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ALDOFERRER

HISTORIA DE
LA GLOBALIZACIÓN I
Orígenes del Orden Económico Mundial

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ESTE LIBRO NO DEBE VENDERSE

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA


MÉXICO - ARGENTINA - BRASIL - COLOMBIA - CHILE - ESPAÑA
ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA - GUATEMALA - PERÚ - VENEZUELA
Primera edición, 1996
Segunda edición, 2013
Primera reimpresión, 2014

Ferrer, Aldo
Historia de la globalización I : orígenes del Orden Económico Mundial. -
2a ed. la reimp. - Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014.
344 p.; 23x16 cm. - (Economía)

ISBN 978-950-557-970-9

l. Economía. 2. Globalización. I. Título

CDD 330.1

Armado de tapa: Hernán Morfese

D.R. © 2013, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA DE ARGENTINA, S.A.


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. :

ÍNDICE

Prefacio a la presente edición.


Antecedentes remotos de la actualidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
Prefacio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Introducción. Desarrollo y subdesarrollo en un mundo global . . . . 15

Primera parte
EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS V ÍSPERAS
DE LA EXPANSIÓN DE EUROPA

I. La población del mundo y las grandes civilizaciones 23


II. La economía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
III. El surgimiento de Europa. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51

Segunda parte
EUROPA: LAS NUEVAS FRONTERAS DEL CONOCIMIENTO,
EL CISMA RELIGIOSO Y LOS CAMBIOS POLÍTICOS

IV. Ciencia y tecnología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85


V. El hombre, la sociedad y el Estado. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
VI. El dominio de Europa y el cisma religioso. . . . . . . . . . . . . . . 135

Tercera parte
LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS:
LA CONSTRUCCIÓN DEL PRIMER ÜRDEN ECONÓMICO MUNDIAL

VII. El comercio internacional bajo la hegemonía europea . . . . . 147


VIII. El desarrollo económico. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 161
IX. Desarrollo y subdesarrollo en las potencias atlánticas. . . . . . 173

7
8 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

Cuarta parte
MEDIO ÜRIENTE, ÁFRICA Y ASIA

X. Medio Oriente y África .............................. 19 5


XI. Asia ...................................... ....... 207

Quinta parte
EL NUEVO MUNDO

XII. Factores condicionantes de la conquista y la colonización.. 221


XIII.Hispanoamérica ..... . ............................. 235
XIV. Brasil............................................ 251
XV. Las Antillas............................... . .. . .... 263
XVI. Gestación de la condición periférica en Jberoamérica
y el Caribe................................ . ....... 269
XVII.Formación de Estados Unidos de América ...... . ....... 277

Resumen y conclusiones ......................... . ........ 311

Índice de nombres ....................................... 327


Índice general. .......................................... 333
-

A Lucía, Pedro, Rocío, Charo y Manuel


-

PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN.


ANTECEDENTES REMOTOS DE LA ACTUALIDAD

ESTE LIBRO abarca la historia de la globalización desde el inicio de la


expansión de ultramar de las potencias atlánticas europeas hasta las
vísperas de la primera Revolución Industrial. El acontecimiento más
importante del período fue el descubrimiento y la conquista del Nuevo
Mundo, el cual, simultáneamente con la apertura de la comunicación
marítima de Europa con Extremo Oriente, inauguró el primer sistema
mundial de alcance planetario, es decir, el Primer Orden Mundial.
Predominó en la etapa el capitalismo mercantil, en cuyo transcurso,
las principales fuentes de ganancias y acumulación de capital dependie­
ron en especial del dominio de las corrientes mercantiles. La etapa re­
gistró una influencia todavía débil del progreso técnico en el aumento
de la productividad, pero reveló la creciente capacidad de los pueblos
cristianos más avanzados de Europa de crear y gestar el conocimiento,
incluso en las artes de la guerra y la navegación, que fue decisivo en el
despliegue de los intereses europeos sobre el resto del mundo. El perío­
do conformó los primeros pasos del monopolio de los pueblos cristia­
nos más avanzados de Europa sobre la ciencia, el progreso técnico y la
gestión del conocimiento; monopolio que prevaleció en la globalización
hasta finales del siglo x.x.
¿Qué es lo que ha cambiado, en la actualidad, respecto del patrón
histórico de la globalización inaugurado en el Primer Orden Mundial
que se analiza en este libro? Nada menos que la emergencia de China,
India y otros países del espacio Asia-Pacífico, como un centro que com­
parte el liderazgo del desarrollo en la economía mundial y está trans­
formando las redes de la globalización y el comportamiento del sistema
global. La gestión del conocimiento y el desarrollo de las actividades de
frontera, intensivas en el insumo de ciencia y tecnología, están dejando
de ser un patrimonio reservado a las naciones industriales del Atlántico
Norte.
La comprensión de los antecedentes remotos de la globalización es
esencial para entender los cambios actuales del orden mundial y desci-
11
12 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

frar los interrogantes del futuro. Éste fue el convencimiento que inspiró
la preparación de esta obra, a comienzos de la década de 1990, y que
conserva plena vigencia al tiempo de esta nueva reedición.

París, noviembre de 2012


-

PREFACIO

ESTA OBRA es el resultado de una antigua inquietud sobre el dilema del


desarrollo en un mundo global, las respuestas dadas a éste y sus conse­
cuencias para Argentina y América Latina. Pretendemos encontrar, en
la observación del pasado, algunas claves para descifrar los interrogan­
tes que plantea el mundo contemporáneo.
El período analizado abarca entre los años 1500 y 1800, y lo defini­
mos como el Primer Orden Económico Mundial. Éste se inicia con los
viajes de Cristóbal Colón y Vasco da Gama, y se cierra en las vísperas
de la difusión de la Revolución Industrial.
El estudio del Primer Orden Económico Mundial es de una enorme
riqueza para la comprensión de los problemas actuales. En aquellos
tres extraordinarios siglos se sentaron las bases de las principales cosas
que pasaron después y, ciertamente, de la resolución del dilema del de­
sarrollo de los países en un mundo global.
La observación del pasado ayuda a distinguir qué hay de realidad y
cuánto de prejuicio en el debate en curso acerca de la globalización del
orden mundial contemporáneo. El estudio de los orígenes de la globali­
zación contribuye, en consecuencia, a esclarecer los interrogantes plan­
teados actualmente por la inserción internacional de nuestros países.
Esta obra se inicia con la descripción del escenario mundial alrede­
dor del año 1500. Explora después la ampliación de las fronteras del
conocimiento, los cambios políticos y los factores económicos que fun­
daron el protagonismo de Europa. A continuación describe cómo se
acomodó el resto del mundo al sistema global liderado por los euro­
peos. Pretende así explicar cómo aquel dilema fue resuelto en los países
independientes y las posesiones coloniales que conformaban entonces
e1 sistema internacional. Finalmente, se destacan algunas conclusiones
sobre el estado del mundo al final del Primer Orden Económico Mun­
dial y las enseñanzas que ofrece el pasado para la comprensión de los
problemas de nuestro tiempo.
Esta investigación, iniciada en 1992, se realizó en el ámbito del Ins­

tituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Facultad de Cien-
13
14 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

cias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires y contó


con un apoyo financiero parcial del Consejo Nacional de Investigacio­
nes Científicas y Técnicas. Las instituciones mencionadas ameritan la
gratitud del autor.

Buenos Aires, enero de 1996


INTRODUCCIÓN.
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO
EN UN MUNDO GLOBAL

LA GLOBALIZACIÓN de la economía mundial en las últimas décadas del


siglo XX ha vinculado aún más la realidad interna de las naciones con
su contexto externo. La expansión del comercio, las operaciones trans­
nacionales de las empresas, la integración de las plazas financieras en
un megamercado de alcance planetario y el espectacular desarrollo de
la información han estrechado los vínculos entre los países. En algunas
regiones, la formación de espacios multinacionales es otra manifesta­
ción de la globalización del orden mundial.
Vivimos, sin embargo, en un mundo paradójico. Pese a los extraor­
dinarios avances de la globalización, los mercados internos absorben
más del 80% de la producción mundial, nueve de cada diez trabajadores
están ocupados en abastecer los mercados nacionales, el 95% de la in­
versión se financia con ahorro interno y los acervos científico-tecnoló­
gicos domésticos constituyen el sustento del cambio técnico. Estos pro­
medios, referidos a la economía mundial, reflejan aproximadamente la
situación de Argentina y América Latina.
En verdad, la inmensa mayoría de las personas nace, trabaja, cría
a sus hijos y concluye sus días rodeada por sus coterráneos y en el ám­
bito de su propio hábitat. La globalización coexiste, pues, con el peso
decisivo de la cultura, los mercados y los recursos propios. La articula­
ción de esta dimensión endógena de la realidad con su contexto externo
determina el desarrollo o el atraso de los países.
El dilema no es nuevo. Tiene exactamente una antigüedad de cinco
siglos. Comienza en la última década del siglo xv. Entonces, por prime­
ra vez en la historia, se verificaron dos condiciones de manera simultá­
nea: el aumento de la productividad del trabajo y un orden mundial
global. En ausencia de una o ambas de estas condiciones, no se plantea
el dilema del desarrollo en un mundo global.
En la Antigüedad y en la Alta Edad Media, la productividad crecía
en forma muy lenta. En e� siglo x, el producto per cápita promedio en
15
16 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

Europa era apenas 20% o 30% mayor que al comienzo de la era cristia­
na. La actividad económica se destinaba a la subsistencia de la fuerza
de trabajo y al sostenimiento de las clases dominantes. El progreso téc­
nico era muy lento, y los recursos asignados a la acumulación de capital
en el proceso económico representaban proporciones ínfimas, proba­
blemente no mayores al 2% del producto. Por otra parte, los reducidos
excedentes comercializables se transaban en los mercados locales. El
comercio internacional tampoco representaba proporciones mayores al
1 % o 2% del producto mundial.
En tales condiciones, el impacto de los vínculos con el mundo ex­
terno sobre el desarrollo económico era insignificante. Las relaciones
internacionales no modificaban el cambio técnico, la acumulación de
capital, la estructura de la producción ni la productividad. Las invasio­
nes, como las de los pueblos bárbaros a los territorios bajo dominio
romano al final de la Antigüedad, cambiaban el reparto de los recursos,
pero no alteraban el comportamiento de la economía.
En los grandes imperios de Europa y Oriente, en la Antigüedad y en
la Alta Edad Media, el dilema del desarrollo en un mundo global no se
planteaba por la inexistencia de aquellas dos condiciones necesarias y
suficientes. Ninguno de los imperios tenía alcances planetarios ni regis­
traba un aumento del producto por hombre ocupado.
Durante la Baja Edad Media europea, la situación comenzó a cam­
biar. Entre los siglos XI y xv, el desarrollo del capitalismo comercial, el
incipiente progreso técnico y las transformaciones sociales permitieron
un lento pero persistente crecimiento de la productividad. En las nue­
vas condiciones, las relaciones externas de los países comenzaron a
ejercer mayor influencia sobre la producción, la distribución de la ri­
queza y la acumulación de capital. Nada comparable ni de semejante
alcance sucedía en la época en las otras grandes civilizaciones de Medio
Oriente y Asia.
El incipiente desarrollo económico de Europa planteó, por primera
vez, una de las dos condiciones fundacionales del dilema dimensión en­
dógena/contexto externo. Sin embargo, hasta fines del siglo xv la cues­
tión era esencialmente de carácter intraeuropeo.
Hasta los viajes de Colón y de Vasco da Gama, no existía, en efecto,
un orden mundial de alcance planetario. El comercio internacional era,
en su mayor parte, de carácter intrarregional dentro de Europa, Asia y
África. Los vínculos intercontinentales como, por ejemplo, el comercio

L
INTRODUCCIÓN 17

entre China e India con las ciudades europeas del Mediterráneo eran
esencialmente bilaterales. No constituían una red de alcance global.
Una excepción era el empleo por los europeos del oro importado desde
los yacimientos africanos del Sudán occidental para cancelar el déficit
de su balance comercial con Oriente. Pero esta red triangular Europa­
Oriente-África tampoco tenía alcances planetarios. El sistema interna­
cional global recién se constituyó a partir de la última década del
siglo xv con el descubrimiento de América y la llegada de los portugue­
ses a Oriente por vía marítima.
El descubrimiento, la conquista y la colonización del Nuevo Mundo
incorporaron un espacio gigantesco que cumplió un papel decisivo en
la formación del Orden Económico Mundial. En cambio, el desembar­
co de Vasco da Gama en Calicut no agregó nada nuevo a un tráfico que,
por otras vías, se venía realizando desde hacía siglos. Sin embargo, la
epopeya portuguesa inauguró el dominio europeo en el control del trá­
fico intercontinental Europa-Asia e, incluso, del comercio intraasiático.
La presencia de los europeos en África, Asia y el Nuevo Mundo integró,
por primera vez, un mercado de dimensión planetaria.
Alrededor del año 1500, convergieron, pues, el aumento persistente
de la productividad y la existencia de un sistema internacional globali­
zado. Recién entonces se planteó, en escala planetaria, el dilema funda­
mental de las interacciones entre el ámbito interno y el contexto mun­
dial como determinante del desarrollo y el subdesarrollo de los países,
y del reparto del poder entre éstos.
En ese período comenzó también a gestarse la distinción entre el
poder tangible y el intangible. El tamaño de su población y los recursos
naturales constituyen el poder tangible de cada país. Pero la respuesta
al contrapunto entre el ámbito interno y el contexto externo condiciona
la gestación de los factores intangibles asentados en la tecnología y la
acumulación de capital. En ausencia de estos componentes, el poder
tangible se disuelve en el subdesarrollo. Así, desde el despegue del Pri­
mer Orden Económico Mundial comenzó a tejerse la trama sobre la
cual se articuló el sistema internacional y la distribución del poder en­
tre las naciones.
La observación del pasado revela que la globalización del orden mun­
dial tiene precedentes históricos de consecuencias comparables o aún
mayores que las de la actualidad. Por ejemplo, la conquista de América
y la esclavitud marcaron para siempre el destino de las civilizaciones de-
18 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

sarrolladas en este hemisferio. La ocupación europea del Nuevo Mundo


provocó, en el siglo XVI, la mayor catástrofe demográfica de todos los
tiempos. La esclavitud, a su vez, imprimió huellas indelebles en la com­
posición étnica y la estratificación social de la población americana.
Más tarde, en el transcurso del siglo XIX, el ferrocarril y la navega­
ción a vapor provocaron la drástica rebaja de los fletes terrestres y ma­
rítimos. Las comunicaciones, a su vez, registraron el revolucionario
impacto del telégrafo y los cables submarinos. Esto permitió la ocupa­
ción de los espacios abiertos del Nuevo Mundo, Oceanía y África del
Sur, indujo el movimiento de capitales desde los centros industriales
hacia la periferia y promovió migraciones masivas.
Algunos indicadores de la globalización, como la relación entre el
comercio y la producción mundiales y el capital extranjero respecto de
la inversión total, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, eran se­
mejantes y aún mayores que en la actualidad. 1 En el caso de Argentina,
su historia, desde la Organización Nacional, es incomprensible fuera
del marco de la globalización del orden mundial vigente entre la segun­
da mitad del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial.
Comparados con la dimensión de estos acontecimientos, algunos
procesos contemporáneos constituyen episodios de menor significación
histórica. Tomemos, por caso, la universalización de las plazas finan­
cieras. Al fin y al cabo, los mercados monetarios operan en marcos re­
gulatorios que dependen de decisiones políticas. Durante la crisis de los
años treinta del siglo XX, se desplomaron el patrón oro y el sistema mul­
tilateral de comercio y pagos. Los problemas del mundo real demolie­
ron instituciones que, hasta entonces, parecían inamovibles. Es cierto
que la relación activos financieros/activos reales es actualmente mucho
mayor que en aquel entonces. Aun así, un cambio en las reglas del mar­
co regulatorio del sistema financiero internacional pondría límites a la
volatilidad actual de los capitales especulativos de corto plazo.
El pasado es, pues, una fuente inagotable de enseñanzas para com­
prender los problemas actuales de la internacionalización de la produc­
ción o la globalización financiera. En cambio, el pasado enseña poco
sobre la universalización de dos cuestiones que han adquirido actual-

1
Naciones Unidas, World Investment Report 1994, Nueva York y Ginebra, UNCTAD, 1994,
cap. m: "Globalization, Integrated International Production and the World Economy".
INTRODUCCIÓN 19

mente decisiva importancia. Se trata de la pobreza y las agresiones al


ecosistema.
Hasta tiempos recientes, la cuestión ecológica era prácticamente
irrelevante en las relaciones internacionales y la pobreza, un tema en­
cerrado dentro de las fronteras de cada país. La universalización de
ambas cuestiones es en la actualidad el principal factor explicativo
de los mayores desafíos que confronta el sistema mundial. En efecto, el
tráfico de armamentos, la difusión de armas de destrucción masiva,
el narcotráfico, las migraciones internacionales, el crecimiento demo­
gráfico, la destrucción de la naturaleza y de recursos no renovables, los
fundamentalismos de diverso signo y la violencia están íntimamente
asociados a la globalización de aquellas dos cuestiones cruciales del or­
den contemporáneo. Hoy en día, ellas forman parte esencial del viejo
dilema del desarrollo y del subdesarrollo en un mundo global. Consti­
tuyen, al mismo tiempo, la trama profunda de la cual dependen la paz
y la seguridad internacional.
PRIMERA PARTE

EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS


DE LA EXPANSIÓN DE EUROPA
I. LA POBLACIÓN DEL MUNDO
Y LAS GRANDES CIVILIZACIONES

ALREDEDOR DEL AÑO 1500, la población mundial ascendía aproximada­


mente a 500 millones de personas, de las cuales el 55% habitaba en Asia,
el 20% en África, el 15% en Europa y el 10% en América. 1 Las tres cuartas
partes de la superficie terrestre comprendían espacios vacíos y territorios
poblados por cazadores nómades y agricultores primitivos. En el resto
del planeta habitaban las civilizaciones avanzadas de la época.
El área territorial de esas civilizaciones abarcaba el espacio controla­
do por sus centros de poder político y militar. Desde los grandes imperios
de la Antigüedad hasta los existentes a fines del siglo XV, el dominio se
ejercía en espacios geográficos contiguos y en ningún caso con alcances
transoceánicos. Los conflictos se desarrollaban en las regiones de contac­
to de las grandes civilizaciones. En 1500, el mar Mediterráneo era el teatro
de la mayor disputa de la época: el de los pueblos cristianos con el Impe­
rio otomano. Estaba entonces en juego el control territorial y la hegemo­
nía religiosa en el Asia Menor, los Balcanes y en el norte de África.
Con la excepción de las culturas mesoamericanas e incaica del Nue-
v·o Mundo, los pueblos cristianos de Europa conocían y mantenían al­
gún tipo de contacto con las otras grandes civilizaciones. África, al nor­
te de desierto del Sahara, formaba parte del espacio mediterráneo y, al
sur, era un continente casi desconocido. Sólo los navegantes y merca­
deres portugueses tenían una presencia de alguna importancia en va­
rios fuertes y factorías establecidos en el golfo de Guinea. En ninguna
de las principales civilizaciones de Medio y Extremo Oriente, ni en Áfri­
ca, la presencia europea era significativa ni interfería en el comporta­
miento de las sociedades locales.
Cuando los pueblos cristianos de Europa iniciaron su expansión de
ultramar, la situación de las principales civilizaciones del resto del mun­
do era, sumariamente, la siguiente:

1 Artículo sobre población (population) en la Enciclopedia Británica, ed. de 1961.

23
24 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

China. Por su dimensión territorial, población y actividad económica, Chi­


na era la mayor potencia de la época. La dinastía Ming, instalada desde
la expulsión de los mongoles en 1368, logró la unificación política y la
centralización del poder en la capital del Imperio ubicada en Nanking
hasta su traslado a Pekín en 1641. El territorio bajo control efectivo al­
canzaba a cerca de 1 O millones de km2 y abarcaba desde Manchuria
hasta la frontera con Mongolia al norte, Tibet y Birmania al este y, al
sur, la península de Indochina. El Imperio logró restablecer las bases de
la agricultura y el repoblamiento de las zonas agrícolas. La construc­
ción de la red de canales, la recuperación de tierras y la reforestación
fueron los objetivos centrales de la política imperial. La agricultura
constituía la fuente principal de recursos para el sostenimiento de la
corte, la administración pública y el ejército.
China era no sólo la nación más extensa y poblada de la época, con
100 millones de habitantes, sino, además, la de mayor desarrollo en la
producción artesanal y manufacturera. La infraestructura de caminos y
canales era posiblemente la más desarrollada del mundo. La producción
de textiles y las manufacturas del hierro se desarrollaron en Nanking y
otros centros industriales a lo largo de la cuenca del río Yangtze. Dentro
del Imperio se realizaba un activo intercambio entre las zonas producto­
ras de alimentos y materias primas del norte con las zonas industriales
del sur y Pekín. El intercambio dentro de China era el más importante de
la época y dio lugar al desarrollo de poderosos grupos comerciales que
operaban a escala nacional. Desde los puertos de las provincias de Che­
kiang, Fukien y Kwantung se mantenía un tráfico considerable con Ja­
pón, Filipinas y las islas del archipiélago malayo (actual Indonesia).
En las principales ciudades tenía lugar una rica actividad cultural.
La creatividad de artistas y artesanos se reflejaba en la producción de
textiles, cerámicas y otras manufacturas de alta sofisticación. China
ocupaba la frontera tecnológica y era el país originario de varias de las
mayores innovaciones, como la pólvora, la imprenta con tipos móviles,
el papel, la aguja magnética, el trabajo de metales y las porcelanas. La
actividad religiosa se fundaba en las enseñanzas de Buda, Lao-Tsé y
Confucio. El espiritualismo del budismo y el taoísmo se integraba con
la prédica pragmática de Confucio orientada a la organización de la so­
ciedad y la resolución de problemas concretos. 2

2 H. Smith, The Worlds Religions, San Francisco, Harper, 1991.


LA POBLACIÓN DEL MUNDO Y LAS GRANDES CMLIZACIONES 25

En las primeras décadas del siglo xv, el Imperio Ming disponía de


un ejército de un millón de hombres y una marina de guerra con cerca
de 1.500 navíos. El punto culminante de la expansión naval china fue­
ron las expediciones (1405-1433) del almirante Cheng Ho. Al mando de
centenares de navíos (algunos de los cuales desplazaban 1.500 tonela­
das con una eslora de más de 100 metros) y decenas de miles de hom­
bres, el almirante impuso la presencia china en puertos de Malaca y
Ceilán, el acceso al mar Rojo y Zanzíbar. Poco después, sin embargo,
las amenazas a la integridad del Imperio en su frontera norte indujeron
al abandono de la política de expansión marítima. Cuando comenzó la
penetración portuguesa y holandesa en los mares de Oriente, el poder
naval chino había declinado, pero el Imperio seguía contando con el
mayor ejército del mundo. 3

India. A principios del siglo XVI, comenzaba en India la penetración del


Islam. Los invasores originarios de Afganistán conquistaron el norte
del subcontinente e instalaron el Imperio moghul. Bajo el emperador
Akbar (1556-1605), la política de tolerancia religiosa entre hindúes y
musulmanes, la integración étnica de los invasores con la población lo­
cal y el apoyo a la creatividad artística y científica configuraron uno de
los grandes períodos de la historia de India.
En un territorio de 3,5 millones de km2, el poder estaba disgregado
entre el emergente Imperio moghul en el norte (desde Bengala hasta Ka­
bul y Cachemira), la confederación de príncipes Marathas en el centro
del subcontinente (desde la bahía de Bengala hasta Gujerat) y, al sur, los
príncipes independientes que controlaban la costa Malabar del mar Ará­
bigo y la costa Coromandel en el extremo sur de la bahía de Bengala. La
existencia de tensiones entre dos grandes culturas y religiones, y los con­
flictos entre los soberanos de los distintos espacios políticos impidieron
consolidar un poder de alcance continental y el control efectivo de una
población que ascendía a alrededor de 80 millones de personas.
La agricultura era la actividad económica dominante y la tributa­
ción sobre ésta constituía la principal fuente de recursos. India tenía,
asimismo, un desarrollo industrial probablemente no inferior al de Chi­
na, en particular en las manufacturas textiles, la cerámica, los materia-

3
P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
pp. 6 y 7 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994].
26 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

les de construcción y la transformación de metales y maderas. El pres­


tigio de algunas de sus manufacturas y artesanías, como las telas y los
paños de lujo, generaban demanda en los mercados de Oriente y en Eu­
ropa. La producción agrícola, artesanal y manufacturera operaba con
la mejor tecnología disponible en la época. El ingenio de hindúes y mu­
sulmanes generó algunas de las mayores innovaciones, como el sistema
decimal.
El comercio permitía una cierta división del trabajo dentro de cada
una de las grandes divisiones políticas. Pero, como en China y el resto
del mundo, la actividad productiva se destinaba a la subsistencia de las
poblaciones locales, el pago de tributos y el comercio intrazonal. El te­
rritorio abarcaba desde las regiones frías del extremo norte a las cálidas
de Mysore al sur. La diversidad de recursos naturales permitía una pro­
ducción agrícola diversificada. Ésta incluía, en la costa Coromandel y
la isla de Ceilán, la de pimienta, canela y otras especias que constituían
parte principal del comercio intraasiático e intercontinental.

Sudeste de Asia. En la misma época, Birmania, la península de Indochi­


na, Malasia, el archipiélago malayo (las islas de Sumatra, Java, Borneo,
las Célebes y las Malucas) y las Filipinas estaban bajo el control de prin­
cipados independientes que dominaban espacios y poblaciones de me­
nor tamaño relativo que el de las potencias de Oriente. Ninguno de es­
tos principados acumuló poder suficiente para ejercer influencia en los
acontecimientos de la región ni para defenderse de la penetración de
China y, más tarde, de las potencias europeas. El Islam y las doctrinas
de Buda, Confucio, Lao-Tsé y los líderes espirituales hindúes configura­
ban el escenario religioso y espiritual de la subregión. Como en todas
partes, la agricultura era la fuente dominante de producción y de los
tributos. La aptitud de las tierras de las islas del archipiélago malayo
para la producción de especias les confirió ventajas comparativas que
permitieron un intercambio importante con China, Japón, India, Persia
y Arabia, varios siglos antes de la primera aparición de los portugueses
en el océano Índico.

Japón. La guerra civil (1478-1573) entre los príncipes feudales de Japón


desintegró el Estado y la unidad nacional en un territorio de escasos
400 mil km2 habitado por 12 millones de personas. En el mar, las ban­
das de piratas asolaban las costas japonesas y el mar de la China. A lo
LA POBLACIÓN DEL MUNDO Y LAS GRANDES CMLIZACIONES 27

largo del siglo XVI, la aparición de nuevos principes hereditarios Daimio


y sus vasallos samuráis permitió la reconstrucción progresiva de la uni­
dad nacional que culminó con la consolidación del shogunato de los
Tokugawa. La formación de un código de ética fundado en el espíritu
caballeresco, el entrenamiento militar y la fidelidad a la familia y al em­
perador impregnaron en profundidad la cultura japonesa. Su singula­
ridad indujo tempranamente una actitud de aislamiento frente al resto
del mundo, salvo en el campo religioso, en donde se asimilaron las doc­
trinas de Confucio y Buda. El aislacionismo culminó con el cierre de
todos los puertos a la presencia de extranjeros en 1639 (con la excep­
ción de la factoría holandesa del puerto de Nagasaki) y la represión y el
exterminio (1637-1638) de los 300 mil cristianos catequizados por las
misiones jesuitas instaladas por san Francisco Javier a partir de 1549.
La agricultura japonesa era la fuente principal del poder de los prín­
cipes feudales y, más tarde, del shogunato. El comercio entre las diver­
sas islas del archipiélago japonés permitía una cierta división del traba­
jo entre regiones que eran esencialmente autosuficientes. El nivel
tecnológico y la diversificación de la producción artesanal y manufac­
turera japonesa eran quizá inferiores a los de China e India.

Medio Oriente. En Oriente Medio existían dos grandes civilizaciones is­


lámicas en conflicto. En Persia, la dinastía Safávida, de credo chiita,
fundada por el sha Ismail (1502), y, al oeste, el Imperio otomano, de
confesión sunita. Bajo la nueva dinastía, Persia registró un renacimien­
to extraordinario del arte, la arquitectura y el comercio, que culminó
con el reinado de Abbas I (1587-1629). El Imperio persa contuvo la ex­
pansión de los turcos otomanos hacia el este y ejerció el dominio efec­
tivo de la Mesopotamia y el golfo Pérsico. La posición estratégica entre
el Mediterráneo oriental y Oriente convirtió a Persia en una potencia
con influencia en los acontecimientos mundiales. Un poder imperial
centralizado, la administración eficiente de un extenso y rico territorio
(que incluía los valles de los ríos Tigris y Éufrates) y una población, ha­
cia 1500, cercana a los 10 millones de habitantes configuraban sólidas
bases de poder. Por otra parte, la producción agrícola y manufacturera,
1a creación artística y el conocimiento científico en Persia no iban en
zaga de ninguna de las otras grandes civilizaciones de la época.
De todos modos, el Imperio turco otomano era la mayor potencia
islámica del período y estaba en el punto culminante de su expansión.
28 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

Dominaba el norte de África, el mar Rojo, el Mediterráneo oriental,


los Balcanes, el mar Negro y gran parte de Europa oriental. Después
de las conquistas turcas bajo el sultanato de Solimán II (1520-1566),
el Imperio controlaba los Santos Lugares del cristianismo en Palestina
y las ciudades sagradas del Islam: La Meca y Medina. El esplendor de
las mezquitas y los palacios, las obras públicas, la organización admi­
nistrativa y la eficacia del ejército y la marina revelaban el poder de la
civilización otomana y deslumbraban a los visitantes europeos. Es­
tambul, con una población cercana a los 700 mil habitantes, era pro­
bablemente la mayor ciudad del mundo. El control del mar Rojo, de
la península Arábiga y de Asia Menor confirió a los turcos una posi­
ción dominante en la expansión del Islam y en los acontecimientos
mundiales del período. Un inmenso y rico territorio y una población
de 14 millones de habitantes subordinada al poder imperial consti­
tuían una formidable base de poder. Sin embargo, el conflicto entre
Persia y el Imperio turco otomano fue el principal freno a la expansión
de la civilización islámica y el comienzo de su decadencia. A fines del
siglo xv, estaba consumada la reconquista de España y la expulsión de
los musulmanes de la Península Ibérica. Poco más tarde, la expansión
turca en los Balcanes y Europa Oriental había alcanzado su máxima
línea de expansión.

África. Desde las primeras culturas del período neolítico (7000-3000 a. C.),
la historia de África al norte del desierto del Sahara forma parte de la del
mar Mediterráneo. A comienzos del siglo XVI, la mayor parte de la re­
gión estaba bajo el control del Imperio turco otomano. En 1517, los
turcos derrotaron a los mamelucos, conquistaron Egipto y extendieron
su dominio hasta Túnez. Argelia estaba dominada por los corsarios bajo
la soberanía turca y Marruecos era un reino independiente. El comer­
cio, la piratería y los conflictos con los reinos cristianos de Europa y las
ciudades comerciales italianas eran las principales formas de vincula­
ción entre las civilizaciones cristiana e islámica que disputaban el do­
minio del mar Mediterráneo. La ley islámica y el idioma árabe eran los
elementos unificadores del inmenso espacio conquistado por los devo­
tos del Profeta y que abarcaba desde el Imperio moghul, en India, has­
ta Marruecos.
Al sur del Sahara, desde Senegal sobre la costa del océano Atlántico
hasta el alto valle del río Nilo y el mar Rojo, se extiende la región semiá-
LA POBLACIÓN DEL MUNDO Y LAS GRANDES CMLIZACIONES 29

rida del Sudán. En el territorio comprendido por las actuales repúblicas


de Mauritania y Mali, se desarrollaron los imperios Mali y Songhai, en
cuyos territorios se explotaban yacimientos de oro que abastecían la
demanda de Europa y el Medio y Extremo Oriente.
Dos elementos principales permitieron la vinculación entre las po­
blaciones africanas del norte y sur del Sahara: el camello y la religión.
La formidable barrera natural del Sahara sólo pudo ser penetrada con
la introducción del camello, capaz de sobrevivir el cruce del desierto.
Desde el sur de Arabia, en donde fue domesticado a principios de la
era cristiana, el camello penetró primero en Somalia y, desde allí, se
propagó en Egipto y el norte de África. El otro elemento decisivo fue
la propagación de la fe. A inicios del segundo milenio de nuestra era,
el Imperio songhai fue convertido al Islam. Ciudades importantes
como Timbukto y Jenne (actual República de Mali) se transformaron
en destacados centros de enseñanza avanzada y difusión cultural. Esta
influencia se extendió hacia el este y penetró en Etiopía y el cuerno de
África.
La fama de la riqueza de los reinos del Sudán occidental se exten­
dió por Europa. En 1324, el rey Mansa Musa de Mali peregrinó a La
Meca transportando tanto oro que, a su paso por Egipto, provocó una
crisis del sistema monetario. 4 La leyenda acerca de la existencia de un
imperio fabulosamente rico en Etiopía despertó la imaginación de los
príncipes y de los aventureros europeos. El desarrollo de la agricultu­
ra, de artesanías, el trabajo de metales y la difusión de la cultura islá­
mica permitieron un cierto avance de los pueblos asentados a lo largo
del Sudán. La exportación de oro extraído de los yacimientos del Su­
dán occidental y la de esclavos, desde la misma región y del golfo de
Guinea, estableció las bases de un comercio internacional de alguna
importancia.

El Nuevo Mundo. En las vísperas del desembarco de Colón, estaban en


su apogeo en el Nuevo Mundo dos grandes civilizaciones nativas. Los
aztecas controlaban México y gran parte de América Central y los incas,
el macizo central de la cordillera de los Andes y los valles de la costa del
océano Pacífico. Estas grandes civilizaciones desconocían los usos de
la rueda y carecían de un lenguaje escrito, pero habían alcanzado un

4
The Times Atlas ofWorld History, Nueva Jersey, Hammond, 1970, p. 136.
30 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

desarrollo cultural complejo. La eficaz organización política y adminis­


trativa de un Estado imperial permitía a los príncipes aztecas e incas
ejercer el poder efectivo sobre inmensos territorios.
La producción agraria y artesanal registraba niveles de productivi­
dad no muy lejanos a los observables en las principales civilizaciones
de la época. Como en éstas, alrededor del 90% de la población activa de
los imperios precolombinos se dedicaba a la producción agrícola. En el
campo y en las ciudades tenía lugar una importante producción de tex­
tiles, alfarería y materiales de construcción. Las grandes culturas pre­
colombinas habían superado los niveles mínimos de la subsistencia y
la esperanza de vida al nacer era probablemente comparable a la obser­
vada en Europa. Los excedentes de la producción de alimentos y de
bienes manufacturados sostenían a las clases imperial y religiosa, y per­
mitieron un importante desarrollo urbano. Las capitales imperiales de
Tenochtitlán y Cuzco tenían dimensiones comparables a las de las ma­
yores ciudades europeas de la época.
Los niveles de vida en Mesoamérica y el Imperio inca eran semejan­
tes a los registrados en las principales civilizaciones. Las fuentes tangi­
bles del poder, el territorio y la población bajo la misma soberanía eran
también no sólo comparables, sino superiores a las de potencias euro­
peas. Pero la brecha cultural y de racionalidad era gigantesca. Estos
elementos intangibles del poder determinaron el curso posterior de los
acontecimientos. Los imperios americanos se desplomaron frente a un
puñado de aventureros que disponían de una racionalidad superior. El
pensamiento mágico paralizó la capacidad de respuesta de los nativos
frente a la invasión europea. Este "encuentro de dos mundos" reveló,
por primera vez en la historia y en semejante escala, la importancia de
los factores intangibles en la lucha por el poder. En el curso de los tres
siglos del Primer Orden Económico Mundial estos elementos ejercieron
una influencia creciente en la consolidación de la hegemonía europea
en el orden mundial.
En el espacio del Nuevo Mundo no ocupado por las grandes cultu­
ras precolombinas, habitaban poblaciones de menor nivel cultural. En
la selva amazónica, el Chaco y las regiones extremas al norte y sur del
continente, existían cazadores nómades de la Edad de Piedra. En otras
partes de América del Norte y América del Sur y en algunas islas del
mar Caribe, existían recolectores y agricultores primitivos con un cier­
to grado de organización social y política.
LA POBLACIÓN DEL MUNDO Y LAS GRANDES CMLIZACIONES 31

En vísperas del primer desembarco de Colón, la población del Nue­


vo Mundo habría ascendido casi a 60 millones de personas, 5 equivalen­
te al 75% de la de Europa hacia la misma época. De ese total, casi el
50% habitaba bajo la jurisdicción azteca y el 20% bajo el dominio in­
caico. En las islas del mar Caribe, la población habría alcanzado a casi
6 millones de habitantes. El resto estaba disperso en el inmenso espacio
continental.

5 W. M. Denevan (ed.), The Native Population of the Americas in 1492, Madison, Urúversity
ofWisconsin Press, 1992.
II. LA ECONOMÍA

PRODUCCIÓN E INGRESOS

Al inicio del Primer Orden Económico Mundial, la estructura de la pro­


ducción y del empleo en todas las grandes civilizaciones era semejante.
Del 80% al 90% de la población estaba radicado en las zonas rurales y
dedicado a la producción de alimentos y materias primas. En ningún
lugar la población urbana representaba más del 20% de la total. Como
la productividad por hombre era similar en la producción agropecuaria
y en las manufacturas y artesanías, el sector rural generaba alrededor
del 80% del producto.
Europa no era ni más ni menos industrializada que India y Turquía.
Probablemente, su producción industrial per cápita era inferior a la de
China. A fines del siglo XI, ésta producía 125 mil toneladas de hierro,
Yolumen sustancialmente superior al de Gran Bretaña siete siglos des­
pués, durante el despegue de la Revolución Industrial. 1 China era una
fuente principal de innovaciones tecnológicas. Pero el producto por
hombre ocupado en su producción manufacturera no difería de mane­
ra significativa del de la Europa cristiana, el Imperio moghul o el oto­
mano. Consecuentemente, la distribución de la producción manufactu­
rera entre las grandes civilizaciones del mundo era semejante a la de la
población. Todavía en 1800, a fines del Primer Orden Mundial, cuando
la Europa cristiana había experimentado un considerable desarrollo, su
producción manufacturera representaba el 30% de la mundial. En 1500,
1a proporción debía de ser equivalente a la de la población: alrededor
del 15 por ciento. 2
Los niveles de ingreso por habitante no estaban muy por encima de
o necesario para un consumo alimentario básico (hidratos de carbono,
proteínas y grasas) de alrededor de 2.500 calorías y los elementos indis-
1 P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
p. 6 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994].
2
Supuesto basado en el estudio de P. Bairoch, "Intemational Industrialization Levels from
1750 to 1980", en Theloumal ofEuropean Economic History, vol. 11, núm. 1-2, otoño, 1982.

33
34 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

pensables de vestuario, vivienda y calor. Todas las grandes civilizaciones


eran capaces de sostener a su población, realizar una cierta acumula­
ción de capital y financiar a las clases no productoras (la nobleza, las
fuerzas armadas y los sacerdotes). En consecuencia, todas ellas estaban
por encima del nivel mínimo para asegurar la supervivencia humana.
Es decir, por encima de lo que actualmente se llama "línea de pobreza".
En 1500, a precios actuales (1995), esa línea era del orden de 450 dóla­
res por habitante. 3
En Europa, la mayor parte del incremento del ingreso se destinaba
a diversificar la dieta, con la incorporación de carnes, productos lácteos
y legumbres. El trigo era consumido por las clases altas. La dieta de los
campesinos estaba compuesta por cebada, centeno y avena. El trigo era
vendido en su mayor parte para pagar rentas e impuestos.4
En 1500, el ingreso per cápita europeo era de alrededor de 700 dó­
lares y en la civilización más avanzada de la época, China, de alrededor
de 800 dólares. 5 Por lo menos tres cuartas partes del ingreso total se
destinaban a la alimentación y alrededor del 20% a otros consumos
(vestuario, vivienda, servicios). El ahorro y la inversión representaban
alrededor del 5% del producto total.
En las grandes civilizaciones existía una fuerte concentración de la
propiedad y del ingreso en la nobleza. En Europa, desde comienzos del

3 Según las estimaciones del Banco Mundial (Infonne sobre el Desarrollo Mundial 1990),

la línea de pobreza se ubica en un promedio de 320 dólares a precios de 1985. Corregida por la
inflación de Estados Unidos, a precios de 1995, ese valor alcanza a 450 dólares. Todas las
estimaciones contenidas en el texto son a precios de 1995. La transformación de valores
monetarios del pasado en valores presentes tiene honrosos precedentes. Recuérdese, por
ejemplo, la conversión de sestercios romanos en libras esterlinas de su época en el
Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon [trad. esp.: Decadencia y caída
del Imperio romano, Girona, Atalanta, 2012]. Entonces, como ahora, el objetivo de tales
conversiones es proporcionar órdenes de magnitud que hagan comprensibles al lector
valores monetarios del pasado.
4 F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, vol. 1,
México, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 561; R. Roehl, "Pautas y estructura de la
demanda, 1000-1500", en C. M. Cipolla (ed.), Historia económica de Europa (I). La Edad
Media, Barcelona, Ariel, 1981, p. 123.
5 Las estimaciones sobre ingreso per cápita se basan en los estudios de A. Maddison,

Historia del desarrollo capitalista, Barcelona, Ariel, 1991, y P. Bairoch, Le Tiers-Monde


dans !'impasse, París, Gallimard, 1992 [trad. esp.: El Tercer Mundo en la encrucijada,
Madrid, Alianza, 1986], actualizadas a precios de 1995. Las estimaciones de ambos
autores coinciden aproximadamente con los valores suministrados en el texto. Véase
también R. Roehl, op. cit.
LA ECONOMÍA 35

segundo milenio, la expansión comercial generó grupos de comercian­


tes y banqueros de creciente poder económico. De todos modos, las
desigualdades en la distribución del ingreso eran, hacia 1500 y durante
la mayor parte del Primer Orden Económico Mundial, menores que las
que se observaron a partir de la Revolución Industrial en el siglo XIX.
Esto obedeció a dos razones principales: primero, a la existencia de un
ingreso medio no significativamente superior a los niveles de subsisten­
cia; segundo, a la reducida proporción de la población excluida del pro­
ceso productivo.
Existía, en efecto, un piso al ingreso mínimo determinado por la
subsistencia y un techo a la concentración del ingreso por el exceden­
te entre el ingreso total y la supervivencia de la sociedad. La distribu­
ción funcional del ingreso entre las clases altas y las bajas en China,
India, Persia, España, Francia o Inglaterra no debía registrar, hacia
1500, mayores diferencias. En Europa, a medida que se incrementó
la productividad, aumentó el excedente, y éste se concentró en manos
de la nobleza, de los comerciantes, de los empresarios, del clero y de
los profesionales liberales. La disparidad entre los ingresos medios
de los segmentos sociales privilegiados y el grueso de la sociedad ten­
dió a aumentar.
Por otra parte, los pobres y los mendigos incluían a los desemplea­
dos que, por enfermedad, holgazanería u otras razones, estaban ex­
cluidos del proceso productivo. La presencia de vagos y mendigos fue
un factor permanente de preocupación en las sociedades europeas del
).1edioevo y durante todo el Primer Orden Económico Mundial. Los
marginales se concentraban en las ciudades y, en éstas, su significa­
ción respecto de la población urbana total variaba entre el 5% y el
20%. 6 Como el grueso de la población radicaba en las zonas rurales,
es probable que hacia 1500, en Europa, los marginales representaran
alrededor del 10% de la población total.
En todas las grandes civilizaciones la esperanza de vida era seme­
·ante y del orden de 20 a 30 años. Las epidemias y la alta mortalidad
materno-infantil reducían la duración media de la vida. Las tasas de
mortalidad eran semejantes a las que imperaban en siglos anteriores.
Todavía en el siglo XVII, la esperanza de vida al nacer de un campesino

6 C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, Madrid, Alianza, 1989,

cap. N.
36 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

francés era comparable a la existente bajo la dominación romana a co­


mienzos de la era cristiana.7
La vulnerabilidad de la vida humana a las epidemias y enfermeda­
des varias no hacía distinción entre las diferentes civilizaciones ni entre
los niveles de vida de los diversos grupos sociales. La precariedad de las
condiciones de higiene y de los conocimientos médicos afectaba por
igual a chinos, persas e italianos, ricos y pobres, burgueses y campesi­
nos. En Europa, la peste negra que estalló en 1348 exterminó en dos
años a 25 millones de personas, es decir, cerca de un tercio de la pobla­
ción total. En las principales ciudades italianas, las epidemias de peste
de 1630-1631 y 1656-1657 provocaron la muerte de alrededor del 40% de
sus habitantes. En los casos extremos de Verona y Génova, la mortan­
dad alcanzó al 60 por ciento. 8
Hacia 1500, la población mundial estaba estancada. Las tasas de
mortalidad y de natalidad eran similares y se ubicaban entre el 3% y el
4% respecto de la población total.9 Los cambios en las tasas vitales obe­
decían más a las condiciones sanitarias que a los conflictos armados.
Estos últimos, en Europa y en las otras regiones del mundo, eran un
factor importante aunque marginal dentro de las causas de mortalidad
entre los varones adultos y la población civil. Por otra parte, en tiempos
de colapso de las cosechas, la insuficiencia de la tecnología de conser­
vación de alimentos provocaba hambrunas y el drástico aumento de la
mortalidad. Dada su insignificancia respecto de la demanda alimenta­
ria de la población, el comercio internacional de alimentos no corregía
la situación. Según Braudel, en el siglo XVI, el comercio de cereales por
vía marítima entre los países de la cuenca del mar Mediterráneo satis­
facía apenas el 1% de la demanda.10
De todos modos, en tiempos normales, los niveles de nutrición y las
condiciones de hábitat de la mayor parte de la población de las grandes
civilizaciones eran compatibles con la supervivencia humana y aun con
el lento crecimiento demográfico. Las fases de crecimiento de la pobla-

J. M. Roberts, History of the World, Londres, Penguin Books, 1987, p. 514 [trad. esp.:
7

Historia universal ilustrada, 2 vols., Madrid, Debate, 1993].


8 C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, op. cit.
9 !bid.
10 F. B raudel, Capitalism and Material Life, 1400-1800, Nueva York, Harper & Row,

1967, p. 85 [trad. esp.: Civilización material, economía y capitalismo, 3 vols., Madrid, Alianza,
1984].
LA ECONOMÍA 37

ción en los pueblos cristianos de Europa y en las otras civilizaciones de


Asia y el Medio Oriente estuvieron vinculadas a prolongados períodos
de normalidad y lenta mejora del abastecimiento alimenticio, y, sobre
todo, a la ausencia de mortalidades masivas provocadas por epidemias
generalizadas.

SEMEJANZA DE LOS NIVELES DE VIDA

En los inicios del Primer Orden Económico Mundial, los ingresos de las
grandes civilizaciones se ubicaban entre los 450 y los 800 dólares por
habitante. Las menos avanzadas, como las del Nuevo Mundo y las del
Sudán, se ubicaban en el primer rango y la más desarrollada, China, en
el segundo. De todos modos, las poblaciones de China, el resto de Asia, el
.Medio Oriente y Europa representaban el 80% de la población mundial.
Dentro de ésta, la diferencia de ingresos medios probablemente no su­
peraba el 20%. Es decir que la distribución del producto mundial era
emejante al de la población en el planeta.
Varias razones explican la semejanza de los ingresos medios. En pri­
mer lugar, el hecho de que la productividad en la agricultura y las manu­
facturas no difiriera sustancialmente entre las diversas civilizaciones.
La tecnología aplicada y la organización de la producción de bie­
nes presentaba seguramente diferencias importantes entre, por ejem­
lo, la agricultura holandesa y la del Imperio moghul en India. La
primera aplicaba los conocimientos más avanzados de su tiempo y
eStaba más vinculada a la economía de mercado. La segunda era, en
mayor medida, una actividad de subsistencia que comercializaba par-
tes menores de su producción. Aun así, difícilmente el producto por
horobre en la actividad primaria en uno y otro caso revelaba diferen­
cias mayores ni remotamente comparables a las observables en la ac­
tualidad. En Europa, durante la Edad Media, se habían registrado
av"3Ilces técnicos importantes en la producción agropecuaria, como el
desarrollo de los molinos de viento, la rotación de cultivos, las herra­
mi·entas, los abonos y el empleo de la tracción a sangre. Sin embargo,
la productividad no crecía en más del 10% o el 20% por centuria. Ha­
cia 1500, el producto por hombre en la actividad agropecuaria que
empleaba la tecnología de frontera en Francia u Holanda no excedía
quizá
· , en más del 50% el de un productor rural al comienzo de la era
38 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

cristiana. Las diferencias de productividad en el tiempo y en el espacio


eran, por lo tanto, relativamente menores.
En segundo lugar, en Europa, como en el resto del mundo civilizado,
la mayor parte de la población estaba ocupada en la actividad agropecua­
ria y producía esencialmente para el autoconsumo. Ninguna de las gran­
des ciudades europeas, Venecia, Génova, Brujas, Amberes, Lübeck, París
o Londres, contaba con más de 100 mil habitantes. Eran necesarios los
excedentes de ocho o nueve trabajadores rurales para abastecer a uno o
dos habitantes de las ciudades, la nobleza y el clero. Probablemente, no
más del 10% de la producción agropecuaria se volcaba al comercio, y éste
se realizaba, en su mayor parte, en los mercados locales. La situación era
similar en las grandes civilizaciones de Medio y Extremo Oriente.
Algo semejante sucedía con la producción manufacturera. Muebles,
calzado, textiles, herrajes, armas y alimentos elaborados eran produci­
dos en forma artesanal y se destinaban, en primer lugar, a satisfacer las
necesidades de los propios productores y al pago de tributos. En Euro­
pa, la industria que alcanzó un mayor nivel de desarrollo fue la de pa­
ños y tejidos de lujo, en buena parte destinada al comercio internacio­
nal. Las regiones de Flandes y Champagne eran el asiento principal de
esta actividad textil que demandaba una cantidad considerable de teje­
dores, tintoreros y bataneros. En 1500, de los 50 mil habitantes de Gan­
te, 6 mil eran trabajadores textiles.
La generación de energía hidráulica y eólica, a través del desarrollo
y la difusión de los molinos de agua y viento, constituyó un importante
avance tecnológico para las industrias de alimentos y textil. Ésta y otras
innovaciones no provocaron, sin embargo, un drástico incremento de la
productividad. Consecuentemente, el aumento de ésta en la producción
manufacturera fue semejante al de la agricultura y tampoco excedió el
10% o el 20% por centuria. Es decir, entre el O, 1% y el O,2% anual. 11
La formación de capital también contribuye a explicar la semejanza
de los niveles de productividad e ingreso per cápita hacia 1500. Proba­
blemente, el ahorro representaba alrededor del 5% del producto de las
grandes civilizaciones y se destinaba, en su mayor parte, a las inversio­
nes no reproductivas. La inversión fija en construcciones urbanas, pa-

11 Coincidente con las estimaciones de S. Kuznets, Population, Capital and Growth,


Londres, Heineman, 1974 [trad. esp.: Población, capital y crecimiento, México, Editores
Asociados, 1976].
LA ECONOMÍA

lacios, catedrales, templos, castillos y fortalezas absorbía la mayor par­


te del ahorro. Tanto en Europa como en China, India, Persia o el
Imperio otomano era también significativo el empleo de recursos de los
príncipes para sostener a arquitectos, pintores y otros creadores artís­
ticos. En la Europa cristiana, la Iglesia, los banqueros y los mercaderes
eran otra fuente principal del financiamiento de la creación artística.
Dada la lentitud del progreso técnico, el aumento de la producción
descansaba más en el mayor empleo de mano de obra que en el incre­
mento del producto por hombre. En Flandes, Florencia, Pisa y las otras
regiones productoras de manufacturas para el comercio exterior es pro­
bable que el capital de trabajo (materias primas, mercaderías en proce-
o, fondo de salarios) y el fijo (telares, herramientas, galpones) absor­
bieran una proporción mayor del ahorro. Hacia 1500, la expansión
comercial de ultramar comenzaba también a demandar mayores inver­
siones para la construcción naval y el armado de flotas para las expedi­
ciones de descubrimiento, conquista y comercio. Sin embargo, la dota­
ción de capital por hombre ocupado a lo largo de la Baja Edad Media
elITopea no cambió de manera significativa. La situación era similar en
otras grandes civilizaciones del Medio y Extremo Oriente. Difícil­
mente la acumulación de capital reproductivo representara en ningún
do mucho más del 2% al 3% del producto.
Este conjunto de circunstancias contribuye a explicar la semejanza
de los niveles medios de ingreso entre las grandes civilizaciones que ha­
bitaban el planeta cuando comenzaron la expansión europea de ultra­
mar y la formación del Primer Orden Económico Mundial. Con la ex­
cepción de las culturas del Nuevo Mundo y algunas de las de África
sudsahariana, no existía todavía una brecha de racionalidad que impli­
.:ara diferencias fundamentales en la explotación y la administración de
los recursos, ni tampoco en la organización, el despliegue y el arma­
mento de las fuerzas militares. El empleo de la pólvora y la artillería
eStaba ganando importancia en el potencial militar europeo pero, toda­
vía
- hacia 1500, los pueblos cristianos no disponían de ventajas sustan­
:iales de armamento respecto de las otras culturas. Tampoco eran sig­
- cativas en las luchas dinásticas por el dominio territorial de Europa.
nifi
cuando comenzó la formación del Primer Orden Económico Mundial,
el poder tangible fundado en el territorio y la población sujetos a una
mis · ma soberanía seguía siendo la fuente fundamental del poder y de la
potencia militar.
40 EL ESCENARIO MU NDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

ALCANCES DEL COMERCIO INTERNACIONAL

Tres factores principales limitaban la significación del comercio den­


tro de la actividad económica de las economías de Europa y del resto
del mundo civilizado: los excedentes disponibles, los costos de trans­
porte y el ínfimo impacto del comercio en la división del trabajo y la
productividad.
Excedentes para el comercio. La tecnología aplicada en la produc­
ción primaria, artesanías y manufacturas determinaba un bajo nivel de
producto por hombre. El ingreso era destinado casi en más del 90% al
consumo de los trabajadores, la nobleza y las clases propietarias. Los
excedentes susceptibles de ser comercializados fuera del ámbito de la
economía local, o de la plaza como decía Weber, 12 eran una parte re­
ducida del producto total. Más aún, según Braudel, el 60% o el 70% de
la producción global de los países de la cuenca del mar Mediterráneo
estaba fuera de la economía de mercado. 13
Existía una pequeña división del trabajo en cada plaza y en las pe­
queñas localidades a un día de marcha en donde los campesinos ven­
dían sus productos, compraban las artesanías indispensables y pocos
bienes de origen más o menos distantes, principalmente sal y produc­
tos metálicos. "Casi todos los ramos de la industria: alfarería, mue­
bles, zapatos, vestidos, utensilios e implementos de todas clases queda­
ron reducidos a las ciudades, fueron monopolizados por sus artesanos
y no se difundieron más allá de los reducidos linderos que marcaban
sus mercados locales." 14 La situación era semejante en China, India o
Persia.
En Europa, las ferias periódicas en las ciudades mayores conecta­
ban las economías regionales en una red más amplia de intercambio. 15
Dentro de esta red de producción y comercio se generaban los exceden­
tes necesarios para pagar las rentas de los propietarios territoriales y
los tributos a los príncipes.

12 M
. Weber, Economía y sociedad, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1992,
p. 128.
13
F. Braudel, El Mediterráneo ..., op. cit., p. 563.
14 H. P irenne , Historia económica y social de la Edad Media, Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 1987, p. 117.
15
R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Comell Un iversity Press, 1973,
p. 24.
LA ECONOMÍA 41

El comercio de cada plaza y el de la región se destinaba en esencia


al consumo interno. Consecuentemente, los excedentes disponibles
para el comercio internacional entre regiones distantes dentro del mis­
mo continente y el tráfico intercontinental probablemente representa­
ban menos del 5% del producto de Europa. En el resto del mundo la
proporción debía ser todavía menor.
Costos de transporte. Éste era el segundo factor limitante del co­
mercio internacional e incluía el tiempo en tránsito de las mercaderías
Por tierra, el desplazamiento de mercaderías en carros y caravanas en­
frentaba la precariedad de las rutas, los impuestos cargados por las
diversas jurisdicciones atravesadas durante el tránsito, las turbulencias
políticas y la consecuente interrupción de las vías de intercambio y los
asaltos de bandidos. La capacidad de transporte de caravanas y diver�
os tipos de carruajes con tracción a sangre era muy reducida. Proba­
blemente, ningún cargamento comercial excedía las 5 toneladas. En el
trigo, el cereal más valioso, el costo del transporte representaba el 100%
del valor del producto en la distancia de 400 a 500 km. Los costos del
transporte terrestre debían ser semejantes en China, Persia o el Impe­
rio otomano.
De allí la importancia del tráfico fluvial en los grandes ríos como
el Yangtze, el Valga o el Danubio, cuyo costo era sustancialmente in­
ferior, quizá no más del 20% del transporte terrestre. Por los mismos
motivos, la construcción de canales constituía uno de los principales
desarrollos de la infraestructura. Por mar, el comercio tropezaba con
la precariedad de los navíos y con el desconocimiento de los regíme­
nes de vientos y corrientes marinas. La piratería era, asimismo, una
amenaza mayor. Hacia 1500, la capacidad media de los navíos dedi­
cados al tráfico en comercio de los mares del Norte y Báltico era de
alrededor de 300 toneladas. 16 En el comercio del mar Mediterráneo y
en el tráfico con el norte de Europa a través del estrecho de Gibraltar,
d tonelaje medio era tal vez inferior. Muchos navíos no superaban las
5-o toneladas y su tripulación no era mayor que diez hombres. En el
comercio intraasiático, la tecnología naval disponible no era inferior.
Sin embargo, hacia finales del siglo xv, la industria naval y la pericia
náutica de los navegantes europeos comenzaba a superar a las de los
c-hinos, persas y árabes.

16
C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, op. cit., p. 182.
42 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

El tiempo de tránsito de las mercaderías era un importante ele­


mento del costo al inmovilizar el capital por un tiempo prolongado.
Por ejemplo, desde Venecia a Madrid, un cargamento demoraba un
mes, a Constantinopla, cuarenta días y a Damasco, más de dos meses.
Entre Venecia y Amberes, a través de Gibraltar, demoraba alrededor
de tres meses. Entre Ormuz y Malaca, el tiempo necesario no debía
ser inferior. Los fletes representaban una elevada proporción del valor
de la mercadería en origen. Para el comercio entre las regiones más
distantes, los fletes y el seguro debían duplicar o triplicar el costo de
las mercaderías en origen. Ésta era probablemente la diferencia entre
los precios FOB (free on board [libre a bordo]) y CIF (cost, insurance and
freight [costo, seguro y flete]). Los márgenes de ganancia estaban tam­
bién influidos por las condiciones de competencia o de monopolio
que encuadraban el tráfico. En este punto, como se verá más adelan­
te, existían diferencias importantes entre el comercio desarrollado
por mercaderes europeos respecto de lo observable en el comercio
intraasiático.
Los costos de transporte acotaban el traslado a larga distancia a los
bienes de alto valor unitario. En primer lugar, las especias (pimienta,
canela, clavo, nuez moscada) y el azúcar de caña. Luego, los metales
preciosos y los artículos suntuarios como sedas de India y China, da­
mascos de Damasco, baldaquines de Bagdad, oro de Sudán occidental,
muselinas de Mosul, gasas de Gaza, orfebrería, perfumes, medicinas y
materias primas valiosas como tinturas y cochinilla para la industria
textil. En tráficos de menor distancia, como los realizados en las cuen­
cas de los mares del Norte y el Báltico, predominaban alimentos ela­
borados, material para la construcción naval, vinos, trigo, sal, pescado
y lanas. La misma composición de productos de alto valor unitario pre­
dominaba en el comercio intraasiático entre China, India, las islas de
las especias, el golfo Pérsico y el mar Rojo, y entre África al sur del de­
sierto del Sahara, el Mediterráneo y el mar Rojo. En este tráfico preva­
lecían el oro, la sal y los esclavos. Los productos primarios de bajo va­
lor unitario, en especial los cereales y los minerales, no podían soportar
los costos de transporte y estaban prácticamente excluidos del comer­
cio intercontinental de larga distancia.
Comercio internacional y división del trabajo. El tercer factor limi­
tante de los alcances del comercio internacional era su ínfimo impacto
sobre la división del trabajo y, consecuentemente, sobre la productivi-
LA ECONOMÍA 43

dad. La inmensa mayoría del comercio estaba compuesta por bienes


de uso final. Las importaciones representaban una proporción mínima
del consumo aparente de alimentos y manufacturas. El comercio ser­
vía esencialmente para diversificar la oferta de bienes de consumo so­
fisticados para la nobleza y las clases dominantes.
En Europa, es probable que el comercio generara una mayor divi­
sión del trabajo que en otras partes. Existía, por ejemplo, un comercio
significativo de lanas de origen inglés para las industrias textiles de
Champagne y Flandes, y de materiales de construcción naval desde la
cuenca del río Volga para los astilleros holandeses. De todos modos,
la influencia de estos hechos sobre la productividad media de la eco­
nomía era escasa. En otros términos, la ampliación del mercado a tra­
Yés del comercio internacional no generaba economías de escala y au­
mentos sustantivos de la productividad. El comercio expandía las
fronteras del mercado, pero la organización de la empresa y el produc­
to por hombre ocupado no registraban cambios radicales. Esto era
cierto para los comerciantes árabes, persas o indios que operaban en
condiciones de competencia y con débiles vínculos con el poder políti-
o. Pero también lo era en Europa, donde prevalecían el monopolio y
la relación privilegiada entre príncipes, banqueros y mercaderes. To­
davía hacia 1500, la tecnología disponible impedía que el comercio
internacional tuviera una significación crítica como fuente de creci­
miento de la productividad y, consecuentemente, de las ganancias y la
cumulación de capital.

LAS REDES DEL COMERCIO INTERNACIONAL

fines del siglo xv, el comercio internacional abarcaba dos grandes


categorías. Por una parte, el comercio intracontinental en el interior
de Europa, Oriente y África. Por otra parte, el comercio intercontinen­
tal entre esos tres grandes espacios. Ambas categorías estaban vincu­
ladas. Por ejemplo, los bienes importados desde Asia al Mediterráneo
oriental, bajo la hegemonía de Venecia y Génova, se difundían en el
norte de Europa por tierra o vía fluvial y, desde comienzos del siglo xv,
a través del estrecho de Gibraltar. Del mismo modo, mercaderes italia­
nos intermediaban los bienes exportados desde Flandes al Medio y Ex­
tremo Oriente.
44 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

La información disponible sugiere lo siguiente:

CUADRO II. l. Matriz posible del comercio internacional en 1500

Destino
Origen Asia Europa África Mundo
Asia 29 20 l 50
Europa 14 30 1 45
África 2 2 1 5
Mundo 45 52 3 100

El comercio internacional estaba probablemente distribuido en partes


casi iguales entre las civilizaciones de Oriente y Europa. El tráfico inte­
rior dentro de cada uno de los tres grandes espacios habría representado
el 60% del comercio internacional y el intercontinental el 40% restante.
El Mediterráneo oriental fue uno de los centros principales del co­
mercio internacional hasta bien entrado el siglo xv. Las Cruzadas rea­
vivaron el interés en Oriente de los pueblos cristianos de Europa. A
partir del siglo XIII, misioneros y mercaderes europeos viajaron con fre­
cuencia hacia el Medio y Extremo Oriente. El viaje, entre 1271 y 1295,
de Marco Polo a China produjo un gran impacto en la opinión ilustrada
y en los mercaderes de Europa.
Venecia y Génova mantuvieron una posición dominante durante
toda la Baja Edad Media. La red del comercio internacional abarcaba
desde China hasta Europa occidental atravesando el Oriente Medio y el
norte de África. Las caravanas provenientes de China e India llegaban
hasta los puertos de Asia Menor para traficar con los mercaderes vene­
cianos, genoveses y de otras ciudades europeas. La ruta de la seda co­
menzaba en Yunnan, Nanking, Hsian y Pekín en China, y en Kashgar y
Samarkanda en el Turkestán. Atravesaba Persia hasta Bagdad, Damas­
co y Acre y, hacia el suroeste, hasta Ormuz en el golfo Pérsico. Las ca­
ravanas que no se destinaban a Alejandría y al Mediterráneo oriental se
dirigían a los puertos del mar Negro y desde allí a Moscú, Nóvgorod y
Riga, el Báltico y los puertos de la Liga Hanseática. Las factorías de los
mercaderes europeos en Asia Menor eran el centro principal del inter­
cambio. Por la misma vía, los mercaderes orientales recibían paños,
trigo y vinos. La Europa cristiana tenía un déficit comercial con Orien­
te probablemente del orden del 50% de sus importaciones: el saldo era
LA ECONOMÍA 45

pagado con plata y oro que provenían de los yacimientos de oro del Su­
dán occidental y de los Balcanes.
Las ciudades comerciales de los mares del Norte y Báltico confor­
maban el segundo eje del comercio internacional de Europa. Los mer­
caderes flamencos y alemanes vinculados a la Liga Hanseática, cuyo
centro coordinador operaba en la ciudad de Lübeck, intermediaban el
tráfico entre la producción de las cuencas del Volga, el Dniéper y el Da­
nubio con la producción de Flandes, el norte de Francia e Inglaterra. La
composición del intercambio reflejaba el menor desarrollo relativo del
hinterland de Europa oriental y de las islas británicas. La producción
de lana inglesa abastecía las hilanderías de Flandes. Las pieles, la miel,
el trigo, los materiales de construcción y el pescado salado tenían un
peso significativo en el comercio dominado por las ciudades de la Liga
Hanseática. Los paños de lujo de las tejedurias de Flandes y Champagne,
y las armas y las herramientas formaban parte de esta incipiente divi­
sión del trabajo entre productores de bienes primarios y manufactura­
dos. Hasta la primera mitad del siglo xv, las especies provenientes de
Oriente llegaban al norte de Europa por vía fluvial y terrestre. Según
Pirenne, 17 el volumen físico del comercio internacional de los dos prin­
cipales polos comerciales de Europa era semejante. Sin embargo, dada
la diferente composición de uno y otro, el valor del volumen controlado
por las ciudades italianas era sustancialmente mayor que el de las de la
Liga Hanseática.
El comercio intraasiático era, por lo menos, tan importante como
el intraeuropeo. Las grandes civilizaciones de China e India mantenían
una corriente de intercambio entre sí y con Malasia y el archipiélago
malayo. Malaca, sobre el estrecho entre la península de Malasia y la isla
de Sumatra, era el principal puerto para el intercambio entre China e
India, y formaba parte de una red de puertos que incluía Shanghái y
Cantón en China, Bangkok en Siam, Makasar en las islas Célebes, Ban­
ram en la isla de Java, Chittagong en la bahía de Bengala, Colombo en
isla de Ceilán y Calicut en la costa Malabar. La red de puertos se ex­
tendía hacia el Medio Oriente y las dos principales localizaciones eran
Ormuz y Adén. La primera era el punto de entrada hacia el golfo Pérsi­
co y la segunda controlaba el acceso al mar Rojo. Esta red portuaria
abarcaba el Medio y Extremo Oriente, y a través de ella se comerciaban

17 H. Pirenne, op. cit., p. 112.


46 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

especias, cosméticos, madera de sándalo, sedas, vidrio, porcelana, ca­


ballos y metales preciosos.
Los comerciantes árabes y moghules tenían una participación im­
portante en el comercio intracontinental. Pero también intervenían
mercaderes cristianos de Etiopía, Armenia e India, judíos, persas y de
otras razas y confesiones religiosas asentados en los puertos existentes
desde las costas de China hasta el mar Rojo y el cuerno de África. La
organización predominante en estos emprendimientos comerciales
eran pequeñas empresas que competían pacíficamente y, a menudo, en
forma cooperativa formando redes de intermediarios. Estos mercaderes
tenían relaciones débiles con los príncipes en cuyas jurisdicciones tra­
ficaban. No formaban parte del sistema de poder. 18 Sus relaciones con
los soberanos se limitaban al pago de tributos a cambio de la obtención
de autorización para comerciar, que rara vez se confería con la exclusi­
vidad del monopolio. En ninguna parte la actividad comercial se pro­
yectaba al campo financiero mediante la formación de casas bancarias
que concentraran y asignaran las ganancias y el capital acumulado en
el intercambio. La red del comercio intraasiático tenía, pues, una débil
capacidad de formación de capital, de concentración financiera y de
emprendimiento de empresas de mayor escala. Estaba también desvin­
culada de los productores rurales que producían las especias y de los
artesanos y empresarios que elaboraban los textiles y otras manufactu­
ras transables. La función comercial predominante en el tráfico intra­
asiático era, pues, esencialmente de intermediación entre la oferta y la
demanda, y se realizaba por gran número de mercaderes en condicio­
nes de competencia o de cooperación en asociaciones transitorias. Esto
sugiere, por otra parte, que los márgenes de ganancias en el comercio
intraasiático eran inferiores a los que se realizaban bajo condiciones
monopólicas en el tráfico europeo.
Las mismas restricciones que condicionaban el comercio europeo
a larga distancia operaban en el comercio intraasiático. Los navíos que
transportaban las mercaderías a lo largo de la red de puertos e interme­
diarios desde China hasta el Medio Oriente eran tanto o más precarios
que los empleados en Europa. Antes de los importantes cambios tecno­
lógicos en el diseño y en la capacidad de los navíos, y del mayor cono-

18 P. D. Curtin, Cross-Cultural Trade in World History, Cambridge, Cambridge University


Press, 1986, cap. 7.
LA ECONOMÍA 47

cimiento de los regímenes de vientos y corrientes marinas, la tecnología


naval disponible en Oriente no era inferior que la de los venecianos o
portugueses. Por otra parte, en el mar de la China y en el océano Índico,
la piratería era un flagelo por lo menos comparable al de los corsarios
bereberes de Argelia en el Mediterráneo. La inseguridad aumentaba los
riesgos y el costo del transporte marítimo.
La red de comercio intraasiático se ligaba al comercio europeo por
vía terrestre a lo largo de la ruta que se iniciaba en China y concluía en
el Mediterráneo oriental y el mar Báltico. Por vía marítima, los bienes
exportados por las economías de Oriente llegaban al mar Negro y a los
puertos de Asia Menor recalando en el puerto de Ormuz, navegando las
aguas del golfo Pérsico y, por tierra, atravesando Damasco y Acre. El
puerto de Adén y el mar Rojo eran el acceso hacia El Cairo y Alejandría,
y, desde allí, al comercio del Mediterráneo oriental. Estas vías conver­
gían con las rutas terrestres provenientes de China que, en el siglo XVI,
quedaron interrumpidas por el conflicto otomano-safávida. Las pertur­
baciones del comercio de Europa con Oriente, sumadas al dominio oto­
mano del mar Negro y el Mediterráneo oriental desde la conquista de
Constantinopla en 1451, estimularon la búsqueda de rutas alternativas.
El proceso culminó en la última década del siglo xv, con el descubri­
miento del Nuevo Mundo y la llegada de los portugueses a India.
El comercio intraafricano era el relativamente menos importante
dentro de los intercambios intracontinentales. El comercio de larga dis­
tancia se limitaba al tráfico a lo largo de la franja del Sudán y entre ésta
y la costa mediterránea, desde Egipto hasta Marruecos. El comercio era
realizado por caravanas de mercaderes que no gozaban de regímenes
especiales ni privilegios monopólicos otorgados por los soberanos de
las distintas jurisdicciones. Los principales productos comerciados eran
oro, sal, cobre, almizcle, ganado y esclavos. La instalación de los fuertes
y_ de las factorías portugueses en la costa atlántica de África desde las
prime:i;as expediciones auspiciadas por el infante Enrique abrió nuevas
\ias de intercambio con Europa.
En la costa oriental de África, hasta la llegada de los portugueses,
el comercio era realizado fundamentalmente por mercaderes árabes y
persas. Los principales productos exportados a Oriente eran marfil, oro,
caparazón de tortuga, madera de mangle y algunos esclavos. El oro pro-
d ucido en los yacimientos del Sudán occidental y, más tarde, en la cuen­
ca del río Zimbabue cumplió un papel importante en el comercio inter-
48 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

nacional de la época. Hasta el saqueo de los tesoros acumulados por las


grandes civilizaciones americanas y la explotación de los yacimientos
del Nuevo Mundo, África era la principal fuente de suministro de me­
tales preciosos de Europa. Contribuyó también a pagar el déficit del
balance comercial de Europa con el Medio y Extremo Oriente. La ex­
portación de esclavos desde el golfo de Guinea hacia el Sudán oriental
y Europa comenzó a ganar importancia. Sin embargo, recién con la
conquista y ocupación del Nuevo Mundo, la esclavitud adquiriría
la trascendencia que tuvo en la formación y en el desarrollo del Primer
Orden Económico Mundial.
El oro y la plata debían representar más de un tercio de las expor­
taciones europeas al Medio y Extremo Oriente. El desequilibrio obede­
cía a la escasa demanda de los bienes manufacturados en Europa, cuya
calidad y costo no eran competitivos con los fabricados en las grandes
civilizaciones orientales.

Los AGREGADOS MACROECONÓMICOS

Conforme con las estimaciones antes mencionadas sobre población y


producto per cápita de las principales civilizaciones, el producto bruto
de la economía mundial en el año 1500 debía ascender a alrededor de
300 mil millones de dólares. El de Asia y Medio Oriente sería el 65% del
total, Europa el 20% y África el 15%. El Nuevo Mundo, recién descu­
bierto, estaba todavía al margen del emergente orden internacional.
La similitud en el ingreso medio por habitante determinaba seme­
janzas en la estructura de la producción, la distribución del ingreso y la
composición de la demanda. Es posible que en todas partes la produc­
ción agropecuaria empleara el 80% de la población activa y generara
una proporción semejante del producto. Las manufacturas y los servi­
cios contribuirían con el 20% restante. Los productores rurales, traba­
jadores urbanos, artesanos y pequeños comerciantes representarían el
90% de la población activa y probablemente percibían el 70% del ingre­
so total. Dado el ingreso medio, esa era la participación mínima nece­
saria para asegurar la subsistencia de la población. Alrededor del 25%
del ingreso aparentemente correspondía a las rentas de los propietarios
territoriales y a los impuestos, y el último 5% a las ganancias de los
grandes comerciantes, banqueros e industriales. Del gasto total, es pro-
LA ECONOMÍA 49

bable que el 95% correspondiera al consumo de las clases populares, las


clases altas y las fuerzas armadas. Los gastos militares representaban
posiblemente más del 50% del gasto público, y éste alrededor del 10%
del producto bruto.
El ahorro y la inversión deberían rondar el 5% del producto. De este
modo, en Europa, deberían ascender a cerca de 3 mil millones de dóla­
res anuales. El aporte de las clases populares al ahorro era casi inexis­
tente, salvo el destinado a la construcción de viviendas y elementos
esenciales del hábitat. El ahorro público y de las clases terratenientes
probablemente representara dos tercios del ahorro total. Su destino
principal, si no exclusivo, era la construcción de castillos, palacios, igle­
sias y, en menor medida, agricultura, infraestructura de puertos, cami­
nos y canales. El ahorro invertido en la ampliación de la actividad co­
mercial y en las instalaciones fabriles debería representar alrededor de
1.000 millones de dólares anuales. La principal inversión se realizaba
en las existencias de mercaderías en depósitos y en tránsito, y, la secun­
daria, en navíos e instalaciones de almacenaje en los puertos. El origen
más importante de la inversión reproductiva era la clase empresarial,
compuesta por grandes comerciantes, banqueros e industriales.
Fuera de Europa, no debían diferir sustancialmente estas propor­
ciones relativas a la distribución del ingreso, la composición de la de­
manda y la formación de capital. Sin embargo, por las razones que se
mencionarán más adelante, la actividad comercial y la acumulación de
capital estaban jugando, desde el despegue del capitalismo comercial
europeo a comienzo del segundo milenio, funciones radicalmente <lis-
. tas en Europa respecto de las civilizaciones del resto del mundo.
tin
Todavía en el año 1500, el comercio internacional era una actividad
de escaso peso relativo en el conjunto de la actividad económica. Las ex­
portaciones no deberían representar más del 2% del producto mundial.
En ese caso, habrían ascendido a alrededor de 6 mil millones de dólares
en el año 1500. Todas las principales civilizaciones participaban del co­
mercio internacional, pero en Europa cabe suponer que tenía mayor peso
relativo que en el resto. Mientras la participación europea en el producto
mundial alcanzaba sólo el 20%, respecto del comercio la proporción <le­
bía ser mayor. De todos modos, Asia era probablemente todavía el prin­
cipal espacio comercial del mundo. Según estas estimaciones, las expor­
taciones de Asia debían ascender a 3 mil millones de dólares, de los
.:uales el 60% se destinaría a la misma región y el 40% a los mercados
50 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

europeos. Las exportaciones de Europa habrían alcanzado alrededor de


2.500 millones de dólares, de los cuales dos tercios eran de carácter in­
trarregional. Las exportaciones de las potencias comerciales europeas
incluían la reexportación de bienes provenientes de Oriente y azúcar ori­
ginaria de las plantaciones de las islas portuguesas en el océano Atlántico
y de las Canarias. De acuerdo con estas estimaciones, las exportaciones
representaban cerca del 5% del producto bruto de Europa y poco más del
1 % del de Asia. En África, el comercio exterior tenía menor significación
relativa que en los otros dos continentes.
En el incipiente orden mundial del año 1500, el movimiento inter­
nacional de capitales era todavía reducido. Sin embargo, a fines del si­
glo xv, estaba en plena evolución el desplazamiento del centro de gra­
vedad del comercio internacional desde el Mediterráneo oriental hacia
el océano Atlántico. Lisboa, Cádiz y Sevilla fueron ganando importan­
cia creciente como entrepuertas y centros de la actividad comercial y
financiera. Numerosos mercaderes y banqueros flamencos, genoveses,
venecianos y florentinos previeron las nuevas tendencias de las corrien­
tes comerciales y se instalaron en las emergentes ciudades comerciales
del litoral atlántico. Este proceso constituye el primer caso importante
de transferencia de recursos humanos calificados y de inversiones pri­
vadas directas para participar en las nuevas oportunidades abiertas por
la expansión comercial. Nada comparable estaba sucediendo en China,
India, el Imperio otomano o el safávida.
Ni el comercio ni las inversiones internacionales generaban en
aquel entonces movimientos migratorios de alguna significación. Ante­
riormente, las corrientes migratorias tenían motivaciones distintas a las
originadas en el desarrollo de la producción y el comercio mundiales.
Recién con la colonización del Nuevo Mundo y el tráfico esclavista los
movimientos migratorios asociados a la formación del mercado mun­
dial alcanzaron importancia. Pero esto forma parte de la historia que
comenzaba a escribirse con la inauguración del Primer Orden Econó­
mico Mundial.
III. EL SURGIMIENTO DE EUROPA

LA COMPARACIÓN estática de los principales indicadores económicos y


sociales, alrededor de 1500, revela la semejanza de la situación de los
pueblos cristianos de Europa y las otras grandes civilizaciones. El pro­
ducto era del orden de 500 a 800 dólares per cápita, la esperanza de vida
al nacer rondaba los 30 años, la tasa de ahorro y acumulación respecto
del producto no superaba en ningún lado el 5%, la relación entre las
exportaciones y el producto se ubicaba entre el 1 % y el 5%, y la compo­
sición de la producción no presentaba mayores diferencias. Lo mismo
sucedía en la distribución del ingreso entre los diversos grupos sociales
en la Europa cristiana, China, India o el Imperio otomano.
Existían, asimismo, semejanzas en otros planos. Desde la Primera
Crnzada, a fines del siglo XI, los príncipes y los pueblos cristianos esta­
ban obsesionados con la reconquista de los Santos Lugares. La amplia­
ci"ón de las fronteras del mundo conocido le imprimió una escala pla­
netaria al impulso evangelizador. Las primeras naos portuguesas y
carabelas españolas llevaron a África, Oriente y el Nuevo Mundo la mi-
si.ón evangelizadora. El contenido religioso fue un rasgo permanente de
la expansión europea.
Las grandes religiones politeístas de Oriente no tenían pretensiones
semejantes. Pero el cristianismo tenía un formidable adversario en otra
gran religión monoteísta: el Islam. El mensaje de Mahoma (570-632)
desencadenó un movimiento religioso de vasto alcance que, como el
cris · tianismo, tenía pretensiones ecuménicas. Sus devotos difundieron
la fe en el norte de África, el Medio Oriente, buena parte de la Península
Ibé'rica, India y el Extremo Oriente. Hacia 1500, la expansión islámica
en Europa estaba llegando a su fin, pero conservaba un formidable im-
pulso en África y Oriente. La formación del Imperio moghul en India
estaba comenzando a principios del siglo XVI.
En resumen, cuando se inaugura el Primer Orden Económico Mun­
.
dial , el fervor religioso no era patrimonio exclusivo de los pueblos cris­
tianos. Asimismo, en el terreno científico-tecnológico, las civilizaciones
orientales estaban tanto o más avanzadas que la europea. Lo mismo
51
52 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

puede decirse del comercio internacional. En efecto, los navegantes y


mercaderes musulmanes, indios, persas y chinos habían comerciado
durante siglos a lo largo de las costas de China, India, los archipiélagos
del sudeste de Asia, la península arábiga y el mar Rojo. Por la ruta de la
seda, las caravanas habían transitado desde China hasta el Mediterrá­
neo oriental.
Sin embargo, más allá de estas semejanzas, desde principios del se­
gundo milenio, en Europa estaban en marcha cambios profundos que
no ocurrieron en las otras grandes civilizaciones. Tales cambios modi­
ficarían el proceso de crecimiento, las fuentes del poder y las relaciones
entre las grandes civilizaciones. Abarcaron todos los planos de la reali­
dad y pusieron en marcha procesos acumulativos que, en el curso del
Primer Orden Económico Mundial, determinaron la hegemonía de Eu­
ropa sobre el resto del mundo.
Todas estas transformaciones fueron endógenas, es decir, gestadas
en la propia realidad interior de Europa. Sus rasgos dominantes fueron
la movilización del potencial de recursos y la capacidad de incorporar
los factores exógenos planteados por el contexto externo como nuevos
agentes de la transformación económica, social y política interna. Los
acontecimientos que sustentaron el surgimiento de Europa y diferen­
ciaron crecientemente su desarrollo respecto del de las grandes civili­
zaciones del Medio y Extremo Oriente abarcan la revolución cultural,
el desarrollo económico y las transformaciones políticas.

