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TEMA Nº 4

REVOLUCIONES Y LEVANTAMIENTOS CONTIGUOS A


LA FUNDACIÓN DE LA REPUBLICA

REVOLUCIONES CRIOLLAS ALTO PERUANAS


1. REVOLUCION DE CHUQUISACA 1809

A comienzos del siglo XIX, la ciudad de Chuquisaca seguía siendo uno de los centros privilegiados después de Lima y
Buenos Aires, equidistante entre ambas capitales y vecina de uno de los mayores reservorios de Plata que el mundo
ha conocido: Potosí. Sede de la Real Audiencia de Charcas y de la Universidad de San Francisco Xavier.

La primera tenía bajo su jurisdicción inconmensurables territorios que se extendían desde la costa del Pacífico y
comprendían gran parte de la cuenca del río de La Plata y de Moxos, abarcando el norte argentino y prácticamente
todo el desértico chaco boreal. La Universidad, por otra parte (fundada en 1624 por el jesuita Juan Frías de Herrán),
se hizo célebre en los dominios de la Real Audiencia de Charcas por su famosa Academia Carolina, en la que los
abogados iniciaban el ejercicio pleno del derecho y administraban las Leyes de Indias dictadas por el soberano en la
capital del Imperio español.

De ahí que no fue casual que en Chuquisaca y en los claustros de San Francisco Xavier fermentara durante décadas
(desde fines del siglo XVIII, cuando se produjeron los levantamientos indígenas liderados por Tomás Katari, Tupac
Amaru y Julián Apaza) la idea revolucionaria de la independencia de la corona española. El proceso fue madurando,
cocinándose a fuego lento bajo el influjo de los movimientos enciclopedistas que alborotaban y encendían pasiones
clandestinas por la libertad y la emancipación del yugo monárquico.

Una convergencia de ideólogos de los Virreinatos de Lima y del Río de La Plata se produjo en Chuquisaca y llevó
adelante el proceso revolucionario que culminaría el jueves 25 de mayo de 1809 a las seis de la tarde. Para entonces,
la Universidad era un hervidero de noticias, rumores y especulaciones sobre la situación de la gran Metrópoli que un
año antes, el 2 de mayo de 1808, se había rebelado en las calles contra la invasión de José Bonaparte, impuesto por
su hermano, el emperador Napoleón Bonaparte, iniciando la guerra de la independencia de Francia. Francisco Goya
y Lucientes ha dejado plasmado ese día de furia en su alucinante cuadro: “Los fusilamientos del 2 de mayo”.

La intelectualidad universitaria, auténtica élite de la ciudad y del Alto Perú, estaba buscando una oportunidad, una
coartada para lanzar lo que después se convertiría legítimamente en el primer grito libertario.

Los historiadores que han buceado los remotos antecedentes de la gesta independentista sacan de la baza muchas
otras explicaciones, motivaciones, cuándo no justificaciones para la ruptura que cambió el destino de un continente
y de un reino en decadencia: la difusión subrepticia de las doctrinas liberales de fines del s. XVIII, el decurso de las
invasiones napoleónicas que derivaron en la abdicación de Carlos IV, la creación de la Junta de Sevilla, el hastío de
más de dos siglos de colonialismo y centralismo de la corona que pesaba como un dogal sobre los criollos e
indígenas. También influyeron, desde luego, las piadosas críticas de religiosos (como Fray Bartolomé de las Casas),
que habían plantado junto a los conquistadores la fe en Cristo, sobre el régimen de servidumbre que padecían los
americanos y el despotismo que emanaba de sus actuaciones, dirigidas casi exclusivamente a engrosar las arcas de la
corona.

No estaban lejanas, asimismo, en la conciencia de los súbditos, las gloriosas epopeyas escritas en la Revolución
Francesa y en la Independencia de los Estados Unidos de Norte América. De la primera, el ideario de libertad,
igualdad y fraternidad, sonaba como música en los espíritus libertarios que convertían aquellas gestas en modelos a
seguir para acabar de una vez y para siempre con el dominio español.

Tal fue el fermento, el verdadero caldo de cultivo del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Sus efectos iniciales,
constreñidos en principio a la sublevada Chuquisaca y a sus oidores, pronto se dejarían sentir, como efecto dominó
en otras ciudades del Virreinato, y, por supuesto, de la inconmensurable Audiencia de Charcas.

Razones de índole económica vinculadas al comercio entre las colonias y la Península se entremezclan en toda esta
vorágine que precedió a esa improbable tarde de otoño en la que la pasividad de la ciudad y de sus gentes de rancio
abolengo cedió la iniciativa a la euforia popular, desencadenada por un arresto ordenado por el presidente de la
Audiencia, don Ramón García de León y Pizarro. El monopolio en el intercambio de mercancías entre España y las
colonias desalentaba la expansión y venta de los productos, mayormente minerales, con los que alimentaba América
a la economía del Imperio. La producción de minerales, basada en un sistema de esclavitud de los indígenas,
enriqueció a la corona, pero, del mismo modo, convirtió a Inglaterra en la primera potencia industrial y a su armada
en la más temida.

