucha ilusión eso de ser pobre por primera

vez), y me dijo algo propio de Bidón pero con el tono de voz de Javier. Dijo: ¿te quieres

venir mañana por la tarde a una exposición con Eva y conmigo? Era la primera vez que

hablaba de algo que tuviese que ver con su otra vida. Pero también, pensé yo, es una forma

de buscar amigos en pareja, de no estar solos cuando están fuera. Rosita, otra vez sola, ya

se había terminado, y los respectivos antiguos amigos habían pasado a la historia. Nada más

casarse, Eva y Javier tenían que reconstruir una mínima vida social, pero ya desde el otro

lado, con distancia y sin rencor, sin ponerse malo porque ve unos cuadros que le gustan

mucho ni emborracharse despotricando contra los malos artistas que sin embargo han triun-

fado. Yo le dije que no podía ir, que me era imposible. Tenía que acabar unas cosas antes

de irme de vacaciones, Palomares a veces me llamaba también en sábado, necesitaba tiem-

po para mí. Pero él insistió: me harías un favor, dijo, sin replegar del todo la sonrisa, en un

momento que ya ha dejado de ser afectuoso para ser patético, de alguien que pide algo por

favor a un amigo. ¿Ocurre algo?, le pregunté. La exposición es de Antonia, dijo.


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Se comportaba, otra vez, como un alcohólico rehabilitado que hubiese decidido des-

pués de un largo desierto tomar una copa, pero sólo una copa, con sus antiguos compañeros

de borrachera. Quiero presentarle a Eva, dijo, pero no quiero ir solo. Bidón asomó el morro

a la conversación: en algún momento, dijo, tendré que hablar con Antonia, contarle mi nue-

va situación, y te necesito para que Eva no se quede desplazada en ningún momento. Pero

no te preocupes, Güino: Antonia ya está exorcizada.

Al decir eso de exorcizada le vi algo raro. A veces la gente dice algo serio y cohe-

rente y al final emplea una palabra rara que no sabe pronunciar del todo y eso hace que todo

lo que ha dicho antes dé un poco de risa o de pena. Antonia ya estaba exorcizada. Ese len-

guaje no era propio de Javier. A Bidón le gustaban los exorcismos por alternar con el de-

monio, no por devolverle la salud al espíritu. Aquello era un acto, una especie de happening

sentimental que a mí no me daba muy buena espina. Ahora, claro, es fácil decirlo. Quizá lo

más justo sea decir lo que entonces pensé: que Javier (o Bidón) seguía sin tener las ideas

nada claras.

Aquella exposición, en todo caso, tuvo fatales consecuencias para mí. Para empezar,

aquello ya no tenía nada de alternativo. Rostros populares, tipos con aire de cortar el baca-

lao y cámaras de televisión. Era como si una cofradía itinerante del glamour hubiese ajusta-

do su agenda para ese martes por la tarde en la galería Praga. A mí el único que me sonaba

era un poeta gordo con boina de resistente que presentaba un programa de vanguardia cul-

tural en la televisión. Eva me puso al tanto de casi todos los demás. Desde que volvieron de

viaje de novios, chupaba bastante televisión y los asuntos de los programas culturales se los

sabía al dedillo.

Javier estaba pero no estaba. Había mucha gente y la figura flexible y diminuta de

Antonia era difícil de ver en el bosque de sonrisas. No nos ha visto, dijo Bidón mientras
260

Eva se acercó a coger un canapé. Ya me había avisado de que no era imprescindible que

Eva supiese de su antigua relación con Antonia, de modo que ya en la fiesta sus apartes

conmigo eran casi una demostración de alivio. Algo así como decir todavía no nos ha visto,

pero siempre con ese miedo en la cara no fuese a ser que Antonia lo viera y se limitase a

saludarlo, o ni siquiera eso. Quizá fue esa, y no invocar a los celos, la verdadera razón de

que no se lo contase antes a Eva. En todo caso, se le notaba demasiado cada vez que Eva le

preguntaba por su amiga, si la había visto. Está muy ocupada, decía Javier, no es buen mo-

mento para saludar a los amigos. Yo creo que voy a acercarme a saludarla un momentín y si

luego si queréis nos vamos, que aquí no se puede estar de calor. En ese momento Eva me

puso al tanto de los rostros principales de la cofradía, casi todos actores de segundo orden y

exhibicionistas sin oficio concreto. Es que desde que nos hemos casado, dijo Eva, veo mu-

cho la tele. Trato de leer libros, pero siempre que leo letra impresa me salen otra vez las

leyes y me mareo. Con la tele descanso la vista. Estos zánganos me entretienen.

Lo dijo con esa simplicidad un poco siniestra de las mujeres que describen las tra-

gedias sin que se les arrasen los ojos. Todo en ellas tiene un aire de evidencia irreversible.

Hacen terapia del fracaso y en las reuniones sociales exhiben sus heridas de guerra. Yo es

que veo mucho la televisión, dicho en un ejercicio casi ascético de autodesprecio. Lo curio-

so es que ese comportamiento insano sólo lo exhibía cuando nos quedábamos hablando los

dos, y cuando estaba Javier yo notaba que le seguía la corriente y se dedicaba a preguntar

cuando ya los demás habían cambiado de tema. Conmigo se confesaba, yo noté que se con-

fesaba, la vi venir, tengo mucha experiencia en que me tomen de paño de lágrimas. Javier

seguía charlando con Antonia en un extremo de la sala. Hablaban los dos y a Javier se lo

veía nervioso desde lejos. Eva empalmó sin solución de continuidad con el tema de la pér-

dida de la autoestima.
261

Las luces excesivas de las cámaras nos pasaban de cuando en cuando, incluido un

payaso con gafas oscuras que hacía preguntas estúpidas. Pero hubo un flash que me hizo

volverme como si me hubiesen dado una colleja. Al girarme del todo, delante de mí tenía a

una chica con una cámara de fotos. ¡Güino!, me dijo, en tono primaveral. Tardé un instante

en reconocerla. ¿No te acuerdas de mí? Pues no, la verdad es que no, dije yo para ganar

tiempo y saber qué tenía que hacer. Te he visto hace un par de días, dijo. Eso sí que me

sorprendió. Era la fotógrafa que sin mi permiso se puso a tirarme fotos en el casting aquel

tan lamentable, me pongo colorado sólo de pensarlo. Pero eso había sucedido meses atrás,

no hace dos días. ¿Hace dos días? Sí, dijo, y en la boca de un horno: yo también trabajo

para Julio.

Era bastante joven, como todos los operarios de Palomares, no más de veinticinco

años, y no desentonaba nada con el aire radical y selecto que se respiraba en el sarao: lleva-

ba mallas de flautista callejero y el pelo cortado a tijeretazos y teñido de rojo. Era una de

esas chicas que de vez en cuando recuperan la estética punk con pedrería de reciclaje y las

ojeras bastante marcadas. En seguida se la presenté a Eva: mira, Eva, una amiga que me

debe unas fotos. Dijo que se llamaba Gloria. ¿Es tu novia?, preguntó Gloria. No, es la mía,

dijo Javier, que en ese momento se unió también a la conversación. Javier cogió de la mano

a Eva y nos pidió disculpas: ven, cariño, voy a presentarte a Antonia. Lo de cariño sonó

igual de mal que antes lo de mujer y lo de exorcizar. Gloria y yo nos quedamos solos. Volví

a mirarla, bebí un trago del vaso largo y le pregunté: ¿también me has hecho fotos en casa

de Julio? De momento no, dijo ella, pero Julio me pidió que me fijase en ti el día que fueses

a visitar el taller.

Hay algo desconcertante en quienes siempre parecen decir la verdad. Decirme que

Palomares quería sacarme algunas fotos y que me hacía pasar delante de su horno para que
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una fotógrafa escondida bajo una máscara autógena me tomase las medidas (o quizá me

filmase con una microcámara empotrada en la máscara, vaya usted a saber) era una verdad

dicha con toda soltura juvenil, pero yo no sabía con qué motivos. Palomares y yo, le dije,

no hemos hablado de fotografía. Y tú y yo tampoco, dijo ella. Tampoco necesitas permiso,

le contesté. A partir de ahora sí, dijo, y me ofreció su vaso para que brindásemos. Para mí

era una fotógrafa desaprensiva que me había cazado varias veces en situaciones incómodas,

vestido pero más expuesto, más desnudo por dentro, una vez tratando de reclamar mis dere-

chos y la otra soportando la salmodia eslava de la pobre Eva, que no acababa de recuperar-

se. Pero no podía evitar que la Gloria aquella me cayese bien. Tenía cara de Pipi Calzaslar-

gas, redondeada, pelirroja, pecotosa, con esos dientes grandes y separados que siguen es-

tando fuera cuando se termina la sonrisa. Quizá fue su juventud, su determinación, sus an-

drajos celtas y su espléndida cámara fotográfica, su pelo rojo y su sonrisa contagiosa. Algo

que me hizo blando y amigable, solidario en cierta clase de pureza estética que allí no

abundaba, correligionarios de ironía, de estar allí obligados, casi invisibles entre aquel fo-

llón de latas machacadas por la prensa del corazón.

Javier y Eva vinieron cuando estábamos hablando Gloria y yo de por qué no me

gustan las fotos. Es un argumento que tengo siempre a mano cuando quiero impresionar. Le

dije que a los modelos nos gusta que nos miren seres humanos, que sepan que nos están

mirando. Ella dijo, no podía decir otra cosa, que el punto de vista de la fotografía era tan

humano como el del pincel, y necesitaba tanto tiempo o más. Eso ya no me lo creo, dije, y

en eso regresaron Eva y Javier. Entonces Gloria vio las ganas que Javier tenía de marcharse

y adelantó las últimas frases de lo que me tenía que decir. Tengo unas ideas que me gustaría

comentarte, dijo, yo te las explico y tú decides. De acuerdo, ya lo pensaré. Javier se despi-

dió con prisas. Yo creo que no estaba enterándose de nada. La mano le temblaba. Me pare-
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ció ver a Eva un poco más seria que de costumbre. Antonia danzaba entre los focos. Nos

vemos el lunes, le dije a Gloria, con naturalidad y desenfado, como se despiden los compa-

ñeros de curro. Ella me mandó un beso con la punta de los dedos.

Estaba rodeado de mujeres. El tiempo libre había que gastarlo en acompañar a unas,

consolar a otras y hacer favores a las demás. Qué afortunado soy, pensaba, cuántas mujeres

tengo a mi alrededor. Pero la verdad es que ninguna estaba lo suficiente alrededor, ninguna

me hacía perder los estribos y violar una especie de voto de castidad muy llevadero en el

que me había instalado desde hacía tiempo. Todas tenían alguna imposibilidad moral o no

me terminaban de gustar. La larga travesía del celibato es más soportable si nadie te gusta

lo suficiente, si da pereza empezar con la danza nupcial, llamar a alguien, reorientar una

conversación hacia terrenos más comprometidos, dar el paso último que hay que dar para

que todo se explicite y segundos después estemos dando vueltas en el suelo como los ani-

males. Pipi había sido la única (descontando quizás a Marisa, que me miraba con intención)

en quien hubiese podido desplegar no ya mis artes sino tan sólo mis deseos, el hecho de

apetecerme alguien. Pero era demasiado joven, y demasiado inquieta. Y había algo que nos

alejaba sin remedio: ella me miraba pensando en su cámara, y yo para ella podía ser no mu-

cho más que el caballo aquel blanco con topos negros que se llamaba Nelson, creo.

Pronto hicimos una buena amistad. Rosita me pregunta muchas veces por qué sepa-

ro el sexo del amor, por qué si alguien es mi amiga ya no puede ser mi amante. Yo siempre

le digo lo mismo: el sexo es demasiado perruno para ofender con él a los amigos. Pero ella

no lo acaba de entender. La amistad, por otra parte, exige horas de conversación, de temas
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que se repiten, de gestos involuntarios que afean el rostro, de modos de sorber la sopa, de

pequeños olores que a veces se escapan. La amistad acerca demasiado, y el sexo requiere

distancia, capacidad para bajar al sótano de tu comportamiento. Hablé con Gloria un par de

veces esa semana. En la primera entrevista ya pude controlar la dirección de la libido (pero

no la libido, que ya estaba suelta y me costaría volver a meterla en vereda). Gloria quería

sobre todo hablar de su proyecto, de las ideas que yo le había dado al mirarme. Quería fo-

tografiarme lleno de barro, en posturas primitivas, coreografías elementales con otros cuer-

pos excesivos de amigos suyos que también querían participar desinteresadamente. Yo es

que no tengo un duro, dijo.

Después de aquello, ya era imposible cualquier idea libidinosa. Parecería que me es-

taba cobrando en especie. El no aceptar habría sido ya señal de que prefería otra oferta más

jugosa. Teniendo en cuenta cómo se toman sus ideas los artistas jóvenes, la desinhibición

propia de su edad, a Gloria, pensaba yo entonces, le habría salido barato seducirme, incluso

podía resultar una ganga, como una atracción de feria que consiste en jugar a Pigmalión y

tirarse gratis a una musa de la infancia, a una estatua de animal hermoso.

De momento le di largas. Sólo me faltaba una obsesión femenina. El sábado próxi-

mo lo tengo ocupado, le dije, entre semana la verdad es que ya no me quedan horas para

posar y aun así creo que estoy forzando demasiado la máquina. ¿Y el domingo?, dijo ella,

su tierna inquietud, decidida con valor a una misión extravagante, como cuando Pipi le de-

cía algo a Tomy y Anika. Las mujeres pecotosas que tienen las pestañas rubias y los ojos

claros y la boca muy grande tienen una simpatía que en ocasiones te lleva a meter la pata.

Sí, le dije, el domingo. Toma mi número y llámame por teléfono el domingo a mediodía, a

lo mejor podríamos hacerlo un rato por la tarde. No supe decir que no.
265

Esa noche llegué a casa un poco descorazonado y había un mensaje de mi suegra.

Hola. Güino. Cómo estás. Por aquí todos bien. Te llamo para decirte que ya he encontrado

casa, y que vamos a ir con Remedios y Violeta este fin de semana para llevar los muebles

con una furgoneta que me va a alquilar un vecino. Repito...

Llamé a Remedios de inmediato. Le dije pasa esto, Remedios, mira lo que me ha di-

cho tu madre. Ya lo sé, dijo ella, y se echó a llorar. Pero mujer, pero mujer, le dije yo, no te

pongas así. Yo pensé que no era capaz, dijo Remedios, y a lo que me di cuenta vino a ver-

me con las escrituras de la casa que se acaba de comprar en un pueblo. Dice que fue en un

viaje del inserso y la vio y le gustó mucho y la compró. Así, sin más, sin encomendarse a

nadie, sin consultar con nadie. Y dice que le ha costado cinco millones de pesetas y que

tiene huerto y todo. A saber lo que se habrá comprado. Y dice que la mudanza la hace este

sábado porque no sé qué de una furgoneta y un vecino y ni siquiera sabemos cómo está. Yo

no sé qué hacer, Güino, yo no sé qué hacer.

El sábado de madrugada nos pusimos en marcha. Luisín, el vecinito de toda la vida,

un señor de casi cincuenta años (cuya madre por cierto estaba muy afectada por la decisión

que había tomado Juana, sin consultar con las amigas ni con nadie), se prestó a llevar los

muebles en la furgoneta del trabajo y volverse a traer la furgoneta ese mismo sábado. A la

hora de cargar y descargar se hacía un poco más el sueco, siempre se lo veía cargado con

objetos que no pesaban nada, mientras Remedios y yo bajábamos el tresillo por la angosta

escalera. Tampoco había muchos muebles que bajar, pero eran los muebles, el comedor

completo que el padre de Juana talló en madera de plátano antes de la guerra y que siempre

estuvo en una habitación cerrada. Juana sólo lo abría para las visitas, y lo primero que les
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decía al entrar era que así no se veían bien los muebles, que faltaba espacio, que a ver si un

día lo podía poner en un sitio donde se luciese más. Eran un par de sillones de oreja tornea-

dos, un tresillo a juego de dos plazas, un aparador con alas de mariposa y una mesa con

patas de avestruz. Yo siempre le dije a Juana que no era poco el espacio, que así, un pelín

rebutido, se apreciaba mejor el modernismo, que a lo mejor en un sitio más grande quedaba

un poco desangelado. Tampoco eran piezas maestras sino reproducciones hechas, eso sí, en

madera muy buena. Juana mantenía el brillo claro del plátano limpio como la patena, desde

que se jubiló le pasaba el polvo todos los días. Siempre contó que la madera la trajo su

abuelo de Marruecos, y que su padre luego la talló. Era su única herencia familiar y era lo

único que se llevaba. El resto de los muebles, dijo, me los voy a comprar nuevos.

Yo me las vi en cuentos para desmontar las alas del aparador sin que se me rompie-

se nada, con la atenta mirada de Juana diciéndome que tuviese cuidado que yo soy un poco

manazas, y Remedios y yo las pasamos canutas para que no se me venciera el cuerpo del

aparador encima de las costillas. Juana y Violeta bajaron las alas con cristales de colores.

Luisín, mientras tanto, vigilaba la furgoneta, y cuando venía algún coche le daba la vuelta a

la manzana y volvía a parar en el mismo sitio.

Las tres mujeres se fueron delante con el coche y Luisín y yo llevábamos la furgo-

neta. Hacía un sol de julio y la furgoneta no llevaba aire acondicionado. Luisín no pasó de

ochenta. Eran las tres de la tarde y aún no habíamos llegado. Juana me llamaba cada veinte

minutos por teléfono, parecía que estuviésemos transportando las joyas de la reina. El pai-

saje, sobre todo hasta llegar a la depresión del Río Seco, es árido y grisáceo, como desgas-

tado por el sol. Pero en pasando El Pedregal la tierra se hace más roja, y en los valles secos

pueden verse diferentes tonos de amarillo, y al fondo se recortan montañas de color azul.

En esas tierras todo está muy cerca de los colores fundamentales. Hacía un calor seco, plo-
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mizo, de siesta en el pueblo.

La villa de Pomona está enclavada, nunca mejor dicho, en varios promontorios so-

bre una gran depresión de arcilla. Forma como un archipiélago sobre un pequeño mar sin

agua, y todo está cosido por los puentes pero para llegar a ciertos barrios hay que subir y

bajar cuestas empinadas varias veces, sobre todo si uno va a la zona más elevada, en las

faldas del cementerio.

La casa de Juana es el número catorce del Camino del Calvario. La calle tiene varias

revueltas empinadas y en una de sus curvas, haciendo chaflán, hay una pared blanca de cal

con un balcón lleno de geranios. La puerta está más arriba, en la pared que da al norte y a la

umbría de la callejuela. Allí hay otro balcón y una puerta de dos hojas horizontales, de ma-

dera vieja tachonada con clavos de cabeza piramidal, como son las puertas de las casas en

los pueblos. En estas ciudades pequeñas los suburbios son rurales y los centros provincia-

nos, aunque ahora hay un segundo anillo de afueras que no son los arrabales, que son los de

la gente pudiente que vive en el chalet, de modo que el olor a corral y las boñigas de mulo

se restringe a lo que queda o en el fondo del mar vacío o en las alturas peladas del cemente-

rio. Por la pared que da a la parte de atrás, teniendo en cuenta que el desnivel de las dos

calles a las que tiene salida es muy pronunciado, la casa se abre, en un nivel inferior, a un

pequeño huerto y un corral que se ven desde fuera. Están cercados por una valla de ladrillo

de un metro de alta, encima de la que se extiende una tela metálica oxidada y algunas ramas

secas de parra virgen.

La casa, con su planta de trapecio invertido, no era un caserón de pueblo pero sí lo

bastante amplia. Tenía, en la parte de abajo, una cocina muy hermosa que daba al corral y

le entraba el sol toda la mañana, con su mesa grande en el centro para hacer allí la vida y no

tener que irse a la otra habitación, la que daba a la calle. El vestíbulo era amplio, empedra-
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do con cantos del río, suelo de llegar con las botas llenas de barro y de estiércol y dejar col-

gados los aperos. Esta pequeña entrada, que tenía un zócalo de plástico marrón, daba, por la

puerta de la derecha, a unos escalones de techo bajo que bajaban a la panera y al corral.

Entre esta puerta y la de la cocina estaba el baño, muy estrecho, poco más que un cagadero

que antiguamente dejaba pasar las heces a la pocilga para que se las comiesen los cerdos.

En la parte de arriba tenía tres habitaciones, las tres con mucha luz. Una daba al huerto, otra

a la calle y la otra era el balcón que se veía en el chaflán. En total tendría, sobre poco más o

menos, unos cincuenta metros por planta.

Y tampoco estaba en malas condiciones. Cuando yo llegué vi a Remedios muy

aplacada, se le había pasado el sofoco. Juana y Remedios estaban discutiendo en tono de

mutua colaboración dónde poner el comedor del abuelo. Remedios decía que en la parte de

arriba, sin ninguna duda, y que abajo pusiese su habitación, al lado del baño y sin escaleras

que subir, porque arriba mamá no tienes baño, y no vas a estar subiendo y bajando a todas

horas las escaleras. Juana decía que también la tendría que subir y bajar así, porque los

muebles los tenía que limpiar igual y a las visitas no las iba a recibir en la cocina. ¿Pero no

te parece que has subido ya suficientes escaleras, mamá? No me vendrá mal un poco de

ejercicio, hija. ¡Ya lo creo que ejercicio, menuda cuesta tienes para subir a casa! Desde el

arco tampoco es tanto, y además el sitio es muy bonito, decía la abuela, embargada por la

ilusión. Juana se refería al arco de un acueducto que en el siglo XVI transportaba el agua

desde estos montes pelados al islote principal de la ciudad, donde está el centro histórico.

En un piso de arcadas inferior al conducto del agua tiene una pasarela que conecta con el

número 6 del Camino del Calvario, a pocas puertas de la casa.

Pero no había discusión real. Al ver la casa, Remedios planteó una estrategia más

inteligente, convencerla de que aquello era un espléndido lugar de veraneo donde irse a
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pasar los meses más calurosos de Madrid, pero que en invierno allí no se podía estar porque

la casa sólo tenía calefacción en la parte de abajo. Allí en invierno se tenían que joder de

frío. Eran exageraciones de Remedios, dichas en buen tono, en el tono veraniego de estar

todos juntos haciendo algo y revisar la instalación del gas y mirar las vistas que se ven des-

de las habitaciones. A Remedios ni siquiera le pareció deprimente vivir en la estación de

Jesús atado a la columna, a pocos números del purgatorio. La casa, por lo demás, no estaba

desvencijada. No había camas en las habitaciones ni platos en las alacenas, pero todavía

quedaba el aire de haber vivido, las huellas todavía calientes de alguien que acababa de

morir y sus hijos, tras el expolio de las vajillas y los muebles, habían vendido la casa para

repartirse las perras y se habían vuelto a ir a Barcelona. Quedaba una mesita baja de cocina

que debía de servir para escoger verdura. Quedaban las flores de plástico para tapar el con-

tador del agua. Quedaban las pilas de granito, y el suelo de pequeñas losas rojas muy pulido

por debajo de las huellas de polvo de los hijos cuando vinieron a llevárselo todo. El peque-

ño huerto aún tenía coles florecidas, plantadas por un muerto, y el estiércol del corral aún

no era una costra seca que para levantarla la tuvieses que picar. Y eso le daba una verosimi-

litud, un imaginarse que allí no se tiene que estar mal. Pero también estaba un poco la pre-

sencia de la muerte, la casa vieja que sobrevive a sus fundadores en manos de otra vieja que

tampoco tardará mucho en morir. De eso no se dio cuenta ninguna de las tres.

Quizás de todas a la que más le gustó fue a Violeta, que se subió enseguida a la par-

te de arriba y dijo que ella la habitación que quería era la que daba al huerto, que desde allí

se veía la silueta de las torres de las iglesias recortadas en el cielo. Eran las tres de la tarde y

estaba loca por ver la puesta de sol desde aquella ventana. Bueno, bueno, decía Remedios,

que aquí hay mucho que hacer. Menos puestas de sol y más organización, que aquí hay que

fregar mucho, que esto huele a deshabitado. Y habrá que comprar camas, y vestir la cocina,
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y darse de alta en la luz, y en el agua, y pintar, que este papel de las paredes es del año de la

pera. Luego ya tendrás tiempo de mirar las puestas de sol.

Fuimos a comer a un restaurante de comida tradicional pomonera que venía anun-

ciado en la guía: chorizos, morcillas, longanizas, patas de ternasco y una cosa que allí le

dicen güeña y es como el chorizo bofeño, hecho de las vísceras del cerdo, sobre todo de los

pulmones. Yo me pedí unas sopas de ajo y unos huevos fritos. Durante la comida planifica-

ron la instalación. Esa misma tarde ya iban a dedicarse a arrancar el papel de las habitacio-

nes. Dormirían en una pensión y al día siguiente volverían para darle una mano de pintura,

por lo menos a la parte de arriba. Yo sugerí un tipo de pintura, una mezcla y un color que

queda muy bien en este tipo de casas rurales, un temple con azul brasso que además ahu-

yenta a las moscas. ¡Si vienes tú a pintarlo todos los años...!, dijo Juana. No he dicho nada,

dije yo. Pero ellas se tomaron un poco a guasa mi propuesta y fue Violeta la que primero

me animó a que decorase la casa. ¡A ver si te vas tu a pensar que soy rica, mi niña, que me

he quedado en la cuarta pregunta!, le dijo la abuela. Pero añadió, muy en abuela: ya sabes

tú que no. Y estaban todas de pronto muy contentas e incluso Remedios me dijo que les

diese alguna idea, luego con el tiempo ya la irían haciendo cuando viniesen a pasar unos

días en vacaciones.

Habíamos invitado a comer a Luisín, que se infló de chorizos y después dijo que se

iba a la furgoneta a echar la siesta, que luego cuando bajase un poco el sol y hubiésemos

acabado se volvería a Madrid. ¡A ver si te vamos a despertar cuando estemos descargando

los muebles, Luisín!, le dije yo. Remedios no pudo reprimir un brote de carcajada, una son-

risa cómplice y festiva que no le había visto dirigirme desde hacía mucho tiempo. Yo no

sabía qué hacer, si quedarme arrancando papel de las paredes después de transportar los

muebles o volverme a Madrid con Luisín y al día siguiente posar lleno de barro para Pipi
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Calzaslargas. Si me quedaba, estaba implicándome demasiado en ese sueño femenino en el

que sin embargo no había un dormitorio para mí, porque la habitación de Juana quedaron

que estaría abajo y arriba el saloncito de plátano y las habitaciones de Remedios y de Viole-

ta, y les adjudicaron sus nombres y el mío no lo nombraron para nada. A mí me meterán en

la falsa, pensé.

Ya desde el principio había dicho que yo tenía que estar en Madrid. Es más, les dije,

tampoco pasaría nada porque os vinieseis todas y me llevaseis allí y os tomaseis todo con

más calma, que acabáis de llegar y ya estáis fregando. ¿No os apetece más dar un paseo por

la ciudad, tener nuestras primeras impresiones, visitar los monumentos de Pomona, no sé,

inspeccionar el lugar? Yo lo que quiero inspeccionar es mi casa, dijo Juana. Me sorprendí

diciendo lo que debería decir Remedios, que sin embargo había sido vencida por el entu-

siasmo de su madre, se había dado cuenta de que era ese el momento de hacerla feliz, de

arremangarse y ganarle tiempo al tiempo. Los viejos, cuando empiezan a ser viejos, están

llenos de prisas. Incluso Violeta por primera vez había sonreído desde que ocurrió lo que

ocurrió con el latín, y decir que ella se quedaba con la habitación que daba al huerto era la

primera muestra de ilusión que su madre le había visto dar desde que terminaron los exá-

menes. Todo eso la hizo ceder.

Y yo también cedí. Dormimos en la pensión del Tordo, una antigua estación de ca-

rromatos rehabilitada, en la parte del casco histórico donde se ven algunas ruinas de la mu-

ralla medieval. No tenía ni un teléfono donde llamar a Gloria. La iba a dejar colgada. No

hubo sin embargo muchas dificultades en tomar la decisión. Faltar a mi palabra era, en cier-

to modo, darle su merecido, y de paso escapaba de la quema de su atracción, reconducía mi

libido. En la pensión cogimos cuatro habitaciones. Invitaba Remedios.


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De vuelta en Madrid me excusé como pude. Fui a la escuela sin apenas haber dor-

mido, con el cuerpo lleno de magulladuras internas, distensiones musculares y agujetas en

general. Remedios, al llegar, cuando entrábamos por María de Molina para dejarme a mí en

casa, me preguntó si quería que Modualdo, el médico de guardia de la clínica, me firmase

una baja. No puedo, dije, mañana tengo un examen. Era el examen final de los alumnos de

dibujo II de Pilar Guijarro, y yo le pedí que no se lo pusiese muy difícil, que estaba balda-

do. El aparador de plátano no cabía por las escaleras y lo tuvimos que meter por el corral,

yo solo me tuve que arrancar entera la habitación de Violeta, y pintar los techos subido en

un cajón de fruta. Hasta las ocho de la tarde del domingo no plegamos para cenar algo y

volvernos a Madrid. Se lo dije a Pilar Guijarro y ella me dijo que era un examen final, que

tampoco podía tumbarme en el suelo todo lo largo que era. Yo le dije que luego me tocaba

Palomares, y Palomares me había cambiado la postura y ahora terminaba con los hombros

destrozados. Al final cedió y negociamos un soldado herido, que tampoco es moco de pavo.

La pierna derecha está flexionada, apoyada sobre el pie, pero tan abierta que su peso entero

acaba recayendo sobre el recto interno y en el aductor. El tronco gira hacia el lado contra-

rio, de modo que aunque me apoye en el antebrazo izquierdo el deltoides tiene que estar

tenso para que el abdomen, ya que no puede marcar los abdominales, se vea estremecido de

dolor y de cansancio, aunque la herida está en el muslo, que es donde hieren a los héroes

griegos y a los toreros, y el soldado se la mira girando mucho el cuello hacia la derecha

porque el agotamiento le ha vencido la cabeza hacia la izquierda. La espalda, lo que más

me preocupaba, no podía estar a sus anchas, los músculos infraespinosos que recubren los

omóplatos de los dos hombros casi se tocaban, porque con la mano derecha tenía que ejer-
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cer en el suelo presión para que se me notasen los serratos en la parte exterior del pectoral.

Lo único que tenía descansado era el culo, que me dejó apoyarlo en un cojín. El cojín no lo

dibujéis. El cojín como si no estuviese, les dijo Pilar a los alumnos.

Estuve toda la mañana herido. En los descansos trataba de librarme de los compañe-

ros, me recluía en el vestuario, tumbado sobre uno de los bancos corridos, y trataba de no

pensar. Pero fue imposible. Rosita, que me había dejado en paz hasta media mañana, entró

en el penúltimo descanso, entre nerviosa y asustada, y me preguntó si yo sabía dónde estaba

Alfredo. Yo no sabía nada, lo mismo que ella. ¿Has visto a Bidón?, dijo. Ha estado aquí

hace un momento, le dije. ¿Ocurre algo? Tengo que hablar enseguida con Bidón. Ya iba a

marcharse cuando Rosa se volvió desde la puerta y me lo dijo: Eduardo va a dictar una or-

den de búsqueda y captura contra Alfredo. Es un hijo de puta. Se está vengando de que lo

he dejado.

Las cosas, al parecer, no eran del todo así. Bidón dijo que si Palomares retiraba la

denuncia todo podría sobreseerse, pero que de momento el único que estaba cometiendo un

delito de prevaricación era Eduardo. El padre, el magistrado del Tribunal Supremo, estaba

siendo siempre investigado por sus enemigos de la Asociación de Jueces para la Democra-

cia, y había presionado a Eduardo para que sacase adelante su trabajo con toda rectitud. El

padre se había enterado del asunto por Eva, que siempre hablaba a destiempo, y amenazó a

su hijo con dejarlo en Astorga para el resto de sus días si no cumplía con sus obligaciones.

Eduardo, dolido con Rosa, lleno de dudas y contradicciones, metido en el hotel sórdido de

Astorga, había firmado la orden como quien firma una condena de muerte. A Alfredo, lo

más probable, nadie le haría nada. Era viejo y su delito insignificante, no pasaría más que

un par de noches en la comandancia y luego lo traerían al piso de Tetuán y le dirían que se

estuviese quieto. La condena de muerte que estaba firmando Eduardo no era para matar al
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viejo Alfredo sino cualquier mínima posibilidad de reencuentro con Rosa.

Bidón, al contar todo esto, babeaba bastante. Pobre Eduardo, está hecho polvo, de-

cía, y se preguntaba por qué tenía que afectar esto a su relación con Rosa, que estaba pa-

sando por una crisis muy seria, tratándose además de un tipo tan despreciable como Alfre-

do. No lo entiendo, decía Bidón, no lo entiendo, no entiendo que te puedas molestar por ese

tipo. ¡Tú no entiendes nada y llevas encima una torrija que no te aclaras!, le dijo Rosa, y

añadió algo que me dejó helado: si yo me acosté la primera vez con esa bola de sebo y

aguanté a la estúpida de su madre fue para que no metiesen en la cárcel a mi compañero.

¡Lealtad! ¿Lo entiendes, artista de mierda? ¡Lealtad!

Fue una discusión bastante fuerte. Rosa estaba muy disgustada. Se le quebraba la

voz al decir palabras elevadas y se le arrasaban los ojos. Rosa muy disgustada no obstante

insulta menos que cuando sólo se acalora. Habla más en serio. ¡Y a ver si le dices a la boba

de tu mujer que aprenda de una puta vez a no hablar cuando no toca! Bidón no daba crédi-

to, se le veía con ganas de entrar en reyerta. Rosa estaba hablando demasiado en serio, no

se la podía interrumpir. Yo escuchaba la escena tumbado sobre el banco del vestuario y no

hacía ruido. Bidón estaba padeciendo entonces un enchochamiento agudo que lo mantenía

fuera de la realidad. ¡Tú no eres quién para llamar a nadie boba, Rosita, sobre todo tú, que

no sabes leer ni escribir! Al oír eso me incorporé. ¿Cuándo han firmado la orden?, dije, con

voz muy grave. Aún no la han firmado, dijo Bidón. ¿Y a ti quién te ha avisado?, le pregunté

a Rosita. Se lo había dicho Eduardo, y le había dado una semana para localizar a Alfredo.

Muy bien, dije, levantándome del todo. ¿Quién de los dos va a hablar con Palomares? Yo sí

voy a hablar, desde luego, dijo ella. Mañana mismo.

Pero quien iba a verlo esa misma tarde era yo. Comí lo más rápido que pude y me

arrojé en brazos de Konchakova. Tenía tantos principios de lesión que no pude concentrar-
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me en el masaje porque a cada momento iba avisando a Concha de dónde llevaba colocadas

las minas intramusculares. Me cogí un taxi (ya no estaba para metros) y me fui a casa de

Palomares. Al principio no le dije nada. Prefería sacarlo a la conversación, dejarlo caer. En

las tres horas de pose tendría tiempo para encontrar las palabras, las suyas y las de Txús, a

quien debía darle luego, si la encontraba en el taller, alguna buena explicación.

Palomares me tenía entonces en una postura muy incómoda. En casi dos semanas

que llevábamos me había tenido primero en observación, sentado o de pie pero con el cuer-

po a su caída, o en posiciones propias de quien va vestido. Hablaba de que la desnudez sólo

lo es cuando está oculta. El modelo que se sabe desnudo posa recubierto por la seda profe-

sional (en eso tengo que reconocer que Palomares tenía razón), o si no, si no es un modelo,

es la vergüenza la que los tapa. La desnudez absoluta ni siquiera es para él la del voyeur

clandestino, que no obstante se acerca mucho, sino la de quien ni siquiera se siente desnudo

y por tanto no modifica su cuerpo en absoluto con criterios demasiado humanos. El caso es

que me tuvo al principio leyendo el periódico con las piernas cruzadas, o sentado en una

silla de enea como si estuviera cantando una bulería, o agarrado a una barra como si fuera

en el autobús. Entonces tomó apuntes de mi cuerpo, acuarelas veloces, croquis a carbonci-

llo, pero un día dijo que ahora me quería ver desde el otro punto de vista, y que a partir de

entonces íbamos a ensayar posturas mitológicas: Ulises atado al mástil, Edipo con los ojos

arrancados, Prometeo tirando del arado, en castigo por haber inventado la agricultura. Ese

día me tocó empujar una pared, me pasé la tarde tirando de los riñones. Cada vez que me

relajaba, cada vez que mantenía la postura pero distendía los músculos, reaparecía en Pa-

lomares el profesor discípulo de Barrachina. Perdona, Güino, pero no veo los oblicuos. Con

las manos abiertas apoyadas en una estantería de libros como si la estuviese sujetando, la

cabeza baja, la mueca del esfuerzo y un engranaje de fuerzas que se concentraban en la


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zona lumbar y en la dificultad de aparentar más fuerza de la necesaria, encontré las palabras

para sacar el tema. Él mientras tanto se dedicaba a recordar las clases de cuando era joven y

las aprovechaba para teorizar. Tú tienes las dos plenitudes, Güino, eres un Sísifo impresio-

nante y un perfecto usuario del autobús. Y todo con esa contensión...

En uno de los descansos me puse la bata y se lo solté. Quería comentar algo, le dije.