LA REVOLUCIÓN CULTURAL DE LA BAJA EDAD MEDIA Y EL RENACIMIENTO

La nueva visión del mundo, del hombre y de la sociedad

A partir del siglo XI, Europa fue el escenario de un cambio de la visión


del mundo que estaba en pleno apogeo en las vísperas de las empresas
de Colón y Vasco da Gama. El prolongado contacto de los pueblos
cristianos con el Islam en el norte de África, España y el Medio Orien­
te permitió que la civilización europea recuperara el acervo científico
del mundo helénico. Después del derrumbe del Imperio romano, las
invasiones de los pueblos bárbaros y la desintegración política del es­
pacio europeo, el dogmatismo religioso sepultó en el olvido los apor­
tes fundamentales de los científicos griegos. Fueron los sabios musul-
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 53

manes quienes recuperaron este acervo y lo incorporaron a su patrimonio


cultural. Los pueblos árabes se convirtieron, desde el inicio de la expan­
s ión musulmana en el siglo VII hasta el siglo xv, en los depositarios del
conocimiento más avanzado de su tiempo. El esplendor cultural de las
capitales del mundo islámico, Bagdad, Córdoba, Damasco, El Cairo,
Samarkanda, probablemente no tenía semejantes en el resto del mun­
do. El Islam produjo pensadores notables, como el filósofo y médico
cordobés Averroes (1126-1198), traductor e intérprete de Aristóteles y
precursor de la defensa de la libertad intelectual frente al dogmatismo
religioso.
Fue a través de los árabes que los pueblos cristianos de Europa re­
cuperaron los aportes griegos en matemáticas, astronomía, medicina,
farmacología y geografía. Estos hechos provocaron transformaciones
rrascendentes en dos campos fundamentales: por una parte, la visión
el universo y de la condición humana y, por otra, las relaciones entre
lo s hombres en sociedad.
Nicolás Copérnico (1473-1543) reivindicó la visión heliocéntrica de
los griegos y provocó un cambio radical en la comprensión del universo
y_-de la ubicación de la Tierra en él. En este contexto, las obras de Clau­
di·o Ptolomeo (85-165) despertaron interés por la elaboración de mapas
de1 mundo conocido y se amplió rápidamente el conocimiento de la
g:::eografía del planeta. El convencimiento cada vez mayor en la posibi­
lidad humana de alcanzar una comprensión científica del universo y de
sus leyes de comportamiento sustentó los proyectos de dominación
de la naturaleza y de los hombres. La afirmación del derecho del indi-
vi-duo a realizarse en el mundo incluyó, de este modo, dos vertientes
prin· cipales: por una parte, la concepción humanista y, por otra, el pre­
dominio del poder secular sobre la esfera religiosa.
La vertiente humanista se inspiró en la herencia del mundo greco­
rromano, cultivó las lenguas clásicas (griego, árabe y hebreo) y exaltó
el idealismo platónico. El humanismo neoplatónico tuvo sus dos máxi­
mos exponentes en el florentino Marsilio Ficino (1433-1499) y en el fe­
rrar és Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494). Ambos fueron tra­
duc tares y exégetas de Platón y del mayor pensador neoplatónico de la
Antigüedad (Plotino, 205-270), y formularon la concepción del universo
como un ente que desciende de Dios a la materia, del hombre como in­
termediario entre el cielo y la Tierra, y de la continuación de la Revela­
ció. n Divina a través de la historia.
54 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

Esta convergencia del idealismo neoplatónico con la tradición cris­


tiana fundó el humanismo del Renacimiento y ejerció una profunda
influencia en el desarrollo posterior de la filosofía y de la ciencia. El hu­
manismo intentó una nueva síntesis entre el objetivo dominante de la
salvación en la vida posterrena y las posibilidades de realización del
hombre en su existencia aquí y ahora. Este delicado equilibrio entre las
esferas espiritual y material tenía profundas consecuencias en dos cues­
tiones principales. Por una parte, las relaciones entre el poder espiritual
de la Iglesia y el terrenal de los príncipes; por otra, desde la perspectiva de
la ética del cristianismo, la legitimidad de la búsqueda del beneficio,
incluyendo el del interés sobre los préstamos. Éstos fueron dos conflic­
tos dominantes a lo largo de la Baja Edad Media. Ambos fueron plena­
mente resueltos durante el Primer Orden Económico Mundial.
Los filósofos y los artistas del humanismo renacentista contaron
con el respald0 de príncipes, mercaderes y banqueros ilustrados, como
Lorenzo de Médici (1449-1492), el Magnífico. La afirmación del indivi­
dualismo y de la capacidad del hombre de realizarse en la historia, pro­
movida por estos titulares del poder, no se agotó en la promoción de la fi­
losofía y el arte. Incluyó también el replanteo de la relación entre la Iglesia
y los príncipes, y la legitimidad de las nuevas ocupaciones abiertas por
la expansión del comercio.
El noble siciliano Tomás de Aquino (1224-1274) intentó conciliar
el pensamiento griego con el cristianismo y justificar la existencia del
orden secular y del poder terrenal de los príncipes con el destino tras­
cendente del hombre y su salvación como fin último de la vida huma­
na. Para santo Tomás, como para Aristóteles, la felicidad es el fin de
la existencia humana. Ella se realiza en el marco de la ley eterna y
natural que gobierna al universo y al ser humano. El hombre puede
comprender el orden eterno y natural, y sentar las bases, en ese con­
texto, de una ley humana que regule el orden secular. La supremacía
del poder eclesiástico y del papa era compatible con la vigencia de las
instituciones políticas y la autonomía del Estado. Pero, en definitiva,
la salvación, la vida y la felicidad eternas después de la muerte eran
más importantes que la efímera existencia terrenal. Dios había depo­
sitado en la Iglesia la responsabilidad de la salvación del hombre. De
allí la supremacía de la Iglesia sobre el orden secular. Éstas eran cues­
tiones que afectaban profundamente el funcionamiento del sistema
político y el ejercicio del poder, y también la vida cotidiana. Porque
EL SURGIMIENTO DE EUROPA SS

la salvación era la preocupación dominante del hombre del Medioevo,


que era profundamente religioso.
La primacía del poder religioso sobre el secular, aun con la actitud
de compromiso de santo Tomás, fue rechazada por quienes encarnaban
la filosofía renovadora del Renacimiento. El florentino Dante Alighieri
(1265-1321) y Marsilio de Padua (1280-1343) subrayaron la autonomía
de las esferas temporal y espiritual, y depositaron en el emperador la
autoridad suprema en el ejercicio del poder terrenal. Marsilio anticipó
el argumento de la condición agresiva del hombre y la necesidad de im­
poner la paz y el orden en la comunidad. Esta tesis influyó en la poste­
rior evolución del pensamiento político, en particular, en la obra de
Thomas Hobbes (1588-1679). Al final de la Baja Edad Media comenzó
a plantearse también el problema de la representación en el ejercicio
del poder, de decisiva importancia a partir del siglo XVI.
La reivindicación de la supremacía del poder político y su autono­
mía frente a la esfera eclesiástica se consumó con la obra del florentino
_ �icolás Maquiavelo (1469-1527). Los argumentos teológicos fueron eli­
N
minados del análisis de la naturaleza del poder y su ejercicio. "Los hom­
bres no gobiernan el Estado rezando el padrenuestro." La religión, en
odo caso, era un instrumento del ejercicio del poder. El enfoque histó­
rico aplicado por Maquiavelo para analizar el desarrollo político, la rei­
"\indicación de Roma y de los grandes hombres de la Antigüedad, y la
evaluación de la acción política en función de su capacidad de ganar y
retener el poder sentaron las bases del posterior desarrollo del pensa­
miento político.
La acumulación mercantilista y la evolución de las ideas fueron de­
moliendo progresivamente la concepción de un mundo cristiano unifi­
cado, del ser humano consagrado a su salvación eterna y de lo efímero
e los intereses terrenos, los cuales, subordinados a los espirituales, de­
fan quedar bajo la autoridad suprema de la Iglesia. En la Baja Edad
edia, se pusieron en marcha fuerzas incontenibles de secularización
;in.culadas al crecimiento de las actividades urbanas, la consolidación
de las identidades nacionales y de las lenguas vernáculas, los usos del
dinero y el poder financiero, la ampliación de las fronteras del conoci­
miento y la extensión del mundo conocido que culminaría con la llega­
da de los portugueses a Oriente y el descubrimiento de América.
Las ideas económicas dominantes registraron cambios convergen­
tes con los desarrollos del pensamiento político y las transformaciones
56 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

económicas impulsadas por la expansión mercantil. Durante la Alta


Edad Media, predominó el enfoque aristotélico que justificaba el inter­
cambio sobre la base del precio justo, pero rechazaba la acumulación
de dinero a través de las ganancias generadas por el comercio y el prés­
tamo a interés. Este enfoque era consistente con la supremacía de la
vida espiritual dentro del orden feudal precapitalista. A partir del siglo
XI, la expansión comercial y el desarrollo urbano generaron una reali­
dad distinta. Consecuentemente, la ley canónica fue cada vez más tole­
rante con las ganancias obtenidas en la actividad comercial y financie­
ra. Los mercaderes compatibilizaban la especulación y el préstamo a
interés con el apoyo a la Iglesia y el financiamiento de la construcción
de catedrales y el arte religioso. La salvación era compatible con el éxi­
to en el mundo real de los negocios. Hacia 1500, el cuestionamiento de
la moral cristiana al beneficio y al interés estaba en franco retroceso. A
partir del siglo xvr, la Reforma amplió el sustento teológico de la acu­
mulación de riqueza como expresión legítima de la realización del hom­
bre en su existencia terrena y de la salvación. 1
Ninguna de las grandes civilizaciones del Medio y Extremo Oriente
experimentó una transformación comparable a la de Europa en los
campos cultural, religioso y político. Hacia el 1500, en China, India,
Persia y el Imperio otomano, seguían predominando los valores tradi­
cionales de estructuras jerárquicas rígidas y la concentración del poder
en los príncipes y los propietarios territoriales. La actividad comercial
y financiera era un apéndice del poder tangible, centrado en la propie­
dad y en los excedentes de la producción primaria.

Las ciudades

En la Baja Edad Media, las ciudades fueron el ámbito de la revolución


cultural, el desarrollo político y la expansión mercantil, y también el
núcleo crítico de la acumulación capitalista. Fue en las ciudades euro­
peas, en primer lugar, en donde se gestó la transformación de los valo­
res de la oración y la lucha, propios del universo señorial y religioso de

1 M. Weber, The Protestant Ethic and the Spirit ofCapitalism, Nueva York, Scribner's Sons,
1958 [trad. esp.: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona, Península, 1988];
R. H. Tawney, Religion and the Rise of Capitalism, Londres, Penguin Books, 1990.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 57

la Alta Edad Media, para incorporar otros fundados en la acumulación


de riquezas obtenidas en el comercio y las finanzas. Esto generó nuevas
fuentes de poder en las ciudades.

La ciudad medieval estaba dominada política, social y culturalmente por


los mercaderes y los cambistas, pero también por los farmacéuticos, los
notarios, los abogados, los jueces, los médicos y gentes de profesiones pa­
recidas. Éste era el complejo grupo social que desde el principio constitu­
yó la fuerza impulsora de la formación de las ciudades como cuerpos in­
dependientes y el que se hallaba también detrás de las hermandades, las
conjuraciones, con las que se había iniciado la emancipación de los ciuda­
danos[...] Las ciudades prevalecieron y prosperaron, con todo el orgullo y
la confianza en sí mismas que traslucen los antiguos grabados, cuando
muestran los perfiles de las ciudades como islas de una nueva cultura. 2

El centro de gravedad del pensamiento que en la Alta Edad Media había


estado recluido en castillos y monasterios se desplazó hacia las ciuda­
des. En ellas comenzaron a instalarse universidades y otros centros de
investigación y enseñanza.
Los mercaderes y los cambistas propiciaron una educación práctica
fundada en la escritura y la aritmética. Esto contribuyó al desarrollo de
los registros de contabilidad por partida doble y a la reforma de la em­
presa con la aparición del concepto de la responsabilidad limitada. Más
tarde, esto desembocaría en la formación de las primeras sociedades
por acciones. El uso del cero, de los numerales árabes, el empleo de la
datación moderna y la medición precisa del tiempo facilitaron el regis­
rro y el desarrollo del comercio y los cambios. La demanda de personal
capaz de emplear las nuevas técnicas contables y administrar las cada
ve z más complejas redes de mercaderes y cambistas estimuló la forma-
�ón de recursos humanos calificados. En Florencia, a mediados del
si·g10 XIV, había alrededor de diez mil niños y niñas que aprendían a leer
_y seis escuelas de matemática en las que alrededor de 1.200 alumnos
aprendían los usos comerciales antes de pasar a trabajar con un mer­
cader. Se difundieron manuales, como el célebre Pratica della Mercatu­
ra de Balduccio Pegolotti (1310-1347), que sistematizaban la experien-

2 C. M. Cipolla (ed.), Historia económica de Europa (I). La Edad Media, Barcelona,


·el, 1981, pp. 19-23.
58 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

cia de la actividad mercantil con propósitos formativos de personal


calificado. 3
El crecimiento de las ciudades en Europa provocó otro cambio tras­
cendente: la aparición de los pobres urbanos. Esto obedeció a la con­
centración del ingreso en mercaderes y banqueros, y a la exclusión de
parte de los inmigrantes desde las zonas rurales de las nuevas fuentes
de empleo. Tales fracturas en el tejido social influyeron en el desarrollo
político en las ciudades. Los pobres y los marginales fueron piezas im­
portantes en el tablero de la disputa por el poder de los grupos hegemó­
nicos de la nobleza, los mercaderes y los banqueros. Ellos nutrieron,
asimismo, los contingentes de vagabundos y delincuentes urbanos que
provocaron el escenario de inseguridad que predominó en diversas ciu­
dades medievales. "La pobreza ciudadana no sólo estuvo más arraigada
y fue más espectacular que la pobreza rural, sino que tuvo un carácter
propio y especial que comprende desde los tugurios... hasta formas cul­
turales que prefiguraban [... ] la 'cultura de la pobreza'." 4 La pobreza
urbana adquirió creciente importancia a lo largo del desarrollo de las
fases posteriores del capitalismo. Hacia el siglo xv, en las principales
ciudades europeas, alrededor de uno de cada cinco habitantes era un
pobre marginado del sistema productivo.
La ciudad fue, asimismo, el ámbito de otros procesos trascendentes.
El desarrollo de la imprenta y la difusión del libro en toda Europa tu­
vieron su origen en las ciudades. El libro dejó de ser un objeto raro para
convertirse en un producto artesanal, todavía caro, pero cada vez más
accesible. Lo mismo sucedió con el desarrollo de los relojes mecánicos,
que facilitaron la comprensión del concepto y de la medida del tiempo.
También, en particular en las ciudades italianas a partir del siglo XIII,
surgió una nueva clase de visión: la perspectiva, inducida por la obser­
vación del cuadriculado de las ciudades, las calles y las plazas. 5
La función cultural, de ascenso social y de transformación de las
fuentes del poder de las ciudades europeas en el Bajo Medioevo no tenía
semejanzas con la experiencia de las ciudades de las otras grandes civili­
zaciones del Medio y Extremo Oriente ni en el mundo clásico grecorro-

3 J. Le Goff, "La ciudad como agente de civilización c. 1200-c. 1500" y J. Bernard,


"Comercio y finanzas en la Edad Media, 900-1500", en C. M. Cipolla (ed.), op. cit., p. 351.
4
J. Le Goff, op. cit., p. 97.
S !bid.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 59

mano. También en Oriente existían grandes ciudades, aún mayores que


europeas, con mercaderes, cambistas y artesanos ricos, médicos, far­
macéuticos y notarios. Pero en ellas los nuevos ricos seguían conforman­
do una clase social inferior, aceptaban pasivamente su baja posición en
la escala social y la supremacía de los valores de las clases dirigentes
arraigadas en el poder tangible de la propiedad de la tierra y el dominio
sobre la población rural. "La ciudad no constituía (como sucedía en Eu­
ropa) un organismo en sí mismo, sino un simple órgano dentro del más
amplio contexto de un continuo urbano-rural." 6
La revolución cultural, que se produjo en las ciudades europeas y
no en las de las otras grandes civilizaciones, estimuló la formación del
espíritu innovador en todos los ámbitos de la actividad social. Desde la
pur amente crematística vinculada a la navegación, el comercio y las fi­
nanzas, hasta la referida a los valores espirituales y religiosos funda­
mentales. El desarrollo del conocimiento científico fue uno de los frutos
trascendentes de esta revolución cultural localizada en las ciudades de
la Baja Edad Media europea.
Como dice Le Goff: "Esto no habría podido ser llevado a cabo sin el
se
- ctor fundamental de la acumulación de capital, que dio a la evolución
económica y social su fuerza motriz esencial". 7 El nuevo carácter de la
aplicación del ahorro y de las inversiones en Europa provocó transfor­
maciones radicales en la actividad económica, el desarrollo social y el
comportamiento político. El cambio en el escenario europeo, asociado
a la inversión de capital reproductivo, generó nuevas fuentes de poder.
Éstas dejaron de depender casi exclusivamente de los factores tangibles
e incorporaron otros referidos a la acumulación de riquezas obtenidas
de la actividad mercantil y financiera. Surgieron, asimismo, nuevos fac­
tores de poder de carácter intangible determinados por la capacidad de
.:::ada sociedad de organizar recursos y de introducir las transformacio­
nes exigidas por el desarrollo económico.
Las fuerzas desencadenadas por la revolución cultural y la urbani­
zación de la Baja Edad Media y el Renacimiento permitieron que los
pueblos cristianos sacaran conclusiones prácticas de las nuevas fronte­
ras del conocimiento y fundaran un proyecto de expansión planetaria.
Ellos fueron los primeros que articularon la expansión de ultramar y

6
C. M. Cipolla (ed.), op. cit., p. 18.
7
J. Le Goff, op. cit., p. 102.
60 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

del comercio internacional con procesos de transformación económica,


social y política de vasto alcance.

DESARROLLO ECONÓMICO

La acumulación de capital

En el mundo grecorromano y hasta el inicio del segundo milenio, los


excedentes de alimentos y producción artesano-manufacturera tenían
dos destinos principales. Por una parte, las fuerzas armadas, que eran
el instrumento para la conservación y la ampliación del poder tangible,
es decir, el espacio territorial y la población sujeta a la soberanía del
príncipe. Por otra parte, la construcción de castillos, fortalezas, cate­
drales y otras instalaciones del poder secular y religioso. Los metales
preciosos (oro y plata) tenían el mismo destino principal: la orfebrería
y la decoración de templos y palacios. Ésta era la naturaleza de la acu­
mulación precapitalista.
Hacia 1500, ésta seguía siendo dominante en el empleo de los exce­
dentes generados en las economías de la dinastía Ming, el Imperio
moghul, el califato turco otomano y el Imperio persa. Pero en Europa,
durante la Baja Edad Media, la utilización de excedentes incorporó otro
destino principal: la ampliación de la actividad comercial y la inversión
en la producción de bienes. Este cambio radical en el proceso de acu­
mulación sentó las bases fundacionales del capitalismo. La transforma­
ción abarcó el uso de los metales preciosos. A lo largo de la Baja Edad
Media, gran parte de los metales preciosos se monetizó, y aumentaron
la oferta de dinero y la liquidez. Esta monetización progresiva de la ac­
tividad económica, que incluía el creciente pago en dinero y no en es­
pecies de los tributos feudales, es un aspecto decisivo de la acumulación
capitalista iniciada en los albores del segundo milenio de nuestra era.
En resumen, existe una línea de fractura entre la acumulación precapi­
talista y la capitalista que sienta las bases del surgimiento de Europa.
Nada comparable en su naturaleza y alcance sucedía en el Medio y
Extremo Oriente. No se trata de que los mercaderes y artesanos chinos,
indios o persas no reinvirtieran parte de sus ganancias en ampliar sus
negocios; ni tampoco de la ausencia del uso monetario de los metales
preciosos o de inversiones privadas y públicas en la ampliación de la
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 61

frontera agricola y en la infraestructura de canales, obras de irrigación


o transporte. Pero fue sólo en Europa donde la acumulación se convir­
tió en un objetivo en sí misma y comprometió, global y crecientemente,
a todo el sistema económico, social y político.
¿Por qué cambió la naturaleza de la acumulación de capital en los
pueblos cristianos europeos y no en las otras grandes civilizaciones?
Las causas son múltiples y abarcan desde el plano real de la produc­
ción, los cambios demográficos y el comercio hasta el ámbito de la re­
ligión y las ideologías. Según Weber, el afán de ganar dinero y acumular
riqueza no es un atributo exclusivo del capitalismo. Éste ha sido "un
rasgo común de todos los hombres de cualquier clase y condición en
todos los tiempos y los países de la tierra". 8 El capitalismo implica, ade­
más, la presencia de dos condiciones. Por una parte, la existencia de la
empresa que emplea capital y mano de obra en la producción de bienes
y servicios y/o su comercio en la búsqueda permanente del beneficio y
u reinversión. Por otra parte, la progresiva organización de la mayor
parte de la actividad económica sobre la base de tales empresas y de un
mercado en el cual se transan los bienes y servicios producidos y los
factores de la producción.
La disolución progresiva del orden feudal y el desarrollo de la em­
presa capitalista y del capitalismo comenzó a gestarse en la Baja Edad
:Media en el marco de la revolución cultural. Hasta los inicios del segun­
do milenio,

los clérigos y los caballeros dirigían la sociedad y controlaban la mayor


parte de su riqueza[ ...]. Sus respectivos ideales eran la oración y la lucha
[...]. La riqueza debía ser producida por los estamentos más bajos, por los
siervos [...]. La producción era un medio, la devoción y la gallardía eran
los fines. La consideración social y los laureles se concedían a los que al­
canzaban el éxito en la dedicación a tan nobles fines, y no a aquellos que
triunfaban en la provisión de los vulgares medios.9

Estos valores sociales comenzaron a cambiar en forma progresiva. La


creación de riqueza y las ganancias obtenidas en el comercio y las fi­
nanzas se convirtieron en fines valiosos y fundamento del ascenso en la

8 M. Weber, op. cit., p. 17.


9
C. M. Cipolla (ed.), op. cit., pp. 14 y 15.
62 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

escala social. La acumulación de capital incluyó paulatinamente acti­


tudes favorables a la incorporación de nuevas técnicas y la mecaniza­
ción de tareas.

El progreso técnico

En los cinco siglos abarcados por la Baja Edad Media, Europa asimiló
el conocimiento científico y las innovaciones desarrolladas por otras
civilizaciones. Imitar, copiar y adaptar fueron entonces los procesos do­
minantes del avance de la ciencia y la tecnología entre los pueblos cris­
tianos de Europa. En este terreno, los japoneses, a partir de la restau­
ración Meiji, se parecen a los europeos del Renacimiento.
El papel, la pólvora, el sistema decimal y la cerámica provenientes
de Oriente fueron introducidos principalmente por los árabes ibéricos
a partir del siglo XIII. Lo mismo sucedió con instrumentos científicos y
aparatos de medición, algunos de los cuales, como el astrolabio, eran
esenciales para la navegación. Sabios árabes y judíos formaban parte
de la corte del príncipe Enrique e hicieron posible la epopeya portugue­
sa. La imprenta de Gutenberg (1400-1467) facilitó la difusión de las
obras y de la cartografía con la nueva visión del mundo que se estaba
ampliando rápidamente con los aportes de los navegantes y de los mer­
caderes. La cartografía y la construcción de los primeros globos terrá­
queos hacia 1500 revelan la rapidez con que se difundió en Europa el
conocimiento geográfico. La curiosidad y la indagación científica se
proyectaron a todas las esferas de la civilización europea.
Un hecho notable del desarrollo de la tecnología europea en los cin­
co siglos previos al despegue del Primer Orden Económico Mundial fue
el proceso de copia y adaptación de instrumentos, máquinas y procesos
inventados por otras civilizaciones, y, sobre estas bases, la puesta en
marcha de innovaciones originales. El molino de viento fue un invento
persa, la devanadera para enrollar el hilado era conocida en China, en
el siglo XI, y este mismo origen tenían la aguja magnética, el papel, la
imprenta y la pólvora. Pero fue sólo en Europa donde estos avances tec­
nológicos fueron incorporados, aunque todavía de manera acrítica y
asistemática, al proceso productivo. En Oriente no sucedía lo mismo.
La pólvora, por ejemplo, que los chinos usaban sobre todo para fuegos
artificiales, en Europa fue empleada en armas de fuego cuya construc-
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 63

ción, además, promovió el desarrollo de la metalurgia del bronce y el


hierro. La revolución que esto provocó en el arte de la guerra sentó las
bases de la expansión europea de ultramar.
Procesos semejantes ocurrieron con otras innovaciones: la aguja
magnética desembocó en la brújula, la imprenta en la impresión de
liºbros en gran escala, los molinos de viento y de agua en fuentes
de energía mecánica para la producción de harina, pasta de papel y la
minería. La pasión europea por la mecánica y las máquinas transfor­
mó las innovaciones creadas en otras civilizaciones en nuevas inver­
siones de capital reproductivo. Como dice Cipolla: "Los anteojos, el
reloj mecánico, los nuevos tipos de barcos de vela y las nuevas técni-
cas de navegación, junto con otras mil innovaciones grandes y peque­
ños' fueron el producto original de la curiosidad experimental y de la
imaginación europea". 10
Este proceso de cambio tecnológico era de alcances continentales.
Artesanos, herreros, científicos, creadores diversos de conocimientos y
tecnologías se desplazaban por el escenario europeo atraídos por bue­
nas oportunidades de empleo o expulsados por la intolerancia religiosa
y política.
En los cuatro o cinco siglos previos al despegue del Primer Orden
Económico Mundial, la ciencia y la tecnología estaban ya cumpliendo
fundones crecientemente distintas en Europa respecto de las civiliza­
cio. nes del resto del mundo. Las causas de tales diferencias son comple­
jas' pero, entre ellas, es decisiva la nueva significación de la acumula­
ció. 'n reproductiva de excedentes. En Oriente, la ciencia y la tecnología
eran con frecuencia divertimentos de escasa significación para la acti­
vida d económica e, incluso, para las artes de la guerra. En Europa, en
cambio, eran cada vez más instrumentos de la diversificación de la pro­
ducción y de la reducción de costos, y, sobre todo, para la ampliación
del comercio y el fortalecimiento de la capacidad militar.
Es necesario, sin embargo, precisar la significación de la ciencia y
la tecnología como factores determinantes del despegue de Europa.
Pese a los avances registrados, el progreso técnico fue muy lento has­
ta el siglo xv e, incluso, en los tres siglos del Primer Orden Económico
m undial. Esto se refleja en el pausado aumento del producto por hom-

C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, Madrid, Alianza, 1989,


VI.
64 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

bre ocupado. Entre 1500 y 1800, el crecimiento de la productividad en


las actividades primaria y artesano-manufacturera no excedió del
0,2% anual.
El modesto impacto del cambio técnico se refiere a la producción
de bienes en la actividad rural y en las ciudades. En cambio, el progre­
so técnico tuvo consecuencias revolucionarias en dos campos principa­
les: la navegación y la guerra. Hasta mediados del siglo xv, la tecnología
naval disponible limitaba la autonomía de los navíos. Paulatinamente,
se fueron registrando avances importantes en cuatro campos principa­
les: los instrumentos para la estima de la posición (el astrolabio, la brú­
jula, el compás y el cuadrante náutico), el timón de popa, los velámenes
y la ingeniería naval, que permitió aumentar el tonelaje y mejorar la
operatividad de las naves. En todos estos terrenos, los portugueses fue­
ron pioneros.
La tecnología militar registró también progresos decisivos con el
desarrollo de la artillería y las mejoras organizativas en la disposición
de las fuerzas y las formaciones de combate.

Las consecuencias del uso de la artillería con pólvora en Europa aparecie­


ron lentamente, y las armas manuales no se convirtieron en armas efecti­
vas hasta la segunda mitad del siglo xv. No obstante, hacia 1500, los euro­
peos poseían con mucho el mejor equipo militar del mundo y habían
creado una gran industria química para producir la pólvora y una podero­
sa metalurgia para la fabricación de cañones. Así, pues, habían producido
un arsenal capaz de conquistar el globo.

La supremacía militar europea se mantuvo aun cuando, tempranamen­


te, la nueva tecnología de la artillería se difundió en Oriente. "Los ca­
ñones aparecen en Occidente en 1320; en China, se tiene prueba segura
de su existencia en 1332. El Islam copió el cañón de Occidente e igual
hicieron los japoneses en el siglo XVI."11
El artillado de los buques con cañones confirió una ventaja decisiva
a los marinos portugueses en sus batallas con las flotas árabes, moghu­
les y chinas, con las cuales se enfrentaron desde la presencia inicial de
Vasco da Gama en el mar Arábigo y el océano Índico. El avance simul-

11 L. White Jr., "La expansión de la tecnología, 500-1500", en C. M. Cipolla (ed.), op. cit.,
p. 177.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 65

táneo de la tecnología naval y militar sentó las bases de la guerra en el


mundo moderno y, en particular, de la guerra naval.
De este modo, hacia 1500, la ciencia y la tecnología estaban ya in­
corporadas en Europa como elementos decisivos del desarrollo de la
navegación y la guerra.
Paulatinamente, el progreso técnico penetraba, también, en la pro­
ducción de bienes. Nada semejante ocurría en el resto del mundo. Las
oportunidades abiertas por la acumulación capitalista se estaban intro­
duciendo en todo el sistema económico, social y político de Europa, y
articulaban en forma progresiva el emergente orden mundial.

El comercio internacional y la acumulación de capital

La rentabilidad de las inversiones en el comercio internacional era mu­


cho más alta que en las otras actividades y, en promedio, debía rondar
en tomo del 30% al 50% del capital invertido. En dos o tres años, se re­
cuperaba la inversión inicial. La rentabilidad de las inversiones en la
producción primaria, la minería y las manufacturas eran, probable­
mente, apenas de un tercio de las registradas en la actividad comercial.
Es decir, de alrededor del 10% anual sobre el capital invertido.
Las causas de la mayor rentabilidad de las inversiones en el comer­
c io y en las finanzas en la Baja Edad Media obedecen a la tecnología
di·sponible en la época. El lento aumento de la productividad no gene­
raba fuentes importantes de utilidades y de acumulación de capital en
la producción de bienes. La lentitud del progreso técnico ponía también
lími
, ·tes estrechos a la posibilidad de elevar la producción por hombre
ocupado mediante el aumento de la dotación de capital por trabajador
_·la
y introducción de reformas de organización de la firma. En tales cir­
runstancias, el aumento de la producción descansaba en el incremento
del empleo de mano de obra reflejado en el tamaño de las firmas o la
creación de redes de subcontratistas, como sucedía en la industria tex­
til. de Flandes, Champagne y otras regiones de Europa. En todo caso, el
aumento de la nómina de salarios absorbía la mayor parte del incre­
mento del producto y del ingreso.
En estas circunstancias, la ampliación de las fronteras del mercado
no daba lugar a una mayor división del trabajo, a economías de escala o
a un aumento de la productividad y las ganancias. El mercado podía ex-
66 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

pandirse, pero la organización de la producción y el producto por hom­


bre ocupado permanecían sin cambios importantes en la mayor parte de
la economía. La relación entre comercio internacional y desarrollo radi­
caba esencialmente en la ampliación de la misma actividad comercial.
De este modo, la fuente principal de las ganancias y la acumulación
radicaba en el comercio internacional. El comercio dentro del espacio
de los mercados locales, en donde se aglomeraban productores y con­
sumidores, era importante. Sin embargo, ese intercambio estaba, en
gran medida, a cargo de los mismos productores rurales y las corpora­
ciones de artesanos. Los márgenes de ganancia en el comercio local
eran pequeños. Por lo tanto, no existía en ese ámbito espacio suficiente
para el desarrollo de actividades mercantiles en gran escala, capaces de
generar elevados márgenes de ganancia y fuentes importantes de acu­
mulación. Esto sí era posible en el comercio internacional, para el cual
era necesario disponer de capital, capacidad organizativa y conexiones
con el poder político. Estos requisitos sólo estaban al alcance de los
banqueros y de los grandes mercaderes.
Hacia 1500, y a lo largo de todo el Primer Orden Económico Mun­
dial, el comercio internacional era la locomotora del desarrollo y la
principal fuente de ganancias y acumulación de capital reproductivo.
Por las mismas razones, las inversiones más rentables radicaban en la
propia actividad comercial. Incluso las áreas productivas más avanza­
das, como la producción de alimentos en la agricultura holandesa, es­
taban asociadas al comercio internacional.
En las grandes civilizaciones del Medio y Extremo Oriente, la situación
era radicalmente distinta a la observable en Europa. La acumulación de
capital seguía, hacia 1500, concentrada en manos de los príncipes y los
propietarios territoriales, y destinada a los fines tradicionales de la
construcción de castillos, fortalezas, templos y precarias redes de trans­
porte. A pesar de la importancia que el comercio a larga distancia al­
canzó en China, India y el Imperio otomano, la inversión en la actividad
comercial seguramente alcanzó proporciones mucho menores que en
Europa. Sobre todo, la acumulación de capital reproductivo no consti­
tuyó una fuente de poder y ascenso social. Hacia 1500, sólo en los pue­
blos cristianos de Europa estaban en auge la revolución cultural, el
proceso de urbanización y la acumulación capitalista que transforma­
rían, en el transcurso del Primer Orden Económico Mundial, las fuentes
del desarrollo y las relaciones internacionales.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 67

El monopolio mercantil

El surgimiento en Europa de la acumulación de capital como nueva fuen­


te de poder provocó transformaciones fundamentales en dos campos
principales: la naturaleza del comercio internacional y la incorporación
del progreso técnico a las actividades productiva y mercantil. En ambos
r.errenos, la experiencia europea fue difiriendo cada vez más de la obser-
v:able en las grandes civilizaciones de Medio y Extremo Oriente.
Como el intercambio no generaba crecimiento ni ganancias vía la
divi·sión internacional del trabajo y el aumento de la productividad, lo
fundamental era la ampliación del control y el dominio de las rutas co­
merciales. El competidor era un enemigo para los intereses vinculados al
;:omercio internacional y para el poder político que los respaldaba. Seña­
Pirenne que "entre las ciudades italianas las guerras son constantes y
.::ad.a cual se empeña en destruir el comercio de sus rivales para aprove­
chars e de su ruina". Y agrega: "Durante toda la Edad Media dichas ciu­
dades se combaten en el Mediterráneo con tanto encarnizamiento como
Francia, España e Inglaterra, desde el siglo xv hasta el xvrn". 12
El comercio no estaba desvinculado del crecimiento y la transforma­
ció'n de la producción interna. La expansión del comercio dependía del
acceso a nuevas fuentes de suministros en el exterior, pero, al mismo
tiem po, también del aumento d� la oferta interna de productos exporta-
bles . Aun cuando la ampliación de los mercados no indujera una división
del trabajo e incrementos de productividad significativos, la expansión del
com ercio estaba asociada al crecimiento y la transformación de la pro­
.
ducción interna. Las importaciones deseables eran las de bienes suntua-
rios • como las especias y los paños de lujo, que no podían producirse in­
tern
--n,,,rnente, y las de materias primas, como los materiales de construcción
naval, indispensables para los astilleros. Las exportaciones eran impres-
cindiºbles para pagar esas importaciones y para generar un excedente co­
mercial con el fin de satisfacer la creciente demanda de dinero.
Dado el déficit del comercio con Oriente, la lucha por generar un
supe rávit en el resto del intercambio agravaba el enfrentamiento entre
las ciudades mercantiles y las emergentes potencias nacionales.

- H. Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media, Buenos Aires, Fondo de


Económica, 1987, p. 107.
68 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

Inicialmente, los viajes comerciales eran expediciones armadas que


contaban con el respaldo del poder político de la ciudad y, más tarde,
de la Corona y el Estado. Estos rasgos excluyentes y agresivos del capi­
talismo comercial determinaban quiénes eran sus protagonistas princi­
pales: comerciantes, banqueros, navegantes, armadores de flotas y hom­
bres de armas amparados y, a menudo, convocados por el príncipe. En
Portugal, el infante Enrique controlaba la exploración y explotación del
litoral africano. Sólo él autorizaba las expediciones y recibía un quinto
de las mercaderías que llegaban si los navíos eran armados por particu­
lares y la mitad si eran equipados a su costa.
Las diversas funciones envueltas en el emprendimiento comercial
se personificaban en el mismo individuo. En la Baja Edad Media, el ca­
pitán de una flotilla solía ser, al mismo tiempo, financista, comerciante
y militar. Sobre los banqueros, dice Pirenne: "Al mismo tiempo que la
banca, efectúan las operaciones comerciales más diversas. Compran
lana, venden paños, especias, orfebrería, brocados, telas de seda. Son
armadores de buques al mismo tiempo que propietarios de mansiones
en París, Brujas o Londres". 13
A lo largo del Primer Orden Mundial, estas funciones se diferencia­
ron progresivamente. A partir del siglo XVII, las sociedades por acciones
holandesas y británicas asumieron un protagonismo decisivo en la ex­
pansión comercial. Estas nuevas formas de organización de la empresa
comercial mantuvieron el contenido monopólico y agresivo del capita­
lismo mercantil.
En contraste con la experiencia europea, en el comercio intraconti­
nental de Asia y el Medio Oriente predominaban los mercaderes inde­
pendientes que comerciaban generalmente en condiciones de competen­
cia y asociados en redes. Rara vez contaban con privilegios monopólicos
o el respaldo de la fuerza de sus respectivas esferas política y militar. Esto
no implicaba la existencia de un escenario de comercio internacional
de competencia siempre pacífica. Estallaban, a menudo, conflictos
armados entre mercaderes rivales. Por otro lado, la piratería asolaba
las rutas de comercio y representaba una forma de actividad lucrativa
de vasto alcance. Los piratas japoneses, entre otros, eran un azote de
los mercaderes que traficaban en el mar de la China y las islas de las
especias.

13 H. Pirenne, op. cit., p. 107.


EL SURGIMIENTO DE EUROPA 69

De todos modos, desde comienzos del siglo XVI, cuando los portugue­
ses y, más tarde, holandeses, franceses e ingleses afirmaron su presencia
en Oriente, apareció el claro contraste entre las formas europeas y orien­
rales de organización del comercio internacional. Mientras no pudieron
imponer su organización por la fuerza, los mercaderes europeos se adap-
taron a la predominante en Oriente y compartieron pacíficamente con
c-binos, persas, indios y musulmanes el tráfico de especias y otros bienes
ob1eto de comercio. En cambio, entre portugueses, ingleses, holandeses y
españ- oles, la competencia en Oriente y en los otros escenarios del comer­
cio internacional fue siempre salvaje y, a menudo, literalmente a muerte.
El capitalismo mercantil europeo llevaba en su seno un formidable
potencial de transformación. Un rasgo importante del sistema emergen­
te fu
- e su capacidad de ubicuidad de recursos en las zonas más lucrati­
vas dentro del espacio europeo. Esto fue cierto por lo menos hasta la
consolidación de los Estados nacionales, fundamentalmente de Ingla­
terra y Francia, a partir del siglo XVI. Hasta entonces, los banqueros y
los mercaderes italianos cumplieron un papel importante en el desarro­
llo de las nuevas oportunidades abiertas por la expansión de ultramar
de Portugal y España, particularmente en la producción azucarera en
Algarve y en los archipiélagos de las islas Azores y Canarias. Pisanos,
genov Yeses y venecianos aportaron capitales y, sobre todo, su capacidad
de or rganización de recursos para la producción y el establecimiento de
redes comerciales. Estos mercaderes contribuy eron al progresivo des-
.
111-t..z.aIDl ento del polo hegemónico del comercio internacional desde el
Medi·terráneo oriental hacia el Atlántico. Se anticiparon, pues, a la caí­
da dee Constantinopla en manos de los turcos, a la consolidación del
Imperi· o safávida en Persia, a las nuevas fronteras abiertas por la epo-
peya portuguesa y, finalmente, al descubrimiento y conquista de Amé­
rica Sin embargo, esta presencia pionera de los mercaderes y los ban­
•en>S de las ciudades comerciales italianas fue perdiendo importancia
queros
a partir · del siglo XVI con la consolidación de los Estados nacionales de
las emergentes potencias atlánticas. 14
En ninguna otra de las grandes civilizaciones fuera de Europa, los
merca deres y los banqueros cumplieron una función de semejante tras-

14V'éanse las referencias sobre la presencia pionera de mercaderes italianos en España


Portuga¡ en I. Wallerstein, The Modern World-System (I), San Diego, Academic Press Inc.,
1974 p. 49 [trad. esp.: El moderno sistema mundial, 2 vals., Madrid, Siglo XXI, 1984].
70 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

cendencia en la organización de recursos y en la apertura de nuevos


cauces al desarrollo económico.

Moneda y crédito

El aumento del comercio y de las ganancias multiplicó la demanda de


dinero. Éste cumplía funciones cada vez más importantes para el desa­
rrollo del sistema: medio de pago, instrumento de la acumulación y
unidad de valor de las transacciones en el mercado.
El comercio era el principal destinatario del crédito. La banca partici­
paba de los beneficios del comercio tanto cuando compartía directamente
el negocio como cuando lo hacía a través del interés y de bonificaciones
compensatorias de los riesgos. Al mismo tiempo, el financiamiento de los
principes, los emergentes Estados nacionales y sus fuerzas armadas de­
mandaba mayores medios de pagos y de crédito. Lo mismo sucedía con
la monetización de las relaciones feudales y el creciente pago en dinero,
en vez de especies, de los tributos señoriales. Desde los inicios del se­
gundo milenio, el aumento de la demanda de dinero promovió el desa­
rrollo de la actividad financiera. Nuevos instrumentos de crédito, can­
celación de pagos y compensación de saldos dieron lugar a la formación
de casas bancarias y de redes de cambistas que manejaron recursos cre­
cientes. Éstos cumplieron funciones cada vez más importantes en la
acumulación de capital reproductivo.
Las primeras casas bancarias y nombres famosos de financistas
(Médici, Tolomei, Folcachieri, Bardi, Strozzi) aparecen en Venecia, Sie­
na y Florencia. En el norte, vinculado al desarrollo del comercio de las
ciudades hanseáticas, se verificó un desarrollo comparable de la activi­
dad financiera. La casa de los Fuggers ilustra acerca de la importancia
creciente de los banqueros en el territorio del Sacro Imperio Romano
Germánico y en el norte de Europa.
Aparte de la fraudulenta degradación del contenido de oro y plata
de las monedas, las únicas dos vías de aumentar la oferta de dinero eran
la producción de metales preciosos y el superávit comercial. En la Baja
Edad Media, la oferta de metales preciosos en Europa tenía dos oríge­
nes principales: la producción de plata de las minas de Serbia, Bosnia,
Sajonia, Bohemia y Hungría, y el oro proveniente de los yacimientos
africanos localizados en el territorio del Imperio malí (actual república
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 71

del mismo nombre). A mediados del siglo XV, la producción de Europa


Central aumentó considerablemente por la mejora técnica en los pro­
cesos de perforación, drenaje y ventilación de las minas. Sin embargo,
la caída de Constantinopla en 1452 y la ocupación turca de la mayor
parte de aquellos territorios interrumpieron esta fuente de abasteci­
miento de plata. 15
Braudel estima que, en vísperas del descubrimiento de América, el
\·olumen total de moneda en circulación en Europa alcanzaba a 5 mil
toneladas de oro y 60 mil toneladas de plata. 16 Como la paridad oro-plata
era, hacia la misma época, de alrededor de 1 a 10, la plata contribuía
con el 25% del valor del stock de monedas. Considerando que las ocu­
paciones de subsistencia representaban alrededor de dos tercios de la
actividad económica, la relación entre los metales preciosos amone­
dados y el producto era elevada. Sin embargo, la velocidad de circula­
ción del dinero era en aquel entonces muy baja. De este modo, hacia
fines del siglo xv, la liquidez era seguramente insuficiente para satis­
facer la demanda de dinero estimulada por la expansión comercial, el
desarrollo de las finanzas y la demanda de crédito de reyes y príncipes.
La conquista de América trastocaría esta situación en el transcurso
el siglo XVI.
La segunda fuente de metales preciosos era el superávit que las ciu­
dades mercantiles y los emergentes Estados nacionales procuraban rea­
lizar en su comercio internacional. Sin embargo, existía un déficit es­
nuctural en el comercio de Europa con Oriente. En China, India, Persia
.y el Imperio otomano, existía una baja demanda por los textiles y otras
manufacturas de origen europeo, cuyos precios y calidad eran inferio-
res a las producidas en Oriente. Dados los costos de transporte, tampo­
co existía una demanda significativa por los cereales y div_ersos produc­
to primarios que componían parte principal de las exportaciones de
Europa. Ésta, en cambio, registraba una demanda creciente por las es­
pec ias, joyas, sedas y otros bienes suntuarios, fabricados en las sofisti­
cadas civilizaciones orientales. "La relación de Europa con Asia se re­
sumía en el intercambio de preciosidades. Los metales preciosos iban
ha cia el este para decorar templos, palacios y el vestuario de las clases

1-I.
5
Wallerstein, op. cit., p. 39.
16 F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, vol. 1,
'xico, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 599.
72 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN ...

aristocráticas; las joyas y especias seguían el camino inverso." 17 El défi­


cit europeo debía representar entre un tercio y la mitad del valor total
de las importaciones provenientes de Oriente y se saldaba con la expor­
tación de metales preciosos. La situación se prolongó durante la mayor
parte del Primer Orden Económico Mundial. Desde la llegada de los
portugueses a principios del siglo XVI y, más tarde, de los mercaderes
holandeses, ingleses y franceses, la carga que transportaban los navíos
europeos a Oriente era principalmente de metales preciosos.
Este drenaje continuo de metales preciosos hacia Oriente obedecía a
factores estructurales y era incorregible por decisiones de política comer­
cial. Este hecho contribuyó a hacer aún más violenta y agresiva la rela­
ción comercial entre las mismas ciudades y emergentes potencias comer­
ciales europeas. Éstas trataban de compensar la corriente de oro y plata
hacia Oriente excluyendo de sus mercados internos a los competidores
europeos y dominando por la violencia las rutas comerciales.
Salvo en el caso del financiamiento del comercio con Oriente, el au­
mento de la oferta de dinero no era importante por el aumento de la
capacidad de importar, sino, principalmente, por su aptitud de impulsar
el proceso de acumulación y transformación productiva en el interior
de las economías nacionales.
Nada semejante ocurrió en el resto del mundo. En China, India, el
Imperio otomano y el Imperio safávida en Persia, la actividad comercial
promovió la formación de intermediarios financieros y la creación de
medios de pago e instrumentos de crédito. Pero el desarrollo de la acti­
vidad financiera no alcanzó en ningún lado un desarrollo comparable
al de Europa. La diferencia se advierte en la distinta función que cum­
plían los metales preciosos. En Europa, se destinaban, en parte, al gas­
to suntuario. Pero el oro y la plata eran, asimismo, la base de la amplia­
ción de la oferta de dinero y del financiamiento del déficit comercial con
Oriente. En éste el aumento del stock de metales preciosos no se desti­
naba primordialmente, como en Europa, a expandir las bases de la acu­
mulación de capital reproductivo y del capitalismo mercantil. Sus des­
tinos principales eran el atesoramiento, la fabricación de joyas y la
decoración de templos y palacios.
En Oriente, la actividad financiera cumplió un papel secundario en
la actividad económica y en el sistema de poder. En cambio, en Europa,

171. Wallerstein, op. cit., p. 41.


EL SURGIMIENTO DE EUROPA 73

hacia el año 1500, comenzaba a desempeñar un papel decisivo en el fi­


nanciamiento de la expansión de ultramar, la conquista y la organiza­
ción de empresas comerciales.

Fuentes y usos de recursos

El desarrollo de la actividad mercantil desde los inicios del segundo mi­


lenio y la consolidación progresiva de las ciudades como centros de ac­
tividad artesanal, comercial y financiera transformaron en forma pau­
latina las fuentes de generación del producto y del ahorro, y el destino
de la acumulación de capital.
Al mismo tiempo, la introducción de mejoras técnicas en la agricul­
tura (la rotación de cultivos, el empleo de caballos, el riego, los fertili­
zantes, etc.) y la diversificación de la producción con el desarrollo de la
ganadería y la horticultura permitieron un aumento de la productivi­
dad. El incremento del ingreso rural estimuló el crecimiento demográ­
fico y permitió mejorar los niveles de consumo de los campesinos, ali­
mentar a la creciente población de las ciudades y elevar los tributos
pagados a los propietarios territoriales y a los príncipes.
Hacia el siglo xv, el ahorro se sustentaba en la mayor producción
agrícola y en los beneficios generados por la producción artesanal, co­
mercial y financiera de las ciudades. Al mismo tiempo, el destino de ese
ahorro había experimentado cambios trascendentales.
Los recursos disponibles de la nobleza seguían destinándose a las in­
versiones tradicionales del universo precapitalista. En las ciudades, la
nueva riqueza de los mercaderes, de los banqueros y de los artesanos ri­
cos se destinaba en buena parte también a la construcción de palacios e
iglesias como lo atestiguan, por ejemplo, el desarrollo edilicio de Floren-
cia, Venecia y otras ciudades italianas durante el Renacimiento. Pero
parte principal del ahorro urbano (probablemente entre un tercio y la
mitad del total) se destinaba a la acumulación de capital reproductivo.
Aun cuando la actividad agropecuaria generaba alrededor del 75%
del producto total, el ahorro urbano contribuía sustancialmente a la acu­
mulación capitalista. De todos modos, es probable que parte del incre­
mento del excedente agrícola disponible por los propietarios territoriales
y los campesinos más prósperos se destinara también a los mismos fines.
Por otro lado, uno de los rasgos del ascenso social de la nueva clase de
74 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

mercaderes y banqueros era la adquisición de tierra y la compra de títu­


los de nobleza. Seguramente, esto contribuyó a la difusión de técnicas de
explotación capitalista en la actividad primaria y a la gestación, dentro
del sector, de procesos de acumulación reproductiva.
Dado el nivel de la tecnología disponible en la producción primaria
y en las manufacturas, la demanda de máquinas y equipos era relativa­
mente pequeña. Toda la producción de bienes era trabajo intensivo. La
productividad dependía más de la habilidad de agricultores y artesanos
que de la disponibilidad de máquinas y equipos. Las inversiones de infra­
estructura en caminos y puentes eran también reducidas. Una excepción
importante se registraba en los Países Bajos, en donde la reclamación de
tierras al mar y las obras de irrigación demandaron inversiones signifi­
cativas. "Los pocos ejemplos de producción de capital intensivo que
existían en la Europa medieval eran los que estaban asociados con los
trabajos de la minería, la metalurgia, la construcción de barcos [ ...] y
los molinos (de viento y agua, para la producción de harinas, cerveza,
aceite y las industrias metalúrgica y textil)." 18
El comercio internacional era el destino principal de la acumula­
ción capitalista. Las inversiones fijas incluían las realizadas en muelles
y galpones para la carga, la descarga y el depósito de mercaderías. Más
importante aún era la inversión en astilleros y la construcción de navíos
para el transporte del creciente volumen del comercio de ultramar. Sin
embargo, el capital de explotación, circulante o de trabajo, era el prin­
cipal componente de las inversiones. Esto incluía las mercaderías en
tránsito, los depósitos en los galpones en los puertos de embarque y lle­
gada, los salarios pagados y las materias primas empleadas durante la
producción de textiles y otros bienes exportables. Hacia 1500, el capital
circulante representaba probablemente el 50% de la acumulación total
de capital reproductivo.

EL CAPITALISMO MERCANTIL Y EL PODER POLÍTICO

La formación de nuevas fuentes de recursos y de poder a través de la


acumulación mercantil transformó radicalmente la relación entre los

18R. Roehl, "Pautas y estructura de la demanda, 1000-1500", en C. M. Cipolla (ed.),


op. cit., pp. 144 y 145.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 75

agentes económicos y el poder político. Los reyes y príncipes encontra­


ron nuevos recursos para el sostenimiento de sus cortes y, sobre todo,
el financiamiento de sus fuerzas armadas y aventuras militares.
Esta nueva relación entre la actividad comercial y financiera era un
camino de doble mano. El nuevo poder económico de las ciudades res­
paldaba al poder político, pero, a su vez, éste debía apoyar la expansión
de la actividad mercantil.
Dadas las características monopólicas, proteccionistas y agresivas
del comercio internacional europeo, su desarrollo era imposible sin el
pleno respaldo del poder político y de la fuerza. Se crearon así lazos
cada vez más estrechos entre los príncipes, los mercaderes y los ban­
queros. El poder político y el financiamiento de la guerra pasó a depen­
der crecientemente de la participación pública en las ganancias del co­
mercio y del crédito de los banqueros. Al mismo tiempo, el desarrollo
del comercio dependía de la concesión de privilegios monopólicos y del
apoyo de la fuerza para destruir a los competidores.
La progresiva simbiosis entre la actividad comercial y financiera y
la esfera política convirtió al desarrollo de la primera en una cuestión
de Estado. La política comercial, como una de las cuestiones centrales
del ejercicio de la política y del poder, es, estrictamente, un invento eu­
ropeo. El mercantilismo fue la política comercial de las emergentes po­
tencias europeas que predominó desde la Baja Edad Media y a lo largo
de todo el Primer Orden Económico Mundial. Sus alcances excedieron
el ámbito comercial y abarcaron, de hecho, todas las áreas que com-
nden la política económica.
El principio de que un país empobrece si registra un déficit comercial
y enriquece con el superávit tenía raíces profundas en el proceso real de
la producción, el comercio y la acumulación de capital. La función cen­
tral de la política pública para el desarrollo del sistema reflejaba, asimis-
mo, la creciente interrelación entre el poder político y los intereses emer­
gentes vinculados a la expansión del comercio internacional.
Max Weber resume así la cuestión:

Mercantilismo significa el paso de la empresa capitalista de utilidades a la


política. El Estado es tratado como si constara única y exclusivamente de
empresas capitalistas; la política económica exterior descansa en el prin­
cipio dirigido a ganar la mayor ventaja posible del adversario: a comprar
lo más barato posible y a vender a precios mucho más caros. El objeto
76 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

consiste en reforzar el poder de dirección del Estado hacia afuera. Mer­


cantilismo significa, pues, formación moderna del poder estatal, directa­
mente mediante aumento de los ingresos del príncipe e, indirectamente,
mediante aumento de la fuerza impositiva de la población.

Y más adelante: "El mercantilismo estaba en conexión directa con la


política de poder del sistema, es decir, el del mayor aumento posible de
la población, la creación de posibilidades de exportaciones y de produc­
tos que comprendían un máximo de mano de obra del país, o sea, de
bienes acabados y no de materias primas" . 19
Nada comparable sucedía en la actividad comercial del Medio y Ex­
tremo Oriente. En las grandes civilizaciones fuera de Europa, la actividad
mercantil tenía débiles lazos con la esfera política y militar. Ésta seguía
descansando primordialmente en el poder tangible fundado en el espacio
territorial y los tributos directos de los IJroductores del camIJo y las ciu­
dades. Fuera de Europa, el comercio internacional no era una cuestión
principal de Estado. En consecuencia, no podría hablarse de políticas de
comercio de la dinastía Ming en China, el Imperio moghul en India, el
Imperio otomano en el Mediterráneo oriental o el Imperio safávida en
Persia.
Cuando se aceleró el surgimiento de Europa alrededor de 1500, los
pueblos cristianos ya tenían un comportamiento muy distinto del de las
otras grandes civilizaciones. Se habían trazado un proyecto de domina­
ción de alcances planetarios y disponían de los recursos humanos, téc­
nicos y materiales para ponerlo en marcha. Contaban con un fervor
religioso asociado a los objetivos materiales, un sector dinámico cen­
trado en el capitalismo mercantil y una asociación cada vez más estre­
cha entre el poder político y los grupos económicos emergentes. A lo
largo de su desarrollo, el Primer Orden Mundial movilizó nuevos facto­
res de crecimiento y fuentes más sutiles y complejas de formación del
poder nacional. La nueva etapa planteaba, al mismo tiempo, nuevos
desafíos al desarrollo político y a la organización social e institucional
de los pueblos europeos.

19 M. Weber, Economía y sociedad, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1992,


pp. 1053 y 1054.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 77

LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

En el transcurso del siglo X'-1, un pequeño país con un territorio de me­


nos de 100 mil km.2 y una población que no alcanzaba a dos millones de
personas fue protagonista de una de las mayores epopeyas de la histo­
ria. Portugal inició la expansión de ultramar de los pueblos cristianos
de Europa y sentó las bases fundacionales del Primer Orden Económi­
co Mundial.
La gesta portuguesa comenzó a principios del siglo xv. En 1415, el
rey Joao I armó una fuerza expedicionaria compuesta por 200 navíos y
20 mil hombres para la conquista de Ceuta. Este esfuerzo gigantesco
para los recursos materiales y humanos que disponía el país, fue el an­
ticipo de la audacia y los alcances de la descomunal empresa portugue-
sa. Los objetivos de Joao I fueron dominar las corrientes comerciales
del norte de África con la Península Ibérica y controlar la navegación
entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico a través del estrecho de
Gibraltar. En su contenido religioso, la expedición a Ceuta formó parte
de la cruzada de los pueblos cristianos contra el Islam. El príncipe En­
rique (1394-1460) se distinguió en esa campaña militar. Después de la
batalla, su padre lo armó caballero en la antigua mezquita conquistada
para el culto cristiano.
Los portugueses no lograron consolidar su posición en el norte de
. .\frica.En 1437, sufrieron una severa derrota en Tánger y su presencia
quedó confinada a la región de Ceuta. Este contraste no desalentó los
proyectos expansionistas de Portugal. Con el liderazgo del príncipe En­
rique, la Corona portuguesa comenzó a organizar expediciones cuyo
destino era encontrar, por vía marítima y navegando hacia el sur y el
este, nuevas rutas para el comercio con Oriente.
El infante Enrique, que no volvió a viajar al exterior después de
acompañar a su padre en la campaña de Ceuta, se rodeó del conoci­
miento más avanzado de su tiempo. Científicos, cartógrafos e ingenie­
ros navales, sin distinción de credos (cristianos, musulmanes y judíos),
inventaron nuevos instrumentos de navegación, construyeron carabelas
_-
y naos, trazaron cartas marítimas y mapas, y aportaron nuevas infor-
maciones sobre los vientos y las corrientes marítimas. El avance pro­
-gresivo y sin pausa de las naves portuguesas a lo largo de la costa de
..\frica occidental abrió bien pronto el acceso a nuevas riquezas. En
1425, los portugueses comenzaron el poblamiento de la isla de Madeira;
78 EL ESCENARJO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

en 1427, descubrieron el archipiélago de las islas Azores; en 1434, al­


canzaron el cabo Bajador; en 1461, ocuparon las islas de Cabo Verde; y
en 1472, la isla de Fernando Poo en el golfo de Guinea. 20
El comercio con el litoral atlántico de África fue muy lucrativo. Los
portugueses obtenían oro, marfil, pimienta y pieles a cambio de tejidos,
armas y herramientas. Por su intermedio, el comercio de azúcar y el
tráfico de esclavos alcanzaron proporciones desconocidas hasta enton­
ces. El protagonismo de Portugal se debilitó en el curso del siglo XVI,
pero el azúcar y la esclavitud ejercerían un papel decisivo en la forma­
ción y el desarrollo del Primer Orden Mundial.
En Europa occidental, hasta el siglo XIV, el azúcar era un producto
de lujo y muy escaso que provenía de Oriente y África. La posibilidad de
utilizar mano de obra esclava en las tierras calientes de Algarve en Por­
tugal, de Andalucía en España y del norte de África abrió la oportuni­
dad para el desarrollo de plantaciones de azúcar. Más importante fue la
conquista de los archipiélagos de las islas Azores y las Canarias, y las
islas de Fernando Poo y Santo Tomé en el golfo de Guinea. Con la acti­
va participación de mercaderes y banqueros genoveses y con el empleo
de esclavos africanos, las islas portuguesas en el océano Atlántico se
convirtieron rápidamente en la principal fuente de suministro de azú­
car. Antes de 1470, el azúcar producido en la isla de Madeira se vendía
en Flandes, Inglaterra y otros mercados europeos. La producción de caña,
la refinación y el comercio de azúcar dieron lugar al desarrollo de la pri­
mera actividad capitalista en gran escala totalmente volcada al comer­
cio internacional. Fue también la primera empresa transnacional. Los
comerciantes y los banqueros genoveses y florentinos tuvieron una ac­
tiva participación en las inversiones de las plantaciones, la organización
de la producción y la comercialización del azúcar en los mercados eu­
ropeos. Hacia fines de siglo, las islas Canarias, bajo dominio español,
fueron incorporadas al circuito azucarero con la intervención, también,
de mercaderes y financistas italianos.
A mediados del siglo xv, la captura y el comercio de esclavos era ya
una actividad establecida. Al tiempo de la llegada de los portugueses,
preexistía entre las culturas africanas la captura de seres humanos para
su venta como esclavos. Los portugueses convirtieron rápidamente esta

20 J. M. García y F. Paulino, Portugal e os descobrimentos, Lisboa, Comissariado de


Portugal para a Exposi<;:ao Universal de Sevilla, 1992.
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 79

actividad en una importante fuente de lucros. En las últimas décadas


del siglo xv, desde el golfo de Guinea y la región dominada por el casti­
llo de San Jorge de Mina, los traficantes portugueses enviaban anual-
mente a la metrópoli 400 kilos de oro y alrededor de mil esclavos.
La coincidencia de la expansión portuguesa en el litoral de África y
la ocupación por Castilla y Aragón de las islas Canarias agravaron los
conflictos en la Península Ibérica. En 1479, el Tratado de Alcazovas en­
rre los reyes católicos y el rey Alfonso V reconoció el dominio español
sobre las Canarias y reservó la exclusividad de las exploraciones, deba­
jo de un paralelo al sur de éstas, a la Corona portuguesa.
Al mismo tiempo, mientras los descubrimientos y la expansión co­
ercial portuguesa estaban en pleno desarrollo, se produjo un aconte­
dmiento que tendría una enorme influencia en el curso posterior de los
hechos. Cristóbal Colón había llegado a Portugal en 1476, a los 25 años
de edad, casado con una dama portuguesa vinculada a la casa real y
·
dispuesto a poner en práctica su proyecto de llegar a India, es decir, a
Ori·ente, navegando hacia el oeste. Colón amplió su experiencia partici­
pando en viajes de naves portuguesas a Madeira y el litoral africano
hasta el golfo de Guinea. En estas travesías, el navegante genovés incor­
poró, eJ conodmjento más avanzado disponib]e de náutica astronómica,
régim
_· en de los vientos y las corrientes marítimas. En algún momento
de 1484, Colón se entrevistó con el rey Joao II y solicitó su respaldo
para armar una flota que abriera los mercados de Oriente y difundiera
la fe-e cristiana, por una ruta distinta a la que los portugueses venían
transitando con tanto éxito desde hacía más de medio siglo. El riave­
gantte genovés no tenía una estima acertada de las distancias por reco­
rrer' y su propuesta tenía un alto componente de fantasía e incertidum­
bre. Los portugueses estaban alcanzando logros reales y lucrativos con
su es trategia de explotar el litoral africano y las islas del océano Atlán­
tico . Estaban, además, muy cerca -faltaba apenas una década- para
llegar a Oriente circunnavegando el extremo septentrional de África.
Dadas las circunstancias, la negativa de la Corona portuguesa a respal­
dar el proyecto de Colón fue una resolución prudente y sensata.
La decisión de Isabel de Castilla de apoyar el proyecto de Colón deses­
timado o por la Corona portuguesa permitió a España, cuya expansión de
ultramar se limitaba hasta entonces a la ocupación del archipiélago de las
-.. <llua.t

islas- Canarias, descubrir el Nuevo Mundo y liderar la empresa inmedia-


ta de la conquista. Poco después del primer viaje de Colón, los Estados
80 EL ESCENARIO MUNDIAL EN LAS VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN...

ibéricos llegaron a un nuevo acuerdo, el Tratado de Tordesillas (1494),


que sustituyó la línea demarcatoria trazada por un paralelo sur de las
islas Canarias por la de un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas
Azores. A fines del siglo xv, España se incorporó decididamente al pro­
ceso de expansión de ultramar abierto por los portugueses casi siete
décadas antes. Las dos naciones ibéricas asumieron así el liderazgo ini­
cial de la expansión europea de ultramar y la formación del Primer Or­
den Económico Mundial.
En la última década del siglo xv, Cristóbal Colón (1451-1506) desem­
barcó en la isla Guanahaní del archipiélago de las Bahamas, y Vasco da
Gama (1460-1524) fondeó su nave insignia, el San Gabriel, frente a Cali­
cut, en la costa sudoccidental de India. Cien españoles y 170 portugueses
culminaron así, el 12 de octubre de 1492 y el 20 de mayo de 1498 respec­
tivamente, el período de exploraciones y descubrimientos iniciado por
Portugal a principios del siglo. Ellos fueron los adelantados que pusieron
en práctica la nueva visión del mundo dominante entonces en los pueblos
cristianos de Europa. Esa visión era por completo distinta de la prevale­
ciente en la Antigüedad y la Alta Edad Media, y, por cierto, de la predo­
minante hacia 1500 en las otras grandes civilizaciones del Cercano y Ex­
tremo Oriente. Ellos fueron también los adelantados de un proyecto
inédito de dominación a escala planetaria.
La ubicación geográfica de Portugal y de España contribuye a ex­
plicar su liderazgo inicial en los descubrimientos, la exploración y la
conquista. La Península Ibérica se convirtió en una privilegiada plata­
forma de lanzamiento para la expansión de ultramar. Pero los navegan­
tes ibéricos fueron sólo los adelantados de un proceso más amplio de
expansión de los pueblos cristianos de Europa, que culminaría con el
alumbramiento del Primer Orden Mundial.
En el transcurso el siglo XV, se fue produciendo un progresivo des­
plazamiento del centro de gravedad del comercio internacional de Eu­
ropa desde el Mediterráneo oriental y las ciudades italianas sobre los
mares Tirreno y Adriático hacia el océano Atlántico. Este cambio obe­
deció, inicialmente, a la mejora de los navíos y a la rebaja de los fletes
marítimos para el comercio entre el mar Mediterráneo y los mares del
Norte y Báltico. La presencia portuguesa en la costa occidental de Áfri­
ca, el creciente desarrollo de la producción de azúcar en los archipiéla­
gos de las islas Azores y de las Canarias, y la apertura de nuevas fuentes
de suministros de oro, especias y esclavos reforzaron el proceso. Por
EL SURGIMIENTO DE EUROPA 81

último, la llegada a Oriente de las naves europeas circunnavegando el


cabo de Buena Esperanza y el descubrimiento y la conquista de Améri­
ca consagraron el protagonismo de las costas del Atlántico en el comer­
cio europeo. De este modo, Lisboa, Sevilla, Cádiz y otros puertos espa­
ñoles y portugueses adquirieron una importancia creciente y fueron
asiento de la radicación de comerciantes y banqueros italianos, alema­
nes y flamencos.
Portugal y España, en primer término, y, poco después, Holanda,
Inglaterra y Francia, es decir, las potencias con acceso al océano Atlán­
tico, asumieron el liderazgo de la expansión europea de ultramar a lo
largo del Primer Orden Económico Mundial.
SEGUNDA PARTE

EUROPA: LAS NUEVAS FRONTERAS


DEL CONOCIMIENTO, EL CISMA RELIGIOSO
Y LOS CAMBIOS POLÍTICOS
IV. CIENCIA Y TECNOLOGÍA

EmRE LOS SIGLOS XVI y XVIII, la ciencia registró un extraordinario avan­


ce. En el transcurso de las tres centurias del Primer Orden Mundial se
sentaron las fundaciones del método científico moderno y de las prin­
cip. ales ramas del conocimiento: matemática, cálculo, astronomía, óp­
ti·ca, física, magnetismo, electricidad y medicina. Recién en el siglo XX,
con los avances en la física nuclear y en la biología, emergieron contri-
buciones de trascendencia comparable.
En aquel período, se establecieron también las bases de la actividad
y la cooperación científicas. La creación de universidades, laboratorios,
sociedades y bibliotecas multiplicaron las vías de difusión de la infor­
mación y los contactos entre los creadores de conocimiento. Desde su
mis · mo inicio, la ciencia y los científicos fueron auténticamente euro­
peos. Los mayores creadores investigaron y difundieron sus ideas en los
prin · cipales centros de excelencia de Italia, el espacio germánico, Ingla­
terra, Francia y los Países Bajos. Sólo a fines del siglo XVIII, se incorpo­
ró. una figura relevante de la periferia, pero también de raíces europeas:
el estadounidense Benjamín Franklin.
El conocimiento acumulado a lo largo de los siglos por los sabios y
los tecnólogos chinos, árabes, persas e indios fue transferido sin rega­
lías ni patentes a los pueblos cristianos de Europa. Esta transferencia
fue una de las bases fundacionales del Renacimiento. Desde entonces,
la ciencia y la tecnología europeas dejaron de ser tributarias de las otras
civiliaciones e iniciaron su despegue autónomo.
La aplicación del conocimiento científico a la producción de bienes
y servicios en los tres siglos del Primer Orden Mundial fue relativamen­
te modesta. Sin embargo, el desarrollo tecnológico cumplió una función
decis · iva en tres áreas fundamentales: la difusión de la revolución cul­
tural , la guerra y la navegación. En los tres campos se registraron avan­
ces t ecnológicos que promovieron la redistribución del poder dentro de
Euro pa y posibilitaron la expansión de ultramar de los pueblos cristia­
nos- Esos avances fueron la imprenta, la artillería con pólvora y los nue­
vos navíos y conocimientos marinos. En los otros terrenos, la brecha
85
86 EUROPA

entre ciencia y tecnología fue removida sólo a partir del siglo XIX, bajo
el impacto de la Revolución Industrial.

LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

El extraordinario avance del conocimiento científico durante el Primer


Orden Mundial procedió en dos grandes ciclos de descubrimientos y
formación de nuevas concepciones sobre el mundo físico y el hombre.
El primero abarca desde mediados del siglo XVI hasta mediados del
XVII. El segundo, desde esta última época hasta fines del siglo XVIII.
El primer ciclo. Abarca a científicos y filósofos que ampliaron las
fronteras del conocimiento y fundaron las bases del método científico.
Los avances pioneros se registraron en el norte de Italia, en donde ac­
tuaban los arquitectos e ingenieros técnicamente más competentes de
Europa. Ellos combinaron el método cuantitativo y experimental con
la matemática para resolver problemas prácticos de la construcción de
palacios y catedrales, y, también, del lanzamiento de proyectiles, forta­
lezas y equipamiento militar y naval. Leonardo da Vinci (1452-1519)
expresa el espíritu universal del hombre del Renacimiento y su vocación
de combinar todas las ramas del saber en una comprensión abarcadora
del mundo real y del hombre. De esos aportes emergieron deducciones
sobre las leyes de comportamiento del mundo físico que influyeron de­
cisivamente en los posteriores avances de la ciencia.
Pero fueron, en primer lugar, los británicos quienes gestaron la pri­
mera interacción sistémica y trascendente entre los hombres prácticos
(navegantes, herreros, forjadores, artesanos, ingenieros, agricultores) y
los creadores de teorías científicas. En Inglaterra, Francis Bacon (1561-
1626), lord canciller bajo Jacobo I, era filósofo antes que científico. Sin
embargo, fue de los primeros pensadores en comprender el papel his­
tórico de la ciencia y su importancia para el hombre. Sus aportes fun­
daron el método experimental apoyado en la vinculación entre los in­
vestigadores, los ingenieros y los artesanos, es decir, "el verdadero
enlace entre las capacidades empíricas y racionales, cuya desgraciada
separación ha provocado tanta confusión en la familia humana" . 1 Bacon

1 Citado en S. F. Mason, A History of the Sciences, Nueva York, Collier, 1962, p. 141
[trad. esp.: Historia de las ciencias, Madrid, Alianza, 2001].
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 87

identificó la interdependencia de la reflexión teórica y de la tecnología.


Este enfoque generó un impacto profundo durante el Primer Orden
Mundial, pero alcanzaria una trascendencia revolucionaria sólo a partir
de la Revolución Industrial.
La visión de Bacon era esencialmente experimental e inductiva. Este
enfoque sentó una de las grandes tradiciones del método científico. La otra
e apoya en las contribuciones del francés René Descartes (1596-1650). En
contraposición con el énfasis en los datos empíricos, Descartes privilegió
el método deductivo y matemático. A principios del siglo XVII, la matemá­
tica había consolidado su importancia como instrumento de análisis. Sus
aplicaciones fueron en la mecánica antes que en la astronomía.
La ampliación de las fronteras del conocimiento y de la libertad in­
fluyó, en primer lugar, en Bacon y en Descartes. En aquél, para funda­
mentar su método experimental. En éste, para enfatizar la reflexión
deductiva y el papel de la matemática en la investigación de las leyes del
mundo físico. A mediados del siglo XVII, estaba definitivamente conso­
lidada la convergencia de ambos enfoques como fundamentos del mé­
todo científico del mundo moderno.
El debate metodológico se proyectó a la investigación, cuyas tres fi­
guras dominantes en el periodo fueron Kepler, Galileo y Harvey. El astró­
nomo y matemático alemán Johannes Kepler (1571-1630), profesor de
las universidades de Tubinga y Praga, procuró conciliar la tradición teo­
lógica con la teoría copernicana sobre el sistema solar y el lugar de la
1ierra en éste. Kepler clarificó la configuración espacial del sistema solar
y abrió las fronteras para la comprensión del universo en términos del
equilibrio dinámico de fuerzas mecánicas. Galileo Galilei (1564-1642),
profesor de las universidades de Padua, Pisa y Florencia, aplicó la mate­
mática para investigar las fuerzas de gravedad, el comportamiento de los
cuerpos celestes y la balística. Empleando las nuevas lentes desarrolladas
por artesanos holandeses, aplicó la óptica para la observación astronó­
mi·ca. Las contribuciones de Kepler y Galileo terminaron por demoler la
tradición cosmológica ptolomeica y de consolidar definitivamente la teo-
ría
. copernicana. Las sanciones de la Inquisición contra Galileo revelaron
d conflicto profundo entre el pensamiento teológico y el mundo real.
Esta pugna contribuye a explicar la Reforma y el alzamiento contra la
autoridad de la Iglesia.
Los pioneros de la revolución científica y la Reforma protestante
rec hazaron la concepción jerárquica y geocéntrica del universo, y se
88 EUROPA

empeñaron en compatibilizar los nuevos conocimientos con la creencia


en Dios y los fundamentos del cristianismo. La ausencia de la Inquisi­
ción en los países donde se difundió la Reforma protestante eliminó o,
por lo menos, debilitó las restricciones impuestas a la investigación por
el dogmatismo religioso. Según Masan, 2 el predominio de los científicos
de credo protestante sobre los católicos en el período obedeció a tres
causas principales: la compatibilidad entre las posturas iniciales del
protestantismo con la actitud científica, el empleo de la ciencia para
alcanzar objetivos religiosos y la convergencia de la concepción cósmi­
ca de la teología protestante con los hallazgos de Copérnico, Kepler y
Galileo.
En los primeros tiempos de la Reforma, los protestantes alemanes
y suizos predicaron el rechazo de la autoridad de los sacerdotes católi­
cos y la búsqueda de la verdad espiritual en la propia experiencia reli­
giosa. El mensaje de la Biblia debía ser interpretado por cada uno y la
verdad encontrada en la propia experiencia empírica. En la History of
the Royal Society of London, publicada en 1667 por Thomas Sprat, se
destacaba el "acuerdo que existe entre los objetivos de la Royal Society
y los principios fundacionales de nuestra Iglesia" (anglicana).
A principios del siglo XVI, en medicina y biología, el enfoque espiri­
tualista y romántico alemán ejercía considerable influencia. La fuerza
vital que se expresaba en la actividad de la mente humana penetraba
también el mundo físico. Según este enfoque no existe la materia iner­
te y cada cuerpo deriva su comportamiento de su fuerza vital interna,
no de fuentes externas de energía. El médico y químico suizo Paracelso
(1493-1541) integró la alquimia heredada del Medioevo con los nuevos
conocimientos químicos y la medicina para fundar una nueva discipli­
na denominada iatroquímica. El carácter místico y precientífico de este
enfoque convergió con el vitalismo y el romanticismo alemán, y desem­
bocó, más tarde, en aportes innovadores fundados en el estudio de los
animales vivos, su morfología y la teoría de la célula. Pero estos avances
tendrían lugar recién a partir de fines del siglo XVIII.
Mientras tanto, la actitud indagadora se esparció desde el mundo fí­
sico hacia la biología y la medicina. La aplicación de los métodos de una
disciplina a la otra fue un rasgo dominante del desarrollo científico del
período. Así como también la estrecha interacción entre los investigado-

2 S. F. Mason, op. cit., p. 175.


CIENCIA Y TECNOLOGÍA 89

res de las diversas disciplinas en todo el ámbito europeo. El nuevo enfo­


que confirió al corazón y a la sangre la posición dominante en el cuerpo
humano que el Sol ejercía en el sistema heliocéntrico. Los aportes de mé­
dicos y biólogos culminaron con el inglés William Harvey (1578-1657),
médico de Carlos I de Inglaterra, que incorporó a la medicina el enfoque
sistémico de la mecánica y estableció la teoría de la circulación de la san­
gre. En su concepción, el corazón, las venas y las arterias constituían un
sistema mecánico para el transporte de la sangre.
Es comprensible que las mayores contribuciones de este primer ci­
clo de la revolución científica del Primer Orden Mundial se verificaran
en la astronomía, la óptica y la mecánica. En todos estos terrenos, la
expansión de ultramar de los pueblos cristianos de Europa planteaba
desafíos que no podían ser resueltos con los enfoques fundados en la
tradición aristotélica y ptolomeica heredada del Medioevo. Era indis­
pensable un conocimiento certero de la Tierra y el universo, del régimen
de los vientos y de las corrientes marinas para aventurarse a los hori­
zontes inexplorados del mundo que se abría a los mercaderes, marinos
y aventureros europeos. Para abordar semejante empresa, era impres­
cindible, también, mejorar los instrumentos y los medios de la navega­
ción. La convergencia de la curiosidad desatada por el Renacimiento
con los desafíos planteados por la expansión planetaria de los pueblos
cristianos de Europa provocó una explosión de genio y creatividad en
la ciencia y en todos los planos de la cultura europea.
El segundo ciclo. Éste fue tanto o más trascendente que el primero.
Los paradigmas dominantes de la ciencia moderna y las leyes que go­
biernan el mundo físico terminaron de configurarse entre mediados del
siglo XVII y fines del XVIII. Las leyes de la gravitación universal y la me­
cánica, el cálculo infinitesimal, el magnetismo, la electricidad, la em­
briología, la química orgánica e inorgánica fueron investigados y des­
cubiertos en ese período.
El centro de gravedad de la investigación científica se fue despla­
zando desde sus primeras localizaciones en Alemania y el norte de Ita­
lia hacia las potencias atlánticas que estaban liderando la formación del
Primer Orden Mundial: Holanda, Francia e Inglaterra. Ellas asumieron
el liderazgo de la investigación científica y de sus aplicaciones tecnoló­
gicas. La investigación dejó de ser predominantemente una ocupación
de investigadores profesionales y profesores universitarios. Fue incor­
porando, también, a funcionarios, empresarios, políticos y miembros
90 EUROPA

de la nobleza. Es decir, la ciencia recibió un nuevo impulso de hombres


prácticos y pensadores ocupados en ampliar los conocimientos y, sobre
todo, aplicarlos a la resolución de problemas concretos. Esta vincula­
ción entre ciencia y tecnología, fundada en los principios promovidos
por Francis Bacon, se constituyó en un nuevo y formidable factor en­
dógeno del desarrollo y, en consecuencia, en un componente intangible
de poder de creciente importancia.
Es comprensible que este contrapunto creativo ciencia-tecnología­
producción-política se desarrollara principalmente en las regiones don­
de se había difundido la Reforma protestante. Influían no sólo los fac­
tores ideológicos antes apuntados. Al mismo tiempo, en Holanda,
Inglaterra y parte de Francia se estaban verificando las mayores trans­
formaciones políticas y los desarrollos de frontera en la agricultura, la
industria, la administración del territorio y la navegación. A partir de
la declinación de Portugal y España, aquellas potencias atlánticas ha­
bían asumido el liderazgo de la expansión planetaria de los pueblos
cristianos europeos.
El desarrollo científico del segundo ciclo estuvo dominado por la gi­
gantesca figura de Isaac Newton (1642-1727). El profesor de la Universi­
dad de Cambrige estableció los paradigmas dominantes de la ciencia
moderna en la gravitación universal, la mecánica, la óptica, la matemá­
tica, el cálculo y la astronomía. En los aportes de Newton convergieron
los hallazgos de sus predecesores y de sus contemporáneos. Sus descu­
brimientos formaron parte de un período de extraordinaria actividad de
investigadores formados en las mismas fuentes y en busca de respuestas
a los mismos problemas.
En los principales centros de investigación de Europa se estaba pro­
duciendo una revolución científica. Sus principales protagonistas man­
tenían estrechas relaciones de colaboración o competencia. Esto dio lu­
gar a una agria disputa sobre la precedencia en los hallazgos científicos
como la controversia entre Newton y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-
1716) sobre quién había descubierto el cálculo infinitesimal. Leibniz pro­
fesó en las universidades de Mainz, París, Londres y Hannover, y ejem­
plifica la amplitud de intereses de los grandes pensadores del período.
En Leibniz coexisten el filósofo, el teólogo y el hombre de ciencia, no
sólo interesado en ampliar las fronteras del conocimiento del mundo
físico y del hombre, sino en dar respuesta a las incógnitas fundamenta­
les de la condición humana. Esta actitud confiere a las mayores figuras
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 91

del período una proyección humanística que no está presente en fases


posteriores, más especializadas, del desarrollo científico.
En Francia, la física newtoniana fue difundida y profundizada con
el empleo del cálculo por Jean le Rond D'Alembert (1717-1783), Joseph
Louis Lagrange (1736-1783) y Pierre Simon Laplace (1749-1827). Otro
científico francés, Antaine Lavoisier (1743-1794), sentó las bases de la
química moderna, y el alemán Caspar Friedrich Wolff (1738-1794), de
la embriología. Hacia fines del Primer Orden Mundial estaba consoli­
dado el paradigma de la ciencia moderna en las principales ramas del
conocimiento.
Todos los principales investigadores eran europeos, con una excep­
ción importante. Era la del estadounidense Benjamín Franklin (1706-
1790), cuyas investigaciones sobre la electricidad y el magnetismo y su
invención del pararrayos lo habían convertido en una celebridad en las
cortes de Gran Bretaña y Francia y en los medios científicos europeos.
En la mejor tradición británica, coexistían en él la actitud analítica y
experimental con la capacidad de aplicación práctica de los descubri­
mientos y de difundirlos por diversos medios, incluyendo su célebre
almanaque Poor Richard. Su ocupación como imprentero y publicista
no iba en zaga de su actividad científica. La notoriedad de Franklin era
premonitoria de la emergencia de los futuros Estados Unidos de Amé­
rica como nueva potencia mundial. Sobre la base de transformaciones
gestadas durante el período colonial convergieron en ese país la expan-
ión territorial y el aumento de la población con fuerzas endógenas del
desarrollo, entre las cuales los aportes científicos y tecnológicos de
Franklin eran un ejemplo. Esta combinación de factores tangibles e in­
rangibles del poder, en el creciente espacio estadounidense, comenzó a
ganar impulso desde fines del Primer Orden Mundial.

EL DESARROLLO INSTITUCIONAL DE LA CIENCIA

Durante los tres siglos del Primer Orden Económico Mundial, la forma­
ción de grupos y sociedades científicas tuvo lugar en los principales
centros de excelencia. Como en otros campos de la cultura, los italianos
fueron pioneros también en el desarrollo institucional de la actividad
científica. Las academias de Nápoles, Roma y Florencia, fundadas en
1531, 1601 y 1657 respectivamente, fueron las primeras instituciones
92 EUROPA

de esa naturaleza. Su creación contó con el patronazgo de personajes de


la nobleza, como los Médici en la Academia de Florencia. Fueron sus
miembros los principales sabios y científicos italianos en todos los cam­
pos del conocimiento. Galileo, por ejemplo, formó parte de la Academia
de Roma. Sin embargo, la existencia de las nuevas instituciones fue re­
lativamente efímera. El dogmatismo religioso predominante era incom­
patible con el desarrollo de la investigación científica. Sometidas al re­
chazo de la concepción copernicana del universo y, en algunos casos,
bajo denuncias de brujería, concluyeron por disolverse. Hacia 1670, no
subsistía ninguna academia científica en Italia.
En Alemania, en Rostock (1622) y Altdorf (1672), se crearon por la
iniciativa individual de varios científicos sociedades y colegios que no
sobrevivieron a sus fundadores. Recién en 1700, por iniciativa de Leib­
niz y con el respaldo del elector Federico I de Prusia, se creó la Acade­
mia de Ciencias de Berlín. Poco después, en 1724, el emperador ruso
Pedro el Grande estableció la Academia de Ciencias de San Petersbur­
go. Pero en ambos casos la creación de esas instituciones académicas
reflejó más la imitación de lo que estaba sucediendo en las dos poten­
cias atlánticas líderes, Gran Bretaña y Francia, que la densidad y la
trascendencia de la actividad científica de Prusia y Rusia. La mayor par­
te de los científicos y directivos de ambas academias eran extranjeros,
y en la de Berlín el idioma oficial era el francés.
Fue en Gran Bretaña y Francia en donde se produjo un desarrollo
institucional de la ciencia fundado en las comunidades científicas de
cada país y en la estrecha asociación entre el poder político, la actividad
económica y los creadores de conocimiento. En Gran Bretaña, el cléri­
go puritano John Wilkins (1614-1672) lideró el nucleamiento de jóvenes
investigadores en el Philosophical College, que se reunió regularmente
a partir de 1644, primero en Bull Head Tavern, en Cheapside y, más tar­
de, en el Gresham College, en Bishopsgate. Wilkins popularizó la visión
copernicana del universo y procuró compatibilizarla con la teología cal­
vinista. Formaron parte del colegio los científicos británicos más signi­
ficativos de la época. La guerra civil y la disputa entre puritanos y an­
glicanos, entre parlamentaristas y monárquicos, perturbó, pero no
interrumpió, el desarrollo institucional de la ciencia en las islas britá­
nicas. El conflicto se propagó a los dos grandes centros de excelencia:
las universidades de Oxford y Cambridge. Varios de los principales cien­
tíficos fueron expulsados de sus cátedras por sus adherencias religiosas
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 93

y políticas. Primero, los de filiación monárquica y anglicana bajo el ré­


gimen de Cromwell, más tarde, con la restauración monárquica, los
puritanos y republicanos.
En 1660, con la restauración de Carlos II, Londres reasumió el lide­
razgo. La creciente actividad científica y el relajamiento del conflicto
religioso culminó en 1662 con la creación de la Sociedad Real para el
Avance del Conocimiento Natural. Con altibajos, el número de miem­
bros de la Royal Society aumentó de 100, al tiempo de la fundación, a
500 en 1800. Formaron parte de ésta los científicos más destacados, po­
líticos, comerciantes y personas, como el mismo John Wilkins, que eran
auténticos administradores de la ciencia.
Desde su creación, la Royal Society se orientó a la investigación
pura y aplicada. Su numen eran las ideas de Francis Bacon, que queda­
ron plasmadas en los estatutos de la entidad, redactados por su curador,
Robert Hooke, en 1663. Dice un pasaje de los estatutos:

La tarea y el objetivo de la Royal Society es ampliar el conocimiento de


las cosas naturales y de todas las artes útiles, manufacturas, prácticas
mecánicas, motores, inventos y experimentos. La Sociedad procurará,
asimismo, rescatar todas las artes e inventos que están ahora perdidos;
examinar todos los sistemas, teorías, principios, hipótesis, elementos,
historias y experimentos de las cosas naturales, matemáticas y mecánicas,
inventadas, registradas o practicadas por todo autor importante, antiguo
o moderno. Se trata de compilar un sólido sistema filosófico para explicar
todo fenómeno producido por la naturaleza o arte y de registrar la causa
racional de las cosas. No es el objetivo de la Royal Society ocuparse
de cuestiones divinas, metafísica, moral, política, gramática, retórica o
lógica.

