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Del lado de los verdugos nazis:

Sobre la novela "Les Bienveillantes" de Littell

Por Nicolás González Varela

“Hermanos humanos, déjenme contarles


cómo eso ha pasado” ("Frères humains,
laissez-moi vous raconter comment ça s'est
passé..."). ¿Escucharían la confesión de un
verdugo voluntario de las SS que empezara
con este proemio? Esta es la primer línea
de la novela ganadora del Prix Goncourt
2006, de un autor desconocido y primerizo.
Y ni siquiera es francés, ni vive en Francia.
Su título es: “Les Bienveillantes” (las
benévolas o las benevolentes, una guiño a
Esquilo y las Erinias que de tan vengativas
y crueles eran irónicamente llamadas así).
Son 912 páginas, editadas en la colección blanca de Gallimard. Fresco
memorable y documento literario archidocumentado al mejor estilo de Flaubert.
El libro son las memorias en primera persona de un empresario alemán de telas
y encajes de hilo, Herr Maximilien Aue, que vive en el norte de Francia y explica
cómo sesenta años antes fue ferviente nacionalsocialista primero, miembro de la
Sicherheitsdienst Reichsführer-SS (SD) y luego de las Schutzstaffel der NSDAP
(SS), encargado de tareas de “aniquilación” contra los enemigos del Reich. Al
recordar su pasado Aue reflexiona sin cinismo: “En fait, j'aurais tout aussi bien
pu ne pas écrire. Après tout, ce n'est pas une obligation. Depuis la guerre, je
suis resté un homme discret ; grâce à Dieu, je n'ai jamais eu besoin, comme
certains de mes anciens collègues, d'écrire mes Mémoires à fin de justification,
car je n'ai rien à justifier, ni dans un but lucratif, car je gagne assez bien ma
vie comme ça”. (“En realidad, habría podido también no escribir. Después de
todo, no es una obligación. Desde la guerra, seguí siendo un hombre discreto;
gracias a Dios, nunca he tenido necesidad, como algunos de mis antiguos
colegas, de escribir mis Memorias como justificación, ya que no tengo nada que
justificar, ni en un objetivo lucrativo, ya que gano bastante bien en mi vida como
está”). Aue se distancia de las memorias y recuerdos post-fabricados, como los
de Speer o las autojustificaciones estilo Heidegger. Pero Aue es un cultísimo hijo
de la clase media alta (ama a Flaubert, Lermontov o Stendhal), con formación
universitaria en derecho, hijo de un alemán y una francesa alsaciana.
Perturbado por una relación incestuosa con su hermana y con ciertas
experiencias homosexuales, con la llegada de la Segunda Guerra Mundial
recorrerá el auge y decadencia de las victorias militares nazis. Guerrero-
funcionario convencido, con una ética burocrática patriótica bien prusiana,
ejerce con profesionalidad su oficio de matar y asesinar. Su fin es servir con
abnegación y sacrificio a su nación amenazada. Su ideal es la comunidad racial
de los alemanes, la “Volksgemeinschaft”. Él era un oficial de las SS que eliminó
sin miramientos a comunistas, homosexuales, gitanos, guerrilleros, minorías
étnicas, bolcheviques, alemanes traidores. Perteneció a los temibles
“Einsatzgruppen”, equipos especializados en asesinato de masas, que seguían en
segunda línea los avances de las tropas normales del ejército alemán en el Este.
El grupo al que pertenecía Max Auer, el "C", seguía la ruta del Grupo de
Ejércitos Sur, estaba en 1941 bajo el mando de SS-Gruppenführer Dr. Otto
Rasch y se componía de los Sonderkommandos 4 a y 4 b (Sonderkommando 4A
comandado por Paul Blobel, quizá el alter ego de Auer) y los
Einsatzkommandos 5 and 6, incrustados en el Heeresgruppe C . Este grupo, que
se dedicó al exterminio en Ucrania, llegó incluso a trabajar en la misma Stalingrado.
Contra todo mito. sólo el 34% de estas tropas de asesinato masivo estaban compuestas
por Waffen-SS. La mayoria eran policías ordinarios o miembros de la SD. Aue es un
monstruo moderno, adoctrinado, con profundidad teórica y conciencia política,
seguro de sí mismo: “Ce que j’ai fait, je l’ai fait en pleine connaissance de cause,
pensant qu’il y allait de mon devoir et qu’il était nécessaire que ce soit fait,
aussi désagréable et malheureux que ce fût” (“Lo que hice, lo hice con pleno
conocimiento de causa, pensando que se trataba nada menos que de mi deber y
que era necesario que esto se haga, por desagradable e infeliz que eso fuera”).

