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XX Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lima, Perú, 10 - 13 nov.

2015

Transparencia y derecho a una buena administración

Juli Ponce Solé

I. Introducción. Las relaciones entre transparencia y buena administración 1

Si bien transparencia y buena administración tienen profundos vínculos, se trata, en nuestra opinión, de
conceptos distintos, aunque interrelacionados, cuya efectividad puede y debe hacerse realidad mediante
técnicas distintas.

I.1 Buena gobernanza, buen gobierno, buena administración

Sin embargo, antes de analizar las conexiones entre transparencia y buena administración, conviene
deslindar otros conceptos también íntimamente vinculados a la buena administración, pero no
exactamente idénticos. Así, el concepto de gobernanza (y de buena gobernanza) hace referencia, como
es sabido, a una forma de gobernar más cooperativa en la que la que actores públicos y privados
participan en red en la formulación y aplicación de la política y las políticas públicas de acuerdo con
los principios de buena gobernanza (por todos, CERRILLO, 2015). Por su parte, el gobierno (y el buen
gobierno) se refiere, en nuestra opinión, al modo cómo una parte del poder ejecutivo desarrolla sus
funciones, mientras la buena administración hace referencia al modo cómo el otro componente del
poder ejecutivo desarrolla sus tareas administrativas, siendo los conceptos de mala administración
(negligente) y corrupción (mala administración dolosa) sus opuestos (sobre la mala administración y la
corrupción, PONCE, 2013).

En este sentido, pues, el buen gobierno y la buena administración son nociones distintas de la buena
gobernanza, más restringidas y concretas, pues no incluyen a actores privados y se distinguen por la
específica función a la que se refieren, aunque en ocasiones, sobre todo buena gobernanza y buen
gobierno, se utilicen de forma indistinta, dependiendo del contexto y del idioma (en este sentido,
identificando good governance y good government, por ejemplo ADDINK, 2014).

I.2 El derecho a una buena administración

El concepto de buena administración ha conocido en las últimas décadas una tecnificación jurídica que
lo ha hecho plenamente operativo como guía de conducta pública y como criterio de resolución de
concretos conflictos. El poder ejecutivo se ve hoy en día sometido a concretas obligaciones jurídicas
vinculadas a la existencia de un auténtico derecho subjetivo de los particulares a una buena
administración.

En el ámbito europeo, el Consejo de Europa ha sido activo en el ámbito del deber de buena
administración. Así, la Recomendación CM/REC (2007) 7 del Comité de Ministros a los Estados
Miembros sobre buena administración incluye varias sugerencias a los Estados Miembros para
promover la buena administración. Entre ellas, hay una sobre la adopción de los estándares establecidos
en un código modelo que se acompaña como apéndice a la propia Recomendación. Por lo que se refiere
a la Unión Europea, debe resaltarse la conocida consagración en la Carta de Derechos Fundamentales
(art. 41)2. El Tratado de Lisboa pasa a reconocer a la Carta, y por tanto, a su art. 41, plena virtualidad
1
Una versión inicial de este apartado y del siguiente fue publicada en la Revista Tiempos de Paz, núm. 114 del año 2014.
2
“Artículo 41
Derecho a una buena administración
1
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jurídica3. Además, el Parlamento Europeo ha aprobado el Código Europeo de Buena Conducta


Administrativa, por resolución de 2001, posible embrión de una futura codificación del procedimiento
administrativo europeo4. Se debe notar, por otra parte, que un deber jurídico parecido se encuentra
recogido en ordenamientos jurídicos de nuestro entorno, como es el caso del principio de buon
andamento, recogido en la Constitución italiana5.

El derecho a una buena administración se encuentra ya incorporado en diversa normativa española.


La Constitución de 1978 (como hemos tenido ocasión de señalar en otro momento con más extensión y
detalle en PONCE, 2001), prevé, implícitamente un auténtico deber jurídico de medios: lo que hemos
denominado, siguiendo la línea clásica de nuestra legislación, jurisprudencia y doctrina, deber de buena
administración. Deber que se encuentra explicitado en las artes. 9.3 (principio de interdicción de la
arbitrariedad), 31.2 (principios de economía y eficiencia) y 103.1 (principios de objetividad,
coordinación y eficacia) y que afecta a todo desarrollo de la función administrativa.

Recientes modificaciones de Estatutos de Autonomía han recogido también el derecho a una buena
administración6. En el nivel legal, la legislación de contratos, contiene una referencia clásica a la
orientación de la capacidad de contratación de las Administraciones públicas por los principios de
buena administración (actual art. 25.1 LCSP). O en el ámbito de la potestad reglamentaria, es el caso
del artículo 58.1 de la Ley Foral 14/2004, de 3 de diciembre del Gobierno de Navarra y de su
Presidente. Asimismo, también en la en el Preámbulo de la Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto
Básico del Empleado Público, se hace una alusión a la buena administración.

Una reciente incorporación in extenso del derecho a una buena administración lo encontramos en
diversas leyes autonómicas. Así, la ley catalana 26/2010, de 3 de agosto, de régimen jurídico y
procedimiento de las administraciones públicas de Cataluña, cuyo artículo 22 recoge explícitamente un
1. Toda persona tiene derecho a que las instituciones y órganos de la Unión traten sus asuntos
imparcial y equitativamente y dentro de un plazo razonable.
2. Este derecho incluye en particular:
-el derecho de toda persona a ser oída antes de que se tome en contra suya una medida individual
que le afecte desfavorablemente,
.el derecho de toda persona a acceder al expediente que le afecte, dentro del respeto de los intereses
legítimos de la confidencialidad y del secreto profesional y comercial,
.la obligación que incumbe a la administración de motivar sus decisiones.
3. Toda persona tiene derecho a la reparación por la Comunidad de los daños causados por sus
instituciones o sus agentes en el ejercicio de sus funciones, de conformidad con los principios generales
comunes a los Derechos de los Estados miembros.
4. Toda persona podrá dirigirse a las instituciones de la Unión en una de las lenguas de los Tratados y
deberá recibir una contestación en esa misma lengua.”
3
Véase el art. 6.1 del TUE de acuerdo con el Tratado de Lisboa, confiriendo a la Carta el mismo valor jurídico que a los
Tratados. En cualquier caso, como es sabido, el derecho a una buena administración sólo es de aplicación en las relaciones
jurídicas con las instituciones comunitarias, no respecto de las autoridades nacionales, aunque no falten opiniones que
entiendan argumentable la necesidad de extender aquél a éstas, al menos cuando aplican Derecho Comunitario. Véase: Eva
Nieto-Garrido e Isaac Martín Delgado, 2007. European Administrative Law in The Constitutional Treaty, Hart,86 y ss.
4
En septiembre de 2009, el Síndic de greuges publicó un Código de Buenas Prácticas Administrativas, inspirado, como
señala él mismo, en este Código de Buena Conducta Administrativa.
5
Un informe oficial encargado por el Gobierno sueco a la Agencia sueca para la Gestión Pública, establece una interesante
comparación de los principios de buena administración existentes en los ordenamientos jurídicos de los distintos países de la
Unión Europea Consultable en http://www.statskontoret.se/upload/Publikationer/2005/200504.pdf
6
Téngase en cuenta el art. 30 del Estatuto de Autonomía catalán, aprobado por la Ley orgánica 6/2006, de 19 de julio, el art.
31 del nuevo Estatuto de Autonomía andaluz, aprobado por la Ley Orgánica 2/2007, de 19 de marzo, el artículo 14 del
nuevo Estatuto de Autonomía balear, aprobado por Ley Orgánica 1/2007, de 28 de febrero, del artículo 12 del nuevo
Estatuto de Autonomía de Castilla y León, aprobado por Ley Orgánica 14/2007, de 30 de noviembre o del art. 9 de la
reforma operada por la Ley Orgánica 1/2006, de 10 de abril, al Estatuto de Autonomía valenciano.
2
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derecho a una buena administración. En Andalucía, la Ley 9/2007, de 22 de octubre, también se refiere
a los principios de buena administración. En el caso de Castilla y León, el derecho a una buena
administración reconocido en su Estatuto es desarrollado por una entera ley, la ley de la Comunidad
Autónoma de Castilla y León 2/2010, de 11 de marzo, de Derechos de los Ciudadanos en sus relaciones
con la Administración y de Gestión Pública. La ley balear 4/2011, de 31 de marzo, por su parte, se
ocupa del buen gobierno y de la buena administración.

