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Maximiliano Jara Pozo

HISTORIA DEL
SECUESTRO DE
UNA PASIÓN
Historia del secuestro de una pasión
RIL editores
bibliodiversidad
Maximiliano Jara Pozo

Historia del secuestro


de una pasión
El fútbol como herramienta
política bajo el totalitarismo
796 Jara Pozo, Maximiliano
J Historia del secuestro de una pasión / Maxi-
miliano Jara Pozo. – – Santiago : RIL editores,
2012.

238 p. ; 21 cm.
ISBN: 978-956-284-929-6

  1 fútbol-historia

Historia del secuestro de una pasión


Primera edición: diciembre de 2012

© Maximiliano Jara Pozo, 2012


Registro de Propiedad Intelectual
Nº 187.227

© RIL® editores, 2012


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Impreso en Chile • Printed in Chile

ISBN 978-956-284-929-6

Derechos reservados.
Índice

Prólogo................................................................................. 9

Prólogo del Presidente Adica ......................................... 13

Capítulo i
De juego aristocrático a identidad popular............................. 17

Capítulo ii
Fútbol y política: Las primeras relaciones............................... 27

Capítulo iii
«Vencer o morir»................................................................... 35

Capítulo iv
El equipo de Hitler................................................................. 49

Capítulo v
El partido de la muerte........................................................... 69

Capítulo vi
El fútbol de la posguerra........................................................ 79

Capítulo vii
El mayor Puskas y los soldados del fútbol.............................. 87
Capítulo viii
Franco y su «canciller merengue»......................................... 105

Capítulo ix
El Mundial de la Junta......................................................... 125

Capítulo x
«Chollima».......................................................................... 145

Capítulo xi
1973.................................................................................... 163

Capítulo xii
La mal llamada «Guerra del Fútbol».................................... 173

Capítulo xiii
James Riordan, «un inglés en Moscú».................................. 183

Capítulo xiv
En la arena de Brasil............................................................. 195

Epílogo............................................................................... 223

Notas.................................................................................. 231
Prólogo

La Selección Nacional es la patria misma, dijo hace muchos años


José Nasazzi, bicampeón olímpico y una vez campeón mundial con
Uruguay. La camiseta; sea celeste, blanca, verde, roja o amarilla; es
la prolongación misma de la bandera. Benito Mussolini podía no
saber mucho sobre fútbol, pero conocía a la perfección que ese era
el juego que más podía parecerse a la guerra. Nada de mal estuvo «Il
Duce», sobre todo si recordamos que gran parte de la simbología y
el lenguaje futbolístico tienen literales orígenes bélicos: «estrategia»,
«disparar», «atacar», «defender», «contragolpe», «ganar» y «per-
der». Es una guerra que también se pelea en dos frentes simultáneos.
Si el epicentro está en la cancha y los jugadores son las unidades
de batalla, los hinchas serían toda una sociedad que está detrás.
Cuando un equipo tiene a todo su público gritando con fervor se
conecta la perfecta armonía de todo un pueblo que está detrás,
en una crisis beligerante contra una potencia extranjera. Himnos,
cánticos y banderas son parte del ritual pasional de una masa donde
los individuos forman parte de esa nueva aventura nacional en que
se transforma cada partido.
«Dime cómo juegas y te diré quién eres». La cita es de otro
uruguayo, Eduardo Galeano, un nostálgico seguidor del fútbol
clásico preindustrial que reconoce la profunda identidad de una
nación en la forma que esta vive el fútbol. Y es que el fútbol es
cultura y como tal se inserta en lo más profundo del ser popular
en una gran parte de la humanidad. Eso es lo que que hay que
entender al preguntarse cómo el fútbol llegó a ser tan importante.

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Maximiliano Jara Pozo

Este libro está dedicado a quienes piensan que el fútbol es


más que un juego de veintidós animales detrás de una pelota. De
partida, hace mucho rato que el fútbol dejó de ser un juego e,
incluso, un deporte. Como se verá a lo largo de estas páginas, el
fútbol se transformó en un protagonista de la historia del siglo
XX, influyendo en los procesos económicos, sociales, culturales
y, por supuesto, en los convulsionados episodios políticos de la
última centuria.
La guerra y el fútbol tienen el mismo objetivo: ganar. Cuando
un equipo nacional vence a otro, no son solo los jugadores los
dueños de la victoria. Hay un pueblo detrás que celebra, segura-
mente más que ellos, el haber demostrado su superioridad, y el
futbolista, el técnico, incluso hasta los dirigentes, son los héroes y
generales de un ejército vencedor que batió en el campo de batalla
a los enemigos de la patria.
Por noventa minutos, que pueden extenderse a días o hasta
años rememorando las efemérides de un grupo de muchachos que
llevaron el estandarte patrio al tope, se transforman en parte de la
gloriosa memoria colectiva de una nación. Sentimientos que tienen
el esperado efecto de llevar a toda una comunidad a la tierra «de
nunca jamás» por lo menos por un buen rato, de hacer olvidar el
hambre, la represión, la pobreza o los asesinatos.
Las peores enfermedades de un gobierno pueden ser superadas
en noventa minutos. De ahí la importancia que para la política
tiene el fútbol: es un bálsamo milagroso al alcance de la mano de
cualquier dictador medianamente hábil.
Mussolini, Hitler, Franco y algunos célebres dictadores lati-
noamericanos lograron direccionar a su favor toda la fuerza ex-
plosiva del fútbol para favorecer sus intereses como gobernantes,
y estimular la praxis nacionalista desembocada en cada partido,
que se transforma en un drama griego donde una victoria «es
tan importante como la conquista de un pueblo del este» (lo dijo

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Historia del secuestro de una pasión

Goebbels a fines de los treinta), como también puede ser la derrota


del régimen en persona, poniendo en juego su legitimidad. Alguna
vez el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, dijo:
«Un buen partido de fútbol se basa en grandes conceptos de es-
trategia», y no por nada los alemanes han sido tricampeones del
mundo, siendo muy sabido que su National Manschaft recurre a
la misma prolijidad táctica con que los ejércitos del Tercer Reich
iniciaban una nueva campaña.
Como decía anteriormente, hace mucho rato que el fútbol
dejó de ser un juego. Hoy puede tener muchas misiones; puede
ser entendido como una mercancía, como un estilo de vida, una
corriente cultural o una religión. De más está decir que la final
de la Copa del Mundo de Alemania 2006 tuvo una audiencia, en
vivo, de 750 millones de espectadores en 214 países, algo así como
una octava parte de la humanidad.
No existe ninguna actividad colectiva que se le pueda igualar.
Si bien en los tiempos de los grandes totalitarismos no existía tal
nivel de audiencia, ni siquiera habían transmisiones televisivas, el
fútbol ya era un dínamo de pasión popular digno de controlar y,
en el fondo de su médula, al igual que todos los deportes, era com-
petencia. Creo que aún no existe una sola persona relativamente
sana que sienta placer por la derrota.
El Estado totalitario buscaba ejercer el control de las activi-
dades estratégicas de una nación. Los italianos fueron los primeros
en instrumentalizar al fútbol a favor de la política, los nazis los
siguieron sin mucho éxito, por lo menos en el fútbol. Francisco
Franco era hincha del Real Madrid, club al que convirtió en su
mejor «canciller», mostrando al mundo que España era un país
sano, próspero y, sobre todo, unido, tratando de meter bajo la
alfombra a todo el molestoso bullicio de las provincias rebeldes
representadas por poderosos clubes como el FC Barcelona, en
Cataluña, o los vascos del Athletic Club de Bilbao.

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Maximiliano Jara Pozo

Pensadores y filósofos tan opuestos como Max Weber y Georg


Hegel creían en el eurocentrismo, según el cual el continente
europeo marcaba las pautas de la historia mundial y transmitía
al resto del planeta la civilización. Así fue como muchos aspec-
tos de la cultura occidental actual, más bien la mayoría, fueron
exportaciones europeas. El fútbol fue una de ellas, junto con los
sistemas políticos.
Las naciones latinoamericanas nacieron tratando de ser un
espejo del Viejo Mundo, imitando conductas políticas como el
autoritarismo, el liberalismo, el parlamentarismo y el totalitarismo,
en fin, todos los «ismos».
Que a nadie le extrañe, entonces, que los Videla, Médici y
Pinochet vieran en el fútbol una extensión de su complicada pro-
paganda gubernamental.

El autor.
Pirque, agosto de 2009.

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Prólogo del Presidente Adica

Esta obra es diferente a los tradicionales trabajos literarios de


ADICA, al ser un texto innovador y único de nuestra colección,
que refleja la frescura de una nueva generación y su capacidad
profesional de escribir sobre ámbitos tan disimiles como lo social,
lo político y en este caso, el deportivo.
Por otra parte, quisiera referirme brevemente sobre algunos
hechos que llamaron profundamente mi atención y que hacen de
esta obra una pieza imperdible de leer.
El primero de ellos, corresponde a cómo la selección italiana
de fútbol durante el régimen de Benito Mussolinni –Il Duce–,
logró ganar el campeonato de 1934, bajo el lema vencer o morir.
Esta frase, curiosamente, la escucharía muchos años después del
comentado episodio y fue pronunciada por un diplomático italiano
antes de enfrentarnos en un partido amistoso en Zagreb, Croacia.
Este mismo diplomático me explicaría cuál era el significado de
dicha frase, lo que con la edición de este libro pude corroborar.
El segundo caso se refiere a la historia del denominado
«Mozart del Fútbol». El austriaco y descendiente judío, Mathias-
Sindelar, quien en un partido amistoso, con el que se celebraba la
anexión de Austria a la Alemania nazi –Anschluss–, jugando por el
desintegrado equipo de fútbol austriaco, hizo un elegante gol estilo
sombrero al equipo del ejército alemán, pagando caro dicha osadía.

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Maximiliano Jara Pozo

En este contexto, el gobierno de Hitler no fue el único en


utilizar el fútbol como instrumento de imagen y presión política.
En España, el Presidente Francisco Franco utilizó como estandarte
de unidad nacional al reconocido club deportivo Real Madrid en
desmedro de otros equipos, en especial del Barcelona. Posterior-
mente en Latinoamérica los gobiernos militares de Brasil, Argen-
tina y Chile siguieron el ejemplo de sus pares europeos y con ello
desvirtuaron la naturaleza del denominado deporte rey.
Otro relato que llamó profundamente mi atención, es el referido
al Dínamo de Kiev. Me pareció muy humano, conmovedor y nos
recuerda que el sentido de espíritu y de cuerpo es fundamental para
alcanzar los objetivos soñados y que un poco de humanidad, hace
posible que este mundo sea un poco mejor. De la misma manera
este relato representa la forma en que el fútbol dio esperanzas a una
población que se encontraba sometida y devastaba. Los hechos que
describe el autor ocurren con ocasión de la ocupación nazi en Ucra-
nia durante la Segunda Guerra Mundial, entonces el Dínamo de Kiev
fue suprimido y se reestructuró bajo el apelativo de los panaderos
y, tal como en las películas de Hollywood, desafió a varios equipos
alemanes y extranjeros, teniendo dicha gesta un epílogo trágico.
Todos aquellos que alguna vez hemos jugado o presenciado
un partido de fútbol entendemos que esta sana práctica deportiva
es mucho más que eso. Se trata de un evento social que reúne a
un grupo de personas tras un objetivo común: para algunos de los
competidores será ganar con honor, para otros será compartir un
momento agradable y para otros representa una forma de vida.
De la misma manera, cabe señalar que muchas veces este
deporte puede llegar a convertirse en un puente entre los seres
humanos y los Estados; el compartir este tipo de actividades facilita
el diálogo y la interacción entre diversos actores.
Sin embargo, también existe el riesgo que sea utilizado como
un instrumento político para ocultar a un país los verdaderos

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Historia del secuestro de una pasión

problemas que lo aquejan. En definitiva, el fútbol no es bueno


ni malo per se, son los deportistas, los entrenadores, dirigentes,
fanáticos y gobiernos quienes pueden afectar o manipular a este
deporte, y a ellos cabe dicha responsabilidad.
Uno de los tantos méritos de este libro es la interesante pluma
de su autor. Su relato sobre el origen y desarrollo histórico del
fútbol nos recuerda momentos de gloria y de vergüenza, donde
el deporte rey fue convertido en un herramienta política. Quienes
lean este libro no solo se maravillarán con una narración novedosa,
sino que también comprenderán que el fútbol es mucho más que
22 hombres corriendo tras una pelota.
Por último, la Asociación de Diplomáticos de Carrera –ADI-
CA–, desea agradecer a nuestro asociado Maximiliano Jara Pozo,
por la oportunidad que nos ha dado de dar a conocer y de copa-
trocinar, en conjunto con el Banco Edwards Citi y la empresa de
Asesoría Jurídica LegalGroup, esta singular obra.

Francisco Devia Aldunate


Presidente
Asociación Diplomáticos de Carrera

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Capítulo i

De juego aristocrático
a identidad popular

Sir Staney Rous, presidente inglés de la FIFA desde 1961 hasta


1974, predijo alguna vez que, antes de que se terminara el siglo
XX, un país africano ganaría la Copa del Mundo. Poco le faltó al
dirigente británico para que su profecía se cumpliera, si tomamos
en cuenta que Camerún, en el Mundial de Italia 90, llegó hasta
cuartos de final, o los tricampeonatos mundiales de Nigeria en
torneos sub-17, además de los oros olímpicos conseguidos por
los propios nigerianos y camerunenses en Atlanta 1996 y Sydney
2000, respectivamente. Quién habría pensado hace cincuenta
años que el fútbol se masificaría a tal nivel, que hasta las más
pobres y atrasadas sociedades tendrían la posibilidad de ser cam-
peones mundiales. Y es que el fútbol no hace diferencias raciales,
geográficas, de credo o género. Su simplicidad, la «dinámica de
lo impensado» que lleva a practicarlo en un inmaculado césped
en el estadio de Wembley hasta en la más humilde y pedregosa
canchita en el Tíbet, es lo que lo vuelve tan popular. Pero esto
no fue siempre así. Para que en el partido inaugural de la Copa
del Mundo de Corea-Japón 2002, Senegal le ganara a los, por
ese entonces, campeones del mundo, tuvieron que pasar muchas
cosas en la explosiva y apasionante historia del fútbol.
La historiografía nos enseña que los procesos históricos se
rigen de acuerdo a cuatro grandes elementos: las características

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Maximiliano Jara Pozo

políticas, sociales, económicas y culturales. La historia del fútbol


no se escapa a esta dinámica. Justamente, para que entendamos
por qué el fútbol es tan popular y por qué el amor de la humani-
dad por este deporte es tan importante y codiciado, como veremos
más adelante, por políticos y militares, debemos ir al inicio, a la
época en que el fútbol nació con identidad aristocrática que luego
se transformaría en un sentimiento popular.
Muchos autores y países han rivalizado por erigirse como los
inventores del fútbol. Según los chinos, ellos fueron los primeros. En
siglo III a.C. existía en los instructivos militares de la dinastía Han
un ejercicio llamado tsu chu, que consistía en empujar con los pies
un balón contra una malla. Sus vecinos japoneses practicaban el
kerami, un rito ceremonial colectivo que tenía como objetivo pasarse
la pelota entre los compañeros sin que el balón toque suelo. Pero
existe otra versión más antigua, el pok ta pok, un juego maya de
tres mil años de antigüedad que consistía en golpear una pequeña
pelota de caucho con las caderas con el fin de introducirla en un
aro. Cómo olvidar, por ejemplo, el calcio florentino, brutal deporte
renacentista que se asemejaba más al rugby que al fútbol actual, pero
que conserva la denominación calcio con que los italianos nombran
al fútbol, deporte que los convertiría en protagonistas.
Como se ve, la historia es generosa, y ejemplos hay muchos
más. Sin embargo, ninguno de los juegos o rituales antiguos se
parece al fútbol actual. Al igual que en la teoría de la evolución del
hombre, en el fútbol también el ser humano tuvo que pasar de ser un
homínido cuadrúpedo a ser un Homo Sapiens. Chinos, japoneses y
mayas pudieron marcar un precedente en la historia de los deportes
de balón, pero para encontrarnos con la concepción real de lo que
hoy llamamos fútbol debemos mirar hacia las islas británicas.
Inglaterra es el epicentro de la génesis del fútbol no solo des-
de que en 1863 se instauraron las reglas del fútbol moderno con
la creación de la Asociación de Fútbol, sino que por un proceso

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Historia del secuestro de una pasión

muchísimo más antiguo. Los habitantes de estas islas fueron de-


sarrollando, desde el siglo XV, una actividad que empezó como
una festividad urbana en base a un curioso juego que se trataba
de reunir a todos los hombres del pueblo en la plaza de la ciudad,
para darle puntapiés a la cabeza de algún bandido local hasta
desintegrarla por completo.
Por fortuna el juego evolucionó un poco y las cabezas humanas
fueron remplazadas por balones, por cuyo control luchaban cientos
de jugadores. Más tarde tendría un carácter ceremonial, pues los
pescadores comenzaron a disputar contra los campesinos la posesión
del balón. Si los primeros lograban volver con la pelota a su territo-
rio, esto sería indicio de buenas cosechas; si los pescadores hacían
lo propio, serían beneficiados en abundancia con manjares marinos.
Como veremos a lo largo de todo este estudio, el fútbol ha
estado condicionado por procesos políticos y sociales. El gran hito
histórico que marcó a la sociedad europea desde siglo XVIII en
adelante, y por ende también al fútbol, fue la Revolución Indus-
trial. Una de las principales consecuencias sociales que esta tuvo
en su primera etapa fue el explosivo crecimiento de los centros
urbanos. La masiva migración campo-ciudad ante la oferta laboral
de las ciudades fue configurando el paisaje de las grandes urbes
europeas. En Gran Bretaña, los que antes eran escuálidos poblados
como Liverpool, Sheffield, Bristol, Portsmouth, Cardiff y Glasgow,
fueron multiplicando sus habitantes con una rapidez notable al
convertirse en centros portuarios e industriales.
Ante ese nuevo escenario, el tradicional pero violento juego
callejero ya no tuvo cabida, pues los municipios dictaron leyes
para su prohibición. Ahora el fútbol tendría que encontrar su
propio lugar en el mundo.
Los colegios privados británicos, símbolos de la calidad y
tradición de la educación anglosajona, reservados solo para la
elite, fueron las instituciones fundadoras del deporte más popular

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Maximiliano Jara Pozo

del mundo. Los internados privados ingleses ofrecían una amplia


y exigente carga académica que los estudiantes debían cumplir.
Los deportes gozaban de alta prioridad en el modelo académico-
religioso que imperaba en el currículo de la época. La llamada
«cristiandad musculosa» era el ideal que los internados seguían;
formar jóvenes de cuerpo y alma sanos. Pero otro ingrediente que
condicionó la práctica académica de deportes en los internados
fue el mal comportamiento de los alumnos. El carácter rebelde e
indómito de los adolescentes debía ser apaciguado de alguna forma,
y los profesores entendieron que los deportes colectivos eran una
sana forma de gastar energía, a la par de entregarles valores como
el esfuerzo, la perseverancia y el trabajo en equipo. Los antiguos
juegos tradicionales británicos renacieron dentro de los internados,
pero ante la suspensión de esa actividad por décadas, los alumnos lo
reconstruyeron a su manera. El juego de pelota ya no consistiría en
enormes extensiones de terreno o centenas de jugadores. Se reduciría
al máximo de niños que se pudiera meter en el patio del colegio y
se confeccionaron dos arcos, uno para cada extremo del campo.
Sin embargo, cada escuela privada tenía su propia versión del
juego de la pelota, ahora denominado foot-ball en el mundo esco-
lar de elite. Dependiendo del colegio las reglas eran distintas. En
algunas partes estaba permitido tomar el balón con las manos, en
otras era legal atropellar al adversario. Lo cierto era que Ethon y
Harrow, los dos colegios privados más tradicionales y aristocráticos
de Inglaterra, marcaron la pauta en las primeras etapas del fútbol.
Alumnos de ambas instituciones y de otros colegios privados se
graduaron e ingresaron a selectas universidades como Cambridge
u Oxford. No solo se llevaron conocimientos, también llevaron
consigo la práctica del fútbol y ya fuera del colegio buscaron seguir
practicando este deporte. El juego de la pelota se trasladaba así a
las universidades, al trabajo y a exclusivos lugares de encuentro
social como los clubes aristocráticos.

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Historia del secuestro de una pasión

A pesar de que el fútbol, al igual que el rugby, era un «deporte


de caballeros», no existían reglas codificadas y la diferenciación
entre ambos deportes no estaba del todo clara. Seguramente, si
se le preguntara a un jugador de mediados del siglo XIX, si era
futbolista o rugbista, no sabría qué responder. En aquella época era
muy común que se jugara una mitad del partido con las reglas del
foot-ball y la siguiente con las del rugby, solo era cosa que los dos
equipos se pusieran de acuerdo. Tanto el rugby como el foot-ball
podían fusionar al otro y, en la Inglaterra decimonónica, el deporte
nacido en la localidad de Rugby (de ahí su nombre) disfrutaba
de más adeptos, por lo que el fútbol necesitaba una constitución
urgente para no desaparecer.
De Harrow se graduó un hombre que se ha convertido en uno
de sus alumnos más ilustres: Charles Alcock, un nombre funda-
mental en la historia del fútbol. Si se pudiera establecer una fecha
cero que separara la prehistoria de la historia, podría ser el 26 de
octubre de 1863, que significa un antes y un después en la historia
del juego. En aquel día del otoño londinense, once clubes de la
capital se dieron cita en la taberna de Freemason´s para ponerse de
acuerdo en las reglas a seguir. Sin embargo, a pesar del entusiasmo
de los distintos equipos por conseguir un código de regulación
reglamentaria del juego, del pub no salió humo blanco, pues los
equipos de rugby se negaron a dejar de usar las manos y taclear al
rival. No hubo acuerdo pero fue un día tremendamente importante
para ambos deportes, porque la disidencia de los de rugby marcó
la diferencia entre los que estaban a favor y en contra de tomar
la pelota y atropellar; entre conservadores y revolucionarios, a la
postre; entre rugbistas y futbolistas.
Charles Alcock, ante el fracaso inicial de las negociaciones, no
se rindió. Siguió buscando la fórmula para organizar al fútbol y
darle un orden que lo convirtiera en un deporte hecho y derecho.
Freemason´s no resolvió los aspectos reglamentarios del juego,

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Maximiliano Jara Pozo

aunque, como sabemos, causó una irreconciliable diferencia entre


el rugby y fútbol, y también marcó un precedente de unión entre
los clubes que apoyaban la reforma. Alcock tomó a esos clubes,
los reunió y, en 1871, fundó la Football Association, más conocida
con sus iniciales «F.A.».
Pero eso no fue todo. El gran invento de Alcock fue diseñar el
primer torneo de fútbol en el mundo, una competencia en la que
participaron todos los clubes de Inglaterra y cuyo desarrollo fue
lo suficientemente emocionante como para cautivar al público y
conquistar más adeptos para el aristocrático juego. Alcock fue el
primero en diseñar un fixture de campeonato por play-off, es decir,
partidos por eliminación directa o muerte súbita.
El carácter visionario de Charles Alcock tuvo en este tipo de
torneos todo el éxito que él auguraba. La primera versión de la
FA Cup tuvo como primer campeón al Wanderers FC, equipo que
derrotó por 1-0 a los Royal Engineers el 16 de marzo de 1872.
Curiosamente, Charles Alcock jugó y ganó aquella final para el
equipo «vagabundo».
Esta final copera marcaría un precedente. Hasta hoy la Copa
FA sigue gozando de un enorme prestigio, siendo, junto a la Liga
Premier, la principal competencia futbolística del país.
Pero Charles Alcock, fundador y campeón del torneo que creó,
todavía no había terminado su trabajo. En menos de diez años
logró establecer consenso entre los clubes ingleses, ordenándolos
según reglas establecidas en la FA Board, organismo que se encarga
de velar por las reglas del fútbol mundial hasta el presente. Alcock
todavía tenía otro sueño: la formación de un equipo nacional
que representara a Inglaterra. Para ese entonces el fútbol aún no
salía de las islas británicas y el único país que podía cuestionar la
hegemonía inglesa era su vecina Escocia.
Los escoceses, en paralelo a los ingleses, también habían de-
sarrollado el fútbol. Charles Alcock conocía la escuela escocesa y

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Historia del secuestro de una pasión

quería poner a Inglaterra a prueba. El 30 de noviembre de 1872,


a las dos de la tarde, en el West of Scotland Cricket Club’s de
Partick, se jugó el primer partido internacional de la historia. Para
la estadística quedaría que cuatro mil espectadores presenciaron
un aburrido 0-0.
A pesar del pobre resultado, este partido es el más importante
en la historia del fútbol. El clásico de Gran Bretaña fue un choque
cultural entre dos naciones que tenían una visión distinta sobre
el juego. Los jugadores ingleses se vieron impresionados ante el
estilo escocés de pasarse el balón, algo nunca visto en la parte sur
de la isla. Los jugadores ingleses estaban acostumbrados a ir «al
choque» como un vivo legado del rugby, que se caracteriza por
su frontalidad. La modalidad inglesa del hacking se asemejaba al
rugby en su rudeza, que lo hacía «más entretenido», dependiendo
de quien recibiese la patada, claro. Los escoceses terminaron por
dar cátedra en ese partido, donde el resultado más importante fue la
lección aprendida por el primer equipo de los Tres Leones, quienes
comprendieron que una técnica simple pero efectiva era pasarse
el balón entre compañeros. Esto significaría una de las primeras
revoluciones en la, por ese entonces, elemental táctica futbolística.
Después de aquella memorable tarde en Partick, los clubes
ingleses pusieron sus ojos, y también su dinero, en los futbolistas
escoceses. Scottish Proffesors fueron llamados los jugadores pro-
venientes de Glasgow y Edimburgo, quienes cruzaban la frontera
para ser reclutados por los grandes clubes ingleses de la época.
Cuando el fútbol dio sus primeros pasos en el profesionalismo,
los escoceses fueron los futbolistas más solicitados.
Si bien al Escocia-Inglaterra de 1872, según crónicas de la
época, asistieron cerca de cuatro mil espectadores, el fútbol aún
estaba lejos de ser un deporte popular. En la Inglaterra victoriana
era considerado como un deporte polite, de elite, practicado dentro
de las instituciones más exclusivas del país. Por ese entonces, acti-

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Maximiliano Jara Pozo

vidades como las peleas de gallo o las corridas de perros gozaban


del favoritismo popular.
Ocurre que para jugar al fútbol, u otro deporte, se necesita
tiempo, momentos en que la gran mayoría de la población traba-
jaba o se dedicaba a la familia. En la Europa de la segunda mitad
del siglo XIX el proletariado todavía no tenía una regulación de
sus condiciones laborales, era la estructura de la industrialización
la que regulaba la vida de la gente. No era poco común, entonces,
que se trabajaran jornadas de doce o catorce horas diarias, por lo
que el interés en cualquier actividad extra laboral se reducía a su
mínima expresión. Sin embargo, bajo la presión ejercida por los
movimientos obreros, y también por la Iglesia Católica a través de
su encíclica Renum Novarum de 1891, la introducción de la media
jornada sabatina ofreció a los trabajadores un tiempo libre que
antes no tenían. De alguna forma el ocio iba a poder formar parte
de la sacrificada vida, y el fútbol no tardaría en rellenar ese espacio.
Desde sus inicios el fútbol ha estado subyugado a los cambios
políticos y sociales de cada época. De algún modo, la historia fue
cómplice del desarrollo y la masificación de este deporte, por sobre
otras actividades deportivas. La Revolución Industrial no solo le
dio al fútbol la base social que lo sustentaría en el futuro, sino que
también le daría la conexión física necesaria para la propagación
del fútbol: el ferrocarril y el trasatlántico.
El tren permitió la masificación del fútbol por toda Gran Bre-
taña. Charles Alcock vio como un elemento fundamental el contar
con un sistema de transporte que uniera el país de punta a punta,
con la finalidad de que en los torneos, como la Copa FA, pudieran
participar equipos de toda la nación. El éxito de cualquier liga na-
cional depende de que los clubes tengan la capacidad de movilizarse
hacia otras ciudades para disputar los partidos. De no existir una red
ferroviaria eficaz, las competencias habrían tendido a ser locales y no
nacionales, retrasando el desarrollo homogéneo del fútbol en el país.

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Historia del secuestro de una pasión

Hasta comienzos del siglo XX el nacimiento de clubes estuvo


ligado a instituciones. El caso emblemático es el del Manchester
United, organizado por obreros ferrocarrileros, o bajo el amparo
del pub del fin de semana y el barrio de origen. Lo notable de todo
esto es que, en menos de treinta años, el fútbol pasó de ser un juego
exclusivamente aristocrático a un deporte adoptado por el pueblo.
El símbolo de aquel paradigma tuvo su hito dentro de la cancha
cuando, en la final del campeonato FA de 1883, el Blackburn venció
a los Old Ethonians. Por primera vez un equipo norteño y obrero
ganaba un torneo frente a los aristocráticos sureños de Ethon. Desde
ese entonces, el fútbol se estabalecería como un profundo valor de
las clases obreras en Inglaterra y, posteriormente, en todo el mundo.
Con el fútbol en pleno auge los clubes se dieron cuenta de la
«mina de oro» que tenían bajo sus pies. El poder económico que
podía significar la actividad era un territorio inexplorado, virgen
pero fascinante.
El interés por el juego era cada vez mayor y los equipos se
dieron cuenta que, en el borderó, el éxito de taquilla era inme-
diato. Los clubes comenzaron a invertir en el campo de juego, a
mantenerlo, a cercarlo, a instalar algunas bancas y a publicitar los
partidos del fin de semana. Rápidamente, lo que hasta hace unos
años era un terreno baldío, en poco tiempo se convirtió en un
campo de fútbol donde los espectadores se comenzaron a contar
por cientos, y luego por miles. Pero eso no era todo; para hacer
del fútbol una actividad rentable era necesario tener un equipo
competitivo que representara a la ciudad o el lugar de trabajo, y
que en lo posible fuera exitoso, para que los colegas y los vecinos
pudieran transformarse en seguidores comprometidos del club.
Tanta era la competencia local inglesa que los jugadores ama-
teur ya quedarían obsoletos; había llegado la hora de profesionali-
zar el fútbol. Pronto, cientos de obreros comerciantes y empleados
fiscales colgaron sus overoles y se calzaron los botines a diario.

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Maximiliano Jara Pozo

Los clubes comenzaron a pagar sueldos y jugadores de todos los


rincones de Gran Bretaña, pero sobre todo de Escocia. Bajaron
por toda Inglaterra, integrándose a los equipos que podían costear
la, por ese entonces, estratosférica suma de cincuenta libras que se
les pagaba a las estrellas escocesas de fines del siglo XIX. A pesar
de la oposición de los clubes elitistas, quienes argumentaban que
se perdería el espíritu deportivo y los viejos valores fundacionales
del juego gracias a la cristiandad musculosa, la profesionalización
era un proceso irreversible. En 1885, a tan solo veintidós años de
la fundación de la Football Association, el fútbol se había trans-
formado en una actividad rentada.
El otro invento de la Revolución Industrial que impulsó al
fútbol más allá de las fronteras anglosajonas fue el trasatlántico.
El futuro del juego estaría también en ultramar.
La Gran Bretaña victoriana fue el cenit del Imperio. En el
período histórico conocido como Paz Armada, es decir, hasta
antes de la Primera Guerra Mundial, el Imperio de Su Majestad
abarcaba una población de unas 450 millones de personas y unos
32 millones de kilómetros cuadrados, lo que significaba algo así
como una quinta parte del planeta. Ante la vastedad del Imperio,
los ingleses llevaron su cultura, arte, lengua, comercio y tecnología
a distintos rincones del mundo.
Marineros, comerciantes, religiosos y diplomáticos se embar-
caron en Portsmouth, Southampton y Liverpool con dirección a los
más diversos destinos; muchos no volverían jamás y fundarían pu-
jantes colonias inglesas en otros continentes. Seguramente alguno
que otro llevaba en sus maletas un balón de fútbol, elemento que
se transformaría en otra forma de «enseñar Inglaterra» al mundo.
Los inmigrantes ingleses, desde las costas de Australia y Nueva
Zelanda hasta Chile, y de Jamaica hasta la India, practicaron el
fútbol como una forma de sentirse un poco más cerca de casa.
Así, la propagación del fútbol por el mundo ya se había desatado.

26
Capítulo ii

Fútbol y política: Las


primeras relaciones

A principios del siglo XX, el fútbol se había transformado en un


producto de exportación británico. Mientras la consolidación del
balompié y las competencias profesionales ya era una realidad en
Inglaterra, un panorama distinto se vivía al otro lado del Canal
de la Mancha. En Europa el fútbol estaba todavía lejos de pro-
fesionalizarse, y no existía una cohesión dirigencial que regulara
la actividad. Pero la fundación de la Federación Internacional de
Fútbol Asociado, el 21 de mayo de 1904 en París, fue uno de los
primeros pasos que el continente dio para seguir el ejemplo inglés.
Lógicamente, Gran Bretaña no tendría interés en participar de
este organismo internacional, de manera que la FIFA quedó bajo
el patrocinio de dirigentes de Bélgica, Francia, Alemania e Italia.
Tan abrumadora era la diferencia entre el fútbol británico y
el del resto del continente que Inglaterra rechazó incorporarse a la
FIFA, entendiendo que ello no traería ningún beneficio al desarro-
llo del fútbol del país. Los cerca de treinta años de adelanto de la
isla frente a Europa hacían pensar a los ingleses: «¿Qué podrían
ellos enseñarnos a nosotros sobre fútbol?». Además, el contexto
histórico de la época favorecía a la posición anglosajona de aisla-
miento frente a sus vecinos. El Imperio Británico se encontraba en
su máxima expresión y el aislacionismo no solo tenía que ver con

27
Maximiliano Jara Pozo

el fútbol, sino que obedecía a una antigua política de distancia-


miento frente a los, en general, convulsionados asuntos europeos.
Los Juegos Olímpicos de 1908, con sede en Londres, fueron
la instancia en que el fútbol se adoptó como disciplina olímpica,
y la oportunidad de demostrarle al mundo quiénes eran los amos
y señores del balompié universal. Por supuesto que la selección
británica no encontró inconvenientes en su ruta hacia el oro olím-
pico, convirtiéndose en el primer campeón del mundo.
Mientras Europa se tensionaba, y el olor a pólvora se apo-
deraba de gran parte del continente, los ingleses decidieron que
ya era hora de exhibir un poco más su juego y compartirlo con
los continentales. El éxito olímpico de Londres motivó la gira del
equipo dorado británico por países centroeuropeos. Pero hubo
países donde la práctica del fútbol no gozaba de mucha simpatía.
El Imperio Alemán del káiser Guillermo II veía al balompié como
un producto de exportación del imperialismo inglés. Alemania, rival
de Gran Bretaña, cultivaba el deporte bajo una estricta disciplina en
torno a la gimnasia, que reflejaba el espíritu nacionalista del Estado
y la sociedad. Por si fuera poco, el fútbol era considerado «indecente
para el pueblo alemán», ya que se jugaba con pantalones cortos, y
mostrar las piernas era algo «infantil e indigno para un adulto».
En la época anterior a la Gran Guerra Inglaterra no tuvo
rival, pero, como hemos visto reiteradamente, el fútbol ha debido
adaptarse a las coyunturas históricas de cada época. La Primera
Guerra Mundial trastocó dramáticamente el panorama del fútbol
europeo, postergando por años el desarrollo de la actividad. Con
la guerra encima, los encuentros intereuropeos se suspendieron,
al igual que las giras y los partidos olímpicos. La urgencia del
conflicto dejó no en un segundo, sino que en un último plano,
al fútbol. Solo en Gran Bretaña su práctica pudo continuar con
algo más de normalidad, pero incluso la tradicional Copa FA fue
suspendida en algún momento.

28
Historia del secuestro de una pasión

El estallido de la guerra, en 1914, sacó por años al fútbol del


panorama continental europeo. El escenario futbolístico cambió
de lugar y se estableció en Sudamérica, a partir de entonces, pro-
tagonista del balompié mundial.
Argentina, Uruguay, Chile y, unos años después, Brasil, reci-
birían el legado de los comerciantes e inmigrantes británicos que
llegaron a los puertos de Buenos Aires, Montevideo y Valparaíso
a fines del siglo XIX, introduciendo el foot-ball en nuestros paí-
ses. Chilenos, uruguayos y argentinos miraban con curiosidad
el juego de los forasteros ingleses que pateaban un balón en sus
puertos. Las colonias británicas de esos países fundaron clubes
deportivos que participaban en ligas locales. Rápidamente los
criollos comenzaron a adoptar el fútbol y lo fueron propagando
por el resto de sus respectivos países. El football ya no era solo
«una cosa de gringos», y de la fusión británico-criolla nacerían
equipos que animarían las ligas locales. Clubes como Santiago
Wanderers de Valparaíso y Everton de Viña del Mar, en Chile;
o el Banfield de Buenos Aires, en Argentina y Liverpool de Uru-
guay; son descendientes directos de la pionera gestión futbolística
inglesa en América.
Mientras los europeos se desangraban en una larga y brutal
guerra, Sudamérica vivía una notable era de expansión econó-
mica. El fútbol tuvo libre albedrío para masificarse en todo el
continente sudamericano.
La introducción del fútbol en Brasil fue más tardía y estuvo a
cargo de Charles Miller, conocido como el «padre del fútbol bra-
sileño». Nacido en Sao Paulo, pero hijo de un escocés, Miller fue
enviado de niño a estudiar a Southampton. Allí conoció el fútbol
y, cargado de conocimientos sobre este deporte, además de un
par de balones, volvió a Brasil en 1894. Rápidamente introdujo el
deporte en todo el Estado de Sao Paulo, si bien se mantuvo como
una actividad puramente aristocrática.

29
Maximiliano Jara Pozo

Charles Miller fue el padre inventor del fútbol en Brasil, mientras


que un discípulo suyo se encargó de masificarlo y convertirlo en un
deporte transversal que incluyó a las clases populares y la vasta pobla-
ción negra del Brasil. Arthur Friedenreich, conocido como «El tigre»,
fue el primer crack brasileño. Hijo de un alemán y una afrobrasileña,
Friedenreich introdujo el juego en el pueblo, y marcó un hito en el
florecimiento del balompié de su país. Friedenreich era la perfecta
mezcla entre el catedrático y rudo estilo británico y la elasticidad y
potencia del afrobrasileño. Su talento haría comprender a la aristo-
cracia que el «primer apartheid» del fútbol pronto llegaría a su fin.
Las federaciones de fútbol de Argentina (1893), Chile (1895),
Uruguay (1899) y Brasil (1914), fundaron, el 9 de julio de 1916, la
Confederación Sudamericana de Fútbol. El resto de las federaciones
nacionales se fundarían en la década de los veinte, finalizando un
proceso que los inmigrantes ingleses comenzaron en los puertos
más importantes del continente y que terminó en el interior, con
la profunda adopción y devoción popular por un deporte que se
transformaría en la identidad nacional de cada país en la región.
Durante cuatro años, Europa sufrió una guerra nunca antes
vista en la historia de la humanidad. Ocho millones de muertos,
seis millones de heridos y cuatro imperios desaparecidos fue el
saldo de la Primera Guerra Mundial. Pero la dramática derrota de
los imperios centrales tuvo un pequeño premio de consuelo para
sus desmoralizados pueblos: el desarrollo del fútbol.
La caída de la monarquía imperial de Guillermo II proclamó la
República de Weimar, un sistema político democrático y transitorio
que gobernó al país después del desastre bélico. Justamente, el fin
del Imperio fue un aliado en la interacción del pueblo alemán con el
fútbol, que hasta antes de la guerra era mal visto por las autoridades.
El modelo democrático liberó a los alemanes del trabajo sabatino y,
al igual como había ocurrido en Inglaterra cerca de cuarenta años
antes, la reducción de la jornada laboral dio tiempo suficiente para

30
Historia del secuestro de una pasión

que el fútbol se adaptara al ocio de los trabajadores. En la Alemania


de la posguerra también surgieron clubes de fútbol bajo el amparo
del lugar de trabajo, la ciudad o la cervecería.
Una de las naciones que más se vio afectada con el resultado
de la guerra fue el Imperio Austrohúngaro. Después del conflicto,
la corona dual, con capital en Viena, se desintegró, formando
una serie de países independientes como Austria, Hungría, Che-
coslovaquia y Yugoslavia.
Pero la tristeza y miseria que bajaba por el Danubio comenza-
ron a olvidarse con la práctica popular del fútbol. Aún se recordaba
la gira del equipo olímpico inglés y la región necesitaba encontrar
una diversión que hiciera olvidar a la población los momentos
de extrema crisis política y económica. Más rápido que en otros
lugares del continente, el profesionalismo del fútbol en Austria,
Hungría y Checoslovaquia tuvo un espectacular auge gracias a dos
personajes, un austríaco y un inglés, Hugo Meisl y Jimmy Hoghan:
fundadores de un estilo futbolístico que revolucionaría Europa, la
llamada Escuela del Danubio.
Lo que hacía distinta a la Escuela del Danubio era algo pare-
cido a lo que habían hecho Charles Miller y Arthur Friedenreich
en Brasil, fusionar dos estilos que se adaptan a la idiosincrasia de
las respectivas sociedades en que se insertan. El experimentado
entrenador inglés Jimmy Hoghan llevó a Viena los últimos ade-
lantos tácticos desde Inglaterra, como por ejemplo, el uso de los
center-back, hoy conocidos como líberos. El aporte de Hugo Meisl,
un verdadero visionario, fue organizar la práctica del fútbol en
Austria y el resto de la ruta del Danubio, creando torneos como
la recordada copa Mitropa, el primer antecedente de una competi-
ción intereuropea integrada por clubes profesionales. Pero eso no
fue todo, la obra maestra de Hugo Meisl fue la conformación del
mítico Wunderteam, el «equipo maravilla austriaco», formidable
conjunto que dará que hablar un poco más adelante.

31
Maximiliano Jara Pozo

Durante la posguerra, el fútbol vivía momentos de expansión


universal. Tanto en Europa como en América el juego se encontraba
en un franco proceso de profesionalización. Los torneos olímpicos
eran la máxima expresión del fútbol, teniendo como campeones
a equipos notables; como el uruguayo de Amberes, en 1924, y
Ámsterdam, en 1928. Para ese entonces, el equilibrio y la rivalidad
entre los continentes europeo y sudamericano ya se habían for-
jado, y para siempre. La asunción de los totalitarismos soviético,
fascista, nazi y franquista, al principio no significarían ni la más
mínima amenaza para la FIFA y el fútbol e, incluso, podían llegar
a ser útiles para el desarrollo del juego, dado la importancia que
los regímenes totalitarios otorgaban a las disciplinas deportivas.
La inocencia del mundillo del fútbol de la época ni se imaginaba
lo que acontecería algunos años más tarde.
Recordando justamente a los míticos equipos uruguayos que
se consagraron en las olimpiadas de Bélgica y Holanda, en los
años veinte, el pequeño país sudamericano se ganó el honor de
organizar el primer campeonato mundial. El presidente de la FIFA
por ese entonces, el francés Jules Rimet, junto con el trofeo, que
más tarde llevaría su nombre, fue el encargado de llevar el primer
torneo organizado por FIFA a Montevideo.
Para la primera versión del Campeonato Mundial de la FIFA
participaron trece selecciones nacionales. Ocho de América y cinco
de Europa. Curiosamente, solo dos miembros fundadores de la
FIFA viajaron a Montevideo; Bélgica y Francia. El resto se limitó
a criticar la designación de un país tan pequeño y lejano como
sede, estableciendo que «sería una irresponsabilidad someter a los
futbolistas a tan largo viaje hasta Sudamérica».
En un mundial que se jugó, en su gran parte, en un solo estadio,
el monumental coloso de la época bautizado Centenario, Uruguay
festejó a lo grande sus cien años de vida republicana independiente,
organizando y ganando el primer mundial de la historia. Ante una

32
Historia del secuestro de una pasión

enfervorizada multitud, Sudamérica demostraría todo lo que había


avanzado en el arte del fútbol, eliminando a los cinco participantes
europeos y protagonizando una espectacular final entre los anfi-
triones y el equipo argentino. El «clásico del Río de la Plata» fue
para Uruguay por 4-2. Después de aquel partido, Argentina debió
esperar cuarenta y ocho años para volver a disputar otra final del
mundo. Uruguay 1930 había sido una fiesta, algo escuálida, con
pocos recursos y con boicot de las principales selecciones euro-
peas incluido, pero, en última instancia, un carnaval de fútbol y
entusiasmo de principio a fin.
Los cambios políticos en Europa, tras la Gran Guerra, tuvieron
consecuencias en todos los ámbitos, a lo que hubo que agregar la
crisis económica de 1929. Lo que había comenzado como un desliz
financiero en la Bolsa de Nueva York, terminó siendo la peor crisis
económica de la historia, en la que naciones enteras se arruinaron
casi de la noche a la mañana. Millones de desempleados deambu-
laban por las calles de las grandes ciudades del mundo occidental.
Los dolorosos recuerdos de los pueblos derrotados en la Primera
Guerra Mundial, mezclados con el hambre, la pobreza y la falta de
esperanzas, fueron el mejor caldo de cultivo posible para el auge
de los regímenes totalitarios. La acusación de inoperancia de las
repúblicas democráticas por parte de nuevos movimientos políticos
colmó la paciencia de los pueblos, que buscaron otras alternativas.
Como una fuerza imparable, las ideologías de extrema derecha
lograron alcanzar el poder, por la fuerza o democráticamente, en
Italia, España y Alemania.
No fue de golpe que Europa se despertó viendo cómo esos
tres países abrazaban la alternativa del totalitarismo. Desde hacía
años que Rusia, el otrora gran imperio zarista, era vista con páni-
co desde occidente por el estallido de la Revolución Bolchevique
de 1917. Tras la muerte de su principal figura, Vladimir Lenin,
Joseph Stalin tomó las riendas de la Unión de Repúblicas Socia-

33
Maximiliano Jara Pozo

listas Soviéticas, ejerciendo un gobierno tiránico y represivo que


anuló al máximo las libertades de la población. Es por eso que el
auge del fascismo italiano a mediados de la década de los veinte,
guiado por el carismático Benito Mussolini; o la instauración del
gobierno militar conservador de Francisco Franco en España, tras
la cruenta Guerra Civil de 1936, son procesos históricos que se
venían fraguando con orígenes tan antiguos como similares. La
crisis financiera de 1929 había dejado en jaque al sistema político
democrático, desacreditado por los totalitarismos que se veían
como una alternativa real y atractiva.

34
Capítulo iii

«Vencer o morir»

El segundo Mundial es algo muy sintomático, se juega en la


Italia fascista de Mussolini y todos los países democráticos que
formaban parte de la Copa lo aceptan y permite que Mussolini
utilice al Mundial como una propaganda del régimen.
Juan José Sebreli, historiador y sociólogo argentino

Benito Amilcare Andrea Mussolini, hijo de un revolucionario


anarquista y una profesora de colegio, se convirtió en el per-
sonaje que, como cabeza de la Italia fascista, representó, entre
muchas cosas, el auge del fútbol en la península. Para los ideales
del movimiento fascista el deporte era sinónimo de disciplina, de
trabajo en equipo y de construir lealtades en torno a la comunión
de una camiseta. Para algunos Mussolini nunca fue un hincha
del fútbol, mientras otros dicen que era fanático de la Lazio. Lo
cierto es que para los «camisas negras» el fútbol significaba la
guerra y, mientras Benito Mussolini estuviera a cargo de Italia,
debían ganar en todo lo que fuera posible.
La Italia de los treinta es el primer paradigma de cómo el
deporte, en general, y el fútbol, en particular, fue utilizado como
una herramienta política, convirtiéndose en una prioridad de go-
bierno, aun cuando, para la ascención fascista al poder, el fútbol
profesional italiano estaba prácticamente «en pañales».
El noveno día de octubre de 1932, el Comité Ejecutivo de la
FIFA le otorgó la sede del Mundial a Italia. La otra opción era
Suecia pero, misteriosamente, los nórdicos retiraron su postulación

35
Maximiliano Jara Pozo

poco antes de la elección. Alivio para el general Giorgio Vaccaro,


presidente del Comité Olímpico Italiano, quien había sido investi-
do por Il Duce como cabecilla de la organización del campeonato
mundial. Mussolini tendría su ansiado torneo para demostrarle al
mundo que la Italia fascista sería capaz de producir la Copa del
Mundo más espectacular de la historia, a diferencia de la que sus
antecesores uruguayos, con mucho esfuerzo, lograron construir
en un solo escenario.
La organización contemplaba disputar el Mundial en ocho
ciudades; en base a dos estadios que habían sido construidos es-
pecialmente para el torneo (Trieste y Turín), más otros cinco que
tenían menos de diez años de vida. El más antiguo era el recinto
de Génova, el Luigi Ferraris, fundado en 1911. Para la época,
Italia contaba con estos ocho estadios prácticamente nuevos,
ofreciendo una capacidad de más de 320.000 localidades, siendo
el campo más pequeño el Stadio del Littorale, con una capacidad
para 38.000 espectadores. Un importante indicio de la seriedad
con que el gobierno italiano se tomó el torneo.
Benito Mussolini contaba con el patrocinio de la FIFA y la
infraestructura, pero lo que más preocupaba al dictador y, sobre
todo, a su designado especial, Giorgio Vaccaro, era la conformación
de un equipo nacional que conquistara la Copa Mundial.
«No sé cómo se hará, pero Italia debe ganar este campeonato»,
–le exigió Benito Mussolini a Giorgio Vaccaro, quien respondió
con voz temblorosa–: «Se hará todo lo posible». Para luego afir-
mar: «La última meta del acontecimiento será la de demostrar al
universo lo que es el ideal fascista del deporte».
Un par de años antes de la elección de Italia como sede para
el segundo campeonato mundial, el fútbol en la península estaba
experimentando un interesante auge, imitando al emergente fútbol
centroeuropeo impulsado por Hugo Meisl, pero todavía muy lejos
del profesionalismo británico.

36
Historia del secuestro de una pasión

Por eso, la Federación Italiana tenía su carta bajo la manga. El


gobierno fascista aplicaría la ley oriundi que, en un primer sentido,
había sido creada para traer a Italia a los descendientes de emi-
grantes, especialmente sudamericanos, para pelear en una guerra
que parecía inminente. Pero más urgente era la conformación de un
equipo competitivo para encarar el Mundial, y fue así como cuatro
jugadores argentinos, más uno brasileño, fueron a parar a las filas
italianas. Sus nombres no merecen, de ninguna manera, quedar en
el anonimato; los argentinos Atilio Demaría, Raimundo Orsi, En-
rico Guaita y Luis Monti, junto al brasileño Guarisi, completaron
la «dotación extranjera» del equipo dirigido por Vittorio Pozzo,
entrenador que no se sentía incómodo con el régimen. Monti aún
mantiene el récord de ser el único futbolista con dos finales del mun-
do disputadas con dos selecciones nacionales distintas; en Uruguay
1930 fue finalista con su natal Argentina, mientras que cuatro años
después fue campeón con el equipo de sus antepasados.
Por su parte, Vittorio Pozzo es digno de alcanzar protagonis-
mo en la historia del fútbol mundial. El único técnico bicampeón
consecutivo en la historia de los mundiales, y también ganador
olímpico en Berlín 1936, fue sin duda artífice del éxito italiano
en los dos mundiales de la década de los treinta. Con un conoci-
miento superlativo del fútbol, estudioso exhaustivo y prolijo de la
actividad, fue un fiel seguidor de la escuela inglesa, aprendiendo
en la isla la táctica y metodología de este deporte para sabiamente
introducirlas en el futbolista italiano, que hasta el día de hoy se
caracteriza por su pulcro orden táctico y tenacidad.
Como se verá más adelante, Pozzo fijó un hito en el fútbol
mundial al forjar una de las selecciones más exitosas de la histo-
ria. Autoritario pero pedagogo, exigente y meticuloso, el «viejo
sabio», como era apodado, fue el escogido para llevar a Italia al
título mundial, contando con la confianza de Mussolini y Vaccaro.
En el mejor momento llegó el refuerzo oriundi: «Si pueden morir

37
Maximiliano Jara Pozo

por Italia, pueden también jugar por Italia», dijo don Vitto para
celebrar la convocatoria de los cinco jugadores sudamericanos.
Treinta y cuatro solicitudes llegaron a la FIFA para participar
en la II Campeonato Mundial, a diferencia del anterior que fue por
invitación. Por primera vez se debieron disputar eliminatorias para
clasificar a los dieciséis equipos que jugarían las finales en el verano
europeo de 1934. Argentina y Brasil se ganaron un cupo ante la
«dudosa» declinación de Chile y Perú de disputar sus compromisos
clasificatorios con los dos países del Atlántico, mientras que Uru-
guay se negó a defender su título mundial en respuesta al boicot
encabezado por las potencias europeas para no viajar a Montevideo
en la anterior edición. Brasileños y argentinos presentarían equipos
amateurs y, como se verá más adelante, ambos fracasarán.
Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Brasil, Checoslovaquia,
Egipto, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Holanda, Ru-
mania, Suecia y Suiza consiguieron pasajes a la cita planetaria. ¿Y
el local? Insólitamente Italia debió también disputar un partido de
clasificación para su propio Mundial. Y fue solo uno. En la defini-
ción con Grecia el equipo de Pozzo goleó por 4-0, pero la vuelta,
que debía disputarse en Atenas, nunca se jugó. Misteriosamente
los helenos se retiraron antes. Sesenta y seis años después se supo
que los italianos compraron la ausencia griega con la construcción
de un edificio de dos pisos en la capital griega.
En el partido inaugural, jugado en Roma en el Stadio Nazio-
nale del Partito Fascista, Benito Mussolini y su séquito de «cami-
sas negras» quedaron en éxtasis tras la contundente goleada en
el debut de Italia en los mundiales, 7-1 ante Estados Unidos. «El
partido de los ocho goles italianos», se burlaba la prensa romana,
porque el descuento de la visita lo marcó Aldo Donelli, jugador de
Estados Unidos de origen peninsular. La apabullante victoria de
los dirigidos de Pozzo, con un triplete de Angelo Schiavio inclui-
do, clasificó directamente a Italia a cuartos de final, debido a que

38
Historia del secuestro de una pasión

la Copa Mundial de la FIFA Italia 1934 se jugó bajo un formato


eliminación directa en partido único, con una sola excepción, el
mítico Italia-España.
La selección española llegó a Italia con un equipo formidable
que incluía los talentosos jugadores vascos Isidro «Tanque» Lángara
y José «Chato» Iraragorri, quienes marcarían dos dianas cada uno en
el Mundial. Pero, sin duda alguna, la gran figura del cuadro español,
que por pocos considerado como el mejor arquero de la historia,
Ricardo «El divino» Zamora, se convirtió en el estandarte del equipo
ibérico, que dentro de su palmarés tiene haber sido seleccionado
cuarenta y seis veces, y subcampeón olímpico en Amberes 1920.
Tras vencer cómodamente por 3-1 a Brasil, con dos goles de Ira-
ragorri y uno de su coterráneo Lángara, el descuento corrió por parte
de Leonidas Da Silva, más conocido en la historiografía del fútbol
como «El diamante negro». Leonidas será recordado por su magní-
fica participación en el Mundial de Francia, cuatro años más tarde.
El otro representante sudamericano, Argentina, fue eliminado
en Bologna a manos de Suecia. Los nórdicos se impusieron sin
problemas por tres goles a dos.
La calurosa tarde del 31 de mayo, en el Giovanni Berta, pos-
teriormente rebautizado como Artemio Franchi, tendría uno de
los partidos más recordados y, seguramente, el más polémico. Y
es que los 35.000 hinchas presenciaron el encuentro más violento
en la historia de los mundiales. La aplicada defensa italiana fue
vulnerada cuando Regueiro adelantó a España a la media hora
de juego. Los italianos arremetieron en búsqueda del empate,
pero en la portería española estaba nada menos que «El divino»,
quien soberbiamente despejaba las intentonas de los locales. No
obstante, antes del descanso llegaría la primera «avivada» de los
italianos, increíblemente permitida por el juez belga Baert. Antes
que Giovanni Ferrari marcara el empate, Schiavio le sujetó las
manos a Ricardo Zamora.

