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Índice de Mitos
7 Mitos de la Economía Populista……………………………………………….. 3

#1. El mito del empresario que abusa de los consumidores………………. 5

#2. El mito del gasto público que reactiva la economía………………….. 7

#3. El mito de los impuestos a los ricos………………………………………... 11

#4. El mito de la tecnología que nos roba los puestos de trabajo……... 13

#5. El mito de las trabas a las importaciones que defienden el empleo 16

#6. El mito de la transferencia de ingresos…………………………………... 19

#7. El mito del capitalismo inmoral……………………………………………. 24

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7 Mitos de la Economía Populista
Mucha tinta se invirtió ya en explicar qué es el populismo y cuáles son
sus consecuencias económicas, políticas y sociales.

Para resumir, seguiremos la definición de populismo que hace Eduardo


Fernández Luiña, quien sostiene que el populismo instrumentaliza el
concepto de “pueblo u otro que exprese una voluntad e identidad
colectiva con el fin de concentrar y centralizar el poder, modificando la
naturaleza de la democracia liberal…”

Así, el populismo puede ser de izquierda o de derecha. El típico


populismo de izquierda es el que tiene raíz marxista e identifica al
pueblo con los trabajadores explotados y, por tanto, propone regular,
gravar y castigar a los capitalistas y empresarios. El populismo de
derecha, por el contrario, identifica al pueblo con la nación, exaltando
a los nacionales por sobre los extranjeros. La xenofobia, las barreras
migratorias y comerciales son las consecuencias más comunes de esta
vertiente populista.

El populismo de izquierda es el que tuvo más influencia en América


Latina durante los últimos años. Lula da Silva y Dilma Roussef en Brasil,
Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Hugo Chávez y
Nicolás Maduro en Venezuela y el matrimonio Kirchner en Argentina han
sido fieles exponentes de esta vertiente de populismo. Todos ellos
agitaron con fuerza las banderas de la justicia social, la redistribución
del ingreso, y la ayuda estatal para el pueblo desposeído y abusado por
los malvados empresarios.

Desde el punto de vista económico, el populismo tiene un ciclo que


suele cumplirse inevitablemente. Este ciclo, descripto originalmente por
Jeffrey Sachs y Felipe Larraín, se divide en cuatro etapas: el auge, los
cuellos de botella, la crisis y el ajuste. Es decir, inevitablemente, el ciclo
populista termina con un ajuste, que perjudica principalmente a quienes
se buscó beneficiar en primer lugar. A la larga, la receta populista es
peor que la supuesta enfermedad que viene a curar.

En Argentina esto se ve muy claramente. Luego de 12 años de desajuste


populista, el nuevo gobierno destapó la olla a presión que habían
generado la inflación y los controles de precios y la inflación se disparó
al tiempo que la actividad económica se desplomó.

En Venezuela la situación es peor aún. El ajuste se está dando de la


peor manera, con escasez de productos básicos, una pobreza de la no
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se salva nadie, y un gobierno que evolucionó hacia una abierta
dictadura.

Brasil, Bolivia y Ecuador, sin llegar a estos extremos, también son


ejemplos del fracaso populista.

Ahora bien, la pregunta que queremos hacernos aquí hoy es por qué
estos regímenes logran instalarse en el poder y, en muchos casos,
perdurar por tantos años. Por otro lado, ¿por qué es que la economía
debe llegar al punto de colapso para que llegue el cambio de
régimen? ¿No sería más fácil dejar de votar al populismo y evitarse el
mal trago que pagamos todos?

La respuesta es que en el imaginario colectivo están instaladas ciertas


ideas falsas respecto de la economía, la política y la organización
social. Se trata de mitos, sin sustento en los datos de la realidad, pero
que sirven al populismo para catapultarse y perpetuarse en el poder.

Estos mitos abundan. Los hay de todos los gustos y colores, y precisar un
número sería una tarea titánica.

Ahora bien, hay una característica que los une a todos y eso es que
favorecen las alternativas populistas y, en consecuencia, amenazan la
supervivencia de la economía liberal. Son todas falsas ideas que
terminan con una sola propuesta de política pública: que el estado
intervenga.

Las consecuencias las conocemos: el problema no se soluciona, de


hecho, empeora, y el poder de los gobernantes crece cada vez más en
detrimento de la libertad individual.

En esta edición abordaremos solo 7 de estos mitos.

En las páginas siguientes encontrarás desmontados el mito del


empresario que abusa de los consumidores, el mito del gasto público
que reactiva la economía, el mito de los impuestos a los ricos, el mito de
la tecnología que nos roba los puestos de trabajo, el mito de las trabas
a las importaciones que defienden el empleo, el mito de la trasferencia
de ingresos y, finalmente, el mito del capitalismo inmoral.

Es una primera edición de muchas que vendrán en el futuro. Una vez


leídos los mitos, el populismo ya no te podrá engañar. Y, quién sabe, tal
vez los populistas dejen de llamar tanto la atención de los votantes.