Pasando de los textos legales a la jurisprudencia generada en la resolución de problemas concretos,


hay que mencionar la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) que alude al principio de
buena gobernanza (good governance) derivado del Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950
y lo aplica a la actividad administrativa. El TEDH mantiene una consistente jurisprudencia aludiendo al
principio de buena gobernanza como instrumento jurídico para orientar y limitar la discrecionalidad de
las autoridades de los países miembros del Convenio de 19507. En cuanto a la jurisprudencia del
Tribunal de Justicia de la Comunidad Europea y del Tribunal de Primera Instancia, diversas
sentencias se han referido a la buena administración de forma implícita y explícita.8. En la misma línea,
el Tribunal Supremo español y los Tribunales Superiores de Justicia de las Comunidades
Autónomas ya se han referido en numerosas ocasiones al derecho a una buena administración
(PONCE, 2008). Esta jurisprudencia insiste en la necesidad de desarrollar una diligencia debida en la
ponderación de hechos e intereses relevantes en la toma de la decisión y que la misma quede plasmada
en el expediente y la motivación de las decisiones publicas.

El derecho a la buena administración supone, pues, un auténtico cambio de paradigma en el


entendimiento, análisis y control de la actividad pública9, pues respecto a ésta debe entenderse, ante
todo, que incluso la producción de actos jurídicos formalizados (autorizaciones, reglamentos, etc.),
como resultado del ejercicio de potestades administrativas, supone un servicio para la colectividad,
como lo es la gestión de hospitales o de escuelas, servicio que puede y debe ser evaluado tomando

7
Así, de las decisiones Cazja contra Polonia, de 2 de octubre de 2012, Rysovskyy contra Ucrania, de 20 de octubre de 2011,
u Öneryildiz contra Turquía, de 30 de noviembre de 2004, se deduce que aunque el ejercicio de la discrecionalidad
administrativa incluya una multitud de factores locales inherentes en la elección, implementación de políticas públicas
(como por ejemplo, las urbanísticas) y en las medidas que resulten, ello no significa que las autoridades puedan
legítimamente apoyarse sólo en su margen de apreciación, el cual de ningún modo les dispensa de su deber de actuar
conforme al principio de buena gobernanza, que impone una actividad pública:
- Ágil y rápida y en su debido momento (“promptly”, “speedily”, “in good time”), desarrollada de una manera apropiada y
“sobre todo” consistente, especialmente cuando afecta a “derechos humanos fundamentales, incluyendo el derecho de
propiedad”.
-Llevada a cabo con sumo (“utmost”) cuidado, “en particular cuando se trata de materias de vital importancia para los
individuos, como beneficios sociales y otros derechos parecidos”.
-Mediante el desarrollo de procedimientos internos que permitan la transparencia y la claridad de sus operaciones,
minimicen el riesgo de errores y promuevan la seguridad jurídica en las transacciones entre particulares afectando intereses
relativos a la propiedad.
-Correctora de errores cometidos, con el pago, en su caso, de una adecuada compensación u otro tipo de reparación
apropiada para el ciudadano afectado por los mismos.
8
Véase H.P. NEHL.1999. Principles of Administrative Procedures in EC Law, Hart publishing: Oxford ; Jürgen Schwarze,
2004.“Judicial Review of European Administrative Procedure”, Public Law, 49, 146 y ss.. Por lo que se refiere al Tribunal
de Justicia de la Comunidad Europea, son destacables diversas decisiones, sobre todo desde los años setenta, entre ellas, por
ejemplo, el caso C-260/90 Technische University München v. Hauptzollamt München-Mitle (1991) ECR I-546, anterior a la
Carta de Derechos Fundamentales, y el caso ante el Tribunal de Primera Instancia que dio lugar a la sentencia de 30 de
enero de 2002 (Caso T-54/99, Max. mobil Telekommunikation Service GmbH. v. Commission).
9
Utilizamos la expresión paradigma en el sentido empleado en el ámbito de las ciencias naturales por T.S KUHN, 1996, 3ra
ed., The structure of scientific revolutions, University of Chicago: Chicago (existe traducción al español: La estructura de
de las revoluciones científicas, 1981, Madrid: Fondo de Cultura Económica), extendiéndolo en este caso a las ciencias
sociales y, concretamente, al Derecho (público).
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como parámetros, entre otros, los criterios de eficacia, eficiencia y economía, que pueden articularse a
través del procedimiento de elaboración de esas decisiones10. Esta reflexión nos conduce a la
relevancia del Derecho en garantía de la buena administración, aunque ésta no sólo dependa de él
(pero también de él, PONCE, 2014).

I.3 Las relaciones entre transparencia y buena administración

Si bien transparencia y derecho a una buena administración tienen profundas relaciones, lo cierto es
que son dos conceptos distintos (no coincidimos, pues con RAMS, 2011). El segundo es más amplio
que el primero, siendo aquélla, en definitiva uno de los instrumentos para el logro de la efectividad de
éste. En esta línea, el artículo 15 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea señala como “A
fin de fomentar una buena gobernanza y de garantizar la participación de la sociedad civil, las
instituciones, órganos y organismos de la Unión actuarán con el mayor respeto posible al principio de
apertura”

II. El buen gobierno y la buena administración en la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de


transparencia, acceso a la información y buen gobierno, y más allá de la misma.

