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foto poema Walt Whitman. Musgo sobre papel.

El jardín no existe, es una ilusión.

Estudié jardinería en el 2001 en la Escuela Rubió i Tudurí y me he dedicado a ello desde


entonces. Una de las cosas que he aprendido de la jardinería es que no sé nada. Que todo lo
que tengo por cierto es cuestionable.

Admiro a las personas que hablan con pasión, pero me gustan más aquellas personas que
dudan, las que entienden que en las múltiples capas que componen los conocimientos lo
que desconocemos nos hace imposible abarcar el saber cómo es realmente el
funcionamiento de la vida.

El jardín pretende domesticar la naturaleza, y ello no es posible, por tanto el jardín no puede
existir. Es imposible en tanto que destinamos un gran esfuerzo en mantener ordenado un
sistema que desconocemos en su funcionamiento más profundo. Si vemos a las plantas como
seres inanimados nos equivocamos, son seres sintientes, que se comunican y reaccionan en
niveles que hoy en día empezamos a descubrir (vídeo TED Stefano Mancuso)
https://www.ted.com/talks/stefano_mancuso_the_roots_of_plant_intelligence?language=es&ut
m_campaign=tedspread--a&utm_medium=referral&utm_source=tedcomshare) Llevamos años,
siglos, investigando, observando, clasificando, ordenando las plantas y ahora empezamos a
darnos cuenta que nuestro sistema de creencias es erróneo.

En la ciudad escogemos las especies vegetales según su tamaño, color, floración, capacidad
de producir alérgenos que afecten a las personas, y tenemos la falsa impresión de que los
árboles elegidos van a mantenerse conformes a nuestras expectativas, los calzamos en un
agujero de un metro cúbico de tamaño para que crezca (con suerte) rodeado de hormigón, y le
pedimos que no ensucie con sus hojas, frutos o flores. Y como no obedece, lo mutilamos. Y
como enferma debido a las heridas de las mutilaciones que les hemos infligido, los tratamos
con químicos. Y como también nos molestan las hierbas que aparecen en su alcorque,
envenenamos los suelos con glifosato.

Foto dibujo Mala hierba


Hemos hecho desaparecer el otoño, y no me refiero únicamente al cambio climático, sino a la
tozudez humana por querer ordenar y limpiar lo natural. No hace tanto tiempo, cuando
volvíamos del colegio una manta de hojas en el suelo nos anunciaba la llegada del otoño,
saltábamos sobre ellas, las recogíamos para hacer murales en el colegio. Ya no hay mantos de
hojas, alguien decidió que eran suciedad, y el resto lo asumimos así, podamos los árboles para
que no tiren sus sucias hojas en nuestras limpias calles. El otoño desapareció.

Hay jardines que son como cuadros del Ikea, hechos en serie, de diseño sobrio y austero.
Todos iguales. Son así porque se aplica la fórmula, la lista: plantas mediterráneas que son de
aquí y necesitan poca agua; algún árbol, pequeño, que no ensucie; cemento; y elementos de
mobiliario urbano de diseño imposible en sus formas, para que nadie pase demasiado tiempo,
para que no se socialice, para que no vaya a ser que el espacio público sea útil y público.
Jardines que producen el desasosiego del déjà vu. Son un no lugar.

Plaza Selva del Camp.Tarragona

¿En qué momento perdimos la conexión con la naturaleza? ¿En qué momento nos dejamos de
ver como parte de ella? Quizá una vez tuvimos esa comunicación, quizá el camino es
recuperarla, entender cada ser vivo como un individuo con necesidades específicas, no aplicar
formulas aprendidas, no aplicar listas. Hemos tendido a simplificar el conocimiento, a aplicarlo
en listados de elementos que no tienen una mirada global sobre las circunstancias específicas
del entorno. Todo nuestro conocimiento se cimienta en lo que nos han contado, sobre lo que
hemos experimentado, sobre lo que nos han dicho que debe ser. En el fondo todos sabemos
que lo que es podría ser de otra forma, es decir, nuestra percepción, nuestro conocimiento y
nuestra experiencia es el fruto de múltiples circunstancias y solo con cambiar una de las
variables, cambiarían el resultado. Si fuésemos capaces de destruir nuestro sistema de
creencias, atomizarlo hasta que no quedasen ni las partículas más pequeñas. Mirar la vida con
ojos nuevos. Somos irrelevantes en el tiempo, las plantas nos lo demuestran. Cuando hayamos
desaparecido, ellas seguirán existiendo.

Hay jardines, de esos que algunos paisajistas malintencionados calificarían de kitsch,


recargados, que no siguen listas, donde encontramos aquellas plantas malditas, calificadas
como exóticas e invasoras, de las que se expanden, se desbordan. Buscan la utilidad de ser
espacios desordenados, naturales, caóticos. Entienden que el jardín no existe, que es ilusión y
se alimentan de esa ilusión para ser.

Un ejemplo es el jardín de la Bona Estrella de Antonio en Bonastre, un jardín secreto, no


accesible, perdido en la montaña, un jardín para la contemplación, no para el deleite de la
belleza sino del pensamiento. Una suerte de colección de cactáceas, que inició hace quince
años, y al cual le dedica de 11 a 16 horas diarias. Para Antonio la jardinería es una forma de
estar presente, de centrar el pensamiento, de fluir en el tiempo. Es el arquetipo de lo que
consideramos un jardinero desde un punto de vista romántico, hombre sabio (cosas del
heteropatriarcado que siempre se mete en nuestro imaginario) a fuerza de estar solo y meditar.
Antonio lleva a cabo una construcción asombrosa e irreal, extensísima de casi 3 hectáreas,
miles de horas dedicadas a un proyecto descomunal. Antonio es la excepción. La aceleración
del tiempo y el sistema de producción han llegado a la jardinería para fastidiar el mito. Sí, y
también para abolir la idea del genero ligada al trabajo. Este jardín solo es posible porque se
hace fuera de un sistema de trabajo retribuido.

Fotos Jardín Bona Estrella. Bonastre

Hay jardines/huertas urbanas útiles, no tanto para proveer de alimento a sus miembros sino
para ejercer de tejido cohesionador en la ciudad cada vez más anónima e individualista,
espacios para que lo público se entreteja con la naturaleza. Un lugar que lucha contra la
gentrificación, que se construye desde las voluntades de hacer mejor el barrio, espacios de
apertura tanto en el trabajo cooperativo como en el diálogo en la búsqueda del bien común.

Foto Huerta La Vanguardia.Poblenou.

Hay un jardín en construcción, o quizá debiera decir en crecimiento, el de Pep Vidal, un jardín
hecho para las abejas, en el cual ellas decidirán alimentarse del polen de las mil plantas (mil
taxones diferentes) que allí germinarán, donde ellas quieran y cuando ellas quieran. Donde se
pone de manifiesto que el jardinero pone y la naturaleza dispone. Me alegra saber que habrá
hierbas y que nadie pensará de ellas que son malas. ¿Cómo va a tener maldad una hierba?

Es precioso pensar en un jardín hecho para alimentar a las abejas en una ciudad donde su
normativa no permite la apicultura urbana, un jardín hecho de la ilusión del que sabe que la
naturaleza no se deja controlar. Las abejas vivirán en Barcelona o donde ellas quieran. ¡Qué
soberbio pensar lo contrario!