Es una tarea difícil, pero de ninguna manera imposible.

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#1. El mito del empresario que abusa de los
consumidores
Como todos sabrán, grandes filósofos y analistas argentinos tales como
Jorge Capitanich, Axel Kicillof e incluso la expresidenta Cristina
Fernández de Kirchner coinciden en afirmar que los empresarios son los
verdaderos responsables de la inflación.

Para sintetizar este concepto, y tal vez por defecto profesional, decidí
resumir la visión que comparten nuestros gobernantes en un pequeño
gráfico.

En la visión del gobierno, los precios de la economía no tienen nada que


ver con la oferta y la demanda del mercado, sino con la avaricia y la
especulación de los malvados empresarios que, en su búsqueda de
ganancias, se aprovechan de todos nosotros.

El problema con esta idea es que es completamente errónea.

No vamos a ahondar aquí en la verdadera teoría de los precios o en las


causas siempre monetarias de la inflación. Sin embargo, sí es importante
mencionar que la mirada “K” no es aislada, sino que está enmarcada
en una concepción mucho más amplia acerca del rol de los
empresarios en una sociedad capitalista.

Es que para el populista, que busca enfrentar al conjunto para


perpetuarse en el poder, la ganancia de uno es la pérdida de otro y si el
empresario se hace más rico, quiere decir que alguien se está haciendo
más pobre.

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Este razonamiento desconoce la naturaleza de los intercambios
voluntarios. Cuando una persona compra un café, valora más el café
que los pesos que otorga a cambio. Por el otro lado, quien vende ese
producto, valora más el dinero que recibe que el café que entrega. La
transacción genera beneficios para ambas partes. En ella, todos ganan,
no solo el empresario y mucho menos a costa del consumidor.

Por otro lado, la búsqueda de ganancias nos afecta a todos. ¿O es que


ustedes cuando van a trabajar todos los días no buscan recibir algo a
cambio? Claro que esto que buscamos puede ser material o espiritual,
pero cada vez que actuamos lo hacemos esperando un beneficio
personal.

Además, las ganancias de los empresarios son absolutamente


deseables para la sociedad y me animo a decir que cuanto más
grandes sean éstas, ¡mejor aún!

Es que cuando se derivan de los intercambios voluntarios entre las


personas, estas ganancias simplemente están indicando que el
empresario está haciendo un buen trabajo y está produciendo el bien o
servicio que le piden los consumidores.

Otra consecuencia positiva de las ganancias empresariales es que


fomentan la innovación y la producción. Si Pedro se dedica a una
actividad que genera enormes beneficios económicos, entonces lo más
probable es que su vecino Juan decida meterse en el mercado,
fabricando más y mejores productos.

Como puede verse, no hay ningún tipo de abuso en la relación


empresario-cliente, sino una increíble coincidencia y armonía de
intereses.

Ahora bien, antes de concluir, una nota final. Esta armonía de intereses
depende necesariamente del marco institucional. En un mercado libre,
las ganancias de los productores son las ganancias de los consumidores,
pero en una economía cerrada e hiperregulada, esto puede no darse.

Ya Adam Smith se preocupaba por la conspiración que los empresarios


podían elucubrar contra los consumidores y el público en general. Pero
hay que destacar que esta conspiración no lograría sus objetivos si el
gobierno no interviniese.

Un ejemplo bastará para entenderlo: una traba a las importaciones


beneficia a los productores sin que este beneficio sea compartido por el
público consumidor. De hecho, el cierre de la economía es bueno para
los primeros (que compiten menos) y malo para los segundos (quienes
tienen menos para elegir y pagarán precios más elevados).

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Pero estos arreglos no son propios del sistema capitalista. En él, lo que
prevalecen son los acuerdos voluntarios de los que hablábamos al
principio.

Así las cosas, no es el capitalismo y los empresarios que en él operan lo


que tenemos que combatir, sino las falsas ideas y mitos populistas, que
lo único que consiguen es erosionar las bases del sistema económico,
filosófico y social que más prosperidad ha creado en la historia de la
humanidad.

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#2. El mito del gasto público que reactiva la
economía
Un joven emprendedor estaba preocupado por sus finanzas personales.
Tras meses de pensar y pensar, no encontraba la forma de incrementar
sus ingresos, por lo que decidió buscar ayuda consultando a dos amigos
economistas.

El primer profesional que visitó se identificaba con la corriente principal


del pensamiento económico. Es decir, esa que de acuerdo con Peter
Boettke abarca desde David Hume y Adam Smith y llega hasta F. A.
Hayek y James Buchanan.

La conversación se dio de esta forma:

- Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me


aconsejas?

- Bueno querido amigo, te recomiendo que ahorres un poco cada


mes, y luego busques invertir ese ahorro en un proyecto
productivo que le sirva a la gente. De esa manera vas a generar
una rentabilidad que te permitirá ganar esos $ 100 que estás
buscando.

Luego de visitar a su primer contacto, se dirigió al segundo. Su nuevo


consejero también era economista, pero identificado con la corriente
keynesiana. La charla fue la siguiente:

- Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me


aconsejas?

