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LIBRO XXXIX

el popular. Pero los amigos de Manlio se las arreglaron 4


para conseguir también la popularidad; debido a sus pre 5
siones se promulgó un senadoconsulto por el cual se dis­
pondría del dinero llevado en el triunfo para abonar la
parte del préstamo hecho por el pueblo al Estado que no
hubiese sido reembolsada con anterioridad. Los cuestores
urbanos pagaron puntual y escrupulosamente el veinticin­
co y medio por mil.
Por la misma época llegaron de las dos Hispanias dos 6
tribunos militares con cartas de Gayo Atinio y Lucio M an­
lio, que gobernaban dichas provincias. Por aquellas cartas i
se supo que los celtíberos y los lusitanos estaban en armas
y devastaban el territorio de los aliados. El senado remitió
a los nuevos magistrados la discusión de esta cuestión en
su totalidad.
Durante los Juegos Rom anos celebrados aquel año por 8
Publio Cornelio Cetego y A ulo Postum io A lbino, un más­
til del circo, que estaba mal asegurado, cayó sobre la esta­
tua de Polencia 284 y la derribó. El consiguiente temor reli- 9
gioso hizo que los senadores decidieran añadir un día más
de juegos y reponer dos estatuas en lugar de una, y que
la nueva que se hiciera fuese dorada. También los Juegos 10
Plebeyos fueron prolongados un día más por los ediles Ga­
yo Sempronio Bleso y Marco Furio Lusco.
El año siguiente la atención de los cón- 8
Las Bacanales sules EsPurio Postum io Albino y Quinto
Primeras M arcio Fiiipo se desvió del ejército y la
informaciones preocupación por las guerras y las pro­
vincias hacia la represión de una conjura
intestina. Los pretores hicieron el sorteo de competencias, 2
correspondiendo la pretura urbana a Tito M enio, la juris­

284 Divinidad itálica que se contaba entre los dei indigetes.


272 HISTORIA DE ROMA

dicción sobre casos entre ciudadanos y extranjeros a Mar­


co Licinio Luculo, Cerdeña a Gayo Aurelio Escauro, Sici­
lia a Publio Cornelio Sula, la Hispania citerior a Lucio
Quincio Crispino y la Hispania ulterior a Gayo Calpurnio
3 Pisón. La investigación acerca de las conspiraciones secre­
tas fue asignada por decreto a los dos cónsules. La cosa
comenzó con la llegada a Etruria de un griego desconocido
que no poseía ninguna de las muchas artes que difundió
entre nosotros el más culto de los pueblos para el cultivo
de la mente y del cuerpo: una mezcla de practicante de
4 ritos y adivino; y no era de los que imbuyen el error en
las mentes con unas prácticas religiosas declaradas predi­
cando abiertamente la doctrina de la que viven, sino un
5 maestro de ritos ocultos y nocturnos. Se trataba de un cul­
to en el que en un principio fueron iniciados unos pocos
y después comenzó a difundirse entre hombres y mujeres.
Al rito religioso se añadieron los placeres dei vino y los
6 banquetes para atraer a mayor número de adeptos. Cuan­
do el vino 285 y la nocturnidad y la promiscuidad de sexos
y edades tierna y adulta eliminaron todo límite del pudor,
comenzaron a cometerse toda clase de depravaciones, pues
cada uno tenía a su alcance la satisfacción del deseo al
7 que era más proclive por naturaleza. Y no se trataba de
un solo tipo de maldad, como la violación indiscriminada
de hombres libres y de mujeres, sino que de la misma fra­
gua salían falsos testigos, falsos sellos de testamentos y
8 delaciones, así como filtros mágicos y muertes tan ocultas
que a veces ni siquiera se encontraban los cadáveres para
darles sepultura. A mucho se atrevían por la insidia, y a
mucho más por la violencia. Esta violencia quedaba tapa­
da por el hecho de que, debido a los chillidos y el estrépito

