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Dilema ético, jurídico y médico de la eutanasia.

La eutanasia ha sido manejada por dos corrientes filosóficas, integradas por hombres de ciencia y
religión basándose en las creencias y conocimientos que hasta ese momento sus semejantes,
como seres sociales, han desarrollado invocando la dignidad humana, tanto para defenderla como
para rechazarla. Para sus defensores, la dignidad humana del enfermo consiste en el derecho a
elegir libremente el momento de la muerte. Para sus detractores, la dignidad humana es oponerse
a este derecho por considerarlo una arbitrariedad humana frente a un asunto exclusivamente
divino para algunos y exclusivamente científico-legal para otros. (Peña, 2012)

Quienes defienden la eutanasia sostienen que la finalidad del acto es evitarle sufrimientos
insoportables o la prolongación artificial de la vida a un enfermo, presentando tales situaciones
como «contrarias a la dignidad». También sus defensores sostienen que para que la eutanasia sea
considerada como tal, el enfermo ha de padecer, necesariamente, una enfermedad terminal o
incurable, y en segundo lugar, el personal sanitario ha de contar expresamente con el
consentimiento del enfermo.

Hablamos del “valor de la vida humana” pero, como personas y como sujetos sociales, nos importa
cada vez más señalar en qué consiste y a qué nos obliga si queremos poner en práctica esa
valoración. Una sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la
precariedad de su salud y por la actuación de terceros, se inflige a sí misma la ofensa que supone
considerar indigna la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas. Al echar por
tierra algo tan humano como la lucha por la supervivencia, la voluntad de superar las limitaciones,
la posibilidad incluso de recuperar la salud gracias al avance de la Medicina, se fuerza a aceptar
una derrota que casi siempre encubre el deseo de librar a los vivos del “problema” que representa
atender al disminuido. (Squillaci, 2016)

El amor al trabajo y al hombre, el respeto por la vida y al ser humano en su integridad, el sentido
del deber, la responsabilidad, la honestidad, el altruismo, el desinterés y la dignidad profesional
entre otros, son valores que deben llegar a convertirse en virtudes que caractericen la actuación
del médico al asimilarse como valores personalizados, expresión legitima y auténtica del sujeto
que los asume.
Una definición más legal sería “El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y
directos a la muerte de otro, por la petición seria e inequívoca de éste, en el caso de que la víctima
sufriera una enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera
graves padecimientos difíciles de soportar”.
Por tanto, desde un punto de vista legal, sólo se produciría eutanasia cuando: a) un ser humano
causa directamente la muerte a otro ser humano; b) existe una petición previa, expresa y
reiterada, por parte de este último, en plena posesión de sus facultades mentales; y c) el
solicitante padece una enfermedad grave que le conducirá inevitablemente a la muerte o le
produce un sufrimiento insoportable. Si no se dan las tres condiciones, no es eutanasia.
Una concepción similar la encontramos en los dos únicos países en que, en este momento, la
eutanasia se encuentra despenalizada (Parlamento holandés el 10 de Abril de 2001 y Parlamento
belga el 16 de mayo de 2002) como acto que intencionalmente pone fin a la vida de una persona,
adulta y mentalmente competente, a su requerimiento, con el importante y lógico añadido de
que, en ambos países, la práctica legal de la eutanasia debe ser efectuada por un médico como
mejor garantía de que se cumplen los requisitos exigidos por la ley ante una situación en la que la
dolencia del paciente no responde a los tratamientos disponibles y el sufrimiento es insoportable.
Entonces para tomar una decisión en la que se encuentre implicada la existencia de una persona
será preciso un detallado análisis y personalización de cada caso. Esta será nuestra segunda clave.

El derecho ante la eutanasia

Actualmente la eutanasia es un delito, cualificado con una pena poco grave si se compara con
otras formas de homicidio. Como es sabido, esto se debe a que se vinculó con el suicidio en una
decisión muy discutible tomada en el año 1995. No parece que la escasa gravedad de la pena
pueda producir una acción objetora, en todo caso parece más bien que debería dar paso a una
acción cívica a favor de una más correcta proporción de la pena al delito.

El supuesto derecho a la muerte digna enmascara, en nombre de una posición parcial sobre la
autonomía del paciente, la realidad jurídica de la eutanasia. Bioéticamente hablando no es lo
mismo morirse, o dejar morir, que matar o ayudar a otro a matarse. Mientras que morirse es un
hecho, dejar morir implica una conducta éticamente relevante, ya que unas veces procederá
abstenerse de intervenir, o suspender el tratamiento iniciado, en los casos de enfermedades
incurables; y otras veces, dejar morir, pidiéndolo o no el paciente, puede ser un acto inmoral y
hasta criminal de dejación de los deberes de asistencia hacia el enfermo.

Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la eutanasia legalizada otorga el poder,


generalmente al personal sanitario, de poner fin directamente a la vida de personas en
condiciones especialmente dependientes. En este sentido, es una clara manipulación ideológica el
que este poder se amplíe, precisamente en nombre de los derechos subjetivos de aquel de quien
se considera, con parámetros de calidad, que está en una condición indigna. No en vano autores
como Herranz, Kass y Hendin han señalado que la eutanasia suele reclamarse por unos sujetos,
que se consideran autónomos en sentido filosófico, para otros que se encuentran en condiciones
objetivas de vulnerabilidad.

Es más, la protección jurídica de la vida más dependiente se limita a una especie de control
burocrático de formularios, que, en los casos como el belga, incluso impiden en primera instancia
el control por el órgano administrativo, el conocimiento del nombre de la víctima y el del ejecutor.