Dime, dime, dijo él, amable conmigo aunque sólo fuera porque mientras estaba en el estu-

dio no consentía que nada perturbase su felicidad. Necesito que se retire la denuncia que

hay puesta contra Alfredo, le dije. Él terminó de secarse las manos, sonrió mientras se me

acercaba y cuando estuvo de nuevo en su silla se sentó, me miró y me dijo: ¡Vaya, hombre,

ya era hora...! Cruzó las piernas con parsimonia, rellenó la pipa de tabaco sin dejar de reírse

en voz baja. Se tomó todo el tiempo del mundo en atacarla, encenderla, chuparla y tirar el

humo. Luego dijo: ¿qué ocurre? ¿Ya han dictado la orden de búsqueda? No, dije yo, y co-

mo no sabía por dónde salir, dije la verdad: pero si no se retira la denuncia la van a dictar.

El juez lo dejó libre pero se tenía que presentar cada quince días y Alfredo no ha vuelto. En

su casa no está. Dejó el trabajo semanas antes de jubilarse, se fue a Astorga, hizo aquella

tontería y cuando el juez lo dejó libre desapareció. No sabemos dónde está.

Yo sí, dijo él, con la pipa en los labios, y tampoco estaría mal que volviese a salir en

los periódicos. Aquello fue muy aparente... Qué va, qué va, dijo apartando el humo con la

mano. Todo es evitable, dijo, y con esto no estoy insinuando nada, faltaría más. ¿Cómo

puedo intervenir yo? ¿Retiro los cargos? Todos sabemos que no le va a pasar nada. Tampo-

co es cuestión de castigo. Si lo fuesen a meter en prisión para el resto de sus días yo mismo

lo habría evitado, pero esto es un delito menor. Él también tiene que saber que es un delito.

Los modelos estáis locos. Los modelos, tarde o temprano, os volvéis locos. Alfredo siempre

ha sido un borrego, acata lo que le ordenan, sobre todo lo que le ordena Barrachina. No
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saben medir. Si tienen odio, lo llevan hasta el final. Por si no lo sabes, Güino, el día que

Tejero entró en el Parlamento, que tú no estabas en la escuela pero yo sí, Alfredo vino con

una camisa de Falange a trabajar y... Pero en fin, hagamos una cosa. Yo te digo dónde está

y tú me hases un favor. Nadie tiene por qué enterarse. En realidad el favor se lo harás a

Alfredo porque yo retiraré la denunsia. Alfredo no tiene por qué darse cuenta de nada...

Ponte otra ves en la misma postura de antes y te lo explico.

Lo más inmundo de su idea es que no estaba movida por el orgullo sino por la cu-

riosidad. Alfredo ya no iba a volver a posar. Ya tenía sesenta y cinco años, y aunque quisie-

se no podría. Palomares se dejó de sonrisas y causticidades y adoptó un tono casi melancó-

lico. Lo sabía todo. Sabía punto por punto el recorrido que hizo Alfredo desde la cárcel de

Astorga hasta su actual refugio. Al principio lo hizo porque tuvo un sentimiento paranoico,

y cuando supo que el juez había soltado a Alfredo temió por su vida. Se dejó llevar por la

psicosis de que cualquier persona importante puede ser asesinada. No necesitó ni contratar

un detective. Se daba la cómica casualidad de que Alfredo se estaba escondido en un lugar

de cuya existencia sólo sabía quien lo estaba persiguiendo.

La conversación se prolongó hasta casi las diez. Yo me marché con el compromiso

de dar una respuesta. Habla con Marisa, me dijo Palomares, ella te dará lo que necesites.

Había anochecido, Marisa se había marchado ya a su casa. Al llegar al vestíbulo pasé junto

a la puerta del taller y me acordé de Gloria. Supuse que en el taller tampoco habría nadie,

pero Gloria estaba allí, sentada en el banco del alfar. Me excusé como pude. Se lo conté

todo de golpe y con muchas exageraciones hasta que provoqué una sonrisa no sólo cordial,

y luego le dije que estaba a su disposición, que si ella quería esa misma noche lo podríamos

hacer. No era consciente de mis propios excesos. El cuerpo se me había adormilado y entre

la bruma del cansancio no podía distinguir las agujetas. Pero ya me daba lo mismo.
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¿No estás muy cansado? Podemos dejarlo para otro momento, no te preocupes, de-

cía Gloria, agradecida de que no la hubiese olvidado. Yo advertí eso a la primera (lo vi ya

claro incluso el día de la exposición de Antonia) y me hacía sentir en una posición de fuer-

za. Me imagino, le dije, que nada de esto irá a manos de Palomares. Y ella me juraba y me

volvía a jurar que era asunto suyo y sólo suyo, con una insistencia infantil y femenina, in-

genua y tenaz. A mí en el fondo me daba lo mismo, y si accedí a posar para ella no fue por-

que me hubiese encandilado, o porque se hubiese ablandado mi corazón, o porque quisiese

ayudar a los artistas jóvenes, o porque me la quisiera tirar. Mucho más allá de todo eso,

para mí era la oportunidad de no obedecer, de ser yo mismo quien eligiera las posturas, ser

mi propia obra, captada por el ojo que no mira. Y el placer de gobernar el propio cuerpo

hacía más atractivo incluso que las fotos llegasen a manos de Palomares, porque serían más

trabajo mío que de Gloria y porque Palomares sabe ver en donde hay. Tampoco quería te-

ner nada con ella, o más bien sabía que no iba a tener nada con ella. Y esa certeza me des-

inhibía.

El reto era sorprenderla. Hacer cosas que ninguno de sus colegas sería capaz de

hacer. Gloria me daba licencia para ser obsceno y primitivo, y en última instancia, pensé,

un baño de barro no le iría mal a mi espalda. ¿No vas a llamar a tus amigos?, le dije, porque

en el fondo prefería tener público, eliminar cualquier censura derivada del deseo de agradar

a una persona en concreto. Bueno, dijo ella, es un poco tarde, y viven bastante lejos. Si

quieres te las puedo hacer a ti solo. Luego puedo pensar en composiciones, a ver qué tal

salen.

Al fondo del taller a mano izquierda había una tarima triangular bastante grande

donde los operarios del barro solían moldear las figuras. A uno y otro lado estaban las dife-

rentes maquinarias del alfar, desde un torno antiguo hasta un horno como un dragón. Allí
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Gloria había colocado unas cortinas de tela de saco almidonada como las que se ponen en

los nacimientos, y había esparcido el suelo de la tarima con hojas podridas del otoño ante-

rior. Con el calentador de arcilla preparó un caldero de barro muy espeso mientras yo me

desvestía. Apagamos las luces blancas del taller y Gloria conectó unos focos rojos y amari-

llos que difuminaban el fondo de cartón piedra y una luz violácea, mortuoria, que me ilu-

minaba a mí. Me acerqué, ya desnudo, para ayudarle con el caldero de arcilla. Ella retiró la

vista de mi cuerpo en el momento en que bajé de la tarima. Llevaba puesto el mono de tra-

bajar y el pelo recogido con un pañuelo de pirata. ¿Echamos el barro en el suelo y tú te re-

vuelcas o quieres que te pinte yo?, me preguntó. Utilizó el verbo pintar, de eso me acuerdo

como si estuviera pasando ahora, así que le dije: depende de lo que quieras, si un hombre

revolcado en el barro o un cuerpo pintado de barro. Sí, claro, dijo ella, y me dio la impre-

sión de que no había caído en la cuenta de la diferencia.

Yo iba un poco sobrado, tengo que reconocerlo. Me comportaba como el actor con

muchos años de oficio que trabaja para un director novel y tiene que avisarle de detalles

obvios y darle consejos de principiante y tiene que hacerlo sin que le duela. Si quieres, le

dije, vas tomando fotos a medida que me vayas embadurnando. Supongo que es lo que ella

hubiese querido hacer desde el principio, pero mi papel era empujarle a que me tratase co-

mo lo que soy, como un objeto modificable, como un maniquí articulado, igual que el viejo

actor de oficio, como dice Rosa, hace lo mismo de puta que de marquesa. ¿Qué quieres que

haga?, le dije. Lo normal es que yo pose en posición cero y los profesores o los pintores me

manipulen o me den órdenes, o me digan cómo me tengo que mover o a quién represento al

hacer como que camino. Pero aquí lo pregunté porque ya al principio Gloria me dijo que

buscaba movimiento, cuerpos en acción. Creo que te voy a pintar un poco, dijo ella. Metió

la mano en el caldero de barro y me untó un grueso trazo vertical desde el cuello hasta el
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culo. De ese trazo iba sacando con los dedos líneas curvas como las costillas. Decidió deco-

rarme como en esas tribus africanas que se pintan algo parecido a su esqueleto por encima

de la piel. Otro trazo grueso me recorrió los costados desde los brazos hasta el tobillo. Cada

vez que marcaba una franja lateral se detenía luego con el dedo en esbozar caprichosos mo-

tivos étnicos, siluetas concéntricas, aspas y redondeles. En el vientre, en los muslos, en los

glúteos, en la zona de máxima desnudez que hay encima de la cadera, en los dedos de las

manos, en el entorno de las orejas y en el cogote. La última franja de barro dada con la ma-

no me llegó desde el pecho hasta el abdomen. Luego volvió a licuar un poco la arcilla y

otra vez con el dedo me dibujó el contorno de los pezones con tres anillos de barro y luego

unas líneas hacia el hombro y la cara y el costado como los rayos de un sol azteca. La polla

me la dejó sin tocar. Así me sacó unas fotos en postura de ídolo, de héroe salvaje, rígidas,

inexpresivas, con el deslumbramiento del guerrero cuando ve unos faros en la noche, en

medio de la sabana.

¿Ya has terminado?, le dije. Sí, ya he terminado con esto, dijo ella, ahora ya pode-

mos extender el suelo en el barro y tú te mueves como quieras. Era mi turno, y casi media

noche. ¿Puedes estar aquí hasta tan tarde? Sí, sí, no hay problema, a Julio no le parece mal,

dijo. Así que me tumbé en el suelo e hice uno de esos espectáculos que he visto hacer más

de una vez a Javier Bidón, que en él quedan muy místicos, muy espirituales. Yo adopté

posturas de animal. Me puse a cuatro patas, me revolqué por el tarquín, me unté de barro

los cojones, me senté y dejé caer mi cuerpo hacia delante hasta conseguir la mayor aparien-

cia de barriga, que todas las lorzas se apretasen entre ellas y las tetas se me cayesen como

los labios y los párpados, en una desnudez ofensiva, de enfermo del manicomio en una se-

sión de hidroterapia. De rodillas, estiré los brazos para desperezarme como los perros, con

el culo en pompa y las caderas muy abiertas y la lengua afuera. Me rasqué por todo el cuer-
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po, me tiré un pedo, y me tumbé otra vez como a dormir. Pero luego me volví a incorporar,

regresé a la postura cero, al homo sapiens normal. Ya no había ninguna parte de mi cuerpo

que no tuviese barro y yo mismo quieto podía ya ser una estatua terminada, un Hermes lle-

no de tarquín, una de esas de las que Palomares sólo necesita una foto para reproducirlas

idénticas al original.
282

VIII

El exceso estético con Gloria me dejó un poco trastornado. La sobrecarga muscular

y las horas de trabajo acumuladas se manifestaron en una extraña sensación de vergüenza,

de no querer salir a la calle. El martes 15 de julio, según tengo anotado en mi diario, al día

siguiente de la triple sesión, llamé por teléfono a la escuela y dije que no iría a trabajar.

Dejé mi encargo al conserje. Al conserje de verdad, al conserje de tiempo completo, quiero

decir. Pilar Guijarro tenía puesto un último examen de repesca, una especie de convocatoria

de gracia para alumnos que sólo necesitaban aprobar la anatomía de tercer curso para tener

el título de diplomados en artes y oficios. Pero tampoco tenía Pilar ninguna obligación de

hacerlo, era un mero trámite para justificar los aprobados de regalo, y yo no estaba de muy

buen humor. Si les quiere regalar el aprobado, pensé, que lo haga sin examen, o que los

ponga a pintar un florero, o que llame a otro modelo, que contrate a un indigente un par de

horas y lo haga dibujar a los alumnos. Al conserje le dije que estaba malo.

Pero la que me llamó poco después para preguntarme por mi salud no fue Pilar

Guijarro sino Marisa. Ya habían hablado las dos. Le preocupaba que no pudiese ir esa tarde
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jarro sino Marisa. Ya habían hablado las dos. Le preocupaba que no pudiese ir esa tarde a

casa de Palomares. No había ningún problema, por supuesto, pero antes tenía que avisar a

Julio, para que él hiciese sus planes. Yo había quedado con él en que me diese unos días

para pensarme lo de Alfredo, como mínimo hasta que nos diesen las vacaciones. Aquello

estaba lejos de Madrid, y yo, le dije, no podía faltar a los últimos días de la convocatoria,

no podía fallar en las convocatorias de gracia. ¿Todavía hay convocatorias de grasia?, dijo

él.

La vida me estaba quitando el tiempo. No es como ahora, cuando ya no hay prisas,

Violeta ya ha cumplido los dieciocho años y yo estoy relajado y a finales de septiembre,

concentrándome muy poco a poco para volver al trabajo cuando pase El Pilar. Ahora me

dejan en la biblioteca, y por las tardes me puedo quedar en mi casa o dar un paseo, y las

llamadas se suceden con un ritmo habitual de varios días, y se resuelven en diez minutos, y

las citas se aplazan, o se programan con antelación, y los que podrían venir a molestarme

con sus problemas están lejos o muertos o enfadados conmigo. Ahora tengo un tiempo que

ya no sirve para nada y en cierto modo lo aprovecho para digerir el tiempo que tuve urgen-

te, que se me fue de las manos porque nadie me dejaba en paz. Eso de que me quiten lo

bailao no deja de ser una expresión muy elástica. En mi caso, lo que me quitaron fue lo no

bailado, que a mí me interesaba más.

Era un día bochornoso. Después de colgar el teléfono, con esa sensación de haber

ejecutado algo que ya no tiene vuelta de hoja, ese diminuto vacío que se produce cuando

sueltas los dedos y dejas caer en el buzón una carta importante, me puse la chilaba fina de

verano y me senté debajo de la ventana, junto a la jaula del canario. Estiré las piernas y me

estuve abanicando un rato. Era la sensación infantil de haberse saltado la escuela y acomo-

darse a un tiempo amplio que en la escuela no existía. En la escuela se estaba pero no había
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tiempo, o al menos decisiones que tomar sobre cómo rellenarlo.

No me duró mucho. Lo suficiente para descansar un rato y sentarme después en mi

mesa de dibujo. Allí estaban los bocetos, a medio engendrar. Allí estaba la cimbra del puen-

te de Alcántara tal y como la dejé antes de que Rosita me llamase para contarme su separa-

ción. Tengo anotadas en el diario palabras muy duras contra la falta de tiempo. Estuve des-

ahogándome toda la mañana, en un tono demasiado impúdico para volver a reproducirlo.

Serían, en todo caso, una buena aportación al estudio del síndrome de los modelos, el que-

darse de pronto tumbados como esos padres de familia que un día no se levantaban de la

cama ya para el resto de los días, y la familia lo llevaba como una desgracia, como una

maldición divina o una enfermedad incurable. Nadie me estaba dando nada. Todos viajaban

por sus melodramas y a todas horas me estaban pidiendo favores, y yo no podía pedirles el

favor de que me dejasen tranquilo porque eso habría dañado mi imagen de hombre equili-

brado, impasible, comprensivo, el hombre al que no le duele nunca nada, nada le afecta y

todo lo comprende. La insensibilidad es un ideal social, una forma de ser bueno para los

demás. Pero cansa mucho.

En esos momentos de abandono es cuando más beneficioso me resulta dibujar. La-

varme bien las manos y sacarle punta a un lapicero y dibujar. En situaciones de extrema

debilidad yo tiendo a las casas y a los interiores de las casas. Dibujar por ejemplo una coci-

na es un entretenimiento que me puede durar el día entero. Cada vez que señalo los límites

de una gran alacena y veo por delante las dos horas largas que me costará dibujar todos los

platos y los vasos y los botes y las cazuelas me froto las manos como un niño a escondidas,

y a cada plato le corresponde su dibujo y a cada vaso su reflejo del cristal. Esa mañana,

después de vaciarme un rato en el diario, me volví a sentar en la mesa de dibujo y estaba

tan débil que decidí recogerme en lo más sencillo, y tracé una línea y vi que era la esquina
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de la fachada que hace chaflán en la casa que se acababa de comprar mi suegra. Y la empe-

cé a dibujar. Violeta me había dicho que diese ideas para pintar la casa, ahora no recuerdo

si también me pidió que dibujase algo. Para mí era lo más fácil. Dibujar casas e interiores

de las casas y luego darles unos toques de acuarela es lo más fácil que hay. Para mí y para

cualquiera. ¿Qué estaba haciendo en el fondo Palomares? Esconderse como un niño y dibu-

jar casitas con la punta de la lengua afuera. Por eso no las enseñaba. Porque son lo más fá-

cil, porque son una debilidad. Yo hubiese querido entregarle a mi hija un espléndido libro

de figuras retorcidas e imaginativas, pero ella me había visto dibujar casas desde niña, en-

tretenerme con las tejas de los tejados y las antenas y los tendales de las azoteas de todo el

barrio de los Austrias. Y esos dibujos estaban en casa, se quedaron conmigo cuando ellas se

marcharon, pero también eran suyos, podía haberlos cogido, yo siempre se lo digo cada vez

que viene y me dice que le enseñe mis dibujos. Coge los que quieras, le digo, y a veces hay

alguno que yo noto que le gusta más y yo le insisto y se lo lleva, pero el resto dice que los

guarde en casa, que es una pena sacarlos de casa, que ella vivirá algún día en esta casa y

entonces le gustará encontrar los dibujos aquí. Quizás habla de cuando yo me muera.

Ese día sólo salí de mi casa para ir a que me diesen el masaje. Konchakova se dio

cuenta enseguida de lo tenso que estaba. ¿Se puede saber dónde te has metido?, dijo cuando

empezó a hacerme daño. Luego me pensé si me apetecía ir a la piscina un poco antes de lo

acostumbrado. Estaría Eva, seguro. En la fiesta de Antonia le comenté que yo iba todos los

días a la piscina, y ella dijo que era la que más cerca le caía, que ellos, Javier y ella, iban

por las tardes, de seis a siete, que algún día podríamos coincidir. Yo le dije que hasta las

nueve no terminaba con Palomares. Pero ese día, al salir de casa de Konchakova, mucho

más repuesto después de la sabia paliza que me había dado, me acordé de Eva, de la posibi-

lidad de verla en bañador. Llegué a casa y vi en la mesa de dibujo la fachada que da al


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huerto, sólo me faltaban los geranios. Había pensado terminarla entera y pensarme si esa

línea no sería la buena, aun a riesgo de que no pareciese un regalo sino un encargo. Un re-

galo es como una obra de arte, en esencia gratuita. Pero me acordé de Eva, la relacioné con

la piscina. Charlaría un rato con Javier de los temas de los que hablaba ahora, el sueldo de

los funcionarios y el diálogo antiterrorista, o me hablaría mal de Rosita y mientras Eva es-

tuviera bañándose sacaría un rato la lengua sucia de Bidón. Cuando era Javier, resultaba

bastante anodino, pero cuando era Bidón podía comportarse de la manera más soez y taber-

naria, hablando al oído y echando todo el aliento, decir barbaridades irreproducibles sobre

cómo se lo hacía con Eva en la cama.

Este Bidón salaz se esfumaría cuando Eva saliese del agua. Entonces se transmuta-

ría en marido meapilas que está muy pendiente de su mujer e intercala vocativos afectuosos

entre las palabras que le dirige: ¿no nos habíamos traído cariño también el disco de Joan

Manuel Serrat?, si pero cariño tienes que comprender que no podemos estar siempre los

funcionarios con el ipecé a las costillas. Y en este plan. Pero ir a la piscina es estar pero no

estar, tumbarse al sol con otra música, o nadar entre los niños en un agua rebosante de meí-

nes, o mirar al cielo y no escuchar. Yo, en todo caso, buscaría la sombra. Bidón siempre se

pone moreno, y Rosita también. Cuando abren las piscinas los dos empiezan a posar con la

marca de las bragas. A mí eso no me gusta nada, queda horroroso, porque resulta incluso

cómico, incluso más desnudo de lo necesario, la entrepierna blanca y guardada y el resto

caoba brillante, sobre todo Rosita, que gasta por litros el bronceador.

En el fondo me daba igual que estuviesen los dos o ninguno. Pero yo fui. Y no esta-

ban los dos. Estaba Eva. Pero Bidón no estaba, ni Javier tampoco. Estaba Eva, y no tardé en

reconocerla. Miré lo primero a la zona de la sombra, donde van las parejas y las mujeres

que tienen la piel muy sensible. Allí hay más espacio y no se mezclan con las marujas de
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tetas hasta la cintura que se brean en obscenas posturas de cuarto de baño ni con los adoles-

centes que se tiran objetos para divertirse y no dejan de recibir llamadas telefónicas. Allí

estaba ella, sentada en postura india, comiéndose una pieza de fruta y leyendo un libro. No

le dije nada mientras no llegué hasta ella. Yo iba vestido con una enorme camiseta y unas

bermudas que me llegan por debajo de la rodilla. Las marujas me miraban con el sol en la

cara, los ojos fruncidos y enseñando las encías. ¡Hola!, dije, con voz tonante, por si estaba

escuchando a Joan Manuel Serrat. Al girar la cara le vi que tenía los ojos un poco idos, co-

mo de estar muy embebida en la lectura, pero enseguida los recompuso, desplegó la media

sonrisa que nunca traspasa y se levantó a saludarme. Al levantarse se le cayó un pareo que

llevaba para que no le diese demasiado sol en los muslos. Ella se azoró un poco. Basta un

mínimo detalle para saber la consideración que cada cual tiene sobre su propio cuerpo.

Luego ensayó un saludo entusiasta, qué tal, cómo estás, qué sorpresa. Pues mira, le dije yo,

que hoy me he tomado fiesta. ¿Y Javier?, ¿está en el agua? A Eva se le escapó una sonrisa

mayor de la media sonrisa que practica, y que no la suele traspasar nunca porque le puede

dar un ataque de risa floja incontenible que hace que se vuelva todo el mundo y ella enton-

ces se pone colorada. Estuvo a punto de estallar la risa pero ella siguió hablando para con-

tenerla. No, dijo, Javier no ha venido. Estaba muy cansado y se ha quedado echando la sies-

ta. No lo he visto esta mañana, dije yo. Tampoco he ido a la escuela. Llevo todo el día tum-

bado, dije, y me volví a tumbar, mi cuerpo grande descansando sobre la hierba.

Eva no se había quitado el sostén para tomar el sol. Tenía esos puntos de pudor,

raros en familias pijas como la suya. En su caso es posible que tuviese complejo de tetas

grandes, que no eran tan grandes, ya digo, pero sí para sus brazos tan delgados, como era

muy ancho el coxis, las espinas iliacas pronunciadísimas para el volumen luego de sus mus-

los, delgados en proporción a sus raquíticos brazos. Eso sí, muy largos todos. Vestida, Eva
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tiene un porte que de no ser por lo excesivo de sus pechos y esa maravillosa cargazón de

espaldas podría pasar por las pasarelas sin ningún problema, pero sólo podría exhibir faldas

de tubo que se entallan a su estrecha cintura y aparentan caderas tan grandes como sus hue-

sos, pero desnuda (en bikini) era un poco destartalada, y sus casi treinta años, y las horas de

estar sentada y con la cabeza metida en los libros, le habían dejado secuelas en la estructura

del esqueleto y en la piel. Bidón se debió de volver loco el día que se acostó con ella. Sería,

por fin, como tirarse a una modelo de Joseph Beuys.

Eva estuvo un poco tímida al principio. Cuando nos sentamos ella adoptó una postu-

ra distinta, recostada sobre la parte exterior del muslo, apoyada con el brazo izquierdo en la

hierba, las piernas flexionadas y el pareo por encima. Se lo ponía porque si no se quemaba

enseguida, aunque estuviese a la sombra. Éramos los dos más blancos de la piscina. Yo,

después de un rato, me quité la camiseta. A Eva se le pasó de pronto la vergüenza y dijo:

¡pero si no tienes ni un solo pelo! Yo le expliqué que para mi trabajo no siempre están bien

las pelambreras. Javier tiene un poco de vello bien puesto, pero yo, dije, si me descuido, me

salen pelos en los hombros. Era verdad, lo de los pelos a ella también la llevaba loca. Odia-

ba el verano por tener que depilarse tan a menudo. ¡Pero es que tú te depilas entero, claro!,

dijo, con esa voz como quebrada, como con problemas en las cuerdas vocales, con ese

asombro hacia las tonterías que tienen algunas chicas de buena familia.

Le pregunté por la novela que estaba leyendo. La estaba encantando, estaba a punto

de terminarla ya. Cuando se me acabe esta me tienes que dejar tú también la siguiente, dijo.

Está fenomenal. Eva se identificaba con la protagonista, que de pronto, después de la trage-

dia de que se le muriera un hijo en un accidente fortuito causado nada menos que por su

hermano, ya no puede más y los abandona a todos, se va de casa, los deja, como hizo ella,

Eva, aunque, dijo, mi caso es distinto porque yo no perdí a un hijo. Quizá tampoco lo vi
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nacer... Bueno, dije yo, ahora, por lo que dice Javier, estáis a punto. Yo lo que perdí fue un

examen, dijo ella, en el fondo sólo fue un examen, y mira, también lo dejé todo. Ha sido un

buen cambio, desde luego, dije yo; quizás, a la larga, te alegres de todo lo que ha pasado.

Yo no quiero tener un hijo, dijo ella, volviéndose a tapar un muslo con el pareo.

Al hablar sólo era expresiva con los ojos, más claros todavía que los míos, abiertos

de modo que se le veían las niñas enteras, y también con esa oscuridad en los orbiculares

que contrasta con la palidez de la piel y con el blanco de los ojos, pero no con el resto de la

cara, que la mantenía rígida, y hablaba sólo por un lado de la boca, y esa composición del

rostro le daba un aire dramático y al mismo tiempo frío, como se ven las caras en los come-

dores de los hospitales. Había algo de enfermizo en Eva, pero se trataba de una enfermedad

hermosa, de un cansancio genético de las facciones que no afecta a los órganos vitales. Su

tragedia no iba más allá del sufrimiento mental. El cuerpo lo tenía en buenas condiciones.

Me hablaba entre el rumor de niños y el cloroambiente de la piscina y del césped recién

segado. Yo estaba a gusto escuchándola.

Pero lo mejor de la novela, dijo, con ser la tragedia desgarradora, el motivo para irse

de su casa, el haber perdido un hijo, lo mejor, al menos lo que a mí más adentro me ha lle-

gado, es que cuando se marcha de su casa no tiene adónde ir, y ella se va a pasar unos días

al campo a casa de un amigo. Pero el amigo es el amigo del hermano que mató al hijo por

accidente, es que ni siquiera es amigo amigo de ella. Y se va con él. Y tampoco se va por-

que vaya a tener nada con él, porque el amigo es homosexual, y su hermano, el hermano de

ella, el del accidente, también. Y se va con él y reflexiona y está sola, y pasea junto a él

callados los dos por un camino por el campo y se reconoce a sí misma, se encuentra, sabe

quién es ella. Es eso lo que a mí me pasó con Javier. Javier era amigo, bueno, no amigo,

digamos sólo conocido de mi hermano, y a mí en la familia me habían matado por acciden-


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te lo que más quería, toda mi juventud, y yo me marché, me fui al campo a pasear con Ja-

vier.

Eso es muy bonito, dije yo. No, no es muy bonito, dijo ella, porque yo me casé con

Javier. No sé lo que hará la protagonista porque me he quedado cuando estaba reflexionan-

do. Me he quedado pensando en cómo es su amigo y en cómo es mi marido. Mi marido,

qué expresión tan rara, nunca me acostumbro a decirla. Pero era la única manera, ya ves.

Con lo fácil que es abrir la puerta y largarse de casa. Con lo difícil que es tener un amigo.

Un amigo a cuya puerta puedas llamar, dijo Eva.

¿Nos damos un baño?, dije yo, después de un silencio. Quiero decir que no fue un

corte sino un comentario que se dice después de que los dos asienten y están de acuerdo y

hacen un silencio. Fue una de esas interrupciones para seguir hablando en otro sitio, en la

ducha poco antes de entrar a la piscina, antes de que las circunstancias se apoderen de la

charla.

Durante algunos minutos, mientras estuve agarrado a un bordillo porque allí había

tantos niños que no se podía dar una brazada sin que te cayese uno encima o te pegase una

patada en la boca, traté de escoscarme un resto de libido entontecedora que me había que-

dado de la sesión de barro.

Encontré a Eva distinta. Cuando me acerqué a las toallas ella llevaba ya un rato

leyendo. La protagonista había vuelto. Vuelvo porque los quiero, había dicho, después de

unos días en el campo con el amigo. Vuelvo porque los quiero, repitió Eva. Me pregunto a

quién quiero yo, dijo, con quién he de volver, dijo. Esta mujer perdona por amor, pero pa-

rece que decide amar, como si el amor se decidiese. Pero el amor no se decide, dijo. A lo

mejor no es decisión, dije yo, a lo mejor es necesidad, primero queremos amar y después

elegimos a la víctima. ¿Te acuerdas del día de la exposición aquella?, me preguntó Eva.
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Pues después de aquello, cuando salimos, que tú te quedaste hablando con esa chica, nos

fuimos a cenar a un restaurante y Javier me contó la relación que había tenido con Antonia.

Eso es agua pasada, dije yo. Para esa chica no fue decisión, fue necesidad, pero ella no eli-

gió a alguien a quien amar porque quería amar, Javier era uno más de los muchos que habí-

an venido antes y de los muchos que vendrían luego, y ella lo único que decidió fue dejarlo,

pero mientras estuvo con él, por lo que me dijo Javier, fue una verdadera locura. La que

estaba loca era ella, dije yo, tú no sabes el pollo que armó un día en el vestíbulo de la escue-

la, parecía una actriz interpretando a Lorca, qué vergüenza, dije. No, dijo ella, no creo que

sea agua pasada, y el que entonces estaba loco era también Javier, igual de loco que yo pen-

sé que estaba cuando lo conocí, pensé que Javier era lo que yo me merecía, y decidí querer-

lo. Y ahora te arrepientes, dije yo. A mí Lorca me gusta mucho, dijo ella.

Eva se me estuvo quejando hasta que bajó el sol. Javier se llevaba muy bien con sus

suegros. Eva había querido separarse del todo de sus padres, no volver, pero Javier era el

vínculo por el que su madre urdió un reencuentro con su padre, hasta que por fin consiguie-

ron reunirse a comer todos un sábado en el piso de Eduardo y se dijeron cariñosas y emoti-

vas frases de reencuentro familiar. Y desde entonces casi todas las tardes, cuando ella vol-

vía de la piscina, y también muchas mañanas, cuando la madre volvía de tai-chí, iba a bus-

carla para darse un paseo, mirar tiendas y tomarse un café si acaso con sus amigas detesta-

bles. Y todos ahora la superprotegían y el padre había ya movido algunos hilos para que

pronto entrase Eva a trabajar en el bufete de Ataúlfo, y les había dicho que si querían podí-

an mudarse al adosado de Pozuelo de Alarcón, y a Javier le había propuesto que dejase de

ganar desnudo esa miseria y entrase a trabajar en un grupo de comunicaciones vinculado al

gobierno. Con su aspecto y con su voz podría tener una buena oportunidad en el mundo del

periodismo.
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Eva lo contó todo de un modo muy solemne, cada vez más compungido. Sus padres

estaban sellando de nuevo su vida. En la estrategia procesal de su padre, todo era cuestión

de conseguir, por medio de Javier, que Eva volviese al imperio de la ley y después de darse

un descanso, teniendo un hijo o leyendo sus sentencias y los pleitos de Ataúlfo, volviese a

intentar una vez más el ataque a la carrera judicial. Y ella por nada del mundo quería volver

a las oposiciones, a tomar café con náufragos viejos y desesperados y ver cómo corren los

jovencitos por los pasillos para no perder ni un minuto del estudio. Ella no podía volver a

eso. Y Javier a veces parecía un señor mayor. Y su madre lo vestía como si fuese la madre

de su marido, su padre hace treinta años. Le llegaba siempre con camisas y pantalones y

unas zapatillas de estar en casa que a Eva le quitaban por completo las ganas de acercarse a

él.

Vi a Javier al día siguiente, en la escuela. Estaba de muy mal genio. Oye, macho,

me dijo: ¿qué tal si mañana me sustituyes tú a mí en todos los exámenes de Miología, eh?

Porque ayer decidiste tomarte un respiro y yo me comí todos mis exámenes y todas las pu-

tas convocatorias de gracia de Pilar Guijarro, porque tú no estabas y no podía privarse a los

alumnos de esa última oportunidad. ¿Sabes tío cuántas horas posé ayer? ¿Sabes a qué hora

llegué a casa? ¿Sabes cómo llevo la espalda?, dijo Javier.

Bidón no sabía que yo me pasé la tarde charlando tan campante con su esposa mien-

tras él se lamía mis heridas en el sofá. Cuando nos marchamos de la piscina fue la propia

Eva quien me dijo que mejor no se lo decíamos a Javier, porque también había otro pro-

blema, y eran los celos, y estuvo hasta que llegamos a la parada del autobús hablándome de
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lo celoso que era Javier y ella se montó en un taxi. Además, dijo, quería por una vez en su

vida decir algo a alguien con la seguridad de que no iba a estar proclamándolo por la fami-

lia. Soy una tumba, le dije yo.

Así que menos mal. Yo me puse muy digno con Bidón y le dije que si el día anterior

hubiese podido habría venido, sin duda, pero estaba al borde de la grave lesión. Es más, le

dije, la profesionalidad consiste en saber trabajar y saber también cuándo no se debe traba-

jar. Pilar Guijarro podía haber aplazado la convocatoria. ¿Por qué no la aplazó? Pues por-

que quiere irse cuanto antes de vacaciones. De modo, Bidón, que no me culpes a mí por

ocuparme de mi salud sino a ti mismo por transigir con tu jefe. Que es bien distinto.

Vete a tomar por culo, dijo él. Y eso, aunque él lo dijo sin ánimo de ofender, a mí se

me quedó grabado. Me fui otra vez a posar y a la siguiente hora busqué a Rosa. Le dije Ro-

sa, pasa esto. Ya he hablado con Palomares, y esto es lo que me ha dicho. Muy bien, dijo

ella, ¿y qué? Yo creo que es el calor que hacía, lo envueltos en agua que íbamos todos por

los pasillos. ¿Cómo que y qué? ¡Pues que tendremos que decidir si vamos o no vamos, digo

yo!, dije yo. Yo ya no quiero saber nada de eso, dijo Rosa. ¿Pero cómo que no quieres saber

nada de eso? ¿Pero no eras tú la que hablaba de Alfredo con Palomares y la que decía que

no lo había hecho con mala intención? Rosa me miró muy seria y me dijo: Güino, tengo a

mi nieta con constipado, y Lurdes ha encontrado un nuevo trabajo. Estos cabrones no sacan

la plaza de Alfredo ni a tiros. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos dijeron que la saca-

rían, eh? Y Lurdes no puede estarse en casa tocándose el higo. Yo no puedo derrochar ya

en viajes de placer para ver a un viejo que se merece todo lo que le ha pasado y más. Javier

tenía razón, lo que pasa es que yo no se la quise dar.

Te retiras, dije yo. Me retiro, dijo ella. Estaba triste, Rosita. Había vuelto a la vida

de siempre, y tenía que adaptarse. El juez fue un viaje fugaz a algo que en el fondo no po-
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día permitirse. Bidón sí. Bidón tenía toda la pinta de haber dado un braguetazo redondo,

sobre todo porque estaba muy enamorado de Eva y había logrado salir del barro. Pero Rosi-

ta no tenía una vida de la que quisiese huir, si acaso mejorarla un poco. El nuevo trabajo de

Lurdes era en los almacenes Zara, vendiendo ropa los sábados y los domingos. Le cambia-

ban el uniforme y cada vez era más provocativo. Todas sus compañeras venían al trabajo

pintadísimas y con unos tops ceñidos y un pantalón con la cintura muy por debajo del om-

bligo, o faldas de colegiala con camisas desabrochadas, o cualquier forma de provocación

que atrajese más clientes. Y ella no era una estrecha. Ella había tenido problemas justo por

todo lo contrario, porque se le calienta el morro con demasiada frecuencia y después se le

vuelve a enfriar, pero eso era explotación del cuerpo no remunerada. Con la mierda de

sueldo que daban a Lurdes ni siquiera pagaban sus horas de trabajo, y mucho menos las

condiciones físicas que se le exigían. Hemos vuelto al tajo, Güino. Hemos vuelto al tajo.

Ese día, antes de salir del trabajo, llamé a Marisa y le dije que tampoco iría. Le dije

dile a Palomares que me he ido a ver a Alfredo y que hasta la semana que viene no volveré.

De acuerdo, dijo, y lo dijo tan rápido y seguro que a mí me dio la impresión de que sabía de

qué estábamos hablando, como si yo le hubiese pasado una contraseña que no es más que

una confirmación. Cuando llegué a casa me di un baño y telefoneé a Remedios. ¿Sigue de

guardia Modualdo?, le pregunté.