39
Maximiliano Jara Pozo

Envalentonados por la igualdad, los italianos se fueron con


todo arriba, pero el cancerbero español seguía ahogando la cele-
bración local. La paciencia de los italianos no daba para más. En
una de las tantas intervenciones de Zamora, las violentas cargas
de los atacantes italianos dejaron fuera de combate al portero,
fracturándole dos costillas, en una época donde los cambios esta-
ban a años luz de existir.
El partido terminó empatado en los noventa minutos y debió
jugarse un alargue, que tampoco fue suficiente para romper la igual-
dad. La organización decidió jugar un desempate al día siguiente.
España debió disputar el compromiso con siete titulares menos,
entre ellos Zamora, Ciriaco, Fede, Lafuente, Iraragorri, Gorostiza
y su goleador «el Tanque» Isidoro Lángara. Italia tampoco la sacó
barata, y perdió cuatro nombres favoritos de Pozzo.
Aún faltarían más acontecimientos en esta polémica. Italia se
encontraría, a los doce minutos, con el gol de la victoria, cuando el
capitán Guisseppe Meazza marcó aprovechando que el argentino
Demaría obstaculizó al arquero suplente español Nogués. Aquel
gol mal cobrado sería uno de los tres errores del nuevo árbitro
del partido, el suizo René «Merci» Mercet. Los otros dos serían
la no validación de los goles legítimos anotados por Regueiro y
Quincoces. Por suerte, luego del segundo partido los lesionados
fueron solo cuatro: Bosch, Iraragorri, Regueiro y Quincoces, menos
que en la contienda anterior.
Ante el cuestionado arbitraje, evidentemente parcial, de los
jueces Baert de Bélgica y Mercet de Suiza, ambos réferis fueron
expulsados de la FIFA. Benito Mussolini festejó la dulce victoria
y premió a sus jugadores con 200.000 liras. Obviamente el dinero
no salió de los bolsillos del Duce, sino que de una suscripción po-
pular. Por su parte, el equipo español, representado por Ricardo
Zamora, propuso retirar a la selección española de las Copas del
Mundo ante tales injusticias.

40
Historia del secuestro de una pasión

El próximo escollo del equipo de Vittorio Pozzo era Austria,


cuyo equipo de aquel entonces ha sido conocido como la mejor
selección austriaca de todos los tiempos, el Wunderteam, liderada
por el mítico Mathias Sindelar, «el Mozart del fútbol», también
apodado «El bailarín de papel» por su frágil figura. Sindelar brilló
junto a la fructífera generación de jugadores austriacos adiestra-
dos por el director de esa verdadera orquesta dirigida por Hugo
Meisl. El fundador de la Escuela del Danubio había conformado
al recordado equipo nacional de Austria con la base de sus juga-
dores pertenecientes al Austria Vienna y al Rapid, los dos grandes
de la capital.
Al igual que Vittorio Pozzo, Hugo Meisl debutaba en las copas
del mundo. En octavos de final Austria derrotó, en uno de los mejores
partidos del Mundial, a Francia por 3-2, y en cuartos los austriacos
ganaron el «Clásico del Danubio», frente a sus vecinos húngaros
por 2-1. Sería un partido clave para la historia de ambas selecciones.
Italia contra Austria, Pozzo contra Meisl, el choque de dos es-
cuelas y, hasta antes de las semifinales, de dos grandes amigos que
forjaron con sus manos el futuro del fútbol europeo. La lluviosa
jornada dejó el campo de juego del San Ciro de Milán hecho un
lodazal, escenario perfecto para los jugadores picapedreros y el
juego violento de los anfitriones. Los casi 40.000 espectadores que
abarrotaron el San Ciro llegaron a la «final anticipada» de la Copa
del Mundo, y el antagonismo de los juegos entre ambos equipos, con
Meazza y Sindelar en la cancha, marcaría el destino para el fútbol de
ambos países. La semifinal entre Italia y Austria debe tratarse con la
seriedad que se merece, partiendo de la base que de este juego salió
el campeón de mundo. Hoy pocos se imaginan a Austria levantan-
do la Copa del Mundo, pero quién sabe si los dirigidos por Meisl
hubieran podido ir más allá de las semis, imponiendo para siempre
lo que legitiman a los campeones, la jerarquía. Los países pequeños
también han tenido sus chances, si no, pregúntenle a los uruguayos.

41
Maximiliano Jara Pozo

Lo cierto es que el destino, o más bien la mano de Mussolini,


quiso que Enrico Guaita derrotara a Platzer a los diez minutos
de partido. Pero incrédulos estaban los centroeuropeos junto a su
técnico al presenciar cómo el árbitro, el sueco Ivan Eklind, señalaba
el punto central mientras el italoargentino Guaita se abrazaba con
sus compañeros. Resulta que el italiano estaba más de un metro
fuera de juego y el réferi nórdico seguía de cerca la jugada. Nadie
daba crédito a lo que se veía.
Ese gol de Guaita fue suficiente y definitivo para que Italia
clasificara a la gran final, relegando a los austriacos a disputar
el bronce. Al igual que los españoles, los austriacos reclamaron
amargamente por el arbitraje. Hugo Meisl acusó al árbitro de
«corrupto», y se quejó de la falta de ética y honestidad de su par
italiano. Más tarde se descubriría que Ivan Eklind había sido
especialmente invitado por Benito Mussolini para dirigir en el
Mundial, con todos los gastos cubiertos, incluyendo un viático
por su colaboración.
En la definición por el tercer lugar frente a Alemania, que
había perdido con Checoslovaquia, el Wunderteam cayó por tres
a dos en Nápoles. Sería el último partido mundialista dirigido por
Meisl, pues un ataque cardiaco lo mataría tres años más tarde.
Junto con él moriría el equipo más recordado de la historia del
fútbol de Austria. A otro de sus más valiosos componentes de esa
magnífica maquinita que era el equipo maravilla, Mathias Sindelar,
le esperaría un final más trágico.
Todos los caminos llevan a Roma, o más bien, para los orga-
nizadores, a Roma, lugar de la final, se debía llegar de cualquier
forma. Hasta el momento Vaccaro, Pozzo y los muchachos de la
azzurra habían cumplido las órdenes del dictador a la perfección.
Ahora solo faltaba el último obstáculo, Checoslovaquia.
A pesar del ambiente triunfalista que se vivía en el Nazionale
del Partito Fascista, los italianos sabían perfectamente que el equipo

42
Historia del secuestro de una pasión

checo era de preocupar. Habían ganado todos sus compromisos,


avanzando sin contratiempos a la final, mientras que Italia debió
sufrir más de la cuenta para derrotar a España y Austria.
Italia 1934 se caracterizó por contar con dos figuras en el arco:
Ricardo «El Divino» Zamora y Frantisek Planicka, figura mítica
de la portería checa. Pero los eslavos también contaban con su
potente goleador, Oldrich Nejedly, quien ya había marcado cinco
goles en el torneo, completando un triplete ante Alemania en semis.
Cincuenta y cinco mil espectadores repletaron el escenario
romano de la final, de los cuales tres cuartas partes eran miembros
del Partido Fascista Italiano, quienes se encargaron de vitorear al
Duce celebrando la victoria italiana que se esperaba. Antes de que
los equipos salieran a la cancha, Benito Mussolini aguardaba la
llegada de su equipo, pensando que su mensaje del día anterior a
la final había sido entendido con claridad. El telegrama era corto
y preciso: «Vencer o morir». Y punto.
Pero aquella tarde de espera al inicio de la final, la ansiedad
del Duce iba creciendo. Escoltado siempre por el general Vaccaro,
Mussolini decidió bajar a los vestidores a dar un último mensaje de
aliento a sus futbolistas. La irrupción del mandamás italiano sor-
prendió a los jugadores semidesnudos y a Pozzo dando las últimas
indicaciones, pero todavía faltaba la más importante, la del Duce.
–Señores, si los checos son correctos, nosotros somos correc-
tos. Eso ante todo. Pero si nos quieren ganar de prepotentes, el
italiano debe dar un cazote y, el adversario, caer... Buena suerte,
muchachos, y ganen, si no, crash.
Si no quedó claro, crash significaba corte de cabeza, según la
mímica hecha por el mismísimo Benito Mussolini.
La calurosa tarde romana tenía a los dos equipos saliendo al
campo de juego, cada uno portando una bandera de su respectivo
país frente a una multitud frenética. Italia vestía su tradicional
uniforme de camiseta celeste, pantalón blanco y medias negras,

43
Maximiliano Jara Pozo

mientras que los checos iban con su típica tricota roja con un
enorme escudo nacional al lado izquierdo.
Ambos equipos se formaron en línea. La terna referil, encabe-
zada otra vez por el localista sueco Eklind saludaban con el brazo
extendido al palco de honor. Mismo gesto hicieron los jugadores
italianos, salvo los checos.
El partido se inició como todos pensaban, con la visita hacien-
do gala de su habilidad, pero no lo suficiente como para vencer
la muralla defensiva italiana. Los locales, con sus rapidísimos
atacantes como Orsi, Ferrari y Schiavio, ponían en aprietos a la
retaguardia eslava. Sin embargo, en este partido Frantisek Planicka
confirmó por qué estaba llamado a ser una de las figuras de este
mundial. En dos ocasiones salvó de forma magistral la caída de su
valla en el primer tiempo, conteniendo dos contraataques itálicos
encabezados por Meazza y el argentino Guaita, que llegaron hasta
el fondo del área checa.
Empate a cero al final de la primera parte, Italia todavía no po-
día romper la resistencia de Planicka. Preocupado, Benito Mussolini
escribió en un papel un mensaje dirigido a Vittorio Pozzo, que fue
llevado por un emisario del Duce a los vestidores. Con la interrup-
ción ya consumada, el entrenador italiano se dio media vuelta y leyó
el manuscrito que decía: «Señor Pozzo, usted es el único responsable
del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar».
Inmediatamente, según relataron los mismos jugadores ita-
lianos, Don Vitto dejó de lado las tácticas y reunió a su gente,
ordenándoles: «No me importa cómo, pero hoy deben ganar o
destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal».
Minutos más tarde, un casaca roja llamado Antonin Puc tomó
la pelota en campo italiano, se infiltró en lo más profundo del can-
dado azzurro y sacó un disparo rasante y esquinado que Combi ni
alcanzó a ver. Gol de Checoslovaquia en el peor de los momentos.
Los checos celebraban solos, sacando un grito que retumbó en el

44
Historia del secuestro de una pasión

silente Estadio Nazzionale, los rojos se abrazaban, los italianos


cabisbajos y Pozzo, a lo Marcelo Bielsa, en cuclillas al borde de la
cancha, sin la menor intención de volver la mirada hacia el palco
oficial. Lo peor de todo era que no faltaban ni quince minutos
para el final. Por la cabeza de Don Vitto debió haber pasado su
brillante futuro como uno de los mejores técnicos de la historia.
Ni sus conocimientos, ni siquiera el hecho de haber pasado una
vida estudiando el fútbol inglés e importando a Italia las más mo-
dernas estrategias, podrían salvarlo del desastre. Checoslovaquia
había marcado y parecía que todos se iban a acostar temprano, y
algunos al patíbulo con los ojos vendados. Ese gol de Puc estaba
tirando por la borda todo el trabajo hecho hasta la fecha, las liras
a destajo y las esperanzas de un gobierno y su pueblo de gritar
«campeón». Toda la grandeza del pueblo italiano, forjador de la
civilización occidental, estaba a quince minutos de desaparecer.
Hasta que llegó el respiro. Cinco minutos después del gol de
Puc, el «Mumo» Orsi imitó la jugada de su colega checo; sacó un
remate que se coló raspando el travesaño del arco de un Planicka
que nada pudo hacer. Alivio en Roma, a Mussolini todavía le
quedaba Mundial. 1-1 y nuevamente Italia tendría que acudir al
alargue para definir el partido. La expectación tenía al público
local bajo pánico cada vez que Nejedly tocaba la pelota. En una,
el número 11 checo pilló a la defensa italiana «paveando» y se fue
solo contra Combi, solo, solito, hasta que apareció uno que había
estado sospechosamente tranquilo en todo el partido, Ivan Eklind.
De la nada el sueco paró en seco la jugada de los checoslovacos,
aparentemente por «peligro de gol».
Italia arremetía con todo, por fin había logrado el control del
juego, la victoria estaba más cerca que nunca. El reloj avanzaba y, si
nada extraordinario pasaba en los próximos cinco minutos, habría
que volver a jugar al día siguiente. «Al ataque», mandó Pozzo a sus
muchachos, y los checos que ya hacían agua por todas partes. El

45
Maximiliano Jara Pozo

momento más esperado, desde Mussolini hasta el último italiano


de Cerdeña, había llegado. Angelo Schiavi la mandó a guardar
al fondo del arco de Planicka. Ahora sí, Italia era campeona del
mundo. Los jugadores no cabían en sí tras la algarabía. Estaban
exhaustos pero, sacando fuerzas, lograron levantar a Vittorio Pozzo
en andas hasta que Guiseppe Meazza se desmayó por el cansancio.
Italia había ganado la copa, la azzurra no desilusionó a su gente
y a su jefe, Pozzo y sus muchachos festejaban su salvación y el
máximo galardón.
Luego de la ceremonia de premiación, Benito Mussolini llamó
a los jugadores al palco, quienes le entregaron la copa. El Duce
los acarició y abrazó paternalmente, y ordenó que a cada jugador
se le pagara veinte mil liras como premio, y eso no era todo. Luis
Monti, uno de los protagonistas de la final, recordaría más tarde:
«Nos anunciaron que, por decisión del Duce, podíamos pedir lo
que se nos ocurriera, si ganábamos esa final. Dinero, mujeres, casas,
autos, el placer que se nos antojara. Éramos los seres humanos
más privilegiados de Italia».
Italia había ganado su mundial. Se dice que en el fútbol no
hay justicia y que los goles se hacen, no se merecen. Italia tenía
fútbol y los medios para disputar la copa, incluso para ganarla, así
lo demostraría otra vez «El viejo sabio» al llevar a Italia a lo más
alto cuatro años más tarde, en Francia. Pero, lamentablemente, la
brillantez del equipo del 34 siempre será opacada por la penosa
intervención de terceros, igual como sucedería más de cuatro
décadas después, en otro Mundial. Nunca se sabrá si la selección
italiana hubiera podido ganar ese Mundial por su propio mérito.
Seguramente sí, pero la política manchó un logro que debió perte-
necer por entero a un plantel de ilustres nombres, como los oriundi
Enrico «El Indio» Guaita, Raimondo «Mumo» Orsi y Luis Monti,
o al también imposible de olvidar Angelo Schiavio, el bolognés
que fue vicegoleador del Mundial, con cuatro tantos. Pero, de los

46
Historia del secuestro de una pasión

«nativos», el nombre más recordado es el de Giuseppe Meazza.


Peppe condujo notablemente a su selección. El pequeño lombardo,
que apenas llegaba al 1,69 metro de estatura, es reconocido como
uno de los mejores jugadores italianos de la historia que dedicó su
fútbol a su país y al club de su vida, el Internazionale de Milano.
Por si fuera poco, el estadio ubicado en el barrio de San Ciro, que
alberga al Inter y al A.C. Milán, lleva su nombre, en recuerdo a
un pueblo que no olvida a sus héroes del 34.
El que sí los olvidó fue Il Duce. Pasado el frenesí por la obten-
ción del título, el propio gobierno fascista decidió que los oriundi
debían demostrar su amor a la patria en el campo de batalla. Su
pecado era que los jugadores de origen argentino jugaban en la
Roma, equipo rival de la Lazio, según se cuenta, el club favorito
del Partido. Monti, Orsi, Guaita y Demaría fueron informados
que serían reclutados para ir a combatir en Etiopía. Los cuatro
hicieron rápidamente sus maletas y se volvieron a Sudamérica.
Benito Mussolini obtuvo las loas por el campeonato conquis-
tado. «Italia era la campeona del mundo», era la arenga perfecta
en los discursos hasta el próximo mundial del fútbol. El fascismo le
había demostrado al mundo su capacidad organizativa y su poder
manipulativo con las masas. El mundo aplaudía de pie el festejo
italiano como, si de forma tan inocente, nadie notara que la copa
mundial estaba destinada a quedarse en Roma desde el primer
día. La FIFA le dio al gobierno italiano todas las facultades para
hacer del Mundial lo que ellos estimaran conveniente, incluyendo
las designaciones referiles. La FIFA cayó en el juego fascista, cuyos
jerarcas fueron lo suficientemente inteligentes como para darse
cuenta lo poderoso que podía ser este deporte. Mussolini salió del
Estadio Nazionale en una de sus jornadas más gloriosas, porque
el mejor triunfo que le dio a su patria, lamentablemente para él,
solo fue en la cancha.

47
Capítulo iv

El equipo de Hitler

Una victoria de la Selección era más importante


que la conquista de algún pueblo del este.
Joseph Goebbels, ministro de
Propaganda del régimen nazi.

Después de que Angelo Schiavio introdujo tranquilamente el ba-


lón ante la descubierta portería de Planicka, Italia se convirtió en
campeón del mundo y Benito Mussolini, vestido con su uniforme
de verano, celebró el título mundial de su selección. Pero gran
parte de los aplausos del Duce estaban dirigidos a Vittorio Pozzo.
Il Vechio Maestro era llevado en andas por sus jugadores, ante un
público romano extasiado que los ovacionaba. Mussolini lo nom-
bró Commendatore, pero Don Vito, con la Copa del Mundo en
su mano, sabía que todavía quedaban muchas cosas por hacer. Su
camino con el seleccionado italiano recién comenzaba, y los años
más fructíferos para el balompié lombardo todavía le depararía
más momentos de gloria.
La década de los treinta no solo fue brillante para el fútbol
italiano, otros países europeos gozaron de la generosidad de un
medio lleno de talentos que fue testigo del trabajo de tres maestros
que crearon escuela en sus respectivos países. Si el Renacimiento
tuvo a artistas como Miguel Ángel, Rafael y Botticelli, o el arte
plástico contemporáneo español tuvo a Goya, Miró y Picasso, el
fútbol europeo también tuvo a sus tres grandes: Pozzo, Meisl y

49
Maximiliano Jara Pozo

Chapman. Los dos primeros ya son conocidos por sus hazañas,


pero Chapman nunca conoció lo que es participar en un Mundial.
La Asociación inglesa seguía bajo su política aislacionista hasta
Francia 1938, última copa que mantendría a los británicos al margen
de los torneos planetarios. Lamentablemente sería muy tarde para
que Chapman plasmara con su Selección todo el trabajo que había
hecho con el Arsenal, club donde dejó una huella imborrable. Pero el
fútbol mundial, no solo el inglés, también le debe mucho a Herbert
Chapman, quien fue el forjador de novedosas tácticas que tienen total
validez hasta hoy, como por ejemplo, el empleo de los wings o wines,
aquellos jugadores que, como dice el término, desplegan toda su ve-
locidad y sorpresa por los costados. Por si fuera poco, Chapman fue
el primero en introducir la numeración de las camisetas en la historia.
El próximo desafío para Inglaterra se llamó Brasil 1950, pero
aquel Mundial estaba demasiado lejos para un hombre que vivió
sus últimos años de vida en la primera mitad de la convulsionada
década de los treinta.
Dos años después de la victoria italiana en casa, Adolfo Hitler
pensó que lo hecho por su colega y aliado Benito Mussolini era
digno de imitar. La lección que Il Duce le dio al mundo con la
organización de la Copa Mundial de 1934, sentó las bases para
que posteriores políticos y militares utilizaran al fútbol como una
poderosa y rica arma de legitimación política.
Si bien la creación de los Mundiales dejó a la competencia de
fútbol de los Juegos Olímpicos como una extensión suya, seguía
gozando de un inobjetable prestigio. La final del fútbol en Berlín
significó un partido que desde 1934 se había vuelto el clásico más
importante de Europa, Italia-Austria.
Todavía dolido por lo que consideraron una injusta elimina-
ción a manos de Italia en la semifinal de Milán, el Wunderteam tuvo
su oportunidad de revancha. Otra vez se enfrentó Pozzo y Meisl,
ahora enemistados tras aquel mítico y lluvioso 1-0 en San Ciro.

50
Historia del secuestro de una pasión

La revancha tendría lugar en el Estadio Olímpico de Berlín.


Al igual que hace dos años, ambos equipos mantuvieron un equi-
librio asombroso, desarrollando un juego que representó lo mejor
de dos escuelas. Uno a uno terminó el tiempo reglamentario pero,
para la prórroga, el renovado y joven equipo italiano hizo la dife-
rencia suficiente para doblegar al veterano y talentoso equipo del
Danubio. Annibale Frossi, un muchacho que jugaba con una cinta
en el pelo y lentes, anotó su segundo gol del encuentro, sumando
los siete goles que lo clasificaron como el máximo artillero del
torneo. Dándole a su Italia el campeonato olímpico, lograban así
el segundo título de la azzurra en dos años.
En veinte y cuatro meses Vittorio Pozzo no solo supo derrotar
la ofensiva táctica de Hugo Meisl, sino que también conquistó los
dos trofeos más importantes del fútbol, la Copa del Mundo y los
Juegos Olímpicos.
La final de Berlín de 1936 sería el último torneo disputado por
el Wunderteam de Hugo Meisl. Al año siguiente, ya con su salud
muy deteriorada, tendría su partido de despedida con el triunfo
austriaco sobre Francia en un partido amistoso. A la semana si-
guiente Hugo Meisl fallecería, a los cincuenta y cinco años, tras
un ataque al corazón.
Con la muerte de su creador, al equipo maravilla de Austria le
esperaría un final todavía más doloroso. Un año después del deceso
de Meisl, Austria fue anexada por la Alemania nazi en el llamado
Anschluss, una movida de Hitler para asegurarse que su país de ori-
gen se integrara al nazismo sin tener que invadirla. Austria perdería
su soberanía y, con ello, su equipo nacional. Austria ya no existía
como país soberano, por lo tanto, su poderosa selección alimentaría
la alicaída alineación alemana que fracasó en el Mundial de Italia y
los Juegos Olímpicos organizados por ellos mismos.
La obligación del equipo nacional austriaco a las filas alemanas
no podía ser de ninguna forma aceptada por la figura del equipo

51
Maximiliano Jara Pozo

del recién fallecido Meisl, Mathias Sindelar. «El bailarín de papel»


era la extensión de Meisl en la cancha. Siempre dio que hablar
por su técnica, que lo llevó a convertirse en el mejor futbolista
austriaco de todos los tiempos.
Nacido en Moravia el 10 de febrero de 1903, Mathias, junto
a todos los Sindelar, emigró a Viena, donde destacó desde niño con
su habilidad para driblear con el balón. Recién a los quince años de
edad fue contratado por el Hertha Viena, pero su estadía en aquel
club duraría muy poco ya que uno de los dos equipos grandes de la
capital, el Austria Viena, se fijó en «El flaco», llevando a los lilas a
conquistar tres títulos. Su debut en la Selección se produjo en 1926
con un triunfo de Austria sobre Checoslovaquia por 2-1, uno de
los goles sería anotado por quien tendría como apodo, gracias a
su virtuosidad en la cancha, «El Mozart del fútbol».
Pero, sin lugar a dudas, el escenario más recordado cuando se
menciona el nombre de Mathias Sindelar es la Copa Mundial de Italia.
La Selección Austriaca, al resignarse a viajar a Uruguay para la primera
edición, hizo del Mundial italiano el lugar donde forjó su memorable
estampa de crack, llevando a su país a disputar las semifinales de la
copa cayendo ante los anfitriones en un controvertido encuentro.
Pero Mathias Sindelar no solo es famoso por su descomunal
habilidad en la cancha. Su nombre es también sinónimo de rebel-
día. Al enterarse de la anexión de Austria por Alemania, Sindelar
sabía que sus días al frente del seleccionado estaban contados. Su
origen judío lo imposibilitaría de cualquier acercamiento con los
alemanes, quienes reclutaron a la fuerza a grandes futbolistas aus-
triacos que brillaron con el Wunderteam en Italia 34 y Berlín 36,
tales como Hahnemann (eterno suplente de Sindelar que, al negarse
a participar de la Selección Alemana, fue empujado al suicido en
1939), Raftl, Skoumal, Stroh y Neumer. Nausch, el capitán del
Wunderteam, fue ordenado por las autoridades nazis a separarse
de su mujer judía, pero se negó y escapó a Suiza.

52
Historia del secuestro de una pasión

Sin embargo, otro sería el final que esperaba a Sindelar. Obs-


tinado, quería quedarse en Viena para cumplir sus compromisos
con el club, por lo que debió aguantar las órdenes de la nueva
dirigencia germana. A pesar de todo Austria había conseguido
clasificarse para la siguiente Copa Mundial de Francia, pero la
ocupación alemana, concretada el 11 de marzo de 1938, dejó al
equipo nacional fuera de carrera. Su lugar en el Mundial sería
ocupado por Suecia, los únicos favorecidos por el Anschluss.
Matthias Sindelar de ninguna forma se prestaría para partici-
par representando a la Alemania nazi en la próxima Copa Mundial
de Francia, pero las autoridades germanas, sabiendo de la exquisita
calidad del jugador y de todo el prestigio que había alcanzando
defendiendo a Austria, lo obligaron, junto a sus compañeros, a
formar parte del equipo de la svástica.
Simulando lesiones o cualquier excusa para no ir a entrenar,
Sindelar buscaba pretextos para no colaborar con el fútbol del in-
vasor y comenzar cada sesión con la mano extendida vitoreando al
Führer. El «Mozart del fútbol» estaba buscando su momento para
vengar la humillante desintegración de su equipo, y lo encontró.
Algunas semanas después de concretado el Anschluss, las autori-
dades alemanas decidieron celebrar la anexión de ambos pueblos
arios con un partido amistoso entre un equipo de la Wehrmacht
(Ejército alemán) y un combinado austriaco, representando los
últimos vestigios del Wunderteam. La orden para los austriacos
estaba clara: dejarse ganar.
Frente al palco donde se encontraban las autoridades alemanas,
ambos equipos hicieron el saludo nazi y comenzaron el partido. Hasta
ese momento todo marchaba según el libreto. La superioridad técnica
de los austriacos se veía frustrada cuando, en cada aproximación a
la portería visitante, algo inexplicable pasaba, y fallaban. Terminado
el primer tiempo surgió todo el espíritu rebelde de Sindelar, quien se
juramentó, junto a sus compañeros, darle con todo a los alemanes

53
Maximiliano Jara Pozo

en lo que quedaba de partido. Gambetas, dribleos, caños junto a


todo el magistral repertorio del magnífico Sindelar, quien se dio el
gusto de hacerle un gol de «sombrero» al arquero alemán. Eso no
fue todo, después de abrazarse con sus compañeros, «El bailarín de
papel» hizo gala a su nombre e improvisó un solitario pero burlesco
pasecito de vals, celebrando su anotación en frente de los sorprendidos
y humillados rostros de la plana mayor de las fuerzas de ocupación
alemanas. Todos habían comprendido que la acción de Sindelar era
una provocación directa a los nazis y, desde ese momento, las autori-
dades alemanas se dieron cuenta de la amenaza que podía significar
este larguirucho jugador, muy querido por el pueblo vienés, quien
eventualmente tendría la capacidad de convertirse en una «figura de
la resistencia», incitando a levantamientos en contra de los invasores
y poniendo en riesgo el futuro del Anschluss.
El elegante gol contra el equipo del Ejército alemán sería la
última obra maestra del «Mozart del fútbol» vistiendo la camiseta
de su país. Al ser considerado un elemento subversivo contra el
régimen nazi, la Gestapo empezó a perseguirlo. Su cadáver y el de
su esposa, Camila, se encontrarían en su departamento. «Muer-
te por inhalación de gas» decía el reporte oficial, aludiendo al
supuesto suicidio de ambos. El verdadero motivo de su muerte
nunca se develó, y no son pocos los que se convencen que la
razón de ambos fallecimientos no sería a causa del gas, sino que
de un homicidio por envenenamiento.
Ese fue el trágico final del mejor futbolista austriaco de todos
los tiempos, símbolo del genial «equipo maravilla» gestado por
Hugo Meisl. Ambos hombres de origen hebreo le dieron al fútbol
de Austria honores que nunca más se repitieron. Más de cuarenta
mil vieneses asistieron al funeral de Sindelar y su esposa, bajo una
contundente vigilancia alemana, temiendo un levantamiento en
represalia a la supuesta culpabilidad de los nazis en el sospechoso
deceso del futbolista.

54
Historia del secuestro de una pasión

No muy lejos del Ernst Happel Stadion, donde es local la


Selección Austriaca, está la tumba de Mathias Sindelar y una calle
que lleva su nombre, Sindelarstrasse, junto a una estatua de hierro
forjado que simula la delgada figura del «Bailarín». En su lápida
se puede leer el verso que le dedicó el poeta Friederich Torberg:
«Jugaba al fútbol como ninguno / ponía gracia y fantasía / jugaba
desenfadado, fácil y alegre / siempre jugaba y nunca luchaba».
Claro, con excepción de su lucha contra el régimen hitleriano, al
que le dedicó su más feliz y recordado último gol.
Para el tercer campeonato mundial se sentía demasiado cerca
el olor a pólvora en el ambiente. Por motivos políticos no asistió
la ya mencionada Austria, pero tampoco otro protagonista del
Mundial anterior: España. La Guerra Civil que estalló en 1936
aún seguía en curso, llevando miseria, muerte y destrucción al país
ibérico. Por otro lado, la invasión japonesa a China por Manchuria
impidió, a ambas naciones orientales, participar.
La agresiva política de Hitler contra sus vecinos puso el am-
biente muy tenso en una Europa que se dio el lujo de organizar
una nueva copa mundial. El mandatario de la FIFA, Jules Rimet,
temía que la cita francesa pudiese ser la última. Un par de años
después, el propio dirigente francés guardaría en una caja de
zapatos, debajo de su cama, el trofeo, tras la ocupación alemana.
Otros dos ilustres ausentes fueron Argentina y Uruguay. Los
albicelestes no viajaron a disputar la Copa del Mundo en repre-
salia por perder la sede del Mundial; mientras que los charrúas
apoyaron a sus vecinos argentinos por lo que se perdieron su
segundo torneo consecutivo. De igual forma, calificaron a la FIFA
de injusta, argumentando que no se respetó la rotativa continental
para organizar el máximo certamen.
Pero quien sí fue gustoso a la cita fue Brasil. Y esta vez el selec-
cionado carioca sí se tomó la Copa en serio, mandando a Francia
un equipo profesional, a diferencia de la totalidad de plantilla

55
Maximiliano Jara Pozo

amateur que alcanzó a jugar un solo partido en Italia, perdiendo


por goleada frente a España.
«Pajaritos nuevos» hubo en Francia 1938, exóticos debutantes
como Noruega, Antillas Holandesas y Cuba. Los dos últimos no
volverían nunca más a disputar las finales de un mundial.
Lo cierto es que los franceses tenían la vara alta tras la inver-
sión en infraestructura de sus colegas italianos. Esta vez no hubo
nombres de dictadores en los estadios, ni tampoco un gobernante
designaría personalmente a los árbitros. Si Jules Rimet le había
confiado la sede a su país por sobre Argentina, los galos debían
demostrar sus capacidades, sin desaprovechar la oportunidad. A
pesar de que los roces con Alemania auguraban una nueva gue-
rra por las diferencias limítrofes de Alsacia y Lorena, el gobierno
francés aprobó la construcción de cinco estadios nuevos en las
ciudades de Antibes, Burdeos, Reims, Toulouse y el magnífico Stade
Velódrome de Marsella, con capacidad para 60.000 espectadores.
Nueve sedes en total, una más que para el mundial italiano.
Justamente los actuales campeones del mundo cruzaron
los Alpes con la intención de revalidar el título y, a la postre, no
tuvieron problema alguno para hacerlo. Desde la medalla de oro
conseguida en Berlín, el equipo de Vittorio Pozzo venía generan-
do un interesante recambio, perdiendo a los míticos oriundi pero
ganando la aparición de jugadores como Gino Colaussi y Silvio
Piola, los goleadores de la azzurra con cinco goles cada uno.
En el debut en Marsella, Italia se complicó más de la cuenta
para vencer a Noruega por 2-1, con un gol de Silvio Piola en el
alargue. Suficiente para que la Nazionale se clasificara a cuartos,
instancia en que su rival sería nada menos que el anfitrión, Francia.
Los franceses habían trabajado duro para armar el Mundial. A
diferencia de Benito Mussolini, el gobierno galo había organizado
una fiesta antes del caos. Francia le quería demostrar al mundo
que la limpieza del juego nada tenía que ver con la politiquería.

56
Historia del secuestro de una pasión

Tan tolerante fue la actitud de los organizadores, que se dieron


el lujo de hospedar elegantemente a sus dos futuros enemigos, la
Alemania nazi y la Italia fascista. Es por eso que Francia, uno de
los paladines europeos de la democracia de la época, hizo la di-
ferencia. Marcó la pauta de cómo se deben organizar los eventos
deportivos poniendo en evidencia la famélica ética de italianos
y alemanes, que utilizaron los dos escenarios más importantes
del deporte universal para alimentar la vorágine megalomaniaca
representada en sus propios regímenes.
A pesar de la decente actitud local, su equipo de fútbol estaba
muy por debajo de las potencias del continente. El equipo dirigido
por Gaston Barreau contaba en sus filas a jugadores muy vete-
ranos, que llegaban casi a los cuarenta años. Para el debut hubo
una buena y una mala noticia. La buena fue que Francia le ganó
3-1 a Bélgica en Colombes; la mala fue que, en cuartos de final,
inevitablemente se encontrarían con los campeones del mundo.
El Francia-Italia fue duro dentro y fuera de la cancha. Si bien
la organización francesa fue siempre condescendiente con italia-
nos y alemanes, el público fue todo lo contrario. La parcialidad
local repudiaba cada vez que podía a las selecciones visitantes, e
incluso los hinchas locales fueron en cantidad considerable a los
partidos de Alemania e Italia solo para insultarlos y hacerlos sentir
incómodos. Pero, sin lugar a dudas, los que más mal se sintieron
fueron los italianos. Además del respetable francés, no pocos fue-
ron los disidentes de Mussolini que vivían refugiados en Francia
y que asistieron a los partidos de los azzurri no precisamente para
alentarlos. Los muchachos de Pozzo se transformaron en el blanco
de todas las críticas y malas vibras contra Il Duce. Incluso Alfredo
Foni, zaguero de la Nazionale, comentó: «Jamás un jugador debió
sentirse tan nervioso como ese día. Nos silbaron todo el partido».
Y es que los 60.000 espectadores que llegaron al Olympique de
Colombes, entre franceses y disidentes italianos, le dieron uno de

57
Maximiliano Jara Pozo

los abucheos más grandes que se tenga memoria en un campeonato


mundial. Y las cosas empeoraron cuando los jugadores italianos
salieron al campo de juego con camisetas negras, emulando la ves-
timenta oficial de los fascistas. Tímidamente extendieron el brazo.
A pesar de las rechiflas, Italia rompió el marcador a los nue-
ve minutos de juego, gracias al gol de Gino Colaussi. Al minuto
siguiente Colombes estalló al ver marcar a Heisserer el empate.
En el segundo tiempo, Italia fue una tromba, haciendo notar la
diferencia entre el recambio generacional italiano y el viejo equipo
de Barreau. Llegaría la hora para que Silvio Piola se transformara
en el héroe de la tarde al marcar los dos goles que harían la dife-
rencia. Su segundo tanto fue una obra de contragolpe, al mejor
estilo italiano, sorprendiendo mal parada a la defensa gala y
mandando un derechazo potente y rasante al fondo del arco; 3-1,
e Italia nuevamente se clasificaba a las semifinales. El fascismo le
había ganado a la democracia, y en su propio feudo.
El compañero totalitario de Italia, el seleccionado alemán,
había llegado a París con uniforme militar y con la explícita
misión de dejar bien en alto el nombre de la patria. Las malas
actuaciones en el Mundial pasado, y en los Juegos de Berlín, esta
vez no serían toleradas. Además, el equipo germano contaba con
algunos importantes refuerzos de Wunderteam austriaco, por lo
que las posibilidades de éxito debían concretarse. Adolfo Hitler no
era un seguidor del fútbol, pero conocía a la perfección el poder
que tenían los resultados deportivos entre la población. El triunfo
de Jesse Owens, el atleta afroamericano que brilló en los Juegos
Olímpicos de Berlín, había sido un duro golpe para las pretenciones
de superioridad deportiva aria, y el fútbol en Alemania gozaba,
desde hacía un par de décadas, de una galopante popularidad. En
sus manos tenía la Selección la moral de su pueblo. Una victoria
sobre sus vecinos sería una explícita advertencia que Alemania le
daría al mundo. Aunque en el seleccionado alemán no todo tenía

58
Historia del secuestro de una pasión

que ver con política; el equipo era dirigido por Sepp Herberger, el
mismo sabio técnico que conduciría la exitosa Selección Alemana
campeona del mundo en Suiza 1954, lejos lo mejor que tenía la
Nationalmanshaft de la época.
El primer obstáculo de los alemanes rumbo a la cúspide del
fútbol mundial fue la pequeña Suiza. Los veinte mil franceses que
llegaron al Parque de los Príncipes de París silbaron el himno nacio-
nal alemán y el saludo nazi al inicio del encuentro. El asunto empezó
bien para Alemania cuando Gauchel adelantó a su equipo. No sería
el único gol del partido porque, minutos antes del descanso, Andre
«Trello» Abegglen empató para los helvéticos con un soberbio ca-
bezazo. El marcador no se movería en el resto del partido, y tendría
que jugarse uno de vuelta. Cinco días después se volvieron a enfren-
tar en el mismo escenario, curiosamente, con la misma cantidad de
público. Otra anécdota: el árbitro del encuentro fue el controvertido
juez sueco Ivan Enklind, el mismo que fue designado personalmente
por Benito Mussolini en el Italia, 1; Austria, 0, en Milán.
Otra vez las cosas empezaron con el pie derecho para Alema-
nia, ya que en veinte minutos la escuadra de Herberger iba arriba
dos a cero, incluyendo un autogol del suizo Loertscher, el primer
gol en contra en la historia de los mundiales. Como de costumbre,
antes del medio tiempo Suiza descontó con gol de Wallaschek. Y
en la segunda fracción, los rojos se fueron con todo, empezando
a dar vuelta el marcador con un gol de Bickel, y un doblete de
Andre Abegglen. El goleador suizo marcaría magistralmente el
cuarto haciéndole un «sombrero» al arquero alemán, sentenciando
el 4-2 final, terminando la corta aventura nazi en el Mundial y
mandando por segunda vez consecutiva a Alemania para la casa
en primera ronda. Tanto lamentaron los alemanes su fracaso en la
Copa del Mundo, que Joseph Goebbels prohibiría que la Selección
disputara nuevamente torneos internacionales. Unos años después,
el mismo ministro de Propaganda nazi se tomaría revancha de los

59
Maximiliano Jara Pozo

hinchas franceses que celebraron como propia la victoria de Suiza.


Durante la guerra, Alemania rompería en unas cuantas semanas la
resistencia de las tropas francesas de la Línea Maginot, ocupando
París y desfilando junto a la Wermacht en el Arco del Triunfo.
El otro favorito en el torneo galo era el actual subcampeón,
Checoslovaquia. Noventa minutos aguantaron heroicamente los
holandeses hasta llegar al tiempo suplementario. Lo que no pu-
dieron hacer en el reglamentario los checos lo hicieron en quince
minutos, con tantos de Kostalek, Nejedlý y Zeman. Los eslavos
hicieron sus maletas para jugar en Toulouse los cuartos de final,
esperando al ganador de la llave Polonia-Brasil, que sería, sin duda,
el mejor partido del torneo.
En el Stade de la Meinau de Estrasburgo se viviría una fiesta
de goles nunca antes vista en una copa mundial. Fue la tarde de los
cuatro goles de Ernest Otton Wilimowski, pero, a pesar de tamaña
hazaña estadística, el que se robó la película fue Leonidas Da Silva,
quien en este partido sería bautizado como «El diamante negro».
Cuando increíblemente el partido estaba empatado a cinco, en el
alargue aconteció el subliminal evento, el mítico «gol descalzo».
Cuando todos pensaban que brasileños y polacos tendrían que acudir
a un segundo partido para romper el equilibrio, faltando dos minu-
tos para el final «El diamante negro» se transformaría en el único
jugador en marcar un gol, literalmente, a «pie pelado». Cuando se
iba contra la portería rival, su botín derecho se descosió y quedó en
el camino. Sin embargo, por comodidad Leonidas también se deshizo
del izquierdo. El delantero continuó la jugada y aprovechó un rebote
en el área polaca, tras un centro de su compañero Hércules, y tan solo
debió empujar el balón al fondo del arco. Leonidas salió corriendo a
abrazarse con su gente, corriendo descalzo, como si estuviera jugando
en la playa de Ipanema. Otra vez Ivan Eklind fue presa de la viveza
de los futbolistas y no percibió que el moreno delantero estaba sin
botines, considerando también el fangoso estado del campo de juego.

60
Historia del secuestro de una pasión

Con aquel controvertido tanto Leonidas contó su tercer gol


del partido, pero en el registro quedaría la imborrable suma de
cuatro dianas obra de Ernest Wilimowski. El delantero polaco de
origen alemán durante la Segunda Guerra Mundial firmó la volk-
sliste, es decir, su reincorporación a la nacionalidad alemana. Por
este motivo, «Ezi» había decepcionado a los polacos, tratando de
ser borrado en la historia del fútbol de ese país. Sin embargo, sus
cuatro goles en aquel memorable partido con Brasil permanecen
como una huella indeleble en el tiempo, en uno de los encuentros
más emocionantes y bizarros de la historia de las copas mundiales.
En la ronda de cuartos de final también hubo un partido con
récord de goles, pero todos para un equipo. En el Fort Carré de
Antibes, Suecia, le tocó debutar a Cuba que insólitamente se había
clasificado a segunda ronda por la no presentación de Austria. Los
caribeños, primerizos absolutos, sorprendieron gratamente al ven-
cer a Rumania por 2-1, pero, en su segundo partido, el panorama
sería muy distinto.
Suecia, 8; Cuba, 0; fue el marcador de aquel encuentro, don-
de destacaron los tripletes de Keller y Wetterstroem. Pero lo más
curioso del juego, además del abultado resultado, fue que los cu-
banos no contaron con su mejor figura, el arquero Juan Ayra, que
después de su buen cometido ante los rumanos fue invitado por
una radio de La Habana a comentar el siguiente encuentro. Ocho
fueron los pepinos que le metieron a su colega suplente Carvajales,
y Cuba se despidió para siempre de los campeonatos mundiales.
Luego del 6-5 propinado a Polonia, el equipo de Ademar
Pimienta tendría que vérselas con los checos en segunda ronda.
Como «La batalla de Burdeos» es conocido este violento compro-
miso, que pareció más una carnicería que un partido mundialista.
Al técnico brasileño Pimienta le preocupaba de sobremanera que
el goleador checo, Oldrich Nejedlý, estuviese bajo control. Pero al
zaguero Zezé se le pasó la mano cuando, al comienzo del partido,

61
Maximiliano Jara Pozo

sacó de competencia a Nejedlý, fracturándole el tobillo. A pesar


de la terrible lesión, el jugador checo continuó jugando ya que
en ese tiempo no existían los cambios, incluso se dio el gusto de
marcar el empate de penal. Leonidas ya había marcado para Brasil
en el minuto catorce, pero después del gol eslavo el marcador no
se volvería a mover, ni siquiera con la prórroga. Sería necesario
jugar un partido de vuelta.
En el hospital no solo quedó Nejedlý, sino que también su otra
figura, Frantisek Planicka. Al arquero checo le quebraron la claví-
cula y se perdería el partido de vuelta. Los sudamericanos también
quedaron diezmados entre expulsiones y lesionados, solo contaron
con su portero Valter, además de Lopes. Otro que saldría ileso de
la masacre sería Leonidas. Muy caro pagarían los checos el dejar
al letal moreno en la cancha, porque el mismo se encargaría de
marcar el empate en el segundo partido después del gol inicial de
Vlastimil Kopecky, siendo protagonista en la gestación del segundo
y definitivo gol de la victoria para Brasil, en los pies de Roberto.
Tan espectacular fue la victoria brasileña, que el gobierno de ese
entonces, con sede en Río de Janeiro, decretó feriado nacional para
celebrar tamaño triunfo. Si supieran que sus jugadores tenían los
pies llenos de sangre checa.
Si Austria y Checoslovaquia dominaban la escena del fútbol
centroeuropeo, Francia 1938 fue la vitrina para el surgimiento de
otra potencia del Danubio, Hungría. Los magiares, cuatro años
antes, fueron vencidos por sus vecinos del Wunderteam de Meisl
pero, en esta ocasión, sería el turno de los húngaros de amenazar
la hegemonía de Italia en el fútbol continental. Ya en el camino
masacraron a Antillas Holandesas por 4-0, y en cuartos se deshicie-
ron de Suiza por 2-0. Pero la semifinal ante Suecia, en el Parque de
los Príncipes, sería otro memorable festín de una selección que se
preparaba a protagonizar más mundiales. El equipo nórdico venía
con el dulce antecedente de atropellar a Cuba por ocho goles, pero

62
Historia del secuestro de una pasión

los magiares vengarían a los modestos caribeños endosándoles a


los suecos su peor derrota histórica en copas del mundo. Tres goles
de Gyula Zsengeller, acompañado por anotaciones de Sas y Sarosi,
mandaron a casa a los suecos con la cabeza gacha. Haber goleado
a los cubanos no era ninguna excusa ante un equipo húngaro que
les pasó por encima, transformándose, junto a Brasil e Italia, en
los candidatos para quedarse con el título. Los del Danubio ya
estaban a un paso de ser campeones.
«La final anticipada», decían las crónicas de la época. El 16 de
junio, en Marsella, se jugaría la primera versión de un verdadero
clásico del fútbol mundial. Los Brasil-Italia son siempre una lucha
de disposiciones, un choque de tácticas y de estilos. Partidos como
los de la final de los mundiales de 1994 y 1970 tuvieron su génesis
en lo que ocurrió en el Velódrome marsellés.
La historia de este partido tiene dos versiones: una referente a la
confianza carioca en la previa, y la otra sobre el dudoso desempeño del
árbitro. Por lo tanto, la mejor forma de ser imparcial es incluir ambas.
El fútbol está lleno de anécdotas exquisitas, que decoran el ambiente
previo o enaltecen a los protagonistas. Afortunadamente para el fútbol,
el Brasil-Italia no fue una extensión del Brasil-Checoslovaquia de cuartos
de final, donde la violencia primó ante todo. Lo que si primó en el
equipo brasileño fue el exitismo. Ademar Pimienta, en un arranque
de optimismo, dejó fuera de la oncena titular a sus tres figuras, Leo-
nidas, Tim y Brandao. Pero eso no fue todo, cuando Vittorio Pozzo
y sus ayudantes fueron a solicitar pasajes para ir a París a jugar una
eventual final, ya habían sido comprados todos por la delegación
brasileña. Luego, Don Vitto se contactó con los dirigentes brasileños
para ver si le podían vender los pasajes en caso de que Italia ganara
el partido. Los brasileños accedieron, pero solo le dieron una entrada
para ver la final del mundo desde el palco.
No obstante, quienes tuvieron que ver la final desde la tribuna
fueron los sudamericanos, ya que al minuto sesenta, cuando Italia

63
Maximiliano Jara Pozo

ganaba uno a cero con gol de Colaussi, el veloz y pícaro Silvio Piola
se escabulló en el área carioca y se encontró con el defensor brasileño
Domingos Da Guía. Piola no hizo honor a su apellido, cayó apara-
tosamente en una jugada en que los más de treinta mil espectadores
que llegaron al Velodróme se echaron a reír, por la cínica pirueta del
ariete italiano. Todos los vieron menos el réferi suizo Hans Wuethrich,
quien cobró la falta. Atónitos, los cariocas se fueron en contra del
árbitro y de Silvo Piola, quien se paró tan rápidamente como cayó al
suelo. Algunos todavía se preguntan si Fabio Grosso vio el video de ese
partido antes de caer de igual manera ante Australia en el mundial de
Alemania 2006. Lo cierto es que era penal para Italia, la oportunidad
de sentenciar el partido y meterse por segunda vez consecutiva en una
final de un mundial. El designado por Vittorio Pozzo para tirar los
penales era el capitán del equipo, Giuseppe Meazza. Aquí se escribiría
el segundo capítulo en los eventos absurdos de este Mundial de Fran-
cia. Si a Leonidas se le salió el botín antes de marcar el gol decisivo
ante Polonia, lo que le pasó a Meazza le disputa el oro. Resulta que
cuando el jugador italiano se preparaba a tirar el penal, se dio cuenta
que había perdido el cordón que afirmaba su pantalón, pero ya era
muy tarde, pues había iniciado su carrera hacia el punto de penal. El
punto es que, un par de pasos antes de disparar, se le iba cayendo la
prenda. Sin ponerse nervioso, con la mano derecha trata de sujetarse
y manda un remate seco y directo al fondo del arco brasileño. Gol de
Italia. Después del penal Meazza se preocuparía de arreglar su ropa
antes de celebrar la conversión.
El descuento anotado por Roméu, faltando tres minutos
para el final, de nada sirvió. La avivada de Piola y los nervios de
acero de Meazza encumbraban a la Italia de Pozzo a su segunda
final del mundo.
Los medios italianos se dieron un festín con la victoria lombarda,
con cuestionables titulares y editoriales al estilo de: «Saludamos el
triunfo de la itálica inteligencia sobre la fuerza bruta de los negros».