- Muy fácil mi estimado, tienes que salir a gastar $ 100.

Desde el punto de vista keynesiano, el motor del crecimiento


económico es el gasto público. Cuando el gobierno gasta, entonces
genera ingresos para una parte de la economía, pero esta parte luego
lo vuelca a otros sectores generando un “efecto multiplicador” que
reactiva el consumo, la demanda agregada y el bienestar social. Para
que el efecto multiplicador tenga un impacto verdadero, el gasto debe
ser preferentemente deficitario. Así, el déficit público aparece como la
receta perfecta para encender la economía cuando ésta se encuentra
alicaída.

La tesis keynesiana está prendiendo en el gobierno. Recientemente en


La Nación, el periodista Néstor Scibona escribía que, para cambiar las
expectativas de la economía, el gobierno tenía pensada una batería
de instrumentos. Entre ellos, el principal era una “política fiscal

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expansiva, basada en mayor ritmo de ejecución de obras públicas de
carácter social y licitaciones de nuevos proyectos de infraestructura vial
y ferroviaria (…) y el pago de juicios y/o mejora de haberes a más de 2
millones de jubilados de ingresos medios”.

El problema de este enfoque es que ya se aplicó y fue un estruendoso


fracaso.

Durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, los


ministros Lorenzino y Kicillof llevaron adelante una agresiva política fiscal.
El déficit, que sin la contabilidad creativa ya ascendía a $AR 84.300
millones en 2012, se multiplicó por 4 en 2015, ascendiendo a $AR 370.000
millones o más del 6% del PBI.

El efecto de esta expansión del gasto deficitario del gobierno no fue el


esperado por los keynesianos. Durante esos 4 años, la economía estuvo
prácticamente estancada, creciendo al 0,3% promedio por año y
reduciendo el producto per cápita de los argentinos. Por si esto fuera
poco, el período estuvo signado por el aumento del nivel de pobreza.

Lo curioso del gobierno actual no es tanto que no haya aprendido la


lección de “la era Kicillof”, sino que no escuche la opinión de los propios
miembros de su equipo económico al respecto. En el año 2013,
Federico Sturzenegger publicó un libro titulado “Yo no me quiero ir”. Allí
explicaba por qué los aumentos del gasto público no reactivaban la
economía:

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Una manera de ver que el impacto (de aumentar el gasto
público) puede no ser significativo, parte de entender que
cuando el gobierno gasta, primero tiene que conseguir el
financiamiento para ese gasto; es decir, tiene que cobrar
impuestos o tomar la plata prestada. Pero esto implica que
mientras gasta por un lado, le resta un poder de compra similar a
quienes les está cobrando impuestos o de quienes está tomando
deuda

Nada es gratis. Ni siquiera el déficit fiscal.

 Si el gobierno gasta y cobra impuestos, no hay un mayor gasto


total. Lo que gasta el gobierno lo deja de gastar el contribuyente.
 Si gasta con déficit, alguien tiene que financiar el déficit
prestándole plata al tesoro.
o Si los préstamos son de los ahorristas nacionales, entonces lo
que ellos dejan de consumir lo consume el gobierno, por lo
que no hay “estímulo a la demanda”.
o Si los préstamos son de los ahorristas internacionales,
entonces caerá el tipo de cambio real, reduciendo así la
competitividad de las exportaciones. Lo que gana el
gobierno lo pierde el sector exportador. Tampoco hay
estímulo a la demanda.
 Si nadie lo presta, todavía queda la inflación, que no es otra cosa
que la imposición de un nuevo impuesto que reduce la
capacidad de consumo de la gente.

El gasto público no reactiva la economía. Eso es un mito que nació con


Keynes y que ya deberíamos haber enterrado.

Además, no solo que no reactiva, sino que compromete el crecimiento


de largo plazo. Es que dado que el sector público no tiene la menor
idea de cómo asignar recursos y, de hecho, gasta dinero ajeno con
criterios políticos, entonces lo que sucede cuando aumenta el gasto
público es que aumenta la ineficiencia económica. La producción
comienza a seguir al gasto del gobierno en lugar de seguir la demanda
de los consumidores y eso tarde o temprano se quiebra.

El gasto no reactiva la economía, y cuando se pasa de los niveles


tolerables, la hunde en la decadencia.

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#3. El mito de los impuestos a los ricos
El mito de los impuestos a los ricos es esa idea que supone que si sólo los
gobiernos pudieran tomar más dinero del bolsillo de los mega-
millonarios, mejor nos iría como país.

Recientemente, la OCDE, una de las organizaciones económicas más


importantes del planeta, divulgó un informe que comparaba la presión
tributaria de América Latina con el promedio de sus miembros. De
acuerdo con el análisis, la presión tributaria en la región es demasiado
baja, ya que asciende a solamente el 22,8% del PBI, mientras que en la
OCDE es 11,4 puntos superior.