II.1 El buen gobierno en la ley 19/2013: la ausencia de referencias a la buena administración.

Sin duda, una novedad jurídica relevante ha sido la aprobación de la ley 19/2013, la ley de
transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno, la cual dedica su Título II al buen
gobierno, artículos 25 a 32. Lamentablemente, la ley se limita a establecer una serie de principios de
buen gobierno, que no suponen ninguna real novedad, y a utilizar el derecho administrativo
sancionador, en negativo, como instrumento de castigo del mal gobierno. Sin embargo, el buen
gobierno requiere de algo más que de sanciones11.

Pero, y esto es lo que ahora nos interesa, la ley estatal 19/2013 ni siquiera menciona a la buena
administración, pese a que los altos cargos a que se refiere desarrollen funciones administrativas y
adopten decisiones administrativas. Se desconocen, así, todos los avances internacionales y nacionales
antes expuestos.

II.2 Lo que no está en la ley: las obligaciones derivadas del derechoa una buena administración.

Esta omisión legal hace necesario seguir trabajando para que el ordenamiento jurídico estatal reconozca
y potencie el derecho a una buena administración, como han empezado a hacer diversas leyes
autonómicas ya mencionadas.

¿Cuáles podrían ser los mecanismos técnicos futuros a trabajar en garantía del buen gobierno y la
buena administración?

Podemos apuntar aquí, muy brevemente, algunos, que exigirían la modificación de diversas normas

10
Llama la atención sobre este punto V CERULLI IRELLI, 1997., "La simplificación de la acción administrativa", D.A., 248-
249, 1997, 339 y 340, señalando el cambio cultural "de verdadera y propia revolución" que esto comporta, respecto a los
administradores, los jueces y los ciudadanos.
11
En idéntico sentido, DESCALZO, A., “Buen Gobierno: ámbito de aplicación, principios generales y de actuación,
infracciones disciplinarias y conflicto de intereses”, Capítulo VII en la obra coordinada por GUICHOT, E., Transparencia,
Acceso a la Información Pública y Buen gobierno. Estudio de la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, Tecnos, Madrid, 2014,
pág. 253.
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existentes y que un plan de regeneración democrática12 haría bien en considerar13:

1. Abstención, recusación, incompatibilidades y conflictos de intereses

Afrontar la mala administración y la corrupción y lograr un buen gobierno y una buena administración
exige inyectar cuanta más meritocracia e igualdad sea posible en la vida pública14. Para ello, la garantía
del cumplimiento de los deberes de objetividad e imparcialidad (art. 103 CE) como componentes del
buen gobierno y la buena administración son esenciales.

Sin embargo, la ley 19/2013 de transparencia no ha aprovechado para reforzar la regulación de la


abstención y recusación (arts. 28 y 29 de la ley 30/1992 y equivalentes autonómicos), manifiestamente
mejorable en varios frentes, y tampoco recoge las recomendaciones efectuadas en su momento por la
Comisión de Expertos del Estatuto Básico del Empleado Público en el sentido de hacer más estrictas
las incompatibilidades, en garantía de la imparcialidad, en los decisores de nivel superior,
manteniéndose la regulación preexistente desde hace 30 años. De igual modo, no se modifica la
legislación de conflicto de intereses para reforzar, como se ha propuesto por la doctrina, los
mecanismos de prevención de los mismos, especialmente en los casos de revolving doors, esto es, de
movimiento del sector público al privado ni se ha reforzado tampoco la posición de la Oficina de
Conflicto de Intereses, que mantiene su perfil de unidad administrativa adscrita a un Ministerio y cuya
capacidad de instruir el procedimiento sancionador cuando haya infracciones de obligaciones de buen
gobierno por parte de un miembro del gobierno (¡!), un secretario de estado o una persona al servicio
de la AGE es razonable poner en duda15.

2. Selección y estatuto jurídico de empleados públicos de libre designación, eventuales, directivos


y funcionarios locales habilitados estatales.

Diversos especialistas coinciden en el grave deterioro de una Administración colonizada por el


clientelismo partitocrático que conlleva una concepción patrimonial de una estructura que tiene en el
servicio a los intereses generales su razón de ser. La jurisprudencia del Tribunal Supremo ha
establecido en los últimos años una interesante doctrina sobre los límites en los que se debe enmarcar la
confianza en la libre designación de funcionarios y de personal eventual (cuyo número sería importante
conocer y limitar, de acuerdo con el art. 12.2 del Estatuto Básico del Empleado Público de 2007, en
adelante, EBEP, por cierto).

Sería interesante que el legislador se hubiera planteado mejorar el EBEP precisando los artículos 79 y
80 y su disposición adicional segunda, respecto al ámbito local a la vista de esta doctrina
jurisprudencial que “complementa” el ordenamiento jurídico (art. 1 del Código Civil). De igual modo,
la lucha contra la corrupción y el buen gobierno y administración en el ámbito local debería tener un
importante punto de apoyo en la figura de los funcionarios locales de habilitación estatal, pero su libre
designación, en algunos casos, y su dependencia retributiva del nivel político hacen su función
12
http://www.lamoncloa.gob.es/consejodeministros/Paginas/enlaces/200913Enlace_Regeneraci%C3%B3nDemocr%C3%A1
tica.aspx
13
Para más detalle, véase PONCE SOLÉ, J., “., “La prevención de la corrupción mediante la garantía del derecho a un buen
gobierno y a una buena administración…”, op.cit.
14
BO ROTHSTEIN* and JAN TEORELL,“What Is Quality of Government? A Theory of Impartial Government
Institutions”, Governance: An International Journal of Policy, Administration, and Institutions, Vol. 21, No. 2, April 2008
(pp. 165–190).
15
La ley 3/2015, reguladora del ejercicio del alto cargo de la Administración General del Estado, que mantiene en líneas
generales lo apuntado en el texto, ha sustituido ahora la tradicional regulación de incompatibilidades, estableciendo mayor
claridad en su art. 15, pero sin abandonar la idea del período de congelación de 2 años posterior al cese
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complicada. Ninguno de estos temas son tratados en la parte de buen gobierno de la ley 19/2013.

3. Due dilligence y due care y procedimiento administrativo debido

Si algún contenido concreto tiene el derecho a una buena administración es la necesidad de que al
ejercerse poder público (por el gobierno o la Administración) dicho ejercicio se vehicule mediante un
procedimiento de toma de decisión que permita garantizar el análisis y la toma en consideración
diligente y con el debido cuidado de los hechos e intereses relevantes, como ya reconoce la
jurisprudencia internacional y española.