64
Historia del secuestro de una pasión

Para la final en el Olympique de Colombes, en París, Benito


Mussolini estaba muy lejos, pero su largo brazo igual llegó a Pa-
rís a través de un telegrama redactado por el dictador y enviado
desde Roma por Aquiles Starace, el secretario general del Partido
Fascista. El mensaje no escatimó en originalidad, puesto que el
mandamás italiano le dedicó las mismas alentadoras palabras que
a su selección de cuatro años atrás, «Vencer o morir».
Francia había organizado una brillante Copa del Mundo,
destinando un generoso presupuesto para la construcción e im-
plementación de estadios e instalaciones. Sin embargo, su Primer
Ministro, Albert Lebrum, al parecer no estaba muy interiorizado
con materias futbolísticas. Cuentan las crónicas de la época que,
cuando los equipos de Italia y Hungría salieron a la cancha, el pre-
mier galo bajó del palco a saludar a los protagonistas, acercándose
primero al presidente de la FIFA, Jules Rimet, a quien en voz baja
le preguntó cuál de los dos equipos era el francés. Amablemente
Rimet lo llevó hacia George Capdeville, el árbitro francés desig-
nado para dirigir la final en agradecimiento, de parte de la FIFA,
por la impecable organización del torneo. Luego Lebrum se retiró
tranquilamente a su palco, donde disfrutó de una siesta vespertina
que fue interrumpida para la ceremonia de premiación.
Con el público en contra, Italia encaró su tercera final con-
secutiva (contando también la de los Juegos Olímpicos), y la
experiencia en duelos decisivos por parte de los italianos se trans-
formaría en un plus a largo plazo para sus futuras selecciones.
Recién a los seis minutos Colaussi adelantó a Italia en la cuenta.
Pero los magiares, dirigidos por Alfred Schaeffer, reaccionaron de
inmediato y tan solo dos minutos más tarde, Pal Titkos venció a
Olivieri y empató el marcador. A comenzar de nuevo los italia-
nos, que no aflojaban su ataque con las órdenes de un Vittorio
Pozzo que vociferaba y daba instrucciones desde el palco. Italia
golpearía de nuevo y Silvio Piola, el infaltable Capo Canoneri

65
Maximiliano Jara Pozo

del torneo, puso otra vez a Italia arriba a los quince minutos de
juego. El partido seguía de ida y vuelta, pero los transalpinos
querían asegurar cuanto antes el título. Pensaron que lo habían
logrado cuando Gino Colaussi marcó su segundo personal y el
tercero para Italia, a diez minutos del descanso.
En el entretiempo, Vitto Pozzo bajó a los vestidores, preocu-
pado como de costumbre. Italia estaba a cuarenta y cinco minutos
de ser campeón, pero los húngaros no bajarían los brazos. En
camarines el estratega italiano no se cansó de dar órdenes para
elentar a que el equipo no se sintiera ganador, y seguiera macha-
cando hasta el final a la poderosa delantera magiar.
Como era de esperarse, el segundo tiempo fue todo para Hun-
gría. Los italianos se replegaron, marcando los primeros orígenes
de los que treinta años después sería llamado Catenaccio. Pero
antes de Helenio Herrera, a los lombardos les acomodaba bastante
el cerrar su retaguardia como candado. La zaga compuesta por
Foni, Rava, Serantoni y Andreolo rechazaba los embates de Gyorgy
Sarosi, la principal amenaza de los del Danubio.
A los veinticinco minutos del complemento, el propio Sarosi
logró vencer el rompecabezas italiano y descontó para Hungría.
Los últimos veinte minutos del partido serían de culto. Hungría
que martillaba e Italia, atrincherada, se defendía con lo que podía.
Había comenzado la guerra de desgaste para la defensa azzurra,
pero la velocidad de sus defensas parecía ser una barrera infran-
queable para los magiares. Hasta que llegó el momento cúlmine en
la final de Francia 1938: cuando faltando diez minutos para el fin,
Silvio Piola dribleó el balón hasta la salida del área rival y mandó
un potente remate demasiado esquinado para la reacción de Szabo.
Alivio y satisfacción en el equipo italiano, ahora sí podían
celebrar. El 4-2 era diferencia suficiente para volver a gritar «cam-
peones». Esta vez no habrían ni locuras ni desmanes ni Vittorio
Pozzo volando por los aires, sino que una emotiva interpretación

66
Historia del secuestro de una pasión

de su canción nacional «Fratelli d´Italia», junto con la tranquila


convicción de haber cumplido con su deber, demostrándole al
mundo que Italia era capaz de ganar en cualquier parte, incluso,
lejos de las influencias de Mussolini. Ahora Pozzo podía estar
tranquilo. Desde que tomó el equipo nacional para el Mundial de
1934, hasta ese cúlmine momento en París, se había convertido
en el único técnico bicampeón mundial, y si a eso le sumamos la
medalla de oro en Berlín, la figura de Vittorio Pozzo se convirtía
en un paradigma en la historia del fútbol universal. Sus revolu-
cionarias y hábiles tácticas, junto con su paternalista y autoritaria
personalidad y el vasto conocimiento del juego, hicieron de Pozzo
un técnico legendario. Seguramente, de existir un premio nobel
para quienes han aportado más al juego, Pozzo se llevaría los
laureles. La final de Francia 1938 sería su más dulce momento.
Por supuesto que el 4-2 sobre Hungría fue recibido con tanta
alegría en Roma como cuatro años antes. La amenaza del Duce,
al igual que en 1934, fue cambiada por cariñosos abrazos y ge-
nerosos regalos por parte del gobierno. Con respecto a aquella
venenosa amenaza de Mussolini a sus propios jugadores, años más
tarde, Antal Szabó, el arquero de la Selección Húngara, recordó:
«Nunca en mi vida me sentí más feliz que después del partido.
Con los cuatro goles que me hicieron le salvé la vida a once seres
humanos, pues me contaron que antes de empezar el partido los
italianos habían recibido un telegrama de Mussolini que decía:
‘Vencer o morir’. Ganaron».
De esta forma se pudo explicar por qué varió tanto la forma-
ción italiana entre 1934 y 1938. Seguramente, los jugadores que
se consagraron en el Nazionale del Partito Fascista de Roma no
se expondrían nuevamente a las amenazas de muerte emanadas
de su propio dictador.

67
Capítulo v

El partido de la muerte

«¡Fizcult Hurra!». ¡Viva el Deporte!».


Jugadores del FC Start antes de
empezar el juego frente al Flakfel.

Tan solo un puñado de optimistas pensó la posibilidad de celebrar


la IV versión de la Copa del Mundo de la FIFA. Si ya para Fran-
cia 1938 los ánimos estaban más que caldeados en Europa, para
1942 el continente ya llevaba inmerso tres años en la guerra más
sangrienta en toda la historia de la humanidad.
La «Blitzkrieg» o «guerra relámpago» de los alemanes exten-
dió el imperio de Hitler por Europa. La bota nazi ya había sido
puesta en todos los puntos cardinales, rápidamente se invadió el
oeste y se ocupó Francia, Bélgica, los Países Bajos y Austria, por
el sur; los países nórdicos de Dinamarca, Suecia y Noruega; y, por
el este, las inevitables y prematuras caídas de Polonia y Checoslo-
vaquia, además de los Balcanes.
Pero el Führer tenía un plan mucho más ambicioso, que se-
ría a la larga su pecado más lamentable en el resultado final de
la guerra. Suspendiendo la Operación León Marino, es decir, la
invasión a las Islas Británicas, Hitler concentró su atención en lo
que se había convertido en un objetivo estratégico primordial, la
destrucción de la Unión Soviética.
La extensión alemana hacia «su espacio vital del este», sig-
nificó la anexión de vastos y ricos territorios petroleros, especial-

69
Maximiliano Jara Pozo

mente en el Cáucaso. Una de las primeras víctimas de la invasión


alemana rumbo a Moscú fue la ciudad de Kiev, capital de lo que
actualmente es la República de Ucrania.
Justamente en aquella ciudad, devastada por los bombardeos
y la ocupación extranjera, surgió una de las historias más conmo-
vedoras en la que el fútbol fue protagonista. Si el Wunderteam
austriaco, encabezado por el épico Matthias Sindelar, sufrió en
carne propia los horrores de la guerra, el brillante y legendario
equipo del Dínamo de Kiev de los años cuarenta también se con-
virtió en mártir no solo de su patria, sino que del fútbol universal.
El FC Dynamo Kyiv, en su lengua original, más conocido por
todos como Dínamo de Kiev, es el equipo más popular de Ucrania y
uno de los clubes más reconocidos de la Europa oriental. Este equi-
po, que acumula en sus vitrinas asombrosos éxitos, como el ser once
veces campeón consecutivo de la Liga Premier de Ucrania desde su
fundación en 1993, acumulando otros veinte y tres títulos cuando el
país formaba parte de la Unión Soviética y, por si fuera poco, conquis-
tando siete torneos europeos, destacando dos Recopa de Europa; es
dueño de una historia envidiable. Pero, sin lugar a dudas, la historia
más gloriosa de este club no tiene que ver ni con trofeos o celebracio-
nes desbordantes, sino con el homenaje a un puñado de futbolistas
ucranianos que dieron la vida, literalmente, por un partido de fútbol.
El 19 de septiembre de 1941 cayó Kiev. La ocupación alemana
redujo a escombros la ciudad, y, durante las semanas siguientes,
miles de prisioneros provenientes de las desarticuladas filas del
Ejército Rojo deambulaban como mendigos. Las autoridades
alemanas habían prohibido la entrega de cualquier ayuda a los
prisioneros por parte de la población civil. Entre los harapientos
soldados habían algunos reconocidos futbolistas de Kiev, especial-
mente, muchos jugadores del Dínamo que habían sido enviados
al frente en su condición de miembros del Partido Comunista,
requisito ineludible para ser miembro del club.

70
Historia del secuestro de una pasión

Un panadero de origen alemán, llamado Iosif Kordik, cami-


naba por la todavía humeante ciudad cuando, al pasar al lado de
un pordiosero, se detuvo para dar media vuelta hacia el roñoso
hombre, impresionado por la familiaridad de su rostro. Se trataba
de Nikolai Trusevich, el arquero del Dínamo de Kiev, considerado
uno de los mejores porteros de la Unión Soviética. Kordik era faná-
tico del Dínamo y no podía creer que Trusevich, sucio y famélico,
estuviera a su lado. De inmediato lo llevo a su casa, en contra de
las leyes marciales alemanas, y le ofreció alimento y techo, ade-
más de un trabajo en la panadería y un primer encargo: volver a
las polvorientas ruinas a buscar a otros futbolistas perdidos que
habían servido en la guerra. Día tras día Trusevich se internaba
en la ciudad buscando a sus compañeros, hasta que, de a poco,
logró reencontrarse con ocho colegas, de los cuales cinco eran
del Dínamo. Más tarde se toparía con otros tres ex jugadores del
Lokomotiv, rival acérrimo del Kiev en la liga soviética.
Kordik les dio asilo, alimento y trabajo a todos. La panadería
funcionaba con once futbolistas profesionales que, después de la
jornada, jugaban sus partiditos en el reducido patio del local. Fue
así como entre harina y levadura se fue formando un combinado
soviético al que bautizaron con el nombre de FC Start, en honor
al «recomienzo» de la vida futbolística de estos jugadores que ha-
bían tenido que colgar los botines para cambiarlos por las armas.
Tras el infierno que había sido la ocupación, los nazis quisie-
ron tranquilizar un poco más las cosas en la zona, reestableciendo
los servicios básicos para la población, entre ellos, el fútbol. Las
autoridades alemanas organizaron un mini torneo para entretener
a sus tropas que contó con cuatro equipos, dos provenientes de la
Wermacht y la Luftwaffe y los otros conformados por efectivos
de las fuerzas rumanas y húngaras, afines al régimen nazi. Los
alemanes, para hacer un poco más emocionante la liga, invitaron a
dos equipos locales, el Rukh y los panaderos del FC Start, quienes

71
Maximiliano Jara Pozo

inscribieron el equipo con ese nombre ya que el Dínamo de Kiev


estaba clausurado debido a su filiación política.
En el debut programado para el 7 de junio de 1942, los del Start
debieron enfrentar a sus compatriotas del Rukh, quienes, a pesar de
ser de Kiev, colaboraban con los invasores. El FC Start se presentó
en el campo con un uniforme confeccionado rudimentariamente por
ellos mismos, pero de color rojo, un aviso de que el Dínamo aún
vivía entre ellos. Jugando sin botines ni ningún tipo de comodidades,
el FC Start humilló a los «traidores» del Rukh por 7 a 2.
Sería el comienzo de una leyenda inolvidable para los segui-
dores del clausurado Dínamo de Kiev, y también para el pueblo
ucraniano. Aquel debut soñado por los panaderos se convirtió en
una escalada de triunfos, cuya segunda víctima fue un combinado
conformado por soldados húngaros, a los que golearon por 6-2.
Unos días después, bastante peor lo pasó un grupo de oficiales
del Ejército rumano. Los colorados del Start no los perdonaron,
pasándoles la boleta con un categórico 11-0.
El equipo parecía imparable. En sus tres primeras presenta-
ciones golearon a todos sus contrincantes. Los habitantes de la
todavía ruinosa ciudad de Kiev estaban maravillados con el FC
Start, una verdadera reedición del proscrito y popular Dínamo.
Pero tanto entusiasmo preocupó a las autoridades alemanas. El
equipo de los panaderos estaba creando un ambiente peligroso en
la población, y más triunfos del cuadro local podrían convertirse
en un verdadero dolor de cabeza para la ocupación. La oficialidad
del Ejército alemán decidió frenar de una vez el asunto, para lo
que preparó una masiva convocatoria para buscar talentos en las
tropas de la Wermacht estacionadas en Ucrania. El 17 de julio, diez
días después del debut, el FC Start afrontó su cuarto compromiso.
En el pequeño pero poblado estadio Zenit, el improvisado equipo
alemán no era rival para los profesionales del Start. El resultado
final no le sorprendió a nadie, otra vez 6 a 2 a favor de los locales.

72
Historia del secuestro de una pasión

Impotentes, las autoridades castrenses germanas seguían en


su confusión. Ya no sabían qué hacer con ese equipo de jugadores
roñosos y muertos de hambre. Pronto la situación sería cada vez
peor, pues en todas las calles de Kiev se comentaba la victoria sobre
los alemanes. Lo mejor era que las desastrosas noticias no llegaran
todavía a Berlín, así que, en las cúpulas de la Wermacht apostadas
en la ocupada Kiev, se decidió por traer a un club profesional para
que de una vez por todas matara el invicto del FC Start, evitando
así cualquier suspicacia en Alemania.
El MSG de Hungría, equipo magiar profesional y de primera
división, se enfrentó a los locales el 22 de julio en el estadio Zenit.
Se jugarían dos partidos, un ida y vuelta, dos chances para que los
visitantes cumplieran su misión: hacer añicos a la leyenda roja.
Pero los que fueron destruidos en el campo de juego fueron los
húngaros, el Start les metió cinco. La poderosa delantera liderada
por Klimenko no tuvo piedad. A pesar de la paliza, el FC Start
debió afrontar el partido de revancha con varios jugadores menos
ante el maltrato deliberado propinado por el MSG. Sin embargo,
a pesar de las lesiones, al día siguiente el Start tuvo otra jornada
memorable. Solo el juego, en extremo brusco, y la voluntad del
árbitro de convertir el campo de juego en una carnicería, hicieron
del resultado algo un poco menos decoroso. 3-2 se impusieron los
locales y la visita se fue a casa dos veces derrotada.
El asunto ya se estaba yendo de las manos alemanas. Lo que
había empezado como un equipo de panaderos subalimentados
que jugaban con zapatos de trabajo, se había vuelto una verdadera
leyenda no solo en Kiev, sino que en todo el Cáucaso. Como los
generales nazis del frente oriental ya habían hecho todo lo posi-
ble para frenar al Start, se pensó en matarlos a todos, pero eso
empeorarías las cosas. Convertir a los futbolistas en mártires solo
incrementaría el odio en la población, y las ganas de levantarse
contra la ocupación.

73
Maximiliano Jara Pozo

«Las penas del fútbol solo se pasan con fútbol», se pensó,


pero lo que más temían los altos mandos alemanes en el frente
este era que las hazañas del Start llegaran hasta Alemania. Un co-
municado desde el mismísimo Reichstag ordenaba «la inmediata
solución al problema», amenazando con cambios drásticos en la
comandancia del frente oriental, donde las penas se pagaban en el
infierno de Stalingrado. Pero el Estado Mayor alemán sabía que
los problemas debían ser solucionados, primero, en la cancha, y
ordenaron el desplazamiento relámpago del Flakelf, el exitoso
equipo de fútbol conformado por miembros de la Luftwaffe. Este
cuadro, perteneciente a la Fuerza Área de Hitler, representaba
lo mejor del fútbol alemán, contando entre sus filas a varios fut-
bolistas profesionales. El Flakelf no había perdido nunca, eran
las fuerzas de elite del fútbol nazi, y se había convertido en la
invicta arma propagandística hitleriana en sus giras a los países
invadidos. Pero al igual como ocurriría meses más tarde con las
tropas del Tercer Reich, el frente oriental fue de una complejidad
abismal para el equipo alemán.
Desde que el Dínamo de Kiev jugaba los clásicos con su rival
ruso del Lokomotiv que no se vivía un ambiente de derbi en el Cáu-
caso. Las sufridas calles de Kiev fueron empapeladas con carteles
que anunciaban el partido entre el equipo local, el FC Start, y los
alemanes del Flakelf. Incluso se cobró una entrada de cinco rublos
para asistir al encuentro. Si bien el Start ya tenía el título del torneo
en el bolsillo, puesto que había ganado todos sus encuentros, el
partido con los de la Luftwaffe significaba bastante más que los
puntos. Gracias a una colecta popular se pudieron confeccionar
camisetas, shorts, medias y botines para los jugadores locales. El
partido conocido como «el de los panaderos contra los pilotos»,
tuvo su lugar el miércoles 6 de agosto, en el Zenit. Eso no era todo
porque, al igual que en el último encuentro ante el MSG húngaro,
se disputaría un partido de revancha en el mismo recinto.

74
Historia del secuestro de una pasión

Algarabía hubo en la capital ucraniana cuando, a través de


la radio y los periódicos, se difundió la aplastante victoria del FC
Start en el juego de ida. Los alemanes fueron sorprendidos por
la habilidad y velocidad de los jugadores soviéticos, además de la
prácticamente invulnerable portería magistralmente defendida por
Trusevich. El resultado fue un vistoso 5-1 a favor del equipo local.
No cabía duda alguna de la superioridad de los panaderos, y
las autoridades alemanas que estaban en el palco del Zenit no veían
cómo salvarse de esta. Si el segundo partido salía tan mal como
el primero, seguramente muchos tendrían que hacer sus maletas
con destino al infierno del Volga. Una victoria en la revancha era
vital, y el Flakelf debía ganar a como diera lugar.
Como «El partido de la muerte» se conoce el segundo compromi-
so entre el FC Start y el Flakelf, por el trágico final que podría esperar
a sus jugadores. Adolf Hitler no era conocido por su acercamiento
al fútbol, pero su ministro de Propaganda, Paul Joseph Goebbels, sí
lo era, y conocía a la perfección los costos o los beneficios que po-
dían significar una derrota o una victoria en la cancha. Se dice que
hasta el propio Hitler estuvo expectante ante el resultado, y que tras
la goleada sufrida en el primer partido ya había declarado a varios
oficiales como «ineptos», ordenando su transferencia al frente ruso.
Lo cierto era que durante las horas previas al partido, Kiev
era una fiesta, como si la gente hubiera olvidado los meses de feroz
ocupación extranjera. Los jugadores del Start recibían el cariño de
la población que les regalaban comida, pan, abrazos y besos. Eran
el orgullo del pueblo. Ellos intuían que una victoria frente a los
alemanes no sería soportada con amabilidad por el invasor, pero
el dejarse ganar sería derrochar lo poco que quedaba de orgullo
ucraniano. El perder voluntariamente estaba fuera de discusión,
cualquiera fuesen las consecuencias.
En el camarín, mientras los jugadores se vestían con su nueva
indumentaria (camiseta roja, pantalón blanco y medias rojas),

75
Maximiliano Jara Pozo

recibieron la visita de un singular personaje. Era un oficial de la


Wermacht que en ruso les comunicaba que sería el árbitro del
partido. De pasada también les hizo una última recomendación
a los jugadores del Start: «Saluden a sus rivales y al palco oficial
según nuestro protocolo», lo que en pocas palabras significaba
extender el brazo y avivar al Führer.
Con esas explícitas «recomendaciones» salió el Start a un cam-
po de juego rodeado por soldados alemanes armados como para
cruzar el Volga. Al momento de formarse y saludar al estilo nazi, los
once que conformaban la línea roja alzaron sus brazos para hacer
el gesto hitleriano encomendado, ante la cara de conformidad del
palco oficial, pero luego se llevaron sus brazos al centro, golpeando
sus pechos y gritando «¡Fizcult Hurra!», «¡arriba el deporte!».
Contra un equipo que además de sus once jugadores contaba
con otros once suplentes en el banco, y con un árbitro que cobraba
solo para un lado, los jugadores del Start se las arreglaron para
marcar su superioridad desde el inicio y, antes que acabara el primer
tiempo, ya habían marcado tres goles. El Flakelf no tenía por dónde.
A pesar de estar exhaustos por la seguidilla de partidos y por el
dolor de las lesiones, todo parecía andar como estaba pronosticado.
De seguir así, el equipo ucraniano cosecharía una nueva goleada.
Durante el descanso otra vez apareció un comandante alemán,
quien no traía recomendaciones precisamente. El oficial de Werma-
cht les ordenó: «O se dejan ganar, o los fusilamos a todos», así de
simple y directo. A los jugadores no les importó. Sabían que por
haber llegado a ese decisivo encuentro el pueblo de Kiev los adoraba,
lo que era suficiente amenaza para la ocupación alemana y suficiente
motivo para matarlos; si ganaban, de seguro todos terminarían en
el patíbulo. La suerte ya estaba echada, y los once futbolistas del
Start sabían que se estaban jugando algo más que sus propias vidas.
El segundo tiempo fue otra lección de buen juego, todas explí-
citas cátedras de jugadores que tenían claro que eran los últimos

76
Historia del secuestro de una pasión

cuarenta y cinco minutos de juego de sus vidas. No uno, tampoco


dos, sino tres fueron los goles que marcaron en el complemento.
5-3 era el marcador y el local tenía a su merced al Flakelf, tanto así
que, en los minutos finales, se vivió una de las escenas más inverosí-
miles pero emocionantes de esta historia, cuando Alexei Klimenko,
el goleador del equipo, tomó el balón en su propia área y se fue
gambeteando y burlando jugadores alemanes en el camino, en una
loca carrera maradoniana que terminó con el delantero burlando
hasta el arquero, siguió hasta la boca del arco y puso la pelota en la
línea de gol. Todos los jugadores, soldados, oficiales y espectadores
que colmaban el estadio se quedaron impávidos esperando el lógico
descenlace, pero, en vez de eso, Klimenko devolvió la pelota hasta
el mediocampo. Silencio absoluto. Los veinte mil espectadores que
repletaron las gradas del viejo Estadio Zenit fueron testigos de la
superioridad materializada en un acto de misericordia al vencido,
en donde el arco vacío evocaba el espíritu de los habitantes de la
destruida Kiev frente al avance imparable del invasor que, esta vez,
había sido no solo superado, sino que vapuleado y burlado por el
humilde pero talentoso equipo de panaderos. Aquella mítica jugada
de Klimenko representó la ironía máxima del fútbol: no meterla den-
tro por desprecio. La bota nazi que pisoteó a los pueblos europeos
del este ahora era aplastada frente a una multitud donde pocos se
dieron cuenta, confundidos, de la potente acción simbólica que el
delantero soviético protagonizó.
Después de aquella jugada, conocida como «el gol invisible»,
terminó el partido con el marcador 5 a 3 a favor del FC Start.
Los jugadores sabían que un trágico final les depararía inmedia-
tamente pero ningún oficial alemán llegó a los vestuarios ni hubo
recomendaciones, solo tranquilidad. Como si nada, los futbolistas
regresaron a la panadería de Iosif Kordik, donde descansaron un
par de días, hasta que tocaron la puerta. No eran alemanes, sino
que representantes del Rukh, el otro equipo de Kiev que venían a

77
Maximiliano Jara Pozo

pedir revancha después del 7-2 del debut. Aguerridos, los del Start
se tomaron el partido en serio y otra vez vencieron a sus coterrá-
neos colaboracionistas, castigándoles nuevamente su traición con
un vergonzoso 8 a 0.
Una semana después de la vuelta al trabajo, nuevos visitantes
llamaron a la puerta de Kordik. No eran clientes, ni tampoco otro
equipo de la zona para pedir un partido de revancha. La Gestapo,
con lista en mano, detuvo a nueve jugadores y los condujo a un
camión. Su detención se justificó por la militancia de estos juga-
dores en el Partido Comunista Soviético (para ser jugadores del
Dinamo de Kiev debían serlo). Nikolai Korotkykh era, además,
parte de la KGB, la policía secreta rusa, por lo que fue fusilado
al instante, delante de sus compañeros. El resto fue llevado a un
cuartel de la Gestapo, donde fueron torturados de forma individual
para obtener información sobre sus colegas. A pesar de las tortu-
ras, los jugadores del Start no abrieron la boca. Más tarde fueron
derivados al campo de concentración de Siretz. Allí los mataron
a todos. Se cuenta que el arquero Trusevich murió en el paredón
con su camiseta puesta.
Nueve fueron los jugadores detenidos, torturados y asesinados,
pero, ¿qué pasó con el resto? Tres futbolistas lograron escapar
antes de ser llevados a Siretz; uno de ellos desapareció, mientras
que Goncharenko y Sviridovsky lograron sobrevivir, escondidos
en las ruinas de Kiev. Ellos vivieron para contar su historia, la del
equipo de ex futbolistas del Dinamo salvados por un panadero.

78
Capítulo vi

El fútbol de la posguerra

El empate era suficiente para darle el título a Brasil. Me fui a


los vestuarios a preparar mi discurso, pero cuando volví
no entendí nada. No habría himno nacional, ni celebracio-
nes, ni siquiera mi propio discurso final. Solo recorría una
triste brisa bajando de las tribunas. Busqué al capitán de
Uruguay y le pasé el trofeo casi a escondidas.
Jules Rimet, presidente de la FIFA, durante la
final del campeonato mundial de 1950.

Si el fútbol de entreguerras fue todo para Italia, en los años venide-


ros la península perdería su hegemonía. El fútbol europeo forjaría
a sus nuevos protagonistas, y el escenario mundial de la posguerra
marcaría el surgimiento de una nueva potencia, la Unión Soviética
y sus países satélites.
El fútbol escondido tras la Cortina de Hierro sostuvo un in-
teresante desarrollo que comenzó con el fin de la Segunda Guerra
Mundial. A pesar de que las naciones invadidas por las tropas nazis
yacían en ruinas, la actividad futbolística de la región resplandeció
entre toda la destrucción y el nuevo panorama político de los países
del este, absorbidos por el comunismo.
El caos de la guerra obligó a suspender cualquier evento
deportivo a partir de 1938. Seguramente muy pocos se hubiesen
puesto a pensar qué hacer con el campeonato mundial mientras
los alemanes desplegaban su blitzkrieg por el continente. Las ur-
gencias obvias del periodo de conflicto imposibilitó el desarrollo

79
Maximiliano Jara Pozo

normal del fútbol. Desde Francia hasta Rusia y desde Sicilia hasta
Escocia, muchos campos de fútbol habían sido bombardeados; los
clubes, cerrados; y los futbolistas e hinchas enlistados en las filas
de sus respectivas fuerzas armadas.
Con el colapso del nazismo en Alemania y del fascismo en
Italia, junto con la reorganización del mapa europeo, las únicas
figuras totalitarias que sobrevivieron fueron Francisco Franco
en España y Joseph Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas. Justamente, el fútbol de ambos países daría mucho que
hablar en el futuro cercano.
A Benito Mussolini lo terminaron colgando de los pies. Italia
no solo había perdido la guerra, también su poderoso balompié
fue desapareciendo, al igual que el régimen fascista que tanto los
acompañó durante la década de los treinta. El primer acontecimien-
to que marcó al fútbol de la posguerra fue la derrota de Italia a
manos de Inglaterra, en un partido amistoso jugado en la península.
Lo que puede parecer una anécdota sin importancia, tuvo grandes
consecuencias. A diez años del bicampeonato mundial conseguido
en Francia, el equipo italiano, sin duda, no era el mismo. El trauma
de perder la guerra y el éxodo de sus figuras redujo a la otrora
formidable azzurra a un equipo con talento itacto, pero sin ganas.
Al igual que a principios de los treinta, Vittorio Pozzo vio la oportu-
nidad de empezar de cero, pero los dirigentes de la época no tenían
ganas de seguir probando, y la derrota de local ante Inglaterra era
la excusa perfecta para cesar al técnico, a quien vinculaban con
el régimen fascista. Así terminó el magnífico reinado de Pozzo en
el fútbol mundial. A los italianos les costaría mucho volver a la
cima nuevamente, para ser exactos, cuarenta y cuatro años. Pero
eso no sería todo; para aumentar el drama lombardo, la Selección
terminó de descomponerse tras el lamentable accidente aéreo del 4
de mayo de 1949, cuando el avión que transportaba al equipo del
Torino, que contaba entre sus filas a varios seleccionados, chocó

80
Historia del secuestro de una pasión

en las montañas del Los Alpes. Solo hubo un sobreviviente. Diez


años más tarde, una desgracia de la misma naturaleza enlutaría a
Inglaterra, particularmente a la ciudad de Manchester. Fue la tra-
gedia aérea de Munich en 1958, cuando veinticuatro integrantes
del plantel del Manchester United perdieron la vida al chocar su
avión en una nevada noche en el aeropuerto muniqués, después
de jugar un partido de la Copa Europa en Belgrado.
La paralización del fútbol en Europa no significó la muerte del
juego durante la guerra, porque mientras el Viejo Mundo se des-
angraba, otro gallo cantaba en Sudamérica. Años dorados vivió el
fútbol sudamericano por aquella época. La paz, la profesionalización
y la cohesión de sus miembros, hicieron de la CONMEBOL una
institución fuerte, capaz de competir con una FIFA disuelta, cuya
única anécdota fue cuidar que los alemanes no se robaran el trofeo.
Las ligas de Brasil, Uruguay, Argentina y Chile tuvieron un
aumento notable en la calidad del juego. Fueron estas cuatro nacio-
nes las que se encargaron de animar torneos sudamericanos que se
hicieron populares y periódicos a partir de la década de los veinte.
Cómo no recordar lo profesionalizado y poderoso que se
volvió el fútbol argentino, con superpotencias rioplatenses como
Boca Juniors, San Lorenzo de Almagro, Independiente de Avella-
neda y por supuesto, el equipo símbolo del fútbol argentino de los
cuarenta, «La Máquina» de River Plate.
Con los campeonatos mundiales suspendidos por la guerra
(1942 y 1946), la FIFA pensó que ya era hora de devolver el torneo
a Sudamérica. Entre Brasil y Argentina se sobaban las manos para
ser sedes del magno evento, pero los brasileños corrían con ventaja.
A pesar del desarrollo de su competencia y la infraestructura del
fútbol argentino, la FIFA no había olvidado el boicot realizado
por Buenos Aires en Francia 1938. Por su parte, Brasil se había
transformado en el «niño bueno» de la FIFA, asistiendo, sin pro-
ducir problemas, a los dos mundiales europeos anteriores. Pero eso

81
Maximiliano Jara Pozo

no era todo; la fenomenal actuación de la Selección Brasileña de


los descalzos pies de Leonidas Da Silva, en Francia, habían hecho
mucho en pos de la imagen del Brasil.
El Congreso de la FIFA no dudó y los cariocas se adjudicaron la
sede para la Copa de 1950. De inmediato Brasil se tomó muy en serio
la organización del campeonato, para el que construyeron tres estadios
nuevos, entre los cuales se encontraba el colosal Maracaná de Río de
Janeiro, con la ambiciosa capacidad para 200.000 espectadores, por
lejos, el estadio más grande del mundo hasta aquel entonces.
Sin embargo, a pesar de todas las ganas de los brasileños poco
atractivo tenía el campeonato para los europeos. Esta vez no era el
desgano de tener que cruzar el Atlántico, sino que los problemas
financieros y la precariedad de su destruido medio les restó interés
en participar. Hubo muchas deserciones, por ejemplo, la de Escocia,
que, a pesar de haber clasificado, no soportó que Inglaterra los
venciera en el último partido. El cupo fue ofrecido a Francia, que,
increíblemente, lo rechazó. El boleto llegó hasta Portugal, pero los
lusitanos tampoco querían saber nada del torneo. Incluso, aunque
parezca mentira, la clasificación automática llegó hasta la India.
Por fin podría participar un grande de Asia pero, cuando estaban
listos para salir de Mumbay hacia Río de Janeiro, todos se baja-
ron del avión. India también rechazaría la invitación puesto que
la FIFA no autorizó que los jugadores indios jugasen descalzos.
La FIFA decidió no someter al campeonato a más vergüenzas,
cerrando el cupo que todos se peloteaban. Aunque todavía falta-
ría una deserción más, esta vez, política. El teniente general Juan
Domingo Perón, mandamás de Argentina, decidió proscribir a su
país del torneo, en una decisión controvertida y poco entendida
por los medios, jugadores e hinchas argentinos. ¿Cómo era posible
que una selección con calidad suficiente para disputar la copa sea
automarginada por su presidente?

82
Historia del secuestro de una pasión

La poco popular maniobra de Perón tenía sus fundamentos: no


exponer la imagen de Argentina en caso de perder, sobre todo, si la
derrota era frente a los dueños de casa. El caudillo había llegado hace
algunos años al poder y no quería tener ni la más mínima posibilidad
de ver desprestigiado su régimen por un resultado deportivo. Al igual
que su antecesor fascista, Perón conocía muy bien los beneficios y
peligros del fútbol en la sociedad. El mismo militar se encargó de
presupuestar la construcción de estadios e infraestructura depor-
tiva en el país, pero reculó al más mínimo peligro de ver perder a
su selección. Perón no sería el último en tomar este camino, unos
años después Franco sacó a España de la carrera por la Eurocopa
de 1960, por temor a perder frente a los rusos.
Al igual que veinte años atrás en Uruguay, el Mundial tendría
que jugarse con trece selecciones. Masiva nuevamente fue la pre-
sencia de americanos, contabilizando siete representantes, además
de los dueños de casa: Bolivia, Chile, Estados Unidos, México, Pa-
raguay y Uruguay. Por su parte, Europa contó con seis miembros:
España, Italia, Suecia, Suiza, Yugoslavia y, por supuesto, el esperado
debut de la superpotencia que despertaba de su letargo, Inglaterra.
El inicio de los ingleses parecía ser dulce, derrotando a Chile
por 2-0 en el Maracaná, pero el juego más recordado de la prime-
ra ronda es una memoria muy amarga para los británicos. En su
segundo compromiso, ante el débil equipo de los Estados Unidos,
Joseph Edouard Gaetjens, un morocho nacido en Haití, marcó
el único gol del partido, resultado que mandaba a los inventores
del fútbol de vuelta a casa en su primera presentación copera.
Los principales diarios de Inglaterra no podían creer el cable que
les llegaba desde Brasil, incluso, algunos pensaron que la infor-
mación era errónea, y que el marcador era 10-1 para Inglaterra,
pero se equivocaron por diez goles. Y eso no sería todo; el pobre
recorrido del equipo de Walter Winterbottom; que contaba con
estrellas como el arquero Alf Ramsey, el mismo que como técnico

83
Maximiliano Jara Pozo

se proclamaría campeón del mundo dieciséis años más tarde, y


también con el talento del delantero Stanley Matthews; caería
ante España por la mínima, despidiéndose prematuramente de su
primera copa mundial en una década que finalizaría el predominio
británico sobre el juego.
El favorito de todos era, sin duda, Brasil. El conjunto dirigido
por Flavio Costa se puso como meta el título mundial y, como una
maquinita imparable, no tuvieron inconveniente alguno hasta lle-
gar a la final. Para Brasil 1950, el fixture indicaba que el campeón
de cada grupo disputaría una fase final, por lo que Brasil, Uruguay,
Suecia y España se jugarían el título en partidos de todos contra
todos. Ciento cuarenta mil personas llegaron al Maracaná para
ver la boleta que los anfitriones le propinaron a Suecia por 7-1,
con cuatro goles del fantástico Ademir, quien sería el goleador
del torneo. Cuatro días más tarde se jugaría la denominada «final
anticipada»: Brasil-España. Los ibéricos venían de adjudicarse el
grupo B tras ganar todos sus compromisos, y en la fase final co-
secharon un agónico empate con Uruguay. Pero, de todas formas,
la amenaza europea no era suficiente para el inspirado cuadro
brasileño. Esta vez no fueron cuatro, pero la tripleta de Ademir
sirvió para despachar a los españoles por un categórico 6-1. Parecía
que nada ni nadie podría parar al equipo de Costa en su frenética
carrera hacia el título mundial.
La historia del «maracanazo» constituye uno de los fetiches
de la historia de la copa del mundo. Un lugar común que se
transformó en un bastión para los débiles, en una paradoja que
recuerda los «sinsentido» que pueden ocurrir en el campo. Si en
la Biblia hubo un David y Goliat, en el fútbol hubo, alguna vez,
un «Brasil-Uruguay». Está de más decir que los cariocas tenían
armada una fiesta, pues se daban por campeones del mundo. El
Carnaval de Río se había adelantado casi medio año para aplaudir
a sus héroes nacionales. La prensa de ese mítico, o maldito, 16

84
Historia del secuestro de una pasión

de julio de 1950, ya había publicado los diarios con la portada


saludando a los brasileños como campeones mundiales. Por
segunda, y última vez en la historia, dos equipos sudamericanos
se enfrentaron en una final del mundo. Por última vez Uruguay
levantaría el trofeo, bautizado en ese mundial como Jules Rimet,
en honor al dirigente francés de la FIFA.
Podría decirse que la final de Brasil 1950 supuso el triunfo no
solo del fútbol charrúa, sino que también del fútbol sudamerica-
no. La decadencia del balompié europeo tras la guerra retrasó en
años el desarrollo de este deporte en el Viejo Mundo, mientras que
Sudamérica se convirtió en una fortaleza inamovible que logró la
hegemonía del fútbol mundial. Por su parte, el dinamismo de las po-
tencias comunistas las transformaría en la nueva fuerza ascendente.
El mapa del mundo había cambiado; el del fútbol, también.

85
Capítulo vii

El mayor Puskas y los


soldados del fútbol

Si Puskas jugara hoy


¡Ay, Dios!
En vez de jugar en un Bernabeu de madera
saldría a jugar en el mejor estadio de nuestra era.

Si Puskas jugara hoy


¡Ay, Dios!
En vez de velar su cuerpo y tener sus recuerdos nobles
Disfrutaríamos de lo que más supo hacer: sus goles.

Eduardo Combe, «Homenaje a Puskas»

Para nadie fue sorpresa que Hungría haya sido uno de los protago-
nistas del escenario mundial en la década de los cincuenta. Austria
y Hungría, a pesar de su separación política tras el colapso del
Imperio Austrohúngaro después de la Gran Guerra, heredaron el
legado de la Escuela del Danubio impulsada por su ideólogo, Hugo
Meisl. No obstante, ambos alumnos tuvieron un desarrollo dispar
en el tiempo. La década de los treinta fue para Austria, mientras
que los siguientes decenios estarían al lado de los magiares.
El fatídico desarrollo de la guerra llevó a Hungría a acercarse
al régimen nazi, evitando así recibir toda la furia del Tercer Reich.
Su compromiso con los alemanes sería duramente castigado por
los aliados, especialmente por los soviéticos. El avance del Ejército

87
Maximiliano Jara Pozo

Rojo fue implacable en el frente oriental, absorbiendo también


al pequeño territorio húngaro. Lo peor fue que, tras la caída
de Berlín, los rusos tampoco estaban interesados en retirarse de
Budapest. Si bien Hungría era un Estado independiente a Moscú,
el Kremlin vigilaba constantemente a sus pequeños pero impor-
tantísimos satélites europeos; cualquier desvío fuera de la ruta del
marxismo-leninismo sería inmediatamente reprimido, como pasó
en Polonia y Checoslovaquia. De esta forma, la Revolución de
1956 marcará el fin de de uno de los equipos más espectaculares
de la historia del fútbol.
Pese a los desastres de la guerra el fútbol continuó desarro-
llándose en las riberas del Danubio, como un germen sembrado
y propagado hace más de veinte años por el desaparecido Hugo
Meisl. Si la guerra no hubiese interrumpido el creciente desarrollo
del fútbol húngaro, que antes del conflicto era uno de los equipos
más fuertes del mundo, habría que empezar a imaginar qué hubiese
ocurrido en los frustrados mundiales de 1942 y 1946. Por suerte
la guerra terminó, para ver un pedazo del legendario equipo na-
cional de Hungría, con figuras tan conocidas como Ferenk Puskas,
Sandor Kocsis, Zoltan Czibor, Candor Hidegkuti y Josef Bozsik.
En la sureña ciudad de Szeged hay un curioso monumento,
en cuyo pináculo se presenta un balón de fútbol de bronce del que
cuelgan once botines de fútbol. Se llama «Monumento al honor de
Aranycsapat», un tributo de Hungría a su gloriosa Selección Na-
cional de la década de los cincuenta. La lluviosa final del Mundial
de Suiza es el epílogo de un fútbol que se gestó silenciosamente
a las orillas del Danubio. Se sabe que la génesis de los poderosos
equipos magiares está ligado al profundo trabajo de Hugo Meisl
en la región centroeuropea, por su parte, la gloriosa selección del
38 conducida por Alfred Schaeffer, que logró el subcampeonato
mundial en Francia, puso a Hungría en el mapa futbolístico, hasta
que la Segunda Guerra Mundial cortó este desarrollo.

88
Historia del secuestro de una pasión

Después de que Hungría no participó en la Copa del Mundo


organizada por Brasil, se esperaba su regreso triunfal para la próxi-
ma cita, a desarrollarse en Suiza. Pero los magiares se adelantarían
un par de años para mostrarle al mundo que volverían a la cúspide
en gloria y majestad.
Luego de la invención de los mundiales como principal evento
futbolístico a nivel de selecciones nacionales, los Juegos Olímpicos
quedaron como un bonus track, un hermano, aunque más viejo,
menor en laureles. El debate del amateurismo para los Juegos
es un tema que hasta hoy ha demostrado no tener una solución
final. Desde que la Selección de Gran Bretaña se quedó con el oro
olímpico de Londres en 1908, hasta el actual reinado de Argentina,
conquistado en Atenas y Beijing, se ha creado una rivalidad entre
la medalla de oro y la Copa del Mundo.
La competencia del fútbol, tanto femenina como masculina, ha
sido organizado por la FIFA, que tiene completa jurisprudencia en
esta disciplina olímpica. Hoy la discusión está en seguir rebajando
la edad de los participantes. Beijing 2008 fue el último torneo olím-
pico disputado por menores de veinte y tres años, más tres refuerzos
adultos. Se supone que, para Londres 2012, serán todos menores de
veinte. ¿A qué se debe esto? A que la FIFA quiere evitar que nueva-
mente la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos entren a competir.
Para la FIFA, los Juegos son un torneo de menor importancia que un
Mundial, por lo que fortalecer el olimpismo debilitaría la novedad
tetra anual que traen los mundiales. Ese fue justamente el conflicto
que predominó en el fútbol de mediados del siglo XX.
Mientras Hungría celebraba su campeonato olímpico conse-
guido en Helsinki, tras derrotar a Yugoslavia, los alemanes y suecos,
semifinalistas del torneo, alegaron que el éxito de los dos países
comunistas se debía a la presencia de jugadores profesionales.
Lo cierto es que la conquista del oro, por parte de los ma-
giares, fue el resurgimiento de una Selección que revolucionó al

89
Maximiliano Jara Pozo

fútbol. Como «El equipo dorado» o «Los mágicos magiares» fue


bautizado el equipo dirigido por Gustáv Sebes, ganador no solo
de los Juegos Olímpicos de Helsinki, sino que también de la Copa
Internacional Centroeuropea y el subcampeonato en Suiza 1954.
Tras el primer título conseguido en Finlandia, los «mágicos
magiares» fueron recibidos como héroes nacionales. Multitudes
saludaban a los futbolistas y les regalaban comida, mientras ellos
firmaban autógrafos como estrellas de cine. Pero el clima político
no era de los mejores. Hungría estaba en conflicto en su búsqueda
por «un camino propio al socialismo», tratando de desmarcarse
de las pautas dictadas por Moscú. Por ese motivo, para el nacio-
nalismo magiar, el triunfo de su selección en los Juegos de Finlan-
dia, venciendo a otra nación perteneciente a la órbita soviética,
Yugoslavia, era el empuje necesario que necesitaban. El concepto
comunista del deporte rechaza cualquier tipo de «aburguesa-
miento» del futbolista, es decir, el profesionalismo y lo que esto
conlleva, fama y dinero, un pecado para las naciones de la Europa
del Este. Los jugadores se debían al Estado, eran parte íntegra de
este. Aquella idea tuvo su mayor eco tras la primera conquista de
un país socialista en el fútbol, el Campeonato Olímpico de 1952.
Tanta era la dependencia de los jugadores con el Estado húngaro,
que todos los seleccionados del equipo nacional eran oficiales
del ejército magiar. Dentro de aquella marcial selección estaba
su capitán y goleador, Ferenc Puskas. Capitán en ambos sentidos
de la palabra, como dueño de la jineta de su equipo pero además
con el grado militar correspondiente. En menos de una década,
Ferenc Puskas, cuyo real apellido era Purkzfeld, de origen alemán,
condujo a su combinado nacional a la elite del fútbol mundial.
Además de la habilidad de Puskas, los húngaros contaban con un
equipo dinámico y veloz y con jugadores versátiles en el campo
de juego. Tanto así que Puskas y su Selección, además de ganar las
olimpiadas de Helsinki, remató segundo en la Copa Mundial de

90
Historia del secuestro de una pasión

Suiza. Después de la invasión rusa a su patria, Puskas y muchos


otros futbolistas magiares emigraron al otro lado de la «Cortina
de Hierro», buscando el ansiado profesionalismo. Puskas se quedó
en España, convirtiéndose en uno de los jugadores más recordados
de un Real Madrid que logró juntar a célebres nombres como
Di Stéfano, Kopá y Gento, aunque bajo la sombra de un célebre
dictador que más adelante dará que hablar. Lo cierto es que, tras
el triunfo en los Juegos Olímpicos de Helsinki, las autoridades de
Budapest decidieron coronar la victoria con la construcción del
monumental Nepstadion, el «estadio del pueblo» no podía ser
algo menor que la dedicación del oro olímpico, y la construcción
del coloso del Danubio para el pueblo húngaro, donde los mismos
atletas olímpicos colaboraron en la obra.
La cima en el Olimpo no solo trajo a Hungría una de sus die-
ciséis preseas doradas conquistadas en Finlandia, ni el presupuesto
inmediatamente aprobado para la construcción de un enorme
estadio. Uno de los coletazos inmediatos que trajo la medalla de
oro para el equipo tricolor fue la invitación inglesa para disputar
un partido amistoso al año entrante, en Londres.
Aquella tarde del 26 de noviembre de 1953 no solo significó
la primera derrota inglesa en casa en más de ochenta años. El
Inglaterra-Hungría del 26 de noviembre de 1953, también deno-
minado «partido del siglo», ante un repleto estadio de Wembley,
era el choque entre las dos grandes potencias del fútbol europeo de
aquellos años, así como de dos clases y escuelas distintas. La tradi-
ción británica del juego fuerte y directo parecía ser una antítesis al
despliegue sumamente técnico de los continentales, pero eso no era
todo, Gustáv Sebes le imprimió la rigurosidad táctica necesaria para
no convertir a su equipo en un espectáculo circense. El aislacionismo
inglés, que había recién llegado a su fin, dejaba atrás los traumas de
haber sido prematuramente eliminado en el Brasil, pero ese partido
frente a los húngaros haría volver los fantasmas. El marcador final,

91
Maximiliano Jara Pozo

de 6-3 a favor de la visita, no quedó como una simple anécdota,


por el hecho que en el gramado londinense se difundió el verda-
dero poder de la escuadra magiar. Si el título en los Juegos del 52
para algunos pudo haber tenido algún atisbo de irregularidad, la
goleada en Wembley fue la vitrina perfecta para mostrar a todos el
escalofriante ritmo de juego de Hungría. Se dice que Rinus Michels
fue quien introdujo a la jerga futbolística el anaranjado y setentero
concepto de «fútbol total», pero no fueron ni Cruyff ni Neeskens
los primeros en desplegar este sistema táctico. El fútbol total, donde
cada pieza tiene la capacidad de asumir funciones distintas y simul-
táneas, tuvo su origen en el equipo húngaro de Gustáv Sebes, quien
además improvisó un esquema táctico nunca antes visto hasta la
fecha, el moderno y ofensivo 4-2-4. Los británicos lo sufrieron en
carne propia, y no solo en su casa. Unos cuantos meses más tarde
se jugó la revancha en Budapest, en la que los ingleses esperaban
lo peor, y llegó. Aquel 1 a 7 ha sido la peor derrota de la Selección
Inglesa en toda su historia, dejando en claro que el futuro del juego
ya no estaba en la isla.
Los tres goles de Nandor Hidegkuti, un completo desconoci-
do para los ingleses que no sabían como pronunciar su apellido,
fueron una muestra de puro poder de fuego que los británicos no
sufrían desde sus clásicos con los escoceses a fines del siglo XIX.
Las crónicas inglesas del partido se derritieron en halagos para los
magiares, destacando la «perfecta mezcla de velocidad y habilidad
de los futbolistas de Hungría». Otra cosa que llamó la atención
de la prensa deportiva británica fueron los tremendos disparos
de los húngaros, y claro, la mayoría de los goles del equipo de
Sebes fueron remates de distancia, algo poco utilizado en la época.
Citando al periódico inglés The Guardian: «El experimentado
arquero ingles, Gil Merrick, nada pudo hacer ante la violencia
de los disparos húngaros, nadie se hubiera sorprendido si nos
hubieran marcado diez».

92
Historia del secuestro de una pasión

El destino de la selección de Hungría a mediados de la década


de los cincuenta era arrasar, dentro y fuera del campo. El camino
rumbo a su segunda final mundialista no pudo empezar mejor.
En las eliminatorias para Suiza 1954, el equipo magiar quedó
emparejado con Polonia en el Grupo 7 de la clasificatoria europea.
Pero los problemas políticos de Varsovia impidieron que su
Selección disputara el cupo con sus camaradas húngaros, por lo
que Hungría acompañó a los anfitriones suizos y a los campeones
uruguayos en la clasificación automática.
La travesía en tren del equipo nacional vaticinaba lo que,
para ellos, sería un mundial demasiado cercano y glorioso, aun-
que para nada tranquilo, como se verá más adelante. La pequeña
Suiza había sido elegida como sede de la V Copa del Mundo,
que debía volver a Europa tras su anterior edición en el Brasil.
La neutralidad helvética en la Segunda Guerra Mundial aseguró
que el país estuviera en condiciones de organizar un torneo de
esta naturaleza, además de ser la sede de la FIFA que, para 1954,
celebraba medio siglo de existencia.
El equipo de Gustáv Sebes llegaba a Los Alpes como uno de
los favoritos tras la hazaña de Helsinki y la épica victoria sobre
Inglaterra, en Londres. El sorteo había sido muy favorable para
los campeones olímpicos, que compartieron su zona con dos
debutantes, Turquía y Corea del Sur. Los otomanos se habían
clasificado tras eliminar a España, literalmente en una lotería,
mientras que los coreanos se presentaban tras eliminar a sus
archirivales japoneses en un partido que se transformaría en el
mayor clásico de Asia.
El rival a vencer era la Alemania Federal. Suspendidos del
mundial anterior en represalia por la guerra, los alemanes volverían
a una Copa del Mundo que no daba un peso por ellos, pero, en el
mismo estadio de Berna donde debutaron, se transformarían en
los nuevos campeones mundiales.

93
Maximiliano Jara Pozo

Todos sabían que el equipo húngaro estaba en su mejor


momento, por lo que a nadie le extrañó que el «equipo de oro»
apabullara por 9-0 a los coreanos, que asumieron la derrota con
un buen humor impresionante. A nadie tampoco le pareció dema-
siado raro que le metieran ocho a los alemanes. Sandor Kocsis se
matriculó con cuatro, que sumados a los tres ante los coreanos,
sumaba siete tantos en solo dos partidos.
Hasta que la tranquilidad del paisaje helvético llegó a su fin. Lo
que parecía un Mundial digno de ejemplo en organización y juego
limpio, comenzó a caerse a pedazos a medida avanzaba el torneo.
Si el partido Suiza-Italia de la primera ronda presentó ribetes de
escándalo, el partido por los cuartos de final, precisamente entre
Hungría y Brasil, se convirtió en la escena más violenta que se
haya presenciado jamás en un campeonato mundial.
El fútbol brasileño se ha caracterizado por su juego a ras de
piso, sumamente técnico y hasta «lírico», como fue bautizado en
la década de los setenta tras el Mundial de México. Pero la cara
más fea del fútbol carioca suele mostrarse cuando los resultados
no acompañan a su equipo. El colmo para los brasileños era
enfrentar a un equipo tan o más dotado técnicamente que ellos.
Los sudamericanos siempre postularon su superioridad técnica
sobre sus similares europeos, pero la Hungría de Kocsis, Puskas,
Hidegkuti y compañía estaba dando cátedra.
Como «La Batalla de Berna» se conoce la monumental gresca
fechada el 27 de junio de 1954. Protagonizada por brasileños y hún-
garos, fue más allá de los jugadores, sumando al cuerpo técnico de
ambos equipos, los réferis, la policía, las mascotas y, por supuesto,
no podían faltar los insurgentes barras bravas de cuello y corbata
de la época. Lo que se presentó como un choque de dos exponentes
de distintas escuelas que privilegiaban el juego ofensivo y el primor
de la técnica por sobre la fuerza, terminó siendo una olla de presión
que estalló en la más tranquilo y pacífico país de Europa.