La conclusión del reporte, entonces, es que los impuestos deben subir,


pero no de cualquier forma. De acuerdo con el comunicado oficial:

“Cuando hablamos de que América Latina debería reforzar su


músculo fiscal no es aumentando los impuestos a su clase media,
que ya paga una cantidad sustancial, sino revisar las numerosas
exenciones fiscales, reforzar los impuestos sobre la renta a los
ciudadanos con mayores ingresos y luchar contra la evasión
fiscal”.

En resumen, hay que aumentar los impuestos a los ricos, para reforzar las
públicas y así financiar “políticas de desarrollo en áreas como
educación, salud e infraestructura”.

Mayor recaudación no mejora el nivel de vida


Lo primero que equivoca el informe de la OCDE es que invierte la
relación causa y efecto. En concreto, el organismo multilateral supone
que luego de la mayor recaudación vienen las mejores condiciones de
vida. Sin embargo, es al revés. Gracias a un mayor desarrollo del
mercado es que crece la riqueza y se supera la pobreza.
Colateralmente, el gobierno tiene más capacidad para recaudar.

Recordemos: el gobierno no puede crear bienestar, sino solo redistribuir,


pero si la torta es chica, la distribución dará solo una minúscula parte a
cada uno. El foco debería ser aumentar la torta, no distribuir la nada.

Más impuestos, más evasión


El segundo punto errado del informe es que advierte que hay que tener
cuidado con aumentar los impuestos a las clases medias porque, si no,

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“se corre el riesgo de que pasen a la informalidad”. Ahora bien: ¿qué
tienen de distintos los más ricos que no acudirán también ellos a la
informalidad cuando vean que deben pagar tasas confiscatorias? A fin
de cuentas, y como sostiene el profesor Carlos Rodríguez Braun, los
impuestos no los pagan los ricos, ni los paga la clase media, ni los pagan
los más pobres, sino que los pagan quienes no pueden evitar hacerlo.

Una mayor carga fiscal para los ricos hará que haya menos ricos (como
ya han demostrado casos como el de Gerard Depardieu en Francia,
que solicitó un pasaporte extranjero para escapar de los excesivos
gravámenes franceses) y no está claro cómo esto va a ayudar a los más
pobres. De hecho, sucederá todo lo contrario.

Más castigo a la riqueza, menor riqueza


La última cuestión a analizar tiene que ver con el sistema de incentivos y
el efecto concreto que un mayor castigo tributario “a los ricos” tendría
sobre la sociedad. La primera aproximación es sencilla: si se subsidia
algo, habrá más de ese algo, si se lo grava, por el contrario, habrá
menos.

O sea, si se cobran más impuestos a los ricos, habrá menos ricos. Y dado
que los ricos son quienes más ahorran, el resultado será una menor tasa
de ahorro, lo que da como resultado menos crédito y menos inversiones.
Finalmente, se produce menos y somos más pobres. La “solución” de la
OCDE, a la postre, es peor que la supuesta enfermedad.

América Latina en general, y Argentina en particular, necesitan más y


mejor crecimiento económico para que la gente salga de la pobreza.
Para eso, no requieren cobrar más impuestos a los ricos, sino todo lo
contrario.

Impuestos bajos, que no castiguen el éxito y que incentiven la


innovación es el camino a seguir. Para ser parte del “club de los países
ricos” que es la OCDE, hay que empezar por no seguir al pie de la letra
todo lo que dice.

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#4. El mito de la tecnología que nos roba los puestos
de trabajo
Los seres humanos tenemos una personalidad dual. Por un lado, nos
fascinan los avances tecnológicos y nos agolpamos en la puerta de las
“Tiendas Apple” cuando la marca de la manzanita presenta sus nuevos
teléfonos inteligentes.

Por otro lado, nos asustamos enormemente con las consecuencias que
la tecnología puede tener en el nivel de empleo, ya que muchos
avances tecnológicos, especialmente los aplicados a la producción,
apuntan precisamente a sustituir mano de obra humana por máquinas y
robots.

Ahora bien, ¿tenemos motivos para asustarnos? Si uno realiza una


mirada superficial sobre el asunto, entonces concluirá rápidamente que
sí. Cuando un robot o una máquina automatizada pueden realizar el
mismo trabajo que realizaba un obrero en una fábrica pero en menos
tiempo y por menos dinero, la amenaza se vuelve evidente.

Sin embargo, lo que este análisis superficial deja de lado es todo el


empleo que se generará en otros sectores producto de la mejora de la
productividad y la caída de los precios de los bienes de consumo.

El razonamiento es sencillo: si la caída en los costos se persigue para


reducir los precios, entonces los consumidores dispondrán de mayores
ingresos reales, que podrán gastar en nuevos bienes y servicios. Esos
bienes y servicios deberán ser producidos por terceras personas,
creando nueva demanda de trabajo.

Lo que te cuento hasta acá no es un mero ejercicio teórico. En un


estudio realizado por Ian Stewart, Debapratim De y Alex Cole, de la
consultora Deloitte, se prueba con datos esta teoría.