La gravitación relativa de las investigaciones puras y de las aplicacio­


n es tecnológicas cambió con el correr del tiempo. En los primeros
años, la influencia de Bacon se reflejó en el predominio del estudio de
cuestiones prácticas. Con la incorporación de Newton, en 1671, gana­
ronn peso las cuestiones teóricas, la matemática y la investigación pura.
Estas tendencias quedaron reflejadas en los artículos publicados en
las Philosophical Transactions, editadas por la Royal Society. A lo largo
del1 siglo XVIII, volvió a prevalecer la investigación aplicada sobre pro-
blemas
94 EUROPA

Los mercaderes ejercieron una gran influencia en las actividades de


la Royal Society, aun después de que la transformación productiva del
país ampliara la gama de problemas prácticos por resolver. Inicialmen­
te, el tema dominante de la actividad comercial se refería a las artes de
la navegación. Más tarde, se incorporaron las cuestiones de tecnología
aplicada a las manufacturas, las artesanías y la agricultura. El vínculo
entre el sector productivo y la comunidad científica quedó reflejado en
las actividades de la Royal Society desde su fundación y a lo largo de su
historia. A su vez, sus relaciones, como polo productivo-científico, con
el poder político movilizaron factores endógenos del crecimiento britá­
nico que sustentaron nuevos componentes intangibles del poder. Radi­
ca aquí una causa principal del papel hegemónico que alcanzó Gran
Bretaña hacia finales del Primer Orden Económico Mundial y su pro­
tagonismo durante la Revolución Industrial.
La estabilidad institucional construida a partir de la guerra civil se
proyectó al terreno científico. La ciencia moderna y la religión del Es­
tado eran compatibles. Con la Restauración, los científicos no anglica­
nos aceptaron el credo oficial. Incluso John Wilkins, puritano y cuñado
de Cromwell, concluyó sus días como obispo de la Iglesia anglicana en
Chester. La prudencia confesional de los científicos no anglicanos, como
Newton y John Locke, que eran unitarios, y la tolerancia de la Corona
crearon el clima adecuado para el desarrollo científico-tecnológico. In­
cluso disidentes cuáqueros y bautistas, excluidos de los puestos oficiales
en las universidades, pudieron crear sus propias instituciones académi­
cas. A través de éstas, ejercieron una considerable influencia en el de­
sarrollo científico-tecnológico del reino.
En el continente, el desarrollo institucional de la ciencia más im­
portante tuvo lugar en Francia. Probablemente influidos por las dife­
rentes dimensiones del territorio y la población de Francia y Gran Bre­
taña, la actividad científica y los desarrollos institucionales pioneros
estuvieron menos concentrados en París que en Londres. En 1518, a
pesar de la oposición de los directivos de la Universidad de París, Fran­
cisco I creó el College de France para el desarrollo de las disciplinas
humanistas. Posteriormente, miembros del College fueron destacados
investigadores científicos. Hacia 1620, el primer grupo de científicos
notables comenzó a reunirse en Aix, en la casa de Claude de Peiresc
(1580-1637). Miembros de este grupo se trasladaron a París, en donde
la celda de un fraile minorita, Marin Mersenne (1588-1648), se convirtió
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 95

en centro de reunión y correspondencia con los mayores sabios euro­


peos de la época, entre ellos, Galileo, Hobbes y Descartes. En 1654, en
la casa de un consejero de Estado, Habert de Montmor (1600-1679), las
reuniones científicas conformaron de hecho una academia que no logró
sobrevivir. Pero estos pioneros lograron convencer a Colbert de la im­
portancia de la ciencia y de la tecnología para el desarrollo de la indus­
tria y del comercio de Francia.
En 1666, se creó la Academia de Ciencias de París, cuyos primeros
veinte miembros fueron funcionarios a sueldo de la Corona. Éste fue
un rasgo distintivo de esta Academia respecto de la Royal Society, es
decir, su fuerte dependencia del patronazgo público y la relación más
débil con el sector privado. La Academia de París era un cuerpo de cien­
tíficos profesionales que trabajaban sobre problemas que les planteaban
los ministros de Estado y tenía una estructura jerárquica dispuesta por los
delegados de la Corona. La entidad mantuvo estas características hasta
la revolución.
Inicialmente, la Academia estuvo muy influida por las ideas de
Francis Bacon. Dedicó buena parte de su actividad a compilar historias
de los fenómenos naturales y de los procesos productivos. De este modo,
formó equipos de investigadores para elaborar una historia natural de
plantas y animales, y un catálogo de máquinas e inventos. Se abocó
también a resolver problemas prácticos, como la determinación de la
ongitud de los navíos en altamar. Posteriormente, la influencia de Des­
cartes promovió el desplazamiento desde los aspectos prácticos de la
iencia hacia los literarios y filosóficos.
Durante el siglo XVII y principios del XVIII, en diversas ciudades fran­
c esas se establecieron cerca de 40 academias científicas vinculadas a la
de París. Estas academias de alcances regionales realizaron significati­
v:os aportes al desarrollo científico-tecnológico. Su importancia declinó
con la revolución, a partir de la cual la actividad se concentró en París.
Hacia la misma época, en Gran Bretaña se registraba, en cambio, un
p roceso inverso con la emergencia de nuevos centros de importancia,
fu
- era de Londres, en varios puntos del reino.
Otra diferencia importante en el desarrollo institucional de la cien­
ci·a de las dos potencias atlánticas hegemónicas se vincula a la cuestión
religiosa. En Gran Bretaña, durante la Restauración, se acentuó la to­
lerancia religiosa y el clima propicio para el trabajo de investigadores
de diversos credos. En Francia, en cambio, la revocatoria del Edicto de
96 EUROPA

Nantes (1685) provocó la pérdida de destacados científicos hugonotes


que emigraron, principalmente, hacia Suiza y Gran Bretaña. Estas di­
ferencias en el marco institucional y político de los dos países contribu­
ye a explicar el liderazgo de Gran Bretaña en el desarrollo científico­
tecnológico del Primer Orden Económico Mundial y su posterior
protagonismo durante la Revolución Industrial.

LA TECNOLOGÍA

El desarrollo de la imprenta y la divulgación del libro tuvieron un papel


decisivo en la difusión de la ciencia y de la técnica. La aparición de la
prensa periódica forma parte del mismo proceso. Los primeros perió­
dicos aparecieron en Londres en el siglo XVII y, a mediados del siguien­
te, la venta total de periódicos en Europa había alcanzado más de siete
millones de ejemplares. 3
El segundo desarrollo tecnológico de vasto alcance se refiere a la
artillería con pólvora. Los portugueses fueron los primeros en recono­
cer que, en la lucha naval, lo decisivo era el poder de fuego y no el abor­
daje. Los primeros enfrentamientos navales en que se utilizó la artillería
tuvieron lugar en el océano Índico. Los combates entre los navíos por­
tugueses y los del Islam sancionaron la supremacía de la nueva tecno­
logía en la guerra naval. La batalla de Lepanto (1571), entre el Imperio
otomano y las fuerzas cristianas coaligadas bajo el liderazgo español,
fue la última en que el abordaje jugó un papel importante. Poco después
(1588), en el océano Atlántico, frente a las costas inglesas, la artillería
fue el factor decisivo de la destrucción de la armada invencible de Feli­
pe II por la escuadra de Isabel I de Inglaterra.
El tercer cambio tecnológico trascendental se refiere a los conoci­
mientos disponibles para la navegación y a la industria naval. La expan­
sión de ultramar hacia Oriente y el Nuevo Mundo confrontó a los nave­
gantes europeos con problemas inéditos. Hasta principios del siglo xv,
la navegación se realizaba normalmente con la costa a la vista. Los via­
jes a Oriente circunnavegando África y hacia el Nuevo Mundo obligaron
a navegar en altamar cada vez más lejos de las costas. Esto planteó el

3 W. Minchinton, "Tipos y estructura de la demanda (1500-1700)", en C. M. Cipolla


(ed.), Historia económica de Europa (JI). Siglos XVI y XVII, Barcelona, Ariel, 1987, p. 86.
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 97

problema de la determinación de la posición de los navíos y el registro


de las rutas seguidas para información de los viajes posteriores. La
construcción de cartas marítimas exigía representar la esfera terrestre
en un planisferio. El flamenco, constructor de instrumentos, agrimen­
sor y dibujante de mapas Gerard Mercator (1512-1594) resolvió el pro­
blema. En 1569, publicó un planisferio con una proyección de la esfera
terrestre en un plano. La otra cuestión crucial era la determinación de
la longitud de los navíos en altamar. El problema de la latitud respecto
de la línea del Ecuador estaba resuelto por la observación del Sol y de
la Estrella Polar, pero el de la longitud estaba aún pendiente a mediados
del siglo XVIII.
El tema era una cuestión de Estado. En 1598, Felipe II estableció
un premio de mil coronas para quien resolviera la determinación de la
longitud y, en la misma época, los holandeses, otro semejante de 1 O mil
florines. En Gran Bretaña, se tomó una decisión más importante: la
creación en 1675-1676 del observatorio de Greenwich. Se intentaron
diversos métodos: determinar la posición de la Luna respecto de las es­
trellas, el de Galileo de observar los eclipses de las lunas de Júpiter y el
del comportamiento de la aguja magnética. El más simple era medir la
diferencia de tiempo, determinada por la rotación de la Tierra, entre
dos lugares. El problema práctico era, sin embargo, disponer de cronó­
metros marinos capaces de medir el tiempo respecto de un punto de
referencia, como el meridiano de Greenwich.
Fueron los ingleses y los franceses quienes dieron los pasos decisi­
v·os para resolver el problema de la determinación de la longitud. En
1714, el gobierno británico estableció una Junta de Longitud y premios
sustantivos, y, dos años después, la Corona francesa hizo otro tanto. La
cuestión fue por fin resuelta con la construcción de cronómetros mari­
nos por el relojero John Harrison (1693-1776), de Yorkshire, y el reloje­
ro del rey de Francia, Pierre Le Roy (1717-1785). A mediados del siglo
1Il, estaban definitivamente resueltos todos los problemas principales
XVIII
de la cartografía marítima y de la determinación de la posición de los
navías en altamar.
La creciente importancia de la guerra naval y el aumento del comer-
ci·o internacional y de las distancias por recorrer promovieron impor­
tantes mejoras en la industria naval. Para aumentar la rapidez, la capa­
. ad de carga, la maniobrabilidad y la seguridad de los navíos se
cid
intradujeron avances en la construcción y en el diseño de los cascos y
98 EUROPA

los aparejos. En todos estos terrenos, hasta principios del siglo XVIII, los
holandeses fueron los pioneros. El célebre fiuit fue el navío rnás eficaz
a lo largo de todo el siglo XVII. Podía navegar contra el viento y era el
más rápido y maniobrable de su tiempo. El fiuit fue una de las causas
del predominio marítimo de Holanda, cuya flota, en 1700, totalizaba
900 mil toneladas y era igual o aún mayor que las de Francia, Inglate­
rra, España y Portugal combinadas. 4
El progreso técnico en la minería, la industria y la agricultura pro­
vocó un efecto modesto sobre el incremento de la producción y la
productividad a lo largo de los tres siglos del Primer Orden Económi­
co Mundial. Sin embargo, particularmente en el siglo XVIII, se registra­
ron innovaciones que sentaron las bases de la Revolución Industrial y
el vertiginoso desarrollo tecnológico registrado en el siglo XIX. En la
producción de bienes, los mayores avances técnicos del período se re­
fieren a la minería del carbón, la generación de energía mecánica y la
industria textil.
Los problemas técnicos de la producción carbonífera se acrecenta­
ron en el siglo XVIII. La demanda de madera para la industria naval y de
la construcción crecía rápidamente y competía con su uso como com­
bustible. En Gran Bretaña, entre 1500 y 1640, el precio de la leña, de­
flacionado por el nivel general de precios, aumentó cerca del 200%.
Consecuentemente, el aumento de la demanda de combustibles se des­
plazó hacia el carbón y su producción desde los bosques del sur hacia
las minas del centro y norte de Gran Bretaña. La resolución de los pro­
blemas técnicos de la explotación de las minas se convirtió en una cues­
tión crucial. Entre mediados del siglo XVI y XVII, alrededor del 75% de
las patentes otorgadas en Gran Bretaña se referían directa o indirecta­
mente a la minería del carbón.
A medida que aumentaba la profundidad de los yacimientos en ex­
plotación, el problema de la inundación de las minas era cada vez más
grave. Su solución dependía de contar con una fuente de energía mecá­
nica de bajo costo para operar las bombas de drenaje. Éste fue un pro­
blema técnico crucial, cuya resolución impactó, primero, en la minería
del carbón y, luego, en otras actividades productivas.
El empleo del calor y del vapor de agua como fuente de energía en
pequeña escala era conocido desde tiempos remotos. Su utilización

4
W. Minchinton, op. cit., p. 131.
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 99

en gran escala para desagotar las minas de carbón planteaba problemas


técnicos inéditos. Ingenieros italianos, franceses e ingleses aportaron
diversas soluciones parciales pero de alto costo. Finalmente, un herrero
de Dartmouth, Thomas Newcomen (1663-1729), desarrolló una caldera
atmosférica que fue el primer artefacto que transformó el gas en ener­
gía mecánica en gran escala. La nueva máquina de vapor fue rápida­
mente empleada en el drenaje de las minas de carbón y otros minerales,
y comenzó a exportarse a partir de 1720. La invención de Newcomen
fue un ejemplo de la significación de los artesanos en el desarrollo tec­
nológico y de su participación en la aplicación de desarrollos teóricos
a la tecnología y la producción.
Los desarrollos posteriores de la invención de Newcomen culmina­
ron con James Watt (1736-1819), fabricante de instrumentos para la
Universidad de Glasgow. Watt introdujo en la invención de Newcomen
importantes innovaciones referidas a la preservación del calor y el mo­
vimiento rotatorio. A partir de 1776, se asoció con el industrial meta­
lúrgico de Birmingham Matthew Boulton (1729-1808) para producir la
máquina de vapor en gran escala. Su utilización se expandió de forma
rápida desde la minería del carbón a otras actividades.
La industria textil era en la época la principal actividad fabril y sus
exportaciones (fundamentalmente tapicería, paños y tejidos de lujo de
alto valor unitario) representaban alrededor de dos tercios del comercio
internacional de manufacturas. El hilado de algodón para las telas de
onsumo masivo era una actividad hogareña realizada por mujeres. En
segunda mitad del siglo XVIII, un humilde barbero de Bolton, Richard
Arkwright (1732-1792), perfeccionó la hiladora de algodón desarrollada
ini·cialmente por un carpintero de Lancashire, James Hargreaves.
Ar kwright empleó a un relojero para construir las partes de la hiladora,
la patentó en 1769 e instaló en Nottingham su primera planta de hilado
de algodón, movida inicialmente con tracción a sangre, en 1768. La se­
gunda planta en mayor escala, con la participación en el financiamien­
to de varios inversores y empleando energía hidráulica, se instaló en
romford, Derbyshire, tres años después.
Cro
El impacto de la hiladora de algodón sobre los costos fue especta­
cularr. Eliminó el hilado a cargo de las mujeres en los hogares, convirtió
la hi
hilanderia en una actividad industrial y redujo los costos de mano de
obra en el 90%. Entre 1770 y 1800, la producción de hilado de algodón
aumentó veinte veces. Con la drástica baja de sus precios, los tejidos de
100 EUROPA

algodón se convirtieron en un artículo de consumo masivo. Hacia 1800,


los tejidos y las prendas de algodón representaban el 7% del producto
total de la economía británica y casi un tercio del producto agregado de
la industria manufacturera, la minería y la construcción. En la misma
época, era el principal producto de exportación del reino líder en la eco­
nomía mundial y en un rubro, el textil, que representaba alrededor del
20% de las exportaciones mundiales. La transformación del mercado
de trabajo impuesta por la innovación de Hargreaves y Arkwright anti­
cipó la conmoción social y política que, poco después, provocaría la
explosión tecnológica de la Revolución Industrial.
En el transcurso del Primer Orden Económico Mundial, se origina­
ron otras innovaciones importantes, en particular en la producción de
hierro y acero, y en la agricultura. La fundición del primer cañón se
produjo en 1509. En el siglo XVII, se introdujeron innovaciones en el
laminado de lingotes, el empleo del coque en la fundición y nuevas
aleaciones, y el empleo del alto horno. La aplicación de la máquina de
vapor en la metalurgia fue un ejemplo de difusión tecnológica entre
sectores. En la producción agropecuaria británica hubo también inno­
vaciones importantes, particularmente en la rotación de cultivos y en
la selección genética en la ganadería. El impacto de estas innovaciones
en el rendimiento de los suelos fue sustancial y constituyó un aporte
crítico en el despegue de la Revolución Industrial en Gran Bretaña. La
producción agrícola de las islas aumentó a cerca del 1,5% anual entre
1780 y 1830. 5
Los avances tecnológicos durante el Primer Orden Económico
Mundial sugieren varias conclusiones importantes. En primer lugar, la
importancia del aprendizaje y la capacitación de los recursos humanos.
"El libro habla sólo a los que saben ya el tipo de cosa que esperan de él
y, por consiguiente, cómo interpretarlo." 6 De este modo, el aprendizaje
fue adquiriendo un papel decisivo en la incorporación de tecnología y
en el proceso innovador. Como dice Cipolla:

A primera vista, el problema de trasplantar una innovación a un entorno


extraño puede parecer que se reduce a introducir nuevos métodos de

5 R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Cornell University Press, 1973,
p. 315.
6 C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, Madrid, Alianza, 1989,
p. 195.
CIENCIA Y TECNOLOGÍA 101

producción y los instrumentos, herramientas o máquinas apropiados


para ellos. Pero de lo que realmente se trata es de una condición particu­
lar y más profunda que sólo puede ser entendida en términos humanos y
sociales.

Refiriéndose a la experiencia de la industria de punta de la época, la


construcción naval, el holandés Nicolaes Witsen decía en su Tratado de
Navegación de 1671 lo siguiente:

Es sorprendente que los extranjeros, aunque hayan estudiado los funda­


mentos de la construcción barata en los astilleros de este país, nunca pue­
dan practicarla en su propia tierra [ ... ]. De lo que se sigue que incluso si
un extranjero tuviera todas las reglas de la construcción en su cabeza, no
le servirían a menos que hubieran aprendido por su propia experiencia. 7

No bastaba, pues, con el libro y los manuales técnicos ni con el tras­


plante de tecnología incorporada en equipos y procesos productivos
para difundir la tecnología e incorporarla en el tejido productivo de una
ociedad.
Los requisitos del cambio tecnológico y del desarrollo económico
se planteaban entonces en términos semejantes a los actuales. La capa­
cidad de comprender y desagregar en sus diversos componentes la téc­
nica que se incorpora al proceso productivo era esencial, entonces como
ahora, en la secuencia copiar-adaptar-innovar. Esta secuencia predomi­
nó desde la Alta Edad Media (cuando Europa incorporó el conocimien-
to científico y la tecnología de los árabes, chinos, indios y persas) hasta
la circulación planetaria de la tecnología de la actualidad.
En segundo lugar, resultó de gran importancia la cooperación de los
operadores prácticos (artesanos, ingenieros, navegantes, comerciantes)
c on los científicos. El progreso de la teoría y los contactos estrechos de
l os hombres prácticos con los investigadores impulsaron las innovacio­
nes técnicas. Pero las iniciativas surgían básicamente de los primeros.
La excepción más importante fue la de la invención de la máquina de
v'apor, en la cual existió una interacción decisiva entre el análisis de los
problemas teóricos de los gases, de la conservación del calor y del vacío,
y_ - las fuerzas de la gravedad.

1 Ibid.
102 EUROPA

En tercer lugar, estuvo el respaldo del Estado, especialmente en Ho­


landa, Gran Bretaña y Francia, para inducir a investigadores y artesa­
nos a resolver los problemas técnicos más urgentes de la época. El
Triángulo de Sábato, vale decir, la interfaz científicos-productores-go­
bierno, es observable desde el mismo inicio de la expansión europea.
Por último, merece insistirse en la gigantesca brecha entre el espec­
tacular avance de la frontera del conocimiento científico y las aplicacio­
nes tecnológicas. El número y la jerarquía de los inventores y tecnólo­
gos del período son claramente inferiores a los de los científicos, cuya
nómina incluye las gigantescas figuras de Galileo y Newton. Compara­
das con los avances técnicos producidos durante la Revolución Indus­
trial, las innovaciones del Primer Orden Económico Mundial fueron
relativamente modestas.
V. EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO

LAS IDEAS e instituciones políticas dominantes del mundo moderno fue­


ron también gestadas en Europa entre los siglos XVI y XVIII. A partir de
los aportes fundacionales de Maquiavelo y de su crudo análisis de la
realidad política y del poder, los filósofos y los pensadores del período
formularon las preguntas fundamentales y les dieron respuesta.
Volvieron a replantearse entonces los grandes temas de la naturale­
za del hombre y de su condición social y política, en sus orígenes for­
mulados por Platón y Aristóteles. Fuertemente enraizadas en la revolu­
ción religiosa, surgieron de nuevo las preguntas fundamentales acerca
de la condición humana, la libertad y la relación con Dios.
A estos interrogantes centrales se sumaron otros referidos al origen
y la justificación del poder, la soberanía, la legitimidad, la justificación
de la rebeldía contra los tiranos, el derecho internacional, las institucio­
nes políticas y la división de poderes, los derechos del hombre y del
ciudadano, la posibilidad de mejorar la condición humana a través de
la educación, el constitucionalismo y, finalmente, el nacionalismo. 1
En la misma época, las ideas económicas experimentaron cambios
profundos. En forma progresiva, fue descartado el enfoque agresivo y
excluyente del mercantilismo. De este modo, en el siglo XVIII, la acumu­
lación capitalista y el orden mundial bajo la hegemonía europea conta­
ban con una teoría coherente que explicaba el comportamiento de la
economía y lo justificaba desde la perspectiva del interés general.

LAS IDEAS POLÍTICAS

1A. fe y la ciencia. El primer desafío de los nuevos tiempos fue el de com­


patibilizar el conocimiento científico con las creencias primordiales de
1 Las referencias sobre la evolución de las ideas políticas provienen principalmente
M. Curtís (ed.), The Great Political Theories, vols. r y II, Nueva York, Avon, 1981. Véase
zambién: S. F. Mason, A History of the Sciences, Nueva York, Collier, 1962 [trad. esp.:
Historia de las ciencias, Madrid, Alianza, 2001].
103
104 EUROPA

la fe cristiana. Los dos mayores pensadores del primer ciclo de la revo­


lución científica, Bacon y Descartes, sostuvieron la existencia de un or­
den natural establecido por un Creador Supremo en el principio de los
tiempos. Ese orden podía ser descifrado por la mente humana y sus re­
glas del juego incorporadas en una filosofía natural como un sistema
cerrado y definitivo de conocimiento del universo.
El enfoque pragmático y experimental de Bacon reconocía que in­
venciones cruciales, como la pólvora, la imprenta y el compás magnéti­
co, revelaban la posibilidad del progreso técnico en las artes y los oficios.
Reconocía, incluso, que el proceso experimental ampliaba la capacidad
de descubrir e innovar. Descartes también admitía la posibilidad del pro­
greso en la resolución de problemas concretos. En todo caso, ambos
pensaban que ese progreso técnico se registraba dentro de los límites de
la naturaleza inmutable del universo y de sus leyes de comportamiento.
Descartes opinaba que "ningún fenómeno de la Naturaleza queda fuera
de sus Principios de Filosofía" y que "no existe camino alguno a través
del cual el intelecto humano pueda descubrir Principios mejores". Bacon
no pensaba que sus ideas constituyeran el último método de la ciencia,
pero su objetivo también era formular el sistema definitivo de la filosofía
natural.
Este enfoque alcanzó su consagración definitiva con Newton. El
profesor de la Universidad de Cambridge arraigó sus contribuciones
en la fe porque, en su visión, Dios había creado al mundo tal cual es y
recién entonces entraron en operación las leyes que sostienen la má­
quina cósmica. Dios es el creador Supremo, observador privilegiado y
administrador del universo, eterno y omnipresente. En este universo
regulado por la mecánica cósmica, el mundo físico, el hombre y los
seres vivos tienen su forma actual desde el principio de los tiempos y
permanecen inmutables para siempre. Lo mismo sucedía con el cono­
cimiento científico elaborado entre los siglos XVI y XVIII: era definitivo
y válido hasta el final de los tiempos. De este modo, el mundo tal cual
se conoce es el fin predeterminado del cosmos y es, de hecho, el único
mundo posible. A partir de esta filosofía del orden natural, Leibniz ne­
gaba la posibilidad del progreso y afirmaba que "éste es el mejor de los
mundos posibles".
La integración de los sistemas cerrados de las tradiciones clásicas
y del dogma cristiano con el conocimiento científico y la experiencia
técnica acumulativa de las artes y los oficios resolvía, pues, el primer
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 105

desafío planteado por la fenomenal transformación de la realidad a lo


largo del Primer Orden Económico Mundial.
La soberanía y el derecho internacional. El segundo desafío era la
justificación teórica de la consolidación del Estado nacional, la centra­
lización del poder, la preservación del orden y de las relaciones entre
Estados soberanos.
A tales fines, la teoría política incorporó los principios de la filosofía
natural para sugerir que también la sociedad y el Estado respondían a
un orden natural, cuyas leyes debían reglar las relaciones entre las per­
sonas y las naciones. Sobre la base de tales principios, en Francia, Jean
Bodin (1530-1596) fue el más influyente de los pensadores políticos que
argumentó en favor de la paz, la unidad nacional y la tolerancia religio­
sa. Para ello era indispensable la unificación del Estado nacional encar­
nado en la figura del monarca. En sus Seis Libros sobre la República
(1579), estableció la definición clásica de la soberanía. Ésta consiste en
"el poder absoluto y perpetuo de la comunidad que, en latín, se deno­
mina majestas". Este poder se deposita irrevocable e incondicionalmen­
te en el Príncipe, quien, consecuentemente, asume la facultad de dar
órdenes, no obedecer a nadie ni sujetarse a ley alguna, incluyendo las
establecidas por él mismo. Este poder ilimitado reconocía un solo lími­
te: la ley de Dios. Es decir, la ley natural que incluía el respeto a los tra­
tados, la Ley sálica de los francos y el derecho de propiedad.
Esta concepción de la soberanía se fusionó con la teoría del origen
divino de la monarquía. Ésta, como el universo, era de origen divino y
u titular sólo responsable ante Dios. Este planteo negaba la autoridad
de la Iglesia sobre el poder secular y el de los príncipes feudales sobre
el monarca. Consecuentemente, resolvía en favor de la Corona los dos
grandes conflictos políticos existentes desde el Medioevo. Pero dejaba
pendientes otros dos problemas fundamentales. Por una parte, el mar­
co normativo de las relaciones entre los emergentes Estados nacionales.
Por la otra, asegurar la convivencia entre los diversos credos cristianos
y la participación, en el ejercicio del poder soberano, de la nobleza y de
los nuevos sectores sociales vinculados a la expansión comercial.
El dominio del Nuevo Mundo y el control de las rutas comerciales
a África y Oriente reclamaban un marco normativo de los crecientes
conflictos entre las potencias atlánticas. Se comprende que en pleno
auge de la expansión de la República holandesa uno de sus juristas e
historiadores, Hugo Grotius (1583-1645), sentara los fundamentos del
106 EUROPA

derecho internacional. Perseguido en su país por sus convicciones po­


líticas y religiosas, se refugió en Francia, en donde publicó su Tratado
sobre los Derechos de la Guerra y de la Paz (1625). Los Estados, corno los
seres humanos, no pueden vivir aislados. Por lo tanto, deben asociarse
para sobrevivir y, a tales fines, es indispensable que sus relaciones se
regulen por normas fundadas en la razón y en la "ley de las naciones",
es decir, en la extensión de la ley natural a las relaciones internaciona­
les. El derecho internacional era válido en la paz y en tiempos de gue­
rra. Ésta sólo podía emprenderse en defensa de derechos agraviados y
librarse dentro de los límites de la ley y la buena fe.
La secularización del poder. La concepción de la monarquía absolu­
ta de origen divino reveló su incapacidad de resolver el segundo dilema:
restablecer la paz y el orden a través de la tolerancia religiosa y la par­
ticipación en el poder de la aristocracia y de los sectores asociados a la
expansión comercial.
En Inglaterra, la teoría y el ejercicio del poder de origen divino bajo los
monarcas de la dinastía de los Estuardo, Jacobo I (1566-1625) y Carlos I
(1603-1648), enfrentó a católicos y puritanos, provocó la emigración ma­
siva de estos últimos al Nuevo Mundo y desembocó en la guerra civil
(1642-1648) entre el Parlamento y la Corona. Estos hechos abrieron paso
a un replanteo profundo en el ejercicio del poder y la representatividad.
La "revolución gloriosa" de 1688 puso fin a la breve restauración de los
Estuardo (1660-1688) y a la tentativa de Jacobo II de restablecer el cato­
licismo. Todo el espectro político inglés, los liberales whigs y los conser­
vadores tories, se alzó contra el monarca y convocó al príncipe holandés
Guillermo III de Orange a asumir el trono sobre la base de la fe protes­
tante y el Parlamento libre. La Declaración de Derechos de 1689 consagró
el acuerdo político entre la aristocracia y la burguesía, cuyo poder había
crecido parí passu con la expansión comercial y financiera inglesa.
Era impostergable, por lo tanto, fundar el poder y el ejercicio de la
soberanía sobre bases seculares no teológicas. Los dos mayores expo­
nentes de este enfoque fueron Thomas Hobbes (1588-1679) y Baruch
Spinoza (1632-1677). La guerra civil inglesa, la ejecución de Carlos I y
las disputas religiosas entre católicos, anglicanos y puritanos indujeron
en Hobbes la visión del hombre como un ser con impulsos egoístas y
agresivos, autodestructivos. A partir de este enfoque, en su Leviathan,
justificó la monarquía absoluta por la necesidad de imponer el orden y
preservar al hombre de las consecuencias de sus propias pulsiones pri-
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 107

marias. La más importante de las leyes naturales era, por lo tanto, ase­
gurar la supervivencia y evitar la muerte violenta.
Se instala así el concepto de la existencia de un contrato social primi­
tivo, establecido entre los hombres para preservarse de los impulsos au­
todestructivos inherentes a la condición humana. El origen y el ejercicio
del poder no obedecen, entonces, a una decisión de Dios, sino a razones
históricas y utilitarias. Esto respalda el derecho del soberano de estable­
cer la ley y el régimen de justicia en las esferas secular y religiosa. El po­
der del soberano es absoluto para imponer la ley y el orden, pero no para
invadir el terreno de las convicciones espirituales y los derechos natura­
les, como el de propiedad. Para Hobbes, ninguna razón justifica la rebel­
día contra el soberano, salvo para defender la propia vida y los derechos
naturales conculcados porque, en tal caso, el soberano estaría violando
los fundamentos del ejercicio de su poder soberano.
También desde una interpretación psicológica de la condición hu­
mana y del comportamiento social del hombre, el holandés de familia
judea-portuguesa, Baruch Spinoza, en su Tratado teológico-político
(1670), abordó el problema del poder y de la soberanía. Para escapar a
la guerra perpetua prevaleciente en la situación primitiva y asegurar la
supervivencia, los hombres establecieron un contrato y crearon un po­
der soberano. En la concepción de Spinoza, la ley natural equipara a
Dios con la naturaleza universal y el derecho natural con el poder de la
naturaleza. A diferencia de Hobbes, Spinoza enfatizó la importancia de
la razón en la organización social y el valor de la libertad individual
para el pleno ejercicio de ésta. El objetivo del Estado no es sólo, por lo
tanto, proporcionar seguridad, sino, al mismo tiempo, garantizar la li­
bertad intelectual. En contr�posición con el sujeto sometido a sus pa­
siones, el hombre reflexivo e ilustrado es el ciudadano deseable. La to­
lerancia religiosa, la separación de las esferas temporal y espiritual, el
rechazo de la superstición y la existencia de un soberano comprometido
con el bienestar de sus súbditos integraron el mensaje humanista de
Spinoza. Éste influiría en las contribuciones posteriores sobre la posi­
bilidad del progreso y de la elevación de la condición humana.
En la primera mitad del siglo xvn, estaban sentadas las bases de
la teoría política que legitimaba la monarquía absoluta, la separación
de las esferas secular y religiosa, la primacía del poder temporal sobre
el espiritual, la unificación del Estado nacional y la subordinación
de la nobleza feudal al soberano. Estaban planteados, asimismo, la
108 EUROPA

apertura de nuevas fronteras a la tolerancia política y religiosa, y la


libertad de pensamiento. Quedaba todavía pendiente, sin embargo, el
problema crucial de la participación en el poder centralizado. Es de­
cir, la representatividad.
La representatividad y la democracia. Es comprensible que fueran
los pensadores ingleses los que lideraran el replanteo del problema de
la representatividad. El más influyente entre ellos fue John Locke (1632-
1704). Hijo de un abogado partidario del Parlamento y de Cromwell
durante la guerra civil, fue el primer gran teórico del constitucionalis­
mo. A la manera de los grandes pensadores de su tiempo, sus intereses
abarcaban la filosofía, la educación, la teología y la política. Su énfasis
en la tolerancia y la moderación, y su teoría del conocimiento fundada en
la experiencia y la falibilidad del entendimiento humano implicaban el
rechazo al poder absoluto. En su Ensayo sobre el entendimiento huma­
no, sostuvo un principio trascendente: la mente humana es un papel en
blanco en el cual se imprimen las sensaciones y los estímulos del mun­
do externo, es decir, la experiencia. A partir de ello, más tarde, se afirmó
la posibilidad de elevar la condición humana a través de la educación
y, consecuentemente, del progreso.
En sus dos Tratados sobre el gobierno civil, Locke coincide con Hobbes
en el supuesto de la existencia de un contrato social para asegurar la paz
y la seguridad, y, también, en el rechazo del principio de la monarquía de
origen divino. Sin embargo, en contraposición a Hobbes y en línea con
la postura humanista de Spinoza, Locke enfatizó la importancia de la
razón y de la libertad como fundamentos de la organización de la socie­
dad y el Estado. Para Locke, el orden natural primitivo no era el conflic­
to y la agresión autodestructiva de los seres humanos, sino el imperio de
la ley, la razón y la igualdad. En consecuencia, el derecho natural impe­
raba no sólo para asegurar la supervivencia y la propiedad, sino también,
la libertad. El contrato social era, primero, un acuerdo entre iguales y,
luego, entre la sociedad y el soberano.
De esta concepción se deriva un principio fundamental de la demo­
cracia: el poder proviene del pueblo y los gobernantes son sus agentes
para la promoción del bien común. El poder descansa en el consenso
de los gobernados y ni siquiera la mayoría tiene facultades para violar
el derecho natural y el de propiedad. De allí surge también el derecho a
la rebelión contra graves violaciones a los principios que sustentan el
ejercicio del poder. Para Locke, la separación de los poderes entre las
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 109

ramas legislativa y ejecutiva era condición necesaria para preservar la


libertad y asegurar el funcionamiento del sistema político. Locke llevó
los principios democráticos y constitucionalistas hasta los límites con­
cebibles en su tiempo, es decir, el determinado por las fuerzas sociales
hegemónicas. De este modo, ciudadanos y pueblo eran sólo los propie­
tarios, aunque lo fueran en pequeña escala. La concepción más amplia
de la democracia surgiría recién a fines del siglo XVIII bajo la decisiva
influencia de la Revolución Francesa.
A fines del siglo XVII, estaban establecidos los principios justificati­
vos de la concentración del poder en el Estado nacional y de las normas
constitucionales para la participación de los sectores sociales hegemó­
nicos. Faltaba aún, sin embargo, reconocer la existencia del pluralismo
cultural y la evidencia del cambio en el hombre y la sociedad a lo largo
del desarrollo histórico.
El pluralismo cultural. La expansión de ultramar había establecido
lazos estrechos entre las potencias atlánticas y las civilizaciones de Asia
y el Nuevo Mundo. La visión del mundo de toda la Europa cristiana ha­
bía sido transformada por la evidencia del pluralismo cultural de la hu­
manidad. Al mismo tiempo, la evidencia abrumadora proporcionada
por las transformaciones registradas durante el Primer Orden Econó­
mico Mundial replanteaba la cuestión de si, efectivamente, el universo
es inmutable y, consecuentemente, como proponía Leibniz, éste es el
mejor de los mundos posibles. La evidencia empírica fue revelando que
el progreso y la elevación de la condición humana eran factibles. De
este modo, desde la segunda mitad del siglo XVII y a lo largo del XVIII, se
incorporaron a la filosofía de la historia y al pensamiento político euro­
peos las ideas del cambio social, el pluralismo cultural y la incidencia
de los factores psicológicos.
Esto último fue enfatizado por el filósofo, historiador y economista
escocés David Hume ( 1711-1766). Desde la perspectiva de su teoría del
conocimiento, la filosofía es la ciencia inductiva de la naturaleza humana
y el hombre un ser condicionado por sus sentimientos e intereses antes
que por la razón. Sus obras Tratado sobre la naturaleza humana (1739),
Investigación sobre el conocimiento humano (1749) y Discursos políticos
(1752) subrayaron que la fuente del conocimiento surge de la observa­
ción de los hechos y de la historia antes que del razonamiento deductivo.
El pensamiento de Hume es heredero del enfo que pragmático y empiri­
cista de Francis Bacon, y contrasta con el racionalismo cartesiano. El
110 EUROPA

orden social y político no emerge de un orden natural inmutable ni de un


contrato social primitivo, sino de la conveniencia, de las necesidades y
las pasiones de los seres humanos. La razón está subordinada a las pa­
siones y a las costumbres de los hombres. Las instituciones políticas son
el fruto de la experiencia y deben ser respetadas.
El convencimiento de Hume acerca de la falibilidad del pensamien­
to humano generó una postura escéptica, relativista y tolerante. En de­
finitiva: "La humanidad es tan semejante en todo tiempo y lugar que la
historia no enseña nada nuevo a este respecto. Su principal utilidad es
descubrir los principios constantes y universales de la naturaleza hu­
mana". Es decir, la historia sirve para comprender al hombre más que
para entender el cambio social. Como Locke, sugería que el mejor go­
bierno era el ejercido por los propietarios. Hume, 12 años mayor que
su coterráneo y amigo Adam Smith, realizó contribuciones sustanciales
al pensamiento económico liberal y a la teoría económica, a las cuales
se hace breve referencia más adelante.
El reconocimiento de la importancia de las peculiaridades culturales
y del hábitat en el proceso de cambio de las diversas civilizaciones en el
devenir histórico descansó en los aportes precursores de Giovanni Battista
Vico (1668-1744) y Johann Gottfried von Herder (1744-1803). 2
El profesor napolitano Vico fue el precursor de teorías que ejercie­
ron una profunda influencia en la evolución posterior de las ciencias
sociales, la filosofía de la historia y la teoría política, como, por ejemplo,
su enfoque sistémico de las variables sociales, culturales y psicológicas,
y la organización de su análisis en etapas históricas. Era un admirador
de Bacon y Grotius, y pretendió emularlos formulando una teoría del
desarrollo histórico de las naciones en fases de progreso y retroceso, en
tres grandes etapas: divina, heroica y humana. La Providencia actuaba
a través del hombre y la sociedad para alcanzar sus designios y, en este
contexto, el ser humano afirmaba su individualidad y libertad.
Herder amplió las perspectivas sistémicas de Vico y se convirtió en
uno de los pensadores más influyentes de la cultura alemana. Enfatizó la
importancia de los rasgos culturales, religiosos y raciales en la conforma­
ción del carácter nacional de las sociedades humanas. De este modo, el
desarrollo de la humanidad resulta de la convergencia de los desarrollos

2
I. Berlín, Vico and Herde1; Londres, The Hogarth Press, 1992 [trad. esp.: Vico y Herder,
Madrid, Cátedra, 2000].
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 111

autónomos e idiosincrásicos de las diversas civilizaciones. El enfoque


sistémico de Herder abarcaba las variables culturales (idioma, literatura,
religión, mitología) y los determinantes del hábitat (geografía, zoología,
botánica). Herder fundó un humanismo democrático basado en el plu­
ralismo cultural y los valores morales. Su énfasis en el predominio de la
emoción sobre la razón, en la espontaneidad y el naturalismo, la afirma­
ción del carácter nacional y el patriotismo ejerció profunda influencia en
Goethe y en el romanticismo alemán del siglo XIX.
La educación y el progreso. La idea de John Locke de que la mente
del hombre es un papel en blanco en el cual se imprimen las sensacio­
nes y los estímulos del mundo externo sentó las bases teóricas acerca
de la posibilidad de la elevación de la condición humana y, consecuen­
temente, del progreso social. El comportamiento del hombre dependía
de su experiencia, y las instituciones educativas y legislativas eran el
marco determinante de la experiencia. Pero, al mismo tiempo, las ideas
podían transformar las instituciones y, en consecuencia, "la opinión go­
bierna al mundo". De este modo, la monarquía podía asegurar la paz y
el orden y, además, transformar sus opiniones y cambiar las institucio­
nes. El despotismo ilustrado apareció así como la vía del progreso so­
cial. De allí la inclinación, sobre todo entre los filósofos franceses, de
servir a Federico el Grande de Prusia y a Catalina II de Rusia. En su
criterio, éstos, contrariamente a los Barbones franceses que eran sólo
déspotas, eran, al mismo tiempo, ilustrados.
La fantasía del despotismo ilustrado fue efímera. En cambio, la idea
revolucionaria fue la concepción de la educación. Ésta era la vía para
la ilustración de la opinión pública y, consecuentemente, para el pro­
greso del hombre y la sociedad. El mundo tal cual es dejaba de ser el
mejor de los posibles. Era viable transformarlo por la educación. Los
filósofos franceses del siglo XVIII fueron los mayores exponentes de este
enfoque optimista sobre el hombre y su futuro. Su contribución consis­
tió en el ataque frontal al dogmatismo y la sistematización del conoci­
miento científico más avanzado de su tiempo. Los célebres salones pa­
risinos de las matronas de alcurnia o cortesanas, o de ambos ejercicios
simultáneamente, eran la caja de resonancia de las nuevas ideas.
El propósito de los 22 volúmenes de la Enciclopedia, publicados en­
tre 1751 y 1777, era, según su director Denis Diderot (1713-1784): "In­
tegrar todo el conocimiento disperso sobre la superficie de la tierra para
construir un sistema general de ideas, de modo que el conocimiento
112 EUROPA

acumulado de las décadas pasadas no sea inútil y nuestros descendien­


tes, al ser más ilustrados, sean más virtuosos y felices". Voltaire (1694-
1778) fue el más lúcido y polémico exponente de la actitud tolerante,
antidogmática y partidaria de la libertad intelectual y política del ciu­
dadano. En su visión, el progreso era inevitable porque "la razón y la
industria progresarán sin pausa, las artes útiles mejorarán y las calami­
dades que afligen a los hombres y sus prejuicios desaparecerán gradual­
mente entre los gobernantes de las naciones".
La Revolución de 1789 desautorizó esta concepción lineal e ilimita­
da del progreso. Uno de sus mayores exponentes, el marqués Antoine
Nicolas de Condorcet (1743-1794), fue ejecutado durante el Terror re­
volucionario. En la clandestinidad y poco antes de su captura, reiteraba
que "el resultado de su trabajo será mostrar, por la razón y la evidencia
empírica, que la perfectibilidad humana es ilimitada".
Dentro del escenario abierto por la Ilustración en Francia, un per­
sonaje excéntrico, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), replanteó los
grandes temas de la condición humana y la organización social: la mo­
ral y la libertad, el estilo de vida y el retorno a la existencia natural,
la educación, el consenso como fuente de la estabilidad institucional
y la reconciliación entre la libertad del individuo y el orden social. Sus
contradictorios puntos de vista lo convirtieron en precursor de múlti­
ples y conflictivas tendencias de posteriores desarrollos del pensamien­
to filosófico y político. En El contrato social (1762), sostuvo que la fuen­
te real de la legitimidad política es la voluntad general de la sociedad.
Afirmó, asimismo, la necesidad de un legislador que estableciera el sis­
tema político, de una religión que uniera a la sociedad y de un sistema
educativo para formar ciudadanos patriotas. Su propuesta de someter
al individuo al interés común expresado por la voluntad general tiene
un contenido totalitario. Sin embargo, sus contribuciones más influyen­
tes se refieren a su preferencia por una sociedad libre, permisiva del
desarrollo del individuo y de su comportamiento libre responsable. Esta
postura vincula a Rousseau con el pensamiento humanista y liberal de
los filósofos franceses.
El constitucionalismo. El abogado y magistrado de Burdeos Charles
Montesquieu (1689-1755), en pleno absolutismo borbónico, realizó con­
tribuciones que consumaron �l desarrollo de las tesis de la representati­
vidad en el ejercicio del poder y del constitucionalismo como su marco
jurídico. Su libro capital, El espíritu de las leyes (1748), fue el fruto de sus
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 113

reflexiones de dos décadas sobre los más diversos temas sociales, políti­
cos y juridicos. Continuando la tradición de Vico, Montesquieu integró
los enfoques deductivo, experimental, histórico y sistémico. El jurista
francés sentó las bases de la jurisprudencia y del método histórico mo­
dernos. Las leyes eran el resultado del entorno físico y de los fenómenos
sociales y religiosos. Reflejaban la interdependencia de todos los planos
de la realidad. Lo fundamental de la ley no era, entonces, su texto, sino
su espíritu. Su vigencia dependía de la voluntad de aplicarla.
Desde estas perspectivas, la tesis de la existencia de un contrato so­
cial primitivo era, por lo tanto, infundada. El relativismo cultural y el
enfoque histórico de Vico y Herder aparecen reflejados en las tesis de
Montesquieu. Su obra sentó las bases de la organización institucional.
El poder de los gobiernos se divide en tres esferas: ejecutivo, legislativo
y judicial. El sistema ideal que asegura la libertad es aquel en el cual el
ejercicio de esas tres esferas se divide entre personas distintas. Como
los filósofos franceses, Montesquieu compartía el repudio al dogmatis­
mo, la esclavitud y el despotismo. Su pensamiento ejerció profunda in­
fluencia en los fundadores de la república estadounidense y en el pen­
samiento revolucionario en las colonias iberoamericanas. Después de
las guerras de independencia, la organización institucional y política
de las nuevas repúblicas se fundó en la concepción del constituciona­
lismo y la división de los poderes de Montesquieu.
Los aportes renovadores del pensamiento político y filosófico fran­
cés del siglo XVIII culminaron con la apoteosis de la democracia, la
igualdad y los derechos del hombre y del ciudadano proclamados por
la revolución de 1789. Los acontecimientos políticos posteriores reve­
laron, sin embargo, cuán lejos se estaba de alcanzar la racionalidad y la
tolerancia proclamadas por los filósofos, y cuán grande y creciente era
la brecha entre el progreso material y la elevación integral de la condi­
ción humana.
En Inglaterra, contemporáneamente con los aportes de los filósofos
franceses, apoyada en la tradición pragmática y experimental de Bacon,
se proponía una visión del progreso sin contenidos anticlericales. El
progreso era el camino hacia el reino celestial. De este modo, el proyec­
to de Dios era secularizado a través del progreso material. Un miembro
de la Lunar Society de Birmingham, Joseph Priestley, afirmaba que "sea
cual fuere el origen de este mundo, el final será paradisíaco y más allá
de todo lo que podamos ahora imaginar". La Lunar Society agrupaba a
114 EUROPA

científicos y empresarios que estaban poniendo en marcha la Revolu­


ción Industrial. Otro de sus miembros, Erasmus Darwin (abuelo de
Charles), incorporó la idea del progreso al desarrollo de los seres vivos
como una fuerza inmanente que los lleva a formas más complejas de
organización y a la supervivencia del más fuerte.

LAS IDEAS ECONÓMICAS

La tradición clásica y medieval. Hasta los inicios del segundo milenio de


nuestra era, las ideas sobre la economía (del griego oikonomía) se refe­
rían a la organización de la casa, es decir, de la unidad familiar. Aristó­
teles había considerado la existencia del comercio y de la moneda. Pero
el primero era esencialmente una vía para cambiar bienes entre produc­
tores y la moneda, un medio de cambio. Ni el comercio ni el dinero de­
bían tener una función crematística.
En el derecho romano y en el pensamiento medieval, la organiza­
ción económica giraba en torno del jefe de familia y, por extensión, del
terrateniente y del señor feudal. En la sociedad esclavista de la Antigüe­
dad y en la organización feudal del Medioevo, las clases dominantes se
apropiaban directamente del excedente entre la producción y el consu­
mo de subsistencia de la fuerza de trabajo. En este contexto, la ganan­
cia obtenida del tráfico comercial y el interés cargado sobre los présta­
mos eran expresiones marginales de la organización económica y social,
y éticamente despreciables. Consecuentemente, los precios y el salario
eran determinados fuera del mercado y respondían a las relaciones so­
ciales vigentes. Los precios debían ser justos y reflejar el valor de uso de
los bienes y sus costos de producción. El sistema de valores y creencias
establecido despreciaba la ganancia obtenida en el comercio y, en espe­
cial, condenaba los préstamos a interés por considerarlos, lisa y llana­
mente, usura. En la Divina Comedia, Dante Alighieri condena al infier­
no a los usureros, junto a los blasfemos y los sodomitas.
En la Baja Edad Media, este rígido código de valores y conducta se
enfrentó con la evidencia del desarrollo mercantil y de la actividad fi­
nanciera. En la práctica, los mercaderes y los banqueros, que estaban
tan preocupados con su salvación eterna como el resto de los mortales,
canalizaban parte importante de sus ganancias en la construcción de
iglesias, el sostenimiento del culto y diversas obras de carácter social.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 115

Consecuentemente, se fue flexibilizando el rigor de la condena y ade­


cuando los valores a la realidad.
Sin embargo, estos cambios eran insuficientes para responder a la
profundidad de las transformaciones producidas por el desarrollo del
capitalismo mercantil. La voc (Compañía Holandesa de las Indias
Orientales, por sus iniciales en holandés), la británica East India Com­
pany, el descub1imiento y la conquista del Nuevo Mundo, las sociedades
por acciones y el protagonismo creciente de mercaderes y banqueros
estaban fundando el Primer Orden Económico Mundial y transforman­
do las fuentes del crecimiento y del poder. La expansión de ultramar y
la proyección planetaria de las potencias atlánticas generaron una frac­
tura insalvable entre las ideas tradicionales y el orden económico y so­
cial emergente. La Reforma no dio respuesta plena a los nuevos proble­
mas. Lutero y Calvino mantuvieron la actitud tradicional respecto de
las actividades lucrativas.
La creciente importancia de la acumulación de capital, la trans­
formación en la estructura productiva y la emergencia de nuevos ac­
tores sociales ligados a la expansión comercial y las finanzas demolie­
ron progresivamente las ideas económicas heredadas del mundo
clásico y vigentes a lo largo del Medioevo. En el siglo XVI, era evidente
que debía fundarse un nuevo código de valores y conducta que reco­
nociera la legitimidad de las ganancias, el interés y, por estas vías, la
acumulación de capital. Además, el mismo proceso económico era
cada vez más complejo, y era indispensable comprender la función de
los factores tradicionales de la producción (tierra y trabajo) y sus re­
laciones con el capital. Esto planteaba la necesidad de analizar la dis­
tribución del ingreso entre esos factores de la producción, es decir,
determinar los valores y los precios. Al mismo tiempo, el desarrollo de
los Estados nacionales y de su financiamiento confería nuevas dimen­
siones al problema de la hacienda pública. Lo mismo sucedía con las
relaciones entre el comercio internacional y los mercados y las estruc­
turas productivas internas de las potencias atlánticas.
El mercantilismo. Este universo de nuevos problemas tuvo tempranas
respuestas en las prácticas monopolistas, agresivas y proteccionistas pre­
dominantes en las potencias atlánticas desde el inicio de su expansión de
ultramar. El mercantilismo, sustentado más en el comportamiento polí­
tico de los Estados que en un orden teórico, fue la respuesta a los proble­
mas planteados por el desarrollo del capitalismo mercantil. Lo mismo
116 EUROPA

sucedió con el tratamiento de los problemas financieros de los Estados


nacionales emergentes de la disolución del orden feudal. En otras pala­
bras: "No existía un sistema de teoría económica, sólo había política
económica". 3
Esto no significa que la reflexión sobre los temas económicos no
atrajera la atención de pensadores importantes. En el siglo XVI, Jean
Bodin sugería la posibilidad de obtener un superávit comercial por me­
dio de las tarifas sobre el comercio exterior. Éstas debían ser, por una
parte, prohibitivas para la exportación de materias primas que podían
industrializarse y para la importación de manufacturas que podían pro­
ducirse en el país; por otra parte, muy bajas para la importación de ma­
terias primas no disponibles localmente y para la exportación de manu­
facturas. Bodin se anticipó en la formulación de la teoría cuantitativa
de la inflación al atribuir el aumento de precios observable en Europa
en el siglo XVI a la entrada masiva de metales preciosos procedentes del
Nuevo Mundo. 4 De allí la advertencia a la conveniencia de evitar la acu­
mulación exagerada de metales preciosos y, en consecuencia, de elimi­
nar las presiones inflacionarias.
El pensamiento mercantilista no consistía en una preferencia deli­
rante por la acumulación de metales preciosos. Teóricos como Bodin y
mercaderes como Thomas Mun, director de la East India Company, sos­
tenían la conveniencia de exportar, en ciertas circunstancias, metales
preciosos. De hecho, esto sucedía permanentemente para saldar el déficit
comercial de las potencias atlánticas con Oriente. El mercantilismo era
una respuesta al aumento de la demanda de liquidez generada por el cre­
cimiento de la economía y del comercio, e instrumento de la política de
desarrollo nacional. En las condiciones del capitalismo comercial de la
época, por las razones que se han visto, era lógico que el mercantilismo
sostuviera que un país sólo podía hacerse rico a costa de los otros países.
Es el mismo enfoque que propusieron, a finales del siglo xx, los teóricos
de la competitividad a ultranza entre las economías nacionales en el con­
texto de un mundo global. El pragmatismo del mercantilismo del Primer
Orden Económico Mundial contrasta con el peligroso irrealismo de los
teóricos contemporáneos de la competitividad.

3
E. Heimann, History of Economic Doctrines, Oxford, Oxford University Press, 1974,
p. 28 [trad. esp.: Historia de las doctrinas económicas, Buenos Aires, Arayu, 1954].
4 !bid., p. 34.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 117

El desarrollo económico, social y político en Europa, y la revolución


científica transformaron la realidad y la visión del mundo que susten­
taban la teoría y la acción del mercantilismo. Los controles excesivos
obre los intereses privados, la búsqueda a rajatabla del superávit co­
mercial, los subsidios a las manufacturas y la discriminación contra la
agricultura dejaron de ser políticas funcionales con el desarrollo econó­
mico. A medida que la demanda de liquidez se satisfacía por los meca­
nismos de expansión del sistema financiero y el papel moneda, el au­
mento del stock de oro y plata iba perdiendo significación. La expansión
del comercio internacional y la progresiva división del trabajo reque­
rian, asimismo, una diversificación de las fuentes de abastecimiento y
de las importaciones. Las ganancias y la acumulación de capital se
entaban, pues, en procesos más complejos que el control monopólico
del comercio exterior y la restricción de las importaciones. El progresi­
v·o proceso de urbanización y el aumento de la demanda de alimentos
no podía satisfacerse, dado los altos costos del transporte, con las im­
portaciones de cereales. Era preciso, por lo tanto, el aumento de la pro­
ducción agropecuaria.
La economía y el orden natural. De este modo, el enfoque casuístico
y_·restrictivo del mercantilismo fue enfrentado con nuevas concepciones
leáricas. Éstas proyectaron al plano de la economía la concepción pro­
reniente del campo científico y del pensamiento político. Es decir, plan­
teaban la existencia de un orden natural y de leyes de comportamiento
que regulan la actividad económica.
Fue recién en el siglo XVII cuando aparecieron las primeras grandes
contribuciones teóricas para interpretar las transformaciones en curso.
Consecuentemente, la política económica comenzó a plantearse en un con­
. o teórico interpretativo del funcionamiento de las economías naciona­
text
les y del orden mundial. Desde el principio, las nuevas ideas económicas
cuestionaron el contenido absolutista y arbitrario del mercantilismo.
Uno de los precursores fue Antaine de Monchrestien, cuyo Tratado
de Economía Política (1615) acuñó presumiblemente por primera vez
ese término y planteó varias tesis fundacionales: la función social de la
clase mercantil, la existencia de un orden natural y armonioso entre el
clero, la nobleza y el pueblo, y la convergencia de la búsqueda del inte-
rés
. privado con el bien público. Pero el primer gran economista de la
era moderna fue sir William Petty (1623-1687). En la tradición renacen­
tista de otros grandes pensadores de su tiempo, Petty era un hombre de
118 EUROPA

conocimientos universales. Fue profesor de Anatomía en la Universidad


de Oxford, médico del ejército de Cromwell en Irlanda, profesor de Mú­
sica en el Gresham College y agrimensor. En este último carácter, orga­
nizó el catastro para el reparto de las tierras de Irlanda (de las cuales
pasaron a su propiedad cerca de 25 mil hectáreas) entre los seguidores
de Cromwell. Por esta y otras vías, Petty, de humilde origen, acumuló
una gran fortuna. Fue, por lo tanto, el primero de los grandes econo­
mistas tan creativos en su pensamiento como en su habilidad crematís­
tica. En su testamento de 1685, estimó su ingreso anual en 15 mil libras
esterlinas, mil veces más que el ingreso medio de un trabajador. 5
La amplitud y la profundidad del pensamiento económico de Petty
fueron extraordinarias. Sus libros principales incluyen el Tratado sobre
impuestos y contribuciones (1662), la Anatomía política de Irlanda (1670)
y Aritmética política (1671). En su obra trató prácticamente todos los
problemas fundamentales de la economía moderna. Es el responsable,
además, de los primeros intentos de relacionar diversos indicadores de
población, impuestos y precios para realizar estimaciones de las cuen­
tas nacionales de Gran Bretaña, Irlanda, Francia y Holanda, y del co­
mercio internacional. Sobre este último punto, estimó que, hacia 1680,
su valor ascendía a 45 millones de libras esterlinas y que el valor medio
de la carga de los navíos oscilaba entre 1.000 y 1.250 libras. 6
Petty identificó las cuestiones centrales de la economía capitalista
y sobre varias de ellas formuló teorías que se anticiparon a las formu­
ladas por los grandes economistas clásicos de los siglos XVIII y xrx. An­
ticipó la influencia de la división del trabajo como fuente de la elevación
de la productividad, factor que, un siglo más tarde Adam Smith conver­
tiría en el eje de su teoría del desarrollo. 7 Formuló una teoría de los
precios fundada en el contenido de trabajo de los bienes; es, por lo tan­
to, un precursor de la teoría del valor trabajo. Éste era el factor perma­
nente, pero los precios podían ser influidos por causas contingentes.
Planteó también las teorías del salario, la renta y el interés, es decir, los
principios fundacionales de la distribución del ingreso. La renta era la
diferencia entre la producción y el consumo (salario) de los trabajado­
res más las semillas utilizadas en la siembra. Anticipándose a David

5 G. Roth, The Origin of Economic Ideas, Nueva York, Vintage Books, 1977, p. 35.
6
Enciclopedia Británica, ed. de 1961, t. 22, p. 345.
7 G. Roth, op. cit., p. 37.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 119

Ricardo, Petty propuso la existencia de la renta diferencial derivada de


la localización de las tierras y los distintos costos de transporte a los
centros de consumo. La tierra y el trabajo eran los factores fundamen­
tales de la producción. La acumulación de capital y de la masa de re­
cursos financieros prestables planteaba, además, el problema del inte­
rés. Petty se anticipó también en la formulación de la teoría del interés
como la compensación por la abstinencia de gastar el propio dinero y
por el riesgo que asume el prestamista.
Respecto del dinero, Petty también fue un precursor en relacionar la
cantidad de dinero con su velocidad de circulación y el gasto total. Anti-
ipó, también, el efecto expansivo del gasto sobre el ingreso total, tema
que Keynes desarrollaría tres siglos después en su teoría del multiplica­
dor. Las contribuciones de Petty incluyeron su tratamiento de los mono­
polios, las patentes y los efectos beneficiosos de las obras públicas sobre
el empleo, cuestión esta última que también abordaría Keynes en plena
crisis de la década de 1930.
En línea con los pensadores políticos y la revolución científica de
su tiempo, sir William Petty sugirió la existencia de un orden natural
quee gobernaba el mundo físico y las relaciones entre los hombres, in­
luso la actividad económica. El precio justo y las relaciones econó-
clu
mi. cas podían explicarse, sin recurrir a la teología, por la existencia de
un orden natural. El planteo no era sólo de orden filosófico. Consti­
tuí'a, también, el alzamiento teórico contra el despotismo y el excesivo
in tervencionismo público en el desempeño de los intereses privados.
Era, por lo tanto, el primer cuestionamiento frontal al mercantilismo.
Petty denunciaba las leyes que prohibían la exportación de metales
preciosos y regulaban la tasa de interés, como injerencias perjudicia­
les en el orden natural determinado por la naturaleza, la costumbre y
el consenso. Un siglo más tarde, los filósofos franceses formalizarían
este planteo en la propuesta fundacional del liberalismo económico:
La issez faire, laissez passer.
La ley de la oferta y la demanda. Petty fue el primer constructor del
an damiaje teórico del pensamiento económico moderno. Su esquema,
sin embargo, dejaba pendiente una cuestión crucial: ¿cómo se determi­
naba la justicia en los negocios si el Estado y la Iglesia no tenían dere­
cho a intervenir en la determinación de los precios? 8 Poco después de

Ibid., p. 46.
8
120 EUROPA

la muerte de Petty, la respuesta la proporcionaron, simultáneamente,


John Locke y Dudley North (1641-1691). Este último regresó a Inglate­
rra después de haber hecho una fortuna como principal integrante de
la Turkey Company de Estambul. North realizó varias contribuciones
importantes a la formación del pensamiento librecambista y a la demo­
lición del andamiaje mercantilista. Es interesante observar que, aun
antes del desarrollo tecnológico desencadenado por la Revolución In­
dustrial, North enfatizó que la expansión del comercio beneficiaba en
simultáneo a todos los países. Esto implicaba el rechazo de la tesis cen­
tral del mercantilismo. La teoría se difundió cuando la tecnología
vinculó estrechamente el aumento de la productividad con la división
internacional del trabajo. Es probable, asimismo, que North haya sido
el primero que identificó al capital (que llama stock) como un factor de
la producción y al beneficio como el ingreso que le corresponde por su
participación en el proceso productivo. 9
Tanto North como Locke constituyen ejemplos de la exitosa combi­
nación entre la reflexión teórica y los negocios, característica de otros
pensadores de la época. Esto es coherente con la tradición de Bacon y
su énfasis en la aproximación a los problemas desde la observación de
la realidad y la experimentación.
Sea como fuere, la respuesta al interrogante sobre la determinación
de los precios fue bien simple: los precios los establecen la oferta y la
demanda. Los ensayos publicados en forma anónima por Locke y
North en 1691 1º se referían especialmente al dinero. Locke publicó su
contribución criticando la iniciativa del Parlamento de reducir la tasa
de interés del 6% al 4% anual. Su batería de argumentos abarcaba
desde el costo social de la medida hasta la imposibilidad de aplicarla por­
que el dinero encontraría, de todas maneras, su precio verdadero y na­
tural. ¿ Cuál era éste? El determinado por la oferta y la demanda de
préstamos. La misma regla se aplicaba a los precios de todo lo demás,
incluso los salarios, que se limitaban a reflejar la oferta y la demanda
de mano de obra.
Locke anticipó la diferencia de lo que más tarde se llamaría valor
de uso en contraste con el valor de cambio. En los casos del aire y el
agua, por ejemplo, el primero podía ser muy alto por el carácter esen-

9E. Heimann, op. cit., p. 39.


10 G. Roth, op. cit., p. 46.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 121

cial de esos elementos, pero el segundo, igual a cero por la abundancia


de ambos en la naturaleza. Para Locke, en definitiva, el costo de los bie­
nes dependía del trabajo que contenían y la demanda, de la necesidad
y la utilidad de éstos. El precio era, en definitiva, una combinación de
costos de producción y de demanda determinada por la utilidad de los
bienes (lo que Petty consideraba el precio permanente) o factores con­
tingentes como la moda.
La ley de la oferta y la demanda adquirió la vigencia de las leyes del
mundo físico. Una norma que afectaba la distribución de la riqueza y
el ingreso, y era, en consecuencia, un reflejo del sistema social y la dis­
tribución del poder, pasaba a formar parte del orden natural. Quedaban
atrás definitivamente las consideraciones éticas y religiosas que en el
pasado habían influido en la determinación de los precios y habían
cuestionado la legitimidad del beneficio y del interés resultante de las
actividades mercantiles.
A fines del siglo XVII, estaban también consolidadas otras leyes de la
economía consistentes con el desarrollo capitalista. North, como Petty,
e anticipó a Adam Smith al señalar la coincidencia entre la búsqueda
del beneficio personal con el bien público. Esta convergencia también
formaba parte del orden natural. Justificó, asimismo, la acumulación
de riquezas, su transmisión por herencia y las diferencias en los niveles de
ingresos fundadas en las diferentes habilidades y propensiones a aho­
rrar e invertir de los individuos.
El pensamiento de los economistas británicos convergía con el de­
sarrollo de la teoría del Estado en Gran Bretaña, el creciente poder eco­
nómico y la gravitación política de los mercaderes y los banqueros, y
las transformaciones institucionales y religiosas consumadas con la re­
volución gloriosa de 1688. En el continente, la otra gran potencia atlán­
tica seguía agobiada por el absolutismo de los Barbones, cuya peor ex­
presión era la persecución religiosa a los hugonotes, el costo agobiador
de las aventuras militares de Luis XIV y las restricciones burocráticas
al desempeño de los negocios de los particulares. Hacia fines de siglo,
se había agotado el impulso al desarrollo que el mercantilismo de Col­
bert había aportado a la producción y al comercio del país.
El orden natural y el liberalismo. No es extraño, pues, que las ideas
liberales de los economistas británicos contaran en Francia con una
atenta audiencia. Dos de los precursores de la renovación de las ideas
económicas fueron Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707) y Pierre
122 EUROPA

Le Pesant de Boisguilbert (1646-1714). Ambos compartían el rechazo a


la interferencia del autoritarismo en el orden natural y sugerían que la
búsqueda del beneficio, dentro del mercado, mantenía el equilibro, afir­
maba el imperio de la naturaleza y cumplía el mandato de Dios. El fun­
damento de la ganancia no era el perjuicio del prójimo, sino la propia
habilidad para emplear eficientemente los recursos disponibles.
En estas cuestiones, los dos pensadores franceses fueron epígonos de
sus colegas británicos. Realizaron, sin embargo, una contribución origi­
nal, que fue anticipar la posibilidad de crisis de sobreproducción por in­
suficiencia de la demanda efectiva. Empleando la terminología que Key­
nes y sus seguidores desarrollaron casi tres siglos más tarde, el planteo
sugería que la demanda era insuficiente para absorber la oferta porque
la preferencia de liquidez de los particulares disminuía el gasto y la velo­
cidad de circulación del dinero. Otro economista francés, Charles
D'Avenant (1656-1714), señaló que las expectativas negativas y la descon­
fianza de los prestamistas podían reducir el crédito y contraer la deman­
da. De este modo, se acumulaban existencias sin vender en todos los sec­
tores de la producción y se iniciaba una espiral de contracción del gasto,
la producción y el ingreso. Aquellos economistas franceses pensaban que
el Estado no debía intervenir para remediar la situación y que sólo la na­
turaleza podía mantener el orden y restablecer el equilibrio.
La posibilidad de la insuficiencia de la demanda efectiva, de la apa­
rición de excedentes de oferta y, consecuentemente, de la contracción
de la producción, del empleo y del ingreso fue negada por Adam Smith
(1723-1790), David Ricardo (1772-1823) y Jean-Baptiste Say (1767-
1832). Por el contrario, la tesis fue aceptada por Robert Malthus (1766-
1834) y Simon de Sismondi (1773-1842). Pero recién se convirtió en una
cuestión crucial en la tercera década del siglo xx, bajo el impacto social
y político de la Gran Depresión y el liderazgo intelectual de John May­
nard Keynes.
Precios, distribución del ingreso e inflación. Mientras tanto, el ban­
quero de origen irlandés Richard Cantillon (1680-1734) realizaba una
fortuna en París participando en la especulación desatada por John
Law (1671-1729) con las emisiones de papel moneda del Banque Royale
y el colapso financiero de 1720. Esta experiencia y su capacidad analí­
tica se volcaron en su Ensayo sobre la naturaleza del comercio, publica­
do originalmente en su traducción francesa más de veinte años después
de la muerte del autor. La obra ocupa un lugar importante en la forma-
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 123

ción de las ideas económicas por sus aportes teóricos y su influencia en


otros pensadores, especialmente Robert Malthus y los fisiócratas fran­
ceses. Cantillon consolidó la teoría del salario como la remuneración
necesaria para asegurar la subsistencia del trabajador, insinuada por sir
William Petty. Su famoso axioma "Si disponen de los medios de sub­
sistencia, los hombres se reproducen como ratones en un granero",
implicaba que todo aumento del nivel de vida de los trabajadores se
esterilizaba con un aumento de la natalidad. Su teoría del salario de
subsistencia se amplió con la exploración de los factores que determi­
naban las diferencias de remuneración del trabajo, entre ellos, el en­
trenamiento, el ingenio y la laboriosidad.
Cantillon realizó nuevos aportes a la teoría de los precios fundados
en el costo de producción y la oferta y la demanda. Diferenció, de este
modo, el precio intrínseco establecido por el insumo de trabajo y tierra, y
el precio de mercado determinado por "los humores y antojos de los hom­
bres y por su consumo". Si el consumo se mantiene razonablemente
constante, el precio de mercado converge con el precio intrínseco. Las
contribuciones de Cantillon a la teoría monetaria y del comercio interna­
cional fueron también sustanciales. Retomando el tema planteado por
Jean Bodin, analizó el impacto del aumento de la circulación de monedas
metálicas sobre el nivel de precios. Además, amplió el tratamiento de la
inflación al incorporar las consecuencias de la emisión desenfrenada de
papel moneda en Francia. Su enfoque de la inflación sugería la modifica­
ción de los precios relativos por la distinta forma en que la expansión de
la liquidez se distribuía entre los diversos sectores de la economía. En
definitiva, el valor de la moneda respondía a su mismo enfoque de los
precios: el costo de producción del metal (precio intrínseco) con varia­
ciones de corto plazo provocadas por los cambios en la liquidez. Respec­
to del interés sobre los préstamos de dinero, los vinculó al beneficio que
podían obtener los empresarios que aplicaran esos fondos. 11
Sobre estas bases, Cantillon construyó su teoría del comercio in­
ternacional y del equilibrio del balance de pagos. El aumento de la
cantidad de dinero en un país aumenta los precios, desalienta las ex­
portaciones y acrecienta las importaciones hasta el restablecimiento
de la estabilidad de los precios y del equilibrio. Cantillon fue probable­
mente el primer economista que explicitó las reglas del ajuste bajo el

11 E. Heimann, op. cit., p. 68.


124 EUROPA

régimen de patrón oro que prevalecería en el siglo XIX y hasta la Gran


Guerra de 1914-1918.
La teoría del salario de subsistencia fue uno de los elementos que
inspiraron la formulación de la teoría de la población de Robert
Malthus y la designación de ciencia lúgubre (Dismal Science) que Tho­
mas Carlyle (1795-1881) atribuyó a la economía política. Aún más sig­
nificativa es la influencia que ejerció la teoría de la circulación de la
producción y el ingreso desarrollada por Cantillon en su Ensayo sobre
la naturaleza del comercio. La tierra es la fuente de la riqueza y el pro­
ducto de los agricultores se reparte en tres partes: su mantenimiento y
el de los trabajadores que emplea, la renta del propietario de la tierra
y el beneficio. Ésta era la base de la circulación del ingreso y de la de­
manda de dinero. Este último era utilizado para pagar la renta de los
terratenientes y comprar las manufacturas producidas en las ciudades.
El dinero retornaba a los productores rurales cuando los terratenientes
y los habitantes de las ciudades compraban los alimentos y materias
primas producidos por los agricultores. Cantillon se inspiró en Petty
para calcular la cantidad de dinero necesaria para la circulación de la
producción y el ingreso. 12
En 1740, 16 años antes de su primera edición, una copia del ma­
nuscrito del Ensayo sobre la naturaleza del comercio de Cantillon estu­
vo en manos del marqués de Mirabeau (1715-1789), enrolado en el
ataque contra el absolutismo y en la defensa de las autonomías regio­
nales dentro del Estado francés. Fue por intermedio de Mirabeau que
Franc;ois Quesnay (1694-1774), galeno como Petty y Locke y médico
personal de la marquesa de Pompadour, tomó conocimiento de la obra
de Cantillon y de las nuevas ideas económicas desarrolladas por los
economistas británicos.
La fi.siocracia. Mientras en Gran Bretaña los acontecimientos po­
líticos que culminaron en la revolución de 1688 y la sanción de la
Declaración de Derechos (Bill of Rights) de 1689 consolidaron las
instituciones, la participación en el poder de los sectores sociales he­
gemónicos y los límites (entre ellos, la aprobación de impuestos por
el Parlamento) a los poderes de la monarquía, en Francia seguía
coexistiendo una monarquía absoluta con la transformación social
provocada por el desarrollo económico y la expansión de ultramar. Al

12 E. Heimann, op. cit., p. 68, y G. Roth, op. cit.


EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 125

mismo tiempo, los Barbones franceses continuaban empeñados en la


política de dominio europeo de Luis XIV. Entre 1701 y 1789, el país
estuvo en guerra durante 36 años, embarcado en las disputas por las
sucesiones de las coronas de España (1701-1713), Polonia (1733-1738)
y Austria (1741-1748). 13
La influencia de las ideas originadas en Gran Bretaña fortaleció el
rechazo del absolutismo de los Barbones y del gigantesco costo de sus
aventuras militares. Esto se reflejó en la filosofía política de la Ilustra­
ción y en la te01ia económica de los fisiócratas. Para Quesnay y sus epí­
gonos, las leyes del orden natural, establecido por el Creador, regían el
mundo físico y biológico, y también la sociedad y la economía. En
el plano político, esto implicaba el rechazo al absolutismo y, en el eco­
nómico, el repudio del mercantilismo. Respecto de este último, el cues­
tionamiento se formulaba en dos frentes. Primero, la afirmación de que
la única fuente de riqueza es la tierra y no la acumulación de metales
preciosos. Segundo, el rechazo del intervencionismo del Estado como
violatorio del orden natural y, consecuentemente, perjudicial para el
bienestar general.
Cuando el Delfín, futuro Luis XVI, preguntó a Quesnay qué haría si
fuera rey, la respuesta fue: "Nada". "¿ Quién gobierna, entonces?", interrogó
el Delfín. "La ley", es decir, el orden natural y divino, fue la contestación. 14
Corresponde a los fisiócratas la primera presentación sistemática y
la difusión de la doctrina liberal resumida en su célebre axioma: Laissez
{aire, laissez passer. Quesnay retomó la idea inicialmente planteada por
North y, más tarde, incorporada por Adam Smith en su principio de la
mano invisible. Vale decir que el hombre, al buscar su interés personal,
promueve el interés general.
Inspirado en las teorías de Cantillon acerca de la tierra como fuen­
te exclusiva de la creación de la riqueza y de la circulación del ingreso,
Quesnay construyó la célebre Tableau Économique. La tierra es la única
fuente del excedente sobre el consumo de los productores. En el resto
de la economía, el trabajo es estéril ya que sólo agrega el valor de su
propio consumo. La agricultura es, por lo tanto, la única actividad pro­
ductiva, es decir, capaz de producir un excedente sobre el consumo y
poner en marcha el proceso de reproducción inherente al orden natural.

13 G. Roth, op. cit., p. 69.


14 E. Heimann, op. cit., p. 52.
126 EUROPA

Sobre estas bases, los fisiócratas propusieron una reforma radical del
sistema tributario: sustituir los impuestos indirectos por un impuesto
único a la tierra.
El ingreso de los factores de la producción son el salario determi­
nado por la subsistencia de los trabajadores (corno en Cantillon) y la
renta de la tierra fundada en la institución divina de la propiedad. So­
bre el interés, Quesnay sugería su fijación por la autoridad pública de­
bido a su desconfianza hacia los prestamistas, "que no respetan ni al
Rey ni a la patria" . 15 Quesnay pensaba en términos de corrientes reales
de producción e ingresos más que en la circulación de dinero e ignoró
las contribuciones de los mercantilistas y de los economistas ingleses
acerca de la función del dinero en el proceso económico y la expansión
del comercio. Robert Jacques Turgot (1727-1781) sostenía, en cambio,
que el interés refleja la renta de la tierra y el excedente porque el capi­
talista puede colocar su dinero en préstamos o comprar tierras. La in­
terferencia desviaría fondos en uno u otro sentido hasta que la oferta y
la demanda de dinero, en el mercado monetario y de tierras, restable­
ciera el tipo natural de interés. 16 Con conclusiones opuestas a las de
Quesnay, Turgot también fundaba su teoría del interés sobre el eje de la
tierra corno única fuente de creación de riqueza. En definitiva, ambos
pensaban que el dinero era irrelevante.
El aporte fundamental de los fisiócratas fue la formalización de la
primera teoría macroeconórnica fundada en la renovación continua del
proceso económico y la circulación del ingreso. Este enfoque se fundó
en la filosofía del orden natural y en el descubrimiento de la circulación
de la sangre. El ingreso fluye en la economía corno la sangre en el cuer­
po humano y permite la interrelación entre todos los agentes de la eco­
nomía: trabajadores, propietarios, capitalistas y gobierno.
Los fisiócratas ejercieron una profunda influencia en las ideas y en
la política de su tiempo. En 1774, Luis XVI designó a Turgot ministro
de Hacienda y puso en práctica las propuestas fundamentales de los fi­
siócratas: liberó el comercio de trigo, abolió las corporaciones de oficios
y la imposición de la corvée del trabajo forzoso de los campesinos en la
construcción de caminos, e intentó sustituir los impuestos indirectos
por el impuesto único a la tierra. El experimento despertó una resisten-

15E. Heirnann, op. cit., p. 19.


16 [bid., p. 59.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 127

cia generalizada y duró poco. Turgot fue despedido en 1776. Las contri­
buciones de los fisiócratas a la Enciclopedia de Diderot y su militancia
en la difusión de sus ideas colaboraron en la promoción de los ideales
de libertad y de reforma económica y social que el sistema no pudo asi­
milar. Sus ideas contribuyeron a la gestación de los acontecimientos
revolucionarios a partir de 1789.
La destrucción de la monarquía absoluta no era el objetivo buscado
por los fisiócratas. Estaban frustrados por la incapacidad del régimen
borbónico de asimilar las transformaciones necesarias, pero eran, al
mismo tiempo, defensores del sistema. Consecuentemente, los fisiócra­
tas, como los filósofos, desembocaron en la fantasía del despotismo
ilustrado. De allí los servicios prestados por Mercier de la Riviere y
otros partidarios de la fisiocracia a Catalina II de Rusia y a Federico el
Grande de Prusia.
La ingenuidad política de los fisiócratas no fue su única debilidad.
Como herederos del método deductivo de Descartes y de la tradición
especulativa del pensamiento francés, formularon un modelo teórico de
comportamiento del sistema económico con débiles fundamentos en el
mundo real. Esto no los desanimó en su intento de aplicar políticas fun­
dadas en la teoría, pero prácticamente inviables.
Entre los críticos contemporáneos de la fisiocracia, figura Voltaire,
quien denunció que el impuesto único a la tierra terminaría castigando
a los pequeños propietarios rurales y eximiendo a los grandes terrate­
nientes. La crítica más sólida sobre la divergencia entre la teoría y la
realidad la formuló el abad y diplomático napolitano Ferdinando Ga­
liani (1728-1787). Emparentado con el enfoque histórico e institucional
de su coterráneo Giovanni Battista Vico, Galiani cuestionó el desprecio de
los asuntos monetarios en el modelo fisiócrata, la simplificación exage­
rada de la realidad y la imprudente propensión a poner en práctica de­
cisiones inviables en el mundo real. 17
Los economistas británicos. La formación de las ideas económicas
durante el Primer Orden Económico Mundial culminó, como cabía
esperar, con los nuevos aportes de los economistas británicos. En el
siglo XVIII, Gran Bretaña era el Estado más avanzado de su tiempo y
la potencia atlántica hegemónica en el comercio y en los movimientos
de capital internacionales. Su sistema político combinaba la necesaria

17
Ibid., p. 62.
128 EUROPA

concentración del poder en el Estado nacional con la participación de


la aristocracia y los representantes de los intereses mercantiles y fi­
nancieros. La estabilidad institucional generaba la seguridad necesa­
ria para el desarrollo de los intereses privados y para un financiamien­
to del sector público sujeto al control parlamentario. El andamiaje
normativo de la actividad productiva, el comercio, el mercado de ca­
pitales, el sistema bancario y los regímenes de seguros, las sociedades
por acciones y la propiedad intelectual creaban el marco propicio para
la acumulación de capital en las empresas asociadas a la expansión de
ultramar y el desarrollo de la economía interna. La tecnología estaba
incorporando avances trascendentales para la industria textil y la ge­
neración de energía, y sentando las bases para el despegue de la Re­
volución Industrial. La convergencia de la ampliación de los mercado s
y del cambio técnico abría nuevas fronteras a la división del trabajo y
al aumento de la productividad. Estos procesos transformarían radi­
calmente las fuentes del crecimiento económico, de la acumulación
de capital y las bases del poder.
Pero la Revolución Industrial estaba todavía en ciernes en el siglo
XVIII y los grandes pensadores de la época apenas entreveían sus conse­
cuencias. Esto no impidió que el filósofo moralista y economista esco­
cés Adam Smith sistematizara los aportes a las ideas económicas reali­
zados hasta entonces por Petty, Cantillon y Quesnay, y los transformara
en la primera teoría del desarrollo económico. Su célebre Investigación
sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (o, simplemen­
te, La riqueza de las naciones) es la obra fundacional de la economía
moderna.
Su amigo y coterráneo David Hume compartía con Smith su ver­
sación humanista, el reconocimiento de las dimensiones psicológicas
y antropológicas en el comportamiento humano, y, sobre todo, el res­
peto al método inductivo y experimental inspirado en Bacon. Ambos
abrevaban, asimismo, en la tradición del orden natural y de la exis­
tencia de leyes divinas regulatorias del mundo físico y de las socieda­
des humanas. Aunque la economía ocupaba una posición marginal
en las preocupaciones fundamentales de Hume, sus aportes en ese
campo fueron significativos e influyeron en la formación de las ideas
de Smith.
Según Hume, "la sociedad confiere seguridad en la posesión de la
riqueza y el comercio de las personas al mismo tiempo que se beneficia
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 129

con la opulencia y la expansión del comercio de ellas". 18 La idea de la


armonía entre el interés privado y público estaba, para ese entonces,
bien establecida. Hume le agregó otro ingrediente fundamental: la aus­
teridad en el consumo de los mercaderes. Como el beneficio y la acu­
mulación eran los fundamentos de su comportamiento, la sobriedad en
el gasto era inherente a la condición de empresario del comercio, de la
industria y de la banca. Esto marcaba una diferencia fundamental con
el dispendioso estilo de vida de la aristocracia.
Las contribuciones de Hume a la teoría monetaria reforzaron el en­
foque cuantitativo de la relación entre la cantidad de dinero y los pre­
cios. El aumento de la primera elevaba los precios, pero, a diferencia de
Cantillon, la inflación dentro de límites moderados no preocupaba a
Hume. Un aumento lento y constante de la cantidad de dinero generaba
un incremento moderado de los precios, y esto elevaba las ganancias de
los capitalistas, la acumulación de capital y el bienestar general. Pero el
aumento de la cantidad de dinero debía acrecentar la producción y el em­
pleo, y no esterilizarse en el despilfarro del consumo suntuario y de las
importaciones sustitutivas de la producción nacional. Enrolado en la
corriente antimercantilista, Hume reconocía, sin embargo, la impor­
tancia del mercado interno y de las exportaciones como fuentes de la
acumulación y el crecimiento. Desde estas perspectivas, identificó una
causa principal de la decadencia de España: el despilfarro de las rique­
zas de sus colonias del Nuevo Mundo, las importaciones suntuarias y el
desaliento de la producción nacional.
El enfoque de Hume sobre la tasa de interés integra su teoría mo­
netaria y contribuyó a la comprensión de las relaciones entre el crédito,
la tasa de interés y los beneficios de las empresas. La tasa de interés de­
pende de la oferta y demanda de fondos y de las ganancias de los em­
presarios tomadores de préstamos. De allí la importancia de una baja
tasa de interés, fundada en la austeridad en el consumo de los ahorris­
tas, para permitir el aumento de la oferta de fondos prestables. Esto
estimularía a los empresarios a realizar nuevas inversiones y a expandir
el comercio y la producción.
La contribución de Hume a la teoría del comercio internacional en­
riqueció los enfoques pioneros de Cantillon. En el comercio exterior, exis­
te un mecanismo automático de ajuste fundado en la respuesta de los

18 G. Roth, op. cit., pp. 81 y 82.


130 EUROPA

precios a los cambios en el balance comercial. Un superávit aumenta la


cantidad de dinero en circulación y los precios, y, consecuentemente,
acrecienta las importaciones y disminuye las exportaciones. Un déficit
produce el efecto contrario. En ambos casos, se restablece el equilibrio
del comercio exterior y de la cantidad de dinero en circulación. 19
La riqueza de las naciones. En 1751, cuando contaba con alrededor de
20 años de edad, Adam Smith fue designado profesor de Lógica y Filosofía
Moral en la Universidad de Glasgow. Sus clases incluían lecciones de ética,
retórica, jurisprudencia y economía política. Parte de sus enseñanzas en
Glasgow fueron incorporadas en su libro La teoría de los sentimientos mo­
rales (1759). En esta obra, Smith desestimó el éxito en los negocios, más
allá de lo necesario para satisfacer las necesidades básicas, como camino
hacia la felicidad humana. La acumulación incesante de riquezas se fun­
daba en la vanidad y en la emulación con otros seres humanos. Smith re­
chazaba la célebre Fábula de las abejas (1705), de Bemard de Mandeville,
cuya moraleja reivindicaba la avaricia como virtud en tanto y en cuanto
era una condición necesaria de los negocios. Por el contrario, la sociedad
estaba organizada conforme a un Plan divino establecido por el Creador y
destinado a maximizar la felicidad humana. Los sentimientos morales que
compatibilizaban las ambiciones personales con el Plan divino incluían la
generosidad, la amistad, la bondad, el trabajo y la austeridad de costum­
bres. En vez de la envidia de los contemporáneos, lo importante era su
emulación fundada en el ejercicio de los principios éticos. 20
Entre La teoría de los sentimientos morales (1759) e Investigación so­
bre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), transcurrie­
ron 16 años y acontecimientos decisivos en la vida de Smith. Entre ellos,
su viaje de tres años (1763- 1766) por el continente acompañando, como
tutor, al joven duque de Buccleuch. En ese periplo, Smith conoció perso­
nalmente a varios de los mayores pensadores franceses de la época: Tur­
got, D'Alembert, Helvétius y, sobre todo, Franc;:ois Quesnay. Al regreso a
su hogar en Kirkcaldy, Escocia, Smith trabajó diez años en la elaboración
de su monumental La riqueza de las naciones.
Su renovado y preferente interés por la economía política lo indujo
a replantear sus enfoques filosóficos y morales sobre la condición hu-

19E. Heimann, op. cit., p. 44.