94
Historia del secuestro de una pasión

«Yo creía que sería el mejor juego que iba a ver. Yo estaba
en la cumbre del fútbol del mundo, pero solo fue una desilusión
anticipada. Si la política o la religión tienen que ver con ello, no
lo sé, pero en cualquier caso se comportaron como bestias. Fue
una desgracia y la FIFA actuó como si no hubiera visto nada. Mu-
chos miembros del Comité tuvieron miedo de perder los viajes a
atractivos sitios turísticos», declaró años más tarde Arthur Ellis,
el ábitro inglés que dirigió aquel partido.
Para algunos autores, la Batalla de Berna fue una contienda en
el campo de juego que representó ideologías contrarias. No faltó
quien dijo que el Brasil-Hungría era la lucha del liberalismo contra
el marxismo, incluso la delegación brasileña denunció al árbitro
inglés, Arthur Ellis, de que había actuado «al servicio del comu-
nismo internacional, contra la civilización occidental y cristiana».
Si bien la Guerra Fría estaba en pleno apogeo, las razones
políticas están al margen del encuentro. Las razones de la barbarie
vivida en el Wankdorfstadion de Berna son de completa índole
futbolística, por lo que la naturaleza ideológica que le aportaron
los brasileños en sus críticas a la gestión del réferi británico no es
más que una excusa a su indiscutible derrota. Mientras los hún-
garos venían de golear categóricamente a sus dos rivales de grupo,
Brasil solo era un mar de dudas, tras empatar un partido también
encrispado con Yugoslavia en el que, a pesar de que los balcánicos
eran otros «enemigos de Occidente», los sudamericanos quedaron
conformes con no perder y no alegaron nada.
Pero esta vez fue distinto. Nandor Hidegkuti y Sandor Kocsis
pusieron a Hungría 2-0 antes de los diez minutos. Tal como estaban
jugando los húngaros, parecía que a Brasil le harían varios más.
Sobrepasados en todas las líneas, los brasileños estaban fuera de sí,
pero, en uno de sus ataques al área magiar, Didí fue víctima de una
fuerte falta dentro de la zona de castigo (los húngaros tampoco eran
unos santurrones), que inmediatamente fue sancionada como penal

95
Maximiliano Jara Pozo

por Arthur Ellis. Sin embargo, el herido orgullo brasileño hizo que
Brandao se abalanzara contra Hidegkuti, golpeándolo y dejando al
goleador húngaro knock out en el pasto. Aquella lamentable agresión
ocurrió recién a los dieciocho minutos del inicio. Djalma Santos
cambió el gol por penal y empezó la batalla campal. La batahola
incluyó a toda la banca de ambos equipos que se lanzaban golpes
y patadas, además de objetos contundentes. La policía suiza tuvo
que separar a los jugadores y reprimir a los espectadores, que había
ingresado al campo de juego, a lumazo limpio. Cuando terminó el
primer round, Ellis expulsó al defensor brasileño Nilton Santos y
al húngaro Jozsef Bosnik. Por supuesto que no serían los únicos en
irse directo a las duchas; el saldo de expulsiones se incrementaría a
medida que la Batalla de Berna avanzaba.
Bien entrado el segundo tiempo, los brasileños volvieron a abu-
sar del juego rudo, aún peor, dentro de su área. Aprovechó Mihaly
Lantos para celebrar el 3-1 de penal y otra vez los sudamericanos
se fueron impotentes en contra de Ellis y el equipo húngaro. La
verdeamarella, que por primera vez disputaba un mundial con su
típica camiseta amarilla con cuello y mangas verdes, comenzó a
desplegar el fútbol que había situado a Brasil entre los candidatos
al título. La presión sudamericana parecía resultar cuando Julinho
descontó para Brasil con un tremendo derechazo. Zezé Moreira,
técnico de la Canarinha, mandó a su equipo a buscar un empate
que estaba a la mano y, cuando el partido vivía su cenit de emoción,
Sandor Kocsis sacó un disparo desde fuera del área que confundió
a la débil resistencia del arquero Castilho.
4 a 2 final y los cariocas no resistieron la humillación de ser
eliminados por un equipo que había jugado mucho mejor, no solo
en ese partido, sino que durante los últimos dos años. Después del
pitazo de Arthur Ellis fue todo un bochorno. El público invadió el
campo, jugadores húngaros y brasileños se repartieron patadas y se
lanzaron lo que encontraron, mientras la policía helvética estaba

96
Historia del secuestro de una pasión

totalmente superada tratando de contener la ira de jugadores,


entrenadores, masajistas y hasta el aguatero. La pelea siguió tras
bambalinas, cuando los sudamericanos, no satisfechos aún con
su vergonzosa presentación, fueron a buscar a los húngaros hasta
el vestuario. Ahí siguieron los insultos, golpes y patadas. Lo más
bizarro fue el duelo de entrenadores entre Sebes y Moreira, que
terminó con el brasileño lanzándole su zapato en pleno rostro al
estratega magiar. La venganza corrió por parte de Puskas, que
reventó una botella en la cabeza del carioca Pinheiro.
Otra historia fue la actitud de la FIFA. A pesar de los bo-
chornosos incidentes de aquel partido y del lapidario informe de
Arthur Ellis intentando explicar el salvaje comportamiento de los
jugadores, el comité disciplinario no sancionó de forma ejemplar
a los implicados, siendo Jozsef Bosnik el único castigado.
El siguiente escollo de los soldados del ejército húngaro fue
otro rival sudamericano: Uruguay, que venía de derrotar categó-
ricamente a Inglaterra.
Si los brasileños fueron duros, los uruguayos eran mundial-
mente conocidos por su rudeza y, a diferencia de los cariocas, los
charrúas ponían la pierna fuerte independiente del marcador del
partido. Machucados, con cortes, lesiones y vendajes, la selección
magiar parecía ser el peor rival posible.
Berna mostró el lado negro del fútbol, pero el Hungría-
Uruguay por las semifinales fue puro verso. Sin duda, uno de los
mejores partidos del torneo, junto con la final. En Lausana, el
cuadro de Gustáv Sebes se encontró con un Uruguay sorprendido
por la dinámica húngara, y con la misma clase técnica que sacó de
quicio a los brasileños. El compromiso fue dirigido por un árbitro
británico, aunque sin ningún sobresalto ni acusaciones políticas.
Nuevamente Hungría avasalló desde el inicio con su juego ofen-
sivo, poniéndose en ventaja temprano en el marcador, cuando, al
cuarto de hora, Zoltan Czibor controló la pelota en el área celeste

97
Maximiliano Jara Pozo

y sacó un débil pero colocado remate que dejó al mítico Máspoli


sin posibilidades. Antes del descanso, uno que no podía faltar,
Nandor Hidegkuti, aprovechó un centro desde la banda derecha
y con una impecable palomita pareció resolver muy temprano las
cosas para Hungría.
Sin embargo, los magiares sufrirían en persona algo que
con el tiempo se ha vuelto mucho más que un lugar común, una
verdadera leyenda mística que caracteriza al fútbol del Uruguay,
la «garra charrúa». A la media hora del complemento, Uruguay
lograría el descuento a través de una solitaria jugada de Juan Ho-
hberg, quedando solo ante Grosiks y definiendo a un rincón, lejos
del alcance del meta europeo. Pero eso no sería todo; la presión
celeste se volvió incontenible ante una Hungría que parecía tener
absoluto control del juego. A cuatro minutos del final, otra vez
«Juanito» Hohberg se escabulló en el área rival y, tras una serie de
rebotes, mandó la pelota al fondo del arco de Hungría, desatando
el júbilo en las huestes orientales.
Horrorizados, los oficiales húngaros veían que «la garra» no
era un cuento.
Debió jugarse una prórroga para definir al primer finalista de la
Copa Mundial de 1954. Ambos equipos estaban exhaustos, princi-
palmente por las altas temperaturas del verano centroeuropeo. Tanto
así que Hohberg, después de marcar el empate, cayó desmayado.
Pero en el fútbol no todo es lucha, el sacrificio suele ser insu-
ficiente. Hungría estaba adormecida por la arremetida sudameri-
cana, pero el talento de sus jugadores puso nuevamente al equipo
en sintonía. A Sandor Kocsis le apodaban «El cabeza de oro», y
sus dos goles de testa en el alargue frente a Uruguay le justificarían
su singular pero cierto apodo. A los 111 minutos se elevó más alto
que todos y mandó un frentazo directo a la malla. Cinco minutos
más tarde los generales en Budapest respirarían tranquilos, cuando
el mismo Kocsis aprovechó otra vez «la especialidad de la casa»

98
Historia del secuestro de una pasión

para vencer a Máspoli y decretar el 4-2 con que Hungría volvería a


Berna para disputar la final del Mundial frente a un conocido rival.
A diferencia de los brasileños, los orientales fueron un ejemplo
de caballerosidad. Seguramente los húngaros esperaban la revan-
cha típica de los sudamericanos, guapeando a combos y patadas,
pero eso no ocurrió. No hubo escándalos pero sí besos y abrazos,
pues los uruguayos asumieron su derrota con hidalguía ante un
rival que fue siempre superior. Cuentan las crónicas que, recién
finalizado el partido, Joszef Boszik dijo: «Perdieron como héroes
y caballeros. Yo no soy un tipo de conmoverme fácilmente, pero
hace un momento, Schiaffino me besó felicitándome... Me pareció
que iba a morir estrangulado por un nudo en la garganta. Fue el
más bello, el más humano, el más inolvidable partido de mi vida».
En Budapest ya se sobaban las manos, el «equipo dorado»
estaba a punto de hacerlo otra vez y, en cosa de horas, Hungría
tendría una nueva victoria sobre Occidente. Ahora sí que sería
en el marco perfecto; en una Copa del Mundo por primera vez
televisada a todo el planeta, por lo que la imagen del equipo de la
estrella roja junto a la hoz y el martillo daría vueltas por toda la
faz de la tierra. Un triunfo con especial dedicatoria a las potencias
democráticas capitalistas pero también a los rusos; la victoria
en Suiza significaría la victoria no solo del pueblo húngaro, sino
también de la vía magiar hacia el socialismo.
Por aquellos días previos a la final del mundo, Hungría viviría
sus días de mayor exaltación nacionalista, solo comparados a los
vividos durante la independencia del país tras la desintegración del
Imperio Austrohúngaro y un par de años después de aquella final
en Berna, con la fallida Revolución Húngara de 1956.
Tokay fue la botella de vino que el plantel húngaro dejó he-
lando en el vestuario del Wankdorfstadion de Berna. Y es que los
veinticinco goles que los colorados marcaron en tan solo cuatro
partidos eran más que buen augurio para las huestes magiares, pero

99
Maximiliano Jara Pozo

esa no era toda la historia. El seleccionado húngaro no perdía un


solo juego desde 1952, capturando uno de los invictos más largos
del fútbol. Como si todos estos antecedentes fueran insuficientes, un
par de semanas antes de la final Hungría ya se había medido con su
próximo rival, Alemania Federal. El saldo del partido de la primera
ronda fue de 8-3 para Hungría. Si con esos antecedentes alguien no
se tuviera fe sería de locos, pero los alemanes estaban planeando
una meditada venganza. Calculador como él solo, Sepp Herberger,
apodado «El zorro» haciendo mérito a su característica astucia,
sabía que el partido de grupo frente a los húngaros era necesario
perderlo. Para el 3-8 de Berna guardó a sus mejores jugadores, entre
ellos Walter, Schaeffer y su goleador Mörlock, obviamente, con el
permiso del presidente de la Deutsche Fussball Bund (Federación
Alemana de Fútbol), con la implícita idea de dejarse ganar por un
buen fin: no toparse con Brasil ni Uruguay. La orden de Herberger
era no ganarle, además, a Hungría, y lesionar a su principal figura,
Ferenc Puskas. Los alemanes lograron cumplir sus dos objetivos.
Con un equipo suplente fueron apabullados por 8-3 y patearon
a Puskas a más no poder, tanto que «Pancho el látigo» se perdió
los partidos seguidos; los cuartos de final ante Brasil y la semifinal
frente a los yoruguas.
Gracias a esta avivada del «Zorro», Alemania tuvo un camino
mucho menos complejo hacia la final, derrotando sin problemas a
Yugoslavia, por 2-0, y humillando a Austria con un categórico 6-1.
Pero en Budapest y en el resto de las urbes húngaras corría el
vodka celebrando la segura victoria, mientras que en el camarín
de Sebes no se pensaba en otro resultado que no fuera el triunfo.
Pancho Puskas estaba recuperado y los alemanes, que calladitos
llegaron a la final, pagarían por su cobardía.
El duelo por la Copa del Mundo tenía un claro favorito: Hun-
gría. Aquella tarde del 4 de julio de 1954, los 60.000 espectadores
que llegaron al recinto bernés parecían no haberse equivocado

100
Historia del secuestro de una pasión

puesto que, recién salidos los equipos a la cancha, Hungría estaba


dos a cero arriba. A los seis minutos de iniciado el cotejo, Ferenc
Puskas maquinaría su propia venganza por el maltrato alemán
que lo marginó de la mitad del torneo, cuando alcanzó a tomar un
rebote en el área germana y, con la portería a su disposición, no
perdonó a Anton Turek. Dos minutos más tarde, el golero alemán
pensó que tendría una tarde de pesadilla cuando perdió una pelota
que tenía en las manos, la que inexplicablemente llegó a los pies
de Zoltan Czibor. Danke Schön dijo el delantero húngaro, para
aprovechar el error de Turek y marcar el 2-0 en momentos en que
Hungría tenía las manos sobre la Jules Rimet.
Los que pocos pensaron en aquel momento fue que ya era
casi imposible que el trofeo no partiera rumbo a las vitrinas de
Budapest, pero la Alemania de la posguerra estaba llena de milagros
y el fútbol tiene sus propios santos, como Herr Sepp Herberger,
patrono del balompié germano.
Maximilian Mörlock había llegado a Suiza con veintinueve
años cumplidos y, a la final de Berna, con cinco tantos convertidos.
Era considerado por Sepp Herberger como un jugador rapidísimo
y con un olfato goleador temible, justo lo que Alemania Federal
necesitaba para iniciar su remontada en la cancha. Por suerte para
los teutones, el renacimiento del equipo empezó más temprano
que tarde. Cuando los húngaros todavía celebraban el gol de
Czibor tras el grosero error de Turek, Helmut Rahn mandó un
centro rasante por la izquierda que no pudo ser interceptado por
ningún defensor rojo, preciso para la estirada de Mörlock y lo
suficientemente cerca del arco como para vencer a Gyula Grosics.
Otros dos minutos demoró Alemania en decretar el empate
parcial. Tiro de esquina desde la izquierda servido por Fritz Walter,
quien vio a Rahn entrando solo, sin marca alguna por el segundo
palo. Horrorizados, los húngaros veían cómo su victoria se esfu-
maba en escasos dos minutos. No habría más goles en la primera

101
Maximiliano Jara Pozo

parte. Con un marcador emparejado y un desenlace incierto, la


definición por la Copa del Mundo se dejaría para los últimos
minutos del complemento.
Herbert Zimmermann, un comentarista de la radio alemana,
se volvería una leyenda en el minuto ocehnta y cuatro, cuando
lanzó el grito que lo inmortalizaría en la historia de los mundiales
de fútbol: «Toooooor, Tooooor, Tooooooor!» («gol»), al ver que
Helmut Rahn recibía un rebote a la salida del área húngara y
avanzaba unos metros hasta soltar un remate esquinado que dejó
sin ninguna posibilidad a Grosics.
Los alemanes tendrían que aguantar solo un par de minutos
más para arrebatarle la copa a los húngaros, si bien los magiares
no se dieron por vencidos. Fue en los descuentos cuando surgió
la leyenda del «tercer gol» de Puskas, una disputa tan recordada
como el «gol fantasma» de Inglaterra sobre Alemania en la final de
Wembley el 66. Seguramente nunca habrá acuerdo, considerando
que la tecnología televisiva de la época daba un gran margen de
error a jugadas discutidas, con árbitros que, al igual que ahora,
deben dejarse llevar por su instinto. Los húngaros dirán que todo
el estadio, menos el árbitro inglés William Ling, vieron la posición
legítima de Puskas en la jugada del gol. Para los alemanes fue todo
un invento de los magiares para excusar su derrota, argumentando
que todos, incluso los húngaros, estaba de acuerdo con el fallo
referil, ya que nadie apeló la decisión de Ling. Pero el «tercer gol»
de la final de 1954 se volvió un fetiche del comunismo europeo,
al ser el símbolo, para ellos, de la negación occidental a que un
equipo del este se consagrara campeón del mundo.
Alemania ganó la Copa del Mundo. Fritz Walter, capitán del
equipo campeón, recibió de las propias manos de Jules Rimet el
trofeo, estirándole la mano y haciendo una tímida reverencia. El
jugador de cabello negro y desordenado condujo brillantemente
a su equipo al triunfo de la mano de grandes jugadores como su

102
Historia del secuestro de una pasión

hermano Ottmar, Helmut Rahn, Max Morlock y Hans Schaefer,


además, por supuesto, de la inteligencia y calidad de un técnico
como Sepp Herberger, quien tuvo el arrojo de continuar con una
selección paralizada y destruida por la guerra, hasta llevarla a
conquistar la cima del fútbol mundial.
Por su parte, a los húngaros no les quedó otra que dar ex-
plicaciones por la derrota. De igual forma volvieron a Budapest
convertidos en «campeones morales», culpando a la negligencia
del árbitro británico que no les dejó forzar la final a un alargue.
Declaraciones de diversa naturaleza surgieron para tapar la única
derrota en más de treinta partidos. Para los protagonistas, aparte
de la incompetencia del réferi y la perversión de la FIFA por no
dejar ganar a una selección del otro lado de la Cortina de Hierro,
los alemanes habrían utilizado sustancias ilícitas durante la final.
Ferenc Puskas dijo que el camarín alemán olía a un «jardín de
amapolas», sospechando que algo tendría que ver con la magnífica
remontada del equipo rival en el segundo tiempo. ¿Qué tenía que
hacer Puskas en el vestuario rival? ¿Acaso no sabe que las drogas
derivadas de las amapolas tienen un efecto alucinógeno y no de
éxtasis? Seguramente nadie encontraba respuestas concretas a una
derrota que, para los húngaros, era impensada, considerando que
su equipo llevaba cuatro años y un mes sin ser derrotado y, justo
en el partido más importante, cae.
A pesar de la pérdida de la Copa del Mundo, y del invicto que
ostentaban hace años, el «Aranycsapat» o «equipo de oro» logró
mantener su unidad y su buen juego un par de años más. Ferenc
Puskas, Gyula Grosics, Jozsef Bozsik, Sandor Kocsis, Zoltan Czi-
bor y Nandor Hidegkuti, entre otros, todos dirigidos por Gustáv
Sebes, continuaron otros dieciocho partidos sin perder. Después
de Suiza 1954, su gran y última alegría fue derrotar a domicilio
a la selección de la URSS, equipo que nunca en su historia había
perdido en territorio ruso. Justamente, los propios soviéticos in-

103
Maximiliano Jara Pozo

vadieron el país en 1956, tras la Revolución de Octubre de 1956.


Tras la muerte de Joseph Stalin, el pueblo magiar buscó un camino
independiente de las normas impartidas desde Moscú. Lo que
había comenzado como una protesta estudiantil en el centro de
Budapest, terminó en una revuelta nacional, siendo deshabilitados
los antiguos elementos procomunistas del gobierno. Pero los rusos
no estaban interesados en ver cómo sus satélites se sublevaban
sistemáticamente, por lo que el Kremlin ordenó la invasión de la
nación rebelde. Unos cuantos días logró resistir la defensa del go-
bierno disidente, para quedar nuevamente bajo dominio soviético.
Muertes, desapariciones, detenciones y ejecuciones en masa,
además de la emigración de cerca de doscientos mil húngaros,
fueron las consecuencias inmediatas de la restauración del comu-
nismo en un país que ya no lo soportaba.
Por aquellos días de la Revolución, el Budapest Honvéd, uno
de los principales clubes de la capital, fue la base del equipo na-
cional. Un año antes se había celebrado la primera edición de la
Copa Europea de Campeones, que tuvo como primer monarca al
Real Madrid. Al Honvéd le tocaba viajar a España pero no para
enfrentarse con los madridistas, sino que con otro protagonista
del fútbol español de aquellos años, el Athletic Club de Bilbao.
Cuando los futbolistas húngaros llegaron a la capital del País
Vasco, estalló la Revolución en Budapest, siendo rápidamente
sofocada por el Ejército Rojo. Ferenc Puskas, Sandor Kocsis y
Zoltan Czibor, estrellas del Honvéd y de la Selección nacional, no se
moverían de Bilbao, refugiándose en España. El repuesto gobierno
adicto a Moscú llamó traidores a los futbolistas y, en represalia,
se encargó de destruir el mito del «equipo dorado». Uno de los
mejores equipos europeos de todos los tiempos desapareció de la
noche a la mañana.

104
Capítulo viii

Franco y su «canciller merengue»

Lo realmente obsceno de todo esto es que el Madrid,


como club del general Franco, estaba acostumbrado,
antes de que la democracia llegara a España, a
conseguir a quien quería y hacer lo que
le daba la gana.
Sir Alex Ferguson, entrenador del
Manchester United, 2008.

Son partidos que duran dos semanas; una para la previa, otra
para las consecuencias. En Sudamérica lo llaman clásico y, en
España, derbi. Clásico y derbi, sinónimos que en sí mismos re-
flejan lo que para el hincha significa un partido especial que se
marca en el calendario. No importa si no se ganó la liga o no
se clasificó a la copa internacional; ganarle al equipo rival es
lo que hace la diferencia en un fútbol donde la meritocracia se
mide en gran parte en el triunfo sobre el vecino, en un choque
que se torna colectivamente personal e histórico. Así son los
clásicos y los hay en todo el mundo; algunos de tinte religioso,
otros como símbolo de la lucha de clases, algunos por rivalidad
deportiva e, incluso, geográfica.
El último derbi entre el Real Madrid Club de Fútbol y el
Fútbol Club Barcelona, partido que favoreció por 4-1 a los me-
rengues, tuvo una audiencia mundial que superó largamente el
medio billón de personas. En otras palabras, gran parte del pla-

105
Maximiliano Jara Pozo

neta se paralizó por noventa minutos para presenciar un partido


que se repite dos veces al año.
Para quienes conocen más de fondo lo que significa el cruza-
miento de los dos equipos más poderosos de la Península Ibérica,
sabrán que el resultado va más allá que la consecución o pérdida
de dos o tres puntos. Y es que a ninguno de los dos les gusta em-
patar entre sí, la victoria lo es todo. El clásico Madrid-Barcelona
involucra un legado que se remonta a la época más violenta de la
España de la posguerra civil. Décadas han pasado desde la muerte
de Francisco Franco, pero el Generalísimo continúa siendo un refe-
rente de cómo la política llegó al fútbol y ayudó a fomentar una de
las rivalidades más enconadas en el balompié español y mundial.
España siempre ha sido una nación pluriétnica, por lo tanto, le ha
costado más de la cuenta afianzar un sentimiento de unidad nacional.
Desde la Guerra de Reconquista contra los árabes que los españoles
han tratado de generar una cohesión central, pero la diversidad de
reinos ha alterado la historia de este país, debido al fraccionamiento
cultural. Los pueblos ibéricos siempre han buscado mantener su inde-
pendencia creando una división constante, donde diversas entidades
conviven bajo la unidad de un territorio y un Estado que muchas
veces se ve sobrepasado por el regionalismo crónico de la península.
Desde sus inicios en la región, el fútbol se convirtió en el
estandarte de naciones sin país, de una comunidad de habitantes
unidos, a veces, solo por el pabellón amarillo y rojo, y donde los
localismos tuvieron un desarrollo paralelo al de la unidad nacional
española. Clubes como el Barcelona en Cataluña, o los bravos
vascos del Athletic Club de Bilbao, se transformaron en referen-
tes del localismo, siendo, más que clubes, selecciones nacionales
que representaban una cultura, idioma, estilo, carácter, fenotipo e
idiosincrasia distintos y muy particulares.
Las víctimas de la Guerra Civil española se estiman en, al
menos, 500.000. El resultado del conflicto, que enfrentó a los

106
Historia del secuestro de una pasión

bandos nacionalistas conservadores, encabezados por Francisco


Franco, con la República Española, determinó el fin de un gobier-
no socialista. El avance de las tropas de Franco por el país tuvo
como consecuencia el establecimiento de dos fuertes principales
de los republicanos, Madrid y Barcelona. La capital de Cataluña
representó, durante gran parte del conflicto, el bastión de la causa
socialista, pero, además, el corazón del sentimiento regionalista.
A más de setenta años de terminada la Guerra Civil, Barcelona
continúa siendo la capital del autonomismo español, y el Fútbol
Club Barcelona, su principal fuente de inspiración. Que Barcelona
se haya convencido de ser el paladín contra el centralismo y au-
toritarismo que para los catalanes representa Madrid, mucho ha
tenido que ver con el desarrollo de dos fenómenos paralelos que,
con el estallido de la Guerra Civil en 1936, alcanzaron su punto
de cohesión: la política y el fútbol.
Mucho antes que Cataluña quedara prácticamente sola re-
sistiendo el avance nacionalista, en 1936 fue asesinado Joseph
Sunyol, en un desafortunado tiroteo en una carretera. Sunyol,
presidente del FC Barcelona, era un activo militante republicano
que, al dejar Cataluña en un control limítrofe, gritó: «¡Viva Ca-
taluña, viva la República!». Murió acribillado junto a su chofer
y un periodista que lo acompañaba.
La victoria fue dulce para los vencedores. España dejaba atrás
años de socialismo, profundo secularismo y falta de rigurosidad
en la cuestión de las autonomías regionales. La derrota socialista
en la guerra truncó el sueño catalán, vasco y de otros pueblos ibé-
ricos a la continuación de una autonomía que iba creciendo de la
mano de la República, pues el advenimiento del gobierno militar
conservador encabezado por Francisco Paulino Hermenegildo
Teódulo Franco Bahamonde, el Generalísimo, pondría fin a los
afanes separatistas provincianos, iniciando un gobierno autoritario
que asegurara la integridad territorial de España.

107
Maximiliano Jara Pozo

Después de la guerra más cruenta jamás librada en tierra ibé-


rica, el país se encontraba en estado crítico. Además de la friolera
suma de muertos, heridos y desaparecidos, la España de posguerra
sufría un panorama económico para nada alentador. El país estaba
sumido en destrucción y miseria y, por si esto fuera poco, su imagen
en el exterior estaba hecha añicos. Franco tomó un país empobre-
cido, debiendo lidiar también con la creciente efervescencia política
de la época, en un mundo donde las doctrinas totalitarias, sean
conservadoras o revolucionarias, se convertían en una alternativa
frente a la parsimonia del sistema democrático. España necesitaba
urgente una reconstrucción moral y una cirugía de la percepción del
país a nivel internacional, cuestiones que el Generalísimo intentaba
resolver buscando legitimidad para su régimen.
En una época donde el profesionalismo se instalaba para
siempre, el fútbol español siguió acompañado de un fuerte sentido
popular. La guerra había polarizado y distanciado a los españoles
a más no poder, pero si Benito Mussolini había encontrado en el
fútbol una hábil y poderosa herramienta, su amigo español también
tendría que hacerlo.
Por razones obvias, la España de Franco no tenía ni las míni-
mas condiciones para aspirar a organizar un Mundial de fútbol,
ni menos unos Juegos Olímpicos, como sí lo hicieron sus compa-
ñeros Mussolini y Hitler. Pero el dictador se dio cuenta que no
era necesario organizar un costoso evento a nivel planetario para
lograr sus objetivos, pues contaba con un proyecto a largo plazo
llamado Real Madrid.
El Real Madrid C.F. fue reconocido hace algunos años por
la FIFA como el club más ganador del siglo XX. Poseedor de la
fortuna más grande del fútbol mundial, sus vitrinas están llenas
de laureles, exhibiendo un palmarés nacional e internacional que
muchos otros poderosos equipos en el mundo tendrían que fusio-
narse para equiparar. El Real Madrid ha sido el embajador más

108
Historia del secuestro de una pasión

notable que ha tenido España, transformándose en un referente


que va mucho más allá del campo de juego. Pero esta gloriosa
historia del Madrid no siempre fue así.
El Madrid Foot-ball Club fue fundado el 6 de marzo de 1902
por los hermanos Juan y Carlos Padrós, a pesar de que el equipo
había sido forjado cinco años antes con la base del Sky Football,
obra del empresario Julián Palacios. Sin embargo, fue recién en
1920 cuando el club adoptó su actual denominación. Gracias a
la concesión del Rey Alfonso XIII, el Madrid Foot-ball alcanzó el
título de Real, vínculo que lo ligaría a la corona española, hasta
la irrupción de la II República Socialista en 1931, que decretó la
eliminación de todo lo que oliera a monarquía.
Madrid representaba para Franco el epicentro de un Estado
fuerte, cohesionado y conservador que controlaba a toda la na-
ción, desde el Mar Cantábrico hasta el Estrecho de Gibraltar. Los
dos clubes más populares de la ciudad eran el Athletic Club de
Madrid, actualmente Atlético de Madrid, y su eterno rival en la
capital, el Real Madrid C.F.
A pesar de que, a fines de los treinta y principios de los cuarenta,
el Athletic Aviación gozara de una mejor forma, logrando ser bicam-
peón de liga en las temporadas 1939-1940 y 1940-1941, además
de titularse en un torneo fantasma creado por Franco, la llamada
Copa Eva Duarte, en honor a la esposa del dictador argentino Juan
Domingo Perón, Francisco Franco decidió convertir a la institución
merengue en la extensión de su propio régimen. El origen «noble»
del Real Madrid, en contraste de un popular y republicano Athle-
tic, abortaría las intenciones del gobierno español de adoptar a los
colchoneros. Con un Real Madrid en plena decadencia futbolística,
sería un apadrinamiento hasta misericordioso de un equipo que no
ganaba nada hace años. Otro dato que no es coincidencia: no es
poco común que los equipos que visten de blanco tengan relación
con la aristocracia de sus respectivas localidades.

109
Maximiliano Jara Pozo

Seguramente mucha gente cercana al Real Madrid podría


tener el afán de negar o aminorar cualquier relación posible entre
el mandamás español y el club merengue, sobre todo, al abordar
la historia del presidente más emblemático de la institución, el
célebre Santiago Bernabéu, quien, debido a su fuerte temperamen-
to y total conocimiento del club que él mismo ayudó a formar,
tuvo más de algún encontronazo con autoridades del régimen, en
los palcos del estadio cada vez más frecuentado por oficiales del
Ejército. Lo cierto es que el equipo estaba en un pésimo momento
deportivo. Entre 1939 y 1954 el Real no ganó un solo título, lo que
contrasta con el desempeño de sus vecinos del Atlético, así como
con un rival que alcanzaría con el tiempo todavía más relevancia,
el F.C. Barcelona. Pero Franco fue paciente, a pesar de las críticas
hasta de su propia esposa, que le recomendaba dejar al Madrid
pues le hacía pasar «puras rabias», el Generalísimo sabía que tar-
de o temprano su proyecto daría los frutos esperados. Había que
invertir, era necesario inyectar plata y, si se trata de propaganda,
un gobierno autoritario no escatimaba en gastos. Como dicen por
ahí, las penas del fútbol solo se pasan con fútbol, y tanto el Real
como Franco necesitaban muchos títulos y victorias que celebrar.
El sueño de cualquier dictador es formar un imperio que honre
a su fundador. Franco supo cómo conquistar España por las armas,
pero una victoria más allá de los Pirineos y el Atlántico sería imposi-
ble, aunque conquistar, primero Europa y después el mundo, podía
ser posible en una vía alternativa a la violencia. El fútbol era esa
poderosa fórmula, y el Real Madrid, su herramienta por excelencia.
En 1952 el Real Madrid celebró su medio siglo de existencia,
celebración para la que organizó un mini torneo internacional.
Uno de los clubes invitados fue Millonarios de Bogotá, equipo
colombiano que se aventuró en contratar formidables jugadores
de la década de los cuarenta y cincuenta como Rossi, Pedernera,
Cozzi, y un argentino flaquito medio pelado llamado Alfredo Di

110
Historia del secuestro de una pasión

Stéfano. En Madrid el equipo colombiano, conocido en la época


como «El ballet azul», le ganó a los locales 4 a 2 en la final, obra
y gracia del conjunto cafetero que contaba con el talento de Di
Stéfano aplaudido por un palco que soñaba con vestirlo de blan-
co. Sin embargo, Santiago Bernabéu y sus madridistas no eran los
únicos interesados de contar con la «saeta rubia». El Barcelona ya
había iniciado conversaciones con River Plate, anterior equipo de
Di Stéfano en Argentina. Las intenciones del dirigente del Barça,
Enric Martí, era llevar a la figura sudamericana a Cataluña lo antes
posible. Hubo acuerdo y de Bogotá Di Stéfano arribó a Barcelona,
entrenó con el equipo profesional y jugó tres partidos amistosos.
Pero el Barça no tendría la última palabra y el gobierno español
no se quedaría impávido viendo cómo los rebeldes de Cataluña
seguían alimentando su máquina futbolística, que ya contaba con
el fabuloso Ladislao Kubala. Ahora el mejor jugador del mundo, en
aquella década, haría del Barcelona un equipo invencible, a menos
que algo lo impidiera. Real Madrid no sería el único afectado y, en
gran parte, que la «saeta rubia» no haya perdurado en la ciudad
condal se debió a las quejas del Millonarios de Colombia. La razón
primordial del equipo azul para abortar el fichaje de Di Stéfano fue
que nadie les pagó un solo peso, debido a que el Barça se relacionó
directamente con River Plate y no con ellos. Grave error, alegaron
a la FIFA, y en medio de esto el Madrid vio una gran posibilidad
de ayudar a frustrar el pase del goleador argentino.
Francisco Franco utilizaría todo su poder para quedarse con
Alfredo Di Stéfano, y así lo hizo. Presionó a la Federación Española
de Fútbol para interceder y pronunciarse ante la supuesta irregulari-
dad en la transacción, pero eso no fue todo. Se llegó a la posibilidad
de compartir al futbolista, siéndole otorgada la posibilidad a Di
Stéfano de jugar cuatro temporadas en la Liga, dos defendiendo
al Barcelona y las otras dos al Real Madrid. Pero la idea era tan
ridícula e impracticable que ambos clubes la rechazaron de pleno.

111
Maximiliano Jara Pozo

La negociación tendría que ser bilateral entre los dos clubes


más grandes de España, para lo que se celebraron reuniones entre
los presidentes de ambas instituciones. En la última de ellas, el
representante catalán fue arrestado por funcionarios del gobierno
de Franco, quienes también intimidaron al presidente blaugrana,
a quien también amenzaron con quitarle sus empresas textiles en
caso que no aflojara su posición frente a la «cuestión Di Stéfano».
De igual forma, al futbolista le hicieron ver que en el Barcelona
solo lo querían como reemplazante de Kubala, jugador favorito del
club y la afición, que por ese tiempo estaba lesionado. La posesión
por el argentino se había vuelto una competencia abierta no solo
entre ambas instituciones, sino que entre dos ciudades y regiones
de España que parecían odiarse a muerte. La prensa madrileña
y catalana se daban con fierros, y Franco reprimía cada vez más
las insurgencias y expresiones de nacionalismo en Barcelona. In-
sólitamente, Alfredo Di Stéfano firmaba por el Real y se calzaba
la camiseta blanca unos cuantos días más tarde, para marcarle
cuatro goles al Barcelona.
Franco y el Real Madrid habían ganado el «gallito» por Alfredo
Di Stéfano, y aquella polémica transferencia sería la primera de una
serie de costosas y pomposas adquisiciones para la construcción de
un Madrid campeón. En los siguientes años, futbolistas de la talla
del cantábrico Francisco Gento, el goleador francés Raymond Kopá
y la llegada de la fugada estrella húngara Ferenc Puskas en 1958,
sumaron al Real Madrid una colección de celebridades tan valiosas
como las joyas de la monarquía borbónica.
El hecho que grandes jugadores, como el propio Di Stéfano,
considerado como el mejor futbolista del mundo por aquellos años,
le daban a España una percepción de estabilidad. Que grandes
jugadores emigraran a un país que hasta hace algunos años se en-
contraba en crisis y semi destrucción, era una forma de decirle al
mundo que España salía de las cenizas. Este fue el primer triunfo

112
Historia del secuestro de una pasión

anotado por Franco con la casaca merengue, una victoria que, a


pesar de no dar todavía resultado en la cancha, sí lo estaba teniendo
largamente en el contexto político, en la formación de un club que
llevaría la bandera con el águila de San Juan por todo el planeta.
Si la década de los cuarenta había significado una desagrada-
ble y nefasta sequía de títulos, el fichaje de tantas estrellas haría
de los cincuenta y sesenta la época de oro para el Real Madrid.
Desde la llegada de Di Stéfano, Kopá, Puskas y Gento, el Real no
paró de ganar títulos. Desde la temporada 1953-1954, el club fue
tetracampeón de liga, siendo solamente interrumpida la fiesta en
la temporada 1959-1960, con la consagración del FC Barcelona,
que se tituló al empatar en puntaje con el Real, pero ostentando
una diferencia de tan solo dos goles. El Madrid se desquitaría con-
siguiendo otras siete ligas de forma consecutiva, alcanzando para
siempre el reinado más largo en la historia del balompié español.
Impresionante resultan los títulos de liga que el Real Madrid
C.F. cosechó en dos décadas. Pero esta historia no estaría completa
sin contar las hazañas fuera de la península. El arrastre popular
que estaba generando el club, tras ser el equipo indiscutidamente
hegemónico del país, fue coronado con la consecución de títulos
internacionales que llevaron la gloria no solo en forma particular
a la Casa Blanca o a su afición, sino que a la totalidad del fútbol
español, la gente y, por supuesto, el gobierno.
En las vitrinas del Santiago Bernabéu resplandecen y encan-
dilan la vista la infinita colección de trofeos que ha conquistado
el club a lo largo de su existencia. El espacio más querido por los
madridistas corresponde al rincón donde hay cinco grandes copas
plateadas, que se caracterizan por sus dos grandes orejas, y que
consagraron al Real Madrid como el equipo ícono del balompié
mundial a lo largo de toda la historia del siglo XX, según la Fe-
deración de Historia y Estadísticas de la FIFA. El Real necesitaba
demostrar su poderío en el extranjero, pero no existía aún el órgano

113
Maximiliano Jara Pozo

adecuado para demostrarlo. La Copa de Campeones de Europa


fue un torneo ideado por la revista francesa de fútbol L´Equipe, en
conjunto con Santiago Bernabéu. La UEFA aprobó el campeonato
y lanzó su primera edición para la temporada 1955-1956.
Para nadie fue sorpresa que el primer trofeo se fuera directo
a la capital española, cuando el Real, conducido magistralmente
por José «Pepe» Villalonga, se impuso por 4-2 al Stade de Reims
de Francia. En aquel partido, disputado en el Parque de los Prín-
cipes de París, jugaron Alfredo Di Stéfano, quien marcó un gol, y
Raymond Kopa, pero no para el mismo bando precisamente. Al
año siguiente, el jugador galo hijo de inmigrantes polacos, cuyo
verdadero apellido era Kopaszewski, ficharía para los madridistas
y volvería a disputar una final de la Copa de Campeones, pero
esta vez sí la ganaría. Al año siguiente, con el mejor estímulo
posible de jugar en casa ante un Santiago Bernabéu con más de
100.000 almas, el Real alcanzó el bicampeonato tras derrotar a
la Fiorentina por 2 a 0.
La temporada 1958-1959 fue tan alegre como las anteriores.
En una Europa donde los equipos del lado oriental de la Cortina de
Hierro competían por la hegemonía del juego, uno de los valuartes
del fútbol comunista arribó a la Casa Blanca. La huída de Ferenc
Puskas de su natal Hungría tuvo como consecuencia la formación
de un equipo estelar conseguido por don Santiago Bernabéu.
Ahora el Madrid no solo contaba con Di Stéfano y Kopa, tam-
bién lo hacía con la vieja gloria magiar, Ferenc Puskas, conformando
un triángulo mágico complementado por los talentos locales de
Francisco Gento y Luis del Sol, que se integrará un año más tarde.
Franco había conseguido su objetivo y la cosecha fue generosa.
Si el mundo del fútbol veía con asombro un equipo que se
levantó de los escombros, el Generalísimo vio a su mejor embajador
en pleno apogeo. El Madrid le traía gloria y prestigio a España,
considerando que «gracias a su club, el país había vuelto a apare-

114
Historia del secuestro de una pasión

cer en el mapa». No hacía falta adivinar quién sería el campeón


europeo aquel año. Valerosa fue la resistencia del A.C. Milán que,
con un generoso plantel donde destacaban Cesare Maldini, el sueco
Nils Liedholm y el ítalo-uruguayo Schiaffino, aguantaron por 107
minutos el empate a dos, hasta que «Paco» Gento le dio su tercer
título consecutivo al equipo regalón de Francisco Paulino.
España, especialmente Madrid, se volcaba a las calles a ce-
lebrar. La capital española se había vuelto el epicentro del fútbol
europeo. Por mucho tiempo España parecía olvidar sus problemas
financieros, las violentas represiones en sus provincias, la corrup-
ción y muchos otros males que suelen traer los gobiernos de facto.
Y es que en el autoritarismo toda intervención estatal vale,
incluso en el deporte, algo que parecía inconcebible e impracticable
en los vecinos democráticos de España. Millones habían costado
los refuerzos, en un país que no podía darse el lujo de pagarlos. La
buena noticia era que estaban funcionando de maravilla.
Las contrataciones de Di Stéfano, Gento, Kopa, Puskas y
Del Sol rompían con los estándares de la época. Tanto en España
como en Italia los fichajes tenían precios casi descabellados, y se
convertían en el mercado favorito para jugadores no solo del Vie-
jo Mundo, también de Sudamérica. Los años cincuenta y sesenta
fueron dorados para los equipos latinos, y el Real Madrid fue el
símbolo de ellos. Si en Italia las fortunas de magnates como Ag-
nelli, en el caso de la Juventus de Turín, o Moratti, en el Inter de
Milán, el Real Madrid estaba auspiciado nada menos que por el
gobierno español. Para la anécdota, el Madrid ganaba su cuarta
Copa Europea de Campeones en forma consecutiva tras vencer
nuevamente al Stade de Reims por 2-0, ante 80.000 personas que
vieron, el 3 de junio de 1959, en Stuttgart, la tercera anotación de
Di Stéfano en finales europeas.
De todos los gloriosos años que tuvo el Madrid entre 1955
y 1960, el más saboreado por el exquisito paladar histórico del

115
Maximiliano Jara Pozo

hincha madridista es el año 1960. No solo porque, aunque parezca


broma, otra vez (y ya van cinco) el Real Madrid C.F. se coronaba
campeón; esta vez también lo hacía como emperador de Europa.
Pero aquel torneo europeo fue especial, pues el Barcelona se
divisaba en el camino. En semifinales, con un doble 3-1 los me-
rengues despacharon al Barça, en partidos que tuvieron un fuerte
respaldo policial ante la preocupación de las autoridades por los
desmanes que podría tener el choque con los catalanes. Y no pre-
cisamente desmanes del tipo barra brava, o «ultras», como se les
conoce en España, más bien de tintes cultural-político.
Franco estaba obsesionado con la idea de que los catalanes
utilizarían, en uno de los partidos disputados en el Camp Nou, todo
su amplio portafolio de propaganda antifranquista y proseparatis-
ta. Se cuenta que, para aquel partido, la represión que vivieron los
hinchas culés no se comparó con ninguna otra. La policía prohibió
el ingreso de banderas, lienzos o cualquier material «subversivo»,
junto con amenazar a los hinchas que hablaban en catalán, siendo
que el estadio del Barcelona era uno de los pocos lugares donde
eran libres de hacerlo. El Real terminaría humillando a sus rivales,
eliminándolos del camino a la final, recorrido que completó el
equipo merengue frente al Eintracht Frankfurt, en Glasgow. Por
si las dudas, el Madrid goleó por 7 a 2 al equipo alemán, con una
tripleta de Alfredo Di Stéfano, que en una tarde dobló su marca,
mientras que Fernc Puskas fue el goleador absoluto con cuatro
tantos en el Hampden Park.
Todo lo ganaba el Real Madrid, por lo que fue necesario
inventar un nuevo torneo. En 1960 se disputó la primera versión
de la Copa Intercontinental de Clubes, instancia que enfrentaba
al campeón europeo con el sudamericano en partidos de ida y
vuelta que definirían quién era el mejor equipo del mundo. Por
aquella época, el fútbol uruguayo ponía sus fichas en el inigualable
Peñarol de Montevideo, que tenía al ecuatoriano Alberto Spencer

116
Historia del secuestro de una pasión

como principal figura. El campeón de América recibió en el Estadio


Centenario a un Real Madrid que supo sacar un valioso empate
a cero. El gobierno español esperaba con ansias la revancha. El
resultado no podía ser otro que la victoria y no se equivocaron,
porque el Real Madrid le metió cinco a los aurinegros y se coronó
como el primer club campeón del mundo. La construcción de un
Real Madrid más poderoso que nunca había tocado techo.
La historia nos dice que todo imperio tiene su fin y el del Real
Madrid no fue la excepción, el de Francisco Franco, tampoco. Lue-
go del histórico título mundial conseguido en casa el Madrid no
pudo seguir sosteniendo su racha a nivel europeo. En la temporada
siguiente, el cuadro merengue quedaría eliminado prematuramente,
con el rival que más les duele. La llave de octavos de final enfrentó
a Real Madrid con Barcelona, y esta vez los blaugrana tendrían su
revancha, dejando fuera de competencia a los merengues.
Al año siguiente, todo parecía indicar que la derrota con
el Barça había sido un mero accidente, cuando el equipo de Di
Stéfano, Puskas y Kopa llegaban a la final frente a los lisboetas
del Benfica. Sorpresa en Ámsterdam, cuando se pensó que sería
la jornada de Puskas, dueño de un triplete, pero en esa jornada
apareció un negro medio regordete que daría mucho que hablar
durante toda la década. Eusebio, el gran jugador portugués de
origen mozambiqueño, marcó los dos goles de la victoria con
que el Benfica derrotó 5-3 al Real Madrid, coronándose como
bicampeón europeo.
Las cosas se estaban poniendo difíciles en España y Franco
necesitaba urgente una manito de sus socios merengues, que en
los últimos años no se habían portado muy bien a nivel interna-
cional. Ahora sí era de verdad, pues el rival en la final eran los
comunistas del Partizán de Yugoslavia. Con Miguel Muñoz en la
banca y sin ninguna de sus figuras extranjeras de antaño, salvo
«Paco» Gento, el Madrid volvía otra vez a la cima, de Europa

117
Maximiliano Jara Pozo

por lo menos, porque la única mala noticia de una temporada,


que pudo ser perfecta, fue la derrota sufrida en la final de la
Copa Intercontinental. Los uruguayos de Peñarol se desquitaron,
celebrando en el Bernabéu.
El dominio madridista en Europa había llegado a su fin. Desde
aquella última orejona conseguida en Bruselas mientras Francisco
Franco estuvo en el poder, el Real Madrid no volvió a disputar
una final continental, ni siquiera de la Copa UEFA, competición
anexa a la Copa Europea de Campeones creada en el año 1971.
Sin embargo, a nivel doméstico el Real Madrid seguía sin tener
una competencia que hiciera tambalear su respetada hegemonía.
Ocho fueron los títulos de liga que consiguió la institución blanca
desde 1960 hasta 1969, que pudieron ser de forma consecutiva,
salvo por el pequeño lunar que significó la consagración del Atlé-
tico de Madrid en la temporada 1965-1966.
Las estadísticas lo dicen, y la supremacía del Real en los años
cincuenta y sesenta es simplemente la construcción de una de las
dinastías más ganadoras en la historia del fútbol mundial. Si la mi-
sión del Real era ganar, fue todavía más allá de los requerimientos;
si el objetivo del Real era ser un fiel representante, no solo del fútbol
español, sino que de todo el país, sin duda tuvo éxito total; y si la
idea de Franco era distraer al pueblo con un equipo de ensueño, logró
su cometido. Cada vez que el merengue salía a la cancha, España
por entera se paralizaba; es más, cuando el tema social o econó-
mico se ponía denso, las autoridades gubernamentales intervenían
la programación televisiva de inmediato y retransmitían en cadena
nacional el mejor partido del Real en la temporada.
Si el organismo del fútbol español estaba dominado por el Real
Madrid, el corazón estaba con la Selección Nacional. El balompié
hispano había conseguido éxitos nunca antes vistos en su historia
gracias al reinado del Madrid a nivel de clubes, pero la Selección
no era capaz de sumar un solo título en toda su historia.

118
Historia del secuestro de una pasión

La Guerra Civil de 1936 coartó a uno de los equipos nacio-


nales españoles más recordados, ese mismo conjunto que llegó
a disputar los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1934,
instancia en que los españoles fueron eliminados en un partido
frente a los locales que superó todos los márgenes legales. España
se reintegró a los mundiales para Brasil 1950, estrenando un equipo
que ya no contaba con viejos símbolos como Ricardo «El divino»
Zamora, Isidoro Lángara y el vasco Iraragorri. Para Brasil, la se-
lección española, compuesta también de grandes nombres, como
Estanislao «El Pipo» Basora y Telmo Zarra, dejaron a su país con
su mejor presentación histórica, incluso hasta la actualidad, rema-
tando en un prodigioso cuarto lugar. Durante doce años España
quedó al margen de las copas del mundo, sin poder superar la fase
clasificatoria. Su reestreno sería en Chile 1962.
Sin duda que la Selección Nacional estaba en deuda. Los clu-
bes locales, como el Athletic Club de Bilbao, el F.C. Barcelona y,
por supuesto, el Real Madrid, habían convertido a España en una
superpotencia del fútbol a nivel internacional, además de conver-
tirse en una atractiva y sumamente profesional liga. Pero la «furia
roja» no acompañaba, y parecía andar en un ritmo mucho más
lento que los clubes. Aquel fenómeno, que podríamos llamar «bi-
polaridad futbolística», en un país altamente desarrollado a nivel
institucional y competitivo, era absolutamente irregular. Franco
sabía que una aventura por potenciar un club o la Selección eran
tareas distintas en complejidad.
Al Real Madrid se le podían fichar los mejores jugadores del
mundo, solo era cuestión de dinero, no así la Selección. La Casa
Blanca encarnaba ciertos valores tradicionales que se identificaban
con el nacionalismo franquista, como el centralismo y la defensa
a la monarquía. Que Franco haya elegido al Madrid como su
puntal propagandístico y popular no fue mera casualidad, pero la
Selección estaba justamente en la vereda contraria. La fractura de

119
Maximiliano Jara Pozo

la sociedad española, tanto política como territorial, supuso una


polarización nunca antes vista en el país. Los cientos de miles de
muertos acrecentaron el odio interno en las desiguales provincias
ibéricas, contexto en que la Selección Nacional, que pudo actuar
como moderador y generador de sentimiento nacional, se con-
virtió en el símbolo de la indiferencia por una camiseta que no
representaba a todos.
En los años de la posguerra civil, vascos, catalanes y gallegos
tenían en sus clubes su verdadero sentimiento de pertenencia. El
fútbol español vivía una crisis de representatividad y contaba
con una Selección donde sus integrantes eran elegidos por cuo-
tas regionales, más que por méritos. Si, por ejemplo, Andalucía
contaba con diez jugadores de talla mundial, listos y dispuestos a
jugar por la Selección, la mayoría tendría que irse a casa; lo que
respondía a un esfuerzo por revertir la crisis de representatividad,
en un afán de multiculturalizar a la fuerza equipos nacionales
que, a la vez, perdían potencia.
Emblemático es el caso de los futbolistas de origen vasco
que en la década de los treinta y cuarenta dominaron la escena
del fútbol nacional, y que siempre aportaron de gran forma a la
Selección. Pero Franco, desde que se instaló con el poder, consideró
un grave problema en las filas euskadi. El nacionalismo vasco no
tenía cabida en el nuevo gobierno unitario, y no se permitiría que
la Selección española fuera blanco de lucha interna en una mini
guerra civil al interior del equipo. Obviamente los futbolistas vas-
cos no podían dejar de ser convocados, y estos siempre dieron lo
mejor de sus cualidades en el seleccionado, pero tampoco podían
dejar de ocultar su sentimiento localista, llevando consigo pequeños
símbolos que reconocían su origen nortino.
Con todas estas características, propias de la Selección es-
pañola, el gobierno central sabía de la importancia del equipo,
considerando que sería, al igual que el Real Madrid, un activo

120
Historia del secuestro de una pasión

participante en la política exterior del Generalísimo. Los ocho años


de ostracismo del seleccionado español llegaron a su fin en 1960,
año en que se disputaría la primera versión de la Copa Europea de
Naciones mediante rondas clasificatorias con eliminación directa.
La fase final, hasta donde clasificaban cuatro equipos, tendría a
Francia como sede.
Los octavos de final tuvieron a España como protagonista,
país que debía jugar su clasificación a la ronda siguiente frente a
Polonia, que fue goleada contundentemente por los españoles con
un marcador global de 7-2.
El fixture quiso que España se topara irremediablemente con la
Unión Soviética en cuartos de final, y fue ahí cuando se produjo una
de las acciones más radicales y antifutbolísticas del franquismo. Preo-
cupado de perder frente al marxismo-leninismo, el gobierno español
ordenó al seleccionado, a cuatro días de disputarse el cotejo y bajo
un estricto secretismo, la prohibición de viajar a Moscú. Francisco
Franco no expondría bajo ninguna circunstancia el prestigio del
país, aunque la posibilidad de perder fuera mínima. Es cierto que los
rusos tenían un equipo tremendo, con jugadores como el goleador
Valentin Ivanov, Víctor Ponedelnik y el legendario Lev Yashin en
el arco, pero, como se sabe, España también tenía lo suyo. Franco
no dio paso atrás e hipotecó la opción española para garantizar
cualquier legitimidad a su régimen. El seleccionado español perdió
por secretaría al no presentarse, los rusos se clasificarían a Francia
y serían campeones. Lo que pudo ser el sueño del primer título para
la «Furia» terminó como una vergonzosa huída, por el temor de
un general que nunca supo lo que era entrar a un campo de juego
y defender con orgullo la camiseta de su país.
Sin embargo, cuatro años más tarde las cosas cambiarían
radicalmente. España sería sede de la fase final del torneo, etapa
alcanzada por Hungría, Dinamarca, Unión Soviética y el equipo
local, España. Con más esfuerzo que fútbol, en un partido agónico

121
Maximiliano Jara Pozo

España pudo vencer a Hungría solo en la prórroga, con gol de


Amancio a los 115 minutos.
En la otra semifinal, desarrollada en el Camp Nou de Barce-
lona, los rusos daban cuenta del equipo danés con un lapidario
3-0, resultado que no hacía más que meter presión a un equipo
español que no podía perder frente a su gente. Cuatro años atrás
Franco pudo hacerlo, pero esta vez el retiro no era posible, ha-
bía que jugar con Rusia y ganarle a como diera lugar. Una final
España-Rusia daba mucho de que hablar: ¿se tocarán los himnos
nacionales?, ¿se izará la bandera soviética?, ¿asistirá Franco al
partido?, ¿le entregaría de sus manos el trofeo a los rusos, si
estos ganaban?
La propaganda había sido intensa. Si la Guerra Fría tuvo su
momento político más caliente en la Crisis de los Misiles de 1962,
el fútbol tuvo la suya aquella lluviosa tarde madrileña del 21 de
junio de 1964. Las ochenta mil personas que repletaron el Santia-
go Bernabéu tenían a un ilustre en el palco. Allí estaba Francisco
Franco; sonriente, nervioso y escondido tras un sombrero que lo
hacía parecer un entusiasmado hincha español más. A diferencia de
su colega, Benito Mussolini, Franco no tenía la certeza de Il Duce,
quien sabía de antemano que la victoria llegaría de cualquier for-
ma. El Generalísmo tuvo que esperar, sufriendo al igual que todos
los españoles el golazo de Khusainov tras un soberbio tiro libre,
empatando el marcador que tempranamente había inaugurado
Jesús María Pereda para los anfitriones.
El minuto 84 fue sublime, ayudado por la mala transmisión
de aquella jugada, que demoró más de cuarenta años en develar la
identidad del jugador español que mandó ese preciso centro. Todos
pensaron que el autor intelectual de aquella recordada jugada fue
Amancio, pero Jesús María Pereda vivió el resto de su vida con
la convicción de ser el participante clave en el gol, hasta que la
ciencia lo corroboró. España era eurocampeón y, de la mano de

122
Historia del secuestro de una pasión

José Villalonga Llorente, al frente del seleccionado, tuvo su mayor


momento de gloria, que demoraría otros cuarenta y cuatro años en
repetirse en aquella jugada que Fernando Torres se transformó en
Marcelino para ganarle a Alemania, en la final de la última Euro
Austria-Suiza 2008.
Por el club y la Selección, España estaba forjando su nombre
en la historia del fútbol mundial, en una evolución que ahora sí
correspondía a la potencia futbolística que el país ibérico siempre
fue. La consecución del título europeo de 1964 fue la continuación
perfecta de una época dorada para el fútbol hispano, pero, al igual
que con los italianos en la década de los treinta, tanto Mussolini
como Franco se apoderaron de su éxito con fines e intereses pro-
pios, consumiendo el brillo natural de nombres e historias que
dejaron una huella indeleble en sus países, en sus hinchas y en la
historia del fútbol mundial.
¿Hubiera resurgido el Real Madrid sin el interés de Franco?
¿Se habría convertido en el equipo más exitoso de la historia sin
la intromisión del gobierno de facto? El hincha madridista menos
conservador seguramente dirá que el equipo de Di Stéfano, Puskas,
Kopa y Gento era invencible, y puede tener razón, pero ¿quién
financió aquellos fichajes?, ¿cómo fue que Alfredo Di Stéfano fue
secuestrado del Barcelona?
Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde
murió el 20 de noviembre de 1975, a la edad de 82 años. Madrid
fue su fortín, tanto políticamente como en el fútbol, en un contexto
de Guerra Fría donde todo valía. Como todos los célebres dicta-
dores, comprendió que el balompié de su pueblo era sinónimo de
las más populistas formas de control, encubrimiento y exaltación
de un régimen que perduró treinta y cinco años, y cuyo mejor
canciller fue un equipo de fútbol.