La incierta situación de la Metrópoli, signada por la creación de la llamada Junta de Sevilla por José Bonaparte, dio
lugar a lo que Gabriel René Moreno (Santa Cruz 1802-1866) calificó como silogismo altoperuano. El razonamiento
parte del hecho de que ante la ausencia del rey —depuesto por Bonaparte— la Junta de Castilla dejaba en manos de
los americanos la posibilidad de elegir su futuro, en tanto y cuanto las colonias eran literalmente propiedad
sucesoria del monarca. La tesis fue asimilada en otras latitudes del Virreinato y avivó, en Buenos Aires como en
Charcas, la idea de la emancipación. Las condiciones estaban dadas.

La argumentación de los “doctores de Charcas”, contenida en el acta del Claustro de la Universidad de San Francisco
Xavier y cuya autoría correspondería, por propia confesión, a Jaime Zudáñez (en respuesta a los papeles recibidos de
José Manuel de Goyeneche y de la Infanta Carlota Joaquina), sostiene: “El pacto de los pueblos americanos es
exclusivamente personal con el Monarca y no a sus reinos metropolitanos. Si el legítimo Rey ha abdicado, aquel
pacto ha dejado de existir y, por tanto, el intruso (José Bonaparte) no merece obediencia; sus autoridades deben
cesar en sus funciones, y las provincias deben proveer su gobierno”.

La crisis del imperio español, desgastado por permanentes guerras contra los ingleses, debilitó profundamente la
tuición que ejercía (casi a control remoto) desde Madrid sobre los vastos territorios conquistados. El mundo estaba
cambiando: la revolución industrial en Inglaterra y la resignación de la península a favor de Napoleón, tras la
abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando VII, crearon un panorama de confusión en las colonias. España estaba,
en aquellos inciertos y claudicantes años, más ocupada en restablecer el orden monárquico arrebatado por los
franceses, que en atender y entender los inequívocos síntomas de rebeldía en América, expresados en los
levantamientos indígenas, sofocados cruelmente en Chayanta, el Cuzco y La Paz por Tomás Katari, Tupac Amaru y
Tupac Katari en 1780 y 1781.

2. REVOLUCION 16 DE JULIO

Aquella gloriosa tarde del 16 de julio de 1809, un grupo de insurrectos, puso en ejecución un plan que alentaba la
autonomía de estas tierras del dominio español. Terminada la procesión de la Virgen del Carmen, los conjurados al
mando de don Pedro Domingo Murillo y Pedro Indaburo -quien más tarde traicionaría la causa de los patriotas-,
salieron de la casa de billar que era de propiedad de Mariano Graneros, y asaltaron el cuartel realista para
apoderarse de las armas, mientras las campanas de la Plaza de Armas repicaban, se armó el alboroto, con la
intervención de los revolucionario que gritaban: ¡Viva Fernando VII! ... ¡muera el mal gobierno!... ¡Mueran los
chapetones!... (así llamaban las malas lenguas a los españoles europeos). Y se apilaron frente al cabildo.

La noche del 15 de julio de 1809, Pedro Domingo Murillo reunió a todos los revolucionarios en su casa de la calle
Jaén. Fue la última junta en la que se definieron los detalles para el ataque al cuartel general de La Paz y el Cabildo

El 16 de julio de 1809 se había iniciado la Revolución de La Paz, cuyos gestores liderados por Pedro Domingo Murillo,
proclamaron abiertamente la independencia de estas colonias bajo un gobierno propio. Se esperó la adhesión de las
demás ciudades.

La mañana del 16 de julio, la población (unas 11 mil personas) se alistaba para la procesión de la Virgen del Carmen
y, según datos e investigación de la comunicadora e historiadora Lupe Cajías, en esas horas hubo novenas con rezos
de rosarios y cantos de beatas. Un día antes, las cófrades habían renovado el ajuar en el templo, hoy Catedral
Metropolitana. Mientras, a una cuadra de la plaza de Armas, hoy plaza Murillo, en la antigua calle La Merced, hoy
iglesia del mismo nombre, los revolucionarios se agruparon para iniciar la embestida al cuartel ubicado en lo que hoy
es el Museo de la Academia Boliviana de Historia Militar. Los patriotas estaban reunidos en un billar de las calles
Colón y Comercio (propiedad de Mariano Graneros). En tanto, unos 200 hombres esperaban órdenes en la plaza Caja de
Agua, hoy Riosinho, (cuentan los documentos) Graneros estaba identificado con la causa y era conocido por sus amigos
como Ch’allatejeta, que en aymara significa “relleno de arena”; su sobrenombre describiría su gordura.
Citando al historiador Alberto Crespo, Cajías señala que ese 16 de julio de 1809 el cielo paceño estaba límpido y sin
nubarrones, y de manera gradual empezó la procesión de la Virgen del Carmen a la cabeza del obispo Remigio La
Santa y Ortega. Casi simultáneamente, las campanas empezaron a repicar, que no era raro por la hora vespertina.
Hasta que Ch’allatejeta, junto a un grupo de revolucionarios, salió del billar y se abalanzó hasta la plaza de Armas,
según Cajías, a los gritos de “¡viva la libertad!”, ¡viva La Paz!” y “¡vamos todos!”, como santo y seña de la revolución contra los
españoles.

