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LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA , LA COLONIALIDAD DE PODER Y LA

EMERGENCIA DE ACTORES SOCIALES DE 1989 AL 2006: EL EZLN, EL


MOVIMIENTO BOLIVARIANO Y EL MAS-IPSP

OSCAR MAURICIO ESPEJO


20031155020

Director de proyecto:
VICTOR MANUEL AVILA PACHECO

UNIVERSIDAD DISTRITAL “FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS”


FACULTAD DE CIENCIAS Y EDUCACIÓN
PROYECTO CURRICULAR DE EDUCACIÓN BÁSICA CON ÉNFASIS EN
CIENCIAS SOCIALES

SEPTIEMBRE 2009

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TABLA DE CONTENIDO

Página
Capitulo 0
1. Introducción 4
2. Problema 9
3. Pregunta Problema 10
4. Objetivos 11
5. Justificación 12
6. Marco de Referencia 14
6.1. La “izquierda” en América Latina: definiciones y presupuestos. 14
6. 2. Ego-política del conocimiento 19
6.3. Dimensionar lo social por sobredeterminaciones: articulaciones, momentos, 21
elementos y antagonismos
6.4. La emergencia de sujetos y colectividades: posible formación de antagonismos 25
6.5. Colonialidad del poder 29
7. Metodología 34
Capitulo I:
1.1. Un camino de exploración 38
1.2. Los albores de un nuevo ciclo histórico en el mundo y en Latinoamérica 43
1.3 Crisis de los noventa. 49
Capitulo II: MAS-IPSP
2.1. Formación de la izquierda en Bolivia 54
2.2. El Nacionalismo Revolucionario y la formación de la identidad obrera 56
2.3. El Katarismo 59
2.4. El nuevo ciclo la “democracia pactada”: el neoliberalismo en Bolivia 62
2.5. El instrumento político 67
2.6 La decisión de los movimientos sociales, el ciclo de luchas para el siglo XXI, la 69
guerra del agua y la guerra del gas.
2.7. La construcción de pueblo y sus demandas 72
2.8. El MAS-IPSP: articulaciones y significantes 73
2.9. Lo abigarrado 75
2.10. El Estado, la intervención hegemónica, programática y la fallida inclusión de todos 79
los sectores

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2.11. Sobre los presuntos horizontes desactivadores de lo político en Bolivia: Estado y 81
multiculturalismo

Capitulo III: Movimiento Bolivariano


3.1. La formación de la izquierda venezolana durante la dictadura gomecista 86
3.2. El puntofijismo, la instauración de la “partidocracia” 88
3.3. La peculiaridad el ejercito venezolano 89
3.4. Fin de la bonanza petrolera, la crisis social y el “caracazo” 91
3.5. El neoliberalismo, los partidos tradicionales: desgaste de la lógica representativa de 92
los partidos
3.6. El personalismo y el desmarque político de la “partidocracia” 94
3.7. Un nuevo rumbo en Venezuela 96
3.8. El proceso constituyente 97
3.9. La participación y la estructuración del Estado en la constitución de 1999 99
3.10. La Ley habilitante y el golpe de Estado de Abril de 2002: la división irreversible 102
del campo social venezolano
3.11. La política social y el corporativismo 104
3.12. La articulación del movimiento 105
3.13. Las raíces del movimiento 107
3.14. El populismo 109
3.15. El personalismo, autoritarismo y posible perdida de los primeros logros 111
Capitulo IV: EZLN
4.1. La revolución de 1910 y las tres macro-regiones mexicanas 114
4.2. La institucionalización de la revolución, la hegemonía priísta y la formación de la 115
izquierda mexicana
4.3. El indigenismo, ideología nacional: la colonialidad del saber 117
4.4. 1968, la masacre de estudiantes en Tlatelolco y la colonización de la selva 118
chiapaneca. Fracturas del sistema político mexicano
4.5. La izquierda partidista: PRD 119
4.6. La “Otra” izquierda: la irrupción del EZLN en 1994 120
4.7. Los orígenes de la lucha zapatista, su conformación y el indianismo 123
4.8. Las relación de EZLN con las otras izquierdas 125
4.9. El quiebre la de la hegemonía del PRI 126
4.10.La organización autonómica zapatista 128
4.11. Los inconvenientes y discusiones alrededor de la autonomía 129
4.12. La ultima etapa, la sexta declaración de la selva Lacandona y la “Otra” campaña 132
4.13. La palabra: la construcción discursiva del zapatismo 134
Conclusiones 137
Bibliografía 146

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1. INTRODUCCIÓN

En los últimos años ha tomado fuerza, tanto mediática como académicamente, una
expresión para identificar una reciente tendencia política que atraviesa algunos países
Latinoamericanos, conocida comúnmente como el “giro a la izquierda”. Las victorias
electorales de diferentes corrientes políticas de “izquierda” de los últimos años en América
Latina han provocado y reanimado toda una serie de reflexiones y debates sobre esta
variedad de “fenómenos” de articulación política que, sin estar reducidos a un
acontecimiento particular de un país latinoamericano, parecen, por el contrario, mostrar
regularidades entre diversos procesos sociales singulares en la región, cuyas expresiones
visibles, de manera parcial, se han visto traducidos a través de dichos éxitos electorales,
todos ellos indistintamente relacionados con la “izquierda” política. La resonancia de este
“giro” tiene como el más evidente antecedente inmediato el colapso de la Unión Soviética y
de las democracias populares del Este de Europa, de lo cual la caída del Muro de Berlín es
el principal referente o mojón histórico.

Los diferentes significados y connotaciones estratégicos-programáticos de la izquierda que


operaron tras el muro de Berlín para la izquierda como categoría política y forma de
identificación política, en marcos proyectivos, pasaron por un profundo periodo de crisis.
Entre algunas de esas expiaciones se contempló (aún se contempla) inclusive la
desaparición misma de dicha categoría política, con ello la posible desaparición de
articulaciones políticas como de idearios que incluyen contenidos propositivos y
programáticos defendidos históricamente por la izquierda de corte radical. En cierta
medida, parte de esta argumentación puede encontrarse en los intelectuales del “fin de la
historia”: con el fracaso de propuestas sociopolíticas de transformación radicales, fueron
ellos quienes pregonaron enfáticamente que el horizonte teleológico social y político estaba
abierto a los pueblos del mundo en la inserción dentro de la libertad del mercado y en la
implantación o reforzamiento, según sea el caso, de sistemas políticos democráticos-
liberales.

Ante el terremoto geopolítico tras la caída de la URSS, parte de las izquierdas


Latinoamericanas fuertemente ligadas y en muchos puntos subsidiarias de los preceptos
ideológicos, metodológicos y tácticos, gracias a la centralidad histórica del referente de
“izquierda” en el sistema mundo moderno del siglo XX, como movimiento o modelo
sociopolítico mundial que significó la Unión Soviética, sintieron como las réplicas de esta
lejana caída producían en las imágenes flotantes de los proyectos de transformación radical,
sucumbiendo con igual intensidad para la izquierda latinoamericana como propio lo que
sucedía a principios de la década del noventa del siglo pasado, aunque el sistema político
cubano, en Latinoamérica, no se hundió con el resto. Para los proyectos radicales de
izquierda, especialmente los partidos comunistas, simpatizantes y divulgadores de la
experiencia del “socialismo real”, la perdida del referente implicó también, en algunos

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casos, la pérdida de horizontes a futuro de las experiencias de proyectos políticos radicales.

Las primeras reflexiones internas de la izquierda latinoamericana a nivel teórico y político


apuntaron hacia una resignación, mas bien pasiva, ante el estado de cosas presente hasta la
fecha. Visibles intelectuales de izquierda como el mexicano Jorge Castañeda en su obra La
Utopía Desarmada (Castañeda, 1994), iniciaron una prolongada discusión sobre el nuevo
papel de las izquierdas al interior del “nuevo orden internacional”, no limitándose a una
aproximación analítica puramente local, intentó por tanto desplazar parte de su
argumentación al plano regional latinoamericano. La ruta de las discusiones se encaminó
hacia una tipificación de las izquierdas, estableciendo a través de especificidades
dicotomizadas el carácter de las izquierdas y su viabilidad en el contexto abierto. Es así
como se distingue dos posiciones de izquierda medidas por el grado de radicalidad política
de su accionar y discurso frente a los modelos político económicos imperantes.

Teodoro Petkofff, reconocido intelectual de izquierda venezolano, realizó precisamente este


ejercicio en el libro Dos Izquierdas (Petkoff, 2005), groso modo, identifica dos tipos de
izquierdas en la región. Una que reconoce las reglas de juego de la política internacional, de
carácter progresista, poseedora de una visión pragmática y flexible frente al papel del
mercado en la regulaciones económicas, y con un discurso muy cercano a la
socialdemocracia europea de la “tercera vía”. Otra, que es su opuesta, representa para él
todos los rezagos de la izquierda de los 60's y 70's del siglo pasado, la cual es más ortodoxa
políticamente hablando, que mira con desconfianza el abrumador poder regulador del
mercado mundial, y que además, intuye como peligrosa dadas sus inclinaciones hacia el
autoritarismo, el populismo y a la estatalización.

Habría que considerar detenidamente los términos de las discusiones que se hacen desde los
contenidos clásicos sobre la izquierda, y no sólo sobre ésta, se sostienen por algunos
sobreentendidos muy comunes en la teoría política latinoamericana. Primero, la
identificación de actores políticos a partir de la diferencia en opuestos que dualiza el campo
de comprensión de las tensiones políticas, reduce los espacios para la comprensión de
articulaciones políticas que dan lugar a manifestaciones y procesos sociopolíticos en la
larga duración: asimismo reduce a un “par” el tejido de identidades políticas de la
izquierda, por tanto de sus actores. Segundo, este tipo de análisis se posiciona a partir de un
supuesto que viene transitando desde la caída del Muro de Berlín, a saber, el consenso
democrático-liberal como el único sistema político válido de mediación política,
desestimando y descartando otras posibles construcciones democráticas que incluye, entre
otros, muchos de los contenidos del liberalismo político. Y tercero, el enfoque de esta
discusión no trasciende los marcos generales interpretativos intelectuales académicos de las
formas epistémicas validadas desde los centros de poder, por ende del conocimiento, lo cual
constituye un elemento más que justifica modos políticos de acción que encierran la
particularidad de los procesos en mención.

Para las ciencias sociales la expresión “giro” es ya conocida, nos remite además a las
discusiones del postestructuralismo con la introducción en los análisis sociales de los
métodos y conceptos provenientes de la lingüística, lo que se denominó el “giro

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lingüístico”. Por su parte, el grupo modernidad/colonialidad constituido por intelectuales
latinoamericanos ha introducido conceptualmente la colonialidad como el proceso
sociopolítico y matriz de poder de larga duración con alcances epistemológicos sobre el
cual han gravitado los procesos de construcción del conocimiento en la región.

El argentino Walter Mignolo, en un pequeño artículo titulado precisamente ¿Giro a la


izquierda o giro decolonial? concentra parte de las ideas iniciales que guían este trabajo de
grado. La particularidad de este periodo político en América latina, para el autor, se
encuentra en el hecho de las características de los sujetos y procesos sociales que impulsan
estos modos de articulación política, los cuales envuelven los momentos de movilización
social en unos procesos como el zapatismo, las movilizaciones políticas de las
organizaciones indígenas en Bolivia, Ecuador e incluso, en la experiencia bolivariana
venezolana tienden a la descolonizacón . La irrupción de los sujetos de enunciación a partir
de la experiencia colonial en su específica diferencia provee especiales matices a la
constitución y ejercicio de/en espacios políticos. La asociación entre los cambios políticos y
los actores sociales hasta ahora se ha focalizado como un cambio de los mecanismos,
estrategias y acciones dentro de la izquierda política. Mignolo por su parte identifica dichos
cambios con una forma muy particular de articulación política que tiene como principal
característica la decolonialidad en su formación.

“El giro descolonial es un desprenderse de las reglas del juego único de la derecha, de la
izquierda y del centro, y es una apertura al diálogo y a la negociación pero desde una
“perspectiva-otra”. Con esto quiero decir que no se trata de otra perspectiva dentro de las
mismas reglas del juego, como está implícito en el artículo de Le Monde Diplomatique
celebrando la integración de la izquierda indígena a la izquierda latina, cuando es exactamente
lo contrario.” (Mignolo, 2006)

Existe en la argumentación de Mignolo dos elementos fundamentales que distinguen este


“giro” sociopolítico en Latinoamérica. Uno, la constitución de los actores históricos de
articulación política: los indígenas; y segundo, la ruptura con la categoría “izquierda” y las
relaciones antitéticas de división del espacio político. Si bien, este tipo de ruptura ya ha
sido planteada, incluso por intelectuales europeos como Giddens en su libro titulado de
manera sugestiva Mas allá de la izquierda y la derecha: el futuro de las políticas radicales
(Gidens, 1996), lo que diferencia a las dos propuestas es la profunda distancia entre los
enfoques teóricos; introduciendo el “giro decolonial”, como la tentativa de ruptura con la
colonialidad del poder que reviste la relación izquierda-derecha, colonialidad también
implícita igualmente en una propuesta como la de Giddens, pues tiene en común unos
mismos esquemas interpretativos de las realidades sociopolíticas que tratan de encubrir y
reforzar los mecanismos de control y dominación revelados por la colonialidad del poder.

Es por esta vía como se trata de realizar asimismo un “giro” de los marcos interpretativos y
analíticos de las relaciones de poder en las articulaciones sociopolíticas para comprender,
desde un perspectiva propia, los procesos emprendidos desde lugares y por sujetos que,
hasta no hace poco, tenían un lugar de enunciación yuxtapuesto dentro de los análisis
sociopolíticos de las teorías sociopolíticas clásicas, tanto modernas-modernizantes, y de

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similar forma, en las postmodernas.

La apuesta de este trabajo, como se ha dejado entrever, tiene en el análisis de las izquierdas
políticas latinoamericanas a partir de 1989 como su principal punto de provocación; sin
embargo, al adentrarse en su estudio, nos damos cuenta que, en realidad, lo que se pretende
aquí es dar cuenta de los mecanismos de articulación política asociados con esta categoría
política -izquierda-, dentro de lo se ha dado a llamar el “giro a la izquierda”
latinoamericano, para ver sí dichas formas de articulación, de una u otra forma, han tendido
relaciones de equivalencia en sus procesos, las cuales, como supone Mignolo, tienen como
elemento constitutivo de articulación a la deconialidad, o, si la decolonialidad es sólo uno
de los aspectos que componen el campo de articulación de este periodo de formaciones
sociopolíticas, lo cual se mantendría dentro de los esquemas de estructuración clásicos y
conocidos que componen las relaciones de izquierda y derecha, de la formación del campo
político moderno.

Por ello, este trabajo tratará, entre la variada alternativa de izquierdas Latinoamericanas,
con tres procesos o movimientos sociales específicos que se denominan o han sido
denominados de izquierda: el EZLN del sur de México, el Movimiento Bolivariano en
Venezuela y con el Movimiento Al Socialismo (MAS) de Bolivia. La delimitación espacio-
temporal que va de 1989 hasta el 2006, como parte de un momento de apertura de un ciclo
del TiempoEspacio cíclico ideológico, dentro de la estructuración del sistema mundo
moderno/colonial. La elección de estos tres procesos se debe a ciertas regularidades: dos de
los tres procesos se componen de una mayoritaria población y formación cultural indígena;
el origen de los procesos se remiten al final de la década de los ochenta; los tres procesos
han sido identificados o se identifican así mismos como de izquierda, entre otros.

Otro punto de apoyo conceptual de este trabajo se debe en gran parte a los aportes teóricos
y conceptuales de otra escuela del pensamiento, ésta es el posmarxismo, en cabeza de el
intelectual argentino Ernesto Laclau y de Chantal Mouffe. Aunque en apariencia, la
distancia entre las dos propuestas parezca más una dificultad teórica que un apoyo,
encuentro, no obstante, muy útil algunas categorías, conceptos y tesis, muy poco
desarrollados en la teoría del grupo modernidad/colonialidad, sobre todo en materia de
análisis políticos. Es así como la categoría de corte gramsciano de hegemonía hace
aparición, en la variante que estos autores han propuesto en su libro ya clásico, Hegemonía
y estrategia socialista, (Laclau, Mouffe, 2004) y asimismo en el reciente libro de Laclau,
La razón populista (Laclau, 2005).

A partir de la discusión abierta por este último libro sobre el populismo como forma de
articulación de la lucha democrática en el campo político característica de formaciones
sociales como la latinoamericana, se extienden nuevas dimensiones en análisis político de
formaciones sociales a través de cadenas de equivalencia entre ellas. Con esto nuevamente
se trae la noción, muchas veces difusa como sesgada de “pueblo”; para Laclau, es
justamente la construcción de pueblo lo que debe guiar los intentos de formación
hegemónica de la política radical y transformativa. De forma muy parecida, pero con un
enfoque muy diferente, Enrique Dussel desde mucho antes ha insistido en la centralidad del

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“pueblo”, a través del análisis del discurso del populismo en los desplazamientos textuales
y discursivos de los líderes populistas. Por ello, el populismo como articulación política es
noción central para la ciencias sociales y política, apunta aquí, como lo proponen los dos
autores, hacia una concepción fuera de los sesgos y de a priori que como lastres ha venido
llevando a cuestas esta noción.

Por último, no sobra decir que este trabajo se desprende como parte del proceso llevado
durante año y medio en el ciclo de innovación del proyecto de investigación, propuesto en
la estructura curricular del Proyecto de Licenciatura en Educación Básica con Énfasis en
Ciencias Sociales, con la guía del profesor Víctor Manuel Ávila nombrado por él como
“Bajo el quiebre de la lógica del péndulo”. Gran parte de la estructura teórica como
metodológica resulta del trabajo de clase e investigación llevado a cabo durante este
periodo. Asimismo la concepción de las ideas centrales surgen de las discusiones en clase y
por motivaciones, cuestionamientos y dudas frente a la relación de las llamadas “nuevas”
izquierdas en el contexto latinoamericano, en tiempos de grandes cambios históricos,
conceptuales, teóricos y hasta epistemológicos, tanto en las ciencias sociales como en las
humanas, e igualmente en la manera como se piensa y se han pensado desde allí las
relaciones políticas y las relaciones internacionales, cuya principal característica es la
incertidumbre y la indeterminación última sobre el rumbo de los mismos.

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2. PROBLEMA

En el transcurso de la última década movimientos, organizaciones y partidos políticos de


izquierda política han vuelto a tener resonancia internacional, no tanto ya por la lucha
guerrillera, ni por sus vínculos con un “comunismo internacional”, sino, porque, frente la
crisis de la izquierda radical de principios de los noventa -después de la caída del muro de
Berlín y la disolución de la Unión Soviética, que a pesar de ello, en América Latina, Cuba
se mantuvo afrontando los efectos de una prolongada crisis económica-, se ha asistido, uno
tras otro, al triunfo electoral de corrientes de “izquierda” a los mas altos a los ejecutivos
del Estado -después de los temores de la experiencia chilena del 1973, de la desaparición y
derrota de ciertos movimientos sociales de izquierda, aún vivos en la memoria, como el
extermino de la UP en Colombia-; por la puesta en marcha de iniciativas locales de
repercusión internacional: la organización del Foro Social Mundial en Porto Alegre Brasil,
la organización del Foro Social de las Américas en Ecuador; la emergencia de movimientos
sociales y políticos desde sectores antes subvalorados como sujetos de transformación
social, en especial, de la incidencia en la región andina de las organizaciones indígenas,
afroandinas y afrocaribeñas en el acontecer social y político; del resurgir de la opción
armada, muy distante de aquella impulsada en los sesenta y los setenta, con el Ejercito
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), también indígena. Todo ello como parte de las
respuestas sociopolíticas ante la arremetida neoliberal que dominó la década de los noventa
del siglo pasado, periodo donde se agudizaron problemáticas sociales con un aumento
constante de la protesta social.

Las opciones de la izquierda política, en especial de los partidos políticos, se balanceaban


entre la resignación en un mundo unipolar entrando de lleno a la lógica del mercado, donde
el capitalismo celebraba la caída de la Unión Soviética a tal punto que algunos intelectuales
como el estadounidense Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia” con el “triunfo”
del capitalismo y de la democracia liberal en el mundo. En el panorama internacional y
local parecía no existir otra vía para la izquierda sino optar así por la llamada “tercera vía”
propuesta por la socialdemocracia europea; o, por la desaparición definitiva de la
“izquierda” como opción política radical de transformación para el “nuevo orden mundial”
de comienzo de la década de los noventa del siglo pasado.

La colonialidad del poder permanece como la matriz del patrón de poder de la herida
colonial, esta diferencial constitutiva de la modernidad y el capitalismo, de la configuración
del mundo moderno/colonial, especialmente de las periferias de éste. Gran parte de las
proyecciones programáticas y del accionar estratégico histórico de la izquierda en
Latinoamérica resguarda y reproduce el esquema de dominación de los contenidos
profundos de colonialidad del poder en los espacios políticos; sin embargo, parece que

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entre los sujetos y colectividades en emergencia existen opciones tendientes a la
decoloniazación de las relaciones de poder, críticos de los procesos históricos, de la propia
narración histórica, dentro de la cual han sido asignadas, inscritas identidades para la
delimitación de la validez del conocimiento. Con el nuevo resurgir de las opciones de
izquierda, emergen opciones decoloniales a la par que otras perecen reintroducir la
colonialidad del poder en sus prácticas y discurso sociopolítico.

3. PREGUNTA PROBLEMA

¿Bajo qué lógicas discursivas y organizativas en el largo, mediano y corto plazo se


constituye y articula el tramado del campo político de la izquierda latinoamericana, las
cuales dan lugar al protagonismo político de la izquierda durante el ciclo abierto en 1989
con el fin del proyecto político moderno de la izquierda comunista, teniendo en cuenta los
factores integrantes de la colonialidad del poder, como relaciones sociales y políticas
fundamentalmente racializadas?

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4. OBJETIVOS

Objetivo principal

Analizar la articulación de las relaciones del campo de discursividad del poder de la


izquierda latinoamericana, en relación con las instancias de constitución de la colonialidad
del poder y hegemonía, durante el periodo comprendido entre el año 1989 al año 2006
como parte de una estructuración espacio-temporal del mundo modero colonial,
contrastando los casos del EZLN, el MAS-IPSP y el Movimiento Bolivariano.

Objetivo específicos

- Ubicar los aspectos políticos relevantes que componen el campo de discursividad de


poder, cambios y tendencias de la izquierda latinoamericana tanto en el largo plazo como el
el ciclo comprendido desde 1989 al 2006.

- Establecer los factores históricos, sociales y políticos de emergencia de los discursos


del EZLN, MAS-IPSP y el Movimiento Bolivariano, que posibilitan la intervención de
éstos en la estructuración discursiva del campo político y formación social en el cual
accionan.

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5. JUSTIFICACIÓN

Las reflexiones sobre los acontecimientos que abren pasó a las realidades políticas
latinoamericanas de comienzos del siglo XXI tienen una extensa literatura, ampliada a cada
momento por las variantes, giros y nuevos hechos que a diario convulsionan la agitada vida
política de nuestra región. La simple denominación “izquierda política” es ya por sí sola
problemática, con lo cual emprender cualquier clase de estudio o investigación alrededor de
ésta acarrea las múltiples posibilidades y variadas consecuencias, ya sea para su estudio o
para sentar una posición sobre éstas. Es decir, cuando se aborda como escenario principal lo
político y la política, entiéndase como se entienda, por sus propias lógicas y mecanismos se
entra en un terreno incierto y una temporalidad caracterizada por la conflictividad y la
simultaneidad de relaciones de poder, unas veces adversa y otras veces complementaria o
agonista (Mouffe, 2003). Y como es obvio, este trabajo tendrá entre sus cometidos dar una
definición, más bien nómada, de lo que representa lo político y la política, en el terreno de
la configuración geopolítica y geocultural de la categoría espacio-temporal de lo que es
Latinoamérica, expresado en palabras del subcomandante Marcos, “Lo que nosotros
tenemos que contar es la paradoja que somos” (García. Pombo, 2001).

Las convulsiones, cambios políticos y sociales de finales de la década de los 80’s del siglo
pasado marcaron el final de varios procesos, ya sea por desgaste o por que los límites de los
proyectos de este TiempoEspacio cíclico ideológico mostraron la tendencia negativa de su
curva, culminante con la caída -inesperada en su momento- del proyecto comunista; pero ya
pasado algún tiempo, se puede dilucidar las fallas de los proyectos
modernos/modernizantes de las vertientes de transformación política, expresadas en la
bipolaridad geopolítica que surgió después de la segunda guerra mundial, dominante del
panorama mundial por más de cuarenta años, cuyo punto culminante fue la caída
progresiva, mediante manifestaciones sociales y de fracturas internas, de las llamadas
“democracias populares” del Este de Europa. Este revés significó el desmoronamiento de la
imagen de uno de los proyectos modernos, que en medio de la confrontación política
mundial, representaba la culminación máxima de la imagen clásica de la dimensión política
que supeditó los movimientos los espacios políticos, y por tanto, de las relaciones
internacionales, en ellas, las relaciones políticas y sociales en Latinoamérica, y de las
identidades políticas como hasta entonces se conocían, entre éstas entra en crisis aquella
categoría/identidad política llamada “izquierda” en Latinoamérica.

Este intento de análisis de las articulaciones políticas inscritas como “izquierda” en la


diversidad y multiplicidad de corrientes que ésta representa, tiene como una de sus
principales motivaciones, el cuestionamiento sobre los mecanismos de operación
estratégicos sobre los procesos que intentan abrir el campo de complejidad de las relaciones
sociopolíticas de poder, en marcos proyectivos de transformación frente al actual estado de
cosas. Para las ciencias sociales como para el ejercicio pedagógico, los debates que se
empiezan a dimensionar el espacio político mediante el ejercicio de crítica interna de las

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propias formas escolares de aprendizaje, diseño investigativos como posición o “topología”
epistemológica, los cuales son afectados y afectan procesos de articulación política de las
formaciones sociales, desde lo micro a a lo macro, de lo local a lo global, de lo nacional a
entidades regionales.

Tales proyecciones e introyecciones investigativas son parte de las propias discusiones y


debates internos de la sociedad como del campo académico; aquí por ejemplo, de manera
latente, se encuentran entrecruzadas y articuladas varias de la nociones en tensión en el
conocimiento social. Por nombrar algunas de la tensiones que aparecen, están en el
contexto las relaciones entre la universalidad y la particularidad; entre los estudios
académicos de corte clásico disciplinar frente a los estudios culturales interdisciplinares;
entre el eurocentrismo académico y los proyectes de alteridad epistémica; discusiones que a
final de cuentas entran en articulaciones amplias del espacio político.

Vemos como hoy estás discusiones alcanzan niveles extraordinarios de reflexión y diálogo,
así, traigo a colación el muy ilustrativo libro de Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj
Žižek, Contingencia, hegemonía, universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda
(Butler, Laclau, Žižek, 2003) donde se ofrecen unos debates cuya calidad conceptual
deslumbra por su perspicacia, así como por los análisis que se hacen de los componentes de
la política radical de nuestros días. Empezar a explorar a estos niveles las discusiones sobre
los elementos políticos que dan lugar a formaciones sociopolíticas debe estar al alcance de
la academia latinoamericana, ir a un más allá que simultáneamente es un más acá, en los
contenidos y análisis teóricos de los procesos políticos, lo cual conlleva replantear algunos
de los sobreentendidos y lugares comunes sobre los cuales se construye teoría social y
política

La temática de la izquierda latinoamericana es la escusa perfecta para empezar a elaborar


proyectos con enfoques “Otros” que puedan dislocarse a sí mismos en los “giros”, para el
análisis de las realidades políticas, no basta sólo con el empeño que se preste a esta
empresa, sí no se empieza por reestructurar el campo del saber de las ciencias sociales,
siendo como ha sido, por una parte de éstas, un elemento más en el patrón de dominio y
control sobre las relaciones sociales a partir de los diseños geopolíticos de conocimiento.

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6. MARCO DE REFERENCIA

6.1. La “izquierda” en América Latina: definiciones y presupuestos

La identificación de sujetos y colectividades con el término político “izquierda” es bastante


confusa. En una investigación apoyada en metodologías cuantitativas por medio de
encuestas a través de toda América Latina aplicada por el Latinobarómetro, durante el
periodo que va de 1995 al 2002 (Colomer, Escatel, 2005), se mostraba cómo la distinción
de la dimensión izquierda-derecha para la población objeto de la medición no remitía
necesariamente dicha distinción para la mayoría a cuestiones ideológicas, sino más bien, a
dinámicas de identificación propias de la cultura política y a los mecanismos de captación
del voto por parte de los partidos políticos de cada país, cuyas prácticas clientelistas
sobresalían en los análisis de los resultados por encima de otros de los aspectos a la hora de
las elecciones.

Otra cuestión, aún mas importante, es que al momento de preguntar por la posición
personal en dicha dimensión, en una escala de 0 (izquierda -por azar, expresaría Jean-Luc
Godard) a 10 (derecha), donde los extremos pertenece a uno u otro lado de la división
derecha-izquierda, siendo 5 el centro, la tendencia general se ubica en las proximidades del
5 (Colombia muestra la tercera tendencia más próxima a la derecha con un 7,4 en la media,
después de Honduras y Costa Rica, y México es la “mas cercana” a la izquierda con un 4,9
en la media según los datos del documento).

Esta cercanía con el centro, pienso, no proviene de una distinción de criterio conceptual o
de diferenciación ideológica o propositiva con el centro político de parte de la población
encuestada, sino se debe, más bien, a que gran parte de la población no quiere posicionarse
e identificarse claramente una de las dos caras de la dimensión. Estando mas cercanos al
momento de preguntárseles por las filiaciones políticas con un partido o no, si esta filiación
o simpatía era positiva con concepciones de derecha o de izquierda; se presenta en las
respuestas una cercanía con las propuestas de un populismo nacional o se conducen por la
guía del carisma de un personalismo político.

No obstante, investigaciones como ésta retoman categorías y conceptos sin un análisis


discursivo previo de la construcción de éstas, ni toman en cuenta relaciones
TiempoEspaciales constitutivas de posibilidad de existencia de las mismas en el lenguaje
cotidiano como el caso de la misma izquierda política, sino que sirven para demarcar
momentos en el corto plazo como asuntos episódicos de las relaciones de poder en un
estado de cosas dado, aunque no se descarta su valor en la visualización en el mediano
plazo de tendencias del imaginario político, observando, obviamente, que éstos resultan
inconmensurables.

Uno de los objetivos de este trabajo es analizar cómo la categoría “izquierda” ha venido

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transformando sus enunciaciones discursivas, a partir de este periodo, identificando sí
acuden como respuesta ante la situación política, o, si éstas vienen a ser parte integral de
una formación enunciativa propia -en el caso que se ajuste a ello-. Además, bajo la
colonialidad del poder, explorar el contenido antagónico o estructural de estas
colectividades y sujetos sociales, cercanos a una propuesta decolonial y transformativa de
las relaciones de poder en el sistema mundo moderno/colonial en nodos equivalentes, o por
el contrario, se ajusta como momento mismo de una relación discursiva complementaria en
un sistema de diferencias.

“La(s) vías del cambio social y la imaginación de lo social en un proyecto de recambio social
diversificaron a la Izquierda en tendencias a veces irreconciliables. A nuestro juicio, cualquier
intento de definir o de redefinir a la Izquierda de América Latina hoy en este tiempo de
globalización no puede excluir del análisis de algunos los componentes claves de su definición
clásica, es decir universal, al margen de la imbricación de la Izquierda en contextos históricos-
culturales diversos” (Cancino, 2006: 39).

El origen de la categoría “izquierda” cumple ya un poco más de dos siglos de existencia en


el lenguaje político a partir de la revolución francesa, es decir, es una categoría propia de
espacios políticos modernos, que ha identificado de forma antitética una manera particular
de entender el accionar sobre la realidad de las problemáticas sociales propias de
formaciones sociales, políticas y culturales. Norberto Bobbio analizando la pertinencia de
la izquierda en Italia, ha demostrado que la principal diferencia entre la derecha y la
izquierda se encuentra en el tratamiento conceptual y epistémico de la izquierda sobre la
igualdad. Este criterio de distinción conceptual sobre la igualdad genera las tensiones
propias en un sistema dicotómico de relaciones de poder político, dando marcha a
dinámicas y estrategias de accionar. En otras palabras, la izquierda como categoría política
antitética ubica un lugar(es) -de enunciación- en el espacio político, supone una formación
identitaria política, con cargas afectivas y valorativas, con definiciones espaciales y
temporales. Sus usos pueden ser descriptivos, axiológicos o históricos (Bobbio, 1995).

La concepción de igualdad que sustenta Bobbio está mediada por la capacidad política y
material que posee la humanidad para contrarrestar los efectos negativos de aquellas
desigualdades sociales que terminan por establecer relaciones de dominación,
subordinación, explotación e incluso de opresión. Esto, como bien puede entenderse, no
supone una igualdad autoritaria que establecería un igualitarismo en todos y cada uno de los
aspectos de la vida, por tanto, la concepción de igualdad para la izquierda está acompañada
por la defensa de las libertades individuales bandera histórica del liberalismo1, siempre y
cuando en nombre de ellas no se establezcan relaciones de desigualdad. El acercarse cada
1 Marta Matsushita dice al respecto que “Junto a la problemática del humanismo, la izquierda marxista
latinoamericana actual se encuentra comprometida, en su renovación ideológica, con la preocupación por
la defensa de la individualidad. La izquierda tiene que enfrentarse con la crítica, a partir de la experiencia
soviética, de que el marxismo atenta contra la individualidad y disuelve en un corporativismo asfixiante
las diferencias reales que existen entre los hombres. El colombiano Antonio García repudia el
igualitarismo implantado por el socialismo real, reivindicando la preocupación que hay en la obra de Marx
por la genuina realización de la individualidad (García,19). En la misma línea de pensamiento, otro
colombiano, Gerardo Molina, defiende la idea de un socialismo democrático que rechace las falsas ideas
igualitarias que se imponían en nombre del marxismo”.(MATSUSHITA, 2006: 268)

15
vez más a la igualdad social e individual, no únicamente jurídica, es el pivote discursivo y
político de accionar de la izquierda dentro de los espacios políticos, de la multiplicidad,
según Bobbio.

En contraste, la no-igualdad en los todos los aspectos de la vida es el hecho fundamental e


inalterable de las relaciones sociales en los sistemas democráticos, por lo cual tratar de
establecer mecanismos para la igualdad que no sea jurídica, es visto por parte de la derecha
como un atentado a la libertad individual, lo que implicaría la formación de sistemas
autoritarios y homogéneos. Así que es la pluralidad de un sistema de diferencias lo que
posibilita los cambios sociales y la armonía social, tiende a equilibrar las desigualdades en
las relaciones de poder bajo marcos institucionales que garanticen efectivamente el derecho
al desarrollo de la libertad individual, donde la diferencia es el ámbito de las relaciones
sociales por excelencia.

Decimos, para efectos conceptuales de este trabajo, que la izquierda es aquella categoría
política propia de los espacios políticos modernos, formada de las tensiones en las
relaciones de poder de los sistemas políticos en la modernidad, cuyo criterio constitutivo de
diferencia frente a otras categorías políticas del espectro político es su perspectiva de la
igualdad. La izquierda se acerca a un criterio de igualdad como una asíntota, cuyo punto
límite o cero (0) nunca es tocado, tratando de transformar las condiciones sociales y
políticas a partir de la formación de las relaciones de poder. Esta categoría, cuando es
adoptada como identidad por sujetos y colectividades, amplía sus usos en términos
axiológicos, valorativos y descriptivos. La mayor operatividad de las categorías/identidades
políticas y dicotómicas izquierda-derecha se dio después de la segunda guerra mundial, en
lo que García Picazo caracteriza como la tercera ola de las relaciones internacionales,
donde dicha dicotomía alcanzó su mayor expresión, a niveles geopolíticos, dominando el
curso de las relaciones y los discursos internacionales durante la segunda mitad del siglo
XX y cuya forma de relación se hizo complementaria, en su diferencia.

“La definición de una Izquierda para hoy en América Latina supone no perder de vista que la
Izquierda, en sus discursos ideológicos, en sus modelos organizativos y visiones de una nueva
sociedad surgió como un eslabón subordinado a la Izquierda internacional, cuyo discurso
fundacional se insertó en el proyecto de la Modernidad, que la forma de proceso de desarrollo
desigual se expandió globalmente por todos los confines del planeta. Karl Marx y F. Engels
escribieron en 1847 que la reproducción de la mercancía y del modo de producción capitalista a
escala universal era al mismo tiempo una universalización de las ideas, de los gustos y de los
productos culturales. Agregaron que la dinámica de la reproducción del capital y de las ideas se
constituía en un proceso irreversible y que por consiguiente ninguna muralla china podría
resistirlo. En esta comprensión aceptamos la tesis que la primera ola de globalización se inicia
con Colón y los grandes viajes de descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo en el siglo
XVI y posteriormente una segunda ola con el proceso de colonización del Tercer Mundo en el
siglo XIX y XX y la subordinación de éste a los grandes imperios coloniales.” (Cancino, 2006:
40)

La extensión de la categoría/identidad izquierda a lo largo y ancho de sistema mundo


moderno/colonial implica para Latinoamérica una relación de colonialidad frente a la

16
concepción del espacio político en el establecimiento de las relaciones de poder. Las
relaciones de colonialidad del poder se inscriben en la misma trama de las relaciones
políticas, a su vez en tiempo-espacio, centro-periferia de los análisis del sistema mundo.
Las definiciones históricas de la izquierda pasan por el discurso y el modo de inserción de
las corrientes socialistas, anarquistas y comunistas, que acaparaban el espectro de la
izquierda Europea. Obviamente, aunque no es el objetivo último de este trabajo, la
definición de la izquierda latinoamericana contiene un núcleo histórico, ya definido por los
componentes en la relación centro-periferia del sistema mundo moderno/colonial dentro de
la estructura del sistema histórico moderno.

El paso de la ideas de izquierda de un continente a otro, casi no sufrió cambios en los


contenidos los cuales pasaron en su gran mayoría inalterados. Esta característica serviría a
manera de cordón umbilical en la preeminencia teórica de las discusiones europeas insertas
en el espacio sociopolítico latinoamericano, a tal punto, que las periodizaciones generales
de la izquierda a nivel mundial se demarcan con los ritmos de la discusiones europeas de la
izquierda.

Las ideas de la izquierda política en Latinoamérica llegaron a través de los inmigrantes


europeos a finales del siglo XIX, con la creación de los primeros partidos socialistas y la
influencia de estas ideas en la naciente e insípida clase obrera latinoamericana. Cansino
dice al respecto:
“El discurso anarco-sindicalista y las primeras expresiones de la ideología socialista marxista
accedieron a los países mencionados, por la vía de libros y folletos que llegaron desde Europa, y
que fueron rápidamente difundidos en círculos de estudios y clubes obreros. Pero también y de
un modo decisivo fue la presencia de trabajadores emigrados y en algunos casos de exilados de
países europeos ya mentalizadados en las doctrinas anarquistas y socialistas, los que influyeron
con su prédica, activismo y difusión de sus experiencias en los primeros agrupamientos
proletarios. El anarcosindicalismo signó profundamente en este período formativo el discurso de
la izquierda que nacía articulada con el movimiento obrero naciente. El discurso de los
anarquistas cuyos ejes identitarios eran claros y precisos. Ellos se formularon a través de
consignas tales como: justicia social, tierra y libertad y solidaridad proletario”(Cancino: 42)

La inserción en el lenguaje político latinoamericano de los componentes discursivos y


conceptuales de las discusiones de la izquierda es acompañado por la creación de los
primeros partidos socialistas, de corrientes anarquistas con la creación de los primeros
sindicatos, con los levantamientos populares anti-imperialistas y la creación de una clase
obrera. El periodo formativo, como lo denomina Cansino, iría de finales del siglo XIX
hasta 1917, año de la revolución rusa, que marcaría una nueva estrategia a nivel
internacional direccionada desde el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y de
sus órganos de dirección y coordinación internacional, en este caso la Komitern.

El periodo de la tercera internacional subordinaría, desde las directrices de la izquierda


dirigente, a todas las demás organizaciones internacionales que se unieron al PCUS. La
famosa ruptura de la tercera internacional que partió al movimiento histórico de la
izquierda en sus principios internacionalista, de discusión propiamente europea, terminó

17
repercutiendo de manera similar en las organizaciones y partidos latinoamericanos que
habrían de optar por una de las opciones abiertas tras la ruptura. Es así como muchos
partidos socialistas en Latinoamérica, o bien pasaron a denominarse comunistas o facciones
de estos partidos se convertirían en partidos comunistas directamente subordinados de la
tercera internacional, los cuales no alcanzaron a tener una repercusión más allá de los
sectores de la escasa clase obrera. De manera bastante similar ocurrió con la crisis chino-
soviética de 1958, esta vez dentro de los partidos comunistas, donde facciones pasaron a
diferenciase por su denominación marxista-leninista, caracterizadas por la ideología
maoísta.

“En su gran mayoría los partidos comunistas locales no asumieron en su discurso y en su praxis
la necesidad de colocar en el centro de su estrategia la movilización de los campesinos e
indígenas por el problema de la tierra y de su opresión étnica. El discurso ideológico canonizado
bloqueó la visión de la realidad a los grupos dirigentes de los partidos comunistas. El Marxismo
latinoamericano fue sólo una reproducción del marxismo de la III Internacional.” (Cancino: 46)

Gran parte de esta ceguera y subordinación arrinconó a los movimientos de izquierda hacia
un dogmatismo excluyente, tal como sucedió con Mariátegui, quien al proponer un
marxismo sin “calco ni copia” salido de las reflexiones de las condiciones propias de la
realidad peruana, fue objeto de acusaciones de revisionismo y sus propuestas fueron
desechadas. Asimismo la visión economicista, el empleo sobre-dimensionado -no
sobredeterminado- de la lucha de clases, ligado a los componentes estratégicos de la
política internacionalista del campo soviético, en lugar de activar dispositivos liberadores y
transformadores, condujeron a que se invisibilizara sujetos y colectividades sociales de
transformación social, sectores estos no previstos desde los cánones del marxismo clásico:
la revolución rusa se revela como una “revolución desactivante” (García Picazo, 1998),
para la segunda mitad del siglo XX.

La combinación de 'la determinación en ultima instancia' de los procesos sociales a las


dinámicas de producción con el panorama político posterior a la segunda guerra mundial: la
adopción de una estrategia internacional para la periferia del sistema mundo o así llamado
“tercer mundo”; un panorama mundial regido por las circunstancias de la “guerra fría” y la
consecuente división del mundo en dos bloques, en el mundo “bipolar”. Todo ello generó
que la estrategia adoptada por la izquierda internacional representada por la unidad
alrededor de la Unión Soviética, se configura en gran medida por las condiciones de
desarrollo de las fuerzas productivas en los países periféricos. Al no haber el desarrollo de
fuerzas adecuadas para el paso al socialismo, entonces, las fuerzas sociales privilegiadas
para la transformación social, deben empezar a emprender las tareas inconclusas,
impulsando reformas democráticas que la burguesía nacional fue incapaz de cumplir.
Igualmente, fragmentó aún mas la izquierda latinoamericana en divisiones a veces
irreconciliables

Esta lógica sustentada por el desarrollo de las fuerzas y los medios de producción en el
incesante proceso acumulativo del capitalismo, en la periferia, con un desarrollo desigual
de dichos procesos y dinámicas, donde la clase obrera industrial es un sector bastante

18
minoritario en la formaciones sociales, en los cuales las burguesías nacionales no han
llevado a cabo o no han sido capaces de cumplir con las tareas históricas de su clase,
condiciones éstas se separaron de la teorización. Es evidente que la realidades socio-
políticas y económicas de la periferia son abiertamente distintas e inaprensibles a partir de
'determinaciones en última instancia'.

“....la determinación en última instancia por la economía. Consideremos las implicaciones de


este concepto. Si esta determinación última es una verdad válida para toda sociedad, esto
significa que la relación entre la determinación y las condiciones que la posibilitan no procede a
través de una articulación histórica y contingente, sino que es una necesidad apriorística.
Adviértase que el problema que discutimos no es si la economía tiene sus condiciones de
existencia -esto es una tautología: si algo existe es porque se dan las condiciones que posibilitan
su existencia-; el problema es que si "la economía" es determinante en última instancia para
todo tipo de sociedad, debe también definirse con independencia de todo tipo particular de
sociedad; y las condiciones de existencia de la economía deben también definirse al margen de
toda relación social concreta.” (Laclau, Mouffe, 2004: 135)

Continuando con la discusión sobre la positividad de lo social como un entramado de


relaciones de poder sobre una base económica, parte de un supuesto total donde lo
económico podría separarse de otras tantas determinaciones sociales, culturales, raciales,
etc., con lo cual lo importante en las discusiones políticas, sociales y hasta culturales
terminan en monocausalidad económica, cuyos demás aspectos son simplemente accidentes
o consecuencias de las dinámicas de las relaciones económicas. A esto hay que agregar que,
epistemológicamente, esta visión y entendimiento de lo social termina formando parte de lo
que Grosfoguel denomina la ego-política del conocimiento.

6.2 Ego-política del conocimiento

Partiendo de los universalismos eurocéntricos Grosfoguel tipifica dos tipos: uno abstracto
y el otro de sujetos de enunciación. En la concepción del EspacioTiempo de Descartes, el
conocimiento no tiene un espacio y tiempo, la razón es universal y abstracta en el sentido
que no posee una determinación de lugar ni sujetos de enunciación, todo ello con una
pretensión de verdad para un tiempo eterno. Por su parte Hegel sienta estos abstractos sobre
la historia, pero aún persiste en el universalismo abstracto con la idea del “espíritu
absoluto”, la cual contempla la linealidad y recorrido del conocimiento como privilegio de
algunos pueblos ungidos que llevarán a cabo la realización hasta sus últimas consecuencias
de la tarea que les ha sido confiada por sus propias condiciones. Este universalismo oculta
los espacios de enunciación, deshacen el diálogo cambiándolo por un monologo europeo,
ocultando a los otros sujetos y sociedades de conocimiento, o dándoles un lugar secundario,
pasado o superado en un orden teleológico y evolutivo de la manifestación del espíritu de la
historia.

“Aquí se inaugura la ego-política del conocimiento, que no es otra cosa que una secularización
de la cosmología cristiana de la teo-política del conocimiento. En la ego-política del
conocimiento el sujeto de enunciación queda borrado, escondido, camuflado en lo que el
filósofo colombiano Santiago Castro-Gomez ha llamado la “hybris del punto cero” (Castro-
Gomez, 2005). Se trata, entonces, de una filosofía donde el sujeto epistémico no tiene

19
sexualidad, género, etnicidad, raza, clase, espiritualidad, lengua, ni localización epistémica en
ninguna relación de poder, y produce la verdad desde un monólogo interior consigo mismo, sin
relación con nadie fuera de sí. Es decir, se trata de una filosofía sorda, sin rostro y sin fuerza de
gravedad. El sujeto sin rostro flota por los cielos sin ser determinado por nada ni por nadie.”
(Grosfoguel, 2007: 64)

La ego-política del conocimiento ajusta los criterios de distinción social en un complejo


operativo discursivo tendiente a la desaparición, bajo el velo racional, de un sujeto de poder
de enunciación tras aquellas formaciones abstractas de las relaciones de poder y
conocimiento. A niveles geopolíticos, manifiesta la clara intención de legitimar los
proyectos imperiales de subordinación entre el centro y la periferia. Reiterando, este
proceso aun se mantiene, pero también tiene límites que parecen agotarse en puntos por la
irrupción de elementos que en exceso sobre pasan este discurso.

El segundo tipo de universalismo eurocéntrico y del cual la izquierda marxista es uno de


sus principales animadores, es aquel que reconoce que las relaciones sociales y el
conocimiento están determinadas por condiciones históricas y que las relaciones sociales
dan cuenta de algunas de las características constitutivas de las relaciones de poder y del
conocimiento; sin embargo, insiste en ocultar los sujetos y lugares de enunciación de los
discursos de subordinación que en los ordenes sociales posiciona y ubica a formaciones
sociales en un lugar en la escala jerárquica del conocimiento. En parte justifica la
imposición de relaciones de dominación y explotación, de unos pueblos sobre otros, por
una especie de determinación histórica -epistemológica- y teleológica de las relaciones
sociales.

De manera que:
“En Marx, en el universalismo epistémico de segundo tipo, el sujeto de enunciación queda
oculto, camuflado, escondido bajo un nuevo universal abstracto, que ya no es “el hombre”, “el
sujeto trascendental”, “el yo”, sino “el proletariado” y su proyecto político universal: “el
comunismo”. De ahí que el proyecto comunista en el siglo XX fuera desde la izquierda otro
diseño global imperial/colonial, que bajo el imperio soviético intentó exportar al resto del
mundo el universal abstracto del “comunismo” como “la solución” a los problemas planetarios.
Marx reproduce un racismo epistémico muy parecido al de Hegel, que no le permite atribuir a
los pueblos y sociedades no-europeas coetaneidad en el tiempo ni capacidad de producir
pensamiento digno de ser considerado parte del legado filosófico de la humanidad o la historia
mundial. Para Marx, los pueblos y sociedades no-europeas eran primitivos, atrasados; es decir,
el pasado de Europa. No habían alcanzado el desarrollo de las fuerzas productivas ni los niveles
de evolución social de la civilización europea. De ahí que, en el nombre de la civilización y con
el propósito de sacarlos del estancamiento ahistórico de los modos de producción pre-
capitalistas, Marx apoyara la invasión británica de la India en el siglo XVIII y la invasión
estadounidense del norte de México en el siglo XIX.” (Grosfoguel: 70)

Estos mismos sesgos subsidiarios de la colonialidad del poder están presentes en las críticas
al marxismo que, desde la misma Europa, se le han planteado y a sus diversas corrientes. Al
no existir una “determinación ultima” de los procesos sociales, de igual manera, que la
prelación de una clase social sobre otras para las transformaciones, debemos decir aquí que,
por el contrario, las relaciones sociales se caracterizan por la sobredeterminación. Es decir,
que las relaciones sociales tejen simbólicamente sus manifestaciones.

20
6.3 Dimensionar lo social por sobredeterminaciones: articulaciones, momentos,
elementos y antagonismos

Las relaciones sociales de cualquier formación social adquieren su contenido y se expresan


al ser entrelazados mediante símbolos; los símbolos no tienen un carácter de expresión
único, sino que su contenido es la formación de una variada y diversa gama de
vinculaciones espaciotemporales de los aspectos de la vida que median las relaciones
sociales y son constitutivos del discurso. Las determinaciones son pues condicionantes de
las relaciones sociales en medio de la multivocalidad.

“Las determinaciones no son, pues, no pueden ser, unilineales, ni unidireccionales. Y no sólo


son recíprocas. Son heterogéneas, discontinuas, inconsistentes, conflictivas, como corresponde a
las relaciones entre elementos que tienen, todos y cada uno, tales características. La articulación
de heterogéneos, discontinuos y conflictivos elementos en una estructura común, en un
determinado campo de relaciones, implica, pues, requiere, relaciones de recíprocas, múltiples y
heterogéneas determinaciones.” (Quiijano, 2007: 101)

La sobredeterminación, concepto que tiene origen en el psicoanálisis, adoptado luego por


Althusser, pero que no obtuvo su máximo potencial comprensivo dada la obstinación
conceptual de resguardar la “determinación en última instancia” efectuada por este último,
establece una cadena finita de condiciones que genera una infinita gama de posibilidades.
Esta transición del carácter simbólico de las determinaciones sociales amplía enormemente
las posibilidades de análisis, con lo cual, simultáneamente, se hace cada vez más difícil
fijar puntos precisos de estudio.
“El carácter simbólico -es decir, sobredeterminado- de las relaciones sociales implica, por tanto,
que éstas carecen de una literalidad última que las reduciría a momentos necesarios de una ley
inmanente. No habría, pues, dos planos, uno de las esencias y otro de las apariencias, dado que
no habría la posibilidad de fijar un sentido literal último, frente al cual lo simbólico se
constituiría como plano de significación segunda y derivada. La sociedad y los agentes sociales
carecerían de esencia, y sus regularidades consistirían tan sólo en las formas relativas y
precarias de fijación que han acompañado a la instauración de un cierto orden. (Laclau, Mouffe,
2004: 134)

Además de establecer el carácter simbólico de las relaciones sociales, como el tejido


abierto, precario e inconcluso de las determinaciones, de la sobredeterminación, impide
también que lecturas del tipo de universalismo abstracto del primer tipo de eurocentrismo,
del cual advierte Grosfoguel, se establezcan en el dominio epistemológico. Sin una ley
inmanente y permanente del establecimiento de una formación social a través de la traba
sobredeterminada de las relaciones sociales, el carácter dualista de la formación social pasa
a ser una distinción irrelevante, por no decir ilegitima. La sobredeterminación ni es
derivada como tampoco el origen de las formaciones sociales, es, por tanto, constitutiva y
su principal característica, como también la suposición de un TiempoEspacio eterno y
constante con fijaciones completamente precisas y aprensibles carece por tanto de sustento.

21
Continuando el hilo de estas disertaciones sobre la constitución de lo social desde Chantal
Mouffe y Ernesto Laclau, la sobreterminación de las relaciones sociales comprende
también y especialmente el pensar lo social como el tejido en espacios de articulaciones de
relaciones determinadas en un una formación histórica. Lo social, desde aquí, nunca es una
construcción totalmente completa, depende fundamentalmente de lógicas de relaciones que
dentro de ellas ninguna determinación se establece una sobre otra de una vez y para
siempre, y donde cualquier establecimiento de una determinante es apenas temporal,
inconstante e incompleta, abriendo el campo para la articulación de dichas relaciones,
fijando sentidos de manera inconclusa en el discurso.

“Toda práctica social es, por tanto, en una de sus dimensiones, articulatoria, ya que al no ser el
momento interno de una totalidad autodefinida, no puede ser puramente la expresión de algo
adquirido -no puede, en consecuencia, ser íntegramente subsumida bajo el principio de
repetición- sino que consiste siempre en la construcción de nuevas diferencias. Lo social es
articulación en la medida en que lo social no tiene esencia -es decir, en la medida en que la
"sociedad" es imposible-.” (Ibid: 154)

La articulación relaciona un sistema de diferencias, debido a que lo se denomina sociedad


es el conjunto de relaciones y practicas basada en la diferencia significada en el ejercicio
discursivo. La diferencia entre los sujetos y colectividades dentro de un EspacioTiempo,
encuentra las condiciones de posibilidad de la práctica de relaciones sociales, pues la
práctica de las mismas establece la diferencia entre los distintos componente sociales,
creando identidades que se ven afectadas por el mismo proceso de sobrederminación, que
como ya dijimos es incompleto y permite la generación “nuevas” diferencias. La
articulación es el proceso que permite el establecimiento de orden discusivo en una
formación social entre diversas relaciones diferenciales de sujeto y colectividad.