123
Capítulo ix

El Mundial de la Junta

Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el


pueblo mientras se cometían atrocidades. Fuimos utilizados
como propaganda por parte de los militares, pero
también servimos como bálsamo para mucha gente
oprimida que pudo volver a salir a la calle
envuelta en una bandera argentina.
Osvaldo Ardiles, Selección Argentina, Mundial 1978.

Cualquier persona que recuerde elementos mínimos de la historia de


los mundiales de fútbol asociará el torneo organizado en Argentina
como una fiesta con estadios repletos, lleno de banderas albicelestes,
noches frías y el primer gol de Mario Kempes en la final, con un campo
de juego lleno de papelitos picados que parecían millones de copos
de nieve. Al acordarse de Argentina 1978 surge la imagen del capitán
Daniel Passarella sosteniendo la Copa del Mundo, con la Junta de
Gobierno, encabezada por Jorge Rafael Videla, aplaudiendo de pie.
Al recordar Argentina 1978, los ojos del hincha ven las goleadas de
un equipo que parecía una tromba y que cae inocentemente en la
jugarreta de un Mundial que fue como un espectáculo de teatro, con
un guión que estaba escrito desde antes de su inauguración. Hablar
de Argentina 1978 no es más que la última continuación de un largo
hilo de irregularidades y corrupción iniciada por Mussolini en los años
treinta y finalizada por los militares argentinos medio siglo más tarde.
Hablar de Argentina 1978 es reflexionar sobre la inacción de
la FIFA en una época que los mundiales eran patrimonio nacional y

125
Maximiliano Jara Pozo

no mundial, como afortunadamente lo son hoy. Quienes criticaron


amargamente la orquesta propagandística que Il Duce le dio a su
Mundial en 1934, nada retuvieron, sino que todo olvidaron el día
en que Argentina tomó su derecho de ser sede y, de pasadita, de
ser campeón del mundo.
Esta es la historia de un evento que fue utilizado para ocultar
políticas fallidas, carencias y violaciones a los derechos humanos
entre gritos de gol, euforia y también dolor, desde los prisioneros
políticos hasta la desesperación de las madres y abuelas de Plaza
de Mayo, en un país que durante un mes olvidó sus problemas
gracias a futbolistas a quienes nada puede reprochárseles, pues
hicieron su trabajo y aprovecharon sus oportunidades de la mejor
manera, y ganaron la primera Copa del Mundo para su país con
todos los honores que un campeón merece. Lo que más se pide es
que ellos queden al margen de cualquier responsabilidad.
Si ese Mundial fue conocido en muchas partes como una estafa,
la culpa no es de los jugadores, sino de un régimen que los utilizó,
que quiso apropiarse de un triunfo que pertenece solo a los futbolis-
tas y al cuerpo técnico de César Luis Menotti y que, por culpa de la
intervención ajena, se cuestionará para siempre el logro de su equipo
nacional. Argentina 1978 es el mejor y más conocido ejemplo de la
instrumentalización del fútbol con fines políticos en el último cuarto
del siglo XX; la versión moderna y heredada de Italia 1934 pero
con transmisión de televisión a color (excepto para Argentina), pero
bajo la misma tensión bélica del fascismo lombardo. El Mundial del
78 fue el mejor regalo para la Junta Militar, un divino presente que
ya estaba envuelto desde antes que la Argentina estuviera dominada
por los militares, un compromiso que, a pesar de lo que la mayoría
de la gente cree, no viene de la amistad del ex presidente de la FIFA,
Joao Havelange, con el régimen rioplatense, sino que de mucho antes.
Pero lo cierto es que el torneo fue heredado en una de las últimas
acciones del ex mandatario británico de FIFA Sir Stanley Rouss, quien,

126
Historia del secuestro de una pasión

tras la Copa del Mundo de Alemania 1974, prometió que el torneo


retornaría a Sudamérica. Argentina vio frustrados sus intentos de ser
sede en repetidas ocasiones, pues Uruguay, Brasil, Chile y México le
arrebataron el honor correspondiente al Nuevo Mundo. Después de
Alemania la Copa se mudaría inminentemente a la Argentina, por lo
menos eso se pensaba hasta el 24 de marzo de 1976, día del golpe de
Estado, otro de muchos en la historia argentina.
Esta vez la dictadura duraría ocho años, hasta que el régimen
cayó por su propio peso al aventurarse en una tan incoherente
como desigual lucha contra una potencia europea.
Proceso de Reorganización Nacional se llamó el pronun-
ciamiento al gobierno de María Estela Martínez de Perón, más
conocida como Isabelita, segunda esposa del caudillo de los años
cuarenta. El gobierno de esta ex bailarina, que llegó a la presidencia
por la muerte de su marido, se caracterizó por una profunda crisis
económica, en parte debido al colapso mundial petrolero de 1973,
que deterioró la economía nacional y empeoró las condiciones de
vida de los argentinos. Al igual que sus vecinos y colegas de Brasil
y Chile, los militares argentinos sacaron al gobierno a través de
una intervención e instauraron un regimen nacionalista.
La interrupción de la democracia, la censura a la prensa, la
represión y la violación a los derechos humanos son siempre con-
secuencia de gobiernos que llegan al poder sin las de la ley, pero
el caso argentino fue especialmente dramático, pues la tortura,
los asesinatos y la desaparición de individuos se elevó a más de
30.000 personas, casi la misma cantidad de gente que cabe en el
estadio de Rosario, donde toda Argentina celebraba su abultada
victoria sobre Perú en la liguilla final de la Copa.
La situación en Argentina no era para nada auspiciosa, y la
continua inestabilidad del país hacía que muchos al otro lado del
charco dudaran de la capacidad organizativa de los sudamericanos,
cuento viejo de los europeos.

127
Maximiliano Jara Pozo

Pero eso no fue todo: además de los problemas políticos y socia-


les, la economía argentina estaba en bancarrota, recuperándose del
desastre dejado por Isabelita. Alemania 1974 había sido un éxito en
todos los aspectos, tanto deportivos como organizativos y financieros,
convirtiéndose en el primer Mundial que fue un negocio lucrativo y
no un compromiso que solo significó derroche. El auge en las trans-
misiones deportivas, la publicidad y los millonarios acuerdos de la
FIFA con gigantes como Coca-Cola y Adidas hicieron de la Copa
Mundial un torneo apetecido ya no solo por los gobiernos y los polí-
ticos, también por grandes marcas a nivel mundial. Pero Argentina se
había vuelto en un dolor de cabeza, su crónica inestabilidad política
y la crisis económica elevaron los seguros a tasas millonarias, por lo
que el país tuvo que hacer urgentes y costosos arreglos e inversiones
en estadios, carreteras, aeropuertos, hoteles y un centro de prensa que
llevara a toda el mundo la Copa en vivo y en technicolor.
La Junta de Gobierno en Buenos Aires, liderada por Jorge
Rafael Videla, comprometió una inversión de 200 millones de
dólares, cifra poco atractiva para la FIFA, que tendría que hacer
magia para ayudar a los aproblemados anfitriones.
Costara lo que costara, el Mundial tenía que hacerse igual.
Al gobierno le había llegado de «yapa» la posibilidad de ser sede
del torneo y, si algo sabía con claridad, era los beneficios que este
le podían traer. Era necesario lavar la imagen de Argentina y, aún
más importante, desviar la atención de su gente.
Si Argentina hacía un buen mundial y si, por algún motivo, lle-
gaba a ganarlo, la Junta de Gobierno encontraría su legitimización.
La tarea sería titánica pues las exigencias de la FIFA serían
mayores esta vez. Joao Havelange, junto a su socio de Adidas, Horst
Dassler, decidieron ampliar la competición de dieciséis a veinti-
cuatro equipos, considerando todos los beneficios económicos que
esta medida tendría. Pero aquel ambicioso plan era absolutamente
impracticable en Argentina.

128
Historia del secuestro de una pasión

Si Europa veía con malos ojos y ya cuestionaba cada vez que


Sudamérica organizaba la copa, la situación argentina era especial-
mente alarmante. Todos los males antes mencionados, además de la
violencia de grupos alborotadores llamados «montoneros», tenían
al país sumido en un ambiente poco propicio a la celebración de un
campeonato mundial. Subir de dieciséis a veinticuatro los equipos
involucrados ya era mucho pedir.
La Junta Militar comenzó a organizar rápidamente el trabajo
para hospedar el campeonato. Se formó el Ente Autárquico Mun-
dial (EAM), una versión militar de lo que actualmente se conoce
como un Comité Organizador Local (COL). A la cabeza del Ente
se puso al general Carlos Omar Actis, un prestigioso ingeniero
del Ejército.
La designación de Actis respondía también a su reconocida
trayectoria, que lo convertía en una persona creíble, sin un pasado
de detenciones o responsabilidad en muertes o desapariciones. Era
un nombre bien percibido por la gente y con escasas posibilidades
de ser blanco para los montoneros u otros grupos terroristas.
Pero el vicepresidente del EAM, capitán de Navío Carlos
Alberto Lacoste, tenía una fama muy distinta. Actis conocía la
ambición y personalidad megalomaníaca de su subalterno, por
lo que su primer objetivo en el Ente era asegurarse que Lacoste
no tuviera forma de conocer el financiamiento de la Copa. La
idea del marino era construir una serie de nuevos estadios e im-
plementar la televisión a color dentro del país, dos lujos que la
organización no se podía dar. El plan de Actis era bastante más
austero, pero la diferencia de opinión entre el militar y el marino
se amplió tanto que Actis decidió despedir a Lacoste del comité.
A pocos días que el general Actis asistiera a su conferencia de
prensa donde le explicaría a todo el país cómo se iba a gastar
el presupuesto, el general fue asesinado. El gobierno culpó a los
grupos de extrema izquierda.

129
Maximiliano Jara Pozo

A la mañana siguiente, treinta fueron los cadáveres encon-


trados en un campo en las afueras de Buenos Aires, muertos por
grupos de extrema derecha en represalia por el homicidio de Actis.
Más tarde, Montoneros darían un comunicado en que negaron su
participación en el atentado.
En reemplazo de Actis asumió Carlos Alberto Lacoste, qué
coincidencia. Ahora sí el marino tendría completa jurisprudencia
para echar a andar sus costosos proyectos, que incluían la cons-
trucción de tres nuevos estadios, la remodelación del Antonio
Vespucio Liberti, y la edificación de un carísimo centro de prensa
en Buenos Aires. «Entre 1973 y 1976 ellos hablaron mucho pero
no hicieron nada para preparase para este gran torneo. Nosotros
estamos reemplazando su charla, sus pedazos de papel con la reali-
dad. Con edificios, con estadios. Bajo los peronistas ustedes tenían
tres días de trabajo y 362 de huelgas. Ahora ya no hay huelgas,
las hemos prohibido», fue el discurso inaugural de Lacoste para
anunciar que Argentina estaba en pleno camino en su preparación
para el Mundial.
El proyecto de Lacoste iba más allá que la construcción y
refacción de estadios. El ahora mandamás del comité organizador
impondría, a medida que se acercaba la fecha de inicio del torneo,
una severa censura a la prensa y los medios de comunicación, que
fueron intervenidos por los militares.
Durante el Mundial estaría prohibido hablar mal sobre la
organización, el gobierno y el equipo nacional, nadie podía criti-
car el desempeño de César Luís Menotti, ya que el seleccionador
argentino era un funcionario del proceso. Además, se gastó una
fortuna en levantar paredones para tapar los cinturones de pobre-
za de Buenos Aires, que esoconderían de los turistas y la prensa
internacional las «villas miseria» que aún rodean la ciudad.
Los 200 millones de dólares que había pensado Actis fueron
multiplicados en cosa de meses por Lacoste. El titular del EAM

130
Historia del secuestro de una pasión

acusaba que se quedaba sin fondos, que necesitaba más. La cifra


ya estaba superando el billón de dólares, presupuesto que en gran
parte se iba en máquinas de escribir y semillas para plantar pasto.
¿Y el resto del dinero? Solo Carlos Alberto Lacoste lo sabía. Ar-
gentina estaba gastando lo que no tenía, inflando su deuda externa
hasta niveles críticos. Mientras la organización argentina la pasaba
mal, sus colegas brasileños le proponían a la FIFA una relocali-
zación del campeonato mundial. El atrevimiento de los militares
brasileños le dolió a sus pares argentinos, quienes castigarían a
sus vecinos en la Copa del Mundo.
La prensa internacional, especialmente europea, atacaba con
furia la organización del Mundial, pero fue aun peor cuando las
delegaciones y reporteros del Viejo Mundo arribaron a la Argen-
tina, para despachar a sus países la dura realidad político-social y
económica del país. El arquero de la Selección de Suecia, antes de la
inauguración del torneo, fue a entrevistarse con las Madres de Plaza
de Mayo, mientras que el holandés Resenbrink preguntaba a los pe-
riodistas argentinos «dónde estaban los campos de concentración».
Justamente, el equipo holandés fue uno de los más perjudicados
por jugar en Argentina. Su principal figura, Johan Cruyff, se bajaba del
proceso en «repudio a la dictadura», aludiendo que no formaría parte
de un circo montado por Jorge Rafael Videla y sus «compinches». La
organización local respondía las críticas del talentoso tulipán diciendo
que su esposa no lo dejó viajar, tras las vergonzosas historias que se
contaron de las concentraciones de la Selección Holandesa antes de la
final del Mundial de Alemania. Ni el pueblo holandés ni su monarquía
lograron persuadir a su estrella. Amenazas de secuestro a su familia
en España terminaron por amedrentar al genio.
Holanda se quedaría sin su máxima figura, que extrañaría más
adelante. Otros famosos que también quedaron fuera del Mun-
dial, por supuestas razones políticas, fueron los experimentados
zagueros alemanes Paul Breitner y Franz Beckembauer.

131
Maximiliano Jara Pozo

Los húngaros tampoco estaban interesados en ser buenos


visitantes y criticaron la organización. Se medirían con los due-
ños de casa en Buenos Aires y el técnico magiar, a pocos días de
debutar, dio una declaración que tendría bastante sentido con
el desarrollo del campeonato: «Todo, aun el aire, favorecerá a
Argentina. Todos lo favorecerán. Estoy seguro que los árbitros les
obsequiarán un par de penales. El éxito del equipo argentino es
finalmente muy importante para el torneo», sentenció el magiar
en el aeropuerto de Ezeiza.
En el momento en que el cuerpo técnico húngaro criticaba la
forma en que se desarrollaría el campeonato, los argentinos estaban
muy concentrados en su preparación, confiando en las palabras
y experiencia del fumador compulsivo y miembro del Partido
Comunista, César Luís Menotti. «El flaco», en plena conferencia
de prensa premundialista, adelantó que Argentina se desprendería
de su típico juego brusco y violento para conseguir sus objetivos.
Esta vez sería distinto pues Menotti, al igual que los húngaros, se
las dio de pitoniso, pero no para hablar del arbitraje del torneo,
sino que para advertir del inicio de una nueva era para el fútbol
argentino, donde la habilidad de los futbolistas estaba por sobre
cualquier otro elemento. 1978 se había transformado en el año
cero para la consecución de triunfos de verdad. Sin embargo, pese
a tanta habilidad prometida en el campo de juego, Menotti dejó
fuera de la convocatoria final al chico favorito del fútbol local, el
«niño maravilla» por ese entonces, Diego Armando Maradona.
Hacía rato que «El pelusa» la rompía en Argentinos Juniors, pero
ni todos los goles, ni los comentarios de la prensa, ni el clamor de
los hinchas, hizo que Menotti cambiara de opinión. Maradona no
tenía experiencia suficiente para el desafío y se iría a casa, rom-
piéndole el corazón a un joven que ya había debutado en primera
y le faltaba jugar su Mundial. Al año siguiente tendría su revancha,
titulándose campeón en el mundial juvenil de Japón.

132
Historia del secuestro de una pasión

Pero no todos rogaban por una convocatoria a la Copa del


Mundo 1978. Jorge Carrascosa, un año antes del torneo, se au-
tomarginó de la selección diciendo: «Yo no quiero ser de ninguna
manera un instrumento de la dictadura militar». Otros, como Nor-
berto Alonso, fueron explícitamente pedidos por la Junta Militar.
Claramente, para esta Copa del Mundo Argentina no depen-
día de Maradona, es más, se dio el lujo de dejarlo ir. Y es que el
seleccionado albiceleste había construido en un par de años una
poderosa escuadra. Jugadores como Matildo Ubaldo Fillol, Daniel
Passarella y Leopoldo Jacinto Luque provenían del equipo millo-
nario, River Plate. Pero el plantel de Menotti también contaba con
calificada gente como Alberto Tarantini, Omar Larrosa, Américo
«Tolo» Gallego, Daniel Bertoni, Osvaldo «Ossie» Ardiles y Mario
«El matador» Kempes. Todos ellos se convirtieron en protagonis-
tas de un Mundial que jugaron con el alma, pero hubo gente que
pensó que eso no sería suficiente.
Si el debut con los húngaros pareció ser duro, pudo ser un
anticipo de lo que le esperaba a los dueños de casa, por lo menos
en primera ronda. Además de los magiares, Argentina tendría que
jugar frente a Francia e Italia. Las 76.000 personas que repletaron
el «Antonio Vespucio Liberti» vieron el panorama negro cuando,
a los diez minutos, Karoly Csapo aprovechó un rebote de Fillol
para poner a la visita arriba. Pero la ilusión húngara duró solo
cinco minutos, porque el arquero europeo no fue capaz de embol-
sar la pelota, error que le costaría caro. Leopoldo Luque estaba
demasiado cerca para meterla dentro gracias al regalo del meta.
En el segundo tiempo Hungría reaccionó y el partido se
fraccionó más allá de la capacidad del árbitro español Garrido.
Ambos equipos cayeron en el juego brusco, y el réferi expulsó a
dos jugadores húngaros y a ningún argentino. Cuando faltaban
siete minutos para el final, Argentina aprovechó los huecos que
dejaba una Hungría desestabilizada, para marcar el 2-1 final, obra

133
Maximiliano Jara Pozo

de Daniel Bertoni. Mientras tanto, la violencia seguía viva en el


país: una bomba explotó cerca del centro internacional de prensa,
matando a un policía.
Cuatro días después Argentina regresaba al Monumental.
Esta vez, el rival a vencer era la Francia de Michel Platini, Bernard
Lacombe, Didier Six y Dominique Rocheteau, conducidos por Mi-
chel Hidalgo, equipo que venía en alza, lo que se traduciría en las
dos copas mundiales siguientes. Sin embargo, sus jugadores parecían
estar más preocupados de su altercado con Adidas que de jugar al
fútbol; amenazando con no presentarse al partido si no se solucio-
naba el tema de los pagos por vestir la indumentaria deportiva. Esa
tarde del 6 de junio, el equipo francés borró de sus botines las tres
líneas blancas de la marca alemana, y salió a la cancha de Núñez
a jugarse su última posibilidad de clasificar a la siguiente ronda.
Su derrota frente a Italia tenía desesperados a los galos, sobre
todo cuando, en los descuentos de la primera parte, el defensor
francés Marius Tresor cayó en su área de penal, justo cuando un
jugador argentino disparó al arco y el balón chocó en la mano
del moreno zaguero.
Cuando Jean Dubach de Suiza marcó el penalti, el público se
puso como loco, y es que Argentina la pasaba mal ante un equi-
po francés que tuvo oportunidades de anotar pero que ahora se
agarraban la cabeza, impotentes ante el negligente cobro referil.
Argentina no estaba para rechazar regalos. Daniel Passarella
le pegó tan fuerte como solía darle para dejar sin opción alguna
a Demanes. A la vuelta del descanso, Platini empató para Francia
y de nuevo los locales sufrían.
Un empate los dejaba con serias posibilidades de quedar fuera,
entendiendo que el siguiente juego sería con los italianos, mientras
que Francia jugaría con Hungría. Leopoldo Luque ya había salvado
a los argentinos en el primer partido, pero esta vez su intervención
quedaría enmarcada como uno de los mejores goles del campeonato.

134
Historia del secuestro de una pasión

Se jugaba el minuto 73 y el flaco de la melena y los bigotes se inter-


nó en territorio rival, sacando un derechazo de treinta metros que
se coló en la esquina derecha de Demanes. Después de ese golazo
Argentina no podía perder, y así lo sintió también el árbitro. Dos
minutos después del gol de Luque, el extremo francés Didier Six fue
tacleado dentro del área argentina. Todos los vieron menos Dubach,
que estaba a escasos metros. Francia quedaría eliminada y Argen-
tina se jugaría el liderato del grupo frente a Italia. Abraham Klein,
oficial israelí, no se dejó amedrentar por las protestas argentinas y,
sin caer en el localismo, el resultado final fue Argentina, 0; Italia, 1.
Por haber terminado segundo Argentina perdió la localía
en Buenos Aires, debiendo desplazarse a Rosario a disputar la
ronda final. En el estadio Dr. Lisandro de la Torre, más conocido
como «Gigante de Arroyito», el equipo de Menotti encaró su
primer partido del grupo 2 frente a Polonia. Mario Kempes se
convertiría en el hombre más importante del partido y no solo por
sus dos goles, que le dieron el triunfo a su equipo, sino también
porque protagonizó una tan absurda como ilegal jugada. Cuando
el «Pato» Fillol estaba vencido, y todo Rosario se preparaba a
sufrir el gol polaco, apareció como un fantasma «Marito» Kem-
pes, para lanzarse de «palomita» al balón que estaba cruzando
la línea de gol. Increíblemente logró despejar la pelota, pero no
con la cabeza. La primera versión de «la mano de Dios» no nació
con el gesto de Maradona en México 1986 frente a Inglaterra,
pues tuvo su origen ocho años antes en la extremidad izquierda
de Kempes. Al árbitro sueco Ulf Eriksson no le quedó otra que
sancionar el penal, que sería malogrado por los polacos tras
soberbia contención de Fillol. Sin embargo, el sueco no expulsó
al 10 de Argentina, ni siquiera lo amonestó. Kempes anotaría
dos veces en aquel encuentro y, a pesar de su avivada, seguiría
jugando el resto del torneo, siendo fundamental en los partidos
restantes frente a Brasil, Perú y en la final contra los holandeses.

135
Maximiliano Jara Pozo

Al igual que los húngaros y franceses, los polacos recla-


marían amargamente, impotentes frente a las injusticias de un
campeonato cuyo principal pecado había sido ser sorteados junto
al equipo organizador.
Claudio Coutinho, el entrenador de Brasil, buscaba instaurar
un nuevo estilo en el fútbol carioca. Tanto más que la técnica o la
habilidad, Coutinho postulaba la escuela que en aquella época era la
favorita, esa que tenía tonos anaranjados, el llamado «fútbol total» po-
pularizado por los holandeses de Rinus Michels en el Mundial anterior.
Coutinho estaba harto de la falta de orden y polivalencia de los
jugadores brasileños, por lo que el partido frente a los argentinos
en Rosario no era solamente el choque de las dos más grandes
potencias futbolísticas de América, era también la confrontación
de dos estilos distintos. Por un lado, la habilidad e improvisa-
ción argentina contra el renovado y táctico engranaje brasileño.
Pero ambos equipos llegaban en distintos momentos. Mientras
Argentina ya se sentía en la final, Brasil había sufrido mucho en
primera ronda, cosechando pobres empates con Suecia y España y
ganándole por la mínima a Austria. En Brasil estaban furiosos con
el cometido del seleccionado, y el almirante Nunes, cabecera de
la Confederación Brasileña de Deportes, culpaba a su entrenador
por los malos resultados, tanto así que ya había comunicado que
el profesional sería desafectado al final del torneo. Solo la clara
victoria frente a Perú por 3-0 le dio nuevo crédito, siendo restituido
por Nunes en una señal de muy poca seriedad. Si Coutinho quería
conservar su trabajo tendría que clasificar a la final. El Argentina-
Brasil fue uno de los partidos más esperados, pero también de los
más aburridos del torneo, un encuentro que, de no ser por los
dos penales negados por el árbitro húngaro Palotai al brasileño
Batista, no daría nada más para escribir. En definitiva, cero a cero
y tanto argentinos como brasileños tendrían que asegurar su paso
a la final en la siguiente jornada.

136
Historia del secuestro de una pasión

El no haber podido ganarle a Brasil se había vuelto un ver-


dadero dolor de cabeza para la organización local. La mejor dife-
rencia de gol del equipo de Coutinho era la amenaza a considerar,
mucho más allá del próximo y último rival de la segunda ronda,
Perú. Eso sí, Brasil la tendría algo más difícil, ya que enfrentaría
a Polonia, que había terminado en el primer lugar de la primera
ronda, en el Malvinas Argentinas de Mendoza. Todo lo que pasara
en el futuro próximo con la Selección local tendría mucho que ver
con ese partido. Fue así como el Ente Autárquico Mundial sacó
su cartita bajo la manga y, horas previas al partido, fijó el Brasil-
Polonia para la tarde, mientras que Argentina jugaría con Perú
en la noche. De esta forma los argentinos sabrían perfectamente
cuántos goles necesitarían marcar; y los peruanos, cuántos dejarse
hacer. Cuando la delegación brasileña se enteró de la programación,
Coutinho y el almirante Nunes actuaron juntos por primera vez
para reclamar a la organización. Pero ya no había nada que hacer,
los locales habían utilizado la opción (que existía en esa época)
de alterar los horarios, y los brasileños sabían que a la FIFA no
se podían ni asomar, dada las complicadas relaciones personales
entre el almirante Nunes y Joao Havelange.
En Mendoza, jugando contra un público hostil que apoyaba
a los polacos, Brasil ganó por 3-1. Ese marcador significaba que
Argentina debería vencer en un par de horas más a Perú al menos
por cuatro goles, algo que parecía una tarea prácticamente impo-
sible, sabiendo lo bien que había jugado Perú en la primera fase,
cuando se convirtió en la sorpresa del torneo tras terminar invictos
y primeros en su grupo, incluso, arriba de Holanda.
Ocho años más tarde se supo la verdad, después que se disolvió
la Junta Militar tras ser derrotada por las fuerzas británicas en la
Guerra de las Malvinas en 1982, que trajo de regreso la democracia
a la Argentina con el advenimiento del gobierno de Raúl Alfonsín.
Pero lo que para muchos argentinos estaba repleto de gloria en

137
Maximiliano Jara Pozo

1978, con un equipo nacional que le dio su primer título mundial,


para otros el Argentina-Perú del 21 de junio era motivo de sospe-
cha. Como un verdadero tabú en la historia del fútbol mundial se
considera aquel último partido de la fase final del grupo segundo.
Ni en Argentina ni en Perú gustó que se hablara sobre aquel
partido de la noche rosarina, sabiendo que el compromiso es
sagrado y perpetuo y cuya revelación podría tener mortales con-
secuencias, como lo dijo un jugador de la Selección Peruana, que
confesó el pago de veinte mil dólares por parte de la Federación.
Existen evidencias que el Argentina-Perú no solo fue sospechoso
por la cantidad de goles convertidos o el súbito mal juego de la
Selección incaica. Cualquier persona que vea ese partido completo
podrá darse cuenta que los jugadores peruanos apenas se atrevían
a cruzar el medio campo y, cuando podían hacerlo, fallaban al
arco de forma increíble. Al investigar lo sucedido uno se encuentra
con informaciones que detallan que, después del 6-0 de Argentina
sobre Perú, se contabilizan un envío de 35.000 toneladas de grano
embarcadas desde Buenos Aires a El Callao, el descongelamiento
de una línea de crédito de 50 millones de dólares al gobierno pe-
ruano y diversas transferencias en dólares desde las cuentas de la
Armada argentina liderada por Lacoste a sus similares peruanos.
Antes del partido con Perú, Juan Alemann, subsecretario de
Hacienda del gobierno, cuestionó la cantidad de dinero invertida en
el certamen, calculando que con lo que iba del Mundial los gastos
eran mucho mayores a los ingresos. Pero, además, el hombre de
la cartera de Hacienda especulaba con una gran suma de recursos
que se irían directamente a Perú por una catástrofe. Esa catástrofe
era que Argentina fuera eliminada, precisamente, a manos de Perú.
Molesto por la intromisión, Lacoste le respondió irónicamente a
Alemann: «Después no se quejen si les ponen una bomba por ahí».
Cuando se jugaba el segundo tiempo entre el equipo argentino y
el peruano, una bomba explotó en la casa de Alemann.

138
Historia del secuestro de una pasión

La orden venía desde las cúpulas de la Junta de Gobierno.


El propio Rafael Videla viajaría hasta Rosario para presenciar en
persona que nada estuviera fuera de lugar. Lo acordado era que
Argentina debía derrotar a Perú por cuatro goles de diferencia
y, si habían más, mejor, para que el soborno no fuese tan obvio.
Carlos Ares, periodista argentino que por aquella época traba-
jaba en un diario oficialista y tenía acceso al equipo mundialista,
escuchó que el partido estaba arreglado con antelación y que César
Luís Menotti se había reunido a solas con los jugadores titulares, a
excepción de Fillol, el arquero. Ares se sintió extrañado y le pareció
que sería buena idea expresarle la irregularidad a Lacoste. Mala
idea, porque el marino lo amenazó con matarlo si abría la boca.
Más tarde el periodista se autoexiliaría en España, temiendo por
su vida si se quedaba en la Argentina.
Las 19:15 del 21 de junio de 1978 fue el momento no solo
para el equipo de Menotti, también para la Junta Militar que se
jugaba su propio partido. Los casi cuarenta mil argentinos que
repletaron el estadio de Rosario esperaban que por algún milagro
su selección goleara al mejor Perú de todos los tiempos. Videla y
sus compañeros estaban en el palco de honor pero, antes de que se
iniciara el encuentro, el dictador bajó hacia los vestuarios. Héctor
Chumpitaz, experimentado jugador que ya había disputado la
Copa de 1970, uno de los referentes del equipo, junto a Cubillas,
se sorprendió al ver en persona al mandatario del bigote, cuando
Videla comenzó a dictar un discurso sobre la «hermandad latinoa-
mericana». Al parecer Videla se había olvidado que Brasil también
estaba en Latinoamérica, aunque, para ser justos, los brasileños
por esos momentos también adoptaron la costumbre argentina del
soborno, y le ofrecieron a los peruanos un premio de cinco mil
dólares, extensiones de terreno y unas vacaciones completamente
pagadas en Copacabana si ganaban, empataban o perdían por
una cantidad mínima. Pero los «hombres del maletín» brasileños

139
Maximiliano Jara Pozo

no fueron tan generosos como sus pares argentinos, que habían


ofrecido cuatro veces más a ciertos jugadores.
Perú salió a la cancha con camiseta roja y, para los que son fa-
náticos de las estadísticas, inexplicablemente empezó el partido con
cuatro titulares menos. Otro detalle, Ramón Quiroga, el arquero pe-
ruano, era en realidad argentino. La nacionalidad de origen del meta
ha dado para muchas suspicacias, y para ser señalado popularmente
como uno de los «vendidos». Sin embargo, Quiroga nada tuvo que ver
con el arreglo, y se limitó a sufrir en carne propia cada gol albiceleste.
Los minutos pasaban y toda Argentina estaba tensa. Lo que
se negoció en la cena había que palparlo en la cancha, ¿y si los
peruanos se retractaban? Las dudas comenzaron a disiparse cuando
Mario Alberto Kempes, que por su grosera mano frente a Polonia
debió haber sido expulsado, al menos, de dos juegos extras, no solo
marcó el primero a los 21 minutos, sino que también el tercero, en
los descuentos. Para la vuelta del descanso tan solo faltaba un gol
para llegar a la cima, que a esas alturas se llamaba Holanda. No
habían pasado ni cinco minutos y Leopoldo Luque marcó el cuarto,
ante la impotencia de Quiroga que veía cómo nadie lo ayudaba.
Argentina ya estaba en la final del mundo, y lo había conse-
guido mucho más fácil de lo que se pensaba. Pero el trabajo no
estaría completo hasta que el «Loco» Houseman dañara aún más
el frágil orgullo peruano, y otra vez la aparición de Luque para
concretar el resultado final de 6-0 a favor de Argentina. En el palco
todos aplaudían, con las caras llenas de satisfacción, especialmente
el general Videla. Perú no se jugaba nada y algunos de sus juga-
dores dejaban Buenos Aires con los bolsillos llenos, aunque en el
aeropuerto de Lima la gente los recibió a pedradas.
Por fin Argentina estaba en la final, y disputaría el título
mundial después de cuarenta y ocho años, esta vez, jugando en la
capital. Por su parte, los brasileños, quienes resultaron más afec-
tados por la sociedad peruano-argentina, ganaron el bronce tras

140
Historia del secuestro de una pasión

derrotar a Italia por 2-1. Claudio Coutinho le dijo a todo su país


que eran los «campeones morales» y que el Mundial había sido una
«completa farsa». Sus explicaciones y alegatos a la organización no
fueron suficientes. El almirante Nunes había dicho públicamente
durante el torneo que no quería saber nada de Coutinho. El técnico
sería despedido a su vuelta en Río de Janeiro.
La atmósfera previa al partido era electrizante y la tensión se
sentía por todos lados. Los jugadores, los hinchas y sobre todo
la prensa fomentaban un espíritu nacionalista pocas veces visto
a ese nivel. Buenos Aires vivía su mayor momento de alegría
y optimismo en años. Hasta ese momento, el Mundial estaba
valiendo cada peso que se invirtió.
Lo que Menotti había profetizado como el comienzo de una
nueva era estaba a punto de suceder. Joao Havelange, el presidente
de FIFA en esos momentos, tendría su primera final desde que reem-
plazó a Sir Stanley Rous en 1974, acariciando a los organizadores
diciendo que «por fin el mundo verá la verdadera cara de Argentina».
Para los argentinos el haber estado ese día en la cancha de
River es motivo de orgullo, y se cuenta como una efeméride familiar
para los 76.000 afortunados que lograron conseguir un boleto de
la final. Un popular periodista radiofónico había llamado a los
hinchas a no lanzar más papelitos a la cancha, argumentando que
se veía feo, pero Gauchito, el niño-mascota del Mundial, tenía una
historieta en un diario mucho más famoso, y alentaba a la gente
a mostrar su patriotismo llevando banderas, bombos y papeles,
todo lo que pudiera amedrentar a los europeos. Argentina utilizaría
todo lo que tuviera a su alcance para ganar su torneo.
Sabían que Holanda no era Perú y aquí los dólares o la «her-
mandad sudamericana» ya no corrían. Habría que apelar a la viveza
y jugar con la incomodidad visitante, tanto así que el equipo argen-
tino dejó esperando diez minutos a los holandeses en la cancha. Por
si fuera poco, Passarella, el capitán argentino, montó un verdadero

141
Maximiliano Jara Pozo

show, acusando a Rene Van de Kerkhof de tener un yeso ilegal. El


árbitro italiano Sergio Gonella tampoco no hacía mucho para empe-
zar de una vez el encuentro, y cuando lo hizo, todo parecía favorecer
a los locales. «Nos cobraba todo, hasta los off-side que eran y no
eran», se quejó después Johan Neeskens. Ante el localismo del árbitro
los tulipanes empezaron a perder el control, por lo que sufrieron
tres amonestaciones, mientras que los argentinos, solo una. Pero el
momento más esperado de la Copa Mundial llegó al epílogo del
primer tiempo, cuando Mario Kempes alcanzó a desviar en el área
holandesa una pelota cuando se iba cayendo. 1 a 0 para Argentina y
el estadio de River Plate temblaba. En el segundo tiempo Argentina
fue totalmente superior, y pudo haber alargado la cuenta de no ser
por las intervenciones de Jongbloed. Dick Nanninga se llamaba el
«larguirucho» delantero holandés que fue mandado por el técnico
Ernst Happel a reemplazar a Johnnie Rep. Cuando los dueños de
casa tenían el juego en el bolsillo apareció, casi al final del partido,
el cabezazo de Nanninga para empatar el marcador. Horrorizados
estaban los argentinos viendo cómo Holanda forzaba al alargue,
extendiendo el sufrimiento por media hora más. Pero eso no era
todo, un remate en el palo de Nanninga casi deja a los albicelestes
sin pan ni pedazo. La mala suerte naranja sería aprovechada por
Mario Alberto Kempes, quien estaba en su tarde, y mientras corría
como un rayo entre los miles de papelitos de la cancha burló a dos
holandeses. Al disparar se encontró con el arquero Jongbloed pero,
por fortuna para Kempes y los 25 millones de argentinos, la pelota
rebotó hacia el arco, quedando servida para «El matador». De ahí en
adelante se jugó una mitad de prórroga innecesaria, coronada por el
gol de Daniel Bertoni ante una ya desconcertada defensa holandesa.
La Copa fue entregada por Videla en el campo de juego, quien
levantó su dedo pulgar a los jugadores argentinos en señal de «mi-
sión cumplida». Daniel Passarella la tomó con gusto, saludando a
su dictador, tal y como lo había hecho Giuseppe Meazza con Mus-

142
Historia del secuestro de una pasión

solini en Roma hace cuarenta y cuatro años. Los holandeses en un


gesto de poca educación se retiraron de la cancha y no recibieron
sus medallas de finalistas para no tener que ir a saludar a la Junta
de Gobierno local.
A escasos kilómetros del estadio Monumental de Núñez, los
cientos de presos y torturados de la ESMA (Escuela Mécanica de la
Armada) festejaban junto a sus victimarios la obtención del título.
En un gesto de «hermandad», después de golpearlos los sacaron a
la calle para que pudieran presenciar las celebraciones de la gente.
Argentina por fin era campeón del mundo, y la fiesta en el
obelisco de la Nueve de Julio comenzaba. Todo el país vivió en un
estado de exitismo y fervor que hacía olvidar las pellejerías eco-
nómicas, las villas miseria, la censura a la prensa, las marchas de
las Madres de Mayo y los 30.000 desparecidos. Argentina había
pagado caro su victoria, pero la había conseguido. Joao Havelange
destacó al EAM diciendo que había sido un Mundial ejemplar-
mente organizado, a pesar que la infraestructura y las ganancias
fueron menores que en Mundial anterior de Alemania 1974. Car-
los Alberto Lacoste, el hombre no oficial detrás del Mundial, fue
reclutado por Havelange y se convirtió en vicepresidente de FIFA.
Con el retorno a la democracia, el gobierno de Alfonsín ordenó
una inmediata investigación, donde se corroboró el envío de dinero
y trigo al Perú a través de la Armada, así como la desaparición
de una buena cantidad de millones de pesos «extraviados» en la
organización de la Copa Mundial de 1978. Ante la culpabilidad de
los cargos, Lacoste fue obligado a renunciar y a declarar la compra
de un terreno en el exclusivo balneario uruguayo de Punta del Este.
En 1989 fue condenado a prisión por desfalco y corrupción, pero
se salvó de las rejas por una ley de amnistía.
En cuanto a la Casa Rosada, la Junta dio paso al gobierno de
facto del teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien con-
dujo el país durante dos años. Dada la presión social y económica,

143
Maximiliano Jara Pozo

avivada por el enorme gasto del Ente Autártico Mundial, la deuda


externa del país se fue a las nubes. El gobierno tenía que desviar la
atención de alguna forma. Pasado el efecto de la Copa Mundial se
buscó esconder los problemas alentando una guerra de implicancia
territorial con Chile, que estuvo muy cerca de producirse.
Cuatro años más tarde, en 1982 Galtieri y los otros comandan-
tes en jefe de las Fuerzas Armadas argentinas recordaron la vieja e
impracticable idea de invadir las islas Malvinas. La aventura militar
argentina terminó en desastre, pues en cosa de semanas los británicos
desalojaron a los invasores, quienes debieron rendirse ante la Fuerza
de Tareas británica que había viajado especialmente para desalojarlos.
Galtieri abandonó el cargo tras el fracaso, poniendo fin a un
gobierno de facto que gobernó con sangre, miedo y herramientas
populistas como la organización de un campeonato mundial de
fútbol y una guerra contra una potencia europea.
Los más afectados con esta historia fueron los verdaderos
protagonistas del juego, es decir, los futbolistas. Nadie puede negar
que el equipo de César Luís Menotti era brillante, el mejor equipo
del mundial. Entonces, ¿para qué el gobierno tuvo que meter sus
manos tratando de favorecer a una Selección que no necesitaba
ayuda alguna? La organización del Mundial le restó brillo a un
plantel que trabajó solo en la cancha, que debió recibir la Copa
por mérito propio, de nadie más. Pero todo ese trabajo se fue, en
parte, por la borda, porque, quieran los futbolistas o no, siempre
va a existir la sospecha.

144
Capítulo x

«Chollima»

Ellos piensan que todo ha terminado… ¡Es ahora!


Kenneth Wolstenholme, narrador oficial
BBC en la Copa del Mundo.

En ese preciso momento, en el minuto 27 del tiempo suplementa-


rio, Jung Hwan Ahn metió ese cabezazo que acabó con la estoica
resistencia de Gianluigi Buffon. La noche del 18 de junio del 2002
se transformó en todo un acontecimiento en la península de Corea,
por lo menos, al sur del paralelo 38 todo era una fiesta. La selección
anfitriona había derrotado a Italia por los octavos de final de la
Copa Mundial del 2002. Amargamente, los italianos reclamaron
el negligente arbitraje del ecuatoriano Byron Moreno, incluso
amenazaron con retirarse de la FIFA, pero el escándalo quedó en
un segundo plano ante las monumentales celebraciones coreanas.
El festejo oriental se exacerbaba con el histórico relato de
la imposibilidad italiana de derrotar a los asiáticos. Después de
treinta y seis años la historia se repetía y, al igual que en 1966, los
coreanos dejaban en el camino a un seleccionado azzurro. Todos
recordaban aquel épico episodio, pero pocos se acordaban que en
Inglaterra 66 no había sido esta Corea el verdugo de los europeos.
Para muchos daba lo mismo, pero al norte del paralelo 38 la vic-
toria de los surcoreanos no representó un momento feliz. Sus vecinos
demócratas y capitalistas habían alcanzado la hazaña jamás realizada
por un país asiático: eliminar a un grande del fútbol mundial.

145
Maximiliano Jara Pozo

El equipo norcoreano del 66 estaba amenazado por el olvido


ante la inminente repercusión del nuevo golpe de los sureños. Sin
embargo, a pesar de que el humilde pero aguerrido equipo de Corea
del Sur se había convertido en el «cuco» del torneo, el legendario
cuadro de Corea del Norte, que derrotó a Italia y avanzó a los
cuartos de final del Mundial de Inglaterra, sigue siendo un recuerdo
insuperable y no solo para los ciudadanos de la ermitaña y arisca
República Popular Democrática de Corea, sino que para todos los
historiadores del fútbol mundial. Un partido no es comparable
con otro, como tampoco se debe comparar a Pelé con Maradona.
Middlesbrough y Gwangju están separados por treinta y seis años,
tal como lo están las dos Coreas hace más de cincuenta. Ambos
episodios se han convertido en el cuadro perfecto de dos naciones
que a través del fútbol simbolizaron el instinto de superación, y un
eferveciente nacionalismo cultivado a través de la pelota. Lamen-
tablemente a los italianos les tocó la amargura de coprotagonizar
esta historia por partida doble.
La península de Corea tiene una historia tan convulsionada
como fascinante. Y es que los coreanos han debido vivir en medio
de tremendas naciones que han dirigido el curso de la historia de
un continente magnífico y milenario, a la vez que cruel y misera-
ble. China y Japón han ejercido por siglos una eterna lucha por el
control del espacio geográfico en el extremo oriente.
Dos vecinos que hacen de la máxima de Carl von Clauzewitz;
«soberanía y conflicto», una hipótesis más que cierta y practicable.
La vida de los coreanos no ha sido para nada fácil, mucho menos
armoniosa. Sucesivas invasiones, ya sean de distintas dinastías
chinas o de los emperadores nipones, vieron en Corea un país
necesariamente digerible. Justamente, si Corea ha tenido un eterno
rival, este ha sido Japón.
En 1905 los nipones invadieron la península, anexándola
como colonia por cuarenta años hasta que la derrota en la Segunda

146
Historia del secuestro de una pasión

Guerra Mundial devolvió a Corea su independencia. Pero cuando


la nación coreana por fin pudo vivir sus primeros años como país
independiente, el inicio de la Guerra Fría abortó su desarrollo.
Las dos ideologías contrastantes, el marxismo y el capitalismo,
tuvieron acogida en ambos extremos de su territorio.
El norte, de indiscutible influencia china y soviética, buscó el
control total del país, pero para eso debía invadir a una zona sur
monitoreada por Estados Unidos. La invasión por parte de Pyon-
gyang a Seúl rompió las hostilidades, dando inicio a la Guerra de
Corea en 1950. Tres años duró el conflicto que dejó un saldo de
cientos de miles de muertos y dos nuevos Estados empobrecidos
y enemistados por siempre.
En la última mitad del siglo, ambas Coreas tuvieron un desa-
rrollo y una imagen desigual. Mientras los surcoreanos adoptaron
un sistema político democrático y una economía profundamente
capitalista, sus vecinos del norte continúan siendo gobernados
bajo un estricto gobierno militar comunista, denominado Juche.
Mientras Corea del Sur ha multiplicado su PIB con una indus-
tria altamente productiva, exportando tecnología de calidad, en
Pyongyang todavía sobreviven de la agricultura; mientras Corea
del Sur goza de los mejores niveles de vida en Asia, más de la mitad
de los norcoreanos vive bajo los niveles de la extrema pobreza;
mientras Corea del Sur se daba el lujo de organizar un mundial
de fútbol, Corea del Norte se encerraba entre sus montañas, con-
virtiéndose en un país cada vez más solitario, dándose a conocer
a través de su gigantesco arsenal y maquinaria de guerra.
El mundo del fútbol tampoco es ajeno a estos antecedentes. El
mapa del balompié mundial señala a la República de Corea como
una potencia del fútbol oriental, que ha ganado una infinidad
de veces la Copa de Naciones de Asia y que ha asistido a las seis
últimas ediciones de la Copa del Mundo en forma consecutiva.
Fue justamente en el torneo, que organizaron junto a sus veci-

147
Maximiliano Jara Pozo

nos y rivales japoneses, en que los surcoreanos remataron en el


cuarto lugar, siendo el único país no europeo ni sudamericano
en disputar una semifinal del mundo.
A diferencia del interesante palmarés de sus vecinos, Corea
del Norte ha sido un muy lejano espectador. De no ser por sus
selecciones juveniles femeninas nada sabría el mundo respecto del
fútbol norcoreano, salvo por un episodio, del cual ya han pasado
cuarenta y dos años. Mucho tiempo, demasiado, tomando en
cuenta que, después de la historia que está a punto de ser relatada,
ambientada en 1966, ninguna selección de Corea del Norte ha lo-
grado clasificarse para otro campeonato mundial. Pero la vuelta de
Norcorea a la Copa del Mundo tiene lugar y fecha: Sudáfrica 2010.
Seguramente, el recuerdo de «Chollima» todavía estará presente.
Durante la primera mitad de la década de los sesenta, ambas
Coreas vivían un intenso proceso de reconstrucción tras la guerra
del 50. Bajo las directrices socialistas, Pyongyang preparó un am-
bicioso plan nacionalista de obras públicas bautizado «Chollima»,
en honor a un milenario y mitológico caballo. Chollima tendría
la misión de levantar la moral del país bajo el estricto gobierno
de Kim Il Sung, quien gobernó en forma vitalicia por cerca de
cuarenta años. Más tarde, el caballo mitológico no solo sería co-
nocido por su política gubernamental, sino que por la revolución
que silenciosamente se estaba gestando en su país.
En cuanto al fútbol, Corea del Sur dio el primer golpe, y de
forma muy prematura. Con la guerra en curso, el seleccionado
surcoreano se las arregló para disputar las clasificatorias para
Suiza 1954, batiéndose en un decisivo y clásico derbi con el Japón.
Por rencillas históricas Corea no aceptó la visita de los japoneses,
por lo que ambos partidos de clasificación se jugaron en territorio
nipón. A pesar de la desventaja de no jugar en casa, los coreanos
golearon a los japoneses por 5-1, convirtiéndose en los primeros
asiáticos en disputar un mundial.