El debido (due, fair) procedimiento se configura como un mecanismo de garantía de primer orden del
buen gobierno y de la buena administración. Sin embargo, la ley 19/2013 no aborda esta cuestión,
manteniendo la regulación existente, la cual es posible, sin duda, mejorar (así, reforzando la separación
entre instrucción y resolución más allá de los procedimientos sancionadores, exigiendo la confección
de un expediente que sea un auténtico fundamento de la decisión, considerando como encauzar la
negociación reglamentaria al igual que se ha hecho en otros ordenamientos de nuestro entorno, etc,
etc.).

4. Derecho a la motivación

Igual de fundamental que el procedimiento de toma de las decisiones, la justificación de las mismas es
esencial en garantía del buen gobierno y la buena administración y en la prevención de la corrupción.
En este sentido, el Derecho estatal y autonómico en este punto siguen siendo susceptibles de
importantes mejoras, que, sin embargo, la ley 19/2013 no aborda.

Así, queda por establecer de modo claro y explícito la necesidad de motivar las decisiones públicas de
tipo normativo (leyes o reglamentos), exigencia ahora ya establecida a nivel europeo por la Directiva
de Servicios, que, como es sabido, exige la motivación de una necesidad de “imperioso interés general”
para el establecimiento de regímenes autorizatorios (y que ya ha conducido, por cierto, a diversas
anulaciones judiciales por falta de motivación normativa, como en el caso de la sentencia del Tribunal
Supremo de 27 de febrero de 2012 y en el de la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña
de 25 de abril de 2012). Pero, más allá de la directiva, sería preciso, en aras de un buen gobierno y una
buena administración exigir la motivación (mediante la Exposición de Motivos, preferiblemente, y el
contenido del expediente) de las normas.

De igual modo, queda pendiente la exigencia legal de que la motivación de las decisiones públicas sea
suficiente (con la debida explicitación de los criterios extrajurídicos que fundan las discrecionales,
como exige, por ejemplo, el ordenamiento alemán) y congruente con el contenido del expediente, sea
de papel o electrónico. Y además diferente según el tipo de decisión, debiendo exigirse una mayor
diligencia y detalle cuando se trate, por ejemplo, de decisiones, normativas o no, que restrinjan
derechos, incluidos, claro está, derechos sociales en caso de recortes (véase la Sentencia del Tribunal
Supremo de 29 de marzo de 2012, en relación con la “especial motivación” exigible cuando una
decisión pública afecta al derecho al medio ambiente).

5. Diseños organizativos a favor del buen gobierno y la buena administración y en prevención de


la corrupción

Igual que se ha institucionalizado la transparencia a través del Consejo previsto, sería igual de
necesario institucionalizar, con debidas garantías de imparcialidad e independencia, la garantía del
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buen gobierno y la buena administración, tanto en el control de los conflictos de intereses (donde
claramente la Oficina de Conflictos de Intereses sigue sin cumplir con tales garantías) como en la lucha
contra la corrupción (ámbito donde la experiencia de la Oficina Antifraude de Cataluña en esta línea,
Ley 14/2008, de 5 de noviembre, parece del mayor interés).

6. Las Cartas de Servicio

El buen gobierno y la buena administración para dejar de ser términos vaporosos e inconsistentes
necesitan, como estamos viendo, de tecnificación y concreción. En esa línea, el establecimiento de
estándares claros - elaborados con transparencia y participación ciudadana - de buen gobierno y buena
administración es clave. Sin embargo, las Cartas de Servicio, llamadas a desempeñar ese papel, hasta el
momento no han pasado de ser, en muchas ocasiones, cosméticos brindis al sol, que no detallan el nivel
de buena administración a que se compromete el sector público en el ejercicio de poderes o la
prestación de servicios. Sería preciso, pues, declarar su inequívoca fuerza vinculante y establecer la
obligatoriedad de su confección, cosa que el proyecto estatal no realiza (pero sí empiezan a hacer otras
regulaciones autonómicas).

7. La evaluación de la calidad de políticas públicas y servicios públicos

Un compromiso efectivo con el buen gobierno y la buena administración no sólo supone fijar un
estándar claro y transparente en el que los ciudadanos puedan confiar, sino también conocer, saber si
dicho estándar se está respetando y cumpliendo y en qué condiciones. La evaluación, sea ex ante, sea
ex post, de las políticas públicas supone una asignatura aún pendiente para nuestro sector público, pese
al avance que supuso la creación a nivel estatal de la Agencia de Evaluación y Calidad hace unos
años16.

Una regulación sobre buen gobierno y buena administración debería conectar con la cuestión de la
evaluación, estableciendo ésta como obligatoria en ciertos supuestos (como hace, por ejemplo, la
legislación balear, exigiéndola siempre que se trate de supuestos que impliquen un gasto público
superior a los 5 millones de euros).

8. Better o Smart regulation

De igual modo, en el caso específico del ejercicio de potestades normativas, el buen gobierno y la
buena administración deben garantizarse mediante el desarrollo de estrategias de calidad regulatoria,
como las recomendadas a nivel internacional por la OCDE y desarrolladas por los EE.UU (desde hace
décadas, a través de la OIRA, de la que hasta hace poco ha sido director el profesor de Derecho Cass
Sunstein17) o la Unión Europea y diversos estados miembros de ésta (como señaladamente el Reino
Unido). En el caso de la Unión Europea, ésta ha lanzado un nuevo programa en relación con la better
regulation (new better regulation package, mayo de 2015), situándola de nuevo en lugar privilegiado
de la agenda europea y creando un organismo de supervisión de la evaluación de impacto normativo,
aproximándose parece a la experiencia norteamericana, denominado independent regulatory scrutiny
board18.

Si bien existen en nuestro ámbito algunos movimientos en tal dirección (en el nivel estatal, el Real

16
http://www.aeval.es/es/index.html
17
http://www.whitehouse.gov/omb/inforeg_default
18
Véase: http://ec.europa.eu/smart-regulation/index_en.htm
7
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Decreto de 2009 que estableció la memoria de impacto normativo y los arts. 4 y ss de la Ley de
Economía Sostenible, que establecen principios de buena regulación; en el nivel autonómico, por
ejemplo, Ley catalana 26/2010, art. 64), lo cierto es que estamos muy lejos de los desarrollos de
nuestros vecinos19. Esta crucial cuestión sigue necesitando no sólo de un mejor diseño normativo, sino
de la institucionalización de la calidad regulatoria y del desarrollo de unidades administrativas
interdisciplinares capaces de calcular impactos normativos de forma solvente, empleando para ello
tanto la Economía (análisis coste-beneficio, etc) como la Psicología, la Sociología, la Estadística, etc.,
que permitan traer al Derecho los avances de las ciencias del comportamiento en el diseño de
incentivos para la eficacia normativa (como los países más punteros ya están haciendo, a través de la
técnica del nudging o fomento de ciertas decisiones privadas; en el Reino Unido se ha constituido una
unidad administrativa en la Cabinet Office a tal efecto20.