20 P. Deane, The Evolution of Economic Ideas, Cambridge, Cambridge University
Press, 1978, p. 8.
EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 131

mana y la sociedad. Su capacidad deductiva de principios generales se


apoyó en una extraordinaria aptitud de observación del mundo real.
Éste registraba cambios profundos bajo el impacto de la ampliación de
los mercados sobre el proceso productivo y la acumulación de capital,
y de la formación de un orden mundial bajo la hegemonía de las poten­
cias atlánticas, en primer lugar, de Gran Bretaña. La división interna­
cional del trabajo, la compleja red de relaciones entre el comercio de
esclavos africanos, la producción de las colonias del Nuevo Mundo y el
tráfico con Oriente fueron incorporados en la visión del mundo que re­
fleja La riqueza de las naciones. Smith nunca perdió de vista las relacio­
nes entre la economía política y las otras ciencias humanas. Hacia el
final de su vida, estaba trabajando en obras sobre la teoría e historia del
derecho, las ciencias y las artes. 21
La mano invisible. En La riqueza de las naciones, Smith conservó su
visión acerca del orden natural y el Plan divino, pero introdujo un cam­
bio trascendente en la interpretación de las consecuencias del compor­
tamiento humano. La búsqueda del beneficio personal y la acumula­
ción, como habían sostenido su amigo Hume y, aun antes, Richard
Cantillon, eran caminos compatibles con el interés general. El hombre
"no pretende promover el interés público [...] sino su propia ganancia". 22
ªNo es de la benevolencia, sino del propio interés del carnicero, el cer­
vecero o el panadero que esperamos obtener nuestra comida. No ape­
lamos a su generosidad, sino a su interés, ni les hablamos de nuestras
necesidades, sino de sus conveniencias."23 "Cada individuo trata de em­
plear su capital en apoyo de la industria interna y elevar al máximo su
producción. Su preferencia por la producción local en vez de las impor­
taciones solo busca su seguridad[ ... ] y su propia ganancia." En conse­
cuencia, "trabaja para elevar al máximo el ingreso anual de la sociedad
... ] guiado por una mano invisible que lo lleva a promover un objetivo
que no formaba parte de sus intenciones".24
Smith dedicó el Libro IV y casi una tercera parte de su obra a demo­
er los fundamentos del mercantilismo. Sin embargo, es la preferencia

21 Enciclopedia Británica, op. cit., t. 20, p. 285.


22 A. Smith, The Wealth of Nations, Nueva York, The Modern Library, 1937, p. 423
'erad. esp.: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México,
Fondo de Cultura Económica, 1958].
23 /bid., p. 14.
24 !bid., p. 423.
132 EUROPA

de la producción local sobre las importaciones la vía a través de la cual


el individuo promueve el interés general.
La primera teoría del desarrollo. Sir William Petty había anticipado
la significación de la división del trabajo, pero fue Adam Smith el pri­
mer economista que identificó sus efectos sobre el aumento de la des­
treza del trabajador, el ahorro de tiempo y el estímulo a la invención
y al empleo de maquinarias. La división del trabajo era posible por el
intercambio entre productores, que, a su vez, correspondía a la incli­
nación natural de los hombres a comerciar y cambiar una cosa por
otra. Esto permitía la especialización, pero la amplitud de la división
del trabajo dependía de la extensión del mercado. El empleo de la
producción de alfileres como ejemplo de su teoría revela cuán inci­
pientes eran todavía los avances tecnológicos que desencadenaría la
Revolución Industrial. En la visión de Smith, la productividad no au­
mentaba esencialmente por la aplicación de nuevas tecnologías, sino
por la extensión del mercado. Las cosas cambiarían desde fines del
siglo XVIII y principios del XIX, cuando el cambio técnico se convirtió
en el principal impulso de la división del trabajo y del incremento de
la productividad.
La riqueza de las naciones reflejaba, pues, las realidades consolidadas
del capitalismo mercantil. Pero éstas fueron suficientes para fundar la
primera teoría del desarrollo económico. Sobre la acumulación de capi­
tal, Smith insistió en el punto ya planteado por Hume: la importancia
decisiva de la austeridad de los mercaderes y banqueros para aumentar
los recursos disponibles para el ahorro y la inversión. "La austeridad
(parsimony) [ ... ] es la causa inmediata del aumento del capital" porque
ella permite "el ahorro y la acumulación". 25
El comercio libre promovía la ampliación del mercado y el mejor em­
pleo de los recursos. A su vez, la no intervención del Estado permitía el
pleno funcionamiento del orden natural bajo la conducción de la mano
invisible. Éstos fueron los principios fundacionales del liberalismo que
Adam Smith sistematizó en La riqueza de las nac"iones. Pero el pensador
escocés no era un extremista ni un ingenuo en ninguno de estos planos.
Reconocía que la búsqueda de la ganancia estimulaba la formación de
monopolios que atentaban contra el interés público. "Cuando se en­
cuentran empresarios del mismo ramo [ ... ] terminan conspirando con-

25 A. Smith, op. cit., p. 321.


EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO 133

tra el público o para aumentar los precios." 26 Para el funcionamiento


de la mano invisible, era indispensable la competencia en el mercado.
La apertura del mercado a las importaciones podía provocar daños a
las empresas y a trabajadores de algunos sectores y, por lo tanto, la
apertura debía ser gradual. La capacidad de observación de Smith, el
abordaje de los problemas en un contexto histórico e internacional y
sus valores morales se traslucen en el escepticismo sobre la infalibilidad
de un sistema de libre comercio y librado, sin interferencias públicas,
a las fuerzas espontáneas del mercado.
En el abordaje de las teorías del valor y los precios, el salario, las ga­
nancias, el interés y la renta, Smith abrevó en los aportes de sus predece­
sores. Organizó el conocimiento acumulado hasta entonces en un sistema
coherente que abarcaba las cuestiones fundamentales del orden económi­
co. En su visión estaba descartada la posibilidad de fluctuaciones de la
actividad económica porque, como diría más tarde Jean-Baptiste Say
(1767-1832), "la oferta crea su propia demanda". Como Smith no previó
el impacto revolucionario del cambio técnico sobre la productividad y el
crecimiento, sugirió que la economía de un país alcanzaba un estado es­
tacionario, sin nuevos avances. Esto sucedía cuando había empleado ple­
namente "la riqueza de su naturaleza, tierra y clima, y las posibilidades
ofrecidas por las relaciones con otros países". 27 Hasta llegar a ese punto,
la acumulación de capital era lo que permitía aprovechar las oportunida­
des abiertas por la división del trabajo y crecer. La acumulación influía en
la distribución del ingreso entre las ganancias y los salarios. Cuanto más
inversión, más demanda de mano de obra y mayores salarios.
Como su admirado Quesnay, Smith distinguía entre el trabajo pro­
ductivo e improductivo, pero la diferencia no pasaba, como en los fisió­
cratas, por su relación con la agricultura y la generación del excedente.
El profesor escocés fundó la distinción sobre otras bases: la creación de
valor agregado que el trabajo incorporaba en todos los sectores de la
producción. El trabajo improductivo incluía la servidumbre dedicada
al derroche de la aristocracia e, incluso, al soberano y a los funcionarios
públicos. El enfoque es coherente con el ataque al despilfarro y a la in­
tervención pública en los asuntos privados. Por eso el progreso promo­
vido por la acumulación de capital elevaba el bienestar en la sociedad.

26 !bid., p. 128.
27 !bid., p. 94.
134 EUROPA

Al culminar el Primer Orden Económico Mundial estaban estableci­


dos los pilares fundamentales de la teoría económica moderna hasta
nuestros días. Con una excepción importante: la teoría del valor. Porque
el enfoque clásico de relacionar el valor con el trabajo incorporado tenia
implicancias revolucionarias, las mismas que Carlos Marx desarrollaría
a mediados del siglo XIX en su crítica al capitalismo. La respuesta teóri­
ca al dilema la proporcionó la revolución marginalista. Pero estos acon­
tecimientos tendrían lugar más tarde, en plena Revolución Industrial y
en el período abarcado por el Segundo Orden Económico Mundial.
VI. EL DOMINIO DE EUROPA Y EL CISMA RELIGIOSO

LA SECULARIZACIÓN Y EL CISMA RELIGIOSO

La consolidación del Estado nacional demandaba la resolución de un


problema pendiente desde el Medioevo: las relaciones entre la autori­
dad religiosa del papa y la Iglesia con el poder secular del emperador y
los príncipes. Las disputas entre el papa Inocencia IV (1243-1254) y Fe­
derico 11, y, poco después, entre Bonifacio VIII (1294-1303) y Felipe IV
de Francia, sobre la autoridad terrenal del papado en cuestiones tan
concretas como las propiedades de la Iglesia y los impuestos, ejempli­
fi
-can los conflictos predominantes en los siglos XIII y XIV. La postura
tradicional de la Iglesia de que la salvación del alma requería la subor­
dinación de los poderes seculares a la autoridad del papa fue enfrenta­
da con argumentos justificativos de la autonomía del poder secular. La
agresividad y el individualismo de la condición humana exigían la exis-
tencia de un fuerte poder terrenal para mantener la paz y el orden. En
esta disputa se implantó, al mismo tiempo, el problema del origen del
poder temporal y de la representatividad.
El papel central que la religión ocupaba en la vida de las personas
_y- en la organización social contribuye a explicar la dimensión del con-
fli_eta desencadenado por el alzamiento contra la autoridad del papado
en la primera mitad del siglo XVI. Desde el nacimiento y el bautismo
hasta la muerte, la salvación era el sentido mismo de la vida y ella se
alcanzaba por el ejercicio de la fe y el acatamiento del dogma católico.
La apertura de nuevas fronteras al conocimiento científico, el acerca­
miento a las civilizaciones de Oriente y el descubrimiento del Nuevo
�undo desencadenaron una revisión profunda en el terreno religioso.
La unidad del cristianismo había sido quebrantada, por primera vez,
con la creación de la Iglesia ortodoxa de Oriente a principios del siglo XI.
Hacia 1500, el credo greco-ortodoxo incluía los territorios abarcados por
Ja frontera polaco-lituana, el sur de Hungría y el Adriático al sur de Ra­
-gus a. En el siglo XVI, la Iglesia sufrió otras dos fracturas que dividieron
profundamente a los pueblos cristianos de Europa, que se insertaron en
135
136 EUROPA

las disputas dinásticas y los conflictos sociales y políticos del período. Los
problemas pendientes a finales del Medioevo desembocaron en una re­
volución teológica que cambió el mapa político y la distribución del po­
der entre las potencias atlánticas y en el resto de Europa.
El conflictoreiigioso desde el alzamiento de Lutero en 1517 hasta
la Paz de Westfalia di'i648 estuvo íntimamente asociado al ascenso
de la dinastía de los Hab1burgo y a la oposición de Francia y las otras
potencias europeas a admitir la hegemonía de aquélla en Europa, y,
consecuentemente, en la expansión de ultramar. Los Habsburgo, ori­
ginarios de Austria, habían logrado ocupar la titularidad del Sacro
Imperio Romano Germánico. La autoridad imperial había declinado
desde el Medioevo, pero conservaba considerable influencia en los
asuntos europeos y germánicos. Una sucesión de exitosas alianzas ma­
trimoniales concluyó por encarnar en Carlos (1500-1558), el hijo ma­
yor de Juana y Felipe el Hermoso, y nieto de los Reyes Católicos y, por
vía paterna, del emperador Maximiliano I de Austria, la soberanía de
la mayor parte del espacio continental europeo. Sus dominios abarca­
ban desde España hasta Austria, incluyendo Hungría, Sicilia, Cerde­
ña, Nápoles, Borgoña, Holanda, Flandes, el Franco Condado, el Artois,
el Charolais y Bohemia; las islas Baleares y las Canarias; en el norte
de África, Orán, Trípoli y Melilla; y las posesiones en América. Carlos I
de España y V de Alemania era el soberano de la mayor parte de los
territorios más ricos y poblados de Europa. Desde los tiempos de Car­
lomagno, siete siglos antes, no se conocía un poder tangible semejante.
Además, era el soberano del Nuevo Mundo.
En 1580, Felipe II (1527-1598), nieto de Manuel I de Portugal, in­
corporó el dominio de su abuelo a la Corona española y a los territorios
bajo la soberanía de los Habsburgo. Esta concentración de poder desa­
tó la oposición de Francia y de los príncipes alemanes, y generó los en­
frentamientos que adquirirían nuevo impulso con la rebelión de la Re­
forma contra la autoridad del papa. Carlos y sus sucesores, Fernando
II de Austria (1619-1637) y los reyes españoles Felipe II (1556-1598) y
Felipe IV (1621-1665), asumieron la defensa del catolicismo y la lucha
contra la Reforma. El enfrentamiento entre protestantes y católicos se
convirtió así, al mismo tiempo, en una disputa por el reparto del poder
en Europa. El fracasado intento de Felipe II de invadir Inglaterra para
apoyar al partido católico y la derrota de la Armada Invencible en 1588
terminaron de configurar la poderosa alianza de fuerzas que enfrentó y
EL DOMINIO DE EUROPA Y EL CISMA RELIGIOSO 137

derrotó a los Habsburgo. En este escenario de rivalidades nacionales,


se desarrollaron los conflictos desatados por la Reforma protestante.

LA REFORMA, LA CONTRARREFORMA,
LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS Y LA PAZ DE WESTFALIA

En 1519, el monje de la orden agustina Martín Lutero (1483-1556), pro­


fesor de la Universidad de Wittenberg, replanteó los dilemas centrales
de la fe y negó atribuciones terrenales a la Iglesia, el carácter divino del
papado y la infalibilidad del Concilio. La subordinación de la Iglesia al
Estado se insertó así en una revolución teológica. La reforma luterana
se extendió rápidamente vinculando la crisis en el seno del cristianismo
con los conflictos políticos y sociales dominantes. Lutero justificó el po­
der autoritario de los príncipes y la violenta represión de los campesinos
que demandaban la eliminación de la servidumbre feudal. La Reforma
protestante alcanzó nuevo impulso con Juan Calvino (1509-1564), cuyas
ideas penetraron especialmente entre las minorías opuestas al poder es­
tablecido y asociadas a las ideas de libertad y representatividad.
Hacia 1660, cuatro décadas después del alzamiento de Lutero, el
40% de la población europea adhería al nuevo credo protestante. Desde
Alemania y Suiza, la Reforma se extendió por Escandinavia, el Báltico
y penetró en Francia, Holanda, los asentamientos alemanes de Europa
oriental, Polonia, Transilvania y Hungría. Sólo España, Italia y el área
greco-ortodoxa lograron impedir la penetración protestante. En Fran­
cia, como en toda Europa, el conflicto religioso formó parte de las
disputas políticas y desencadenó la matanza de 30 mil hugonotes (ini­
ciada la noche de San Bartolomé el 24 de agosto de 1572) bajo el reina­
do de Carlos IX. La represión de los calvinistas franceses ( que hacia
1560, contaban con 700 iglesias) no impidió la consolidación de los hu­
gonotes en la plaza fuerte de La Rochelle. En 1598, Enrique IV de Bar­
bón promulgó el Edicto de Nantes, que garantizó la libertad de concien­
cia y cul!9 de los hugonotes y su derecho a sostener más de cien plazas
fuertes. �
En Inglaterra, la crisis religiosa se vinculó también a las necesida­
des políticas de la Corona y a su participación en la disputa por el do­
minio territorial en el continente. En el plano ideológico, las ideas crí­
ticas de Erasmo de Rotterdam (1466-1536) sobre la guerra, la avaricia
138 EUROPA

y la intolerancia eclesiástica ejercieron fuerte influencia. Su rechazo a


la tesis reformista de la predestinación y, al mismo tiempo, su no adhe­
sión al papado contribuyeron a dar un carácter estrictamente nacional
al rechazo de la autoridad papal. Su obra promovió la acción de los hu­
manistas ingleses y difundió las corrientes de renovación teológica que
conmovían al resto de Europa. En este contexto, la resistencia de Ingla­
terra a aceptar los triunfos de los Habsburgo en el continente y la nega­
tiva del papa de reconocer el divorcio de Enrique VIII de Catalina de
Aragón (tía de Carlos V) provocaron el segundo cisma del cristianismo
durante el siglo XVI. El rey creó la Iglesia de Inglaterra, se proclamó su
cabeza suprema (1531) y, consecuentemente, fue excomulgado por el
papa Clemente VII.
En la segunda mitad del siglo XVI, las potencias atlánticas que esta­
ban liderando la expansión de ultramar de los pueblos cristianos estaban
empeñadas en una revolución religiosa inserta en las disputas dinásticas
por el dominio territorial en Europa, la consolidación de los Estados na­
cionales y las transformaciones sociales y políticas.
La rebelión contra la autoridad eclesiástica del papado y el poder
temporal de los Habsburgo y de los príncipes católicos de Europa desen­
cadenó la reacción de la Contrarreforma y la reconquista de espacios
inicialmente perdidos ante la avalancha protestante. La Contrarreforma,
como la Reforma misma, se asentó en un replanteo profundo de las tesis
teológicas y la organización de los fieles y su Iglesia. El Concilio de Tren­
to (1545-1563), convocado por el papa Paulo 111 para asegurar la unidad
de la fe y la disciplina eclesiástica, contó con el apoyo de la cabeza de los
Habsburgo, Carlos I, y la oposición de Francisco I de Francia. El Concilio
reafirmó el orden dogmático y disciplinario fundado en la tradición de la
Iglesia, su autoridad sobre los contenidos de la Biblia y la superioridad
del papa sobre la asamblea conciliar. El Concilio condenó los peores abu­
sos (como el ausentismo eclesiástico) y estableció un fuerte sistema de for­
mación religiosa y supervisión de la función sacerdotal. La orden de los
jesuitas, creada en 1531 por el noble vasco Íñigo López de Loyola (1491-
1556), influyó decisivamente en la fase final del Concilio de Trento y en
el triunfo de las tesis dogmáticas. En 1542 se restableció la Inquisición
para imponer la disciplina de la fe y el dogma.
La Contrarreforma alentó la ofensiva de los príncipes católicos. En­
tre 1570 y 1650, los fieles adheridos al credo protestante cayeron del
40% al 20% de la población europea. Polonia y Austria fueron recupe-
EL DOMINIO DE EUROPA Y EL CISMA RELIGIOSO 139

radas para el catolicismo. En Francia, Luis XIV abolió (1685) el Edicto


de Nantes y provocó la emigración de medio millón de hugonotes y una
grave pérdida de recursos humanos vinculados a las actividades mer­
cantiles y productivas más dinámicas de la economía francesa. La into­
lerancia religiosa, como sucedió en España en el siglo X'-1, con la expul­
sión de judíos y musulmanes, destruyó parte significativa del principal
factor endógeno del desarrollo en el Primer Orden Económico Mundial.
Es decir, los intereses urbanos asociados a la expansión comercial, las
artesanías y las finanzas.
La fase decisiva del enfrentamiento entre católicos y protestantes se
desarrolló en el territorio del Sacro Imperio Romano. La Guerra de los
Treinta Años (1618-1648), iniciada como una contienda religiosa, ter­
minó abarcando todos los aspectos de la lucha por el poder en la Euro­
pa de la primera mitad del siglo XVII. Confluyeron en el conflicto las
disputas dinásticas entre los Habsburgo españoles y austríacos, y la di­
nastía francesa de los Barbones y los enfrentamientos entre el poder
imperial, los príncipes y las ciudades. El emperador Fernando II derro­
tó a los protestantes de Bohemia, con el respaldo de España, el papado
y los príncipes alemanes católicos. Enseguida, Inglaterra, Dinamarca y
Holanda intervinieron en respaldo de la causa protestante. El avance
católico fue finalmente contenido por las fuerzas del rey Gustavo Adol­
fo de Suecia. La intervención de Francia contra el emperador terminó
por comprometer en el conflicto a todas las potencias atlánticas. En el
escenario del Sacro Imperio Romano Germánico se dirimió el reparto
del poder tangible en Europa y, al mismo tiempo, la hegemonía en la
expansión de ultramar.
La guerra arruinó a los pueblos germánicos que constituían el nú­
cleo del Imperio. La población alemana que ascendía, a principios de la
guerra en 1618, a 25 millones de habitantes, disminuyó en una tercera
parte durante la contienda y, en algunas regiones, hasta el 70%. La de­
clinación abarcó las ciudades hanseáticas de Lübeck, Hamburgo, Wis­
mar y Rostock. Las grandes ciudades comerciales del sur, Nüremberg y
Augsburgo, sufrieron, además, las consecuencias del desplazamiento
definitivo del centro de gravedad del comercio internacional desde el
Mediterráneo oriental hacia el océano Atlántico. En Augsburgo, una de
las mayores casas bancarias, la de los Fuggers, quebró en 1627.
La guerra concluyó con la Paz de Westfalia. El emperador perdió
toda autoridad y su órgano parlamentario, el Reichstag, quedó reducido
140 EUROPA

a una institución de atribuciones formales más que reales. El antiguo


territorio imperial, a fines del siglo xv, abarcaba Flandes y Pomerania
en el norte, Borgoña al oeste, Silesia y Austria al este y Génova, Milán
y Venecia al sur. Después de la guerra, el antiguo territorio imperial
quedó dividido en trescientos principados, obispados y ciudades libres
gobernados por príncipes soberanos católicos y protestantes. La disper­
sión del poder tangible de los pueblos germánicos los excluyó de toda
posibilidad de participar en la expansión de ultramar liderada por las
potencias atlánticas.
La Paz de Westfalia puso fin a las guerras de religión, impuso la to­
lerancia religiosa entre católicos y protestantes, la libertad de concien­
cia y el derecho de emigrar. El mapa político y religioso de Europa di­
señado en Westfalia se mantuvo hasta la Revolución Francesa y las
guerras napoleónicas.
El fin de la Guerra de los Treinta Años trajo la paz a Alemania y per­
mitió a los Habsburgo austríacos retira,rse del conflicto. Pero no resolvió
-�- el enfrentamiento entre las dos principales potencias atlánticas del con­
tinente: España y Francia. La continuación de la guerra entre ambas ya
nada tenía que ver con los conflictos religiosos. Se trataba de rivalidades
nacionales y de establecer un nuevo reparto del poder en el continente
entre los Habsburgo españoles y los Barbones franceses. La alianza entre
Francia y la Inglaterra protestante de Cromwell asestó el golpe decisivo
de la contienda. La Paz de los Pirineos (1659) puso fin a la guerra fran­
co-española y terminó definitivamente, bajo el reinado de Felipe IV de
España, con las pretensiones hegemónicas de los Habsburgo españoles.
La política imperial de los Habsburgo, iniciada por Carlos V, exce­
dió el potencial de los recursos disponibles y fue incapaz de mantener
la unidad de un inmenso espacio multinacional. España no logró con­
servar tampoco la unidad en la Península Ibérica. En el Tratado de Lis­
boa de 1668, que concluyó la guerra de la Restauración Portuguesa ini­
ciada por el duque de Braganza, España reconoció la independencia de
Portugal. A mediados del siglo XVII, estaba resuelto, en favor de Ingla­
terra y Francia, el control de la expansión de ultramar y los ejes en tor­
no de los cuales terminaría de consumarse el Primer Orden Económico
Mundial. Hacia la misma época, el vigor inicial de la expansión holan­
desa estaba también confrontando los límites impuestos por la reduci­
da dimensión de su población y sus recursos, y por la agresiva política
imperial de Inglaterra.
EL DOMINIO DE EUROPA Y EL CISMA RELIGIOSO 141

Los ACONTECIMIENTOS EUROPEOS "MARGINALES"

Los acontecimientos políticos europeos que caracterizamos como mar­


ginales a la formación y al desarrollo del Primer Orden Económico
Mundial influyeron en el comportamiento de las potencias atlánticas,
su disponibilidad y asignación de recursos, y en su potencial y empleo
del poder militar y naval. Es decir, influyeron en su capacidad de expan­
sión de ultramar. Esto es particularmente evidente en el caso de España
durante los siglos XVI y XVII, y su intervención en los acontecimientos en
el norte de Europa, Italia, el Mediterráneo oriental y el Sacro Imperio
Romano Germánico. Lo mismo ocurrió con Francia, cuyo compromiso
con los asuntos continentales fue prioritario en todo el período, desde
Luis XIV hasta Napoleón. Todo dependió de todo. Sin embargo, algunos
acontecimientos ejercieron una influencia más directa y profunda sobre
el comportamiento de las potencias atlánticas y la formación y el desa­
rrollo del Primer Orden Económico Mundial. Éstos son los límites y el
sentido del carácter marginal de los acontecimientos a los cuales se
hace sumaria referencia. Los hechos dominantes son aquí las luchas
por el control del mar Báltico, la formación del efímero Imperio sueco,
la expansión rusa y la contención definitiva de la penetración turca en
Europa.
El control del acceso al mar Báltico y el dominio de su hinterland
fue un tema dominante durante el Medioevo. El conflicto se mantuvo
sin cesar durante los tres siglos abarcados por el Primer Orden Econó­
mico Mundial. Las potencias regionales, Suecia, Dinamarca, Holanda
y los principados del norte de Alemania, mantuvieron enfrentamientos
constantes por el dominio de las rutas comerciales y el hinterland del
Báltico. Inglaterra, Francia y España interfirieron permanentemente en
el conflicto en defensa de sus propios intereses en los recursos y el co­
mercio de la región. Los suecos, desde el inicio del reinado de Gustavo
Adolfo en 1611 hasta la paz de Roskilde en 1658, lograron dominar casi
la totalidad de la Península Escandinava y Finlandia, y controlar el ac­
ceso al Báltico. A partir de finales del siglo XVII, bajo la presión de sus
adversarios regionales y la expansión rusa, el Imperio sueco fue decli­
nando hasta su eclipse definitivo a principios del siglo XVIII.
La expansión rusa se desarrolló sin pausa desde el reinado de
lván 111 (1462-1505) a fines del siglo xvy la conquista de la independen­
cia del principado de Moscú frente a los tártaros. A partir de entonces
142 EUROPA

y, sobre todo, desde la instalación de la dinastía de los Romanov en


1613, se consolidó el poder absoluto del zar y aceleró la velocidad de la
expansión territorial rusa. La ocupación de Siberia culminó con el ac­
ceso al océano Pacífico en 1649. A fines del siglo XVIII, el Imperio ruso
abarcaba el antiguo principado de Moscú, Siberia, gran parte de Polo­
nia, Lituania, Finlandia y la costa oriental del mar Báltico. Al sur, abar­
caba Crimea y el acceso a los mares Negro y Caspio. De una población
total de menos de 16 millones de habitantes en 1600, el Imperio conta­
ba a principios del siglo XIX con una población multiétnica y religiosa
de casi 45 millones. Se trataba, sin embargo, de un inmenso espacio
territorial de muy bajo nivel de desarrollo económico: más del 95% de
la población era rural, estaba principalmente ocupada en actividades
de subsistencia y vivía bajo un régimen feudal.
El efímero Imperio sueco y la expansión rusa fueron procesos impor­
tantes, pero al margen de los que estaba gestando el Primer Orden Eco­
nómico Mundial. La formación del Estado nacional y el absolutismo en
Suecia, bajo Gustavo Adolfo, y en Rusia, desde Iván III, fueron procesos
limitados a las propias fronteras de ambos imperios. Ejercieron, por lo
tanto, una influencia menor en las transformaciones políticas en el resto
del continente y, especialmente, en las potencias atlánticas. En ambos
casos, los factores endógenos del desarrollo eran muy débiles o inexisten­
tes. En el caso del Imperio ruso, se trataba de economías esencialmente
agrarias, con bajos excedentes sobre el consumo de subsistencia y redu­
cida actividad manufacturera. Lo efímero de la experiencia sueca se ex­
plica, en gran medida, por la limitación de los recursos disponibles y una
población reducida frente a las potencias vecinas y adversarias. La efica­
cia del sistema militar sueco fue insuficiente para compensar estos fac­
tores de debilidad del poder nacional.
Hacia 1500, el poder musulmán estaba en su apogeo. Con la con­
quista de Granada (1492), los·Reyes Católicos habían consumado el
proceso de la Reconquista iniciado en el siglo XI y alcanzado la expul­
sión definitiva de los musulmanes de la Península Ibérica. Pero los fieles
de Mahoma dominaban el norte de África, desde Marruecos hasta Egip­
to, Asia Menor y el Mediterráneo oriental, Etiopía, los Balcanes, Asia
Central desde el mar Negro hasta el Himalaya y la bahía de Bengala. La
dinastía Safávida dominaba en Persia, y Baber (1483-1530), lejano des­
cendiente de Gengis Kan y Timur Lenk, consolidó el Imperio moghul
en el centro y norte de India. Desde la toma de Constantinopla, en 1453,
EL DOMINIO DE EUROPA Y EL CISMA RELIGIOSO 143

los turcos se expandieron sin cesar. Bajo Solimán el Magnífico (1520-


1566), conquistaron Rodas, Belgrado y Budapest. El Imperio otomano
abarcaba entonces el norte de África hasta Marruecos, los Balcanes,
Egipto, Siria, Asia Menor e Iraq hasta la franja divisoria de los mares
Negro y Caspio. El mundo musulmán estaba profundamente dividido
entre los turcos sunitas y los chiitas persas. Este conflicto en el interior
de la fe fue uno de los factores que debilitaron el poder otomano y con­
tribuye a explicar su continua declinación desde fines del siglo XVI.
La derrota de la flota turca en Lepanto (1571), frente a la coalición
de España, el papado y Venecia, señaló el inicio de la declinación del
Imperio otomano. Éste volvió a sufrir una grave derrota en las puertas
de Viena (1683) frente a la coalición de pueblos cristianos liderados por
los Habsburgo que, poco después, reconquistó Hungría. A fines del siglo
XVIII, el Imperio otomano era una pieza en el tablero político de las po­
tencias europeas. El poder turco fue crecientemente incapaz de enfren­
tar la expansión de los pueblos cristianos liderados por las potencias
atlánticas.
TERCERA PARTE

LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS:


LA CONSTRUCCIÓN DEL PRIMER ORDEN
ECONÓMICO MUNDIAL
VII. EL COMERCIO INTERNACIONAL
BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA

Los MISMOS FACTORES que condicionaron el desarrollo del comercio a par­


tir del siglo XI continuaron teniendo vigencia entre los siglos XVI y XVIII.
Los excedentes comercializables de la producción agropecuaria y arte­
sanal siguieron representando bajas proporciones de la producción to­
tal. A su vez, la demanda de alimentos y de otros bienes para satisfacer
necesidades básicas (vestuario, vivienda) continuó siendo abastecida
casi en su totalidad por las producciones locales. Los costos del trans­
porte terrestre eran prohibitivos, más allá de distancias cortas, para las
mercaderías (como los cereales) de bajo precio unitario. El transporte
marítimo registró una cierta mejora por el aumento de la capacidad de
carga de los navíos y los avances en las técnicas de navegación. El largo
período demandado por la lentitud de todos los medios de transporte y
el tiempo de tránsito, la inseguridad de las rutas terrestres y, en las ma­
rítimas, la amenaza permanente de piratas, corsarios y las contingen­
cias climáticas mantuvieron los fletes en altos niveles. Por último, dado
lo s límites del desarrollo tecnológico, el comercio internacional siguió
·
limi·tado a los bienes que no podían producirse localmente por falta de
recursas naturales (como las especias y las materias primas para la in­
dustria naval) o de las calificaciones necesarias de la mano de obra
c orno en la orfebrería o los tapices).
Sin embargo, el descubrimiento y la conquista de América, la consoli­
ción de la presencia europea en el golfo de Guinea y en la costa africana
bre el océano Índico y la llegada a Oriente por vía marítima abrieron
nuevas fronteras y posibilidades al comercio internacional. El Nuevo Mun-
do confrontó a los europeos con realidades totalmente distintas de las
planteadas en el desarrollo anterior del capitalismo mercantil. A su vez, la
inco rporación de África a la red ampliada del comercio internacional dio
lugar a un fenómeno de gigantesca trascendencia: el comercio de esclavos
en gran escala. Finalmente, la llegada a Oriente por vía marítima amplió
el intercambio
i tradicional intercontinental y sentó las bases de la posterior
ocupación colonial de regiones clave del Medio y Extremo Oriente.
147
148 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

Durante el Primer Orden Económico Mundial, el comercio intracon­


tinental de Europa y de Oriente siguió constituyendo el principal compo­
nente del comercio internacional. Sin embargo, el comercio interconti­
nental fue ganando importancia relativa, impulsado por la conquista y L
colonización de América, el comercio de esclavos africanos y las nuevas
rutas marítimas a los puertos de Asia. Las redes de intercambio se hicie­
ron cada vez más complejas sobre la base de un comercio multilateral,
dentro del cual se cancelaban los saldos del balance comercial de las po­
tencias atlánticas y del resto del mundo. El rigor de las políticas mono­
polistas y proteccionistas de Holanda, Inglaterra y Francia, que lideraron
la expansión del comercio internacional desde fines del siglo XVI, no im­
pidió un fluido proceso de ajuste de los pagos internacionales apoyado
en la plata y el oro provenientes del Nuevo Mundo.
A partir de la conquista de América y la apertura de las rutas oceá­
nicas a Oriente, la expansión del comercio intercontinental provocó
transformaciones profundas en el desarrollo del capitalismo comer­
cial. Más que el aumento del tráfico intraeuropeo en las cuencas del
Mediterráneo, del Báltico y del mar del Norte, fueron las nuevas fron­
teras abiertas por la expansión de ultramar las que impulsaron el de­
sarrollo y la transformación del sistema. En parte, porque aumentó el
peso relativo del tráfico intercontinental y, por consecuencia, el co­
mercio intraeuropeo de productos de ultramar. Pero, sobre todo, por­
que la conquista y la colonización del Nuevo Mundo y el desarrollo de
las rutas interoceánicas con África y Oriente confrontaron a las poten­
cias atlánticas con problemas radicalmente distintos de los del comer­
cio tradicional.

MATRIZ Y VALORES DEL COMERCIO INTERNACIONAL ALREDEDOR DE 1800

Probablemente, el valor de las exportaciones mundiales en 1800 ronda­


ba los 25 mil millones de dólares. Esto representa cerca del 3% del pro­
ducto mundial, que, hacia la misma época, ascendía a alrededor de 900
mil millones de dólares. Por consecuencia, las exportaciones de Europa
habrían alcanzado a los 10 mil millones de dólares, las de Asia a poco
más de 7 mil millones de dólares, las de América a 4.500 millones de
dólares y las de África (esclavos casi en su totalidad) a 2.500 millones
de dólares. Alrededor del 40% de las exportaciones mundiales corres-
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 149

pondían al tráfico intracontinental en los cuatro continentes, y el 60%


al comercio intercontinental.
Obsérvese el cuadro siguiente:

CUADRO vrr.1. Posible matriz del comercio internacional alrededor de 1800

Destino
Origen Europa Asia América África Mundo
Europa 20 8 10 2 40
Asia 15 15 30
América 15 5 20
África 6 2 10
Mundo 51 24 21 4 100

Europa tenía un déficit comercial del orden de los 3 mil millones de dó­
lares con el resto del mundo, en su mayor parte con Asia y, en menor
medida, con América. El primero se cancelaba con envíos de metales
preciosos provenientes del Nuevo Mundo; el segundo, con los tributos
y las utilidades remitidos a las metrópolis.
El valor de las importaciones era sustancialmente más alto que el
de las exportaciones por los altos costos de los fletes, el tiempo de trán­
sito y los riesgos. En consecuencia, la diferencia de los valores FOB (free
on board [libre a bordo]) y CIF (cost, insurance and freight [costo, seguro
_y flete]) del comercio mundial probablemente rondaba entre el 50% y
el 100%. En tal caso, el valor de las importaciones alrededor de 1800 se
ubi
bicaría entre 35 y 50 mil millones de dólares.
Los márgenes de ganancia eran también muy altos, probablemente
de l orden del 30% sobre el valor de las importaciones. La mayor parte
dee las utilidades quedaba en manos de los mercaderes y banqueros eu­
ro
ropeos que controlaban, además del propio, gran parte del comercio del
res to del mundo. A fines del siglo XVIII, las exportaciones europeas re­
resentaban menos del 50% de las mundiales, pero alrededor del 80%
pre
de las utilidades generadas por el comercio internacional debía quedar
een manos de los emp,resarios y, vía impuestos y participaciones, de los
Estados
Esta europeos. Europa era, asimismo, la principal destinataria de
los envíos de plata y oro desde el Nuevo Mundo, factor decisivo en la
expaansión de los medios de pago y el desarrollo mercantil.
150 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

Estos factores contribuyen a explicar por qué una actividad como


comercio internacional, de escaso peso relativo en el conjunto de la pro­
ducción de bienes y servicios, cumplió un papel tan importante en la acu­
mulación de capital, el desarrollo del sector bancario y el financiamie to
del sector público durante el Primer Orden Económico Mundial.
De las exportaciones de Europa, por lo menos el 80% debía corres­
ponder a las potencias atlánticas, es decir, unos 8.000 millones de dólares
anuales, de los cuales la mitad corresponderia al tráfico intraeuropeo.
Gran Bretaña representaba probablemente el 50% del total, España y
Portugal no más del 10% y Holanda y Francia el 40% restante.
Alrededor de 1800, se insinuaba la división internacional del traba­
jo que prevalecería durante la Revolución Industrial. América estaba
especializada sobre todo en la exportación de azúcar y de metales pre­
ciosos. Las exportaciones europeas extracontinentales estaban com­
puestas en su mayor parte por manufacturas textiles y metálicas, bebi­
das y alimentos elaborados. En las exportaciones de Asia predominaban
las especias, pero, también, figuraban los textiles y los bienes suntua­
rios. En África, los seres humanos esclavizados representaban, por lo
Il}enos, el 90% de las "exportaciones".

EL COMERCIO INTRACONTINENTAL

En Europa

La red de comercio intracontinental de Europa registró la influencia de dos


procesos principales. Por una parte, los cambios en la distribución de la
producción agropecuaria y manufacturera en el espacio europeo. Por otra,
las uuevas
''·1
fuentes de abastecimiento de metales preciosos, alimentos y
materias primas provenientes de América, y, desde Oriente, de especias y té.
Detengámonos brevemente en cada una de estas dos cuestiones.
Cambios en la producción. La agricultura de Holanda e Inglaterra re­
gistró un desarrollo más acelerado que la del resto del continente. En esto
influyó el retroceso del feudalismo y la difusión del pago de la renta de la
tierra en dinero y la eliminación de los servicios personales a la nobleza.
En Holanda, la ausencia ,de tradición feudal y de concentración de
la propiedad de la tierra permitió el temprano desarrollo de pequeños
y medianos productores orientados hacia el mercado. La recuperación
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 151

de tierras al mar, la rotación de cultivos y la diversificación de la pro­


ducción aumentaron los excedentes comercializables. El desarrollo de
la industria de lácteos se asoció al comercio internacional. Hacia 1700,
Holanda exportaba el 90% de su producción de quesos.
En Inglaterra, el drenaje y la irrigación ampliaron la superficie ex­
plotada, al mismo tiempo que los arados y las sembradoras de hierro
mejoraban los rendimientos de los suelos y la productividad del tra­
bajo. Esto permitió ampliar los excedentes entre la producción agro­
pecuaria y la demanda rural para consumo y semillas. A mediados del
siglo XVIII, cerca del 20% de las exportaciones inglesas estaba com­
puesto de alimentos.
Otros dos acontecimientos contribuyeron a ampliar y diversificar el
comercio intraeuropeo de productos agropecuarios. Por una parte, la
incorporación, desde América, de semillas de cultivos (papa y maíz),
desconocidos en Europa hasta el siglo XVI, colaboró con el desarrollo de
nuevos centros de producción en Irlanda (papa) y en la cuenca medite­
rránea (maíz). Por otra parte, el desarrollo de la ganadería en Dinamar­
ca y diversas zonas de cría del norte de Europa promovió las exporta­
ciones de ganado en pie y carne salada, principalmente a los territorios
germánicos. Hacia 1700, las primeras rondaban las 80 mil cabezas
anuales y su valor equivalía a alrededor del 50% de las exportaciones de
granos. Las redes del comercio intracontinental en Europa también re­
gistraron la influencia de los cambios en la distribución de la produc­
ción manufacturera. Hacia 1500, el grueso de la producción estaba con-
entrado en un corredor Norte-Sur que iba desde Amberes y Brujas
sobre el mar del Norte, Ulm y Augsburgo en Alemania meridional has­
ta Florencia y Milán en el norte de Italia. Durante los tres siglos del Pri­
mer Orden Económico Mundial, el centro de gravedad de la producción
manufacturera se desplazó hacia Holanda e Inglaterra. En Ámsterdam,
se concentró la principal industria naval de la época y en Leyden, la
mayor industria lanera de Europa. En Inglaterra se registró un desarro-
o diversificado de la industria metalúrgica, la minería de carbón, la
producción de tejidos de lana y algodón, papel y vidrio. Francia y Sue­
cia fueron también protagonistas importantes del desarrollo manufac­
rurero del período. En Francia, bajo el reinado de Luis XIV (1643-1715),
la política mercantilista de Colbert estimuló la producción metalúrgica
de armamentos, tapices y paños de lujo, vidrios y espejos, papel, libros y
orfebrería. A su vez, Suecia se convirtió en un importante productor de
152 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

hierro. La emergencia de los nuevos centros industriales deprimió el


desarrollo de localizaciones tradicionales en Flandes, Alemania e Italia
del norte y su participación en el comercio de manufacturas.
La industria y el comercio de textiles reflejaron las transformacio­
nes producidas en las economías y las sociedades del norte de Europa.
Hasta el siglo xv, Inglaterra había sido la principal fuente de abasteci­
miento de lana de la industria de Flandes. La exportación de paños in­
gleses creció rápidamente en la primera mitad del siglo XVI y provocó
la depresión de la tradicional industria pañera de Flandes. Sin embar­
go, los empresarios flamencos y holandeses se adaptaron a las nuevas
circunstancias y a los cambios en la composición de la demanda, im­
pulsada por la creciente sofisticación de la moda y del vestuario. Telas
más ligeras elaboradas con diversas fibras sustituyeron la producción
desplazada por la competencia inglesa. 1 Posteriormente, en el siglo XVII,
declinó la producción de paños de lana inglesa y sus exportaciones fue­
ron también desplazadas por las provenientes de Leyden.
El desarrollo y la diversificación de la industria textil produjeron cam­
bios importantes en la localización de la industria de mayor importancia de
la época y una competencia cada vez más feroz, dentro de Europa y en los
nuevos mercados de ultramar, entre Inglaterra, Francia y Holanda. España,
cuya decadencia industrial se reveló irremediable desde el siglo XVI, terminó
siendo un simple exportador de lana. A fines del siglo XVII, cerca del 80% de
los abastecimientos de lana de la industria holandesa provenía de España. 2
El desarrollo de las otras ramas industriales provocó cambios adi­
cionales en las redes y en la composición del comercio intraeuropeo.
Los astilleros de Ámsterdam, por el volumen de producción y nivel tec­
nológico, eran los más importantes de Europa. Hacia 1700, más del
50% de los barcos de ultramar de las potencias atlánticas había sido
construido en los astilleros holandeses. El hierro sueco, las armas y las
herramientas inglesas, el papel y los cristales franceses formaban parte
de una red de comercio intracontinental cada vez más amplia.
Estos cambios en la distribución de la producción agropecuaria y
manufacturera en Europa modificaron las redes de comercio internas en
el continente.

1 K. Glamann, "El comercio europeo (1500-1750)", en C. M. Cipolla (ed.), Historia

económica de Europa (II). Siglos XVI y XVJI, Barcelona, Ariel, 1987, p. 392.
2 !bid., p. 394.
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 153

Los nuevos mercados y las reexportaciones. Un segundo proceso influ­


yó en el mismo sentido: las fuentes de abastecimiento y los mercados
abiertos con la conquista y la colonización de América y las rutas intero­
ceánicas a Oriente. La importación de plata y oro desde el Nuevo Mun­
do, en volúmenes hasta entonces desconocidos en Europa, modificó las
redes de comercio entre las potencias atlánticas. La incorporación de
nuevos productos (café, cacao y tabaco) y de azúcar (en volúmenes ma­
yores y precios inferiores a los de las antiguas fuentes de abastecimien­
to de Algarve, Andalucía, Sicilia y las islas Canarias) amplió el consumo
de esos bienes y generó nuevas redes de distribución. Por último, el ac­
ceso por vía marítima a las fuentes de abastecimiento de pimienta y
otras especias en India y el archipiélago malayo aumentó sustancial­
mente el consumo en Europa y transformó las antiguas redes de tráfico
centradas en el mar Rojo, Egipto y Asia Menor. La pimienta mediterrá­
nea proveniente de las redes establecidas en la Baja Edad Media fue, al
fin, desplazada por la atlántica, que llegó primero a Lisboa y luego a
Ámsterdam. 3 Los productos provenientes de las nuevas fuentes de abas­
tecimiento se distribuían desde los principales puertos de entrada,
como Ámsterdam, Londres y Burdeos. Las reexportaciones de produc­
tos provenientes del resto del mundo constituían quizá no menos de un
tercio del comercio intraeuropeo durante los tres siglos del Primer Or­
den Económico Mundial.
Los centros del comercio intraeuropeo. Los mares del Norte y Bálti­
co, el Mediterráneo y, cada vez más, las costas europeas sobre el océano
Atlántico siguieron siendo el escenario principal del tráfico intraconti­
nental y de su vinculación con el resto del mundo. Las tres cuencas que­
daron definitivamente vinculadas a través del estrecho de Gibraltar. La
expansión de ultramar debilitó en forma progresiva el comercio por
tierra y vía fluvial de Europa Central, que había ocupado una posición
importante en el comercio intraeuropeo durante la Baja Edad Media.
Las guerras de religión contribuyeron también a deprimir la importan­
da de las ferias de Brabante en Flandes, como había sucedido antes con
de Champagne. Los puertos de ultramar asumieron el papel hege­
mónico en la expansión del comercio. Las viejas redes del comercio en
Europa Central sobrevivieron como vías de distribución de las impor­
taciones de ultramar.

3 !bid., p. 371.
154 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

El comercio del mar Mediterráneo estaba concentrado en los pro­


ductos de las tierras cálidas de Sicilia, Algarve y Andalucía (vino, aceite
maíz), trigo, sal, seda en bruto, algodón y cobre provenientes de los :ya­
cimientos de Europa Central. Las manufacturas incluían tejidos, armas.
jabones, papel y cristales. Las especias, que eran parte importante de
tráfico en el Mediterráneo, se importaban durante el siglo XVI a trm·és
de Lisboa y, en los dos siguientes, de Amberes. Desde el mar del Norte
navíos holandeses e ingleses transportaban granos y arenques. La plata
y el oro americanos que llegaban a Sevilla y Cádiz financiaban el cre­
ciente déficit comercial de España y Portugal, resultante de la decaden­
cia económica de las naciones ibéricas. Su destino principal era la am­
pliación de la oferta de dinero en Holanda, Inglaterra y Francia, y el
financiamiento del déficit en su comercio con Oriente.
Las flotas, los mercaderes y los banqueros de esos tres países ocu­
paron espacios crecientes en el tráfico del Mediterráneo, y desplazaron
a los venecianos y genoveses. Los financistas y los mercaderes de Euro­
pa Central, como los Fugger, también quedaron desplazados de las nue­
vas corrientes del comercio y las finanzas. En estas tendencias conver­
gieron, por una parte, la parálisis provocada por las guerras de religión
y las disputas dinásticas, y, por otra, las nuevas fronteras abiertas por
la expansión de ultramar de las potencias atlánticas. Los más previsores
de los empresarios italianos y alemanes se adaptaron tempranamente
al nuevo escenario asociándose en los nuevos emprendimientos comer­
ciales y productivos (como la explotación del azúcar en los archipiéla­
gos de las islas Canarias y Azores).
El comercio de la cuenca del mar Báltico durante la Baja Edad Me­
dia estaba concentrado en las materias primas y alimentos de su hinter­
land y riqueza ictícola: cereales, sal, pescado salado, potasa, fibras tex­
tiles, madera y materiales para la construcción naval. Durante el Primer
Orden Económico Mundial este comercio se acrecentó pero cambiaron
sus actores principales. Los mercaderes holandeses desplazaron a los
de la hansa teutónica. El paso de navíos por el Sund, el estrecho que
separa las penínsulas de Escandinavia y Dinamarca y conecta los mares
Báltico y del Norte, correspondió en el 60% a barcos de bandera holan­
desa hasta mediados del siglo XVI. Desde entonces, hasta el siglo XVIII,
la proporción declinó a cerca del 40%. 4 Ámsterdam se convirtió en el

4
K. Glamann, op. cit., p. 360.
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 155

principal puerto de distribución de los granos provenientes de la cuen­


ca del Báltico, cuyo mayor puerto de embarque era Danzig. El comercio
de granos de esta región era el más importante de Europa. Conviene
recordar, de todos modos, que éste no satisfacía más del 2% o 3% de la
demanda total de alimentos en Europa. 5 La proporción era mayor en
los puertos y su hinterland dentro de radios no mayores de 100 o 200
kilómetros.
El desplazamiento del centro de gravedad del comercio intraeuro­
peo se inició con la declinación de las ciudades italianas que domina­
ban las rutas del Mediterráneo oriental y el auge inicial de los puertos
españoles y portugueses. A fines del siglo XVI, ya era evidente la pérdida
de importancia relativa de Sevilla, Cádiz y Lisboa, que habían sido las
ciudades líderes cuando los navegantes y los mercaderes ibéricos ini­
ciaron la expansión de ultramar de los pueblos cristianos de Europa.
Finalmente, los puertos de las potencias atlánticas hegemónicas, Lon­
dres, Amberes, Ámsterdam y Burdeos, terminaron por convertirse en
los principales centros del comercio con América y Oriente y del tráfico
intraeuropeo.

En Oriente

El segundo gran ámbito del comercio intracontinental durante el Pri­


mer Orden Económico Mundial siguió siendo el realizado entre las ci­
ilizaciones del Medio y Extremo Oriente. Su importancia era compa­
rable a la del comercio intraeuropeo: probablemente representaba un
tercio del comercio mundial total.
Durante la mayor parte del período, las grandes civilizaciones man­
tuvieron un alto grado de autonomía frente a las decisiones de las emer­
gentes potencias atlánticas. Su desarrollo económico y su comercio in-
ernacional siguieron determinados por los mismos factores que
predominaban hasta el desembarco de Vasco da Gama en Calicut, en
1498. Recién a fines del siglo XVIII, la ocupación inglesa de parte del te­
rritorio de India implantó el dominio europeo sobre una de las grandes
civilizaciones orientales. Tiempo antes, los holandeses habían estable­
cido un dominio territorial amplio sobre las islas de Sumatra y Java.

s !bid., p. 363.
156 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

El cambio más importante impuesto por la presencia europea en


los mares de Oriente a partir del siglo XVI fue la participación de sus
navegantes y mercaderes en el tráfico intraoriental. En la segunda mi­
tad del siglo XVI y primera del XVII, un tercio de los barcos portugueses
arribados a los mares de Oriente permaneció para participar del comer­
cio intracontinental desde Cantón y Shanghái hasta Calicut en la costa
Malabar de India, pasando por Makasar en las islas Célebes, Bantam en
la isla de Java y Colombo en la isla de Ceilán. Más tarde, los holandeses,
los ingleses y los franceses hicieron otro tanto, compitiendo con mer­
caderes indios, musulmanes y persas. En el tráfico intercontinental de
especias, la lucha entre los mercaderes europeos fue feroz para dominar
las fuentes de abastecimiento. Pero en el tráfico intraoriental, en el cual
regían las normas impuestas por las autoridades locales, los europeos
se incorporaron a las redes de intercambio establecidas por los merca­
deres orientales.
Como los piratas bereberes en el Mediterráneo, sus pares japoneses
y malayos fueron una permanente amenaza al tráfico mercantil en los
mares de Oriente. Especialmente en América, el capitalismo mercantil
introdujo una nueva forma de piratería organizada, la patente de cor­
sario, que era un instrumento de la guerra y de la expansión comercial
de las potencias atlánticas.

En el Nuevo Mundo

Durante el Primer Orden Económico Mundial se desarrolló un impor­


tante comercio intracontinental americano. El tráfico entre México y
Perú, el más significativo dentro del Imperio español, incluía las mer­
caderías en tránsito (como la plata del Alto Perú), alimentos elaborados,
bebidas, armas, herramientas y textiles. Desde las praderas del hinter­
land de la cuenca del Río de la Plata, las exportaciones de tasajo, sebo
y cueros a las plantaciones de Brasil y el Caribe alcanzaron alguna im­
portancia en el siglo XVIII. El puerto de Buenos Aires, hasta la creación
del Virreinato del Río de la Plata en 1778, fue además un lugar de trán­
sito de la plata contrabandeada desde el Alto Perú. En ningún momen­
to del período, sin embargo, la producción y el comercio de estos terri­
torios del extremo sur del continente alcanzaron un peso relativo
significativo dentro de la economía y el comercio coloniales.
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 157

La situación era muy distinta en América del Norte. Los colonos,


industriales, mercaderes y financistas de las colonias inglesas desarro­
llaron un comercio muy importante con las posesiones inglesas, fran­
cesas y holandesas en las islas del mar Caribe. El comercio también
abarcaba las posesiones españolas en tierra firme, Cuba y Puerto Rico.
El tráfico con las Indias occidentales estaba concentrado en Boston,
Newport, New Haven y Baltimore. Desde Newfoundland y la cuenca del
río San Lorenzo hasta la isla de Trinidad, los navíos transportaban pes­
cado salado para la alimentación de los esclavos de las plantaciones,
madera, harina de trigo, carne salada, caballos y manufacturas de ori­
gen europeo. Las importaciones incluían, principalmente, azúcar y sus
subproductos (melaza y ron). En tomo de este tráfico se desarrollaron los
servicios de transporte, seguros y crédito, particularmente en Massachusetts
y Rhode Island. En vísperas de la revolución, quizá más de la mitad de
las exportaciones de las colonias británicas en América del Norte se rea­
lizaba con la región del mar Caribe.

EL COMERCIO INTERCONTINENTAL

Hasta el siglo xv, el comercio intercontinental se realizaba funda­


mentalmente entre mercaderes europeos, musulmanes, persas, in­
dios y chinos. En los puertos del Asia Menor y el norte de África,
convergían los bienes provenientes del Medio y Extremo Oriente y
de los yacimientos de oro del Sudán occidental, para ser intercam­
biados por los bienes exportados por los pueblos cristianos de Euro­
pa. Los puertos del Mediterráneo oriental eran los puntos de contac­
to entre mercaderes de diversas etnias y culturas que operaban como
agentes económicos independientes y, en todo caso, sujetos sólo a la
autoridad de sus respectivas jurisdicciones políticas o del emplaza­
miento de las factorías.
La expansión de ultramar de las potencias atlánticas modificó la
ituación preexistente. Progresivamente, desde los primeros asenta­
mientos portugueses en el litoral atlántico de África en el transcurso
del siglo xv, Europa se fue convirtiendo en el eje del comercio inter­
continental. Sus mercaderes fueron los principales protagonistas. Los
Estados nacionales de las potencias atlánticas fijaron las reglas del
juego del emergente sistema internacional. Al mismo tiempo, fue a
158 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

través de Europa que se articuló una red multilateral de comercio y


pagos que vinculó los grandes espacios continentales.
Bajo la conducción europea, el Nuevo Mundo cumplió funciones
fundamentales en la articulación del Primer Orden Económico Mun­
dial. América fue esencial en la inserción internacional de África porque
fue la destinataria de prácticamente la totalidad de su principal produc­
to de exportación: los esclavos. Aunque en menor medida, fue también
significativa la participación de América en la vinculación de Medio y
Extremo Oriente al emergente orden mundial. América fue, en efecto,
la principal fuente de suministro de oro y plata que las potencias atlán­
ticas empleaban para saldar el déficit de su creciente comercio con el
resto del mundo.
Durante el Primer Orden Económico Mundial se articuló la primera
red de comercio intercontinental. Europa exportaba a África armas y
productos metálicos, textiles y ron. Los mercaderes europeos transporta­
ban esclavos de África a América. De América a Europa llevaban metales
preciosos, de los cuales probablemente un tercio terminaba en las arcas
y en los ornamentos de los principes orientales. Europa era, por último,
el principal mercado de las especias y de los artículos suntuarios origina­
rios de Oriente, y del azúcar, café, tabaco, pieles y pescado salado prove­
nientes del Nuevo Mundo. El hecho nuevo y sin precedentes que tuvo
lugar durante el Primer Orden Económico Mundial fue la incorporación
de un gigantesco continente, América, al comercio intercontinental.
Gran parte de la historia del comercio internacional y de la forma­
ción del Primer Orden Económico Mundial se refiere a tres cuestiones
cruciales: los metales preciosos, el azúcar y la esclavitud. América fue
su principal ámbito de referencia.
El azúcar y la esclavitud establecieron una nueva red del comercio
intercontinental entre Europa, África y América. África exportaba es­
clavos al Nuevo Mundo, éste azúcar a Europa, y ésta diversos bienes
(armas, textiles) a África. Probablemente, este tráfico intercontinental
representó no menos del 20% del comercio mundial del período y estu­
vo por completo dominado por los mercaderes europeos y, en primer
lugar, por los británicos. El comercio de azúcar y de esclavos anticipó
el rol hegemónico que Gran Bretaña cumpliría durante el Segundo Or­
den Económico Mundial (1800-1913).
La presencia de los portugueses en Oriente durante el siglo XVI y,
poco después, de holandeses, ingleses y franceses, expandió el tráfico
EL COMERCIO INTERNACIONAL BAJO LA HEGEMONÍA EUROPEA 159

intercontinental de Europa con las grandes civilizaciones orientales. La


apertura de las vías interoceánicas deprimió la significación de las vie­
jas rutas de la seda y el comercio de las caravanas que se iniciaba en
China y concluía en los puertos del Asia Menor y Alejandría. En las vías
interoceánicas, dominadas por los europeos, los mercaderes orientales
no tuvieron participación alguna. En el transcurso del Primer Orden
Económico Mundial, seguramente más del 90% del comercio intercon­
tinental entre Europa y Asia pasó a ser dominado por los mercaderes
europeos.
Aunque el volumen del comercio intercontinental Europa-Oriente
aumentó sustancialmente, su composición y el balance comercial no
registraron cambios significativos. Las especias, en especial la pimienta,
siguieron siendo la principal exportación de Oriente a Europa. A fines
del siglo xv, Europa consumía quizás un cuarto de la producción orien­
tal de pimienta. En el siglo XVI, la producción asiática se duplicó para
satisfacer el aumento de las exportaciones promovido por la apertura
de las rutas interoceánicas. 6 La pimienta no sólo se empleaba como es­
pecia para sazonar los alimentos, sino, además, para conservar la carne.
Con este propósito se utilizaba, también, la malagueta, un sustituto de
la pimienta que se obtenía en África occidental y no en Oriente. Las
principales fuentes de abastecimiento de especias siguieron siendo las
mismas que en la Baja Edad Media: la costa Malabar de India para la
pimienta, Ceilán para la canela y las islas Célebes para el clavo y la nuez
moscada.
En 1501, desembarcó en Amberes el primer cargamento portugués
de pimienta. Durante el siglo XVI, los portugueses dominaron el tráfico
interoceánico: alrededor del 50% de las especias importadas en Europa
era entonces transportado por navíos y mercaderes portugueses. En el
iglo XVII, los holandeses desplazaron a los portugueses, y las especias
iguieron siendo el rubro dominante. En 1620 éstas representaban el
75% del valor de los embarques de la Compañía Holandesa de las Indias
Orientales (voc, por sus iniciales en holandés). La voc enviaba anual­
mente 3 mil toneladas de pimienta y 1.500 de canela a Amberes y Áms­
terdam; otras 1.400 toneladas de pimienta correspondían al tráfico ins­
rrasiático realizado en navíos holandeses. Hacia fines del siglo XVII, el

6
I. Wallerstein, The Modem World-System I, San Diego, Academic Press, 1974, p. 329
trad. esp.: El moderno sistema mundial, 2 vols., Madrid, Siglo XXI, 1984].
160 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

peso relativo de las especias declinó por el debilitamiento del monopo­


lio holandés en el tráfico con Oriente. 7
La apertura de las rutas interoceánicas con Oriente no diversificó
significativamente la composición del intercambio intercontinental Eu­
ropa-Oriente. Como recuerda Cipolla: "Oriente y Europa siempre ha­
bían estado en contacto". 8 Hubo, sin embargo, una excepción impor­
tante: el té. La británica East India Company lo transportó por primera
vez desde China a Inglaterra en 1664. Su consumo se difundió muy rá­
pido, y en el siglo XVIII se convirtió en el principal producto importado
por la compañía, que, en esa época, había desplazado a la voc del con­
trol del comercio de ultramar con Oriente. El consumo de té se popula­
rizó sólo en Gran Bretaña. En el resto de Europa, predominaron el café
y el chocolate importado del Nuevo Mundo. Sin embargo, mientras estos
últimos siguieron siendo un producto restringido a los grupos de altos
ingresos en Europa continental, en Gran Bretaña el consumo de té se di­
fundió en estratos más amplios de la población.
En el Primer Orden Económico Mundial, las especias y el té repre­
sentaron alrededor de dos tercios del total de las importaciones euro­
peas originarias de Oriente. El resto estaba compuesto principalmente
por sedas, drogas, perfumes y porcelanas de China, y los textiles de al­
godón, piedras preciosas y tinturas de India.
El balance comercial de Europa con Oriente siguió siendo deficitario
durante el Primer Orden Económico Mundial, tal cual había sucedido en
el comercio intercontinental de la Baja Edad Media. En el comercio de
productos primarios predominaban las especias orientales; las exporta­
ciones de alimentos y otros productos primarios europeos eran insignifi­
cantes. En el comercio de manufacturas, dada la pobreza relativa de la
oferta de origen europeo, en comparación con la sofisticación de la pro­
ducción oriental de productos de lujo, el valor de las exportaciones de las
potencias atlánticas (especialmente armas y productos metálicos) a
Oriente no alcanzaba el 50% del valor de las importaciones del mismo
origen. En conjunto, el déficit comercial europeo representaba alrededor
del 50% del valor de las importaciones originarias de Oriente.

7
P. D. Curtin, Cross-Cultura!Trade in World History, Cambridge, Cambridge University
Press, 1986, p. 154.
8 C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, Madrid, Alianza, 1989,
p. 233.
VIII. EL DESARROLLO ECONÓMICO

EL DESARROLLO ECONÓMICO de Europa en el transcurso de los tres siglos del


Primer Orden Económico Mundial fue impulsado por la expansión del co­
mercio internacional y el cambio técnico. Sobre estas bases aumentó la
productividad del trabajo y se generaron nuevas fuentes de ahorro y
acumulación. La ampliación de la producción manufacturera y de ser­
vicios diversificó la estructura de la producción y el empleo. El creci­
miento de la población urbana reflejó estas transformaciones de la eco­
nomía europea. El desarrollo económico aumentó la demanda de
dinero y el sistema financiero se transformó para absorber la expansión
del stock de metales preciosos y la creciente y diversificada oferta de
instrumentos de inversión y crédito.
En el Primer Orden Económico Mundial existió una gran brecha en­
tre los espectaculares avances del conocimiento científico y la modestia
de las innovaciones tecnológicas. Algo semejante sucedió respecto del
desarrollo económico. La expansión de ultramar y la revolución de las
ideas ampliaron las oportunidades de negocios y transformaron las pers­
pectivas de los agentes económicos. Pero el impacto de estas nuevas fron­
teras sobre la productividad, la acumulación de capital y la estructura de
la producción y el empleo fue relativamente modesto. El principal límite
del desarrollo económico estaba impuesto por la tecnología disponible.
Recién con la Revolución Industrial, durante el Segundo Orden Econó­
mico Mundial, se cerraría la brecha entre conocimiento científico y tec­
nología, y entre nuevas fronteras y aumento de la productividad.

PRODUCTMDAD Y ESTRUCTURA ECONÓMICA

La tasa de crecimiento del producto per cápita en los cinco siglos de la


Altta Edad Media rondó el 0,1 anual, esto es, alrededor del 10% por cen­
turi·a. En los tres siglos siguientes, la tasa aumentó probablemente el
5()0/2., y alcanzó al 0,15 anual. Hacia 1800, el producto per cápita prome­
di·o en Europa debía ascender a alrededor de 1.300 dólares.
161
162 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

Dado el peso de la producción agropecuaria en la generación del


producto total, el comportamiento del sector rural fue decisivo en la
evolución de la productividad en el transcurso del Primer Orden Eco­
nómico Mundial. Los principales cereales (trigo, centeno, cebada y ave­
na) eran la base de la alimentación y representaban alrededor del 501}-c
de la producción agropecuaria total. 1 En esos cereales se produjo una
notable caída de los rendimientos conforme al único indicador dispo­
nible en la época, a saber, la relación entre la semilla empleada en la
siembra y la producción final. Los rendimientos registraron una caída
promedio del orden del 20% para toda la producción cerealera entre las
primeras mitades de los siglos xvr y XVIII. Diversas razones contribuyen
a explicar este fenómeno. Entre ellas, el uso de tierras menos fértiles, el
desplazamiento de la siembra de cereales por forrajeras para la gana­
dería y los cambios en las condiciones climáticas. 2 En consecuencia, no
cambió significativamente la situación vigente a finales de la Alta Edad
Media, en la cual "la mayor parte de los campesinos europeos se con­
tentaban con un rendimiento de grano que oscilase entre tres y cuatro
veces la semilla que habían sembrado". 3
En otros cultivos, como el arroz en Italia, se produjo un aumento
de los rendimientos en el período. Sobre todo, el incremento del ingre­
so en las ciudades y la diversificación de la dieta estimularon la produc­
ción ganadera y de productos lácteos, rubros que aumentaron a partir
del siglo XVI.
El comercio de alimentos a larga distancia siguió representando
proporciones ínfimas de la demanda total. Braudel estima que el comer­
cio satisfacía menos del 1 % del consumo de trigo. El comercio de otros
cereales, legumbres, hortalizas, carnes y otros alimentos no modificaba
la situación. El pescado conservado era una excepción y, sobre todo en
las regiones costeras, formaba parte importante de la dieta. En prome­
dio, el comercio internacional de alimentos debía satisfacer no más del
5% de la demanda total de alimentos en Europa durante el transcurso
del Primer Orden Económico Mundial.

1 F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe JI, vol. r,


México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p. 562.
2
A. de Maddalena, "La Europa rural 1500-1750", en C. M. Cipolla (ed.), Historia
económica de Europa (11). Siglos XVI y XVII, Barcelona, A.riel, 1987.
3
G. Duby, "La agricultura medieval 900-1500", en C. M. Cipolla (ed.), op. cit., p. 208.
EL DESARROLLO ECONÓMICO 163

El comportamiento de la productividad agrícola impuso límites es­


trechos a la posibilidad de reducción de la población campesina. Si hacia
1500 eran necesarios alrededor de diez productores rurales para alimen­
tar a una o dos personas de las clases altas y de las ciudades, hacia me­
diados del siglo XVIII, probablemente no eran necesarios menos de ocho
para los mismos fines. En promedio, hacia 1800, la población de las ciu­
dades, incluyendo las mayores con varios centenares de miles de habi­
tantes, seguía obteniendo sus alimentos de las zonas rurales vecinas, en
radios no mayores de 100 o 200 kilómetros.
Los rendimientos cerealeros y la productividad por hombre ocupa­
do en la producción agropecuaria fueron los factores decisivos del len­
to ritmo de transformación registrado desde el despegue del capitalis­
mo mercantil en el siglo XI hasta su culminación en el XVIII. De este
modo, el peso relativo de la producción primaria, las artesanías-manu­
facturas y los servicios, no registró cambios radicales.
A mediados del siglo XVIII, la población radicada en las zonas rura­
les y dedicada fundamentalmente a la producción de subsistencia se­
guía representando entre el 70% y el 80% de la población total, propor­
ción menor, pero no mucho, respecto de la observable en el siglo xv.
Dada la semejanza de los niveles de productividad entre las actividades
rurales y urbanas, la contribución de la actividad primaria al producto
era similar al de su participación en la población total.
A fines del siglo XVIII, las economías más avanzadas contaban con
mayores ciudades de la época (Ámsterdam, Londres y París) y otros
centros urbanos menores. Pero la distribución espacial de la población
atal no presentaba diferencias radicales con el resto de Europa.
En relación con la industria, la siguiente observación resume la
ituación:

en los siglos XVI, XVII y XVIII, no hubo cambios tecnológicos de gran impor­
tancia y, aparte de algunas pocas innovaciones limitadas, gran parte de la
actividad industrial continuó como había estado durante siglos. En con­
junto la capacidad manufacturera de Europa aumentó algo y se amplió la
variedad de productos y la demanda de materias primas. 4

4
W. Minchinton, "Tipos y estructura de la demanda (1500-1750)", en C. M. Cipolla
ed.), op. cit., p. 75.
164 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

En Europa, durante el transcurso de la Baja Edad Media y del Primer


Orden Económico Mundial, existió, pues, un continuo de cambios pro­
gresivos pero lentos en la tecnología disponible, el crecimiento econó­
mico, los niveles de vida, la transformación de las estructuras produc­
tivas y la distribución espacial de la población.

CAMBIOS EN LA DEMANDA

A partir del siglo XVI, se produjeron dos cambios sustantivos en la com­


posición de la demanda. El primero se refiere al aumento de los gastos
militares; el segundo, a la difusión de nuevas formas de consumo sun­
tuario entre las clases altas.
Las guerras en el espacio europeo y la extensión de la rivalidad entre
las potencias atlánticas al nuevo escenario mundial abierto con su expan­
sión de ultramar provocaron un aumento radical en los gastos militares
de las fuerzas de tierra y navales. Consecuentemente, el gasto público
aumentó de forma sustancial. En Europa, en promedio, los gastos mili­
tares representaban alrededor de dos tercios del gasto público total.
En España, los hombres bajo bandera entre fines del siglo XV y las
primeras décadas del XVII aumentaron de 20 mil a 300 mil. Su posterior
decadencia produjo una disminución del personal bajo bandera y de los
gastos militares. Pero en las otras dos grandes potencias atlánticas, Fran­
cia e Inglaterra, continuó el aumento del potencial bélico. En Francia,
entre fines del siglo xv y mediados del xvm, los hombres bajo bandera
aumentaron de 40 mil a 330 mil y, en Inglaterra, de 25 mil a 200 mil. Aun
las Provincias Unidas holandesas, cuya población en el siglo XVIII no
alcanzaba a los dos millones de habitantes, contaba a mediados del si­
glo XVII con 50 mil hombres bajo bandera y una flota de guerra tanto o
más importante que la de Francia e Inglaterra.5 Las potencias europeas,
no embarcadas aún en la expansión de ultramar, es decir, Rusia, Prusia
y el Imperio Habsburgo, triplicaron su personal militar entre fines del
siglo XVII y mediados del siguiente.
El segundo cambio principal en la composición de la demanda se
refiere a la difusión de nuevas formas de consumo suntuario. La moda

5 P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
pp. 56-99 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994].
EL DESARROLLO ECONÓMICO 165

y los gastos extravagantes en vestuario, pelucas y otros adornos se con­


virtió en una obsesión entre las clases altas. Hacia mediados del siglo
XVIII, se había arraigado la idea de que "no estar a la moda era como
estar fuera del mundo". 6 "Los monarcas, los príncipes y sus mujeres, los
duques y las duquesas eran quienes daban la pauta en esta búsqueda de
lo efímero." Fue "la apoteosis de la ostentación de los ricos, las pelucas
alcanzaron alturas de vértigo y la ropa llegó a nuevas cumbres de
extravagancia". 7 La ética protestante intentó poner límite al consumo
suntuario y ejerció una influencia moderadora, especialmente en Ingla­
terra y Holanda.
Las clases altas tenían también una propensión a rodearse de gran
cantidad de sirvientes, cuyo número y nivel de vida era símbolo de es­
tatus de los patrones. Mayordomos, lacayos, ayudas de cámara, cocine­
ros, lavanderas, mozos de cuadra, cocheros y jardineros formaban la
dotación de sirvientes que, entre las personas más encumbradas, supe­
raban las cien personas. En esos casos, el personal incluía también ser­
vidores de alta posición, como el médico y el cura. 8
El gasto de carácter suntuario fue liderado por la extravagancia de las
cortes y el despilfarro de los nuevos ricos. No todo este empleo de parte
del excedente fue efímero. Quedó también reflejado en la construcción
de palacios, iglesias, bibliotecas y museos. Los nuevos edificios para
teatro, concierto y ópera albergaban la actuación de los artistas dedica­
dos al ballet y otras manifestaciones del arte escénico y musical cuya
popularidad iba en aumento entre las clases altas. Las artes plásticas y
la música, auspiciadas por la nobleza y los nuevos ricos, testimonian la
imaginación y riqueza creativa del período.
La ostentación en el campo artístico enfatizó el movimiento, la cur­
va, la luz, el espacio, los contrastes y la fusión de todas las expresiones
artísticas. El barroco, expresión dominante de la época, seguramente
implicó costos mayores que el arte de la tradición clásica y renacentis­
ta con su énfasis en el equilibrio, la serenidad y la sobriedad. El barro-
c o proyectó a las artes la ostentación y el despilfarro predominante en
las clases altas. Pero también reflejó las transformaciones espectacula­
res y dramáticas que se registraban en el escenario europeo, y en un

6W. Minchinton, op. cit., p. 89.


7
!bid., pp. 88 y 89.
8 !bid., p. 123.
166 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

mundo cuya diversidad étnica y cultural era asimilada por las potencias
atlánticas y, a través de ellas, por toda la Europa cristiana.

AHORRO E INVERSIÓN

La contribución de la producción agropecuaria al producto total era de


alrededor de dos tercios, pero su participación en la formación de aho­
rro era quizá menor, porque la actividad mercantil, la más rentable de
la época, se concentraba en los centros urbanos. En las regiones más
avanzadas de Europa, probablemente el ahorro urbano contribuía con
alrededor de la mitad del ahorro total. Hacia 1800, este último no de­
bería exceder del 5% del producto de toda la economía. Un siglo antes,
en Inglaterra, el consumo privado de bienes y servicios absorbería más
del 90% del ingreso total, el gasto público entre el 4% y el 5% y la acu­
mulación de capital entre el 3% y el 4%. 9 Esta estimación refleja una
situación semejante a la prevaleciente en el resto de Europa.
En cuanto a los sectores sociales que generaban el ahorro, el factor
decisivo era la distribución del ingreso. Hasta el siglo XVIII, la mayor
parte de la población seguía viviendo en el campo en el límite de la sub­
sistencia. Alrededor del 80% de su ingreso se gastaba en alimentos, el
10% en vestuario y el otro 10% en vivienda y moblaje. Su ahorro era
casi inexistente.
El excedente del sector rural estaba concentrado en aproximadamen­
te el 5% de la población compuesta por la nobleza, el alto clero y los ma­
yores propietarios y productores rurales. En las ciudades, alrededor del
20% de la población era indigente y estaba compuesto por los marginales
del sistema productivo. Cerca del 30%, integrado principalmente por tra­
bajadores manuales, criados, soldados y marinos, vivía en el límite de la
línea de pobreza y satisfacía sus necesidades básicas de alimentación,
vivienda y vestuario. Los sectores medios, formados en su mayor parte
por artesanos, comerciantes minoristas y profesionales, representarían
alrededor del 40%, y el 10% superior estaba integrado por la nobleza, los
grandes comerciantes y el alto clero. El ahorro provenía principalmente
del 5% al 10% de los estratos más altos de la sociedad en las zonas rura­
les y en las ciudades. En éstas, los sectores de ingresos medios contaban

9 W. Minchinton, op. cit., p. 81.


EL DESARROLLO ECONÓMICO 167

probablemente con un ingreso excedente sobre sus necesidades básicas


que no debía superar el 10% de su ingreso total.
La ausencia de diferencias importantes en la productividad e ingre­
sos medios sugiere la existencia de fuertes semejanzas en la estratifica­
ción social y la distribución del ingreso en Francia, España, Inglaterra,
los Países Bajos, Prusia o Italia. 10 Sin embargo, la mayor productividad
agropecuaria en los Países Bajos y en algunas zonas de Inglaterra, su­
mada al mayor grado de urbanización e importancia relativa del comer­
cio internacional, sugiere que en las zonas más desarrolladas de Europa
el ingreso medio y el ahorro deberían superar a los prevalecientes en las
más atrasadas. De todos modos, la diferencia en las tasas de ahorro no
debía ser mayor al 1 % o 2% del producto total.
Las inversiones de activo fijo incluían instalaciones, máquinas y he­
rramientas para la producción de bienes en la agricultura y las artesanías­
industria. Existía una cierta inversión de recursos públicos en puertos y
sus instalaciones, canales, alumbrado público y la precaria red de trans­
porte terrestre. Las inversiones principales fueron las realizadas en los
Países Bajos en las tierras ganadas al mar. Entre 1540 y 1715, se incorpo­
raron a la producción agropecuaria 150 mil hectáreas. 11
Con el aumento de los recursos de los nuevos ricos en las ciudades,
se produjo un cambio en la propiedad de la tierra, que siguió siendo el
principal símbolo de estatus social hasta bien entrada la Revolución
Industrial. La disolución de monasterios, el reparto de tierras de la Igle­
sia, la venta de predios de la Corona y de la nobleza dieron lugar a la
formación de un mercado de tierras y a procesos de división, pero tam­
bién de concentración de la propiedad en manos de los más poderosos
agentes de la actividad mercantil y financiera.
Como el comercio internacional siguió siendo la actividad más ren­
table, se concentró en él la mayor parte de la inversión. Las de activo
fijo estaban compuestas principalmente por los astilleros y los buques,
y, también, por los puertos e instalaciones para el depósito y manipuleo
de mercaderías. En las potencias atlánticas, el capital circulante, com­
puesto por las mercaderías en depósito y en tránsito, y por los salarios
y materias primas empleados en la producción de bienes exportables,

10 El citado trabajo de W. Minchinton proporciona evidencias que sustentan esta


apreciación.
11 W.
Minchinton, op. cit., p. 129.
168 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

representó probablemente alrededor del 50% de la inversión total


capital reproductivo.

MONEDA Y FINANZAS

El aumento del comercio internacional, la monetización de las relacio­


nes económicas y el crecimiento del gasto público contribuyeron al per­
sistente aumento de la demanda de dinero en el transcurso del Primer
Orden Económico Mundial.
Entre 1500 y 1800, el valor de las exportaciones europeas aumentó
cerca del 0,5% anual. En torno de la posición hegemónica asumida por
las potencias atlánticas se ampliaron y diversificaron las redes de inter­
cambio y los productos comerciados. Esto generó una creciente deman­
da de dinero para la cancelación de transacciones. El mismo efecto tuvo
la progresiva disolución de los vínculos feudales y el surgimiento de
formas capitalistas de organización del trabajo que sustituyeron los tra­
dicionales pagos de rentas y salarios en especie por los pagos en dinero.
Por último, la consolidación de los Estados nacionales y el aumento de
los gastos militares provocaron un drástico incremento de la demanda
de financiamiento público.
La mayor demanda de dinero fue en parte satisfecha con el aumen­
to del stock de metales preciosos monetizado. La incorporación de los
yacimientos del Nuevo Mundo produjo un sostenido aumento de
las importaciones de metales preciosos en Europa. Hacia 1650, respec­
to de fines del siglo xv, el stock de oro amonedado habría aumentado el
10% y el de plata el 100%. 12 El incremento probablemente siguió al mis­
mo ritmo hasta fines del siglo XVIII. Sin embargo, el persistente déficit
de las transacciones comerciales con Oriente provocaba un importante
drenaje de metales preciosos. Esto era en parte compensado por la
práctica generalizada de disminuir el contenido de oro y plata de las
monedas en circulación.
El uso monetario de los metales preciosos acrecentó su participa­
ción en el empleo total de éstos. El destino ornamental, a diferencia de
la situación prevaleciente en Oriente, absorbió proporciones declinan-

12 G. Parker, "El surgimiento de las finanzas modernas en Europa (1500-1730)", en


C. M. Cipolla (ed.), op. cit., p. 410.
EL DESARROLLO ECONÓMICO 169

tes de la oferta de oro y plata. De todos modos, su monetización no al­


canzó para satisfacer la creciente demanda de dinero ni para las trans­
ferencias internacionales de fondos, acrecentadas por la progresiva
globalización de las relaciones económicas. El costo de las transferen­
cias podía ascender hasta el 25% del valor de éstas. 13
La aparición del papel moneda y el aumento de la velocidad de cir­
culación contribuyeron decisivamente a satisfacer la creciente demanda
de dinero. El desarrollo de los mecanismos de compensación de saldos
y de clearing facilitó el uso del dinero y la rapidez de las operaciones.
La emisión por los bancos de papel moneda en exceso de sus reservas
de metales preciosos contribuyó al aumento de la oferta de dinero. A
principios del siglo XVIII, los billetes en circulación emitidos por el Ban­
co de Inglaterra excedían en el 25% sus reservas metálicas. 14 Los bancos
de Holanda, Suecia y otros países comenzaron a emitir papel moneda,
en algunos casos con menor prudencia que el Banco de Inglaterra, ge­
nerando la aparición del fenómeno de la inconvertibilidad. En las colo­
nias británicas continentales de América del Norte la emisión de papel
moneda también adquirió importancia significativa.
La formación progresiva de un sistema multilateral de comercio y
pagos contribuyó a aumentar la velocidad de circulación y a reducir el
costo de las transacciones financieras entre distintas plazas. La trans­
formación de los antiguos mercaderes banqueros en auténticos bancos,
en algunos casos como los de Inglaterra y Ámsterdam de alcance nacio­
nal y con redes de agentes en diversas plazas, robusteció el sistema fi­
nanciero y lo habilitó para satisfacer la creciente demanda de dinero y
de nuevos instrumentos para la aplicación de fondos y el crédito. El in­
terés sobre depósitos y préstamos se convirtió en un asunto creciente­
mente importante para el desarrollo económico y la distribución del
ingreso. Como hemos recordado en páginas anteriores, la cuestión re­
clamó la atención de los principales economistas de la época.
Una de las consecuencias de la globalización de las plazas financie­
ras fue su efecto unificador sobre los niveles de precios vigentes en los
distintos centros de producción y comercio de Europa. En 1500, la di­
ferencia de precios de los principales productos entre los mercados del

13
!bid., p. 440.
14 !bid., p. 430.
170 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

Mediterráneo cristiano y Europa oriental era de 6 a 1. La brecha decli­


nó a 4 a 1 en 1600 y a 2 a 1 en 1750. 15
La creciente monetización de las transacciones económicas y el desa­
rrollo de la actividad financiera provocaron otros efectos en el comporta­
miento de los precios. En el siglo XVI, se produjo una revolución de los
precios con un aumento sustancial de éstos. En España, por ejemplo, en­
tre 1520 y 1600, el nivel general de precios aumentó alrededor de cinco
veces. El incremento de la oferta de metales preciosos provenientes del
Nuevo Mundo influyó en esta evolución, pero el fenómeno reconoce otras
causas. Entre ellas, la rigidez de la oferta de alimentos frente a una de­
manda acrecentada por la urbanización y la elevación del poder adquisi­
tivo. Las causas estructurales se agregaron a las estrictamente monetarias
para explicar las variaciones en el nivel de precios en el siglo XVI. De todos
modos, desde entonces, la variable monetaria asumiria un papel impor­
tante en los procesos inflacionarios observados en distintos periodos.
Simultáneamente con el aumento de la demanda y oferta de dinero
y el desarrollo de la actividad financiera, se fueron gestando mercados
de capitales para la canalización de recursos de mediano y largo plazo
para los sectores privados y públicos. La expansión de la actividad co­
mercial de ultramar cumplió un papel pionero en el desarrollo de socie­
dades por acciones y en su negociación en los mercados de capitales.
La voc holandesa y las compañías británicas lideraron el proceso de
movilización de recursos para el financiamiento de la expansión de ul­
tramar. En cambio, la demanda de crédito y las operaciones en los mer­
cados de capitales para el financiamiento de la incipiente Revolución
Industrial parecen haber cumplido un papel secundario. Sugiere
Bairoch que, en sus primeras fases en el siglo XVIII, la inversión en las
nuevas empresas industriales se financió esencialmente con el ahorro
de los empresarios industriales y de los productores agropecuarios que
comenzaron a incursionar en la actividad fabril. 16
Uno de los dos ejes en torno a los cuales se desarrollaron los mer­
cados de capitales fue, pues, el comercio internacional y la expansión
de ultramar al Nuevo Mundo y al Medio y Extremo Oriente. El otro fue

15 I. Wallerstein, The Modern World System (I}, San Diego, Academic Press, 1974, p.
70 [trad. esp.: El moderno sistema mundial, 2 vols., Madrid, Siglo XXI, 1984].
16 P. Bairoch, Le Tiers-Monde dans /'impasse, Paris, Gallimard, 1992 [trad. esp.: El
Tercer Mundo en la encrucijada, Madrid, Alianza, 1986].
EL DESARROLLO ECONÓMICO 171

el financiamiento público destinado a financiar la expansión de los gas­


tos militares.
El reclutamiento del personal militar, a medida que se fueron con­
solidando los Estados nacionales y la guerra se convirtió en una empre­
sa de gran escala, dejó de realizarse por la prestación de servicios per­
sonales de los vasallos al príncipe sin prácticamente empleo de dinero.
A partir del siglo XVI, los nuevos y mayores cuadros de tropa y oficiales
del ejército y la marina estaban formados por personal a sueldo, inclu­
yendo mercenarios. En simultáneo con los gastos en personal, aumen­
taron los gastos en armamentos, cuarteles, fortificaciones y naves de
guerra, que también eran pagados en dinero. Los gastos militares se
fueron convirtiendo, de este modo, en el componente principal del gas­
to público. Por otra parte, como aquéllos se realizaban en gran parte
fuera de las fronteras nacionales, el envío de fondos para el financia­
miento de la marina y de las tropas impulsó el desarrollo de los instru­
mentos para la transferencia de recursos y la cancelación de saldos.
Los ingresos corrientes de los Estados eran insuficientes para sos­
tener el esfuerzo bélico. Consecuentemente, el crédito se convirtió en
un componente importante del financiamiento de la guerra. En Ingla­
terra, entre 1688 y 1815, los créditos financiaron un tercio de los gastos
militares. 17 La situación era similar en las otras potencias europeas.
Esta asociación entre la banca y los mercados de capitales con el
comercio internacional y el financiamiento del sector público cons­
tituye uno de los fundamentos de las finanzas del mundo moderno.
Sus bases fueron establecidas durante el Primer Orden Económico
Mundial.
Como cabía esperar, en el transcurso del siglo XVIII, Gran Bretaña
fue pionera en el montaje de un sistema fundado en la creciente globa­
lización de las relaciones económicas internacionales. Sus bases fueron
el financiamiento del gasto público, la expansión de ultramar, el desa­
rrollo de las sociedades por acciones y la creciente participación del
papel moneda en la oferta de dinero. Parte de la deuda pública acumu­
lada durante la guerra de sucesión de la Corona de España (1701-1713)
fue consolidada en un préstamo a largo plazo a cargo del Banco de In­
glaterra y otra convertida en acciones de la Compañía del Mar del Sur.
Dio así comienzo a un fenómeno sin precedentes: la especulación y las

17 P. Kennedy, op. cit., p. 81.


172 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

crisis financieras con la violenta oscilación de las cotizaciones de los


títulos públicos y las acciones.
La primera crisis se gestó en Francia. El financista escocés John
Law organizó un esquema apoyado en los tres monopolios estatales: el
de emisión de moneda a cargo del Banco Real, el del comercio ultrama­
rino de la Compañía de las Indias y el de recaudación de impuestos. El
sistema estalló cuando la emisión incontrolada de papel moneda del
Banco Real para financiar el déficit público dejó de ser absorbida por
la compra de acciones de la Compañía de las Indias. Mientras duró el
alza de las acciones, la demanda de dinero absorbió el aumento de su
oferta. Cuando se reveló la ficción que sustentaba a la Compañía de las
Indias, las cotizaciones se desplomaron y estalló la crisis.
El fenómeno especulativo tuvo alcances europeos porque el aumen­
to de las cotizaciones estimuló la formación de sociedades por acciones
en Ámsterdam, Ginebra, Viena y Hamburgo. Al mismo tiempo, comen­
zaron los movimientos de fondos especulativos entre estas plazas y las
de Londres y París. En 1 720, el pánico abarcó al emergente mercado
europeo de capitales y estalló la crisis conocida como de la "burbuja de
los Mares del Sur".
A fines del Primer Orden Económico Mundial, durante el siglo XVIII,
estaba instalado, pues, un sistema financiero de alcances globales con
una creciente capacidad de movilizar recursos y, también, de desatar
procesos especulativos de vasto alcance.
IX. DESARROLLO Y SUBDESARROLLO
EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

EN LOS PRIMEROS tres siglos del Primer Orden Económico Mundial, se


registraron transformaciones profundas en la realidad interna de las
potencias atlánticas. Los cambios obedecieron a múltiples factores y, en
primer lugar, a la aptitud de cada una de ellas de vincular la expansión
de ultramar con su propio desarrollo interno. Las que resolvieron el di­
lema central del desarrollo en un mundo global se convirtieron en las
potencias hegemónicas del emergente orden mundial. Fueron capaces
de consolidar su situación sobre la base de los factores endógenos del
crecimiento y los elementos intangibles del poder. Las otras quedaron
marginadas como potencias de segundo orden.
Los nuevos desafíos se plantearon cuando los Estados nacionales
de las potencias atlánticas estaban en plena formación. Consecuente­
mente, se puso a prueba la capacidad de los sistemas políticos de incor­
porar las nuevas fuerzas de transformación social, cultural y política
desencadenadas por la expansión de ultramar.
En definitiva, fue la diferencia de aptitudes para enfrentar las nuevas
circunstancias, internas y externas, la que determinó el desarrollo del ca­
pitalismo comercial y la formación del poder económico y militar. El
desplazamiento de la supremacía en el emergente orden mundial desde
las naciones ibéricas, que fueron las pioneras, hacia Holanda, Francia y,
sobre todo, Gran Bretaña, se explica, en parte, por los cambios en el re­
parto del poder tangible (territorio y población). Pero influyó, sobre todo,
la distinta capacidad de movilizar los factores intangibles del poder. En­
tre ellos, el conocimiento científico, el cambio técnico, el desarrollo de
los entes primarios del capitalismo (la empresa privada y los mercados
financieros) y la articulación entre el poder político y las fuerzas econó­
micas emergentes. Estos mismos factores, finalmente, resolvieron la
disputa por el poder tangible dentro del mismo espacio europeo.
La capacidad interna de cambio y adaptación fue el principal factor
determinante de las diversas formas en que cada una de las potencias
atlánticas organizó su expansión de ultramar. En el caso de Esgaña, el
173
.
174 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

comercio intercontinental, con la importante excepción de las Filipinas


se concentró en el Nuevo Mundo. En cambio, desde las empresas pione­
ras del infante Enrique, Portugal tuvo intereses de escala planetaria. De
todos modos, las naciones ibéricas se dedicaron al establecimiento de
estructuras administrativas para mantener el control de la Corona sobre
el tráfico y, por esta vía, asegurar su participación en los beneficios. Ho­
landa y Gran Bretaña, en cambio, establecieron estructuras comerciales
conducidas por intereses privados, de cuyos beneficios, a través de los
impuestos y otros medios, también participaba el Estado.
Los diversos abordajes de los problemas planteados por la expansión
de ultramar reflejaron los distintos niveles de desarrollo de las economías
y de las sociedades de las diversas potencias atlánticas. En las naciones
ibéricas, el comercio internacional no generó eslabonamientos con el sis-­
tema productivo nacional. En Holanda e Inglaterra, en cambio, formó
parte de un proceso de transformación productiva interno. También en
Francia, la estricta estrategia mercantilista de Colbert bajo Luis XIV aso­
ció la expansión de ultramar con el desarrollo interno.
A diferencia de las naciones ibéricas, las otras potencias atlánticas
registraban procesos de desarrollo de su producción primaria y manu­
facturera, y una rápida expansión de los servicios mercantiles y financie­
ros vinculados a la expansión del comercio interno e internacional.