285 Suprimiendo [animos], no es preciso suponer incendisset.


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de los tímpanos y cím balos, no se podía oír ni una sola


voz de los que pedían auxilio en m edio de las violaciones
y las muertes.
El carácter corrosivo de este mal se propagó de Etruria 9
a Roma com o una enfermedad contagiosa, Al principio,
la magnitud de la urbe, más capaz de dar cabida y sopor­
tar males com o éste, lo mantuvo oculto, pero acabó por
llegarle inform ación al cónsul Postum io más o menos de
la manera siguiente: Publio Ebucio, cuyo padre había he- 2
cho el servicio militar en caballería con montura a cargo
del Estado, había quedado huérfano a temprana edad, y,
muertos después sus tutores, se había criado bajo la tutela
de su madre Duronia y su padrastro Tito Sempronio Rútilo.
Por una parte, su madre estaba sometida al marido, y por 3

otra, el padrastro, que había administrado la tutela de tal


forma que no estaba en condiciones de rendir cuentas, que­
ría deshacerse del pupilo o bien tenerlo a su merced por
algo que lo comprometiera. El único medio para corrom­
perlo eran las Bacanales. La madre se dirigió al joven y 4
le dijo que, estando él enferm o, había prometido con voto
que en cuanto se pusiese bien io iniciaría en los misterios
de Baco, y ahora, com prom etida con el voto por la bon­
dad de los dioses, quería cumplir con su obligación. Se
requerían diez días de castidad; el décimo día, después de
que hubiese cenado y tom ado el baño en agua pura, lo
llevaría al santuario. U na meretriz fam osa, la liberta His- 5
pala Fenecía, no hecha para aquel menester al que se había
habituado siendo una simple esclava, incluso después de
haber sido manumitida se sustentaba con el mismo género
de vida. Entre ésta y Ebucio, a la par que vecindad, hubo 6
una estrecha relación que en nada perjudicaba ni a la eco­
nomía ni a la reputación del joven, pues lo buscaba y lo
amaba desinteresadamente, y él se sustentaba gracias a la
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generosidad de la cortesana mientras los suyos se lo escati-


7 maban todo. Es m ás, atrapada por esta estrecha relación
había llegado al extremo de que al morir su patrono y no
estar bajo la tutela de nadie, pidió un tutor a los tribunos
y al pretor e hizo testam ento nombrando a Ebucio único
heredero.
10 Como ya había estos com prom isos de amor y no tenían
secretos el uno con el otro, el joven, en tono de broma,
le dijo que no se sorprendiese si dormía solo durante algu-
2 ñas noches; por m otivos religiosos, para cumplir un voto
hecho por su curación, quería ser iniciado en los ritos de
Baco. Al oír esto, la mujer, consternada, dijo: «¡N o lo
permitan los dioses!», que más les valía morir, tanto a ella
com o a él, antes de que hiciera semejante cosa; y lanzaba
imprecaciones y maldiciones sobre la cabeza de quien le
3 hubiera dado tal consejo. Sorprendido el joven ante sus
palabras y su profunda perturbación, le pide que cese en
sus imprecaciones, que era su madre, con el consentimien-
4 to de su padrastro, quien se lo había m andado. «Pues en-
toces, dijo, tu padrastro — porque tal vez no sea lícito acu­
sar a tu madre— tiene prisa por echar a perder, con esta
acción, tu virtud, tu reputación, tu porvenir y tu vida.»
5 Él, cada vez más sorprendido, preguntó de qué se trataba,
y ella, tras implorar la paz y el perdón de los dioses y
diosas si, impulsada por su amor hacia él, revelaba cosas
sobre las que debía guardar silencio, dijo que cuando era
esclava había entrado en aquel santuario acom pañando a
su señora; que desde que era libre nunca se había acercado
6 allí; sabía que aquél era el taller de toda clase de deprava­
ciones, y le constaba que desde hacía dos años no había
7 sido iniciado nadie que tuviera más de veinte años. En cuan­
to alguien era introducido, era entregado com o una vícti­
ma a los sacerdotes; éstos lo acompañaban a un lugar que
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retumbaba con gritos, cánticos de coros y percusión de cím­