9. La responsabilidad patrimonial por mal gobierno y mala administración

La garantía del buen gobierno y la buena administración quedaría coja si no existiera la necesidad de
que cuando se desarrolle un mal gobierno o una mala administración y se causen daños, éstos deban ser
compensados.

La responsabilidad patrimonial tiene un papel tanto preventivo (mostrando lo que ocurrirá en caso de
mala gestión pública) como, naturalmente reparadora.

En el caso específico de responsabilidad derivada de actos discrecionales ilegales, la jurisprudencia del


Tribunal Supremo ha establecido una doctrina consistente desde mediados de los años 90 del pasado
siglo, en la que se afirma que la simple declaración de ilegalidad en el ejercicio de la discrecionalidad
no supone la existencia de responsabilidad, siempre que el decisor público se haya mantenido dentro de
los márgenes de un ejercicio razonable y razonado de la discrecionalidad, esto es, en otras palabras,
respetando las obligaciones de debida diligencia y debido cuidado del derecho a una buena
administración. De ahí la importancia de concretar esa razonabilidad y racionalidad del ejercicio
discrecional (mediante, por ejemplo, las mencionadas cartas de servicio) por que si no se hace, la
interpretación judicial queda abierta y las posibilidades de condena de la Administración por daño
antijurídico causado por un funcionamiento anormal se incrementan.

La incorporación y precisión normativa de esta jurisprudencia otorgaría certeza y seguridad jurídica al


comportamiento público, evitándole futuras condenas judiciales por daños causados por mal gobierno o
mala administración.

10. Acción pública en materia de mal gobierno y mala administración

En fin, siendo el buen gobierno y la buena administración un valor de la colectividad, que a ella
perjudica, en definitiva, si se encuentra ausente, cabría reflexionar sobre la oportunidad de otorgar una
acción pública para la defensa del mismo, si no de modo transversal, al menos en ciertos sectores
donde esa acción pública no exista y pueda ser útil para prevenir así la corrupción (pensemos en el caso
de contratos o subvenciones).

III. Códigos de conducta, éticos, de buen gobierno, de buenas prácticas y de buena

19
Una comparación entre indicadores de calidad regulatoria efectuada por el Banco mundial puede encontrarse en:
http://info.worldbank.org/governance/wgi/index.aspx#home.
20
https://www.gov.uk/government/organisations/behavioural-insights-team
8
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administración21

Para finalizar, quisiéramos hacer referencia aquí con algo más de detalle a una técnica que supone un
cruce de caminos entre Derecho y Ciencia Política y entre el derecho a una buena administración y la
integridad pública como un elemento indispensable para cumplir adecuadamente las obligaciones
jurídicas que éste impone a los servidores públicos.

Un instrumento de buena administración y de buen gobierno es la codificación las exigencias éticas de


los empleados públicos y las relativas a la función de gobierno, aplicables en este último caso a
representantes electos y personal directivo (DÍAZ MUIÑA y MURILLO, 2008, CARRO, 2010). Nos
referimos a los códigos de ética, o de conducta, o de buena administración o buen gobierno, pues
diversas denominaciones se emplean, como veremos para referirse a ellos (WHITTON, 2001).

En el ámbito de los empleados públicos, por ejemplo, en el nivel de la UE, un ejemplo, ligado al
derecho a una buena administración del art. 41 de la CDFUE, es el el código europeo de buena
conducta administrativa de 2001. En España, la Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto Básico del
Empleado Público dedica su capítulo VI (arts. 52, que habla de “código de conducta, a 54) a los
deberes de los empleados públicos, aplicables éstos a todos los empleados del sector público,
funcionarios o laborales, incluyendo a los trabajadores de las entidades del sector público que no están
incluidas en el ámbito de aplicación de este Estatuto22. Por otro lado, también las propias
administraciones pueden elaborar códigos de buenas prácticas administrativas, como han hecho
algunos Ayuntamientos españoles23.

Estos códigos pueden incluir auténticos deberes jurídicos. Algunos de éstos constituyen auténticas
obligaciones jurídicas integrantes del derecho a una buena administración. Así, los deberes de
imparcialidad, neutralidad y objetividad conectan con el art. 103 CE y los principios constitucionales
de buena administración mencionados, mientras que los deberes funcionales que se establecen tienen
conexión con los principios constitucionales de buena administración de eficacia, eficiencia, economía
y objetividad, por cuanto incorporan el mandato de actuación diligente en el ejercicio de funciones
públicas (así, arts. 52.1, 53.10 y 54.2 EBEP), con austeridad (52.1, 53.5 EBEP) y eficiencia (52.8
EBEP), por ejemplo, los cuales “informarán la interpretación y aplicación del régimen disciplinario de
los empleados públicos”. (art. 52 del Estatuto) y cuya vulneración dará lugar a la correspondiente
responsabilidad penal (por ejemplo, delitos tipificados en el Código Penal vigente, como la
prevaricación, el cohecho, etc), civil del empleado público (por la vía del art. 145.2 LRJPAC, como ya
se dijo) o disciplinaria (arts. 93 y ss. EBEP y normativa estatal y autonómica complementaria, por
ejemplo, Disposición Adicional 19 Ley contratos sector público).

En cuanto a la responsabilidad disciplinaria, existen diversos ejemplos de infracciones y sanciones


tipificadas por el EBEP para la protección de la buena administración articulada por estos códigos,
como son los arts. 53.2 y 11 y 95.2.h y j (neutralidad, imparcialidad, objetividad), 53.5 y 6 y 7 y 9 y
54.5 y 54.6 y 95.2 j (deber de integridad), 52, 53.10 y 54.2 y 95.2 c y f (deber de diligencia), 54.5

21
Una versión inicial de este epígrafe y del siguiente fue presentada al congreso GIGAPP de 2014 y publicada en la revista
Gobernanza, núm. 35 de 2015.
22
Disposición Adicional 1ª de este Estatuto
23
Por ejemplo, el de Madrid:
http://www.madrid.es/portales/munimadrid/es/Inicio/El-Ayuntamiento/Cultura-y-Ocio/Codigo-de-Buenas-Practicas-
Administrativas?vgnextfmt=default&vgnextoid=886313192cdd8210VgnVCM1000000b205a0aRCRD&vgnextchannel=0c3
69e242ab26010VgnVCM100000dc0ca8c0RCRD&WT.ac=Codigo_de_Buenas_Practicas_Administrativas
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XX Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lima, Perú, 10 - 13 nov. 2015

(eficiencia y economía, mencionando “austeridad” en administración de recursos y bienes públicos24).