La toma. Según el texto La Paz revolucionaria, el cuartel de veteranos, donde hoy está la Academia de Historia
Militar al lado del cine plaza, fue el primer sitio de la corona española tomada por los revolucionarios julianos.

Para apoderarse de estas instalaciones, los rebeldes que seguían al revolucionario Juan Pedro Indaburo invitaron a
los centinelas a beber en los boliches que se encontraban cerca de la puerta del cuartel y los entretenían con
repetitivos “¡viva Fernando VII!”, a cuya señal, cada vez más ebrios respondían: “¡viva..! ¡viva..!”.

Mientras, otro grupo se acercó al centinela; éste, como no tenía opción de disparar su arma, sacó su bayoneta, con
la que de un tremendo golpe derribó al revolucionario Melchor Jiménez, pero éste llevaba en el pecho un cuero de
vaca curtido que le servía de armazón y así no fue herido.

Una vez sometido el guardia, ingresaron al patio e iniciaron fuego de la fusilería, y aunque quedaron heridos por
ambas partes, apresaron a todo realista que se hallaba dentro. “Todo sucedió aproximadamente a las 19.00 de ese
16 de julio de 1809”, (añade Randy Chávez, de la Unidad de Patrimonio Inmaterial e Investigación Cultural).

A esa hora las campanas empezaron a repicar con más fuerza. Había un tumulto en la plaza principal. Cajías agrega
en el documento: “el obispo La Santa intentó primero ir hasta la Catedral para hacer callar las campanas y más tarde
contaría: ‘encontré defendidas las torres por una porción de hombres armados con fusil y bayoneta, los cuales me
respondieron ¡No cesarán las campanas, porque para esto estamos aquí!’”.

La victoria fue rápida y en el tumulto el revolucionario Juan Cordero, después de vencer a los guardias del cuartel, se
puso el sombrero y las cartucheras del jefe de guardias español, y emocionado salió al balcón gritando “¡ya está todo
consumado, no hay novedad…!”, pero fue confundido y recibió un tiro que le perforó el pecho y lo mató de inmediato, relata
(Carlos Ponce Sanjinés en su libro Documentos para la Historia de la Revolución de 1809).

Murillo. De acuerdo con Cajías, Pedro Domingo Murillo no estuvo en el cabildo, permaneció en las orillas de la
ciudad organizando a las compañías de infantería y caballería, además de preparar la defensa.

Esa larga noche del 16 de julio, la plaza de Armas de la ciudad permaneció llena, habiendo cesado el tradicional
toque de arrebato de las 22.00. Se encendieron fogatas que se hacían con las esteras (tarimas) de los puestos de las
revendonas (vendedoras de fruta y verdura), de las que no quedó ni una sin quemar.

El libro La Paz revolucionaria sostiene que la madrugada del 17 de julio de 1809, las salidas de la plaza fueron
ocupadas por la artillería y, por orden de Murillo, frente al Cabildo se construyeron horcas, con el objetivo de obligar
a jurar a los realistas.

Desde esta instancia salieron Gregorio Lanza y Juan Bautista Sagárnaga a la plaza Mayor, donde los españoles se
encontraban reunidos, traídos obligatoriamente para jurar fidelidad al nuevo gobierno, donde después de apoyar los
dedos en señal de juramento y para formar la cruz, el que hacía jurar decía: “¿Jura usted a Dios y a esta señal de cruz hacer
perpetua alianza con los americanos de esta ciudad, y no intentar cosa alguna contra ellos, y defender la religión y la patria?”. Y el que recibía el
juramento respondía: “Sí, juro”. Y entonces le respondía: “Si así lo cumple usted, Dios le ayudará”.

El gobernador Tadeo Dávila, así como el obispo La Santa fueron depuestos de sus altos cargos. Poco después, con las
primeras sombras de la noche, la revolución está consumada y triunfante, a instancias del pueblo, se reúnen en
Cabildo Abierto, ante el cual se designan a las nuevas autoridades; Gregorio García Lanza, Juan Bautista Sagárnaga y
Basilio Catacora, quienes suscriben el acta de independencia de estas tierras. Posteriormente, Pedro Domingo
Murillo fue nombrado presidente y jefe de armas. La nueva Junta de Gobierno lanzó su proclama al pueblo de La Paz,
animándole a sostener la independencia para cuyo fin pedía el concurso de todo el pueblo. En este acto tan
importante de nuestra turbulenta historia, las mujeres también jugaron un papel protagónico en favor de la causa
independentista: Juana Parada, Ignacia de la Barra, Vicenta Eguino, Manuela Campos, Manuela Uriarte de Sanjinés,
Simona Josefa Manzaneda y muchas otras valerosas paceñas.