balos y tím panos, para que no se pudiera oír la voz del
que pedía auxilio cuando era som etido a violencias carna­
les. Por eso le pedía y le suplicaba que desechase por todos 8
los medios semejantes propósitos y no se metiese de cabeza
en un sitio donde primero tendría que soportar y después
cometer toda clase de infam ias. Y no le dejó marchar 9
hasta que el joven le dio su palabra de que no tomaría
parte en aquellos ritos.
Cuando llegó a casa y su madre hizo 11
El cónsul referencia a lo que había que hacer aqüel
Postum io día y luego los días sucesivos en relación
una investigación con los ritos> aseguró que no pensaba ha­
cer nada de esto y que no tenía intención
de ser iniciado. Estaba presente el padrastro en la cbnver- 2
sación. Al instante la mujer se pone a gritar que él no
es capaz de estar diez noches sin acostarse con Híspala
y que, hechizado por los encantos venenosos de aquella
víbora, no tiene respeto ni a su madre ni a su padrastro
ni a los dioses. Y recriminándolo por un lado la madre
y por otro el padrastro lo echaron de casa con cuatro es­
clavos. El joven entonces se fue a casa de una tía paterna, 3
Ebucia, y le contó cuál era el m otivo de que su madre
lo hubiera echado; después, siguiendo su consejo, al día
siguiente inform ó de ios hechos al cónsul Postum io sin tes­
tigos. El cónsul lo despidió indicándole que volviera dos 4
días más tarde y él preguntó a su suegra Sulpicia, una m u­
jer respetable, si conocía a una anciana dei Aventino lla­
mada Ebucia. Ella respondió que la conocía com o una mu- 5
jer íntegra a la antigua usanza, y ei cónsul dijo que necesi­
taba verse con ella, que le enviase recado para que viniera.
Recibido el aviso, Ebucia se presentó ante Sulpicia y poco 6
después llegó el cónsul com o por casualidad y llevó la con-
276 HISTORIA DE ROMA

7 versación hacia Ebucio, el hijo de su hermano. La mujer


rompió a llorar y com enzó a lamentarse por la suerte del
joven que, después de haber sido despojado de sus bienes
por quienes menos debían hacerlo, estaba entonces con ella,
al haberlo echado su madre porque, siendo un joven hon­
rado, se negaba — ¡que los dioses le valieran!— a ser ini­
ciado en unos misterios obscenos según se decía.
12 Convencido el cónsul de que había indicios suficientes
acerca de la fiabilidad del testim onio de Ebucio, despidió
a Ebucia y pidió a su suegra que hiciera venir a la liberta
Híspala, también del A ventino, conocida por el vecinda­
rio, pues había cosas que quería preguntarle también a ella.
2 Híspala quedó desconcertada al recibir este mensaje por­
que no sabía por qué se la inVitaba a presentarse ante una
dama tan ilustre y respetable, y cuando vio en el vestíbulo
a los lictores y e! séquito del cónsul y al cónsul en persona
3 estuvo a punto de desmayarse. El cónsul la hizo pasar a
una parte más interior de la casa y en presencia de su sue­
gra, por si podía decidirla a decir la verdad, le aseguró
4 que no debía preocuparse, que se fiara de la palabra de
una mujer com o Sulpicia o de su propia palabra; que le
explicara lo que solía ocurrir en los ritos nocturnos de las
5 Bacanales en el bosque sagrado de Estimula 286. A l oír es­
to le entró tal pánico y tales temblores en todos sus miem­
bros que durante largo rato no fue capaz de abrir la boca.
6 Cuando al fin se recuperó dijo que siendo esclava, muy
niña aún, había sido iniciada junto con su ama; desde que
había sido manumitida, hacía varios años, no sabía nada
7 de lo que allí ocurría. El cónsul dijo que ya el hecho en
sí de no negar que había sido iniciada era encomiable, pe-

286 Divinidad itálica identificada con Sémele. El bosque estaba entre


el Aventino y la puerta Trigémina, cerca del Tiber.
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ro que le contase también lo demás con la misma sinceri­