Odio la miología. Bidón tiene los músculos alargados, fusiformes, sus fibras muscu-

lares recubren los tendones hasta la misma inserción en el hueso. Los míos sin embargo son

carnosos, globulosos, de tendones más bien largos, sobre todo antes, cuando practicaba los
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esfuerzos lentos. Ahora se han difuminado y son más blandos, y debo forzar demasiado la

postura para que aparezcan. Posar para una clase de miología es una tortura desde el primer

minuto. El profesor, Marcelo, no deja de decirme que la fuerce un poco más, por favor, que

no lo ven los estudiantes, un poquito más, y me lleva a posturas próximas al descoyunta-

miento que yo me niego a poner. Bidón las pone sin querer cuando está leyendo el periódi-

co, eleva y retuerce los brazos para rascarse una zona de la espalda que yo no me podré

tocar jamás, o cruza dos veces las piernas o practica las asanas más extrañas y enroscadas

como si sus miembros le reptasen por el tronco. Yo creo que, aparte de a un médico, a un

fisioterapeura, a gente como Konchakova, poco puede importar una región del cuerpo que

casi nadie nunca enseña. La desnudez es la manera de no enseñarlo todo. Entre dos cuerpos

sin piel no hay demasiada diferencia, y entre dos cuerpos sin grasa, si tienen los músculos

bien formados, la verdad es que casi tampoco. Son los cuerpos ideales de algunos porque

son la nula diferencia, no hay variedades de la idea, la idea es única y eso la hace aparecer

como verdadera. Bidón sólo es buen modelo porque sin tener nada de grasa tampoco tiene

un esqueleto estrecho ni canijo. Si participase en unos juegos olímpicos, su cuerpo sería el

de un corredor de ochocientos metros. Pero ya no tiene acceso a más. Cambiar al cuerpo

más robusto y musculoso de los velocistas o los boxeadores le llevaría muchísimo tiempo

de ejercicios pesados y violentos, y la diferencia sería mínima. Yo en cambio tengo domi-

nados al menos tres pesos distintos, tres diferentes maneras de cubrir los músculos, y nin-

guna transitoria, las tres distintas, verosímiles, definitivas, y en ninguna de ellas tengo as-

pecto de haber tenido antes ninguna otra. Nunca se me queda la cara de pito de los que han

sido gordos, ni la hinchazón de quienes siendo de naturaleza delgada forzaron su piel como

la de los chorizos hasta hacerse muy sebosos. Cuando noto que sin yo controlarlo me estoy

saliendo del peso mayor o menor, cuando peso más de 120 kilos y menos de 100, pongo
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manos en pared, ora con dietas vegetarianas ora ciego de pasteles. El otro peso, el peso en

el que yo me veo más hermoso, es el de 107 kilos, que es el más estable de los tres, el que

menos cuidados requiere, el que se mantiene solo cuando hago la vida que quiero hacer,

estoy equilibrado y soy feliz. Pero en verano, por aquello del calor, suelo bajarme a los cien

kilos, cuerpo de nadador desmesurado, Ulises nadando en las aguas feacias, Ayante vol-

viéndose loco con el olor nauseabundo de su herida, todos cuerpos míticos, clásicos, abun-

dosos y perfectos. Y así había bajado en muy poco tiempo, desde principios de junio, de los

plácidos 107 a los espectaculares 100, pero con todo el trajín de los últimos días ya me

había puesto en 98, y eso que, previendo lo que se me venía encima, comí toda la pasta que

pude y me compré en el supermercado unas latas de cerveza negra. Los pasteles son el úl-

timo recurso.

La profesionalidad empieza pues en los 100 kilos, y termina en los 120. Más arriba

y más abajo sólo existe la enfermedad, la depresión, la mala gana, y eso es mucho más pe-

ligroso que faltar a cualquier obligación, incluida la de no devolver un favor a un compañe-

ro. Un sacrificio sin compensación es un martirio.

Así que me quedé en mi casa. No volví a la piscina, por supuesto. Con una ración de

Eva ya tenía bastante, y con respecto a su marido habría resultado una provocación. Dedi-

qué la tarde a hacer el equipaje. Los horarios de los trenes hacían imposible ir y venir en el

día, aunque tampoco me importaba porque así al menos podría respirar un poco. Pero el

refugio de Alfredo no estaba orilla de ninguna estación de tren, de ninguna línea de autobús

ni a las afueras de ningún pueblo. Debía ir ligero de equipaje, nada más que con la mochila

de marroquinería que me regaló Remedios cuando fueron a Egipto Violeta y ella. Cuando

metí la cámara fotográfica que me había dado Marisa, me sentí como el sicario que mete

una pistola y la disimula entre los calzoncillos bien plegados.


297

Se trataba de que yo retratase a Alfredo, le pegase un tiro con aquella cámara. Es

una situación muy rara esa de tenerle que hacer daño a alguien a quien quieres ayudar. Pa-

lomares me dijo que Alfredo estaba con Barrachina, y que Barrachina, en verano, utiliza un

antiguo refugio de la falange que hay en las estribaciones de la sierra de Gredos. Desde que

se jubiló, todos los veranos se lleva a Alfredo. Alfredo nos decía que se iba al pueblo con

los perros, y en cierto modo así era, porque el pueblo, Los Nardos, está a menos de cinco

kilómetros del refugio. Allí era donde Barrachina tenía el taller. En realidad no era ningún

escondite. Se habían ido, según sus hábitos, al sitio donde pronto estarían cuando terminara

el curso. Lo que pasa es que nadie sabía nada de ellos, ninguna persona en Madrid tenía

idea de dónde estaba ninguno de los dos. Eso, aunque estuviesen en el mismo sitio desde

hacía medio siglo, los daba por desaparecidos.

Saqué un billete de ida con destino a El Barco de Ávila para el viernes, después de

comer. Yo sabía desde el principio que no iba a ser capaz de hacerlo. Sé lo humillante que

hubiese resultado para Alfredo, y sobre todo para Barrachina, que una copia de lo que esta-

ba haciendo él apareciese de buenas a primeras en cualquiera de las heterogéneas y limosas

exposiciones de Palomares. Sabía que no lo haría, pero tampoco gano nada en arrogármelo

como un acto de compañerismo. Me fue imposible, eso es todo. Pero entonces, al meter el

arma en la mochila, tampoco tenía del todo claro cuál era mi obligación. No sólo mi obliga-

ción con respecto a los demás sino sobre todo con respecto a mí mismo, y qué parte de ésta

incluye a los demás y qué parte me incluye sólo a mí.

Tenía la tarde libre y me fui a dar un paseo. Eva se me venía una y otra vez al pen-

samiento. Eva y todas las mujeres que pasaban. En Gredos no habrá mujeres, pensé. Cuan-

do tengo que hacer algo que no me apetece, me esfuerzo en buscar alguna peregrina justifi-

cación egoísta que haga que merezca la pena. La proliferación de cuerpos normales por las
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calles era tal que el instinto me desasosegaba. También es verdad que llevaba algún tiempo

sin evacuar.

Me pasé por la librería para buscar los mapas de la sierra y los Poemas de los pue-

blos de España, de don Miguel de Unamuno, para ambientarme un poco en el sentimiento

castellano. Mientras estaba pagando el libro había a mi lado una pollita que quería pagar

una novela de José Saramago que estaba buenísima, desde mi altura veía nítidos sus pezo-

nes claros y sus teticas de perra bajo una holgada camiseta de tirantes, y el pantaloncito

corto que llevaba se le remetía en la raja del culo por efecto del sudor. Me sentí abrumado

por mi salacidad. Es lo que pasa cuando te dejas alguna puerta abierta, pensé, que entra el

perro que todos llevamos dentro. Casi daba gracias por viajar a un pueblecito castellano

donde no hubiese tantas incitaciones. Los curas eso lo saben bien. Saben que, haya la liber-

tad que haya, los que follan gratis siempre son los mismos, así que más vale consagrarse

como una virtud a lo que de todos modos les habría de suceder. Ellos lo disfrazan de sacri-

ficio, pero no deja de ser un alivio. Me acordaba ahora de la casa sacerdotal, con el frío que

hacía, igual que los niños creen que una estación es una época y el invierno pasado todos

los inviernos y el verano es el futuro. Pero allí por lo menos no me daban molestos ataques

de rijo, que es lo que en el fondo se añora siempre de los niños.

Y bajé a la calle, y me metí en un bar, y no hablé con ninguna mujer. Era un garito

de la calle de la Osa. No está lejos del restaurante marroquí ni tampoco de El Bierzo, en una

de las callejuelas que van a dar a la plaza de Cascorro y que los domingos forman los vomi-

torios del Rastro. El bar está regentado por mujeres, y tiene siempre el suelo lleno de serrín
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y colillas de porro. Las chicas tienen las dos un aire radical que a mí me gusta, un buen

rollo con límites precisos, no tanto ya los ideológicos como los propios de la edad. Una es

lesbiana y la otra no, pero el tiempo y la barra han eliminado de su comportamiento los

idearios, han llegado a la misma conclusión que todo el mundo pero han conservado la ropa

de segunda mano, el pelo muy corto y los clavos de la nariz. Desde el punto de vista estéti-

co, mi generación ha visto evolucionar a gente cuyo final no está previsto porque no ha

sucedido nunca. Lo normal es abandonar las mallas y la estética nómada cuando el rostro

ya no las justifica. Entonces se evoluciona hacia cierta forma de modernidad muy tolerante

con la radicalidad en el vestir pero bastante más discreta. Sin embargo hay gente que pasa

de los cuarenta y la conserva, y tampoco les queda mal, y vemos en ellos que un viejo con

una cresta colorada ya pronto dejará de ser un demente senil para formar parte del grupo de

ciudadanos que toda la vida han sido así, cada vez más orgulloso de llevar un aspecto in-

compatible con cualquier trabajo que implique domesticación.

Ese bar, no obstante, cambia de ambiente según la hora. Por la tarde está lleno de

jóvenes con minis de cerveza o de cubata que escuchan música radikal con la cabeza baja,

los ojos cerrados y un porro en los labios, y por la noche vienen los pájaros, la gente a la

que le ponen canciones de Ray Heredia mientras ellos hablan cada vez con más incoheren-

cia, a veces con mucha gracia. Los de la tarde están al principio de un camino que los de la

noche han elegido como propio. Las ropas juveniles en cuerpos maduros confieren una cu-

riosa estética de resistente que a mí, con las prevenciones necesarias, tampoco me sienta del

todo mal, por lo menos cuando decido que voy a ir a tomar cervezas a ese bar. En verano es

fácil: una inmensa camiseta negra con una estrella roja, unos pantalones cargos amplios

hasta debajo de la rodilla y las sandalias de franciscano. En verano un mismo uniforme sir-

ve para distintos ambientes.


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Como la decantación de la tarde a la noche es en el fondo muy poca, la barra se lle-

na con tres o cuatro individuos y un par de grupos de tres que están sentados sobre los ba-

rriles de cerveza junto a la máquina del tabaco, al lado de los lavabos, más algún otro que

se saca a la calle la cerveza y bebe recostado en la pared o sentado en la acera y aparta los

pies para que pasen los coches. Yo, cuando voy, siempre estoy adentro. Siempre entra gente

a quien mirar con disimulo. Y, pasado el tiempo, siempre entra alguien a quien decir hola

con la mano pero no suponer que se va a sentar a tu lado a darte conversación y amargarte

la noche. Pero a veces ocurre.

Había pasado el rato quitando la etiqueta de los botellines de cerveza mientras me

los bebía, pensando en varias cosas a la vez, en la vida como una enciclopedia breve en la

que sin solución de continuidad se puede pasar de un artículo sobre medusas a otro sobre el

movimiento libertario. El cuerpo freudiano de Eva y las paredes de la casa de mi suegra, el

remordimiento por haberme untado de barro y por no haber terminado mi trabajo. En reali-

dad lo que ocurría era que había decidido tomarme las vacaciones un día antes de lo estipu-

lado, y lo que para otros era ese grotesco descaro de los funcionarios ante las obligaciones

laborales para mí era el sentimiento melancólico de no haber llegado a la meta. Ni a esa ni a

muchas otras.

Estábamos a últimos de julio. La decisión de sacar el billete para el viernes y no pa-

ra el miércoles surgió cuando llamé a Remedios para que me consiguiese una baja y ella me

dijo que ese fin de semana iban a ver si terminaban de acondicionar la casa de Pomona. Ella

se iba a tomar el viernes libre para ir a escoger los muebles más imprescindibles y se lleva-

rían ropa para vestir las camas y vajilla para equipar la cocina. Yo le conté lo que tenía que

hacer ese fin de semana. ¿Y qué más te da, si estás de baja?, dijo ella. ¿Por qué no te vas

mañana y vienes el viernes y nos ayudas un poco a terminar con la pintura? Remedios, le
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dije, ya he sacado el billete, y hay un hombre que depende de mí para no ir a la cárcel. Va-

le, vale, dijo, como no queriendo insistir, como si ya hubiese comprendido que no me ape-

tecía ir y que era capaz de poner las excusas más fantásticas y peregrinas para no hacerlo.

La verdad es que no me apetecía ir.

Cerveza tras cerveza me esforzaba en el propósito de dedicar aquellos días de baja

en Madrid, mientras ellas trabajaban, a algo que les pudiera suponer alguna compensación

moral. Di unas cuantas vueltas sobre los dibujos posibles y el muy poco más de un mes que

faltaba para el cumpleaños de Violeta. Pensé que dibujar la casa de mi suegra era una buena

compensación moral, levantarme temprano al día siguiente y emprender ya entera la facha-

da exterior. La euforia de las cervezas me permitió recluirme un rato en ese pensamiento, e

imaginar el día que se lo diese a Violeta. Me dejé llevar por los pensamientos lacrimógenos

hasta que, cuando cedió un poco la emoción (que nunca llegó a manifestarse más que, si

acaso, en el enrojecimiento de los ojos, que por otra parte nadie vio porque yo miraba las

tiras de papel dorado que sacaba de la etiqueta del botellín), cuando se me enfrió un poco la

imaginación volví a la sensación irrebatible de que no llegaría a terminar ni eso ni nada, y

que aunque le diese al final a Violeta cuatro papeles con los croquis de una casita de cuento

aquello no podría pasar nunca por un regalo importante, quizá ni siquiera por un regalo. Ya

podía empezar a pensar en qué iba a gastarme el dinero que me había pagado Palomares

nada más empezar y que yo metí en otra cartilla que tengo aparte. Luego me puse muy au-

tocrítico, muy autodestructivo. Tú lo que tienes que hacer es estar con ellas, me dije. Serás

capaz de gastarte los trescientos talegos en cualquier chorrada y al final tu único mérito será

que hayas estado presente, que hayas pintado las habitaciones, que hayas ayudado a poner

la vajilla, ni siquiera sabes dónde vas a dormir ni con quién, ves venir a tu mujer en son de

reencuentro amoroso y prefieres venir a este antro de derrotados a ponerte de cervezas y


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repetir muchas veces la imagen de Eva, su cuerpo sentado sobre la hierba, sus ojos claros,

sus labios oscuros.

Volví la mirada a la barra, dispuesto a pedir la última cerveza. Eva jamás aparecería

por un sitio como ese, y el caso es que lo conozco porque me lo enseñó Bidón, porque yo

por mi cuenta no habría entrado. Pedí una cerveza y pregunté qué se debía. Cuando estaba

contando las monedas en la mano sentí que alguien se sentaba en el taburete de al lado.

Espero que no sea la última, dijo. Era Sepelio, el profesor de latín.

Hombre, Sepelio, dije. Había bebido bastantes cervezas y sé que mi sonrisa enton-

ces podía parecer siniestra. Es una forma de que no parezca beoda. El caso es que no sólo

no le molestó que le llamase por el mote sino que se apresuró a pedir disculpas. Quise lla-

marle, dijo. Quise disculparme ante usted, pero ya era demasiado tarde, ya no había nada

que hacer. Yo lo dejé hablar y cuando hizo la primera pausa intervine: como ya no tiene

remedio, dije, mejor será que no hablemos de ello. Pero Sepelio tenía ganas de hablar.

Entre los muchos temas que tocó dijo un par de cosas interesantes. Una, que lo

habían echado del trabajo. Dos, que fue Violeta en persona la que estuvo en el instituto para

decirle que si la aprobaba montaría un escándalo. Sepelio no tuvo ninguna opción. Violeta

no quiso decirle cuáles eran los motivos. Tan sólo le amenazó con telefonear a la asociación

de padres y decir que Patricia Sánchez Romero había suspendido el latín con un dos seten-

taicinco mientras que Violeta Ortega Miravalles, con el examen en blanco, había optado a

matrícula de honor.

Así que la suspendió, a ella y a Patricia, a las dos. Él puso sus notas y las entregó a
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la dirección, y la dirección hizo lo que le dio la gana y aprobó a Patricia. Pero antes de que

saliesen publicadas las notas Sepelio se enteró, y habló con dirección y dijo que si aprobar a

la una era un acto de justicia, también lo era tener en cuenta a la otra su trabajo durante el

curso y concederle no sólo el aprobado sino incluso la matrícula de honor. Les dijo que

aquel colegio no podía desperdiciar la inteligencia de Violeta Ortega ni mucho menos agra-

viarla con el aprobado a una hija de los padres más ricos que había en el colegio, parientes

de los dueños de la gran cadena de supermercados Sánchez Romero, que sólo vende pro-

ductos exquisitos; no podían condenar a una muchacha víctima de un mal momento y con-

decorar a un ceporro como Patricia, que no sólo no llegaba a la nota sino que al final del

bachillerato, y a punto de ir a la facultad de derecho, no sabía lo que era un verbo deponen-

te.

No le hicieron ni caso, sobre todo si lo dijo con esa lentitud anestesiante y con ese

aliento a tabaco negro y a cerveza en fermentación. Pero yo me voy a marchar, dijo. Esta ha

sido la gota que colma el vaso. Ya he fotocopiado unos cuantos curricula y voy a buscar

trabajo en otro sitio. Yo provocaría un despido improcedente, pero no sé cómo, dijo.

¿Debía denunciar yo al colegio? Supuse que antes debería enterarme de si Remedios

ya lo había denunciado, si ya se había movido por su cuenta, si ya estaba al tanto de la caci-

cada. Sepelio hablaba y yo pensé no darme por enterado, no haber hablado nunca con ese

sujeto. Eran más de las dos y me sentía un poco borracho. Al día siguiente había que llamar

a Remedios a primera hora, había que empezar con la casa, había que hacer demasiadas

cosas. Sepelio cogió confianza y pronto empezó a hablarme de mujeres. Con la misma ca-

misa de manga corta y los mismos pantalones de tela, el mismo bigote amarillento y los

mismos brazos peludos, Sepelio era un hurón nocturno. Vivía solo pero se apañaba bastante

bien con las mujeres, sobre todo con las putas. ¿A ti no te gusta ir de putas, Güino?, me
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preguntó, en una fase pastosa de la conversación. A él le encantaba, eran el sol de su vida.

Si no hubiese putas, dijo, no merecería la pena vivir. Esas frases lapidarias de borracho las

frecuentaba bastante. Ahora además hay unas putas que no parecen putas, que son chicas

normales, que no van pintarrajeadas ni se exhiben desnudas en la Casa de Campo ni son

yonquis ni adefesios. Son mujeres normales que se hacen un dinero, o putas que se disfra-

zan de mujeres normales para hacerse un dinero, que de todo hay.

Le dije varias veces que me marchaba, pero él pedía rápido el último botellín, la

última invitación, para celebrar su emancipación de aquel colegio de mierda, para celebrar

la definitiva derrota de las lenguas muertas y a las putas disfrazadas de mujeres normales,

para celebrar que nos habíamos conocido y que los dos sintonizábamos e íbamos a profun-

dizar seguro en nuestra amistad. ¡Toma, Güino, amigo!, dijo cuando yo ya no podía sopor-

tarlo más, ¡te confío un secreto de amigo! ¡Pero nunca digas que yo te lo he dado! Me lo

tienes que prometer. ¿Me lo prometes?, y alargaba la mano y se balanceaba como un tente-

tieso y me enseñaba sus dientes amarillos. Yo le di la mano y me levanté del taburete. Él se

sacó un boli del bolsillo de la camisa, cogió una servilleta de la barra y escribió un nombre

y un número de teléfono. Elvira, 656475814. ¡Pero no se te ocurra decirle que te lo he dado

yo!, ¿eh?, ¿amigo?, ¿eres mi amigo? Yo hice una señal de despedida a la camarera y me fui

hacia la puerta, pero él aún tuvo tiempo de cogerme del brazo. ¿Quieres ver el examen de

Violeta?, me dijo, articulando apenas las palabras. No, ya vale por hoy, Sepelio. ¿Quieres

saber lo que pone? Vamos a ver: qué pone. Sepelio extendió los brazos intentando señalar

el contorno de un folio. Está el folio así, en blanco, dijo, y aquí hay una línea de puntos

para escribir el nombre, y aquí otra línea de puntos para escribir el apellido, y aquí otra lí-

nea de puntos para escribir la fecha, y aquí otra línea de puntos para escribir el curso, y aquí

el escudo del colegio, un libro abierto y una pluma y una escuadra, lo de siempre, y aquí
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hay una línea, y todo lo demás está en blanco, y Violeta escribió su nombre, su apellido, la

fecha y el curso, y luego, abajo, aquí, en medio, en letras así de grandes, Violeta escribió,

con letras mayúsculas: NO TIENES NI PUTA IDEA. Sepelio lo repitió varias veces, no

tienes ni puta idea, mientras me miraba con ojos de perro y sonrisa babosa, meneando la

cabeza de un lado a otro y tratando de llevarse a la boca el cigarro.

Al día siguiente, al ir a levantarme de la cama, noté que había un espacio entre mi

cráneo y mi cerebro. No era una sensación que tuviese que ver con la resaca y por eso me

asusté. La resaca es un dolor punzante en las sienes y el bulbo raquídeo, pero esto, en prin-

cipio, tumbado en la cama con los ojos abiertos, no era doloroso. Era más bien una con-

ciencia viscosa de que estaba dentro de mí mismo, de que no me llegaban las carnes a los

huesos. Al levantarme de la cama noté que había una distinta velocidad de las acciones,

como si la parte interior que no encaja del todo con la parte exterior se moviese más deprisa

que el cuerpo visible, y dentro de mí yo me fuese moviendo como alguien se mueve dentro

de un automóvil. Cuando salí al pasillo, las paredes convergían al fondo y miré al suelo

para no marearme pero antes de llegar al baño me sorprendí pisando las baldosas con mo-

vimientos de caballo de ajedrez. Mientras me ponía la leche estuve a punto de caerme al

suelo. El movimiento de los objetos se congelaba en mis manos, sentía las situaciones co-

mo no sólo vividas todas las mañanas sino en un pasado infinito, ni anterior ni posterior, los

objetos pertinaces detenidos en una posición que sirve para verlos ya siempre igual de des-

nudos, como si la taza de leche o el frasco de colacao fuesen testigos conscientes de algo

muy grave que disimulan callados para no pagar los platos rotos. Me senté a esperar que se
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calentara la leche en el microondas y empecé a sentirme las uñas y a no poder dejar de sen-

tírmelas. Si trataba de concentrarme fuera de mi cuerpo, los números del calendario de la

cocina me bailaban y las manchas del suelo adquirían rasgos de retratos conocidos. Tenía

los maseteros muy tensos y las mandíbulas desencontradas hasta el punto de que no sabía

cómo cerrar la boca del todo, de modo que me mantenía en la postura facial del estreñido,

del que está muy absorto buscando algo en un libro, y no podía dejar de tocarme el pelo de

las cejas. Me venían a la mente recuerdos inoportunos y las mismas palabras de los pensa-

mientos se quedaban en ese temblor detenido de las imágenes que se congelan en televi-

sión, las repetía varias veces y no podía evitar el juego de pronunciarlas hasta que perdiesen

el significado. Volví otra vez al baño y supe que había tocado la pared de la izquierda con

el dedo pulgar las mismas veces que con la derecha, y me detuve a tocar las dos con los

cinco dedos. Me encontraba en la constante inminencia de la pérdida del equilibrio, era

consciente del juego de mis articulaciones al caminar, no podía dejar de sentirme las uñas.

Me preparé un baño de hierbas y estuve relajándome hasta que se quedó el agua

fría. Me tomé un par de buscapinas y me quedé traspuesto. Los golpes en la puerta con los

nudillos ya los oí dentro del sueño. ¿Papá? ¿Estás bien? ¡Ya voy, hija, ya voy!, dije con una

voz ronca, cavernosa, del cíclope que está en la cueva. La verdad es que tenía un aspecto

espantoso. Pálido, con ojeras, sin afeitar, los labios resecos y un sudor insano que me corría

por las sienes.

Había venido a despedirse. Mamá me dijo que te habías puesto enfermo. Pues muy

católico no estoy, hija, esa es la verdad, le dije yo. Ellas se iban ya el viernes después de

comer. Estarían el fin de semana con la abuela para poner las camas y eso y luego se mar-

charían a Valencia. ¿Y lo de Nueva York?, le pregunté. No podemos ir a Nueva York, dijo

Violeta, en un tono de resignación hacia algo que tampoco le importaba demasiado. Mamá
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está preocupada por la abuela, dice que mejor nos vamos antes unos días a la playa y luego

vamos a ver qué tal se lo monta en la nueva casa. También tengo que estudiar, me tengo

que repasar entero el examen de ingreso en septiembre. En fin, ya ves.

Violeta dijo que se quedaba a comer conmigo, que no tenía yo muy buen aspecto.

Estupendo, le dije, ¿te apetece que vayamos a un marroquí? No, dijo ella, prefiero comer en

casa. Tengo la nevera vacía, le dije. Pues nos vamos al mercado y compramos cosas y coci-

nas, ¿no tienes ganas de cocinar? Lo que tú quieras, Violeta, le dije.

Todo el camino hasta el mercado y todos los puestos de fruta se los pasó hablando

de lo que iban a hacer este verano. Mamá dice que primero lo que tenemos que hacer es

relajarnos, pero yo ya estoy muy relajada, yo estoy relajada del todo, a lo mejor lo que quie-

re es que no me relaje tanto. Quiere que salgamos las dos por Valencia de cañas y que va-

yamos a la playa. No sé, papá, yo la veo muy nerviosa. Se pasa el día repitiendo lo mismo

muchas veces. Antes de salir de casa me repite veinte veces lo que puedo hacer, y me pre-

gunta si tengo algún sitio donde ir por la mañana, mientras ella está en la clínica, y no para

de agobiarme con que qué quiero para mi cumpleaños. Le da una importancia excesiva,

creo yo. Piensa que los dieciocho años es algo importantísimo, es lo más importante que

puede ocurrir. Ya ves. Y ocurrir ocurrir la verdad es que no puede ocurrir nada. A mamá le

gusta mucho jugar con los números y con las coincidencias. El otro día me estuvo contanto,

¡otra vez!, que ella también tenía dieciocho años cuando me concibió y que si patatín y que

si patatán. Yo creo que está mosqueada porque no me ve resultado. Voy a cumplir diecio-

cho años y sólo tengo una amiga que tiene un complejo de inferioridad aplastante. ¡A esa sí

que le da miedo cumplir dieciocho años! Le parece que llegar virgen a los dieciocho años

es el primer fracaso serio que puedes tener en la vida. Se desespera porque yo no tengo nin-

guna prisa, ni en eso ni en nada. Dice que en eso me parezco a ti. ¿Tú crees que nos pare-
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cemos en eso? Yo, para empezar, creo que tú tampoco eres así. A ti te importan mucho las

cosas, lo que pasa es que lo disimulas. Mamá nunca disimula nada, y lo que menos de todo

los sentimientos. Según mamá los sentimientos te deben importar y debes expresarlos, por-

que si lo disimulas es como si tampoco los sintieses. Para mamá las cosas no existen hasta

que el otro no sabe que existen. Para ella por ejemplo es raro que yo no me haya disgustado

con eso del latín. Total, ¿es eso lo más grave que me puede ocurrir en la vida? Ojalá, ¿no te

parece? ¿Por qué no me preparas una ensalada de berros como esa que hiciste el último día

que comimos con la abuela?

Violeta hablaba y yo apenas la interrumpía, no más que para que siguiese hablando,

para que supiese que la escuchaba. Su voz era sana, limpia, confiada. En el fondo hacía lo

mismo que su madre. Hablaba conmigo de todo mezclado para expresar que se llevaba muy

bien con su padre, interpretaba la relación que los dos creíamos que, con todo lo que nos

queríamos, era la que por naturaleza nos tenía que salir. Violeta y yo podemos pasarnos

mucho tiempo sin hablar. Más de un fin de semana que ha venido a pasarlo conmigo nos

hemos sentado los dos a escuchar música y a leer un libro sin decir nada hasta que por la

noche nos íbamos a dormir. Pero otras veces yo veo en ella un síntoma del abrumador sen-

tido de la responsabilidad que su madre le ha inculcado desde niña. No sólo es responsable

de sus propios actos y de sus propios sentimientos sino de no colaborar a que los actos y los

sentimientos de los demás sean mejores, o en todo caso no sean peores por culpa suya. Eso

era, según yo lo veía, lo único raro que había sucedido al suspender el latín: lo había hecho

a propósito por alguna razón que entonces no dijo, y haciéndolo ponía en marcha todos los

recursos victimistas de su madre y quizá por un momento pensó que mi estado lamentable

se debía también en cierto modo a eso.

Trataba de interpretar la locuacidad de Violeta y dejarme arrastrar por ella, posponer


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la batalla interior que se me avecinaba en tanto se hubiesen restablecido las comunicaciones

con el mundo real y los suministros para vencer la resaca. Disimulaba la flojera de todos

mis miembros, lo hipersensible que podía mostrarme ante una risa de Violeta o su dedo

señalando un tomate verdadero para la ensalada. En momentos de desequilibrio, el amor

filial produce ataques de culpa.

La llegada del síndrome sólo tiene unos leves avisos, algunos dolores sin importan-

cia que son como los primeros ecos muy lejanos de los truenos, pero sus ataques son masi-

vos, por todos los flancos a la vez, por el entumecimiento físico y por la amenaza del lum-

bago, por la inseguridad y por el frío. Estábamos a 30 grados y yo tenía frío, no epidérmico,

claro, sino una humedad interior, un llevar por dentro la ropa empapada. Me notaba los

huesos, podía sentir su espacio en el interior del músculo, podía sentir con ellos y provocar

minúsculos dolores que eran como la tentación de arrancarse una costra. Demasiado tabaco

en el paladar, demasiadas palabras en el cerebro, demasiado alcohol en la sangre. Y mi hija

me hablaba de su insensibilidad, o eso creí entender. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehu-

mano para compensar su ternura con una actitud desenvuelta en la que ninguno de los dos

fuese consciente del silencio.

Cuando nos tocó hacer cola en la pescadería la conversación se detuvo, hizo un

preámbulo gracioso con la cara que tienen los pescados y nada más hablar del monstruoso

cabracho me soltó de sopetón: ¿vas a venir a mi cumpleaños, papá? Faltaría más, le dije,

pensé que ya te había dicho que sí. ¿Y dónde vas a dormir? Pues, si me dejan, en casa de la

abuela, y si no iré a una pensión, dije. Papá, no me refiero a eso, me refiero a si vas a dor-

mir con mamá o no, ¡ya sé que te vas a quedar en casa de la abuela! ¿Ya se lo has dicho a tu

madre, Violeta? Mi madre no se aclara, dijo, no sabe lo que quiere. Yo creo que lo que

quiere es que tú vayas, eso por supuesto, pero un día me dijo que le gustaría que la volvie-
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ses a conquistar, que ella se dejaría sin ningún problema, se dejaría porque está enamorada

de ti, pero lo que no puede ser es que a ti te importe un comino. Ella cree que tú volverías o

no, que te da igual, que no has cambiado de vida, que si viviésemos otra vez juntos seguirí-

as viviendo solo. Mamá dice que eres muy buena persona, pero no tienes sentimientos. Lle-

va un tiempo que no hace más que repetirlo, a mí me lo repite mucho, me dice que en eso

he salido a ti.

Le preparé una ensalada fría de macarrones con espárragos, aguacate, huevo y maíz,

a Violeta le gusta desde niña, y traté de reorientar el tema hacia algún sitio que no fuese su

madre o su suspenso en latín. Tomé prestado a Alfredo para entretenerla un poco, hablé de

la comida, de las nuevas ensaladas que había descubierto. Estás más delgado que nunca,

dijo Violeta. Le conté mi ajetreada vida, las facetas de mi pluriempleo, las locuras de mis

compañeros. ¿Estás pasando un mal momento?, me interrumpió, en un tono de procedencia

Remedios. Nunca habías dejado el curso sin acabar, dijo en otro tono que ya era Remedios

en estado puro. ¿Te pasa algo? Tengo el alma húmeda, le dije, y le conté una de las histo-

rias que aparecen en El rapto de los modelos. Un modelo romano, un joven portentoso, que

un día, en una fiesta patricia, bebió demasiado, perdió el sentido y cayó al agua de la bahía

de Ostia. Cuando lo sacaron del mar estaba casi ahogado, a punto de expirar. Su alma esta-

ba ya saliéndose de su cuerpo por la nariz cuando lo rescataron. Pero ya había estado muer-

to, se le había mojado el alma, y cuando lo dejaban solo metía la cabeza en un cubo de agua

para volver a morirse un rato. Eso le sucedió, dije yo, porque en aquella época los modelos

no eran profesionales. Ahora, cuando se te humedece el alma, te quedas en casa un par de

días y arreglado.

Violeta se marchó a media tarde. Había quedado con su amiga Almudena para des-

pedirse. Ni que te fueras para siempre de Madrid, bromeé. Ella me miró como si no lo tu-
311

viera del todo claro. La acompañé hasta el metro. Al darme un beso me lo volvió a repetir:

piénsatelo, anda; si duermes con mamá me dejarás un cuarto para mí sola. Y añadió: ahora

necesito mucho espacio.

Nada más volver a casa tiré a la lavadora toda la ropa que tuviese algún mínimo

rastro de tabacazo, alguna lejana huella de la borrachera. Al vaciar los bolsillos de los pan-

talones me salió el teléfono de Elvira, la puta normal. Miré los números. Me senté en la

banqueta de la cocina mientras la lavadora se llenaba de agua. Yo a veces me siento frente a

la lavadora como otros se sientan junto al fuego. Lo hice una vez, de pequeño, cuando la

primera lavadora automática llegó a casa, y todos estuvimos sentados en el cuarto de baño

hasta que dejó de dar vueltas y el pilotillo rojo se apagó, y mi madre sacó la ropa y todos

nos fuimos detrás de ella a la ventana de la galería de la cocina para ver cómo la tendía. Mi

familia terminó ahí la contemplación y no se dedicó a observar cómo se secaba la ropa,

pero yo me quedé asomado a la ventana, y vi cómo en menos de quince minutos las sábanas

mojadas recobraban su blanco arrebatado y se ponían tiesas y el sol de julio las acartonó

enseguida.

A veces estoy mal y me refugio en esas manías de cuando era pequeño. Eso de ob-

servar los procesos mínimos me atrajo desde siempre, el agua del guiso cuando se evapora,

la pasta cuando se esponja, la dama de noche que tengo plantada en la terraza cuando se

abre, en verano, con una flor que es como un kiwi partido por la mitad. A lo mejor era mi

vocación temprana, quién sabe. Quizá cuando mi madre me veía sentado en el banquete de

la cocina mirando cómo se secaba el suelo no intuyó que yo iba a hacer de aquella posición
312

absurda un oficio para toda la vida. Pero algo malo debía de ver cuando me decía que co-

giese un libro, que me pusiese a jugar. Este chico me da miedo, dijo, allá arriba, alguna vez.

Y yo he pensado mucho en ese miedo. El tambor de la lavadora daba vueltas y aquellos

números borrachos eran el certificado de una noche deplorable y el tipo de bajas tentacio-

nes a que me sentía en esos últimos tiempos tan inclinado. Supongo que el miedo aquel

materno era por lo que nos asusta que alguien esté demasiado metido en sí mismo, como si

en su imperturbabilidad se estuviese cociendo alguna malformación del comportamiento,

una psicopatía discreta que puede acabar en el manicomio, como si al ser tan apartadizo,

tan inmóvil, estuviese cultivando brotes de neurastenia en ese suelo que se secaba por co-

rros, y resplandecía luego limpio, oloroso de jabón, recién fregado. Pero yo nunca escondí

nada, nunca pasé de ahí. Ahora sentía el tacto del papel sobado entre las yemas de mis de-

dos. Lo de irse de putas había sido siempre un deber cívico aplazado, una página necesaria

de la biografía. Las putas esperan a que pases por su calle. Puedes hacer un elogio macho

de ellas, o uno romántico, a fin de cuentas yo mismo era una forma muy sofisticada de

prostitución. Pero yo soy muy aprensivo. Es lo que nos pasa a mucha gente, que en el fondo

somos muy aprensivos. La extrema virtud religiosa es que la vida te dé aprensión.


313

IX

Solo aquí en la montaña, solo aquí con mi España, iba leyendo en el tren que me

llevó al Barco de Ávila. Pasé por San Martín de Valdeiglesias, Navahondilla, Escarabajosa,

Lanzahita, Ramalcastañas, nombres colgados en los apeaderos de la vía férrea, tan poco

frecuentes como el tren que los recorre, nombres antiguos, de museo etnográfico, junto al

silbato del jefe de estación, junto a los lentes del revisor. Era un viaje antiguo a un tiempo

antiguo, el corazón de roca viva y la soledad rocosa de la cumbre, Unamuno paseando por

tierras abandonadas para inflar su pensamiento con aire serrano.