El Prix Goncourt fue creado en 1896 según la voluntad del testamento del
historiador Edmond de Goncourt. El espíritu del premio fue expresado por
Daudet como "le meilleur ouvrage d'imagination en prose paru dans l'année". Es
decir: abría la posibilidad de que el autor fuera o no francés. Generalmente el
premio se anuncia en noviembre en el restaurant Drouant (Place Gaillon, Paris).
El jurado de diez miembros estaba compuesto por François Nourissier, Daniel
Boulanger, Robert Sabatier, Françoise Mallet-Joris, Didier Decoin, Edmonde
Charles-Roux, Jorge Semprún, Michel Tournier, Bernard Pivot et Françoise
Chandernagor. Littell compitió hasta el final con una novela de un psicoanalista,
“Marilyn, dernières séances”, de Michel Schneider (Grasset). El resto de los
finalistas eran Alain Fleischer, “L'amant en culottes courtes” (Seuil) y François
Vallejo, “Ouest” (V. Hamy). Los votos fueron de siete a favor de Littell contra
tres para Schneider. El Goncourt fue entregado por primera vez en 1903,
recibiéndolos escritores como Barbusse, Proust, Malraux, Simone de Beauvoir,
Tournier, Mediano, Duras, Orsenna, Maalouf. “Les Bienveillantes” ha causado
un verdadero terremoto cultural y político en Francia. Ha sido calificada de
"Nouveau Guerre et Paix" (Le Nouvel Observateur), d'"évènement du siècle"
(Jorge Semprun, miembro del jury Goncourt), de "livre le plus impressionnant
jamais écrit sur le nazisme" (Le Monde), d'"éblouissant" (L'Express), de
"passionnant" (Le Figaro), d'"impressionnant hommage à la langue française"
(Renaud Donnedieu de Vabres, ministro de Cultura), sin olvidarnos de los
calificativos más rimbombantes: "Chef d'oeuvre", "Ovni littéraire", "Hors
norme". Lo mejor de la prensa cultural anglosajona lo alaba sin dudar (New
York Times, Publishers Weekly). Hay voces discordantes: Claude Lanzmann ha
acusado a la novela de ser profundamente antijudía, lo que ha avivado la
polémica sobre el libro (y por supuesto, sus ventas). Su autor es Jonathan
Littell, de padre norteamericano de origen judío (el escritor de novelas de
espías, Robert Littell, que es además un periodista de “Newsweek” especializado
en el Cercano Oriente) y madre francesa, su único antecedente literario es una
oscura novela de ciencia ficción escrita a los veinte años que abomina: Bad
voltage (Signet Book, 1989). Curioso pero parte de la novela transcurre en la
catacumbas de Paris. Nació en New York en 1967, diplomado en la U. de Yale en
Arte y Literatura, trabaja desde hace un tiempo, siete años, en la ONG “Action
contra la Faim”; en su trabajo visitó países lacerados por la guerra y la limpieza
étnica: Afganistán, Yugoslavia, Chechenia y el Congo. Esta vivencia límite lo
marcó: “es una experiencia que me ha permitido empezar a comprender qué es
lo que convierte a las personas en verdugos, en asesinos. Ése es el tema central
de mi novela”. Actualmente vive en Barcelona con su mujer belga y dos niños.
Parece que habla y escribe en cinco lenguas (inglés, francés, ruso, serbo-croata y
¡español!). Ha confesado en reportajes la influencia sobre su escritura de Sade,
Flaubert, Genet, Blanchot, Bataille, pero también de la novelística testimonial
de Vasiili Grossman y de la línea clásica de Dostoievski y Melville. Seguramente
de Flaubert ha copiado su trabajo de laboratorio: la recopilación documental es
impresionante, durante cuatro años ha visto archivos fílmicos y sonoros sobre la
guerra y el genocidio, estudiado los organigramas administrativos y militares,
leído estudios históricos e interpretativos (¡200 libros!) sobre Hitler, la
Alemania nazi y en particular sobre la guerra en el frente del Este. Además ha
visitado personalmente los lugares por donde pasará Aue: Karkhov, Kiev,
Piatigorsk, Stalingrado… siguiendo las señales sangrantes de los grupos de
exterminio en el avance profundo a partir de junio de 1941.

Por supuesto: Littell ha sido comparado con Shakespeare, Dante, Tolstoï,


Dostoïevski, Balzac, Genet, Grossman, Visconti, Malaparte,…Céline. Semprún
ha dicho que “a humanidad sabrá dentro de cincuenta años, lo que ocurrió en
Europa gracias a esta novela” y agregó: “no es una novela francesa sino una
novela escrita en francés. Su modelo es la gran novela rusa del XIX, Tolstói o
Dostoievski. Para la cultura francesa lo que es importante es que el autor haya
elegido el francés como idioma. Eso prueba que sigue siendo una gran lengua de
expresión cultural”.