PORTUGAL

La decadencia de Portugal en el transcurso del Primer Orden Económi­


co Mundial reconoce una razón excluyente: su ínfimo poder tangible.
Además, a diferencia de Holanda, su expansión de ultramar no se aso­
ció con la transformación de la economía nacional. Respondió a los
modelos mercantiles precapitalistas fundados en "la guerra, la coerción
y la violencia" más que a la vinculación entre el comercio, la producción y
la acumulación de capital. 1 Después de recuperar su independencia de
España, Portugal se convirtió en una pieza en el tablero de la política
europea y, sobre todo, en un instrumento de la potencia marítima do­
minante: Gran Bretaña.

1
S. Subrahmanyam, The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700, Londres, Longman,
1993.
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 175

La expansión de ultramar iniciada por el infante Enrique movilizó


los recursos de la nación en mayor medida que en cualquiera otra de las
potencias atlánticas. Un país pequeño, cuya población no excedía los dos
millones de habitantes a mediados del siglo XI/, emprendió una aventu­
ra sin precedentes ni ejemplos comparables desde entonces. En África
y Oriente, los portugueses establecieron una red de asentamientos, con
preferencia en islas de extensión reducida, como la de Santo Tomé en
el golfo de Guinea. Esta estrategia permitía la ocupación efectiva y la
defensa. En tierra, establecieron fuertes o realizaron acuerdos con los
gobernantes locales para la radicación de sus mercaderes. A mediados
del siglo X\/I, los portugueses habían establecido más de 50 fuertes y
factorías entre el castillo de San Jorge de Mina en el golfo de Guinea
y Nagasaki en Japón. Entre los principales emplazamientos figuraban
Sofala en Mozambique, Ormuz en el golfo Pérsico, Diu en Gujarat,
Malaca en la península de Malasia, Macasar en las islas Célebes, Terna­
te y Tidor en las islas Malucas, y Macao en China. El asentamiento más
importante era Goa (1510), que fue la cabecera del Estado de India y
del Imperio portugués de Oriente.
Portugal pretendió monopolizar las fuentes de abastecimiento de es­
pecias y de los otros productos provenientes de Oriente. Con este propó­
sito se propuso dominar los estrechos que permitían el acceso a las rutas
interoceánicas. Tuvieron éxito en la conquista de la isla de Ormuz para
controlar la entrada al golfo Pérsico y en la de Malaca para dominar el
tráfico en el estrecho del mismo nombre entre la península de Malasia y
la isla Sumatra. Fracasaron, en cambio, en la tentativa de conquistar
Adén y controlar el acceso al mar Rojo. Tampoco tuvieron éxito en domi­
nar las fuentes de abastecimiento de pimienta en la costa Malabar de In­
dia y de diversas especias en Ceilán y las islas del archipiélago malayo.
Sin embargo, en el apogeo del predominio de Portugal, a mediados del
siglo X\/I, sus mercaderes controlaban alrededor del 50% del total de las
especias exportadas desde Oriente a Europa. Hacia la misma época, ha­
bía alrededor de 1 O mil portugueses radicados en la red de factorías y
fortificaciones. En cada una de ellas predominaba la población local y de
otras regiones de Asia. Sin embargo, el portugués se había convertido en
la lengua franca, es decir, en el idioma de comunicación de las diversas
culturas que confluían en el comercio del Medio y Extremo Oriente.
Entre 1500 y 1634, en promedio, partían anualmente de Lisboa ha­
cia Oriente siete navíos y regresaban cuatro. El resto se perdía en la
176 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

travesía o permanecía en Oriente para participar en el tráfico intraasiá­


tico y prestar los servicios de cartazes. Durante el siglo XVI, el poderío
naval portugués fue incontestable. La dimensión de sus navíos, algunos
de los cuales desplazaban alrededor de mil toneladas, y su armamento
dieron rápida cuenta de las flotas hostiles que los enfrentaron en el
océano Índico.
La extensa red de factorías y fortificaciones servía como lugar de
intercambio con los productores locales y asentamiento de los navíos
de guerra que vendían su protección para defender a los comerciantes
orientales de la piratería y, más tarde, de los ataques de los corsarios
europeos. Este servicio, cartazes, costaba entre el 6% y el 10% del valor
de la carga y constituyó una fuente importante de ingresos para la Co­
rona portuguesa. 2
Los portugueses administraron su Imperio de Oriente a través de
dos entes: la Casa de India y el Estado de India, ambas con sede en Lis­
boa, pero la segunda efectivamente radicada en Goa. La Casa era titular
del monopolio real sobre las principales importaciones de Asia, y sus
ingresos provenían de la venta de mercaderías y de los servicios de na­
vegación. El Estado era responsable de la administración política de la
red de factorías y fortificaciones desde Sofala a Macao, el control de las
fuerzas navales y de tierra, y de las normas que regulaban el tráfico in­
traasiático bajo la hegemonía portuguesa. Sus principales ingresos pro­
venían de la venta de cartazes. La corrupción era parte del sistema.
Los problemas de Portugal generados por la conquista y la coloniza­
ción de Brasil fueron distintos de los planteados en la expansión a África
y Oriente. Las respuestas fueron más tardías, y a ellas se hace referencia
en el apartado dedicado a la conquista y la colonización de Brasil. La in­
vasión holandesa de Bahía (1624-1625) y la ocupación de Pernambuco
(1630-1654) provocaron la creación de la Compañía del Brasil (1649, na­
cionalizada en 1664), a la cual se le concedió el monopolio de las impor­
taciones en la colonia y el derecho de aplicar impuestos a las exportacio­
nes contra la obligación de armar una flota que protegiera el comercio
intercontinental portugués en América.
A principios del siglo XVIII, durante la guerra de sucesión de la Co­
rona española, Portugal se incorporó a la Gran Alianza, bajo el lideraz-

2
P. D. Curtin, Cross-Cultural Trade in World History, Cambridge, Cambridge University
Press, 1986, p. 141.
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 177

go británico contra los Barbones españoles y franceses. En este contex­


to, el tratado anglo-portugués de Methuen (1703) garantizó el acceso de
los tejidos ingleses a Portugal y de vinos lusitanos a Inglaterra, e hizo
posible la penetración de los intereses británicos en Brasil.

ESPAÑA

En el caso de España, las razones de la declinación fueron más comple­


jas. Al inicio del Primer Orden Mundial el poder tangible de España era
de los más importantes de Europa. Su población equivalía aproxima­
damente al 50% de la francesa y era dos veces mayor que la del Reino
Unido. La extensión del territorio español y la diversidad de sus recur­
sos proporcionaban una sólida base de poder. Los tercios castellanos
constituían la fuerza de combate más aguerrida y mejor equipada de la
época.
La causa principal de la decadencia de España fue la incapacidad
del país de movilizar los factores endógenos del desarrollo y, consecuen­
temente, sustentar sobre las nuevas fuentes intangibles del poder las
pretensiones de ocupar una posición hegemónica en el espacio europeo
y en el escenario mundial. Entre las decisiones que conspiraron contra
el desarrollo de España figuran la expulsión de judíos y moriscos, la in­
tolerancia religiosa y la interrupción de los vínculos con los centros de
excelencia de la cultura europea. El monopolio comercial sirvió apenas
para generar rentas a particulares y recursos para la Corona, pero no
contribuyó al desarrollo de la agricultura y la industria. A su vez, los
impuestos a las exportaciones de lana deprimieron la competitividad de
la ganadería lanar, y el mercado nacional fue fracturado por las barre­
ras al comercio interno. De este modo era inevitable que los metales
preciosos provenientes del Nuevo Mundo se emplearan para financiar
los gastos militares e importar manufacturas y alimentos desde Fran­
cia, Inglaterra y Holanda. A diferencia de la experiencia de estos tres
países, el aumento de oferta de oro y plata no impulsó la producción y
el comercio, ni contribuyó a la formación de un sistema financiero ca­
paz de respaldar el desarrollo del país y su expansión de ultramar.
En este contexto, la política expansionista de los Habsburgo excedió
el potencial del país y terminó por provocar la quiebra financiera del Es­
tado español. En definitiva, el país fue derrotado por las dos potencias
178 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

atlánticas dominantes: Francia y el Reino Unido. La Paz de Westfalia


(1648) y el Tratado de los Pirineos (1659) sancionaron la declinación de
España. La renovación del conflicto franco-español y la llamada guerra
de devolución (1667-1668) se originaron en la pretensión de Luis XIV de
que los Países Bajos fueran devueltos a su esposa María Teresa. El enfren­
tamiento culminó con la guerra de sucesión (1701-1713) de la Corona de
España. Luis XIV logró entronizar a su nieto, como Felipe V, e instalar
una dinastía borbónica en el trono español. La Paz de Utrecht (1713)
consagró la pérdida de los territorios europeos de la Corona española y
la renuncia de Felipe V a sus eventuales derechos a la sucesión francesa,
además de la cesión, en favor de Gran Bretaña, de Gibraltar y Menorca,
y el monopolio del tráfico de esclavos con América hispánica.
A diferencia de Portugal, España sentó las bases institucionales y or­
ganizativas de su expansión de ultramar en torno de la conquista y colo­
nización del Nuevo Mundo.
La marginalidad intrínseca de Portugal y la declinación de España
despejaron el escenario para el protagonismo de las otras potencia
atlánticas.

HOLANDA

Hacia 1500, la región meridional (la actual Bélgica) era la zona más
avanzada de los Países Bajos. En el curso del siglo XVI, el centro de gra­
vedad de la producción y el comercio se desplazó hacia el norte (la ac­
tual Holanda). La Reforma fracturó la unidad religiosa de los Países
Bajos entre el catolicismo de los valones belgas y los protestantes fla­
mencos holandeses. La migración de empresarios, artesanos y otros
recursos humanos calificados desde Amberes a Ámsterdam convirtió a
esta ciudad holandesa en el principal puerto del mundo.
El alzamiento contra España comenzó en 1566. En la rebelión con­
vergieron el movimiento por la independencia nacional, el rechazo al
poder absolutista de Felipe II, el conflicto religioso y el enfrentamiento
entre los Habsburgo y la monarquía francesa. En 1609, España admitió
la independencia de las siete provincias rebeldes y se estableció la Re­
pública de Holanda. En la Paz de Westfalia (1648), España reconoció
definitivamente la nueva república y la independencia de sus posesiones
en los Países Bajos.
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 179

Durante los años de su rebelión contra España (1566-1648), Holan­


da se convirtió en protagonista principal de la expansión de ultramar.
Desde la segunda mitad del siglo XVI, enfrentó a Portugal y lo desalojó
de su dominio de las vías comerciales a Oriente. En las primeras déca­
das del siglo XVII, los holandeses expulsaron a los portugueses de sus
principales enclaves en África y comenzaron a dominar el tráfico escla­
vista. Pero este predominio fue pronto sustituido por el de Francia y
Gran Bretaña.
El poder nacional holandés se asentó en la alianza política de los
intereses comerciales ligados a la expansión de ultramar y el desarrollo
de las manufacturas y la agricultura. La estructura social y política ho­
landesa difería profundamente de la de las otras potencias atlánticas.
Holanda carecía de una tradición feudal, y buena parte del territorio
había sido poblado poco tiempo antes en tierras recuperadas al mar.
Consecuentemente, la nobleza terrateniente era débil y la mayor parte
de la tierra pertenecía a los campesinos. Por otra parte, el poder de la
Iglesia había sido eliminado con la Reforma. El poder económico y po­
lítico descansaba en la burguesía urbana vinculada al comercio inter­
nacional, las manufacturas y las finanzas.
Hacia 1700, la economía y el sistema político de Holanda eran los más
avanzados de Europa. El ingreso per cápita del país era quizás el más alto
del mundo, y alrededor del 50% superior al de Francia y Gran Bretaña.
La estructura de la economía era también la más diversificada. El 40%
de la población activa estaba ocupada en la agricultura y el 60% en la in­
dustria, el comercio, la banca, la navegación, los seguros y el almacenaje.
Holanda fue en esa época el país más urbanizado de Europa.
En comparación con las otras potencias atlánticas, las exportaciones
representaban la proporción más alta respecto del producto interno, pro­
bablemente superaban el 10%. Buena parte del consumo interno de ali­
mentos se abastecía de los países vecinos. Las industrias textil, de mate­
riales de construcción, naval, de la madera y el cuero, de maquinarias e
instrumentos de precisión eran también las más avanzadas de la época.
Lo mismo sucedía con la tecnología utilizada en la agricultura y la indus­
tria. El combustible predominante era la turba y los costos de la energía
probablemente los más bajos dentro de Europa. A diferencia de las otras
potencias atlánticas, en las cuales el gasto militar absorbía la mayor par­
te del ahorro disponible, en Holanda su principal destino era la inversión
en la infraestructura de canales, caminos y puertos, y en molinos de vien-
180 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

to, astilleros, agricultura e industria. Otro destino importante eran las


inversiones en el exterior, como las plantaciones de azúcar en el Caribe..
Según Maddison,3 a fines del siglo XVIII, las inversiones holandesas en
extranjero representaban alrededor de dos veces el valor anual del pro­
ducto interno y sus rentas aproximadamente el 8% de éste.
En Holanda, la modernidad del sistema político, el acervo científi­
co-tecnológico acumulado en los artesanos, agricultores y navegantes
la capacidad organizativa de recursos del sistema comercial y financie­
ro, y el nivel de excelencia de las universidades configuraban, al prome­
diar el Primer Orden Económico Mundial, la combinación más com­
pleja y creativa de los factores endógenos del desarrollo y de lo
componentes intangibles del poder. Sin embargo, el protagonismo ho­
landés se agotó desde fines del siglo XVII. El comercio internacional, que
había crecido a una tasa del 1,5% anual entre 1500 y 1700, declinó al
0,2% anual entre principios y fines del siglo XVIII. La declinación comer­
cial se reflejó en el estancamiento de la producción, especialmente la
textil y los astilleros.
Un factor que explica esa tendencia fue el aumento de los costo
internos de producción, incluyendo los salarios, que debilitó la compe­
titividad internacional de la producción holandesa. Sin embargo, la
causa fundamental radica en la insuficiencia del poder tangible del país.
En 1700, la población de Holanda era inferior a los dos millones de ha­
bitantes y representaba una quinta parte de la del Reino Unido y una
décima de la de Francia, sus dos principales competidores en el escena­
rio mundial. En definitiva, Holanda fue incapaz de enfrentar la oposi­
ción de las dos potencias atlánticas dominantes desde mediados del
siglo XVII.
La primera compañía holandesa de ultramar la organizaron merca­
deres de Ámsterdam. Inició sus actividades con un viaje a Oriente, que
partió en abril de 1595. De las 280 personas que iniciaron la travesía, sólo
regresaron 87, dos años después, con un cargamento de pimienta. Ésta
fue la forma inicial de la intervención holandesa en el comercio de ultra­
mar: la formación de compañías de los mercaderes de Árnsterdam, Ró­
terdam y Delft, que se constituían para un sólo viaje y se liquidaban al
final de éste. Entre 1595 y 1601, se organizaron en las Provincias Unidas
8 compañías que despacharon 15 flotas con 65 barcos.

3 A. Maddison, Historia del desarrollo capitalista, Barcelona, Ariel, 1991.


DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 181

Holanda fue precursora de muchas de las innovaciones de organiza­


ción del comercio y de su articulación con el poder político. Para evitar
la competencia salvaje entre las distintas compañías nacionales y, conse­
cuentemente, su debilidad para enfrentar a los mercaderes de otras ban­
deras, el gobierno de la república holandesa impuso su unificación en
una sola empresa de carácter permanente: la Compañía Holandesa de las
Indias Orientales, célebre bajo su sigla holandesa voc, cuyos estatutos
fueron aprobados en 1602. La vocrecibió, bajo juramento de fidelidad y
obediencia a la república y con la participación en el directorio de repre­
sentantes de los Estados Generales, el monopolio del tráfico con Oriente.
En los siglos XVII y XVIII, sus estatutos y autorización fueron renovados
periódicamente.
La voc fue el primer ejemplo, en gran escala, de vinculación de in­
tereses privados y públicos en la conducción y reparto de los costos y
beneficios de un emprendimiento. La responsabilidad de la vocestaba
limitada a su capital, aportado por los mercaderes de las seis cámaras
de comercio de las Provincias Unidas e inversores individuales prove­
nientes de diversos estratos sociales. En este último sentido, fue la pri­
mera empresa de capitalismo popular en la historia. El capital inicial
de 6,5 millones de florines (alrededor de 20 millones de dólares) nunca
se aumentó. Después de su fundación, la voc se financió con crédito
otorgado por el sector financiero, sentando otro precedente de la aso­
ciación del Estado, la empresa privada y la banca.
En su apogeo, a finales del siglo XVII, la voctenía 30 establecimientos
en Oriente, una flota de más de 100 barcos (los mayores y técnicamente
más avanzados de la época) y cerca de 15 mil funcionarios y soldados. La
voccontribuyó al desarrollo de la infraestructura de la navegación, y en­
tre sus logros figura el establecimiento de las dependencias de hidrogra­
fía de Ámsterdam y Batavia (actual Yacarta). El gobierno de cada empla­
zamiento descansaba en un consejo integrado por un comerciante, el
ontador y el jefe militar: Batavia, en la isla de Java, era la cabecera del
· tema y sede del gobernador general y del Consejo de Indias, subordi­
nado a los 17 caballeros que conducían la voc. En Batavia estaba radica­
do el astillero para las reparaciones de la flota de la voc.
La voc fue el instrumento de la política holandesa en Oriente. En el
inicio de sus actividades, según Curtin, "la vocera menos una empresa
comercial que un sindicato para la piratería, controlado por el gobierno
pero financiado por particulares y dedicado a destruir la presencia por-
182 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

tuguesa en Asia". 4 La voc ejercía el poder militar y la representaci'


diplomática del país. Su objetivo era monopolizar el comercio de espe­
cias. Se trataba, pues, de expulsar a los mercaderes portugueses e ingle­
ses, y de controlar las fuentes de abastecimiento. En 1641, conquistó
Malaca, expulsó a los ocupantes portugueses y logró el control del trá­
fico a través del estrecho entre la península de Malasia y Sumatra. Po­
cos años antes, la East India Company, inglesa, fue forzada a abandonar
las islas Malucas después que la voc ejecutó (masacre de Amboina.
1623) a diez funcionarios ingleses acusados de conspirar contra los ho­
landeses. A lo largo del Primer Orden Económico Mundial, tal cual ha­
bía sucedido en las fases previas del capitalismo mercantil, la disputa
por el control del comercio de ultramar entre las potencias atlánticas
fue a muerte y sin cuartel.
La voc reveló una extraordinaria versatilidad para adecuarse a las
circunstancias predominantes en cada emplazamiento. En donde era
imposible imponer su presencia por la fuerza, la voc realizó acuerdos
de instalación pacífica. Así sucedió en los pactos con el gran Moghul en
India, el emperador de China, el sha de Persia y el shogun de Japón. A
partir de 1641, este último sólo autorizó la presencia de mercaderes ho­
landeses. En cambio, en las islas del archipiélago indonesio, en donde
confrontó a soberanos débiles, la voc ocupó el territorio y organizó la
producción. Tal el caso de las plantaciones de azúcar y café alrededor
de Batavia. La voc logró establecer el monopolio efectivo sobre algunas
especias (clavo, canela y nuez moscada) a través de sus asentamientos
en Macasar en las islas Célebes y Ambón, y Temate en las islas Malucas.
En otras islas, destruyó plantaciones competitivas. En el caso de la
principal especia, la pimienta, cuya producción estaba difundida en
Asia, la voc nunca logró establecer un monopolio efectivo.
A lo largo de su historia, la voc importó a Holanda más de 100 pro­
ductos de origen asiático. En el siglo XVII, casi el 60% de los embarques
eran especias, fundamentalmente pimienta. De esta última, transportó
cerca de 3 mil toneladas anuales. La participación de las especias fue
declinando a lo largo del siglo: en 1620, representaba el 75% de los em­
barques y menos del 24% en 1 700. Hacia esta última fecha, el transpor­
te de telas (algodón, seda) de India representaba más del 50% del tráfi­
co. La voc, como los portugueses, tenía una importante participación

4P. D. Curtin, op. cit., p. 152.


DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 183

en el comercio intraasiático y también vendía cartazes a los mercaderes


orientales. Un rubro importante eran las exportaciones de plata y cobre
de los yacimientos japoneses al resto de la región. Las de plata fueron
prohibidas por el shogun desde mediados del siglo XVII.
Al igual que en las otras potencias atlánticas, el balance comercial
de Holanda con Asia era deficitario. La voc transportaba metales pre­
ciosos, en barras y monedas. En el siglo XVIII, dos tercios de las expor­
taciones de Holanda a Asia estaban compuestos por metales preciosos.
El valor de esas exportaciones ascendió a un promedio anual de casi 5
millones de florines (alrededor de 15 millones de dólares). 5 La plata,
proveniente de los yacimientos americanos, representaba más del 80%
de las exportaciones.
Para su penetración en el comercio de la cuenca del océano Atlán­
tico, los holandeses emplearon el mismo sistema que en su tráfico con
Oriente. Dos décadas después de la constitución de la voc, fue creada,
en 1621, la Compañía Holandesa de las Indias occidentales. Sus objeti­
vos eran comerciar y contrabandear en el espacio formalmente bajo
jurisdicción de España y Portugal, ocupar territorios y establecer colo­
nias. Conforme con la carta patente concedida por los Estados Genera­
les, el gobierno de la Compañía correspondía a los comerciantes de las
cinco principales regiones de Holanda, con la supremacía de Ámster­
dam, que controlaba el 45% del capital. La carta patente confirió a la
Compañía el monopolio del comercio entre América y África.
Como en el caso de la voc, el Estado holandés otorgó a la Compañía
amplias facultades para realizar tratados, hacer la guerra y negociar la
paz con los gobernantes locales, designar funcionarios, generales y go­
bernadores, y legislar en los territorios ocupados. La Compañía era una
empresa comercial y, al mismo tiempo, el instrumento de acción polí­
tica del Estado. Fue a través de la Compañía que Holanda asumió un
papel importante en el tráfico de esclavos, la producción y la exporta­
ción de azúcar, y el asalto a los navíos e intereses de España y Portugal
en África y el Nuevo Mundo.
En el cuarto de siglo posterior a su creación, la Compañía fundó
• ueva Ámsterdam, invadió Bahía y Pernambuco, expulsó a los portu­
gueses de sus posesiones en Elmina y Luanda, en África occidental, y

5 E. M. Jacobs, In Pursuit ofPepper and Tea. The Story of the Dutch East Indian Company,
Zutphen, Walburg Pers, 1991, p. 51.
184 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

ocupó Bonaire, Curazao, Aruba y otras islas menores en las Antillas.


Las guerras con Gran Bretaña provocaron la pérdida de la mayor parte
de estas posesiones. Después de su expulsión de Brasil, los holandeses
capturaron Surinam, cuya posesión definitiva fue acordada con Gran
Bretaña a fines de la década de 1660 a cambio de la cesión de Nueva
Holanda (actual Nueva York).
La Compañía Holandesa de las Indias occidentales nunca produjo
beneficios comparables a los de la voc. Agobiada por el costo de los en­
frentamientos armados con las potencias atlánticas, fue disuelta en
1674 y restablecida al año siguiente. De todos modos, siguió siendo el
instrumento de la presencia holandesa en África y el Nuevo Mundo has­
ta fines del siglo XVIII.

FRANCIA

El Estado absolutista francés se configuró bajo el reinado de Luis XIII


(1610-1643) y el presidente de su Consejo Real, el cardenal Richelieu
(1585-1642). El rey, representante de Dios, no era responsable ante la Igle­
sia ni ante el pueblo. Richelieu creó un ejército nacional permanente y
procuró someter a los gobernadores escogidos por la nobleza a la super­
visión de los intendentes designados por la Corona. No logró, sin embar­
go, suprimir la venta de cargos públicos ni la existencia de los organismos
jurídico-administrativos que respondían a la nobleza. El mantenimiento
de las políticas absolutistas bajo el sucesor de Richelieu, el cardenal Ma­
zarino (1602-1661), despertó la revuelta de la nobleza y desencadenó la
guerra civil (1648-1653) de la Fronda. La anarquía provocada por la no­
bleza terminó por consolidar el respaldo al absolutismo, que alcanzó su
máxima expresión con la personificación del Estado en la figura del mo­
narca ("el Estado soy yo"), bajo el reinado de Luis XIV (1661-1715).
Todo el poder quedó concentrado en el rey, que gobernó por decre­
tos, asistido por el Consejo Secreto y un gabinete de ministros someti­
dos a su autoridad absoluta. El monarca se reservó el derecho de inter­
venir en la justicia, disponer órdenes de detención y controlar la policía
secreta. En 1685, en el terreno religioso, el proceso culminó con la re­
vocación del Edicto de Nantes y las mercedes de los hugonotes.
El absolutismo en Francia permitió integrar el espacio nacional y
aplicar una política rigurosamente mercantilista. Posibilitó, asimismo,
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 185

movilizar el potencial del país para respaldar un gigantesco aumento


de las fuerzas armadas y la política expansionista de Luis XIV. Entre las
décadas de 1650 y 1690, los efectivos del ejército se cuadriplicaron: de
100 mil a 400 mil hombres.
Después de la muerte del cardenal Mazarino (1661), Jean Baptiste
Colbert (1619-1683) se convirtió en el principal ideólogo y conductor de
la administración del reino. Los ejes centrales de su política se ajusta­
ron al criterio mercantilista de impulsar la producción interna y las ex­
portaciones, y generar un superávit comercial. Esta estrategia encajó
en una agresiva política de reorganización del Estado y de la justicia,
centralización del poder administrativo y saneamiento de las finanzas
públicas a través de la reforma tributaria, el aumento de la recaudación
fiscal y el repudio de la deuda pública. El Estado asumió un papel de­
cisivo en el desarrollo industrial a través de monopolios públicos y em­
presas subsidiadas (gobelinos, cristalería, perfumes, porcelanas y otros
productos suntuarios destinados en buena parte a la exportación), e in­
versiones en la infraestructura y el desarrollo de la navegación, los puer­
tos y la industria naval.
Una expresión extrema del proteccionismo colbertiano fue la prohi­
bición de la emigración de trabajadores, el empleo de trabajo forzado
en las galeras y la pena de muerte aplicable a los marinos franceses que
sirvieran en las flotas de otros países. El patronazgo de las artes y la
ciencia reveló la concepción global del proceso de desarrollo económi­
co y del poder nacional de un hombre excepcional. Colbert tuvo incluso
tiempo de acumular una inmensa fortuna personal e impulsar la carre­
ra pública de sus descendientes. Esta estrategia económica promovió el
desarrollo manufacturero y la expansión de ultramar de Francia, pero
desestimuló la agricultura, que seguía siendo la fuente principal de la
producción y el empleo.
Al mismo tiempo, el intervencionismo exagerado y el detallismo y
el rigor de los controles depositaron en las decisiones públicas todo el
liderazgo de la formación de capital, el cambio técnico y la expansión
comercial. De este modo, los emprendimientos privados no jugaron el
papel decisivo que cumplieron en las otras dos potencias atlánticas lí­
deres en el período, Gran Bretaña y Holanda. Así se explica, probable­
mente, el fracaso de las dos grandes compañías comerciales francesas,
de las Indias orientales y occidentales, creadas en 1664. En consecuen­
cia, desde la perspectiva de los factores endógenos del desarrollo, el ab-
186 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

solutismo francés de la segunda mitad del siglo XVII y primera parte de]
XVIII arrojó un saldo ambiguo. Por una parte, el Estado ejerció un fuer­
te liderazgo y movilizó el potencial nacional indispensable en el mundo
monopolista y agresivo del Primer Orden Económico Mundial. Por otra
parte, restringió la libertad de maniobra de la iniciativa individual y de­
bilitó la capacidad expansiva del sistema.
El absolutismo francés engendró otras consecuencias negativas so­
bre el desarrollo del país y su participación en la expansión de ultramai:.
La intolerancia religiosa y la revocación del Edicto de Nantes (1685
provocaron una gran pérdida de recursos humanos calificados. A partir
de 1665, Luis XIV se embarcó en una política de expansión territorial
hacia el este y el norte, y en una serie de guerras que continuaron du­
rante todo su reinado.
Los exagerados costos militares en recursos humanos y financiero
terminaron por agotar los efectos positivos de la estrategia de Colbert
sobre la economía y el comercio exterior de Francia. El desarrollo po­
lítico e institucional del país había dado respuesta a una de las condi­
ciones necesarias para la inserción en el Primer Orden Económico
Mundial: la concentración del poder en la monarquía y el Estado nacio­
nal. Pero no a la otra: un régimen de participación y representación que
estabilizara las relaciones sociales y políticas dentro de la sociedad fran­
cesa, y evitara los excesos del absolutismo. La crisis del Ancien Régime
se prolongó a lo largo del siglo XVIII y abrió paso a una puja por la dis­
tribución del poder entre los distintos estamentos de la sociedad fran­
cesa. La incapacidad de los sucesores del rey Sol, Luis XV ( 1710-1774)
y Luis XVI (1754-1793), de establecer un sistema viable de representa­
ción y participación sancionó la crisis definitiva del absolutismo mo­
nárquico y culminó con la Revolución de 1789. Los avances institucio­
nales que Inglaterra había logrado a partir de la guerra civil un siglo
antes, en Francia estallaron súbitamente con la revolución. El mismo
año de 1789 la Asamblea abolió el régimen feudal (supresión de los de­
rechos señoriales sobre el patrimonio y la libertad de las personas) y
proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre. El caos revolu­
cionario concluyó con el ascenso de Napoleón Bonaparte al poder cuan­
do se cerraba el Primer Orden Económico Mundial.
La presencia de Francia en la expansión europea de ultramar refle­
jó la situación distinta prevaleciente en Oriente y en el Nuevo Mundo.
En el comercio con Oriente, las compañías por acciones, la Compagnie
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 187

de Chine y la Compagnie des Indes, operaron con los mismos princi­


pios, pero en menor escala que sus competidoras, la voc y la East India
Company. En América, Francia concentró su presencia en las Antillas
(Haití, Martinica, Guadalupe), que fueron cabecera de operaciones de
los corsarios franceses y, luego, fuentes de producción de azúcar y café.
La presencia francesa en Senegal aseguró la participación en el tráfico
de esclavos hacia el Nuevo Mundo. En América del Norte, predomina­
ron las colonias reales gobernadas por un miembro de la nobleza en los
extensos territorios que abarcaban desde la cuenca del río San Lorenzo
y Nueva Escocia, los Grandes Lagos y, a través de la cuenca del río Mi­
sisipi, hasta el golfo de México. Finalmente, el predominio británico
redujo la presencia francesa a la región de Quebec.

GRAN BRETAÑA

Los dos procesos paralelos de concentración del poder nacional en la


Corona y la emergencia de nuevas normas e instituciones de represen­
tación y participación desencadenaron la guerra civil (1642-1648). El
absolutismo monárquico se aceleró con el primero de los reyes de la
dinastía de los Tudor, Enrique VII (1485-1509). El conflicto estalló bajo
el reinado (1625-1649) de Carlos l. El rechazo del Parlamento a la crea­
ción de nuevos impuestos, las detenciones arbitrarias y las exacciones
culminó en la guerra entre el ejército parlamentario organizado por el
puritano Oliver Cromwell (1599-1658) y Carlos I aliado a Escocia. La
guerra concluyó con el ajusticiamiento del rey y la proclamación de un
régimen republicano gobernado por el Parlamento bajo la dictadura del
Lord Protector Cromwell (1649-1658).
El nuevo poder absoluto impuso un puritanismo sectario. Al mis­
mo tiempo, tomó decisiones fundamentales para consolidar la posición
hegemónica británica en la expansión comercial de ultramar. Gran
Bretaña entró en guerra (1654-1659) contra dos potencias rivales, Es­
paña y Holanda, para destruir su poder marítimo y conquistar Jamai­
ca y Dunquerque. La Ley de Navegación (1651) estableció el monopo­
lio del transporte en navíos ingleses de todo el comercio exterior del
país e impulsó el desarrollo de la construcción naval. A esa altura de
los acontecimientos, la política de Cromwell era el mejor ejemplo de la
importancia de la concentración del poder nacional en la disputa por
188 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

la hegemonía de la expansión comercial del Primer Orden Económico


Mundial y en la movilización del potencial de crecimiento de la econo­
mía interna.
El sistema republicano autoritario no logró consolidarse después de
la muerte del lord protector en 1658. Con la restauración de los Estuardo
bajo el reinado de Carlos II (1660-1685), se renovaron los conflictos en­
tre el Parlamento y la Corona. El Parlamento reafirmó sus prerrogativas
con la Test Act (1673), que excluyó a los no anglicanos de todo cargo
público, y la Ley de Habeas Corpus (1679), que garantizó la libertad
personal y consagró la protección legal del individuo. En el nuevo mar­
co político, las fuerzas liberales (los whigs), opuestas a los Estuardo,
promovieron la concentración del poder en el Parlamento y enfrentaron
a los conservadores (tories), fieles a la dinastía reinante y la monarquía
de origen divino.
Después del fracasado intento de Jacobo II (1685-1688) de restable­
cer el catolicismo, los whigs y los tories convocaron a Guillermo de
Orange. La "revolución gloriosa" de 1688 consagró los principios de "la
religión protestante y un Parlamento libre". El cambio de dinastía con­
solidó las transformaciones del sistema político británico afianzándolo
en el acuerdo entre la aristocracia terrateniente y las burguesías urba­
nas vinculadas a la expansión del comercio, las manufacturas y las fi­
nanzas. En 1689, se promulgó la Declaración de Derechos, que estable­
ció la aprobación de impuestos por el Parlamento, la libertad de
imprenta, la inamovilidad de los jueces y la organización de un ejército
no permanente. La libertad individual y las garantías de la propiedad
privada quedaron consagradas con una monarquía constitucional fun­
dada en la división de poderes. Posteriormente, estos principios ejercie­
ron gran influencia en la fundamentación del movimiento de indepen­
dencia de las colonias británicas en América del Norte. Bajo los primeros
monarcas de la casa de Hannover, Jorge I (1714-1727) y Jorge II (1727-
1760), se crearon los fundamentos definitivos del parlamentarismo mo­
derno: la mayoría es requerida para formar gobierno presidido por un
primer ministro, independiente de la Corona y sólo responsable ante el
Parlamento.
La concentración del poder en el Estado nacional y la estabilidad
de las instituciones políticas británicas motorizaron los factores endó­
genos del desarrollo y la expansión internacional. El siglo XVIII en Gran
Bretaña proporciona el mayor ejemplo de combinación eficaz de absor-
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 189

ción de tecnologías foráneas, movilización de la capacidad interna de


innovación y activa intervención del Estado para respaldar la penetra­
ción de los intereses comerciales y financieros británicos en el resto del
mundo. El progreso institucional incluyó la creación del Banco de In­
glaterra en 1694 y el desarrollo de un poderoso sector financiero que
asumiría el liderazgo de las finanzas mundiales durante la Revolución
Industrial. El incremento de las sociedades por acciones, la creación de
los grandes monopolios comerciales de las compañías de las Indias oc­
cidentales y orientales, y el desarrollo del sistema de seguros y de fletes
marítimos surgieron de la convergencia de los intereses privados y el
poder político.
Muchos de esos avances institucionales eran la adaptación del sis­
tema de redes comerciales, financieras, seguros y navegación que los
holandeses habían desarrollado un siglo antes. De Holanda se asimila­
ron también tecnologías aplicables a la agricultura, la ganadería y la
construcción de canales. De todos modos, hacia 1800 el ingreso per cá­
pita británico no era superior al que los holandeses habían alcanzado
en su apogeo un siglo antes.
La capacidad de innovación original británica tuvo un impacto de­
cisivo en la minería con el rápido desarrollo del carbón como fuente
principal de energía y en la industria textil de algodón. En 1760, en vís­
peras de la ola de innovaciones en los textiles de algodón, el Reino Uni­
do era ya el mayor país comercial del mundo. Casi dos tercios de sus
exportaciones eran textiles, y el mercado internacional absorbía el 50%
de la producción total del sector.
Los textiles de algodón asumieron de forma rápida el liderazgo y
hacia 1800 superaban a los de lana, que habían sido tradicionalmente
los más importantes. La industria metalmecánica fue otra área central
de la interacción entre los artesanos, herreros, banqueros, científicos y
el sector público en la generación de nuevos conocimientos y sus apli­
caciones tecnológicas a la producción de máquinas, herramientas, cu­
chillería, armas y otros bienes metálicos.
Al mismo tiempo que una rigurosa política proteccionista preserva­
ba el mercado interno para los productores y los financistas locales, la
marina británica se encargó de desplazar a los holandeses y otros com­
petidores en los mercados de Oriente y del Nuevo Mundo. En el tráfico
es clavista, los ingleses asumieron la posición dominante. A fines del si­
glo XVIII, cerca de 200 navíos ingleses con una capacidad de carga anual
190 LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

de 50 mil esclavos operaban desde los puertos de Londres, Liverpool,


Bristol y Lancaster. Los británicos controlaban entonces el 50% del trá­
fico, los franceses el 30% y los portugueses el 15%. Con participaciones
menores, los seguían los holandeses y los daneses.
La penetración británica en el comercio de ultramar con Oriente
fue posterior a la de Portugal y Holanda. Sin embargo, a fines del siglo
XVIII, Gran Bretaña era la potencia dominante desde el golfo Pérsico
hasta el mar de la China. Como en el caso de Holanda, la expansión co­
mercial británica se organizó en compañías a las cuales el Estado con­
firió el monopolio en su zona de influencia y autorización para emplear
la fuerza al este del cabo de Buena Esperanza. Con tales atributos, la
East India Company fue establecida en 1600. Su capital inicial fue sólo
del 10% del de la voc holandesa. Los recursos para cada viaje fueron
aportados por inversores privados. Recién después de mediados del si­
glo XVII, la Compañía contó con un capital permanente. De este modo,
su capacidad operativa fue inicialmente inferior a la de su rival holan­
desa. Sus principales asentamientos fueron en India. A fines del siglo
XVII, la Compañía estaba instalada en las tres ciudades, Bombay, Ma­
drás y Calcuta, que serían las bases del Imperio británico en India. La
estrategia de la Compañía fue establecer acuerdos con los gobernantes
locales para instalarse en sus territorios y expulsar a sus competidores.
Así, en 1622, cooperó con el Imperio persa para expulsar a los portu­
gueses de Ormuz y ganar un acceso privilegiado al golfo Pérsico.
La Compañía no logró establecer un monopolio efectivo en su co­
mercio con India. Comerciantes británicos independientes, holandeses,
franceses y otros europeos tenían acceso a los mercados y a las fuentes
de abastecimiento de textiles, índigo, pimienta, café y té. En menor me­
dida que los portugueses y los holandeses, la Compañía participó en el
comercio intraasiático y en la venta de protección a los mercaderes y
navegantes orientales.
En la segunda mitad del siglo XVIII, cambió la naturaleza de la pre­
sencia británica en India. Los triunfos en Plassey (1757) y Buxar (1764),
en Bengala, provocaron la ocupación de gran parte del territorio y la
expulsión de los franceses. En 1773 (Regulating Act), la administración
de la Compañía, el gobierno de los territorios ocupados y las relaciones
con los príncipes locales pasaron a manos del gobernador designado
por la Corona de Gran Bretaña. Concluía así la fase de la expansión co­
mercial fundada en las factorías y el liderazgo de una compañía priva-
DESARROLLO Y SUBDESARROLLO EN LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS 191

da, y comenzaba la primera experiencia en gran escala de dominio con­


tinental de una potencia europea en Oriente.
En América, la Corona británica delegó en la iniciativa privada la
empresa de la ocupación territorial y la colonización. En las colonias
continentales, los resultados fueron paradójicos y en las Antillas refle­
jaron la experiencia del dominio colonial.
CUARTA PARTE

MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA


X. MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA

LA EVOLUCIÓN de las economías, las sociedades y la inserción internacio­


nal de esta región gira en torno de los imperios otomano y persa.

EL IMPERIO OTOMANO

Al promediar el siglo XVI, bajo el reinado de Solimán II el Magnífico


(1520-1566), el Imperio alcanzó su máxima extensión y poderío. Domi­
naba el Asia Menor, los Balcanes y el norte de África. En el apogeo de
su poder, el Imperio podía enfrentar con éxito a los rusos por el control
de Crimea y el mar Negro, y a los austríacos por el de Europa Central y
los Balcanes. La flota otomana disputaba a los navíos venecianos, ge­
noveses y españoles el dominio del mar Egeo, el Mediterráneo oriental
y el mar Negro. Al este, la lucha por el dominio territorial con el Impe­
rio persa incluía el conflicto en el interior de la fe entre los sunnitas
turcos y los chiitas persas.
El Islam otomano era, todavía, la civilización más avanzada de la
época, sucesora de las grandes contribuciones de los sabios árabes y
judíos, y de la tolerancia religiosa heredada de las enseñanzas de Maho­
ma. Esta última permitió la asimilación de técnicos y científicos no mu­
sulmanes y enriqueció la calidad de los recursos humanos. Griegos,
judíos y gentiles estaban al servicio del sultán. En el sitio de Constanti­
nopla, la artillería otomana fue abastecida por las fundiciones dirigidas
por un húngaro. 1 El desarrollo tecnológico del Imperio en la produc­
ción manufacturera (molinos, fundición, utensilios y herramientas) y
agropecuaria (incluyendo la crítica cría de caballos) era semejante, si
no superior, al que prevalecía en las emergentes potencias atlánticas. Lo
mismo sucedía con la infraestructura de caminos y puertos. Consecuen-

1 P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
p. 11 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994].
195
196 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

temente, la artillería y el equipamiento y la organización de las fuerzas


armadas eran los más avanzados de su tiempo. La marina de guerra,
compuesta de galeras y pequeños navíos, era todavía comparable a las
flotas venecianas, genovesas y españolas que operaban en el Mediterrá
neo. En tiempos de Solimán el Magnífico, las fuerzas armadas turcas
contaban entre 200 mil y 300 mil hombres bajo armas, tanto o más que
las fuerzas sumadas de todas las potencias atlánticas, incluyendo las de
los Habsburgo bajo Carlos Vy Felipe II de España, entonces en el apo­
geo de su poder.
Hacia mediados del siglo XVI, la población del Imperio otomano as­
cendía a 14 millones de habitantes. Constantinopla, la capital desde su
conquista en 1453, con 500 mil habitantes, era la mayor y más avanza­
da ciudad de la época. Ninguna metrópoli de Europa contaba entonces
con los servicios de iluminación y drenaje, bibliotecas y templos religio­
sos como los existentes en Constantinopla y otras principales localida­
des del Imperio. Bajo Solimán el Magnífico, la administración del terri­
torio, el control de la fuerzas armadas y el sistema de tributación eran
probablemente más eficientes que en los emergentes Estados naciona­
les de Europa.
En el siglo XVI, las producciones artesanal, manufacturera y agro­
pecuaria en el Imperio no presentaban mayores diferencias de produc­
tividad y nivel tecnológico con las prevalecientes en las regiones más
avanzadas de Europa. Pero había dos diferencias fundamentales refe­
ridas a la acumulación de capital y al papel del comercio en la transfor­
mación de la economía y la sociedad.
El comercio seguía siendo, como en la Antigüedad, un intercambio
de excedentes y un medio de vida, más o menos próspero, para los mer­
caderes. Pero, a diferencia del proceso que se venía registrando en varias
partes de Europa desde el siglo XI, no constituía una fuente de acumula­
ción de capital para la ampliación de las redes de comercio, la formación
de excedentes líquidos y la intermediación financiera. Ni, sobre todo, un
medio para el ascenso social y la participación en el sistema de poder.
El Imperio otomano y el resto del mundo islámico no lograron se­
guir avanzando sobre la base de los hallazgos científicos, el progreso
técnico, las reformas sociales y la organización política inaugurados en
el siglo VII por la descomunal empresa religiosa y militar del Profeta.
La batalla naval de Lepanto ( 1571), con la victoria de don Juan de Aus­
tria y de su flota española y veneciana sobre el sultán Selim II (1566-1574),
MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA 197

sucesor de Solimán el Magnífico (muerto en el asalto a Szigetvár en Hun­


gría, a los 72 años, después de reinar 46), marcó el inicio del eclipse oto­
mano. Hacia finales del siglo XVIII, el Imperio era apenas una pieza en el
tablero de las disputas entre Francia, Inglaterra, Rusia y Austria.
Las derrotas militares tenían causas profundas. Desde fines del siglo
XVI, no sólo se estancó el desarrollo religioso, cultural, económico y polí­
tico del Imperio otomano, sino que entró en franco retroceso. Los rasgos
más negativos de la organización teocrática y absolutista del régimen del
sultanato configuraron un escenario de despojo, luchas intestinas y des­
pilfarro de recursos que frustraron toda posibilidad de desarrollo.
Los pueblos cristianos, en cambio, estaban movilizando formidables
fuerzas de transformación que generaban nuevas fuentes de poder. En de­
finitiva, estas últimas, las intangibles, definieron el resultado de la disputa
entre el Imperio otomano y los pueblos cristianos de Europa.
El Imperio otomano nunca logró superar el sistema de poder y or­
ganización social heredado de las raíces nómades del pueblo turco. Ni,
tampoco, la tradición oriental de idolatrar al monarca como depositario
del poder temporal y religioso. El reparto del poder entre las clases do­
minantes, los militares (jenízaros), los sacerdotes y los burócratas cul­
minaba en el poder absoluto del sultán y en su capacidad de arbitraje y
de organización del espacio imperial. No había lugar en este sistema
para la emergencia de nuevas fuerzas sociales fundadas en la acumula­
ción de riqueza a través del comercio, la producción y las finanzas.
Después de la muerte de Solimán el Magnífico, la sucesión ininte­
rrumpida, hasta el siglo xvrn, de sultanes incompetentes agravaron las
disputas internas y pusieron de manifiesto las peores expresiones del
poder despótico y oscurantista.
En la Europa cristiana, los mercaderes y los banqueros eran en su
mayor parte oriundos de sus propios países y estaban sentando las ba-
es del desarrollo económico. En el mundo otomano, eran predominan­
temente extranjeros y estaban sujetos a la expropiación de sus bienes y
a la imposición de tributos excesivos. Lo mismo sucedía con las cargas
impuestas a la actividad rural, que sustentaba al 90% de la población
del Imperio. El sostenimiento del derroche y la pompa de la corte im­
perial y de las fuerzas armadas imponía cargas desmesuradas sobre los
productores. Las exportaciones estaban prohibidas, la ganancia y el in­
terés condenados por la religión y los gremios de oficios estimulados a
rechazar cualquier práctica de acumulación capitalista.
198 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

La decadencia del Imperio otomano se fue gestando en estos com­


portamientos hostiles al ascenso social de las clases asociadas a la acu­
mulación de capital y la expansión del comercio. El poder absoluto_­
despótico, la intolerancia religiosa y el rechazo de las nuevas ideas con­
trastaban con las mejoras tradiciones del Islam, cuya grandeza se había
fundado en una organización política y una actitud religiosa compatible
con la asimilación de ideas y credos diversos, el fomento de la ciencia.
la cultura, el desarrollo de la producción agropecuaria, las manufactu­
ras y el comercio.
El oscurantismo religioso llevó a la persecución de las ideas disidentes
y la prohibición de la imprenta. Ésta recién comenzó a emplearse en 1730.
casi tres siglos después que en la Europa cristiana. El rechazo a las ideas
occidentales impidió la aplicación de nuevos métodos para el control de
plagas y, en 1580, una fuerza de jenízaros destruyó el observatorio astro­
nómico bajo el cargo de ser responsable de una epidemia. Las disputas por
el poder entre jenízaros, burócratas y religiosos debilitaron la capacidad
del Estado de administrar el Imperio. En el plano militar, impidieron la
modernización de las fuerzas y la incorporación de los avances técnico
de la artillería y de los nuevos navíos de guerra.
Las prácticas políticas del Imperio incluían la costumbre del sultán
de eliminar eventuales sucesores asesinando a sus hermanos. El récord
lo alcanzó Mohamed III (1595-1603), que eliminó a sus 19 hermanos. 2 El
método alternativo era la reclusión, lo cual provocó el ascenso posterior
de sultanes analfabetos y con una ignorancia absoluta de la realidad.
La organización del Estado se asentaba en los sanjacatos (distritos
administrativos centrales), en los vasallos autónomos y en uniones tri­
bales semiestatales. La corrupción de los administradores (pashas), el
arrendamiento de impuestos y el soborno eran prácticas generalizadas.
El debilitamiento del poder militar y naval otomano dio lugar al des­
membramiento progresivo del Imperio. En la guerra ruso-turca (1735-
1739), se perdió Crimea y el control del mar de Azov y del acceso al mar
Negro. Nuevas derrotas bajo el reinado del sultán Selim III (1789-1807)
provocaron la pérdida de Egipto. A fines del siglo XVIII, el otrora pode­
roso Imperio otomano era apenas la cuestión de Oriente en las disputas
europeas por el reparto del poder y el dominio territorial.

2
Enciclopedia Británica, ed. de 1961, t. 22, p. 595.
MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA 199

Los vínculos de esta parte del mundo con los pueblos cristianos de
Europa habían sido el núcleo de las relaciones internacionales durante
la Edad Media. A partir del siglo XVI, la expansión de ultramar de las
potencias atlánticas disminuyó la importancia relativa de los aconteci­
mientos en esta región. La disputa por el control territorial y marítimo
y por la hegemonía religiosa siguió ocupando buena parte del esfuerzo
militar de los pueblos cristianos. Pero estas circunstancias eran margi­
nales al escenario central de los acontecimientos. Éste abarcaba las lu­
chas entre los pueblos cristianos por el control de Europa, el cisma
abierto por la Reforma protestante y el dominio de las rutas de ultramar
a Oriente y el Nuevo Mundo.
En este contexto, entre los siglos XVI y xvm, el comercio dentro del
Imperio otomano fue esencialmente un tráfico intracontinental contro­
lado por los mercaderes musulmanes. Con la apertura de las rutas oceá­
nicas entre Europa y Asia, la región perdió importancia como lugar de
tránsito del comercio. La expansión europea influyó de un modo débil
en los sistemas productivos de la región y en su desarrollo social y po­
lítico. Los sucesos vinculados al comportamiento del Imperio otomano
fueron determinantes en la evolución de los acontecimientos en el nor­
te de África, el Asia Menor y los Balcanes. Recién en el siglo XIX, bajo el
impacto de la Revolución Industrial y la política imperial de las poten­
cias europeas, la región fue incorporada al dominio europeo en forma
efectiva.

EL IMPERIO PERSA

A comienzos del siglo XVI, un miembro de la dinastía Safávida, asentada


en Irán pero de origen turco, como los otomanos, fundó el nuevo Impe­
rio persa. En 1501, Ismail (1486-1524) conquistó Tabriz, derrotó a la
horda turcomana de los cameros blancos y se proclamó sha. Los mo­
narcas safávidas centralizaron el ejercicio del poder y organizaron el
Estado y las fuerzas armadas. La vieja organización militar fundada en
las tribus y sus nobles fue reemplazada por una conducción centraliza­
da, un proceso semejante al registrado en Europa durante la transición
del régimen feudal hacia el Estado nacional.
Islamizada desde el siglo VII, Persia ocupaba una posición geográfi­
ca estratégica al este del Imperio otomano. La consolidación del poder
200 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

de Ismail planteó el conflicto de hegemonías entre los imperios otoma­


no y persa. El enfrentamiento adquirió una dimensión religiosa. Lo
safávidas asumieron la postura chiita y rechazaron la pretensión sun­
nita otomana de que el califa era el intérprete y gobernador de la fe.
La dinastía Safávida gobernó hasta mediados del siglo XVIII. El Im­
perio alcanzó su máximo poderío bajo el sha Abbas el Grande (1571-
1629). El esplendor de su capital, Isfahán, las artes plásticas, la arqui­
tectura y la literatura asombraron a los visitantes europeos de la época.
Sin embargo, las prácticas despóticas e intolerantes de Abbas anticipa­
ron el inicio de la decadencia del Imperio.
Desde mediados del siglo XVII, el Imperio comenzó a ceder territorios
frente a sus enemigos. En 1638, los turcos conquistaron Bagdad, y poco
después comenzaron los ataques de los cosacos rusos en la región del Cáu­
caso. Más tarde se alzaron los afganos y establecieron un Estado indepen­
diente sunnita. La dinastía Safávida concluyó con el ascenso al trono en
1736 del turcomano Nadir Kali (1688-1747) de la dinastía Kadchar.
A finales del siglo XVIII, el Imperio se estaba desmembrando con las
invasiones de los turcos y los rusos.
En el Imperio persa, aun antes del comienzo de su decadencia, tam­
poco operaron las fuerzas de transformación económica y social que el
capitalismo comercial y la expansión de ultramar estaban movilizando
en Europa. La actividad mercantil y las finanzas eran ocupaciones mar­
ginales excluidas del sistema de poder. La acumulación de riqueza por
esas vías no permitía el ascenso social. El poder, concentrado en la cor­
te imperial, en los burócratas, en los propietarios territoriales y en las
jerarquías chiitas, era impermeable al cambio. En consecuencia, los
exagerados impuestos, la ausencia de la acumulación de capital y de la
incorporación de nuevas técnicas impidieron el aumento de la produc­
tividad en la actividad agropecuaria y en las artesanías y manufacturas.
El conocimiento y la técnica, que hacia el siglo xv eran los más avanza­
dos, quedaron estancados en aquellos niveles. A fines del siglo XVIII, el
ingreso por habitante en Persia era probablemente inferior al existente
en los tiempos de Ismail. En todos estos terrenos, la brecha con Europa
creció sin pausa en el transcurso del Primer Orden Económico Mun­
dial. Fueron aquellos factores endógenos los que sancionaron la deca­
dencia persa.
El Imperio no estuvo aislado del resto del mundo ni de Europa. En
el marco de su estrategia de enfrentamiento con los turcos, desde el si-
MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA 201

glo XVI, los sha promovieron contactos con las potencias europeas. En
1561, un comerciante inglés inició un modesto comercio anglo-persa.
En la misma época, el sha contrató a asesores ingleses para su corte.
La disputa por el control de las redes de comercio trasplantó al gol­
fo Pérsico los enfrentamientos entre las potencias atlánticas. Portugue­
ses, holandeses, ingleses, franceses y españoles incursionaron y comba­
tieron en las aguas del golfo. En 1507, los portugueses se habían
establecido en el emplazamiento estratégico de Ormuz y pagaron tribu­
tos al sha Ismail. Más tarde, los portugueses atacaron a los agentes de
las compañías europeas rivales. El sha los expulsó de Ormuz y concen­
tró la actividad comercial en Bandar Abbas, sobre tierra firme en la en­
trada al golfo Pérsico. De todas maneras, esta presencia europea influyó
marginalmente en la evolución del Imperio.

ARABIA

Durante la Edad Media, la tierra de origen de Mahoma y sede de las


ciudades sagradas de La Meca y Medina ocupaba una posición estra­
tégica para el tráfico mercantil entre Europa y Oriente. Sus costas lin­
dan con el mar Rojo y el golfo Pérsico, y, consecuentemente, contor­
nan los principales accesos marítimos al Mediterráneo oriental. Las
rutas a Oriente por el cabo de Buena Esperanza disminuyeron la im­
portancia estratégica de Arabia durante los tres siglos del Primer Or­
den Económico Mundial. De todos modos, los europeos disputaron el
control de las costas arábigas. Los portugueses fueron los primeros en
instalarse en la región. Ocuparon la costa este de Omán y, hasta su
expulsión en 1651, Muscat (tomada por Alburquerque en 1508), en el
golfo de Omán.
La relevancia de Arabia en la formación del Primer Orden Eco­
nómico Mundial es insignificante en relación con su trascendencia
religiosa y, a través de la fe, con su impacto sobre los acontecimien­
tos mundiales desde la convocatoria del Profeta en el siglo vn hasta
la actualidad.
La península, sin ríos ni bosques, está cubierta en su mayor parte
por el desierto, con la excepción de Yemen y Omán, y numerosos oasis
fértiles, como los de Medina Qasim y Hasa. Su ubicación geográfica en­
tre los imperios otomano y persa convirtió a su territorio en un escena-
202 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

río de la disputa interimperial. En 1633, un príncipe yemenita estable­


ció un imanato autónomo. 3
A mediados del siglo XVIII, el dominio de la península quedó dividi­
do en principados independientes. El movimiento religioso ortodoxo
Wahhabi, liderado por el príncipe Muhammad Ibn Saud, estableció el
control de Arabia central y oriental. Al comando de legiones de bedui­
nos, derrotó a los turcos y conquistó las ciudades sagradas. En 1799,
ocupó La Meca, y Medina en 1804. Con la destrucción de la ciudad chii­
ta sagrada de Karbala, los turcos quedaron expulsados de Arabia en
forma definitiva. Estos acontecimientos fueron relativamente intrascen­
dentes en la evolución de los sucesos mundiales del período, pero de
enorme significación para el mundo islámico.
La economía peninsular estaba asentada sobre la agricultura en los
valles fértiles de Omán y Yemen, en los oasis y, sobre todo, en los pas­
tores nómades. La actividad mercantil era de escasa significación, ex­
cepto la referida al tránsito entre Oriente y Europa. Como en el resto
del Islam, el poder se basaba en las jerarquías tribales y religiosas, y era
impermeable al ascenso de otros sectores sociales. La presencia euro­
pea en el transcurso del Primer Orden Económico Mundial influyó dé­
bilmente en la dinámica interna de la economía y de la sociedad de
Arabia.

ÁFRICA SUDSAHARIANA

Las caravanas siguieron transportando, entre Senegal y las costas del


mar Rojo, y entre el cinturón del Sudán y la costa del Mediterráneo,
oro, sal, almizcle, cobre, mijo, ganado y esclavos. La actividad econó­
mica de los reinos de la región continuó concentrada en las tareas de
subsistencia en la agricultura y la ganadería, y en el trabajo del hierro
y el cobre para la construcción de herramientas, utensilios y armas sim­
ples. La expansión de ultramar de las potencias atlánticas ejerció una
débil influencia en la evolución de esa parte de África. La plata y el oro
americanos sustituyeron los envíos de oro desde los yacimientos africa­
nos, que, hasta comienzos del siglo XVI, habían sido la principal fuente
de suministro para Europa.

3 Enciclopedia Británica, op. cit., t. 2, p. 179.


MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA 203

Hasta la llegada de los portugueses a la costa de África sobre el


océano Índico, el comercio se concentraba en el intercambio, con India,
de oro (procedente de los yacimientos de Zambezi), marfil y esclavos
africanos por tejidos y especias orientales. Los mercaderes musulma­
nes, persas e indios controlaban casi todo el comercio intercontinental.
A partir del siglo XVI, aparecieron en el océano Índico los mercaderes
portugueses y, más tarde, los holandeses, los británicos y los franceses.
Sin embargo, el volumen y la composición del comercio entre la costa
este de África y Oriente no cambiaron sustancialmente.
Fue a lo largo de las costas occidentales y orientales, al sur del
Sahara, en donde la expansión de ultramar de las potencias atlánticas
ejerció mayor influencia sobre los acontecimientos africanos. El tráfi­
co de esclavos fue la principal vía de participación de África sudsaha­
riana en el Primer Orden Económico Mundial. La magnitud del fenó­
meno fue extraordinaria y en su apogeo, en el siglo xvm, llegó a
representar probablemente alrededor del 10% del valor del comercio
internacional.
En los reinos de Ashanti, Dahomey y Benin, al sur del río Níger so­
bre el golfo de Guinea, la guerra y la destrucción de aldeas, organizadas
por los jefes locales para capturar seres humanos, incluso a sus propios
súbditos, se convirtió en la actividad dominante. La costa occidental de
África, desde Senegal hasta Angola, fue el primer escenario del tráfico
esclavista. Más tarde se extendió, con menor importancia relativa, a la
costa oriental desde el cuerno de África hasta Mozambique.
La penetración europea en África sudsahariana estuvo limitada por
el rigor del clima y las amenazas de una geografía hostil. La selva im­
penetrable en varias regiones, la mosca tse-tsé y el tripanosoma eran
fatales para el ganado y los animales de carga, y la malaria y la fiebre
amarilla, para los seres humanos. Hasta el siglo XIX, las enfermedades
tropicales fueron una barrera infranqueable para el acceso al interior
del continente. El transporte de carga se limitaba al traslado de bultos
sobre la cabeza (head porterage) de los esclavos o personal contratado.
Esto explica por qué la presencia de los portugueses desde el siglo xv y,
más tarde, de los holandeses se limitó al establecimiento de factorías y
sitios fortificados para el intercambio de productos con las poblaciones
locales y, sobre todo, para el comercio de esclavos. La Compañía Holan­
desa de las Indias Orientales, (voc por sus iniciales en holandés) se es­
tableció en la región del cabo de Buena Esperanza.
204 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

Más allá de las regiones cercanas al litoral marítimo, afectadas por


la captura y el comercio de seres humanos, la presencia europea no in­
fluyó decisivamente en el desarrollo económico, social y político de los
reinos y las poblaciones africanos. La actividad económica continuo 1

desenvolviéndose dentro de sus moldes tradicionales y la inmensa ma­


yoría de la población siguió ocupándose en tareas de subsistencia. Esto
no impidió la consolidación y el desarrollo de grandes unidades políti­
cas, como el Reino del Congo sobre el estuario del río del mismo nom­
bre, los reinos de Ruanda y Buganda en torno de los lagos Victoria _ -
Tanganica, y el de Zimbabue, célebre por sus yacimientos de oro. Entre
los grandes reinos habitaban poblaciones dispersas de menor desarrollo
cultural.
El aislamiento de África sudsahariana se diluyó poco a poco bajo e
impacto de la curiosidad científica de los exploradores europeos. Las
barreras geográficas y climáticas fueron cediendo en forma progresiva
A fines del siglo xvm, los europeos estaban penetrando profundamente
en el interior del continente. El enigma de las fuentes de los grandes
ríos africanos comenzó a ser develado con la expedición de James Bru­
ce de 1770-1772, en la cual descubrió las fuentes del Nilo. Poco más
tarde, en 1796, Mungo Park llegó a las fuentes del río Níger. Pero sería
recién a partir del siglo XIX y bajo el Segundo Orden Económico Mun­
dial que toda África quedaría sometida a las potencias europeas.
El extremo sur del continente, la actual Sudáfrica, es una historia
aparte. Hasta que el navegante portugués Bartolomeu Dias circundó el
cabo de Buena Esperanza en 1488, la región era desconocida para los
europeos. Desde entonces adquirió una importancia creciente como lu­
gar de reaprovisionamiento y reparación de las naves ocupadas en el
tráfico entre Europa y Oriente. Pronto los holandeses y los ingleses dis­
putaron a los portugueses el control de un emplazamiento de tanta im­
portancia estratégica. Las islas de Santa Elena y Mauricio compartieron
con la ciudad de El Cabo la función de puertos de recalada.
El clima moderado y la riqueza de las tierras sudafricanas resulta­
ban además propicios para el asentamiento de poblaciones europeas_
En 1652, una flota de la voc holandesa al mando de Jan van Riebeeck
desembarcó y ocupó El Cabo. La inmigración holandesa fue comple­
mentada con la de alemanes y franceses hugonotes expulsados de Fran­
cia después de la revocatoria del Edicto de Nantes. A principios del siglo
XVIII, la población de la región consistía en cerca de dos mil europeos y
MEDIO ORIENTE Y ÁFRICA 205

más de mil esclavos. La población autóctona de hotentotes y bushmen


mantenía alternativamente relaciones de cooperación y hostilidad con
los colonizadores por el control del territorio y la propiedad de la tierra.
Los primitivos colonos holandeses formaron el núcleo inicial de una
población europea arraigada en África que se denominaría afrikaner.
Salvo por la importancia estratégica de la región para el tráfico maríti­
mo intercontinental, Sudáfrica tuvo una significación marginal duran­
te los tres siglos del Primer Orden Económico Mundial. En 1795, los
británicos ocuparon El Cabo e iniciaron otra historia.
XI. ASIA

INDIA

TRES AÑOS después del desembarco de Vasco da Gama en Calicut, Babur


(1483-1530), príncipe mongol de credo islámico originario de Kabul y
descendiente de los grandes conquistadores mongoles Timur Lenk
(1336-1405) y Gengis (1162-1227), consolidó la presencia de los invaso­
res afganos y fundó el Imperio moghul (denominación de los mongoles
en idioma persa) en India. Babur transformó las hordas mongoles en
una fuerza de combate de alta eficiencia equipada con artillería. Derro­
tó a los sultanes afganos establecidos en el norte de India desde fines
del siglo XIV y a los infieles príncipes hindúes, y conquistó Delhi en
1526. A su muerte, en 1530, el Imperio moghul abarcaba desde la capi­
tal afgana de Kabul hasta Bihar en la cuenca del río Ganges sobre la
frontera de Bengala.
El talento político y la cultura de Babur no iban en zaga de su capa­
cidad militar. Logró conciliar a los príncipes y a las poblaciones conquis­
tadas y establecer una convivencia pacífica entre pueblos de distinto ori­
gen étnico y tradiciones religiosas. Estos atributos fueron heredados por
su nieto Akbar (1542-1605), que ascendió al trono en 1556. Aun cuando
el Gran Moghul era prácticamente analfabeto, tenía, como su abuelo,
un gran respeto por todas las expresiones culturales e impulsó el desa­
rrollo de la arquitectura, las artes plásticas y la literatura. El esplendor
y el refinamiento de su corte no tenían equivalente en ninguna de las
grandes capitales europeas.
El reinado de Akbar consolidó el Imperio, que, a su muerte, se ex­
tendía desde Gujarat y Bombay hasta la bahía de Bengala. En la segun­
da mitad del siglo XVI, el Imperio moghul parecía reunir todas las con­
diciones propicias para el desarrollo económico y la consolidación
institucional de largo plazo. Entre ellas, la tolerancia religiosa, la recep­
tividad para las nuevas ideas provenientes del resto del mundo, la con­
vivencia pacífica entre las diversas etnias y tradiciones culturales, y la
207
208 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

inteligente política de establecer lazos de sangre, a través del matrimo­


nio, con descendientes de los príncipes locales sometidos. La no discri­
minación (incluyendo la designación de un hindú como ministro de
Finanzas) contra los hindúes en la aplicación del impuesto a la tierra
otros tributos, la centralización del poder en el monarca y la eficacia en
la administración del Imperio parecían sentar las bases para la conso­
lidación del poder moghul y, en este contexto, el despegue de un desa­
rrollo económico de largo plazo. La asimilación de los conquistadores
y los conquistados generó la aparición de un nuevo idioma, el urdu, que
integraba el hindi con vocabulario persa y turco. Hacia la misma época,
se consolidaron las lenguas neoindias (hindi, bengalí, panjabi, maratí,
etc.), afirmativas del pluralismo étnico y cultural del subcontinente. La
asimilación entre la tradición islámica e hindú generó nuevas expresio­
nes religiosas sincréticas.
A partir de Babur, cuyas Memorias testimonian el nivel cultural de su
autor, la corte moghul acogió a poetas, historiadores y sabios persas y
árabes, y, más tarde, a sacerdotes católicos. Mientras en Europa impera­
ba el fanatismo religioso y se estaban generando las condiciones para la
Reforma y las guerras de religión, en el Imperio moghul tenía lugar uno
de los episodios más extraordinarios de convivencia creativa del pluralis­
mo cultural y religioso. En ese mismo período, la versión en idioma hin­
di del Ramayana se convirtió en la escritura sagrada de los hindúes. 1
La actividad económica reflejaba este favorable contexto cultural y
político. La infraestructura de caminos, canales e irrigación y la pro­
ducción por hombre ocupado en la actividad agrícola eran comparables
a las más avanzadas de Europa. La producción de metales, las arte­
sanías y manufacturas operaban también en la frontera tecnológica de
la época. El refinamiento de la industria textil y de la orfebrería deslum­
braba a los mercaderes europeos y a sus clientes en Francia, Inglaterra,
Portugal, España y Holanda. El mercado interno dentro del inmenso
espacio imperial y el tradicional intercambio entre China, India, Asia
Menor y el Mediterráneo permitieron la formación de importantes gru­
pos de mercaderes, la generación de ganancias y actividades financieras
vinculadas al tráfico mercantil y al crédito.

1 The Times Atlas of World History, Nueva Jersey, Hammond, 1979, p. 2243; y J. M.
Roberts, The Pelican History of the World, Londres, Penguin Books, 1987, p. 410 [trad. esp.:
La magna historia del mundo. De la prehistoria a nuestros días, Barcelona, Debate, 2010].
ASIA 209

Tradicionalmente, los mercaderes chinos, persas y árabes habían


llegado a las costas indias del mar de Arabia y del océano Índico. Hasta
fines del siglo XV, ellos estaban a cargo del tráfico de mercaderías desde
Oriente a Europa, por tierra a lo largo de la ruta de la seda y, por vía
marítima, a través del golfo Pérsico y el mar Rojo. Intermitentemente,
aventureros y comerciantes europeos aparecían en Agra y otras cortes
orientales, como en el caso del más célebre de ellos, Marco Polo (1254-
1324). La situación comenzó a cambiar cuando los portugueses inau­
guraron la vinculación interoceánica entre Europa y Oriente.
Los portugueses instalaron fuertes y factorías a lo largo de toda la
costa occidental de India desde Diu en la península de Gujarat hasta
Camorím en el extremo sur del subcontinente, en Santo Tomé de Me­
liapor y Negapatao en la costa oriental y en la isla de Ceilán, en Colom­
bo y Gale. Al final del reinado de dos grandes monarcas, Akbar e Isabel I
de Inglaten-a (1533-1603), el primer emisario de la recién creada East
India Company (1600), inglesa, llegó en 1603 a la corte moghul en Agra.
En el transcurso del Primer Orden Económico Mundial, el inmenso
subcontinente de India, con una superficie de cerca de 4 millones de krn 2
y 70 millones de habitantes de distintos credos, etnias y tradiciones cul­
turales, fue uno de los teatros del enfrentamiento de las potencias
atlánticas por el control del comercio con Oriente. La disputa central
fue, primero, en el siglo XVI y principios del XVII, entre portugueses y
holandeses, y desde fines del XVII y hasta el siglo XVIII, entre Gran Bre­
taña y Francia.
La significación de la presencia europea en India, hasta culminar
en el dominio británico, reflejó los cambios en Europa y las posiciones
hegemónicas de las potencias atlánticas. Pero los factores decisivos en
la evolución económica y en el estilo de inserción de India en el emer­
gente Orden Económico Mundial fueron los acontecimientos internos
en el subcontinente.
Los emperadores moghules Jahangir (1569-1627) y sha Jahn (1592-
1666) conservaron las orientaciones trazadas por sus grandes anteceso­
res, Babur y Akbar. El refinamiento de la corte moghul alcanzó su máxi­
ma expresión con la construcción del Taj Mahal en Agra, mausoleo en
memoria de la esposa favorita del sha Jahn. Las fronteras del Imperio
alcanzaron su mayor extensión bajo el reinado de su hijo Aurangzeb
(1618-1707), que dominó efímeramente el resto del subcontinente has­
ta una línea aproximada entre Mangalore y Madrás. Pero el absolutis-
210 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

mo y el fanatismo religioso del emperador revelaron que la tolerancia


y la convivencia pluralista, promovidas por Babur y Akbar, no hab'ían
arraigado en los conquistadores ni en los sometidos.
Los moghules volvieron a ser entonces los amos que despojaban a
sus vencidos, los sometían a tributos especiales, perseguían sus expre­
siones religiosas y destruían sus templos. Al mismo tiempo que lan�
decía la creación cultural, se imponían tributos insoportables sobre la
masa campesina hindú, los mercaderes y los artesanos. El despilfarro
de la corte imperial, la multitud de servidores parásitos, los harenes_y
otras extravagancias absorbían la totalidad de los recursos públicos. El
Estado dejó de realizar inversiones esenciales en la infraestructura de
caminos, puertos y canales, y de concurrir en ayuda de la población en
emergencias por inundaciones, hambrunas y plagas. 2
En este contexto volvieron a emerger las expresiones más negath as
del sectarismo hindú, con graves consecuencias para la economía yv la
sociedad. La prohibición de matar insectos y roedores destruía parte de
la producción rural, las prácticas sobre el manejo de excrementos hu­
manos facilitaba la difusión de la peste bubónica y otras plagas,
sistema de castas y la influencia de los sacerdotes brahamanes impedía
la movilidad social y el desarrollo del comercio. La superposición de
despotismo moghul con el fanatismo religioso hindú sentó las bases
primero, para el alzamiento maharata contra el Imperio y, poco des­
pués, la penetración extranjera y la subordinación del subcontinente a
la Corona de Gran Bretaña.
Los maharata de la región de Decán, en el centro de India, que
constituían el núcleo de la resistencia hindú, se aliaron con los sultanes
musulmanes enfrentados con el emperador. A principios del siglo XVIII,
el Imperio comenzó a desmoronarse por la presión maharata y la lucha
por la sucesión de los hijos de Aurangzeb. El dominio perdido por el
emperador fue asumido por los príncipes moghules de las distintas re­
giones y por los rebeldes maharatas. En el Punjab, los sikhs, una secta
diferenciada del hinduismo y enfrentada a los musulmanes, asumieron
el control de su territorio. Más tarde, una invasión persa ocupó la re­
gión de Baluchistán.

2 P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
p. 13 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994).
ASIA 211

Hasta fines del siglo XVIII, la penetración europea en India, como su­
cedía también en Medio y Extremo Oriente y en África sudsahariana, se
limitó a la instalación de faetonas y fuertes para comerciar con los pro­
ductores y mercaderes locales, y negociar con sus principes. A diferencia
de los turcos otomanos, cuya marina de guerra respaldó su hegemonía
en el Mediterráneo oriental y el mar Negro, los moghules tuvieron la im­
prudencia de no desarrollar una fuerza naval. Fueron, por lo tanto, in­
capaces de enfrentar la creciente presencia portuguesa en sus aguas te­
rritoriales y, más tarde, de holandeses, franceses e ingleses. De este
modo, aun antes del desmoronamiento del Imperio moghul y de la par­
tición de India en la diversidad de principados independientes, los na­
víos europeos pudieron interferir los viajes de peregrinos a La Meca,
hacerse cargo de buena parte del tráfico intracontinental en Asia e im­
poner el pago de cartazes a los mercaderes indios, persas, chinos y ára­
bes, que traficaban especias, textiles y artesanías del subcontinente.
Bajo la hegemonía moghul en los siglos XVI y XVII y durante la frag­
mentación del XVIII, India mantuvo un superávit constante en su comer­
cio con Europa. Las manufacturas europeas, con la excepción impor­
tante de las armas y herramientas metálicas, no podían competir con la
sofisticada producción textil, de moblaje y orfebreria locales. Los mer­
caderes europeos pagaban sus compras en India con la plata y el oro
que, desde mediados del siglo XVI, provenían de los yacimientos del
Nuevo Mundo. No fue ésta la única vinculación triangular Europa-In­
dia-América. Los portugueses llevaron semillas de cultivos que arraiga­
ron en el suelo de India: papas, chile, tabaco, maíz y piñas. 3
En los siglos XVI y XVII, los portugueses y los holandeses confronta­
ron un Imperio moghul impotente en el mar, pero con un dominio efec­
tivo del territorio. En el XVIII, en cambio, los ingleses y los franceses se
encontraron con un gigantesco espacio continental políticamente de­
sintegrado y vulnerable. El primer asentamiento inglés de la Compañía
de las Indias Orientales fue en Madrás, en 1679. Poco después, los por­
tugueses cedieron su posesión en Bombay. Antes del fin del siglo, la
Compañía había establecido otro fuerte en Calcuta sobre la bahía de
Bengala. Cuando el gobernador moghul de Bengala capturó Calcuta y
maltrató a sus prisioneros ingleses, el director de la Compañía, Robert
Clive (1725-1774) contraatacó, recuperó la ciudad y, en Plassey (1754),

3 J. M. Roberts, op. cit., p. 416.


212 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

derrotó al ejército moghul. El combate demostró que una pequeña fuer­


za europea, bien organizada y equipada, podía derrotar a contingentes
muy superiores y conquistar el territorio. Esta evidencia transformó lo
objetivos comerciales de la Corona británica y de su instrt.1mento, la
Compañía, en una política imperial de dominio del territorio. A finales
del siglo XVIII, los británicos ocupaban el espacio comprendido entre
Delhi y Bengala, la costa oriental del subcontinente, la isla de Ceilán, la
costa occidental entre Goa y Calicut, Bombay y parte de Gujarat. La
India británica estaba consolidada y las responsabilidades militares y_
políticas de la Compañía, definitivamente transferidas a la Corona.
Por primera vez, una nación europea establecía su dominio sobre
el territorio de una gran civilización de Oriente. Los factores culturales
y políticos endógenos que habían frustrado la posibilidad de acumula­
ción de capital, cambio tecnológico e inserción internacional vinculada.
a la transformación interna fueron reforzados por la subordinación a
la política del poder imperial. Estaban sentadas las bases para que una
sociedad que, hasta el siglo xvr, era de las más avanzadas de la época
se incorporara a la periferia europea y al contingente de economías_y
sociedades subdesarrolladas. Pero la plena consecuencia de estos he­
chos recién se advertiría en el siglo XIX, bajo el impacto de la Revolu­
ción Industrial.
La Compañía Francesa de las Indias occidentales se estableció en
India en la segunda mitad del siglo XVII, pero no pudo resistir el emba­
te británico por dos motivos principales. Primero, porque la Corona
francesa estaba más empeñada en el dominio de Europa que en conso­
lidar la expansión de ultramar. Segundo, porque la política británica de
alianzas con los príncipes locales fue más eficaz que la francesa. Hacia
fines de siglo, los británicos sólo permitían la presencia de algunas fac­
torías francesas con la condición de que no fueran fortificadas.

EL SUDESTE ASIÁTICO

A principios del siglo XVI, varias monarquías islamizadas imperaban en


la masa continental de Birmania y la península de Indochina. En este
espacio, durante el Primer Orden Económico Mundial, los europeos
negociaron con los gobernantes locales el establecimiento de factorías
y posiciones fortificadas para controlar el tráfico comercial y enfrentar
ASIA 213

a sus competidores. La penetración europea fue limitada, reflejó las ri­


validades entre las potencias atlánticas y se vinculó a las disputas por
el poder entre los soberanos locales.
En tierra firme, la presencia europea no modificó el reparto preexis­
tente del poder ni la significación del comercio y la acumulación de ca­
pital en la transformación de la economía y la sociedad. La situación
fue distinta en la península malaya y en las islas Célebes, las Malucas y
las Filipinas. Allí, la menor dimensión del espacio territorial y la disper­
sión del poder en débiles y enfrentados soberanos locales permitieron
una penetración más profunda de los europeos. Por otra parte, estos
territorios dominaban las vías de navegación entre el mar de la China
y el océano Índico, y eran la principal fuente de producción de especias.
De este modo, desde el siglo XVI, la economía y el control de estos terri­
torios quedaron comprometidos por la presencia europea y las disputas
por el poder entre las potencias atlánticas.
En el siglo XVII, los holandeses desplazaron a los portugueses y se
convirtieron en la potencia dominante en la región. Conquistaron Mala­
ca (1641), ocuparon casi la totalidad de la isla de Java y establecieron
su capital en Batavia (actual Yacarta). Lo mismo hicieron en el archi­
piélago de las Malucas, del cual expulsaron a los ingleses. La Compañía
Holandesa de las Indias Orientales (voc, por sus iniciales en holandés)
estableció un control efectivo de los territorios ocupados en la isla de
Java y, en las islas Célebes, en el hinterland de Macasar.
Los holandeses fueron los primeros europeos que no se limitaron a
la actividad comercial y organizaron en Oriente plantaciones para la
producción de diversas especias. Sobre estas bases y la superioridad de
su poder naval y de sus redes comerciales, la voc logró establecer un
monopolio efectivo, aunque transitorio, sobre el comercio de especias.
A fines del siglo XVIII, después de la conquista de Holanda por las fuer­
zas de Napoleón, los ingleses ocuparon Malaca y diversas posesiones
holandesas en el archipiélago malayo. Después de las guerras napoleó­
nicas, por el tratado anglo-holandés de 1824, Holanda cedió definitiva­
mente Malaca, reconoció la posesión de Singapur y recuperó sus otros
dominios en el Sudeste Asiático.
En el siglo XVI, los españoles conquistaron y ocuparon el archipié­
lago de las Filipinas. Lograron luego rechazar las posteriores incursio­
nes de portugueses y holandeses. Hacia el final del Primer Orden Eco­
nómico Mundial, los ingleses conquistaron Manila (1762), que fue
214 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

devuelta a España por el Tratado de París de 1763. A partir del descu-


brimiento de Filipinas en 1521 por la expedición de Magallanes, los es­
pañoles enviaron desde Nueva España varias flotas que lograron la ocu­
pación efectiva del archipiélago, con la excepción de los principados "'­
islámicos de Mindanao. A fines del siglo XVI, los españoles habían estr
blecido su capital en Manila e iniciado el intercambio con Acapulco por
medio de una expedición anual conocida como el Galeón de Manila. El
último viaje fue efectuado a principios del siglo XIX. Las exportaciones
desde Filipinas incluían textiles, especias, tabaco, azúcar y cáñamo. Las
importaciones consistían principalmente en armas, herramientas y,
bre todo, plata. Desde fines del siglo XVI, las barras y monedas de plata
provenientes de los yacimientos de Nueva España fueron una fuente
importante de abastecimiento para la orfebrería, la ornamentación de
templos y palacios y la acuñación de monedas. Los españoles fueron los
primeros que vincularon el Nuevo Mundo con Oriente por la ruta dd
océano Pacífico, pero la significación de este intercambio fue declinan­
do en el transcurso del Primer Orden Económico Mundial.