dad. Como ella aseguraba que no sabía nada más, le dijo 8
que si era desmentida por otro no tendría el mismo perdón
y el mismo reconocimiento que si confesaba espontánea­
mente, que a él se le había contado todo quien se lo había
oído a eila.
La mujer, convencida plenamente de que, com o era el 13
caso, Ebucio había revelado el secreto, se echó a ios pies
de Sulpicia y primeramente com enzó a rogarle que no per- 2
mitiese que la conversación de una liberta con su enamora­
do se convirtiese en algo no sólo serio sino incluso fatal;
ella había hecho aquellos comentarios para asustarlo, no
porque estuviera al tanto de cosa alguna. En ese m om ento 3
Postum io, m ontando en cólera, le dijo que también ahora
creía el!a estar charlando con su amante y no en casa de
una dama respetabilísima y hablando con un cónsul; Sul­
picia, por su parte, alzó a la aterrada mujer y trataba a
un tiempo de animaría y de aplacar las iras de su yerno.
Por fin se recuperó y después de quejarse repetidas veces 4
de la perfidia de Ebucio que así le agradecía lo bien que
se había portado con él dijo que tenía un gran temor a 5
los dioses, cuyos misterios desvelaba, pero mucho mayor
a los hombres, que la harían pedazos con sus propias ma­
nos por delatora. Por eso pedía a Sulpicia y pedía al cón- 6
sul que la confinasen en algún lugar fuera de Italia donde
pudiese pasar el resto de su vida sin peligro. El cónsul la 7
animó a que estuviese tranquila y le dijo que él se ocuparía
de que viviese segura en Rom a. Entonces Hispala reveló 8
los orígenes de los misterios. En un principio había sido
un santuario reservado a las mujeres donde se tenía por
costumbre no admitir a ningún hombre; había tres días
estabiecidos en el año en los que se iniciaba, durante el
día, en los misterios de Baco; se tenía por costumbre elegir
278 HISTORIA DE ROMA

9 matronas por turno com o sacerdotisas. Pacula Annia, una


sacerdotisa de Campania 287, había introducido cambios ra­
dicales aparentemente por inspiración de los dioses; en efec­
to, ella había sido la primera en iniciar hombres, sus hijos
Minio y Herennio Cerrinio, y además había cam biado el
rito de diurno a nocturno y celebrado las iniciaciones cinco
ío días al mes en lugar de tres al año. Desde que los ritos
eran promiscuos y se mezclaban hombres y mujeres y se
había añadido la permisividad de la noche, no había delito
ni inmoralidad que no se hubiera perpetrado allí; eran más
numerosas las prácticas vergonzosas entre hombres que
π entre hombres y mujeres. Los que se mostraban más rea­
cios a someterse al ultraje o más remisos para las malas
acciones, eran inmolados com o víctimas. N o considerar na­
da ilícito, éste era entre ellos el más alto principio religio-
12 so. Los hombres, com o posesos, hacían vaticinios entre fre­
néticas contorsiones corporales; las matronas, ataviadas co­
m o bacantes, con el cabello suelto, corrían hasta el Tiber
con antorchas encendidas y después de sumergirlas en ei
agua las sacaban con las llamas intactas porque contenían
η azufre vivo y cal. Se decía que habían sido arrebatadas
por los dioses personas que eran sustraídas a la vista ata­
das a máquinas y precipitadas en cavernas ocultas; eran
los que se habían negado a conspirar o a asociarse a críme-
14 nes o a someterse a ultrajes sexuales. Eran una multitud
muy numerosa, casi una segunda población, y entre ellos
algunos hombres y mujeres de la nobleza. H acía dos años
que se había decidido no iniciar a nadie mayor de veinte
años; se hacía la captación en edades más permeables al
engaño y la corrupción.

287 Sobre la penetración originaria del culto había, entre otras, una
versión campana y otra etrusca.
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Finalizada la declaración se hincó de


Informe nuevo de rodillas y repitió los mismos rue­
del cónsul gos de que la enviara lejos. El cónsul pi­
al senado y al
pueblo dió a su suegra que desocupara una parte
de la casa adonde pudiera trasladarse Hís­
pala. Se le asignó una estancia en la parte alta de la casa
cerrando el acceso por la escalera que conducía a la calle
y abriendo una entrada hacia el interior de la mansión.
Inmediatamente se trasladaron todos los enseres de Fece­
nia y se hizo venir sus esclavos, y Ebucio recibió instruc­
ciones de mudarse a casa de un cliente del cónsul.
Teniendo así a los dos denunciantes bajo su control,
Postumio dio cuenta del asunto al senado haciendo una
exposición ordenada y completa de lo que le había sido
denunciado en un principio y de lo que él había indagado
a continuación. Los senadores fueron presa de intenso pá­
nico, tanto por el interés público, no fueran a acarrear
algún perjuicio oculto o algún peligro aquellas conspira­
ciones y reuniones nocturnas, como por el interés particu­
lar por la suerte de los suyos, no fueran a estar implicados
en aquel delito. No obstante, el senado decidió que se die­
ran las gracias al cónsul por haber llevado aquella investi­
gación con particular cuidado y sin el menor desorden.
A continuación encarga a los cónsules que procedan por
vía extraordinaria contra las Bacantes y los ritos noctur­
nos, con instrucciones de asegurarse de que este asunto
no suponga ningún perjuicio para ios informantes Ebucio
y Fecenia y de atraer con recompensas a otros denuncian­
tes; que se busque no sólo en Roma sino en todos ios mer­
cados y centros de población, a los sacerdotes de esos ri­
tos, sean hombres o mujeres, para ponerlos a disposición
de los cónsules; además, que se publiquen en Roma y se
envíen por toda Italia edictos para que quien haya sido
280 HISTORIA DE ROMA