Littell no cayó del cielo en el Barrio Latino, es un producto manufacturado al


mejor estilo editorial posmoderno. Fue llevado al mercado editorial francés por
el agente literario inglés Andrew Nurnberg, amigo de su padre y representante
literario. Según la leyenda urbana parisina, Nurnberg presentó el manuscrito
original (de 1.500 páginas, según las malas lenguas en un mauvais francés) a
cuatro editores (Grasset, Calmann-Lévy, Lattès y Gallimard) con el seudónimo
de Jean Petit. El editor de Gallimard sabía la identidad del verdadero autor y
vislumbró en la temática de la novela un posible Goncourt. Con un adelanto
excesivo para una primera obra (30.000 euros), la casa editora deriva el
manuscrito a un négre, el cual reescribe la obra en un francés correcto y
reduciéndola al formato final, sin modificar el estilo sombrío de Littell. En junio
de 2006 esta novela prefabricada es presentada a influyentes del mundo
cultural parisino, escritores y journalistes littéraires, que se presenta en el
dossier de prensa como una gran oeuvre littéraire. Littell adopta un aire
misterioso, anti-vedette, al mejor estilo Pynchon: no hace declaraciones, no
acepta ir a la televisión, no acude a la lectura de la decisión del jury y no prestó
la tradicional conferencia de prensa del ganador. El 21 de agosto sale la primera
tirada de 12.00 ejemplares. Las signatures de la prensa, muchos del catálogo de
Gallimard, el bombardero de los mass-media más el buzz parisino, hacen que se
haya batido todos los records para una primera obra en el mercado editorial
francés: 250.000 ejemplares vendidos. Desde septiembre aparece a la cabeza de
los mejores libros vendidos de ficción. En la Feria del Libro de Frankfurt batió
cifras en las ventas de derechos al exterior: 400.000 euros para la edición
alemana; un millón de dólares para la edición en EE.UU…. La industria editorial
cerró el círculo: el 26 de octubre Littell recibe el Grand Prix du Roman de
l'Académie Française por mayoría absoluta. La cultura francesa oficial está con
una rara tendencia: tres de los grandes premios literarios franceses han recaído
en 2006 en autores cuyo idioma materno no es el francés. Es el caso de Littell
pero también de la canadiense Nancy Houston, que ha obtenido el Femina por
“Lignes de faille” (Actes du Sud), y el del congoleño Alain Mabanckou, quien
ganó el premio Renaudot. con sus “Mémoires de porc-épic” (Seuil). La versión
castellana de "Les Bienveillantes" no se editará hasta principios de 2008. La
editorial es RBA, que publicará la traducción en España. Las 900 páginas serán
traducidas al castellano por la premio nacional de traducción de España, María
Teresa Gallego Urrutia. Parece que la complejidad de la novela, su
intertextualidad y trasfondo histórico, hace muy difícil su traducción rápida.
“Las benévolas" o “Las benevolentes” son los dos títulos que se barajan para la
traducción, una obra por la que la editorial “luchó incluso a través de una
subasta por conseguir sus derechos en castellano”.