CHINA

En el siglo x:v, cuando Enrique el Navegante promovía las expediciones


portuguesas a lo largo de la costa de África y antes de que Vasco da
Gama llegara a Calicut, los chinos constituían una presencia podero sa
en las aguas de Oriente y participaban activamente en el comercio in­
tracontinental de especias, textiles, porcelanas y metales preciosos.
China era entonces la nación más extensa, poblada y avanzada del
mundo. Sus logros incluían la imprenta de tipos movibles, las grandes
bibliotecas, la pólvora, las redes de canales y la producción agrícola
bajo riego, la producción de más de 100 mil toneladas anuales de hierro
y sus manufacturas. Las grandes urbes chinas eran las mayores del
mundo. En el siglo XIV, el ejército chino, enfrentado a los invasore
mongoles, disponía de cañones y tenía un millón de hombres bajo ar­
mas. Seguramente, era la fuerza más poderosa de su tiempo.
Antes que los marinos europeos, los chinos dispusieron de las téc­
nicas más avanzadas de navegación, incluyendo el compás magnético.
Los juncos aptos para la navegación de ultramar eran de mayor porte
que los navíos de las emergentes potencias atlánticas. Los restos ar-
ASIA 215

queológicos sugieren que los chinos llegaron a disponer de embarcacio­


nes de más de 100 metros de eslora y 1.500 toneladas de arqueo bruto.
A finales de la dinastía Ming, a mediados del siglo xv, la marina de gue­
rra incluía cerca de 1.500 navíos y, la mercante, un gran número de em­
barcaciones que los mercaderes chinos empleaban en su tráfico con el
Sudeste Asiático y la costa oriental de África. La combinación del co­
mercio con el ejercicio prudente de la fuerza impuso la presencia china
y el cobro de tributos a los soberanos locales.
En las primeras décadas del siglo XVI, un pueblo no chino inició su
expansión desde su asentamiento, en las montañas en el sudeste de
Manchuria, hacia el sur. Estableció su capital en Mukden (actual Shen­
yang) y sometió a vasallaje la península de Corea y Mongolia interior.
En 1644, los manchúes invadieron China, expulsaron a la dinastía
Ching y fundaron la dinastía Ming. A mediados del siglo XVII, ejercían
la soberanía sobre 10 millones de km2 y 100 millones de habitantes.
En la segunda mitad del siglo XVII, los señores feudales de las pro­
vincias del sur (Yunnan, Kweichow y Kwantung) se alzaron, pero fue­
ron finalmente sometidos a la autoridad imperial. Restablecida la paz
interior, los manchúes afianzaron su control de la administración del
Imperio y del ejército. Como había sucedido antes con los invasores
mongoles, los manchúes se integraron con la población china y asimi­
laron su herencia cultural y religiosa. La extraordinaria riqueza de la
cultura y del desarrollo económico y social de China concluía por asi­
milar a los conquistadores.
Los primeros asentamientos de los portugueses en Cantón ( 1516) y
Macao (1557) fueron autorizados por el emperador Ming contra el pago
de tributos. Poco después, en 1581, los sacerdotes jesuitas Ricci y Ruggie­
ri se instalaron en China. Sus conocimientos matemáticos y técnicos fue­
ron apreciados en la corte imperial de Pekín.
Hacia el final de la dinastía Ching y comienzos de la Ming, China le
dio espaldas al mar y comenzó a desmontar el formidable poder naval
que había construido en los siglos anteriores. Las amenazas en la fron­
tera norte de China absorbieron los mayores recursos del Imperio. La
consecuente desprotección de las costas las sometió a las depredaciones
de los piratas japoneses y debilitó la capacidad negociadora del Imperio
frente a la creciente presencia de las flotillas europeas.
La reclusión de China en su interior y el desmantelamiento de su po­
der naval eran el resultado de una decisión estratégica. Pero reflejaba,
216 MEDIO ORIENTE, ÁFRICA Y ASIA

además, razones más profundas que inhibían la capacidad de crecimien­


to y transformación de la economía y la sociedad chinas. El conservadu­
rismo de la visión del mundo, heredada de las enseñanzas de Confucio.
generó el desprecio de la actividad productiva y mercantil, de las ganan­
cias y la acumulación de capital. En el siglo XVIII, bajo un emperador fun­
damentalista, Kien-Lung (1736-1796), la intolerancia religiosa impuso la
expulsión de las misiones cristianas, la persecución de las ideas, la quema
de libros y una xenofobia extrema.
Mientras en Europa el desarrollo del capitalismo mercantil estimu­
laba la aceptación del interés y de las ganancias como actividades legi­
timas y compatibles con el cristianismo, en China se retrocedía hacia
las posturas más conservadoras y hostiles al comercio y la acumulación
de capital. El elitismo de la ilustrada burocracia imperial cerró las puer­
tas al ascenso de nuevos actores sociales y a la generación de nuevas
fuentes de poder e influencia fundadas en la iniciativa privada y el de­
sarrollo económico.
De este modo, no sólo se deprimió la actividad de los mercad�re
chinos y de la actividad financiera, que había llegado a incluir el uso del
papel moneda, sino que se desmantelaron núcleos vitales del sistema
productivo, como la producción de hierro y la industria naval. El poder
quedó así encerrado en los límites estrechos de la propiedad de la tierra
y del excedente extraído de los campesinos, y en los impuestos aplica­
dos a los mercaderes y artesanos.
Las innovaciones tecnológicas (papel, imprenta, compás magnéti­
co, pólvora, relojes mecánicos, hidráulica y riego), que constituían con­
quistas de la cultura china, fueron despreciadas por el fundamentalis­
mo religioso. Quedaron rotos así los eslabonamientos entre la actividad
mercantil, las ganancias, la acumulación de capital y el cambio tecno­
lógico que, en Europa, sustentaban la expansión de ultramar.
El estancamiento económico agudizó los problemas históricos plan­
teados por la alta densidad de población. En los siglos XVI y XVII, la pro­
ducción agrícola se había diversificado con la incorporación de cultivos
(maíz, tabaco y maní) procedentes del Nuevo Mundo y Medio Oriente.
Pero el agotamiento de la frontera agrícola generó tensiones demográ­
ficas que no fueron aliviadas por los flagelos de las plagas y el hambre.
En el siglo XVIII, el deterioro del sistema administrativo del Imperio, la
corrupción, la delegación de atribuciones del poder central en los seño­
res feudales y la desmoralización y pobre equipamiento del ejército
ASIA 217

agravaron las tensiones sociales y las consecuencias de los alzamientos


de campesinos (llamados del Loto Blanco).
En el transcurso de los tres siglos del Primer Orden Económico
Mundial, en China, como en los imperios otomano, persa y moghul, se
interrumpieron los procesos de transformación que habían ubicado a
esas grandes civilizaciones en los niveles más altos del desarrollo eco­
nómico y cultural. Se había creado, de este modo, el escenario propicio
para la creciente penetración europea en el espacio chino.
Desde el siglo XVI, primero los mercaderes portugueses y, poco des­
pués, los holandeses, ingleses y franceses comenzaron a participar en
el comercio de especias, textiles, sedas, porcelanas y orfebrería de lujo,
entre los puertos de China, los de India y el Sudeste Asiático. Al mismo
tiempo, se abrieron las rutas marítimas al comercio intercontinental
entre China y Europa, que, hasta entonces, había estado limitado al
tránsito terrestre de la ruta de la seda. A fines del siglo XVIII, los europeos
comenzaron a emplear el opio para financiar su déficit comercial con
China, que había sido tradicionalmente saldado con barras y monedas
de plata. El comercio de opio con China y el tráfico de esclavos africa­
nos constituyen las dos expresiones más siniestras de la expansión eu­
ropea de ultramar durante el Primer Orden Económico Mundial.
El comercio de opio alcanzó su máximo nivel en las primeras décadas
del siglo XIX cuando excedió el valor de las exportaciones chinas de seda.
El pago del déficit comercial chino con plata deprimió la liquidez y la ac­
tividad económica, y complicó aún más las finanzas públicas. A fines del
Primer Orden Económico Mundial, la penetración europea en China no
había alterado el predominio de los acontecimientos internos en un país
gigantesco, pero había sentado las bases para su posterior desmembra­
miento y su subordinación a las decisiones de las potencias extranjeras.

JAPÓN

El carácter insular de Japón estimuló su aislacionismo y, desde princi­


pios del siglo xvn, una actitud abiertamente hostil a los extranjeros. Los
jesuitas liderados por san Francisco Javier consiguieron la autorización
e instalaron sus misiones en 1549, pero fueron expulsados en 1612, y
los cristianos, extranjeros y japoneses, perseguidos y exterminados. To­
dos los puertos fueron cerrados para los navíos extranjeros. Sólo a los
218 MEDIO ORlENTE, ÁFRlCA Y ASIA

holandeses se les autorizó mantener una factoría en Nagasaki, al tiem­


po que se prohibieron los viajes de los japoneses al exterior y la cons­
trucción de navíos para la navegación de altura. Bajo el shogunato de
los Tokugawa se consolidó el Estado nacional y se sometió a los señores
feudales. En este contexto de aislamiento y centralización del poder, se
produjo un desarrollo económico considerable, la integración del mer­
cado interno y el desarrollo urbano. En 1600, la población ascendía a
20 millones y a 30 millones dos siglos más tarde.
En el período emergieron algunos rasgos de la cultura japonesa que
tanta influencia tendrían en el desarrollo del país a partir de la restau­
ración Meiji (1868) y su espectacular crecimiento después de 1945. El
legado espiritual de Confucio, importado de China, se transformó en un
ideal ético caballeresco y marcial, de fidelidad al emperador y a su fa­
milia, y en un estricto código de honor. A diferencia del confucianismo
ortodoxo chino y de las tradiciones islámicas en sus versiones otomana
y moghul, la cultura japonesa no privilegiaba al mercader ni exaltaba
la ganancia, pero tampoco los despreciaba. De este modo, mercaderes,
banqueros, señores feudales y la casta guerrera de los samuráis se aso­
ciaron a menudo en emprendimientos mercantiles y financieros en los
mares de Oriente y en el mercado interno.
Tempranamente, la fuerza de la identidad nacional japonesa inclu­
yó aptitudes singulares de asimilar e incorporar en su propio acervo
tecnológico equipos, instrumentos y conocimientos extranjeros.
Al mismo tiempo, los piratas japoneses obtenían ricos botines de
sus asaltos a las costas de China y Corea, y de los abordajes de los na­
víos de los mercaderes orientales y europeos. La administración del
Estado era tanto o más competente que en Inglaterra, Francia y Holan­
da. El alfabetismo era quizá más alto que en cualquier otra parte, y la
arquitectura y las artes plásticas alcanzaron altos niveles de excelencia.
De este modo, la penetración europea en Japón en el transcurso del Pri­
mer Orden Económico Mundial fue totalmente marginal y subordinada
a los objetivos nacionales del país.
Cuando en 1853, el comodoro Perry forzó la apertura de los puertos
japoneses a los navíos extranjeros, Japón estaba preparado para respon­
der con eficacia, como efectivamente sucedió, a la penetración foránea
y mantener con firmeza (y agresividad) sus objetivos nacionales. Japón
nunca fue subordinado a la condición periférica de las potencias atlán­
ticas ni, más tarde, de Estados Unidos.
QUINTA PARTE

EL NUEVO MUNDO
XII. FACTORES CONDICIONANTES
DE LA CONQUISTA Y LA COLONIZACIÓN

ANTES DEL INICIO de su expansión de ultramar, Europa mantenía algún


tipo de relaciones con las principales civilizaciones de Asia y África. Las
nuevas rutas marítimas abrieron nuevos cauces de conocimiento e inter­
cambio, comunicación y conflicto. Pero los europeos no descubrieron
nada que no conocieran, en alguna medida, desde tiempos remotos. Por
otra parte, con las excepciones significativas de los asentamientos holan­
deses en el archipiélago malayo y, a finales del siglo XVIII, la penetración
británica en India, la presencia europea en ultramar no modificó de ma­
nera fundamental el mapa político y la organización económica y social
en África y Medio y Extremo Oriente.
En América, los europeos encontraron una situación absolutamente
diferente. Su presencia transformó la realidad preexistente como jamás
había sucedido antes en semejante escala. Las poblaciones que habitaban
el continente en las vísperas del descubrimiento y la conquista habían
perdido todo contacto con el resto del mundo desde que, alrededor de
treinta mil años antes, emigrantes provenientes de Asia comenzaran a
poblar el territorio. Cuando Colón fondeó sus naves frente a la isla Gua­
nahaní, el desconocimiento recíproco de los recién llegados y los nativos
era absoluto. Tres siglos después, cuando concluyó el Primer Orden Eco­
nómico Mundial, América era el asiento de nuevas civilizaciones. En
América, los europeos descubrieron y crearon un Nuevo Mundo.
En el gigantesco espacio americano se conformaron tres sistemas
básicos de organización de la economía y la sociedad: las colonias his­
pano-portuguesas, las economías de plantación británico-francesas-ho­
landesas de las Antillas y las colonias continentales británicas de Amé­
rica del Norte. Estas últimas se incorporaron tempranamente al
emergente mundo desarrollado. En cambio, América Latina y el Caribe
se asociaron al naciente orden mundial en condición periférica y subor­
dinada de las potencias atlánticas.
Antes de destacar los rasgos principales de tales sistemas, es preci­
so identificar cuatro factores que condicionaron la conquista y la colo-
221
222 EL NUEVO MUNDO

nización del Nuevo Mundo, a saber: la población nativa, la dotación


recursos naturales, la esclavitud y los cambios en las posiciones relati­
vas de poder de las potencias atlánticas.

LA POBLACIÓN NATIVA

A diferencia de lo ocurrido en Asia y África, los europeos enfrentara


en América a organizaciones sociales y políticas que se desplomaron
frente a su presencia. Por lo tanto, el desafío americano no tenía prece­
dentes en la expansión de ultramar ni, por cierto, en la experiencia his­
tórica de la humanidad. Todas las grandes corrientes migratorias pre­
vias, como las de las tribus bárbaras hacia Europa al final del Imperio
romano o de los mongoles a China e India, consistieron en la radicación
y la fusión de los invasores con los pueblos y las culturas conquistadas.
América fue un caso excepcional de demolición de culturas preestable­
cidas y construcción de nuevas civilizaciones.
En consecuencia, no se trataba ya de imponer un modus vivendi con
las poblaciones conquistadas ni de establecer factorías y fortalezas para
negociar con los soberanos y traficar con los productores y mercaderes
locales. Los europeos confrontaron así, por primera vez, en semejante
escala, el problema de la ocupación, la organización y la defensa del te­
rritorio, y la puesta en marcha de un nuevo sistema productivo destinado
a servir los objetivos de los nuevos ocupantes. El hecho de que, en apenas
dos siglos, las potencias atlánticas ocuparan efectivamente un continen­
te varias veces mayor que Europa es el ejemplo más notable de la audacia
y la capacidad desplegadas por los conquistadores.
Hacia 1500, la población nativa era de cerca de 60 millones de
habitantes, 1 y los niveles de desarrollo económico, cultural y político mu
diversos. En el norte del continente, la Amazonia, las islas del Caribe y la
cuenca del Río de la Plata, habitaban alrededor de 20 millones de personas
en un estado de desarrollo humano correspondiente a la Edad de Piedra:
nómades que vivían de la caza, la pesca, los recursos vegetales naturales del
bosque y las praderas, y una incipiente actividad agrícola. En Mesoamérica
(México y América Central) y en el macizo central andino de América del

1 W. M. Denevan (ed.), The Native Population of the Americas in 1492, Madison, Univer­
sity of Wisconsin Press, 1992, p. 291.
FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA. .. 223

Sur; existían, en cambio, dos grandes imperios. En Mesoamérica, desde su


capital de Tenochtitlán, los aztecas ejercían su dominio sobre alrededor de
30 millones de personas de diversas etnias. La base económica del Imperio
era una agricultura cuya productividad por hombre ocupado seguramente
no diferia mucho de la que prevalecía en Europa hacia la misma época, y
que incluía cultivos autóctonos como el maíz, la papa y los frijoles. Los na­
tivos poseían un dominio considerable de la fundición y forjado de metales
preciosos, la producción de textiles, alfareria y materiales de construcción.
Antes que los aztecas, los mayas habían desarrollado un conocimiento
matemático considerable que posibilitó la medición del tiempo y la cons­
trucción de las extraordinarias obras de ingenieria de los templos y pala­
cios de los grandes centros ceremoniales y urbanos precolombinos. Sin
embargo, civilizaciones tan avanzadas disponían sólo de una escritura je­
roglífica sobre piedra y carecían de un alfabeto escrito y de la rueda.
El Imperio azteca había establecido un eficaz sistema de control
social y de exacción de los excedentes de la producción de las poblacio­
nes sometidas. Las tensiones dentro del Imperio eran acrecentadas por
las guerras permanentes y la captura de prisioneros que los aztecas sa­
crificaban en homenaje al Dios Sol, Huitzilopochtli.
En América del Sur, en el macizo central andino, los españoles en­
contraron una civilización aún más sofisticada y compleja que la de
Mesoamérica. El Imperio inca, desde su capital en Cuzco, ejercía su do­
minio sobre una población de alrededor de 1 O millones de habitantes y
un territorio que abarcaba desde el sur de Colombia hasta el norte de
Chile y Argentina. Los incas tenían un avanzado conocimiento de la ex­
plotación de tierras de montaña para la agricultura intensiva en terrazas
bajo riego y disponían de técnicas para la producción de textiles, metales,
alfarería y construcción. La llama era un recurso fundamental para el
transporte y el suministro de lana, leche y carne. Conocían elementos de
cirugía y la matemática necesaria para la contabilidad, la medición del
tiempo y las obras de ingeniería. Éstas incluían una extensa red de cami­
nos ( estimada en 1 O mil km) y puentes en toda la extensión del Imperio.
Sin embargo, los incas también carecían de escritura y de la rueda.
Los incas implantaron su cultura y sus creencias en los pueblos some­
tidos y organizaron el Imperio bajo un régimen de dominio del suelo, tra­
bajo obligatorio y una red de seguridad social que garantizaba la satisfac­
ción de las necesidades básicas. Como los aztecas, los incas adoraban al
Sol, pero los sacrificios en su homenaje no incluían a los seres humanos.
224 EL NUEVO MUNDO

En vísperas del descubrimiento, la esperanza de vida y los cons umos


esenciales de alimentos, vestuario y vivienda prevalecientes en los imperios
azteca e incaico no eran sustancialmente menores a los que imperaban en
las grandes civilizaciones del resto del mundo. El producto per cápita de-
bía ser del orden de los 400 dólares y alrededor de dos tercios del predomi­
nante en Europa hacia la misma época. Sin embargo, los límites culturales
y tecnológicos bastaban por sí solos para impedir cualquier posibilidad
crecimiento a largo plazo de la productividad y de los niveles de vida.
Hernán Cortés (1485-1547) y Francisco Pizarra (1478-1541) mani­
pularon las tensiones internas dentro de los dos grandes imperios ame­
ricanos para derrotarlos e imponer el dominio español. En su expan­
sión de ultramar, los europeos aprovecharon a menudo los conflicto
internos de las poblaciones nativas. Otro ejemplo notable en el mismo
sentido durante el Primer Orden Económico Mundial lo proporciona la
penetración británica en India en la segunda mitad del siglo XVIII.
Pero, en América, éste fue un componente secundario de la conquis­
ta. Lo fundamental fue la confrontación de la racionalidad y de los me­
dios (que incluían la rueda, el caballo y la pólvora) de los europeos con
civilizaciones atrapadas en el pensamiento mágico. De allí, por ejemplo,
el convencimiento de Moctezuma de que Cortés era la encarnación del
dios blanco y barbudo Quetzalcóatl, creador de la tierra y del hombre. De
este modo, puñados de aventureros pudieron derrotar y dominar gigan­
tescos imperios, y someter a sus poblaciones a un nuevo dominio.
La presencia europea en América provocó la mayor catástrofe de­
mográfica de la historia mundial. Su magnitud depende de la estima­
ción que se adopte sobre la población americana hacia 1500. Los con­
quistadores trajeron consigo plagas frente a las cuales las poblaciones
locales no habían desarrollado inmunidades. La viruela llegó a la isla
La Española (Santo Domingo) en 1519 y en una década se propagó por
el continente. Entre 1530 y 1531, arribó el sarampión y 15 años des­
pués, el tifus. La epidemia de gripe que asoló Europa a finales del siglo
xvr se extendió en América poco después. Hacia la misma época, la di­
sentería hemorrágica hizo estragos en la población nativa de Brasil. La
fiebre amarilla y la malaria llegaron desde África a mediados del siglo
xvn. 2 A su vez, la población indígena padecía de enfermedades vené-

2
M. A. Burkholder y L. L. Johnson, Colonial La.tin America, Oxford, Oxford University
Press, 1990, p. 66.
FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA ... 225

reas. Desde el primer viaje de Colón, numerosos marinos regresaron


enfermos y difundieron la sífilis en Europa.
El factor determinante de la rápida extinción de la mayor parte de
la población precolombina de las Américas fue la difusión de las epide­
mias importadas por los europeos. Hacia 1650, en el transcurso de un
siglo y medio, la población nativa estaba reducida a alrededor de 6 mi­
llones, es decir, al 10% de la que habría existido a fines del siglo XV. La
destrucción de las organizaciones sociales y de los estilos de vida
preexistentes, sumada a las formas brutales de explotación de los nati­
vos, también contribuyó a la catástrofe demográfica.
Las mayores culturas y alrededor del 80% de la población nativa
cayeron bajo la jurisdicción del Imperio español en América. En Brasil,
América del Norte al norte del río Bravo y las Antillas, existían espacios
abiertos deshabitados y poblaciones de inferior nivel cultural. Los por­
tugueses, los holandeses, los británicos y los franceses encontraron,
pues, situaciones muy distintas a las confrontadas por los españoles.
Estas diferencias influyeron decisivamente en el curso de la conquista
y en la formación de las civilizaciones americanas.

Los RECURSOS NATURALES

Los metales preciosos y las tierras aptas para la producción de azúcar


fueron los dos principales atractivos iniciales de los conquistadores y
colonizadores del Nuevo Mundo. Éstos fueron los dos grandes rubros
del comercio internacional de la época que los europeos desarrollaron
inicialmente. Las especias y otros productos, que se importaban de
Oriente, eran inexistentes en América o requerían organizaciones pro­
ductivas de difícil implantación en el Nuevo Mundo.
Los yacimientos de oro y plata y las tierras tropicales atrajeron así
los primeros asentamientos europeos y las primeras explotaciones des­
tinadas al mercado internacional. El valor de los metales preciosos per­
mitía soportar altos fletes hasta los puertos de embarque. Esto hacía
posible la penetración profunda en el continente, como en las explota­
ciones de plata en Potosí y, más tarde, en las de oro en Minas Gerais. El
azúcar, en cambio, no soportaba los costos de transporte terrestre. Los
ingenios debían, por lo tanto, ubicarse cerca de la costa, lo cual explica
el poblamiento del nordeste de Brasil y las Antillas.
226 EL NUEVO MUNDO

El Nuevo Mundo encerraba yacimientos de plata y oro mucho más


ricos que los de Mali, los Balcanes y Japón, que habían abastecido tra­
dicionalmente la demanda de metales preciosos de Europa y Oriente.
En los territorios americanos bajo dominio español y, desde fines de
siglo XVII, también en los dominios de Portugal, fueron descubierto
los yacimientos más ricos. En 1537, se descubrieron los primeros de­
pósitos de oro en el valle del río Magdalena, en Colombia. Pero fueron
los espectaculares hallazgos de los yacimientos de plata de la década
siguiente los que transformaron radicalmente la situación preexisten­
te. En 1545, fueron descubiertos los yacimientos de plata de Potosí en
el Alto Perú y en 1546, los de Zacatecas en el norte de México. El pri­
mer gran cargamento de plata de los nuevos yacimientos llegó a E
paña en 1552. Entre 1590 y 1620, se alcanzó el punto máximo con 200
toneladas anuales frente al tope alcanzado por la producción de lo
yacimientos de los Balcanes de poco más de 10 toneladas anuales. 3
Hacia 1650, desde América habían llegado a Europa 16 mil toneladas
de plata y cerca de 200 toneladas de oro. Hacia la misma época, la
producción europea de plata representaba menos del 10% de las im­
portaciones desde el Nuevo Mundo.4 En el siglo XVIII, las minas awi­
feras de Brasil y Colombia proporcionaron el 80% de la producción
mundial de oro, de 1.400 toneladas. 5
Los portugueses fueron los principales protagonistas del aumento
de la producción de oro. En la última década del siglo XVIII, encontraron
yacimientos en la región de Minas Gerais y, poco después (1728), minas
de diamantes. La fiebre del oro convirtió a la región mineira en el epi­
centro de la actividad de la colonia portuguesa. En la primera mitad del
siglo XVIII, los envíos de oro a Lisboa promediaron 10 toneladas anuales,
cuyo valor era semejante al de las exportaciones de plata de México y
Perú a finales del siglo XVI.6
En la América española, los principales yacimientos de oro se encon­
traron en Colombia. En el siglo XVII, el valor de la producción colombia­
na de oro equivalía a alrededor del 20% del de la producción de plata del

3 R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Cornell University Press, 1973,
p. 96.
4
J. M. Roberts, The Pelican History of the World, Londres, Penguin Books, 1987, p. 59
[trad. esp.: La historia del mundo. De la prehistoria a nuestros días, Barcelona, Debate, 2010].
5 EnciclopediaBritánica, ed. de 1961, t. 10, p. 481.
6 R. Davis, op. cit., p. 175.
FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA... 227

Alto Perú. 7 Desde 1492 hasta 1600, las exportaciones de oro a Europa al­
canzaron a 200 toneladas 8 y representaron un tercio de la producción
mundial de este metal. En los siglos XVII y XVJII, la producción americana
representó alrededor del 70% de la producción mundial de oro.
El azúcar fue el segundo producto en torno del cual se articuló la co­
lonización de tierras del Nuevo Mundo con el comercio internacional y
el primero de carácter agrícola. El azúcar mantuvo su importancia en el
transcurso del Primer Orden Económico Mundial. Desde la segunda mi­
tad del siglo XVII, las importaciones de azúcar en Inglaterra eran superio­
res a las de todos los otros productos importados del Nuevo Mundo; en
las últimas décadas del siglo XVIII, representaban casi el 20% del total de las
importaciones. El azúcar, que en la Edad Media era un producto raro y
de lujo, se convirtió paulatinamente en un bien de consumo difundido.
El abastecimiento de azúcar aumentó de unas 3 mil toneladas anuales a
fines del siglo XV a 20 mil cien años después y a 200 mil a fines del siglo
XVIII. 9 La red de distribución del azúcar abarcó, en sus inicios, el tráfico
entre Olinda, Pernambuco y Salvador con Lisboa. Más tarde, incorporó
la producción de las plantaciones e ingenios de las posesiones británicas,
francesas y holandesas en las Antillas. Los puertos de destino más impor­
tantes eran Ámsterdam y Londres, y los franceses en el golfo de Vizcaya
(Burdeos, Nantes, La Rochelle) y el Canal de la Mancha.
La incorporación del Nuevo Mundo al emergente orden mundial
provocó, al mismo tiempo, una transferencia intercontinental de recur­
sos de la agricultura y la producción animal que diversificó la oferta de
alimentos y materias primas. La papa y el maíz fueron las dos grandes
contribuciones de la agricultura americana a la de Europa y del resto del
mundo. En la tercera década del siglo XVI, los españoles y los portugue­
ses ya estaban cultivando maíz en la Península Ibérica. La papa fue in­
troducida en España poco después de la conquista de Perú y se convirtió
paulatinamente en un elemento importante de la dieta de los trabajado­
res urbanos y campesinos europeos. Otros productos de origen ameri­
cano, como batata, frijoles, tomate y maní, tuvieron menor importancia
relativa, pero también contribuyeron a diversificar la dieta en Europa.
Su producción se difundió en las tierras aptas de los otros continentes.

7M. A. Burkholder y L. L. Johnson, op. cit., p. 238.


8
Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 10, p. 481.
9R. Davis, op. cit., p. 251.
228 EL NUEVO MUNDO

A su vez, la riqueza de los suelos americanos facilitó el trasplante


de cultivos de origen europeo. Los españoles introdujeron durante el
siglo XVI trigo, olivo, viña y diversos tipos de hortalizas. El banano, in­
troducido por primera vez en las Antillas en 1516, se difundió rápida­
mente por las tierras tropicales de las islas del Caribe y tierra firme. La
importación de vacunos, equinos, ovinos y porcinos provocó un aumen­
to espectacular de la producción ganadera en América. Lo mismo suce­
dió con la introducción de cabras y aves de corral. Las avanzadas de los
conquistadores españoles y portugueses llevaban consigo semillas y ani­
males que arraigaron rápido en las tierras fértiles del Nuevo Mundo. La
difusión del caballo como medio de transporte y de guerra generó una
cultura ecuestre, no ya de los caballeros en la tradición medieval euro­
pea, sino de las nuevas formaciones sociales de gauchos, vaqueiros y
llaneros de las planicies americanas.
Con el transcurrir del tiempo, los cultivos y los animales que los eu­
ropeos introdujeron en América generaron nuevas exportaciones a Eu­
ropa, como cuero, sebo y lana. Sin embargo, durante los tres siglos del
Primer Orden Económico Mundial, la producción agrícola y ganadera
resultante de la colonización se destinó en lo fundamental a la subsis­
tencia de las poblaciones y al comercio local y, en menor medida, al
tráfico intercontinental.
Las relaciones económicas entre el Nuevo Mundo y las potencias
atlánticas se organizaron fundamentalmente en torno de la produc­
ción y las exportaciones de metales preciosos y azúcar. Estos dos ru­
bros representaron alrededor de dos tercios de las exportaciones del
Nuevo Mundo durante los tres siglos del Primer Orden Económico
Mundial. Pero no fueron éstos los únicos productos que posibilitaron
el desarrollo de nuevas producciones y asentamientos humanos. En
las tierras tropicales de las Antillas, el golfo de México y Brasil, se de­
sarrollaron otros cultivos destinados al mercado europeo, principal­
mente, café, tabaco, cacao, índigo y algodón. El café, el más impor­
tante de estos cultivos tropicales, era originario de Arabia, que fue la
principal fuente de suministro hasta la expansión cafetalera en las An­
tillas durante los inicios del siglo xvrn. A fines de éste, el café de origen
americano estaba abasteciendo casi la totalidad de la creciente de­
manda europea. El tabaco y el algodón, cuya producción era posible
en pequeña escala, dio lugar a la formación de pequeños productores
independientes. Las economías de escala en la producción de café e
FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA ... 229

índigo, en cambio, extendieron estos cultivos a las plantaciones con


mano de obra esclava.
En las posesiones de España y Portugal, se desarrollaron otras pro­
ducciones de menor importancia para el comercio intercontinental (ta­
baco, algodón, café, colorantes, cueros). Las posesiones francesas y bri­
tánicas en América del Norte exportaban a Europa una variedad de
productos: las plantaciones de Virginia y las Carolinas, tabaco y algo­
dón; las pesquerías de Terranova y Nueva Escocia, pescado salado; las
tierras frías de los Grandes Lagos y la cuenca del río San Lorenzo, pie­
les. Los bosques de Nueva Inglaterra permitieron la exportación de ma­
deras y material naval e, incluso, de navíos construidos en los astilleros
de la región.

LA ESCLAVITUD

La institución de la esclavitud existía en Europa, África y el Medio


Oriente desde la Antigüedad. La penetración portuguesa en África am­
plió la dimensión del tráfico esclavista. En las últimas décadas del siglo
xv, desde el castillo-fortaleza de San Jorge de Mina en el golfo de Gui­
nea y otros asentamientos portugueses, se enviaban anualmente a Lis­
boa alrededor de 1 O mil esclavos, 10 cuyo valor de cambio, en África, era
de 10 por un caballo. 11 Parte de estos esclavos se destinaban a las plan­
taciones de azúcar en las islas portuguesas del océano Atlántico.
Pero el Nuevo Mundo introdujo dos nuevas dimensiones en el trá­
fico esclavista, desconocidas en la experiencia histórica previa. Primero,
la dimensión del fenómeno. Segundo, la asociación de la esclavitud con la
raza. Nunca antes se había traficado en escala semejante a la inaugura­
da con la incorporación del Nuevo Mundo al emergente orden mundial.
Tampoco la esclavitud había estado asociada con la raza y a una frac­
tura profunda entre los niveles culturales de esclavistas y esclavizados.
En la Antigüedad, los esclavos eran generalmente prisioneros de guerra,
de la misma raza y de semejante, y, a menudo, mayor nivel cultural que
sus dueños. El comercio de esclavos africanos en gran escala a partir

10 The Times Atlas ofWorld History, Nueva Jersey, Hammond, 1970, p. 146.
11 J. M. García y F. Paulina, Portugal e os descobrimentos, Lisboa, Comissariado de
Portugal para a Exposic;:ao Universal de Sevilha, 1992, p. 93.
230 EL NUEVO MUNDO

del siglo XVI provocó una repercusión sin precedentes en la estratifica­


ción social.
Entre 1500 y 1800, ingresaron al Nuevo Mundo cerca de seis millo­
nes de esclavos orig'inarios, en su mayor parte, de la región del golfo de
Guinea. El Nuevo Mundo fue responsable del 90% del tráfico esclavista
en el período. 12 Poco más de la mitad de los esclavos embarcados en
África llegaban vivos a destino. Además, las condiciones de explotación
en las plantaciones y en las minas eran tales que la mayor parte de los
esclavos morían jóvenes y sin descendencia. Estos hechos realimenta­
ban el tráfico, que alcanzó su punto culminante a fines del siglo XVIII,
con envíos anuales del orden de los 80 mil esclavos. El 80% de los des­
tinados al Nuevo Mundo se localizaron en Brasil y el Caribe. En las co­
lonias continentales británicas de América del Norte, los esclavos im­
portados se radicaron principalmente en las plantaciones de arroz de
las Carolinas y en las de tabaco de Virginia y Maryland.

CAMBIOS EN EL PODER RELATIVO DE LAS POTENCIAS ATLÁNTICAS

Las transformaciones dentro de Europa y el nuevo reparto del poder fue­


ron el cuarto factor que encuadró el desarrollo de las nuevas civilizacier
nes del Nuevo Mundo y su inserción en el emergente orden mundial.
Durante la mayor parte del siglo XVI, América fue un escenario re­
servado casi exclusivamente a la presencia española y a la conquista de
los grandes imperios en Mesoamérica y el macizo andino central. El
inicio de la conquista y la colonización del Nuevo Mundo correspondió
a la época de esplendor de los Habsburgo españoles y a un período en
el cual la expansión de ultramar de Portugal estaba en su apogeo, pero
en lo fundamental orientada hacia África y Asia.
La primera disputa por el dominio de los territorios del Nuevo Mun­
do se planteó inicialmente entre las naciones ibéricas. El Tratado de
Tordesillas (1494), acordado por los embajadores de Juan II de Portugal
y los Reyes Católicos de España, bajo el patrocinio del papa Alejandro VI,
resolvió la disputa ampliando la zona bajo hegemonía portuguesa a las
tierras al Este de un meridiano a 370 leguas (2.100 km) de las islas de
Cabo Verde. Como esta línea demarcatoria atraviesa desde la desembo-

12 Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 20, p. 780.


FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA... 231

cadura del río Amazonas hasta el actual puerto de Santos, Portugal ad­
quirió la soberanía sobre las tierras que seis años después, en 1500, se­
rían descubiertas por Pedro Álvares Cabral. Recién al promediar la
segunda mitad del siglo XVI comenzó la ocupación efectiva del territorio
con el desarrollo de la producción azucarera en las regiones de Bahía y
Pernambuco.
A fines del siglo XVIII, cuando España y Portugal eran potencias de
segundo orden, los tratados de San Idelfonso y el Pardo realizaron el
reparto definitivo de las posesiones coloniales de las naciones ibéricas.
Portugal cedió a España las islas de Annobón y Fernando Poo en África
y, en América, la Colonia del Sacramento y las márgenes de los ríos de
la Plata y Paraguay a cambio de las provincias de Santa Catarina y Río
Grande del Sur.
La presencia de las otras potencias atlánticas en el espacio ameri­
cano se limitó, inicialmente, a las incursiones de los corsarios ingleses.
En las últimas décadas del siglo XVI, John Hawkins y sir Francis Drake
atacaron los navíos españoles para despojarlos de los tesoros america­
nos que transportaban a la metrópoli. Con los mismos fines, asaltaron
las posesiones españolas en las costas del Caribe en tierra firme y en las
Antillas. En el océano Pacífico, desde la primera expedición del pirata
inglés John Oxenham en 15 75 hasta mediados del siglo XVIII, corsarios
ingleses, franceses y holandeses atacaron repetidas veces puertos y na­
víos españoles. La flota de la plata desde Perú a Portobelo y el tráfico
entre Acapulco y Manila ofrecían la oportunidad de fabulosos botines.
En el siglo XVII, el holandés Piet Hein, el inglés Morgan, el francés
Nu y otros corsarios con patentes otorgadas por sus respectivos sobe­
ranos continuaron asaltando los navíos y las posesiones españolas en la
región del mar Caribe. Las depredaciones de piratas y corsarios plan­
tearon graves problemas a la defensa del Imperio español en América.
Pero Gran Bretaña, Francia y Holanda nunca se propusieron seriamen­
te la ocupación permanente del territorio continental americano bajo
jurisdicción de la Corona española.
Mientras estaban unificadas las coronas de España y Portugal
(1580-1640) y los Países Bajos estaban alzados contra la soberanía es­
pañola (1568-1648), la Compañía Holandesa de las Indias occidentales
ocupó Bahía (1624) y, más tarde, la mayor parte de las áreas azucareras
del nordeste. Pero fueron finalmente expulsados. Con la rendición de la
guarnición holandesa de Recife, en 1654, concluyó la tentativa holan-
232 EL NUEVO MUNDO

desa de asentarse en tierras portuguesas en América. En cambio, hacia


la misma época, lograron instalarse en Guayana y ocupar las islas de
Curazao, Saint-Martin y Saint Eustatius.
En el siglo XVII, el atractivo de las tierras calientes aptas para la pro­
ducción de azúcar y otros cultivos tropicales indujo a Gran Bretaña y
Francia a ocupar en forma permanente numerosas islas del archipiéla­
go de las Antillas. Éstas, desde el Tratado de Tordesillas, estaban bajo
jurisdicción española. Entre 1625 y 1655, los franceses tomaron pose­
sión de San Cristóbal, Guadalupe, Martinica y Haití. Hacia la misma
época, los británicos ocuparon Barbados, las Bahamas y las Bermudas
y, durante la guerra anglo-española de 1654-1659, Jamaica. A fines del
siglo XVII, con la excepción de Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, las
Antillas estaban bajo dominio de Gran Bretaña y Francia. Trinidad y
Tobago fueron teatro de las incursiones de ingleses, franceses y holan­
deses, hasta que Trinidad fue ocupada, a fines del siglo XVIII, por los
primeros y cedida formalmente por España a Gran Bretaña en el Tra­
tado de Amiens (1802).
A partir del siglo XVII, los conflictos por la hegemonía en Europa
abarcaban el reparto de las tierras del Nuevo Mundo. Por el Tratado de
Utrecht (1713), que puso fin a la guerra de la sucesión del trono de Espa­
ña, el príncipe Barbón, Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia,
renunció a la sucesión de su abuelo y fue reconocido como soberano de
España. Madrid cedió a los británicos Gibraltar y Menorca y el monopo­
lio del tráfico de esclavos en sus posesiones, incluyendo el asiento de la
Colonia del Sacramento en el Río de la Plata. A su vez, los franceses
cedieron a Gran Bretaña la posesión de Acadia, Terranova y la libertad
de operaciones para las actividades de la Compañía Británica de la
bahía de Hudson.
El conflicto anglo-francés se prolongó al siglo XVIII. En 1754, se
abrieron las hostilidades en América del Norte entre los franceses y sus
aliados iroqueses con las fuerzas británicas. Pero la guerra se definiría
en el escenario europeo. La derrota de Francia en la Guerra de los Sie­
te Años (1756-1763) puso fin a sus pretensiones imperiales en América;
sus dominios quedaron reducidos a varias islas de las Antillas y parte
de Guayana en América del Sur. Por la Paz de París (1763) todas las po­
sesiones francesas en Canadá y al este del río Misisipi fueron cedidas a
Gran Bretaña. De este modo, el Imperio británico en América abarcó
toda la costa atlántica de América del Norte, desde Quebec hasta Flori-
FACTORES CONDICIONANTES DE LA CONQUISTA ... 233

da. España recuperó el dominio de Manila y La Habana (ocupada por


fuerzas británicas) y obtuvo Luisiana, en compensación por la cesión
de la península de Florida. La Paz de París consolidó también las con­
quistas británicas en África y Oriente. Las posesiones francesas en Se­
negambia y en India fueron cedidas a Gran Bretaña.
La Paz de París fue la culminación del ascenso de la expansión de
ultramar de Gran Bretaña, de su hegemonía en los mares y de su gravi­
tación decisiva en las disputas dinásticas en el escenario europeo. Aun
antes, en 1703, el Tratado anglo-portugués de Methuen había subordi­
nado a Portugal a la estrategia imperial de Gran Bretaña.
El otro eje de la disputa entre las potencias atlánticas por el domi­
nio de las tierras del Nuevo Mundo y las redes comerciales de Oriente
se desarrolló entre la república holandesa y Gran Bretaña. A principios
del siglo XVIII, este diferendo también estaba resuelto en favor de los
británicos. Entre 1652 y 1674, las dos armadas más poderosas se en­
frentaron en tres guerras navales, cuyo epílogo fue el comienzo de la
decadencia de Holanda. En la Paz de Breda (1667), que puso fin al se­
gundo de esos enfrentamientos, se pactó la permuta de Nueva Ámster­
dam (Nueva York), que los holandeses ocupaban desde la expedición de
Henry Hudson (1609), navegante a las órdenes de la Compañía de la
Indias Orientales (voc, por sus iniciales en holandés). Los holandeses
recibieron en cambio la posesión de parte de Guayana (Surinam).
España y Portugal, que, después de la Paz de Westfalia, perdieron
rápidamente capacidad de enfrentar a sus competidores, lograron
conservar la posesión de la mayor parte de sus territorios en tierra fir­
me y las Antillas Mayores. A fines del siglo XVIII, las naciones ibéricas
ejercían su soberanía sobre toda América del Sur, con la excepción de
las Guayanas. La línea demarcadora entre el Brasil portugués y el Im­
perio español quedó trazada en lo fundamental con el Tratado de San
Idelfonso (1778), que deslindó las hegemonías en las tierras disputa­
das de la cuenca del Río de la Plata. El Imperio americano de España
abarcaba, asimismo, Mesoamérica y California, y Luisiana en Améri­
ca del Norte. En el Caribe, España conservaba la posesión de las An­
tillas Mayores (Cuba, la parte oriental de Santo Domingo y Puerto
Rico) y, en el Atlántico Sur, el remoto y casi deshabitado archipiélago
de las Islas Malvinas.
XIII. HISPANOAMÉRICA

ÜRGANIZACIÓN DEL TERRITORIO Y DE LA RELACIÓN COLONIAL

EL SISTEMA administrativo implantado en América reflejó la tradición


institucional de Castilla y Aragón. El poder central radicaba en un con­
sejo, subordinado directamente al rey, r esponsable del dictado de las
leyes y normas aplicables en las esferas legislativa, judicial, financiera,
comercial, militar y eclesiástica. Ese real y supremo Consejo, denomi­
nado de Indias, establecido en 1524 por Carlos I, dictaba las leyes y los
decretos administrativos, censuraba libros, regulaba la tutela de los in­
dios, era tribunal de apelación y administraba las materias eclesiásti­
cas. A través de sus visitadores, supervisaba la organización política y
administrativa establecida en las colonias. Éste abarcaba, en la cúpula,
al virrey, delegado personal del soberano y las distintas jurisdicciones
territoriales (audiencias, provincias mayores y menores, capitanías ge­
nerales y municipios). El espacio americano fue dividido inicialmente
en dos virreinatos: Nueva España y Perú. El primero, establecido en
1535, comprendía desde la actual Costa Rica hasta una difusa línea al
norte que abarcaba los actuales estados estadounidenses de Florida,
Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nueva México, Arizona y Califor­
nia. El Virreinato de Nueva España abarcaba, asimismo, las islas del
Caribe y parte del territorio actual de Venezuela. Después de su con­
quista en la década de 1570, las islas Filipinas fueron incorporadas al
mismo Virreinato.
El del Perú, creado en 1542, abarcaba América del Sur con la excep­
ción de una parte del actual territorio de Venezuela. En el siglo XVIII, se
subdividió el Imperio formando dos nuevos virreinatos en América del
Sur. Al norte, el de Nueva Granada, establecido en 1717 y confirmado
en 1739, abarcaba la Gran Colombia (actuales Venezuela, Colombia y
Ecuador). Al sur, el del Río de la Plata, fundado en 1776, que compren­
día los territorios actuales de Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia.
A fines de la década de 1770, se establecieron también las Capitanías
Generales de Chile y Venezuela.
235
236 EL NUEVO MUNDO

La organización política y administrativa del territorio hispanoa­


mericano incluía un régimen comercial fundado en los mismos crite­
rios piramidales y centralistas. Conforme a los principios inherentes al
capitalismo mercantil, el régimen imponía normas monopolistas y ex­
cluyentes. La organización comercial fue establecida inmediatamente
después del descubrimiento y antes de la organización política y admi­
nistrativa del Nuevo Mundo. En 1503, se estableció la Casa de Contra­
tación de Sevilla, y se otorgó a este puerto andaluz sobre el río Guadal­
quivir la exclusividad del transporte y el comercio con las Indias. La
Casa tenía la responsabilidad de autorizar las expediciones, supervisar
la carga y descarga de los navíos, recaudar impuestos, autorizar la emi­
gración y administrar justicia sobre las cuestiones vinculadas al comer­
cio. En 1717, la Casa fue transferida a Cádiz, que, desde la segunda mi­
tad del siglo xvn, se había convertido en el principal puerto para el
comercio con América. La Casa operaba conjuntamente con el Consu­
lado de Sevilla, corporación de comerciantes a la cual el rey le confirió
el monopolio del comercio de Indias. En sus inicios, el Consulado de­
signó agentes en las principales ciudades del Nuevo Mundo y controló
los dos extremos del tráfico. A fines del siglo XVI y principios del XVII, la
Corona autorizó el establecimiento de consulados de comerciantes ma­
yoristas en México y Lima que ejercían el monopolio del comercio en
sus respectivos virreinatos.
El régimen comercial español en América incluía el sistema de con­
voyes destinado a proteger el tráfico entre la metrópoli y las colonias de
los ataques de corsarios y piratas. A mediados del siglo XVI, el sistema
estaba bien establecido y abarcaba el comercio entre Sevilla y Cádiz con
los puertos autorizados en el Nuevo Mundo: Veracruz, Cartagena de
Indias y Nombre de Dios (Portobelo). En mayo (la flota) y agosto (los
galeones) partían de España. Entre marzo y abril del año siguiente, las
naves convergían en La Habana para el regreso a la metrópoli. En los
puertos, los comerciantes mayoristas de los consulados compraban
los textiles, las herramientas, las bebidas y los otros bienes provenientes
de Europa, y los distribuían por la red de intermediarios y minoristas
en el resto del Imperio. Al regreso a España, los convoyes transportaban
los metales preciosos extraídos de los yacimientos de México y el Alto
Perú y, en menor medida, algunos productos de la agricultura tropical.
A través del régimen de convoyes, del monopolio de las asociaciones de
comerciantes ma-yoristas -y de los-puertos autori:z.ados, \a Corona recau-
HISPANOAMÉRICA 237

daba los tributos sobre el comercio exterior, las ventas (la alcabala) y la
explotación minera.
La recaudación de impuestos de fuente americana fue importante
dentro de los recursos totales de la Corona. En la segunda mitad del si­
glo XVI, representaba alrededor del 25% de los ingresos totales del fisco
español. Parte importante de los tributos se empleaba para la defensa
y el sostenimiento de la administración de las colonias del Nuevo Mun­
do y de las posesiones de las Filipinas. Los gastos militares aumentaron
a partir de la decisión de Carlos 111 de crear los ejércitos coloniales para
enfrentar la penetración británica y francesa y los alzamientos indíge­
nas en Perú. La ejecución de Túpac Amaru en 1781 puso fin a cuatro
décadas de rebeliones que costaron 100 mil vidas. 1 A fines del siglo XVIII,
había en Nueva España 24 mil y en Perú 18 mil hombres bajo bandera.
Las fricciones de la tropa con los oficiales españoles contribuyeron a
agravar las tensiones que culminarían con las guerras de independen­
cia. Mientras tanto, más de la mitad de los ingresos fiscales del Nuevo
Mundo se destinaba a los gastos militares.
Los altos márgenes de la intermediación y la carga tributaria, su­
mados a la penetración de los mercaderes de las otras potencias atlán­
ticas y a la corrupción en la administración, generaron el contrabando
y la evasión fiscal que abrumaron el orden colonial español. El sistema
de flotas y galeones fue eficaz para defender los cargamentos de metales
preciosos transportados desde América a España. Solamente en dos
ocasiones, 1628 y 1656, los convoyes cayeron en manos de los corsarios.
En el siglo XVIII, el sistema de convoyes fue sustituido por los barcos
de registro, navíos autorizados a comerciar con las colonias en el Caribe,
el Río de la Plata y los puertos del océano Pacífico. El nuevo sistema
permitió la expansión del volumen de comercio y la diversificación de
los bienes transportados. En las últimas dos décadas del siglo xvn y la
primera del siguiente, el promedio anual de los embarques de España
a América fue de 6 mil toneladas. A mediados del siglo XVIII, había au­
mentado a cerca de 20 mil toneladas. 2 Al regreso, los navíos no sólo
transportaban metales preciosos, sino que incluían nuevos productos
(cacao, azúcar, tabaco, tinturas).

1 M. A. Burkholder y L. L. Johnson, Colonial Latin America, Oxford, Oxford University


Press, 1990, p. 241.
2
!bid.
238 EL NUEVO MUNDO

Como sistemas de vinculación entre la producción de España y la


demanda del Nuevo Mundo, los convoyes y barcos de registro fueron
intrascendentes. La progresiva declinación de la economía española
disminuyó su capacidad de abastecer la demanda de las colonias. Los
comerciantes españoles, delegados del régimen monopólico, eran fre­
cuentemente intermediarios de los bienes comercializados por merca­
deres franceses, ingleses y holandeses. Hacia 1700, alrededor del 90%
de los bienes exportados al Nuevo Mundo eran producidos fuera de Es­
paña. Las tres potencias atlánticas en expansión, Holanda, Gran Breta­
ña y Francia, eran el principal origen de las exportaciones al Nuevo
Mundo, no sólo a sus propias posesiones, sino incluso a los dominios
de España y Portugal.
El siglo XVIII fue, en España, un período de transformaciones que
las naciones más avanzadas, Holanda e Inglaterra, habían realizado
mucho antes. Las reformas borbónicas se articularon en torno de la se­
cularización y la subordinación de la Iglesia al poder temporal, la eli­
minación de las prácticas extremas de la Inquisición y la expulsión de
la Sociedad de Jesús, la abolición de fueros y privilegios heredados del
orden feudal, la creación de academias científicas y bibliotecas, la tole­
rancia de la prensa contestataria y la liberalización de la actividad eco­
nómica simultáneamente con el respaldo público al desarrollo indus­
trial. Los dos mayores exponentes de la renovación del pensamiento
económico, Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) y el conde de
Campomanes (1723-1802), difundieron las ideas de la fisiocracia fran­
cesa y del liberalismo británico encarnado en la obra de Adam Smith.
Desde su posición en el máximo cuerpo colegiado del reino, el Consejo
de Castilla, Campomanes influyó en las reformas de la administración de
las colonias americanas y en la promulgación del Reglamento de Co­
mercio Libre (1778), que flexibilizó sustancialmente el régimen comer­
cial impuesto a las colonias.

LA IGLESIA, LA EDUCACIÓN Y LA CULTURA

La monarquía y la Iglesia fueron las dos instituciones trasplantadas de


España a América. Con el respaldo del Patronato Real y el entendimien­
to entre la Santa Sede y la Corona, la Iglesia desempeñó un papel tras­
cendente en la evangelización de la población indígena y en su asimila-
HISPANOAMÉRICA 239

ción a las pautas culturales de los conquistadores y colonizadores. Los


virreinatos de Nueva España y del Perú fueron divididos en 4 arzobis­
pados y 24 obispados. La Iglesia fue, asimismo, la principal fuente de
educación e irradiación cultural, de resistencia a la infiltración de los
credos cristianos reformistas y de imposición del dogma católico. Con
el tiempo, la Iglesia acumuló importantes riquezas. Su patrimonio abar­
caba grandes extensiones de tierras y empresas productivas de diverso
carácter. Los ingresos eclesiásticos incluían la participación en el im­
puesto (diezmo) aplicado a la producción agropecuaria y contribucio­
nes de la feligresía. El poder temporal de la Iglesia en América consoli­
dó la hegemonía de su influencia espiritual y religiosa.
La conquista de América planteó a la Iglesia una empresa evange­
lizadora sin precedentes. Los primeros en asumir el desafío fueron los
sacerdotes de las órdenes de los franciscanos, los dominicos y los agus­
tinos. Confrontados con la catástrofe demográfica provocada por las
enfermedades importadas por los europeos y las formas de explotación
del trabajo indígena, desde el mismo inicio de la conquista, los religio­
sos alzaron su protesta. El más notorio de ellos, Bartolomé de las Casas
(1484-1566), planteó una cuestión de principio fundamental: ¿en qué se
fundaba el derecho de España de conquistar y dominar el Nuevo Mun­
do? La respuesta fue la evangelización de los nativos, que debía ser pa­
cífica si no existía resistencia armada.
La evidencia acerca de la exterminación de la población nativa y la
prédica de De las Casas y otros religiosos indujeron a la Corona a la adop­
ción de normas para la protección del indígena. La influencia de la Iglesia
en las decisiones de la Corona, y las consecuentes restricciones en el ejer­
cicio del poder de los conquistadores y colonizadores, fue uno de los pun­
tos de fricción que caracterizaron las relaciones entre esas tres esferas del
poder en el mundo colonial hispanoamericano.
Las órdenes religiosas se difundieron en el continente y cumplieron
un papel decisivo en la evangelización y reorganización de las diezma­
das comunidades indígenas. Los jesuitas vincularon la evangelización
con la creación de organizaciones sociales complejas y autosuficientes,
cuyo ejemplo más notable fueron las misiones en Paraguay. Estos cen­
tros de poder autónomos terminaron por constituirse en una amenaza
a la autoridad real, a la jerarquía eclesiástica y a los colonizadores. En
1767, Carlos III expulsó a los jesuitas de las colonias hispanoamerica­
nas. Poco antes, en 1759, el marqués de Pombal, ministro de José I de
240 EL NUEVO MUNDO

Portugal, había expulsado a la Sociedad de Jesús de Brasil, de las otras


posesiones coloniales y de la metrópoli.
Las disputas entre las órdenes y el clero secular por el dominio de
la influencia espiritual y el ejercicio del poder temporal de la Iglesia
fueron otro rasgo de lo conflictivo del orden colonial americano. Final­
mente, la Corona terminó arbitrando en favor del clero secular.
La Iglesia cumplió una función decisiva en la educación básica y su­
perior en América. Los dominicos y, hasta su expulsión, la Sociedad de
Jesús fueron las órdenes más activas en el desarrollo de la educación. El
impulso evangelizador fue reforzado por la Contrarreforma contra la he­
rejía protestante. Desde su llegada a América con los primeros coloniza­
dores, la Sociedad de Jesús, creada poco antes y vanguardia de la restau­
ración católica, comenzó a establecer colegios para la formación cultural
y religiosa. En 1551, la Corona autorizó la creación de universidades en
las dos grandes capitales del Imperio hispanoamericano, México y Lima.
Antes (1538), se había fundado la de Santo Domingo. Los dominicos fun­
daron la Universidad de San Marcos en Lima (1551) y el franciscano
Juan de Zumárraga (1468-1548) la Universidad de México (1553).
El currículum, el gobierno y la administración de las dos mayores
universidades americanas se basaron en los antecedentes de la Univer­
sidad de Salamanca. En el siglo XIII, bajo el patrocinio de Alfonso X, el
Sabio, este centro castellano era una de las universidades más avanza­
das de Europa en derecho civil y canónico. Más tarde, en sus aulas se
debatieron las teorías de Copérnico (cuando aún era cuestionado el sis­
tema heliocéntrico) y Cristóbal Colón disertó sobre su viaje a Indias. La
investigación científica en Salamanca declinó desde mediados del siglo
XVI y su actividad docente se concentró en las ramas tradicionales del
conocimiento con un fuerte peso de la teología y el derecho canónico.
Ésta fue la tradición académica trasplantada en las nuevas universida­
des americanas, en cuyo currículum predominaba el estudio de teolo­
gía, derecho canónico y civil, lógica y física aristotélicas, y metafísica.
Desde la segunda mitad del siglo XVI, se establecieron centros de ense­
ñanza superior en otras partes del Imperio hispanoamericano. A finales
del siglo XVIII, habían egresado de sus aulas 150 mil graduados en teo­
logía, derecho canónico y civil, y medicina. 3

3 Enciclopedia Británica, ed. de 1962., t. 19, p. 867; y M. A. Burkholder y L. L. Johnson,


op. cit., p. 259.
HISPANOAMÉRICA 241

La docencia y la actividad cultural del Nuevo Mundo estuvieron


fuertemente condicionadas por la religión. En 1569, mientras sesiona­
ba el Concilio de Trento (1545-1563), la Corona estableció tribunales
de la Inquisición en Lima y México para preservar la pureza de la fe y
la moral católica. En Castilla y Aragón, el establecimiento de la Inqui­
sición, en la década de 1480, se insertó en el proceso de la Reconquis­
ta y la expulsión de musulmanes y judíos. En América, en cambio, la
motivación central fue enfrentar la herejía protestante. La influencia
de la Inquisición disminuyó desde fines del siglo XVII. Su presencia fue
tal vez más importante en el campo cultural que en el de la represión
de las herejías. La pena de muerte se aplicó a menos de cien heréticos
no arrepentidos a lo largo de toda la existencia del Santo Oficio en
América. 4
La imprenta se instaló por primera vez en México durante la déca­
da de 1530. A fines del siglo XVI, estaba establecida en Lima y las prin­
cipales ciudades del Imperio hispanoamericano. La mayor parte de los
libros publicados era de carácter religioso. Progresivamente, fueron im­
primiéndose obras de medicina, historia, geografía y derecho. En el si­
glo XVIII, aparecieron publicaciones periódicas. Dos ejemplos notables
fueron el Mercurio Peruano, publicación bisemanal que apareció entre
1790 y 1795 y, en México, la Gaceta de Literatura (1788-1795).
En los tres siglos del orden colonial hispanoamericano, surgieron
importantes figuras literarias, entre las cuales resaltan la del peruano
Inca Garcilaso de la Vega (1540-1616) y la religiosa mexicana Juana
Inés de la Cruz (1651-1695). El interés en el estudio de la deslumbrante
naturaleza americana y del pasado precolombino, y la influencia de la
revolución científica en Europa se reflejaron en la actividad de notables
eruditos en matemática, astronomía, ingeniería, arqueología e historia.
Los más notorios fueron probablemente el mexicano Carlos de Sigüen­
za y Góngora, titular de la cátedra de matemática y astrología de la Uni­
versidad de México a fines del siglo XVII y, en el XVIII, el peruano Pedro
de Peralta Barnuevo, matemático y cosmógrafo, rector de la Universi­
dad de San Marco. 5

4
!bid., p. 94.
5 G. Weinberg, "Sobre la historia de la tradición científica latinoamericana, Documentos
10", en Boletín de la Secretaría de Ciencia y Técnica, núm. 7, Buenos Aires, septiembre,
1985.
242 EL NUEVO MUNDO

LA ECONOMÍA

Mano de obra

La primera fuente de suministro de mano de obra fue la población in­


dígena. En Hispanoamérica, desde los primeros asentamientos en La
Española (Santo Domingo) y otras islas del Caribe, los indios captura­
dos fueron sometidos a esclavitud, institución de larga tradición en Eu­
ropa como en el Nuevo Mundo. La ocupación de la tierra firme aumen­
tó radicalmente la población indígena sometida y planteó la necesidad
de formas más complejas de organización del trabajo servil. La respues­
ta inicial fue la asignación de encomiendas sobre grandes extensiones
territoriales y su población. El encomendero tenía la obligación de ins­
truir a los nativos en la religión y de protegerlos contra arbitrariedades.
En la realidad, esta mano de obra fue transferida en forma compulsiva
a la explotación de las minas o arraigada en la producción rural. La rá­
pida extinción de los indígenas encomendados dio lugar a otras formas
de organización, como el repartimiento o mita, que imponía a las comu­
nidades indígenas la obligación de asignar una cuota de trabajadores
durante una parte del año.
La explotación de mano de obra indígena servil tropezó con tres
problemas fundamentales a lo largo de todo el período colonial. El pri­
mero y más importante fue la rápida extinción de la población nativa;
el segundo, la pobre capacidad de los indios de sobrevivir a las condi­
ciones del trabajo en las minas y las explotaciones rurales. En 1512, la
Junta de Teólogos de Burgos prohibió esclavizar a los nativos dada su
condición de "vasallos libres" y "dignos de protección". Esta decisión y
la influyente prédica de Fray Bartolomé de las Casas generaron crecien­
tes tensiones entre los titulares de encomiendas, mitas y otros reparti­
mientos y los delegados de la autoridad real. Mientras tanto, se desa­
rrollaron nuevas formas de explotación, como el monopolio establecido
por corregidores y alcaldes sobre el comercio de los campesinos y los
artesanos.
Los límites impuestos por la mano de obra indígena fueron en par­
te resueltos por dos vías: el trabajo libre y la importación de esclavos de
África. La emergencia de nuevos grupos humanos surgidos de las rela­
ciones de los conquistadores y colonizadores con las mujeres nativas,
de indios liberados de la relación servil, de inmigrantes europeos mar-
HISPANOAMÉRICA 243

ginales y, más tarde, de esclavos negros libertos proporcionó nuevos


contingentes de trabajadores libres asalariados. Sin embargo, la con­
centración de la propiedad en grandes explotaciones rurales, plantacio­
nes y minas limitó la demanda de empleo y promovió modalidades,
como el endeudamiento del trabajador y la imposibilidad de abandonar
su empleo, que implicaban la inexistencia de un mercado de trabajo.
La importación de esclavos africanos fue la otra fuente de la oferta
de mano de obra. El ingreso de esclavos africanos entre mediados del
siglo XVI y fines del XVIII ascendió a cerca de un millón.6 La participa­
ción de Hispanoamérica en el comercio esclavista fue reducida: poco
más del 10% de los africanos ingresados al Nuevo Mundo tuvieron
aquel destino. Sus principales ocupaciones fueron los yacimientos mi-
neros y las plantaciones del Caribe y del golfo de México. Más tarde, en
las últimas décadas del siglo xvrn, las plantaciones azucareras de Cuba
se convirtieron en el mayor mercado para la importación de esclavos.
Desde el mismo inicio de la conquista, figuraron africanos como es­
clavos o libertos en las fuerzas de los adelantados. A pesar de su mayor
costo respecto del nativo, el esclavo africano era más eficaz en la produc­
ción de las minas y en las plantaciones. Era también útil en las tareas
domésticas de las ciudades en las cuales, como sucedía en Caracas, Lima
y Quito, los africanos representaban entre el 10% y el 25% de la pobla­
ción.7 La autorización de Isabel la Católica, en 1501, de importar esclavos
a América intentó sustituir la sumisión de los nativos por la de africanos.
Más tarde, de todos modos, la Corona y la Iglesia procuraron limitar las
condiciones extremas de explotación de estos últimos.

Producción y comercio exterior

En las colonias españolas del Nuevo Mundo, se desarrollaron diversas


producciones destinadas a España y los mercados europeos. Entre ellas,
el cacao, explotado inicialmente para el consumo local en el sur de
México y, más tarde, para la exportación, en Venezuela y Colombia. En
Mesoamérica y el norte de América del Sur, se difundió también la pro­
ducción de índigo, algodón, café y drogas diversas. Sin embargo, la eco-

6 M. A. Burkholder y L. L. Johnson, op. cit., pp. 104 y 119.


7 !bid., p. 122.
244 EL NUEVO MUNDO

nomía de las colonias hispanoamericanas se organizó en torno de tres


ejes principales: la producción minera, el suministro de las zonas mi­
neras y los centros urbanos, y las actividades de subsistencia.
La minería. Los españoles fueron no sólo los pioneros de la conquis­
ta, sino también los más exitosos en el hallazgo de metales preciosos. Las
conquistas de Tenochtitlán (1521), por Hemán Cortés, y de Cuzco (1533),
por Francisco Pizarra, consumaron el sometimiento y la apropiación de
los tesoros de los imperios azteca e incaico. A mediados del siglo XVI, lo
conquistadores comenzaron a enviar a España los frutos del saqueo de
los tesoros de las grandes civilizaciones americanas. Pero éste fue apenas
el inicio de la corriente de metales preciosos desde América a Europa que
tendria consecuencias importantes en el comportamiento de las poten­
cias atlánticas y el desarrollo del Primer Orden Económico Mundial.
La producción minera se convirtió en una actividad capital intensiva,
con fuertes inversiones en la construcción de los túneles, animales de
carga, la trituración del material y el bombeo para el desagote de las mi­
nas. El progresivo agotamiento de las vetas más ricas de plata y la nece­
sidad de explotar yacimientos secundarios promovieron el empleo del
mercurio en la amalgama y de molinos de agua para el molido de la pie­
dra. El aumento de la demanda de mercurio fue abastecido con la pro­
ducción proveniente de los yacimientos de Almadén en España y Huan­
cavelica en Perú. A fines del siglo XVI, la minería era una actividad
tecnológica de frontera con fuerte empleo de capital e integrada vertical­
mente dentro del Imperio español. 8 El sistema abarcaba desde la produc­
ción de los insumos de mercurio, la maquinaria y el refinado del mineral
hasta su transformación en obras de arte por los orfebres y la exportación
de monedas y barras a España.
La tecnología de explotación de la plata consistió inicialmente en la
fundición con carbón de leña y, desde la segunda mitad del siglo XVI, en
la amalgama empleando catalíticos (sal y pirita de cobre) y mercurio.
El aumento en Europa de más de tres veces de los precios denomi­
nados en plata entre mediados de los siglos XVI y xvrr,9 sumado al ago­
tamiento de las vetas más ricas de los yacimientos de México y el Alto
Perú, provocó una caída de la producción. En México, después de los

8 R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Comell University Press, 1973,
p. 51.
9 /bid., p. 160.
HISPANOAMÉRICA 245

yacimientos de Zacatecas, se descubrieron nuevos emplazamientos en


San Luis Potosí (1598) y Parral (1631-1633). La producción se recuperó
hacia el final del XVII y un siglo después duplicaba el máximo volumen
de producción alcanzado en 1690. El aumento obedeció a la explota­
ción secundaria de viejos yacimientos en Guanajuato y Parral y, sobre
todo, a la recuperación de los precios relativos de la plata debido al in­
cremento de la oferta de oro generada por la explotación de los nuevos
yacimientos de Minas Gerais y Colombia.
De todos modos, la época de auge de la producción minera en Méxi­
co y su impacto revolucionario sobre las economías de la colonia, de
España y de Europa ya había pasado. La declinación fue aún más pro­
funda en la producción de plata del Alto Perú. En la segunda mitad del
siglo XVI, los yacimientos de Potosí producían más de la mitad de la
producción de plata del Nuevo Mundo. La plata perdió poder adquisi­
tivo por el aumento de su oferta, el incremento de los precios en Euro­
pa y los mayores riesgos y costos del transporte marítimo por la agresi­
va y creciente presencia holandesa, británica y francesa en el Atlántico
norte y el Caribe. La producción del Alto Perú nunca se repuso de la
pérdida de rentabilidad de la producción de plata. La importancia rela­
tiva de la producción del Alto Perú declinó, y hacia 1750 su valor era
menos de la mitad de la de México. Los descubrimientos de nuevos ya­
cimientos en Oruro (1608) y Paseo (1630) fueron insuficientes para
compensar la declinación de la producción de Potosí. 10
Las exportaciones de plata y oro de los yacimientos de las posesio­
nes españolas llegaban por el sistema de flotas y galeones a Cádiz desde
los puertos de Veracruz, Cartagena de Indias y Portobelo. Alrededor del
50% de las exportaciones de metales preciosos correspondía al pago de
los tributos a la Corona y la otra mitad financiaba las importaciones de las
colonias americanas desde España y el resto de Europa. Pero existía un
importante contrabando que eludía los controles y los impuestos, y re­
presentaba quizás alrededor del 50% de las exportaciones oficialmente
registradas. Lo mismo sucedía con los principales productos importa­
dos, que incluían textiles, alimentos elaborados, armas, herramientas y
otros productos metálicos. A fines del siglo XVI, comenzó un tráfico im­
portante desde el puerto mexicano de Acapulco y del peruano del Callao
con Manila en la posesión española de las islas Filipinas. Las exporta-

10
/bid., p. 159.
246 EL NUEVO MUNDO

ciones de plata en barra y del peso plata español fueron la principal


fuente de suministro de dinero para el tráfico de Oriente. Las exporta­
ciones de plata hacia ese destino pagaban las importaciones de produ c-
tos asiáticos (sedas, porcelanas, lacas). La importancia creciente d el
comercio directo entre posesiones coloniales provocó la reacción de las
autoridades españolas, que introdujeron restricciones al tráfico por la
ruta del Pacífico a mediados del siglo XVII.
Hasta el descubrimiento de los grandes yacimientos de plata en
México y el Alto Perú, el valor de los envíos de oro, obtenido principal­
mente del saqueo de los tesoros mesoamericanos e incaicos, superaba
al de plata. En las posesiones españolas, aun después de la explotación
de los yacimientos colombianos, la plata fue siempre el metal precioso
más importante. En las posesiones portuguesas, en cambio, el oro y lo s
diamantes constituyeron los envíos de metales y piedras preciosas des­
de Brasil hasta la metrópoli.
Suministro de los centros mineros y urbanos. El segundo eje de la
economía colonial se vinculó al abastecimiento de las regiones mineras
y las ciudades. En torno de los grandes centros mineros se formaron
concentraciones urbanas, la más importante de las cuales fue Potosí.
Su población de 3 mil habitantes en 1540, antes del inicio de la produc­
ción de plata, aumentó a 120 mil cuarenta años más tarde y a 160 mil
a mediados del siglo XVII. Los otros grandes centros eran las cabeceras
de los virreinatos de Nueva España y del Perú: México y Lima. A fines
del siglo XVII, la población de ambas capitales se acercaba a los 100 mil
habitantes.
Lima era, además, el centro comercial de América del Sur: por su
puerto del Callao, salía hacia Portobelo, en el istmo centroamericano,
la plata procedente de Potosí y embarcada en Arica. Las importaciones
procedentes de Europa seguían el camino inverso. Los puertos de Car­
tagena, Veracruz y La Habana y, en menor medida, Buenos Aires eran
los otros centros del orden colonial. Su actividad económica incluía el
comercio exterior y, también, artesanías y servicios destinados al con­
sumo local. A partir del siglo XVII, se desarrollaron otras producciones
destinadas al comercio exterior, como el cacao en Venezuela y el tabaco
y el azúcar en Cuba.
El suministro de materiales y animales de carga (como las mulas de
Córdoba y Tucumán destinadas a los yacimientos de Potosí), de textiles,
alimentos y materiales de construcción para las poblaciones de las mi-
HISPANOAMÉRICA 247

nas, los puertos y los centros administrativos y políticos fueron consti­


tuyendo un mercado interno abastecido por la producción local. Las
enormes distancias y los costos de transporte limitaban la zona de in­
fluencia de los núcleos de la economía colonial. En particular, la pro­
ducción de cereales, hortalizas y otros alimentos de origen agrícola se
desarrollaba en las explotaciones rurales cercanas a los centros de con­
sumo. La ganadería tenía un mercado más amplio.
Las economías de subsistencia. Finalmente, en las regiones alejadas
de los centros urbanos y de la producción minera se desarrollaba una
actividad destinada al consumo local en el contexto de economías de
subsistencia. Tal el caso, por ejemplo, de las economías regionales del
interior del actual territorio argentino, con la excepción de las activida­
des destinadas a la producción argentífera del Alto Perú. Otro ejemplo
fueron las misiones jesuíticas en la región compartida en la actualidad
por Paraguay, Brasil y Argentina. En donde no se explotaron metales
preciosos ni se instalaron redes administrativas y comerciales del orden
colonial, la producción se destinó fundamentalmente a la subsistencia
de las poblaciones locales, a un modesto intercambio interno y, de ma­
nera marginal, al comercio con otras regiones. Esto dio lugar a un gra­
do considerable de diversificación de la oferta: desde la producción de
alimentos agrícolas y la ganadería hasta materiales de construcción y
las artesanías textiles, madereras y, en menor medida, metálicas.

Moneda

A pesar de que los yacimientos de los virreinatos de Nueva España y del


Perú eran las principales fuentes de abastecimiento de metales precio­
sos de Europa y el resto del mundo, la economía monetaria tuvo un
escaso desarrollo durante el período colonial. Debido al gran peso rela­
tivo de las economías de subsistencia y del trabajo servil dentro de la
fuerza de trabajo, buena parte del pago de la mano de obra y del comer­
cio se realizaba en especie. La economía monetaria era esencialmente
urbana y estaba vinculada al comercio exterior y a la producción mine­
ra y las plantaciones. Las monedas de plata y oro que circulaban en el
Nuevo Mundo eran acuñadas en la metrópoli y en las casas de moneda
locales autorizadas por la Corona. Estaban sujetas, como en otras par­
tes, a la degradación de su contenido de metal precioso. El sistemq,ha:ID.-
248 EL NUEVO MUNDO

cario y las redes de intermediación tuvieron un muy bajo desarrollo


relativo durante todo el período colonial y nunca constituyeron una
fuente importante de generación de ganancias y acumulación, ni de fi­
nanciamiento de la inversión. En su mayor parte, la reducida actividad
financiera estaba asociada al comercio, y eran los principales mercade­
res los que realizaban algún tipo de intermediación financiera.

POBLACIÓN, RAZA Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL

Hacia fines del siglo XVIII, la población total de Hispanoamérica ascen­


día a alrededor de 14 millones de personas. De éstas, el 50% era indíge­
na; el 25%, inmigrantes españoles y sus descendientes criollos; y el res­
to, negros mestizos, mulatos y zambos. Alrededor del 40% de la
población estaba radicada en el Virreinato de Nueva España, el 10% en
Perú, el 20% en el de Nueva Granada, el 10% en el del Río de la Plata y
otro tanto en las Antillas españolas. El resto estaba diseminado en la
Capitanía General de Chile y otras partes.11 En los siglos XVI y XVII, los
navíos procedentes de España habían transportado cerca de 500 mil
inmigrantes al Nuevo Mundo.
La conquista generó una extraordinaria concentración de la rique­
za y el ingreso, y la profunda fractura entre la mayor parte de la pobla­
ción y las élites españolas y criollas. La Corona retuvo la titularidad del
suelo y del subsuelo y la propiedad de las minas. La concesión de su
explotación a los conquistadores y colonizadores en encomiendas, re­
partimientos y capitanías donatarias, y el otorgamiento de privilegios
monopólicos sobre el comercio concentraron en pocas manos los prin­
cipales frutos de las economías coloniales. Los conflictos por la pro­
piedad definitiva de la tierra y las minas, y por el reparto de los lucros
comerciales fueron factores permanentes de fricción entre la Corona
y los grupos económicos y políticos más poderosos e influyentes del
orden colonial. La concentración de los derechos de explotación y, más
tarde, la apropiación de los recursos, sumados al carácter servil de la
mayor parte de la mano de obra, ejercieron una influencia decisiva en
la estratificación social y en el rumbo del desarrollo económico y social
de Hispanoamérica.

11 R. Davis, op. cit., p. 263.


HISPANOAMÉRICA 249

El poder político y la explotación de la tierra y las minas se concen­


tró en los delegados del poder imperial, los herederos criollos de los
conquistadores y la jerarquía eclesiástica. Estos grupos representaban
alrededor del 5% de la población total. Alrededor del 80% estaba com­
puesto por los descendientes del vínculo de los europeos con las muje­
res indígenas, los nativos sometidos a trabajo servil, los esclavos de ori­
gen africano, los libertos y los mulatos. La mayoría de la población
estaba sujeta a condiciones de servidumbre y sólo una pequeña parte
eran trabajadores manuales, agricultores y prestadores de servicios in­
dependientes. La franja social intermedia de artesanos, pequeños co­
merciantes, profesionales diversos y el bajo clero ocupaba una posición
marginal en el sistema productivo y social de la colonia.
El régimen político y el poder se sustentaban en el régimen colonial
y en la concentración del control de los recursos. En la cúspide del sis­
tema estaban las máximas autoridades del orden imperial (inicialmen­
te los adelantados y luego los virreyes, auditores, corregidores y alcal­
des), los titulares de encomiendas, mitas y repartimientos, los grandes
comerciantes y empresarios mineros (beneficiarios del monopolio del
tráfico con la metrópoli y la explotación de los yacimientos) y la jerar­
quía eclesiástica.
El ascenso a la posiciones de poder estaba excluido para la inmensa
mayoría de la población y dependía, fundamentalmente, de los favores
de la Corona en la atribución de cargos, títulos de nobleza y derechos
monopólicos para la explotación de la tierra y las minas bajo dominio
público. La acumulación de riqueza se fundaba en esencia en las explo­
taciones mineras, en el comercio monopólico y en la corrupción de los
funcionarios, es decir, en los privilegios conquistados por la fuerza o
conferidos por la Corona antes que en los frutos del trabajo y la inicia­
tiva individual.
La corrupción en el ejercicio de la función pública fue un mal inhe­
rente al régimen colonial. La crisis financiera del reinado de Felipe II
indujo la venta de los cargos en el Nuevo Mundo y, por este mismo mo­
tivo, a aumentar sin necesidad el número de funcionarios. Los cargos
de menor jerarquía, que incluían a los recaudadores fiscales, estaban
muy mal remunerados y eran apetecidos por la posibilidad de lucrar
con ellos a través del manipuleo doloso de los impuestos y el monopolio
del comercio exterior. Estos cargos solían asignarse de por vida e, inclu­
so, eran transmisibles por herencia. La práctica de vender cargos públi-
250 EL NUEVO MUNDO

cos se mantuvo durante todo el período colonial y, en momentos espe­


cialmepte criticas de las finanzas reales, incluyó las posiciones de mayor
jerarquía.
El sistema se fundaba en la estructura social del orden colonial y en
los principios trasplantados desde España. El mérito militar y religioso
y la limpieza de sangre eran valores supremos. El trabajo y la iniciativa
individual aplicada a la actividad económica no eran apreciados en una
sociedad de nobles, hidalgos y religiosos. La ética trasplantada al Nue­
vo Mundo estaba en las antípodas de la capitalista que se estaba afian­
zando en Holanda, Gran Bretaña y, en menor medida, Francia. En con­
secuencia, la acumulación de riqueza no generaba nuevos actores
sociales ni reclamos para participar en la administración y control del
sistema. Porque la riqueza sólo era posible dentro y desde el orden es­
tablecido, raramente fuera de éste. Cuando esto último sucedía, quienes
acumulaban recursos procuraban adherirse a aquél accediendo a car­
gos públicos y títulos de nobleza. La Corona fue moderada en la conce­
sión de estos últimos. Hasta mediados del siglo XVIII, sólo había otorga­
do poco más de cien títulos de nobleza a residentes del Nuevo Mundo. 12
Éstas eran las bases fundamentales del estatus social y, en definitiva, del
poder. Aquel rasgo distintivo de la riqueza en el orden colonial hispanoa­
mericano ejerció una profunda influencia en el proceso de acumulación
de capital y el cambio técnico.

12 R. Davis, op. cit., p. 188.


XIV. BRASIL

ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO Y DE LA RELACIÓN COLONIAL

En el contexto de la expansión de ultramar de Portugal, la ocupación y


la organización del territorio de Brasil fue, en sus inicios, una empresa
de menor importancia relativa. La Corona administraba directamente el
Imperio y no estableció ningún organismo semejante al Consejo de In­
dias español. Recién a mediados del siglo XVIII, creó un Ministerio de la
Marina y los Territorios de Ultramar y, poco después, un Consejo Real
con responsabilidades diferenciadas para la administración imperial.
A principios del siglo XVI, se intentó aplicar en Brasil el sistema de
faetonas y fuertes prevalecientes en África y Oriente. Pero este esquema
reveló ser insuficiente para defender y ocupar efectivamente el territorio
comprendido entre la costa y la línea trazada en el Tratado de Tordesillas.
En consecuencia, a mediados de la década de 1530, don Joao III extendió
al Nuevo Mundo el esquema organizativo aplicado con éxito en las islas
portuguesas en los archipiélagos de las Azores, Madeira y Cabo Verde:
las capitanías donatarias. En este régimen, el rey donaba en administra­
ción, no en propiedad, una extensión de tierra, la obligación de defen­
derla y el derecho de explotarla y de administrar justicia. Los goberna­
dores de las capitanías eran responsables ante la Corona por el pago de
tributos, y los colonos conservaban los derechos que gozaban los por­
tugueses en la metrópoli. Las primeras doce capitanías se extendían
desde Pará, en la desembocadura del río Amazonas, hasta San Vicente,
en el sur, y desde el Atlántico hasta la línea de Tordesillas. Al norte que­
daban los inhóspitos territorios de Guayana, que serían en definitiva
ocupados por las potencias atlánticas no ibéricas: Gran Bretaña, Fran­
cia y Holanda.
La ausencia inicial de recursos atractivos para la economía de la
época, salvo el palo Brasil para la producción de tinturas, impidió el
asentamiento de población, el sometimiento de los indígenas nativos y
la ocupación efectiva del territorio de las capitanías, con la excepción
de las de Pernambuco y San Vicente. La Corona recuperó la posesión
251
252 EL NUEVO MUNDO

de varias de ellas y, en 1548, instaló a un gobernador general en Salva­


dor de Bahía. La Corona mantuvo a lo largo del período colonial un
complejo equilibrio entre las autonomías regionales (representadas por
las capitanías y los cabildos locales) y el gobernador general cuyas f
cultades eran semejantes a las de los virreyes del Imperio hispanoame­
ricano. La declinación de la hegemonía portuguesa en África y Oriente,
desde fines del siglo XVI, fue convirtiendo a Brasil en el centro del Im­
perio de ultramar. La ocupación de Guanabara por los franceses en
1555 y la invasión holandesa, iniciada en 1624, del territorio nordestino
abarcado por las localidades de San Luis, Olinda y Salvador impusieron
el refuerzo de la organización administrativa del territorio y de su de­
fensa. Al mismo tiempo, después de la separación de las coronas de Es­
paña y Portugal en 1640, la disputa por el control de una extensa región
en la cuenca del Río de la Plata se convirtió en una cuestión central de
la política imperial.
La administración colonial se desplazó acompañando los cambios
en el centro de gravedad del poblamiento y la actividad económica. En
1763, como resultado de la declinación de la economía azucarera
del nordeste y el desarrollo de la minería y la producción agropecuaria del
centro-sur, la capital fue trasladada de Salvador a Río de Janeiro. Por el
mismo motivo, en el siglo XVIII, la administración del territorio fue di­
vidida en nuevas capitanías y las antiguas fueron reorganizadas. La
concesión de tierras públicas en el interior y la creación de nuevas ciu­
dades promovieron la ocupación territorial y la recaudación de los tri­
butos de la Corona.
Con la excepción de los cargos de gobernadores, capitanes genera­
les y las posiciones más elevadas de la justicia y los municipios, los
puestos públicos eran vendidos o concedidos por la Corona. Como en
el Imperio hispanoamericano, era endémica la corrupción en la admi­
nistración del diezmo, los derechos de aduana y otros impuestos.
El régimen comercial portugués en Brasil fue menos instituciona­
lizado e inflexible que el de España. Mientras el comercio con las Indias
orientales fue más importante que el realizado con sus posesiones en el
Nuevo Mundo, la Corona permitió un comercio con pocas restricciones
entre los puertos portugueses y brasileños. Entre los primeros, los más
importantes eran los de Oporto y Lisboa y, en América, los de Recife,
Salvador y Río de Janeiro. Hasta la primera mitad del siglo XVII, los em­
barques desde Brasil eran predominantemente de azúcar. Los principa-
BRASIL 253

les transportadores eran los navíos ingleses y holandeses. Durante la


unificación de las coronas de España y Portugal (1580-1640) y la ocu­
pación holandesa de Pernambuco (1630-1654), cerca de dos tercios de
las exportaciones brasileñas eran transportadas por navíos holandeses.
Ámsterdam, con sus cuarenta refinerías, era, en la época, la primera
ciudad azucarera de Europa. Con la instalación en 1640 del duque de
Braganza como Joao IV, Portugal intentó recuperar el control del tráfi­
co marítimo con Brasil e implantar un régimen de flotas y galeones si­
milar al español. La compañía establecida al efecto fracasó, pero el sis­
tema de flotas sobrevivió hasta mediados del siglo XVIII. Un aspecto
fundamental del comercio portugués era la importación de esclavos
africanos en Brasil. La Corona administraba el tráfico esclavista me­
diante la concesión de asientos en sus posesiones africanas.
Después del terremoto que destruyó Lisboa (1º de enero de 1755),
bajo el reinado de José I, José Sebastián de Carvalho e Melo (1699-1782),
marqués de Pombal, asumió plenos poderes. Su política se orientó a cen­
tralizar el poder en la Corona y reducir los privilegios de la nobleza lati­
fundista y el alto clero. Al mismo tiempo, introdujo reformas económicas
de fuerte contenido mercantilista para jerarquizar las actividades comer­
ciales y artesanales, recuperar autonomía frente a la influencia británica,
fortalecer la flota, expandir y monopolizar el comercio de ultramar y, me­
diante la creación del Banco Real, financiar el desarrollo económico y el
gasto público. Fue en su período que se establecieron el Consejo Real y
el ministerio para administrar los asuntos imperiales. Con el apoyo de
Pombal, en 1755 se estableció la Compañía de Grao Para y Maranhao, a
la cual se le confirió un monopolio de veinte años sobre la navegación y
el comercio de esclavos de las capitanías del nordeste. Poco después
(1759), se creó la Compañía de Pernambuco y Paraíba para monopolizar
el comercio de estas dos capitanías. La política de Pombal fue el último,
tardío y, en definitiva, frustrado intento de vincular la expansión colonial
con el desarrollo económico de Portugal.
La centralización del poder en la metrópoli fue acompañada por me­
didas para facilitar la penetración portuguesa en la cuenca del Plata. En
este contexto, Pombal dispuso la expulsión de los jesuitas de la Corte y
de las misiones del Paraguay que frenaban la penetración de los bandei­
rantes. La caída y el destierro de Pombal en 1777 pusieron fin a su polí­
tica reformadora para ampliar las bases de sustentación del desarrollo de
Portugal y de la explotación de su Imperio brasileño. La débil, pequeña
254 EL NUEVO MUNDO

y subdesarrollada economía portuguesa fue incapaz de aprovechar


expansión de la demanda de su colonia para sustentar su producci'ón
textil y metalúrgica. En definitiva, desde la segunda mitad del siglo XVIII
fueron los británicos, operando frecuentemente por intermediarios por­
tugueses, los que abastecieron la expansión de la demanda generada
por el crecimiento del centro-sur brasileño.
El sistema tributario se sustentó en la producción azucarera, el co­
mercio, la producción minera y, al final del período, en el café y otros
productos tropicales. Los impuestos a la importación, las ventas y la
participación en las minas concesionadas a particulares fueron las prin­
cipales fuentes de recursos para financiar la administración y defensa
de Brasil y el gasto público de la metrópoli. Como en Hispanoamérica.
la corrupción de los recaudadores fiscales fue un mal endémico.