Como ya se habrá podido entrever, si lo dicho anteriormente fuese del todo cierto -sin una
externalidad- se estaría hablando de un sistema cerrado, endógeno y autoreferencial, donde
el establecimiento de la diferencia dependería del orden discursivo y dominante establecido
en la interioridad de las relaciones de las formaciones sociales. Del tal manera que el
sistema de diferencias encontraría tarde o temprano un límite, y su agotamiento dependería
de sí la capacidad articulatoria para producir “nuevas” diferencias, introduciéndolas en el
orden discursivo, no fuese efectiva. Para entender un poco más qué es la articulación, hay
que repasar lo que los autores dicen al respecto, sobre unas definiciones bastantes básicas
de unas categorías que servirán para el análisis discursivo de la izquierda latinoamericana.

“En el contexto de esta discusión, llamaremos articulación a toda práctica que establece una
relación tal entre elementos, que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esa
práctica. A la totalidad estructurada resultante de la práctica articulatoria la llamaremos discurso.
Llamaremos momentos a las posiciones diferenciales, en tanto aparecen articuladas en el interior
de un discurso. Llamaremos, por el contrario, elemento a toda diferencia que no se articula
discursivamente.” (Ibid: 143)

Como se ha visto, la lógica de la articulación de un sistema de diferencias hace parte del


proceso que deriva en una formación hegemónica, en la constitución de una totalidad

22
discursiva. Así pues, que la distinción entre momentos y elementos es vital para el
entendimiento de una exterioridad que no ha sido transformada discursivamente en un
momento diferencial del discurso. Los elementos como diferencias no articuladas en
momentos, abren espacios de tensión entre los momentos. Este espacio lo denominan los
autores, como el campo de discursividad, donde se van produciendo o generando lógicas de
articulación para la inserción en el discurso de los elementos. Entonces, tenemos que: “El
discurso se constituye como intento por dominar el campo de la discursividad, por detener
el flujo de las diferencias, por constituir un centro. Los puntos discursivos privilegiados de
esta fijación parcial los denominaremos puntos nodales.” (Ibid: 152) No sobra decir que,
este andamiaje categorial sirve de sustento al concepto de hegemonía construido por
Chantal Mouffe y Ernesto Laclau.

Estos puntos nodales se establecen para “dar sentido” y fijar una posición de las diferencias
en el discurso. El paso o transito de elementos a momentos, por la misma definición de la
articulación, de sobredeterminación, nunca puede constituirse plenamente; las relaciones
entre diferencias dan sentidos y crean identidades, resultan afectados mutuamente por
efectos de este mismo proceso, de su carácter dinámico. En consecuencia, las posiciones y
las identidades nunca alcanzan a estar plenamente fijadas, y el sentido es parcial, no
agotado y finito.

Cabe preguntarse, llegados a este momento, sí la construcción de la formación de una


hegemonía dentro de una formación social, cuyo tramado de relaciones articulatorias
resulta en un discurso que trata de establecer momentos e intenta fijar los elementos a
través de la totalización del campo discursivo abierto por la tensión de los elementos, al
expandirse la práctica articulatoria; entonces, cuál es esa externalidad a este sistema cerrado
de diferencias que impide que se suture el campo de lo social en una positividad completa.
Esta externalidad que no es sino el límite de la constitución de una sociedad como total, no
es dado sino por un entramado discursivo que excede al discurso mismo: el antagonismo.

“El antagonismo, por tanto, lejos de ser una relación objetiva, es una relación en la que se
muestran -en el sentido en que Wittgenstein decía que lo que no se puede decir se puede
mostrar- los límites de toda objetividad. Pero si, como hemos visto, lo social sólo existe como
esfuerzo parcial por instituir la sociedad -esto es, un sistema objetivo y cerrado de diferencias-,
el antagonismo, como testigo de la imposibilidad de una sutura última, es la "experiencia" del
límite de lo social. Estrictamente hablando, los antagonismos no son interiores sino exteriores a
la sociedad; o, mejor dicho, ellos establecen los límites de la sociedad, la imposibilidad de esta
última de constituirse plenamente.”(Ibid: 169)

Frente a la constitución de una positividad emerge lo antagónico como la experiencia fuera


de los terrenos del discurso de la realización de la sociedad. Esa negatividad que recrea la
posibilidad del cambio social y del límite de los sistemas históricos y del discurso. Es
aquello que no puede ser integrado en el discurso porque lo desborda, la negación de esa
diferencia se transforma hasta llegar a constituirse en un antagonismo. No está de más decir
que los antagonismos tampoco son transparentes a sí mismos, pues estaríamos hablando de
particularismos endógenos. Estas negatividades impulsadas desde este trabajo a partir de la
óptica de sobrederteminación, los sujetos y colectivos de negatividad expuesta desde la

23
colonialidad del poder en el sistema mundo moderno colonial.

Se ha dicho que el proceso de formación hegemónica tiende a expandirse. El sistema


mundo moderno/colonial que se constituye como el sistema histórico actual, implica la
ampliación de este proceso a escala planetaria, dentro del cual muchas de las expresiones
de la izquierda radical que suponen una contradicción o la destrucción de éste, en miras a la
consecución de un nuevo sistema histórico, pero que, la articulación del discurso las ha
reconducido del lugar de los elementos diferenciales con propuestas antagónicas, es decir
negadas, al lugar de un momento más en el sistema de diferencias, soportadas en el
discurso.

Es así que la relación de una negatividad, al no poder traspasar los límites discursivos de un
sistema histórico ingresa en el sistema de diferencias como un momento más de la
discusividad hegemónica que captura los enunciados negados. Parecería que en el momento
actual del sistema mundo las propuestas e ideales de ciertos sectores de la izquierda fueron
incorporados a esta lógica. La división bipolar del mundo durante la segunda mitad del
siglo XX, hace parte de esta incorporación, y, por lo tanto, la respuesta de un antagonismo
político planteado por la izquierda revolucionaria ha encontrado sus límites. Hasta cierto
punto se habla de que no existe una externalidad tal al sistema, como algunas corrientes del
postmodernismo celebrante han ventilado a los cuatro vientos, con el “fin de la historia”.

Aun queda por por determinar cuáles son los mecanismos que permiten un tejido
antagónico entre agentes sociales de transformación. Los antagonismos poseen
características que al no estar inmersos en el discurso se entrelazan, se comunican mediante
procesos de articulación diferentes entre sí, asimismo diferente al del discurso del sistema
moderno mundo/colonial.

“Esto implica que una formación sólo logra significarse a sí misma -es decir, constituirse como
tal- transformando los límites en fronteras, constituyendo una cadena de equivalencias que
construye a lo que está más allá de los límites, como aquello que ella no es. Es sólo a través de
la negatividad, de la división y del antagonismo, que una formación puede constituirse como
horizonte totalizante.”(Ibid: 188)

Los límites de la discursividad de una formación social están dados por la lógica de un
sistema de diferencias que se articula entre momentos, ampliándose por el campo de
discursividad en tensión con los elementos, transformando dichos elementos en momentos
en un diferencial más regulándolo y dotando de sentido a dichos elementos. Por ejemplo,
las lucha de sujetos y colectividades por el reconocimiento a que sus diferencias sean
efectivamente reconocidas y aceptadas en el seno de una formación social -reclamaciones
de género, las cuales pueden pasar de un espacio puramente reivindicativo al terreno de
una formalización jurídica.

Por el contrario, los antagonismos demarcan la frontera del discurso en una formación
social, siendo las diferencias negadas, que establecen igualmente una tensión, cuya
expresión está dada por las equivalencias con el discurso, deberían estar en contacto con

24
otros antagonismos a través de la configuración de una cadena de equivalencias. Sujetos y
colectividades cuyos reconocimientos y aspiraciones están y van más allá de la inserción y
aceptabilidad de sus reivindicaciones en marcos jurídicos o institucionales, o porque ponen
en peligro el sistema articulaciones diferenciales, estableciendo entre sus aspiraciones y
demandas ciertos enunciados equivalentes con el discurso establecido en una cierta
formación social, en un “exceso” discursivo.

6.4 La emergencia de sujetos y colectividades: posible formación de antagonismos

El cruce de la discusión arriba planteada con la izquierda latinoamericana se encuentra


concentrada en la cuestión de los sujetos y colectividades de transformación social
emergentes en este proceso de articulaciones sociales. Puesto que este trabajo realiza un
tratamiento especial desde la colonialidad del poder en la apertura de espacio políticos con
la emergencia de sujetos y colectividades sociopolíticas como agentes sociohistóricos,
políticos y culturales de transformación en su relación con la definición de la izquierda en
Latinoamérica, al interior de un EspacioTiempo delimitado de la estructura de un sistema
histórico en particular; es pertinente aquí analizar el lugar y las condiciones de posibilidad
de existencia de dichos sujetos y colectividades, como una problemática recurrente en la
discusión de la izquierda.

“También una cuestión que se le plantea a la izquierda es la relativa al sujeto del cambio radical,
ya que los sujetos colectivos que manejaba tradicionalmente, como el proletariado, aparecen
diluidos y no parece haber otra salida que incorporar como categorías conceptuales y operativas
a los nuevos movimientos sociales, que trascienden las categorías de clase. Esto podría llevar
una redefinición del socialismo, como una profundización del proceso democrático realizada por
sujetos populares organizados(Montes, 80).” (Matsushita, 2006: 259)

Desde la tradición marxista -o del economicismo de los marxistas-, la lógica que sustenta al
sujeto privilegiado de transformación, resultado de la determinación en “ultima instancia”
de los procesos económicos, como bien se sabe, es el proletariado. A su vez, esta lógica
anunciaba la división radical de los campos social y político en dos tendencias
irreconciliables, en la cual la lucha de clases es el mecanismo epistémico de observación e
intervención en esta confrontación, que por la incesante acumulación del capital, extendido
e intensivo en todo el mundo, arrojaría como resultado un proletariado mundial y a una
burguesía igualmente global como su contraparte.

Esta división dicotómica del campo social nunca se dio. La articulaciones económicas del
capitalismo que el marxismo previó no generaron un proletariado consistente como
identidad política y sujetos colectivos. Por el contrario, en la dinámica de los procesos
sociales al interior del capitalismo se desarrollaron muchos más sujetos y colectividades
distintos en una variedad distante formaciones sociales. También se cometió el error, en
muchos casos, de despreciar el valor transformador de algunas formaciones sociales,
incluyéndolas como derivaciones temporales o accidentales dentro del proceso económico.
Esto ocurre en Latinoamérica, donde los procesos de formación de lo social, no pasan por
una relación necesariamente económica, sino que ha sido mucho más cultural, política, y,

25
podría decirse, de alguna manera, epistemológica.

Siguiendo la disertación de Quijano y de acuerdo con ella:


“..., lo que importa para nuestros propósitos de indagación sobre la estructura de la sociedad
latinoamericana hoy es señalar que las relaciones entre capitalismo y trabajo son ahora, no sólo
en América Latina, mucho más complejas que poco antes, que el mundo del trabajo es mucho
más heterogéneo y además disperso y fragmentado. La crisis de identidad social que todo eso
conlleva ha empujado a muchos a un proceso de reidentificación en términos no vinculados a la
relación entre capital y trabajo, sino en otros muy distintos, entre los cuales los criterios de
“pobreza”, de “etnicidad”, de oficios y de actividades “informales” y de comunidades primarias
son, probablemente, los más frecuentes.” (Quijano, 2004: 88)

La crisis de identidad social en Latinoamérica, como lo evidencia Quijano, es tan compleja


como lo es el campo económico en la relaciones de capital-trabajo, que igualmente tiene
unas posibilidades de existencia y de determinaciones muy dispares. La constitución de
sujetos y colectividades sociales es afectada por estos procesos, en los cuales la
construcción de identidad en momentos tales, donde hay una pérdida de equivalencias,
supone el campo de emergencia de muchas expresiones que no logran formarse como
identidades de transformación nítidas, sino más bien se manifiestan una dispersión de
expresiones que no logran establecer equivalencias y tienden a desaperacer y reaparecer
constantemente.

Sin embargo, Atilio Boron identifica algunos aspectos recurrentes, en medio de esta
dispersión, de la emergencia de sujetos y colectividades durante el periodo en un momento
del EspacioTiempo en Latinoamérica que es objeto de análisis en este trabajo.

“Las razones de la irrupción de nuevos sujetos políticos son múltiples y complejas, pero existen
algunas que se reiteran en todos los casos. (1) por el fracaso económico ya anotado que acentuó
las contradicciones desencadenadas por la reestructuración económica y social precipitada por la
crisis y agudizada después por las políticas de “ajuste y estabilización” implementadas como
respuesta a la misma; (2) es preciso decir que el surgimiento de estas nuevas expresiones de la
política de izquierda se relaciona íntimamente con el fracaso de los capitalismos democráticos
en la región; (3) lugar habría que decir que este proceso ha sido también alimentado por la crisis
que se ha abatido sobre los formatos tradicionales de representación política; y (4), en una lista
que no intenta ser exhaustiva, es la globalización de las luchas en contra del neoliberalismo.”
(Boron, 2005: 45-48)

Las condiciones históricas de emergencia de estas nuevas complejidades sociopolíticas en


el panorama latinoamericano, como se ha visto, proviene de diferentes determinaciones, y
para nada es mono-causal, como tampoco tiene su campo de conflictividad única y
exclusivamente en los marcos del Estado y de la democracia liberal. En contraste, las
dinámicas de reclamación y de accionar de muchos de este sujetos y colectividades, están al
margen de los procedimientos y condicionantes estatales, o de representatividad a través de
partidos políticos.

Esta muy claro que el surgimiento de los antagonismos durante la historia del sistema
mundo moderno/colonial, permanece en las fronteras del discurso, negado para su

26
existencia como efectivamente antagónico. La negatividad frente a un establecimiento, en
la modernidad, puede o no tener su campo de conflictividad en el Estado, con, o contra,
pero no sin él. Lo interesante en esta cuestión, es que, a nivel general, se vivió en esta época
un doble desencanto y decepción en torno a lo estatal, como terreno para la transformación
de lo social: frente al estado capitalista con sistemas democrático-liberales en América
Latina, y de igual manera, frente a los proyectos de transformación vividos en la
experiencia del “socialismo real” de los Estados de Europa del Este.

La propia experiencia Latinoamericana de conflictividad en el campo político para la


izquierda y otras colectividades políticas ha estado marcada por la violencia, el descrédito,
la persecución, el señalamiento y el también el dogmatismo. El resguardo de algunas
expresiones en la izquierda Latinoamérica, tanto de las que accionaban desde los
procedimientos legales, como de aquellas que confrontaron de forma radical y hasta
armada, especialmente, durante la época de las dictaduras militares, dejó tras de sí una
estela de temor y frustración. Se viene de décadas anteriores marcadas por un accionar
estratégico frontal y directo, cuya reacción fue poco mas que proporcional.

“El «holocausto latinoamericano» duró varias décadas, dejando su huella en el futuro de la


región. Toda una generación de activistas políticos y laborales fue asesinada, torturada o
desaparecida por la represión militar. Una vez los movimientos antisistémicos fueron destruidos,
hubo una transición a la democracia formal controlada desde arriba. Cualquier discusión acerca
del éxito de la imposición de políticas neoliberales en toda la región durante los años 80 tiene
que partir de la derrota histórica de esos movimientos a manos de las dictaduras auspiciadas y
financiadas por EEUU.”(Grosfoguel, 2007: 154)

La década de los noventa del siglo pasado comenzó con un panorama interno e
internacional en contracorriente para la las expresiones de transformación social y de lucha
por la ampliación de los derechos, que históricamente se habían mostrado como agentes de
cambio social. La región en la reoganización de la economía mundo capitalista desde los
centros de poder económico y financiero mediante los organismos “multilaterales” para el
desarrollo económico, implementaron en la región varias medidas de ajuste estructural de
las economías nacionales, encaminados a una apertura de dichas economías hacia una
liberalización total de las restricciones estatales: la reducción del tamaño de los estados,
sobretodo del desentendimiento económico sobre aspectos como la salud y los servicios
públicos, que es garantizado, por lo visto, por oleada de legislaciones sobre el acceso del
sector privado para el cubrimiento de éstos. Es decir, que aspectos que históricamente se
habían reclamado como derechos, son convertidos en la lógica neoliberal en servicios,
dejando atrás la muy pocas veces usada categoría 'ciudadanía', por la de cliente, como
actualmente se extiende, incluso en el dominio político.

Dentro de las múltiples posibilidades de accionar, tres repuestas se han dado a la


problemática abierta en la década de los noventa. Una el desarrollo de un capitalismo
nacional fuerte, de nuevo en la palestra después de su derrota años atrás; la segunda, la
intensificación del proceso neoliberal, desde la iniciativa transnacional, mediante el
incentivo de inversión extranjera en los países de la región; y, por último, están aquellas, ...

27
“...pequeñas agrupaciones y discursos procedentes del período anterior, que prolongan el debate
entre las tendencias del llamado socialismo científico, han vuelto a ganar alguna audiencia en el
debate público. Pero también está en curso de constitución una nueva corriente, producida en la
crisis actual y que, probablemente, tiende a crecer más que la anterior. Aunque su discurso no es
aún sistemático, ni sus propuestas explícitas, se dirige no sólo contra la variante neoliberal del
capitalismo, sino contra el poder capitalista como tal. Los colectivos que se forman en diversos
países, con diversos nombres y opciones, agrupando especialmente a los jóvenes,
principalmente estudiantes e intelectuales, pero también trabajadores, son la expresión de las
primeras formas y etapas del debate, de la organización y de la actuación de esta vertiente.
Probablemente el sello común a su heterogéneo universo es la desconfianza en la experiencia y
en las propuestas del socialismo realmente existente, su virtual ruptura con la experiencia
estaliniana y el estatismo de tales socialistas. Por eso comienzan a ser percibidos por muchos de
sus críticos, y aun por sus propios actores, como una prolongación de un indeterminado y aún
no discutido anarquismo.”(Quijano 2004: 84)

Los sujetos y colectividades sociales de este periodo, reiteradamente catalogados en los


“nuevos movimientos sociales” junto con otras muchas más expresiones sociales y
culturales (en la cita faltan nombrar varios que son importantes en este trabajo como los
indígenas, los movimientos de género, los ecologistas, entre otros, que se debe a la
prelación que le da Quijano cuestión del trabajo en las relaciones de colonialidad en el
sistema mundo moderno colonial), son algunos de los aspectos que con mayor intensidad
afronta la izquierda latinoamericana. Particularmente, la emergencia de sujetos y
colectividades en este periodo se ha asociado con una nueva ola renovada de la izquierda
política en Latinoamérica, denominada la “nueva izquierda”; no obstante, esta asociación
entre movimiento y política suele ser bastante difusa, aún más cuando mediante la
adjetivación de “nuevo” se quiere demarcar una línea divisoria, a manera de ruptura con lo
anterior.

Lo que atañe a este trabajo no se encuentra en la concepción entre lo “nuevo” y lo “viejo”,


tanto en los agentes sociales como en las tendencias políticas, sino en lo que Chantal
Mouffe y Ernestro Laclau retoman de la noción foucultiana de 'regularidad en la dispersión'
como característica del discurso. En otras palabras, lo que se intenta establecer es la
relación de sujetos y colectividades sociohistóricas y políticas, en un EspacioTiempo
delimitado, dentro del sistema mundo moderno/colonial, de experiencias socioculturales tan
diferentes como el EZLN del sur de México, el movimiento bolivariano en Venezuela y el
Movimiento al Socialismo en Bolivia, frente a la construcción y definición parcial de la
izquierda, desde una perspectiva como la colonialidad del poder, y, por último pero no
menos importante con Latinoamérica.

La discusión entre lo “nuevo” y lo “viejo” se presenta a modo de ruptura en un continuo,


entre lo pasado y lo presente, también sirve como adjetivo que indica una temporalidad,
para distinguir y determinar lo reciente. En las décadas del sesenta y del setenta también se
habló y se puso en el lenguaje político esta misma adjetivación, como medio para demarcar
unas tendencias emergentes sobre otras. Ya de corte tradicional. A pesar de esto, no estamos
discutiendo la “novedad”-porque esta acepción de lo nuevo como “novedoso” tiene su
límite y desgaste espaciotempotal y discusivo-, sino el continuo histórico discursivo ya

28
implícito en el término izquierda. Es en los cambios, giros y definiciones implícitos en un
proceso de construcción de una categoría que permanece inconclusa e inacabada en todo
momento. Como ya se dijo, son unas condiciones específicas en las articulaciones sociales
donde a cada momento se están tratando de fijar sentidos, siendo para TiemposEspacios
particulares siempre parcialmente fijadas y referidas categorías que aparecen, desaparecen,
se ocultan y revelan del lenguaje político. Por tanto, esta redifinición constante e
incompleta no nos permitiría hablar de “nuevo”, como ruptura, lo cual sería una cosa
distinta que remite a una otra nominación, sino a una constante incompleta que cambia.
sino fuese así, cada cambio discursivo, directamente tendría que adjetivarse como nueva o
desparecer.

El encuentro de unos agentes sociales que parecen tan distantes entre sí a través de la
construcción histórica de la izquierda política, como aquella regularidad discursiva se
encuentra presente en los cambios y reacomodamientos geopolíticos del sistema mundo en
el transcurso de los dos últimos siglos, ampliada su complejidad en los procesos de
articulación, tiene que ver también con la incidencia de estos procesos en la transformación
de un sistema histórico y de la totalidad estructural sobre estos, como negación, elemento,
y, dado el caso, como momentos de ésta misma. La formación de antagónicos, a partir de
aquí, se enlaza con la propuesta y accionar transformador de estos agentes sociales y con
concepción de la igualdad, impulsada al radical democrático, teniendo presente la
colonialidad del poder, tendiente a la decolonización de las relaciones sociales.

“Ningún proyecto radical en América Latina tendrá éxito si no desmantela las jerarquías
raciales/coloniales. Esto plantea la necesidad de poner como una de las prioridades de futuros
movimientos revolucionarios el asunto de la descolonización y democratización social del
poder. La reproducción de estas jerarquías afecta no solo el alcance del proceso revolucionario
sino la democratización de las jerarquías sociales.”(Grosfoguel, 2007: 162)

Todavía quedan algunas cuestiones conceptuales mencionadas escuetamente pero no


definidas dentro del diseño teórico del trabajo, entre éstas está la concepción y lugar central
que tiene el EspacioTiempo. Para ello, se retoma las concepciones de TiempoEspacio que
reiteradamente Wallerstein pone de relieve en las investigaciones de las ciencias sociales,
como aspecto fundamental en muchas ocasiones “sobreentendidas” en las tendencias del
cambio y transformación social en un estructura histórica determinada. .

6.5 Colonialidad del poder

El concepto fundamental y guía de análisis de la izquierda Latinoamericana, con igual


importancia del ámbito epistémico, es la colonialidad del poder. Este concepto se debe a los
estudios e investigaciones del sociólogo peruano Aníbal Quijano, quien a través de sus
análisis de la realidad peruana, de una exhaustiva labor académica sobre los legados del
pasado colonial a nivel general como instancia constitutiva de los procesos sociales de larga
duración en una región periférica como Latinoamérica, desarrolló en parte este concepto.
La crítica que ejerce Quijano se enfoca en algunas de las concepciones básicas del
pensamiento intelectual latinoamericano, frente a la idea del desarrollo y del progreso del

29
cepalismo, del marxismo heterodoxo, las teorías de la dependencia y la filosofía de la
liberación de Enrique Duseel, y preponderantemente contra el eurocentrismo crónico de la
intelectualidad latinoamericana.

En el transcurso de su vida intelectual Quijano se encontró con la interesante propuesta de


los análisis de sistema-mundo que estaba realizando el investigador estadounidense de
origen alemán Immanuel Wallerstein, quien a su vez proviene de toda una corriente de
pensamiento de análisis históricos, económicos y sociales desde el cruce de los estudio de
los procesos de cambio social del marxismo heterodoxo y de la concepción de la historia de
la escuela de los anales. Es en el artículo de 1992 “Americanity as a Concept of the
Americas and the Modern World-System”.(Quijano, Wallerstein, 1992: 549-557) donde se
hace apertura de la discusión de la colonialidad del poder con los análisis de sistema
mundo. La coincidencia de varios aspectos entre ambas perspectivas hizo posible que los
dos autores se sentaran a escribir juntos y definir el concepto de Americanidad.

Sin embargo, lo que se destaca en este documento es la premisa fundamental que Quijano
logra introducir en los análisis de sistema mundo, la cual define al “descubrimiento” de
América como momento constitutivo en la formación de la modernidad, aspecto el cual no
había sido tenido en cuenta por Wallerstein en su extensa obra El moderno sistema mundial
(Wallerstein, 1979), en el cual da un papel marginal a este acontecimiento histórico, pues
dice allí que con descubrimiento o no, la formación de la modernidad es un fenómeno
histórico que se concentró en Europa, durante siglo XVII, por factores y condiciones que
predominaron en Europa para la formación y expansión del capitalismo, donde el
descubrimiento el “descubrimiento de América” fue algo incidental, mas no constitutivo .

El desplazamiento discursivo y epistémico del “descubrimiento” de América en los análisis


históricos de la modernidad y de sus elementos constitutivos, implica, en términos de largo
plazo, que la modernidad y el desarrollo del capitalismo tienen este acontecimiento como
uno de sus momentos inaugurales para la estructuración del sistema mundo
moderno/colonial, que ya cumple más de cinco siglos. Con lo cual la experiencia de la
colonia hace parte del constructo epistémico y ontológico de la subjetividad moderna. Esto
nos conduce a una primera caracterización de la colonialidad del poder.

“Desde la inserción de América en el capitalismo mundial moderno/colonial, las gentes se


clasifican y son clasificadas según tres líneas diferentes, pero articuladas en una estructura
global común por la colonialidad del poder: trabajo, género y raza... especie. El primero implica
el control de la fuerza de trabajo, de los recursos y productos del trabajo, lo que incluye los
recursos “naturales”, y se institucionaliza como “propiedad”. El segundo implica el control del
sexo y sus productos (placer y descendencia), en función de la propiedad. La “raza” fue
incorporada en el capitalismo eurocentrado en función de ambos ejes. Y el control de la
autoridad se organiza para garantizar las relaciones de poder así configuradas... En tanto que
todos los elementos que concurren a la constitución de un patrón de poder son de origen, forma
y carácter discontinuos, heterogéneos, contradictorios y conflictivos en el espacio y en el
tiempo, es decir, cambian o pueden cambiar en cada una de esas instancias, en función de sus
cambiantes relaciones con cada uno de los otros, las relaciones de poder no son, no pueden ser,
una suerte de nichos estructurales preexistentes, en donde las gentes son distribuidas, y de los

30
cuales asumen tales o cuales características y se comportan o deben comportarse
acordemente.”(Quijano, 2007: 115)

La articulación de un patrón mundial de dominio y control tiene como base la clasificación


social de los pobladores de otras regiónes, culturas y territorios distintos a las europeas. Es
decir, el dar sentido a la existencia del otro a través de la identificación con el 'Otro', como
negatividad pura, no como “alteridad” sino como Otredad, el 'Otro' como vacío y reflejo de
sí mismo, en una identificación donde las partes quedan estructuralmente afectadas, y lo
otro como objeto de dominio al ser un no-igual, casi como parte de la naturaleza, da inicio a
la apertura del dualismo epistémico poco después con Descartes, y la creación del 'yo'
sujeto de la racionalidad .

Por demás, la colonialidad inscribe el término raza dentro como concepto estructurante y
de valor epistemológico de las relaciones sociales y de cimiento de las relaciones
internacionales entre los centros y las periferias desde hace 500 años. “Raza se convirtió en
el primer criterio fundamental para la distribución de la población mundial en los rangos,
lugares y roles en la estructura de poder de la nueva sociedad. En otros términos, en el
modo básico de clasificación social universal de la población mundial.” (Quijano, 2000)

La raza, como lo explica Quijano, es una invención que parte de la diferenciación que hace
el hombre europeo occidental del hombre que se hallaba en América, por lo tanto, fue
primero indio que europeo en la denominación racial, y por extensión se dieron diversos
apelativos a otras culturas, las cuales desde allí pasaron a ser inferiores, anteriores y
subvaloradas, cuya medida de civilización se da por el grado de desarrollo moderno
(ciencia, pensamiento, modos de producción, estructuras sociales e institucionales), del cual
Europa se supone es punto de referencia y el ejemplo a seguir.

Desde que América fue inserta en el circuito económico del mercado mundial como
proveedor de los metales preciosos, haciendo transito en España y Portugal para el proceso
acumulativo del sistema financiero noreuropeo, se comienzan a cimentar las bases de la
configuración del sistema- mundo bajo el plano de trascendencia2. Sumado a esto, la
obtención de capital en base a la mano de obra esclavizada originó que las estructuras de la
división del trabajo internacional también estén atravesadas por la racialización. El hombre
europeo occidental en este proceso es asalariado, mientras que los amerindios y negros se
relegan a la esclavitud.

De este punto es importante resaltar que, “a partir de América un nuevo espacio/tiempo se


constituye, material y subjetivamente: eso es lo que mienta el concepto de modernidad.
Desde esa perspectiva, es necesario admitir que América y sus consecuencias inmediatas en
el mercado mundial y en la formación de un nuevo patrón de poder mundial, son un cambio
histórico verdaderamente enorme y que no afecta solamente a Europa sino al conjunto del
mundo. No se trata de cambios dentro del mundo conocido, que no alteran sino algunos de

2 Para ver una discusión más amplia sobre el plano de trascendencia de la modernidad pueden se
retemados los textos de Deleuze y Guattari en ¿Qué es la filosofía?, Negri y Hardt en Imperio y Santiago
Castro Gómez en La hybris del punto cero.

31
sus rasgos. Se trata del cambio del mundo como tal. Este es, sin duda, el elemento fundante
de la nueva subjetividad: la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que
desencadena el proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo y sobre la
historia.”(Ibid)

La apertura del sistema histórico de la modernidad se mantiene gracias a las articulaciones


específicas estructuradas en una totalidad discursiva, en un patrón de control y dominio,
cuyos mecanismos y dispositivos han logrado dinamizarse extendiéndose por el planeta
entero. La colonialidad es muy diferente del colonialismo, se refiere a los componentes
epistemológicos y ontológicos de la creación de subjetividades y la construcción social del
conocimiento en la modernidad, implantado como estructura orgánica diferenciadora y
excluyente de reconocimiento entre diversas poblaciones, valoradas por la “legitimidad”
objetiva de sus conocimientos y saberes, instituciones y los procesos históricos, bajo la
óptica de la racionalidad (punto cero). El colonialismo, por su parte, es el dominio de un
territorio y su población a través de mecanismos políticos- institucionales y jurídicos,
donde la metrópoli colonial tiene una presencia física permanente, cuestión que también
influye en la constitución de la colonialidad, pero que no es útil en proceso de larga
duración.

Se habla aquí de las estructuras que permanecen durante un gran periodo de tiempo y
determinan factores en la concepción del sujeto, los grupos sociales y las dinámicas de
comprensión de la realidad. Este tipo de dominación es tan persistente que aunque se haya
declarado una liberación de los centros de control, ha arraigado los esquemas
interpretativos y comprensivos de la lógica de conquista, identificación y clasificación, aún
después de la retirada física de los dominadores. El dominio de...

...la noción de ‘colonialidad del poder’ es que el mundo no ha sido completamente


descolonizado. La primera descolonialización (iniciada en el siglo XIX por las colonias
españolas y seguida en el XX por las colonias inglesas y francesas) fue incompleta, ya que se
limitó a la independencia jurídico-política de las periferias. En cambio, la segunda
descolonialización —a la cual nosotros aludimos con la categoría decolonialidad— tendrá que
dirigirse a la heterarquía de las múltiples relaciones raciales, étnicas, sexuales, epistémicas,
económicas y de género que la primera descolonialización dejó intactas. Como resultado, el
mundo de comienzos del siglo XXI necesita una decolonialidad que complemente la
descolonización llevada a cabo en los siglos XIX y XX. Al contrario de esa descolonialización,
la decolonialidad es un proceso de resignificación a largo plazo, que no se puede reducir a un
acontecimiento jurídico-político (Gros-foguel, 2005). (Castro Gomez, Grosfoguel, 2007: 17)

Ahora bien, como se habrá podido percibir la colonialidad se presenta con regularidad
sobre instancias variadas, el grupo de investigadores modernidad/colonialidad ha hecho
énfasis sobre tres aspectos en los que la colonialidad se ha asentado más firmemente, estos
son: el poder, el ser y el saber; ninguno de ellos viene antes de otro, ni determina las
instancias de uno sobre el otro: ni derivados ni determinantes; se dan simultáneamente en la
relaciones sociales -existe un cuarto aspecto que está siendo trabajo por Arturo Escobar,
que es la relación de la colonialidad y la naturaleza-. Aquí se se va prestar atención al
primero, que por cuestiones de alcance de los objetivos y por limitaciones, -que daría uno

32
por uno para trabajos similares-. Entonces, ¿cuál es la perspectiva de poder que se maneja
aquí?, Quijano proporciona algunas pistas de lo que entiende por poder y de los usos
analíticos de éste.

“Tal como lo conocemos históricamente, el poder es un espacio y una malla de relaciones


sociales de explotación/dominación/conflicto articuladas, básicamente, en función y en torno de
la disputa por el control de los siguientes ámbitos de existencia social: (1) el trabajo y sus
productos; (2) en dependencia del anterior, la “naturaleza” y sus recursos de producción; (3) el
sexo, sus productos y la reproducción de la especie; (4) la subjetividad y sus productos
materiales e intersubjetivos, incluido el conocimiento; (5) la autoridad y sus instrumentos, de
coerción en particular, para asegurar la reproducción de ese patrón de relaciones sociales y
regular sus cambios.” (Quijano, 2007: 96)

Los vínculos que se tienden entre el poder y la colonialidad como proceso de larga duración
se ubican en una maya de relaciones de poder por el control y dominio de ciertos aspectos
de la vida, donde se ponen de manifiesto las equivalencias con los demás tipos de
colonialidad. Esta definición del poder como espacio de relaciones de control y dominio
está conectada con las definiciones del espacio político y sus campos de conflictividad y, en
ellos, los movimientos de reclamaciones de igualdad. Tenemos del trabajo, a los
trabajadores y a los burgueses y toda la variedad de sujetos y grupos del ámbito: los
movimiento obreros; de la naturaleza como recurso para explotación para la acumulación
de capital: los movimientos ecologistas; el sexo, las diferencias de género y las
implicaciones sobre la sexualidad: los movimientos gay y feministas, etc., estos por lo
menos identificables en colectividades, más o menos claros. Los demás al ser instancias tan
particulares son de difícil ubicación, o mejor, hacen parte de problemáticas tan amplias y
complejas que necesariamente deben vincularse entre estos, y extensivamente con
movimientos políticos y con corrientes académicas.

Hay que agregar a esto, que las relaciones entre los agentes y actores que entran o están
inmersos en la articulación del poder están caracterizadas por las asimetrías de cada unos de
estos ámbitos. Estas asimetrías en las relaciones que tejen el poder se circunscriben con un
elemento fundamental de la crítica decolonial: la clasificación social, complejizando el
campo de discursividad entre los elementos y antagonizando con otros. Tal y como se
mencionó anteriormente, la categoría raza coadyuda a sobredeterminar las distancias
asimétricas en los diferentes grupos y sujetos.

Al centro de la ‘colonialidad del poder’ está el patrón de poder colonial que constituye la
complejidad de los procesos de acumulación capitalista articulados en una jerarquía racial/étnica
global y sus clasificaciones derivativas de superior/inferior, desarrollo/subdesarrollo, y pueblos
civilizados/bárbaros. De igual modo, la noción de ‘colonialidad’ vincula el proceso de
colonización de las Américas y la constitución de la economía-mundo capitalista como parte de
un mismo proceso histórico iniciado en el siglo XVI. La construcción de la jerarquía
racial/étnica global fue simultánea y contemporánea espacio-temporalmente con la constitución
de una división internacional del trabajo organizada en relaciones centro-periferia a escala
mundial. (Castro Gomez, Grosfoguel, 2007: 18)

33
METODOLOGÍA

Para el cumplimiento de los objetivos de este trabajo, la apuesta metodológica está


cimentada en el análisis documental de escritos académicos en torno a las izquierdas
políticas latinoamericanas durante el periodo comprendido entre 1989 a 2006. Puesto que
nos limitamos al análisis de tres casos (EZLN, MAS-IPSP, Movimiento Bolivariano), cada
uno situado bajo los marcos contextuales históricos diferentes, unidos por el referente
Latinoamérica y sus implicaciones, vemos necesario la introducción de microanálisis por
cada caso. La elaboración de cada microanálisis, a su vez, está sustentada tanto en el trato
documental como en la articulación de tres perspectivas teóricas, las cuales resultan en una
elaboración analítica metodológica del cruce histórico-discursivo de los documentos para la
reconstrucción histórica del campo discursivo elaborado por las izquierdas en cada
contexto. A partir de los microanálisis se contrastaran, no del todo alejados de una
comparación, pero distantes del esquema analítico puramente comparativo, los aspectos
más relevantes según el esquema histórico-discursivo del microanálisis, tomado en cuenta
diferencias, similitudes y esencialmente los desplazamientos discursivos, organizativos y
políticos de los significantes más importantes para la elaboración de los propios campos
discusivos de cada izquierda y los rasgos equivalentes que puedan haber entre ellas y las
otras opciones de izquierda en en cada contexto.

El rastreo y elaboración del documento se registrará de forma cronológica, partiendo de la


fundación misma de las primeras organizaciones o partidos políticos de izquierda como
apartado temático e introductorio de los microanálisis. Cronológica, pues este tipo de
registro nos permite, primero, acercarnos a las condiciones de posibilidad del origen de los
discursos de izquierda en cada caso; segundo, nos permite identificar los desplazamientos
discursivos de la izquierda, los énfasis, vacíos, tendencias y persistencia discursivas; y,
tercero, es necesario para el análisis en larga duración, siendo básicamente éste el criterio
primario para el análisis filogenético de deconstrución hegemónica de las izquierdas
latinoamericanas y de los casos en particular, a partir de los registros documentales con
diversos enfoques. No sobra decir que en la elaboración del análisis y del documento final
no se desprenden por aparte, de forma separada, o aislada de las perspectivas sino que se
cruzan bajo el análisis elaborado a partir de los documentos.

Esquema del Microanalisis

Hemos hecho referencia a tres perspectivas teóricas bajos las cuales se cimienta la
elaboración del esquema microanálitico. Pues bien, la primera perspectiva (poco importa el
orden de introducción), ya sugerida, se basa en el análisis de sistema mundo de Immanuel
Wallerstein. Enfocados básicamente en la apreciación analítica del EspacioTiempo3 en el

3 1. TiempoEspacio episódico es geopolítico: implica una respuesta de opinión política e histórica de un

34
mundo moderno/colonial y capitalista, por consiguiente tenemos que en el esquema
microanalítico los TiemposEspacios (TE) se insertan en los límites periódicos de la
formación del campo discursivo, al diferenciar por objeto de medición, los tiempos se
acoplan de la siguiente manera:

1. El TE estructural es tomado aquí como el dominio de la diada izquierda derecha que


domina las lógicas de constitución del campo de disputa político en la modernidad,
nos basamos en la premisa de que está lógica aún domina el campo político, de
acuerdo con Bobbio y con otros autores quienes apoyan y argumentan este
presupuesto. Es decir, la perspectiva de largo plazo en la inscripción de las
corrientes de izquierda en el campo político latinoamericano durante el siglo XX, y
su inserción estructural como alternativa política, también inscrito dentro de los
esquemas de dominio de la colonialidad del poder.
2. Los TE Cíclicos e ideológicos hacen referencia al surgimiento dentro del campo
político de formas ideológicas, sociales, económicas e identitatarias que toman
hegemónicamente parcialmente el campo político, sin destruirlo, bajo unas lógicas
de justificación y práctica política propia. Por ejemplo, el Nacionalismo
revolucionario, el neoliberalismo, la formaciones de identidades (obrero, vecino,
indio, indígena, pueblo, etc.) En otras palabras, el desplazamiento, formación y
declive de un discurso basado en un sistema de diferencias claras con la exclusión
de otros.
3. El TE episódico o geopolítico, por el cual se apuntan algunos hechos de gran
importancia, y que de alguna manera inciden en los demás TE: fundaciones y
disoluciones de partidos, masacres, golpes de estado, toma de posesión y/o renuncia
de presidentes, promulgación de leyes, etc.

La segunda perspectiva, es la que se desprende del contenido tanto metodológico como


teórico del posmarxismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en los libros Hegemonía y
estrategía socialista y La razón populista de Laclau únicamente, de los cuales rescatamos
la forma de elaboración del análisis discursivo político de la izquierda y los elementos para
construcción de “pueblo”, a través del populismo como lógica política, y no simplemente
suceso o acontecimiento de las tendencias seculares que tienen explicaciones inmediatas, pero como los
“acontecimientos son polvo” poco se puede determinar completamente de estos a nivel estructural de los
patrones que no trascienden los eventos de lo local.
2. El TiempoEspacio Cíclico es Ideológico: vinculado con las divisiones y orientaciones ideológicas
especialmente con categorías geográficas como oriente-occidente o norte y sur, que no obstante,
demuestran lo que ocurre al interior de sistemas históricos particulares y de cómo son los mecanismos
reguladores y racionales de dichos sistemas, revelando de alguna manera la anatomía del sistema; estos a
su vez difieren entre sí en la duración y explican un TiempoEspacio Estructural, de lo que se puede y no
cambiar en ellos. Estos pueden ser representados gráficamente como una onda.
3. El TiempoEspacio Estructural contenedor de los otros TiempoEspacio que se desenvuelven al interior de
éste, y referido proceso orgánico del sistema histórico, pues los sistemas históricos no son eternos, y se
comportan como organismos con un nacimiento, un proceso y un fin (colapso y transformación).
Espacialmente manejan categorías de actividades económicas que se encuentran en la economía mundo
capitalista como centro y periferia. Este se constituye como el concepto clave para las ciencias sociales.
debido a que es la unidad significativa de análisis social y del cambio social en interacción y conflicto.
(Wallerstein)

35
como demagogia de un líder y retórica nacionalista o étnica. El procedimiento de análisis
discursivo se da en el punto de encuentro entre la decisión deconstrución, que descubre el
papel de la indecidibilidad de la estructura y la decisión hegemónica, que da cuenta, como
teoría, de la decisión adoptada en un terreno indecidible, y como categoría, el pensar que el
carácter político de las relaciones sociales es un efecto necesario e inmanente de una
estructura plenamente constituida. El campo de indecidibidad, deriva de las identidades
complejas constituidas por una pluralidad de momentos que es la estructura, donde estas
identidades, en este caso las formaciones políticas y sociales de izquierda latinoamericanas
objeto de análisis, requieren conexiones contingentes.

La decisión de intervención hegemónica que toman en un momento dado, gracias a unas


posibilidades de emergencia históricas unas “voluntades colectivas”, como agencias
sociales, con límites imprecisos, redefinidas de continuo y constituidas merced a la
articulación contingente de una pluralidad de identidades y relaciones sociales. Así, para el
análisis discursivo tomamos en cuenta la decisión de estas voluntades colectivas por entrar
en la disputa hegemónica a través de la toma o elaboración de significantes (nación,
democracia, pueblo, participación, autonomía, coca, etc) -Primera unidad mínima de
análisis-, para dotarlos de su propia significación. También se analizará mediante este
esquema, las propias reapropiaciones de la narración histórica por parte de las
organizaciones de izquierda, en cuanto ellas mismas constituyen contenidos presenciados
como fallas de significación que deben ser en sí mismas significadas y otras recreadas a
través de la exploración simbólico-discursiva.

Además, de la construcción de una red discursiva alterna a través de significantes que


puede llegar a relacionar por equivalencias diversos discursos particulares en una cadena,
mediante el impulso de unas demandas generales – Segunda unidad mínima de análisis-
para entrar en proceso de articulación con otros sectores y discursos: alrededor de éstas,
pudiendo o no llegar a desbordar y luego antagonizar con el discurso de sistema de
diferencias (el nacional revolucionario, el neoliberalismo, el marxismo, el estado colonial,
multiculturalismo, etc.)

Y, tercero, la colonialidad del poder, desde la cual se explora histórica-discursivamente, las


relaciones de poder racializadas bajo la matriz colonial en el campo político moderno y
cómo se ha mantenido a través de la larga historia y sus replicas en las formaciones
discursivas al interior de los movimientos como frente al discurso hegemónico. Es decir, la
construcción discursiva, política e histórica de la relación con el “otro” y sus lógicas de
exclusión, subordinación, subalternización, abigarramiento y estigmación, como de
integración bajo sistema de diferencias.

Así los microanálisis se sustentan en una mirada que contempla el análisis documental a
través del tejido discursivo (significantes, demandas, y articulaciones) de la red discursiva
surgida de los documentos académicos acerca de la izquierda política latinoamericana
(EZLN, MAS-IPSP y Movimiento Bolivariano) tomando en cuenta el campo de
emergencia histórico, a manera filogenética, de larga, mediana y corta duración en una
reconstrucción cronológica de éstos, analizando así los aspectos de elaboración de esta red

36
y de clasificación social de la colonialidad del poder. Por ser una investigación
eminentemente cualitativa, los resultados arrogados por los microanálisis serán puestos
como conclusiones abiertas, interrogativas y parciales, debido fundamentalmente a que los
procesos de construcción discursiva de estas izquierdas siguen vigentes, pues no podemos
determinar de manera cierta y medible los alcances a futuro y los giros discursivos que
puedan o estén tomando actualmente, siendo las tendencias actuales simplemente
episódicas y contingentes.

37
CAPITULO I

1.1 Un camino de exploración: la izquierda

En un documento sobre la situación particular de la izquierda política latinoamericana, es


narrado un peculiar hecho ocurrido durante un mitin en las instalaciones del campus
universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (López,
Rivera,Gonzalez, 2003: 5); la Comandata Ramona del Ejercito Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) se aprestaba a dirigir un discurso ante un público conformado en su
mayoría por estudiantes y profesores universitarios, quienes ansiosamente aguardaban
escuchar sus palabras. Sin embargo, y para sorpresa de los asistentes, ella realizó su
alocución en idioma tzotzil. Casi la totalidad de la audiencia no entendió el discurso de la
comandanta del EZLN, por lo que parecería una obvia razón: el idioma 4. Este suceso que, si
bien, y desde de una desprevenida lectura, no pasaría de ser una acto de resistencia
mediante una afirmación de identidad utilizando como herramienta el idioma, representa
además, la distancia crítica que tenemos en Latinoamérica frente a la emergencia de
conjuntos sociales que se mantienen en la “retaguardia”5 del sistema mundo
moderno/colonial. Esta “distancia crítica” frente a la emergencia de actores sociales se
constituye, en las regiones periféricas y centrales del sistema mundo moderno/colonial,
como el patrón de dominación y control de los recursos y productos de la raza, del género y
del trabajo, en palabras de Anibal Quijano, de la colonialidad como factor constitutivo de la
modernidad y del capitalismo (Quijano, 2007: 93).

Por sí solo el hecho de no poder entender otro idioma no nos dice mucho acerca de la
configuración de un patrón de dominio y control, ni mucho menos de cómo a partir de éste
se pueda hacer análisis de tipo sociopolítico, si se toma de manera aislada, atemporal, sin
4 Como nos recuerda Bourdieu (2001: 11) las “relaciones de comunicación por excelencia, que son los
intercambios lingüísticos, son también relaciones de poder simbólico donde se actualizan las relaciones de
fuerza entre los locutores y sus respectivos grupos”, a partir de la posesión de ciertos capitales lingüísticos
valorizados en un “mercado de bienes simbólicos” (Bourdieu, 2001: 24). De forma tal que “los locutores
desprovistos de la competencia legítima quedan excluidos de los universos sociales en que esta se exige o
condenados al silencio” (Bourdieu, 2001: 29).(Stefanoni, 2004: 368)
5 Frente a la discusión en el seno de la izquierda sobre las “vanguardias”, cuya expresión última es el
partido, desde el leninismo, Ramón Grosfoguel analiza la situación del movimiento zapatista a partir del
partido de retaguardia “El ‘andar preguntando’ lleva a lo que los zapatistas llaman ‘movimiento de
retaguardia’, frente al ‘andar predicando’ del leninismo, que lleva al ‘partido de vanguardia’.El partido de
vanguardia parte de un programa a priori enlatado, que al ser caracterizado como ‘científico’ se autodefine
como ‘verdadero’.” GROSFOGUEL, Ramón. (2007) Descolonizando los universalismos occidentales: el
pluriversalismo transmoderno decolonial desde Aime Cesarie hasta loa zapatistas. En El giro decolonial:
reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global. Siglo del Hombre Editores.
Bogotá. este tema será analizado más adelante, frente a la presunta determinación del sujeto y los grupos
sociales que llevarían a cabo las tareas propias de la transformaciones sociales..

38
lugares y sujetos de enunciación, sin territorios. No obstante, situaciones como la sucedida
en la UNAM, llevada a otros niveles, muestra que los mecanismos de control y dominación
alcanzan grados de opresión los cuales en algunos aspectos han sido ocultados, como son
los procesos sociohistóricos y discursivos desde la colonialidad del poder. Es decir, en la
emergencia de grupos y sectores sociales los procesos de comprensión y entendimiento
quedan subsumidos bajo los momentos de discursividad de la colonialidad, sesgando las
lecturas y el accionar del conjunto mayoritario de las formaciones sociales hacia estos
conjuntos sociales emergentes. Por tanto, el núcleo duro de las propuestas radicales o
transformativas incluye/excluyendo, bajo una óptica reducida, sujetos y procesos de
transformación de otras formas de organización y de accionar sociopolítico, encerrando
dentro de la red discursiva y política -moderna-, las más variadas alternativas del cambio
social.

No hay que olvidar que los procesos de dominio y control -que en determinados momentos
llegan a la opresión- pasan por una diversidad de campos de la vida, algunos de ellos llegan
en ocasiones a la desaparición de expresiones culturales y de conjuntos sociales, cuyas
prácticas han sido subvaloradas, rechazadas, ocultadas, incluyendo el exterminio físico y de
sus cosmologías. Otras, por el contrario, pasan a ser hegemónicas. A pesar de que las
problemáticas sociales puedan tender puentes de comunicación entre diversas formaciones
sociales, con distintos idiomas y formas de entender el mundo6 ¿Por qué, entonces, parece
no existir una mutua traductibilidad entre dichas formaciones sociales?. Más inquietante
aún, que en nombre de agudas desigualdades sociopolíticas, sectores y grupos quienes
propenden por la transformación de las estructuras de opresión y por una mayor igualdad,
pueden ejercen otros tipos de desigualdad y de dominio mediante el ocultamiento
conceptual de las diferencias específicas y constitutivas de un dominio más amplio y menos
problematizado de opresión sobre sectores en emergencia e incluso sobre los propios
sujetos “privilegiados” de dicha transformación.

Me refiero, entonces, en conjunto al tipo de ceguera sobre procesos constitutivos y de los


mecanismos de control, dominio y opresión que ha tenido en la modernidad esta categoría
política, que a manera dicotómica ha dominado las lecturas de lo social, siendo parte de los
espacios de tensión política propia de la modernidad, es decir, a la izquierda política.

“Los proyectos de izquierda en América Latina han reproducido, dentro de sus organizaciones y
desde el Estado, la colonialidad del poder, es decir, la dominación europea sobre las poblaciones

6 Una interesante propuesta de discusión a la problemática del dominio y control, e implicaciones de la


preeminencia de unos idiomas sobre otros como herramienta geopolítica y geocultural en la modernidad,
es dada en la discusión del Informe de la Comisión Gulbenkial, en Abrir las ciencias sociales, donde se
pone de relieve cómo en la modernidad la centralidad del conocimiento se da a la par con las formaciones
imperiales y la expansión del capitalismo, con ello se va imponiendo algunos idiomas (inglés francés,
alemán y el italiano) como referentes de validez del conocimiento. WALLERSTEIN, Immanuel. (1997)
Abrir las ciencias sociales / Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias
sociales. Siglo Veintiuno, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades,
Universidad Nacional Autónoma de México. México. Una propuesta más cercana a nuestra lectura está
contenida en el libro de Walter Mignolo La “idea” de América Latina. Sobre la discusión de la hegemonía
idiomática en la constitución de la colonialidad del poder.

39
no europeas. La izquierda nunca problematizó de manera radical las jerarquías construidas
durante la expansión colonial, todavía presentes en América Latina, al privilegiar los problemas
de clase e ignorar los raciales. La colonialidad es una relación sociocultural entre poblaciones de
origen europeo versus poblaciones de origen no europeo que resulta reproducida constantemente
mientras las estructuras de poder sigan dominadas por las elites criollas blancas y mientras se
siga construyendo a las poblaciones no europeas como racialmente «inferiores».” (Grosfoguel,
2003)

La colonialidad del poder indica que este proceso de control y dominio continua aún
después de los procesos de descolonización emprendidos desde el siglo XIX al siglo XX en
las colonias españolas y portuguesas de América, los cuales se limitaron a la independencia
de ciertos aspectos jurídicos y políticos (Castro Gomez, Grosfoguel, 2007: 17), pues no se
han podido desprender de la epistemología eurocéntrada, ni de la construcción ontológica
de sujeto racista y de género. La izquierda política como categoría de las teorías políticas,
implica una sujeción al componente europeo de construcción y dinámica de los espacios
políticos propios de sistemas políticos engendrados en éste7; aún así, el traslado de
categorías políticas, como izquierda, comportan similitudes, pero especialmente diferencias
a la hora de su difusión en territorios de cuyo origen y dinámica dista no sólo espacialmente
sino culturalmente. Es así como irrumpe en la escena del lenguaje político y cotidiano una
categoría como ésta: intentando ejercer nudos discursivos en la formación de identidades
que asuman y agrupen un lugar en la estructura política dada, condicionando a los sujetos
en su accionar político a las concepciones políticas y sociales propias de esta visión, por el
convencimiento de la razón.

América Latina es también una de esas construcciones categoriales de identidad que actúa a
niveles geopolíticos, intentando integrar por un tipo particular de colonización, -la española
y portuguesa, especialmente- una variedad de formaciones sociales, a las que además,
congrega una posición terciaria en las dinámicas de acumulación y producción de capital en
el sistema-mundo moderno, por tanto, colonial8. Tenemos entonces, que el presente trabajo
gira en torno a la vasta problemática que encierra la discursividad de lo político que se ha
hecho desde la izquierda en Latinoamérica, transversalizado por la propuesta conceptual de
la colonialidad del poder frente a formaciones sociales emergentes, en el presente tiempo-
espacio cíclico ideológico.

La diversa y abundante literatura sobre las opciones de la izquierda después de la caída del
“socialismo real”, -de los que fueron principales referentes globales de construcción de
alternativas políticas frente al capitalismo, -la experiencia “socialista” de Europa del Este-,
7 En este trabajo se atenderá a la sugerencia de Anibal Quijano y recogida por el grupo de estudios
modernidad/colonialidad frente al empleo de la palabra Europa, acogiéndola no como categoría espacial
ni geográfica, ni de población, sino como metáfora: “Se refiere a todo lo que se estableció como una
expresión racial/étnica/cultural de Europa, como una prolongación de ella, es decir como un carácter
distintivo de la identidad no sometida a la colonialidad del poder.” Con el fin de no caer totalidades
inaprensibles.
8 Teóricos como Walter Mignolo o Santiago castro Goméz rehúsan utilizar la palabra América Latina, por
tratarse de una categoría imperial, así mismo describiendo como a partir de la constitución de la misma ha
servido como mecanismo para mantener las estructuras de dominio y control sobre la amalgama de estos
territorios y poblaciones.