En Madrid hacía muchísimo calor. Había que ir despacio por la calle, como avan-

zando por un fluido caliente. La pesadez general del ambiente se instalaba en un perder los

papeles paralelo a una pereza ingobernable. No había hecho nada y me sentía sucio, con

toda la suciedad de haberlo hecho y sin ninguna ventaja, sin un gramo de alegría. Es como

cuando, al principio de marcharse Remedios y Violeta, dejaba que la inercia se fuera exten-

diendo por la casa. Sin tenerla nunca sucia, había veces en que los muebles estaban decaí-
314

dos, los papeles amontonados, los platos meramente fregados. En muy poco tiempo la casa

se tiñe de tiempo. En la fresca transparencia de los cristales y en el brillo de los tiradores

hay una obligación de alegría, una necesidad automática, una forma satisfactoria de no

quedarse jamás a merced del tiempo. Tener la casa limpia como los chorros del agua era

para mí el colmo de la acción, la consecuencia natural de un espíritu activo que sin embar-

go no puede pagarse una asistenta. Pero a veces eso también fallaba. Abrumado por la resa-

ca, escocido de tocar la mugre, más bien de haberla deseado, y muerto de calor, limpiar la

casa ni ordenar los zapatos ni quitar el polvo del estudio no era más que una pena sin re-

dención. La redención era marcharse. Y lo más a mano era la sierra, pero no Alfredo y Ba-

rrachina ni el ambiguo encargo que llevaba, sino una sierra inventable, un lugar en donde

sería feliz los ratos en los que no tuviese que hablar, porque cuando estuviera solo, cuando

estuviera callado, incluso si me estaban hablando, brotarían otra vez las flores de cumbre, el

vuelo de los buitres, la escurraja que a tu cumbre royó la herrumbre con capa de verdor, la

vasta soledad serrana y la eterna mentira del mañana.

Yo tenía bastante con este tipo de entretenimientos. Nunca me habían fallado. Pensé

llegar al pueblo y según viera el panorama quedarme en casa de Alfredo, o buscarme algo

por ahí, en otro pueblo, dos o tres días, hasta que se terminasen los exámenes. Uno en esta

vida necesita certificados de buena conducta, es lo que se pide de los ciudadanos. Se les

pide que lleven un documento firmado por un médico donde se dice que no está en condi-

ciones de trabajar. Se les pide una buena causa para marcharse un par de días a la sierra,

mejor cuando más desagradable haya sido para otros. Rosita no había querido ir. El bueno

de Güino, al final, tuvo que cargar con el muerto.

Pero al bueno de Güino no se le pregunta si le importa o no le importa el muerto, si

lo suyo no es aprovechar cualquier carroña de debilidad que tengan los otros para justificar
315

su tendencia al escaqueo. Esto, en realidad, el único que se lo pregunta es Güino. ¿En qué

piensas?, me decía Remedios. Todas las noches que te quedas en vela, todo el rato que no

lees ni hablas ni ves la televisión, todo el tiempo que estás quieto y callado trabajando en la

escuela, ¿en qué piensas entonces? Eso solía venir a cuento de las muchas veces que Reme-

dios me dijo algo y me pidió que, por favor, pensara en ello, y yo, uno o dos días después,

le decía que no había tenido tiempo de pensar en ello. Ahora también me lo había dicho. Te

lo piensas mientras tomas el aire de la sierra, que tampoco te irá mal, me dijo. Se refería al

viaje con Violeta, a compartir las vacaciones, a irme con ellas todo el mes de agosto a la

nueva casa de mi suegra, a celebrar allí el cumpleaños de nuestra hija. Pero no era sólo pen-

sar eso. Eso se piensa enseguida. Se dice sí porque tampoco tenía nada mejor que hacer. No

tenía, como se imaginaba Remedios, una nueva relación con alguien con quien ya hubiera

reservado dos plazas en un viaje organizado para visitar las pirámides de Egipto. No tenía

intención, como yo le dije, de apurar el trabajo con Palomares y ahorrar un poco para el día

de mañana. Lo único que yo pensaba era en tener a punto el regalo de Violeta. Era mi único

pensamiento serio y también mi único secreto, lo único que tenía que disimular. Los pue-

blos serranos y los topónimos con aroma de tomillo eran integrados de inmediato en mi

único pensamiento, cómo podía utilizar esos paisajes para añadir dibujos a mi regalo. Me

llevé una caja de plumillas y otra de acuarelas, más un cuaderno de campo donde dibujar en

cuatro trazos los bocetos. Quedaba ya menos de un mes, lo único que yo podía hacer era

continuar.

En el apeadero del Barco de Ávila un empleado me dijo que Los Nardos estaba a

unos diez kilómetros por carretera. Me habló de un bar donde podría encontrar a alguien

que me llevara en coche. Eran las seis de la tarde, quedaban por lo menos tres horas de luz,

y la tarde al salir del vagón había rejuvenecido, no era el betún invisible que se masca por
316

Madrid a finales de julio, era una tarde con corrientes de brisa y olores y pájaros. También

pensé que si llegaba demasiado pronto me podrían decir que muchas gracias y que ya me

podía marchar. De modo que emprendí la caminata por una carretera estrecha y cuesta arri-

ba, con jaras en las cunetas y matojos con chicharras y taludes de roca gris, esa rocosidad

enteca castellana, miradores en peñascos berroqueños desde donde se ve la paz inmensa y

amarilla de los trigos, el azul sin nubarrones.

La proposición estética de ese paisaje es muy simple: tiene apariencia de sobriedad,

de horizontes lineales. Tiene poca retórica de bosques y de ríos y de fragosidades. El paisa-

je tiende, en apariencia, a su mínima expresión, que es el instrumento ascético y místico de

la honda manifestación del sentimiento. Todo eso es falso. No cambia más que el color y la

textura, que tiende siempre a ser más polvorienta, pero los matices, las complicaciones y las

formas son más exigentes, por lo menos para mí, que pintar arbolitos en el parque, y siem-

pre caben más líneas de las pensadas porque el misticismo se abarroca enseguida. Quiero

decir que me senté en una piedra a fumar un cigarro y enseguida vi que aquello no se dibu-

jaba con cuatro líneas. Nada se dibuja con cuatro líneas que no sean el resultado de haber

borrado cuarenta. Esto Barrachina lo decía mucho.

Llegué a Los Nardos muy cansado, el corazón dándome botes y un dolor agudo en

los sartorios. Cuando la cuesta empezó a necesitar concentración me olvidé de los dibujos y

de la fauna y flora y sólo pensaba en no aflojar. No sé por qué decidí hacer aquel viacrucis,

porque llegué a Los Nardos hecho polvo. Se conoce que me estoy cristianizando. Me im-

pongo penitencias como las beatas, utilizo los mismos recursos para mantener la salud men-

tal que otros emplean para amar a Dios. Es como esas empresas que han descubierto la ren-

tabilidad de la ética, y que han hecho desaparecer la ominosa figura del jefe por la de un

compañero más. Ellos llegan al amor al prójimo porque así la empresa gana más dinero, y
317

yo estaba llegando a los ejercicios espirituales porque trataba de escapar del barro. Mis sa-

gradas escrituras eran una colección de dibujetes, era casto por aprensión, y ahora llegaba

peregrino de una larga singladura para lavar los pies a los ancianos. A este paso, pensé, me

termino metiendo cura.

¿Pero eso lo pensé al principio, cuando vi recortada sobre un último cielo naranja

butano la silueta del pueblo, o lo tenía ya pensado, o lo pensé durante las largas horas de

silencio que siguieron? ¿Fueron pensamientos que llevaba ya pensados o los usé porque me

resultaban tan hermosos como los poemas de Unamuno? Más bien, supongo, esto último.

Uno no puede tomar en serio sus pensamientos porque tampoco se puede quedar mucho

tiempo con el mismo disfraz. Así como viajar a algún sitio es para mí la ficción de estar

viviendo en ese sitio, igual pensar en algo es creer que lo he pensado desde siempre o que

supone una decisión que me hará pensarlo el resto de la vida. En todo caso, me tranquiliza

estar seguro de que nunca dura demasiado.

Ya casi había anochecido cuando llegué a Los Nardos. La sombra fresca de los ven-

cejos, los niños sucios de jugar a punto de ser llamados para la cena, un burro cargado de

alfalfa y un señor con sombrero de paja que vuelve de regar. Me fui al bar del pueblo, me

bebí una botella de agua del tiempo, porque estaba muy congestionado, y pregunté por la

casa del señor Barrachina. Me mandaron a una casa de maestros. Era una escuela franquista

con las dos aulas grandes en la planta baja y dos pisos pequeños en la de arriba, de paredes

blancas con ribetes de ladrillo rojo en las esquinas y en los alféizares de las ventanas y una

puerta verde de dos hojas a la entrada. Esas casas tienen algo de la casa que pintaría un ni-

ño. La escuela rural se quedó sin niños y el ayuntamiento de Los Nardos se la regaló a Ba-

rrachina como pago por una estatua de la Virgen de los Nardos que figura en el retablo de

su iglesia del siglo XVI.


318

Llamé al timbre, y al cabo de pocos segundos se abrió la ventana de arriba y apare-

ció una mulata que me trató como si estuviese hablando por teléfono. ¿Digamé? ¿Vive aquí

el señor Barrachina? El señor Barrachina se fue a dar un paseo, no creo que ya tarde. Espe-

raré, dije. Un momentito que ya le abro. La mujer, una caribeña entrada en carnes de unos

treinta y tantos años dejados estar, abrió la puerta sin preguntar quién era y refunfuñando

por la lata de las escaleras. ¿Ha oído usted que dicen que haciendo ejercicio se pierde peso?

Pues eso es mentira y se lo digo yo. ¡Qué costaría abrir una puertecita, señor!

La mujer me pasó a un comedor de techos bajos, la mesa en el centro con un hule de

las provincias de España, un aparador de chapa con espejo y un par de sillones enfrente de

la televisión. No creo que Barrachina se molestara en cambiar el mobiliario de los últimos

maestros. La mujer me vio tan colorado que me ofreció un vaso de agua y una silla, y se

estuvo dándome conversación hasta que vino Barrachina. Ella estaba allí muy bien. Ella

había estado cuidando ancianos en Madrid y en Colmenarejo y en un pueblecito de Guada-

lajara, Prados Redondos, que de prados no tenía ninguno, más pequeño que los Nardos, con

un señor muy anciano que se murió y entonces una amiga que está trabajando en una casa

de Madrid le buscó esta casa en Los Nardos. Y aquí estaba muy bien porque tenía el piso

para ella sola, otro piso igual de grande que este para ella sola, y tenía libres los fines de

semana y lo único malo era la puertecita, ¿qué les costaría hacer ahí, al lado del aparador,

que comunica con el salón de su casa, una puertecita y no tener que subir y bajar escaleras

tantísimas veces al día?

Una voz interrumpió sus problemas con la puerta. ¡Olivia! Era la voz timplada de

Barrachina. ¿Lo ve usted? ¡Otra vez las escaleras! ¿Le costaría mucho llevarse las llaves?,

dijo mientras bajaba dándose con las caderas en las paredes de la escalera. Barrachina esta-

ba perpetuado en la imagen que siempre he conocido de él, cuando era el viejo ausente y
319

obsesivo de la escuela y llevaba un traje negro años sesenta y la corbata con el nudo muy

pequeño. Entonces ya era un viejo muy delgado, con mucho nervio, con una dentadura pos-

tiza que le incomodaba y que solía reajustarse con la lengua mientras estaba escuchando a

alguien. Su bigotillo por encima de los labios finos, su pelo intacto, todavía no del todo

blanco, como estancado en el gris, cortado a navaja y peinado muy tirante para atrás, y el

genuino aroma de abrótano que podía embriagar hasta las naúseas a quien estaba muchas

horas junto a él. Entonces le faltaba la chaqueta, pero llevaba los pantalones estrechos de

amplia culera muy subida la cintura, una camisa blanca de algodón arremangada por enci-

ma del codo, unos zapatos de rejilla con la sombra gris de los calcetines.

Así lo recuerdo y así lo volví a ver, y volví a sentir nada más verlo la misma respon-

sabilidad de no decir ni siquiera pensar tonterías, de no pasarme lo más mínimo porque el

viejo tenía muy malas pulgas. Cuando las pulgas se las fumigaron por decreto, Barrachina

se hizo todavía más distante, pero resultó que su autoridad no era administrativa sino moral,

y conservó intacta la capacidad de cantarle a cualquiera las cuarenta, y algunos, como Rosi-

ta, se daban cabezazos contra él, y otros, como Alfredo, le bailaban el agua. Y otros, como

yo, jamás nos dábamos por aludidos.

¡Tú por aquí!, dijo Barrachina, y, por tópico que resulte, es lo último que me hubiera

esperado de él. A él le pegaba más un qué haces tú aquí, a qué coño has venido, pero se le

veía como a esos profesores muy amables de la infancia cuando los veíamos fuera de la

escuela, en una boda, o saludándose al salir de misa con nuestros padres, que se comporta-

ban con una obsequiosidad que les descomponía el rostro, les sacaba una dentadura postiza

nunca vista en clase, donde el profesor, si acaso, enarcaba de vez en cuando los labios, pero

nunca reía. ¡No me digas que has venido andando desde el Barco!, dijo, y volvió por un

momento a los viejos tiempos y añadio: ¡con lo gordo que estás!


320

No será por falta de ejercicio, dije yo, y miré, cómplice, a Olivia, que ya estaba sa-

cando del aparador un mantel para poner encima del hule y unos tenedores pequeños con

mango de plástico vareado para picar. ¿Quieres una cerveza? Olivia, prepárale la habitación

a Güino. Me han dicho en el bar que has llegado sudando como un cerdo. ¡A quién se le

ocurre, hombre! Nos sentamos y Barrachina entró por lo suyo. Bueno, dijo, tampoco estás

tan gordo, la verdad es que has adelgazado bastante, yo pensé que habrías ya explotado,

pero aún te quedan por lo menos diez kilos que perder, ya sabes lo que pienso sobre eso. Y

lo sabía, pero nunca me lo había formulado con tanta sencillez y tan buenas palabras.

Olivia nos puso la cerveza y un plato de jamón y yo encontré que la conversación

no podía seguir alargándose sin más. He venido para avisar a Alfredo, dije. ¿Avisarle?, dijo

Barrachina, otra vez en los tiempos de la jefatura. ¿A avisarle de qué?, ¿de otro reportaje

para el periódico?, ¿de que Palomares lo quiere ver que se pudra entre rejas?, ¿de que me

van a meter a la cárcel a mí también? ¿De qué nos quieres avisar?

Le dejé que terminara. Barrachina, al contrario que a casi todos en la escuela, no me

ponía nunca nervioso. Podía ser más o menos enérgico y despreciativo, podía insultarme

incluso, pero nunca me ponía nervioso. Le dije: Alfredo quedó en libertad condicional con

el compromiso de presentarse cada quince días en el juzgado, pero se marchó y no ha vuel-

to. El juez, al principio, lo dejó pasar. Ahora ha dado un último aviso a quienes puedan de-

círselo a Alfredo. Se da la casualidad de que la única persona que puede avisarle antes de

que la policía empiece a buscarlo soy yo. Me podía haber ahorrado la cuesta, le dije, en

tono, no obstante, de lo más conciliador. Y le dije: no quiero saber dónde está Alfredo. Sólo

quiero avisarle.

¿Quién te ha dado estas señas?, dijo Barrachina. Palomares, contesté, ¿quién va a

ser? ¿Palomares?, ¿de modo que no tiene huevos de quitar la denuncia y ahora lo quiere
321

librar de la cárcel?, ¡vamos, anda! No se trata de su denuncia, le dije. Su denuncia no tiene

nada que ver. Si la policía lo busca y un juez lo declara huido de la justicia el problema no

será la denuncia de un particular. A Alfredo lo cogieron por intento de robo, no por denun-

ciar vaciados. ¡Pero era una forma de denunciar!, dijo él. Demasiado abstracta para que la

gente lo comprenda, dije yo; eso sí, Palomares dice ahora que retirará la denuncia, la suya,

la de difamación y todo eso, pero lo otro es más grave. ¡Lo otro es lo más justo!, dijo él, en

un aire de dignidad anciana un poco patético. ¿Sabe lo que pienso?, le dije, ya reconfortado

con la cerveza y en mi sitio; pienso que todo esto es una cuestión entre usted y Palomares.

Alfredo dice que ésa era la única copia del vaciado que le hicieron hace cuarenta años, y

Palomares dice que usted tenía otra copia. ¡Yo no tengo ninguna copia!, dijo, como si can-

tase las cuarenta, con el puño membrudo sobre el tapete haciendo bailar las aceitunas. Pero

vamos a ver, le dije: ¿no es un vaciado?, ¿no se puede reproducir un vaciado tantas veces

como se quiera?, ¿no podrían haber llegado a un acuerdo para que Palomares reconstruyese

la estatua y le hiciese una copia en escayola?, ¿no podría usted incluso haber hecho una

copia exacta, sin necesidad de todo este jaleo?

He dicho, me dijo Barrachina, muy digno, mirándome a la cara con la pose de los

ancianos cuando dicen sus últimas palabras, he dicho que yo no tengo esa copia. Él habrá

hecho muchas, pero aquella copia está hecha en pasta mezclada por mí mismo. Se puede

copiar el molde pero no los tonos ni las formas. Ese vaciado no se podía reproducir, ya na-

die sabe pintar en alabastro desde dentro.

Olivia estaba esperando en la puerta de la cocina por si el señor le decía que trajese

la cena. El tono de la conversación tampoco aseguraba que no fuese yo a salir por pies si

calentaba demasiado al viejo. Al final ella intervino: ¿les pongo la cena o no van a cenar?

Sí, dijo Barrachina, ponnos la cena. Ya hablaremos de este asunto, que mañana tengo que
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madrugar. Fue entonces cuando vi en su manera de acodar los brazos un pequeño gesto de

cansancio, del abuelo de ochenta y tantos años que era. Vi también a Olivia que miraba con

los ojos grandes muy abiertos al anciano. Él se detuvo en su mirada y vaciló un momento,

lo que le costó comprender a la mujer. Y dile a Alfredo que entre, anda, dijo.

Cuando me volví, Alfredo ya estaba apoyado en el dintel de la puerta que comuni-

caba con el pasillo. Ahí estaba, la efigie romana, una mezcla del César que aparece en el

Astérix y el torero Santiago Martín el Viti. El concepto tópico de nariz aquilina y la mirada

sobria, los ojos acostumbrados a no mirar a ningún sitio como quien mira el horizonte, el

futuro, el más allá. Ese ligero prognatismo, más en la línea de Juan Belmonte, algo más

acentuado por el descuelgue de la piel del cuello, de los dos nervios góticos que le sostení-

an siempre alta la mirada. En algo había cambiado. Él sí que estaba más flaco. Había una

diminuta desproporción entre sus ojos y sus sienes, entre la mandíbula de abajo y la de arri-

ba, entre los mentones y el hueco chupado de los carrillos, como si hubiese habido un des-

ajuste general, el principio de una transformación de movimientos terminales. Los labios,

siempre bien formados, carnosos como una herida abierta, eran ahora una herida a la que le

ha dado mucho el aire, un poco fruncida y reseca y oscura, cuarteada la piel de la cara con

arrugas nuevas que la cuarteaban como huellas de la sed, como la piel de Antonio Chenel

Antoñete.

¿Qué tal?, dijo, y en eso noté que también había cambiado, igual que Barrachina. A

pesar de que salió, como siempre, inmaculado, con su camisa limpia y su chaqueta de pun-

to, le noté más débil, pero debo reconocer, y esto lo hago en su honor, que pensé en una

debilidad moral, en estar muerto de miedo y aparentar valor con poses que simulan digni-

dad pero en sus limitaciones producen pena. Lo que no pensé, porque lo supo disimular, al

menos en el tiempo que estuvimos saludándonos (yo tratando de quitarle hierro al asunto,
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levantándome de mi asiento para estrecharle una mano blanda, sedosa, muy fría, diciéndole,

en tono jocoso, las vueltas que me había hecho dar, alarmándolo en broma del follón que

había montado), lo que no pensé, entonces, fue que su problema no era el frío ni el miedo,

sino que apenas se podía mover.

Para sentarse en la mesa se tuvo que apoyar en el aparador y en una silla y rechazó

la ayuda de Olivia, que lo seguía con los brazos abiertos como se sigue a un niño que da sus

primeros pasos o como a un enfermo que da los últimos. Sus piernas ya no se movían con

movimientos automáticos sino que tenía que esforzarse en controlarlas, y subía demasiado

la rodilla y el pie le colgaba inerte, y se hundía de la cadera izquierda que a primera vista no

tenía sensibilidad o le dolía mucho. Yo lo había visto cojear, lo había visto como esas per-

sonas a quienes se les abren mucho las caderas y caminan un poco descoyuntadas, pero esas

personas, por regla general, caminan descoyuntadas o encorvadas o con bastón hasta que se

mueren de muy viejos, cuando les toca. Esto había sido demasiado rápido. Desde que salió

de la puerta hasta que se dejó caer en la silla pasaron unos segundos aprendidos, un sacrifi-

cio por atenuar las verdaderas condiciones de sus piernas, de haberse acostumbrado a su

discapacidad y a tener medidas las distancias de los muebles.

Yo no supe bien cómo reaccionar. Venía con un cuento de buscas y capturas y me

encontraba un amigo inválido. ¿Tú crees que con esta pinta me puedo presentar a que me

saquen fotos para todos los periódicos?, dijo, nada más sentarse, cuando todo era ya eviden-

te y se bebió de un trago, como si fuese un vaso de vinazo, el vasito de agua que Olivia le

había puesto junto con unas pastillas rosadas y unas cápsulas blancas y rojas. ¿Es eso lo que

te importa?, le dije yo. ¡Ese cabrón no va a salirse con la suya! ¡Quiere degradarme, perdo-

narme delante de todos! ¡Mira el pobre lisiado, que lo van a meter en la cárcel, pobrecito!

¡Y una puta mierda!, dijo.


324

Alfredo, dije yo, no tiene por qué enterarse nadie. Vas al juzgado, te presentas, fir-

mas, dices que no te podías mover, cuentas la verdad, lo mejor que tú puedes hacer es no

ocultar nada, lo haces con discreción, sin que se entere nadie, yo te acompaño y tú entras,

firmas y aquí no ha pasado nada, y te vuelves aquí o donde quieras, y te escondes si te da la

gana y te recuperas con tranquilidad. ¡A saber a qué te habrá mandado Palomares!, dijo,

cuando terminó de tragarse la última pastilla.

Aquello se quedó así. Olivia trajo unos platos de acelga con patata y una tortilla a la

francesa y una pera. Barrachina nos había dejado hablar, al uno que se explayase con sus

maldiciones de fogueo y al otro con sus buenos consejos de samaritano, hasta que dio a

Olivia la señal de servir la cena, la señal que daría un maestro al alumno para que fuese a

encender la luz, y dijo que ya hablaríamos mañana. La cena sirvió para dejar en paz la tra-

ma y la tragedia, como si en el transcurso de la comida el dolor o la preocupación no fueran

tan intensos, como cenan los familiares de un muerto y relajan el aire sombrío e incluso

sonríen con los ojos cansados.

Barrachina tomó la palabra. ¿Cuántos días te vas a quedar?, me preguntó. Pensaba

irme mañana, contesté, y lo que no había sido hasta ese momento verdad entonces sí lo fue.

La casa, a pesar de Alfredo siempre pulcro, a pesar de los guisos de Olivia y de Olivia

zumbando por la casa, tenía un olor de anciano enfermo, algo que por las mañanas se venti-

laba y se perfumaba con los perfumes de Alfredo y de Olivia y el penetrante abrótano de

Barrachina, pero que por las noches se cocía en los dormitorios, salía por debajo de las

puertas y se quedaba pegado en las paredes de la casa. Admiraba por instinto a Olivia de

sólo pensar en las toneladas de indiferencia y alegría que hay que usar cuidando a dos vie-

jos, uno paralítico y el otro con complejo de coronel. Hasta la lejía potente con que friegan

los asilos se contagia de un aroma que nace de la respiración, de la presencia y los humores
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naturales no disfrazables con ningún perfume. Incluso en las cámaras de las marquesas vie-

jas saturadas todas con esencias escandalosas se filtran esos filamentos de aroma corrompi-

do, una incipiente putrefacción nos llega tiempo antes de la muerte como el sombreado

final de nuestra vida. Pronto Alfredo empezaría a no poder lavarse por sí solo, y Olivia ten-

dría que limpiarle el culo. Pronto Barrachina, de pronto, un martes a las siete y veinticinco,

sin previo aviso, sin síntomas ni aceleradas decadencias, empezaría a morirse y su resisten-

cia militar prolongaría meses su agonía y Olivia tendría que velarlo por las noches. Qué

espanto. Y eso, tal y como yo había visto el ambiente, podía suceder mañana. Me daban

ganas de irme al día siguiente porque aquello era pensar en Violeta y Remedios y verlas

como un jardín dulce sin malos olores, mi vida todavía viva como los muebles que Alfredo

necesitaba para trasladarse.

Pensaba irme mañana, contesté. De eso nada, dijo Barrachina, por lo menos te que-

das el fin de semana. Las acelgas con patata me devolvieron, en el silencio de la mastica-

ción, al programa unamuniano. Pero Unamuno y la sierra de Gredos eran ahora el territorio

del tiempo, la residencia de veraneo llena de agonía interior y olor a viejo. De todos modos,

tampoco tuve mucho margen para negarme porque Barrachina no me estaba invitando sino

que ya me había preparado faena. Y Alfredo, de paso, también. Alfredo habló en todo mo-

mento de su parálisis como de una mala racha de la artrosis y de la reúma, pero cuando

empezó a comerse la tortilla dijo que sólo faltaban quince días para la codorniz. Con un

poco de sensatez dijo que igual para la codorniz no se le habían pasado aún esos lumbagos,

pero que para el conejo, que es lo que a él le gusta, a lo mejor ya podía sacar a los perros.

Había que ir a echarles de comer a los perros. Les había llevado comida la semana anterior,

antes de que le diese un dolor horroroso y tuviera que venir el médico. Estuvo tres días en

la cama sin moverse pero ahora poco a poco parece que ya se estaba recuperando. Sin em-
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bargo, hasta que no estuviera un poco más fuerte no podría él sólo subir al refugio.

Todo esto lo fue contando con mucho aparato de caza hasta que Olivia intervino. Yo

ya le he dicho que si quiere subo sola, pero que yo a usted no lo subo. ¡Pero tengo que ver

cómo están los perros!, dijo Alfredo, en un tono no muy alto pero sí lo suficiente para que

Barrachina le chistase y Alfredo bajara humildes las orejas y se callara. No había sido, no

obstante, una orden sino casi una súplica, o como poco una indirecta dirigida a mí. Barra-

china lo dio por hecho. Mañana te acercas con Alfredo, dijo, y le echáis de comer a los pe-

rros mientras yo trabajo. Luego Olivia que nos prepare una paella y por la tarde me echas

una mano a mí. Y luego el domingo si quieres te vas.

Lo dijo minimizando cualquier posible reacción de orgullo. Se supone que yo debía

decirle oiga, oiga, espere un momento, que yo he venido porque he querido y me iré cuando

me dé la gana. En términos objetivos lo merecía, pero no se lo dije. Era el viejo de siempre

que ya no se para en barras de sensibilidades para organizar la vida de los demás. Pero yo

tampoco podía hacer otra cosa y me acordé de Unamuno, y el recuerdo del proyecto de los

dibujos castellanounamunianos era como la imagen de un santo al que se recurre para pedir

tranquilidad.

Cuando terminé de pelar la pera ya le había quitado a todo la importancia. Quizás

Alfredo estuviera recuperándose y su decadencia no fuera tan estrepitosa, y el hecho de ver

a sus célebres perros había sido para mí una posibilidad agradable de imaginar durante mu-

cho tiempo mientras escuchaba las comparaciones de Barrachina. Cuando le pregunté cómo

podía echarle a él una mano me dijo que tenía que cambiar unas cosas de sitio, nada más.
327

Olivia me despertó con los primeros gallos. Había dormido toda la noche como un

lirón, en un colchón de lana (un peligro que entonces, con el cansancio, no advertí), las sá-

banas estaban un poco tiesas y me tuve que poner una manta porque me estaba quedando

frío. En agosto en la sierra las noches son frías. Olivia vino a hacer los desayunos arreglada

ya para marcharse porque ella y otra amiga se iban a pasar el fin de semana en Madrid. Oli-

via libraba todos los fines de semana pero sólo una vez al mes salía del pueblo, el resto los

pasaba en su casa, al lado de la estufa, charlando con su amiga Sandra, o en casa de su ami-

ga Sandra, que también estaba cuidando viejos. Olivia me lo contó todo durante el desayu-

no. Alfredo aún no se había levantado y Barrachina ya estaba en el piso de abajo. El viejito

se levanta muy temprano, dijo, yo no sé de dónde saca la fuerza. Es muy seco, muy severo,

pero a mí me trata bienísimo. Sandra me dice chica tú estás viviendo como una potentada.

Tienes tú casa para ti, tienes un viejo que no está enfermo (porque Alfredo, yo me digo, se

irá, ¿verdad?) y te pagan una buena mesada y tienes enteros los fines de semana. Sandra me

dice chica tú vives como te da la gana. Su casa huele mal. Huele a vaca. Sus viejos huelen a

vaca. Todo huele a vaca. Y Sandra le tiene alergia a la leche. Y yo le digo pero y eso qué

tiene que ver. ¡Tú no bebas leche y ya está! ¿Usted quiere la leche de vaca o del minimax?

Olivia me arregló la mañana, el principio de la mañana. La verdad es que ella se iba

porque yo había venido. ¡Ay gracias a que ha venido usted!, por que si no, con lo malo que

está Alfredo, ¡yo no tengo coraje de marcharme a mi fin de semana y dejar al viejito con

todo! Yo asentí con aires de camaradería, frunciendo los labios, entrecerrando los ojos, pero

no tenía ninguna intención de sustituirla. Aunque, bien mirado, su vida, allí, así, poniéndo-

me el desayuno y rajando llena de alegría porque se iba con su amiga Sandra, me pareció

envidiable. Circunstancias aparte (que echase de menos Cuba o no, que tuviese allí un ma-

rido y un hijo y unos padres o no, que le gustase cuidar viejos y vivir en las montañas pela-
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das o no), ella era, como le había dicho su amiga Sandra, una potentada, o lo sería yo, y en

eso residía la envidia, con mis circunstancias y mi ficticio amor a las montañas. Pero en ese

chollo de vivir en casa propia y hacerle la comida y la limpieza a un octogenario hiperacti-

vo que la trata bien, le paga bien, le da libertad y la deja tranquila estaban sólo Barrachina y

su asistenta, y no, ni mucho menos, el pesado de Alfredo. El señor Barrachina, mire usted,

con lo viejo que es, se pasa entero el día trabajando ahí abajo, pero Alfredo no para de dar

la lata, y más ahora, claro, con lo cojo que está. Y a mí no me gusta cómo me trata, no se-

ñor. Ya le he dicho que la siguiente vez que me mande algo o me diga algo que a mí no me

guste iré al señor Barrachina y le diré: señor Barrachina, o él, o yo.

El problema era Alfredo, el que estorbaba era Alfredo. Le estorbaba a Olivia en su

potentada vida, estorbaba a Barrachina porque no podía trabajar con él, me estorbaba a mí

porque todo aquello era interesante salvo por su presencia, su galopante invalidez. Por no

hacer falta, Alfredo ni siquiera seguía siendo el criado de Barrachina, ni tampoco su mode-

lo.

Pero eso me lo contó después, cuando estábamos con los perros. Alfredo se levantó

mucho mejor. Se apoyaba también en los muebles pero ya tenía otra cara. O quizá yo, con

el descanso de la noche, me había acostumbrado a verlo desplazarse torpemente por la casa.

Olivia dejó de hablar cuando Alfredo se sentó en la mesa. Le dejó las pastillas rosadas y el

vaso de agua, y un tazón de leche con malta soluble y cuatro galletas maría. Enfrente de mí,

de medio cuerpo para arriba, Alfredo volvía a ser el dandy viejo que resulta muy atractivo

hasta que abre la boca. Pero, mientras Olivia estuvo pululando por la mesa, hasta que ter-

minamos el desayuno, Alfredo tampoco habló demasiado. Iremos en el coche del señor

Barrachina, dijo. Nos pasamos primero a recoger las sobras del restaurante y la carnicería y

luego vamos al refugio. El día está un poco picoso. Más vale que vayamos pronto porque si
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no nos cogerá la tormenta, dijo. Olivia salió de la cocina para dar las últimas indicaciones.

La paella estará para las dos, dijo. A las dos y media estará pasada. A las tres me iré. Y lue-

go se dirigió a Alfredo y en tono no tan neutro como hubiese querido ella le preguntó: ¿y

usted con este señor ya no va a necesitar ayuda para bajar las escaleras? No, dijo Alfredo.

Pero sí necesitaba ayuda. Más que apoyarse en los muebles, Alfredo se mantenía a

pulso sobre ellos. En los espacios sin agarraderos las piernas eran muy frágiles, podían fa-

llar, quebrarse con cualquier mínima descompensación del equilibrio. La escalera, estrecha

y empinada, no tenía barandado para bajarla. Barrachina todavía no lo necesitaba. Alfredo

no me pidió ayuda. Y yo, en principio, me puse a su lado para evitar que se cayera escaleras

abajo si es que perdía pie. Lo perdió antes de llegar a la escalera. Se cayó en una postura

ridícula, cada pierna por su lado, como un títere. Yo lo levanté enseguida y cuando estuvo

de pie me adelanté a cualquier excusa tonta por su parte, a que se derrumbase por dentro.

Cógete a mí, le dije. Él al principio me hizo caso, pero cuando íbamos a bajar el primer

escalón dijo: déjalo, déjalo, ve tú solo. Yo te digo cómo y tú vas. ¿Estás seguro?, dije yo.

¡Así no es!, se oyó potente la voz de Olivia saliendo por el pasillo. Usted lo tiene que mon-

tar a él a la espalda, es como lo hizo el enfermero. ¡Te quieres callar!, dijo Alfredo. ¡Ya lo

creo que me callo!, ¡allá los perros y allá las escaleras! Bueno, dije yo, súbete, hombre,

súbete y vamos despacio.

En efecto, los cuerpos que no ejercen ninguna resistencia a la gravedad pesan como

muertos. Bajé aquella escalera como pude, manteniendo el equilibrio y esquivando el cielo

raso. Cuando por fin llegamos abajo, lo dejé sentado en el poyete de la puerta y me fui a

buscar el coche de Barrachina. Estaba en la parte de atrás de la escuela, la que da a los

huertos. Era un Gordini color verde doncella de los años 60, conservado con mimo y una

funda de plástico gris para protegerlo de la intemperie. A esa parte de la escuela daban
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también las ventanas de las aulas. Entreví a Barrachina zarceando por allí, pero el sol me

daba en los cristales y tampoco quise pararme a fisgar ni a interrumpir al viejo.

Alfredo se había vuelto a poner él solo de pie y me esperaba apoyado en el quicio de

la puerta con aires veraniegos y hasta señorones. Siempre me ha impresionado la capacidad

de recuperación moral de los tipos como Alfredo. Acerqué el coche de modo que pudiera

apoyarse en la puerta. Pero él rechazó cualquier otra ayuda, porque ese movimiento tam-

bién lo tenía entrenado para no despertar las evidencias.

Estuvo muy locuaz todo el camino. El frío aquel de Astorga me sentó como un tiro,

dijo. Dijo han pasado ya casi seis meses y esto no marcha como debía de marchar, yo no sé

si voy a poder salir cuando abran la codorniz. Se le notaba contento porque enseguida em-

pezó a hablar mal de todo el mundo. La primera Olivia. Olivia era insoportable. ¿Qué se

habría creído esa manflota, esa mostrenca, esa ñordija? ¡Adonde tenía que estar era en el

puticlub de la carretera, y no haciendo lo que no sabe!

Ahora, desde que Alfredo no se podía mover, la negra bajaba todas las mañanas al

estudio, y él oía desde la cama a Barrachina dando martillazos en la piedra, y Barrachina

nunca daba martillazos si delante no tenía un modelo. Barrachina nunca trabajaba de me-

moria, por lo menos tanto tiempo seguido. Seguro que la foca esa estaba posando ahora

para el viejo. A la vejez viruelas, toda la vida entre venus de Milo y ahora resulta que le

divierten los michelines y las lorzas negras de la buharrona, que no hay manera de enten-

derle una palabra de lo que dice. ¿Tú entiendes algo de lo que dice, Güino? Yo no me quejo

de que me trate mal, ojo, y tampoco me he propasado a la cara con ella, tú me conoces Güi-

no y sabes que yo a la cara soy respetuoso con las mujeres, aunque sean putas o aunque

sean negras, pero me jode que Barrachina me haya guardado tan poco la ausencia. Debería

haber esperado a que me recuperase y seguir con lo que estábamos haciendo. Pero no. A
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rey muerto, rey puesto, que se suele decir. Y yo ahora, aunque quisiera ir a Astorga y tener

arreglados los papeles, yo ahora no puedo, joder, mírame, así no puedo ir a ninguna parte,

compréndelo.