Para los economistas de la consultora, el discurso actual sobre la


tecnología está “sesgado hacia los efectos destructivos que el cambio
tecnológico tiene debido a la relativa dificultad para predecir su efecto
creador sobre los puestos de trabajo”. Sin embargo, la tecnología, si
bien modificó la estructura del empleo, ha creado empleo en términos
netos por los últimos 144 años.

Los autores examinaron datos del censo de Inglaterra y Gales desde


1871 hasta el año 2014. Los resultados mostraron un marcado descenso
en algunos tipos de trabajo, pero un aumento significativo en otros que
más que compensó la baja en los sectores afectados.

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El ejemplo más paradigmático es el de los trabajadores agrícolas. En
1871, el 6,6% de la fuerza de trabajo estaba abocada a tareas
agrícolas. En 2014, ese porcentaje bajó a 0,2%, una reducción del 95%.

Otro caso es el de los trabajadores involucrados en lavanderías. En 1901,


200.000 personas sobre una población de 32,5 millones se ocupaban de
lavar la ropa de los ingleses. En 2011, solo 35.000 sobre una población de
56,1 millones realizaban el mismo trabajo.

¿A dónde fueron a parar los afectados por el “desempleo


tecnológico”?

Aun cuando la tecnología destruye algunos trabajos, es creadora neta


de empleo. Por un lado, porque el sector que produce las innovaciones
tecnológicas está permanentemente demandando trabajadores que
ayuden en esta tarea. Pero hay otro efecto derivado del avance
tecnológico que afecta positivamente el empleo: es que los precios
bajos resultado de la tecnología estimulan la demanda de nuevos
sectores y nuevos bienes y servicios.

Así, los contadores, que en 1871, eran 9.832, se multiplicaron por 22, y en
2011 totalizaron 215.678. Algo similar sucedió con las enfermeras
profesionales (se multiplicaron por 26), el personal de bares (se
multiplicó por 4 desde 1951) y los peluqueros: en 1871 había un
peluquero por cada 1.793 ciudadanos; hoy esa relación es 1 a 287.

Como afirman los autores, la tecnología crea empleo en servicios


especializados (como contadores, profesionales de marketing, médicos
y educadores) y también en aquellos sectores que no buscan atender
las necesidades básicas de la población (bares, peluquerías y
gimnasios, por ejemplo).

Es decir, con la tecnología, la división del trabajo se profundiza, crece la


especialización y mejoran los niveles de vida. Y todo esto con mayores
niveles de empleo.

En un análisis de datos más recientes, el mismo estudio muestra cómo


fue cambiando la estructura del empleo en Inglaterra:

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Como se observa, si bien los trabajos manufactureros son cada vez
menos, hubo un impresionante crecimiento en el sector servicios que
más que compensó la caída. Entre 1992 y 2014, en medio de una
verdadera revolución tecnológica, la cantidad de puestos de trabajo
creció en nada menos que 5,8 millones.

La tecnología refleja el deseo del hombre de hacer la vida más fácil.


Así, nos libera de realizar tareas que no nos gustan, y nos fuerza a
enfocarnos en las nuevas demandas de los consumidores.

Por los últimos 144 años de historia, además, ha sido creadora neta de
empleo, y no hay motivos teóricos ni empíricos que nos hagan pensar
que esta tendencia va a empezar a cambiar justo ahora.

Más que temerle, a la tecnología hay que agradecerle. Si no fuera por


ella, estaríamos todavía trabajando la tierra y con una expectativa de
vida de, como mucho, 40 años.

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#5. El mito de las trabas a las importaciones que
defienden el empleo
A principios del año 2016, el periodista Roberto Navarro volvió a la
pantalla de C5N con su programa Economía Política. El regreso de
Navarro fue celebrado en Twitter y el hashtag #VuelveNavarro fue
trending topic a lo largo de toda la transmisión.

Durante la primera hora, el analista se dedicó a describir con lujo de


detalles el supuesto plan diabólico de Mauricio Macri para generar
desempleo y pobreza en Argentina. En su visión, eso es lo que hace “la
derecha” cuando gobierna, no otra cosa.

El maquiavélico plan del gobierno consistiría en buscar subir el nivel de


desempleo en el país, de manera que las hordas de desocupados
presionen a la baja los salarios y, de esta forma, los capitalistas
explotadores puedan llenarse sus bolsillos.

Ahora bien, la cuestión pasa por cómo hará el gobierno para generar
ese desempleo, y es ahí cuando, entre otras cosas, se menciona a la
“apertura indiscriminada de importaciones” como una de las
estrategias.

Lo curioso del asunto es que en el propio gobierno, que en la superficie


parecería estar en las antípodas de lo que se dice en el programa de
Navarro, también comparten esta visión.

Consultado acerca de la liberalización de las importaciones en


noviembre del año pasado, Macri respondió:

“No podemos abrir las importaciones. Nosotros tenemos que crear


trabajo, no destruir el poco que tenemos.”