40
ha llevado incluso a replantear la utilización, abandono o puesta en duda la existencia de la
izquierda en el debate político.9 A pesar de ello, no ha pasado de ser, en general, una
propuesta teórica más que una experiencia real de las dinámicas de lo político. Muy al
contrario, a partir de los acontecimientos de principios de la década de los 90 del siglo
pasado hemos asistido a una fuerte discusión y redifinición de los proyectos y presupuestos
transformativos de la izquierda a nivel general, en lo que se denominó el “nuevo orden
mundial”. Hay que reconocer que en el seno mismo de las diferentes facciones que
componen este conglomerado llamado izquierda, algunos de los componentes de estos
debates llevaban, en algunos casos, décadas de discusión.

Los núcleos de discusión de la literatura sobre la izquierda política se cruzan frente a los
grandes presupuestos teóricos que la izquierda radical poseía, actuando como guía práctica
de ejercicio político. Entre dichos presupuestos en debate se encuentran: la idea de un
sujeto privilegiado de la transformación social, es decir el proletariado; la “determinación
en ultima instancia” de los procesos sociales supeditados a las dinámicas económicas, de la
infraestructura/superestructura; el papel de los partidos políticos como la expresión
representativa y avanzada del proletariado y de los movimientos sociales, en este mismo
sentido de la crisis de representatividad en la democracia liberal; la lucha contra el
neoliberalismo y de las nuevas dinámicas de la relación capital-trabajo; la emergencia de
sujetos y movimientos sociales con reivindicaciones específicas, a veces contradictorios
entre sí en la ruptura de sus particulalismos; la democracia y los sistemas políticos e
institucionales; y el papel del estado en las transformaciones sociales con los gobiernos de
izquierda en ellos; entre otros. Como bien se puede entrever, muchos de estos presupuestos
y temáticas son en el fondo una discusión con el marxismo y con sus determinantes
conceptuales, enmarcados a partir de la década del 90 en la gran crisis de la izquierda a
nivel mundial. Igualmente, en medio de la preocupación generalizada frente a las
alternativas de transformación en medio de la crisis, entre éstas, y contrariando a Sousa
Santos, least but not at least, el socialismo10.

Todas estas cuestiones pertenecientes a la discusión propia de la izquierda latinoamericana


están, de uno u otro modo, conectadas con los asuntos propios de la izquierda en otras
regiones del sistema mundo moderno/colonial, dentro una temporalidad específica. Por el
momento basta con mencionar que la unidad de análisis temporal para este trabajo es la
apertura de tendencias y dinámicas a finales del siglo pasado de un tiempo-espacio cíclico-
ideológico, dentro del tiempo-espacio estructural del sistema mundo moderno/colonial, que

9 Para ello basta referirse al libro de GIDDENS, Antoni. (1996) Más allá de la izquierda y la derecha: el
futuro de las políticas radicales. Ediciones Cátedra. Madrid
10 Boaventura Sousa Santos en el texto Una Izquierda con Futuro, exponiendo su propuesta de pluralidades
despolarizadas advierte que en la izquierda latinoamericana contemporánea existe cuestiones productivas
e improductivas, dentro de las improductivas, que dan lugar a la polarización en la izquierda, se
encuentras tres cuestiones que deben ser abandonadas para la generación de pluralidades, entre ellas la
discusión acerca del socialismo, dados los acontecimientos desde la caída del muro de Berlín la discusión
sobre el socialismo debe dejarse “indecisa”, y cambiarla por otras como el lema de Foro Social Mundial
(FSM) de “otro mundo es posible”. SOUSA SANTOS, Boaventura. (2005) Una Izquierda con futuro. En
La nueva izquierda en América Latina : sus orígenes y trayectoria futura. Grupo Editorial Norma. Bogotá.
Pág. 442

41
por efectos de delimitación y también a manera de mojón histórico-temporal, tendrá al año
de 1989 como límite, por los acontecimientos decisivos ocurridos en este año, -lo cual no
significa que la indicación de este año sea exactamente el punto de inicio del tiempo-
espacio cíclico e ideológico, el cual es indeterminable -desde un proceso-, pues su única
determinación nos conduciría, por el contrario, a una cadena de multi-causalidad infinita. A
partir de 1989, como el punto más alto de la debacle del “socialismo real”, la izquierda
mundial entró en un periodo de crisis y de re-definiciones.

El panorama social y político en Latinoamérica se caracterizó por la apertura democrática


después de años de dictaduras militares en varios países, y con ello de la profundización de
los programas neoliberales, ya puestos en marcha durante dichas dictaduras, cuyos
primeros síntomas de malestar social se vieron en el violento estallido vivido durante el
“caracazo” en Venezuela, este mismo año -1989-. La generalización de los descontentos
sociales se fue extendiendo a través de los años en varios puntos de la región. El progresivo
desgate de los instrumentos y partidos políticos para el tramite de las demandas se agudizó,
y los sistemas políticos en toda la región sufrieron importantes cambios. Mientras tanto, en
estos primeros años, la izquierda política tuvo un papel marginal, muchas veces defensivo,
e incluso, para algunos teóricos como el mexicano Castañeda11, la opción realista de la
izquierda en la región debía ser la de adaptarse a las circunstancias, aceptando el triunfo del
capitalismo e integrándose de manera definitiva a los mecanismos de participación de la
democracia liberal, en algunos países aún esto último en plena constitución.

No obstante, en 1994, el desolador panorama que se planteaba para la izquierda


latinoamericana se vio irrumpido por el surgimiento del EZLN al sur del México. Una
guerrilla conformada mayoritariamente por indígenas, quienes apostaron por la
construcción de un proyecto social, político y cultural, que, para impresión de muchos, no
contempla la toma del poder político del Estado. Otra característica “inusual” es el lenguaje
metafórico con el cual se dirigen y comunican al mundo las perspectivas acerca de sus
posiciones y objetivos. El gran impacto que el EZLN tuvo para la izquierda, por un lado,
está en la distancia de constitución de los sujetos colectivos emergentes de transformación
alejados de los presupuestos teóricos anteriores, y por otro, de que aún en la adversidad
planteada en este periodo para las propuestas de transformación social, el movimiento
zapatista logró irrumpir con una propuesta desde el pensamiento propio, a través de la
articulación con algunas de las más representativas concepciones de la izquierda política.
No es de extrañar que los orígenes del movimiento tengan fuertes bases con el marxismo.

La propia fragilidad de los sistemas políticos democrático-liberales implantados en


Latinoamérica, en gran parte proporcionados por razones de estructuración de la cultura
política de cada país de la región y, otro tanto, al impulso neoliberal de principios de los
noventa, provocaron las condiciones para la emergencia de propuestas de una izquierda
renovada en casi la totalidad de Latinoamérica, motivadas por el incremento del
descontento social de quienes sufrieron en rigor los recortes sociales del neoliberalismo; a

11 Me remito a la obra de CASTAÑEDA, Jorge.(1994) La utopía desarmada : intrigas, dilemas y promesa de


la izquierda en América Latina. Tercer Mundo Editores. Santafé de Bogotá.

42
partir de allí, al corto plazo, redefinieron el mapa geopolítico por las estrategias adoptadas
por estas izquierdas, no todas con los mismos objetivos ni con la misma profundidad.

Como bien se sabe la denominación “nuevos movimientos sociales” es bastante difusa y


amplia, intenta poner bajo su cobijo toda una diversidad de movimientos y sujetos, que en
muchas ocasiones no comportan características de similitud nítidas, por tanto, es aun más
difícil posicionar a estos movimientos en el espectro político de la relación derecha-
izquierda. Sin embargo, son los movimientos y sujetos colectivos que en sus demandas y
luchas por el reconocimiento de sus propias reivindicaciones trascienden, de uno u otro
modo, los aspectos particularistas de sus propias posiciones, logrando establecer o
acercarse de manera momentánea y equivalente al punto diferenciador de la izquierda que,
desde Bobbio, significa la igualdad para (Bobbio, 1995). Además, cuyas demandas no
necesariamente tengan trámite a través del estado, ni partidos de “vanguardia”, en la
representabilidad de su singularidad. (Este <<plus>> igualitario que diferencia en el
espectro político clásico a las diferentes matices de la izquierda de los demás, haría parte
también de la radicalización del régimen democrático, llevando hasta donde sea posible
dentro de las relaciones de poder, los ideales democráticos, no exclusivamente liberales
como plantean los debates de la izquierda europea, en lo que denomino la asíntota
igualitaria democrática.)

Por ello, este trabajo trata, entre la variada alternativa de izquierdas Latinoamericanas, con
tres procesos o movimientos sociales específicos que se denominan o han sido
denominados de izquierda: el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) del sur de
México, el Movimiento bolivariano en Venezuela y con el Movimiento Al Socialismo-
Intrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) de Bolivia. La
delimitación espacio-temporal que va de 1989 hasta el 2006, como parte de un momento de
apertura de un ciclo del TiempoEspacio cíclico ideológico, dentro de la estructuración del
sistema mundo moderno/colonial.

Lo que se propone aquí, reiterando, es analizar la formación discusiva de los movimientos


de izquierda latinoamericanos mencionados, durante este TiempoEspacio cíclico ideológico
(Wallerstein) a través de la propuesta y crítica de la colonialidad del poder del grupo de
estudios modernidad/colonialidad. Las categorías de análisis discursivo, y asimismo
algunas de discusiones sobre la izquierda, se recogen de la propuesta de Ernesto Laclau y
Chantal Mouffe en Hegemonía y Estrategia Socialista, aplicando algunas de las categorías
que componen el concepto de Hegemonía, vitales para establecer los nodos de equivalencia
entre las propuestas y del campo discursivo (Laclau, Mouffe, 2004) . Y, por último, la
construcción del concepto de colonialidad del poder, desde Anibal Quijano, Ramón
Grosfoguel y Santiago Castro Gómez.

1.2 Los albores de un nuevo ciclo histórico en el mundo y en latinoamérica

La simple denominación “izquierda política” es ya por sí sola problemática, con lo cual


emprender cualquier clase de estudio o investigación alrededor de ésta acarrea las múltiples
posibilidades y variadas consecuencias, ya sea para su estudio o para sentar una posición

43
sobre éstas. Es decir, cuando se aborda como escenario principal lo político y la política,
entiéndase como se entienda, por sus propias lógicas y mecanismos se entra en el terreno
incierto, una temporalidad caracterizada por la conflictividad y la simultaneidad de
relaciones de poder, unas veces adversa y otras veces complementaria o agonista (Mouffe,
2003). Y como es obvio, este trabajo tendrá entre sus cometidos dar una definición, más
bien nómada, de lo que representa lo político y la política, en el terreno de la configuración
geopolítica y geocultural, de la categoría espacio-temporal que es Latinoamérica, expresado
en palabras del subcomandante Marcos, “Lo que nosotros tenemos que contar es la
paradoja que somos” (García Marquez. Pompo, 2001).

Las convulsiones y cambios políticos y sociales de finales de la década de los 80’s del siglo
pasado marcaron el final de varios procesos, ya sea por desgaste o por que los límites de los
proyectos de este TiempoEspacio cíclico ideológico mostraron la tendencia negativa de su
curva, culminante con la caída -inesperada en su momento- del proyecto comunista. Pero
ya pasado algún tiempo, puede dilucidarse las fallas de los proyectos
modernos/modernizantes de las vertientes de transformación política, expresadas en la
bipolaridad geopolítica que surgió después de la segunda guerra mundial y que dominó el
panorama mundial por más de cuarenta años, cuyo punto culminante fue en la caída
progresiva, mediante manifestaciones sociales y de fracturas internas, en las llamadas
“democracias populares” del este de Europa. Este revés significó el desmoronamiento de la
imagen de uno de los proyectos modernos, que en medio de la confrontación política
mundial, representaba la máxima culminación de la imagen clásica de la dimensión política
que supeditó los movimientos los espacios políticos, por tanto, de las relaciones
internacionales, en ellas, las relaciones políticas y sociales en Latinoamérica, y de las
identidades políticas como hasta entonces se conocían, entre ellas las crisis de esta
categoría/identidad política llamada izquierda en Latinoamérica.

Los puntos a resaltar de todo ello son los referentes de lectura y de acción política que se
cruzan con una visión sobre el TiempoEspacio político como un lugar donde se estructuran
a partir de diferencias y antagonismos, susceptibles de ser cartografiados a escalas micro-
mediano-macro, pues las localizaciones enunciativas son vitales para un proceso
investigativo tendiente a un análisis de los componentes de la estructura en las relaciones
que se traban en los espacios políticos. Los componentes preponderantes en los análisis
están transversalizados por la misma forma epistemológica y metodológica en la cual se
quiera emprender dicha tarea. El punto gravitacional de la lectura clásica de las relaciones
políticas intra-inter-supra-nacionales en los diversos espacios fue la llave Estado-Nación. El
estadocentrismo se convirtió en la clave óptica, analógicamente de Hybris de punto cero,
para el análisis político; consecuentemente su accionar estaba focalizado en este punto
panorámico hegemónico, casi todo accionar y acto discursivo que pretendiera la
transformación o el estatismo, salvaguardaba un pedestal de privilegio para el Estado-
Nación, por ello los demás componentes parecen tener una órbita estacionaria sobre este
componente.

La tendencia universalista moderna extendida por el planeta somete la mirada o


weltanschaung a todas la poblaciones presentes sobre la tierra, es más, su reconocimiento

44
se basa en la institución de un Estado y en la creación de procedimientos conformes a un
establecimiento general de las condiciones para la viabilidades económicas, sociales,
jurídicas, éticas, relaciones laborales y de producción, similares o por lo menos
compatibles, basadas en la “soberanía popular”. La constitución de los Estados-Nación,
parecía ser el rumbo por el cual todo pueblo debería transitar como forma para poder llegar
a este espacio proyectivo ideal – el progreso- que plantea la modernidad. Las categorías
políticas que demarcan un TiempoEspacio, también intentan delimitar identidades
protectoras de imágenes y sujetos políticos, dentro de los márgenes de dicho proyecto. No
obstante, las mismas categorías de lo político y de la política parecen no ser nada más que
elementos complementarios.

En efecto, tal como lo demuestra García Picazo, la lógica de las relaciones internacionales
durante el siglo XX, estuvo dominada por lo que ella, a manera de analogía, caracteriza
como lógica pendular galileica de las relaciones internacionales (García Picazo, 2008). El
dominio del vaivén izquierda-derecha, mercado-estado, individuo-sociedad, marca lo que
sería una relación de diferencias en complementariedad estructural, más que un
antagonismo definitivo. Este sistema lógico posee un punto fijo, es decir, sobre el cual se
focaliza todo el movimiento tendiente, en última instancia, al proceso moderno-
modernizador.

En medio del actual panorama político latinoamericano, que sin dejar de circunscribirse a
las dinámicas de las relaciones de poder mundiales, se destacan más las propias
incertidumbres sobre el rumbo de los procesos que las certezas. Dentro de las
incertidumbres que guían este trabajo está la posibilidad del encuentro de los límites de las
categorías políticas como “derecha” e “izquierda” para poder comprender la constante
apertura y nuevas marchas de las dinámicas de los espacios políticos en las realidades
étnicas, sociales culturales, sexuales, laborales, económicas, e incluso ecológicas de la
Latinoamérica de la última década del siglo XX y de los años transcurridos de este milenio.
Dichas categorías, pienso, no dejan de ser operativas dentro del entramado discursivo
político latinoamericano, sino que su operatividad está bastante condicionada, valga el
axioma, a las propias realidades latinoamericanas, y en profundidad, a cada contexto local,
que llama a ser analizada, o mejor, a ser enunciada de otra forma.

No habría que hacer un gran especialista para darse cuenta que la situación latinoamericana
de principio de las década de los 90’s diverge del estado de cosas político y social de la
actual situación. La irrupción de nuevos actores políticos y sociales en Latinoamérica con
proyectos que vislumbran perspectivas de cambio y transformación. Que se entiendan,
manifiesten o actúen como una identidad política definida es tarea de la investigación,
porque a través de ejercicios reflexivos como éste se trata de entender, manifestar y definir
o tipificar estos procesos. Latinoamérica está pasando por un momento definitivo en el
largo plazo, de lo que se haga ahora depende el futuro de la región en los
reacomodamientos regionales que se dan a escala mundial, donde justamente
Latinoamérica puede llegar atener algún grado de incidencia o de lo que suceda aquí
condicionará el futuro próximo de las transformaciones a largo plazo.

45
La apertura de un nuevo tiempo espacio político-económico que Wallerstein, desde los
análisis de sistema-mundo, caracteriza como la tendencia o parte B negativa de la onda de
un ciclo Kondratiev12, cuyo inicio data a mitad del siglo XX, 1945, cuya fase final
culminaría a mitad del presente siglo. Se abren nuevas perspectivas de los estudios de long
dureé, pasando a formar parte de intentos de abrir las tendencias investigativas en las
ciencias sociales sobre la operatividad de los cambios no sólo económicos, sino que
también sirve para entender procesos de cambios enunciativos de largo plazo, en las
actuales tendencias políticas y sociales a partir del declive de una fase negativa de los ciclos
económicos y sociales, en escalas que van de lo micro-local a lo macro-global.

Ahora bien, alrededor de estos cambios en las tendencias globales con repercusiones
locales, ¿cuál sería el lugar de las “izquierdas” o sí hay algo que nos indique que éstas
inciden en las tendencias estructurales dentro del sistema-mundo moderno o no? En otras
palabras, como lo plantean los análisis de sistema-mundo, sí es que tales tendencias
estructurales del sistema, como totalidad, ejercen una presión tal sobre espacios regionales,
generando en conjunto una tendencia global hacia el reacomodamiento del sistema para su
fortalecimiento o para su desaparición como sistema histórico, o por el contrario, sí son los
procesos que se inician desde lo local y lo regional los que van realmente a incidir en los
rumbos que van a tomar el actual sistema, tendiente a su fortalecimiento en momentos de
crisis; o va a tener una influencia tal que de lo que suceda en estos espacios locales-
regionales depende la formación histórica de otro u otros sistemas históricos, punto éste que
nos introduce en la discusión entre la universalidad/particularidad de las bases del domino
hegemónico.

La importancia del tiempo y del espacio va a ser vital para el desarrollo de este trabajo, de
ello que se delimite temporalmente el estudio de las “izquierdas” a partir de 1989, como
punto simplemente referente o a modo mojón histórico, de lo que llama García Picazo la
cuarta ola de las relaciones internacionales. En 1989 se definen en gran parte las
condiciones del accionar político de la Izquierda como identidad política a nivel planetario.
Es bastante reconocido que el proyecto socialista de la URSS fue un hito histórico, imagen
de los proyectos modernos emancipatorios hecho realidad, al menos en principio, por
aquellos grupos políticos y sectores políticos que se identificaron con la izquierda política
de corte radical, a partir de la revolución Bolchevique cuando en 1917 se logró que esta
identidad se mundialice. La realización de un proyecto de la Izquierda sirvió de referente de
lucha política para todo el mundo como alternativa a la economía de mercado, al modelo
social y político.

El terremoto geopolítico de la caída del muro de Berlín y del desmoronamiento de la URSS


tuvo réplicas a lo largo del sistema-mundo moderno/colonial. Algunos teóricos
proclamaron a los cuatro vientos el fin de la historia, el final de todo proyecto político y

12 Los procesos económicos de larga duración por lo general están compuestos por ciclos de dos fases una
positiva A y una negativa B, poseen la característica de ser periodos a largo plazo que tendrían una
duración de 50 o 60 años respectivamente. Estos análisis de procesos económicos de larga duración son
recogidos por escuelas del pensamiento como los análisis de sistema-mundo y por economistas como
Joseph Alois Schumpeter en sus teorías cíclicas económicas.

46
social alternativo al capitalismo como modo de producción imperante, en un mundo
unipolar dominado por la situación en la cual quedó uno de los contendientes -los Estados
Unidos-, como potencia hegemónica visible -no única- de las contiendas internacionales y
geopolíticas. Al igual, las réplicas del nuevo estado de cosas internacional geopolítico de
comienzos de la década de los 90 del siglo XX, dentro de las ciencias sociales y humanas,
significó la apertura de tentativas explorativas de análisis de la política y de las relaciones
internacionales. La tendencia de estructuración resultante en este corto periodo de
reacomodación de fuerzas en el poder mundial, cambió, incidió y hasta profundizó las
presentes perspectivas analíticas, con lo cual los nuevos estudios tendrían necesariamente
que reorientarse hacia la real situación del contenido de las relaciones de poder
internacional.

La naturaleza de estas nuevas características para Latinoamérica estará transversalizada por


efectos de los acontecimientos en el long dureé, por las condiciones determinadas de la
misma forma-en formación de la estructura del sistema mundo moderno y de la economía
mundo capitalista. La variante y variabilidad latinoamericana, obviamente multiplicada al
infinito por las circunstancias locales, dentro del proceso de consolidación de la
modernidad a escala planetaria ha sido ampliamente discutida política y académicamente,
prácticamente desde los tiempos de la independencia española y portuguesa. Todo el
planteamiento de “ser” de los habitantes de América Latina viene a darse con los procesos
de independencia de las colonias, pero viene a concretarse hasta un poco después de la
liberación del imperio español y portugués, efectivamente con esta “idea” de América
Latina proveniente de los ajustes colonialistas de la metrópoli francesa (Mignolo)

Los nombres más representativos de esta época y por todos conocidos son los de: Simón
Bolívar, Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Juan bautista Alberdi, entre otros.
Quienes dieron los primeros pasos en la construcción imaginaria de la idea de América
Latina. No obstante, ellos no avanzaron demasiado en la construcción de idea de América
Latina como identidad en construcción con conocimiento propio, como en la actualidad,
debido a las propias características de su propio tiempo, además porque trataron de adoptar
el proyecto europeo de sociedad a las condiciones latinoamericanas, y tampoco tuvieron
acercamiento profundo con el pensamiento indígena, al cual algunos menospreciaban y
hasta le veían con desprecio. Luego vendrían otros pensadores como Martí y José Enrique
Rodó, quienes propendían, además, por la liberación cultural de América Latina,
problematizando algunos de estos aspectos anteriormente subvalorados.

Los acontecimientos de este corto pero significativo periodo de finales del siglo XX
proporcionan algunas de las pistas y detalles para la configuración de la izquierda en
Latinoamérica de este periodo. Como vemos, el corto periodo que comenzó con las
reformas al interior de la Unión Soviética, estuvieron acompañadas de un reacomodamiento
constante de los sistemas políticos latinoamericanos, especialmente de aquellos que
estuvieron hasta este periodo bajo dictaduras militares -el cono sur-, y de los tránsitos hacia
sistemas políticos democráticos liberales de elecciones generales y periódicas. Algunos de
los partidos y movimientos participantes de las luchas de resistencia y oposición contra las
dictaduras militares en Latinoamérica fueron de izquierda, el ejemplo más visible es el de

47
los actuales partidos de gobierno en Chile y en Brasil, con el Partido Socialista de Chile y el
Partido de los Trabajadores (PT) respectivamente. Habría que estudiar a fondo las
implicaciones de las dictaduras militares en la formación de los movimientos de resistencia
política y social comparada con la actual situación de estos ya en el gobierno, y del carácter
conciliador de este tipo de partidos y organizaciones de izquierda estando en él. Los casos
de paso de la oposición de izquierda en los regímenes militares o civiles, para pasar a
formar parte de las características más comunes a las experiencias de gobierno de izquierda
en la actualidad. Desde Evo Morales, el movimiento cocalero y el MAS-IPSP, en Bolivia,
hasta Chávez y el movimiento Bolivariano en Venezuela.

Los movimientos políticos de izquierda en Latinoamérica permanecieron en la retaguardia


durante un lustro desde 1989; negociaciones de paz, desmovilización de las organizaciones
armadas, y conversión en partidos políticos que entrarían a participar de los mecanismos de
elección democrática en casi todos los países latinoamericanos. Este giro hacia la
representatividad dejó, especialmente, para el PT brasileño la experiencia de gobierno local
con la alcaldía de Porto Alegre en 1990, una exitosa experiencia que significaría a futuro
uno de los referentes de gobierno de la izquierda en Latinoamérica, demostrando la
viabilidad de los proyectos de izquierda democrática en ejercicios de poder, en la gestión,
participación y redistribución de los recursos a nivel local. Sin embargo, la experiencia del
PT, en fase embrionaria aún, no tuvo mayores repercusiones a nivel general, por lo menos
hasta ese momento. No fue sino hasta el 1° de enero de 1994, cuando un grupo de indígenas
rebelados realizaron la toma militar de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas México,
donde las perspectivas de una visión diferente de hacer y ejercer política, con un discurso
que ejercía de alguna manera ruptura con lo que hasta ese momento se había entendido
tradicionalmente la izquierda, tanto la que participa de manera legal en los procesos
democráticos, como de aquella izquierda que persistía en la violencia como medio y arma
política legítima para la consecución de sus propios objetivos, se van avivando y
reanimando algunos componentes de las discusiones de la izquierda.

El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) irrumpió en la escena política


nacional mexicana e internacional en el preciso momento en la entrada en vigencia del
Acuerdo de Libre Comercio para Norteamérica (TLCAN), mejor conocido por sus siglas en
inglés como NAFTA. La emergencia en armas de un grupo conformado casi en su totalidad
por indígenas, evidenció que la opción del uso de las armas para reclamar el
reconocimiento social y político está muy lejos de desaparecer. No obstante, esta formación
guerrillera que reconoce en su origen la influencia del marxismo, hijos de la revolución
mexicana, el zapatismo y del legado ancestral indígena, a su vez también dista en su
discurso y accionar de las demás experiencias guerrilleras vividas a lo largo del continente
entre las décadas del 60 y del 70 en toda Latinoamérica, y en mayor distancia con las
actuales guerrillas colombianas.

“En los años 60 empezó a manifestarse en América Latina una crisis integral, dominada por la idea
de que las cosas no podían seguir como estaban, con una lucha triangular en lo sociopolítico entre los
que pretendían conservar la estructura agroexportadora y su esquema de dominación, los que querían
impulsar cambios estructurales con el apoyo del estado y los que exigían cambios dentro del

48
esquema del socialismo.”(Matsushita, 2006: 245)

En respuesta a las condiciones sociopolíticas de la década de los 60, se abre en


Latinoamérica para la izquierda con el fuerte referente de la experiencia de la revolución
cubana, y con ello el despliegue de la estrategia político-militar que dominaría el accionar
político de las facciones más radicales de la izquierda latinoamericana. Para autores como
José Rodríguez Elizondo, contrario a la común idea acerca de los orígenes de la gran crisis
de la izquierda en los principios de los noventa, para él la verdadera década perdida la
década fue la de los sesenta y no la de los ochenta, puesto que la adopción de la vía armada
como estrategia exitosa en regiones periféricas como Latinoamérica para la toma del poder
político y la consolidación del proyecto socialista, de la revolución cubana, cambiaría
drásticamente las estrategias de control del centro imperial; esta misma experiencia, que
tuvo unas condiciones muy particulares para su realización, afectó enormemente las
mismas condiciones regionales y geopolíticas para que la adopción estratégica de la guerra
de guerrillas culminara favorablemente en otras partes de la región; con la reacción armada
de grupos en el Estado, la instrucción y conformación de la contrainsurgencia a las
guerrillas en todo el continente, donde hasta entonces no se habían instalado muchas más
dictaduras militares (Rodríguez Elizondo, 1995: 37-40).

A pesar de estas críticas a los componentes militaristas de las propuestas ideológicas, en


1994, se alza en armas el EZLN, distante de ese componente ideológico y ortodoxo que
caracterizó a las izquierdas en armas de las décadas pasadas, especialmente porque no se
contempla una toma del poder político, tal como es uno los objetivos principales para la
formación de guerrillas. El uso de la violencia armada, muy al contrario, no deja de ser una
de esas tácticas políticas que no ha cesado multiplicar los grados de complejidad de las
formaciones sociales, pues pasa a ser uno de los componentes de problemática, que en
momentos específicos que se aunan a las existentes, y que justificaron el accionar armado.
En 1998 Hugo Chavez en Venezuela se alzaría victorioso en la contienda electoral y al año
siguiente se promulgaría la nueva constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Y
en Bolivia a partir de las ciclo de protestas del 2000 con la “guerra del agua” y la “guerra
del gas”.

1.3 Crisis de los noventa.

La adaptación al sistema jurídico-político de los sistemas políticos democrático liberales,


desechando de una vez y por todas las opciones violentas, fue la consigna propugnada por
muchos sectores de izquierda moderados cada vez mas cercanos a concepción
socialdemócratas de accionar político. No obstante, estas previsiones ideales, vieron como
en este periodo el uso de la violencia para fines políticos, en algunos casos se agudizó como
en Colombia. También fue el periodo en que Hugo Chavez hace su intento de golpe de
estado, y se hace visible una propuesta social y política que se venía cultivando al interior
de sectores sociales y militares en Venezuela.

Ahora bien, frente al optimismo de ciertos sectores de la izquierda de poder encontrar en el


sistema político propio las condiciones ideales para la consecución de las demandas

49
históricas de la izquierda en cada país, se choca con la realidad estructural de los frágiles,
corruptos y coptados sistemas políticos latinoamericanos y, de su lugar terceario en la
economía mundo capitalista, generadas las bases de una amplificación de la desigualdad
económica, y blindados los sistemas políticos para una mayor desigualdad política,
asimismo jurídica.
“A finales de la década de los noventa, la crisis del sistema representativo alcanza también a
aquellos partidos de izquierda que se subordinan a esas reglas del juego para la gobernabilidad.
Esto ocurre con diferencias en los países en función de los arraigos sociales que tienen, que
obligan a los partidos a una mayor independencia política. Pero ninguno pudo evitar
contaminaciones con las prácticas sistémicas, que invariablemente fueron objeto de críticas.
Esta es una de las principales razones del alejamiento de sectores de izquierda respecto de los
partidos, llegando incluso a manifestarse como un rechazo genérico a ‘la política’ (Stolowicz,
2004: 10).

La crisis de la izquierda, para Latinoamérica en particular, se suma al comienzo de una


crisis, prolongada hoy en día, de los sistemas políticos nacionales, y especialmente de una
crisis de representatividad de los partidos políticos tradicionales, los cuales incidirán en la
apertura de espacios políticos donde la izquierda adquiriría un mayor protagonismo. Pero es
sobretodo una fuerte crisis de el ejercicio político como tal y del sistema democrático
liberal implantado en la totalidad de los países latinoamericanos, a excepción de Cuba,
frente al cual la izquierda escasamente tendría entre sus planes, por un clima de
desconfianza propia de la misma visión particular sobre las relaciones sociales y sobre los
instrumentos liberales como herramientas de dominio político, dentro de una perspectiva de
lucha de clases.

“Esa ausencia de liberalismo político en América Latina es una de las principales razones de que
no madurara una teorización de izquierda sobre la democracia política como un escenario
específico de la luchas de clases –como medio de cambio-, que confrontara la visión dominante
de la democracia como medio de conservación, como instrumento para administrar
políticamente las relaciones de poder de modo de que no cambien”. (Ibid: 18)

Los modelos político-jurídicos implantados en Latinoamérica al estar superpuestos a las


dinámicas sociales de conjuntos sociales muy distantes y disimiles de los lugares de origen,
adquieren mecanismos y dinámicas, que de una u otras formas, establecen una muy
particular y específica concepción del accionar político. Las instituciones y mecanismos
democrático liberales en Latinoamérica se establecieron como parte del proceso de
modernización. La división en estados nacionales que permanece hoy forma parte del
pasado colonial. La terciarización de las economías latinoamericanas deriva de las
relaciones internacionales de acumulación de capital, ya transnacional.

Los esquemas interpretativos proporcionados desde el positivismo en el desarrollo de una


teoría comprensiva de las relaciones internacionales se mantienen en la misma línea
Estadocéntrica, siendo el Estado la unidad principal y primordial del sistema internacional.
Pero el pedestal en el cual se colocaba al Estado-nación ha venido cayendo poco a poco,
advirtiendo que, sin embargo, continúa siendo uno de los principales protagonistas en el
escenario, y su ubicación en el plano teórico es indispensable, pues, aunque algunos

50
sostengan que su desaparición es casi inminente, sigue estando ahí, no se le puede
simplemente dar la espalda. Por ello a su vez, el enfoque que da prioridad al Estado fuera
de los actores posee vacíos insalvables a la hora de querer elaborar teoría sobre las
relaciones internacionales de la actualidad.

En estos momentos, al no haber un predominio de lo estatal en los marcos interpretativos de


lo internacional, el lugar del Estado en las nuevas concepciones de lo internacional queda
equilibrado o compensado frente a otros componentes de lo internacional, que han venido
emergiendo en el curso de la segunda mitad del siglo XX. Asimismo, gracias al panorama
abierto después de 1989. También hay que aclarar que la misma noción de Estado desde
modelos desarrollistas-modernizantes implica, a su vez, una sola forma de Estado, aparte
como ya consolidado, por lo menos en sus definiciones básicas. Sin embargo, y atendiendo
a la advertencia que hace Anibal Quijano, por lo menos en Latinoamérica, el Estado no ha
logrado a consolidarse por completo, debido a la colonialidad del poder y al proceso
histórico propia de la puesta en marcha de los proyectos modernizadores iniciados por los
criollos. En América Latina jamás las relaciones sociales entre los grupos racializados
llegaron a democratizarse como condición del proceso, como se dio, de manera general, en
Europa occidental y en Norte América para el establecimiento y desarrollo del Estado. Por
tanto, la situación del Estado como órgano capital de intervención social, simplemente se
relegó y se subordinó a los intereses de los criollos europeizados (Quijano, 2000: 246),
adoptando todos los contenidos y consecuencias que acarrea éste.
“El moderno Estado-nación capitalista es la expresión de una sociedad capitalista donde la
democracia posible de este patrón de poder ha podido ser conquistada . En otros términos, la
condición histórica del desarrollo capitalista nacional, en los períodos en que eso llegó a ser
posible, fue y es la democracia básica de la sociedad y su expresión política en el Estado. Y ésa
es, precisamente, la condición ausente hoy en América Latina”(Quijano, 2004: 93)

La cuestión del Estado-nación es uno de los componentes de discusión de la izquierda


latinoamericana, Santos Sousa dice que está es una de las cuestiones improductivas para la
izquierda latinoamericana actual si se toma como el objetivo principal, o , por el contrario,
si es irrelevante; y es una cuestión productiva -despolarizante- a partir de la relación aliado
o enemigo. Por la configuración y los éxitos electores de la izquierda durante los últimos
años, el Estado como institución se revela importante y una de las cuestiones centrales en la
discusión para la izquierda latinoamericana. Obviamente las visiones estadocéntricas en la
ciencias sociales tienden a ser menos predominantes, llegando a ser uno más de los
aspectos de discusión y accionar de la izquierda.

El mapa político latinoamericano en los años recientes ha tenido un cambio sustancial


comparado con el mapa que se presentaba a comienzos de los años 90 del siglo pasado.
Este último periodo se caracterizó en Latinoamérica por el ascenso a los cargos ejecutivos
del Estado de vertientes políticas muy ligadas a la propuesta neoliberal y por la consecuente
serie de reformas. El neoliberalismo en Latinoamérica lleva más de dos décadas, desde el
golpe de estado en Chile, con las dictaduras militares se asistió en Latinoamérica a toda una
serie de reformas económicas y laborales, que si bien anuncian un recorte de las funciones
del Estado, sobre todo, en la intervención de éste sobre la regulación de la economía; no

51
obstante ha sido el principal instrumento de reforma del neoliberalismo. Sólo a través de la
intervención en el Estado es como se ha podido ejercer el dominio de las instancias
económicas y laborales, que condujeron en los años '90 a diferentes crisis sociales.

“El control del capital en América Latina es, predominantemente, internacional o global. Las
burguesías locales no son solamente subordinadas en las transacciones financieras y
comerciales, sino que, ante todo, tienen un lugar secundario en el control del capital en la
región.
De ese modo, agotada la crisis del Estado oligárquico, el iniciado proceso de hegemonía de los
sectores industrial-urbanos dentro de la burguesía y en el Estado, no sólo no pudo ser
consolidado, sino que al final de los 80 cedió el lugar a la hegemonía de los sectores
“compradores”, especuladores y de servicios y el control del capital fue cedido a la burguesía
internacional o global. Dada esa situación estructural de los grupos dominantes, la vieja
distancia entre identidad nacional e interés social, rasgo central de las relaciones de colonialidad
y de dependencia, ha terminado en un auténtico divorcio”(Ibid: 87).

La fragilidad de los sistema políticos latinoamericanos aunada a las reformas emprendidas


por el neoliberalismo hacen parte, junto con otros elementos que se analizarán más
adelante, del contexto político latinoamericano (mucho más extendido caso por caso),
generando las condiciones para que propuestas que venían de una izquierda renovada
pudiera alcanzar, en el periodo que va de mitad de la década del noventa hasta hoy, el éxito,
por lo menos electoral, de sectores de la izquierda que optaron por esta vía para alcanzar el
poder político. En este sentido y en este espacio, cabe plantear algunos aspectos que
identifican la categoría izquierda, y su preeminencia operativa en los diversos sistemas
políticos latinoamericanos, al menos cercanos teóricamente a otros aspectos antes no
problematizados, o tocados vagamente.

52
CAPITULO II

MOVIMIENTO AL SOCIALISMO - INSTRUMENTO POLÍTICO PARA LA


SOBERANIA DE LOS PUEBLOS

La frase “volveré y seré millones” que retumba en la tradición oral e histórica boliviana se
le atribuye a la figura mítica de Túpak Katari, quien a finales siglo XVIII, más exactamente
en 1781, protagonizó, junto a su esposa Bartolina Sisa y a otra legendaria figura india
Tupak Amaru, el levantamiento indio más extenso y con mayor apoyo del que se tenga
registro en Bolivia durante la colonia; organizando y encabezando al primer ejercito
Aymara, manteniendo cercada a la ciudad de Chuquiago (actualmente La Paz), desde el
territorio conocido como El Alto. Retumba precisamente porque dos siglos después un
nuevo levantamiento indígena, esta vez en el marco de la denominada “Guerra del Gas” de
2003, se repite la táctica de cerco a la ciudad de La Paz, cortando su principal vía de acceso
por carretera que une a La Paz con la peculiar formación urbana, arquitectónicamente
“rizomática” (Zibechi, 2007); con este conglomerado interbarrial de población migrante
que es en la actualidad la ciudad de El Alto13. En este espacio urbano parece que la larga
memoria aguardada persiste en aparecer cada siglo en explosiones de rebeldía contra el
poder del estado colonial, indiferentemente que sea español o criollo. Es así como en la
rebelión durante la guerra federal de 1898 se reorganiza nuevamente el Ejercito Aymara,
ahora en cabeza de Pablo Zarate Willka, quien instala un nuevo cerco sobre La Paz. Una
vez derrotada esta sublevación se abre paso una ideología, el “indianismo de resistencia”,
que pasa a formar parte fundamental, junto al nacionalismo revolucionalrio, el marxismo y
el anarquismo, de las llamadas ideologías emancipatorias y contestatarias en Bolivia del
siglo XX; constituyen todas ellas el núcleo discursivo y organizativo de la izquierda
política en la Bolivia contemporánea, donde el “indianismo”, como se verá, es la que posee
13 La conformación, articulación y expresiones socio-políticas de la ciudad de El Alto merecen un análisis
aparte que, por razones del objetivo y de espacio, no pueden desarrollarse aquí a mayor profundidad. El
Alto es la ciudad con la mayor aceleración demográfica de Latinoamérica, resultado en parte de las
migraciones de los mineros sin trabajo y de los desplazamientos indígenas desde las partes bajas de
Bolivia. Al agotarse los recursos mineros y las escasas oportunidades de ingreso económico en el campo
durante las dos últimas décadas del siglo XX. Hoy la ciudad cuenta con alrededor de 800.000 habitantes
cuando en 1950 apenas con se contabilizaban escasos 11.000, de los cuales el 80% es indígena, 74%
aymara y 6% quechua, y donde el 60% del total es menor de 25 años (González Pazos, 2007: 122-126).
También es especial por las formas de articulación político, social y cultural que se han dado producto de
una hábil e interesante mezcla de la experiencia comunitarias del Ayllu y de las formaciones sindicales que
trajeron los mineros, desarrolladas actualmente en las Juntas de Vecinos, en los cuales Zibechi ve unas
formas de articulación de poder no estatal, en peligro transformarse en Estado por la vía de su
institucionalización a través la creación de un “Estado Aymara”, dentro de las propuestas de otras
experiencias organizativas con vestigios de poder estatal, entre estas últimas, asume el autor, se encuentran
el proyecto del MAS-IPSP. (Zibechi, 2007: 169-216). La discusión que se plantea aquí será abordada mas
adelante.

53
el mayor peso protagónico dentro de la izquierda boliviana contemporánea (García Linera,
2008).

2.1 Formación de la izquierda en Bolivia

El periodo formativo de las primeras organizaciones y partidos políticos de izquierda en


Bolivia abarca, en líneas generales, los mismos tiempos e influencias ideológicas
anarquistas, socialistas y comunistas que se iban extendiendo por toda Latinoamérica a
principios del siglo XX; mientras tanto, en 1914 se funda el primer partido socialista en
Bolivia y a lo largo de esa década se empiezan a formar las primeras organizaciones
anarcosindicalistas (Tapia, 2005: 342). Dentro del periodo formativo las bases ideológicas
de esta insípida izquierda se sientan precisamente en el anarquismo, que tuvo su ciclo
formativo de 1930 a 1940; al igual, el Marxismo cuyo periodo de mayor actividad e
influencia en esta primera etapa va desde 1920 hasta 1940 (García Linera, 2008). Los
primeros partidos marxistas de izquierda radical con una importante influencia sobre las
bases obreras centraron su actividad en los trabajadores mineros. Así se funda, durante esta
época, el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), pro soviético, y en 1934 se funda el
Partido Obrero Revolucionario (POR) de orientación trotskiska (González Pazos, 2007:
40). Este último partido resulta de especial importancia para la historia del movimiento
obrero boliviano. La aparición de estos partidos no deja de hacer evidente que los conflictos
y contradicciones propias del “calco y copia” de las estructuras organizativas e ideológicas
de la izquierda europea y la división extraída entre stalinistas y trotskistas, dominaron las
discusiones de la izquierda comunista durante este periodo, convirtiendo a estos partidos en
meros núcleos de adoctrinamiento intelectual y teórico (Garcia Linera, 2008).

Las cuestiones indígenas en este periodo son superficialmente tocadas por la izquierda
marxista, a excepción del fin del pongueaje14 incluido programáticamente en ambos
partidos, con fines de establecer un sistemas de alianzas entre clases, donde obviamente
será el proletariado minero la “vanguardia” de los movimientos emancipadores (González
Pazos, 2005: 40), más que por el reconocimiento de la especificidad problemática indígena
dentro las relaciones racializadas de poder en el estado colonial/moderno, del cual este
marxismo es cómplice. Esta lógica de visión marxista, despoja a la población indígena de
los complejos problemas en la estructura de relaciones étnicas y culturales.

Para este marxismo no había ni indios ni comunidad, con lo que una de las más ricas vetas del
pensamiento marxista clásico queda bloqueada y rechazada como herramienta interpretativa de
la realidad boliviana; además, esta posición obligará al emergente indianismo político a
afirmarse precisamente en combate ideológico, tanto contra las corrientes nacionalistas como
contra las marxistas, que rechazaban y negaban la temática comunitaria agraria y étnico nacional
como fuerzas productivas políticas capaces de servir de poderes regenerativos de la estructura
social, tal como precisamente lo hará el indianismo. (Garcia Linera, 2008)

14 Sistema de servidumbre indígena colonial “que [supone] la obligación de prestar servicios personales al
dueño de la hacienda, incluyendo la familia de éste y los capataces, en un innegable sistema colonial que
regía desde los primeros tiempos de la conquista y que pervivía en esta época tardía de mediados del siglo
xx” (González Pazos, 2005: 44) y que persiste aún en algunas haciendas de la parte baja de Bolivia.

54
Como la cuestión indígena -colonialidad- no encaja (desborda y sobredetermina el tipo de
relaciones de producción y de clase) en las lógicas discursivas marxistas, se opta por ejercer
una operación de reduccionismo económico, transformando al indígena y sus complejas
relaciones sociales y productivas (como puede ver ser la forma comunal del Ayllu) en
campesino. Este campesino, por obra y gracia de la lógica política eurocentrada, posee
además todos los defectos detectados por la lectura marxista del campesinado europeo,
(apego individualista por la tierra, súbita variabilidad en las luchas sociales dependiendo
quien le garantice la propiedad privada sobre sus tierra para la producción, etc). “En
Bolivia, se quiere integrar al indígena en la clase campesina para, de alguna forma,
«bolivianizarle», como en México se pretendió su «mexicanización»”(González Pazos,
2005: 58). Este tipo de sesgo los podemos ver en la acciones y programas de la izquierda
del periodo anterior de la Revolución de 1952 y posterior.

Gran parte de las bases ideológicas y programáticas del periodo hegemónico del
“nacionalismo revolucionario” y de la izquierda a futuro fueron sentadas por un socialista,
Gustavo Navarro, mejor conocido por su seudónimo “Tristan Medoff”, cofundador del
POR, quien en 1926 escribió La Justicia del inca, y en 1934 La tragedia del altiplano,
planteando lo que sería el programa político y los ejes clase-nación sobre los cuales actuara
la izquierda por las siguientes décadas, dentro de los cuales se destacan positivamente
únicamente las formas de organización y los principios de justicia de los incas (Tapia, 2005:
341).

Luis Tapia destaca un segundo momento de proyección de la izquierda boliviana con la


publicación de la histórica, para el movimiento obrero, Tesis de Pulacayo de 1946,
presentada por facciones trotskistas adeptas al POR ante la IV asamblea de la Federación
Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), fundada en 1938. Ésta es una tesis
de carácter obrerista, socialista y antiimperialista (Tapia, 2005: 342), la cual propugna por
una “unidad de acción clara entre el campesinado (entendido en todo momento como clase
social y nunca como pueblos indígenas) y obreros y mineros.”(González Pazos, 2005: 41),
escrita con el lenguaje directo y frontal de la jerga comunista, renunciando y denunciando
cualquier tipo de intento de desviación reformista. Este documento reviste una gran
importancia porque fue acogido como parte del programa general de la Central Obrera
Boliviana (COB), fundada como uno de los logros de la revolución de 1952 en ese mismo
año, y se mantuvo ésta como tal, hasta que tiempo después el Movimiento Nacional
Revolucionario (MNR) sacara de los puestos de dirección de la COB a la mayoría de los
cuadros políticos pertenecientes al POR.

No obstante, en el documento se asientan aún mas los sesgos de las lógicas discursivas de
la izquierda radical marxista. Primero, bajo estos esquemas ideológicos se da por sentado
que es a través del mundo laboral donde el “proletariado” boliviano debe perseguir las vías
de la modernización, quedando enraizado profundamente en la subjetividad proletaria por
las siguientes décadas. Segundo, este marxismo priorizó, en todo momento y bajo lógicas
economicistas, la construcción y el valor de la identidad obrera sobre las identidades
indígeno-campesina (claramente indeferenciadas), excluyéndolas y degradándolas como
inferiores (García Linera, 2008). Todas estas cuestiones permanecen inalteradas bajo el

55
nuevo periodo que se abre con la revolución de 1952; mientras, el “indianismo” se va
perdiendo, hasta ser prácticamente silenciado, retornando no obstante con gran fuerza en la
década de los setenta.

Cabe destacar del periodo formativo de la izquierda en Bolivia la gran influencia que tuvo
el trotskismo en los sindicatos mineros y en la constitución de la identidad y la subjetividad
obrera en Bolivia. Salvo la experiencia en Argentina, el trotskismo como corriente
escindida y en conflicto con corrientes y partidos adeptos a la tercera internacional, -los
Partidos comunistas pro soviéticos-, esta corriente política de la izquierda tuvo mas bien
poca acogida en el resto de la región para este periodo, lo cual atrajo de inmediato la
atención de los dirigentes europeos de la IV internacional trotskista, al ver el impulso del
POR como partido fundamentalmente trotskista, leído con las lógicas de “vanguardia” de
los partidos políticos con estructuras leninistas, en un país sumido en el “atraso” y
evidentemente rural.

Lo anterior contrasta con el escaso protagonismo de la izquierda comunista del PIR, de la


cual se desprende, curiosamente de manera tardía, el Partido Comunista de Bolivia (PCB);
digo de manera tardía, pues la mayoría de escisiones dentro de partidos de izquierda
socialistas y comunistas, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo, que dieron lugar a la
larga lista de partidos que pasaron a denominarse Partidos Comunistas, teniendo como
tiempo de fundación las décadas del 30 y el 40 del siglo XX (Retana, 1996). Éste, a mi
parecer, constituye un hecho bastante curioso sí se compara con la formación del Partido
Comunista de Venezuela (PCV) y del Partido Comunista Mexicano (PCM), ambos parte de
este trabajo, fundados en 1931 y 1919 respectivamente; estando, para la fecha de fundación
del PCB, la III internacional en franco e irreversible declive. Apenas un año antes de la
revolución boliviana se funda formalmente en 1951 el PCB, cuya primera acción de
trascendencia consistió, al año siguiente, en apoyar al MNR en el derrocamiento de la junta
de gobierno instalada en 1951.

2.2 El Nacionalismo Revolucionario y la formación de la identidad obrera

El periodo del nacionalismo revolucionario que se abre con la revolución de 1952, tiene
como antecedente significativo a la Guerra del Chaco (1932-1935) entre Bolivia y Paraguay
por el control de los recursos petroleros y madereros de la zona natural del Gran Chaco.
Esta guerra marcó a toda una generación de Bolivianos por las consecuencias nefastas que
dejó, produciendo asimismo el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales de
entonces. Ante la inoperatividad del sistema político, estos partidos respondían a las
demandas sociales con represión. El descontento cada vez mas general comenzó a generar
una serie de reclamos que fueron tomados y articulados principalmente por el MNR;
reclamos éstos que empezaron a tornarse en demandas extendiéndose, especialmente, sobre
las cuestiones agrarias, reparto de tierras, la posibilidad de voto universal, el control estatal
de los recursos y, con menos fuerza, la cuestión indígena (González Pazos, 2005: 36-40).

La guerra del Chaco alimentó un fuerte discurso nacionalista, dado que los bolivianos se
habían sentidos utilizados por los intereses petroleros de las compañías transnacionales, la

56
Royal Shell Company inglesa y la Standard Oil estadounidense, que se disputaban el
control, en aquel entonces, del territorio por las reservas de crudo que allí se encuentran,
manipulando y disponiendo recursos económicos y logísticos, derivando en el
enfrentamiento armado entre los dos países (Gonzales Pazos). Obviamente, el desarrollo de
la guerra marcó la constante situación de la población indígena, sirviendo como “carne de
cañón” para la oficialidad criolla-mestiza, que puso a combatir a la propia población
indígena guaraní de uno y otro lado dividida de las fronteras, producto éstas de las
arbitrarias reparticiones coloniales. Sumado a ello, después de la guerra Bolivia afronta una
fuerte crisis económica.

A la par de los partidos de izquierda radical, en 1942 se funda el Movimiento Nacional


Revolucionario (MNR), éste nace con una clara tendencia nacionalsocialista que, sin
embargo, al transcurso de la segunda guerra mundial, abandona rápidamente pasa instalarse
en una posición próxima al nacional-populismo de izquierda. Este partido se conforma
principalmente de la clase media y de obreros radicalizados, permaneció en la
clandestinidad durante un breve periodo tras el linchamiento del presidente Villaroel en
1946. En 1951 el MNR gana las elecciones pero éstas son anuladas, lo cual llevó al partido
a tomar las armas e iniciar los levantamiento que culminarían en Abril de 1952 con la
institución del gobierno de facto de Hernán Siles Suazo, llevando su hegemonía hasta 1964,
ganando seguidamente las elecciones hasta aquel año (Gonzales Pazos: 41).

La revolución de 1952 significó la toma hegemónica de las expresiones de inconformidad


que se venían gestando desde la Guerra del Chaco, contra el sistema político y los partidos
tradicionales en torno a un proyecto nacionalista, que incluye algunas de las
reivindicaciones programáticas de la izquierda boliviana, como la presencia obrera parte del
co-gobierno, durante este periodo, en la minera estatal compañía Minera de Bolivia
(COMIBOL) creada al mismo tiempo que la COB . Junto a la revolución mexicana de 1910
y la revolución cubana de 1959, la revolución boliviana conforman las tres revoluciones
sociales Latinoamericanas mas importantes del siglo pasado. Esta última se caracterizó por
estar acompañada de grandes reformas y transformaciones en el campo social, político y
económico: reforma agraria y reparto de tierra; nacionalización de la industria minera;
acceso universal al voto; la disolución del ejercito y reorganización de uno nuevo. Éstos
fueron tal vez sus aportes más reconocidos (Tapia, 2005: 42)

También se cuenta como trascendente dentro de los logros de la revolución la creación de


Central Obrera Boliviana (COB), instancia suprema de los sindicatos bolivianos. La fuerte
presencia de los sindicatos mineros en la construcción de la identidad obrera fue potenciada
para los periodos posteriores por la revolución de 1952; la forma de articulación sindical va
a arraigarse de forma profunda en las estructuras de asociación colectiva, viéndose
articulada con otras formas asociativas dentro de Bolivia para las luchas posteriores cuando
esta identidad empieza a resquebrajarse, empezando a articularse con otras.

A través del sindicato, los obreros mineros no sólo accedieron a los derechos ciudadanos, sino
que fueron capaces de convocar al resto de las clases y fragmentos sociales subalternos y crear
hegemonía (García Linera, 2001a). Su “ímpetu por integrar discursiva y prácticamente los

57
reclamos de sectores subalternos con los suyos [construyó] una imagen de nación plebeya
articulada al minero” (García Linera, 2001a: 204) que sobrevivió –en alguna medida– hasta
1985. (Stefenoni, 2003: 315)

La peculiaridad del caso boliviano respecto a las posiciones de izquierda del resto de
Latinoamérica, se encuentra en las relaciones entre el sindicato y el partido. Tapia describe
cuatro posiciones históricas de la izquierda boliviana, lo que parecen forman asociativas
propiamente políticas: los partidos políticos, los sindicatos, los grupos políticos ideológicos
y los movimientos sociales (Tapia, 2005: 341). Para este periodo los ejes programáticos de
la izquierda están circunscritos a las relaciones entre sindicato y partido político de
izquierda. En Bolivia, a contracorriente de lo que comúnmente sucede, son los partidos los
que están subordinados a las directrices que tomen los sindicatos. “Los partidos comunistas
y socialistas elaboraban sus programas y proyectos políticos para presentarlos en el seno de
los sindicatos y la COB para buscar que fueran aprobados como la posición del movimiento
obrero.” (Tapia: 345).