Pues, Alfredo, le dije yo, el juez no va a venir a tu casa a que firmes tu libertad. ¡Ya

lo sé, joder, ya lo sé! ¡Pero es que no hay tiempo! Hostia, Güino, ¿no te das cuenta de que

no hay tiempo? ¿Cuánto tiempo le queda a Barrachina de poder dar martillazos, si tiene

ochenta y seis años, si tiene más años que Franco? ¿Cuánto tiempo me queda a mí de poder

sentarme siquiera, de poder fingir sentado que no soy un paralítico? ¿Cuánto tiempo cuesta

ir a Astorga?

Conduje el Gordini primero por un camino asfaltado y después por una pista de tie-

rra, hasta un claro entre las piedras más allá del que no se podía seguir. Le pregunté si esta-

ba lejos el refugio. Está detrás de aquella loma, dijo. Yo lo miré asustado. ¿No me harás

llevarte a chinchín desde aquí hasta el refugio, verdad? Alfredo se puso serio, si hubiese

podido insultarme lo habría hecho. Mira detrás de aquel pino, dijo al final, debajo del man-

tillo. En el hueco entre dos raíces había un plástico que cubría una silla de ruedas plegable.

¿Pero se puede saber por qué tienes esto aquí?, le dije. Era una silla vieja de sanatorio, con

las barras de hierro peladas del uso y arrobinadas por la lluvia. ¿Por qué no la tienes en ca-

sa?, le pregunté. ¡Qué dirían en el pueblo!, dijo él. Era vieja pero estaba en buenas condi-

ciones, mejores que el trecho que separaba el coche del refugio. Alfredo se dejó caer en ella

también con movimientos aprendidos. Su mal no era cuestión de una semana. Alfredo se

había privado de piernas hacía más tiempo, tampoco yo quise saber cuánto. Pero no se ma-

nejaba mal del todo en la silla por aquellas trochas. Yo iba detrás con el saco de los desper-

dicios a las costillas y sólo tuve que empujarle por un par de repechos que no se podían

vadear.
332

El refugio estaba en un pequeño descampado, a salvo de la peligrosa protección de

los pinos y los alcornocales. Era una casilla de la misma simpleza franquista que la escuela

donde vivían en el pueblo. Allí, en tiempos, según me contó Alfredo, él y Barrachina pasa-

ban los meses más achicharrantes del verano, no tanto por las temperaturas, que en la sierra

nunca son exageradas, sino por las bandadas de críos que venían a veranear. Hace ya por lo

menos diez años que no subimos aquí, se conoce que Barrachina ya no necesita tanto ais-

lamiento, dijo Alfredo, en un medio tono que hubiese querido ser malévolo pero resultaba

casi desconsolado.

Ese refugio nunca perteneció a Barrachina, pero cuando dejó de ser utilizado por las

patrullas de la guardia civil, por medio de un pariente, Barrachina consiguió que le dejasen

mantenerlo en pie. Ahora los cristales están rotos y adentro ladran los perros. Hay rejas en

las ventanas y un candado en la puerta con cadenas de mazmorra, pero dentro el suelo está

lleno de mazacotes de yeso y cañizo que se caen del techo y las goteras persistentes han

hecho agujeros sobre las losas rojas del suelo. En el diminuto porche de la entrada queda-

ban restos de hogueras, las tapias del corral estaban llenas de mierda de excursionista. Esto

no es muy seguro, le dije, tratando de empujar la silla por encima de los cascotes.

A un lado del cuarto principal había una puerta también amarrada con cadenas de

hierro. Ahí había dos camas antes, dijo Alfredo, y los perros los tenía en el corral, pero es-

tos perros son muy golosos, cualquier cabrón que venga de paseo se los podría llevar. Qui-

zá por eso el perro que nos salió a recibir nada más descerrajar la puerta no fue un cazador

valioso sino un mastín babeante y agresivo que se puso a olerme y a ladrarme y a mí se me

heló la sangre. ¡Too, icho, too!, vino a decirle Alfredo en su lenguaje venatorio, y el animal

obedeció, se salió a la calle y nos dejó pasar. Dentro había dos ejemplares hermosísimos y

un penetrante olor a perro.


333

Postura es aquella que implica una leve detención en el transcurso del movimiento,

decía Barrachina en las clases de anatomía, a propósito de los podencos. Alfredo estaba

muy contento. Los podencos, una podenca y un podenco, se anillaban en torno a la silla de

Alfredo y replegaban sumisos los grandes orejones faraónicos, o se sentaban frente a él

para esperar comida, las orejas pitas, y lo miraban con sus ojos amarillos. Eran muy curio-

sos. Tantos años oyendo hablar de las virtudes anatómicas del podenco en boca del viejo

Barrachina y aún no había caído en la esencia de sus explicaciones. Alfredo los trataba con

frases cariñosas. Ita, ita, yaa, yaa, mch, mch, fiuu, fiuu, decía para estimular los lloriqueos

de los animalicos, y luego les decía perlas como capullo, chorrete, bandida, macandón, cu-

carrilla, ganforrete, picha de oro, etc., y los perros se le subían a la silla, le apoyaban las

patas en las piernas secas, le olisqueaban la cara y le lamían el cuello. Y Alfredo se dejaba,

sonreía y les retorcía las orejas y les daba fuertes palmadas en el pecho y otras caricias viri-

les que se hacen a los perros. Toda la intocable prestancia de Alfredo era invadida por un

constante magreo canino que Alfredo correspondía con carcajadas y frotamientos. Me di

cuenta entonces de cuál era la gracia de aquellos perros: su esbelta, aristocrática figura,

conservada intacta la pura raza desde la época de las pirámides, aislados y salvajes en las

islas Baleares durante milenios, ese perfil tan distinguido es el mismo que tienen los chu-

chos de los pueblos, los perrigalgos mestizos que hozan por las basuras junto a un poblado

de chabolas. La línea de la extrema pureza se encuentra con la de la extrema humildad.

Cuando Alfredo se hartó de acariciarlos y de hablarles no sólo con palabras extrañas sino

con timbres raros, como hablan los pastores al ganado, me dijo sus nombres: esta se llama

Sota, porque es que es una sota, mírala, dijo. Era una perra ya adulta, Alfredo me explicó

que había parido hace no mucho, que ya le costaba mucho repretarse otra vez las tetas. Era

blanca, despeluchada, con las orejas coloradas y unas gotas de canela en las patas y en el
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nacimiento del rabo. Éstas de pelo duro van bien para el conejo porque se meten mucho

entre las zarzas, dijo. El otro, un macho joven, se llamaba Güino, como yo. Era berrendo en

colorado, las patas y el pecho blanco y una mancha grande canela en la lomera. Este era de

pelo fino, como los que Barrachina nos enseñaba para explicar su teoría de los tendones.

¿Este es el que hace veinte años se llamaba Güino?, le dije. Es descendiente suyo, dijo Al-

fredo, repartiendo la comida en las cazuelas. Y dijo: yo siempre he tenido un perro que se

llama Güino.

Salimos a la pequeña era que había junto a la casa. Los perros se fueron corriendo

por el sotobosque hasta las primeras peñas, y allí se perdieron. No te preocupes, dijo Alfre-

do, ya volverán. El mastín parduzco se había calmado con los despojos y babeaba en la

puerta del refugio. Eran las diez de la mañana pero el sol no había terminado de salir, y más

allá del barranco de alcornoques el cielo se cuajaba de nubarrones. Es el momento antes de

las tormentas en que el aire huele a lluvia, y la luz cambia tan deprisa como se mueven a lo

lejos los derrames de las nubes. No había sol castellano para cantar al corazón de piedra.

Era un estar inminente, y por lo tanto detenido, por lo menos hasta que volvieran los perros.

¿Te acuerdas de que una vez me preguntaste qué clase de toro era yo?, dijo Alfredo,

sentados yo en una piedra y él en la silla de ruedas, fumándonos un cigarro. Alfredo enton-

ces me contó uno de sus momentos de gloria, cuando aún no había cumplido los treinta y

era un animal hermoso. Las historias importantes de Alfredo siempre se refieren a esas fe-

chas, pero no porque llegase a lo más alto de su carrera, sino quizá porque llegó a lo más

bajo. Alfredo ha hecho muchas veces de florero, de acompañante, de bigardo rubio que

sonríe en una esquina de la foto, al lado de una joven actriz americana. Yo a veces también

lo hago. Poco, porque para ser un buen florero debes ser desconocido. Todo el mundo debe

preguntarse quién es ese nuevo acompañante que lleva la famosa actriz, o el famoso actor,
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o la marquesa revenida, o el hombre de negocios disoluto. A Alfredo, entonces, años cin-

cuenta, lo contrataban para vaciar soldados en los monumentos funerarios y para llevar a

las marquesas a los toros. En el Valle de los Caídos se esculpieron cuerpos de legionarios

con el torso nacional de Alfredo, pero cuando se trataba de marquesas lo que se valoraba en

él era su aspecto extranjero.

Hace muchos años, dijo Alfredo, una mujer me contrató para ir a la finca de un tore-

ro. La pobre estaba loca por él, se gastaba un dineral para ir a verlo a todas las plazas.

Siempre iba acompañada porque en aquellos tiempos una mujer no podía ir sola ni a que la

enguilara un matador. A veces también buscaba compañía para ver si daba celos al torero.

Tú imagínate los celos que puede tener un torero. Pobre mujer. En fin, el caso es que yo la

acompañé varias veces porque pagaba bien. Una temporada me recorrí las plazas de media

España. Entonces fue cuando me entró la afición. Siempre en barrera, siempre los mejores

hoteles, los mejores trajes. Tú no has vivido eso en tu vida, Güino, pero yo sí. Además

siempre tenía mucho tiempo libre. Al principio tenía que aguantar con la mujer para ver si

el otro se ponía celoso, hasta que llamaban por teléfono al hotel y entonces yo ya podía

irme a conocer la ciudad. Hice mucho turismo por aquella época, Güino. Entonces me di

cuenta de lo grande que es España.

Una vez la invitaron a una fiesta campera, allí había ministros, banqueros, coroneles

y unas mujeres muy guapas. Aquello era la hostia, Güino, la hostia. El torero, y no me pre-

guntes qué torero era porque no te lo voy a decir, ni el de la mujer tampoco, se acababa de

casar entonces, y la mujer que me contrató estaba desesperada, te lo puedes imaginar. Se

pasó la comida entera pidiéndome el pañuelo. La otra, la recién casada, era una niña muy

mona, se llamaba Beatriz. Alta alcurnia, Güino, alta alcurnia. Sólo el anillo que llevaba en

el dedo vale más que todo lo que le puedas regalar tú a tu mujer en toda una vida de matri-
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monio. Era muy dulce, muy inocente. Se notaba que había ido a colegio de pago, ya lo creo.

Nosotros, la mujer y yo, estábamos justo enfrente del cabrón aquel y su esposa, Beatriz. y él

no paraba de hablarme a mí, se conoce que por no meter la pata, porque ya te digo que la

otra, la mía, estaba histérica perdida, no paraba de fumar, en aquella época. Y él venga a

preguntarme, si me gustaban los toros, si había visto alguna vez las faenas del campo, si me

gustaría torear una vaquilla... Y de pronto va y le dice a su mujer oye, Bea, la llamaba Bea,

¿por qué no llevas a este amigo a que vea a Tentador? Y la mujer se levantó como si la

hubiesen mandado a fregar, oye. Se acababan de casar y ya la tenía domesticada, y eso que

ella era de familia rica. Ella no era ninguna pringada, eso te lo puedo asegurar. Así que na-

da: nos levantamos de la mesa y nos fuimos a dar una vuelta por la finca. Los ministros y

los banqueros y los coroneles se quedaron hablando de sus cosas, tampoco había mucho

que disimular porque la mayoría iban a lo que iban, el torero les ponía las putas y ellos

hacían la vista gorda. Menudas orgías que se preparaban allí, Güino, menudas orgías.

El domingo anterior, el capullo aquel había indultado un toro en el puerto de Santa

María, y después de la corrida fue y se lo compró al ganadero. Lo tenía en su casa, como un

trofeo. Beatriz y yo fuimos a verlo a unos corrales donde lo tenían metido hasta que se le

cerrasen las heridas. Era uno de los últimos veraguas de verdad que se han lidiado en Espa-

ña, antes de que les aguasen la sangre y se quedasen en nada. Era precioso: zancudo, de

mucho cuello, muy descarado de cuerna, badanudo... Parecía el toro de las cuevas de Alta-

mira. Una cosa seria, Güino, una cosa seria. Había sido muy bravo y encastado. No hacía

más que repetir las embestidas, se recrecía en los castigos, y cuando por fin sacaron el pa-

ñuelo rojo del indulto seguía enmorrillado y ofensivo, como si acabara de salir de los corra-

les. Beatriz me contó que llevaba seis trayectorias de puyazo, había sido muy difícil de cu-

rar. No hacía más que rascarse las cicatrices con las púas de la alambrada. Parecía un alma
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en pena. Jamás se acercaba a ninguno de los otros toros, y cuando pasaba junto a ellos por

obligación le tiraban cornadas e intentaban darle por el culo. Beatriz me dijo que no estaban

seguros de que alguna vez valiese para semental. No sé quién me daba más pena, si el ani-

mal o ella.

Alfredo se quedó mirando el valle. ¿Se curó al final?, le pregunté. No sé, dijo tra-

tando de girar las ruedas de la silla. No he vuelto a ver a esa mujer, dijo. Mientras yo daba

la vuelta a la silla él cambió de conversación. La de veces que he ido a cazar por esos pe-

ñascales de ahí, dijo. ¿Y no te pueden multar por tener sueltos a los perros fuera de época?,

le pregunté, por decir algo. Los perros no cazan sin mí, dijo. ¿Te gusta el perro?, dijo, des-

pués de un momento. ¿Güino?, dije yo. No te lo tomes a mal, me dijo, yo siempre he trata-

do bien a los perros. Ahora porque no puedo, pero antes me venía andando todos los días a

echarles de comer, y los dejaba sueltos y por la tarde volvía otra vez a cerrarlos. Ellos, si

están sueltos, no se irán con nadie, pero si están cerrados son un poco cobardes. Por eso

traje al pedazo de carne este, para que asuste a los ladrones. ¿Te gusta el perro?, repitió. Es

precioso, dije. Te lo regalo, dijo Alfredo. Espérate a ver cómo estoy para el conejo y des-

pués vienes y te lo llevas, dijo.

Ese último acto suyo de egoísmo me sirvió de alivio porque sólo me faltaba ya un

perro en mi casa, pero si no hubiese sido así tampoco habría encontrado argumentos para

negarme. Es posible que aquel chucho fuese la parte más valiosa de su herencia. Los perros

volvieron a un silbido potente de su amo. Traían la lengua afuera y un gesto como de agra-

decimiento por haberlos dejado expansionarse. Alfredo los acarició un buen rato, sobre

todo a Güino, al que informaba de su nuevo destino. Mira este señor, Güino, le decía, a

partir de septiembre vivirás con él. ¡Me cago en dios, con las liebres que tú tenías que ca-

zar! Ahora cazarás gatos en el Palacio Real, por allí por los jardines del Moro tienes mu-
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chos, y también en las laderas de las Vistillas, cerca de tu casa, y como tu dueño es tan pán-

filo seguro que acabas durmiendo en el sofá, que lo veo yo, Güinillo, que lo veo yo.

Olivia nos tenía preparada una paella tropical. Guanajo, curiel, chícharos, regaderas,

habichuelas y otros frutos de conuco, según la somera descripción de ingredientes congela-

dos que vendían en el minimax del pueblo. Luego la sacó a la mesa y resultó ser la paella

valenciana de toda la vida. ¿Lo ves?, decía Afredo, ya sentado en la mesa, lavado y cam-

biado de ropa y sustituido el penetrante olor a perro por el penetrante olor a Varón Dandy.

¿Lo ves?, no hay dios que se entere de lo que está diciendo. A mí no me jodas, Güino, yo

creo que lo hace adrede. ¡Ya ves, qué manera de tomar el pelo, llamarle regaderas a las al-

calchofas! ¡Y luego le dices que le ponga unos torreznos y unos cachos de longaniza y no

se entera! Mejor que no se entere, pensé yo entre mí, porque la paella estaba estupenda y no

le faltaba de nada. ¡A mí déjeme de torrejas y de discursos, que usted está fuera del potaje!,

cantaba Olivia desde el fondo del pasillo. Alfredo la miraba de reojo, sin saber si le había

insultado o no.

Barrachina se sentó a la mesa de muy buen humor. Los pantalones grises muy sub-

idos, la camisa remangada por encima del codo, jovial de haber aprovechado la mañana.

Olió la paella, apretó los labios y asintió un veredicto definitivo: hoy vamos a comer paella.

Luego se extendió en una lección magistral sobre la paella. Cuando vino esta muchacha a

casa, dijo, la cogí y le dije mira ven, chiqueta, ven que te voy a enseñar a hacer una paella,

y desde entonces hace las paellas estupendas, no se le va nunca la mano en nada, y eso que

algunos productos no se comen en su tierra y ha tenido que aprender a utilizarlos sin pro-
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barlos. Estamos muy contentos con Olivia.

Ese día no sólo comí muy bien sino que aprendí la esencia de la paella, que venía a

ser la misma esencia del podenco que yo creí percibir en el refugio: los elementos más a

mano y más humildes preservados en un aristocratismo de delicatessen. Alfredo también

estuvo más animado. Su invalidez no salió a la conversación en ningún momento, y escu-

chó con atención de discípulo fiel que no entiende nada las eruditas explicaciones de Barra-

china sobre las genuinas paellas de La Albufera. Siempre ha sido así. La relación entre Al-

fredo y Barrachina es difícil de entender si no se les ha escuchado durante muchos años.

Pero escucharles era difícil: a Barrachina porque sólo hablaba para dar lecciones y a Alfre-

do porque sólo hablaba para insultar. Por debajo de los ladridos y de la doctrina siempre ha

habido algún retajo íntimo, algún momento de debilidad.

Acabada la paella, Barrachina dijo enseguida que no quería tomar postre ni café,

que estaba muy cansado y que se iba a echar la siesta. Alfredo se fue a poner las piernas en

alto, a ver si le reaccionaban. La comida nos había dejado sin fuerzas para dignidades, así

que me levanté y lo ayudé a llegar hasta su cuarto, lo senté en la cama y me fui antes de que

me lo dijera él. Me volví a sentar en el comedor, estuve leyendo un rato. Oí llegar un coche,

un Renault-6 que al abrirse destapó un frescor de voces de mujer. Olivia se subió a la parte

de atrás y el coche arrancó hacia la carretera del Barco de Ávila. Conforme se alejaban vi

que ya teníamos encima la tormenta, que ya no tardaría en descargar.

Volví al sillón de eskay, a leer otro rato. Sólo se oía el reloj y los ronquidos de Al-

fredo. La temperatura era muy agradable. Unamuno me cansaba un poco, estuvo bien para

el viaje de ida, para el peregrinaje y el deslumbramiento, pero no para tener que cerrar las

ventanas porque está empezando a llover. Cuando todos se fueron a la cama, curioseando

en los libros que Barrachina tenía en el salón, nada de valor (la valiosa biblioteca se quedó
340

en la escuela, es la que ahora me arropa), encontré un curioso tomo de vidas de santos de

Pedro de Rebadeneyra con varios grabados de Boetius Adams Bolswert sobre dibujos de

Abraham Blommaert, en especial la imagen de Santa Eufrosina virgen, tumbada incons-

ciente sobre un montón de heno, con un crucifijo en la mano derecha y la teta fuera, y los

dos monjes devotos, uno de los cuales ora y el otro se duele y echa un reojo con esa mezcla

de horror y de vicio con que se mira los desnudos de los muertos. Eran dibujos con cierto

aire de enciclopedia infantil que resultaba macabro y entrañable. Eran también muy fáciles

de reproducir, pero salvo mi extraño acercamiento a la santidad no había nada interesante

que pudieran sugerirle a Violeta. Quedaba tan poco tiempo que ya no me lo planteé con

urgencia sino con melancolía. Estaba como esos estudiantes nerviosos que han abandonado

por falta de tiempo para preparar bien el examen y el tiempo que no tenían sigue corriendo

con desesperante lentitud.

Dibujé un perro pero me salió mal. Lo estuve intentando con un viejo en una silla de

ruedas y también me salió mal. Lo intenté con el refugio abandonado, con la luna del apa-

rador, con la caricatura de Unamuno. Más que dibujos me salían risas flojas.

Barrachina se despertó enseguida. Con veinte minutos de cabezada ya tenía bastan-

te. Se metió al baño, se aseó y volvió a salir con los pantalones muy subidos, el poco pelo

muy tirante para atrás, las gafas con ceja negra. Ven conmigo, me dijo, al cruzar muy rápi-

do y a pasos cortos el saloncito donde yo me aburría, y lo dijo igual y cruzó igual que lo

hacía en sus tiempos de director de la escuela, cuando utilizaba los modelos como estatuas

articuladas y semovientes que iba usando y dejando de usar a base de órdenes mecánicas,

sin conminación y sin respeto, sin estridencias y sin cortesía, como una prolongación más

de su pensamiento concentrado en lo que tenía que hacer al margen de las personas.

Bajó la escalera, yo le seguí, nos metimos en su estudio. Entonces se comportó co-


341

mo cuando después de una larga lucha sindical nos hicieron a los modelos funcionarios

subalternos. Hay que trasladar esa pieza a ese rincón y cargar esa otra pieza en un camión

que va a venir ahora a las cinco, dijo. Una de las dos piezas era del tamaño natural de Al-

fredo, y estaba cubierta con una tela basta de estameña. La otra, mucho mayor, de más de

dos metros y medio de alta y un diámetro de otros dos metros, estaba ya embalada con plás-

ticos y correajes. ¿Esta también?, dije yo, con afable ironía. No, dijo él, ésta la vendrán a

cargar. ¿Puedo verlas?, dije. Él se quedó plantado frente a mí, cruzó los brazos y me miró

de abajo arriba. Pues no, no las puedes ver, dijo.

Pero por lo menos me dio una explicación: esta no la puedes ver porque habría que

desembalarla, y esta otra tampoco porque no sería ético. ¿Es Alfredo?, pregunté. Sí, es Al-

fredo, dijo. ¿Y no me puede explicar qué es, aunque no la vea? El viejo había cruzado las

manos por detrás de la espalda y miraba la estatua con el cuello muy estirado. Esto es un

monumento funerario, dijo. Hay muchos monumentos funerarios con el cuerpo de Alfredo

que se pueden ver, protesté. Mira, Güino, puedes ver lo que quieras, puedes olfatear en lo

que quieras, pero esta pieza déjala en paz. Es Alfredo, ya sabes cómo es Alfredo, y además

no está terminada, su cuerpo avanza más deprisa que mis manos. Este muchacho se está

deteriorando de mala manera. ¿Qué le ha dicho el médico?, pregunté. Qué va a decir, dijo

Barrachina: que la artrosis se lo está comiendo. Exceso de trabajo, puntualicé. Al viejo le

salió el cuchillo por la lengua. De eso nada, dijo, Alfredo no se machacó las articulaciones

posando. ¡Yo sé lo que resisten las articulaciones de un hombre! Alfredo tiene los huesos

blandos desde que nació, y se los machacó pasando hambre y jugando a la pelota y destro-

zándose los talones de tanto andar de caza los domingos, pero no posando, amigo mío, no

posando. Esta factura no es mía. ¿Qué os pensabais que yo hacía con Alfredo? ¡Lo mismo

ni más ni menos que hice contigo y con todos! ¿Te duele algo a ti de los años que posaste
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conmigo? No, no me duele nada, contesté.

Esta otra, dijo Barrachina zanjando la visita a la escultura tapada de Alfredo, es un

encargo. Está en barro sin cocer, si le quito los plásticos se resquebrajará. Vienen ahora

unos chicos que tienen un albergue ahí abajo en el río y se dedican a la cerámica popular.

Usan un antiguo horno de leña de antes de la guerra, y la verdad es que sacan unas coccio-

nes muy bonitas. Pero esto durará sólo hasta que hagan el molde, porque esto va en hierro,

es una especie de tinaja.

El estudio de Barrachina eran las dos aulas juntas de la escuela del pueblo, tal y co-

mo quedó cuando dejó de haber niños. Barrachina tiró el tabique para que hubiese más luz,

pero él se apañaba para trabajar en la antigua tarima, y los materiales los tenía en la parte

posterior, en el aula vacía. En la parte de la entrada quedaba el encerado basto, emblanque-

cido, los pupitres de formica, con las sillas bajas para niño, y fósiles de gomas de borrar, y

un mapa colgado de las provincias de España. La escuela dormía en un verano eterno en el

que ya sólo le daba vida la presencia del maestro.

Yo tenía que llevar la estatua cubierta de Alfredo desde la tarima, junto a la mesa

del profesor donde Barrachina ponía los martillos y los escalpelos, hasta la parte de atrás

del aula, donde se amontonaban cara la pared algunos cuadros y había un banco lleno de

figuras pequeñas. Yo te ayudo, dijo Barrachina. No, mejor que no. Si no pesa demasiado,

yo solo la puedo llevar, le dije. Me daba no sé qué que me ayudase un señor de ochenta y

tantos años. Hice algunas paradas pero no fue difícil, porque el peso de la estatua era el

mismo que el de Alfredo. ¿De qué está hecho esto?, le pregunté. Es una mezcla, me contes-

tó, pero ten cuidado con las patas del pupitre que si la arañas la has jodido, Güino.

Cuando por fin la dejé en el fondo, donde él me dijo, me invitó a ver las figuritas en

que se había entretenido estos últimos tiempos, sobre todo desde que a Alfredo le había
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dado el paralís. Había estado trabajando en madera. Eran figuras campestres tradicionales,

la aguadora, el padre a la mesa, el monaguillo de la procesión, la segadora descansando, la

vieja en la silla. El tema era tan intemporal y rancio como todos los de Barrachina, pero me

sorprendió que estuviesen talladas de aquella manera tan estilizada. Había cogido sólo el

gesto, la sensación, y lo había esculpido en cuatro cepillados de la madera, en hendiduras

sin limpiar y en tajos limpios. Estaban nada más que desbastados y sin embargo decían to-

do lo que tenían que decir. Me pregunté si la estatua de Alfredo no sería también así. Por el

tacto de la estameña era difícil saber más allá de una mezcla de partes ásperas y angulosas y

otras más suaves. No sabía qué era lo definitivo, ni si lo sacaba de la tarima porque ya lo

había terminado o para no romperlo con la tinaja que tenían que sacar.

A las cinco en punto vinieron los artesanos del río. Eran dos parejas jóvenes de esas

que se van a vivir al campo y montan un pequeño negocio de artesanía para ir vendiendo

luego por los pueblos. Eran muy majos. Entre ellos cuatro se apañaban bien y yo no les

tuve que ayudar en nada. Seguí con Barrachina las operaciones, yo creo que me confundie-

ron por el que lo estaba pagando todo. La gente tiende a imaginarse que yo soy muy rico.

Cuando se fueron con la camioneta, Barrachina cerró la doble hoja de la entrada a la escue-

la y me dijo: me tienes que hacer un favor. Usted dirá, dije yo, en tono más reservado. Qui-

siera hacerte un vaciado, dijo. Será un momento, lo que le cueste a la pasta secarse. Ya ten-

go la cubeta preparada.

La verdad es que no me quise negar. Yo no tengo malos recuerdos de los pocos cur-

sos, no más de cuatro o cinco, en los que todos estábamos a su disposición y yo tenía veinte

años. Es extraño que ese interior al aire libre que yo recuerdo fuese sólo posible con un

hombre tan desconsiderado como él. Quizás era su espléndido castellano, o lo que me hizo

aprender sobre mi propio cuerpo, o el arsenal de referencias eruditas a pinturas y esculturas


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olvidadas en cualquier momento de los últimos tres milenios. Su exigencia con los alumnos

era salvaje y a los modelos no nos permitía descansar cada quince minutos, pero sus indica-

ciones para la postura que tenías que poner eran tan escrupulosas que un retoque posterior

era una ofensa, era algo que ya te había dicho pero no habías entendido. Por eso, escuchar

las explicaciones, seguir punto por punto todas las instrucciones sin que Barrachina luego

tuviera que hacer ningún retoque, era algo más que un motivo de satisfacción profesional:

era una prueba de que mi equilibrio interior y mi cerebro estaban en buenas condiciones.

Rosita bramaba pero a veces también me tenía que reconocer esa satisfacción de haberlo

entendido todo a la primera. Es una contradicción que nunca he podido resolver: por qué

Barrachina, con ser tan autoritario, tan intransigente y tan aficionado a las pompas fúnebres,

es también quien yo recuerdo que me ha dado mayor sensación de libertad.

Pero ahora me pedía un vaciado, otro vaciado, no posar un rato para él, no expli-

carme a otros mientras yo poso. No me molestó el hecho de que me pidiera trabajar para él

(incluso me llenó de ingenua vanidad el que me lo pidiese con vivo interés y buenos moda-

les) sino el que volviese al principio de una forma tan incoherente. Otra vez el vaciado, y

por supuesto sin cobrar un duro. Y ahí sí que no me callé. De acuerdo, le dije, pero quiero

saber antes de nada qué postura es y para qué la quiere.

Muy bien, dijo Barrachina, pero antes de decirte la postura necesito ver cómo andas

de grasas. Y para qué la quiere, insistí. No es para mí, dijo Barrachina. No va a llevar mi

nombre, dijo. Es para Palomares.

Explíqueme eso, por favor. Ya te lo he explicado antes, Güino, lo que pasa es que

no te enteras. Lo que a Palomares le interesa de aquel vaciado no es Alfredo, es la técnica

con que está tratada la escayola. La pieza no tiene mayor interés. Por muchas copias que

hiciese, ninguna sería como aquella. Lo que él estaba enseñando en la vitrina esa que ex-
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hibía por ahí era una técnica muy rara, una composición de colores en la superficie de la

escayola que si no se sabe hacer a mano no se puede ni falsificar. Pero eso, esa técnica, ese

resultado, no es suyo. Nadie se da cuenta de eso salvo los auténticos profesionales, los que

saben interpretar esos dibujos que yo hacía en aguatintas que salen como manchas una vez

está ya seca la escayola. Quiero hacer lo mismo contigo. Quiero que cuando vuelvas a Ma-

drid le digas que le cambio tu cuerpo por el de Alfredo, pero que la técnica va a ser la mis-

ma.

Él me pidió que sacase alguna foto de lo que está usted haciendo, dije yo, para que

valorase mi sinceridad. ¿Ah, sí? Bueno, puedes sacarle fotos a esas figuritas, si quieres

puedes sacarle fotos a la estatua tapada con la tela, pero nada más, que ese capullo lo copie-

tea todo. ¿Y Alfredo?, le pregunté, intentando abstraer un poco todo aquello. ¿Qué quieres

decir con y Alfredo?, ¿qué coño pasa con Alfredo? Quiero decir si a Alfredo no va a hacerle

también un vaciado. No, dijo Barrachina; la mínima decencia que puedo mostrar hacia él es

no hacerle un vaciado, y menos ahora. De acuerdo, dije, y gracias por la parte que me co-

rresponde, pero, ya que no piensa pagarme, por lo menos regáleme una de aquellas figuras.

Barrachina sonrió como apiadándose de mi ambición. Coge la que te dé la gana. Y desnú-

date mientras voy a prepararlo todo.

Una de las figuras desbastadas en madera representaba una joven campesina tocan-

do la dulzaina de Agapito Marazuela. Llevaba el pelo partido en dos crenchas con una lar-

ga cola de caballo, y salvo un torso frágil y muy tapado sólo se veían los zapatos bajo la

faltriquera folklórica, uno de los pies lo tenía señalando hacia el interior, como en un mohín

de timidez, y daba la sensación de que la figura tenía las rodillas juntas. Todo estaba, ya

digo, hecho en cuatro hachazos, y los párpados cerrados de la niña eran sendos golpes de

gubia, y también la nariz pequeña, y las manos eran una sola pieza pero había cincelado con
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la punta de un punzón las líneas de los dedos delicados y los agujeros de la dulzaina. La

estatuilla era muy tierna, pero también una exhibición de técnica, de capacidad para dar el

golpe certero. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue regalársela a Violeta, quizá jun-

to a un oboe nuevo que antes de empeñarme en el absurdo de dibujarle un libro había visto

en el escaparate de la tienda de instrumentos que hay en la calle Bailén, esquina con Mayor.

¡Hay que joderse, cuánta grasa te queda por todas partes, Güino! Me había dado, no

sé por qué, la impresión de que estabas más delgado. Pero mira esto, mira el rodete ilíaco,

qué barbaridad de grande, mira el rombo de Michaelis, el culero que se te ha quedado. Pues

esto, amigo mío, ya no tiene remedio, y como encima te pasas la vida sentado... ¡Pero joder,

si es que no hay quien te distinga el pectoral! ¡Y los serratos y los rectos quién sabe ya

donde andarán! ¿Cuánto hace que no posas como el esclavo? Desde que dejaste de posar

para mí, seguro. ¡Pues si lo hubieses hecho con más frecuencia ahora no tendrías estas tetas,

que pareces un eunuco! En fin, más vale que me calle. Cada cual que haga lo que le dé la

gana con su cuerpo. Y si eso tiene que ser arte, que venga Dios y lo vea. Cuándo se os me-

terá en la cabeza que el arte es todo lo contrario de hacer lo que te dé la gana. En fin, no sé.

No sé qué postura ponerte, Güino. Total, lo que Palomares quiere seguro que es antiestéti-

co. Los serratos y los rectos a Palomares le importan un pimiento. A los modernos les gusta

la grasa o los cuerpos despellejados, qué le vamos a hacer. A ver, vamos a probar con un

soldado herido, no te vayas a cansar. No, no, déjalo, que sólo te falta el racimo de uvas. ¿Y

si me haces un atlante? Toma, sostén la escoba esta sobre la clavícula, como si fueran las

vigas del templo. ¿Ya no te acuerdas de cómo es un atlante? Sí, pero más bien el de Rafael,

como te ponías con Alfredo cuando estabas bajando la escalera. Sí, así, yo creo que va a ser

esto, sí. Oye, yo creo que vamos a subir a por Alfredo y componemos el Rafael entero si te

parece.
347

Yo me negué. Barrachina estaba metido en la inercia de pensar y ordenar y me miró

como sorprendido. ¿Y qué más te da?, dijo. Me da, en primer lugar, que yo no soy un burro

de carga, y en segundo lugar que ya hemos traído y llevado bastante a Alfredo. Alfredo que

descanse, y que se piense lo que tiene que hacer. Yo me ofrezco para un intercambio con la

dichosa estatua destrozada. He venido hasta aquí, he avisado. Eso es todo lo que tenía que

hacer. Todo lo demás viene por añadidura. Barrachina no replicó. Se puso las manos a la

espalda y calló el tiempo de reprimirse un exabrupto. Cuando dejó de morderse los labios

me miró y me dijo: bueno, vamos allá.

La facilidad de un vaciado es insultante. Barrachina me impregnó hasta el cuello

con una pasta gris que seca mucho antes que la escayola y no se deforma al cortar. Salvo

las manos y los pies, que me los hizo aparte, el molde salió entero en dos partes de plástico

duro sólo veinte minutos después de habérmelo untado. Fueron veinte minutos sin transpi-

ración. No cabían alternativas a la postura, ni leves movimientos. Yo era el atlante cansado

que lleva un peso imaginario y se detiene un momento para descansar. A mí me habían

hecho vaciados de escayola pero siempre por partes, sin que tuviese nunca la impresión de

estar tan inmovilizado, tan a merced de quien lleva las tijeras. Ayudé a Barrachina a soldar

las dos partes junto a la cubeta. Luego retomé la postura para que me hiciese las manos, los

pies y la cabeza. Debo reconocer con orgullo que Barrachina no me rectificó ni lo más mí-

nimo. Aunque, sabiendo el destino que tenía, igual ni se paró a pensar si mis manos estaban

en su sitio.

Armamos el molde, cabeza incluída, con un agujero donde se juntan las suturas del
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cráneo para echar el relleno. El resto fue bastante artesanal. Hubo que poner a calentar el

poliuretano (no sé si era o no poliuretano) en ollas de cocido, sobre un difusor para paellas

que había enganchado a la bombona de butano. Varias veces le pregunté a Barrachina si

aquello era seguro. Lo fui echando con un embudo de hojalata, subido a una silla y con la

creciente sensación de que en cualquier momento podía ocurrir un percance. Cuando el

poliuretano me salió por el agujero del cráneo, Barrachina dio por concluida la sesión. Ma-

ñana lo terminaré, dijo.

Subí a ducharme en calzoncillos, con la ropa en la mano. Pero no fui consciente de

ello hasta que pasé por el comedor y vi a Alfredo sentado en el sillón de eskay, viendo la

televisión. No me dijo nada, ni me miró siquiera. Mientras me duchaba me pensé una buena

respuesta.