El 27 de julio de 1809, los revolucionarios de La Paz lanzan a los pueblos de América la proclama más enérgica
emitida hasta entonces: “Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria:
hemos visto con indiferencia por mas de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un
usurpador injusto que degradándonos de la especie humana nos han mirado como a esclavos......Ya es tiempo de
organizar un sistema nuevo de gobierno... Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas
colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía...”

En reemplazo de la autoridad realista se constituyó entonces una “Junta Representativa y Tuitiva de los derechos del
pueblo”. que presidió el mismo Murillo con ocho seglares y cuatro sacerdotes. de éstos, el cura José Antonio
Medina, fue el encargado de preparar un “plan de gobierno” que garantizaría “la seguridad, propiedad y libertad de
las personas” y una ardiente proclama en la que se decía: “Ya es tiempo de organizar un nuevo gobierno fundado en
los intereses de nuestra patria...

Estos hechos alarmaron a las autoridades españolas, el virrey de Buenos Aires, Cisneros, envió al mariscal Nieto que
reprimiera el movimiento de Chuquisaca. Y José de Abascal, virrey del Perú, encomendó al brigadier Manuel de
Goyeneche, que aplastara con energía la insurrección gestada en la ciudad de La Paz. El primero cumplió su objetivo
sin represalias sangrientas. A su turno, Goyeneche, con un ejército de 5.000 hombres, fuertemente armados, avanzó
desde el Cusco hacia La Paz, donde los revolucionarios no contaban más que con unos 800 hombres. La resistencia
de Chacaltaya fue inútil. El ejército realista entró en La Paz y emprendió una despiadada represión.

Capturados los revolucionarios fueron acusados de conspirar contra el gobierno legítimo y de urdir la independencia
y fueron enviados a la horca el 29 de enero de 1810. Por el momento de habían disipado los utópicos sueños de
libertad de los altoperuanos.

Murillo, y otros revolucionarios, moriría ahorcado el 29 de enero de 1810 no sin antes pronunciar la frase “La tea
que dejo encendida, ¡nadie la apagará!”.

3. LA REVOLUCION DEL 14 DE SEPTIEMBRE


El levantamiento del 16 de julio de 1809 y la chispa encendida por Pedro Domingo Murillo en la ciudad de La Paz,
seguida por el triunfo de los patriotas revolucionarios en Buenos Aires en mayo de 1810, despertó el coraje, la
valentía, y la decisión de los valerosos cochabambinos.

Esteban Arze, oriundo de Tarata, al enterarse de los movimientos libertarios y la sublevación de los pueblos en
Buenos Aires; el 25 de mayo de 1810 reunidos en un gran Cabildo logran la renuncia del virrey Baltasar Hidalgo de
Cisneros al Virreynato de Buenos aires, a la que pertenecían los pueblos del Alto Perú.

Arze, aunque de ascendencia criollo-mestiza, pero de familia muy bien acomodada, desde aquel día recorrió todos
los pueblos del valle cochabambino, llegando a Cliza pueblo al que conocía desde muy pequeño, Punata, K’uchu
Muela, Arani y muchos otros, donde en 4 meses aproximadamente logra reunir más de un millar de valerosos
revolucionarios.

Al amanecer del 14 de septiembre de 1810, los patriotas del valle a la cabeza de Esteban Arze, ingresan con vítores
libertarios a la ciudad de Cochabamba, a este movimiento se suman los patriotas Fransisco del Rivero, Melchor
Guzmán Quitón, Mariano Antezana y el cura Juan Bautista Oquendo.

Horas después, luego de derrotar a las fuerzas realistas; los patriotas reunidos en cabildo abierto, deciden deponer al
gobernador realista José Gonzales Prada, quien al enterarse y viendo a los patriotas enardecidos, huyó de
Cochabamba con rumbo desconocido.

Lograda la victoria, el cabildo nombra a Francisco del Rivero como nuevo gobernador de Cochabamba y a Manuel
Esteban Arze como la máxima autoridad de las fuerzas revolucionarias.

Al finalizar el cabildo, el pueblo cochabambino declara su emancipación y hace escuchar su grito de liberación del
yugo español, creando una Junta de Gobierno que consolidaría el triunfo de los patriotas cochabambinos, a la cabeza
de Esteban Arze, Francisco del Rivero, Melchor Guzmán Quitón y el cura Oquendo quien fuera vocero de los
patriotas.

La chispa del triunfo de la revolución cochabambina pronto se irradia por todo el virreinato de Buenos Aires; Arze,
conocedor de los vejámenes a las que fueron sometidos los patriotas en Chuquisaca y La Paz y fortalecido por el
triunfo en Cochabamba, con su ejército fortalecido de más de 1.500 patriotas se dirigen a la ciudad de Oruro y La
Paz.

En Oruro, los patriotas dirigidos por Tomás Barrón, se unen a las de Esteban Arze; los realistas que pretendían
saquear la riqueza orureña, se enfrentan al valeroso ejército patriota de los cochabambinos en los campos de
Aroma.