Paradójicamente, y como puede verse, el gobierno y Navarro


coinciden en que la industria nacional debe “protegerse” y que abrir
importaciones dejaría a la gente sin trabajo.

La realidad, empero, es que ambos están equivocados. Aquí abajo hay


un gráfico que muestra a todos los países que ocupan los primeros diez
puestos en términos de apertura al comercio internacional según el
Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage1. Como se ve,
existe una amplia variedad, aunque el promedio se ubica en el 9,4%.

1
Los primeros diez puestos están ocupados por más de diez países puesto que muchos comparten ubicación debido a
obtener un puntaje igual.

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Tasa de desempleo para los 10 primeros puestos en apertura
comercial

Elaboración propia en base a Fundación Heritage y Banco


Mundial

Si el promedio se compara contra países que ostentan altos niveles de


desempleo, estamos hablando de una tasa baja. Piénsese que el
desempleo en la Zona Euro en 2015 fue del 10,9%, pero en España y
Grecia la cifra seguía superando el 20%. Durante la crisis de 2001-2002,
en nuestro país el desempleo llegó a afectar a 24,5% de la población,
por lo que una tasa de 9,4%, si bien no es baja, tampoco puede
considerarse excesivamente elevada.

Ahora lo que llama la atención es que dentro de este grupo que obtuvo
el mismo elevado puntaje en términos de su apertura comercial, haya
países con niveles de desocupación tan bajos. Hong Kong posee un
3,2%, Singapur un 3,0%, Suiza un 4,5%, Austria un 5,0% y Estados Unidos un
6,2% de acuerdo a datos de 2014. En este sentido, el motivo del
desempleo en los países no puede ser la apertura comercial, ya que
abundan los ejemplos de países extremadamente abiertos que gozan
de un nivel de ocupación sustancialmente elevado.

Ahora lo que sí se observa con claridad meridiana es la diferencia de


riqueza que existe entre un grupo y otro. Los países seleccionados
anteriormente son los 43 países de mayor apertura comercial. Si bien
existe una variedad entre ellos, el promedio de su PBI per cápita es de
USD 41.000, ajustado por el poder de compra. Ahora si uno tomara el
promedio del PBI per cápita de los últimos 43 países de la lista elaborada
por Heritage, se encontraría con que éste es de solamente USD 7.700.

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Es decir, los países más abiertos son 5,3 veces más ricos que los países
menos abiertos, confirmando las enseñanzas de Adam Smith y David
Ricardo.

La conclusión es sencilla, el libre comercio no genera desempleo, pero


definitivamente es un enorme creador de riqueza.

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#6. El mito de la transferencia de ingresos
La idea de la lucha de clases no es nueva. Sus orígenes se encuentran
en los textos del economista alemán Karl Marx, quien planteaba que en
el corazón del capitalismo estaba la explotación de los trabajadores por
parte de los dueños del capital.

Si bien los escritos de Marx hoy se encuentran superados, lo cierto es


que la idea de la lucha de clases sigue vigente. Especialmente en la
discusión de la Argentina actual.

En muchos medios periodísticos afines al kirchnerismo se escucha hablar


de la enorme transferencia de ingresos (desde las clases menos
pudientes a las más ricas) que han generado algunas de las nuevas
medidas tomadas por el gobierno nacional. En un reportaje otorgado al
canal C5N, la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner explicó que
las medidas del nuevo gobierno generaban una “transferencia de
ingresos a los sectores más concentrados de la economía”.

Finalmente, circula un video en YouTube que afirma que la liberación


del tipo de cambio, la quita de retenciones, la suba de la tasa de
interés y el ajuste en las tarifas constituyen una enorme transferencia de
ingresos que ascendería a nada menos que 20.000 millones de dólares.
En retórica marxista, se afirma que el gobierno le sacó USD 20.000
millones a los explotados para dárselos a los explotadores.

La idea de la confrontación entre explotados y explotadores está fuera


de foco. En un mercado libre prevalecen los intercambios voluntarios y
ambas partes se benefician de esos intercambios. No gana uno a
expensas del otro.
Pero al margen de este punto fundamental, lo cierto es que la perorata
actual sobre la transferencia de recursos no es más que un cuento.
Un mito que debe ser desenmascarado.

A continuación haré foco en el tema de las tarifas de servicios públicos,


y más adelante, abordaré la cuestión del dólar y las retenciones.

La energía no es gratis

Las tarifas de electricidad, gas y transporte estuvieron prácticamente


congeladas desde el fin de la convertibilidad. Desde ese momento a
hoy, la cantidad de dinero en circulación se multiplicó por 40, mientras
que los precios se multiplicaron por 18.

Con semejante política inflacionista, los precios de la energía fueron


cayendo considerablemente en términos reales, favoreciendo su

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consumo indiscriminado y beneficiando a los consumidores, pero a
costa de los productores.

El caso puede verse de manera clara si analizamos la evolución de las


acciones de Metrogas y Edenor. Si comparamos el valor de las acciones
de Metrogas contra la inflación desde enero de 2002, nos encontramos
con datos más que elocuentes.