¡Pues si llegas a saber lo que quería Barrachina!, le dije, cuando le vi con ganas de

insultarme. Quería vaciarnos a los dos juntos, a ti subido encima de mí, a chinchín, como si

fueses un viejo inválido, le dije. Pero él también se había preparado su respuesta. Vete a

tomar por culo, dijo. Y lo que yo tenía de veras preparado era lo que venía después, una

anagnórisis llena de paz y amor, decirle vas a recuperar por fin tu cuerpo troceado, yo me

presto de rehén para intercambios, etc. Pero no le dije nada. La dignidad de Alfredo radica

en no tener nunca que dar las gracias, pero eso también le priva de ciertos placeres melo-

dramáticos. En el momento de decirlo pensé: ya que no sabes dar las gracias por nada, qué-

date sin saber qué es lo que tendrías que agradecer. En lugar de todo eso, terminé de aboto-

narme la camisa y le dije: Alfredo, yo vivo de esto, igual que tú. Si quieres lo comprendes,

y si no lo dejas.

Me fui a dar un paseo hasta la hora de la cena. Por la carretera paseaban matrimo-

nios con una rebequita sobre los hombros. Había bicicletas apoyadas en el muro de la igle-
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sia, el aire falso de los pueblos en verano, las calles aguantando el griterío de los niños

mientras llega el silencio y el invierno, las ramas peladas, la tierra en reposo. Estaba pa-

seando en un precioso atardecer de finales de julio, con los bancales ya segados y una luz

anaranjada sobre los rastrojos, pero yo había viajado al invierno. Cuadrillas de muchachos

se subían en los coches para ir a la discoteca de El Barco. Me imagino que todo el misti-

cismo mariano y castizo de las cumbres de Gredos se basa en darle la vuelta a esta hume-

dad del alma, esta infinita sensación de soledad, sentirse traspasado por ella y henchido por

sus vientos y por la ominosa majestad de sus peñascos, sus rebaños de cabras, sus escenas

pintorescas. Mi sistema para viajar, creer que vivo en los sitios que piso, aunque sólo sea un

par de días, no siempre profundiza para bien en el paisaje. A unos cien metros del pueblo,

en una loma de las faldas de la sierra, había un cementerio, pobre corral de muertos, que

dijo el otro, diminuto en la grandiosidad de la intemperie, y yo me di cuenta de que aquello

era el paisaje del final, que no sólo había ido a ver a dos viejos elefantes moribundos sino a

una versión tampoco muy descabellada de mi propio fin. De un modo u otro, desde que se

marchó Olivia, y me llegó el rumor de las mujeres metidas en el coche para ir a Madrid a

divertirse, desde entonces no había pensado más que en la muerte, al principio de los de-

más, pero ahora incluso de mí mismo. Me veía en el mismo varadero de peces muertos

donde estaba Alfredo. Aquel follón con Palomares era en realidad el canto de cisne de

nuestra estirpe. Alfredo todavía estuvo muy orgulloso de su profesión a los sesenta y tantos

años, y había logrado unas líneas de periódico en defensa de un oficio entrañable pero anti-

cuado. A los modelos nos ha pasado lo mismo que a los alfareros de los pueblos y a los

pueblos mismos. Se nos ha tragado el tiempo. Pero los oficios para el recuerdo poco a poco

se reconvierten en atracciones turísticas y tienen un pasar. Los matrimonios majos que se

llevaron la tinaja junto al río pueden ir estirando su ficción de verano en verano, pero a mí
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pronto me llegará un jefe que me ponga para siempre en la garita del conserje y contrate

carne fresca por la calle para las clases de dibujo al natural. Yo no pienso nunca en estas

cosas, pero aquella tarde estaba un poco melancólico, y me dejé llevar.

Lo bueno era imaginarme retirado en un pueblo de Castilla la Vieja, lo malo era

verme paralítico. Los dolores de los últimos días en la cadera y en el riñón derecho reapare-

cían cada vez que me acordaba de ellos. Forma parte de la habilidad de los modelos el anes-

tesiarse con la mente los dolores y entumecimientos repentinos que se pasarían con un

cambio de postura pero no es momento de moverse, de modo que recordarlos, recuperarlos,

es saber que se tienen, no prescindir de ellos como Alfredo prescindió de su artrosis durante

tantos años.

Volví a la casa bastante deprimido. Alfredo y el señor Barrachina estaban en el

comedor, el viejo leyendo un tomo y Alfredo viendo la televisión. Estaba viendo un

concurso veraniego lleno de muchachas en bikini. Eran ya las nueve. Me senté pero nadie

decía nada. De tanto pensar en la muerte me había dado un ataque de hambre. ¿Cenamos

algo?, pregunté. Sin levantar la vista del libraco, Barrachina dijo: yo no quiero más que una

tortilla a la francesa y una pera. Y Alfredo dijo: creo que la Olivia dejó algo de carne en el

frigorífico.
Así que tuve que hacerles la cena. ¡A ver si te lo vas a comer todo, que mañana es

domingo!, dijo Alfredo nada más ver la fuente con casi medio kilo de filetes de lomo. Os

queda jamón de york y queso en lonchas para comer mañana unos sanjacobos, dije yo, muy

dispuesto y hacendoso. ¿Cómo que os queda?, terció Barrachina. ¿Es que mañana no vas a

comer aquí? Pensaba irme por la mañana, dije. ¿A qué hora? Bueno, tengo que ir caminan-

do hasta el pueblo, el tren pasa por El Barco a las nueve... Es el único, que yo el lunes tra-

bajo.

No puede ser, dijo Barrachina, necesitamos algo más de tiempo, por lo menos hasta
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la hora de comer. Llévate si quieres mi coche a Madrid y te vas por la tarde. ¿Y cómo lo

traigo? Ya lo traerás. Aquí no hace tampoco nada. ¿Y los perros?, dijo Alfredo, a media

voz. A los perros les puede dar de comer cualquiera. El mismo veterinario. ¿No tiene que ir

a ponerles alguna vacuna? Pues ya está. Y vete pensando qué vas a hacer con ellos.

Alfredo no dijo nada. Barrachina se terminó la tortilla, se limpió con el pico de la

servilleta y con la pera en una mano y el cuchillo en otra le dijo a Alfredo: tú el lunes te vas

a Astorga. Ya he hablado con los de la Cruz Roja. Te llevarán en una ambulancia. ¡Yo no

estoy para que me lleve nadie en ambulancia! Es posible, dijo Barrachina, pero un taxi es

demasiado caro. Además, ¡así verá toda España cómo te escarnecen, a ver si se le cae la

cara de vergüenza al tonto de baba ese! ¿Y me meterán en la cárcel?, dijo Alfredo, que no

podía disimular el miedo. ¡Que se prueben!, sonó la vocecilla metálica de Barrachina. ¿Y

tendré que ir solo?, insistió Alfredo. Entonces se hizo un silencio. Yo no quería decir nada

porque ya había dicho bastante. No, dijo Barrachina después de chupar la pulpa de la pera.

Irá Olivia.

¡Sí, jobar, lo que faltaba!, dijo Alfredo, usando un sustituto infantil para sus es-

truendosos tacos. ¿Y por qué no puede venir Güino? (Yo no dije nada). Güino tiene que

trabajar, si es que a eso se le puede llamar trabajo, dijo Barrachina.

Entonces sí que dije algo: ¿y a qué le llama usted entonces trabajar, si puede saber-

se? Barrachina me miró y me dijo una cosa muy rara. Ese es tu problema, Güino, que nunca

has tenido que trabajar. El trabajo os hará libres, cité yo, y traté de que se me notara la mala

leche. No digas tonterías, atajó Barrachina. Tú no amas tu profesión. La mayor parte de la

humanidad no ama su profesión, puntualicé. Eso es problema de la mayor parte de la huma-

nidad, dijo, pero se ama lo que se quiere amar. Se ama la propia dignidad. Ser feliz, Güino,

no es una aspiración sino una obligación.


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Barrachina siguió un rato con la homilía. Echaba sentencias como conclusiones,

como quien al final del camino está seguro de algo, y sobre todo está seguro de haber hecho

lo que tenía que hacer. Por muy brillante que fuese, nunca me he fiado de la gente que esta-

ba demasiado satisfecha de sí misma. Barrachina tenía por añadidura un tono de ultratum-

ba, de últimas palabras, su vocecilla metálica gritando mientras se aleja. Habló mucho, y

Alfredo asentía, y de las palabras del uno y los detalles insignificantes del otro saqué casi

todo lo que me interesaba saber de ellos.

Alfredo Bayo Expósito nació en La Inclusa de Madrid en enero de 1932. Bayo es el

añadido que siempre se puso para no presentarse ante las grandes personalidades como un

huérfano sin apellidos. Su caso era bastante habitual: una muchacha de provincias que se

queda embarazada en el pueblo y se tiene que ir a la capital a servir. Tiene un hijo y lo en-

trega a las autoridades porque no lo puede alimentar o porque no lo quiere. Esto último es

más raro. Lo normal es que desaparezca el padre, o que la madre esté muy enferma. Alfre-

do, como los grandes héroes, fue recogido de un portal, se hizo niño en una guerra y se per-

dió en la nieve. Minutos antes de ser un ángel congelado alguien lo depositó en una institu-

ción benéfica, y la policía tampoco hizo mucho por averiguar. Alfredo se habría criado con

los otros niños en buenas condiciones (sin padre ni madre, pero bien alimentado) de no

haber estallado una guerra. Cuando acabó, Alfredo pasó el hambre de los incluseros y el del

resto de los ciudadanos, una doble ración de hambre que dejó sus huesos frágiles como los

de Antonio Chenel Antoñete, su torero más querido.

Desde el principio fue bastante burro para los estudios. Los más inteligentes canta-
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ban la lotería y a veces les tocaba en forma de ricos padres adoptivos, o podían entrar en el

seminario y hacerse curas. Lo normal era que a los doce años los pusiesen a trabajar. Alfre-

do estuvo de mozo de carga en un almacén de patatas muy controlado por los comisarios

del racionamiento, pero aun así tuvo la oportunidad de alimentarse mejor. Fue, también, la

primera vez que la policía lo interrogó.

Durante los años del orfanato Alfredo debía sin embargo tener un cierto predica-

mento entre los niños. Era alto y fuerte, y desde el principio empezó a destacar en el juego

de pelota. La única imperfección que había en su cuerpo era el meñique de la mano dere-

cha, que lo tenía roto, un poco encogido, de tanto golpear una bola de madera y piedra. Pe-

ro sus manos eran grandes como las de los pelotaris. Para las monjas del hospicio (cuando

acabó la guerra cambió de manos) era sin duda un futuro chicarrón del norte, pero su cuello

no es nada vasco, y su cráneo tampoco, ni tampoco caminaba con los brazos separados del

cuerpo. Por otra parte, su afición al campo sí puede indicar una estirpe baserritarra, pero su

gusto por la caza es castellano, su amor a los galgos y a los podencos necesita grandes ex-

tensiones de rastrojo. Todo eso hace que el pueblo de donde partió embarazada su madre

sea más de la parte de Burgos. Su perfil enteco, castellano viejo, ese goterón de sangre ci-

diana de que hablaba él sobre su propio cuerpo, era como buscarse un ilustre tatarabuelo a

falta de padres conocidos. Vio en las nuevas enciclopedias escolares la cara del Cid Cam-

peador y pensó que a lo mejor era ese su padre.

La verdad es que su porte casi imperceptiblemente monstruoso tiene un innegable

ramalazo del interior, de la meseta seria, o así se fue moldeando de tanto posar para solda-

dos nacionales y mártires de la cruzada. Su cerebro, más que moldeado, está tallado a mar-

tillazos, y quizá eso me hace perderme en la búsqueda de sus orígenes. En todo caso, su

vida no cambió por parecerse al Cid Campeador cuando era niño sino porque era un buen
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jugador de pelota.

Alfredo Bayo Expósito posó por primera vez el 21 de diciembre de 1947, y también

fue gratis. Hubo un torneo de pelota en el frontón de doctor Cortezo y allí fueron a medirse

requetés excombatientes que todavía conservaban la fuerza de la juventud. Alfredo debió

de sentirse impresionado. Todos sacaban pecho y enseñaban una sonrisa ufana, pero eran

pocos y bastante malos en el frontón. Las purgas diezmaron todos los rincones de la vida,

todos los gremios y todas las fiestas y todos los deportes populares. Los buenos pelotaris de

antes de la guerra habían sido leales a la república o habían muerto. Los más capacitados y

con mejores contactos y mayor arrojo se marcharon al exilio.

Se buscaban valores nuevos, héroes deportivos que nacieron en la guerra, con la

guerra, y que debían llevar ya la sangre fecunda de la nueva España. Alfredo destacaba por

encima de aquellos veteranos, y no a todos les sentaba bien que un huérfano (a saber si sus

padres no serían rojos) les humillara en público como no fue capaz de humillarlos la mis-

mísima batalla del Ebro. De modo que Alfredo empezó a dejarse ganar. El hombre que lo

contrataba (la comida del día y de vez en cuando una peseta) le aconsejó que la mejor ma-

nera de buscar futuro en el negocio era no provocar a los que le daban de comer. Cuando

Alfredo jugaba con otros pelotaris atemorizados desplegaba toda su potencia para lanzar la

piedra y toda su habilidad para colocarla en la esquina, y el público requeté vitoreaba enar-

decido. Pero cuando algún veterano era de la partida, Alfredo no sólo tenía que dejarse ga-

nar, sino fingir que lo ganaban con justicia, como se hace en los combates amañados de los

barrios bajos. Ese acto de sometimiento determinó su futuro. Aprendió a detener la fuerza

de sus movimientos, a conocer las torsiones de su cuerpo más atléticas y en el fondo más

vacías, más preparadas para fallar.

Eso es lo que vio Vicente Barrachina en su primer viaje a Madrid. Era entonces un
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hombre de treinta y tres años que había vuelto a España después de vivir refugiado en pen-

siones de media Europa, no tanto por sus ideas políticas como porque siempre había ido

escapando de la guerra. Había nacido en Tabernes Blanques en 1914. Estudió en Valencia

en el taller de Pere Monturiol, un discípulo del escultor Miguel Blay que hacía aprenderse

de memoria a los alumnos la teoría decimonónica del movimiento sintético y las relaciones

armónicas de la figura, el ambiente escénico, lo que precede al acto expresado y lo que de-

be seguir o continuar, a fin de que el espectador pueda vivir aquella representación y se

despierten en su alma los sentimientos de grandeza, terror, admiración, gratitud, amor o

respeto que el monumento debe inspirar.

Esa fue la máxima de Monturiol y la que Vicente Barrachina estudió hasta lo irre-

presentable, con la lentitud de un científico serio dedicado a estudiar los pormenores de

cualquier postura, y la que podría ser el resumen de toda escultura monumental decimonó-

nica pero también de los fotógrafos de la agencia Magnum. La cuestión no estaba en repre-

sentar con un estilo concreto sino en saber qué es en cada época lo que representa la gran-

deza, el terror, la admiración, la gratitud, el amor o el respeto, y también aquello que lo

provoca. Hay épocas que intentan disimular más o menos el patetismo, o en las que están

prohibidos los sentimientos, o en las que todo es muy realista o muy cursi. Incluso en una

misma época se pueden dar las diferentes inclinaciones, aunque esa época coincida con una

guerra.

Barrachina dejó España, por consejo de su maestro Monturiol, el 19 de julio de

1936. Hasta 1939 vivió en París, y fue luego fue subiéndose a los trenes y bajándose a es-

condidas, enrolándose y desertando, alternando con la División Azul y con excombatientes

de las Brigadas Internacionales. En octubre del 37 burló las líneas alemanas y viajó varios

días sin entender a nadie en ninguna lengua, hasta que llegó a un pueblecito donde no había
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ni el más remoto olor a pólvora en el aire. Estaba a treinta kilómetros de Stalingrado. Aun-

que siguió sin entender a nadie, olió la pólvora bastante antes que los ciudadanos rusos,

emprendió de nuevo viaje y cruzó el Mar Negro. Pasó por Estambul, cruzó las Cícladas y

bordeó el Mediterráneo por las costas africanas.

Ya he viajado bastante, dijo a Monturiol en 1946, cuando se le apareció en la Escue-

la de Bellas Artes de Valencia. Si quieres vivir de esto, le dijo el maestro, vete a Madrid.

Aquí te pasarás pintando naranjos el resto de tu vida. El viejo Pere le escribió una reco-

mendación para la Escuela de Artes y Oficios, no para que aprendiese nada, sino para que

diese algunas clases de anatomía.

Nada más llegar, el director lo metió a dar clases a cuatro estudiantes desnutridos

que compatibilizaban la pintura con el estraperlo. Se encontró una escuela devastada, con

grandes espacios muertos, sin pinturas, sin asientos. Los muebles habían ardido en las ba-

rricadas y nadie tenía tiempo para ponerse a pintar ni dinero para costear unas clases. Ba-

rrachina tuvo que empezar desde el principio. Trabajó con economía y rigor. No sólo se

encargó de las clases de anatomía sino también de las de dibujo e Historia del Arte, y toda-

vía tuvo tiempo de decorar algunas salas de la Escuela con bustos de imitación y reconstruir

el pasado venerable que se le suponía a un lugar como ese. La capacidad de trabajo de Ba-

rrachina excede a cualquier consideración. Diez años huyendo le habían inculcado un sen-

tido de la urgencia que no dejaba espacio para el descanso.

Tuvo también que buscar modelos nuevos. Los pocos que había eran seres desnutri-

dos, encogidos, con una expresión de miedo y servilismo que se proyectaba en cada uno de

sus miembros. De joven, en Tabernes Blanques, había sido muy aficionado a la pelota, y el

frontón de Doctor Cortezo fue el primer vivero donde fue a buscar. Vio a Alfredo por pri-

mera vez un domingo de invierno. Lo vio jugar frente a un legionario que no sabía darle a
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la pelota. Supo que Alfredo se dejaba ganar, supo que mentía, pero lo que más le impresio-

nó de todo fue que en él no había ninguna sombra de miedo. Su capacidad de fingimiento

era un diamante en bruto, un modelo no enseñado, una huella más que Barrachina podría

poner en la escuela.

Al día siguiente era domingo y yo me levanté muy contento porque estaba más des-

cansado y porque me iba a marchar. Cuando salí al comedor Alfredo estaba viendo la misa

por televisión. Hacía un domingo espléndido, luminoso, transparente, lavado por la lluvia.

Tenía buena gana y no me dolía nada, de modo que me metí en la cocina y me froté las

manos. Después de desayunar a modo me bajé a ver qué hacía Barrachina. Había quitado

ya los soportes del molde y quitado las rebabas que quedaron de las dos piezas. Ahí estaba

yo, recién llegado de la guerra, de un largo camino, de llevar una peana, de soportar el cie-

lo. Buenos días, dije. Ven, dijo, toma este serrucho. En esto me tienes que ayudar tú porque

a mí me duele el hombro si hago estos movimientos. No sé qué me pasa a mí estos días,

voy a tener que ir al tío Chulilla para que me dé unas friegas, dijo.

Barrachina me fue diciendo por dónde tenía que cortar. Se trataba de despedazar la

estatua, hacer con los pedazos nuevos moldes y rellenarlos de escayola dejando caer polvos

de tintes diversos a medida que se vertiera el líquido. De ese modo sacaría Barrachina una

especie de estuco pintado por dentro. Eso significaba que las secciones de los fragmentos

de Alfredo también estaban pintadas, y tengo que reconocer que en Astorga no me había

dado cuenta del detalle. La escayola de Alfredo nunca estuvo entera.

Aquí, por debajo de la nuez, me dijo Barrachina. Y yo procedí a serrarme el cuello.


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Mira a ver Güino que lo tienes que serrar muy recto para que luego se pueda apoyar. Por

aquí por el cubículo metatarsiano. Por aquí justo por debajo del acromion. Por aquí por

encima de los ligamentos anulares. La barriga déjala que la tenemos que tirar. Los trozos

que sobren si quieres te los llevas. ¿También le sobraron trozos a Alfredo?, pregunté. Por

aquí por la ingle, dijo él. Pero yo esperé su respuesta y él me la dio: no, dijo, Alfredo estaba

entero.

Estaba serrándome el pie izquierdo cuando se oyó llegar un coche hasta la puerta de

la escuela. Era Olivia. No la volvimos a ver hasta que no salió al comedor con una sopera

humeante. Ni Barrachina ni Alfredo le dijeron nada. Yo la saludé y le pregunté qué tal le

había ido por Madrid. Bienísimo, dijo, con el gesto habitual, mecánico y cansado, de quie-

nes miran al cielo y ponen los ojos en blanco pero en seguida vuelven a mirar la sopera. No

estaba muy habladora. Sólo, cuando le estaba poniendo a Alfredo la sopa, dijo: ayer usted

no tomó sus pastillas, y usted verá, porque yo no voy a estar siempre para venírselo a re-

cordar. ¿Te vas a ir?, cazó al vuelo Barrachina, con la servilleta metida en el cuello de la

camisa. Olivia le sirvió su plato y murmuró: déjenme en paz hoy ustedes, por favor, no me

hagan coger un berro, se lo pido por favor.


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Aparqué en la puerta el Gordini de Barrachina. Traía conmigo la estatua de la serra-

nilla tocadora de dulzaina y una sección horizontal de mi barriga y de justo aquella parte de

la riñonada que me estaba esos días molestando tanto. El portero de la finca donde vivo me

miró con cierta complicidad: él tiene un Renault-8 del año 74 siempre aparcado en la puer-

ta. Nada más bajar del coche me pegó una bofetada de calor. El portero estaba inmóvil en la

sombra, aguantando a duras penas la chicharrina. Era la canícula asfixiante. Yo había deja-

do las ventanas abiertas y las persianas bajadas, y la casa se había mantenido a temperatura

soportable. Me bañé y me cambié de ropa. No sólo estaba sucia sino que olía al eskay del

Gordini, a los tintes que había echado Barrachina en mis pedazos. Olía a viejo. Sobre todo

olía a viejo. Casi lo mejor de todo es que me quedaban prendidas de la camiseta unas hue-

llas de abrótano.

Por lo demás, no tenía cartas en el buzón ni llamadas en el contestador. Es lo que se

llama una ausencia desapercibida. Nadie te ha necesitado. Nadie ha pensado en ti. Así son
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los días de un muerto, pensé, todavía con algo del perfume aquel en el ánimo. Pero sí habí-

an pensado en mí, y no muy bien. Cuando entré en la escuela el lunes por la mañana Pilar

Guijarro estaba retirando unas fotocopias de la garita del conserje. ¡A buenas horas!, dijo.

¿Ocurre algo?, le pregunté. Pilar Guijarro estaba bastante nerviosa. No acertaba a barajar

los papeles de la fotocopiadora. No, nada, dijo, sólo pasa que los alumnos libres no se han

podido examinar. ¿No estaba Javier? Javier vino el jueves a despedirse, por lo menos tuvo

ese detalle, dijo Pilar. ¿Ha pedido excedencia? No. Lo ha dejado. Ha dicho que no va a vol-

ver a posar en su vida, que tiene una cosa mejor que hacer. Y a mí, como tú comprenderás,

dijo Pilar, me parece muy bien que la gente prospere, pero no el día de los exámenes, ¿en-

tiendes?

Me metí la mano en la camisa y saqué un papel doblado, como un salvoconducto.

No, Güino, no, a mí no me tienes que enseñar nada. Enséñaselo al otro, al jefe. Ayer sin

más dijo que os iba a echar a todos a la puta calle y se iba a dedicar a contratar modelos

entre los alumnos. ¿Y quién posó en los exámenes?, le pregunté. ¿Quién va a ser? Pues

Rosa, quién va a ser. Por cierto, ¿sabes dónde está? Yo le dije que no viniera hoy, la pobre

tuvo que posar ocho horas el jueves y otras ocho el viernes, porque los eventuales dijeron

que ellos no hacían más horas de las que tenían en el contrato. La he estado llamando a casa

pero no la localizo. ¡Y mira que le regalé un teléfono! Pilar Guijarro se encendió un cigarro

y echó todo el humo al mismo tiempo. No sé por qué, dijo, mientras metía el mechero en el

bolso, pero si salváis el pellejo ya puedes agradecérselo a ella. Otra cosa es que tú en parti-

cular, Güino, salves el pellejo cuando te la encuentres, claro. ¿Y no queda ningún examen

por hacer?, pregunté. Pues no, ya no, ya puedes cogerte otra baja si quieres. El trabajo ne-

cesario ya se ha terminado. Oficialmente ya eres otra vez un conserje, pero a los conserjes

aún les queda un par de días hasta coger las vacaciones, lo mismo que a ti. Ya no tienes
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nada que hacer.

Me alegré en el fondo de mi corazón, pero sólo exterioricé una expresión contraria-

da, un no saber qué decir. Hasta ayer por la tarde no he podido moverme, Pilar. Pero Güino,

¿me tomas por tonta? ¡Todo el mundo sabe dónde estabas!, y yo sobre todo porque me lo

ha dicho Marisa, así que a mí no me vengas con lumbalgias. He dicho que no he podido

moverme, no que estuviese malo, dije yo. Dije estoy seguro de que Rosita por lo menos lo

comprenderá. Pilar Guijarro cambió el tono de inmediato. Perdona, Güino, estoy un poco

nerviosa, pero es que ayer la tuve muy gorda con el jefe porque el jefe me responsabiliza a

mí de la irresponsabilidad de unos modelos que dice que yo he metido aquí hasta que se

hagan viejos. Y os he defendido de todas las maneras, Güino, pero sois cuatro y los tres

hombres, los tres, habéis huido de vuestras obligaciones, el uno porque dice que cambia de

trabajo y que ahí os las den todas, que yo me abro; el otro porque ha desaparecido tanto que

ya lo busca hasta la policía; y tú, Güino, porque tú el jueves estabas en Madrid, y eso no me

lo ha dicho Marisa. Y eso también lo sabe todo el mundo. El jueves me dolían los riñones,

dije yo, cuando Pilar ya se había vuelto para marcharse.

Pensé que lo mejor que podía hacer era largarme de allí. Le pregunté a Basilio, el

conserje con dedicación exclusiva, si estaba el jefe en la escuela. Esa suerte tienes, me dijo,

que él ya se ha tomado las vacaciones. Me volví a alegrar en el fondo de mi corazón.

Habría tenido que echar mano de todo mi cinismo para enfrentarme a él. Tampoco sería de

extrañar que el jefe hubiese cogido las vacaciones antes para no tener que enfrentarse a mí.

Esa misma tarde había quedado en volver al estudio de Palomares, de modo que pensé en

aprovechar la mañana en la piscina y telefonear después a Konchakova para que me diese

un masaje.

A Rosa me la encontré en la calle. Venía del mercado de la Cebada con una bolsa de
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tierra para las plantas. Antes de que me dijese nada, decidí coger el toro por los cuernos. Ya

me ha dicho Pilar que tuviste que comerte tú todo el marrón de los exámenes libres. Rosa

dejó la tierra en el suelo. Llevaba las gafas de sol y por la boca no se deducía ningún estado

de ánimo. Invítame a un refresco, anda, me dijo. Nos metimos en el café de San Millán. No

estaba enfadada. Todo lo contrario. No, no estoy enfadada. ¿Por qué iba a estarlo? Lo que

no era previsible era que se marchase Bidón, pero tú... Tampoco faltas tanto como él. Y

tampoco ha sido tanto, lo que pasa es que yo me he encargado de que lo viese Pilar y el

soplapollas del jefe. Me dijo que antes de las vacaciones me diría algo sobre la plaza de

Alfredo. Y mira, si te he visto no me acuerdo. ¿Cómo voy a estar enfadada contigo si el

capullo ese es el primero que se larga?

Estuve viendo a Alfredo, le dije. Pues no hacía falta que hubieses ido, dijo ella, y se

quitó las gafas. Tenía ojos de haber llorado. ¿Qué ha pasado?, pregunté. Nada, cosas de la

premenopausia. Pero estás triste, Rosita. No, qué va, al contrario, estoy alegre, estoy muy

contenta. Rosa sonreía pero al elevar los labios superiores le temblaban y se le fruncían.

Estoy... melancólica, dijo, en términos muy generales. ¿Cómo está Alfredo?, me preguntó

en un cambio forzado de conversación. Pues no sabría decirte, chica, le dije, no sé si está

pasando una mala época o es que se está muriendo. De momento no le obedecen las pier-

nas, y como es tan chulo no quiere salir de casa para que no lo vean en silla de ruedas. Les

conté lo que pasaba y decidieron que hoy mismo iría en una ambulancia a Astorga. Dijo

que se llevaría una muda por si lo metían en la cárcel. Irá con él Olivia, la asistenta de Ba-

rrachina, un encanto de mujer.

Pues ya no hace falta, Güino, aunque si va tampoco pasa nada, supongo. Rosa se

volvió a poner las gafas y dijo: he estado este fin de semana en Astorga. ¿Has vuelto con

Eduardo? No. Me he acostado con él. ¿Y? Bueno, antes de que nos acostásemos ya había
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decidido sobre... sobre... como se diga el caso de Alfredo. Ya lo había decidido antes. Pa-

lomares retiró su denuncia y convenció al patronato del museo Gaudí de que no siguieran

adelante. Quiero decir que no lo va a dejar en paz porque echase un polvo conmigo, a ver

qué te vas a pensar. Fue más bien una cosa de agradecimiento. Yo es que el viernes me sen-

tía muy sola. No sé qué coño me pasó, Güino, esta flojera, con lo vital que yo he sido siem-

pre. Pero es que estuve todo el día posando y el viernes por la noche me quedé con Carmela

y el cabrón del jefe sin aparecer y Lurdes que dice que se va a meter otra vez a trabajar al

bar. Y se me juntó todo, Güino. Y pensé en llamarte pero con contarlo no arreglaba nada.

Necesitaba, no sé, un poco de cariño. Necesitaba echar un polvazo y volver a mi casa fresca

como una reina, y apretar los dientes y seguir. Pero ni fue un polvazo, ni volví fresca, ni me

apetece seguir. Esto es un bajón de los de reglamento. Porque es que luego dices total, so-

mos personas adultas, no hay nada que importe nada más allá de lo que de veras importa.

Pero luego llegas allí y Eduardo está hecho una ruina. En tres meses ha perdido casi treinta

kilos. Una salvajada. Y ni régimen ni hostias. Que se dejó de comer. Mira, Güino, daba una

pena... Y encima, como es tan destarifado para todo lo que no sea el trabajo, va y me lleva

la misma ropa que se ponía cuando estaba gordo. ¿Te lo imaginas, Güino? Parecía un paya-

so. El difunto era mayor. Así que ya me tienes. Yo lo llamé y le dije mañana por la mañana

cojo un autobús y me voy a Astorga, así, de buenas a primeras, porque empecé a mirar

quién podía darme lo que yo necesitaba pero sólo estaba él. Y cuando me vino a esperar a

la estación con un ramo de flores que abultaba más que él yo le miré y lo tuve que coger de

la mano y nos fuimos a renovarle un poco el vestuario. Y encima, cuando se ponía un pan-

talón a su medida, me preguntaba: ¿me sienta bien?, ¿te gusto más así? ¡Por favor! ¡Se

había puesto a adelgazar porque pensó que estaba demasiado gordo para mí! ¡Que yo lo

había dejado por gordo! ¡Un juez, Güino, que crea en esas cosas un juez! Desnudo parecía
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un pajarico. Estábamos follando y yo decía no voy a menearme mucho que si no lo despa-

churro. Y luego claro, la charla, el cigarrillo, no puedo vivir sin ti, no he querido a nadie

como a ti, yo lo dejo todo y hago todo lo que quieras por ti... En fin, ya te puedes imaginar,

y llora que te llora, que eso es algo que me pone negra.

Así que no sé. No sé que hacer. Porque gustarme gustarme yo ya no sé si me gusta o

no, Güino, pero sé que como volvamos a vernos ya no voy a tener valor de volverlo a dejar.

En esto hay que ser fuerte, Güino, y yo no estoy siendo fuerte. Así que le dije mira, Eduar-

do, vamos a hacer una cosa. Vamos a dejarnos las vacaciones para pensarlo, y ya veremos

después. Que yo lo primero de todo tengo que estar en Madrid porque mi hija tiene que

encontrar trabajo, y ahora en vacaciones yo me ocupo todo el rato de la niña y ella se puede

mover y acudir a las entrevistas. Yo se lo dije con segundas, claro. Se lo dije tan con se-

gundas que él se comprometió a hacer todo lo posible para encontrarle un trabajo a Lurdes,

así que si se lo encuentra mal porque yo entonces a ver qué le digo, y si no se lo encuentra

peor porque yo también tengo ganas de vacaciones, de tostarme al sol y si me da la gana

llorar y si no reír. Así que no sé qué hacer.

Por cierto, le dije. Pilar te estaba buscando. Dice que te lleva telefoneando toda la

mañana, pero que como nunca llevas el teléfono que te regaló... Otra que tal, dijo Rosa. No

me la puedo quitar de encima. A veces lamento no ser lesbiana. Tú imagínate, Güino, si a

mí me gustase Pilar. Qué descanso, qué paz. Porque ella con estar conmigo ya tiene bastan-

te, es un poco pija pero es muy dulce. Y conmigo se deshace, y todo lo que digo le parece

bien. Ahora dice que me vaya unos días con ella a Ibiza, a descansar. Me lo ponen a huevo,

Güino, a huevo me lo ponen. Pero no es eso lo que yo quiero. Si se tratase sólo de vivir con

alguien, si no fuese necesario tener celos ni ganas de follar, yo con quien mejor estaría es

contigo, y tú conmigo también, no me pongas esa cara, sobre todo tú, que todo te importa
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un comino. Pero chico, qué quieres que te diga, a mí me acaba perdiendo el sexo, ni puedo

evitarlo primero ni puedo soportarlo después, qué le vamos a hacer. En fin, ahora veré qué

tripa se le ha roto a Pilar. ¿Pero no te había dado ya vacaciones?, le pregunté. Sí, hijo, sí,

pero como no arregle yo un poco el jardín de la escuela ya me contarás...

Marisa me abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre. Julio te está esperando,

me dijo muy sonriente. Yo me presenté impecable. Konchakova no sólo me dio un doble

masaje ucraniano sino que me depiló de cuerpo entero, salvo las cejas y el pubis. Me vestí

de lino muy holgado (mi hija dice que con ese traje parezco un empresario taurino) y cogí

un taxi hasta la colonia de El Viso. Julio está preguntando por ti desde ayer. He llamado

esta mañana a la escuela, a ver si ya habías llegado, me dijo mientras avanzábamos por el

túnel de cristal hacia el hogar valenciano de Palomares. Toma, le dije, y le alargué la cáma-

ra de bolsillo que me había dado para el viaje. Marisa sonrió un poco de lado. Quédatela,

dijo. Es un regalo.

Palomares estaba sentado en su butaca. Estaba leyendo el periódico, entre absorto y

divertido. ¿Has visto esto?, me dijo, como todo saludo. Era una exposición de cadáveres

plastificados que estaba haciendo furor en Berlín. Yo lo había leído durante el desayuno. La

exposición, de un tal Gunter Von Hagen, mostraba pedazos de fiambres, sujetos medio des-

huesados que jugaban al ajedrez y embriones con deformaciones monstruosas expuestos en

una vitrina. Escuche, escuche, me leyó Palomares: El anatomista sustituye el agua del

cuerpo por un líquido plastificador que inyecta en las partes del cadáver que va a usar.

Los dueños de los cuerpos se los donaron antes de morir. Un visitante de unos 60 años
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opina que es mejor terminar así que pudriéndose en una caja. ¡Qué te parese, Güino! Y lo

mejor de todo es que este Von Hagen dise que él no hase arte sino divulgasión sientífica.

¿Y el título? ¿Sabe cómo se llama la muestra? Mundos corporales: la fascinación por lo

real. Si es lo que yo digo, dijo doblando el periódico y levantándose por fin para darme la

mano: volvemos a estar invadidos por la realidad. Se nos avesina un nuevo triunfo de la

entomología, amigo. ¿Qué tal ha ido por Los Nardos?

No muy bien, le dije. ¿Le apetese tomar algo? ¡Marisa! No, no, déjelo, dije yo, me

acabo de beber un vaso de agua. Marisa trajo una jarra con limonada y dos vasos en la me-

sita de mármol de la terraza. Palomares tenía el porche cubierto con madreselva y parra

virgen y unas sillas de mimbre. ¿No muy bien? Alfredo está bastante mal, le dije. Tendrá

que presentarse ante el juez en ambulancia. Ya me he enterado de que no hacía falta, pero

eso él no lo sabe. Cuando lo he visto leyendo el periódico temí que fuese algo sobre Alfre-

do. No te preocupes, dijo Palomares, no llegará la sangre al río.

Palomares se me quedó mirando un momento como si hubiese empezado ya a traba-

jar de nuevo conmigo. ¿Y don Visente?, ¿a qué se dedica ahora el viejo?, ¿sacaste alguna

foto? No, no hice fotos. ¿No está trabajando en nada? Sí, le dije, pero no sé en qué. Tenía

dos piezas grandes, pero una estaba ya embalada; era, según dijo, una especie de tinaja, y la

otra no me la dejó ver. Pero hizo algo para usted delante de mí y me encargó que le propu-

siese un trato. Palomares se atacó la pipa, cruzó las piernas.