En Bolivia, la superioridad del sindicato sobre el partido, irradiada desde el movimiento obrero
minero (y fortalecida por las políticas del Estado Nacionalista), ha marcado la lógica
organizativa del movimiento campesino, especialmente desde los años cuarenta. Los sectores
subalternos son, en primer lugar, clases “sindicalistas”, en la medida en que su acumulación en
el seno de la clase se da primariamente a través de la forma sindicato; por ello este concepto
reenvía –a lo largo de la historia boliviana– a organizaciones más complejas y extensas que el
sentido corriente del término (Zavaleta, 1983: 232-233).

Esta “superioridad” o prioridad de las formas sindicales sobre las partidistas moldea a
futuro las formas organizativas de la izquierda contemporánea. De este modo, reviste
especial interés cómo las formas de articulación que provee la estructura sindical van a ser,
en cierta medida, la base organizativa de la formas organizativas bajo las cuales se van a ir
articulando los movimientos sociales de principios de siglo XXI. Además, de alguna
manera, ayuda a entender la tesis de Instrumento Político bajo la cual se organiza el MAS-
IPSP.

Durante la década de los sesenta el MNR intenta llevar a cabo una profundización de la
institucionalización de la revolución, debido en parte a una ruptura de la alianza establecida
con el sector sindical representado en la COB, mediante reformas implantadas en la
constitución política de 1961. Este proceso se asemeja en algo o tiene como referente lo que
hizo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México (Gonzales Pazos, 2005: 51).
Sin embargo, este proceso se ve interrumpido en 1964 por el golpe de Estado que propinó
el general René Barrientos, siendo éste vicepresidente de Victor Paz Estenssoro, presidente
en ese año.

La posición de las izquierdas durante la etapa de las dictaduras militares no sufrió


prácticamente alteración alguna frente a los reconocimientos étnicos, pero abrió nuevas
perspectivas ante su situación. El estado defensivo adoptado gracias a la represión y la
persecución por parte de los militares, las llevó a adoptar posiciones mas nacionalistas,
estatistas, pero sobre todo, “la izquierda hizo hincapié en la reconquista de los derechos

58
políticos y las libertades para la clase obrera y la población boliviana en general. El papel
protagónico de la izquierda en este movimiento simbolizaba un replanteamiento de su
posición tradicional en relación con la democracia.” (Tapia, 2005: 344). La democracia se
sumó finalmente a los componentes programáticos de la izquierda durante la caída del ciclo
de las dictaduras y gobiernos transitorios vividos en Bolivia hasta 1982. Los demás
componentes históricos de los que se nutre la izquierda boliviana, ya han sido esbozados en
alguna mediada a lo largo del texto, estos son: la cuestión nacional, la reivindicación de las
raíces étnicas y las ideas socialistas.

“Fueron momentos de una creciente desetnización del discurso e ideario campesinos, una
apuesta por la inclusión imaginada en el proyecto de cohesión cultural mestiza irradiada desde el
Estado, y de la conversión de los nacientes sindicatos campesinos en la base de apoyo del
Estado nacionalista, tanto en su fase democrática de masas (1952-1964), como en la primera
etapa de la fase dictatorial (1964-1974)(Garcia Linera, 2008).”

Entre tanto, el indianismo había permanecido ignorado por los programas políticos de la
izquierda que antepusieron la cuestión nacional y las lógicas de las ideas socialistas. Esta
corriente iba gestando y asentando un indianismo mucho más crítico y reivindicativo de las
raíces étnicas dentro las organizaciones del sindicalismo campesino. Desde 1953 se
implantó en Bolivia lo que se denominó el pacto campesino-militar. Durante la dictaduras
de Barrientos y de Banzer, los militares mantuvieron acercamientos con los campesinos a lo
largo de este periodo; sin embargo, en 1974 este pacto se rompió con la masacre que
ejecutaron los militares a campesinos de Los Valles de Cochabamba. A partir de esta
ruptura las posiciones radicales del indianismo cobraron una nueva dirección gracias al
impulso de las organizaciones kataristas dentro del sindicalismo campesino (Stefanoni,
2003: 328).

2.3 El Katarismo

La desconfianza que se generó frente a las corrientes de izquierda revolucionaria como


frente al nacionalismo revolucionario condujo a que sectores dentro de la población
indígena empezaran a ver críticamente y a revalorar las posturas, demandas y posiciones
étnicas dentro de las organizaciones sociales para hacerlas parte fundamental, visible y
prioritaria dentro de los esquemas ideológicos de articulación indígena. Así lo que hace, en
un primer momento, el katarismo es “[arrancar] la figura de Túpac Katari del discurso
dominante, donde figuraba como inocente ‘precursor’ de la lucha por la independencia”, y
lo resignificaron como un héroe de la causa indígena, capaz de retornar multiplicado en
millones. Al tiempo que resignificaban a la forma sindicato, organismo del nuevo poder
autónomo, pero a la vez producto del horizonte histórico del Estado del ‘52” (Rivera
Cusicanqui, 1984: 164). Esta retoma simbólica de las figuras heroicas del indígena
boliviano intenta dar un giro en favor de la reapropiación y reconstrucción de la narrativa
histórica y popular indígena, descentrándola del discurso colonial del Estado y las élites
bolivianas.

La crítica katarista al modelo colonial se traza sobre la práctica de la doble mirada, sobre el

59
pasado y la identidad, bajo la cual se ha subsumido al indígena como agente político social
en el marco de una doble irrupción en su condición campesina y étnica. “El katarismo ha
“reconstruido” una identidad indígena, allí donde los militares así como los gobiernos del
MNR no querían ver sino “campesinos”. De ahí deriva una ideología que teoriza la doble
opresión del campesino, por su condición económica, pero también por su condición de
indígena víctima de discriminaciones en el seno de un estado colonial.” (Do Alto, 2006: 8).
Con el katarismo empieza a formarse y desestigmatizarse la identidad “indio”, dotándola
con herramientas articuladoras en su raíz étnica aymara como una identidad emancipadora.

Los aportes de la corriente katarista dieron a la indianidad los cimientos en la constitución


de un esfuerzo organizativo e ideológico para visibilizar al indio como sujeto político, de
poder y soberano (García Linera, 2008). “Dos elementos configurarán así el discurso
katarista: la continuidad de una situación colonial que se impuso sobre una sociedad
originariamente libre y autónoma; y la idea del “despertar del gigante dormido”, en alusión
a la mayoría étnica nacional,” (Stefenoni, 2003: 329). El tema de los grados de
autodeterminación y la posibilidad articulatoria con otras identidades y organizaciones
sociales, va a ser un punto de divergencia dentro de las corrientes kataristas mas radicales:
sobre la especificidad étnica que producirá una división posteriormente.

Y el katarismo va mas allá, pues no basta con la constitución de un discurso alternativo o


subalterno para logar el profundo impacto popular que esta corriente ha hecho circular en el
imaginario colectivo indígena, se da también sobre la puesta en movimiento de formas
organizacionales; e impulsan el discurso extendiéndolo sobre unas prácticas políticas que
mantienen fuertes pilares comunitarios para la puesta en ejercicio prácticas asociativas,
gremiales y hasta partidistas, donde el indígena empieza a tener experiencia de
empoderamiento, articulación política mas amplía, injerencia y voz en los asuntos
nacionales, haciendo sentir su potencia como mayoría.

El katarismo ha tenido una profunda influencia en la cultura y la política del país, dentro y fuera
de la izquierda. Su surgimiento evidenció no sólo la existencia de la diversidad étnica y cultural
del país, sino el hecho de que dicha diversidad implica concepciones del mundo y de la historia
diferentes, que podían organizarse políticamente de manera autónoma para disputar el poder
político y promover una reforma del Estado boliviano. El katarismo produjo, a la vez, la
autonomía política de clase con la reorganización del sindicalismo campesino y con la
introducción de la autonomía politico-intelectual aymara, esto es, lo que los kataristas han
llamado la doble mirada de la clase y la nación. (Tapia, 2005: 347)

El sindicalismo campesino se convierte en el principal órgano de difusión y organización de


la ideología katarista, con la creación de la Confederación Sindical Única de Trabajadores
Campesinos de Bolivia (CSUTCB) en 1979, en el marco del primer Congreso de Unidad
Campesina auspiciado por la COB, del cual entraría a formar parte. También es participe de
la rama sindical del katarismo, las organizaciones sindicales de mujeres como la Federacion
Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia “Bartolina Sisa” (FNMCB-BS), conocidas
como “las bartolinas”(Gonzales, 2005: 62).

Por otra parte, tenemos el katarismo partidista con la fundación, prácticamente en la misma

60
época, de dos partidos políticos: Movimiento Indio Tupak Katari (MITKA) de orientación
mas indianista liderado por el intelectual aymara Felipe Quispe, conocido como el
“Mallku”, partido “[que] ya sobrepasa los postulados campesinos para hacer un
replanteamiento del problema indígena en términos de liberación nacional y de
descolonización.” (Gonzales Pazos: 60). La segunda corriente del kararismo partidista está
representada por una posición más cercana a la apertura del indianismo hacia corrientes de
izquierda, a la herencia de la revolución de 1952, y de acercamiento con los obreros
mineros a través del Movimiento Revolucionario Tupak Katari (MRTK) (Stefanoni, 2003:
330). Esta corriente alcanzó puestos directivos dentro de la COB, e hizo parte de la
coalición de corrientes de izquierda durante el gobierno de Hernan Siles Suazo (1982-1985)
con la Unión Democrática Popular (UDP).

Es claro a esta altura la división de las posturas indianistas dentro del movimiento katarista,
vista en las posiciones de los partidos MITKA y el MRTK. Esta división marca la
bifurcación del camino que toma el movimiento a partir de las posturas asumidas frente a la
visión articulatoria e histórica del proceso colonial de la “memoria corta”. Es decir, en
términos de Wallerstein, del tiempo-espacio cíclico-ideológico que marca la periodización
establecida en cuanto a los procesos vistos en la décadas anteriores (el nacionalismo
revolucionario; la ruptura total o parcial con las lógicas marxistas y socialistas, la visión de
nación, la cuestión de las autonomías indígenas y la democracia en el subsiguiente ciclo de
la “democracia pactada”). No obstante, su punto o raíz común está en la “larga memoria” o
el proceso de larga duración: el tiempo-espacio estructural, por cuanto la incidencia
negativa para la emancipación de los pueblos indígenas, como de las formas que tomó la
colonialidad del poder en las relaciones racializadas de poder, que persisten en las lógicas
de construcción identitaria y de articulación política en el sistema político moderno del
estado colonial boliviano, entorno a las figuras y esquemas criollo-mestizos en detrimento
de las identidades y articulaciones indígenas.

A principios de la década de los ochenta del siglo pasado, la CSUTCB comienza a


fraccionarse debido principalmente a varias razones: Primero, las posturas contrarias dentro
del katarismo, el sindicalista con una visión multiétnica y pluricultural más amplia y
cercano, por no decir de izquierda, choca con el radicalismo de las posturas
autodeterministas y etnocentradas del katarismo indianista, encasilladas en la idea de la
opresión histórica del indio; segundo, la coptación de líderes sindicales por parte de los
partidos políticos que vieron en la CSUTCB un espacio ideal para propósitos electorales; y,
tercero, los casos de corrupción al interior del sindicalismo por parte de las cabezas visibles
generaron que las bases sindicales se distanciaran. (Rea, 2003: 4).

A partir de este fraccionamiento empieza el segundo periodo de la CSUTCB, la


desentralización discursiva de los movimientos y organizaciones empieza a moverse y
fugase en varias direcciones: el culturalismo, centrado en las formas de religiosisdad y en
las expresiones musicales; el discurso político integracionista, que reivindica el ser
indígena; el nacional indígena, que reclama un Estado indio, es decir, la constitución de un
nuevo Estado dirigido por indígenas (García Linera, 2008). Con la convulsión de los
primeros años de la década del ochenta, se gestan al interior de CSUTCB los sindicatos

61
cocaleros, entre estos al propio Evo Morales, dirigente máximo de estos sindicatos del
trópico de Cochabamba, y futuro presidente de Bolivia.

2.4 El nuevo ciclo la “democracia pactada”: el neoliberalismo en Bolivia

Cabe notar que en la historia Boliviana la presidencia de la república ya había tenido a la


izquierda en ella, fue la fallida experiencia de la UDP de 1982 a 1985, con ello se marca el
final del periodo analizado anteriormente; aunque precisamente, porque la UDP ya había
ganado las elecciones en 1977, fue que se dio el golpe de Estado de los militares dirigidos
por Hugo Banzer (Tapia, 2005: 344). La UDP, que es un escisión del MNR al mando de
Hernán Siles Suazo, se lanza a elecciones en 1981 mediante una alianza con varias
organizaciones de izquierda dentro de las que se encuentra el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (MIR), el PCB y otras de menor importancia, contando también con el
apoyo de el MRTK. El gobierno de la UDP marca el regreso de los procedimientos
democráticos de elección a Bolivia, desde 1964, después de las dictaduras y de cortos
periodos de gobierno constitucional.

Debido a la fuerte crisis económica y a una insostenible hiperinflación, el gobierno de la


UDP declina y se llama a elecciones. Victor Paz Estensssoro por el MNR gana en 1985.
Este año en particular pasa a la historia boliviana contemporánea por la confluencia de
transiciones que se dan en el plano económico, social y político. El MNR realiza un
diagnóstico de la situación en la cual había quedado el país, en los planos mencionados, y
las acciones a seguir con la administración de Estenssoro:

• En lo económico, con la adopción del neoliberalismo, que permitía aliviar al Estado


boliviano de la carga de impulsar el desarrollo productivo del país a favor del sector
privado. Éste fue el papel de la Nueva Política Económica (NPE).
• En lo social, con la expulsión de los actores sindicales y militares de la esfera política,
evolución posibilitada por sus debilitamientos en el período precedente.
• En lo político, con la puesta en marcha del modelo de democracia pactada. (Basset, 2004:
52)

La entrada avante del neolibrealismo se supone “justificada” por la situación inmanejable


de la economía boliviana de los años ochenta. Ante la caída internacional de los precios del
estaño y la escasa producción de la COMIBOL, es inminente que ésta vaya a sufrir
drásticas transformaciones. Toda la reforma económica fue dictada por del decreto supremo
21060, famoso y bastante referenciado en la mayoría de lecturas, pues abrió paso al estado
mínimo, las “capitalizaciones” o privatizaciones de las principales empresas estatales y, a la
entrada de capitales extranjeros, lo cual, de una u otra manera, la cuestión de la
estatalización de empresas había permanecido como uno de los grandes logros del periodo
revolucionario y su Estado “intervencionista” para mantener a flote las representativas
empresas estatales con ciertos margenes de cogobierno de los sindicatos.

El antiguo Estado “intervencionista” dio paso al capital extranjero como locomotora económica,
con los capitalistas locales como socios menores en áreas subalternas de la actividad económica,

62
y el Estado en un papel de mendigo internacional y de policía local encargado de disciplinar a
las clases peligrosas (García Linera, 2001b: 9); portador, a su vez, de un discurso capaz de
enunciar más y mejor y más rápido lo que ya formaba parte de la nueva discursividad neoliberal:
modernización, eficiencia y racionalidad (Mayorga U., 1996; Anderson, 1999). (Stefanoni,
2004: 317)

El decreto 21060 de 1985 se constituyó en la estocada final, no mortal pero si agonizante,


para el estandarte del sindicalismo boliviano: la COB. Sumida en casos de corrupción y en
una gran desorganización, el ocaso de la COB viene después de un periodo de
enfrentamiento con el gobierno de la UDP. Una vez promulgado el decreto 21060, la COB
inició una campaña para la abrogación del decreto con el llamado a huelga, duramente
reprimida por el gobierno. Al final se firma un pacto de acuerdo entre las partes donde se
evidencia la derrota sindical minera, y así establecía su vertiginoso declive (Basset, 2004:
58). Mas grave aún es la arremetida al año siguiente del gobierno de Paz Estenssoro con la
reorganización de la estatal COMIBOL y, con ello, el cierre de las minas estatales,
generando el despido masivo de aproximadamente 24,000 mineros, e iniciando así grandes
procesos de éxodo de los mineros con sus familias, desplazándose a los suburbios de las
principales ciudades del país (Stefanoni, 2005: 317).

Obviamente, como era de esperarse, esto trae consecuencias directas sobre la estructura
sindical que tenía como pilar fundamental al trabajo minero y dependía de la imagen que
había proyectado sobre la identidad obrera boliviana. “La desaparición de la “vanguardia
minera” supuso la desarticulación del sindicalismo boliviano. Además, el contexto
neoliberal llevó al crecimiento de un importante sector informal que escapaba a la
influencia sindical tradicional”. (Basset, 2004: 58). El peso del sindicalismo en las luchas
sociales de antes es evidente. Con la COB la identidad obrera experimento el cómo era
posible alcanzar grados de incidencia dentro de las estructuras políticas del país, al medir
fuerzas de movilización con todo el núcleo minero, numeroso y siempre combativo. La
etapa que se abre con la marcha neoliberal desgasta y deja en franca posición de
debilitamiento, casi de supervivencia, a las estructuras sindicales obreras bolivianas, hasta
ese momento prioritarias para la protesta social y las mediaciones políticas.

La posición del MNR gira radicalmente en los ochenta en contraste con las posiciones
históricas de este partido, que poco a poco, sobretodo por las posiciones defensivas durante
las dictaduras lo habían identificado parcialmente como un partido de centro-izquierda. El
MNR iba recorriendo, no obstante, el espectro político hasta llegar aquí a la centro-derecha.
Preocupado el MNR en esta época por la “gobernabilidad” y la viabilidad del estado
boliviano, dándole una senda económica para la tan “anhelada modernización” de Bolivia,
bajo la batuta neoliberal con su pilares discursivos de eficiencia, racionalidad y
modernización (Stefanoni, 2004: 317). El golpe asestado a las bases sindicales obreras tras
el asenso hegemónico del discurso neoliberal, deja a la izquierda, ya debilitada, en una
posición de la cual su recuperación, años mas tarde, va a llegar de mano del antes
despreciado e ignorado “indianismo” y sus estructuras sindicales-comunitarias.

En la década de los ochenta, sin embargo, se evidenciaron los límites del proyecto de la

63
izquierda sindical-partidaria, centrada en un proyecto de clase. Por una parte, la articulación
entre sindicatos y partidos continuaba siendo insuficiente para promover triunfos electorales
duraderos. Por otra, el movimiento obrero mostraba un notable poder de resistencia -capaz aun
de generar crisis de gobierno y Estado-, pero todavía incapaz de reformar uno u otro. En
síntesis, el movimiento obrero y la izquierda no había resuelto todavía el dilema clásico de la
inclusión de los demás sectores del país en su programa político. Se trataba de una plataforma
política de democracia de clase. En ella estaba a la vez la fortaleza y la debilidad de la izquierda
del siglo xx. (Tapia, 2005: 346)

Ante la ingobernabilidad y crisis del sistema político boliviano, el MNR en tiempos del
gobierno Paz Estenssoro junto al partido del ex-dictador Hugo Banzer Acción Democrática
nacional (ADN) deciden realizar un “pacto por la democracia” que “no fue formalmente
una alianza –ADN quedó fuera del gobierno–, sino una especie de “código de buena
conducta” para la oposición, que se comprometió a participar y apoyar las reformas
necesarias para asegurar la “gobernabilidad” y estabilidad política del país. Este pacto
inauguró una serie de acuerdos que, desde ya, se irían repitiendo bajo diversas formas a
cada elección, y conformarán la llamada “democracia pactada” (Basset, 2004: 53). La
democracia pactada supone lo que Yann Basset denomina sistemas de pactos dentro de la
democracia representativa. Basset distingue dos tipos de pactos dentro de una dinámica
estructural del sistema político boliviano que rigió por los siguientes 20 años: los pactos
sistémicos y los pactos de gobierno. “Los primeros asentaron las reglas de juego
institucional, es decir, la legitimidad del sistema, mientras los segundos sirvieron de
estrategia privilegiada de los actores dentro del juego, permitieron lograr y renovar
periódicamente la gobernabilidad” (Basset: 54).

En consecuencia, el pacto sistémico de la “democracia pactada” en Bolivia le otorgó todo


el peso protagónico a las instituciones de la democracia representativa, basada en la
economía de mercado y en un juego de reconocimientos parciales de la multiculturalidad,
manteniendo así unas fronteras, mas o menos estables, para la viabilidad del sistema
político boliviano. Los pactos de gobierno, por su parte, representan la lógica burocrática y
procedimental para la toma de decisiones y control de puestos en las instancias de gobierno
y de legislación. Es así como mediante los pactos se establecen las mayorías por sistemas
de alianzas a través del “cuoteo”15 de cargos administrativos del Estado (Basset: 55),
procedimiento no institucionalizado por supuesto (tampoco muy ético), pero respetado
como una regla implícita para el mantenimiento de los pactos.

La “democracia pactada” trajo cierta calma y estabilidad en la agitada vida político-social


15 En Bolivia, la aprobación de leyes tanto como la ratificación presidencial son validadas por una mayoría
de 2/3 partes del congreso, por ejemplo a diferencia de Colombia que es una mayoría “simple”, la mitad
mas uno. Por supuesto, el tener una mayoría simple no significa poder avanzar con mayor agilidad en el
tramite de leyes, ni tener el control del congreso y, en Bolivia, prácticamente ningún partido llega a
obtener las 2/3 partes del congreso que garantizarían un control absoluto, por tanto el sistema de
“alianzas” es muy frecuente, por no decir la regla. Así, el partido de gobierno busca afanosamente cómo
hacerse con esa mayoría, lo cual se logra o intenta generalmente a través de reparto de puestos o “cuotas”
de cargos de Estado. Sin embargo, este sistema de mayorías también permite que las minorías tengan una
especial importancia dentro de estos pactos y repartos burocráticos, como a la oposición sirve para
bloquear iniciativas ejecutivas con mayor facilidad.

64
boliviana durante mas o menos una década. Los principales resultados de este periodo
fueron: la perdida de fuerza articulación de los principales significantes socio-políticos de
las décadas pasadas, es decir, el nacionalismo revolucionario y la identidad obrera. A partir
de aquí, la emergencia del indianismo, la defensa por el cultivo y comercialización de la
hoja de coca y los reclamos territoriales, esto a través de las estructuras organizativas
sindicales, vecinales y comunitarias, serán los principales ejes de articulación de las
demandas particulares, nacionales y étnicas que van gestando, tomando forma y
extendiéndose a finales de los años ochenta y durante toda la década de los noventa.

En gran medida este clima de “estabilidad” posibilitó las vías y espacios para la emergencia
articuladora de las expresiones políticas subalternas que se gestaban al interior de Bolivia.
Desde 1990 se empiezan a ejercer formas de expresión y presión político-social como las
marchas de indígenas amazónicos Por la Tierra y el Territorio, que junto a otras marchas
incidieron en la promulgación de leyes. Tal es el caso de la ley 1715 conocida como ley
INRA, en la cual se reconocieron algunos derechos a territorio (autonomía y trato especial)
a las comunidades indígenas, en un marco que vacilaba entre el neoliberalismo y la
protección estatal (Gonzales Pazos, 2005: 96-98). Recorrida la década de los noventa las
movilizaciones de los indígenas por demandas de derechos territoriales y defensa del
cultivo y consumo de la hoja de coca se van endureciendo y popularizando. La caída de la
COB y de la intermediación sindical y partidista dejaron espacios para la articulación de los
sectores cocaleros, quienes venían siendo atacados por la ejecución del “Plan Dignidad”
para la erradicación de los cultivos de coca.

La situación económica ayudó a que se fuera asentando la primacía de los sectores


agrícolas, comenzando a tener trascendencia en la situación sociopolítica por sus
potenciales de movilización. El aumento significativo del sector informal en la última
década -como tal este sector no cuenta con núcleos de agrupación o asociativos, sino es a
través de otras formas que no tienen mucho que ver con su actividad económica-, junto con
las migraciones de los mineros desempleados hacia ciudades y campos, produjo que el
cultivo de coca fuera para algunos una opción bastante favorable de ocupación. Las
regiones que sintieron el impacto de los desplazamiento internos para el cultivo de la hoja
de coca fueron principalmente El Chapare en los valles de Cochabamba y la región de los
Yungas al norte de La Paz, declaradas posteriormente como“zonas rojas” (Stefanoni, 2005:
335). En estas regiones gravitan las principales organizaciones y sindicatos cocaleros de
Bolivia, nacidos en el seno de la CSUTCB.

Para el año de 1994 las cinco federaciones cocaleras del trópico de Cochabamba habían
elegido como su máximo representante a Evo Morales, quien desde 1981 se había integrado
en la región de El Chapare al sindicato local, ascendiendo hasta llegar a su máximo cargo.
Al año siguiente y en la exploración de formas organizativas que les permitieran el acceso a
otras instancias mas allá de las locales, se crea en Marzo de 1995 la Asamblea por la
Soberanía de los Pueblos (ASP), producto de los acuerdos constituidos en el Primer
Congreso Tierra y Territtorio, con participación de los más importantes sindicatos
campesinos, dónde ya éstos se perfilan como los de mayor fuerza de movilización y acción.
Así se constituye la tesis del Instrumento Político que “consistía en la fundación de un

65
movimiento organizado como extensión de las instancias sindicales campesinas que venían
protagonizando grandes movilizaciones en defensa de la tierra, el territorio y contra la
erradicación de los cultivos de coca.” (Stefanoni, 2003: 61).

Como se recordará, en la historia de los movimientos sociales en Bolivia la importancia de


la forma sindical sobre la partidista es una particularidad distintiva de las lógicas
organizativas. Pues bien, la tesis del instrumento político no es mas que la comprobación
histórica que tiene una forma sobre otra, de la manera especial que se desenvuelve la
articulación social en Bolivia. Pero esta prioridad o principio sindical, parece esconder
formas ocultas o resguardadas de control y dinámicas de base sobre esta peculiaridad. Tras
la forma sindicato se “ocultan”, en ocasiones, otras formas de organización como el Ayllu.
(Stefanoni, 2003). En fin, lo que se persigue a través del instrumento político, en otras
palabras:

“Esta constatación permitió que la acción colectiva de los cocaleros se expandiera al control de
los espacios políticos institucionalizados y a la influencia hacia el conjunto de las
organizaciones indígenas y campesina del país.
La experiencia de acceder a los espacios políticos institucionalizados para, desde allí, abrir su
campo de lucha frente a la política estatal de erradicación del cultivo de coca permitió a los
cocaleros impulsar con diferentes sectores de la indianidad organizados en diferentes sistemas
de representación.” (Rea, 2003: 6)

El impulso que supuso la ASP desató una disputa interna por el control de ésta, con el
resultado de la división, aunque stricto sensus no estaba unificada, entre las dos corrientes
clásicas del indianismo con sus respectivas concepciones. Por un lado, el indianismo de
izquierda abierta a la articulación e interpelación con otras expresiones sociales,
representada esta corriente por Evo Morales; y, por el otro, el indianismo radical nacional
aymara, que no busca tener mayores y más estrechos contactos o alianzas con otros partidos
políticos, sean de derecha o izquierda, porque estos reproducen los esquemas de
dominación colonial, por lo cual se antepone la retoma de la autonomía del indio y su
soberanía (Rea, 2003). Esta corriente está representada bajo la figura de Felipe Quispe el
“Mallku”, la cual controla a la CSTUCB, siendo su mayor territorio de influencia el Valle
de los Yungas y las federaciones que allí accionan, para finales de la década del noventa.
Ambas corrientes toman caminos separados en su lucha por articular sus demandas. La
corriente de izquierda finalmente adopta el nombre de Instrumento Político para la
Soberanía de los Pueblos (IPSP), mientras que la corriente radical o nacional étnica
formaría en el 2000 el Movimiento Indio Pachakuti (MIP).

Estos dos movimientos constituyen, en ultima instancia, los dos grandes núcleos de los
movimientos sociales bolivianos (Tapia, 2005). Aunque Tapia los identifica de izquierda,
pero por lo visto, la profunda desconfianza hacia las formas políticas occidentales que
representan la díada izquierda-derecha, la corriente del MIP nunca se ha proclamado como
tal, y además apelando al derecho de no pertenecer a ninguno de los matices del espectro,
no debería nombrase propiamente de izquierda, aunque comparta algunos postulados con la
izquierda histórica y la propia boliviana. Caso contrario el MAS-IPSP si se identifica y se
asume como tal. Lo que aquí se evidencia, sin lugar a dudas, es la dirección autónoma de

66
los partidos y movimientos aymaras en torno a sus propios espacios culturales, lejos de los
anteriores liderazgos obreros.

2.5 El instrumento político

Una vez que el rumbo de la ASP divide al movimiento, al IPSP se le niega su aceptación
ante los organismos electorales como partido político, decide por tanto tomar el nombre de
un pequeño partido que le cede sus siglas y su personería: Movimiento Al Socialismo,
resultando así la conjunción MAS-IPSP en 199816. No obstante, bajo las siglas IPSP se
participa en las elecciones de 1997, obteniendo Evo Morales un puesto como diputado,
mediante una alianza con el dirigente Alejo Veliz de Izquierda Unida (IU), con quien rompe
al año siguiente a causa de la disputa del liderazgo del trópico de Cochabamba (Stefanoni:
2004).

Varios pueden ser los factores de largo plazo que construyen el tejido discursivo del plano
de emergencia para la irrupción del MAS-IPSP y su proyecto étnico popular durante los
últimos años del siglo pasado. Entre ellos contamos el plano organizativo y su
composición, que es básicamente el mismo de los demás movimientos sociales bolivianos.
Como los sindicatos cocaleros nacen bajo el auspicio de la CSUTCB, este sindicato, pese a
sus divisiones, hace parte fundamental en la estructura organizativa. A ello se suman el
trabajo de otros sindicatos como el Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia
“las bartolinas”, la Confederación Sindical de Colonos de Bolivia (CSCB) y la
Confederación de los Indígenas del Este Boliviano (CIDOB)(Do Alto, 2006: 8). Buscar una
relación diferencial entre sindicato-partido es prácticamente indistinguible, pues el MAS-
IPSP stricto sensus no es un partido en el significado clásico de partido político 17. Mas bien,
es una instancia articuladora de ciertas expresiones campesino-sindicales-étnicas
organizadas que actúan en lo regional con fines de articulación ampliada de incidencia en lo
nacional.

16 La historia del origen de la sigla MAS es un poco peculiar, Stefanoni nos dice: “El MAS proviene
originariamente de la Falange Socialista Boliviana (FSB), fundada por Unzaga de la Vega en 1937
emulando a la fascista Falange Española. Unzaga y el falangismo boliviano organizaban los cuadros de
choque que atacaban sindicatos e izquierdistas, y durante la Revolución deguerra del gas 1952 fueron la
oposición contrarrevolucionaria y expresaban a los terratenientes “blancoides” racistas que defendían sus
propiedades contra los levantamientos indígenas. A fines de los años ochenta, el ala de la falange liderada
por Añez Pedrasa se fue moviendo a la izquierda y formó el MAS Unzaguista, que se aliaría con grupos
como el de Evo Morales para formar Izquierda Unida. Luego, Morales, buscando inscribirse en el sistema
electoral, acabó apropiándose de la sigla del MAS, eliminando al unzaguismo como apellido e ideología,
aunque manteniendo los mismos colores azules del falangismo (Bigio, 2002). (Stefanoni, 2004: 353). En
el libro MAS-IPSP DE BOLIVIA INSTRUMENTO POLÍTICO QUE SURGE DE LOS MOVIMIENTOS
SOCIALES de Matha Harnecker y Federico Fuentes, se ofrece in extenso la historia de las siglas y un
análisis del corriente falangista en Bolivia y cómo esta termina cediendo su nombre a un partido de
izquierda.
17 En el caso del MAS, no se trata ni de una organización de cuadros ni actúa en función de la dinámica del
debate del aparato burocrático, intelectual y administrativo interno; su base organizativa son los sindicatos
agrarios y organizaciones populares urbanas, y una buena parte de las decisiones políticas partidarias se
resuelven preponderantemente en ampliados o congresos sindicales antes que en los niveles de la
dirección administrativa del partido (García Linera, 2003).

67
El plano organizativo puede demarcarse como los cambios entre long duree y de tiempos
cíclicos- ideleógicos como son: la ruptura con el neoliberalismo y su moral, el desgaste de
las formas organizativas, las migraciones y colonización interna de Bolivia. Sumados estos
factores que se dan dentro de los ciclos que llegan a ser episódicos, pero que en su conjunto
caracterizan el ciclo de luchas que se abre a partir el año 2000 están: el clima
antiimperialista, reforzado por el intervencionismo estadounidense a través de su embajada
en el problema del narcotráfico y la erradicación del cultivo de la hoja de coca, con la
puesta en marcha del “plan dignidad”; el rechazo a los partidos tradicionales, especialmente
por el desborde de las demandas populares, delineando así los límites de la “democracia
pactada”, desborde este acompañado y potenciado por las articulaciones democráticas de
los movimientos sociales, demostradas adelante con la “guerra del agua” y la “guerra del
gas”; la perdida de capacidad articulatoria de la narrativa discursiva del nacionalismo
revolucionario, dejando vació el espacio que ocupaba el neo-populismo; y, una bastante
episódica que causó gran impacto para la participación y apertura de espacios articulatorios
de los movimientos sociales, bajo el cobijo institucional que significó la Ley de
Participación Popular (LPP) de 1994.18

“En efecto, al reconocer y alentar las OTB [Organizaciones Territoriales de Base], la LPP
destapó en cierta medida la caja de Pándora, ya que esta dinámica de participación y apropiación
de las instituciones democráticas “desde abajo” resultó a la larga ser contradictoria con el
mantenimiento de los mecanismos de la democracia pactada, y su ampliación al nivel
municipal.” (Basset, 2004: 59)

Aquellos factores que implican procesos de largo tiempo se sedimentan en las redes de
relaciones sociales construidas sobre la cuestión étnica, es decir, de las cuestiones que
aparecen insertas por la colonialidad de poder construidas, subrepticiamente, a través de las
formas articulatorias que toman parcial y sincrónicamente los movimientos sociales en este
periodo dentro del sindicato y el instrumento político. Estos factores son impulsados por la
narrativa étnica del katarismo de resignificación del indio, “El indianismo deja de ser una
ideología que solo se limita a resistir, y se va a expandir intentando disputar la capacidad de
dirección cultural y política de la sociedad a la ideología neoliberal dominante durante los
últimos veinte años.” (García Linera, 2008) y, no exclusivamente es una emancipación del
discurso neoliberal del último ciclo, es también en la larga memoria, la “descolización” de
siglos de colonialismo.

En Bolivia, a partir del 2000, el ciclo de luchas va a tomar el carácter de una lucha
hegemónica, pues la división del campo social encontrará antagonismos sociales
parcialmente encadenados por luchas entre identidades parciales, construyendo un nicho de

18 Acerca del la importancia como factor de la Ley de Participación Popular García Linera dice: “La
aplicación de la Ley de Participación Popular, si bien ha contribuido en algunos casos a un notable
fortalecimiento de las organizaciones sindicales locales que han logrado proyectarse electoralmente en el
ámbito nacional, también puede ser vista como un mecanismo bastante sofisticado de cooptación de
líderes y de activistas locales, que comienzan a girar y propugnar sus luchas y sus formas organizativas
alrededor de los municipios y las instancias indigenistas expresamente creadas por el Estado”.(García
Linera, 2008)

68
articulación dentro del campo político que la “democracia pactada” no puede absorber
dentro de un sistema de diferencias, intentando cooptar al indianismo y a los movimientos
sociales mediante políticas multiculturalistas y uno que otro paliativo. Es decir, los
movimientos sociales desbordaron la lógica diferencial del sistema de identidades, tal es el
caso de la identidad “campesino” con la cual tanto los gobiernos de derecha como las
organizaciones de izquierda trataron de bloquear a un conjunto de identidades plurales que,
por su parte, se fugaron de tales identificaciones y, así, pasaron a antagonizar con la
estructura social.

Los límites de la “democracia pactada” se presentan porque la mediación del sistema de


“alianzas” es bastante contradictorio, las coaliciones no se sostenían sobre lógicas
ideológicas, sino típicamente clientelares y oportunistas, unas veces se estaba con uno y en
el siguiente periodo con otro; este es el caso del MIR de izquierda, al que le daba
prácticamente lo mismo establecer relaciones con el MNR de centro derecha o con el ADN
de profundos criterios de derecha. Por lo visto, la lógica pragmática de los pactos de
gobierno sopesaban sobre el pacto sistémico (Basset, 2004: 56). Dada tal situación, la
mediación entre el partido y la sociedad es nula, porque la lógica del sistema no toma en
cuenta a la sociedad mas que con fines puramente electorales. Según el esquema, los
sectores sociales, más allá de los grandes empresarios, no son necesarios para el
funcionamiento sistémico del pacto. Esta dinámica choca, mejor antagoniza con otra, esta
ultima es la propia dinámica de los movimientos sociales y sus formas organizativas
democrático-populares y su intervención en el campo ocupado por las dinámicas de la
“democracia pactada”.

2.6 La decisión de los movimientos sociales el ciclo de luchas para el siglo XXI, la
guerra del agua y la guerra del gas.

Esta intervención hegemónica se da gracias a la decisión dentro de un campo de


indecidibilidad en la estructura social de un conjunto de “voluntades colectivas”, éstas son
agencias sociales inestables, con límites imprecisos, redefinidas de continuo y construidas
merced a la articulación contingente de una pluralidad de identidades y relaciones sociales
(Laclau), además cuyo rumbo es incierto. García Linera en la anterior cita, de una u otra
manera, deja claro que la decisión de estas voluntades fue la de intervenir en la lucha
hegemónica, dentro de la cual la construcción de “pueblo” va a constituirse en la lógica de
articulación política. La decisión de la lucha por la hegemonía es, en principio, una cuestión
ética de los movimientos y que sólo ellos pueden juzgar.

Las políticas de apertura económica del Estado colonial boliviano, impulsaron toda una
serie de privatizaciones en sectores económicamente estratégicos, especialmente, la
extracción y producción sobre los recursos naturales no renovables (minas, gas y petróleo).
Las privatizaciones se extendieron sobre la prestación de servicios básicos como el agua.
Gracias a los condicionamientos para los préstamos por parte de Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), bajo la Ley 2029 de
Servicios, Agua Potable y Alcantarillado Sanitario, se otorga la concesión a Aguas del
Tunari, filial de la estadounidense Bechtel Enterprises (Stefanoni, 2004: 320). Lo primero

69
que hace esta empresa es subir desmesuradamente los precios del servicio, además los
términos del contrato y la ejecución dejaban el manejo exclusivo de cualquier forma de
recolección y distribución de agua en toda la zona de la ciudad de Cochabamba y sus áreas
rurales exclusivamente a la concesión.

Las protestas no se hicieron esperar, la ciudad de Cochabamba se empezó a movilizar en


torno a la consigna “el agua es nuestra”. Todo el núcleo de enlaces de redes y
acompañamientos fue canalizado a través de la Coordinadora de Defensa del Agua y la
Vida, dentro de la cual participaban los “regantes” de las áreas rurales de Cochabamba,
estudiantes, obreros, amas de casa, etc,. Es decir, aquellos que no se incluían dentro de una
forma organizacional extendida, vieron en la flexibilidad de la coordinadora un punto de
apoyo. Así empezaron las formas de presión con bloqueos en la ciudad y la negativa de
pago del servicio. Para reprimir las protestas fueron enviadas unidades del ejercito desde La
Paz. El escalonamiento de los enfrentamiento ocurre desde el mes de Febrero del 2000
hasta Abril del mismo año, cuando Cochabamba estuvo sitiada por las protestas cuadra por
cuadra y se negociaba una salida entre el gobierno y los representantes de la Coordinadora
(Kruse, 2005: 150).

La experiencia de la “guerra del agua” se convirtió rápidamente en un referente de acción,


organización y articulación social en torno a demandas populares tanto para los
movimientos sociales como para la misma izquierda. Los ecos de la lucha Cochabambina
se trasladaron rápidamente como uno de los procesos más ricos de articulación social, no
sólo para Bolivia sino en conjunto para Latinoamérica. Esto se debe, en gran medida,
porque fue exitosa en su objetivo básico: la modificación rápida y sin mayores trabas en el
congreso, una vez pactado el fin de la guerra, de la ley 2029; pero sobre todo, porque fue en
realidad el escenario de la participación de organizaciones de base “desde abajo” y gente
del común, sin que ejerciera mayor injerencia de partidos u otras organizaciones de tipo
jerárquico, trabajando en torno a demandas populares específicas.

En la Guerra del Agua se destilaron dos demandas claras, en torno a un problema agudo de
necesidad básica, y contra la humillación cotidiana a manos de los políticos. La consigna "El
agua es nuestra, carajo" captó bien el sentido común: por un lado insistía en el acceso al
elemento vital, y por otro era un grito para poner fin a los atropellos a la dignidad. Este mensaje
compacto y denso logró "politizar" el agua de un modo productivo, en los términos ya no de las
élites locales, sino de demandas básicas y de una "tolerancia cero" a las negociaciones oscuras.
En este sentido, era una combinación de enunciación y acción que democratizaba -abría a la luz,
aprehensión y acción pública- el tema del agua (Kruse: 156)

La construcción de articulaciones a través de demandas constata la presencia de un nuevo


tipo de formas organizativas con procedimientos y accionar democráticos, generando un
campo antagónico que contradice el sistema de alianzas y procedimientos de construir y
constituir lo político contra el sistema diferencial, implícito el Estado colonial y sus
instituciones. Además, cuando un tipo de demanda particular rebasa sus propias limitantes
locales y deja el espacio para la extensión concatenada de demandas básicas, no ya a cierto
tipo de racionalidades políticas modernas como una totalidad social, sino a espacios para
articulación con otros tipos de identidades y demandas también particulares y contingentes,

70
estamos ad portas de lo que Laclau denomina “pueblo”.

Así, la finalización de los bloqueos en la “guerra del agua” no terminó únicamente con el
retiro de la concesión de Aguas del Tunari, sino que elevaron su particularidad con otras
preocupaciones amplias: sobre el modelo de sociedad que estaba constituyendo, el discurso
neoliberal y el modelo de sistema político del Estado colonial boliviano. A partir de los
planteamientos abiertos y fugados de las demandas populares de la “guerra del agua” se
comienza a cuestionar fuertemente asuntos como la soberanía nacional, la comercialización
y explotación incontenible de los recursos naturales, el control político y, precisamente,
como una de las propuestas mas extendidas de la Coordinadora de Defensa del Agua y por
la Vida, fue la posibilidad, como demanda, de convocar a una Asamblea Constituyente, que
poco a poco empezó a tomar mayor fuerza.

El otro gran escenario en este ciclo de luchas sociales fue la “guerra del gas” de 2003, por
el proyecto de venta, comercialización y explotación del gas dentro de los acuerdos de
exportación del producto hacia México y Estados Unidos a través de puertos chilenos
(Stefanoni, 2004: 372), en el cual los beneficios para la nación eran menos que marginales.
El clima de tensión en este año fue bastante fuerte. Las formas de la protesta social iban
desde la instancia parlamentaria de partidos, entre ellos el MAS-IPSP y el MIP, opuestos al
proyecto del Presidente Gonzalo Sánchez de Lozada -conocido como “Goni”-, pasando por
el bloqueo de carreteras, huelgas de hambre, enfrentamientos a piedra con la policía y el
ejercito, hasta el cerco de la ciudad de La Paz desde la ciudad de El Alto. El hecho que abre
las protestas fue la masacre de 20 indígenas, bajo la excusa de un supuesto “rescate” por
parte del ejercito a un grupo de turistas extranjeros, quienes habían quedados atrapados en
medio de un bloqueo de las comunidades Warisata y Sorota (Gonzalez Pasos, 2005: 130-
133). Este hecho detonó todo el clima de hostilidades que se iban acumulando durante todo
el año.

La masacre activó de manera casi inmediata el repudio popular y fueron las organizaciones
sociales de la ciudad de El Alto las primeras en reaccionar, convocando a un paro cívico
para la siguiente semana, obteniendo un éxito abrumador. A partir de aquí son estas
organizaciones, sus formas de acción y articulación las que concentraran todo el núcleo de
demandas populares de la “guerra del gas”. La Federación de Juntas Vecinales (FUJEVE)
creada en 1979 y la Central Obrera Regional-El Alto (COR-El Alto) de 1989, son
organizaciones de tipo local con complejas estructuras, especialmente las juntas vecinales
que componen la FUJEVE. Son complejas por los caracteres articulatorios de experiencias
organizativas concentradas en la ciudad de El Alto; las migraciones de obreros, los
desplazamiento de campesinos de las zonas tropicales de Bolivia, el encuentro entre formas
ancestrales de organización comunal, como el Ayllu, con estructuras modernas
asambleísticas como las sindicales y toda la experiencia de los sectores mineros migrados,
confluyen en un espacio urbano, resultando en heterogéneas y bastante complicadas redes
de organización para resumir aquí19. La articulación de estos tejidos sociales donde
19 La experiencia del las organizaciones de El Alto son de una complejidad bastante amplia. Raul Zibechi,
desde una óptica deleuziana, dice que las expresiones sociales de El Alto son formas organizativas que se
fugan al control vertical jerárquico, intentando dispersar el poder leviatánico de las formas Estado.

71
confluyen y dispersan “rizomáticamente” la memoria larga, la memoria corta, el Ayllu, el
sindicato, la colonialidad del poder y las fugas descoloniales, proporcionan las
características sui generis de estas formas de organización y de “poder no estatal” (Zibechi,
2007: 117-153).

Las movilizaciones de la ciudad de El Alto son acompañadas por otras ciudades,


especialmente de la región que integran el collasuyu, La Paz, Cochabamba, Oruro, Potosí,
ganando el respaldo de sectores la clase media de estas ciudades. Para el mes de Octubre
Bolivia se encuentra paralizada por la ola de protestas, las cuales ya no solamente
reclamaban el rescate de los recursos naturales, sino además la renuncia de “Goni”. Las
semanas de Octubre marcaron también el fin definitivo de la “democracia pactada”, el
sistema de alianzas y pactos se resquebraja, el gobierno pierde rápidamente el respaldo de
sectores políticos, económicos y sociales que lo habían acompañado, incluso su
vicepresidente Carlos Mesa se distancia de las posiciones adoptadas por Sánchez Lozada
(Gonzalez Pazos, 2005). Finalmente, el 17 de Octubre el presidente dimite ante el congreso
que acepta su renuncia, este último nombra a Carlos Mesa transitoriamente en el cargo y se
frenan las intenciones de los proyectos de explotación y venta de gas.

2.7 La construcción de pueblo y sus demandas

La ampliación de la heterogénea base social alrededor de unas demandas, muestra que la


capacidad articulatoria de las organizaciones e identidades sociales puede verse impulsada
por la coordinación y carácter implícitamente abierto y contingente de las formas
identitarias de los sujetos políticos que se insertan en una cadena equivalencial. Como no
todos lo sujetos pueden articularse en torno las demandas especificas se establecen formas
equivalenciales de interpelación a través de significantes amplios y, por ello, menos
restrictivos. Emergen allí cadenas en las cuales las identidades sociales son afectadas por el
mismo proceso de intervención y decisión. La recuperación de los recursos naturales o la
exigencia de la renuncia de un gobierno son apenas el eslabón que une las diferentes
aspiraciones políticas particulares; no obstante, las condiciones de emergencia y desarrollo
filogenético son primordiales para que tales superficies de inscripción sean potencialmente
antagónicas a un sistema diferencial de totalidades sociales.

El terreno de protestas del ciclo de 2000-2003 abrió y potenció el encuentro de las


demandas particulares, por su carácter abierto; los respaldos y acompañamientos para la
articulación son posibles dado al carácter también abierto y excluido de las otras
experiencias e identidades. Desde los sindicatos cocaleros, los partidos políticos como el
MAS-IPS, el MIP, las federaciones sindicales, hasta los núcleos locales, las juntas
vecinales, las comunidades de regantes, los sindicatos regionales, los cuales tienen
objetivos y formas organizativas particulares lograron, al menos de forma parcial ejercer
poder a través de la convocatoria contingente y abierta de demandas extendidas y amplias,
que pueden unir eventualmente a todo un conjunto disperso y particular de expresiones

Justamente su libro Dispersando el poder, hace un análisis a profundidad de estas formas antagónicas de
organización.

72
sociales, pero que tiene en común el desborde del sistema diferencial social del Estado
colonial moderno boliviano, del cual este “pueblo” fue excluido en su acto fundacional.

De esta manera va tomando fuerza la idea de una refundación del Estado boliviano a través
de la convocatoria a una Asamblea constituyente, ya con una correlación de fuerzas
favorable a estas expresiones. Y debido, fundamentalmente, a que las formas de expresión
de la democracia representativa moderna no son capaces de articular fuerzas que la
desbordan, ni de cumplir a través del sistema de diferencias y mediaciones siquiera los
reclamos y demandas democráticas básicas que promulga el Estado moderno. Obviamente,
cuando esto sucede al interior de una sociedad per se fragmentada, tanto por exclusiones
raciales, de clase y regionales, el campo de disputa político queda dividido en
articulaciones antagónicas. Llegados a aquí cabe preguntarse, entonces ¿Qué es lo que da le
carácter especial al MAS-IPSP para que sea analizado?.

2.8 El MAS-IPSP: articulaciones y significantes

El MAS-IPSP, como ya se dijo, nace de la propuesta de la ASP, obtiene en lo electoral tras


su fundación algunos puestos menores en las principales áreas de influencia de éste. Desde
el comienzo ha sido identificado como un partido de los cocaleros y, en principio, ha
defendido el cultivo y uso de la hoja de coca mediante la argumentación de su valor
simbólico y ancestral, parte cultural de las comunidades originarias. En palabras de
Stefanoni, el MAS-IPSP se constituye “De la nueva síntesis propuesta por la ASP, emerge
la propuesta de una Bolivia Socialista, Multinacional y Comunitaria, resultante de la
superposición de la “lucha nacional y lucha clasista”. Se define como el “nuevo sujeto de la
Revolución” a “originarios, obreros y campo popular” y se propicia la articulación del
Pachakuti andino, el marxismo y la idea de Tierra sin mal del Oriente boliviano, en una
interpelación al conjunto de los explotados” (Stefanoni, 2004: 349). Este extraño
eclecticismo como se muestra al MAS-IPSP no puede producir extrañeza a la luz de la
historia de los movimientos sociales bolivianos. Sin embargo, dicha interpelación no
siempre es posible, en ocasiones, es fallida dadas las posiciones particulares o la insistencia
en el carácter cerrado o de prioridad ontológica de alguna identidad y sus demandas.

Tal vez el “exito” o la gran peculiaridad del MAS-IPSP ha sido precisamente la capacidad
de interpelación con otros movimientos sociales, la extensión de sus demandas y a los
significantes flotantes que han tomado como base para su propuesta y programa de partido.
“Socialismo”, “plurinacionalismo”, “comunidad”, “coca”, incluso Asamblea Constituyente,
“antiimperialismo”, “soberanía”, indio, “autonomía”, “igualdad” son, junto a otros más
más, algunos de los significantes arrojados para la asociación, poder captar la simpatía y
generar resistencia, en un campo discursivo abierto y contingente. Si bien, todos estos
significantes pasan a mantener ciertas definiciones, no pueden poseer una unidad estable, el
principio articulatorio impide que tal cierre se dé. Me arriesgo a plantear que, tal vez, el
significado de cada palabra, en último término, no pude ser determinado de una vez y para
siempre, no puede ser lo trascendental aunque así lo quiera; si, quizás necesario. Aquí lo
importante es la decisión de intervención hegemónica en la lucha por el control o puesta en
marcha de un campo propio y compartido de elección de los mecanismos mediante los

73
cuales puede darse nuevas intervenciones para disputar las significaciones de los mismos,
esto por lo menos a nivel discursivo.

El movimiento cocalero fue logrando –mediante una eficaz batalla simbólica– inscribir sobre la
superficie discursiva de un espacio político una serie de significados que le han permitido pasar
de expresar los intereses sindicales económicos-corporativos de los cultivadores de coca a
articular parcialmente una voluntad nacional-popular que interpela al modelo económico e
institucional vigente en el país desde 1985; y –en virtud de una suerte de “memoria larga”– a la
propia historia de dominación y exclusión heredada del período colonial. Uno de los éxitos de
las organizaciones cocaleras consistió en enfatizar la dimensión identitaria y ritual de la hoja de
coca para las culturas andinas; y –a través de la popular consigna “la coca no es cocaína”–
combatir la estigmatización de su cultivo. (Stefanoni, 2004: 344)

La reapropiación del significante “coca” por parte de los movimientos cocaleros de los
Yungas y de El Chapare20 a través de la puesta en circulación de la defensa del cultivo de
ésta con criterios de usos y costumbres, pero además, como sostén económico y única vía
posible de supervivencia, hace parte de la ampliación de los margenes discursivos del
movimiento cocalelero, incluso bajo una argumentación económica. Según algunos
estudios citados por Stafanoni, la producción de la hoja de coca para algunos sectores
sociales de bolivianos es prácticamente insustituible, debido a que los costos para la
producción, el ciclo de cultivos y la gran productividad, no tienen comparación con otras
actividades económicas viables para sectores que dependen del cultivo de la hoja de la coca
en Bolivia (Stefanoni, 2004).

El cultivo de la hoja de coca no siempre es salvaguardado como una expresión de la


identidad ancestral indígena, intelectuales del indianismo como Fausto Reinaga, ven en la
coca uno mas de los medios de opresión al indígena, sumado a la cristianización y al abuso
del alcohol por parte de la población indígena. No obstante, la toma hegemónica del
significado “coca” está asociado y regulado en el mundo, debido a la ilegalidad que supone
las manipulaciones químicas y subproductos narcóticos de la hoja de coca y a toda la
cadena productiva resultante de un negocio transnacional, violento en muchas ocasiones, y
perseguido fuertemente por los Estados. Desde la década de los ochenta la intervención o
“cooperación” de Estados Unidos mediante la política antinarcóticos, tratada como un
asunto de seguridad interna para este Estado, en toda la región andina, ha marcado en el
movimiento cocalero un fuerte sentimiento de hostilidad ante las prácticas de presión
militar que se ejercen en la lucha antidrogas.

Las dimensiones de la problemática del narcotráfico han puesto en primera plana de la


realidad nacional boliviana las reclamaciones y justificaciones del cultivo de la hoja por
parte de los cocaleros, mediante sus sindicatos y federaciones. En especial, de la región de
El Chapare, el poder organizativo corporativo característico de la década de los noventa,
intenta oponer sus propias significaciones sobre el significante “coca”, movilizando toda su
capacidad operativa con altas dosis de simbolismo, no sólo como un reclamo sectorial sino
transformando en una lucha por la soberanía de la política antinarcóticos, que amplía y
20 La Ley 1008 define una cuota de producción legal de hoja de coca para la región de los Yungas de La Paz,
y prohíbe el cultivo en otras partes. (Basset, 2004: 59)

74
extiende la particularidad de su lucha, en una demanda de autonomía y autodeterminación.