iniciado en el culto a Baco se abstenga de participar en


reuniones y encuentros de carácter cultual y de realizar ac­
to alguno de semejantes ritos; que se proceda sobre todo
contra aquellos que se hayan reunido o juramentado para
9 cometer alguna inmoralidad o infamia. Esto fue lo que
decretó el senado. Los cónsules ordenaron a los ediles cu-
rules que buscasen a todos los sacerdotes de aquel culto
y los mantuviesen bajo arresto domiciliario para la investi­
gación; los ediles de la plebe vigilarían para que no se cele-
10 brase rito alguno en lugar cerrado. Los triúnviros capitales
quedaron encargados de colocar guardias por la ciudad y
tomar medidas para que no se celebrasen reuniones noc­
turnas de ninguna clase, así com o de prevenir los incen­
dios; quinqueviros auxiliares de los triúnviros se responsa­
bilizarían cada uno de los edificios de su sector a uno y
otro lado del Tiber.
is Una vez enviados los magistrados a estas m isiones, los
cónsules subieron a los Rostros y, ante el pueblo reunido,
después de recitar la fórmula solemne de la plegaria que
suelen pronunciar los magistrados antes de hablar al pue-
2 blo, Postum io com enzó así: «N o hubo nunca una asam­
blea, Quirites, en la que esta solemne invocación de los
dioses fuese tan oportuna, incluso tan necesaria, para re­
cordaros que son éstos los dioses a los que vuestros m ayo­
res determinaron que se diese culto, venerase y suplicase,
3 y no aquellos que llevan a las conciencias, cautivas de ritos
extranjeros degradantes com o acicateadas por las Furias,
4 a toda clase de delitos, a toda clase de desenfreno. Yo la
verdad, no sé qué callar ni hasta qué punto hablar. Si que­
dáis en la ignorancia de algunas cosas, temo incurrir en
negligencia; si lo revelo todo, temo asustaros en demasía.
5 Por mucho que diga, habéis de saber que siempre será po­
co en comparación con la atrocidad y la gravedad de los
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hechos; pondré cuidado en que sea lo suficiente para que


estéis en guardia. Tengo la certeza de que os habéis entera- 6
do, no sólo por com entarios sino además por los ruidos
y gritos nocturnos que resuenan por toda la ciudad, de
que las Bacanales están extendidas desde hace tiempo por
toda Italia y ahora también por muchos puntos de Roma;
pero estoy seguro de que no sabéis en qué consisten real­
mente. U nos creen que se trata de alguna forma de culto 7
a los dioses, otros piensan que son fiestas y diversiones
permitidas y que, sea lo que sea, afecta a unas pocas per­
sonas. Por lo que se refiere al número, si os digo que se 8
trata de muchos miles es natural que os asustéis, aun antes
de que añada quiénes son y de qué calaña. En primer 9
lugar, en efecto, una gran parte de ellos son mujeres, y
ellas fueron el origen de este mal; después, hombres ente­
ramente afeminados, corrompidos y corruptores, exaltados,
embrutecidos por las vigilias, el vino, el ruido y los gritos
nocturnos. La conjura no tiene fuerza alguna todavía pero 10
está cobrando enorme incremento porque su número va
en aumento de día en día. Fue voluntad de vuestros ante- π
pasados que ni siquiera vosotros os reunierais de forma
casual y sin un m otivo, sino sólo cuando, tras izar el es­
tandarte en la ciudadela 288, se hacía salir al ejército para
los com icios, o convocaban los tribunos la asamblea de
la plebe o alguno de los magistrados una reunión, y consi­
deraban que debía haber también un presidente legalmente
establecido dondequiera que hubiese un número grande de
gente. ¿Cóm o creéis que serán unas reuniones en las que 12
en primer lugar hay nocturnidad y en segundo promiscui­
dad de hombres y mujeres? Si supierais a qué edad se ini- 13