148
Historia del secuestro de una pasión

El impacto que produjo en el país la participación en la Copa


del Mundo fue un bálsamo en una sociedad con las heridas de
guerra todavía muy frescas. A pesar del escaso rendimiento y las
goleadas en contra, el entusiasmo surcoreano nunca se amilanó.
La experiencia mundialista fue una importante lección para los
asiáticos de cómo el fútbol podía ser un instrumento válido para
la popularidad de los gobiernos y la moral de los pueblos. Corea
del Sur ahora tenía algo que sus similares norteños no tenían, un
seleccionado nacional capaz de sumar experiencia y representar
sus colores en el exterior.
En los años cincuenta, las repercusiones de la Guerra Fría hacía
rato que habían llegado a otras partes del mundo. El seleccionado
de moda por ese entonces, el húngaro de Puskas y Kocsis, se había
transformado en el simbólo de cómo el fútbol se puso al servicio
del Estado socialista, y que a pesar de la sorprendente derrota en
la final de Berna ante Alemania Federal, los magiares continua-
ron haciendo historia. Los países del lado este de la Cortina de
Hierro pusieron en el fútbol los valores ideológicos del deporte
comunista, elevando las actividades físicas como una verdadera
prioridad nacional.
La República Popular de Corea no podía quedar al margen de
las directrices ideológicas de sus dos «hermanos mayores»: China
y la Unión Soviética; y junto con el plan Chollima se abocaron a la
construcción de un representativo atlético de calidad, que mostrara
al mundo la nueva cara de la Corea comunista.
El trabajo no sería para nada fácil, mucho menos pensando
en el futuro inmediato. Suecia 58 estaba a la vuelta de la esquina,
por lo que los coreanos ni siquiera se presentaron a las eliminato-
rias. Lo mismo ocurrió para Chile 1962. La planificación de años
tendría su momento cúlmine en las clasificatorias para el Mundial
de Inglaterra, por lo que el programa de formación de un equipo
nacional fue estimado en, al menos, ocho años. Con tranquilidad,

149
Maximiliano Jara Pozo

paciencia y mucho trabajo, la federación coreana, dirigida por el


Estado unipartidista, fue en busca de los mejores talentos del país.
El no profesionalismo y la escasa tradición futbolística de Corea
obligó a rastrear de forma exhaustiva a los mejores exponentes.
En ligas de barrio, fábricas, escuelas y universidades, incluso en
el seno del Partido de los Trabajadores, se realizó una verdadera
«operación rastrillo» para encontrar a los elementos necesarios.
A las órdenes de Hyun Myung Re comenzó la leva para
conseguir un plantel nacional. Jugadores de todo el país fueron
degustados por el paladar de Re, quien fue conformando una lista
final. Las clasificatorias rumbo a Inglaterra 1966 se acercaban, y
esta vez Corea del Norte había planificado su Día D, que ocurriría
en la fase eliminatoria contra Australia, es decir, el 21 de noviembre
de 1965, a disputarse en territorio neutral. Hyun Myung Re selec-
cionó a una treintena de jugadores que serían la base de su equipo.
A más de un año del decisivo choque frente a los australianos,
el equipo coreano trabajaba bajo las más estrictas condiciones en
un complejo deportivo que no eran más que unas barracas con
mínimas comodidades y un par de canchas en pésimo estado. Pero
el plan era ambicioso, y Myung Re había trazado su estrategia para
conquistar su objetivo de llegar a la Copa del Mundo.
El plantel entraba en la última fase de preparación, como si
estuvieran entrenándose para una guerra. Los entrenamientos
poco se diferenciaban a los del ejército, y la federación coreana
conocía a la perfección el fondo y la forma del sentido comunista
del deporte, sobre todo, la militarización del juego.
Los jugadores vivían recluidos, teniendo alguno que otro día a la
semana «franco» para ir a visitar a sus familiares. Algunos jugadores
que vivían lejos de Pyongyang se quedaban todos los días en el centro,
parecido a un campo de concentración. Desde la alimentación hasta
la forma de cortarse el pelo era supervisada por Muyng Re, quien
llevaba un claro control de la vida privada de sus pupilos.

150
Historia del secuestro de una pasión

La rígida disciplina era un factor fundamental de su doctrina,


por lo que Corea no solo debía ser ordenada en la cancha, sino
que un ejemplo de tenacidad que reflejara el alma nacional. En el
equipo coreano, las figuras y las vanidades no tendían lugar, todos
eran partes de una maquinita de hacer fútbol que se aceitaba para
sorprender al mundo.
En los años sesenta, el formato clasificatorio era bastante
más acotado. La zona asiática tendría solo un cupo y, como si
esto fuera poco, este tendría que ser compartido con África. En
la eliminatoria africana se quedó sin jugar un solo partido, en
protesta por tener que compartir el lugar con los orientales. Nin-
gún país se presentó a disputar el repechaje con el ganador de la
llave entre Australia y Corea del Norte, por lo tanto, uno de los
dos países tendría la oportunidad de clasificar directamente a la
Copa Mundial de Inglaterra. La serie sería disputada en tierra
neutral, siendo escogida Phonom Penh, la capital de Cambodia,
como sede de la repesca. El gobierno de Kim Il Sung no autorizó
la visita de los australianos a territorio coreano, ya que estos ha-
bían tenido participación en la guerra de 1950. Las buenas nuevas
no tardaron en llegar a Pyongyang cuando Corea sorprendió a
todos con un expresivo 6-1. Después de aquella goleada, poco
tenían los australianos para hacer. La serie en el Estadio Olímpico
de Phonom Penh ya estaba decidida. Tanta fue la efervescencia
en Corea, que el propio Kim Il Sung, mandamás del país hasta
1995, y que nunca antes había manifestado ni un mínimo interés
por el fútbol, prometió una bienvenida a sus jugadores en su
propio palacio presidencial. Con la clasificación en el bolsillo se
jugó el partido de vuelta. Los australianos alegaron que Corea
intercambiaba a sus jugadores en medio del partido, algo que
en aquella época no era legal, las mismas acusaciones recaerían
sobre los asiáticos en el Mundial. Con los pasajes a Londres en
la mano, Corea ganó por 3 a 1.

151
Maximiliano Jara Pozo

Chollima había dado su primer golpe a la cátedra y el Mundial


estaba a tan solo unos cuantos meses. El caballito volador coreano
cosechaba sus frutos en el campo de batalla. Los meses de reclusión,
entrenamientos castrenses, adoctrinamiento y persecución parecían
ser los correctos para Re. Corea había ganado en la cancha su pase
a las finales, pero la hazaña oriental se había vuelto un dolor de
cabeza para la organización de la Copa del Mundo. Durante la
guerra de 1950 Londres fue enemigo de Pyongyang, y a pesar de
haber transcurrido más de una década y media desde la guerra en
la península, el conflicto entre Estados Unidos y la URSS se había
puesto más caliente que nunca.
Era la época de más vivo resentimiento de las «zonas de in-
fluencia», y solo hacía unos años atrás la Crisis de los Misiles había
puesto al mundo al borde del descalabro atómico. Eran también
los años en que se vaticinaba un nuevo conflicto armado, y no
hay que ser experto en geografía para darse cuenta que este sería
bastante cerca de la península.
Corea del Norte se convertiría en un pedacito de la Guerra
Fría en las canchas de Inglaterra, y si algo no querían los orga-
nizadores británicos era falta de control en un torneo que hacía
rato se había vuelto una arena ideológica. El «problema de Corea»
presentaba más dudas que soluciones, incluso se especulaba con
que la Oficina de Extranjería le negaría el visado a la delegación
coreana. La FIFA, encabezada por el inglés Sir Stanley Rous, tuvo
que persuadir a Londres para que dejara ingresar a los coreanos
a la isla, y el Foreign Office terminó cediendo, claro, pidiendo a
cambio una condición: que el himno y la bandera norcoreana no
se interpretara ni flameara durante el campeonato mundial.
Semanas antes del torneo los coreanos hacían sus maletas para
viajar a Europa, con el convencimiento que eran personas non gra-
tas en Inglaterra. Iniciarían su aventura mundialista con un fuerte
Estado que los respaldaba, pero que también los estaría vigilando

152
Historia del secuestro de una pasión

desde demasiado cerca. El propio Kim Il Sung los arengó, diciendo:


«Europeos y sudamericanos han dominado el fútbol internacional.
Como representantes de los continentes africanos y asiáticos, como
gente de color, les ruego que ganen uno o dos partidos». El avión que
tenía como primer destino Alemania había sido prestado por el propio
dictador coreano, y en el largo trayecto hasta Europa no pararon de
cantar el pegajoso himno especialmente compuesto para la ocasión
«Podemos vencer a cualquiera, incluso hasta los más fuertes», como
si fuera una advertencia con especial dedicatoria a los italianos.
De Healthrow directo a la norteña ciudad industrial de
Middlesbrough, sede del Grupo 4, zona que la República Popular
Democrática de Corea compartiría con la Unión Soviética, vice-
campeón europeo en 1964; Italia, bicampeón mundial; y Chile,
semifinalista de la última edición de la Copa del Mundo. Como
se puede ver, en el papel Corea tenía todas las de perder. El debut
estaba programado para el atardecer del 12 de julio en el Ayreso-
me Park de Middlesbrough, nada menos que ante los soviéticos.
Los 22.000 locales que llegaron a presenciar el partido no se
extrañaron cuando en media hora los rusos llevaban dos de ventaja.
De lo que sí estaban sorprendidos era de la diminuta figura de los
asiáticos, que parecían luchar contra gigantes rusos. Un segundo gol
de Malofeyev selló la definitiva goleada de 3-0 en contra con que
Corea del Norte debutó en un mundial. A esas alturas poco o más
bien nada sabía la parcialidad y prensa inglesa del fenómeno Cho-
llima, que había dejado en el camino a Australia siete meses atrás.
Pudo ser el habitual sentimiento de apoyo a los débiles, el
simpático y humilde comportamiento de «esos gentiles jovencitos
que parecen extraterrestres», como llamó la BBC al equipo coreano,
o que el rojo de su uniforme se pareciera mucho al del Middles-
brough, pero lo cierto es que por algún motivo la población de esa
ciudad le dio su cariño al equipo asiático. Y esto porque todavía les
faltaba presenciar la verdadera razón de la calurosa acogida inglesa

153
Maximiliano Jara Pozo

al equipo, cuya principal motivación estaba a punto de verse: la


magistral exhibición coreana de fútbol ofensivo y aguerrido, que
terminó por cautivar el corazón de los británicos, en una muestra
de que en el fútbol la mejor defensa es el ataque, sin importar el
tonelaje o los laureles de un equipo.
A pesar de que en su segundo encuentro, frente a Chile, otra
vez Corea estaba abajo en el marcador desde temprano, esta vez el
equipo de Hyun Myung Re no podía darse el lujo de perder. Otra
derrota los mandaría directo a casa, defraudando al «gran líder»
Kim Il Sung y a todo el pueblo norcoreano. Varias oportunidades
tuvieron los chilenos de sentenciar la historia, pero una soberbia
actuación del portero Chan Myong Li dejó a los orientales con vida.
No obstante, el reloj avanzaba, y Chile seguía 1-0 arriba.
Cuando faltaban menos de dos minutos para el final, y el público
comenzaba a retirarse de las gradas, Seung Zin Pak agarró la pelota
y mandó un bombazo que terminó en el fondo del arco chileno.
Uno a uno final, y los coreanos festejaron el épico empate como
una victoria. Este resultado todavía los dejaba con posibilidades
de clasificarse a la siguiente ronda, posible, en parte, también a la
victoria rusa sobre Italia por la mínima.
La jornada del 19 de julio lo decidiría todo. Aquel día, el
Ayresome Park estuvo hasta las banderas, con un público que de
pocas maneras podría llamarse neutral. Los 20.000 espectadores en
Middlesbrough, toda Gran Bretaña y la cincuentena de países que
seguían la Copa del Mundo en una incipiente transmisión global,
estaban a minutos de presenciar el mayor shock en la historia de la
Copa Mundial. Corea del Norte versus Italia, y el que saliera vic-
torioso de aquel encuentro tomaría un lugar en los cuartos de final.
Los todopoderosos italianos, que dos años más tarde se coro-
narían campeones de Europa, pusieron en la cancha a destacadas
figuras como Enrico Albertosi en el arco, Giacinto Facchetti, el
talento de Gianni Rivera y el olfato goleador de Sandro Mazzola.

154
Historia del secuestro de una pasión

En un comienzo violento, los coreanos buscaban desplegar su juego


veloz ante la férrea resistencia lombarda propuesta por el técnico
Edmundo Fabbri. Cada vez que los coreanos se acercaban el arco
de Albertosi el público se levantaba de sus asientos, como si todos
estuvieran deseando algo que parecía imposible, sobre todos las
casas de apostadores, que jugaban 1 a 1.000 la victoria coreana.
Con personalidad el equipo rojo tomó el control del juego
frente a los bruscos italianos, que cada cinco minutos pateaban a
uno que otro enano oriental.
Corea, cada vez de forma más peligrosa, amenazaba el re-
sultado y, sobre todo, la historia de la competición. Hasta que
llegó el minuto que sería recordado para siempre en la historia
del deporte norcoreano y del fútbol mundial. Cuando el reloj de
monsieur Pierre Schwinte marcaba los 42 minutos, los coreanos
se fueron en otro osado contragolpe, en el que la pelota llegó más
rápido de lo pensado, por lo menos para la retaguardia italiana,
a los pies del número 7 Doo Ik Pak, quien soltó un remate que
se coló, besando el poste derecho de Albertosi.
El disparo estremeció la red, y también a los 20.000 ingleses
presentes en el estadio. La loca celebración de los coreanos emo-
cionó al mundo, como si ni ellos mismos creyeran que estaban
derribando al gigante, en un baile de pequeños y flacos orientales
con sus camisetas rojas al viento, una tarde que el fútbol nunca
olvidaría, como tampoco el relato de Kenneth Wolstenholme, la
voz oficial de Inglaterra 1966.
El segundo tiempo fue puro aguante de Corea. Italia tuvo
varias oportunidades para empatar y mandar a los asiáticos a
casa. Chan Myong Li tuvo una actuación soberbia despejando las
embestidas de los italianos, quienes veían con cada vez más des-
esperación cómo el golpe se volvía irreversible y estaban a punto
de convertirse en el hazmerreír del torneo al ser eliminados por
una selección, hasta ese momento, exótica.

155
Maximiliano Jara Pozo

Cuando terminó el partido, parecía como si Inglaterra hubiera


ganado la Copa. Los hinchas locales se abrazaban entre sí, en un
espectáculo de júbilo digno de una final. Los coreanos lloraban
y gritaban, mientras aparecían las banderas azules y rojas en las
gradas y los futbolistas agradecían al fiel público de Middlesbrough
que los apoyó en toda la primera ronda. Chollima había hecho
historia, por primera vez un equipo asiático superaba la primera
ronda de un mundial. Un diario local tituló «La caída del Imperio
Romano no es nada comparado con esto». El nombre de «mata
gigantes» se esparcía por todo el Mundial, y pobre del equipo
que los tuviera que enfrentar en Cuartos. Ahora ya no solo era la
habilidad, orden y velocidad de los coreanos, sino que se habían
convertido en los regalones del pueblo inglés. Corea había gana-
do en la cancha su derecho de viajar a Liverpool para disputar
el paso a semifinales frente al poderoso equipo portugués, que
había dejado a los campeones brasileños en el camino. Por su
parte, avergonzados a más no poder volvieron los italianos a casa,
según las crónicas, siendo recibidos por una lluvia de tomates. Al
igual que los australianos, los reclamos italianos por el supuesto
intercambio de futbolistas coreanos durante el partido quedó, en
su momento, como una poca decorosa excusa frente a la opinión
pública. ¿No habrá sido mucha coincidencia?
Nunca podrá comprobarse aquella acusación, al menos
que alguno de los integrantes de Chollima estuviera dispuesto
a destruir el mito. Tan sorprendente había sido el triunfo de los
asiáticos, que los italianos debieron cancelar su reserva a Liver-
pool, mientras que los orientales, que ya tenían previsto su vuelo
a casa, tuvieron que postergarlo.
Ni siquiera los organizadores tenían entre sus planes una
prórroga en la estadía de los coreanos, que no encontraron hotel
en ninguna parte, por lo que debieron ser hospedados por una
congregación religiosa.

156
Historia del secuestro de una pasión

Inglaterra dejaba en el camino a Argentina en un partido no


exento de polémica, con un marcador que se decidió por la míni-
ma y por la expulsión de Ratín, quien dejó la cancha arrugando
la bandera británica y siendo despedido por el público inglés que
les gritaba «¡Animals, animals!». En la otra llave Alemania daba
cuenta de Uruguay. Los sudamericanos no dudaron en reclamar,
aludiendo una supuesta corrupción de la organización para perju-
dicar a los dos latinos, favoreciendo a ingleses y alemanes. Para los
periodistas sudamericanos, el robo de la Jules Rimet desde la oficina
de sellos postales de Londres había sido una patética metáfora de
que el Mundial estaba arreglado. De no ser por «Pickles», el perro
que encontró el trofeo en un basural de la periferia de Londres,
Inglaterra pudo haber sido el primer campeón sin Copa. De vuelta
a los cuartos de final, la Unión Soviética derrotaba con lo justo al
potente conjunto húngaro, y en el Goodison Park de Liverpool,
Inglaterra conocería a su rival de semis, que saldría entre la sor-
prendente Corea del Norte y el implacable conjunto portugués.
Había nacido en la más dura de las miserias de la capital de
Mozambique, Maputo. Cuando todavía era un niño viajó a pro-
bar suerte a Lisboa, donde encontró su camino al ser contratado,
recién a los diecicho años, por el Benfica. Con el equipo del halcón
hizo una «chorrera» de goles, pero si este personaje es conocido
en el mundo entero, e idolatrado en Portugal, fue por su apabu-
llante actuación en Inglaterra 1966. A pesar de que los lusitanos
gozaban de una histórica tradición futbolera, con tres reconocidas
instituciones como el Benfica, el Sporting Club y el Porto, el equipo
nacional nunca había podido participar en un mundial.
Pero desde lo más profundo de África saldría este moreno me-
dio «regordete» llamado Eusebio da Silva Ferreira, quien en cosa
de semanas se convirtió en el mejor jugador de la Copa Mundial de
Inglaterra. Los dos goles conseguidos en primera ronda, uno frente
a Bulgaria y otro frente a Brasil, en el recordado partido donde mu-

157
Maximiliano Jara Pozo

tilaron a Pelé, llevaron al sólido equipo luso a los cuartos de final en


el tope de su grupo. El plantel dirigido por el brasileño Otto Gloria
estaba para cosas grandes, y el rival a vencer era el equipo «regalón»
del torneo, Corea del Norte. Y las estadísticas los demuestran, entre
Middlesbrough y Liverpool hay 175 kilómetros de distancia, pero
eso no le importó a los más de tres mil seguidores de Middlesbrough,
que con sus colores rojos viajaron hasta el condado de Lancanshire
para apoyar a su adoptivo conjunto coreano.
La historia diría que en aquella tarde en el Goodison Park el héroe
sería Eusebio, quien se matriculó con cuatro de los cinco goles con que
Portugal derrotó a Corea. A pesar de la expresividad del marcador, no
son pocos los que recuerdan que los lusos estuvieron medio partido
contra las cuerdas, a punto de ser eliminados por un conjunto coreano
que jugaba con el alma. Los once de Portugal, más los 55.000 espec-
tadores en Liverpool, no la podían creer cuando recién al minuto de
juego Zin Pak Seung la clavó en el ángulo con un disparo desde fuera
del área. Todo el mundo pensó que Portugal se recuperaría en cosa
de tiempo, pero no fue así. Contra todos los pronósticos, y jugando
con una personalidad y amor propio que había conmovido a la gente
de Middlesbrough en la fase de grupos, Corea siguió machacando, y
a veinte minutos de la apertura del marcador, Woon Dong Li apro-
vechó un rebote del arquero José Pereira para poner a los diminutos
asiáticos dos a cero arriba. Los coreanos desplegaban toda la furia
de su dinámico fútbol ante un Portugal que estaba aturdido. Todavía
quedaba más castigo para los lusitanos, porque a solo tres minutos del
tanto de Li, Kook Sung Yang se internó en lo profundo del área por-
tuguesa y mandó un remate que dejó otra vez sin respuesta a Pereira,
que se tomaba la cabeza en un gesto de incredulidad e impotencia. En
menos de media hora tenían a Portugal knock out y parecían tener al
Mundial embrujado. Había pasado con Italia, ahora todos pensaban
que sería el turno para Portugal de volver a casa, eliminados por un
país del cual apenas habían escuchado hablar.

158
Historia del secuestro de una pasión

Si Eusebio es tan querido en todo Portugal es porque «las


hazañas» han sido traspasadas por generaciones, cuya princi-
pal efeméride tuvo que ver con la mítica remontada del equipo
portugués frente a Corea del Norte. Los coreanos podrían gozar
de una amplia ventaja, hasta del apoyo del público inglés, pero
Portugal tenía a Eusebio quien, a un par de minutos del tercer
tanto rival, corrió 30 metros para meterse como un rayo por la
retaguardia coreana batiendo al arquero con un puntazo. 1-3 y
Portugal no tenía tiempo que perder. La frenética patriada de
Eusebio por nivelar las cosas había comenzado, y antes del final
del primer tiempo José Augusto Torres fue tacleado por detrás en
el área rival. El israelí Menachem Ashkenazi pitó el penal que le
dio a Eusebio la posibilidad de descontar. Se iban a descansar con
el marcador 3-2 y el partido quedaban en las manos de Portugal,
bajo la preocupante mirada de Myung Hyun Re.
Nadie pararía a Eusebio, ni mucho menos la inútil estirada de
Myong Li ante un fulminante disparo del 13 de Portugal, que igualaba
el marcador en Liverpool. Y eso no era todo, porque pocos minutos
después de producido su gol, Eusebio corrió otros 50 metros, esta vez
por la banda izquierda, dejando a todo el equipo coreano en el camino.
Su feroz arremetida solo pudo ser frenada por una grosera entrada
de Sung Lim en el área de gol. Otro penal concedido para Portugal.
A pesar del dolor por la patada, Eusebio, con muecas de sufrimiento,
se levantó y se acercó a la portería para cobrar la falta. Minuto 56 y
los coreanos sentían que había llegado el momento de volver a casa.
Eusebio no perdonó y marcó su cuarto gol del partido. Prácticamente
en solitario dio vuelta un juego que en el primer tiempo estaba per-
dido. Corea del Norte intentó cambiar el rumbo del encuentro, pero
ya era tarde. La jornada había sido pedida al universo por Eusebio.
En los minutos finales Augusto aprovechó el pánico en la defensa
oriental para mandar un cabezazo sin resistencia al fondo del arco,
decretando el 5-3 con que Portugal se clasificaba a las semifinales en

159
Maximiliano Jara Pozo

el partido con más goles de Inglaterra 1966. En ese momento, Corea


se dio cuenta que el Mundial se había acabado para ellos, aunque la
cálida despedida del público inglés hizo sentir a los coreanos como
campeones del mundo, y estos agradecían amablemente la simpatía
ofrecida con una solemne reverencia.
Portugal definiría con el local el paso a la final. Con dos goles
de Bobby Charlton, Inglaterra hizo vibrar a Wembley y clasifi-
có por primera vez en su historia a una final mundial. Eusebio
volvería a marcar en los últimos diez minutos, que fueron como
dos horas para los hinchas locales que veían cómo otra vez «La
pantera negra» los vacunaba igual que a los coreanos, es decir, en
cualquier momento. Pero no, Inglaterra aguantó y ganó su derecho
a disputar la Copa frente a Alemania Occidental. Por el tercer
puesto Portugal finalizó un brillante debut en un campeonato
mundial, venciendo a la Unión Soviética de Lev Yashin por 2-1.
¿Y quién no podía faltar en el marcador? Lógicamente Eusebio da
Silva, que de penal anotó su noveno gol del certamen, titulándose
como goleador, mejor jugador de Inglaterra 1966 y el futbolista
portugués de la centuria.
Inglaterra prolongaría su propia fiesta derrotando agónica y
polémicamente a los alemanes en la final en el estadio de Wembley,
ante casi 100.000 personas. El milagroso o fatídico minuto 101,
dependiendo si usted es inglés o alemán, vio cómo el disparo de
Geoff Hurst dio de lleno en el horizontal y rebotó en la línea de gol.
Fue validado por el árbitro Dienst de Suiza y su asistente soviético
Bakhramov, quien más tarde confesó: «No vi entrar la pelota, pero
Dienst descargó sobre mi espalda toda la responsabilidad. ¿Qué
podía hacer?», declaró el lineman.
Cuando el propio Hurst convirtió el cuarto y definitivo gol ya
había público en la cancha. «Ellos piensan que todo ha terminado.
¡Es ahora!», dijo para la posterioridad Kenneth Wolstenholme, el
mítico narrador de la BBC que acompañó a Inglaterra a ganar su

160
Historia del secuestro de una pasión

primer mundial, junto con las conmovedoras imágenes televisivas


a color, las primeras de un campeonato mundial. La imagen de
los jugadores ingleses, celebrando ante un público enfervorizado,
y la imborrable postal del capitán Bobby Moore siendo llevado
en andas por sus compañeros, sonriente, con los ojos llenos de
orgullo y con la Jules Rimet en una mano, las vimos en colores
por televisión.
Desde que el plantel coreano dejó Inglaterra después de los
cuartos de final, nada más se supo de ellos. Periodistas británicos
e italianos buscaron explicaciones respecto a cuál había sido
el paradero de los integrantes de Chollima, pero el aislamiento
norcoreano filtró cualquier acercamiento con Occidente. Así fue
como se difundieron rumores que decían que los últimos días de
los Chollima se vivieron en un campo de concentración, castigados
por una supuesta falta de disciplina después de la victoria frente
a Italia en una desbordada celebración con alcohol y mujeres. Se
cuenta que el único goleador de ese partido, Pak Doo Ik, fue re-
cluido en un calabozo donde su único alimento eran los insectos
que merodeaban su celda. Otros cuentan que, a raíz de aquella
noche de juerga en Inglaterra, los jugadores fueron condenados a
un ostracismo sin indulto alguno, obligados a ser olvidados por
un Estado que sentía vergüenza por ellos. Todo esto se contaba
sobre la tortuosa y triste historia del equipo que había generado
el golpe más grande en la historia de la Copa del Mundo, cuyo
pecado fue haber pertenecido a la mitad «oscura» del paralelo 38.
En el año 2002, mientras en Corea del Sur por fin creaban
su propia versión de Chollima, eliminando a los italianos preci-
samente en la segunda ronda del mundial, el productor y director
inglés Daniel Gordon luchó por cuatro años por un cupo para
jugar su propio campeonato, vencer a las inflexibles autoridades
coreanas para viajar a Pyongyang y ganar su derecho a filmar un
documental sobre los sobrevivientes del equipo norcoreano del

161
Maximiliano Jara Pozo

66. La obra de Gordon es el único antecedente de lo que sucedió


realmente con los Chollima, y la única fuente capaz de desmentir
las escandalosas versiones occidentales sobre el fatal y triste pa-
radero de los futbolistas.
En «The Game of their Lives», el cineasta inglés contactó a
siete de los veintidós jugadores que viajaron a la primera y última
Copa del Mundo disputada por Corea del Norte. Gordon, su equi-
po y todo el público, que esperaban ver a los coreanos contando
los terroríficos testimonios de tortura y abuso, se quedaron con
las ganas, porque la realidad era muy distinta. Vestidos con un
impecable uniforme verde oliva del Ejército norcoreano, y con
medallas y condecoraciones que les llegaba hasta las rodillas, los
jugadores del 66 desmintieron cualquier mal trato por parte del
gobierno de Pyongyang, es más, agradecieron y recordaron a su
«gran líder» Kim Il Sung, que de vuelta de Inglaterra los trató
como héroes y los invitó a su palacio. Pero hay también pruebas
de cómo el Estado norcoreano se aprovechó de su éxito para le-
vantar toda una aparatosa campaña propagandística a favor del
régimen socialista. Los jugadores pasaron de gira en gira acom-
pañando al Partido de los Trabajadores, tanto así que su imagen
como héroes nacionales se fue transformando paulatinamente en
la cara del comunismo coreano, ideologizando a un pueblo cada
vez más reprimido.
Hasta que el fervor del fútbol fue pasando en Corea del Nor-
te y las hazañas de los Chollima comenzaron a olvidarse, frente
a un fútbol norcoreano que nunca más despegó, al igual que su
país. Ahora, viviendo en departamentos y pensiones que el Esta-
do subsidia a los oficiales en retiro del Ejército, los chicos del 66
reconocen orgullosos el haber sido representantes, por no decir
herramientas, del régimen comunista, ayudando a recomponer la
imagen internacional de Corea del Norte a través del fútbol.

162
Capítulo xi

1973

En uno de los momentos más bizarros en la historia del fút-


bol mundial, comenzó el partido con un solo equipo
en cancha. Los rojos avanzaron lentamente hacia el
espacio vacío, pasándose la pelota entre los cómplices
gritos de «oleee» que llegaban desde las tribunas.

En once años, aquel estadio pasó de ser el epicentro del fútbol


mundial a ser un centro de detención. En once años el país pasó
de organizar un brillante campeonato mundial y, por poco, ga-
narlo, a dar nuevamente que hablar en la prensa internacional,
pero por nada que tenga que ver con fútbol. De 1962 a 1973
pasaron muchas cosas en Chile, en una década particularmente
convulsionada para una nación acostumbrada a la tranquilidad
político-institucional.
A mediados de la década de los sesenta, la escena política
internacional se crispaba peligrosamente y a Latinoamérica lle-
gaban los coletazos tras la Revolución Cubana de 1959, la Crisis
de los Misiles de 1962, el Concilio Vaticano II del mismo año, el
atentado contra el Presidente John Kennedy, el inicio de la Gue-
rra de Vietnam, el surgimiento del movimiento hippie, la carrera
espacial soviético-americana, la pegajosa música de un grupo de
muchachos flacuchentos llamados The Beatles y la Revolución
de Mayo de 1968, protagonizada por los estudiantes parisinos.
Como se puede ver, el mundo en los sesenta tenía un poco de

163
Maximiliano Jara Pozo

todo; una mezcla de sueños, realidades, utopías e ideologías que


polarizaron al mundo en las formas más variadas, como también
en las más peligrosas posibles.
La lucha ideológica entre el capitalismo y el marxismo estaba
entrando a un momento crítico luego de la expansión del socialis-
mo tras la Segunda Guerra Mundial.
Rusia, Europa del Este, China, Corea, Vietnam, Cuba y Perú,
entre otros países, iban formando parte de la órbita socialista
impulsada desde Moscú. El tablero de ajedrez en que se había
convertido el mundo estaba ya tan estrecho que cualquier movi-
miento, por más sutil que fuese, podría generar un choque entre
las dos superpotencias de la época; Estados Unidos y la Unión
Soviética. Esta peligrosa dinámica encontró un caldo de cultivo
perfecto en Latinoamérica. Tras la revolución de Castro, el estilo
guerrillero-marxista se había convertido en un verdadero fetiche
para la izquierda latina, región que vivía bajo un importante nivel
de atraso, pobreza, analfabetismo, desigualdad y con la presencia
de poderosas oligarquías terratenientes, síntoma perfecto para las
violentas intervenciones por partes de los marxistas-leninistas.
Lo que para Estados Unidos significaba una zona de influencia
indiscutida se ponía en peligro tras la revolución armada en Cuba.
Ahora Latinoamérica podía ser objeto de batallas ideológicas. En
Brasil ya se había instaurado un gobierno de facto de tendencia
conservadora, mientras que, en Perú, uno revolucionario. Todas las
informaciones señalaban que la próxima elección presidencial en
Chile tendría un carácter que la haría planetariamente mediática.
La Unidad Popular, conglomerado político de izquierda, prome-
tía quedarse con el triunfo ante una derecha que yacía desgastada.
Corría el año 1970 y como la elección fue tan estrecha, hubo que
recurrir al Congreso para dirimir el resultado. El candidato socia-
lista, Salvador Allende, finalmente ganó discutidamente la elección.

164
Historia del secuestro de una pasión

Por primera vez en la historia el socialismo duro llegaba al


poder a través de un sufragio y no mediante una revolución. Chile
entraba a uno de sus momentos de mayor tensión de su historia
política, y los años venideros serían una lamentable postal de
polarización, odio, desorden y crisis.
Luego de tres años de gobierno, Salvador Allende tenía a
Chile al borde del colapso económico, con la población cada vez
más descontenta y fragmentada. Los vientos de crisis parecían
inminentes y cada mañana el país se levantaba esperando que las
hostilidades rompieran. Chile vivía momentos de extrema tensión
y lo único que traía alegría a la gente era la brillante campaña
de un equipo de fútbol que, cada vez que entraba a la cancha,
paralizaba al país. Se trataba de Colo-Colo versión 1973 que ese
año, de la mano de grandes jugadores como Carlos Caszely, Sergio
Ahumada y Francisco «Chamaco» Valdés, dirigidos por Luís «El
zorro» Álamos, fueron vicecampeones de la Copa Libertadores
de América, perdiendo en un polémico tercer partido final ante
Independiente de Avellaneda, en Montevideo. Tanta efervescencia
había despertado aquella temporada de Colo-Colo que se cuenta
que, debido al éxito del equipo, se retrasó el golpe de Estado contra
el gobierno de Allende.
Pero no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague,
por lo que la intervención de las Fuerzas Armadas chilenas tuvo
su hora cero la mañana del 11 de septiembre de 1973.
Los mil días de Salvador Allende y su Unidad Popular llegaban
a su fin, dando paso a un gobierno militar conservador y represivo
ante un ambiente de guerra civil. Si hacía un poco más de diez años
«La batalla de Santiago» era conocida por el bochornoso juego
mundialista entre Italia y Chile en el Estadio Nacional, once años
después eran tanques los que recorrían las calles de la capital. En
esos momentos, del Colo-Colo finalista de la Libertadores pocos
se acordaban.

165
Maximiliano Jara Pozo

Sin embargo, justamente ese plantel de Colo-Colo era la base


de la selección chilena que disputaba las clasificatorias rumbo
al mundial de Alemania 1974, cuyo seleccionador era el mismo
Luis Álamos. La eliminatoria sudamericana había empezado en
abril de 1973, y Chile estaba emparejado con Perú para lograr un
cupo que se disputaría con un equipo europeo. El 29 de abril se
abría una nueva versión del «clásico del Pacífico», una rivalidad
chileno-peruana donde el fútbol está siempre en un segundo plano.
En su visita a Lima, los locales ganaron por 2-0, por lo que que, si
Chile pretendía ir al Mundial, tendría que vencer a los peruanos en
Santiago por la misma diferencia, para forzar un tercer partido de
definición. Doce días después se jugaba la revancha en el Estadio
Nacional y, con dos goles de Julio Crisosto, «La roja» emparejaba
el global, sellando la suerte de la eliminatoria en Uruguay.
Mientras en Chile se mantenía una tregua entre partidarios
y opositores a Allende para ver el partido contra los peruanos,
en un nervioso y trabado duelo Chile terminó ganando 2-1 en
Montevideo, clasificándose para la repesca con un rival del Viejo
Continente, que sería nada menos que la Unión Soviética. El 26 de
septiembre, con el general Augusto José Ramón Pinochet Ugarte
liderando la Junta de Gobierno, la selección chilena tendría que
presentarse en el estadio Olímpico de Moscú.
El gobierno militar llevaba sus primeros días en el gobierno
y el país todavía se encontraba en estado de shock. Antes del
viaje, el plantel chileno se dio cuenta de la detención de uno de
los integrantes del staff técnico, por lo que, previo a dirigirse al
aeropuerto de Santiago, los jugadores obligaron al chofer del bus
desviarse hasta la cárcel para visitar a su compañero. El viaje a
Rusia sería largísimo y algunas figuras, como el zaguero Elías
Figueroa, se integrarían apuradamente al plantel en Europa. Ante
el drástico cambio político acontecido en Chile, el otrora aliado
soviético declaró a los sudamericanos como delegación non grata,

166
Historia del secuestro de una pasión

poniendo todo tipo de problemas para retrasar la llegada de los


chilenos; que los pasaportes y que el papeleo, las eternas horas
de espera en el aeropuerto, el frío y todo tipo de incomodidades
para hacer lo más difícil posible el desarrollo de la eliminatoria
para la visita. Alguna que otra literatura hay sobre un partido que
pareciera haberse jugado en la Luna. Más mitos que certezas, más
leyenda que realidad. Y es que los rusos sabían perfectamente que,
mientras menos licencias dieran a sus rivales, más cerca estarían del
Mundial. Cuando se dice que antes se jugaba «verdaderamente de
visita» hay que echar un vistazo a los escasos o nulos registros au-
diovisuales de un encuentro que valió una clasificación mundialista.
No faltaron los que crearon la penosa historia en que el árbitro
brasileño Armando Marques era un furibundo anticomunista que
buscaba a toda costa perjudicar a los rusos, que, por cierto, juga-
ban de local. También se ha dicho que cuando el réferi murió, en
Chile se le hizo un homenaje oficial. Incluso hay quienes aseguran
que el propio presidente de la Asociación Chilena por esa época,
Francisco Fluxá, había convencido al pito brasileño de darle una
mano a Chile. Todas creaciones de alguna mente fantasiosa, para
decirlo de una forma sutil.
Lo cierto es que, después del pronunciamiento que derrocó a
Allende de La Moneda, la Unión Soviética rompió de inmediato
relaciones con Chile y, de paso, no reconoció el nuevo gobierno
de la Junta Militar. Por este motivo, la prensa chilena no fue au-
torizada para ingresar a territorio ruso, y de esta forma el partido
de repesca por la clasificación a la Copa Mundial de Alemania se
volvió un rompecabezas para el periodismo internacional. Lo que
se convirtió en una especie de mito deportivo tuvo su mayor valo-
rización en el resultado más que cualquier otra cosa. Chile logró
aguantar un esforzado 0-0, con la Selección jugando, como se dice
coloquialmente, «colgada del travesaño», apenas pasando un par
de veces la mitad de la cancha y dedicando los noventa minutos a

167
Maximiliano Jara Pozo

repeler los ataques rusos. Es verdad, el propio Marques destaca el


perfecto despliegue defensivo del equipo de Álamos y el elegante
juego de Elías Figueroa, que había «dejado locos a los rusos».
Algo que a los periodistas molesta mucho, además de la censura, es
la prohibición de poder desenvolverse libremente. Rusia se convirtió en
un paradigma de clausura e inflexibles «no» para una prensa deportiva
chilena hambrienta de historias. De ahí que el Unión Soviética-Chile
se haya convertido en una fusión de cuentos ante la ignorancia de lo
acontecido, una especie de fetiche periodístico. Incluso, a algún repor-
tero se le ocurrió decir que los chilenos vistieron las mismas camisetas
blancas con que Chile derrotó a la URSS en el Mundial del 62. Nada
más absurdo que utilizar unas prendas que, a esas alturas, estarían
apolilladas. Apenas existen imágenes sobre lo acontecido en aquel
vital encuentro; solo el relato de los protagonistas, quienes, además
de jugar con un frío extremo y contra un formidable equipo soviético,
donde destacaban figuras como Oleg Blokhin. Cero a cero el marca-
dor final, resultado que dejaba a Chile con la prioridad de clasificarse
a Alemania en el partido de vuelta que estaba programado para el 21
de noviembre, en Santiago.
El resultado no era nada de alentador para los rusos, ni mucho
menos los antecedentes. La última vez que el seleccionado soviético
visitó Chile para un encuentro oficial había sido en la Copa del Mun-
do de 1962, instancia en la que, en cuartos de final, cayeron ante el
local por 1-2. La Unión Soviética tenía mucho que perder, mucho
más que una clasificación al mundial. El Kremlin no se arriesgaría
a jugar con la suerte de su imagen al caer derrotados contra una
«dictadura burguesa» occidental, diminuta al lado del Imperio Rojo.
Para desvalorar cualquier negativa moscovita a disputar el
compromiso, ejecutivos de FIFA viajaron a Santiago para verificar
la «normalidad» de la vida en Chile. Inspeccionaron el Estadio
Nacional, convertido en un campo de prisioneros políticos que
pasaban semanas en las graderías del estadio. Antes que llegara

168
Historia del secuestro de una pasión

la gente de FIFA, las autoridades ordenaron sacar a todos los


prisioneros de las tribunas, para encerrarlos en las entrañas del
estadio; camarines, baños, sectores de entrenamiento y bodegas.
Inmediatamente la FIFA autorizó el partido en Santiago de Chile,
se estableció que los rusos serían descalificados y multados si se
atrevían a no presentarse en el encuentro.
Pasaban los días y se acercaba el momento decisivo, pero de los
rusos nada de movimiento se veía. La excusa era obvia; la delegación
soviética declinaba oficialmente su viaje a Chile argumentando su
«rechazo al régimen fascista de Pinochet, y que no jugaría al fútbol
en un recinto que ha sido utilizado sistemáticamente como campo
de concentración». La Asociación Central de Fútbol sabía perfecta-
mente que los rusos no venían, y que la clasificación al Mundial ya
se podía celebrar. La fiesta en el Estadio Nacional estaba lista, con
público en las gradas, pero esta vez de verdad (mientras los presos
seguían escondidos en el subterráneo). La Selección Chilena saltó al
césped de Ñuñoa con su uniforme tradicional, preparándose para
enrostrarles a los soviéticos, muy a la distancia, su «cobardía por no
cumplir». En uno de los momentos más bizarros en la historia del
fútbol mundial, comenzó el partido con un solo equipo en cancha.
Los rojos avanzaron lentamente hacia el espacio vacío, pasándose la
pelota entre los cómplices gritos de «oleee» que llegaban desde las
tribunas. Francisco Valdés, el capitán de la oncena chilena, sería el
encargado de marcar el simbólico gol ganador, «la gesta del mundo
libre contra el oscurantismo marxista.» Por poco que Sergio «El
negro» Ahumada le quita el gol a Valdés, pero «Chamaco» se apuró
en definir ante la puerta descubierta para sellar el triunfo de Chile
sobre la Unión Soviética. Así terminaba la serie de repechaje para la
clasificación de la Copa Mundial de la FIFA Alemania 1974, en la
que, meses más tarde, Chile estaría presente, esta vez enfrentando a
rivales de carne y hueso, no imaginarios. Como los boletos ya esta-
ban vendidos, la Asociación Chilena invitó al Santos de Brasil como

169
Maximiliano Jara Pozo

sparring de La Roja. Parece que los chilenos se habían acostumbrado


a jugar contra fantasmas, pues el equipo carioca les metió un 5-0
en su partido de celebración por la clasificación.
Antes de partir a la Copa del Mundo, Augusto Pinochet invitó
a toda la delegación a una despedida oficial en el edificio Diego
Portales, sede de la Junta Militar. Fue la recordada jornada del
quite de saludo por parte de Carlos Humberto Caszely, goleador
de La Roja y de Colo-Colo, al general Pinochet. Caszely tenía una
pública inclinación política de izquierda. Bajo el ambiente marcial
y tenso de la presentación, todos los integrantes del plantel salu-
daron solemnemente al general, menos uno, quien veía de reojo
cómo Pinochet avanzaba en la fila estrechando las manos de sus
compañeros, uno por uno. Sin siquiera mirarlo, el futbolista no
estiró su mano y el militar pasó de largo hasta el siguiente en la
lista. De inmediato la prensa afín al gobierno tituló: «Desaire de
Caszely al general Pinochet».
En una época de gran tensión política, tanto en Chile como en
sus países vecinos, la Selección se embarcaba rumbo a Alemania
para competir en su quinto mundial. Por más razones políticas
que deportivas, la delegación chilena generó una expectación es-
pecial. En todo el mundo se hablaba del golpe contra Allende, el
surgimiento de un Gobierno militar y las acusaciones de crímenes
contra los derechos humanos.
La llegada de Chile al aeropuerto fue digna de una película
de Silvester Stalone. A los chilenos los esperaba una comitiva de
la policía y del Ejército alemán. Se subieron a un bus sin ningún
distintivo, para no llamar la atención, y hasta una tanqueta cus-
todió el viaje desde el aeropuerto hasta la localidad de Glienicke,
a 30 kilómetros de Berlín. Difícilmente se podría denominar
«hotel» a un complejo con forma de castillo medieval circundado
de rejas electrificadas, circuitos cerrados de televisión, pastores
alemanes y unidades policiales que resguardaban día y noche a la

170
Historia del secuestro de una pasión

delegación chilena. No se permitían ni las entrevistas ni las visitas,


y los entrenamientos se hacían bajo una estricta privacidad, en
otras palabras, un complejo deportivo que sería el paraíso para
don Marcelo Bielsa.
El 14 de junio se inauguró el IX Campeonato Mundial, con
un partido protagonizado por los dueños de casa, Alemania , justa-
mente frente a Chile, ante más de 80.000 personas en el Olímpico
de Berlín. Un zapatazo de 25 metros, propulsado por el pie derecho
de Paul Breitner, fue mucho para la reacción del portero Leopoldo
Vallejos. Con ese solitario gol Alemania ganó el partido. Pero otro
hecho anecdótico fue el amargo debut de Carlos Caszely. El «rey
del metro cuadrado» ya había levantado polémica antes de ini-
ciado el partido. En la ceremonia de los himnos, como una forma
de dar a conocer su oposición al régimen militar, daba saltitos y
elongaba mientras sus compañeros cantaban. De inmediato se ganó
las críticas de la prensa, que lo acusaron de «traidor a la patria» y
de «estarse rascando el poto mientras sonaba el himno». Pero lo
que sí quedó en los anales de la Copa del Mundo fue su expulsión
al minuto 69 de partido. Tras haber recibido una amarilla en el
primer tiempo, el turco Dogan Babacan lo mandó a las duchas
después que el ariete chileno se vengó de la fuerte marcación de
Berti Vogts con un puntapié. Caszely se transformaría en el primer
jugador en ser expulsado de un campeonato mundial con el sistema
de tarjetas, introducido para el Mundial de México 1970, en el
que, curiosamente, nadie fue expulsado.
En su siguiente compromiso, con gol de Sergio Ahumada Chile
le sacó un empate a la otra Alemania, la Oriental. Con ese resulta-
do, más una victoria ante la debutante Australia, le daban al equipo
de Lucho Álamos posibilidades de avanzar a la segunda ronda.
Los oceánicos eran el rival más débil del grupo, y venían de caer
ante las dos Alemanias. El partido era más que accesible, aunque
ninguno de los protagonistas contó con la furia de la naturaleza y la

171
Maximiliano Jara Pozo

negligencia de un árbitro procedente de un país donde el fútbol era


considerado como un elemento más de la colonización occidental.
En el que fue calificado como el «peor aguacero de los mundiales»,
un ataque chileno parecía concluir cuando la pelota quedó chapo-
teando en el área australiana, dejando a toda la defensa oceánica
confundida, lo que fue aprovechado por Carlos Caszely, quien no
perdonó y anotó lo que era el gol de la clasificación para Chile. Tan
atípico fue que, confundido, el árbitro iraní Jafar Namdar anuló
la jugada, por «rara». El marcador volvía a quedar en cero, y no
se movería más. Los que sí se moverían serían los chilenos, que
volvieron a casa echándole la culpa a la lluvia y a la mala suerte
de haber sido dirigidos por un árbitro de una nación de la que
nunca habían escuchado. Seguramente tampoco les interesó que,
un par de horas más tarde, la RDA venció sorpresivamente a sus
poderosos vecinos occidentales, clasificándose a segunda ronda.
De vuelta a Santiago, el clima político seguía muy tenso como
para hablar de fútbol, pero al gobierno no se les olvidaría la per-
formance de Caszely.
En el proceso siguiente, rumbo al Mundial de Argentina,
«El chino» sería marginado del plantel por órdenes expresas del
general de Carabineros Eduardo Gordon, por aquellos tiempos,
mandamás de la Asociación Central de Fútbol. Chile se dio el lujo
de no contar con Caszely, que «la rompía» en Colo-Colo. ¿Cómo
le fue a la Selección? Cuando en Mendoza tenían todo preparado
para recibir a las hordas de hinchas chilenos, Perú se desquitaría
de su eliminación a manos chilenas en el proceso anterior, dejando
a La roja viendo el Mundial por televisión. Arrepentidos, ante el
clamor popular los dirigentes de la Asociación autorizaron la vuelta
de Caszely. Al año siguiente Chile resultó vicecampeón de la Copa
América, y completaría una brillante clasificación a la Copa del
Mundo de España 1982, donde otra vez esperaban a los chilenos
con alambrados, cámaras, policías y encierro.