Mediante una operación hegemónico-discursiva, el significante coca –asociado por los


gobiernos boliviano y estadounidense con narcotráfico y cocaína– fue progresivamente
resignificado como “hoja milenaria heredada de nuestros antepasados” y, fundamentalmente,
“defensa de la dignidad nacional”; convirtiendo al discurso en defensa de la coca en una
superficie de inscripción para el creciente cuestionamiento a la subordinación nacional a los
mandatos de la embajada estadounidense, cuya abierta intervención en los asuntos internos de
Bolivia asume características imperiales. (Stefanoni: 344)

La subordinación de las élites políticas a los dictámenes de las políticas antidrogras alentó
también la desconfianza, ya presente, de los movimientos sociales favorecidos en su
imagen, en gran medida por el desgaste de los sistemas de alianzas partidistas y los pactos
de gobierno que se ocupaban principalmente de los asuntos clientelares. Por ello, la
decisión del MAS-IPSP de intervenir directamente en el Estado, postulando candidaturas
para la presidencia en 2002 y en el 2006. Otro Hecho, que parece mas bien anecdótico, se
dio en en 2002, cuando debido al fuerte tono de las discusiones que mantenía Evo Morales
en el Parlamento, en medio del clima de tensión de las protestas cocaleras contra militares
en Sacaba (Stefanoni, 2003: 68), Evo fue acusado de alentar la desestabilización
institucional, acusado de incitar el uso de la violencia por parte de los manifestantes;
también fue acusado de “narcotraficante”, siendo finalmente expulsado del congreso en
Enero de 2002. Lo anterior generó que su imagen y reconocimiento se elevaran a límites no
previstos por los opositores del movimiento, lo cual en su momento fue entendido como
una exclusión de tipo racista.

La irrupción en el congreso de las identidades indígenas en los espacios políticos como


éste, prácticamente vedados -en este caso el parlamentario-, causó todo tipo de reacciones e
inconvenientes tanto para élite criollo-mestiza y los políticos de los partidos tradicionales,
como para los propios indígenas que accedían por primera vez a espacios de discusión y
legislación como el parlamento. El lenguaje, el manejo precario del castellano, las
intevenciones en las discusiones, las faldas de pollera de las indígenas diputadas, dieron
lugar a todo tipo de burlas y discriminaciones. Las primeras etapas de la experiencia
parlamentaria del MAS-IPSP, fue bastante difícil, mientras los diputados se adaptaban a las
formas parlamentarias. “El poder colonial –difuso en los distintos espacios de la vida
social– sumado a los propios “complejos de inferioridad” promovidos por siglos de
estigmatización y opresión, conspiraron contra el protagonismo indígena, contra la
transformación del factor indígena en fuerza hegemónica: en sus discursos, en su capacidad
interpelatoria en castellano, e incluso en la forma de ocupación física del espacio
parlamentario”(Stefanoni: 370).

2.9 Lo abigarrado

Muchos pueden ser los detalles anectodóticos, especialmente, los que tienen que ver con
ese complejo de inferioridad del indígena, en la ocupación espacial del parlamento
boliviano, mas aún cuando sus experiencias políticas se habían limitado a los espacios
comunal y el sindical. Examinemos en detalle este complejo asentado sobre la corporeidad

75
indígena proveniente de los tiempos coloniales y republicanos atravesados durante el siglo
XX, por el tipo especial de “sociedad” que se ha constituido en Bolivia. Para este análisis se
ha hecho uso de una categoría, desde la academia boliviana, que intenta explicar el tipo
muy especial de conformación social dentro de formaciones sociales bastante particulares y
de cómo se superponen unas sobre otras, vista en la apropiación tanto espacial como
discursiva de las identidades en la disputa hegemónica: el abigarramiento.

El abigarramiento social fue la categoría utilizada por Zavaleta, y retomada y actualizada por
Tapia, para avanzar en el análisis de las características de la sociedad boliviana. Dicha categoría
de análisis hace referencia a una “condición de sobreposición de diversos tipos de sociedad, que
coexisten de manera desarticulada, estableciendo relaciones de dominación y distorsión de una
sobre las otras” (Tapia, 2002a: 10). El abigarramiento es el resultado de la superposición de
“diferentes tiempos históricos, es decir, diferentes civilizaciones, en un mismo territorio y
presente político y social” (Tapia, 2002a: 10), dando lugar a un país multisocietal con un Estado
monocultural y monosocietal (Tapia, 2002a: 11), resultado del intento de querer unificar
nacionalmente –a través de una superposición colonial– algo que pertenece a diferentes tipos de
civilización y diferentes culturas a la vez (Tapia, 2002a: 17). (Stefanoni, 2003: 322)

La discusión que sigue exige la explicación de un conjunto de ordenes discursivos dentro


de los cuales el abigarramiento se inscribe como una superficie de inscripción del tipo de
sistema de diferencias, que intenta integrar en un estado monocivilizatorio y monoétnico al
conjunto heteregéneo de practicas sociales -simbólicas-, bajo órdenes discursivos
hegemónicos como pueden ser el multiculturalismo o el indigenismo. Empero, habría que
intentar reconocer primero cuáles son los tipos de orden civilizatorio que intervienen en la
superposición de la conformación social boliviana. Según García Linera, en Bolivia
intervienen cuatro grandes tipos de regímenes civilizatorios, esto entendido como un
conjunto coherente de estructuras generativas de orden material, político y simbólico que
organizan de manera diferenciada las funciones productivas, los procesos técnicos, los
sistemas de autoridad y organización política, además, de los esquemas simbólicos
mediante los cuales las colectividades extensas dan coherencia y sentido al mundo (García
Linera, 2007). Siendo para García Linera:

1. Moderna industrial: de la racionalidad práctica, mercantil y acumulativa, donde se


separa lo económico de lo político.
2. Economía y cultura de actividad mercantil mas simple, con una racionalidad
gremial o corporativa como son los artesanos, pequeños propietarios rurales y campesinos.
3. Amazónica: de carácter itinerante, -nómada-, cuya técnica está anclada en el
conocimiento individual, y que carece de Estado.
4. Comunal: con procedimientos fundados sobre la fuerza de gestión familiar y
comunal, de autoridades e instituciones políticas propias sin una separación de lo
económico y lo político (Garcia Linera, 2007).

El carácter multicivilizatorio de la conformación social boliviana no posee relaciones


simétricas entre los mismos, muy por el contrario, la toma hegemónica del régimen
civilizatorio moderno industrial evidentemente se superpone a las demás, articulando para
los demás un sistema diferencial que los excluye como momento e intenta agregarlos como

76
elemento. Las relaciones asimétricas del campo social repelen a las demás, de manera
antagónica, las identificaciones que se logran parcialmente entre los diversos regímenes se
concatenan exclusivamente por un principio de rechazo. Este proceso de rechazo también
está presente al interior del propio MAS-IPSP, y en general de la izquierda boliviana. La
exclusión y rechazo de cierto tipo de regímenes hace parte de las discusiones y disputas
internas de la organización.

Así tenemos varios tipos de rechazos y exclusiones dentro de los sectores pertenecientes al
MAS-IPSP. Por un lado la aceptación o no de postulados de las corrientes marxistas,
identificadas con lo occidental, dentro del tipo de régimen que se superpone sobre los
demás -del abigarramiento que puede oponer el marxismo-(Stefanoni, 2003:363); y, por el
otro, está la corriente del indianismo radical que pretende la superposición del régimen
civilizatorio comunal, en la creación de un tipo de estado puramente indio, que excluye
igualmente a los demás. Aquí se debe hacer mención oportunamente del principio de
articulación, pues de una u otra manera, tal como lo entiende García Linera, lo que pretende
el MAS-IPSP no es propiamente iniciar a etnizar el Estado a través del discurso indianista
radical, porque como supone la colonialidad del poder, toda la estructura del Estado ya está
per se racializada: moderna colonial (García Linera, 2007).

Lo anterior ha traído como consecuencia cierta ambigüedad en la posición del discurso del
MAS-IPSP, mediado entre un radicalismo indianista y una lectura del tipo marxista de la
realidad boliviana. Esto deriva en que sectores con ideologías emancipadoras externas del
MAS-IPSP, critiquen esa ambigüedad no sólo discursiva sino también programáticamente,
lo cual se evidencia en la distancia que se ha dado entre, por ejemplo, el MIP de Felipe
Quispe, desde el indianismo, y de igual manera, con el histórico POR que, desde un
radicalismo marxista, critica actualmente las posturas plurinacionales, de negociación con
los empresarios bolivianos que ha adoptado el gobierno del MAS-IPSP21, por no mencionar
la obvia incompatibilidad de este discurso con el neoliberalismo.

Como se ve la coexistencia de una diversidad de modos de producción -simbólica, de


significantes o económicas- con sus respectivas lecturas de tiempos históricos y sistemas
políticos, no siempre logran extender equivalencias frente a lógicas y técnicas ya sean
políticas u organizativas que las atraviesen a todas por igual (García Linera, 2007). La
coincidencia de demandas particulares, en la interpelación con otros sectores, tiene a estos
factores como su principal obstáculo para la articulación en cadenas extensivas, fuera del
propio potencial poder articulatorio de los significantes. El fraccionamiento organizativo y
la ambigüedad discursiva frente a estos aspectos no significa que sea imposible la
articulación, por el contrario, puede tal vez constituirse en uno de los factores
fundamentales para que puedan ser inscritas en la superficie discursiva del campo contra-
hegemónico con otros particulares.

Lo que se intenta decir es que, muy seguramente, si el MAS-IPSP cerrara o bloqueara


alrededor de una identidad sus bases programáticas y discursivas, muy poco habría podido

21 Para leer la posición actual del POR se puede consultar su página de Internet.

77
alcanzar a nivel general, no podría ser un núcleo parcial de articulación popular, mucho
menos sobre una conformación social con varios regímenes civilizatorios, aunque no
necesariamente los integre a todos. Así el MAS-IPSP de pasar de ser un partido de origen
rural, cuyas bases se encuentran en el sindicalismo cocalero, no se resguardo en la identidad
que esta formación social podía darle. Por el contrario, tanto el MIP como el POR,
resguardos en proyectos con presuntas identidades fijas, ya sea indio ya sea proletario, ven
ellos como sus programas se ven limitados a la defensa y lectura particularista, sin
posibilidad de articulación más allá de sus propios límites cognitivos e identitarios.

Aunque la imagen inicial del MAS era la de un partido de los cocaleros, desde un inicio se
planteó como un partido nacional comprehensivo. Hoy en día, es de los trabajadores en general.
Así se debe interpretar la votación de 2002: trabajadores que votaron por trabajadores; un voto
de clase a la vez que un voto por el principio de la soberanía nacional. (Tapia, 2004: 356)

La ampliación de la base heterogénea que ha ido construyendo el discurso programático del


MAS-IPSP hace posible la integración parcial con otros tipos de demandas, pues al interior
del MAS-IPSP están negociando e interviniendo varios tipos de reclamos, ideologías, y
grupos. Como ya se dijo el MAS-IPSP no es un partido en el sentido estricto22, no posee
altos grados de institucionalización, las discusiones que se llevan al interior se realizan
teniendo como objetivo el apoyo de los líderes del partido quienes sirven mas como
mediadores que como guías en las confrontaciones internas23. Entre el panorama de grupos
de presión al interior del MAS-IPSP están presentes por supuesto, indianistas, ex-
izquierdistas, militantes de partidos como el PCB, guevaristas, trotskistas, el Partido
Comunista de Bolivia Marxista-Leninista (maoísta), independientes, intelectuales,
sindicatos cocaleros, la clase media urbana, etc (Stefenoni, 2004: 359).

No obstante, la principal forma de articulación que posee el MAS-IPSP es la movilización


social. Tras la fuerza de movilización del MAS-IPSP es como se van estableciendo los
vínculos que permiten la articulación, esto a su vez, también establece que estas
mediaciones sean más de carácter coyuntural y específico alrededor de una demanda o
asunto particular que, en cierta medida, identifica y logra “aglutinar” a los sectores que
simpatizan con el MAS-IPSP, mas por el carácter de la movilización misma que por que la
posición que establezca el MAS-IPSP. Así la posición de apoyo y confrontación del MAS-
IPSP en la intervención de las protestas populares como la “guerra del agua” y en la “guerra
del gas”, constituye un punto nodal de la propuesta programática. “Frente a las polarizadas
visiones actuales acerca de cómo “cambiar el mundo”, el MAS-IPSP plantea sin fisuras la
necesidad de transformar el poder conquistado por las organizaciones sociales en poder
estatal; en el contexto del nuevo ciclo de luchas y transformación de la estructura de
oportunidades políticas en beneficio de la acción colectiva de los sectores subalternos.”
(Stefanoni, 2003: 66).
22 Al respecto Rea dice que: “El MAS ha logrado articular su dirección política bajo al estructura del
sindicalismo, de ello que autores como Toranzo (2002) lo categorizan como una instancia corporativa más
que un partido político” (Rea, 2003: 20).
23 Para Tapia la experiencia del MAS-IPSP se parece mucho a los inicios de la socialdemocracia europea “en
la medida en que representa una iniciativa de sindicatos que organizan partidos para buscar el poder en el
Parlamento y el Ejecutivo por vía electoral.” (Tapia, 2004: 348)

78
2.10 El Estado, la intervención hegemónica, programática y la fallida inclusión de
todos los sectores

La intervención del MAS-IPSP en asumir el poder estatal impulsando desde allí una
transformación del sistema político, esta vez teniendo en cuenta a los sectores
subalternizados y excluidos de las fundaciones políticas del estado moderno colonial, sin
necesidad de entrar en una confrontación exclusivamente violenta, ni de destruir las bases
de la democracia representativa se convirtió para el MAS-IPSP en la estrategia de lucha
hegemónica. Tal vez por ello, durante el ciclo de protestas abierto desde el 2000, nunca
abandonó la vía parlamentaria, resguardando, en ocasiones defendiendo los mecanismos de
la democracia participativa, como ocurrió durante el momento más álgido de protesta en el
2003. Y, por el contrario, intentó establecer alianzas mas amplias con los demás sectores
radicales con miras hacia la contienda electoral del 2006, en lo que constituyó la
experiencia del Estado Mayor del Pueblo:

… es la unidad de los movimientos sociales a través de la firma de un pacto de unidad


revolucionaria que reagrupa al MAS, al Movimiento Indígena Pachakuti (MIP), la COB, los dos
CSUTCB /8 y las organizaciones de El Alto, en marzo de 2005, la que ha estado en el origen de
la caída del gobierno de Carlos Mesa. Una unidad que ha saltado inmediatamente en pedazos, en
razón de las disensiones relativas a la nacionalización del gas (el MAS ha permanecido
favorable mucho tiempo a una solución “50/50” antes de sumarse al objetivo de la
nacionalización tardíamente), y de la tradicional competencia de direcciones, tan características
de los movimientos sociales bolivianos. (Do Alto, 2006:9 )

Además de ello, el otro tipo de ampliación o de extensión que ha llevado a cabo el MAS-
IPSP está en el acercamiento con las clases media urbanas. Como ya se mencionó, dentro
de los grupos de presión al interior del MAS-IPSP se encuentra una pequeña capa de
intelectuales provenientes de la izquierda, quienes representan y ejercen cierta influencia
sobre la clase media urbana, medios universitarios y en organizaciones que también se
cuentan como parte de este ciclo de luchas. Para la primera postulación presidencial del
MAS-IPSP, en el 2002, alcanzó el segundo lugar con un pequeño margen porcentual detrás
del depuesto Sanchez Lozada. El MAS-IPSP se convirtió así en la segunda fuerza electoral
en Bolivia. En aquella ocasión la fórmula vice-presidencial de Evo Morales fue un antiguo
militante guevarista y periodista del PCB, Antonio Peredo, con el firme objetivo de atraer el
voto de la clase media. De manera similar se “repite” la fórmula o táctica electoral
vicepresidencial en el 2006, con el ya vicepresidente Álvaro García Linera24, cuyos escritos
hacen parte fundamental de este trabajo.

24 Alvaro García Linera, actual vicepresidente de Bolivia, es un historiador mestizo, (valga aquí la alusión
racial), con un agitada vida política. Fue compañero de Felipe Quispe y junto a él formaron en 1990 el
Ejercito Guerrillero Tupak Katari (EGTK), una guerrilla basada en los presupuestos del indianismo radical
y los Allyus Rojos que constituía su brazo armado, sin embargo, la guerrilla fue rápidamente desmantelada
ya para 1992, García Linera y Felipe Quispe fueron puestos bajo arresto del cual salieron poco años
después, a partir de allí Álvaro García se dedicó de lleno a la vida académica hasta cuando aceptó ser la
fórmula vicepresidencial de Evo Morales y el MAS-IPSP.

79
Aun así, los esfuerzos del MAS-IPSP por alcanzar ciertos tipos de alianzas con la mayoría
de sectores que participaron tanto en la “guerra del agua” como en la “guerra del gas”, no
surtieron los efectos esperados, pues el MAS-IPSP no obtuvo el respaldo de los sectores
históricos con mayor movilización: el MIP, la COB, la FUJUVE, y la COR. Las tensiones
entre estos sectores y el MAS-IPSP se centraron, especialmente, en la postura programática
que, en cierta medida, ataba los reclamos de las organizaciones a la conservación temporal
de la institucionalidad hasta ese punto presente. No obstante, esto sirvió para que sectores
de la clase media pudieran ver en el proyecto del MAS-IPSP una salida a la crisis
institucional, que no representara la disolución de algunos espacios democráticos dentro del
sistema estatal y, con ello, de la viabilidad de una transformación del Estado a través de
procedimientos democráticos, como el electoral, que sirvieran de garantía para la
participación de estos mismos sectores.

Al ser el MAS-IPSP un encuentro de identidades, en vez de ser el mismo ser una identidad
fija, los esquemas de interpelación con otros sectores se mantienen por los límites de
presencia de un movimiento este tipo. Para ser mas claros, el MAS-IPSP, no posee por así
decirlo un “programa”, aunque actúa programáticamente, el nivel de discusión se somete a
cada momento a los espacios de construcción de confianza e intermediación discursivo-
simbólica; son en las asambleas, en las juntas comunales, e incluso sobre la marcha de la
movilizaciones donde se dan a conocer los puntos, los objetivos del MAS-IPSP, es decir,
con el encuentro directo con el pueblo, el ciudadano o el elector (incluso cliente), como se
ha ido construyendo una idea general de los puntos programáticos del MAS-IPSP en la
carrera presidencial. De esta manera, y por otras razones, el MAS-IPSP tiene una escasa
producción escrita, por así decirlo su corpus ideológico no ha sido decantado
concretamente en algún documento, y en esto los autores utilizados han coincidido, no
porque constituya una falencia, sino porque es una característica comprensible 25, sobre todo
del MAS-IPSP, cuyos contados escritos, como menciona Stefanoni, son altamente
repetitivos, consignatarios y muy poco analíticos.

Así los documentos más claros al respecto son, sin lugar a dudas, los programas electorales
presidenciales, además de una que otra acta de congreso, los cuales presentan de una forma
ordenada y coherente los postulados del MAS-IPSP; si bien estos no son escritos
propiamente de los dirigentes del MAS-IPSP, sino que “Alrededor de Álvaro García se ha
dibujado, en efecto, un equipo de economistas y de sociólogos (Carlos Villegas, Juan
Ramón Quintana, Elisabeth Salguero...) encargados de elaborar lo esencial del programa
del MAS, bajo la dirección del candidato a la vicepresidencia. No han sido pues los

25 Al respecto hay una anécdota bastante ilustrativa en el documental Cocalero (2007) del ecuatoriano
Alejandro Landes, donde se muestra, en medio de la campaña electoral del MAS-IPSP, como el partido
enseñaba, bajo simulacro, la forma y por quién debían votar los indígenas, muchos de ellos quienes con
avanzada edad y analfabetos, se les daba las instrucciones en aymara o quechua, mientras que una de las
líderes regionales del MAS-IPSP enseñaba a su propia madre, de más de ochenta años quien votaba por
primera vez al igual que muchos de los presentes, como hacer el procedimiento; ella hablando en aymara,
decía “menos mal que por aquí nunca hubo educación porque a estas alturas habría desaparecido el idioma
originario”.

80
principales dirigentes del partido los que han llevado a cabo esta tarea, aunque han estado
integrados en las comisiones de trabajo relativas al programa” (Do Alto, 2006: 12). Esto se
debe, en gran medida, a que los movimientos indígenas y campesinos que integran y son la
base MAS-IPSP no cuenta con intelectuales, por así llamarlos “orgánicos”.

La propuesta del programa del MAS-IPSP recoge, a grandes rasgos, la mayor parte de
aspiraciones de diversos movimientos sociales, especialmente, las demandas mas urgentes
y extendidas durante el ciclo de luchas del 2000: nacionalización de los hidrocarburos, de
los recursos naturales (madera, explotación minera, etc.), la defensa y reconocimiento
institucional extendido del cultivo de la hoja de coca, definiciones frente a la política
internacional, independencia de los dictámenes de la embajada estadounidense. En general,
autodeternimación del destino y constitución del Estado, democratizar y nacionalizar el
Gobierno (Do Alto, 2006: 12). Tal y como se puede apreciar, los principales puntos o
temáticas alrededor de los cuales gravita el programa del MAS-IPSP no podrían calificarse
de “revolucionarios”, y ahí aquí un cambio o desplazamiento, pues este tipo de propuesta es
parecido al programa nacional revolucionario. Estos contornos o rasgos de nacionalismo
revolucionario están aun latentes en las raíces de los movimientos y de las fuerzas políticas
que conjuntamente elaboraron el programa -en un nacionalismo plebeyo dirá Stefanoni-.

Ahora bien, el programa del MAS-IPSP nos conduce a la discusión sobre las vías para
llevar a cabo los objetivos propuestos y proyectados en él. Obviamente, la opción adoptada
por el MAS-IPSP, es la lucha por la hegemonía “a través de la rehabilitación del Estado,
cuyo papel sería coordinar las diversas plataformas que constituyen la economía boliviana
(grandes empresas, comunidades y micro-empresas artesanales), lo que Álvaro García
llama el “capitalismo andino-amazoniano”, con el objetivo de lograr un “choque
productivo” creador de empleos y de riquezas” (Do Alto: 13). Es decir, transformar de
alguna manera el poder popular de los movimientos sociales y partidos de izquierda
cercanos al MAS-IPSP en poder estatal institucional y sus procedimientos (de hecho ya lo
está haciendo); la idea de quebrar desde el interior las estructuras estatal-coloniales, perece
ser un principio muy asentado en la base del movimiento social, o por lo menos no se
descarta tajantemente; el mismo MIP de Quispe ha participado en las elecciones a congreso
y a las presidenciales. Y las discusiones sobre una presunta “naturaleza” represiva del
Estado pertenece mas a un plano interpretativo y académico de abordar una realidad.

2.11 Sobre los presuntos horizontes desactivadores de lo político en Bolivia: Estado y


multiculturalismo

Lo anterior entra en cierta contradicción con una imagen del indígena y sus estructuras de
participación comunal política ancestrales como el Ayllu, frente al poder avasallador y
corrupto de las formas Estado, sin embargo y siguiendo una lógica bastante simple, no
podemos dar por sentado que un ambiente democrático garantice totalmente la formación
de subjetividades democráticas, como que, en medio de esquemas represivos y autoritarios
no puedan formarse tales subjetividades; simplemente, porque las identidades son
formaciones de sentido parciales y temporales de una posición de sujeto, aunque bajo ellas
se intente centrar el sentido bajo el control hegemónico de los significantes, en este caso los

81
identitarios. Es tal vez Raul Zibechi, quién mayores reservas ve en este proceso de
“estatalización” e institucionalización de las formas que adoptan los movimientos de
resistencia cuando entran en el juego del poder Estado.

Por supuesto, las preocupaciones apuntadas Zibechi en la institucionalización de poderes no


estatales, es un factor fundamental para revisar en un proceso de transformación (y en cierta
medida, se da, recuérdese los escándalos a mediados del 2008 por actos de corrupción de
dirigentes de origen humilde del MAS-IPSP), obviamente cuando se asume e interviene en
la lucha por el poder estatal se corren los riesgos, bastante previsibles, de los que habla
Zibechi. Sin embargo, la total dispersión del poder pertenece más una tipo propuesta del
lejano Deleuze, que a una lógica o práctica política extendida, que tropieza por la misma
lógica, mencionada también por Zibechi, siempre latente de un Estado en potencia que
existe en todas partes y en cualquier tipo de formación social, es decir lo que se intenta es
conjurar la posible aparición de un Estado inherente a la propia humanidad. Es la imagen
dicotómica de lógicas dualistas entre “movimiento-comunidad” y el “Estado-partido” como
inmanente, latente y estático.

Por razones que aquí parecen obvias, Zibechi ve en la formación del MAS-IPSP, sobre todo
la propuesta multicultural de los intelectuales de este partido, la puerta para la estatalización
del poder no estatal de comunidades que dispersan el poder. Es decir la entrada de
propuestas o significantes exteriores a los movimientos, así como a los espacios comunales,
y el peligro de la creación potencial de un “Estado Aymara”. Sin embargo, evade de cierto
modo una pregunta esencial: mientras tanto ¿qué se hace con el Estado Moderno y sus
estructuras?. Intentar dispersar el poder estatal o intervenir en él, o acaso reconstruir un
Estado: es la cuestión que a nivel general se plantea a largo plazo en Bolivia con el MAS-
IPSP en el gobierno. Y la discusión que continúa precisamente aborda la cuestión de la
refundación, democratización o desetnización Estatal a través de la propuesta hasta ese
momento de la Asamblea Constituyente, demanda mediante la cual el MAS-IPSP logró por
esta vía, en cierta medida, ganar las elecciones y llevar al puesto presidencial al MAS-IPSP
con Evo Morales en el 2006.

A través de los los escritos de García Linera se puede visualizar los alcances y dificultades
político-ideológicas que tiene por delante el proyecto del MAS-IPSP al frente del Estado
boliviano. Según García Linera la tarea principal del gobierno del MAS-IPSP no trata, en
efecto, de etnizar el Estado sino de “la desmonopolización de la etnicidad del Estado o, si
se prefiere, la igualdad de derechos políticos y culturales a todas las etnias y culturas que
hay en el país. A esto le hemos llamado un Estado multinacional o multicultural.” (García,
2007: 72). Se haya, no obstante, que el multiculturalismo y la multinacionalidad son
categorías académicas sobre cuestiones prácticas aun irresolubles bajo conflictos de
carácter étnico y nacional. Y pueden conllevar en la práctica connotaciones de un racismo
velado.

En otras palabras, el multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido


positivo. El multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores
particulares de su propia cultura, pero igualmente mantiene esa posición como un privilegiado

82
punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar (y despreciar) adecuadamente las
otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es
precisamente la forma de reafirmar su propia superioridad (Žižek, 1998) (Stefanoni, 2003: 332).

El multicultaralismo no es un significante nuevo en Bolivia, ya la Ley de Participación


Popular que promulgó el MNR en la década del noventa contiene algunas puntadas de la
entrada de la propuesta multicultural, impulsada desde la institucionalidad estatal. A esto se
suma la dura crítica que realiza Zibechi sobre un presunto Estado multicultural, cuando
afirma que: 1. No es una propuesta que nace del interior de los movimientos sociales; 2. El
ejercicio de las autonomías indígenas precede y crea las condiciones para la construcción
de una unidad mayor, sea un Estado multiétnico o multinacional, porque la nueva
articulación no puede ser continuidad del Estado actual sino algo nuevo -o sea diferente-
construido desde abajo; 3. El Estado no puede contener la pluralidad y la multiplicidad; 4.
Levantar el objetivo de Estado multicultural, asumiendo por tanto una lógica de poder
estatal, va de la mano de la unificación y centralización del movimiento social anulando así
su capacidad dispersadora; 5. La participación en el Estado -aunque sea para construir un
Estado multinacional, a partir necesariamente del Estado colonial- engendra un sector de
funcionarios indios separados de sus comunidades que forman una nueva élite funcional al
sistema de dominación: y, 6. El sujeto comunitario aymara (en el mundo aymara no existe
sujeto social fuera del marco comunitario) se constituye de modo autónomo, lo que lo
diferencia de otros sujetos. Mientras la clase obrera no es comprensible sin la burguesía, el
campesinado sin los terratenientes, las mujeres sin el patriarcado, los desocupados sin el
trabajo, el movimiento aymara presenta otra genealogía: no se referencia necesariamente en
el opresor sino en su historia y en sus memorias larga y corta (Zibechi, 2006: 187-214).

La aplicación del multiculturalismo bajo el gobierno del MAS-IPSP, según la delineación


expuesta por García Linera, estaría sustentada sobre la propuesta del proceso de asamblea
constituyente, que abarca el periodo posterior a la delimitación de este trabajo. En esta
propuesta se recogen algunas de las demandas “multiculturales”, intentando la
desmonopolización del estado monoorganizativo lo cual se asienta sobre una
institucionalidad monocivilizadora, cuyos principales puntos de propuesta son: 1. el
reconocimiento constitucional de sistemas políticos y sistemas de formación de autoridad
practicados por las comunidades campesinas, barrios, gremios y ayllus; 2. elección de
representantes a través de sistemas de deliberación; 3. obligatoriedad del reconocimiento
del derecho a veto en la gestión estatal de los recursos naturales; 4. reconocimiento de los
sistemas de rotación de cargos y de la consecuente rendición de cuentas a entes colectivos,
no solo a los determinados por entidades estatales(García Linera, 2007). Los anteriores
puntos están presentes en la discusión sobre los tipos de democracia y sus límites prácticos.
García Linera mediante esta propuesta intenta construir un puente entre las formas de la
democracia liberal y las formas de democracia comunitaria, que a su vez se convierte
también en una mediación entre los diferentes regímenes civilizatorios presentes en Bolivia.

Una igualación política sustancial entre culturas e identidades requiere de una igualación de
modos de producir política en todos los niveles de la gestión gubernamental (general "nacional",
regional y local); esto es, igualación de prácticas políticas, de instituciones políticas, de modos
de ejercer la democracia y sistemas de autoridad política diferentes, pertenecientes a las distintas

83
comunidades culturales y regímenes civilizatorios que coexisten en el territorio boliviano.
(Garcia Linera, 2007 : 79)

Los efectos que pueda traer el multiculturalismo en Bolivia, quedan por fuera del alcance
de este trabajo. La discusión continúa abierta a discusión y no se pueden dar conclusiones
porque hasta aquí el proceso abierto, en esta materia, por el MAS-IPSP apenas está
esbozado. Lo que si podemos decir es que el campo de conflictividad epistemológica
interior y en la relación de los movimientos sociales, los partidos políticos, los grupos
políticos, en el plano académico y del pensamiento social, persiste una tensión que aún no
ha sido del todo resuelta; esto en gran medida, se constituye así porque la base heterogénea
del las formaciones sociales en Bolivia y sus diversas demandas han impedido un cierre de
lo social. Tal y como se ha visto, la práctica político-discursiva del campo antagónico de los
movimientos sociales, por lo menos para el MAS-IPSP, se sustenta en que ninguno de los
sectores posee un privilegio ontológico, pues como se defiende aquí y se ha mostrado, la
construcción de identidades es apenas un intento por dar sentido desde las posiciones de
sujeto frente al cambio o transformación social, y estos intentos son apenas parciales y se
“fijan” temporalmente dependiendo de los espacios que puedan abrirse o entran en
conflicto con un discurso hegemónico.

Se ha visto también, que la lucha por los referentes es potenciada por las formas
organizativas sociales, tanto de largo aliento, o las que persisten en la larga memoria, como
de los cambios sustantivos dentro de ciclos, de menor duración, conformando la corta
memoria. En Bolivia, sin lugar a dudas, se asiste desde el periodo el ciclo de luchas del
2000, a una reactivación de la política en el sentido amplio del término, a una lucha por el
control político del lenguaje, a la construcción de formas de construir lo político que tal vez
no tengan parangón en las demás experiencias de la izquierda en Latinoamerica, Quizás
por la complejidad de redes organizativas, ideológicas, a esa articulación entre la
experiencia sindical obrera y la comunitaria, cruzadas con las consignas e idearios
igualitarios de la izquierda política, producen un tipo especial de subjetividad popular, en
un país que, según Alain Touraine, de lo que suceda allí definirá la viabilidad de los
proyectos políticos de la izquierda Latinoaméricana, en la cercanía como la distancia que
los separa de los demás proyectos de izquierda en gobierno de este “giro a la izquierda”
latinoamericano, o de aquellos proyectos que por distintas razones, no quieren entrar en la
lucha por la hegemonía.

La decisión y persistencia de los movimientos sociales, los partidos, grupos,


organizaciones, ha mostrado cómo la construcción de poder “desde abajo” pueden decidir
el rumbo político de una sociedad. Es claro que el destino político del Estado boliviano ha
dado un giro, no podemos decir si en la dirección correcta o incorrecta, el MAS-IPSP
simplemente no podría repetir la experiencia fallida de otros gobiernos de izquierda en el
pasado, y si el Estado puede utilizarse para la protección y potenciación de los muy ricos y
diversos procesos de experiencia de articulación política desde Otras formas democráticas
de constituir las relaciones sociales locales, sindicales, vecinales, comunitaria, gremiales
corporativa, etc., sin llegar a centralizarlos de facto. Pues bien, no se puede predecir las
posible rutas que pueda tomar el proceso. Sin embargo, el primer gran reto que se le plantea

84
al MAS-IPSP se encuentra en cómo pueden incluirse la mayoría de los reclamos y
demandas de los sectores sociales en una nueva carta constitucional, de cuya posibilidad y
favorabilidad política se da gracias a la movilización social, a los esquemas de memoria
larga y corta indígenas y las bases del pensamiento emancipador.

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CAPITULO III

MOVIMIENTO BOLIVARIANO

La relación más directa del llamado “giro a la izquierda” en Latinoamérica se debe en gran
medida al acontecer político y social de Venezuela durante la última década. Entre las
opciones que puede adoptar la izquierda como proyecto político social viable, con las
características del tipo que impulsa el proyecto Bolivariano y su socialismo del siglo XXI,
con la controversial figura de Hugo Chávez, y otros tipos de izquierda como la experiencia
del Partido de los Trabajarores de Brasil (PT) con el ex-sindicalista Ignacio Lulla da Silva,
con los zapatistas en México, o el MAS-IPSP en Bolivia. La radicalidad discursiva, el
cambio significativo del sistema político, la puesta en circulación de significantes contra-
hegemónicos, la movilización social, la polarización de la sociedad, los intentos regionales
de integración, y la conducción de las relaciones internacionales destacan,
independientemente de sus efectos, en el proceso de cambio y transformaciones de la
sociedad venezolana a través de una experiencia sui generis.

Tal vez, como en ningún otro caso, la exposición del significante “izquierda” sea más
ambiguo e inestable como lo está en Venezuela, tanto en sus alcances mediáticos como
conceptuales, pues alrededor del movimiento bolivariano venezolano, no tanto como en los
otros, existen tan altos grados de resistencia y repulsión a un proyecto, tras cuyo origen se
esconde una manera muy peculiar de lógica política que ha impregnado la manera de
articular las expresiones de inconformidad sociales que se estaban gestando desde la década
del ochenta, y que a estas alturas no incumbe exclusivamente al ámbito social venezolano
sino también al latinoamericano, lo cual lleva a retomar de nuevo la experiencia del
populismo tal y como generalmente se ha entendido.

3.1 La formación de la izquierda venezolana durante la dictadura gomecista

La historia formativa de la izquierda venezolana no se desmarca de forma particular de


como se dio en prácticamente toda Latinoamérica, y en general, las temáticas y objetivos
programáticos no marcan grandes abismos frente a las experiencias de las izquierdas
Latinoamericanas en su periodo formativo. A principios del siglo XX, fueron pocas las
organizaciones de izquierda en Venezuela. Las ideologías de izquierda se reducían a
pequeños círculos de estudiantes universitarios que se alimentaron de las ideas socialistas,
comunistas y anarquistas a través del contacto con otros partidos políticos en el continente.
Las organizaciones estudiantiles fueron las mas duras contradictoras del régimen dictatorial
vivido durante el primer cuarto de siglo, especialmente la Federación de Estudiantes de
Venezuela (FEV). Las opciones se dividían para la década de los años veinte entre las
tendencias presentes, el comunismo y el nacional revolucionario, ambos nutridas desde su

86
particular interpretación del marxismo.

Venezuela vivió desde 1908 hasta 1935 un largo y prácticamente inalterable periodo de
dictadura, que sólo terminó con la muerte por causa natural de Juan Vicente Gómez, es
decir, la fundación de los primeros partidos y movimientos de izquierda venezolana
nacieron bajo el periodo dictatorial de Gómez. Como ya se dijo, las ideas socialistas,
anarquistas y comunistas circulaban en ámbitos académicos, y gran parte de intelectuales y
estudiantes que se enfrentaron desde estas ideas a la dictadura, terminaron presos o
exiliados en México, Cuba y Colombia. Precisamente en el exilio se fundaron los
principales partidos políticos de izquierda en Venezuela durante este periodo. En 1927 se
funda el Partido Revolucionario Venezolano (PRV) por exiliados venezolanos, donde
curiosamente no sólo participan venezolanos, este es un partido, por así decirlo
“multinacional”; entre otros participan en él el reconocido artista mexicano Diego Rivera,
Farabundo Martí de El Salvador y el cubano Juan Antonio Mella. Este partido no era como
tal comunista sino una agrupación revolucionaria amplia (Retana, 1996: 40-42).

El Partido Comunista de Venezuela (PCV) se funda formalmente el 5 de Marzo de 1931,


contando con el apoyo y la asesoría del Partido Comunista Francés, el Partido Comunista
de Estados Unidos, el Partido Comunista de Cuba y el PC mexicano, no obstante, el partido
como tal no existió sino hasta varios años después. Tan sólo meses después de la fundación
del PCV las células que había podido formar fueron cayendo en prisión. La vía
insurreccional es el camino que se plantea en la lucha política el PCV para la toma del
poder político, acompañado por la creación de soviets en la insípida industria nacional de
aquellos años; más que un partido de masas el PCV es, en esencia, un partido de cuadros
(Retana). La política anti-comunista en la dictadura de Gómez, obviamente hace que el
PCV sea un partido clandestino, de presos políticos y de exiliados.

En 1941 el joven Rómulo Betancourt funda en el exilio, en Barranquilla, la Agrupación


Revolucionaria de Izquierda (ARDI), con un programa mínimo básicamente con la misma
orientación del PCV bajo los criterios que manejaba la III internacional, pero con una
marcada tendencia hacia el nacionalismo. El PCV atacó punto por punto la base
programática del ARDI, pues consideraba de socialdemócrata y reformista la propuesta, y
veía peligrosa aquella mezcla heterodoxa del marxismo y nacionalismo. Poco a poco, los
postulados del ARDI se fueron distanciado del comunismo de la III internacional. Este
mismo año se traza el “Plan Barranquilla” siendo la primera propuesta de Frente Popular
para Venezuela, como estrategia extendida de la III internacional, pero que no cuenta con el
respaldo de grandes partidos, ni masas obreras organizadas. Era un programa ambicioso tan
sólo para ser un grupo compuesto de individualidades, distante de los frentes populares
europeos (Retana: 70).

Los principales reclamos y vías estratégicas del programas fueron: 1. derrocar la dictadura
de Gómez; 2. Mejoramiento de las condiciones económicas a obreros y campesinos; 3.
Autonomía universitaria; 4. Mejora de las condiciones de salud; 5. Establecimiento de una
república democrática, no de soviets como los comunistas; 6. reconocimiento de libertades
democráticas; 7. el Nacionalismo Revolucionario. (Retana: 71). La práctica de los frentes

87
populares se impulsaron tras la muerte de Gómez en 1935. Lo destacable de este periodo
formativo es el peso de las organizaciones estudiantiles universitarias de la FEV y de Union
Nacional de Estudiantes (UNE) , escisión de la FEV , ya que al interior de ellas se formaron
los principales cuadros políticos de los partidos hegemónicos de la segunda mitad del siglo
XX bajo el “puntofijismo”, figuras como el ya mencionado Rómulo Betancourt y Rafael
Caldera, crearan en la década siguiente los partidos Acción Democrática (AD)
socialdemocrata y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI)
democristiano.

Para culminar esta primera etapa formativa, en 1936, ya en plena etapa de “transición
democrática” tras la muerte de Gómez, se crea el Partido Republicano Progresista (PRP),
abierto a las más variadas opciones de izquierda, aunque estuvo formado por una mayoría
comunista, sus reclamos estuvieron mas dentro del marco socialdemócrata y nacionalista.
Este partido es tal vez el primero en Venezuela que incluye en su programa a las
comunidades indígenas (Retana: 73). La apertura democrática a partir de 1936 alivianó un
poco el clima político en Venezuela; se funda al AD en 1941, el COPEI en 1946, y la Unión
Democrática Republicana (UDR), partido de centro izquierda, en 1945.

Esta cierta apertura se ve interrumpida por el golpe de Estado producido por el AD y un


grupo de militares, quienes instalan una junta de gobierno, la cual preside Rómulo Gallego
y Rómulo Betancourt; entre los militares que dieron el golpe, se encontraba el posterior
dictador Marcos Pérez Jiménez. En 1948, las mismas facciones militares que habían
acompañado el golpe en 1945, propinaron el golpe de Estado al AD este año, instalando
una nueva junta militar. El AD es ilegalizado y posteriormente el PCV, no obstante se deja
actuar limitadamente al COPEI y al UDR. La dictadura de Pérez Jiménez estuvo
caracterizada por las posiciones anticomunistas, el personalismo político, y la integración
en un sistema de alianza con los Estados Unidos para llevar a cabo la modernización de
Venezuela.

3.2 El puntofijismo, la instauración de la “partidocracia”

La dictadura de Pérez Jiménez llega a su fin el 23 de Enero de 1958 mediante movilización


cívico militar. Los partidos políticos salen de la clandestinidad y, en octubre, en la finca
“punto fijo” de Rafael Caldera los partidos AD, COPEI y UDR, firman un pacto, que
podríamos llamar sistémico, siguiendo a Yann Basset, el cual estableció el respeto a la
institucionalidad a partir de allí fundada y plasmada en la Constitución Política de 1961. De
este pacto quedaría excluido el PCV. Al año siguiente Rómulo Betancourt gana las
elecciones, y con ello se abre una etapa de persecución a las opciones radicales de izquierda
en Venezuela. Con el triunfo de la revolución cubana en 1959, en casi toda Latinoamérica
la opción de una revolución por la vía armada con prácticas foquitas, alentaron toda una
andanada de creación de grupos guerrilleros de diversas corrientes políticas radicales de
izquierda, tanto nacionalistas como comunistas. Para el caso de Venezuela, la convulsión
política de la revolución cubana llegó a preocupar especialmente al gobierno de Betancourt,
pues se hablaba de Venezuela como el próximo país en lograr una revolución del tipo
cubano (Fabregas, 2003). Para contener los avances de una posible expansión del

88
socialismo el gobierno de Venezuela fue uno de los mas fervorosos opositores a la Cuba
socialista, solicitando y apoyando la expulsión de este país de la Organización de Estados
Americanos (OEA).

La constitución de 1961 impidió la participación activa de la sociedad, de las asociaciones


u organizaciones civiles, populares, a menos que estuvieran ligadas o fueran cooptadas por
los partidos políticos dominantes, a partir de la década de los setenta diferentes y diversas
asociaciones u organizaciones sociales empezaron a reclamar espacios y mecanismos de
participación, para “democratizar la democracia”. Durante las siguientes décadas estas
organizaciones y asociaciones sociales, fuera de los partidos, paulatinamente empezaron a
ganar terreno y sus reclamaciones iban tomando un carácter más extenso. (García
Guardilla, 2005)

La lucha guerrillera de los años sesenta en Venezuela estuvo protagonizada por el PCV y el
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), este último es una escisión radicalizada
del AD. En 1960 se suspenden las garantías electorales y se clausuran numerosos
periódicos de izquierda. Proscriptos el PCV y el MIR, comienzan la lucha guerrillera en
1961 con el asalto a un cuartel militar, conocida esta acción como “el Carapunazo”. No
obstante, el apoyo popular que buscaban las guerrillas con el combate armado contra el
Estado tuvo mas bien poca acogida. Las condiciones de vida de los venezolanos durante la
presidencia de Betancourt se incrementó, las rentas petroleras iban generando otras
expectativas de vida entre los venezolanos de clase media y en los sectores populares,
quienes precisamente no se orientaban por una revolución socialista como horizonte
político cercano para Venezuela (Lander, 2005). Ya para 1968, la lucha armada guerrillera
estaba prácticamente extinta en Venezuela. El PCV declinó las opciones armadas y ese
mismo año participó en las contiendas electorales para el congreso.

El fracaso de la lucha armada, facciones opuestas a los dictámenes del PCUS,


distanciamiento del marxismo y el acercamiento de otros sectores a las ideas del
eurocomunismo, fueron algunos de los factores que produjeron algunas escisiones del PCV.
De este fraccionamiento los más importantes son: el Movimiento Al Socialismo (MAS) de
Teodoro Petkoff y La Causa Radical (LCR) de Alfredo Maneiro, ambos fundados en 1971.
En las décadas de los setenta y principios de los ochenta, las izquierdas pasaron
prácticamente inadvertidas, con votaciones marginales. La bonanza petrolera
definitivamente ahogó las voces críticas por el delirio petrolero (Lander, 2005).

3.3 La peculiaridad el ejercito venezolano

No obstante, para finales de la década de los setenta se venía gestando al interior de las
Fuerzas Militares (FF.MM.) un movimiento de oficiales y suboficiales nacionalistas
bastante inconformes con el manejo político del Estado venezolano, bajo las lógicas del
puntofijismo. La peculiaridad que hace distinta a las FF.MM venezolanas de las del resto
del continente viene del legado del ejercito independentista bolivariano. La oficialidad en
las FF.MM. proviene de sectores de clase baja y media, con muy baja participación de las
clases altas. En ellas la inscripción en los círculos de la oficialidad no depende del poder

89
adquisitivo, tanto para el ingreso como el ascenso en grados de oficialidad. Por lo tanto,
entrar a formar parte del ejercito se presenta como una oportunidad de ascenso social e
incremento del nivel de vida, y es tan así, que entre la oficalidad a veces es “mal visto” que
sectores de clases altas lleguen a ocupar puestos de oficialidad militar, es decir, en palabras
Dick Parker las FF.MM. Venezolanas son un ejercito plebeyo (Parker, 2001).

…, conviene examinar más de cerca la situación de las fuerzas armadas en Venezuela.


Empezamos por resaltar dos factores que Chávez mismo ha subrayado una y otra vez: primero,
el hecho de que los oficiales de las fuerzas armadas venezolanas tienen un origen social más
popular que la gran mayoría de sus homólogos del continente; y, segundo, que la promoción de
oficiales de donde surgió este nuevo liderazgo tuvo características que la distinguían de
promociones anteriores. (Parker: 24)

Según este mismo autor, las FF.MM. no aceptaron de muy buena gana el plan de la Escuela
de las Américas que implantó el departamento de defensa de los Estados Unidos para
contrarrestar a las guerrillas y movimientos insurreccionales en Latinoamérica. Debido en
parte a que el problema de las guerrillas en Venezuela no representó realmente un riesgo
importante; y, segundo, porque avizoraron el riesgo de la subordinación militar frente a los
Estados Unidos y sus políticas, que dejaban a las FF.MM. como meros guardianes
policiales en luchas como la del narcotráfico. Entre 1971-1975 se pone en marcha el Plan
Andrés Bello, que buscaba capacitar, no sólo militarmente sino académicamente, a parte de
la oficialidad venezolana. Dentro de los oficiales que accedieron a la oportunidad de
capacitación se encontraba Hugo Chávez (Parker, 2001).

La generación de oficiales que hicieron parte del Plan Andrés Bello se distanció de las
generaciones anteriores de oficiales; la posibilidad de una ampliación conceptual, a partir
de semanarios de política y filosofía que los oficiales podían tomar en universidades,
generó que parte de esta oficialidad empezará a entender de manera distinta la realidad del
país. La proximidad de la celebración de los 200 años del natalicio de Simón Bolívar dio
pie para que un sector del ejercito diera fundación al Ejercito Bolivariano Revolucionario
200 (EBR-200) en 1977, el cual en sus primeros años se dedicó a reclutar a oficiales y
suboficiales dentro del ejercito.

Cabe anotar que el EBR-200 reclamaba un rescate de los valores bolivarianos, pues, para
ellos, estos se habían perdido, dando paso una transculturalización y elitización de los
valores nacionales que no se habían podido decantar en un proyecto nacional. Estos matices
se encuentran consignados en escritos como el del Frente Bolivariano Revolucionario. La
perdida de los valores del ideario bolivariano y la falta de horizonte nacional son percibidos
como un proyecto inconcluso que sólo puede verse recuperado en la proyección de una
identidad nacional bolivariana.

“A la nación venezolana” del Frente Nacional Bolivariano, se expresa de la siguiente manera: A


partir del [colapso de la Primera República Bolivariana de comienzos del siglo XIX] (...) la
cultura nacional ha sido diluida dentro de un constante y continuo proceso de transculturación
dejando de lado nuestras expresiones y costumbres, para absorber una cultura importada, con la
que se formaron grupos elitescos y privilegiados; y, así, sucumbió nuestra identidad Bolivariana

90
perdiéndose también la sensibilidad y la solidaridad nacionales. Esa sociedad Venezolana no
logró constituir una homogeneidad nacional, no se integraron sus valores y aquel proyecto de
nación quedó frustrado. El concepto de Voluntad General dejo de existir y con ella su cualidad
moral de búsqueda del bien común que perseguía y la obligación que se tenía de anteponer éste
al interés particular, grupal o partidista (p. 1). (Parker: 28)

Los alcances de un proyecto de democratización previsto por los sectores políticos y


sociales para la derrota de las dictaduras se había quedado concentrado en las mediaciones
partidos-Estado que abrió el puntofijismo, dejándolo todo a la “democracia de partidos”.
De una u otra forma, la abundancia de recursos económicos gracias al petróleo, proyectó en
Venezuela un futuro de modernización y de recursos ilimitados, confiando en los altos
precios del crudo, por tanto otros sectores productivos fueron descuidados. Venezuela se
convirtió en un país importador por excelencia de alimentos, con escaso desarrollo de una
industria estatal y/o privada fuera de la producción de hidrocarburos. No obstante, este
panorama cambió drásticamente a partir de 1983 con la caída drástica de los precios
internacionales del petróleo, la devaluación -aún constante- del precio del Bolívar frente al
dólar, los inconvenientes para el pago de deuda externa y la consecuente perdida de
reservas internacionales, lo cual trastocó sustancialmente el panorama económico y luego
social de Venezuela para el resto de la década.

3.4 Fin de la bonanza petrolera, la crisis social y el “caracazo”

El fin de la Bonanza petrolera se marca en Venezuela con el histórico “viernes negro” -18
de febrero de 1983-, cuando se impuso el control de cambio del dólar y se intentó evitar la
fuga de divisas. Aunque el impacto de la crisis llegó, de manera general, tardíamente. Las
expectativas que se habían generado con los años de bonanza petrolera fueron decayendo
hasta transformarse en decepciones y luego en reclamos y protestas frente a la situación
económica en la que cayó el país. Los sectores obreros y populares fueron quienes sufrieron
las mas graves consecuencias con la perdida considerable de poder adquisitivo y una
inflación desmesurada (Lander, 2005). Obviamente el sistema de exclusiones mediante los
cuales se forman las sociedades se agudiza en tiempos de crisis.

Ante la gravedad de la situación en 1984 se conforma la Comisión Presidencial Para la


Reforma del Estado (COPRE), la cual se encargará de hacer una serie de diagnósticos, para
que por medio de ellos se inicie un conjunto de reformas en el Estado; pero todo queda
apenas en diagnóstico. La situación económica, empero, continúo su racha negativa en el
transcurso de los siguientes años, y esto agravó la situación social. En 1989, tras la
elección, por segunda ocasión, de Carlos Andrés Pérez, quien estuvo precedido por la
imagen que dejó en su anterior administración (gracias a la inigualable situación económica
de los años setenta), inmediatamente adoptó las medidas económicas a las que se
comprometió con el FMI, conocidas como “el paquete económico”, impulsando la
liberalización de la economía venezolana, la privatización de las principales empresas
estatales y la implementación de un estricto régimen fiscal.

La situación social venezolana para 1989 era insostenible, la más leve chispa encendería el

91
descontento popular en acciones violentas sin coordinación. Mientras tanto, el presidente
Pérez rompe con su partido AD. Y, en efecto, entre las medidas del “paquete” económico,
se anunció el incremento de los costos de la gasolina y alza de los precios en el transporte
público. Las protestas contra las medidas comenzaron el 27 de febrero en la ciudad de
Guarenas, cerca de Caracas. Los transportistas de Guarenas iniciaron las protestas, llegando
prontamente a Caracas, donde se iniciaron saqueos y ataques a la fuerza policial. El
llamado “caracazo”, en una clara alusión y comparación con los acontecimientos del
“Bogotazo”, durante los dos días que duró, dejó un saldo de muertos que aún hoy en día no
ha sido esclarecido, negocios destrozados y uso descontrolado de las fuerzas militares y
policiales; marca estos sucesos el comienzo del fin del puntofijismo y el fracaso de la
mediación política de los partidos y sindicatos, conocida como la “partidocracia”.

El descontento popular frente a la situación desbordó cualquier predicción y sobrepasó a las


organizaciones sociales y partidos políticos de izquierda, las cuales no hubieran podido
canalizar tal imprevisible estallido. “El “Caracazo” de febrero 1989 tomó a los
conspiradores [el EBR-200] por sorpresa y sin capacidad de reacción, entre otras cosas,
porque todavía no contaban con el imprescindible comando de tropas. Al mismo tiempo,
sirvió para radicalizar su determinación de levantarse contra el presidente Carlos Andrés
Pérez.” (Parker, 2001: 26). En 1989 el EBR-200 pasa a denominarse Movimiento
Bolivariano Revolucionario-200 (MBR-200), buscando a futuro poder articularse con otros
sectores de la sociedad fuera del ejercito, viendo sus escasas oportunidades tras los sucesos
del “caracazo”.

El proyecto bolivariano gestado desde sectores de jóvenes militares inconformes con el


rumbo tomado por el sistema político venezolano y con las élites que se apoderaron de él,
en detrimento de la gran mayoría de la población; aunado esto, el fuerte periodo de crisis
económica a finales de los años ochenta, dieron pasó para la irrupción, en primera instancia
violenta, de la ejecución de los ideales en los que se afincaban el proyecto promulgado por
el MBR-200. Éste se dio a conocer públicamente con los intentos de golpe de estado en
1992, el primero el 4 de febrero y de nuevo el 27 de noviembre. Los principales artífices
del golpe fueron apresados, entrando así el MBR-200 en una fase de cambios a partir de
allí. No obstante, la caída de Carlos Andrés Pérez llegó vía institucional en febrero de 1993
al ser acusado de corrupción.

3.5 El neoliberalismo, los partidos tradicionales: desgaste de la lógica representativa


de los partidos.