4. REVOLUCION DE SANTACRUZ

La Guerra de la Independencia en Santa Cruz empezó el 24 de septiembre de 1810, cuando los doctores que
habían estudiado en Charcas se levantaron y proclamaron el nuevo Gobierno: la Junta Provisoria, siguiendo el
ejemplo de la Junta de Buenos Aires.

El levantamiento lo lideraron Antonio Vicente Seoane, el coronel Antonio Suárez, el cura José Andrés Salvatierra,
Juan Manuel Lemoine y el argentino Eustaquio Moldes. Este último había llegado desde Buenos Aires y debía
difundir las ideas a favor de la Patria.

La etapa de 1811-1813

El nuevo Gobierno se mantuvo hasta la derrota patriota en Guaqui, junio de 1811, por las fuerzas realistas al mando
del general José Manuel Goyeneche, quien ordenó al teniente coronel José Miguel Becerra recuperar Santa Cruz.

Becerra, que dominaba Cordillera, retomó la plaza y fue nombrado gobernador intendente de la Provincia de Santa
Cruz de la Sierra. La ciudad quedó bajo el dominio realista hasta el año 1813.

En marzo de 1813 fue recuperada por las fuerzas patriotas dirigidas por el coronel Antonio Suárez. Posteriormente,
Suárez fue electo representante al Congreso Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, por lo que el
coronel Belgrano, del Segundo Ejército argentino, nombró al coronel Ignacio Warnes como nuevo gobernador de
Santa Cruz, que en ese momento ya había recuperado su antiguo status de capital de la Gobernación, dejando de
lado la dependencia de Cochabamba.

Período de 1813-1816

Warnes gobernó Santa Cruz desde 1813 hasta 1816. Durante su gobierno liberó a los esclavos negros, con los que
formó el batallón de los Pardos Libres.

Durante los tres años que duró su Gobierno, se enfrentó con las tropas realistas enviadas por Joaquín de la Pezuela,
sucesor de Goyeneche.

El enfrentamiento más importante fue la Batalla de Florida, el 25 de mayo de 1814, en la que Warnes y el coronel
Manuel Álvarez de Arenales vencieron al realista Joaquín Blanco.

Warnes continuó la lucha contra el realista Francisco Udaeta, quien había escapado a Chiquitos. En octubre de 1815,
en la Batalla de Santa Bárbara, Warnes venció a Udaeta y al gobernador de Chiquitos, Juan Bautista Altolaguirre,
quienes contaban con cerca de 5.000 indígenas. Con los realistas vencidos, la provincia entera quedó en manos
patriotas. Warnes volvió a Santa Cruz y la mantuvo independiente hasta 1816.

Con la vuelta al trono de Fernando VII, en 1814, llegó a América una nueva ofensiva del Ejército español para
reprimir a los rebeldes.
Los realistas enviaron a Francisco Xavier Aguilera y dos regimientos españoles, los talverinos y los fernandinos.
Aguilera se enfrentó con Warnes en la Batalla de El Pari en las afueras de Santa Cruz. En el enfrentamiento murió
Warnes, y su colaborador más cercano, José Manuel Mercado, marchó hacia Cordillera con las tropas patriotas.

1816-1825

La victoria realista de El Pari convirtió a Aguilera en el nuevo gobernador de Santa Cruz, y por esta conquista recibió
el título de Brigadier y Caballero de la Orden de Santa Isabel.

El primer acto de su Gobierno fue la exhibición de la cabeza del coronel Ignacio Warnes en una piqueta en la plaza
principal. Los meses siguientes fueron de muerte y violencia; ejecutó a todos los sospechosos de pertenecer a la
patria. El Gobierno de Aguilera restituyó la esclavitud, lo que complació a la mayoría de los cruceños.

Sin embargo, estuvo todo el tiempo asediado por José Manuel Mercado, 'El Colorao', y sus montoneros, que desde
Cordillera los hostigaban constantemente, tratando de recuperar la plaza cruceña.

A pesar de varios intentos, Mercado no logró retomar Santa Cruz, Aguilera afianzó su poder en toda la provincia, que
incluía Moxos y Chiquitos, nombró gobernadores de su confianza. Cañoto fue otro patriota que hostigó al Brigadier
durante su Gobierno en Santa Cruz de la Sierra.

La noticia del triunfo patriota en Junín y Ayacucho permitió a Mercado tomar Santa Cruz y proclamar la
independencia el 14 de febrero de 1825. Aguilera se escondió, entre Santa Cruz y Vallegrande, hasta octubre de
1828, cuando se levantó en nombre de Fernando VII fue finalmente derrotado por las fuerzas republicanas.

La Provincia de Santa Cruz de la Sierra se convirtió en el departamento de Santa Cruz que abarcaba los
departamentos de Beni, Pando y el norte de La Paz. A partir de ese momento, los cruceños consolidamos el territorio
del oriente para la recién creada Bolivia.

LOS CAUDILLOS

Ignacio Warnes. Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1770. En 1810 partió hacia Paraguay, participó en las batallas de Tucumán y Salta. El 24 de
septiembre de 1813 ingresó a Santa Cruz de la Sierra como gobernador intendente con la misión de reorganizar las fuerzas cruceñas. Luchó junto con
José Manuel Mercado y Cañoto en la batalla de El Pari en 1816.