172
Capítulo xii

La mal llamada «Guerra del Fútbol»

Cuando Mauricio Alonso «Pipo» Rodríguez mandó la pelota al


fondo del arco hondureño bajo la torrencial lluvia que caía en el
Estadio Azteca, jamás se imaginó que ese gol desencadenaría una
escalada de violencia sin precedentes en Centroamérica. Ese tanto
de Rodríguez le daba la clasificación a El Salvador para disputar
la final de la fase eliminatoria de la Concacaf, rumbo a la Copa
Mundial de México 1970, dejando fuera a sus rivales y vecinos de
Honduras en un partido que se definió en el tiempo extra y que
terminó con serios incidentes entre jugadores de ambos equipos,
como si fuera un desafortunado vaticino de la caldeada sangre que
por esa época circulaba entre hondureños y salvadoreños.
Corría el año 1969, Richard Nixon reemplazaba a Lyndon
Johnson en la Casa Blanca; los Beatles harían su último concierto;
en Israel, Golda Meier se convertía en la primera mujer presidente;
Pelé marcaba su gol número mil y Neil Armstrong pasaba a la
historia como el primer hombre en pisar la Luna. Mientras tanto,
Centroamérica se iba calentando no solo por el calor tropical,
también por la relación de dos vecinos que no se aguantaban
más, y el fútbol se transformó en la excusa perfecta para todos los
interesados en desarrollar un conflicto bélico entre dos naciones,
hasta ese momento, «hermanas».
Honduras y El Salvador nacieron y se desarrollaron de forma
común. Enclavada en el corazón centroamericano, la República

173
Maximiliano Jara Pozo

de El Salvador es territorialmente uno de los países más pequeños


de Latinoamérica, pero su economía es una de las más sólidas de
la zona. Por su parte, la vecina Honduras, de una extensión diez
veces mayor, ha debido lidiar con su escasa densidad poblacional
y su atrasada economía agraria. El fin de la década de los sesenta
presentaba un tenso panorama en Latinoamérica. Tras la Revo-
lución Cubana de 1959, el pánico se apoderó de los sectores con-
servadores de todo el continente que, con el cómplice beneplácito
de Washington, siempre preocupado por el devenir de su área de
influencia inmediata, conocido coloquialmente como «patio tra-
sero», impulsaron gobiernos militares anticomunistas. Honduras
y El Salvador no fueron la excepción a esta tendencia. Sus gober-
nantes, al igual que todos los gobernantes autoritarios del mundo,
intentaron desviar la atención hacia fuera. Algunos historiadores
las separan en «guerras limpias» y «guerras sucias». El maestro del
expansionismo decimonónico, el prusiano Carl von Clausewitz,
aconsejaba siempre disponer de objetivos generales y específicos
antes de entrar en batalla; era el «método científico de la guerra».
Que en la guerra «todos pierden» es la falacia más grande
porque, a pesar de las lamentables consecuencias, siempre habrá
alguien que se quede con el botín, sea tangible o no.
Lo cierto es que ambos gobiernos debían hacer algo al respecto,
si querían conservar el poder de sus respectivos países. La situación
en Honduras se hacía insostenible, las elites terratenientes estaban
descontentas con las sucesivas migraciones de campesinos salvado-
reños en busca de trabajo en las llanuras hondureñas. Los latifun-
distas hondureños clamaban por la expulsión de los inmigrantes,
que para 1969 se estimaban en 350.000. Finalmente, el gobierno
del general Oswaldo López Arellano decretó la esperada reforma
agraria, que consistió básicamente en requisar las tierras hondureñas
que estuvieran en propiedad de salvadoreños, para repartirlas entre
agricultores nacionales. Además de la expropiación de sus propie-

174
Historia del secuestro de una pasión

dades, los campesinos salvadoreños fueron objeto de persecuciones


por las autoridades y la ciudadanía. La prensa oficialista de ambos
bandos comenzaba la primera etapa de una guerra psicológica. En
San Salvador, la reforma agraria de Tegucigalpa causó un profundo
rechazo, acusaron a los militares del país vecino de «genocidas»,
incluso corrió la historia del famoso «Chacal de Olancho», inspirada
en la figura de un tal «Coronel Padilla» a quien identificaban en El
Salvador como el responsable de una serie de asesinatos, torturas
y violaciones a los campesinos salvadoreños. Mientras tanto, la
expulsión se hacía efectiva, y decenas de miles de salvadoreños y
sus descendientes cruzaban el río Goascorán en un éxodo bíblico.
Faltaba que se encendiera la mecha para hacer explotar la dinamita,
y en ese escenario se jugaría el partido de ida por las eliminatorias
mundialistas, el 8 de junio de 1969.
La prensa de ambos países hacía rato que estaba en conflicto.
Los sectores más nacionalistas de ambas sociedades alentaban el
encuentro futbolístico como si la supervivencia nacional depen-
diera de ello. El Estadio Nacional de Tegucigalpa era una caldera,
37.000 aficionados hacían filas de cuadras para ver el «clásico
del Goascorán». Pero, para los hinchas locales, el choque había
empezado hace días. De algo tenía que servir las tres noches en
vigilia para molestar la concentración de la delegación salvadoreña,
alojada en un céntrico hotel de la capital. Bocinazos, gritos, cán-
ticos, petardos, todo lo que fuera necesario para no dejar dormir
a los futbolistas rivales.
El 1-0 con que el conjunto dueño de casa venció fue suficiente
para instalar la algarabía en Tegucigalpa y los otros departamentos
del país. En contraparte, el periodismo en San Salvador culpaba el
poco espíritu deportivo de los anfitriones, y juraban venganza para la
vuelta. Las amenazas no tardaron en hacerse realidad. Una semana
más tarde esperaban a los hondureños con un ambiente todavía peor.
Si Tegucigalpa había sido desagradable, la capital salvadoreña era

175
Maximiliano Jara Pozo

un infierno. La llegada del plantel visitante fue caótica. Los gobier-


nos de ambos países pedían seguridad para sus deportistas, y los
jugadores hondureños fueron puestos bajo un estricto dispositivo,
pero nunca tanto como para no permitir que miles de individuos se
acercaran a la concentración visitante para no dejarla en paz. Esta
vez el saldo sería más negro, cuatro «valientes», o inconscientes
hinchas hondureños que viajaron a ver el partido, murieron. El
Estadio Flor Blanca estaba hasta el tope y por las emisoras se pedía
que no llegara más gente al recinto. Esa mañana de domingo, con
dos goles de Juan Ramón Martínez, El Salvador goleó a Honduras
por 3 a 0, forzando un tercer partido definitorio.
El gobierno y la prensa salvadoreña echaron a andar toda su
máquina propagandística patriotera, endulzando la victoria como
si fuera un bocado de lo que se vendría más adelante, y en serio.
Los doce días que faltaban para el juego definitorio no hicieron
más que encrespar los ya caldeados ánimos. Los dos dictadores,
Fidel Sánchez Hernández y Oswaldo López Arellano, se mandaban
poco cordiales mensajitos y mandaban a cerrar el paso fronterizo
del río Goascorán. Mientras tanto, el Mercado Común Centroa-
mericano, una creación yankee, temblaba.
Por fin había llegado la hora de la verdad, en campo neutral.
En el monumental Estadio Azteca, recién construido para los Jue-
gos Olímpicos de México en 1968, hondureños y salvadoreños se
jugarían la clasificación a la próxima ronda de las eliminatorias.
En un estadio solo poblado por el contundente contingente policial
mexicano, que estaba advertido de la animadversión entre ambos
conjuntos centroamericanos, se presenció un emocionante parti-
do bajo el aguacero del Distrito Federal. Tan apretadas estaban
las cosas, que el tiempo regular no fue suficiente para romper la
igualdad, por lo que debió jugarse una prórroga. El recordado gol
de «Pipo» Rodríguez eliminó a Honduras y dejó a El Salvador
en inmejorable posición para clasificarse. No podía ser de otra

176
Historia del secuestro de una pasión

forma; el duelo terminó con una gresca impresionante y la inun-


dada cancha se llenó de policías que poco hacían por terminar
con las hostilidades, aplacando a los jugadores a lumazos. Nada
les importó a los de El Salvador. Ahora solo les faltaría derrotar a
Haití en la fecha siguiente para volver a México. Todo el pueblo
salvadoreño celebró la que había sido su más grande hazaña en
su humilde historial futbolístico.
Cuando en las calles de San Salvador aún disfrutaban de la
dulce victoria en el campo de juego, repentinamente los medios
mostraron crudas imágenes de los abusos que las autoridades
hondureñas cometían contra los inmigrantes salvadoreños. Aque-
lla información causó un profundo impacto en la opinión pública
nacional, y fue tomada como una actitud revanchista por parte
de sus vecinos orientales. El gobierno del general Fidel Sánchez
condenó los supuestos abusos públicamente, argumentando que
«el gobierno de Honduras no ha tomado ninguna medida para
castigar aquellos crímenes genocidas», transformando en cómplice
al mandato de su colega López Arellano. Además, la situación en El
Salvador estaba más que complicada con el retorno de los cientos
de miles de repatriados que deambulaban hambrientos por las calles
de la capital. Pero pocos se cuestionaron el que las imágenes nada
tenían que ver con el partido en México, ya que la deportación de
los inmigrantes salvadoreños que, por cierto, eran ilegales en su
gran mayoría, había sido un triste pero paulatino fenómeno en el
que el resultado de los juegos por el Mundial nada tenía que ver.
La dictadura de Sánchez Hernández, junto con su fanática prensa,
magnificaron el éxodo migratorio, mostrándolo como una vengan-
za por el resultado del partido. No obstante, el verdadero motivo
del conflicto Honduras-El Salvador tiene el mismo origen que la
mayoría de las guerras modernas: el factor económico.
Desde que se implementó el Mercado Común Centroamerica-
no (MCCA) en 1960, proyecto impulsado por Estados Unidos para

177
Maximiliano Jara Pozo

fomentar el comercio en los países de la zona con el fin de evitar


el surgimiento del socialismo, a algunos países les fue mejor que
a otros bajo la alianza económica. El Salvador fue uno de ellos,
que en algunos años logró aumentar su Producto Interno Bruto
comerciando estrechamente con sus vecinos, especialmente con
Honduras. Las cuentas son claras. Se estima que en menos de diez
años las exportaciones salvadoreñas a Honduras se sextuplicaron.
No ocurrió lo mismo con los capitalistas hondureños, quienes, al
no poder competir con los productos de sus colegas de El Salvador,
no tuvieron mayores ganancias, a pesar de contar con un territo-
rio cultivable mucho mayor. La balanza comercial se volvió más
que negativa para Tegucigalpa y las relaciones entre las dos clases
dirigentes de ambos países se tornaron cada vez menos cordiales.
La hipótesis vecinal salvadoreña estaba en alerta roja. En San
Salvador pensaban que, después de la deportación y el cierre de
la frontera, cualquier cosa podía pasar. A eso le sumamos todo el
circo que montó el periodismo salvadoreño tras su triunfo en el
partido definitorio por las eliminatorias, alertando a la ciudadanía
pues, según ellos, los hondureños se desquitarían, pero sin la pelota.
Como «guerra preventiva» se le conoce en los círculos mili-
tares a la estrategia de sorprender al enemigo antes que él te sor-
prenda a ti. Esta fue la arriesgada táctica que las Fuerzas Armadas
de El Salvador decidieron utilizar pues, en la madrugada del 14 de
julio de 1969, iniciaron un operativo que incluyó el despegue de
su precaria Fuerza Aérea, compuesta por aviones Mustang de la
Segunda Guerra Mundial y otros aeroplanos civiles rudimentaria-
mente acondicionados con armamento, que atacaron posiciones
hondureñas a lo largo de la frontera durante toda la mañana.
La escaramuza mató aproximadamente a 1.500 hondureños, la
mayoría campesinos que habitaban en la zona.
Más tarde, el Ejército de El Salvador, algo más apertrechado
que su enemigo, con casi 2.000 hombres y con armamento de la

178
Historia del secuestro de una pasión

Primera Guerra Mundial, cruzó el río Goascorán, la frontera entre


ambas repúblicas. En tan solo horas, la blitzkrieg salvadoreña hizo
retroceder a la defensa hondureña más de 8 kilómetros, aniqui-
lando la resistencia del departamento de Nueva Ocotopeque, en
el frente occidental.
Hasta que llegó la brava respuesta hondureña que, al igual
que el ataque de sus enemigos, fue por el aire. A pesar de tener
unidades aún más antiguas, la aviación hondureña se las arregló
para destruir los depósitos petroleros salvadoreños bien al interior
de ese país, paralizando su maquinaria de guerra y su poder aero-
náutico que tantas bajas había causado. En San Salvador se cortó
la energía eléctrica, ante el pánico de la población que esperaba el
bombardeo hondureño en cualquier momento. Afortunadamente,
este nunca llegó. Los aviones de López Arellano eran muy lentos
como para internarse en la capital bajo constante fuego antiaéreo.
El 15 de julio, un día después del quiebre de las hostilidades,
la Organización de Estados Americanos pidió el cese al fuego
inmediato y el retiro de las tropas salvadoreñas de territorio hon-
dureño. Pero Fidel Sánchez ignoró las presiones de Washington, y
no se replegaría hasta que el gobierno de su ahora enemigo López
Arellano pagase una indemnización a los ciudadanos de origen
salvadoreño que fueron expulsados, heridos o asesinados bajo su
régimen. Lógicamente, Tegucigalpa no aprobaría tal exigencia,
lo que daría más tiempo a Sánchez Hernández de continuar una
guerra que le estaba dando mucho crédito interno, mientras cientos
de sus soldados morían en el campo de batalla.
La OEA intensificó su presión sobre El Salvador para poner
fin a las maniobras contra Honduras, amenazando con sanciones
económicas. Fidel Sánchez, apodado en su país como «Tapón»,
por su baja estatura, terminó cediendo, y la noche del 18 de julio
se acordó un alto al fuego, que recién tuvo efecto cuarenta y ocho
horas después. Pero el tema del retiro de las tropas salvadoreñas era

179
Maximiliano Jara Pozo

otra cosa. El dictador no estaba dispuesto a mover un solo solda-


do de territorio enemigo hasta que Tegucigalpa accediera a pagar
reparaciones por los abusos cometidos contra los campesinos. La
OEA no hizo mucho más y dejó que «El tapón» negociara con
Oswaldo López Arellano. El Estado hondureño se comprometería
a cancelar una compensación por los abusos cometidos contra
ciudadanos salvadoreños. El retiro completo de las fuerzas inva-
soras tenía fecha límite para el 27 de julio, pero al Estado Mayor
salvadoreño le pareció mejor idea quedarse en Honduras hasta el
segundo día de agosto, poniendo fin a la también conocida como
Guerra de las Cien Horas, aunque, en la práctica, se extendió por
bastante más tiempo, casi medio mes.
Las consecuencias del conflicto fueron severas para ambos
países. Más de 4.000 personas murieron, además de contar con
otros varios miles de víctimas, entre heridos y desaparecidos. Más
de 100.000 desplazados debieron dejar sus tierras, que se con-
vertirían en sangrientos campos de batalla. Se calcula que ambos
Ejércitos perdieron un gran porcentaje de sus unidades efectivas, y
las Fuerzas Aéreas se vieron reducidas a la mitad de su capacidad.
Se habla que nunca hubo un vencedor. Si bien las tropas
salvadoreñas se habían internado en Honduras, lo que le dio a
Fidel Sánchez el argumento suficiente para declararse ganador y
recibir con honores a sus tropas, la diminuta aviación hondure-
ña había puesto en jaque la logística de El Salvador. Además, el
territorio conquistado por los salvadoreños, el departamento de
Nueva Ocotopeque, era justamente uno de los más despoblados
y escasamente fortificado por los hondureños. Años más tarde, la
Corte Internacional de Justicia le devolvió todos los territorios a
Honduras, volviendo al límite original del río Goascán, pero la
frontera quedó cerrada indefinidamente, dañando la economía
de ambos países e imposibilitando la restauración del Mercado
Común Centroamericano.

180
Historia del secuestro de una pasión

Sin embargo, el conflicto sí tuvo ganadores, como en todas


las guerras. Los militares de ambos países, que se atribuían respec-
tivamente el éxito en el enfrentamiento bélico, propulsaron una
activa campaña nacionalista, montando todo un aparataje para
demostrar que fueron ellos quienes salvaron a la patria. Tanto
en San Salvador como en Tegucigalpa, los soldados que volvían
del frente eran recibidos como héroes. Los gobiernos autoritarios
habían logrado el objetivo de legitimar su poder, y ganarían su-
cesivamente todas las elecciones y plebiscitos que siguieron, no
exentos de fraudes. En El Salvador la cosa no dio para más y, ante
los cientos de miles que retornaban desde Honduras, causando
una hecatombe económica en el pequeño país, reventó el descon-
tento popular que dividió a la nación, produciéndose una guerra
civil entre el gobierno militar y las fuerzas revolucionarias. Aquel
conflicto cobró muchas más víctimas que la guerra con Honduras,
contabilizándose en, al menos, 75.000.
Un mes después de la Guerra de las Cien Horas, la Selección de
El Salvador disputó la final de CONCACAF frente Haití en partidos
de ida y vuelta. El 21 de septiembre el equipo salvadoreño fue a ga-
nar en Puerto Príncipe por la mínima, asegurando su clasificación a
México. Pero el partido de vuelta en San Salvador fue una tremenda
sorpresa 3 a 0 lo dio vuelta la visita, arruinando el carnaval local. Al
igual que en la llave anterior, se debió disputar un tercer compromiso
en territorio neutral. Finalmente, El Salvador pudo festejar su más
que dramática clasificación a una copa del mundo, venciendo en
el alargue a Haití el 8 de octubre, por 1 a 0 en Kingston, Jamaica.
La desgraciadamente llamada «Guerra del Fútbol» por el en
ese entonces joven reportero polaco Ryzard Kapuscinsky, no fue
más que un colorante, una desafortunada casualidad donde la pe-
lota estaba metida entre dos bandos que ya estaban atrincherados.
Como anécdota, la aventura salvadoreña en México fue
previsiblemente corta. A pesar del entusiasmo del debutante, el

181
Maximiliano Jara Pozo

equipo perdió y fue goleado por Bélgica, México y la Unión So-


viética, terminando con nueve goles en contra y ninguno a favor.
Bastante poco, si se compara al sufrimiento que significó llegar a
la Copa Mundial.

182
Capítulo xiii

James Riordan, «un inglés en Moscú»

«¿Puedes jugar atrás?», le preguntó el técnico.


«Vengo de jugar dos horas, por lo menos estoy
tibio todavía», le respondió Riordan.

Cuando Jean Marc Bosman demandó a su club, el R.F.C. Lieje,


a su Federación Nacional y a la UEFA, en 1990, porque no lo
dejaban ser transferido al US Dunquerque, del fútbol francés,
estalló un problema que hacía años venía poniendo en aprietos
al fútbol, especialmente el europeo. Como si fuera un meteorito
cuya trayectoria e impacto estaban calculados con antelación, el
fenómeno de la corriente migratoria del fútbol era una realidad
imposible de ignorar. La llamada Ley Bosman dictada por la UEFA
tras el alegato fundado del futbolista belga, ordenó un panorama
que de alguna forma estaba atentando contra el «libre comercio»
del negocio de las transferencias. Por «amor al fichaje», y la danza
de millones que significa, todos los jugadores europeos tendrían
libertad de moverse por el continente, dejando de tener la vilipen-
diada calidad de «extranjeros». Españoles, italianos, alemanes o
portugueses tendrían el derecho a ser contratados en igualdad
de condiciones al fichar por un club extranjero. Sin embargo, el
cambio no fue solo para ellos. En las ligas de Alemania y, sobre
todo, de Francia, juegan un sinnúmero de futbolistas africanos,
por lo que nativos de Camerún, Costa de Marfil o Nigeria, de la
noche a la mañana se habían convertido en europeos.

183
Maximiliano Jara Pozo

Aquel éxodo masivo de jugadores hacia los lucrativos merca-


dos de Europa ha sido una constante que no tiene más de treinta y
tantos años, exceptuando, por supuesto, a los futbolistas sudame-
ricanos, que desde el principio del profesionalismo alimentaron al
fútbol del Viejo Mundo, desde los oriundi argentinos de la Selección
Italiana de Pozzo, hasta el fichaje del delantero brasileño Robinho,
cuyo pase fue vendido en 42 millones de euros del Real Madrid al
Manchester City en septiembre de 2008.
Es más fácil vender a un futbolista sudamericano a Europa que
un europeo a otro club europeo. En Alemania no hay muchos in-
gleses jugando al fútbol, como tampoco hay escoceses en Portugal.
Los altos precios y la comodidad del club local son una variante
difícil de romper para el futbolista europeo, por lo tanto, tener a
un inglés jugando en España hace treinta años era casi de locos.
En 1957, el galés John Charles fue fichado por la Juventus
procedente del Leeds United, desatando polémica en el fútbol de
la época. A los británicos no les gustó perder una de sus más im-
portantes figuras, y en Gales se preguntaban si «El gigante bueno»
volvería a defender a los «dragones». Entre los europeos de mitad
de siglo, el intercambio de futbolistas se veía con más antipatía
que esperanza, donde el profesional estaba casi forzado a decidir
entre el club o la selección.
En las décadas siguientes, bajo la tensión de la Guerra Fría, esta
no fue indiferente al fútbol, y la cancha se transformó en otra arena
de confrontación ideológica. Fiel a su política antiprofesionalista,
los países socialistas subvencionaron las ligas domésticas, transfor-
mando a los deportistas en símbolos ambulantes de propaganda
nacionalista. En la década de los cincuenta y sesenta no era raro
que jugadores provenientes del mundo comunista se infiltraran
clandestinamente hacia Occidente, para probar suerte en el muy
bien rentado fútbol burgués. Fue el caso de los húngaros Ferenc
Puskas y Ladislao Kubala. Por otro lado, la posibilidad de que un

184
Historia del secuestro de una pasión

jugador occidental fuera a parar a alguna cancha de algún régimen


comunista era algo bizarro y de mal gusto, además de ilegal.
Precisamente, junto con el simbólico colapso de aquella
construcción de ladrillos y fierros, la Perestroika también tocó
al fútbol de Oriente. En Rusia, un país apasionado por el fútbol
pero dormido por décadas en el amateurismo, este deporte se
abrió paulatinamente. En cosa de años, y no solo con la llegada
de la democracia a Moscú, sino que también con las millonarias
inversiones que algunos magnates rusos hicieron en el deporte,
se levantó rápidamente una atractiva competencia. Hace algunos
años, ver jugadores sudamericanos, africanos o alguno que otro
europeo occidental en el medio ruso era un imposible. Hoy, equi-
pos como el CSKA de Moscú o el Zenit de San Petesburgo, ambos
campeones europeos, tienen entre sus filas a varios brasileños,
algunos morenos pintorescos como el excéntrico Wagner Love,
con sus trenzas multicolores. Seguramente, con Stalin o Bresniev
en el poder, ni brasileño ni pelilargo ni mucho menos negro, se
hubiera visto en la Rusia bolchevique.
Lo que sí se vio alguna vez, en aquellos parajes moscovitas,
fue la historia de un inglés llamado James Riordan, relatado en el
libro autobiográfico de este personaje titulado Camarada Jim: El
espía que jugó por el Spartak, título donde la combinación espía-
inglés-Unión Soviética calza perfecto con la tensión de la época.
Pero James Riordan nunca fue un espía, ni pretendía serlo,
teniendo en cuenta que, a pesar de formar parte del Ejército
británico, era un ferviente comunista, fanático de Rusia y su
historia. Tampoco fue futbolista, por lo menos de profesión,
pero sí jugó en el Spartak, a pesar de no haber estado en la
nata de su juventud ni sumar un solo minuto en primera. La
historia de este personaje es curiosa y vale unas buenas líneas,
así lo pensó el propio Riordan que publicó su libro antes de
la Copa del Mundo de Alemania 2006. Justamente aquel año,

185
Maximiliano Jara Pozo

Gary O´Connor, jugador escocés del Hibernian, fue transferido


al Lokomotiv de Moscú por 1,6 millones de libras. La prensa
que siguió la millonaria transferencia por el delantero nacido
en Edimburgo, destacó que se trataba del primer británico en
jugar en el fútbol ruso.
Equivocados todos, quiso demostrar James Riordan, tra-
tando de atesorar su tan extraño como fascinante récord de
ser el único británico en calzarse los botines en la fría Rusia.
Lamentablemente para Riordan, que hoy pasa de los setenta
años, fue extrañamente borrado del historial del fútbol ruso.
El único documento que demostró su hazaña, además de sus
memorias, fue una antiquísima tarjeta de colección, las mismas
popularizadas por el béisbol donde salen las fotos y datos de los
jugadores, pero aquella vez dedicada al fútbol ruso de la tem-
porada 1963, apareciendo el plantel del Spartak de Moscú, con
Yakov Iordanov en sus filas, el sinónimo ruso de James Riordan.
Nacido en el obrero puerto de Portsmouth, Riordan fue
desde niño un escolar brillante. Su sueño de estudiar una carrera
universitaria contrastaba con la penumbra del miserable escenario
en que vivía donde ir a la universidad era cuento de niños ricos y
no de un working class porteño. Cuando terminó el colegio tuvo
que cumplir su servicio militar en el Ejército, instancia en que los
oficiales notaron que Riordan no estaba para ser un soldado más.
Sus habilidades intelectuales lo mandaron directo a un curso de
ruso intensivo de ocho meses, con la finalidad de ser capaz de
interceptar las emisoras soviéticas. Pero eso no sería todo. James
siguió escalando en su carrera militar, por lo que el Ejército deci-
dió mandarlo camuflado a Berlín Oriental a vigilar algunas bases
aéreas. Se podría decir que ese es todo el prontuario de Riordan
como espía pero, con lo que no contaban sus superiores en el
Ejército inglés, era que su especialista en ruso era comunista, nada
raro para un descendiente de obreros portuarios de aquella época.

186
Historia del secuestro de una pasión

En 1959 obtuvo su credencial del Partido Comunista británico,


y dos años después logró acceder a una beca de dieciocho meses en
la Alta Escuela del Partido Comunista en Moscú, un lugar secreto
y a la vez prestigioso para entrenar jóvenes marxistas extranjeros
donde aprendían diversas materias como historia, ruso y filosofía.
En la capital rusa, el joven estudiante inglés tuvo contacto con
altas autoridades soviéticas, por ejemplo, con el secretario general
del Partido Comunista, Nikita Khrushev. También tuvo importantes
acercamientos con otros dos «camaradas» británicos, Guy Burgess
y Donald MacLean, dos integrantes del Cambridge Five, un famoso
círculo de espías dobles que habían traicionado al Reino Unido a
favor de la URSS. A pesar de ser comunista y admirador del régi-
men staliniano, James Riordan no estaba dispuesto a vender a su
país, es más, durante su estada en Moscú, Riordan frecuentaba las
actividades del cuerpo diplomático británico, y hasta jugaba en su
equipo de fútbol ante otras delegaciones extranjeras. Además de la
política y la cultura rusas, la pasión de Riordan era, justamente, el
fútbol. Para su tesis de doctorado comenzó una investigación sobre
la historia del deporte soviético y su relación con el régimen local.
Este trabajo lo llevó a conocer de cerca la realidad deportiva del
país, especialmente en lo relacionado con el fútbol. Fue así como
conoció a Gennady Logofet, defensa del Spartak de Moscú y de la
Selección nacional. La liga de fútbol de los funcionarios diplomáticos
colindaba con Tarasovka, las canchas de entrenamiento del Spartak,
por lo que Gennady Logofet vio jugar un par de veces a Riordan con
el servicio inglés, y llamó a su entrenador, el campeón olímpico con
la selección rusa de 1956, Nikita Simonyan. El técnico, impresionado
con el despliegue de Riordan en el mediocampo, lo mandó a llamar
para conocerlo al borde de la cancha. El entrenador de origen arme-
nio le preguntó al estudiante inglés sobre su currículum futbolístico,
pero Riordan no había jugado más que en una liga dominical y en
el equipo del regimiento en Portsmouth. Suficiente para Simonyan,

187
Maximiliano Jara Pozo

quien seguramente pensó que el paso por el fútbol militar era el


equivalente al CSKA de Moscú, club representativo del Ejército
Rojo. La cosa es que James Riordan fue invitado por Simonyan a
la práctica del primer equipo, lo que sería una buena oportunidad
para conocer más de cerca el balompié ruso de primer nivel, lo más
parecido a un anillo al dedo para su tesis académica. Lo que Riordan
no sabía era que Nikita Simonyan tenía otra cosa en mente para
él. Al día siguiente, Riordan recibió la llamada del estratega, quien
le preguntó: «¿Puedes venir mañana en la tarde? Y trae tus botines
también». Aquel domingo jugó su respectivo compromiso con el
equipo del cuerpo diplomático británico, y a las dos de la tarde
cruzó al otro lado del campo hasta Tarasovka, sudado y exhausto
por el juego anterior. En la práctica vespertina Riordan compartió
cancha con uno de los mejores jugadores rusos de la historia, Igor
Aleksandrovic Netto, campeón europeo con la Selección Soviética
en 1960. Finalizado el entrenamiento, con el inglés agradeciendo
a Simonyan y al grupo por el fantástico momento compartido, el
entrenador se le acerca y le pregunta: «¿Estás libre mañana?». Aún
sin comprender la situación en que se encontraba, Riordan pensó
que sería invitado a presenciar el próximo juego del Spartak en el
Estadio Central Lenin, hoy conocido como Luzhniki.
A la mañana siguiente, después de su entrenamiento con los
diplomáticos, partió al Lenin a ver el compromiso entre el Spartak
y el Pakhtakor, actualmente perteneciente al fútbol de Uzbekistán.
Con dos horas de anticipación, como le había pedido Simonyan, se
presentó para ser llevado directo a los vestidores. En ese momento,
el auxiliar de Nikita Simonyan le entregó la camiseta rojiblanca
del Spartak con el número ocho. Anonadado, Riordan trataba de
entender la curiosa situación. Simonyan tuvo que explicarle que
uno de los zagueros del equipo se había lesionado por «ser amigo
de la serpiente verde», mientras que todo el plantel estallaba en
risa (era un eufemismo ruso para referirse a que el defensa titular

188
Historia del secuestro de una pasión

era un alcohólico adicto al vodka). «¿Puedes jugar atrás?», le pre-


guntó el técnico, «Vengo de jugar dos horas, por lo menos estoy
tibio todavía», le respondió Riordan.
En el imponente «Estadio Lenin», James Riordan fue anun-
ciado por el locutor del estadio como Yakov Iordanov. Durante
aquellos años los extranjeros estaban prohibidos en Rusia, salvo
que fuesen aceptados por el régimen. Pero, además, el nombre
real del inglés hubiera llamado demasiado la atención en un ju-
gador que ni siquiera estaba registrado en la liga. No obstante el
fuerte control existente, durante esa época el fútbol ruso estaba
bajo una enorme corrupción. La inclusión de jugadores de último
minuto no era nada comparada con asesinatos, deportaciones de
futbolistas rusos a campos de prisioneros siberianos, apuestas y
sobornos a la orden del día. Aun así, el riesgo más grande lo iba
a correr Simonyan.
De ser sorprendida su maniobra por las autoridades soviéticas,
podría terminar como el ex presidente del Spartak Moscú, Nikolai
Starostin, quien fue condenado a ocho años de trabajos forzados
en un campo en Siberia, ante la acusación de «promover el deporte
burgués» al ofrecer a sus jugadores una pequeña remuneración o
beneficios económicos como incentivo.
Las alineaciones se entregaban en un papelito con borrones
después del comienzo del compromiso, lo que le valió a Iordanov
jugar su primer y mejor partido de su vida como profesional. El
encuentro terminó empatado a dos goles, pero James Riordan fue
impenetrable en el centro de la zaga. «Los dos tantos en contra
vinieron desde las orillas», se jactaba el nativo de Portsmouth en
una entrevista luego de la publicación de Conrade Jim que, con
su imponente humanidad de más de un metro noventa, era más
sólido que un tanque soviético T-55.
La semana posterior al debut, Riordan vivió por primera vez su
rutina como un jugador profesional de elite. En la mañana asistía

189
Maximiliano Jara Pozo

a clases en la Alta Escuela pero, a la tarde, cambiaba su identidad


para estar a las dos en punto en las canchas de Tarasovka. Tan bien
le iba a Riordan en el entrenamiento, que el defensa titular perdió
su puesto y pasó las penas frecuentando a la «serpiente verde». El
calendario fijaba el siguiente encuentro frente al Kairat Almaty,
club proveniente de Kazajstán.
Pero, al parecer, ese no fue el día de Riordan. El gol del Almaty
partió por una falla del defensa inglés, que significó el empate final
a un gol. Simonyan quedó disconforme con la performance de su
refuerzo extranjero, aunque no le dijo nada. Al entrenamiento de la
jornada siguiente, su puesto había sido retomado por su compañero
alcoholizado, y a pesar de que Riordan siguió asistiendo a las prácticas
con regularidad unas semanas más, ya no estaba en los planes del
exigente Nikita Simonyan. Aquella falla contra el Kairat Almaty cortó
de raíz la que parecía ser una prometedora carrera, a ojos de uno de
los entrenadores más prestigiosos de la URSS. Sin embargo, cualquier
técnico con dos dedos de frente sabe que un buen futbolista no puede
ser desechado al primer error que cometa. «Errar y olvidar» van de
la mano del decálogo del zaguero pero no para los jefes soviéticos,
que en cualquier momento podrían descubrir la verdadera identidad
de Yakov Iordanov y mandar a Simonyan y todo su equipo directo
a Siberia. La relegación del inglés poco tenía que ver con el gol del
Almaty. En el Spartak, el error de Riordan era haber nacido inglés.
Semanas después de su debut y despedida en la liga soviética,
James Riordan terminó su posgrado en la Alta Escuela del Partido
Comunista y regresó, después de cinco años, a casa. El joven militar
de veintidós años, proveniente de un barrio obrero de Portsmouth,
se convirtió en experto en historia y lengua rusas, dedicando el
resto de su vida a hacer clases en la Universidad de Surrey.
Obsesionado con el pasado del que fue un gran imperio y, por
supuesto, con la historia de fútbol de la que formó parte, Riordan
trató incesantemente de comunicarse con sus compañeros del Spar-

190
Historia del secuestro de una pasión

tak Moscú. Personajes como Nikita Simonyan, Gennady Logofet


e Igor Netto, por algún motivo nunca reconocieron la existencia
de Riordan o Iordanov en el Spartak de los años sesenta.
A fines de los noventa, Riordan viajó a Rusia para filmar
un documental junto a la BBC sobre los Cambridge Five, los
recordados espías ingleses al servicio del Kremlin, oportunidad
que Riordan aprovechó para ver en terreno las caras de sus viejos
camaradas. Nadie lo reconoció, o pretendieron no hacerlo. Cuando
le preguntaron a Simonyan sobre aquel jugador inglés que parecía
un tanque, la excusa del técnico armenio fue: «No lo recuerdo, ha
pasado mucho tiempo».
¿Por qué la breve historia de James Riordan ha sido borrada
del fútbol ruso? Aquella incógnita puede responderse tomando en
cuenta el contexto del país más extenso del mundo. Treinta años
después de la experiencia del inglés en la ermitaña liga soviética,
del paso de la Glasnot y Perestroika con Gorbachov, el precipita-
do epílogo del Imperio Rojo colapsó el equilibrio de poderes del
mundo, desmembrando al viejo gigante en más de quince Estados,
dejando en Rusia los vestigios del mundo socialista.
A casi veinte años de la caída del Muro de Berlín, Rusia es tan
capitalista como sus antiguos enemigos de Occidente y, al igual que
todos los vencidos en la historia, que debieron asumir su papel de
segundones, no volvería a ser la superpotencia que solía ser. Para
el propio James Riordan, que hasta hoy sigue vinculado al Partido
Comunista británico, la causa de su destierro del balompié soviético
obedece justamente a aquel afán reivindicativo de los protagonistas
rusos de la época, los mismos que un par de veces compartieron con
él cancha y camarín, pero que de ninguna forma serían cómplices en
manchar lo que para ellos es un impecable bloqueo a las individuali-
dades extranjeras de la época. En el fútbol rojo todos tenían que ser
soviéticos, no importa si eran georgianos o uzbecos. Si ningún occi-

191
Maximiliano Jara Pozo

dental jamás pudo participar del fútbol oriental, no podrían aceptar


que un amateur, un jugador de ligas dominicales, ocupase esa plaza.
Luego del colapso de 1989, el laureado deporte soviético,
al igual que el muro, también se caería a pedazos. El fútbol fue,
seguramente, la actividad deportiva que en un principio más se
resintió, durante la transición entre un totalitarismo marxista y
una pseudodemocracia capitalista. Rusia, que en 1956 había sido
campeón olímpico, cuatro años después campeón europeo y que
tuvo a sus selecciones nacionales animando las Copas del Mundo,
inmediatamente cayó en un pozo de arena movediza, donde su
largo historial socialista no dejaba salir a la luz al profesionalis-
mo, coartando el desarrollo de su fútbol por años. Recién en los
noventa se permitiría la contratación de extranjeros, pero nadie se
aventuraría a internarse en el alicaído y semiprofesional balompié
ruso, quizás alguno que otro sudamericano que no le hace asco a
ningún mercado.
En ocho años, la Selección Nacional de Rusia no clasificó a
ningún campeonato mundial y tampoco destacó en la Eurocopa.
Otrora grandes clubes como el CSKA, el Torpedo o el Spartak
Moscú, con suerte les alcanzaba para disputar la fase grupal de
la Liga de Campeones. Pero el momento más oscuro del fútbol
ruso, por lo menos en cuanto a lo deportivo, poco a poco llegaría
a su fin. La vuelta a la mano dura con Vladimir Putin, en el 2000,
obligó a los grandes magnates petroleros a invertir para desarrollar
algunos mercados específicos. Prácticamente a la fuerza surgieron
oligarcas involucrados con el negocio del fútbol. Sin duda, el más
conocido fue Roman Abramovich, empresario petrolero de origen
judío que compró al CSKA Moscú, el tradicional club del Ejército
Rojo. Pero el gran golpe de Abramovich fue a mediados del año
2003, cuando adquirió la mayoría de las acciones del club londi-
nense Chelsea, uno de los más populares de la capital inglesa. Con
su inmensa fortuna repotenció a los blues, invirtiendo millones de

192
Historia del secuestro de una pasión

libras en jugadores y prestigiosos entrenadores como José Mou-


rinho, Luiz Felipe Scolari y Guus Hiddink. A este último también
lo convenció de dirigir la Selección Nacional rusa, cuyo principal
mecenas es justamente el dueño del Chelsea.
A veinte años de la desaparición de la URSS, Rusia se en-
cuentra en pleno proceso de recuperación del terreno perdido. El
recuerdo de la gran superpotencia, el oso que con sus fuertes y
largos brazos cacheteaba a cualquier rebelde que se opusiera a su
órbita, inspira la aspiración rusa de volver ser el actor protagonista
que fue. La agudización de su política exterior en los últimos años
lo demuestra, y conflictos como el ocurrido con su vecina y débil
Georgia fueron otra clara señal de que Moscú está en condiciones
de desenterrar su pasado. El fútbol también ha sido campaña activa
de aquel deseo. Al igual que sus Fuerzas Armadas, la repotencia-
ción del fútbol, considerando su liga doméstica y el seleccionado
nacional ha sido una prioridad estratégica para decirle al mundo
que la tesis de Francis Fukuyama es errada y que la historia de
Rusia no se acabó con la caída del Muro de Berlín en 1989.
En el año 2005, el fútbol ruso dio su primera demostra-
ción de que las cosas iban por buen camino, cuando el CSKA
de Moscú se clasificó campeón de la Copa UEFA. Tres años
después, el Zenit de San Petesburgo imitó a sus compatriotas
moscovitas y, ese mismo año, el seleccionado ruso, dirigido por
Guus Hiddink, remató con un sorprendente tercer lugar en la
Eurocopa de Austria y Suiza. Todo indica que las glorias de las
selecciones soviéticas de la década de los cincuenta y sesenta
podrían volver a repetirse.
Mientras tanto, a James Riordan, el protagonista de esta
historia, no le queda otra que ver el presente a la distancia, resig-
nado a continuar como un eterno proscrito de una pequeña pero
controversial parte de los años más exitosos, y más corruptos, del
balompié soviético, donde una vieja y amarillenta tarjeta para

193
Maximiliano Jara Pozo

fanáticos adolescentes se transformó en el «santo grial» de un


hombre que soñó con ser futbolista, y lo cumplió, aunque haya
sido solo por un par de partidos.

194
Capítulo xiv

En la arena de Brasil

Yo no me meto cuando usted elige a su gabinete,


entonces yo le voy a pedir que no se meta
cuando yo elijo a mis jugadores.
Joao Saldanha, en su última declaración antes de ser desti-
tuido como entrenador de la Selección Brasileña.

Gran parte de la imagen que el mundo tiene de Brasil se debe a su


fútbol, plagado de triunfos. Con cinco títulos mundiales a cuestas,
además de otras dos finales y un sinnúmero de Copas América,
casi no hay trofeo de selecciones que no esté en las vitrinas de la
Confederación Brasileña de Fútbol.
Principal semillero inagotable de talentos, es un dínamo
nuclear que produce sin descanso alguno, para instalar represen-
tantes del Brasil por todo el planeta. La vastedad del territorio
brasileño ofrece un paraíso de recursos inagotables, con materias
de la mejor calidad y naturaleza. Un país que tiene decenas de
millones de niños jugando a la pelota todo el día es una reserva
de proporciones de la que pocas naciones gozan. En Brasil, los
jugadores de fútbol son un recurso renovable.
Que los países sudamericanos como Brasil sean histórica-
mente exportadores de commodities, ganando de forma marginal
comparado con el importador europeo, que lo revende al doble,
es otro cuento. Pero así es la historia de Latinoamérica; está la
carne, el trigo, los minerales, las frutas y el petróleo, y también
están los futbolistas. Pero lo que concierne a este capítulo es la

195
Maximiliano Jara Pozo

historia del fútbol de un país que en la última media década ha


implantado una hegemonía que podría tardar tanto tiempo en
quebrarse como largos son los años en que se construyó.
Los brasileños viven de la pasión, son el país con más católicos
en el mundo y, al mismo tiempo, con el mayor porcentaje de sectas
animistas o politeistas. También tienen 190 millones de hinchas de
un solo equipo, la Selección Nacional. Con una torcida así no se
puede competir. Es por ese simple motivo que el fútbol ha sido una
prioridad para las autoridades brasileñas desde la Copa Mundial de
Francia 1938, cuando Leonidas Da Silva, «El diamante negro», a
ritmo de samba y con sus pies descalzos puso a Brasil por primera
vez en el mapa del fútbol mundial.
Como se ha visto a lo largo de estas páginas, los militares han
sido los más audaces y brillantes manipuladores del fútbol a favor
propio, pero que hayan sido los mejores no significa que fueron los
únicos. Todos los gobiernos (de derecha, de centro y de izquierda,
incluso monarquías) han vuelto su mirada al fútbol porque es la
actividad más popular que existe.
La década de los cincuenta fue para Brasil sinónimo de
desarrollismo. El país buscaba su industrialización «hacia den-
tro», junto con la promoción externa de la nación para seducir
a la inversión extrajera, principalmente norteamericana. Los
gobiernos de Getúlio Vargas y Juscelino Kubitschek pusieron
especial énfasis en materia de obras públicas, para dotar al
país de una adecuada infraestructura que facilitara su desarro-
llo económico. Justamente, Kubitschek alguna vez prometió
«cincuenta años de desarrollo en tan solo cinco». Para ello, su
proyecto más ambicioso fue la creación de una capital federal
para la República. La construcción de Brasilia, por el arqui-
tecto Oscar Niemeyer, está metida en el corazón del territorio
brasileño, y como cualquier nuevo invento, su utopía era la de
integrar a todo el país.

196
Historia del secuestro de una pasión

Junto a todo el caudal de proyectos de infraestructura e in-


dustrialización, el fútbol también estaba en carpeta. El gobierno
de Vargas tuvo un marcado énfasis social, en el sentido de integrar
productivamente a la sociedad a una enorme población negra que,
en la mayoría de los casos, vivía bajo extrema pobreza en todos los
rincones del país. Los políticos de la época ya vislumbraban que
aquel sería el principal problema nacional, cuyo potencial remedio
podría estar en el fútbol. Ya lo había vivido exitosamente el país
cuando, en la década de los treinta, jugadores negros se incorpo-
raron a los otrora elitistas clubes de Sao Paulo y Río, además de
al seleccionado nacional. La obtención de la Copa del Mundo
por primera vez, en Suecia 58, era el antecedente más grato que
pudo haber tenido la integración racial en el fútbol brasileño, algo
parecido a lo que viviría Francia cuarenta años después.
Luego de ocho años de penurias y amargos recuerdos del
Maracanazo, por fin Brasil podía saber lo que era la felicidad de
ganar un mundial. Sus gobernantes aprendieron la lección de lo
importante que era contar con un equipo nacional, que tuviera a
decenas de millones de personas en éxtasis olvidando por semanas
el hambre, la miseria, la desigualdad y la corrupción.
Los últimos años de la década de los cincuenta fueron de
constante dolor de cabeza para el gobierno, sobre todo en materia
económica. La inflación estaba por las nubes y los servicios básicos
tendrían que reajustarse, algo que a Juselino Kubitschek le costaría
el respaldo popular. Pero el Mundial de Suecia 1958 se acercaba.
Con un formidable equipo que incluyó a jugadores como
Nilton y Djalma Santos, Bellini, Didí, Vavá, y los debutantes Pelé
y Garrincha, Brasil conquistó por primera vez la Jules Rimet, e
inauguró una larga dinastía de triunfos que, lo más probable, es
que nunca vuelva a terminar. Tras la primera victoria en el país
nórdico, la nación esperaba a los gladiadores en el más feliz car-
naval, mientras que el aliviado Presidente Kubitschek telefeoneó

197
Maximiliano Jara Pozo

inmediatamente al mandatario de la Confederación Brasileña de


Deportes, en ese entonces, Joao Havelange, y le preguntó: «¿Podría
usted decirme cuándo sería el próximo mundial?». A partir de en-
tonces Juscelino Kubitschek, o cualquier otro presidente, tendría
claro que cualquier medida impopular debía planearse con cuatro
años de anticipación.
En Chile 1962 Brasil lo volvió a lograr. Con la base del plantel
de Suecia, pero con un Pelé que estaba en sus mejores momentos
en el Santos, aunque por lesión se perdió prácticamente todo el
campeonato mundial, y con Garrincha que estuvo imparable, el
equipo conducido por Aymore Moreira no encontró resistencia
hasta el título. Se deshicieron de Inglaterra en los cuartos de final
y de los dueños de casa en semis. Precisamente en ese partido
frente a Chile, que Brasil terminó ganando por 4-2, Garrincha se
fue expulsado por patear a Eladio Rojas que, según los brasileños,
había escupido todo el partido al «Pajarito». El árbitro peruano
Arturo Yamasaki lo mandó a ducharse, por lo tanto, Garrincha
se perdería la final frente a Checoslovaquia. Por algún motivo, el
réferi cambió su discurso radicalmente, y trató con benevolencia
a Garrincha en su informe.
La historia es conocida, Garrincha volvió a la cancha del
Estadio Nacional de Santiago y, junto a su equipo, jugó al mismo
ritmo ofensivo que ofrecieron durante todo el torneo, ganado
fácilmente a los checos por 3-1. Si alguien había tratado en poner
en duda la hegemonía del fútbol brasileño, todos esos esfuerzos
quedaron sin efecto aquella tarde del 17 de junio de 1962, cuando
Brasil otra vez se se tituló campeón.
Seguramente el carnaval iba a durar sus buenas semanas en
Río de Janeiro y las principales urbes brasileñas pero, ¿qué pasaría
después? El consuelo para el gobernante de turno es que faltaba
menos para el próximo campeonato mundial, solo tres años y
once meses. Lamentablemente para el Presidente Joao Goulart, no

198
Historia del secuestro de una pasión

pudo esperar por el Mundial de 1966 y fue cesado del gobierno


por las Fuerzas Armadas. Corría abril de 1964 y se instauraba uno
de los gobiernos militares más largos en la historia de Brasil y de
Sudamérica, la Junta Militar que gobernó hasta 1985.
La idea de los generales brasileños era incrementar las estra-
tegias de desarrollismo en que estaba el país desde los cincuenta.
El problema fue que, tras el golpe de Estado a Goulart, la imagen
institucional del país estaba en crisis, pero, sobre todo, como suele
ocurrir con cualquier quiebre institucional, la integridad nacional
estaba rota. Había que encontrar urgentemente mecanismos de
cohesión social pues el gobierno de inmediato adoptó medidas en
extremo impopulares, como la censura, los estados de sitio, las
detenciones masivas e, incluso, las desapariciones. Brasil vivía en
un estado de profundo caos, y ahí fue cuando apareció el fútbol
como una brillante luz para solucionar todos los males de la nación.
Como actuales campeones, Brasil se clasificaría automáti-
camente a Inglaterra 1966. Se pensó entonces que, alineando al
mismo equipo que triunfó en Suecia y Chile, estaría asegurada la
Jules Rimet por tercera vez consecutiva. El problema era que Djal-
ma Santos, Bellini, Zito y Garrincha estaban ocho años más viejos.
Pelé tenía veintiséis años, por lo que se esperaba que estuviera en
su mejor momento, pero ni Pelé ni el resto de Brasil contaba con
otro ingrediente: la carnicería que sería Inglaterra.
Si Chile 62 había sido una batalla campal que dejó a varias
figuras lesionadas, Inglaterra 66 no fue distinta. Después de ganar
sin complicaciones en el debut frente a Bulgaria, Brasil nada pudo
hacer ante el sorprendente equipo húngaro, que los despachó en
Liverpool por 3-1. Ahí se pudo constatar la diferencia de edad entre
los veteranos brasileños y la juventud y velocidad de los magiares,
que jugaban de forma tan inteligente como sus antecesores de 1954.
Pero el partido que justamente demostró la brutalidad de lo
que se había convertido un campeonato mundial fue el Brasil-

199
Maximiliano Jara Pozo

Portugal. En la historia del fútbol quedó la paliza que Morais le


propinó a Pelé a la salida del área lusa. No una, sino que dos veces
el defensa europeo pateó duramente a un Pelé que no hacía más
que contener el equilibrio para seguir la jugada, pero a quien no
le quedó otra que caer depués del segundo espolonazo.
El mejor jugador del mundo cojeaba y no le quedó otra que
salir del campo. Los dos goles de Eusébio eran una señal de las
fuerzas ascendentes y descendentes en el mundo del fútbol, es decir,
Portugal y Brasil, Eusébio y Pelé. Tres a uno final y Brasil que volvía
a su país con las manos vacías pero, como gente poco dispuesta
a la derrota, debían encontrar una excusa: esa fue la negligencia
arbitral no solo argumentada por los brasileños, también por el
resto de los sudamericanos en competencia, Argentina, Chile y
Uruguay, que en acción conjunta declararon nulo el mundial inglés
por estar «coludido» por las potencias europeas. Pelé amenazó
con no volver a jugar una copa del mundo si no se le ponía fin al
juego asesino de los defensas y la actitud indolente de los árbitros.
Lo que no sabía el futuro «Rey» era que tanto él como su equipo
seguirían siendo un instrumento del régimen militar brasileño.
Al igual que el otro célebre dictador del mundo occidental,
Francisco Franco, que tenía al Real Madrid como su flamante can-
ciller, la Junta Militar brasileña tenía un héroe de carne y hueso,
Pelé. Explícitamente no existen evidencias, ni mucho menos material,
para pensar que Edson Arantes Do Nascimento ofreciera algún tipo
de simpatía al gobierno militar. Es más, Pelé aprendió que la mejor
forma de ser ídolo es desmarcándose de los molestos defensas, así
como de los políticos que se nutren del éxito del futbolista.
Eso es lo que haría un jugador normal en un país normal,
pero Pelé era Pelé, el dios brasileño del fútbol, y el Brasil de los
sesenta y setenta distaba de ser un país normal. Al igual que en
los países de la órbita soviética, los deportistas destacados eran
figuras pertenecientes al Estado. Pelé llegó a ser un prototipo puesto

200
Historia del secuestro de una pasión

que, en primer lugar, era campeón del mundo; segundo, siempre


fue obediente y ordenado, en contraste de su colega Garrincha;
y, tercero, era negro, lo que podía ser una potente señal para la
población afrobrasileña pues, si todos los «negritos» se portaban
bien y eran cooperadores con el gobierno, podrían salir de la fa-
vela, ser campeones del mundo y graduarse de héroes nacionales.
Además del seleccionado nacional, Pelé y el Santos de Sao Pau-
lo la «rompieron» durante toda la década de los sesenta, sumando
dos Copa Libertadores seguidas, un par de Intercontinentales, una
Recopa Sudamericana y otra Recopa Intercontinental. En casa la
cosecha tampoco era mala: diez campeonatos paulistas entre 1958
y 1973, además de cinco Taça Brasil consecutivas, de 1960 a 1965.
Nunca más el Santos FC logró tales resultados.
Tal era la actividad internacional del Santos que, a diferencia
de la Selección, iba a jugar donde se le invitara, incluso, en África.
Guerras civiles se detenían para ir a ver a jugar a Pelé. El Santos se
había convertido en uno de los equipos más poderosos del mundo,
por lo que le correspondía su lugar como legítimo representante
del país de la samba en todos los rincones del mundo que visitase.
Por mucho que Brasil dominase la escena sudamericana, el
resultado del último campeonato del mundo en Inglaterra había
sido desastroso. Se había perdido la corona cayendo en primera
ronda, algo nunca antes visto por un campeón mundial. El equipo
nacional necesitaba urgente una reingeniería, puesto que ya había
quedado demostrado que las «viejas glorias» del 58 y el 62 estaban,
en su mayoría, obsoletas.
Un año antes de la Copa del Mundo de México, Brasil debería
enfrentar por primera vez en doce años las clasificatorias. Para eso,
Joao Havelange confió en los servicios del periodista Joao Saldanha
para dirigir a la Selección. La campaña de Brasil rumbo al Mundial
no pudo ser mejor. En el grupo 3 de la eliminatoria sudamericana,
el equipo de Saldanha compartió serie con Colombia, Venezuela y

201
Maximiliano Jara Pozo

Paraguay. Brasil cosechó todos los puntos posibles y se clasificó a


México con puras victorias, anotando 23 goles y recibiendo solo 2.
Una campaña ideal pero que fue criticada por algunos secto-
res, especialmente por un enemigo íntimo de Saldanha, Dorival
Knipel, más conocido como «Yustrich». Había sido entrenador
de la Seleçao tan solo por un juego, en un partido amistoso con
Yugoslavia, antes que Saldanha se hiciera cargo de la escuadra.
Pero la antipatía entre ambos comenzó a fines de 1969, cuando la
Selección jugó un amistoso con un combinado del Estado de Minas
Geráis, adiestrado por Yustrich, venciendo el equipo estadual por
2-1 en el Estadio Mineirao.
Yustrich quería inflar su victoria contra su predecesor en la
banca de la Selección y mandó a sus jugadores a dar la vuelta
olímpica ¡después de un amistoso! Pero bueno, cada quien tiene
su forma de celebrar. El acto no cayó nada bien en Saldanha,
dueño de una explosiva personalidad, quien dejó pasar el inci-
dente y como buen profesional se dedicó a preparar al equipo
para el Mundial del verano entrante. Pero la burla de Yustrich
tenía otro sabroso ingrediente que más tarde le costaría el cargo
a Joao Saldanha. Resulta que en ese partido brilló un joven ju-
gador carioca llamado Darío José dos Santos que, según Dorival,
tenía todas las condiciones para forma parte del seleccionado y
disputar el Mundial. Yustrich sabía que lo que más le reventaba
la paciencia a su colega Saldanha era que le dijeran lo que tenía
que hacer. Darío podía ser un muy buen goleador, y en el futuro
lo sería, pero Saldanha no lo llamaría si el que lo recomendaba
era Yustrich. Knipel le mandó a decir a Saldanha que era un
«burro», y que por «sus aires de intelectual comunista» Brasil
iba a tener otro papelón mundial. A nadie le extrañó cuando, al
día siguiente, fue hasta la concentración del Flamengo, donde
dirigía Knipel, a buscarlo con un revólver en la mano. Por suerte
para Yustrich, ese día no había ido a trabajar.

202
Historia del secuestro de una pasión

Tanta fe se tenía el periodista, avalado por su impecable cam-


paña en las eliminatorias, que consideraba cualquier «recomenda-
ción» que le hacían sus colegas periodistas o entrenadores como
un ataque personal, incluso los futbolistas pasaron a ser sus ene-
migos. Tan difícil se había vuelto la convivencia, que su ayudante
técnico renunció, aludiendo que Saldanha se había convertido en
una «persona insoportable». El siguiente en la lista fue Pelé, con
quien el entrenador de la verdeamarella también estaba en conflicto
pues, según el, el jugador «por la edad se estaba poniendo ciego».
Por primera vez el público, los medios y el gobierno coinci-
dieron en que Saldanha, el hombre de la clasificatoria perfecta,
estaba perdiendo la cordura. Pero lo que terminó de llenar el vaso
fue la pelea pública por el delantero Darío. Al presidente de la
Junta Militar, Emilio Garrastazu Médici, se le ocurrió invitar al
técnico para hablar del «caso Darío». Saldanha otra vez explotó
y la respuesta al Presidente de la República fue: «Yo no me meto
cuando usted elige a su gabinete, entonces yo le voy a pedir que
no se meta cuando yo elijo a mis jugadores».
La cosa había ido muy lejos. El fin último de la Selección Na-
cional era integrar al país, y no polarizarlo por una decisión técni-
ca. A esto se suma que Joao Saldanha era miembro del proscrito
Partido Comunista, por lo tanto, no era el candidato que causaba
más gracia en Brasilia. Inmediatamente Médici pidió a la CBD que
el entrenador fuese relevado, y Havelange cumplió la orden. A dos
meses del inicio del campeonato mundial, Joao Saldanha era cesado
como entrenador de la Selección Brasileña, siendo reemplazado por
una figura mucho menos revolucionaria, Mario Zagallo.
Bicampeón del mundo como jugador en los Mundiales del
58 y 62, «El lobo» tomó las riendas de la Selección amparado en
su buen trabajo con el Botafogo y su conocimiento personal de
algunos jugadores. Zagallo y Pelé habían sido compañeros en los
Mundiales de Suecia y Chile, y de su buena relación dependía la

203
Maximiliano Jara Pozo

recomposición del clima dividido al interior del plantel. Faltaban


solo semanas para el debut y si Brasil no quería repetir la paupérrima
actuación que tuvo en Inglaterra no tendría que dejar nada al azar.
Parece que esta vez la cosa iba en serio. Previo al Mundial,
Brasil llegó con anticipación a México, con el fin de ganarse el
corazón del pueblo anfitrión. En la fase de grupos el Scratch juga-
ría sus tres patidos en Guadalajara, con posibilidad de disputar
los cuartos de final en la misma sede, en caso de liderar el grupo
C que compartía junto a Inglaterra, Rumania y Checoslovaquia.
Las relaciones públicas que hicieron los brasileños estaban
dando sus frutos. Los mexicanos que repletaron el Estadio Jalisco
en el debut de Brasil gritaron con el alma los cuatro goles con que
vencieron a los checoslovacos. Pero la idea de ganarse la localía en
suelo extranjero tendría un primer objetivo serio: dejar a Inglate-
rra fuera de combate. A diferencia de los brasileños, los británicos
hicieron todo lo posible por buscar la antipatía de los anfitriones.
Primero llegaron a México con miles de litros de agua envasada,
recomendando a otros equipos que hicieran lo mismo ante el estado
insalubre de las instalaciones higiénicas del país organizador y, por
si fuera poco, cuando la delegación inglesa llegó a Guadalajara,
el gobernador del Estado de Jalisco fue a visitar a Alf Ramsey a
la concentración, pero el técnico campeón del mundo no quería
saber nada de intrusos y mandó a sacarlo con policías. Todo este
comportamiento tuvo como resultado que cientos de mexicanos,
en la víspera del partido Brasil-Inglaterra, se dirigeran al hotel
donde se hospedaban los ingleses para hacer todo el ruido posible
y no dejarlos dormir. Las ruidosas matracas aztecas sonaron hasta
el amanecer. En resumen, pésimo día para los actuales campeones,
que en aquella calurosa tarde del 7 de junio cayeron por 1-0 con
gol de Jairzinho. Tres días más tarde, Brasil sellaba su clasificación
a cuartos gracias a un impecable 3-2 sobre Rumania, con dos goles
de Pelé. Canasta perfecta para los brasileños que, al igual que en las

204
Historia del secuestro de una pasión

eliminatorias, avanzaba a paso firme y sin ceder un solo partido. Por


si fuera poco, Brasil logró mantener Guadalajara y sus hinchas, y el
rival en la próxima ronda no sería ni Alemania ni Italia ni Uruguay.
La siguiente víctima de la Seleçao se llamaba Perú.
Sorprendente desde la génesis misma de este campeonato, el
equipo peruano había clasificado por primera vez a un mundial
eliminando nada menos que a Argentina. En la fase de grupos que
disputó en León, los peruanos quedaron segundos en su serie, des-
pués de Alemania Federal, derrotando a Bulgaria y a Marruecos
gracias a tremendos jugadores con que la bicolor contaba como
Héctor Chumpitaz, Alberto Gallardo y el mejor jugador peruano de
todos los tiempos, Teófilo Cubillas. Pero ese registro no era nada para
Brasil. En quince minutos, la verdeamarella ya ganaba por dos goles.
Perú trató de recuperarse gracias a un golazo de Gallardo,
pero el equipo de Zagallo no estaba para sorpresas, menos ante un
equipo dirigido por un ex compañero suyo, Didí. Otra vez Tostao
y el broche de oro de Jairzinho dejaron la cuenta 4 a 2, instalando
a Brasil en las semifinales de la Copa del Mundo México 1970.
El siguiente compromiso sería ante otro rival sudamericano,
pero de mucho más peso y con una historia en común, Uruguay.
El equipo oriental había dejado a la poderosa Unión Soviética en
el camino gracias a un solitario gol de Víctor Espárrago, pero su
pricipal figura era el mejor arquero del mundo por aquel entonces,
Ladislao Mazurkiewicz. El meta de Peñarol se había convertido
en el artífice de la clasificación charrúa en el trayecto mundialista.
A pesar de la ventaja de jugar en el Jalisco, que, a esas alturas,
para Brasil era igual que estar en el Maracaná, no contaron con que,
antes de los veinte minutos, el puntero derecho uruguayo Cubilla
mandara un débil disparo al segundo palo de un sorprendido Félix.
Antes que Uruguay se fuera al descanso en ventaja, Tostao realizó
un profundo pase que cayó al centro del área charrúa hasta donde
corrió Clodoaldo que, de primera, la instrodujo en el arco rival.