En un línea similar, pero en referencia ahora a la función de gobierno relacionada con altos cargos,
recientemente, se han promovido Códigos de Buen Gobierno, como en el caso del Código
Iberoamericano de Buen Gobierno25 o del Código de Buen Gobierno de los Miembros del Gobierno y
de los Altos Cargos de la Administración General del Estado, aprobado por el acuerdo del Consejo de
Ministros de 18 de febrero de 200526. En lo que se refiere al ámbito local y en relación con los electos,
el Congreso de Autoridades Locales y Regionales del consejo de Europa ha aprobado el Código
europeo de conducta para la integridad política de los representantes locales y regionales electos 27. En
España, la Federación Española de Municipios y Provincias, una asociación de entes locales, ha
impulsado el Código de Buen Gobierno Local en 201028.

III.1 La situación en España


Sin duda, la novedad jurídica más relevante ha sido la aprobación de la ley 19/2013, la ley de
transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno, la cual dedica su Título II al buen
gobierno, artículos 25 a 32, señalando su Exposición de Motivos que “En lo que respecta a buen
gobierno, la Ley supone un avance de extraordinaria importancia. Principios meramente programáticos
y sin fuerza jurídica se incorporan a una norma con rango de ley y pasan a informar la interpretación y
aplicación de un régimen sancionador al que se encuentran sujetos todos los responsables públicos
entendidos en sentido amplio que, con independencia del Gobierno del que formen parte o de la
Administración en la que presten sus servicios y, precisamente por las funciones que realizan, deben
ser un modelo de ejemplaridad en su conducta”.

El Consejo de Estado español en su dictamen 707/2012 también destaca como “la Ley constituye
igualmente un avance de extraordinaria importancia, al incorporar a una norma con rango de ley reglas
hasta ahora enunciadas como principios meramente programáticos y sin fuerza jurídica, estableciendo
además un régimen sancionador al que habrán de someterse todos los responsables públicos.”

Este título II se aplica a altos cargos estatales29, recogiéndose los principios de buen gobierno en una
norma con rango de ley, en vez del acuerdo del consejo de ministros al que antes nos referimos, y
también, segunda novedad, se aplica a los altos cargos “o asimilados” autonómicos y locales (de
acuerdo con la definición respectiva que haga la normativa de aplicación30).

24
Aunque sin tipificación de sanciones. Véase ahora la ley de transparencia que sí tipifica sanciones relativas al uso de
recursos públicos, pero en relación sólo a altos cargos, no a empleados públicos, como veremos en el texto enseguida.
25
http://www.antifrau.cat/images/stories/documentos/altranormativa/esp/esp_CODI_IBEROAMERICA_DE_BON_GOVER
N_JUNY_2006.pdf)
http://www.antifrau.cat/images/stories/documentos/altranormativa/esp/esp_CODI_IBEROAMERICA_DE_BON_GOVER
N_JUNY_2006.pdf
26
http://www.boe.es/boe/dias/2005/03/07/pdfs/A07953-07955.pdf
27
http://www.mpt.es/areas/politica_local/union_europea_y_organismos_internacionales/parrafo/06/document_es/codigoeuro
peo.pdf
28
http://www.femp.es/CartaLocal/Front/Noticias/CL_ContenidoDetalle/_sYcniRvuy5ly-
yy6MEsAr2xIyOH4RgvsLsMsOhPI4uc
29
El art. 25.1 señala que a estos efectos, se considerarán altos cargos los previstos en la normativa vigente de conflicto de
intereses.
30
Como es sabido, la Ley de Conflictos de intereses 5/2006 sólo se aplica al ámbito estatal (así como el Código de Buen
Gobierno mencionado). Por su parte, las CCAA han venido aprobando sus propias leyes de conflictos de intereses (como
por ejemplo Cataluña, con su ley 13/2005), incluyendo en ocasiones auténticos códigos de buen gobierno (así, la ley gallega
4/2006, de transparencia y buenas prácticas de la Administración, art. 15 o el ejemplo más reciente, la Ley balear 4/2011 de
la buena administración y del buen gobierno).
10
XX Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lima, Perú, 10 - 13 nov. 2015

Esta aplicación a los tres niveles de gobierno trae a primer plano la cuestión del título competencial que
respalda a esta ley. La Disposición final octava identifica tres títulos competenciales, sin distinguir
artículos: el art. 149.1.1 (pero cabría oponer que no hay un derecho al buen gobierno constitucional que
justifique su aplicación en el título II analizado), el art. 149.1.13 (pero, como es sabido, no cualquier
conexión con temas económicos hace que se pueda aplicar éste precepto, por todas STC 61/1997, por
lo que es muy discutible que pueda amparar este título II) y art. 149.1.18.

Cabe preguntarse si competencialmente, el art. 149.1.18 CE sobre “Las bases del régimen jurídico de
las Administraciones públicas y del régimen estatutario de sus funcionarios que, en todo caso,
garantizarán a los administrados un tratamiento común ante ellas” daría cobertura a la aplicación de
este Título II a todos los niveles de poder. Puede sostenerse que el art. 149.1.18 CE implica que la
articulación de los principios constitucionales de buena administración y gobierno permiten y exigen
unas bases estatales también en éste ámbito en garantía del “tratamiento común” en materia de buena
administración y buen gobierno (Ponce 2001, 533 y ss). Los arts. 9.3, 31.2, 103.1 y 105 CE imponen
un mínimo común de buena administración y buen gobierno. Y pese a un cierto consenso doctrinal
sobre que el art. 149.1.18 CE impone un mínimo común denominador estatal relativa a únicamente a
garantías de los ciudadanos que permita el tratamiento común, creo que la regulación estatal puede
extenderse también a un nivel común de correcto desarrollo de las funciones de gobierno y
administrativas, un estándar compartido de buena administración y buen gobierno para hacer efectivos
los principios constitucionales31.

Por lo que se refiere al contenido del Título II, el art. 26 recoge una serie de principios de buen
gobierno, incluyendo auténticos deberes jurídicos derivados de principios constitucionales y auténticas
obligaciones jurídicas derivadas de derechos legales32. Así ocurre, por ejemplo, con el principio ético
de “diligencia debida” en el ejercicio de las funciones, art. 26.2 a, 5, que deriva de los principios
constitucionales de buena administración y del derecho legal a una buena administración recogido en
Estatutos y leyes autonómicas como hemos visto antes.