Desde enero de 2002 hasta octubre de 2012, el valor de la acción había


caído nada menos que 93,3% en términos reales. Es decir, los
propietarios de Metrogas habían perdido casi la totalidad de su capital
invertido. Luego de las elecciones de 2013, cuando las ansias
releccionistas de Cristina se vieron truncas, el valor de la acción
comenzó a recuperar, pero hasta julio de 2016 se encontraban un 58%
por debajo de enero de 2002 en términos reales.

Valor real de acciones de Metrogas y Edenor

Fuente: Elaboración propia en base a Bolsar y IPC-CQP

Para Edenor la historia es similar. En noviembre de 2012, el valor real de


las acciones de la distribuidora de energía se había desplomado un
92,2% desde los primeros datos disponibles de abril de 2007. Es decir, si
cualquier inversor argentino había invertido $ 100 en la empresa, 5 años
más tarde el poder de compra de su inversión se había reducido nada
menos que a $ 7,8.

En un contexto como el que acabamos de describir, queda claro que


los incentivos para invertir en gas y energía eran nulos y se entiende
perfectamente por qué el país vive en crisis energética.

Los gobiernos tienen la facultad de generar transferencias de ingresos


entre distintos sectores de la sociedad. Si le cobran un impuesto a Juan
para subsidiar a Pedro, “transfieren” de Juan a Pedro.

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Si le controlan los precios al kiosquero Eduardo para beneficiar a la
vecina Emilia, transfieren ingresos de manera arbitraria de Eduardo a
Emilia. Es esto lo que sucedió con el tema tarifario. La transferencia la
generó el gobierno a favor de los consumidores y en contra de los
productores, de manera arbitraria, llevándolos al borde de la quiebra y
empujándonos a todos al colapso del sistema energético.

Al punto anterior también habría que agregarle el tema de los subsidios


que las compañías exigieron para seguir operando frente al
congelamiento tarifario. Estos subsidios dieron lugar al déficit fiscal, que
luego derivó en una de las inflaciones más altas del mundo y que
afecta principalmente a los que menos tienen.

Dar marcha atrás con estas medidas, y permitir una mayor libertad para
las tarifas no constituye de ninguna manera una transferencia de
ingresos por parte del gobierno. Sino, más bien, una devolución de
dicha transferencia y el restablecimiento de la justicia en la distribución
de los recursos.

Después de todo, en un mercado libre las trasferencias de ingresos son


todas voluntarias y no hay nada que objetarles. A menos, claro, que
pensemos que Marx tenía razón y que los acuerdos voluntarios no son
más que disfraces de la explotación capitalista.

La confiscación del billón de pesos

El otro tema de debate fue la salida del cepo cambiario y la eliminación


de las retenciones a la exportación.

Sobre el tema del cepo, la leyenda de la izquierda reza lo siguiente:

“Apenas asumió el gobierno decidió liberar el mercado de cambios, por


lo que el dólar pasó de valer $ 9,6 en diciembre; a valer $ 14,5 en abril.
Esta devaluación implicó una transferencia de ingresos por distintas vías.
Por ejemplo, un exportador, que vendía una tonelada de trigo a USD
170, antes obtenía $ 1630 y ahora obtiene $ 2465”

Lo primero que hay que aclarar es que liberar un mercado de cambios


no es lo mismo que devaluar. Para devaluar una moneda de manera
deliberada, el gobierno debería incrementar la emisión monetaria y
destinar los pesos nuevos a comprar dólares para hacer subir el tipo de
cambio.

En el caso del cepo, quienes habían generado la suculenta emisión de


pesos habían sido los banqueros centrales del kirchnerismo, por lo que la
devaluación ya estaba hecha. Prueba de esto es que el dólar no valía $
9,6 como se afirma, sino que sin restricciones sólo podía comprarse en el
mercado paralelo, a $ 15.
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Tras el fin del cepo, el dólar se acercó rápidamente al valor del
“mercado blue”, reflejando que el precio real del dólar era ése y no el
que decían Axel Kicillof y Alejandro Vanoli.

¿Y qué nos dice esto? Que antes del 10 de diciembre, la riqueza de los
exportadores estaba siendo confiscada a causa de los controles
estatales. En concreto, al exportador de trigo del ejemplo de más arriba,
le estaban confiscando $ 835 por cada tonelada que exportaba.

Si el análisis de este exportador se amplía a todas las exportaciones que


hizo el país desde noviembre de 2011 hasta diciembre de 2015,
obtenemos una medida contundente de la verdadera transferencia
arbitraria de ingresos que generó el kirchnerismo. Por la vía del cepo
cambiario, a los exportadores de cualquier rubro les confiscaron $
916.576 millones de sus ventas al extranjero . ¡Casi un billón de pesos!

Esta sí que es una clara transferencia de ingresos, pero una creada


arbitrariamente por el gobierno que le quitaba al sector exportador
para beneficiar a privilegiados importadores, turistas argentinos en el
exterior, y compradores del tristemente célebre “dólar ahorro”.