José Manuel Mercado. Nació el 14 de marzo de 1782, más conocido como ‘El Colorao’, acompañó a Warnes en su llegada a Santa Cruz en 1813. Intervino
en las batallas de Florida y El Pari. Después de la muerte de Warnes, hizo su fuerte en Saipurú (Cordillera).

5. REVOLUCIÓN DEL 6 DE OCTUBRE FUE VITAL PARA EMANCIPACIÓN ALTOPERUANA


La Revolución del 6 de Octubre de 1810, encabezada por Tomás Barrón tiene significativa importancia en el proceso
de emancipación que se desarrolló en el Alto Perú, además que influyó significativamente en la victoria patriota,
frente a las tropas realistas en la Batalla de Aroma, contribuyendo a la independencia de Bolivia.
La historia narra que el atardecer del 6 de octubre de 1810, bajo el liderazgo de Tomás Barrón, el pueblo de Oruro se
sublevó contra el dominio español. Un cabildo formó un gobierno local regido por el líder del movimiento
revolucionario.

La estratégica ubicación de Oruro permitió las principales victorias de las armas patriotas en el inicio de la Guerra de
la Independencia: la batalla de Suipacha del 7 de noviembre de 1810, y la de Aroma el 14 de noviembre de 1810, por
tropas comandadas por el cochabambino Esteban Arze, que dos días antes se habían reunido en esa ciudad.

El 7 de octubre de 1810, las autoridades coloniales se dieron a la fuga y Barrón fue designado gobernador de la
plaza. Los orureños reconocieron la legalidad de la Junta de Gobierno de Buenos Aires presidida por el potosino
Cornelio Saavedra, el apoyo al gobierno de Cochabamba dirigido por Francisco del Rivero, quien asumió el cargo
desde el 14 de septiembre y la organización de milicias populares para defender la ciudad.

Oruro es la única ciudad en la que se produjeron dos revoluciones con claro corte independentista. El 10 de febrero
de 1781, cuando Sebastián Pagador lanzó una proclama en la que aseguró que: "En ninguna ocasión mejor podemos
dar pruebas evidentes de nuestro amor a la patria, sino en ésta".
Aquel movimiento subversivo contra el dominio español, 39 años antes del inicio formal de la Guerra de la
Independencia, tenía el añadido de que aquella movilización tuvo la capacidad de unir a mestizos, criollos e
indígenas contra el poder colonial.

Después de tres siglos de dominación, la presencia de España en estas tierras tocaba a su fin, a pesar de que ocho
meses antes los líderes de la Revolución del 16 de julio de 1809, habían sido ejecutados.

La cruenta guerra duró 15 años, hasta que el 9 de diciembre de 1824, las tropas dirigidas por Antonio José de Sucre
vencieron en los campos de Ayacucho al virrey José de la Serna y al teniente general José de Canterac, quien firmó la
capitulación.

Debido a su estratégica ubicación, Oruro sufrió tomas y retomas a lo largo de esos tres combates. Ese pueblo sufrió,
como pocos, los embates de la guerra de liberación del poder colonial.

El 6 de Agosto de 1825, los diputados de las provincias altoperuanas liberadas declararon la Independencia de la
República de Bolívar, que el 3 de octubre de aquel año pasó a llamarse Bolivia y desde el 7 de febrero de 2009,
Estado Plurinacional de Bolivia.

El sacrificio de aquellos hombres visionarios y decididos dio lugar al surgimiento de nuevos Estados libres, soberanos
e independientes, Bolivia, entre ellos.