288 Era izado en el Janiculo mientras se celebraban los comicios cen-


turiados en el Campo de Marte.
282 HISTORIA DE ROMA

cian los varones, sentiríais no sólo lástima sino vergüenza.


¿Creéis, Quirites, que se debe convertir en soldados a unos
jóvenes iniciados con un juramento com o éste?, ¿confiar
las armas a estos que salen de un santuario de obscenidad?
14Estos que están enfangados en las perversiones propias y
ajenas, ¿combatirán con las armas en defensa del honor
de vuestras mujeres y vuestros hijos?
16 Con todo, sería m enos preocupante si simplemente se
hubieran reblandecido con sus infam ias —la deshonra, en
gran medida, sería suya en ese caso— pero hubieran con­
servado limpias las m anos de delitos y la conciencia de
2 malicia. Nunca se dio en la República un mal tan grave
ni que afectara a tantas personas y a tantas y a tantas
cosas. Sabréis que todos los actos de maldad que se han
cometido durante estos años en form a de libertinaje, enga­
ño y crimen han tenido su origen exclusivamente en ese
3 culto. Y todavía no han puesto en práctica todas las mal­
dades para las que se han juramentado. La impía conjura
se circunscribe de m om ento a delitos contra particulares
porque no tiene aún fuerza suficiente para aplastar al Es­
tado. El mal va creciendo y se va infiltrando día a día.
Está ya demasiado extendido com o para mantenerse en el
ámbito de los intereses privados, apunta al conjunto del
4 Estado. Si no tom áis m edidas, Quirites, en este m om en­
to, paralelamente a esta reunión diurna legalmente convo­
cada por el cónsul podrá celebrarse otra durante la noche.
Ahora ellos, aislados, os temen a vosotros, unidos en asam­
blea; en breve, en cuanto os hayáis dispersado por vuestras
casas y vuestros campos y ellos se hayan reunido, estarán
haciendo planes para su propia seguridad al tiem po que
para vuestra perdición; entonces vosotros, aislados, debe-
5 réis temerlos a ellos, unidos. Cada uno de vosotros, por
consiguiente, debe desear que todos los suyos hayan con-
LIBRO XXXIX 283

servado la sensatez, y si alguno se ha visto arrastrado a


ese abismo por las bajas pasiones o la locura, considerarlo
no com o alguien de los vuestros sino de aquellos con los
que se ha juramentado para toda clase de infamias y delitos.
Ni siquiera estoy seguro, Quirites, de que incluso alguno 6
de vosotros vaya por mal cam ino, pues nada presenta una
apariencia tan engañosa com o la falsa religión. Cuando 7
se pone la voluntad de los dioses com o cobertura de los
delitos, embarga el ánim o el temor a que, al castigar la
mala conducta de los hombres, violem os algo afectado por
las leyes divinas. Os liberan de este escrúpulo innumera­
bles decretos de los pontífices, decretos del senado, y,
por últim o, respuestas de ios arúspices. ¿Cuántas veces en 8
tiempos de nuestros padres y de nuestros abuelos no se
encomendó a los magistrados la m isión de prohibir la cele­
bración de cultos extranjeros, mantener alejados del foro,
del Circo, de la ciudad, a los sacrificadores y adivinadores,
requisar y quemar los libros de profecías, y abolir todo
rito sacrifical que no fuese conform e al uso romano?
Y es que aquellos hombres tan entendidos en todo lo con- 9
cerniente al derecho divino y humano estimaban que nada
contribuye tanto a destruir la religión com o una situación
en la que se celebran ios sacrificios según un ritual no ro­
mano sino extranjero. H e creído que debía haceros estas 10
consideraciones previas para que no turbara vuestro ánimo
ningún temor religioso cuando nos vierais suprimir las Ba­
canales y disolver sus infam es reuniones. Lo haremos todo 11
contando con la voluntad propicia de los dioses, los cua­
les, com o estaban indignados de que se profánese su m a­
jestad con delitos y deshonestidades, sacaron esa maldad
de las sombras que la ocultaban a la luz, y si quisieron
que saliese a la luz no fue para que quedase impune sino
para que fuese perseguida y aplastada. El senado nos ha 12
284 HISTORIA DE ROMA