Todo muy progresista.

Con las retenciones el caso es similar. Las retenciones son un impuesto


que sólo se le cobraba a algunos sectores de la exportación. Los
derechos sobre la soja, el maíz y el trigo, son los casos más
paradigmáticos.

Por derechos de exportación, el gobierno recaudó desde el año 2003 al


año 2015 la friolera de $ 497.496 millones. Esto también constituyó una
clara transferencia de ingresos de los productores de bienes gravados
hacia el estado, que el nuevo gobierno decidió finalizar, reduciendo la
presión fiscal sobre el sector.

Ahora la pregunta es: ¿sirvieron todas estas confiscaciones y


transferencias coactivas contra los productores para mejorar la calidad
de vida de los pobres? La respuesta es rotundamente negativa. De 2011
a 2015, la economía argentina sólo creció 0,3% por año, una cifra
enormemente insuficiente para sacar a la gente de la pobreza. En
paralelo, las exportaciones cayeron 32,4%, la inflación acumulada fue
de 178,4% y la cantidad pobres creció en 2,3 millones según datos de la
UCA.

Las medidas puntuales de liberalización tomadas por el gobierno deben


ser bienvenidas. Y no constituyen una transferencia arbitraria entre
sectores, sino el restablecimiento de su natural distribución en un
mercado libre.

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Finalmente, como decía Abraham Lincoln, “No se puede crear
prosperidad desalentando la iniciativa propia; no se puede elevar al
asalariado, presionando a quien paga el salario; y no se puede ayudar
al pobre, destruyendo al rico”.

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#7. El mito del capitalismo inmoral
Llegamos al último mito de la saga. Seguramente muchos pueden estar
de acuerdo con mucho de lo que yo vengo diciendo. Incluso muchos
tal vez ya compartan en un 100% que todas estas supuestas verdades
que analizamos recién, no son más que mitos, leyendas que no tienen
sustento real.

Sin embargo, todavía no se animan a dar el paso. Todavía reniegan de


algunos términos porque dios no quiera que nadie se atreva a llamarlos
liberales, capitalistas o, peor aún, “neoliberales”.

Es que si llegara ese punto, quedaría expuesto que al lector “solo le


interesa el Excel, los números, pero no la gente”.

Esta idea está muy extendida. Incluso cuando pudiera aceptarse 100%
que el capitalismo es el mejor sistema económico y que asigna los
recursos de la mejor manera posible, todavía queda en el imaginario
colectivo que, dado que está basado en el egoísmo y la propiedad
privada, se trata de un sistema inmoral.

Ahora justamente ese concepto es el que dota de moralidad al


liberalismo. Como sostiene Alberto Benegas Lynch (h), el liberalismo es el
respeto irrestricto del proyecto de vida de los otros.

¿Por qué se sostiene eso?

Porque el capitalismo es un sistema basado en la propiedad privada.


Pero no se trata solamente, como diría Marx, de la propiedad privada
de los medios de producción. La propiedad privada no es solamente un
concepto económico y material, sino que es también un concepto
filosófico y moral.

Respetar la propiedad privada de las personas no es solamente respetar


su fábrica, su emprendimiento productivo o su dinero. Se trata también
de respetar sus creencias religiosas, su forma de vestir, su manera de
pensar, sus ideas políticas, su elección sexual... en definitiva, de
respetar el proyecto de vida de que los demás elijan, siempre y cuando
ese proyecto no implique dejar de respetar el de un tercero.

¿Qué tiene de inmoral eso? ¿Qué tiene de inmoral un sistema que,


porque valora la propiedad, respeta las decisiones individuales de las
personas? La alternativa a este sistema, llámese socialismo,
intervencionismo, fascismo o populismo, siempre ha sido la de torcer las
voluntades individuales y violentar las decisiones de la gente, en
beneficio de las decisiones de grupos organizados.

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En última instancia, la diferencia entre el liberalismo y el
intervencionismo es la diferencia entre un sistema basado en las
relaciones voluntarias y otro basado en relaciones hegemónicas, de
poder, de coacción.

Es la diferencia entre una transacción comercial y un simple atraco.

El capitalismo no es un sistema que, como funciona en lo económico,


deba ser defendido desde lo moral. En realidad, hay un orden inverso
en esta relación de causalidad: dado que se trata de un sistema
moralmente superior, es que genera los beneficios sociales que genera,
en la forma de mayor crecimiento económico, mayor innovación y más
prosperidad.

En la medida que los colectivos no se imponen a los individuos, que el


estado no viola la libertad y la propiedad privada de los productores, es
que aparece un marco para que, efectivamente, esa producción
crezca. Es la moralidad del capitalismo lo que lo hace un sistema
económico superior, no a la inversa.

La inmoralidad del liberalismo no es más que otro mito, que terminamos


de agregar a esta humilde lista que, sin lugar a dudas, seguiremos
escribiendo.

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