Yo se lo expuse en estos términos: Barrachina quiere recuperar los fragmentos que

intentó robar Alfredo. Me imagino por qué, pero tampoco él me lo ha dicho. Dice que a

usted no le interesaba la antigüedad de la pieza ni mucho menos que fuera el cuerpo de Al-

fredo. Dice que le interesa la técnica, algo así como un estuco de dentro afuera, según creí

entender. Jodido viejo, sonrió Palomares. El caso es que él está haciendo ahora lo mismo,
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pero con otra estatua, y quiere proponerle un intercambio. ¿Otra ves Alfredo?, me preguntó,

más divertido que otra cosa. No, le dije, esta vez soy yo.

A Palomares le encantó la idea. ¿Cuándo hay que ir a recogerlo?, preguntó. No lo

sé, dije, aunque me imagino que lo primero es devolver el cuerpo de Alfredo. Bueno, dijo

él; tampoco sería mucho problema. ¡Marisa! ¿Adónde está hora el cuerpo español? En

Aranda de Duero, dijo Marisa. Prepáralo todo para que traigan la vitrina. Eso lleva tiempo,

Julio. ¡A ver si voy a tener que ir yo mismo a llevarme un mueble que es mío, collons! Veré

qué se puede hacer, dijo Marisa, y salió del estudio.

Pues mira, continuó todo ufano Palomares, yo casi me alegro. Sí, tu cuerpo puede

quedar incluso más impactante que el de Alfredo. Tu cuerpo es una mina, Güino. Fíjate el

von Hagen este de los cojones. Hiperrealismo puro. Alfredo tenía un encanto secreto, esa es

la verdad. Barrachina hiso muy bien aquel vasiado. Pero claro, es una imagen de otro tiem-

po. El armario también es de los años sincuenta, es muy importante que darle a toda la pie-

sa coherensia temporal. Lo saqué de una subasta que se hiso con el mobiliario de la antigua

DGS. ¿Has oído hablar de la DGS? Qué tiempos. Fuimos a la subasta muchos que había-

mos tenido que pasar más de una noche por aquellos pasillos. En estos armarios tenían los

informes amontonados en cartapasios. Eran los ordenadores de la época, llenos de polvo.

Así que ahora tendré que ponerte a ti en otra vitrina. Esa otra piesa de Alfredo me temo que

se destruirá para siempre. Y si quieres el armario te lo regalo. Estos días estoy podando

muchas hojas secas del pasado. No sé si dedicarme a clavar escarabajos con alfileres y ex-

ponerlos el año que viene en ARCO. Viva la fasinasión de lo real, Güino, qué leche. Me he

enterado de que va una chica que fabrica bolsos de piel con pesones y anos, y un tipo que

fabrica esculturas esféricas con fetos de animales. El año que viene es el año de las vísseras.

Yo creo que para tus trosos Güino voy a emplear un mostrador de carnisería. Ya verás qué
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bien queda. ¡Marisa! Mira a ver si me consigues un muestrario de mostradores frigoríficos.

Tengo la oportunidad de diseñar incluso un mostrador. Muy interesante. Muy interesante.

¡Tenemos que trabajar juntos más a menudo, Güino! A ese cuerpo hay que sacarle partido,

ya lo creo...

Salí de allí con la cabeza llena de pájaros. Veía cercano un contrato que me permiti-

ría trabajar por libre, o ahorrar lo suficiente para no trabajar. Me veía ya en el anuncio de la

lotería nacional, en una exposición monográfica sobre mi cuerpo, en una leyenda como la

de Leigh Bowery pero sin necesidad de mala vida ni estrafalarios transformismos. Por un

momento, embriagado por el olor de los jazmines que crecen en las casas de los ricos, ima-

giné una nueva oportunidad en mi antigua vocación de actor. Como en el cuento del Sinin,

el que le leía muchas noches a Violeta para que se durmiese cuando era pequeña, me había

limitado a obedecer, en la fe limpia de que siguiendo las instrucciones de la vieja bruja lo-

graría volar.

De momento no habíamos quedado en nada. Palomares me pidió que estuviese loca-

lizable, que ahora tenía que irse a un congreso de artistas comprometidos pero a su regreso

haría el intercambio con Barrachina y empezaríamos a trabajar. Tantos años suspirando por

triunfar, y ahora que estaba a punto de conseguirlo tenía un leve resquemor en algún sitio,

el diminuto espacio entre mi cráneo y mi cerebro.

Durante los días que siguieron no paré de darle vueltas al asunto. ¿Había algo en

todo lo que estuve haciendo que mereciese algún reproche? ¿Qué tenía que haber hecho con

Palomares? Los dos, Barrachina y él, no habían demostrado más que desprecio por noso-

tros. Perpetuaban un idilio imposible entre discípulo y maestro, y la consideración que me-

recíamos Alfredo o yo era tan efímera como el valor de las obras de arte para las que se nos

utilizaba. Creo que lo peor fue probar en mi propia carne lo que hasta entonces sólo había
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visto en el cuerpo de Alfredo. Era un asunto de dignidad. Pero la dignidad de mi oficio no

es proporcional a la dignidad intrínseca de la persona. Alfredo fue uno de los mejores mo-

delos que ha habido nunca porque vivió como un esclavo. Quienes, tiempo después, hemos

dignificado este trabajo, tenemos la sensación de que cualquier prosperidad profesional

exige alguna intolerable humillación. Sólo en el absoluto inmovilismo corporativo parece-

mos estar libres de las vejaciones, justo cuando tenemos una consideración laboral que es el

blanco de la rechifla popular. Ya no somos barro para grandes obras. Yo ahora escribo pro-

tegido por los muros, esperando a que llegue octubre. Para qué empezar de nuevo. Todos se

han ido, y Rosita no sé qué intenciones tiene porque estamos un poco distanciados, pero si

termina arreglándose con el juez anoréxico también abandonará la plaza. Es posible que a

primeros de octubre, cuando se incorporen los nuevos, yo me vea todo viejo y adiposo entre

cuerpos volátiles de muchachitos.

Palomares me habló de que en su agencia, por supuesto después de que terminase

conmigo, seguro que me encontraban un hueco para un anuncio de televisión. De algún

modo me convenció de que tenía un buen futuro por delante. Y dinero. Antes de salir de su

casa, Marisa me extendió otro cheque, esta vez de medio millón de pesetas. Tuve la pringo-

sa sensación de que no sabía muy bien en concepto de qué me pagaba ahora Palomares, si

lo único claro de todo lo que hablé con él era que de momento no me iba a necesitar más.

El dinero imprevisto me hizo desistir de una vez de aquellos proyectos insensatos de

regalarle dibujos míos a Violeta. De pronto respiraba como si me hubiera dado cuenta a

tiempo de que estaba a punto de cometer una barbaridad, de hacer el ridículo. Me pasé por

la tienda de instrumentos musicales y pedí un catálogo de oboes. Había uno que valía nove-

cientas mil pesetas, un Fox 400 de madera de granadillo, que se podía también comprar a

plazos. Dije que me lo pensaría, pero me pareció que comprando aquello me dejaría de
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quemar en el bolsillo el cheque de Palomares. Podía dar todo el dinero de entrada y el resto

pagarlo poco a poco. Con el oboe nuevo y la estatuilla de Barrachina, pensé, ya tenía un

buen regalo, una especie de lote de productos cariñosos valorados en todo lo que yo había

cobrado del uno y del otro. Me pareció una buena idea. El cartapacio con dibujos que se

habían ido acumulando sin pies ni cabeza no tenía entidad de regalo. No tenía más aspecto

que el del pobre padre que intenta comprar el cariño de su hija vendiendo a jirones sus paté-

ticas intimidades. Me abochornaba sólo imaginarme desempaquetando el hatillo de dibuje-

tes en mitad de toda la familia, junto a los obsequios históricos y suntuosos que seguro le

harían su madre y su abuela.

Había oboes más baratos, por supuesto. La chica de la tienda me dijo, cuando me

vio titubear entre los dos, que un miembro de la orquesta del Teatro Real, un amigo suyo

que compraba sus oboes en la casa desde hacía muchos años, era el Selmer 121 el que usa-

ba en sus actuaciones y estaba muy contento. La verdad es que valía un poco menos, tam-

poco mucho, y pensando en ello caí en un detalle en el que hasta entonces no había repara-

do. ¿Y Rosa? ¿No era suya una mitad? Para ser sinceros, y aunque con diferentes resulta-

dos, los dos habíamos dedicado el mismo tiempo a este asunto, pero, sobre todo, los dos

estábamos implicados en él. Yo todavía no soy capaz de considerar cuánto de culpa, cuanto

de aprovechamiento, cuánto de blandura y cuánto de necedad había habido en nuestros ac-

tos, pero todo, lo bueno y lo malo, quería que fuese cosa de dos. Eso significaba compartir

el botín con ella. Aquel cheque tan incómodo de llevar en la cartera, que me fui palpando

todo el camino a casa porque en todos los rincones del barrio de los Austrias veía sospecho-

sos (hasta el tipo ese que se viste de bandolero en el Arco de Cuchilleros me miraba como

sabiendo lo que yo llevaba encima) me hizo saber muy pronto que mientras no lo compar-

tiese con Rosita no me dejaría de sentir un estafador de medio pelo, lo suficiente como para
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perder las amistades con ella. Lo bueno es que casi las acabé perdiendo, pero no por eso.

Eso es quizá lo que al final haga que no las perdamos del todo. De momento está muy cru-

do.

Rosita, le dije, tengo algo para ti. La llamé por teléfono y le expliqué un poco por

encima lo que había sucedido, y cuando llegué al cheque, como el final feliz de una historia

bastante absurda, ella dijo, en tono sombrío: bueno, aún estamos sacándole partido al pobre

Alfredo, ¿no crees? No supe qué contestarle. Mujer, a caballo regalado... Yo tengo una no-

ticia mejor, dijo Rosa. El jefe va a convocar en septiembre las oposiciones. Pilar estaba

buscándome ayer para eso. Se conoce que entre los papeles que dejó en el despacho está la

convocatoria y el examen que le han mandado del ministerio. Yo ya tengo una copia. Pilar

nada más verla me la ha dado. Y tú Güino nos tienes que ayudar porque hay algunas pre-

guntas un poco difíciles. Pilar ha dicho que era un examen muy básico, y a mí me ha dado

no sé qué decirle que algunas preguntas yo no las sabría contestar. Una tiene su orgullo.

Muy bien, luego lo veremos, le dije, pero qué me dices del dinero. Pues yo es que ahora

estoy un poco atascada, Güino, igual te dabas un paseo hasta casa y de paso me lo ingresas

en la caja que hay aquí en la esquina, y mañana, si quieres, te pasas por casa, que estará

Lurdes y le explicas un poco el examen.

Rosa vive en la calle de los Tres Peces, en Lavapiés, muy cerca del piso de Torreci-

lla del Leal donde vivía mi suegra y donde yo mismo pasé los primeros años de matrimo-

nio. Me conozco el barrio, aunque ahora ha cambiado mucho. Antes las callejuelas empina-

das, con geranios y botellas de butano en los balcones, estaban llenas de viejas que vivían
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solas y salían a comprar el pan con la bata de casa. Ahora la población ha rejuvenecido y se

habla tanto el árabe y el chino como el castellano. Remedios, que se sentía muy libre y pro-

gresista en aquel barrio, trató de llevarse a su madre a vivir con ella porque allí ya no estaba

segura. Pero Juana siempre se ha llevado bien con todo el mundo y a Rosita no le molestan

los extranjeros. Lo único malo es que los pisos son muy pequeños. El apartamento de Rosi-

ta está bien para una persona sola, pero así Lurdes y la niña tienen que dormir en el dormi-

torio de Rosa y Rosa en la cama plegable que hay en la salita. Todo estaba lleno de aperos

de bebé y palanganas con bragas en remojo, el suelo lleno de jarapas y el sofá cama cubier-

to por una manta de las Alpujarras. Por la ventana sólo se veía la ventana de enfrente, que

en verano tiene que estar abierta y con las persianas echadas, y por la noche se oye expecto-

rar a un viejo que además está sordo y pone la radio a toda pastilla.

Estaban esperándome las tres, con los papeles encima de la mesa. A Lourdes la en-

contré un poco más estropeada, pero es que Lourdes dentro de casa se deja llevar. Arregla-

da y por la calle está más guapa, más propia de sus veintipocos años, pero aun así le puede

un aire desgarbado, el pelo siempre lacio por la cara, el labio caído. La niña nos miraba

apoyada en la baranda del parquecito. Rosita puso el tono de las familias humildes cuando

les llegan de hacienda unos papeles que no entienden. Pilar me ha dicho que son estas las

preguntas, y que si esto Lurdes lo contesta todo, dijo dando una palmada encima de los pa-

peles, ya no puede ser que la suspendan.

Lourdes llevaba una camiseta larga sin sujetador con un dibujo de Bart Simpson. Se

acababa de levantar. Cuando me senté a mirar los papeles lo primero que dijo fue que se iba

a hacernos un café. Tú aquí sentada, le dijo su madre, y entérate bien de todo. ¿Me llevo a

la niña para que no os moleste? La niña me miraba con los ojos muy abiertos. Yo le hice

una carantoña protocolaria. Nada más levantarse Rosa, Lurdes se encendió un cigarro. Olía
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a recién salida de la cama.

El examen era desde luego menos asequible que el que nos hicieron a nosotros los

modelos de siempre para que las aprobásemos. Estaban también los test aquellos tan tontos

en los que se preguntaba qué tiene que hacer un modelo cuando en mitad de una clase se

apaga la estufa. Eso ya se lo había explicado todo Rosita, pero advirtiéndole de que cuando

contestase a la pregunta de si un modelo puede llevar tampones o gafas mientras posa no

debía marcar la letra c, el modelo tiene derecho a llevar todo aquello que estime convenien-

te para su desenvolvimiento, sino la d, el funcionario hará lo posible para que su imagen se

adapte a la estética del modelo que incorpora. Aquellas dos preguntas fueron motivo de

fuertes discusiones entre profesores y modelos cuando se nos regularizó la situación. Al

final Rosita se impuso y ganó el derecho de que le colgase un hilo blanco mientras posaba,

entonces, como una ménade. Pero los tiempos y el jefe habían cambiado. Ahora, si fuese

por el jefe, y por criterios de estricta política empresarial, todos iríamos a paso marcial co-

mo en los tiempos de Barrachina, pero no abrumados por su prestigio sino por una orde-

nanza del ministerio. Pilar Guijarro le había recomendado que pusiese la d, porque ella

también tuvo que volver a discutirlo con el jefe y esta vez no prevaleció su opinión. Un

cuerpo no lleva gafas ni tapones, había dicho el jefe.

Malos tiempos se avecinan, Rosita, le dije cuando trajo el café. Lurdes, dijo ella,

con la niña delante te he dicho cincuenta veces que no se fuma. Pero si está abierto..., dijo

Lourdes, desganada, dándole una chupada al cigarro. ¿Tampoco se puede fumar mientras

estás posando?, dijo. Lurdes, hija, ¿por qué no te animas un poco?, ¿por qué no te mojas el

pelo y te refrescas la cara y te terminas de despertar y te pones las bragas? Lourdes despa-

churró la colilla en el cenicero y se levantó. Llevaba la camiseta metida en la raja del culo.

Tenía el mismo cuerpo de su madre pero llevaba peor vida, esa tersura flotante de las mo-
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llas del muslo que si no se cuida mucho evolucionará en abruptas formaciones geológicas.

Tenía también los pechos grandes, pero ya casi igual de caídos que los de su madre.

Todo lo cual, sin embargo, no era ni podía ser materia del examen. El examen, apar-

te del test específico sobre las gafas y las estufas, tenía otras tres secciones: una de cultura

general, otra de la constitución española y el reglamento de los funcionarios, y una tercera

con preguntas de arte. Eran diez preguntas breves en cada sección, que sumadas a las diez

del test y a una redacción con el tema Función de los modelos en el arte moderno, daban un

total de cincuenta preguntas y cien puntos posibles. Era como un concurso. Las oposiciones

de los funcionarios deberían retransmitirlas por televisión.

Las preguntas de cultura general estaban sacadas del Trivial y Lourdes se las sabía

todas. Pero las de leyes eran un poco enrevesadas, y las de arte estaban hechas con bastante

mala idea. Todas las preguntas consistían en elegir una de las cuatro opciones, de las cuales

dos eran posibles, otra incorrecta y otra una burrada. Una de las cuestiones de cultura gene-

ral preguntaba por quién era Wilfredo el Velloso, y la respuesta podía ser: a) un rey suevo,

b) un rey godo, c) un rey cristiano, y d) un modelo que tenía mucho pelo. Otras veces se

pedía descartar aquella opción que resultara incoherente. Una proponía estos cuatro nom-

bres: Jorge Oteiza, Henry Moore, Eduardo Chillida y Juan de Ávalos. Esa Lurdes dijo que

la sabía: sobraba Henry Moore, que era extranjero. Yo traté de explicarle que las cosas no

eran tan fáciles.

Y la redacción mira a ver si se la escribes también tú y luego Marilurdes te la apren-

des de memoria, dijo Rosa. ¡Si, hombre, y me lo voy a aprender todo para escribirlo allí!,

dijo la muchacha. Lourdes, cariño, le reconvino su madre, se supone que tú ibas para actriz.

Cuando Rosa quería decirle algo importante a su hija introducía la o de su nombre, que

sonaba como un pronunciado cambio de rasante. ¡Pues sí, actriz, y ya me ves!, dijo Lour-
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des, mirándome a mí, y de su boca salió una tufarrada de vapores nocturnos que luego con

el tabaco y el café se le fueron apaciguando. ¡De ya me ves nada, rica, que ser modelo es

también ser actriz! ¡Pues tampoco hay que romperse la cabeza para escribirles un papel!

¡Pues cuando te paguen en la compañía esa y no tengas que poner copas a los cabritos cam-

bias el personaje, pero hasta entonces esto es lo que hay! La niña, Carmelilla, corroboró el

mensaje de su abuela con un llanto seco y berreón. La madre se levantó a consolar a su hija

pero la abuela se interpuso: ven aquí, mi niña, ven aquí conmigo, que te has asustado con

las voces, ven, mira cómo le explican a mamá quién era Rodolfo el Velludo.

Lurditas era un poco zoquete. O quizá eran las sustancias tóxicas que llevaba en la

cabeza, esa vida de risas de verraco y llantos de niña y horarios disparatados que llevaba. Y

sin embargo (cuando se tomó el café, cuando se fumó el cigarro, cuando se puso las bragas

y se lavó la cara) Lourdes tenía una hermosura derrotada, frágil y viciosa, con el desengaño

ese tan cruel de ser todavía joven pero habérsele ya pasado el arroz. A mí me cae muy bien.

No tiene tantos octanos en la sangre como su madre pero lo suple con cierta retranca festi-

va. La niña tenía sueño, y le estaban saliendo los dientes, y estaba bascosa, y hacía calor.

Rosa se la llevó a ver si la dormía un rato y Lourdes y yo seguimos repasando las pregun-

tas. Nada más desaparecer su madre Lourdes sacó un porro a medio consumir que tenía

guardado entre las hojas de un geranio y se sentó junto al balcón abierto. Le dio tres o cua-

tro rápidas caladas y lo volvió a apagar. Está pesadísima con esto de los canutos, dijo. Dice

que mientras tenga que estudiar que no fume, que se me va la olla. Pero es que llevo un

dolor de cabeza que no lo puedo soportar. A ver si así me despejo un poco... ¿Fumas mu-

cho?, le pregunté, sin intenciones admonitorias, por pura curiosidad. Qué va. Cuando me

duele la cabeza, contestó. ¿No está saliendo bien lo del teatro?, dije, solidario. Pues no,

contestó ella. Y tampoco hay buenos papeles. La verdad es que para enseñar el culo y decir
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tonterías mejor lo enseño sin decir nada, ¿no te parece?

Rosa regresó de nuevo con la niña, meciéndola compulsivamente y caminando dos

pasos hacia delante y uno hacia detrás. ¿Qué, te aclaras?, le dijo a Lourdes. Sí, ya me voy

aclarando un poco. ¿Se duerme? La niña llevaba el dedito metido en la boca y estaba a pun-

to de quedarse dormida. Sssssh, dijo Rosa, y habló más bajo. ¿Lo sabes hacer todo, Güino?

Sí, pero la parte esta de leyes prefiero comprobarla en casa, le dije. Hay algunas respuestas

que pueden tener varias contestaciones y es mejor cerciorarse. Pero Rosa, este examen en

general es muy fácil, habrá mucha gente que sepa contestarlo todo, por lo menos los que

jueguen al trivial en su casa. Para eso está la redacción, dijo Rosa. Pilar me ha dicho que si

hay empate mirarán la redacción. Y escríbesela bien claro porque Lurdes mete unas faltas

de ortografía que se jode el basto. ¡Tampoco es para tanto, mamá! Ssssh, la interrumpió

Rosita, pero la niña se había vuelto a despertar.

La verdad, para ser honestos, es que yo no habría aprobado ese examen si me lo

hubiesen puesto delante sin darme libros de consulta y tiempo para prepararlo. Aun así, me

sentía seguro de cimbrearme por las ambigüedades del apartado de arte y de cultura gene-

ral, supuse que solventaría las preguntas de leyes acudiendo a la Constitución y al Boletín

Oficial del Estado, pero la redacción era un asunto delicado. Tal y como estaban las cosas,

el ingreso en el cuerpo se había convertido en un concurso literario. Importaría la redac-

ción, la ortografía, la demostración de algunas lecturas, el conocimiento del oficio por de-

ntro, pero sobre todo había que pronunciarse como en esos juegos florales en los que com-

piten cientos de sonetos a la Virgen de la Paloma. Uno no puede practicar el género del
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ensayo escéptico. Se trata de contentar a un jefe al que llegarían las redacciones de aquellos

exámenes que hubiesen sacado mejor nota en las otras secciones. Sólo los que se las supie-

sen todas entrarían en el concurso, y el jurado único, a no ser que participase también Pilar

Guijarro, estaría compuesto por un necio que en vacaciones de verano lee los cuentos de El

País y esa es toda la literatura que entra por sus ojos.

Pero el hecho de escribirlo yo, contra lo que se pudiera imaginar Rosita, que siem-

pre tuvo hacia mí una especie de irracional confianza de madre, no hacía sino ponerme en

desventaja con respecto a quienes no tenían ni idea de lo que significa posar. Cuando sabes

demasiado de algo, terminas por estropearlo. En el fondo, pensé, lo que se pide en esa re-

dacción es el perfil de lo que ellos mismos están buscando, una forma de demandar trabajo

muy extendida entre los ejecutivos incompetentes. No saben qué tipo de examen debe pasar

un modelo, y piden a los concursantes que se lo expliquen ellos. Si alguno resulta convin-

cente, le darán trabajo para toda la vida.

Esas fueron las cuentas que yo me hice. Sin embargo, para guardarme un poco las

espaldas, decidí que escribiría dos redacciones, una con lo que yo siento y otra con lo que

se supone que debe sentir el jefe. Dejaría a Lourdes (o a Rosa) que escogiera una, y así ten-

dría una coartada en el caso de que la suspendiesen. Pero eso era ir demasiado lejos. Faltaba

sacar las preguntas del test, y sobre todo las que se referían a las leyes.

Me acordé de Eva, la mujer de Javier Bidón. Me acordé antes de saber si tengo en

casa alguna constitución española o la cambié por algún clásico grecolatino. La verdad es

que salí de casa de Rosa con la camiseta de Lurdes metida en la raja del culo clavada en la

mente. Eran los desequilibrios propios del barrunto de las vacaciones. Eva se sabría todas

las leyes. No me apetecía charlar con Bidón. Me importaba muy poco qué nuevo trabajo

hubiese conseguido, o si por fin había logrado vivir a costa de alguien y dedicarse sin so-
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bresaltos a las drogas blandas. Pero era un buen itinerario para llegar hasta Eva. Llamar

fingiendo sorpresa y alarma y al final, por cierto, comentarle el asunto de las leyes.

Nada de esto fue necesario. Ni siquiera hubo que ir a la piscina. Eva estaba sola en

casa y, eso sí, le pregunté lo primero por su marido. ¿Tienes ahora algo que hacer?, me con-

testó ella. Quedamos en vernos esa misma tarde, cuando bajara el sol, en el café del Nun-

cio. Yo no frecuento mucho ese sitio porque no me gustan los veladores de mármol, ni las

terrazas junto al mar de los teatros ni nada de eso. Pero Eva tenía que venir por este barrio a

retirar unas entradas para la ópera, y se acordaba de que una vez, cuando era estudiante,

salió con sus amigas por el centro y tomaron allí unas infusiones. Le parecía un sitio como

muy bohemio. Yo siempre pasé de largo, aparte de por los veladores, porque allí la gente

toma demasiadas infusiones. Llegué antes que ella y me senté en la terraza de la puerta, en

el chaflán de una cuesta abajo sinuosa de casas viejas y restaurantes turísticos. Yo me había

puesto de lino absoluto, parecía un turista más. Eva vino muy poco después con un vestido

verde claro de viscosilla, muy suelto y vaporoso. Tenía buen color y los labios pintados de

rojo. Estaba recién duchada, recién peinada, recién perfumada. Qué guapa estás, le dije

cuando le di dos besos, a modo de cumplido.

Ella se había vestido para salir, se había puesto guapa porque había quedado a tomar

un café. Las amigas con las que yo quedo a tomar un café siempre tienen ojeras. Están can-

sadas del trabajo o se abandonan a las copas sin la responsabilidad de gustarle a nadie. Cla-

ro que eso no es una diferencia de clase sino de confianza. Pero a Eva se le había pasado

ese aire trágico de cuando encontró a Javier, que parecía haberse dejado arrastrar por el

barro después de un fracaso tan desolador. Ahora se la veía sonriente, una sonrisa también

involuntariamente grande, como si no pudiera evitarla. Para mi sorpresa, en vez de un zumo

de piña o un té con hielo se pidió lo mismo que yo, un doble de cerveza. Y yo creo que si
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hubiera estado bebiendo una copa de orujo ella también se la habría pedido. Tenía ganas de

pasarlo bien. Bueno, bueno, le dije, nada más ponernos la cerveza el camarero, ¿y qué ha

sido de este chico, así tan de repente? Este sitio está bien, contestó ella, no había venido

aquí desde la época de la facultad, por aquí tiene que haber muchos sitios interesantes,

¿verdad? A estas horas está bien, ponderé, aunque algunas callejuelas más arriba hay por lo

menos un par de terrazas de estas en chaflanes muy umbríos en los que se está divinamente.

No está en Madrid, contestó ella, con su nuevo trabajo tiene que viajar bastante, dijo. No

sabía que tuviese trabajo nuevo, no me había dicho nada, dije. Pues sí, después podríamos

ir a esas terrazas que tú dices, mañana no tienes que madrugar, ¿verdad? Pues no, la verdad

es que no, dije, podemos picar algo por ahí por las tabernas, si tú quieres. Sí, dijo ella, ahora

se dedica al periodismo, e hizo un gesto de desenfadada resignación, de implicar eso un

problema pero haber salido de casa con la determinación de no pensar en ello.

No quería contarme las penas, al menos de un modo triste. Mi padre, dijo, le ha bus-

cado un trabajo en el ABC. Se llevan muy bien. Los domingos, después de comer, él y mi

padre se meten a tomar un brandy en la biblioteca y mi padre le da la charla. A Javier pare-

ce que le gusta. Mi padre le propuso cambiar de trabajo y Javier está encantado. Ahora es

corresponsal itinerante, dijo, y lo volvió a repetir, corresponsal itinerante, y estalló en una

carcajada esta sí del todo involuntaria. ¿Te das cuenta?, dijo, ¡mi padre me ha casado, me

ha sacado de casa y ahora me ha separado de mi marido, y el próximo paso es volver a mi

cuarto y empezar de nuevo con las oposiciones! Mi padre siempre ha sido muy aficionado a

los juegos de estrategia.

¿Pero te va bien con él?, dije. Sí, contestó, luego vamos a esas tabernas. ¿Hace mu-

cho que no sales?, le pregunté. Javier ha cambiado mucho, dijo, yo no sé cómo sería antes,

porque tampoco lo conocía, pero del día que yo lo conocí hasta hoy ha cambiado mucho.
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Ahora es más o menos un marido aceptable para mi padre. Eva no perdió en ningún mo-

mento la sonrisa ni las ganas de beber cerveza. Javier ahora estaba en Pontevedra, en un

reportaje sobre el tráfico de drogas. Y luego se tenía que ir a Cádiz, para un reportaje sobre

la mafia rusa, y aún tenía un tercer viaje programado al norte de Navarra, para retratar la

vida cotidiana en los ayuntamientos gobernados por radicales. No era seguro que le publi-

casen nada, pero así, le había dicho el jefe de redacción, haría prácticas y se curtiría en el

oficio.

Enseguida cambiamos de tema. Eva, en todo este tiempo de matrimonio, y con más

ahínco desde que Javier cambió de trabajo, se había dedicado a ponerse al día. Había visi-

tado todos los museos y leído a los más prestigiosos autores clásicos y contemporáneos.

Tenía un abono en el Auditorio Nacional y a la ópera iba cada dos por tres. Por las tardes

acudía a conferencias en la Residencia de Estudiantes, se había sacado el carnet para la fil-

moteca del cine Doré. A este paso, dijo, me voy a convertir en mi madre. Pero quería salir,

conocer gente, estar al día, y conforme trasegaba dobles de cerveza esa necesidad perdió su

aspecto jovial y deportivo y empezó a parecer ansiosa. Nos estábamos comiendo unos bo-

querones con alcaparras en la taberna Angosta y de pronto tragó un bocado y dijo: yo que-

ría esto, Güino, yo quería un trabajo que no tuviese nada que ver con las leyes, y salir a

tomar cerveza por las tardes, y vivir en pareja con alguien a quien le gustase ir al campo y

divertirse por la noche.

Hablando de leyes, dije. Entonces le expuse el caso que me traía entre manos. Me

dio un poco de vergüenza pero me saqué del bolsillo un papel doblado con las preguntas del

examen. ¿Tienes un boli?, dijo ella. Yo había sacado para la ocasión de la caja donde la

tengo guardada la Sheaffer años treinta que me regaló Remedios. Ella tachó las preguntas

acertadas en un santiamén, volvió a doblar el papel y me lo devolvió. Yo no sé cómo decír-


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selo, dijo. ¿El qué?, dije, mientras dudaba si avisarle de que la pluma se cerraba a rosca, no

a presión. ¿Y esto es lo que piden para ser modelo?, contestó. Sí, le dije, a lo mejor te inte-

resaba. No sé cómo decirle que me quiero separar, dijo. Y añadió: por lo menos quiero

comparar. Me gustaría estar con otra persona para saber si lo poco que yo siento es culpa

de que no me gusta Javier o de que no me gusta el sexo. Me parece razonable, dije, por de-

cir. Quiero no tener que amar a nadie por narices, estar lejos de tanto compromiso. Había

pensado en ti, dijo, y me devolvió la pluma.

No era sexo lo que quería Eva. Ni yo tampoco. Ella había vuelto con la historia del

amigo que acompaña a la heroína trágica y se da con ella paseos por el campo claro de

Tomelloso a ver si se le aclaran también a ella las ideas. Y luego vuelve porque los quiere,

o no vuelve. Ahora Eva estaba leyendo otra novela en la que una mujer va a pasar unos días

con un amigo pero se queda con él toda la vida, y sólo se separan cuando alguno de los dos

tiene necesidad de enamorarse con locura durante unos días. Y esto, que ahora sólo podía

estar escrito en las novelas, era la familia del futuro. Y en el fondo era lo que ella creyó ver

en Javier cuando accedió a casarse con él. Siendo optimistas, casándose había conseguido

ser feliz tres días a la semana, el tiempo que Javier pasaba documentándose para sus repor-

tajes. Y en esos días acopiaba fuerzas en los actos culturales y se levantaba esa mañana

segura de decirle a Javier que no era eso, que no era eso. Pero Javier la interrumpiría para

darle besos, para contarle lo que le hubiera sucedido durante el viaje, y llamaría por teléfo-

no a su suegro porque dentro de quince días abren la veda de la codorniz y hay que tenerlo

todo preparado. Ahora Javier se había hecho cazador. Y quedaría para comer el domingo en
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Mirasierra y por la noche le repetiría que es el momento oportuno para tener un hijo. A Eva

nadie le preguntaba nunca si pensaba buscarse un trabajo o es que la situación de mujer en

casa o en las tiendas de Serrano ya era para toda la vida. Por eso quería marcharse y dejarle

una nota, porque viendo a Javier en persona la intimidaba, no le dejaba tiempo para hablar.

Por eso me pedía un favor: que la alojase unos días en mi casa. Necesitaba un tiempo, un

par de semanas como mínimo, para parar el carro y saber qué debía hacer con su vida.

A mí el plan no me gustaba nada y empecé a ponerle peros. Hablé de la amistad que

me unía con Javier. Le dije, en último término, porque la cerveza la puso un poco imperti-

nente, que a la semana siguiente yo me iría de vacaciones, que entonces, si quería, le podía

dejar las llaves e instalarse ella sola y a sus anchas sin necesidad de que tuviera que inhalar

la trementina del estudio. Yo tenía previsto marcharme a algún balneario barato a que me

diesen unas friegas, porque Violeta no cumple los años hasta el día veintidós y estábamos

empezando el mes de agosto. Pero tampoco le comenté mis planes. No me gustaba nada la

idea de llevar a una mujer maravillosa colgada del cuello, la responsabilidad angustiosa de

hacerla feliz. Yo también necesito tiempo para mí mismo, pensé. Eva fue contundente:

Güino, me dijo, o lo hago ahora o no lo haré nunca. ¿Y qué le vas a decir a Javier? Le es-

cribiré una nota. Le diré que no me busque, que necesito pensar. ¿Y a tus padres? A mis

padres les diré que me he ido a casa de un amigo. Por ellos no hay problema. En el fondo

les haré un favor. Pero no te preocupes, decía Eva, y me cogía la mano y yo veía su escote

inclinarse hacia mí. Yo duermo en el estudio, no me importa que huela a pintura.

No tenía escapatoria. De acuerdo, dije, y me acompañé con un gesto de delicada

resignación de la mano derecha, en la izquierda llevaba la cerveza. Ella se levantó y me dio

un sonoro beso en la mejilla. Eres estupendo, dijo. En cuatro ratos que he estado contigo te

tengo ya más confianza que después de todo este tiempo con mi marido. Mantuvo una son-
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risa incontenible durante algunos instantes y después dijo: ¿vamos?

¿Ahora?, dije yo, un poco asustado. Javier viene mañana, dijo. Si no lo hago ahora

tendré que esperar a que se vaya otra vez de viaje, y volveré a necesitar varios días para

decidirme, y quizá entonces te busque y ya te hayas ido. Sólo tengo que recoger una bolsa y

una maleta.

La bolsa la llevaba ella, pero a mí me tocó cargar con la maleta, que pesaba horro-

res. ¿No llevarás aquí a Javier, verdad?, le dije mientras bajaba congestionado la maleta por

la escalera. En el taxi me contó lo que llevaba. Eran los apuntes de la oposición a juez. No

es que quisiera volver a estudiar, sino que no podía desprenderse de ellos. En el fondo, des-

pués de todo este tiempo y aquel fracaso morrocotudo, era lo único que le apetecía conser-

var. Todo el mundo pensaba que eran esos apuntes lo que la hizo anclarse en una indiferen-

cia tan preocupante por las cosas de este mundo. Así lo pensaba, por ejemplo, su hermano,

que lo estaba pasando fatal con el asunto de Rosita. Ya se están arreglando, le dije. Eva me

informó de que su hermano la tenía al tanto de todo, y también de que Rosa había prorroga-

do un segundo encuentro hasta después del verano, y eso había vuelto a sumir a Eduardo en

la tristeza. ¿No has pensado en pasar con él una temporada?, le dejé caer. Mi madre tam-

bién querría que me olvidase de los exámenes, contestó, y mi padre considera que ya no las

sacaré jamás, y que si las saco no llegaré más allá que mi hermano, a ser un juez de segun-

da en un lugar dejado de la mano de Dios, no un futuro miembro del Tribunal Supremo.

Unos creen que esta maleta me arruinó el pasado y otros que el futuro, pero yo la quiero

conservar. En esta maleta no va Javier, dijo, voy yo. Al decírmelo no puso cara de enferma

mental, que habría sido lo más verosímil, sino el gesto firme y preparado para la sonrisa de

quien por fin respira. Todo lleva su tiempo, dije yo, con aire filosófico. Es cuestión de espe-

rar, dije. Ella me miró, esta vez sí, con los ojos algo desorbitados. Es que yo a quien com-
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prendo es a Rosa, dijo.

Esa noche nos tomamos la última cerveza tumbados en el suelo del salón, mirando

los apuntes. Eran una obra de arte. Me explicó que había partido de los temarios oficiales,

pero los había ido comentando en los márgenes con anotaciones sacadas de la biblioteca de

su padre. Todo estaba esquematizado en un apéndice de cuadros sinópticos que abarcaban

desde el índice al último manojo de casos extraños de difícil solución. La letra impresa de

los temarios estaba señalada en seis o siete distintos colores fosforito, y entre las líneas y en

los márgenes había un enjambre de miniatura china con sus apuntaciones, y cada hoja del

temario tenía cosidas varias otras hojas con desarrollos de las leyes y casos y números y

esquemas y fotocopias. En total, me dijo, hay dos mil doscientas páginas. Y todas me las he

tragado, dijo, con media sonrisa inexpresiva.