Si se realiza una comparación con el Código estatal de buen gobierno de 2005 y con la legislación
autonómica y los códigos locales preexistentes, cabe señalar que la ley no incorpora ninguna novedad
radical, manteniéndose la confusión reinante en textos anteriores, aunque en el ámbito estatal supone
dar rango de ley a principios que antes no lo tenían (esto es, pasar del soft law al hard law; no así en el
ámbito autonómico, donde ya existían leyes que los incluían, como por ejemplo la ley balear Ley
4/2011, de 31 de marzo, de la buena administración y del buen gobierno). Además, articula por primera

Más indeterminada aparece su aplicación al ámbito local, donde el concepto de “alto cargo” no tiene una noción unívoca.
En opinión de Rafael Jiménez Asensio, 2012, “El proyecto de ley de transparencia, Acceso a la Información y Buen
Gobierno: su posible impacto sobre los Gobiernos Locales”, en La Transparencia en los Gobiernos locales: una apuesta de
futuro, Fundación Democracia y Gobierno Local, Publicación digital 2/2012, 68, estas disposiciones sólo se aplicarían a los
coordinadores generales y directores generales de los municipios de gran población, a las estructuras directivas (directores
generales y directores insulares) de los cabildos, consejos insulares y diputaciones forales, así como al personal eventual que
desempeñe funciones directivas en municipios o diputaciones provinciales, no debiéndose extender, en su opinión, a los
altos funcionarios, aún en el caso de libre designación o aplicación del art. 13 EBEP, lo que excluiría de la ley a
funcionarios con habilitación estatal y también personal directivo o municipal.
31
Téngase en cuenta que en el ámbito de las incompatibilidades, a las que luego nos referiremos, la STC 178/1989, entre
otras, ha sostenido el carácter básico de la ley estatal 53/1984, vinculada a los principios de eficacia y objetividad en el
desarrollo de la actividad pública.
32
Así ocurre, por ejemplo, con el principio ético de “diligencia debida” en el ejercicio de las funciones, art. 25.2 a, 5, que
derivad de los principios constitucionales de buena administración y del derecho legal a una buena administración recogido
en Estatutos y leyes autonómicas.
11
XX Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lima, Perú, 10 - 13 nov. 2015

vez un cuadro de infracciones y sanciones (cuya interpretación será informada por dichos principios,
art. 26.3), incluyéndose en el art. 28 una nueva tipificación en materia de gestión económico
presupuestaria, con diversas referencias a obligaciones contenidas en la Ley Orgánica 2/2012 de 27 de
abril, de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera, que concreta el nuevo artículo 135 CE,
cuyo fundamento parece ser el de proteger la buena administración con criterios de eficiencia y
economía.

Respecto a las infracciones tipificadas33, son de tres tipos: relacionadas con conflictos de intereses, con
remisión a la normativa específica (art. 27), sobre gestión económica presupuestaria, como ya hemos
dicho (art. 28) y “disciplinarias” (art. 29), previéndose sanciones (art. 30) que van desde amonestación
(en caso de infracciones leves) hasta una o más de las siguientes sanciones, en caso de infracciones
disciplinarias graves (art. 30.2):

“a. La declaración del incumplimiento y su publicación en el Boletín Oficial del Estado o diario oficial
que corresponda.

c. La no percepción, en el caso de que la llevara aparejada, de la correspondiente indemnización para el


caso del cese en el cargo”

En el caso de infracciones muy graves, se impondrán en todo caso estas sanciones (art. 30.3). y serán
destituidos del cargo que ocupen salvo que ya hubiesen cesdo y no podrán ser nombrados para ocupar
ningún puesto de alto cargo o asimilado durante un período de entre 5 y 10 años (art. 30.4), de acuerdo
a los criterios del art. 30.5. En todo caso, la comisión de infracciones en materia de gestión económico-
administrativo comporta restituir e indemnizar a la Hacienda Pública (art. 30.8).

III. 2 El papel de estos códigos


Creemos que todos estos códigos aludidos, al aludir a valores, principios y obligaciones jurídicas deben
proceder, en todo caso, a su concreción y desarrollo básicamente práctico. Pero no siempre es eso lo
que se hace. Existen diversos ejemplos de falta de concreción, faltando así, en definitiva, a la que sería
su auténtica función útil34. En el caso del EBEP, por ejemplo, los preceptos incluyen “una serie de
principios y reglas, confusamente articuladas y, en algunos casos, reiterativas”, sin olvidar “aparte las
deficiencias técnicas en que incurre el EBEP” (SÁNCHEZ MORÓN, 2008, 276).

Desde la perspectiva jurídica y formal y su integración ordinamental, en nuestra opinión, estamos en


unos casos ante hard law (caso evidente del EBEP y de la Ley 19/2013) y en otro casos ante soft law
33
A las que el dictamen del Consejo de Estado 707/2012 achaca “formulaciones superlativas y el empleo de construcciones
imprecisas o términos abstractos, vagos y excesivamente abiertos, pues su introducción determina siempre la incorporación
a la norma de un elemento subjetivo o discrecional de apreciación que, cuando se trata de valorar conductas a efectos de
aplicar sanciones (así lo establece expresamente el artículo 23.2, que no sanciona el incumplimiento de los principios
enunciados en el primer apartado, pero sí los configura como guía para la aplicación del régimen sancionador), puede
perturbar gravemente la seguridad jurídica. Esta puede quebrar igualmente en aquellos casos en que el régimen de
infracciones y sanciones no se ajusta debidamente a los principios de tipicidad, legalidad y proporcionalidad”, si bien
concluye que “el régimen de infracciones y sanciones previsto en el anteproyecto respeta, en líneas generales, las exigencias
derivadas de los principios aplicables en este ámbito.” Aunque “Este juicio global no puede, empero, ocultar que en algunos
supuestos concretos este régimen adolece de una falta de precisión y rigor que no se compadece adecuadamente con las
exigencias mínimas que han de satisfacer las normas sancionadoras. A título de ejemplo pueden mencionarse en este sentido
las previsiones contenidas en las letras f) e i) del artículo 26.1 o las de las letras a) y b) del artículo 26.3.”
34
EBEP, art. 54.6, Código de Buen gobierno de los miembros del gobierno y de los Altos Cargos de la Administración
General del Estado aprobado por el acuerdo del Consejo de Ministros de 18 de febrero de 2005.: “Se rechazará cualquier
regalo, favor o servicio en condiciones ventajosas que vaya más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía”. Ley de
Transparencia, art. 26.2, b.6, en el mismo sentido. ¿Cómo concretar éstos? ¿qué guía o pista se da de utilidad?
12
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(cuando se aprueban como, por ejemplo, acuerdo de gobierno). Si, en cualquier caso, estos textos de
derecho “blando” repiten el hard law preexistente, desde luego vale éste por sí solo, así como las
reacciones a su vulneración que el mismo haya previsto, con independencia del código, que entonces es
un mero recordatorio. Si no repiten hard law preexistente (caso de la regulación de los regalos en
relación con los códigos de buen gobierno, por ejemplo) entonces hay que tenerlos en cuenta por sí
mismos al tomar futuras decisiones, algunas de las cuales pueden ser consecuencia de la vulneración
del Código.