encomendado a mi colega y a mí una investigación extraor­


dinaria sobre este asunto. N osotros cumpliremos con pron­
titud lo que tenem os que hacer personalmente; la respon­
sabilidad de las guardias nocturnas por la ciudad se
la hemos confiado a los magistrados menores. Es justo que
también vosotros, a tenor de los deberes que conciernen
a cada uno según la posición que ocupa, cumpláis con pron­
titud lo que se os ordene y colaboréis para evitar que por
culpa de unos delincuentes se origine algún peligro o algún
disturbio».
A continuación mandaron dar lectura
A dopción a l ° s senadoconsultos y anunciaron que
de medidas. se ofrecía una recompensa a quien traje-
Recompensas se a su presencia a algún inculpado o die­
se su nombre si estaba ausente. Si alguien
huía después de haber sido denunciado, señalarían una fe­
cha determinada, y si en ella no respondía a la citación
sería condenado en rebeldía. Si era denunciada una perso­
na de las que entonces se encontraba fuera del suelo itáli­
co, le concederían un plazo más amplio por si quería acu­
dir a defenderse. Publicaron luego un edicto prohibiendo
cualquier intento de vender o comprar cosa alguna con el
propósito de huir, y prohibiendo que nadie acogiese, es­
condiese o ayudase por ningún m edio a los que huían.
Una vez disuelta la asamblea cundió por toda la ciudad
un intenso pánico; y no se m antuvo sólo dentro de las m u­
rallas de la ciudad o las fronteras de R om a sino que co­
menzó a extenderse en todas direcciones por Italia entera
a medida que llegaban cartas de inmigrados hablando del
senadoconsulto, de la asamblea y del edicto de los cónsules.
En el curso de la noche que siguió al día en que se hizo
público el asunto en la asamblea popular, muchos que in­
tentaban huir fueron detenidos y obligados a volver por
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los triúnviros, pues se habían apostado guardias en las puer­


tas; muchos fueron denunciados. Algunos de ellos, hom ­
bres y mujeres, se suicidaron. Se decía que estaban im pli­
cados en la conspiración más de siete mil entre hombres
y mujeres. Había constancia de que los cabecillas de la
conjura eran Marco y Gayo A tinio, de la plebe romana,
el falisco Lucio Opicerno y el cam pano Minio Cerrinio;
de ellos habían partido todas las fechorías e inmoralida­
des, ellos concretamente eran los sacerdotes y los organiza­
dores de aquel cuito. Se tom aron medidas para arrestarlos
cuanto antes. Conducidos a presencia de los cónsules con­
fesaron lo que a ellos se refería y pasaron a las delaciones
sin la menor demora.
Pero eran tantos los que habían huido de la ciudad que,
com o en muchos casos las acusaciones y cauciones queda­
ban sin efecto, los pretores Tito M enio y Marco Licinio
se vieron obligados, por intervención del senado, a retra­
sar treinta días las audiencias mientras los cónsules daban
por concluidas las investigaciones. Las mismas ausencias,
pues en Roma no se presentaban ni aparecían los que ha­
bían sido denunciados, obligaron a los cónsules a despla­
zarse por los núcleos de población e investigar e instruir
allí los procesos. A los.que simplemente habían sido inicia­
dos, limitándose a repetir las palabras del sacerdote según
la fórmula sacramental al pronunciar las plegarias que con­
tenían la abominable conspiración para toda clase de deli­
tos e inmoralidades, pero no habían perpetrado en sí mis­
mos ni en otros ninguno de los actos a los que se habían
obligado bajo juram ento, los dejaban en la cárcel; a los
que se habían deshonrado con actos vergonzosos u hom ici­
dios, o se habían m anchado con testimonios falsos, sellos
falsificados, testamentos supuestos u otros fraudes, Ies apli­
caban la pena capital. Fueron más los ajusticiados que los
286 HISTORIA DE ROMA