El primer efecto que tuvo la entrada de Eva en casa fue que volví otra vez a los di-

bujos. Al contrario de lo que sospechaba, Javier no se presentó en casa ni montó ningún

drama. Eva habló con él por teléfono y lo dejó todo claro. Por si las moscas, yo también lo

llamé y sólo me dijo que cuidase de ella, que lo que le pasaba era que no soportaba vivir

sola, pero ahora él tenía que aprovechar la oportunidad de este nuevo trabajo. En menos de

quince días terminaría con una serie de reportajes sobre la España miserable que tenía pre-

sentar al consejo de redacción del ABC.

Pero eso no tenía nada que ver con lo que me decía Eva. Eva hablaba de un Javier

desesperado, del disgusto que estaba dándole a sus padres, de que no podía vivir sin ella.

Yo no me molesté en averiguar cuál de los dos estaba mintiendo a quién. Su presencia en


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casa no respondió a ninguno de mis miedos, yo podía desearla en secreto sin que ello per-

turbara mi comportamiento. Cuando uno vive con alguien por primera vez tiene la oportu-

nidad de inventarse a sí mismo, un público para la representación que a solas no es capaz de

sostener. Yo fui el amigo pulcro, muy ordenado, muy tranquilo, con mucha vida interior.

Me pasaba el tiempo metido en el estudio, concentrado en nuevos dibujos.

Volví al libro que me había regalado el cura aquel de la casa sacerdotal maragata, El

rapto de los modelos. Quizá eso tuviese que ver con cierta rehabilitación moral. Ahora que

por fin y durante un par de meses por lo menos no tendría que posar, me sentía más orgu-

lloso de mi verdadera profesión. También influyó que Eva, durante las comidas, durante las

cenas, si es que coincidíamos, me preguntaba muchas curiosidades sobre el hecho de ser

modelo. Yo hacía mucho hincapié en la preparación psíquica y el equilibrio interior. Éste,

le dije, aunque no lo parezca, es un trabajo de alto riesgo. Lo puedes soportar si eliminas de

tu alrededor todo aquello que pueda perturbarte, y al final te acabas dando cuenta de que

todo es perturbador, unas cosas más y otras menos. Le comenté (se me escapó) que yo me

había quedado con el encargo de escribirle las dos redacciones a Lourdes. Eran deslices de

vanidad, incumplimientos de la invención que yo me había preparado.

Ya puestos a tenerla en casa, yo quería ser para Eva un compañero metódico, muy

reservado, que apenas habla de sí mismo y jamás se deja llevar por esos ofrecimientos de lo

mejor de uno mismo, ese instinto servil hacia quien queremos conquistar. Lo de las redac-

ciones era algo así. Lo hacía un poco para compensar el espectáculo de ignorancia constitu-

cional que debí de darle cuando le pedí que me resolviera el cuestionario. Era una manera

de compensarlo: eso lo hiciste tú, pero esto lo hago yo, vine a querer decir.

Cada vez que le decía algo a Eva sobre mí, procuraba cumplirlo a rajatabla. Volví al

libro de Karl Schrader por eso. Un día, cuando nos estábamos comiendo el postre, Eva me
386

preguntó qué hacía tantas horas metido en el estudio. La verdad es que yo me pasaba el

tiempo tumbado, leyendo novelas baratas, varado como Juan Carlos Onetti, luchando por el

día contra el calor y por la noche contra el insomnio. Eso sucedió durante los dos o tres

primeros días. Estoy ilustrando un libro de Karl Schrader muy interesante que tengo acerca

de los modelos, le dije. Ella mostró todo el entusiasmo que quisiéramos que una mujer

hermosa mostrase cuando compartimos con ella nuestras pequeñas ilusiones. ¿Me los dejas

ver?, dijo. La verdad es que acabo de empezar, sólo tengo..., nada, muy poca cosa. Pero ella

insistió. Y yo me metí en el estudio y a toda prisa, en quince segundos, busqué los mejores

dibujos que hubiese hecho en los últimos ocho meses, desde que se me ocurrió la idea, y vi

que todos eran igual de pobres y saqué la carpeta entera, y le dije: están aquí mezclados, no

sé si merece la pena ponerse a buscarlos. Eva se levantó de la mesa y me cogió la carpeta.

Se volvió a sentar en el sofá con la carpeta en el halda, y se puso al lado el tabaco y el ceni-

cero y se encendió un cigarrillo. ¿Preparo un café, dije? ¿No los quieres ver conmigo?, pre-

guntó, ya con el paisaje nevado de Astorga en la mano. Mejor dime tú cuáles son los que

más te gustan, yo dibujo a destajo y luego lo tiro casi todo, dije, sin saber del todo lo que

estaba diciendo.

Mientras hacía el café me temblaban las piernas. Esperé mirando la cafetera hasta

que sonaron las pedorretas. Lavé a toda prisa un par de tazas de la vajilla de la boda y froté

con estropajo las cucharillas de alpaca, que se habían quedado un poco feas. Cuando volví

con la bandeja y la puse encima de la mesita Eva estaba mirando los dibujos con una sonri-

sa blanda y constante, como si estuviera viendo fotos de la infancia. Qué bien dibujas, Güi-

no. ¿Por qué no te dedicas a ilustrar libros para niños? Este del violinista que está pescando

cangrejos es una monada, y estos paisajes son muy tiernos, y estos monigotes son ideales.

¿Cuál es el que más te gusta?, le pregunté. No sé, todos son muy..., son como un peluche. A
387

mí este que he visto del muchacho nadando en el mar me parece precioso.

No estaba nadando, se estaba ahogando, pero eso yo no se lo dije. Era el dibujo del

modelo romano de Karl Schrader y por eso, al día siguiente, nada más levantarme de la

cama y desayunar me metí a fondo con el libro. Eva, por las noches, cuando terminábamos

de cenar, me preguntaba si había dibujado algo, y yo le daba un dibujo como si le estuviera

enseñando los deberes, y a ella le encantaban. Dibujé entonces la historia del modelo que

huyó de Franco metido en un convento, haciéndose pasar por una estatua sedente. Dibujé

monigotes que en vez de parecerse a mi hija parecían modelos de Ron Mueck, un poco de

formes, demasiado altos, demasiado narigudos, como retrasados mentales. Dibujé a la céle-

bre Kiki, en un café de espejos modernista, rodeada de hombres angulosos. Huía de los

cuerpos, que quizá no se me den también como los paisajes, y ponía a los personajes en

situaciones entrañables. Empezaba buscando impresionar a Eva con un gran dibujo y me

terminaba recluyendo en la facilidad de los monigotes y de su sonrisa.

Eva tampoco salía mucho de casa. Como esas personas que necesitan agradecerte a

todas horas que las hayas hospedado, se iba a la compra a media mañana y volvía con can-

tidades exageradas de comida, compradas sin orden ni concierto, sin reparar en gastos ni en

medidas. Vio por la cocina las 1.080 recetas de cocina que hay en todas las cocinas y se

puso a hacer platos. A mí me daba un poco de vergüenza. Era como tener a una mujer ma-

ravillosa en casa que además te hace las faenas. Se lo dije, le dije Eva, tómate las cosas con

calma, haz una vida normal. Si vamos a estar los dos juntos compartiendo la casa, compar-

tiremos también las tareas. Mejor hacemos cada día uno la comida, y por la limpieza del

baño no te preocupes porque ya lo haré yo. Tú lo que necesitas es tomar el sol en la terraza,

que pareces eslava, le dije.

Así conseguí que no hiciese todos los días aquella basura de cocinera principiante,
388

todo chorreante de mantequilla y las especias echadas a voleo, la carne sin hacer o reque-

mada, el pescado desmigajado, la sopa transparente, todo soso, todo salado. Yo la devolví a

la realidad con unas verduritas fritas en aceite de Baena, con unas ensaladas frescas de al-

bahaca y con un lomo a la sal con salsa de arándanos que lo puedes dejar hecho y cuando

vuelves del vermut está muy rico. Hablamos muchas veces los dos en la cocina mientras se

hacía una paella, del equilibrio de los sabores y del placer de ver cómo progresa el arroz y

se va chupando el agua. Le enseñé a hacer canelones. Ella era un poco patosa, pero lo que

yo le dije: con tal de que no te cortes un dedo, lo demás lo aprendes en seguida. Ella me

decía que cortase yo la cebolla, que lo hacía como el cocinero de la televisión, que le gusta-

ba verme hacerlo. Y yo entonces me comportaba como esos camareros de toda la vida que

de pronto tienen que hacer de extras en una película trabajando como camareros, y sólo se

preocupan de hacerlo bien y muy deprisa, siempre más deprisa de lo que lo han hecho toda

su vida. A lo mejor era eso lo que a ella le gustaba.

En cuanto al baño, y como yo soy tan sensible para los olores, también le dije que

no se preocupase. Le dije que, por culpa de mi trabajo, el baño era como mi sala de estar.

Todos los días me llevaba mucho tiempo afeitarme la barba y el cráneo y el cuerpo, le dije,

y era falso, pero fue otra de esas mentiras con las que tuve que ser consecuente. Le dije, y

eso sí era verdad, que todos los días tenía que untarme de crema hidratante desde el cogote

hasta los pies. Le dije, y eso era mentira, que todos los días utilizaba una toalla limpia, y

que me gustaba por lo menos repasar cada mañana las lozas del baño. Pero que eso, como

podía comprender, era más propio de un maniático que de un comportamiento normal, de

modo que me quedaría más tranquilo si me ocupaba yo de ello. Lo habría dicho de otro

modo, pero un día me la vi frotando la taza del váter con el estropajo del bidet, y quedé

horrorizado.
389

Toda esa faena innecesaria que mi precipitación había provocado (en vacaciones yo

me dejo crecer el pelo de la cabeza y de la barba, como los toreros en invierno, y no me

depilo y desde que vivo solo a veces ni siquiera me cambio de ropa) hizo que alterase mis

horarios de un modo que, en principio, yo creí que sería bueno. Me imaginaba que levantar-

se todos los días al amanecer en vacaciones era algo muy bonito que me daría para terminar

alguno de los paisajes de la terraza, pero si quería hacerlo todo debía salir de la cama a las

cinco de la mañana, hacer en el baño todo lo que yo quería hacer antes de que amaneciese

para tenerlo como los chorros del agua cuando se levantase Eva, que también, molturado su

cerebro por los horarios de la oposición, se levantaba muy temprano, nunca después de las

ocho u ocho y media. Eso exigía, por ejemplo, que después de comer, con el pretexto de

retirarme a leer un rato, yo me escoscase unas siestas de legionario, y a las siete de la tarde

volviese a tomar posesión del baño para acicalarme antes de salir a dar un paseo.

A esas horas Eva y yo nos íbamos a conocer Madrid. Eva tampoco conocía Madrid,

tampoco había paseado por sus calles, y los nombres de Malasaña, Lavapiés o Carabanchel

le sonaban a mezcla de leyenda o zarzuela o cuento para niños. No se había dejado llevar

por el parque del Oeste ni había visto paseando por Rosales a los matrimonios y a los due-

ños de los perros, a los jóvenes sentados en las barbacanas, dándose besos. Ella iba en taxi a

todas las actividades culturales. Desde pequeña fue como blindada a todas partes, con el

grupo del colegio hermético de monjas a lugares elitistas o en el coche oficial de su padre

hasta el garaje del Tribunal Supremo. Todo el vecindario de Mirasierra salía de su casa mi-

rando a todos lados, y fuera de su barrio, a no ser que no fuese por Serrano y cuatro calles

más, el mundo sonaba como a sórdido lugar donde andan sueltos los criminales.

Todo lo que veía era nuevo, y yo se lo explicaba. Traté de ir a los sitios donde me

había pasado algo que me gusta recordar. También fui a los que yo frecuentaba con su ma-
390

rido, cuando salíamos juntos a tomar copas. Yo no es que quisiera estar nombrándoselo a

cada momento, pero tampoco quería que aquellos antros con humo de porro, aquellos mote-

ros barrigudos y aquellas mujeres pringosas cargasen sobre mi biografía. Otras veces iba a

sitios que no había frecuentado jamás, porque representaban lugares de una memoria escu-

chada, un Madrid de los otros que yo nunca supe si existía. La calle de la Madera, muy cer-

ca de la otra escuela de Artes y Oficios, la que está en la calle de la Palma. Allí vivió mi

suegra cuando era niña y mataron a su padre. O por las tabernas de Bilbao, que yo dejé de

frecuentar cuando empezó a ir por allí mi hija con su amiga Almudena. O por lo que queda

de la vista que mis personajes de novelas más queridos han visto desde el Viaducto de la

calle Segovia.

Un domingo la llevé a los toros. Era una de aquellas espantosas corridas de agosto

que sólo gustan a los muy aficionados. Toros broncos, mansos y peligrosos, y toreros sin

suerte que se juegan el único contrato. La plaza estaba medio vacía y los turistas japoneses

se marcharon a mitad. Yo creo que la única que se lo pasó bien fue Eva. Habíamos estado

picando algo por ahí, tomando unas cañas por las callejuelas del Rastro, comiendo gambas

entre la multitud del Cayetano, y después habíamos cogido el metro y nos marchamos a los

toros. A todo esto, las doscientas cincuenta mil que me habían venido del cielo se me de-

rramaban de los bolsillos. A Eva la llevé a barrera de sombra, al lugar adonde Alfredo me

dijo muchas veces que había ido por la cara como acompañante de mujeres importantes.

Para mí era como estar con Ava Gardner. Ese día yo también me daba un aire al Orson We-

lles.

Pronto me acostumbré al hecho de que nunca tocaría el cuerpo de Eva. Lo pensé

mucho, en noches de insomnio y priapismo. Ya se me pasará, pensé. El sexo hubiera signi-

ficado introducir de golpe la pura realidad en una circunstancia tan ficticia como aquella.
391

Eva no es que quisiera pensar, descansar del amor, reorientar su vida junto a un buen amigo

que la escucha y la comprende. Yo llegué a la conclusión de que Eva se había propuesto

poner en práctica el personaje que tanto la había seducido, la mujer que después de la tra-

gedia marcha con un amigo. Pero esa mujer, luego, una vez recuperada la orientación, ele-

vada la moral y superado el berrinche, vuelve porque los quiere, y el personaje amigo ya no

sale nunca más. Yo estaba a punto de no salir nunca más en su historia, sobre todo si me

dejaba llevar por el instinto.

Y el instinto de Eva parecía bastante apaciguado. La respiración nasal algo agitada

del principio se serenó por completo, y los abrazos fueron tanto más frecuentes como me-

nos significativos. Su conversación se hizo cada vez más abstracta, hablaba del mundo y de

la vida y de la muerte y de una muy delgada pena penetrativa que ella estaba curando con

mi apoyo y mi buen humor. Eva quiso saber mi opinión sobre aquel baúl lleno de papeles

que le habían amargado la vida. Debería quemarlo, ¿verdad?, o estudiármelo otra vez. Sa-

cármelo de la cabeza, o metérmelo del todo. Yo intentaba convencerla de que su problema

no había sido no saber las preguntas sino no poder hablar. Le dije que la sofrología y la

química tienen eso muy bien estudiado, que ya no hay que exponerse a que el día del exa-

men se te olvide ninguna pastilla.

A veces, dijo, estoy hablando con alguien y cuando pronuncio una palabra que apa-

reciera en los apuntes me pongo a recitarlos. No lo puedo evitar. Me levanto por las noches

y cojo un tema de la maleta y me acuerdo de cuándo hice una raya, de cuándo pinté los co-

lores, sé que lo domino y que podría decírselo a cualquiera. Unas veces quiero que se me

empiece a olvidar del todo. Sacar un día una hoja y saber que ya no puedo recitarla de me-

moria. Pero otras veces no puedo soportar la idea de renunciar a eso. Apretar a una tecla y

hacer que desaparezca mi vida.


392

Quizá necesites ayuda, dije. Ya no voy a tomar más pastillas, dijo ella. No me refe-

ría a eso, dije yo. ¿Quieres decir que vaya al psiquiatra?, dijo ella. Mi mujer está de vaca-

ciones, dije. Es una pena porque a ella igual le ha llegado un caso semejante, quizá lo que te

pasa es algo más frecuente de lo que tú te piensas. Si quieres puedo preguntarle, dije. Ya sé

que no te refieres a eso, contestó Eva.

Un día volví del mercado y me la encontré leyendo las Soledades de Góngora. ¿Pero

qué haces con eso, mujer?, le pregunté. Mira que la edad miente, dijo ella, mira que del

almendro más lozano Parca es interior breve gusano. Luego se levantó y se acercó a darme

un beso en la mejilla, como de costumbre. He decidido aprender versos de memoria, dijo, a

ver si así se me olvidan las leyes.


393

XI

Cansado ya de padecer, de no saber del todo lo que quería Eva y de arrastrar una

libido de lo más impertinente, un día decidí llamar a una prostituta. Me volví a acordar de

Elvira, la puta normal, su teléfono escrito en un papel que conservaba en el bote de los lapi-

ceros, abajo, con el sacapuntas y los clips. Vivir solo no me ha dado mucha mayor libertad

por lo que toca a mis objetos personales. Siempre puede venir Violeta buscando un libro, o

su madre a por un papel. La separación no sólo no las hizo abstenerse de andar por casa

como si fuera suya, sino que las dos, en los ratos en que no había conversación, se dedica-

ban a husmear las huellas de casi quince años juntos. Se habían ido de vacaciones, pero de

haber estado aquellos días en Madrid Eva me habría supuesto un problema añadido. No nos

cuentas nada, habrían dicho las dos, cada cual a su manera.

El caso es que tenía el papel metido allí como si fuera un secreto, cuando la casa

estaba llena de periódicos por todas partes con miles de teléfonos de contacto y los llama-

mientos más procaces imaginables en sus páginas interiores. Somos nosotros quienes con-
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cedemos a los objetos su condición de secreto, como si al conocerlos los marcásemos con

un rotulador fosforescente. En eso Remedios era un lince. Y esperé a que Eva saliese a la

calle, a comprar al mercado, no fuese a ser que al llamar por teléfono me pusiera nervioso,

aparte de que la conversación no le importaba a Eva. El teléfono en mi casa, no sé por qué,

siempre ha estado en el sitio más indiscreto de todos, en medio del salón. Eva tiene teléfono

propio, pero yo aún funciono con uno viejo que cascabelea cuando suena y cuando estás

marcando con el dedo en un agujero de la rueda.

Elvira era tan normal que mi primera impresión fue la de haberme equivocado. Una

prostituta que merezca la pena empieza a trabajar desde que descuelga el teléfono. De

hecho, a no ser que veas antes su cuerpo, los datos se reducen a su voz, y una vez que la

contratas le tienes que pagar. No es ir merodeando por la carne con un puro en los labios,

como hacen los jubilados de la calle de la Montera, de conducir por la noche por la casa de

campo en una fila discontinua de coches lentos que hacen eses, ni de entrar en un club noc-

turno ni siquiera en un club selecto, ni siquiera en la casa de putas más cara de España. Es

imaginarlas con la voz.

En los contactos telefónicos el registro es mucho más amplio. La puta prevista es la

puta tradicional, el sexo por los ojos. Pero cuando es por el oído el abanico se amplía, fun-

ciona una prostitución secreta, de mujeres que no dan que hablar al vecindario y tampoco

quieren ser captadas por ningún chulo. Y aun en esto hay de todo, incluso mujeres que an-

tes de hacer la compra para su marido y sus hijos se venden casi en el tiempo que les costa-

ría sacar ese mismo dinero de un cajero automático. He oído hablar mucho de todos estos

dramas a Remedios. A la consulta de la clínica le llegaban casos desesperados que luego

nos pormenorizaba durante la comida, y si eran demasiado fuertes para Violeta los escu-

chaba yo solo en la cama.


395

En el caso de Elvira, su voz era más bien de secretaria, no ya el tono desganado de

la empleada de un taller, pero sí de una secretaria que tuviera nervios mal disimulados en su

primer día de trabajo, como si estuviera llamando a un servicio de fontanería, como si lla-

mase porque se me hubiera roto la lavadora, de tanto mirarla.

Quedamos en una terraza de La Guindalera, entre madres que habían sacado a los

niños y alcahueteaban con un bitter sin alcohol. Elvira iba vestida con unos pantalones cor-

tos de cazador, una camisilla de flores diminutas y deportivas blancas. Era la mujer de unos

cuarenta años que se ha arreglado un poco para sacar al perro, el pelo recogido con una

goma ancha que le sirve de diadema y tan solo los labios pintados del mismo color rojo

geranio. La desproporción de no llevar los ojos pintados me pareció muy erótica. Nunca

sabré si esa normalidad era la suya o tan sólo el uniforme de trabajo.

Pero esa misma normalidad me inhibía, me comportaba con el respeto que uno no

espera usar con una prostituta. No hablo de faltarles al respeto, sino considerar que el sexo,

el ajuste de precio y las pocas palabras son ya una falta de respeto si no estás seguro de

tratar con una puta. Algo me hizo justificarme, hablar del trato como si fuera un favor. Le

expuse, con las mejores palabras, que no estaba tan interesado en el sexo como en que pasa-

ra la noche conmigo, en mi misma habitación, hasta que se hiciese de día, y que me diese

por favor un presupuesto. Ella me miró muy sorprendida, como si se tratase de un error,

pero pronto volvió a su ser y preguntó: ¿interesado en qué? Yo entonces, a decir verdad, no

me di cuenta de nada, si acaso pensé que era la reacción adecuada, ese principio de rubor e

indignación que debe de tener una mujer normal cuando se la toma por una prostituta.

Antes de marcharnos decidí explicarle la situación con más detalle, no fuese a ser

que en algún momento coincidiesen ella y Eva por el pasillo. Le dije: la mujer de un amigo

mío se ha separado y está pasando unos días en casa; yo la veo a ella que no le importaría
396

liarse conmigo, y a mí tampoco, claro, pero prefiero disuadirla haciéndole creer que tengo

novia. Elvira sonrió entonces por primera vez. Parecía más relajada, como si mis palabras

le hubiesen dado confianza. También es verdad que las dije en un tono casi benedictino.

Cuando me levanté a pagar vi por los cristales a Elvira que llamaba por teléfono. Se estaba

haciendo de noche.

Me resultaba difícil hacerme a la idea de que iba acompañado por una prostituta.

Más bien, en cualquier caso, se parecía aquello a la primera cita entre particulares que han

contactado a través de la red. De hecho, podría haber conseguido lo mismo, y haberme re-

sultado gratis, si me hubiese puesto a buscar en ese tipo de sitios. Ligar me hubiera resulta-

do más sencillo. O llamar a Lourdes, que para eso es actriz. Cualquier cosa más barata que

aquella ficción tampoco muy erótica, a pesar de los labios.

Sí se adivinaba un cuerpo frondoso, pero tampoco muy cuidado, con residuos ma-

ternales en el vientre y en las caderas, la cintura que ya no ha vuelto a ser lo mismo y da un

aire suplementario de honestidad pero también de haber vivido varias vidas. Estuvimos

picando en una taberna de Santa Bárbara, de camino a casa. Ella sólo bebió agua y no chu-

paba la cabeza de las gambas. No era mala conversadora. Hablaba de las personas, del lu-

gar, del hecho de comer gambas, del hecho de beber agua, del uniforme blanco años cin-

cuenta de los camareros, del calor de Madrid y de las cáscaras del suelo. Yo valoro mucho

en las personas la capacidad de hablar de lo que hay, de tener dominio sobre el silencio sin

necesidad de adoptar ningún papel concreto. En eso vi la profesionalidad de Elvira, porque

yo estaba más cortado que ella: yo estaba cortado y fingía desenvoltura, ella se desenvolvía

bien pero fingía un cierto muy discreto nerviosismo. Yo trataba de corresponder con lo me-

jor de mi soltura inane.


397

Para cuando llegamos ya no me acordaba del proceso mercantil que me había lleva-

do hasta allí. Eva no estaba en casa, y yo se la enseñé a Elvira como esas personas que le

enseñan el piso a las visitas, y Elvira me daba razones formales y se fijaba mucho en los

desahogos de la casa, en los armarios empotrados y en la hermosura de la cocina. En esta

cocina puedes hacer la vida, dijo.

Cuando nos metimos en mi cuarto lo primero que dijo Elvira fue que ya se imagina-

ba ella que yo sería un artista o algo parecido. Se supone que con las putas hay que ser sin-

cero, pero las putas admiten otro tipo de sinceridad. El tipo de prostitución que encarna

Elvira es la del sueño posible, con ella ser sincero es soñar. Esta idea estuvo sobrevolándo-

me durante toda la noche. Sí, algo parecido, había contestado a Elvira, quien al contrario

del código mínimo de cualquier puta empezó a contarme detalles importantes de su vida. O

quizás a inventárselos, quizás acudiendo a un repertorio puteril muy recomendable para el

solaz de los clientes. Decirles lo que quieren oír con el sincero envoltorio de la intimidad.

Mi marido también era artista, dijo. ¿Se ha muerto?, pregunté. No, dijo ella, está en la cár-

cel.

Aquello me fastidió un poco. Aquello devolvía a Elvira a la clásica condición de

mujer lumpen con el marido en el talego, con todo lo que eso lleva de atentados contra la

higiene, malos tratos y quién sabe si enfermedades incurables. Pero eso Elvira lo sabía, y

por eso sonrió: no te preocupes, dijo, no lo metieron por asuntos de drogas. De todas for-

mas, añadió, yo ya me había separado antes. Pero todo esto pasó en el extranjero, hace mu-

chos años. Elvira se sentó junto a la ventana y se encendió un cigarro. Joder qué vistas tie-

nes, majo. Si vieses lo que yo veo te volvías loco. Yo sólo veo la ventana que tengo enfren-

te que da al patio del ascensor. Eso es lo que veo, dijo, pero lo dijo sin resentimiento, como

una forma de halago. En tu trabajo verás muchas ventanas, dije yo. No me pareció que se lo
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tomase del todo bien, pero supo contestar. ¿Y tú, en el tuyo, aparte de cuadros, qué ves?

Veo modelos, dije. ¿Modelos desnudos? La mayoría. Serán más guapos que los que yo veo,

dijo Elvira. Casi me da pena no verte a ti desnudo. Son cuerpos normales, dije yo, entre la

suficiencia y el desengaño. La mayoría de los modelos tiene cuerpos muy normales, dije.

Pero era difícil hacerse pasar por pintor en mi propia casa, es difícil actuar con los

movimientos inevitables de quien está en su casa, era como si me delatasen los objetos. Y

además es algo que yo nunca he hecho. He fingido ser un experto en arte, uno de esos pro-

fesionales como Pilar Guijarro que son como los taurinos, que viven de la fiesta pero nunca

torean, pero nunca he fingido ser pintor ni siquiera dibujante, ni siquiera ilustrador. Nunca

lo he hecho, y detesto a quienes pasan media vida interpretando papeles de bohemio. Algo

me dice que son más las mujeres que soñarían compartir la vida con un sueldo fijo que con

un genio desconocido. Y Elvira era de esas, sin duda. Ya habría tenido bastante con el artis-

ta extranjero que acabó en la cárcel, ella no me dijo cómo y yo tampoco se lo pregunté,

pudo haber sido incluso un crimen pasional. Cuando uno alterna con putas se tiene la sen-

sación de que en cualquier momento puede aparecer una historia barata para complicarte la

vida. De Elvira era poco lo que podía sacar. Más bien era una dama de compañía, más bien

era una de esas mujeres que se ganan la vida cuidando enfermos por las noches, y cruzan

las piernas y se ponen en el halda una revista para cuando el enfermo se canse de hablar.

La cama del estudio, la cama que usó siempre Violeta, era sólo de cuerpo y medio y

no cabíamos los dos. Pero yo no quería dormir en esa cama con nadie, no quería que queda-

sen restos de vicio entre los hilos de las sábanas, flujos de dilatada historia como manchas

marrones de grasa que sin embargo, y así lo muestran en los anuncios de detergente cuando

enseñan las sábanas por dentro, aunque no se vean están, aunque no se huelan entran por la

nariz, aunque no se sientan se sospechan. Todo eso era una tontería, una superstición gra-
399

tuita, un artículo de fe. Respetamos los objetos de los ausentes como si se hubieran muerto,

como si ya fuera imposible ocultarles nada. Un buen modelo debe aprovechar estas manías

para sentirse mirado siempre, que es la única manera de dominar el cuerpo. La mirada del

otro debe arrasar incluso los actos más íntimos y vergonzosos, uno no debe despeñarse por

esa relajación obscena de la soledad. En el acto de ponerse la ropa interior, de dormir o de

ver la televisión, las formas antiestéticas se desprenden del cuerpo como sarpullidos puru-

lentos. Cuando yo hablo, por ejemplo, de estar despatarrado en el sillón leyendo una nove-

lucha, hablo de una postura despatarrada que sin embargo, además de ilustrar el despata-

rramiento, no saca ningún escorzo bruto ni ninguno de mis perfiles defectuosos.

Yo no dije nada de esto a Elvira. Me costó un esfuerzo tremendo seguir hablando

con ella y fingir y pedirle que fingiese, y contarle detalles de la vida artística y elementos

biográficos espurios para que la conversación no se amorcillase. Así que vives del arte, me

interrumpió al final, después de una sarta de mentiras que al hacerlas verosímiles entraban

directas en el realismo más penoso. Trabajo por encargo, dije, soy un free-lance. Hago ilus-

traciones para libros de texto infantiles, tengo un par de editoriales que me llaman siempre.

Entre esas dos editoriales y una tira cómica que dibujo para un diario de provincias me voy

arreglando bastante bien, dije. Ahora estoy ilustrando un curioso libro de un tal Karl Schra-

der que bla bla bla. ¿Me lo enseñas?, dijo Elvira. Bueno, le dije, en realidad estoy todavía

preparando algunos bocetos, luego tengo que elegir unos cuantos y ponerme en serio con

ello. ¿Y esto también es para una editorial? Sí, dije yo, y la verdad es que tengo quince días

para entregarlo, no sé qué pinto yo con tanta urgencia yéndome de putas, dije, con ironía

inofensiva. Elvira no se dio por aludida. ¿Y cómo entraste a trabajar en esa editorial? Les

envié unos dibujos, dije yo dejándome llegar por un inaceptable ramalazo de soberbia, por-

que también dije: si lo que haces interesa, bastan cuatro rayas para que una editorial compe-
400

tente lo descubra. Lo cubrí todo con un bálsamo de erudición en materia de cómic y de la

clásica pregunta sobre qué cómic leía Elvira de pequeña. Te lo digo, dijo ella, porque a mí

me interesaría mucho que me pasases alguna dirección, algún sitio donde presentar yo unos

dibujos. ¿Tú también dibujas?, le pregunté. No, yo no, dijo ella, es mi hijo el que dibuja

muy bien. Se aplica en los estudios y quiere estudiar arte porque quiere se dibujante, pero

yo no sé, o sea, yo sé que a mí me gustan mucho, yo sé que por lo menos son igual de bue-

nos que estos tuyos, no es por nada, pero yo creo que mi hijo dibuja muy bien, tendrías que

verlo, lo tendría que ver alguien que dijese: pues sí, esto interesa, esto no interesa, porque la

vida está muy jodida y mi hijo tiene que tomar una decisión, y yo no sé si estoy en condi-

ciones de seguir puteando cinco años para pagarle una buena universidad. Si va a merecer

la pena yo hago lo que sea necesario, pero si luego resulta que es uno del montón y la carre-

ra no le sirve para nada, pues oye, que se busque otros estudios, que yo voy a pagárselos

igual.

Yo eché mano en la memoria de lo primero que encontré: Pilar Guijarro, Marisa,

Palomares, su taller de jóvenes artistas. Sufrí un vuelco de ternura incontrolada, y esos

nombres y la necesidad de apuntalar mis propias mentiras me hizo verlo claro. Yo puedo

hablar con algunos amigos, dije. Si quieres, pásame algún dibujo y veremos lo que se puede

hacer. Por intentarlo tampoco pasa nada, dije, aunque tratándose de lo que se trataba pensé

que así podría desentenderme sin apuros de la situación. Pero Elvira abrió el bolso y sacó

un sobre tamaño cuartilla que parecía el pago de un rescate. Mira a ver a ti qué te parecen,

dijo. ¿Llevas siempre los dibujos de tu hijo por si te encuentras con un artista?, le pregunté.

Ya sabía yo que eras un artista, dijo, como si estuviera bromeando. ¿Ah, sí?, continué la

broma. ¿Por teléfono ya tengo voz de artista?


401

Lo dibujos no eran malos. Tenían esa exasperación juvenil de cuando uno tiene pri-

sa por contar verdades. Era una estética cómic pasada por la insoportable reducción del

manga y las posturas aprendidas de los storyboards, las miradas torvas y las rayas como

hachazos, los personajes hundidos o violentos que pasean por la noche oscura, esas icono-

grafías celtas enroscadas que utilizan las tribus alternativas, soldados zapatistas en postura

de cartel bélico republicano, imitaciones de El Roto, mensajes de solidaridad radikal y mu-

chos pájaros negros siempre por todas partes. Pero había unos al final, uunos que la madre

puso al final porque pensó que eran los peores, en los que había desaparecido como por

ensalmo todo ese atalaje de símbolos y de compromiso y quedaban figuras inexpresivas,

apenas deformadas por la caricatura, gente que no tenía la mirada de susto ni de satisfac-

ción ni de malo ni de bueno, bastos retratos de personas, sin apenas matices, pero con una

frialdad conmovedora. Eran dibujos sin alma, eso le pareció a la madre, pero el talento es-

taba en haber prescindido del sentimiento para expresar la vida. Las caras estaban como

vacías, llevaban la cabeza rapada o peinados esquemáticos, pero sus facciones eran con-

temporáneas aunque tuviesen ese hieratismo asirio con la raya de los ojos muy marcada.

Era por lo menos una docena de retratos, o esbozos de retratos, y se notaba que le había

cogido el gusto a no expresar nada, se había dado cuenta de que poner algo en un dibujo

puede ser tan significativo como no ponerlo. Era difícil echar en falta una línea, o pensar

que alguna pudiera sobrar.

Estos últimos, le dije, me parecen bastante buenos, y en los demás se nota lo princi-

pal, que domina la herramienta. Que sea luego un artista o no ya dependerá de las circuns-

tancias, pero la casa tiene cimientos, dije, un poco demasiado solemne. Yo no quiero que

sea un artista, dijo ella, yo quiero que viva de esto, como vives tú, por lo menos como vives

tú.
402

No me dio tiempo a contestar. Algo así como un murmullo, más llanto que jadeo,

salía de la pared de al lado. No la habíamos oído entrar a Eva. Estaba allí desde el principio.

Nos había oído pasear por la casa dando gritos e informaciones que luego yo no debería

contradecir. ¿Qué había dicho que ella pudiese haber oído? ¿Había escuchado con la oreja

pegada a la pared toda la conversación igual que Remedios alguna vez se puso a escuchar

cuando Violeta y su amiga Almudena se encerraban en su habitación un sábado entero por

la tarde? Elvira y yo nos callamos. Era llanto, una considerable chotaina, un berrinche con

hipos y lamentos. A esa muchacha le pasa algo, dijo Elvira. Pues no puede ser que la haya

dejado el novio, dije yo. A Elvira le salió un ramalazo reprobatorio que no me disgustó en

absoluto. Pobrecica, todo le va mal, dije. Elvira preguntó qué le pasaba, pero yo no sabía

resumirle a una mujer como Elvira una vida como la de Eva. Es una niña rica, dije. Se ha

pasado la vida entre libros y ahora no se orienta nada bien. Elvira me miró como si no en-

tendiera. No era momento de reducciones irónicas. La verdad es que no sé por qué llora,

dije. Los lamentos llegaron a berridos y el llanto a inconsolable. Elvira no preguntó nada

más. Se levantó, salió de la habitación y llamó a la puerta de Eva. Yo fui tras ella, pero no

quise entrar. Elvira sí lo hizo, y se fue a sentar en el borde de la cama, y cogió la cabeza de

Eva, arrodillada sobre el colchón, cabizbaja y lloriqueante, como nos imaginamos a un pre-

so cuando se queda solo ante su condena. Elvira lo primero que hizo fue abrazarla. Ninguna

se había visto la cara, ni se había escuchado, ni se había conocido antes. De la habitación

salía el aroma de las horas que Eva pudo conciliar el sueño, de su ropa en la butaca, del

calor de la noche, del aire que no se movía. El olor me excitó como nunca, pero no era si-

tuación de pensar en esas cosas. Elvira no dijo nada, no preguntó nada. Se limitó a pasarle

una mano por la melena cuando Eva se derrumbó sobre su pecho. Componían una figura

muy hermosa, lástima que estuvieran de espaldas.


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Voy a ver si hay algo fresco en la nevera, fue lo único que se me ocurrió decir. ¿Qué

queréis, cerveza o cocacola? No me contestaron. Pero yo creo que estaba haciendo lo que

debía. Yo no tenía suficiente confianza con ella para consolarla de esa manera. Elvira lo

hizo y ni siquiera le había visto la cara, pero eso no significa que fuese un asunto femenino.

Eso sólo significaba que Elvira lo había hecho alguna vez y yo no lo había hecho nunca.

Jamás he consolado a nadie con su cabeza en mi pecho y yo acariciándole el cabello. Ni

siquiera con Rosita. Ni siquiera con Remedios. Ni siquiera con Violeta. Y eso tampoco

indica una especial frialdad por mi parte. Sólo implica que ni