En estos otros supuestos, esto es, no reiteración de regulaciones preexistentes, en el ejercicio de sus
potestades discrecionales, tales administraciones deberán tener en cuenta dichos códigos como
requisito del derecho a una buena administración, pues una vez aprobados, no es posible jurídicamente
desconocerlos o inaplicarlos (aunque no se haga ninguna referencia explícita en el art. 54 LRJPAC al
papel de los códigos de buenas prácticas o códigos de gobierno entre los fundamentos jurídicos que
pueden establecer el estándar concreto de buena administración a ponderar y justificar, hay que
considerarlos de todos modos obligatoriamente35.

Si bien se ha llegado a sostener que “…apelar como solución a los códigos de gobierno hasta puede
sonar a escarnio” (FERNÁNDEZ FARRERES, 2007, 25), nosotros creemos en la utilidad de éstos
códigos, siempre que se entienda que son parte de una infraestructura ética relacionada con el marco
de integridad nacional36, no existan confusiones sobre el propósito de éstos códigos y sus posibilidades
(pues pedirles más de lo que corresponde conducirá, irremisiblemente a la frustración), no se achaque
a los códigos en sí su posible puesta en marcha deficiente (por el hecho de no ser conocidos o
empleados) y se cumplan una serie de características para que los mismos puedan cumplir su función
de guía para la integridad y la buena administración y de límite, por tanto, a la mala administración
negligente o intencionada, esto es en este segundo caso, a la corrupción.

Estas características están ligadas al proceso de aprobación del código, a su incorporación en las
pruebas de acceso a la función pública, a su integración en la formación de los empleados públicos, a la
creación de una infraestructura organizativa que vela por su conocimiento y aplicación, incorporando
empleados públicos responsables de su implementación con la adecuada formación específica 37, y a los
efectos de los códigos una vez aprobados: debiera darse adecuada difusión de los mismos (acompañada
de formación), así como integrarlos en el ordenamiento jurídico que rige la actividad de altos cargos y
directivos, en el clausulado del contrato y considerarlos como parte de la relación estatutaria con los
funcionarios, por ejemplo.

Todas estas salvedades y características necesarias para la efectividad de los códigos exigen una
regulación y aplicación adecuada y una gestión pública de la integridad, lo que posibilita, y exige, la
colaboración del Derecho y la Ciencia Política para llevarlos a buen puerto.

35
Sobre el softt law en general y su valor jurídico, véase por todos, Daniel Sarmiento 2008, El soft law administrativo,
Thomson-Civitas, 2008.
36
Por todos, Manuel Villoria, 2001, Ética pública y corrupción: curso de ética administrativa, Tecnos: Madrid, 153 i ss.
37
En este punto son interesantes tanto la experiencia norteamericana de la Office of Government Ethics (véase al respecto
J.S Ley., 2010, “Ethics Management in Government: Experience in American Government”, Performance Matters, 2, 1,
october 21, consultable en : http://www.performance.gov.in/sites/all/document/files/ethics/international-exp-ethics.pdf )
como la italiana, en la que la ley 190/2012, de 6 de noviembre, “in materia di prevenzione e repressione della corruzione
nella pubblica ammintrazione”, ha establecido la figura del “responsabile della prevenzione della corruzione” (art 1,
apartados 7, 12 i 14), haciéndolo responsable en caso de violaciones de la normativa.
13
XX Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lima, Perú, 10 - 13 nov. 2015

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V. Reseña biográfica: Juli Ponce Solé es Doctor en derecho, ha sido acreditado para Catedrático y es
profesor titular de Derecho Administrativo en la Universidad de Barcelona, donde desde 2008 a 2012
ha ejercido como Vicedecano de Relaciones Institucionales. Ha sido director de la Escuela de
Administración Pública de Cataluña y visiting professor en la Universidades norteamericanas de
Denver, Nova Southeastern, Tulane, Georgia State y en la inglesa de Sheffield. Es miembro del
European Group of Public Law. Sus líneas de investigación se orientan básicamente hacia el estudio
del Derecho Público - en especial, del Derecho Administrativo, del Derecho Urbanístico y del Derecho
de la Vivienda -, de la gestión pública,de la ética publica, de la evaluación del impacto normativo y la
calidad regulatoria y de los derechos de las personas (con especial atención al derecho a una buena
administración y sus numerosas implicaciones respecto a las obligaciones jurídicas públicas). Es autor
o coordinador de numerosas monografías en diversos páises y de variados artículos publicados en
revistas españolas, europeas, hispanoamericanas y norteamericanas, obras entre las que pueden citarse,
por ejemplo, Deber de buena administración y derecho al procedimiento administrativo debido. Las
bases constitucionales del ejercicio de la discrecionalidad y del procedimiento administrativo, Lex
Nova, Valladolid, 2001, (Ed), “ Land Use Law, Liberalization, and Social Cohesion Through
Affordable Housing in Europe: The Spanish Case”, The Urban Lawyer, 2004, Spring , volume 36,
number 2, pp. 322-331, Land Use Law, Housing and Social and Territorial Cohesión, RMLUI,
University of Denver, 2006 o Segregación escolar e inmigración. Contra los guetos urbanos: Derecho y
Políticas públicas, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006, Madrid (disponible
gratuitamente en: http://www.cepc.gob.es/docs/doc_publicaciones/coleccion_foro16.pdf?sfvrsn=4).

Ha recibido distintos galardones, entre ellos el I Premio Fermín Abella y Blave, del Instituto Nacional
de Administración Pública, el Premio jurídico Ferrer Eguizábal del Ilustre Colegio de Abogados de
Barcelona (y de nuevo una mención especial en 2013) o el “Premio Internacional de Investigación
Jurídica Lorenzo Martín-Retortillo Baquer sobre Derechos Fundamentales” por un trabajo sobre la
evaluación del impacto de la crisis sobre los derechos humanos en España titulado El derecho y la (ir)
reversibilidad limitada de los derechos sociales de los ciudadanos Las líneas rojas constitucionales a los
recortes y la sostenibilidad social y disponible en la biblioteca digital del INAP de forma gratuita en:
http://bibliotecadigital.inap.es/Datos/Monografias/el_derecho_y_la_reversibilidad/El%20derecho_y_%
20la_reversibilidad.pdf) Para más información, www.urcosos.net

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