LA IGLESIA, LA EDUCACIÓN Y LA CULTURA

La Iglesia portuguesa, menos poderosa que la española, influyó, sin em­


bargo, en la formación de la sociedad brasileña durante el período co­
lonial. Bajo el patronazgo real y el auspicio de la Santa Sede, el fervor
evangelizador inspiró la gigantesca empresa marítima lusitana iniciada
por el infante Enrique el Navegante. En África, las Indias orientales ·,
finalmente, Brasil, los sacerdotes católicos acompañaron a los navegan­
tes y a los mercaderes portugueses que estaban sentando las fundacio­
nes del Primer Orden Económico Mundial. En mayor medida que en
Hispanoamérica, los intereses temporales y espirituales de la Iglesia
entraron en conflicto con la Corona y los colonizadores de Brasil.
Los jesuitas tuvieron un protagonismo decisivo en la conquista y la
evangelización. Desde mediados del siglo XVI, asumieron el liderazgo en
la propagación de la fe en las aldeas, en las cuales concentraban a los
indígenas catequizados. A fines del siglo XVI, cerca de 200 sacerdotes
jesuitas, dominicos y franciscanos controlaban la mayor parte de lapo­
blación indígena pacificada del nordeste. La defensa de la población
nativa obstaculizó su esclavización para servir en las plantaciones azu­
careras, las minas y los obrajes. Esto provocó los primeros conflicto
entre los conquistadores y colonizadores y la Iglesia.
Un siglo después que el sacerdote dominico Bartolomé de las Casas
alzara su prédica contra la explotación del indígena en Hispanoaméri-
BRASIL 255

ca, en Brasil, el jesuita Antonio Vieira (1608-1697) emprendió una em­


presa semejante y, aun, de mayores alcances. Su talento literario, cono­
cimiento de las lenguas nativas, dotes oratorias, habilidad diplomática
e influencia en la corte real difundieron su mensaje humanista y tole­
rante que abarcaba a los indígenas y a los judíos conversos. Después de
la muerte (1656) de su amigo y protector, el rey Joao IV, el padre Vieira
enfrentó la resistencia de la Inquisición, de su propia orden jesuita y de
los colonizadores de Brasil. La Corona había establecido la Inquisición
destinada, como en España, a reprimir la herejía protestante, vigilar a
los "nuevos cristianos", perseguir a los blasfemos, bígamos, lectores de
literatura prohibida y responsables de otras herejías. Vieira entró irre­
mediablemente en conflicto con la ortodoxia religiosa en Portugal y,
peor aún, con los grupos dominantes de Brasil. 1
El conflicto entre la Iglesia y el Estado, que estalló en el siglo XVIII,
reconoce razones más terrenales que las levantadas por el padre Vieira.
El poder tangible de la Iglesia y las órdenes, la propiedad de tierras, las
misiones jesuíticas y la participación en los frutos de la explotación de
los yacimientos de la región de Minas Gerais agudizaron el conflicto
latente entre los poderes temporal y religioso. En 1760, bajo la adminis­
tración del marqués de Pombal, se produjo la ruptura de relaciones de
Portugal con la Santa Sede. Un año antes se había dispuesto la expul­
sión y la expropiación de los bienes de la Sociedad de Jesús, abierta­
mente opuesta a la política pombaliana de explotación de los recursos
del interior brasileño.
Los jesuitas se habían convertido en la principal potencia económi­
ca de la colonia con sus misiones e intereses en la posesión de tierras,
la producción rural y el control de la población nativa. La Corona ven­
dió o se hizo cargo de las posesiones materiales de la Sociedad de Jesús
y el clero secular de las iglesias e instituciones de enseñanza. En Espa­
ña e Hispanoamérica, la expulsión de los jesuitas fue un hecho locali­
zado en la represión del exagerado poder de la Sociedad de Jesús, de su
autonomía y valores enfrentados con los intereses económicos hegemó­
nicos. En Portugal y Brasil, en cambio, formó parte de un enfrenta­
miento más amplio entre la Iglesia y el Estado.
Hacia 1700, existían en Brasil sólo tres obispados. Esto explica la
menor influencia que, en el campo educativo, ejerció la Iglesia brasileña

1 Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 23, p. 140.


256 EL NUEVO MUNDO

respecto de la hispanoamericana. Durante el período colonial, no Se


fundaron centros de estudios superiores en Brasil. La célebre Universi­
dad de Coímbra en Portugal fue el centro de enseñanza superior de las
elites criollas, cuya formación elemental y media se realizaba en cole­
gios religiosos de la colonia. Algunos estudiantes se formaron en uni­
versidades francesas, como Montpellier, y abrevaron en el racionalismo
de la Ilustración.
Portugal mantuvo la hegemonía en la educación y formación de sus
súbditos americanos que España delegó en las universidades y las im­
prentas del Nuevo Mundo. La primera imprenta en territorio brasileño
se instaló en 1808, 250 años después que en México. La impresión de
las obras de autores brasileños pasaba necesariamente por Lisboa,
ésta fue una severa restricción a la creatividad y difusión de las ideas.
No es casual que la mayor figura de las letras en el período colonial,
Antonio Vieira, fuera un sacerdote portugués criado en Brasil y que
mantuviera contactos tan estrechos con la metrópoli y la Corte. De to­
dos modos, el arte religioso brasileño alcanzó niveles de excelencia
comparables con los del barroco hispanoamericano.

LA ECONOMÍA

Mano de obra

En contraste con la experiencia de Hispanoamérica, en Brasil los escla­


vos africanos y sus descendientes fueron la fuente principal de la oferta
de mano de obra. Tres factores explican esta diferencia entre los dos
imperios iberoamericanos. Primero, cuando comienza la colonización
de Brasil, los portugueses, a través de sus posesiones en África, tenían
más de un siglo de experiencia en el comercio esclavista. A principios
del siglo xvr, el 10% de la población de Portugal estaba compuesta por
esclavos africanos. 2 Segundo, las tribus indígenas del norte de Brasil no
constituían una fuente suficiente y adecuada de mano de obra. Recién
con la expulsión de los jesuitas y las incursiones de las bandeiras en el
centro-sur, los indígenas esclavizados realizaron un aporte significativo

2 M. A. Burkholder y L. L. Johnson, Colonial Latin America, Oxford, Oxford University


Press, 1990, p. 198.
BRASIL 257

a la mano de obra rural y la explotación de los yacimientos minerales.


Tercero, la producción azucarera del nordeste era especialmente apta
para el empleo de mano de obra esclavizada.
Sobre estas bases, la importación de esclavos africanos constituyó
desde el siglo XVI el pilar principal del poblamiento del territorio y la
explotación de sus recursos. Entre los siglos XVI y XVII, ingresaron a Bra­
sil 600 mil esclavos y en el XVIII, cerca de 2 millones. 3 En el siglo XVIII,
mientras la inmigración de portugueses en Brasil fue de alrededor de
2 mil personas anualmente, la de esclavos alcanzó cerca de 20 mil. Con
más de un tercio del total de esclavos africanos ingresados al Nuevo
Mundo, Brasil fue el principal destino del tráfico esclavista. En las re­
giones donde se concentraba la ocupación de mano de obra esclavizada,
como en las plantaciones azucareras del nordeste o los yacimientos de
Minas Gerais, los africanos y sus descendientes constituían la mayor
parte de la población.
En Brasil, como en Hispanoamérica, los trabajadores asalariados
eran una parte menor de la fuerza de trabajo y estaba compuesta princi­
palmente por pardos (mulatos), libertos y, a diferencia de la América es­
pañola, por muy pocos indígenas independientes. Los portugueses po­
bres se dedicaban sobre todo a las artesanías, la prestación de servicios
por cuenta propia y ocupaban los cargos más bajos de la administración
colonial y las fuerzas armadas. La mano de obra calificada para las acti­
vidades urbanas, los cuadros de capataces en las plantaciones y en las
minas estaba compuesta en buena medida por pardos y negros libertos,
que también contribuían a la formación de la tropa y la policía.

Producción y comercio exterior

La formación de la economía de Brasil colonial presenta varias diferen­


cias importantes con la experiencia hispanoamericana. El comienzo de
la conquista y la colonización fue más tardío. La ausencia inicial de ya­
cimientos de metales preciosos limitó la ocupación territorial a la fran­
ja costera del océano Atlántico, cuyas tierras eran aptas para la produc­
ción de azúcar y otros cultivos tropicales y subtropicales. El avance

3 !bid., pp. 105-107 y 119; y R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Cornell
University Press, 1973, p. 135.
256 EL NUEVO MUNDO

respecto de la hispanoamericana. Durante el período colonial, no


fundaron centros de estudios superiores en Brasil. La célebre Universi­
dad de Coímbra en Portugal fue el centro de enseñanza superior de las
elites criollas, cuya formación elemental y media se realizaba en cole­
gios religiosos de la colonia. Algunos estudiantes se formaron en uni­
versidades francesas, como Montpellier, y abrevaron en el racionalismo
de la Ilustración.
Portugal mantuvo la hegemonía en la educación y formación de sus
súbditos americanos que España delegó en las universidades y las im­
prentas del Nuevo Mundo. La primera imprenta en territorio brasileño
se instaló en 1808, 250 años después que en México. La impresión de
las obras de autores brasileños pasaba necesariamente por Lisboa, y
ésta fue una severa restricción a la creatividad y difusión de las ideas.
No es casual que la mayor figura de las letras en el período colonial
Antonio Vieira, fuera un sacerdote portugués criado en Brasil y que
mantuviera contactos tan estrechos con la metrópoli y la Corte. De to­
dos modos, el arte religioso brasileño alcanzó niveles de excelencia
comparables con los del barroco hispanoamericano.

LA ECONOMÍA

Mano de obra

En contraste con la experiencia de Hispanoamérica, en Brasil los escla­


vos africanos y sus descendientes fueron la fuente principal de la oferta
de mano de obra. Tres factores explican esta diferencia entre los dos
imperios iberoamericanos. Primero, cuando comienza la colonización
de Brasil, los portugueses, a través de sus posesiones en África, tenían
más de un siglo de experiencia en el comercio esclavista. A principios
del siglo XVI, el 10% de la población de Portugal estaba compuesta por
esclavos africanos. 2 Segundo, las tribus indígenas del norte de Brasil no
constituían una fuente suficiente y adecuada de mano de obra. Recién
con la expulsión de los jesuitas y las incursiones de las bandeiras en el
centro-sur, los indígenas esclavizados realizaron un aporte significativo

2 M. A. Burkholder y L. L. Johnson, Colonial Latin America, Oxford, Oxford University


Press, 1990, p. 198.
BRASIL 257

a la mano de obra rural y la explotación de los yacimientos minerales.


Tercero, la producción azucarera del nordeste era especialmente apta
para el empleo de mano de obra esclavizada.
Sobre estas bases, la importación de esclavos africanos constituyó
desde el siglo XVI el pilar principal del poblamiento del territorio y la
explotación de sus recursos. Entre los siglos XVI y XVII, ingresaron a Bra­
sil 600 mil esclavos y en el XVIII, cerca de 2 millones. 3 En el siglo XVIII,
mientras la inmigración de portugueses en Brasil fue de alrededor de
2 mil personas anualmente, la de esclavos alcanzó cerca de 20 mil. Con
más de un tercio del total de esclavos africanos ingresados al Nuevo
Mundo, Brasil fue el principal destino del tráfico esclavista. En las re­
giones donde se concentraba la ocupación de mano de obra esclavizada,
como en las plantaciones azucareras del nordeste o los yacimientos de
Minas Gerais, los africanos y sus descendientes constituían la mayor
parte de la población.
En Brasil, como en Hispanoamérica, los trabajadores asalariados
eran una parte menor de la fuerza de trabajo y estaba compuesta princi­
palmente por pardos (mulatos), libertos y, a diferencia de la América es­
pañola, por muy pocos indígenas independientes. Los portugueses po­
bres se dedicaban sobre todo a las artesanías, la prestación de servicios
por cuenta propia y ocupaban los cargos más bajos de la administración
colonial y las fuerzas armadas. La mano de obra calificada para las acti­
vidades urbanas, los cuadros de capataces en las plantaciones y en las
minas estaba compuesta en buena medida por pardos y negros libertos,
que también contribuían a la formación de la tropa y la policía.

Producción y comercio exterior

La formación de la economía de Brasil colonial presenta varias diferen­


cias importantes con la experiencia hispanoamericana. El comienzo de
la conquista y la colonización fue más tardío. La ausencia inicial de ya­
cimientos de metales preciosos limitó la ocupación territorial a la fran­
ja costera del océano Atlántico, cuyas tierras eran aptas para la produc­
ción de azúcar y otros cultivos tropicales y subtropicales. El avance

3 !bid., pp. 105-107 y 119; y R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Comell
University Press, 1973, p. 135.
258 EL NUEVO MUNDO

hacia el interior recién progresó en el centro-sur un siglo después que


los primeros asentamientos en el nordeste. Desde el emergente polo de
San Pablo, los bandeirantes fueron ocupando la frontera trazada por
la línea de Tordesillas, la ultrapasaron y penetraron profundamente
en la cuenca del Alto Paraná y el Paraguay. Su objetivo principal era la
ocupación de tierras para la producción ganadera, acceder a los yaci- a ·
mientas de oro y d iamantes de Minas Gerais y Goiás, y someter a la
población indígena a la esclavitud para el trabajo rural y de las minas..
De allí el conflicto desatado con los jesuitas en la región del Río Gran.de
y el Paraguay en el curso del siglo XVIII.
Otro rasgo distintivo fue la mayor diversificación de la producción
destinada al comercio exterior. Además, su localización geográfica se des­
plazó desde la economía azucarera, asentada en la región de Bahía en los
siglos XVI y XVII, pasando por la explotación de oro y diamantes en Minas
Gerais y Goiás en el XVII y XVIII, hasta la producción cafetalera del centro-sur
en torno de la región de San Pablo desde la segunda mitad del siglo XIX.
El centro de gravedad de la economía exportadora se trasladó a lo largo
del territorio brasileño, generando núcleos dinámicos y fases de auge_y
declinación asociados a la suerte de los productos exportados.
Cuando los portugueses iniciaron su producción en la región de
Pernambuco y Bahía a fines del siglo XVI, el azúcar era ya un producto
importante en el comercio internacional. En el siglo xv, la explotación
estaba localizada en la región meridional de la Península Ibérica (An­
dalucía y Algarve), el Magreb en el norte de África y en las islas del
Atlántico (Madeira, Canarias, Santo Tomé y Fernando Poo). La produc­
ción azucarera contaba con tres características principales que la
convirtieron en una actividad productiva pionera en el marco del capi­
talismo mercantil del Primer Orden Económico Mundial. Primero, fue
la primera producción agrícola capitalista que generaba economías de
escala y, en consecuencia, estimulaba la formación de grandes explota­
ciones y de acumulación de capital. Segundo, fue también la primera
actividad destinada principalmente al comercio internacional. Tercero,
desde su inicio fue un emprendimiento transnacional en el cual parti­
cipaban mercaderes y banqueros de varias nacionalidades, entre ellos,
venecianos, genoveses y florentinos.
Las islas y los territorios bajo jurisdicción portuguesa proveían al­
rededor del 80% del azúcar consumido en Europa. Hacia fines del siglo
xv, un tercio de la producción de azúcar se encaminaba hacia los puer-
BRASIL 259

tos holandeses (Amberes y Ámsterdam). En el curso de las décadas si­


guientes, los holandeses llegaron a controlar las redes de distribución.
Compraban el azúcar en bruto en Lisboa, lo refinaban y lo distribuían
en Europa, incluso en Inglaterra, que era el principal consumidor. 4
De este modo, la expansión de la producción azucarera en Brasil se
inició en el marco de un sistema productivo y de distribución bien de­
sarrollado. Existían empresarios, mercaderes y banqueros experimen­
tados que disponían de la tecnología más avanzada de cultivo y refina­
ción, y sabían cómo emplear mano de obra esclava. Desde el siglo xv, el
azúcar y la esclavitud formaban parte del mismo escenario económico
y social. Un factor adicional del éxito de la expansión azucarera en Bra­
sil fue la inmigración de judíos lusitanos que escapaban de la Inquisi­
ción instalada en Portugal con la fusión de las coronas ibéricas (1580-
1640). Ellos aportaron su experiencia empresaria y mercantil. La
población de origen europeo ascendía a cerca de 30 mil personas en la
última década del siglo XVI. 5
El azúcar se convirtió en una fuente principal de los ingresos del
fisco portugués. Pero eran los navíos holandeses los que predominaban
en el transporte desde Olinda y Salvador hasta Lisboa, y quienes con­
trolaban la refinación y las redes de distribución desde la capital lusita­
na al resto de Europa. Esta hegemonía holandesa y su poder naval, su­
mados al enfrentamiento entre las Provincias Unidas holandesas y la
Corona unificada de Portugal y España, indujeron las invasiones (1621-
1654) y la ocupación por la Compañía Holandesa de las Indias Occiden­
tales de la franja costera comprendida entre San Luis, Olinda y Salva­
dor, en la cual se concentraba la producción azucarera. La derrota y la
expulsión de los holandeses en 1654 dieron inicio a un desplazamiento
de la producción azucarera desde Brasil a las Antillas.
Aun después de la declinación de los productos líderes, como el azúcar,
el oro y los diamantes, subsistieron los núcleos iniciales de poblamiento y
la formación de economías regionales con una base agropecuaria destina­
da al consumo interno y a un cierto intercambio con el resto del espacio
colonial. En varios puntos del territorio, surgieron, al mismo tiempo, otros
productos exportables como algodón, tabaco, arroz, maderas y cacao.

4 C. Furtado, Formación económica del Brasil, México, Fondo de Cultura Económica,


p. 18; y R. Davis, op. cit., p. 10.
5
[bid., p. 173.
260 EL NUEVO MUNDO

En los centros urbanos, se desarrollaron artesanías y servicios que


ampliaron la oferta para el abastecimiento de los mercados locales. El eje
inicial del poblamiento de Brasil, como en Hispanoamérica, fue la explo­
tación de los recursos naturales para la producción de los artículos de­
mandados por Europa y Oriente. En torno de estos ejes, se desarrolló la
actividad comercial y la producción subsidiaria de las exportaciones y,
más allá, economías fundamentalmente dedicadas a la producción agri­
cola, ganadera y artesanal de subsistencia.
Estos procesos contribuyen a explicar la consolidación de la ocupa­
ción portuguesa del espacio americano y el éxito de la política imperial
de preservar la unidad de un gigantesco territorio y extenderlo al oeste de
la línea del Tratado de Tordesillas. Mientras el Imperio hispanoameri­
cano se dispersó en virreinatos y capitanías, la Corona portuguesa logró
conciliar la diáspora regional con un poder central unificador de la ad­
ministración del territorio. Consecuentemente, después de la independen­
cia de las potencias metropolitanas, Hispanoamérica se dividió en múlti­
ples soberanías y Brasil consolidó su Estado nacional unificado en un
inmenso territorio.

Moneda

La situación en Brasil era similar a la de Hispanoamérica. Hasta que la


explotación de los yacimientos de oro de la región de Minas Gerais con­
virtió las monedas de oro en el principal medio de pago, la plata prove­
niente de Potosí y contrabandeada desde Buenos Aires y Paraguay pre­
dominaba en la circulación monetaria. El sistema financiero durante
todo el período colonial ejerció una débil influencia en la formación de
ahorro y el financiamiento de la inversión productiva. La reinversión
de las ganancias de los propietarios de las plantaciones, de las minas
y del comercio fue la principal fuente de financiamiento de la inversión
durante todo el período colonial.

POBLACIÓN, RAZA Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL

La población de Brasil alcanzaba a un millón en 1700 y a más de dos


millones en 1800. La unión de europeos con mujeres indígenas y afri-
BRASIL 261

canas contribuyó decisivamente a la formación étnica del país. A fines


del siglo XVIII, cerca de dos tercios de la población eran de origen afri­
cano y casi el 40% era esclavo. Alrededor del 30% estaba compuesto por
libertos y mulatos, y una proporción semejante de europeos. Los indí­
genas en las zonas colonizadas alcanzaban apenas el 5%. 6 Las Capita­
nías Generales de Pernambuco, Bahía y Río de Janeiro contenían el
60% de la población total. La región de Minas Gerais era, con el 20%
de la población y 400 mil habitantes, la más poblada. Salvador y Río de
Janeiro, con alrededor de 50 mil habitantes cada una, constituían las
principales ciudades y puertos para el comercio exterior, seguidas por
Recife y San Luis. En vísperas de la gran expansión cafetalera, San Pa­
blo era, todavía, una ciudad secundaria. Con la declinación de la pro­
ducción aurífera, Ouro Preto perdió importancia en la segunda mitad
del siglo XVIII.
La experiencia de Brasil tiene importantes semejanzas con la de His­
panoamérica. La estratificación social tuvo dos fundamentos principales:
el trabajo servil, la concentración de la riqueza y el ingreso en la Corona,
sus vicarios y donatarios de capitanías y monopolios en la explotación de
las tierras, las minas y el comercio. La corrupción de los funcionarios
públicos fue también un rasgo endémico de la administración colonial
portuguesa y fuente importante de acumulación de riqueza.
Alrededor del 5% de la población estaba compuesto por los titulares
del poder económico y político y por sus principales servidores. El 80%
comprendía a los esclavos africanos e indígenas, pardos, libertos y tra­
bajadores independientes, y el resto a los artesanos, trabajadores califi­
cados, el bajo clero y la burocracia civil y militar de menor rango.
Las diferencias en la tradición institucional de las dos metrópolis
ibéricas se reflejaron en sus colonias americanas. La Iglesia y las órde­
nes (con la excepción de los jesuitas), que en Portugal tenían menor
poder e influencia que en España, tampoco gravitaron en Brasil con la
misma importancia que en Hispanoamérica. El clero secular tuvo me­
nos espacio de autonomía y estuvo más subordinado a los intereses de
los grandes propietarios de las plantaciones y las minas. Lo mismo su­
cedió con las corporaciones de artesanos, oficios y pequeños comer­
ciantes, que, como en Portugal respecto de España, fueron menos im­
portantes en Brasil que en Hispanoamérica.

6
M. A. Burkholder y L. L. Johnson, op. cit., p. 198.
262 EL NUEVO MUNDO

Dada esta estratificación de la sociedad, el ascenso desde los rangos


medios y las clases bajas a las posiciones en la cúspide era prácticamen­
te imposible. La raza trazaba de partida una barrera infranqueable. Al
mismo tiempo, la educación superior en la Universidad de Coímbra--=­
en otros centros de excelencia de Europa estaba restringida a los miem­
bros de la elite. Sólo algunos pocos individuos excepcionales lograron
un cierto grado de reconocimiento, sin llegar a romper las barreras es­
tablecidas. Entre ellos, el negro Henrique Días, héroe de la resistencia
contra la invasión holandesa del nordeste en la primera mitad del siglo
XVII, y el pardo Antonio Lisboa, el Aleijadinho, hijo de un inmigrante
portugués y una esclava de origen africano, que se convirtió en el escul­
tor más notable del barroco brasileño del siglo XVIII.
La convergencia de las contribuciones de figuras notables de la inte­
ligencia europea, como Antonio Vieira, con el aporte afroamericano en
la pintura, la escultura y la música enriqueció la cultura brasileña y con­
tribuyó a conformar la identidad nacional. Pero esto sirvió de poco para
quebrar las barreras levantadas por el orden colonial y la esclavitud.
La consagración del éxito económico con la obtención de título
nobiliarios y la manifestación de la riqueza a través de expresiones ex­
tremas de inversiones y consumo suntuarios fue también un rasgo ca­
racterístico del comportamiento de la elite portuguesa y criolla en Bra­
sil. Los valores fundados en la hidalguía, la pureza de sangre y el
mérito militar, aunque probablemente menos extremistas que en Espa­
ña y sus colonias, eran fundamentales para el estatus social.
La ostentación de riqueza debía ratificarse con el reconocimiento
de la Corte. En consecuencia, la acumulación de capital no era una
fuente autónoma de generación de poder ni una plataforma para el as­
censo social si no era avalada por el orden colonial. El espíritu capita­
lista, como diría Max Weber, nunca arraigó en el Brasil colonial como
tampoco en el mundo hispanoamericano.
XV. LAS ANTILLAS

EL CONVENCIMIENTO de Colón de haber llegado a Oriente en sus viajes


del descubrimiento legó a la posteridad el apelativo de Indias occiden­
tales para las ínsulas a través de las cuales los europeos iniciaron la
conquista y la colonización del Nuevo Mundo. Las Indias occidentales,
o Antillas, comprenden las islas que se extienden en un arco de 1.600 km
de extensión, desde las penínsulas de Yucatán y Florida hasta la desem­
bocadura del río Orinoco en Venezuela. Entre ese arco y la tierra firme,
quedan comprendidos el mar Caribe y el golfo de México. La superficie
total de las Indias occidentales es de 230 mil km.2 , de los cuales el 90%
corresponde a las llamadas Antillas Mayores (Cuba, La Española, Puer­
to Rico y Jamaica) y el resto, a las Menores.
A fines del siglo XVIII, España retenía el dominio de las Antillas Ma­
yores, con la excepción de Jamaica, ocupada por las fuerzas inglesas du­
rante el gobierno de Cromwell (formalmente cedida por el Tratado de
Madrid, de 1670), y la parte occidental de La Española, ocupada por pi­
ratas franceses y cedida a Francia por el Tratado de Ryswic, de 1697.
Hacia mediados del siglo XVI, la población nativa de las Antillas Ma­
yores había sido extinguida por las plagas y la violencia importadas por
los europeos, y estaban agotados los modestos yacimientos de oro alu­
vional. Dentro del emergente Imperio español en América, las Antillas
Mayores cumplieron dos funciones principales. Por una parte, fueron
la plataforma de lanzamiento para la conquista de México, América
Central y Perú. Por otra parte, en los puertos de La Habana y San Juan
de Puerto Rico, recalaban las flotas y los galeones que transportaban a
España los tesoros de las grandes civilizaciones indígenas y, más tarde,
de la plata y el oro producidos por los yacimientos americanos.
Las Antillas Menores fueron el asiento de piratas y corsarios, y el
trampolín de sus asaltos a las posesiones y navíos españoles. Durante
todo el siglo XVI y parte del XVII, éste fue el estilo de participación de
Holanda, Gran Bretaña y Francia en las riquezas del Nuevo Mundo. La
respuesta de España fue la fortificación de sus principales puertos in­
sulares y de Cartagena de Indias, en tierra firme, en cuyo diseño y cons-
263
264 EL NUEVO MUNDO

trucción trabajó el mayor ingeniero militar de la época, Juan Bautista


Antonelli. 1
Desde mediados del siglo XVII, cambió el curso de los acontecimientos
y emergió una organización económica y social cuyas consecuencias aún
perduran en las Antillas. La producción de azúcar y el empleo de esclavos
africanos se constituyeron en los ejes de las economías insulares y su or­
ganización social. Las posesiones inglesas y francesas se convirtieron en
nuevas fuentes de producción de azúcar, y los holandeses, expulsados de
Brasil, en protagonistas importantes de los nuevos desarrollos. La rentabi­
lidad de las empresas azucareras y su gran escala provocaron cambios im­
portantes en la actividad económica y la composición étnica de las Antillas.
Las pequeñas plantaciones de tabaco e índigo explotadas con personal
contratado (indentured servants) fueron sustituidas por los grandes inge­
nios que empleaban mano de obra esclava. Barbados, Jamaica, Martinica,
Guadalupe, Santo Domingo y otras islas se convirtieron en los principales
centros azucareros. A mediados del siglo xvm, representaban el 80% de la
producción mundial de azúcar, y Brasil, el 20% restante. Hacia la misma
época, comenzó a surgir la producción azucarera en Cuba con la conse­
cuente formación de grandes ingenios y la importación de esclavos. "El
azúcar transformó la sociedad en todos los lugares en que se implantó."2
Aun antes de su expulsión del nordeste brasileño en 1654, los ho­
landeses habían comenzado a explorar la posibilidad de producir azú­
car en la isla de Barbados, cuyo territorio era reducido (menos de
500 km2 ), pero sus tierras excepcionalmente aptas para el cultivo de la
caña azucarera. La isla había sido ocupada en 1624 por colonos britá­
nicos que desarrollaron producciones en pequeña escala de algodón,
tabaco y productos alimenticios para el consumo local. La situación
cambió de manera radical con la suba del precio del azúcar en Europa
como consecuencia de la guerra halando-portuguesa en Brasil. Esto
promovió la migración hacia Barbados de holandeses y de realistas bri­
tánicos expulsados por Cromwell. Los primeros aportaron tecnología,
equipos y esclavos, y los segundos, recursos financieros adicionales. Se
formaron rápidamente plantaciones que desplazaron a los colonos y
pequeños propietarios independientes, y se sustituyó la mano de obra

1 Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 23, p. 536.


2 R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Cornell University Press, 1973,
p. 261.
LAS ANTILLAS 265

independiente por esclavos africanos. A fines de la década de 1660, el


número de propietarios de tierras, que veinte años antes superaban los
11 mil, se había reducido a poco más de 700. Entre 1650 y 1680, 30 mil
europeos emigraron de Barbados, mientras que el número de esclavos
aumentaba en igual cantidad. 3 Buena parte de aquéllos se dirigieron
hacia las colonias británicas de América del Norte, en donde se convir­
tieron en agricultores, artesanos y comerciantes independientes. Hacia
fines del siglo XVII, el agotamiento de los suelos y la baja del precio del
azúcar iniciaron la decadencia de la producción azucarera de la isla.
La historia de Barbados proporciona un ejemplo notable de trans­
formación de una economía básicamente autosuficiente en la produc­
ción de alimentos, en una plataforma de exportaciones de un producto
primario. Hacia 1680, dos tercios de los alimentos debían ser importa­
dos y la isla se había convertido, con sus exportaciones de 10 mil tone­
ladas anuales, en uno de los principales proveedores de azúcar para el
mercado europeo. Barbados revela, asimismo, el proceso de transfor­
mación económica y social que el azúcar y la esclavitud provocaron en
las Antillas. Los esclavos pasaron a representar la inmensa mayoría de
la población y la clase alta estaba constituida por los propietarios de las
plantaciones y sus principales servidores. Aún hoy, en la mayor parte de
las Antillas Menores, las personas de raza negra y mulatos, descendien­
tes de los esclavos, representan más del 80% de la población total. El
ausentismo de la clase propietaria, para vivir de sus rentas en Gran Bre­
taña y Holanda, fue otra particularidad de Barbados y, al mismo tiem­
po, una de las causas de la pérdida de eficiencia en la producción azu­
carera y de la propagación de la cormpción entre los administradores
residentes.
Las altas ganancias de la producción azucarera y la aptitud de los
suelos insulares transformaron el estilo de la presencia de Gran Bretaña,
Holanda y Francia en las Indias occidentales. Las Antillas Menores deja­
ron de ser primordialmente el trampolín de piratas y corsarios para asal­
tar a los intereses españoles. Se convirtieron, además, en localización
importante de la producción azucarera. En el siglo XVIII, las guerras eu­
ropeas entre las potencias atlánticas incluyeron enfrentamientos arma­
dos en las Antillas. Todos los tratados de paz para poner fin a las primeras
incluían un nuevo reparto de las posesiones en las últimas y, consecuen-

3 [bid., p. 252.
266 EL NUEVO MUNDO

temente, de las fuentes de la producción azucarera y el tráfico de escla­


vos. A fines del Primer Orden Económico Mundial y principios del
siglo XIX, Gran Bretaña había consolidado su dominio en Jamaica, las
Bahamas y numerosas islas de las Antillas Menores, incluyendo Trinidad
y Tobago. Francia retuvo Martinica y Guadalupe, pero no pudo dominar
el alzamiento en Haití y evitar su independencia. Los holandeses domi­
naban Curazao, Aruba, Bonaire y otras islas menores. España había lo­
grado resistir con éxito los ataques contra sus posesiones en Cuba y Puer­
to Rico. Por último, en tierra firme, las Guayanas quedaron repartidas
entre Gran Bretaña, Holanda y Francia.
Hacia 1770, más del 80% de las exportaciones de las Antillas Meno­
res bajo jurisdicción británica correspondía a azúcar y sus subproduc­
tos. En esa época, la población de esas islas ascendía a 100 mil habitan­
tes de origen europeo y 300 mil esclavos oriundos de África. 4 En las
Antillas francesas, el azúcar proporcionaba el 50% de las exportaciones
y el café, importado desde Arabia a principios del siglo, el 25%. Otros
productos de menor importancia incluían el tabaco y el algodón. El nú­
mero de habitantes, el origen étnico y la estratificación social de las An­
tillas francesas eran comparables a los de las británicas.
De todos modos, cuando en la segunda mitad del siglo XVIII se
produjo un nuevo boom azucarero, el reducido territorio de las An­
tillas Menores resultó insuficiente para cubrir la demanda europea
de azúcar, del orden de 200 mil toneladas anuales. Las Antillas Ma­
yores, incluyendo Jamaica, asumieron entonces el liderazgo de la
producción de caña azucarera, y Cuba adquirió un papel protagóni­
co. La demanda de esclavos tuvo un nuevo impulso. De allí en ade­
lante, la composición étnica y la estratificación social de esas ínsulas
reflejaron aquellos acontecimientos de las últimas décadas del Pri­
mer Orden Económico Mundial.
Desde mediados del siglo XVII, aparecieron otros protagonistas en
los acontecimientos de las Indias occidentales: los mercaderes y los na­
vegantes originarios de Nueva Inglaterra. Inicialmente, comerciaron
con las posesiones británicas exportando carne conservada y otros ali­
mentos e importando azúcar, ron, algodón, tabaco e índigo. A fines del
siglo, se había montado una red de comercio triangular entre Gran Bre­
taña y sus colonias en América del Norte y las Antillas. Los principales

4 R. Davis, op. cit., p. 264.


LAS ANTILLAS 267

proveedores de carne, trigo, productos lácteos, caballos y maderas para


las plantaciones azucareras en Barbados y otras islas británicas eran los
productores de las colonias comprendidas entre Nueva Inglaterra y
Pensilvania.
El superávit del comercio de estos últimos con las Antillas era em­
pleado para saldar su déficit con la metrópoli y pagar los tributos colo­
niales. Desde las primeras décadas del siglo XVIII, su capacidad expor­
tadora excedió la demanda de las Antillas británicas. Desafiando el
monopolio establecido por las leyes de navegación promulgadas por
Cromwell, los productores, los mercaderes y los navegantes de las colo­
nias continentales de América del Norte comenzaron a comerciar, tam­
bién, con las posesiones holandesas y francesas. Este conflicto de inte­
reses contribuyó a gestar las condiciones que desembocaron en la
revolución de independencia estadounidense. Desde fines del siglo XVIII,
los nacientes Estados Unidos de América comenzaron a desempeñar un
papel crecientemente importante en los acontecimientos de las Indias
occidentales.
En este escenario de territorios insulares reducidos y economías
fundadas en la esclavitud, la estructura productiva, la estratificación
social y la concentración del poder excluían toda posibilidad de creci­
miento de la producción más allá de las reducidas fronteras del enclave
azucarero y, en menor medida, de otros cultivos tropicales. La acumu­
lación de capital y cambio técnico se reducían al sector exportador y
eran imposibles fuera de la estructura productiva establecida. En con­
secuencia, la sociedad estaba dividida en dos clases extremas: esclavos
y propietarios. Los sectores medios eran ínfimos y el ascenso en la es­
cala social, imposible.
La esclavitud marginaba a la mayor parte de la población de toda
participación en la determinación de su propio destino y subalternizaba
la significación del trabajo manual. La asociación de éste con la condi­
ción servil y la negritud fue uno de los peores impactos culturales del
régimen esclavista.
En el espacio hispano-luso-americano, la esclavitud reforzó el des­
precio por las actividades manuales heredadas de las tradiciones del Me­
dioevo ibérico. En las otras posesiones antillanas, incorporó un compor­
tamiento que no prevalecía en Gran Bretaña, Holanda y Francia. En estas
potencias atlánticas, las mismas que asumieron el liderazgo del Primer
Orden Económico Mundial desde fines del siglo XVI, el trabajo indepen-
268 EL NUEVO MUNDO

diente, la industria, las ganancias generadas por la innovación y la ges­


tión empresaria eran actividades socialmente reconocidas y fuente del
poder intangible y del cambio social asociados a la acumulación de capi­
tal. Los asalariados formaban la clase baja y estaban excluidos del siste­
ma de poder; pero el trabajo independiente de artesanos, herreros, agricul­
tores y otros emprendimientos enriquecían el tejido social y, en especial en
Gran Bretaña, tendía un puente con la ciencia y la innovación tecnológica.
Bacon era inconcebible en la realidad iberoamericana y en las Indias occi­
dentales. En éstas, por último, el color de la piel sancionaba definitivamen­
te la existencia de barreras sociales infranqueables. En semejante contexto,
la revolución científica de Newton, las ideas de Locke y la Ilustración ca­
recían de arraigo alguno.
En Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, el azúcar y la esclavitud
marcaron también profundamente la formación de la economía y la
sociedad. De todos modos, el mayor tamaño de estas Antillas Mayores
y sus funciones adicionales dentro del Imperio inscribieron la evolución
de estas posesiones dentro de la saga hispanoamericana y la diferencia
de la experiencia de las Antillas Menores. La expansión de la produc­
ción azucarera en Cuba en las últimas décadas del siglo XVIII atrajo in­
migrantes desde las otras Antillas y de España, y la importación en gran
escala de esclavos. La población de la isla ascendía, a fines del siglo XVII,
a SO mil habitantes. Un siglo después, alcanzaba a 300 mil. 5
En todo el arco antillano, desde Cuba hasta Trinidad y Tobago, la
condición periférica asumió características extremas. En definitiva, sólo
Cuba, La Española y Puerto Rico contaban, por su tamaño, con alguna
posibilidad de formar economías más complejas y de alcanzar niveles
relativamente altos de autoabastecimiento de sus consumos básicos.
Sin embargo, cuando el Caribe se convirtió en un mar interior de Esta­
dos Unidos, la gravitación abrumadora de los factores externos limitó
de forma severa la posibilidad de transitar, siquiera, el camino estrecho
y equívoco que recorrieron las posesiones españolas y portuguesas de
tierra firme. Pero ésta es otra historia que forma parte del Segundo Or­
den Económico Mundial.

5 Enciclopedia Británica, op. cit., t. 6, p. 844.


XVI. GESTACIÓN DE LA CONDICIÓN PERIFÉRICA
EN IBEROAMÉRICA Y EL CARIBE

LA ESTRUCTURA socioeconómica y los valores predominantes en el orden


colonial iberoamericano ejercieron una influencia profunda en la inser­
ción internacional y en el proceso de acumulación y cambio técnico en
el Nuevo Mundo. El Imperio americano de España, como el de Portugal
en Brasil y las colonias británicas, francesas y holandesas del mar Ca­
ribe, constituyen las primeras regiones del mundo que asumieron una
condición periférica respecto de los centros, es decir, de las economías
líderes del Primer Orden Económico Mundial. Esa relación se sustentó
en varios elementos principales.

RASGOS DOMINANTES DE LA CONDICIÓN PERIFÉRICA

Hispanoamérica y Brasil comparten varios rasgos comunes. En pri­


mer lugar, el intercambio de productos primarios por manufacturas.
Los metales preciosos, el azúcar y, más tarde, el café, el tabaco, el
cacao y otros productos tropicales constituían la totalidad de las ex­
portaciones de esos territorios. Los costos de transporte generaban
un margen de protección a la producción americana que estimuló la
oferta local de muchas manufacturas. Sin embargo, las más sofisti­
cadas (textiles de lana y algodón, vestuario, armas, herramientas y
bebidas) demandadas por las clases altas eran importadas de Euro­
pa. El comercio exterior de las colonias iberoamericanas y del Cari­
be consistió, esencialmente, en el intercambio de productos prima­
rios por manufacturas.
El comercio de Europa con Oriente tenía una composición muy
distinta. Junto a las especias, las grandes civilizaciones orientales desde
Asia Menor hasta la China enviaban textiles, lacas, porcelanas y otras
manufacturas. La producción manufacturera europea era tan poco
apreciada que las potencias atlánticas debían pagar con metales precio­
sos la mayor parte de sus importaciones desde Medio y Extremo Orien-
269
270 EL NUEVO MUNDO

te. África era otra historia: su inserción con la emergente economía


mundial se realizó esencialmente en torno del tráfico esclavista.
Estos territorios americanos fueron, por lo tanto, precursores del
sistema centro-periferia que predominaría durante el Segundo Orden
Económico Mundial: el de la Revolución Industrial.
El segundo rasgo de la condición periférica fue el desarrollo del comer­
cio exterior dentro de los límites impuestos por el sistema monopólico. Las
exportaciones y las importaciones, incluyendo su distribución en el espacio
americano, estaban reservadas a los titulares de los privilegios concedidos
por la Corona. El contrabando, cuya significación en algunos períodos fue
tan o más importante que el comercio legal, era desarrollado por funcio­
narios públicos, beneficiarios de privilegios monopólicos que evadían im­
puestos y, principalmente, por mercaderes extranjeros (británicos, holan­
deses y franceses). Los criollos nunca llegaron a ocupar una posición
hegemónica en el comercio exterior ni a desarrollar redes autónomas, res­
pecto del orden imperial, entre la producción local y los mercados del ex­
terior. A fines del siglo XVIII, sin embargo, las tensiones entre los mercade­
res marginados por el régimen monopólico contribuyeron al proceso que
culminaría, durante las primeras décadas del siglo XIX, en la independencia
de las colonias españolas en América.
El tercer rasgo de la condición periférica radicó en la disputa entre
las potencias atlánticas por el dominio del comercio colonial america­
no. Los espacios de poder se dirimían en el escenario europeo y en los
nuevos equilibrios encontrados entre las potencias atlánticas. En el Río
de la Plata, por ejemplo, el tráfico de esclavos y el comercio a través de
la Colonia del Sacramento cambió de manos entre portugueses, britá­
nicos y españoles, en función de los conflictos y de los transitorios
acuerdos de paz entre las metrópolis. Desde el mismo inicio de la con­
quista y la colonización, la suerte de estos territorios se definió fuera de
sus fronteras, es decir, fueron objeto y no sujeto de su propia historia.
Durante el Primer Orden Económico Mundial, esto no sucedió en
Oriente ni tampoco en África. En estas otras regiones del mundo, en don­
de también tenía lugar la expansión de ultramar de las potencias atlán­
ticas, los conflictos eran entre ellas mismas por el reparto de las facto­
rías y las redes comerciales. Pero los acontecimientos en Oriente y
África siguieron respondiendo principalmente a determinantes inter­
nos. Por otra parte, en las colonias continentales británicas de América
del Norte, nunca llegó a formarse la condición periférica.
GESTACIÓN DE LA CONDICIÓN PERIFÉRICA EN IBEROAMÉRICA... 271

ACUMULACIÓN DE CAPITAL Y TECNOLOGÍA

En Hispanoamérica y en Brasil, cerca de la totalidad de los excedentes de


la producción colonial sobre los gastos de subsistencia de la población es­
taba concentrada en las clases superiores. Los segmentos medios de la so­
ciedad generaban una parte menor del ahorro y las clases bajas, práctica­
mente ninguno. El ahorro total debía ser del orden del 5% del producto
colonial y era generado en su mayor parte por los sectores vinculados al
mercado mundial: minería, plantaciones y comercio. Las actividades de
subsistencia en las zonas rurales ocupaban alrededor de cuatro quintos
de la fuerza de trabajo. Ésta generaba pocos excedentes concentrados en
las manos de los encomenderos, donatarios y otros titulares de los privile­
gios conferidos por las coronas de España y Portugal.
Los principales destinos de la acumulación de capital asignada al
proceso económico eran las minas, plantaciones, armado de flotas, co­
mercio internacional y, en menor medida, las encomiendas y los repar­
timientos dedicados a la producción de subsistencia y al abastecimien­
to de los mercados locales. Pero la aplicación principal del ahorro era
las inversiones suntuarias de las clases altas asignadas a la construcción
de mansiones y palacios y, también, de conventos e iglesias, en el finan­
ciamiento de cuya construcción concurrían, además, los recursos pro­
pios de la Iglesia. El barroco americano, cuyas máximas expresiones se
encuentran en los templos religiosos, ilustra sobre la originalidad y
creatividad de los escultores, pintores y arquitectos españoles, portu­
gueses y criollos. Demuestra, asimismo, la alta participación que las
construcciones civiles y religiosas, la escultura y la pintura barroca tu­
vieron en la aplicación de los excedentes generados en el Nuevo Mundo.
La inversión pública, financiada con parte de los tributos percibidos por
la Corona, se destinó a la construcción de edificios públicos (cabildos,
audiencias, residencias oficiales) y, principalmente, de fortalezas y puer­
tos. Al mismo tiempo, la defensa contra el ataque de piratas y corsarios,
y la penetración de las potencias hostiles absorbía la mayor parte del
gasto público corriente.
La calidad, sofisticación y escala de las principales construcciones
civiles, religiosas y militares en México, Lima, Salvador de Bahía, Car­
tagena de Indias, Olinda, Ouro Preto y otras localidades principales re­
velan que los ingenieros y los arquitectos españoles, portugueses y crio­
llos disponían de tecnologías avanzadas, comparables a las existentes
272 EL NUEVO MUNDO

en Europa. Lo mismo sucedía en la explotación de las minas y las plan­


taciones de azúcar. La situación era distinta en las otras actividad
productivas encerradas en los límites estrechos de economías de sub­
sistencia o que enfrentaban, como en el caso de textiles, vestuario y
productos metálicos, la competencia de las importaciones desde las
economías más avanzadas de Europa y, vía Manila, desde Oriente. En
las artesanías y la agricultura para el consumo interno, subsistían téc­
nicas tradicionales heredadas, en buena parte, de las culturas indíge­
nas. En Brasil, los esclavos africanos incorporaron algunas tecnologías
primitivas en la producción agrícola y en las minas. Dado este contexto,
el cambio técnico y el aumento de la productividad en las manufacturas
y la agricultura registraron escasos cambios en los tres siglos del Primer
Orden Económico Mundial.
De este modo, la posibilidad de vincular la experiencia productiva de
los trabajadores y los artesanos con la reflexión de los científicos, la ges­
tión empresaria con la innovación, la capacidad competitiva con la gene­
ración de ventajas comparativas fundadas en la eficiencia de la organi­
zación productiva y el cambio técnico estuvieron ausentes en el mundo
colonial brasileño como en el hispanomericano.
La investigación aplicada a la resolución de problemas de la pro­
ducción fue muy débil, con una importante excepción: la minería. El
liderazgo español en la producción de metales preciosos dentro de sus
posesiones americanas estimuló la investigación aplicada y el desarrollo
de innovaciones tecnológicas. En el siglo XVI, el metalurgista Bartolomé de
Medina desarrolló la tecnología de la amalgama de plata con mercurio,
procedimiento de frontera en su tiempo. 1 La minería, como las planta­
ciones tropicales, fue un sector ligado al mercado mundial, de empleo
intensivo de capital y tecnología, y altas ganancias. Sin embargo, no
generó eslabonamientos con los otros sectores que pusieran en marcha
procesos acumulativos de cambio técnico, acumulación de capital y au­
mento de la productividad. La experiencia acumulada por los artesanos
y los productores rurales no se asoció a la reflexión de los científicos y
filósofos, ni los aportes de éstos se tradujeron en innovaciones aplicadas
a la producción.

1 G. Weinberg, "Sobre la historia de la tradición científica latinoamericana, Documen­

tos 10", en Boletín de la Secretaría de Ciencia y Técnica, núm. 7, Buenos Aires, septiembre,
1985.
GESTACIÓN DE LA CONDICIÓN PERIFÉRICA EN IBEROAMÉRICA... 273

La acumulación de capital en Iberoamérica era esencialmente dis­


tinta a la que tenía lugar en las potencias atlánticas líderes del emergen­
te Orden Económico Mundial y en las colonias continentales británicas
de América del Norte. Tenía un alto componente de inversión suntuaria,
no generaba fuerzas de transformación del orden social establecido ni
asociaba la inversión a la innovación tecnológica. España y Portugal
trasplantaron al Nuevo Mundo las limitaciones de su propio desarrollo
y, en definitiva, las causas de su propia decadencia. Esta herencia fue
reforzada por la estructura social y económica emergente de la implan­
tación del orden colonial en América.

LA CIENCIA Y LAS IDEAS POLÍTICAS

La educación y la cultura estaban limitadas a los grupos dominantes, y


penetradas por los valores de la ortodoxia católica y el orden social de
la metrópoli. Las condiciones de pobreza extrema y marginación que
predominaban en la mayor parte de la población impusieron estrechos
límites a la tarea educativa de las órdenes y el clero secular. Las univer­
sidades y los colegios, todos fundados y administrados por religiosos,
se orientaron a la formación espiritual y religiosa de los alumnos y a las
disciplinas tradicionales de derecho, teología, lógica y medicina. Eru­
ditos notables, como Sigüenza y Góngora y Barnuevo, conocían el pen­
samiento científico más avanzado de su tiempo y participaron en céle­
bres debates sobre astronomía, como los provocados por la aparición
del gran cometa de 1680 y el eclipse solar de 1719. Sus aportes y los de
sus discípulos y colegas no llegaron, sin embargo, a fundar una sólida
tradición científica en Iberoamérica. El conocimiento del mundo físico
americano, incluyendo botánica, zoología, antropología, geografía y mi­
neralogía, siguió descansando fundamentalmente en la contribución de
científicos europeos que viajaron al Nuevo Mundo; los dos más céle­
bres, Alexander van Humboldt (1769-1859) y Charles Darwin (1809-
1882), realizaron sus viajes entre fines del período colonial y la primera
mitad del siglo XIX.
Las ideas políticas y la ciencia durante los siglos XIV y XVII quedaron
encerradas en los estrechos límites prevalecientes en las dos naciones
de la Península Ibérica y la estructura económico-social de la colonia.
La revolución en las ideas y en el conocimiento científico vinculada a
274 EL NUEVO MUNDO

los aportes de Maquiavelo, Hobbes, Locke, Bacon y Descartes tuvo dé­


biles ecos en el mundo iberoamericano. En el terreno religioso, la he­
gemonía de la Iglesia impidió la apertura del debate dentro del cristia­
nismo que la Reforma había desencadenado en Europa. La anquilosada
estructura económica y social de la colonia tenía como contrapartida
la pobreza del escenario cultural. En éste estaba básicamente ausente
el debate abierto en Europa sobre las cuestiones fundamentales del po­
der, el derecho a la resistencia, la representatividad, la teoría del cono­
cimiento y los vínculos entre la ciencia y el mundo real de los navegan­
tes, los productores y los mercaderes.
En el siglo XVIII, la influencia de las ideas políticas asociadas a la
Ilustración y a la revolución científica liderada por Newton comenzó a
tener mayor resonancia. En esto influyeron dos factores principales.
Por una parte, el proceso de modernización iniciado en España por los
monarcas barbones y en Portugal por el marqués de Pombal. Por otra
parte, el crecimiento de la burguesía y la intelectualidad criolla. A fina­
les del siglo XVIII, la revolución y la independencia de las colonias ingle­
sas de América del Norte incorporaron nuevas perspectivas de cambio
intelectual y político al escenario iberoamericano.
La Ilustración y sus ideales humanistas y libertarios acrecentaron
su influencia en la burguesía, la intelectualidad y miembros del bajo
clero de Hispanoamérica. Se fueron acumulando resistencias al orden
establecido en los terrenos cultural, religioso, político y económico. El
sacerdote mexicano Miguel Hidalgo y el militar venezolano Francisco
de Miranda fueron precursores en la difusión de las nuevas ideas y en
el cuestionamiento del orden establecido. Pero fueron los acontecimien­
tos externos los que terminarían por impulsar los movimientos de in­
dependencia en estos territorios. Las revoluciones estadounidense y
francesa y, en la primera década del siglo XIX, la ocupación de España
por las fuerzas de Napoleón y la posterior restauración absolutista an­
tiliberal de Fernando VII (1784-1833) generaron condiciones propicias
para los movimientos de independencia. Éstos fueron, además, alenta­
dos por la potencia hegemónica de la época, Gran Bretaña.
En Brasil, en la segunda mitad del siglo XVIII, la Ilustración tuvo re­
percusiones políticas más estridentes que en Iberoamérica. En 1788, en
Villa Rica de Ouro Freto (Minas Gerais), con el liderazgo del militar y
antiguo dentista Joaquim José da Silva Xavier (1746-1792), conocido
como Tiradentes, intelectuales epígonos de las ideas libertarias de la Ilus-
GESTACIÓN DE LA CONDICIÓN PERIFÉRICA EN IBEROAMÉRICA... 275

tración, oficiales de la milicia y algunos sacerdotes liberales se rebelaron


contra el poder portugués. Este movimiento (la Inconfidencia Mineira) se
sustentó en una combinación de reclamos contra los privilegios del régi­
men colonial y de las ideas renovadoras provenientes de Europa y de la
recién creada República de los Estados Unidos de América. El movimien­
to fue reprimido y su líder, ejecutado. Diez años después, en 1798, en
Salvador de Bahía, se produjo otro alzamiento (la Conjurar;:iio Baiana),
con similares bases de sustentación e igual resultado.
En Hispanoamérica, las repercusiones políticas de los aconteci­
mientos y las ideas prevalecientes en América del Norte y Europa recién
tendrían gran alcance a principios del siglo XIX y, entonces, para expul­
sar por las armas a las fuerzas de Fernando VII y establecer regímenes
republicanos. En cambio, Brasil, que había sido pionero en los alza­
mientos contra la potencia metropolitana, transitó pacíficamente del
orden colonial a la independencia dentro del régimen monárquico en­
cabezado por el Delfín de la Corona portuguesa. Brasil conservó así la
unidad del Estado nacional en su gigantesco territorio.
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XVII. FORMACIÓN DE
ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

EN AMÉRICA del Norte, un vástago europeo, las colonias británicas asen­


tadas entre los ríos San Lorenzo y Altamaha y entre la cadena de los
Apalaches y el océano Atlántico dieron origen a la formación de una
nueva civilización afianzada en su capacidad de decidir su destino y
abierta al emergente orden mundial.
La experiencia de las colonias continentales de América del Norte
difiere radicalmente de la registrada en el mundo hispano-luso-ameri­
cano y en las colonias británicas en el Caribe. Tampoco tiene semejan­
tes en la expansión de las potencias atlánticas en África y Oriente. Con
el tiempo, aquellos poblamientos en el Nuevo Mundo se convertirían en el
principal centro de poder mundial y en el mayor ejemplo del desarrollo
autocentrado y abierto.

LAS COLONIAS CONTINENTALES BRITÁNICAS DE AMÉRICA DEL NORTE

Ocupación y organización del territorio

Con la excepción de Portugal, todas las potencias atlánticas penetraron


en América del Norte, pero sólo Gran Bretaña realizó una ocupación
efectiva y permanente del territorio.
Reiterando su política en las posesiones de Oriente de dominar re­
ducidos espacios insulares, Holanda ocupó las islas de Manhattan y
Long Island. La presencia holandesa en América del Norte fue efímera:
abarcó apenas cincuenta años (1614-1664). Primero la Compañía de
Nueva Holanda y, finalmente, la de las Indias occidentales recibieron la
Carta de Privilegio (charter) de la República holandesa de comerciar
con los indios e instalar colonos. Conforme a la práctica establecida, la
Compañía de las Indias Occidentales designó un director general para
gobernar la colonia ad referendum de la metrópoli. Cuando los británi-
277
278 EL NUEVO MUNDO

cos ocuparon Nueva Ámsterdam en 1664, la población europea de la


provincia ascendía a 1 O mil personas. 1
En las primeras décadas del siglo XVI, a partir de las incursiones
iniciales de exploradores franceses en la cuenca del río San Lorenzo, la
presencia gala en América del Norte se extendió entre Acadia, los Gran­
des Lagos y, a lo largo del río Misisipi, el golfo de México. La actividad
principal de los cazadores y de los soldados franceses era la obtención
de pieles y cueros, y la de los sacerdotes, la conversión de los indígenas
al catolicismo. La Compañía de las Indias Occidentales y los jesuitas
fueron los instrumentos de la penetración francesa y del proyecto evan­
gelizador, respectivamente.
La lucha por la supremacía en América del Norte entre las dos as­
cendentes potencias atlánticas comenzó a principios del siglo XVII y se
agudizó por la confrontación de las políticas imperiales y mercantilistas
desarrolladas por Colbert y Cromwell. En 1629, tropas regulares britá­
nicas y milicias de Nueva Inglaterra atacaron Quebec. El disputado te­
rritorio de Acadia cambió de manos varias veces. El interés creciente de
los británicos en el comercio de pieles y cueros y el desarrollo de la caza
en la región de la bahía de Hudson acrecentaron el enfrentamiento. Los
franceses reclutaron el apoyo de los indígenas iroqueses, pero el resul­
tado del conflicto era inevitable. La relación de la población de origen
europeo entre las posesiones británicas y francesas de América del Nor­
te era de 15 a 1. Mientras que la presencia gala se limitaba a un núme­
ro reducido de soldados, cazadores, mercaderes y sacerdotes, los britá­
nicos habían ocupado efectivamente y colonizado el territorio de sus 13
colonias continentales. A comienzos de la década de 1770, su población
ascendía a 2,5 millones de personas, incluyendo 330 mil esclavos.2
En cuanto a España, su presencia en América del Norte era tan pre­
caria y dispersa como la de Francia. Desde Luisiana hasta San Francis­
co en California, el territorio era la frontera norte del Virreinato de Nue­
va España. Como en el caso de las posesiones del Río de la Plata, la
importancia de aquellos territorios era marginal dentro del Imperio
hispanoamericano.
Por último, los suecos, bajo el ímpetu de la política expansionista
iniciada por Gustavo Adolfo II, incursionaron en América del Norte. En

1 Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 16, p. 376.


2 R. Davis, The Rise of the Atlantic Economies, Ithaca, Comell University Press, 1973.
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 279

1638, se creó la Compañía Real Sueca, que instaló una efímera colonia
en el Nuevo Mundo.
De tal modo que fueron los británicos los protagonistas dominantes
de la presencia europea en América del Norte. En 1664, expulsaron a
los holandeses de Nueva Ámsterdam (Nueva York). En 1763, en virtud
del Tratado de París que puso fin a la Guerra de los Siete Años, pasaron
a jurisdicción de Gran Bretaña las posesiones francesas de Canadá y al
este del río Misisipi. Hacia 1770, en las vísperas de la Guerra de Inde­
pendencia, el dominio británico en América del Norte se extendía entre
los Apalaches y el océano Atlántico, y desde Acadia (Nueva Escocia) y los
Grandes Lagos en el norte hasta Florida en el sur. España ocupaba to­
davía Luisiana, en la desembocadura del río Misisipi, sobre el golfo de
México.
Bajo el reinado de Isabel I (1558-1603), se diseñó el sistema dentro
del cual se registró la conquista y la colonización de las colonias conti­
nentales. A través del régimen de cartas de privilegios, concedido a com­
pañías e individuos particulares, la Corona delegó en la iniciativa pri­
vada la conquista y la colonización. La carta concedía el dominio sobre
el territorio adjudicado y el derecho de gobernarlo y de comerciar, su­
jeto al respeto de la soberanía y la legislación británica. Los derechos y
las libertades de los colonos quedaban también garantizados por el de­
recho vigente en la metrópoli. Dentro del régimen de cartas de privile­
gio se desarrollaron dos modelos: las provincias de propietarios y las
corporativas. En ambos modelos, los particulares armaban los navíos y
reclutaban a la tripulación y a los futuros colonos. Las provincias de
propietarios tenían alguna semejanza con el régimen de capitanías ge­
nerales de los portugueses en Brasil y reflejaban la tradición feudal. Se
adjudicaban a una persona física o a una junta representativa de los
dueños de una corporación que ejercía el gobierno de la provincia di­
rectamente o por delegación. La propiedad era transmisible por heren­
cia y los titulares podían especular con la venta y la colonización de las
tierras. En cambio, las provincias corporativas eran administradas por
la asamblea de accionistas, que eran inversores o quienes migraban
para colonizar la provincia. La reunión de los accionistas era por lo ge­
neral conocida como la asamblea de hombres libres (freemen).
Bajo los monarcas de la dinastía de los Tudor, la Corona concedió
a Juan y Sebastián Caboto, a sir Humphrey Gilbert y a sir Walter Ra­
leigh cartas de provincias de propietarios, pero los adjudicatarios no
280 EL NUEVO MUNDO

lograron ocupar efectivamente el territorio. El ascenso al trono en 1603


de Jacobo I, rey de Escocia, unificó las coronas de Escocia e Inglaterra,
inauguró la dinastía de los Estuardo y difundió el régimen de las carta
de privilegios. Las sociedades de mercaderes de Plymouth y Lond.re�
fueron sus adjudicatarias más importantes. Sin embargo, sólo la segun­
da consolidó su asentamiento en Jamestown (1607) y otros puntos so­
bre el río James, en lo que sería luego la provincia de Virginia. Ésta fue
la base de la Compañía de Virginia, a la cual la Corona le confirió el de­
recho de distribuir las tierras y gobernar la provincia. A estos fines, la
compañía designó a gobernadores, consejeros y otros funcionarios, y se
formaron las primeras asambleas de colonos con facultades para nego­
ciar con el gobernador. Ésta fue la base fundacional de la democracia
estadounidense en el marco de una provincia de propietarios adjudica­
da a una corporación. 3
Antes del estallido de la guerra civil inglesa en 1642 y de la ejecución
de Carlos I (1649), los británicos habían colonizado el litoral atlántico de
América del Norte desde Massachusetts hasta Virginia. A fines del siglo
XVII, habían incorporado Carolina del Norte y del Sur. Poco después
(1732), se establecería la 1J 3 colonia continental, Georgia. En vísperas de
la revolución y la independencia, las 13 colonias continentales de Améri­
ca del Norte abarcaban las de Nueva Inglaterra (provincias de Massachu­
setts, New Hampshire, Rhode Island y Connecticut), las intermedias
(Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania y Delaware) y las del sur
(Maryland, Virginia, Carolina del Norte y del Sur, y Georgia).
Poco después de su ascenso al trono, Guillermo III concedió una
nueva carta a Massachusetts bajo otro modelo de organización: la pro­
vincia real. A principios del siglo XVIII, la mayor parte de las colonias de
propietarios y corporativas habían sido transformadas en provincias
reales. Bajo el nuevo régimen, el rey designaba al gobernador, pero sub­
sistían las asambleas coloniales. Las relaciones entre el ejecutivo y el
cuerpo colegiado reflejaban la organización institucional británica pos­
terior a la revolución gloriosa de 1688. Bajo el nuevo régimen imperial,
continuó el desarrollo de las instituciones representativas, gestadas des­
de los primeros asentamientos. Por otra parte, el sostenimiento mate­
rial del gobernador y sus funcionarios descansaba en los impuestos
recaudados en la colonia. Como en la metrópoli, la aplicación de tribu-

3 Enciclopedia Británica, op. cit., t. 22, p. 274.


FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 281

tos estaba subordinada al consentimiento de los gobernados. La con­


signa "no pagar impuestos sin representación", inspirada en la Decla­
ración de Derechos de 1689, generó uno de los conflictos que culminó
en el movimiento de la independencia.
Fue dentro de este marco jurídico que se produjo la conquista y la
colonización, y se sentaron las bases fundacionales del futuro Estados
Unidos de América.
Bajo los Tudor, Inglaterra carecía todavía de un proyecto imperial
definido. Las energías del país estaban comprometidas en su conflicto
religioso y en la guerra dinástica y de religión con España. Aun así, se
crearon compañías por acciones lideradas por los mercaderes aventureros
que practicaban simultáneamente el comercio y la piratería. En 1571,
inició sus operaciones la Bolsa de Londres. Pero la política imperial en
el Nuevo Mundo se reducía a las actividades de sir Walter Raleigh, John
Hawkins, Francis Drake y otros piratas y corsarios. En consecuencia, era
muy débil el control de la metrópoli sobre la organización del territorio,
el régimen mercantil y la colonización. En cambio, a partir de Cromwell, el
afianzamiento del poder británico se tradujo en una agresiva estrategia
mercantilista de desarrollo de Gran Bretaña y de explotación de las colo­
nias. En la misma época, el Parlamento asumió una capacidad regulatoria
sobre el régimen colonial inexistente bajo el absolutismo monárquico pre­
cedente. En 1733, se promulgó el Acta de la Melaza, destinada a prohibir
el comercio de azúcar y sus subproductos entre las colonias francesas de
las Antillas y las colonias continentales.
El control imperial sobre las colonias estuvo inicialmente concen­
trado en el Consejo Privado del Rey y los despachos del Tesoro, la Can­
cillería y el Almirantazgo.
Londres resolvía las peticiones y los litigios originados en las depen­
dencias americanas. En el período republicano de lord protector
Cromwell, se promulgó el Acta de Navegación (1651). Antes del fin del
siglo xvn, bajo la efímera restauración de los Estuardo y después de la
revolución gloriosa de 1688, se adoptaron otras rigurosas medidas mer­
cantilistas. Sólo navíos de bandera inglesa, comandados y tripulados
por nacionales, estaban autorizados a realizar el comercio de las colo­
nias. Se estableció, asimismo, un sistema de preferencias imperiales
con el tratamiento privilegiado de los productos de las colonias conti­
nentales en el mercado británico y viceversa. El comercio con otros
países debía realizarse a través de puertos británicos, y se prohibió el
282 EL NUEVO MUNDO

comercio intercolonial de numerosos productos. Por el Acta de Unión


de 1707 entre Escocia e Inglaterra, la primera fue admitida al régimen de
preferencias imperiales.
La pretensión imperial de imponer su dominio en las colonias conti­
nentales de América del Norte llegó tarde. Desde mediados del siglo XVII,
estaban asentadas las fuerzas endógenas y autónomas de crecimiento
que desembocarian en la Guerra de Independencia estadounidense.

Poblamiento

Las migraciones, desde Europa, de refugiados por razones religiosas y


políticas proporcionaron los primeros contingentes para el poblamien­
to de las colonias continentales. En diciembre de 1629, desembarcaron
del Mayflower, en lo que es actualmente Plymouth (Massachusetts), los
cien peregrinos que fundaron el primer asentamiento permanente en
Nueva Inglaterra. Poco después, entre 1629 y 1642, alrededor de 20 mil
puritanos ingleses migraron a Nueva Inglaterra y varios miles más a
Virginia y las Antillas británicas. En 1680, hubo una importante emi­
gración de cuáqueros a Pensilvania, de protestantes (hugonotes) fran­
ceses a Carolina del Sur y, a principios del siglo xvrn, de renanos a Nue­
va York. Realistas partidarios de Carlos I también migraron al Nuevo
Mundo después del triunfo de Cromwell en la guerra civil. Estas perso­
nas viajaban generalmente con sus familias y sirvientes, y contaban con
sus propios recursos económicos.
El éxodo de refugiados británicos y franceses a las Antillas se inte­
rrumpió cuando las plantaciones azucareras, con empleo de mano de
obra esclava, desplazaron a los propietarios y colonos independientes y
a sus sirvientes. En la segunda mitad del siglo XVII, muchos de ellos emi­
graron a Virginia y otras colonias continentales. 4
La inmigración y el crecimiento vegetativo provocaron un rápido
poblamiento de las colonias continentales. En menos de ochenta años,
entre 1700 y las vísperas de la Independencia (1774), la población total
aumentó de 230 mil a 2,5 millones de habitantes. 5 La de ascendencia
europea prosperó rápidamente bajo el estímulo de la expansión de la

4
R. Davis, op. cit., p. 132.
5 Ibid.,
p. 265.
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 283

frontera, la adquisición de tierras a los titulares de las originales cartas


de privilegios y las oportunidades abiertas por la diversificación de la
producción y el comercio. Sin embargo, en el sur, la población esclava
provocaba una fractura profunda en el sistema social y político, y era
una amenaza a la unidad nacional. Estos problemas plantearon con
posterioridad graves dilemas de principios y conflictos de intereses en­
tre los líderes de la Guerra de Independencia y los redactores de la
Constitución. La cuestión recién se resolvería, casi un siglo más tarde,
con la guerra civil (1861-1865).
En algunas de las primeras colonias, estaba prohibida a los extran­
jeros la adquisición de tierras. Pero en las de Nueva York, Pensilvania,
Nueva Jersey y Delaware, se flexibilizaron las normas para atraer a in­
migrantes y se hicieron campañas de reclutamiento en Renania, los
cantones suizos y Austria. La mayor parte eran redemptioners quepa­
gaban todo o parte de su pasaje. Esta inmigración de Europa Central
incluía a artesanos, agricultores y profesionales diversos que viajaban
en familia y, con frecuencia, en comunidades que se asentaban princi­
palmente en Pensilvania y Nueva York. 6

Religión, educación y cultura

La religión, no la Iglesia, ejerció una influencia profunda en la forma­


ción de las colonias continentales. Antes del inicio de la penetración
británica en América del Norte, Enrique VIII había roto relaciones con
Roma y asumido, en 1531, la jefatura de la Iglesia reformada de Ingla­
terra. Dentro de la revolución religiosa provocada por la Reforma, el
alzamiento inglés contra la autoridad de la Santa Sede asumió un ca­
rácter nacional vinculado al enfrentamiento dinástico y de hegemonía
con la principal potencia de la época, España. La conquista y la coloni­
zación británicas en tierras del Nuevo Mundo formaron parte, pues, del
conflicto en el seno del cristianismo y del enfrentamiento entre las po­
tencias atlánticas.
La primera consecuencia de estos hechos fue el rechazo de toda je­
rarquía eclesiástica fundada en un sistema centrado en la cúpula del
poder. El repudio abarcaba, en primer lugar, al catolicismo y, más tarde,

6
!bid., p. 138.
284 EL NUEVO MUNDO

a la propia Iglesia anglicana. En este contexto, proliferaron diversas ex­


presiones del protestantismo en las colonias continentales.
En Inglaterra, el puritanismo lideró la crítica contra las expresiones
autoritarias de la Iglesia anglicana y generó un proyecto de reforma
dentro de la Reforma. El trasplante del puritanismo en su versión más
radicalizada, los cuáqueros, a Nueva Inglaterra dio nuevo impulso al
repudio de la jerarquía eclesiástica. La intensa actividad espiritual y re­
ligiosa que predominó en las colonias continentales desde los primeros
asentamientos formó parte del proceso de autonomía, participación
libertad que, en el plano político, se asentaba en las asambleas y legis­
laturas representativas de los colonos y los pobladores urbanos.
Los vaivenes de la disputa religiosa en Inglaterra repercutieron en
las colonias continentales y reforzaron su vocación de autonomía espi­
ritual y religiosa. En Inglaterra, después de la muerte de Cromwell y la
restauración de los Estuardo en la cabeza de Carlos II, se impuso la he­
gemonía de la Iglesia anglicana y desató la persecución de los purita­
nos. La alarma que estos hechos ocasionaron en las colonias continen­
tales fue acrecentada cuando Jacobo II pretendió restablecer el
catolicismo. En Inglaterra, el intento provocó la alianza entre los whigs
y los tories y, finalmente, la instalación en el trono de Guillermo III y la
guerra contra los católicos irlandeses. En las colonias continentales,
estas turbulencias dieron lugar a los primeros indicios independentis­
tas. Los contenidos autonómicos de esta religión sin obispos volvieron
a expresarse en el rechazo del intento posterior de la Iglesia de Inglate­
rra de imponer su hegemonía a través de la nominación de un vicario
en las colonias. Tradicionalmente, los criollos aspirantes a clérigos an­
glicanos debían cruzar el océano para ser ordenados en la metrópoli.
Las instituciones de enseñanza superior se desarrollaron rápida­
mente en torno de los colleges establecidos por los pastores de las dis­
tintas denominaciones protestantes. En 1636, el Harvard College fue
establecido en Boston. En 1701, congregacionalistas ortodoxos alarma­
dos por las ideas liberales difundidas en Harvard fundaron el Yale Co­
llege en New Haven, Connecticut. A principios del siglo XVIII, Nueva
Inglaterra tenía el más alto nivel de alfabetismo de las colonias conti­
nentales y, probablemente, del resto del mundo. 7

H. Erogan, The Penguin Histo1y of the United States of America, Londres, Penguin
7

Books, 1990, p. 92.


FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 285

En vísperas de la Independencia, las 13 colonias continentales po­


seían institutos de enseñanza superior cuyos modelos eran los colleges de
las universidades británicas, especialmente las de Oxford y Cambridge.
La enseñanza se concentraba en la formación de pastores y en la capa­
citación de los jóvenes de los sectores más prósperos en las disciplinas
humanísticas. El College y la Academia de Filadelfia (1755) tenían ob­
jetivos más amplios: sus programas incluían matemáticas, ciencias, go­
bierno y derecho. Poco después, el King's College de Nueva York inau­
guró la primera escuela de medicina. Después de la revolución, se
propagaron los institutos de alta enseñanza y los colleges se fueron con­
virtiendo en universidades. Los programas de estudio fueron incorpo­
rando crecientemente las ciencias físicas y naturales y la enseñanza de
ingeniería, agronomía y otras disciplinas tecnológicas. Los gobiernos
estaduales dedicaron especial atención a la promoción de la enseñanza
y en 1776, el mismo año de la Declaración de la Independencia, la Cons­
titución de Carolina del Norte dispuso la creación de una universidad
pública. La más importante, la de Virginia, fue creada más tarde por
iniciativa de Thomas Jefferson.
La primera imprenta en las colonias continentales se estableció en 1638,
en Cambridge, Massachusetts. Se difundió luego rápidamente en las 13
colonias continentales y acompañó el proceso colonizador y la expansión
de la frontera. Los primeros libros eran biblias, textos religiosos y alma­
naques con información de carácter general. En el siglo XVIII, se incorpo­
raron publicaciones periódicas y panfletos que contribuyeron a difundir
las ideas liberales que culminarían en la Independencia.
El máximo exponente del escenario cultural de la época fue Benja­
min Franklin (1706-1790). Su vida revela el talento de un individuo ex­
traordinario, pero la amplitud de sus intereses y la repercusión de su obra
fueron posibles por las condiciones vigentes en las colonias continenta­
les. Acumuló una considerable fortuna como impresor y editor de libros
en Filadelfia. Al mismo tiempo, como su hermano James y otros impre­
sores de la época, editaba un periódico (Pennsylvania Gazette) que repro­
ducía artículos de otros medios de las colonias y la metrópoli, publicaba
avisos y notas de interés general. Vendía anualmente diez mil ejemplares
de su famoso y popular almanaque (Poor Richard's Almanack) con con­
sejos prácticos y aforismos (como "el que habla mucho hace poco") reve­
ladores de la idiosincrasia del autor y de sus lectores. Promovió el hábito
de la lectura y de la discusión mediante la creación de un club del libro y
286 EL NUEVO MUNDO

de una academia. Ésta fue formalmente constituida en 1755 como el Phi­


ladelphia College, origen de la posterior Universidad de Pensilvania.
Sus experimentos con la electricidad fundaron su hipótesis de un
fluido que le permitió demostrar la naturaleza común de la electricidad
y los rayos. Estos hallazgos lo convirtieron en uno de los científicos más
notorios de la época. Hacia la década de 1760, era miembro de la Royal
Society y de otras principales sociedades científicas europeas, titular de
títulos honoríficos de colleges de las colonias y la metrópoli, y del doc­
torado honoris causa de la Universidad de Oxford. Sus intereses cientí­
ficos abarcaban problemas fundamentales de la física, como el calor, la
luz y el sonido, y de la química, la geología, la fisiología, la psicología,
la oceanografía, la meteorología y la música.
Por su capacidad e insistencia en vincular el conocimiento científico
a la resolución de problemas prácticos, Franklin se convirtió, asimismo,
en uno de los mayores tecnólogos de su tiempo. Un prototipo de estufa
para generar calor de manera más económica (que se negó a patentar
para facilitar su difusión) y, fundamentalmente, el pararrayos fueron dos
innovaciones orientadas a resolver problemas críticos de la época. La
música le debe la armónica, instrumento para el cual compusieron lue­
go Mozart y Beethoven. Su vocación de servicio público lo llevó a propi­
ciar diversas iniciativas, como pavimentar las calles de Filadelfia, refor­
mar las rondas nocturnas y establecer un hospital público.
De esta vocación a la política, había un solo paso. En este terreno,
como en sus otras actividades, Franklin abordó los temas fundamenta­
les. Su actividad como publicista y miembro de la Legislatura de Pen­
silvania se concentró en la resolución de dos problemas cruciales: el
pacifismo de los cuáqueros y el poder de los herederos del titular de la
carta de privilegios fundacional de la colonia, William Penn ( 1644-
1718 ). El respeto de los cuáqueros a los acuerdos con los indígenas im­
pedía la expansión de la frontera y la defensa del territorio frente a las
incursiones de los navíos franceses y españoles. Franklin logró doblegar
su pacifismo y disponerlos para la lucha en defensa propia. En 1757,
inició su fecunda labor diplomática, como emisario de la Legislatura de
Pensilvania ante la Corte, para limitar el poder de la familia Penn.
Un Franklin era inconcebible en cualquier otra parte del orden colo­
nial del Nuevo Mundo o en Oriente. No por la ausencia de individuos con
aptitudes excepcionales, sino por la inexistencia de las singulares condicio­
nes vigentes en las colonias continentales. Incluso en las potencias atlánti-
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 287

cas más avanzadas, Gran Bretaña y Francia, no existía la frontera de opor­


tunidades que posibilitaron la emergencia de la democracia participativa,
la transformación social y el desarrollo económico, en cuyo contexto pudo
desarrollarse plenamente aquel extraordinario ser humano. 8

LA ECONOMÍA

Mano de obra

A medida que los primeros colonos fueron ampliando las superficies de


tierra trabajadas y la expansión de la demanda promovía el crecimien­
to de las artesanías, las manufacturas y los servicios, la insuficiente dis­
ponibilidad de mano de obra se convirtió en un problema clave.
La resistencia de los indígenas de América del Norte a la domina­
ción europea y su inadaptabilidad para el trabajo servil impidieron su
incorporación a la fuerza de trabajo de las colonias continentales. En
Nueva Inglaterra y las colonias intermedias, prevalecían las explotacio­
nes de pequeña y mediana escala dedicadas a la producción de cereales,
productos de granja, ganadería, construcciones y artesanías domésticas
(vestuario, muebles, herramientas). En este contexto, era imposible el
desarrollo de grandes explotaciones aptas para el empleo de mano de
obra en gran escala y suficientemente rentables para financiar las inver­
siones de puesta en producción de nuevas tierras, el capital fijo en equi­
pos y enseres, y el capital de trabajo.
Al mismo tiempo que se desarrollaban el comercio y los centros ur­
banos, la estructura productiva se fue diversificando aún más con la
incorporación de las manufacturas de alimentos, textiles, cueros, ma­
deras, metalmecánicas y servicios diversos. Esta estructura productiva,
tempranamente diversificada en los primeros asentamientos y en la
frontera en expansión, no era apta para el trabajo servil de los nativos
ni de los esclavos africanos. Requería un nivel de adaptabilidad a es­
tructuras productivas organizadas que sólo podía ser proporcionado
por mano de obra proveniente de Europa.
En las colonias del sur, la situación era distinta. Las plantaciones
de tabaco y algodón y la ganadería podían realizarse en gran escala con

8H. Brogan, op. cit., p. 89.


288 EL NUEVO MUNDO

mano de obra servil. Su rentabilidad generaba las utilidades necesarias


para la compra de esclavos y el financiamiento de las inversiones en ac­
tivos fijos y circulantes. En el siglo xvm, ingresaron a las colonias con­
tinentales del sur más de 250 mil esclavos. 9 En vísperas de la Indepen­
dencia, los esclavos de ascendencia africana representaban el 30% de la
población total de aquéllas. De todos modos, la importancia relativa de
la mano de obra servil era muy inferior a la registrada hacia la misma
época en Jamaica, Barbados y otras Antillas bajo jurisdicción británica,
en donde representaba el 90% de la población total.
La insuficiencia de la mano de obra para las actividades desarrolla­
das por los titulares de las cartas de privilegio, los colonos de Nueva In­
glaterra, las colonias intermedias y los plantadores del sur fue un proble­
ma permanente de las colonias continentales. Existía una oferta de
personas en Europa interesadas en migrar al Nuevo Mundo, pero caren­
tes de recursos para financiar su viaje y los gastos de instalación. La fór­
mula de los indentured servants, es decir, mano de obra servil temporaria,
facilitó la migración y la ampliación de la oferta de mano de obra en las
colonias. Los mercaderes y los armadores de buques reclutaban volunta­
rios en Londres, Bristol, Nantes, La Rochelle y otros puertos, y los colo­
caban en los principales puertos coloniales. El sistema fue introducido
en 1617-1618 en Virginia; una década después, más de un tercio de los
colonos eran indentured servants. El sistema se aplicó en las otras colo­
nias continentales y, también, en las Antillas británicas y francesas. Los
empleadores pagaban los costos de transporte y, después del cumplimien­
to del contrato, el personal quedaba libre para ocuparse como mano de
obra independiente o, lo que era el objetivo de la mayoría, instalarse
como productores en las tierras de la frontera. Era habitual que el gobier­
no de la colonia proporcionara a las personas liberadas parcelas de tierra,
y los antiguos patrones, algunos enseres para iniciar la explotación. 10

Producción y comercio exterior

La conquista y la formación del orden colonial británico en América del


Norte estuvieron condicionadas, como en el resto del Nuevo Mundo,

9
R. Davis, op. cit., p. 135.
10 Ibid., p. 130.
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 289

por la dotación de recursos naturales y la población preexistente. Esto


contribuye a explicar las diferencias en el proceso de incorporación de
las colonias británicas al Primer Orden Económico Mundial respecto
de lo observado en el mundo iberoamericano y en las Antillas. Aclara,
asimismo, las asimetrías observables entre las posesiones del norte y
del sur dentro de las 13 colonias continentales.
Los titulares de las cartas de privilegios sobre las colonias de Nueva
Inglaterra intentaron explotar los recursos disponibles en la región que
no eran metales preciosos ni tierras tropicales, sino las pieles y las pes­
querías. Las pieles se obtenían principalmente a través de los indígenas,
que eran expertos cazadores. Los emplazamientos en el interior y en la
cuenca de los ríos, al estilo de las factorías en Asia, eran el punto de
contacto para el intercambio con los nativos. Los primeros enfrenta­
mientos por el control del territorio entre Francia y Gran Bretaña resul­
taron de la disputa por el monopolio del tráfico entre los mercaderes en
pieles de ambas naciones metropolitanas. Las pesquerías entre Terra­
nova y Maine proporcionaban el segundo recurso exportable. Sobre la
base de las pieles y las pesquerías, la producción de mástiles para lama­
rina británica y la construcción de barcos, se gestó inicialmente el sec­
tor exportador de las colonias de Nueva Inglaterra.
Pero esta actividad exportadora era insuficiente para sostener la
creciente población de Nueva Inglaterra y las colonias intermedias. La
producción de cereales, ganado y horticultura adquirió mayor impor­
tancia. A su vez, la expansión de la demanda de productos elaborados
(artesanías, textiles, metálicos y alimentos transformados) era satisfe­
cha de manera parcial por las importaciones desde Europa. Tempra­
namente comenzó la diversificación de la estructura productiva de
Nueva Inglaterra y las colonias intermedias. El desarrollo de la indus­
tria naval en Nueva Hampshire y Maine contribuyó a diversificar la
oferta de materiales y al desarrollo de la ingeniería naval, que era una
tecnología de frontera en su época. A partir de entonces, se fue capa­
citando mano de obra y derramando aptitudes técnicas por el conjun­
to del sistema productivo. En Nueva Inglaterra, la esclavitud estaba
proscripta y las personas de ascendencia africana alcanzaban apenas
a 20 mil, sobre una población total de 1,3 millones en vísperas de la
Independencia. Sin embargo, Rhode Island fue el principal centro del
comercio de esclavos cuyo destino eran las plantaciones de las colo­
nias del sur.
290 EL NUEVO MUNDO

A medida que la población aumentaba, se iba extendiendo la fron­


tera, la ocupación de tierras y su colonización. Este proceso tuvo dos
rasgos fundamentales. En primer lugar, la expulsión del indígena y, con
el tiempo, su práctica exterminación. Desde el inicio de la ocupación
territorial, la producción fue desarrollada por colonos y trabajadores
independientes. En el interior de la frontera de las colonias, a diferencia
de la experiencia hispanoamericana, no quedaba incluida la población
indígena preexistente. En segundo término, la posibilidad de los nuevos
colonos de acceder a la propiedad de la tierra. La ocupación de Nueva
Inglaterra y de las dos colonias que experimentarían el mayor desarro­
llo agropecuario durante el siglo XVIII, Pensilvania y Nueva Jersey, se
realizó con una frontera en permanente expansión. La producción agro­
pecuaria de clima templado no era entonces apta para la producción en
gran escala ni con trabajo servil. Los titulares de las cartas de privilegios
especularon con la creciente demanda de tierra. Sin embargo, la abun­
dancia de éstas deprimió los precios de venta y facilitó el acceso a la
propiedad. Los mejores predios cerca de la costa y la cuenca de los ríos
quedaban en manos de los propietarios originales, pero, en la frontera,
la disponibilidad de tierras atrajo a los inmigrantes europeos, en espe­
cial a los escoceses, irlandeses y alemanes.
La conquista y la colonización de las provincias del sur fueron ra­
dicalmente distintas. Las tierras de Virginia y Maryland y, más tarde,
las de las Carolinas y Georgia eran aptas para la producción de cultivos
subtropicales y para su explotación en gran escala con mano de obra
servil. En la segunda mitad del siglo XVII, las plantaciones de tabaco en
grandes extensiones de tierra con trabajadores esclavizados se convir­
tieron en el núcleo de la economía de Virginia y Maryland, y de su es­
tructura social aristocrática. La producción aumentó de 9 mil toneladas
en 1 700 a 100 mil toneladas en vísperas de la revolución. Gran Bretaña
era el principal destino de las exportaciones de tabaco. Las plantaciones
producían también maíz y ganado. Sin embargo, parte importante de
la producción agropecuaria para el expansivo mercado interno era de­
sarrollada, como en las colonias del norte, por colonos independientes.
Éstos cultivaban también tabaco en pequeña escala, pero su distribu­
ción se realizaba por las redes comerciales de los grandes plantadores
y sus agentes en Baltimore y Norfolk.
En las Carolinas se desarrolló la economía de plantación con mano
de obra esclava para la producción de arroz e índigo y la explotación de
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 291

la madera. Hacia 1775, el valor de las exportaciones de esos productos


era comparable al de tabaco de Virginia y Maryland. Georgia se incor­
poró al mismo escenario. Desde Virginia hasta Georgia, prevaleció una
estratificación social aristocrática afianzada en el trabajo esclavo y las
economías de plantación. En la década de 1770, la población esclava
ascendía al 25% de la población total de 1,2 millones de personas. Re­
presentaba una parte minoritaria de la fuerza de trabajo, pero el traba­
jo servil y la estratificación social impregnaban todo el tejido social.
Como señaló Alexis de Tocqueville en su célebre estudio La democracia
en América (París, 1835-1840): "La esclavitud deshonra el trabajo. In­
troduce la pereza en la sociedad y con ella la ignorancia, el orgullo, el
lujo y el malestar". El mismo Tocqueville agrega al respecto: "La in­
fluencia de la esclavitud, unida al carácter inglés, explica las costumbres
y las condiciones sociales de los estados sureños". 11
La creciente complejidad de las estructuras productivas de las 13
colonias provocó dos fenómenos inexistentes en el resto del Nuevo
Mundo. Por una parte, la diversificación de las exportaciones primarias
y los productos elaborados, y la venta de servicios de fletes, seguros y
financiamiento. Por otra parte, la emergencia de productores, armado­
res, mercaderes y banqueros independientes. El comercio costero y flu­
vial contaba a su favor con la abundancia de puertos naturales y de ríos
interiores navegables. Desde Boston hasta Charleston, se desarrollaron
grupos de mercaderes, financistas y armadores que operaban por su
propia cuenta bajo la débil y, generalmente, inexistente disciplina del
monopolio imperial. El tráfico intercolonial, desde Nueva Hampshire
hasta Georgia, era una parte significativa del comercio de las colonias
continentales.
Cuando en la segunda mitad del siglo xvn Gran Bretaña pretendió
imponer la disciplina mercantilista administrada desde la metrópoli, ya
era tarde. Las fuerzas endógenas y autónomas de crecimiento en las
colonias continentales eran incontenibles. Asentada fundamentalmente
en intereses locales, se montó desde fines del siglo XVII una red triangu­
lar de comercio entre las colonias continentales, Europa y las planta­
ciones de azúcar de las Antillas. El superávit del intercambio de las co-

11 A. de Tocqueville, Democracy in America, t. r, Nueva York, Vintage Books, 1945,


pp. 31 y 32 [trad. esp.: La democracia en América, 2ª ed. de la 12ª en francés, México,
Fondo de Cultura Económica, 1957].
292 EL NUEVO MUNDO

lonias continentales con las Antillas se empleaba para saldar el déficit


del intercambio de aquéllas con Gran Bretaña.
En los inicios, el tráfico se limitaba a Jamaica y otras islas bajo
dominio británico. En el curso el siglo xvrn, el comercio se extendió a
las Antillas francesas, holandesas y españolas. Las colonias continen­
tales exportaban pescado y carne conservada para el consumo de los
esclavos, maíz, alimentos conservados, caballos, maderas y manufac­
turas originarias de Gran Bretaña y de las mismas colonias. Las im­
portaciones de azúcar, melazas y ron se distribuían en las colonias y
exportaban a Europa. Algunas de las importaciones de materias pri­
mas sustentaban el desarrollo de la producción manufacturera como
las refinerías de azúcar, la destilación de alcoholes y la producción de
velas con sebo de ballena. Los principales puertos continentales eran
Boston, Filadelfia y Nueva York, que se convirtieron en importantes
centros comerciales y financieros.