Desde finales de los años ochenta venía ganando terreno un discurso neoconservador y
neoliberal, donde se hace exaltación del supremo esfuerzo individual, transparente, pujante,
eficiente, productivo, creativo, honesto, etc, frente a los antivalores de la política colectiva
de partido o expresiones distributivas. En esta lógica, el significante “democracia” va
siendo apropiado por la clase media y media alta, asociado a la defensa de la propiedad
privada, de las posesiones y valores ante la “amenaza” que representaban las “clases
peligrosas”. Así, cualquier iniciativa en términos sociales y distributivos era vista por esta
“sociedad civil” -donde se incluye a los medios de comunicación-, y su discurso como un

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mal para sociedad, creando así una imagen paradigmática del vecino de clase media y
media alta como modelo de ciudadanía (Lander, 2005).

La imagen de los partidos desde 1958 se había ido deteriorando progresivamante, lo que la
mantenía parcialmente a flote se debía, en parte, a los precios elevados del petróleo durante
los años setenta, lo cual sostenía una cierta imagen de prosperidad. Esta dinámica
estructural que no daba espacio para la articulación fuera del sistema de partidos erosionó
la propia estructura sistémica fijada desde el puntofijismo, pues nada más allá de los
partidos era trascendente en los márgenes del Estado. Las demandas debían ser tramitadas
por los partidos o en su defecto por los sindicatos. Estos grandes o únicos mediadores,
desde un punto de vista marcadamente estadocéntrico, en sus lógicas internas habían
acumulado grandes cantidades poder a través del clientelismo. Por tanto una demanda que
pudiera ser tramitada de forma, mas o menos efectiva, debía primero ser filtrada en los
partidos, y está filtración respondía, obviamente, como un mecanismo clientelar. Poca
efectividad podía esperarse para atender a una demanda por parte del Estado sin que fuera
permitida en los cerrados círculos partidistas.

La crisis las mediaciones sociedad-partido y/o sindicato-Estado se quiebra. La ineficiencia


Estatal es totalmente achacada a la mediaciones partidistas y su imposibilidad articulatoria
de demandas. Este espacio vaciado de mediación dejado por los partidos va siendo ocupado
por el espíritu individual del personaje, quien se aparta del partido, “libera” a la sociedad de
la carga mediadora partidista por una relación más directa con esta sociedad y sus
demandas. El personalismo asociado como antítesis de la “partidocracia” venezolana va
emergiendo como un discurso válido de opción política en Venezuela por distintas razones.

“1.- Los partidos han dejado de ser la comunidad de comunidades donde la solidaridad ha sido
desplazada por los intereses; es decir, los partidos dejaron de ser portadores de solidaridad para
convertirse en portadores de intereses. 2.- Los partidos han sido desplazados del lugar que
habían ocupado en cuanto a la formación de la opinión, junto a la creciente desideologización de
la política, lo cual incide en el debate y la discusión. 3.- Se observa igualmente una baja
pronunciada en las tasas de afiliación y de adhesión partidista. Observamos así un
debilitamiento de los vínculos entre los ciudadanos electores y las organizaciones partidistas,
producto del descenso en la variable “identificación partidista”. 4.- Los partidos políticos han
sido afectados por las transformaciones sociales y económicas que han producido un cambio por
lo menos en cuanto a la composición de los diversos sectores sociales” (Rivas, 2002)

Asimismo, uno de los personajes insignia de los acuerdos del puntofijismo como lo era
Rafael Caldera rompe con su partido COPEI, del cual fue fundador e ideólogo, lanzándose
como candidato independiente a través de una coalición de pequeños partidos llamado
Convergencia Nacional, dentro de los cuales estaba el MAS. En 1994 gana las elecciones y
asume Rafael Caldera como el primer presidente fuera de la hegemonía bipartidistas AD-
COPEI, después de poco más de tres décadas. Estos acontecimientos marcan el fin del
puntofijismo y de algunas de sus dinámicas políticas como la “partidocracia”. Es bastante
curioso que las figuras políticas que empiezan a desmarcarse del puntofijismo sean Carlos
Andrés Pérez y Rafael Caldera, importantes dentro de los partidos tradicionales,
denunciando la inoperatividad y corrupción del pacto, cuando ellos mismos ya habían

93
participado en el mismo durante sus respectivos anteriores periodos presidenciales. Este
“reencuache” bajo el tono contradictor del sistema de pactos del puntofijismo dejó de
funcionar, no sin dejar de parecer bastante oportunista. No obstante, la desidentifación de
los personajes de los partidos no es completa aún aquí. No es sino hasta que irrumpe la
propuesta bolivariana, entre las cenizas del bipartidismo en declive, con la controversial
figura de Hugo Chávez, cuando realmente se marca una ruptura con el estado anterior.

3.6 El personalismo y el desmarque político de la “partidocracia”

La crisis de los partidos y de sus lógicas políticas de articulación no significa una presunta
desideologización. Los resultados del estudio de García Chourio, muy por el contrario,
marcan que la autoubicación de los venezolanos en el espectro derecha-izquierda, ya para
1996 era alta, con un 74%, para el año 2000 había alcanzado un 81%. Sin embargo,
aspectos como la coherencia, la dinámica, la interdependencia y la predictibilidad, de vital
importancia para este tipo de estudio, muestran que, si bien, existe esta auto identificación
en el espectro, se mantiene y crece, no se hace bajo un tipo de coherencia ideológica, sino
que se asienta sobre consentimientos valorativos, los cuales varían según la dinámica
política y social. Es decir, sobre cambios compensadores o modificaciones en el tiempo de
la visión sobre el objeto o el asunto público. Esto incide en la predictibilidad frente a las
posiciones que puedan tomar los sujetos sobre un fenómeno político.

Según datos de Pereira (2000), para el año 1998, el 35% de las personas que se declararon de
derecha en la Encuesta Redpol, presentaba una preferencia partidista hacia el partido de
izquierda MVR [Movimiento Quinta República], del entonces candidato Chávez. (Garcia
Chourio, 2003: 144).

La inconherencia entre los aspectos ideológicos y las elecciones políticas parecen decir
cosas contrarias. Por un lado, que los aspectos ideológicos, matizados obviamente, tienden
a no ser tomados en cuenta para una autoubicación política entre derecha-centro-izquierda;
por otro, se ajusta al momento y visión del asunto u objeto como a la propuesta que se
acerca axiológicamente y no tanto ideológicamente, los cuales tienden a disociarse de las
posiciones del espectro. Sin embargo, “Entre los valores que escasamente mantienen cierta
congruencia está la actitud hacia el cambio social, donde se observa que los venezolanos
que apuestan por un cambio radical del ordenamiento social tienden a considerarse de
izquierda.” (García Chourio:148). Estos cambios radicales de las mediaciones y
articulaciones de la sociedad venezolana será un proceso que más tardíamente se identifica
claramente como de izquierda en el MVR, quien llevará a cabo esta serie de cambios.

Los giros de posición de la experiencia del movimiento bolivariano no atienden a una


lógica ideológica precisa. Esto lo podemos ver en los primeros puntos de auto-
identificación del rumbo ideológico que tomó el MBR-200 a partir de 1994. Una vez
Chavez y los demás militares golpistas de 1992 son indultados por el gobierno Caldera, el
MBR-200 se fractura, debido a la posición adoptada por algunos de estos militares, al
aceptar por completo el acuerdo que reducía los intentos de Golpe de 1992 a la aceptación
de cargos administrativos menores para salir de prisión. Hugo Chávez, contrario a sus

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compañeros golpistas, no quiso aceptar tales cargos, radicalizando su posición. Lo anterior
precipita la ruptura de la cúpula del MBR-200, y Chávez asume el liderazgo de esta logia
para convertirla en un movimiento (Parker, 2001).

La relación del MBR-200, o mejor de Chavés, con la izquierda fue en principio distante y
ambigua. Según la exposición de Edgardo Lander sobre ésto, el discurso de Chávez giraba
en torno a la no identificación partidista tradicional, e incluso algunos autores como Rivas
lo consideran un anti-partido y “anti-político” -obviamente esta última expresión no es muy
útil-; empero, es claro que mediante este discurso Chávez trataba de tomar distancia frente
al modo de hacer política tradicionalmente en Venezuela, identificada como
partido=corrupción, continuismo, etc. Este distanciamiento también se ejercía frente a una
cierta desconfianza a la lógica política del espectro derecha-izquierda. Se denunció
abiertamente el fracaso de las doctrinas históricas tanto de derecha como de izquierda,
desde la socialdemocracia, el neoliberalismo hasta el comunismo soviético, considerando
que la diada izquierda-derecha no era pertinente para el desenvolvimiento político de su
proyecto, pues en gran medida esta dicotomía está determinada arbitrariamente, cuyas
lógicas terminan generalmente igual. La distancia con los proyectos y partidos de izquierda
también se soporta en gran medida, en aquel tiempo, por una concepción distinta del
término revolución, dentro del cual podía incluirse a la izquierda mas que a la derecha.

Se trata, sin embargo, de un concepto de lo revolucionario que se distancia claramente de un


proyecto socialista, de las formas en que la izquierda latinoamericana ha entendido la idea de
revolución. Según Chávez, las categorizaciones de izquierda y derecha ya no son adecuadas
para definir la naturaleza del cambio requerido. Considera que han fracasado tanto la
democracia liberal capitalista como el paradigma de la sociedad comunista sin clases...(Lander,
2005: 109)

En 1997 la concepción del MBR-200 sobre las instituciones democráticas del Estado
cambia, y se vislumbra la oportunidad de impulso del proyecto bolivariano a través del
Estado. El MBR-200 renueva su nombre a Movimiento Quinta República (MVR) y se
decide entrar en la contienda electoral de ese año. Mientras tanto, el gobierno de Caldera
aunque en principio se mostraba contradictor de las políticas de ajuste neoliberal, termina
éste firmando un acuerdo con el FMI llamado “Agenda Venezuela”, generando drásticos
ajustes en las prestaciones laborales y agudizando las problemáticas sociales venidas de
tiempos anteriores.

El clima de favorabilidad para este periodo de la propuesta y las identificaciones con las
que se presentó el MVR, catapultó a la figura de Chávez como símbolo refrescante de la
renovación política venezolana, lo cual le valió para que fuese elegido como presidente de
la república de Venezuela en 1998. La coalición que lidera el MVR que se llamó el Polo
Patriótico estuvo compuesta por un puñado de pequeñas agrupaciones y partidos como
Patria Para Todos (PPT), el MAS, el PCV y otras agrupaciones de izquierda; en cambio,
otras agrupaciones de izquierda, como Bandera Roja (maoista) y Causa R, toman el camino
de oposición. De igual manera dentro del MAS surge una ruptura a causa del apoyo que se
le dio al MVR y, por ello, dos figuras importantes e históricas, Teodoro Petkoff y Pompeyo

95
Marquez, salen de este partido. El polo patriótico no alcanza las mayorías en el congreso,
donde alinean partidos de oposición AD, COPEI, Causa R, Bandera Roja.

3.7 Un nuevo rumbo en Venezuela

El sistema político venezolano ha estado sufriendo grandes cambios a partir de la segunda


mitad del siglo XX, los cuales, de una u otra forma y por diversas causas y características
propias de Venezuela, han transformado la cultura política nacional; asimismo como a los
mecanismos y actores preponderantes en el problemático y conflictivo espacio político y
también de la democracia. La Venezuela de hoy en día dista mucho de la que promulgó la
apertura hacia la democracia en los años 50 de una u otra forma, es protagonista a nivel
mundial y regional, especialmente en Latinoamérica. El proceso de democratización del
sistema venezolano, como también de democratización de los procesos y procedimientos
depende en gran medida de la democratización de la propia cultura política en Venezuela y
de las condiciones políticas que puedan ser ejercidas para la viabilización de este proceso.

La reiterada coincidencia sobre la situación entre crisis y cambios del sistema político
venezolano durante la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI, es tema de
controversia y análisis en una cada vez más amplia literatura política, sociológica, jurídica
y económica, como también es extensa la cobertura periodística. No sin razón, la propuesta
a la crisis de la “partidocracia” dominante en Venezuela desde mitad del pasado siglo hasta
finales de la década de 1980, como pacto estructural de sistema político, ha sido por su
parte igualmente polémica hasta llegar a grados de polarización, en ocasiones violenta,
política e ideológica al interior de la sociedad venezolana (Molina, 2003: 175), por ello
acapara una gran atención y tensión, debido a las fuertes confrontaciones y reacciones
surgidas de la relación de fuerzas políticas y sociales que acarrea la puesta en acción de una
de las propuestas a la crisis de representatividad política del sistema venezolano, visto ello
en la progresiva radicalidad discursiva del movimiento bolivariano.

El escenario de desarrollo de tales tensiones se ha plasmado en términos del clásico y


particular análisis político, el cual se caracteriza por la metáfora pendular (Garcia Picazo,
1998) de análisis del proceso de crisis y cambio. De un lado, el proyecto Bolivariano, los
chavistas o bolivarianos, que de una u otra manera representa lo “popular” o el campo de
producción simbólica y política de articulación populista, para la construcción de “pueblo”
(Laclau, 2005), se identifican como una propuesta desde la izquierda política, y tiene como
principal motor y aparato para las transformaciones al Estado, receptor de la renta petrolera,
empleador y propietario de tierras. Por el otro lado, tenemos a la oposición, representa a las
capas medias y altas de la sociedad venezolana, que se profesa democrática, y cuyo
respaldo está en el sector empresarial del país, su propuesta económica estaría más del lado
del neoliberalismo económico con Estado mínimo.

De la misma manera las lecturas académicas han virado entre la demostración de los
caracteres progresivos y regresivos, democráticos y autoritarios del curso del sistema
venezolano, después de la elección de Hugo Chávez en 1998 y la promulgación de la
constitución de la República Bolivariana de Venezuela en 1999. De un lado se muestra el

96
avance democrático del inicio del proyecto bolivariano, por lo menos hasta el proceso que
culminó con la constituyente en 1999 (García Guadilla, 2004); se ha mostrado la mayor
cantidad y variedad de protestas, contrapesada con menores grados de represión hacia éstas,
tendencia que se ha mantenido estable en los últimos tiempos (López Maya, 2003);
asimismo del carácter difuso y ambivalente de la propuesta económica en la transformación
del sistema político; entre el ideal de economía socialista, enmarcado en la economía social
(Vila, 2003); como de la misma toma de posición del proyecto en la relación entre estado y
mercado (Camejo, 2002).

La contraparte define este tipo de proceso con visos de autoritarismo, de una constante y
cada vez más aguda tendencia antidemocrática del proceso iniciado por los bolivarianos
(Molina, 2003), en especial frente a la persona del presidente Hugo Chávez y de sus
seguidores, “leales” al proceso (López Frank, 2006); se ha argumentado también la
inviabilidad de la propuesta del socialismo del siglo XXI, por medio del descrédito de los
proyectos socialistas del siglo pasado, y que para el caso latinoamericano colocan como
referente el caso cubano. (Fasciani, 2006). Se denuncia por parte y parte, en medio de
sesgos, de prejuicios, consecuencia en parte de la estructura política venezolana
antecedente, como también de los rumbos que ha tomado la tensión ideológica mayormente
polarizada de la cultura política venezolana.

A partir de aquí se detallaran algunos puntos sobre los cuales se ha ejercido mayor atención
académica sobre el movimiento bolivariano. El primer punto a abordar es la constituyente
de 1999 y sus perspectivas, sin llegar a realizar análisis jurídicos que no corresponden al
caso, sino mejor, sobre las intenciones de apertura a la democracia participativa y
protagónica que quedan allí plasmadas; a punto seguido se verá la profundización del
proceso con las políticas sociales y económicas impulsadas tras la polémica Ley Habilitante
de 2001, con la cual se dio, entre otros, paso al clima de agudización de la polarización y el
golpe de Estado en Abril de 2002; todo ello no sin pasar por alto una perspectiva del marco
ideológico sobre el cual se sustenta el MVR, a manera de introducción sobre las lógicas
articulatorias desde allí impulsadas.

3.8 El proceso constituyente

Sin duda, a partir de 1997 con la candidatura y elección como presidente de Hugo Chávez
se configura una nueva relación de fuerzas alrededor del campo social venezolano,
abriendo una disputa hegemónica que aún hoy en día continúa. El campo social surcado por
manifestaciones de inconformidad y movilización, en un primer momento electoral y
contestataria, presentó los rasgos de una ruptura radical al dividirse, como en efecto
sucedió, la sociedad y sus distintas proyecciones en discursos antagónicos o por lo menos
contrarios. “El proceso iniciado con la candidatura de Hugo Chávez en 1997, propendió al
establecimiento de una democracia significativamente diferente a la existente en Venezuela
entre 1958-1997, es así porque se parte de un escenario de acción inter-elites que no está
basado en el consenso, sino en el desarrollo de una acción de lucha continua, producto de la
modificación de las condicionantes históricas y políticas que le daban sentido al sistema
político de conciliación (SPC).” (Romero, 2002: 85). Con esto se indica que los actores

97
tradicionales son desplazados de su lugar de privilegio con un discurso que pretende
antagonizar con ellos.

Esto es la lucha, a partir de allí, por el control político del sistema político venezolano, la
recreación simbólica y el apoderamiento de los significantes tiene como medio de
expresión la movilización de los sectores que componen el campo político de los discursos
en disputa. Además, estas movilizaciones sociales van a tener como escenario de primera
confrontación la instancia parlamentaria, constitucional y jurídica una vez Chávez, el MVR
y los partidos de coalición impulsan el proyecto de referendo por una nueva constitución
para abrir paso a la “Quinta República”. Tal y como ya se había mencionado, la efectividad
del Polo Patriótico para hacerse con la mayoría del congreso chocó con las maniobras de
los partidos tradicionales y sus ventajas comparativas en el medio. No obstante, tras la
decisión de Chávez, ante la inminente reprobación del congreso de una convocatoria a
referendo de consulta sobre una nueva constitución, decide decretar dicha convocatoria;
obviamente, tal decisión rebasa en mucho las prerrogativas presidenciales, por lo cual, en la
disputa entre un congreso en contra y, un ejecutivo que reclama la convocatoria a referendo
como co-extensiva al mandato popular por el cual Chávez había llegado al cargo apenas
unos cuantos meses atrás, quien entró a mediar en este dilema jurídico fue la Corte
Suprema de Justicia, presionada tanto por el gobierno como por la oposición y con “miedo”
hacia la protesta de calle y a un instinto de autoconservación, para dar un concepto
definitivo sobre el asunto, el cual es institucionalmente asunto suyo (Parker, 2001). Como
ya se sabe, por sus consecuencias, el concepto de la Corte dio vía libre para la convocatoria
a referendo a través de decreto presidencial.

El llamado a referendo para decidir el destino constitucional del país fue apenas el primer
gran choque entre las fuerzas instaladas en el gobierno y las que en, oposición, por una
mayoría contradictora estaban en el congreso. Ya con el dulce sabor de un primer triunfo, el
referendo llamando a una Asamblea Constituyente que se encargara de elaborar una nueva
carta constitucional, se convertiría en el segundo asalto y medición de fuerzas en capacidad
de movilización y convocatoria, entre Febrero y Marzo de 1999. Como bien se sabe el
referendo obviamente fue favorable a los intereses del gobierno, puesto este último allí
gracias, en parte, a la campaña presidencial basada en esta propuesta. Ahora bien, “No
estuvo claro en el debate político previo a la convocatoria de la Asamblea Constituyente
cuáles eran los principales problemas del país que tenían su origen en la Constitución de
1961, o que requerían una nueva constitución para ser resueltos.” (Lander, 2004: 4)

La ambigüedad presente en la propuesta de constituyente fue manifiesta, en principio, pues


no se se entendía, a ciencia cierta, que debería contener esta nueva carta constitucional
fuera del punto de oposición y cierta transformación del sistema político venezolano. Este
punto, sin embargo, no podía preverse con exactitud. En un proceso constituyente, en
especial uno como éste, los actores políticos ponen en juego sus aspiraciones futuras y
presentes, ademas, y tal vez lo mas importante, son las condiciones que dan lugar a la
estructuración de las reglas de juego del sistema político (Romero, 2002). y sobre todo
porque a partir de la puesta en marcha del proceso constituyente se van a sentar las bases
jurídicas del proyecto bolivariano. Ya con ello, todo el proceso de la constituyente se

98
convierte, tal vez, en la experiencia más rica en debate político, ya que puso a pensar y a
discutir a muy variados sectores sociales y políticos sobre los contornos y delineamientos
de un proceso de recambio y transformaciones, no sólo jurídicas, sino de articulación
política, dinámicas organizativas y de movilización en torno a los alcances de expresiones,
de entender y accionar sobre lo político, por tanto de las formas democráticas que podrían
ser potenciadas desde allí.

Mediante una campaña muy álgida y competida, y gracias a ciertos ajustes jurídicos que
aplicó el gobierno, la conformación de la Asamblea Constituyente quedó dominada por los
sectores del Polo Patriótico que se hicieron con la mayoría. Las discusiones de la carta
constitucional estuvieron rodeadas de un clima de tensiones, entre un congreso con
mayorías opositoras y una Asamblea Constituyente de mayorías favorables al gobierno, no
sin mayores tropiezos, para finales de 1999 Venezuela contaba con una nueva Constitución.

Los cambios sustantivos de la Constitución de la ahora República Bolivariana de


Venezuela, se centran a grandes rasgos en: 1. en las prerogativas presidenciales y 2. en la
institucionalización de algunos mecanismos de participación popular en la gestión y control
político del estado venezolano. Estos puntos centrales parecen contradecirse como puede
llegar a complementarase (Parker, 2001), dependiendo de las dinámicas articulatorias sobre
la naturaleza del proyecto político, los cuales terminaran generando una lógica
corporativista que nuclean estos dos puntos. También se incluyeron dos poderes adicionales
a los clásicos: El poder ciudadano y el Poder electoral. El poder ejecutivo es reforzado en
otros aspectos. Finalmente, se hace una nueva elección presidencial en el 2000, donde
Hugo Chávez es reelecto, quedando las mayorías del congreso en manos del chavismo.

3.9 La participación y la estructuración del Estado en la constitución de 1999

En lineas generales, los aspectos trascendentes sobre el curso del Estado bajo la hegemonía
bolivariana quedan, de una u otra forma, plasmados en el articulado de la constitución y en
las consecuencias que tiene el mismo en la publicación de las leyes que dan sustento a este
articulado. Edgardo Lander realiza el ejercicio de análisis temático del articulado
constitucional, clasificando los aspectos económicos, de educación, salud y seguridad
social, derechos de los pueblos y comunidades indígenas, y las formas de democracia
directa en la participación política. En materia económica, básicamente, la propiedad
privada no se toca, se garantiza el derecho a ella (art.115), así como la libertad económica,
de libre empresa y protección a la industria nacional (art. 112 y 301) y aboga por la práctica
de una economía sobre la sustentabilidad agrícola, ambiental y seguridad alimentaria (art.
305). La salud, la educación y la seguridad social son derechos que debe garantizar el
Estado y prácticamente dependen exclusivamente de él (artículos 76, 83, 84 y 85). Las
comunidades indígenas gozan de un régimen especial que las protege, les garantiza
autonomía y les da derecho inalienable a sus saberes y conocimientos. (artículos 119,120,
122, 124, 125, 9) (Lander, 2004).

El énfasis en la participación es quizá lo mas destacable de todo el articulado de la


constitución de 1999, el cual está reunido en el Titulo III Capítulo IV cuyos articulados

99
versan sobre la participación y sus formas de trámite, especialmente los artículos 70, 71, 72,
73, 74 y 168, que establecen a los referendos populares como principales mecanismos para
el control sobre la gestión, revocatoria de cargos de elección popular, aprobación o
abrogación de leyes. Este énfasis plebiscitario en las relaciones de poder y fuerza entre los
sectores en disputa va a ser un recurso bastante utilizado a futuro para dirimir, sin resolver,
los grandes conflictos del sistema político venezolano a través de la movilización electoral.
En otras palabras puede decirse que:

La Constitución Bolivariana constituye una expresión, si se quiere, de ‘avanzada’’, de una


institucionalidad democrática de corte presidencialista, con un articulado sumamente
actualizado de defensa de los derechos humanos y civiles y con amplias previsiones diseñadas
para estimular la participación popular más allá del simple acto electoral. (Parker, 2001: 35)

De la constitución se desprenden, a lo largo de los próximos años, una serie de leyes que
intentarán hacer posible la ejecución de todos los postulados participativos escritos en la
constitución. Sin embargo, toda la voluntad de una mayor participación de la sociedad en
los aspectos neurálgicos de la gestión no tenía una experiencia previa, las complicaciones
para el cumplimiento de las leyes fue bastante desigual, a excepción de las mesas técnicas
de agua y los consejos comunitarios de agua, posibles a través de la Ley de consejos locales
de participación pública de 2002 (Lander, 2005). En conclusión, aunque la novedad política
de la constitución pudo causar un gran revuelo por las confrontaciones congreso-asamblea
constituyente, significativamente no contiene los elementos “revolucionarios” que profesa
el movimiento bolivariano, siendo en últimas, esencialmente asentada sobre la democracia
representativa con algunos importantes complementos de la democracia participativa.

Como se ha visto la discusión acerca de la constitución venezolana ha dado pie para que los
sectores, de uno u otro lado, justifiquen ciertas acciones que en cierta medida contradicen
los propósitos primeros y el espíritu que convocó a la redacción de la constitución del 1999.
“Por una parte, las fuerzas políticas que se oponen al proyecto chavista, después de haber
intentado primero evitar y después desprestigiar y restarle legitimidad a la labor de la
Asamblea Constituyente, ahora se han transformado en defensores de la nueva
Constitución, precisamente porque la conciben como un dique potencial en contra de los
avances del movimiento. Por la otra, el MVR, sobre la base de los artículos que sancionan
una “democracia participativa”, busca construir una institucionalidad corporativista
implícita en su proyecto, pero no sancionada explícitamente en la Constitución.” (Parker,
2001: 40). Estos hechos marcan el carácter abierto e imprevisible de la constitución, al no
haber sido una constitución redactada en sus apartados centrales como parte de la
recolección de experiencias de ejercicio de democracia participativa, sino que a partir de
allí se empezará a generalizar al nivel estatal e institucional formas organizativas que la
sociedad venezolana recibió de desigual forma, más como propuesta que como experiencia,
obviamente sus posibles causes no pueden ser contenidos ni predichos.

La desviación de la propuesta participativa hacia una relación corporativista entre Estado-


sociedad o sectores populares, es algo que inquieta profundamente a los autores aquí
utilizados (Parker). Esta discusión se recoge de la relación capital-trabajo, ya vista en

100
Europa occidental con el estado bienestar, la cual provee o dispone unas nuevas
institucionalidades, pactos sociales, formas a asociación, etc. Como se sabe cada cuerpo
social con visiones de transformación que traduce su hegemonía en la toma del Estado
empieza a crear nuevas organizaciones o institucionalidad paralelas, o eliminando las
existentes; en este caso se han creado cuerpos de respaldo como movimientos de base: los
círculos bolivarianos, y una central obrera paralela a la Central de Trabajadores de
Venezuela (CTV), nuevos instrumentos jurídicos, etc.

Al chavismo, por el contrario, le interesaba no la presencia de las asociaciones vecinales ya


consolidadas y que representaban sobre todo a urbanizaciones de clase media, ni las
organizaciones sindicales del “puntofijismo” que pudieran conformar una punta de lanza para la
oposición. Le interesaba más bien convocar a aquellas organizaciones ‘bolivarianas’ que venían
naciendo o consolidándose al calor del auge chavista. De allí, la fundación de un movimiento
sindical bolivariano y de otras organizaciones que la oposición califica de “oficialistas” y
descalifica como simples parapetos promovidos por el gobierno para desvirtuar la participación
de la “auténtica” sociedad civil. (Parker: 36)

Las lógicas que se imponen en la relación movimiento social, sectores sociales, partidos
políticos y Estado-gobierno en Venezuela trastocó las lógicas de reclamo y movilización del
proyecto social. Aunque el corporativismo no está de manifiesto en la constitución, si posee
unas mecánicas que conllevan implícitamente al establecimiento de relaciones de este tipo.
Y así, este tipo de relación se ve reforzada ya más claramente en las políticas social y
económica que no dejan de tener como fuente de irradiación de la ayuda al Estado a través
de la legislación gubernamental. Parte de las esperanzas estuvieron concentradas en poder
poner a marchar el desarrollo económico endógeno, basado en la economía social, muy
cercana al cepalismo de los setenta (Parker, 2001).

El Estado venezolano en la letra y en ciertos aspectos es administrativamente federal, pero


la centralización del Estado es una característica bastante fuerte, esto puede tener una
explicación económica simple. Venezuela se caracteriza por la dependencia
monoproductora del petróleo, por tanto las rentas de la actividad en torno a la extracción y
venta son en esencia distribuidas por el Estado a través de lo que la constitución y las leyes
así lo disponen. El mayor poseedor de tierras en Venezuela es también el Estado. Esta
centralización de recursos del Estado venezolano y sin actividades productivas que puedan
equipararse a la renta petrolera, convierte al Estado en un instrumento con un incomparable
poder en Venezuela en detrimento de la relativa autonomía estatal financiera, no tanto
política. En estas circunstancias el tramado económico e infraestructural están atados a la
variabilidad internacional de los precios del petróleo, siendo voluble y en ciertos momentos
incierta. Y previsiblemente los primeros pasos en política económica apuntan hacia la
reorientación de los recursos petroleros y reorganización de la empresa estatal de petróleos
PDVSA.

La política económica está circunscrita y es inseparable de una política petrolera, en un


primer momento, si se quiere desprender de ésta hacia la viabilidad de proyectos sociales.
Por tanto, los primeros pasos del gobierno en materia económica se dan precisamente en
materia petrolera, principal medio de captación de recursos, para que por medio de ellos

101
pueda darse la tan esperada diversificación productiva en Venezuela. Esta política se puede
resumir puntuando algunos aspectos: 1. revisión de la política del aumento de la producción
de crudo; 2. Fortalecimiento internacional del sistema de alianzas estratégicas para subir los
precios del petroleo por intermedio de la Organización de Países Exportadores de Petroleo
(OPEP); 3. se suspende el proceso de privatización de la estatal Petróleos de Venezuela
S.A. (PDVSA); 4. prioridad a los equilibrios macroeconómicos y control de la inflación; 5.
se continúa con el pago puntual de la deuda externa contraída, y la suspensión de nuevos
préstamos con el FMI; 6. promulgación de la ley sobre promoción y protección de
inversiones y la ley orgánica de telecomunicaciones. (Lander, 2004).

Las consecuencias de estos ajustes económicos no fueron muy favorables: subió el riesgo
de inversión del país; cayó la formación de capital fijo privado y aún más la formación de
capital fijo público; hubo fuga masiva de capitales, la mas grande en la historia venezolana;
crece el desempleo y la desocupación. El control económico del Estado sobre las diversas
áreas productivas de la sociedad venezolana se va haciendo mas fuerte a medida que se va
avanzando a través de leyes. La ambigüedad del discurso oficial frente al tipo de
“revolución” que se debía llevar adelante en el plano económico, persistía en el impulso de
una economía mixta pretendiendo ser, no muy claramente hasta la fecha, un modelo
alternativo al neoliberalismo; no obstante, el camino de las estatalizaciones llevadas a cabo
en los últimos años, ciertamente no ha llegado a consolidar propiamente una alternativa
visiblemente antagónica, si contraria, al neoliberalismo, en una visión estatalista clásica. En
materia económica durante los primeros años mayores cambios no existieron, fuera de la
política petrolera. No es sino hasta las leyes que promulgó el ejecutivo a través de las
facultades de la Ley habilitante de 2001, que realmente se agitó el campo económico, con
una fuerte polarización y demarcación de los discursos en disputa.

3.10 La Ley habilitante y el golpe de Estado de Abril de 2002: la división irreversible


del campo social venezolano

La muy controversial Ley Habilitante de Noviembre de 2001 daba la facultad al ejecutivo y


su consejo de ministros, durante los próximos seis meses, de dictar leyes en materia
económica (financiera, tributaria y sectorial) y de organizar administrativamente el Estado.
Mediante esta ley, aprobada por el congreso, se buscaba agilizar algunos de los siguientes
objetivos y reformas previstos: democratizar la propiedad y la producción; el
financiamiento o promoción de modalidades de economía alternativa; desarrollo económico
social; fomento de la pequeña y mediana industria; fomento igualmente de la cooperativas
y formas alternativas de asociación industrial (Lander, 2004). De las leyes dictadas por el
ejecutivo, ya de por si algo que causó bastante molestia, hay en especial tres leyes que
causaron mayor reacción por parte de la oposición y los sectores económicos mas fuertes en
Venezuela: la Ley de Pesca, restringiendo las áreas pesqueras para dar prioridad a la pesca
artesanal; la Ley de Tierras, que se ocupa de la eliminación de latifundio, le otorga el
derecho a los campesinos a tierras expropiando a los grandes propietarios de tierra
inoficiosas e improductivas, además para asegurar la seguridad alimentaria, creando para
ello el Instituto Nacional de Tierra (INTI); y, la ley orgánica de hidrocarburos, para
contrarrestar la autonomía que PDVSA había adquirido en los últimos tiempos, y dar lugar

102
a un sistema completo de reparto de regalías (Lander, 2004).

Las leyes aprobadas bajo la Ley Habilitante, y en particular las leyes de pesca, tierra, e
hidrocarburos fueron catalogadas por el empresariado y por la oposición política como un
atentado a la propiedad privada, argumentando muchos que con ello se confirmaba el carácter
estatista o comunista del proyecto político del gobierno. (Lander: 18)

A partir de allí, la división del campo social se quiebra completamente, en la medida que
una vez sancionadas dichas leyes, los empresarios del gran capital agremiados en la
Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela
(FEDECAMARAS) como de los trabajadores nucleados en la CTV, sobre todo a los
trabajadores de PDVSA, realizan el mayor -y hasta donde sé el único- paro patronal de la
historia venezolana, en el mes de diciembre de ese año, con participación igualmente de los
partidos de oposición aglutinados en la “Coordinadora Democrática”. Este paro mantuvo
paralizado a Venezuela durante un mes, los suministros de alimentos escasearon, se detuvo
considerablemente la extracción de crudo y la producción de gasolina, en medio de
movilizaciones y protestas de un lado y del otro.

El paro de diciembre, apenas es el abrebocas de los acontecimientos que tienen lugar en


Abril de 2002, cuando en una maniobra impulsada por los mismos sectores que propiciaron
el paro, sumada esta vez una parte de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas de
Venezuela, con apoyo de los medios de comunicación opositores, y probablemente la
intervención de servicios secretos estadounidense, se da el efímero golpe de estado el 11 de
Abril; aprovechando los confusos hechos, en el choque provocado de dos multitudinarias
marchas de los chavistas y opositores, donde caen muertos de uno y otro lado. Se traslada al
Presidente Chavez de la casa de Miraflores a una base militar en una isla en el caribe
venezolano. Se nombra a Pedro Carmona Estanga, quien preside FEDECAMARAS, como
presidente de facto, derogando la constitución de 1999 e iniciando la persecución y arresto
de militantes chavistas. Los acontecimientos de los dos días posteriores no tienen
antecedentes ni comparación alguna dentro de la movilizaciones populares en Venezuela y
tal vez en el mundo recientemente.

La ciudad de Caracas, en estado de sitio, comienza a movilizarse reclamando la vuelta del


presidente constitucional, desde los cerros que bordean a Caracas donde se ubican los
barrios marginales y populares, se reacciona. Estas masas populares bloquean con protestas
y van marchando desde allí hacia la zona centro de la ciudad. Para Anibal Quijano “la
decidida acción de las masas populares que logró la alianza de determinadas fracciones
militares para derrotar a la quizás más feroz reacción burguesa de hoy en toda América
Latina. Es necesario no perderlo de vista: es la primera victoria de las masas populares en
América y en el mundo en muchos años. Eso es sin duda mucho más importante que todo
lo demás en la escena venezolana, incluido el propio Chávez” (Quijano, 2002). Las
acciones que derrotaron la intentona golpista son de tal magnitud que para el 13 de Abril,
quienes incitaron el golpe y festejaban el “exito” de tal acción huyeron de Miraflores, entre
ellos el presidente de facto Carmona, conocido popularmente desde allí como el “breve”,
quien se asiló en Colombia. Chávez finalmente retomó su cargo dos días después del golpe.

103
A partir de los acontecimientos de Abril de 2002, el panorama venezolano no es el mismo y
se producen deserciones en el movimiento bolivariano y se inició una “purga” de los
sectores en la Fuerzas Militares que participaron del golpe. El impulso que supuso el apoyo
de las masas populares al proyecto, que hasta allí no había producido mayores avances
materiales, pero si de identificación política, reconocimiento como actores sociales y
políticos, se ve en la promulgación y profundización de la política social en Venezuela
hacia un no muy claro socialismo de nuevo tipo. A su vez los sectores opositores
terminaron por cerrarse, quedando aún mas clara la división de la sociedad venezolana y el
choque violento de los discursos los cuales marcan la disputa hegemónica abiertamente
antagónica.

… lo con seguridad constituye el cambio más importante que se ha dado en Venezuela a lo largo
de los últimos cinco años: las transformaciones en la cultura política y los procesos de inclusión,
la incorporación como sujetos de la acción política y organizativa de las mayorías pobres del
país que se encontraban no sólo históricamente, sino -en tiempos recientes- crecientemente
excluidas. Ha sido ésta la más importante conquista en dirección de una sociedad más
democrática. El significado de estas transformaciones se expresó con contundencia en la
respuesta de los sectores populares al golpe de Estado. (Lander, 2004: 29)

3.11 La política social y el corporativismo

De aquí en adelante, el gobierno bolivariano de Chávez empieza a dar prioridad a la política


social y se impulsa una serie de medidas para mejorar las condiciones de vida de los
venezolanos mas pobres y sin acceso a servicios básicos, a través de programas de
asistencia social y económica. En lo económico se hace énfasis en la actividad económica
cooperativa, pues éstas ayudan a la organización de base, fomentan el empleo, eliminando
la intermediación entre productor y comercio. El primer gran programa social del gobierno
Chávez es el “Plan Bolívar” del 2000, un plan de emergencia cívico-militar, cuyos
objetivos fueron: a. un mayor gasto público y social; b. lograr la cobertura universal en
salud y educación. Con la ley orgánica de seguridad social se crean otros programas que
ayudarían a complementar los objetivos de emergencia del Plan Bolívar, como el Banco de
la Mujer. Con ello se buscaba la participación y control público sobre la gestión estatal.
Además, desde las leyes de la Ley habilitante se van abriendo las mesas técnicas de agua y
los Consejos Comunitarios del Agua y los Comités de Tierra Urbana, entre otros.

Quizá los mas sonados programas de asistencia social son las denominadas misiones. Las
misiones se encargan, especialmente, de la vinculación y el acceso directo a salud y
educación, con la política social, de las comunidades mas pobres del país. Respecto a lo
educativo se destacan la Misión Robinson que emprende una campaña de alfabetización de
adultos en todo el país en las mismas comunidades; la Misión Sucre, sobre la incorporación
de adultos y jóvenes a la educación superior; la Misión Rivas intenta incorporar a adultos a
que cursen y terminen estudios primarios y secundarios; y la creación de la Universidad
Bolivariana, con miras a la proyección de una universidad nacional de acceso universal. En
salud, el cual es el componente de la política social que presenta mayor rezago, se crea con

104
la ayuda del gobierno y médicos cubanos el Plan Barrio Adentro, que consiste en llevar los
servicios médicos a los barrios periféricos de las ciudades (Lander, 2004).

En lo tocante a lo económico también se experimenta con las misiones: la Misión Zamora,


a través de lo estipulado en la Ley de Tierras: esta misión se encargará de la gestión en la
entrega de tierra a los campesinos proporcionando asistencia técnica, mercado,
infraestructura, servicios y financiamiento para la producción agrícola y/o ganadera de las
mismas; la Misión Mercal, con el propósito de comercializar alimentos y otros productos de
primera necesidad; y, la misión Vuelvan Caras, para la generación de empleo y la
capacitación laboral (Lander, 2005). Aquí, empero, se detectan algunas falencias ya
esbozadas anteriormente: la dependencia económica venezolana, pero sobre todo del
Estado venezolano, hace que por extensión los recursos de los programas sociales,
educativos y económicos estén circunscritos a la disponibilidad financiera producto de la
renta petrolera (Lander: 133), por tanto en el tiempo esta agenda social, puede como no,
disponer de los recursos más que suficientes, lo cual pude tentar a la corrupción, o que los
programas se acaben si los recursos escasean.

Las acciones de la política social se han orientado más a la supresión de limitaciones políticas
(falta de poder y de contextos para participar) y culturales (ausencia de reconocimiento y
desvalorización de los estilos de vida), que a la remoción de obstáculos de naturaleza económica
(pobreza e inequidad). Desde ese punto de vista, no parece enrumbarse la política social a
subsanar las privaciones de libertad o limitaciones que ocasionan las injusticias
socioeconómicas. Esto es debido a que la pobreza, desde la perspectiva del actual gobierno, es
producto no de las condiciones de productividad, sino de las relaciones sociales de dominación
y explotación.” Matilde Parra y Tito Lacruz, Seguimiento activo a los programas sociales en
Venezuela, Caso de los Multihogares de Cuidado Diario, Informe final, CISOR Centro de
Investigaciones en Ciencias Sociales, Proyecto Observatorio Social, Caracas, abril de 2003.
[http://www.apalancar.org/archivos/1006/Seguimiento%20Programas%20Sociales
%20GSCESAP.pdf] (Lander, 2004: 20).

Todo el repaso histórico y programático de lo hecho por el gobierno de Hugo Chavez, el


MVR y el conjunto partidos unidos alrededor de un proyecto social y político, e incluso
militar con tintes populares, únicamente nos muestra hasta aquí, de forma mas o menos
resumida, los acontecimientos que han ejercido mayor impacto sobre la lógica de
enfrentamiento y acción de los actores, sobre todo políticos, en la disputa por la
transformación del sistema político venezolano. Llegados aquí cabe preguntarse: ¿cuáles
son los factores discursivos o superficies de inscripción que hacen que el Movimiento
Bolivariano sea un proyecto contrahegemónico de izquierda? Y si lo es ¿bajo qué dinámica
articulatoria se inscribe este proyecto y bajo cuáles significantes y estrategias discursivas se
disputa el campo social?

3.12 La articulación del movimiento

Como se sabe, el movimiento bolivariano tiene su origen al interior ejercito venezolano,


con el EBR-200 de 1977 a 1989, luego el MBR-200 de 1989 a 1994, tras los frustrados
golpes de Estado de 1992. En 1994 Hugo Chávez rompe con los demás miembros de la

105
cúpula del MBR-200 y en 1997 el MBR-200 cambia al MVR, participando de las
elecciones y ganándolas. El movimiento construye una agenda programática llamada
Agenda Alternativa Bolivariana donde se llegan a puntos de diagnostico mejor elaborados
sobre la verdadera situación venezolana, puntos estos que llegan a coincidir con los que ya
se habían planteado años atrás en la COPRE. Mediante este diagnostico se decanta una
propuesta que intenta ser más integral y articulada a la realidad. Con estos reajustes a la
propuesta del proyecto bolivariano, se decide la participación en las elecciones
presidenciales de 1998, teniendo lugar por ello una serie de discusiones internas sobre las
formas de intervención, violenta o procedimental vía elecciones, lo cual provocó serias
reacciones por parte de los sectores más beligerantes y violentos.

Hay que decir que en medio de este proceso de rupturas y recambios, el proyecto pasa de
ser de una logia militar, clandestina y cerrada, a un movimiento donde se integran muchos
mas sectores y consigue el apoyo de ciertos sectores de la izquierda venezolana, entre ellos
el PCV - a la postre es el partido político mas antiguo de Venezuela aún vigente- y el MAS
en la primera etapa de gobierno, los cuales vieron en el proyecto los delineamientos de un
movimiento progresivo. “En términos de las clásicas distinciones entre izquierda y derecha,
el proyecto en sus fases iniciales fue heterogéneo y tuvo en su seno incluso posturas que
podían ser catalogadas como de un tradicional nacionalismo militar conservador.” (Lander,
2004: 2) Es misma línea, la propia izquierda venezolana se divide entre la propuesta, el
PCV y el PPT se unen al proyecto, mientras que los partidos con posiciones
socialdemócratas, el MAS y LCR, claramente se alinearon en oposición al proyecto, junto
con Bandera Roja. También dentro de la misma izquierda existe un principio de
desconfianza frente a proyectos con fuerte componente y origen militar, especialmente
después del periodo de dictaduras militares que vivió Latinoamérica en los setenta, a
excepción del peronismo en la Argentina, que tuvo tanto apoyos como disensos de la
izquierda.

Los temores y dudas recorrían a las dos perspectivas. A pesar de que en primera instancia el
proyecto bolivariano no se decía abiertamente de izquierda y se apartaba de cualquier
comparación, el giro del discurso a medida que avanzaba fue reivindicando un lugar
histórico e afinidad de identidades con esta identidad política (Camejo, 2002); hasta el
punto de representar lo que se denomina el socialismo del siglo XXI. Después de la
experiencia de Allende en Chile el temor de la izquierda era manifiesto, dada la variedad de
personajes y agrupaciones de todas las vertientes políticas y sociales, que en un primer
momento simpatizaron con la propuesta bolivariana. También en la izquierda se dudaba del
carácter revolucionario de la propuesta debido al carácter reaccionario que han mostrado las
fuerzas militares en Latinoamérica; igualmente desde sectores más radicales, se sustentaba
que cualquier propuesta venida al poder mediante elecciones, no pasaría de ser reformista.

La desconfianza de los sectores de izquierda no sólo corría en una vía. Al interior del MVR
se trató en un primer momento de aislar a los que proponían una política de masas, tal y
como lo plantean los marxistas-leninistas, quienes crearon las organizaciones de base “el
huracán bolivariano”, los cuales denunciaron también, en un momento dado, cierta
derechización del movimiento. De igual manera William Izarra quedó excluido del

106
movimiento por el temprano acompañamiento de los círculos bolivarianos, pasando él
finalmente en 2000 a la oposición (Parker, 2001). Retomando lo dicho, el proyecto
bolivariano no poseía en su comienzo una posición clara respecto a la izquierda política, en
especial la radical. En declaraciones Hugo Chávez destacaba el fracaso tanto de la
socialdemocracia como el fracaso del comunismo soviético (Lander, 2005), y en contraste
se opone a éstos el proyecto bolivariano. Entonces, ¿qué es el proyecto bolivariano?,
¿cuáles son sus raíces ideológicas, acaso las tiene y cómo construyen un discurso
articulador de un campo antagónico social?.

3.13 Las raíces del movimiento

El bolivarianismo como tal no es una doctrina, mucho menos un cuerpo teórico, sino que ha
venido construyendo una serie de referentes a través de figuras históricas y heroicas
buscando un reapropiación o una reconstrucción de un pasado histórico perdidos o
atrapados en medio de la corrupción, deshonestidad de los partidos tradiciones y la
oligarquía dirigente del país. En fin, lo que busca el discurso es contraponerse ante al
estado de cosas que dieron lugar a la agudización de la situación social y política
venezolana después del “caracazo”. La disponibilidad social para aceptar el discurso
bolivariano marca una ruptura del cuerpo social frente a los interlocutores directos hacia los
que se dirige éste, quienes acumularon durante años susceptibilidades que estallan de
manera no organizada. Los sectores que se interpelan son las clases bajas, populares,
pequeños empresarios y comerciantes, incluso trabajadores no privilegiados como si lo son
los petroleros, es decir, a todo aquel que el proyecto de nación del periodo anterior no había
llegado o fue de tajo excluido, pese a la abundancia de recursos económicos del petróleo.

Este discurso era la culminación de una campaña diseñada para polarizar las opciones. Con toda
razón, Arenas y Gómez comentan que una de las fuerzas del discurso 'bolivariano' es su
capacidad de articulación entre elementos dispersos de crítica y descontento, para reunirlos en
una visión dicotómica de la realidad: el antagonismo dibujado entre corruptos y honestos,
partidos y pueblo, políticos y ciudadanos, Congreso y Constituyente, puntofijismo y quinta
república" (ibíd., 32) (Parker, 2001: 28).

Exacto, es la apertura y división del campo social lo que busca el discurso bolivariano,
creando una cierta identidad nacional, apelando a la construcción de las “bases” que dieron
lugar a la independencia nacional, buscando una refundación de la patria. La búsqueda de
esta identidad se reconstruye en el discurso bolivariano del árbol de las tres raíces: Simón
Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. Los personajes aquí presentados
metafóricamente en un espacio intentan dar una imagen del espíritu tripartito del
movimiento (casi religioso). Tanto la imagen de Rodríguez como de Zamora viene a servir
de complemento y equilibrio a la imagen principal, la del Libertador Simón Bolívar. La
figura del “libertador” Simón Bolivar en el imaginario popular, y extendido en Venezuela,
no provoca mayores divergencias, mejor, es una imagen que se podría decir es bastante
respetada, admirada como en los demás países andinos, por lo cual es un referente
integrador. “Así Ezequiel Zamora le da sentido estratégico al discurso bolivariano por el
liderazgo que ejerció en los pardos, negros e indios, población segregada social y

107
políticamente del Estado en su lucha igualitaria contra los blancos criollos; y el educador
Simón Rodríguez, maestro del Libertador le otorga el carácter revolucionario porque es el
símbolo de la investigación científica, de la educación y de los problemas de la producción
económica, de la idea de república y ciudadanía y de la importancia de ajustar estos valores
universales en proyectos políticos que respondan a especificidades nacionales.” (Lander,
2004: 3)

La retoma simbólica de las figuras de la independencia para el reforzamiento de una


imagen de proyecto nacional, con un discurso efectivamente bastante directo y claro, no por
ello necesariamente profundo, intentando articular diversos sectores sociales, para hacer
historia con el proyecto inconcluso: el de Bolívar en el siglo XIX. Esta concepción de la
historia y la proyección de una identidad nacional se contraponen a la imagen casi oficial
de la historia independentista narrada generalmente, no vista como una proyección de
nación. Anibal Quijano, por ejemplo, a este respecto dice: “Si algo en verdad quiere decir lo
bolivariano en la historia de América Latina, hoy no puede ser sino un nuevo momento del
proceso de liberación social de nuestros pueblos.” (Quijano, 2002).

Si como dice Quijano, lo bolivariano, sin ser un cuerpo o doctrina ideológica, sirve como
mediación simbólica y los efectos del “árbol de la tres raíces” de movimiento bolivariano,
al no contar propiamente con ningún contenido en el plano económico o político. Ademas
de los efectos integradores, lo bolivariano, en efecto, reactivó las aspiraciones de
participación de los sectores populares e inconformes con la institucionalidad presente.
Dentro de esta línea, se reactiva también la interpelación y directa relación con ese
significante, no sin sesgos y prevenciones, que se nombra como “pueblo”. Lo que logró el
contra-discurso bolivariano fue trastocar y dinamizar la cultura política venezolana, al
activar la participación y presencias populares en el campo político, movilizando y tratando
de formar identidades políticas.

Esta presencia activa de las" clases peligrosas" en el escenario político, crecientemente


informadas, movilizadas y organizadas, y su poca disposición a regresar a su pasividad anterior,
explica en una importante medida el rechazo al chavismo por parte de quienes ven en esta
presencia de los 'otros' -caracterizados racistamente como las turbas y las hordas chavistas una
amenaza para sus privilegios y por parte de quienes consideran que las profundas divisiones
actuales de la sociedad venezolana son el producto del discurso de Chávez. (Lander, 2005:122)

La activación de la cultura política venezolana tras el quiebre propuesto en el discurso


bolivariano encontró respuesta en una vuelta a la centralidad de lo político por parte de
sectores populares, entrando de lleno en el campo político; no obstante, también manifestó
lógicas de construir lo político a través de identificaciones que tienen como punto focal el
trato discursivo sobre lo que puede llegar a significar ese “otro” como contrincante, como
adversario y como enemigo. Recordando la instalación del discurso neoliberal del Vecino
de clase media y media alta de los ochenta, que identifican y apropian el significante
democracia, la entrada de una lógica de articulación social en disputa bajo unas
diferenciaciones marcadas de clase y raza en Venezuela. La identificación sobre el “otro”
como sujeto político genera la polarización con tonos violentos en las identificaciones

108
parciales que se van construyendo. Desde una óptica dicotómica se van estructurando los
planos discursivos sociales en Venezuela.

Ahora bien, la inclusión de sectores pobres y excluidos del país en el debate político, es
quizá el mayor logro democrático de una sociedad constituida a través de los sistemas de
diferencias y exclusiones, pero esto no significa que la aceptación de su inclusión consiga
integrar a la sociedad venezolana en un cuerpo social cerrado. Dos discursos antagónicos de
construcción de nación, visión sobre lo social y asociaciones de todo tipo, van a entrar en
choque creando un campo de lucha donde las lógicas de articulacion de estos sectores van a
definir, en ultimas, cualquier posible formación social y política. Así lo bolivariano
interpela a los sectores que logró integrar, siendo desde allí el discurso irradiador -o
universal, como diría Laclau-, a través de las diversas identificaciones parciales, apelando a
la construcción de pueblo, tanto en sus formas de articulación como en la referencia directa.

Entre todos los posibles discursos que podrían haberse alzado como nucleador del
descontento social y de los reclamos bastantes sectorizados y dispersos de los movimientos
sociales en Venezuela, el énfasis anti-partido, anti-tradicional del bolivarianismo, fue el que
surgió como una opción contra-hegemónica. Como la capacidad del sistema político y su
dinámica estructural con el sistema de pactos se vio desbordada ante la incapacidad
articulatoria de los partidos, donde los llamados movimientos sociales, por si solos no
alcanzaban a ejercer un discurso extensivo, ni apropiado significantes flotantes que dieran
lugar a una articulación mayor fuera de sus propias particularidades. El discurso
bolivariano sirvió en un primer momento para enlazar dichos descontentos contra los
partidos y sus pactos, ya desbordados. El discurso de Chávez y el MVR surgió, tal vez
como el único que identificaba estos reclamos, y al no haber mejores propuestas, copó el
espacio vaciado de la crisis de representatividad de los partidos políticos venezolanos,
alzándose como un universal equivalente de la cadena de demandas.

3.14 El populismo

La identificación del proceso bolivariano con el populismo es muy recurrente académica


como mediáticamente. Sin embargo, los mismos partícipes de éste intentan desprenderse de
esta marca, por la asociación que generalmente se hace como práctica demagógica
“Además, los populistas nunca se autoidentifican como tales, sino como revolucionarios,
nacionalistas o con el nombre del prócer de sus respectivas” (Parker, 2001: 14). Tal y como
lo resalta Laclau en La razón populista, los significados mediante los cuales se ha tratado
de estudiar el fenómeno están basados en grandes sesgos sobre lo que se entiende como
pueblo. Aquí se coincide con la posición que toma Laclau frente al populismo, como una
lógica articulatoria política y social, mecanismo de interpelación de formas que pueden,
como no, ser de carácter democrático, cuya concepción puede ser aplicable a casos que
generalmente no se han conocido como populistas. El populismo como lógica de
articulación política no se asienta particularmente sobre una alternativa política definida, el
populismo puede ser tanto de derecha o de izquierda, neoliberal, o estar presente en
regímenes autoritarios. No es exclusivamente una cuestión discursiva o ideológica que, y de
acuerdo a Dick Parker retomando a Nicos Mouzelis, “la práctica discursiva no podría

109
desligarse de las características y conformación de clases de una sociedad determinada,
insistiendo, además, en que las características político organizativas de los movimientos
eran por lo menos tan importantes como su discurso.” (Parker: 15).