Parece que el trabajo de Littell es una novedad creativa: una memoria desde el
punto de vista del verdugo. La perspectiva de una bestia parda voluntaria y
militante. Este es el lado más banal y criticable de la novela, pero como señala
Semprún “hay quienes critican a Littell porque aseguran que se identifica con su
protagonista y retrata a Aue haciéndolo atractivo. No es cierto. O si lo es,
entonces hay que decir que Dostoievski también se identifica con Raskolnikov
en Crimen y castigo”. El perspectivismo del verdugo no es una novedad. Este
cronista recuerda la novela, en forma no de memoria sino de epistolario, del
gran escritor serbio Borislav Pekic (perseguido por el régimen de Tito emigró a
Inglaterra en 1971). titulada en inglés: “How to Quiet a Vampire” (“Kako
upokojiti vampiro”, 1977) (Now Northwestern University Press, 2004). Allí,
también un ex nazi, en este caso Konrad Rutkowski, profesor de historia
medieval en la Universidad de Helidelberg, que retorna a la Dalmacia
yugoeslava (vacaciones a Dubrovnik) en 1965, el lugar en que estuvo como
oficial de la GeStaPo, Obersturmbannführer, en 1943. Es una novela de ideas
desde el lugar del crimen. En sucesivas y cada vez más profundas cartas
(veintiséis en total) a su hermano político, a su editor, a su antiguo comandante
(un nazi convencido) y a un psiquiatra, va recordando sus experiencias de
guerra y ocupación, conciliando su ideología liberal con su pasado de
instrumento del terror. Fundamentando sus ideas aparecen Marco Aurelio,
Platón, San Agustín, Abelardo, Bergson, Hume, Locke, Nietzsche, Kant, Hegel,
Wittgenstein, entre otros. Él era un liberal que colaboró con al SS-Staat para
cambiarlo desde adentro. En los argumentos y justificaciones de Rutkowski
queda implicada, en la conformación del fascismo y el nacionalsocialismo, toda
la alta cultura europea. Es una mirada al interior de la bestia y de cómo el anti-
iluminismo, el modernismo reaccionario, la utopía racial podían corroer hasta
las costuras un espíritu culto. En sus remembranzas crueles recuerda cómo
arruinó su primer interrogatorio enviando a la horca a un vendedor inocente y
en otro caso como golpeó hasta la muerte a un detenido. Pekic mismo reflexiona
sobre la ilusión perdida del liberal europeo: “Rutkowski está equivocado cuando
cree que simplemente por ser un producto de la civilización cristiana y de la
tradición pequeñoburguesa era inmune a los impulso atávicos y bárbaros”. Los
horrores que vuelven se representan con un vampiro al cual él desea silenciar.
Alucina que el vampiro habita un paraguas que poseía el vendedor ahorcado; el
paraguas perseguirá a Rutkowski hasta causarle la muerte. En el
nacionalsocialismo (y en futuras perversiones) se muestra la tradición
occidental como un sistema artificial, autoritario, opresivo, disociado de la
espontaneidad y la simplicidad de la vida. Las ideologías totalitarias están ahí,
incubándose y esperando reaparecer en circunstancias cambiantes. Como dice
el personaje: “Hay todavía mucha gente que no ha hecho frente a sus propios
vampiros”. Por supuesto otra novela desde el interior del Behemot es la de
Martin Amis sobre un médico nazi que trabajó en los experimentos de
Auschwitz, “Time’s Arrow, or the Nature of the Offence” (Vintage, 1992) (“La
Flecha del Tiempo”, Anagrama, 1993) o la extraordinaria colección de cuentos y
nouvelles de William T. Vollmann, “Europe Central” (Viking Press, 2005), 2005
National Book Award Winner Fiction, una serie de historias, sketches, cuentos
pareados, por ejemplo la del Feldmariscal Friedrich Wilhelm Ernst Paulus,
comandante del Sexto Ejército alemán aniquilado en Stalingrado, tomado
prisionero y colaborador del regímen de Stalin, titulada: “The Last
Fieldmarshall” y la del brillante general Andreï Andreïevitch Vlassov, titulada
“Breakout”, prisionero y luego colaborador de los alemanes y ejecutado después
de la guerra por Stalin. Todas las historias se centran en un arco temporal entre
la década del ’30 y la posguerra, tanto en la Alemania nazi y la URSS, donde los
dilemas morales se subsumen en un extraordinario esfuerzo de los personajes
por intentar ir más allá en sus decisiones de las determinantes de la cultura
autoritaria de sus épocas. A Vollmann, como a Littell, se le acusa de ser ambiguo
con los personajes nazis, de dudar de la incorrección moral del totalitarismo.

¿Es válido escribir y tratar de entender desde el lado de los verdugos? ¿Se puede
aprender de la epopeya de un asesino de estado? El escritor y editor francés
Jean Cayrol, él mismo antiguo deportado a Mauthausen, al comentar las
biografía novelada escrita por Robert Merle sobre el comandante de Auschwitz
Höess, “La Mort est mon métier” (1952) en una artículo en la revista Esprit,
había denunciado la novela como un intento indebido de materializar en un
cuerpo novelesco “à ce qui n'était qu'un monstre impossible à décrire”. En el
caso de Littell parece aplicarse el mismo virulento precepto moral. Aunque,
coincidiendo con muchos especialistas y viendo el florecimiento no sólo de
novelas sino de estudios históricos, sociales y sociológicos desde el lado de los
verdugos (y como caso piloto la discusión sobre Günter Grass o Jürgen
Habermas), que nos estamos interrogando sobre el fenómeno del totalitarismo
por primera vez de una manera nueva. Escandalosamente nueva, diríamos
ontológica, que nos permite preguntarnos por los mecanismos de adhesión más
profundos, por la estructura de legitimidad, por el nivel micropolítico, por la
fascinación hacia Hitler o Stalin, sobre el pasaje de la ideología a la acción. ¿Qué
elecciones individuales hubiéramos hecho, nosotros cómodos lectores, si
hubiéramos vivido en Alemania entre 1933 y 1945?