Acumulación de capital

A mediados del siglo XVIII, el ingreso per cápita en Nueva Inglaterra, Pen­
silvania, Nueva York y Nueva Jersey era probablemente el más alto del
mundo. La abundancia y la diversidad de recursos naturales, la calidad
de la fuerza de trabajo y su receptividad para asimilar la tecnología más
avanzada, la temprana diversificación de la producción de bienes y del
comercio contribuyeron a generar una productividad en la agricultura y
los otros sectores productivos que era comparable, si no superior, a la de
las dos naciones más avanzadas de la época: Gran Bretaña y Holanda. El
ahorro y la inversión eran relativamente elevados por dos razones prin­
cipales: la importancia del excedente sobre el consumo de subsistencia y
la rentabilidad de las inversiones en la incorporación de nuevas tierras a la
frontera agropecuaria, la aplicación de nuevas tecnologías y la rápida di­
versificación de la producción de bienes y servicios. El rápido aumento
de la población y del ingreso expandía el mercado interno, y el crecimien­
to de las exportaciones proporcionaba las divisas necesarias para las im­
portaciones de manufacturas desde Europa y de materias primas desde
las Antillas y el golfo de México.
El ahorro se destinaba en su mayor parte a la inversión en la incor­
poración de nuevas tierras, maquinarias y equipos para la producción
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 293

primaria y manufacturera, la infraestructura de canales y caminos, la


construcción naval y los medios de transporte terrestre, y en desarrollo
urbano. La austeridad de las costumbres inherentes a los puritanos y
las otras expresiones protestantes desalentaba el consumo y las inver­
siones suntuarias. Tanto o más importancia tenía la relativa equidad en
la distribución del ingreso.
Los colonos y los productores retenían la mayor parte de sus ex­
cedentes de producción sobre su consumo. La amplia disponibilidad
de tierras difundía su propiedad e impedía la concentración en pocas
manos. En este contexto, los titulares de cartas de privilegios y gran­
des terratenientes tenían escasas posibilidades de extraer rentas de la
explotación de sus tierras por terceros (arrendatarios o asalariados).
A diferencia de Europa, no existía en las colonias continentales una cla­
se terrateniente ni jerarquías eclesiásticas que se apropiaran de parte
principal del excedente de la producción agropecuaria ni que impusie­
ran impuestos agobiantes sobre las actividades urbanas. La administra­
ción civil y la burocracia eran también modestas, y no existían cortes
reales que sostener. "En esta región existía una prosperidad difundida;
comparada con los patrones europeos (o con los hispano-luso-america­
nos), pocos eran muy ricos y pocos muy pobres." 12 La difundida distri­
bución del ingreso fue parte principal del éxito del desarrollo de las
colonias continentales.
Basta comparar la sobriedad de las viviendas de la clase alta y de
las iglesias de Nueva Inglaterra con las expresiones del arte barroco en
los templos y en las mansiones de la América hispano-portuguesa para
apreciar la radical diferencia en la aplicación de los recursos en ambos
escenarios. El consumo conspicuo y las importaciones de bienes sun­
tuarios para la clase alta y el empleo de verdaderas cortes de sirvientes
y auxiliares en sus mansiones absorbían parte principal de los recursos
que, en Nueva Inglaterra y las colonias intermedias, se aplicaban a la
inversión productiva.
La acumulación de capital en la economía esclavista de Virginia,
Maryland, las Carolinas y Georgia presentaba diferencias importantes
con las colonias del norte. La inversión y el consumo conspicuo de una
clase alta aristocrática fundada en el trabajo servil eran más importan­
tes que en el norte. En la asignación de recursos y los estilos de vida, la

12R. Davis, op. cit., p. 276.


294 EL NUEVO MUNDO

esclavitud predominaba sobre los valores espirituales de los ricos pro­


testantes de las colonias del sur. Aun así, las mansiones y los templos y
las cortes de servidores de la aristocracia sureña eran relativamente so­
brios. Por ejemplo, Mount Vernon y Monticello, y los estilos de vida de
sus propietarios y padres fundadores de Estados Unidos -Washington
y Jefferson- eran modestos en comparación con sus semejantes de Nue­
va España o de Perú.
Por otra parte, los grandes plantadores del sur eran frecuentemente co­
merciantes y banqueros, traficaban en forma directa con las colonias conti­
nentales del norte y con las Antillas, y mantenían su red de agentes comer­
ciales y financieros en Londres, Liverpool y Glasgow. Intermediaban
también la producción de los pequeños plantadores de tabaco y los me­
dianos productores agropecuarios de Virginia y las otras colonias del
sur. En éstas existía, por otra parte, una importante base de agriculto­
res, artesanos, comerciantes y profesionales independientes. Baltimore,
Norfolk y Charleston eran importantes centros urbanos y puertos en los
cuales se multiplicaban las oportunidades de negocios y de inversión.
De tal manera que, aun en las economías esclavistas del sur, el capita­
lismo estadounidense era muy pujante.

Moneda y finanzas

La demanda de dinero aumentó con el desarrollo económico y la expan­


sión del comercio. Hasta bien entrado el siglo XVII, prevaleció una esca­
sez de dinero debido a la prohibición de Londres de exportar monedas
metálicas a las colonias y, en éstas, de acuñarlas. El trueque proporcio­
nó cierto alivio a la escasez de dinero. En otros casos, se asignaba a una
mercaderia de uso difundido las funciones de medio de pago. En Virgi­
nia, el tabaco cumplió esa función. En las colonias más pobladas de Nue­
va Inglaterra, Pensilvania, Nueva York y Nueva Jersey, el dinero de cuen­
ta (mediante créditos recíprocos entre los comerciantes y la cancelación
de saldos) satisfizo, en parte, la creciente demanda de medios de pago
y de crédito. Las monedas de plata y oro provenientes de los superávits
comerciales con las Antillas y las posesiones españolas del Caribe pro­
porcionaron otra solución parcial. Pero fue el papel moneda el instru­
mento que realizaría la mayor contribución a la expansión de la liqui­
dez en las colonias continentales.
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 295

En 1690, la Legislatura de Massachusetts autorizó la emisión de


pagarés garantizados con la recaudación de impuestos. A principios del
siglo XVIII, la práctica se difundió en otras colonias continentales. La
guerra anglo-francesa aumentó el gasto público para financiar las mili­
cias y la marina. A cuenta de la recaudación de los mayores tributos de
guerra, se emitió papel moneda que fue utilizado como medio de pago
para la economía civil. Cuando terminaron las hostilidades, en 1763, la
emisión de papel moneda se institucionalizó con la creación de los ban­
cos coloniales de crédito. Éste se destinó en gran medida para présta­
mos, con garantías hipotecarias, a los agricultores y, progresivamente,
para financiar el gasto público. Esta fácil vía de financiamiento público
fue utilizada con frecuencia en reemplazo de la aplicación de impues­
tos. El gobierno de la colonia de Rhode Island se financió con crédito
bancario durante treinta años. 13 La emisión de dinero en exceso del res­
paldo proporcionado por la recaudación impositiva creó los primeros
problemas de insolvencia y de devaluación del papel moneda.
En el plano real, el desarrollo y la creciente complejidad del sistema
económico de las colonias continentales generaron conflictos entre los
productores rurales y las ciudades, entre consumidores y productores,
y asalariados y empresarios. Los cambios en los precios relativos y en
la distribución del ingreso entre sectores de la economía y los factores
productivos fueron una manifestación de la intensidad del crecimiento
y de la transformación en las colonias continentales. La emisión de pa­
pel moneda y las fluctuaciones de su paridad respecto del oro y la plata
incorporaron otra dimensión conflictiva y también sintomática de la
madurez del capitalismo emergente. El diferendo deudor-acreedor, con
aquéllos interesados en la licuación de sus deudas y éstos opuestos a la
depreciación de la moneda, fue parte principal de la evolución econó­
mica y financiera de las colonias. Éstas tenían, al mismo tiempo, lazos
estrechos con banqueros de Londres y otras plazas europeas. De tal
modo que, en vísperas de la Independencia, el sistema financiero colo­
nial tenía una considerable complejidad y lazos con el exterior que per­
mitían obtener recursos para expandir el crédito y la liquidez.
Los colonos eran insaciables demandantes de crédito para financiar
buenos y malos proyectos, en un escenario que ofrecía múltiples y di­
versas oportunidades de ganancias. La administración de los bancos

13 R. Davis, op. cit., p. 281.


296 EL NUEVO MUNDO

coloniales de crédito respondía al mandato de los gobiernos locales y


sus legislaturas. Cuando prevalecían en éstas los representantes de los
colonos, es decir, de los deudores , se acrecentaba la emisión de papel
moneda, su devaluación y licuación de las deudas. La puja de intereses
entre los deudores y los acreedores, que eran normalmente los merca­
deres, inauguró un conflicto que prevaleció en el desarrollo posterior a
la Independencia. Inició, también, el diferencio entre el Este (los acree­
dores de Filadelfia, Nueva York, Boston o Charleston) y el Oeste (los
colonos que estaban expandiendo la frontera). Como los acreedores co­
locaban recursos propios y, además, reciclaban fondos de bancos de
Londres o Liverpool, el conflicto deudor-acreedor interesó directamen­
te a la metrópoli.
En 1751, la Corona promulgó la Ley Monetaria (Currency Act), que
prohibía los bancos hipotecarios, exigía el rescate periódico de las
emisiones de papel moneda e impedía nuevas emisiones, excepto las que
estuvieran respaldadas con la recaudación impositiva. La imposición
de la disciplina monetaria frenó la devaluación de la moneda, pero
agravó el endeudamiento de los colonos y la escasez de medios de
pago. Estos hechos contribuyeron a fortalecer las aspiraciones inde­
pendentistas que se estaban difundiendo en las colonias continentales.
Pero, después de la revolución, el conflicto de intereses vinculados al
sistema financiero siguió teniendo importancia y fue una de las cues­
tiones de mayor entidad en la formación de los emergentes Estados
Unidos de América.

LA INDEPENDENCIA

Estratificación social

Las condiciones del poblamiento, el acceso de los nuevos ocupantes de


la frontera a la propiedad de la tierra y la temprana diversificación del
sistema productivo fueron factores decisivos en la estratificación social
de las colonias continentales. En Europa, coexistían las transformaciones
sociales y políticas provocadas por el desarrollo capitalista con las jerar­
quías aristocráticas fundadas en la concentración de la propiedad de la
tierra. En las colonias continentales, en cambio, los nuevos pobladores
provenientes, en gran parte, de los grupos urbanos y rurales de disidentes
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 297

religiosos pudieron fundar su vocación de libertad y autogobiemo en la


amplia disponibilidad de tierras y el trabajo independiente.
Existían diferencias importantes entre los mercaderes de las ciuda­
des y los colonos ricos de las tierras costeras, por una parte, y los po­
bladores de la frontera, por otra. Las diferencias de educación y cultura
trazaban otras líneas divisorias en la sociedad. Pero en ninguna otra
parte del mundo, es decir, en Oriente, Europa o el resto de América,
existían las oportunidades de progreso material individual y una movi­
lidad social comparables a las de las colonias continentales.
La esclavitud generaba un escenario distinto en las provincias del sur.
El desprecio por el trabajador servil, indígena o africano fracturaba las
sociedades sureñas y las impregnaba de prejuicio racial. La tentativa de
conciliar la esclavitud con la ética protestante generó disparatadas teo­
rías sobre la inferioridad biológica del negro, su castigo por el pecado
original y su naturaleza no humana y, consecuentemente, la imposibili­
dad de cristianizado. La negritud era, entonces, el atributo de todos los
vicios, y la esclavitud, una bendición para semejantes seres inferiores.
El indio era incapaz de incorporarse siquiera en condición servil al
orden social. Como en otras partes de América, pobladas por indígenas
nómades y en estadios culturales propios del período paleolítico, el na­
tivo fue primero expulsado y, finalmente, exterminado. A medida que se
expandió hacia el oeste la frontera de las colonias continentales y des­
pués de la Independencia de Estados Unidos de América, el indígena
fue desapareciendo del escenario social estadounidense.
Las grandes plantaciones con trabajo esclavo dieron lugar a la for­
mación de una aristocracia terrateniente que tenía algunas semejanzas
con sus congéneres europeos, herederos del orden feudal. En Virginia,
asiento del primer poblamiento y de la primera incorporación de escla­
vos en gran escala en las economías de plantación, surgieron, entre esos
aristócratas, figuras notables por su nivel cultural y la modernidad de
sus ideas. Entre ellas, George Washington (1732-1799), Thomas Jeffer­
son (1743-1826) y el primer presidente de la Suprema Corte de Justicia,
John Marshall (1755-1835). Convivían a disgusto con la esclavitud, que
desautorizaba sus ideas sobre la libertad y la igualdad del hombre, pero
poco pudieron hacer para eliminarla, excepto liberar a sus propios es­
clavos, como lo decidió Washington en su testamento.
En Nueva Inglaterra, en donde los recursos naturales y el sistema
productivo nunca fueron aptos para la incorporación de mano de obra
298 EL NUEVO MUNDO

esclava, las ideas liberales y la ética cristiana tuvieron expresiones más


coherentes. En 1776, un sacerdote de Rhode Island 14 sostuvo que la
causa patriótica de la Independencia no obtendría el favor divino sin
eliminar la esclavitud. La prédica fructificó en la puritana Nueva Ingla­
terra y en las cuáqueras Pensilvania y Delaware, cuyas legislaturas abo­
lieron la esclavitud en sus respectivos territorios. Como medida transi­
toria motivada por la guerra, el Congreso Continental dispuso la
prohibición de nuevas importaciones de esclavos. Tiempo antes, el doc­
tor Benjamín Rush, médico de Filadelfia, había advertido que "la tierna
planta de la libertad no puede sobrevivir en la vecindad de la esclavi­
tud". Llevaría casi un siglo y una guerra civil resolver este pecado ori­
ginal de la naciente democracia estadounidense.

Las ideas políticas

Las colonias continentales fueron un extraordinario caldo de cultivo en el


cual germinaron, con alcances inesperados, las reformas políticas de Gran
Bretaña, las ideas de Locke, Montesquieu y los principales exponentes de
la Ilustración, y los contenidos antijerárquicos y autonómicos de los puri­
tanos y otros disidentes de la disciplina confesional anglicana.
En Gran Bretaña, después de la revolución gloriosa y la instalación
en el trono de la dinastía de Hannover, se consolidaron el poder del Par­
lamento y la monarquía constitucional. De todos modos, el equilibrio
entre los tories y los whigs expresaba el reparto del poder entre las cla­
ses altas de la sociedad. Éstos eran los límites de la democracia más
avanzada del siglo XVIII. Lo mismo sucedía con las ideas de John Locke:
la participación democrática estaba reservada a los propietarios. En
Rousseau, Voltaire y otros exponentes de la Ilustración francesa, la li­
bertad y la igualdad tenían un alto contenido utópico desvinculado de
las bases reales del poder, que residía en la aristocracia y la gran bur­
guesía. Por otra parte, la jerarquía religiosa, aun en los países protes­
tantes, seguía ejerciendo una influencia considerable en el comporta­
miento de las personas y de la sociedad.
En las colonias continentales, la situación era distinta. La frontera
de oportunidades de progreso económico y el acceso a la propiedad de

14H. Erogan, op. cit., p. 185.


FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 299

la tierra, el rechazo de las jerarquías eclesiásticas y una práctica arrai­


gada, desde los primeros poblamientos, de autogobierno y participa­
ción nutrían la democracia de elementos desconocidos en el escenario
europeo. De Virginia al sur, la esclavitud introducía una brecha en el
sistema político de las colonias continentales, pero, para los hombres
libres y no sólo para los grandes terratenientes, también tenían vigencia
las prácticas democráticas prevalecientes en Nueva Inglaterra, Pensil­
vania, Nueva York y Nueva Jersey.
De este modo, los habitantes de las colonias continentales tomaron
al pie de la letra las conquistas incorporadas en la Declaración de De­
rechos de 1689 en Gran Bretaña. Entre otras, la imposibilidad de la Co­
rona de aplicar impuestos sin la aprobación del Parlamento, es decir,
sin representación de los contribuyentes, que, en las colonias continen­
tales, radicaba en sus legislaturas.
Prácticamente desde los primeros poblamientos se habían creado
las condiciones que debían desembocar, de modo inexorable, en la rup­
tura del vínculo colonial. Porque, en verdad, las colonias continentales
nunca ocuparon una posición subordinada en el orden imperial britá­
nico. Cuando la Corona pretendió aplicar las normas de las leyes de
navegación sobre el comercio colonial e imponer tributos sin participa­
ción de los contribuyentes, saltó a la vista que la condición periférica y
subordinada jamás se había instalado en las colonias continentales.
Esto marca una diferencia fundamental con las colonias hispano­
portuguesas y con las Antillas anglo-franco-holandesas. En estas últi­
mas, el predominio absoluto de las economías de plantación y de la
esclavitud excluyó cualquier posibilidad de independencia y desarrollo
democrático. En los imperios ibéricos en América, el trabajo servil y la
estratificación social convirtieron las ideas de libertad e igualdad en
ejercicios reservados a pocos idealistas con escasos vínculos con la rea­
lidad. De este modo, alzamientos como la Inconfidencia Mineira o la
rebelión de Túpac Amaru resultaron episodios sin arraigo en el sistema
de poder establecido. Hasta fines del siglo XVIII, los reclamos de inde­
pendencia fueron rebeliones intrascendentes de los marginales, o tibios
intentos de autonomía de los criollos aristocráticos y pudientes contra
los rigores del mercantilismo imperial. Entre Tiradentes y Washington
o Pedro de Peralta Barnuevo y Benjamin Franklin hay tanta distancia
como entre las plantaciones de azúcar de Brasil o las encomiendas de
Perú y la pujante economía de Nueva Inglaterra o Pensilvania.
300 EL NUEVO MUNDO

La revolución

El reconocimiento de la importancia creciente de los territorios conti­


nentales indujo el cambio de la política imperial británica en el Nuevo
Mundo. El Tratado de París (1763), que puso fin a la última guerra in­
tercolonial en América del Norte, incorporó Canadá, Florida y Luisiana
hasta la margen oriental del río Misisipi a las posesiones británicas en
el subcontinente. En cambio, Londres reintegró a París el dominio de
Guadalupe y Martinica, en las Antillas.
La política imperial coincidía con los intereses de los pobladores de
las colonias continentales. La expansión hacia el oeste y la ocupación
de nuevas tierras era un reclamo generalizado desde Nueva Inglaterra
hasta Georgia. La movilización de las milicias continentales, dentro de
las filas del ejército británico durante la guerra anglo-francesa, fue más
que el cumplimiento de una imposición de la metrópoli. Reflejaba la
aspiración de los colonos de expandir la frontera. Lo mismo sucedió
con el financiamiento de la guerra y de la administración civil británica.
Los tributos pagados por las colonias continentales y, sobre todo, la
emisión de papel moneda subordinaron a las autoridades civiles y mi­
litares coloniales a la decisión de las legislaturas provinciales.
Estos y otros acontecimientos reveladores de la creciente autono­
mía de las colonias continentales aumentaron la preocupación domi­
nante en Whitehall y Westminster, e indujeron la adopción de medidas
para imponer el cumplimiento de las Actas de Navegación y de los tri­
butos. Decisiones en otros planos, que afectaban los intereses particu­
lares de las diversas colonias, perseguían el mismo propósito. Entre
ellas, la pretensión de la Corona de remover a su arbitrio a los jueces y
reservar para el uso exclusivo de la Marina Real los bosques de pinos
blancos en las tierras de dominio público. Un elemento adicional fue la
intención de la Iglesia anglicana de designar un obispo en América.
Para los puritanos, obispo y persecución eran la misma cosa y, para las
otras feligresías protestantes, un intento de interferir en su derecho de
conducir sus propios asuntos. El descontento religioso agravó el cuadro
de situación, aun entre aquellos que no tenían disposición contestataria
del sistema imperial. 15

15 H. Erogan, op. cit., p. 120.


FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 301

La expectativa de los colonos alentada por las conquistas territoria­


les británicas fue frustrada el mismo año de la firma del Tratado de Pa­
rís por la imposición de la Proclamation Line. Ésta marcaba una fron­
tera occidental desde Nueva Escocia hasta Georgia, a lo largo de la
cadena de los Apalaches. La expansión territorial de las colonias conti­
nentales no debía exceder la línea. Prácticamente todo el territorio en­
tre los Apalaches y la margen oriental del río Misisipi quedaba apartado
como reserva indígena. En la realidad, la Corona no tenía posibilidad
efectiva de imponer el cumplimiento de la Proclamation Line. En con­
secuencia, la decisión sólo contribuyó a acrecentar la resistencia de los
pobladores en busca de nuevos asentamientos y de los especuladores
en tierras.
Fue en este contexto de rechazo creciente del dominio imperial que,
en 1764, George Grenville (1712-1770), primer ministro de Jorge III,
logró el respaldo del Parlamento para aplicar impuestos al azúcar y
subproductos. La producción de ron, cuya materia prima es la melaza,
resultaba especialmente afectada. Además, la Sugar Act regulaba todo
el tráfico ente las colonias continentales y las Antillas no británicas, y
afectaba, entre otras exportaciones de las colonias continentales, las de
maderas y pescados conservados. La Sugar Act insistía, además, en un
principio rechazado por las legislaturas y las poblaciones de las colo­
nias: la aplicación de impuestos por el Parlamento británico sin repre­
sentación de los contribuyentes de las colonias.
Poco después, el gobierno de Grenville y el Parlamento británico
perseveraron en sus objetivos e impusieron un tributo de sellos sobre
los documentos jurídicos, transacciones comerciales, periódicos, avisos
publicitarios, almanaques y libros. Los sellos debían ser impresos en
Gran Bretaña y ser vendidos por comisionados autorizados. Abogados,
comerciantes, editores, publicistas y otros influyentes segmentos de las
sociedades coloniales eran agredidos por la decisión del Parlamento. La
Stamp Act, del 22 de marzo de 1765, fue la gota que rebalsó el vaso. Ca­
talizó la resistencia de las colonias continentales a la dominación im­
perial y señaló el inicio de la revolución de independencia. El eslogan
"ningún impuesto sin representación" se convirtió en una bandera del
alzamiento.
La resistencia incluyó declaraciones de protesta de las legislaturas
provinciales, la convocatoria de un congreso continental (Stamp Act
Congress) en Nueva York al cual asistieron representantes de nueve pro-
302 EL NUEVO MUNDO

vincias, disturbios callejeros y un movimiento contra la importación de


productos británicos. Antes de la Stamp Act, el abogado James Otis
(1725-1783), consejero de los comerciantes de Massachusetts, había
promovido exitosamente el repudio a las inspecciones de casas particu=
lares, medida prevista en las leyes de navegación para la lucha contra
el contrabando. Otis argumentó que la norma violaba el derecho natu­
ral y la Constitución británica y, por lo tanto, era ilegal sea cual fuere la
decisión del Parlamento.
La dimensión de la protesta contra la Stamp Act tomó por sorpresa a
los observadores de la época, incluyendo a Benjamin Franklin, a la sazón
representante de las colonias continentales ante la corte británica. Los
recaudadores del impuesto de sellos fueron obligados a renunciar. Fi­
nalmente, el Parlamento cedió y revocó la norma (16 de marzo de
1766). La aprobación simultánea de un estatuto (Declaration Act), rati­
ficatorio del derecho de Gran Bretaña de gobernar sus colonias, no dis­
minuyó el daño que los acontecimientos desencadenados por la Stamp
Act provocaron a la autoridad de la Corona.
La posterior tentativa de ejercer la prerrogativa imperial, como la
deportación para su enjuiciamiento en Gran Bretaña de los sediciosos,
agravó la resistencia de las colonias. Lo mismo sucedió con los impuestos
sobre varios productos, incluyendo el té, cuya recaudación se destinaba
a pagar los sueldos de los gobernadores y los jueces. Estos impuestos
promovidos por el canciller del Tesoro, Charles Townshend, reavivaron
la polémica sobre las facultades del Parlamento de aplicar impuestos en
las colonias sin representación de los contribuyentes. Las "Cartas de un
agricultor de Pensilvania", publicadas por John Dickinson (1732-1808)
en la Pennsylvania Gazette entre fines de 1767 y principios de 1768, se di­
fundieron rápidamente y proporcionaron los argumentos del rechazo de
la autoridad imperial. Al mismo tiempo, los comités de corresponsales,
iniciados desde Virginia por Thomas Jefferson, extendieron la protesta
desde Nueva Inglaterra hasta Georgia y movilizaron el apoyo de los plan­
tadores del sur, los grandes propietarios de Nueva Inglaterra y Pensilva­
nia y, en todas partes, el de los pequeños y medianos productores y tra­
bajadores independientes.
Este amplio frente de resistencia aisló a los comerciantes y funcio­
narios británicos y a los elementos conservadores que permanecían lea­
les a la metrópoli. Entre ellos, el prestigioso Thomas Hutchinson, nati­
vo de Massachusetts y designado su gobernador en 1771, que fue
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 303

devorado por los acontecimientos revolucionarios. Éstos se iniciaron el


16 de diciembre de 1773, con la destrucción del cargamento de té de los
barcos de la East India Company, el llamado "motín del té" en Boston
(Bastan Tea Party). Cuando se difundió en las colonias la noticia de la
designación de un gobernador militar para someter a Massachusetts,
estalló la revolución. El Primer Congreso Continental se reunió en Fi­
ladelfia en 1774 con la presencia de delegados de las 13 colonias conti­
nentales. El Congreso resolvió aplicar el boicot a las mercaderías britá­
nicas, promover la producción agrícola y manufacturera, y establecer
comités para ejecutar sus disposiciones. Su solidaridad con Massachu­
setts trazó la línea divisoria entre los leales a la asociación de las colo­
nias continentales y los súbditos de la Corona.
Las hostilidades comenzaron el 18 de abril de 177 5 en Lexington,
Massachusetts, y concluyeron con la rendición británica en el campo
de batalla de Yorktown, Virginia, el 19 de octubre de 1781. El conflicto
movilizó a todos los actores del escenario americano y europeo. Las
milicias de George Washington enfrentaron al ejército imperial refor­
zado con mercenarios y tribus indias aliadas. Pero la causa revolucio­
naria contó a su favor con el apoyo de las monarquías de Francia y Es­
paña, más interesadas en la derrota de Gran Bretaña que en los riesgos
políticos emergentes del triunfo de la democracia estadounidense. El
primer gran movimiento antiimperialista y democrático fue el detonan­
te del último conflicto en gran escala entre las potencias coloniales, que
tuvo lugar en el continente americano. Mientras las colonias continen­
tales luchaban por su independencia, las potencias europeas disputa­
ban el dominio del Nuevo Mundo.
La prédica revolucionaria de Otis, Dickinson y Samuel Adams al­
canzó un punto culminante en 1766, cuando ya había estallado la gue­
rra, en el libro Sentido Común de Tom Paine (1737-1809), un inglés re­
cientemente inmigrado. Common Sense, del cual se vendieron 120 mil
ejemplares en poco tiempo, predicaba un rechazo frontal a la monar­
quía y a sus obispos. La independencia era la condición necesaria de la
democracia y la libertad. Paine reflejaba la simpatía que la revolución
estadounidense despertaba entre los radicales británicos. El mensaje
revolucionario y democrático culminó con la Declaración de la Inde­
pendencia proclamada por el Congreso Continental en Filadelfia el 4 de
julio de 1776. El Comité designado por el Congreso lo integraban, entre
otros, Benjamin Franklin (Pensilvania), John Adams (Massachusetts) y
304 EL NUEVO MUNDO

Thomas Jefferson (Virginia). Este último era un ejemplo eminente de


los ideales y las contradicciones de la revolución. Hijo intelectual de la
Ilustración, era, por temperamento y posición social, un aristócrata y,
como sureño, dueño de esclavos. De su pluma salieron palabras que re­
sonarían desde entonces como la más alta expresión del humanismo
democrático y de la libertad: "Sostenemos como verdades evidentes que
todos los hombres son creados iguales, que fueron dotados por su Crea­
dor con ciertos derechos inalienables, entre ellos el de la vida, la liber­
tad y la búsqueda de la felicidad". Los gobiernos existen para asegurar
estos derechos y obtienen su poder del consenso de los gobernados. El
pueblo puede destituir y sustituir al gobierno conforme a principios que
garanticen la seguridad y la felicidad.
Los grandes principios de la Ilustración, del pensamiento de Locke
y Montesquieu, del idealismo de Rousseau aparecen reflejados en ese
extraordinario documento, que tenía raíces profundas en las singulares
condiciones del desarrollo económico, social, político y religioso de las
colonias continentales.
El doctor Samuel Johnson ironizó acerca del fervor libertario de los
propietarios de esclavos. Pero el estigma de la esclavitud en las colonias
sureñas no impidió que europeos eminentes identificados con los ideales
de la Ilustración concurrieran a enrolarse en las filas del ejército de Wa­
shington, entre ellos, el marqués de Lafayette, el héroe polaco Kosciuszko
y el general prusiano Van Steuben. Pocos meses después de la Declara­
ción de la Independencia, en diciembre de 1776, la revolución envió a
París a su más ilustre representante: Benjamín Franklin. Los medios in­
telectuales y científicos depositaron en él todas las virtudes proclamadas
por la Ilustración. Franklin despertó, al mismo tiempo, la fascinación
generada por un Nuevo Mundo democrático y de inmensas posibilidades
para la creatividad humana. Voltaire lo recibió en la Académie des Scien­
ces, cuyos miembros veían en Franklin la encarnación de un Bacon ame­
ricano: la combinación del talento científico con la aplicación práctica de
conocimientos para resolver los problemas de un nuevo mundo abierto
y sin fronteras. Pero la misión de Franklin tenía finalidades más precisas:
convencer a Luis XN y a su corte de la conveniencia de apoyar la causa
revolucionaria. Francia no necesitaba mucho más para entrar en la gue­
rra y buscar el desquite de su derrota en la Guerra de los Siete Años.
La dimensión y la naturaleza del conflicto desatado por la indepen­
dencia estadounidense ilustran acerca de la importancia que las colo-
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 305

nías continentales habían adquirido en el escenario mundial de la época.


Culminaban en el nuevo escenario americano la revolución de las ideas
y las transformaciones ocurridas en Europa desde el Renacimiento y, en
Gran Bretaña, a partir de la guerra civil y la revolución gloriosa. Es decir,
la difusión de la Reforma contra el dogma católico y, dentro del protes­
tantismo, el rechazo a toda jerarquía eclesiástica, la difusión del conoci­
miento científico, la imprenta y la divulgación de las nuevas ideas, las
oportunidades abiertas por el capitalismo mercantil y la formación del
Primer Orden Económico Mundial, el ejercicio efectivo del autogobiemo
y el acceso a las tierras de una frontera en expansión. El contrapunto de
la saga humana entre la libertad y la opresión, el poder y las nuevas opor­
tunidades, el dogmatismo y el pensamiento crítico se desenvolvió en
América del Norte dentro de un escenario que no tenía precedentes his­
tóricos en el resto del mundo. Así surgió lo que luego se llamaría el ame­
rican dream, es decir, la oportunidad de progreso individual en virtud
de las aptitudes de cada uno. Por eso, "la Declaración de la Independen­
cia fue una protesta y un programa, no sólo para los compatriotas de
Jefferson, sino para toda la humanidad civilizada". 16
Nada semejante sucedió en las colonias hispanoamericanas cuando
estallaron las guerras de independencia en el siglo XIX. Ni tampoco
cuando, en 1822, el Eu -fi,co de Don Pedro I proclamó la independencia
de Brasil. A diferencia de las colonias continentales de América del Nor­
te, el resto del Nuevo Mundo continuó signado por su condición perifé­
rica, de objeto y no sujeto de la política internacional.

Los PRIMEROS PASOS DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

El inicio de la revolución desató una avalancha de reformas democrá­


ticas. El pensamiento revolucionario se nutrió de la participación de los
sectores populares, colonos, pequeños comerciantes y artesanos, traba­
jadores independientes y marginales. En el escenario estadounidense,
las masas ejercieron una influencia significativa en la formación de nue­
vas instituciones políticas. El Congreso Continental aprobó los artículos
de confederación, que fueron el primer marco jurídico constitutivo del
emergente Estados Unidos de América. El Congreso, constituido por la

16 H. Erogan, op. cit., p. 185.


306 EL NUEVO MUNDO

alianza de los estados reunidos en congreso, asumía el gobierno de la


Unión, pero el poder descansaba en las legislaturas estaduales y el po­
der ejecutivo federal permanecía débil. Las transformaciones demo­
cráticas promovidas por el Congreso Continental y las nuevas consti­
tuciones de los estados abarcaban desde la anulación de privilegios
eclesiásticos y de clase hasta el reparto de tierras de los realistas (la
mayoría de los cuales emigró a Canadá). La Proclamation Line de 1763
fue derogada y el inmenso espacio territorial abarcado entre los Apala­
ches y el río Misisipi abierto a la colonización. Fue en este contexto que
se alzaron los primeros alegatos del doctor Rush y de otros enemigos
de la esclavitud.
La paz, :firmada en el Tratado de Versalles de 1783, resolvió el conflic­
to abierto por la Guerra de Independencia estadounidense. Gran Bretaña
reconoció la independencia de Estados Unidos de América, Francia re­
cuperó el dominio de las islas de Tobago y Santa Lucía en las Antillas
Trinidad y de Senegal en África. España recobró la posesión de la isla de
Menorca, la península de Florida y algunos territorios en América Cen­
tral, pero no la del peñón de Gibraltar, posición estratégica para controlar
el acceso del mar Mediterráneo al océano Atlántico. Gran Bretaña perdió
la guerra en América del Norte, pero seguía siendo la principal potencia
marítima de la época. Después de las guerras napoleónicas, asumiría el
liderazgo de la formación del Segundo Orden Económico Mundial fun­
dado en la Revolución Industrial.
Los artículos de confederación fueron eficaces para organizar las
fuerzas revolucionarias y lograr la independencia de las colonias conti­
nentales, pero eran absolutamente insuficientes para organizar la na­
ción emergente. Terminada la guerra, estallaron los conflictos de inte­
reses, planteados desde el período colonial, entre deudores y acreedores,
grandes propietarios y nuevos colonos, productores del campo y las ciu­
dades. La tradición de autonomía y autogobierno de las viejas colonias
continentales tropezaba con la necesidad de constituir un poder federal.
La cesión de soberanía de las legislaturas estaduales a las instituciones
del orden federal, es decir, el Congreso Nacional y el Poder Ejecutivo,
adquirió una importancia crucial.
La disputa entre los partidarios de la descentralización del poder y
de la formación de un poderoso sistema federal abrió la polémica entre
los republicanos y los federalistas. En la tradición autonomista de las
colonias continentales, los republicanos desconfiaban de los poderes
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 307

absolutos en lo político y de las jerarquías eclesiásticas en el plano reli­


gioso. Consecuentemente, aspiraban a establecer un débil y mínimo
poder federal, subordinado a la voluntad popular expresada en las le­
gislaturas estaduales.
Esta rica tradición democrática tropezaba con los desafíos plantea­
dos por la formación de una nación de dimensiones continentales. El
nacionalismo de los federalistas era más realista para abordar los proble­
mas concretos de las finanzas, el comercio, el desarrollo económico, el
poblamiento y también la defensa frente a las amenazas que subsistían a
la integridad territorial. Lo mismo sucedía en relación con la ocupación
de la gigantesca frontera abierta al sur y al oeste de Estados Unidos de
América. Nada de esto era posible sin la delegación de soberanía de los
estados en el poder federal.
En tomo de este enfrentamiento, se debatían todas las otras cues­
tiones de la nación emergente. La prédica federalista, bajo la poderosa
influencia intelectual de Hamilton y del inmenso prestigio del jefe del
victorioso ejército de la Independencia, George Washington, tenía un
fuerte contenido aristocrático y, en el manejo de las cuestiones fiscales
y monetarias, ortodoxo. Los federalistas tenían terror a la irresponsa­
bilidad financiera de los estados, a la emisión de papel moneda por los
bancos estaduales y a la inflación. Los grandes propietarios y los mer­
caderes de las ciudades convergieron en el respaldo de las posiciones
federalistas. Los republicanos, en cambio, convocaron a los nuevos co­
lonos, a los deudores y a los trabajadores independientes.
La construcción institucional en la nación emergente planteaba
problemas sorprendentes e inéditos para el pensamiento y el desarrollo
político de Europa que, hasta entonces, había liderado las transforma­
ciones en ambos campos. En las filas de republicanos y federalistas, se
enrolaron las mayores figuras del pensamiento revolucionario y la
Guerra de Independencia. Jefferson entre los primeros, y el neoyorqui­
no Alexander Hamilton (1755-1804) y James Madison (1751-1836),
oriundo de Virginia, entre los federalistas. Estos nombres ilustran
acerca de la jerarquía intelectual y política de los padres fundadores de
Estados Unidos.
En definitiva, se trataba, nada menos, que de sustituir los artículos de
confederación por un estatuto fundacional de la nación. Bajo la presiden­
cia de Washington, la Convención Constituyente reunida en Filadelfia in­
auguró sus sesiones el 25 de mayo de 1787 y las culminó el 17 de septiem-
308 EL NUEVO MUNDO

bre del mismo año, con la promulgación de la Constitución y la elección


de George Washington como primer presidente de Estados Unidos de
América. La Convención albergó en su seno a las mayores figuras cons­
tructoras de la nueva nación, incluyendo al ya añoso y venerable Ben­
jamin Franklin, cuyos buenos oficios contribuyeron a transar la dispu­
ta entre republicanos y federalistas. El único ausente notable fue
Jefferson, a la sazón embajador en París.
La Constitución fue el primer documento en la historia fundador
de una nueva nación y en él convergieron las contribuciones de los
grandes pensadores políticos europeos, de Locke y Montesquieu, y, de
este último, su concepción de la división de poderes. La Constitución
estableció las esferas de competencia de los gobiernos estaduales y del
Estado federal y la división del poder en tres estamentos: legislativo,
ejecutivo y judicial. La Constitución consagró el nacionalismo de los
federalistas, pero la soberanía reservada a los estados preservaba la au­
tonomía de decisión en las cuestiones locales. El sistema de checks and
balances establecía controles recíprocos entre los tres poderes del Esta­
do y, finalmente, la Bill of Rights incorporada como enmienda a la Cons­
titución garantizaba los derechos e intereses de las personas frente al
poder reservado a los estados y al gobierno federal. En definitiva, la
Constitución reveló que, más allá de los conflictos de intereses y visio­
nes políticas, las fuerzas centrípetas dentro de la nueva nación tenían
una fuerza arrolladora. El talento de un grupo de hombres excepciona­
les canalizó esa convergencia y la plasmó en el estatuto fundacional de
la nueva nación.
En Europa, fue inmenso el impacto de la revolución estadouniden­
se, la Declaración de Independencia y la Constitución. En Francia, la
Revolución de 1789 reconoce como uno de sus antecedentes los acon­
tecimientos de América del Norte. La nación heredera de la coloniza­
ción europea en América del Norte se convertía en un nuevo protago­
nista ideológico y del reparto del poder en el Primer Orden Económico
Mundial. Pero su turno, como potencia hegemónica, debía esperar más
de un siglo. Mientras tanto, la nación emergente se empeñaba en cues­
tiones de mayor trascendencia para su futuro que disputar espacios en
el mercado mundial, a saber: consolidar sus instituciones y ampliar su
dominio territorial.
España aparecía como el principal rival del naciente Estados Uni­
dos de América. La Paz de París de 1763 había concedido a los Borbo-
FORMACIÓN DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA 309

nes españoles el dominio de Luisiana, incluyendo la ciudad de Nueva


Orleans y el territorio comprendido entre el río Misisipi y las montañas
Rocosas. A su vez, el Tratado de Versalles de 1783 había concedido a
España la península de Florida y de lo que es actualmente la costa del
estado de Alabama sobre el golfo de México. España frenaba entonces
la salida hacia al sur, a lo largo del río Misisipi, de los colonos estadou­
nidenses que estaban poblando los valles de los ríos Ohio y Tennessee.
En este contexto, las poderosas tribus indígenas de los creeks y los che­
rokees asolaban los nuevos asentamientos. En el noreste, a su vez, que­
daba pendiente el reparto del dominio territorial entre el Canadá britá­
nico y los estados de Nueva Inglaterra. La nación emergente estaba
acumulando fuerza para la resolución de estas disputas, que tendrían
lugar en las primeras décadas del siglo XIX.
RESUMEN Y CONCLUSIONES

1. La centralización de la soberanía sobre el territorio y la población bajo


una misma autoridad política y religiosa eran una cuestión todavía pen­
diente cuando, hacia 1500, comenzó la formación del Primer Orden Eco­
nómico Mundial. En el tejido social y político de Europa, perduraban las
instituciones del Medioevo y el reparto del poder entre la Corona, los seño­
res feudales y las ciudades y regiones que gozaban de fueros especiales.
Las ciudades y los principados eran todavía en aquel entonces el
ámbito dentro del cual se desarrollaba la actividad económica y se or­
ganizaban las fuerzas militares y navales comprometidas en la disputa
por las rutas comerciales. Desde fines del siglo xv, ese marco de referen­
cia resultaba insuficiente. Era indispensable movilizar cuantiosos re­
cursos para financiar las flotas comerciales, organizar las redes de in­
tercambio a escala mundial, implantar las factorías en África y Oriente,
y explorar y conquistar los inmensos territorios del Nuevo Mundo.
Al mismo tiempo, dentro de Europa, la disputa por el dominio del
territorio y los conflictos religiosos comenzaron a plantearse entre los
grandes Estados nacionales. Las guerras entre las ciudades comerciales
por el control de las rutas de intercambio y las luchas entre los prínci­
pes por el reparto del poder tangible dentro de Europa durante el Me­
dioevo se transformaron en enfrentamientos entre los emergentes Es­
tados nacionales. Para combatir y destruir a las potencias competidoras
en el emergente escenario mundial y prevalecer en el dominio de Euro­
pa, era imprescindible organizar ejércitos y fuerzas navales de una di­
mensión desconocida hasta entonces. Las nuevas circunstancias provo­
caron un aumento radical en los hombres bajo bandera y los gastos
militares. Inicialmente, el crecimiento más notorio se produjo en las
fuerzas armadas de España. En plena Reconquista, en la década de
1470, contaban con 20 mil hombres; ochenta años después, hacia 1550,
el número ascendía a 150 mil.

Las luchas que perturbaron la paz de Europa en los siglos previos a 1500
eran conflictos localizados. Por ejemplo, las guerras entre los diversos esta-

311
312 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

dos italianos, la rivalidad entre las coronas inglesa y francesa, y las luchas
de los príncipes teutones contra lituanos y polacos. A lo largo del siglo XVI,
estos conflictos regionales tradicionales fueron absorbidos o eclipsados por
un enfrentamiento más amplio por el dominio de Europa. 1

Y, al mismo tiempo, por el control del emergente orden mundial.


Hacia el año 1500, subsistían, pues, severas restricciones al ejerci­
cio de la autoridad de la Corona y, consecuentemente, a la movilización
del potencial militar y económico indispensable para enfrentar los nue­
vos desafíos y aprovechar las oportunidades abiertas por la expansión
de ultramar. En el contexto de los conflictos religiosos y dinásticos, la
consolidación del Estado nacional y la encarnación de la soberanía en
la persona del rey se convirtió en uno de los dos problemas centrales
del desarrollo político de las potencias atlánticas y del resto de Europa.
En las palabras de Jaime VI de Escocia al convertirse en rey de Inglate­
rra en 1603, se trataba de alcanzar "una sola fe en Dios, un solo gobier­
no del reino, una sola ley".
El segundo problema fue la formación, dentro del nuevo sistema de
poder centralizado, de mecanismos e instituciones de participación y
representatividad de los principales actores sociales. La concentración
del poder desencadenó graves enfrentamientos entre la Corona, la no­
bleza y las nuevas fuerzas sociales. Los alzamientos contra la autoridad
real respondieron a diversos factores. En algunos casos, al recorte de
las mercedes de la aristocracia, la Iglesia y las provincias anexadas por
la Corona. En otros, al cercamiento para el uso de la Corona de tierras
comunales, a las penurias económicas agravadas por una carga exage­
rada de nuevos impuestos para financiar los crecientes gastos militares
del Estado nacional y a los conflictos religiosos.
En muchos casos, las revueltas manifestaron una resistencia al
cambio. En otros, el reclamo de nuevos espacios de poder y participa­
ción de las fuerzas sociales emergentes. El desarrollo del antagonismo
entre el absolutismo monárquico y la participación en el ejercicio del
poder nacional influyó decisivamente en el desarrollo político e institu­
cional de las potencias atlánticas. La resolución de esta cuestión fue
esencial para la estabilidad política de los emergentes Estados naciona-

1 P. Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers, Nueva York, Vintage Books, 1989,
pp. 6 y 7 [trad. esp.: Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Plaza & Janés, 1994].
RESUMEN Y CONCLUSIONES 313

les y, en consecuencia, para movilizar el potencial de crecimiento abier­


to por el desarrollo del capitalismo comercial y la expansión de ultra­
mar. La estabilidad institucional se convirtió en un factor endógeno de
desarrollo y en nueva fuente intangible del poder.
El desarrollo del capitalismo mercantil y la expansión de ultramar
agravaron las disputas dinásticas por el dominio de Europa y contribu­
yeron, pues, a la centralización del poder en el Estado nacional. Estos
conflictos fueron acompañados por un cisma religioso dentro del cris­
tianismo y un extraordinario avance en el conocimiento científico.
La interacción entre los planos de la cultura, la religión, la política
y la economía impulsó nuevos factores endógenos del crecimiento eco­
nómico. Éstos, a su vez, sustentaron inéditos elementos intangibles de
poder. El reparto, entre las potencias atlánticas, del dominio del espacio
europeo y del emergente orden mundial se fue asentando en una com­
pleja red de componentes tangibles e intangibles del poder. La guerra
movilizó recursos de dimensión desconocida hasta entonces y se con­
virtió en un ejercicio de organización y movilización de fuerzas de cre­
ciente sofisticación técnica.
Al mismo tiempo, la expansión de ultramar asoció cada vez más
estrechamente el crecimiento del comercio internacional con el tejido
económico, social y político de cada espacio nacional. Aparecieron, de
este modo, factores endógenos del crecimiento que fueron ganando
importancia a lo largo del Primer Orden Económico Mundial. Surgie­
ron nuevas redes, eslabonamientos y relaciones entre la actividad di­
rectamente vinculada al tráfico comercial y su financiamiento con la
producción interna de manufacturas y alimentos. La política de los
Estados nacionales comenzó a ser, en forma creciente, política econó­
mica, vale decir, decisiones públicas orientadas a proteger el mercado
interno, apoyar la actividad empresaria, respaldar con la fuerza la
conquista de nuevos mercados, fomentar la industria naval y vincular
la progresiva oferta de dinero con el desarrollo de la producción do­
méstica y las exportaciones. El desarrollo del mercado de capitales y
las nuevas formas de organización de las empresas por acciones fue­
ron otros cambios cruciales respaldados y fomentados por el poder
político. La transformación de las posiciones hegemónicas entre las
potencias atlánticas descansó, en gran medida, en la aptitud de sus
respectivos Estados nacionales para asumir y desempeñar tamañas
responsabilidades.
314 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

Lo mismo sucedió con la ampliación del conocimiento científico y


sus aplicaciones tecnológicas a la producción y la navegación. Entre los
siglos XVI y XVIII, se produjo una revolución espectacular de los paradig­
mas científicos y la visión del mundo de los pueblos europeos. Sus apli­
caciones tecnológicas a la producción de bienes y servicios afianzaron
la hegemonía europea en el escenario mundial. Las políticas públicas
en Holanda, Gran Bretaña y Francia contribuyeron decisivamente en el
avance de la ciencia y el desarrollo tecnológico.
Cada vez más, la dimensión endógena del desarrollo incorporó sutiles
contenidos culturales y políticos, tales como la estabilidad institucional
(fundada en un reparto estable del poder entre la Corona, la nobleza y los
emergentes sectores urbanos), la tolerancia religiosa y la empatía del po­
der político con los intereses privados responsables de la producción, y
el comercio.
Los contenidos endógenos del desarrollo generaron factores intan­
gibles del poder. El territorio y la población subordinados a una misma
soberanía conservaban una importancia decisiva, pero el poder se asen­
taba ahora en una compleja madeja de relaciones entre estos compo­
nentes tangibles y aquellos intangibles. La insuficiencia de los primeros
explica la rápida declinación del protagonismo portugués y, poco des­
pués, del de Holanda. La de los segundos, la decadencia de España.
Francia y, sobre todo, Gran Bretaña fueron las únicas dos potencias
atlánticas que contaban con un gran potencial de recursos materiales y
humanos, y pusieron en marcha los procesos endógenos del desarrollo
y los factores intangibles del poder. Al final del Primer Orden Económi­
co Mundial, eran las dos potencias dominantes en el escenario europeo
e internacional.
Las transformaciones que dieron lugar a la construcción de la he­
gemonía de Europa en el transcurso del Primer Orden Económico Mun­
dial abarcaron todo el continente y todos los planos de la realidad. A lo
largo de tres siglos, las disputas dinásticas, el cisma religioso, la centra­
lización del poder y la participación, la revolución del conocimiento
científico y de las ideas sobre el hombre y la sociedad modificaron ra­
dicalmente la realidad de Europa y conformaron el emergente sistema
internacional.
Nada semejante ocurría en el resto del mundo. De este modo, se
comenzó a abrir la brecha entre el desarrollo y el subdesarrollo, y a sen­
tar las bases del reparto del poder en el emergente orden mundial.
RESUMEN Y CONCLUSIONES 315

La formación del Primer Orden Económico Mundial se decidió, en


primer lugar, en el escenario europeo. Las transformaciones en las so­
ciedades europeas y el reparto del poder dentro del continente decidie­
ron el curso de los acontecimientos. Desde principios del siglo XVI, la
historia de Europa comenzó a ser historia mundial.

2. El proyecto europeo de expansión y dominación planetaria se conso­


lidó durante el Primer Orden Económico Mundial. En el transcurso de
éste, el formidable proceso de transformación económica, cultural y
política de los pueblos cristianos amplió su capacidad de dominio sobre
la naturaleza y los hombres.
La avalancha de acontecimientos registrados en esos tres extraor­
dinarios siglos transformó la visión de los pueblos cristianos de Europa
acerca de la naturaleza del hombre y la sociedad y, consecuentemente, so­
bre la organización del Estado. El avance del conocimiento científico y en
la capacidad de manejo del mundo físico, la expansión de ultramar y la
transformación de las estructuras de la producción, las nuevas fuentes
de acumulación de capital, las convulsiones políticas, el cisma religioso
y el contacto con otras civilizaciones concluyeron el proceso de demo­
lición del orden medieval que había sido iniciado por el paradigma co­
pernicano y el desarrollo del capitalismo comercial.
Los pensadores europeos sentaron las fundaciones del método cien­
tífico y de las principales ramas del conocimiento: matemática, cálculo,
astronomía, óptica, física, magnetismo, electricidad y medicina. Recién
en el siglo xx, con los avances en la física nuclear y en la biología, emer­
gieron contribuciones de trascendencia comparable.
En aquel período se sentaron también las bases de la actividad y la
cooperación científicas modernas. La creación de universidades, labo­
ratorios, sociedades y bibliotecas multiplicó las vías de difusión de la
información y los contactos entre los creadores de conocimiento. Desde
su mismo inicio, la ciencia y los científicos fueron auténticamente eu­
ropeos. Los mayores creadores investigaron y difundieron sus ideas en
los principales centros de excelencia de Italia, el espacio germánico,
Inglaterra, Francia y los Países Bajos. Sólo a fines del siglo XVIII, se in­
corporó una figura relevante de la periferia, pero también de raíces eu­
ropeas: el estadounidense Benjamín Franklin.
El conocimiento acumulado, a lo largo de los siglos, por los sabios
y tecnólogos chinos, árabes, persas e indios fue transferido sin regalías
316 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN 1

ni patentes a los pueblos cristianos de Europa. Esta transferencia fue


una de las bases fundacionales del Renacimiento. Desde entonces, la
ciencia y la tecnología europeas dejaron de ser tributarias de las otras
civilizaciones e iniciaron su despegue autónomo.
Las ideas y las instituciones políticas dominantes del mundo mo­
derno fueron también gestadas entre los siglos XVI y XVIII. A partir de los
aportes fundacionales de Maquiavelo y de su crudo análisis de la reali­
dad política y del poder, los filósofos y los pensadores europeos del pe­
ríodo formularon las preguntas fundamentales y les dieron respuesta.
Volvieron a replantearse entonces los grandes temas de la naturaleza
del hombre y de su condición social y política, inicialmente formulados
por Platón y Aristóteles. A estos interrogantes centrales agregaron otros
referidos al origen y la justificación del poder, la soberanía, la legitimi­
dad del poder, la justificación de la rebeldía contra los tiranos, el dere­
cho internacional, las instituciones políticas y la división de poderes,
los derechos del hombre y del ciudadano, la posibilidad de mejorar la
condición humana a través de la educación, el constitucionalismo y, fi­
nalmente, el nacionalismo. También las ideas económicas experimen­
taron cambios profundos que desbordaron los límites estrechos del en­
foque agresivo y excluyente del mercantilismo. Esas nuevas ideas
pretendían descubrir el orden natural y las leyes de la actividad econó­
mica. En este contexto , volvieron a plantearse, fuertemente enraizadas
en las nuevas fronteras del conocimiento y el cisma religioso, las pre­
guntas fundamentales sobre la naturaleza de la condición humana, la
libertad y la relación con Dios.
Las posibilidades abiertas por el crecimiento económico y la expan­
sión de ultramar, la revolución religiosa y la consolidación del absolutis­
mo y de los Estados nacionales promovieron un formidable desarrollo de
la arquitectura, las artes plásticas y la música. El barroco fue la expresión
artística dominante del período. Gestado inicialmente en Roma, con el
patronazgo del papado, se difundió rápidamente al resto de Europa. En
Italia, el Sacro Imperio Romano Germánico, los Países Bajos, España,
Francia e Inglaterra, el barroco abrevó en las escuelas y tendencias loca­
les y generó una rica variedad de manifestaciones artísticas. Su proyec­
ción a los dominios españoles y portugueses en el Nuevo Mundo fusionó
la tradición artística de las grandes civilizaciones precolombinas con los
aportes europeos. Esta amalgama dio lugar a una de las expresiones más
ricas del barroco: el latinoamericano.
RESUMEN Y CONCLUSIONES 317

La ambigüedad del barroco refleja la complejidad de la realidad eu­


ropea. Sus creadores proclamaban fidelidad a la tradición clásica y re­
nacentista, es decir, las normas de equilibrio, lógica, moderación, so­
briedad, armonía y unidad de las formas. En la práctica, incorporaron
perspectivas radicalmente distintas fundadas en el movimiento, la cur­
va, la luz, el espacio, los contrastes y la fusión de todas las formas de
arte. Frente a la serenidad y la moderación renacentistas, el barroco
impuso lo espectacular y lo dramático. Este cambio de actitud es com­
prensible. Refleja las transformaciones también espectaculares y dra­
máticas que se registraban en el escenario europeo y en un mundo cuya
diversidad étnica, cultural, religiosa y económica comenzaba a ser asi­
milada por las potencias atlánticas y, a través de ellas, por toda Europa.
En el período, se verificó una explosión de genio y creatividad. En arqui­
tectura, artes plásticas, literatura y música, vivieron y crearon en ese perío­
do Rubens, El Bosco, Vivaldi, Van der Weyden, Cervantes, Shakespeare,
Rembrandt, Velázquez, Bach, Mozart. Pocas épocas de la historia de Eu­
ropa y del resto del mundo produjeron una explosión de genio y de crea­
tividad semejantes.

3. En el transcurso de los tres siglos del Primer Orden Económico Mun­


dial, todas las civilizaciones quedaron vinculadas a un sistema mundial
organizado en torno de los objetivos de las potencias atlánticas. Las
respuestas de aquéllas frente a la presencia europea fueron distintas y
dependieron, esencialmente, de sus propias circunstancias internas. De
este modo, pueden distinguirse varios modelos de vinculación del mun­
do no europeo con el sistema internacional fundado por la expansión
de ultramar de las potencias atlánticas, 2 es decir, distintas formas de
responder al dilema del desarrollo en un mundo global.
El primero abarca a las grandes civilizaciones orientales y a África
al sur del desierto del Sahara. El segundo, al Nuevo Mundo, con la ex­
cepción de las colonias continentales británicas en América del Norte.
El tercero a estas colonias británicas que, a fines del siglo XVIII, se inde­
pendizaron y formaron Estados Unidos de América.
El primer modelo incluye las civilizaciones que, al inicio del perío­
do, eran tan o más desarrolladas que las europeas. Cuando los portu-

2 Oceanía recién fue ocupada a fines del siglo XVIII y su inserción al sistema internacional
forma parte de la historia del Segundo Orden Económico Mundial.
318 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

gueses llegaron a India y fueron seguidos, más tarde, por holandeses,


ingleses, españoles y franceses, ampliaron contactos con civilizaciones
con las cuales se mantenían relaciones desde mucho antes. Los merca­
deres venecianos y genoveses habían establecido en la Baja Edad Media
la organización fundamental del intercambio: la factoría. Se trataba de
asentamientos en Asia Menor, sometidos a la soberanía de los príncipes
locales, en los cuales entraban en contacto los mercaderes cristianos
con los de Oriente. No eran emplazamientos en los cuales los europeos
tuvieran participación en la producción de especias o paños de lujo. Las
inversiones de los mercaderes venecianos, pisanos o genoveses se limi­
taban a la construcción de depósitos de mercaderías y, eventualmente,
a la de instalaciones portuarias. La presencia de personal militar era
limitada y destinada, en primer lugar, a enfrentar a los competidores
cristianos antes que a los mercaderes orientales.
La factoría fue la forma básica de organización mercantil que los
europeos siguieron utilizando en sus relaciones con Medio y Extremo
Oriente a partir del siglo XVI. Como dice Wallerstein: "Entre 1500 y
1800, las relaciones de Europa con Asia se realizaban normalmente
dentro de las normas establecidas por los Estados asiáticos. Con la
excepción de los europeos que vivían en los pocos asentamientos co­
loniales, su presencia era tolerada por las autoridades locales". 3 En el
transcurso del Primer Orden Económico Mundial, las potencias atlán­
ticas ejercieron una supremacía creciente en los mares de Oriente.
Pero su dominio continental se limitó a pocos enclaves-factorías y
nunca penetró en profundidad, excepto en las islas del archipiélago
malayo y, a fines del siglo XVIII, en India. Con estas excepciones, du­
rante el Primer Orden Económico Mundial, la presencia europea no
modificó sustancialmente el comportamiento de las grandes civiliza­
ciones no europeas.
Las grandes civilizaciones de Oriente fueron incapaces de incorpo­
rar las fuerzas dinámicas que estaban transformando a parte de Europa
o impulsos alternativos que repercutieran, también, en el desarrollo
económico y la transformación social y política. De allí resultó su inca­
pacidad de responder con eficacia al dilema del desarrollo en un mundo
global y, más tarde, su subordinación a las potencias imperiales.

31. Wallerstein, The Modem World-System I, San Diego, California, Academic Press,
1974, p. 330 [trad. esp.: El moderno sistema mundial, 2 vols., Madrid, Siglo XXI, 1984].
RESUMEN Y CONCLUSIONES 319

En África sudsahariana, la presencia europea introdujo un fenóme­


no de enorme trascendencia: el tráfico de esclavos. Pero éste dejó prác­
ticamente intactos los comportamientos tradicionales de las sociedades
africanas. También en África sudsahariana siguió predominando el es­
quema del enclave-factoría a través del cual se traficaba con los sobera­
nos locales y se centralizaba la trata de esclavos. Recién en el transcur­
so del siglo XIX, el continente sería sometido masivamente al dominio
colonial.
El segundo modelo abarca al mundo iberoamericano y el Caribe,
en donde los europeos crearon nuevas civilizaciones sometidas a la do­
minación colonial e incapaces de dar respuestas eficaces y autocentra­
das a los dilemas del desarrollo en un mundo global.
El tercer modelo, el de las colonias británicas continentales en Amé­
rica del Norte, desemboca en la formación del único sistema, dentro de
la expansión europea de ultramar en el Primer Orden Económico Mun­
dial, en el cual se movilizan los factores endógenos del desarrollo y la
generación de poder intangible.
Los dos primeros modelos de inserción con la expansión de ultra­
mar de las potencias atlánticas tienen un rasgo común: configuraron la
posición periférica y subordinada respecto del polo hegemónico y, con
el tiempo, fundaron lo que es, desde entonces, el mundo subdesarrolla­
do. La fractura desarrollo-subdesarrollo y centro-periferia comenzó a
gestarse desde el descubrimiento de América y la llegada de los portu­
gueses a Oriente. El tercer modelo culmina, a finales del siglo XVIII, con
la aparición de una nación independiente. En ella comenzaron a com­
binarse, en una escala desconocida hasta entonces, el poder tangible de
un inmenso y rico territorio y recursos humanos, con formidables fac­
tores endógenos del desarrollo y del poder intangible.
Japón no encaja en ninguno de los tres modelos analizados en esta
sección. Tempranamente, el país consolidó elementos de desarrollo au­
tocentrado y un alto grado de autonomía en su estilo de inserción en el
orden mundial. De todos modos, su presencia en el escenario mundial
recién comenzó a ser importante desde la segunda mitad del siglo XIX,
fuera del período histórico analizado en esta obra.

4. Hasta el siglo xv, entre todas las grandes civilizaciones del planeta,
predominaba la semejanza entre los ingresos medios, la productividad
y la acumulación de capital. Esa semejanza se fue esfumando a 19 J,1trgo
320 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

del Primer Orden Económico del desarrollo europeo y del estancamien­


to relativo del resto del mundo.
La formación del Primer Orden Económico Mundial indujo cam­
bios demográficos importantes. Hacia 1800, en el Nuevo Mundo la po­
blación ascendía a 25 millones y era de alrededor del 50% inferior a la
del comienzo de la conquista. En África, bajo la principal influencia de
la migración forzada de esclavos, la población disminuyó de 100 a 90
millones entre 1500 y 1800. En Europa (incluyendo Rusia), la población
ascendía a cerca de 190 millones en 1800 y en Asia, a 600. En estos con­
tinentes, asiento de las mayores civilizaciones, la tasa de crecimiento
demográfico aumentó paulatinamente como resultado de los avances
sanitarios y el mejor abastecimiento alimentario en algunas regiones.
Desde mediados del siglo XVII hasta fines del XVIII, la población de Eu­
ropa y Asia aumentó a una tasa del orden del 0,4% anual. 4 La partici­
pación de Europa en la población mundial se incrementó del 16% en
1500 al 21% en 1800 y la de Asia, del 53% al 66 por ciento.
Entre 1500 y 1800, la productividad en Europa comenzó a aumen­
tar a una tasa que probablemente duplicaba la registrada durante la
Baja Edad Media. Sin embargo, el crecimiento siguió siendo lento y
equivalente apenas a una fracción del que se registraría a partir de la
Revolución Industrial. El aumento del producto per cápita fue del or­
den del 0,2% anual. En ese caso, hacia el año 1800, el producto per cá­
pita en Europa debía rondar los 1.300 dólares. Probablemente, existía
una diferencia considerable pero no superior al 50% en el producto per
cápita de los países más avanzados, Gran Bretaña y Holanda, respecto
de las zonas rezagadas de Europa oriental.
En el naciente Estados Unidos de América, el producto per cápita
era similar y tal vez algo mayor que en Europa. En el resto del mundo,
prevalecía el estancamiento alrededor de los niveles alcanzados a prin­
cipios del período. Si estas hipótesis son aproximadamente correctas,
hacia 1800 el producto total de la economía mundial habría ascendido
a algo más de 900 mil millones de dólares. Europa participaba con algo

4
Estimaciones sobre datos de Enciclopedia Británica, ed. de 1962, t. 18, p. 232; J. M.
Roberts, The Pelican History of the World, Londres, Penguin Books, 1987, p. 514 [trad.
esp.: La historia del mundo. De la prehistoria a nuestros días, Barcelona, Debate, 2010]; y
W. E. Denevan (ed.), The Native Population of the Americas in 1492, Madison, University
of W isconsin Press, 1992.
RESUMEN Y CONCLUSIONES 321

menos del 30% del total, proporción mayor en forma sustancial a la de


cerca del 20% correspondiente hacia el año 1500.
El mayor desarrollo de Europa produjo cambios más profundos en
la estructura de la producción y el empleo que en otras partes. Sin em­
bargo, las diferencias eran todavía reducidas a finales del Primer Orden
Económico Mundial. Respecto de la producción manufacturera, cuyo
crecimiento comenzaba a liderar el desarrollo económico, Bairoch5 es­
tima que la producción industrial per cápita en Europa era apenas un
tercio superior que en el resto del mundo. La diferencia era mayor si se
considera la nación europea líder en la época, Gran Bretaña, cuyo nivel
de industrialización por habitante duplicaba la del promedio de Europa
y triplicaba la del resto del mundo. De todos modos, hacia 1800, la pro­
ducción industrial británica representaba poco más del 4% de la mun­
dial, y la de Europa alrededor de un tercio, no mucho más que su par­
ticipación en la población mundial. Todavía entonces, Asia, África e
Iberoamérica significaban dos tercios de la producción manufacturera
mundial. De cualquier modo, en todos lados la producción primaria
seguía generando más de dos tercios del empleo total y una proporción
semejante del producto. La visión estática de la estructura de la produc­
ción y el empleo y de los niveles de vida en el mundo alrededor de 1800
no permitía apreciar la dimensión de las transformaciones en curso
que, en pocas décadas, modificarían radicalmente el escenario recién
descripto.
Las diferencias tampoco eran significativas respecto de otras varia­
bles cruciales del desarrollo. Hacia 1800, el comercio internacional en
Europa representaba proporciones mayores de la actividad económica
que en el resto del mundo. Sin embargo, el coeficiente exportaciones/pro­
ducto en Europa no debía superar el 4% o el 5%. La mayor parte de la
producción de las economías europeas seguía encerrada dentro de los
límites de la subsistencia y de los mercados locales. No obstante, el co­
mercio internacional estaba desempeñando en Europa un papel decisivo
en la acumulación de capital, el cambio técnico y el crecimiento. En nin­
guna otra parte, excepto en el naciente Estados Unidos de América, su­
cedía algo semejante.

5 P. Bairoch, "International industrialization levels from 1750 to 1980", en Journal of


European Economic History, vol. 11, núm. 1-2, otoño, 1982.
322 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

Las tasas de ahorro y de acumulación de capital tampoco presenta­


ban diferencias radicales. Hacia 1800, en Europa alcanzaban alrededor
del 5% al 7% del producto, proporción no muy distinta a la observada en
China, India y las otras principales civilizaciones. La diferencia funda­
mental radicaba en el destino de la acumulación. En Europa, en mayor
proporción que en otras partes, se destinaba a la ampliación de la capa­
cidad productiva y el aumento del giro comercial. En el resto del mundo,
la inversión suntuaria de las clases dominantes seguía absorbiendo la
mayor parte de los recursos. El financiamiento de la inversión producti­
va y del comercio contaba en Europa, además, con el respaldo de un sis­
tema financiero creciente y cada vez más diversificado. El desarrollo de
los mercados de capitales, de las sociedades por acciones y la expansión
del crédito contribuyeron a la movilización del ahorro y a su inversión en
ampliación de capacidad productiva y giro comercial, como no sucedía
en ninguna otra parte, con la excepción del emergente Estados Unidos
de América. La aparición de la especulación financiera en Europa duran­
te el siglo XVIII revela, en sí misma, cómo se estaban ampliando las opor­
tunidades y las expectativas de los operadores económicos y de impor­
tantes grupos sociales de las naciones europeas líderes.
En Europa, hacia 1800, el gasto público representaba probablemen­
te alrededor del 10% del producto. La proporción no era quizá menor en
las otras grandes civilizaciones. Pero también aquí la diferencia funda­
mental radicaba en el destino del gasto. En Europa, éste se destinaba en
alrededor del 70% a los gastos militares empeñados en las disputas por
el dominio del continente y la fe, pero también de la expansión de ultra­
mar, las rutas comerciales y la conquista del Nuevo Mundo y de otros
territorios. Parte del gasto público se destinaba, asimismo, a inversiones
de infraestructura, como puertos y caminos, indispensables para el desa­
rrollo y la expansión comercial. En especial en Gran Bretaña, Holanda y
Francia, el gasto público se asignó, en alguna medida, a financiar desa­
rrollos tecnológicos y productivos destinados a la navegación, la minería,
hidráulica y otras áreas críticas de la actividad económica y mercantil del
período. Esta temprana asociación entre productores, científicos y go­
bierno, triángulo esencial del cambio técnico y del desarrollo económico6
observable en los países líderes de Europa durante el Primer Orden Eco-

6 Véanse los aportes de J. A. Sábato sobre desarrollo tecnológico y su concepción del

"triángulo".
RESUMEN Y CONCLUSIONES 323

nómico Mundial, fue un proceso prácticamente desconocido en las otras


grandes civilizaciones.

S. En resumen, durante el transcurso de los tres siglos del Primer Orden


Económico Mundial, emergió por primera vez el dilema del desarrollo
en un sistema global. Parte de Europa y uno de sus vástagos, las colonias
continentales de América del Norte, lograron incorporar la inserción en
el mercado mundial como un agente de su propia transformación e inte­
gración internas.
Europa se convirtió en el polo articulador del emergente orden
mundial y logró dominar el espacio iberoamericano y el Caribe, un con­
junto de islas en el archipiélago malayo y, en las postrimerías del siglo
XVIII, la mayor parte del subcontinente de India. La presencia europea
en el resto del mundo se limitó a una interferencia más o menos pro­
funda en los asuntos internos de otros países, pero sin modificar sus­
tancialmente el comportamiento de sus sociedades. Bien sea por la su­
bordinación al dominio colonial o por la ausencia de factores endógenos
de transformación, el resto del mundo no logró resolver con éxito el di­
lema del desarrollo en un mundo global. Se abrió así la brecha entre
desarrollo y subdesarrollo que fracturó al orden mundial. El mismo ori­
gen tienen las relaciones asimétricas de poder que predominan en el
sistema internacional.
Durante el Primer Orden Económico Mundial, comenzó a disolver­
se el equilibrio en los niveles de desarrollo de las principales civilizacio­
nes que predominó hasta el siglo xv. El crecimiento se aceleró en Euro­
pa, mientras que en Iberoamérica se desplomaban las civilizaciones
nativas, y en Medio y Extremo Oriente y África predominaba el estan­
camiento, cuando no el retroceso.
De todos modos, la lentitud del progreso técnico en Europa limitó
el incremento de la productividad y del ingreso y, consecuentemente,
provocó un ritmo lento de transformación de las estructuras producti­
vas. La brecha entre desarrollo y subdesarrollo a escala mundial siguió
siendo, de este modo, reducida.
Por detrás de las semejanzas que todavía predominaban en los ni­
veles de vida y en las estructuras productivas de Europa respecto de
las otras grandes civilizaciones, se ocultaban cambios de vasto alcan­
ce. La revolución de las ideas, las transformaciones políticas y la ex­
pansión de ultramar fueron acumulando en Europa un impulso inno-
324 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

vador que estallaría cuando se cerró la brecha entre el conocimiento


científico y la tecnología, es decir, durante la Revolución Industrial,
cuyos primeros pasos tuvieron lugar en Gran Bretaña en el siglo xvm.
A su vez, en las posesiones continentales británicas de América del
Norte, una extraordinaria constelación de recursos materiales y hu­
manos estaba dando lugar a una experiencia de desarrollo económico
y social que ni siquiera tenía semejantes en las naciones más avanza­
das de Europa.
Los cambios en las posiciones relativas de poder de las potencias
atlánticas en el transcurso del Primer Orden Económico Mundial reve­
lan la incidencia de la resolución del dilema ámbito interno-contexto
externo entre las naciones que lideraron, a partir del siglo xv, la expan­
sión europea de ultramar.
El desarrollo de los países independientes y de las dependencias co­
loniales del emergente sistema global estuvo siempre asociado a dos
condiciones básicas, a saber: la participación en la globalización de la
economía mundial y el crecimiento autocentrado en procesos de acu­
mulación de capital y cambio tecnológico afianzados, en primer lugar,
y en los recursos propios y el mercado interno, en segundo. Vale decir,
en una respuesta específica al dilema de la interacción entre el ámbito
interno y el contexto externo.
Los contenidos de esas respuestas al dilema, que fueron coherentes
con el desarrollo de los países, incluyeron, en todos los casos, los si­
guientes elementos:
i) La ampliación de las oportunidades de las personas de desenvol­
ver sus aptitudes para la creación y acumulación de riqueza.
ii) La aptitud y la flexibilidad del sistema económico, social y polí­
tico de reflejar las transformaciones en la creación y la distribución de
la riqueza, y para incorporar a los nuevos actores sociales.
iii) Procesos amplios de acumulación de capital, tecnología y capa­
cidad organizativa de recursos que elevaron la productividad de las uni­
dades económicas y del conjunto del sistema productivo. La acumula­
ción, en sentido amplio, incluye el capital invertido en la producción de
bienes y servicios, los conocimientos científicos y la tecnología, las redes
empresas-ciencia-tecnología-gobierno, la formación de los mercados fi­
nancieros y el desarrollo institucional y político.
iv) Una visión del mundo que valorizaba la propia identidad y elec­
ción del estilo de desarrollo e inserción internacional.
RESUMEN Y CONCLUSIONES 325

v) Un Estado capaz de cohesionar los recursos de la nación y viabilizar


la participación activa en la globalización de la economía mundial afianza­
da en procesos autocentrados de acumulación y de cambio tecnológico.
La resolución del dilema en cada país influyó decisivamente en la
formación del sistema mundial. Los factores tangibles del poder (pobla­
ción y territorio) conservaron importancia, pero los intangibles (acu­
mulación en el sentido amplio) fueron determinantes en la distribución
del poder entre las naciones. La gravitación de cada país en el orden
global dependió de su desarrollo nacional. Cuando convergieron los
factores tangibles del poder con los intangibles, surgieron las grandes
potencias hegemónicas.
Desde fines del siglo XVIII, la incorporación masiva del cambio téc­
nico al proceso productivo provocaría cambios sin precedentes sobre la
acumulación de capital, la estructura productiva, la estratificación so­
cial, la organización del mercado mundial y el reparto del poder. Pero
éstos constituyen la trama del Segundo Orden Económico Mundial.
La evidencia proporcionada por el Primer Orden Económico Mun­
dial es concluyente: se desarrollaron en ese período y, dependiendo de
su poder tangible, fueron potencias mundiales las naciones que parti­
ciparon activamente en la globalización a partir de procesos autocen­
trados de transformación, cambio técnico y acumulación de capital.
Existen, en verdad, ciertas constantes históricas7 porque, desde 1500
hasta la actualidad, no existe caso de país alguno que haya alcanzado
de otro modo altos niveles de desarrollo.

7 Véase este concepto en R. Bemal-Meza, América Latina en la economía política mundial,

Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1994.


ÍNDICE DE NOMBRES

Abbasl,sha:27,200. Caboto,Juan; 279.


Abbas el Grande,sha:200. Caboto, Sebastián: 279.
Adams,John: 303. Calvino,Juan:115,137.
Adams, Samuel: 303. Cantillon,Richard: 122-126,128,129,
Akbar,Yalaluddin Muhammad: 25,207, 131.
209,210. Carlomagno: 136.
Aleijadinho,Antonio Lisboa,llamado: 262. Carlos I de España:136,138,140,196,
Alfonso V de Aragón: 79. 235.
Alfonso X de Castilla:240. Carlos I de Inglaterra: 89,106,138,187,
Alighieri,Dante: 55,114. 280,282.
Álvares Cabra!,Pedro: 231. Carlos II de Inglaterra: 93,188,284.
Antonelli, Juan Bautista: 264. Carlos 111 de España: 237,239.
Aristóteles:53, 54, 103,114,316. Carlos IX de Francia:137.
Arkwright,Richard: 99, 100. Carlos V:véase Carlos I de España.
Aurangzeb,sha: 209,210. Carlyle,Thomas:124.
Averroes,Ibn Rushd,llamado: 53. Carvalho e Melo,José Sebastián de: 239,
253,255,274.
Babur:207-210. Catalina II de Rusia: 111,127.
Bach,Johann Sebastian: 317. Catalina de Aragón:138.
Bacon,Francis:86,87,90, 93,95,104, Cervantes Saavedra,Miguel de: 317.
109,110,113,120,128,268,274,304. Ching,dinastía: 215.
Bairoch,Paul: 33 n.,34 n.,170,321. Cipolla,Cario M.: 34 n.,35 n.,36 n.,41 n.,
Bardi,familia: 70. 57 n.,58 n.,59 n.,61 n.,63,64 n.,
Beethoven,Ludwig van: 286. 74 n.,96 n.,100,152 n.,160,162 n.,
Berlín,Isaiah: 110 n. 163 n.,168 n.
Bernal-Meza, Raúl: 325 n. Clemente VII,papa:138.
Bernard,Jacques:58 n. Clive,Roberts: 211.
Bodin,Jean: 105, 116, 123. Colbert,Jean Baptiste: 95,121,151,174,
Bonaparte,Napoleón: 141,186,213, 274. 185,186,278.
Bonifacio VIII,papa: 135. Colón,Cristóbal: 13,16,29,31,52,79,80,
Borbones,casa de los: 111,121,125,139, 221,225,240,263.
140,177. Condorcet,Antaine Nicolas de: 112.
Boulton,Matthew: 99. Confucio:24,26,27,216,218.
Braganza,duque de:véase Joao IV de Copérnico,Nicolás:53,88,240.
Portugal. Cortés,Hemán: 224,244.
Braudel,Fernand: 34 n.,36,40,71,162. Cromwell,Oliver: 93,94,108,118,140,
Erogan,Hugh: 284 n.,298 n. 187,263,264,267,278,281,282,284.
Bruce,James: 204. Curtin,Philip D.:46 n.,160 n.,176 n.,
Buccleuch,Henry Scott,duque de:130. 181,182 n.
Buda: 24,26, 27. Curtís,Micael:103 n.
Burkholder,Mark A.: 224 n.,227 n.,
237 n.,240 n.,243 n., 256 n.,261 n. D'Alembert, Jean le Rond:91,130.

327
328 HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN I

D'Avenant,Charles: 122. Franklin,James: 285.


Da Gama,Vasco: 13,16,17,52,64,80, Fugger,familia: 70.
155, 207, 214. Furtado,Celso: 259 n.
Da Vinci,Leonardo: 86.
Daimio,príncipe: 27. Galiani,Ferdinando: 127.
Darwin,Charles: 114,273. Galilei,Galileo: 87,88,92,95,97,102.
Darwin,Erasmus: 114. García, José Manuel: 229 n.
Davis,Ralph: 40 n.,100 n.,226 n.,227 n., Gengis Kan: 142,207.
244 n.,257 n.,259 n.,264 n.,278 n., Gibbon,Edward: 34 n.
282 n.,288 n.,293 n. Gilbert,Humprey: 279.
De la Cruz,Juana Inés: 241. Glamann,Kristof: 152 n.
De las Casas,Bartolomé: 239,242,254. Grenville, George: 301.
Deane,Phyllis: 130 n. Grotius,Hugo: 105,110.
Della Mirandola, Giovanni Pico: 53. Guillermo III de Inglaterra, príncipe de
Denevan,William N.: 31 n.,222 n.,320 n. Orange: 106,188,280,284.
Descartes,René: 87,95,104,127,274. Gustavo Adolfo II de Suecia: 278.
Dias,Bartolomeu: 204. Gustavo Adolfo de Suecia: 139,141,142.
Días,Enrique: 262.
Dickinson,John: 302,303. Habsburgo, casa de los: 136-140,143,164,
Diderot,Denis: 111,127. 177,178,196,230.
Drake,Francis: 231,281. Hamilton,Alexander: 307.
Duby,Georges: 162 n. Hannover,Casa de: 188,298.
Hargreaves,James: 99,100.
El Bosco,Hieronymus Bosch,llamado: 317. Harrison,John: 97.
Enrique IV de Francia: 137. Harvey,William: 87,89.
Enrique VII de Inglaterra: 187. Hawkins,John: 231,281.
Enrique VIII de Inglaterra: 138,283. Heimann,Eduard: 116 n.,120 n.,123 n.,
Erasmo de Rotterdam: 137. 125 n.,130 n.
Estuardo,casa de los: 106,188,280,281, Hein, Piet: 231.
284. Helvétius, Claude-Adrien: 130.
Herder,Johann Gottfried von: 11O,111,
Federico el Grande,Federico II de Prusia, 113.
llamado: 111,127. Hidalgo,Miguel: 274.
Federico I de Prusia: 92. Ho,Cheng: 25.
Federico II Hohenstaufen: 135. Hobbes,Thomas: 55,95,106-108,274.
Felipe II de Austria: 136. Hooke,Robert: 93.
Felipe II de España: 96,97,136,142,178, Hudson,Henry: 233.
196,249. Humboldt,Alexander von: 273.
Felipe IV de España: 140. Hume,David: 109,110,128,129,131,
Felipe IV de Francia: 135,136. 132.
Felipe V de España: 178,232. Hutchinson, Thomas: 302.
Fernando II de Aragón: 136,142,230.
Fernando II de Austria: 136,139. Inca Garcilaso de la Vega,Gómez Suárez
Fernando VII de España: 274,275. de Figueroa, llamado: 241.
Ficino,Marsilio: 53. Infante Enrique,Enrique de Avís y
Folcachieri,familia: 70. Lancaster,llamado: 47,68,77,174,
Francisco I de Francia: 94,138. 175,214,254,264.
Franklin,Benjamín: 85,91,285,286,299, Inocencío IV,papa: 135.
302-304,308,315. Isabel I de Inglaterra: 96,209,279.
ÍNDICE DE NOMBRES 329

Isabel de Castilla:79,142,230,243. Leibniz,Gottfried Wilhelm:90,92,104,


Isabel la Católica: véase Isabel de Castilla. 109.
Ismail,sha: 27,199-201. Locke,John:94,108-111,120,121,124,
Iván III de Rusia: 141,142. 268,274,298,304,308.
López de Loyola,Iñigo:138.
Jacobo I de Inglaterra:86,106,280. Luis XIII de Francia: 184.
Jacobo II de Inglaterra: 106,188, 284. Luis XIV de Francia: 121,125,139,141,
Jacobs,E.M.: 183 n. 151,174,178,184-186,232,304.
Jahangir,Nuruddin Salim: 209. Luis XV de Francia: 186.
Jahn,sha: 209. Luis XVI de Francia: 125,126,186.
Jaime VI