Desde esta perspectiva, lo que se denomina “pueblo” pasa de un estado pasivo, como
receptor de un conjunto de discursos acerca de lo social, con un líder u organización
proveedora del mensaje; para pasar a ser activo participe de su misma constitución y
desenvolvimiento, donde los desplazamientos discursivos constantes, carencia fundamental
de homogeneidad, circulación de significantes articuladores, hetereogeneidad conformativa,
son sus características principales.

...el imaginario populista no se construye como una arquitectura de significaciones más o menos
unívocas, más o menos coherentes, articuladas por nexos semánticos más o menos previsibles,
sino como una nebulosa ambigua y polinucleada de significaciones, en la que sus varios núcleos
-la nación, el partido, la democracia, el voto- se hallan jerárquicamente referidos a un único sol
semántico, polisémico, que es el pueblo. (Madriz: 2002: 81)

Lo que logra construir a un pueblo, no está tanto las significaciones -aunque son
importantes porque no están estrictamente significadas como tal, pues si no hubiese espacio
para que los sectores articularan su propias significaciones en un conjunto mas amplió o
cierta apertura del significado sería menos viable la construcción de un pueblo- sino en los
significantes. Nación, partido, democracia, anti-imperialismo y otros, no pueden ser
significantes de un sistema cerrado de significación; la polisemia, las variaciones
contextuales, el carácter abierto e inestable, son condicionantes de la construcción de
pueblo en una cadena de demandas. La articulación de un campo social contra-hegemónico
se basa en el control del significanante, en otras palabras, de la dinámica social y política
que establece las bases para lucha lucha por el significante, obviamente, está disputa se
constituye en condiciones asimétricas. También habría que decir que esta misma
inestabilidad en la formación de significados, lo es también en la construcción de
identidades, y sus resultados no son previsibles porque sus lógicas de construcción no tiene
carácteres predictivos ni teleológicos.

La posibilidad de existencia de la propuesta bolivariana se da, porque depende de los


caracteres articulatorios antagónicos de los sectores excluidos del sistema de diferencias
social. Los caracteres ambiguos de las primeras etapas del proceso, no hacen sino confirmar
que el carácter del proyecto bolivariano se demarcaba abiertamente del sistema de
referencia anterior, aprovechando la crisis de hegemonía de los partidos tradicionales y la
ruptura de las élites, desbordados por las demandas de participación. Se da también por la
ruptura radical del sistema de diferencias de la “partidocracia” y su sistema de mediaciones,
y la predisponibilidad para decisión de cambiar el rumbo de la nación y constituir una
hegemonía.

Lo anterior puede sonar claro si se entiende la primera parte del proceso desde 1997 a 2002,
los debates en torno a la constituyente, los avances participativos de la constitución, la
creación y participación en nuevas organizaciones políticas, el cambio y reactivación de lo

110
político como eje central en lucha de la sociedad, etc. Sin embargo, y en contraste, el
personalismo y carisma de Hugo Chávez, las identificaciones violentas del “Otro” bajo las
cuales se confronta en el espacio público y mediático, tanto de un lado como del otro, el
constante clima de tensión, señalamiento y mutuas acusaciones, la vuelta de un sistema
clientelar y corrupto de gestión estatal, la centralización excesiva; el en ocasiones
injustificado peso decisorio de la figura presidencial, el corpotativismo como mediación
estado-sociedad, parecen dar pistas contrarias al espíritu abierto a la participación y clima
de centralidad de lo político de los primeros años.

3.15 El personalismo, autoritarismo y posible perdida de los primeros logros

Gran parte de las divergencias frente al proceso bolivariano se deben a la figura visible y al
liderazgo de Hugo Chávez. Sin lugar a dudas, el ascenso al poder de un militar golpista vía
electoral, es uno de esos pocos casos curiosos que se dan en la historia (ni tan curioso o
propio de Latinoamérica, recordemos también a Hugo Banzer en Bolivia, aunque este tuvo
éxito en su golpe de Estado, no así Chávez), pero que en una mirada histórica de la
estructura social, política y militar de Venezuela, su carácter curioso es explicable. Este
liderazgo se ha caracterizado por su beligerancia en temas nacionales e internacionales, por
haber reanimado a la O.P.E.P. en un momento de capa caída, por apoyar a candidatos en
toda Latinoamérica cercanos a la izquierda, además por tener una pelea casada con el
gobierno de los Estados Unidos, el imperio como a él se refiere, también, al impulso y
apoyo económico de estrategias contra-hegemónicas como la Agenda Bolivariana para los
Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR)
bajo el ideario integrador de Bolívar; además de sus acercamientos con líderes
controversiales e ideológicamente distantes como Irán, entre otros.

Por esta y muchas más razones, que no cabrían en este escrito, la persona de Hugo Chávez
es fundamental en el carácter que ha tomado las discusiones alrededor de la transformación
del sistema político venezolano. El personalismo, el populismo y hasta el mesianismo son
algunos de los calificativos tras los cuales se le describe. Gran parte de la crítica del
proceso se realiza en torno a su figura, más que al proceso mismo. Este es el momento en
Colombia que conocemos más de él que de la propia situación venezolana. Este matiz y
particularidad es la que se explota más por los medios de comunicación y la visión que se
emite de Venezuela. En otras palabras, Venezuela no es más que un espacio vacío donde se
parece instalarse la figura autoritaria y dictatorial de Hugo Chávez.

El peso protagónico del pueblo que prometió la constitución y que defendió en las calles en
Abril de 2002, se ha ido esfumando a medida que es la figura del Presidente la que se
apodera de ese protagonismo. En lo esencial, poco es lo que se ha avanzado hasta la fecha
en los marcos participativos, los mecanismos de participación han sido cooptados por redes
clientelares, existe poca socialización de los aspectos programáticos del MVR, por tanto las
decisiones mayores son impulsadas desde las cúpulas y sus mecanismos de debate (Parker,
2001). En cuanto a lo económico, el desprendimiento de la dependencia monoproductora
petrolera no se ha podido realizar, la devaluación constante del bolivar no ha sido detenida;
no se ha decantado una industria ni sector agrícola fuerte, el Estado sigue teniendo la

111
misma inoperatividad e ineficacia de gestión. Es decir, no se ha consolidado como un
modelo antagónico al neoliberalismo -si contrario-; la estatalización y la fuerte intervención
en la economía por parte del estado así lo prueban. Todo ello ha dado al traste con parte de
los aspectos de populares del proyecto.

Tanto es así, que la identificación misma en los documentos examinados cambia el registro
del fenómeno en el significante del proyecto sufriendo sutiles desplazamientos
enunciativos, variando entre “chavismo” cuando se analizan los rasgos regresivos que se
han enunciado, y de “bolivariano” cuando se hace mención de los marcos participativos, de
apertura popular y democrática.

Si el proyecto chavista avanza o no en la dirección de cambios en las relaciones de poder y hacia


una sociedad más democrática y participativa, ya no depende principalmente de su contenido
doctrinario originario. Son más determinantes las luchas sociales y políticas que se están
desarrollando, las correlaciones que se den entre las fuerzas del cambio y las de la oposición, el
aprendizaje colectivo de los sectores populares y su capacidad para generar instrumentos
organizativos propios, la medida en que se supere la severa ineficiencia de la gestión pública, las
características que asuma hacia el futuro el liderazgo de Chávez, los deslindes político-
organizativos de las llamadas fuerzas del cambio y la constitución de organizaciones políticas
más sólidas, así como el contexto latinoamericano e internacional. (Lander, 2005: 117)

Todo lo anterior es la manifestación del antagonismo de los espacios políticos que no han
encontrado una vía adecuada para la resolución del espacio conflictivo de la realidad
política y social de las problemáticas de la sociedad venezolana. Lo cual quiere decir que
las contradicciones parecen expresarse de manera más intensa y radical, cada vez que el
espacio político de la realidad venezolana se ve más diversificado, y que de cierta forma,
los actores sociales ven la posibilidad de viabilización de sus demandas a través de espacios
políticos sin mediación de los canales clásicos, para que sus problemáticas y aspiraciones
sean resueltas, deben ellos mismos expresarse en espacios políticos y abrir otros, y hacer de
ellos espacios para la trasformación. La tensión generada por las perspectivas de los
proyectos es, creo, algo positivo, pues estos antagonismos y tensiones son el motor de la
dinámica política y social de cualquier sociedad democrática o en vía a ello. El problema
está centrado en la naturaleza de los mecanismos y procedimientos para el trámite de los
conflictos, y especialmente del grado de democratización de la cultura política de la
sociedad.

La crisis en transformación del sistema político venezolano, para Latinoamérica, significó


la reapertura del debate que parecía empolvado por el triunfo electoral del neoliberalismo,
solamente sostenido por las tenues voces de crítica desde las izquierdas revolucionarias. La
pregunta que abre el proceso venezolano es ¿Qué pueden hacer los proyectos de
transformación de izquierda en medio del panorama neoliberal, en los sistemas
democráticos de elecciones, cuando ellos han ganado el espacio abierto, dado el desgaste al
que en algunos países ha tenido este tipo de modelo social, económico y político?

En medio del escenario de crisis en transformación que podemos ver como se están
reconfigurando y acomodando fuerzas políticas, sociales, económicas y de formación de

112
colectividades y subjetividades, que no son simplemente expresión de una sociedad en el
marco del tradicional Estado-Nación, entendida la complejidad a la que se ajusta este tipo
de análisis. Creo, complementariamente, que se están a poniendo en la mesa nuevos
aspectos particulares y característicos de la configuración de un momento decisivo en la
historia de los sistemas políticos en general, en el marco de la economía mundo capitalista.
Es decir, del transito a largo plazo de un sistema histórico a otro. La transformación del
sistema político venezolano es quizá la manifestación de un momento de bifurcación, en
palabras de Wallerstein, del sistema histórico moderno, y de la dinámica que puede
contener las posibilidades de dicha transformación.

En definitiva, no creo que la consolidación o que la caída del proyecto bolivariano sea
definitivo o decisorio de la posibilidad de proyectos de transformación política y social,
para nuestra región, principalmente porque la transformación del sistema político
venezolano no depende tanto de la reconfiguración del aparato estatal o del ideal
integracionista bolivariano, que son cambios de corto plazo. En perspectiva, lo fundamental
se juega en las transformaciones cotidianas del espacio político, de la concepción de lo
político y de la práctica política. Historiográficamente los acontecimientos de las últimas
dos décadas, son el registro de un proceso de larga duración, que depende de una infinidad
de factores, pero que marcan ciertas tendencias que vislumbran la gran inestabilidad
interpretativa de estos procesos que se marcan por los hechos en el corto plazo. Las
posibilidades de la transformación de un sistema histórico se generan desde hoy.

113
CAPITULO IV

EJERCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL (EZLN)

4.1 La revolución de 1910 y las tres macro-regiones mexicanas

El siglo XX se abre con la Revolución Mexicana, la primera gran revolución social de


Latinoamérica. Las consecuencias, dinámicas y alcances de esta revolución van a traer para
México efectos y tiempos desiguales, los cuales condicionarán el destino de las grandes
regiones o macro regiones, norte, centro y sur. Las imágenes de las figuras heroicas de
Francisco Villa (norte) y Emiliano Zapata (sur) debido al enfoque sobre los aspectos
sociales de la revolución de 1910, se han arraigado en el imaginario popular mexicano,
afianzando los lazos de comunidad imaginada de la nación, orgullosa de su revolución, de
sus orígenes y de su historia. No obstante, los logros sociales y económicos de la
revolución de 1910 tardaron, si es que nunca llegaron o se materializaron por completo al
sur del país. Según recuerda Carlos Aguirre, la Revolución Mexicana, en una perspectiva de
larga duración, fue un movimiento organizado, promovido y conducido por las gentes del
norte del país, donde se alcanzó a producir una agricultura más capitalista y tecnificada, se
desarrolló la minería y las industria de los metales, se formaron las principales élites
políticas y económicas de México, teniendo un mayor grado de alfabetización a la media
del país. Es decir, la Revolución Mexicana significó para el norte el gran paso en la
“modernización”. La región centro, donde se encuentra la capital del país, concentra el
poder político de la nación, allí los efectos de la Revolución desencadenaron profundas
transformaciones sociales, por el impulso de la región norte. Mientras tanto, en el sur dicha
ola de transformaciones modernizadoras, poco o nada, afectó las estructuras de poder y las
sociales (Aguirre, 2001).

Entre los estados de la federación Mexicana encontramos a Chiapas, epicentro del


movimiento zapatista, asumiendo parte del destino de la macro región sur mexicana. El
estado de Chiapas durante la colonia hizo parte de la Capitanía General de Guatemala, y en
1824 mediante plebiscito se integró a México. Esta región selvática del sureste fue
considerada como una zona de refugio indígena, donde también se resguardaban algunos
políticos, quienes sin mayor oportunidad o desterrados de otras regiones experimentaban
con sistemas anticlericales y semisocialistas. El centro consideró siempre a Chiapas como
una zona de reserva para futuros proyectos para propio beneficio del centro. La base
económico y social giraba en torno a los grandes latifundios y haciendas, los cuales
constituyen el modo de asociación básica. “El sur permanecía como ese espacio que, una
vez más, volvía sólo a cumplir esa difícil tarea de larga duración que la historia parece
haberle encomendado, desde los tiempos de la remota conquista española: el rol de zona de
refugio de los actores que son expulsados, por múltiples y muy diversas razones, de las

114
contiendas del centro del país”. (Aguirre, 2001: 14).

En lo fundamental, tanto los procesos independentistas como la integración a México para


las comunidades indígenas presentes en Chiapas, no representaron mayores cambios ni
transformaciones (Fábregas, 2001), por tanto las instituciones y formas organizativas
básicas de los tiempos coloniales se mantuvieron parcialmente intactas, incluso después de
la revolución, tal y como ya se ha advertido. El motor de tres tiempos como califica
Aguirre a México en la formación y con divisiones tan marcadas, apenas en los tiempos
presentes, el EZLN y los pueblos indígenas chiapanecos están demandando algunos de los
principales logros de la Revolución de 1910 y precisamente a la institucionalidad que se
presenta así misma como heredera de esta revolución.

4.2 La institucionalización de la revolución, la hegemonía priísta y la formación de la


izquierda mexicana

En México, la institucionalización de los logros de la revolución dio pasó a la formación de


un partido hegemónico, el Partido Revolucionario Institucional (PRI)26, el cual desde su
fundación en 1929 hasta el 2000, mantuvo el control del congreso y la presidencia. A partir
de allí esta hegemonía se ejerció bajo los signos de la Revolución Mexicana, la cual fue
marcadamente nacionalista revolucionaria en sus primeras épocas, pero luego del largo
periodo en el poder fue asumiendo métodos menos democráticos y simbólicos para
mantener su hegemonía, entre represión, cooptación, corpotativismo y corrupción sostuvo
su poder en los últimos tiempos (Fábregas, 2001).

Desde aquellos tiempos la irradiación de los logros de la revolución acapararon el espectro


político mexicano radical gracias al mote revolucionario que tomó el partido de los
veteranos de la revolución, esto último en detrimento de la izquierda radical. Para 1919 se
funda el Partido Comunistas Mexicano (PCM), entre 1929 y 1935 opera clandestinamente
adoptando las directrices de la tercera internacional y llegó a formar una central obrera
comunista. Con la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia y la doctrina de
conformación de frentes populares en la lucha contra el fascismo, el PCM se prepara a
formar dicho frente con el PRM, con lo cual acaba perdiendo una oportunidad como
alternativa política (Bartra, 2005). La insistencia de la tercera internacional en la creación
de los frentes únicos durante la década del veinte por tanto, durante y después del
Maximato de Plutarco Elías Calles y con la llegada de Cárdenas, el PCM mantuvo su
política de formación alrededor de una clase; luego, con el VII congreso de la Internacional
Comunista y su cambio estratégico a los frentes populares de “unidad a toda costa”, el PCM
obedeciendo los dictámenes de la IC, gira su posición respecto de Cárdenas y a su proceso
de apertura política (Retana, 1996).

26 Fundado en 1929 por el entonces presidente Plutarco Elías Calles bajo el nombre Partido Nacional
Revolucionario, con el propósito de dar acceso al poder a los veteranos de la Revolucion. Luego en 1939,
cuando Lázaro Cárdenas presidía el gobierno, el partido cambió de nombre a Partido de la Revolución
Mexicana (PRM) e incluyó a las principales centrales obreras. Finalmente, en 1946 toma el nombre con el
cual actualmente se conoce, como medio para denotar que las instituciones y no los veteranos son los
continuadores de la revolución..

115
Entre los militantes del PCM se destacan las figuras de Diego Rivera Y Frida Khalo,
quienes dieron acogida a Leon Trotsky. Las luchas internas entre el Stalinismo del PCM
con facciones trotskistas, resultó en la Expulsión de los artistas del PCM. Mas allá de eso,
el PCM se fue perdiendo, nunca en la historia mexicana tuvo mayor trascendencia social ni
electoral y la poca que obtuvo fue disminuyendo al paso de los años, aunado al
afincamiento del PRI (Bartra, 2005). Entre los años de su fundación y disolución, el PCM
fue asumiendo posiciones cada vez mas moderadas, se acercó de manera especial al
eurocomunismo y al reformismo socialdemócrata. Finalmente, el PCM, uno de los primeros
partidos comunistas y más antiguos de Latinoamérica se disuelve en 1981, y muchos de sus
miembros pasaron al año siguiente del Partido Socialista Unificado de México (PSUM),
que tuvo una corta existencia al integrarse al Partido de la Revolución Democrática (PRD)
en 1989.

La escasa oportunidad de la izquierda radical, se debe en gran media a la toma hegémonica


de la estructura partidista del PRI sobre los principales significantes y símbolos de la
Revolución Mexicana, entre estos significantes e identidades “izquierda” fue uno de ellos.
En efecto, el PRI es el partido heredero de los postulados revolucionarios, después del
Maximato, se afianzó como el partido más importante del país. A través del nacionalismo
revolucionario los avances en los temas sociales, reforma agraria, identidad obrera,
democracia, nación, etc., fueron tomados e identificados por la población mexicana como
los más importantes y principales avances, siendo asociados con el PRI.

En un país así, ser de derecha era sencillo: bastaba colocarse en la oposición al régimen. En
cambio, en el reino de la revolución institucionalizada, la izquierda siempre tuvo problemas de
ubicación y de identidad, sobre todo aquella que no alineaba con el nacionalismo
revolucionario, la corriente política usufructuaria del proyecto reformista derivado de la
insurrección de 1910. (Bartra: 289)

En la disputa por los significantes, por convertirse en un núcleo de las demandas populares,
la izquierda partidaria como el PCM, poco tenía por hacer, y esto lo confirma los setenta
años de hegemonía priísta; no sin que se hayan producido intentos por desidentificar al PRI
como partido de izquierda. Pero no fue sino hasta la década del treinta con el Gobierno de
Lázaro Cárdenas cuando quedó asentada y asociada la izquierda al PRI. Entre 1934 a 1940,
el gobierno de Cárdenas fue el que más avanzó, después de la revolución, en temas de
proyección social en México, y es aun reconocido como tal. El proyecto cardenista incluyó
a sectores dispares de la sociedad mexicana desde los obreros, pasando por campesinos
sectores populares hasta los militares, se caracterizó por su progresismo en temas
infraestructurales, la nacionalización del petróleo, y creación de la estatal petrolera
PEMEX. También es recordado por el apoyo a la república española durante la guerra civil
y por acoger a una gran cantidad de exiliados políticos españoles como al propio Trotsky.
En fin, a partir de los legados del cardenismo se estructuró completamente el PRI, su
hegemonía y parte de la dinámica estructural del sistema político mexicano. Posteriormente
el gran partido de izquierda actual en México el PRD, recoge como una de sus figuras
centrales y de planteamientos programáticos la popular obra de Cárdenas.

116
4.3 El indigenismo, ideología nacional: la colonialidad del saber como política de
poder

Es también parte del legado cardenista la creación de numerosos centros de educación e


investigación, entre ellos el Instituto Nacional Indígena (INI), el Instituto Nacional de
Antropología e Historia (INAH) y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).
Ya en el capitulo sobre el MAS-IPSP se había hecho mención del trato que se había
ejercido sobre la cuestión indígena desde al nacionalismo revolucionario, y se contaba en
una cita cómo, en Bolivia al igual que en México, se intentó mediante la aplicación de
medidas estatales la “bolivianización” del indígena, en comparación con el caso mexicano.
Pues bien, las políticas de Estado alrededor de la cuestión indígena en México tuvieron toda
una estructura académica de justificación de esa mexicanización del indígena. Estos
institutos y escuelas, antes mencionados, eran los encargados del diseño estatal de las
políticas indígenas desde la década del cuarenta. El enfoque indigenista mexicano tenía, en
efecto, como propósito implícito la desindianización del país, todo vestigio colonial era
vergonzoso para la proyección de la nueva identidad nacional, tratando de integrar al
indígena en ella. “Esta política buscaba la modificación de las formas de sociedad y de
cultura de los pueblos indios, de sus hábitos económicos, para hacerlos congruentes con los
patrones del desarrollo puestos en marcha por el Estado Nacional.” (Fábregas, 2001: 11).

El proyecto nacional mexicano de la Revolución Mexicana demanda la construcción de


identidades sobre una proyección de nación como comunidad de cultura. Claramente la
formación de identidades cuando no las incluye en colectivos sociales, las excluye y, en el
mejor de los casos, se articula en un proyecto donde las comunidades participen de la
experiencia por una voluntad colectiva. En México el indigenismo se enfrentó desde el
principio a este dilema: integrar o preservar. De allí surgen las preguntas, sí se integra,
¿Qué se integra?, O sí hay que preservar, entonces, ¿Qué se preserva? Lo que suponía que
para el proyecto de nación lo indígena no podría desaparecer pero tampoco aislarse
(Fábregas, 2001). La mejor manera de llevar a cabo ello era justificar la integración
indígena al ideario de la comunidad política que es la nación. El INI se encargaba de los
diseños políticos desde la academia, por su parte la ENAH formaba a los antropólogos e
historiados que aplicarían los diseños ya en las comunidades. Mientras, las bases
epistemológicas, conceptuales, metodológicas y teóricas tienen su asiento en los enfoque de
“La etnohistoria y la arqueología [que] estarían dedicadas al conocimiento del pasado
prehispánico y a demostrar e mestizaje como hilo conductor de la historia mexicana.”
(Fabregas: 12).

Para el caso mexicano tanto la etnohistoria como la arqueología, además de ciencias, son
ideologías que ayudan en la formación de la nación y el asentamiento “racional” de las
bases estatales y la implementación de políticas -colonialidad del saber-, dentro de las
relaciones racializadas de poder. Este ejemplo del indigenismo como política integradora de
las comunidades indígenas bajo los designios de la nación logró ampliarse y extenderse, a
tal punto, que el indigenismo pasó a formar parte del nacionalismo revolucionario, y su
experiencia tan difundida en Latinoamérica, incluso formando el Instituto Indigenista

117
Intermaericano cuya sede principal se instaló en Ciudad de México (Fábregas: 14).

4.4 1968, la masacre de estudiantes en Tlatelolco y la colonización de la selva


chiapaneca. Fracturas del sistema político mexicano

Las mediaciones políticas con el Estado en México estaban subordinadas a relación


hegemónica del PRI y las instituciones de partido-Estado. Por tal motivo, los escasos
margenes de protesta y demanda se cierran a las alternativas de intermediación partidista.
En la década de los sesenta, las demandas de diversos sectores de la población mexicana
buscaban la apertura de nuevos espacios de mediación, entre ellos las protestas y demandas
del sector estudiantil universitario comienzan a tener capacidad de movilización. El
movimiento estudiantil mexicano es trágicamente recordado por los sucesos que dieron
lugar a la masacre de estudiantes, aun sin cifras certeras sobre el número de muertos ese
día, en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968. Este movimiento
inserto en la revolución cultural planetaria de 1968, empieza a marcar el declive de las
estructuras partidistas del sistema político mexicano, al cual se sumó la crisis económica de
1968 a 1972, situándose este tiempo como un periodo de transición, y agotándose asimismo
los efectos progresivos de largo plazo de la Revolución mexicana (Aguirre, 2001).

Más o Menos por este mismo periodo, al sur de México, se iniciaba un nuevo proceso de
colonización de la selva chiapaneca, con estas colonizaciones de indígenas y mestizos a
partir de la década del setenta, el Estado mexicano buscaba ampliar la frontera agrícola.
Este proceso de colonización estuvo acompañado por la iglesia católica, organizando desde
la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, teniendo a las comunidades como bases
eclesiales. El auge de la teología de la liberación fue uno de los elementos centrales para la
intervención de la iglesia católica en la formación de las comunidades de colonos en
Chiapas. También en este proceso intervinieron y prestaron apoyo ONG, grupos de
izquierda, organizaciones campesinas y obreras e incluso las agencias locales del INI.
(Barabas, 1996).

La teología de la liberación jugó un papel importante en la justificación de la colonización


de la selva chiapaneca. En 1968 llegaron los primeros catequistas y estudiantes a San
Cristóbal de Las Casas, desde su particular concepción de la religión y la política, vieron en
los indígenas de Chiapas, en comparación con el pueblo judío durante el éxodo, a ese
pueblo que buscaba una nueva tierra prometida (Fabregas, 2001). Como se sabe la
religiosidad de las comunidades indígenas mexicanas tiene un fuerte arraigo, no se olvide
que la virgen de Guadalupe, principal icono religioso mexicano, se le apareció a un
indígena. Pues bien, el factor religioso tiene un peso en la formación de la bases
organizativas de las actuales comunidades zapatistas en la selva Lacandona. Además de la
organización religiosa en torno a la diócesis de San Cristobal, en estos tiempos también se
formaron las primeras organizaciones con fines gremiales y políticos en Chiapas.

A la par de la creación de las organizaciones, se van reintroduciendo las figuras históricas


de la revolución mexicana, mas o menos desconocidas para las comunidades chiapanecas.
Este proceso de introducción puede verse en los nombres que poseen dichas

118
organizaciones, entre ellas contamos a la Organización Campesina Emiliano Zapata
(OCEZ), a la Asociación Campesina Emiliano Zapata (ANCIEZ), la Central Campesina
Independiente (CIOAC), y la más importante de ellas es la Unión de Uniones-ARIC,
alcanzando a integrar a más de 150 comunidades en su lucha por el acceso a tierras
(Fábregas). A la postre, sobre las estructuras de esta última organización crecería lo que
sería el EZLN. Asimismo, para la década de los ochenta se introduce en Chipas un grupo de
estudiantes provenientes del estado Nuevo León, de formación marxista y radical, rezagos
de una formación guerrillera de los años sesenta: las Fuerzas de Liberación Nacional
(FLN), establecerían en Chiapas una pequeña unidad integrada en las organizaciones
indígenas, en especial, en la ARIC, de la cual surgirían las principales figuras de la guerrilla
zapatista, entre ellos el Subcomandante Marcos (Bartra, 2005).

A mediados de la década es ya evidente que al país le urge un cambio de rumbo y también


queda claro que no será el planteado por la izquierda política y social en las jornadas de 1983,
sino las recetas de ajuste macro económico, desregulación, privatización y apertura comercial,
que preconiza el Fondo Monetario Internacional (FMI). Éste es un viraje histórico hacia una
economía extrovertida y excluyente, que desmantela el Estado social mexicano y deja sin
sustento redistributivo al mecanismo clientelar que por más de medio siglo le había dado
estabilidad al sistema de partido único. (Bartra, 2005: 297)

Según la periodización propuesta por Aguirre, la década de los ochenta se constituye en la


bisagra del declive del sistema autoritario sobre el cual se había sentado la democracia del
PRI durante cincuenta años. El ciclo de protestas que empezó en 1968 condujo a la
desconfianza política de sectores mexicanos que reclamaban la apertura de espacios
democráticos del sistema político. En parte, tales demandas y reclamos surtieron efectos
jurídicos y constitucionales, consignados en la reforma constitucional de 1977, cuando se
lograron pequeños ajustes para la oportunidad de participación política de sectores que no
habían podido ser incluidos. Entre estos ajustes se cuentan: apertura de puestos en el
congreso; se logró la adición de presupuesto para los partidos de oposición: y, finalmente,
se legalizó el PCM (Aguirre, 2001). Sin embargo, estos paliativos no significaron el
desplazamiento del PRI, pues fueron muy cuidadosos en reguardar su papel hegemónico.

4.5 La izquierda partidista: PRD

A pesar de ello, el PRI ya sufría serias fracturas internas cristalizadas a mediados de los
ochenta. En 1988, el Frente Democrático Nacional (FND) se presenta a elecciones a la
cabeza de Cuauhtemoc Cárdenas, nieto del recordado Lázaro Cárdenas, como una fracción
de izquierda escindida del PRI. Esta organización fue base para la formación del PRD en
mayo de 1989, junto con el Partido Mexicano Socialista, el Partido Socialista Unificado de
México y otras pequeñas organizaciones de izquierda, incluidos comunistas.
Presumiblemente, el FND habría ganado las elecciones de 1988, pero bajo unas cifras
manipuladas por el PRI, finalmente este último partido continúo en el poder.

Sin estructura organizativa ni programa claro, sin dinero y con los medios de comunicación de
espaldas, Cárdenas recorre el país entre movilizaciones espontáneas de cientos de miles de
simpatizantes y sorpresivamente el 6 de julio gana las elecciones. Y digo gana, porque una

119
semana después -cuando se habían contado el 54% de las casillas y el mismo porcentaje de los
votos- el FDN tenía el 39% de los sufragios, mientras que el PRI sumaba 35% y el Partido
Acción Nacional (PAN) 21%, lo que presuntamente definía una tendencia irreversible. Certeza
estadística que, sin embargo, se revirtió cuando en el resto de las casillas el porcentaje de votos
por el PAN se mantuvo en 21%, pero misteriosamente el FDN cayó al 12% y el PRI subió al
67%, lo suficiente para que el candidato del sistema se alzara con el triunfo. Sobra decir que los
paquetes electorales de las últimas 25 mil casillas nunca se pudieron revisar, pues por acuerdo
del PRI Y PAN fueron quemados (Barberán, Cárdenas, López Monjardín y Zavala, 1988).
(Bartra, 2005: 300)

El PRD se funda a partir de la coaliación e integración de fracciones de izquierda bastante


disímil, desde reivindicaciones antisistémicas, del nacionalismo revolucionario, como de
sectores institucionalizados, pero teniendo en común la profundización y realización de los
logros de la revolución de 1910, y del rescate del legado cardenista de la década de los
cuarenta. A lo largo de los años, el PRD se ha constituido como el partido de oposición del
sistema político mexicano, sus principales logros electorales y políticos han consistido en
las seguidas alcaldías de la Ciudad de México, desde la cual se ha asentado su política en
contra tanto del PRI como del Partido Acción Nacional (PAN) de derecha, disputando la
presidencia, y convirtiéndose, en las últimas elecciones presidenciales, en el segundo
partido político de México.

… no llama la atención que en la conformación del PRD se haya visto la influencia sobre el
pensamiento de gran parte de la izquierda mexicana de la teoría social europea a favor de los
movimientos sociales. Desde esta visión, el partido surgió como articulador de diversas
organizaciones sociales, privilegiándose la movilización sobre la institucionalización y dando a
Cárdenas grandes márgenes de maniobras por sobre el partido.
De esta manera, la estructura del PRD fue desde sus inicios bastante laxa, siendo más un
conjunto de corrientes y organizaciones aglutinadas en tomo al liderazgo de Cárdenas que un
partido claramente institucionalizado. (Diez, 2006: 57)

Además, el PRD entró a disputar, como efecto simbólico, no sólo el poder, sino además la
propia narración histórica y el pasado revolucionario como legitimidad ante la corrupción y
desviación de los valores revolucionarios del PRI. (Diez, 2006). La izquierda partidista
como el PRD, entra también en cierta disputa por llenar el contenido del significante
izquierda en México; esta disputa simbólica y política, más que en articulación en
aglutinación con los otros sectores de izquierda presentes en México. Las identidades que
toma la izquierda méxicana pueden dividirse en tres: “En México tenemos una izquierda
parlamentaria y posibilista encarnada en el PRD, que cogobierna y legisla; una izquierda
antisistémica y utópica animada por el neozapatismo, que sostiene inspiradoras
experiencias autogestionarias, y una izquierda social materializada en gremios y
organismos civiles, que promueve frentes populares, convergencias, redes, campañas ...
Pero mientras cada quien vea para su santo no hay nada que hacer..” (Bartra, 2006: 331)

4.6 La “Otra” izquierda: la irrupción del EZLN en 1994

Esta izquierda, la “otra” izquierda, la zapatista, irrumpe el 1º de enero de 1994, en Chiapas,


cuando era impensable que una nueva confrontación armada se iniciara en Latinoamérica,

120
después del fracaso de los movimientos armados de izquierda de los sesenta; mucho menos
en México, al entrar en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN) precisamente ese día, con lo cual las élites y el Estado mexicano entrarían
presumiblemente en la era de la modernización rápida, a través de la vía del libre mercado
y la circulación sin restricciones de mercancías, no así de personas. Cuando se suponía que
ese día histórico sería para la celebración del pasó al primer mundo de México, no obstante
se estrellaría con lo real de su situación como país periférico. Las tomas guerrilleras de los
cascos urbanos de Chiapas por parte esta pequeña y mal armada formación guerrillera, no
estuvo en los cálculos de los mas pesimistas, siquiera de la más optimista izquierda radical.
Para entonces, nadie suponía que la irrupción de los indígenas de Chiapas acapararía los
diarios de los próximos meses, ni que con su incursión simbólica en el escenario político
mexicano e internacional, se abría un ciclo político para la izquierda que, aún hoy en día,
tras mas de quince de lucha mas político-simbólica que de confrontación armada, pero
sobre todo política contrahegemónica, continúa.

El muy recordado encabezamiento de la Primera declaración de la Selva Lacandona:


“Somos Producto de 500 años de Lucha”, marcó de manera especial la retórica discursiva
con la cual el EZLN se distinguiría abismalmente de otras formaciones guerrilleras. La
primera declaración deja ya claro algunos de los principales aspectos discursivos y
estratégicos que adoptará el EZLN a lo largo de estos años. Aunque este primer documento,
dista mucho de lo que conocemos hoy en día de sus principales documentos, no deja de
tener cierto impacto metafórico, con el cual intentan interpelar a la sociedad civil mexicana.
Se presentan como una guerrillera producto de la historia de largo plazo, con unos
problemas de corto y mediano plazo dentro de una narrativa de la México desde el
porfiriato, la revolución mexicana, la presentación de las figuras heroicas de Villa y Zapata,
las luchas estudiantiles del 68, la explotación de los recursos naturales, de como ellos
denominan dictadura priísta; hasta aspectos del corto plazo coyuntural, como las próximas
elecciones, la situación social de las comunidades indígenas chiapanecas. Este primer
documento con el cual se dieron a conocer tiene un tono más a llamado y de planteamiento
de las condiciones de combate (Vanden, 2005), mas que de ser programático e interpelativo,
donde aún no se muestran las principales demandas populares, si las democráticas a las que
aspira el movimiento.

La lucha y el enfrentamiento armado duraron poco mas de 2 meses, siendo rápidamente


desplazados por un accionar evidentemente más político, conscientes de que una guerra
contra el ejercito era una tarea más que imposible, dados los recursos y fuerzas disponibles,
utilizando así el poder simbólico de los orígenes de sus luchas. La estrategia del EZLN fue
planteada desde un principio como una lucha ampliada a nivel nacional para que no fuera
asociada exclusivamente a una lucha local y netamente étnica, con lo cual se buscaba
encontrar sintonía y posibilidades de articulación con otros sectores de la sociedad.
Empero, lo que mas atrae curiosidad del impactó causado, mas allá de la irrupción como
formación guerrillera, fue el planteamiento fundamental e inamovible de no toma del poder
político (Diez, 2006). Este planteamiento que va en contravía de la mayoría de los
movimientos armados de izquierda en Latinoamérica, los cuales habían ejercido como su
bandera de lucha y horizonte estratégico la toma violenta del poder político del Estado.

121
La declinación de la toma del poder político del Estado, teniendo una estructura armada
guerrillera, junto a la construcción del discurso antagónico que le da cierta identidad al
movimiento, y a los asuntos de las autonomías, son tal vez los tres puntos que diferencian al
EZLN del resto de movimientos antisistemícos y antagónicos de izquierda en
Latinoamérica. Desde una perspectiva de deconstrucción hegemónica, el planeamiento del
EZLN y del Subcomandante Marcos parece contradictoria, si es que una formación social
desea construirse como un discurso contrahegemónico o tiene intenciones de ser
antisistémica, sin que por ello sea o deje de construir un campo discursivo antagónico, a
partir de una óptica que se puede entender como decolonial. Es decir, la explicita consigna
decantada durante años por el EZLN, de convertirse en el discurso crítico de los
movimientos antisistémicos, puede llegar a chocar o confrontar, con las aspiraciones de
construcción de un discurso contrahegemónico para la toma del poder estatal activando los
potenciales o destructivos potenciales del Estado.

Uno de los presupuestos del EZLN, expresado en palabras de Marcos, es que la desigualdad
aparece y es constitutiva a partir de la disputa por la hegemonía, por tanto el EZLN no
intentaría entrar en la lucha por la hegemonía. Se puede ver en parte que el EZLN no ha
expandido sus áreas de intervención y control territorial en los municipios de Chiapas, mas
allá de los que en los primeros momentos de lucha fueron establecidos y algunos mas,
unidos al transcurso de los años. En parte, estos presupuestos tienen una validez evidente,
las relaciones de poder se trenzan en la disputa por la toma hegemónica de los significantes
activadores de demandas y reclamaciones populares, lo cual aparta y excluye a los sectores
que no pueden ser cobijados como momentos de una diferencia del discurso, por ello son
tratados como tal. Ahora bien, habría que ver sí el EZLN efectivamente no interviene como
una voluntad en la disputa por significantes, al transmutar en un discurso liberador, o
desplazar el papel de guerrilla, transformandose como espacio de una formación política
radical para la desactivación de fuerzas y voluntades en la contienda hegemónica.

Por eso, sus primeras demandas presentadas públicamente reivindicaban puntos como "techo,
trabajo, educación, tierra, o salud" a la vez que reclamaban "democracia, libertad o justicia",
entre otras exigencias esenciales.
Sin embargo, si desde una mirada puramente exterior y ajena a las realidades que ha vivido
México en el último siglo, estas demandas podrían parecer como poco radicales o como muy
limitadas, vistas en cambio desde una óptica más profunda se revelan claramente como
demandas cuyo cabal cumplimiento es absolutamente imposible dentro de los marcos hoy
vigentes de las políticas neoliberales, tanto económicas, como políticas, sociales y culturales...
(Aguirre, 2001: 17)

El desborde de estas demandas democráticas básicas, puede entenderse también como la


incapacidad de un discurso como el nacional revolucionario, el neoliberal, o el de la propia
izquierda partidista co-gobiernista, de incorporar demandas, que por básicas que sean,
pueden en su radical cumplimiento desestabilizar el sistema de diferencias que supone
sostiene a la sociedad. Éste, más que ningún otro elemento o factor es el que ha limitado un
avance práctico de un lado y de otro, lo que si ha provocado es que las diferentes posiciones
y organizaciones se reserven entrar en articulaciones extendidas bajo estas demandas,

122
previendo cada una de ellas una perdida de frágil la identidad que las constituye y las
diferencia como tales, y esto también ha ocurrido, en cierta medida, con el EZLN.

En este caso, puede convertirse en un discurso opositor dentro de la red (o marginal, o


subversivo, o patológico, etc.), con lo que legitima al discurso dominante como tal, o intentar
convertirse en opositor a la red. Esta última parece ser la apuesta zapatista ya que, como
venimos mostrando, no tratan de calificar al discurso dominante dentro de la red sino de cambiar
totalmente su sistema de referencia, y a esto concurren no sólo los cambios de valor de los
signos ideológicos, sino también las estrategias discursivas, la diversidad de géneros y las
variaciones de registro. (Raiter, Muñoz, 1995: 12)

La demandas del EZLN pueden ser calificadas de un puro desborde de la superficie de


inscripción discursiva del sistema político democrático liberal, la excede no exclusivamente
por lo profundo que ello pueda significar, sino además por la extensión que potencialmente
puede surgir de ellas; de allí su carácter radical. Las comunidades zapatistas a partir de
reclamos básicos y esenciales al sistema político han logrado avanzar hacia la articulación
de demandas más allá de los límites que establece el sistema político mexicano, lo que pone
en entredicho los propios alcances y visualiza los límites de las estructuras políticas de un
estado colonial, de su legitimidad. Aquí a nivel general no está en juego la profundidad de
los significantes, tierra, libertad, justicia, sino la extensión de las fronteras del discurso que
estos mismos significantes representan en su radicalidad democrática. Se desplaza la idea
democrática liberal de la libertad del individuo hacia las libertades como cimiento de la
base social, hacia como las libertades colectivas pueden llegar a garantizar la dinámica
política de la comunidad.

4.7 Los orígenes de la lucha zapatista, su conformación y el indianismo

Desde un principio, como ya se había sugerido, el EZLN intentó desidentificar la lucha de


las comunidades indígenas como demandas y reclamos puramente particularistas, basadas
exclusivamente en lo étnico. Muy por el contrario, el EZLN ya es per se una formación
transmutada y articulada desde su inicio y base. La sola elaboración del nombre bajo el cual
se identifican ya supone que algunas de las identidades tuvieron que articularse para poder
formar el EZLN. Los elementos nacionales revolucionarios, con la luchas por la liberación
nacional, no son reclamos propiamente indígenas, se nota evidentemente un legado de las
luchas guerrilleras de izquierda y una concepción marxista en la lectura de los
acontecimientos históricos, con una narrativa discursiva mezcla del lenguaje, visión y
costumbre indígena leídos en los discursos propios del Subcomandante Marcos, como
ladino dentro de un ejercito predominantemente indígena.

Y es precisamente en las comunidades indígenas donde llega primero mensaje de la lucha


zapatista. En México, a raíz del levantamiento zapatista, se puede apreciar a través de
declaraciones conjuntas y manifestaciones con líderes de comunidades indígenas del país la
existencia creciente de una identidad transversal genérica, según su identificación con la
condición de “indígena” por encima de las subdivisiones étnico-territoriales, producto de
las relaciones sociales, jurídicas y de poder, claramente diferentes en el vasto territorio
mexicano (Cairo, De la Fuente, 2003: 55). A partir del levantamiento y en el transcurso de

123
los siguientes meses de 1994 se establecerán seis comunidades autónomas indígenas,
cortando o restringiendo relaciones con el gobierno estatal. Estas comunidades chiapanecas,
crearon distintas formas de autoridad y organizaciones de gobierno autónomo: parlamentos
comunitario, municipal y regional, consejos generales de región donde las comunidades
estaban representadas (Barbaras, 1996: 8)

Tal y como lo han mostrado fehacientemente los propios indígenas durante estos siete años
transcurridos desde 1994, se trata de un verdadero movimiento popular, de amplísima difusión y
de verdadero arraigo y representatividad de esas mismas masas indígenas. Es un movimiento
que trasciende definitivamente -sin vuelta atrás posible- la figura del indígena indefenso y
sometido al que habría que proteger y educar en los supuestos de una cada vez más cuestionada
"civilización" burguesa y capitalista. (Aguirre, 2001:23)

El empoderamiento del indígena mexicano, sus movimientos y organizaciones han dado


lugar a la apertura de espacios políticos de discusión sobre el rumbo, pasado y perspectivas
del sistema político mexicano, ya sea para su reactivación o bien para su desaparición. En
fin, también logró quitar e invertir parte de siglos de auto estigmatización impuesta por el
racismo solapado de siglos de subvaloración y exclusión. Una tercera característica del
levantamiento zapatista fue el reconocimiento gradual, decantado ya, de la relación que se
hace sobre la lucha zapatista como una lucha indianista, que se fue acercando a otras
expresiones de reclamo que existían no sólo en México, sino también a nivel continental.
“Pudiera decirse que se generó un orgullo indio genérico, que los llevó a proponerse ante la
sociedad nacional como los democratizadores de México. Para muchos se convierten
asimismo en el símbolo de la democracia en un país corrupto y autoritario.” (Barabas,
1996: 13). La articulación de la identidad se da también, en parte, por el sentimiento forjado
durante mucho tiempo, sobre todo en Chiapas, al ser indígenas del sur mexicano y las
implicaciones que ello conlleva, de cierta separación y exclusión de la historia nacional. No
como parte de la identidad que se quiso imponer en su mexicanización, sino por no ser
integrados en las fundaciones políticas y sociales de México como sujetos activos de poder.

Pero, ¿cómo se espera que haya algún tipo de inclusión en un sistema de diferencias, sin
siquiera ser esa diferencia abordada correctamente?. Tal y como ya se había mencionado,
los logros de la revolución de 1910 parecen no haber tocado a las estructuras políticas,
económicas y socialesdel sur de México; durante el proceso de colonización la intervención
se realizó tomando en cuenta los aspectos religiosos, antropológicos y sociales de una
lectura sobre las comunidades básicamente como campesinos, en un economicismo técnico.
Esto además de ser la reiteración de un sesgo colonial, no sólo de la izquierda sino
achacable también a las posiciones de centro y derecha, despojan asimismo por extensión al
indígena de cualquier potencialidad política, construcción de autodeterminación y
jurídicamente la imposibilidad de las demandas territoriales (Barabas, 1996).

Sin embargo el impacto fuera de las comunidades indígenas del país, fue más bien dispar.
En un primer momento intelectuales de izquierda como Carlos Mosivais y Carlos Fuentes
no dudaron rápidamente en afirmar que la lucha armada era anacrónica, inconveniente e
ineficaz, si bien reconocían la verdad expresada en las demandas planteadas en un primer

124
momento por los zapatistas. Ni que hablar de los círculos de derecha, entre ellos las
conflictivas relaciones vía publicación de artículos que han sostenido con Enrique Krausse
y Octavio Paz. Dichas interpelaciones no corresponden propiamente o enteramente a las
posiciones del EZLN y su Comandancia general, pertenece mejor a una discusión entre el
Subcomandante Marcos con los intelectuales mexicanos. Y el acercamiento a los demás
sectores como a la izquierda partidista y la social se ha ido diluyendo poco a poco.

Considerando que el EZLN no es una fuerza sectorial, sino de vocación universalista, resulta
paradójico que convergencias de amplio espectro social como la CND, de 1994; el Movimiento
de Liberación Nacional, propuesto en la Tercera Declaración de la Selva Lacandona, de enero de
1995, o el Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN), integrado en 1996, sean a la postre
efímeras o de escasa convocatoria, mientras que la vinculación de los alzados de Chiapas con el
movimiento indio ha resultado profunda y duradera. De hecho, el indianismo, el otromundismo
y las simpatías encontradas en los ámbitos contraculturales juveniles han definido el talante
zapatista durante los últimos ocho años, mientras que sus relaciones con otros grandes sectores y
movimientos, como el campesino, el obrero, el magisterial y el estudiantil -todos beligerantes en
la última década- han sido escasas, distantes, puntuales o de plano hostiles. (Bartra, 2005: 306)

En verdad es sorprendente porque a partir de la Segunda Declaración de la Selva de


Lacandona, el EZLN mas que encabezar o ejercer como “vanguardia” un movimiento
antisistémico amplio, intenta abrir el espacio y utilizar la imagen que habían logrado
construir -el espacio mediático y simpatías de intelectuales, en medios académicos y
sociales-, para ponerlas al servicio de los sectores sociales y políticos del país, en la
discusión sobre las nuevas formas democráticas y, sin embargo, la mayoría de ellas no
avanzaron más allá de reforzar la metonimía27 discursiva con el movimiento, en vez de
traducirse en acciones puntuales y movilizaciones para ampliar las demandas en las
negociaciones de San Andrés de Lairrazar en 1995, cuando se alistaban los preparativos de
la Convención Nacional Democrática (CND).

4.8 Las relación del EZLN con las otras izquierdas

Al irse moderando las primeras reacciones frente al levantamiento armado de los zapatistas,
además por la presión de la sociedad civil tanto como del propio EZLN, de no entrar en una
priorización del factor armado sobre lo político, los primeros y efímeros acercamientos del
EZLN y la izquierda partidista de PRD se dieron en las mesas de negociación entre el
gobierno, sectores de la sociedad civil y los zapatistas. El PRD, al igual que casi todos los

27 Relaciones de metonimia y relaciones de metáfora. En el libro Narrativa de la rebelión zapatista de


Kristine Vande Berghe (2005). una relación de metonimia, es el intento de emprender un proceso de
identificación parcial con el Otro donde se resguarda cierta distancia de identidad entre las partes,
diríamos que existe “simpatía”. Igualmente, se puede extender el análisis de este tipo de relaciones con
procesos socio-políticos distantes(4), al entrar en proceso de diálogo o encuentro con distintas formación
sociales en distintos ordenes simbólicos. Por mucho que lo intentemos, parte de nuestro reconocimiento
político frente a formaciones sociales que emprenden luchas populares, va a quedar inscrito
analógicamente en lo “real”: la construcción y manejo de los ordenes simbólicos hayan sus límites cuando
existe “algo” que escapa a la simbolización, es esa falla constitutiva lo que permite que los ordenes
simbólicos no llegar a completarse como tales. Lo “real” no se refiere exactamente a establecer diferencias
con la realidad, se remite mejor, al encuentro traumático con ese extraño que es el Otro

125
demás sectores sociales, toma cierta distancia frente a lo sucedido en Chiapas, acercándose
sólo cuando el gobierno accede a dialogar con el EZLN. Los espacios de este acercamiento,
reiterando lo dicho, los abrió el EZLN en la CND y en el Foro para la Reforma del Estado
de 1996. En este último evento el acercamiento avanzó mas allá del simple encuentro con el
PRD. Un sector fue delegado por este partido para llegar a unos acuerdos básicos con los
zapatistas, lo cual se alcanzó en parte, empero, éstos fueron desconocidos y vetados por
otros miembros del partido, con lo cual las relaciones entre el PRD y el EZLN nunca
pudieron llegar a fructificar, siendo finalmente rotas en Abril de 2001, “cuando la sanción
de la reforma constitucional sobre derechos y cultura indígenas, que resultó contraria a los
Acuerdos de San Andrés, contó con el voto de cuatro senadores del PRD. Desde entonces,
el EZLN y el PRD emprendieron finalmente caminos separados.” (Aguirre, 2001: 60).

En el caso del EZLN, no podría decirse con absoluta seguridad que haya sido por
inciaciativa primaria del EZLN el que haya empujado al movimiento a un cierre sobre la
construcción de una identidad indígena cerrada y autosuficiente; por lo visto, no parece
existir en México por parte de movimientos y partidos de izquierda una respuesta a querer
articularse sin perder parte de sus propias identidades y a asumir la lucha por los
significantes junto con el EZLN; se prefiere, por encima de cualquier otra alternativa, la
salida institucional y mediada por parte de los sectores, no obstante no desestiman el valor
de la lucha zapatista y de los movimientos indígenas. La distancia del EZLN frente
paradigmas organizativos, cognitivos y dinámicos de la izquierda mexicana, que le otorga
cierto plus, parece no interesar tanto a los demás sectores. Si bien, el apoyo mayoritario a
una salida negociada de las demandas se impone como posición cada vez más respaldada
por la izquierda partidista y social (Bartra, 1996); las demandas que parecen tan básicas dan
la impresión también de desbordar las propias lógicas de los movimientos de izquierda, que
prefieren tolerar (multiculturalismo y posición sobre el Otro) más que apoyar.

4.9 El quiebre la de la hegemonía del PRI

El levantamiento zapatista no pudo llegar en un peor momento para el gobierno priísta de


turno. Si bien, el primero de enero se iniciaba el TLCAN y para los sectores que se
beneficiarían con dicho acuerdo parecía convertirse en un parte de victoria; no obstante, las
tensiones que generan los problemas internos del gobierno de Carlos Salinas, envueltos en
una lucha intestina por el poder al interior del PRI por tener el visto bueno para, en ese
mismo año, ser candidato a presidente de la república, deterioró gran parte de los
presupuestos trazados en 1994, como año electoral. El asesinato del designado candidato
presidencial Luis Donaldo Colosio a la salida de un mitin electoral en la ciudad de Tijuana,
terminó de convulsionar el ya agitado clima político institucional y social en México. El
mismo Salinas quien le eligió como sucesor, fue sospechoso de su asesinato. Finalmente, y
a pesar de todo, el PRI gana las elecciones con Ernesto Cedillo, y con él como último
presidente del PRI, terminan setenta años de hemonía priísta; pero no con saldo favorable,
siendo muy contrario a las aspiraciones de los movimientos sociales y los zapatistas, pues
quien ocupa en el año 2000 la presidencia fue el partido de derecha PAN con Vicente Fox.

Los primeros meses de 1995 trascurren en medio de una nueva ofensiva militar en la zona

126
zapatista por parte del gobierno mexicano, ya con Cedillo como presidente, la CND quedó
prácticamente desmontada después del proceso electoral e inicia una nueva etapa para el
movimiento. En Noviembre de ese año se da inicio a la mesa de negociación de San
Andrés. La Tercera Declaración de la Selva Lacandona, empieza a perfilar la ampliación
misma del EZLN como organización política más extendida. En esta declaración se hace un
llamado a la construcción de un gran movimiento o frente social, sobre todo tratando de
vincular a los no organizados de todos los sectores sociales; asimismo, se aclaran los puntos
y visiones que negociará el EZLN en los diálogos de San Andrés. De esta declaración se
destaca un avance programático mas concreto en las demandas de los zapatistas en un
llamado a la transición democrática del Estado Mexicano.

1.Que liquide al sistema de partido de Estado y separe realmente al gobierno del PRI.
2.Que reforme la ley electoral en términos que garanticen: limpieza, credibilidad, equidad,
participación ciudadana no partidaria y no gubernamental, reconocimiento de todas las fuerzas
políticas nacionales, regionales o locales, y que convoque a nuevas elecciones generales en la
federación.
3.Que convoque a un constituyente para la creación de una nueva constitución.
4.Que reconozca las particularidades de los grupos indígenas, reconozca su derecho a la
autonomía incluyente y su ciudadanía.
5.Que vuelva a orientar el programa económico nacional, haciendo a un lado el disimulo y la
mentira, y favoreciendo a los sectores más desposeídos del país, los obreros y campesinos, que
son los principales productores de la riqueza que otros se apropian. (EZLN, 1995)

De estos puntos o características se destaca el llamado a una constituyente, punto este que
desaparece de las declaraciones posteriores para transformarse en una reforma
constitucional, mediante la llamada ley COCOPA por el nombre de la Comisión Concordia
y Pacificación, la cual establece los marcos jurídicos para el reconocimiento de las
autonomías de las comunidades indígenas, garantizando su derecho a la autodeterminación
y a la protección de sus costumbres, formas de gobierno y autoridades. También es de
destacar el hecho que los zapatistas, en la fase inicial, nunca llamaron a la abstención o al
boicot de elecciones, pues enfatizaban el poder de expresión que presumiblemente tiene
este ejercicio democrático para la sociedad mexicana, aunque hasta el momento haya sido
muy poco efectivo, y los resultados de las mismas hayan jugado más en contra que a favor
de los zapatistas.