encarcelados, pero tanto en uno com o en otro caso fue


6 muy elevado el número de hombres y de mujeres. Entrega­
ban las mujeres condenadas a los parientes o a quienes
ejercían la tutela sobre ellas para que ellos mismos proce­
dieran contra ellas en privado; si no había nadie que reu­
niera los requisitos para aplicar el castigo, se hacía en pú-
7 blico. A continuación se encom endó a los cónsules la tarea
de destruir todos los elem entos del culto de Baco primera­
mente en Rom a y después en toda Italia salvo que en al­
gún sitio hubiera algún antiguo altar o estatua consagrada.
8 Luego, mediante un senadoconsulto, se tom aron medidas
para que en adelante no hubiera Bacanales en Roma ni
en Italia. Si alguien consideraba consagrado por la tradi­
ción e irrenunciable dicho culto y que no podía dejar de
practicarlo sin sentirse culpable de impiedad, lo manifes-
9 taría al pretor y el pretor consultaría al senado. Si se le
daba autorización en una sesión del senado a la que asis­
tiesen al menos cien m iem bros, celebraría el rito a condi­
ción de que no asistiesen al sacrificio más de cinco perso­
nas ni tuviesen un fondo com ún ni maestro de ceremonias
ni sacerdote 289.
19 Luego, a propuesta del cónsul Quinto Marcio, se apro­
bó otro decreto relacionado con éste disponiendo que toda
la cuestión referente a los que habían servido de inform a­
dores a ios cónsules fuese som etida a la consideración del
senado cuando Espurio Postum io hubiese ultimado la in-
2 vestigación y estuviese de vuelta en Rom a. Se decidió en­
viar a Árdea al campano M inio Cerrinio para su encarcela­
ción, advirtiendo a los magistrados ardeates que io m antu­
viesen bajo estrecha vigilancia para evitar no sólo que se

289 Se conserva el texto del Senatusconsultum de Bacchanalibus en


una pieza de bronce descubierta en Calabria en el siglo XVII (CIL I 2, 58 í).
LIBRO XXXIX 287

escapase sino que tuviese la posibilidad de quitarse la vida.


Bastante después llegó Espurio Postum io a Roma. Sometí- 3
da por él a debate la cuestión de la recompensa de Publio
Ebucio y de Híspala Fecenia, com o se habían descubierto
las Bacanales gracias a su colaboración, se aprobó un se- 4
nadoconculto a tenor del cual los cuestores urbanos entre­
garían cien mil ases de bronce a cada uno de ellos con
cargo al tesoro público, y el cónsul se pondría de acuerdo
con los tribunos de la plebe para que lo antes posible pro­
pusieran a la plebe dar a Ebucio por cumplido el servicio
militar de forma que no tuviese que servir a las armas si
no quería, ni el censor le asignase caballo público en con­
tra de su voluntad; asim ism o, Híspala Fecenia tendría de- 5
recho a dar y enajenar sus bienes, casarse fuera de su gens,
y también a elegir tutor con la misma validez que si se
lo hubiera asignado un marido por testamento; además le
estaría permitido casarse con un hombre nacido libre sin
que ello significase perjuicio o descrédito alguno para quien
la tomase por esposa; asim ism o, los cónsules y los pretores 6
ejercientes y sus sucesores se ocuparían de que aquella m u­
jer no sufriese daño alguno y estuviese segura. Esto era
lo que el senado quería y consideraba justo que así se hi­
ciese. Todas esas disposiciones fueron presentadas a la pie- 7
be y cumplidas de acuerdo con el senadoconsulto; en cuan­
to a la inmunidad y las recompensas de los demás denun­
ciantes, se dejó la decisión en manos de los cónsules.
Quinto Marcio había dado por concluí- 20
Derrota ¿os los procesos de su demarcación y se
en Liguria, .. . . . .
victorias disponía ya a marchar a su provincia de
en Hispania, Liguria después de hacerse cargo de un
juegos, suplemento de tres mil romanos de a pie y
prodigios , . . ,
ciento cincuenta de a caballo, y cinco mil
latinos de infantería y doscientos de caballería. A su colega 2