205
Maximiliano Jara Pozo

En Brasil también estaba Rivelino, quien craneó una jugada


perfecta que encontró a Jairzinho ganándole la corrida a Montero
Castillo y definiendo con un suave toque. Más tarde, el hombre del
bigote, Rivelino, mandó desde fuera del área un bombazo imposible
para Mazurkiewics, y para cualquier otro arquero en el mundo.
Antes que finalizara el cotejo pudo caer el cuarto, cuando Pelé
aprovechó una habilitación de Tostao y eludió a Mazurkiewics sin
pelota, solo con el cuerpo. Cuando el arquero oriental todavía se
preguntaba en qué planeta estaba, Pelé la iba a «mandar a guar-
dar», pero el ángulo se cerró y se fue rozando el segundo palo. La
obra de arte no pudo terminarse pero Brasil estaba en su tercera
final en doce años. Esta vez el premio no se les podía escapar.
El equipo brasileño de 1970 es uno de los preferidos a la hora
de analizar los campeonatos mundiales. Aquel grupo dirigido por
Mario Zagallo era tan generoso en talento como sus antecesores
de 1958 y 1962. En Brasil, largo ha sido el debate respecto a cuál
de ellas ha sido la mejor; los defensores de la de Suecia se apoyan
en que ese equipo fue el pionero, el que abrió la ruta de éxitos
posteriores del seleccionado; mientras que adictos a la de 1970
invitan a disfrutar la sintonía ofensiva de una escuadra «hecha a
mano» para jugar hacia adelante. Para ello, Italia era el mejor rival.
El catenaccio italiano probaría de una vez por todas si el
equipo de Carlos Alberto, Gerson, Tostao, Clodoaldo, Rivelino,
Jairzinho y Pelé estaban a la altura de las circunstancias.
Este último nombre fue el hilo conductor entre dos generacio-
nes de brillantes futbolistas que le dieron toda la gloria del mundo
a una nación que desde hacía tiempo se candidateaba para ser la
superpotencia futbolística del planeta.
México 1970 encontró en su cenit al que se considera como
el mejor jugador de todos los tiempos. Precisamente, un cabeza-
zo suyo le dio la ventaja a su país ante 110.000 espectadores en
el Estadio Azteca. En dieciocho minutos, el jogo bonito parecía

206
Historia del secuestro de una pasión

conquistar lo que le pertenecía frente a la «mezquindad italiana».


No faltó quien llamó a esa final «el bien contra el mal». Pero los
«diabólicos» italianos habían llegado al encuentro decisivo de-
rrotando de una forma espectacular a los alemanes por 4-3, en el
mejor partido que recuerde el torneo. Los cuatro goles a la defensa
de Beckembauer era la muestra suficiente para tomar al ataque
italiano en serio, más aún cuando, en el minuto 37, Clodoaldo
no vio a Roberto Boninsegna, que le robó la pelota y se fue solo
contra Félix, armando un desajizado terrible en la zaga brasileña
para marcar el inesperado empate.
El gol parecía demoledor para la confianza sudamericana.
Mario «Lobo» Zagallo estaba como loco repartiendo instrucciones,
pensando que por un infantil error la copa se les iba de las manos.
Seguramente se imaginaba cómo caerían algunas cabezas por encar-
go de la Junta, incluyendo la propia. Pero Brasil estaba en su tarde
y tendría un segundo tiempo perfecto. Como era costumbre, Brasil
tocó y tocó en el área rival, hasta que Gerson encontró el espacio ne-
cesario para mandar un zurdazo que sorprendió a Enrico Albertosi.
Y Brasil tenía más, lamentablemente para los italianos. Otra
vez Gerson mandó un centro que cruzó todo el campo azzurro y
que fue perfectamente pivoteado por Pelé, para que Jairzinho solo
tuviera que empujar la pelota. Si hay un momento radiográfico
de lo que era ese Brasil, ese fue el cuarto gol de la final. Faltando
cuatro minutos para el fin, la jugada empezó con Rivelino tra-
tando de pasarse a toda la ofensiva italiana, él solo. La pelota le
llegó al veloz Jairzinho que, con el cambio de ritmo, volvió locos
a los italianos; se la pasó a Pelé, quien vio pasar por la espalda
a Carlos Alberto, y que en el vértice del área le pegó con toda el
alma. Albertosi no la vio ni por si acaso. 4-1 para Brasil y el gol
del capitán es el perfecto resumen de un equipo que se quedó para
siempre en el corazón no solo de los brasileños, sino que de los
hinchas de todo el mundo.

207
Maximiliano Jara Pozo

De forma magnífica Brasil conquistaba su tercera Jules Rimet,


lo que significaba que la tendría para siempre en su posesión.
Lamentablemente, algún «amigo de lo ajeno» se la robaría más
tarde, pero el fútbol carioca se quedaría por siempre con la gloria
de retener el máximo trofeo del balompié mundial, confirmándose
en la historia como el país más ganador de todos los tiempos, lo
que, hasta la actualidad, está vigente.
Con el esperado triunfo en México, por fin Brasil podía estar
en las primeras planas de todos los diarios del mundo por algo
que no fuera su gobierno de facto. Como tantas veces, el viejo y
querido fútbol había sido la carta ganadora de los gobiernos ante
un pueblo eufórico.
Pelé y los otros seleccionados serían recibidos como héroes
patrios, y así se mantendrían en caso de no convertirse en rebeldes
antimilitaristas. Después de seis años, el pueblo brasileño tenía un
motivo para celebrar.
La enseñanza que dejó el Mundial de 1970 para los militares
brasileños fue que el fútbol había unido al país en las más dra-
máticas épocas, por lo que había que seguir hacia adelante en ese
empeño a como diera lugar. Brasil podía tener riquezas en caña
de azúcar, café, hidrocarburos, pero por sobre todo tenía una gran
materia prima futbolística disponible. El país contaba con la mejor
selección del mundo, el problema era que no tenía una competencia
decente a nivel nacional, puesto que el vasto territorio brasileño
permanecía incomunicado.
Históricamente, el polo de desarrollo del país han sido los Es-
tados del litoral sur, como Río Grande do Soul, Sao Paulo, Río de
Janeiro y Minas Geráis, pero el resto de la nación, sobre todo los
Estados del interior, poco aportaban a la vida nacional. El progre-
so del país dependía de una integración total, lo que se intentaría
conseguir mediante la organización de un campeonato nacional de
fútbol. En 1971, surgió la idea de organizar una liga que integrase a

208
Historia del secuestro de una pasión

todos los Estados, pero los principales clubes se negaron a participar,


bajo el argumento que les parecía inútil atravesar todo el país para
jugar con equipos desconocidos. No habría forma de convencerlos,
el sistema de los torneos interestaduales continuaría casi por diez
años como herramienta central del fútbol doméstico en el Brasil.
Mario Zagallo tenía al seleccionado nacional bajo orden,
pero fuera del país se le criticaba por ser «cómplice» del gobierno.
En Europa lo consideraban un nuevo Vittorio Pozzo. Nueva-
mente, Brasil tendría la ventaja de clasificar directo a Alemania
1974, sin embargo, los cuatro años de diferencia con México ha-
bían sido devastadores para los tricampeones. La baja más sensible
sería Pelé. «El rey» se aproximaba a los treinta y cuatro años y su
alejamiento del fútbol brasileño, al fichar por el Cosmos de Nueva
York, terminó con toda posibilidad de que volviera al seleccionado.
Tampoco estaría Carlos Alberto, capitán en México 70, ni Gerson,
Clodoaldo y Tostao. Los dos sobrevivientes del equipo titular de
hace cuatro años serían Rivelino y Jairzinho.
La décima versión del campeonato mundial no empezaría de la
mejor forma para los favoritos. En un grupo absolutamente asequi-
ble, pero Mario Zagallo se ganó todavía más enemigos al mostrar el
equipo una apática actitud, empatando 0-0 con Yugoslavia y Escocia.
En su último juego de grupo, los sudamericanos necesitarían una
abultada victoria sobre el país más débil del mundial, Zaire. Los
africanos, novatos absolutos en un mundial, solo conocieron derro-
tas, incluido el 0-9 sufrido a manos de los balcánicos. Brasil ayudó
a la causa africana, endosándoles un 3-0 en Frankfurt, marcador
escuálido comparado con el del partido frente a los yugoslavos.
Británicos y brasileños igualaron en puntaje con cuatro uni-
dades, sin embargo, un solo gol hizo la diferencia. La farra de los
ecoceses frente a Zaire le costaría caro al equipo azul.
Después de la paupérrima primera ronda, los brasileños esta-
ban convencidos que jugaban gratis la segunda vuelta. A diferencia

209
Maximiliano Jara Pozo

de los mundiales anteriores, el fixture decía que los finalistas sal-


drían de una liguilla de dos grupos con cuatro equipos cada uno.
A Brasil le tocaría jugar con Argentina, Holanda y la Alemania
Democrática. Bastante mejor fue la campaña en esta oportunidad.
Los brasileños aprovecharían y tratarían de repetir lo sucedido en
Suecia dieciséis años atrás, al menos en el banco tenían un amuleto
viviente de aquella epopeya. Un magnífico tiro libre ejecutado por
Rivelino, con la complicidad de un compañero que justo se agachó
para dejar que la bola pase por el hueco, marcó la diferencia en
el partido frente a los alemanes orientales. Roberto Rivelino, que
en Alemania vistió la camiseta 10 de Pelé, fue la figura del Scratch
en el torneo. Su gol frente a Argentina en Hannover fue puro arte.
El otro veterano de México, Jairzinho, ayudado por su frondoso
«afro», conectó de cabeza en la boca del arco para darle la victoria
a su país en el clásico sudamericano. En Brasilia, el gobierno militar
sacaba cuentas alegres; si se le ganaba a Holanda en Dortmund,
Brasil volvería a disputar la final del mundo.
Prácticamente debutantes, la raquítica historia de Holanda
en mundiales registraba la participación de un par de partidos en
Italia 1934 y Francia 1938. Pero si en los años setenta surgió una
nueva potencia futbolística, esta fue Holanda.
De la mano del experimentado e innovador Rinus Michels, el
técnico que transformó al Ajax de Ámsterdam en una maquinita
de precisión, convirtió al inmaduro fútbol neerlandés en un país
de temer. Sus estrategias reeditadas de antiguos técnicos, como
Chapman y Sebes y la idea de bloque y el desdoblaje de los juga-
dores por toda la cancha, marcaron una tendencia que se inició
en el Ajax y que sorprendió al mundo en Alemania 1974. Cinco
victorias y un empate, catorce goles a favor y solo uno en contra
era el récord de un equipo que pintaba para campeón. Lejos el más
goleador y el menos batido, gracias a figuras como Neeskens, Jan-
sen, Cruyff y Resenbrink, pero principalmente debido a un grupo

210
Historia del secuestro de una pasión

que, como pocos, puede reconocerse como un verdadero equipo.


Suficientes motivos para que Brasil perdiera la calma. Con más
esfuerzo que fútbol, el cuadro de Zagallo había sacado adelante
la tarea, avanzando a semifinales. Con angustia se le había ganado
a Alemania Oriental y a Argentina, mientras que los holandeses
golearon por 4-0 a los albicelestes y ganaron sin contratiempos a
los orientales por 2-0.
Por primera vez en mucho tiempo se sentía que Brasil jugaba
de «chico a grande», y en esa lluviosa noche en Dortmund, los
tricampeones se veían incómodos ante una Holanda que desde el
primer minuto pretendía ser arrolladora. La presión del equipo de
Michels al contener y su velocidad y explosión al salir, causaban
pánico en las huestes sudamericanas. Más todavía si se tenía en
cuenta que existía un flaco que se comía la banda derecha, Johan
Cruyff. El que sería el mejor jugador holandés de todos los tiempos,
causó estragos en cualquier defensa que se le opuso en ese torneo,
y los brasileños no serían la excepción.
En escasos minutos, Brasil mostró su faceta más vulnerable, la
de ese equipo que vestía de azul y que hacía aguas por todos lados.
Los holandeses, esta vez de blanco, parecían ser veinte. La
desesperación de los actuales campeones hizo del partido (por lo
menos en su lado de la cancha), un juego de rugby. Patadones, tacles
y codazos debieron soportar los europeos. Más arriba, Rivelino
hacía lo que podía, pero los tulipanes estaban fieros en la marca.
Aunque tardó en llegar, gracias a las salvadas de Leao, era
cuestión de tiempo. Como en toda la noche, Johan Cruyff ganó
por la derecha, y sacó un preciso centro para que su compañero
y tocayo, Johan Neeskens, metiera la punta del pie para desviar
la pelota al fondo del arco de Brasil. Con ese gol la serie estaría
virtualmente definida, y los miles de hinchas holandeses en el West-
fallen lo sabían. Quince minutos después, Cruyff tenía que poner
su rúbrica. Esta vez apareció por el otro costado, interceptando

211
Maximiliano Jara Pozo

un centro desde la derecha. La figura más destacada de Alemania


1974 estaba clasificando a su país a su primera final de una copa
del mundo. Brasil se estaba quedando sin poder defender su títu-
lo, y sin nada. Pero los holandeses no se la llevarían pelada. Los
últimos minutos fueron una terrible carnicería. Los hombres de
Zagallo hicieron todo lo posible para reducir a los holandeses a
escombros. En un mundial donde los árbitros todavía no se acos-
tumbraban mucho a la idea de ocupar las tarjetas, el referi alemán,
Kurt Tschenscher, se cansó de anotar en su libreta, hasta que por
fin mandó a Luis Pereira a los camarines.
La aventura brasileña en Alemania había llegado a su fin y la
moral del equipo estaba por el suelo. Pero áun faltaba definir el
tercer lugar frente a Polonia.
Si Holanda había sido una pesadilla, Polonia no lo sería
menos. La opinión pública del Mundial señalaba a los polacos
como el segundo equipo más atractivo, después de Holanda. Y era
que no, Polonia había alcanzado la mejor actuación de su breve
historia mundialista, y un tercer lugar sería toda una hazaña para
el cuadro dirigido por Kazimierz Gorski. Además, Polonia tenía
a Gregorz Lato. El calvo de la camiseta 16 sería el goleador del
campeonato con siete goles, uno más que su compatriota Szamach.
Polonia se estaba jugando un nombre en la historia y su entusias-
mo contrastó con la apatía brasileña, que solo esperaba volver lo
antes posible a las playas de Ipanema. Nuevamente, de no ser por
la enorme actuación de Emerson Leao que Brasil no es recibido
a naranjazos en el aeropuerto. La lentitud de la agotada defensa
brasileña fue presa fácil para los rápidos contragolpes europeos.
En uno de tantos, Lato quedó solo frente a Leao y convirtió el
único gol del partido.
Tres victorias, dos derrotas y dos empates fue el saldo me-
diocre de un equipo que no fue ni la sombra de lo que había sido
cuatro años antes, y que se ganó el podio con dos partidos que

212
Historia del secuestro de una pasión

se resolvieron con dramatismo. Brasil no pudo defender la copa,


sitial privilegiado que tampoco pudo aprovechar el espléndido
seleccionado holandés, al perder con los anfitriones en la final.
Alemania 1974 pasaba a la historia, al igual que el trabajo de
Mario Zagallo al mando del seleccionado. Brasil no volvería a ser
campeón por muchos años más, y los militares se pasarían más
tiempo tratando de planificar glorias en la cancha. Pero no todo
fue malo para el fútbol brasileño en el mundial teutón.
Anótese un gol político. El viejo Sir Stanley Rous, el león
inglés que gobernó la FIFA desde 1961 hasta 1974, perdía el
cargo frente a Jean-Marie Faustin Goedefroid de Havelange, más
conocido como Joao. Por primera vez un dirigente sudamericano
tomaba las riendas del máximo organismo del fútbol mundial. Al
asumir Havelange la jefatura de FIFA, el cargo de presidente de
la Confederación Brasileña de Deportes recaería en el almirante
Helenio Nunez, según la decisión del propio presidente Ernesto
Geisel. Pero el problema de todo era que los números eran más
que rojos al interior de la CBD, tras la pérdida de cinco millones
de dólares. Los dardos apuntaban al ex titular, Joao Havelange,
quien estuvo en el cargo de presidente desde 1958 hasta 1974. Sin
embargo, nunca se pudo comprobar la participación del por ese
entonces flamante nuevo mandatario de FIFA, y ese sería el motivo
del conflicto entre Havelange y su sucesor, el almirante Nunez.
Pero en Brasil no solo hubo cambios dirigenciales, pues el
Scratch también vivió una reingeniería en lo futbolístico. Tras
el Mundial de Alemania era lógico que Mario Zagallo diera un
paso al costado, y la CBD contrató a un viejo conocido, Osvaldo
Brandao, quien había dirigido a la Selección Nacional a mediados
de los años cincuenta. Asumió en 1975 para clasificar a Brasil al
mundial de Argentina, sin embargo, no duraría mucho en el cargo.
Brandao no fue amigo de la prensa, especialmente la paulista, que
no desperdiciaba oportunidad para criticarlo. Un par de malos re-

213
Maximiliano Jara Pozo

sultados en las eliminatorias, que en nada perjudicaron la correcta


campaña de la verdeamarella, fueron motivos suficientes para que
la prensa volviera impopular la gestión de Brandao.
Meses antes del Mundial, el capitán de Ejército Claudio
Coutinho se convertía en el nuevo seleccionador nacional. Las
diferencias con su antecesor eran como el día y la noche. Brandao
no tenía chapa de estratego, pero sí de motivador, mientras que
Coutinho quería arrancar de raíz el jogo bonito e implantar un
fútbol mucho más pragmático.
El ejemplo del mundial anterior había sido claro: el fútbol
moderno era sinónimo de polivalencia, cuyo principal exponente
había sido la Holanda de Rinus Michels. Eso era justamente lo que
el capitán Coutinho había planeado para su Selección. Pero Brasil
no estaba preparado para asimilar tamaño cambio de estilo, y el
equipo no lograba plasmar en la cancha lo que el técnico buscaba.
Previo al Mundial disputó amistosos contra rivales europeos, cuyos
resultados no fueron muy positivos.
Nuevamente, las críticas no tardaron en llegar, pero esta vez
fueron más lejos. El almirante Nunez quería meter mano al equipo
y constantemente le daba «consejos» tácticos a Countinho. La
intromisión del marino era inaceptable para el técnico, lo que hi-
potecaría en el futuro las relaciones entre el mandamás de la CBD
y el director técnico. El Mundial estaba a la vuelta de la esquina,
y de eso dependería el trabajo del capitán.
Llegó Brasil a Argentina con más dudas que certezas, y el
fútbol físico y táctico de Coutinho ya no tenía tiempo para ser
rediseñado. Como se sabe, Brasil la pasó muy mal en esta Copa,
especialmente en primera ronda, empatando sus dos pimeros
partidos. Helenio Nunez culparía a Coutinho y lo despediría del
cargo públicamente en pleno Mundial, para luego perdonarlo tras
ganar frente a una relajada Austria en el último partido del grupo.
En segunda ronda, cuando la organización programó el partido

214
Historia del secuestro de una pasión

de Brasil frente a Polonia antes que el de los anfitriones frente a


Perú, lo que a la postre significó la eliminación de Brasil, Coutinho
volvió a su país diciendo que eran los «campeones morales». De
todas maneras se fue. Su cargo sería ocupado por Telé Santana,
defensor a ultranza del «fútbol arte» que llegó a desarmar todo lo
que había construido Coutinho. En pocas palabras, ni la Selección
Nacional, ni la CBD del almirante Nunez, ni la influyente prensa
paulista, tenían idea de cuál era la identidad del fútbol brasileño.
Pese a todo, el gobierno tenía otra carta bajo la manga. Si
durante dos décadas el fútbol brasileño se dedicó a exportar su
imagen y consolidación como potencia mundial, era hora de mi-
rar hacia el interior. «Crecimiento hacia dentro», como le llaman
los economistas a la etapa en que un país quiere desarrollar su
propia industria, y los planes de la ARENA (Alianza Renovadora
Nacional, partido oficial de la junta) era unir al vasto territorio
brasileño de punta a punta a través del fútbol.
Como se sabe, a principios de los setenta hubo un intento de
crear una liga nacional, pero los principales clubes de Río y Sao
Paulo lo boicotaron, dejándola en un segundo plano. Ahora, que
habían pasado casi diez años, el tema de la liga se había convertido
en una cuestión de Estado para Ernesto Geisel. La orden para su
subalterno, el almirante Helenio Nunez, era que, a toda costa, la CBD
debía persuadir a los clubes para el desarrollo de una liga central.
No sería tan fácil para el almirante. El gobierno militar tenía
toda la potestad sobre la Selección Nacional pero el fútbol local
era algo intocable, puesto que pertenecía a los llamados Cartolas,
oscuro apodo que desiganaba a los dirigentes de clubes deportivos
del fútbol profesional. Más que dirigentes, eran verdaderos señores
feudales, terratenientes de un fútbol que generaba millones que,
en su mayoría, quedaban en bolsillos contados con los dedos.
Uno de los más famosos cartolas fue Castor de Andrade, el más
poderoso bicheiro, como se conoce a los apostadores ilegales y

215
Maximiliano Jara Pozo

organizadores de truculentas quinelas. Castor fue quien llevó al


humilde Bangu Atlético Clube a ser campeón del estadual carioca
en 1966, torneo que terminó siendo un fraude, al estar amañado
por parte de Andrade. Además, el dirigente tenía interesantes co-
nexiones con la mafia narcótica colombiana, más precisamente con
el Cartel de Cali, otro importante financista de los grandes clubes
de ese país. La cosa es que personajes como Castor de Andrade
abundan en Brasil, y en los años setenta era algo normal, y hasta
lógico, que estuvieran presentes en un fútbol carente de cualquier
institucionalidad. Los cartolas hacían lo que querían, ni siquiera
los militares tenían poder para arrebatarles el fútbol doméstico.
Después de negociar varios años, desde la época de Havelange
hasta la del almirante Nunez, los cartolas aceptaron la fórmula del
gobierno para ampliar la liga. Para la temporada de 1979 se refun-
daría el campeonato nacional brasileño creado en 1971, sucesor de
la Taça Brasil, hoy conocido bajo el comercial nombre de Brasileirao.
Como el principal objetivo del torneo era llevar al gobierno a todos
los rincones del país, el ARENA implementó un ambicioso plan de
costrucción y remodelación de estadios al interior del Brasil. En
pequeños poblados se erigieron monumentales recintos con capa-
cidades incluso mayores a la cantidad de población. La inversión en
infraestructura fue uno de los pagos que debió realizar el gobierno
para comprar a los cartolas, y también para postular a Brasil como
sede mundialista, algo que Havelange nunca avalaría mientras su
enemigo, el marino, estuviese al cargo de la CBD.
Noventa y cuatro fueron los equipos participantes en 1979,
un torneo totalmente fuera de proporciones y logísticamente in-
viable. Algo de razón tenían los cartolas en vetar la propuesta de
la Confederación Brasileña. Según el fixture de la liga, cada equipo
debería disputar casi cien partidos por temporada, sin contar los
torneos estaduales e internacionales. El gobierno militar no quería
dar marcha atrás, era la oportunidad de imponerse a los cartolas

216
Historia del secuestro de una pasión

y controlar el fútbol nacional pero, a la larga, el remedio sería


peor que la enfermedad. Los grandes clubes cariocas y paulistas se
quejaron amargamente por tener que recorrer enormes distancias
para jugar con un equipo del que nunca habían escuchado hablar.
Se jugaba un promedio de tres a cuatro partidos semanales y,
como era de esperarse, los sueldos no variaron. Ser futbolista en
Brasil era sinónimo de esclavitud. «¿Fútbol querían los negros?
Fútbol ahora tienen», esa era la consigna de los dirigentes para
explotar a sus futbolistas.
La liga fue todo un éxito pero, desde 1979, el nivel del fútbol
brasileño decayó hasta niveles paupérrimos. La exigencia de la
competencia atentó contra el juego.
Cuatro partidos semanales terminaron por destruir los clási-
cos de antaño. Los equipos se transformaron en enfermerías ante
tantos golpes que los futbolistas recibían y el estrés que vivían.
El balompié brasileño nunca estuvo en un nivel tan bajo. Como
anécdota, Internacional de Porto Alegre se tituló campeón invicto,
algo que no se ha vuelto a repetir en la historia del Brasileirao.
Tan alto que se empinaba sobre el metro noventa, flaco como
un galgo pero de desplazamientos elegantes y dando zancadas de
atleta afroamericano, pelilargo de cabellos dorados y barbón y,
más encima, compositor de bosanova, Sócrates Brasileiro Sampaio
de Souza Vieira de Olivera, también conocido como «Sócrates»
o «El doctor», ya que, curiosamente, logró titularse de médico,
este jugador debutó con dieciséis años en el Botafogo de Riberao
Preto pero el club de su consagración fue el Corinthians, equipo
con el que marcó 160 goles.
Intratable dentro y fuera del campo y dueño de una técnica
exquisita, con una parsimonia y precisión que dejaba marcando
ocupado a cualquier rival, Sócrates se fue ganando su espacio en
la historia del fútbol brasileño, y también en la historia política de
su país. Y es que este flacuchento no tenía pelos en la lengua para

217
Maximiliano Jara Pozo

criticar al gobierno militar. Su consciencia social e intelectualidad


lo convirtieron en un símbolo de la lucha contra el gobierno, un
rebelde que le daba serios dolores de cabeza a Brasilia. Sócrates,
como buen galeno que era, sabía que tenía el remedio en sus
manos. Y es que era un ser intocable en Brasil. Ser el ídolo de la
torcida del «Timao» era algo imponente para cualquiera Dicho
equipo, el más popular de Sao Paulo, tenía demasiado arrastre y
sería absolutamente impopular para cualquier mandatario tocarle
un pelo a ese barbón con pinta de comunista.
1982 fue un año especial para el fútbol brasileño. Dos años
antes, Telé Santana había llegado a la banca del seleccionado
nacional, dando un gran golpe de timón al estilo de un equipo
que había conocido la «polivalencia» de Claudio Coutinho. Para
Santana no había otra estrategia que su autodenominado «fútbol
arte». Era el regreso del jogo bonito.
Brasil parecía apuntar lejos en el Mundial de España. Había
ganado sin contratiempos sus tres partidos de grupo, y en segunda
ronda despachó a la Argentina de Maradona y compañía por 3-1.
Parecía que la hora de Brasil regresaba después de doce años, gracias
a la magia de Santana y de su pupilo favorito, ese que representaba
en cuerpo y alma todo lo que el técnico quería en la cancha, Sócrates.
«El doctor» era la gran figura de ese notable equipo. Al igual que
en el Corinthians, era el cerebro de una superdotada Selección que
tenía a Zico, Falcao y Eder, entre otros. Pero tanto talento sería inútil
contra un equipo que siempre supo como controlarlos. A Santana, al
igual que a muchos otros directores, lo criticaban por terco. Como
era de esperarse, Italia se cerró, aguantó el chaparrón y mató a un
desguarnecido y agotado Brasil de contragolpe. La azzurra había
vengado la final de México y un triplete de Paolo Rossi dejó a España
sin sudamericanos y con los italianos proclamándose campeones
después de cuarenta y cuatro años.

218
Historia del secuestro de una pasión

Otra vez Brasil se quedaba sin copa del mundo y sus militares
hacía rato que se habían impacientado. Pero Telé Santana tenía
crédito, tanto así que aguantaría cuatro años más en el banquillo,
algo inusual en el Scratch. Mientras la escuadra a las órdenes de
Santana siguiera a flote, Sócrates sería su inamovible buque in-
signia. Pero él también se debía a otra flota, y tenía al Timao en
sus manos.
El Corinthians tuvo sus mejores momentos de gloria con
Sócrates en la cancha, pero también con el genio de Atilson Mon-
teiro Alves en el banco. Atilson, al igual que su dirigido, tenía un
incontrolable apetito intelectual.
Sociólogo de profesión y profundo crítico del gobierno
militar brasileño, encontró al interior de su equipo la combina-
ción perfecta para transmitir un mensaje democrático a través
del fútbol. Monteiro y Sócrates se transformaron en los líderes
de un movimiento que marcó la historia de la relación política
con el juego. Si todos los años anteriores el fútbol fue utilizado
desde «arriba hacia abajo», por primera vez en el Brasil fueron
los futbolistas quienes, «desde abajo hacia arriba», impulsaron
su mensaje político.
Lo más importante era el arrestre del Corinthians. Equipo
más popular de Sao Paulo, cuenta sus hinchas por millones, es-
pecialmente en los estratos más bajos de la sociedad brasileña,
a diferencia de otros clubes, como su archirival Palmeiras, que
tiene un origen más bien aristocrático. Fue así como un grupo
de jugadores encabezados por su capitán, Sócrates, y el director,
Atilson Monteiro Alves, comenzaron a configurar íntimamente,
en el fragor del camarín, un movimiento que sería un fenómeno
social mundialmente conocido como «la democracia corinthiana».
Para 1982 se estaba próximo a cumplir veinte años de sucesi-
vos gobiernos militares, al amparo de ARENA, epicentro político.
Pero tanto al interior como en las grandes urbes costeras como Río

219
Maximiliano Jara Pozo

de Janeiro, Porto Alegre y Sao Paulo, se hacía sentir una profunda


disconformidad popular ante tantos años de gobiernos de facto.
Bajo ese panorama, los militares empezaron a ceder poco a poco.
El primer paso fue llamar a elecciones municipales en Sao Paulo
para el día 15 de noviembre. Antes del referéndum, Sócrates y todo
el equipo del Corinthians salieron a la cancha del Pacaembú con
poleras donde se podía leer: «Día 15, vote». Desde ese instante, a
la camiseta albinegra del equipo se le agregó un brazalete amarillo,
color que representaba la oposición política al régimen. Pacaembú
se había convertido no solo en el hogar del Timao, también era un
lugar simbólico para todos los brasileños cansados del régimen. La
democracia corinthiana era vista como un ejemplo para otros clubes,
que aprovecharon la visibilidad del fútbol para instalar el tema de
la democracia en lo más profundo de la población. Sin embargo,
no todos corrieron con la misma suerte. Desde Brasilia se mandó a
acallar a todos estos movimientos revolucionarios y antimilitaristas
pues solo había uno que se había vuelto intocable, el del Corinthians,
un club demasiado grande para ser intervenido.
Tanto Sócrates como Ailton, junto a todo el plantel, sabían que
cualquier medida anticorinthiana sería algo demasiado impopular
para el gobierno. Un «gallito» político que se estaba convirtiendo
en jaqueca para don Joao Figueiredo, a quien los «comunistas» del
Corinthians le habían destapado una olla que no podía cerrar. Era
lo último que le faltaba al gobierno que el fútbol, su herramienta
predilecta, se le estuviera volviendo en contra.
Aquella tarde de la final del Campeonato Estadual Paulista
de 1983, el Corinthians no solo se jugaba el fin de temporada,
también se había convertido en la esperanza de las voces disidentes.
Una derrota podría significar un revés para la democracia,
por eso, antes de salir al campo de juego el plantel albinegro se
había puesto de acuerdo en hacer entender a la gente que, a esas
alturas, el resultado del partido no era lo que entraría en la historia.

220
Historia del secuestro de una pasión

Brasil vivía una cruda realidad social con decenas de millones de


brasileños en un dantesco estado de miseria y donde niños de las
favelas desaparecían misteriosamente, o eran encontrados muertos
en los vertederos.
Para Ailton Monteiro y sus jugadores, representados por Só-
crates, la democracia corinthiana venían a encender un movimiento
democrático que iba más allá del resultado de un partido. Por eso,
al salir a la cancha, los jugadores del Corinthians lo hicieron por-
tando un enorme lienzo que decía: «Ganar o perder, pero siempre
en democracia».
Ese día, el Corinthians ganó con un gol de Sócrates. El Timao
volvió a sumar otro campeonato. Un par de años más tarde, Brasil
conquistaría su democracia perdida por más de dos décadas.

221
Epílogo

Para los antiguos romanos el deporte era una simulación de la


guerra, es más, los deportes de balón eran utilizados como entre-
namiento de las legiones. «Pan y circo», aquella vieja consigna
también practicada por los emperadores del reino de las siete
colinas motivó, curiosamente, a otro romano del siglo XX para
devolverle a su patria toda la grandeza y esplendor que los legio-
narios del César lograron para Roma. Aquel emperador moriría
colgado de los pies sin poder derrotar a Cartago ni controlar el
Mediterráneo; por su parte, aquel otro emperador de la calva
cabeza, rostro serio y mentón alzado terminó derrotado en el
campo de batalla pero, antes del desastre final, se dio la satisfac-
ción de conquistar el mundo dos veces sin disparar un solo tiro.
Sus legionarios eran tan fuertes como los de Augusto y tan
audaces como el dios Marte, tanto así, que por diez años nadie
los pudo vencer. Pero Mussolini no creía en ellos. La guerra en
el campo tenía que estar asegurada de cualquier forma y daba lo
mismo quién fuera el rival. El coliseo romano ahora se llamaba
Stadio Nazionale del Partito Fascista y, al igual que en los combates
en la arena, el gladiador extranjero tenía que morir devorado por
los leones. Il Duce subiría o bajaría el pulgar ante una multitud de
camisas negras que lo ovacionaba, tanto como al equipo que sería
campeón. El juego lo era todo y toda la victoria debía ser para
Roma. Españoles, austriacos y checos, a todos había que bajarle
el pulgar y subirlo para Italia. Il Duce, como buen César, tendría
a sus colaboradores, llámese Giorgio Vaccaro o mejor aún, Ivan

223
Maximiliano Jara Pozo

Eklind, el árbitro sueco «contratado» por Mussolini para dirigir


los partidos de Italia en el Mundial del 34.
Para ser campeón del mundo Mussolini desvió recursos que
utilizaría para la guerra, luego destinados a la construcción de
los estadios más modernos de Europa. Cuarenta y cuatro años
más tarde, la Junta Militar que gobernaba Argentina gastó más
de doscientos millones de dólares de la época en pagar semillas
para el césped, arrendar máquinas de escribir y contratar ase-
sorías y seguros. Otro buen turro de dólares fue a parar quién
sabe donde. El precio fue alto pero el resultado fue aún mejor,
pues Argentina fue campeón. Pero los militares no desembolsa-
ron recursos que no tenían solo para que Passarella levantara la
copa en un estadio lleno de papelitos, sino para que los 76.000
argentinos que estaban esa noche en el Monumental y los otros
25 millones que seguían el partido por televisión salieran a gritar
«¡Argentina, Argentina!». Al igual que lo hicieron los italianos
casi medio siglo atrás; olvidaran el hambre, las crisis y las vio-
laciones a los derechos civiles y humanos.
Ambos ejemplos son parte de la historia que este trabajo reco-
rrió. Es la narración de la forma en que no una, ni dos, sino varias
veces el fútbol se convirtió en la válvula de escape de aproblemados
regímenes, de militares que se dieron cuenta que un juego podía
ser tanto o más reconfortante que la invasión de algún país veci-
no. Buenos o malos gobernantes que encontraron en el fútbol la
pócima del éxito, el mejor aliado de sus intereses. Si Franco tuvo
en el Real Madrid a su mejor canciller, o Hitler le robó a Austria
su soberanía y su mejor Selección Nacional de todos los tiempos,
es porque el fútbol era una cuestión de Estado.
Cuando había crisis económica, un derrocamiento seguro
o descontento en la población, cuando había que esconder algo
bajo la alfombra o hacer un urgente lavado de imagen país, o,
simplemente, cuando se quería exaltar el espíritu nacionalista, los

224
Historia del secuestro de una pasión

dictadores entendieron que el balón era su amigo. Ya vimos cómo


primero Mussolini, luego Hitler, después Franco y más tarde los
regímenes totalitarios sudamericanos, aprovecharon, a lo largo
de gran parte de la última centuria, el recurso fútbol para sus
intereses y el de sus gobiernos de facto. Si la tarea era descubrir
cómo, cuándo y por qué el fútbol fue usado como una poderosa
arma populista, la respuesta está a lo largo de estas páginas, que
muestran como grandes equipos y jugadores hacían sus mejores
esfuerzos ante un juego que ya estaba arreglado.
La rica y apasionante historia del fútbol mundial no tiene
por qué ser distinta a la historia política, económica o cultural.
De esta forma, vimos cómo el fútbol ha formado parte de todos
estos procesos, ayudando a publicitar gobiernos, como lo hizo
Mussolini en su Mundial de Italia 1934, destruir la moral de los
pueblos invadidos por Hitler, y restaurar la imagen y cohesión de
España tras la Guerra Civil, con un Franco que patrocinó al club
más ganador de todos los tiempos. Por último, la historia de una
Copa del Mundo que fue motivo perfecto para hacer olvidar a un
país entero de todos sus problemas internos, haciendo callar con
un efusivo y masivo grito de gol el llanto de miles de torturados y
sus familiares, que los buscaban con desesperación.
Es la historia del fútbol, es la historia del siglo XX, es la his-
toria de los más célebres dictadores del mundo que una y otra vez
violaron la otrora inocencia del fútbol para usarlo en beneficio
propio, en sus más variadas formas y motivos.
El gran problema de Francis Fukuyama fue el título de su
obra. Está de más decir que la historia es cíclica. Seguramente,
el propio Fukuyama lo sabía. Pero la malinterpretación de su
tesis, la llamada «Fin de la historia» tras el colapso del mundo
socialista en 1989, fue el concepto que intentó denominar, en un
lugar y en un momento determinado, una historia en particular: el
conflicto liberalismo-marxismo. Muerto y enterrado, por lo me-

225
Maximiliano Jara Pozo

nos en Europa, el socialismo soviético, aborrecedor de cualquier


cosa que oliera a burgués, entre ellos la práctica remunerada del
deporte, de la noche a la mañana se convirtió en un consumidor
más de la industria del fútbol impulsada desde el lado poniente
de la Cortina de Hierro. Como vimos en el capítulo dedicado a
James Riordan, Rusia se insertó en el mercado futbolístico del
Viejo Mundo, y no tardó mucho en asimilarlo. Hoy el fútbol ruso
es uno de los más «liberales» del mundo, y sus grandes equipos,
otrora instituciones fiscales, hoy son representantes de grandes
consorcios y magnates.
Ahora, el problema de Fukuyama es que siempre existen
otros conflictos que mueven la historia, sean de corte ideológi-
co, religioso, medioambiental, etc. Primero: el socialismo duro
volvió a aparecer en distintas partes del mundo, por ejemplo,
en Latinoamérica, algo así como un desentierro del populismo
de mitad de siglo. Segundo, y lo que concierne a nuestro tema:
el fútbol volvió a ser considerado como un problema político,
justamente por gobiernos a los que les interesó volver al viejo
debate entre la demonización del fútbol como mercado y el se-
cuestro del juego por la política.
El neopopulismo sudamericano que ha surgido en los últimos
años en países como Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, ha
impulsado la tendencia de estatizar todo lo que esté al alcance.
El fútbol no ha estado ausente de esa práctica. Los gobiernos de
Bolivia y Argentina han acercado de forma peligrosa la industria
del fútbol al Estado. Ambos casos han sido justificados, por sus
respectivos Ejecutivos, por una malversación del fútbol. En el caso
boliviano, el Presidente Evo Morales amenazó recientemente con
intervenir el balompié local, en una medida desesperada ante los
paupérrimos resultados de su seleccionado nacional. Según Mora-
les, la culpa del fracaso crónico del balompié altiplánico responde
a la «administración fraudulenta de la oligarquía».

226
Historia del secuestro de una pasión

Argentina, que posee uno de los historiales más brillantes en


la historia del fútbol y que ostenta una de las ligas más competi-
tivas del mundo, no ha estado excenta de problemas. La fuga de
cientos de millones de dólares, en su mayoría, por los innumera-
bles traspasos de futbolistas argentinos a Europa, ha motivado la
intervención del Estado, como un llamado de atención a los clubes
profesionales que, curiosamente, a pesar de los magnos dividendos
continúan bajo una paupérrima situación financiera.
Sin embargo, la culpa no es ni del mercado ni de la industria
del fútbol. Cuando hay mal manejo, cuando existe corrupción y
cuando no existe administración que pueda sacar réditos, la solu-
ción pasa por seguir modelos empresariales modernos. Para bien
o para mal, el fútbol hace rato que es negocio y, si es así, hay que
llevarlo de la forma correcta. Los clubes ya no son clubes (mucho
menos deben comportarse como tal), son empresas que deben tener
un manejo tan serio como cualquier compañía.
La estatización de las transmisiones de los partidos del fútbol
argentino por parte del gobierno de Cristina Fernández no es más que
una medida populista frente a un conflicto de intereses al interior de
la política argentina. Sin duda, llevar el fútbol en vivo a los hogares
más modestos del país es sinónimo de respaldo popular.
Es cosa de volver unos cuantos capítulos atrás y ver que esa
misma idea fue utilizada por el gobierno franquista. Cuando la
cosa se ponía caliente, por obra de magia aparecía en la televisión
el mejor partido de la temporada del Real Madrid.
Algo diametralmente opuesto, pero bajo la misma lógica
intervencionista, ocurrirá en Corea del Norte.
A pesar que su Selección Nacional realizó la campaña elimi-
natoria más brillante de su historia, clasificándose al Mundial de
Sudáfrica 2010, la dictadura de Pyongyan ya anunció que este no
se transmitirá en el país, ni siquiera los partidos de Corea. Esta
draconiana medida busca evitar cualquier contacto con actitudes

227
Maximiliano Jara Pozo

poco afines al régimen, que le puedan traer mala publicidad frente


a la población norcoreana. Es un hecho sumamente triste, tomando
en cuenta que 24 millones de coreanos se perderán un evento que
con suerte sus padres y abuelos alcanzaron a conocer.
Sin embargo, el Estado no tiene las puertas cerradas en el
fútbol pues, cuando se trata de contribuir en la actividad, este
puede y debe ser un protagonista. El ejemplo más importante de
ello es la postulación y organización de algún evento internacional.
Para la Copa del Mundo 2014, que tendrá lugar en Brasil,
se estima que se realizará una inversión de 17.000 millones de
dólares, de los cuales, un porcentaje considerable saldrá de las
arcas fiscales. Sin el respaldo, convencimiento y compromiso del
gobierno de Brasilia, el país no hubiera tenido posibilidad alguna
de postular al Mundial, pues en esto las estrellas no valen.
A pesar que la cifra parece estratosférica, las ganancias serán
mejores. Y es que la inversión en construcción y remodelación de
los estadios es nada comparada con los avances que habrá que
realizar en infraestructura vial, hotelera, aeropuertos, seguridad,
etc. Para el fútbol por sí solo sería imposible costear tales gastos. Es
por estos motivos que, sin la participación estatal, sería imposible
organizar cualquier competición de envergadura. Lo importante
es, junto a todas las ganancias financieras que puede acarrear
la organización de un campeonato mundial, el posicionamiento
internacional que este conlleva. De seguro que naciones como
Sudáfrica, y el propio Brasil, tendrán una gravitación internacional
mucho mayor a la que tenían antes de su campeonato.
El camino es claro para los gobiernos; apoyar al fútbol es conve-
niente, pero otra cosa es manipularlo. El peligro está en que la línea
entre ambas acciones es muy delgada como estatizar una transmisión
legítimamente privada u organizar una Copa del Mundo.
Parafraseando nuevamente a la desacreditada tesis de Fuku-
yama, el fin de la historia, especialmente en el fútbol, está lejos.

228
Historia del secuestro de una pasión

Tal como ocurre con los conflictos ideológicos o religiosos, para


el política siempre el fútbol estará entre sus ambiciones, por el
gigantesco arrastre popular del que alguna vez fue un alegre y
brusco juego victoriano.

Pirque, diciembre de 2009.

229
Notas

1. Goldblatte, D. (2007). The Ball is Round: A Global History of


Football. Boston: Penguin.
2. Goldblatte, D. (2007). The Ball is Round: A Global History of
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6. Butler, B. (1991). The Oficial History of the Football Asociation.
Londres: Queen Anne Press: 37.
7. Heatley, M. (2008). Football Club Origins and Nicknames.
Londres: Ian Allan Ltd.: 38.
8. Sanders, R. (2009). Beastly Fury: The Strange Birth of British
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9. Sanders, R. (2009). Beastly Fury: The Strange Birth of British
Football. Londres: Bantam Press: 68.
10. Hesse-Lichtenberg, U. (2003). Tor!: The Story of the German
Football. Londres: WSC Books Limited: 25.
11. Sony Editors (2003). Serie Documental The Beautiful Game,
vol. 1. Londres: Sony Editors.
12. Glanville, B. (2004). Historia de los mundiales de fútbol. Hechos,
anécdotas y estadísticas de la copa del mundo. Madrid: T&B
Editores: 40.
13. Glanville, B. (2004). Historia de los mundiales de fútbol. Hechos,
anécdotas y estadísticas de la copa del mundo. Madrid: T&B
Editores: 65.

231
Maximiliano Jara Pozo

14. Goldblatt, D. (2007). The Ball is Round: A Global History of


Football. Boston: Penguin: 41.
15. Glanville, B. (2004). Historia de los mundiales de fútbol. Hechos,
anécdotas y estadísticas de la copa del mundo. Madrid: T&B
Editores: 72.
16. Glanville, B. (2004). Historia de los mundiales de fútbol. Hechos,
anécdotas y estadísticas de la copa del mundo. Madrid: T&B
Editores: 73.
17. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 25.
18. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 26.
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20. Walvin, J. (2000). The People´s Game: History of Football Re-
visited. Londres: Mainstream Publishing: 43.
21. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 51.
22. Seddon, P. (2003). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 26.
23. Hesse-Lichtenberg, U. (2003). Tor!: The Story of the German
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24. Seddon, P. (2003). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 48.
25. Seddon, P. (2003). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 48.
26. Seddon, P. (2003). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 50.
27. Goldblatt, D. (2007). The Ball is Round: A Global History of
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28. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
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29. Dougan, A. (2004). Dynamo. Londres: Fourth Estate Ltd.: 66
30. Dougan, A. (2004). Dynamo. Londres: Fourth Estate Ltd.: 70.
31. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
Press: 50.

232
Historia del secuestro de una pasión

32. 31- Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford Uni-


versity Press: 56.
33. Goldblatt, D. (2007). The Ball is Round: A Global History of
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34. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
Press: 108.
35. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
Press: 109.
36. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
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37. Dougan, A. (2004). Dynamo. Londres: Fourth Estate Ltd.: 161.
38. Riordan, J. (2003). Match of Death. Londres: Oxford University
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39. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 71.
40. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 72.
41. Butler, B. (1991). The Oficial History of the Football Asociation.
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42. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 85.
43. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 71.
44. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
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45. Hesse-Lichtenberg, U. (2003). Tor!: The Story of the German
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46. Ball, P. (2003). White Storm: The Story of Real Madrid. Edim-
burgo: Mainstream Publishing: 62.
47. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 101.
48. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres:
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49. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 117.

233
Maximiliano Jara Pozo

50. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja


Negra: 118.
51. Méndez, E. (1984). Almirante Lacoste: ¿Quién mató al general
Actis? Buenos Aires: El Cid: 54.
52. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 121.
53. Wilson, M (1998). Don´t Cry for me Argentina. Edimburgo:
Mainstream Publishing: 60.
54. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 124.
55. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 124.
56. Méndez, E. (1984). Almirante Lacoste: ¿Quién mató al general
Actis? Buenos Aires: El Cid: 112.
57. Wilson, M (1998). Don´t Cry for me Argentina. Edimburgo:
Mainstream Publishing: 102.
58. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 125.
59. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 136.
60. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 136.
61. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 138.
62. Glanville, B. (2004). Historia de los mundiales de fútbol. Hechos,
anécdotas y estadísticas de la copa del mundo. Madrid: T&B
Editores: 171.
63. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 181.
64. Seddon, P. (2004). The World Cup’s Strangest Moments: Oddball
Characters and Memorable Matches from Over 75 Years of
Football’s Greatest Tournament. Londres: Robson Books Ltd.: 182.
65. Guarello, J. y Urrutia, L. (2006). Historias secretas del fútbol
chileno. Santiago de Chile: Ediciones B: 13.
66. Guarello, J. y Urrutia, L. (2006). Historias secretas del fútbol
chileno. Santiago de Chile: Ediciones B: 39.
67. Galeano, E. (1999). El fútbol a sol y sombra. Santiago de Chile:
Pehuén: 162.

234
Historia del secuestro de una pasión

68. Galeano, E. (1999). El fútbol a sol y sombra. Santiago de Chile:


Pehuén: 162.
69. Matamala, D. (2001). Goles y autogoles: La impropia relación
entre el fútbol y el poder político. Santiago de Chile: Planeta: 193.
70. Guarello, J. y Urrutia, L. (2006). Historias secretas del fútbol
chileno. Santiago de Chile: Ediciones B: 41.
71. Kapuscinski, R. (2008). La guerra del fútbol y otros reportajes.
Barcelona: Anagrama: 34.
72. Riordan, J. (2009). Conrade Jim: The Spy Who Played for Spar-
tak. Nueva York: Harper Perennial: 60.
73. Riordan, J. (2009). Conrade Jim: The Spy Who Played for Spar-
tak. Nueva York: Harper Perennial: 60.
74. Riordan, J. (2009). Conrade Jim: The Spy Who Played for Spar-
tak. Nueva York: Harper Perennial: 61.
75. Kuper, S. (2003). Football Against the Enemy. Londres: Orion: 175.
76. Riordan, J. (2009). Conrade Jim: The Spy Who Played for Spar-
tak. Nueva York: Harper Perennial: 151.
77. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 62.
78. Hunt, C. (2006). World Cup Stories: A BBC History of the FIFA
World Cup. Londres: Interact Publishing Limited: 101.
79. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 66.
80. Jenkins, G. (1999). The Beautiful Team. Nueva York: Pocket
Books Publishing: 24.
81. Jenkins, G. (1999). The Beautiful Team. Nueva York: Pocket
Books Publishing: 24.
82. Yallop, D. (1999). ¿Cómo se robaron la Copa? Bogotá: Oveja
Negra: 84.
83. Bellos, A. (2006). Futebol: The Brazilian Way of Life. Londres:
Bloomsbury Publishing: 244.
84. Bellos, A. (2006). Futebol: The Brazilian Way of Life. Londres:
Bloomsbury Publishing: 244.

235
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en los talleres digitales de

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el impacto medioambiental, pues ocupa estrictamente el
papel necesario para su producción, y se aplicaron altos
estándares para la gestión y reciclaje de desechos en
toda la cadena de producción.
Maximiliano Jara Pozo

HISTORIA DEL SECUESTRO


DE UNA PASIÓN

Este libro está dedicado a quienes piensan que el fútbol es más que
un juego de veintidós animales detrás de una pelota. De partida, hace
mucho rato que el fútbol dejó de ser un juego e, incluso, un deporte.
Como se verá a lo largo de estas páginas, el fútbol se transformó en
un protagonista de la historia del siglo XX, influyendo en los procesos
económicos, sociales, culturales y, por supuesto, en los convulsiona-
dos episodios políticos de la última centuria.
La guerra y el fútbol tienen el mismo objetivo: ganar. Cuando un
equipo nacional vence a otro, no son solo los jugadores los dueños de
la victoria. Hay un pueblo detrás que celebra, seguramente más que
ellos, el haber demostrado su superioridad, y el futbolista, el técnico,
incluso hasta los dirigentes, son los héroes y generales de un ejército
vencedor que batió en el campo de batalla a los enemigos de la patria.