6. REVOLUCION DE POTOSI 10 DE NOVIEMBRE


Los movimientos subversivos de Chuquisaca, Cochabamba, La Paz y Oruro, y la proximidad del Ejercito Auxiliar
Argentino, habían adelante y decidido a los patriotas potosinos encabezaos por Diego Barrenechea, Millares,
Nogales, Subierta, Mattos, Quintana y otros, a sumar sus fuerzas al movimiento insurreccional que se propagaba
rápidamente por toda la Audiencia.
Efectivamente, el día 10 de noviembre tuvo lugar un alzamiento de proporciones en el que participo el pueblo
entero. En un concurso cabildo abierto, se reconoció a la Junta de Gobierno de Buenos Aires, rechazando la
autoridad del Virreinato de Lima.
Tres días antes, el 7 de noviembre, el Ejército auxiliar, comandado por Castellí y Valcárcel, había infligido una gran
derrota a las fuerzas realistas en los campos de Suipacha, tomando prisioneros jefes principales: El Presidente de la
Audiencia, Nieto, el Gobernador Córdova y el Intendente Sanz.
A su ingreso a Potosí, el ejército comandado por Castellí fue recibido con grandes manifestaciones de entusiasmo
por los potosinos; aunque una de sus primeras medidas fue ordenar luego de un proceso - sumario, el fusilamiento
de los Generales Nieto y Córdova, que se habían negado a jugar acatamiento a la junta de Buenos Aires, y como
represalia, se dijo, por la ejecución de los patriotas paceños el 29 de enero de ese mismo año.
De esta manera, las poblaciones de la Audiencia se sometían a las autoridades de Buenos Aires.
Era, en verdad, el comienzo efectivo de la guerra de la independencia aunque esos espectaculares triunfos militares
habrían de ser ahogados muy pronto por las bien organizadas fuerzas españolas. Potosí y las otras poblaciones
sublevadas, pronto serían ocupadas nuevamente por la fuerza militar colonial.
La mañana del 10 de noviembre de 1810, el pueblo potosino, convulsionado por la revolución libertaria, promovida
en Chuquisaca y extendida por todo el continente, se unió al movimiento emancipador dirigido por los patriotas:
Salvador Mattos, Pedro Ascárate, Eustaquio Equivarra, Alejo Nogales, Marciano Nogales, Joaquín de la Quintana, los
hermanos Millares, Manuel Molina, Mariano Toro y Manuel Orozco.
El movimiento de Potosí, largo tiempo controlado por las fuerzas de la opresión peninsular, que detentaban el poder
económico del Alto Perú, tuvo que estallar sorpresivo. Los españoles sintieron aquel grito “Como el sordo bramar de
los mares”. Ese pueblo, al saber el triunfo de los patriotas en Suipacha, el día 7 de noviembre, hecho que fue
conocido al llegar las fuerzas derrotadas, que dispersas rendidas por la fatiga, no pudieron oponer resistencia, no
demoró mas y alzó su voz largamente reprimida. Los patriotas potosinos tomaron el cuartel, depusieron al
Gobernador Francisco de Paula Sanz y apresaron a todas las autoridades realistas, evitando así que se opusieran al
avance del Ejército Auxiliar Argentino.
Potosí, baluarte de la economía de los chapetones que se mantenían en el poder gracias a las riquezas explotadas en
su inagotable montaña de plata, venció a la opresión e hizo repercutir en los Andes su grito de libertad, que lo
hermanó con los demás movimientos de Alto Perú.
Se organizó la Junta de Gobierno Local, nombrándose a Don Joaquín de la Quintana Gobernador interino y
Presidente del Cabildo.
Cuando las victoriosas tropas argentinas entraron en Potosí el pueblo las recibió con delirante entusiasmo lanzando
vivas a la libertad y al triunfo de Suipacha.

Una de las primeras medidas de Castelli, fue ordenar luego de un proceso el fusilamiento del gobernador Paula Sanz
y de sus compañeros de infortunio, los generales Nieto y Córdova. Los tres personajes, dando prueba de su lealtad a
los mandatos de la Corona española se habían negado a reconocer a la Junta de Buenos Aires, condición exigida por
el inconmovible Castelli para revocarles la sentencia. Recordemos que este general argentino ya había dado
muestras de su carácter inflexible al mandar a ejecutar al exvirrey Santiago Liniers abnegado defensor de Buenos
Aires durante los ase-dios ingléses.

Esta desafortunada determinación del jefe argentino causó profunda consternación en el pueblo potosino, el
intendente gobernador Francisco Paula Sanz era muy apreciado por la población gracias a su excelente labor
administrativa.

Casi dos años después los españoles retomaron la ciudad y la represión realista no se hizo esperar, el 30 de julio de
1812, fueron llevados a la horca en la plaza principal de Potosí, Alejo y Mariano Nogales, Salvador Matos, Mariano
Millares y otros patriotas; otro contingente de presos fue llevado a las celdas del Callao y sentenciados a prisión
perpetua, otros se unieron a los montoneros para continuar la lucha por la libertad.

En homenaje a la valentía de los rebeldes independentistas, el 10 de noviembre es el aniversario cívico del


departamento de Potosi.

7. REVOLUCIÓN DE TARIJA (15 DE ABRIL DE 1817)


El 15 de abril de 1817 se libro una de las batallas más decisiva para Bolivia dentro de la Guerra de la Independencia.
En este día se enfrentaron los realistas tenían como líder al Cnel. Mateo Ramírez con las fuerzas independientes del
Ejército del Norte al mando de Gregorio Aráoz de Lamadrid. Fue el 15 de abril cuando Tarija conquisto su libertad
luego de los resultados obtenidos a favor de Bolivia.
Cerca de 1817 algunas de las colonias españolas en Sudamérica se encontraban luchando por lograr la
independencia, algunas de esas colonias eran el sur de la Audiencia de Charcas, conocidas por entonces como
Republiquetas y Tarija, cuya capital, la Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa (o Villa de Tarija), este lugar
estaba ocupado por el ejército de los realistas.
En la llegada del 15 de abril de 1817 los patriotas derrotaron al ejército realista que cuyo líder era el coronel Mateo
Ramírez, desde entonces se cuenta la vida en libertad de la antigua Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa. El
grupo armado de patriotas llamado “los montoneros” eran un grupo de guerrilleros, asentados en el sur, el rol más
importante de estos fue decidir la suerte de la guerra. La mayoría de estos hombres en su mayoría eran mestizos y
criollos que contaban con gran autonomía.
El grupo de los llamados “los montoneros” estaban al mando de Eustaquio Méndez, José María Avilés y Francisco
Pérez de Uriondo. El lugar donde se desarrollo la batalla fue en el campo de La Tablada de Tolomosa, lugar donde
fueron vencidas las tropas del comandante español.
Luego de seis invasiones que tuvo que soportar Tarija, esta región logro quedar definitivamente libre del yugo
español el 8 de marzo de 1825.