En medio de las negociaciones de San Andrés, se presenta la Cuarta Declaración de la


Selva Lacandona, de donde se destaca decisión del EZLN de crear el Frente Zapatista de
Liberación Nacional (FZLN) que sería una “organización civil y pacífica, independiente y
democrática, mexicana y nacional, que lucha por la democracia, la libertad y la justicia en
México... queremos no el poder sino la democracia, la libertad y la justicia para nosotros y
nuestros hijos.” (EZLN, 1996). El FZLN es una organización sin fines electorales ni
institucionales, simplemente es una de las propuestas de organización del EZLN. Durante
su existencia se crearon diferentes FZLN, constituidos en México y otras regiones del
planeta. La idea del EZLN era que los frentes actuaran bajo las demandas de democracia,
justicia y libertad, pero independientemente del EZLN, es decir que los FZLN no
dependieran de las directrices de un cuerpo central como el EZLN. El acto de fundación del

127
FZLN se dio en la histórica plaza de las tres culturas en Tlatelolco, acto al cual asistió la
comandanta Ramona. Sin embargo, los FZLN, contadas excepciones, se dedicaron a ser
más órganos de difusión del zapatismo que a la activación de espacios políticos; contrario
al espíritu zapatista, los FZLN siempre se subordinaron a las posturas del EZLN.

4.10 La organización autonómica zapatista

Las experiencias organizativas alternativas, tanto como propuestas exteriores como las
interiores del EZLN, han tenido un carácter bastante inestable, muchas de éstas han durado
escasos años al depender exclusivamente de lo que pueda hacer el EZLN. No obstante
algunas se han fortalecido, por ejemplo, están las comunidades zapatistas indígenas
autónomas, conocidas como Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), donde
no puede intervenir ningún miembro del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-
Comadancia General (CCRI-CG), siendo conducido por las mismas comunidades de base
zapatista a través de las Juntas del Buen Gobierno, bajo la consigna “mandar obedeciendo”,
con sistemas rotativos de cargos y funciones. Los MAREZ funcionaron de manera casi
espontánea, y en el 2002 fueron formalizadas. Las otras formas organizativas que han
perdurado son los “aguascalientes”, surgidos de la experiencia de los encuentros
organizados en las zonas de influencia zapatistas con la sociedad civil, desde el primer
aguascalientes de 1994, se fueron creando otros en la zona de las cañadas, en universidades
y en muchas comunidades de todo México.

Actualmente funcionan los caracoles que vinieron a remplazar los aguascalientes desde el
2003, dados algunos inconvenientes, en la necesidad de un mejor encuentro entre las
comunidades y la sociedad civil con el EZLN, pero sobretodo por inconvenientes y choques
entre lo militar y la parte “civil”, con lo cual se priorizó a partir de allí las decisiones
democráticas sobre las militares, contrario a como habían regido durante los aguascalientes.
Los caracoles reorganizaron la estructura de encuentro entre el EZLN y los MAREZ.
Existe al día de hoy 5 caracoles donde participan los 27 MAREZ, representados estos
últimos por los representantes de las juntas del buen gobierno.

La quinta declaración de la selva Lacandona llega en Marzo de 1999, de la cual se


desprende la propuesta de consulta nacional sobre la ley COCOPA, llevando adelante los
resultados de las mesas de San Andrés. En este mismo año se realizan elecciones
presidenciales dando como resultado el fin de PRI en la presidencia que no significó un
cambio en las lógicas políticas del poder estatal. El PAN con Vicente Fox gana las
elecciones. También estalla la gran huelga en la UNAM, por las orientaciones mercantiles
que ha tomado la educación superior. Los estudiantes son apoyados incondicionalmente
tanto por el EZLN como por los FZLN. Para el 2001, en respaldo de la incitativa de ley
COCOPA, el EZLN sale de los territorios zapatistas, en las jornadas conocidas como la
Marcha del Color de la Tierra, recorriendo una gran cantidad de municipios del país, en
diálogo directo con la población, llegando finalmente en Marzo de ese año a Ciudad de
México. Una vez de vuelta ya el EZLN a Chiapas, en Abril, se aprueba con el respaldo de
los principales partidos en el legislativo (PRI, PAN, PRD) la ley sobre los derechos de los
pueblos indígenas, la cual constituye una total deformación de los acuerdos de la ley

128
COCOPA, inmediatamente rechazada y denunciada por el EZLN y los sectores de apoyo a
la causa zapatista. Con esto se cierra el ciclo de acercamientos y negociación con el Estado:
las vías institucionales están totalmente minadas (Bartra, 2005), a partir de allí el EZLN
enfocará todos sus esfuerzos en la propias comunidades de influencia y en la organización
de eventos y encuentros, sobre todo, el acercamiento al indianismo.

… en el 2001 el Congreso de la Unión recibió del presidente de la República la propuesta


legislativa redactada por la Cocopa, pero la castró a tal punto que el adefesio Constitucional
resultante fue abucheado por indios y zapatistas. Desde entonces, pueblos y comunidades se han
centrado en ejercer "autonomías de hecho", mientras que el EZLN se atrinchera en sus bases de
apoyo organizadas en autogobiernos municipales y reforzadas desde el 2003 con las estructuras
regionales llamadas juntas de buen gobíerno. Y así, atrincherado, a fines del 2003 Y principios
del 2004, el zapatismo celebra su décimo aniversario. (Bartra, 2006:307)

4.11 Los inconvenientes y discusiones alrededor de la autonomía

Hasta aquí se ha hecho un recorrido histórico bastante episódico, tomando como base las
propuesta organizativas y de movilización que el EZLN ha manifestado en las primeras
declaraciones de la Selva Lacandona. Lo que interesa de aquí en adelante es la construcción
de las demandas entorno a la autonomía por parte del EZLN. Es claro que la autonomía de
las comunidades indígenas ha persistido como una de las principales demandas no sólo del
EZLN, sino en general de las comunidades indígenas de México y de prácticamente toda
Latinoamérica. La autonomía, podría decirse, es un reclamo indígena muy particular
articulando espacio, identidad, cultura, territorio, autoridad, comunidad, autogobierno y
memoria histórica.

Siguiendo la línea argumentativa de Cairo y de la Fuente sobre la cuestión autonómica,


dicen estos autores que lo que se juega actualmente con las problemáticas sececionistas,
nacionales, de microregiones, autonomías y de frontera, es el significado mismo del espacio
desde dos perspectivas e imaginarios dominantes y contrarios; por un lado, se tiene al
Estado-nación, donde impera la idea de la primacía absoluta de la territorialidad de la
nación y su estado; desde el margen contrario, está el imaginario de la globalización desde
el cual se promulga la desregularización de las funciones estatales, poniendo en entredicho
las nociones de soberanía que maneja una nación.

Detrás de estos imaginarios existen movimientos y fuerzas que impulsan la concreción de


dichas ideas. Por el lado Estado-nación es muy claro que son los nuevos proyectos de
Estado-nación, incluso la mayoría de proyectos secesionistas, desde donde se hace eco a
este imaginario; no obstante del lado de la globalización, no es muy claro quienes pueden
estar, o mejor, pueden caber tantas fuerzas y movimientos que resulta difícil establecer con
certeza de qué tipo de proyección se impone en la imagen globalizadora: allí pueden estar
tanto neoliberales como comunidades indígenas. Con el reclamo autonómico estamos a
medio camino tanto de uno como de otro, pues básicamente las autonomías no proyectan
una separación de la idea nacional de forma tajante, no serían autonómicos sino
secesionista con proyecto de un nuevo estado-nación; pero, y aquí esta la primera

129
contradicción, también cuestionan la idea de la primacía del Estado y la soberanía con él
ejercida por una nación, de la cual no son totalmente integrantes. Sobre los territorios de
reclamo autonómico al que las comunidades dicen formar un vínculo estrecho con el
territorio y formas de asociación, gobierno y cultura, lo que implica una cierta identidad en
base a ellos, distanciándose históricamente de la nación.

En efecto, el problema de la autonomía territorial como demanda de una comunidad, o


nación específica en la construcción de una idea de espacio, rebasa enormemente los
objetivos de este trabajo y habría que tomarlo con sumo cuidado, pues aunque en
apariencia, se denomine problemas autonómicos a una gran cantidad y variedad de
fenómenos puntuales como el problema vasco en España, la región chechena en Rusia,
incluso el conflicto palestino-israelí, que no son únicos ni completamente singulares, sino
no podríamos si quiera nombrarlos, pero si son cada uno distintos de, por ejemplo, los
reclamos de autonomía mapuche en Chile y la tzotzil en Chiapas. Tal vez el gran
diferenciador de los variados procesos autonómicos del mundo frente a los
latinoamericanos sean las dinámicas de relaciones nacidas bajo la colonialidad del poder.

La colonialidad del poder presente como matriz de poder está muy presente en la demanda
autonómica de las comunidades zapatistas agrupadas en los caracoles, porque, “la
clasificación de razas lleva asociada la definición de espacios y en el desarrollo de una
perspectiva epistemológica desde la que se articula el significado y perfil de la nueva matriz
de poder y desde la cual se puede canalizar la nueva producción de conocimientos” (Cairo,
De la Fuente, 2003: 45). Los zapatistas pueden estar enfrentando las estructuras de dominio
de la colonialidad del poder a través de un proceso decolonial en base a la autonomía. No
obstante, estas significaciones pueden traer problemas que de algún modo replican las
dinámicas de las estructuras de poder colonial, si se llevaran hasta sus últimas
consecuencias.

Fases sucesivas y espacios coexistentes del plebeyo afán antiautoritario, la independencia y la


autogestión no bastan para sacudirse las telarañas del poder, hace falta la autodeterminación
política. Y en esto los indios son insoslayables, pues la radicalidad de sus autonomías se basa en
que se fundan en un derecho anterior y en cierto sentido exterior al orden hegemónico, pues
ellos ya estaban ahí cuando llegaron los españoles y fundaron la colonia de la que surgió el
Estado nacional que llamamos México. Los indios no son fisura en el sistema por alguna virtud
ontológica ni porque hayan permanecido fuera de éste -de hecho no lo hicieron. (Bartra, 2006:
318)

Las palabras de Bartra centran la discusión sobre tres elementos clave que se desarrollarán
a continuación. 1 legitimización de la territorialidad; 2. construcción de una significación
del espacio mediante la identidad filiada al territorio=grupo étnico; 3. las consecuencias que
esta relación trae referente a la paradoja del espacio geográfico de la autonomía y la
supuesta univocidad entre territorio-identidad. Estos puntos salidos de la discusión de Cairo
y de la Fuente, nos remiten a la decisión del EZLN en fortalecer la experiencia de los
MAREZ entre el periodo de la fallida ley COCOPA y la sexta declaración de la Selva
Lacandona en 2005. Lo que busca un reclamo autonómico, en esencia, es la salvaguardia
del espacio vital para una comunidad imaginada, la posibilidad de existir y coexistir,

130
potenciar la construcción de identidad, la libre determinación, todo ello en base a la
memoria histórica; básicamente esto es el territorio.

La territorialidad se define como la conducta humana que intenta influir, afectar o controlar
acciones mediante el establecimiento de un control sobre un área geográfica, cuyas
funciones giran en torno al control sobre el acceso al territorio, la reificación de un poder a
través del territorio, sirve como contenedor espacial de hechos y actitudes, por último
desplaza la atención sobre la relación social de dominación (Cairo, De la Fuente, 2003).
Como la territorialidad es base para la construcción de identidad, como lo hemos reiterado
las identidades son apenas construcciones parciales, por tanto dinámicas, existen por ende
varias formas de territorialidad, entre ellas se puede contar en el capitalismo, la propiedad
privada , el territorio político y el Estado nación. La territorialidad ejercida en los espacios
geográficos, por razones aquí obvias, trata de incluir en un espacio compartido a una
comunidad a través de este ejercicio, pero simultáneamente para mantener un mínimo de
unidad y cohesión, tiene que excluir otros elementos si es que quiere conseguir los
objetivos afines que la constituyen. Esto es los que los autores denominan la paradoja del
espacio geográfico.

Ahora bien, sí además de ello la territorialidad la ejerce una comunidad definida


predominantemente como grupo étnico, entendido éste como un tipo de colectividad
cultural cuyos miembros consideran, por si mismos o por otros, tener un origen común, por
compartir algunos o varios segmentos de la cultura como la religión, las costumbres, el
lenguaje o las instituciones, participando conjuntamente en actividades -políticos y
sociales- en los cuales las pertenencia y defensa del grupo tiene una gran importancia
(Íbid). Se tiene así una soslayada relación entre la comunidad o grupo con su espacio
geográfico. Sin embargo, la construcción de identidad pretende ser univoca, amarrada al
territorio, típico de las relaciones de Estado-nación. Sumado a esto, generalmente en las
demandas de autonomía territorial la referencia por excelencia sigue siendo el Estado,
quien actúa como demandado, intermediario, juez y ejecutor. Esto último, en parte fue el
camino que intentó explorar el EZLN y las bases de la organización por mas de siete años,
sin embargo, con la ruptura total con las vías institucionales, el EZLN pone en marcha las
autonomías de hecho mediante las estructuras ya vistas.

La clave de esta decisión es fundamental en la articulación de unas formas de experiencia


organizacional, se encuentra en el hecho de las posiciones identitarias de las comunidades,
no sólo por la vinculación territorial, sino por el despertar de unas dinámicas políticas en las
cuales “las acciones públicas de los indios lo que podía advertirse era un sentido de
protagonismo y autoconfianza, adquiridos al ser ellos los promotores del cambio y los
destinatarios del movimiento de liberación. Es interesante apuntar que diversos sectores de
la sociedad veían entonces y siguen viendo en el cumplimiento de la demanda de
autonomía indígena la concretización de la democracia en México, convicción que ha
retroalimentado las expectativas del movimiento.” (Barabas ,1996: 6). Como se ha visto, en
los procesos de articulación las identidades deben perder algo de su propia particularidad
para permitir cierta equivalencia entre demandas, en este caso, la autonomía puede
equivaler a democracia, no obstante lo que se ganó en este terreno se ha perdido en el

131
contacto estrecho con los demás sectores no indígenas, los cuales no se articulan sino
simplemente simpatizan.

Esencialmente este apoyo metonímico a las demandas zapatistas, no implica la negociación


de equivalencias entre los sectores sociales. No existe por parte de otros sectores sociales
de izquierda o de los movimientos sociales de otra índole, un proyecto común sobre el tipo
de sociedad que se quiere en México, basado en unos significantes mediadores sino sobre
unos que flotan libremente. Éste puede ser el caso de la autonomía, vista como una
particularidad de la lucha zapatista, mas que un proyecto político otro, que puede ser
extensible a los demás sectores pudiendo así llegar a antagonizar con la red discursiva
dominante. Y creo que esto se debe, en parte, a la renuncia tácita de no tomar el poder, lo
cual no puede ser axiológicamente discutido. Las autonomías pueden llegar a constituir, si
se quiere, un significante equivalencial tomadas como una demanda popular por la
transformación de la sociedad, pero la misma concepción de la autonomía no ha llegado a
constituirse como tal porque los significados del espacio aun son dominados por las
concepciones del espacio que varían entre el estado nación y el neoliberalismo.

...la tensión histórica que hoy nos cruza y define es la que se da entre el neoliberalismo y sus
variopintos críticos. Y la gama de estos críticos es el espectro de lo que podemos llamar las
izquierdas: una zurda amplia y multicolor donde caben desde los que se conforman con moderar
los excesos del sistema hasta quienes propugnan un vuelco total. (Bartra: 2006: 319)

Desde un primer momento dentro del zapatismo no ha sido muy claro lo que es la
autonomía, mas allá del hecho de constituirla de hecho28, los límites de ellas o las
posibilidades de expansión; lo claro allí es tal vez, que no les interesa imponer una
concepción sino buscar el apoyo, abrir el espacio para el debate mas como un campo de
relaciones que como protagonista de tal, pues muy claro a su propia lógica discursiva, no
buscan tomar parte en la lucha por la hegemonía. Pero como se ha visto en la última época
y un después largo periodo de silencio, el terreno discursivo que disputaron a finales de los
noventa ha sido poco a poco ocupado por las posiciones mas conservadoras de derecha del
PAN y reformistas del PRD, quienes en 2005 entraron en la contienda electoral.

4.12 La ultima etapa, la sexta declaración de la selva Lacandona y la “Otra” campaña

La sexta declaración de la selva Lacandona y el inicio de la “Otra campaña” demarcan una


28 El EZLN dejó de referirse explícitamente a la autonomía pero el propósito ya había sido tomado por los
indígenas de muchos estados del sureste mexicano y por los grupos del norte, como los pai-pai, kiliwa,
cucapá, cochimí y kumiai de Baja California, entre otros. El movimiento indio se iba haciendo nacional y
reclamaba la autonomía. Pero aunque muchos hablaban de autonomía pocos sabían su significado y
alcances, y pocos eran los modelos disponibles para empezar a construirla. El de las "regiones
pluriétnicas", ya presentado antes por el FIPI y el PRD, era la propuesta conocida a partir de la cual
intentaron organizar las discusiones y las consultas en una gran cantidad de foros locales, regionales,
estatales y nacionales. Una propuesta más acabada y de carácter nacional fue presentada en octubre por el
FIPI en el documento "La Autonomía Indígena en México: reformas constitucionales" (1994), avalado por
14 organizaciones de diferentes estados. Esta propuesta de autonomía, aunque muy inspirada en la
formulada desde el ámbito académico, fue presentada como "la propuesta india para entrar en la vida
democrática" (Ojarasca, # 37,octubre 1994)7. (Barbaras, 1996: 7)

132
nueva etapa, que hasta el día de hoy está desarrollando el EZLN. A partir de la sexta
declaración se da una reaorganización de algunas estructuras zapatistas: se disuelve el
FZLN; se retoma de manera más explicita su pertenencia a la izquierda política “desde
abajo y por abajo”; se solidariza con las luchas de los pueblos indígenas latinoamericanos,
del pueblo Mapauche y los pueblos indígenas de Ecuador y Bolivia, con las luchas de los
jóvenes uruguayos y argentinos, con el pueblo venezolano y dan su total respaldo al pueblo
cubano. Este respaldo lo anuncian con ayudas materiales para con los cubanos y
asociaciones europeas de respaldo. En fin, pasan de ser receptores de solidaridad a prestarla
con aquellos quienes los han ayudado. Reaparece la demanda por una nueva constitución,
ante el estruendoso fracaso de la ley COCOPA, y la construcción de un movimiento amplio
con organizaciones literalmente de izquierda29. Y se lanza la “otra campaña”, la comisión
sexta y la zezta internacional.

El EZLN aparece así como un ejército que ha ido alejándose de la opción armada, aunque sin
dejar de serlo, y ha desarrollado un accionar más político a partir de una diversidad de
iniciativas que han buscado cambiar las formas de entender y hacer política sobre la base de la
participación de todos al tiempo que han intentado distanciarse de los paradigmas dominantes en
el pensamiento de la izquierda tradicional. (Diez, 2006: 56)

Complementando, no sólo se distancia de los paradigmas de la izquierda tradicional y


partidista del PDR en México, sino se está disputando, con éxito relativo, el significante
mismo de izquierda no sólo como una cuestión nacional sino mas allá de las estrictas
fronteras autonómicas chiapanecas, de una izquierda “otra”. Esta disputa es sobre todo
discursiva, el modo retórico de convocatoria y las múltiples formas de acción política que
el EZLN está explorando desde la sexta declaración, después del periodo de cuatro años de
un relativo silencio, hacen prever que además de las cuestiones autonómicas explicadas en
la declaración, el EZLN estuvo aguardando al momento propicio y justo para emprender
una intervención más activa en la vida política de México. No se le puede negar al EZLN
29 También avisamos que el EZLN establecerá una política de alianzas con organizaciones y movimientos no
electorales que se definan, en teoría y práctica, como de izquierda, de acuerdo a las siguientes
condiciones:
No a hacer acuerdos arriba para imponer abajo, sino a hacer acuerdos para ir juntos a escuchar y a organizar la
indignación; no a levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quienes los hacen, sino
a tomar en cuenta siempre la opinión de quienes participan; no a buscar regalitos, posiciones, ventajas,
puestos públicos, del Poder o de quien aspira a él, sino a ir más lejos de los calendarios electorales; no a
tratar de resolver desde arriba los problemas de nuestra Nación, sino a construir DESDE ABAJO Y POR
ABAJO una alternativa a la destrucción neoliberal, una alternativa de izquierda para México.
Sí al respeto recíproco a la autonomía e independencia de organizaciones, a sus formas de lucha, a su modo de
organizarse, a sus procesos internos de toma de decisiones, a sus representaciones legítimas, a sus
aspiraciones y demandas; y sí a un compromiso claro de defensa conjunta y coordinada de la soberanía
nacional, con la oposición intransigente a los intentos de privatización de la energía eléctrica, el petróleo,
el agua y los recursos naturales.
O sea que, como quien dice, invitamos a las organizaciones políticas y sociales de izquierda que no tengan
registro, y a las personas que se reivindiquen de izquierda que no pertenezcan a los partidos políticos con
registro, a reunimos en tiempo, lugar y modo que les propondremos en su oportunidad, para organizar una
campaña nacional, visitando todos los rincones posibles de nuestra patria, para escuchar y organizar la
palabra de nuestro pueblo. Entonces es como una campaña, pero muy otra porque no es electoral. (EZLN,
2005)

133
que trate de abrir los espacios para el debate político, social e ideológico, de activar los
espacios de participación, el intentar construir espacio para la articulación, mas que
constituir la articulación misma sino facilitarla.

4.13 La palabra: la construcción discursiva del zapatismo

El manejo discursivo del EZLN, la creación y puesta en circulación de ciertos referentes ha


sido el impacto más trascendente; la palabra, como ellos mismo han construido toda una
red discursivo-simbólica alrededor de su lucha, ha sido en momentos los rasgos que han
caracterizado y singularizado la propuesta zapatista a lo largo de estos 15 años de lucha. De
ello han sido conscientes los propios zapatista desde los primeros momentos del inicio de
su lucha “tras algunos días de enfrentamientos con el ejército y ante la cobertura mediática
y las repercusiones en distintos sectores de la sociedad, los zapatistas modificaron su
estrategia. Consciente que las guerras modernas son más bien de propaganda y que sus
posibilidades de triunfo no estaban en el enfrentamiento armado con el ejército, el EZLN
supo aprovechar desde un inicio el poder de los símbolos. De esta manera, la opción
armada inicial fue dejando lugar a un accionar más político, haciendo de la palabra y la
acción política sus principales armas.” (Diez, 2006: 58). La palabra se ha impuesto al
fuego, es la regla imperante en el accionar político de los zapatistas.

Aunque no es del caso a este trabajo, como se dijo, el analizar a una persona, al
“representante” del movimiento, como en todos los casos esa representación es mas bien un
intento fallido de representar lo irrepresentable. En el caso del EZLN, el subcomandante
Marcos ha jugado un rol extraordinario, más que en ningún otro caso, no tanto por el
protagonismo asumido, sino porque es quién dentro de los casos analizados, se ha
preocupado por su propia producción escrita y oral, además porque formalmente él está
bajo el mando de los indígenas -no creo que realmente sea así-. Por medio de su palabra es
cómo ha llegado a calar el discurso zapatista en medios académicos, intelectuales y
contraculturales de prácticamente todo el mundo occidental.

El impacto inicial de la incursión armada del EZLN había producido el rechazo de los
sectores intelectuales de izquierda mexicana por el método de lucha. Los escritores Carlos
Monsiváis y Carlos Fuentes fueron muy críticos de EZLN, mientras Elena Poniatowska
respaldo el levantamiento. Pero con el transcurrir del tiempo, especialmente, gracias a los
escritos del Subcomandantes, la intelectualidad cesó en parte sus críticas y se dieron la
oportunidad de abrir un diálogo con los rebeldes. Como se sabe ahora, el subcomandante
Marcos es un filósofo de la UNAM ligado a la lucha armada del FLN, quien ingresó en la
selva de Lacandona a mediados de los años ochenta con un discurso revolucionario de
tintes maoístas, donde en el intercambio con las experiencias indígenas, su cosmología,
interpretación de la vida y las relaciones sociales cambió sustancialmente la formación en
el pensamiento marxista, sin abandonarlo del todo, con el cual el grupo del subcomandante
llegó a la selva chiapaneca.

Ciertamente la formación intelectual del Marcos posee una influencia profunda en los

134
discursos y escritos zapatistas. Tal y como muchos otros autores30, aquí no interesa y no es
importante la limpieza de los escritos ni la genialidad de la letra, lo realmente importante,
de la construcción discursiva de Marcos, un primer momento para el EZLN, fue el ganar la
atención de intelectuales y académicos, para ser tratado, en cierta medida, como un igual
entre ellos. Esta facilidad de expresión y la combinación de regencias, giros de lenguaje y
con cierta prolijidad prosaica, combinada con un dominio del escenario, fueron las
características fundamentales que le valieron para que el CCRI-CG nombrara a Marcos
como vocero del grupo, o mejor, mas que vocero, un “traductor” (Vanden, 2005).

Mas allá del propio Marcos, los cambios discursivos y el decantamiento de un estilo
particular del EZLN se pueden observar tomando las diferencias abismales desde la primera
declaración y la sexta, no solo en la extensión, sino de los juegos simbólicos, metafóricos y
retóricos que ha venido adoptando el EZLN a lo largo de los años; han venido forjando una
identidad, o múltiples identidades, cuando desde su lugar de emisor se transforma, tomando
el papel del receptor. La irrupción del discurso y la narrativa zapatista resultó en una
“novedad” apartada del tradicional discurso político, entendido este último como una
operación que pretende un cambio en las conductas creencias o actitudes de los
destinatarios a partir de la presentación de una para-realidad discursiva, siendo generada
por políticos como tales. (Raiter, Muñoz, 1996).

Esta “novedad” resulta, según Raiter y Muñoz, en el trato especial que da el EZLN a las
variaciones de registro, significa esto, las diferencias formales y el significado que presenta
el dialecto particular, que son debidas al contexto en que es emitido; por ejemplo el
situacional: familiar, institucional, etc; o interpersonal en cuanto simetría o asimetría en
relación al poder que detentan familiaridad entre sí y los interlocutores, si el destinatario es
individual o colectivo (Raiter, Muñoz, 1996). Estas variaciones son examinadas mediante
los recursos retóricos, vistos en el EZLN en sus comunicados. Dichos recursos son la
ironía, cuando el destinatario es un contradictor y la interpelación ritualmente respetuosa
cuando el destinatario del comunicado es el pueblo en general o un simpatizante.

La construcción del destinatario como del emisor suele ser generalmente uno, en cambio en
el discurso zapatista la interpelación del emisor y el destinatario puede ser plural,
heterogéneo. La voz del otro existe y es citado, no anulado ni desvalorizado. Los
significantes constantes de Democracia como signo ideológico, cuyo valor está en el
“mandar obedeciendo” contrapuesto al “mandar mandando” del mal gobierno; libertad,
expresado en los zapatistas como no sujeción a otras decisiones, decisiones estas tomadas
en comunidad; y justicia, como algo autoevidente. Todo esto viene a construir en torno a
ellos una red discursiva que, si bien, se ha ido decantando y es constante, no es homogénea
debido a lo que se describe en la construcción de este destinatario y del emisor, puesto que
la hetereogeneidad es el eje fundamental con el cual se califica a otros discursos, tanto para
tomar distancia de unos como o construir una red que incluya a los otros.

30 El libro Narrativa de la rebelión zapatista de Kristine Vanden Berghe ofrece un análisis literario más
detallado sobre la prosa del subcomandante Marcos, en la recreación de la literatura y el acto político y su
papel de “traductor” y representante del EZLN.

135
la posibilidad de proponer otra visión y otra explicación de la historia y del presente nacional. Y
no sólo explicación, sino también y sobre todo una clara exploración, junto al resto de la
sociedad mexicana, de otros caminos, nuevos y radicalmente distintos, para el desarrollo social
global de México y hasta de América Latina. (Aguirre, 2001: 23)

La capacidad de las acciones e influencia del discurso del EZLN frente al tradicional
discurso político, no sólo intenta construir una red alterna al discurso dominante sino
además de antagonizar con la existente, no mediante los métodos clásicos de construcción
de discurso, sino bajo la exploración de formas de expresión y simbolización de la lucha
radicalmente opuestos, incluso a otras experiencias de la propia izquierda simultáneas en
Latinoamérica. Este discurso, como ninguno de los anteriormente analizados, es quizá el
que comparta mayores criterios epistemológicos con la corriente más sofisticada de análisis
del grupo colonialidad/modernidad. Sin embargo, sea la radicalidad de su intención de
mantener y disputar la lucha desde la izquierda desde abajo y por abajo, la que la aleje de
ciertos postulados hetéreos de “más allá de la izquierdas y derechas”, como un abandono
del potencial liberador que este significante e identidad supone para los proyectos de
transformación radical. Lo importante es que, si bien, aun está en disputa este significante,
por lo menos abre el espacio para el debate político social, se pueden poner en marcha
reconocimientos metafóricos y metonímicos, en el acto creativo de una imaginación radical
de pensarse otros mundos donde quepamos todos.

136
CONCLUSIONES

Los alcances de este trabajo apenas pueden calificarse de una exploración temprana y
documental de la izquierda latinoamericana, sin llegar a una definición total, sino más bien
parcial, quedando así abierta a una exploración mas profunda y continua de las formas de
articulación, organización, construcción de un campo discursivo interno de la izquierda
política, a una cierta periodización por ciclos, y la constitución de tensiones de alrededor de
lo político que la izquierda política contemporánea ha reactivado, gracias a su capacidad de
movilización, decisión de intervención en la disputa hegemónica, ya sea por el poder
político o por los significantes articuladores a través de unas demandas mínimas a los
sistemas liberales democráticos, siendo estos últimos sistemas diferenciales – coloniales
especialmente- en Latinoamérica; en la construcción como contrarios o antagónicos según
lógicas históricas, discursivas, incluso identitarias, que parecen desbordar los marcos de
articulación del Estado-nación y los sistemas democrático liberales.

El contraste de los microanálisis que proponemos a modo de conclusión abierta, contiene


algunos aspectos relevantes que dan cuenta de la construcción de la izquierda como
significante político tendencialmente vacío intentando ser resignificado, y no abandonado,
por las experiencias políticas aquí analizadas, así queden otros excluidos por el discurso
que intenta ser asociado, reapropiado y movilizado.

1. Curiosamente las tres experiencias retoman figuras históricas del pasado nacional como
ejes simbólicos de metaforización de su proyecto político. Ni Simón Bolívar (criollo), ni
Tupak Katari (indio), Ni Emiliano Zapata (mestizo) provienen ideológicamente de ninguna
corriente de izquierda, incluso pueden llegar a rivalizar con ésta en ciertos aspectos. Estas
figuras pertenecen, evidentemente, a las imágenes e idearios nacionales de cada caso. Los
efectos simbólicos pertenecen a la esfera de la construcción imaginaria de las naciones, en
ningún caso sostienen algún tipo de marco teórico político, ideológico o programático
preciso. Además, el proceso social y político detrás de la retoma y la reapropiación
significante de un pasado nacional, indica la necesidad de las organizaciones de reconstruir
otro o su propio relato histórico nacional, de arrebatar dichas figuras al sistema imperante,
es decir de la propia narración histórica y sus agentes de transformación.

Los efectos simbólicos de las figuras que se retoman en cada caso demuestran el cruce
civilizatorio y racial bajo los cuales se han constituido las relaciones de poder en
Latinoamérica. Los componentes metafóricos de la disputas políticas, no sólo en el plano
de la lucha política, son a su vez la construcción de un tejido que intenta legitimar
históricamente unas bases liberadoras e igualitarias de la lucha política llevada por la
izquierda. Y, es que este apoyo simbólico en el pasado nacional que representan las figuras,

137
acompañadas por los procesos emancipadores, intentan además ejercer efectos metonímicos
con la población, sobre una superficie de inscripción común con los referentes que, en el
pasado como en el presente, ejercen las tensiones políticas sobre lo que se ha construido de
una imagen nacional, no basadas por imágenes proyectivas, sino a través de lo que ha sido
fallido de los proyectos en el pasado generando el presente.

2. El fracaso de las opciones radicales de izquierda en Latinoamérica, especialmente del


comunismo, fue trazada desde los momentos fundacionales por los criterios teóricos y
conceptuales con los cuales dieron comienzo a su apuesta como alternativa política y social.
La insistencia terca y ego-política de transformación social al privilegiar una concepción
social y sus sujetos de transformación, aplicadas a Latinoamérica, debilitó y fracturó
cualquier intento de transformación radical social desde allí. La hipótesis de Retana acerca
del abandono progresivo de cualquier intento de revolución desde el comunismo a lo largo
del siglo XX, es mas que comprobado aquí. El privilegio de construcción de
transformaciones sociales apoyadas en el privilegio ontológico del proletariado en
Latinoamérica fracasó definitivamente, no sólo por las mismas incongruencias teóricas y
lógicas que esto conlleva, sino especialmente por la subvolaración, ocultamiento, exclusión,
estigmatización de los otros sectores y formaciones sociales, parte constitutiva de las
relaciones de poder racializadas en Latinoamérica.

Los sesgos y subvaloraciones sociales y ontológicas se ejercieron especialmente sobre las


formaciones sociales indígenas, la reducción del problema cultural, ético y social a una
cuestión de clase (ej, campesino), frenan cualquier intento de transformación social y
política en formaciones sociales cruzadas, recreadas y asentadas esencialmente sobre una
concepción racial del poder. Aquí no se trata tampoco de subvalorar igualmente la
importancia de las relaciones económicas de producción, ni que por medio de ellas puedan
realizarse transformaciones importantes, lo que importa es darle sus reales dimensiones.
Como tampoco debemos decir que la cuestión de la racialización del poder sea igualmente
fuerte, por ejemplo, en Bolivia de que como lo es en Colombia, Argentina o Venezuela; es
también caer en cierta ingenuidad discursiva. En efecto, depende en gran medida de la
composición social y la constitución demográfica en una formación nacional de diversas
formaciones raciales para que una lucha social pueda darse en términos raciales, o por lo
menos tengan cierta centralidad en lucha política por encima de otros.

La izquierda radical por sí sola y a partir de su concepción de lo social no pudo construir un


conjunto de significantes equivalentes con las diversas formaciones sociales, y esto lo
hemos visto en que prácticamente en ningún país de Latinoamérica, los comunistas
lograron la toma del poder político. En las décadas de los sesenta y los setenta algunas de
las izquierdas radicalizadas, por el triunfo de la revolución cubana, emprendieron la lucha
guerrillera, esperando como en Cuba, un efectivo y masivo apoyo popular; como se sabe,
esto nunca ocurrió como tal, y las aspiraciones de transformación a través de la lucha
armada, prácticamente desaparecieron casi en toda Latinoamérica a finales de la década del
setenta, con las excepciones del caso, Colombia y Perú.

Con la caída del muro de Berlín y la desaparición del campo comunista en la Europa del

138
Este, los cambios en el mundo tras la revolución cultural planetaria de 1968, los procesos
de desestalinización en los partidos comunistas, el surgimiento del eurocomunismo en la
Europa occidental, y la explosión de subdivisiones dentro de la izquierda radical, se hizo
sentir en Latinoamérica bajo el cambio de ciertos criterios conceptuales y metodológicos
en la izquierda radical. Las diferentes dictaduras en Latinoamérica condujeron a sectores de
la izquierda socialista, y en cierta medida la comunista, a adoptar como parte de sus
programas las demandas de participación democráticas, para abrir la posibilidad de una
disputa en el campo en los espacios institucionales estatales. La introducción de la
democracia como parte sustantiva de la izquierda renovó y amplió los vínculos de la
izquierda a otros sectores sociales.

Contrario a la idea de Mignolo, básicamente frente a la propuesta de la expresión de “giro


[a] la izquierda” como “giro decolonial”, pienso que de se ha dado fundamentalmente un
“giro [en] la izquierda”. Este giro 'en' la izquierda se da esencialmente por una apertura en
la heterogeneidad de la base de las formaciones sociales, en sus reclamaciones y demandas,
en sus formas organizativas, en sus dinámicas de participación y ejercicio de la autoridad,
las cuales se han podido articular con los principios básicos que inscriben a la izquierda
como un componente identitario de igualdad en la lucha política moderna. Por tanto,
tampoco comparto la idea de Mignolo de que el ciclo de luchas sociales abiertos desde
1994 con el levantamiento zapatista, en 1998 con el asenso del proyecto bolivariano en
Venezuela, el ciclo de luchas abierto en Bolivia con la guerra del agua y la guerra del gas en
2000 y la presidencia del MAS-IPSP en cabeza de Evo Morales en el 2007, y en general
con la elección de las opciones de izquierda, sobre todo en Sudamérica, mediante frentes
populares, sociales y partidos políticos, sea un proceso, denominado por Mignolo, de “giro
decolonial” en su totalidad.

El “giro decolonial”, en especial, la diferencia decolonial, no es un factor que pueda ser


observado en el corto plazo, por lo ciclos episódicos de los últimos años, si bien no se
quiere decir que estos recambios políticos en Latinoamérica no contengan ciertos aspectos
y puntos que podrían denominarse como decoloniales, aún éstos no son los centrales en la
lucha política en Latinoamérica, por el carácter episódico de los acontecimientos. Son mas
bien, el producto y tejido histórico de largo plazo de un desborde gradual de las demandas
al sistema democrático liberal, su sistema representativo y a las mediaciones partidistas.
Estos procesos coincidieron sincrónicamente por un desgaste diacrónico del modelo de
Estado colonial oligárquico impuesto en Latinomérica, del cual hacen parte tanto las
demandas propias de la izquierda histórica venida de la experiencia social y política
Europea, como de las demandas puntuales y contextuales de los modelos de formación
social colonial de las relaciones de poder propias de la experiencia colonial
latinoamericana.

Para constituirse en discurso emergente debería además reunir una segunda y más exigente
condición: inaugurar un nuevo sistema de referencias, producir una nueva red discursiva, obligar
a los discursos que lo sigan a que lo discutan, lo comenten o lo refuten. Se trata de mantener la
iniciativa discursiva, se trata de sostener la lucha discursiva por el poder. (Raiter. Muñoz,
1996:13)

139
Esencialmente la crítica a Mignolo se hace sobre la presurosa caracterización
exclusivamente decolonial de los procesos políticos actuales latinoamericanos, a pesar de
que la concepción decolonial pueda ser tan amplía como para poder contener las dinámicas
de estos procesos y denominarlos como tales. Aun carece en el discurso político de un
proceso de construcción de un sistema de referencias tan extendido y medianamente
comprensible por la mayoría de la población como para que pueda disputar discursivamente
el poder. No obstante, digo, por lo visto en por los procesos de construcción del campo
discursivo y las dinámicas de lo político en Bolivia y por los zapatistas, que parte de estas
condiciones se están a empezando a cumplir, lo cual no puede sostener una tendencia sino
unas particularidades específicas de los procesos.

Lo que hoy está en Juego muy claramente en Bolivia es la decolonización y, en este sentido, ya
se han dado varios pasos en esa dirección: la nacionalización del gas, la reforma de la propiedad
de la tierra y el proceso de la Asamblea Constituyente . La decolonización de la educación
quedó en suspenso por un conflicto inicial entre Félix Patzi-Paco, ministro de Educación y
Cultura, y los representantes de la Iglesia. La teología de la liberación, como el marxismo, es
blanco-mestiza y se resiste al liderazgo indígena, ¡aunque desde Bartolomé de Las Casas en
adelante un sector de la Iglesia haya sido pro indígena! (Mignolo, 2007: 2088)

En Latinoamérica, a la luz de lo visto, el marxismo y las corrientes radicales de izquierda,


no gozaron precisamente de liderazgo social y político que, en ocasiones también con fines
políticos, se le atribuye, aunque no podemos negar que si procedieron (y proceden algunas)
de acuerdo a esquemas eurocentrados de tratamiento conceptual de la cuestión indígena y
de constitución social, como de las estrategias erróneas que se adoptaron para la toma del
poder político. Como hemos visto, la izquierda radical la mayor parte de las veces actúa
como un agente marginal del proceso, y en otras se suma a los procesos, como hoy en día
en Venezuela y Bolivia (casos PCV y PCB respectivamente), y no descarto ese mismo
apoyo al que invitan también los zapatistas a corrientes de izquierda puedan sumarse y ojalá
articularse corriente de la izquierda radical. Lo que puede confundir un poco al lector de
estas corrientes decoloniales, es tal vez la radicalidad de la propuesta epistemológica, no
muy congruente con la lectura política de los procesos políticos. Por lo menos para mi, no
es muy claro cuáles pueden ser los efectos decoloniales de las propuesta de estatalización,
de reforma agraria, etc., con un propuesta de transformación radical de los esquemas
interpretativos del conocimiento, cuando ya han sido esbozados por otras estructuras
políticas como el nacionalismo revolucionario, por lo menos en México y Bolivia, con no
muy buenos resultados.

3. El esquema de construcción de identidades alrededor de las formaciones políticas y los


presuntos criterios de prioridad ontológica frente a las alternativas de proyección de
construcción política, por una suerte de privilegio constitutivo, no puede seguir siendo un
criterio que base la proyección de la articulación política. Al igual que es peligroso la
centralidad del proletariado en los esquemas marxistas, es igualmente peligroso la
centralidad alrededor de lo pueda a llegar a suponer una identidad indígena y los criterios
netamente culturalistas o/y étnicos forman lógicas discursivas que pueden llagar a priorizar
su centralidad como agente de transformación social; son cosas distintas. Las lógicas de

140
construcción social o político no pueden centrarse alrededor de la construcción de una
identidad fijada por coherencias de una totalidad social, la transformación del agente, actor
social, clase o formación social. Lo que permite que experiencias como las analizadas, de
cierta forma, puedan cumplir sus objetivos es la identificación parcial, apenas como
expresión de la exclusión o adaptación discursiva como mera diferencia por parte del
discurso hegemónico, en la extensión de sus demandas, como de la propia aceptación de la
probable perdida de parte de su particularidad en un proceso político extendido cuando se
articula. Es en la articulación de heterogéneos que se nuclean alrededor de la universalidad
parcial, equivalencial y tendencialmente vacía que puede adoptar un esquema de formación
social, no sobre pretendidos criterios ontológicos privilegiados, de tal forma se pueden
constituir bloques históricos, en disputa por la lucha hegemónica.

Concuerdo con las críticas que expresa tanto Ramón Grosfoguel como Pablo Stefanoni a
los esquemas de interpretación exclusivamente discursiva que puede poseer el
postmarxismo de Laclau, así como de la presunta vacuidad de la universalidad que da
constitución a la hegemonía. Por ello y como superficie de inscripción primera de cualquier
posicionamiento de una universalidad, debe realizarse el ejercicio histórico de
develamiento de la emergencia de los sectores que pueden llegar a posarse como
universalidad y representar una lucha política, de carácter popular, en antagonismo con la
red discursiva hegémonica opuesta a éste.

De esta manera, decimos que la inscripción de demandas y significantes en la lucha


discursiva está contenida, pero tampoco está completamente llena, pues no habría nada más
que decir sobre ésta. Es decir, el significante “nación” tiene un origen histórico y una
dinámica de enunciación dependiendo del discurso que la utilice, sin embargo el
significante como tal “nación” es tendencialmente vacío, pues como hemos visto, los
procesos políticos de izquierda aún mantienen unas propuestas y demandas alrededor de
éste, si estuviera cerrado, nada más allá podría elaborarse como discurso antagónico con él,
por tanto los proceso sociales tienden a llenar de significado a este significante: se lucha
por significar dicho significante, con el deseo de decir la “verdad”, dirá Laclau.

Lo que no se puede olvidar, y hacia esto apunta la crítica de Grosfoguel y Stefanoni, es que
para que ciertos significantes puedan ser disputados, deben tener algún contenido primario
político que facilite su disputa. Es decir, lo que hemos visto de los diferentes procesos es la
disputa al sistema de diferencias ciertos significantes que sin una base histórica serían
completamente incomprensibles: autonomía, coca, participación, rescate de los recursos
naturales nacionales, el mismo significante izquierda, entró en esta disputa, etc. no son
comprensibles sin que tenga lugar un análisis histórico, no del significante como tal sino
del proceso de reclamos que dan lugar a que dicho significante tenga centralidad, una
parcialidad sincrónica, dentro de un tiempo espacio.

4. El otro gran factor que da de cierta manera la centralidad de este giro en la izquierda, es
la decisión de estas “voluntades colectivas” en entrar en la lucha hegemónica. El factor
decisorio viene acompañado de los momentos de factibilidad y de las dinámicas
organizativas. La decisión de los zapatistas de irrumpir en la lucha armada en 1994, del

141
Movimiento bolivariano de entrar en elecciones en 1997, y de los bolivianos y del MAS-
IPSP de responder con movilizaciones y bloqueos ante los intentos de privatización de los
recursos naturales y de mantener los esquemas representativos democráticos pueden, entre
otros, introducirse en el momento decisorio. En el organizativo existe una diferencia
fundamental entre las experiencias del zapatismo, con el tejido entre la experiencia de larga
memoria de las comunidades indígenas, el proyecto guerrillero de la izquierda de los
sesenta; de la constitución del instrumento político del MAS-IPSP que se ha cimentado en
las estructuras sindicales campesinas bolivianas, que son a su vez una mezcla o conjunción
de las experiencias de asociación del sindicalismo minero con las formas organizativas
comunales como el Ayllu; frente a la experiencia del Movimiento Bolivariano, la cual no
viene asentada propiamente de una experiencia extendida sino sobre la oposición al sistema
político, donde el proceso posterior de discusión de la constitución de 1999 va a dar paso a
unas facilidades a la participación y la experimentación con formas organizativas de ahí en
adelante.

En todo caso, la cuestión indígena y sus formas organizativas como los “esquemas” de
construcción colectiva, epistemológicas, sociales o comunitarias, de una u otra forma,
quedan para nosotros como mestizos-urbanos básicamente como “lo real” lacanaiano. Al
final tenemos que podemos intentar establecer relaciones de metonimia, es decir, se
emprenden procesos de identificación parcial con el Otro donde se resguarda cierta
distancia de identidad entre las partes, diríamos que existe “simpatía”. Igualmente, se puede
extender el análisis de este tipo de relaciones con procesos socio-políticos distantes31, al
entrar en proceso de diálogo o encuentro con distintas formación sociales en distintos
ordenes simbólicos. Por mucho que lo intentemos, parte de nuestro reconocimiento político
frente a formaciones sociales que emprenden luchas populares, va a quedar inscrito
analógicamente en lo “real”: la construcción y manejo de los ordenes simbólicos hayan sus
límites cuando existe “algo” que escapa a la simbolización, es esa falla constitutiva lo que
permite que los ordenes simbólicos no llegar a completarse como tales. Lo “real” no se
refiere exactamente a establecer diferencias con la realidad, se remite mejor, al encuentro
traumático con ese extraño que es el Otro, y a entender como una totalidad social sus
acciones y pensamiento político, sin que ello signifique que no podamos a opinar o analizar
sobre estos, sino reconocer que en la lucha política los “ellos” como los “nosotros”, no
pueden encontrarse en ningún pedestal de privilegio ontológico, lo verdaderamente
importante es la capacidad de accionar político que puedan alcanzar, pues como las
identidades son formaciones apenas parciales en la contingencia nada les otorga una
primacía transformadora, mas allá de su propia emergencia histórica y social.
31 Un interesante ejemplo puede verse en la adopción de esta expresión frente al EZLN. Hablando de
Beveyley sobre el proceso zapatista, dice la autora “El autor toma prestado el término deseo de
Fredric Jameson quien lo utilizó para referirse a los estudios culturales. Jameson describió el 'deseo
llamado estudios culturales' como el proyecto de construir un bloque histórico que formara la base de
una nueva disciplina. En cuanto a lo real, según Beverley en la acepción que le dio Lacan significa lo
que se resiste absolutamente a la simbolización, lo que provoca un fuerte efecto de
desfamiliarización o incluso lo que cancela la idea de que una forma particular de expresión cultural
pueda construir una representación adecuada de la realidad. En Otras palabras, Berveley opina que la
rebelión de Chiapas ha causado un fuerte choque, tiene un efecto de enajenación y es difícilmente
representable” (Vanden, 2006).

142
La dinámica organizativa bastante diferencial entre los casos, vista en los microańaĺisis,
dejan ver la diversificación mismas de las formas de articulación y los espacios que se
abren con ellas. La exploración de nuevas formas de organización, su heterogeneidad, es
una constante, que para procesos de irrupción y desborde radical de las estructuras del
Estado colonial, debe persistir. No es sino hasta cuando en la diversidad y variedad
explorativa y basada en criterios organizativos alternativos al sistema de representación y
mediación política, cuando podemos avizorar potencialmente las grandes y extendidas
formas de articulación que caracteriza a este “giro”, por lo menos en estos casos. El
desborde de las formas democráticas de organización y sus dinámicas debe ser constante,
no pueden centrarlizarse o “recolonizarse”. En esto, básicamente estoy de acuerdo con Raúl
Zibechi, el impulso de la dinámicas organizativas con demandas desbordantes, con unas
demándas que puedan ser equivalenciales en su antagonismo al sistema, debe tratar de estar
“dispersando el poder” a cada momento, pero no sin que se vayan decantando algunos
avances, no es simplemente dispersar por dispersar.

No hay que caer en ingenuidades abstractas posmodernas, el sistema de referencia del


sistema moderno mundo colonial es fuerte, sino se estructuran y se decantan claramente
algunos logros, más allá del dispersar el poder, este discurso hegemónico, como
efectivamente lo es, puede volver los momentos de dispersión en elementos diferenciales
de su sistema discursivo, pues algo hay algo claro, como lo critica Zizek a Deleuze, no
basta simplemente ser dinámicos frente al sistema, porque en esencia el capitalismo es per
se dinámico.

5. Todo lo anterior remite directamente al problema de la constitución, recreación y


construcción de la nación. Básicamente, los microanálisis demuestran la centralidad de la
construcción de un proyecto nacional, dado que los actores sociales articulados y
representados, en cierta medida, por las aspiraciones de las organizaciones analizadas,
fueron excluidos tanto de las dinámicas políticas y sus sistemas de pactos, como de los
actos fundacionales de las naciones. La idea de nación en Latinoamérica es posible, en gran
medida, gracias a las corrientes del pensamiento político europeo y la propia experiencia
imperial de constitución de las naciones europeas, adoptado por las élites criollas mestizas
y blancas de las repúblicas Latinoaméricanas independientes en el siglo XIX, en su
experiencia colonial. Las divisiones de estas repúblicas obedecen a los criterios
administrativo-territoriales, de control de población y de la división económica para la
explotación de recursos naturales, desde los tiempos coloniales, siendo arbitrarias y
contrarias a las propias divisiones culturales y sociales de los pobladores originarios de
América. A pesar de todo, la cuestión nacional sigue latente en los diversos discursos de
izquierda, y esto se manifiesta en la intervención radical de la reapropiaciones narrativas
históricas y del accionar concreto sobre los límites territoriales de los Estado-nación.

Este punto de reflexión, como propuesta, debería ser analizado en profundidad, ya no en


este trabajo, puesto que en el panorama actual, entre una disputa por la significaciones del
espacio, el territorio y el Estado, se torna bastante problemática, especialmente cuando son
la construcciones discursivas de la globalización y el Estado-nacional las imágenes

143
hegemónicas que disputan la significación del espacio y la vinculación identitaria sobre el
territorio. Las izquierdas aquí analizadas vacilan entre las dos imágenes, y en ocasiones, se
refuerza la prioridad del Estado-nación y las cuestiones autonómicas de construcción de
espacio para el desarrollo de las alternativas políticas posibles de construcción de redes
discursivas que antagonicen con el discurso o discursos imperantes.

6. La demanda por una nueva constitución es un elemento común en los tres casos, ya
logrado en Venezuela y en Bolivia, y que en la sexta declaración de la selva Lacandona, el
EZLN retomó, luego del fracaso de la ley COCOPA, reclamo el cual había sido retirado de
las otras declaraciones, esperando una resolución del conflicto por la vía institucional. Es
curioso que estos procesos, incluido Ecuador, haya insistido en la construcción de una
nueva constitución, porque más allá de los efectos jurídicos que pueda a llegar a tener,
significan por lo menos simbólicamente, un nuevo momento fundacional de la nación. Esto
tiene las explicaciones comunes del caso, una de ellas la expresada anteriormente, pero
también es el avance sobre la institucionalidad y cierto decantamiento de los logros de las
organizaciones; no podemos decir que todo deba derivar en una constitución. Lo que si ha
sido evidente, es la reactivación del debate político que esta propuesta tiene, no sólo en su
elaboración sino en los efectos que puede llegar a tener.

7. De la (des)estructuración del campo político podemos decir que existen innumerables


formas y bajo diversos contenidos de construir los campos políticos y que estos cruzan la
espacio temporalidad actual e histórica. Para el caso de las izquierdas aquí analizadas
detectamos tres formas distantes de abordaje de estos campos. 1. para entrar a llenar un
vacío tensionando el campo por división radical entre contrarios de la sociedad
(Movimiento Bolivariano) 2. por irrupción y toma para la transformación del sistema de
referencias diferenciales de dicho campo (MAS-IPSP) en el reconocimiento desbordante de
su heterogeneidad, y 3. para constituirse a sí mismo como campo político o por lo menos
para intentar dar viabilidad a la formación de un campo antagónico al sistema de
referencias constituyéndose a sí mismo como tal (EZLN). Fácilmente se puede deducir que
las transformaciones de dicho campo político operan según los esquemas desicionales y
organizativos de cada experiencia. Pero lo importante en los tres casos es volcar y
tergiversar el sistema de “equilibrios” socio-políticos pactados bajo los cuales se ha
construido el campo político nacional, generalmente bajo el cual se construye el sistema de
diferencias parcialmente bien solventado como son los sistemas democrático liberales.

Muchos elementos nos podrían indicar la apertura a un momento de ruptura de las


relaciones sociales impulsados desde la izquierda de nuevo tipo, que tiene lugar en
Latinoamérica. Sus resultados no los podemos prever de antemano, lo que si podemos decir
es que el ciclo abierto desde 1989 hasta estos tiempos en Latinoamérica, no sólo desde el
plano político, sino social del conocimiento, parece estar desprendiéndose de los
dictámenes eurocentricos de visión y articulación, a una apertura de los campos de
conocimiento y a creer que es posible una izquierda autóctona, que ha impulsado a lo que
llaman los kataristas “el despertar de un gigante social dormido”, esta vez ampliado a las
organizaciones de izquierda que han tomado parte de un nuevo espacio de apertura de las
dinámicas de ejercer y vincularse a lo político; de construir o posibilitar los espacios para

144
que lo político sea el centro de la confrontación y disputa por la hegemonía, la construcción
de pueblo y el emprendimiento de procesos de decolonización del pensamiento como del
campo político, pero aun es tempano para sacar conclusiones certeras sobre la marcha de
los proceso de transformación social.

145
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