LOS PROTAGONISTAS CENTRALES

Jaime Zudáñez, el principal exportador

Puede afirmarse que la detención de Jaime Zudáñez fue la chispa de la chispa. Es decir: convocó a la insurrección y ésta al proceso emancipador. El
protagonista más destacado nació en La Plata en 1772 y falleció en Montevideo en 1832. Su perfil es la del revolucionario, legislador y magistrado. Se le
atribuye a Zudáñez la redacción del llamado “Catecismo Político Cristiano”, un panfleto que señala el rumbo de la emancipación chilena.

José Bernardo, Monteagudo Cáceres

Uno de los “doctores” de Charcas. Salido de la Universidad de San Francisco Xavier de la Facultad de Leyes. Recibió el título de abogado en 1808. Dicen
que Monteagudo era un criollo español al que se lo conocía por el apodo de “El Mulato”. Su radicalismo lo alejó a la retaguardia del movimiento
primigenio.

Mamuel Zudáñez de La Torre


Otro de los ilustres charquinos que, junto a su hermano Jaime, estuvo en la línea de fuego en el movimiento emancipador, destacándose antes en la
publicación de pasquines con ideas libertarias. Miembro activo de las llamadas juntas clandestinas y también uno de los principales opositores al
“carlotismo” que se endilgaba a Goyoneche. Fue protagonista del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Murió en la cárcel.

José Joaquín de Lemoine

Nació en La Plata en 1776 y murió en la misma ciudad en 1856. Tuvo un papel destacado en la revolución del 25 de mayo. Su actuación le ocasionó el
destierro a Puno durante la presidencia del Gral. Nieto. Un espíritu inquieto como él, se unió a los ejércitos argentinos y combatió en las batallas de
Tucumán, Salta, Sipe Sipe y la guerrilla de Güemes. Retornó a la nueva república.

Mariano Michel Mercado

Fue uno de los emisarios del levantamiento del 25 de mayo de 1809. La Audiencia gobernadora lo envió primero a Cochabamba y luego a La Paz, donde
llegó el 11 de julio para informar sobre los antecedentes y el carácter de los hechos acaecidos en Chuquisaca. El diccionario histórico de Barnadas
sostiene que, así como por investigaciones, se valora el rol que jugó Mariano Mercado.

Fernando VII

Puede afirmarse que bajo su reinado España perdió la mayor parte de sus colonias en América, a partir de 1824. En realidad, no fueron tiempos fáciles
los que le tocó a este rey: la invasión napoléonica que desató la Guerra de la Independencia de España, los levantamientos libertarios de América, la
restauración de la monarquía absolutista, la cesión de La Florida a los EEUU.

José Manuel Goyeneche

Este militar nacido en Arequipa se hizo famoso porque fue portador de las pretensiones de la Infanta Carlota para detentar el control de las colonias.
La Junta de Sevilla lo envió a América para que informe sobre la situación de las autoridades del Virreinato del Río de La Plata. Cuando llegó a La Plata,
la Audiencia, la Universidad de San Francisco Xavier y el Cabildo rechazaron las intenciones de la princesa Carlota Joaquina. Goyoneche reprimió a los
insurgentes y combatió sin tregua.

Teresa Bustos Lemoine

A semejanza de Juana Azurduy (que combatió junto a su esposo durante la Guerra de la Independencia), Teresa Bustos es una de las mujeres de la
revolución del 25 de mayo y una de las adherentes más entusiastas a la causa junto a José Joaquín de Lemoine. En la jornada del levantamiento estuvo
entre las personas que tocó a rebato las campanas en el templo de San Francisco.

Francisco Ríos (El Quitacapas)

El Quitacapas fue uno de los cabecillas del levantamiento. Liberó a los presos y recibió 4.000 pesos del arzobispo Moxó para repartirlos entre los
sublevados. Su huella se pierde después de actuaciones pasajeras en varias movilizaciones surgidas desde el 25 de mayo. Se subió al carro de la
insurrección, su arrojo no tuvo límites.

Juan Antonio Álvarez de Arenales

Fue el héroe militar del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Forjador de la independencia de Charcas con el II Ejército Argentino y la guerra de las
republiquetas. Brigadier Gral. del Ejército Argentino, Mariscal de los Ejércitos de Chile y Perú por su gloriosa participación en Ejército de los Andes y
en el Ejército Unido”. Su acción más relevante fue la proclamar el derecho del Alto Perú a “decidir libremente su destino”.